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LA BASE DE LA REPRESENTACIÓN PARLAMENTARIA Y QUÉ CAMBIAR DE ELLA

Por César Delgado-Guembes (1) Imaginar una representación parlamentaria efectiva y material garantizada es parte de un ejercicio respecto de la calidad de la vida política ciudadana. No cabe representar mejor a quienes no tienen capacidad material, orgánica o física, si cabe la expresión, ni las suficientes calidades para contar con mejores representantes. La representación sólo describe la calidad del ciudadano. No transforma al ciudadano que elige en una distinta condición de persona. Si el mundo interior y si la condición ética de la colectividad es en general un mundo y una condición límite, que está al borde entre la transgresión y la rectitud, ese mismo tipo de mundo y de condición ética será el de quienes como ciudadanos postulen a un cargo representativo y luego resulten elegidos a cargos públicos. No puede haber ninguna válvula que cambie esa regla de adjudicación de puestos públicos en cargos representativos. Con esa premisa por delante es importante primero estar adecuadamente informados sobre la dinámica de la representación, caer en cuenta, y reconocer, que no habrá absolutamente nada ajeno a la transformación de la calidad interior y a la condición ética de cada ciudadano que pueda sustituirse como medio eficaz para contar con una representación más efectiva. No hay atajos ni coartadas para eliminar esa realidad. La denuncia sobre los déficits de nuestra representación sólo expresan el malestar sobre nuestra propia identidad política. De una sociedad de pendejos o de lornas sólo es posible una representación con pendejos o con lornas. Recíprocamente, de una sociedad de ciudadanos valientes y nobles sí cabe esperar representantes íntegros y valientes. Aún no se ha descubierto cómo conseguir oro del plomo ni del estiércol. Si hubiera que creer en el diagnóstico que insinúa que los actores políticos son sujetos fragmentados o débiles, o que los procesos son complejos, todo arreglo que conduzca a la definición de la representación en la república debe prever la imposibilidad material de ofrecer ninguna garantía para cambiar la calidad de la representación. La calidad de la representación no es garantizable por ningún medio mecánico. La dialéctica no permite el salto de lo cuantitativo a lo cualitativo. Las fórmulas para transformar votos en escaños son un proceso aleatorio de agregación de preferencias individuales, en el que quienes participan carecen de la información adecuada para tomar decisiones colectivas integrales. Salvo contados casos no conocen a quienes postulan, pero votan a partir de lo poco que escuchan o de las apariencias o percepciones generales sin alcanzar a conocer a las personas mismas. Y si se tratara de
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El autor es experto en derecho parlamentario, profesor de derecho parlamentario en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y funcionario del Congreso de la República, en el Perú. Ha sido Oficial Mayor del Congreso y Sub Oficial Mayor de la Cámara de Diputados, además de haber ocupado diversidad de posiciones en la estructura organizacional del Congreso. Luego de haberse desempeñado como Director de Comisiones y Documentación hasta Julio del 2006, fue asignado como Asesor Parlamentario en la Sub Comisión de Acusaciones Constitucionales, y las Comisiones de Levantamiento de la Inmunidad Parlamentaria, y la de Ética Parlamentaria. Actualmente es Jefe del Centro de Documentación y Biblioteca del Congreso.

votar por partidos y no por candidatos como lo permite la votación preferencial, no tienen la opción de evaluar sus segundas, terceras, cuartas, y así sucesivamente, mejores opciones. El sistema electoral es un proceso mecánico y cuantitativo que las matemáticas facilitan para llegar a una decisión cualquiera a partir del número de votos. Las decisiones políticas, por eso, no tienen valor moral. Ningún resultado puede asegurar ni garantizar la calidad de la representación, más allá de la calidad general de los ciudadanos entre los que se escoge a quienes postulen para representarlos. Lamentablemente no hay respuestas mágicas ni soluciones automáticas ni rápidas. La representación es sólo reflejo de la calidad humana de un pueblo. El que caigamos en cuenta que la representación nos deja insatisfechos es síntoma de la insatisfacción que sentimos de nuestra propia identidad colectiva. Sabernos carentes porque nuestros representantes no son lo que esperamos que sean, es un modo de ver en el espejo de la representación lo poco ciudadanos que hemos aprendido a ser todos. Y eso no lo cambian fórmulas, revoluciones, ni ingeniería constitucional algunos. Pretenderlo no es sino seguir un derrotero tan ilusorio como inefectivo. Son sólo formas de engañarnos y de retrasar el momento de enfrentarnos con una condición sustantivamente inmodificable. Las instituciones sólo son modos a los cuales las personas se adaptan y respecto de las cuales diseñan estrategias para conseguir resultados. La conducta operativa de los actores de los procesos políticos por eso sólo acomodan sus deseos a las reglas, cualesquiera que ellas fueran. Una dimensión importante en los actuales procesos políticos es la dimensión mediática e imagocrática del poder. Tan importante es la dimensión mediática con la que debe interactuar el sistema representativo del Estado y de la república que no sólo se ha desarrollado una élite poderosa, el llamado cuarto poder, con capacidad no sólo para manipular y modificar la agenda pública y hasta para intervenir en la intimidad de las personas, sino con poder también para desarrollar su actividad en medio de privilegios cuando menos cuestionables en una sociedad que se pretende igualitaria, como con el famoso estatus que tienen las fuentes cuyo origen están eximidos de revelar quienes en nombre de la prensa intervienen en la esfera pública o privada de la colectividad. En el plano imagocrático nuestra ciudadanía entra en una espiral de consumo de imágenes semejante a la que tenían los esclavos de la oscuridad en la caverna de Platón. Cuando la imagen se convierte en un valor, el sujeto procura hacerlo suyo y quiere, a veces no sin inocultable voracidad, tener más de la imagen con la cual afirma su capacidad de intervenir en el mercado. La imagen es un producto narcisístico porque se basa en el goce por la propia apariencia. El objetivo es ocultar todo lo que revele esa interioridad en que se registra lo que avergüenza. La política de la imagen, por eso, es un producto especular y cosmético. Es decir refleja lo más externo, la apariencia, y deja de lado la dimensión interior del individuo que queda intangible y encubierta. La dimensión especular de la política también deja imperceptible la sustancia que no puede ser medida ni observada. Para representar la ley del mercado electoral demanda de los candidatos la puesta en escena de un espectáculo en que sólo se resalte y destaque lo que más conviene y no lo que menos se pueda apreciar. Pero cuando el candidato accede a un puesto de representación el simulacro se cae y lo que no se quiso mostrar sólo emerge e irrumpe en el escenario como el espectáculo de pobreza ética que nunca se conoció, exhibió ni mostró.

¿Cómo cambiar y qué promover? El cambio necesario para que no irrumpa la abyección en toda la monstruosidad de lo real que se encubre con imágenes en el simulacro representativo sólo opera cuando el sujeto deja en suspenso y controla la sustancia perversa de la que está hecho a través de su compromiso político. La normatividad y la institucionalidad que definen la moralidad y la legalidad sólo tienen capacidad para castigar y para forzar comportamientos en el plano de las apariencias. No en el de las sustancias. Si lo que queremos es asegurar el reconocimiento y el halago de quienes esperan opciones mágicas siempre pueden repetirse los lugares comunes y tomar de la vitrina y los escaparates de los mercados institucionales y normativos. Pero esa discusión en todo caso tiene más sentido en relación con preguntas como las que se relacionan con el sistema de elección parlamentaria. La pregunta sobre cómo mejorar la calidad de la representación no puede tener otra respuesta que la que se origina en el ser, en la esencia y en la sustancia. No en el del aparecer que pretenden quienes creen que otras reglas cambiarán a quienes eligen para que sean no otra cosa que lo que somos. La realidad es que no representamos más que lo que somos, sean cualesquiera que fuesen las fórmulas o las instituciones que traduzcan nuestro ser en representación.