Hipótesis de Conflicto Por Sebastián Zírpolo ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- ------En el colegio secundario me hice bastante amigo de dos skinheads que cursaban

conmigo, dos nenes bien de Caballito. Uno tenía un padre de mucha plata, coleccionista de armas, dueño de una joyería, que siempre andaba con un estuche negro en la mano y adentro .45 cromada, y que cuando mi amigo cumplió 16 años le regaló un FAL, que disparaba los fines de semana en una quinta cerca de La Plata, apuntando hacia el río. El otro era igual de loquito pero más reprimidón, un pibe que odiaba a su papá por la vida intrascendente de técnico electrónico que había elegido, y que amaba, por el contrario, a su abuelo, militar retirado. El nieto del militar, rubio y alto, pelo al ras y ojos azules, era el más serio de los dos, el más enciclopédico, y el único que hizo la carrera como oficial del Ejército. Fue gracias a él que durante mi adolescencia aprendí mucho sobre la guerra de Malvinas, un tema que lo obsesionaba, y entre otras cosas supe que la invasión a las islas era un ejercicio que los militares venían estudiando y planeando hacía muchos años. El ejercicio se llama hipótesis de conflicto y es lo que mantiene calientes a los ejércitos que no tienen batallas reales en la agenda. Son juegos de guerra. Malvinas era un hipótesis de conflicto, como lo es una invasión Argentina a Uruguay, un ataque desde Chile, y una guerra con Brasil. Los militares pueden bancarse las gastadas porque Astiz entregara las Georgias sin mostrar los fierros, por no haber aguantado la batalla de Monte Longdon que terminó con la rendición de Puerto Stanley, y porque ahora Cristina les refriegue el informe Rattenbach, pero lo que no se tragan es que les digan, y tienen razón, que Galtieri invadió las Falklands porque estaba borracho. Nunca lo van a reconocer, pero la invasión a Malvinas se sigue estudiando en la Escuela de Guerra, y dentro de la lógica del aburrimiento y la justificación de los escalafones, está bien. Ahora, que es oficial del Ejército, quizás mi ex compañero esté corrigiendo los errores, para cuando el próximo desembarco, o regulando las expectativas, que es la operación simbólica que nos enseñan los psicólogos cuando no podemos hacer lo que queremos hacer. Del skinhead malvinese aprendí - todo el mundo sirve para algo - a no victimizar la guerra, a analizar los hechos, cualquier hecho, con la lógica correctaLas guerras están mal, pero ese no es el punto. Las guerras se hacen con soldados que, históricamente, son gente joven y que como resultado de las balas y las esquirlas de las bombas, o mueren o viven; que las condiciones de la batalla eran duras y crueles, pero que así fue siempre en todas las guerras; y que el Belgrano, torpedeado fuera de la zona de operaciones militares, estuvo bien hundido, que eso es una guerra y en la guerra gana el que más gente mata. Lo último que supe del skinhead, hace más de quince años, fue que estando en el colegio militar había secuestrado y golpeado, junto con compañeros de camada, a un catequista de una villa del conurbano, para reivindicar otra de las hipótesis de conflicto que manejan los hombres de su condición: no judios, no hippies. Todavía me acuerdo de su sonrisa cuando en el 92 volvimos a clase de las vacaciones de invierno y él se regodeaba del ataque a la embajada de Israel. Capitán Albeirroz, sí, estoy hablando de vos, desde acá te saludo, si me estás leyendo, hola, hijo de puta. De aquellas discusiones en los recreos me quedó - yo había leído el libro de van de Kooy y trataba de hacerle entender que la guerra la había perdido la diplomacia y él decía, que el error era no haber reforzado la bahía San Carlos, que fue donde los ingleses desembarcaron sus tropas - me quedó, decía, como registro, como visión de mi existencia, el aprendizaje de desarrollar hipótesis de conflicto que permitan anticipar y planificar mis propias batallas. Vivir caliente, como los coroneles. Para eso elijo hipótesis de conflicto que me conserven lo suficientemente despierto para sentirme trascendente, un luchador, ¡un luchador! pero sin creermelos del todo. Que sean juegos, juegos de guerra. Una paintball simbólico, tirarnos con pelotas de pintura, pero sin tercer tiempo,

con bronca, porque tampoco me voy a tomar todo tan en joda. Desde chico, por ejemplo, sé que mi papá es una hipótesis de conflicto, pero ahora que lo pienso, no sé si él es mi hipótesis de conflicto o yo soy la suya. Ahora que estoy más grande sé que todas las guerritas que terminé perdiendo son las que nunca imaginé, y sé que nunca debo dejar de trabajar los arreglos y desarreglos necesarios para quedar siempre del lado de los buenos, incluso hasta después de muerto. Cuando Jazmín de Gracia apareció muerta en la bañera de su casa, su papá la recordó diciendo que era “una campanita”. No sé que hubiera pensado Jazmín de semejante calificativo público, pero lo pienso para mí y creo que un adjetivo así, aún ya entre gusanos, puede arruinar una vida entera de obsesión por los detalles. Por eso es que estoy escribiendo un media trainning para que en el caso, poco probable pero uno nunca sabe, de tener una muerte pública, una muerte malvinense, familiares y amigos me relaten ante los movileros con palabras elegidas por mí, y sobre todo me recuerden como me merezco: con matices. Era bueno, a veces. A veces era cruel. Amaba a sus padres, pero no los entendía y aunque lo hicieron sufrir mucho, siempre cuidó de ellos. No, no siempre estaba con una sonrisa, más bien siempre estaba serio. No, enojado no, serio. Tenía pocos amigos pero los quería mucho, porque era cerrado y emocionalmente inmaduro. No, no era querido por todos. Había gente que lo quería y gente que no lo quería. Sí, amaba a su hijo, claro, pero también era un tipo complejo. Y así. Igual no sé si lo van a cumplir. Por las dudas sigo escribiendo y subiendo todo a Scribd, que sobrevivan los textos. Viajar es una hipótesis de conflicto. Un viaje tiene que tener una hipótesis de conflicto o será un paseo bobo. Tiene que estar motivado por una posible lucha simbólica o concreta, porque a esta altura, con la TV en alta definición, nadie viaja o nadie debería viajar para conocer territorios sino para conquistarlos moralmente, para sentirse superior a otras gentes, en apariencia igual a uno, aunque, esto puede quedar discriminador, a esta altura creo que todos sabemos que no somos iguales, que no todas las vidas ni todas las muertes valen lo mismo para el futuro de este suelo, como nos viene enseñado el peronismo. Hace rato que estoy pensando en viajar a San Luis, un recorrido de diez días por toda la provincia que vamos a hacer mi Fugate y yo, una mochila roja y gris de marca nacional que compré cuando tenía quince años, con la que conocí toda la Patagonia, parte del norte y algo de México, que fue el último viaje que hice con ella antes de guardarla en la parte alta y sucia de un placard, y olvidarme de la mochila para siempre, o para casi siempre, porque hace unos meses la restauré, bah le hice arreglar unos ganchitos, y ahí está, esperándome, a ver a dónde vamos y nos vamos a ir a San Luis, como cuando era chico y me creía grande, mi vida yo. La hipótesis de conflicto que estoy manejando para el viaje es que San Luis no sirve para nada. Tiene la misma cantidad de habitantes que las diez manzanas que rodean mi casa, no aporta al país cantidades significativas de soja, ni girasol, que es más lindo, ni vacas tampoco, no muchas, petróleo no hay, viento no hay, ni diques para suicidas, ni Atuchas, así que ni siquiera nos regala, San Luis, la belleza de ser un peligro nuclear. En el trabajo de campo que vengo haciendo desde hace unos meses me encontré con gente que habla muy bien de sus autopistas, como si nunca hubieran visto una doble cinta asfáltica, con autos que van pacá y otros que van payá; del free WiFi, pero de esos desconfío por regalados; y de los subsidios a los cineastas, que es gente muuuuy copada, pasada de simbólica, poco dada a lo concreto, salvo cuando se trata del dinero público. Nada malo pero tampoco nada bueno le sucederá al país por tenerla en su geografía. Igual que las Malvinas. ¿Para qué queremos las Malvinas? No vale usar las palabras patria, ni soberanía. Para qué queremos las Malvinas. Antes de viajar a San Luis voy a bautizar a mi mochila Fugate, como hacen los dueños de caballos de carrera. Todos los días busco en la sección de turf de La Nación los nombres que le ponen a los burros, así como camino los puertos de las ciudades que visito para mirar los nombres de los barcos, y recorro barrios cerrados para leer los nombres de las casas, que me encantan, los nombres, por sus desórdenes involuntarios de significado y significante, como aquella que vi una vez en un balneario

bonaerense, un chalet blanco simplón, un poco maltratado, con techo rojo a dos aguas y un pino altísimo amenazándolo que se llamaba Las manos de papá, dramático, y no pude evitar imaginarme, o lo pude evitar pero no quise, en los fondos, una montañita de piedras debajo de las cuales papá estaba enterrado y sobresaliendo, as manos de papá, alzadas al cielo, como ofrenda o como ruego o como justificación. Para evitar estos desarreglos, una hipótesis de conflicto constante tiene que ser, es, estar siempre alerta, controlar el mensaje, el mensaje propio, saber qué quiero decir y decirlo. Por eso creo que para todo hay que tener un nombre pensado de antemano. Por las dudas ya tengo elegido el nombre para el campo que voy a tener, en diez años, un campito acá nomás, en las afueras, un terreno suave, buena onda, con hortalizas, que será la respuesta al interrogante que me hago a diario ¿desde dónde escribo?, a veces literal, a veces metafóricamente. En fin, que mientras tanto le estoy buscando un nombre a la mochila, para resignificarnos afectivamente, para que no nos vuelva a pasar lo que nos pasó ¿Qué nos pasó? Para el viaje voy a cargar en la Fugate una plancha de cuatro hojas blancas oficio unidas con cinta scotch transparente, plegada en dos la plancha por los cortes de la cinta, donde voy a ir dibujando un mapa con los puntos débiles de San Luis, que deben ser casi todos, por donde vamos a entrar cuando acá no haya nada por hacer, cuando acá hayamos acabado el stock de banderas blancas, y tengamos que huir, con Tomás, mojados y temblando de frío, pero con un plan, papá tiene un plan, Tomás, en busca de territorios más altos. El mejor lugar que encontré hasta ahora para desarrollar hipótesis de conflicto es twitter, un gran supermercado de consensos bobos en el que participo para mezclar y confundir, poniendo tomate perita en la góndola de embutidos, como hago cuando voy a Disco, para que alguien diga eh, qué pasó acá o que diga, mejor, mirá que buen maridaje. El riesgo de buscar los límites del pensamiento y esforzarme a pensar un poco más, un poco mejor, sobre las discusiones generales, es convertirme, como pasa mucho en twitter, en un hombre que define su peso simbólico en función de las voluntades que consiguen arrear para adueñarse de los microclimas. O dicho en criollo: convertirme en uno de esos señores que hacen asados los domingos en los clubes metropolitanos ¿Los tienen vistos? Dedicados a sus parrillas, bien formados en hilera, respetando el orden de llegada que los acerca o los aleja de la zona de las canillas, cocinan carne. Prenden el fuego. Están los que envuelven una botella mediana con papel de diario trenzado formando una pirámide a la que rodean de pedazos de carbón, retiran la botella, tiran un trozo pequeño de madera encendida en una de sus puntas, prenden el fuego. Están los que ponen el carbón chico sobre la parrilla, incendian papel de diario debajo, cocinan el carbón, que cae encendido, agrupan las brasas, prenden el fuego. Están los que abollan papel, lo apoyan sobre los ladrillos refractarios, apilan madera fina, luego madera gruesa, luego carbón, prenden el fuego. Están los que usan pastillas de resina. Están los que usan combustible. Prenden el fuego, no se impacientan. Sólo se miran cuando llega el momento de disponer la carne sobre el tejido alámbrico caliente. Es un instante, el de la carne, en el que se cuentan, muy solapadamente, entre ellos, la cantidad de cortes a cocinar, que representan la cantidad de invitados, y que define todo lo mal y todo lo bien que trabajaron en la semana sus limitaciones afectivas, es el sistema métrico que los define como hombres recíprocos, integrados, dueños de sí mismos, de su microclima. Y eso es algo que en la hilera de parrillas los señores que hacen asados los domingos en los clubes metropolitanos saben leer muy bien. Recién ahí se cruzan algunas pocas palabras. Hay que verlos justificando la abultada o la magra convocatoria que lograron ese domingo para la mesa de cemento mal alisado que los espera a sus espaldas en el tinglado. ¿Los oyeron alguna vez? Deberían, para saber de qué futuro hay que huir, porque con dos o tres renunciamientos que se hagan ahí estaremos contándole los costillares al vecino. El trabajo que hay que hacer para no llegar a tanto, en los clubes, en twitter, es agotador, por lo exigente que se pone uno con sí mismo, con sus pensamientos, con sus palabras, pero es una de las pocas hipótesis de conflicto que estoy

dispuesto llevar a fondo. Regla número uno, entonces: nunca especular, los chorizos se cuentan al final. De todas las hipótesis de conflicto, las que más me gustan son las que se resuelven en público, por lo aleccionador del gesto. Ahora, en este mismo momento, hay argentinos resolviendo sus problemas en terapia, y eso está muy bien, aunque no es lo mismo resguardarlas que exponerlas, en tanto pierden trascendencia y quedan en el anecdotario íntimo, para peor, muchas veces vergonzoso, de la propia historia, como cuando nos hicimos caca encima en el jardín, algo que nadie cuenta ¿no? Por eso quiero aprovechar que estoy hablando de este tema para reivindicar al chofer de Scania Emilio Madonna Quiroz, gran apodo, que honró la tradición peronista de someter a debate público un conflicto sectorial, que aquella tarde demente de octubre de 2006 era si al cadáver de Perón, sin manos, sin las manos de papá, lo tenían que entrar a San Vicente los albañiles o los camioneros, algo que en la tercera línea de los gremios no se estaba pudiendo resolver vía Nextel y que Madonna, que no tenía twitter, se encargó de trabajar en terapia de grupo. Cuando el juez le preguntó a Quiroz por qué hizo lo que hizo, le dijo, y yo le creo: fui una víctima de la situación. Podemos objetarle las formas, pedirle que la próxima sea sin tiros o sin TN, porque hay cosas que tienen que suceder pero no las tenemos que ver, aunque no vamos a condenarlo: nos quiero ver a nosotros, calientes, defendiendo el amor a un padre con un fierro en la cintura. Muchas veces me pregunto de qué hablan los que discuten la política, cuál es la metáfora que los aleja de hacer la gran Quiroz, de invadir Malvinas. La política es seducir a un hombre con palabras para después violentarlo con ideología. Por eso en twitter los peronistas tienen tanto éxito: porque les permite hacer público su debate interno sin tener que manotear los revólveres. Para el peronismo la única hipótesis de conflicto es la Argentina.