El Fondo Oculto del Ayuno Mapuche

Ziley Mora Penrose
El Terror de Chile que lo lleva a Cometer Terrorismo Contra sí Mismo

“A muchos nos preocupa la extinción de todas las especies que el mundo occidental está exterminando. Pero casi nadie se da cuenta de lo más extraordinario de todo: de la extinción de nuestro conocimiento de lo que somos… Y esta tradición no existió para edificar o entretener, ni siquiera para inspirar. Existió para devolver a los hombres a sus raíces.” (Peter Kingsley, En: En los oscuros lugares del saber).

¿Cuál es el terror de Chile que, obscura e inconscientemente, ve manifestado en las acciones de terrorismo (o supuesto terrorismo) que despliega la causa mapuche y sus organizaciones?

Estamos absolutamente persuadidos -luego de casi ya 30 años de investigación y trato con la etnia- de que es el terror a comprobar (cada vez más inevitablemente ante la claridad de las evidencias globales) la total validez del modo de vida sencillo de los habitantes de la tierra. Pues esa sencillez esconde una complejidad ontológica y casi metafísica (si conociéramos los siete estados evolutivos del pellü o espíritu mapuche, por ejemplo), imposible de tolerar por las renuncias y muertes al ego que ello implica. Es el terror por la insondable sabiduría que conlleva asumir la simple condición humana, despojada de los sucedáneos de felicidad y de los sustitutos de sentido que la sociedad chilena (y todo Occidente) encuentra en las prácticas, usos y artefactos de la modernidad; esas “aguas de fantasía”, en definitiva, que nos provocan más sed. Me atrevo a decir que es la existencia misma del pueblo mapuche lo que nos aterroriza; que es ese dato de lo diverso y distinto lo que nos atemoriza, porque puede dar pie y ser una posibilidad de que yo esté equivocado; que es la pervivencia misma de la etnia, articulada como auténtica cultura y comunidad humana, subsistiendo con otros códigos, con otros paradigmas respecto de los usos de los recursos naturales y del sentido de la vida humana sobre la tierra lo que constituye el terror de Chile. Terror a Quienes Somos Se trata del terror de no querer ver aquello invisible que nos hace falta, y que ningún pequeño o gran deseo material lo puede calmar; es decir, la ausencia de un tipo de comprensión superior respecto de lo que somos como seres humanos, de una sabiduría (perdida para Chile) para burlar a la muerte, escabullirnos de su poder y después poder reaparecer… (capacidad que exhibieron grandes machis, y

kimches como Kallfukura, Mangil Wenu, y otros); vacío sapiencial que no puede ser llenado con las meras preocupaciones de la modernidad ni con los compromisos que impone la agenda productiva. Pues lo que nos falta es más poderoso que lo que tenemos delante de los ojos. Todos lo sabemos. (O al menos lo intuimos, máxime quienes aprendimos la formidable lección de los terremotos). El único problema es que la ausencia es demasiado difícil de soportar, de manera que en nuestra desesperación, en lugar de dialogar con la Mapu, con la Madre Tierra, e indagar honesta y pacientemente (nadie quiere tener tiempo para consultar el oráculo a los árboles, por ejemplo) qué significa vivir sobre ella (a veces bajo ella, como los 33 mineros), y compartir experiencias con sus especialistas (el ancestro indígena mapuche), preferimos crear leyes antiterroristas y encerrar a esos inquietos y “revoltosos usurpadores de la propiedad privada”. (Esto, por supuesto, no quiere decir para nada que preconicemos el desgobierno ni menos descalificar un ápice el estado de derecho). En definitiva, a ellos no los encerramos sólo en la cárceles de Temuco, Cañete o Malleco, sino que en nuestros supuestos “seguros” cánones, ideas y prescripciones con fuerza de ley (dogmas) de lo que “es” la realidad, la civilización, el adelantamiento humano, la justicia. Pues así de arrogantes somos: nos creemos superiores a ellos y a todo aquel que no haya sido suficientemente acreditado por Harvard, el Vaticano o el G-8 cuando sesiona en Davos. “No me Hablen de Quietud, Silencio y Paz Interna…” Aquello invisible que somos y que una vez supieron y practicaron nuestros antepasados mapuches es lo que en el fondo intuimos: que ellos se guiaron por otro “modelo de desarrollo”, igualmente armónico y profundamente articulado con la pauta didáctica que mostraba la evolución de las especies propias del bosque valdiviano. Sin embargo, como aceptar esto nos aterroriza, si no despertamos de las trampas que nos pone el “Cazador de Avestruces Dormidas” -el demiurgo dominador de las gentes, Ngenechen- no vamos a poder evolucionar hacia nuestro destino: la ruta que nos muestra el Repu Epew, la Vía Láctea (lit. “el Camino de los relatos de los Grandes Hombres legendarios”). Y como aceptar esto nos resultaría demasiado desafiante, inventamos Ministerios, Conadis, Subsecretarías, Programas… y otras cosas, como artefactos y juguetes digitales diversos; sólo aceptamos racionalizaciones y luego tragamos creencias europeas para así echarlas de menos y tranquilizarnos con lo conocido y lo obvio… (¡No vaya a ser cosa que echemos de menos Lo Desconocido y Lo Sagrado…!). “No me hablen de quietud, silencio y paz interna de todo un fin de semana conseguido en soledad bajo un bosque de walles, porque eso me llevaría al reino de la locura”, parecería decir tácitamente un chileno citadino, aterrado con lo Invisible que le hace falta. Porque el mundo (particularmente el de hoy en Occidente), nos llena de sucedáneos e intenta convencernos de que -aparte de unas cuantas reformas legales para la seguridad social y unos cuantos proyectos de inversión con tasas competitivas para el incremento de la economía- nada importante nos faltaría en este Bicentenario. Sin embargo, nada tiene la capacidad de llenar el vacío ontológico, el agujero en el centro del corazón, que sentimos en nuestro interior… Por eso, a quienes más les haría falta un ayuno de baratijas de la modernidad, un ayuno de iphones, de televisión digital, de automóviles cero km, de farándula, de realities obscenos (que ni siquiera perdonan el proceso iniciático y sagrado de los mineros bajo tierra) sería a nosotros, a la sociedad chilena en general. Pues no nos fueron suficientes los 500 muertos ni el derrumbamiento material del pasado terremoto. Nos duró demasiado poco la enseñanza (si es que la hubo), de la Madre Tierra (Tren-Treng) y de la Madre-Agua (Kay-Kay), que nos dijo: “¡para Ser no te sirve apoyarte en el Tener, ni siquiera te sirve tu celular….Te quito tus ideas tan favoritas de tu mundito, te quito tus aparatitos, te quito tus fetiches de seguridades…¿Y qué te queda? ¿Acaso te tienes y autoposees a ti mismo?”. Este es el terror al interior del alma de Chile Retiro Solitario ¿Y qué más hacer fuera de ese ayuno de consumo? Propongo en verdad un tipo de “no-hacer”, inédito desde hace más de dos mil años en los Tribunales y Cortes de justicia de Occidente. Es decir, propongo que los jueces, los ministros en visita, los magistrados de la Corte Suprema, el Ministerio Público, se

sumen al ayuno mapuche; que por un par de meses pongan temporalmente en paréntesis sus causas y litigios, se despojen de sus anaqueles mentales (códigos, leyes, jurisprudencia), depongan todos sus aparatos tecnológicos distractores y que, luego de negarse a declaraciones, se inmovilicen en algún sitio lejano y se vayan a un retiro estricto y solitario. Y en concreto, sugerimos que se retiren a una gruta andina inaccesible de la Araucanía, tal como antaño lo hacían ciertos kimches (”sabios”) en ciertas kuramalal (”cuevas o corrales de piedra”, a veces llamados también chenkes), que eran verdaderos templos -escuela adonde bajaban los “espíritus antiguos” a aconsejar, dotar de poder e iniciar a los grandes longkos guerreros. Una vez allí, a aquel experto en leyes, y sólo escuchando el susurrante sonido del viento o de las esferas celestes en la noche, de seguro que le bajaría -acaso en un peuma, en un “sueño”- la revelación del Cielo, del Sol, de Antü. Le visitaría el don de Consejo, la iluminación, el Ad -Mapu ancestral; o sea, “la Justicia de la tierra”, una divinidad que reside en lo profundo de la quietud, al fondo de la noche de los sentidos perfectamente sometidos por el ayuno. Es decir, sería tal cual lo hicieron los legisladores de la antigua magna Grecia cuando la arrogante Atenas todavía no podía “acreditarlos” en la forzada ratio platónico-aristotélica, porque el culto a Apolo, ese culto nocturno de los legisladores-sanadores, les exigía ayunar en una guarida sagrada. Así ocurría en Elea, Marsella, Focea, Mileto o Anatolia, por ejemplo, donde las leyes de la polis se les podían revelar por sueño o visión a los iatromantes, esos jueces-sanadores que curaban a través de profecías, luego de “incubarse” voluntariamente en un rito con total inmovilidad (hesychia) en unas cavernas consagradas a los héroes ancestrales. Tal fue el caso de Parménides, el filósofo fundador de la lógica occidental, pero también profeta, legislador, sacerdote de Apolo y chamán-sanador, cuya sabiduría fue producto de incubarse “como un muerto” en una kuramalal de Elea y donde una Diosa, la Reina de la muerte (la Justicia), le revelara en ese nocturno viaje a lo profundo de la tierra nada menos que el secreto del misterio humano. El Nuevo Pitágoras Y si lo anterior nos pareciera demasiado extraño y aparentemente ajeno como práctica legislativa y judicial; si por distintos motivos históricos, políticos o sociológicos no nos fuera relevante (sobre todo para cierta oligarquía centralista arrogante que desde Manuel Bulnes gobierna desde Santiago) la antigua palabra de los comuneros indígenas -esos sospechosos encapuchados “quema camiones” forestales de la Araucanía- preguntémosle entonces a un minero no mapuche que hoy vive la iniciación pitagórica-órfica en lo profundo de la mina-madre de su segundo nacimiento. Pero preguntémosle a uno de esos mineros (y no al colectivo de los 33, porque la verdad no es democrática ni estadística; el 5% mapuche de la población puede contener el destino secreto de todo Chile), a uno que no lo haya enfocado ninguna camarita y que no haya enviado saludos televisivos a sus familiares. Pues sólo a ese hombre, tras estar tres meses en sagrado silencio, quietud, obscuridad y ayuno en el útero de la Madre Tierra, tras haber sabido aprovechar el estar consciente, minuto a minuto, en total hesychia o inmovilidad emocional, practicando el rito de morir antes de morir (antes de ascender al Cielo hay que bajar al Hades, al Tártaro, al Infierno, hay que aprender a morir), a ese bendito iniciado, la Mapu o Pachamama le habrá revelado el misterio insondablemente infinito de su Ser. Ése, ese nuevo Kallfukura, ese nuevo Pitágoras, ese renacido Parménides en la Elea de nuestro Copiapó, ése debería ser elevado como nuevo “Padre de la Patria”, porque su sabiduría sería suficiente para refundar nuestra polis chilena para los próximos mil años.

Ziley Mora Penrose es etnógrafo, investigador y autor de más de quince libros en torno a la cosmovisión aborigen de Chile, la medicina, lengua, religión y filosofía mapuche. Es también consultor y asesor de la Fundación Imagen-País en asuntos de identidad cultural.

zileymor@gmail.com
Publicado el 27 Oct, 2010

http://www.mundonuevo.cl/blog/articulos/el-fondo-oculto-del-ayuno-mapuche/

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