Sobre eso de la reencarnación

por Ibn Asad

El Dr. Millán propuso muy amable que encarásemos de una vez por todas y sin echar mano de libros antiguos, el tema de la reencarnación. Se agradece y se acepta una invitación así planteada: sin erudiciones, sin artificios, directamente dirigida al corazón: “¿Qué piensas tú de la reencarnación?” La dificultad primera al examinar la reencarnación, es comprobar que no sería una teoría sino una serie de teorías diferentes que no tienen tantos puntos en común a medida que se profundiza en ellas. Pues si un reencarnacionista kardeciano moderno pudiera hablar con un adepto iraní que contempla la metempsicosis o con un monje jaina, la conversación se convertiría en acalorada discusión inacabable con tan sólo formular esto: “Bien, creemos en la reencarnación… ahora, díganme, ¿qué o quién reencarna? “ Existe una misma confusión en el núcleo de la creencia de la reencarnación tal y como hoy es entendida, y esa misma confusión es el núcleo a su vez de muchos malentendidos y desnaturalizaciones de doctrinas orientales por parte de orientalistas, neo-espiritualistas e incluso orientales con educación europea. Esa confusión gira entorno a la estructura constitutiva del ser humano.

Estructura constitutiva del ser humano A la peliaguda cuestión “¿qué o quién reencarna?”, una gran mayoría de los reencarnacionistas responderán en su lengua moderna: “El alma”. He aquí el nudo de la confusión ya citada. La división ternaria del hombre está presente en toda expresión tradicional; incluso la cristiandad medieval así lo contemplaba: spiritus, anima et corpus. Ese alma (anima) sería un elemento intermedio y mediador entre los dos elementos polares: el “espíritu” y el “cuerpo”. Aunque Europa expresó esta diferenciación entre espíritu y alma, lo cierto es que incluso el europeo actual comprenderá mejor esta división si se acerca a la filosofía medieval islámica y los conceptos árabes de “ruh” y “nafs”. Pues el europeo actual carece en su propio contexto intelectual de esa concepción ternaria del ser humano. La cristiandad fue olvidando poco a poco esta teoría ternaria y se fue encerrando en una concepción dual de “cuerpo” y “alma”, y finalmente en una concepción materialista del ser humano. “¿Qué es cuerpo?” El moderno responde: “Pues esto que tocas, lo palpable, lo obvio…”. “¿Y qué es el alma?” Su respuesta: “Pues lo otro… ¡si es que existe!” Esta confusión y final asimilación entre espíritu (spiritus) y alma (anima) tiene como origen y expresión explícita el dualismo cartesiano. Y precisamente ese es el contexto moderno de donde surge el reencarnacionismo como hoy es entendido: una mera creencia popular que da perpetuación a la individualidad en forma de un mal definido “alma” que va adoptando cuerpos y más cuerpos en una sucesión más o menos indefinida de muertes y nacimientos. Por

supuesto que Descartes no fue reencarnacionista, pero fue quien expresó el error que daría pie a la perpetuación ontológica del ego. “Cogito ergo sum”. La Tradición para los pies a Descartes y corrige: Cogito ergo est! Pues lo que

Descartes da por hecho (el sujeto en primera persona del singular de ese ser), el pensamiento hindú, budista y extremoriental no sólo lo cuestionan con rigor y sin piedad, sino que se atreven a dinamitarlo dialécticamente como Shankara hizo en el hinduismo o Nagarjuna hizo en el budismo. India pregunta: “¿Quién eres tú?”. Si se responde: “Soy mi alma”, el rigor intelectual indio ironiza con desdén: “Vaya, vaya, vaya… así que tu alma… ¿tuya? No me hagas reír.” Pues el alma (el anima medieval o lo que en la metafísica hindú llamarían jiva) aún carece de realidad en la misma medida que su compañero el “cuerpo”. Así, eso de la “inmortalidad del alma” está aún por demostrar para hindúes, budistas, jainas… pero también para algunos cristianos medievales. Esta alma individual es un elemento sutil pero corruptible y mortal para Kapila, Shankara, Nagarjuna… pero también para un San Agustín, quien dijo que “cuerpo y alma son mutables, y por lo tanto, no son Dios.” Esta sentencia tiene su equivalente en el canon pali budista que repite hasta la saciedad el machacón “este cuerpo, esta alma… no son el sí mismo”, y esa misma negación se repite en las upanisads vedánticas medievales. A la individualidad anímica siempre se la ha considerado sospechosa de irrealidad. Por su parte, las teorías reencarnacionistas modernas simplemente se han apoyado en esa irrealidad para dar una visión consoladora de una individualidad condenada sin clemencia a la completa aniquilación. ¿Pues quién está dispuesto a renunciar a

este “yo” que escribe, que lee, y con el que disfrutamos de esta vida maravillosa? Por supuesto que nadie. Eso es: Nadie. Pues eso eres tú y eso soy yo: Nadie.

El símil indio del candil Aunque existe toda una completa y perfecta elaboración dialéctica de esta cuestión en el pensamiento mahayánico medieval, vamos a cumplir nuestra palabra de no sacar a relucir libros viejos en esta ocasión, y vamos a explicar la insostenibilidad de la continuación de la individualidad a través del símil que tradicionalmente se usa para ello: el símil del candil. Imaginemos tener un candil encendido y otros cuantos apagados. Con la llama del candil encendido encendemos otro: ahora tenemos dos candiles, el Candil A y el Candil B. ¿Qué cualidad pasó del Candil A al Candil B? Bueno, pues el fuego que encendió la llama. ¿De ello podemos deducir que el Candil A ahora sea el Candil B? Sería un poco extraño asegurar eso, más aun teniendo el Candil A todavía encendido en nuestras manos. Ahora imaginemos que apagamos el Candil A y lo destruimos completamente a martillazos. Después con el Candil B encendemos otro candil (el Candil C) y destruimos el B. Podemos hacer eso hasta que nos quede tan sólo un último candil. ¿Es ese candil todos los candiles antecesores? ¡Claro que no! ¡Aún puedes ver los restos descacharrados de los candiles ya inservibles!

Una última suposición: imaginemos que ese único y último candil encendido cae al suelo y prende fuego a la alfombra, a la mesa, a las sillas… y provoca un incendio en la habitación y después en toda la casa. Recordemos que ese fuego tuvo como origen aquel Candil A. Sin embargo, ¿alguien puede decir que el Candil A se ha convertido en un incendio? Decir esto no consolaría demasiado al Candil A, que no sólo fue destrozado sino que ahora él mismo está siendo pasto de las llamas. Imaginemos que los bomberos no llegan a tiempo y el incendio se extiende por las casas contiguas primero y por toda la ciudad después. El fuego destruye la ciudad y la reduce a cenizas. ¿El responsable de esta desgracia es aquel Candil A que devino incendio? Pues claro que no: esto además de una estupidez es una injusticia para con el pobre Candil A. ¡El único culpable de este incendio es el temerario Profesor de Filosofía que se puso a jugar con fuego para explicar la falacia reencarnacionista! Este símil (en esencia, y sin los añadidos de la “alfombra” y los “bomberos”) es el mismo símil que aún se utiliza hoy en escuelas tradicionales para plantear los problemas de la sucesión de la individualidad en la que se apoya la creencia reencarnacionista. No se puede decir “Yo fui Napoleón en otra vida” pues ese “yo” se postula como algo que necesariamente no fue ni será, como algo compuesto y corruptible que ni es ni puede ser el Sí-mismo, eso que en terminología vedántica llamarían “atman” (y que los modernos han traducido como “alma” causando las confusiones ya señaladas). Incluso los psicólogos y los psiquiatras contemporáneos tienen que reconocer que la idea de un ser continuado de individualidades no hay por dónde cogerla. El psiquiatra tiene

que confesar que si considera al paciente como un ego individual, es estrictamente desde un punto de vista práctico que busca sanar a alguien que está sufriendo o haciendo sufrir. Sin embargo, si el paciente formulara al médico la pregunta: “¿Pero quién soy yo, doctor?”, el psiquiatra con seguridad respondería: “¿Y a mí qué me cuenta, señor? Ande, cállese y tómese la pastilla.” Porque eso es el reencarnacionismo: un analgésico metafísico, un medicamento para una psique que quiere ser y seguir siendo a toda costa. Por eso la reencarnación es sólo una creencia popular heterodoxa en la historia hindú, y por eso hoy en día gusta tanto a los europeos actuales que no quieren ni quieren querer asomarse a la volatilidad de aquello con lo que dicen comer, andar, viajar, actuar, vivir en definitiva, a saber, el “yo”. En India, Shankara, “reencarnación de Shiva” desde un punto de vista popular, dijo por escrito: “La verdad es que no hay otro transmigrante que Ishwara”, e Ishwara es el principio personal de la totalidad, lo que desde un punto de vista teológico sería Dios (o Brahma, o Allah…), y lo que desde un punto de vista psicológico no se tendría otra manera mejor que referir que con el torpe término de “Consciencia”. Por lo tanto, no hay consuelo individual posible en la teoría hindú de la transmigración, ni en la especulación autológica vedántica, ni tan si quiera en la metempsicosis que, tal y como señaló el Dr. Corbin, existe en cierto esoterismo islámico. Y así, comprendiendo la complejidad y la severidad de las teorías tradicionales sobre el devenir del ser humano, se comprende que resulta imposible hacer de esto un producto atractivo en el mercado espiritual moderno. Es decir: ¿quién

contemporáneo va a interesarse por una concepción tan espantosa y devastadora de la individualidad como lo es la tradicional? Pues de nuevo: nadie. Nadie es la Verdad. Pero hoy no interesa la verdad; interesa inventar una charlatanería collage para dar conferencias, enganchar a las masas y distraer el criterio de un cliente dispuesto a pagar por paparruchas. Aquí ya estamos refiriéndonos a un reencarnacionismo muy reciente y particular: el que venden los falsos profetas y los new-agers. ¿Qué? ¿Proponen creer en que no sólo yo no voy a morirme completamente sino que además voy a reencarnar en rico, guapo y famoso? ¿Una creencia que me permite haber sido Maria Antonieta, Coco Channel, y Tutankamón? El moderno pregunta: “¿Dónde hay que firmar?”. Mi respuesta: en un contrato con el diablo.

El reencarnacionismo new-age Admitimos que cierta sensibilidad animista ha existido desde siempre, un poco en todas partes y en todos los lugares, en forma de creencia popular que puede derivar en fe en la reencarnación. Sin embargo, la naturaleza del reencarnacionismo moderno tiene unos tintes muy diferentes a esta creencia popular (tan respetable como cualquier otra creencia). Porque el

reencarnacionismo moderno no es sólo una creencia, sino también una “teoría” con sus “teóricos”. Nombres propios: Allan Kardec, Rudolf Steiner, Madame Blavatsky… hay más. Esta “teoría” (o con rigor, pseudo-teorías) dispone de elementos nuevos, injustificados, insultantes y muy mal intencionados. La base de esta teoría asegura ser “científica” (así es como Kardec postuló la

reencarnación, como “científica”), a pesar de que a todos estos “teóricos” les encanta sacar a la palestra de la justificación reencarnacionista, lecturas descontextualizadas y traducciones ridículas de la Bhagavad-gita, de la Biblia, de los textos herméticos, de filósofos griegos, de los manuscritos del Qumrán, de los jeroglíficos egipcios, de los Evangelios…. y de todo lo que pueda entrar con calzador en la teoría vaga, estrecha y pseudocientífica del

reencarnacionismo ocultista europeo, después actualizado en el S.XXI como reencarnacionismo new-age. Esta reencarnación ya no sólo permite perpetuar el ego, sino que además asegura una vida pasada siempre más interesante que la actual del creyente reencarnacionista. Por ejemplo: un reencarnacionista podrá estar convencido de haber sido un valeroso guerrero, un mártir, un santo, un rey… pero pocas veces a los reencarnacionistas les gustará admitir una reencarnación en un tipo normal, incluso mediocre y aburrido, tal y como todos ellos acostumbran a ser en la “vida actual”. No sólo eso: esta teoría estará regida por un extrañísimo mecanismo de premio y castigo bajo parámetros morales. Así, las “almas evolucionadas” reencarnan en cuerpos más evolucionados y las “almas menos evolucionadas” reencarnan en cuerpos menos evolucionados. Destáquese que esa “evolución” se debe al comportamiento moral. Es decir, si el creyente reencarnacionista se porta bien y es paciente, reencarnará en un cuerpo mejor. Si ese mismo creyente es travieso o incluso malicioso, puede tener certeza que encarnará en bestia cruel, fea y viscosa. Así funciona esta “ley cósmica”: bajo parámetros morales completamente relativos. Es decir, que un adúltero

cristiano que engañó a su mujer una única vez en su vida, tendrá que pagar un alto precio en la encarnación siguiente, que quizás un mormón polígamo o un sultán con doce esposas se ahorren gracias a un atenuante idiosincrásico. Para rubricar este absurdo, el reencarnacionista new-age llama a este caprichoso mecanismo “ley del karma”. Karman es una voz sánscrita con más de ciento diez acepciones en el diccionario sánscrito de Cambridge. Aseguramos que karman no es el fatum latino, y ni muchísimo menos, este código disciplinario de patio de colegio. Pero el infantilismo reencarnacionista no se queda ahí. Kardec (y con él la mayoría de reencarnacionistas new-age) aseguran esto: si un hombre realiza una acción reprochable la tendrá que sufrir en sus carnes en la próxima vida para armonizar la situación. Por ejemplo: un hombre maltrata a un animal, a un perro. Ese hombre –según esta teoría- reencarnará en perro y será maltratado. Inmediatamente nos preguntamos quién encarna en esta siguiente vida la carne del maltratador; y si por esta misma teoría, el perro volverá a reencarnar en maltratador, y de nuevo en perro maltratado, y de nuevo en maltratador… y así indefinidamente hasta una regresión al absurdo que nos forzaría a hacer la pregunta: ¿quién maltrató al perro por primera vez? Obsérvese que con esta estupidez se puede eludir con mucha comodidad la posibilidad natural de que el perro reaccione mordiendo con furia a ese hombre. En otras palabras: con esto del reencarnacionismo, la justica siempre puede esperar… por lo menos hasta la próxima encarnación.

En fin: las insensateces y maldades de los teóricos del reencarnacionismo newage se extienden por muchos dominios, pero confluyen en un mismo punto: la desidia existencial e intelectual del crédulo y papanatas ciudadano del S. XXI. Se evitará dar nombres propios, pero basta que el lector eche un vistazo a los blogs, foros y redes sociales neo-espiritualistas para tomar el pulso a una población gravemente enferma. La creencia popular de la reencarnación (que podía ofrecer un consuelo en situaciones normales), en la modernidad se ha convertido en una “teoría” pseudocientífica amoldada a un humanoide (el moderno) que ni puede ni quiere tomar las riendas de su vida personal. La “religión” new-age explica así, a través de una misma coz, el misterio postmortem, la injusticia social y las obscenas desigualdades entre hombres; y su adepto se queda tan ancho frente a la pantalla del ordenador. Varios pájaros de un tiro… y unos cuantos pajarones más aprovechándose de ello. Porque distinguimos, como en otras ocasiones tratándose de la new-age, dos tipos de reencarnacionistas: los que no se creen ni una cuarta parte de lo que dicen a pesar de que ellos mismos tienen intereses económicos y empresariales en esta materia, y los que directamente se creen todo esto a pies juntillas y se llegan a tomar en serio lo que no sólo no es serio sino que además no tiene ninguna gracia. A los mejor dotados de los defensores reencarnacionistas, les gusta usar su teoría para explicar fenómenos ciertamente inexplicables como la diglosia repentina o la predisposición innata a la música o a otras artes. Aceptando para el caso esta explicación, ella misma no sirve al contrario; es decir, aunque la

reencarnación pudiera explicar la diglosia espontánea (fenómeno que, nos consta, existe y se da), no por ello la diglosia explica la reencarnación de ninguna forma. Ni por asomo. Y a los que, solemnes, se escudan en la reencarnación para explicar el hecho de que haya personas que nacen con facultades extraordinarias e inexplicables (por ejemplo, la creación musical), les preguntamos qué sentido tiene que un Bach esté vagando durante eones de encarnación en encarnación, esperando a que se dé el momento evolutivo propicio para poder componer los Conciertos de Brandemburgo, para después encarnar en cualquier musicastro frustrado y nada virtuoso, que escucha en un cd el mismo concierto que él mismo compuso siglos atrás. ¡Pero qué puñetera y sádica es la ley cósmica esta de la reencarnación! Se podía examinar el reencarnacionismo new-age aún muchísimo más, pero estas apercepciones sobran para demostrar que esta “teoría” ya hace unas cuantas décadas que ha abandonado el ámbito de la creencia, para sumergirse en la agresión y el insulto intelectual peor intencionados. No sin motivo, la simplificación reencarnacionista está integrada ya en el pack de la charlatanería new-age, de tal forma que, aunque existen muy pocos reencarnacionistas convencidos, los más agresivos defensores de esta teoría son –sin excepciónnew-agers. La articulación final de esta “doctrina” (si puede llamarse así), tendría unas implicaciones muchísimo más obscuras y nefastas que una mera superstición establecida. Con total claridad: estas paparruchas de la reencarnación forman parte de lo que en el Islam se llama la “doctrina del dajjal”, que no aspiraría a

otra cosa que a la destrucción del ser humano como ser inteligente y espiritual. Ese sería otro tema. Porque el tema aquí era dar mi opinión sobre la reencarnación a un amigo que me preguntó. Y aquí está ella: ninguno de estos yoes que leen y que escriben, ninguno de estos yoes que hoy filosofan y mañana tendrán dolor de muelas, ninguno de estos yoes que corren, que juegan, que danzan, que se equivocan, que cantan… es el Sí-mismo. Ningún yo deviene “Ser”, esto que es y que nadie puede definir ni mucho menos atribuirse individualmente. En palabras clarísimas y compartidas con la actual encarnación quevedesca que los españoles hacen llamar Joaquín Sabina: “no creo en la reencarnación”. En ninguna; ni en la mía ni en la tuya. Ni tan si quiera a modo de consuelo. Pues si la vida se eriza, yo le meto mano; y si no, aún me excita mi oficio. Nuestro oficio.

Artículo dedicado a Ignacio y a todos sus Alumnos. Porque todas las escuelas, son escuelas de Filosofía.

Ibn Asad

Marzo de 2012 www.ibnasad.com

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