Marta Traba en línea: Crítica de Arte Latinoamericano Reproducción digital con autorización del Museo de Arte Moderno de Bogotá

– MamBo

Últimas obras de Ignacio Gómez Jaramillo La mayor virtud de la pintura “clásica” de Ignacio Gómez Jaramillo era la concisión. Una geometría romántica, apretando las cosas y sobre todo las figuras en formas precisas y firmes, convertían esa virtud en norma de estudio, noble y ardiente estilo figurativo que le dio justamente un puesto a la cabeza de los jóvenes de 1930. Ese estilo estaba lleno de lealtad hacia las cosas; no las aceptaba transitoriamente para experimentar con ellas, como han hecho grandes pintores contemporáneos, sino que las recibía como el verdadero reino de este mundo, reino efectivo e irremplazable: su pintura no sólo se apoyó en él sino que, alterándolo y modificándolo de acuerdo con las obligaciones del pincel duro y estricto, creó su valor moral de acuerdo con el plástico, de modo que ambos valores se confundieran al fin entrañablemente. Hay obras pictóricas de las cuales se desprende una probidad emocionante; la obra de Cezanne, de quien desciende directamente Gómez Jaramillo, es toda contención y certeza. Esa seguridad en la posesión de lo bello que permitió a Cezanne inmortalizar una manzana, ha planeado muchas veces sobre los cuadros de Gómez Jaramillo. La condición moral de una obra que generalmente se refleja en la economía y la exactitud de una pintura, es rara y por eso requerida. Por su tranquilidad se aproxima a la luminosa orilla del clasicismo; en ese retorno a márgenes perpetuos representa el anhelo –siempre subterráneo y omnipresente–, del hombre hacia las formas clásicas, que aflora cada tanto, en los momentos más inesperados y en los más impensados lugares. Así he visto yo la pintura de Gómez Jaramillo: como una isla de roca en medio de la gran angustia de la estética moderna, hasta que su oleaje apremiante amenazó tragársela. El desvío hacia la abstracción me pareció fatal para su obra. Lo que en cualquier otro hubiera sido proceso, en él resultaba una extraña e injustificable inconsecuencia con el estilo de su pintura. La forma no figurativa hay que sentirla como una necesidad: proviene de un acto de renuncia que, en el momento en que se consuma, es irrevocable. Pero ya en ese instante en que da la espalda al mundo objetivo es preciso haber encontrado su sustituto plástico, haber elaborado pacientemente todos los elementos cuya simple asociación va a ser tan poderosa como para que perdonemos el escamoteo que se nos hace del mundo real. Al separarse del reino de este mundo que era el cuerpo de su propia pintura, la obra de Gómez Jaramillo se desmoronó: las formas vagaban en los lindes perdidos del cubismo–abstraccionismo vaciadas de significación, en un navegar errante y trágico. Es verdad que la última moda en la plástica contemporánea es el abstraccionismo y que no puede darse nada más violento y valiosamente moderno que un Pollock o un Tobey. Pero la grandeza de un artista reside precisamente en ser “él mismo” a través de las fluctuaciones de una estética, en pertenecer a una época sin sacrificarse a ella; resistencia que no quiere decir arcaísmo o empecinada obsecación en estacionarse dentro de formas superadas, sino “existir en sí mismo” componiendo inteligentemente las letras del propio sentimiento en el

Marta Traba en línea: Crítica de Arte Latinoamericano Reproducción digital con autorización del Museo de Arte Moderno de Bogotá – MamBo

abecedario de una estética universal. Al desafiar ese sentimiento entregándose a la pintura no figurativa, la obra de Gómez Jaramillo perdió verticalmente su gran virtud y entró, sin preámbulos en un frío academismo. (Porque así como hay “figuras académicas”, hay también “abstracción académica”. La lección que se saca de esta involuntaria caída de estilo no es, por cierto, la de que un artista debe permanecer inmodificable sobre los primeros datos plásticos propios que logra elaborar. La transformación de estilo es un proceso necesario, pero a condición de que se conserve, en el fondo, la visión particular de un artista que es el retrato de su retina, la carta de identificación de su pensamiento. Resulta completamente imposible pensar que la pintura de Cezanne podía convertirse en la de Renoir; hay procesos que van contra el sentido mismo de la pintura, justamente porque no son proceso sino tentativa de equilibrista y salto en el vacío. Que Gómez Jaramillo lo comprendió claramente y volvió a retomar el hilo y la tradición justa de su pintura, lo demuestra la última exposición que acaba de inaugurarse en la Biblioteca Nacional. Hay mucho que celebrar en esta exposición: en primer lugar, la cita con su vieja virtud, aquella geometría cezaniana que vuelve a cancelar la expansión natural de las formas ciñéndolas, redondeándolas elásticamente y generalizándolas en el “cilindro, cono y esfera…” que merecieron, a principios de siglo, el más alto laurel estético. Pero la contención de las formas va pareja a la economía del color. Al color emancipado que caía en el libertinaje durante la pasada época de la pintura “abstracto–cubista” ha sucedido un color distribuido con feliz cautela, casi con avaricia, que evita cuidadosamente las disonancias y prefiere a veces como en la “Naturaleza muerta de los plátanos”, exaltar la poderosa gama de un único verde dejando apenas recelar otro color por la desgarradura, aparentemente inocente, de la superficie monocroma. En casi todos los nuevos cuadros se ha devuelto el prestigio del color, perdido en la inútil asonada de los cuadros anteriores, con la devoción más íntima y profunda con que se rodea algo querido después del riesgo de perderlo. Varias obras, tales como la “Naturaleza muerta con jarra y embudo” y la naturaleza muerta con botellas publicada en “Prisma” No. 6, están trabajadas en tonos pastel, preocupándose de librarlas de toda ligereza insustancial y de darles, por el contrario, una resonancia profunda, poniéndoles sordina cuando comienzan a encenderse, manteniendo una humildad colorística que corresponde a la extrema renuncia del tema, evocador de la grande y constante pobreza temática del más extraordinario apologista de la franciscana utilería de trastienda de cocina, el italiano Giorgio Morandi. Pero entre una y otra apología, ¡con qué vigor se manifiesta y proclama la carga del estilo! Mientras Morandi inserta sus botellas en el aire trascendente de la metafísica, Gómez Jaramillo las atornilla a mesas y espacios y lugares reales: las obliga a ser más realidad que la realidad misma, en otras palabras, les crea una realidad exaltante, imponiéndolas por su nítido volumen y subrayándolas por el tenaz límite del dibujo cerrado que las contiene.

Marta Traba en línea: Crítica de Arte Latinoamericano Reproducción digital con autorización del Museo de Arte Moderno de Bogotá – MamBo

Desprovista de toda fuente luminosa visible y completamente exiliada de la idea de claroscuro, la nueva pintura de Gómez Jaramillo es, sin embargo, esencialmente luminosa; también se ha confiado esta gran tarea de convertir el cuadro en una superficie irradiante al color, que comparte, pues, con igual jerarquía que el dibujo, la responsabilidad de la recuperación de un estilo. El trabajo beligerante de uno y de otro se ha ajustado al fin, y compuesto recíprocamente, mediante la relación total del ritmo, ya sea curvo, como en “La negra con el niño”, o en el ambicioso y tremendo tema de “Jesús caminando sobre las aguas”; ya sea completamente recto, como en la cuadrícula de los niños ante la mesa, o vinculado con la diagonal en la naturaleza muerta con los plátanos. Los trabajos últimos de Gómez Jaramillo se levantan, así, sobre una concurrencia armónica de elementos plásticos que siempre han sido suyos pero que ahora aparecen decantados, limpios de su ganga de impurezas. Toda decantación supone simplicidad: esta simplicidad va, en su beneficio, hacia el reconciliante descubrimiento de formas puras y entra en el ámbito creador del arte contemporáneo sin violentar aquella poderosa exigencia de la visión particular del pintor. De todas las obras expuestas en la Biblioteca, prefiero las más austeramente simplificadas. esas telas, libres de sus adherencias tropicales (o soltando la rienda al galopar glamoroso de un solo color, como al azul de las “Negras en el río” o al rojo de “El pescado”), empeñadas en enunciar con total claridad un concepto pictórico, me parecen las más importantes del conjunto: conciliar la dramática existencia de las cosas reales en un mundo real con la exasperante exigencia creadora y la libre inventiva del arte contemporáneo, parece un trabajo de gran equilibrista sin red, fluctuando siempre en el límite entre el triunfo o el fracaso del espectáculo. Gómez Jaramillo sale de la prueba como un auténtico artista, y no podía esperarse nada distinto de un hombre consagrado tan lealmente a la profesión de fe de la pintura desde hace treinta años. Hago el elogio de su obra actual con la más sincera alegría: porque este elogio me sirve también para demostrar que la crítica no pertenece a una facción, ni a un grupo, ni a una edad, ni a una orientación parcial de la pintura; que no tiene amigos ni enemigos ni simpatías ni antipatías; que no reconoce familias ni dignidades distintas de las del talento; que se desarrolla, en fin, en un plano absoluto de juicio estético y sólo trata, mediante la insospechable ecuanimidad de tal razonamiento, de presentar al público los aciertos y errores del artista, reconociendo y fundando sus cualidades o denunciando sus falsos valores.
El Tiempo, Bogotá – Colombia, 1957