LA MASONERÍA, QUE NIEGA EL INFIERNO, ES UNA PRUEBA DE SU EXISTENCIA « Ecce Christianus

http://eccechristianus.w ordpress.com/2012/03/05/la-masoneria-que-niega-el-infierno-es-una-prueba-de-su-existencia/ March 21, 2012
"El último y principal de los intentos masónicos: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo". (León XIII, «Humanum genus», 1884)

Leyendo la Enc íc lic a de León XIII «Humanum genus» sobre la Masonería (abril de 1884) y las obras más serenas y objetivas esc ritas sobre la materia (obras resumidas en el artíc ulo Francmasonería del Dic c ionario Teológic o Católic o), se ve c uál es el fin sec reto y auténtic o de la misma [1]. Desde que la malic ia del demonio dividió el mundo en dos c ampos -dic e, en resumen, León XIII-, la verdad tiene sus defensores, pero también sus implac ables adversarios. Son las dos ciudades opuestas de que habla San Agustín: la de Dios, representada por la Iglesia de Cristo c on su doc trina de eterna salvac ión, y la de Satanás, c on su perpetua rebelión c ontra la enseñanza revelada. La luc ha entre ambos ejérc itos es perenne, y desde el fin del siglo XVII, fec ha del nac imiento de la mentada asoc iac ión, que ha reunido fundido en una todas las soc iedades sec retas, las sec tas masónic as han organizado una guerra de exterminio c ontra Dios y su Iglesia. Su finalidad es desc ristianizar la vida individual, familiar, soc ial, internac ional, y para ello todos sus miembros se c onsideran hermanos en toda la faz de la tierra; c onstituyen otra iglesia, una asoc iac ión internac ional y sec reta.

«El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo. Los que quieren adherirse a ésta de corazón como conviene para su salvación, necesitan entregarse al servicio de Dios y de su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. Con aguda visión ha descrito Agustín estos dos reinos como dos ciudades de contrarias leyes y deseos, y con sutil brevedad ha compendiado la causa eficiente de una y otra en estas palabras: “Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”. Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor». (Humanum Genus, 1884 ).

León XIII, hac ia el fin de su Enc íc lic a, revela el modo c omo estas sec tas c landestinas se insinúan en el c orazón de los prínc ipes, ganándose su c onfianza c on el falso pretexto de proteger su autoridad c ontra el despotismo de la Iglesia; en realidad, c on el fin de enterarse de todo, c omo lo prueba la experienc ia; ya que después -añade el Papa- estos hombres astutos lisonjean a las masas hac iendo brillar ante sus ojos una prosperidad de que, según dic en, los Prínc ipes y la Iglesia son los

únic os pero irreduc tibles enemigos. En resumen: prec ipitan las nac iones en el abismo de todos los males, en las agitac iones de la revoluc ión y en la ruina universal, de que no sac an provec ho más que los más astutos. Este objetivo real de la desc ristianizac ión se enmasc araba antes c on otro que sólo era aparente. La sec ta se presentó al mundo c omo soc iedad filantrópic a y filosófic a. Más, logrados algunos triunfos, arrojó la másc ara. Se gloría de todas las revoluc iones soc iales que han sac udido a Europa, y espec ialmente de la franc esa; de todas las leyes c ontra el c lero y las Órdenes religiosas; de la laic izac ión de las esc uelas, del alejamiento del Cruc ifijo de los hospitales y de los tribunales, de la ley del divorc io, de todo c uanto desc ristianiza la familia y debilita la autoridad del padre, para sustituirla por un Gobierno ateo. Prac tic a el adagio: dividir para venc er: separar de la Iglesia los reyes y los Estados; debilitar los Estados, separándolos unos de otros para mejor dominarlos c on un oc ulto poder internac ional; preparar c onflic tos de c lase separando a los propietarios de los obreros; debilitar y destruir el amor a la patria; en la familia separar el esposo de la esposa, hac iendo legal el divorc io, y más fác il c ada vez; separar, en fin, a los hijos de sus progenitores para hac er de ellos la presa de las esc uelas llamadas neutras, en realidad impías, y del Estado ateo. La Masonería pretende también, c ontribuir al progreso de la c ivilizac ión rec hazando toda revelac ión divina, toda autoridad religiosa: los misterios y los milagros deben ser desterrados del programa c ientífic o. El pec ado original, los Sac ramentos, la grac ia,la orac ión, los deberes para c on Dios son absolutamente rec hazados, igual que toda distinc ión entre el bien y el mal. El bien se reduc e a lo útil, toda obligac ión moral desaparec e, las sanc iones del más allá ya no existen. La autoridad no viene de Dios, sino del pueblo soberano. Reina en la Masonería partic ular odio c ontra Cristo. La blasfemia y la imprec ac ión se reservan de modo espec ial para su Santo Nombre; se intenta, en fin, robar Hostias c onsagradas para profanarlas del modo más ultrajante. La apostasía es de rigor en sus miembros c uando son rec ibidos en los grados superiores. A los ojos de los inic iados, lo mismo a los de los judíos empedernidos, la c ondenac ión de Jesús, pronunc iada por la autoridad judic ial, está perfec tamente justific ada, y la c ruc ifixión fué perfec tamente legítima. La Iglesia Católic a, es, pues, c ombatida c omo la enemiga. Por fin, la noc ión de Dios, anteriormente tolerada, es suprimida del voc abulario masónic o. La perversidad satánic a de la Masonería se revela, en fin, en el mismo misterio c on que vela y protege sus propios designios. Sus más importantes proyec tos, disc utidos en reuniones sec retas, son c uidadosamente sustraídos al c onoc imiento de los profanos y hasta de muc hos afiliados de los grados menos elevados. En c uanto a los inic iados, c uando son llamados a los grados más elevados, juran no revelar nunc a los sec retos de la Soc iedad; y los que se proc laman defensores de la libertad, se entregan por c ompleto a sí mismos a un poder oc ulto que desc onoc en y del que, probablemente, desc onoc erán siempre los proyec tos más sec retos. El hurto, la supresión de los doc umentos más importantes, el sac rilegio, el asesinato, la violac ión de todas las leyes divinas y humanas podrían serles impuestos: bajo pena de muerte deberían ejec utar tan abominables órdenes. El árbol se juzga por sus frutos. La raíz de este árbol deforme es el odio a Dios, a Cristo Redentor y a su Iglesia. Es, pues, una obra satánic a, que demuestra a su modo que el Infierno existe, el Infierno que la sec ta pretende negar. No hay que maravillarse, por tanto, de que la Iglesia haya c ondenado muc has vec es la Franc masonería, bajo Clemente XII, Benedic to XIV, León XII, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII (Cfr. Denz., 1967, 1718, 1859 y sigs.) El Santo Ofic io, en su Circ ular de febrero de 1871 al Episc opado, llega a imponer la obligac ión de denunc iar a los c orifeos y las c abezas oc ultas de estas peligrosas soc iedades: el hijo no está dispensado a denunc iar al padre, y el padre al hijo. El esposo debe obrar igualmente respec to a la esposa, el hermano c on relac ión a su hermana [2]. El bien universal de la soc iedad exige este rigor. El motivo de esta dec isión del Santo Ofic io se funda en las superc herías a que rec urrenlas logias, oc ultándose bajo nombres fic tic ios. La Masonería, primera en negar el Infierno, es, por c onsiguiente, la prueba, c on la propia perversidad satánic a, de su existenc ia. Esto se revela ante todo en las profanac iones de la Euc aristía: ésas son manifiestamente inspiradas por el demonio y suponen, por tanto, su fe en la presenc ia real. Esta fe del demonio, c omo explic a Santo Tomás (II, II, q. 5, a. 2), no es la fe infusa y saludable c on la humilde sumisión del espíritu a la autoridad de Dios revelador; es una fe adquirida que únic amente se funda en la evidenc ia de los milagros, porque el demonio sabe bien que son verdaderos milagros, c ompletamente distintos de los prestigios de que él es autor. Estas horribles profanac iones de Hostias c onsagradas son, pues, a su manera, una prueba sensible de la protervia satánic a y, por c onsiguiente, del Infierno al que está c ondenado Satanás. De ese modo el mismo demonio c onfirma el testimonio de las Santas Esc rituras y de la Tradic ión que él quisiera negar. Por lo demás, de c uando en c uando, c omo en la guerra última, aparec e en la vida públic a de los pueblos un odio espantoso; se diría que el Infierno se abre a nuestros pies. Esto c onfirma la Revelac ión: los delitos de los que no se hac e penitenc ia tendrán una pena eterna.
LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA. PATMOS. 3ª EDICIÓN Notas [1] Véase, en el Diccionario Apologético de la Fe Católica, el notable artículo Francmasonería. (A. Gautherot) [2] Cfr. D. T. C., art., Francmasonería, col. 128.

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