2012 Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Angarmegia: Ciencia, Cultura y Educación. Portal de Investigación y docencia

http://angarmegia.com - angarmegia@angarmegia.com

LA Revolución
Industrial
Notas y recursos didácticos para la clase de Historia

Una propuesta de

María Dolores Mira y Gómez de Mercado
Antonio García Megía

El presente documento forma parte del proyecto del Portal de Educación y
Docencia Angarmegia, Ciencia, Cultura y Educación (http://angarmegia.com).
Propone algo más que unos apuntes para orientar a nuestros alumnos de Educación
Secundaria en sus estudios sobre el tema.
Junto a un el texto muy simplificado y centrado en aspectos esenciales para
completar, o diversificar, los contenidos recogidos en su libro base, incorpora:
 Una colección de imágenes en un tamaño y formato adecuado para ser
utilizadas en presentaciones o exposiciones del profesor o el estudiante.
Son originales y corresponden a fotogramas de vídeos confeccionados
específicamente para ilustrar, aclarar o motivar esta Unidad Didáctica.
La base de las composiciones son obras de Ivan Aivazovsky, Giacomo
Balla, Thomas Hart Benton, Honore Daumier, Edgar Degas, Vincent
van Gogh, Francisco de Goya, Otto Griebel, Frederic Leonard King,
Kathe Kollwitz, Konstantin Korovin, Claude Monet, Edvard Munch,
Camille Pissarro, Pierre-Auguste Renoir, Ilya Repin, Diego Rivera,
Koehler Robert, Paul Serusier, Joaquín Sorolla, Jacek Yerka… Todas
las imágenes, además, se encuentran, más dimensionadas, en el
documento La Revolución Industrial. Imágenes, descargable desde la
sección de Imprimibles del Portal Angarmegia.
 Documentos complementarios de autores de reconocida solvencia para
ampliar conocimientos o comprender mejor las circunstancias que
determinan los hechos estudiados.
El proyecto, además, dispone, como queda dicho, de vídeos relacionados y de
actividades interactivas para mejorar y reforzar las adquisiciones.
Los vídeos están localizables en la sección de vídeos del Portal o en el Canal
Angarmegia de YouTube. Las direcciones son:
 Vídeos en el Portal: http://angarmegia.com/videos.htm
 Angarmegia en YouTube: http://www.youtube.com/user/angarmegia
 Las actividades interactivas se encuentran en la sección Refuerzo al estudio:
Interactivos: http://angarmegia.com/refuerzoestudio.htm
 El álbum con todas las imágenes en mayor tamaño es accesible
Imprimibles:
Imprimibles: http://angarmegia.com/apoyos_imprimibles.htm
Agradecemos cualquier crítica o sugerencia que tengan a bien hacernos. Nuestra
mayor satisfacción estriba en conocer que nuestro trabajo puede contribuir a mejorar el
nivel educativo de las generaciones que habrán de sustituirnos.

Antonio García Megía
Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras,
Doctor en Filología Hispánica.

CONTENIDO

Síntesis teórica _______________________________________________________ 9
Documentos complementarios __________________________________________ 23
Avances técnicos e inventos en el siglo XIX _____________________________________ 25
Manifiesto del Partido Comunista ____________________________________________ 28
Frederick Winslow Taylor y la administración científica __________________________ 46
Acta General de la Conferencia de Berlín ______________________________________ 54
La mujer trabajadora en el siglo XIX __________________________________________ 62

La Revolución Industrial
Síntesis teórica

DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Síntesis teórica

CONCEPTO
Se inicia en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XVIII y se traslada a otras
áreas geográficas a lo largo de los siglos XIX y XX. Es consecuencia de las transformaciones
que experimentan las estructuras económicas, técnicas y comerciales, y concluye en la
evolución de las formas de producción tradicional, asentadas en la agricultura, la ganadería y la
fabricación artesanal, hacia otras de tipo industrial basadas en la mecanización y el trabajo en
serie. El proceso determina profundos cambios que sobrepasan los estadios productivos y
afectan al pensamiento social y político, originando una espectacular explosión demográfica y el
éxodo de importantes masas de población rural hacia entornos urbanos.

LA SOCIEDAD ANTERIOR A LOS CAMBIOS
La sociedad preindustrial muestra una economía agraria y ganadera extensiva y de
subsistencia, con técnicas de trabajo primitivas basadas en la mano de obra humana con el
auxilio de la fuerza animal que proporcionan asnos y bueyes. La regeneración de la tierra se
consigue mediante el barbecho, con la consiguiente disminución de superficie susceptible de
cultivo en cada campaña que ese recurso implica.
Por todo ello, los rendimientos son bajos y los excedentes disponibles para el comercio
escasos. Lo aleatorio de las cosechas provoca, además, frecuentes hambrunas y enfermedades.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

La mortalidad, especialmente la infantil, es muy elevada, aunque se compensa con una fuerte
natalidad. La resultante de este estado de cosas es un crecimiento demográfico lento.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

El desarrollo del comercio está fuertemente condicionado por unas comunicaciones
terrestres escasas y deficientes. El transporte a grandes distancias se realiza casi exclusivamente
por vía marítima. La industria es artesanal, carente de máquinas, y sus operarios defienden sus
intereses en agrupaciones denominadas gremios.
La población habita donde trabaja, por lo que se concentra mayoritariamente en
pequeños núcleos urbanos y aldeas. Las grandes ciudades son escasas en número.

LA PRIMERA REVOLUCIÓN
Los primeros signos de la evolución que concluye en la Revolución Industrial
comienzan en Inglaterra en el último tercio del siglo XVIII y se deben a la progresiva
implantación de nuevas formas de producción agrícola y al desarrollo de maquinaria a partir de
los últimos conocimientos científicos y técnicos.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

La agricultura
Los cambios en la agricultura merecen el calificativo de Revolución Agraria. Los más
significativos son el cercado de los campos abiertos de carácter comunal, la rotación de cultivos,
que permite regenerar la tierra sin pérdida de superficie cultivable, y la estabulación del ganado.
El sistema Norfolk, nombre con el que se designa a la rotación cuatrienal que se
implanta en tierras inglesas, consiste en plantar dos hojas de la tierra con cereales o leguminosas
y otras dos con tubérculos (patatas o nabos) y forrajeras (alfalfa, trébol…) que se hacen girar
anualmente. La alternancia de tubérculos y forrajeras, que enriquecen los suelos, con cereales,
mejora el rendimiento de esta cosecha y proporciona alimento a los animales elevando el
número de cabezas que puede mantener.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Se suma, además, el desarrollo y utilización de maquinaria agrícola moderna (segadoras
y trilladoras) que sustituyen a los animales de labranza.
La industria
La industria se concentra en fábricas que utilizan modernas máquinas y demanda mano
de obra suficiente para atender una producción masiva que, a su vez, precisa de un comercio
activo y rápido que dé salida a sus stocks. La máquina de vapor, los altos hornos, las hiladoras y
tejedoras, el ferrocarril y la organización en cadena del trabajo de los obreros, ponen fin a siglos

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

de artesanía tradicional y generan un importante volumen de productos manufacturados de alta
calidad y bajo precio que deben ser colocados de manera eficaz y rápida en múltiples mercados
de consumidores reales y potenciales. La revolución en el comercio está asegurada y llega de
manos del ferrocarril y del barco a vapor.

Consecuencias en la demografía
La disponibilidad de alimento suficiente que sigue a la aplicación de las nuevas técnicas
aplicadas en la agricultura junto a la aparición de nuevos fármacos y mejora de la higiene, hace
disminuir la tasa de mortalidad y la población aumenta espectacularmente, y ello favorece las
posibilidades de comercio interior. El exceso de mano de obra agrícola es absorbido en su
totalidad por la industria, produciendo un flujo migratorio incesante del campo hacia las
ciudades cercanas a las zonas industrializadas.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

LA SEGUNDA REVOLUCIÓN
El avance espectacular que experimenta Gran Bretaña a consecuencia de estos cambios
mueve a otros países, Francia, Alemania, Estados Unidos, Japón…, a entrar en la dinámica
reformista.

El proceso de inicia en torno al 1875 y no concluye hasta el estallido de la Primera
Guerra Mundial. Una incipiente industria química y alimentaria entra en competencia con la
textil. La elaboración de caucho, colorantes sintéticos, explosivos tipo dinamita o fibra artificial,
genera productos que abren nuevos mercados, pero reclaman materias primas en abundancia y
fuentes de energía más eficaces que el vapor. Se ensaya con el petróleo y la electricidad. Nuevos
avances tecnológicos animan el experimento. El Convertidor Bessemer proporciona acero de
calidad para las nuevas máquinas, el ferrocarril se complementa con la aparición del motor de
explosión que posibilita el desarrollo del automóvil, la red de carreteras mejora, las calles se
iluminan y las gentes se comunican de forma rápida a través del teléfono y el telégrafo.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

La publicación en 1912 de la obra de Frederick Winslow Taylor, Principles of
Scientific Management propone un sistema de organización racional del trabajo orientado a
maximizar la eficiencia obreros y maquinaria, el taylorismo, mediante la división y
organización de tareas en secuencias lógicas para evitar movimientos y demoras innecesarias.
Establece también primas al rendimiento del trabajador. En Estados Unidos, Henry Ford lleva
hasta las últimas consecuencias las teorías de Taylor y aplica en la producción de coches la
división del trabajo según especialización total, la producción en cadena y gran serie con
resultados espectaculares.

CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
La nueva sociedad
El elevado coste de la maquinaria y el transporte de las materias primas necesarias para
las fábricas exigen un capital que sobrepasa las posibilidades económicas de las empresas
familiares que inician la industrialización, obligándolas a la fusión para constituir grandes
compañías y sociedades, muchas de ellas anónimas, dependientes, además, del apoyo financiero
de entidades bancarias y de accionistas que participan de la empresa mediante acciones
adquiridas en Bolsa.
El capitalismo irrumpe y aparece la sociedad de clases.

Los medios de producción se encuentran en manos de una burguesía adinerada que se
enriquece contando con el trabajo de una masa de obreros o proletarios, mujeres y niños
incluidos, que percibe salarios muy bajos a cambio de largas jornadas laborales en condiciones
poco salubres e inseguras.
Para revertir esta situación surgen asociaciones sindicales y partidos políticos de corte
marxista y anarquista. El nuevo modelo social contempla, y es un logro histórico, la igualdad
de los hombres ante la ley, pero las diferencias económicas generan otro tipo de injusticia.
La forma de vida burguesa contrasta radicalmente con la obrera, a quienes se
denominan proletarios, por ser la prole, los hijos, su única posesión. Viven hacinados en
barrios miserables y carecen de cualquier tipo de derecho laboral o seguro social.
El mundo se ve envuelto en la lucha de clases. La huelga es el arma de los más
desfavorecidos en este enfrentamiento.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

El nuevo imperialismo
Se denomina imperialismo al control, influencia y dominio que ejercen los pueblos o
naciones poderosas sobre naciones o pueblos más débiles.
La localización en Inglaterra de primer foco de la revolución industrial no es fruto de la
casualidad, sino que tiene una sólida justificación. La respuesta se encuentra en su condición de
potencia colonial.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Las enormes posesiones de su vasto imperio suministran materias primas abundantes y
baratas y ofrece una gran masa de población como mercado potencial para adquirir los
productos manufacturados que de ellas se derivan.

La incorporación de otras potencias al fenómeno imparable de la industrialización,
inicia una competencia feroz para abaratar costos y ganar competitividad.
La necesidad de fuentes de energía y materias primas mueve a los países a conseguirlas
por cualquier medio, incluso con recurso a la fuerza. Se produce así una nueva oleada de
imperialismo colonial que afecta a extensas áreas de África y Asía y origina tensiones políticas
y militares.
Desde noviembre de 1884 y hasta febrero de 1885, los países más poderosos del
momento se reúnen en Berlín en un intento de solucionar los conflictos.

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

La concusión de esas conferencias será la firma un Acta que diseña y decide el reparto
de África entre las potencias europeas. No obstante, nada evitará que la necesidad de más
fuentes de energía y materias primas para alimentar la creciente capacidad productiva de las
fábricas, sean una de las causas que lleve a la humanidad a la que será su Primera Guerra
Mundial.

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Anexo
Documentos complementarios

DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Avances técnicos e inventos en el siglo XIX
TABLA

Año

Descubrimiento/ aplicación técnica

Responsable

1801

RADIACIÓN ULTRAVIOLETA

Ritter, Johann Wilhelm

1803

TEORÍA ATÓMICA

Dalton, John

1807

BARCO DE VAPOR

Fulton, Robert

1810

CONTROL DE NAVEGACIÓN AERÓSTATO

Colombise, Miguel

1813

MAQUINA HILADORA

Tejeda, Andrés

1816

FOTOGRAFÍA

Niepce, Nicéforo

ELECTROMAGNETISMO

Oersted, Hans Christian

ESTETOSCOPIO

Laennec, René Theophile

1821

TERMOELECTRICIDAD

Seebeck, Thomas

1825

SISTEMA BRAILLE

Braille, Louis

1826

FÓSFORO DE FRICCIÓN

Walker, John

1829

LOCOMOTORA DE VAPOR

Stephenson, George

INDUCCIÓN ELECTROMAGNÉTICA

Henry, Joseph

MÁQUINA DE COSER

Thimmonir, Barthélemy

TERMOSTATO

Ure, Andrew

CALCULADORA MECÁNICA

Babbage, Charles

ELECTRÓLISIS

Faraday, Michael

REFRIGERADOR COMERCIAL

Perkins, Jacob

CÖDIGO MORSE

Morse, Samuel

PAPEL FOTOGRÁFICO

Talbot, William Henry

1837

MOTOR DE CORRIENTE DIRECTA

Davenport, Thomas

1838

TELÉGRAFO

Morse, Samuel Finley

1839

DAGUERROTIPO

Daguerre, Jacques-Mandé

QUEROSENO

Gesner, Abraham

MÁQUINA DE COSER COMERCIAL

Howe, Elias

1848

CERO ABSOLUTO

Kelvin, Thompson

1849

TURBINA HIDRÁULICA

Francis, James B.

1851

ASCENSOR

Otis Grave, Elisha

1819

1830

1833
1834
1835

1846

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Año

Descubrimiento/ aplicación técnica

Responsable

CERRADURA DE CILINDRO

Yale, Linus

LEYES DEL PÉNDULO

Foucault, Jean Bernard

LOCOMOTORA ELÉCTRICA

Vail, Alfred

1852

GIROSCOPIO

Foucault, Jean Bernard

1854

ODÓMETRO

McKeen, Samuel

1855

QUEMADOR DE GAS

Bunsen, Robert W. Eberhard

1857

CABLE TELEGRÁFICO SUBMARINO

Newton Gisborne, Frederick

1859

BATERÍA RECARGABLE

Planté, Gaston

1860

MOTOR DE COMBUSTIÓN INTERNA

Lenoir, Etienne

1865

COCHE CAMA

Pullman, George

MÁQUINA DE ESCRIBIR

Sholes, Christopher Latham

MOTOR DE EXPLOSIÓN DE 4 TIEMPOS

Otto, Nikolaus A.

1872

MOTOR DE GASOLINA

Brayton, George B.

1875

MOTOR DE COMBUSTIÓN INTERNA

Marcus, Siegfried

MICRÓFONO DE CARBÓN

Edison, Thomas Alva

TELÉFONO

Bell, Alexander Graham

FONÓGRAFO

Edison, Thomas Alva

MICRÓFONO DE CONDENSADORES

Berliner, Emile

PLANEADOR

Lilienthal, Otto

SOLDADURA DE ARCO ELÉCTRICO

Thomson, Elihu

1878

ALTERNADOR ELÉCTRICO

Gramme / Fontain

1879

LÁMPARA INCANDESCENTE

Edison, Thomas Alva

1880

SISMÓGRAFO

Milne, John

HORNILLO ELÉCTRICO

Ahearn, Thomas

VENTILADOR ELÉCTRICO

Wheeler, Schuyler Skaats

TRANVÍA ELÉCTRICO

Wright, John Joseph

PELÍCULA PARA TRANSPARENCIAS

Eastman / Goodwin

LINOTIPO

Mergenthaler, Ottmar

TURBINA DE VAPOR

Parsons, Charles

AUTOMÓVIL

Benz, Karl

BICICLETA

Starley, John Kemp

MOTOCICLETA

Daimler, Gottieb

TRANSFORMADOR DE CORRIENTE ALTERNA

Stanley, William

TRANSMISIÓN DIFERENCIAL

Benz, Karl

NEUMÄTICO INFLABLE

Dunlop, John Boyd

CILINDRO DE GRABACIÓN

Bell / Tainter

DISCO PARA GRAMÓFONO

Berliner, Emile

LENTES DE CONTACTO

Frick, Eugen

1867

1876

1877

1882
1883
1884

1885

1887

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Año

1888

1889
1890
1891
1892

1893

1895
1896
1897
1899
1900

Descubrimiento/ aplicación técnica

Responsable

TROLLEY ELÉCTRICO

Sprague, Frank

CILINDRO DE CERA PARA GRABACIÓN

Edison, Thomas Alva

MOTOR DE CORRIENTE ALTERNA

Tesla, Nikola

ONDAS DE RADIO

Hertz, Rudolph Heinrich

SUBMARINO

Peral, Isaac

CINEMATÓGRAFO

Lumière, Augusto y Luis

TARJETA PERFORADA

Hollerith, Herman

MARTILLO NEUMÁTICO

King, Charles

SISTEMA DACTILOSCÓPICO

Vucetich, Juan

PRIMER SUBMARINO

Holland, John

TELÉFONO DE DISCO

Stowger, Almon Brown

PROCESO DE PRODUCCIÖN DEL ACETILENO

Wilson, Thomas L.

AUTOMÓVIL ELÉCTRICO

Morrison, Carl

MOTOR DIESEL

Diesel, Rudolf

FOTOGRAFÍA EN COLOR

Ives, Frederick

CARBURADOR DE GASOLINA

Maybach, Wilhelm

CREMALLERA

Whitecom, L. Judson

PELÍCULA DE CELULOIDE

Reichenbach, Henry M.

RAYOS X

Röntgen, Wilhem Konrad

TELEGRAFÍA INNALÁMBRICA

Marconi, Guglielmo

RADIOACTIVIDAD

Becquerel, Henry

ASPIRINA

Hoffmann, Felix

ELECTRÓN

Thomson, Sir Joseph John

OSCILOSCOPIO

Braun, Karl Ferdinand

GRABADORA DE CINTA

Poulsen, Valdemar

DIRIGIBLE

Zeppelín, Ferdinand von

RAYOS GAMMA

Villard, Paul Ulrich

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Manifiesto del Partido Comunista
TEXTO COMPLETO
Carlos Marx y Federico Engels

I - BURGUESES Y PROLETARIOS
Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad , es una historia de luchas de
clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y
oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una
lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en
cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de
ambas clases beligerantes.
En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en
una serie de estamentos , dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía
social de grados y posiciones. En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos,
los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de
los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos
encontramos con nuevos matices y gradaciones.
La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha
abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas
condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.
Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber
simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez
más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la
burguesía y el proletariado.
De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los ―villanos‖ de las primeras
ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la
burguesía.
El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos
horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias
orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los
medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la
industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se
escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.
El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para
cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la
manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y
la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo
dentro de cada taller.
Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no
bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el
régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna,
y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes
ejércitos industriales, a los burgueses modernos.
La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de
América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en
provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio,
la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba
desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.
Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras
clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales
operadas en el régimen de cambio y de producción.
A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de
progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en
la ―comuna‖ una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios
se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario
de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la
monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que,
por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista
la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a
ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la
clase burguesa.
La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente
revolucionario. Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales,
patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al
hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el
del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios,
de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen
burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el
dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una
única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen
de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen
franco, descarado, directo, escueto, de explotación.
La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y
digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista,
al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia. La burguesía desgarró los velos emotivos y
sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las
relaciones familiares. La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la
reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más
indolente. Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre.
La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los
acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más
grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.
La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos
de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen
social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición
primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía
se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la
producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud
y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su
séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de
echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al
fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida
y sus relaciones con los demás.
La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del
planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones. La
burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países
un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales

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DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas,
cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no
transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y
cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del
mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los
frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no
reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de
fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de
interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece
también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a
formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a
segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.
La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con
las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones
más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas
las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su
odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la
burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a
hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.
La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes,
intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una
parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural. Y del mismo modo que
somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones
civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.
La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los
habitantes del país. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en
manos de unos cuantos la propiedad. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un
régimen de centralización política. Territorios antes independientes, apenas aliados, con
intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y
refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola
línea aduanera.
En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado
energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones
juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la
maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de
vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en
los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por
ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la
sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y
elementos de producción?
Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló
la burguesía brotaron en el seno de la sociedad feudal. Cuando estos medios de transporte y de
producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que
la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la
manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado
progresivo de las fuerzas productivas. Obstruían la producción en vez de fomentarla. Se habían
convertido en otras tantas trabas para su desenvolvimiento. Era menester hacerlas saltar, y
saltaron.
Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella
adecuada, en la que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa. Pues
bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un espectáculo semejante. Las condiciones de
producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna
sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de

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producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos
que conjuró. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que
la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de
producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de
predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica
reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda.
Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan
una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se desata una
epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e
inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a
un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra
aniquiladora la han dejado esquilmado, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio
están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización,
demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que
dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado
poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran
vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con
el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado
angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la
burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y
conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los
mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e
imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.
Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella. Y la
burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los
hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.
En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital,
desarrollase también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando
trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta a incremento el capital.
El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por
tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del
mercado.
La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen
proletario actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El
trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación
mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. Por eso, los gastos que supone un obrero se reducen,
sobre poco más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y para perpetuar su raza. Y ya
se sabe que el precio de una mercancía, y como una de tantas el trabajo , equivale a su coste de
producción. Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al
obrero. Más aún: cuanto más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, tanto más
aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se intensifique el
rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.
La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran
fábrica del magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a
una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan
bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la
burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo
esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la
fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta
mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.
Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir,
cuanto mayor es el desarrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la
proporción en que el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, ya no

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rigen para la clase obrera esas diferencias de edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y
niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste.
Y cuando ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe
el salario, caen sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el
prestamista, etc. Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase
media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por
el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la
gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros
porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción. Todas las
clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.
El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su
lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia. Al principio son obreros
aislados; luego, los de una fábrica; luego, los de todas una rama de trabajo, los que se enfrentan,
en una localidad, con el burgués que personalmente los explota. Sus ataques no van sólo contra
el régimen burgués de producción, van también contra los propios instrumentos de la
producción; los obreros, sublevados, destruyen las mercancías ajenas que les hacen la
competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas, pugnan por volver a la
situación, ya enterrada, del obrero medieval.
En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y
desunida por la concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de
su propia unión, sino fruto de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos
propios tiene que poner en movimiento -cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta
etapa, los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus
enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tierra, los
burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la historia está toda
concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase
burguesa.
Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino
que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso
que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios
casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las
condiciones de vida dentro del proletariado. La competencia, cada vez más aguda, desatada
entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el
salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces del maquinismo aumentan
gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados
van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros
empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios.
Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez
en cuando estallan revueltas y sublevaciones.
Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero
objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y
consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de
comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de
las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que
en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una
lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Las ciudades de la Edad Media,
con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado
moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años.
Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido
político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros.
Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y
aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal
de sus intereses propios. Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.

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Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad imprimen nuevos
impulsos al proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia;
luego, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos
de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no
tiene más remedio que apelar al proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así a la palestra
política. Y de este modo, le suministra elementos de fuerza, es decir, armas contra sí misma.
Además, como hemos visto, los progresos de la industria traen a las filas proletarias a
toda una serie de elementos de la clase gobernante, o a lo menos los colocan en las mismas
condiciones de vida. Y estos elementos suministran al proletariado nuevas fuerzas.
Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de decidirse, es
tan violento y tan claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de
la sociedad antigua, que una pequeña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa
revolucionaria, pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir. Y así como antes una
parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo
del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando
teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros.
De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una
verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran
industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar.
Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el
artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como
tales clases. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, reaccionarios,
pues pretenden volver atrás la rueda de la historia. Todo lo que tienen de revolucionario es lo
que mira a su tránsito inminente al proletariado; con esa actitud no defienden sus intereses
actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado.
El proletariado andrajoso , esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja
sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las
condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de
manejos reaccionarios.
Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones
de vida del proletariado. El proletario carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los
hijos no tienen ya nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción
industrial moderna, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia,
en Alemania que en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la
religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses
de la burguesía. Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder procuraron
consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de
adquisición. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción
aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de
apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir
todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás.
Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por
una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo
de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y
oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos
desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.
Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la
burguesía empieza siendo nacional. Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo
las cuentas con su propia burguesía.
Al esbozar, en líneas muy generales, las diferentes fases de desarrollo del proletariado,
hemos seguido las incidencias de la guerra civil más o menos embozada que se plantea en el
seno de la sociedad vigente hasta el momento en que esta guerra civil desencadena una

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revolución abierta y franca, y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, echa
las bases de su poder.
Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las
clases oprimidas y las opresoras. Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle,
por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con
ella su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir
de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal.
La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la
industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el
pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí
una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e
imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase. Es incapaz de gobernar,
porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud,
porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más
remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no
puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho
incompatible con la sociedad.
La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la
concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento
constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo
asalariado Presupone, inevitablemente, la concurrencia de los obreros entre sí. Los progresos de
la industria, que tienen por cauce automático y espontáneo a la burguesía, imponen, en vez del
aislamiento de los obreros por la concurrencia, su unión revolucionaria por la organización. Y
así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre
que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus
propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado sin igualmente inevitables.

II - PROLETARIOS Y COMUNISTAS
¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general? Los comunistas
no forman un partido aparte de los demás partidos obreros. No tienen intereses propios que se
distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los
que aspiren a modelar el movimiento proletario.
Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en
que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias,
los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y
en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la
burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto.
Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en
tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes
masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados
generales a que ha de abocar el movimiento proletario.
El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos
proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la
burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder.
Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las
ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas
expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un
movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición del régimen
vigente de la propiedad no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.

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Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a
cambios históricos, a alteraciones históricas constantes. Así, por ejemplo, la Revolución
francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa.
Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la
abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad
privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y
apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación
de unos hombres por otros. Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa
fórmula: abolición de la propiedad privada.
Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del
trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el
acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia. ¡La propiedad bien
adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde
artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, ésa no
necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas
horas.
¿O queréis referimos a la moderna propiedad privada de la burguesía? Decidnos: ¿es
que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde propiedad? No, ni mucho menos. Lo
que rinde es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo
asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo
asalariado para hacerlo también objeto de su explotación. La propiedad, en la forma que hoy
presenta, no admite salida a este antagonismo del capital y el trabajo asalariado. Detengámonos
un momento a contemplar los dos términos de la antítesis.
Ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso
de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que
por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación
abarca la actividad común de todos los individuos de la sociedad. El capital no es, pues, un
patrimonio personal, sino una potencia social.
Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a
todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal.
A lo único que aspiramos es a transformar el carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de
su carácter de clase.
Hablemos ahora del trabajo asalariado. El precio medio del trabajo asalariado es el
mínimo del salario, es decir, la suma de víveres necesaria para sostener al obrero como tal
obrero. Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente
necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos en modo alguno a destruir
este régimen de apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a crear medios
de vida: régimen de apropiación que no deja, como vemos, el menor margen de rendimiento
líquido y, con él, la posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres. A lo que
aspiramos es a destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero
sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la
clase dominante aconseja que viva.
En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de
incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el
contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.
En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista,
imperará el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa se reserva al capital toda
personalidad e iniciativa; el individuo trabajador carece de iniciativa y personalidad.
¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la personalidad y
la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Aspiramos, en efecto, a ver abolidas la personalidad,
la independencia y la libertad burguesa.
Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la
libertad de comprar y vender. Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el

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libre tráfico. La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que
entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la
emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición
comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía.
Os aterráis que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra
sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la
población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas
partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis? Querer destruir un régimen de propiedad
que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría de la sociedad.
Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad. Pues sí, a eso
es a lo que aspiramos. Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse
ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la
propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona no existe.
Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista.
Pues bien, la personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir. El comunismo
no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder
de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno.
Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la
indolencia universal. Si esto fuese verdad, ya hace mucho tiempo que se habría estrellado contra
el escollo de la holganza una sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y
los que adquieren, no trabajan. Vuestra objeción viene a reducirse, en fin de cuentas, a una
verdad que no necesita de demostración, y es que, al desaparecer el capital, desaparecerá
también el trabajo asalariado.
Las objeciones formuladas contra el régimen comunista de apropiación y producción
material, se hacen extensivas a la producción y apropiación de los productos espirituales. Y así
como el destruir la propiedad de clases equivale, para el burgués, a destruir la producción, el
destruir la cultura de clase es para él sinónimo de destruir la cultura en general.
Esa cultura cuya pérdida tanto deplora, es la que convierte en una máquina a la inmensa
mayoría de la sociedad. Al discutir con nosotros y criticar la abolición de la propiedad burguesa
partiendo de vuestras ideas burguesas de libertad, cultura, derecho, etc., no os dais cuenta de que
esas mismas ideas son otros tantos productos del régimen burgués de propiedad y de
producción, del mismo modo que vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase
elevada a ley: una voluntad que tiene su contenido y encarnación en las condiciones materiales
de vida de vuestra clase.
Compartís con todas las clases dominantes que han existido y perecieron la idea
interesada de que vuestro régimen de producción y de propiedad, obra de condiciones históricas
que desaparecen en el transcurso de la producción, descansa sobre leyes naturales eternas y
sobre los dictados de la razón. Os explicáis que haya perecido la propiedad antigua, os explicáis
que pereciera la propiedad feudal; lo que no os podéis explicar es que perezca la propiedad
burguesa, vuestra propiedad.
¡Abolición de la familia! Al hablar de estas intenciones satánicas de los comunistas,
hasta los más radicales gritan escándalo. Pero veamos: ¿en qué se funda la familia actual, la
familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. Sólo la burguesía tiene una familia, en el
pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de
relaciones familiares de los proletarios y en la pública prostitución.
Es natural que ese tipo de familia burguesa desaparezca al desaparecer su complemento,
y que una y otra dejen de existir al dejar de existir el capital, que le sirve de base.
¿Nos reprocháis acaso que aspiremos a abolir la explotación de los hijos por sus padres?
Sí, es cierto, a eso aspiramos. Pero es, decís, que pretendemos destruir la intimidad de la
familia, suplantando la educación doméstica por la social. ¿Acaso vuestra propia educación no
está también influida por la sociedad, por las condiciones sociales en que se desarrolla, por la
intromisión más o menos directa en ella de la sociedad a través de la escuela, etc.? No son
precisamente los comunistas los que inventan esa intromisión de la sociedad en la educación; lo

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que ellos hacen es modificar el carácter que hoy tiene y sustraer la educación a la influencia de
la clase dominante.
Esos tópicos burgueses de la familia y la educación, de la intimidad de las relaciones
entre padres e hijos, son tanto más grotescos y descarados cuanto más la gran industria va
desgarrando los lazos familiares de los proletarios y convirtiendo a los hijos en simples
mercancías y meros instrumentos de trabajo.
¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro la burguesía entera, pretendéis
colectivizar a las mujeres! El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de
producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean
explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará
extensivo igualmente a la mujer.
No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer
como mero instrumento de producción. Nada más ridículo, por otra parte, que esos alardes de
indignación, henchida de alta moral de nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada
colectivización de las mujeres por el comunismo. No; los comunistas no tienen que molestarse
en implantar lo que ha existido siempre o casi siempre en la sociedad.
Nuestros burgueses, no bastándoles, por lo visto, con tener a su disposición a las
mujeres y a los hijos de sus proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una
grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres.
En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas. A lo sumo,
podría reprocharse a los comunistas el pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen
colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer. Por lo demás,
fácil es comprender que, al abolirse el régimen actual de producción, desaparecerá con él el
sistema de comunidad de la mujer que engendra, y que se refugia en la prostitución, en la oficial
y en la encubierta.
A los comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la
nacionalidad. Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No
obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación
a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese
sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.
Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la
uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendra, se
encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales.
El triunfo del proletariado acabará de hacerlos desaparecer. La acción conjunta de los
proletarios, a lo menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su
emancipación. En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos
individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras.
Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se borrará la hostilidad de
las naciones entre sí.
No queremos entrar a analizar las acusaciones que se hacen contra el comunismo desde
el punto de vista religioso-filosófico e ideológico en general. No hace falta ser un lince para ver
que, al cambiar las condiciones de vida, las relaciones sociales, la existencia social del hombre,
cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, su conciencia, en una palabra.
La historia de las ideas es una prueba palmaria de cómo cambia y se transforma la
producción espiritual con la material. Las ideas imperantes en una época han sido siempre las
ideas propias de la clase imperante. Se habla de ideas que revolucionan a toda una sociedad; con
ello, no se hace más que dar expresión a un hecho, y es que en el seno de la sociedad antigua
han germinado ya los elementos para la nueva, y a la par que se esfuman o derrumban las
antiguas condiciones de vida, se derrumban y esfuman las ideas antiguas.
Cuando el mundo antiguo estaba a punto de desaparecer, las religiones antiguas fueron
vencidas y suplantadas por el cristianismo. En el siglo XVIII, cuando las ideas cristianas
sucumbían ante el racionalismo, la sociedad feudal pugnaba desesperadamente, haciendo un
último esfuerzo, con la burguesía, entonces revolucionaria. Las ideas de libertad de conciencia

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y de libertad religiosa no hicieron más que proclamar el triunfo de la libre concurrencia en el
mundo ideológico.
Se nos dirá que las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., aunque
sufran alteraciones a lo largo de la historia, llevan siempre un fondo de perennidad, y que por
debajo de esos cambios siempre ha habido una religión, una moral, una filosofía, una política,
un derecho. Además, se seguirá arguyendo, existen verdades eternas, como la libertad, la
justicia, etc., comunes a todas las sociedades y a todas las etapas de progreso de la sociedad.
Pues bien, el comunismo -continúa el argumento- viene a destruir estas verdades eternas, la
moral, la religión, y no a sustituirlas por otras nuevas; viene a interrumpir violentamente todo el
desarrollo histórico anterior.
Veamos a qué queda reducida esta acusación. Hasta hoy, toda la historia de la sociedad
ha sido una constante sucesión de antagonismos de clases, que revisten diversas modalidades,
según las épocas. Mas, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de
una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todas las épocas del pasado. Nada
tiene, pues, de extraño que la conciencia social de todas las épocas se atenga, a despecho de toda
la variedad y de todas las divergencias, a ciertas formas comunes, formas de conciencia hasta
que el antagonismo de clases que las informa no desaparezca radicalmente.
La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen
tradicional de la propiedad; nada tiene, pues, de extraño que se vea obligada a romper, en su
desarrollo, de la manera también más radical, con las ideas tradicionales. Pero no queremos
detenernos por más tiempo en los reproches de la burguesía contra el comunismo. Ya dejamos
dicho que el primer paso de la revolución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la
conquista de la democracia.
El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de
todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del
Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por
todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.
Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción
despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que,
aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del
movimiento serán un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindiese como medio
para transformar todo el régimen de producción vigente.
Estas medidas no podrán ser las mismas, naturalmente, en todos los países. Para los más
progresivos mencionaremos unas cuantas, susceptibles, sin duda, de ser aplicadas con carácter
más o menos general, según los casos.
 Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos
públicos.
 Fuerte impuesto progresivo.
 Abolición del derecho de herencia.
 Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.
 Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del
Estado y régimen de monopolio.
 Nacionalización de los transportes.
 Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y
mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.
 Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales,
principalmente en el campo.
 Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando
gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.
 Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las
fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material,
etc.

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Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de
clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo
carácter político. El Poder político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase
para la opresión de la otra. El proletariado se ve forzado a organizarse como clase para luchar
contra la burguesía; la revolución le lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase
gobernante, derribe por la fuerza el régimen vigente de producción, con éste hará desaparecer
las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su
propia soberanía como tal clase.
Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá
una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.

III - LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA
1. El socialismo reaccionario
a) El socialismo feudal
La aristocracia francesa e inglesa, que no se resignaba a abandonar su puesto
histórico, se dedicó, cuando ya no pudo hacer otra cosa, a escribir libelos contra la
moderna sociedad burguesa. En la revolución francesa de julio de 1830, en el
movimiento reformista inglés, volvió a sucumbir, arrollada por el odiado intruso. Y no
pudiendo dar ya ninguna batalla política seria, no le quedaba más arma que la pluma.
Mas también en la palestra literaria habían cambiado los tiempos; ya no era posible
seguir empleando el lenguaje de la época de la Restauración. Para ganarse simpatías, la
aristocracia hubo de olvidar aparentemente sus intereses y acusar a la burguesía, sin
tener presente más interés que el de la clase obrera explotada. De este modo, se daba el
gusto de provocar a su adversario y vencedor con amenazas y de musitarle al oído
profecías más o menos catastróficas.
Nació así, el socialismo feudal, una mezcla de lamento, eco del pasado y rumor
sordo del porvenir; un socialismo que de vez en cuando asestaba a la burguesía un golpe
en medio del corazón con sus juicios sardónicos y acerados, pero que casi siempre
movía a risa por su total incapacidad para comprender la marcha de la historia moderna.
Con el fin de atraer hacia sí al pueblo, tremolaba el saco del mendigo proletario
por bandera. Pero cuantas veces lo seguía, el pueblo veía brillar en las espaldas de los
caudillos las viejas armas feudales y se dispersaba con una risotada nada contenida y
bastante irrespetuosa.
Una parte de los legitimistas franceses y la joven Inglaterra, fueron los más
perfectos organizadores de este espectáculo. Esos señores feudales, que tanto insisten en
demostrar que sus modos de explotación no se parecían en nada a los de la burguesía, se
olvidan de una cosa, y es de que las circunstancias y condiciones en que ellos llevaban a
cabo su explotación han desaparecido. Y, al enorgullecerse de que bajo su régimen no
existía el moderno proletariado, no advierten que esta burguesía moderna que tanto
abominan, es un producto históricamente necesario de su orden social.
Por lo demás, no se molestan gran cosa en encubrir el sello reaccionario de sus
doctrinas, y así se explica que su más rabiosa acusación contra la burguesía sea
precisamente el crear y fomentar bajo su régimen una clase que está llamada a derruir
todo el orden social heredado.
Lo que más reprochan a la burguesía no es el engendrar un proletariado, sino el
engendrar un proletariado revolucionario. Por eso, en la práctica están siempre
dispuestos a tomar parte en todas las violencias y represiones contra la clase obrera, y en
la prosaica realidad se resignan, pese a todas las retóricas ampulosas, a recolectar
también los huevos de oro y a trocar la nobleza, el amor y el honor caballerescos por el
vil tráfico en lana, remolacha y aguardiente.

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Como los curas van siempre del brazo de los señores feudales, no es extraño
que con este socialismo feudal venga a confluir el socialismo clerical. Nada más fácil
que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista. ¿No combatió también el
cristianismo contra la propiedad privada, contra el matrimonio, contra el Estado? ¿No
predicó frente a las instituciones la caridad y la limosna, el celibato y el castigo de la
carne, la vida monástica y la Iglesia? El socialismo cristiano es el hisopazo con que el
clérigo bendice el despecho del aristócrata.
b) El socialismo pequeñoburgués
La aristocracia feudal no es la única clase derrocada por la burguesía, la única
clase cuyas condiciones de vida ha venido a oprimir y matar la sociedad burguesa
moderna. Los villanos medievales y los pequeños labriegos fueron los precursores de la
moderna burguesía. Y en los países en que la industria y el comercio no han alcanzado
un nivel suficiente de desarrollo, esta clase sigue vegetando al lado de la burguesía
ascensional.
En aquellos otros países en que la civilización moderna alcanza un cierto grado
de progreso, ha venido a formarse una nueva clase pequeñoburguesa que flota entre la
burguesía y el proletariado y que, si bien gira constantemente en torno a la sociedad
burguesa como satélite suyo, no hace más que brindar nuevos elementos al proletariado,
precipitados a éste por la concurrencia; al desarrollarse la gran industria llega un
momento en que esta parte de la sociedad moderna pierde su substantividad y se ve
suplantada en el comercio, en la manufactura, en la agricultura por los capataces y los
domésticos.
En países como Francia, en que la clase labradora representa mucho más de la
mitad de la población, era natural que ciertos escritores, al abrazar la causa del
proletariado contra la burguesía, tomasen por norma, para criticar el régimen burgués,
los intereses de los pequeños burgueses y los campesinos, simpatizando por la causa
obrera con el ideario de la pequeña burguesía. Así nació el socialismo pequeñoburgués.
Su representante más caracterizado, lo mismo en Francia que en Inglaterra, es Sismondi.
Este socialismo ha analizado con una gran agudeza las contradicciones del
moderno régimen de producción. Ha desenmascarado las argucias hipócritas con que
pretenden justificarlas los economistas. Ha puesto de relieve de modo irrefutable, los
efectos aniquiladores del maquinismo y la división del trabajo, la concentración de los
capitales y la propiedad inmueble, la superproducción, las crisis, la inevitable
desaparición de los pequeños burgueses y labriegos, la miseria del proletariado, la
anarquía reinante en la producción, las desigualdades irritantes que claman en la
distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial de unas naciones contra
otras, la disolución de las costumbres antiguas, de la familia tradicional, de las viejas
nacionalidades.
Pero en lo que atañe ya a sus fórmulas positivas, este socialismo no tiene más
aspiración que restaurar los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos el
régimen tradicional de propiedad y la sociedad tradicional, cuando no pretende volver a
encajar por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio dentro del marco
del régimen de propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar. En uno y
otro caso peca, a la par, de reaccionario y de utópico.
En la manufactura, la restauración de los viejos gremios, y en el campo, la
implantación de un régimen patriarcal: he ahí sus dos magnas aspiraciones. Hoy, esta
corriente socialista ha venido a caer en una cobarde modorra.
c) El socialismo alemán o "verdadero" socialismo
La literatura socialista y comunista de Francia, nacida bajo la presión de una
burguesía gobernante y expresión literaria de la lucha librada contra su avasallamiento,

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fue importada en Alemania en el mismo instante en que la burguesía empezaba a
sacudir el yugo del absolutismo feudal.
Los filósofos, pseudofilósofos y grandes ingenios del país se asimilaron
codiciosamente aquella literatura, pero olvidando que con las doctrinas no habían
pasado la frontera también las condiciones sociales a que respondían. Al enfrentarse
con la situación alemana, la literatura socialista francesa perdió toda su importancia
práctica directa, para asumir una fisonomía puramente literaria y convertirse en una
ociosa especulación acerca del espíritu humano y de sus proyecciones sobre la realidad.
Y así, mientras que los postulados de la primera revolución francesa eran, para los
filósofos alemanes del siglo XVIII, los postulados de la ―razón práctica‖ en general, las
aspiraciones de la burguesía francesa revolucionaria representaban a sus ojos las leyes
de la voluntad pura, de la voluntad ideal, de una voluntad verdaderamente humana.
La única preocupación de los literatos alemanes era armonizar las nuevas ideas
francesas con su vieja conciencia filosófica, o, por mejor decir, asimilarse desde su
punto de vista filosófico aquellas ideas.
Esta asimilación se llevó a cabo por el mismo procedimiento con que se asimila
uno una lengua extranjera: traduciéndola.
Todo el mundo sabe que los monjes medievales se dedicaban a recamar los
manuscritos que atesoraban las obras clásicas del paganismo con todo género de
insubstanciales historias de santos de la Iglesia católica. Los literatos alemanes
procedieron con la literatura francesa profana de un modo inverso. Lo que hicieron fue
empalmar sus absurdos filosóficos a los originales franceses. Y así, donde el original
desarrollaba la crítica del dinero, ellos pusieron: ―expropiación del ser humano‖; donde
se criticaba el Estado burgués: ―abolición del imperio de lo general abstracto‖, y así por
el estilo.
Esta interpelación de locuciones y galimatías filosóficos en las doctrinas
francesas, fue bautizada con los nombres de ―filosofía del hecho‖ , ―verdadero
socialismo‖, ―ciencia alemana del socialismo‖, ―fundamentación filosófica del
socialismo‖, y otros semejantes.
De este modo, la literatura socialista y comunista francesa perdía toda su
virilidad. Y como, en manos de los alemanes, no expresaba ya la lucha de una clase
contra otra clase, el profesor germano se hacía la ilusión de haber superado el
―parcialismo francés‖; a falta de verdaderas necesidades pregonaba la de la verdad, y a
falta de los intereses del proletariado mantenía los intereses del ser humano, del hombre
en general, de ese hombre que no reconoce clases, que ha dejado de vivir en la realidad
para transportarse al cielo vaporoso de la fantasía filosófica.
Sin embargo, este socialismo alemán, que tomaba tan en serio sus desmayados
ejercicios escolares y que tanto y tan solemnemente trompeteaba, fue perdiendo poco a
poco su pedantesca inocencia. En la lucha de la burguesía alemana, y principalmente, de
la prusiana, contra el régimen feudal y la monarquía absoluta, el movimiento liberal fue
tomando un cariz más serio.
Esto deparaba al ―verdadero‖ socialismo la ocasión apetecida para oponer al
movimiento político las reivindicaciones socialistas, para fulminar los consabidos
anatemas contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la libre
concurrencia burguesa, contra la libertad de Prensa, la libertad, la igualdad y el derecho
burgueses, predicando ante la masa del pueblo que con este movimiento burgués no
saldría ganando nada y sí perdiendo mucho. El socialismo alemán se cuidaba de olvidar
oportunamente que la crítica francesa, de la que no era más que un eco sin vida,
presuponía la existencia de la sociedad burguesa moderna, con sus peculiares
condiciones materiales de vida y su organización política adecuada, supuestos previos
ambos en torno a los cuales giraba precisamente la lucha en Alemania.
Este ―verdadero‖ socialismo les venía al dedillo a los gobiernos absolutos
alemanes, con toda su cohorte de clérigos, maestros de escuela, hidalgüelos raídos y

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cagatintas, pues les servía de espantapájaros contra la amenazadora burguesía. Era una
especie de melifluo complemento a los feroces latigazos y a las balas de fusil con que
esos gobiernos recibían los levantamientos obreros.
Pero el ―verdadero‖ socialismo, además de ser, como vemos, un arma en manos
de los gobiernos contra la burguesía alemana, encarnaba de una manera directa un
interés reaccionario, el interés de la baja burguesía del país. La pequeña burguesía,
heredada del siglo XVI y que desde entonces no había cesado de aflorar bajo diversas
formas y modalidades, constituye en Alemania la verdadera base social del orden
vigente.
Conservar esta clase es conservar el orden social imperante. Del predominio
industrial y político de la burguesía teme la ruina segura, tanto por la concentración de
capitales que ello significa, como porque entraña la formación de un proletariado
revolucionario. El ―verdadero‖ socialismo venía a cortar de un tijeretazo -así se lo
imaginaba ella- las dos alas de este peligro. Por eso, se extendió por todo el país como
una verdadera epidemia.
El ropaje ampuloso en que los socialistas alemanes envolvían el puñado de
huesos de sus ―verdades eternas‖, un ropaje tejido con hebras especulativas, bordado
con las flores retóricas de su ingenio, empapado de nieblas melancólicas y románticas,
hacía todavía más gustosa la mercancía para ese público.
Por su parte, el socialismo alemán comprendía más claramente cada vez que su
misión era la de ser el alto representante y abanderado de esa baja burguesía.
Proclamó a la nación alemana como nación modelo y al súbdito alemán como el
tipo ejemplar de hombre. Dio a todos sus servilismos y vilezas un hondo y oculto
sentido socialista, tornándolos en lo contrario de lo que en realidad eran. Y al alzarse
curiosamente contra las tendencias ―barbaras y destructivas‖ del comunismo,
subrayando como contraste la imparcialidad sublime de sus propias doctrinas, ajenas a
toda lucha de clases, no hacía más que sacar la última consecuencia lógica de su
sistema. Toda la pretendida literatura socialista y comunista que circula por Alemania,
con poquísimas excepciones, profesa estas doctrinas repugnantes y castradas.
2. El socialismo burgués o conservador
Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo
garantizar la perduración de la sociedad burguesa. Se encuentran en este bando los economistas,
los filántropos, los humanitarios, los que aspiran a mejorar la situación de las clases obreras, los
organizadores de actos de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores
de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de toda laya.
Pero, además, de este socialismo burgués han salido verdaderos sistemas doctrinales.
Sirva de ejemplo la Filosofía de la miseria de Proudhon. Los burgueses socialistas considerarían
ideales las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que
encierran. Su ideal es la sociedad existente, depurada de los elementos que la corroen y
revolucionan: la burguesía sin el proletariado. Es natural que la burguesía se represente el
mundo en que gobierna como el mejor de los mundos posibles. El socialismo burgués eleva
esta idea consoladora a sistema o semisistema. Y al invitar al proletariado a que lo realice,
tomando posesión de la nueva Jerusalén, lo que en realidad exige de él es que se avenga para
siempre al actual sistema de sociedad, pero desterrando la deplorable idea que de él se forma.
Una segunda modalidad, aunque menos sistemática bastante más práctica, de
socialismo, pretende ahuyentar a la clase obrera de todo movimiento revolucionario haciéndole
ver que lo que a ella le interesa no son tales o cuales cambios políticos, sino simplemente
determinadas mejoras en las condiciones materiales, económicas, de su vida. Claro está que
este socialismo se cuida de no incluir entre los cambios que afectan a las ―condiciones
materiales de vida‖ la abolición del régimen burgués de producción, que sólo puede alcanzarse
por la vía revolucionaria; sus aspiraciones se contraen a esas reformas administrativas que son

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conciliables con el actual régimen de producción y que, por tanto, no tocan para nada a las
relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo sólo -en el mejor de los casos- para
abaratar a la burguesía las costas de su reinado y sanearle el presupuesto.
Este socialismo burgués a que nos referimos, sólo encuentra expresión adecuada allí
donde se convierte en mera figura retórica. ¡Pedimos el librecambio en interés de la clase
obrera! ¡En interés de la clase obrera pedimos aranceles protectores! ¡Pedimos prisiones
celulares en interés de la clase trabajadora! Hemos dado, por fin, con la suprema y única seria
aspiración del socialismo burgués. Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en efecto, a
una tesis y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo... en interés de la clase
trabajadora.
3. El socialismo y el comunismo crítico-utópico
No queremos referirnos aquí a las doctrinas que en todas las grandes revoluciones
modernas abrazan las aspiraciones del proletariado (obras de Babeuf, etc.). Las primeras
tentativas del proletariado para ahondar directamente en sus intereses de clase, en momentos de
conmoción general, en el período de derrumbamiento de la sociedad feudal, tenían que tropezar
necesariamente con la falta de desarrollo del propio proletariado, de una parte, y de otra con la
ausencia de las condiciones materiales indispensables para su emancipación, que habían de ser
el fruto de la época burguesa. La literatura revolucionaria que guía estos primeros pasos
vacilantes del proletariado es, y necesariamente tenía que serlo, juzgada por su contenido,
reaccionaria. Estas doctrinas profesan un ascetismo universal y un torpe y vago igualitarismo.
Los verdaderos sistemas socialistas y comunistas, los sistemas de Saint-Simon, de
Fourier, de Owen, etc., brotan en la primera fase embrionaria de las luchas entre el proletariado
y la burguesía, tal como más arriba la dejamos esbozada. (V. el capítulo ―Burgueses y
proletarios‖).
Cierto es que los autores de estos sistemas penetran ya en el antagonismo de las clases y
en la acción de los elementos disolventes que germinan en el seno de la propia sociedad
gobernante. Pero no aciertan todavía a ver en el proletariado una acción histórica
independiente, un movimiento político propio y peculiar.
Y como el antagonismo de clase se desarrolla siempre a la par con la industria, se
encuentran con que les faltan las condiciones materiales para la emancipación del proletariado,
y es en vano que se debatan por crearlas mediante una ciencia social y a fuerza de leyes
sociales. Esos autores pretenden suplantar la acción social por su acción personal especulativa,
las condiciones históricas que han de determinar la emancipación proletaria por condiciones
fantásticas que ellos mismos se forjan, la gradual organización del proletariado como clase por
una organización de la sociedad inventada a su antojo. Para ellos, el curso universal de la
historia que ha de venir se cifra en la propaganda y práctica ejecución de sus planes sociales.
Es cierto que en esos planes tienen la conciencia de defender primordialmente los
intereses de la clase trabajadora, pero sólo porque la consideran la clase más sufrida. Es la
única función en que existe para ellos el proletariado.
La forma embrionaria que todavía presenta la lucha de clases y las condiciones en que
se desarrolla la vida de estos autores hace que se consideren ajenos a esa lucha de clases y como
situados en un plano muy superior. Aspiran a mejorar las condiciones de vida de todos los
individuos de la sociedad, incluso los mejor acomodados. De aquí que no cesen de apelar a la
sociedad entera sin distinción, cuando no se dirigen con preferencia a la propia clase
gobernante. Abrigan la seguridad de que basta conocer su sistema para acatarlo como el plan
más perfecto para la mejor de las sociedades posibles.
Por eso, rechazan todo lo que sea acción política, y muy principalmente la
revolucionaria; quieren realizar sus aspiraciones por la vía pacífica e intentan abrir paso al
nuevo evangelio social predicando con el ejemplo, por medio de pequeños experimentos que,
naturalmente, les fallan siempre.

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Estas descripciones fantásticas de la sociedad del mañana brotan en una época en que el
proletariado no ha alcanzado aún la madurez, en que, por tanto, se forja todavía una serie de
ideas fantásticas acerca de su destino y posición, dejándose llevar por los primeros impulsos,
puramente intuitivos, de transformar radicalmente la sociedad.
Y, sin embargo, en estas obras socialistas y comunistas hay ya un principio de crítica,
puesto que atacan las bases todas de la sociedad existente. Por eso, han contribuido
notablemente a ilustrar la conciencia de la clase trabajadora. Mas, fuera de esto, sus doctrinas
de carácter positivo acerca de la sociedad futura, las que predican, por ejemplo, que en ella se
borrarán las diferencias entre la ciudad y el campo o las que proclaman la abolición de la
familia, de la propiedad privada, del trabajo asalariado, el triunfo de la armonía social, la
transformación del Estado en un simple organismo administrativo de la producción.... giran
todas en torno a la desaparición de la lucha de clases, de esa lucha de clases que empieza a
dibujarse y que ellos apenas si conocen en su primera e informe vaguedad. Por eso, todas sus
doctrinas y aspiraciones tienen un carácter puramente utópico.
La importancia de este socialismo y comunismo crítico-utópico está en razón inversa al
desarrollo histórico de la sociedad. Al paso que la lucha de clases se define y acentúa, va
perdiendo importancia práctica y sentido teórico esa fantástica posición de superioridad respecto
a ella, esa fe fantástica en su supresión. Por eso, aunque algunos de los autores de estos
sistemas socialistas fueran en muchos respectos verdaderos revolucionarios, sus discípulos
forman hoy día sectas indiscutiblemente reaccionarias, que tremolan y mantienen impertérritas
las viejas ideas de sus maestros frente a los nuevos derroteros históricos del proletariado. Son,
pues, consecuentes cuando pugnan por mitigar la lucha de clases y por conciliar lo inconciliable.
Y siguen soñando con la fundación de falansterios, con la colonización interior, con la creación
de una pequeña Icaria, edición en miniatura de la nueva Jerusalén... . Y para levantar todos esos
castillos en el aire, no tienen más remedio que apelar a la filantrópica generosidad de los
corazones y los bolsillos burgueses. Poco a poco van resbalando a la categoría de los socialistas
reaccionarios o conservadores, de los cuales sólo se distinguen por su sistemática pedantería y
por el fanatismo supersticioso con que comulgan en las milagrerías de su ciencia social. He ahí
por qué se enfrentan rabiosamente con todos los movimientos políticos a que se entrega el
proletariado, lo bastante ciego para no creer en el nuevo evangelio que ellos le predican.
En Inglaterra, los owenistas se alzan contra los cartistas, y en Francia, los reformistas
tienen enfrente a los discípulos de Fourier.

IV - ACTITUD DE LOS COMUNISTAS ANTE LOS OTROS
PARTIDOS DE LA OPOSICION
Después de lo que dejamos dicho en el capítulo II, fácil es comprender la relación que
guardan los comunistas con los demás partidos obreros ya existentes, con los cartistas ingleses y
con los reformadores agrarios de Norteamérica.
Los comunistas, aunque luchando siempre por alcanzar los objetivos inmediatos y
defender los intereses cotidianos de la clase obrera, representan a la par, dentro del movimiento
actual, su porvenir. En Francia se alían al partido democrático-socialista contra la burguesía
conservadora y radical, mas sin renunciar por esto a su derecho de crítica frente a los tópicos y
las ilusiones procedentes de la tradición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales, sin ignorar que este partido es una mezcla de elementos
contradictorios: de demócratas socialistas, a la manera francesa, y de burgueses radicales.
En Polonia, los comunistas apoyan al partido que sostiene la revolución agraria, como
condición previa para la emancipación nacional del país, al partido que provocó la insurrección
de Cracovia en 1846.

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En Alemania, el partido comunista luchará al lado de la burguesía, mientras ésta actúe
revolucionariamente, dando con ella la batalla a la monarquía absoluta, a la gran propiedad
feudal y a la pequeña burguesía.
Pero todo esto sin dejar un solo instante de laborar entre los obreros, hasta afirmar en
ellos con la mayor claridad posible la conciencia del antagonismo hostil que separa a la
burguesía del proletariado, para que, llegado el momento, los obreros alemanes se encuentren
preparados para volverse contra la burguesía, como otras tantas armas, esas mismas condiciones
políticas y sociales que la burguesía, una vez que triunfe, no tendrá más remedio que implantar;
para que en el instante mismo en que sean derrocadas las clases reaccionarias comience,
automáticamente, la lucha contra la burguesía.
Las miradas de los comunistas convergen con un especial interés sobre Alemania, pues
no desconocen que este país está en vísperas de una revolución burguesa y que esa sacudida
revolucionaria se va a desarrollar bajo las propicias condiciones de la civilización europea y con
un proletariado mucho más potente que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el
XVIII, razones todas para que la revolución alemana burguesa que se avecina no sea más que el
preludio inmediato de una revolución proletaria.
Resumiendo: los comunistas apoyan en todas partes, como se ve, cuantos movimientos
revolucionarios se planteen contra el régimen social y político imperante.
En todos estos movimientos se ponen de relieve el régimen de la propiedad, cualquiera
que sea la forma más o menos progresiva que revista, como la cuestión fundamental que se
ventila.
Finalmente, los comunistas laboran por llegar a la unión y la inteligencia de los partidos
democráticos de todos los países.
Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones.
Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia
todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva
de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea
sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.
¡Proletarios de todos los Países, uníos!
LA GUERRA LITERARIA (1898-1914)
Imprenta Hispano-Alemana. Madrid 1913
Páginas. 31 - 38

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Frederick Winslow Taylor y la administración científica
FRAGMENTOS
Antonio Barba Álvarez

Introducción
La obra de Frederick Winslow Taylor ha marcado el rumbo de la organización del
trabajo en las organizaciones modernas por un siglo. Su obra más difundida mundialmente,
Principios de la administración científica, cumplirá en 2011 cien años de haberse publicado por
primera vez. Este artículo es un humilde reconocimiento a la obra de un hombre que fue
realizada en medio de la genialidad, la ambigüedad, el acogimiento, la resistencia y hasta la
incongruencia que, hasta en la época contemporánea, sigue incidiendo en el pensamiento de
académicos, administradores, ingenieros, obreros y empresarios, entre muchos actores que se
han hecho cómplices de sus postulados o que han pasado a las filas de sus más íntimos
detractores. Por ello, y para ser congruentes con la polémica obra de nuestro autor, presentamos
en este trabajo una multiplicidad de puntos de vista que van desde un reconocimiento a la
importancia de su obra en el mundo actual, hasta posiciones críticas que lo responsabilizan de
crear instrumentos de poder que han contribuido a ciertas injusticias en los ámbitos social y
organizacional e individual.
La obra principal de Taylor se desarrolla al inicio del siglo xx, en medio de una época
marcada por la búsqueda de la eficiencia, la racionalidad, la organización del trabajo, la
productividad y la ganancia como premisas básicas de las nacientes plantas industriales
herederas de los talleres fabriles del siglo xix. Más adelante, en la primera mitad del siglo xx,
nos encontramos, por un lado, con el grado más avanzado del maquinismo y la automatización
impulsados por el fordismo, que estimularon la producción en masa, y por otro, con la
optimización de la fuerza de trabajo gracias al taylorismo, es decir, maquinaria con alta
capacidad productiva manejada eficientemente por una masa de obreros normados por la
organización científica del trabajo.
El objetivo de este artículo es realizar, en un primer apartado, una aproximación al
análisis del contexto en el que se desarrolla la generalización de la organización científica del
trabajo en las primeras tres décadas del siglo xx. Más adelante, a partir de la investigación
documental de este periodo, se revisará la discusión sobre distintos tópicos que implicó, por
ejemplo, la aplicación de la administración científica en las organizaciones de principios del
siglo xx tanto en Estados Unidos como en Japón. Posteriormente se intenta contribuir a la
explicación de la permanencia y expansión global de la administración científica durante un
siglo, a pesar de la emergencia de formas alternativas de organización del trabajo.
Además, se destacan líneas míticas y efectos reales que dominaron en el ámbito de la
administración científica a lo largo de un siglo.
Contexto histórico de la administración científica: una aproximación
Estados Unidos es el país donde se concentra principalmente el desarrollo histórico de
la administración y del estudio de las organizaciones.
Cabe destacar que, debido a sus particularidades económicas, sociales, políticas y
geográficas, este país es cuna de la segunda Revolución industrial (1880-1930

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aproximadamente), en la que se da la transición hacia la producción masiva de la gran industria.
Es en este país donde se dieron las condiciones más adecuadas para la concepción, difusión y
experimentación de principios de administración aplicados a las empresas, así como el análisis
de problemas comunes a las organizaciones resultado de su acelerado desarrollo, lo que hizo
posible el desarrollo del pensamiento organizacional dominante. Entre estas condiciones,
destaca la hegemonía política y económica de la minoría blanca, sajona y protestante de las
primeras migraciones europeas hacia territorio norteamericano en los siglos xvii y xviii, que
impuso el puritanismo calvinista preocupado por preservar y agrandar la individualidad
expresada en la ansiedad de la propiedad. De esta manera, el surgimiento del modelo
organizacional americano estuvo muy influido por la disposición mental de los primeros
inmigrantes de naturaleza práctica, inventiva y curiosa, entre los que la acumulación de la
riqueza individual era señal de haber sido ―escogido y gratificado por Dios‖ (Barba y Solís,
1997). Por ello se explica, en parte, que autores como Frederick W. Taylor estuvieran más
preocupados por estudiar la manera de racionalizar las operaciones más elementales en la
fábrica, y en esta misma dirección, la imposición de una actitud paternalista y disciplinaria sobre
el obrero.
En este contexto, cabe destacar que al final del siglo xix y principios del xx se instala la
tradición estadunidense de sistematizar los conocimientos emergentes de las experiencias de la
aplicación de nuevas técnicas y procedimientos de la administración en la industria naciente.
Ejemplo de esta tradición lo muestra la práctica de los ingenieros y asociaciones ingenieriles de
Estados Unidos que se esforzaron por documentar los hallazgos relacionados con la
administración industrial, como lo muestra, por ejemplo, el Reporte principal del subcomité
sobre administración de la sociedad americana de ingenieros mecánicos, publicado en el año
de 1912 [Majority Report of Sub-Committee on Administration of the American Society of
Mechanical Engineers, 1912]. En este informe se afirma, entre otros argumentos, que la
importancia de extender el conocimiento de los nuevos descubrimientos de los principios de
administración aplicados, por ejemplo, en la operación del ferrocarril, hacen posible un ahorro
de un millón de dólares al día y ―es más, estos principios pueden ser aplicados con igual éxito
en todas la formas de la actividad de negocios‖ (Thompson, 2001:153).
Por otra parte, en este periodo en Estados Unidos se desarrolla un interés creciente por
sistematizar y difundir los hallazgos relacionados con la administración, con la finalidad de
crear un espacio de reflexión y discusión que permitiera el mejoramiento continuo de la práctica
administrativa en las empresas. Tal es el caso de la compilación de obras relevantes
relacionadas con esta materia que hacen las asociaciones con el fin de clasificar y difundir los
avances en la materia. […]
[…]En este contexto distinguimos dos etapas básicas del desarrollo del pensamiento
administrativo y organizacional en Estados Unidos, en las que establecemos como parteaguas la
fecha de publicación de Principios de la administración científica, la obra más reconocida
globalmente de Taylor: la administración industrial (1880- 1910) y la organización científica del
trabajo (1911-1960).
La administración industrial (1880-1910)
El desarrollo de la organización científica del trabajo en Estados Unidos tiene sus raíces
en la influencia de los artesanos europeos que se dio a través de los colonizadores y los
inmigrantes que provenían del viejo continente. La calidad de la artesanía estaba directamente
asociada con la creatividad innovadora y con las habilidades manuales del artesano. Alcanzar la
calidad de la artesanía era una de las principales habilidades desarrolladas por los aprendices. A
pesar de que las artesanías eran vendidas localmente, el prestigio del artesano rebasaba las
fronteras de su localidad.
Como ya se señaló, los principales factores que influyeron en el desarrollo de los
métodos de producción fabril en Estados Unidos fueron los económicos, políticos y sociales, así
como la extensión territorial y la gran cantidad de recursos naturales de ese país, lo que creó las

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condiciones necesarias para la consolidación de la producción industrial. Esto permitió a los
primeros colonizadores ser particularmente receptivos en cuanto a las habilidades artesanales y
a la necesaria innovación de los procedimientos aplicados en la producción.
En este contexto, la primera Revolución industrial consolidó, primero en Europa y
después en Estados Unidos, el sistema de fabricación al establecer el tránsito del taller artesanal
al taller fabril, que se constituye, a su vez, en antecedente inmediato de la fábrica industrial. Este
proceso forzó, paulatinamente, a los artesanos a convertirse en obreros, algunos de ellos
asumiendo el papel de supervisores, pues con el desarrollo del sistema fabril se hacía cada vez
más difícil contratar obreros calificados, por lo que era muy frecuente recurrir a obreros
semicalificados y descalificados, con las consecuencias que esto tenía en la eficiencia de la
producción.
La segunda mitad del siglo xix está marcada por el crecimiento del tamaño de las
empresas norteamericanas. En estas condiciones, aumentó también el tamaño y la complejidad
de los departamentos de producción, que empleaban una gran cantidad de inspectores de tiempo
completo que reportaban directamente a sus respectivos supervisores de producción. La
eficiencia de la producción dependía en gran parte de la habilidad de los obreros,
complementada con la vigilancia de los capataces, o por la supervisión de los ingenieros de
producción o por los inspectores departamentales. En un principio, a partir de la segunda mitad
del siglo xix, se inicia la sistematización de los conocimientos sobre administración industrial y
organización del trabajo, producto de la experiencia empírica de militares (Henry Metcalfe),
empresarios (Henry Towne), funcionarios e ingenieros (Frank Gilbreth) relacionados
directamente con los problemas de organización y producción.
Los conocimientos recopilados durante esta época dan origen a lo que podríamos
denominar la ―administración industrial‖. Esta etapa es muy importante para el desarrollo de la
organización científica del trabajo, ya que es considerada como su antecedente más inmediato.
El problema principal que intentan resolver los actores de esta etapa está relacionado
directamente con la búsqueda de la eficiencia en la producción. […]
La organización científica del trabajo (1911-1960)
La contribución más importante a la organización del trabajo en la modernidad es
desarrollada principalmente por Frederick W. Taylor (1856-1915), autor de varias obras, entre
las que destacan: Shop Management (1903) y los Principios de la administración científica
(1911). A través de la observación y la experimentación del proceso laboral logra obtener el
control del trabajo, que era el principal problema en el ámbito de la producción industrial de
principios de siglo xx. Taylor incorpora el cronómetro para analizar los movimientos, separa la
ejecución del diseño en el proceso de producción y sugiere la incorporación de un departamento
pensante y el establecimiento de una política salarial.
Es importante señalar que Henry Ford (1863- 1947) complementa la propuesta salarial
de Taylor y logra el control del ritmo de trabajo del obrero con la cadena de producción
semiautomática. Con las propuestas de Taylor y Ford, se resuelven sustantivamente los
problemas de la eficiencia en la producción, aunque es importante señalar que su obra no tiene
una visión organizacional.
Es en la década de 1920 cuando se inicia el desarrollo del estudio de la organización con
fundamentos teóricos y metodológicos, justamente para investigar las causas que motivaban la
resistencia, principalmente obrera, a la administración científica. En este contexto se desarrolla
la Teoría de la Organización a partir del experimento de la Hawthorne, que dio origen al
enfoque de las relaciones humanas y que creo las condiciones organizacionales que propiciaron
la plena implantación de la administración científica, ya que a partir de dicho experimento se
descubrió que, entre otros hallazgos, la resistencia obrera era causada principalmente por el
carácter disciplinario e impersonal que imponía el nuevo método de organizar el trabajo.
También se descubrió la importancia de la socialización de los trabajadores en la empresa a
través de grupos informales, lo que facilitaba la aplicación de la organización científica de

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trabajo. Con estos descubrimientos, y la construcción de un marco teórico explicativo de la
problemática estudiada, fue posible, finalmente, aplicar la administración científica y el
florecimiento de esta forma específica de organizar el trabajo en la sociedad capitalista.
Con las fuerzas de producción plenamente liberadas mediante la administración
industrial, la organización científica del trabajo y la teoría de la organización, se establecen las
bases para la expansión, el crecimiento y complejización de las organizaciones modernas.
El sistema Taylor y la “descualificación”
Como se comentó anteriormente, a fines del siglo xix y principios del xx aparece la
propuesta de Frederick Winslow Taylor a través de su obra más conocida: Principios de la
administración científica. El sistema de Taylor se caracteriza por buscar el aumento de la
producción y de la productividad. Sin embargo, esta propuesta contribuyó a destruir las
habilidades de los obreros cuando se estableció la separación del diseño y la operación con el
argumento de la necesidad de eliminar la flojera sistemática mediante la organización científica
del trabajo. Esta tarea, desde la perspectiva de Taylor, era imposible de ser realizada por los
propios obreros. Para ello era necesario contar con los conocimientos científicos de los
ingenieros, por lo que Taylor propuso la incorporación en la estructura organizacional de un
departamento de diseño para planear y organizar el trabajo. Con esta propuesta tanto los obreros
como los supervisores se limitan exclusivamente a ejecutar las tareas planeadas en el
departamento de diseño.
A principios del siglo xx, F. W. Taylor, en su declaración ante la Comisión del
Congreso norteamericano, afirma que los empresarios deben preocuparse mucho más por la
calidad de lo que producen y por la felicidad de los empleados que por la rentabilidad financiera
(Barba, 2002).
Sin embargo, como se observa, la organización científica del trabajo tuvo como
consecuencia inmediata la eliminación de las habilidades que antes tenían los artesanos.
Como consecuencia de la incorporación del departamento de diseño, tiene lugar una
reorganización de los departamentos de inspección. Esta tarea se centraliza en un solo
departamento que concentra a todos los inspectores bajo el mando de un jefe inspector —todos
ellos pertenecían antes a distintos departamentos de producción—, a pesar de la oposición de los
inspectores. En parte, esta oposición se sustentaba en el reclamo de la supresión de su
participación en la organización del proceso de producción.
Las nuevas tareas encomendadas a los inspectores se centraban en alejar los productos
defectuosos del alcance de los consumidores. Uno de los métodos más comunes para alcanzar
este fin, era la determinación de lotes de las materias primas y productos en proceso para
evaluar, tomar muestras y establecer, a través de la evaluación la disposición del lote. A partir
de la muestra se separaban los productos defectuosos del resto.
Con este procedimiento, Taylor logra reducir sustantivamente la autonomía del obrero
en el proceso de producción y, al mismo tiempo, alcanza el control de la organización del
trabajo y de las características del producto a partir de su diseño. Estas propuestas taylorianas
trascendieron la cultura occidental y se expandieron por todo el mundo, como una expresión de
su importancia en la sociedad contemporánea. […]
De la realidad al mito: Taylor y su obra
Es en la segunda etapa de la Revolución industrial cuando se consolida el dominio del
capital sobre el trabajo con la aparición de la organización científica del trabajo derivada,
sustancialmente, de las propuestas de F. W. Taylor y Henry Ford.
En esta segunda etapa, la división detallada del trabajo progresa buscando la
fragmentación del trabajo vivo, y de este modo sólo considera esencial la norma de rendimiento
de las fuerzas de trabajo medida en tiempo de trabajo. Cabe destacar que la aplicación del
taylorismo y del fordismo en los procesos de producción y de trabajo desempeñaron un papel

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relevante en dicho progreso, por lo que a continuación revisaremos brevemente sus postulados
básicos y su influencia en la transformación de la organización del trabajo, así como sus
limitaciones más relevantes, que precedieron a formas más sofisticadas de administración
capitalista de la producción inscrita en el postaylorismo.
La administración científica: una realidad controversial
En este contexto, el taylorismo se puede ubicar en la segunda Revolución industrial a
fines del siglo xix. Su fundamento es el principio mecánico. En esta etapa del maquinismo se
nota una clara tendencia a convertir al obrero en un apéndice de la máquina al profundizar la
rutinización de su trabajo, parodiada magistralmente por Charles Chaplin en su película
Tiempos modernos.
Para tal fin, Taylor propone cuatro principios básicos para la administración científica
que podríamos resumir de la siguiente manera: selección científica de los trabajadores; análisis
científico del trabajo; cooperación estrecha entre los planificadores del trabajo y los trabajadores
y, finalmente, igual responsabilidad entre administración y trabajadores.
Sin embargo, el taylorismo va más allá de estos aparentemente ingenuos principios. En
realidad, lo que pretende es superar el oficio, ya que éste se constituye como un obstáculo para
la producción en masa por dos razones: en primer lugar, el oficio es un modo de resistencia
obrera a la intensificación del trabajo, ya que a través de éste el trabajador monopoliza el
conocimiento de los procesos de producción, excluyendo a los patrones de él, de tal forma que
la única alternativa del capital para dominar el trabajo es mediante un contrato que le permita
sancionar a aquel trabajador que no cumpla sus obligaciones contractuales.
En segundo lugar, esta exclusividad del conocimiento obrero le da el control de los
tiempos de producción, ya que conoce la mejor manera de producir, pero también la peor, lo que
le permite aplicar el ritmo de trabajo que más le convenga, marginando al patrón por su
ignorancia sobre la forma de producir.
En pocas palabras, se podría definir el taylorismo como la aceleración de la cadencia de
ciclos de movimientos en los puestos de trabajo y la disminución del tiempo muerto de la
jornada de trabajo (introducción del cronómetro), mediante principios generales de organización
del trabajo, disminución de autonomía de los trabajadores y vigilancia y control permanente en
la ejecución de la norma de rendimiento.
Debido a la complejidad que empezaban a asumir las grandes organizaciones, los
patrones de aquella época se ven impedidos de ejercer directamente estas propuestas, de esta
manera, la administración se perfiló como una disciplina específica del capital y el
administrador profesional con conocimientos técnicos y científicos que salvaguarda los
intereses de aquellos. Para el diseño de la organización del trabajo que permita un control real
sobre los obreros, Taylor propone el establecimiento de un departamento pensante (thinking
department), cuyas funciones principales serían la distribución, la fabricación, salarios y
personal. Por otro lado, podríamos considerar el fordismo como la articulación del proceso de
producción y del modo de consumo que instaura la producción en masa, clave de la
universalización del trabajo asalariado. Se caracteriza por la instalación de la cadena de
producción semiautomática y el establecimiento de la producción en serie de medios de
consumo de masas, a partir de los años veinte.
El fordismo desarrolla la mecanización del trabajo, eleva la intensidad, incrementa la
separación entre trabajo manual y trabajo intelectual y enfrenta la tecnología con los
trabajadores. En suma, el fordismo agrega al taylorismo los siguientes principios
complementarios:
a) Integración de los diferentes segmentos del proceso de trabajo a través de un sistema
de guías y medios de mantenimiento que permitan el desplazamiento de las materias
primas en proceso de transformación y su conducción ante las máquinas herramientas
(cadena de producción semiautomática).

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b) Asignación de los obreros a puestos de trabajo cuyo emplazamiento está
rigurosamente determinado por la configuración del sistema de máquinas. El obrero
pierde totalmente el control sobre el ritmo de trabajo y su capacidad creativa sobre el
producto. Ford retoma la política de salarios propuesta por Taylor y establece el five
dollars day, que en esa época equivalía al doble del salario promedio recibido por el
obrero de la industria automotriz, pero a cambio de este salario el trabajador se ve
sumido en una forma brutal de control que va desde la intensificación meticulosa de las
tareas desarrolladas en la línea de montaje hasta la vigilancia estrecha de sus hábitos
sociales y de consumo. Pero ¿a qué se debe la disminución de la productividad?
Los métodos de Taylor y Ford eran, ante todo, disciplinarios y de enajenación de
habilidades y conocimientos de los obreros, inaugurando así una dimensión neotayloriana. Al
cabo de cincuenta años, afirma Lipietz: casi no había razones para que la mejor manera (The
one best way) no hubiera sido detectada, decorticada, sistematizada y generalizada. La
masificación del trabajo había terminado por agotar el gran yacimiento del saber obrero. No es
que no existan inmensos yacimientos de productividad en el ingenio humano: pero ellos no
pueden ya ser explotados por los métodos taylorianos, los del embrutecimiento, de la
parcelización de las tareas, de la dedicación de turnos de trabajo a un gesto indefinidamente
repetido. Además, la propia parcelización encontraba sus propios limites: tiempos muertos en
los turnos de trabajo, arreglos finales concentrados al final de la cadena de producción, etcétera.
Es en este contexto donde se presentan con mayor claridad los límites del fordismo y
del taylorismo.
Al elevarse la producción, se requieren condiciones sociales apropiadas para una
circulación de mercancías en rápido aumento. Se presenta la imposibilidad de homogeneizar los
ciclos de movimiento. En el ámbito organizacional, los efectos psicológicos sobre el trabajador
no se hacen esperar y se manifiestan a través del ausentismo, enfermedades por fatiga nerviosa,
aumento de accidentes de trabajo y producción defectuosa, como características del
postaylorismo. Se puede interpretar que estos efectos expresan, a su vez, formas de resistencia
asumidas por los trabajadores ante las formas organizativas impuestas por el capital.
Estos fueron algunos de los factores que ocasionaron la crisis del fordismo, sobre todo
en los países industrializados. Así, durante los años 1967-1974 se configura la oposición de los
obreros especializados frente a los jefes, al departamento de planeación y métodos, a los
cronometradores, etc. Así, la crisis del taylorismo y del fordismo, aunada a los avances
tecnológicos, abre las puertas a una forma alternativa de organización.
Taylor: mito institucionalizado
1. Creador de la administración científica.
En sentido estricto, el concepto de cientificidad de la administración fue
propuesto originalmente por Charles Babbage (1792-1871), en su obra On the Economy
of Machinery and Manufactures (1832), a través de la cual postuló y desarrollo el
enfoque científico de la administración, así como el estudio de operaciones repetitivas y
de tiempos, y la división del trabajo. Braverman es más contundente sobre este mito al
cuestionar la originalidad de los postulados de Taylor:
Lo que Taylor hizo no fue inventar algo nuevo, sino sintetizar y presentar como
ideas razonablemente coherentes las que abrían germinado y alcanzado fuerza en Gran
Bretaña y Estados Unidos a lo largo del siglo xix. Dio una filosofía y un título a una
serie de iniciativas y experimentos inconexos‖ (Braverman, 1980:110-111).
De hecho, se consideraba a Taylor como la culminación de una escuela de
pensamiento sobre la administración que se desarrolló con mayor fuerza en la segunda
mitad del siglo xix. El propio Taylor puntualiza lo que en su época ya se tergiversaba
sobre sus postulados de la administración científica y se obliga a aclarar:

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No se trata del pago por pieza, del pago de bonificaciones, del pago de
sobresueldos; no es un modo de usar un cronómetro y señalar lo que hace el obrero; no
es el estudio de los tiempos y de los movimientos; tampoco se trata de imprimir un
grueso libro de reglas y dárselo a los hombres diciéndoles: ―este es el sistema,
utilícenlo‖ […].
Ninguno de estos medios constituye la dirección científica […]. Creo en estos
medios, pero quiero insistir en que ni tomados en bloque ni por separado constituyen la
dirección científica (citado por Aktouf, 1998:65).
2. Cientificidad de la administración y de la organización del trabajo.
Aunque Taylor aplicó el método científico a la organización del trabajo
sustentado en la elaboración de una hipótesis, la observación sistemática, la
experimentación, el registro, la clasificación, la medición, el registro y el control, es
cuestionable que los motivos que impulsaron a Taylor respondieran a los requisitos de
la ciencia. Por el contrario, lo que buscaba era responder a las exigencias de incrementar
la producción en las fábricas. En todo caso, el carácter científico de Taylor, que
desarrolló durante 25 años, se concentra en la adecuación entre las herramientas y los
materiales tratados o el corte de metales, que le valió el reconocimiento por sus
descubrimientos técnicos a principios del siglo xx.
Conclusiones
La administración científica de Taylor, como se ha ejemplificado en este texto, se ha
expresado históricamente de múltiples formas que dan cuenta de su relevancia en la sociedad
moderna. Una primera lección que aporta la revisión de su obra y su contexto nos muestra la
distancia entre el sentimiento tayloriano y la interpretación que de él se ha hecho en la academia
y en la organización industrial. Otra lección relevante nos muestra que los postulados de Taylor
transitaron por senderos tortuosos que estuvieron a punto de cancelar su difusión mediante la
Resolución Hoxie del Congreso norteamericano en 1917. Pero no sólo los políticos cuestionaron
su pertinencia. En su época, Taylor también recibió el repudio principalmente de empresarios
que argumentaban que la administración científica atentaba contra la tradición creadora
de los obreros norteamericanos, además de que su aplicación propiciaba el desempleo y, por lo
tanto, limitaba la capacidad de consumo. En el mismo sentido, los obreros manifestaron una
resistencia creciente que motivó descontento social.
Sin embargo, la fuerza de su propuesta se expandió por todo el mundo, tanto en el
capitalismo como en el socialismo real, tanto en el Occidente como en el Oriente, como ocurrió
en las lejanas tierras de Japón. Es indudable, por otra parte, que su obra influyó sustantivamente
en la consolidación de una nueva forma de organización que respondía a los intereses
económicos dominantes de la sociedad capitalista y aun respondió a ideologías tan contrarias
como el socialismo soviético. Por último y lo más importante, la historia nos muestra su plena
vigencia conceptual en la sociedad contemporánea, misma que se expresa en la sociedad, las
organizaciones y en las aulas. En conclusión, podemos vivir de acuerdo con los postulados de
Taylor o en desacuerdo, pero no podemos ocultar su fuerza en la modernidad.

Fuentes bibliográficas
Aktouf, Omar (1998), La administración: entre tradición y renovación, Colombia, Gaëtan Morin.
Barba, Antonio (2002), Calidad y cambio organizacional: ambigüedad, fragmentación e identidad. El
caso del LAPEM de México, cfe, uam-cfe.
— y Pedro Solís (1997), Cultura organizacional. Enfoques y metáforas en los estudios organizacionales,
México, Vertiente.

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Braverman, Harry (1980), Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo en el siglo xx,
México, Nuestro Tiempo.
Gantt, Henry L. (1901), ―A Bonus System for Rewarding Labor‖, Transactions of the American Society
of Mechanical Engineers, XXIII.
Gantt, Henry L. (1910), ―Work, Wages and Profits‖, en The Engineering magazine.
Gilbreth, Frank B. y Lillian M. Gilbreth (1917), Applied Motion Studio, Nueva York, Sturgis & Walton.
Lenin, Vladimir Ilich (1965), ―Las tareas inmediatas del gobierno soviético‖, en Obras completas, vol.
27, Moscú.
Metcalfe, Henry (1885), The Cost of Manufactures and the Administration of Workshops Public and
Private, Nueva York, Jhon Wiley.
Nonaka, Ikujiro y H. Takeuchi (1995), The knowledge-creating company: How Japanese companies
create the dynamics of innovation, New York, Oxford University Press.
Taylor, F. W., (1972), Scientific Management; Shop Management; Taylor’s Testimony before the Special
House Committe, Connecticut, Greenwood Press.
— (1981), Principios de la administración científica, México, Herrero.
Thompson, Clarence (2001), Scientific Management. A Collection of the More Significant Articles
Describing the Taylor System of Management, Bristol, Thoemmes Press, [1914].
Towne, Henry R. (1921), ―Industrial Management‖, en The Engineering Magazine, LXI. Warner,
Malcolm (1994), ―Japanese Culture, Western Management: Taylorism and Human Relations
Management‖, en Organization Studies, vol. 15, núm. 4.

Texto completo en:
Gestión y estrategia.
Núm. 38, Julio / Diciembre 2010

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Acta General de la Conferencia de Berlín
TEXTO COMPLETO
26 de Febrero de 1885

ACTA GENERAL
En el nombre de Dios Todopoderoso
Su Majestad la Reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, Emperatriz de la
India, Su Majestad el Emperador de Alemania, Rey de Prusia; Su Majestad el Emperador de
Austria, rey de Bohemia, etc., y Rey Apostólico de Hungría, Su Majestad el Rey de los Belgas,
Su Majestad el Rey de Dinamarca, Su Majestad el Rey de España, el Presidente de los Estados
Unidos de América, el Presidente de la República Francesa, Su Majestad el Rey de Italia, Su
Majestad el Rey de los Países Bajos, Gran Duque de Luxemburgo, etc., Su Majestad el Rey de
Portugal y Algarves, etc.; Su Majestad el Emperador de todas las Rusias, Su Majestad el Rey de
Suecia y Noruega, etc., y Su Majestad el Emperador de los Otomanos,
DESEANDO, en un espíritu de mutuo acuerdo, regular las condiciones más favorables
para el desarrollo del comercio y la civilización en ciertas regiones de África, y para asegurar a
todas las naciones las ventajas de la libre navegación de los dos principales ríos de África, que
fluyen en el Océano Atlántico;
DESEANDO, por otro lado, para evitar los malentendidos y las disputas que puedan
surgir en el futuro a partir de nuevos hechos de la ocupación (posesión de empresas) en la costa
de África, y que se trate, al mismo tiempo, en cuanto a los medios de fomentar la moral y el
bienestar material de las poblaciones indígenas; han resuelto, en la invitación que les formuló el
Gobierno Imperial de Alemania, de acuerdo con el Gobierno de la República Francesa, para
cumplir con esos fines en la Conferencia de Berlín, y han nombrado sus Plenipotenciarios, a
saber:[Nombres de plenipotenciarios] Que, contando con plenos poderes, que han sido
encontrados en buena y debida forma, han discutido y adoptado sucesivamente:
1. Una declaración relativa a la libertad de comercio en la cuenca del Congo, su
desembocadura y regiones circundantes, con otras disposiciones conexas.
2. Una declaración relativa a la trata de esclavos, y las operaciones por mar o tierra que
proporcionan esclavos para ese comercio.
3. Una declaración relativa a la neutralidad de los territorios comprendidos en la cuenca
convencional del Congo.
4. Una Ley de la Navegación en el Congo, que, aun teniendo en cuenta las
circunstancias locales, se extiende a este río, sus afluentes y las aguas en su sistema, los
principios generales enunciados en los artículos CVIII y CXVI del Acta Final del Congreso de
Viena, y tiene por objeto regular, entre las potencias signatarias de esta ley, la libre navegación
de los ríos que separan o atraviesan varios Estados - estos principios, que desde entonces ha sido
aplicado por acuerdo de algunos ríos de Europa y América, pero sobre todo para el Danubio,
con las modificaciones establecidas por los Tratados de París (1856), de Berlín (1878), y de
Londres (1871 y 1883).
5. Una Ley de la Navegación del Níger, que se extienda a este río y sus afluentes, sobre
la base de los mismos principios establecidos en los artículos CVIII y CXVI del Acta Final del
Congreso de Viena.

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6. Una Declaración de introducir en las relaciones internacionales determinadas normas
uniformes con referencia a futuras ocupaciones en la costa del continente africano. Y
considerando conveniente que todos estos documentos se deben combinar en un solo
instrumento, ellos (las potencias signatarias) han recogido en una Ley General, compuesta por
los siguientes artículos:

CAPÍTULO I
Declaración relativa a la libertad de comercio en la cuenca del Congo, sus bocas y
regiones circundantes, con otras disposiciones relacionadas con esta actividad
Artículo I
El comercio de todas las naciones gozará de completa libertad.
1. En todas las regiones que forman la cuenca del Congo y sus puntos de venta. Esta
cuenca está delimitada por las cuencas (o crestas de las montañas) de las cuencas adyacentes, es
decir, en particular, los de la Niari, la Ogowe, Schari, y el Nilo, en el norte, por la línea de
vertiente oriental de los afluentes del Lago Tanganica en el este, y por las cuencas hidrográficas
de las cuencas de los Zambeze y el Palco en el sur. Por lo tanto, abarca todas las regiones
regadas por el Congo y sus afluentes, como el lago Tanganica, con sus afluentes orientales.
2. En la zona marítima se extiende a lo largo del Océano Atlántico desde el paralelo
situado en 2º 30’ de latitud sur hasta la boca de la costa. La frontera norte seguirá el paralelo
situado en 2º 30’ de la costa hasta el punto donde se encuentra la cuenca geográfica del Congo,
hasta la cuenca del Ogowe. El límite sur se sigue el curso de la costa, y de allí pasar hacia el este
hasta que se une a la cuenca geográfica del Congo.
3. En la zona que se extiende hacia el este de la cuenca del Congo, hasta el Océano
Índico de 5grados de latitud norte hasta la desembocadura del Zambeze, en el sur, desde donde
la línea de demarcación ascenderá el Zambesi a 5 millas por encima de su confluencia con la
Comarca, y luego siga la cuenca entre los afluentes del lago Nyassa y los del Zambeze, hasta
que por fin llega a la divisoria de aguas entre las aguas del Zambeze y el Congo. Se reconoce
expresamente que al extender el principio de libre comercio en esta zona la Conferencia sólo
compromete a los estados signatarios, y que en los territorios pertenecientes a un Estado
soberano e independiente de este principio será aplicable sólo en la medida en que sea aprobado
por dicho Estado.
La Conferencia se compromete a utilizar sus buenos oficios ante los gobiernos
establecidos en la costa africana del océano Índico con el fin de obtener dicha aprobación, y en
todo caso de obtener las condiciones más favorables para el tránsito (tráfico) de todas las
naciones.
Artículo II
Todas las banderas, sin distinción de nacionalidad, tendrán libre acceso a la totalidad de
la costa de los territorios antes enumerados, a los ríos, que desembocan en el mar, a todas las
aguas del Congo y sus afluentes, incluyendo los lagos, y todos los puertos situados en las orillas
de las aguas, así como a todos los canales que pueden en el futuro ser construidos con la
intención de unir a los cursos de agua o lagos en toda la zona de los territorios descritos en el
artículo I. Los comerciantes cobijados bajo banderas tales pueden participar en todo tipo de
transporte, y llevar acabo el comercio de cabotaje por vía marítima y fluvial, así como el tráfico
de embarcaciones, en las mismas condiciones.
Artículo III
Las mercancías, de cualquier origen, importado en esas regiones, bajo cualquier
bandera, por mar o por río o por tierra, no estarán sujetas a ningún impuesto que no sea, como

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puede percibirse, una compensación justa por los gastos de los intereses del comercio, y que por
este motivo debe ser sufragado por los propios sujetos.
Artículo IV
Las mercancías importadas en estas regiones deberán permanecer libres de cuotas de
importación y de tránsito. Las Potencias signatarias se reservan el derecho de determinar al cabo
de veinte años, si esta libertad de importación se mantiene o no.
Artículo V
No hay poder ajeno a los signatarios que ejerza o ejercerá derechos de soberanía en las
regiones arriba mencionadas, que pueda conceder en él un monopolio o un favor de ningún tipo
en materia de comercio. Los extranjeros, sin distinción, tienen derecho a la protección de sus
personas y bienes, así como el derecho de adquirir y transferir bienes muebles e inmuebles y
hacerse acreedor de los derechos nacionales en el ejercicio de su profesión.

Disposiciones relativas a la protección de los nativos, de misioneros y los nómadas, así como en
relación a la libertad religiosa.
Artículo VI
Todas las potencias que ejercen derechos de soberanía o influencia en los territorios
antes mencionados se comprometen a velar por la preservación de las tribus nativas, y para
atender a la mejora de las condiciones de su moral y el bienestar material, y para ayudar en la
supresión de la esclavitud, y especialmente el comercio de esclavos. Los Estados miembros, sin
distinción de credo o de nación, protegerán y favorecerán a todas las instituciones religiosas,
científicas o de beneficencia y de las empresas creadas y organizadas para los objetivos arriba
mencionados, o que tienen como objetivo instruir a los nativos y traer a estas tierras las
bendiciones de la civilización. Los misioneros cristianos, los científicos y los exploradores,
serán igualmente objeto de protección especial. La libertad de conciencia y la tolerancia
religiosa están expresamente garantizados a los nativos, no menos que a los sujetos y a los
extranjeros. El ejercicio libre y público de todas las formas del culto divino, y el derecho a
construir edificios con fines religiosos, y la organización de misiones religiosas que pertenecen
a todos los credos, no podrá ser limitado de manera alguna.

Régimen de correos
Artículo VII
El Convenio de la Unión Postal Universal, revisado en París 01 de junio 1878, se
aplicará a la cuenca del Congo.
Derecho de vigilancia reconocida a la comisión internacional de navegación del Congo
Artículo VIII
En los territorios comprendidos en esta declaración la Comisión Internacional de
Navegación del Congo, instituida en virtud del artículo XVII, se encargará de supervisar la
aplicación de los principios proclamado. En todos los casos de diferencia que surjan en relación
con la aplicación de los principios establecidos en la presente Declaración, los gobiernos
interesados podrán convenir en recurrir a los buenos oficios de la Comisión Internacional, para
presentar a un examen de los hechos que se han ocasionado estas diferencias .

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CAPÍTULO II
Declaración relativa al comercio de esclavos

Artículo IX
Al ver que el comercio de esclavos está prohibido en conformidad con los principios del
derecho internacional reconocido por las potencias signatarias, y viendo también que las
operaciones que, por mar o por tierra, proporcionan esclavos para el comercio, también deben
ser considerados como prohibidos, se declara que estos territorios no pueden servir como un
mercado o un medio de transporte para el comercio de esclavos, de cualquier raza que sean.
Cada una de las potencias se obliga a emplear todos los medios a su alcance para poner fin a
este comercio y para castigar a quienes incurran en él.

CAPÍTULO III
Declaración relativa a la neutralidad de los territorios comprendidos en la cuenca del Congo

Artículo X
A fin de dar una nueva garantía de seguridad para el comercio y la industria, y fomentar,
por el mantenimiento de la paz, el desarrollo de la civilización en los países mencionados en el
artículo I, y bajo el sistema de libre comercio, las Altas Partes signatarias de la presente Ley, y
los que en adelante la adopten, se comprometen a respetar la neutralidad de los territorios, o
partes de los territorios, pertenecientes a los países mencionados, lo cual comprende las aguas
territoriales.
Artículo XI
En el caso que una potencia que ejerce derechos de soberanía o protectorado en los
países mencionados en el artículo I, y bajo el sistema de libre comercio, deba participar en una
guerra, las Altas Partes signatarias de la presente Ley, y los que en adelante la adopten, se
comprometen aprestar sus buenos oficios a fin de que los territorios que le pertenecen a dicha
potencia mantengan su neutralidad.
Artículo XII
En el caso de un desacuerdo grave que se origine en el tema de la soberanía, o en los
límites de los territorios mencionados en el artículo I, y bajo el sistema de libre comercio, que se
susciten entre los Potencias signatarias de la presente ley, o las potencias que pueden llegar a ser
parte de ella, estas Potencias se comprometen, antes de recurrir a las armas, a recurrir a la
mediación de una o más de las potencias amigas. En un caso similar las mismas potencias se
reservan la opción de recurrir al arbitraje.

CAPÍTULO IV
Ley de navegación para el Congo

Artículo XIII
La navegación del Congo es y seguirá siendo gratis para los buques mercantes de todas
las naciones por igual, ya sea transporte de carga o lastre, para el transporte de mercancías o de
pasajeros. Se regirá por las disposiciones de esta Ley de Navegación, y por las normas que se

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efectúen en virtud de los mismos. En el ejercicio de esta navegación de los sujetos y las
banderas de todas las naciones en todos los aspectos tratados en un pie de perfecta igualdad, no
sólo para la navegación directa desde el mar abierto a los puertos interiores del Congo, y
viceversa, sino también para el comercio de cabotaje, grandes y pequeños, y para el tráfico de
barcos en el curso del río. En consecuencia, en todo el curso y las bocas del Congo no se hace
ninguna distinción entre los sujetos de los Estados ribereños y los de los Estados no ribereños.
Estas disposiciones son reconocidas por las potencias signatarias como una parte del derecho
internacional.
Artículo XIV
La navegación del Congo, no estará sujeta a ninguna restricción u obligación que no
esté expresamente estipulado por la presente ley.
Artículo XV
Los afluentes del Congo estarán en todos los aspectos sujetos a las mismas reglas que el
río del que son tributarios. Y las mismas reglas se aplicarán a los arroyos y ríos, así como los
lagos y canales en los territorios definidos en los párrafos 2 y 3 del artículo I.
Artículo XVI
Las carreteras, ferrocarriles o canales laterales, que puede ser construido con el objeto
especial de corregir la imperfección de la ruta del río, en algunas partes del curso del Congo, sus
afluentes y otros cursos de agua bajo un sistema similar, como establecido en el artículo XV, se
considerará en su calidad de medios de comunicación como las dependencias de este río, e
igualmente abierto a la circulación de todas las naciones.
Artículo XVII
Se instituye una Comisión Internacional, encargada de la ejecución de las disposiciones
de la presente Ley de Navegación.
Artículo XVIII
Los miembros de la Comisión Internacional, así como sus agentes designados, se
invierten con el privilegio de la inviolabilidad en el ejercicio de sus funciones. La misma
garantía se aplicará a las oficinas y archivos de la Comisión.
Artículo XIX
La Comisión Internacional para la navegación en el Congo se constituirá tan pronto
como cinco de las potencias signatarias de la presente Acta general hayan nombrado a sus
delegados. Y, a la espera de la constitución de la Comisión, la designación de estos delegados
será notificada al Gobierno Imperial de Alemania, que se encargará de que los pasos necesarios
para convocar la reunión de la Comisión.
Artículo XX
La Comisión Internacional del Congo tiene el poder,
1. Para decidir qué obras son necesarias para asegurar la navegabilidad del Congo, de
acuerdo con las necesidades del comercio internacional.
2. Fijar la tarifa de la navegación en general.
3. Administrar los ingresos derivados de la aplicación del párrafo anterior.
4. Supervisar el establecimiento de cuarentenas.
5. Nombrar a los funcionarios para el servicio general de la navegación.
Artículo XXI
En el cumplimiento de su labor la Comisión Internacional puede, si es necesario,
recurrir a los buques de guerra de las potencias signatarias de la presente Ley, y de aquellos que

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en el futuro se adhieran a él, bajo reserva, sin embargo, de las instrucciones que puede dar a los
comandantes de estos barcos por sus respectivos Gobiernos.
Artículo XXII
Los buques de guerra de las potencias signatarias de la presente ley que pueden entrar
en el Congo están exentos del pago de las cuotas de navegación prevista en el párrafo 3 del
Artículo XIV.
Artículo XXIII
Con el fin de sufragar los gastos técnicos y administrativos en que se pueda incurrir, la
Comisión Internacional creada por el artículo XVII, negociará a su propio nombre, préstamos
que serán garantizados por los ingresos obtenidos por dicha comisión.
Artículo XXIV
En la desembocadura del Congo se establecerá un centro de cuarentena (sanitaria) para
el control de buques que pasan por el río.
Artículo XXV
Las disposiciones de la presente Ley de Navegación se mantendrán en vigor en tiempo
de guerra. En consecuencia, todas las naciones, ya sea neutral o beligerante, podrán, a los
efectos de comercio, navegar en el Congo, sus ramas, afluentes y la boca, así como de las aguas
territoriales al frente de la embocadura del río.

CAPÍTULO V
Ley de navegación para el Níger

Artículo XXVI
La navegación del Níger, sin exceptuar ninguna de sus afluentes, es y seguirá siendo
totalmente gratuita para los buques mercantes de todas las naciones por igual, ya sea con carga o
lastre, para el transporte de mercancías y pasajeros. Se regirá por las disposiciones de esta Ley
de la Navegación, y por las normas a ser adoptadas en cumplimiento de la presente ley.
Artículo XXVII
La navegación del Níger no estará sujeta a ninguna restricción u obligación basada
simplemente en el hecho de la navegación.
Artículo XXVIII
Los afluentes del Níger estarán en todos los aspectos sujetos a las mismas reglas que el
río del cual son tributarios.
Artículo XXIX
Las carreteras, ferrocarriles o canales laterales, que puede ser construido con el objeto
especial de corregir la imperfección de la ruta del río, en algunas partes del curso del Níger, sus
afluentes y otros cursos de agua bajo un sistema similar, como establecido en el artículo XV, se
considerará en su calidad de medios de comunicación como las dependencias de este río, e
igualmente abierto a la circulación de todas las naciones.
Artículo XXX
Gran Bretaña se compromete a aplicar los principios de libertad de navegación
enunciados en los artículos XXVI, XXVII, XXVIII y XXIX de gran parte de las aguas del

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Níger, sus afluentes, sucursales y puntos de venta, tal como están o pueden estar bajo su
soberanía o protección. Gran Bretaña se compromete a proteger a los comerciantes extranjeros y
de todas las nacionalidades en todas las partes del Níger, que estén o puedan estar bajo su
soberanía o la protección como si fueran sus propios súbditos, siempre que dichos comerciantes
se ajusten a las reglas establecidas por Gran Bretaña.
Artículo XXXI
Francia acepta, bajo las mismas reservas, y en los mismos términos, las obligaciones
asumidas en los artículos precedentes con respecto a gran parte de las aguas del Níger, sus
afluentes, sucursales y puntos de venta, tal como están o pueden estar bajo su soberanía o
protección.
Artículo XXXII
Cada una de las potencias signatarias se obliga de la misma manera respecto de
derechos futuros de soberanía o protección de cualquier porción de las aguas del Níger, sus
afluentes, sucursales o puntos de venta.
Artículo XXXIII
Los acuerdos de la presente Ley de Navegación se mantendrán en vigor en tiempo de
guerra. En consecuencia, la navegación de todos los ciudadanos neutrales o beligerantes serán
en todo tiempo libre para los usos del comercio en el Níger, sus ramas, sus afluentes, sus bocas
y tomas de corriente, así como en las aguas territoriales frente a la boca y puntos de venta de ese
río.

CAPÍTULO VI
Declaración relativa a las formalidades esenciales que habrán de llenarse para que se consideren
efectivas las nuevas ocupaciones en las costas del continente Africano

Artículo XXXIV
La potencia que en adelante tome posesión de un territorio en las costas del continente
africano, situado fuera de sus posesiones actuales o que no habiéndolas tenido antes las adquiera
más adelante, así como la potencia que asuma un protectorado, remitirá adjunta al Acta
respectiva una notificación dirigida a las demás potencias signatarias de la actual, a fin de que,
si ha lugar a ello, puedan hacer valer sus reclamaciones
Artículo XXXV
Las potencias signatarias de esta Acta reconocen la obligación de mantener, en los
territorios que ocupen en la costa del continente africano, la autoridad competente para hacer
respetar los derechos adquiridos y, en caso necesario, la libertad de comercio y de tránsito en las
condiciones que se hubieren estipulado.

CAPÍTULO VII
Disposiciones generales

Artículo XXXVI
Las potencias signatarias de la presente Ley General se reservan el derecho de
introducir en ella, posteriormente, y de común acuerdo, las modificaciones y mejoras que la
experiencia podría demostrar ser conveniente.

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Artículo XXXVII
Las potencias que no han firmado la presente Acta general serán libre de adherirse a sus
disposiciones por un instrumento separado.
Artículo XXXVIII
La presente Acta general será ratificada con la menor demora posible, el mismo en
ningún caso exceder de un año. Entrará en vigor para cada potencia en la fecha de su
ratificación. Mientras tanto, las potencias signatarias de la presente Acta general se
comprometen a no adoptar ninguna medida contraria a sus disposiciones. En fe de lo cual los
plenipotenciarios han firmado varias actas de la Ley General y han puesto sus sellos. Suscrito en
Berlín, el día 26 de febrero 1885.

Firmas

Conferencia de Berlín de los plenipotenciarios de Gran Bretaña, Austria-Hungría,
Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Portugal, Rusia, España, Suecia,
Noruega, Turquía y Estados Unidos.
Berlín: 15 de noviembre de 1884 al 25 de febrero de 1885

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La mujer trabajadora en el siglo XIX
FRAGMENTOS
Joan W. Scott

La mujer trabajadora alcanzó notable preeminencia durante el siglo XIX. Naturalmente,
su existencia es muy anterior al advenimiento del capitalismo industrial. Ya entonces se ganaba
el sustento como hilandera, modista, orfebre, cervecera, pulidora de metales, productora de
botones, pasamanera, niñera, lechera o criada en las ciudades y en el campo tanto en Europa
como en Estados Unidos. Pero en el siglo XIX se la observa, se la describe y se la documenta
con una atención sin precedentes, mientras los contemporáneos discuten la conveniencia, la
moralidad incluso la licitud de sus actividades asalariadas. La mujer trabajadora fue un
producto de la revolución industrial, no tanto porque la mecanización creara trabajo para ella
allí donde antes no había habido nada (aunque, sin duda, ese fuera el caso en ciertas regiones),
como porque en el transcurso de la misma se convirtió en una figura problemática y visible.
La visibilidad de la mujer trabajadora fue una consecuencia del hecho de que se la
percibiera como problema, como un problema que se describía como nuevo y que había que
resolver sin dilación. Este problema implicaba el verdadero significado de la feminidad y la
compatibilidad entre feminidad y trabajo asalariado, y se planteó en términos morales y
categoriales. Ya se tratara de una obrera en una gran fábrica, de una costurera pobre o de una
impresora emancipada; ya se la describiera como joven, soltera, madre, viuda entrada en años,
esposa de un trabajador en paro o hábil artesana, ya se la considerara el extremo de las
tendencias destructivas del capitalismo o de la prueba de sus potencialidades progresistas, en
todos los casos, la cuestión que la mujer trabajadora planteaba era la siguiente: ¿debe una
mujer trabajar por una remuneración? ¿Cómo influía el trabajo asalariado en el cuerpo de la
mujer y en la capacidad de ésta para cumplir sus funciones maternales y familiares? ¿Qué clase
de trabajo era idóneo para una mujer? Aunque todo el mundo estaba de acuerdo con el
legislador francés Jules Simon, quien en 1860 afirmaba que «una mujer que se convierte en
trabajadora ya no es una mujer», la mayoría de las partes que intervienen en el debate acerca de
mujeres trabajadoras encuadraba sus argumentos en el marco de una reconocida oposición entre
el hogar y el trabajo, entre la maternidad y el trabajo asalariado, entre feminidad y
productividad.
En general, los debates del siglo XIX versaban sobre una historia causal implícita en
torno a la revolución industrial, que en la mayor parte de las historias posteriores de mujeres
trabajadoras se tuvo como un supuesto. Esta historia localizaba la fuente del problema de las
mujeres trabajadoras en la sustitución de la producción doméstica por la producción fabril, que
tuvo lugar durante el proceso de industrialización. Como en el período preindustrial se pensaba
que las mujeres compaginaban con éxito la actividad productiva y el cuidado de los hijos, el
trabajo y la vida doméstica, se dijo que el supuesto traslado en la localización del trabajo hacía
difícil tal cosa, cuando no imposible. En consecuencia, se sostenía, las mujeres sólo podrían
trabajar unos periodos cortos de su vida, para retirarse del empleo remunerado después de
casarse o de haber tenido hijos, y volver a trabajar luego únicamente en el caso de que el
marido no pudiera mantener a la familia. De esto se seguía su concentración en ciertos empleos
mal pagados, no cualificados, que constituían el reflejo de la prioridad de su misión maternal y

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de su misión doméstica respecto de cualquier identificación ocupacional a largo plazo. El
―problema‖ de la mujer trabajadora, por tanto, estribaba en que constituía una anomalía en un
mundo en que el trabajo asalariado y las responsabilidades familiares se habían convertido en
empleos a tiempo completo y espacialmente diferenciados. La «causa» del problema era
inevitable: un proceso de desarrollo capitalista industrial con una lógica propia.
Por mi parte, considero que la separación entre hogar y trabajo, más que reflejo de un
proceso objetivo de desarrollo histórico, fue una contribución a este desarrollo. En efecto,
suministró los términos de legitimación y las explicaciones que construyeron el «problema» de
la mujer trabajadora al minimizar las continuidades, dar por supuesto la homogeneidad de
experiencia de todas las mujeres y acentuar las diferencias entre mujeres y hombres. Al
representarse al obrero cualificado masculino como el «trabajador» ejemplar, como modelo de
«trabajador», se dejaba de lado las diferencias de formación, la estabilidad en el empleo y el
ejercicio profesional entre los trabajadores varones y también, por ende, análogas diferencias en
la irregularidad y el cambio de empleo entre trabajadores de uno y otro sexo. La asociación de
trabajadores varones con la dedicación de por vida a una misma ocupación y la de las mujeres
con carreras interrumpidas, imponía un tipo de ordenación particular en una situación muy
distinta (en la que había mujeres que mantenían puestos permanentes de trabajo cualificado,
mientras que muchos hombres. pasaban de un empleo a otro y soportaban periodos de
desempleo crónicos).
Como resultado de todo ello, se postuló el sexo como la única razón de las diferencias
entre hombres y mujeres en el mercado laboral, cuando estas diferencias podrían también
haberse entendido en términos de mercado laboral, de fluctuaciones económicas o de o de las
cambiantes relaciones de la oferta y la demanda.
La historia de la separación de hogar y trabajo selecciona y organiza la información de
tal modo que ésta logra cierto efecto: el de subrayar con tanto énfasis las diferencias
funcionales y biológicas entre mujeres y hombres que se termina por legitimar e
institucionalizar estas diferencias como base de la organización social. Esta interpretación de la
historia del trabajo de las mujeres dio lugar – y contribuyó- a la opinión médica, científica,
política y moral que recibió ya el nombre de «ideología de la domesticidad», ya el de «doctrina
de las esferas separadas». Sería mejor describirla como el discurso que, en el siglo XIX,
concebía la división sexual del trabajo como una división «natural» del mismo. En verdad,
quisiera llamar la atención sobre el hecho de que, para el siglo XIX, la idea de división sexual
del trabajo debe leerse en el marco del contexto de la retórica del capitalismo industrial sobre
divisiones más generales del trabajo. La división de tareas se juzgaba como el modo más
eficiente, racional y productivo de organizar el trabajo, los negocios y la vida social: la línea
divisoria entre lo útil y lo «natural» se borró cuando el objeto en cuestión fue el «género». […]
Industrialización y trabajo de las mujeres: continuidades
La historia más corriente del trabajo femenino, que enfatiza y trabajo la importancia
causal del traslado de la casa al lugar de trabajo, de las mujeres: descansa sobre un modelo
esquemático de la transferencia de continuidades producción de la granja a la fábrica, de la
industria domiciliada a la manufactura, de las actividades artesanales y comerciales a pequeña
escala a empresas capitalistas a gran escala. Muchos historiadores complicaron esta descripción
lineal sosteniendo, por ejemplo, que el trabajo fuera del hogar persistió junto con la
manufactura mecanizada hasta bien entrado el siglo xx, incluso en la rama textil. Pero perdura
la imagen de períodos anteriores, a saber, la de una fuerza de trabajo cooperativa de base
familiar -padre que teje, madre e hijas que hilan y niños que preparan el hilo-, y esta imagen
sirve para construir un marcado contraste entre, por un lado, un mundo preindustrial en que el
trabajo de las mujeres era informal. a menudo no remunerado, y en que la prioridad
correspondía siempre a una familia, y, por otro lado, el mundo industrializado de la fábrica,
que obligaba a ganarse la vida íntegramente fuera de la casa. Al comienzo, la producción y la
reproducción se describían como actividades complementarias; luego se las presentó como

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estructuralmente irreconciliables, como fuente de problemas insolubles para mujeres que
deseaban o necesitaban trabajar.
Aunque, a no dudarlo, el modelo familiar de trabajo describe un aspecto de la vida
laboral de los siglos XVII y XVIII, también es evidente su excesiva simplicidad. En el período
previo a la industrialización, las mujeres ya trabajaban regularmente fuera de sus casas.
Casadas y solteras vendían bienes en los mercados, se ganaban su dinero como pequeñas
comerciantes y buhoneras, se empleaban fuera de la casa como trabajadoras eventuales, niñeras
o lavanderas y trabajaban en talleres de alfarería, de seda, de encaje, de confección de ropa, de
productos de metal, quincallería, paño tejido o percal estampado. Si el trabajo entraba en
conflicto con el cuidado de los hijos, las madres, antes que dejar el empleo, preferían enviar a
sus críos a nodrizas u otras personas que se hicieran cargo de ellos. En busca de salarios, las
mujeres ingresaron en una amplia gama de trabajos y cambiaron de un tipo de empleo a otro.
En su libro sobre Lyon, Maurice Garden comenta que ―la amplitud del trabajo
femenino es uno de los rasgos más característicos de la sociedad lionesa del siglo XVIII...»
El estudio de Dominique Godineau sobre el París revolucionario describe «un paso
incesante de una rama de actividad a otra», que la crisis económica que acompañó a la
Revolución aceleró, pero no creó. «Se verá a la misma trabajadora ocupada en un taller de
confección de botones, instalada con sus mercancías en un puesto en la Halle, o bien en su
habitación, inclinada sobre su trabajo de costura». Y se ha calculado que en París, a comienzos
del siglo XIX, por lo menos la quinta parte de la población femenina adulta percibía salario.
Aun cuando el trabajo se desarrollara en una casa, muchas asalariadas, especialmente solteras
jóvenes, no trabajaban en su propia casa. Las empleadas domésticas, todo tipo de mano de obra
agrícola, de aprendices y de asistentas constituía una considerable proporción de la fuerza de
trabajo que no trabajaba en su casa. Por ejemplo, en Ealing (Inglaterra), en 1599, tres cuartas
partes de las mujeres de entre 15 y 19 años vivían fuera de la casa paterna y trabajaban como
criadas. […]
Durante el período preindustrial, pues, la mayor parte de las mujeres trabajadoras eran
jóvenes y solteras, y en general trabajaban lejos de sus casas, fuera cual fuese el sitio de trabajo
al que se marcharan. También las mujeres casadas formaban parte activa de la fuerza de
trabajo; también en su caso, la localización del trabajo-una granja, una tienda, un taller, la calle
o sus propias casas- era variable, y el tiempo que invertían en tareas domésticas dependía de las
presiones de trabajo y las circunstancias económicas de la familia.
Esta descripción también caracteriza el período de industrialización del siglo xx.
Entonces, lo mismo que en el pasado, la fuerza de trabajo femenina estaba formada -en su
inmensa mayoría- por mujeres jóvenes y solteras, tanto en el campo más «tradicional» del
servicio doméstico como en la nueva área emergente de la manufactura textil. En la mayoría de
los países occidentales en vías de industrialización, el servicio doméstico superaba al textil en
calidad de empleador de mujeres. […] Pero en ambos casos, el de criadas y el de las obreras
fabriles, se encuentran mujeres de la misma edad. En realidad, en las regiones en que la
manufactura atrajo a enormes cantidades de mujeres jóvenes, serían de esperar quejas relativas
a la escasez de criadas. […] En la década de los sesenta, cuando las trabajadoras agrícolas
nativas fueron reemplazadas por fuerza de trabajo inmigrada. El promedio de edad de la mano
de obra femenina cayó más aun, hasta los veinte años. Naturalmente, en las fábricas textiles
también había empleadas mujeres casadas, ya que la demanda de mano de obra femenina era
muy grande y que en las ciudades textiles escaseaban los empleos para varones. Pero estas
mujeres habrían tenido que emplearse en algún tipo de trabajo asalariado vivieran donde
viviesen, no necesariamente en sus casas. El traspaso del grueso de la población asalariada
femenina no tuvo lugar, por tanto, del trabajo en el hogar al trabajo fuera de éste, sino de un
tipo de lugar de trabajo a otro. Si este traslado implicaba problemas -una nueva disciplina
horaria, maquinaria ruidosa, salarios que dependían de las condiciones del mercado y de los
ciclos económicos, empleadores explotadores-, estos problemas no tenían como causa el
alejamiento de las mujeres de su hogar y de sus conjuntos familiares. (En realidad. el trabajo

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LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

fabril solía hacer que las niñas que previamente quizá comían en casa de los empleadores,
pasaran a residir con sus familias.)
El interés de los contemporáneos y de los historiadores en la influencia de la industrial
textil sobre el trabajo de las mujeres atrajo una enorme atención a este sector, pero nunca fue, a
lo largo del siglo XIX, el principal empleador de mujeres. En cambio, eran más las mujeres que
trabajaban en áreas «tradicionales » de la economía que en establecimientos industriales. En la
manufactura en pequeña escala, el comercio y los servicios, mujeres casadas y mujeres solteras
mantenían las pautas del pasado: trabajaban en mercados, tiendas o en su casa, vendían comida
por la calle, transportaban mercancía, lavaban, atendían posadas, hacían cerillas y sobres para
cerillas, flores artificiales, orfebrería o prendas de vestir. La localización del trabajo era variada,
incluso para una misma mujer.
Si durante el siglo XVIII trabajo de aguja fue sinónimo de mujer, en este aspecto las
cosas no variaron en el XIX. El predominio del trabajo de aguja como trabajo femenino hace
difícil sostener el argumento de separación tajante entre la casa y el trabajo y, por tanto, de la
disminución de oportunidades aceptables de trabajo asalariado para las mujeres. En verdad, el
trabajo de aguja se extendió a medida que crecía la producción de vestimenta y se difundía el
uso de zapatos y de cuero, lo cual suministraba empleo estable a algunas mujeres, y un último
recurso a otras. Los talleres de ropa daban empleo a mujeres en diferentes niveles de habilidad
y de salario, aunque la gran mayoría de los trabajos tenían una paga irregular y pobre. En las
décadas de los treinta y de los cuarenta, tanto en Francia como en Inglaterra, el trabajo para las
costureras (tanto en su casa como en talleres manufactureros, donde los salarios eran miserables
y las condiciones de trabajo pésimas) aumentó gracias al enorme crecimiento de la industria de
la ropa de confección. Aunque durante el siglo (en los años cincuenta en Inglaterra y en los
ochenta en Francia), se comenzó a producir ropa en régimen fabril, siguieron prevaleciendo los
ya mencionados talleres manufactureros. En la última década del siglo, la aprobación de la
legislación protectora de la mujer, junto con exenciones fiscales para la producción doméstica,
aumentaron el interés del empleador por una oferta de mano de obra barata y no reglamentada.
El trabajo a domicilio alcanzó su punto máximo en 1901 en Gran Bretaña y en 1906 en Francia,
pero esto no quiere decir que a partir de entonces haya declinado de manera permanente.
Muchas ciudades del siglo XX son, incluso hoy en día, centros de subcontratación que, al igual
que la industria doméstica del siglo XVIII y el sobreexplotado trabajo a domicilio del XIX,
emplean mujeres para el trabajo por piezas en el negocio de la vestimenta. En este tipo de
actividad, la localización y la estructura del trabajo de las mujeres se caracteriza más por la
continuidad que por el cambio.
El caso de la producción de ropa pone también en tela de juicio la idealizada
descripción del trabajo en la casa como especialmente adecuado para las mujeres, pues permite
a éstas combinar la dedicación al hogar con el trabajo rentado. Cuando se toman en cuenta los
niveles de salario, el cuadro se toma notablemente más complejo. En general, a los
trabajadores de esta rama de la producción se les pagaba por pieza, y sus salarios eran muchas
veces tan bajos que las mujeres apenas podían subsistir con sus ingresos; el ritmo de trabajo
era intenso. Ya trabajara sola en su cuarto alquilado, o en medio de una bulliciosa familia, la
típica costurera tenía poco tiempo para dedicar a sus responsabilidades domésticas. En 1849,
una camisera londinense le contó a Henry Mayhew que apenas podía mantenerse con lo que
ganaba, aun cuando muchas veces, «en verano trabajaba desde las cuatro de la mañana hasta
las nueve o diez de la noche (todo el tiempo que podía ver). Mi horario habitual de trabajo va
de cinco de la mañana a nueve de la noche, invierno y verano‖.5 En verdad, la localización del
trabajo en la casa podía constituir para la vida familiar una perturbación tan grande como
cuando una madre se ausentaba durante todo el día; pero la causa de los inconvenientes no
estribaba en el trabajo en sí mismo, sino en los salarios increíblemente bajos. (Naturalmente, de
no haber sido tan grande la necesidad económica de una mujer, podía haber moderado el ritmo
del trabajo y combinar las faenas del hogar con las remuneradas. Estas mujeres, una minoría de
las costureras, tal vez constituyeran la confirmación de un pasado idealizado en que la
domesticidad y la actividad productiva no entraban en conflicto.)

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Aunque la industria de la vestimenta nos ofrece un ejemplo evidente de continuidad
con las prácticas del pasado, también los empleos «de cuello blanco» preservaban ciertas
características decisivas del trabajo de las mujeres. Se trataba de empleos que comenzaban a
proliferar hacia finales del siglo XIX en los sectores, por entonces en expansión, del comercio y
los servicios. Naturalmente, estos empleos implicaban nuevas clases de tareas v desarrollaron
otras habilidades que las que se adquirían en el servicio doméstico o en los trabajos de aguja,
pero absorbían la misma clase de mujeres que habían constituido típicamente la fuerza de
trabajo femenina: muchachas jóvenes y solteras. Oficinas gubernamentales, empresas y
compañías de seguros contrataban secretarias. dactilógrafas y archiveras, las oficinas de correos
prefirieron mujeres para la venta de sellos, las compañías de teléfono y telégrafo empleaban
operadoras, las tiendas y los almacenes reclutaban vendedoras, los hospitales recientemente
organizados cogieron personal de enfermeras, y los sistemas escolares estatales buscaron
maestras. Los empleadores estipulaban en general una edad límite para sus trabajadoras y, a
veces, ponían obstáculos a los matrimonios, con lo cual mantenían una mano de obra muy
homogénea, por debajo de los veinticinco años y soltera. Puede que cambiara el tipo de lugar
de trabajo, pero no hay que confundir eso con un cambio en la relación entre hogar y trabajo
para las trabajadoras mismas: a la inmensa mayoría de las afectadas, el trabajo las había sacado
fuera de la casa. […]
Muy bien podía ocurrir que gran parte de la atención que se prestó al problema del
trabajo de las mujeres en general tuviera origen en una creciente preocupación por las
posibilidades de casamiento de las muchachas de clase media que se hacían maestras,
enfermeras, inspectoras fabriles, trabajadoras sociales, etc. Eran mujeres que en el pasado,
habrían ayudado en una granja familiar o en una empresa familiar, pero que no habrían
percibido salarios por sí mismas. Quizá sean ellas, una minoría de las mujeres asalariadas del
siglo XIX, las que dan fundamento a la afirmación de que la pérdida del trabajo que se
realizaban en la casa comprometía las capacidades domésticas de las mujeres y sus
responsabilidades en la reproducción. Cuando los reformadores se refirieron a las ―mujeres
trabajadoras‖ y presentaban el empleo fabril como su caso típico primordial, probablemente
generalizaran a partir de su temor ante la posición de las mujeres en las clases medias.
Por tanto, no hay que tomarse en serio el argumento de que la industrialización provocó
una separación entre el hogar y el trabajo y forzó a las mujeres a elegir entre la domesticidad o
el trabajo asalariado fuera del hogar. Ni tampoco cabe tomarse en serio la afirmación según la
cual esto fue la causa de los problemas de las mujeres, al restringirlas a empleos marginales y
mal pagados. […] Dónde trabajaban las mujeres y qué hacían no fue resultado de ciertos
procesos industriales ineluctables, sino, al menos en parte, de cálculos relativos al coste de la
fuerza de trabajo. Ya sea en la rama textil, en la fabricación de calzado, en la sastrería o el
estampado, ya sea en combinación con la mecanización, la dispersión de la producción o la
racionalización de los procesos de trabajo, la introducción de las mujeres significaba que los
empleadores habían decidido ahorrar costes de fuerza de trabajo. «En la medida en que el
trabajo manual requiere menos habilidad y fuerza, es decir , en la medida en que la industria
moderna se desarrolla -escriben Marx y Engels en El Manifiesto Comunista-, en esa medida el
trabajo de las mujeres y de los niños tiende a reemplazar el trabajo de los hombres».
Los sastres de Londres explicaban su precaria situación durante los años cuarenta del
siglo XIX como una consecuencia del deseo del patrón de vender más barato que los
competidores para lo cual contrataba mujeres y niños. Los impresores norteamericanos veían en
el empleo de tipógrafas en los años sesenta, como ―la última estratagema de los capitalistas‖,
que tentaban a la mujer a que abandonara «su esfera propia» para convertirla en «el instrumento
para reducir los salarios, lo cual hunde a ambos sexos en la actual servidumbre no compensada
de la mujer».
A menudo los sindicatos masculinos obstaculizan la entrada de mujeres en su seno. O
insisten en que, antes de adherirse a los mismos, ganen ya salarios iguales a los de los hombres.
[…] Las mujeres se asociaban a la fuerza de trabajo barata, pero no todo trabajo de ese tipo se
consideraba adecuado a las mujeres. Si bien se las consideraba apropiadas para el trabajo en las

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fábricas textiles, de vestimenta, calzado, tabaco, alimentos y cuero, era raro encontrarlas en la
minería, la construcción, la manufactura mecánica o los astilleros, aun cuando en estos sectores
hacía falta la mano de obra que se conocía como «no cualificada». El trabajo para el que se
empleaba a mujeres se definía como «trabajo de mujeres», algo adecuado a sus capacidades
físicas y a sus niveles innatos de productividad.
Este discurso producía división sexual en el mercado de trabajo y concentraba a las
mujeres en ciertos empleos y no en otros, siempre en el último peldaño de cualquier jerarquía
ocupacional, a la vez que fijaba sus salarios a niveles inferiores a los de la mera subsistencia. El
«problema» de la mujer trabajadora surgía cuando diversos distritos electorales debatían los
efectos sociales y morales -así como la factibilidad económica- de tales prácticas. […]
La economía política fue uno de los terrenos donde se originó el discurso sobre la
división sexual del trabajo. Los economistas políticos del siglo XIX desarrollaron y
popularizaron las teorías de sus predecesores del siglo XVIII. Y pese a las importantes
diferencias nacionales (entre, por ejemplo, teóricos británicos y franceses), así como a las
diferentes escuelas de economía política en un mismo país, había ciertos postulados básicos
comunes. Entre ellos se hallaba la idea de que los salarios de los varones debían ser suficientes
no sólo para su propio sostén, sino también para el de una familia. Pues de no ser así observaba Adam Smith-, «la raza de tales trabajadores no se prolongaría más allá de la primer
generación». Por el contrario, los salarios de una esposa, «habida cuenta de la atención que
necesariamente debía dedicar a los hijos, (se) suponía que no debían superar lo suficiente como
para su propio «sustento». […]
La asimetría del cálculo del salario era asombrosa: los salarios de los varones incluían
los costes de subsistencia y de reproducción, mientras que los salarios de las mujeres requerían
suplementos familiares incluso para la subsistencia individual. Además, se suponía que los
salarios proveían el sostén económico necesario para una familia, que permitían alimentar a los
bebés y convenirlos en adultos aptos para el trabajo. En otras palabras, los hombres eran
responsables de la reproducción. En este discurso «reproducción» no tiene significado
biológico. Para Say, «reproducción» y «producción» eran sinónimos, pues ambos se referían a
la actividad que introducía valor en las cosas, que transformaba la materia natural en productos
con valor socialmente reconocido (y, por tanto, intercambiable). El dar a luz y el criar hijos,
actividades que realizaban las mujeres, eran materias primas. La transformación de niños en
adultos (capaces a su vez de ganarse la vida) era obra del salario del padre; era el padre quien
daba a sus hijos valor económico y social, porque su salario incluía la subsistencia de los hijos.
En esta teoría, el salario del trabajador tenía un doble sentido. Por un lado, le
compensaba la prestación de su fuerza de trabajo y, al mismo tiempo, le otorgaba el estatus de
creador de valor en la familia. Puesto que la medida del valor era el dinero, y puesto que el
salario del padre incluía, la subsistencia de la familia, este salario era el único que importaba.
Ni la actividad doméstica, ni el trabajo remunerado de la madre era visible ni significativo. De
ello se seguía que las mujeres no producían valor económico de interés. El trabajo que
realizaban en su casa no se tenía en cuenta en los análisis de la reproducción de la generación
siguiente y su salario se describía siempre como insuficiente, incluso para su propia
subsistencia. «La mujer, desde el punto de vista industrial, es un trabajador imperfecto»
escribía Eugéne Buret en 1840. Y el periódico de los trabajadores titulado L’Atelier,
comenzaba un análisis de la pobreza femenina con lo que para ellos era una perogrullada:
―Puesto que las mujeres son menos productivas que los hombres...». En la última década del
siglo, el socialista Sidney Webb concluía un largo estudio sobre las diferencias entre salarios
masculinos v femeninos con las siguientes palabras: «Las mujeres ganan menos que los
hombres no sólo porque producen menos, sino también porque lo que ellas producen tiene en
general un valor inferior en el mercado».
La idea según la cual el trabajo de hombres y el de mujeres tenían diferentes valores, de
que los hombres eran más productivos que las mujeres, no excluía por completo a estas últimas
de la fuerza de trabajo de los países en vías de industrialización, ni las confinaba al corazón de
la vida doméstica. Cuando ellas o sus familias necesitaban dinero, las mujeres salían a ganarlo.

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Pero cuánto y cómo podían ganar estaba en gran parte premodelado por estas teorías que
definían el trabajo de la mujer como más barato que el de los hombres. […]
Otro ejemplo de la índole discursiva de la división sexual del trabajo puede hallarse en
la política y las prácticas de los sindicatos. En su mayor parte, los sindicatos masculinos
trataban de proteger sus empleos y sus salarios manteniendo a las mujeres al margen de sus
organizaciones y, a largo plazo, al margen del mercado de trabajo. Aceptaron la inevitabilidad
del hecho de que los salarios femeninos fueran más bajos que los de los hombres y, en
consecuencia, trataron a las mujeres trabajadoras más como una amenaza que como
potenciales aliadas. Justificaban sus intentos de excluir a las mujeres de sus respectivos
sindicatos con el argumento de que, en términos generales, la estructura física de las mujeres
determinaba su destino social como madres y amas de casa y que, por tanto, no podía ser una
trabajadora productiva ni una buena sindicalista. La solución, ampliamente apoyada a finales
del siglo XIX, reforzar lo que se tomaba por una división sexual ―natural‖ del trabajo.[…]
Lo mismo que los empleados (pero no siempre por las mismas razones), los portavoces
sindicales invocaron estudios médicos y científicos para sostener que las mujeres no eran
físicamente capaces de realizar el «trabajo de los hombres » y también predecían peligros para
la moralidad de las mismas. Las mujeres podían llegar a ser «socialmente asexuadas» si
realizaban trabajos de hombre y podían castrar a sus maridos si pasaban demasiado tiempo
ganando dinero fuera de casa. Los tipógrafos norteamericanos contestaban los argumentos de
sus jefes a favor del carácter femenino de su trabajo poniendo de relieve que la combinación de
músculo e intelecto que su tarea requería era de la más pura esencia masculina. En 1850
advertían que la afluencia de mujeres en el oficio y en el sindicato volverían «impotentes» a los
hombres en su lucha contra el capitalismo.
Por supuesto, hubo sindicatos que aceptaban mujeres como afiliadas y sindicatos
formados por las propias trabajadoras. Esto ocurrió principalmente en la industria textil, la de la
vestimenta, la del tabaco y la del calzado, donde las mujeres constituían una parte importante de
la fuerza de trabajo. En algunas áreas, las mujeres eran activas en los sindicatos locales y en
los movimientos de huelga aun cuando los sindicatos nacionales desalentaban o prohibían su
participación. En otras, formaban organizaciones sindicales nacionales de mujeres y reclutaban
trabajadoras de un amplio espectro de ocupaciones. (Por ejemplo, la Liga Sindical Británica de
Mujeres, creada en 1889 fundó en 1906 la Federación Nacional de Mujeres Trabajadoras, la
cual, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, contaba con unas 20.000 afiliadas.) […]
Cuando argumentaban en favor de su representación, las mujeres justificaban sus
reivindicaciones evocando las contradicciones de la ideología sindical que, por un lado,
reclamaba la igualdad para todos los trabajadores, y, por otro lado, la protección de la vida
familiar y la domesticidad de la clase obrera contra las devastaciones del capitalismo. Así
enmarcado por esta oposición entre trabajo y familia, entre hombres y mujeres, el argumento a
favor de igual estatus para las mujeres en tanto trabajadoras resultaba tan difícil de sostener
como de llevar a la práctica. Paradójicamente, se tornaban más difícil aun cuando las
estrategias sindicales trataban de excluir a las mujeres y al mismo tiempo sostenían el principio
de igual paga para igual trabajo. […]
Encerradas en trabajos de mujeres, agrupadas separadamente en sindicatos femeninos,
la situación de las mujeres se convirtió en una demostración más de la necesidad de reconocer y
restaurar las diferencias ―naturales‖ entre los sexos. Y así quedó institucionalizada —a través
de la retórica, las políticas y las prácticas de los sindicatos; una concepción de la división
sexual del trabajo que contraponía producción y reproducción, hombres y mujeres. […]
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2012 Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado
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Angarmegia: Ciencia, Cultura y Educación. Portal de Investigación y docencia

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