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La voz del sedal

Por Shaka

http://www.shaka-fanfiction.net

El fanfiction no persigue ningún afán lucrativo. Prohibida su venta y/o
alquiler. Todos los derechos de pertenecen a la autora de Brokeback Mountain
Annie Proulx.

Ilustración: Chinchan-loves-onigir

(http://chichan-loves-onigir.deviantart.com/)

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Alma del Mar leyó una postal camuflada entre el resto del correo recibido.
Iba dirigida a su marido; lejos de esconderla, haciendo realidad lo tantas veces
imaginado, la dejó sobre la mesa de la cocina y calló, tragándose el dolor
producido por la impotencia y la humillación.
Quizás podría haber perdonado que Ennis tuviera una aventura con otra
mujer, alguien más joven y sin complicaciones a cuestas, pero lo visto una tarde
cualquiera sin intención la hirió de muerte.
Ese beso, señal de una pasión que el propio Ennis nunca había tenido con
ella, quedó clavado en su corazón.
Decidió aguantar, conteniendo sus emociones cuan olla express, mientras
preparaba la caja que él siempre se llevaba cuando marchaba a los lagos unos
días con Jack Twist, su “compañero de pesca”.
Le oyó llegar, acudiendo las niñas a recibirle. Las hijas adoraban a su
padre, y el padre a ellas. Era el único amor que permanecía intacto en la casa.
Se armó de valor, y poniendo los últimos resquicios de la inocencia que le
había llevado a casarse con él, escribió sobre un pedazo de papel.
“Hola Ennis. Trae algo de pescado a casa. Te quiero. Alma”.
Colocó la nota en el recipiente de plástico repleto de anzuelos, cebos y
demás utensilios que tras tanto tiempo ni siquiera habían sido estrenados. Era
grande, destacaba casi tanto como la etiqueta de los almacenes donde había sido
adquirida, en la que aún podía leerse el precio.
Nunca veinte dólares le dolieron tanto como aquéllos.
—¿Ya te vas, papá?
—Sí, princesa. Las montañas están muy lejos, se hará de noche si me
retraso.
Alma se mostró impasible y serena ante la rudimentaria despedida,
acudiendo a la ventana junto a sus dos pequeñas a verle desaparecer por la
carretera. Sabía lo que se encontraría cuando regresara.
Aquella caja delimitaría sus límites, y si le confirmaba lo que por tanto
había sospechado, ya nada la echaría atrás en su determinación de pedir el
divorcio.

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Como cada año, Ennis del Mar se montó en su destartalada furgoneta y
condujo hasta el límite del condado. A medida que ganaba kilómetros el paisaje
cambiaba, transformándose las eternas praderas de fresca hierba en las faldas
de una cordillera.
No albergaba demasiadas expectativas de dichos desplazamientos: la
misma soledad, la misma música en las emisoras de radio, el mismo equipaje…
Incluso el final del trayecto era idéntico, pero precisamente era esa meta
la que le llevaba a recorrerlo siempre que una señal de correos daba el
pistoletazo de salida. Dejó aparcado el vehículo en un resguardo y esperó,
apoyando la espalda sobre la puerta del conductor y prendiendo un cigarrillo
con el voluminoso zippo.
Mientras miraba al cielo para calcular la hora que debía ser, observó su
reflejo en los cristales. Pese a no haber alcanzado los treinta, el duro trabajo en
el campo le había dejado huella en forma de arrugas alrededor los ojos,
transformándose en surcos cada vez que gesticulaba.
Se distrajo con el sabor del tabaco, escuchando el silencio y golpeando el
suelo con la punta de sus botas.
El sonido inconfundible de otra furgoneta se fue acercando hasta morir
en un grave ronroneo. Tenía la chapa recién pintada y matrícula de Texas. Al
fijar la mirada en los portentosos neumáticos, vio cómo otro par de botas negras
salían del interior, dejando pequeñas nubes de polvo a medida que sus
estilizados tacones avanzaban.
Apuró el cigarro y tiró la colilla en el momento en que sus ojos se
cruzaron con los de Jack. Habían pasado casi siete meses desde su último
encuentro y, aunque ya no fueran los de antaño, el tiempo parecía detenerse
cada vez que rompían la distancia de los kilómetros y el anonimato con la fuerza
de sus brazos.
Se estrecharon firmemente, aspirando el característico olor de sus
respectivos cuerpos, acariciando toscamente cabellos, palpando sus formas por
encima de las ropas.

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—Hijo de puta… ¿cómo es posible que guiar ganado te siga conservando
así de bien? —susurró el recién llegado con sorna.
Ennis le besó, combinando la necesidad que de él tenía con el
remordimiento, los ecos de aquella visión que de crío le habían metido en la
cabeza.
Cada vez que retozaba junto a Jack Twist creía rozar el paraíso y, a la par,
la dantesca estampa de aquel cadáver al que su padre llevó a ver le perseguía.
—Si me hubiese dedicado a los rodeos, ya estaría tan cascado como tú —
replicó.
Twist rió. Sus días de conseguir notorias sumas de dinero en ocho
segundos habían quedado en el olvido. No quería pensar en las reses bravas de
montura, en su suegro, su mujer y su hijo… ni siquiera en Brokeback, o en que
en dos amaneceres tendría que subirse de nuevo a esa furgoneta para ponerse
catorce horas al volante.
Lo único que le importaba era la perspectiva de pasar el fin de semana
juntos. Sin nada ni nadie que se interpusiera, dándole alas para, en esa ocasión,
hacerle su propuesta.
—Coge tus cosas, conduzco yo —le dijo, accionando de nuevo la llave.
Ennis cerró su coche, tirando sin demasiado cuidado sobre el portacargas
lo que consigo había traído. Mientras contenían el aliento en un nuevo
reconocimiento de sus labios para luego salir de allí por la vía próxima, la caja
de pesca se golpeaba contra el metal.
El ruido que producía era imperceptible desde la cabina de los viajeros;
su sino era el de ser ignorada. Primero las capas de vidrio, y luego la coraza de
aquel amor ya longevo, contribuirían a que su presencia en la supuesta cita con
las truchas fuese inútil.

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El lago actuaba como espejo del cielo, llenando la superficie del agua de
cientos de estrellas y constelaciones. Hacía frío y el aire cortaba cualquier
intento de permanecer a la intemperie, mas ello les era indiferente.

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La belleza de las montañas podía ser suprema, mas nunca superaría a la
de los parajes donde lo que ahora se prolongaba en el interior de una tienda de
lona, montada con prisas y malas maneras, había surgido.
Se tomaron unos minutos de descanso, envueltos en el calor de las
mantas y el emanado de sus pieles, revueltas en las dimensiones del enjuto
refugio de tela.
Tendidos el uno al lado del otro, se miraron de cerca mientras procedían
a hablar por primera vez en cinco horas de las novedades en sus vidas
cotidianas.
—¿Qué tal tu chico?
Elevó las cejas, mirando brevemente hacia otro lado.
—Bien. Sigue creciendo, interesándose por cosas de su edad, ya sabes.
Nada fuera de lo común —respondió sin demasiado entusiasmo.
—Las mías estupendamente. Cada día están más guapas.
Jack asintió con la cabeza, sin hacer demasiados esfuerzos por ocultar la
incomodidad producida por el tema. El afecto desmedido de Ennis hacia sus
hijas era una de las tantas diferencias entre los dos, tal vez la mayor. No es que
él no quisiera al suyo, pero no dudaría a la hora de elegir la nueva vida en
común con la que tanto soñaba, lo cual implicaba dejar a su mujer e hijo atrás.
—¿Crees que Alma sospechará algo?
Él pareció sorprenderse.
—¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué hay de raro en ir a pescar? —exclamó con
su característico y marcado acento.
—No lo sé. A veces creo que la gente me mira mal por la calle. No es mirar
mal, es… —titubeó—, como si te fijaras en ellos unos instantes y siempre te
toparas con sus ojos fijos en los tuyos, y al cabo de un segundo, los bajan.
Mientras buscaba el encendedor en medio de aquel amasijo de ropas,
procedió a expresar su opinión mezclada con una nube de humo.
—A eso se lo llama… Joder, egocentrismo. Jack Twist, tú siempre
acaparando la atención de los demás.
Le robó el pitillo de los dedos, con la intención de compartirlo.
—Claro. Por eso me empeñé en que la oveja más grande de Aguirre me
siguiera.

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Ennis hizo el ademán de golpearle entre juegos por el apelativo. Las
caladas sucesivas convirtieron el cuerpo del cigarro en un cilindro gris. Al
apagarlo en el límite del filtro, intentó regresar al meollo de la cuestión.
—En serio, ¿nunca lo has notado?
Sobrepasado por la preocupación que sus iris azules mostraban, volvió a
tumbarse, instándole a hacer lo mismo. Se colocó de costado, pasándole un
brazo por la cintura y apoyando la barbilla en su hombro.
—Ando demasiado ocupado para interesarme por eso. Tampoco creo dar
razones para levantar sospechas. ¿Las das tú?
Jack giró el rostro. Si había algo que detestaba de él, era la facilidad con la
que aparentaba afrontar aquella situación. Daba igual cuánto sufriera, o cuánto
se esforzara en ocultar su auténtica naturaleza: Ennis no había dado el primer
paso, había sido él mismo quien se decidió a escribirle. Era él quien repetía la
operación y aguardaba una respuesta. Fue él quien acudió de nuevo a las oficina
del ex – jefe de ambos, buscándole.
Pasara lo que pasara, del Mar conservaba su expresión impasible,
ateniéndose a la práctica realidad, aferrado al suelo.
Si Ennis no daba muestra alguna de querer luchar por algo más que
noches como aquella, lejos de todo y de todos, sin nada que compartir salvo el
montón de mentiras sobre el que habían construido su relación, ¿cómo iba a
decírselo?
“Hace unas semanas fui al rancho de mis padres. Hay mucho que hacer,
reparar el granero, los cobertizos… Les dije que la próxima vez que me dejara
caer, me traería a Ennis del Mar conmigo, y que nos quedaríamos en la casa
de al lado, para ayudarles con todo lo que hiciera falta”.
Apretó los dientes, dejando que esa confesión muriese en su mente.
—¿Qué? ¿Qué pasa ahora? —preguntó su acompañante.
—Nada. Estoy cansado.
—Yo también.
Se recostó del todo, aferrándose a su tibieza todo lo que pudo. Jack
depositó una mano sobre las suyas, y se dejó hipnotizar por la rítmica
respiración que cubría su espalda. Concilió el sueño serenamente, algo que sólo
conseguía a su lado.

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Ennis, sin embargo, no tuvo tanta suerte. El subconsciente le castigaba,
haciéndole rememorar; el cadáver semienterrado en una zanja, el pedazo de
carne sanguinolento arrojado en las cercanías, desprendido del cuerpo del viejo
cuanto éste aún contaba con vida, la palpable combinación de orgullo y
desprecio en la voz de su padre…
Se agitó en sueños, y para cuando despertó sobresaltado por la angustia,
las manos de Jack acariciaban sus cabellos, y sus labios le susurraban palabras
tan dulces como la canción recitada en las montañas.
—Ennis… estoy aquí. Tranquilo.
Cerró los ojos, hundiendo la faz en su pecho, esforzándose por no llorar.
Lo último en lo que pensó antes de volver a caer en las redes del sueño,
fue en las contradicciones que le ataban, las disonancias entre lo que deseaba y
lo que no podía hacer.
Entre lo que supondría darse paz entregándose, y fallarse, repitiendo el
patrón que juró jamás escenificar.
Nunca le confesaría que a menudo dejaba que su imaginación volara
lejos, allí donde los dos podían vivir como quisieran, sin tener que volver a
separarse.
Tampoco hacía falta que le dijese que nunca se alejaría de sus niñas.
El recuerdo del día en el que les abandonaron a él y a sus hermanos
mayores permanecería en su interior hasta el final, como una brecha en el pilar
central de su fortaleza.
Jack sabía que aunque tuviera que renunciar a ese anhelo inalcanzable,
no permitiría que ellas tuvieran que pasar por lo mismo.

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Cada minuto fue genuino, distinto al anterior y predecesor de otro incluso
mejor. Revivieron aquel verano, y en honor a los veinteañeros que forjaron su
historia entre el sendero itinerante de los rebaños, encendieron hogueras y
bebieron whiskey al calor de las llamas, gritando a pleno pulmón las canciones
ebrias que fueron capaces de recordar.
También dejaron que el fuego del deseo rivalizara con el de las lumbres.
Hicieron el amor, desbordándose en cada encuentro. Ennis paladeaba las

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sensaciones, disfrutando in situ de todo lo que se imaginaba cuando penetraba a
su mujer bruscamente, sin explicaciones, de espaldas, sin mirarla a la cara.
La noche del sábado se esfumó, convirtiéndose en una pátina de sudor,
regusto amargo a tabaco, semen y temor. Miedo a mencionar que pronto
tendrían que partir, y que ninguno de los dos sabía cuándo podrían volver a
reunirse.
La rabia por el futuro en el que desencadenaría el presente hizo que
embistiera con mayor intensidad, sujetándole de las caderas y arrancando de la
garganta de Jack una queja ahogada, fundida en placer. Él, que amontonaba
emociones hasta que éstas le hacían reventar, se desahogó en el orgasmo.
Se recostó boca arriba, ajetreándose su torso en busca del aliento perdido.
Twist se incorporó, sentándose para contemplar los tímidos rayos de sol
que ya podían intuirse. Le cogió de la muñeca izquierda, poniéndose en pie y
tirando.
—Vamos al agua.
Ennis obedeció. Entraron en el lago, caminando con pasos seguros por el
resbaladizo fondo hasta que tuvieron cubierto el abdomen.
Jack le abrazó. Sin decirse nada contemplaron el amanecer. Las
cordilleras próximas se tiñeron de rojizos y naranjas.
Con el azul la magia fue enterrada. La mañana les vio recoger, montar en
la furgoneta y marcharse.
Tampoco se dijeron nada cuando Ennis se bajó, portando lo que le
correspondía.
Jack pisó el acelerador cuando la otra furgoneta desapareció en dirección
contraria. El largo trayecto a Texas sepultaría los últimos indicios de euforia,
pero no el denso pesar que le asfixiaba.
La carretera se extendía al frente como una línea recta, inestable como su
entereza, oscura como su corazón.

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Francine y su hermana acogieron con entusiasmo su llegada. Dejó las
cosas sobre la mesa de la cocina, y apenas unos segundos después de haber

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entrado a la casa, salió de la misma para jugar con las niñas en el pequeño
jardín.
Ellas se balancearon en los columpios, siendo sus risas un motivo para no
caer en lo arisco de su mal humor.
Nadie era capaz de descifrar su extraño comportamiento. O su parquedad
de palabras. O la caída en picado de sus gestos de cariño.
Ennis del Mar no volvería a ser el mismo. Tenía pocos motivos para
sonreír. Lo único que le empujaba a elevar el mentón al pasearse por las calles,
le obligaba a resguardarse entre las sombras.
Únicamente una caja de aparejos sabía por qué. Y sólo una persona pudo
escuchar la verdad que el sedal quería revelar.
Alma no se unió a su familia en los columpios. Se limitó a sentarse en la
alcoba. Aún resonaba en sus oídos la única frase que su marido había
pronunciado.
“Claro que pesqué un montón de truchas. Me las comí todas, ¡estaban
muy buenas!”.
Sus lágrimas se estrellaron contra la nota de papel, sostenida entre los
dedos. Supo que él no la había leído, puesto que ni siquiera había abierto la caja,
ni había empuñado la caña.
Le odió. Se odió a sí misma. Odió a Jack Twist.
Les odió a los dos por cimentar algo que posiblemente la sobreviviría a
ella. Se sintió miserable, porque su amor había caído en saco roto, y nada podría
hacer por salvarlo. Disimuló el llanto y regresó al salón. No se dejaría ver
vulnerable. Viviría oculta bajo la máscara un poco más, el tiempo necesario
hasta que sus hijas tuviesen edad suficiente para adaptarse a la transición.
Tal vez, en un futuro, volvería a ser la heroína en otra fábula. Respecto de
ésa en el que ahora estaba inmersa, era una villana al amparo del despecho. Un
rol que nunca pidió.
El final de su cuento de hadas.

.: Fin :.
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