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Giordano Bruno “El infinito en la dignidad del hombre”

Carlos Rebate Sánchez e-mail: crebate@yahoo.com “No te di, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –casi libre y soberano artífice de ti mismo- te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás –de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas.” Pico Della Mirandola, Oratio de hominis dignitate

El hombre necesita sentirse digno. Esto ocurre de tal modo que podríamos perfectamente pensar la historia de la humanidad como la lucha inexorable del hombre tras la búsqueda de un telos, una causa final y última que justifique y dignifique su existencia. De entre todas las teorías que tratan de explicar la Historia Universal, hay una que me llama particularmente la atención: la visión hegeliana de la historia. Hegel entendía la Historia Universal como la historia del Espíritu (el conjunto de fases por las que pasa la evolución del principio cuyo contenido es la conciencia de la libertad). En este sentido, el espíritu del hombre renacentista, que es el que trataremos en este texto, se encuentra en un momento crítico, está surgiendo la individualidad tal y como la concebimos ahora, y ella trae consigo nuevas formas de libertad1. Éste sentimiento, trasladado a la historia del hombre, sería parecido al que los psicoanalistas asocian a la emergencia del sentimiento yoico en el niño. El hombre medieval se encuentra encadenado a una determinada función dentro de un orden social, dentro del cual las posibilidades de movilidad son escasas (no sólo la movilidad de un estamento a otro, sino incluso la geográfica). Cuando nace, será zapatero si su padre es zapatero, que a su vez habría heredado el oficio de su padre, y vivirá de acuerdo al nivel de vida asociado a su oficio o gremio hasta su muerte, que salvo contadas excepciones, tendrá lugar en su pueblo de origen. Es difícil hablar de libertad en esta situación, pero es innegable que esta misma situación les garantiza algo tremendamente importante: su seguridad. Para el hombre medieval “el universo es limitado y de sencilla comprensión” (Erich Fromm) y la tierra y el hombre son su centro. En palabras también de Erich Fromm “el hombre solamente es consciente de sí
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Lo que caracteriza, en opinión de Erich Fromm, a la sociedad medieval, en contraste con la moderna, es la ausencia de libertad individual. Mas que individuo el hombre medieval se constituye en pieza de un sistema; inmerso en un estamento, una clase social, un gremio, que le asegura y condiciona su posición social y sus posibilidades. Esta ausencia de movilidad sería para Fromm el estado previo a las nuevas formas de libertad e individuo que trae consigo la sociedad moderna. Para saber más, véase: Fromm, Erich. “El miedo a la libertad”, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, 1997.

mismo como miembro de una raza, pueblo, partido, familia o corporación, tan sólo a través de alguna categoría general”. Esta seguridad que experimenta por estar vinculado a una categoría general, les protege de la angustia que a menudo experimenta el hombre moderno cuando se enfrenta a la libertad. En el momento histórico que tratamos la dignidad del hombre medieval está perfectamente ubicada; viene dada principalmente por la imagen antropomórfica de Dios, por el geoestatismo y por el geocentrismo. Y es que con Aristóteles y la Escolástica llega al Renacimiento la concepción de un universo cerrado 2 donde el hombre ocupa una posición privilegiada, la posición que también le asigna Pico en el discurso sobre la dignidad del hombre que enunciábamos al principio: el centro. Dios es el motor inmóvil, el acto puro, la causa incausada: el límite (al ser algo transcendente marca el límite para el universo y su dependencia ontológica). Y aquí surge la amenaza, Copérnico primero y Bruno después, harán que se tambaleen los cimientos de la seguridad que ofrecía el “mundo limitado y de fácil comprensión” medieval. Copérnico publica su “De revolutionibus”, y con él una nueva concepción donde la Tierra deja de ser el centro del Universo y pasa a girar en torno al sol3. Nos trasladamos de centro a periferia, y este proceso nos conduce a la siguiente pregunta: ¿dónde queda la dignidad y la seguridad del hombre medieval? Vimos que en el geocentrismo se encontraba una de las raíces de la dignidad (el centro tiene un valor simbólico, afectivo, divino). Por ello, por este cambio de perspectiva introducido por Copérnico en la mentalidad renacentista, la dignidad queda desplazada y Copérnico paga las consecuencias, el brazo secular de la Iglesia, eufemismo que maquilla su instrumento de barbarie e intolerancia, se encargaría de que esta afrenta no quedara sin castigo. Giordano Bruno, con la megalomanía que le caracteriza, criticará a Copérnico el no haber comprendido el verdadero alcance de su descubrimiento, quedándose en una mera interpretación matemática (al no eliminar la octava esfera y dejar el universo cerrado). Por ello Copérnico, según Bruno, representa la aurora del advenimiento de la verdadera religión (la religión egipcia4), de la que él es profeta; un enviado que viene a restituir la verdad, tanto tiempo ensombrecida: “el subvertidor de la subversión introducida por Aristóteles y Cristo”. Con Bruno el hombre no sólo no es el centro del universo, sino que el universo no tiene centro, porque es infinito, y los mundos por tanto innumerables. La pregunta antes era ¿dónde queda la dignidad del hombre si la Tierra no es el centro?, ahora va más allá: ¿dónde queda Dios en un Universo infinito?. Esta pregunta suscita muchos problemas, no en tanto al lugar físico que ocupa Dios (que podría considerársele como constituyente de otra realidad ajena a mi concepción objetiva del mundo) sino en tanto a que la concepción, por parte del hombre, de un Universo infinito, transforma la mente del propio hombre, y como vimos antes, atenta contra los pilares de su seguridad.
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La causa-efecto y potencia-acto, hacen que Aristóteles, evitando la dependencia ontológica hasta el infinito, cierre el Universo.
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A. Koyré también estudia los cambios que se producen como resultado de la revolución astronómica. Para saber más: Estudios de historia del pensamiento científico, México, Siglo XXI, 1977. From the Closed World to the Infinite Universe, Baltimore, 1957.
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Para saber más, véase: Yates, Frances A., Giordano Bruno y la tradición hermética, Barcelona, Editorial Ariel, 1994.

Bruno en concreto, en mi opinión, experimenta una especie de “catarsis del infinito” y, consciente o inconscientemente, se ve obligado a recuperar la dignidad perdida y a reinventar a Dios. La vía que le conduce a ello es la sustitución del Dios transcendente, que le llega de su tradición neoplatónica, por un Dios inmanente (en las cosas). Para recuperar la dignidad, el hombre se ve obligado a reinventar lo divino, y de tener a un Dios con barba sentado en un trono contemplando su divina creación pasamos a “un Dios en las cosas”, a la teoría panteísta de la inmanencia. El razonamiento es el siguiente: si Dios es infinito 5 está en todas partes, y, si está en todas partes también está en mí, con lo que se puede encontrar en el hombre raíz divina y con ello recuperar la dignidad. Este podría haber sido el proceso que lleva a Bruno a recuperar lo divino6; porque Bruno es el primero en enfrentarse a su propio descubrimiento, en experimentar la angustia de sentirse un individuo aislado en un mundo infinito. El hermetismo llena este vacío y, como acabamos de ver, le devuelve la dignidad. Si recapitulamos, y hacemos balance de la situación, encontramos a dos víctimas (Copérnico y Bruno) enfrentadas a la mentalidad de su época (en plena irrupción de la libertad individual). Bajo un prisma hegeliano, estos podrían considerarse culpables de “sembrar un principio revolucionario” en el espíritu del hombre renacentista. El siguiente párrafo, que dedica Hegel a la muerte de Sócrates, podría ser aplicable a Copérnico y Bruno, como enemigos de la mentalidad de su época: “El destino de Sócrates es, pues, el de la suprema tragedia. Su muerte puede aparecer como una suprema injusticia, puesto que había cumplido perfectamente sus deberes para con la patria y había abierto a su pueblo un mundo interior. Mas, por otro lado, también el pueblo ateniense tenía perfecta razón, al sentir la profunda conciencia de que esta interioridad debilitaba la autoridad de la ley del Estado y minaba el Estado ateniense. Por justificado que estuviera Sócrates, tan justificado estaba el pueblo ateniense frente a él. Pues el principio de Sócrates es un principio revolucionario para el mundo griego. En este gran sentido, condenó a muerte el pueblo ateniense a su enemigo y fue la muerte de Sócrates la suma justicia.” Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal

Este conflicto constituye un ejemplo de la búsqueda de sentido que mencionábamos al principio de este trabajo. Necesitamos buscar y encontrar ese sentido para mitigar el miedo que nos inspira la soledad y el desamparo frente al mundo, la angustia de existir. Y lo hacemos a través de mecanismos de evasión (fama, trabajo, religión, estado, etc.) que nos arrastran hacia nuevos vínculos, hacia nuevas cadenas que nos devuelvan la seguridad perdida.

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La causa-efecto aristotélica se transforman en Bruno en causa-efecto infinitas. No pone límite al poder creador y califica la voluntad en Dios como ingenua antropomorfización (probablemente Jenófanes de Colofón estaría de acuerdo en este aspecto).
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Su interpretación está cargada de hermetismo, como toda su filosofía.