El drama que Él representa es cósmico

No hemos de pensar que cuando el Padre Celestial envió acá a esta Tierra a Su propio Hijo para encarnarse y para ser uno de nosotros, solamente quisiera que Él desempeñara una parte de ese drama relacionado exclusivamente con el hombre. No. Ese drama que Él representó aquí en la Tierra es un drama cósmico que se extiende a todos los seres de la Creación. Cuando Él se dignó tomar la naturaleza humana con todas las debilidades de esa misma naturaleza, Él quiso también purificar tomando parte de esa naturaleza. Quiso purificar esa misma naturaleza en toda su extensión, en toda su profundidad y en toda su altura. El drama que representó Cristo mis queridos estudiantes, es un drama cósmico. Nosotros tenemos que partir siempre de ese principio, cuando hacemos alguna consideración, sobre aquello que para nosotros es la fuente de vida y es la fuente de todo consuelo, de toda grandeza, de todo cuanto podemos nosotros de bueno, desear. Cuando nosotros vamos revisando, memorizando los distintos hechos que se sucedieron en el drama de la vida de ese Bendito Jesús. Y cuando nos detenemos a examinar por breves instantes siquiera, lo que Él representó en Su pasión, nosotros nos sentimos muchas veces… (silencio). No puedo expresar con toda claridad lo que quiero decir. Nos sentimos muchas veces, asombrados, nos sentimos estupefactos ante ese gran misterio del Padecimiento de Quien es el gozo, de Quien es la bienaventuranza, de Quien es la dicha suprema, de Quien procede todo bien. Si, no podemos explicarnos, como también ese mismo Cristo haya escogido no solamente el dolor físico, sino también lo que hiere más en el alma: el dolor mental, el dolor espiritual; el dolor que nosotros llamamos el dolor más íntimo, el dolor del corazón. Y Él lo escogió. Escogió y lo vivió en Su vida, y lo vivió intensamente como Dios, el dolor físico, el dolor mental, el dolor espiritual. Notemos que en la medida de la evolución de un ser y en la medida en que asume ese ser, tal o cual cosa, en esa misma medida lo goza o también lo deprime. A mayor gozo o a mayor dignidad -digámoslo así-, a mayor evolución de una persona, también corresponde mayor dolor cuando lo asume. Y a mayor felicidad de una persona evolucionada, también responde mayor grado de gozo, cuando esta persona goza. Y al gozo infinito responde

también, lo infinito. Y al dolor infinito, al dolor que asume una persona que tiene un carácter de un Dios, también se asimila un carácter infinito de dolor. ¡Esta es la relación que existe entre las cosas mis queridos estudiantes! Por eso cuando Él asume el dolor, lo asume de una manera infinita. Lo asume como hombre bajo el aspecto de hombre, pero como Dios también bajo el aspecto de Dios. Esto no lo comprendemos, no lo penetramos íntimamente. Porque en Cristo mis queridos estudiantes, no hay dos personas. Este era un error que sostenían algunos, que no examinaron suficientemente la persona del Señor. Ante el dolor especialmente decían, hay dos Cristos, hay dos Personas. La una persona que sufre: la persona humana, y la otra Persona Divina. Pero no, ¡no es esto así, hay un sola Persona! Una sola persona con dos facetas. Una sola persona con una faceta Divina y una sola persona con una faceta humana. Esto como antecedente, para que nosotros podamos comprender un poquito, lo que significó para Él este drama que estamos considerando. Mis queridos estudiantes, ¿Él cuánto representa para cada uno de nosotros? ¿Cuánto representa, -repito- personalmente, individualmente para cada uno de nosotros, como representó para Pedro, como representó para Pablo, como representó para los apóstoles, como representó para Judas, como representó para Caifás, como representó para Pilato, como representó para Anás y como representó para todos? Aquí mis queridos estudiantes, encontramos también el gran misterio de la Conciencia Cósmica y de la Conciencia Crística. Ese gran misterio que por IGUAL se manifiesta a TODOS, aunque todos no reconozcan por igual, lo que significa esa conciencia cósmica. Pero Él, ese Jesús Bendito también tiene que ver profundamente con todos los actos de nuestra vida, como lo vio con Pedro, el apóstol. Tomemos solamente estos dos ejemplos: este ejemplo de Caifás y de Pedro cuya relación hemos escuchado en el Santo Evangelio. ¿Quién era Caifás? Era un hombre, un hombre, y había sido enriquecido con la dignidad sacerdotal. Sabemos que en el pueblo judío los sacerdotes eran solamente los de una tribu especial, los de la tribu Leví y ellos estaban consagrados especialmente a Dios nuestro Señor; y Caifás era también de esta mismo tribu, como sumo sacerdote en aquel tiempo, por eso más de una vez el Señor le mostró profundo respeto como sacerdote pero este hombre también se dejó vencer por el odio, vencer por la envidia, vencer por la preocupación, vencer por intereses meramente temporales. Si él sinceramente hubiera pensado que podía, ya en su tiempo, al ver tantos prodigios, porque él lo vio, él lo constató sino personalmente, por tantos que le informaban acerca de lo que ese RABI de Galilea, como lo decían- realizaba. Él fue informado perfectamente de cuanto hacía y de cuanto decía. Y cuando le interroga al Señor mis queridos estudiantes, no le interroga para saber la verdad, sino le interroga ya de antemano prejuzgándole. Si, ahí mismo cometía -en ese momento- un delito, un delito que los códigos penales lo castigan cuando se prejuzga a un condenado, a un reo. ¡Condenó! Con Él, con el Señor cometió él un delito mis queridos estudiantes, un delito, porque ya de antemano le juzgó. Si él le hace esas preguntas, dice: Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Mesías. ¡Él lo sabía perfectamente y sabía la respuesta

que iba a darle y era únicamente para que quienes le escuchaban a Él, pues, le declararan reo! Pero tengamos en cuenta mis queridos estudiantes, la fuerza de la respuesta del Señor, cuando el Señor es interrogado por el príncipe de los sacerdotes. en nombre de Dios vivo, dice- te conjuro que me digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y Él, con todo aplomo, Aquel que no abrió los labios cuando le insultaron, dijo: “Si, tú lo has dicho, sí esto es verdad y verás que el Hijo del Hombre ha de venir un día lleno de poder y de majestad, con la majestad de Dios”. Respuesta tajante, respuesta clara, respuesta terminante. Él no negó, no negó que era Dios, no negó que era el mismo Hijo de Dios. Él mis queridos estudiantes JAMÁS DIJO UNA MENTIRA, ¡cómo podía mentir la VERDAD! Él jamás engañó, jamás desvió la mente de nadie como cualquiera de nosotros siquiera inconscientemente, puede desviar la mente o el corazón de muchos. Él expresó siempre lo que era el Padre. Y el Padre es la Verdad, es la esencia de la justicia, la esencia de la bondad y la esencia de todos los atributos divinos. Y ese Cristo con aplomo pues, dice en presencia de Caifás: “Si, tú lo has dicho, Yo soy, Yo soy el Mesías, Yo soy el Cristo el enviado de Dios.” ¿Qué más se quería entonces? ¿qué esperaba aquel hombre? Que el Señor negara lo que en realidad era, que Él mintiera. ¡NO! Él lo dijo con toda claridad, lo que era, y lo que es y lo que seguirá siendo para siempre. Es por eso mis queridos estudiantes, que Quien tiene la conciencia crística universal, esa conciencia cósmica, pues, Él se revela a todos, porque es Dios. Y por eso nosotros mis queridos estudiantes, más que en ningún otro lugar podemos SENTIR, allí en donde Él estuvo, en donde El dejó la huella física, -digámoslo así- de Su presencia, sentimos también la huella infinita de Su Presencia Divina! ¡Él lo declaró, que es Dios. Y Él lo declaró no solamente una vez, lo declaró algunas veces! Nosotros ¡qué felices nos encontramos! ¡qué felices nos sentimos, cuando Él nos revela lo que ES, y que a pesar de que haya asumido la naturaleza humana, haya asumido también todas nuestras debilidades! Por eso mis queridos estudiantes, Él como Dios perdona, como Dios santifica, como Dios ama, como Dios nos busca, y como Hombre, es como cualesquiera de nosotros con cualesquiera de nuestras debilidades, menos -como dice el apóstol San Pablo- el pecado. Porque en Él es incompatible el oscurecimiento de la imagen de Dios, ni siquiera en un instante, como es posible, es factible en nosotros sus criaturas. ¡Esta es pues, la confesión más grande que hizo el Señor, mis queridos estudiantes! Y luego, después de esa confesión, es condenado por el pontífice. El Señor todavía tiene que soportar, tiene que soportar la negación de su apóstol, la negación de Pedro. Y esa negación lo hace precisamente en el atrio del pontífice, ahí en el patio, cuando una sirvienta le interroga acerca de Jesús Nazareno. Y Juan en su Evangelio, narra circunstancias también y detalles que le dan un colorido a esta escena, un colorido muy real. Juan era conocido del pontífice y por eso habló con el pontífice para que entrara Pedro, y luego estuviera por lo menos de lejos, mirando a su Señor. Yo, -dijo él- yo te seguiré a donde quieras, a donde vayas; y si eres conducido al tormento, si eres conducido a la muerte, allá te seguiré; dijo el apóstol unos instantes antes nada más. Pero cuando le vio a ese Señor azotado, con

esos azotes que daban solamente a los reos o a los esclavos -hasta 40 azotes debían dar a los esclavos-. Y los judíos, los escribas, los fariseos que no querían transigir en nada esas disposiciones legales, tenían que dar 39 azotes, por si acaso dieran uno más. ¡ HIPOCRITAS! ¡ HIPOCRITAS! que sólo se pegaban a la ley y no purificaban sus corazones. Luego Pedro mis queridos estudiantes, cuando le ve al Señor, cambia totalmente, comienza a cambiar, comienza él a tener un momento de ofuscación, momento de ofuscación que va adelante, adelante, adelante. Primero, comienza a dudar en la primera negación a la pregunta de la criada. Cuando le hace nuevamente la pregunta, ya él comienza a ofuscarse más. Y cuando le hace la tercera pregunta, se ofusca completamente y niega, y uniendo a la negación las maldiciones, los improperios, las blasfemias. Esta Iglesia en la cual nosotros estamos celebrando la Divina Eucaristía y esta gruta que con seguridad encerró a Ese encarcelado, a Ese inocente, a ese Cristo. Esta Iglesia y esta gruta son el escenario de todos estos hechos, porque es la casa de Pilato, o es la casa de Caifás, es la casa del Sumo sacerdote. Y aquí en esta casa, se realizó todo esto. Y aquí en esta casa se realizó esa negación de Pedro. Pero mis queridos estudiantes, reflexionemos también, que Pedro no es sino un ACCIDENTE. Decía al principio, que Cristo está desempeñando y desempeña un drama cósmico. Pedro no es sino un accidente, está representando a todos, absolutamente a todos los negadores de Cristo. Y nos está también representando mis queridos estudiantes, nos está representando a todos y cada uno de nosotros. No creamos que solamente Pedro le negó al Señor, ¡le hemos negado nosotros! Sí nosotros nos interiorizamos, si nosotros nos examinamos un poquito, veremos que como Pedro, le hemos negado, no una, no dos, no tres veces, sino muchas veces más que Pedro. También nosotros le hemos negado ¿por qué? Por un interés temporal, por alguna cosa pequeñita, por algo que en realidad nada vale, nos hemos apartado de Dios. Pero mis queridos estudiantes, Pedro no quedó con la negación, sino que él reconoció su pecado, y lloró luego amargamente este pecado. Vamos mis queridos estudiantes, a sacar esta conclusión de las consideraciones que hemos hecho. Cuando nosotros tengamos la debilidad de negarle al Señor pues está también en nuestro recurso, está en nuestras manos: el volver a Él por la penitencia. No hemos de negarle solamente como Pedro, sino hemos de llorar nuestra falta como la lloró Pedro… Padre CÉSAR A. DÁVILA G. San Pedro in Gallicantu- Jerusalén (22 de mayo, 1978)