Por qué la Asamblea PUCP debe defender la autonomía el 2 de abril Un testimonio Alexis Iparraguirre* En pocos días la Asamblea Universitaria

de la PUCP se reunirá para tratar sobre la modificación de sus estatutos a pedido de la Iglesia Católica. La solicitud de esta es que la Universidad se ajuste a su reglamento para centros de estudio superior, la encíclica ExCorde Ecclesia y que, además, el Papa de Roma escoja al rector de la PUCP (entre tres candidatos propuestos por la Asamblea). Será la segunda vez, en cortísimo tiempo, que se reunirá para decidir básicamente sobre lo mismo. La primera vez, la Asamblea decidió con claridad: la Universidad se ajustaba perfectamente ya al reglamento pontificio y no aceptaba otra forma de elección de Rector que el de la ley peruana, es decir elección de Rector por la misma Asamblea. ¿Por qué una segunda reunión de la Asamblea en un breve plazo para tratar lo mismo? Porque en este tiempo han aparecido dos circunstancias nuevas: en primer lugar, la Iglesia reiteró que la Universidad tenía que ajustarse a la encíclica dentro de un plazo que vence el 8 de abril (en otras palabras, que no creía que la Universidad ya cumplía sus normas); y, en segundo lugar, la Iglesia se hizo presente en la Asamblea luego de años de ausencia (la Iglesia tiene representantes en ella desde que la Universidad se fundó). Los tres obispos que asistieron manifestaron su espíritu de diálogo para alcanzar acuerdos que respetasen tanto la voluntad de la Iglesia como la autonomía de la Universidad. Por ello la Asamblea designó al equipo rectoral para alcanzar consensos con los señores obispos y aprobar tales acuerdos en una nueva reunión. Por eso la Asamblea vuelve a juntarse el 2 de abril para tratar de lo mismo que la vez anterior. No obstante, la Iglesia Católica, en este tiempo de negociación, ha dado declaraciones públicas y notorias de que no piensa ceder en ninguno de sus pedidos; es decir, la Iglesia Católica, me parece, no está haciendo lo que se hace cuando se negocia: renunciar a algo. Es más, han repetido muchas veces que conseguirán que el Papa elija al rector, vulnerando la autonomía universitaria, y que la PUCP se ajustará a la encíclica. Por ese motivo, temo que la Asamblea del 2 de abril o sea un desaire para los señores obispos, puesto que la PUCP reiterará su decisión, o una derrota para la vida universitaria libre, porque si la Iglesia no cede y, sin embargo, las conversaciones avanzan, entonces alguien está cediendo y esa sería, temo, nuestra Universidad, que renunciaría a su autonomía para, entre otras cosas, seguir siendo Pontificia y Católica (católica como lo entienden los señores obispos y los señores cardenales de Roma). Lamentaría mucho que esto fuera así, que fuéramos una universidad dirigida desde Roma y abiertamente confesional. Me molesta, naturalmente, que la ley de un país extranjero, el Vaticano, se imponga sobre la ley del Perú. Pero me molesta sobretodo porque yo enseñé como
* Escritor, egresado y ex-docente PUCP, becario en New York University.

profesor en una universidad confesional católica en 1998 y quiero enumerar para su consideración las razones de mi molestia que, creo, se entenderán por si solas. 1. Estudié literatura y en la universidad confesional católica donde trabajé no se podía leer a Vallejo, a Cortázar, a Borges, a Joyce, y al noventa por ciento de la literatura valiosa contemporánea. Existía censura en la Biblioteca sobre estos autores porque habían hecho proposiciones heréticas en sus obras artísticas y solo podían ser sacados de ella con autorización del guía espiritual del lector. Esto no solamente era muestra de intolerancia sino de una ignorancia inimaginable en autoridades universitarias del siglo XX. 2. Soy, como estudiante de literatura, aficionado a las humanidades en general. Por ello me enteré de los contenidos de los cursos de Filosofía y Ética Contemporáneas que se impartían en esa universidad. Con sorpresa e incredulidad, constaté que esos cursos se enseñaban con el fin exclusivo de mostrar que todos los grandes pensadores de la humanidad posteriores al ultimo gran pensador de la iglesia, Santo Tomás de Aquino, estaban equivocados. Es decir, que solo el pensamiento medieval de la Iglesia (con actualizaciones que no alteraban la verdad central) tenía la razón. Es decir los hombres santos de la Iglesia lo sabían todo o casi todo de filosofía, y los otros eran pecadores, ingenuos o desvalidos. 3. Estos dos casos parecen que solo incumben a las humanidades, pero son fundamentales. Se basan en la idea de que solo la Iglesia conoce la verdad de todo conocimiento, de forma misteriosa, que ella administra a través de sus hombres santos y que se debe conocer por fe. No existe verdad a la cual aproximarse o dudas o alternativas. Si alguien tiene dudas o piensa distinto, me lo dijeron con claridad, es que su pensamiento no llega a alcanzar las verdades divinas. Si se quiere seguir en la institución debe seguirse asesoría espiritual con un sacerdote a fin de eliminar las dudas. 4. Por ello, en ninguna ciencia hay dudas. Por ejemplo, en Física, antes que el Big Bang o los cuantas, se “sabe” que Dios impulsó el Big Bang o creó los cuantas, así no haya pruebas de eso; así se dice en clase y se debe creer por la fe. Del mismo modo, en antropología, antes que la diversidad cultural o el respeto a las diferencias, se enseña la igualdad de todos los hombres ante Dios porque fueron creados a su imagen y semejanza, como seres con cuerpo y alma. En Derecho, no se puede aceptar como válido el análisis económico del derecho porque existe la doctrina social de la Iglesia que abiertamente se opone a razonar sobre la base de costo y beneficio, etcétera. 5. Todas estas afirmaciones, que parecen carentes de fundamento, eran realidad en este centro superior católico confesional. Sin embargo, lo que ofendía abiertamente la libertad y autonomía de estudiantes y alumnos era el modo en que los sacerdotes asignados al campus supervigilaban la vida

pública y privada de la comunidad. Los sacerdotes averiguaban, en las conversaciones con los alumnos que se les asignaban para asesoría o confesión, las “faltas” o “pecados” de otros alumnos y profesores. Luego, hacían esto de conocimiento de las autoridades de la universidad para que decidieran sobre el destino de los pecadores. Por congraciarse con los sacerdotes, algunos alumnos y profesores eran conocidos como informantes profesionales. Los sacerdotes, de este modo, sabían no solo lo que pasaba en la universidad sino fuera de ella, en la ciudad, y todo ello influía en la carrera académica de docentes y alumnos. El parecido con la vida controlada de una comunidad totalitaria no es casual. 6. Como consecuencia de lo anterior, junto con el trabajo, se valoraba el compromiso del universitario con la Iglesia Católica como motivo de ascenso o éxito profesional. Tener una buena reputación no solo pasaba por ser estudioso o realizar investigaciones o diseñar cursos, sino por ir a misa en la capilla de la Universidad, participar del rezo del rosario, en retiros quincenales o mensuales, y ser mirado como católico practicante por los sacerdotes, especialmente por el Capellán General, personaje de tanta autoridad en la práctica como el Rector. Como se supone, la carrera académica demasiadas veces no se basaba en el mérito intelectual sino en la fidelidad a la Verdad única y a sus hombres santos. 7. Por motivos de espacio, no mencionaré las prohibiciones menudas y ridículas en la vestimenta que se disponían, la discriminación contra los hijos de padres divorciados, los profesores en igual estado, etc. Pero si quiero resaltar que esta lógica irracional y absurda no la conozco a través de terceras personas. Fui testigo cómo los hombres santos que administran la Verdad castigan a los pecadores. En 1998, dos profesores amigos míos, hombre y mujer, adultos y solteros, que trabajaban en esa universidad confesional fueron vistos, en un centro recreacional, por sus alumnos, compartiendo un búngalo. Estos refirieron el hecho a los sacerdotes que eran sus asesores espirituales. Al día siguiente, mis amigos fueron despedidos porque eran incompatibles con los ideales de la institución; es decir, porque tenían cohabitación de pareja sin estar casados. Las anteriores son solo algunas de mis razones de molestia con un modelo de universidad que, entiendo, quieren implantar intereses al interior de una Iglesia jerárquica y autoritaria en la PUCP. Así solo ocurriera una de las situaciones aquí descrita, me parece de un horror y un escándalo intolerable para nuestra Universidad, que hasta hoy es un centro de pluralidad, democracia, respeto, tolerancia y práctica católica en su vertiente no autoritaria. La sola posibilidad de que alguna de estas situaciones ocurriera debiera conducir a rechazo. Naturalmente, hago la salvedad, como muchos me señalan, una universidad confesional como en la que trabajé por un año, da y sigue dando excelentes profesores y estudiantes valiosos. Desde mi experiencia personal debo decir que es cierto, pero que esos estudiantes y profesionales, mis mejores estudiantes en el año que enseñé y que son hombres y mujeres de éxito, lo hubieran sido sin

importar donde hubieran estudiado, porque siempre tuvieron el criterio para cultivar, por debajo del clima de pudor incontrolable y control eclesial, su cuantioso talento, su libre juicio, la lectura fuera de la universidad, el trabajo tesonero. Pero ellos, de cuya amistad me precio, son excepciones, como siempre son pocos los que salvan tantos obstáculos para conocer y ser libres. Un par de ellos, ya mayores, por sobre su éxito profesional, aun recuerdan la universidad como un tiempo de temores y aprehensiones. Por todas estas razones me molesta profundamente pensar en la mera posibilidad de no ser autónomos, que es como manda la ley. El titulo de Pontificia, si se mantiene bajo condiciones análogas a las arriba planteadas, no solo sería garantía de infelicidad, sino de traición a nuestros jóvenes, a nuestros mejores profesores y ejemplos, a nuestro ideal de explorar el conocimiento hasta sus últimas consecuencias y aprender de autogobernarnos el precioso camino de la libertad.

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