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LA IGLESIA CELEBRA LA PRESENCIA DE CRISTO BAJO LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir que los Sacramentos son

los grandes momentos de la vida de fe, en los que el hombre se encuentra realmente con Cristo. 1. Celebrar la vida de fe : El hombre nuevo, hombre que nace de la Palabra de Dios (Cfr. Temas 35-41) y vive en comunión con los hermanos (Cfr. Temas 42-51), vive y celebra la presencia de Cristo bajo la acción del Espíritu. Es el hombre de la Celebración, de la Liturgia, de la Fiesta: celebra la vida cristiana, el acontecimiento de la salvación, la experiencia de fe. En la liturgia la Iglesia celebra los grandes momentos de la vida de fe, significativamente configurados por la acción del Espíritu. Son los Sacramentos. En efecto, la iglesia, heredera de los Apóstoles, que proclama incesantemente el Evangelio de la salvación, celebra la obra salvadora de Cristo -su misterio pascual- en los Sacramentos, en torno a los cuales gira toda su vida litúrgica (Cfr. SC 6). 2. Celebrar el encuentro con Dios en Cristo La vida de fe supone una relación del hombre con Dios, una relación de persona a persona, un encuentro personal, una comunión del hombre con Dios. Contando con la iniciativa generosa, condescendiente, gratuita, por parte de Dios, el hombre creyente se pone en relación viva con El, que mediante esa relación se convierte para nosotros en el Dios vivo. Por el pecado el hombre pierde esta relación viva con Dios, esta relación de hijo a Padre, y no la puede recuperar por sí mismo (Cfr. Temas 22-23), sino en el encuentro con Cristo: «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). Jesús de Nazaret es destinado por el Padre a ser en su humanidad el acceso único al misterio de Dios (Cfr. Temas 13-21). El es el único mediador, el sacramento original del encuentro del hombre con Dios: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como

rescate por todos» (1 Tm 2, 5-6). Cristo es Dios de una manera humana y hombre de una manera divina. Sólo El nos puede enviar al Espíritu de parte del Padre (Jn 15, 26). 3. Celebrar el encuentro con Cristo en la Iglesia La Iglesia es signo visible de la presencia invisible de Jesús entre los hombres. Nos encontramos con Cristo en la Iglesia. Por medio de la predicación de la palabra de Dios, de la celebración de los sacramentos y de la caridad fraterna, Cristo actúa en la Iglesia y, en virtud de la acción oculta del Espíritu, se comunica a los hombres. Por su unión con Cristo, mediante el Espíritu, la Iglesia es sacramento universal de salvación, sacramento de Cristo (AG 1; GS 45). La Iglesia no es sólo un medio de salvación. Es la salvación misma de Cristo, es decir, forma corporal de esa salvación en cuanto se manifiesta en el mundo. Es, pues, como dice San Pablo, «el cuerpo de Cristo» (Cfr.Tema 43). O como dice el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios «constituido por Cristo para ser una comunión de vida, caridad y verdad, es asumido por El como instrumento de redención universal» (LG 9) 4. Celebrar el encuentro con Cristo en los sacramentos En el contexto del misterio de la Iglesia como sacramento universal de salvación, los sacramentos son actos personales del mismo Cristo que significan y realizan la Salvación de Dios en el plano de la visibilidad terrestre de la Iglesia. Tal es el núcleo auténtico de la presencia de Cristo a modo de misterio. Se basa, pues, en el hecho de que los sacramentos son actos personales de Cristo, como dice Pío Xll de acuerdo con la tradición en su encíclica Mystici Corporis. «Es Cristo el que bautiza, el que perdona, el que ofrece» [AAS 35 (1943) 218]. La Iglesia, bajo la acción del Espíritu, celebra esta presencia de Cristo en cada uno de los sacramentos. Como dice el Concilio Vaticano ll: «Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas... Está presente con su fuerza en los sacramentos de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo mismo quien bautiza» (SC 7). Los sacramentos no son cosas. Inscritos en el nivel visible de las realidades sensibles y de las acciones humanas, son encuentros reales de los hombres con el Señor exaltado en la gloria. Quien celebra los sacramentos puede hacer suyas estas palabras: «Cristo, te me has

manifestado cara a cara: te encuentro en tus sacramentos» (San Ambrosio, Apología del profeta David, 12, 58). El Cristo glorioso, en el ejercicio de su sacerdocio eterno (Cfr. SC 7), se nos hace accesible en los sacramentos y se convierte «para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna» (Hb 5, 9). 5. Celebrar los grandes momentos de la vida de fe Los sacramentos son signos de vida por los que Cristo quiere unirse a nosotros. Ellos constituyen los grandes momentos de la vida de fe, que la comunidad creyente celebra gozosa y festivamente. La Iglesia enumera siete. Siendo un mismo Espíritu el que actúa en todos (Cfr. 1 Co 12, 11), la diversidad de los sacramentos corresponde a diversas situaciones de la vida del creyente, que suponen, en cierto modo, un nuevo comienzo. Así el Bautismo es el sacramento del nacimiento a la fe; la Confirmación, el sacramento del testimonio de la fe; la Penitencia, el sacramento de la reconciliación, misterio de misericordia y de conversión; la Eucaristía, el sacramento del Pan de Vida y celebración de la Pascua del Señor; la Unción de los Enfermos, el sacramento de la esperanza cristiana frente al dolor de la enfermedad y de la muerte; el Orden, el sacramento del servicio a la comunidad eclesial; el Matrimonio, el sacramento del amor humano, signo de fidelidad definitiva y de paternidad responsable. 6. Los sacramentos, tiempos de salvación en los que Cristo sale nuestro encuentro Los sacramentos no se refieren al hombre en general, sino al hombre creyente. En ellos no se trata de celebrar acontecimientos meramente naturales, como el nacimiento, la mayoría de edad, el matrimonio o la muerte. Esto lo hacen las llamadas religiones naturales. El Antiguo Testamento, como religión histórica, efectúa ya un giro decisivo en la liturgia comparada de las religiones: celebra la acción liberadora de Dios en medio de la historia. Por su parte, los sacramentos de la Nueva Alianza se refieren a momentos trascendentales en la vida del hombre creyente. En ellos se celebra la acción de Cristo Resucitado en medio de situaciones humanas, como la búsqueda de Dios, la crisis del sentido de la vida, el sentimiento de culpa, el amor, la libertad, el dolor, la

enfermedad, la muerte. Lo importante es que momentos decisivos de la vida humana se convierten en tiempos de salvación, en los que Cristo, misteriosa y realmente presente en medio de nosotros, sale a nuestro encuentro en signos sencillos que pertenecen a nuestro mundo. Así, los sacramentos son prolongación terrestre del Cuerpo del Señor. Como dice San León Magno, «lo que era visible en Cristo, ha pasado a los sacramentos de la Iglesia» (Sermón 74, 2). 7. En acciones y gestos elementales de nuestro existir Estos encuentros del Señor con nosotros en momentos decisivos de nuestra fe se expresan, significan y realizan en acciones y gestos elementales de nuestra existencia: salir del agua, comer el pan, beber el vino, ungir con óleo, imponer las manos, pronunciar un sí, confesar la propia culpa. En la celebración comunitaria de la fe, estas realidades del existir humano pasan a ser signos de la nueva creación que ha inaugurado ya el Señor Resucitado. Así, bautizarse no es tomar un baño ni celebrar la eucaristía es saciar el cuerpo. El bautizado se baña ya en un mundo nuevo y en un mundo nuevo se alimenta la comunidad. 8. Signos que expresan y realizan la relación efectiva con Dios El gesto litúrgico tiene un parentesco muy estrecho, por una parte, con la palabra, y, por otra, con la acción. Y no es una casualidad que estas dos características de lo humano se den en estrecha conexión con gestos de encuentro, como los del amor. Es decir, que el sentimiento tiende a hacerse realidad en el gesto para llegar a ser sentimiento efectivo. La palabra que precede y sigue al gesto lo manifiesta absolutamente y, sin ella, no puede éste alcanzar su pleno poder expresivo ni su realización puede ser asumida personalmente. De manera semejante se expresa la fe y se hace realidad en la palabra y en el gesto, precisamente porque también es un encuentro con otro: Dios. El gesto litúrgico y la palabra de la celebración presentan, por tanto, una particularidad esencial que les es común: la de ser signo que expresa y realiza la relación efectiva con Dios; el gesto litúrgico es la fe en acto y, como tal, compromete toda la persona 9. Antiguo Testamento: celebrar las maravillas de Dios Ya en el Antiguo Testamento la liturgia expresa y actualiza la relación efectiva con Dios. La acción liberadora de Dios en el Éxodo no es

simplemente un acontecimiento del pasado: la liturgia judía de la Pascua precisa el sentido simple actual de esta liberación. De generación en generación, cada israelita debe considerarse a sí mismo como liberado de Egipto: «No es solamente a nuestros antepasados a quienes el Santo, Bendito sea, ha libertado; nos ha liberado a nosotros con ellos» (Haggada). En la noche de Pascua, la mesa familiar y la necesidad cotidiana de comer adquiere un sentido excepcional y evoca concretamente todo el significado histórico de Israel. Esa mesa, singular como ninguna de las mesas, celebra gozosamente la forma concreta y verdadera según la cual Dios está inscrito para Israel en el corazón de la historia. Dios alimenta la fe de su pueblo con el memorial de las maravillas pasadas (Sal 1 10, 4) y el don de los signos presentes. En la cena judía de la Pascua. cada uno relata su historia y, todos juntos, celebran la historia común de Israel. 10. Nuevo Testamento: celebrar la resurrección de Jesús. «Con El también habéis resucitado» También en el Nuevo Testamento la liturgia prolonga, actualiza y celebra las maravillas de Dios en la historia de la salvación. La acción liberadora de Dios alcanza su cumbre resucitando a Cristo: la comunidad cristiana celebra la actualidad siempre nueva de este acontecimiento, la mayor de las maravillas de Dios. De generación en generación, cada creyente debe considerarse a sí mismo como liberado de la muerte: «sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos» (/Col/02/12). Así lo cantamos los cristianos en la noche de Pascua: «Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?» En esa noche que brilla a sus ojos como el día, la Iglesia celebra gozosamente la forma concreta y verdadera según la cual Cristo Resucitado está inscrito para la humanidad en el corazón de la historia. 11. Dimensión bíblica de los signos sacramentales La comprensión del simbolismo sacramental no puede desligarse del contexto bíblico del que dependen estos signos. Es verdad que entre los ritos de la Antigua Alianza y los sacramentos cristianos existe una discontinuidad. Sin embargo, los nuevos ritos tenían para la

generación apostólica una significación muy rica por su conexión con la historia de Israel y sus decisivas experiencias. A la luz de esos ritos se esclarecía el sentido último de las imágenes y símbolos de las páginas bíblicas, bajo los que se expresaban las maravillosas iniciativas de Dios liberador de su pueblo. «No quiero que ignoréis, hermanos -dice Pablo-, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Todo esto les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades» (1 Co 10, 1-4.11). La pedagogía de los sacramentos no puede olvidar resonancias que las catequesis patrísticas, inspirándose en los escritos apostólicos, desarrollaron con una admirable intuición. 12. La Eucaristía, fuente y clima de la vida de la Iglesia EU/CENTRO:La Eucaristía es el punto culminante hacia el cual tiende todo el culto de la Iglesia: «aparece como fuente y cima de toda evangelización» (P0 5, 2). En la Eucaristía, Cristo, muerto y resucitado, se une a su Iglesia y la une a El; en la Eucaristía la «edifica» verdaderamente como cuerpo suyo (1 Co 10, 17). Por eso también todos los demás sacramentos tienen como centro al resucitado, Señor de la Iglesia; por eso el día de la resurrección es el día del culto de su pueblo (Hch 20, 7; 1 Co 16, 2; Ap 1, 10); por eso la predicación no busca más que despertar y fortalecer la fe en ese Señor muerto y resucitado (Hch 10, 40ss); por eso la lectura de la Escritura ha de dar testimonio de El (Cfr. Jn 5, 39); por eso la profesión de fe es confesión de su señorío actual (Jn 20, 28; 2 Co 13, 5), por eso la confesión de los pecados revela el ministerio de la reconciliación, obra suya (2 Co 5, 18); por eso la oración es ante todo una súplica para que venga (Ap 22, 17.20), que venga gloriosamente al fin de los tiempos, pero que anticipe ya esa venida con su presencia en la Iglesia congregada. 13. Los signos sacramentales y la liturgia La Iglesia ha situado la celebración de los signos sacramentales dentro de una ambientación ritual que los prepara y prolonga. Entre los

ritos propiamente esenciales y los restantes existe una continuidad que conviene subrayar. El ambiente ritual de la celebración no constituye un conjunto de meras ceremonias honoríficas que rodean al sacramento. Por el contrario, precisa el signo sacramental, lo despliega y hace resonante su significación. Esos ritos están puestos al servicio del signo sacramental: imitando la economía sagrada del mismo signo, lo explican y explotan sus riquezas. Son gestos y oraciones que han buscado su inspiración en la Biblia y que se esclarecen a través de los escritos sagrados. Por medio de ellos, el sacramento se extiende dilatando su propio poder evocador. En esta perspectiva ritual se provoca y estimula el clima intenso de fe en el que se han de celebrar los sacramentos. 14. El sacramento, signo eficaz de la gracia El sacramento es un signo eficaz de la gracia, un signo que efectivamente opera la gracia que significa. El Concilio de Trento definió que los sacramentos, supuestas las disposiciones requeridas en el sujeto que los recibe, significan y realizan la gracia ex opere operato (Cfr. DS 1606-1608). Esta expresión técnica significa, por una parte, que la gracia sacramental no depende de la santidad del ministro y que la fe del sujeto no se apodera de la gracia, como de cosa propia: Cristo queda soberanamente libre e independiente frente a todo mérito humano. Por otra parte, ex opere operato quiere decir que nos hallamos en presencia de un acto del mismo Cristo. Ex opere operato y eficacia a partir del misterio de Cristo significan la misma cosa. Cristo Resucitado, en medio de la comunidad eclesial, comunica infaliblemente la gracia. 15. Gracia y carácter SOS/CARACTER: El encuentro con Cristo en los sacramentos es un encuentro con Dios y la gracia es precisamente esa comunión personal con Dios. La gracia santificadora implica una relación vital con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Siendo un mismo Espíritu (Cfr. 1 Co 12, 11 ) el que actúa en los siete sacramentos, es la misma gracia de santificación la que los siete otorgan pero, a través de cada uno de ellos, el don de Dios se ordena específicamente a las necesidades particulares y a las concretas

misiones del cristiano. La gracia sacramental es la gracia del Espíritu Santo que se nos da en función de una situación vital determinada, cristiana y eclesial. Tres sacramentos -Bautismo, Confirmación y Orden- no pueden recibirse más que una vez. Estos tres sacramentos sellan con una marca definitiva a quienes participan en ellos. El lenguaje eclesiástico designa esta marca con el nombre de carácter. La palabra evoca el oficio del grabador que, por medio de un buril, fija una imagen o inscripción sobre el metal. El carácter se relaciona con la imagen, con la semejanza. También se relaciona con el sello que es la impronta marcada por el anillo en la cera caliente para testimoniar un contrato irreversible. 16. La respuesta creyente a los sacramentos Cristo, en los sacramentos, sale al encuentro de hombres determinados y concretos: el sacramento es la señal de esa aproximación iniciada por Cristo, la manifestación sensible de su voluntad gratuita de encuentro. Ningún mérito del hombre puede exigir la gracia sacramental: el don de Dios es absolutamente gratuito. Sin embargo, la libertad humana puede abrirse generosamente para acoger la salvación que se le ofrece o cerrarse a ella o entorpecer el influjo santificador que los sacramentos están llamados a realizar. Es necesario comprender en profundidad cómo se conjugan estas dos realidades: de una parte, los actos de Cristo en las celebraciones sacramentales son plenamente libres frente a las exigencias de los hombres; de otra parte, el hombre adulto ha de querer participar en el sacramento y cooperar con el don de la fe y llevar a cabo una conversión a fin de que el amor del Señor que le sale al encuentro le invada y no se quede reducida al inicio de un gesto salvador: la sangre derramada de Cristo puede llegar a resultar estéril si alguien se niega a acogerla. La teología clásica habla de sacramentos nulos o inválidos y de sacramentos infructuosos. Esto quiere decir que, no obstante, la gratuidad del don divino, y a pesar de que, en los signos sacramentales, Cristo ofrece su salvación por haberlo decidido libremente, los creyentes han de disponerse a celebrar los sacramentos actualizando personalmente su fe y su libertad. Este es el sentido del catecumenado y las preparaciones penitenciales. 17. Cristo confió los sacramentos a la Iglesia

El hecho de que las acciones sacramentales puedan identificarse con actos personales del mismo Cristo supone que los sacramentos tienen su origen en Cristo: de no ser así, aquella identificación sería vana y presuntuosa. La Iglesia custodia fielmente los signos sacramentales que le transmitieron los Apóstoles: ella es la depositaria única de esta herencia del Señor y sólo en su comunión pueden ser auténticamente celebrados. A ella corresponde también determinar los signos concretos de algunos sacramentos, es decir, gestos y palabras que han sido dejados por Cristo a su iniciativa. Así, por ejemplo, la Iglesia precisó el signo del sacramento del Orden (Cfr. Const. Apost. «Sacramentum Ordinis» de Pío Xll, DS 3857-3861 ) y, recientemente, Pablo Vl determinó elementos esenciales de la Confirmación y de la Unción de los enfermos. Estas decisiones de la Iglesia no suponen arbitrariedad alguna en los signos sacramentales, ya que éstos, más allá de las posibles variaciones, expresan siempre la realidad oculta que Cristo intentó al instituirlos. Con mayor razón, la ambientación ritual en que ha de realizarse la celebración de los sacramentos no está rígidamente fijada. Se ha desarrollado a lo largo de los tiempos y, quedando a salvo siempre el signo sacramental esencial (la sustancia de los sacramentos), puede seguir modificándose. El Concilio de Trento declaró expresamente «que la Iglesia ha tenido perpetuamente la potestad de establecer o cambiar en la administración de los sacramentos, dejando a salvo su sustancia, aquello que, según la variedad de circunstancias, tiempos y lugares, juzgase que era más conveniente a la utilidad de los que los reciben o a la veneración de los mismos sacramentos» (DS 1728). La Iglesia conserva los sacramentos como un tesoro recibido y, al mismo tiempo, realiza su transmisión a impulsos del dinamismo propio de su condición de organismo vivo: entrega los sacramentos a las sucesivas generaciones en el seno de su tradición, nunca envejecida y decrépita, sino, por el contrario, siempre actual y fecunda. La Iglesia Madre es fiel a su Esposo único y es fiel a sus hijos. Estos, en cada época, cultura o situación, han de aproximarse al lenguaje de los signos salvíficos como hombres lúcidos y conscientes que puedan ser realmente interpelados por su fuerza comunicativa. De ahí, la lealtad flexible de la Iglesia en la celebración histórica de los sacramentos de

la fe. 18. «Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» MINISTRO/SOS:La Iglesia celebra los sacramentos a través de ministros, servidores de Cristo (Cfr. 1 Co 4, 1), que, como embajadores del Señor (Cfr. 2 Co 5, 20), son signos por medio de los cuales el mismo Cristo actualiza su salvación. La Iglesia es la dispensadora única de los misterios sacramentales porque, en los Apóstoles, recibió el mandato y la misión de Cristo para celebrarlos a lo largo de la historia. Esta misión afecta directamente a los sucesores de los Apóstoles, al Sucesor de Pedro y el Colegio Episcopal. Los restantes ministros actúan como cooperadores suyos y en íntima comunión con ellos: «los obispos gozan de la plenitud del sacramento del orden y de ellos dependen en el ejercicio de su potestad los presbíteros... y los diáconos. Los obispos son, así, los principales dispensadores de los misterios de Dios, así como los moderadores, promotores y custodios de toda la vida litúrgica en la Iglesia que se les ha confiado» (CD 15). 19. El ministro no actúa en nombre propio, sino en nombre de Cristo y de la Iglesia Los ministros de los sacramentos no son autómatas, sino hombres que, consciente y voluntariamente, se hacen disponibles para la acción santificadora de Cristo intentando con seriedad responsable cumplir su voluntad de salvación. La intención que vincula al ministro con la Iglesia en la que Cristo se hace presente sacramentalmente no queda suprimida por la eventual conducta pecadora del mismo, porque «no purifica Dámaso, ni Pedro, ni Ambrosio, ni Gregorio. Nosotros somos los ministros, pero los sacramentos son tuyos. Comunicar los dones divinos no procede de las fuerzas humanas, sino de ti, Señor» (San Ambrosio, Sobre el Espíritu Santo, 1, prol.). Ni siquiera desaparece la fuerza de esa intención por el hecho de que el ministro esté separado de la comunión visible de la única Iglesia de Cristo, pues no puede buscarse sinceramente a Cristo sin que, al mismo tiempo, se encuentre de algún modo a su Esposa. Las acciones del ministro, con todo lo que suponen de libertad y libre decisión, no dependen de la propia santidad ni del talante religioso y

humano del servidor de Cristo: no se puede esperar la salvación de un hombre. El ministro no actúa en nombre propio, sino en nombre de Cristo y de la Iglesia: esta misteriosa condición se aprecia de manera singular en las celebraciones sacramentales en las que se muestra admirablemente que todos los ministros, en su conjunto, constituyen un signo único del único sacerdote: Cristo Jesús. La intención de realizar lo que quiere la Iglesia es algo imprescindible en quien, por definición, permanece al servicio de la misión de Cristo y de la Iglesia. ........................................................................ TEMA 52 OBJETIVO: DESCUBRIR LOS SACRAMENTOS COMO LOS GRANDES MOMENTOS DE LA VIDA DE FE, EN LOS QUE EL HOMBRE SE ENCUENTRA CON CRISTO PLAN DE LA REUNIÓN * Presentación del objetivo y plan de la reunión. * Lluvia de ideas: ¿qué son para nosotros los sacramentos? * Presentación del tema 52 en sus puntos clave. * Diálogo: aspectos descubiertos, experiencias. * Oración comunitaria: Sal 111, canción apropiada . PISTA PARA LA REUNIÓN PUNTOS CLAVE * Celebrar la vida de fe. * Celebrar el encuentro con Dios en Cristo. * Celebrar el encuentro con Cristo en la Iglesia. * Celebrar el encuentro con Cristo en los sacramentos. * Los grandes momentos de la vida de fe. * Cristo sale a nuestro encuentro. * En signos que expresan y realizan la relación con Dios. * Para evaluación y discernimiento, ver PC-I,7 (V). NACIMIENTO A LA FE

OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir el profundo significado del Bautismo: Sacramento del nacimiento a la fe. 20. Los sacramentos de la iniciación cristiana El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son los tres sacramentos de la iniciación cristiana. Por ellos los hombres «libres del poder de las

tinieblas, muertos, sepultados y resucitados con Cristo, reciben el Espíritu de la adopción filial y celebran con todo el Pueblo de Dios el memorial de la muerte y resurrección del Señor» (AG 14). Los tres sacramentos de la iniciación cristiana se ordenan y relacionan entre sí con el fin de conducir a su plenitud a los creyentes en Cristo que «ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la iglesia y en el mundo» (LG 31). 21. El Bautismo, primer sacramento de la Nueva Alianza El Bautismo es el primer sacramento de la Nueva Alianza. Jesús lo propone como vía de acceso para alcanzar la vida eterna. Así lo anuncia en su conversación con Nicodemo: «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios.» (Jn 3, 5). El evangelio de Mateo concluye con la misión que Jesús resucitado confía a sus Apóstoles; en esa misión el Bautismo enlaza estrechamente con el ingreso en la comunidad de los discípulos de Cristo: «íd y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). 22. El bautismo, puesto central. Conversión, incluida En los Hechos de los Apóstoles se muestra el lugar central que ocupa el Bautismo en las primeras actividades misioneras: los que creen en la predicación apostólica, reciben el agua bautismal: «Estas palabras les traspasaron el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor Dios nuestro, aunque estén lejos. Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo: Escapad de esta generación perversa. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil» (Hch 2, 37-41). Conversión y bautismo se describen como elementos unidos en la iniciación de la fe cuando se relatan las vocaciones de Pablo (9, 18), del eunuco etíope (8,26 ss), de Cornelio (10, 47-48), de Lidia y su casa (16, 14-15), del carcelero de Filipos y los suyos (16, 29-33), etc. Por otra

parte, las cartas apostólicas (Gálatas, Romanos, 1 Pedro, 1 Juan, etc.), no sólo aluden al bautismo, sino que se extienden profundizando en su misteriosa realidad y en las exigencias que implica en orden a la conducta cristiana. 23. El Bautismo y el Antiguo Testamento Las antiguas catequesis cristianas han descubierto en el agua bautismal multitud de resonancias de temas bíblicos fundamentales. Las semejanzas y afinidades que concurren en esas diversas consideraciones son indicio de que nos encontramos en presencia de una enseñanza común. Esta se remonta a los más remotos orígenes de la Iglesia. Puede verse un ejemplo característico en el siguiente texto de San ·CIRILO-JERUSALEN-S de Jerusalén: «Si se quiere saber por qué la gracia se da por el agua (...) hojéense las divinas Escrituras y allí se encontrará (...). Antes de que criatura alguna se sometiera a la elaboración de los seis días, «el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas». El agua es el principio del mundo y el Jordán el principio de los Evangelios. Israel fue liberado del Faraón por el mar y el mundo es liberado del pecado por el baño del agua en virtud de la Palabra de Dios (...). Después del diluvio, fue establecida una alianza con Noé (...). Elías es llevado al cielo no sin que el agua intervenga, pues su carro marcha hacia el cielo después de haber atravesado el Jordán» (Catequesis, 3, 5). 24. El Bautismo y el Nuevo Testamento No sólo se relacionan con el bautismo los maravillosos sucesos salvíficos del Antiguo Testamento. Los acontecimientos de la vida de Cristo se contemplan también como figuras de su vida gloriosa en la Iglesia. Los Padres de la Iglesia enumeran toda una serie de gestos de Cristo relacionados con el agua en los que encuentran ecos bautismales: el bautismo en el Jordán (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21 22; Jn 1, 32-34), las bodas de Caná (Jn 2, 1-12), el pozo de Jacob (Jn 4, 5-42), la curación del paralítico en la piscina de Bezatá (Jn 5,1 -18), el caminar sobre las aguas (Mc 6,45-52; Mt 14, 22-33; Jn 6,16-21), la curación del ciego de nacimiento en la piscina de Siloé (Jn 9,1 -41), el lavatorio de los pies (Jn 13, 1-15), etc.

25. El Espíritu de Dios sobre las aguas En la simbología bautismal, ocupa un lugar privilegiado el pasaje bíblico que presenta al Espíritu de Dios incubando las aguas primordiales: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del Abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.» (Gn 1, 1-2) (26). 26 La vida empezó en las aguas CR/PEZ: Para la mentalidad del autor sagrado, la vida empezó en las aguas; las aguas, por mandato del Señor, producen la vida: «Pululen las aguas un pulular de vivientes...» (Gn 1,20). La antigua tradición de la Iglesia reconoce la verdadera energía vivificante del agua en la fuente bautismal: «Somos pececillos y en el agua nacemos... y no tenemos otro modo de salvarnos sino permaneciendo en el agua» (Tertuliano, Sobre el Bautismo 1, 2). La misma temática se desarrolla en torno al denso texto de /Ez/47/01-12: un agua brota «del lado derecho del templo» (el costado traspasado de Cristo) y su corriente desemboca en el mar de las aguas pútridas que, a su contacto, son saneadas: «Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida, y habrá peces en abundancia. Las riberas del río misterioso, regadas por «aguas que manan del santuario» se convierten en un vergel -en el Paraíso-, cuyos cuatro ríos prefiguraban, para los Padres, el Bautismo por el que se recobra la primitiva integridad perdida: «Estás fuera del paraíso, oh catecúmeno, compañero de destierro de Adán... Ahora se abre la puerta, entra allí de donde saliste: no tardes» (San Gregorio de Nisa) (27). 27. El agua bautismal, seno materno de la Iglesia Las aguas fecundas, engendradoras de vida, conducen a la visión de la piscina bautismal como el seno donde la Iglesia Madre, bajo la acción del Espíritu, concibe a los hijos de Dios y los alumbra: «lo mismo que en el nacimiento carnal, el seno de la madre recibe una semilla que la mano divina forma según el orden original, así sucede en el bautismo, donde el agua es un seno para el que nace, pero la gracia del Espíritu en ella es la que forma al bautizado con miras a un nuevo nacimiento, transformándolo completamente» (·Teodoro-M de Mopsuestia, Homilías

catequéticas 14, 9) (28). 28. Israel, salvado de las aguas, se convierte a Dios El simbolismo más profundo de las aguas es celebrado por la tradición de la Iglesia al comparar el Bautismo con el paso de Israel a través del mar Rojo. El agua evocaba ya a la conciencia judía la experiencia de un paso, de un trance, de un éxodo: el pueblo de Israel había nacido de las aguas para la fe en Yahvé. Dios, Señor de los acontecimientos, cambió para los israelitas en aguas de vida lo que eran aguas de muerte: «Los hizo atravesar el mar Rojo y los guió a través de aguas caudalosas» (Sb 10,18). El agua -instrumento de juicio para los egipcios- inauguró la liberación de los hebreos y su constitución como pueblo propio de Yahvé, pueblo con quien Yahvé pacta su alianza: «Vosotros seréis mi pueblo» (Lv 26, 12). A través del éxodo, Israel es conducido entre prodigios a la tierra prometida. Desde entonces, convertirse es volverse a Yahvé, buscar continuamente su rostro (Sal 104, 4), el rostro de Aquel que salva de las aguas de muerte (Cfr. Sal 123, 4-5; 68,15-16; Hch 27, 21 ss) (29). 29. «Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo.» Posteriormente, la decisiva experiencia del retorno del destierro babilónico se concebirá como la inauguración de un nuevo éxodo: para interpretarlo religiosamente, se apelará al gran suceso pretérito: «¿No os acordáis de lo pasado, ni caéis en la cuenta de lo antiguo?» (Is 43,18). El Señor, «que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas» (Is 43, 16), asegura que, en su fidelidad, repetirá las iniciativas salvadoras: «Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo; me glorificarán las bestias del campo, los chacales y las avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.» (ís 43,19-21) (30). 30. Una fuente abierta para lavar el pecado La reflexión sobre estas referencias simbólicas y tipológicas permiten profundizar en la teología del Bautismo. La significación más obvia del agua se orienta a la purificación de la suciedad, a la limpieza. En los escritos proféticos se habla ya de la renovación de los espíritus que se realizará en los tiempos mesiánicos por la efusión de aguas puras y el

brotar de nuevas fuentes: «Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.» (Ez 36, 25-26). «Aquel día se alumbrará un manantial, a la dinastía de David, y a los habitantes de Jerusalén, contra pecados e impurezas.» (Za 13,1). El tema del agua viva con que el evangelio de San Juan alude al bautismo (3, 5; 4, 10-11; 7, 37-39; 19, 34-35) conecta con estas imágenes proféticas. En la misma línea, las catequesis patrísticas comentan la curación del pagano Naamán, enfermo de lepra, después de lavarse en el río Jordán (2 R 5; cfr. Lc 4, 27): los antiguos Padre veían en la lepra un símbolo del pecado (31). 31. Inmersión-emersión, misterio pascual BAU/RITOS El bautizado se une misteriosamente a la Pascua de Cristo. El rito bautismal, articulado en los dos momentos de inmersión y emersión, no sólo evoca la gesta salvadora de la liberación de Egipto, sino que es el signo de la realidad que cumplió definitivamente aquella figura: el descenso a la piscina, la inmersión y la salida del agua significan que el cristiano ha muerto y ha sido sepultado con Cristo para resucitar con El. El hombre viejo es crucificado con Cristo y su condición pecadora es destruida en la muerte del Señor (Cfr. Rm 6,6). El hombre pecador cruza, por el Bautismo, las aguas de la propia muerte para que de ellas surja un hombre nuevo y distinto. El bautizado en el Espíritu es un hombre salvado de las aguas para la fe en el Padre, en el Hijo y en el mismo Espíritu. En el Nuevo Testamento, el simbolismo de la inmersión-emersión aparece fijado en sus rasgos esenciales. La inmersión significa la purificación del pecado (Ef 5, 26), la muerte al hombre viejo (Rm 6, 211; Ef 4, 22-23; Col 3, 9). La emersión simboliza la comunicación del Espíritu Santo, que da al hombre la filiación adoptiva y le convierte en un hombre nuevo mediante un nuevo nacimiento (Tt 3, 4-7; Ef 4, 24; Col 3, 10; Rm 6, 4) (32). 32. Metidos en la santa piscina ·CIRILO-JERUSALEN-S de Jerusalén expresa admirablemente el sentir de la tradición cristiana sobre este simbolismo: «Se os ha

llevado junto a la santa piscina como Cristo desde su cruz al sepulcro cercano (...) Por tres veces habéis sido introducidos en el agua y habéis salido, simbolizando así el triduo de Cristo en el sepulcro (...) En el mismo acto, moríais y nacíais; el agua saludable venía a ser a la vez vuestro sepulcro y vuestra madre (...) Un mismo momento ha realizado estos dos acontecimientos: vuestro nacimiento ha coincidido con vuestra muerte» (Catequesis 20, 4). 33. La señal de la Cruz Cuando la Iglesia acoge a los bautizados, traza sobre ellos el signo de la cruz, señal del cristiano, distintivo de la nueva condición que van a recibir. La Cruz, signo de la redención, es signo de la fe cristiana que el candidato pide a la Iglesia. Signado y sellado con la cruz, el bautizando comienza a ser incorporado al misterio pascual de Cristo, misterio de muerte y resurrección que permanece vivo en la Iglesia (33). 34. Los exorcismos y la renuncia a Satanás El Bautismo arranca al hombre del poder de Satán, príncipe de este mundo (Cfr. Jn 12, 31; 16, 11 ) y concede la luz y la energía para emprender una lucha contra las fuerzas de las tinieblas, lucha que ha de durar toda la vida. Los exorcismos rituales manifiestan expresivamente la condición abnegada de la vida cristiana: lucha entre la carne y el espíritu. La Traditio Apostolica, de Hipólito, prescribe: «A partir del día en que son elegidos (los catecúmenos), que se les impongan cada día las manos exorcizándolos» ( Traditio, 20). La teología de los exorcismos supone que el hombre, abandonado a sus fuerzas, no puede despegarse del poder del Maligno que le cautiva y desborda. Es Cristo mismo quien combate para apartar del Príncipe de las Tinieblas a quien va a hacer miembro suyo por el Bautismo: frente a la situación desesperada de esclavitud e impotencia Cristo ofrece una salvación que jamás podrá proporcionar al hombre un género de liberación meramente humana (psicológica, sociológica, económica...). Entre los ritos inmediatamente preparatorios al Bautismo, la renuncia a Satanás y la adhesión a Cristo resaltan con gran expresividad el sentido más radical de este sacramento: la muerte a todas las fuerzas del mal

y la conversión a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo (35). 35. La entrega del símbolo de fe y de la oración dominical Desde la antigüedad, las entregas (traditiones) del Símbolo y del Padrenuestro se insertan como elementos importantes de la celebración del Bautismo. La Iglesia entrega a los bautizandos el compendio de su fe y de su oración. El Bautismo es el signo eficaz de que se ha recibido la fe y todo el dinamismo que ella comporta: inauguración de una vida nueva en el Espíritu que abre el acceso al Padre. La entrega litúrgica del Símbolo es la celebración de la transmisión de la fe que el nuevo cristiano habrá de profesar adhiriéndose vitalmente al mensaje de la salvación. Por otra parte, transmitir la fe implica también iniciar a la oración, enseñar a orar. Los bautizandos piden a la Iglesia lo que los discípulos pidieron a Jesús: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 1 1, 1; cfr. 11, 113). Al entregar la oración del Señor (Padrenuestro), la Iglesia celebra la iniciación a la oración de los nuevos creyentes. El Padrenuestro es la oración específica de los creyentes, es decir, de los que ponen su confianza en el Padre, porque son hijos (Cfr. 1 Jn 3, 1; Rm 8, 14-27; Ga 4, 4-7) (36). 36. La unción con el óleo de los catecúmenos Las catequesis patrísticas comentan el rito de la unción con óleo junto con el gesto del despojamiento de los vestidos, simbolismo este último que alude a la muerte del hombre viejo: «No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras y revestíos del nuevo que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo» (Col 3, 9-10; cfr. Ef 4, 22-24). Como los atletas que entraban a la lucha o competición eran frotados con aceite, también los que van a ser bautizados son ungidos con óleo: es ésta una unción para la lucha con Satanás. El elegido entra en la Iglesia militante y su principal lucha será contra las fuerzas del mal. Para ella necesita una especial fortaleza, simbolizada en esta unción (37). 37. La vestidura blanca Después del Bautismo propiamente dicho, los bautizados son revestidos con una túnica blanca: han sido revestidos de Cristo como nuevas criaturas y habrán de conservar sin mancha el nuevo vestido

hasta que se presenten ante el tribunal de Cristo. La vestidura blanca es símbolo de la participación en la gloria de Cristo Resucitado (38). 38. La luz pascual BAU/ILUMINACION: Los bautizados reciben también una luz encendida en el cirio pascual. Han sido transformados en luz de Cristo y como hijos de la luz habrán de recorrer el camino hasta llegar al encuentro del Señor. Los Padres de Oriente han llamado al Bautismo iluminación, pues es el sacramento que comunica el personal conocimiento de Cristo, la «luz del mundo» (Jn 8, 12). Para la iglesia primitiva el Bautismo es, en efecto, una iluminación (cfr. Hb 6, 4; 10, 32; 1 P 2, 9). San Pablo ruega a los cristianos de Colosas que den con alegría gracias a Dios Padre, «que os ha hecho capaces de compartir la herencia de los santos en la luz» (Col 1, 12). El mismo tema se encuentra en el primitivo himno bautismal que se recoge en la Carta a los Efesios: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Ef 5, 14) (39). 39. La unción con el Santo Crisma Cuando el sacramento de la Confirmación no se celebra inmediatamente después del Bautismo, a continuación de la ablución, se unge a los nuevos bautizados en la cabeza con el más precioso de los tres óleos, el crisma (christós = ungido) de la salvación. Las fórmulas rituales expresan el sentido de esta unción: significa la agregación al Pueblo de Dios de un nuevo miembro de Cristo sacerdote, profeta y rey (40). 40. Signo bautismal El signo bautismal consiste en una ablución de agua cuyo profundo sentido sacramental se determina por la fórmula: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». La ablución por inmersión fue presumiblemente la práctica normal en la Iglesia primitiva (cfr. Hch 8, 3839; Ef 5, 26; Tt 3, 5). Esta forma de bautismo perduró hasta el siglo Xlll y aún se da, en Occidente, en los siglos XV y XVI. Sin embargo, ya a principios del siglo II, la Didajé (de origen sirio) menciona específicamente el bautismo con agua derramada -por infusión- si el de inmersión no fuera posible. Cuando se generalizó la costumbre de reservar un lugar especial para los bautismos, estos baptisterios

-desde el principio del siglo IV- consistían en piscinas excavadas en el suelo. No obstante, la superficialidad de esas piscinas, así como los grabados de las catacumbas, sugieren que fue práctica común derramar el agua sobre la cabeza del bautizado, mientras éste permanecía de pie en la piscina. El actual Ritual del Bautismo de Niños (RBN) determina: «Tanto el rito de la inmersión -que es más apto para significar la muerte y resurrección de Cristo- como el rito de la infusión pueden utilizarse con todo derecho» (n. 37). Ei Ritual de la Iniciación Cristiana de los Adultos (ICA) describe que quien preside la celebración bautismal «tocando al elegido, le sumerge del todo o sólo la cabeza por tres veces, le bautiza invocando una sola vez a la Santísima Trinidad: N yo te bautizo en el nombre del Padre (le sumerge por primera vez) y del Hijo (le sumerge por segunda vez) y del Espíritu Santo (le sumerge por tercera vez)» (n. 220) (22). 41. Dimensiones teológicas del Bautismo Las perspectivas bíblica y litúrgica del Bautismo permiten ahondar en sus significados más profundos, esto es, en la conexión del Bautismo con las grandes realidades de la vida cristiana: la fe, la esperanza, el amor, la superación del pecado, la gracia, la Iglesia... 42. El Bautismo, sacramento de la fe El bautismo cristiano es el sacramento de la fe, es decir, el misterio por el que un hombre nace a la fe. Es el bautismo en agua y en Espíritu (cfr. Jn 3, 5). Juan, el Precursor, bautizaba solamente en agua para la conversión: «Yo os bautizo con agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no merezco llevarle las sandalias. El os bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego» (Mt 3, 1 1; cfr. Act 19, 4). El elemento nuevo que aporta el bautismo de Jesús, con respecto al de Juan, es la efusión del Espíritu; sin embargo, asume el elemento antiguo: el agua. La efusión del Espíritu es la prueba de que, a pesar del acto humano de la conversión simbolizado en el agua, el nuevo nacimiento es un milagro de Dios, un nacimiento «de lo alto» (Jn 3, 3; cfr.

1 P 1, 22-25). 43. El Bautismo, muerte al pecado El Bautismo, al incorporar al hombre a la muerte de Cristo, lava-destruye-los pecados que se hayan cometido en la vida pasada y extirpa hasta la misma raíz del pecado, que es la culpa original. En el Bautismo de niños, que no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, la Iglesia dirige a Dios esta plegaria en la oración de exorcismo: «te pedimos que estos niños, lavados del pecado original, sean templo tuyo y que el Espíritu Santo habite en ellos» (RBN 1 19). «En los renacidos nada odia Dios» enseñó el Concilio de Trento (DS 1515). Las referencias a Adán, padre de una raza esclavizada por el pecado, son habituales en las catequesis patrísticas. «Has recibido el bautismo, el nuevo nacimiento -dice Teodoro de Mopsuestia-. Has venido a ser otro, has nacido otro. Ya no perteneces a Adán (...) hundido bajo el pecado. Por el contrario, perteneces a Cristo» (Homilías Catequéticas, 14, 25). 44. El Bautismo, nacimiento a la vida de Dios Incorporados a Cristo resucitado, los bautizados comienzan a participar de la naturaleza divina (cfr. 2 P 1, 4): son engendrados como hijos de Dios: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios» (1 Jn 3, 1.9. Ver RBN 5). 45. El Bautismo, incorporación a la Iglesia Por el Bautismo, los hombres son incorporados a la Iglesia: «(Cristo) inculcando expresamente la necesidad de la fe y del bautismo (cfr. Mc 16, 16; Jn 3, 5) confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la cual entran los hombres como por una puerta, a través del Bautismo» (LG 14). Incorporados al Pueblo de Dios por el Bautismo, los cristianos constituyen un «sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo» (1 P 2, 5). Los bautizados, «por el carácter son destinados al culto de la religión cristiana» y a «profesar ante los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» (LG 11). «Este efecto indeleble, expresado por la liturgia latina en la misma celebración con la crismación de los bautizados en presencia del pueblo de Dios, hace que el rito del Bautismo merezca el sumo respeto de todos los cristianos y no esté permitida su repetición cuando se ha celebrado válidamente, aun por hermanos separados» (RBN 4).

46. Sacerdocio profético y real La incorporación a la Iglesia hace que los bautizados participen del único sacerdocio de Cristo por un sacerdocio que llamamos común, íntimamente ordenado al sacerdocio de los ministros: «los creyentes, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la oblación de la Eucaristía, y lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración y la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y la caridad operativa» (LG 10). En estrecha relación con la incorporación a Cristo Sacerdote a través del Bautismo se encuentra la misión profética de los bautizados, a quienes el mismo Señor «constituye en testigos dotándolos del sentido de la fe y de la gracia de la palabra para que la virtud del Evangelio brille en su vida diaria, familiar y social» (LG 35). 47. El Bautismo, exigencia de plenitud de vida cristiana La vida nueva recibida en el Bautismo está llamada a desarrollarse y crecer. El cristiano, inserto en el Cuerpo de Cristo, es impulsado por el dinamismo de este organismo misterioso a tender, en comunión con los demás miembros, «al Hombre perfecto, a la medida de Cristo, en su plenitud» (Ef4,13). «Los seguidores de Cristo, llamados y justificados en Cristo nuestro Señor, no por sus propios méritos sino por designio y gracia de El, en el Bautismo de la fe han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza y, por lo mismo, santos. De ahí se sigue que, con la ayuda de Dios, han de conservar y perfeccionar en su vida la santidad que recibieron» (LG 40). El Bautismo es la prenda visible de la vocación, la realización histórica de una predilección eterna de Dios. 48. El Bautismo y la comunidad eclesial Nadie puede bautizarse a sí mismo. El cristiano no es un individuo aislado: recibe la fe y el sacramento de la fe en el seno de una comunidad que se compromete a introducir y formar en la vida a los que son llamados por Dios a integrarse en su Pueblo (RBN 12). La institución de los padrinos se inscribe en esta misma perspectiva y pone de manifiesto la solicitud de la comunidad por la perseverancia en la fe y en la vida cristiana de los nuevos cristianos. Según costumbre muy antigua de la Iglesia, no se admite a un adulto al Bautismo sin un padrino y también debe hacerlo en el Bautismo de un niño para que, cuando sea necesario, ayude a los padres a fin de que el niño llegue a

profesar con integridad la fe y a expresarla en su vida. «Es ministro ordinario del Bautismo el obispo, el presbítero y el diácono» (RBN 21). «Por ser los obispos los principales administradores de los misterios de Dios, así como también moderadores de toda la vida litúrgica en la Iglesia que les ha sido confiada, corresponde a ellos regular la administración del Bautismo, por medio del cual se concede la participación en el sacerdocio real de Cristo» (RBN 22). «No habiendo sacerdote ni diácono, en caso de peligro inminente de muerte, cualquier fiel, y aun cualquier hombre que tenga la intención requerida, puede, y algunas veces hasta debe, conferir el Bautismo. Pero si no es tan inmediata la muerte, el sacramento debe ser conferido, en lo posible, por un fiel... Es muy importante que, aun en este caso, esté presente una comunidad reducida o, al menos, que haya, si es posible, uno o dos testigos» (RBN 26). 49. Bautismo de adultos y catecumenado Los adultos que se acercan al Bautismo han de hacerlo en un acto libre y responsable que supone la adhesión a la fe de la Iglesia y la decisión de una conversión sincera de su vida, que, a partir de ahora, se orientará al Dios vivo y a sus designios de salvación. La institución del catecumenado se destina precisamente a preparar al candidato para el Bautismo, despertando en él las actitudes debidas y probando la autenticidad del paso que va a dar. El Concilio Vaticano II, al restaurar el catecumenado, ha incorporado elementos muy ricos y valiosos a la práctica y liturgia bautismales de la Iglesia. El catecumenado «no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo su Maestro. Iníciense, pues, los catecúmenos oportunamente en el misterio de la salvación, en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que han de celebrarse en los tiempos sucesivos; introdúzcanse en la vida de la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios» (AG 14) 50. Enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado En profunda relación con el catecumenado, recientemente restaurado, la maduración en la fe de los bautizados requiere fomentar en las circunstancias actuales una catequesis que de algún modo

reproduzca las etapas catecumenales. Así lo propone Pablo VI en su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi. «Sin necesidad de descuidar de ninguna manera la formación de los niños, se viene observando que las condiciones actuales hacen cada día más urgente la enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado para un gran número de jóvenes y adultos que, tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de entregarse a él» (EN 44; ver EN 52). De hecho, muchos bautizados son «verdaderos catecúmenos» (Juan Pablo II, CT 44). 51. El Bautismo de los niños NIÑOS/BAU: La Iglesia, que recibió la misión de evangelizar y de bautizar, ya desde los primeros siglos, bautizó no solamente a los adultos, sino también a los niños de los cristianos en la seguridad de que entraban a formar parte del Pueblo de Dios y en la esperanza de que, llegados a la edad responsable, habrían de desarrollar la fe que les había sido infundida, haciéndose conscientes de lo que significa ser bautizados. (Ver RBN 8). 52. Desarrollo gradual de la gracia del Bautismo El niño recibe el sacramento del Bautismo como recibe cuanto necesita para su desarrollo vital: en dependencia de los adultos. Es cierto que la personalidad que dormita todavía no es apta para un encuentro consciente y libre. Pero la madre no retira a su hijo sus cuidados y su amor por el hecho de que el niño sea incapaz de un encuentro personal. La madre habla con el niño y juega con él, como si pudiera ser comprendida. Este conjunto de actitudes, cada gesto de amor materno, es como una espera: la espera de una respuesta, el deseo de despertar una personalidad. La conciencia del niño se abrirá progresivamente al mundo de las cosas y de las personas y progresivamente responderá al amor de la madre. La Iglesia también, cuando bautiza a un niño otorgándole el don de Dios, espera con amor la respuesta que se dará más tarde como fruto de una asimilación personal y gradual de la gracia del Bautismo. Toda una serie de solicitudes y cuidados por parte de la familia cristiana y de la

comunidad entera procurará que el crecimiento espiritual del niño sea una colaboración paulatina con la acción del Espíritu Santo que misteriosamente trabaja su interioridad. He ahí donde se inserta la necesaria catequesis eclesial. 53. El Bautismo de los niños significa admirablemente la gratuidad de la salvación El Bautismo de los niños (y los otros sacramentos que ellos pueden recibir) muestra el valor inmenso del don de Dios, que, en el ámbito salvífico, antecede a toda acción humana, también cuando se trata de adultos. Un acto de fe es siempre la respuesta del hombre a una obra que Dios realiza en nosotros de antemano, anticipándose con todo su amor y soberanía. El Bautismo de los niños significa admirablemente la gratuidad de la salvación. 54. El Bautismo de los niños en la fe del pueblo de Dios Por otra parte, el Bautismo de los niños pone de relieve la condición comunitaria de la Iglesia -todo el Pueblo es propiedad de Dios y avanza bajo su influjo paternal- y manifiesta la solidaridad que se da entre sus miembros: los niños que no son capaces de realizar un acto propio de fe, son bautizados en la fe de la Iglesia, en el seno de una comunidad creyente y comprometida en suscitar y alentar la fe personal de sus nuevos hijos (cfr. Concilio de Trento, DS 1626; ver RBN 12-13). 55. Los niños que se mueren sin bautizar ¿Cuál es el destino final de los niños que mueren sin bautizar? A través del curso de los siglos, la Iglesia ha comprendido cada vez más claramente que, para responder a esta cuestión, hay que acudir a estas verdades contenidas en su Mensaje de Salvación: 1ª) Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2, 4-6). En ese designio de salvación universal también entran, sin duda, los niños, a los que el Evangelio presenta como objeto de la predilección divina (Mt 19, 13-14; 18, 10); 2ª) Cristo nació y murió por todos; 3ª) Nadie se condena si no es por pecados personales. A partir de estas verdades, se funda la persuasión -llena de esperanza cristianade que Dios, por caminos que sólo a El le son conocidos (viis sibi notis. cfr. AG 7), recibe en la feliz intimidad de su vida divina a los niños que mueren sin haber recibido el Bautismo: así se cumple su propósito de salvación que es serio, fiel, no excluyente y gratuito. Aunque nosotros no podamos determinar cuáles son, en concreto, esos caminos

providenciales, sí podemos fomentar la convicción de que los niños muertos sin el Bautismo se encuentran en el ámbito salvador de Cristo: ellos están en el Señor Jesús. La Iglesia no los olvida en su plegaria litúrgica y suplica así por ellos en su oración oficial: «Unámonos en caridad para encomendar este niño a la misericordia de Dios, y pidamos para sus padres la fortaleza de sobrellevar cristianamente su dolor» (Ritual de Exequias [RE] 374; cfr. 56 y 62). ........................................................................ TEMA 53 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO PROFUNDO DEL BAUTISMO: SACRAMENTO DEL NACIMIENTO A LA FE PLAN DE LA REUNIÓN * Información: personas, hechos, problemas... * Lluvia de ideas: recogida de interrogantes en torno al bautismo. * Presentación del tema 53 en sus puntos clave (pista adjunta). * Diálogo: ¿qué significa hoy para nosotros nuestro bautismo? * Oración comunitaria: salmo y canciones. PISTA PARA LA REUNIÓN 1. El bautismo, puesto central. 2. Israel, salvado de las aguas. 3. Ríos en el yermo. 4. Inmersión-emersión: misterio pascual. 5. Metidos en la piscina. 6. Sacramento de la fe. 7. Muerte al pecado. 8. Nacimiento a la vida de Dios. 9. Incorporación a la Iglesia. 10 Bautismo y catecumenado. 11 «Verdaderos catecúmenos.» 12 Bautismo de los niños. EL ESPÍRITU NOS HACE TESTIGOS

OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir el significado de la Confirmación: el Espíritu nos hace testigos en medio del mundo. 56. Bautismo, Confirmación, Eucaristía La iniciación cristiana no queda concluida con el nacimiento a la fe celebrado en el Bautismo, sino que es completada con los sacramentos

de la Confirmación y de la Eucaristía. «La participación de la naturaleza divina que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo, se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna» (Pablo Vl, Divinae Consortium Naturae [DCN]). 57. Nacer a la fe y ser testigo de ella Bautismo y Confirmación, íntimamente unidos, durante mucho tiempo se celebraron en una misma ceremonia. El Bautismo tiene una referencia directa al misterio pascual de Cristo. La Confirmación se refiere más directamente al misterio de Pentecostés, en el que, por la acción del Espíritu, se manifiestan las riquezas de la Pascua de Cristo (cfr. Jn 16, 7-15). Pascua de Resurrección es el acontecimiento decisivo e inaugural que culmina en Pentecostés, que es, por decirlo así, su expansión connatural. Ciertamente, el Bautismo es ya un Bautismo en el Espíritu, pero la Confirmación celebra esa plenitud que hace del cristiano un testigo de su fe, un enviado. Por el Bautismo nacemos a la fe; por la Confirmación, somos testigos de ella. «Con el sacramento de la Confirmación los renacidos en el Bautismo reciben el Don inefable, el mismo Espíritu Santo, por el cual son enriquecidos con una fuerza especial y, marcados por el carácter del mismo sacramento, quedan vinculados más perfectamente a la Iglesia, mientras son más estrictamente obligados a difundir y defender con la palabra y las obras la propia fe como auténticos testigos de Cristo» (DCN) (58). 58. Jesús de Nazaret, ungido con el Espíritu Santo El Nuevo Testamento deja bien claro en qué modo el Espíritu Santo asistía a Cristo en el cumplimiento de su misión. Jesús, en efecto, después de haber recibido el bautismo de Juan, vio descender sobre sí el Espíritu Santo (Mc 1,10), que permaneció sobre El (Cfr. Jn 1, 32). Este es un pasaje importante de los Evangelios que guarda estrecha relación con la iniciación cristiana. El Nuevo Testamento considera este descenso del Espíritu como una unción. Así lo proclama Pedro ante Cornelio y sus familiares: «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu

Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10, 37-38). Lo mismo proclama Jesús en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido..." (Lc 4,18). Jesús, confortado con su presencia y ayuda, fue impulsado por el mismo Espíritu a dar comienzo públicamente a su ministerio mesiánico (59). 59. «Recibiréis la fuerza del Espíritu... y seréis mis testigos» Jesús prometió, además, a sus discípulos que el Espíritu Santo les ayudaría también a ellos, infundiéndoles aliento para dar testimonio de la fe, incluso delante de sus perseguidores. La víspera de su pasión aseguró a los Apóstoles que enviaría de parte del Padre, el Espíritu de verdad (Jn 15,26), el cual permanecería con ellos para siempre (Jn 14,16) y les ayudaría eficazmente a dar testimonio de sí mismos (Jn 15,27). Finalmente, una vez resucitado, Cristo anunció la inminente venida del Espíritu y la misión evangelizadora de los apóstoles: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en Samaría y hasta en los confines del mundo» (Hch 1, 8) (60). 60. Pentecostés: el Espíritu desciende sobre los Apóstoles El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, reunidos con María, Madre de Jesús, y con los demás discípulos: quedaron tan llenos de El (cfr. Hch 2, 4), que, alentados por el soplo divino, comenzaron a proclamar las maravillas de Dios. Pedro declaró que el Espíritu que descendió así sobre los Apóstoles era el don de los tiempos mesiánicos (cfr. Hch 2,17-18). Los que acogieron su predicación fueron bautizados, y recibieron también el Don del Espíritu Santo (Hch 2, 38). Desde entonces, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de manos, el Don del Espíritu Santo, destinado a confirmar la gracia del Bautismo (cfr. Hch 8, 15-17; 19, 5-7) (61). 61. Por el sacramento de la Confirmación, en la Iglesia continúa la gracia de Pentecostés La Carta a los Hebreos recuerda, entre los primeros elementos de la iniciación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de manos (cfr. Hb 6,2). Es esta imposición de manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del

sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia la gracia de Pentecostés (cfr. DCN)(62). 62. Múltiples cambios, significado permanente Ya desde los primeros tiempos, el Don del Espíritu Santo era celebrado en la Iglesia con diversos ritos. Estos han ido sufriendo, tanto en Oriente como en Occidente, múltiples modificaciones, pero han conservado siempre el significado permanente de la comunicación del Espíritu (63). 63. «Sello del Don del Espíritu Santo» (Oriente) En muchos ritos de Oriente parece que, ya antiguamente, prevaleció para la comunicación del Espíritu Santo el rito de la crismación, el cual no se distinguía aún claramente de los ritos bautismales. Tal rito conserva todavía hoy su vigor en la mayor parte de las Iglesias orientales. Teodoreto de Ciro (siglo v, Siria) dice en su Comentario al Cantar de los Cantares: «Los que han sido lavados... recibirán, como un sello real, la unción espiritual del óleo, recibiendo bajo el signo de este óleo la gracia invisible del Espíritu Santo» (n. 61). El ritual egipcio (también siglo v) acompaña la unción con la antiquísima fórmula oriental: Sello del Don del Espíritu Santo (64). 64. «Yo te marco con el signo de la Cruz y te confirmo con el crisma de salvación. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» (Occidente) En Occidente se encuentran testimonios muy antiguos sobre aquella parte de la iniciación cristiana, en la que más tarde se ha reconocido claramente el sacramento de la Confirmación. Efectivamente, después de la ablución bautismal y antes de recibir el alimento eucarístico, se indican otros gestos a realizar como la unción, la imposición de la mano y la signación («consignatio»), los cuales se hallan contenidos tanto en los documentos litúrgicos como en muchos testimonios de los Padres. «Después de que el obispo haya impuesto la mano, derramando con la mano óleo santificado y colocándolo sobre la cabeza (del bautizado), que diga Yo te signo con el santo crisma en Dios Padre todopoderoso y en Cristo Jesús y en el Espíritu Santo» (Hipólito, Tradición Apostólica, 21, 5) (65).

En el Pontifical Romano del siglo Xll aparece por primera vez la fórmula que después se hizo común: «Yo te marco (sello) con el signo de la cruz y te confirmo con el crisma de la salvación. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» (cfr. Concilio de Florencia, Decreto para los Armenios, DS 1317; cfr. Algunos testimonios del Magisterio de la Iglesia que, desde el siglo XIII manifiestan la importancia de la crismación, sin olvidar por eso la imposición de manos) (DCN). 65. «Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo» (Pablo Vl) 65. Por tanto, en la celebración del sacramento de la Confirmación, tanto en Oriente como en Occidente (aunque de modo diverso), el primer puesto lo ocupó la crismación, que representa de alguna manera la imposición de las manos usada por los Apóstoles. Y puesto que esta unción con el crisma significa convenientemente la unción del Espíritu, Pablo VI confirma la existencia y la importancia de la misma. «Acerca de las palabras que se pronuncian en el acto de la crismación, dice Pablo Vl, hemos apreciado en su justo valor la dignidad de la venerable fórmula usada en la Iglesia latina; sin embargo, creemos que a ella se debe preferir la fórmula antiquísima, propia del rito bizantino, con la que se expresa el Don del mismo Espíritu Santo y se recuerda la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cfr. Hch 2,1-4.38). En consecuencia, adoptamos esta fórmula traducida casi literalmente: ... Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo» (DCN) (66). 66. Gesto y palabras del rito de la Confirmaci6n En cuanto a la revisión del rito de la Confirmación, Pablo Vl establece lo siguiente para la Iglesia latina: «El sacramento de la Confirmación se confiere mediante la unción del crisma en la frente, que se hace con la imposición de la mano, y mediante las palabras "Recibe la señal del Don del Espíritu Santo". Sin embargo, la imposición de las manos sobre los elegidos, que se realiza con la oración prescrita antes de la crismación, aunque no pertenece a la esencia del rito sacramental, hay que tenerla en gran consideración, ya que forma parte de la perfecta integridad del mismo rito y favorece la mejor comprensión del sacramento. Está claro que esta primera imposición de las manos, que precede, se diferencia de la imposición de la mano con la cual se realiza la unción crismal en la

frente» (DCN) (67). 67. La imposición de manos, signo de bendición, liberación y consagración La mano es, con la palabra, uno de los elementos más expresivos que posee el hombre; de por sí, la mano simboliza ordinariamente el poder, la acción (Ex 14,31; Sal 18,2) y hasta el Espíritu de Dios (1 R 18, 46; Is 8, 11; Ez 1, 3; 3, 22). Imponer las manos sobre alguien es más que levantarlas en alto, aunque sea para bendecir (Lv 9,22; Lc 24, 50), es tocar realmente al otro y comunicarle algo de uno mismo. Por ello la imposición de manos como signo de bendición expresa con mayor realismo el carácter de la bendición, que no es meramente palabra, sino acto (Gn 48, 13-16). Jesús bendice a los niños, imponiendo las manos sobre ellos, «porque de los que son como éstos es el Reino de Dios...» (Mt 19,13-15). La imposición de las manos es también signo de liberación: las curaciones que realiza Jesús van acompañadas de este gesto (Lc 13, 13; Mc 8, 23ss; Lc 4, 40); asimismo las que realiza la Iglesia después de la Pascua (Mc 16,18; Hch 9,12; 28,8). La imposición de manos es también signo de consagración: indica que el Espíritu de Dios toma posesión de un ser que El se ha escogido y le da autoridad y aptitud para ejercer una función (Nm 8, 10; Dt 34, 9). En la Iglesia naciente este gesto acompaña a la transmisión del Don del Espíritu Santo. Así Pedro y Juan confirmaron a los samaritanos que no lo habían recibido todavía (Hch 8,17); Pablo hizo lo mismo en Efeso con aquellos discípulos que hasta entonces sólo habían recibido el bautismo de Juan (Hch 19,1 -7). Asimismo, la Iglesia impone las manos para una misión precisa, ordenada a determinadas funciones (Hch 6, 6; 13, 3; 2 Tm 1, 6ss; 1 Tm 5, 22) (68). 68. El cristiano participa de la misma unción de Cristo El aceite penetra profundamente en el cuerpo (Sal 108,18), le da fuerza, salud, alegría y belleza. En el plano religioso, la unción de aceite, sobre todo el aceite perfumado, es símbolo de alegría (Pr 27, 9; Is 61,3) y honor (Sal 22, 5; Lc 7,38.46; Mt 26,6-13; Jn 12,1-8), de curación (Mc 6,13) y de consagración. En este sentido son ungidos los reyes (1 S 10, 1; 16, 13; 1 R 1, 39), los sacerdotes (Lv 8,12; Ex 28,41; 40,15; Nm 3,3)

y, metafóricamente, los profetas (1 R 19,16.19; 2 R 2,9-15). La unción es un signo exterior de que una persona ha sido elegida por Dios para ser instrumento suyo en medio de su pueblo. En este sentido, el rey, el sacerdote y, también el profeta, son ungidos de Dios. La tradición cristiana, a propósito del título de «Ungido» (= Cristo), habla de una triple unción de Jesús como rey, sacerdote y profeta (cfr. Tema 17). El es el Ungido del Espíritu (Hch 10, 38; Lc 4, 18). El cristiano es un nuevo Cristo: participa de su misma unción (2 Co 1, 21; 1 Jn 2, 20). Dios ha hecho penetrar en él el mensaje del Evangelio, ha suscitado en su corazón la fe en la palabra de verdad (cfr. Ef 1,13), palabra que es realmente crisma, aceite de unción que permanece en el cristiano ( 1 Jn 2,27) y le da el sentido de la verdad (Jn 14, 26; 16, 13; 1 Jn 2, 20). Las catequesis patrísticas, a propósito de la Confirmación, aludían al siguiente pasaje de San Pablo: «Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden: para los unos, olor que de la muerte lleva a la muerte; para los otros, olor que de la vida lleva a la vida. Ciertamente no somos nosotros como la mayoría que negocian con la Palabra de Dios. ¡No!, antes bien y como de parte de Dios y delante de Dios hablamos en Cristo» (2 Co 2, 1417) (69). 69. Con el sello de los elegidos de Dios El sello es un símbolo de la persona (Gn 38,18) y de su autoridad; así va con frecuencia fijo en un anillo (Gn 41, 42; 1 M 6, 15), del que una persona no se separa sino por motivo grave (Ag 2, 23; cfr. Jr 22, 24). El sello es como una firma: garantiza la validez de un documento (Jr 32, 10), significa la propiedad de una cosa (Dt 32, 34), indica el origen de una acción (1 R 21,8). A veces tiene un carácter secreto, como en el caso de un rollo sellado que nadie puede leer salvo el que tiene derecho a romper el sello (Is 29,11). El sello de Dios es un símbolo poético de su dominio sobre las criaturas y sobre la historia (Jb 9, 7; Ap 5,1; 8,1). El simbolismo adquiere nuevo valor cuando Cristo se dice marcado con el sello de Dios, su Padre (Jn 6, 27). De este sello participa también el cristiano, cuando le marca Dios dándole el Espíritu (2 Co 1, 22; Ef 1,

13-14). Este sello es la marca de los elegidos de Dios y su salvaguardia en el momento de la prueba, de la cruz (Ap 7,2-4; 9,4). Gracias a él podrán mantenerse fieles a la Palabra de Dios; ésta, en efecto, sella la carta de fundación de la vida cristiana e invita a los creyentes a ser fieles a la gracia de la elección (2 Tm 2, 19) (70). 70. Ser cristiano es participar de la misma misión da Cristo La imposición de mano, la unción y el sello (con la cruz) son gestos que concurren en el momento culminante de la celebración del sacramento: la crismación. Su sentido conjunto es recogido en esta monición del Ritual de la Confirmación: «Hemos llegado al momento culminante de la celebración. El obispo les impondrá la mano y los marcará con la cruz gloriosa de Cristo para significar que son propiedad del Señor. Los ungirá con óleo perfumado. Ser crismado es lo mismo que ser Cristo, ser Mesías, ser Ungido. Y ser mesías y cristo comporta la misma misión que el Señor: dar testimonio de la verdad y ser, por el buen olor de las buenas obras, fermento de santidad en el mundo.» Quien anteriormente ha sido elegido y bautizado, en virtud de la crismación es ahora enviado: pasa a ser uno de los que llevan la palabra de Jesús. En él Jesús quiere ser escuchado (cfr. Tema 8) (71). 71. Un hecho nuevo y decisivo: el Don del Espíritu Por el sacramento de la Confirmación se difunde en la Iglesia la gracia de Pentecostés, en el que Cristo glorificado comunica su Espíritu. Los cristianos reconocen en el Don del Espíritu un hecho nuevo y decisivo, anunciado por el Profeta Joel (3, 1-5), y que señala que los «últimos tiempos» han llegado, es decir, el tiempo en que se cumplen plenamente todas las promesas de Dios: gracias a Jesús Resucitado, Dios da a los hombres todo, hasta poner en sus corazones su Espíritu. Así lo proclama Pedro el día de Pentecostés: «Pues bien, Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos. Ahora exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo» (Hch 2, 32-33). El sacramento de la Confirmación es, por lo tanto, para cada cristiano el signo de un don de Dios en orden a una vida plenamente lograda en el Espíritu y totalmente activa en la Iglesia (72). 72 Ungidos con la fuerza del Espíritu

En la Confirmación somos realmente constituidos en poder por el Don del Espíritu (cfr. Hch 10, 38): participamos en la Iglesia visible de la plenitud del Espíritu y de la misión propia de la Iglesia. Así participamos, en el misterio de Pentecostés, del mismo Cristo. Por la Confirmación llegamos a ser miembros plenamente iniciados en el misterio entero de la Iglesia: hijos de Dios en poder, ungidos con la fuerza del Espíritu. La tradición cristiana afirma constantemente que la Confirmación procura una gracia de fortaleza para la lucha. La Confirmación configura al cristiano con Cristo profeta de la Nueva Ley y lo hace testigo suyo ante los hombres, concediendo para esta misión una gracia de fortaleza que puede llegar, si fuese necesario, hasta el martirio (73). 73. Sacramento en la madurez cristiana La Confirmación es el acto sacramental mediante el cual Dios interviene en la existencia de los bautizados para que su experiencia eclesial tome concretamente su doble referencia a Cristo y al Espíritu, al misterio de Pascua y al de Pentecostés, estrechamente ligados entre sí. Asimismo, es el momento de la iniciación cristiana en el que los neófitos descubren, a partir de un nuevo don de Dios, que su vida eclesial es histórica, social y evangélica, al mismo tiempo que espiritual, personal y libre. La Confirmación, que acaece en el interior del campo y de la dinámica bautismal, señala las dos direcciones en las que se realiza la madurez cristiana: la santidad personal y el testimonio (74). 74. Ser y actuar La Confirmación surge, en el interior del marco bautismal, como un segundo gesto de iniciación, como subrayando por segunda vez- pero ahora a partir del comienzo de una plena experiencia eclesial- que si es preciso actuar, se trata, en primer lugar, de ser. y de ser gracias a la intervención de Dios. Entonces se puede vivir, poner en práctica, dar testimonio, descubrir nuevas formas de experiencia eclesial, entrar con los demás cristianos en la misión común y la participación fraterna. Como lo ha recordado el Vaticano II, si los confirmados «se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe», es porque están constituidos en Iglesia y dotados de «una fuerza especial del Espíritu Santo» (LG 11) (75}.

75. Sacramento de la evangelización En la Confirmación, y en virtud de la misma, la actividad carismática del Espíritu se prolonga visiblemente en la vida del ya plenamente iniciado. Sean cuales fueren las formas que adopte esta actividad carismática, el confirmado se incorpora a la misión de Cristo y de la Iglesia: la evangelización. Si la celebración del sacramento es cumbre y remate de una evangelización, también es fuente y punto de partida. Si una evangelización realizada en el pasado ha hecho posible la Confirmación actual, es preciso que los confirmados de hoy preparen a su vez una nueva evangelización. Si cada confirmado está invitado a ser con todas sus fuerzas signo de fe y de Iglesia en su vida y su ambiente, es para que a través de su propia existencia se continúe el proceso eclesial que le condujo a la iniciación cristiana. La Confirmación consagra a cada cristiano a la obra misma de Dios que trata de crear una humanidad nueva a semejanza de Jesús (cfr. Rm 8, 29) (76). 76. Unidad de testigos, fidelidad al espíritu, dinamismo apostólico La Confirmación -como la evangelización- requiere unidad de testigos. La unidad eclesial que sella el Espíritu en la Confirmación aparece entonces como una unidad con miras a la misión: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Desde el punto de vista de la Confirmación, el pecado no es tanto la incredulidad o el compromiso con los ídolos del mundo, como la infidelidad de los cristianos en el interior de la Iglesia y su falta de apertura respecto al Don del Espíritu, sus divisiones, su escaso dinamismo, su lento desarrollo (77). 77. Presencia del obispo en la celebración Normalmente, el Obispo en persona preside la celebración del sacramento. El es, en la diócesis, el sucesor de los Apóstoles, el responsable principal de esta Iglesia local, de su crecimiento en el Espíritu, de su participación en la misión de la Iglesia en el mundo. La presidencia del Obispo asocia la celebración del sacramento al acontecimiento de Pentecostés y, por ello mismo, a la vida y crecimiento de la Iglesia universal. Si el Obispo no puede presidir la celebración personalmente, envía, para que actúe en su nombre, o designa, a un presbítero especialmente nombrado (cfr. otros casos: Ritual de la Confirmación [RC], 7 y 8) (78). 78. El momento de la Confirmación

«Los catecúmenos adultos y los niños que en edad de catequesis son bautizados deben ser admitidos también en la misma celebración del Bautismo, como siempre ha sido costumbre, a la Confirmación y a la Eucaristía», si ello puede hacerse. «Por lo que respecta a los niños, en la Iglesia latina la administración de la Confirmación se acostumbra a diferir hasta los siete años, más o menos. No obstante, por razones pastorales, sobre todo a fin de inculcar con más fuerza la plena obediencia a Cristo y el testimonio cristiano, las Conferencias Episcopales pueden determinar la edad que les parezca más apta, de manera que este sacramento pueda darse en una edad más madura y después de la conveniente preparación. En este caso, sin embargo, hay que adoptar las oportunas cautelas para que, en caso de peligro de muerte o de graves dificultades de otro tipo, los niños sean confirmados en el tiempo oportuno, incluso antes del uso de razón para que no se vean privados de los beneficios de este sacramento» (RC 11) (79). 79. Perspectiva permanente de crecimiento. «¡Ven, Espíritu Santo!» La Confirmación proyecta en la vida de la Iglesia una referencia constante al Espíritu y una perspectiva permanente de crecimiento. La Iglesia de la Confirmación no es todavía la Iglesia ya plenamente realizada, sino la Iglesia que aún está en camino. La Confirmación no es un fin, sino un comienzo, el principio de una nueva intensidad de vida cristiana que deberá crecer sin cesar. Por la Confirmación, somos consagrados, de una vez por todas, a la obra que el Espíritu realiza en el mundo. Por eso la Confirmación sólo se recibe una vez: sella al cristiano con la realidad decisiva del carácter. Es el sello de nuestra pertenencia a Cristo, de su imagen grabada en nosotros. Ahora bien, al igual que se es bautizado una sola vez, aunque nunca lleguemos a convertirnos del todo a Cristo, de igual modo se es confirmado una sola vez, aunque debamos esforzarnos constantemente por abrirnos plenamente al Espíritu. Por ello, los cristianos no cesamos de clamar: «¡Ven, Espíritu Santo!» (80). 80. Sacramento capital para el porvenir del mundo La Confirmación no es sacramento de escasa significación. Es un sacramento capital para el porvenir del mundo, si la humanidad busca su sentido en plenitud. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Qué queremos? ¿Adónde vamos? Cada uno de nosotros es una persona única, irreemplazable, libre. Pero... ¿quién es libre verdadera y plenamente?

Hemos nacido para conocernos, amarnos, servirnos, completarnos, ser felices juntos. Pero... ¿quién lo consigue del todo? Hemos de reconocer que esta liberación personal y esta comunicación fraternal deben venir de más allá de nosotros mismos, porque son don de Dios: «donde está el Espíritu del Señor, ahí está la libertad» (2 Co 3, 17). Y también: «el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4, 7; cfr. 3, 24; 4, 13). En el seno de la historia humana, sólo la aventura del Espíritu de Dios otorgado a los hombres tiene garantía del porvenir (81). ........................................................................ TEMA 54 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO DE LA CONFIRMACIÓN: EL ESPÍRITU NOS HACE TESTIGOS EN MEDIO DEL MUNDO PLAN DE LA REUNIÓN * Relato de acontecimientos significativos. * Oración inicial: Sal 72,18-19. * Lluvia de ideas: interrogantes en torno a la confirmación. * Presentación del tema 54 en sus puntos clave (pista adjunta). * Oración comunitaria: desde la propia situación, Sal 43; Sb 9; canción. PISTA PARA LA REUNIÓN 1. Nacer a la fe y ser testigo de ella. 2. Jesús, ungido por el Espíritu. 3. Seréis mis testigos... 4. Con la fuerza del Espíritu. 5. Muchos cambios, significado permanente. 6. Participar de la misma unción y misión de Cristo. 7. Sacramento de la madurez cristiana. 8. Sacramento de la evangelización. LA CENA DEL SEÑOR

OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir el significado profundo de la Eucaristía, la cena del Señor. 81. La Eucaristía, cumbre de la iniciación cristiana La Eucaristía es la cumbre de la iniciación cristiana: quien ha llegado

a descubrir en su propia vida que Jesús es el Señor (siendo así iniciado en lo que significa realmente el Bautismo), culmina su iniciación si descubre, además, que Jesús es el Pan de vida que alimenta a la comunidad. Como un día los de Emaús, también hoy podemos descubrir que Jesús no sólo camina con nosotros, sino que come y bebe con nosotros. Y más aún: que El es para nosotros el Pan de Vida, el pan que más profundamente nos alimenta. Con ello somos iniciados en lo que significa realmente la Eucaristía, el mayor sacramento de nuestra fe, la reunión por antonomasia de la comunidad, «la fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG 11; ver SC 10).(Este tema ha sido refundido totalmente, aunque conserva elementos antiguos, ver ME 1, Tema 55). 82 «Tú preparas ante mí una mesa» En los primeros siglos, los recién bautizados cantaban el sal/023 cuando iban del baptisterio a la iglesia, donde a continuación celebraban la Eucaristía. Como dice ·Ambrosio-SAN: «lavado ya y adornado con tan rico aderezo, el pueblo avanza hasta el altar de Cristo (...) Se apresura en llegar a este banquete celestial. Viene, pues, y viendo el altar santo ya preparado exclama: "Tú preparas ante mí una mesa" (De Mysteriis, 43). La comunidad eclesial canta con júbilo la solicitud del Buen Pastor por su rebaño, el pueblo que El apacienta cuidadosamente, sobre todo en la Eucaristía: «El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta; hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma» (Sal 23, 1 ss). 83. ... «Frente a mis adversarios» La mesa de la celebración se halla, inevitablemente colocada frente a los adversarios, que no han conseguido realizar sus propósitos. Es la mesa de la liberación, la mesa del éxodo, que está al otro lado del Mar Rojo (Ex 12), al otro lado del Jordán (Jos 3), al otro lado de la muerte (Mt 26, 29). Frente a lo que, humanamente, parece ser el momento supremo de la derrota, la hora de la cruz y del poder de las tinieblas, Jesús levanta la copa de la salvación, invocando el nombre de Yahvé (Sal 116, 13). Jesús celebra la Pascua (Lc 22,15), la fiesta de la liberación (cfr. Jn 14, 30;

16, 32s; 13, 1) Y antes de salir hacia el Monte de los Olivos, canta con sus discípulos los himnos del Hal-lel (Sal 113-118), himnos que cerraban la cena pascual y que adquirieron en aquel momento un significado único (cfr. Mt 26, 30). 84. El pan de los perseguidos Tanto en la Pascua judía como en la Eucaristía cristiana, el pan ácimo es el alimento de los perseguidos. Es el pan de la miseria y de la prisa, el pan que hubo que llevar y cocer antes de que fermentara (Ex 12, 34.39). Así lo dice el ritual judío de la Pascua: «He aquí el pan de miseria que nuestros antepasados han comido en Egipto, que aquél que esté necesitado venga a celebrar la Pascua». El Dios que actúa en la historia es defensor permanente de los oprimidos; por ello, el éxodo no es simplemente un acontecimiento del pasado, sino una experiencia religiosa de valor permanente: todo aquel que sea esclavo, ¡que venga a celebrar la Pascua! Dios pasa salvando. 85. Fracción del pan y bendición del cáliz La Eucaristía, celebrada en la Iglesia primitiva el primer día de la semana o día del Señor (Act 20,7; 1 Cor 16, 2; 11, 20ss), queda desligada desde el primer momento de la Pascua judía. Esta separación fue fácil de realizar, pues Jesús no ligó su rito a la comida del cordero, centro de la fiesta judía, sino a la fracción del pan y a la bendición del cáliz (3ª copa, «después de cenar», Lc 22, 20), gestos que, respectivamente (uno) precedía y (otro) seguía a la gran cena pascual y que adquirieron, en aquella cena de despedida (Mc 14, 25; 1 Cor 11, 23; Jn 13-17), un nuevo significado. 86. La fracción del pan en el mundo judío En el mundo judío, la fracción del pan, como introducción, y la bendición de la copa, como conclusión, son elementos tradicionales de toda comida hecha en común. Ponen de relieve la significación verdadera de la comida. El pan y el vino constituyen, juntamente, el símbolo de la comida entera. El que preside, el cabeza de familia o el que hace su función (y en su caso, el invitado) parte el pan y lo distribuye a cada uno. Ello significa la pertenencia recíproca a la misma comunidad

de vida y cada uno se siente unido a quien cuida de la familia. Distribuye a cada uno el pan, símbolo de la vida humana, no sin pronunciar una plegaria de alabanza y de acción de gracias a Dios, pues sabe muy bien que el pan, como la vida, son don recibidos de Dios. 87. La fracción del pan, gesto eclesial de Cristo La fracción del pan es un rito específicamente judío, que Jesús también observaba. Así aparece en los pasajes de la multiplicación de los panes: «Y después de mandar que la gente se acomodase sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente» (Mt 14, 20; cfr. 15, 36; Mc 6,41; 8, 6; Lc 9, 16). Este mismo gesto adquiere en la Cena un nuevo significado. «Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo. Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22,19; cfr. Mt 26, 26; Mc 14, 22; 1 Cor 11, 23s). 88. Los de Emaús le reconocen al partir el pan El primer día de la semana (Lc 24, 1-13), día de la resurrección, los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús «al partir el pan» (24, 35). San Lucas, al emplear aquí este término técnico que repetirá en los Hechos (2, 42; 2, 46; 20, 7), se refiere, sin duda, a la Eucaristía. En principio, los de Emaús no pensaban en ello: sus ojos estaban retenidos y no podían reconocerle (cfr. Lc 24, 16), caminaban con aire entristecido (cfr.24,17), habían perdido la esperanza («nosotros esperábamos»... 24, 21), no habían comprendido lo que dijeron los profetas acerca de Jesús (24, 25ss). Cuando invitan al desconocido a quedarse con ellos «porque atardece», cumplen con el rito judío de la hospitalidad. El invitado preside la mesa y parte el pan: «cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24,30). «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (24, 30). Entonces comprendieron por qué ardía su corazón cuando les hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras (24, 32). Al partir el pan, los discípulos de Emaús volvieron a vivir el gesto eclesial de Cristo en la última cena, y en él le reconocieron presente. En las apariciones referidas por Lucas y Juan, los discípulos no reconocen al Señor inmediatamente, sino a consecuencia de una palabra o de una señal (Lc 24, 30s. 35.37 y 39-43; Jn 20, 14.16.20; 21, 4.6). Es lo que sucede a los de Emaús. Así cuentan a los demás discípulos

«lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan» (Lc 24, 35). 89. La fracción del pan en la iglesia primitiva En la Iglesia primitiva, la expresión «fracción del pan» designa la celebración misma de la Eucaristía. Así aparece en los Hechos de los Apóstoles: «El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan, etc.» (Act 20, 7). Los primeros creyentes «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Act 2, 42; cfr. 2, 46). Esta antigua expresión permanece en uso mientras la Eucaristía se celebra en el marco de una comida de carácter religioso. Pero muy pronto, cuando la acción sacramental se separa de la comida, el acento se pone en la acción de gracias y entonces la palabra eucaristía termina por designar la celebración entera. Así aparece por primera vez en San Ignacio de Antioquía y, más claramente en ·Justino-san (siglo ll): «Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía; del cual a ningún otro es lícito participar, sino al que cree que nuestra doctrina es verdadera, y que ha sido purificado con el bautismo para perdón de los pecados y para regeneración, y que vive, como Cristo enseñó» (Apología primera, c. 66). 90. Bendición de la copa en el mundo judío El uso oriental de hacer circular durante las comidas una copa en la que beben todos, hace de ella un símbolo de comunión. En los banquetes sacrificiales el hombre participa de la mesa de Dios; la copa, que se le ofrece rebosante (Sal 23, 5) es símbolo de comunión con el Dios de la Alianza y del Éxodo. El creyente, agradecido y esperanzado, «levanta la copa de la salvación» (Sal 116, 13). En el Antiguo Testamento, para anunciar Dios los grandes castigos al pueblo que le ofende habla de la privación del vino (Am 5,11; Miq 6,15; Sof.1, 13; Dt 28, 39). El único vino que entonces se beberá es el de la ira divina, la copa que saca de quicio (Is S1,17, cfr. Ap 14,8; 16,19). En cambio, la felicidad prometida por Dios a sus fieles se expresa con frecuencia bajo la forma de una gran abundancia de vino, como anuncian los profetas (Am 9,14; Os 2,24; Jer 31,12; Is 25,6; Jl 2,19; Zar 9, 17). En el ritual de la Pascua judía, la copa que se toma después de cenar

(cfr. Lc 22,20) -la tercera copa llamada copa de Elías- simboliza la venida del Reino y es, al propio tiempo, copa de liberación para los creyentes oprimidos y copa de maldición para las naciones opresoras que no han creído en Yahvé. 91. La bendición del cáliz, gesto eclesial de Cristo En el Nuevo Testamento, el vino nuevo es el símbolo de los tiempos mesiánicos. En efecto, Jesús declara que la nueva alianza que él realiza en su propia persona es un vino nuevo que rompe los viejos odres (Mc 2,22). Lo mismo significa el relato del milagro de Caná: el vino de la boda, ese buen vino guardado hasta ahora, es signo y anticipación de los tiempos nuevos que están a punto de llegar con la hora de Jesús (Jn 2, 4). La hora de que se trata es la hora de su muerte, que coincide con la hora de su glorificación (cfr. 7, 30; 8, 20; 12, 23; 13, 1; 17, 1). El banquete de Caná (/Jn/02/01-11) es tipo del banquete eucarístico y el milagro de la conversión del agua en vino es ya un anuncio. Hasta ahora los judíos se servían del agua para su purificación. En adelante será el vino de la Eucaristía, la sangre de Cristo, lo que asegure la purificación, el perdón de los pecados. Ya no será el agua de las prescripciones judías, sino la misma sangre de Cristo, «cordero de Dios», la que será derramada para el perdón de los pecados: «Tomó luego un cáliz y, dadas las gracias, se lo dio diciendo: Bebed de él todos, porque esta es mi sangre de la Alianza, que va a ser. derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26,27s; cfr. Mc 14, 23s; Lc 22,20; 1 Cor 11,25s). Cuando Jesús, en este momento, tiende a los discípulos el cáliz, éstos esperarían, sin duda, a las usuales palabras de ira que eran pronunciadas sobre las naciones paganas que no han creído en Yahvé. Sus palabras son, sin embargo, de bendición y de salvación, pues la «copa de Elías» es ya la copa de su sangre que será derramada por muchos, una copa de bendición (1 Cor 10, 16). 92. Comer y beber con el Señor resucitado «Tomad y comed», «tomad y bebed»: la cena del Señor es Cena de comunión con el Señor mismo. Así la Eucaristía prolonga sacramentalmente entre nosotros el misterio de la Encarnación. La gloria del Señor resucitado acampa (cfr. Jn 1, 14) entre nosotros bajo los signos del pan y del vino. En su condición gloriosa, la misma carne de Cristo y su sangre, nos son dadas como verdadera comida y

verdadera bebida en orden a la vida eterna: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (Jn 6, 54s). Gracias a los dones eucarísticos, a través de su carne y de su sangre, se establece una comunión personal entre el Señor resucitado y nosotros: entramos con él y con el Padre, en una relación de vida, que ni siquiera la muerte podrá rescindir: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que me ha enviado el Padre que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 56ss). 93. Comunión y comunicación de bienes La Eucaristía realiza la unidad de la Iglesia y es signo de ella: «Al participar realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a la comunión con El y entre nosotros. Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos del único pan (1 Cor 10, 17). Así, todos nosotros quedamos hechos miembros de ese Cuerpo (1 Cor 12, 27), siendo cada uno, por su parte, los unos miembros de los otros (Rm 12, 5) (LG 7). Por esta unidad reza Jesús en la última cena; tal unidad es esencial para el cumplimiento de la misión evangelizadora; más aún, es el signo que el mundo entenderá: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). La unidad de los corazones, que brota de la Eucaristía y es signo de ella, lleva también consigo a una efectiva comunicación de bienes. 94. Eucaristía: Acción de gracias La Eucaristía propiamente dicha está constituida por la gran anáfora pronunciada sobre el pan y el vino. Esta anáfora es introducida por una invitación a levantar el corazón a Dios y no tenerlo a ras de tierra, a abandonar las preocupaciones de la vida y a entonar la acción de gracias a Dios y proclamar sus alabanzas, diciendo sin cesar; «Santo, Santo, Santo»... (cfr. Ap 4, 8; Is 6,3). La liturgia judía que ha servido de marco a la institución de la Eucaristía, tenía entre otros, un sentido de agradecimiento por todo lo que Dios salvador había hecho en favor de

su pueblo (cfr. Neh 9, 5-37; Ex 15, 1-21). 95. Nos hubiera bastado AGTO/DAYENOU DAYENOU/AGTO: Sobre un ritmo de letanía, el ritual judío de la Pascua, contiene las alabanzas del Señor, de modo que, de versículo en versículo, se precisan y amplifican. Es el canto de acción de gracias, cuyo estribillo es dayenou (= nos habría bastado), mostrando que los beneficios de Dios superan siempre a nuestra espera: «¡Con cuántos favores nos ha colmado!... Si hubiese dividido para nosotros el mar sin habérnosle hecho pasar a pie seco, eso nos habría bastado.-Dayenou-. Si nos lo hubiese hecho pasar a pie seco sin sumergir allí a nuestros enemigos, eso nos hubiese bastado.-Dayenou-. Si hubiese sumergido a nuestros enemigos en el mar sin proveer a nuestras necesidades en el desierto, durante cuarenta años, eso nos hubiese bastado.-Dayenou- (...). Si nos hubiera dado la Ley sin hacernos entrar en el país de Israel, eso nos hubiera bastado.-Dayenou-. Si nos hubiese hecho entrar en el país de Israel sin levantar para nosotros la Casa de la Elección (el Templo), eso nos hubiera bastado. -Dayenou. 96. Memorial: Algo más que un recuerdo MEMORIAL: Ya en la liturgia judía el memorial es algo más que el recuerdo de un acontecimiento pasado. Se trata de un recuerdo objetivo, real, en que se hace presente lo recordado. Así, celebrar un hecho es vivirle o revivirle. Más aún: resucitarle. El memorial judío hace presente, en cada tiempo, el hecho de la salvación (cfr. Ex 13, 8): pone a cada hombre en el dinamismo de los acontecimientos de otras veces. Le sitúa en la historia de la salvación. Y esto se cumple de modo eficaz y verdadero por la participación de los creyentes en la celebración. Cada uno es Adán, saliendo del paraíso; o Noé construyendo el arca; es Abraham, recibiendo de Dios la orden de abandonarlo todo; o Moisés, huyendo de Egipto y caminando por el desierto. La liturgia judía de la Pascua precisa el sentido siempre actual del éxodo liberador: «aquel que esté oprimido, venga a celebrar la Pascua». 97. Actual, el misterio pascua, Cristo La acción liberadora de Dios, manifestada en la historia de Israel, alcanza su cumbre en Cristo: la comunidad cristiana celebra la

actualidad siempre nueva de este acontecimiento, la mayor de las maravillas de Dios. Se ha abierto un camino en medio de la muerte. Cada creyente, por el don del Espíritu, se incorpora al misterio de Cristo, muerto y resucitado, misterio pascual que se hace presente y actualiza en la Eucaristía. Como dice San Pablo: «El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?» (1 Cor 10, 16). Así pues, en la Eucaristía se hace presente el misterio de la Pasión, Resurrección y Ascensión, de modo indisoluble. La Eucaristía es su anámnesis, el memorial eficaz. 98. Presencia real de Cristo «Haced esto en conmemoración mía». No se trata tan sólo de recordar un acontecimiento del pasado o, incluso, el significado del mismo. En virtud del Espíritu, previamente invocado (epiclesis), Cristo mismo se hace presente bajo los signos del pan y del vino. «El pan y el vino te parecen en su estado puramente natural; no te detengas ahí, porque según la afirmación del Maestro, es el Cuerpo y la Sangre de Cristo», comenta San Cirilo de Jerusalén (Catequesis XXII, 6). El Concilio de Trento lo expresa así: «una vez consagrados el pan y el vino, nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente verdadera, real y sustancialmente en el Santo sacramento de la Eucaristía bajo la apariencia de estas realidades sensibles» (D 735). «Por la consagración del pan y del vino se realiza el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Este cambio ha sido llamado justa y exactamente transustanciación por la santa Iglesia católica» (D. 739). Según el Concilio Vaticano II, la presencia de Cristo en la Eucaristía es una presencia especial (por antonomasia) dentro de los distintos modos de presencia de Cristo en su Iglesia (cfr. SC. 7). 99. Banquete mesiánico, victoria sobre la muerte Todas las narraciones de la institución de la Eucaristía señalan de una u otra manera la relación de la misma con la venida gloriosa del Señor (Parusía). La Eucaristía es una proclamación de la muerte del Señor «hasta que El venga» (1 Cor 11, 26). Por ello, en las reuniones de la Iglesia primitiva, surge espontánea esta oración de esperanza y de ansia por esa venida del Señor: "Ven, Señor Jesús" (1 Cor 16, 22; Ap 22, 20). La presencia real de Cristo en la Eucaristía mira a otra cima: no sólo a

nutrirnos ahora ya en la vida de Dios, sino, sobre todo, a anunciarnos la participación en el banquete mesiánico, en el que se saciarán todos los que tengan hambre; aun cuando no tengan dinero» (Is 55, 1s; cfr. Mt 5, 3.6; Lc 22, 30; Mt 26, 29; 8, 11). En efecto, al final de los tiempos, Dios prepara un banquete extraordinario para todos los pueblos. El arrancará el velo que oscurece realmente el horizonte de los hombres, el paño que tapa a todas las naciones: aniquilará la Muerte para siempre (cfr. Is 25, 6ss). 100. Celebración de la Eucaristía en la Iglesia primitiva Sobre la celebración de la Eucaristía en la Iglesia primitiva, San Justino nos ha dejado este rico testimonio, que data del año 150 (aproximadamente) y representa diversas tradiciones (él pasó por las comunidades de Samaría, Efeso y Roma): "El día llamado del sol se tiene una reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en las ciudades o en los campos, y se leen los comentarios de los apóstoles o las escrituras de los profetas, mientras el tiempo lo permite. Luego, cuando el lector ha acabado, el que preside exhorta e incita de palabra a la imitación de estas cosas excelsas. Después nos levantamos todos a una y recitamos oraciones; y, como antes dijimos, cuando hemos terminado de orar, se presenta pan y vino y agua, y el que preside eleva, según el poder que en él hay, oraciones, e igualmente acciones de gracias, y el pueblo aclama diciendo el Amén. Y se da y se hace participante a cada uno de las cosas eucaristizadas, y a los ausentes se les envía por medio de los diáconos. Los ricos que quieren, cada uno según su voluntad, dan lo que les parece, y lo que se reúne se pone a disposición del que preside y él socorre a los huérfanos y a las viudas y a los que por enfermedad o por cualquier otra causa se hallan abandonados, y a los encarcelados, y a los peregrinos, y, en una palabra, él cuida de cuantos padecen necesidad» (·Justino-SAN, Apología primera, 67). "Los que tenemos, socorremos a todos los abandonados, y siempre estamos unidos los unos a los otros" (ibid). ........................................................................

TEMA 55 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO PROFUNDO DE LA EUCARISTÍA, LA CENA DEL SEÑOR PLAN DE LA REUNIÓN * Relato de acontecimientos significativos. * Oración inicial: Sal 23. * Presentación del tema 55 en sus puntos clave (pista adjunta). * Diálogo: interrogantes, aspectos descubiertos. * Oración comunitaria: desde la propia situación. PISTA PARA LA REUNIÓN 1. El pan de los perseguidos. 2. Fracción del pan en el mundo judío, gesto de Cristo. 3. Los de Emaús le reconocen al partir el pan. 4. Bendición de la copa en el mundo judío, gesto de Cristo. 5. Comer y beber con el Señor Resucitado. 6. Eucaristía: acción de gracias. 7. Memorial: más que un recuerdo. 8. Presencia real de Cristo. 9. Comunión y comunicación de bienes. 10 Victoria sobre la muerte. 11 Actual el misterio pascual. SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir el significado del sacramento de la penitencia 101. Segunda conversión La conversión sellada por el Bautismo se cumple de una vez para siempre; su gracia no se puede renovar (Hb 6, 6). Ahora bien, los bautizados pueden todavía recaer en el pecado: la comunidad apostólica no tardó en experimentarlo. En este caso, la conversión (segunda) se hace necesaria, si se quiere tener parte de nuevo en la salvación. El pasaje de Mateo (18, 1 5ss) supone ya la existencia de una Iglesia experimentada en el ejercicio de la autoridad y apoya la práctica del perdón en esta Iglesia con una frase de Cristo: «Lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo» (Mt 16, 19). En este contexto, las palabras atar y desatar tienen con seguridad el sentido de separar de la comunidad (excomunión) y recibir de nuevo en ella. Como esta comunidad es una

comunidad viviente, animada por la presencia del Espíritu, la reincorporación a ella supone la revitalización del pecador y, por consiguiente, el perdón de los pecados (109). 102. Nueva conversión después del Bautismo En el Nuevo Testamento, los indicios de una práctica del perdón de pecados graves no son frecuentes, como era de esperar, dado el fervor inicial y la conversión al Evangelio en una edad adulta. Pero de todos modos no faltan. Así, en 1 Co 5, 1-13 al incestuoso se le expulsa de la Iglesia; esta expulsión tiene carácter medicinal, para que su espíritu se salve en el día del Señor. En 2 Co 2, 511 no se trata con seguridad del mismo pecador que en la primera, pero ciertamente se trata de uno que había sido separado de la comunidad por una falta grave y para éste pide el Apóstol a la misma comunidad que renueve la comunión con él, es decir, que lo vuelva a recibir, perdonándole el pecado. En la misma carta (12, 20-21 ) se habla de muchos pecados entre los cristianos, y pecados graves: inmoralidad, libertinaje y desenfreno, cosas no raras en la ciudad de Corinto. Sin embargo, el Apóstol espera que se conviertan de nuevo, antes de que él llegue. Santiago, en su carta, tiene presente la posibilidad de la apostasía y también de una nueva conversión (St 5, 19-20). Finalmente, en los mensajes a las siete Iglesias, el libro del Apocalipsis contiene claras invitaciones a la conversión, dirigidas a destinatarios que han incurrido en graves pecados (Ap 2, 5.16.20ss) (110). 103. Formas de remisión de los pecados en la Iglesia primitiva Hasta el siglo VII, la Iglesia reconoce tres formas de remisión de los pecados: 1 ) el Bautismo, que limpia al hombre de todo pecado cometido anteriormente; 2) la penitencia cotidiana para los pecados menos graves: todo cristiano debe hacer penitencia por tales pecados, mediante la oración, el ayuno, la limosna... Además en la liturgia cristiana existe desde un principio una confesión general de los pecados, que sirve de purificación interior y de preparación a la Eucaristía, según un uso que existía también en la tradición judía (Lv 16, 21); 3) la penitencia pública, exigida para los pecados graves, entre los que se cuentan el adulterio, el homicidio y la apostasía (111). 104. Testimonios más antiguos Junto a los del Nuevo Testamento, los testimonios más antiguos que

tenemos sobre la práctica de la penitencia pública en la Iglesia primitiva pertenecen a los llamados Padres Apostólicos. El Pastor de Hermas, libro escrito en Roma a mediados del siglo II, está dedicado en gran parte al problema de la segunda conversión. Esta obra establece claramente el principio de una sola penitencia posterior al Bautismo, según la cual el cristiano que incurría en graves pecados podía acogerse a ella una sola vez en la vida. Este principio viene a ser característico en los primeros siglos de la Iglesia (112). 105. El proceso de la segunda conversión en la Iglesia antigua: hasta el siglo VII En un principio, la confesión como manifestación de los pecados fue realmente menos necesaria, ya que el pecado, o bien era público, o emergía claramente, dada la constitución íntima y familiar de las primitivas comunidades cristianas. El pecador era separado de la comunidad eclesial («excommunicatio» sacramental). La confesión como reconocimiento del propio pecado suponía, por parte del pecador, la aceptación de su culpa, la cual se manifestaba pública y eclesialmente con su ingreso en el orden de los penitentes. El Obispo fijaba un período de penitencia que se adaptaba a la gravedad del pecado. Cumplida la penitencia, que consistía en dar signos suficientes y satisfactorios de una auténtica conversión, tenía lugar la celebración de la reconciliación con la vuelta y reincorporación del pecador a la comunidad. A finales del siglo VI la institución penitencial adquiere una forma definida, cuyos elementos esenciales aparecen expresados en el Concilio Toledano del año 589 (PL 84, 353): Separación de la comunión eclesial, inclusión en el llamado orden de los penitentes, repetidas imposiciones de manos durante el tiempo de la penitencia, reconciliación con la Iglesia y con Dios después de cumplido el tiempo legitimo de penitencia e imposibilidad absoluta de repetir la penitencia en caso de recaída. El cristiano que había cometido una falta grave debía confesarla, normalmente en secreto, al Obispo o a su representante. La palabra de éste, lo que San Agustín llama la correptio, dirigía la luz del evangelio hacia la acción cometida y exhortaba al penitente a una plena conversión. Y aun en el caso en que los cristianos pecaran

públicamente sin hacer penitencia, la correptio debía en cierto modo ir a buscarlos para invitarlos a la penitencia pública, al final del cual serían reconciliados, en principio, por el Obispo. Si la confesión era secreta, todo el resto del proceso penitencial era público, y la penitencia que el pecador debía cumplir era previa a la reconciliación, a la absolución (113). 106. De la penitencia pública a la penitencia privada En la práctica, la penitencia pública quedaba restringida a un número muy limitado de cristianos a causa del rigor que llevaba en sí. En ocasiones, fue considerada como una preparación directa para la muerte, no como un remedio ordinario contra el pecado durante la vida. Estas y otras exigencias difíciles de la disciplina penitencial hicieron de la penitencia algo a lo que se ponía mucho reparo por la gran mayoría de los cristianos. Desde un punto de vista pastoral, la situación llegó a ser extraordinariamente confusa e ineficaz. Situados en esta perspectiva, podemos entender mejor las innovaciones posteriores (114). 107. Una postura más personal y flexible Estos cambios habían sido lentamente preparados. En este sentido, son interesantes los siguientes testimonios del Papa San ·León-MAGNO-san (años 440-461): «La multiforme misericordia de Dios ayuda de tal suerte a las caídas humanas que no sólo se repara la esperanza de la vida eterna por la gracia del bautismo, sino también por la medicina de la penitencia..., el perdón de Dios no puede obtenerse sin las súplicas de los sacerdotes. Pues «el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» confió a los que presiden la Iglesia la potestad de conceder a los que confiesan sus pecados la acción de la penitencia y el admitirlos, una vez purificados por la satisfacción saludable, a la comunión de los sacramentos por la puerta de la reconciliación... A aquellos que imploran el remedio de la penitencia y luego el de la reconciliación en tiempo de necesidad o cuando amenaza un peligro urgente, no se les ha de prohibir la satisfacción ni negarles la reconciliación: porque ni podemos poner medida a la misericordia de Dios ni circunscribir los tiempos ante quien la verdadera conversión no tolera la demora de su perdón...» (DS 308-309). «Determino que por todos los medios ha de removerse aquella presunción que atenta contra la regla apostólica y que hace poco conocí que algunos han usado por

usurpación ilícita... es suficiente que el reato de las conciencias se comunique sólo a los sacerdotes en confesión secreta... Es suficiente aquella confesión que se hace a Dios en primer lugar y también al sacerdote, el cual ruega por los pecados de los penitentes. Pues muchos podrán ser animados a la penitencia, si no se publica a los oídos del pueblo la conciencia del que confiesa sus pecados» (DS 323). En realidad, el rigorismo había comenzado a perder terreno en los siglos V y Vl. San Juan ·CRISOSTOMO-JUAN-SAN (año 408) introduce un amplio sentimiento de misericordia. Algunos de sus contemporáneos no participaron de esta opinión y condenaron a Juan horrorizados de que mantuviera el perdón para los pecadores enseñando lo siguiente: «Si pecas una segunda vez, haz penitencia una segunda vez, y cuantas veces vuelvas a pecar, vuelve a mí y yo te curaré.» Así, mientras la penitencia pública va cayendo en desuso por su severidad y rigidez, comienza a practicarse una forma de penitencia privada, que lentamente irá difundiéndose por toda la Iglesia latina. Esta difusión es debida principalmente a la obra misionera de los monjes irlandeses. Estos monjes, movidos por la necesidad de atender a los fieles de las pequeñas comunidades locales más dispersas, aplicaban la penitencia sacramental de una forma más personal y flexible (115). 108. Se mantienen los elementos esenciales La penitencia privada no es sustancialmente una forma penitencial distinta de la primitiva disciplina penitencial. El pecador, arrepentido, confiesa su pecado a un sacerdote (no necesariamente al obispo), que le impone una satisfacción (al principio fue muy severa) y cuando ésta ha sido cumplida le concede la absolución. La confesión de los pecados al sacerdote cobra tanta importancia en esta época que, a partir del siglo VIII da nombre al sacramento de la Penitencia. Es necesaria para que el confesor se haga cargo del estado de espíritu del penitente, pero también se la considera como parte de la expiación. Por otro lado, desde el siglo XI se acostumbra a conceder una «absolución» al final de la confesión, aun antes de cumplir la satisfacción, con lo que desembocamos rápidamente en la forma actual de administración de la Penitencia. En 1215 el IV Concilio de Letrán impuso el precepto canónico actual de la confesión anual de los pecados graves (DS 812) (116).

109. Diferencias principales: carácter privado, reiteración Las diferencias entre la penitencia privada y la disciplina primitiva consisten principalmente en el carácter privado de la nueva forma penitencial y en la reiteración de la misma, cuantas veces fuera necesaria sin necesidad de integrarse en la clase oficial de los pecadores (orden de los penitentes), sometidos a períodos regulares de penitencia según el tiempo litúrgico. La única manifestación externa de la situación penitencial de aquél está en su abstención temporal de la Eucaristía. Al hacerse privada la penitencia disminuye la intervención expresa de la comunidad y la dimensión comunitaria del sacramento (117). 110. Doctrina del Concilio de Trento Un paso decisivo en la fijación de la práctica penitencial en la Iglesia tuvo el Decreto sobre la penitencia del Concilio Tridentino. En realidad, el Concilio de Trento no innovaba nada sobre este sacramento, sino que reducía a una síntesis lo que constituía doctrina común en la Iglesia entera. La forma que la celebración de la Penitencia tenía en aquella época quedó como paradigma de la celebración del perdón (118). 111. Varias formas de celebración de la penitencia sacramental El nuevo Ritual de la Penitencia presenta tres formas distintas de celebración: A) individual; B) comunitaria (varios penitentes, confesión y absolución individual); C) colectiva (muchos penitentes, confesión y absolución general; excepcional). El Nuevo Ritual destaca tres aspectos fundamentales para la renovación, tan necesaria (SC 72), del sacramento de la Penitencia: CONVERSIÓN, PALABRA DE DIOS, COMUNIDAD. Renovación litúrgica: celebración comunitaria, con asistencia y participación activa, siempre hay que preferirla a una celebración individual y casi privada (SC 27) (132). ........................................................................ TEMA 56 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA PLAN DE LA REUNIÓN * Presentar el objetivo y plan de la reunión. * Lluvia de ideas: interrogantes del grupo. * Presentación del tema 56 en sus puntos clave (pista adjunta). * Diálogo: lo más importante. * Oración comunitaria: salmo compartido desde la propia situación,

canción apropiada. PISTA PARA LA REUNIÓN _ 1. Segunda conversión. 2. Después del bautismo. 3. Formas diversas de remisión de los pecados en la Iglesia antigua: hasta el s. Vll. 4. Proceso de la segunda conversión. 5. De la penitencia pública a la penitencia privada. 6. Se mantienen los elementos esenciales; reiteraci6n. 7. Concilio de Trento. 8. Nuevo Ritual de la Penitencia: tres formas distintas. UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir la presencia de Cristo en medio de la enfermedad: El carga con nuestras enfermedades (Mt 8, 17). * En virtud de ello, el creyente evangeliza desde su enfermedad. 112. Cristo, en medio de la enfermedad Cristo se encuentra con el creyente también en medio de su enfermedad. La enfermedad supone una situación dura y crítica, en la que es puesta a prueba la misma fe: «¿Por qué, Señor...?». El sacramento de la Unción de los Enfermos significa y actualiza un rasgo esencial de la Iglesia: el de ser la comunidad llena de esperanza que triunfa incluso del aparente fracaso definitivo: la muerte (133). 113. La enfermedad, desgarro de sí, ruptura de la unidad personal La enfermedad es una situación dura y crítica. Estar enfermo es estar en un mundo diferente. Al verse invadida por la enfermedad, la persona humana experimenta una especie de elemento hostil, que le hostiga obsesivamente, que le ataca violentando sus tendencias, sus gustos, su voluntad. Es un acontecimiento que se le impone a uno mismo, sin haberlo deseado. La fatiga, la fiebre, el embotamiento, el dolor físico... invaden como intrusos el organismo corporal. La enfermedad bloquea al hombre a pesar suyo, invade la conciencia sin su consentimiento, domina y esclaviza la voluntad, amenaza con destruir todo lo que se tiene e, incluso, lo que uno es. El enfermo siente la tentación de considerar su cuerpo como un obstáculo, como un objeto exterior independiente y enemigo. La enfermedad conduce a un desgarro de sí, a una ruptura de la unidad personal: «mi cuerpo está contra mi». La enfermedad

provoca también una crisis de comunicación (134). 114. Crisis, de la comunicación con los demás El sufrimiento obliga al enfermo a prestarse a sí mismo una atención tan exclusiva, que disloca sus relaciones con los demás. Se siente como si fuera el único en sufrir. Este repliegue sobre sí mismo se ve acentuado por el hecho de encontrarse limitado a un horizonte cada vez más estrecho. El enfermo ha de permanecer en una habitación, ha de guardar cama: sólo le son posibles unos movimientos y unos pocos gestos. En último extremo, deberá ser ayudado para comer, cambiarse, para satisfacer sus necesidades más elementales. Se siente en una situación de dependencia que modifica profundamente el modo como vivía antes su relación con los otros. Esta experiencia de dependencia es la más inmediatamente penosa: sufre por percibirse como una carga para los demás, por hallarse siempre en el lugar del que recibe. Por otra parte, la duración de la enfermedad origina el espaciamiento de las visitas. El enfermo renunciará pronto a retener a aquellos con quienes la comunicación ya no parece posible (135). 115. El enfermo palpa su propia fragilidad La enfermedad conduce a una comprensión más profunda de uno mismo como ser contingente. El enfermo palpa la fragilidad de su ser que él creía hasta ahora firme y seguro. Su cuerpo amenazado le descubre la existencia de la contingencia; la cual se ve aún acentuada por la aparición brusca de la idea de la muerte, que la curación no conseguiría más que retrasar. La enfermedad manifiesta a la muerte como un destino inevitable (136). 116. ¿Por qué...? En medio del desconcierto que acompaña al dolor y a la enfermedad surge frecuentemente la tentación de rebeldía frente a Dios: «¿Qué he hecho yo?, ¿por qué a mí?, ¿por qué Dios me manda esto?»... En los casos más extremos se producen reacciones semejantes a la de Job: «¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas? ¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar? Ahora dormiría tranquilo, descansaría en paz, lo mismo que los reyes de la tierra, que se alzan mausoleos; o como los nobles, que amontonan oro

y plata en sus palacios. Ahora sería un aborto enterrado, una criatura que no llegó a ver la luz» (Jb 3, 11-16) (137). 117. La enfermedad, un mal que debe ser combatido Como la pobreza y la miseria, la enfermedad es un mal que debe ser combatido. Es malo estar malo. Por ello entra dentro del plan salvador de Dios el que el hombre luche ardientemente contra cualquier enfermedad y busque solícitamente la salud. Los médicos y todos los que de algún modo tienen relación con el enfermo han de hacer, intentar y disponer todo lo que consideren provechoso para aliviar el espíritu y el cuerpo de los que sufren; al comportarse así, cumplen con aquella palabra de Cristo que mandaba visitar a los enfermos, queriendo indicar que era el hombre completo el que se confiaba a sus visitas para que le ayudaran en su vigor físico y le confortaran en su espíritu (cfr. Ritual de la Unción [RU], 3 y 4) (138). 118. Jesús vence al mal en todas sus manifestaciones Los Evangelios muestran claramente el cuidado corporal y espiritual con que el Señor atendió a los enfermos: «recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del Pueblo» (Mt 4, 23). El encomienda a sus discípulos que procedan del mismo modo: «Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10, 7-8). Jesús se presenta en el mundo como quien vence al mal en todas sus manifestaciones: la enfermedad, el pecado, la muerte (139). 119. Los milagros de curación, signos de esperanza Jesús ve en la enfermedad un mal del que sufren los hombres, una consecuencia del pecado, un signo del poder de Satán. Las curaciones que Jesús realiza significan, a la vez, su triunfo sobre Satán y la presencia del Reino de Dios entre nosotros (cfr. Mt 11, 5). Si bien la enfermedad aún no desaparece del mundo, no obstante la fuerza divina que finalmente la vencerá está desde ahora en acción. Jesús ante todos los enfermos que le dicen su confianza (Mc 1, 40; Mt 8, 2-6), manifiesta una sola exigencia: que crean, pues todo es posible a la fe (Mt 9, 28; Mc

5, 36; 9, 23). Los milagros de curación confirman la esperanza a la que toda la humanidad está llamada, esperanza que no será confundida (140). 120. El sacramento de la Unción de los Enfermos Junto a las curaciones que tiene a bien realizar, Jesús deja para la humanidad sufriente por la enfermedad el sacramento de la Unción. Esbozado ya en el evangelio de Marcos (6, 13) y proclamado en la carta de Santiago, fue celebrado siempre por la Iglesia en favor de sus miembros a los que unge y por los que ora, invocando el nombre del Señor para que los alivie y los salve. «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido pecado, lo perdonará» (/St/05/14-15) (141). 121. Tradición de la Iglesia en Oriente y Occidente Pablo Vl, en la Constitución Apostólica sobre el sacramento de la Unción de los Enfermos, incluye esta breve historia del mismo: «Testimonios sobre la unción de los enfermos se encuentran, desde tiempos antiguos, en la Tradición de la Iglesia, especialmente en la litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente. En este sentido, se pueden recordar de manera particular la carta de nuestro predecesor Inocencio I a Decenio, Obispo de Gubbio, y el texto de la venerable oración usada para bendecir el óleo de los enfermos: «Envía, Señor, tu Espíritu Santo Paráclito», que fue introducido en la Plegaria Eucarística y se conserva aún en el Pontifical Romano.» «A lo largo de los siglos, se fueron determinando en la tradición litúrgica con mayor precisión, aunque no de modo uniforme, las partes del cuerpo del enfermo que debían ser ungidas con el Santo Oleo y se fueron añadiendo distintas fórmulas para acompañar las unciones con la oración, tal como se encuentran en los libros rituales de las diversas Iglesias. Sin embargo, en la Iglesia Romana prevaleció desde el Medievo la costumbre de ungir a los enfermos en los órganos de los sentidos, usando la fórmula: "Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te perdone el Señor todos los pecados que has cometido", adaptada a cada uno de los sentidos» (142). 122. Concilios de Florencia, Trento y Vaticano II "La doctrina acerca de la Santa Unción se expone también en los documentos de los Concilios Ecuménicos, a saber, el Concilio de Florencia y, sobre todo el de Trento y el Vaticano II (SC 73; cfr. DS

1324; 1694-1700; 1716-1719) (143). 123. Renovación de Pablo Vl Asimismo, Pablo Vl, para que se adapte mejor a las condiciones de los tiempos actuales, establece para el Rito Latino cuanto sigue: El Sacramento de la Unción de los Enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras. «Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad» (RU 143 y 221) (144). 124. El signo sacramental de la Unción de los Enfermos El simbolismo de la unción consiste en un gesto fraternal de asistencia que evoca la acción de una persona atenta a la prueba por la que pasa el enfermo. Expresa la solicitud de la comunidad cristiana para con aquel que sufre. Esta solicitud misma revela el comportamiento de Cristo atento a la situación crítica del hombre enfermo. El sacramento remite, así, por una parte a la comunidad eclesial y, por otra, a la presencia eficaz de Cristo en medio de su Iglesia (145). 125. Superación de la angustia, robustecimiento de la fe. El cristiano evangeliza desde su enfermedad: el signo de la esperanza «El hombre, al enfermar gravemente, necesita de una especial gracia de Dios, para que, dominado por la angustia, no desfallezca su ánimo, y sometido a la prueba, no se debilite su fe. Por eso Cristo robustece a sus fieles enfermos con el sacramento de la Unción fortaleciéndolos con una firmísima protección» (RU 5). Por la presencia eficaz del Espíritu de Jesús, la enfermedad pierde su carácter más duro, desesperado, lacerante. Como la pobreza y la muerte (1 Co 15, 55), pierde su aguijón para convertirse en signo evangélico de paz, de serenidad y de esperanza. El cristiano enfermo evangeliza desde su situación deficitaria y dolorosa: «los enfermos, con su testimonio, deben recordar a los demás el valor de las cosas esenciales y sobrenaturales y manifestar

que la vida mortal de los hombres ha de ser redimida por el misterio de la muerte y resurrección de Cristo» (RU 3) (146). 126. Dimensión comunitaria del sacramento Este sacramento, como los demás, tiene un carácter comunitario que, en la medida de lo posible, debe manifestarse en su celebración. La enfermedad de uno de sus miembros presenta a la comunidad eclesial una de las grandes ocasiones para manifestarse como comunidad de amor. Durante la enfermedad los lazos que vinculan a unos y otros no sólo no se rompen, sino que adquieren un sentido nuevo y una nueva forma: «cuando un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12, 26). En ciertos casos, será factible la presencia de algunos miembros de la comunidad; en otros muchos, la comunidad se verá reducida a la presencia de la familia; incluso no faltarán ocasiones en las que se hallarán solos el ministro y el enfermo, en cuyo caso se hará comprender a este último que allí mismo está la Iglesia (cfr. RU 33; 57d; 74). La comunidad cristiana hará comprender al enfermo que no es un peso, que no es un fracasado, que no está solo, que no va hacia la nada, que Dios no le castiga, que Dios le perdona, que será liberado, que no hay nada que le pueda apartar del amor de Dios y de Cristo (cfr. Rm 8, 31-35) (147). 127. El sufrimiento se torna humano, es decir, con esperanza Por la fe y el amor el creyente es liberado de las desgracias del cuerpo. Su sufrimiento se torna humano, es decir, con esperanza. Sólo dentro de esta perspectiva es posible comprender las audaces paradojas de San Pablo. No se trata de juegos de palabras, sino expresión de la fuerza del cristiano que triunfa por encima del sufrimiento: presionado por todas partes, pero no aplastado; no sabiendo qué esperar, pero no desesperado; perseguido, pero no abandonado; abatido, pero no aniquilado; tenido por moribundo y siempre vivo; por afligido y siempre alegre... (Cfr. 2 Co 4, 8ss; 6, 8ss) (148). ........................................................................ TEMA 57 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS PLAN DE LA REUNIÓN * Relato de acontecimientos significativos, vividos desde la última

reunión. * Oración inicial: Sal 39 6 41. * Presentación del tema 57 en sus puntos clave (pista adjunta). * Diálogo: interrogantes, aspectos descubiertos. * Oración comunitaria: Sal 77. PISTA PARA LA REUNIÓN 1. Cristo en medio de la enfermedad. 2. Desgarro de sí, crisis de comunicación con los demás. 3. Es malo estar malo. 4. Jesús vence al mal en todas sus manifestaciones. 5. La curación, signo de esperanza. 6. La unción de los enfermos. 7. Una fuerza especial. 8. El cristiano evangeliza desde su enfermedad. 9. Dimensión comunitaria. SACERDOCIO MINISTERIAL: AL SERVICIO DE LA MISIÓN DE CRISTO Y DE LA IGLESIA OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir el significado del sacerdocio ministerial. 128. Cristo eligió a los Apóstoles Jesucristo eligió en primer lugar a los doce Apóstoles. En sustitución de Judas, los once, iluminados por el Espíritu Santo, eligieron a Matías como testigo y apóstol de Cristo, incorporándole al grupo. Igualmente Pablo recibió de Cristo resucitado la misma misión y autoridad que los demás Apóstoles. A los Apóstoles confió Cristo la plenitud de la misión que El recibió del Padre. Puso al frente del grupo de los Apóstoles a Pedro. Este Colegio Apostólico constituido por el conjunto de los Apóstoles presididos por Pedro recibieron una misión y una potestad que había de permanecer hasta el fin de los tiempos. Los Apóstoles fueron eligiendo colaboradores que les sucedieron en su oficio apostólico hasta el fin de los siglos (cfr. 1 Tm 5, 22) (150). 129. El ministerio de los Apóstoles pertenece a la estructura misma de la Iglesia, desde los orígenes En los escritos del Nuevo Testamento aparece claro que a la estructura original de la Iglesia pertenecen los Apóstoles y la comunidad de los fieles, unidos entre sí por mutua conexión, bajo Cristo cabeza y bajo el influjo de su Espíritu. Los Apóstoles tuvieron colaboradores en el ministerio (cfr. Hch 6, 2-6; 1 1 , 30; 1 3, 1 ; 1 4, 23; 20, 1 7; 1 Ts 5, 1 2-1 3; Flp 1 , 1 ; Col 4, 1 1 -1 2), y con el fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron a modo de testamento a sus inmediatos colaboradores el encargo de perfeccionar y confirmar la obra comenzada por ellos (cfr. Hch 20, 25-27; 2 Tm 4, 5; 1 Tm 5, 22; 2 Tm 2, 2; Tt 1, 5; Clemente Romano, Ad Cor 44, 3), encomendándoles

que atendieran a toda la grey, en medio de la cual les había puesto el Espíritu de Dios (cfr. Hch 20, 28). Así establecieron colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio (cfr. Clemente Romano, ad Cor 44, 2; LG 20). Las cartas de San Pablo muestran que él mismo era consciente de actuar en virtud de la misión y del mandato de Cristo (cfr. 2 Co 5, 1 8ss). Los poderes confiados al apóstol en favor de las Iglesias eran entregados en cuanto comunicables a otros varones (cfr. 2 Tm 1, 6), los cuales a su vez quedaban obligados a entregarlos de nuevo (cfr. Tt 1, 5) (151). 130. Los Obispos, sucesores de los Apóstoles El sucesor de Pedro como cabeza del Colegio Apostólico es el Papa. Sucesores de los Apóstoles son los Obispos. Desde los primeros tiempos de la vida de la Iglesia, los Apóstoles y sus sucesores inmediatos, guiados por el Espíritu Santo, y con potestad recibida de Cristo, establecieron otros ministerios, siempre vinculados al ministerio apostólico. «Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10, 36), ha hecho participantes de su consagración y de su misión a los obispos por medio de los apóstoles y de sus sucesores. Ellos han encomendado legítimamente el oficio de su ministerio en diverso grado a diversos sujetos en la Iglesia (S. Ignacio Mártir, Ad Ephes 5, 1). Así el ministerio eclesiástico de divina institución es ejercitado en diversas categorías por aquellos que ya desde antiguo se llamaron obispos, presbíteros, diáconos» (LG 28). En la Iglesia primitiva la distribución de los ministerios eclesiásticos no se logró de golpe, sino que se fue desarrollando de manera progresiva, según las necesidades. Muy pronto aparecen en la Iglesia no sólo los Obispos como sucesores de los Apóstoles, sino también los presbíteros y diáconos como colaboradores del ministerio apostólico, si bien la terminología que encontramos en los escritos del Nuevo Testamento no corresponde con toda exactitud a la actual terminología de la Iglesia (152). 131. El rito de la imposición de las manos Los Apóstoles transmiten a sus colaboradores y sucesores mediante el rito de la imposición de las manos (cfr. 1 Tm 1, 18; 4, 14; 2 Tm 1, 6; 2, 2; Tt 1, 5), la potestad y misión que ellos recibieron de Cristo. Por este rito de la imposición de las manos Cristo comunica el «carisma de Dios» (2 Tm 1, 6), es decir, el don del Espíritu que capacita a quien lo recibe para desempeñar el ministerio. Este carisma ministerial se comunica de una vez para siempre; puede ser descuidado o «reavivado». Esta imposición de manos se hace en la Iglesia primitiva guardando un cierto ceremonial que fundamentalmente consiste en la oración (cfr. Hch 13, 3; 14, 23), en la entrega de la doctrina apostólica, probablemente mediante la recitación de alguna fórmula breve y en la confesión de fe por parte del elegido (cfr. 1 Tm 6, 12) (153). 132. Jesucristo-Sacerdote Tanto el sacerdocio de todo el Pueblo de Dios como el de aquellos cristianos que han recibido además el sacerdocio ministerial, no son

sacerdotes por vía de adaptación del sacerdocio existente en otras religiones o incluso en el Antiguo Testamento. El fundamento del sacerdocio del Nuevo Testamento es Cristo (161). 133. En su entrega sacrificial Jesucristo es sacerdote en su entrega sacrificial. Numerosos pasajes del Nuevo Testamento hablan de la entrega sacrificial de Jesucristo. El ha venido «a servir y a dar su vida en rescate de muchos» (Mc 10, 45). En la celebración de la última cena, la Eucaristía aparece como la realidad de la ofrenda que de sí mismo hará en la cruz: «Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros» (Lc22, 19). «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14, 24). «Considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha» (1 P 1, 18-19; cfr. 1 Co 5, 7; Ga 2, 20; Ef 5, 25; Jn 6, 51; 17, 19; 1 Jn 2, 2). El sacerdocio de Cristo es objeto de especial atención en la Carta a los Hebreos. Por el hecho de haberse ofrecido a sí mismo, obedeciendo la voluntad del Padre, el autor de la carta lo llama expresamente «pontífice» (Hb 2, 17; 3, 1; 4, 14; 7, 26) a quien Dios ha constituido sacerdote para siempre (Hb 7, 20-21). Lo nuevo en el sacrificio de Cristo es la entrega total de sí mismo aceptando libremente por amor la muerte de cruz: «Por lo cual entrando en este mundo, dice: no quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije: heme aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10, 5-7) (162). 134. Jesucristo, sacerdote, maestro, pastor Cristo, en cuanto sacerdote, es también pastor, maestro, testigo, etc. Este sacerdocio de Cristo no puede ser considerado aisladamente, independientemente de toda su obra salvífica, y de las demás funciones que Cristo realiza. Cristo en cuanto pontífice es también el pastor de la Comunidad de la nueva alianza: Dios «sacó de entre los muertos, por la sangre de la alianza eterna, al gran pastor de las ovejas descarriadas; mas ahora os habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas» (1 P 2, 25). Si la misión de los presbíteros es apacentar el «rebaño de Dios» (1 P 5, 2), Cristo es el «pastor soberano» (cfr.1 P 5, 4), el testigo fiel (Ap 1, 5; 3, 14). Exaltado a la diestra de Dios El es nuestro mediador (Rm 8, 34), es nuestro abogado ante el Padre (1 Jn 2, 1) y vive siempre para interceder por nosotros. El sacerdocio de Cristo es manifestación del amor redentor de Dios, plenitud de su ministerio profético y de su realeza (165). 135. Obispos, presbíteros y diáconos participan de la misión de Cristo El ministerio del Obispo, del presbítero y del diácono es participación de la misión de Cristo. Es Cristo mismo quien actúa por medio del Obispo, del presbítero y del diácono cuando éstos ejercen el ministerio sagrado en su triple función: enseñar, santificar y regir (166).

136. El carácter sacerdotal Por el sacramento del Orden, el Obispo, el presbítero y el diácono reciben la misión y el sacerdocio de Cristo no de manera funcional, como si fuera sólo un oficio o cargo análogo a los de la sociedad civil. Esta singular participación en el sacerdocio de Cristo supone algo más profundo, que afecta a lo más hondo de la persona, y la transforma en su mismo ser, del mismo modo que el sacerdocio de Cristo pertenece al ser mismo de Cristo Mediador. El Concilio Vaticano II se expresa así a propósito de los presbíteros: «El sacerdocio de los presbíteros... se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza» (PO 2) (174). 137. "... Como en persona de Cristo Cabeza» (PO 2) El carácter del sacerdocio es una realidad dinámica. Se trata de la configuración de toda la persona del ministro con Cristo, que le hace partícipe de su misión como Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. En el cumplimiento de esta misión, Cristo sigue realizando su mediación de único sacerdote: bajo las diversas formas del sacerdocio ministerial, se manifiesta la acción personal del mismo Cristo, como Cabeza de la Iglesia y Buen Pastor de su rebaño. Los ministros sagrados no son simples delegados de la comunidad. El Obispo, el presbítero, el diácono actúan no directamente en nombre de los fieles, sino en nombre de Cristo. Indirectamente también representan a los fieles, a todos los fieles, en cuanto que éstos constituyen el Cuerpo de Cristo. Como ministros de Cristo-Cabeza no es su función suplir la presencia de Cristo, sino ser signos en los que se actualiza su misma presencia (176). 138. La autoridad pastoral como servicio El Obispo, el presbítero, el diácono han de actuar en todo momento según la enseñanza de Jesús: «Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera llegar a ser el primero entre vosotros será esclavo vuestro; de la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 25-28) (177). 139. El celibato, imitación de Cristo La perpetua y perfecta continencia por el reino de los cielos fue recomendada por el Señor (cfr. Mt 19, 12). En el decurso de los siglos fue aceptada con alegría y generosidad por muchos fieles cristianos, que de este modo quisieron imitar plenamente a Jesucristo. Fue siempre tenida en mucho aprecio por la Iglesia especialmente para la vida sacerdotal. No es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio como aparece en la práctica de la Iglesia primitiva (cfr. 1 Tm 3, 2-5; Tt 1, 6) y en las iglesias orientales. Pero en toda la Iglesia se vio siempre la perfecta castidad como muy

conforme con la misión propia del sacerdote. Con esto no se desconoce el valor propio del matrimonio cristiano, como camino para expresar el amor de Cristo a su esposa la Iglesia (cfr. Ef 5, 25ss). Por el celibato asumido como forma de imitación y seguimiento de Cristo, el sacerdote se muestra plenamente disponible (181). 140. Promover la vida comunitaria: crear comunidad El ministerio sacerdotal tiene como exigencia interna el promover la vida comunitaria. Su preocupación no se orienta sólo a transformar interiormente a los individuos, sino a crear comunidad. Dice el Concilio Vaticano ll: «El deber del pastor no se limita al cuidado particular de los fieles, sino que se extiende propiamente también a la formación de la auténtica comunidad cristiana. Mas para atender debidamente al espíritu de comunidad, debe abarcar no sólo la Iglesia local, sino la Iglesia universal. La comunidad local no debe atender solamente a sus fieles, sino que, imbuida también por el celo misionero debe preparar a todos los hombres el camino hacia Cristo» (PO 6) (187). ........................................................................ TEMA 58 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO DEL SACERDOCIO MINISTERIAL: AL SERVICIO DE LA MISIÓN DE CRISTO Y DE LA IGLESIA PLAN DE LA REUNIÓN * Información: personas, hechos, problemas. * Oración inicial: salmo compartido. * Presentación del objetivo, recogida de interrogantes, presentación del tema 58 en sus puntos clave (pista adjunta). * Diálogo: lo más importante. * Oración comunitaria: Sal 23 compartido desde la propia situación, canción. PISTA PARA LA REUNIÓN 1. Cristo eligió a los Apóstoles. 2. Los obispos sucesores de los Apóstoles. 3. Presbíteros y diáconos. 4. Como en persona de Cristo Cabeza. 5. Participando de la misión de Cristo: sacerdote, maestro, pastor. 6. El celibato, imitación de Cristo. 7. Promover la vida comunitaria. EL AMOR HUMANO BAJO EL SIGNO DEL ESPÍRITU

OBJETIVO CATEQUÉTICO * Descubrir la presencia salvadora de Cristo en medio del matrimonio. * En virtud de él los esposos cristianos evangelizan. 141. ¿Fidelidad para siempre? ¿Fecundidad generosa? El sacramento del Matrimonio celebra la realidad del amor humano, vivido bajo la acción del Espíritu. Su celebración no es sólo un acto de sociedad, sino reunión de la Iglesia de Cristo. La alegría de ese acontecimiento, decisivo en la vida de los nuevos esposos, es alegría de la Iglesia. La comunidad cristiana celebra el cumplimiento gozoso de una palabra de fidelidad definitiva («una sola carne») y de fecundidad generosa («sed fecundos y multiplicaos»). ¿Será posible este signo en medio de un mundo egoísta donde la fidelidad para siempre parece una utopía y donde la fecundidad generosa es vivida como un peso (cfr. Gn 3, 16), como una forma de complicarse la vida? (192). 142. El amor humano también debe ser redimido Según se ha dicho anteriormente (cfr. Temas 25-28), el pecado penetra todos los ámbitos de la vida, también en el más íntimo y profundo: el hogar humano, la comunidad conyugal y la familia. El pecado destruye, disgrega, introduce la división en medio de los hombres. Por el pecado, la relación personal de amor queda desvirtuada en relaciones instintivas y ciegas, de deseo y dominio, de predominio y fuerza: «Tendrás ansia de tu marido y él te dominará» (Gn 3, 16). El pecado introduce la contradicción y la incomunicación en el orden de la familia y del amor humano. Es, por tanto, un orden que también debe ser redimido (193). 143. Necesidad de la redención, confesión de fe En efecto, la comunidad conyugal y familiar debe ser restaurada según el proyecto de Dios. El reconocimiento de esto supone ya toda una confesión de fe. El relato de Gn 2-3 se aplica a cualquier pareja concreta. Según el plan de Dios, marido y mujer están llamados a formar «una sola carne»; tal es la figura paradisíaca y original del matrimonio: en el principio era así (cfr. Mt 19, 8). El pecado, sin embargo, provoca la pérdida de esa figura, la maldición y el desamparo. El relato del Génesis

muestra la realidad oculta de cada persona, lo que tal vez deja en penumbra la felicidad del primer enamoramiento, lo que la convivencia matrimonial descubrirá después: el pecado como origen de un padecimiento común, arrastrando a la persona más amada al abismo de la propia indigencia. El relato del Génesis anuncia la necesidad de la redención y ofrece una nueva posibilidad: la restauración y la reintegración de la primitiva imagen de Dios en el hombre (194). 144. Oscurecimiento del amor humano Por el pecado humano, la comunidad conyugal y familiar «no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia; la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación» (GS 47). Así aparece el matrimonio desunido, disoluble, egoísta (195). 145. Oscurecimiento del matrimonio como signo cristiano El mismo sacramento del Matrimonio se presenta frecuentemente oscurecido: se procede al matrimonio con una preparación meramente burocrática, haciéndola consistir muchas veces en el solo expediente; se presenta el matrimonio como una mera «legalización» de la vida conyugal; se le hace consistir exclusivamente en el contrato jurídico sin apenas relación a la Alianza; se disocia el sacramento de la vida (cfr. Ritual del Matrimonio, [RM] 24) (196). 146. Matrimonio y mundo secularizado El proceso moderno de la secularización, si bien subraya a veces en el matrimonio el sentido de responsabilidad y autonomía, supone también una ruptura fatal entre el amor humano y la acción de Dios. De este modo, la secularización arrastra al matrimonio hacia un mundo exterior que está vacío de la gracia de Dios. El matrimonio, con esto, pierde su fundamento religioso y el radio de su disolubilidad y separabilidad crece proporcionadamente a esta secularización (197). 147. El matrimonio, en la perspectiva de los designios de Dios Frente a todo oscurecimiento, el cristiano sitúa el matrimonio en la perspectiva de los designios de Dios: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude» (G n 2,18). En las primeras páginas del Génesis la comunión conyugal entre hombre y mujer está llamada a ser una alianza de amor: «Abandonará el hombre

a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 2,24). La misma diversidad y reciprocidad del varón y de la mujer, destinados a tal unión son presentadas como una imagen expresiva de Dios, Creador de vida: «Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo Dios: «Creced, multiplicaos» (Gn 1, 27-28) (198). 148. "Del Señor ha salido este asunto..." El matrimonio es una obra de Dios, del que proviene todo amor verdadero. Un amor que puede haberse originado en circunstancias aparentemente casuales, pero en las que el creyente reconoce la mano de Dios. Así lo hace el criado de Abrahán enviado, según los usos de la época, a la casa de la novia, para gestionar el matrimonio de Isaac con Rebeca: «Bendigo al Señor, Dios de mi amo Abrahán, que me ha puesto en el buen camino para tomar a la hija del hermano de mi amo para su hijo» (Gn 24, 48). Así lo reconocen también Labán, hermano de Rebeca, y su padre Betuel, en la respuesta que dan al criado: «Del Señor ha salido este asunto. Nosotros no podemos decirte está mal o está bien. Ahí delante tienes a Rebeca. Tómala y vete, y sea ella mujer del hijo de tu amo, como lo ha dicho el Señor Dios» (24, 50-51) (199). 149. «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» El matrimonio de Tobías y Sara es encomendado a Dios (cfr. RM 145-146): «Tomó Raguel la mano de su hija y la puso en la de Tobías, diciendo: El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob esté con vosotros. Que él os una y que os colme de su bendición» (Tb 7, 12); «Y Sara, a su vez, dijo: Ten compasión de nosotros, Señor, ten compasión. Que los dos juntos vivamos felices hasta nuestra vejez» (8,10). Aquellos que abrazan el matrimonio de tal modo que excluyen a Dios de su mente y de su corazón olvidan la advertencia del Salmo: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 126, 1). Toda la Escritura considera la unidad, ia felicidad, la edificación del hogar,

como don de Dios (200). 150. No sólo no cometerás adulterio, sino que serás fiel con todo el corazón Jesús devuelve al matrimonio la perfección de los orígenes, atacando el mal en su raíz; no se trata sólo de no cometer adulterio, sino de que los esposos se amen de hecho con todo el corazón y durante toda su vida. El amor al que están llamados los esposos es un amor total y para siempre. Este amor estable, total, permanente, de los esposos hace del varón y de la mujer una sola carne (unidad), para toda la vida (indisolubilidad). Esta unidad e indisolubilidad del matrimonio se han de expresar públicamente, jurídicamente. Así lo exige el bien de la familia. Pero la raíz de la fidelidad está en el corazón del hombre. Es esta raíz la que necesita ser sanada por la conversión y la gracia del Espíritu. Es el corazón del hombre, ei hombre entero, el que se manifiesta en cada uno de sus gestos, incluso en su mirada: «Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio''. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior» (Mt 5, 27-28) (201). 151. Jesús suprime la antigua tolerancia mosaica Jesús se opone a toda decadencia moral, incluso a la antigua tolerancia mosaica, no permitiendo el divorcio en caso de adulterio: «Se le acercaron unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo? El les respondió: ¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer y dijo: Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Ellos insistieron: ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse? El les contestó: Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres. Pero al principio no era así. Ahora os digo yo que si no se divorcia de su mujer -no hablo de unión ilegal- y se casa con otra comete adulterio» (Mt 19, 3-9). El sentido más profundo del matrimonio querido por Dios es la unidad entre varón y mujer (202).

152. En medio de un orden de gracia "Los discípulos le replicaron. Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse. Pero él les dijo: No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don» (Mt 19, 10-1 1). Los discípulos comprendieron perfectamente la exigencia moral de Jesús. Solamente olvidaban una cosa que El les recuerda; a saber, que la exigencia de la Nueva Ley evangélica se desarrolla en medio de un orden de gracia. Como enseña San Pablo, el matrimonio entra en el ámbito de la vocación cristiana y aparece como un don del Espíritu, destinado a la edificación de la iglesia: «A todos les desearía que vivieran como yo, pero cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno y otros otro. Viva cada uno en la condición que el Señor le asignó, en el estado en que Dios lo llamó. Esta norma doy en todas las Iglesias...» (1 Co 7, 7.17) (203). 153. El Matrimonio, signo de amor y sacramento de Cristo El matrimonio entra en la perspectiva de los designios de Dios consumados por Cristo en la Iglesia. Los esposos realizan el plan de Dios, que consiste en hacer de ambos una sola carne, amándose entre sí como Cristo ama a su Iglesia, el cual se ha hecho una sola carne con ella: «Porque somos miembros de su cuerpo. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 30-32). Siendo ambos una sola carne, el matrimonio viene a ser no sólo signo de amor, sino también signo visible de la Alianza indisoluble entre Cristo y la Iglesia, sacramento eclesial del mismo Cristo, que hace al matrimonio indisoluble también y generosamente fecundo (204). 154 Dios mismo es el autor del matrimonio (uno, indisoluble, fecundo) El matrimonio como sacramento se inicia con el consentimiento personal e irrevocable de los esposos. Con el acto humano, libre, del esposo y de la esposa, por el que cada uno de ellos decide darse por entero al otro y acepta a su vez la entrega del otro, en orden a establecer la íntima comunidad conyugal de vida y de amor, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. «Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues el

mismo Dios es el autor del matrimonio, al que ha dotado con bienes y fines varios» (GS 48). «Por su índole natural, la misma institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole» (GS 48). «Así que el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19, 6), se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente por la íntima unión de sus personas y actividades. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad» (GS 48). Dios creador establece el matrimonio dentro del plan de la salvación que había de revelarse plenamente en Cristo (cfr. Mt 19, 8). Este vínculo sagrado entre el varón y la mujer ha sido elevado por Cristo a la dignidad de sacramento. Es un signo eficaz de la gracia. Cristo se hace especialmente presente en el momento en que esposo y esposa expresan el mutuo consentimiento de su entrega mutua. Los ministros de este sacramento son los propios esposos. Pero en cuanto que es un sacramento, su celebración está regulada por la Iglesia (205). 155. Como Cristo amó a su Iglesia El amor matrimonial entra en la dinámica pascual del amor cristiano, un amor que ama incluso en el sacrificio, la renuncia y la cruz: «El amor es paciente, afable, no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguarda sin límites» (1 Co 13, 4-7). En el matrimonio cristiano los esposos se aman ya como Cristo amó a su Iglesia, que se entregó a si mismo por ella (Ef 5, 25-26; Col 3, 18; 1 P 3, 1-7) (207). 156. Un amor que implica renuncia y don El varón (sobre todo, el cristiano) no puede realizarse como persona y como esposo si no renuncia y se entrega a sí mismo en favor de la mujer: él adquiere su esposa dándose. Si no fuera sobre esta base y este don de sí mismo, el matrimonio perdería su sentido profundo para

degenerar en una especie de engaño, violencia o rapto. También la mujer se entrega en favor del marido. Gracias a ella, por atracción hacia ella, puede él «dejar a su padre y a su madre» (Gn 2, 24), es decir, hacerse adulto, ser él mismo. Así como la Iglesia es la plenitud de Cristo también la mujer es plenitud del varón, lo completa y enriquece. La mujer responde a la donación del marido con receptividad y donación amorosa, con vencimiento de su egoísmo, como la Iglesia responde a Cristo (210). 157. Igual dignidad personal Las características propias del varón y la mujer están orientadas a la complementariedad y a la unión entre ambos. Pero la complementariedad entre esposo y esposa no excluyen la igual dignidad personal del varón y la mujer: «Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28) (211). 158. Con su fidelidad, los esposos evangelizan La indisolubilidad del vínculo matrimonial desborda el marco de lo meramente jurídico y legal para hacerse realidad existencial y gracia de Dios con el nombre concreto de una fidelidad que no muere. Desde esta situación los esposos evangelizan; son signo en medio del mundo: «Siempre fue deber de los esposos, pero hoy constituye la parte más importante de su apostolado manifestar y demostrar con su vida la indisolubilidad y santidad del vínculo matrimonial» (AA 11). A través de su amor se manifiesta «la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia» (GS 48) (212). 159. Vivir con gozo una fecundidad generosa «El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres» (GS 50). Si, por el pecado humano, la fecundidad es vivida como un peso (cfr. Gn 3, 16), constituye todo un signo de la gracia de Dios llegar a vivir con gozo una fecundidad generosa (213). 160. Paternidad responsable Procrear, cuando de personas humanas se trata, no debe ser solamente voz de la carne y de la sangre, sino amor verdadero humano. Más aún, los esposos son «cooperadores del amor de Dios Creador y

como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente» (GS 50) (214). 161. Encíclica «Humanae-Vitae» ·Pablo-VI, en su encíclica Humanae vitae, abordó el problema moderno de la regulación artificial de la natalidad: «De hecho como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural, interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial ("quilibet matrimonii usus") debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV 11). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV 12). «Usufructuar (...) el don del amor conyugal respetado por las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador» (HV 13) (215). 162. La familia evangeliza en las condiciones comunes del mundo La familia evangeliza en las condiciones comunes del mundo (cfr. LG 35; AA 11 ) en la medida en que cumple en sí misma el proyecto original de Dios: «Remontarse al "principio" del gesto creador de Dios, dice Juan Pablo II, es una necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de su ser. sino también de su actuación histórica... En una perspectiva que además llega a las raíces

mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo por la Iglesia, su esposa» (FC 17). ........................................................................ TEMA 59-1 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO: EL AMOR HUMANO BAJO EL SIGNO DEL ESPÍRITU PLAN DE LA REUNIÓN * Presentación del objetivo y plan de la reunión. * Presentación del montaje El matrimonio, ¿nos casamos por la Iglesia? * Diálogo: nuestra reacción ante el montaje. * Oración comunitaria: desde la propia situación. PISTA PARA LA REUNIÓN * Presentación del montaje audiovisual titulado "El matrimonio, ¿nos casamos por la Iglesia?", de D. GONZÁLEZ CORDERO (Ed. Dinama, Madrid, 1979): pretende situar a los novios ante una opción -el casarse por la Iglesia o no- que debe dimanar de la fe y de un respeto por el sacramento (ver AUCA 10; también, DEPARTAMENTO DE AUDIOVISUALES (SNC), Montajes audiovisuales. Fichas críticas, M2). ........................................................................ TEMA 59-2 OBJETIVO: DESCUBRIR EL SIGNIFICADO DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO: EL AMOR HUMANO BAJO EL SIGNO DEL ESPÍRITU PLAN DE LA REUNIÓN * Oración inicial: Sal 127. * Presentación del objetivo, recogida de interrogantes, presentación del tema 59 en sus puntos clave (pista adjunta).

* Diálogo: lo más importante. * Oración comunitaria: desde la propia situación, canción apropiada. PISTA PARA LA REUNIÓN 1. Interrogantes del grupo. 2. Necesidad de la redención. 3. Oscurecimiento del amor humano y del sacramento. 4. Mundo secularizado. 5. El plan de Dios. 6. No cometerás adulterio. 7. Serás fiel de corazón. 8. En un orden de gracia. 9. Uno indisoluble fecundo. 10 Fidelidad que evangeliza. 11 Paternidad responsable.