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Ciencia y Creencia Emilio del Barco Agüimes, 09/04/2004 El Hombre es su propio artífice.

En él se halla el origen, fin y causa de su formación. Todo su ser está, al tiempo, condicionado y es condicionante. Su norma de vida y circunstancias, dan base a la realización como individuo. Su propia acción lo conduce hacia el perfeccionamiento de ciertas habilidades y la perdida de otras capacidades. Las reglas y prioridades que se vayan adoptando, sucesivamente, condicionan el futuro del individuo. Y, a través de éste, de la Humanidad. Para avanzar, llegando a nuevas conclusiones, ha de dudarse de todo lo establecido. Basar el avance de los nuevos conocimientos, en viejas creencias, ahormadas en doctrinas estrictas, es poner límites al conocimiento. Ciencia y creencia no son incompatibles, pero sí valores heterogéneos, que no pueden ser sumados, ni mezclados. En ciencia, todo ha de ser demostrado. En el mundo de las creencias, cualquier afirmación puede ser adoptada como premisa y pieza básica de una doctrina, sin necesidad de prueba. Cuando la ciencia se condiciona, por falta de conocimientos, es lógico esperar que un incremento de la investigación la haga caminar en la dirección buscada. En diferentes épocas históricas, el retroceso de las ciencias ha sido debido a limitaciones impuestas por autoridades morales. No a su falta de empuje. La ciencia es duda, orientación, búsqueda y nueva marcha, elección constante de nuevos caminos, acumulación de conocimientos. La creencia es afirmación tajante, autoritaria, limitadora. No está permitido dudar de la ‘verdad’ inculcada, parada, freno y fin del creyente. En el ámbito europeo, tras la negrura de la Edad Media, fértil en guerras de religiones, habían desaparecido casi todos los conocimientos científicos de civilizaciones anteriores. Las transcripciones realizadas al árabe, por los Ismaelitas, consagrados al estudio, se tradujeron de los originales griegos, persas, chinos, sánscritos o egipcios, Posteriormente, se tradujeron al latín , en los monasterios cristianos. Con lo que se completó la labor de rescatar parte de los conocimientos del mundo antiguo. Hasta finalizar Magallanes su viaje de circunnavegación, en el 1523, no se restableció, científicamente, el reconocimiento universal de las dimensiones reales de nuestro planeta. Aún cuando ya eran conocidas, con bastante exactitud, desde el siglo III antes de Cristo, en que fueron calculadas por el geómetra Eratóstenes de Cirene. Por circunstancias similares, disconformidad de las autoridades religiosas, se ignoraron los cálculos sobre la rotación terrestre alrededor del Sol. A pesar de que ya Aristarco de Samos, en el siglo III antes de Cristo, había fijado su certeza. Pero, la Biblia argumentaba lo contrario, al afirmar el geocentrismo del Universo. Así que la ciencia tuvo que ceder ante la creencia. Los hombres de fe suelen ser bastante obstinados, cuando les niegan la certeza de sus creencias. Las espadas son un argumento muy convincente. Eso condicionó mil años de olvidos y atrasos. Ahora, de nuevo, cuando el progreso científico parece pujante, emergen de sus profundidades los hombres de fe. Creen algunos que la ciencia, el conocimiento, aleja a los hombres de Dios. Por tanto, pretenden poner límites a la ciencia, con excusas morales. Yo preferiría que se cumpliesen las palabras de Cristo: Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Emilio del Barco,, DNI 27.968.889,, Tel./ 928 78 09 67,, DELBARCO@teleline.es ,, Gran Canaria.