Marta Traba en línea: Crítica de Arte Latinoamericano Reproducción digital con autorización del Museo de Arte Moderno de Bogotá

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“Violencia”: una obra comprometida… con Obregón El cuadro con que Alejandro Obregón ganó el Premio Nacional de Pintura ha lanzado de nuevo sobre el tapete las palabras prohibidas: arte comprometido, pintura realista, responsabilidad del artista con su patria, etc. Las palabras temibles, manoseadas, denostadas, admiradas. Los muralistas mexicanos hicieron con ellas una guerra y la perdieron. El realismo socialista armó con ellas a sus artistas, pero los convirtió en tinterillos políticos y no en caballeros andantes. Y las esquirlas de estos combates verbales desaparecieron de Europa y Estados Unidos pero quedaron flotando en los cielos petrificados en Latinoamérica, donde casi todo permanece inanimado, languideciendo. “Violencia” es un gran cuadro. Su mayor importancia se desprende del compromiso que Obregón fija con su estilo y sus últimos ideales. No hay que pensar que Obregón va muy seguro por ese estilo: el desastroso cuadro del carnaval que envió junto con el premiado al XIV Salón confirma su propia inestabilidad y las peligrosas caídas de toda pintura pasional como la suya. Pero desde hace aproximadamente cinco años Obregón se aleja cada vez más de los fuegos fatuos de un formalismo brillante cuyo ejemplo más a mano es el de “Juanito carnaval”; va hacia un contenido más hondo, hacia una pasión más explícita, hacia una mayor unidad entre sus sentimientos y sus colores. Ya no teme confesar su romanticismo, sus frecuentes desvaríos poéticos ni su voluntaria y chispeante capacidad de irracionalismo. Y cuando alcanza esa sinceridad consigo mismo produce obras maestras como “Violencia”. Es claro que Obregón pintó en este cuadro la idea de un tema. Cuando Goya graba la imagen de un burro que lee un libro en cuyas páginas abiertas se ven innumerables figuras de burros, y escribe abajo: “Hasta su abuelo”, está expresando en ese árbol genealógico la idea de la estupidez total, heredada, irreversible. Entre expresar la idea de un tema y el tema mismo siempre hay un grado apreciable de realismo que se ha abandonado o adoptado. Volviendo a Goya, el inigualable pintor español expresa el tema, en sus dos pinturas de los acontecimientos de mayo de 1808, y la idea del tema en los Caprichos. Por eso los Caprichos serán siempre más universales, más aplicables a cualquier circunstancia análoga por la que atraviesa el hombre. La idea de la violencia que pintó Obregón se siente como cosa propia en Colombia, porque millares de sacrificados la respaldan trágicamente pero repercute en cualquier parte sobre cualquier tierra, allí donde se haya cometido un acto de barbarie. Es una idea que ha sido resuelta como pintura: de ahí que el término “obra comprometida” no le corresponda, en absoluto, porque precisamente así se llama a la pintura que se compromete con otra cosa distinta de sí misma, con la política o con la revolución social, con la descripción de la sabana o con el retrato de una dama elegante. Es decir que, a mi juicio, pintura comprometida es algo siempre distinto de la pintura, algo impuro que el pintor

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persigue y que le desvía del rigor estético, ya sea la suerte de un movimiento político, o el comarquismo con sus múltiples deformaciones, o el éxito en la “buena sociedad”. A kilómetros de todas estas bajezas de la pintura “comprometida”, la obra de Obregón brilla con luz propia. Es un acto firme de la pintura altiva y solitaria. Tan solitaria como la mujer caída: tan apta como ella para llenar el mundo de las formas; tan capaz como ella, silenciosa, de ser resonante y acusadora. Revista La Nueva Prensa, Bogotá–Colombia, 1962

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