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Sagrada Escritura | Eulalio Fiestas Lê-Ngoc

Los pañales y el pesebre

Cuando Benedicto XVI publicó el libro Jesús de Nazaret, esperaba tratar los relatos de la infancia en la segunda parte de su obra. Ya se ha anunciado que ésta verá la luz a comienzos de la próxima cuaresma, pero finalmente no incluirá un tratamiento de la infancia, en el que, al parecer, el Papa ha estado trabajando este último verano. La belleza y la profundidad teológica de los relatos de la infancia son un buen material para la pluma de Benedicto XVI. Basta recordar sus palabras en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Colonia —en las que se inspiró en los magos de Oriente—, para aguardar con ilusión su comentario. Pocos textos evangélicos son tan conocidos como el del nacimiento de Jesús. Tal vez por eso mismo son también los más contaminados por elementos ajenos y se hace difícil separar el grano de la paja, el dato evangélico de las adherencias piadosas.

E nacimiento y la infancia de

Jesús están narrados en los

dos primeros capítulos de los

l

evangelios de San Mateo y de San Lucas, cada uno desde una óptica distinta. Por eso, la mayoría de las escenas y personajes secundarios son específicos de cada evange- lista, aunque en la memoria de muchos cristianos los dos relatos están fusionados en uno solo. En estas páginas nos cen- traremos en el tercer evan- gelio (Lucas) y en un par de detalles que nos ofrece del nacimiento de Jesús. Como es sabido, San Lucas construye

a veces su discurso mediante

narraciones paralelas o dípti- cos. Al igual que cuenta dos anuncios de concepción ex- traordinaria, el de Juan Bau-

tista y el de Jesús, también relata en paralelo ambos na- cimientos. En una y otra ocasión ape-

nas menciona el nacimiento;

lo que Lucas pretende subra- yar no es el hecho, sino su significado. Para poner de relieve la importancia del precursor, San Lucas se ser- virá de sus padres, Zacarías

e Isabel, y de los parientes y vecinos que habían acudido

a la ceremonia de la circun-

cisión. En el caso de Jesús, la

relevancia de su nacimiento no se pone en boca de José y María, sino de ángeles y pas- tores: ha nacido un Salvador, Mesías y Señor.

SEÑAL, NO PORTENTO

En el relato lucano sorpren- de la atención que se presta a algunos detalles que podría- mos considerar anecdóticos:

los pañales y el pesebre. Da la impresión de que el edicto del César hace que el Mesías nazca como un desplazado, en una situación de pobreza.

nazca como un desplazado, en una situación de pobreza. “Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus

“Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est”, “aquí nació Jesucristo de la Virgen María”: altar del Nacimiento, basílica de la Natividad (Belén).

Así, esos humildes detalles se podrían interpretar como consecuencia de un triunfo de las autoridades humanas frente a los planes divinos. Pero el ángel deja entrever que los planes de Dios pre-

valecen incluso en esas cir- cunstancias: los pañales y el

pesebre no ponen de mani- fiesto el poder humano, sino el designio divino. La noticia del nacimiento de Jesús va acompañada por una descripción de lo que hizo María con él y por una explicación: “Lo envolvió en pa- ñales y lo recostó en un pesebre, pues no tenían sitio en la estan- cia”. Aunque algunos autores relacionan esta actividad de María con su virginidad ‘in partu’, el interés de Lucas no se centra en lo que hace Ma- ría, sino en el resultado: el re- cién nacido se caracterizará por estar envuelto en paña- les y acostado en un pesebre.

Lo primero parece bastante obvio e irrelevante; lo segun- do, que esté acostado en un comedero de animales, nos resulta insólito. Nada más narrar que el niño ha nacido, el evangelista presenta a los pastores, que asisten a una angelofanía, con algunos elementos típicos en

este tipo de relatos: aparición

o presencia del ángel, temor,

palabras de apaciguamien- to y mensaje. El mensaje, es decir, el anuncio del extraor- dinario nacimiento que ha tenido lugar en Belén, viene acompañado de una señal; la importancia de este signo queda subrayada por el he-

cho de que el ángel lo ofrezca sin que los pastores lo hayan pedido. No hay que confundir sig- no con portento; hay signos bíblicos que son milagrosos

o extraordinarios, pero otros

no se salen de lo ordinario.

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En este caso, el signo parece incluso prosaico: la señal será precisamente lo que Lucas ya ha anticipado en su narra- ción de lo que hizo María: “Y esto os servirá de señal: hallaréis al niño envuelto en pañales y re- costado en un pesebre”.

LOS PAÑALES

Se ha buscado en el Antiguo Testamento el posible signi- ficado del estar envuelto en pañales. La mayoría de los autores no aprecia una in- tencionalidad teológica, sino una mera descripción trivial y costumbrista: los pañales de un niño indican que se trata de un ser humano nor- mal o, a lo sumo, que no está abandonado y que recibe las atenciones y el cariño que se esperan de una madre. En las Iglesias orientales, sin embargo, es frecuente una interpretación más sim- bólica, que relaciona los pa- ñales del nacimiento con lo que cuenta San Lucas al final de su evangelio: que José de Arimatea envolvió el cuerpo muerto del Señor en una sá- bana y que Pedro corrió ha- cia el sepulcro y, al inclinar- se, vio sólo los lienzos. Con esta alusión al comienzo y al final del tercer evangelio, se establece un gran marco, o inclusión, que abarca de la cuna a la tumba. Como escribe San Grego- rio Nacianceno, “fue envuelto en pañales, pero fue liberado de las vendas del sepulcro al resu- citar”. Aunque el vocabula- rio usado para referirse a las fajas o pañales no coincide exactamente con el relativo a lienzos o sábanas, la teología oriental se relaciona con el arte de los iconos que esta- blecen ese paralelismo, más visual que terminológico, so- bre todo cuando se ponen en relación mediante la imagen de Lázaro saliendo del sepul- cro. Una de las explicaciones modernas más interesantes de la mención de los paña- les la ofrece Salvador Muñoz Iglesias. Según él, estamos

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tan acostumbrados a la idea de un Mesías niño que no hemos prestado suficiente atención a las expectativas mesiánicas del tiempo de Je- sucristo. Aunque las corrien- tes y escuelas judías eran muy variadas, distaban mucho de imaginarse al Mesías como un niño: más bien aparecería de improviso, como un hom- bre adulto. En general, se pensaba que el Mesías estaría oculto, in- cluso para él mismo, es decir,

“Frente a estas expectativas que sitúan la aparición del Mesías en edad adulta, el relato lucano pre- senta como tal al recién nacido hijo de María. El Mesías no es un personaje ya maduro que viva oculto y desconocido en cual- quier rincón del planeta. No na- ció el día en que fue destruido el Templo ni al principio del mun- do. Por el contrario, el anuncio del ángel a los pastores subraya que el Mesías «os ha nacido hoy» (Lc 2, 11). Y como señal de que es un recién nacido, les asegura

señal que da el ángel; y, final- mente, lo que encuentran los pastores. Por eso, cabe preguntarse con R. E. Brown: “Puesto que el pesebre aparece en las tres subdivisiones de Lc 2, 1-20 (vv.

7.12.16) y el mismo Lucas se re- fiere a él como signo (v. 12), ¿cuál

es su simbolismo?”. La hipótesis más extendida es la que relaciona el pesebre con una queja de Dios, conte- nida en Isaías 1, 3: “Crié hijos y los saqué adelante, pero se rebe-

1, 3: “Crié hijos y los saqué adelante, pero se rebe- Mosaico del Nacimiento, en la

Mosaico del Nacimiento, en la hospedería franciscana (Domus Pacis) de Belén.

sin que él supiese que lo era, hasta que viniera Elías a un- girlo y manifestarlo a todos. “La creencia en el Mesías oculto se transparenta en la observa- ción que algunos de Jerusalén hi- cieron en la discusión que siguió al discurso de Jesús en el templo, en la fiesta de los Tabernáculos:

«¿Es que por fin habrán conoci- do de veras los jefes que éste es el Mesías? Pero este sabemos de dónde es; pero el Mesías, cuando venga, nadie sabrá de dónde es» (Jn 7, 26-27)” (Levine). Aludiendo a la diversidad de las interpretaciones ju- días, escribe Muñoz Iglesias:

que lo encontrarán envuelto en pañales”.

EL PESEBRE

Este mismo biblista español, que concede tanto valor a los pañales, no otorga, sin embar- go, una especial significación a que el niño esté acostado en un pesebre; se trataría de un mero detalle adicional. Pero, al parecer, el evan- gelista no lo considera así. De hecho, en apenas diez versículos, se menciona el pesebre en tres ocasiones:

cuando María da a luz; como

laron contra mí. Conoce el buey a

su dueño, y el asno el pesebre de

su amo; pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne”. Lucas estaría proclamando que las palabras de Isaías ya no tenían vigencia, que “los

pastores son enviados al pesebre

a encontrar al Señor, fuente de

alegría para todo el pueblo de Is-

rael; llegan y, al hallar al niño en

el pesebre, comienzan a alabar a

Dios. En otras palabras: el pueblo de Dios ha comenzado a conocer

el pesebre de su Señor” (Brown). Esta interpretación del pe-

sebre acomodando el texto de Isaías ha tenido fortuna

en el imaginario navideño, trasladando a los animales la función de los pastores: “La tradición cristiana ha reconoci-

do en el buey y el asno el prototi- po de los animales fieles; en este sentido, el arte pesebrista sitúa en la cueva donde nace Jesús un buey y una mula, como símbolo de los pobres y humildes que re- conocen al Señor” (Ramis). Otros intentos de explicar el carácter de signo del pe- sebre van en la línea de su- gerir que el recién nacido es el descendiente de David: el pesebre, como el protagonis- mo de los pastores, tendería a presentar a Jesús como pas- tor y sucesor de David. Sin embargo, aunque a través de la figura de los pastores se puede evocar la condición pastoril de David en Belén, no se ve qué relación puede tener con un pesebre. San Cirilo de Alejandría vincula el lugar del alimen- to de los animales con el pan que ha bajado del cielo: “Halló

al ser humano reducido al estado

animal. Por eso es colocado como

alimento en un pesebre, para que nosotros, habiendo escapado de nuestra vida carnal, lleguemos

a esa comprensión que es propia

del hombre. Y como estábamos embrutecidos en el alma, al acer- carnos a su mesa, esto es, al pese- bre, ya no encontramos alimento,

sino el pan del cielo, el cuerpo de

la vida”. La fuerza de esta ima-

gen aumenta cuando se re- cuerda la etimología de Belén:

Bet-léjem, Casa del pan.

MALA GENTE

Desde el punto de vista de la antropología cultural, se han dado otras interpretaciones del pesebre, en las que no se busca reducirlo a un simple detalle anecdótico, ni trans- figurarlo en un símbolo reli- gioso. Kenneth E. Bailey ha vivi- do durante sesenta años, de 1935 a 1995, en Oriente me- dio. Tras pasar la infancia en Egipto y estudiar en Estados Unidos, ha enseñado Nuevo Testamento en Egipto, Lí- bano, Jerusalén y Chipre. Su

abundante obra procura un acercamiento al Nuevo Tes- tamento a la luz de la cultura de Oriente medio. Este autor recuerda que en la Palestina del siglo I los pastores eran gente pobre e inculta, tachados de impu- ros, que ocupaban los pues- tos más bajos de la escala social. Esta ínfima considera- ción social de los pastores de carne y hueso es compatible con la idealización teológica del pastor que hizo el pueblo de Israel, originariamente seminómada y dedicado al pastoreo. Una cosa es cantar que el Señor es mi pastor, y otra sentar a la mesa al que

continuamente desprende

un penetrante olor a cabras

u ovejas.

COMO EN CASA

Tras el temor inicial ante la aparición del ángel, los pastores vuelven a azorarse cuando éste les pide que va- yan a visitar al niño. Desde su punto de vista, si el niño era realmente el Mesías y sus padres eran descendientes

del rey David, nadie les haría caso cuando pidiesen acer- carse a él. ¿Cómo garantizar

a los pastores que serán bien- venidos, y no despedidos con cajas destempladas?

El lenguaje de los iconos

La iconografía del oriente cristiano se inspira en los relatos evangélicos, pero incorpora numerosos ele- mentos piadosos sacados de los evangelios apócri- fos. En los iconos encontramos un lenguaje popular, estilizado y didáctico en el que confluyen la contem- plación pausada y los cantos de poetas y místicos. En

él se conjugan el mundo celestial y el terreno, la luz de Cristo y la esperanza de nuestros primeros padres y de todos los hombres. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, Dios les dio como vestido unas túnicas de pieles (cf. Gén 2, 31). Romano el Meloda o Cantor (siglo VI), en

el Kontakion de la Navidad pone en boca de Jesús:

“Estoy envuelto en pañales por causa de cuantos habían revestido entonces las túnicas de piel”. El niño no lleva un pañalito, sino que todo él está fa- jado, envuelto como una crisálida, casi amortajado. El tipo de vendaje evoca la imagen de Lázaro que sale de la tumba.

Los pañales son la señal para que los pastores reco- nozcan al Salvador; también serán la señal para que las mujeres, Pedro y Juan reconozcan la resurrección del Señor ante el sepulcro vacío. Esta remisión de la Pascua del nacimiento a la Pas- cua florida se acentúa por el hecho de que, en los iconos, el niño suele colocarse sobre un pesebre que tiene forma de sarcófago. Más que cuna o contenedor de hierba es un sepulcro o un altar. En el rostro de María se lee a veces esa tristeza humana de una madre que querría dar algo más a su Señor. Con Romano el Cantor parece decir: “Cuando Sara trajo al mundo un hijo, recibió vastos territorios como homenaje, yo en cambio no tengo un nido: me ha sido prestada esta caverna donde tú has querido habitar, mi pequeño, Dios antes de los siglos”. También nosotros podemos aplicarnos las palabras del Meloda que en medio de nuestra miseria hacen nacer un profundo gozo: “¿Qué podemos ofrecerte, oh Cristo, porque te has mostrado sobre la tierra para nosotros como hombre? Cada una de tus criaturas te trae su testimonio de gratitud: los ángeles te ofrecen el canto; los cielos, la estrella. Los magos, sus presentes; los pastores, su asombro. La tierra, una cueva; el desierto, un pesebre. Nosotros, en cambio, una madre virgen”.

El ángel previene su in- quietud y les anuncia que

“encontrarían al niño envuelto en pañales (que era lo que los campesinos, al igual que los pastores, hacían con sus hijos recién nacidos). Más aún, se les dijo que estaría acostado ¡en un pesebre! O sea, que encontrarían al Mesías niño en una modesta casa de campesinos como podía ser la de cualquiera de ellos. No se hallaba en una mansión del gobernador, o en la habitación de huéspedes de un rico merca- der, sino en una sencilla casa de dos habitaciones, como la suya.

Esta era ciertamente una buena noticia. Quizá no les iban a de- cir: ‘Sucios pastores, ¡largaos!’. Esta era su señal, una señal para humildes pastores”. Llenos de ánimo con este signo los pastores van a Be- lén a buscar al “Salvador, el Mesías, el Señor”. Bailey denuncia esa idea generalizada de que José y María llegaron a Belén cuan- do ella estaba a punto de dar a luz, que las puertas se les cerraron y que por eso buscaron una cueva en las afueras. Nada de eso está en los evangelios de Mateo o de Lucas, sino en los apócrifos. Más aún, Lucas (2, 6) señala que el momento del parto sobrevino no de viaje, sino “cuando ellos estaban allí”. Los deberes sagrados de parentesco y las leyes de la hospitalidad hacen pensar a Bailey que los pastores, “clara- mente, encontraron a la sagrada familia perfectamente acomoda- da, no en un sucio establo. Si, al llegar, se hubieran encontrado con un pestilente establo, una temblorosa y jovencita madre y un desesperado José, habrían di- cho: ‘Esto es indigno! ¡Venid con nosotros a casa! ¡Nuestras muje- res cuidarán de vosotros!’ En cin- co minutos, los pastores habrían trasladado la pequeña familia a sus propias casas”, pobres pero acogedoras. Tendremos, pues, que de- dicar otro artículo a explicar qué quiere decir San Lucas cuando explica que María “lo recostó en un pesebre, pues no tenían sitio en la estancia”. n

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