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SAN JUAN DE LA CRUZ

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CANTO ESPIRITUAL A

Prólogo

Canciones entre el alma y el Esposo

Canciones

Canción 1. Adónde te escondiste
Canción 2. Pastores, los que fuerdes
Canción 3. Buscando mis amores
Canción 4. Oh bosques y espesuras
Canción 5. Mil gracias derramando
Canción 6. Ay, quién podrá sanarme
Canción 7. Y todos cuantos vagan
Canción 8. Mas, cómo perseveras
Canción 9. Por qué, pues has llagado
Canción 10. Apaga mis enojos
Canción 11. Oh cristalina fuente
Canción 12. Apártalos, Amado
Canción 13. Mi Amado, las montañas
Canción 14. La noche sosegada
Canción 15. Nuestro lecho florido
Canción 16. A zaga de tu huella
Canción 17. En la interior bodega
Canción 18. Allí me dio su pecho
Canción 19. Mi alma se ha empleado
Canción 20. Pues ya si en el ejido
Canción 21. De flores y esmeraldas
Canción 22. En solo aquel cabello
Canción 23. Cuando tú me mirabas
Canción 24. No quieras despreciarme
Canción 25. Cogednos las raposas
Canción 26. Detente, cierzo muerto
Canción 27. Entrado se ha la esposa
Canción 28. Debajo del manzano
Canción 29. A las aves ligeras
Canción 30. Por las amenas liras
Canción 31. Oh ninfas de Judea
Canción 32. Escóndete, Carillo
Canción 33. La blanca palomica
Canción 34. En soledad vivía
Canción 35. Gocémonos, Amado
Canción 36. Y luego a las subidas
Canción 37. Allí me mostrarías
Canción 38. El aspirar del aire
Canción 39. Que nadie lo miraba

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DECLARACIÓN DE LAS CANCIONES QUE TRATAN DEL
EJERCICIO DE AMOR ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO CRISTO,
EN LA CUAL SE TOCAN Y DECLARAN ALGUNOS PUNTOS Y
EFECTOS DE ORACIÓN, A PETICIÓN DE LA MADRE ANA DE
JESÚS, PRIORA DE LAS DESCALZAS DE SAN JOSÉ DE
GRANADA. AÑO DE 1584 AÑOS.

Prólogo

1. Por cuanto estas canciones, religiosa Madre, parecen ser escritas
con algún fervor de amor de Dios, cuya sabiduría y amor es tan
inmenso, que, como se dice en el libro de la Sabiduría (Sab 8, 1),
toca desde un fin hasta otro fin, y el alma que de él es informada y
movida, en alguna manera esa misma abundancia e ímpetu lleva en
su decir, no pienso yo ahora declarar toda la anchura y copia que el
espíritu fecundo del amor en ellas lleva; antes sería ignorancia
pensar que los dichos de amor en inteligencia mística, cuales son
los de las presentes canciones, con alguna manera de palabras se
pueden bien explicar; porque el Espíritu del Señor que ayuda
nuestra flaqueza, como dice san Pablo (Rm. 8, 26), morando en
nosotros, pide por nosotros con gemidos inefables lo que nosotros
no podemos bien entender ni comprehender para lo manifestar.
Porque ¿quién podrá escribir lo que a las almas amorosas, donde él
mora, hace entender? Y ¿quién podrá manifestar con palabras lo
que las hace sentir? Y ¿quién, finalmente, lo que las hace desear?
Cierto, nadie lo puede; cierto, ni ellas mismas por quien pasa lo
pueden. Que ésta es la causa por que con figuras, comparaciones y
semejanzas, antes rebosan algo de lo que sienten, y de la
abundancia del espíritu vierten secretos misterios, que con razones
lo declaran.

Las cuales semejanzas, no leídas con la sencillez del espíritu de
amor e inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que
dichos puestos en razón, según es de ver en los divinos Cantares
de Salomón y en otros libros de la Escritura divina, donde, no
pudiendo el Espíritu Santo dar a entender la abundancia de su
sentido por términos vulgares y usados, habla misterios en extrañas
figuras y semejanzas. De donde se sigue que los santos doctores,
aunque mucho dicen y más digan, nunca pueden acabar de
declararlo por palabras, así como tampoco por palabras se pudo
ello decir; y así, lo que de ello se declara, ordinariamente es lo
menos que contiene en sí.

2. Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de
abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi
intento será tal, sino sólo dar alguna luz en general, pues Vuestra
Reverencia así lo ha querido, y esto tengo por mejor, porque los
dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura para que cada uno
de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu, que
abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo paladar. Y así,
aunque en alguna manera se declaran, no hay para qué atarse a la
declaración; porque la sabiduría mística (la cual es por amor, de
que las presentes canciones tratan) no ha menester distintamente
entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque
es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle.

3. Por tanto, seré bien breve, aunque no podrá ser menos de
alargarme en algunas partes donde lo pidiere la materia y donde se
ofreciere ocasión de tratar y declarar algunos puntos y efectos de
oración, que, por tocarse en las canciones muchos, no podrá ser
menos de tratar algunos. Pero, dejando los más comunes, notaré
brevemente los más extraordinarios que pasan por los que han
pasado, con el favor de Dios, de principiantes. Y esto por dos
cosas: la una, porque para los principiantes hay muchas cosas
escritas; la otra, porque en ello hablo con Vuestra Reverencia por
su mandado, a la cual Nuestro Señor ha hecho merced de haberla
sacado de esos principios y llevádola más adentro del seno de su
amor divino. Y así espero que, aunque se escriben aquí algunos
puntos de teología escolástica acerca del trato interior del alma con
su Dios, no será en vano haber hablado algo a lo puro del espíritu
en tal manera; pues, aunque a Vuestra Reverencia le falte el
ejercicio de teología escolástica, con que se entienden las verdades
divinas, no la falta el de la mística, que se sabe por amor, en que no
solamente se saben, mas juntamente se gustan.
4. Y por que lo que dijere (lo cual quiero sujetar al mejor juicio, y
totalmente al de la Santa Madre Iglesia) haga más fe, no pienso
afirmar cosa de mío, fiándome de experiencia que por mí haya
pasado, ni de lo que en otras personas espirituales haya conocido o
de ellas oído (aunque de lo uno y de lo otro me pienso aprovechar),
sin que con autoridades de la Escritura divina vaya confirmado y
declarado, a lo menos, en lo que pareciere más dificultoso de
entender. En las cuales llevaré este estilo: que primero las pondré
la sentencia de su latín, y luego las declararé al propósito de lo que
se trajeren; y pondré primero juntas todas las canciones, y luego
por su orden iré poniendo cada una de por sí para haberla de
declarar; de las cuales declararé cada verso poniéndole al principio
de su declaración, etc.

FIN DEL PRÓLOGO

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Canciones entre el alma y el esposo

Esposa

1. ¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

2. Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero:
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.

3. Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

Pregunta
a las criaturas
4. ¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.

Respuesta
de las criaturas

5. Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

Esposa

6. ¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.

7. Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

8. Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?

9. ¿Por qué pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?

10. Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

11. ¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

12. Apártalos, Amado,
que voy de vuelo.

El Esposo

Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.

La Esposa

13. Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

14. la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

15. Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.

16. A zaga de tu huella
las jóvenes discurren al camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.

17. En la interior bodega
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.

18. Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa:
allí le prometí de ser su Esposa.

19. Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

20. Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.

21. De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas.

22. En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.

23. Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.

24. No quieras despreciarme,
que, si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.

25. Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.

26. Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.

Esposo

27. Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.

28. Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

29. A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores,

30. por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesen vuestras iras,
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.

Esposa

31. ¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.

32. Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.

Esposo

33. La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado;
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.

34. En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido;
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

Esposa

35. Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

36. Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.

37. Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:

38. El aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

39. Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

FIN DE LAS CANCIONES

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COMIENZA LA DECLARACIÓN DE LAS CANCIONES ENTRE LA
ESPOSA Y EL ESPOSO

CANCIÓN PRIMERA

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

DECLARACIÓN

1. En esta primera canción, el alma enamorada del Verbo Hijo de
Dios, su Esposo, deseando unirse con él por clara y esencial visión,
propone sus ansias de amor, querellándose a él de la ausencia,
mayormente que, estando ella herida de su amor, por el cual ha
salido de todas las cosas y de sí misma, todavía haya de padecer la
ausencia de su Amado, no desatándola ya de la carne mortal para
poderle gozar en gloria de eternidad; y así, dice:

¿Adónde te escondiste?

2. Y es como si dijera: Verbo, Esposo mío, muéstrame el lugar do
estás escondido. En lo cual le pide la manifestación de su divina
esencia; porque el lugar do está escondido el Hijo de Dios, es,
como dice san Juan (Jn 1, 18), el seno del Padre, que es la esencia
divina, la cual es ajena y escondida de todo ojo mortal y de todo
entendimiento. Lo cual quiso decir Isaías (Is 45, 15), cuando dijo:
Verdaderamente tú eres Dios escondido. Donde es de notar que,
por grandes comunicaciones y presencias, y altas y subidas noticias
de Dios que una alma en esta vida tenga, no es aquello
esencialmente Dios, ni tiene que ver con él, porque todavía, en la
verdad, le está al alma escondido, y siempre le conviene al alma
sobre todas esas grandezas tenerle por escondido y buscarle
escondido, diciendo: ¿Adónde te escondiste? Porque ni la alta
comunicación y presencia sensible es más testimonio de su
presencia, ni la sequedad y carencia de todo eso en el alma es
menos testimonio de su presencia en ella. Por lo cual dice el profeta
Job (Job 9,11): Si venerit ad me, non videbo eum; et si abierit, non
intelligam, que quiere decir: Si viniere a mí (es a saber, Dios), no le
veré; y si se fuere, no lo entenderé. En lo cual se ha de entender
que, si el alma sintiere grande comunicación o noticia de Dios o otro
algún sentimiento, no por eso se ha de persuadir a que aquello sea
tener más a Dios o estar más en Dios; ni tampoco que aquello que
siente o entiende sea esencialmente Dios, aunque más ello sea, y
que si todas esas comunicaciones sensibles e inteligibles le
faltaren, no ha de pensar que por eso le falta Dios, pues que
realmente ni por lo uno puede saber de cierto estar en su gracia, ni
por lo otro estar fuera de ella, diciendo el Sabio (Ecle. 9, 1): Nemo
scit utrum amore an odio dignus sit, que quiere decir: Ningún
hombre mortal puede saber si es digno de gracia o aborrecimiento
de Dios. De manera que el intento del alma en este presente verso
no es pedir sólo la devoción afectiva y sensible, en que no hay
certeza ni claridad de la posesión graciosa del Esposo en esta vida,
sino también la presencia y clara visión de su esencia, con que
desea estar certificada y satisfecha en la gloria.
3. Esto mismo quiso decir la Esposa en los Cantares divinos (Ct 1,
6), cuando, deseando la unión y junta de la divinidad del Verbo,
Esposo suyo, la pidió al Padre, diciendo: Indica mihi, ubi pascas, ubi
cubes in meridie, que quiere decir: Muéstrame dónde te apacientes,
y dónde te recuestes al mediodía. Porque, en pedirle dónde se
apacentaba, era pedir le mostrase la esencia del Verbo divino,
porque el Padre no se gloría ni apacienta en otra cosa que en el
Verbo, su único Hijo; y en pedir le mostrase dónde se recostaba al
mediodía, era pedirle lo mismo, porque el Padre no se recuesta ni
cabe en otro lugar que en su Hijo, en el cual se recuesta,
comunicándole toda su esencia al mediodía, que es en la eternidad,
donde siempre le engendra. Este pasto, pues, donde el Padre se
apacienta, y este lecho florido del Verbo divino, donde se recuesta,
escondido de toda criatura mortal, pide aquí el alma Esposa cuando
dice: ¿Adónde te escondiste?

4. Y es de notar, para saber hallar este Esposo (cual en esta vida
se puede), que el Verbo, juntamente con el Padre y el Espíritu
Santo, está esencialmente en el íntimo centro del alma escondido;
por tanto, el alma que por unión de amor le ha de hallar, conviénele
salir y esconderse de todas las cosas criadas según la voluntad y
entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma, comunicándose
allí con Dios en amoroso y afectuoso trato, estimando todo lo que
hay en el mundo como si no fuese. Que por eso san Agustín,
hablando en los Soliloquios con Dios, decía: No te hallaba yo,
Señor, de fuera, porque mal te buscaba de fuera a ti que estabas
dentro. Está, pues, en el alma escondido, y allí le ha de buscar el
buen contemplativo, diciendo: ¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

5. Llámale Amado para más moverle e inclinarle a su ruego, porque,
cuando Dios es amado de veras, con gran facilidad oye los ruegos
de su amante. Y entonces se puede de verdad llamar Amado,
cuando el alma está entera con él, no teniendo su corazón en otra
cosa alguna fuera de él. De donde algunos llaman al Esposo
Amado, y no es su Amado de veras, porque no tienen con él entero
su corazón; y así, su petición no es en la presencia del Esposo de
tanto valor.

6. Y en lo que dice luego: Y me dejaste con gemido, es de notar
que la ausencia del Amado es un continuo gemido en el corazón del
amante, porque, como fuera de él nada ama, en nada descansa ni
recibe alivio. De donde en esto se conocerá si alguno de veras a
Dios ama, si con alguna cosa menos que Dios no se contenta.

Este gemido dio bien a entender san Pablo (Rm. 8, 23) cuando dijo:
Nos intra nos gemimus, expectantes adoptionem filiorum Dei, esto
es: Nosotros dentro de nosotros tenemos el gemido, esperando la
adopción y posesión de hijos de Dios; que es como si dijera: dentro
de nuestro corazón, donde tenemos la prenda, sentimos lo que nos
aqueja, que es la ausencia. Este, pues, es el gemido que el alma
tiene siempre en el sentimiento de la ausencia de su Amado,
mayormente cuando, habiendo gustado alguna dulce y sabrosa
comunicación suya la dejó seca y sola. Lo cual sintiendo ella
mucho, dice luego:

Como el ciervo huiste,

7. Donde es de notar que en los Cantares (Ct 2, 9) compara la
Esposa al Esposo al ciervo y a la cabra montañesa, diciendo:
Similis est dilectus meus capreae hinnuloque cervorum, esto es:
Semejante es mi Amado a la cabra y al hijo de los ciervos. Y esto
por la presteza del esconderse y mostrarse, cual suele hacer el
Amado en las visitas que hace a las almas, y en los desvíos y
ausencias que las hace sentir después de las tales visitas; por lo
cual les hace sentir con mayor dolor la ausencia, según ahora da
aquí a entender el alma, cuando dice:

Habiéndome herido.

8. Y es como si dijera: no sólo me bastaba la pena y el dolor que
ordinariamente padezco en tu ausencia, sino que, hiriéndome más
de amor con tu flecha y aumentado la pasión y apetito de tu vista
huyas con ligereza de ciervo y no te dejes comprehender algún
tanto siquiera.

9. Para más declaración de este verso es de saber que, allende de
otras muchas diferencias de visitas que Dios hace al alma, con que
la llaga y levanta en amor, suele hacer unos encendidos toques de
amor, que a manera de saeta de fuego hieren y traspasan al alma y
la dejan toda cauterizada con fuego de amor. Y éstas propiamente
se llaman heridas de amor, de las cuales habla aquí el alma.
Inflaman éstas tanto la voluntad en afición, que se está el alma
abrasando en fuego y llama de amor; tanto, que parece consumirse
en aquella llama, y la hace salir fuera de sí y renovar toda y pasar a
nueva manera de ser, así como el ave fénix, que se quema y
renace de nuevo.

De lo cual hablando David (Sal. 72, 21-22), dice: Inflammatum est
cor meum, et renes mei commutati sunt, et ego ad nihilum redactus
sum, et nescivi, que es decir: Fue inflamado mi corazón, y mis renes
se mudaron, y yo fui resuelto en nada y no supe. Los apetitos y
afectos que aquí entiende el profeta por renes, todos se
conmueven, mudándose en divinos en aquella inflamación amorosa
del corazón; y el alma por amor se resuelve en nada, nada
sabiendo sino sólo amor. Y a este tiempo amoroso es la
conmutación de estas renes de apetitos de voluntad hecha en
grande manera de tormento en ansia de ver a Dios; tanto, que le
parece al alma intolerable el rigor de que con ella usa el amor; no
porque la haya herido (porque antes tiene ella las tales heridas de
amor por salud), sino porque la dejó así herida penando, y no la
hirió más hasta acabarla de matar, para poder verse juntamente
con él en revelada y clara vista de perfecto amor. Por tanto,
encareciendo o declarando el dolor de la herida en amor a causa de
la ausencia, dijo: Habiéndome herido.

10. Y este sentimiento tan grande acaece así en el alma por cuanto
en aquella herida de amor, que hace Dios en ella, levántase la
voluntad del alma con súbita presteza a la posesión del Amado, que
sintió estar cerca por el toque suyo que sintió de amor. Y con esa
misma presteza siente la ausencia y el gemido juntamente, por
cuanto en ese mismo momento se le desaparece y esconde, y se
queda ella en vacío y con tanto más dolor y gemido, cuanto era
mayor el apetito de comprehender. Porque estas visitas de heridas
de amor no son como otras en que Dios suele recrear y satisfacer al
alma, llenándola de pacífica suavidad y reposo; porque éstas sólo
las hace él más para llagar que para sanar, y más para lastimar que
para satisfacer, pues no sirven más de para avivar la noticia y
aumentar el apetito y, por el consiguiente, el dolor.

Estas se llaman heridas de amor, que son al alma sabrosísimas; por
lo cual querría ella estar siempre muriendo mil muertes a estas
lanzadas, porque la hacen salir de sí y entrar en Dios. Lo cual da
ella a entender en el verso siguiente, diciendo:

Salí tras ti clamando, y eras ido.
11. En las heridas de amor no puede haber medicina sino de parte
del que hirió, y por eso dice que salió clamando, esto es, pidiendo
medicina tras del que la había herido, clamando con la fuerza del
fuego causado de la herida.

Y es de saber que este salir se entiende de dos maneras: la una,
saliendo de todas las cosas, lo cual se hace por desprecio y
aborrecimiento de ellas; la otra, saliendo de sí misma por olvido y
descuido de sí, lo cual se hace por aborrecimiento santo de sí
misma en amor de Dios; el cual de tal manera levanta al alma, que
la hace salir de sí y de sus quicios y modos naturales, clamando por
Dios. Y esas dos maneras de salir entiende aquí el alma cuando
dice: salí, porque esas dos son menester, y no menos, para ir tras
Dios y entrar en él. Y así es como si dijera: Esposo mío, en aquel
toque tuyo y herida de amor, sacásteme no sólo de todas las cosas,
enajenándome de ellas, mas también me hiciste salir de mí (porque,
a la verdad, y aun de las carnes parece que entonces saca Dios al
alma) y levantásteme a ti, clamando por ti, desasida ya de todo para
asirme a ti.

12. Y eras ido, como si dijera: al tiempo que quise comprehender tu
presencia no te hallé, y quedéme vacía y desasida de todo por ti y
sin asirme a ti, penando en los aires de amor sin arrimo de ti y de
mí. Esto que aquí llama el alma salir para ir a Dios, llama la Esposa
en los Cantares (Ct 3, 2) levantar, diciendo: Surgam et circuibo
civitatem, per vicos et plateas quaeram quem diligit anima mea,
quaesivi illum et non inveni quiere decir: Levantarme he y rodearé la
ciudad; por los arrabales y las plazas buscaré al que ama mi ánima,
busquéle y no le hallé. Este levantar se entiende aquí
espiritualmente de lo bajo a lo alto, que es lo mismo que salir de sí,
esto es, de su modo y amor bajo el alto amor de Dios. Pero da a
entender que quedó penada, porque no le halló.

Por eso, el que está enamorado de Dios vive siempre en esta vida
penado, porque él está ya entregado a Dios, esperando la paga en
la misma moneda, conviene a saber, de la entrega de la clara
posesión y vision de Dios, clamando por ella, y en esta vida no se le
da, y, habiéndose ya perdido de amor por Dios, no ha hallado la
ganancia de su pérdida, pues carece de la dicha posesión del
Amado, porque él se perdió. Por tanto, el que anda penado por
Dios, señal es que se ha dado a Dios y que le ama.
13. Esta pena y sentimiento de la ausencia de Dios suele ser tan
grande en los que van llegándose a perfección, al tiempo de estas
divinas heridas, que, si no proveyese el Señor, morirían, porque,
como tienen el paladar de la voluntad y el espíritu limpio y sano,
bien dispuesto para Dios, y en lo dicho se les da a gustar algo de la
dulzura del amor, que ellos sobre todo modo apetecen, padecen
sobre todo modo; porque, como por resquicios, se les muestra un
inmenso bien y no se les concede: así es inefable la pena y el
tormento.

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CANCIÓN 2

Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero.

DECLARACIÓN

1. En esta canción el alma se quiere aprovechar de terceros y
medianeros para con su Amado, pidiéndoles le den parte de su
dolor y pena; porque propiedad es del amante, ya que por la
ausencia no puede comunicarse, hacerlo por los mejores medios
que puede; y así el alma, de sus deseos, afectos y gemidos, se
quiere aquí aprovechar como de mensajeros que tan bien saben
manifestar los secretos del corazón; y así, dice:

Pastores, los que fuerdes,

2. llamando pastores a los afectos y deseos, porque ellos
apacientan al alma de bienes espirituales (porque pastor quiere
decir apacentador), y mediante ellos se comunica Dios a ella,
porque sin ellos no se le comunica. Y dice: Los que fuerdes, es a
saber, los que de puro amor saliéredes, porque no todos van, sino
los que salen de fiel amor.

Allá por las majadas al otero.
3. Llama majadas a los coros de los ángeles, por los cuales de coro
en coro van nuestros gemidos y oraciones a Dios; al cual llama
otero porque, así como el otero es alto, así Dios es la suma alteza,
y porque en Dios, como en el otero, se otean y ven todas las cosas;
al cual van nuestras oraciones, ofreciéndoselas los ángeles, como
habemos dicho, porque ellos son los que le ofrecen nuestras
oraciones y deseos, según lo dijo el ángel al santo Tobías (Tb 12,
12), diciendo: Quando orabas cum lachrymis et sepeliebas, etc.,
ego obtuli orationem tuam Domino, que quiere decir: Cuando
orabas con lágrimas y enterrabas los muertos, yo ofrecí al Señor tu
oración.

También se pueden entender estos pastores, que aquí dice el alma,
por los mismos ángeles; porque no sólo llevan a Dios nuestros
recaudos, sino también traen los de Dios a nuestras almas,
apacentándolas como buenos pastores de dulces inspiraciones y
comunicaciones de Dios, por cuyo medio también Dios las hace, y
ellos nos amparan de los lobos, que son los demonios, y nos
defienden de ellos como buenos pastores.

Si por ventura vierdes.

4. Y es tanto como decir: si por mi buena dicha y ventura llegáredes
a su presencia, de suerte que os vea y os oiga. Donde es de notar
que, aunque es verdad que Dios todo lo sabe y entiende, y hasta
los mínimos pensamientos del alma ve y nota (Dt. 31, 12), entonces
se dice ver nuestras necesidades o oirlas, cuando las remedia o las
cumple. Porque no cualesquier necesidades ni cualesquier
peticiones llegan a colmo que las oiga Dios para cumplirlas, hasta
que en sus ojos llegue bastante tiempo y sazón y número para
concederlas o remediarlas; y entonces se dice verlas y oírlas, según
es de ver en el Exodo (Ex 3, 7-8), donde, después de cuatrocientos
años que los hijos de Israel habían estado afligidos en la
servidumbre de Egipto, dijo Dios a Moisés: Vidi aflictionem populi
mei in Aegipto et clamorem eius audivi, etc., et descendi liberare
eum, esto es: Vi la aflicción de mi pueblo y he oído su clamor, y he
bajado para librarlos, como quiera que siempre la hubiese visto;
pero entonces se dijo verla cuando por la obra quiso cumplirla. Y
también dijo san Gabriel a Zacarías (Lc. 1, 13): Ne timeas, Zacharia,
quioniam exaudita est desprecatio tua, que quiere decir: No temas
Zacarías, porque es oída tu oración, es a saber, concediéndole el
hijo que muchos años le había andado pidiendo, como quiera que
siempre le hubiese oído. Y así ha de entender cualquiera alma que,
aunque Dios no acuda luego a su necesidad y ruego, no por eso, si
ella no lo desmerece, dejará de acudir en el tiempo debido y
oportuno, el cual es, como dice David (Sal. 9, 10), adiutor in
opportunitatibus, in tribulatione, esto es, ayudador en las
oportunidades y en la tribulación. Quiere, pues, decir aquí el alma
cuando dice: Si por ventura vierdes, si por mi buena ventura ha
llegado el tiempo y sazón en que mis deseos y peticiones hayan
llegado a que los vea para cumplírmelos,

aquel que yo más quiero,

5. es a saber, más que a todas las cosas. Y entonces, hablando a lo
perfecto, le quiere más que a todas las cosas el alma, cuando no se
le pone nada por delante que la impida hacer y padecer por él
cualquier cosa. A éste, pues, que ella más quiere, envía por
mensajeros a sus deseos con el recaudo de sus necesidades y
penas, diciendo:

Decilde que adolezco, peno y muero.

6. Tres maneras de necesidades representa aquí el alma, conviene
a saber: dolencia, pena y muerte. Porque el alma que de veras
ama, ordinariamente en el sentimiento de la ausencia de Dios
padece de estas tres maneras dichas, según las tres potencias del
alma, que son: entendimiento, voluntad y memoria. Acerca del
entendimiento adolece, porque no ve a Dios, que es la salud del
entendimiento. Acerca de la voluntad pena, porque carece de la
posesión de Dios, que es el descanso, refrigerio y deleite de la
voluntad. Acerca de la memoria muere, porque, acordándose que
carece de todos los bienes del entendimiento, que es ver a Dios, y
de todos los deleites de la voluntad, que es poseerle, y que también
es muy posible carecer de él para siempre, padece en esta
memoria a manera de muerte.

7. Estas tres necesidades representó también Jeremías (Lm. 3, 19)
a Dios, diciendo: Recordare paupertatis meae, absynthii et fellis,
que quiere decir: Acuérdate de mi pobreza, y del ajenjo y de la hiel.
La pobreza se refiere al entendimiento, porque a él pertenecen las
riquezas de la sabiduría de Dios, en la cual, como dice san Pablo
(Col. 2, 3), están encerrados todos los tesoros de Dios. El ajenjo,
que es hierba amarísima, se refiere a la voluntad, porque aesta
potencia pertenece la dulzura de la posesión de Dios, de la cual
careciendo, se queda con la amargura, según el ángel dijo a san
Juan en el Apocalipsis (Ap 10, 9), diciendo: Accipe librum, et devora
illum, et faciet amaricari ventrem tuum, que quiere decir: Toma y
come el libro y hacerte ha amargura en el vientre, tomando allí el
vientre por la voluntad. La hiel se refiere a la memoria, que significa
la muerte del alma, según da a entender Moisés en el
Deuteronomio (Dt 32, 33), hablando de los condenados, diciendo:
Fel draconum vinum eorum, et venenum aspidum insanabile, esto
es: Hiel de dragones será el vino de ellos, y veneno de áspides
insanable; lo cual significa allí el carecer de Dios, que es muerte del
alma. Y estas tres necesidades y penas están fundadas en las tres
virtudes teologales, que son: fe, caridad y esperanza, que se
refieren a las tres dichas potencias: entendimiento, voluntad y
memoria.

8. Y es de notar que el alma, en el dicho verso, no hace más que
representar su necesidad y pena al Amado, porque el que
discretamente ama, no cura de pedir lo que le falta y desea sino de
representar su necesidad, para que el Amado haga lo que fuere
servido; como cuando la bendita Virgen dijo al amado Hijo en las
bodas de Caná de Galilea, no pidiéndole derechamente el vino, sino
diciendo: No tienen vino (Jn. 2, 3); y las hermanas de Lázaro le
enviaron, no a decir que sanase a su hermano, sino a decir que
mirase que al que amaba estaba enfermo (Jn. 11, 3).

Y la causa por que sea mejor para el amante representar al Amado
su necesidad que pedirle el cumplimiento de ella, es por tres cosas:
la primera, porque mejor sabe el Señor nuestras necesidades que
nosotros mismos; la segunda, porque el Amado más se compadece
viendo la necesidad de su amante, y se mueve viendo su
resignación; la tercera, porque más seguridad lleva el alma acerca
del amor propio y propiedad en representar su falta, que en pedir lo
que a su parecer le falta. Ni más ni menos hace el alma en este
presente verso, representando sus tres necesidades, lo cual es
tanto como pedirle el remedio de ellas. Porque decir: Decidle que
adolezco, peno y muero, es como decir: pues adolezco, y él sólo es
mi salud, que me dé mi salud; y pues peno, y él solo es mi
descanso, que me dé mi descanso; y pues muero, y él solo es mi
vida, que me dé mi vida.

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CANCIÓN 3

Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

DECLARACIÓN

1. No sólo basta al alma orar y desear y ayudarse de terceros para
hablar al Amado, como ha hecho en las precedentes canciones,
sino que junto con eso ella misma se ponga por la obra a le buscar.
Y eso dice que ha de hacer en esta canción, diciendo que en busca
de su Amado ha de ir ejercitándose en las virtudes y
mortificaciones, en la vida contemplativa y activa; y que para esto
no ha de admitir bienes ni regalos algunos, ni bastarán a detenerla
e impedirla este camino todas las fuerzas y asechanzas de los tres
enemigos: mundo, demonio y carne, diciendo:

Buscando mis amores,

2. es a saber, a mi Amado,

iré por esos montes y riberas.

3. A las virtudes llama montes: lo uno, por la alteza de ellas; lo otro,
por la dificultad y trabajo que se pasa en subir a ellas, ejercitando la
vida contemplativa. Y llama riberas a las mortificaciones y
sujeciones y desprecio de sí, ejercitándose también, acerca de esto,
en la vida activa, porque para adquirir las virtudes, la una y la otra
es menester. Es, pues, tanto como decir: buscando a mi Amado, iré
poniendo por obra las virtudes altas, y humillándome en las
mortificaciones y cosas bajas. Esto dice, porque el camino de
buscar a Dios es ir obrando en Dios el bien y mortificando en sí el
mal de la manera que se sigue:

Ni cogeré las flores.

4. Por cuanto para buscar a Dios se requiere un corazón desnudo y
fuerte, libre de todos los males y bienes que puramente no son
Dios, dice en el presente verso y en los siguientes el alma la libertad
y fortaleza que ha de tener para buscarle. Y en éste dice que no
cogerá las flores que encontrare en este camino, por las cuales
entiende todos los gustos y contentamientos y deleites que se le
pueden ofrecer en esta vida, que le podrían impedir el camino si
cogerlos o admitirlos quisiese, los cuales son en tres maneras:
temporales, sensuales y espirituales.

Y porque los unos y los otros ocupan el corazón y le son
impedimento para la desnudez espiritual (cual se requiere para el
derecho camino de Cristo), si reparase o hiciese asiento en ellos,
dice que, para buscarle, no cogerá todas estas flores dichas. Y así,
es como si dijera: ni pondré mi corazón en las riquezas y bienes que
ofrece el mundo, ni admitiré los contentamientos y deleites de mi
carne, ni repararé en los gustos y consuelos de mi espíritu, de
suerte que me detenga en buscar a mis amores por los montes y
riberas de las virtudes y trabajos. Esto dice por tomar el consejo que
da el profeta David (Sal. 61, 11) a los que van por este camino,
diciendo: Divitiae si affluant, nolite cor apponere, esto es: Si se
ofrecieren abundantes riquezas, no queráis aplicar a ellas el
corazón; lo cual entiende así de los gustos sensuales como de los
demás bienes temporales y consuelos espirituales.

Donde es de notar que no sólo los bienes temporales y deleites
corporales impiden y contradicen el camino de Dios, mas también
los consuelos y deleites espirituales, si se tienen con propiedad o se
buscan, impiden el camino de la cruz del Esposo Cristo. Por tanto,
el que ha de ir adelante conviénele que no se ande a coger esas
flores; y no sólo eso, sino que también tenga ánimo y fortaleza para
decir:

Ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

5. En los cuales versos pone los tres enemigos del alma, que son:
mundo, demonio y carne, que son los que hacen guerra y dificultan
el camino. Por las fieras entiende el mundo; por los fuertes el
demonio, y por las fronteras la carne.

6. Llama fieras al mundo, porque al alma que comienza el camino
de Dios, parécele que se le representa en la imaginación el mundo
como a manera de fieras, haciéndole amenazas y fieros. Y es
principalmente en tres maneras: la primera, que le ha de faltar el
favor del mundo, perder los amigos, el crédito, valor y aun la
hacienda; la segunda, que es otra fiera no menor, que cómo ha de
poder sufrir no haber ya jamás de tener contentos y deleites del
mundo y carecer de todos los regalos de él; y la tercera es aún
mayor, conviene a saber, que se han de levantar contra ella las
lenguas y han de hacer burla y ha de haber muchos dichos y mofas
y le han de tener en poco. Las cuales cosas de tal manera se les
suelen anteponer a algunas almas, que se les hace dificultosísimo
no sólo el perseverar contra estas fieras, más aun el poder
comenzar el camino.

7. Pero a algunas almas más generosas se les suelen poner otras
fieras más interiores y espirituales de dificultades y tentaciones,
tribulaciones y trabajos de muchas maneras, por que les conviene
pasar, cuales los envía Dios a los que quiere levantar a alta
perfección, probándolos y esmerándolos como al oro en el fuego,
según aquello de David (Sal. 33, 20) en que dice: Multae
tribulationes iustorum, esto es: Las tribulaciones de los justos son
muchas, mas de todas ellas los librará el Señor. Pero el alma bien
enamorada, que estima a su Amado más que a todas las cosas,
confiada en el amor y favor de él, no tiene en mucho decir: Ni
temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

8. A los demonios, que es el segundo enemigo, llama fuertes,
porque ellos con grande fuerza procuran tomar el paso de este
camino, y porque también sus tentaciones y astucias son más
fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del
mundo y carne, y porque también se fortalecen de estos otros dos
enemigos, mundo y carne, para hacer al alma fuerte guerra. Y, por
tanto, hablando David (Sal. 53, 5) de ellos los llama fuertes
diciendo: Fortes quaesierunt animam meam, es a saber: Los fuertes
pretendieron mi alma. De cuya fortaleza también dice el profeta Job
(Jb 41, 24) que no hay poder sobre la tierra que se compare a éste
del demonio, que fue hecho de suerte que a ninguno temiese, esto
es, ningún poder humano se podrá comparar con el suyo, y así,
sólo el poder divino basta para poder entender sus ardides. Por lo
cual el alma que hubiere de vencer su fortaleza, no podrá sin
oración, ni sus engaños podrá entender sin humildad y
mortificación. Que por eso dice san Pablo (Ef. 6, 11-12), avisando a
los fieles, estas palabras, diciendo: Induite vos armaturam Dei, ut
possitis stare adversus insidias diaboli, quoniam non est nobis
colluctatio adversus carnem et sanguinem, es a saber: Vestíos las
armas de Dios, para que podáis resistir contra las astucias del
enemigo; porque esta lucha no es como contra la carne y la sangre,
entendiendo por la sangre el mundo, y por las armas de Dios la
oración y cruz de Cristo, en que está la humildad y mortificación que
habemos dicho.

9. Dice también el alma que pasará las fronteras, por las cuales
entiende, como habemos dicho, las repugnancias y rebeliones que
naturalmente la carne tiene contra el espíritu; la cual, como dice san
Pablo (Gal. 5, 17): Caro enim concupiscit adversus spiritum, esto
es: La carne codicia contra el espíritu, y se pone como en frontera,
resistiendo al camino espiritual. Y estas fronteras ha de pasar el
alma, rompiendo las dificultades y echando por tierra con la fuerza y
determinación del espíritu todos los apetitos sensuales y afecciones
naturales; porque, en tanto que los hubiere en el alma, de tal
manera está el espíritu impedido debajo de ellas, que no puede
pasar a verdadera vida y deleite espiritual. Lo cual nos dio bien a
entender san Pablo (Rm. 8, 13), diciendo: Si spiritu facta carnis
mortificaveritis, vivetis, esto es: Si mortificáredes las inclinaciones y
apetitos carnales con el espíritu, viviréis.

Este, pues, es el estilo que dice el alma en la dicha canción que le
conviene tener para en este camino buscar a su Amado, el cual, en
suma, es tal: constancia y valor para no bajarse a coger las flores, y
ánimo para no temer las fieras, y fortaleza para pasar los fuertes y
fronteras, sólo entendiendo en ir por los montes y riberas de
virtudes, de la manera que está ya declarado.

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CANCIÓN 4

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.

DECLARACIÓN

1. Después que el alma ha dado a entender la manera de
disponerse para comenzar este camino, que es el ánimo para no se
andar ya a deleites y gustos, y fortaleza para vencer las tentaciones
y dificultades, en lo cual consiste el ejercicio del conocimiento de sí,
que es lo primero que tiene de hacer el alma para ir al conocimiento
de Dios, ahora en esta canción comienza a caminar por la
consideración y conocimiento de las criaturas al conocimiento de su
Amado, criador de ellas. Porque, después del ejercicio del
conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la
primera por orden en este camino espiritual para ir conociendo a
Dios, considerando su grandeza y excelencia por ellas, según
aquello del Apóstol(Rm. 1, 20), que dice: Invisibilia enim ipsius a
creatura mundi, per ea quae facta sunt, intellecta,conspiciuntur, que
es como decir: Las cosas invisibles de Dios, del alma son conocidas
por las cosas visibles criadas e invisibles.

Habla, pues, el alma en esta canción con las criaturas,
preguntándoles por su Amado. Y es de notar que, como dice san
Agustín, la pregunta que el alma hace a las criaturas es la
consideración que en ellas hace del Criador de ellas. Y así, en esta
canción se contiene la consideración de los elementos y de las
demás criaturas inferiores, y la consideración de los cielos y de las
demás criaturas y cosas materiales que Dios crió en ellos, y
también la consideración de los espíritus celestiales, diciendo:

¡Oh bosques y espesuras!

2. Llama bosques a los elementos, que son: tierra, agua, aire y
fuego, porque así como amenísimos bosques están poblados de
espesas criaturas, a las cuales aquí llama espesuras por el grande
número y muchas diferencias que hay de ellas en cada elemento:
en la tierra, innumerables variedades de animales y plantas; en el
agua, innumerables diferencias de peces; y en el aire mucha
diversidad de aves, y el elemento del fuego, que concurre con todos
para la animación y conservación de ellos; y así, cada suerte de
animales vive en su elemento y está colocada y plantada en él
como en su bosque y región donde nace y se cría. Y, a la verdad,
así lo mandó Dios en la creación de ellos (Gen. 1), mandando a la
tierra que produjese las plantas y los animales, y a la mar y aguas
los peces, y al aire hizo morada de las aves. Y por eso viendo el
alma que él así lo mandó y que así se hizo, dice el siguiente verso:

Plantadas por la mano del Amado.
3. En el cual está la consideración, es a saber, que estas
diferencias y grandezas sola la mano del Amado Dios pudo
hacerlas y criarlas. Donde es de notar que advertidamente dice: por
la mano del Amado, porque, aunque otras muchas cosas hace Dios
por mano ajena, como de los ángeles o de los hombres, ésta que
es criar nunca la hizo ni hace por otra que por la suya propia. Y así,
el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la
consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su
propia mano fueron hechas. Y dice adelante:

¡Oh prado de verduras!

4. Esta es la consideración del cielo, al cual llama prado de
verduras, porque las cosas que hay en él criadas siempre están con
verdura inmarcesible, que ni fenecen ni se marchitan con el tiempo;
y en ellas, como en frescas verduras, se recrean y deleitan los
justos. En la cual consideración también se comprehende toda la
diferencia de las hermosas estrellas y otros planetas celestiales.

5. Este nombre de verduras pone también la Iglesia a las cosas
celestiales cuando, rogando a Dios por las ánimas de los difuntos,
hablando con ellas, dice: Constituat vos Dominus inter amoena
virentia; quiere decir: Constitúyaos Dios entre las verduras
deleitables. Y dice también que este prado de verduras también
está

de flores esmaltado.

6. Por las cuales flores entiende los ángeles y almas santas, con las
cuales está adornado aquel lugar y hermoseado como un gracioso
y subido esmalte en un vaso de oro excelente.

Decid si por vosotros ha pasado.

7. Esta pregunta es la consideración que arriba queda dicha, y es
como si dijera: decid qué excelencias en vosotros ha criado.

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CANCIÓN 5
Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

DECLARACIÓN

1. En esta canción responden las criaturas al alma, la cual
respuesta, como también dice san Agustín en aquel mismo lugar, es
el testimonio que dan en sí de la grandeza y excelencia de Dios al
alma que por la consideración se lo pregunta. Y así, en esta
canción lo que se contiene, que en su sustancia es: que Dios crió
todas las cosas con gran facilidad y brevedad y en ellas dejó algún
rastro de quien él era, no sólo dándoles el ser de nada, mas aun
dotándolas de innumerables gracias y virtudes, hermoseándolas
con admirable orden y dependencia indeficiente que tienen unas de
otras, y esto todo haciéndolo por la Sabiduría suya por quien las
crió, que es el Verbo, su Unigénito Hijo. Dice, pues, así:

Mil gracias derramando.

2. Por estas mil gracias que dice iba derramando, se entiende la
multitud de las criaturas innumerables que por eso pone aquí el
número mayor, que es mil, para dar a entender la multitud de ellas;
a las cuales llama gracias, por las muchas gracias de que dotó a
cada criatura; las cuales derramando, es a saber, todo el mundo de
ellas poblando,

pasó por estos sotos con presura.

3. Pasar por los sotos es criar los elementos, que aquí llama sotos,
por los cuales dice que derramando mil gracias pasaba, porque de
todas las criaturas los adornaba, que son graciosas; y allende de
eso, en ellas derramaba las mil gracias, dándoles virtud para poder
concurrir con la generación y conservación de todas ellas. Y dice
que pasó, porque las criaturas son como un rastro del paso de Dios,
por el cual se rastrea su grandeza, potencia y sabiduría y otras
virtudes divinas. Y dice que este paso fue con presura, porque las
criaturas son las obras menores de Dios, que las hizo como de
paso; porque las mayores, en que más se mostró y en que más él
reparaba, eran las de la encarnación del Verbo y misterios de la fe
cristiana, en cuya comparación todas las demás eran hechas como
de paso, con apresuramiento.

Y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

4. Según dice san Pablo (Heb. 1, 3), el Hijo de Dios es resplandor
de su gloria y figura de su sustancia. Es, pues, de saber que con
sola esta figura de su Hijo miró Dios todas las cosas, que fue darles
el ser natural, comunicándoles muchas gracias y dones naturales,
haciéndolas acabadas y perfectas, según se dice en el Génesis (Gn
1, 31) por estas palabras: Miró Dios todas las cosas que había
hecho, y eran mucho buenas. El mirarlas mucho buenas era
hacerlas mucho buenas en el Verbo, su Hijo. Y no solamente les
comunicó el ser y gracias naturales mirándolas, como habemos
dicho, mas también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas
de hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue
cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios y, por
consiguiente, a todas las criaturas en él, por haberse unido con la
naturaleza de todas ellas en el hombre. Por lo cual dijo el mismo
Hijo de Dios (Jn 12, 32): Si ego exaltatus fuero a terra, omnia
traham ad me ipsum, esto es: Si yo fuere ensalzado de la tierra,
levantaré a mí todas las cosas. Y así, en este levantamiento de la
encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la
carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas
podremos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y
dignidad.

5. Pero, allende de todo eso, hablando ahora algo según el sentido
y afecto de contemplación, en la viva contemplación y conocimiento
de las criaturas echa de ver el alma con gran claridad haber en ellas
tanta abundancia de gracias y virtudes y hermosura de que Dios las
dotó, que le parece estar todas vestidas de admirable hermosura
natural, derivada y comunicada de aquella infinita hermosura
sobrenatural de la figura de Dios, cuyo mirar viste de hermosura y
alegría el mundo y todos los cielos, así como también con abrir su
mano, según dice David (Sal. 144, 16), diciendo: Imples omne
animal benedictione, es a saber: Hinches a todo animal de
bendición. Y, por tanto, llagada el alma en amor por este rastro que
ha conocido en las criaturas de la hermosura de su Amado, con
ansias de ver aquella hermosura invisible, la siguiente canción dice:
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CANCIÓN 6

¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero:
que no saben decirme lo que quiero.

DECLARACIÓN

1. Como las criaturas dieron al alma señas de su Amado,
mostrándole en sí rastro de su hermosura y excelencia,
aumentósele el amor y, por consiguiente, crecióle el dolor de la
ausencia, porque cuanto más el alma conoce de Dios, tanto más le
crece el apetito de verle. Y, como ve no hay cosa que la pueda
curar su dolencia sino la vista y la presencia de su Amado,
desconfiada de otro cualquiera remedio, pídele en esta canción la
entrega y posesión de su presencia, diciendo que no quiera de hoy
más entretenerla con otras cualesquier noticias y comunicaciones
suyas, porque no satisfacen a su deseo y voluntad, la cual no se
contenta con menos que su vista y presencia; por tanto, que sea él
servido de entregarse ya de veras en acabado y perfecto amor. Y
así, dice:

¡Ay, quién podrá sanarme!

2. Como si dijera: entre todos los deleites del mundo y
contentamientos de los sentidos y gustos y suavidad del espíritu,
cierto, nada podrá sanarme, nada podrá satisfacerme. Y pues así
es,

acaba de entregarte ya de vero.

3. Donde es de notar que cualquiera alma que ama de veras no
puede querer satisfacerse ni contentarse hasta poseer de veras a
Dios; porque todas las demás cosas no solamente no la satisfacen,
mas antes, como habemos dicho, la hacen crecer la hambre y
apetito de verle a él como es. Y así, cada visita que del Amado
recibe de conocimiento o sentimiento, u otra cualquiera
comunicación (los cuales son como mensajeros que dan al alma
recaudos de noticias de quien él es), aumentándole y despertándole
más el apetito, así como hacen las meajas en grande hambre,
haciéndosele pesado entretenerse con tan poco, dice: Acaba de
entregarte ya de vero.

4. Porque todo lo que de Dios se puede en esta vida conocer, por
mucho que sea, no es conocimiento de vero, porque es
conocimiento en parte y muy remoto; mas conocerle esencialmente
es conocimiento de veras, el cual aquí pide el alma, no se
contentando con esotras comunicaciones. Y, por tanto, dice luego:

No quieras enviarme
de hoy más ya mensajero.

5. Como si dijera: no quieras que ya de aquí adelante te conozca
tan a la tasa por estos mensajeros de las noticias y sentimientos
que se me dan de ti, tan remotos y ajenos de lo que de ti desea mi
alma; porque los mensajeros, a quien pena por la presencia, bien
sabes tú, Esposo mío, que aumentan el dolor: lo uno, porque
renuevan la llaga con la noticia que dan; lo otro, porque parecen
dilaciones de la venida. Pues, luego, de hoy más no quieras
enviarme estas noticias remotas, porque si hasta aquí podía pasar
con ellas, porque no te conocía ni amaba mucho, ya la grandeza del
amor que te tengo no puede contentarse con estos recaudos; por
tanto, acaba de entregarte.

Como si más claro dijera: esto, Señor mío, Esposo, que andas
dando de ti a mi alma por partes, acaba de darlo del todo; y esto
que andas mostrando como por resquicios, acaba de mostrarlo a
las claras; y esto que andas comunicando por medios, que es como
comunicarte de burlas, acaba de hacerlo de veras, comunicándote
por ti mismo: que parece a veces en tus visitas que vas a dar la joya
de tu posesión y, cuando mi alma bien se cata, se halla sin ella,
porque se la escondes, lo cual es como dar de burla. Entrégate,
pues, ya de vero, dándote todo al todo de mi alma, porque toda ella
te tenga a ti todo, y no quieras enviarme ya más mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

6. Como si dijera: yo a ti todo quiero, y ellos no me saben ni pueden
decir a ti todo, porque ninguna cosa de la tierra ni del cielo pueden
dar al alma la noticia que ella desea tener de ti, y así no saben
decirme lo que quiero. En lugar, pues, de estos mensajes, tú mismo
seas el mensajero y los mensajes.

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CANCIÓN 7

Y todos cuantos vagan,
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

DECLARACIÓN

1. En la canción pasada ha mostrado el alma estar enferma o
herida de amor de su Esposo a causa de la noticia que de él le
dieron las criaturas irracionales; y en esta presente da a entender
estar llagada de amor a causa de otra noticia más alta que del
Amado recibe por medio de las criaturas racionales, que son más
nobles que las otras, las cuales son ángeles y hombres. Y también
dice que no sólo eso, sino que también está muriendo de amor a
causa de una inmensidad admirable que por medio de estas
criaturas se le descubre, sin acabársele de descubrir, que aquí
llama no sé qué, porque no se sabe decir, pero ello es tal, que hace
estar muriendo al alma de amor.

2. De donde podemos inferir, que en este negocio de amar hay tres
maneras de penar por el Amado acerca de tres maneras de noticias
que de él se pueden tener.

La primera se llama herida, la cual es más remisa y más
brevemente pasa, bien así como herida, porque de la noticia que el
alma recibe de las criaturas le nace, que son las más bajas obras
de Dios. Y de esta herida, que aquí llamamos también enfermedad,
habla la Esposa en los Cantares (Ct 5, 8), diciendo: Adiuro vos,
filiae Ierusalem, si inveneritis dilectum meum, ut nuntietis ei, quia
amore langueo, que quiere decir: Conjúroos, hijas de Jerusalén,
que si halláredes a mi Amado, le digáis que estoy enferma de amor,
entendiendo por las hijas de Jerusalén las criaturas.
3. La segunda se llama llaga, la cual hace más asiento en el alma
que la herida, y por eso dura más, porque es como herida ya vuelta
en llaga, con la cual se siente el alma verdaderamente andar
llagada de amor. Y esta llaga se hace en el alma mediante la noticia
de las obras de la encarnación del Verbo y misterios de la fe; las
cuales, por ser mayores obras de Dios y que mayor amor en sí
encierran que las de las criaturas, hacen en el alma mayor efecto
de amor; de manera que, si el primero es como herida, este
segundo es ya como llaga hecha, que dura; de la cual, hablando el
Esposo en los Cantares (Ct 4, 9) con el alma, dice: Llagaste mi
corazón, hermana mía, llagaste mi corazón en el uno de tus ojos y
en un cabello de tu cuello. Porque el ojo significa aquí la fe de la
encarnación del Esposo, y el cabello significa el amor de la misma
encarnación.

4. La tercera manera de penar en el amor es como morir, lo cual es
ya como tener la llaga afistolada, hecha el alma ya toda afistolada,
la cual vive muriendo, hasta que, matándola el amor, la haga vivir
vida de amor, transformándola en amor. Y este morir de amor se
causa en el alma mediante un toque de noticia suma de la
Divinidad, que es el no sé qué que dice en esta canción que quedan
balbuciendo; el cual toque no es continuo, ni mucho, porque se
desataría el alma del cuerpo, mas pasa en breve; y así queda
muriendo de amor, y más muere viendo que no se acaba de morir
de amor. Este se llama amor impaciente, del cual se trata en el
Génesis (Gn 30, 1), donde dice la Escritura que era tanto el amor
que Raquel tenía de concebir, que dijo a su esposo Jacob: Da mihi
liberos, alioquin moriar, esto es: Dame hijos si no yo moriré. Y el
profeta Job (Jb 6, 9), decía: Quis mihi det, ut qui coepit ipse me
conterat?, que es decir: ¿Quién me dará a mí que el que me
comenzó, ése me acabe?

5. Estas dos maneras de penas de amor, es a saber, la llaga y el
morir, dice en esta canción que le causan estas criaturas racionales:
la llaga, en lo que dice que la van refiriendo mil gracias del Amado
en los misterios y sabiduría de Dios que la enseñan de la fe; el
morir, en aquello que dice que quedan balbuciendo, que es el
sentimiento y noticia de la Divinidad, que algunas veces en lo que el
alma oye decir de Dios, se le descubre. Dice, pues, así:

Y todos cuantos vagan.
6. A las criaturas racionales, como habemos dicho, entiende aquí
por los que vagan, que son los ángeles y los hombres, porque solos
estos entre todas las criaturas vacan a Dios, entendiendo en él;
porque eso quiere decir ese vocablo vagan, el cual en latín se dice
vacant. Y así, es tanto como decir: todos cuantos vacan a Dios; lo
cual hacen los unos contemplándole en el cielo y gozándole, como
son los ángeles; los otros, amándole y deseándole en la tierra,
como son los hombres. Y porque por estas criaturas racionales más
al vivo conoce a Dios el alma, ahora por la consideración de la
excelencia que tienen sobre todas las cosas criadas, ahora por lo
que ellas nos enseñan de Dios: las unas interiormente por secretas
inspiraciones, como lo hacen los ángeles, las otras exteriormente
por las verdades de las Escrituras, dice:

De ti me van mil gracias refiriendo,

7. esto es: danme a entender admirables cosas de gracia y
misericordia tuya en las obras de tu encarnación y verdades de fe
que de ti me declaran; y siempre me van más refiriendo, porque,
cuanto más quisieren decir, más gracias podrán descubrir de ti.

Y todos más me llagan,

8. Porque en cuanto los ángeles me inspiran y los hombres de ti me
enseñan, de ti más me enamoran, y así todos de amor más me
llagan.

Y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

9. Como si dijera: pero allende de lo que me llagan estas criaturas
en las mil gracias que me dan a entender de ti, es tal un no sé qué
que se siente quedar por decir, y una cosa que se conoce quedar
por descubrir, y un subido rastro que se descubre al alma de Dios,
quedándose por rastrear, y un altísimo entender de Dios que no se
sabe decir, que por eso lo llama no sé qué; que, si lo otro que
entiendo me llaga y hiere de amor, esto que no acabo de entender,
de que altamente siento, me mata.

Esto acaece a veces a las almas que están ya aprovechadas, a las
cuales hace Dios merced de dar en lo que oyen, o ven, o entienden,
y a veces sin eso y sin esotro, una subida noticia en que se da a
entender o sentir alteza de Dios y grandeza. Y en aquel sentir
siente tan alto de Dios, que entiende claro se queda el todo por
entender; y aquel entender y sentir ser tan inmensa la Divinidad que
no se puede entender acabadamente: es muy subido entender. Y
así, una de las grandes mercedes que en esta vida hace Dios a un
alma por vía de paso, es darla claramente a entender y sentir tan
altamente de Dios, que entienda claro que no se puede entender ni
sentir del todo. Porque es, en alguna manera, al modo de los que le
ven en el cielo, donde los que más le conocen entienden más
distintamente lo infinito que les queda por entender; porque
aquellos que menos le ven son a los cuales no les parece tan
distintamente lo que les queda por ver como a los que más ven.

10. Esto creo no lo acabará bien de entender el que no lo hubiere
experimentado; pero el alma que lo experimenta, como ve que se le
queda por entender aquello de que altamente siente, llámalo un no
sé qué, porque así como no se entiende, así tampoco se sabe
decir, aunque, como he dicho, se sabe sentir. Por eso dice que le
quedan las criaturas balbuciendo, porque no lo acaban de dar a
entender; que eso quiere decir balbucir, que es el hablar de los
niños, que es no acertar a decir y dar a entender qué hay que decir.

11. También acerca de las demás criaturas acaecen al alma
algunas ilustraciones al modo que habemos dicho, aunque no
siempre tan subidas, cuando Dios hace merced al alma de abrirle la
noticia y el sentido del espíritu en ellas; las cuales parece están
dando a entender grandezas de Dios que no acaban de dar a
entender, y es como que van a dar a entender y se queda por
entender, y así es un no sé qué que quedan balbuciendo. Y así, el
alma va adelante con su querella, y habla con la vida de su alma en
la siguiente canción, diciendo:

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CANCIÓN 8

Mas ¿ cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras
las flechas que recibes,
de lo que del Amado en ti concibes?
DECLARACIÓN

1. Como el alma se ve morir de amor, según acaba de decir, y que
no se acaba de morir, para poder gozar del amor con libertad,
quéjase de la duración de la vida corporal, a cuya causa se le dilata
la vida espiritual. Y así, en esta canción habla con la misma vida de
su alma, encareciendo el dolor que le causa; y el sentido de la
canción es el siguiente: vida de mi alma, ¿cómo puedes perseverar
en esta vida de cuerpo, pues te es muerte y privación de aquella
vida verdadera de tu Dios, en que tú más verdaderamente que en el
cuerpo vives por esencia, amor y deseo? Y ya que esto no fuese
causa para que salieses del cuerpo de esta muerte (Rm. 7, 24) para
gozar y vivir la vida de tu Dios, ¿cómo todavía puedes perseverar
en el cuerpo, pues son bastantes solo por sí para acabarte la vida
las heridas que recibes de amor de las grandezas que se te
comunican de parte del Amado, y del vehemente amor que te causa
lo que de él sientes y entiendes, que son toques y heridas que de
amor matan? Síguese el verso:

Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida! no viviendo donde vives?

2. Para cuya inteligencia es de saber que el alma más vive en lo
que ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella
no tiene su vida, antes ella la da al cuerpo, y ella en lo que ama
vive. Pero allende de esta vida de amor, por el cual vive el alma en
cualquiera cosa que ama, natural y radicalmente tiene el alma su
vida en Dios, como también todas las cosas criadas, según aquello
que dice san Pablo (Act. 17, 28): In ipso vivimus, movemur et
sumus, que es tanto como decir: En Dios tenemos nuestra vida y
nuestro movimiento y nuestro ser. Y san Juan (Jn 1, 3-4) dice: Quod
factum est, in ipso vita erat, esto es: Todo lo que fue hecho, era vida
en Dios. Y como el alma ve que tiene su vida natural en Dios por el
ser que en él tiene, y también su vida espiritual por el amor con que
le ama, quéjase porque persevera todavía en vida corporal, porque
la impide de vivir de veras donde de veras tiene su vida por esencia
y por amor, como habemos dicho. En lo cual es grande el
encarecimiento que el alma aquí hace, porque da a entender que
padece en dos contrarios, que son: vida natural en cuerpo y vida
espiritual en Dios, que son contrarias en sí; y, viviendo ella en
entrambas, por fuerza ha de tener gran tormento, pues la vida
natural le es a ella como muerte, pues la priva de la espiritual en
que ella tiene empleado todo su ser, vida y operaciones por el amor
y el afecto.

Y para dar más a entender el rigor de esta vida, dice luego:

Y haciendo porque mueras
las flechas que recibes.

3. Como si dijera: y demás de lo dicho, ¿cómo puedes perseverar
en el cuerpo, pues por sí solo bastan a quitarte la vida los toques de
amor (que eso entiende por flechas) que en tu corazón hace el
Amado? Los cuales toques de tal manera fecundan el alma y el
corazón de inteligencia y amor de Dios que se puede bien decir que
concibe de Dios, según lo que dice en el verso siguiente, es a
saber:

De lo que del Amado en ti concibes,

4. es a saber, de la hermosura, grandeza y sabiduría y virtudes que
de él entiendes.

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CANCIÓN 9

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?

DECLARACIÓN

1. Vuelve en esta canción a hablar con el Amado con la querella de
su dolor; porque el amor impaciente (cual aquí muestra tener el
alma) no sufre algún ocio ni da descanso a su pena, proponiendo
de todas maneras sus ansias hasta hallar el remedio. Y como se ve
llagada y sola, no teniendo otro ni otra medicina sino a su Amado,
que es el que la llagó, dícele que, pues él llagó su corazón con el
amor de su noticia, que por qué no le ha sanado con la vista de su
presencia; y que, pues él se le ha también robado por el amor con
que la ha enamorado, sacándosele de su propio poder, que por qué
le ha dejado así, es a saber, sacado de su poder (porque el que
ama ya no posee su corazón, pues lo ha dado al Amado) y no le ha
puesto de veras en el suyo, tomándole para sí en entera y acabada
transformación de amor en gloria. Dice, pues:

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?

2. No se querella porque la haya llagado, porque el enamorado,
cuanto más herido, está más pagado; sino que, habiendo llagado el
corazón, no le sanó acabándole de matar. Porque son las heridas
de amor tan dulces y tan sabrosas que, si no llegan a morir, no la
pueden satisfacer; pero sonle tan sabrosas, que querría la llagasen
hasta acabarla de matar. Y por eso dice: ¿Por qué, pues has
llagado aqueste corazón, no le sanaste? Como si dijera: ¿por qué,
pues le has herido hasta llagarle, no le sanas, acabándole de matar
de amor? Pues eres tú la causa de la llaga en dolencia de amor, sé
tú la causa de la salud en muerte de amor; porque, de esta manera,
el corazón que está llagado con el dolor de tu ausencia, sanará con
el deleite y gloria de tu dulce presencia. Y añade, diciendo:

Y, pues me le has robado
¿por qué así le dejaste?

3. Robar no es otra cosa que desaposesionar del robo a su dueño y
aposesionarse de ello el robador. Esta querella, pues, propone aquí
el alma al Amado, diciendo que, pues él ha robado su corazón y
sacádolo de su poder y posesión, que por qué le ha dejado así, sin
ponerle de veras en la suya, tomándole para sí, como hace el
robador al robo que robó, que de hecho se le lleva.

4. Por eso el que está enamorado se dice tener el corazón robado o
arrobado de aquel a quien ama, porque le tiene fuera de sí, puesto
en la cosa amada; y así no tiene corazón para sí, sino para aquello
que ama. De donde podrá bien conocer el alma si ama a Dios o no;
porque, si le ama, no tendrá corazón para sí, sino para Dios, porque
cuanto más le tiene para sí, menos le tiene para Dios.

5. Y verse ha si el corazón está bien robado en si trae ansias por el
Amado o no gusta de otra cosa sino de él, como aquí muestra el
alma. La razón es porque el corazón no puede estar en paz y
sosiego sin posesión; y, cuando está aficionado, ya no tiene
posesión de sí ni de alguna otra cosa; y si tampoco posee de veras
lo que ama, no le puede faltar fatiga hasta que lo posea; porque
hasta entonces está el alma como el vaso vacío que espera el lleno,
y como el hambriento que desea el manjar, y como el enfermo que
gime por la salud, y como el que está colgado en el aire, que no
tiene en qué estribar; de esta misma manera está el corazón
enamorado. Lo cual sintiendo aquí el alma por experiencia, dice:
¿Por qué así le dejaste, es a saber: vacío, hambriento, solo, llagado
y enfermo de amor, suspenso en el aire,

y no tomas el robo que robaste?

6. Conviene a saber: para henchirle y hartarle y acompañarle y
sanarle, dándole asiento y reposo cumplido en ti.

No puede dejar de desear el alma enamorada la paga y salario de
su amor, por el cual salario sirve al Amado, porque, de otra manera,
no sería verdadero amor. El cual salario y paga no es otra cosa, ni
el alma puede querer otra, sino más amor, hasta llegar a estar en
perfección de amor, el cual no se paga sino de sí mismo, según lo
dio a entender el profeta Job (Jb 7, 2) por estas palabras, diciendo:
Sicut cervus desiderat umbram, et sicut mercenarius praestolatur
finem operis sui, sic et ego habui menses vacuos, et noctes
laboriosas enumeravi mihi. Si dormiero, dicam: quando consurgam?
Et rursum expectabo vesperam, et replebor doloribus usque ad
tenebras, que quiere decir: Como el ciervo desea la sombra y como
el mercenario espera el fin de su obra, así yo también tuve los
meses vacíos y contaba las noches trabajosas y prolijas para mí. Si
me acostare a dormir, diré: ¿cuándo llegará el día en que me
levantaré? Y luego volveré a esperar la tarde, y seré lleno de
dolores hasta las tinieblas de la noche. De esta manera, el alma
que anda estuando encendida en amor de Dios, desea el
cumplimiento y perfección del amor para tener allí cumplido
refrigerio. Como el ciervo fatigado del estío desea el refrigerio de la
sombra, y como el mercenario espera el fin de su obra, espera el fin
el alma de la suya.

Donde es de notar que no dijo el profeta Job que el mercenario
esperaba el fin de su trabajo, sino el fin de su obra, para dar a
entender lo que vamos diciendo, es a saber: que el alma que ama
no espera el fin de su trabajo, sino el fin de su obra; porque su obra
es amar, y de esta obra, que es amar, espera ella el fin y remate,
que es la perfección y cumplimiento de amar a Dios, al cual hasta
que llegue, siempre está el alma de la figura que en la dicha
autoridad se pinta Job, teniendo los días y los meses por vacíos y
las noches por trabajosas y prolijas.

En lo dicho queda dado a entender cómo el alma que ama a Dios
no ha de pretender ni esperar otra cosa de él sino la perfección del
amor.

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CANCIÓN 10

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos;
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

DECLARACIÓN

1. Prosigue, pues, en la presente canción pidiendo al Amado quiera
ya poner término a sus ansias y penas, pues no hay otro que baste
para hacerlo sino sólo él; y que sea de manera que le puedan ver
los ojos de su alma, pues sólo
él es la luz en que ellos miran, y ella no los quiere emplear en otra
cosa sino sólo en él, diciendo:

Apaga mis enojos.

2. Tiene una propiedad la concupiscencia del amor, como queda
dicho, que todo lo que no hace o dice o conviene con aquello que
ama la voluntad, la cansa, fatiga y enoja y la pone desabrida, no
viendo cumplirse lo que ella quiere. Y a esto y a las fatigas que
tiene por ver a Dios llama aquí enojos, los cuales ninguna cosa
basta para deshacerlos, sino la posesión del Amado. Por lo cual
dice que los apague él con su presencia, refrigerándolos todos,
como hace el agua fresca al que está fatigado del calor, que por
eso usa aquí de este vocablo apaga, para dar a entender que ella
está padeciendo con fuego de amor.

Pues que ninguno basta a deshacellos.
3. Para mover y persuadir más el alma a que cumpla su petición el
Amado, dice que pues otro ninguno sino él basta a satisfacer su
necesidad, que sea él el que apague sus enojos. Donde es de notar
que entonces está Dios bien presto para consolar al alma y
satisfacer en sus necesidades y penas, cuando ella no tiene ni
pretende otra satisfacción y consuelo fuera de él. Y así, el alma que
no tiene cosa que la entretenga fuera de Dios, no puede estar
mucho sin visitación del Amado.

Y véante mis ojos,

4. esto es, véate yo cara a cara con los ojos de mi alma,

pues eres lumbre dellos.

5. Allende de que Dios es lumbre sobrenatural de los ojos del alma,
sin la cual está en tinieblas, llámale aquí también el alma por afición
lumbre de sus ojos, al modo que el amante suele llamar al que ama,
para significar el amor que le tiene, lumbre de sus ojos. Y así es
comosi dijera en los dos versos sobredichos: pues los ojos míos no
tienen otra lumbre, ni por naturaleza ni por amor véante mis ojos,
pues de todas maneras eres lumbre de ellos. Esta lumbre echaba
menos David (Sal 37, 11) cuando con lástima decía: Lumen
oculorum meorum, et ipsum non est mecum, que quiere decir: La
lumbre de mis ojos, aun ésa no está conmigo.

Y sólo para ti quiero tenellos,

6. En el verso pasado ha dado a entender el alma cómo sus ojos
estarán en tinieblas no viendo a su Amado, pues sólo él es lumbre
de ellos, en que le obliga a darle esta lumbre de gloria. Y en el
presente verso le quiere más obligar, diciendo que no los quiere
tener para otra alguna cosa que para él. Porque, así como
justamente es privada de esta divina lumbre el alma que quiere
poner los ojos de su voluntad en otra su lumbre de propiedad de
alguna cosa fuera de Dios, por cuanto pone impedimento para
recibirla, así también congruamente merece que se le dé al alma
que a todas las cosas cierra los dichos sus ojos, para abrirlos sólo a
su Dios.

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CANCIÓN 11

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados!

DECLARACIÓN

1. Como con tanto deseo desea el alma la unión del Esposo y ve
que no halla remedio ni medio alguno en todas las criaturas,
vuélvese a hablar con la fe (como la que más al vivo le ha de dar
luz de su Amado) tomándola por medio para esto; porque, a la
verdad, no hay otro por donde se venga a la verdadera unión de
Dios, según por Oseas (Os 2, 20) lo da a entender el Esposo,
diciendo: Yo te desposaré conmigo en fe. Y dícele con gran deseo:
¡Oh fe de mi Esposo Cristo, si las verdades que has infundido de mi
Amado en mi alma con oscuridad y tiniebla las manifestases ya con
claridad, de manera que lo que contienes en fe, que son noticias
informes, las mostrases y descubrieses, apartándote de ellas,
formada y acabadamente de repente, volviéndolo en manifestación
de gloria! Dice, pues, el verso:

¡Oh cristalina fuente!

2. Llámala cristalina a la fe por dos cosas: la primera, porque es de
Cristo su Esposo, y la segunda, porque tiene las propiedades del
cristal en ser pura en las verdades y fuerte y clara, limpia de errores
y formas naturales. Y llámala fuente, porque de ella le manan al
alma las aguas de todos los bienes espirituales. De donde Cristo
Nuestro Señor, hablando con la Samaritana (Jn. 4, 14), llamó fuente
a la fe, diciendo que en los que creyesen en él se haría una fuente
cuya agua saltaría hasta la vida eterna. Y esta agua era el espíritu
que habían de recibir en su fe los creyentes (Jn. 7, 39).

Si en esos tus semblantes plateados.

3. A las proposiciones y artículos que nos propone la fe llama
semblantes plateados. Para inteligencia de lo cual y de los demás
versos es de notar que la fe es comparada a la plata en las
proposiciones que nos enseña, y las verdades y sustancias que en
sí contienen son comparadas al oro; porque esa misma sustancia
que ahora creemos vestida y cubierta con plata de fe, habemos de
ver y gozar en la otra vida al descubierto, y desnudo el oro de la fe.

De donde David (Sal. 67, 14), hablando de ella dice así: Si
durmiéredes entre los dos coros, las plumas de la paloma serán
plateadas, y las postrimerías de su espalda serán en el color del
oro. Quiere decir que, si cerráremos los ojos del entendimiento a las
cosas de arriba y a las de abajo, a lo cual llama dormir en medio,
quedaremos sólo en fe, a la cual llama paloma, cuyas plumas, que
son las verdades que nos dice, serán plateadas; porque en esta
vida la fe nos las propone oscuras y encubiertas, que por eso las
llama aquí semblantes plateados; pero a la postre de esta fe, que
será cuando se acabe la fe por la clara visión de Dios, quedará la
sustancia de la fe, desnuda del velo de esta plata, de color como el
oro.

De manera que la fe nos da y comunica al mismo Dios, pero
cubierto con plata de fe; y no por eso nos le deja de dar en la
verdad, así como el que da un vaso de oro plateado, no porque
vaya cubierto con plata deja de dar el vaso de oro. De donde
cuando la Esposa en los Cantares (Ct 1, 10) deseaba esta posesión
de Dios, prometiéndosela él cual en esta vida se puede, le dijo que
le haría unos zarcillos de oro, pero esmaltados con plata. En lo cual
le prometió de dársele en fe encubierto.

Dice, pues, ahora el alma a la fe: ¡Oh, si en esos tus semblantes
plateados, que son los artículos ya dichos, con que tienes cubierto
el oro de los divinos rayos, que son los ojos deseados que añade
luego, diciendo:

formases de repente
los ojos deseados!

4. Por los ojos entiende, como dijimos, los rayos y verdades divinas,
las cuales, como también habemos dicho, la fe nos las propone en
sus artículos cubiertas e informes. Y así, es como si dijera: ¡Oh, si
esas verdades que informe y oscuramente me enseñas encubiertas
en tus artículos de fe, acabases ya de dármelas clara y
formadamente descubiertas en ellos, como lo pide mi deseo! Y
llama aquí ojos a estas verdades por la grande presencia que del
Amado siente, que le parece la está ya siempre mirando; por lo cual
dice:
Que tengo en mis entrañas dibujados.

5. Dice que las tiene en sus entrañas dibujadas, es a saber, en su
alma según el entendimiento y la voluntad; porque, según el
entendimiento, tiene estas verdades infundidas por fe en su alma. Y
porque la noticia de ellas no es perfecta, dice que están dibujadas;
porque así como el dibujo no es perfecta pintura, así la noticia de la
fe no es perfecto conocimiento. Por tanto, las verdades que se
infunden en el alma por fe están como en dibujo, y cuando estén en
clara visión, estarán en el alma como perfecta y acabada pintura,
según aquello que dice el Apóstol (1 Cor 13, 10), diciendo: Cum
autem venerit quod perfectum est, evacuabitur quod ex parte est,
que quiere decir: Cuando viniere lo que es perfecto, que es la clara
visión, acabarse ha lo que es en parte, que es el conocimiento de la
fe.

6. Pero sobre este dibujo de fe hay otro dibujo de amor en el alma
del amante, y es según la voluntad, en la cual de tal manera se
dibuja la figura del Amado, y tan conjunta y vivamente se retrata en
él cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el Amado
vive en el amante y el amante en el Amado; y tal manera de
semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que
se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno.
La razón es porque en la unión y transformación de amor el uno da
posesión de sí al otro, y cada uno se deja y da y trueca por el otro; y
así, cada uno vive en el otro, y el uno es el otro, y entrambos son
uno por transformación de amor. Esto es lo que quiso dar a
entender san Pablo (Gal. 2, 22) cuando dijo: Vivo autem, iam non
ego; vivit vero in me Christus, que quiere decir: Vivo yo, ya no yo,
pero vive en mí Cristo. Porque en decir vivo yo, ya no yo, dio a
entender que, aunque vivía él, no era vida suya, porque estaba
transformado en Cristo, que su vida más era divina que humana; y
por eso dice que no vivía él, sino Cristo en él.

7. De manera que, según esta semejanza de transformación,
podemos decir que su vida y la vida de Cristo toda era una vida por
unión de amor. Lo cual se hará perfectamente en el cielo en divina
vida en todos los que merecieren verse en Dios; porque,
transformados en Dios, vivirán vida de Dios y no vida suya, aunque
si vida suya, porque la vida de Dios será vida suya. Y entonces
dirán de veras: Vivimos nosotros, y no nosotros, porque vive Dios
en nosotros. Lo cual en esta vida aunque puede ser, como lo era en
san Pablo, no empero perfecta y acabadamente, aunque llegue el
alma a tal transformación de amor que sea matrimonio espiritual,
que es el más alto estado a que se puede llegar en esta vida,
porque todo se puede llamar dibujo de amor en comparación de
aquella perfecta figura de transformación de gloria. Pero cuando
este dibujo de transformación en esta vida se alcanza es grande
buena dicha, porque con eso se contenta grandemente el Amado;
que por eso, deseando él que le pusiese la Esposa en su alma
como dibujo, le dijo en los Cantares (Ct 8, 6): Ponme como señal
sobre tu corazón, como señal sobre tu brazo. El corazón significa
aquí el alma, en que en esta vida está Dios como señal de dibujo de
fe, según se dijo arriba, y el brazo significa la voluntad fuerte, en
que está como señal de dibujo de amor, como ahora acabamos de
decir.

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CANCIÓN 12

Apártalos, Amado,
que voy de vuelo.

Esposo

Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.

DECLARACIÓN

1. En los grandes deseos y fervores de amor, cuales en las
canciones pasadas ha mostrado el alma, suele el Amado visitar a
su esposa alta y delicada y amorosamente y con grande fuerza de
amor; porque, ordinariamente, según los grandes favores y ansias
de amor que han precedido en el alma suelen ser también las
mercedes y vistas que Dios la hace, grandes. Y como ahora el alma
con tantas ansias había deseado estos divinos ojos, que en la
canción pasada acaba de decir, descubrióle el Amado algunos
rayos de su grandeza y divinidad, según ella deseaba; los cuales
fueron de tanta alteza y con tanta fuerza comunicados, que la hizo
salir de sí por arrobamiento y éxtasi, lo cual acaece al principio con
gran detrimento y temor del natural. Y así, no pudiendo sufrir el
exceso en sujeto tan flaco, dice en la presente canción: Apártalos,
Amado, es a saber, esos tus ojos divinos, porque me hacen volar
saliendo de mí a suma contemplación sobre lo que sufre el natural.
Lo cual dice porque le parecía volaba su alma de las carnes, que es
lo que ella deseaba; que por eso le pidió que los apartase, conviene
a saber, dejando de comunicárselos en la carne, en que no los
puede sufrir y gozar como querría, comunicándoselos en el vuelo
que ella hacía fuera de la carne. El cual deseo y vuelo le impidió
luego el Esposo, diciendo: Vuélvete, paloma, que la comunicación
que ahora de mí recibes, aún no es de ese estado de gloria que tú
ahora pretendes; pero vuélvete a mí, que soy a quien tú, llagada de
amor, buscas, que también yo, como el ciervo herido de tu amor,
comienzo a mostrarme a ti por tu alta contemplación, y tomo
recreación y refrigerio en el amor de tu contemplación. Dice, pues,
el alma al Esposo:

Apártalos, Amado.

2. Según habemos dicho, el alma, conforme a los grandes deseos
que tenía de estos divinos ojos, que significan la Divinidad, recibió
del Amado interiormente tal comunicación y noticia de Dios, que la
hizo decir: Apártalos, Amado. Porque tal es la miseria del natural en
esta vida, que aquello que al alma le es más vida y ella con tanto
deseo desea, que es la comunicación y conocimiento de su Amado,
cuando se le vienen a dar, no lo puede recibir sin que casi le cueste
la vida, de suerte que los ojos que con tanta solicitud y ansias y por
tantas vías buscaba, venga a decir cuando los recibe: Apártalos,
Amado.

3. Porque es a veces tan grande el tormento que se siente en las
semejantes visitas de arrobamientos, que no hay tormento que así
descoyuntes los huesos y ponga en estrecho al natural; tanto que,
si no proveyese Dios, se acabaría la vida. Y a la verdad, así le
parece al alma por quien pasa, porque siente como desasirse el
alma de las carnes y desamparar al cuerpo. Y la causa es porque
semejantes mercedes no se pueden recibir muy en carne, porque el
espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu divino que viene
al alma, y así por fuerza ha de desamparar en alguna manera la
carne. Y de aquí es que ha de padecer la carne y, por consiguiente,
el alma en la carne, por la unidad que tienen en un supuesto. Y, por
tanto, el gran tormento que siente el alma al tiempo de este género
de visita y el gran pavor que la hace verse tratar por vía
sobrenatural, la hacen decir: Apártalos, Amado.

4. Pero no se ha de entender que, porque el alma diga que los
aparte, querría que los apartase, porque aquél es un dicho del
temor natural, como habemos dicho; antes, aunque mucho más la
costase, no querría perder estas visitas y mercedes del Amado,
porque aunque padece el natural, el espíritu vuela al recogimiento
sobrenatural a gozar del espíritu del Amado, que es lo que ella
deseaba y pedía.

Pero no quisiera ella recibirlo en carne, donde no se puede
cumplidamente, sino poco y con pena, mas en el vuelo del espíritu
fuera de la carne, donde libremente se goza; por lo cual dijo:
Apártalos, Amado, es a saber, de comunicármelos en carne.

Que voy de vuelo.

5. Como si dijera: que voy de vuelo de la carne, para que me los
comuniques fuera de ella, siendo ellos la causa de hacerme volar
fuera de la carne.

Y para que entendamos mejor qué vuelo sea éste, es de notar que,
como habemos dicho, en aquella visitación de Espíritu divino es
arrebatado con gran fuerza el del alma a comunicar con el Espíritu,
y destituye al cuerpo y deja de sentir en él y de tener en él sus
acciones, porque las tiene en Dios; que por eso dijo san Pablo (2
Cor. 12, 2) que en aquel rapto suyo no sabía si estaba su alma
recibiéndole en el cuerpo o fuera del cuerpo. Y no por eso se ha de
entender que destituye y desampara el alma al cuerpo de la vida
natural, sino que no tiene sus acciones en él. Y ésta es la causa por
que en estos raptos y vuelos se queda el cuerpo sin sentido y,
aunque le hagan cosas de grandísimo dolor, no siente; porque no
es como otros traspasos y desmayos naturales, que con el dolor
vuelven en sí. Y estos sentimientos tienen en estas visitas los que
no han aún llegado a estado de perfección, sino que van camino en
estado de aprovechados, porque los que han llegado, ya tienen
toda la comunicación hecha en paz y suave amor, y cesan estos
arrobamientos, que eran comunicaciones que disponían para la
total comunicación.

6. Lugar era éste conveniente para tratar de las diferencias de
raptos y éxtasis y otros arrobamientos y sutiles vuelos de espíritu
que a los espirituales suelen acaecer; mas porque mi intento no es
sino declarar brevemente estas canciones, como en el prólogo
prometí, quedarse ha para quien mejor lo sepa tratar que yo, y
porque también la bienaventurada Teresa de Jesús, nuestra Madre,
dejó escritas de estas cosas de espíritu admirablemente, las cuales
espero en Dios saldrán presto impresas a luz. Lo que aquí, pues, el
alma dice del vuelo, hase de entender por arrobamiento y éxtasi del
espíritu a Dios. Y dícele luego el Amado:

Vuélvete, paloma.

7. De muy buena gana se iba el alma del cuerpo en aquel vuelo
espiritual, pensando que se le acababa ya la vida y que pudiera
gozarse con su Esposo para siempre y quedarse al descubierto con
él; mas atajóle el Esposo el paso, diciendo: Vuélvete, paloma, como
si dijera: paloma en el vuelo alto y ligero que llevas de
contemplación, y en el amor con que ardes, y simplicidad con que
vas (porque estas tres propiedades tiene la paloma); vuélvete de
ese vuelo alto en que pretendes llegar a poseerme de veras, que
aún no es llegado ese tiempo de tan alto conocimiento, y
acomódate a este más bajo que yo ahora te comunico en este tu
exceso, y es:

Que el ciervo vulnerado.

8. Compárase el Esposo al ciervo, porque aquí por el ciervo
entiende a sí mismo. Y es de saber que la propiedad del ciervo es
subirse a los lugares altos y, cuando está herido, vase con gran
priesa a buscar refrigerio a las aguas frías, y si oye quejar a la
consorte y siente que está herida, luego se va con ella y la regala y
acaricia. Y así hace ahora el Esposo, porque, viendo a la esposa
herida de su amor, él también al gemido de ella viene herido del
amor de ella; porque en los enamorados la herida de uno es de
entrambos y un mismo sentimiento tienen los dos. Y así, es como si
dijera: vuélvete, esposa mía, a mí, que, si llagada vas de amor de
mí, yo también como el ciervo vengo en esta tu llaga llagado a ti,
que soy como el ciervo, y también en asomar por lo alto, que por
eso dice:

Por el otero asoma,

9. esto es, por la altura de tu contemplación que tienes en ese
vuelo; porque la contemplación es un puesto alto por donde Dios en
esta vida se comienza a comunicar al alma y mostrársele, mas no
acaba; que por eso no dice que acaba de parecer, sino que asoma,
porque por altas que sean las noticias que de Dios se le dan al alma
en esta vida, todas son como unas muy desviadas asomadas. Y
síguese la tercera propiedad que decíamos del ciervo, y es la que
se contiene en el verso siguiente:

Al aire de tu vuelo, y fresco toma.

10. Por el vuelo entiende la contemplación de aquel éxtasis que
habemos dicho, y por el aire entiende aquel espíritu de amor que
causa en el alma este vuelo de contemplación. Y llama aquí a este
amor, causado por el vuelo, aire harto apropiadamente; porque el
Espíritu Santo, que es amor, también se compara en la divina
Escritura al aire, porque es aspirado del Padre y del Hijo. Y así
como allí es aire del vuelo, esto es, que de la contemplación y
sabiduría del Padre y del Hijo procede y es aspirado, así aquí, a
este amor del alma llama el Esposo aire, porque de la
contemplación y noticia que a este tiempo tiene de Dios le procede.

Y es de notar que no dice aquí el Esposo que viene al vuelo, sino al
aire del vuelo, porque Dios no se comunica propiamente al alma por
el vuelo del alma, que es, como habemos dicho, el conocimiento
que tiene de Dios, sino por el amor del conocimiento; porque así
como el amor es unión del Padre y del Hijo, así lo es del alma con
Dios. Y de aquí es que, aunque un alma tenga altísimas noticias de
Dios y contemplación y conociere todos los misterios, si no tiene
amor, no le hace nada al caso, como dice san Pablo (1 Cor. 13, 2)
para unirse con Dios. Porque, como también dice el mismo (Col. 3,
14): Charitatem habete, quod est vinculum perfectionis, es a saber:
Tened esta caridad, que es vínculo de perfección. Esta caridad,
pues, y amor del alma hace venir al Esposo corriendo a beber de
esta fuente de amor de su Esposa, como las aguas frescas hacen
venir al ciervo sediento y llagado a tomar refrigerio, y por eso se
sigue: Y fresco toma.

11. Porque así como el aire hace fresco y refrigerio al que está
fatigado del calor, así este aire de amor refrigera y recrea al que
arde con fuego de amor; porque tiene tal propiedad este fuego de
amor, que el aire con que toma fresco y refrigerio es más fuego de
amor, porque en el amante el amor es llama que arde con apetito
de arder más, según hace la llama del fuego natural. Por tanto, al
cumplimiento de este apetito suyo de arder más en el ardor del
amor de su esposa, que es el aire del vuelo de ella, llama aquí
tomar fresco. Y así es como si dijera: al ardor de tu vuelo arde más,
porque un amor enciende otro amor.

Donde es de notar que Dios no pone su gracia y amor en el alma
sino según la voluntad y amor del alma. Por lo cual, esto ha de
procurar el buen enamorado que no falte, pues por ese medio,
como habemos dicho, moverá más, si así se puede decir, a que
Dios le tenga más amor y se recree más en su alma. Y para seguir
esta caridad, hase de ejercitar lo que de ella dice el Apóstol (1 Cor.
13, 4-7), diciendo: La caridad es paciente, es benigna, no es
envidiosa, no hace mal, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no
busca sus mismas cosas, no se alborota, no piensa mal, no se
huelga sobre la maldad, gózase en la verdad, todas las cosas sufre
que son de sufrir, cree todas las cosas, es a saber, las que se
deben creer, todas las casas espera y todas las cosas sustenta, es
a saber, que convienen a la caridad.

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CANCIONES 13-14

Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

ANOTACIÓN

1. Antes que entremos en la declaración de estas canciones es
necesario advertir, para más inteligencia de ellas y de las que
después de ellas se siguen, que en este vuelo espiritual, que
acabamos de decir, se denota un alto estado y unión de amor, en
que, después de mucho ejercicio espiritual, suele Dios poner al
alma, al cual llaman desposorio espiritual con el Verbo Hijo de Dios.

Y al principio que se hace esto, que es la primera vez, comunica
Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y
majestad y arreándola de dones y virtudes y vistiéndola de
conocimiento y honra de Dios, bien así como a desposada en el día
de su desposorio. Y en este dichoso día no solamente se le acaban
al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que antes
tenía, mas, quedando adornada de los bienes que digo, comiénzale
un estado de paz y deleite y de suavidad de amor, según se da a
entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra
cosa sino contar y cantar las grandezas de su Amado, las cuales
conoce y goza en él por la dicha unión del desposorio. Y así, en las
demás canciones siguientes ya no dice cosas de penas ni ansias,
como antes hacía, sino comunicación y ejercicio de dulce y pacifico
amor con su Amado, porque ya en este estado todo aquello fenece.

Y es de notar que en estas dos canciones se contiene lo más que
Dios suele comunicar a este tiempo a un alma. Pero no se ha de
entender que a todas las que llegan a este estado se les comunica
todo lo que en estas dos canciones se declara, ni en una misma
manera y medida de conocimiento y sentimiento; porque a unas
almas se les da más, y a otras menos, y a unas en una manera y a
otras en otra, aunque lo uno y lo otro puede ser en este estado del
desposorio espiritual, mas pónese aquí lo más que puede ser,
porque en ello se comprehende todo. Y síguese la declaración:

DECLARACIÓN DE LAS DOS CANCIONES

2. Pues como esta palomica del alma andaba volando por los aires
de amor sobre las aguas del diluvio de las fatigas y ansias suyas de
amor que ha mostrado hasta aquí, no hallando donde descansase
su pie, a este último vuelo que habemos dicho extendió el piadoso
padre Noé la mano de su misericordia y recogióla, metiéndola en el
`rca de su caridad y amor. Y esto fue al tiempo que en la canción
que acabamos de declarar dijo: Vuélvete, paloma.

3. Y es de notar que, así como en el arca de Noé, según dice la
divina Escritura (Gn. 6, 14 ss.), había muchas mansiones para
muchas diferencias de animales, y todos los manjares que se
podían comer, así el alma en este vuelo que hace a esta divina arca
del pecho de Dios, no sólo echa de ver en ella las muchas
mansiones que Su Majestad dijo por san Juan (Jn 14, 2) que había
en la casa de su Padre, mas ve y conoce haber allí todos los
manjares, esto es, todas las grandezas que puede gustar el alma,
que son todas las cosas que se contienen en las dos sobredichas
canciones, significadas por aquellos vocablos comunes; las cuales
en sustancia son las que se siguen.

4. Ve el alma y gusta en esta divina unión abundancia y riquezas
inestimables, y halla todo el descanso y recreación que ella desea,
y entiende secretos e inteligencias de Dios extrañas, que es otro
manjar de los que mejor le saben; y siente en Dios un terrible poder
y fuerza que todo otro poder y fuerza priva, y gusta allí admirable
suavidad y deleite de espíritu, halla verdadero sosiego y luz divina,
y gusta altamente de la sabiduría de Dios, que en la armonía de las
criaturas y hechos de Dios reluce; y siéntese llena de bienes y vacía
y ajena de males, y, sobre todo, entiende y goza de una inestimable
refección de amor, que la confirma en amor. Y ésta es la sustancia
de lo que se contiene en las dos canciones sobredichas.

5. En las cuales dice la Esposa que todas estas cosas es su Amado
en sí y lo es para ella, porque, en lo que Dios suele comunicar en
semejantes excesos, siente el alma y conoce la verdad de aquel
dicho que dijo el santo Francisco, es a saber: Dios mío, y todas las
cosas. De donde, por ser Dios todas las cosas al alma y el bien de
todas ellas, se declara la comunicación de este exceso por la
semejanza de la bondad de las cosas en las dichas canciones,
según en cada verso de ellas se irá declarando.

En lo cual se ha de entender que todo lo que aquí se declara está
en Dios eminentemente en infinita manera, o, por mejor decir, cada
una de estas grandezas que se dicen es Dios, y todas ellas juntas
son Dios; que, por cuanto en este caso se une el alma con Dios,
siente ser todas las cosas Dios en un simple ser, según lo sintió san
Juan (Jn 1, 4) cuando dijo: Quod factum est, in ipso vita erat, es a
saber: Lo que fue hecho, en él era vida. Y así no se ha de entender
que en lo que aquí se dice que siente el alma es como ver las cosas
en la luz o las criaturas en Dios, sino que en aquella posesión
siente serle todas las cosas Dios. Y tampoco se ha de entender
que, porque el alma siente tan subidamente de Dios en lo que
vamos diciendo, vea a Dios esencial y claramente, que no es sino
una fuerte y copiosa comunicación y vislumbre de lo que él es en sí,
en que siente el alma este bien de las cosas que ahora en los
versos declararemos, conviene a saber:
Mi Amado, las montañas.

6. Las montañas tienen alturas, son abundantes, anchas,
hermosas, graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi
Amado para mí.

Los valles solitarios nemorosos.

7. Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de
dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y suave
canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan
refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi
Amado para mí.

Las ínsulas extrañas.

8. Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar y allende de los
mares, muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres;
y así, en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de las de por
acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los
hombres, que hacen grande novedad y admiración a quien las ve. Y
así, por las grandes y admirables novedades y noticias extrañas,
alejadas del conocimiento común que el alma ve en Dios, le llama
ínsulas extrañas. Porque extraño llaman a uno por una de dos
cosas: o porque se anda retirado de la gente, o porque es excelente
y particular entre los demás hombres en sus hechos y obras. Por
estas dos cosas llama el alma aquí a Dios extraño; porque no
solamente es toda la extrañez de las ínsulas nunca vistas, pero
también sus vías, consejos y obras son muy extrañas y nuevas y
admirables para los hombres. Y no es maravilla que sea Dios
extraño a los hombres que no le han visto, pues también lo es a los
santos ángeles y almas que le ven, pues no le pueden acabar de
ver ni acabarán; y hasta el último día del juicio van viendo en él
tantas novedades según sus profundos juicios y acerca de las obras
de su misericordia y justicia, que siempre les hace novedad y
siempre se maravillan más. De manera que no solamente los
hombres, pero también los ángeles le pueden llamar ínsulas
extrañas. Sólo para sí no es extraño, ni tampoco para sí es nuevo.

Los ríos sonorosos.
9. Los ríos tienen tres propiedades: la primera, que todo lo que
encuentran embisten y anegan; la segunda, que hinchen todos los
bajos y vacíos que hallan delante; la tercera, que tienen tal sonido,
que todo otro sonido privan y ocupan. Y porque en esta
comunicación de Dios que vamos diciendo siente el alma en él muy
sabrosamente estas tres propiedades, dice que su Amado es los
ríos sonorosos.

Cuanto a la primera propiedad que el alma siente, es de saber que
de tal manera se ve el alma embestir del torrente del espíritu de
Dios en este caso y con tanta fuerza apoderarse de ella, que la
parece que vienen sobre ella todos los ríos del mundo que la
embisten, y siente ser allí anegadas todas sus acciones y pasiones
en que antes estaba. Y no porque es cosa de tanta fuerza es cosa
de tormento, porque estos ríos son ríos de paz, según por Isaías (Is
66, 12) da Dios a entender de este embestir en el alma, diciendo:
Ecce ego declinabo super eam quasi fluvium pacis et quasi
torrentem inundantem gloriam; quiere decir: Notad y advertid que yo
declinaré y embestiré sobre ella, es a saber, sobre el alma, como un
río de paz y así como un torrente que va redundando gloria. Y así,
esté embestir divino que hace Dios en el alma, como ríos
sonorosos, toda la hinche de paz y gloria.

La segunda propiedad que el alma siente es que esta divina agua a
este tiempo hinche los bajos de su humildad y llena los vacíos de
sus apetitos, según lo dice san Lucas: Exaltavit humiles, esurientes
implevit bonis, que quiere decir: Ensalzó a los humildes, y a los
hambrientos llenó de bienes (Lc 1, 52-53).

La tercera propiedad que el alma siente en estos sonorosos ríos de
su Amado es un sonido y voz espiritual que es sobre todo sonido y
sobre toda voz; la cual voz priva toda otra voz y su sonido excede
todos los sonidos del mundo. Y en declarar cómo esto sea, nos
habremos de detener algún tanto.

10. Esta voz, o este sonoroso sonido de estos ríos que aquí dice el
alma, es un henchimiento tan abundante que la hinche de bienes y
un poder tan poderoso que la posee, que no sólo le parecen
sonidos de ríos, sino aun poderosísimos truenos. Pero esta voz es
voz espiritual y no trae esotros sonidos corporales, ni la pena y
molestia de ellos, sino grandeza, fuerza, poder y deleite y gloria; y
así es como una voz y sonido inmenso interior que viste al alma de
poder y fortaleza. Esta espiritual voz y sonido se hizo en el espíritu
de los apóstoles al tiempo que el Espíritu Santo con vehemente
torrente, como se dice en los Actos de los Apóstoles (Act 2, 2),
descendió sobre ellos; que para dar a entender la espiritual voz que
interiormente les hacía, se oyó aquel sonido de fuera como de aire
vehemente, de manera que fuese oído de todos los que estaban
dentro en Jerusalén; por el cual, como decimos, se denotaba el que
dentro en sí recibían los apóstoles, que era, como habemos dicho,
henchimiento de poder y fortaleza. Y también cuando estaba el
Señor Jesús rogando al Padre en el aprieto y angustia que recibía
de sus enemigos, según lo dice san Juan (Jn 12, 28), le vino una
voz del cielo interior, confortándole según la humanidad, cuyo
sonido oyeron de fuera los judíos tan grave y vehemente, que unos
decían que se había hecho algún trueno, y otros decían que le
había hablado un ángel del cielo; y era que por aquella voz que se
oía de fuera se denotaba y daba a entender la fortaleza y poder que
según la humanidad a Cristo se le daba de dentro.

Y no por eso se ha de entender que deja el alma de recibir el sonido
de la voz espiritual en el espíritu. Donde es de notar que la voz
espiritual es el efecto que ella hace en el alma, así como la corporal
imprime su sonido en el oído y la inteligencia en el espíritu. Lo cual
quiso dar a entender David (Sal. 67, 34) cuando dijo: Ecce dabit
voci suae vocem virtutis, que quiere decir: Mirad que Dios dará a su
voz, voz de virtud. La cual virtud es la voz interior. Porque decir
David dará a su voz, voz de virtud, es decir: a la voz exterior que se
siente de fuera, dará voz de virtud que se siente de dentro. De
donde es de saber que Dios es voz infinita y, comunicándose al
alma en la manera dicha, hácele efecto de inmensa voz.

11. Esta voz oyó san Juan en el Apocalipsis (Ap 14, 2), y dice que
la voz que oyó del cielo erat tanquam vocem aquarum multarum et
tanquam vocem tonitrui magni; quiere decir que era la voz que oyó
como voz de muchas aguas y como voz de un grande trueno. Y
porque no se entienda que esta voz, por ser tan grande, era penosa
y áspera, añade luego diciendo que esta misma voz era tan suave
que erat sicut citharaedorum citharizantium in citharis suis, que
quiere decir: Era como de muchos tañedores que citarizaban en sus
citaras. Y Ezequiel (Ez 1, 24) dice que este sonido como de muchas
aguas era quasi sonum sublimis Dei, es a saber: Como sonido del
altísimo Dios, esto es, que altísima y suavísimamente en él se
comunicaba. Esta voz es infinita, porque, como decíamos, es el
mismo Dios que se comunica, haciendo voz en el alma, mas cíñese
a cada alma, dando voz de virtud según le cuadra limitadamente, y
hace gran deleite y grandeza al alma; que por eso dijo la Esposa en
los Cantares (Ct 2, 14): Sonet vox tua in auribus meis, vox enim tua
dulcis, que quiere decir: Suene tu voz en mis oídos, porque es dulce
tu voz. Síguese el verso:

El silbo de los aires amorosos.

12. Dos cosas dice el alma en el presente verso, es a saber: aires y
silbo. Por los aires amorosos se entienden aquí las virtudes y
gracias del Amado, las cuales mediante la dicha unión del Esposo
embisten en el alma y amorosísimamente se comunican y tocan en
la sustancia de ella.

Y al silbo de estos aires llama una subidísima y sabrosísima
inteligencia de Dios y de sus virtudes, la cual redunda en el
entendimiento del toque que hacen estas virtudes de Dios en la
sustancia del alma. Y éste es el más subido deleite que hay en todo
lo demás que gusta el alma aquí.

13. Y para que mejor se entienda lo dicho, es de notar que, así
como en el aire se sienten dos cosas, que son toque y silbo o
sonido, así en esta comunicación del Esposo se sienten otras dos
cosas, que son sentimiento de deleite e inteligencia. Y así como el
toque del aire se gusta con el sentido del tacto y el silbo del mismo
aire con el oído, así también el toque de las virtudes del Amado se
sienten y gozan en el tacto de esta alma, que es en la sustancia de
ella, y la inteligencia de las tales virtudes de Dios se sienten en el
oído del alma, que es en el entendimiento.

Y es también de saber que entonces se dice venir el aire amoroso
cuando sabrosamente hiere, satisfaciendo el apetito del que
deseaba el tal refrigerio; porque entonces se regala y recrea el
sentido del tacto, y con este regalo del tacto siente el oído gran
deleite en el sonido y silbo del aire, mucho más que el tacto en el
toque del aire; porque el sentido del oído es más espiritual, o, por
mejor decir, allégase más a lo espiritual que el tacto, y así el deleite
que causa es más espiritual que el que causa el tacto.

14. Ni más ni menos, porque este toque de Dios satisface
grandemente y regala la sustancia del alma, cumpliendo
suavemente su apetito, que era de verse en la tal unión, llama a la
dicha unión o toque, aires amorosos; porque, como habemos dicho,
amorosa y dulcemente se le comunican las virtudes del Amado en
él, de lo cual se deriva en el entendimiento el silbo de la
inteligencia. Y llámale silbo, porque así como el silbo del aire
causado se entra agudamente en el vasillo del oído, así esta
sutilísima y delicada inteligencia se entra con admirable sabor y
deleite en lo íntimo de la sustancia del alma, que es muy mayor
deleite que todos los demás.

La causa es, porque se le da sustancia entendida y desnuda de
accidentes y fantasmas, porque se da al entendimiento que llaman
los filósofos pasivo o posible, porque pasivamente, sin él hacer
nada de su parte, la recibe, lo cual es el principal deleite del alma,
porque es en el entendimiento, en que consiste la fruición, como
dicen los teólogos, que es ver a Dios. Que por significar este silbo la
dicha inteligencia sustancial, piensan algunos teólogos que vio
nuestro padre Elías a Dios en aquel silbo de aire delgado que sintió
en el monte a la boca de su cueva. Allí le llama la Escritura (3 Re.
19, 12) silbo de aire delgado, porque de la sutil y delicada
comunicación del espíritu le nacía la inteligencia en el
entendimiento; y aquí le llama el alma silbo de aires amorosos,
porque de la amorosa comunicación de las virtudes de su Amado le
redunda en el entendimiento, y por eso le llama silbo de los aires
amorosos.

15. Este divino silbo que entra por el oído del alma, no solamente
es sustancia, como he dicho, entendida, sino también
descubrimiento de verdades de la divinidad y revelación de secretos
suyos ocultos; porque, ordinariamente, todas las veces que en la
Escritura divina se halla alguna comunicación de Dios que se dice
entrar por el oído, se halla ser manifestación de estas verdades
desnudas en el entendimiento o revelación de secretos de Dios, los
cuales son revelaciones o visiones puramente espirituales, que
solamente se dan al alma, sin servicio y ayuda de los sentidos, y así
es muy alto y cierto esto que se dice comunicar Dios por el oído.
Que por eso para dar a entender san Pablo (2 Cor. 12, 4) la alteza
de su revelación, no dijo: Vidit arcana verba, ni menos, gustavit
arcana verba, sino audivit arcana verba, quae non licet homini loqui.
Y es como si dijera: Oí palabras secretas que al hombre no es lícito
hablar. En lo cual se piensa que vio a Dios también, como nuestro
padre Elías en el silbo. Porque así como la fe, como también dice
san Pablo (Rm. 10, 17), es por el oído corporal, así también lo que
nos dice la fe, que es la sustancia entendida, es por el oído
espiritual. Lo cual dio bien a entender el profeta Job (Jb 42, 5),
hablando con Dios, cuando se le reveló, diciendo: Auditu auris
audivi te, nunc autem oculus meus videt te: quiere decir: Con el
oído de la oreja te oí, y ahora te ve mi ojo. En lo cual se da claro a
entender que el oírlo con el oído del alma es verlo con el ojo del
entendimiento pasivo que dijimos, que por eso no dice: oíte con el
oído de mis orejas, sino de mi oreja; ni te vi con mis ojos, sino con
mi ojo, que es el entendimiento; luego este oír del alma, es ver con
el entendimiento.

16. Y no se ha de entender que esto que el alma entiende, porque
sea sustancia desnuda, como habemos dicho, sea la perfecta y
clara fruición, como en el cielo; porque, aunque es desnuda de
accidentes, no es por eso clara sino oscura, porque es
contemplación, la cual es en esta vida, como dice san Dionisio, rayo
de tiniebla; y así podemos decir que es un rayo e imagen de
fruición, por cuanto es en el entendimiento, en que consiste la
fruición.

Esta sustancia entendida, que aquí llama el alma silbo, es los ojos
deseados, que descubriéndoselos el Amado, dijo, porque no los
podía sufrir el sentido: Apártalos, Amado.

17. Y porque me parece viene muy a propósito en este lugar una
autoridad de Job, que confirma mucha parte de lo que he dicho en
este arrobamiento y desposorio, referiréla aquí (aunque nos
detengamos un poco más), y declararé las partes de ella que son a
nuestro propósito. Y primero la pondré toda en latín, y luego toda en
romance, y después declararé brevemente lo que de ella conviniere
a nuestro propósito; y, acabado esto, proseguiré la declaración de
los versos de la otra canción. Dice, pues, Elifaz Temanites en Job
(Jb 4, 12-16), de esta manera: Porro ad me dictum est verbum
absconditum, et quasi furtive suscepit auris mea venas susurri eius.
In horrore visionis nocturnae, quando solet sopor occupare
homines, pavor tenuit me, et tremor, et omnia ossa mea perterrita
sunt: et cum spiritus, me praesente, transiret, inhorruerunt pili carnis
meae: stetit quidam, cuius non agnoscebam vultum, imago coram
oculis meis et vocem quasi aurae lenis audivi. Y en romance quiere
decir: De verdad a mí se me dijo una palabra escondida, y como a
hurtadillas recibió mi oreja las venas de su susurro. En el horror de
la visión nocturna, cuando el sueño suele ocupar a los hombres,
ocupóme el pavor y el temblor, y todos mis huesos se alborotaron;
y, como el espíritu pasase en mi presencia, encogiéronseme las
pieles de mi carne; púsose delante uno cuyo rostro no conocía: era
imagen delante de mis ojos; y oí una voz de aire delgado.
En la cual autoridad se contiene casi todo lo que habemos dicho
aquí, hasta este punto de este rapto desde la canción doce, que
dice: Apártalos, Amado. Porque en lo que aquí dice Elifaz
Temanites, que se le dijo una palabra escondida, se significa
aquello escondido que se le dio al alma, cuya grandeza no
pudiendo sufrir, dijo: Apártalos, Amado.

18. Y en decir que recibió su oreja las venas de su susurro como a
hurtadillas, es decir la sustancia desnuda que habemos dicho que
recibe el entendimiento; porque venas aquí denotan sustancia
interior, y el susurro significa aquella comunicación y toque de
virtudes, de donde se comunica al entendimiento la dicha sustancia
entendida. Y llámale aquí susurro, porque es muy suave la tal
comunicación, así como allí la llama aires amorosos el alma, porque
amorosamente se comunica. Y dice que le recibió como a
hurtadillas, porque así como lo que se hurta es ajeno, así aquel
secreto era ajeno del hombre, hablando naturalmente, porque
recibió lo que no era de su natural; y así no le era lícito recibirle,
como tampoco a san Pablo (2 Cor. 12 4) le era lícito poder decir el
suyo. Por lo cual dijo el otro profeta (Is. 24, 16) dos veces: Mi
secreto para mí.

Y cuando dijo: En el horror de la visión nocturna, cuando suele el
sueño ocupar a los hombres, me ocupó el pavor y temblor, da a
entender el temor y temblor que naturalmente hace al alma aquella
comunicación de arrobamiento que decíamos no podía sufrir el
natural en la comunicación del espíritu de Dios. Porque da aquí a
entender este profeta que, así como al tiempo que se van a dormir
los hombres les suele oprimir y atemorizar una visión que llaman
pesadilla, la cual les acaece entre el sueño y la vigilia, que es en
aquel punto que comienza el sueño, así al tiempo de este traspaso
espiritual entre el sueño de la ignorancia natural y la vigilia del
conocimiento sobrenatural, que es el principio del arrobamiento o
éxtasis, les hace temor y temblor la visión espiritual que entonces
se les comunica.

19. Y añade más, diciendo que todos sus huesos se asombraron, o
alborotaron, que quiere tanto decir como si dijera: se conmovieron y
descasaron de sus lugares; en lo cual se da a entender el gran
descoyuntamiento de huesos que habemos dicho padecerse a este
tiempo. Lo cual da bien a entender Daniel (Dn 10, 16) cuando vio al
ángel, diciendo: Domine, in visione tua dissolutae sunt compages
meae, esto es: Señor, en tu visión las junturas de mis huesos se
han abierto.

Y en lo que dice luego, que es: Y como el espíritu pasase en mi
presencia, es a saber, haciendo pasar al mío de sus límites y vías
naturales por el arrobamiento que habemos dicho, encogiéronse las
pieles de mi carne, da a entender lo que habemos dicho del cuerpo,
que en este traspaso se queda helado y encogidas las carnes como
muerto.

20. Y luego se sigue: Estuvo uno, cuyo rostro no conocía: era
imagen delante mis ojos. Este que dice que estuvo, era Dios que se
comunicaba en la manera dicha. Y dice que no conocía su rostro,
para dar a entender que en la tal comunicación y visión, aunque es
altísima, no se conoce, ni ve el rostro y esencia de Dios. Pero dice
que era imagen delante sus ojos; porque, como habemos dicho,
aquella inteligencia de palabra escondida era altísima como imagen
y rastro de Dios; mas no se entiende que es ver esencialmente a
Dios.

21. Y luego concluye, diciendo: Y oí una voz de aire delicado, en
que se entiende el silbo de los aires amorosos, que dice aquí el
alma que es su Amado.

Y no se ha de entender que siempre acaecen estas visitas con
estos temores y detrimentos naturales, que, como queda dicho, es
a los que comienzan a entrar en estado de iluminación y perfección
y en este género de comunicación, porque en otros antes acaecen
con gran suavidad. Síguese la declaración:

La noche sosegada.

22. En este sueño espiritual que el alma tiene en el pecho de su
Amado, posee y gusta todo el sosiego y descanso y quietud de la
pacífica noche, y recibe juntamente en Dios una abisal y oscura
inteligencia divina; y por eso dice que su Amado es para ella la
noche sosegada,

en par de los levantes de la aurora.

23. Pero esta noche sosegada dice que es no de manera que sea
como oscura noche, sino como la noche junto ya a los levantes de
la mañana; porque este sosiego y quietud en Dios no le es al alma
del todo oscuro, como oscura noche, sino sosiego y quietud en luz
divina en conocimiento de Dios nuevo, en que el espíritu está
suavísimamente quieto, levantado a luz divina. Y llama bien
propiamente aquí a esta luz divina levantes de la aurora, que quiere
decir la mañana. Porque así como los levantes de la mañana
despiden la oscuridad de la noche y descubren la luz del día, así
este espíritu sosegado y quieto en Dios es levantado de la tiniebla
del conocimiento natural a la luz matutinal del conocimiento
sobrenatural de Dios, no claro, sino, como dicho es, oscuro, como
noche en par de los levantes de la aurora. Porque así como la
noche en par de los levantes ni del todo es noche ni del todo es día,
sino, como dicen, entre dos luces, así esta soledad y sosiego
divino, ni con toda claridad es informado de la luz divina ni deja de
participar algo de ella.

24. En este sosiego se ve el entendimiento levantado con extraña
novedad sobre todo natural entender a la divina luz, bien así como
el que después de un largo sueño abre los ojos a la luz que no
esperaba. Este conocimiento entiendo quiso dar a entender David
(Sal. 101, 8), cuando dijo: Vigilavi et factus sum sicut passer
solitarius in tecto, que quiere decir: Recordé y fui hecho semejante
al pájaro solitario en el tejado. Como si dijera: abrí los ojos de mi
entendimiento y halléme sobre todas las inteligencias naturales,
solitario sin ellas en el tejado, que es sobre todas las cosas de
abajo.

Y dice aquí que fue hecho semejante al pájaro solitario, porque en
esta manera de contemplación tiene el espíritu las propiedades de
este pájaro, las cuales son cinco: la primera, que ordinariamente se
pone en lo más alto; y así el espíritu en este paso se pone en
altísima contemplación; la segunda, que siempre tiene vuelto el pico
hacia donde viene el aire; y así el espíritu vuelve aquí el pico del
afecto hacia donde le viene el espíritu de amor, que es Dios. La
tercera es que ordinariamente está solo y no consiente otra ave
alguna junto a sí, sino que, en sentándose junto alguna, luego se
va; y así el espíritu en esta contemplación está en soledad de todas
las cosas, desnudo de todas ellas, ni consiente en sí otra cosa que
soledad en Dios. La cuarta propiedad es que canta muy
suavemente, y lo mismo hace a Dios el espíritu a este tiempo,
porque las alabanzas que hace a Dios son de suavísimo amor,
sabrosísimas para sí y preciosísimas para Dios. La quinta es que no
es de algún determinado color; y así es el espíritu perfecto, que no
sólo en este exceso no tiene algún color de afecto sensual y amor
propio, mas ni aun particular consideración en lo superior ni inferior,
ni podrá decir de ello modo ni manera, porque es abismo de noticia
de Dios la que le posee, según se ha dicho.

La música callada.

25. En aquel sosiego y silencio de la noche ya dicha, y en aquella
noticia de la luz divina, echa de ver el alma una admirable
conveniencia y disposición de la Sabiduría en las diferencias de
todas sus criaturas y obras, todas ellas y cada una de ellas dotadas
con cierta respondencia a Dios, en que cada una en su manera da
su voz de lo que en ella es Dios, de suerte que le parece una
armonía de música subidísima que sobrepuja todos los saraos y
melodías del mundo. Y llama a esta música callada, porque, como
habemos dicho, es inteligencia sosegada y quieta, sin ruido de
voces; y así se goza en ella la suavidad de la música y la quietud
del silencio. Y así, dice que su Amado es esta música callada,
porque en él se conoce y gusta esta armonía de música espiritual.
Y no sólo eso, sino que también es

la soledad sonora.

26. Lo cual es casi lo mismo que la música callada, porque, aunque
aquella música es callada cuanto a los sentidos y potencias
naturales, es soledad muy sonora para las potencias espirituales;
porque, estando ellas solas y vacías de todas las formas y
aprehensiones naturales, pueden recibir bien el sonido espiritual
sonorísimamente en el espíritu de la excelencia de Dios en sí y en
sus criaturas, según aquello que dijimos arriba haber visto san Juan
en espíritu en el Apocalipsis (Ap 14, 2), conviene a saber: Voz de
muchos citaredos que citarizaban en sus cítaras; lo cual fue en
espíritu, y no de citaras materiales, sino cierto conocimiento de las
alabanzas de los bienaventurados que cada uno en su manera de
gloria hace a Dios continuamente; lo cual es como música, porque
así como cada uno posee diferentemente sus dones, así cada uno
canta su alabanza diferentemente, y todos en una concordancia de
amor bien así como música.

27. A este mismo modo echa de ver el alma en aquella sabiduría
sosegada en todas las criaturas, no sólo superiores sino también
inferiores, según lo que ellas tienen en sí cada una recibido de Dios,
dar cada una su voz de testimonio de lo que es Dios; y ve que cada
una en su manera engrandece a Dios, teniendo en sí a Dios según
su capacidad: y así todas estas voces hacen una voz de música de
grandeza de Dios y sabiduría y ciencia admirable. Y esto es lo que
quiso decir el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría (Sb 1, 7),
cuando dice: Spíritus Domini replevit orbem terrarum, et hoc quod
continet omnia, scientiam habet vocis; quiere decir: El Espíritu del
Señor llenó la redondez de las tierras, y este mundo, que contiene
todas las cosas que él hizo, tiene ciencia de voz, que es la soledad
sonora que decimos conocer el alma aquí, que es el testimonio que
de Dios todas ellas dan en sí. Y por cuanto el alma recibe esta
sonora música no sin soledad y ajenación de todas las cosas
exteriores, la llama la música callada y la soledad sonora, la cual
dice que es su Amado; y más:

La cena que recrea y enamora.

28. La cena a los amados hace recreación, hartura y amor. Y
porque estas tres cosas causa el Amado al alma en esta suave
comunicación, le llama ella aquí la cena que recrea y enamora.

Es de saber que en la Escritura divina este nombre cena se
entiende por la visión divina; porque así como la cena es remate del
trabajo del día y principio del descanso de la noche, así esta noticia,
que habemos dicho sosegada, le hace sentir al alma cierto fin de
males y posesión de bienes, en que se enamora de Dios más de lo
que antes estaba. Y por eso le es él a ella la cena que recrea, en
serle fin de los males; y la enamora, en serle a ella posesión de
todos los bienes.

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CANCIÓN 15

Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.

DECLARACIÓN
1. En las dos canciones pasadas ha cantado la Esposa las gracias
y grandezas de su Amado: y en ésta canta el feliz y alto estado en
que se ve puesta y la seguridad de él, y las riquezas de dones y
virtudes con que se ve dotada y arreada en el tálamo de la unión de
su esposo: porque dice estar ya ella en uno con el Amado, y tener
las virtudes fuertes, y la caridad en perfección y paz cumplida, y
toda ella enriquecida y hermoseada con dones y hermosura, según
se puede en esta vida poseer y gozar. Y así, dice:

Nuestro lecho florido.

2. Este lecho florido es el pecho y amor del Amado, en que el alma,
hecha esposa, está ya unida: el cual está ya florido para ella por
razón de la unión y junta que está ya hecha entre los dos, mediante
la cual se le comunican a ella las virtudes, gracias y dones del
Amado, con los cuales está ella tan hermoseada y rica y llena de
deleites, que la parece estar en un lecho de variedad de suaves
flores que con su toque deleitan y con su olor recrean; por lo cual
llama ella a esta unión de amor lecho florido. Así le llama la Esposa
en los Cantares (Ct 1, 15), diciendo al Esposo: Lectulus noster
floridus, esto es: Nuestro lecho florido.

Y llámale nuestro, porque unas mismas virtudes y un mismo amor,
conviene saber, del Amado, son ya de entrambos y un mismo
deleite el de entrambos, según aquello que dice el Espíritu Santo en
los Proverbios (Pv 8, 31), es a saber: Mis deleites son con los hijos
de los hombres.

Llámale también florido, porque en este estado están ya las virtudes
en el alma perfectas y puestas en ejercicio de obras perfectas y
heroicas, lo cual aun no había podido ser hasta que el lecho
estuviese florido en perfecta unión con Dios. Y por eso dice:

De cuevas de leones enlazado.

3. Por la fortaleza y acrimonia del león compara aquí a las virtudes
que ya posee el alma en este estado a las cuevas de los leones, las
cuales están muy seguras y amparadas de todos los demás
animales; porque, temiendo ellos la fortaleza y osadía del león que
está dentro, no sólo no se atreven a entrar, mas ni aun junto a ella
osan parar. Así, cada una de las virtudes, cuando ya las posee el
alma en perfección, es como una cueva de león, en la cual mora y
asiste el Esposo fuerte como león, unido con el alma en aquella
virtud y en cada una de las demás virtudes; y la misma alma, unida
con él en esas mismas virtudes, está como un fuerte león, porque
allí recibe las propiedades del Amado. Y en este caso está el alma
tan amparada y fuerte con cada virtud y con todas ellas juntas en
esta unión de Dios, que es el lecho florido, que no sólo el demonio
no se atreve a acometer a la tal alma, mas ni aún osa parecer
delante de ella por el gran temor que ha de ella, viéndola tan
engrandecida y osada con las virtudes perfectas en el lecho del
Amado; porque, estando ella unida con Dios en transformación de
amor, tanto la teme como al mismo Dios, y no la osa ni aun mirar:
teme mucho el demonio al alma que tiene perfección.

4. Está este lecho del alma enlazado de estas virtudes, porque en
este estado de tal manera están trabadas entre sí y fortalecidas
unas con otras y unidas en una acabada perfección del alma, que
no queda parte, no sólo para que el demonio pueda entrar, mas
también está amparada para que ninguna cosa del mundo, alta ni
baja, la pueda inquietar ni molestar ni mover; porque, estando ya
libre de toda molestia de las pasiones naturales y ajena y desnuda
de la tormenta y variedad de las cosas temporales, goza en seguro
de la participación de Dios. Esto es lo que deseaba la Esposa en
los Cantares (Ct 8, 1), diciendo: Quis det te mihi fratrem meum
sugentem ubera matris meae, ut inveniam te solum foris, et
deosculer te, et iam me nemo despiciat?; quiere decir: ¿Quién te me
diese, hermano mío, que mamases los pechos de mi madre, de
manera que te halle yo solo afuera, y te bese yo a ti, y no me
desprecie ya nadie? Este beso es la unión de que vamos hablando,
en la cual se iguala el alma con Dios por amor. Que por eso desea
ella, diciendo que quién le dará al Amado que sea su hermano, lo
cual significa y hace igualdad; y que mame él los pechos de su
madre, que es consumirle todas las imperfecciones y apetitos de su
naturaleza que tiene de su madre Eva; y le halle solo afuera, esto
es, se una con él solo, afuera de todas las cosas, desnuda según la
voluntad y apetito de todas ellas; y así no la despreciará nadie, es a
saber, no se le atreverá ni mundo, ni carne, ni el demonio, porque,
estando el alma libre y purgada de todas estas cosas y unida con
Dios, ninguna de ellas la puede enojar. De aquí es que el alma goza
ya en este estado de una ordinaria suavidad y tranquilidad que
nunca se le pierde ni le falta.

5. Pero, allende de esta ordinaria satisfacción y paz, de tal manera
suelen abrirse en el alma y darle olor de sí las flores de virtudes de
este huerto que decimos, que le parece al alma, y así es, estar llena
de deleites de Dios. Y dije que suelen abrirse las flores de virtudes
que están en el alma, porque, aunque el alma esté llena de virtudes
en perfección no siempre las está en acto gozando el alma; aunque,
como he dicho, de la paz y tranquilidad que le causan, sí goza
ordinariamente; porque podemos decir que están en el alma en esta
vida como flores en cogollo, cerradas en el huerto, las cuales
algunas veces es cosa admirable ver abrirse todas (causándolo el
Espíritu Santo), y dar de sí admirable olor y fragancia en mucha
variedad.

Porque acaecerá que vea el alma en sí las flores de las montañas
que arriba dijimos, que son la abundancia y grandeza y hermosura
de Dios; y en éstas entretejidos los lirios de los valles nemorosos,
que son descanso, refrigerio y amparo; y luego allí entrepuestas las
rosas olorosas de las ínsulas extrañas, que decíamos ser las
extrañas noticias de Dios; y también embestirla el olor de las
azucenas de los ríos sonorosos, que decíamos era la grandeza de
Dios que hinche toda el alma; y entretejido allí y enlazado el
delicado olor del jazmín del silbo de los aires amorosos, de que
también dijimos gozaba el alma en este estado; y ni más ni menos,
todas las otras virtudes y dones que decíamos del conocimiento
sosegado y la callada música y la soledad sonora, y la sabrosa y
amorosa cena. Y es de tal manera el gozar y sentir estas flores
juntas algunas veces el alma, que puede con harta verdad decir:
Nuestro lecho florido de cuevas de leones enlazado. ¡Dichosa el
alma que en esta vida mereciere gustar alguna vez el olor de estas
flores divinas! Y dice que este lecho está también

en púrpura tendido.

6. Por la púrpura es denotada la caridad en la divina Escritura (Ct 3,
10), y de ella se visten y sirven los reyes. Dice el alma que este
lecho florido está tendido en púrpura, porque todas las virtudes,
riquezas y bienes de él se sustentan y florecen y se gozan sólo en
la caridad y amor del Rey del cielo, sin el cual amor no podría el
alma gozar de este lecho y de sus flores. Y así, todas estas virtudes
están en el alma como tendidas en amor de Dios, como en sujeto
en que bien se conservan; y están como bañadas en amor, porque
todas y cada una de ellas están siempre enamorando al alma de
Dios, y en todas las cosas y obras se mueven con amor a más
amor. Eso es estar en púrpura tendido. Y dice que también está

de paz edificado.
7. Cada una de las virtudes de suyo es pacífica, mansa y fuerte, y,
por el consiguiente, en el alma que las posee hacen estos tres
efectos, conviene a saber: paz, mansedumbre y fortaleza. Y porque
este lecho está florido, compuesto de flores de virtudes, como
habemos dicho, y todas ellas son pacíficas, mansas y fuertes, de
aquí es que está de paz edificado, y el alma pacífica, mansa y
fuerte, que son tres propiedades donde no puede combatir guerra
alguna ni de mundo ni de demonio ni de carne. Y tienen las virtudes
al alma tan pacífica y segura, que la parece estar toda ella edificada
de paz. Y dice más, que está también este lecho

de mil escudos de oro coronado.

8. A las virtudes y dones del alma llama escudos, de los cuales dice
que está coronado el lecho del deleite del alma; porque no sólo las
virtudes y dones sirven al que los ganó de corona y premio, mas
también de defensa, como fuertes escudos, contra los vicios que
con ellas venció; y por eso está el lecho florido, coronado de ellas
en premio, y defendido como con amparo de escudo. Y dice que
son de oro, para denotar el valor grande de las virtudes: son las
virtudes corona y defensa. Esto mismo dijo en los Cantares (Ct 3, 7-
8) la esposa por otras palabras, diciendo: En lectulum Salomonis
sexaginta fortes ambiunt ex fortissimis Israel uniuscuiusque ensis
super femur suum propter timores nocturnos: que quiere decir:
Mirad que sesenta fuertes cercan el lecho de Salomón; la espada
de cada uno sobre su muslo por los temores de las noches.

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CANCIÓN 16

A zaga de tu huella
las jóvenes discurren al camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.

DECLARACIÓN
1. En esta canción alaba la esposa al Amado de tres mercedes que
de él reciben las almas devotas, con las cuales se animan más y
levantan a amor de Dios; las cuales por experimentarlas ella en este
estado, hace aquí de ellas mención.

La primera dice que es la suavidad que de sí les da, la cual es tan
eficaz que las hace caminar muy apriesa al camino de la perfección.

La segunda es una visita de amor con que súbitamente las inflama
en amor.

La tercera es abundancia de caridad que en ellas infunde, con que
de tal manera las embriaga que las hace levantar el espíritu (así
con esta embriaguez, como con la visita de amor) a enviar
alabanzas a Dios y afectos sabrosos de amor; y así dice:

A zaga de tu huella.

2. La huella es rastro de aquel cuya es la huella, por la cual se va
rastreando y buscando el que la hizo. La suavidad y noticia que da
Dios de sí al alma que le busca, es rastro y huella por donde se va
conociendo y buscando Dios. Por eso dice aquí el alma al Verbo su
Esposo: A zaga de tu huella, esto es, tras el rastro de suavidad que
de ti les imprimes e infundes y olor que de ti derramas,

las jóvenes discurren al camino.

3. Es a saber: las almas devotas, con fuerzas de juventud, recibidas
de la suavidad de tu huella, discurren, esto es, corren por muchas
partes y de muchas maneras (que eso quiere decir discurrir) cada
una por la parte y suerte que Dios la da de espíritu y estado, con
muchas diferencias de ejercicios y obras espirituales, al camino de
la vida eterna que es la perfección evangélica, por la cual
encuentran con el Amado en unión de amor después de la
desnudez de espíritu y de todas las cosas.

Esta suavidad y rastro que Dios deja de sí en el alma, grandemente
la aligera y hace correr tras de él; porque entonces el alma muy
poco o nada es lo que trabaja de su parte para andar este camino;
antes es movida y atraída de esta divina huella de Dios, no sólo a
que salga, sino a que corra de muchas maneras, como habemos
dicho, al camino. Que por eso la esposa en los Cantares (Ct 1, 3)
pidió al Esposo esta divina atracción, diciendo: Trahe me, post te
curremus in odorem unguentorum tuorum, esto es: Atráeme tras de
ti, y correremos al olor de tus ungüentos. Y después que le dio este
divino olor, dice In odorem unguentorum tuorum currimus:
adolescentulae dilexerunt te nimis; quiere decir: Al olor de tus
ungüentos corremos, las jóvenes te amaron mucho. Y David (Sal.
118, 32) dice: El camino de tus mandamientos corrí cuando
dilataste mi corazón.

Al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.

4. En los dos versillos primeros habemos declarado que las almas a
zaga de la huella discurren al camino con ejercicios y obras
exteriores; y ahora en estos tres versillos da a entender el alma el
ejercicio que interiormente estas almas hacen con la voluntad,
movidas por otras dos mercedes y visitas interiores que el Amado
les hace, a las cuales llama aquí toque de centella y adobado vino;
y al ejercicio interior de la voluntad que resulta y se causa de estas
dos visitas, llama emisiones de bálsamo divino.

Cuanto a lo primero, es de saber que este toque de centella, que
aquí dice es un toque sutilísimo que el Amado hace al alma a
veces, aun cuando ella está más descuidada, de manera que la
enciende el corazón en fuego de amor, que no parece sino una
centella de fuego que saltó y la abrasó; y entonces, con gran
presteza, como quien de súbito recuerda, enciéndese la voluntad en
amar, y desear, y alabar, y agradecer, y reverenciar, y estimar, y
rogar a Dios con sabor de amor; a las cuales cosas llama emisiones
de bálsamo divino, que responden al toque de centella, salidas del
divino amor que pegó la centella, que es el bálsamo divino, que
conforta y sana al alma con su olor y sustancia.

5. De este divino toque dice la Esposa en los Cantares (Ct 5, 4) de
esta manera: Dilectus meus misit manum suam per foramen, et
venter meus intremuit ad tactum ejus; quiere decir: Mi Amado puso
su mano por la manera, y mi vientre se estremeció a su tocamiento.
El tocamiento del Amado es el toque de amor que aquí decimos
que hace al alma; la mano es la merced que en ello le hace; la
manera por donde entró esta mano, es la manera y modo y grado
de perfección que tiene el alma, porque al modo de eso suele ser el
toque en más o en menos, y en una manera o en otra de cualidad
espiritual del alma; el vientre suyo, que dice se estremeció, es la
voluntad en que se hace el dicho toque; y el estremecerse, es
levantarse en ella los apetitos y afectos a Dios de desear, amar y
alabar y los demás que habemos dicho, que son las emisiones de
bálsamo que de ese toque redundan, según decíamos.

Al adobado vino.

6. Este adobado vino es otra merced muy mayor que Dios algunas
veces hace a las almas aprovechadas, en que las embriaga en el
Espíritu Santo con un vino de amor suave, sabroso y esforzoso, por
lo cual le llama vino adobado; porque así como el vino adobado
está cocido con muchas y diversas especias olorosas y esforzosas,
así este amor, que es el que Dios da a los ya perfectos, está ya
cocido y asentado en sus almas, y adobado con las virtudes que ya
el alma tiene ganadas; el cual, con estas preciosas especias
adobado, tal esfuerzo y abundancia de suave embriaguez pone en
el alma en las visitas que Dios la hace, que con grande eficacia y
fuerza la hace enviar a Dios aquellas emisiones o enviamientos de
alabar, amar y reverenciar, etc., que aquí decimos, y esto con
admirables deseos de hacer y padecer por él.

7. Y es de saber que esta merced de la suave embriaguez no pasa
tan presto como la centella, porque es más de asiento; porque la
centella toca y pasa, mas dura algo su efecto, y algunas veces
harto; mas el vino adobado suele durar ello y su efecto harto tiempo
(lo cual es, como digo, suave amor en el alma) y algunas veces un
día o dos días; otras, hartos días; aunque no siempre en un grado
de intensión, porque afloja y crece, sin estar en mano del alma,
porque algunas veces, sin hacer nada de su parte, siente el alma en
la íntima sustancia irse suavemente embriagando su espíritu e
inflamando de este divino vino, según aquello que dice David (Sal.
38, 4), diciendo: Concaluit cor meum intra me, et in meditatione mea
exardescet ignis, que quiere decir: Mi corazón se calentó dentro de
mí, y en mi meditación se encenderá fuego.

Las emisiones de esta embriaguez de amor duran todo el tiempo
que ella dura algunas veces; porque otras, aunque la hay en el
alma, es sin las dichas emisiones, y son más y menos intensos
cuando las hay, cuanto es más y menos intensa la embriaguez. Mas
las emisiones o efectos de la centella, ordinariamente duran más
que ella, antes ella los deja en el alma; y son más encendidos que
los de la embriaguez, porque a veces esta divina centella deja al
alma abrasándose y quemándose en amor.
8. Y porque habemos hablado de vino cocido, será bueno aquí
notar brevemente la diferencia que hay del vino cocido, que llaman
añejo, y entre el vino nuevo, que será la misma que hay entre los
viejos y nuevos amadores, y servirá para un poco de doctrina para
los espirituales.

El vino nuevo no tiene digerida la hez ni asentada, y así hierve por
de fuera, y no se puede saber la bondad y valor de él hasta que
haya bien digerido la hez y furia de ella, porque hasta entonces está
en mucha contingencia de malear, tiene el sabor grueso y áspero, y
beber mucho de ello estraga al sujeto, tiene la fuerza muy en la hez.
El vino añejo tiene ya digerida la hez y asentada, y así ya no tiene
aquellos hervores de nuevo por de fuera; échase ya de ver la
bondad del vino, y está ya muy seguro de malear, porque se le
acabaron ya aquellos fervores y furias de la hez que le podían
estragar, y así, el vino bien cocido por maravilla malea y se pierde;
tiene el sabor suave, y la fuerza en la sustancia del vino, no ya en el
gusto; y así la bebida de él hace buena disposición y da fuerza al
sujeto.

9. Los nuevos amadores son comparados al vino nuevo (éstos son
los que comienzan a servir a Dios) porque traen los fervores del
vino del amor muy por de fuera, en el sentido, porque aún no han
digerido la hez del sentido flaco e imperfecto, y tienen la fuerza del
amor en el sabor de él; porque a éstos ordinariamente les da la
fuerza para obrar el sabor sensitivo y por él se mueven; así, no hay
que fiar de este amor hasta que se acaben aquellos fervores y
gustos gruesos de sentido. Porque así como estos hervores y calor
de sentido lo pueden inclinar a bueno y perfecto amor y servirle de
buen medio para él, digiriéndose bien la hez de su imperfección, así
también es muy fácil en estos principios y novedad de gustos faltar
el vino del amor y perderse cuando falta el hervor y sabor de nuevo.
Y estos nuevos amadores siempre traen ansias y fatigas de amor
sensitivas, a los cuales conviene templar la bebida, porque si obran
mucho según la furia del vino, estragarse ha el natural. Estas ansias
y fatigas de amor es el sabor del vino nuevo, que decíamos ser
áspero y grueso, y no aún suavizado en la acabada cocción,
cuando se acaban esas ansias de amor, como luego diremos.

10. Esta misma comparación pone el Sabio en el Eclesiástico (Ec 9,
15), diciendo: Vinum novum amicus novus: veterascet, et cum
suavitate bibes illud; quiere decir: El amigo nuevo es como el vino
nuevo; añejarse ha y beberáslo con suavidad. Por tanto, los viejos
amadores, que son ya los ejercitados y probados en el servicio del
Esposo, son como el vino añejo, ya cocida la hez, que no tiene
aquellos hervores sensitivos ni aquellas furias y fuegos hervorosos
de fuera, sino gustan la suavidad del vino en sustancia, ya cocido y
asentado allá dentro en el alma, no ya en aquel sabor de sentido
como los nuevos, sino con sustancia y sabor de espíritu y verdad de
obra. Y no caerán en esos sabores ni hervores sensitivos, ni los
quieren gustar; porque quien tiene el asiento del gusto en el
sentido, también muchas veces de necesidad ha de tener penas y
disgustos en el sentido. Y porque estos amantes viejos no tienen la
suavidad radicalmente en el sentido, no traen ya ansias y penas de
amor en el sentido y alma; y así, estos amigos viejos por maravilla
faltan a Dios, porque están ya sobre lo que los había de hacer
faltar, que es sobre el sentido inferior, y tienen el vino de amor, no
sólo ya cocido y purgado de hez, mas aun adobado con las
especias que decíamos de virtudes perfectas, que no le dejan
malear como el nuevo. Por eso dice el Eclesiástico (Ecl 9, 14):
Amicum antiquum ne deseras, novus enim non erit similis illi; quiere
decir: No dejes al amigo viejo, porque el nuevo no será semejante a
él.

En este vino, pues, de amor, ya probado y adobado del alma, hace
el Amado la divina embriaguez que habemos dicho; el cual hace
enviar a Dios las dulces emisiones. Y así, el sentido de los tres
versillos es el siguiente: Al toque de centella con que recuerdas mi
alma, y al adobado vino con que amorosamente la embriagas, ella
te envía las emisiones, que son los movimientos y actos de amor
que en ella causas.

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CANCIÓN 17

En la interior bodega
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.

DECLARACIÓN
1. Cuenta el alma en esta canción la soberana merced que Dios le
hizo en recogerla en lo íntimo de su amor, que es la unión o
transformación de amor en Dios, y dice dos efectos que de allí sacó,
que son: olvido y enajenación de todas las cosas del mundo y
mortificación de todos sus apetitos y gustos.

En la interior bodega.

2. Para decir algo de esta bodega y declarar lo que aquí quiere dar
a entender el alma, era menester que el Espíritu Santo tomase la
mano y moviese la pluma.

Esta bodega que aquí dice el alma es el último y más estrecho
grado de amor en que el alma puede situarse en esta vida, que por
eso la llama interior bodega, es a saber, la más, interior; de donde
se sigue que hay otras no tan interiores, que son los grados de
amor por do se sube hasta este último. Y podemos decir que estos
grados o bodegas de amor son siete, los cuales se vienen a tener
todos cuando se tienen los siete dones del Espíritu Santo en
perfección, en la manera que es capaz de recibirlos el alma. Y así
cuando el alma llega a tener en perfección el espíritu de temor,
tiene ya en perfección el espíritu del amor, por cuanto aquel temor
(que es el último de los siete dones) es filial, y el temor perfecto de
hijo sale de amor perfecto de padre, y así, cuando la Escritura
divina quiere llamar a uno perfecto en caridad, le llama temeroso de
Dios. De donde profetizando Isaías (Is 11, 3) la perfección de Cristo,
dijo: Replevit eum spiritus timoris Domini, que quiere decir:
Henchirle ha el espíritu del temor del Señor. Y también san Lucas
(Lc 2, 25) al santo Simeón llama timorato, diciendo: Erat vir iustus,
et timoratus, y así de otros muchos.

3. Es de saber que muchas almas llegan y entran en las primeras
bodegas, cada una según la perfección de amor que tiene, mas a
ésta última y más interior pocas llegan en esta vida, porque en ella
es ya hecha la unión perfecta con Dios que llaman matrimonio
espiritual, del cual habla ya el alma en este lugar. Y lo que Dios
comunica al alma en esta estrecha junta, totalmente es indecible y
no se puede decir nada, así como del mismo Dios no se puede
decir algo que sea como él; porque el mismo Dios es el que se le
comunica con admirable gloria de transformación de ella en él,
estando ambos en uno; como si dijésemos ahora la vidriera con el
rayo del sol, o el carbón con el fuego, o la luz de las estrellas con la
del sol, no empero tan esencial y acabadamente como en la otra
vida. Y así, para dar a entender el alma lo que en aquella bodega
de unión recibe de Dios no dice otra cosa, ni entiendo la podía decir
más propia para decir algo de ello, que decir el verso siguiente:

De mi Amado bebí.

4. Porque así como la bebida se difunde y derrama por todos los
miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de
Dios sustancialmente en toda el alma, o, por mejor decir, el alma
más se transforma en Dios, según la cual transformación bebe el
alma de su Dios según la sustancia de ella y según sus potencias
espirituales. Porque según el entendimiento bebe sabiduría y
ciencia; y según la voluntad, bebe amor suavísimo; y según la
memoria, bebe recreación y deleite en recordación y sentimiento de
gloria.

Cuanto a lo primero, que el alma recibe y bebe deleite
sustancialmente, dícelo ella en los Cánticos (Ct 5, 6) en esta
manera: Anima mea liquefacta est, ut sponsus locutus est, esto es:
Mi alma se regaló luego que habló el Esposo. El hablar del Esposo
es aquí comunicarse él al alma.

Y que el entendimiento beba sabiduría, en el mismo libro (Ct 8, 2) lo
dice la esposa, adonde deseando ella llegar a este beso de unión y
pidiéndolo al Esposo, dijo: Ibi me docebis, et dabo tibi poculum ex
vino condito, esto es: Allí me enseñarás, es a saber, sabiduría y
ciencia en amor y yo te daré a ti una bebida de vino adobada,
conviene a saber, mi amor adobado con el tuyo, esto es,
transformado en el tuyo.

5. Cuanto a lo tercero, que es que la voluntad beba allí amor, dícelo
también la esposa en el dicho libro de los Cantares (Ct 2, 4),
diciendo: Introduxit me rex in cellam vinariam, ordinavit in me
charitatem; quiere decir: Metióme dentro de la bodega secreta y
ordenó en mí caridad, que es tanto como decir: dióme a beber amor
metida dentro en su amor, o más claramente, hablando con
propiedad; ordenó en mí su caridad acomodando y apropiando a mí
su misma caridad: lo cual es beber el alma de su Amado su mismo
amor, infundiéndosele su Amado.

6. Donde es de saber, acerca de lo que algunos dicen que no
puede amar la voluntad sino lo que primero entiende el
entendimiento, hase de entender naturalmente, porque por vía
natural es imposible amar si no se entiende primero lo que se ama;
mas por vía sobrenatural bien puede Dios infundir amor y
aumentarle, sin infundir ni aumentar distinta inteligencia, como en la
autoridad dicha se da a entender. Y esto experimentado está de
muchos espirituales, los cuales muchas veces se ven arder en amor
de Dios, sin tener más distinta inteligencia que antes; porque
pueden entender poco y amar mucho, y pueden entender mucho y
amar poco. Antes, ordinariamente, aquellos espirituales que no
tienen muy aventajado entendimiento acerca de Dios, suelen
aventajarse en la voluntad; y bástales la fe infusa por ciencia de
entendimiento, mediante la cual les infunde Dios caridad y se la
aumenta, y el acto de ella, que es amar más, aunque no se le
aumente la noticia, como hemos dicho. Y así, puede la voluntad
beber amor sin que el entendimiento beba de nuevo inteligencia;
aunque en el caso que vamos hablando, en que dice el alma que
bebió de su Amado, por cuanto es unión en la interior bodega, la
cual es según todas las tres potencias del alma, como habemos
dicho, todas ellas beben juntamente.

7. Y cuanto a lo cuarto, que según la memoria beba allí el alma de
su Amado, está claro que está ilustrada con la luz del entendimiento
en recordación de los bienes que está poseyendo y gozando en la
unión de su Amado.

8. Esta divina bebida tanto endiosa y levanta al alma y la embebe
en Dios, que

cuando salía,

9. es a saber, que acababa esta merced de pasar; porque aunque
está el alma siempre en este alto estado de matrimonio después
que Dios le ha puesto en él, no empero siempre en actual unión
según las dichas potencias, aunque según la sustancia del alma sí,
pero en esta unión sustancial del alma muy frecuentemente se unen
también las potencias y beben en esta bodega: el entendimiento
entendiendo, la voluntad amando, etc. Pues cuando ahora dice el
alma: cuando salía, no se entiende que de la unión esencial o
sustancial que tiene el alma ya, que es el estado dicho, sino de la
unión de las potencias, la cual no es continua en esta vida, ni lo
puede ser. Pues de ésta cuando salía,

por toda aquesta vega,
10. esto es, por toda aquesta anchura del mundo,

ya cosa no sabía.

11. Porque aquella bebida de sabiduría de Dios altísima que allí
bebió, le hace olvidar todas las cosas del mundo y le parece al alma
que lo que antes sabía (y aun lo que sabe todo el mundo) en
comparación de aquel saber, era pura ignorancia. Y aquel
endiosamiento con que queda y levantamiento de mente en Dios en
que queda como robada, embebida de amor, toda hecha en Dios,
no la deja advertir cosa alguna del mundo, y así puede bien decir:
ya cosa no sabía; porque no sólo de todo, mas aun de sí queda
ajenada y aniquilada, como resuelta en amor, que consiste en pasar
de sí al Amado. Este no saber da a entender en los Cantares (Ct 6,
11 ) la esposa, donde, después de haber dicho la unión y junta de
ella y su Amado, dice esta palabra: Nescivi: No supe, o ignoré.

Esta tal alma poco se entremeterá en cosas ajenas, porque aun de
las suyas no se acuerda. Y esta propiedad tiene el espíritu de Dios
en el alma donde mora: que luego la inclina a no saber, y hace
ignorar todas las cosas ajenas, aquéllas mayormente que no son
para su aprovechamiento, porque el espíritu de Dios en el alma es
recogido, y no sale a cosas ajenas, y así se queda el alma en un no
saber cosa.

12. Y no se ha de entender que pierde allí el alma los hábitos de
ciencia y totalmente las noticias de las cosas que antes sabía,
aunque queda en aquel no saber; sino que pierde el acto y memoria
de las cosas en aquel absorbimiento de amor.

Y esto por dos cosas: la una, porque como actualmente queda
absorta y embebida en aquella bebida de amor, no puede estar
actualmente en otra cosa; la segunda, porque aquella
transformación en Dios de tal manera la conforma con su sencillez y
pureza, que la deja limpia y pura y vacía de todas formas y figuras
que antes tenía -.porque el acto siempre tiene consigo estas formas
-.; así como hace el sol en la vidriera, que, infundiéndose en ella, la
hace clara y se pierden de vista todas las máculas y pelillos que
antes en ella parecían; pero, vuelto a quitar el sol, apartándose bien
de ella, luego vuelven a parecer en ella las nieblas y máculas que
antes. Mas el alma, como le queda y dura el efecto de aquel acto de
amor algún tanto, dura también el no saber, según habemos dicho,
cuanto dura el efecto y dejo de aquel acto; el cual, como la inflamó
y mudó en amor, aniquilóla y deshízola en todo lo que no era amor,
y dejóla no sabiendo otra cosa sino amor, según aquello que
dijimos arriba de David (Sal. 72, 21), que dice: Quia inflammatum
est cor meum, et renes mei commutati sunt et ego ad mihilum
redactus sum, et nescivi, que quiere decir: Porque fue inflamado mi
corazón, también mis renes juntamente se mudaron, yo fui resuelto
en nada y no supe. Porque mudarse las renes por causa de esta
inflamación del corazón, es mudarse el alma con todos sus apetitos
en Dios, en una nueva manera, de todo lo viejo de que antes usaba
deshecha. Por lo cual dice que fue resuelto en nada, y que no supo,
que son los dos efectos que decíamos que causaba la bebida de
esta bodega de Dios, porque no sólo se aniquila todo su saber
primero, pareciéndole nonada cerca de aquel sumo saber, mas
también toda su vida vieja e imperfecciones se aniquilan y renueva
el hombre viejo (Ef. 4, 22; Col. 3, 9). Por lo cual se sigue este
segundo efecto, que de ahí redunda, el cual se contiene en el verso
siguiente:

Y el ganado perdí que antes seguía.

13. Es de saber que hasta que el alma llegue a este estado de
perfección de que vamos hablando, aunque más espiritual sea,
siempre le queda algún ganadillo de apetitos y gustillos y otras
imperfecciones suyas, ahora naturales, ahora espirituales, tras de
que se anda procurando apacentarlos en seguirlos y cumplirlos.

Porque acerca del entendimiento suelen quedarles algunas
imperfecciones de apetitos de saber cosas. Acerca de la voluntad,
se dejan llevar de algunos gustillos y apetitos propios; ahora en lo
temporal, como en poseer algunas cosillas y asirse más a unas que
a otras, y algunas presunciones, estimaciones y puntillos en que
miran, y otras cosillas que todavía huelen y saben a mundo; ahora
acerca de lo natural, como en comida, bebida, gustar de esto más
que de aquello, y escoger y querer lo mejor; ahora también acerca
de lo espiritual, como querer gustos de Dios y otras impertinencias
que nunca se acabarían de decir, que suelen tener los espirituales
aún no perfectos. Y acerca de la memoria, muchas variedades y
cuidados y advertencias impertinentes que los llevan el alma tras de
sí.
14. Tienen también, acerca de las cuatro pasiones del alma, a
veces, muchas esperanzas, gozos, dolores y temores inútiles, tras
de que se les va el ánima.

Y de este ganado ya dicho, unos tienen más y otros menos, tras de
que se andan todavía siguiéndolo, hasta que, entrándose a beber
en esta interior bodega, lo pierdan todo, quedando, como habemos
dicho, deshechos todos en amor; en la cual más fácilmente se
consumen estos ganados de imperfecciones del alma que el orín y
moho de los metales en el fuego. Y así, se siente ya libre el alma de
todas aquellas niñerías de gustillos y disgustillos e impertinencias
tras de que se andaba, de manera que pueda bien decir: El ganado
perdí que antes seguía.

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CANCIÓN 18

Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.

DECLARACIÓN

1. En esta canción cuenta la esposa la entrega que hubo de ambas
partes en este espiritual desposorio, conviene saber, de ella y de
Dios, diciendo que en aquella interior bodega de amor se juntaron
en comunicación él a ella, dándole el pecho ya libremente de su
amor, en que la enseñó sabiduría y secretos; y

ella a él, entregándosele ya toda de hecho, sin ya reservar nada
para sí ni para otro, afirmándose ya de ser suya para siempre.
Síguese el verso:

Allí me dio su pecho.

2. Dar el pecho uno a otro es darle su amor y amistad, y descubrirle
sus secretos como a amigo. Y así, decir el alma que le dio allí su
pecho, es decir que allí le comunicó su amor y sus secretos, lo cual
hace Dios con el alma en este estado, y más adelante, lo que
también dice en este verso siguiente:

Allí me enseñó ciencia muy sabrosa.

3. La ciencia sabrosa que dice aquí que la enseñó, es la teología
mística, que es ciencia secreta de Dios, que llaman los espirituales
contemplación, la cual es muy sabrosa, porque es ciencia por amor,
el cual es el maestro de ella y el que todo lo hace sabroso. Y, por
cuanto Dios le comunica esta ciencia e inteligencia en el amor con
que se comunica al alma, esle sabrosa para el entendimiento, pues
es ciencia que pertenece a él; y esle también sabrosa a la voluntad,
pues es en amor, el cual pertenece a la voluntad. Y dice luego:

Y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa.

4. En aquella bebida de Dios suave, en que, como habemos dicho,
se embebe el alma en Dios, muy voluntariamente y con grande
suavidad se entrega el alma a Dios toda, queriendo ser toda suya y
no tener cosa en sí ajena de él para siempre, causando Dios en ella
en la dicha unión la pureza y perfección que para esto es menester;
que, por cuanto él la transforma en sí, hácela toda suya y evacua
en ella todo lo que tenía ajeno de Dios. De aquí es que, no
solamente según la voluntad, sino también según la obra, quede
ella de hecho sin dejar cosa, toda dada a Dios, así como Dios se ha
dado libremente a ella; de manera que quedan pagadas aquellas
dos voluntades, entregadas y satisfechas entre sí, de manera que
en nada haya de faltar ya la una a la otra, con fe y firmeza de
desposorio; que por eso añade ella, diciendo:

Allí le prometí de ser su esposa.

5. Porque, así como la desposada no pone en otro su amor ni su
cuidado ni su obra fuera de su esposo, así el alma en este estado
no tiene ya ni afectos de voluntad, ni inteligencias de entendimiento,
ni cuidado ni obra alguna que todo no sea inclinado a Dios, junto
con sus apetitos, porque está como divina, endiosada; de manera
que aun hasta los primeros movimientos no tiene contra lo que es la
voluntad de Dios, en todo lo que ella puede entender. Porque, así
como un alma imperfecta tiene muy ordinariamente a lo menos
primeros movimientos según el entendimiento y según la voluntad y
memoria y apetitos inclinados a mal e imperfección, así el alma en
este estado, según el entendimiento y voluntad y memoria y
apetitos, en los primeros movimientos de ordinario se mueve e
inclina a Dios, por la grande ayuda y firmeza que tiene ya en Dios y
perfecta conversión al bien. Todo lo cual dio bien a entender David
(Sal. 61, 2-3), cuando dijo hablando de su alma en este estado:
¿Por ventura no estará mi alma sujeta a Dios? Sí, porque de él
tengo yo mi salud, y porque él es mi Dios y mi Salvador; recibidor
mío, no tendré más movimiento. En lo que dice recibidor mío, da a
entender que, por estar su alma recibida en Dios y unida, cual aquí
decimos, no había ya de tener más movimiento contra Dios.

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CANCIÓN 19

Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

DECLARACIÓN

1. Por cuanto en la canción pasada ha dicho el alma, o por mejor
decir, la esposa, que se dio toda al Esposo sin dejar nada para sí,
dice ahora en ésta el modo y manera que tiene en cumplirlo
diciendo que ya está su alma y cuerpo y potencias y toda su
habilidad empleada, ya no en las cosas que a ella le tocan, sino en
las que son del servicio de su Esposo; y que, por eso ya no anda
buscando su propia ganancia, ni se anda tras sus gustos, ni
tampoco se ocupa en otras cosas y tratos extraños y ajenos de
Dios; y que aun con el mismo Dios ya no tiene otro estilo ni manera
de trato sino ejercicio de amor, por cuanto ha ya trocado y mudado
todo su primer trato en amor, según ahora se dirá.

Mi alma se ha empleado.

2. En decir que el alma suya se ha empleado, da a entender la
entrega que hizo al Amado de sí en aquella unión de amor, donde
quedó ya su alma, con todas sus potencias, entendimiento,
voluntad y memoria, dedicada y mancipada al servicio de él,
empleando el entendimiento en entender las cosas que son más de
su servicio para hacerlas, y su voluntad en amar todo lo que a Dios
agrada y en todas las cosas aficionar la voluntad a Dios, y la
memoria en el cuidado de lo que es de su servicio y lo que más le
ha de agradar. Y dice más:

Y todo mi caudal en su servicio.

3. Por todo su caudal entiende aquí todo lo que pertenece a la parte
sensitiva del alma, la cual dice que está empleada en su servicio,
también como la parte razonal o espiritual que acabamos de decir
en el verso pasado. Y en esta parte sensitiva se incluye el cuerpo
con todos sus sentidos y potencias, así interiores como exteriores.
Entiéndese también en este verso toda la habilidad natural y
razonal, como habemos dicho, conviene a saber: las cuatro
pasiones, los apetitos naturales y espirituales y el demás caudal del
alma; todo lo cual dice que está ya empleado en su servicio. Porque
el cuerpo trata ya según Dios, los sentidos interiores y exteriores
rige y gobierna según Dios, y a él endereza las acciones de ellos. Y
las cuatro pasiones todas las tiene ceñidas también a Dios, porque
no se goza sino de Dios, ni tiene esperanza sino en Dios, ni teme
sino a Dios, ni se duele sino según Dios; y también sus apetitos
todos van sólo a Dios, y todos sus cuidados.

4. Todo este caudal de tal manera está ya empleado en Dios, que,
aun sin advertencia del alma, todas las partes que habemos dicho
de este caudal en los primeros movimientos se inclinan a obrar en
Dios y por Dios; porque el entendimiento, la voluntad y la memoria
se van luego a Dios, y los afectos, los sentidos, los deseos y
apetitos, la esperanza, el gozo, y luego todo el caudal de prima
instancia se inclinan a Dios, aunque, como digo, no advierta el alma
que obra por Dios. De donde esta tal alma muy frecuentemente
obra por Dios, y entiende en él y en sus cosas sin pensar ni
acordarse que lo hace por él, porque el uso y hábito que en la tal
manera de proceder ya tiene, le hace carecer de la advertencia y
cuidado, y aun de los actos fervorosos que a los principios del obrar
solía tener. Y porque ya está todo este caudal empleado en Dios de
la manera dicha, de necesidad ha de tener el alma también lo que
dice en el verso siguiente, es a saber:

Ya no guardo ganado.
5. Que es tanto como decir: ya no me ando tras mis gustos y
apetitos, porque, habiéndolos puesto en Dios y dado a él, ya no los
apacienta ni guarda para sí el alma. Y no sólo dice que ya no
guarda ganado, pero dice más:

Ni ya tengo otro oficio.

6. Muchos oficios tiene el alma no provechosos antes que llegue a
hacer esta donación y entrega de sí y de su caudal al Amado;
porque todos cuantos hábitos de imperfecciones tenía, tantos
oficios podemos decir que tenía, los cuales pueden ser acerca del
hablar y del pensar y del obrar, teniendo en esto costumbre de no
usar de esto como conviene ordenadamente a la perfección. Acerca
de lo cual siempre el alma tiene algún oficio vicioso que nunca
acabó de vencer hasta que de veras emplea su caudal en el
servicio de Dios, donde, como habemos dicho, todas las palabras y
pensamientos y obras son ya de Dios, no habiendo ya oficio de
murmurar ni de otra imperfección en las palabras, ni en las demás
potencias. Y así, es como si dijera: ni me ocupo ya ni entretengo en
otros tratos, ni pasatiempos, ni cosas del mundo:

Que ya sólo en amar es mi ejercicio.

7. Como si dijera: que ya todas estas potencias y habilidad del
caudal de mi alma y mi cuerpo, que antes algún tanto empleaba en
otras cosas no útiles, las he puesto en ejercicio de amor. Esto es lo
que dice David (Sal. 58, 10): Fortitudinem meam ad te custodiam,
es a saber: que toda la habilidad de mi alma y cuerpo se mueve por
amor, haciendo todo lo que hago por amor, y padeciendo por amor
todo lo que padezco.

8. Aquí es de notar que, cuando el alma llega a este estado, todo el
ejercicio de la parte espiritual y de la parte sensitiva, ahora sea en
hacer, ahora en padecer, de cualquiera manera que sea, siempre le
causa más amor y regalo en Dios; y hasta el mismo ejercicio de
oración y trato con Dios, que antes solía tener en otras
consideraciones y modos, ya todo es ejercicio de amor. De manera
que, ahora su trato sea acerca de lo temporal, ahora sea su
ejercicio acerca de lo espiritual, siempre puede decir esta tal alma:
Que ya sólo en amar es mi ejercicio.

9. ¡Dichosa vida y dichoso estado y dichosa el alma que a él llega,
donde todo le es ya sustancia de amor y regalo y deleite de
desposorio, en que de veras puede la esposa decir al divino Esposo
aquellas palabras que de puro amor le dice en los Cantares (Ct 7,
13), diciendo: Omnia poma, nova et vetera, servavi tibi, que es
como si dijera: Amado mío, todo lo áspero y trabajoso quiero por ti,
y todo lo suave y sabroso quiero para ti!

Pero el acomodado sentido de este verso es decir que el alma en
este estado de desposorio espiritual ordinariamente anda en unión
de amor de Dios, que es común y ordinaria asistencia de voluntad
amorosa en Dios.

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CANCIÓN 20

Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.

DECLARACIÓN

1. Responde el alma en esta canción a una tácita reprehensión de
parte de los del mundo, según ellos han de costumbre de notar a
los que de veras se dan a Dios, teniéndolos por demasiados en su
extrañeza y retiramiento y en su manera de proceder, diciendo
también que son inútiles para las cosas importantes y perdidos en
lo que el mundo precia y estima. A la cual reprehensión de muy
buena manera satisface aquí el alma, haciendo rostro muy osada y
atrevidamente a esto y a todo lo demás que el mundo la pueda
imponer, porque, habiendo ella llegado a lo vivo del amor de Dios,
todo lo tiene en poco. Y no sólo eso, mas antes ella misma lo
confiesa en esta canción, y se precia y gloría de haber dado en
tales cosas y perdídose al mundo y a sí misma por su Amado. Y
así, lo que quiere decir en esta canción hablando con los del
mundo, [es] que si ya no la vieren en las cosas de sus primeros
tratos y otros pasatiempos que solía tener en el mundo, que digan y
crean que se ha perdido y ajenado de ellos, y que lo tiene tan por
bien, que ella misma se quiso perder andando buscando a su
Amado, enamorada mucho de él. Y porque vean la ganancia de su
pérdida y no lo tengan por insipiencia o engaño, dice que esta
pérdida fue su ganancia, y por eso de industria se hizo perdidiza.

Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuera vista ni hallada.

2. Ejido comúnmente se llama un lugar común donde la gente se
suele juntar a tomar solaz y recreación, y donde también apacientan
los pastores sus ganados. Y así, por el ejido entiende aquí el alma
el mundo, donde los mundanos tienen sus pasatiempos y tratos y
apacientan los ganados de sus apetitos. En lo cual dice el alma a
los del mundo que si no fuere vista ni hallada (como solía antes que
fuese toda de Dios) que la tengan por perdida en eso mismo, y que
así lo digan; porque de eso se goza ella queriendo que lo digan,
diciendo:

Diréis que me he perdido.

3. No se afrenta el que ama delante del mundo de las obras que
hace por Dios, ni las esconde con vergüenza, aunque todo el
mundo se las haya de condenar; porque el que tuviere vergüenza
delante de los hombres de confesar al Hijo de Dios, como él lo dice
por san Lucas (Lc 9, 26), tendrá vergüenza de confesarle delante
de su Padre. Y por tanto, el alma, con ánimo de amor, antes se
precia de que se vea, para gloria de su Amado, haber ella hecho
una tal obra por él, que se ha ya perdido a todas las cosas del
mundo, y por eso dice: Diréis que me he perdido.

4. Esta tan perfecta osadía y determinación en las obras, pocos
espirituales la alcanzan; porque, aunque algunos tratan y usan este
trato, y aun se tienen algunos por los de muy allá, nunca se acaban
de perder en algunos puntos, o de mundo o de naturaleza, para
hacer las obras perfectas y desnudas por Cristo, no mirando a lo
que dirán o qué parecerá. Y así no podrán éstos decir: Diréis que
me he perdido, pues no están perdidos a sí mismos en el obrar;
todavía tienen vergüenza de confesar a Cristo por la obra delante
de los hombres, teniendo respeto a cosas; no viven en Cristo de
veras.

Que, andando enamorada,

5. conviene a saber: que andando obrando las virtudes enamorada
de Dios,
me hice perdidiza, y fui ganada.

6. El que anda de veras enamorado, luego se deja perder a todo lo
demás, por ganarse más en aquello que ama; y por eso el alma
dice aquí que se hizo perdidiza ella misma, que es dejarse perder
de industria.

Y es en dos maneras, conviene a saber: a sí misma, no haciendo
caso de sí en ninguna cosa sino del Amado, entregándose a él de
gracia sin ningún interese, haciéndose perdidiza a sí misma, no
queriendo ganarse en nada para sí; lo segundo, a todas las cosas,
no haciendo caso de todas sus cosas, sino de las que tocan al
Amado; y eso es hacerse perdidiza, que es tener gana que la
ganen.

7. Tal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende
ganancia ni premio, sino sólo perderlo todo y a sí mismo en su
voluntad por Dios, y ésa tiene por su ganancia; y así lo es, según
dice san Pablo (Fil. 1, 21), diciendo: Mori lucrum, esto es: Mi morir
por Cristo es mi ganancia, espiritualmente a todas las cosas y a sí
mismo. Y por eso dice el alma: fui ganada, porque el que a sí no se
sabe perder no se gana, antes se pierde, según dice Nuestro Señor
en el Evangelio (Mt. 16, 25), diciendo: El que quisiere ganar para sí
su alma, ése la perderá; y el que la perdiere para consigo por mí,
ése la ganará.

Y si queremos entender el dicho verso más espiritualmente y más al
propósito que aquí se trata, es de saber que, cuando un alma en el
camino espiritual ha llegado a tanto que se ha perdido a todos los
modos y vías naturales de proceder en el trato con Dios, que ya no
le busca por consideraciones ni formas ni sentimientos ni otros
medios algunos de criatura y sentido, sino que pasó sobre todo eso
y sobre todo modo suyo y manera, tratando y gozando a Dios en fe
y amor, entonces se dice haberse de veras ganado a Dios, porque
de veras se ha perdido a todo lo que no es Dios, y a lo que es en sí.

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CANCIÓN 21

De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas.

DECLARACIÓN

1. En esta canción vuelve la esposa a hablar con el Esposo en
comunicación y recreación de amor, y lo que en ella hace es tratar
del solaz y deleite que el alma esposa y el Hijo de Dios tienen en la
posesión de las riquezas de las virtudes y dones de entrambos, y el
ejercicio de ellas que hay del uno al otro, gozándolas entre sí en
comunicación de unión de amor. Y por eso dice ella, hablando con
él, que harán guirnaldas ricas de dones y virtudes, adquiridas y
ganadas en tiempo agradable y conveniente, hermoseadas y
graciosas en el amor que él a ella tiene, y sustentadas y
conservadas en el amor que ella tiene a él. Por eso llama a este
gozar las virtudes hacer guirnaldas de ellas; porque todas juntas,
como flores en guirnalda, las gozan entrambos en el amor común
que el uno tiene al otro.

De flores y esmeraldas.

2. Las flores son las virtudes del alma, y las esmeraldas son los
dones que tiene de Dios. Pues de estas flores y esmeraldas,

en las frescas mañanas escogidas,

3. es a saber, ganadas y adquiridas en las juventudes, que son las
frescas mañanas de las edades.

Y dice escogidas, porque las virtudes que se adquieren en este
tiempo de juventud son escogidas y muy aceptas a Dios, por ser en
tiempo de juventud, cuando hay más contradicciónde parte de los
vicios para adquirirlas, y de parte del natural más inclinación y
prontitud para perderlas; y también porque, comenzándolas a coger
desde este tiempo de juventud, se adquieren muy más perfectas y
son más escogidas.

Y llama a estas juventudes frescas mañanas, porque, así como es
agradable la frescura de la mañana en la primavera más que las
otras partes del día, así lo es la virtud de la juventud delante de
Dios.
Y aun puédense entender estas frescas mañanas por los actos de
amor en que se adquieren las virtudes, los cuales son a Dios más
agradables que las frescas mañanas a los hijos de los hombres.

4. También se entienden aquí por las frescas mañanas las obras
hechas en sequedad y dificultad del espíritu, las cuales son
denotadas por el fresco de las mañanas del invierno. Y estas obras,
hechas por Dios en sequedad de espíritu y dificultad, son muy
preciadas de Dios, porque en ellas grandemente se adquieren las
virtudes y dones; y las que se adquieren de esta suerte y con
trabajo, por la mayor parte son más escogidas y más firmes que si
se adquiriesen sólo con el sabor y regalo del espíritu; porque la
virtud en la sequedad y dificultad y trabajo y tentación echa raíces,
según dijo Dios a san Pablo (2 Cor. 12, 9), diciendo: Virtus in
infirmitate perficitur, esto es: La virtud en la flaqueza se hace
perfecta. Y por tanto, para encarecer la excelencia de las virtudes
de que se han de hacer las guirnaldas para el Amado, bien está
dicho en las frescas mañanas escogidas, porque de solas estas
flores y esmeraldas de virtudes y dones escogidos y perfectos, y no
de las imperfectas, goza bien el Amado. Y por eso dice aquí el alma
esposa, que de ellas para él

haremos las guirnaldas.

5. Para cuya inteligencia es de saber que todas las virtudes y dones
que el alma y Dios adquieren en ella son en ella como una
guirnalda de varias flores con que está admirablemente
hermoseada, así como de una vestidura de preciosa variedad. Y
para mejor entenderlo es de saber que, así como las flores
materiales se van cogiendo, las van en la guirnalda que de ellas
hacen componiendo, de la misma manera, así como las flores
espirituales de virtudes y dones se van adquiriendo, se van en el
alma asentando. Y acabadas de adquirir, está ya la guirnalda de
perfección en el alma acabada de hacer, en que el alma y el
Esposo se deleitan hermoseados con esta guirnalda y adornados,
bien así como ya en estado de perfección.

Estas son las guirnaldas que dice han de hacer, que es ceñirse y
cercarse de variedad de flores y esmeraldas de virtudes y dones
perfectos, para parecer dignamente con este hermoso y precioso
adorno delante la cara del rey, y merezca la iguale consigo,
poniéndola como reina a su lado, pues ella lo merece con la
hermosura de su variedad. De donde hablando David (Sal. 44, 10)
con Cristo en este caso, dijo: Astitit regina a dextris tuis in vestitu
deaurato, circumdata varietate, que quiere decir: estuvo la reina a tu
diestra en vestidura de oro cercada de variedad, que es tanto como
decir: estuvo a tu diestra vestida de perfecto amor, y cercada de
variedad de dones y virtudes perfectas.

Y no dice haré yo las guirnaldas solamente, ni haráslas tú tampoco
a solas, sino haremos entrambos juntos; porque las virtudes no las
puede obrar el alma, ni alcanzarlas a solas sin ayuda de Dios, ni
tampoco las obra Dios a solas en el alma sin ella. Porque, aunque
es verdad que todo dado bueno y todo don perfecto sea de arriba,
descendido del Padre de las lumbres, como dice Santiago (Sant 1,
17) todavía eso mismo no se recibe sin la habilidad y ayuda del
alma que lo recibe. De donde, hablando la esposa en los Cantares
(Ct 1, 3) con el Esposo, dijo: Trahe me, post te curremus in odorem,
etc.; que quiere decir: Tráeme, después de ti correremos. De
manera que el movimiento para el bien de Dios ha de venir, según
aquí da a entender, solamente; mas el correr no dice que él solo, ni
ella sola, sino correremos entrambos, que es el obrar Dios y el alma
juntamente.

6. Este versillo se entiende harto propiamente de la Iglesia y de
Cristo, en el cual la Iglesia esposa suya, habla con él, diciendo:
Haremos las guirnaldas, entendiendo por guirnaldas todas las
almas santas engendradas por Cristo en la Iglesia, que cada una de
ellas es como una guirnalda arreada de flores de virtudes y dones, y
todas ellas juntas son una guirnalda para la cabeza del Esposo
Cristo.

Y también se puede entender por las hermosas guirnaldas, que por
otro nombre se llaman lauréolas, hechas también en Cristo y la
Iglesia, las cuales son de tres maneras:

La primera, de hermosas y blancas flores de todas las vírgenes
cada una con su lauréola de virginidad, y todas ellas juntas serán
una lauréola para poner en la cabeza del Esposo Cristo.

La segunda lauréola, de las resplandecientes flores de los santos
doctores, cada uno con su lauréola de doctor, y todos juntos serán
una lauréola para sobreponer en la de las vírgenes en la cabeza de
Cristo.
La tercera, de los encarnados claveles de los mártires, cada uno
también con su lauréola de mártir, y todos ellos juntos serán una
lauréola para remate de la lauréola del Esposo Cristo.

Con las cuales tres guirnaldas estará Cristo Esposo tan
hermoseado y tan gracioso de ver, que se dirá en el cielo aquello
que de él dice la esposa en los Cantares (Ct 3, 11), y es: Salid, hijas
de Sión, y al rey Salomón mirad con la corona con que le coronó su
madre en el día de su desposorio y en el día de la alegría de su
corazón. Haremos, pues, dice, estas guirnaldas

en tu amor florecidas.

7. La flor que tienen las obras y virtudes es la gracia y virtud que del
amor de Dios tienen, sin el cual no solamente no estarían
florecidas, pero todas ellas serían secas y sin valor delante de Dios,
aunque humanamente fuesen perfectas. Pero, porque él da su
gracia y amor, son las obras florecidas en su amor.

Y en un cabello mío entretejidas.

8. Este cabello suyo es su voluntad de ella y amor que tiene al
Amado, el cual amor tiene y hace el oficio que el hilo en la
guirnalda. Porque, así como el hilo enlaza y ase las flores en la
guirnalda, así el amor del alma enlaza y ase las virtudes en el alma
y las sustenta en ella; porque, como dice san Pablo (Col. 3, 14), es
la caridad el vínculo y atadura de la perfección. De manera que en
este amor del alma están las virtudes y dones sobrenaturales tan
necesariamente asidos que, si quebrase, faltando a Dios, luego se
desasirían todas las virtudes y faltarían del alma, así como,
quebrado el hilo en la guirnalda, se caerían las flores. De manera
que no basta que Dios nos tenga amor, para darnos virtudes, sino
que también nosotros se le tengamos a él, para recibirlas y
conservarlas.

Dice un cabello solo y no muchos cabellos, para dar a entender que
ya su voluntad está sola en él, desasida de todos los demás
cabellos, que son los extraños y ajenos amores. En lo cual
encarece bien el valor y precio de estas guirnaldas de virtudes;
porque cuando el amor está único y sólido en Dios, cual aquí ella
dice, también las virtudes están perfectas y acabadas y florecidas
mucho en el amor de Dios; porque entonces es el amor que él tiene
al alma inestimable, según el alma da a entender en la siguiente
canción.

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CANCIÓN 22

En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.

DECLARACIÓN

1. Tres cosas quiere decir el alma en esta canción:

La primera es dar a entender que aquel amor en que están asidas
las virtudes no es otro sino sólo el amor fuerte, porque, a la verdad,
tal ha de ser para conservarlas.

La segunda, dice que Dios se prendó mucho de este su cabello de
amor viéndolo solo y fuerte.

La tercera, dice que estrechamente se enamoró Dios de ella viendo
la pureza y entereza de su fe. Y dice así:

En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste.

2. El cuello significa la fortaleza, en la cual dice que volaba el
cabello del amor, en que están entretejidas las virtudes, que es
amor en fortaleza. Porque no basta que sea solo para conservar las
virtudes, sino que también sea fuerte, para que ningún vicio
contrario le pueda por ningún lado de la guirnalda de la perfección
quebrar. Porque por tal orden están asidas en este cabello del amor
del alma las virtudes, que, si en alguna quebrase, luego, como
habemos dicho, faltarían todas; porque las virtudes así como donde
está una están todas, así también donde una falta faltan todas.
Y dice que volaba en el cuello, porque en la fortaleza del alma, que
es el cuello del alma, vuela este amor a Dios con gran fortaleza y
ligereza, sin detenerse en cosa alguna; y así como en el cuello el
aire menea y hace volar al cabello, así también el aire del Espíritu
Santo mueve y altera al amor fuerte para que haga vuelos a Dios;
porque sin este divino viento, que mueve las potencias a ejercicios
de amor divino, no obran ni hacen sus efectos las virtudes, aunque
las haya en el alma.

Y en decir que el Amado consideró en el cuello volar este cabello,
da a entender cuánto ama Dios el amor fuerte; porque considerar
es mirar muy particularmente con atención y estimación de aquello
que se mira, y el amor fuerte hace mucho a Dios volver los ojos a
mirarle. Y así se sigue:

Mirástele en mi cuello.

3. Lo cual dice para dar a entender el alma que no sólo preció y
estimó Dios este su amor, sino que también le amó, viéndole fuerte,
porque mirar Dios es amar Dios, así como el considerar Dios es,
como habemos dicho, estimar lo que considera. Y vuelve a repetir
en este verso el cuello, diciendo del cabello: Mirástele en mi cuello,
porque, como está dicho, ésa es la causa por que le amó mucho, es
a saber, verle en fortaleza. Y así es como si dijera: amástele
viéndole fuerte sin pusilanimidad y temor, y solo sin otro amor, y
volar con ligereza y fervor; de donde se sigue que,

y en él preso quedaste.

4. ¡Oh cosa digna de toda acepción y gozo, quedar Dios preso en
un cabello! La causa de esta prisión tan preciosa es el pararse él a
mirar, que es, como habemos dicho, amar él nuestro bajo ser;
porque si él, por su gran misericordia, no nos mirara y amara
primero, como dice san Juan (1 Jn. 4, 10), y se abajara, ninguna
presa hiciera en él el vuelo del cabello de nuestro amor bajo,
porque no tenía tan alto vuelo que llegase a prender a esta divina
ave de las alturas; mas porque ella se bajó a mirarnos y a provocar
nuestro vuelo y levantarle, dando valor a nuestro amor, por eso él
mismo se prendó del cabello en el vuelo, esto es, él mismo se pagó
y se agradó, y por eso se prendó. Y eso quiere decir: Mirástele en
mi cuello y en él preso quedaste. Y así, cosa creíble es que el ave
de bajo vuelo prenda al águila real muy subida, si ella se viene a lo
bajo, queriendo ser presa.
Y en uno de mis ojos te llagaste.

5. Entiéndese aquí por el ojo la fe. Y dice uno solo, y que en él se
llagó, porque si la fe y fidelidad del alma para con Dios no fuese
sola, sino que estuviese mezclada con otro algún respeto o
cumplimiento, no llegaría a efecto de llagar a Dios de amor; y así,
solo un ojo ha de ser en que se llaga, como también un solo cabello
en que se prenda el Amado. Y es tan estrecho el amor con que el
Esposo se prenda de la esposa en esta fidelidad única que ve en
ella, que si en el cabello del amor de ella se prendaba, en el ojo de
su fe aprieta con tan estrecho nudo la prisión, que le hace llaga de
amor por la gran ternura del afecto con que está aficionado a ella, lo
cual es entrarla más en su amor.

6. Esto mismo del cabello y del ojo dice el Esposo en los Cantares
(Ct 4, 9) hablando con la Esposa, diciendo: Llagaste mi corazón,
hermana mía, llagaste mi corazón en uno de tus ojos y en un
cabello de tu cuello. En lo cual dos veces repite haberle llagado el
corazón, es a saber: en el ojo y en el cabello. Y por eso el alma en
la dicha canción hace relación de estas dos cosas, como
agradeciendo al Amado y regraciando tan gran merced, y también
para gozarse ella y deleitarse en haber sido tan dichosa que haya
caído en gracia a su Amado. Y así, lo atribuye ella todo a él en la
canción siguiente, diciendo:

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CANCIÓN 23

Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.

DECLARACIÓN

1. Es propiedad del amor perfecto no querer admitir ni tomar nada
para sí ni atribuirse a sí nada, sino todo al Amado; que esto aun en
los amores bajos lo hay, cuánto más en el de Dios donde tanto
obliga la razón. Y, por tanto, porque en las dos canciones pasadas
parece se atribuía a sí alguna cosa la esposa, tal como decir: que
haría ella juntamente con el Esposo las guirnaldas, y que se tejerían
con el cabello de ella (lo cual es obra no de poco momento y
estima), y después decir y gloriarse que el Esposo se había
prendado en su cabello y llagado en su ojo (en lo cual también
parece atribuirse a sí misma gran merecimiento), quiere ahora en la
presente canción declarar su intención y deshacer el engaño que en
esto se puede entender, con cuidado y temor no se le atribuya a
ella algún valor y merecimiento, y por eso se le atribuya a Dios
menos de lo que se le debe y ella desea. Atribuyéndolo todo a él y
regraciándoselo juntamente, le dice que la causa de prendarse él
del cabello de su amor y llagarse del ojo de su fe, fue por haber él
héchola merced de mirarla con amor, en lo cual la hizo graciosa y
agradable a sí mismo; y que, por esa gracia y valor que de él
recibió, mereció su amor, y tener valor ella en sí para adorar
agradablemente a su Amado y hacer obras dignas de su gracia y
amor. Síguese el verso:

Cuando tú me mirabas,

2. es a saber, con afecto de amor (porque ya dijimos que el mirar de
Dios aquí es amar),

su gracia en mí tus ojos imprimían.

3. Por los ojos del Esposo entiende aquí su Divinidad
misericordiosa, la cual, inclinándose al alma con misericordia,
imprime e infunde en ella su amor y gracia, con que la hermosea y
levanta tanto, que la hace consorte de la misma Divinidad. Y dice el
alma, viendo la dignidad y alteza en que Dios la ha puesto:

Por eso me adamabas.

4. Adamar es amar mucho, es más que amar simplemente; es como
amar duplicadamente, esto es, por dos títulos o causas. Y así, en
este verso da a entender el alma los dos motivos y causas del amor
que él tiene a ella; por los cuales no sólo la amaba prendado en su
cabello, mas que la adamaba llagado en su ojo.

Y la causa por que él la adamó de esta manera tan estrecha, dice
ella en este verso que era porque él quiso con mirarla darla gracia
para agradarse de ella, dándole el amor de su cabello, y formándola
con su caridad la fe de su ojo. Y así dice: Por eso me adamabas;
porque poner Dios en el alma su gracia es hacerla digna y capaz de
su amor. Y así, es tanto como decir: porque habías puesto en mí tu
gracia, que eran prendas dignas de tu amor, por eso me adamabas,
esto es, por eso me dabas más gracia. Esto es lo que dice san Juan
(Jn 1, 16) que dat gratiam pro gratia, que quiere decir: Da gracia por
la gracia que ha dado, que es dar más gracia; porque sin su gracia
no se puede merecer su gracia.

5. Es de notar, para inteligencia de esto, que Dios, así como no
ama cosa fuera de sí, así ninguna cosa ama más bajamente que a
sí, porque todo lo ama por sí, y el amor tiene la razón del fin; y así,
no ama las cosas por lo que ellas son en sí. De donde amar Dios al
alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo,
y así ama al alma en sí consigo con el mismo amor que él se ama; y
por eso en cada obra merece el alma amor de Dios, porque, puesta
en esta gracia y alteza, merece al mismo Dios en cada obra. Y por
eso, se sigue en estotro verso:

Y en eso merecían.

6. En ese favor y gracia que los ojos de tu misericordia me hicieron
de levantarme a tu amor, tuvieron valor y merecieron,

los míos adorar lo que en ti vían.

7. Es tanto como decir: las potencias de mi alma, Esposo mío,
merecieron levantarse a mirarte, que antes con la miseria de su
baja obra y caudal estaban caídas y bajas (porque poder mirar el
alma a Dios es hacer obras en gracia de Dios) y ya merecían los
ojos del alma en el adorar, porque adoraban en gracia de su Dios;
adoraban lo que ya en él veían, alumbrados y levantados con su
gracia y favor, lo cual antes no veían por su ceguera y bajeza. ¿Qué
era, pues, lo que ya veían? Veían grandeza de virtudes, abundancia
de suavidad, bondad inmensa, amor y misericordia en él, beneficios
innumerables que de él había recibido, ahora estando en gracia,
ahora cuando no lo estaba; todo esto merecían ya adorar con
merecimiento los ojos del alma, porque ya estaban graciosos; lo
cual antes no sólo no merecían adorarlo ni verlo, pero ni aun
considerarlo, porque es grande la rudeza y ceguera del alma que
está sin gracia.
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CANCIÓN 24

No quieras despreciarme,
que si color moreno en mi hallaste,
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mi dejaste.

DECLARACIÓN

1. Animándose ya la esposa y preciándose a sí misma en las
prendas y precio que de su Amado tiene, viendo que, por ser cosas
de él (aunque ella de suyo sea de bajo precio y no merezca alguna
estima) merece ser estimada por ellas, atrévese a su Amado y
dícele que ya no la quiera tener en poco ni despreciarla, porque si
antes merecía esto por la fealdad de su culpa y bajeza de su
naturaleza, que ya después que él la miró la primera vez, en que la
arreó con su gracia y vistió de su hermosura, que bien la puede ya
mirar la segunda y más veces, aumentándole la gracia y hermosura,
pues hay ya razón y causa bastante para ello en haberla mirado
cuando no lo merecía ni tenía partes para ello.

No quieras despreciarme.

2. Como si dijera: pues así es lo dicho, no quieras tenerme ya en
poco;

que si color moreno en mí hallaste.

3. Que si antes que me miraras, hallaste en mi fealdad de culpas e
imperfecciones y bajeza de condición natural,

ya bien puedes mirarme
después que me miraste.

4. Después que me miraste, quitando de mí ese color moreno y
desgraciado con que no estaba de ver, ya bien puedes mirarme
más veces; porque no sólo me quitaste el color moreno mirándome
la primera vez, pero también me hiciste más digna de ver, pues que
con tu vista de amor
gracia y hermosura en mí dejaste.

5. Mucho se agrada Dios en el alma a quien ha dado su gracia,
porque en ella mora bien agradado (lo cual no hacía antes que se la
diese), y ella está con él engrandecida y honrada, y por eso es
amada de él inefablemente, y la va él comunicando siempre en
todos los afectos y obras de ella más amor. Porque el alma que
está subida en amor y honrada acerca de Dios, siempre va
alcanzando más amor y honra de Dios, según se dice por san Juan
(Jn 1, 16), como habemos dicho: Dat gratiam pro gratia. Y así lo da
a entender Dios hablando con su amigo Jacob por Isaías (Is 43, 4),
diciendo: Ex quo honorabilis factus es in oculis meis, et gloriosus,
ego dilexi te, que quiere decir: Después que en mis ojos eres hecho
honrado y glorioso, yo te he amado; lo cual es tanto como decir:
después que mis ojos te dieron gracia mirándote la primera vez, por
la cual te hiciste honrado y glorioso en mi presencia, has merecido
más gracia de mercedes mías. Esto da a entender la esposa a las
hijas de Jerusalén en los divinos Cantares (Ct 1, 4) diciendo: Nigra
sum sed formosa, filiae Ierusalem, ideo dilexit me rex et introduxit
me in cubiculum suum, que quiere decir: Morena soy, hijas de
Jerusalén, pero soy hermosa; por tanto, me ha amado el rey y
metido en lo interior de su lecho. Lo cual es tanto como si dijera:
hijas de Jerusalén, no os maravilléis porque el rey celestial me haya
hecho tan grandes mercedes en meterme en lo interior de su lecho,
porque, aunque soy morena de mío, por lo cual no las merecía, ya
soy hecha hermosa de él, por haberme él mirado, y por eso me ha
amado, etc.

6. Bien puedes ya, Dios mío, mirar y preciar mucho al alma que ya
una vez miraste, pues con tu vista primera la dejaste prendas con
que ya no una sola vez sino muchas merece ser vista de tus divinos
ojos; porque, como se dice en el libro de Ester (Ester 6, 11), hoc
honore condignus est quemcumque rex voluerit honorare.

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CANCIÓN 25

Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.

DECLARACIÓN

1. Viendo la esposa las virtudes de su alma puestas ya en el punto
de su perfección, en que está ya gozando el deleite y suavidad y
fragancia de ellas (así como se goza la vista y olor de las plantas
cuando están bien florecidas) deseando ella continuar esta
suavidad y que no haya cosa que pueda impedírsela, pide en esta
canción a los ángeles y ministros de Dios que entiendan en apartar
de ella todas aquellas cosas que pueden derribar y ajar la dicha flor
y fragancia de sus virtudes, como son todas las turbaciones,
tentaciones, desasosiegos, apetitos, si algunos quedan,
imaginaciones y otros movimientos naturales y espirituales, que
aquí pone nombre de raposas, que suelen impedir al alma la flor de
la paz y quietud y suavidad interior, al tiempo que más a su sabor la
está gozando el alma en sus virtudes junto con su Amado.

Porque suele el alma a veces ver en su espíritu todas las virtudes
que Dios la ha dado (obrando él en ella esta luz); y ella entonces,
con admirable deleite y sabor de amor, las junta todas y las ofrece
al Amado como una piña de flores; en lo cual, recibiéndolas el
Amado entonces (como a la verdad las recibe) recibe en ello gran
servicio, porque el alma se ofrece juntamente con las virtudes, que
es el mayor servicio que ella le puede hacer; y así es uno de los
mayores deleites que en el trato con Dios suele recibir éste que
recibe en esta manera de don que al Amado hace. Y así, deseando
ella que no le impida cosa este deleite interior que es la viña florida,
desea le quiten no sólo las cosas dichas, mas que también haya
gran soledad de todas las cosas, de manera que en todas las
potencias y apetitos interiores y exteriores no haya forma ni imagen
ni otra cosa que parezca y se represente delante del alma y del
Amado, que en soledad y unión de entrambos están haciendo y
gozando esta piña.

Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña.

2. La viña es el plantel que está en el alma de todas las virtudes
que dan al alma vino de dulce sabor. Esta viña del alma está florida
cuando según la voluntad está unida con el Esposo, y en el mismo
Esposo está gozando y deleitándose en todas estas virtudes juntas.
Y a este tiempo suelen algunas veces acudir a la memoria y
fantasía muchas y varias formas e imaginaciones, y en la parte
sensitiva muchos y varios movimientos y apetitos, que, como
habemos dicho, con su mucha sutileza y viveza molestan y
desquietan al alma de la suavidad y quietud interior de que goza, y,
allende de esto, los demonios, que tienen mucha envidia de la paz y
recogimiento interior, suelen ingerir en el espíritu horrores y
turbaciones y temores. A todas las cuales cosas llama aquí
raposas, porque, así como las ligeras y astutas raposillas con sus
sutiles saltos suelen derribar y estragar la flor de las viñas al tiempo
que están floridas, así, los astutos y maliciosos demonios con estas
turbaciones y movimientos ya dichos, saltando turban la devoción
de las almas santas.

3. Esto mismo pide la esposa en los Cantares (Ct 2 15), diciendo:
Capite nobis vulpes parvulas, quae demoliuntur vineas, nam vinea
nostra floruit, que quiere decir: Cazadnos las raposas pequeñuelas
que estragan las viñas, porque nuestra viña está florida. Y no sólo
por eso quiere aquí el alma que se las cacen, sino también porque
haya lugar para lo que dice en los dos versos siguientes, es a
saber:

En tanto que de rosas
hacemos una piña.

4. Porque a esta sazón que el alma está gozando la flor de esta
viña y deleitándose en el pecho de su Amado, acaece así que las
virtudes del alma se ponen todas en pronto y claro, como habemos
dicho, y en su punto, mostrándose al alma y dándole de sí gran
suavidad y deleite; las cuales siente el alma estar en sí misma y en
Dios, de manera que la parecen ser una viña muy florida y
agradable de ella y de él, en que ambos se apacientan y deleitan. Y
entonces el alma junta todas estas virtudes, haciendo actos muy
sabrosos de amor en cada una de ellas y en todas juntas, y así
juntas las ofrece ella al Amado con gran ternura de amor y
suavidad; a lo cual la ayuda el mismo Amado (porque sin su favor y
ayuda no podría ella hacer esta junta y oferta de virtudes a su
Amado), que por eso dice: Hacemos una piña, es a saber, el
Amado y yo.

5. Y llama piña a esta junta de virtudes, porque, así como la piña es
una pieza fuerte, y en sí contiene muchas piezas fuertes y
fuertemente abrazadas, que son los piñones, así esta piña de
virtudes que hace el alma para su Amado es una sola pieza de
perfección del alma, la cual fuerte y ordenadamente abraza y
contiene en sí muchas perfecciones y virtudes muy fuertes y dones
muy ricos. Porque todas las perfecciones y virtudes y dones se
ordenan y convienen en una sólida perfección del alma, la cual, en
tanto que está haciéndose por el ejercicio de las virtudes, y ya
hecha, se está ofreciendo de parte del alma al Amado en el espíritu
de amor que vamos diciendo, conviene que se cacen las dichas
raposas porque no impidan la tal comunicación interior de los dos. Y
no sólo pide esto la esposa en esta canción para poder hacer bien
la piña, mas también quiere lo que se sigue en el verso siguiente,
es a saber:

Y no parezca nadie en la montiña.

6. Porque para este divino ejercicio interior es también necesaria
soledad y ajenación de todas las cosas que se podrían ofrecer al
alma, ahora de parte de la porción inferior, que es la sensitiva del
hombre, ahora de parte de la porción superior, que es la razonal,
las cuales dos porciones son en que se encierra toda la armonía de
potencias y sentidos de todo el hombre; a la cual armonía llama
aquí montiña. Y dice que en ésta no parezca nadie, es a saber,
ningún objeto perteneciente a alguna de estas potencias o sentidos
que habemos dicho. Y así, es como si dijera: en todas las potencias
espirituales, como son entendimiento, memoria y voluntad, no haya
otras consideraciones ni otros afectos ni otras digresiones; y en
todos los sentidos y potencias corporales, como son imaginativa y
fantasía, y los cinco sentidos exteriores, no haya otras formas,
imágenes o figuras de algunos objetos y operaciones naturales.

7. Esto dice aquí el alma, por cuanto en esta sazón de
comunicación con Dios conviene que todos los sentidos, así
interiores como exteriores, estén desocupados y vacíos; porque en
tal caso cuanto ellos más se ponen en obra, tanto mas estorban;
porque en llegando el alma a la unión interior de Dios, ya no obran
en esto las potencias espirituales, y menos las corporales, por
cuanto está ya hecha la obra de unión de amor, y así acabaron de
obrar, porque llegado al término cesan todas las operaciones de los
medios. Y así, lo que el alma entonces hace en el Amado es estar
en ejercicio sabroso de lo que ya está en ella hecho, que es amar
en continuación de unión de amor. No parezca, pues, nadie en la
montiña; sola la voluntad esté asistiendo en entrega de sí y de
todas las virtudes al Amado en el dicha manera.

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CANCIÓN 26

Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.

DECLARACIÓN

1. Allende de lo dicho, podría también la sequedad de espíritu ser
causa de apagar en el alma esposa el jugo y suavidad interior de
que arriba ha hablado; y temiendo ella esto, hace dos cosas en esta
canción:

La primera es cerrar la puerta a la sequedad espiritual, teniendo
cuidado en no descuidarse en la devoción para dejarla entrar.

La segunda cosa que hace es invocar al Espíritu Santo,
sustentándose en oración, para que no sólo por ella se detenga
afuera la sequedad, mas también sea causa para que se aumente
por ella la devoción y ponga el alma las virtudes en ejercicio interior;
todo a fin de que su Amado se goce y deleite más en ellas.

Detente, cierzo muerto.

2. El cierzo es un viento frío y seco, y marchita las flores; y porque
la sequedad espiritual hace ese mismo efecto en el alma donde
mora, la llama cierzo, y muerto, porque apaga y mata la suavidad y
jugo espiritual; por el efecto que hace, la llama cierzo muerto. Y
deseando la esposa conservarse en la suavidad de su amor, dice a
la sequedad que se detenga; lo cual se ha de entender que este
dicho es cuidado de hacer obras que la detengan, conservando y
guardando el alma de las ocasiones.

Ven, austro, que recuerdas los amores.
3. El austro es otro viento, que vulgarmente se llama ábrego. Este
es aire apacible, causa lluvias y hace germinar las yerbas y plantas,
y abrir las flores y derramar su olor; tiene los efectos contrarios al
cierzo. Y así, por este aire entiende aquí el alma al Espíritu Santo,
el cual dice que recuerda los amores; porque cuando este divino
aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda y regala y
aviva, y recuerda la voluntad y levanta los apetitos (que antes
estaban caídos y dormidos) al amor de Dios, que se puede bien
decir, que recuerda los amores de él y de ella.

Aspira por mi huerto.

4. Ya habemos dicho que el alma de la esposa es la viña florecida
en virtudes; y ahora la llama aquí también huerto, donde están
plantadas las flores de perfecciones y virtudes que habemos dicho.

Y es aquí de notar que no dice la Esposa: aspira en mi huerto, sino
aspira por mi huerto; porque es mucha la diferencia que hay de
aspirar Dios en el alma a aspirar Dios por el alma. Porque aspirar
en el alma es infundir en ella gracia, dones y virtudes; y aspirar por
el alma es hacer Dios toque en las virtudes y perfecciones que ya le
son dadas, renovándolas y moviéndolas de suerte que den de sí
admirable fragancia y suavidad; bien así como cuando menean las
especias aromáticas, que, al tiempo que se hace aquella moción,
derraman la abundancia de su olor, el cual antes no era tal ni se
sentía en tanto grado. Porque las virtudes que el alma tiene en sí
adquiridas no siempre las está ella sintiendo y gozando
actualmente; porque, como habemos dicho, en esta vida están en el
alma como flores cerradas en cogollo, o como especias aromáticas
cubiertas, cuyo olor no se siente hasta que las descubren y
mueven, como habemos dicho.

5. Pero algunas veces hace Dios tales mercedes al alma esposa,
que aspirando con su Espíritu divino por este florido huerto de ella,
abre todos estos cogollos de virtudes y descubre estas especias
aromáticas de dones y perfecciones y riquezas del alma, y abriendo
el tesoro y caudal interior, descubre toda la hermosura de ella. Y
entonces es cosa admirable de ver y suave de sentir las riquezas
de los dones que se descubren al alma y la hermosura de estas
flores de virtudes, ya todas abiertas y darle cada una de sí el olor de
suavidad que le pertenece.Y esto llama correr los olores del huerto,
cuando en el verso siguiente dice:
Y corran sus olores.

6. Los cuales son en tanta abundancia algunas veces, que al alma
le parece estar vestida de deleites y bañada en gloria inestimable;
tanto, que no sólo ella lo siente de dentro, pero aun suele redundar
tanto de fuera, que lo conocen los que saben advertir, y les parece
estar la tal alma como un deleitoso jardín, lleno de deleites y
riquezas de Dios. Y no sólo cuando estas flores están abiertas se
echa de ver esto en estas santas almas, pero ordinariamente traen
en sí un no sé qué de grandeza y dignidad que causa detenimiento
y respeto a los demás por el efecto sobrenatural que se difunde en
el sujeto de la próxima y familiar comunicación con Dios, cual se
escribe en el Exodo (Ex 34, 30) de Moisés, que no podían mirar en
su rostro por la gloria y honra que quedaba en su persona por haber
tratado cara a cara con Dios.

7. En este aspirar del Espíritu Santo por el alma, que es visitación
suya en amor a ella, se comunica en alta manera el Esposo Hijo de
Dios a ella; que por eso envía su Espíritu primero, como a los
Apóstoles, que es su aposentador, para que le prepare la posada
del alma esposa, levantándola en deleite, descubriendo sus dones,
arreándole de la tapicería de sus gracias y riquezas.

Y así, con grande deseo desea el alma esposa todo esto, es a
saber: que se vaya el cierzo, que venga el austro, que aspire por el
huerto, porque en esto gana el alma muchas cosas juntas. Porque
gana el gozar las virtudes puestas en el punto de sabroso ejercicio,
como habemos dicho; gana el gozar al Amado en ellas, pues
mediante ellas, como acabamos de decir, más subidamente se
comunica a ella y haciéndole más particular merced que antes; y
gana que el Amado mucho más se deleita en ella por este ejercicio
de virtudes que es de lo que ella más gusta, es a saber, que guste
su Amado; y gana también la continuación y duración de tal sabor y
suavidad de virtudes la cual dura en el alma todo el tiempo que el
Amado asiste allí en la tal manera, estándole dando la esposa
suavidad en sus virtudes, según en los Cánticos (Ct 1, 11) ella dice
en esta manera: Cum esset rex in accubitu suo, nardus mea dedit
odorem suavitatis; y es como si dijera: En tanto que estaba
reclinado el rey en su reclinatorio, que es mi alma, el mi arbolico
oloroso dio olor de suavidad, entendiendo aquí por arbolico oloroso,
que consta de muchas flores, el plantel de muchas virtudes que
arriba se dijo estar en el alma, que allí llamó viña florida, o la piña
de flores que después dijo. Y así, este arbolico da la suavidad de
olor a Dios y al alma, en tanto que él mora por sustancial
comunicación en ella.

8. Y, por tanto, mucho es de desear que este aire del Espíritu Santo
pida cada alma aspire por su huerto y que corran sus divinos olores.
Y por ser esto tan necesario y de tanto bien y gloria para el ánima,
la esposa lo deseó en los Cantares (Ct 4, 16) y lo pidió, diciendo:
Surge, aquilo; et veni, auster, perfla hortum meum, et fluent aromata
illius; y es todo lo que habemos dicho en esta canción hasta aquí, y
quiere decir: Levántate, cierzo, y vete; y tú, ábrego, viento suave y
provechoso, ven y corre y aspira por mi huerto; y correrán sus
olorosas y preciosas especias. Y esto todo lo desea el alma, no por
el deleite y gloria que de ello se le sigue, sino por lo que en esto
sabe que se deleita su Esposo y que esto es disposición y
prenuncio en ella, para que su Esposo Amado, el Hijo de Dios,
venga a deleitarse en ella; que por eso dice luego:

Y pacerá el Amado entre las flores.

9. Significa el alma este deleite que el Hijo de Dios tiene en ella en
esta sazón por nombre de pasto, que muy más al propio lo da a
entender, por ser el pasto o comida cosa que no sólo da gusto, pero
aun sustenta. Y así, el Hijo de Dios se deleita en el alma en estos
deleites de ella, y se sustenta en ella, esto es, persevera en ella,
como en lugar donde grandemente se deleita, porque el lugar se
deleita de veras en él. Y eso entiendo que es lo que él mismo quiso
decir por la boca de Salomón en los Proverbios (Pv 8, 31), diciendo:
Mis deleites son con los hijos de los hombres, es a saber, cuando
sus deleites son estar conmigo, que soy el Hijo de Dios.

Y es de notar que no dice que pacerá las flores, sino entre las
flores; porque la comunicación suya y deleite del Esposo es en el
alma mediante el arreo de las virtudes ya dicho; y lo que pace es la
misma alma transformándola en sí, sazonada ya y guisada y salada
con las flores de virtudes y dones y perfecciones, que son la salsa
con que y entre que la pace, las cuales, por medio del Aposentador
ya dicho, están dando a Dios con el alma sabor y suavidad. Y ésta
es la condición del Esposo, pacer al alma entre la fragancia de
estas flores. Y así también la esposa en los Cantares (Ct 6, 1),
como quien tan bien sabe la condición del Esposo, dice ella por
estas palabras: Dilectus meus descendit in hortum suum ad areolam
aromatum, ut pascatur in hortis, et lilia colligat, que quiere decir: Mi
Amado descendió a su huerto, a la erica y aire de las especias
aromáticas olorosas, para apacentarse en los huertos y coger lirios
para sí. Y luego dice (Ct 6, 2): Yo para mi Amado y mi Amado para
mí, que se apacienta entre los lirios, es a saber, que se deleita en
mi alma, que es el huerto, entre los lirios de mis virtudes y
perfecciones y gracias.

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CANCIÓN 27

Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.

DECLARACIÓN

1. Habiendo ya el alma puesto diligencia en que las raposas se
cazasen y el cierzo se fuese, que eran estorbos e inconvenientes
que impedían el acabado deleite del estado del matrimonio
espiritual; y también habiendo invocado y alcanzado el aire del
Espíritu Santo, como en las dos precedentes canciones ha hecho,
el cual es propia disposición e instrumento para la perfección del tal
estado, resta ahora tratar de él en esta canción, en la cual habla el
Esposo llamando ya esposa al alma. Y dice dos cosas: la una es
decir cómo ya, después de haber salido victoriosa, ha llegado a
este estado deleitoso del matrimonio espiritual, que él y ella tanto
habían deseado; y la segunda es contar las propiedades del dicho
estado, de las cuales el alma goza ya en él, como son: reposar a su
sabor y tener el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado,
según ahora iremos declarando.

Entrado se ha la esposa.

2. Para declarar el orden de estas canciones más abiertamente y
dar a entender el que ordinariamente lleva el alma hasta venir a
este estado de matrimonio espiritual, que es el más alto de que
ahora, con ayuda de Dios, habemos de hablar, al cual ha venido ya
el alma, es de notar: que primero se ejercitó en los trabajos y
amarguras de la mortificación y en la meditación, que al principio
dijo el alma desde la primera canción hasta aquella que dice: Mil
gracias derramando. Y después pasó por las penas y estrechos de
amor que en el suceso de las canciones ha ido contando, hasta la
que dice: Apártalos, Amado. Y, allende de esto, después cuenta
haber recibido grandes comunicaciones y muchas visitas de su
Amado, en que se ha ido perfeccionando y enterando en el amor de
él; tanto que, pasando de todas las cosas y de sí misma, se entregó
a él por unión de amor en desposorio espiritual, en que como ya
desposada, ha recibido del Esposo grandes dones y joyas, como ha
cantado desde la canción, donde se hizo este divino desposorio,
que dice: Apártalos, Amado, de cuyas propiedades ha ido tratando
hasta aquí, donde el Esposo hace mención de él, y por eso se trata
aquí de sus propiedades en ésta, hasta ésta de ahora que
comienza: Entrado se ha la Esposa, donde restaba ya hacer el
Esposo mención del dicho matrimonio espiritual entre la dicha alma
y el Hijo de Dios, Esposo suyo, el cual es mucho más que el
desposorio, porque es una transformación total en el Amado, en
que se entregan ambas las partes por total posesión de la una a la
otra en consumada unión de amor, cual se puede en esta vida, en
que está el alma hecha divina y Dios por participación, en cuanto se
puede en esta vida. Y así pienso que este estado nunca es sin
confirmación en gracia, porque se confirma la fe de ambas partes,
confirmándose aquí la de ella en Dios; y así es el más alto estado a
que en esta vida se puede llegar. Porque, así como en la
consumación del matrimonio carnal son dos en una carne, como
dice la divina Escritura (Gn. 2, 24), así también, consumado este
espiritual matrimonio entre Dios y el alma, son dos naturalezas en
un espíritu y amor de Dios; bien así como cuando la luz de la
estrella o la de la candela se junta y une con el sol, y ya el que luce
no es la estrella ni la candela sino el sol, teniendo en sí difundidas
las otras luces.

Y de este estado habla en el presente verso el Esposo, diciendo:
Entrado se ha la esposa, es a saber, de todo lo temporal y de todo
lo natural y de todas las afecciones y modos y maneras espirituales,
dejadas aparte y olvidadas todas las tentaciones, turbaciones,
penas, solicitud y cuidados, transformada en este alto abrazo. Por
lo cual se sigue el verso siguiente, es a saber:

En el ameno huerto deseado.
3. Y es como si dijera: transformado se ha en su Dios, que es el que
aquí llama huerto ameno, por el deleitoso y suave asiento que halla
el alma en él.

A este huerto de llena transformación (el cual es ya gozo y deleite y
gloria de matrimonio espiritual) no se viene sin pasar primero por el
desposorio espiritual y por el amor leal y común de desposados;
porque, después de haber sido el alma algún tiempo esposa en
entero y suave amor con el Hijo de Dios, después la llama Dios y la
mete en este huerto suyo florido a consumar este estado felicisímo
del matrimonio consigo, en que se hace tal junta de las dos
naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que, no
mudando alguna de ellas su ser, cada una parece Dios, aunque en
esta vida no puede ser perfectamente, aunque es sobre todo lo que
se puede decir y pensar.

4. Esto da muy bien a entender el mismo Esposo en los Cantares
(Ct 5, 1), donde convida al alma, hecha ya esposa, a este estado,
diciendo: Veni in hortum meum, soror mea, sponsa, messui
myrrham meam cum aromatibus meis, que quiere decir: Ven y entra
en mi huerto, hermana mía, esposa, que ya he segado mi mirra con
mis olorosas especies. Llámala hermana y esposa porque ya lo era
en el amor y entrega que le había hecho de sí antes que la llamase
a este estado de espiritual matrimonio, donde dice que tiene ya
segada su olorosa mirra y especias aromáticas, que son los frutos
de las flores ya maduros y aparejados para el alma, los cuales son
los deleites y grandezas que en este estado de sí la comunica, esto
es, en sí mismo a ella: y por eso él es ameno y deseado huerto
para ella. Porque todo el deseo y fin del alma y de Dios en todas las
obras de ella es la consumación y perfección de este estado, por lo
cual nunca descansa el alma hasta llegar a él; porque halla en este
estado mucha más abundancia y henchimiento de Dios, y más
segura y estable paz, y más perfecta suavidad sin comparación que
en el desposorio espiritual, bien así como ya colocada en los brazos
de tal Esposo. Porque de esta tal alma se entiende lo que dice san
Pablo a los de Galacia (Gl 2, 20), diciendo: Vivo autem, iam non
ego, vivit vero in me Christus, esto es: Vivo, ya no yo; pero vive en
mí Cristo.

Por tanto, viviendo el alma vida tan feliz y dichosa, como es vida de
Dios, considere cada uno, si puede, qué vida será ésta del ánima,
en la cual, así como Dios no puede sentir algún sinsabor, ella
tampoco le siente, mas goza y siente deleite y gloria de Dios en la
sustancia del alma ya transformada en él. Y por eso se sigue:

Y a su sabor reposa,
el cuello reclinado.

5. El cuello, como arriba queda dicho, denota la fortaleza, que es
con la que el alma trabaja y obra las virtudes y vence los vicios; y
así, es justo que el alma repose y descanse en aquello que trabajó,
y recline su cuello

sobre los dulces brazos del Amado.

6. Reclinar el cuello en los brazos de Dios es tener ya unida su
fortaleza, o, por mejor decir, su flaqueza, en la fortaleza de Dios;
porque los brazos de Dios significan la fortaleza de Dios, en que
reclinada y transformada nuestra flaqueza tiene ya fortaleza del
mismo Dios.

De donde muy cómodamente se denota este estado del matrimonio
espiritual por esta reclinación del cuello en los dulces brazos del
Amado, porque ya Dios es la fortaleza y dulzura del alma, en que
está guarecida y amparada de todos los males y saboreada en
todos los bienes. Por tanto, la Esposa en los Cantares (Ct 8, 1),
deseando este estado, dijo al Esposo: Quis det te mihi fratrem
meum sugentem ubera matris meae, ut inveniam te solum foris, et
desosculer te, et iam me nemo despiciat?, como si dijera: ¿Quién te
me diese, hermano mío, que mamases los pechos de mi madre, de
manera que te hallase yo solo afuera y te besase, y ya no me
despreciase nadie? En llamarle hermano, da a entender la igualdad
que hay en el desposorio de amor entre los dos antes de llegar a
este estado. En lo que dice que mamases los pechos de mi madre,
quiere decir que enjugases y apagases en mí los apetitos y
pasiones que son los pechos y leche de la madre Eva en nuestra
carne, los cuales son impedimento para este estado. Y así, esto
hecho, te hallase yo solo afuera, esto es, fuera yo de todas las
cosas y de mí misma en soledad y desnudez de espíritu, lo cual
viene a ser enjugados los apetitos ya dichos, y allí, te besase sola a
ti solo, es a saber, se uniese mi naturaleza, ya sola y desnuda de
toda impureza temporal, natural y espiritual contigo solo, con tu sola
naturaleza, sin otro algún medio, lo cual sólo es en el matrimonio
espiritual, que es el beso del alma a Dios, donde no la desprecia ni
se le atreve ninguno porque en este estado, ni demonio, ni carne, ni
mundo, ni apetitos molestan. Porque aquí se cumple lo que también
se dice en los Cánticos (Ct 2, 11): Iam enim hiems transiit, imber
abiit et recessit, flores apparuerunt, etc., que quiere decir: Ya pasó
el invierno, y se fue la lluvia, y parecieron las flores en nuestra
tierra.

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CANCIÓN 28

Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

DECLARACIÓN

1. En este alto estado del matrimonio espiritual con gran facilidad y
frecuencia descubre el Esposo al alma sus maravillosos secretos y
la da parte de sus obras, porque el verdadero y entero amor no
sabe tener nada encubierto; y mayormente la comunica dulces
misterios de su encarnación, y modo y manera de la redención
humana, que es una de las más altas obras de Dios, y así más
sabrosa para el alma. Y así, el Esposo hace esto en esta canción,
en que se denota cómo con grande sabor de amor descubre al
alma interiormente los dichos misterios. Y así, hablando con ella, la
dice cómo fue por medio del árbol de la cruz desposada con él,
dándola él en esto el favor de su misericordia, queriendo morir por
ella y haciéndola hermosa en esta manera, pues la reparó y redimió
por el mismo medio que la naturaleza humana fue estragada, por
medio del árbol del paraíso, en la madre primera que es Eva. Y así
dice:

Debajo del manzano.

2. Entendiendo por el manzano el árbol de la cruz, donde el Hijo de
Dios redimió y, por consiguiente, se desposó con la naturaleza
humana, y consiguientemente con cada alma, dándola él gracia y
prendas para ello, por los merecimientos de su pasión. Y así, le
dice:
Allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,

3. conviene a saber, de mi favor y ayuda, levantándote de tu
miserable y bajo estado en mi compañía y desposorio.

Y fuiste reparada,
donde tu madre fuera violada.

4. Porque tu madre la naturaleza humana fue violada en tus
primeros padres debajo del árbol, y tú allí también debajo del árbol
de la cruz fuiste reparada; de manera que si tu madre debajo del
árbol te causó la muerte, yo debajo del árbol de la cruz te di la vida.
Y a este modo la va Dios descubriendo las ordenaciones y
disposiciones de su Sabiduría, cómo sabe él tan sabia y
hermosamente sacar de los males bienes, y aquello que fue causa
de mal ordenarlo a mayor bien.

Lo que en esta canción se contiene, a la letra dice el mismo Esposo
a la esposa en los Cantares (Ct 8, 5), diciendo: Sub arbore malo
suscitavi te, ibi corrupta est mater tua, ibi violata est genitrix tua, que
quiere decir: Debajo del manzano te levanté, allí fue tu madre
extraída, y allí la que te engendró fue violada.

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CANCIÓN 29 - 30

A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos dé las noches veladores,

por las amenas liras
y canto de serenas, os conjuro,
que cesen vuestras iras,
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.
DECLARACIÓN

1. Prosigue el Esposo y da a entender en estas dos canciones
cómo por medio de las amenas liras (que aquí significan la
suavidad de que goza ordinariamente en este estado) y también en
el canto de sirenas (que significa el deleite que en el alma siempre
tiene) acaba de poner fin y remate a todas las operaciones y
pasiones del alma que antes la eran algún impedimento y sinsabor
para el pacífico gusto y suavidad, las cuales dice aquí que son las
digresiones de la fantasía e imaginativa, las cuales conjura que
cesen; y también pone en razón a las dos potencias naturales, que
son irascible y concupiscible, que antes algún tanto la afligían.

Y también por medio de estas liras y canto da a entender cómo en
este estado se ponen en perfección y medio de obra, según se
puede en esta vida, las tres potencias del alma, que son:
entendimiento, voluntad y memoria; y también se contiene cómo las
cuatro pasiones del ánima, que son: dolor, esperanza, gozo y
temor, se mitigan y ponen en razón por medio de la satisfacción que
el alma tiene, significada por las amenas liras y canto de sirenas,
como luego diremos. Todos los cuales inconvenientes quiere Dios
que cesen, porque el alma más a gusto y sin ninguna interpolación
goce del deleite, paz y suavidad de esta unión.

A las aves ligeras.

2. Llama aves ligeras a las digresiones de la imaginativa, que son
ligeras y sutiles en volar a una parte y a otra; las cuales, cuando la
voluntad está gozando en quietud de la comunicación sabrosa del
Amado, suelen hacerle sinsabor y apagarle el gusto con sus vuelos
sutiles. A las cuales dice el Esposo que las conjura por las amenas
liras, etc., esto es, que pues ya la suavidad y deleite del alma es tan
abundante y frecuente y fuerte que ellas no lo podían impedir, como
antes solían, por no haber llegado a tanto que cesen sus inquietos
vuelos, ímpetus y excesos. Lo cual se ha de entender así en las
demás partes que habemos de declarar aquí, como son:

Leones, ciervos, gamos saltadores.

3. Por los leones entiende las acrimonias e ímpetus de la potencia
irascible, porque esta potencia es osada y atrevida en sus actos,
como los leones.
Por los ciervos y los gamos saltadores entiende la otra potencia del
ánima que es concupiscible, que es la potencia de apetecer, la cual
tiene dos efectos: el uno es de cobardía y el otro de osadía. Los
efectos de cobardía ejercita cuando las cosas no las halla para sí
convenientes, porque entonces se retira, encoge y acobarda, y en
estos efectos es comparada a los ciervos; porque, así como tienen
esta potencia concupiscible más intensa que otros muchos
animales, así son muy cobardes y encogidos. Los efectos de osadía
ejercita cuando halla las cosas convenientes para sí, porque
entonces no se encoge y acobarda, sino atrévese a apetecerlas y
admitirlas con los deseos y afectos. Y en estos efectos de osadía es
comparada esta potencia a los gamos, los cuales tienen tanta
concupiscencia en lo que apetecen, que no sólo a ello van
corriendo, mas aun saltando, por lo cual aquí los llama saltadores.

4. De manera que en conjurar los leones, pone rienda a los ímpetus
y excesos de la ira; y en conjurar los ciervos, fortalece la
concupiscencia en las cobardías y pusilanimidades que antes la
encogían; y en conjurar los gamos saltadores, la satisface y
apacigua los deseos y apetitos que antes andaban inquietos,
saltando como gamos de uno en otro por satisfacer a la
concupiscencia, la cual está ya satisfecha por las amenas liras, de
cuya suavidad goza, y por el canto de sirenas, en cuyo deleite se
apacienta.

Y es de notar que no conjura el Esposo aquí a la ira y
concupiscencia, porque estas potencias nunca en el alma faltan,
sino a los molestos y desordenados actos de ellas, significados por
los leones, ciervos, gamos saltadores, porque éstos en este estado
es necesario que falten.

Montes, valles, riberas.

5. Por estos tres nombres se denotan los actos viciosos y
desordenados de las tres potencias del alma, que son: memoria,
entendimiento y voluntad, los cuales actos son desordenados y
viciosos cuando son en extremo altos y cuando son en extremo
bajos y remisos, o, aunque no lo sean en extremo, cuando declinan
hacia alguno de los dos extremos. Y así, por los montes, que son
muy altos, son significados los actos extremados en demasía
desordenada. Por los valles, que son muy bajos, se significan los
actos de estas tres potencias, extremados en menos de lo que
conviene. Y por las riberas, que ni son muy altas ni muy bajas, sino
que por no ser llanas participan algo del un extremo y del otro, son
significados los actos de las potencias cuando exceden o faltan en
algo del medio y llano de lo justo; los cuales, aunque no son
extremadamente desordenados, que sería llegando a pecado
mortal, todavía lo son en parte, ahora en venial, ahora en
imperfección, por mínima que sea, en el entendimiento, memoria y
voluntad.

A todos estos actos excesivos de lo justo conjura también que
cesen por las amenas liras y canto dicho; las cuales tienen puestas
a las tres potencias del alma tan en su punto de efecto, que están
tan empleadas en la justa operación que las pertenece, que no sólo
no en extremo, pero ni en parte de él participan alguna cosa.
Síguense los demás versos:

Aguas, aires, ardores,
y miedos de las noches veladores.

6. También por estas cuatro cosas entiende las afecciones de las
cuatro pasiones, que, como dijimos, son dolor, esperanza, gozo y
temor.

Por las aguas se entienden las afecciones del dolor que afligen al
ánima, porque así como agua se entran en el alma, de donde David
(Sal. 68, 2) dice a Dios, hablando de ellas: Salvum me fac, Deus,
quoniam intraverunt aquae usque ad animam meam, esto es:
Sálvame, Dios mío, porque han entrado las aguas hasta mi alma.

Por los aires se entienden las afecciones de la esperanza, porque
así como aire vuelan a desear lo ausente que se espera. De donde
también dice David (Sal. 118, 131): Os meum aperui, et attraxi
spiritum, quia mandata tua desiderabam; como si dijera: Abrí la
boca de mi esperanza y atraje al aire de mi deseo, porque esperaba
y deseaba tus mandamientos.

Por los ardores se entienden las afecciones de la pasión del gozo,
las cuales inflaman el corazón a manera de fuego, por lo cual el
mismo David (Sal. 38, 4) dice: Concaluit cor meum intra me, et in
meditatione mea exardescet ignis, que quiere decir: Dentro de mí se
calentó mi corazón, y en mi meditación se encenderá fuego; que es
tanto como decir: en mi meditación se encenderá el gozo.
Por los miedos de las noches veladores se entienden las afecciones
de la otra pasión, que es el temor, las cuales en los espirituales que
aún no han llegado a este estado del matrimonio espiritual, de que
vamos hablando, suelen ser muy grandes; a veces de parte de
Dios, al tiempo que les quiere hacer algunas mercedes (como
habemos dicho arriba), que les suele hacer temor al espíritu y
pavor, y también encogimiento a la carne y sentidos, por no tener
ellos fortalecido y perfeccionado el natural y habituado a aquellas
mercedes de Dios, a veces también de parte del demonio, el cual,
al tiempo que Dios da al alma recogimiento y suavidad en sí,
teniendo él grande envidia y pesar de aquel bien y paz del alma
procura poner horror y temor en el espíritu por impedirla aquel bien
y a veces como amenazándola allá en el espíritu; y cuando ve que
no puede llegar a lo interior del alma (por estar ella muy recogida y
unida con Dios) a lo menos por de fuera en la parte sensitiva pone
distracción o variedad y aprietos y dolores y horror al sentido, a ver
si por este medio puede inquietar a la esposa de su tálamo. A los
cuales llama miedos de las noches, por ser de los demonios, y
porque con ellos el demonio procura infundir tinieblas en el alma por
oscurecer la divina luz de que goza.

Y llama veladores a estos temores, porque de suyo hacen velar y
recordar al alma de su suave sueño interior; y también porque los
demonios, que los causan, están siempre velando por ponerlos
estos temores que pasivamente de parte de Dios, o del demonio,
como he dicho, se ingieren en el espíritu de los que son ya
espirituales. Y no trato aquí de otros temores temporales o
naturales, porque tener los tales temores no es de gente espiritual,
mas tener los espirituales temores ya dichos es propiedad de
espirituales.

7. Pues a todas estas cuatro maneras de afecciones de las cuatro
pasiones del ánima conjura también el Amado, haciéndolas cesar y
sosegar, por cuanto él da ya a la Esposa caudal en este estado y
fuerza y satisfacción en las amenas liras de su suavidad y canto de
sirenas de su deleite, para que no sólo no reinen en ella pero ni en
algún tanto la puedan dar sinsabor.

Porque es la grandeza y estabilidad del alma tan grande en este
estado, que, si antes le llegaban al alma las aguas del dolor de
cualquiera cosa y aun de los pecados suyos o ajenos (que es lo que
más suelen sentir los espirituales) ya, aunque los estima, no le
hacen dolor ni sentimiento; y la compasión, esto es, el sentimiento
de ella, no le tiene, aunque tiene las obras y perfección de ella.
Porque aquí le falta al alma lo que tenía de flaco en las virtudes y le
queda lo fuerte, constante y perfecto de ellas. Porque, a modo de
los ángeles, que perfectamente estiman las cosas que son de dolor
sin sentir dolor, y ejercitan las obras de misericordia y compasión
sin sentir compasión, le acaece al alma en esta transformación de
amor; aunque algunas veces y en algunas cosas dispensa Dios con
ella, dándoselo a sentir y dejándola padecer porque merezca más,
como hizo con la Madre Virgen y con san Pablo, pero el estado de
suyo no lo lleva.

8. En los deseos de la esperanza tampoco pena, porque, estando
ya satisfecha, en cuanto en esta vida puede, en la unión de Dios, ni
acerca del mundo tiene qué esperar ni acerca de lo espiritual qué
desear, pues se ve y siente llena de las riquezas de Dios; y así, en
el vivir y en el morir está conforme, ajustada a la voluntad de Dios.
Y así el deseo que tiene de ver a Dios es sin pena.

También las afecciones del gozo, que en el alma solían hacer
sentimiento de más o menos, ni en ellas echa de ver mengua, ni le
hace novedad abundancia, porque es tanta de la que ella
ordinariamente goza, que, a manera del mar, ni mengua por los ríos
que de ella salen, ni crece por los que en ella entran; porque ésta
es el alma en que está hecha la fuente, cuya agua dice Cristo por
san Juan (Jn 4, 14) que salta hasta la vida eterna.

Finalmente, ni los miedos de las noches veladores llegan a ella,
estando ya tan clara y tan fuerte y tan de asiento en Dios
reposando, que ni la pueden oscurecer con sus tinieblas, ni
atemorizar con sus terrores, ni recordar con sus ímpetus. Y así,
ninguna cosa la puede ya llegar ni molestar, habiéndose ya ella
entrado, como habemos dicho, de todas ellas en el ameno huerto
deseado, donde toda paz goza, de toda suavidad gusta, y en todo
deleite se deleita, según sufre la condición y estado de esta vida.
Porque de esta tal alma se entiende aquello que dice el Sabio en
los Proverbios (Pv 15, 15), diciendo: Secura mens quasi iuge
convivium, esto es: El alma segura y pacífica es como un convite
continuo, porque, así como en un convite hay de todos manjares
sabrosos al paladar y de todas músicas suaves al oído, así el alma
en este continuo convite que ya tiene en el pecho de su Amado, de
todo deleite goza y de toda suavidad gusta.
9. Y no le parezca al que esto leyere que en lo dicho nos alargamos
en palabras, porque, de verdad, si se hubiese de explicar lo que
pasa por el alma que a este dichoso estado llega, todas palabras y
tiempo faltaría, y se quedaría lo más por declarar; porque si el alma
atina a dar en la paz de Dios, que sobrepuja todo sentido (Fil. 4, 7),
quedará todo sentido corto y mudo para haberla de declarar.
Síguese el verso:

Por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro.

10. Ya dijimos que las amenas liras significan la suavidad del alma
en este estado; porque así como la música de las liras llena el
ánimo de suavidad y recreación (de manera que tiene el ánimo tan
embebecido y suspenso que le tiene ajenado de penas y
sinsabores), así esta suavidad tiene al alma tan en sí que ninguna
pena la llega; y por eso conjura a todas las molestias de las
potencias y pasiones que cesen por la suavidad. Y también el canto
de serenas, como también queda dicho, significa el deleite ordinario
que el alma posee, por el cual también está desnuda de todos los
contrarios y operaciones molestas dichas, las cuales son
entendidas en el verso que luego dice, es a saber:

Que cesen vuestras iras.

11. Llamando iras a todas las operaciones y afecciones
desordenadas que habemos dicho. Porque así como la ira es cierto
ímpetu que sale del límite de la razón cuando obra viciosamente,
así todas las afecciones y operaciones ya dichas exceden del límite
de la paz y tranquilidad del alma si reinan en ella. Y por eso dice:

Y no toquéis al muro.

12. Por el muro se entiende el vallado de paz y virtudes y
perfecciones que ya tiene el alma donde está ya amparada, que es
el muro y defensa del huerto de su Amado; por lo cual la llama él en
los Cantares (Ct 4, 12): Hortus conclusus soror mea, que quiere
decir: Mi hermana es un huerto cercado; por tanto, no le toquéis a
este muro,

porque la esposa duerma más seguro,
13. es a saber, porque más a sabor se deleite de la quietud y
suavidad de que goza en el huerto donde se ha entrado, el cuello
reclinado sobre los dulces brazos del Amado. Y así, no hay para el
alma ya puerta cerrada.

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CANCIÓN 31

¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.

DECLARACIÓN

1. En esta canción la esposa es la que habla, la cual, viéndose
puesta según la porción superior espiritual en tan ricos y
aventajados dones y deleites de parte de su Amado, deseando
conservarse en la seguridad y continua posesión de ellos, en la cual
el Esposo la ha puesto en las dos canciones precedentes, viendo
que de parte de la porción inferior, que es la sensualidad, se le
podría impedir (y que de hecho impide) y perturbar tanto bien, pide
a las operaciones y movimientos de esta porción inferior que se
sosieguen en las potencias y sentidos de ella y no pasen los limites
de su región, la sensual, a molestar y a inquietar la porción superior
y espiritual del ánima, porque no la impida aun por algún mínimo
movimiento el bien y suavidad de que goza. Porque los
movimientos de la parte sensitiva y sus potencias, si obran cuando
el espíritu goza, tanto más le molestan e inquietan, cuanto ellos
tienen de más obra y viveza. Dice, pues, así:

¡Oh ninfas de Judea!

2. Judea llama a la parte inferior del ánima, que es la sensitiva. Y
llámala Judea, porque es flaca y carnal y de suyo ciega, como lo es
la gente judaica.

Y llama ninfas a todas las imaginaciones, fantasías y movimientos y
afecciones de esta porción inferior. A todas éstas llama ninfas,
porque así como las ninfas con su afición y gracia atraen para sí a
los amantes, así estas operaciones y movimientos de la
sensualidad sabrosamente procuran atraer a sí la voluntad de la
parte razonal, sacándola de lo interior a que quiera lo exterior que
ellas quieren y apetecen, moviendo también al entendimiento y
atrayéndole a que se case y junte con ellas en su bajo modo
sensual, procurando conformar a la parte razonal y aunarla con la
sensual. Vosotras, pues, dice, operaciones y movimientos
sensuales,

en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea.

3. Las flores son las virtudes del alma, como arriba dijimos; los
rosales son las tres potencias del alma: entendimiento, memoria y
voluntad, que llevan rosas y flores de conceptos divinos y actos de
amor y de virtudes; el ámbar es el divino espíritu que mora en el
alma; y perfumear este divino ámbar en las flores y rosales es
comunicarse y derramarse suavísimamente en las potencias y
virtudes del alma, dando en ellas al alma perfume de divina
suavidad. En tanto pues que este divino espíritu está dando
suavidad espiritual a mi alma,

morá en los arrabales.

4. En los arrabales de Judea, que decimos ser la parte sensitiva del
alma; y los arrabales de ella son los sentidos sensitivos interiores
como son la fantasía, la imaginativa, memoria, en los cuales se
colocan y recogen las fantasías e imaginaciones y formas de las
cosas. Y éstas son las que aquí llama ninfas, las cuales entran a
estos arrabales de los sentidos interiores por las puertas de los
sentidos exteriores, que son: oír, ver, oler, gustar, tocar; de manera
que todas las potencias y sentidos de esta parte sensitiva los
podemos llamar arrabales, que son los barrios que están fuera de la
ciudad. Porque lo que se llama ciudad en el alma, es allá lo de más
adentro, que es la parte razonal, que es la que tiene capacidad para
comunicar con Dios, cuyas operaciones son contrarias a las de la
sensualidad. Pero, porque hay natural comunicación de la gente
que mora en estos arrabales de la parte sensitiva -.la cual gente es
las ninfas que decimos -. de tal manera que lo que se obra en esta
parte ordinariamente se siente en la otra más interior, que es la
razonal, y por consiguiente la hace advertir y desquietar de la obra
espiritual que tiene en Dios, díceles que moren en sus arrabales,
esto es, que se quieten en sus sentidos sensitivos, interiores y
exteriores.

Y no queráis tocar nuestros umbrales.

5. Esto es, ni por primeros movimientos toquéis a la parte superior;
porque los primeros movimientos del alma son las entradas y
umbrales para entrar en el alma, y cuando pasan de primeros
movimientos en la razón, ya van pasando los umbrales, pero
cuando sólo son primeros movimientos, sólo se dice tocar a los
umbrales o llamar a la puerta, lo cual se hace cuando hay
acometimientos a la razón de parte de la sensualidad para algún
acto desordenado. Pues no solamente el alma dice aquí que éstos
no toquen al alma, pero aun las advertencias que no hacen a la
quietud y bien de que goza; y así, esta parte sensitiva con todas sus
potencias, fuerzas y flaquezas en este estado está ya rendida al
espíritu. De donde ésta es ya una bienaventurada vida semejante a
la del estado de la inocencia, donde toda la armonía y habilidad de
la parte sensitiva del hombre servía al hombre para más recreación
y ayuda de conocimiento y amor de Dios en paz y concordia con la
parte superior. ¡Dichosa el alma que a este estado llegare! Mas
¿quién es éste?, y alabarle hemos, porque hizo maravillas en su
vida (Ecli. 31, 9).

6. Esta canción se ha puesto aquí para dar a entender la quieta paz
y segura que tiene el alma que llega a este alto estado; no para que
se piense que este deseo que muestra aquí el alma de que se
sosieguen estas ninfas sea porque en este estado molesten, porque
ya están sosegadas, como arriba queda dado a entender, que este
deseo más es de los que van aprovechando y de los aprovechados
que de los ya perfectos, en los cuales poco o nada reinan las
pasiones y movimientos.

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CANCIÓN 32

Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.

DECLARACIÓN

1. Después que el Esposo y la esposa en las canciones pasadas
han puesto rienda y silencio a las pasiones y potencias del ánima,
así sensitivas como espirituales, que la podían perturbar
conviértese en esta canción la esposa a gozar de su Amado al
interior recogimiento de su alma, donde él con ella está en amor
unido, donde escondidamente en grande manera la goza. Y tan
altas y tan sabrosas son las cosas que por ella pasan en este
recogimiento del matrimonio con su Amado, que ella no lo sabe
decir, ni aun querría decirlo; porque son de aquellas de que dijo
Isaías (Is 24, 16): Secretum meum mihi, secretum meum mihi. Y
así, ella a solas se lo posee, y a solas se lo entiende, y a solas se lo
goza, y gusta de que sea a solas; y así, su deseo es que sea muy
escondido y muy levantado y alejado de toda comunicación exterior.
En lo cual es semejante al mercader de la margarita, o, por mejor
decir, al hombre que, hallando el tesoro escondido en el campo, fue
y escondióle con gozo y poseyóle (Mt. 13, 44-46). Y eso pide ahora
la misma alma en esta canción al Esposo, en la cual con este deseo
le pide cuatro cosas: la primera, que sea él servido de comunicarse
muy adentro en lo escondido de su alma; la segunda, que embista
sus potencias con la gloria y grandeza de su divinidad; la tercera,
que sea tan altamente que no se quiera ni sepa decir, ni sea de ello
capaz el exterior y parte sensitiva, y la cuarta le pide que se
enamore de las muchas virtudes que él ha puesto en ella, la cual va
a él y sube por altas y levantadas noticias de la divinidad, y por
excesos de amor muy extraños y extraordinarios, de los que
ordinariamente por ella suelen pasar.

Escóndete, Carillo.

2. Como si dijera: querido Esposo mío, recógete en lo más interior
de mi alma, comunicándote a ella escondidamente, manifestándole
tus escondidas maravillas ajenas de todos los ojos mortales.

Y mira con tu haz a las montañas.

3. La haz de Dios es la divinidad, y las montañas son las potencias
del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Y así, es como si
dijera: embiste con tu divinidad en mi entendimiento, dándole
inteligencias divinas; y en mi voluntad, dándole y comunicándole el
divino amor; y en mi memoria con divina posesión de gloria.

En esto pide el alma todo lo que le puede pedir, porque no anda ya
contentándose en conocimiento y comunicación de Dios por las
espaldas, como hizo Dios con Moisés (Ex. 33, 23), que es conocerle
por sus efectos y obras, sino con la haz de Dios, que es
comunicación esencial de la divinidad sin otro algún medio en el
alma, por cierto contacto de ella en la divinidad, lo cual es cosa
ajena de todo sentido y accidentes, por cuanto es toque de
sustancias desnudas, es a saber, del alma y divinidad. Y por eso
dice luego:

Y no quieras decillo.

4. Es a saber: y no quieras decillo como antes, cuando las
comunicaciones que en mí hacías eran de manera que las decías a
los sentidos exteriores, por ser cosas de que ellos eran capaces,
porque no eran tan altas y profundas que no pudiesen ellos
alcanzarlas; mas ahora sean tan subidas y sustanciales y tan de
adentro, que no quieras decírselo a ellos, de manera que sean
capaces de ellas (porque la sustancia no se puede comunicar en
los sentidos, y así lo que puede caer en sentido no es Dios
esencialmente). Deseando, pues, el ánima aquí esta comunicación
de Dios esencial, que no cae en sentido, le pide que sea de manera
que no se les diga a ellos, esto es: no quieras comunicarte en ese
término tan bajo y tan de afuera que pueda en él comunicar el
sentido y el dicho:

Mas mira las compañas.

5. Ya habemos dicho que el mirar de Dios es amar; las que aquí
llama compañas son la multitud de virtudes y dones y perfecciones
y riquezas espirituales del alma. Y así es como si dijera: mas antes
conviértete adentro, Carillo, enamorándote de las compañas de las
virtudes y perfecciones que has puesto en mi alma, para que,
enamorado de ella en ellas, en ella te escondas y te detengas; pues
que es verdad que aunque son tuyas, ya, por habérselas tú dado,
también son suyas,

de la que va por ínsulas extrañas.
6. de mi alma que va a ti por extrañas noticias de ti, y por modos y
vías extrañas y ajenas de todos los sentidos y del común
conocimiento natural. Y así, es como si dijera: pues va mi alma a ti
por noticias extrañas y ajenas de los sentidos, comunícate tú a ella
también tan interior y subidamente que sea ajeno de todos ellos.

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CANCIÓN 33

Esposo

La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado;
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.

DECLARACIÓN

1. El Esposo es el que habla en esta canción, cantando la pureza
que ella tiene ya en este estado y las riquezas y premio que ha
conseguido, por haberse dispuesto y trabajado por venir a él. Y
también canta la buena dicha que ha tenido en hallar a su Esposo
en esta unión, y da a entender el cumplimiento de los deseos suyos
y deleite y refrigerio que en él posee, acabados ya los trabajos y
angustias de la vida y tiempo pasado. Y así dice:

La blanca palomica,

2. Llama al alma blanca palomica por la blancura y limpieza que ha
recibido de la gracia que ha hallado en Dios. La cual dice que

al arca con el ramo se ha tornado.

3. Aquí hace comparación del alma a la paloma del arca de Noé,
tomando por figura aquel ir y venir de la paloma al arca, de lo que al
alma en este caso le ha acaecido. Porque así como la paloma que
salió del arca de Noé se volvió a ella con un ramo de oliva en el
pico en señal de misericordia de Dios en la cesación de las aguas
sobre la tierra, que por el diluvio estaba anegada (Gn. 8, 11), así
esta tal alma que salió del arca de la omnipotencia de Dios, que fue
cuando la crió, habiendo andado por las aguas del diluvio de los
pecados imperfecciones y penas y trabajos de esta vida, vuelve al
arca del pecho de su Criador con el ramo de oliva, que es la
clemencia y misericordia que Dios ha usado con ella en haberla
traído a tan alto estado de perfección, y haber hecho cesar en la
tierra de su alma las aguas de los pecados, y dádola victoria contra
toda la guerra y batería de los enemigos, que esto la habían
siempre procurado impedir; y así, el ramo significa victoria de los
enemigos y aún premio de los merecimientos. Y así, la palomica no
sólo vuelve ahora al arca de su Dios blanca y limpia como salió de
ella en la creación, mas aún con aumento de ramo de premio y paz
conseguida en la victoria.

Y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.

4. También llama aquí al alma tortolica, porque en este caso ha sido
como la tortolilla cuando ha hallado al socio que deseaba. Y para
que mejor se entienda, es de saber que de la tortolica se escribe
que cuando no halla al consorte, ni se asienta en ramo verde, ni
bebe el agua clara ni fría, ni se pone debajo de la sombra, ni se
junta con otras aves; pero, en juntándose con el esposo, ya goza de
todo esto. Todas las cuales propiedades le acaecen al alma;
porque, antes que llegue a esta junta espiritual con su Amado, ha
de querer carecer de todo deleite, que es no sentarse en ramo
verde; y de toda honra y gloria del mundo y gusto, que es no beber
el agua clara y fría; y de todo refrigerio y favor del mundo, que es no
ampararse en la sombra, no queriendo reposar en nada, gimiendo
por la soledad de todas las cosas hasta hallar a su Esposo.

5. Y porque esta tal alma, antes que llegase a este estado, anduvo
de esta suerte buscando a su Amado como la tortolilla, no hallando
ni queriendo hallar consuelo ni refrigerio sino sólo en él, canta aquí
el mismo Esposo el fin de sus fatigas y cumplimiento de los deseos
de ella, diciendo que ya la tortolica al socio deseado en las riberas
verdes ha hallado, que es decir: que ya se sienta en ramo verde,
deleitándose en su Amado; y que ya bebe el agua clara de subida
contemplación y sabiduría de Dios y fría, que es el refrigerio que
tiene en él; y también se pone debajo de la sombra de su amparo y
favor, que tanto ella había deseado, donde es consolada y
reficionada sabrosa y divinamente, según ella de ello se alegra en
los Cantares (Ct 2, 3), diciendo: Sub umbra illius, quem
desideravam sedi, et fructus eius dulcis gutturi meo, que quiere
decir: Debajo de la sombra de aquel que había deseado me asenté,
y su fruto es dulce a mi garganta.

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CANCIÓN 34

En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

DECLARACIÓN

1. Va el Esposo prosiguiendo y dando a entender el contento que
tiene de la soledad que antes que llegase el alma a esta unión
sentía, y el que le da la soledad que de todas las fatigas y trabajos
e impedimentos ahora tiene, habiendo hecho quieto y sabroso
asiento en su Amado, ajena y libre de todas las cosas y molestia de
ellas. Y también muestra holgarse de que esa soledad que ya tiene
el alma haya sido disposición para que el alma sea ya de veras
guiada y movida por el Esposo, la cual antes no podía ser, por no
haber ella puesto su nido en soledad, esto es, alcanzado hábito
perfecto y quietud de soledad, en la cual es ya movida y guiada a
las cosas divinas del Espíritu de Dios.

Y no sólo dice que él ya la guía en esa soledad, sino que a solas lo
hace él mismo, comunicándose a ella sin otros medios de ángeles
ni de hombres ni figuras ni formas, estando él también (como ella
está enamorada de él) herido de amor de ella en esta soledad y
libertad de espíritu, que por medio de la dicha soledad tiene, porque
ama él mucho la soledad. Y así, dice:

En soledad vivía.

2. La dicha tortolilla, que es el alma, vivía en soledad antes que
hallase al Amado en este estado de unión; porque al alma que
desea a Dios, de ninguna cosa la compañía le hace consuelo ni
compañía, antes, hasta hallarle, todo la hace y causa más soledad.

Y en soledad ha puesto ya su nido.

3. La soledad en que antes vivía era querer carecer por su Esposo
de todos los bienes del mundo, según habemos dicho de la
tortolilla, procurando hacerse perfecta, adquiriendo perfecta soledad
en que se viene a la unión del Verbo y, por consiguiente, a todo
refrigerio y descanso; lo cual es aquí significado por el nido que
aquí dice, el cual significa descanso y reposo. Y así, es como si
dijera: en esa soledad en que antes vivía, ejercitándose en ella con
trabajo y angustia, porque no estaba perfecta, en ella ha puesto su
descanso ya y refrigerio, por haberla ya adquirido perfectamente en
Dios. De donde, hablando espiritualmente David (Sal. 83, 4) dice:
Etenim passer invenit sibi domum, et turtur nidum ubi reponat pullos
suos, que quiere decir: De verdad que el pájaro halló para sí su
casa, y la tórtola nido donde criar sus pollicos; esto es, asiento en
Dios donde satisfacer sus apetitos y potencias.

Y en soledad la guía.

4. Quiere decir: en esa soledad que el alma tiene de todas las
cosas en que está sola con Dios, él la guía y mueve y levanta a las
cosas divinas, conviene a saber: su entendimiento a las
inteligencias divinas, porque ya está solo y desnudo de otras
contrarias y peregrinas inteligencias; y su voluntad mueve
libremente al amor de Dios, porque ya está sola y libre de otras
afecciones; y llena su memoria de divinas noticias, porque también
está ya sola y vacía de otras imaginaciones y fantasías. Porque,
luego que el alma desembaraza estas potencias y las vacía de todo
lo inferior y de la propiedad de lo superior, dejándolas a solas sin
ello, inmediatamente se las emplea Dios en lo invisible y divino, y es
Dios el que la guía en esta soledad; que es lo que dice san Pablo
(Rm. 8, 14) de los perfectos: Qui spiritu Dei aguntur, etc., esto es:
Son movidos del Espíritu de Dios, que es lo mismo que decir: En
soledad la guía

A solas su querido.

5. Quiere decir: que no sólo la guía en la soledad de ella, mas que
él mismo a solas es el que obra en ella sin otro algún medio.
Porque ésta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en
matrimonio espiritual: hacer Dios en ella y comunicarse por si solo,
no ya por medio de ángeles como antes, ni por medio de la
habilidad natural. Porque los sentidos exteriores e interiores y todas
las criaturas, y aun la misma alma, muy poco hacen al caso para
ser parte en recibir estas grandes mercedes sobrenaturales que
Dios hace en este estado; no caen en habilidad y obra natural y
diligencia del alma, él a solas lo hace en ella. Y la causa es porque
la halla a solas, como está dicho, y así no la quiere dar otra
compañía, aprovechándola y fiándola de otro que de si solo. Y
también es cosa conveniente, que, pues el alma ya lo ha dejado
todo y pasado por todos los medios subiéndose sobre todo a Dios,
que el mismo Dios sea la guía y el medio para si mismo. Y,
habiéndose el alma ya subido en soledad de todo sobre todo, ya
todo no le aprovecha ni sirve para más subir sino el mismo Verbo
Esposo, y él está tan enamorado de ella, que él a solas es el que se
las quiere hacer. Y así, dice luego:

También en soledad de amor herido.

6. Porque en haberse el alma quedado a solas de todas las cosas
por amor de él, grandemente se enamora él de ella en esa soledad,
también como ella se enamoró de él en la soledad, quedándose en
ella herida de amor de él. Y así, él no quiere dejarla sola, sino que
él, también herido de amor de ella en la soledad que por él tiene, él
solo la guía a solas, entregándosele a si mismo, cumpliéndole sus
deseos, lo cual él no hiciera en ella si no la hubiera hallado en
soledad. Por lo cual el mismo Esposo dice del alma por el profeta
Oseas (Os 2, 14): Ducam illam in solitudinem, et loquar ad cor eius,
que quiere decir: Yo la guiaré a la soledad, y allí hablaré al corazón
de ella. Y por esto que dice que hablará a su corazón, se da a
entender el darse a sí mismo a ella; porque hablar al corazón es
satisfacer al corazón, el cual no se satisface con menos que Dios.

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CANCIÓN 35

Esposa

Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

DECLARACIÓN

1. Ya que está hecha la perfecta unión de amor entre el alma y
Dios, quiérese emplear el alma y ejercitar en las propiedades que
tiene el amor, y así, ella es la que habla en esta canción con el
Esposo, pidiéndole tres cosas que son propias del amor. La
primera, querer recibir el gozo y sabor del amor, y ésa le pide
cuando dice: Gocémonos, Amado. La segunda es desear hacerse
semejante al Amado, y ésta le pide cuando dice: Vámonos a ver en
tu hermosura. Y la tercera es escudriñar y saber las cosas y
secretos del mismo Amado, y ésta le pide cuando dice: Entremos
más adentro en la espesura. Síguese el verso:

Gocémonos, Amado,

2. es a saber: en la comunicación de dulzura de amor, no sólo en la
que ya tenemos en la ordinaria junta y unión de los dos, mas en la
que redunda en el ejercicio de amar afectiva y actualmente, ahora
interiormente con la voluntad en actos de afición, ahora
exteriormente haciendo obras pertenecientes al servicio del Amado.
Porque, como habemos dicho, esto tiene el amor donde hizo
asiento, que siempre se quiere andar saboreando en sus gozos y
dulzuras, que son el ejercicio de amar interior y exteriormente, como
habemos dicho; todo lo cual hace por hacerse más semejante al
Amado. Y así, dice luego:

Y vámonos a ver en tu hermosura.

3. Que quiere decir: hagamos de manera que por medio de este
ejercicio de amor ya dicho lleguemos a vernos en tu hermosura,
esto es: que seamos semejantes en hermosura, y sea tu hermosura
de manera que, mirando el uno al otro, se parezca a ti en tu
hermosura, y se vea en tu hermosura, lo cual será
transformándome a mí en tu hermosura; y así te veré yo a ti en tu
hermosura, y tú a mí en tu hermosura; y tú te verás en mí en tu
hermosura, y yo me veré en ti en tu hermosura; y así parezca yo tú
en tu hermosura y parezcas tú yo en tu hermosura, y mi hermosura
sea tu hermosura, y tu hermosura mi hermosura; y seré yo tú en tu
hermosura, y serás tú yo en tu hermosura, porque tu hermosura
misma será mi hermosura.

Esta es la adopción de los hijos de Dios, que de veras dirán a Dios
lo que el mismo Hijo dijo por san Juan (Jn 17, 10) al Eterno Padre,
diciendo: Omnia mea tua sunt, et tua mea sunt, que quiere decir:
Padre, todas mis cosas son tuyas, y tus cosas son mías. El por
esencia, por ser Hijo natural, nosotros por participación, por ser
hijos adoptivos. Y así lo dijo él, no sólo por sí, que era la cabeza,
sino por todo su cuerpo místico, que es la Iglesia.

Al monte o al collado.

4. Esto es: a la noticia matutinal (que llaman los teólogos), que es
conocimiento en el Verbo divino, que aquí entiende por el monte,
porque el Verbo es altísima sabiduría esencial de Dios; o vámonos
a la noticia vespertina, que es sabiduría de Dios en sus criaturas y
obras y admirables ordenaciones, la cual aquí es significada por el
collado, el cual es más bajo que el monte.

En decir, pues, el alma vámonos a ver en tu hermosura al monte, es
decir: aseméjame e infórmame en la hermosura de la Sabiduría
divina, que, como decimos, es el Hijo de Dios. Y en decir: vámonos
al collado, es pedir la informe también de su sabiduría y misterios
en sus criaturas y obras, que también es hermosura en que se
desea el alma ver ilustrada. No puede verse en la hermosura de
Dios el alma y parecerse a él en ella si no es transformándose en la
Sabiduría de Dios, en que lo de arriba se ve y se posee. Por eso
desea ir al monte o al collado,

do mana el agua pura.

5. Quiere decir: donde se da la noticia y sabiduría de Dios (que aquí
llama agua pura) al entendimiento, limpia y desnuda de accidentes
y fantasías, y clara, sin tinieblas de ignorancia.

Este apetito tiene siempre el alma de entender clara y puramente
las verdades divinas; y cuanto más ama, más adentro de ellas
apetece entrar; y por eso pide lo tercero, diciendo:

Entremos más adentro en la espesura.
6. En la espesura de tus maravillosas obras y profundos juicios,
cuya multitud es tanta y de tantas diferencias, que se puede llamar
espesura; porque en ellos hay sabiduría abundante y tan llena de
misterios, que no sólo la podemos llamar espesa, mas aún cuajada,
según lo dice David (Sal. 67, 16), diciendo: Mons Dei, mons pinguis,
mons coagulatus, mons pinguis, que quiere decir: El monte de Dios
es monte grueso y monte cuajado. Y esta espesura de sabiduría y
ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el
alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto
es inmensa y sus riquezas incomprehensibles, según exclama san
Pablo (Rm. 11, 33), diciendo: ¡Oh alteza de riquezas de sabiduría y
ciencia de Dios, cuán incomprehensibles son sus juicios, e
incomprehensibles sus vías!

7. Pero el alma en esta espesura e incomprehensibilidad de juicios
y vías desea entrar, porque muere en deseo de entrar en el
conocimiento de ellos muy adentro; porque el conocer en ellos es
deleite inestimable que excede todo sentido. De donde hablando
David (Sal. 18 10-12) del sabor de ellos, dijo así: Judicia Domini
vera, iustificata in semetipsa, desiderabilia super aurum,et lapidem
pretiosum multum, dulciora super mel et favum; nam et servus tuus
dilexit ea, que quiere decir: Los juicios de Dios son verdaderos y en
sí mismos tienen justicia; son más deseables y codiciados que el
oro y que la preciosa piedra de grande estima; y son dulces sobre la
miel y el panal, tanto que tu siervo los amó y guardó. Y por eso en
gran manera desea el alma engolfarse en estos juicios y conocer
más adentro en ellos, y a trueque de esto le sería grande consuelo
y alegría entrar por todos los aprietos y trabajos del mundo, y por
todo aquello que le pudiese ser medio para esto, por dificultoso y
penoso que fuese.

8. Y así se entiende también en este verso la espesura de los
trabajos y tribulaciones, en la cual desea el alma también entrar
cuando dice: Entremos más adentro en la espesura, es a saber, de
trabajos y aprietos, por cuanto son medio para entrar en la
espesura de la deleitable sabiduría de Dios; porque el más puro
padecer trae y acarrea más puro entender, y, por consiguiente, más
puro y subido gozar, por ser de más adentro. Por tanto, no se
contentando con cualquiera manera de padecer, dice: Entremos
más adentro en la espesura. De donde Job (Jb 6, 8), deseando este
padecer, dijo: Quis det ut veniat petitio mea, et quod expecto tribuat
mihi Deus? et qui coepit, ipse me conterat, solvat manum suam et
succidat me? et haec mihi sit consolatio, ut affligens me dolore, non
parcat mihi?, que quiere decir: ¿Quién dará que mi petición se
cumpla, y que Dios me dé lo que espero, y el que me comenzó, ese
me desmenuce, y desate su mano y me acabe, y tenga yo esta
consolación, que afligiéndome con dolor no me perdone ni de
alivio?

9. ¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la
espesura de sabiduría y riquezas de Dios, si no es entrando en la
espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el
alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea
sabiduría, desea primero de veras entrar más adentro en la
espesura de la cruz, que es el camino de la vida, por que pocos
entran! (Mt. 7, 14). Porque desear entrar en espesura de sabiduría y
riquezas y regalos de Dios es de todos; mas desear entrar en la
espesura de trabajos y dolores por el Hijo de Dios, es de pocos, así
como muchos se querrían ver en el término, sin pasar por el camino
y medio a él.

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CANCIÓN 36

Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas;
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.

DECLARACIÓN

1. Una de las causas que más mueven al alma a desear entrar en
esta espesura de sabiduría de Dios y conocer muy adentro en sus
juicios, como habemos dicho, es por poder de allí venir a unir su
entendimiento y conocer en los altos misterios de la Encarnación
del Verbo, como a más alta y sabrosa sabiduría para ella; a cuya
noticia clara no se viene sino habiendo primero entrado en la
espesura que habemos dicho de sabiduría y experiencia de
trabajos. Y así, dice la esposa en esta canción que, después de
haber entrado más adentro en esta sabiduría y trabajos, irán a
conocer los subidos misterios de Dios y hombre, que están más
subidos en sabiduría, escondidos en Dios, y que allí se entrarán,
engolfándose el alma e infundiéndose en ellos, y gozarán y
gustarán de ellos y de las virtudes y atributos de Dios que por ellos
se descubren en Dios, como son justicia, misericordia, sabiduría.
etc.

Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos.

2. La piedra que aquí dice es Cristo, según san Pablo dice a los
Corintios (1 Cor. 10, 4): Petra autem erat Christus. Las subidas
cavernas son los subidos y altos misterios y profundos en sabiduría
de Dios que hay en Cristo sobre la unión hipostática de la
naturaleza humana con el Verbo divino; y la respondencia que hay
de la unión de los hombres en Dios a ésta, y en las conveniencias
que hay de justicia y misericordia de Dios sobre la salud del género
humano en manifestación de sus juicios; los cuales, por ser tan
altos y tan profundos, bien propiamente se llaman subidas
cavernas: subidas, por la alteza de misterios; cavernas, por la
hondura y profundidad de la sabiduría de ellos. Porque así como las
cavernas son profundas y de muchos senos, así cada misterio de
los que hay en Cristo es profundísimo en sabiduría, y tiene muchos
senos de juicios suyos ocultos de predestinación y presciencia en
los hijos de los hombres. Por lo cual dice luego:

Que están bien escondidas.

3. Tanto, que por más misterios y maravillas que han descubierto
los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de
vida, les quedó todo lo más por decir, y aun por entender, y así,
mucho que ahondar en Cristo; porque es como una abundante mina
con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca
les hallan fin ni término; antes van en cada seno hallando nuevas
venas de nuevas riquezas acá y allá. Que por eso dijo san Pablo
(Col. 2, 3) del mismo Cristo, diciendo: In quo sunt omnes thesauri
sapientiae et scientiae Dei absconditi, que quiere decir: En Cristo
moran todos los tesoros y sabiduría de Dios escondidos. En los
cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos, si, como
habemos dicho, no pasa primero y entra en la espesura del padecer
exterior e interiormente y, después de haberla Dios hecho muchas
otras mercedes intelectuales y sensitivas y habiendo precedido en
ella mucho ejercicio espiritual; porque todas estas cosas son más
bajas y disposiciones para venir a las subidas cavernas del
conocimiento de los misterios de Cristo, que es la más alta
sabiduría que en esta vida se puede alcanzar.

De donde, pidiendo Moisés (Ex. 33, 18-19) a Dios que le mostrase
su gloria, le respondió que no podría verla en esta vida, mas que él
le mostraría todo el bien, es a saber, que en esta vida se puede. Y
fue que, metiéndole en el agujero de la piedra, que es Cristo, como
habemos dicho, le mostró sus espaldas (Ex 21-23), que fue darle
conocimiento de los misterios de las obras suyas, mayormente los
de la Encarnación de su Hijo.

4. En estos agujeros, pues, desea entrar bien el alma para
absorberse y embriagarse y transformarse bien en el amor de la
noticia de ellos, escondiéndose en el seno de su Amado. Y a estos
agujeros la convida él en los Cantares (Ct 2, 13-14) diciendo:
Surge, propera, amica mea, speciosa mea, et veni, columba mea, in
foraminibus petrae, in caverna maceriae, que quiere decir:
Levántate y date priesa, amiga mía, hermosa mía, y ven en los
agujeros de la piedra, y en la caverna de la cerca. Los cuales
agujeros son las cavernas que vamos diciendo; de las cuales dice
aquí la esposa:

Y allí nos entraremos.

5. Allí, conviene a saber: en aquellas noticias de misterios divinos
nos entraremos. Y no dice entraré yo sola, sino entraremos, es a
saber, ella y el Amado, para dar a entender que esta obra no la
hace ella, sino el Esposo con ella; y allende de esto, por cuanto ya
están Dios y el alma unidos en uno en este estado de matrimonio
espiritual de que vamos hablando, no hace el alma obra ninguna a
solas sin Dios.

Y esto que dice allí nos entraremos, es tanto como decir: allí nos
transformaremos en transformación de nuevas noticias y nuevos
actos y comunicaciones de amor. Porque, aunque es verdad que el
alma, cuando dice esto, está ya transformada por causa del estado
ya dicho -.aunque, como habemos dicho, en sabiduría no se le
añade nada-. no quita por eso que no pueda en este estado tener
nuevas ilustraciones y transformaciones de nuevas noticias y luces
divinas; antes, son muy frecuentes las iluminaciones de nuevos
misterios que al alma comunica Dios en la comunicación que
siempre está hecha entre él y el alma; y en sí mismo se lo
comunica, y ella como de nuevo se entra en él según la noticia de
aquellos misterios que en él conoce, y en aquel conocimiento de
nuevo le ama estrechísima y subidamente, transformándose en él
según aquellas noticias nuevas. Y el sabor y deleite que también
entonces recibe de nuevo, totalmente es inefable, del cual dice en
el verso siguiente:

Y el mosto de granadas gustaremos.

6. Las granadas significan los divinos misterios de Cristo y altos
juicios de Dios y las virtudes y atributos que del conocimiento de
éstos se conocen en Dios. Porque, así como las granadas tienen
muchos granicos, todos nacidos y sustentados en aquel seno
circular, así cada virtud y atributo y misterio y juicio de Dios contiene
en sí gran multitud de granos de efectos y ordenaciones
maravillosas de Dios, contenidos y sustentados en el seno esférico
o circular de virtud y misterio que pertenece a aquellos tales
efectos. Y notamos aquí la figura circular o esférica de la granada,
porque cada granada entendemos aquí por una virtud y atributo de
Dios, el cual atributo o virtud de Dios es el mismo Dios, el cual es
significado por la figura circular o esférica, porque no tiene principio
ni fin.

7. El mosto, que dice que gustarán de estas granadas, es la fruición
que, según se puede en este estado, recibe el alma en la noticia y
conocimiento de ellas y el deleite de amor de Dios que gusta en
ellas. Y así como de muchos granos de las granadas un solo mosto
sale, así de todas estas maravillas y grandezas de Dios conocidas,
sale y redunda una sola fruición y deleite de amor para el alma, el
cual ella luego ofrece a Dios con gran ternura de voluntad. Lo cual
ella en los Cánticos divinos (Ct 8, 2) prometió al Esposo, si él la
metía en estas altas noticias, diciendo: Ibi me docebis, et dabo tibi
poculum ex vino condito, et mustum malorum granatorum meorum,
que quiere decir: Allí me enseñarás y daréte yo a ti bebida del vino
adobado y el mosto de mis granadas; llamándolas suyas aunque
son de Dios, por habérselas él a ella dado, y ella como propias las
vuelve al mismo Dios. Y esto quiere decir cuando dice: El mosto de
granadas gustaremos; porque gustándolo él, lo da a gustar a ella, y,
gustándolo ella, lo da a gustar a él, y así, es el gusto común de
entrambos.

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CANCIÓN 37

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.

DECLARACIÓN

1. El fin por que el alma deseaba entrar en aquellas cavernas ya
dichas, era por llegar consumadamente, a lo menos en cuanto sufre
este estado de vida, a lo que siempre había pretendido, que es el
entero y perfecto amor que en esta tal comunicación se comunica,
porque el fin de todo es el amor; y también por alcanzar
perfectamente, según lo espiritual, el derecho y limpieza del estado
de la justicia original. Y así, en esta canción dice dos cosas: la
primera es decir que allí la mostraría, es a saber, en aquella
transformación de noticias, lo que su alma pretendía en todos sus
actos e intentos, que es mostrarla perfectamente a amar a su
Esposo como él se ama, junto con las demás cosas que declara en
la siguiente canción; y la segunda es decir que allí también la daría
la limpieza y pureza que en el estado original la dio, o en el día del
bautismo, acabándola de limpiar de todas sus imperfecciones y
tinieblas como entonces lo estaba.

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía.

2. Esta pretensión es la igualdad de amor que siempre el alma
natural y sobrenaturalmente desea, porque el amante no puede
estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado. Y como ve
el alma la verdad de la inmensidad del amor con que Dios la ama,
no quiere ella amarle menos altamente y perfectamente, y para esto
desea la actual transformación, porque no puede el alma venir a
esta igualdad y enterez de amor si no es en transformación total de
su voluntad con la de Dios, en que de tal manera se unen las
voluntades, que se hace de dos una y, así, hay igualdad de amor.
Porque la voluntad del alma, convertida en voluntad de Dios, toda
es ya voluntad de Dios, y no está perdida la voluntad del alma, sino
hecha voluntad de Dios, y así, el alma ama a Dios con voluntad de
Dios, que también es voluntad suya; y así, le amará tanto como es
amada de Dios, pues le ama con voluntad del mismo Dios, en el
mismo amor con que él a ella la ama, que es el Espíritu Santo, que
es dado al alma, según lo dice el Apóstol (Rm. 5, 5), diciendo:
Gratia Dei diffusa est in cordibus nostris per Spiritum Sanctum qui
datus est nobis, que quiere decir: La gracia de Dios está infusa en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado. Y así
ama en el Espíritu Santo a Dios junto con el Espíritu Santo, no
como con instrumento, sino juntamente con él, por razón de la
transformación, como luego se declarará, supliendo lo que falta en
ella por haberse transformado en amor ella con él.

3. Por lo cual no dice que la dará, sino que la mostrará cómo le ha
de amar ella, porque, aunque es verdad que la da su amor, pero
muy propiamente se dice que le muestra el amor, esto es, la
muestra a amarle como él se ama; porque Dios, amándonos
primero, nos muestra a amar pura y enteramente como él nos ama.
Y porque en esta transformación muestra Dios al alma,
comunicándosele, un total amor generoso y puro con que
amorosísimamente se comunica él todo a ella, transformándola en
sí (en lo cual la da su mismo amor, como decíamos, con que ella le
ame), es propiamente mostrarla a amar, que es como ponerla el
instrumento en las manos, y decille él cómo lo ha de hacer, e irlo
haciendo con ella; y así aquí ama el alma a Dios cuanto de él es
amada. Y no quiero decir que amará a Dios cuanto él se ama, que
esto no puede ser, sino cuanto de él es amada; porque así como ha
de conocer a Dios como de él es conocida, como dice san Pablo (1
Cor. 13, 12), así entonces le amará también como es amada de él,
pues un amor es el de entrambos.

De donde no sólo queda el alma enseñada a amar, mas aún hecha
maestra de amar, con el mismo maestro unida, y, por el
consiguiente, satisfecha; porque hasta venir a este amor no lo está;
lo cual es amar a Dios cumplidamente con el mismo amor que él se
ama. Pero esto no se puede perfectamente en esta vida, aunque en
estado de perfección, que es el del matrimonio espiritual, de que
vamos hablando, en alguna manera se puede.

4. Y de esta manera de amor perfecto se sigue luego en el alma
íntima y sustancial jubilación a Dios; porque parece, y así es, que
toda la sustancia del alma bañada en gloria engrandece a Dios, y
siente, a manera de fruición, íntima suavidad que la hace reverter
en alabar, reverenciar, estimar y engrandecer a Dios con gozo
grande, todo envuelto en amor. Y esto no acaece así sin haber Dios
dado al alma en el dicho estado de transformación gran pureza, tal
cual fue la del estado de la inocencia o limpieza bautismal; la cual
aquí también dice el alma que la había de dar luego el Esposo en la
misma transformación de amor, diciendo:

Y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.

5. Llamando a el otro día al estado de la justicia original, en que
Dios le dio en Adán gracia e inocencia, o al día del bautismo, en
que el alma recibió pureza y limpieza total, la cual dice aquí el alma
en estos versos que luego se la daría en la misma unión de amor. Y
eso es lo que entiende por lo que dice en el verso postrero, es a
saber: Aquello que me diste el otro día; porque, como habemos
dicho, hasta esta pureza y limpieza llega el alma en este estado de
perfección.

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CANCIÓN 38

El aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

DECLARACIÓN

1. Dos cosas declaramos que pedía la esposa en la pasada
canción: la primera era lo que su alma pretendía; la segunda era
pedir lo que le había dado el otro día, de la cual, por cuanto ahora la
acabamos de declarar, no hay más que tratar. Pero la primera
petición, que es lo que dice que su alma pretendía, declara ahora
en esta canción qué cosa sea; porque no sólo es el amor perfecto
que allí dijimos, sino también, como allí notamos, todo lo que se
contiene en esta canción, que es el mismo amor y lo que por eso
medio se le comunica al alma. Y así, pone aquí cinco cosas, que
son todo lo que ella quiso dar a entender allí que pretendía. La
primera es el aspirar del aire, que es el amor que habemos dicho,
que es lo que principalmente pretende; la segunda es el canto de la
filomena, que es la jubilación en alabanza de Dios; la tercera es el
soto y su donaire, que es el conocimiento de las criaturas y el orden
de ellas; la cuarta es pura y subida contemplación; y la quinta, que
es llama que consume y no da pena, casi se encierra en la primera,
porque es llama de suave transformación de amor en la posesión
de todas estas cosas.

El aspirar del aire.

2. Este aspirar del aire es una habilidad del Espíritu Santo, que pide
aquí el alma para amar perfectamente a Dios. Llámale aspirar del
aire, porque es un delicadísimo toque y sentimiento de amor que
ordinariamente en este estado se causa en el alma en la
comunicación del Espíritu Santo. El cual, a manera de aspirar, con
aquella su aspiración divina, muy subidamente levanta al alma y la
informa, para que ella aspira en Dios la misma aspiración de amor
que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo
Espíritu Santo, que a ella la aspiran en la dicha transformación.
Porque no sería verdadera transformación si el alma no se uniese y
transformase también en el Espíritu Santo como en las otras dos
personas divinas, aunque no en revelado y manifiesto grado por la
bajeza y condición de esta vida. Y esto es para el alma tan alta
gloria y tan profundo y subido deleite, que no hay decirlo por lengua
mortal, ni el entendimiento humano, en cuanto tal, puede alcanzar
algo de ello.

3. Pero el alma unida y transformada en Dios aspira en Dios a Dios
la misma aspiración divina que Dios, estando en ella aspira en sí
mismo a ella, que es lo que entiendo quiso decir san Pablo (Gal. 4,
6), cuando dijo: Quoniam autem estis filii Dei, misit Deus Spiritum
Filii sui in corda vestra clamantem: Abba, Pater, que quiere decir:
Por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios en vuestros corazones el
espíritu de su Hijo, clamando en oración al Padre, lo cual en los
perfectos es en la manera dicha.

Y no hay que maravillar que el alma pueda una cosa tan alta,
porque, dado que Dios la haga merced que llegue a estar deiforme
y unida en la Santísima Trinidad, en que ella se hace Dios por
participación, ¿qué cosa tan increíble es que obre ella su obra de
entendimiento, noticia y amor en la Trinidad juntamente con ella,
como la misma Trinidad, por modo participado, obrándolo Dios en la
misma alma?
4. Y cómo esto sea, no hay más saber ni poder para decir, sino dar
a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos
mereció este alto puesto, como dice san Juan (Jn 1, 12), de poder
ser hijos de Dios, y así lo pidió al Padre por el mismo san Juan (Jn
17, 24), diciendo: Pater, volo ut quos dedisti mihi, ut ubi sum ego, et
illi sint mecum; ut videant claritatem meam quam dedisti mihi, que
quiere decir: Padre, quiero que los que me has dado, que donde yo
estoy también ellos estén conmigo, para que vean la claridad que
me diste, es a saber: que hagan por participación en nosotros la
misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar el Espíritu Santo.
Y dice más (Jn 17, 20-23): No ruego, Padre, solamente por estos
presentes, sino también por aquellos que han de creer por su
doctrina en mí, que todos ellos sean una misma cosa; de la manera
que tú, Padre, estás en mí y yo en ti, así ellos en nosotros sean una
misma cosa. Y yo la claridad que me has dado, he dado a ellos,
para que sean una misma cosa, como nosotros somos una misma
cosa, yo en ellos y tú en mí, porque sean perfectos en uno; porque
conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me
amaste a mí, que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo,
aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho,
por unidad y transformación de amor. Como tampoco se entiende
aquí quiere decir el Hijo al Padre que sean los santos una cosa
esencial y naturalmente como lo son el Padre y el Hijo, sino que lo
sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de
amor.

De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación
que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por
participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De donde san
Pedro (2 Pe. 1, 2-4) dijo: Gracia y paz sea cumplida y perfecta en
vosotros en el conocimiento de Dios y de Jesucristo Nuestro Señor,
de la manera que nos son dadas todas las cosas de su divina virtud
para la vida y la piedad por el conocimiento de aquel que nos llamó
con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas
promesas nos dio, para que por estas cosas seamos hechos
compañeros de la divina naturaleza. Lo cual es participar el alma a
Dios obrando en él, acompañadamente con él, la obra de la
Santísima Trinidad, de la manera que habemos dicho, por causa de
la unión sustancial entre el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple
perfectamente en la otra vida, todavía en ésta, cuando se llega al
estado perfecto, se alcanza gran rastro y sabor de ello, al modo que
vamos diciendo, aunque, como habemos dicho, no se puede decir.
5. ¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!
¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son
bajezas, y vuestras posesiones, miserias. ¡Oh miserable ceguera de
los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para
tan grandes voces sordos, no viendo que en tanto que buscáis
grandezas y gloria os quedáis miserables y bajos de tantos bienes,
hechos ignorantes e indignos! Síguese lo segundo que el alma pide,
es a saber:

El canto de la dulce filomena.

6. Lo que nace en el alma de aquel aspirar del aire es el canto de la
dulce filomena, porque así como el canto de la filomena, que es el
ruiseñor, se oye en la primavera, pasados ya los fríos y lluvias del
invierno, y hace melodía al oído y al espíritu recreación, así en esta
actual comunicación y transformación de amor, amparada ya la
esposa y libre de todas las turbaciones y variedades temporales, y
desnuda y purgada de las imperfecciones y penalidades y nieblas
naturales, siente nueva primavera en su espíritu, en el cual siente la
dulce voz del Esposo, que es su dulce filomena, la cual refrigera y
renueva la sustancia de su alma, diciendo (Ct. 2, 10-12): Levántate,
date priesa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía y ven; porque ya
ha pasado el invierno, las lluvias se han ya ido y apartado lejos, las
flores han parecido ya en nuestra tierra, y llegado al tiempo del
podar, y la voz de la tortolica se ha oído en nuestra tierra.

7. En la cual voz del Esposo, que la habla en lo interior del alma,
siente la esposa fin de males y principio de bienes, en cuyo
refrigerio y amparo y sentimiento sabroso ella también da su voz de
dulce filomena con nuevo canto a Dios juntamente con el que la
causa. Porque él da la voz a ella para que ella en uno la dé junto
con él a Dios. Porque ésa es la pretensión y deseo de él, según
también el mismo Esposo lo desea en los Cantares (Ct 2, 13-14),
que, hablando con ella dice: Levántate, date priesa, amiga mía, y
ven, paloma mía, en los agujeros de la piedra y caverna de la cerca;
muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque tu voz es
dulce y tu rostro hermoso.

Los oídos de Dios significan aquí los deseos de Dios que tiene de
que le alabemos perfectamente, porque la voz que aquí pide a la
esposa es alabanza perfecta y jubilación a Dios, la cual voz, para
que sea perfecta, dice el Esposo que la dé y suene en las cavernas
de la piedra, que son las inteligencias amorosas de los misterios de
Cristo, en que dijimos arriba estaba el alma unida con él. Que,
porque en esta unión el alma jubila y alaba a Dios con el mismo
Dios (como decíamos del amor), es alabanza perfecta, porque,
estando el alma en perfección, hace las obras perfectas, y así esta
voz es muy dulce para Dios y para el alma. Y así se sigue: porque
tu voz es dulce, es a saber, no sólo para ti, sino también para mí,
porque, estando en uno conmigo, das tu voz en uno de dulce
filomena para mí conmigo.

El soto y su donaire.

8. La tercera cosa que dice el alma la han de mostrar allí por medio
del amor es el soto y su donaire. Por soto entiende aquí a Dios con
todas las criaturas que en él están; porque así como todos los
árboles y plantas tienen su vida y raíz en el soto, así las criaturas
celestes y terrestres tienen en Dios su raíz y su vida. Esto, pues,
dice el alma, que allí se mostrará: a Dios en cuanto es vida y ser a
todas las criaturas (conociendo en él el principio y duración de ellas)
y a ellas, porque sin él no se le da a la alma nada, ni estima
conocerlas por vía espiritual. El donaire del soto desea también
mucho el alma ver, el cual es la gracia y sabiduría y donaire que de
Dios tiene no sólo cada una de las criaturas, sino la que hacen
entre sí en la respondencia sabia y ordenada de unas a otras, así
superiores como inferiores. Lo cual es conocer en las criaturas por
vía contemplativa, que es cosa de gran deleite, porque es conocer
acerca de Dios. Y así, se sigue lo cuarto:

En la noche serena.

9. Esta noche en que el alma desea ver estas cosas, es la
contemplación, porque la contemplación es oscura que por eso la
llaman por otro nombre mística teología, que quiere decir sabiduría
escondida y secreta de Dios, en la cual, sin ruido de palabras y sin
servicio y ayuda de algún sentido corporal ni espiritual, como en
silencio y quietud de la noche, a oscuras de todo lo sensitivo y
natural, enseña Dios ocultísima y secretísimamente al alma, sin ella
saber cómo; lo cual algunos espirituales llaman entender no
entendiendo. Porque esto no lo hace el entendimiento activo, que
llaman los filósofos, el cual obra en formas y fantasías y
aprehensiones de las cosas; mas hácese en el entendimiento en
cuanto posible y pasivo, el cual no recibe las tales formas, etc., sino
pasivamente recibe inteligencia sustancial, la cual le es dada sin
algún oficio suyo activo, ni obra.

10. Y por eso, no sólo llama a esta contemplación noche, pero
también la llama serena; porque así como la noche se llama serena
porque está limpia de nubes y vapores en el aire, que son los que
ocupan la serenidad de la noche, así esta noche de contemplación
está para la vista del entendimiento rasa y ajena de todas nubes de
formas y fantasías y noticias particulares que pueden entrar por los
sentidos, y está limpia también de cualesquier vapores de afectos y
apetitos; por lo cual la contemplación es noche serena para el
sentido y entendimiento natural, según lo enseña el Filósofo
diciendo que así como el rayo del sol es oscuro y tenebroso para el
ojo del murciélago, así las cosas altas y más claras de Dios son
oscuras para nuestro entendimiento.

Con llama que consume y no da pena.

11. Todas las cosas pasadas dice el alma aquí en este verso que
se las dé el Esposo con llama que consume y no da pena; la cual
llama se entiende aquí por el amor de Dios ya perfecto en el alma.
Porque para ser perfecto, estas dos propiedades ha de tener,
conviene a saber: que consuma y transforme el alma en Dios, y que
no dé pena la inflamación y transformación de esta llama en el
alma. Y así, esta llama es ya amor suave, porque en la
transformación del alma en ella hay conformidad y satisfacción de
ambas partes, y, por tanto, no da pena de variedad de más o
menos, como hacía antes que el alma llegase a la capacidad de
este perfecto amor. Porque, habiendo llegado, está ya el alma tan
transformada y conforme con Dios, como el carbón encendido lo
está con el fuego, sin aquel humear y respendar que hacía antes
que lo estuviese, y sin la oscuridad y accidentes propios que tenía
antes que del todo entrase el fuego en él. Las cuales propiedades
de oscuridad, humear y respendar, ordinariamente tiene el alma con
alguna pena y fatiga acerca del amor de Dios, hasta que llegue a tal
grado de perfección de amor, que la posea el fuego de amor llena y
cumplida y suavemente, sin pena de humo y de pasiones y
accidentes naturales, pero transformada en llama suave, que la
consumió acerca de todo eso y la mudó en Dios, en que sus
movimientos y acciones son ya divinas.
12. En esta llama quiere la esposa que la dé el Esposo como
habemos dicho, todas las cosas que ella pretende, porque no las
quiere poseer ni estimar ni gozar sin perfecto y suave amor de Dios.

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CANCIÓN 39

Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

DECLARACIÓN

1. En esta última canción quiere dar a entender el alma la
disposición que tiene ya para recibir las mercedes que en este
estado se gozan y ella ha pedido al Esposo, las cuales sin la tal
disposición no se pueden recibir ni conservar en ella. Y así, pone al
Amado delante cuatro disposiciones o conveniencias que son
bastantes para lo dicho, para más obligarle a que se las haga, como
es dicho.

La primera, estar ya su alma desasida y ajenada de todas las
cosas.

La segunda, estar ya vencido y ahuyentado el demonio.

La tercera, tener ya sujetadas las pasiones del alma y apetitos
naturales y espirituales.

La cuarta, estar ya reformada y purificada la parte sensitiva,
conforme a la espiritual, de manera que no sólo no estorbe, mas
antes se aúne con el espíritu participando de sus bienes. Todo lo
cual dice ella en la dicha canción, diciendo:

Que nadie lo miraba.

2. Lo cual es como si dijera: mi alma está ya tan sola y ajenada y
desasida de todas las cosas criadas de arriba y de abajo, y tan
adentro entrada en el recogimiento contigo, que ninguna de ellas la
alcanza ya de vista, es a saber, a moverla a gusto con su suavidad,
ni a disgusto y molestia con su miseria y bajeza, porque, estando mi
alma tan lejos de ellas, quedan muy atrásde vista perdidas. Y no
sólo eso, pero

Aminadab tampoco parecía.

3. El cual Aminadab en la Escritura divina significa el demonio,
adversario del alma esposa, el cual la combatía siempre y turbaba
con su innumerable munición de tentaciones y asechanzas, porque
no se entrase en esta fortaleza y escondrijo del recogimiento interior
con el Amado. En el cual puesto está el alma tan favorecida y fuerte
en virtudes y victoriosa, que el demonio no osa parecer delante de
ella. De donde, por estar ella en el favor de tal abrazo, y porque
también en el ejercicio de las virtudes ha vencido al demonio
perfectamente, de manera que le tiene ya ahuyentado con la
fortaleza de sus virtudes, no parece más delante de ella; y por eso
dice bien que Aminadab tampoco parecía.

Y el cerco sosegaba.

4. Por el cual cerco entiende aquí las pasiones y apetitos del alma
que, cuando no están vencidos y amortiguados, la cercan y
combaten en derredor; por lo cual los llama el cerco. El cual dice
que también está ya sosegado; que, pues así es, no deje de
comunicarle y hacerle las mercedes que le ha pedido, pues el dicho
cerco no puede ya impedir la paz interior que se requiere para
recibirlas, poseerlas y conservarlas.

Esto dice porque en este estado es necesario que las pasiones del
ánima estén compuestas y los apetitos y afecciones mortificadas,
de manera que ninguna molestia ni guerra hagan, antes todo este
cerco ya dicho con sus operaciones se conformen con el espíritu
interior, y en su manera se recojan a gozar de los deleites que él
goza. Por lo cual dice luego:

Y la caballería
a vista de las aguas descendía.

5. Por las cuales aguas entiende aquí los bienes y deleites
espirituales de Dios de que en este estado goza el alma. Por la
caballería entiende las potencias de la parte sensitiva, así interiores
como exteriores, las cuales dice la esposa que en este estado
descienden a vista de estas aguas espirituales, porque de tal
manera está ya en este estado purificada y espiritualizada en
alguna manera la parte sensitiva del alma, que ella con sus
potencias sensitivas y fuerzas naturales se recogen a participar y
gozar en su manera de las grandezas espirituales que Dios está
comunicando al espíritu, según lo quiso entender David (Sal. 83, 3)
cuando dijo: Cor meum et caro mea exultaverunt in Deum vivum,
que quiere decir: Mi espíritu y mi carne se gozaron y deleitaron en
Dios vivo.

6. Y es de notar que no dice aquí la esposa que la caballería
descendía a gustar las aguas, sino a vista de ellas; porque esta
parte sensitiva con sus potencias no pueden esencial y propiamente
gustar los bienes espirituales (porque no tienen proporcionada
capacidad para eso, no sólo en esta vida pero ni en la otra), sino
por cierta redundancia del espíritu reciben la recreación y deleite de
ellos, por el cual son atraídas estas potencias y sentidos corporales
al recogimiento interior en que está bebiendo el alma los bienes
espirituales. Lo cual más es descender a la vista de ellos que al
gusto esencial de ellos; pero gustan, como habemos dicho, la
redundancia que del alma se comunica en ellos.

Y dice aquí el alma que descendían y no otro vocablo alguno, para
dar a entender que todas estas potencias descienden y bajan de
sus operaciones naturales, cesando de ellas, al recogimiento
interior; en el cual sea servido el Señor Jesús, Esposo dulcísimo,
poner a todos los que invocan su santísimo nombre. Al cual es
honra y gloria juntamente con el Padre y el Espíritu Santo in
saecula saeculorum. Amen.

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FIN DEL CANTICO ESPIRITUAL A
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CÁNTICO ESPIRITUAL. (segunda redacción = CB)
Introducción
Prólogo
Canciones entre el alma y el Esposo
Argumento
Anotación

Canción 1 - Adónde te escondiste
Canción 2 - Pastores, los que fuerdes
Canción 3 - Buscando mis amores
Canción 4 - Oh bosques y espesuras
Canción 5 - Mil gracias derramando
Canción 6 - Ay, quién podrá sanarme
Canción 7 - Y todos cuantos vagan
Canción 8 - Mas, cómo perseveras
Canción 9 - Por qué, pues has llagado
Canción 10 - Apaga mis enojos
Canción 11 - Descubre tu presencia
Canción 12 - Oh cristalina fuente
Canción 13 - Apártalos, Amado
Canción 14 - Mi Amado, las montañas
Canción 15 - La noche sosegada
Canción 16 - Cazadnos las raposas
Canción 17 - Detente, cierzo muerto
Canción 18 - Oh ninfas de Judea
Canción 19 - Escóndete, Carillo
Canción 20 - A las aves ligeras
Canción 21 - Por las amenas liras
Canción 22 - Entrado se ha la esposa
Canción 23 - Debajo del manzano
Canción 24 - Nuestro lecho florido
Canción 25 - A zaga de tu huella
Canción 26 - En la interior bodega
Canción 27 - Allí me dio su pecho
Canción 28 - Mi alma se ha empleado
Canción 29 - Pues ya si en el ejido
Canción 30 - De flores y esmeraldas
Canción 31 - En solo aquel cabello
Canción 32 - Cuando tú me mirabas
Canción 33 - No quieras despreciarme
Canción 34 - La blanca palomica
Canción 35 - En soledad vivía
Canción 36 - Gocémonos, Amado
Canción 37 - Y luego a las subidas
Canción 38 - Allí me mostrarías
Canción 39 - El aspirar del aire
Canción 40 - Que nadie lo miraba

DECLARACIÓN DE LAS CANCIONES QUE TRATAN DEL
EJERCICIO DE AMOR ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO CRISTO,
EN LA CUAL SE TOCAN Y DECLARAN ALGUNOS PUNTOS Y
EFECTOS DE ORACIÓN, A PETICIÓN DE LA MADRE ANA DE
JESÚS, PRIORA DE LAS DESCALZAS EN SAN JOSÉ DE
GRANADA. AÑO DE 1584 AÑOS.

Prólogo

1. Por cuanto estas canciones, religiosa Madre, parecen ser escritas
con algún fervor de amor de Dios, cuya sabiduría y amor es tan
inmenso, que, como se dice en el libro de la Sabiduría (8, 1), toca
desde un fin hasta otro fin, y el alma que de él es informada y
movida, en alguna manera esa misma abundancia e ímpetu lleva en
su decir, no pienso yo ahora declarar toda la anchura y copia que el
espíritu fecundo del amor en ellas lleva; antes sería ignorancia
pensar que los dichos de amor en inteligencia mística, cuales son
los de las presentes canciones, con alguna manera de palabras se
puedan bien explicar; porque el Espíritu del Señor que ayuda
nuestra flaqueza, como dice san Pablo (Rm. 8, 26), morando en
nosotros, pide por nosotros con gemidos inefables lo que nosotros
no podemos bien entender ni comprehender para lo manifestar.
Porque ¿quién podrá escribir lo que a las almas amorosas, donde él
mora, hace entender? Y ¿quién podrá manifestar con palabras lo
que las hace sentir? Y ¿quién, finalmente, lo que las hace desear?
Cierto, nadie lo puede; cierto, ni ellas mismas por quien pasa lo
pueden. Porque ésta es la causa por que con figuras,
comparaciones y semejanzas, antes rebosan algo de lo que sienten
y de la abundancia del espíritu vierten secretos misterios, que con
razones lo declaran.

Las cuales semejanzas, no leídas con la sencillez del espíritu de
amor e inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que
dichos puestos en razón, según es de ver en los divinos Cantares
de Salomón y en otros libros de la Escritura divina, donde, no
pudiendo el Espíritu Santo dar a entender la abundancia de su
sentido por términos vulgares y usados, habla misterios en extrañas
figuras y semejanzas. De donde se sigue que los santos doctores,
aunque mucho dicen y más digan, nunca pueden acabar de
declararlo por palabras, así como tampoco por palabras se pudo
ello decir; y así, lo que de ello se declara, ordinariamente es lo
menos que contiene en sí.

2. Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de
abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi
intento será tal, sino sólo dar alguna luz general, pues Vuestra
Reverencia así lo ha querido; y esto tengo por mejor, porque los
dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura, para que cada uno
de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu, que
abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo paladar. Y así,
aunque en alguna manera se declaran, no hay para qué atarse a la
declaración; porque la sabiduría mística (la cual es por amor, de
que las presentes canciones tratan) no ha menester distintamente
entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque
es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle.

3. Por tanto, seré bien breve; aunque no podrá ser menos de
alargarme en algunas partes donde lo pidiere la materia y donde se
ofreciere ocasión de tratar y declarar algunos puntos y efectos de
oración, que, por tocarse en las canciones muchos, no podrá ser
menos de tratar algunos. Pero, dejando los más comunes, trataré
brevemente los más extraordinarios que pasan por los que han
pasado, con el fervor de Dios, de principiantes. Y esto por dos
cosas: la una, porque para los principiantes hay muchas cosas
escritas; la otra, porque en ello hablo con Vuestra Reverencia por
su mandado, a la cual Nuestro Señor ha hecho merced de haberle
sacado de esos principios y llevádola más adentro al seno de su
amor divino. Y así espero que, aunque se escriban aquí algunos
puntos de teología escolástica acerca del trato interior del alma con
su Dios, no será en vano haber hablado algo a lo puro del espíritu
en tal manera; pues, aunque a Vuestra Reverencia le falle el
ejercicio de teología escolástica, con que se entienden las verdades
divinas, no le falla el de la mística, que se sabe por amor, en que no
solamente se saben, mas juntamente se gustan.

4. Y porque lo que dijere (lo cual quiero sujetar al mejor juicio y
totalmente al de la santa Madre Iglesia) haga más fe, no pienso
afirmar cosa de mío, fiándome de experiencia que por mí haya
pasado, ni de lo que en otras personas espirituales haya conocido o
de ellas oído (aunque de louno y de lo otro me pienso aprovechar),
sin que con autoridades de la Escritura divina vaya confirmado y
declarado, a lo menos, en lo que pareciere más dificultoso de
entender. En las cuales llevaré este estilo: que primero las pondré
las sentencias de su latín, y luego las declararé al propósito de lo
que se trajeren; y pondré primero juntas todas las canciones, y
luego por su orden iré poniendo cada una de por sí para haberla de
declarar; de las cuales declararé cada verso poniéndole al principio
de su declaración, etc.

Fin del prólogo.

Canciones entre el alma y el esposo

Esposa

1 ¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

2 Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero.

3 Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

4 ¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.

5 Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

6 ¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.

7 Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

8 Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?

9 ¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?

10 Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

11 Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

12 ¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

13 ¡Apártalos, Amado,
que voy de vuelo!.

Esposo

Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.

Esposa

14 Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

15 la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

16 Cazadnos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.

17 Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores
y pacerá el Amado entre las flores.

18 ¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.

19 Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.

Esposo

20 A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores.

21 Por las amenas liras
y canto de sirenas os conjuro
que cesen vuestras iras,
y no toquéis al muro,
porque la Esposa duerma más seguro.

22 Entrado se ha la Esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.

23 Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

Esposa

24 Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.
25 A zaga de tu huella
las jóvenes discurren al camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.

26 En la interior bodega
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía;
y el ganado perdí que antes seguía.

27 Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su Esposa.

28 Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

29 Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.

30 De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas
y en un cabello mío entretejidas.

31 En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.

32 Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso me decían
los míos adorar lo que en ti vían.

33 No quieras despreciarme
que, si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.

Esposo

34 La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado;
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.

35 En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido;
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

Esposa

36 Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

37 Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.

38 Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:

39 El aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

40 Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

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Argumento

1. El orden que llevan estas canciones es desde que un alma
comienza a servir a Dios hasta que llega al último estado de
perfección, que es matrimonio espiritual. Y así, en ellas se tocan los
tres estados o vías de ejercicio espiritual por las cuales pasa el
alma hasta llegar al dicho estado, que son: purgativa, iluminativa y
unitiva, y se declaran acerca de cada una algunas propiedades y
efectos de ella.

2. El principio de ellas trata de los principiantes, que es la vía
purgativa.

Las de más adelante tratan de los aprovechados, donde se hace el
desposorio espiritual, y ésta es la vía iluminativa.

Después de éstas, las que se siguen tratan de la vía unitiva, que es
la de los perfectos, donde se hace el matrimonio espiritual. La cual
vía unitiva y de perfectos se sigue a la iluminativa, que es de los
aprovechados.

Y las últimas canciones tratan del estado beatífico, que sólo ya el
alma en aquel estado perfecto pretende.

COMIENZA LA DECLARACIÓN DE LAS CANCIONES DE AMOR
ENTRE LA ESPOSA Y EL ESPOSO CRISTO
Anotación

1. Cayendo el alma en la cuenta de lo que está obligada a hacer,
viendo que la vida es breve (Job 14, 5), la senda de la vida eterna
estrecha (Mt. 7, 14), que el justo apenas se salva (1 Pe. 4, 18), que
las cosas del mundo son vanas y engañosas, que todo se acaba y
falta como el agua que corre (2 Re. 14, 14), el tiempo incierto, la
cuenta estrecha, la perdición muy fácil, la salvación muy dificultosa;
conociendo, por otra parte, la gran deuda que a Dios debe en
haberle criado solamente para sí, por lo cual le debe el servicio de
toda su vida, y en haberla redimido solamente por sí mismo, por lo
cual le debe todo el resto y respondencia del amor de su voluntad, y
otros mil beneficios en que se conoce obligada a Dios desde antes
que naciese; y que gran parte de su vida se ha ido en el aire; y que
de todo esto ha de haber cuenta y razón, así de lo primero como de
lo postrero, hasta el último cuadrante (Mt. 5, 26), cuando
escudriñará Dios a Jerusalén con candelas encendidas (Sof. 1, 12),
y que ya es tarde y por ventura lo postrero del día (Mt. 20, 6); para
remediar tanto mal y daño, mayormente sintiendo a Dios muy
enojado y escondido por haberse ella querido olvidar tanto de él
entre las criaturas, tocada ella de pavor y dolor de corazón interior
sobre tanta perdición y peligro, renunciando a todas las cosas,
dando de mano a todo negocio, sin dilatar un día ni una hora, con
ansia y gemido salido del corazón herido ya del amor de Dios,
comienza a invocar a su Amado y dice:

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CANCIÓN 1

Esposa

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

DECLARACIÓN

2. En esta primera canción el alma, enamorada del Verbo Hijo de
Dios, su Esposo, deseando unirse con él por clara y esencial visión,
propone sus ansias de amor, querellándose a él de la ausencia,
mayormente que, habiéndola él herido de su amor, por el cual ha
salido de todas las cosas criadas y de sí misma, todavía haya de
padecer la ausencia de su Amado, no desatándola ya de la carne
mortal para poderle gozar en gloria de eternidad; y así, dice:

¿Adónde te escondiste?

3. Y es como si dijera: Verbo, Esposo mío, muéstrame el lugar
donde estás escondido. En lo cual le pide la manifestación de su
divina esencia; porque el lugar donde está escondido el Hijo de
Dios es, como dice san Juan (1, 18), el seno del Padre, que es la
esencia divina, la cual es ajena de todo ojo mortal y escondida de
todo humano entendimiento; que por eso Isaías (45, 15), hablando
con Dios, dijo: Verdaderamente tú eres Dios escondido. De donde
es de notar que, por grandes comunicaciones y presencias, y altas
y subidas noticias de Dios que un alma en esta vida tenga, no es
aquello esencialmente Dios, ni tiene que ver con él, porque todavía,
a la verdad, le está al alma escondido, y por eso siempre le
conviene al alma sobre todas esas grandezas tenerle por escondido
y buscarle escondido, diciendo: ¿Adónde te escondiste? Porque ni
la alta comunicación ni presencia sensible es cierto testimonio de su
graciosa presencia, ni la sequedad y carencia de todo eso en el
alma lo es de su ausencia en ella. Por lo cual el profeta Job (9, 11)
dice: Si viniere a mí no le veré, y si se fuere no le entenderé.

4. En lo cual se ha de entender que, si el alma sintiere gran
comunicación o sentimiento o noticia espiritual, no por eso se ha de
persuadir a que aquello que siente es poseer o ver clara y
esencialmente a Dios, o que aquello sea tener más a Dios o estar
más en Dios, aunque más ello sea; y que si todas esas
comunicaciones sensibles y espirituales faltaren, quedando ella en
sequedad, tiniebla y desamparo, no por eso ha de pensar que la
falta Dios más así que así, pues que realmente ni por lo uno puede
saber de cierto estar en su gracia, ni por lo otro estar fuera de ella,
diciendo el Sabio (Ecle. 9, 1): Ninguno sabe si es digno de amor o
de aborrecimiento delante de Dios. De manera que el intento
principal del alma en este verso no es sólo pedir la devoción
afectiva y sensible, en que no hay certeza ni claridad de la posesión
del Esposo en esta vida, sino principalmente la clara presencia y
visión de su esencia en que desea estar certificada y satisfecha en
la otra.
5. Esto mismo quiso decir la Esposa en los Cantares divinos (1, 6),
cuando, deseando unirse con la divinidad del Verbo, Esposo suyo,
la pidió al Padre, diciendo: Muéstrame dónde te apacientas y dónde
te recuestas al mediodía. Porque, en pedir le mostrase dónde se
apacentaba, era pedir le mostrase la esencia del Verbo Divino, su
Hijo, porque el Padre no se apacienta en otra cosa que en su único
Hijo, pues es la gloria del Padre; y en pedir le mostrase el lugar
donde se recostaba, era pedirle lo mismo, porque el Hijo solo es el
deleite del Padre, el cual no se recuesta en otro lugar ni cabe en
otra cosa que en su amado Hijo, en el cual todo el se recuesta,
comunicándole toda su esencia al mediodía, que es la eternidad,
donde siempre le engendra y le tiene engendrado. Este pasto,
pues, del Verbo Esposo, donde el Padre se apacienta en infinita
gloria, y este pecho florido, donde con infinito deleite de amor se
recuesta, escondido profundamente de todo ojo mortal y de toda
criatura, pide aquí el alma Esposa cuando dice: ¿Adónde te
escondiste?

6. Y para que esta sedienta alma venga a hallar a su Esposo y
unirse con él por unión de amor en esta vida, según puede, y
entretenga su sed con esta gota que de él se puede gustar en esta
vida, bueno será, pues lo pide a su Esposo, tomando la mano por
él, le respondamos mostrándole el lugar más cierto donde está
escondido, para que allí lo halle a lo cierto con la perfección y sabor
que puede en esta vida y así no comience a vaguear en vano tras
las pisadas de las compañías.

Para lo cual es de notar que el Verbo Hijo de Dios, juntamente con
el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está
escondido en el íntimo ser del alma; por tanto, el alma que le ha de
hallar conviénele salir de todas las cosas según la afección y
voluntad y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma,
siéndole todas las cosas como si no fuesen. Que, por eso, san
Agustín, hablando en los Soliloquios con Dios, decía: No te hallaba,
Señor, de fuera, porque mal te buscaba fuera, que estabas dentro.
Está, pues, Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar con
amor el buen contemplativo, diciendo: ¿Adónde te escondiste?

7. ¡Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas, que tanto
deseas saber el lugar donde está tu Amado, para buscarle y unirte
con él! Ya se te dice que tú misma eres el aposento donde él mora
y el retrete y escondrijo donde está escondido; que es cosa de
grande contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y
esperanza está tan cerca de ti, que esté en ti, o, por mejor decir, tú
no puedas estar sin él. Catá, dice el Esposo (Lc. 17, 21), que el
reino de Dios está dentro de vosotros. Y su siervo el apóstol san
Pablo (2 Cor. 6, 16): Vosotros, dice, sois templo de Dios.

8. Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta
del alma, aunque esté en pecado mortal, cuánto menos de la que
está en gracia.

¿Qué más quieres, ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues
dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu
hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu
alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le
tienes tan cerca. Ahí le desea, ahí le adora, y no le vayas a buscar
fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás ni
gozarás más cierto, ni más presto, ni más cerca que dentro de ti.
Sólo hay una cosa, que, aunque está dentro de ti, está escondido.
Pero gran cosa es saber el lugar donde está escondido para
buscarle allí a lo cierto. Y esto es lo que tú también aquí, alma,
pides cuando con afecto de amor dices: ¿Adónde te escondiste?

9. Pero todavía dices: Puesto está en mí el que ama mi alma,
¿cómo no le hallo ni le siento? La causa es porque está escondido,
y tú no te escondes también para hallarle y sentirle. Porque el que
ha de hallar una cosa escondida, tan a lo escondido y hasta lo
escondido donde ella está ha de entrar, y, cuando la halla, él
también está escondido como ella. Como quiera, pues; que tu
Esposo amado es el tesoro escondido en el campo de tu alma, por
el cual el sabio mercader dio todas sus cosas (Mt. 13, 44),
convendrá que para que tú le halles, olvidadas todas las tuyas y
alejándote de todas las criaturas, te escondas en tu retrete interior
del espíritu (Mt. 6, 6), y, cerrando la puerta sobre ti, es a saber, tu
voluntad a todas las cosas, ores a tu Padre en escondido; y así,
quedando escondida con él, entonces le sentirás en escondido, y le
amarás y gozarás en escondido, y te deleitarás en escondido con
él, es a saber, sobre todo lo que alcanza la lengua y sentido.

10. ¡Ea, pues, alma hermosa!, pues ya sabes que en tu seno tu
deseado Amado mora escondido, procura estar con él bien
escondida, y en tu seno le abrazarás y sentirás con afección de
amor. Y mira que a ese escondrijo le llama él por Isaías (26, 20),
diciendo: Anda, entra en tus retretes, cierra tus puertas sobre ti,
esto es, todas tus potencias a todas las criaturas, escóndete un
poco hasta un momento, esto es, por este momento de vida
temporal. Porque, si en esta brevedad de vida guardares, ¡oh alma!,
con toda guarda tu corazón, como dice el Sabio (Pv. 4, 23), sin
duda ninguna te dará Dios lo que adelante dice Dios también por
Isaías (45, 3), diciendo: Daréte los tesoros escondidos, y
descubrirte he la sustancia y misterios de los secretos. La cual
sustancia de los secretos es el mismo Dios, porque Dios es la
sustancia de la fe y el concepto de ella, y la fe es el secreto y el
misterio. Y cuando se revelare y manifestare esto que nos tiene
secreto y encubierto la fe, que es lo perfecto de Dios, como dice
san Pablo (1 Cor. 13, 10), entonces se descubrirán al alma la
sustancia y misterios de los secretos. Pero en esta vida mortal,
aunque no llegará el alma tan a lo puro de ellos como en la otra, por
más que se esconda, todavía, si se escondiere, como Moisés, en la
caverna de la piedra (Ex. 33, 22-23), que es en la verdadera
imitación de la perfección de la vida del Hijo de Dios, Esposo del
alma, amparándola Dios con su diestra, merecerá que le muestren
las espaldas de Dios, que es llegar en esta vida a tanta perfección,
que se una y transforme por amor en el dicho Hijo de Dios, su
Esposo; de manera que se sienta tan junta con él y tan instruida y
sabia en sus misterios, que cuanto a lo que toca a conocerle en
esta vida no tenga necesidad de decir: ¿Adónde te escondiste?

11. Dicho queda, ¡oh alma!, el modo que te conviene tener para
hallar el Esposo en tu escondrijo. Pero, si lo quieres volver a oír,
oye una palabra llena de sustancia y verdad inaccesible: es
buscarle en fe y en amor, sin querer satisfacerte de cosa, ni gustarla
ni entenderla más de lo que debes saber; que esos dos son los
mozos del ciego que te guiarán por donde no sabes, allá a lo
escondido de Dios. Porque la fe, que es el secreto que habemos
dicho, son los pies con que el alma va a Dios, y el amor es la guía
que la encamina; y andando ella tratando y manoseando estos
misterios y secretos de fe, merecerá que el amor la descubra lo que
en sí encierra la fe, que es el Esposo que ella desea, en esta vida
por gracia especial, en divina unión con Dios, como habemos dicho,
y en la otra, por gloria esencial, gozándole cara a cara, ya de
ninguna manera escondido. Pero, entre tanto, aunque el alma
llegue a esta dicha unión, que es el más alto estado a que se puede
llegar en esta vida, por cuanto todavía al alma le está escondido en
el seno del Padre, como habemos dicho, que es como ella le desea
gozar en la otra, siempre dice: ¿Adónde te escondiste?
12. Muy bien haces, ¡oh alma!, en buscarle siempre escondido,
porque mucho ensalzas a Dios y mucho te llegas a él teniéndole por
más alto y profundo que todo cuanto puedes alcanzar. Y, por tanto,
no repares en parte ni en todo lo que tus potencias pueden
comprehender. Quiero decir que nunca te quieras satisfacer en lo
que entendieres de Dios, sino en lo que no entendieres de él; y
nunca pares en amar y deleitarte en eso que entendieres o sintieres
de Dios, sino ama y deléitate en lo que no puedes entender y sentir
de él; que eso es, como habemos dicho, buscarle en fe. Que, pues
es Dios inaccesible y escondido, como también habemos dicho,
aunque más te parezca que le hallas y le sientes y le entiendes,
siempre le has de tener por escondido y le has de servir escondido
en escondido. Y no seas como muchos insipientes, que piensan
bajamente de Dios, entendiendo que, cuando no le entienden o le
gustan o sienten, está Dios más lejos y más escondido; siendo más
verdad lo contrario, que cuanto menos distintamente le entienden,
más se llegan a él, pues, como dice el profeta David (Sal. 17, 12):
Puso su escondrijo en las tinieblas. Así, llegando cerca de él, por
fuerza has de sentir tinieblas en la flaqueza de tu ojo. Bien haces,
pues, en todo tiempo, ahora de adversidad, ahora de prosperidad
espiritual o temporal, tener a Dios por escondido, y así clamar a él,
diciendo: ¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

13. Llámale Amado para más moverle e inclinarle a su ruego,
porque, cuando Dios es amado, con grande facilidad acude a las
peticiones de su amante. Y así lo dice él por san Juan (15, 17),
diciendo: Si permaneciéredes en mí, todo lo que quisiéredes
pediréis, y hacerse ha. De donde entonces le puede el alma de
verdad llamar Amado, cuando ella está entera con él, no teniendo
su corazón asido a alguna cosa fuera de él; y así, de ordinario trae
su pensamiento en él. Que, por falta de esto, dijo Dalila a Sansón
(Jue. 16, 15) que cómo podía él decir que la amaba, pues su ánimo
no estaba con ella. En el cual ánimo se incluye el pensamiento y la
afección. De donde algunos llaman al Esposo Amado, y no es
Amado de veras, porque no tienen entero con él su corazón; y así,
su petición no es en la presencia de Dios de tanto valor; por lo cual
no alcanzan luego su petición, hasta que, continuando la oración,
vengan a tener su ánimo más continuo con Dios, y el corazón con él
más entero con afección de amor; porque de Dios no se alcanza
nada si no es por amor.
14. En lo que dice luego: Y me dejaste con gemido, es de notar que
la ausencia del Amado causa continuo gemir en el amante, porque,
como fuera de él nada ama, en nada descansa ni recibe alivio. De
donde, en esto se conocerá el que veras a Dios ama, si con
ninguna cosa menos que él se contenta. Mas ¿qué digo se
contenta? Pues, aunque todas juntas las posea, no estará contento,
antes cuantas más tuviere estará menos satisfecho; porque la
satisfacción del corazón no se halla en la posesión de las cosas,
sino en la desnudez de todas ellas y pobreza de espíritu. Que, por
consistir en ésta la perfección de amor en que se posee Dios con
muy junta y particular gracia, vive el alma en esta vida, cuando ha
llegado a ella, con alguna satisfacción, aunque no con hartura, pues
que David (Sal. 16, 15), con toda su perfección, la esperaba en el
cielo, diciendo: Cuando pareciere tu gloria, me hartaré.

Y así, no le basta la paz y tranquilidad y satisfacción de corazón a
que puede llegar el alma en esta vida, para que deje de tener
dentro de sí gemido, aunque pacífico y no penoso, en la esperanza
de lo que falta. Porque el gemido es anejo a la esperanza; como el
que decía el Apóstol (Rm. 8, 23) que tenía él y los demás, aunque
perfectos, diciendo: Nosotros mismos, que tenemos las primicias
del espíritu, dentro de nosotros mismos gemimos esperando la
adopción de hijos de Dios. Este gemido, pues, tiene aquí el alma
dentro de sí en el corazón enamorado; porque donde hiere el amor,
allí está el gemido de la herida clamando siempre en el sentimiento
de la ausencia, mayormente cuando habiendo ella gustado alguna
dulce y sabrosa comunicación del Esposo, ausentándose, se quedó
sola y seca de repente. Que por eso dice luego:

Como el ciervo huiste.

15. Donde es de notar que en los Cantares (2, 9) compara la
Esposa al Esposo al ciervo y a la cabra montesa, diciendo:
Semejante es mi Amado a la cabra y al hijo de los ciervos. Y esto
no sólo por ser extraño y solitario y huir de las compañas, como el
ciervo, sino también por la presteza del esconderse y mostrarse,
cual suele hacer en las visitas que hace a las devotas almas para
regalarlas y animarlas, y en los desvíos y ausencias que las hace
sentir después de las tales visitas, para probarlas y humillarlas y
enseñarlas; por lo cual las hace sentir con mayor dolor la ausencia,
según ahora da aquí a entender en lo que se sigue, diciendo:

Habiéndome herido.
16. Que es como si dijera: no sólo me bastaba la pena y el dolor
que ordinariamente padezco en tu ausencia, sino que, hiriéndome
más de amor con tu flecha y aumentando la pasión y apetito de tu
vista, huyes con ligereza de ciervo y no te dejas comprehender
algún tanto.

17. Para más declaración de este verso es de saber que, allende de
otras muchas diferencias de visitas que Dios hace al alma, con que
la llaga y levanta en amor, suele hacer unos encendidos toques de
amor, que a manera de saeta de fuego hieren y traspasan el alma y
la dejan toda cauterizada con fuego de amor. Y éstas propiamente
se llaman heridas de amor, de las cuales habla aquí el alma.
Inflaman éstas tanto la voluntad en afición, que se está el alma
abrasando en fuego y llama de amor; tanto, que parece consumirse
en aquella llama, y la hace salir fuera de sí y renovar toda y pasar a
nueva manera de ser, así como el ave fénix que se quema y renace
de nuevo. De lo cual hablando David (Sal. 72, 21-22), dice: Fue
inflamado mi corazón, y las renes se mudaron, y yo me resolví en
nada, y no supe.

18. Los apetitos y afectos que aquí entiende el profeta por renes,
todos se conmueven y mudan en divinos en aquella inflamación del
corazón; y el alma por amor se resuelve en nada, nada sabiendo
sino amor. Y a este tiempo es la conmutación de estas renes en
grande manera de tormento y ansia por ver a Dios; tanto, que le
parece al alma intolerable rigor de que con ella usa el amor; no
porque la hubo herido (porque antes tiene ella las tales heridas por
salud), sino porque la dejó así penando en amor y no la hirió más
valerosamente, acabándola de matar para verse y juntarse con él
en vida de amor perfecto. Por tanto, encareciendo o declarando ella
su dolor, dice: Habiéndome herido, es a saber, dejándome así
herida, muriendo con heridas de amor de ti, te escondiste con tanta
ligereza como ciervo.

19. Este sentimiento acaece así tan grande porque en aquella
herida de amor que hace Dios al alma levántase el afecto de la
voluntad con súbita presteza a la posesión del Amado, cuyo toque
sintió. Y con esa misma presteza siente la ausencia y el no poderle
poseer aquí como desea; y así, luego allí juntamente siente el
gemido de la tal ausencia, porque estas visitas tales no son como
otras en que Dios recrea y satisface al alma, porque éstas solo las
hace más para herir que para sanar, y más para lastimar que para
satisfacer, pues sirven para avivar la noticia y aumentar el apetito y,
por consiguiente, el dolor y ansia de ver a Dios.

Estas se llaman heridas espirituales de amor, las cuales son al alma
sabrosísimas y deseables; por lo cual querría ella estar siempre
muriendo mil muertes a estas lanzadas, porque la hacen salir de sí
y entrar en Dios. Lo cual da ella a entender en el verso siguiente,
diciendo:

Salí tras ti clamando, y eras ido.

20. En las heridas de amor no puede haber medicina sino de parte
del que hirió, y por eso esta herida alma salió en la fuerza del fuego
que causó la herida tras de su Amado que la había herido,
clamando a él para que la sanase.

Es de saber que este salir espiritualmente se entiende aquí de dos
maneras, para ir tras Dios: la una, saliendo de todas las cosas, lo
cual se hace por aborrecimiento y desprecio de ellas; la otra,
saliendo de sí misma por olvido de sí, lo cual se hace por el amor
de Dios. Porque, cuando éste toca al alma con las veras que se va
diciendo aquí, de tal manera la levanta, que no sólo la hace salir de
sí misma por olvido de sí, pero aun de sus quicios y modos e
inclinaciones naturales la saca, clamando por Dios. Y así, es como
si dijera: Esposo mío, en aquel toque tuyo y herida de amor sacaste
mi alma, no sólo de todas las cosas, mas también la sacaste e
hiciste salir de sí (porque, a la verdad, y aun de la carnes parece la
saca), y levantástela a ti clamando por ti, ya desasida de todo para
asirse a ti.

21. Y eras ido, como si dijera: al tiempo que quise comprehender tu
presencia, no te hallé. y quedéme desasida de lo uno y sin asir lo
otro, penando en los aires de amor sin arrimo de ti y de mí. Esto
que aquí llama el alma salir para ir a buscar el Amado, llama la
Esposa en los Cantares (3, 2; 5, 7) levantar, diciendo: Levantarme
he y buscaré al que ama mi alma, rodeando la ciudad, por los
arrabales y las plazas. Busquéle, dice, y no le hallé, llagáronme.
Levantarse el alma Esposa, se entiende allí, hablando
espiritualmente, de lo bajo a lo alto, que es lo mismo que aquí dice
el alma salir, esto es: de su modo y amor bajo al alto amor de Dios.

Pero dice allí la Esposa que quedó llagada, porque no le halló; y
aquí el alma también dice que está herida de amor, y la dejó así.
Por eso, el enamorado vive siempre penado en la ausencia, porque
él está ya entregado al que ama, esperando la paga de la entrega
que ha hecho, y es la entrega del Amado a él, y todavía no se le da;
y estando ya perdido a todas las cosas y a sí mismo por el Amado,
no ha hallado la ganancia de su pérdida, pues carece de la
posesión del que ama su alma.

22. Esta pena y sentimiento de la ausencia de Dios suele ser tan
grande a los que van llegando al estado de perfección, al tiempo de
estas divinas heridas, que, si no proveyese el Señor, morirían;
porque, como tienen el paladar de la voluntad sano y el espíritu
limpio y bien dispuesto para Dios, y en lo que está dicho se les da a
gustar algo de la dulzura del amor divino, que ellos sobre todo
modo apetecen, padecen sobre todo modo; porque, como por
resquicios se les muestra un inmenso bien y no se les concede, así
es inefable la pena y el tormento.

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CANCIÓN 2

Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero.

DECLARACIÓN

1. En esta canción el alma se quiere aprovechar de terceros y
medianeros para con su Amado, pidiéndoles le den parte de su
dolor y pena; porque propiedad es del amante, ya que por la
presencia no pueda comunicarse con el amado, de hacerlo con los
mejores medios que puede; y así, el alma, de sus deseos, afectos y
gemidos se quiere aquí aprovechar como de mensajeros que tan
bien saben manifestar lo secreto del corazón a su Amado, y así, los
requiere que vayan, diciendo:

Pastores, los que fuerdes;

2. llamando pastores a sus deseos, afectos y gemidos, por cuanto
ellos apacientan el alma de bienes espirituales (porque pastor
quiere decir apacentador), y mediante ellos se comunica Dios a ella
y le da divino pasto; porque sin ellos poco se le comunica. Y dice:
Los que fuéredes, que es como decir, los que de puro amor
saliéredes; porque no todos los afectos y deseos van hasta él, sino
los que salen de verdadero amor.

Allá por las majadas al otero.

3. Llama majadas a las jerarquías y coros de los ángeles, por los
cuales de coro en coro van nuestros gemidos y oraciones a Dios; al
cual aquí llama otero, por ser él la suma alteza, y porque en él,
como en el otero, se otean y ven todas las cosas y las majadas
superiores e inferiores, al cual van nuestras oraciones,
ofreciéndolas los ángeles, como habemos dicho, según lo dijo el
ángel a Tobías (12, 12), diciendo: Cuando orabas con lágrimas y
enterrabas los muertos, yo ofrecía tu oración a Dios.

También se pueden entender estos pastores del alma por los
mismos ángeles; porque no sólo llevan a Dios nuestros recaudos,
sino también traen los de Dios a nuestras almas, apacentándolas,
como buenos pastores, de dulces comunicaciones e inspiraciones
de Dios, por cuyo medio Dios también las hace, y ellos nos
amparan y defienden de los lobos, que son los demonios.

Ahora, pues, se entienda estos pastores por los afectos, ahora por
los ángeles, todos desea el alma que le sean parte y medio para
con su Amado. Y así, a todos les dice:

Si por ventura vierdes.

4. Y es tanto como decir: si por mi buena dicha y ventura llegáredes
a su presencia, de manera que él os vea y os oiga. Donde es de
notar que, aunque es verdad que Dios todo lo sabe y entiende, y
hasta los mismos pensamientos del alma ve y nota, como dice
Moisés (Dt. 31, 21), entonces se dice ver nuestras necesidades y
oraciones u oírlas, cuando las remedia o las cumple. Porque no
cualesquier necesidades y peticiones llegan a colmo que las oiga
Dios para cumplirlas, hasta que en sus ojos lleguen a bastante
sazón y tiempo y número: y entonces se dice verlo y oírlo, según es
de ver en el Exodo (3, 7-8), que, después de cuatrocientos años
que los hijos de Israel habían estado afligidos en la servidumbre de
Egipto, dijo Dios a Moisés: Vi la aflicción de mi pueblo y he bajado
para librarlos, como quiera que siempre la hubiese visto. Y también
dijo san Gabriel a Zacarías (Lc. 1, 13) que no temiese, porque ya
Dios había oído su oración en darle el hijo que muchos años le
había andado pidiendo, como quiera que siempre le hubiese oído. Y
así ha de entender cualquiera alma que, aunque Dios no acuda
luego a su necesidad y ruego, que no por eso dejará de acudir en el
tiempo oportuno el que es ayudador, como dice David (Sal. 9, 10),
en las oportunidades y en la tribulación, si ella no desmayare y
cesare.

Esto, pues, quiere decir aquí el alma cuando dice: Si por ventura
viéredes, es a saber, si por ventura es llegado el tiempo en que
tenga por bien de otorgar mis peticiones

aquel que yo más quiero,

5. es a saber, más que a todas las cosas. Lo cual es verdad cuando
al alma no se le pone nada delante que la acobarde de hacer y
padecer por él cualquier cosa de su servicio. Y cuando el alma
también puede con verdad decir lo que en el verso siguiente aquí
dice, es señal que le ama sobre todas las cosas. Es, pues, el verso:

Decilde que adolezco, peno y muero.

6. En el cual representa el alma tres necesidades, conviene a
saber: dolencia, pena y muerte. Porque el alma que de veras ama a
Dios con amor de alguna perfección, en la ausencia padece
ordinariamente de tres maneras, según las tres potencias del alma,
que son; entendimiento, voluntad y memoria. Acerca del
entendimiento dice que adolece, porque no ve a Dios, que es la
salud del entendimiento, según lo dice Dios por David (Sal. 34, 3),
diciendo: Yo soy tu salud. Acerca de la voluntad dice que pena,
porque no posee a Dios, que es el refrigerio y deleite de la voluntad,
según también lo dice David (Sal. 35, 9), diciendo: Con el torrente
de tu deleite nos hartarás. Acerca de la memoria dice que muere,
porque, acordándose que carece de todos los bienes del
entendimiento, que es ver a Dios, y de los deleites de la voluntad,
que es poseerle, y que también es muy posible carecer de él para
siempre entre los peligros y ocasiones de esta vida, padece en esta
memoria sentimiento a manera de muerte, porque echa de ver que
carece de la cierta y perfecta posesión de Dios, el cual es vida del
alma, según lo dice Moisés (Dt. 30, 20), diciendo: El ciertamente es
tu vida.
7. Estas tres maneras de necesidades representó también Jeremías
a Dios en los Trenos (3, 19), diciendo: Recuérdate de mi pobreza y
del ajenjo y de la hiel. La pobreza se refiere al entendimiento,
porque a él pertenecen las riquezas de la sabiduría del Hijo de Dios,
en el cual, como dice san Pablo (Col. 2, 3), están encerrados todos
los tesoros de Dios. El ajenjo, que es yerba amarguísima, se refiere
a la voluntad, porque a esta potencia pertenece la dulzura de la
posesión de Dios, de la cual careciendo se queda con amargura. Y
que la amargura pertenezca a la voluntad espiritualmente, se da a
entender en el Apocalipsis (10, 9) cuando el ángel dijo a san Juan
que, en comiendo aquel libro, le haría amargar el vientre,
entendiendo allí por vientre la voluntad. La hiel se refiere no sólo a
la memoria, sino a todas las potencias y fuerzas del alma, porque la
hiel significa la muerte del alma, según da a entender Moisés,
hablando con los condenados en el Deuteronomio (32, 33),
diciendo: Hiel de dragones será el vino de ellos y veneno de
áspides insanable; lo cual significa allí el carecer de Dios, que es
muerte del alma. Estas tres necesidades y penas están fundadas
en las tres virtudes teologales, que son: fe, caridad y esperanza, las
cuáles se refieren a las tres dichas potencias, por el orden que aquí
se ponen: entendimiento, voluntad, y memoria.

8. Y es de notar que el alma en el dicho verso no hace más que
representar su necesidad y pena al Amado; porque el que
discretamente ama no cura de pedir lo que le falta y desea, sino de
representar su necesidad para que el Amado haga lo que fuere
servido, como cuando la bendita Virgen dijo al amado Hijo en las
bodas de Caná de Galilea, no pidiéndole derechamente el vino sino
diciéndole: No tienen vino (Jn. 2, 3), y las hermanas de Lázaro (Jn.
11, 3) le enviaron no a decir que sanase a su hermano, sino a decir
que mirase que al que amaba estaba enfermo.

Y esto por tres cosas: la primera, porque mejor sabe el Señor lo que
nos conviene que nosotros; la segunda, porque más se compadece
el Amado viendo la necesidad del que le ama y su resignación; la
tercera, porque más seguridad lleva el alma acerca del amor propio
y propiedad en representar la falta, que en pedir a su parecer lo que
le falta. Ni más ni menos hace ahora el alma representando sus tres
necesidades, y es como si dijera: decid a mi Amado que, pues
adolezco, y él solo es mi salud, que me dé mi salud; y que, pues
peno, y él solo es mi gozo, que me dé mi gozo; y que, pues muero,
y él solo es mi vida, que me dé mi vida.
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CANCIÓN 3

Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

DECLARACIÓN

1. Viendo el alma que para hallar al Amado no le bastan gemidos y
oraciones, ni tampoco ayudarse de buenos terceros, como ha
hecho en la primera y segunda canción, por cuanto el deseo con
que le busca es verdadero y su amor grande, no quiere dejar de
hacer alguna diligencia de las que de su parte puede; porque el
alma que de veras a Dios ama, no empereza hacer cuanto puede
por hallar al Hijo de Dios, su Amado; y aun después que lo ha
hecho todo, no se satisface ni piensa que ha hecho nada.

Y así, en esta tercera canción dice que ella misma por la obra le
quiere buscar, y dice el modo que ha de tener en hallarlo, conviene
a saber: que ha de ir ejercitándose en las virtudes y ejercicios
espirituales de la vida activa y contemplativa; y que para esto no ha
de admitir deleites ni regalos algunos, ni bastarán a detenerla e
impedirla este camino todas las fuerzas y asechanzas de los tres
enemigos del alma, que son: mundo, demonio y carne, diciendo:

Buscando mis amores,

esto es, a mi Amado, etc.

2. Bien da a entender aquí el alma que para hallar a Dios de veras
no basta sólo orar con el corazón y la lengua, ni tampoco ayudarse
de beneficios ajenos, sino que también, junto con eso, es menester
obrar de su parte lo que en sí es. Porque más suele estimar Dios
una obra de la propia persona, que muchas que otras hacen por
ella. Y, por eso, acordándose aquí el alma del dicho del Amado, que
dice: Buscad y hallaréis (Lc. 11, 9), ella misma se determina a salir,
de la manera que arriba habemos dicho, a buscarle por la obra, por
no se quedar sin hallarle, como muchos que no querrían que les
costase Dios más que hablar, y aun eso mal; y por él no quieren
hacer casi cosa que les cueste algo, y algunos aun no levantarse de
un lugar de su gusto y contento por él, sino que así se les viniese el
sabor de Dios a la boca y al corazón, sin dar paso y mortificarse en
perder alguno de sus gustos, consuelos y quereres inútiles.

Pero hasta que de ellos salgan a buscarle, aunque más voces den
a Dios, no le hallarán; porque así le buscaba la Esposa en los
Cantares, y no le halló hasta que salió a buscarle; y dícelo por estas
palabras (3, 1): En mi lecho, de noche busqué al que ama mi alma;
busquéle y no le hallé; levantarme he y rodearé la ciudad: por los
arrabales y las plazas buscaré al que ama mi alma. Y, después de
haber pasado algunos trabajos, dice (3, 4) que le halló.

3. De donde, el que busca a Dios queriéndose estar en su gusto y
descanso, de noche le busca y así no le hallará. Pero el que le
busca por el ejercicio y obras de las virtudes, dejado aparte el lecho
de sus gustos y deleites, éste le busca de día, y así le hallará;
porque lo que de noche no se halla, de día parece. Esto da a
entender bien el mismo Esposo en el libro de la Sabiduría (6, 13),
diciendo: Clara es la Sabiduría, y nunca se marchita, y fácilmente es
vista de los que la aman y es hallada de los que la buscan.
Previene a los que la codician, para mostrarse primero a ellos. El
que por la mañanica madrugare a ella, no trabajará, porque la
hallará sentada a la puerta de su casa. En lo cual da a entender que
en saliendo el alma de la casa de su propia voluntad y del lecho de
su propio gusto, acabado de salir, luego allí afuera hallará a la dicha
Sabiduría divina, que es el Hijo de Dios, su Esposo. Que, por eso,
dice el alma aquí:

Buscando a mis amores,

iré por esos montes y riberas.

4. Por los montes, que son altos, entiende aquí las virtudes: lo uno,
por la alteza de ellas; lo otro, por la dificultad y trabajo que se pasa
en subir a ellas, por las cuales dice que irá ejercitando la vida
contemplativa. Por las riberas, que son bajas, entiende las
mortificaciones, penitencias y ejercicios espirituales, por las cuales
también dice que irá ejercitando en ellas la vida activa, junto con la
contemplativa que ha dicho; porque, para buscar a lo cierto a Dios y
adquirir las virtudes, la una y la otra son menester. Es, pues tanto
como decir: buscando a mi Amado, iré poniendo por obra las altas
virtudes y humillándome en las bajas mortificaciones y ejercicios
humildes. Esto dice porque el camino de buscar a Dios es ir
obrando en Dios el bien y mortificando en sí el mal, de la manera
que va diciendo en los versos siguientes, es a saber:

Ni cogeré las flores.

5. Por cuanto, para buscar a Dios se requiere un corazón desnudo y
fuerte, libre de todos los males y bienes que puramente no son
Dios, dice en el presente verso y los siguientes el alma, la libertad y
fortaleza que ha de tener para buscarle. Y en éste dice que no
cogerá las flores que encontrare en este camino, por las cuales
entiende todos los gustos y contentamientos y deleites que se le
pueden ofrecer en esta vida, que le podrían impedir el camino si
cogerlos y admitirlos quisiese, los cuales son en tres maneras:
temporales, sensuales, espirituales.

Y porque los unos y los otros ocupan el corazón y le son
impedimento para la desnudez espiritual (cual se requiere para el
derecho camino de Cristo), si reparase o hiciese asiento en ellos,
dice que, para buscarle no cogerá todas estas dichas cosas. Y así,
es como si dijera: ni pondré mi corazón en las riquezas y bienes que
ofrece el mundo, ni admitiré los contentamientos y deleites de mi
carne, ni repararé en los gustos y consuelos de mi espíritu, de
suerte que me detenga en buscar a mis amores por los montes y
riberas de las virtudes y trabajos. Esto dice por tomar el consejo que
da el profeta David (Sal. 61, 11) a los que van por este camino,
diciendo: Divitiae si affluant, nolite cor apponere, esto es: Si se
ofrecieren abundantes riquezas, no queráis aplicar a ellas el
corazón. Lo cual entiende así de los gustos sensuales como de los
más bienes temporales y consuelos espirituales.

Donde es de notar que no sólo los bienes temporales y deleites
corporales impiden y contradicen el camino de Dios, mas también
los consuelos y deleites espirituales, si se tienen con propiedad o se
buscan, impiden el camino de la cruz del Esposo Cristo. Por tanto,
el que ha de ir adelante conviene que no se ande a coger esas
flores; y no sólo eso, sino que también tenga ánimo y fortaleza para
decir:

Ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
6. En los cuales versos pone los tres enemigos del alma, que son:
mundo, demonio y carne, que son los que hacen guerra y dificultan
el camino. Por las fieras entiende el mundo; por los fuertes el
demonio, y por las fronteras la carne.

7. Llama fieras al mundo, porque el alma que comienza el camino
de Dios parece que se le representa en la imaginación el mundo
como a manera de fieras, haciéndole amenazas y fieros. Y es
principalmente en tres maneras: la primera, que le ha de faltar el
favor del mundo, perder los amigos, el crédito, valor y aun la
hacienda; la segunda, que es otra fiera no menor, que cómo ha de
poder sufrir no haber ya jamás de tener contentos ni deleites del
mundo y carecer de todos los regalos de él; y la tercera es aún
mayor, conviene a saber, que se han de levantar contra ella las
lenguas, y han de hacer burla y ha de haber muchos dichos y
mofas, y la han de tener en poco. Las cuales cosas de tal manera
se les suelen anteponer a algunas almas, que se les hace
dificultosísimo no sólo el perseverar contra estas fieras, mas aun el
poder comenzar el camino.

8. Pero a algunas almas generosas se les suelen poner otras fieras
más interiores y espirituales de dificultades y tentaciones,
tribulaciones y trabajos de muchas maneras, por que les conviene
pasar, cuales los envía Dios a los que quiere levantar a alta
perfección, probándolos y examinándolos como al oro en el fuego
(Sab. 3, 5, 6), según aquello de David (Sal. 33, 20), en que dice:
Multae tribulationes iustorum, esto es: Las tribulaciones de los
justos son muchas, mas de todas los librará el Señor. Pero el alma
bien enamorada, que estima a su Amado más que a todas las
cosas, confiada del amor y favor de él, no tiene en mucho decir: Ni
temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

9. A los demonios, que es el segundo enemigo, llama fuertes,
porque ellos con grande fuerza procuran tomar el paso de este
camino, y porque también sus tentaciones y astucias son más
fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del
mundo y carne, y porque también se fortalecen de estos otros dos
enemigos, mundo y carne, para hacer al alma fuerte guerra. Y por
tanto, hablando David de ellos (Sal. 53, 5) los llama fuertes,
diciendo: Fortes quaesierunt animam meam, es a saber: Los fuertes
pretendieron mi alma. De cuya fortaleza también dice el profeta Job
(41, 24) que no hay poder sobre la tierra que se compare a éste del
demonio, que fue hecho de suerte que a ninguno temiese, esto es,
ningún poder humano se podrá comparar con el suyo, y así sólo el
poder divino basta para poderle vencer y sola la luz divina para
poder entender sus ardides. Por lo cual el alma que hubiere de
vencer su fortaleza no podrá sin oración, ni sus engaños podrá
entender sin mortificación y sin humildad. Que por eso dice san
Pablo (Ef. 6, 11-12), avisando a los fieles, estas palabras, diciendo:
Induite vos armaturam Dei, ut possitis stare adversus insidias
diaboli, quoniam non est nobis colluctatio adversus carnem et
sanguinem, es a saber: Vestíos de las armas de Dios para que
podáis resistir contra las astucias del enemigo; porque esta lucha
no es como contra la carne y sangre, entendiendo por la sangre el
mundo, y por las armas de Dios la oración y cruz de Cristo, en que
está la humildad y mortificación que habemos dicho.

10. Dice también el alma que pasará las fronteras, por las cuales
entiende, como habemos dicho, las repugnancias y rebeliones que
naturalmente la carne tiene contra el espíritu; la cual, como dice san
Pablo (Gl. 5, 17): Caro enim concupiscit adversus spiritum, esto es:
La carne codicia contra el espíritu, y se pone como en frontera
resistiendo al camino espiritual. Y estas fronteras ha de pasar el
alma, rompiendo las dificultades y echando por tierra con la fuerza y
determinación del espíritu todos los apetitos sensuales y afecciones
naturales; porque, en tanto que los hubiere en el alma, de tal
manera está el espíritu impedido debajo de ellas, que no puede
pasar a verdadera vida y deleite espiritual. Lo cual nos dio bien a
entender san Pablo (Rm. 8, 13), diciendo: Si spiritu facta carnis
mortificaveritis, vivetis, esto es: Si mortificáredes las inclinaciones
de la carne y apetitos con el espíritu, viviréis.

Este, pues, es el estilo que dice el alma en la dicha canción que le
conviene tener para en este camino buscar a su Amado; el cual, en
suma, es tal: constancia y valor para no bajarse a coger las flores, y
ánimo para no temer las fieras, y fortaleza para pasar los fuertes y
fronteras, sólo entendiendo en ir por los montes y riberas de
virtudes, de la manera que está ya declarado.

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CANCIÓN 4

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.

DECLARACIÓN

1. Después que el alma ha dado a entender la manera de
disponerse para comenzar este camino, para no se andar ya a
deleites y gustos, y fortaleza para vencer las tentaciones y
dificultades, en lo cual consiste el ejercicio del conocimiento de sí,
que es lo primero que tiene de hacer el alma para ir al conocimiento
de Dios, ahora en esta canción comienza a caminar por la
consideración y conocimiento de las criaturas al conocimiento de su
Amado, Criador de ellas. Porque, después del ejercicio del
conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la
primera por orden en este camino espiritual para ir conociendo a
Dios, considerando su grandeza y excelencia por ellas, según
aquello del Apóstol (Rm. 1, 20), que dice: Invisibilia enim ipsius a
creatura mundi, per ea quae facta sunt, intellecta, conspiciuntur,
que es como si dijera: Las cosas invisibles de Dios, del alma son
conocidas por las cosas visibles criadas e invisibles.

Habla, pues, el alma en esta canción con las criaturas,
preguntándoles por su Amado. Y es de notar que, como dice san
Agustín, la pregunta que el alma hace a las criaturas es la
consideración que en ellas hace del Criador de ellas. Y así, en esta
canción se contiene la consideración de los elementos y de las
demás criaturas inferiores, y la consideración de los cielos y de las
demás criaturas y cosas materiales que Dios crió en ellos, y
también la consideración de los espíritus celestiales, diciendo:

¡Oh bosques y espesuras!

2. Llama bosques a los elementos, que son: tierra, agua, aire y
fuego; porque así como amenísimos bosques están poblados de
espesas criaturas, a las cuales aquí llama espesuras por el grande
número y mucha diferencia que hay de ellas en cada elemento: en
la tierra, innumerables variedades de animales y plantas; en el
agua, innumerables diferencias de peces, y en el aire, mucha
diversidad de aves; y el elemento del fuego, que concurre con todos
para la animación y conservación de ellos; y así, cada suerte de
animales vive en su elemento y está colocada y plantada en él
como en su bosque y región donde nace y se cría. Y, a la verdad,
así lo mandó Dios en la creación de ellos, mandando a la tierra que
produjese las plantas y los animales, y a la mar y agua los peces, y
al aire hizo morada de las aves (Gn. 1). Y por eso, viendo el alma
que él así lo mandó y que así se hizo, dice el siguiente verso:

Plantadas por la mano del Amado.

3. En el cual está la consideración, es a saber, que estas
diferencias y grandezas sola la mano del Amado Dios pudo
hacerlas y criarlas. Donde es de notar que advertidamente dice: por
la mano del Amado, porque, aunque otras muchas cosas hace Dios
por mano ajena, como de los ángeles o de los hombres, ésta, que
es criar, nunca la hizo ni hace por otra que por la suya propia. Y así,
el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la
consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su
propia mano fueron hechas. Y dice adelante:

¡Oh prado de verduras!

4. Esta es la consideración del cielo, al cual llama prado de
verduras, porque las cosas que hay en él criadas siempre están con
verdura inmarcesible, que ni fenecen ni se marchitan con el tiempo;
y en ellas, como en frescas verduras, se recrean y deleitan los
justos. En la cual consideración también se comprehende toda la
diferencia de las hermosas estrellas y otros planetas celestiales.

5. Este nombre de verduras pone también la Iglesia a las cosas
celestiales, cuando, rogando a Dios por las ánimas de los fieles
difuntos, hablando con ellas, dice: Constituat vos Dominus inter
amoena virentia; quiere decir: Constitúyaos Dios entre las verduras
deleitables. Y dice también que este prado de verduras también
está

de flores esmaltado.

6. Por las cuales flores entiende los ángeles y almas santas, con las
cuales está ordenado aquel lugar y hermoseado como un gracioso
y subido esmalte en vaso de oro excelente.

Decid si por vosotros ha pasado.
7. Esta pregunta es la consideración que arriba queda dicha, y es
como si dijera: decid qué excelencias en vosotros ha criado.

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CANCIÓN 5

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de hermosura.

DECLARACIÓN

1. En esta canción responden las criaturas al alma, la cual
respuesta, como también dice san Agustín en aquel mismo lugar, es
el testimonio que dan en sí de la grandeza y excelencia de Dios al
alma que por la consideración se lo pregunta. Y así, en esta
canción lo que se contiene en sustancia es: que Dios crió todas las
cosas con gran facilidad y brevedad y en ellas dejó algún rastro de
quien él era, no sólo dándoles el ser de nada, mas aun dotándolas
de innumerables gracias y virtudes, hermoseándolas con admirable
orden y dependencia indeficiente que tienen unas de otras, y esto
todo haciéndolo por la Sabiduría suya por quien las crió, que es el
Verbo, su Unigénito Hijo. Dice, pues, así:

Mil gracias derramando.

2. Por estas mil gracias que dice iba derramando, se entiende la
multitud de las criaturas innumerables; que por eso pone aquí el
número mayor, que es mil, para dar a entender la multitud de ellas;
a las cuales llama gracias por las muchas gracias de que dotó a las
criaturas; las cuales derramando, es a saber, todo el mundo
poblando,

pasó por estos sotos con presura.

3. Pasar por los sotos es criar los elementos, que aquí llama sotos;
por los cuales dice que derramando mil gracias pasaba, porque de
todas las criaturas los adornaba, que son graciosas; y allende de
eso, en ellas derramaba las mil gracias, dándoles virtud para poder
concurrir con la generación y conservación de todas ellas. Y dice
que pasó, porque las criaturas son como un rastro del paso de Dios,
por el cual se rastrea su grandeza, potencia y sabiduría y otras
virtudes divinas. Y dice que este paso fue con presura, porque las
criaturas son las obras menores de Dios, que las hizo como de
paso; porque las mayores, en que más se mostró y en que más él
reparaba, eran las de la Encarnación del Verbo y misterios de la fe
cristiana, en cuya comparación todas las demás eran hechas como
de paso, con apresuramiento.

Y, yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de hermosura.

4. Según dice san Pablo (Heb. 1, 3), el Hijo de Dios es resplandor
de su gloria y figura de su sustancia. Es, pues, de saber que con
sola esta figura de su Hijo miró Dios todas las cosas, que fue darles
el ser natural, comunicándoles muchas gracias y dones naturales,
haciéndolas acabadas y perfectas, según dice en el Génesis (Gn. 1,
31) por estas palabras: Miró Dios todas las cosas que había hecho,
y eran mucho buenas. El mirarlas mucho buenas era hacerlas
mucho buenas en el Verbo, su Hijo. Y no solamente les comunicó el
ser y gracias naturales mirándolas, como habemos dicho, mas
también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas de
hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue cuando
se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios, y, por
consiguiente, a todas las criaturas en él, por haberse unido con la
naturaleza de todas ellas en el hombre. Por lo cual dijo el mismo
Hijo de Dios (Jn. 12, 32): Si ego exaltatus a terra fuero, omnia
traham ad me ipsum, esto es: Si yo fuere ensalzado de la tierra,
levantaré a mí todas las cosas. Y así, en este levantamiento de la
Encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la
carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas
podremos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y
dignidad.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Pero, demás de esto todo, hablando ahora según el sentido y
afecto de la contemplación, es de saber que en la viva
contemplación y conocimiento de las criaturas echa de ver el alma
haber en ellas tanta abundancia de gracias y virtudes y hermosura
de que Dios las dotó, que le parece estar todas vestidas de
admirable hermosura y virtud natural, sobrederivada y comunicada
de aquella infinita hermosura sobrenatural de la figura de Dios, cuyo
mirar viste de hermosura y alegría el mundo y a todos los cielos; así
como también con abrir su mano, como dice David (Sal. 144, 16),
llena todo animal de bendición. Y, por tanto, llagada el alma en
amor por este rastro que ha conocido de las criaturas de la
hermosura de su Amado, con ansias de ser aquella invisible
hermosura que esta visible hermosura causó, dice la siguiente
canción:

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CANCIÓN 6

¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.

DECLARACIÓN

2. Como las criaturas dieron al alma señas de su Amado,
mostrándole en sí rastro de su hermosura y excelencia,
aumentósele el amor y, por consiguiente, le creció el dolor de la
ausencia, porque cuanto más el alma conoce a Dios, tanto más le
crece el apetito y pena por verle. Y, como ve que no hay cosa que
pueda curar su dolencia sino la presencia y vista de su Amado,
desconfiada de cualquier otro remedio, pídele en esta canción la
entrega y posesión de su presencia, diciendo que no quiera de hoy
más entretenerla con otras cualesquier noticias y comunicaciones
suyas y rastros de su excelencia, porque éstas (más) le aumentan
las ansias y el dolor que satisfacen a su voluntad y deseo; la cual
voluntad no se contenta y satisface con menos que su vista y
presencia; por tanto, que sea él servido de entregarse a ella ya de
veras en acabado y perfecto amor. Y así, dice:

¡Ay, quién podrá sanarme!

3. Como si dijera: entre todos los deleites del mundo y
contentamientos de los sentidos y gustos y suavidad del espíritu,
cierto, nada podrá sanarme, nada podrá satisfacerme. Y pues así
es,

acaba de entregarte ya de vero.

4. Donde es de notar que cualquier alma que ama de veras no
puede querer satisfacerse ni contentarse hasta poseer de veras a
Dios; porque todas las demás cosas no solamente no la satisfacen,
mas antes, como habemos dicho, le hacen crecer el hambre y
apetito de verle a él como es. Y así, cada vista que del Amado
recibe de conocimiento o sentimiento, u otra cualquier
comunicación (los cuales son como mensajeros que dan al alma
recaudos de noticias de quién él es aumentándole y despertándole
más el apetito, así como hacen las meajas en grande hambre),
haciéndosele pesado entretenerse con tan poco, dice: Acaba de
entregarte ya de vero.

5. Porque todo lo que de Dios en esta vida se puede conocer, por
mucho que sea, no es conocimiento de vero, porque es
conocimiento en parte y muy remoto; mas conociéndole
esencialmente es conocimiento de veras, el cual aquí pide el alma,
no se contentando con esas otras comunicaciones. Y, por tanto,
dice luego:

No quieras enviarme
de hoy más ya mensajero.

6. Como si dijera: no quieras que de aquí adelante te conozca tan a
la tasa por estos mensajeros de las noticias y sentimientos que se
me dan de ti, tan remotos y ajenos de lo que de ti desea mi alma;
porque los mensajeros, a quien pena por la presencia, bien sabes
tú, Esposo mío, que aumentan el dolor: lo uno, porque renuevan la
llaga con la noticia que dan, lo otro, porque parecen dilaciones de la
venida. Pues, luego de hoy más no quieras enviarme estas noticias
remotas, porque si hasta aquí podía pasar con ellas, porque no te
conocía ni amaba mucho, ya la grandeza del amor que tengo no
puede contentarse con estos recaudos; por tanto, acaba de
entregarte.

Como si más claro dijera: esto, Señor mío Esposo, que andas
dando de ti a mi alma por partes, acaba de darlo del todo; y esto
que andas mostrando como por resquicios, acaba de mostrarlo a
las claras; y esto que andas comunicando por medios, que es como
comunicarte de burlas, acaba de hacerlo de veras, comunicándote
por ti mismo: que parece a veces en tus visitas que vas a dar la joya
de tu posesión y, cuando mi alma bien se cata, se halla sin ella,
porque se la escondes, lo cual es como dar de burla. Entrégate,
pues, ya de vero, dándote todo al todo de mi alma, porque toda ella
tenga a ti todo, y no quieras enviarme ya más mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

7. Como si dijera: yo a ti todo quiero, y ellos no me saben ni pueden
decir a ti todo; porque ninguna cosa de la tierra ni del cielo pueden
dar al alma la noticia que ella desea tener de ti, y así no saben
decirme lo que quiero. En lugar, pues, de estos mensajeros, tú seas
el mensajero y los mensajes.

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CANCIÓN 7

Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

DECLARACIÓN

1. En la canción pasada ha mostrado el alma estar enferma o
herida de amor de su Esposo a causa de la noticia que de él le
dieron las criaturas irracionales; y en esta presente da a entender
estar llagada de amor a causa de otra noticia más alta que del
Amado recibe por medio de las criaturas racionales, que son más
nobles que las otras, las cuales son ángeles y hombres. Y también
dice que no sólo eso, sino que también está muriendo de amor a
causa de una inmensidad admirable que por medio de estas
criaturas se le descubre, sin acabársele de descubrir, que aquí
llama no sé qué, porque no se sabe decir, pero ello es tal, que hace
estar muriendo al alma de amor.

2. De donde podemos inferir, que en este negocio de amor hay tres
maneras de penar por el Amado acerca de tres maneras de noticias
que de él se pueden tener.
La primera se llama herida, la cual es más remisa y más
brevemente pasa, bien así como herida, porque de la noticia que el
alma recibe de las criaturas le nace, que son las más bajas obras
de Dios. Y de esta herida, que aquí llamamos también enfermedad,
habla la Esposa en los Cantares (5, 8), diciendo: Adiuro vos, filiae
Ierusalem, si inveneritis dilectum meum ut nuntietis ei quia amore
langueo, que quiere decir: Conjúroos, hijas de Jerusalén, que si
halláredes a mi Amado, le digáis que estoy enferma de amor,
entendiendo por las hijas de Jerusalén las criaturas.

3. La segunda se llama llaga, la cual hace más asiento en el alma
que la herida, y por eso dura más, porque es como herida ya vuelta
en llaga, con la cual se siente el alma verdaderamente andar
llagada de amor. Y esta llaga se hace en el alma mediante la noticia
de las obras de la Encarnación del Verbo y misterios de la fe; las
cuales, por ser mayores obras de Dios y que mayor amor en sí
encierran que las de las criaturas, hacen en el alma mayor efecto
de amor; de manera que, si el primero es como herida, este
segundo es ya como llaga hecha, que dura. De la cual hablando el
Esposo en los Cantares (4, 9) con el alma dice: Llagaste mi
corazón, hermana mía, llagaste mi corazón en el uno de tus ojos y
en un cabello de tu cuello. Porque el ojo significa aquí la fe de la
Encarnación del Esposo, y el cabello significa el amor de la misma
Encarnación.

4. La tercera manera de penar en el amor es como morir, lo cual es
ya como tener la llaga afistolada, hecha el alma ya toda afistolada,
la cual vive muriendo, hasta que, matándola el amor, la haga vivir
vida de amor, transformándola en amor. Y este morir de amor se
causa en el alma mediante un toque de noticia suma de la
divinidad, que es el no sé qué que dice en esta canción, que
quedan balbuciendo. El cual toque no es continuo, ni mucho,
porque se desataría el alma del cuerpo, mas pasa en breve; y así
queda muriendo de amor, y más muere viendo que no se acaba de
morir de amor.

Este se llama amor impaciente, del cual se trata en el Génesis (30,
1), donde dice la Escritura que era tanto el amor que tenía Raquel
de concebir, que dijo a su esposo Jacob: Da mihi liberos, alioquin
moriar, esto es: Dame hijos, si no yo moriré. Y el profeta Job (5, 9)
decía: Quis mihi det ut qui coepit ipse me conterat?, que es decir:
¿Quién me dará a mí que el que me comenzó, ése me acabe?
5. Estas dos maneras de penas de amor, es a saber, la llaga y el
morir, dice en esta canción que la causan estas criaturas racionales:
la llaga, en lo que dice que le van refiriendo mil gracias del Amado
en los misterios y sabiduría de Dios que la enseñan de la fe; el
morir, en aquello que dice que quedan balbuciendo, que es el
sentimiento y noticia de la Divinidad, que algunas veces en lo que el
alma oye decir de Dios se le descubre. Dice, pues:

Y todos cuantos vagan.

6. A las criaturas racionales, como habemos dicho, entiende aquí
por los que vagan, que son los ángeles y los hombres, porque solos
éstos de todas las criaturas vagan a Dios entendiendoen él; porque
eso quiere decir ese vocablo "vagan", el cual en latín se dice
"vacant", y así, es tanto como decir: todos cuantos vacan a Dios; lo
cual hacen los unos contemplándole en el cielo y gozándole, como
son los ángeles; los otros, amándole y deseándole en la tierra,
como son los hombres. Y porque por estas criaturas racionales más
al vivo conoce a Dios el alma, ahora por la consideración de la
excelencia que tienen sobre todas las cosas criadas, ahora por lo
que ellas nos enseñan de Dios; las unas interiormente por secretas
inspiraciones, como lo hacen los ángeles; las otras exteriormente
por las verdades de las Escrituras, dice:

De ti me van mil gracias refiriendo,

7. esto es: danme a entender admirables cosas de gracia y
misericordia tuya en las obras de tu Encarnación y verdades de fe
que de ti me declaran; y siempre me van más refiriendo, porque
cuanto más quisieren decir, más gracias podrán descubrir de ti.

Y todos más me llagan.

8. Porque en cuanto los ángeles me inspiran y los hombres de ti me
enseñan, de ti más me enamoran, y así todos de amor más me
llagan.

Y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

9. Como si dijera: pero, allende de lo que me llagan estas criaturas
en las mil gracias que me dan a entender de ti, es tal un no sé qué
que se siente quedar por decir, y una cosa que se conoce quedar
por descubrir, y un subido rastro que se descubre al alma de Dios
quedándose por rastrear, y un altísimo entender de Dios que no se
sabe decir, que por eso lo llama no sé qué, que si lo otro que
entiendo me llaga y hiere de amor, esto que no acabo de entender,
de que altamente siento, me mata.

Esto acaece a veces a las almas que están ya aprovechadas, a las
cuales hace Dios merced de dar en lo que oyen o ven o entienden,
y a veces sin eso y sin esotro, una subida noticia en que se les da a
entender o sentir alteza de Dios y grandeza. Y en aquel sentir
siente tan alto de Dios, que entiende claro se queda todo por
entender; y aquel entender y sentir ser tan inmensa la Divinidad,
que no se puede entender acabadamente; es muy subido entender.
Y así, una de las grandes mercedes que en esta vida hace Dios a
un alma por vía de paso, es darle claramente a entender y sentir tan
altamente a Dios, que entienda claro que no se puede entender ni
sentir del todo. Porque es, en alguna manera, al modo de los que le
ven en el cielo, donde los que más le conocen entienden más
distintamente lo infinito que les queda por entender; porque
aquellos que menos le ven son a los cuales no les parece tan
distintamente lo que les queda por ver como a los que más ven.

10. Esto creo no lo acabará bien de entender el que no lo hubiere
experimentado; pero el alma que lo experimenta, como ve que se le
queda por entender aquello de que altamente siente, llámalo un no
sé qué; porque así como no se entiende, así tampoco se sabe
decir, aunque, como he dicho, se sabe sentir. Por eso dice que le
quedan las criaturas balbuciendo, porque no lo acaban de dar a
entender; que eso quiere decir balbucir, que es el hablar de los
niños, que es no acertar a decir y dar a entender qué hay que decir.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. También acerca de las demás criaturas acaecen al alma algunas
ilustraciones al modo que habemos dicho, aunque no siempre tan
subidas, cuando Dios hace merced al alma de abrirle la noticia y el
sentido del espíritu en ellas; las cuales parece están dando a
entender grandezas de Dios que no acaban de dar a entender, y es
como que van a dar a entender y se quedan por entender, y así es
un no sé qué que quedan balbuciendo. Y así, el alma va adelante
con su querella y habla con la vida de su alma en la siguiente
canción, diciendo:
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CANCIÓN 8

Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?

DECLARACIÓN

2. Como el alma se ve morir de amor, según acaba de decir, y que
no se acaba de morir para poder gozar del amor con libertad,
quéjase de la duración de la vida corporal, a cuya causa se le dilata
la vida espiritual. Y así, en esta canción habla con la misma vida de
su alma, encareciendo el dolor que le causa, y el sentido de la
canción es el que se sigue: vida de mi alma, ¿cómo puedes
perseverar en esta vida de carne, pues te es muerte y privación de
aquella vida verdadera espiritual de Dios, en que por esencia, amor
y deseo más verdaderamente que en el cuerpo vives? Y ya que
esto no fuese causa para que salieses y librases del cuerpo de esta
muerte (Rm. 7, 24) para vivir y gozar la vida de tu Dios, ¿cómo
todavía puedes perseverar en el cuerpo tan frágil, pues, demás de
esto, son bastantes sólo por sí para acabarte la vida las heridas que
recibes de amor de las grandezas que se te comunicande parte del
Amado, que todas ellas vehementemente te dejan herida de amor;
y así, cuantas cosas de él sientes y entiendes, tantos toques y
heridas, que de amor matan, recibes? Sígueseel verso:

Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives?

3. Para cuya inteligencia es de saber que el alma más vive donde
ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no
tiene su vida, antes ella la da al cuerpo, y ella vive por amor en lo
que ama. Pero demás de esta vida de amor, por el cual vive en Dios
el alma que le ama, tiene el alma su vida radical y naturalmente,
como también todas las cosas criadas, en Dios, según aquello de
san Pablo (Act. 17, 28), que dice: En él vivimos, y nos movemos, y
somos, que es decir: en Dios tenemos nuestra vida y nuestro
movimiento y nuestro ser. Y san Juan (1, 4) dice: que todo lo que
fue hecho era vida en Dios. Y como el alma ve que tiene su vida
natural en Dios por el ser que en él tiene, y también su vida
espiritual por el amor con que le ama, quéjase y lastímase que
puede tanto una vida tan frágil en cuerpo mortal, que la impida
gozar una vida tan fuerte, verdadera y sabrosa como vive en Dios
por naturaleza y amor. En lo cual es grande el encarecimiento que
el alma hace, porque da aquí a entender que padece en dos
contrarios, que son vida natural en cuerpo y vida espiritual en Dios,
que son contrarios en sí, por cuanto repugna el uno al otro; y,
viviendo ella en entrambas por fuerza ha de tener gran tormento,
pues la una vida penosa le impide la otra sabrosa, tanto que la vida
natural le es a ella como muerte, pues por ella está privada de la
espiritual, en que tiene todo su ser y vida por naturaleza, y todas
sus operaciones y afecciones por amor. Y para dar más a entender
el rigor de esta frágil vida, dice luego:

Y haciendo porque mueras
las flechas que recibes.

4. Como si dijera: y demás de lo dicho ¿cómo puedes perseverar en
el cuerpo, pues por sí sólo bastan a quitarte la vida los toques de
amor (que eso entiende por flechas) que en tu corazón hace el
Amado? Los cuales toques de tal manera fecundan el alma y el
corazón de inteligencia y amor de Dios, que se puede bien decir
que concibe de Dios, según lo dice el verso siguiente, que dice:

De lo que del Amado en ti concibes,

5. es a saber, de la grandeza, hermosura, sabiduría, gracia y
virtudes que de él entiendes.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. A manera de ciervo, que, cuando está herido con yerba, no
descansa ni sosiega, buscando por acá y por allá remedios, ahora
engolfándose en unas aguas, ahora en otras, y siempre le va
creciendo más en todas las ocasiones y remedios que toma el
toque de la yerba, hasta que se apodera bien del corazón y viene a
morir, así el alma que anda tocada de la yerba del amor, cual ésta
de que tratamos aquí, nunca cesando de buscar remedios para su
dolor, no solamente no los halla, mas antes todo cuanto piensa,
dice y hace le aprovecha para más dolor. Y ella, conociéndolo así, y
que no tiene otro remedio, sino venirse a poner en las manos del
que la hirió, para que, despenándola, la acabe ya de matar con la
fuerza del amor, vuélvese a su Esposo, que es la causa de todo
esto, y dice la siguiente canción:

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CANCIÓN 9

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?

DECLARACIÓN

2. Vuelve, pues, el alma en esta canción a hablar con el Amado
todavía con la querella de su dolor, porque el amor impaciente (cual
aquí muestra tener el alma) no sufre ningún ocio ni da descanso a
su pena, proponiendo de todas maneras sus ansias hasta hallar el
remedio. Y como se ve llagada y sola, no teniendo otro ni otra
medicina sino a su Amado, que es el que la llagó, dícele que, pues
él llagó su corazón con el amor de su noticia, que por qué no la ha
sanado con la vista de su presencia; y que, pues él se le ha también
robado por el amor con que le ha enamorado, sacándosele de su
propio poder, que por qué le ha dejado así, es a saber, sacado de
su poder (porque el que ama ya no posee su corazón, pues lo ha
dado al Amado), y no le ha puesto de veras en el suyo, tomándole
para sí en entera y acabada transformación de amor en gloria. Dice,
pues:

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?

3. No se querella porque la haya llagado, porque el enamorado,
cuanto más herido, está más pagado, sino que, habiendo llagado el
corazón no le sanó acabándole de matar. Porque son las heridas de
amor tan dulces y tan sabrosas que, si no llegan a morir, no la
pueden satisfacer; pero sonle tan sabrosas, que querría la llagasen
hasta acabarla de matar. Y por eso dice: ¿Por qué, pues has
llagado aqueste corazón, no le sanaste? Como si dijera: ¿por qué,
pues le has herido hasta llagarle, no le sanas, acabándole de matar
de amor? Pues eres tú la causa de la llaga en dolencia de amor, sé
tú la causa de la salud en muerte de amor; porque, de esta manera,
el corazón que está llagado con el dolor de tu ausencia, sanará con
el deleite y gloria de tu dulce presencia. Y añade, diciendo:

Y pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste?

4. Robar no es otra cosa que desaposesionar de lo suyo a su dueño
y aposesionarse de ello el robador. Esta querella, pues, propone
aquí el alma al Amado diciendo que, pues él ha robado su corazón
por amor y sacádole de su poder y posesión, por qué le ha dejado
así, sin ponerle de veras en la suya, tomándole para sí, como hace
el robador el robo que robó, que de hecho se le lleva consigo.

5. Por eso el que está enamorado se dice tener el corazón robado o
arrobado de aquel a quien ama, porque le tiene fuera de sí, puesto
en la cosa amada; y así no tiene corazón para sí, sino para aquello
que ama. De aquí podrá bien conocer el alma si ama a Dios
puramente o no; porque, si le ama, no tendrá corazón para sí propio
ni para mirar su gusto y provecho, sino para honra y gloria de Dios y
darle a él gusto, porque cuanto más tiene corazón para sí, menos le
tiene para Dios.

6. Y verse ha si el corazón está bien robado de Dios en una de dos
cosas: en si trae ansias por Dios, y no gusta de otra cosa sino de él,
como aquí muestra el alma. La razón es porque el corazón no
puede estar en paz y sosiego sin alguna posesión, y, cuando está
bien aficionado, ya no tiene posesión de sí ni de alguna otra cosa,
como habemos dicho; y si tampoco posee cumplidamente lo que
ama, no le puede faltar tanta fatiga cuanta es la falta hasta que lo
posea y se satisfaga; porque hasta entonces está el alma como el
vaso vacío, que espera su lleno, y como el hambriento, que desea
el manjar, y como el enfermo, que gime por la salud, y como el que
está colgado en el aire, que no tiene en qué estribar. De esta
manera está el corazón bien enamorado. Lo cual sintiendo aquí el
alma por experiencia, dice: ¿Por qué así le dejaste, es a saber:
vacío, hambriento, solo, llagado y doliente de amor, suspenso en el
aire,

y no tomas el robo que robaste?,
7. conviene a saber: ¿por qué no tomas el corazón que robaste por
amor, para henchirle y hartarle y acompañarle y sanarle, dándole
asiento y reposo cumplido en ti?

No puede dejar de desear el alma enamorada, por más
conformidad que tenga con el Amado, la paga y salario de su amor,
por el cual salario sirve al Amado. Y de otra manera no sería
verdadero amor, porque el salario y paga del amor no es otra cosa,
ni el alma puede querer otra, sino más amor, hasta llegar a
perfección de amor; porque el amor no se paga sino de sí mismo,
según lo dio a entender el profeta Job (7, 2) cuando, hablando con
la misma ansia y deseo que aquí está el alma, dijo: Así como el
siervo desea sombra, y como el jornalero espera el fin de su obra,
así yo tuve vacíos los meses, y conté las noches trabajosas para
mí. Si durmiere, diré: ¿cuándo llegará el día, en que me levantaré?
Y luego volveré otra vez a esperar la tarde y seré lleno de dolores
hasta las tinieblas de la noche. Así, pues, el alma encendida en
amor de Dios desea el cumplimiento y perfección del amor para
tener allí cumplido refrigerio. Como el siervo fatigado del estío
desea el refrigerio de la sombra, y como el mercenario espera el fin
de su obra, espera ella el fin de la suya.

Donde es de notar que no dijo el profeta Job que el mercenario
esperaba el fin de su trabajo, sino el fin de su obra, para dar a
entender lo que vamos diciendo, es a saber: que el alma que ama
no espera el fin de su trabajo, sino el fin de su obra; porque su obra
es amar, y de esta obra, que es amar, espera ella el fin y remate,
que es la perfección y cumplimiento de amar a Dios, el cual hasta
que se le cumpla, siempre está de la figura en que en la dicha
autoridad le pinta Job, teniendo los días y los meses por vacíos y
contando las noches trabajosas y prolijas para sí.

En lo dicho queda dado a entender cómo el alma que ama a Dios
no ha de pretender ni esperar otro galardón de sus servicios sino la
perfección de amar a Dios.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Estando, pues, el alma en este término de amor, está como un
enfermo muy fatigado que, teniendo perdido el gusto y el apetito, de
todos los manjares fastidia y todas las cosas le molestan y enojan.
Sólo en todas las cosas que se le ofrecen al pensamiento o a la
vista tiene presente un solo apetito y deseo, que es de su salud, y
todo lo que a esto no hace le es molesto y pesado.

De donde esta alma, por haber llegado a esta dolencia de amor de
Dios, tiene estas tres propiedades, es a saber: que en todas las
cosas que se le ofrecen y trata siempre tiene presente aquel ¡ay! de
su salud, que es su amado; y así, aunque por no poder más ande
en ellas, en él tiene siempre el corazón. Y de ahí sale la segunda
propiedad, y es que tiene perdido el gusto a todas las cosas. Y de
aquí también se sigue la tercera, y es que todas ellas le son
molestas, y cualesquier tratos, pesados y enojosos.

2. La razón de todo esto, sacándola de lo dicho, es que, como el
paladar de la voluntad de alma anda tocado y saboreado con este
manjar de amor de Dios, en cualquier cosa o trato que se le ofrece,
luego en continente, sin mirar a otro gusto o respeto, se inclina la
voluntad a buscar y gozar en aquello a su Amado, como hizo María
Magdalena cuando con ardiente amor andaba buscándole por el
huerto: pensando que era el hortelano, sin otra ninguna razón ni
acuerdo le dijo: Si tú me le tomaste dímelo, y yo le tomaré (Jn. 20,
15). Trayendo semejante ansia esta alma de hallarle en todas las
cosas, y no hallándole luego como desea, antes muy al revés, no
sólo no las gusta, mas también le son tormento, y a veces muy
grande. Porque semejantes almas padecen mucho en tratar con la
gente y otros negocios, porque antes la estorban que la ayudan a
su pretensión.

3. Estas tres propiedades da bien a entender la Esposa que tenía
ella cuando buscaba su Esposo en los Cantares (5, 6-7), diciendo:
Busquéle y no le hallé. Pero halláronme los que rodean la ciudad, y
llagáronme, y los guardas de los muros me quitaron mi manto,
porque los que rodean la ciudad son los tratos del mundo; cuando
hallan al alma que busca a Dios, hácenle muchas llagas, penas,
dolores y disgustos, porque no solamente en ellos no halla lo que
quiere, sino antes se lo impiden; y los que defienden el muro de la
contemplación para que su alma no entre en ella, que son los
demonios y negociaciones del mundo, quitan el manto de la paz y
quietud de la amorosa contemplación. De todo lo cual, el alma
enamorada de Dios recibe mil desabrimientos y enojos; de los
cuales, viendo que, en tanto que está en esta vida sin ver a su Dios,
no puede librarse en poco o en mucho de ellos, prosigue los ruegos
con su Amado, y dice la siguiente canción:
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CANCIÓN 10

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos;
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

DECLARACIÓN

4. Prosigue, pues, en la presente canción pidiendo al Amado quiera
ya poner término a sus ansias y penas, pues no hay otro que baste,
sino sólo él, para hacerlo, y que sea de manera que le puedan ver
los ojos de su alma, pues sólo él es la luz en que ellos miran, y ella
no los quiere emplear en otra cosa sino sólo en él, diciendo:

Apaga mis enojos.

5. Tiene, pues, esta propiedad la concupiscencia del amor, como
queda dicho, que todo lo que no hace o dice y conviene con aquello
que ama la voluntad, la cansa y fatiga y enoja y la pone desabrida,
no viendo cumplirse lo que ella quiere. Y a esto, y a las fatigas que
tiene por ver a Dios, llama aquí enojos, los cuales ninguna cosa
basta para deshacellos, sino la posesión del Amado. Por lo cual
dice que los apague él con su presencia, refrigerándolos todos,
como hace el agua fresca al que está fatigado del calor, que por
eso usa aquí de este vocablo apagar, para dar a entender que ella
está padeciendo con fuego de amor.

Pues que ninguno basta a deshacellos.

6. Para mover y persuadir más el alma a que cumpla su petición el
Amado, dice que pues otro ninguno sino él basta a satisfacer su
necesidad, que sea él el que apague sus enojos. Donde es de notar
que entonces está Dios bien presto para consolar al alma y
satisfacer en sus necesidades y penas, cuando ella no tiene ni
pretende otra satisfacción y consuelo fuera de él. Y así, el alma que
no tiene cosa que la entretenga fuera de Dios, no puede estar
mucho sin visitación del Amado.
Y véante mis ojos,

7. esto es, véate yo cara a cara con los ojos de mi alma,

pues eres lumbre de ellos.

8. Demás de que Dios es lumbre sobrenatural de los ojos del alma,
sin la cual está en tinieblas, llámale ella aquí por afición lumbre de
sus ojos, al modo que el amante suele llamar al que ama lumbre de
sus ojos, para mostrar la afición que le tiene. Y así es como si dijera
en los dos versos sobredichos: pues los ojos de mi alma no tienen
otra lumbre, ni por naturaleza ni por amor, sino a ti, véante mis ojos,
pues de todas maneras eres lumbre de ellos. Esta lumbre echaba
menos David (Sal. 37, 11) cuando con lástima decía: La lumbre de
mis ojos, ésa no está conmigo; y Tobías (5, 12) cuando dijo: ¿Qué
gozo podrá ser el mío, pues estoy sentado en las tinieblas y no veo
la lumbre del cielo? En la cual deseaba la clara visión de Dios,
porque la lumbre del cielo es el Hijo de Dios, según dice san Juan
(Ap. 21, 23), diciendo: La ciudad celestial no tiene necesidad de sol
ni de luna que luzcan en ella, porque la claridad de Dios la alumbra,
y la lucerna de ella es el Cordero.

Y sólo para ti quiero tenellos.

9. En lo cual quiere el alma obligar al Esposo a que la deje ver esta
lumbre de sus ojos, no sólo porque, no teniendo otra, estará en
tinieblas, sino también porque no los quiere tener para otra alguna
cosa que para él. Porque, así como justamente es privada de esta
divina luz el alma que quiere poner los ojos de su voluntad en otra
su lumbre de propiedad de alguna cosa fuera de Dios (por cuanto
en ello ocupa la vista para recibir la lumbre de Dios), así también
congruamente merece que se le dé al alma que a todas las cosas
cierra los dichos sus ojos, para abrirlos sólo a su Dios.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Pero es de saber que no puede el amoroso Esposo de las almas
verlas penar mucho tiempo a solas, como a esta de que vamos
tratando; porque, como él dice por Zacarías (2, 8), sus penas y
quejas le tocan a él en las niñetas de sus ojos; mayormente cuando
las penas de las tales almas son por su amor como las de ésta. Que
por eso dice también por Isaías (65, 24), diciendo: Antes que ellos
clamen, yo oiré; aun estando con la palabra en la boca, los oiré. El
Sabio (Pv. 2, 4-5) dice de él que, si le buscare el alma como al
dinero, le hallará.

Y así, esta alma enamorada que con más codicia que al dinero le
busca, pues todas las cosas tiene dejadas y a sí misma por él,
parece que a estos ruegos tan encendidos le hizo Dios alguna
presencia de sí espiritual, en la cual le mostró algunos profundos
visos de su divinidad y hermosura, con que la aumentó mucho más
el deseo de verle y fervor. Porque, así como suelen echar agua en
la fragua para que se encienda y afervore más el fuego, así el
Señor suele hacer con algunas de estas almas, que andan con
estas calmas de amor, dándoles algunas muestras de su excelencia
para afervorarlas más, y así irlas más disponiendo para las
mercedes que les quiere hacer después. Y así, como el alma echó
de ver y sintió por aquella presencia oscura aquel sumo bien y
hermosura encubierta allí, muriendo en deseo por verla, dice la
canción que se sigue:

------------------------------------------------------------------------

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Pero es de saber que no puede el amoroso Esposo de las almas
verlas penar mucho tiempo a solas, como a esta de que vamos
tratando; porque, como él dice por Zacarías (2, 8), sus penas y
quejas le tocan a él en las niñetas de sus ojos; mayormente cuando
las penas de las tales almas son por su amor como las de ésta. Que
por eso dice también por Isaías (65, 24), diciendo: Antes que ellos
clamen, yo oiré; aun estando con la palabra en la boca, los oiré. El
Sabio (Pv. 2, 4-5) dice de él que, si le buscare el alma como al
dinero, le hallará.

Y así, esta alma enamorada que con más codicia que al dinero le
busca, pues todas las cosas tiene dejadas y a sí misma por él,
parece que a estos ruegos tan encendidos le hizo Dios alguna
presencia de sí espiritual, en la cual le mostró algunos profundos
visos de su divinidad y hermosura, con que la aumentó mucho más
el deseo de verle y fervor. Porque, así como suelen echar agua en
la fragua para que se encienda y afervore más el fuego, así el
Señor suele hacer con algunas de estas almas, que andan con
estas calmas de amor, dándoles algunas muestras de su excelencia
para afervorarlas más, y así irlas más disponiendo para las
mercedes que les quiere hacer después. Y así, como el alma echó
de ver y sintió por aquella presencia oscura aquel sumo bien y
hermosura encubierta allí, muriendo en deseo por verla, dice la
canción que se sigue:

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CANCIÓN 11

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

DECLARACIÓN

2. Deseando, pues, el alma verse poseída ya de este gran Dios, de
cuyo amor se siente robado y llagado el corazón, no pudiéndolo ya
sufrir, pide en esta canción determinadamente le descubra y
muestre su hermosura, que es su divina esencia, y que le mate con
esta vista, desatándola de la carne, pues en ella no puede verle y
gozarle como desea, poniéndole por delante la dolencia y ansia de
su corazón, en que persevera penando por su amor, sin poder tener
remedio con menos que esta gloriosa vista de su divina esencia.
Síguese el verso:

Descubre tu presencia.

3. Para declaración de esto es de saber que tres maneras de
presencias puede haber de Dios en el alma.

La primera es esencial, y de esta manera no sólo está en las más
buenas y santas almas, pero también en las malas y pecadoras y
en todas las demás criaturas. Porque con esta presencia les da vida
y ser, y si esta presencia esencial les faltase, todas se aniquilarían y
dejarían de ser. Y ésta nunca falta en el alma.

La segunda presencia es por gracia, en la cual mora Dios en el
alma agradado y satisfecho de ella. Y esta presencia no la tienen
todas, porque las que caen en pecado (mortal) la pierden. Y ésta no
puede el alma saber naturalmente si la tiene.

La tercera es por afección espiritual, porque en muchas almas
devotas suele Dios hacer algunas presencias espirituales de
muchas maneras, con que las recrea, deleita y alegra.

Pero, así estas presencias espirituales como las demás, todas son
encubiertas, porque no se muestra Dios en ellas como es, porque
no lo sufre la condición de esta vida. Y así de cualquiera de ellas se
puede entender el verso susodicho, es a saber: Descubre tu
presencia.

4. Que, por cuanto está cierto que Dios está siempre presente en el
alma, a lo menos según la primera manera, no dice el alma que se
haga presente a ella, sino que esta presencia encubierta que él
hace en ella, ahora sea natural, ahora espiritual, ahora afectiva, que
se la descubra y manifieste de manera que pueda verle en su divino
ser y hermosura. Porque, así como con su presente ser da ser
natural al alma y con su presente gracia la perfecciona, que también
la glorifique con su manifiesta gloria.

Pero, por cuanto esta alma anda en fervores y afecciones de amor
de Dios, habemos de entender que esta presencia que aquí pide al
Amado que le descubra, principalmente se entiende de cierta
presencia afectiva que de sí hizo el Amado al alma; la cual fue tan
alta, que le pareció al alma y sintió estar allí un inmenso ser
encubierto, del cual le comunica Dios ciertos visos entreoscuros de
su divina hermosura. Y hacen tal efecto en el alma, que la hace
codiciar y desfallecer en deseo de aquello que siente encubierto allí
en aquella presencia, que es conforme a aquello que sentía David
cuando dijo (Sal. 83, 1): Codicia y desfallece mi alma en las
entradas del Señor. Porque a este tiempo desfallece el alma con
deseo de engolfarse en aquel sumo bien que siente presente y
encubierto; porque, aunque está encubierto, muy notablemente
siente el bien y deleite que allí hay. Y, por eso, con más fuerza es
atraída el alma y arrebatada de este bien que ninguna cosa natural
de su centro. Y con esa codicia y entrañable apetito, no pudiendo
más contenerse el alma, dice: Descubre tu presencia.

5. Lo mismo le acaeció a Moisés en el monte Sinaí (Ex. 33, 13),
que, estando allí en la presencia de Dios, tan altos y profundos
visos de la alteza y hermosura de la divinidad de Dios encubierta
echaba de ver que, no pudiendo sufrirlo, por dos veces le rogó le
descubriese su gloria, diciendo a Dios: Tú dices que me conoces
por mi propio nombre y que he hallado gracia delante de ti; pues,
luego, si he hallado gracia en tu presencia, muéstrame tu rostro
para que te conozca y halle delante de tus ojos la gracia cumplida
que deseo; la cual es llegar al perfecto amor de la gloria de Dios.
Pero respondióle el Señor, diciendo (Ex. 33, 20): No podrás tú ver
mi rostro, porque no me verá hombre y vivirá; que es como si dijera:
dificultosa cosa me pides, Moisés, porque es tanta la hermosura de
mi cara y el deleite de la vista de mi ser, que no la podrá sufrir tu
alma en esa suerte de vida tan flaca. Y así, sabedora el alma de
esta verdad, ahora por palabras que Dios aquí respondió a Moisés,
ahora también por lo que habemos dicho que siente aquí encubierto
en la presencia de Dios, que no le podrá ver en su hermosura en
este género de vida (porque aun de sólo traslucírsele desfallece,
como habemos dicho), previene ella a la respuesta que se le puede
dar, como a Moisés, y dice:

Y máteme tu vista y hermosura.

6. Que es como si dijera: pues tanto es el deleite de la vista de tu
ser y hermosura, que no la puede sufrir mi alma, sino que tengo de
morir en viéndola, máteme tu vista y hermosura.

7. Dos vistas se sabe que matan al hombre, por no poder sufrir la
fuerza y eficacia de la vista: la una es la del basilisco, de cuya vista
se dice mueren luego, otra es la vista de Dios. Pero son muy
diferentes las causas, porque la una vista mata con gran ponzoña, y
la otra con inmensa salud y bien de gloria. Por lo cual no hace
mucho aquí el alma en querer morir a vista de la hermosura de Dios
para gozarla para siempre; pues que, si el alma tuviese un solo
barrunto de la alteza y hermosura de Dios, no sólo una muerte
apetecería por verla ya para siempre, como aquí desea, pero mil
acerbísimas muertes pasaría muy alegre por verla un solo
momento, y, después de haberla visto, pediría padecer otras tantas
por verla otro tanto.

8. Para más declaración de este verso es de saber que aquí el alma
habla condicionalmente cuando dice que la mate su vista y
hermosura, supuesto que no puede verla sin morir; que, si sin eso
pudiera ser, no pidiera que la matara. Porque querer morir es
imperfección natural; pero, supuesto que no puede estar esta vida
corruptible de hombre con la otra vida inmarcesible de Dios, dice:
máteme, etc.

9. Esta doctrina da a entender san Pablo a los Corintios (2 Cor. 5,
4), diciendo: No queremos ser despojados, mas queremos ser
sobrevestidos, porque lo que es mortal sea absorto de la vida, que
es decir: no deseamos ser despojados de la carne, más ser
sobrevestidos de gloria. Pero, viendo él que no se puede vivir en
gloria y en carne mortal juntamente, como decimos, dice a los
Filipenses (1, 23) que desea ser desatado y verse con Cristo.

Pero hay aquí una duda, y es: ¿por qué los hijos de Israel
antiguamente huían y temían de ver a Dios por no morir, como dijo
Manué a su mujer (Jue. 13, 22), y esta alma a la vista de Dios
desea morir?

A lo cual se responde que por dos causas. La una, porque en aquel
tiempo, aunque muriesen en gracia de Dios, no le habían de ver
hasta que viniese Cristo, y mucho mejor les era vivir en carne
aumentando los merecimientos y gozando la vida natural, que estar
en el limbo sin merecer y padeciendo tinieblas y espiritual ausencia
de Dios. Por lo cual tenían entonces por gran merced de Dios y
beneficio suyo vivir muchos años.

10. La segunda causa es de parte del amor, porque, como aquéllos
no estaban tan fortalecidos en amor ni tan llegados a Dios por
amor, temían morir a su vista. Pero ahora ya en la ley de gracia,
que, en muriendo el cuerpo, puede ver el alma a Dios, más sano es
querer vivir poco y morir para verle. Y ya que esto no fuera, amando
el alma a Dios, como ésta le ama, no temiera morir a su vista;
porque el amor verdadero todo lo que le viene de parte del Amado,
ahora sea adverso, ahora próspero, y los mismos castigos, como
sea cosa que él quiera hacer los recibe con la misma igualdad y de
una manera, y le hace gozo y deleite, porque, como dice san Juan
(1 Jn. 4, 18), la perfecta caridad echa fuera todo temor.

No le puede ser al alma que ama amarga la muerte, pues en ella
halla todas sus dulzuras y deleites de amor. No le puede ser triste
su memoria, pues en ella halla junta la alegría; ni le puede ser
pesada y penosa, pues es el remate de todas sus pesadumbres y
penas y principio de todo su bien. Tiénela por amiga y esposa, y
con su memoria se goza como en el día de su desposorio y bodas,
y más desea aquel día y aquella hora en que ha de venir su muerte
que los reyes de la tierra desearon los reinos y principados. Porque
de esta suerte de muerte dice el Sabio (Ecli. 41, 3): ¡Oh muerte!
Bueno es tu juicio para el hombre que se siente necesitado. La cual,
si para el hombre que se siente necesitado de las cosas de acá es
buena, no habiendo de suplirle sus necesidades, sino antes
despojarlo de lo que tenía, ¿cuánto mejor será su juicio para el
alma que está necesitada de amor como ésta, que está clamando
por más amor, pues que no sólo no la despojará de lo que tenía,
sino antes le será causa del cumplimiento de amor que deseaba y
satisfacción de todas sus necesidades? Razón tiene, pues, el alma
en atreverse a decir sin temor: Máteme tu vista y hermosura, pues
que sabe que en aquel mismo punto que le viese, sería ella
arrebatada a la misma hermosura, y absorta en la misma
hermosura, y transformada en la misma hermosura, y ser ella
hermosa como la misma hermosura, y abastada y enriquecida como
la misma hermosura. Que, por eso, dice David (Sal. 115, 15) que la
muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor. Lo cual
no sería si no participasen sus mismas grandezas, porque delante
de Dios no hay nada precioso sino lo que él es en sí mismo.

Por eso el alma no teme morir cuando ama, antes lo desea; pero el
pecador siempre teme morir, porque barrunta que la muerte todos
los bienes le ha de quitar y todos los males le ha de dar; porque,
como dice David (Sal. 33, 22), la muerte de los pecadores es
pésima. Y, por eso, como dice el Sabio (Ecli. 41, 1), les es amarga
su memoria; porque, como aman mucho la vida de este siglo y poco
la del otro, temen mucho la muerte. Pero el alma que ama a Dios,
más vive en la otra vida que en ésta; porque más vive el alma
adonde ama que donde anima, y así tiene en poco esta vida
temporal. Por eso, dice: Máteme tu vista,etc.

Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

11. La causa por que la enfermedad de amor no tiene otra cura sino
la presencia y figura del Amado, como aquí dice, es porque la
dolencia de amor, así como es diferente de las demás
enfermedades, su medicina es también diferente. Porque en las
demás enfermedades, para seguir buena filosofía, cúranse
contrarios con contrarios, mas el amor no se cura sino con cosas
conformes al amor.
La razón es porque la salud del alma es el amor de Dios, y así,
cuando no tiene cumplido amor, no tiene cumplida salud y por eso
está enferma, porque la enfermedad no es otra cosa sino falta de
salud. De manera que, cuando ningún grado de amor tiene el alma,
está muerta; mas, cuando tiene algún grado de amor de Dios, por
mínimo que sea, ya está viva, pero está muy debilitada y enferma
por el poco amor que tiene; pero, cuanto más amor se le fuere
aumentando, más salud tendrá y, cuando tuviere perfecto amor,
será su salud cumplida.

12. Donde es de saber que el amor nunca llega a estar perfecto
hasta que emparejan tan en uno los amantes, que se transfiguran el
uno en el otro, y entonces está el amor todo sano. Y, porque aquí el
alma se siente con cierto dibujo de amor, que es la dolencia que
aquí dice, deseando que se acabe de figurar con la figura cuyo es el
dibujo, que es su Esposo el Verbo, Hijo de Dios, el cual, como dice
san Pablo (Heb. 1, 3), es resplandor de su gloria y figura de su
sustancia (porque esta figura es la que aquí entiende el alma en
que se desea transfigurar por amor), dice: Mira que la dolencia de
amor, que no se cura, sino con la presencia y la figura.

13. Bien se llama dolencia el amor no perfecto; porque, así como el
enfermo está debilitado para obrar, así el alma que está flaca en
amor lo está también para obrar las virtudes heroicas.

14. También se puede aquí entender que el que siente en sí
dolencia de amor, esto es, falta de amor, es señal que tiene algún
amor, porque por lo que tiene echa de ver lo que le falta. Pero el
que no la siente, es señal que no tiene ninguno o que está perfecto
en él.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. En esta sazón, sintiéndose el alma con tanta vehemencia de ir a
Dios como la piedra cuando se va más llegando a su centro, y
sintiéndose también estar como la cera que comenzó a recibir la
impresión del sello y no se acabó de figurar, y, demás de esto,
conociendo que está como la imagen de la primera mano y dibujo,
clamando al que la dibujó para que la acabe de pintar y formar,
teniendo aquí la fe tan ilustrada, que la hace visear unos divinos
semblantes muy claros de la alteza de su Dios, no sabe qué se
hacer sino volverse a la misma fe, como la que en sí encierra y
encubre la figura y hermosura de su Amado, de la cual ella también
recibe los dichos dibujos y prendas de amor. Y hablando con ella,
dice la siguiente canción:

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CANCIÓN 12

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

DECLARACIÓN

2. Como con tanto deseo desea el alma la unión del Esposo y ve
que no halla medio ni remedio alguno en todas las criaturas,
vuélvese a hablar con la fe (como la que más al vivo le ha de dar de
su Amado luz) tomándola por medio para esto; porque, a la verdad,
no hay otro por donde se venga a la verdadera unión y desposorio
espiritual con Dios, según por Oseas (2, 20) lo da a entender,
diciendo: Yo te desposaré conmigo en fe. Y con el deseo en que
arde, le dice lo siguiente, que es el sentido de la canción: ¡Oh fe de
mi Esposo Cristo, si las verdades que has infundido de mi Amado
en mi alma, encubiertas con oscuridad y tiniebla (porque la fe, como
dicen los teólogos, es hábito oscuro), las manifestases ya con
claridad, de manera que lo que me comunicas en noticias informes
y oscuras, lo mostrases y descubrieses en un momento,
apartándote de esas verdades (porque la fe es cubierta y velo de
las verdades de Dios) formada y acabadamente, volviéndolas en
manifestación de gloria! Dice, pues, el verso:

¡Oh cristalina fuente!

3. Llama cristalina a la fe por dos cosas: la primera, porque es de
Cristo su Esposo, y la segunda, porque tiene las propiedades del
cristal en ser pura en las verdades, y fuerte y clara, limpia de
errores y formas naturales. Y llámala fuente, porque de ella le
manan al alma las aguas de todos los bienes espirituales. De donde
Cristo nuestro Señor, hablando con la Samaritana, llamó fuente a la
fe, diciendo (Jn. 4, 14) que en los que creyesen en él se haría una
fuente cuya agua saltaría hasta la vida eterna. Y esta agua era el
espíritu que habían de recibir en su fe los creyentes (Jn. 7, 39).

Si en esos tus semblantes plateados.

4. A las proposiciones y artículos que nos propone la fe llama
semblantes plateados. Para inteligencia de lo cual y de los demás
versos es de saber que la fe es comparada a la plata en las
proposiciones que nos enseña, y las verdades y sustancia que en sí
contienen son comparadas al oro; porque esa misma sustancia que
ahora creemos vestida y cubierta con plata de fe, habemos de ver y
gozar en la otra vida al descubierto, desnudo el oro de la fe.

De donde David hablando de ella (Sal. 67, 14), dice así: Si
durmiéredes entre los dos coros, las plumas de la paloma serán
plateadas, y las postrimerías de su espalda serán del color de oro.
Quiere decir que, si cerráremos los ojos del entendimiento a las
cosas de arriba y a las de abajo (a lo cual llama dormir en medio)
quedaremos en fe, a la cual llama paloma, cuyas plumas, que son
las verdades que nos dice, serán plateadas; porque en esta vida la
fe nos las propone oscuras y encubiertas, que por eso las llama
aquí semblantes plateados: pero a la postre de esta fe, que será
cuando se acabe la fe por la clara visión de Dios, quedará la
sustancia de la fe desnuda del velo de esta plata, de color como el
oro. De manera que la fe nos da y comunica al mismo Dios, pero
cubierto con plata de fe, y no por eso nos le deja de dar en la
verdad, así como el que da un vaso plateado y él es de oro, no
porque vaya cubierto con plata deja de dar el vaso de oro. De
donde cuando la Esposa en los Cantares (1, 10) deseaba esta
posesión de Dios, prometiéndosela él cual en esta vida se puede,
dijo que le haría unos zarcillos de oro, pero esmaltados de plata. En
lo cual le prometió de dársele en fe encubierto.

Dice, pues, ahora el alma a la fe; ¡oh, si en esos tus semblantes
plateados (que son los artículos ya dichos), con que tienes cubierto
el oro de los divinos rayos (que son los ojos deseados, que añade
luego, diciendo):

Formases de repente
los ojos deseados!

5. Por los ojos entiende, como dijimos, los rayos y verdades divinas,
las cuales, como también habemos dicho, la fe nos las propone en
sus artículos cubiertas e informes. Y así es como si dijera: ¡Oh, si
esas verdades que, informe y oscuramente me enseñas
encubiertas en tus artículos de fe, acabases ya de dármelas clara y
formadamente descubiertas en ellos, como lo pide mi deseo! Y
llama aquí ojos a estas verdades por la grande presencia que del
Amado siente, que le parece la está ya siempre mirando; por lo cual
dice:

Que tengo en mis entrañas dibujados.

6. Dice que los tiene en sus entrañas dibujados, es a saber, en su
alma según el entendimiento y la voluntad; porque, según el
entendimiento, tiene estas verdades infundidas por fe en su alma. Y
porque la noticia de ellas no es perfecta, dice que están dibujadas;
porque así como el dibujo no es perfecta pintura así la noticia de la
fe no es perfecto conocimiento. Por tanto, las verdades que se
infunden en el alma por fe están como en dibujo, y cuando estén en
clara visión, estarán en el alma como perfecta y acabada pintura,
según aquello que dice el Apóstol (1 Cor. 13, 10), diciendo: Cum
autem venerit quod perfectum est, evacuabitur quod ex parte est,
que quiere decir: Cuando viniere lo que es perfecto, que es la clara
visión, acabaráse lo que es en parte, que es el conocimiento de la
fe.

7. Pero sobre este dibujo de fe hay otro dibujo de amor en el alma
del amante, y es según la voluntad, en la cual de tal manera se
dibuja la figura del Amado y tan conjunta y vivamente se retrata en
él, cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el Amado
vive en el amante, y el amante en el Amado; y tal manera de
semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que
se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno.
La razón es porque en la unión y transformación de amor el uno da
posesión de sí al otro, y cada uno se deja y trueca por el otro; y así,
cada uno vive en el otro, y el uno es el otro y entrambos son uno
por transformación de amor. Esto es lo que quiso dar a entender
san Pablo (Gl. 2, 20) cuando dijo: Vivo autem, iam non ego; vivit
vero in me Christus, que quiere decir: Vivo yo, ya no yo, pero vive
en mí Cristo. Porque en decir vivo yo, ya no yo, dio a entender que
aunque vivía él, no era vida suya, porque estaba transformado en
Cristo, que su vida más era divina que humana; y por eso dice que
no vive él, sino Cristo en él.
8. De manera que, según esta semejanza y transformación,
podemos decir que su vida y la vida de Cristo toda era una vida por
unión de amor. Lo cual se hará perfectamente en el cielo en divina
vida en todos los que merecieren verse en Dios; porque,
transformados en Dios, vivirán vida de Dios y no vida suya, aunque
sí vida suya, porque la vida de Dios será vida suya. Y entonces
dirán de veras: vivimos nosotros, x no nosotros, porque vive Dios en
nosotros. Lo cual en esta vida, aunque puede ser, como lo era en
san Pablo, no empero perfecta y acabadamente, aunque llegue el
alma a tal transformación de amor que sea en matrimonio espiritual,
que es el más alto estado a que se puede llegar en esta vida;
porque todo se puede llamar dibujo de amor en comparación de
aquella perfecta figura de transformación de gloria. Pero cuanto
este dibujo de transformación en esta vida se alcanza, es grande
buena dicha, porque con eso se contenta grandemente el Amado;
que por eso, deseando el que le pusiese la Esposa en su alma
como dibujo, le dijo en los Cantares (8, 6): Ponme como señal sobre
tu corazón, como señal sobre tu brazo. El corazón significa aquí el
alma, en que en esta vida está Dios como señal de dibujo de fe,
según se dijo arriba; y el brazo significa la voluntad fuerte, en que
está como señal de dibujo de amor, como ahora acabamos de
decir.

9. De tal manera anda el alma en este tiempo, que aunque en
breves palabras, no quiero dejar de decir algo de ello, aunque por
palabras no se puede explicar. Porque la sustancia corporal y
espiritual parece al alma se le seca en sed de esta fuente viva de
Dios, porque es su sed semejante a aquella que tenía David cuando
dijo (Sal. 41, 2-3): Como el ciervo desea la fuente de las aguas, así
mi alma desea a ti, Dios. Estuvo mi alma sedienta de Dios, fuente
viva; ¿cuándo vendré y pareceré delante la cara de Dios? Y fatígala
tanto esta sed, que no tendría el alma en nada romper por medio de
los filisteos, como hicieron los fuertes de David, a llenar su vaso de
agua en la cisterna de Belén (1 Par. 11, 18), que era Cristo. Porque
todas las dificultades del mundo y furias de los demonios y penas
infernales no tendría en nada pasar por engolfarse en esta fuente
abisal de amor. Porque a este propósito se dijo en los Cantares (8,
6): Fuerte es la dilección como la muerte, y dura es su porfía como
el infierno.

Porque no se puede creer cuán vehemente sea la codicia y pena
que el alma siente cuando ve que se va llegando cerca de gustar
aquel bien y no se le dan. Porque cuanto más al ojo y a la puerta se
ve lo que se desea y se niega, tanto más pena y tormento causa.
De donde a este propósito espiritual dice Job (3, 24): Antes que
coma, suspiro; y como las avenidas de las aguas es el rugido y
bramido de mi alma, es a saber, por la codicia de la comida,
entendiendo allí a Dios por la comida, porque conforme a la codicia
del manjar y conocimiento de él es la pena por él.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. La causa de padecer el alma tanto a este tiempo por él es que
como se va juntando más a Dios, siente en sí más el vacío de Dios
y gravísimas tinieblas en su alma, con fuego espiritual que la seca y
purga, para que, purificada, se pueda unir con Dios. Porque, en
tanto que Dios no deriva en ella algún rayo de luz sobrenatural de
sí, esle Dios intolerables tinieblas, cuando según el espíritu está
cerca de ella, porque la luz sobrenatural oscurece la natural con su
exceso. Todo lo cual dio a entender David cuando dijo (Sal. 96, 2):
Nube y oscuridad está en derredor de él; fuego precede su
presencia. Y en otro salmo (Sal. 17, 13) dice: Puso por su cubierta y
escondrijo las tinieblas, y su tabernáculo en derredor de él es agua
tenebrosa en las nubes del aire; por su gran resplandor en su
presencia hay nubes, granizo y carbones de fuego, es a saber, para
el alma que se va llegando. Porque, cuanto el alma más a él se
llega, siente en sí todo lo dicho, hasta que Dios la entre en sus
divinos resplandores por transformación de amor. Y, entre tanto,
siempre está el alma como Job (23, 3) diciendo: ¿Quién me dará
que le conozca y le halle y venga yo hasta su trono?

Pero, como Dios, por su inmensa piedad, conforme a las tinieblas y
vacíos del alma son también las consolaciones y regalos que hace,
porque sicut tenebrae eius, ita et lumen eius (Sal. 148, 12), porque
en ensalzarlas y glorificarlas las humilla y fatiga, de esta manera
envió al alma entre estas fatigas ciertos rayos divinos de sí con tal
gloria y fuerza de amor que la conmovió toda y todo el natural la
desencajó. Y así, con gran temor y pavor natural dijo al Amado el
principio de la siguiente canción, prosiguiendo el mismo Amado lo
restante de ella.

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CANCIÓN 13
¡Apártalos, Amado,
que voy de vuelo!

Esposo

Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.

DECLARACIÓN

2. En los grandes deseos y fervores de amor (cuales en las
canciones pasadas ha mostrado el alma) suele el Amado visitar a
su Esposa casta y delicada y amorosamente, y con grande fuerza
de amor; porque, ordinariamente, según los grandes fervores y
ansias de amor que han precedido en el alma, suelen ser también
las mercedes y visitas que Dios le hace grandes. Y como ahora el
alma con tantas ansias había deseado estos divinos ojos, que en la
canción pasada acaba de decir, descubrióle el Amado algunos
rayos de su grandeza y divinidad, según ella deseaba; los cuales
fueron de tanta alteza y con tanta fuerza comunicados, que la hizo
salir de sí por arrobamiento y éxtasis, lo cual acaece al principio con
gran detrimento y temor del natural. Y así, no pudiendo sufrir el
exceso en sujeto tan flaco, dice en la presente canción: Apártalos,
Amado, es a saber, esos tus ojos divinos, porque me hacen volar,
saliendo de mí a suma contemplación sobre lo que sufre el natural.
Lo cual dice porque le parecía volaba su alma de las carnes, que es
lo que ella deseaba; que por eso le pidió que los apartase, conviene
a saber, dejando de comunicárselos en la carne, en que no los
puede sufrir y gozar como querría, comunicándoselos en el vuelo
que ella hacía fuera de la carne. El cual deseo y vuelo le impidió
luego el Esposo, diciendo: Vuélvete, paloma, que la comunicación
que ahora de mí recibes, aún no es de ese estado de gloria que tú
ahora pretendes; pero vuélvete a mí, que soy a quien tú, llagada de
amor, buscas; que también yo, como el ciervo, herido de tu amor,
comienzo a mostrarme a ti por tu alta contemplación, y tomo
recreación y refrigerio en el amor de tu contemplación. Dice, pues,
el alma al Esposo:

¡Apártalos, Amado!
3. Según habemos dicho, el alma, conforme a los grandes deseos
que tenía de estos divinos ojos, que significan la Divinidad, recibió
del Amado interiormente tal comunicación y noticia de Dios, que le
hizo decir: ¡Apártalos, Amado! Porque tal es la miseria del natural
en esta vida, que aquello que al alma le es más vida y ella con tanto
deseo desea, que es la comunicación y conocimiento de su Amado,
cuando se le vienen a dar, no lo puede recibir sin que casi le cueste
la vida, de suerte que los ojos que con tanta solicitud y ansias y por
tantas vías buscaba, venga a decir cuando los recibe: Apártalos,
Amado.

4. Porque es a veces tan grande el tormento que se siente en las
semejantes visitas de arrobamientos, que no hay tormento que así
descoyunte los huesos y ponga en estrecho al natural; tanto que, si
no proveyese Dios, se acabaría la vida. Y a la verdad, así parece al
alma por quien pasa, porque siente como desasirse el alma de las
carnes y desamparar el cuerpo. Y la causa es porque semejantes
mercedes no se pueden recibir muy en carne, porque el espíritu es
levantado a comunicarse con el Espíritu divino que viene al alma, y
así por fuerza ha de desamparar en alguna manera la carne. Y de
aquí es que ha de padecer la carne y, por consiguiente, el alma en
la carne, por la unidad que tienen en un supuesto. Y por tanto, el
gran tormento que siente el alma al tiempo de este género de visita,
y el gran pavor que le hace verse tratar por vía sobrenatural, le
hacen decir: Apártalos, Amado.

5. Pero no se ha de entender que, porque el alma diga que los
aparte, querría que los apartase, porque aquél es un dicho del
temor natural, como habemos dicho; antes, aunque mucho más le
costase, no querría perder estas visitas y mercedes del Amado,
porque, aunque padece el natural, el espíritu vuela al recogimiento
sobrenatural a gozar del espíritu del Amado, que es lo que ella
deseaba y pedía.

Pero no quisiera ella recibirlo en carne, donde no se puede
cumplidamente, sino poco y con pena, mas con el vuelo del espíritu
fuera de la carne, donde libremente se goza; por lo cual
dijo:Apártalos, Amado, es a saber, de comunicármelos en carne.

Que voy de vuelo
6. Como si dijera: que voy de vuelo de la carne, para que me los
comuniques fuera de ella, siendo ellos la causa de hacerme volar
fuera de la carne.

Y para que entendamos mejor qué vuelo sea éste, es de notar que,
como habemos dicho, en aquella visitación del Espíritu divino es
arrebatado con gran fuerza el del alma a comunicar con el Espíritu,
y destituye al cuerpo, y deja de sentir en él y de tener en él sus
acciones, porque las tiene en Dios; que por eso, dijo san Pablo (2
Cor. 12, 2) que en aquel rapto suyo no sabía si estaba su alma
recibiéndole en el cuerpo o fuera del cuerpo. Y no por eso se ha de
entender que destituye y desampara el alma al cuerpo de la vida
natural, sino que no tiene sus acciones en él. Y ésta es la causa por
que en estos raptos y vuelos se queda el cuerpo sin sentido y,
aunque le hagan cosas de grandísimo dolor, no siente; porque no
es como otros traspasos y desmayos naturales, que con el dolor
vuelven en sí. Y estos sentimientos tienen en estas visitas los que
no han aún llegado a estado de perfección, sino que van camino en
estado de aprovechados; porque los que han llegado ya tienen toda
la comunicación hecha en paz y suave amor, y cesan estos
arrobamientos, que eran comunicaciones y disposición para la total
comunicación.

7. Lugar era éste conveniente para tratar de las diferencias de
raptos y éxtasis y otros arrobamientos y sutiles vuelos de espíritu
que a los espirituales suelen acaecer; mas porque mi intento no es
sino declarar brevemente estas canciones, como en el prólogo
prometí, quedarse ha para quien mejor lo sepa tratar que yo; y
porque también la bienaventurada Teresa de Jesús, nuestra madre,
dejó escritas de estas cosas de espíritu admirablemente, las cuales
(espero en Dios) saldrán presto impresas a luz. Lo que aquí, pues,
el alma dice del vuelo, hase de entender por arrobamiento y éxtasis
del espíritu a Dios. Y dice luego el Amado:

Vuélvete, paloma.

8. De muy buena gana se iba el alma del cuerpo en aquel vuelo
espiritual, pensando que se le acababa ya la vida y que pudiera
gozar con su Esposo para siempre y quedarse al descubierto con
él; más atajóle el Esposo el paso diciendo: Vuélvete, paloma, como
si dijera: paloma en el vuelo alto y ligero que llevas de
contemplación, y en el amor con que ardes, y simplicidad con que
vas (porque estas tres propiedades tiene la paloma); vuélvete de
ese vuelo alto en que pretendes llegar a poseerme de veras, que
aún no es llegado ese tiempo de tan alto conocimiento, y
acomódate a este más bajo que yo ahora te comunico en este tu
exceso, y es:

Que el ciervo vulnerado.

9. Compárase el Esposo al ciervo, porque aquí por el ciervo
entiende a sí mismo. Y es de saber que la propiedad del ciervo es
subirse a los lugares altos y, cuando está herido, vase con gran
prisa a buscar refrigerio a las aguas frías y, si oye quejar a la
consorte y siente que está herida, luego se va con ella y la regala y
acaricia. Y así hace ahora el Esposo, porque, viendo la Esposa
herida en su amor, él también al gemido de ella viene herido del
amor de ella; porque en los enamorados la herida de uno es de
entrambos, y un mismo sentimiento tienen los dos. Y así, es como
si dijera: vuélvete, Esposa mía, a mí, que si llagada vas de amor de
mí, yo también, como el ciervo, vengo en esta tu llaga llagado a ti,
que soy como el ciervo; y también, en asomar por lo alto, que por
eso, dice:

Por el otero asoma,

10. esto es, por la altura de tu contemplación que tienes en ese
vuelo, porque la contemplación es un puesto alto por donde Dios en
esta vida se comienza a comunicar al alma y mostrársele, mas no
acaba; que por eso no dice que acaba de parecer, sino que asoma;
porque, por altas que sean las noticias que de Dios se le dan al
alma en esta vida, todas son como unas muy desviadas asomadas.
Y síguese la tercera propiedad que decíamos del ciervo, que es la
que se contiene en el verso siguiente:

Al aire de tu vuelo, y fresco toma.

11. Por el vuelo entiende la contemplación de aquel éxtasis que
habemos dicho, y por el aire entiende aquel espíritu de amor que
causa en el alma este vuelo de contemplación. Y llama aquí a este
amor, causado por el vuelo, aire harto apropiadamente; porque el
Espíritu Santo, que es amor, también se compara en la divina
Escritura al aire (Act. 2, 2), porque es aspirado del Padre y del Hijo.
Y así como allí es aire del vuelo, esto es, que de la contemplación y
sabiduría del Padre y del Hijo procede y es aspirado, así aquí a este
amor del alma llama el Esposo aire, porque de la contemplación y
noticia que a este tiempo tiene de Dios le procede.

Y es de notar que no dice aquí el Esposo que viene al vuelo, sino al
aire del vuelo; porque Dios no se comunica propiamente al alma por
el vuelo del alma, que es, como habemos dicho, el conocimiento
que tiene de Dios, sino por el amor del conocimiento; porque, así
como el amor es unión del Padre y del Hijo, así lo es del alma con
Dios. Y de aquí es que, aunque un alma tenga altísimas noticias de
Dios y contemplación, y conociere todos los misterios, si no tiene
amor, no le hace nada al caso, como dice san Pablo (1 Cor. 13, 2),
para unirse con Dios. Como también dice el mismo (Cl. 3, 14):
Charitatem habete, quod est vinculum perfectionis, es a saber:
Tened esta caridad que es vínculo de la perfección. Esta caridad,
pues, y amor del alma hace venir al Esposo corriendo a beber de
esta fuente de amor de su Esposa, como las aguas frescas hacen
venir al ciervo sediento y llagado a tomar refrigerio, y por eso se
sigue: Y fresco toma.

12. Porque, así como el aire hace fresco y refrigerio al que está
fatigado del calor, así este aire de amor refrigera y recrea al que
arde con fuego de amor, porque tiene tal propiedad este fuego de
amor, que el aire con que toma fresco y refrigerio es más fuego de
amor; porque en el amante el amor es llama que arde con apetito
de arder más, según hace la llama del fuego natural. Por tanto, al
cumplimiento de este apetito suyo de arder más en el ardor del
amor de su Esposa, que es el aire del vuelo de ella, llama aquí
tomar fresco. Y así, es como si dijera: al ardor de tu vuelo arde más,
porque un amor enciende otro amor.

Donde es de notar que Dios no pone su gracia y amor en el alma
sino según la voluntad y amor del alma. Por lo cual, esto ha de
procurar el buen enamorado que no falte, pues por ese medio,
como habemos dicho, moverá más (si así se puede decir) a que
Dios le tenga más amor y se recree más en su alma. Y para seguir
esta caridad, hase de ejercitar lo que de ella dice el Apóstol (1 Cor.
13, 4-7), diciendo: La caridad es paciente, es benigna, no es
envidiosa, no hace mal, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no
busca sus mismas cosas, no se alborota, no piensa mal, no se
huelga sobre la maldad, gózase en la verdad, todas las cosas sufre
que son de sufrir, cree todas las cosas, es a saber, las que se
deben creer, todas las cosas espera y todas las cosas sustenta, es
a saber, que convienen a la caridad.
ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Pues como esta palomica del alma andaba volando por los aires
de amor sobre las aguas del diluvio de las fatigas y ansias suyas de
amor que ha mostrado hasta aquí, no hallando donde descansase
su pie, a este último vuelo que habemos dicho, extendió el piadoso
padre Noé la mano de su misericordia y recogióla, metiéndola en el
arca de su caridad y amor. Y esto fue al tiempo que en la canción
que acabamos de declarar dijo: Vuélvete, paloma.

En el cual recogimiento, hallando el alma todo lo que deseaba y
más de lo que se puede decir, comienza a cantar alabanzas a su
Amado, refiriendo las grandezas que en esta unión en él siente y
goza, en las dos siguientes canciones, diciendo:

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CANCIÓN 14 y 15

Esposa

Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

ANOTACIÓN

2. Antes que entremos en la declaración de estas canciones es
necesario advertir, para más inteligencia de ellas y de las que
después de ellas se siguen, que en este vuelo espiritual que
acabamos de decir, se denota un alto estado y unión de amor, en
que, después de mucho ejercicio espiritual, suele Dios poner al
alma, al cual llaman desposorio espiritual con el Verbo, Hijo de
Dios.

Y al principio que se hace esto, que es la primera vez, comunica
Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y
majestad, y arreándola de dones y virtudes, y vistiéndola de
conocimiento y honra de Dios, bien así como a desposada en el día
de su desposorio. Y en este dichoso día, no solamente se le acaban
al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que antes
tenía, mas, quedando adornada de los bienes que digo, comiénzale
un estado de paz y deleite y de suavidad de amor, según se da a
entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra
cosa sino contar y cantar las grandezas de su Amado, las cuales
conoce y goza en él por la dicha unión del desposorio. Y así, en las
demás canciones siguientes ya no dice cosas de penas y ansias,
como antes hacía, sino comunicación y ejercicio de dulce y pacífico
amor con su Amado, porque ya en este estado todo aquello fenece.

Y es de notar que en estas dos canciones se contiene lo más que
Dios suele comunicar a este tiempo a un alma. Pero no se ha de
entender que a todas las que llegan a este estado se les comunica
todo lo que en estas dos canciones se declara, ni en una misma
manera y medida de conocimiento y sentimiento; porque a unas
almas se les da más y a otras menos, y a unas en una manera y a
otras en otra, aunque lo uno y lo otro puede ser en este estado del
desposorio espiritual; mas pónese aquí lo más que puede ser,
porque en ello se comprehende todo. Y síguese la declaración.

DECLARACIÓN DE LAS DOS CANCIONES

3. Y es de notar que, así como en el arca de Noé, según dice la
divina Escritura (Gn. 6, 14 ss.), había muchas mansiones para
muchas diferencias de animales, y todos los manjares que se
podían comer, así el alma en este vuelo que hace a esta divina arca
del pecho de Dios no sólo echa de ver en ellas las muchas
mansiones que Su Majestad dijo por san Juan (14, 2) que había en
la casa de su Padre, mas ve y conoce allí todos los manjares, esto
es, todas las grandezas que puede gustar el alma, que son todas
las cosas que se contienen en las dos sobredichas canciones,
significadas por aquellos vocablos comunes; las cuales en
sustancia son las que se siguen:
4. Ve el alma y gusta en esta divina unión abundancia, y, riquezas
inestimables, y halla todo el descanso y recreación que ella desea,
y entiende secretos e inteligencias de Dios extrañas, que es otro
manjar de los que mejor le saben; y siente en Dios un terrible poder
y fuerza que todo otro poder y fuerza priva, y gusta allí admirable
suavidad y deleite de espíritu, halla verdadero sosiego y luz divina,
y gusta altamente de la sabiduría de Dios, que en la armonía de las
criaturas y hechos de Dios reluce; y siéntese llena de bienes y
ajena y vacía de males, y, sobre todo, entiende y goza de
inestimable refección de amor, que la confirma en amor. Y ésta es
la sustancia de lo que se contiene en las dos canciones
sobredichas.

5. En las cuales dice la Esposa que todas estas cosas es su Amado
en sí, y lo es para ella, porque, en lo que Dios suele comunicar en
semejantes excesos, siente el alma y conoce la verdad de aquel
dicho que dijo san Francisco, es a saber: Dios mío, y todas las
cosas. De donde, por ser Dios todas las cosas al alma y el bien de
todas ellas, se declara la comunicación de este exceso por la
semejanza de la bondad de las cosas en las dichas canciones,
según en cada verso de ellas se irá declarando.

En lo cual se ha de entender que todo lo que aquí se declara está
en Dios eminentemente en infinita manera, o, por mejor decir, cada
una de estas grandezas que se dicen es Dios, y todas ellas juntas
son Dios. Que, por cuanto en este caso se une el alma con Dios,
siente ser todas las cosas Dios, según lo sintió san Juan (1, 4)
cuando dijo: Quod factum est, in ipso vita erat, es a saber: Lo que
fue hecho, en él era vida. Y así, no se ha de entender que lo que
aquí se dice que siente el alma es como ver las cosas en la luz o las
criaturas en Dios, sino que en aquella posesión siente serle todas
las cosas Dios. Y tampoco se ha de entender que, porque el alma
siente tan subidamente de Dios en lo que vamos diciendo, ve a
Dios esencial y claramente; que no es sino una fuerte y copiosa
comunicación y vislumbre de lo que él es en sí, en que siente el
alma este bien de las cosas que ahora en los versos declararemos,
conviene a saber:

Mi Amado, las montañas.

6. Las montañas tienen alturas, son abundantes, anchas,
hermosas, graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi
Amado para mí.
Los valles solitarios nemorosos.

7. Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de
dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y suave
canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan
refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi
Amado para mí.

Las ínsulas extrañas.

8. Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar, y allende de los
mares muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres;
y así, en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de las de por
acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los
hombres, que hacen grande novedad y admiración a quien las ve. Y
así, por las grandes y admirables novedades y noticias extrañas
alejadas del conocimiento común que el alma ve en Dios, le llama
ínsulas extrañas. Porque extraño llaman a uno por una de dos
cosas: o porque se anda retirado de la gente, o porque es excelente
y particular entre los demás hombres en sus hechos y obras. Por
estas dos cosas llama el alma aquí a Dios extraño; porque no
solamente es toda la extrañez de las ínsulas nunca vistas, pero
también sus vías, consejos y obras son muy extrañas y nuevas y
admirables para los hombres. Y no es maravilla que sea Dios
extraño a los hombres que no le han visto, pues también lo es a los
santos ángeles y almas que le ven, pues no le pueden acabar de
ver ni acabarán, y hasta el último día del juicio van viendo en él
tantas novedades, según sus profundos juicios y cerca de las obras
de su misericordia y justicia, que siempre les hace novedad y
siempre se maravillan más. De manera que no solamente los
hombres, pero también los ángeles le pueden llamar ínsulas
extrañas. Sólo para sí no es extraño, ni tampoco para sí es nuevo.

Los ríos sonorosos.

9. Los ríos tienen tres propiedades: la primera, que todo lo que
encuentran embisten y anegan; la segunda, que hinchen todos los
bajos y vacíos que hallan delante; la tercera, que tienen tal sonido,
que todo otro sonido privan y ocupan. Y porque en esta
comunicación de Dios que vamos diciendo siente el alma en él
estas tres propiedades muy sabrosamente, dice que su Amado es
los ríos sonorosos.
Cuanto a la primera propiedad que el alma siente, es de saber que
de tal manera se ve el alma embestir del torrente del espíritu de
Dios en este caso y con tanta fuerza apoderarse de ella, que le
parece que vienen sobre ella todos los ríos del mundo que la
embisten, y siente ser allí anegadas todas sus acciones y pasiones
en que antes estaba. Y no porque es cosa de tanta fuerza, es cosa
de tormento, porque estos ríos son ríos de paz, según por Isaías
(66, 12) da Dios a entender, diciendo de este embestir en el alma:
Ecce ego declinabo super eam quasi fluvium pacis, et quasi
torrentem inundantem gloriam; quiere decir: Notad y advertid que yo
declinaré y embestiré sobre ella, es a saber, sobre el alma, como un
río de paz, y así como un torrente que va redundando gloria. Y así,
este embestir divino que hace Dios en el alma, como ríos
sonorosos, toda la hinche de paz y gloria.

La segunda propiedad que el alma siente es que esta divina agua a
este tiempo hinche los bajos de su humildad y llena los vacíos de
sus apetitos, según dice san Lucas (1, 52); Exaltavit humiles;
esurientes implevit bonis, que quiere decir: Ensalzó a los humildes,
y a los hambrientos llenó de bienes.

La tercera propiedad que el alma siente en estos sonoros ríos de su
Amado es un ruido y voz espiritual que es sobre todo sonido y voz,
la cual voz priva toda otra voz, y su sonido excede todos los
sonidos del mundo. Y en declarar cómo esto sea nos habemos de
detener algún tanto.

10. Esta voz o este sonoroso sonido de estos ríos que aquí dice el
alma, es un henchimiento tan abundante que la hinche de bienes, y
un poder tan poderoso que la posee, que no sólo le parecen sonido
de ríos, sino aun poderosísimos truenos. Pero esta voz es voz
espiritual y no trae esos otros sonidos corporales ni la pena y
molestia de ellos, sino grandeza, fuerza, poder y deleite y gloria; y
así es como una voz y sonido inmenso interior que viste el alma de
poder y fortaleza. Esta espiritual voz y sonido se hizo en el espíritu
de los Apóstoles al tiempo que el Espíritu Santo, con vehemente
torrente, como se dice en los Actos de los Apóstoles (Act. 2, 2),
descendió sobre ellos; que, para dar a entender la espiritual voz
que interiormente les hacía, se oyó aquel sonido de fuera como de
aire vehemente, de manera que fuese oído de todos los que
estaban dentro de Jerusalén; por el cual, como decimos, se
denotaba el que dentro recibían los Apóstoles, que era, como
habemos dicho, henchimiento de poder y fortaleza. Y también
cuando estaba el Señor Jesús rogando al Padre en el aprieto y
angustia que recibía de sus enemigos, según lo dice san Juan (12,
28), le vino una voz del cielo interior, confortándole según la
humanidad, cuyo sonido oyeron de fuera los judíos tan grave y
vehemente, que unos decían que se había hecho algún trueno,
otros decían que le había hablado un ángel del cielo; y era que por
aquella voz que se oía de fuera se denotaba y daba a entender la
fortaleza y poder que según la humanidad a Cristo se le daba de
dentro.

Y no por eso se ha de entender que deja el alma de recibir el sonido
de la voz espiritual en el espíritu. Donde es de notar que la voz
espiritual es el efecto que ella hace en el alma; así como la corporal
imprime su sonido en el oído y la inteligencia en el espíritu. Lo cual
quiso dar a entender David (Sal. 67, 34) cuando dijo: Ecce dabit
voci suae vocem virtutis, que quiere decir: Mirad, que Dios dará a su
voz voz de virtud; la cual virtud es la voz interior. Porque decir David
dará a su voz voz de virtud, es decir: a la voz exterior que se siente
de fuera, dará voz de virtud que se sienta de dentro. De donde es
de saber que Dios es voz infinita, y comunicándose al alma en la
manera dicha, hácele efecto de inmensa voz.

11. Esta voz oyó san Juan en el Apocalipsis (14, 2), y dice que la
voz que oyó del cielo erat tamquam vocem aquarum multarum et
tamquam vocem tonitrui magni; quiere decir que era la voz que oyó
como voz de muchas aguas y como voz de un grande trueno. Y
porque no se entienda que esta voz, por ser tan grande, era penosa
y áspera, añade luego (Ap. 14, 2), diciendo que esta misma voz era
tan suave, que erat sicut citharoedorum citharizantium in citharis
suis, que quiere decir: Era como de muchos tañedores que
citarizaban en sus cítaras. Y Ezequiel (1, 24) dice que este sonido
como de muchas aguas era quasi sonum sublimis Dei, es a saber:
como sonido del Altísimo Dios, esto es, que altísima y
suavísimamente se comunicaba en él. Esta voz es infinita, porque,
como decíamos, es el mismo Dios que se comunica haciendo voz
en el alma, mas cíñese a cada alma, dando voz de virtud según le
cuadra limitadamente, y hace gran deleite y grandeza al alma. Y por
eso dijo a la Esposa en los Cantares (2, 14): Sonet vox tua in
auribus meis, vox enim tua dulcis, que quiere decir: Suene tu voz en
mis oídos, porque es dulce tu voz. Síguese el verso:

El silbo de los aires amorosos.
12. Dos cosas dice el alma en el presente verso, es a saber: aires y
silbo. Por los aires amorosos se entienden aquí las virtudes y
gracias del Amado, las cuales, mediante la dicha unión del Esposo,
embisten en el alma y amorosísimamente se comunican y tocan en
la sustancia de ella.

Y al silbo de estos aires llama una subidísima y sabrosísima
inteligencia de Dios y de sus virtudes, la cual redunda en el
entendimiento del toque que hacen estas virtudes de Dios en la
sustancia del alma; que éste es el más subido deleite que hay en
todo lo demás que gusta el alma aquí.

13. Y para que mejor se entienda lo dicho, es de notar que, así
como en el aire se sienten dos cosas, que son toque y silbo o
sonido, así en esta comunicación del Esposo se sienten otras dos
cosas, que son sentimiento de deleite e inteligencia. Y así como el
toque del aire se gusta en el sentido del tacto y el silbo del mismo
aire con el oído, así también el toque de las virtudes del Amado se
sienten y gozan con el tacto de esta alma, que es en la sustancia de
ella, y la inteligencia de las tales virtudes de Dios se sienten en el
oído del alma, que es el entendimiento.

Y es también de saber que entonces se dice venir el aire amoroso:
cuando sabrosamente hiere, satisfaciendo al apetito del que
deseaba el tal refrigerio; porque entonces se regala y recrea el
sentido del tacto, y con este regalo del tacto siente el oído gran
regalo y deleite en el sonido y silbo del aire, mucho más que el tacto
en el toque del aire; porque el sentido del oído es más espiritual, o,
por mejor decir, allégase más a lo espiritual que el tacto, y así el
deleite que causa es más espiritual que el que causa el tacto.

14. Ni más ni menos, porque este toque de Dios satisface
grandemente y regala la sustancia del alma, cumpliendo
suavemente su apetito, que era de verse en la tal unión, llama a la
dicha unión o toques aires amorosos; porque, como habemos
dicho, amorosa y dulcemente se le comunican las virtudes del
Amado en él, de lo cual se deriva en el entendimiento el silbo de la
inteligencia. Y llámale silbo, porque así como el silbo del aire
causado se entra agudamente en el vasillo del oído, así esta
sutilísima y delicada inteligencia se entra con admirable sabor y
deleite en lo íntimo de la sustancia del alma, que es muy mayor
deleite que todos los demás.
La causa es porque se le da sustancia entendida y desnuda de
accidentes y fantasmas; porque se da al entendimiento que llaman
los filósofos pasivo o posible, porque pasivamente, sin él hacer
nada de su parte, la recibe; lo cual es el principal deleite del alma,
porque es en el entendimiento, en que consiste la fruición, como
dicen los teólogos, que es ver a Dios. Que por significar este silbo la
dicha inteligencia sustancial, piensan algunos teólogos que vio
nuestro Padre Elías a Dios en aquel silbo de aire delgado que sintió
en el monte a la boca de su cueva (3 Re. 19, 12). Allí le llama la
Escritura silbo de aire delgado, porque de la sutil y delicada
comunicación del espíritu le nacía la inteligencia en el
entendimiento; y aquí le llama el alma silbo de aires amorosos,
porque de la amorosa comunicación de las virtudes de su Amado le
redunda en el entendimiento, y por eso le llama silbo de aires
amorosos.

15. Este divino silbo que entra por el oído del alma no solamente es
sustancia, como he dicho entendida, sino también descubrimiento
de verdades de la Divinidad y revelación de secretos suyos ocultos.
Porque, ordinariamente, todas las veces que en la Escritura divina
se halla alguna comunicación de Dios, que se dice entrar por el
oído, se halla ser manifestación de estas verdades desnudas en el
entendimiento o revelación de secretos de Dios; las cuales son
revelaciones o visiones puramente espirituales, que solamente se
dan al alma sin servicio y ayuda de los sentidos, y así es muy alto y
cierto esto que se dice comunicar Dios por el oído. Que por eso,
para dar a entender san Pablo (2 Cor. 12, 4) la alteza de su
revelación, no dijo: Vidit arcana verba, ni menos, gustavit arcana
verba, sino audivit arcana verba, quae non licet homini loqui. Y es
como si dijera: Oí palabras secretas que al hombre no es lícito
hablar. En lo cual se piensa que vio a Dios también, como nuestro
Padre Elías en el silbo. Porque así como la fe, como también dice
san Pablo (Rm. 10, 17), es por el oído corporal, así también lo que
nos dice la fe, que es la sustancia entendida, es por el oído
espiritual. Lo cual dio bien a entender el profeta Job (42, 5),
hablando con Dios, cuando se le reveló, diciendo: Auditu auris
audivi te, nunc autem oculus meus videt te; quiere decir: Con el
oído de la oreja te oí, y ahora te ve mi ojo. En lo cual se da claro a
entender que el oírlo con el oído del alma es verlo con el ojo del
entendimiento pasivo que dijimos, que, por eso, no dice: oíte con el
oído de mis orejas, sino de mi oreja; ni te vi con mis ojos, sino con
mi ojo, que es el entendimiento; luego este oír del alma es ver con
el entendimiento.

16. Y no se ha de entender que esto que el alma entiende, porque
sea sustancia desnuda, como habemos dicho, sea la perfecta y
clara fruición como en el cielo; porque, aunque es desnuda de
accidentes, no es por eso clara, sino oscura, porque es
contemplación, la cual en esta vida, como dice San Dionisio, es
rayo de tiniebla; y así, podemos decir que es un rayo de imagen de
fruición, por cuanto es en el entendimiento, en que consiste la
fruición.

Esta sustancia entendida, que aquí llama el alma silbo, es los ojos
deseados que, descubriéndoselos el Amado, dijo, porque no los
podía sufrir el sentido: ¡Apártalos, Amado!

17. Y porque me parece viene muy a propósito en este lugar una
autoridad de Job, que confirma mucha parte de lo que he dicho en
este arrobamiento y desposorio, referirla he aquí (aunque nos
detengamos un poco más) y declararé las partes de ella que son a
nuestro propósito. Y primero la pondré toda en latín, y luego toda en
romance, y después declararé brevemente lo que de ella conviniere
a nuestro propósito. Y, acabado esto, proseguiré la declaración de
los versos de la otra canción. Dice, pues, Elifaz Temanites en Job
(4, 12-16) de esta manera:

Porro ad me dictum est verbum absconditum et quasi furtive
suscepit auris mea venas susurri eius. In horrore visionis nocturnae,
quando solet sopor occupare homines, pavor tenuit me et tremor, et
omnia ossa mea perterrita sunt; et cum spiritus, me praesente,
transiret, inhorruerunt pili carnis meae: stetit quidam, cujus non
agnoscebam vultum, imago coram oculismeis, et vocem quasi aurae
lenis audivi.

Y en romance quiere decir: De verdad a mí se me dijo una palabra
escondida, y como a hurtadillas recibió mi oreja las venas de su
susurro. En el horror de la visión nocturna, cuando el sueño suele
ocupar a los hombres, ocupóme el pavor y el temblor y todos mis
huesos se alborotaron; y, como el espíritu pasase en mi presencia,
encogiéronseme las pieles de mi carne; púsose delante uno cuyo
rostro no conocía; era imagen delante de mis ojos, y oí una voz de
aire delgado.
En la cual autoridad se contiene casi todo lo que habemos dicho
aquí, hasta este punto, de este rapto desde la canción 13, que dice:
Apártalos, Amado. Porque en lo que aquí dice Elifaz Temanites,
que se le dijo una palabra escondida, se significa aquello escondido
que se le dio al alma, cuya grandeza no pudiendo sufrir dijo:
Apártalos, Amado.

18. Y en decir que recibió su oreja las venas de su susurro como a
hurtadillas, es decir la sustancia desnuda que habemos dicho que
recibe el entendimiento; porque venas aquí denotan sustancia
interior, y el susurro significa aquella comunicación y toque de
virtudes, de donde se comunica al entendimiento la dicha sustancia
entendida. Y llámale aquí susurro, porque es muy suave la tal
comunicación, así como allí la llama aires amorosos el alma, porque
amorosamente se comunica. Y dice que le recibió como a
hurtadillas, porque así como lo que se hurta es ajeno, así aquel
secreto era ajeno del hombre, hablando naturalmente, porque
recibió lo que no era de su natural; y así no le era lícito recibirle,
como tampoco a san Pablo (2 Cor. 12, 4) le era lícito poder decir el
suyo. Por lo cual dijo el otro profeta (Is. 24, 16) dos veces: Mi
secreto para mí.

Y cuando dijo: En el horror de la visión nocturna, cuando suele el
sueño ocupar los hombres, me ocupó el pavor y temblor, da a
entender el temor y temblor que naturalmente hace al alma aquella
comunicación de arrobamiento que decíamos no podía sufrir el
natural en la comunicación del espíritu de Dios. Porque da aquí a
entender este profeta que, así como al tiempo que se van a dormir
los hombres les suele oprimir y atemorizar una visión que llaman
pesadilla, la cual les acaece entre el sueño y la vigilia, que es en
aquel punto que comienza el sueño, así al tiempo de este traspaso
espiritual entre el sueño de la ignorancia natural y la vigilia del
conocimiento sobrenatural, que es el principio del arrobamiento o
éxtasis, les hace temor y temblor la visión espiritual que entonces
se les comunica.

19. Y añade más, diciendo que todos sus huesos se asombraron o
alborotaron, que quiere tanto decir como si dijera: se conmovieron o
desencajaron de sus lugares; en lo cual se da a entender el gran
descoyuntamiento de huesos que habemos dicho padecer a este
tiempo. Lo cual da bien a entender Daniel (10, 16) cuando vio al
ángel, diciendo: Domine, in visione tua dissolutae sunt compages
meae, esto es: Señor, en tu visión las junturas de mis huesos se
han abierto.

Y en lo que dice luego, que es: Y como el espíritu pasase en mi
presencia (es a saber, haciendo pasar al mío de sus límites y vías
naturales por el arrobamiento que habemos dicho) encogiéronse las
pieles de mis carnes, da a entender lo que habemos dicho del
cuerpo, que en este traspaso se queda helado y encogidas las
carnes como muerto.

20. Y luego se sigue: Estuvo uno cuyo rostro no conocía: era
imagen delante mis ojos. Este que dice que estuvo era Dios que se
comunicaba en la manera dicha. Y dice que no conocía su rostro,
para dar a entender que en la tal comunicación y visión, aunque es
altísima, no se conoce ni ve el rostro y esencia de Dios. Pero dice
que era imagen delante sus ojos, porque, como habemos dicho,
aquella inteligencia de palabra escondida era altísima, como
imagen y rastro de Dios; mas no se entiende que es ver
esencialmente a Dios.

21. Y luego concluye diciendo: Y oí una voz de aire delicado, en
que se entiende el silbo de los aires amorosos, que dice aquí el
alma que es su Amado.

Y no se ha de entender que siempre acaecen estas visitas con
estos temores y detrimentos naturales, que, como queda dicho, es
a los que comienzan a entrar en estado de iluminación y perfección
y en este género de comunicación, porque en otros antes acaecen
con gran suavidad. Síguese la declaración:

La noche sosegada.

22. En este sueño espiritual que el alma tiene en el pecho de su
Amado, posee y gusta todo el sosiego y descanso y quietud de la
pacífica noche, y recibe juntamente en Dios una abisal y oscura
inteligencia divina, y por eso dice que su Amado es para ella la
noche sosegada

en par de los levantes del aurora.

23. Pero esta noche sosegada dice que es no de manera que sea
como oscura noche, sino como la noche junto ya a los levantes de
la mañana, porque este sosiego y quietud en Dios no le es al alma
del todo oscuro, como oscura noche, sino sosiego y quietud en luz
divina, en conocimiento de Dios nuevo, en que el espíritu está
suavísimamente quieto, levantado a luz divina. Y llama bien
propiamente aquí a esta luz divina levantes de la aurora, que quiere
decir la mañana. Porque así como los levantes de la mañana
despiden la oscuridad de la noche y descubren la luz del día, así
este espíritu sosegado y quieto en Dios es levantado de la tiniebla
del conocimiento natural a la luz matutinal del conocimiento
sobrenatural de Dios, no claro sino, como dicho es, oscuro, como
noche en par de los levantes de la aurora. Porque así como la
noche en par de los levantes ni del todo es noche ni del todo es día,
sino, como dicen, entre dos luces, así esta soledad y sosiego
divino, ni con toda claridad es informado de la luz divina ni deja de
participar algo de ella.

24. En este sosiego se ve el entendimiento levantado con extraña
novedad sobre todo natural entender a la divina luz, bien así como
el que, después de un largo sueño, abre los ojos a la luz que no
esperaba. Este conocimiento entiendo quiso dar a entender David
(Sal. 101, 8), cuando dijo: Vigilavi, et factus sum sicut passer
solitarius in tecto, que quiere decir: Recordé y fui hecho semejante
al pájaro solitario en el tejado. Como si dijera: abrí los ojos de mi
entendimiento y halléme sobre todas las inteligencias naturales,
solitario sin ellas en el tejado, que es sobre todas las cosas de
abajo.

Y dice aquí que fue hecho semejante al pájaro solitario, porque en
esta manera de contemplación tiene el espíritu las propiedades de
este pájaro, las cuales son cinco: la primera, que ordinariamente se
pone en lo más alto; y así el espíritu, en este paso, se pone en
altísima contemplación. La segunda, que siempre tiene vuelto el
pico donde viene el aire; y así el espíritu vuelve aquí el pico de
afecto hacia donde viene el espíritu de amor, que es Dios. La
tercera es que ordinariamente está solo y no consiente otra ave
alguna junto a sí, sino que, en posándose alguna junto, luego se va;
y así el espíritu en esta contemplación está en soledad de todas las
cosas, desnudo de todas ellas, ni consiente en sí otra cosa que
soledad en Dios. La cuarta propiedad es que canta muy
suavemente; y lo mismo hace a Dios el espíritu a este tiempo,
porque las alabanzas que hace a Dios son de suavísimo amor,
sabrosísimas para sí y preciosísimas para Dios. La quinta es que no
es de algún determinado color; y así es el espíritu perfecto, que no
sólo en este exceso no tiene algún color de afecto sensual y amor
propio, mas ni aun particular consideración en lo superior ni inferior,
ni podrá decir de ello modo ni manera, porque es abismo de noticia
de Dios la que posee, según se ha dicho.

La música callada.

25. En aquel sosiego y silencio de la noche ya dicha, y en aquella
noticia de la luz divina, echa de ver el alma una admirable
conveniencia y disposición de la Sabiduría en las diferencias de
todas sus criaturas y obras, todas ellas y cada una de ellas dotadas
con cierta respondencia a Dios, en que cada una en su manera da
su voz de lo que en ella es Dios, de suerte que le parece una
armonía de música subidísima, que sobrepuja todos saraos y
melodías del mundo. Y llama a esta música callada porque, como
habemos dicho, es inteligencia sosegada y quieta, sin ruido de
voces; y así, se goza en ella la suavidad de la música y la quietud
del silencio. Y así, dice que su Amado es esta música callada,
porque en él se conoce y gusta esta armonía de música espiritual.
Y no sólo eso, sino que también es

la soledad sonora.

26. Lo cual es casi lo mismo que la música callada, porque, aunque
aquella música es callada cuanto a los sentidos y potencias
naturales, es soledad muy sonora para las potencias espirituales;
porque, estando ellas solas y vacías de todas las formas y
aprehensiones naturales, pueden recibir bien el sentido espiritual
sonorísimamente en el espíritu de la excelencia de Dios en sí y en
sus criaturas, según aquello que dijimos arriba haber visto san Juan
en espíritu en el Apocalipsis (14, 2), conviene a saber: Voz de
muchos citaredos que citarizaban en sus cítaras; lo cual fue en
espíritu y no de cítaras materiales, sino cierto conocimiento de las
alabanzas de los bienaventurados que cada uno, en su manera de
gloria, hace a Dios continuamente; lo cual es como música, porque,
así como cada uno posee diferentemente sus dones, así cada uno
canta su alabanza diferentemente y todos en una concordancia de
amor, bien así como música.

27. A este mismo modo echa de ver el alma en aquella sabiduría
sosegada en todas las criaturas, no sólo superiores sino también
inferiores, según lo que ellas tienen en sí cada una recibido de Dios,
dar cada una su voz de testimonio de lo que es Dios; y ve que cada
una en su manera engrandece a Dios, teniendo en sí a Dios según
su capacidad; y así, todas estas voces hacen una voz de música de
grandeza de Dios y sabiduría y ciencia admirable. Y esto es lo que
quiso decir el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría (1, 7),
cuando dijo: Spiritus Domini replevit orbem terrarum, et hoc quod
continet omnia, scientiam habet vocis; quiere decir: El espíritu del
Señor llenó la redondez de las tierras, y este mundo, que contiene
todas las cosas que él hizo, tiene ciencia de voz, que es la soledad
sonora, que decimos conocer el alma aquí, que es el testimonio que
de Dios todas ellas dan en sí. Y por cuanto el alma recibe esta
sonora música, no sin soledad y ajenación de todas las cosas
exteriores, la llama la música callada y la soledad sonora, la cual
dice que es su Amado. Y más:

La cena que recrea y enamora.

28. La cena a los amados hace recreación, hartura y amor. Porque
estas tres cosas causa el Amado en el alma en esta suave
comunicación, le llama ella aquí la cena que recrea y enamora.

Es de saber que en la Escritura divina este nombre cena se
entiende por la visión divina (Ap. 3, 20); porque así como la cena es
remate del trabajo del día y principio del descanso de la noche, así
esta noticia que habemos dicho sosegada le hace sentir al alma
cierto fin de males y posesión de bienes, en que se enamora de
Dios más de lo que de antes estaba. Y por eso le es él a ella la
cena que recrea, en serle fin de los males; y la enamora, en serle a
ella posesión de todos los bienes.

29. Pero, para que se entienda mejor cómo sea esta cena para el
alma (la cual cena, como habemos dicho es su Amado), conviene
aquí notar lo que el mismo amado Esposo dice en el Apocalipsis (3,
20), es a saber: Yo estoy a la puerta, y llamo; si alguno me abriere,
entraré yo, cenaré con él, y él conmigo. En lo cual da a entender
que él trae la cena consigo, la cual no es otra cosa sino su mismo
sabor y deleites de que él mismo goza; los cuales, uniéndose él con
el alma, se los comunica y goza ella también; que eso quiere decir
yo cenaré con él, y él conmigo. Y así, en estas palabras se da a
entender el efecto de la divina unión del alma con Dios, en la cual
los mismos bienes propios de Dios se hacen comunes también al
alma Esposa, comunicándoselos él, como habemos dicho, graciosa
y largamente. Y así él mismo es para ella la cena que recrea y
enamora, porque, en serle largo, la recrea, y en serle graciosa, la
enamora.
ANOTACIÓN

30. Antes que entremos en la declaración de las demás canciones,
conviene aquí advertir que no porque habemos dicho que en
aqueste estado de desposorio, aunque habemos dicho que el alma
goza de toda tranquilidad y que se le comunica todo lo más que se
puede en esta vida, entiéndese que la tranquilidad sólo es según la
parte superior; porque la parte sensitiva, hasta el estado del
matrimonio espiritual nunca acaba de perder sus resabios, ni sujetar
del todo sus fuerzas, como después se dirá; y que lo que se le
comunica es lo más que se puede en razón de desposorio. Porque
en el matrimonio espiritual hay grandes ventajas; porque en el
desposorio, aunque en las visitas goza de tanto bien el alma
Esposa como se ha dicho, todavía padece ausencias y
perturbaciones y molestias de parte de la porción inferior y del
demonio, todo lo cual cesa en el estado del matrimonio.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Pues como la Esposa tiene ya las virtudes puestas en el alma en
el punto de su perfección, en que está gozando de ordinaria paz en
las visitas que el Amado le hace, algunas veces goza
subidísimamente la suavidad y fragancia de ellas por el toque que
el Amado hace en ellas, bien así como se gusta la suavidad y
hermosura de las azucenas y flores cuando están abiertas y las
tratan. Porque en muchas de estas visitas ve el alma en su espíritu
todas las virtudes suyas, obrando él en ella esta luz; y ella
entonces, con admirable deleite y sabor de amor, las junta todas y
las ofrece al Amado como una piña de hermosas flores, y,
recibiéndolas el Amado entonces (porque de veras las recibe),
recibe en ello gran servicio. Todo lo cual pasa dentro del alma, en
que siente ella estar el Amado como en su propio lecho, porque el
alma se ofrece juntamente con las virtudes, que es el mayor servicio
que ella le puede hacer, y así uno de los mayores deleites que en el
trato interior con Dios ella suele recibir en esta manera de don que
hace al Amado.

2. Y conociendo el demonio esta prosperidad del alma (el cual, por
su gran malicia, todo el bien que en ella ve envidia), a este tiempo
usa de toda su habilidad y ejercita todas sus artes para poder turbar
en el alma siquiera una mínima parte de este bien. Porque más
precia él impedir a esta alma un quilate de esta su riqueza y
glorioso deleite que hacer caer a otras muchas en otros muchos y
graves pecados; porque las otras tienen poco o nada que perder, y
ésta mucho, porque tiene mucho ganado y muy precioso; así como
perder un poco de oro muy primo es más que perder mucho de
otros bajos metales.

Aprovéchase aquí el demonio de los apetitos sensitivos (aunque
con éstos en este estado las más veces puede muy poco o nada,
por estar ya ellos amortiguados) y, de que con esto no puede,
representa a la imaginación muchas variedades; y a las veces
levanta en la parte sensitiva muchos movimientos, como después
se dirá, y otras molestias que causa, así espirituales como
sensitivas. De las cuales no es en mano del alma poderse librar
hasta que el Señor envía su ángel, como se dice en el salmo (33,
8), en derredor de los que le temen, y los libra, y hace paz y
tranquilidad, así en la parte sensitiva como en la espiritual del alma.

La cual, para denotar todo esto y pedir este favor, recelosa de la
experiencia que tiene de las astucias que usa el demonio para
hacerle el dicho daño en este tiempo, hablando con los ángeles,
cuyo oficio es favorecer a este tiempo ahuyentando los demonios,
dice la siguiente canción:

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CANCIÓN 16

Cazadnos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.

DECLARACIÓN

3. Deseando, pues, el alma que no le impidan la continuación de
este deleite interior de amor, que es la flor de la viña de su alma, ni
los envidiosos y maliciosos demonios, ni los furiosos apetitos de la
sensualidad, ni las varias idas y venidas de imaginaciones, ni otras
cualesquier noticias y presencias de cosas, invoca a los ángeles,
diciendo que cacen todas estas cosas y las impidan, de manera que
no estorben el ejercicio de amor interior, en cuyo deleite y sabor se
están comunicando y gozando las virtudes y gracias entre el alma y
el Hijo de Dios. Y así, dice:

Cazadnos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña.

4. La viña que aquí dice, es el plantel que está en esta santa alma
de todas las virtudes, las cuales le dan a ella vino de dulce sabor.
Esta viña del alma está florida cuando según la voluntad está unida
con el Esposo, y en el mismo Esposo está deleitándose, según
todas estas virtudes juntas. Y algunas veces, como habemos dicho,
suelen acudir a la memoria y fantasía muchas y varias formas de
imaginaciones, y en la parte sensitiva se levantan muchos y varios
movimientos y apetitos. Los cuales, por ser de tantas maneras y tan
varios, cuando David estaba bebiendo este sabroso vino del espíritu
con grande sed en Dios, sintiendo el impedimento y molestia que le
hacían, dijo (Sal. 62, 2): Mi alma tuvo sed en ti: cuán de muchas
maneras se ha mi carne a ti.

5. Llama el alma a toda esta armonía de apetitos y movimientos
sensitivos raposas, por la gran propiedad que tienen a este tiempo
con ellas. Porque así como las raposas se hacen dormidaspara
hacer presa cuando salen a caza, así todos estos apetitos y fuerzas
sensitivas estaban sosegadas y dormidas, hasta que en el alma se
levantan y se abren y salen a ejercicio estas flores de las virtudes; y
entonces también parece que despiertan y se levantan en la
sensualidad sus flores de apetitos y fuerzas sensuales a querer
ellas contradecir al espíritu y reinar. Hasta esto llega la codicia que
dice san Pablo (Gl. 5, 17) que tiene la carne contra el espíritu; que,
por ser su inclinación grande a lo sensitivo, gustando el espíritu, se
desabre y disgusta toda carne. Y en esto dan estos apetitos gran
molestia al dulce espíritu. Por lo cual dice: Cazadnos las raposas.

6. Pero los maliciosos demonios de su parte hacen aquí molestia al
alma de dos maneras. Porque ellos incitan y levantan estos apetitos
con vehemencia, y con ellos y otras imaginaciones, etc., hacen
guerra a este reino pacífico y florido del alma. Y lo segundo, y que
peor es, que cuando de esta manera no pueden, embisten en ella
con tormentos y ruidos corporales para hacerla divertir; y, lo que es
más malo, que la combaten con temores y horrores espirituales, a
veces de terrible tormento. Lo cual a este tiempo, si se les da
licencia, pueden ellos muy bien hacer; porque, como el alma se
pone en muy desnudo espíritu para este ejercicio espiritual, puede
con facilidad él hacerse presente a ella, pues también él es espíritu.

Otras veces la hace otros embestimientos de horrores antes que
comience ella a gustar estas dulces flores, al tiempo que Dios la
comienza algo a sacar de la casa de sus sentidos para que entre en
el dicho ejercicio interior al huerto del Esposo; porque sabe que, si
una vez se entra en aquel recogimiento, está tan amparada, que
por más que haga, no puede hacerle daño. Y muchas veces,
cuando aquí el demonio sale a tomarle el paso, suele el alma con
gran presteza recogerse en el hondo escondrijo de su interior,
donde halla gran deleite y amparo, y entonces padece aquellos
terrores tan por de fuera y tan a lo lejos, que no sólo no le hacen
temor, mas le causan alegría y gozo.

7. De estos terrores hizo la Esposa mención en los Cantares (6, 11),
diciendo: Mi alma me conturbó por causa de los carros de
Aminadab, entendiendo allí por Aminadab el demonio, llamando
carros a sus embestimientos y acometimientos, por la grande
vehemencia y tropel y ruido que con ellos trae. Después dice aquí el
alma: Cazadnos las raposas.

Lo cual también la Esposa en los Cantares (2, 15), al mismo
propósito pidió, diciendo: Cazadnos las raposas pequeñas que
desmenuzan las viñas, porque nuestra viña ha florecido. Y no dice
cazadme, sino cazadnos, porque habla de sí y del Amado; porque
están en uno y gozando la flor de la viña. La causa por que aquí
dice que la viña está con flor y no dice con fruto, es porque las
virtudes en esta vida, aunque se gozan en el alma con tanta
perfección como ésta de que hablamos, es como gozarla en flor,
porque sólo en la otra se gozarán como en fruto. Y dice luego:

En tanto que de rosas
hacemos una piña.

8. Porque a esta sazón que el alma está gozando la flor de esta
viña y deleitándose en el pecho de su Amado, acaece así que las
virtudes del alma se ponen todas en pronto y claro, como habemos
dicho, y en su punto, mostrándose al alma y dándole de sí gran
suavidad y deleite; las cuales siente el alma estar en sí misma y en
Dios, de manera que le parecen ser una viña muy florida y
agradable de ella y de él, en que ambos se apacientan y deleitan. Y
entonces el alma junta todas estas virtudes, haciendo actos muy
sabrosos de amor en cada una de ellas y en todas juntas, y así
juntas las ofrece ella al Amado con gran ternura de amor y
suavidad; a lo cual le ayuda el mismo Amado (porque sin su favor y
ayuda no podría ella hacer esta junta y ofrenda de virtudes a su
Amado), que por eso dice: Hacemos una piña, es a saber: el
Amado y yo.

9. Y llama piña a esta junta de virtudes, porque así como la piña es
una pieza fuerte, y en sí contiene muchas piezas fuertes y
fuertemente abrazadas, que son los piñones, así esta piña de
virtudes que hace el alma para su Amado es una sola pieza de
perfección del alma, la cual fuerte y ordenadamente abraza y
contiene en sí muchas perfecciones y virtudes fuertes y dones muy
ricos. Porque todas las perfecciones y virtudes se ordenan y
contienen en una sólida perfección del alma; la cual, en tanto que
está haciéndose por el ejercicio de las virtudes y ya hecha, se está
ofreciendo de parte del alma al Amado en el espíritu de amor que
vamos diciendo; conviene, pues, que se cacen las dichas raposas,
porque no impidan la tal comunicación interior de los dos. Y no sólo
pide esto solo la Esposa en esta canción para poder hacer bien la
piña, mas también quiere lo que se sigue en el verso siguiente, es a
saber:

Y no parezca nadie en la montiña.

10. Porque para este divino ejercicio interior es también necesaria
soledad y ajenación de todas las cosas que se podrían ofrecer al
alma, ahora de parte de la porción inferior, que es la sensitiva del
hombre, ahora de la parte de la porción superior, que es la racional,
las cuales dos porciones son en que se encierra toda la armonía de
las potencias y sentidos del hombre, a la cual armonía llama aquí
montiña, porque, morando en ella y situándose en ella todas las
noticias y apetitos de la naturaleza, como la caza en el monte, en
ella suele el demonio hacer caza y presa en esos apetitos y noticias
para mal del alma. Dice que en esta montiña no parezca nadie, es a
saber, representación y figura de cualquier objeto perteneciente a
cualquiera de estas potencias o sentidos, que habemos dicho, no
parezca delante el alma y el Esposo. Y así, es como si dijera: en
todas las potencias espirituales del alma, como son memoria,
entendimiento y voluntad, no haya noticias ni afectos particulares, ni
otras cualesquier advertencias; y en todos los sentidos y potencias
corporales, así interiores como exteriores, que son imaginativa,
fantasía, etc., ver, oír, etc., no haya otras digresiones y formas,
imágenes y figuras, ni representaciones de objetos al alma, ni otras
operaciones naturales.

11. Esto dice aquí el alma, por cuanto, para gozar perfectamente de
esta comunicación con Dios, conviene que todos los sentidos y
potencias, así interiores como exteriores, estén desocupados,
vacíos y ociosos de sus propias operaciones y objetos; porque, en
tal caso, cuanto ellos de suyo más se ponen en ejercicio, tanto más
estorban, porque en llegando el alma a alguna manera de unión
interior de amor, ya no obran en esto las potencias espirituales, y
menos las corporales, por cuanto está ya hecha y obrada la obra de
unión de amor, actuada el alma en amor, y así acabaron de obrar
las potencias, porque llegando al término cesan todas las
operaciones de los medios. Y así, lo que el alma hace entonces es
asistencia de amor en Dios, lo cual es amar en continuación de
amor unitivo. No parezca, pues, nadie en la montiña. Sola la
voluntad parezca, asistiendo al Amado en entrega de sí y de todas
las virtudes en la manera que está dicho.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Para más noticia de la canción que se sigue, conviene aquí
advertir que las ausencias que padece el alma de su Amado en
este estado de desposorio espiritual son muy aflictivas, y algunas
son de manera que no hay pena que se le compare. La causa de
esto es que, como el amor que tiene a Dios en este estado es
grande y fuerte, atorméntale grande y fuertemente en la ausencia. Y
añádese a esta pena la molestia que a este tiempo recibe en
cualquiera manera de trato o comunicación de las criaturas, que es
muy grande; porque, como ella está con aquella gran fuerza de
deseo abisal por la unión con Dios, cualquiera entretenimiento le es
gravísimo y molesto; bien así como a la piedra, cuando con grande
ímpetu y velocidad va llegando hacia su centro, cualquiera cosa en
que topase y la entretuviese en aquel vacío le sería muy violenta. Y
como está ya el alma saboreada con estas dulces visitas, sonle más
deseables sobre el oro (Sal. 18, 11) y toda hermosura. Y por eso,
temiendo el alma mucho carecer, aun por un momento, de tan
preciosa presencia, hablando con la sequedad y con el espíritu de
su Esposo, dice esta canción:

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CANCIÓN 17

Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.

DECLARACIÓN

2. Demás de lo dicho en la canción pasada, la sequedad de espíritu
es también causa de impedir al alma el jugo de suavidad interior de
que arriba ha hablado. Y, temiendo ella esto, hace dos cosas en
esta canción:

La primera, impedir la sequedad, cerrándole la puerta por medio de
la continua oración y devoción.

La segunda cosa que hace es invocar al Espíritu Santo, que es el
que ha de ahuyentar esta sequedad del alma y el que sustenta en
ella y aumenta el amor del Esposo, y también ponga el alma en
ejercicio interior de las virtudes, todo a fin de que el Hijo de Dios, su
Esposo, se goce y deleite más en ella, porque toda su pretensión es
dar contento al Amado.

Detente, cierzo muerto.

3. El cierzo es un viento muy frío que seca y marchita las flores y
plantas y, a lo menos, las hace encoger y cerrar cuando en ellas
hiere. Y, porque la sequedad espiritual y la ausencia afectiva del
Amado hacen este mismo efecto en el alma que la tiene,
apagándole el jugo y sabor y fragancia que gustaba de las virtudes,
la llama cierzo muerto, porque todas las virtudes y ejercicio afectivo
que tenía el alma tiene amortiguado. Y por eso dice aquí el alma:
Detente, cierzo muerto. El cual dicho del alma se ha de entender
que es hecho y obra de oración y de ejercicios espirituales, para
que se detenga la sequedad. Pero, porque en este estado las cosas
que Dios comunica al alma son tan interiores que con ningún
ejercicio de sus potencias de suyo puede el alma ponerlas en
ejercicio y gustarlas, si el espíritu del Esposo no hace en ella esta
moción de amor, le invoca ella luego, diciendo:
Ven, austro, que recuerdas los amores.

4. El austro es otro viento, que vulgarmente se llama ábrego. Este
aire apacible causa lluvias y hace germinar las yerbas y plantas, y
abrir las flores y derramar su olor; tiene los efectos contrarios a
cierzo. Y así, por este aire entiende el alma al Espíritu Santo, el cual
dice que recuerda los amores; porque, cuando este divino aire
embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y
aviva y recuerda la voluntad, y levanta los apetitos (que antes
estaban caídos y dormidos) al amor de Dios, que se puede bien
decir que recuerda los amoresde él y de ella. Y lo que pide al
Espíritu Santo es lo que dice en el verso siguiente:

Aspira por mi huerto.

5. El cual huerto es la misma alma. Porque así como arriba ha
llamado a la misma alma viña florecida, porque la flor de las virtudes
que hay en ella le dan vino de dulce sabor, así aquí la llama
también huerto, porque en ella están plantadas y nacen y crecen las
flores de perfecciones y virtudes que habemos dicho.

Y es aquí de notar que no dice la Esposa: aspira en mi huerto, sino
aspira por mi huerto; porque es grande la diferencia que hay entre
aspirar Dios en el alma y aspirar por el alma. Porque aspirar en el
alma es infundir en ella gracia, dones y virtudes, y aspirar por el
alma es hacer Dios toque y moción en las virtudes y perfecciones
que ya le son dadas, renovándolas y moviéndolas de suerte que
den de sí admirable fragancia y suavidad al alma; bien así como
cuando menean las especias aromáticas, que, al tiempo que se
hace aquella moción, derraman la abundancia de su olor, el cual
antes ni era tal ni se sentía en tanto grado. Porque las virtudes que
el alma tiene en sí, adquiridas o infusas, no siempre las está
sintiendo y gozando actualmente; porque, como después diremos,
en esta vida están en el alma como flores en cogollo cerradas, o
como especias aromáticas cubiertas, cuyo olor no se siente hasta
ser abiertas y movidas, como habemos dicho.

6. Pero algunas veces hace Dios tales mercedes al alma Esposa,
que, aspirando con su Espíritu divino por este florido huerto de ella,
abre todos estos cogollos de virtudes y descubre estas especias
aromáticas de dones y perfecciones y riquezas del alma, y,
manifestando el tesoro y caudal interior, descubre toda la
hermosura de ella. Y entonces es cosa admirable de ver y suave de
sentir la riqueza que se descubre al alma de sus dones y la
hermosura de estas flores de virtudes ya todas abiertas en el alma.
Y la suavidad de olor que cada una de sí le da, según su propiedad,
es inestimable. Y esto llama aquí correr los olores del huerto,
cuando en el verso siguiente dice:

Y corran sus olores.

7. Los cuales son en tanta abundancia algunas veces, que al alma
le parece estar vestida de deleites y bañada en gloria inestimable;
tanto, que no sólo ella lo siente de dentro, pero aun suélele
redundar tanto de fuera, que lo conocen los que saben advertir, y
les parece estar la tal alma como un deleitoso jardín lleno de
deleites y riquezas de Dios. Y no sólo cuando estas flores están
abiertas se echa de ver esto en estas santas almas, pero
ordinariamente traen en sí un no sé qué de grandeza y dignidad,
que causa detenimiento y respeto a los demás, por el efecto
sobrenatural que se difunde en el sujeto de la próxima y familiar
comunicación con Dios, cual se escribe en el Exodo (34, 30) de
Moisés, que no podían mirar en su rostro por la honra y gloria que
le quedaba, por haber tratado cara a cara con Dios.

8. En este aspirar el Espíritu Santo por el alma, que es visitación
suya en amor a ella, se comunica en alta manera el Esposo Hijo de
Dios; que por eso envía su Espíritu primero como a los Apóstoles,
que es su aposentador, para que le prepare la posada del alma
Esposa, levantándola en deleite, poniéndole el huerto a gesto,
abriendo sus flores, descubriendo sus dones, arreándola de la
tapicería de sus gracias y riquezas.

Y así, con grande deseo desea el alma Esposa todo esto, es a
saber: que se vaya el cierzo, que venga el austro, que aspire por el
huerto; porque entonces gana el alma muchas cosas juntas. Porque
gana el gozar las virtudes puestas en el punto de sabroso ejercicio,
como habemos dicho; gana el gozar al Amado en ellas, pues
mediante ellas, como acabamos de decir, se comunica en ella con
más estrecho amor y haciéndole más particular merced que antes; y
gana que el Amado mucho más se deleita en ella por este ejercicio
actual de virtudes, que es de lo que ella más gusta, es a saber, que
guste su Amado; y gana también la continuación y duración del tal
sabor y suavidad de virtudes. La cual dura en el alma todo el tiempo
que el Esposo asiste en ella en tal manera, estándole dando la
Esposa suavidad en sus virtudes, según en los Cánticos (1, 11) ella
lo dice en esta manera: En tanto que estaba el rey en su reclinatorio
(es a saber, en el alma) mi arbolico florido y oloroso dio olor de
suavidad; entendiendo aquí por este arbolico oloroso la misma
alma, que, de flores de virtudes que en sí tiene, da olor de suavidad
al Amado, que en ella mora en esta manera de unión.

9. Por tanto, mucho es de desear este divino aire del Espíritu Santo
y que pida cada alma aspire por su huerto para que corran divinos
olores de Dios. Que, por ser esto tan necesario y de tanta gloria y
bien para el alma, la Esposa lo deseó y pidió por los mismos
términos que aquí, en los Cantares (4, 16), diciendo: Levántate de
aquí, cierzo, y ven, ábrego, y aspira por mi huerto, y correrán sus
olorosas y preciosas especias. Y esto todo lo desea el alma, no por
el deleite y gloria que de ello se le sigue, sino por lo que en esto
sabe que se deleita su Esposo, y porque esto es disposición y
prenuncio para que el Hijo de Dios venga a deleitarse en ella; que
por eso dice luego:

Y pacerá el amado entre las flores.

10. Significa el alma este deleite que el Hijo de Dios tiene en ella en
esta sazón por nombre de pasto, que muy más al propio lo da a
entender, por ser el pasto o comida cosa que no sólo da gusto, pero
aun sustenta. Y así, el Hijo de Dios se deleita en el alma en estos
deleites de ella y se sustenta en ella, esto es, persevera en ella,
como en lugar donde grandemente se deleita, porque el lugar se
deleita de veras en él. Y eso entiendo que es lo que él mismo quiso
decir por la boca de Salomón en los Proverbios (8, 31), diciendo:
Mis deleites son con los hijos de los hombres, es a saber, cuando
sus deleites son estar conmigo, que soy el Hijo de Dios.

Y conviene aquí notar que no dice el alma aquí que pacerá el
Amado las flores, sino entre las flores; porque, como quiera que la
comunicación suya, es a saber, del Esposo, sea en la misma alma
mediante el arreo ya dicho de las virtudes, síguese que lo que pace
es la misma alma transformándola en sí, estando ya ella guisada,
salada y sazonada con las dichas flores de virtudes y dones y
perfecciones, que son la salsa con que y entre que la pace; las
cuales, por medio del aposentador ya dicho, están dando al Hijo de
Dios sabor y suavidad en el alma, para que por este medio se
apaciente más en el amor de ella. Porque ésta es la condición del
Esposo: unirse con el alma entre la fragancia de estas flores. La
cual condición nota muy bien la Esposa en los Cantares (6, 1),
como quien tan bien la sabe, por estas palabras, diciendo: Mi
Amado descendió a su huerto, a la erica y aire de las especias
odoríferas, para apacentarse en los huertos y coger lirios. Y otra vez
dice (6, 2): Yo para mi Amado, y mi Amado para mí, que se
apacienta entre los lirios, es a saber, que se apacienta y deleita en
mi alma, que es el huerto suyo, entre los lirios de mis virtudes y
perfecciones y gracias.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. En este estado, pues, de desposorio espiritual, como el alma
echa de ver sus excelencias y grandes riquezas, y que no las posee
y goza como querría a causa de la morada que hace en carne,
muchas veces padece mucho, mayormente cuando más se le aviva
la noticia de esto. Porque echa de ver que ella está en el cuerpo
como un gran señor en la cárcel, sujeto a mil miserias y que le
tienen confiscados sus reinos, e impedido todo su señorío y
riquezas, y no se le da de su hacienda sino muy por tasa la comida;
en lo cual lo que podrá sentir, cada uno lo echará bien de ver,
mayormente aun los domésticos de su casa no le estando bien
sujetos, sino que a cada ocasión sus siervos y esclavos sin algún
respeto se enderezan contra él, hasta querer cogerle el bocado del
plato. Pues que, cuando Dios hace merced al alma de darle a
gustar algún bocado de los bienes y riquezas que le tiene
aparejadas, luego se levanta en la parte sensitiva un mal siervo de
apetito, ahora un esclavo de desordenado movimiento, ahora otras
rebeliones de esta parte inferior, a impedirle este bien.

2. En lo cual se siente el alma estar como en tierra de enemigos y
tiranizada entre extraños y como muerta entre los muertos,
sintiendo bien lo que da a entender el profeta Baruc (3, 10-11),
cuando encarece esta miseria en la cautividad de Jacob, diciendo:
¿Quién es Israel para que esté en la tierra de los enemigos?
Envejecístete en la tierra ajena, contaminástete con los muertos y
estimáronte con los que descienden al infierno. Y Jeremías (2, 14),
sintiendo este mísero trato que el alma padece de parte del
cautiverio del cuerpo, hablando con Israel, según el sentido
espiritual, dice: ¿Por ventura Israel es siervo o esclavo, porque así
esté preso? Sobre él rugieron los leones, etc., entendiendo aquí por
los leones los apetitos y rebeliones que decimos de este tirano rey
de la sensualidad. De lo cual para mostrar el alma la molestia que
recibe y el deseo que tiene de que este reino de la sensualidad, con
todos sus ejércitos y molestias, se acabe ya o se le sujete del todo,
levantando los ojos al Esposo, como quien lo ha de hacer todo,
hablando contra los dichos movimientos y rebeliones, dice esta
canción:

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CANCIÓN 18

¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.

DECLARACIÓN

3. En esta canción la Esposa es la que habla, la cual, viéndose
puesta, según la porción superior espiritual, en tan ricos y
aventajados dones y deleites de parte de su Amado, deseando
conservarse en su seguridad y continua posesión de ellos, en la
cual el Esposo la ha puesto en las dos canciones precedentes,
viendo que de parte de la porción inferior, que es la sensualidad, se
le podría impedir (y que de hecho impide) y perturbar tanto bien
pide a las operaciones y movimientos de esta porción inferior que
se sosieguen en las potencias y sentidos de ella y no pasen los
límites de su región, la sensual, a molestar e inquietar la porción
superior y espiritual del alma, porque no la impida aun por algún
mínimo movimiento el bien y suavidad de que goza. Porque los
movimientos de la parte sensitiva y sus potencias, si obran cuando
el espíritu goza, tanto más le molestan e inquietan cuanto ellos
tienen de más obra y viveza. Dice, pues, así:

¡Oh ninfas de Judea!

4. Judea llama a la parte inferior del alma, que es la sensitiva. Y
llámala Judea porque es flaca y carnal y de suyo ciega, como lo es
la gente judaica.

Y llama ninfas a todas las imaginaciones, fantasías y movimientos y
afecciones de esta porción inferior. A todas éstas llama ninfas,
porque así como las ninfas con su afición y gracia atraen a sí a los
amantes, así estas operaciones y movimientos de la sensualidad
sabrosa y porfiadamente procuran atraer a sí la voluntad de la parte
racional, para sacarla de lo interior a que quiera lo exterior que ellas
quieren y apetecen; moviendo también al entendimiento y
atrayéndole a que se case y junte con ellas en su bajo modo de
sentido, procurando conformar y aunar la parte racional con la
sensual. Vosotras, pues, dice, ¡oh sensuales operaciones y
movimientos!,

en tanto que en las flores y rosales.

5. Las flores, como habemos dicho, son las virtudes del alma; los
rosales son las potencias de la misma alma; memoria,
entendimiento y voluntad, las cuales llevan en sí y crían flores de
conceptos divinos y actos de amor y las dichas virtudes. En tanto,
pues, que en estas virtudes y potencias de mi alma, etc.,

el ámbar perfumea.

6. Por el ámbar entiende aquí el divino Espíritu del Esposo que
mora en el alma, y perfumear este divino ámbar en las flores y
rosales es derramarse y comunicarse suavísimamente en las
potencias y virtudes del alma, dando en ella al alma perfume de
divina suavidad. En tanto, pues, que este divino Espíritu está dando
suavidad espiritual a mi alma,

morá en los arrabales.

7. En los arrabales de Judea, que decimos ser la porción inferior o
sensitiva del alma: y los arrabales de ella son los sentidos sensitivos
interiores, como son la memoria, fantasía, imaginativa, en los cuales
se colocan y recogen las formas e imágenes y fantasmas de los
objetos, por medio de las cuales la sensualidad mueve sus apetitos
y codicias. Y estas formas, etc., son las que aquí llama ninfas, las
cuales, quietas y sosegadas, duermen también los apetitos. Estas
entran a estos sus arrabales de los sentidos interiores por las
puertas de los sentidos exteriores, que son: oír, ver, oler, etc., de
manera que todas las potencias y sentidos, ahora interiores. ahora
exteriores, de esta parte sensitiva los podemos llamar arrabales,
porque son los barrios que están fuera de los muros de la ciudad.
Porque lo que se llama ciudad en el alma es allá lo de más adentro,
es a saber, la parte racional, que tiene capacidad para comunicar
con Dios, cuyas operaciones son contrarias a las de la sensualidad.
Pero, porque hay natural comunicación de la gente que mora en
estos arrabales de la parte sensitiva, la cual gente es las ninfas que
decimos, con la parte superior, que es la ciudad, de tal manera que
lo que se obra en esta parte inferior ordinariamente se siente en la
otra interior, y, por consiguiente le hace advertir y desquietar de la
obra y asistencia espiritual que tiene en Dios; por eso les dice que
moren en sus arrabales, esto es, que se quieten en sus sentidos
sensitivos interiores y exteriores.

Y no queráis tocar nuestros umbrales.

8. Esto es, ni por primeros movimientos toquéis a la parte superior;
porque los primeros movimientos del alma son las entradas y
umbrales para entrar en el alma, y cuando pasan de primeros
movimientos (en la razón, ya van pasando los umbrales; mas
cuando son primeros movimientos), sólo se dice tocar a los
umbrales o llamar a la puerta, lo cual se hace cuando hay
acometimientos a la razón de parte de la sensualidad para algún
acto desordenado. Pues no solamente el alma dice aquí que éstos
no toquen al alma, pero, aun las advertencias que no hacen a la
quietud y bien de que goza, no ha de haber.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Está tan hecha enemiga el alma, en este estado, de la parte
inferior y de sus operaciones que no querría que la comunicase
Dios nada de lo espiritual, cuando lo comunica a la parte superior;
porque o ha de ser muy poco o no lo ha de poder sufrir por la
flaqueza de su condición, sin que desfallezca el natural, y, por
consiguiente, padezca y se aflija el espíritu, y así no le pueda gozar
en paz. Porque, como dice el Sabio (Sab. 9, 15), el cuerpo agrava
al alma, porque se corrompe. Y como el alma desea las altas y
excelentes comunicaciones de Dios, y éstas no las puede recibir en
compañía de la parte sensitiva, desea que Dios se las haga sin ella.

Porque aquella alta visión del tercero cielo que vio san Pablo, en
que dice que vio a Dios, dice él mismo que no sabe si la recibió en
el cuerpo o fuera del cuerpo (2 Cor. 12, 2). Pero de cualquier
manera que ello fuese, ello fue sin el cuerpo; porque si el cuerpo
participara, no lo pudiera dejar de saber, ni la visión pudiera ser tan
alta como él dice, diciendo (2 Cor. 12, 4) que oyó tan secretas
palabras, que no es lícito al hombre hablarlas. Por eso, sabiendo
muy bien el alma que mercedes tan grandes no se pueden recibir
en vaso tan estrecho, deseando que se las haga el Esposo fuera de
él, o a lo menos sin él, hablando con él mismo, se lo pide en esta
canción:

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CANCIÓN 19

Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.

DECLARACIÓN

2. Cuatro cosas pide el alma Esposa al Esposo en esta canción: la
primera, que sea él servido de comunicársele muy adentro en lo
escondido de su alma; la segunda, que embista e informe sus
potencias con la gloria y excelencia de su Divinidad; la tercera, que
sea esto tan alta y profundamente, que no se sepa ni quiera decir,
ni sea de ello capaz el exterior y parte sensitiva; la cuarta, que se
enamore de las muchas virtudes y gracias que él ha puesto en ella,
con las cuales va ella acompañada y sube a Dios por muy altas y
levantadas noticias de la Divinidad y por excesos de amor muy
extraños y extraordinarios de los que ordinariamente se suelen
tener. Y así, dice:

Escóndete, Carillo.

3. Como si dijera: querido Esposo mío, recógete en lo más interior
de mi alma, comunicándote a ella escondidamente, manifestándole
tus escondidas maravillas, ajenas de todos los ojos mortales.

Y mira con tu haz a las montañas.

4. La haz de Dios es la divinidad y las montañas son las potencias
del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Y así, es como si
dijera: embiste con tu divinidad en mi entendimiento, dándole
inteligencias divinas, y en mi voluntad, dándole y comunicándole el
divino amor, y en mi memoria, con divina posesión de gloria.
En esto pide el alma todo lo que le puede pedir, porque no anda ya
contentándose en conocimiento y comunicación de Dios por las
espaldas, como hizo Dios con Moisés (Ex. 33, 23), que es conocerle
por sus efectos y obras, sino con la haz de Dios, que es
comunicación esencial de la Divinidad sin otro algún medio en el
alma, por cierto contacto de ella en la divinidad, lo cual es cosa
ajena de todo sentido y accidentes, por cuanto es toque de
sustancias desnudas, es a saber, del alma y Divinidad. Y por eso
dice luego:

Y no quieras decillo.

5. Es a saber: y no quieras decillo como antes, cuando las
comunicaciones que en mí hacías eran de manera que las decías a
los sentidos exteriores por ser cosas de que ellos eran capaces,
porque no eran tan altas y profundas que no pudiesen ellos
alcanzarlas; mas ahora sean tan subidas y sustanciales estas
comunicaciones y tan de adentro, que no se les diga a ellos nada,
esto es, que no lo puedan ellos alcanzar a saber. Porque la
sustancia del espíritu no se puede comunicar al sentido, y todo lo
que se comunica al sentido, mayormente en esta vida, no puede ser
puro espíritu, por no ser él capaz de ello. Deseando, pues, el alma
aquí esta comunicación de Dios tan sustancial y esencial que no
cae en sentido, pide al Esposo que no quiera decillo, que es como
decir: sea de manera la profundidad de este escondrijo de unión
espiritual, que el sentido ni lo acierte a decir ni a sentir, siendo como
los secretos que oyó san Pablo, que no era lícito al hombre decillos
(2 Cor. 12, 4).

Mas mira las compañas.

6. El mirar de Dios es amar y hacer mercedes. Las compañas que
aquí dice el alma que mire Dios son la multitud de virtudes y dones
y perfecciones y otras riquezas espirituales que él ha puesto ya en
ella, como arras y prendas y joyas de desposada. Y así, es como si
dijera: mas antes conviértete, Amado, a lo interior de mi alma,
enamorándote del acompañamiento de riquezas que has puesto en
ella, para que, enamorado de ella en ellas, te escondas en ella y te
detengas, pues que es verdad que, aunque son tuyas, ya por
habérselas tú dado, también son

de la que va por ínsulas extrañas.
7. Es a saber, de mi alma, que va a ti por extrañas noticias de ti y
por modos y vías extrañas y ajenas de todos los sentidos y del
común conocimiento natural. Y así, es como si dijera, queriéndole
obligar: pues va mi alma a ti por noticias espirituales, extrañas y
ajenas de los sentidos, comunícate tú a ella también en tan interior
y subido grado que sea ajeno de todos ellos.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Para llegar a tan alto estado de perfección como aquí el alma
pretende, que es el matrimonio espiritual, no sólo le basta estar
limpia y purificada de todas las imperfecciones y rebeliones y
hábitos imperfectos de la parte inferior, en que, desnudado el viejo
hombre, está ya sujeta y rendida a la superior, sino que también ha
menester grande fortaleza y muy subido amor para tan fuerte y
estrecho abrazo de Dios. Porque no solamente en este estado
consigue el alma muy alta pureza y hermosura, sino también terrible
fortaleza por razón del estrecho y fuerte nudo que por medio de
esta unión entre Dios y el alma se da.

2. Por lo cual, para venir a él, ha menester ella estar en el punto de
pureza, fortaleza y amor competente; que por eso, deseando el
Espíritu Santo, que es el que interviene y hace esta junta espiritual,
que el alma llegase a tener estas partes para merecerlo, hablando
con el Padre y con el Hijo en los Cantares (8, 8-9) dijo: ¿Qué
haremos a nuestra hermana en el día en que ha de salir a vistas y a
hablar, porque es pequeñuela y no tiene crecidos los pechos? Si
ella es muro, edifiquemos sobre él fuerzas y defensas plateadas; y
si es puerta, guarnezcámosla con tablas cedrinas; entendiendo aquí
por las fuerzas y defensas plateadas, las virtudes fuertes y heroicas,
envueltas en fe, que por la plata es significada, las cuales virtudes
heroicas son ya las del matrimonio espiritual, que asientan sobre el
alma fuerte, que aquí es significada por el muro, en cuya fortaleza
ha de reposar el pacífico Esposo sin que perturbe alguna flaqueza;
y entendiendo por las tablas cedrinas las afecciones y accidentes
de alto amor, el cual alto amor es significado por el cedro, y éste es
el amor del matrimonio espiritual. Y para guarnecer con él a la
Esposa, es menester que ella sea puerta, es a saber, para que
entre el Esposo, teniendo ella abierta la puerta de la voluntad para
él por entero y verdadero sí de amor, que es el sí del desposorio,
que está dado antes del matrimonio espiritual; entendiendo también
por los pechos de la Esposa ese mismo amor perfecto que le
conviene tener para parecer delante del Esposo Cristo, para
consumación de tal estado.

3. Pero dice allí el texto (8, 10) que respondió luego la Esposa con
el deseo que tenía de salir a estas vistas, diciendo: Yo soy muro, y
mis pechos son como una torre; que es como decir: mi alma es
fuerte y mi amor muy alto, para que no quede por eso. Lo cual
también aquí el alma Esposa, con deseo que tiene de esta perfecta
unión y transformación, ha ido dando a entender en las precedentes
canciones, mayormente en la que acabamos de declarar, en que
pone al Esposo por delante las virtudes y ricas disposiciones que de
él tiene recibidas para más le obligar. Y por eso el Esposo,
queriendo concluir con este negocio, dice las dos siguientes
canciones, en que acaba de purificar al alma y hacerla fuerte y
disponerla, así según la parte sensitiva como según la espiritual,
para este estado, diciéndolas contra todas las contrariedades y
rebeliones, así de la parte sensitiva como de parte del demonio.

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CANCIÓN 20 y 21

Esposo

A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores,

por las amenas liras
y canto de sirenas os conjuro
que cesen vuestras iras,
y no toquéis al muro,
porque la Esposa duerma más seguro.

DECLARACIÓN

4. En estas dos canciones pone el Esposo Hijo de Dios al alma
Esposa en posesión de paz y tranquilidad, en conformidad de la
parte inferior con la superior, limpiándola de todas sus
imperfecciones y poniendo en razón las potencias y razones
naturales del alma, sosegando todos los demás apetitos, según se
contiene en las sobredichas dos canciones, cuyo sentido es el
siguiente: primeramente, conjura el Esposo y manda a las inútiles
digresiones de la fantasía e imaginativa que de aquí adelante
cesen; y también pone en razón a las dos potencias naturales:
irascible y concupiscible, que antes algún tanto afligían el alma. Y
pone en perfección de sus objetos a las tres potencias del alma:
memoria, entendimiento y voluntad, según se puede en esta vida.
Demás de esto, conjura y manda a las cuatro pasiones del alma
que son: gozo, esperanza, dolor y temor, que ya de aquí adelante
estén mitigadas y puestas en razón.

Todas las cuales cosas son significadas por todos aquellos
nombres que se ponen en la canción primera, cuyas molestas
operaciones y movimientos hace el Esposo que ya cesen en el
alma por medio de la gran suavidad y deleite y fortaleza que ella
posee en la comunicación y entrega espiritual que Dios de sí le
hace en este tiempo. En la cual, porque Dios transforma vivamente
al alma en sí, todas las potencias, apetitos y movimientos del alma
pierden su imperfección natural y se mudan en divinos. Y así, dice:

A las aves ligeras.

5. Llama aves ligeras a las digresiones de la imaginativa, que son
ligeras y sutiles en volar a una parte y a otra; las cuales, cuando la
voluntad está gozando en quietud de la comunicación sabrosa del
Amado, suelen hacerle sinsabor y apagarle el gusto con sus vuelos
sutiles. A las cuales dice el Esposo que las conjura por las amenas
liras, etc.; esto es, que pues ya la suavidad y deleite del alma es tan
abundante y frecuente que ellas no lo podrán impedir (como antes
solían) por no haber llegado a tanto, que cesen sus inquietos
vuelos, ímpetus y excesos. Lo cual se ha de entender así en las
demás partes que habemos de declarar aquí, como son:

Leones, ciervos, gamos saltadores.

6. Por los leones entiende las acrimonias e ímpetus de la potencia
irascible; porque esta potencia es osada y atrevida en sus actos
como los leones.

Por los ciervos y los gamos saltadores entiende la otra potencia del
alma, que es concupiscible, que es la potencia del apetecer, la cual
tiene dos efectos: el uno es de cobardía y el otro de osadía. Los
efectos de cobardía ejercita cuando las cosas no las halla para sí
convenientes, porque entonces se retira, encoge y acobarda. Y en
estos afectos es comparada a los ciervos; porque así como tienen
esta potencia concupiscible más intensa que otros muchos
animales, así son muy cobardes y encogidos. Los efectos de osadía
ejercita cuando halla las cosas convenientes para sí, porque
entonces no se encoge y acobarda, sino atrévese a apetecerlas y
admitirlas con los deseos y afectos. Y en estos efectos de osadía es
comparada esta potencia a los gamos, los cuales tienen tanta
concupiscencia en lo que apetecen, que no sólo a ello van
corriendo, mas aun saltando, por lo cual aquí los llama saltadores.

7. De manera que, en conjurar los leones, pone rienda a los
ímpetus y excesos de la ira; y en conjurar los ciervos, fortalece la
concupiscencia en las cobardías y pusilanimidades que antes la
encogían; y en conjurar los gamos saltadores, la satisface y
apacigua los deseos y apetitos que antes andaban inquietos,
saltando como gamos de uno en otro, para satisfacer a la
concupiscencia, la cual está ya satisfecha por las amenas liras, de
cuya suavidad goza, y por el canto de sirenas, en cuyo deleite se
apacienta.

Y es de notar que no conjura el Esposo aquí a la ira y
concupiscencia, porque estas potencias nunca en el alma faltan,
sino a los molestos y desordenados actos de ellas significados por
los leones, ciervos, gamos saltadores, porque éstos en este estado
es necesario que falten.

Montes, valles, riberas.

8. Por estos tres nombres se denotan los actos viciosos y
desordenados de las tres potencias del alma, que son: memoria,
entendimiento y voluntad: los cuales actos son desordenados y
viciosos cuanto son en extremo altos y cuando son en extremo
bajos y remisos, o, aunque no lo sean en extremo, cuanto declinan
hacia uno de los dos extremos. Y así, por los montes, que son muy
altos, son significados los actos extremados en demasía
desordenada. Por los valles, que son muy bajos, se significan los
actos de estas tres potencias extremados en menos de lo que
conviene. Y por la riberas, que ni son muy altas ni muy bajas, sino
que por no ser llanas participan algo del un extremo y del otro, son
significados los actos de las potencias cuando exceden o faltan algo
del medio y llano de lo justo; los cuales aunque no son
extremadamente desordenados, que sería llegando a pecado
mortal, todavía lo son en parte: ahora en venial, ahora en
imperfección, por mínima que sea, en el entendimiento, memoria y
voluntad.

A todos estos actos excesivos de lo justo conjura también que
cesen por las amenas liras y canto dicho; las cuales tienen puestas
a las tres potencias del alma tan en su punto de efecto, que están
tan empleadas en la justa operación que las pertenece, que no sólo
no en extremo, pero ni aun en parte de él participan alguna cosa.
Síguense los demás versos:

Aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores.

9. También por estas cuatro cosas entiende las afecciones de las
cuatro pasiones, que, como dijimos, son: dolor, esperanza, gozo,
temor.

Por las aguas se entienden las afecciones del dolor que afligen al
alma, porque así como agua se entran en el alma; de donde David
(Sal. 68, 2) dice a Dios hablando de ellas: Salvum me fac, Deus,
quoniam intraverunt aquae usque ad animam meam, esto es:
Sálvame, Dios mío, porque han entrado las aguas hasta mi alma.

Por los aires se entiende las afecciones de la esperanza, porque así
como aire vuelan a desear lo ausente que se espera; de donde
también dice David (Sal. 118, 131): Os meum aperui et attraxi
spiritum, quia mandata tua desiderabam, como si dijera: Abrí la
boca de mi esperanza y atraje el aire de mi deseo, porque esperaba
y deseaba tus mandamientos.

Por los ardores se entienden las afecciones de la pasión del gozo,
las cuales inflaman el corazón a manera de fuego; por lo cual el
mismo David (Sal. 38, 4) dice: Concaluit cor meum intra me, et in
meditatione mea exardescet ignis, que quiere decir: Dentro de mi se
calentó mi corazón, y en mi meditación se encenderá fuego; que es
tanto como decir: en mi meditación se encenderá el gozo.

Por los miedos de las noches veladores se entienden las afecciones
de la otra pasión, que es el temor; las cuales en los espirituales que
aún no han llegado a este estado del matrimonio espiritual, de que
vamos hablando, suelen ser muy grandes, a veces de parte de
Dios, al tiempo que les quiere hacer algunas mercedes (como
habemos dicho arriba) que les suele hacer temor al espíritu y pavor
y también encogimiento a la carne y sentidos, por no tener ellos
fortalecido y perfeccionado el natural y habituado a aquellas
mercedes; a veces también de parte del demonio, el cual al tiempo
que Dios da al alma recogimiento y suavidad en sí, teniendo él
grande envidia y pesar de aquel bien y paz del alma, procura poner
horror y temor en el espíritu por impedirla aquel bien, y a veces
como amenazándola allá en el espíritu; y cuando ve que no puede
llegar a lo interior del alma (por estar ella muy recogida y unida con
Dios) a lo menos por de fuera en la parte sensitiva pone distracción,
variedad y aprietos y dolores y horror al sentido, a ver si por este
medio puede inquietar a la Esposa de su tálamo. A los cuales llama
miedos de las noches, por ser de los demonios y porque con ellos
el demonio procura difundir tinieblas en el alma, por oscurecer la
divina luz de que goza.

Y llama veladores a estos temores porque de suyo hacen velar y
recordar al alma de su suave sueño interior; y también, porque los
demonios que los causan, están siempre velando por ponerlos
estos temores, que pasivamente de parte de Dios o del demonio
(como he dicho) se ingieren en el espíritu de los que son ya
espirituales. Y no trato aquí de otros temores temporales o
naturales, porque tener los tales temores no es de gente espiritual;
mas tener los espirituales temores ya dichos es propiedad de
espirituales.

10. Pues a todas estas cuatro maneras de afecciones de las cuatro
pasiones del alma conjura también el Amado, haciéndolas cesar y
sosegar, por cuanto él da ya a la Esposa caudal en este estado, y
fuerza y satisfacción en las amenas liras de su suavidad y canto de
sirenas de su deleite, para que no sólo no reinen en ella, pero ni
aun en algún tanto la puedan dar sinsabor.

Porque es la grandeza y estabilidad del alma tan grande en este
estado, que, si antes le llegaban al alma las aguas del dolor de
cualquiera cosa, y aun de los pecados suyos o ajenos (que es lo
que más suelen sentir los espirituales), ya aunque los estima, no le
hacen dolor ni sentimiento, y la compasión, esto es, el sentimiento
de ella, no le tiene, aunque tiene las obras y perfección de ella.
Porque aquí le falta al alma lo que tenía de flaco en las virtudes, y le
queda lo fuerte, constante y perfecto de ellas. Porque, a modo de
los ángeles, que perfectamente estiman las cosas que son de dolor
sin sentir dolor y ejercitan las obras de misericordia sin sentimiento
de compasión, le acaece al alma en esta transformación de amor;
aunque algunas veces y en algunas sazones dispensa Dios con
ella, dándole a sentir cosas y a padecer en ellas, porque más
merezca y se afervore en el amor, o por otros respetos, como hizo
con la Madre Virgen y con San Pablo y otros; pero el estado de
suyo no lo lleva.

11. En los deseos de la esperanza tampoco se aflige, porque,
estando ya satisfecha con esta unión de Dios cuanto en esta vida
puede, ni acerca del mundo tiene qué esperar ni acerca de lo
espiritual qué desear, pues se ve y siente llena de las riquezas de
Dios; y así, en el vivir y en el morir está conforme y ajustada con la
voluntad de Dios, diciendo según la parte sensitiva y espiritual: Fiat
voluntas tua (Mt. 6, 10), sin ímpetu de otra gana y apetito. Y así, el
deseo que tiene de ver a Dios es sin pena.

También las afecciones del gozo, que en el alma solían hacer
sentimiento de más o menos, ni en ellas echa de ver mengua ni le
hace novedad abundancia; porque es tanta la que ella
ordinariamente goza, que a manera de la mar, ni mengua por los
ríos que de ella salen, ni crece por los que en ella entran; porque
esta alma es en la que está hecha esta fuente de que dice Cristo
por san Juan (4, 14) que su agua salta hasta la vida eterna.

12. Y porque he dicho que esta tal alma no recibe novedad en este
estado de transformación, en lo cual parece que le quitan los gozos
accidentarios, que aun en los glorificados no faltan, es de saber
que, aunque a esta alma no le faltan esos gozos y suavidades
accidentarias (porque antes las que ordinariamente tiene son sin
cuenta) no por eso en lo que es sustancial comunicación de espíritu
se le aumenta nada, porque todo lo que de nuevo le puede venir, ya
ella se lo tenía. Y así, es más lo que en sí tiene que lo que de nuevo
le viene. De donde todas las veces que a esta alma se le ofrecen
cosas de gozo y alegría, ahora de cosas exteriores, ahora
espirituales e interiores, luego se convierte a gozar las riquezas que
ella tiene ya en sí, y se queda con mucho mayor gozo y deleite en
ellas y en las que de nuevo le vienen; porque tiene en alguna
manera la propiedad de Dios en esto, el cual, aunque en todas las
cosas se deleita, no se deleita tanto en ellas como en sí mismo,
porque tiene él en sí eminente bien sobre todas ellas. Y así, todas
las novedades que a esta alma acaecen de gozos y gustos, más le
sirven de recuerdos para que se deleite en lo que ella ya tiene y
siente en sí, que en aquellas novedades; porque como digo, es más
que ellas.

13. Y cosa natural es que, cuando una cosa da gozo y contento al
alma, si tiene otra que más estime y más gusto le dé, luego se
acuerda de aquélla y asienta su gusto y gozo en ella. Y así es tan
poco lo accidentario de estas novedades espirituales y lo que ponen
de nuevo en el alma, en comparación de lo sustancial que ella ya
en sí tiene, que lo podemos decir nada; porque el alma que ha
llegado a este cumplimiento de transformación, en que está toda
crecida, no va creciendo con las novedades espirituales, como las
otras que no han llegado. Pero es cosa admirable de ver que, con
no recibir esta alma novedades de deleites, siempre le parece que
las recibe de nuevo y también que se las tenía. La razón es porque
siempre las gusta de nuevo, por ser su bien siempre nuevo; y así le
parece que recibe siempre novedades, sin haber menester
recibirlas.

14. Pero, si quisiésemos hablar de la iluminación de gloria que en
este ordinario abrazo, que tiene dado al alma, algunas veces hace
en ella, que es cierta conversión espiritual a ella, en que la hace ver
y gozar de por junto este abismo de deleites y riquezas que ha
puesto en ella, nada se podría decir que declarase algo de ello.
Porque a manera del sol, cuando de lleno embiste en la mar,
esclarece hasta los profundos senos y cavernas y parecen las
perlas y venas riquísimas de oros y otros minerales preciosos, etc.,
así este divino sol del Esposo, convirtiéndose a la Esposa, saca de
manera a luz las riquezas del alma, que hasta los ángeles se
maravillan de ella y digan aquello de los Cantares (6, 9), es a saber:
¿Quien es esta que procede como la mañana que se levanta,
hermosa como la luna, escogida como el sol, terrible y ordenada
como las haces de los ejércitos? En la cual iluminación, aunque es
de tanta excelencia, no se le acrecienta nada a la tal alma, sino sólo
sacarle a luz a que goce lo que antes tenía.

15. Finalmente, ni los miedos de las noches veladores llegan a ella,
estando ya tan clara y tan fuerte y reposando tan de asiento en
Dios, que ni la pueden oscurecer con sus tinieblas los demonios, ni
atemorizar con sus terrores, ni recordar con sus ímpetus. De donde
ninguna cosa la puede ya llegar ni molestar, habiéndose ya ella
entrado de todas las cosas en su Dios, donde de toda paz goza, de
toda suavidad gusta y en todo deleite se deleita, según sufre la
condición y estado de esta vida. Porque de esta tal alma se
entiende aquello que dice el Sabio (Pv. 15, 15), es a saber: El alma
pacífica y sosegada es como un convite continuo; porque así como
en un convite hay sabor de todos manjares y suavidad de todas
músicas, así el alma, en este convite que ya tiene en el pecho del
Esposo, de todo deleite goza y de toda suavidad gusta.

Y es tan poco lo que habemos dicho de lo que aquí pasa y lo que
se puede decir con palabras, que siempre se diría lo menos que en
el alma que a este dichoso estado llega pasa; porque, si el alma
atina a dar en la paz de Dios, que, como dice la Iglesia, sobrepuja
todo sentido, quedará todo sentido, para hablar en ella, corto y
mudo. Síguese el verso de la segunda canción:

Por las amenas liras
y canto de sirenas os conjuro.

16. Ya habemos dado a entender que por las amenas liras entiende
aquí el Esposo la suavidad que de sí da al alma en este estado, por
la cual hace cesar todas las molestias que habemos dicho en el
alma. Porque, así como la música de las liras llena el ánima de
suavidad y recreación, y le embebe y suspende de manera que le
tiene enajenado de sinsabores y penas, así esta suavidad tiene al
alma tan en sí, que ninguna cosa penosa la llega. Y así, es como si
dijera: por la suavidad que yo pongo en el alma, cesen todas las
cosas no suaves al alma. También se ha dicho que el canto de
sirenas significa el deleite ordinario que el alma posee. Y llama a
este deleite canto de sirenas, porque así como, según dicen, el
canto de sirenas es tan sabroso y deleitoso que al que le oye de tal
manera le arroba y enamora que le hace olvidar como transportado
de todas las cosas, así el deleite de esta unión de tal manera
absorbe el alma en sí y la recrea que la pone como encantada a
todas las molestias y turbaciones de las cosas ya dichas. Las
cuales son entendidas en este verso:

Que cesen vuestras iras.

17. Llamando iras a las dichas turbaciones y molestias de las
afecciones y operaciones desordenadas que habemos dicho. Y
porque, así como la ira es cierto ímpetu que turba la paz, saliendo
de los límites de ella, así todas las afecciones, etc., ya dichas, con
sus movimientos, exceden el límite de la paz y tranquilidad del
alma, desquietándola cuando la tocan. Y, por eso, dice:
Y no toquéis al muro.

18. Entendiendo por el muro el cerco de la paz y vallado de virtudes
y perfecciones con que la misma alma está cercada y guardada,
siendo ella el huerto que arriba ha dicho, donde su Amado pace las
flores, cercado y guardado solamente para él; por lo cual él la llama
en los Cantares (4, 12) huerto cerrado, diciendo: Mi hermana es
huerto cerrado. Y así, dice aquí que ni aun a la cerca y muro de
este su huerto le toquen,

porque la Esposa duerma más seguro,

19. es a saber: porque más a sabor se deleite de la quietud y
suavidad que goza en el Amado. Donde es de saber que ya aquí
para el alma no hay puerta cerrada, sino que en su mano está
gozar cada y cuando que quiere de este suave sueño de amor,
según lo da a entender el Esposo en los Cantares (3, 5), diciendo:
Conjúroos, hijas de Jerusalén, por las cabras y los ciervos de los
campos, que no recordéis ni hagáis velar a la amada hasta que ella
quiera.

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ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Tanto era el deseo que el Esposo tenía de acabar de libertar y
rescatar esta su Esposa de las manos de la sensualidad y del
demonio, que, ya que lo ha hecho, como lo ha hecho aquí, de la
manera que el buen Pastor se goza con la oveja sobre sus
hombros, que había perdido y buscado por muchos rodeos (Lc. 15,
5), y como la mujer se alegra con la dracma en las manos, que para
hallarla había encendido la candela y trastornado toda la casa,
llamando a sus amigos y vecinos, se regracia con ellos, diciendo:
Alegraos conmigo, etc. (Lc. 15, 9), así este amoroso Pastor y
Esposo del alma es admirable cosa de ver el placer que tiene y
gozo de ver al alma ya así ganada y perfeccionada, puesta en sus
hombros y asida con sus manos en esta deseada junta y unión.

Y no sólo en sí se goza, sino que también hace participantes a los
ángeles y almas santas de su alegría, diciendo como en los
Cantares (3, 11): Salid, hijas de Sión, y mirad al rey Salomón con la
corona que le coronó su madre el día de su desposorio y en el día
de la alegría de su corazón, llamando al alma en estas dichas
palabras su esposa y la alegría de su corazón, trayéndola ya en sus
brazos y procediendo con ella como esposo de su tálamo (Sal. 18,
6). Todo lo cual da él a entender en la siguiente canción.

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CANCIÓN 22

Entrado se ha la Esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.

DECLARACIÓN

2. Habiendo ya la Esposa puesto diligencia en que las raposas se
cazasen, y el cierzo se fuese, y las ninfas se sosegasen, que eran
estorbos e inconvenientes que impedían el acabadodeleite del
estado del matrimonio espiritual; y también habiendo invocado y
alcanzado el aire del Espíritu Santo (como en las precedentes
canciones ha hecho), el cual es propia disposición e instrumento
para la perfección del tal estado, resta ahora tratar de él en esta
canción, en la cual habla el Esposo llamando ya Esposa al alma, y
dice dos cosas. La una es decir cómo ya, después de haber salido
victoriosa, ha llegado a este estado deleitoso del matrimonio
espiritual, que él y ella tanto habían deseado. Y la segunda es
contar las propiedades del dicho estado, de las cuales el alma goza
ya en él, como son: reposar a su sabor y tener el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado, según que ahora iremos
declarando.

Entrado se ha la Esposa.

3. Para declarar el orden de estas canciones más distintamente y
dar a entender el que ordinariamente lleva el alma hasta llegar a
este estado de matrimonio espiritual, que es el más alto de que
ahora, mediante el favor divino, habemos de hablar, es de notar:
que, antes que el alma aquí llegue, primero se ejercita en los
trabajos y amarguras de la mortificación, y en la meditación de las
cosas espirituales: que al principio dijo el alma desde la primera
canción hasta aquella que dice: Mil gracias derramando. Y después
entra en la vía contemplativa, en que pasa por las vías y estrechos
de amor que en el suceso de las canciones ha ido contando, hasta
la que dice: Apártalos, Amado, en que se hizo el desposorio
espiritual. Y demás de esto, va por la vía unitiva, en que recibe
muchas y grandes comunicaciones y visitas y dones y joyas del
Esposo, bien así como desposada, se va enterando y
perfeccionando en el amor de él, como ha cantado desde la dicha
canción donde se hizo el dicho desposorio, que dice: Apártalos,
Amado, hasta ésta de ahora, que comienza: Entrado se ha la
Esposa, donde restaba ya hacerse el matrimonio espiritual entre la
dicha alma y el Hijo de Dios.

El cual es mucho más sin comparación que el desposorio espiritual,
porque es una transformación total en el Amado, en que se
entregan ambas las partes por total posesión de la una a la otra,
con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma
hecha divina y Dios por participación, cuanto se puede en esta vida.
Y así, pienso que este estado nunca acaece sin que esté el alma en
él confirmada en gracia, porque se confirma la fe de ambas partes,
confirmándose aquí la de Dios en el alma. De donde éste es el más
alto estado a que en esta vida se puede llegar.

Porque, así como en la consumación del matrimonio carnal son dos
en una carne, como dice la divina Escritura (Gn. 2, 24), así también,
consumado este matrimonio espiritual entre Dios y el alma, son dos
naturalezas en un espíritu y amor, según dice san Pablo trayendo
esta misma comparación (1 Cor. 6, 17), diciendo: El que se junta al
Señor, un espíritu se hace con él. Bien así como cuando la luz de la
estrella o de la candela se junta y une con la del sol, que ya el que
luce ni es la estrella ni la candela, sino el sol, teniendo en sí
difundidas las otras luces.

4. Y de este estado habla en el presente verso el Esposo, diciendo:
Entrado se ha la Esposa, es a saber, de todo lo temporal y de todo
lo natural, y de todas las afecciones y modos y maneras
espirituales, dejadas aparte y olvidadas todas las tentaciones,
turbaciones, penas, solicitud y cuidados, transformada en este alto
abrazo. Por lo cual se sigue el verso siguiente, es a saber:

En el ameno huerto deseado.
5. Y es como si dijera: transformado se ha en su Dios, que es el que
aquí llama huerto ameno, por el deleitoso y suave asiento que halla
el alma en él.

A este huerto de llena transformación (el cual es ya gozo y deleite y
gloria de matrimonio espiritual) no se viene sin pasar primero por el
desposorio espiritual y por el amor leal y común de desposados;
porque, después de haber sido el alma algún tiempo Esposa en
entero y suave amor con el Hijo de Dios, después la llama Dios y la
mete en este huerto florido suyo a consumar este estado felicísimo
del matrimonio consigo, en que se hace tal junta de las dos
naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que, no
mudando alguna de ellas su ser, cada una parece Dios, aunque en
esta vida no puede ser perfectamente; aunque es sobre todo lo que
se puede decir y pensar.

6. Esto da muy bien a entender el mismo Esposo en los Cantares
(5, 1), donde convida al alma hecha ya Esposa a este estado,
diciendo: Veni in hortum meum, soror mea, sponsa; messui
muyrrham meam cum aromatibus meis, que quiere decir: Ven y
entra en mi huerto, hermana mía. Esposa, que ya he segado mi
mirra con mis especias olorosas. Llámale hermana y esposa,
porque ya lo era en el amor y entrega que le había hecho de sí
antes que la llamase a este estado de matrimonio espiritual, donde
dice que tiene ya segada su olorosa mirra y especias aromáticas,
que son los frutos de las flores ya maduros y aparejados para el
alma, los cuales son los deleites y grandezas que en este estado de
sí la comunica, esto es, en sí mismo a ella; y por eso, él es ameno y
deseado huerto para ella. Porque todo el deseo y fin del alma y de
Dios en todas las obras de ella es la consumación y perfección de
este estado, por lo cual nunca descansa el alma hasta llegar a él;
porque halla en este estado mucha más abundancia y henchimiento
de Dios, y más segura y estable paz, y más perfecta suavidad sin
comparación que en el desposorio espiritual, bien así como ya
colocada en los brazos de tal Esposo, con el cual ordinariamente
siente el alma tener un estrecho abrazo espiritual, que
verdaderamente es abrazo, por medio del cual abrazo vive el alma
vida de Dios. Porque de esta alma se verifica aquello que dice San
Pablo (Gl. 2, 20): Vivo, ya no yo, pero vive en mí Cristo.

Por tanto, viviendo el alma aquí vida tan feliz y gloriosa, como es
vida de Dios, considere cada uno, si pudiere, qué vida tan sabrosa
será esta que vive, en la cual, así como Dios no puede sentir algún
sinsabor, ella tampoco le siente, mas goza y siente deleite de gloria
de Dios en la sustancia del alma ya transformada en él. Y por eso,
se sigue el verso siguiente:

Y a su sabor reposa
el cuello reclinado.

7. El cuello significa aquí la fortaleza del alma, mediante la cual
como habemos dicho se hace esta junta y unión entre ella y el
Esposo porque no podría el alma sufrir tan estrecho abrazo si no
estuviese ya muy fuerte. Y porque en esta fortaleza trabajó el alma
y obró las virtudes y venció los vicios justo es que en aquello que
venció y trabajó repose el cuello reclinado

sobre los dulces brazos del Amado.

8. Reclinar el cuello en los brazos de Dios es tener ya unida su
fortaleza o por mejor decir su flaqueza, en la fortaleza de Dios
porque los brazos de Dios significan la fortaleza de Dios en que
reclinada y transformada nuestra flaqueza tiene ya fortaleza del
mismo Dios. De donde muy cómodamente se denota este estado
del matrimonio espiritual por esta reclinación del cuello en los
dulces brazos del Amado porque ya Dios es la fortaleza y dulzura
del alma en que está guarecida y amparada de todos los males y
saboreada en todos los bienes. Por tanto la Esposa en los Cantares
(8, 1) deseando este estado dijo al Esposo: ¿Quién te me diese
hermano mío que mamases los pechos de mi madre de manera que
te hallase yo solo afuera y te besase y ya no me despreciase
nadie? En llamarle hermano da a entender la igualdad que hay en
el desposorio de amor entre los dos antes de llegar a este estado.
En lo que dice que mamases los pechos de mi madre quiere decir
que enjugases y apagases en mí los apetitos y pasiones que son
los pechos y la leche de la madre Eva en nuestra carne los cuales
son impedimento para este estado y así, esto hecho te hallase yo
solo afuera esto es fuera yo de todas las cosas y de mí misma en
soledad y desnudez de espíritu, lo cual viene a ser enjugados los
apetitos ya dichos; y allí te besase sola a ti solo, es a saber, se
uniese mi naturaleza ya sola y desnuda de toda impureza temporal,
natural y espiritual, contigo solo, con tu sola naturaleza sin otro
algún medio. Lo cual sólo es en el matrimonio espiritual, que es el
beso del alma a Dios, donde no la desprecia ni se le atreve
ninguno; porque en este estado, ni demonio, ni carne, ni mundo, ni
apetitos molestan. Porque aquí se cumple lo que también se dice
en los Cantares (2, 11-12): Ya pasó el invierno y se fue la lluvia, y
parecieron las flores en nuestra tierra.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. En este alto estado del matrimonio espiritual, con gran facilidad y
frecuencia descubre el Esposo al alma sus maravillosos secretos
como su fiel consorte, porque el verdadero y entero amor no sabe
tener nada encubierto al que ama. Comunícala principalmente
dulces misterios de su Encarnación y los modos y maneras de la
redención humana, que es una de las más altas obras de Dios, y
así es más sabrosa para el alma. Por lo cual, aunque otros muchos
misterios la comunica, sólo hace mención el Esposo en la canción
siguiente de la Encarnación, como el más principal de todos. Y así,
hablando con ella dice:

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CANCIÓN 23

Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

DECLARACIÓN

2. Declara el Esposo al alma en esta canción la admirable manera y
traza que tuvo en redimirla y desposarla consigo por aquellos
mismos términos que la naturaleza humana fue estragada y
perdida, diciendo que, así como por medio del árbol vedado en el
paraíso fue perdida y estragada en la naturaleza humana por Adán,
así en el árbol de la cruz fue redimida y reparada, dándole allí la
mano de su favor y misericordia por medio de su muerte y pasión,
alzando las treguas: que del pecado original había entre el hombre
y Dios. Y así, dice:

Debajo del manzano.
3. Esto es, debajo del favor del árbol de la Cruz, que aquí es
entendido por el manzano, donde el Hijo de Dios redimió y, por
consiguiente, desposó consigo la naturaleza humana, y
consiguientemente a cada alma, dándola él gracia y prendas para
ello en la Cruz. Y así, dice:

Allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,

4. conviene a saber, de mi favor y ayuda, levantándote de tu bajo
estado en mi compañía y desposorio.

Y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

5. Porque tu madre la naturaleza humana fue violada en tus
primeros padres debajo del árbol, y tú allí también debajo del árbol
de la Cruz fuiste reparada; de manera que si tu madre debajo del
árbol te dio la muerte, yo debajo del árbol de la Cruz te di la vida. Y
a este modo le va Dios descubriendo las ordenaciones y
disposiciones de su sabiduría, cómo sabe él tan sabia y
hermosamente sacar de los males bienes, y aquello que fue causa
del mal, ordenarlo a mayor bien.

Lo que en esta canción se contiene, a la letra dice el mismo Esposo
a la Esposa en los Cantares (8, 5) diciendo: Sub arbore malo
suscitavi te; ibi corrupta est mater tua, ibi violata est genitrix tua, que
quiere decir: Debajo del manzano te levanté; allí fue tu madre
estragada, y allí la que te engendró fue violada.

6. Este desposorio que se hizo en la Cruz no es del que ahora
vamos hablando. Porque aquél es desposorio que se hizo de una
vez, dando Dios al alma la primera gracia, lo cual se hace en el
bautismo con cada alma. Mas éste es por vía de perfección, que no
se hace sino muy poco a poco por sus términos, que, aunque es
todo uno, la diferencia es que el uno se hace al paso del alma, y así
va poco a poco; y el otro, al paso de Dios y así hácese de una vez.
Porque este de que vamos tratando es el que da a entender por
Ezequiel (16, 5-14) Dios, hablando con el alma, en esta manera:
Estaba arrojada sobre la tierra en desprecio de tu ánima el día que
naciste. Y pasando por ti, vite pisada en tu sangre. Y díjete, como
estuvieses en tu sangre: vive; y púsete tan multiplicada como la
yerba del campo. Multiplicástete e hicístete grande, y entraste y
llegaste hasta la grandeza de mujer; y crecieron tus pechos, y
multiplicáronse tus cabellos, y estabas desnuda y llena de
confusión. Y pasé por ti y miréte, y vi que tu tiempo era tiempo de
amantes, y tendí sobre ti mi manto y cubrí tu ignominia. E hícete
juramento y entré contigo en pacto, e hícete mía. Y lavéte con agua
y limpiéte la sangre que tenías, y ungíte con óleo, y vestíte de
colores; y calcéte de jacinto, y ceñíte de holanda y vestíte de
sutilezas. Y adornéte con ornato; puse manillas en tus manos y
collar en tu cuello. Y sobre tu boca puse un zarcillo, y en tus orejas
cerquillos, y corona de hermosura sobre tu cabeza. Y fuiste
adornada con oro y plata y vestida de holanda y sedas labradas y
muchos colores. Pan muy esmerado y miel y óleo comiste, e
hicístete de vehemente hermosura y llegaste hasta reinar y ser
reina, y divulgóse tu nombre entre las gentes por tu hermosura.
Hasta aquí son palabras de Ezequiel. Y de este talle está el alma de
que aquí vamos hablando.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Mas, después de esta sabrosa entrega de la Esposa y el Amado,
lo que luego inmediatamente se sigue es el lecho de entrambos en
el cual muy más de asiento gusta ella los dichos deleites del
Esposo. Y así, en la siguiente canción trata del lecho de él y de ella,
el cual es divino, puro y casto, en que el alma está divina, pura y
casta. Porque el lecho no es otra cosa que su mismo Esposo el
Verbo, Hijo de Dios, como luego se dirá, en el cual ella, por medio
de la dicha unión de amor, se recuesta. Al cual lecho ella llama
florido, porque su Esposo no sólo es florido, sino, como él mismo
dice de sí en los Cantares (2, 1), es la misma flor del campo y el lirio
de los valles. Y así, el alma no sólo se acuesta en el lecho florido,
sino en la misma flor, que es el Hijo de Dios, la cual en sí tiene
divino olor y fragancia y gracia y hermosura, como también él lo
dice por David (Sal. 49, 11) diciendo: La hermosura del campo está
conmigo. Por lo cual canta el alma las propiedades y gracias de su
lecho y dice:

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CANCIÓN 24

Esposa
Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.

DECLARACIÓN

2. En las dos canciones pasadas ha cantado el alma Esposa las
gracias y grandezas de su Amado el Hijo de Dios; y en ésta no sólo
las va prosiguiendo, mas también canta el feliz y alto estado en que
se ve puesta y la seguridad de él. Y lo tercero, las riquezas de
dones y virtudes con que se ve dotada y arreada en el tálamo de su
Esposo; porque dice estar ya ella en unión con Dios, teniendo ya
las virtudes en fortaleza. Lo cuarto, que tiene ya perfección de
amor. Lo quinto, que tiene paz espiritual cumplida y que toda ella
está enriquecida y hermoseada con dones y virtudes, como se
puede en esta vida poseer y gozar, según se irá diciendo en los
versos. Lo primero, pues, que canta es el deleite que goza en la
unión del Amado, diciendo:

Nuestro lecho florido.

3. Ya habemos dicho que este lecho del alma es el Esposo dijo de
Dios, el cual está florido para el alma; porque, estando ella ya unida
y recostada en él, hecha Esposa, se le comunica el pecho y el amor
del Amado, lo cual es comunicársele la sabiduría, y secretos, y
gracias, y virtudes, y dones de Dios, con los cuales está ella tan
hermoseada y rica y llena de deleites, que le parece estar en un
lecho de variedad de suaves flores divinas, que con su toque la
deleitan y con su olor la recrean. Por lo cual llama ella muy
propiamente a esta junta de amor con Dios lecho florido, porque así
le llama la Esposa hablando con el Esposo en los Cantares (1, 15)
diciendo: Lectulus noster floridus, esto es: Nuestro lecho florido.

Y llámale nuestro porque unas mismas virtudes y un mismo amor,
conviene a saber, del Amado son ya de entrambos; y un mismo
deleite el de entrambos, según aquello que dice el Espíritu Santo en
los Proverbios (8, 31), es a saber: Mis deleites son con los hijos de
los hombres.
Llámale también florido, porque en este estado están ya las virtudes
en el alma perfectas y heroicas, lo cual aun no había podido ser
hasta que el lecho estuviese florido en perfecta unión con Dios. Y
así, canta luego lo segundo en el verso siguiente, diciendo:

De cuevas de leones enlazado.

4. Entendiendo por cuevas de leones las virtudes que posee el alma
en este estado de unión con Dios. La razón es porque las cuevas
de los leones están muy seguras y amparadas de todos los demás
animales; porque, temiendo ellos la fortaleza y osadía del león que
está dentro, no sólo no se atreven a entrar, mas ni aun junto a ella
osan parar. Así, cada una de las virtudes cuando ya las posee el
alma en perfección, es como una cueva de leones para ella, en la
cual mora y asiste el Esposo Cristo unido con el alma en aquella
virtud y en cada una de las demás virtudes como fuerte león. Y la
misma alma, unida con él en esas mismas virtudes, está también
como fuerte león, porque allí recibe las propiedades de Dios. Y así,
en este caso está el alma tan amparada y fuerte en cada una de las
virtudes y en todas ellas juntas, recostada en este lecho florido de la
unión con su Dios, que no sólo no se atreven los demonios a
acometer a la tal alma, mas ni aun osan parecer delante de ella por
el gran temor que le tienen viéndola tan engrandecida, animada y
osada con las virtudes perfectas en el lecho del Amado: porque,
estando ella unida con Dios en transformación de amor, tanto la
temen como al mismo Dios, y ni la osan aun mirar. Teme mucho el
demonio al alma que tiene perfección.

5. Dice también que está enlazado el lecho de estas cuevas de las
virtudes; porque en este estado de tal manera están trabadas entre
sí las virtudes, y unidas y fortalecidas entre sí unas con otras, y
ajustadas en una acabada perfección del alma, sustentándose unas
con otras, que no queda parte abierta ni flaca, no sólo para que el
demonio pueda entrar, pero ni aun para que ninguna cosa del
mundo, alta ni baja, la pueda inquietar ni molestar ni aun mover;
porque, estando ya libre de toda molestia de las pasiones naturales
y ajena y desnuda de la tormenta y variedad de los cuidados
temporales, como aquí lo está, goza en seguridad y quietud la
participación de Dios. Esto mismo es lo que deseaba la Esposa en
los Cantares (8, 1), diciendo: ¿Quién te me diese, hermano mío,
que mamase los pechos de mi madre, de manera que te hallase yo
solo afuera, y te besase yo a ti, y no me despreciase ya nadie? Este
beso es la unión de que vamos hablando, en la cual se iguala el
alma con Dios por amor. Que por eso desea ella diciendo que quién
la dará al Amado que sea su hermano, lo cual significa y hace
igualdad; y que mame él los pechos de su madre, que es
consumirle todas las imperfecciones y apetitos de su naturaleza que
tiene de su madre Eva; y le halle solo afuera, esto es, se una con él
solo afuera de todas las cosas, desnuda según la voluntad y apetito
de todas ellas; y así no la despreciará nadie, es a saber, no se le
atreverá ni mundo, ni carne, ni el demonio; porque, estando el alma
libre y purgada de todas estas cosas y unida con Dios, ninguna de
ellas le puede enojar. De aquí es que el alma goza ya en este
estado de una ordinaria suavidad y tranquilidad, que nunca se le
pierde ni le falta.

6. Pero, allende de esta ordinaria satisfacción y paz, de tal manera
suelen abrirse en el alma y dar olor de sí las flores de virtudes de
este huerto qte decimos, que le parece al alma, y así es, estar llena
de deleites de Dios. Y dije que suelen abrirse las flores de virtudes
que están en el alma, porque, aunque el alma está llena de virtudes
en perfección, no siempre las está en acto gozando el alma,
aunque, como he dicho, de la paz y tranquilidad que le causan si
goza ordinariamente; porque podemos decir que están en el alma
en esta vida como flores en cogollo, cerradas en el huerto, las
cuales algunas veces es cosa admirable ver abrirse todas,
causándolo el Espíritu Santo, y dar de sí admirable olor y fragancia
en mucha variedad.

Porque acaecerá que vea el alma en sí las flores de las montañas
que arriba dijimos, que son la abundancia, grandeza y hermosura
de Dios; y en éstas entretejidos los lirios de los valles nemorosos,
que son descanso, refrigerio y amparo; y luego allí entrepuestas las
rosas olorosas de las ínsulas extrañas, que decimos ser las
extrañas noticias de Dios; y también embestirla el olor de las
azucenas de los ríos sonorosos, que decíamos era la grandeza de
Dios, que hinche toda el alma; y entretenido allí y enlazado el
delicado olor de jazmín del silbo de los aires amorosos, de que
también dijimos gozaba el alma en este estado; y ni más ni menos,
todas las otras virtudes y dones que decíamos del conocimiento
sosegado, y callada música, y soledad sonora, y la sabrosa y
amorosa cena. Y es de tal manera el gozar y sentir estas flores
juntas algunas veces el alma, que puede con harta verdad decir:
Nuestro lecho florido de cuevas de leones enlazado. ¡Dichosa el
alma que en esta vida mereciere gustar alguna vez el olor de estas
flores divinas! Y dice que este lecho está también
en púrpura tendido.

7. Por la púrpura es denotada la caridad en la divina Escritura, y de
ella se visten y sirven los reyes. Dice el alma que este lecho florido
está tendido en púrpura, porque todas las virtudes, riquezas y
bienes de él se sustentan y florecen y se gozan sólo en la caridad y
amor del Rey del cielo, sin el cual amor no podría el alma gozar de
este lecho y de sus flores. Y así, todas estas virtudes están en el
alma como tendidas en amor de Dios, como en sujeto en que bien
se conservan y están como bañadas en amor, porque todas y cada
una de ellas están siempre enamorando al alma de Dios, y en todas
las cosas y obras se mueven con amor a más amor de Dios.

Eso es estar en púrpura tendido. Lo cual en los Cantares divinos se
da bien a entender; porque allí se dice (3, 9-10) que el asiento o
lecho que hizo para sí Salomón le hizo de maderos de Líbano, y las
columnas de plata, el reclinatorio de oro, y la subida de púrpura, y
todo dice que lo ordenó mediante la caridad. Porque las virtudes y
dotes que Dios pone en el lecho del alma, que son significadas por
los maderos de Líbano y las columnas de plata, tiene su reclinatorio
y recuesto de amor, que es el oro; porque como habemos dicho, en
el amor se asientan y conservan las virtudes; y todas ellas,
mediante la caridad de Dios y del alma, se ordenan entre sí y
ejercitan, como acabamos de decir. Y dice que también este lecho
está

de paz edificado.

8. Pone aquí la cuarta excelencia de este lecho, que depende en
orden de la tercera que acaba de decir; porque la tercera era
perfecto amor, (y del perfecto amor), cuya propiedad es echar fuera
todo temor, como dice san Juan (1 Jn. 4, 18), sale la perfecta paz
del alma, que es la cuarta propiedad de este lecho, como dijimos.

Para mayor inteligencia del cual es de saber que cada una de las
virtudes de suyo es pacífica, mansa y fuerte, y, por el consiguiente,
en el alma que las posee hacen estos tres efectos, conviene a
saber: paz, mansedumbre y fortaleza. Y porque este lecho está
florido, compuesto de flores de virtudes, como habemos dicho, y
todas ellas son pacíficas, mansas y fuertes, de aquí es que está de
paz edificado, y el alma pacífica, mansa y fuerte, que son tres
propiedades donde no puede combatir guerra alguna, ni de mundo,
ni de demonio, ni de carne. Y tienen las virtudes al alma tan pacífica
y segura, que le parece estar toda ella edificada de paz. Y dice la
quinta propiedad de este florido lecho y es que también, demás de
lo dicho, está

de mil escudos de oro coronado.

9. Los cuales escudos son aquí las virtudes y dones del alma que
aunque, como habemos dicho, son las flores, etc., de este lecho,
también le sirven de corona y premio de su trabajo en haberlas
ganado, y, no sólo eso, sino también de defensa, como fuertes
escudos contra los vicios que con el ejercicio de ellas venció. Y por
eso este lecho florido de la Esposa está coronado de ellas en
premio de la Esposa y amparado con ellos como con escudo. Y
dice que son de oro para denotar el valor grande de las virtudes.
Esto mismo dijo en los Cantares (3, 7-8) la Esposa por otras
palabras, diciendo: Mirad el lecho de Salomón, que le cercan
sesenta fuertes de los fortísimos de Israel, cada uno la espada
sobre su muslo para defensa de los temores nocturnos.

Y dice que son mil, para denotar la multitud de las virtudes, gracias
y dones de que Dios dota al alma en este estado. Porque para
significar también el innumerable número de las virtudes de la
Esposa usó del mismo término (Ct. 4, 4), diciendo: Como la torre de
David es tu cuello, la cual está edificada con defensas; mil escudos
cuelgan de ella, y todas las armas de los fuertes.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

7. Mas no se contenta el alma que llega a este puesto de perfección
de engrandecer y loar las excelencias de su Amado el Hijo de Dios,
ni de cantar y agradecer las mercedes que de él recibe y deleites
que en él goza, sino también refiere las que hace a las demás
almas; porque lo uno y lo otro echa de ver el alma en esta
bienaventurada unión de amor. Por lo cual, alabándole ella y
agradeciéndole las dichas mercedes que hace a las demás almas,
dice esta canción:

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CANCIÓN 25
A zaga de tu huella
las jóvenes discurren el camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.

DECLARACIÓN

2. En esta canción alaba la Esposa al Amado de tres mercedes que
de él reciben las almas devotas, con las cuales se animan más y
levantan en amor de Dios; las cuales por experimentarlas ella en
este estado, hace aquí de ellas mención.

La primera dice que es suavidad que de sí les da, la cual es tan
eficaz que las hace caminar muy apriesa al camino de la perfección.

La segunda es una visita de amor con que súbitamente las inflama
en amor.

La tercera es abundancia de caridad que en ellas infunde, con que
de tal manera las embriaga, que las hace levantar el espíritu (así
con esta embriaguez como con la visita de amor) a enviar
alabanzas a Dios y afectos sabrosos de amor. Y así, dice:

A zaga de tu huella.

3. La huella es rastro de aquel cuya es la huella, por la cual se va
rastreando y buscando quien la hizo. La suavidad y noticia que da
Dios de sí al alma que le busca, es rastro y huella por donde se va
conociendo y buscando a Dios. Pero dice aquí el alma al Verbo su
Esposo: A zaga de tu huella, esto es, tras el rastro de suavidad que
de ti les imprimes e infundes y olor que de ti derramas,

las jóvenes discurren al camino.

4. Es a saber: las almas devotas, con fuerzas de juventud recibidas
de la suavidad de tu huella, discurren, esto es, corren por muchas
partes y de muchas maneras (que eso quiere decir discurrir) cada
una por la parte y suerte que Dios le da de espíritu y estado, con
muchas diferencias de ejercicios y obras espirituales, al camino de
la vida eterna, que es la perfección evangélica, por la cual
encuentran con el Amado en unión de amor después de la
desnudez de espíritu acerca de todas las cosas.

Esta suavidad y rastro que Dios deja de sí en el alma, grandemente
la aligera y hace correr tras de él; porque entonces el alma muy
poco o nada es lo que trabaja de su parte para andar este camino;
antes es movida y atraída de esta divina huella de Dios, no sólo a
que salga, sino a que corra de muchas maneras, como habemos
dicho, al camino. Que por eso, la Esposa en los Cantares (1, 3)
pidió al Esposo esta divina atracción, diciendo: Trahe me; post te
curremus in odorem unguentorum tuorum, esto es: Atráeme tras de
ti, y correremos al olor de tus ungüentos. Y después que le dio este
divino olor, dice: In odorem unguentorum tuorum currimus,
adolescentulae dilexerunt te nimis; quiere decir: Al olor de tus
ungüentos corremos; las jóvenes te amaron mucho. Y David (Sal.
118, 32) dice: El camino de tus mandamientos corrí cuando
dilataste mi corazón.

Al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.

5. En los dos versillos primeros habemos declarado que las almas,
a zaga de la huella, discurren al camino con ejercicios y obras
exteriores; y ahora en estos tres versillos da a entender el alma el
ejercicio que interiormente estas almas hacen con la voluntad,
movidas por otras dos mercedes y visitas interiores que el Amado
les hace; a las cuales llama aquí toque de centella y adobado vino;
y al ejercicio interior de la voluntad que resulta y se causa de estas
dos visitas, llama emisiones de bálsamo divino.

Cuanto a lo primero, es de saber que este toque de centella que
aquí dice es un toque sutilísimo que el Amado hace al alma a
veces, aun cuando ella está más descuidada, de manera que la
enciende el corazón en fuego de amor, que no parece sino una
centella de fuego que saltó y la abrasó; y entonces con grande
presteza, como quien de súbito recuerda, enciéndese la voluntad en
amar, y desear, y alabar, y agradecer, y reverenciar, y estimar, y
rogar a Dios con sabor de amor; a las cuales cosas llama emisiones
de bálsamo divino, que responden al toque de centellas salidas del
divino amor que pegó la centella, que es el bálsamo divino que
conforta y sana al alma con su olor y sustancia.
6. De este divino toque dice la Esposa en los Cantares (5, 4) de
esta manera: Dilectus meus misit manum suam per foramen, et
venter meus intremuit ad tactum eius; quiere decir: Mi Amado puso
su mano por la manera, y mi vientre se estremeció a su tocamiento.
El tocamiento del Amado es el toque de amor que aquí decimos
que hace al alma, la mano es la merced que en ello le hace; la
manera por donde entró esta mano, es la manera y modo y grado
de perfección que tiene el alma, porque al modo de eso suele ser el
toque en más o en menos y en una manera o en otra de calidad
espiritual del alma; el vientre suyo, que dice se estremeció, es la
voluntad en que se hace el dicho toque, y el estremecerse es
levantarse en ella los apetitos y afectos a Dios de desear, amar y
alabar y los demás que habemos dicho, que son las emisiones de
bálsamo que de este toque redundan, según decíamos.

Al adobado vino

7. Este adobado vino es otra merced muy mayor que Dios algunas
veces hace a las almas aprovechadas, en que las embriaga en el
Espíritu Santo con un vino de amor suave, sabroso y esforzoso, por
lo cual le llama vino adobado; porque, así como el vino adobado
está adobado y cocido con muchas y diversas especias olorosas y
esforzosas, así este amor, que es el que Dios da a los ya perfectos,
está ya cocido y asentado en sus almas y adobado con las virtudes
que ya el alma tiene ganadas; el cual, con estas preciosas especias
adobado, tal esfuerzo y abundancia de suave embriaguez pone en
el alma en las visitas que Dios le hace, que con grande eficacia y
fuerza le hace enviar a Dios aquellas emisiones o enviamientos: de
alabar, amar y reverenciar, etc., que aquí decimos, y esto con
admirables deseos de hacer y padecer por él.

8. Y es de saber que esta merced de la suave embriaguez no pasa
tan presto como la centella, porque es más de asiento; porque la
centella toca y pasa, mas dura algo su efecto y algunas veces
harto; mas el vino adobado suele durar ello y su efecto harto tiempo
(lo cual es, como digo, suave amor en el alma) y algunas veces un
día o dos días; otras, hartos días; aunque no siempre en un grado
de intensión, porque afloja y crece, sin estar en mano del alma,
porque algunas veces, sin hacer nada de su parte, siente el alma en
la íntima sustancia irse suavemente embriagando su espíritu e
inflamando de este divino vino, según aquello que dice David (Sal.
38, 4) diciendo: Mi corazón se calentó dentro de mí y en mi
meditación se encenderá fuego.
Las emisiones de esta embriaguez de amor duran todo el tiempo
que ella dura algunas veces; porque otras, aunque la hay en el
alma, es sin las dichas emisiones, y son más y menos intensos,
cuando las hay, cuanto es más y menos intensa la embriaguez. Mas
las emisiones o efectos de la centella ordinariamente duran más
que ella, antes ella los deja en el alma, y son más encendidos que
los de la embriaguez, porque a veces esta divina centella deja al
alma abrasándose y quemándose en amor.

9. Y porque habemos hablado de vino cocido, será bueno aquí
notar brevemente la diferencia que hay del vino cocido, que llaman
añejo, y entre el vino nuevo, que será la misma que hay entre los
viejos y nuevos amadores, y servirá para un poco de doctrina para
los espirituales. El vino nuevo no tiene digerida la hez ni asentada, y
así hierve por de fuera, y no se puede saber la bondad y valor de él
hasta que haya digerido bien la hez y furia de ella, porque hasta
entonces está en mucha contingencia de malear; tiene el sabor
grueso y áspero, y beber mucho de ello estraga el sujeto; tiene la
fuerza muy en la hez. El vino añejo tiene ya digerida la hez y
asentada, y así ya no tiene aquellos hervores de nuevo por de
fuera; échase ya de ver la bondad del vino, y está ya muy seguro de
malear, porque se le acabaron ya aquellos hervores y furias que le
podían estragar, y así, el vino bien cocido, por maravilla malea y se
pierde; tiene el sabor suave y la fuerza en la sustancia del vino, ya
no en el gusto; y así, la bebida de él hace buena disposición y da
fuerza al sujeto.

10. Los nuevos amadores son comparados al vino nuevo (estos son
los que comienzan a servir a Dios), porque traen los fervores del
vino del amor muy por de fuera, en el sentido, porque aún no han
digerido la hez del sentido flaco e imperfecto, y tienen la fuerza del
amor en el sabor de él; porque a éstos ordinariamente les da la
fuerza para obrar el sabor sensitivo, y por él se mueven; así, no hay
que fiar de este amor hasta que se acaben aquellos fervores y
gustos gruesos de sentido. Porque así como estos fervores y calor
de sentido lo pueden inclinar a bueno y perfecto amor y servirle de
buen medio para él, digiriéndose bien la hez de su imperfección, así
también es muy fácil en estos principios y novedad de gustos faltar
el vino del amor y perderse el fervor y sabor de nuevo. Y estos
nuevos amadores siempre traen ansias y fatigas de amor
sensitivas, a los cuales conviene templar la bebida, porque si obran
mucho según la furia del vino, estragarse ha el natural. Estas ansias
y fatigas de amor es el sabor del vino nuevo, que decíamos ser
áspero y grueso y no suavizado aún en la acabada cocción, cuando
se acaban esas ansias de amor, como luego diremos.

11. Esta misma comparación pone el Sabio en el Eclesiástico (9,
15), diciendo: El amigo nuevo es como el vino nuevo; añejarse ha, y
beberáslo con suavidad. Por tanto, los viejos amadores, que son ya
los ejercitados y probados en el servicio del Esposo, son como el
vino añejo, que tiene ya cocida la hez y no tiene aquellos hervores
sensitivos ni aquellas furias y fuegos hervorosos de fuera, mas
gustan la suavidad del vino de amor ya bien cocido en sustancia,
estando ya él, no ya en aquel sabor de sentido, como el amor de los
nuevos, sino asentado allá dentro en el alma en sustancia y sabor
de espíritu y verdad de obra. Y no se quieren los tales asir a esos
sabores y hervores sensitivos, ni los quieren gustar, por no tener
sinsabores y fatigas; porque el que da rienda al apetito para algún
gusto de sentido, también de necesidad ha de tener penas y
disgustos en el sentido y en el espíritu.

De donde, por cuanto estos amantes viejos carecen ya de la
suavidad espiritual que tiene su raíz en el sentido, no traen ya
ansias ni penas de amor en el sentido y espíritu; de donde estos
amigos viejos por maravilla faltan a Dios, porque están ya sobre lo
que les había de hacer faltar, esto es, sobre la sensualidad, y tienen
el vino de amor no sólo ya cocido y purgado de hez, mas aun
adobado, como se dice en el verso, con las especias que decíamos
de virtudes perfectas, que no le dejan malear como al nuevo. Por
eso, el amigo viejo delante de Dios es de grande estimación, y así
de él dice el Eclesiástico (9, 14): No desampares al amigo antiguo,
porque el nuevo no será semejante a él.

En este vino, pues, de amor ya probado y adobado en el alma, hace
el divino Amado la embriaguez divina que habemos dicho, con cuya
fuerza envía el alma a Dios las dulces y sabrosas emisiones. Y así
el sentido de los dichos tres versillos es el siguiente: Al toque de
centella con que recuerdas mi alma, y al adobado vino con que
amorosamente la embriagas, ella te envía las emisiones de
movimientos y actos de amor que en ella causas.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. ¡Cuál, pues, entenderemos que estará la dichosa alma en este
florido lecho, donde todas estas dichas cosas y muchas más pasan,
en el cual por reclinatorio tiene al Esposo Hijo de Dios y por cubierta
y tendido la caridad y amor del mismo Esposo! De manera que de
cierto puede decir las palabras de la Esposa, que dice (Ct. 2, 6): Su
siniestra debajo de mi cabeza. Por lo cual con verdad se podrá
decir que esta alma está aquí vestida de Dios y bañada en
divinidad; y no como por cima, sino que en los interiores de su
espíritu, estando revertida en deleites divinos, con hartura de aguas
espirituales de vida, experimenta lo que David dice (Sal. 35, 9-10)
de los que así están allegados a Dios, es a saber: Embriagarse han
de la grosura de tu casa, y con el torrente de tu deleite darles has a
beber; porque cerca de ti está le fuente de vida. ¡Qué hartura será,
pues, ésta del alma en su ser, pues la bebida que le dan no es
menos que un torrente de deleite! El cual torrente es el Espíritu
Santo, porque, como dice san Juan (Ap. 22, 1), él es el río
resplandeciente de agua viva que nace de la silla de Dios y del
Cordero, cuyas aguas, por ser ellas amor íntimo de Dios,
íntimamente infunden al alma y le dan a beber este torrente de
amor, que, como decimos, es el Espíritu de su Esposo que se le
infunde en esta unión; y por eso ella, con grande abundancia de
amor, canta esta canción:

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CANCIÓN 26

En la interior bodega
de mi Amado bebí y, cuando salía
por toda aqueste vega,
ya cosa no sabía;
y el ganado perdí que antes seguía.

DECLARACIÓN

2. Cuenta el alma en esta canción la soberana merced que Dios le
hizo en recogerla en lo íntimo de su amor, que es la unión o
transformación de amor en Dios, y dice dos efectos que de allí sacó,
que son: olvido y enajenación de todas las cosas del mundo y
mortificación de todos sus apetitos y gustos.

En la interior bodega.
3. Para decir algo de esta bodega y declarar lo que aquí quiere
decir o dar a entender el alma, era menester que el Espíritu Santo
tomase la mano y moviese la pluma.

Esta bodega que aquí dice el alma es el último y más estrecho
grado de amor en que el alma puede situarse en esta vida, que por
eso la llama interior bodega, es a saber, la más interior; de donde
se sigue que hay otras no tan interiores, que son los grados de
amor por do se sube hasta este último. Y podemos decir que estos
grados o bodegas de amor son siete, los cuales se vienen a tener
todos cuando se tienen los siete dones del Espíritu Santo en
perfección, en la manera que es capaz de recibirlos el alma. Y así,
cuando el alma llega a tener en perfección el espíritu de temor,
tiene ya en perfección el espíritu del amor, por cuanto aquel temor
(que es el último de los siete dones) es filial, y el temor perfecto de
hijo sale de amor perfecto de padre, y así, cuando la Escritura
divina quiere llamar a uno perfecto en caridad, le llama temeroso de
Dios. De donde profetizando Isaías (11, 3) la perfección de Cristo,
dijo: Replebit eum spiritus timoris Domini, que quiere decir:
Henchirle ha el espíritu del temor de Dios. También san Lucas (2,
25) al santo Simeón llamó timorato, diciendo: Erat vir iustus et
timoratus. Y así de otros muchos.

4. Es de saber que muchas almas llegan y entran en las primeras
bodegas, cada una según la perfección de amor que tiene: mas a
esta última y más interior pocas llegan en esta vida, porque en ella
es ya hecha la unión perfecta con Dios, que llaman matrimonio
espiritual, del cual habla ya el alma en este lugar. Y lo que Dios
comunica al alma en esta estrecha junta, totalmente es indecible y
no se puede decir nada, así como del mismo Dios no se puede
decir algo que sea como él; porque el mismo Dios es el que se le
comunica con admirable gloria de transformación de ella en él,
estando ambos en uno: como si dijéramos ahora la vidriera con el
rayo del sol, o el carbón con el fuego, o la luz de las estrellas con la
del sol; no empero tan esencial y acabadamente como en la otra
vida. Y así, para dar a entender el alma lo que en aquella bodega
de unión recibe de Dios, no dice otra cosa, ni entiendo la podrá
decir más propia para decir algo de ello, que decir el verso
siguiente:

De mi Amado bebí.
5. Porque así como la bebida se difunde y derrama por todos los
miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de
Dios sustancialmente en toda el alma, o, por mejor decir, el alma se
transforma en Dios, según la cual transformación bebe el alma de
su Dios según la sustancia de ella y según sus potencias
espirituales. Porque según el entendimiento, bebe sabiduría y
ciencia; y según la voluntad, bebe amor suavísimo; y según la
memoria bebe recreación y deleite en recordación y sentimiento de
gloria.

Cuanto a lo primero, que el alma reciba y beba deleite
sustancialmente, dícelo ella en los Cantares (5, 6) en esta manera:
Anima mea liquefacta est, ut sponsus locutus est, esto es: Mi alma
se regaló luego que el Esposo habló. El hablar del Esposo es aquí
comunicarse él al alma.

6. Y que el entendimiento beba sabiduría, en el mismo libro (8, 2) lo
dice la Esposa, adonde, deseando ella llegar a este beso de unión y
pidiéndolo al Esposo, dijo: Allí me enseñarás, es a saber, sabiduría
y ciencia en amor; y yo te daré a ti una bebida de vino adobado,
conviene a saber, mi amor adobado con el tuyo, esto es,
transformado en el tuyo.

7. Cuanto a lo tercero, que es que la voluntad beba allí amor, dícelo
también la Esposa en el dicho libro de los Cantares (2, 4), diciendo:
Metióme dentro de la bodega secreta y ordenó en mi caridad, que
es tanto como decir: Diome a beber amor metida dentro en su amor,
o más claramente, hablando con propiedad: ordenó en mí su
caridad, acomodando y apropiando a mí su misma caridad; lo cual
es beber el alma de su Amado su mismo amor, infundiéndoselo su
Amado.

8. Donde es de saber, acerca de lo que algunos dicen que no
puede amar la voluntad sino lo que primero entiende el
entendimiento, hase de entender naturalmente, porque por vía
natural es imposible amar si no se entiende primero lo que se ama;
mas por vía sobrenatural bien puede Dios infundir amor y
aumentarle sin infundir ni aumentar distinta inteligencia, como en la
autoridad dicha se da a entender. Y esto experimentado está de
muchos espirituales, los cuales muchas veces se ven arder en amor
de Dios sin tener más distinta inteligencia que antes: porque
pueden entender poco y amar mucho, y pueden entender mucho y
amar poco. Antes, ordinariamente aquellos espirituales que no
tienen muy aventajado entendimiento acerca de Dios, suelen
aventajarse en la voluntad, y bástales la fe infusa por ciencia de
entendimiento, mediante la cual les infunde Dios caridad y se la
aumenta, y el acto de ella, que es amar más, aunque no se le
aumente la noticia, como hemos dicho. Y así, puede la voluntad
beber amor sin que el entendimiento beba de nuevo inteligencia;
aunque en el caso que vamos hablando, en que dice el alma que
bebió de su Amado, por cuanto es unión en la interior bodega, la
cual es según todas las tres potencias del alma, como habemos
dicho, todas ellas beben juntamente.

9. Y cuanto a lo cuarto, que según la memoria beba allí el alma de
su Amado, está claro que está ilustrada con la luz del entendimiento
en recordación de los bienes que está poseyendo y gozando en la
unión de su Amado.

10. Esta divina bebida tanto endiosa y levanta al alma y la embebe
en Dios, que

cuando salía,

11. es a saber, que acabada esta merced de pasar; porque, aunque
está el alma siempre en este alto estado de matrimonio después
que Dios le ha puesto en él, no empero siempre en actual unión
según las dichas potencias, aunque según la sustancia del alma sí;
pero en esta unión sustancial del alma muy frecuentemente se unen
también las potencias y beben en esta bodega: el entendimiento
entendiendo, la voluntad amando, etc. Pues cuando ahora dice el
alma: cuando salía, no se entiende que de la unión esencial o
sustancial que tiene el alma ya, que es el estado dicho, sino de la
unión de las potencias, la cual no es continua en esta vida ni lo
puede ser.

12. Pues de ésta cuando salía

por toda aquesta vega,

es a saber, por toda aquesta anchura del mundo,

ya cosa no sabía.

13. La razón es porque aquella bebida de altísima sabiduría de Dios
que allí bebió le hace olvidar todas las cosas del mundo, y le parece
al alma que lo que antes sabía (y aun lo que sabe todo el mundo)
en comparación de aquel saber, es pura ignorancia.

Y para entender mejor esto, es de saber que la causa más formal
de este no saber del alma cosa del mundo, cuando está en este
puesto, es el quedar ella informada de la ciencia sobrenatural,
delante de la cual todo el saber natural y político del mundo antes
es no saber que saber. De donde, puesta el alma en este altísimo
saber, conoce por él que todo esotro saber que no sabe a aquello,
no es saber, sino no saber, y que no hay que saber en ello. Y
declara la verdad del dicho del Apóstol (1 Cor. 3, 19), es a saber:
que lo que es más sabiduría delante de los hombres es estulticia
delante de Dios. Y por eso, dice el alma que ya no sabía cosa
después que bebió de aquella sabiduría divina, y no se puede
conocer esta verdad; cómo es pura ignorancia la sabiduría de los
hombres y de todo el mundo y cuán digno de no ser sabido, menos
que con esta merced de estar Dios en el alma comunicándole su
sabiduría y confortándola con esta bebida de amor para que lo vea
claro, según da a entender Salomón (Pv. 30, 1-2), diciendo: Esta es
la visión que vio y habló el varón con quien está Dios. Y, confortado
por la morada que Dios hace en él, dijo: Insipientísimo soy sobre
todos los varones, y sabiduría de hombres no está conmigo.

Lo cual es porque, estando en aquel exceso de sabiduría alta de
Dios, esle ignorancia la baja de los hombres; porque las mismas
ciencias naturales y las mismas obras que Dios hace, delante de lo
que es saber a Dios, es como no saber, porque donde no se sabe a
Dios, no se sabe nada. De donde: Lo alto de Dios es insipiencia y
locura para los hombres, como también dice san Pablo (1 Cor. 2,
14). Por lo cual los sabios de Dios y los sabios del mundo, los unos
son insipientes para los otros, porque ni los unos pueden percibir la
sabiduría de Dios y ciencia, ni los otros la del mundo; por cuanto la
del mundo, como habemos dicho, es no saber acerca de la de Dios,
y la de Dios acerca de la del mundo.

14. Pero, demás de esto, aquel endiosamiento y levantamiento de
mente en Dios, en que queda el alma como robada y embebida en
amor, toda hecha en Dios, no la deja advertir a cosa alguna del
mundo; porque no sólo de todas las cosas, mas aun de sí queda
enajenada y aniquilada, como resumida y resuelta en amor, que
consiste en pasar de sí al Amado. Y así, la Esposa en los Cantares
(6, 11), después que había tratado de esta transformación de amor
suya en el Amado, da a entender este no saber con que quedó, por
esta palabra: Nescivi, que quiere decir: No supe.

Está el alma en este puesto en cierta manera como Adán en la
inocencia, que no sabía qué cosa era mal; porque está tan
inocente, que no entiende el mal ni cosa juzga a mal; y oirá cosas
muy malas y las verá con sus ojos, y no podrá entender que lo son,
porque no tiene en sí hábito de mal por donde lo juzgar; habiéndole
Dios raído los hábitos imperfectos y la ignorancia, en que cae el mal
de pecado, con el hábito perfecto de la verdadera sabiduría. Y así,
también acerca de esto ya cosa no sabía.

15. Esta tal alma poco se entremeterá en las cosas ajenas, porque
aun de las suyas no se acuerda. Porque esta propiedad tiene el
espíritu de Dios en el alma donde mora, que luego la inclina a
ignorar y no querer saber las cosas ajenas, aquéllas mayormente
que no son para su aprovechamiento, porque el espíritu de Dios es
recogido y convertido a la misma alma antes para sacarla de las
cosas extrañas que para ponerla en ellas, y así se queda el alma en
un no saber cosa en la manera que solía.

16. Y no se ha de entender que, aunque el alma queda en este no
saber, pierde allí los hábitos de las ciencias adquisitos que tenía,
que antes se le perfeccionan con el más perfecto hábito, que es el
de la ciencia sobrenatural que se le ha infundido; aunque ya estos
hábitos no reinan en el alma de manera que tenga necesidad de
saber por ellos, aunque no impide que algunas veces sea. Porque
en esta unión de sabiduría divina se juntan estos hábitos con la
sabiduría superior de las otras ciencias, así como, juntándose una
luz pequeña con otra grande, la grande es la que priva y luce, y la
pequeña no se pierde, antes se perfecciona, aunque no es la que
principalmente luce. Así entiendo que será en el cielo, que no se
corromperán los hábitos que los justos llevaren de ciencia adquisita,
y que no les harán a los justos mucho al caso, sabiendo ellos más
que eso en la sabiduría divina.

17. Pero las noticias y formas particulares de las cosas y actos
imaginarios, y cualquiera otra aprehensión que tenga forma y figura,
todo lo pierde e ignora en aquel absorbimiento de amor. Y esto, por
dos causas: la primera, porque, como actualmente queda absorta y
embebida el alma en aquella bebida de amor, no puede estar en
otra cosa actualmente y no advertir a ella; la segunda y principal,
porque aquella transformación en Dios de tal manera la conforma
con la sencillez y pureza de Dios (en la cual no cae forma ni figura
imaginaria) que la deja limpia y pura y vacía de todas formas y
figuras que antes tenía, purgada e ilustrada con sencilla
contemplación, así como hace el sol en la vidriera, que,
infundiéndose en ella, la hace clara y se pierden de vista todas las
máculas y motas que antes en ella parecían; pero, vuelto a quitar el
sol, luego vuelven a parecer en ella las nieblas y máculas de antes.

Mas el alma, como le queda y dura algún tanto el efecto de aquel
acto de amor, dura también el no saber, de manera que no pueda
advertir en particular a cosa ninguna hasta que pase el efecto de
aquel acto de amor, el cual, como la inflamó y mudó en amor,
aniquilóla y deshízola en todo lo que no era amor, según se
entiende por aquello que dijimos arriba de David (Sal. 72, 21-22), es
a saber: Porque fue inflamado mi corazón, también mis renes se
mudaron juntamente, y yo fui resuelto en nada, y no supe. Porque
mudarse las renes por causa de esta inflamación del corazón, es
mudarse el alma según todos sus apetitos y operaciones en Dios en
una nueva manera de vida, deshecha ya y aniquilada de todo lo
viejo que antes usaba. Por lo cual dice el profeta que fue resuelto
en nada y que no supo, que son los dos efectos que decíamos que
causaba la bebida de esta bodega de Dios; porque no sólo se
aniquila todo su saber primero, pareciéndole todo nada, mas
también toda su vida vieja e imperfecciones se aniquilan, y se
renueva en nuevo hombre (Cl. 3, 10), que es este segundo efecto
que decimos, contenido en este verso:

Y el ganado perdí que antes seguía.

18. Es de saber que hasta que el alma llegue a este estado de
perfección de que vamos hablando, aunque más espiritual sea,
siempre le queda algún ganadillo de apetitos y gustillos y otras
imperfecciones suyas, ahora naturales, ahora espirituales, tras de
que se anda, procurando apacentarlos en seguirlos y cumplirlos.

Porque, acerca del entendimiento, suelen quedarles algunas
imperfecciones de apetitos de saber cosas.

Acerca de la voluntad, se dejan llevar de algunos gustillos y apetitos
propios: ahora en lo temporal, como poseer algunas cosillas y
asirse más a unas que a otras, y algunas presunciones,
estimaciones y puntillos en que miran, y otras cosillas que todavía
huelen y saben a mundo; ahora acerca de lo natural, como en
comida, bebida, gustar de esto más que de aquello, y escoger y
querer lo mejor; ahora también acerca de lo espiritual, como querer
gustos de Dios y otras impertinencias que nunca se acabarían de
decir, que suelen tener los espirituales aún no perfectos.

Y acerca de la memoria, muchas variedades y cuidados y
advertencias impertinentes, que los llevan al alma tras de sí.

19. Tienen también, acerca de las cuatro pasiones del alma,
muchas esperanzas, gozos, dolores y temores inútiles tras de que
se va el alma. Y de este ganado ya dicho, unos tienen más y otros
menos, tras de que se andan todavía, siguiéndolo, hasta que,
entrándose a beber en esta interior bodega, lo pierden todo,
quedando, como habemos dicho, hechos todos en amor; en la cual
más fácilmente se consumen estos ganados de imperfecciones del
alma que el orín y moho de los metales en el fuego. Y así, se siente
ya libre el alma de todas niñerías de gustillos e impertinencias tras
de que se andaba, de manera que pueda bien decir: El ganado
perdí que antes seguía.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras
de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura
acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se
le compare. Porque aún llega a tanto la ternura y verdad de amor
con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y
amorosa alma, -¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y
admiración!-, que se sujeta a ella verdaderamente para la
engrandecer, como si él fuese su siervo y ella fuese su señor. Y
está tan solícito en la regalar, como si él fuese su esclavo y ella
fuese su Dios: ¡tan profunda es la humildad y dulzura de Dios!
Porque él en esta comunicación de amor en alguna manera ejercita
aquel servicio que dice él en el Evangelio (Lc. 12, 37) que hará a
sus escogidos en el cielo, es a saber, que, ciñéndose, pasando de
uno en otro, le servirá. Y así, aquí está empleado en regalar y
acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño,
criándole a sus mismos pechos. En lo cual conoce el alma la verdad
del dicho de Isaías (66, 12), que dice: A los pechos de Dios seréis
llevados y sobre sus rodillas seréis regalados.

2. ¿Qué sentirá, pues, el alma aquí, entre tan soberanas mercedes?
¡Cómo se derretirá en amor! ¡Cómo agradecerá ella, viendo estos
pechos de Dios abiertos para sí con tan soberano y largo amor!
Sintiéndose puesta entre tantos deleites, entrégase toda a sí misma
a él, y dale también sus pechos de su voluntad y amor, y sintiéndolo
y pasando en su alma al modo que la Esposa lo sentía en los
Cantares (7, 10-12), hablando con su Esposo, en esta manera: Yo
para mi Amado, y la conversión de él para mí. Ven, Amado mío;
salgámonos al campo, moremos juntos en las granjas;
levantémonos por la mañanica a las viñas y veamos si ha florecido
la viña y si las flores paren frutos, si florecieron las granadas. Allí te
daré mis pechos, esto es, los deleites y fuerza de mi voluntad
emplearé en servicio de tu amor. Y por pasar así estas dos entregas
del alma y Dios en esta unión, las refiere ella en la siguiente
canción, diciendo:

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CANCIÓN 27

Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa:
allí le prometí de ser su Esposa.

DECLARACIÓN

3. En esta canción cuenta la Esposa la entrega que hubo de ambas
partes en este espiritual desposorio, conviene a saber, de ella y de
Dios, diciendo que en aquella interior bodega de amor se juntaron
en comunicación él a ella, dándole el pecho ya libremente de su
amor, en que la enseñó sabiduría y secretos; y ella a él,
entregándosele ya toda de hecho, sin ya reservar nada para sí ni
para otro, afirmándose ya por suya para siempre. Síguese el verso:

Allí me dio su pecho.

4. Dar el pecho uno a otro es darle su amor y amistad y descubrirle
sus secretos como a amigo. Y así, decir el alma que le dio allí su
pecho, es decir que allí le comunicó su amor y sus secretos, lo cual
hace Dios con el alma en este estado, y, más adelante, lo que
también dice en este verso siguiente:
Allí me enseñó ciencia muy sabrosa.

5. La ciencia sabrosa que dice aquí que la enseñó, es la teología
mística, que es ciencia secreta de Dios, que llaman los espirituales
contemplación, la cual es muy sabrosa, porque es ciencia por amor,
el cual es el maestro de ella y el que todo lo hace sabroso. Y, por
cuanto Dios le comunica esta ciencia e inteligencia en el amor con
que se comunica al alma, esle sabrosa para el entendimiento, pues
es ciencia que pertenece a él; y esle también sabrosa a la voluntad,
pues es en amor, el cual pertenece a la voluntad. Y dice luego:

Y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa.

6. En aquella bebida de Dios suave, en que, como habemos dicho,
se embebe el alma en Dios, muy voluntariamente y con grande
suavidad se entrega el alma a Dios toda, queriendo ser toda suya y
no tener cosa en sí ajena de él para siempre, causando Dios en ella
en la dicha unión, la pureza y perfección que para esto es
menester; que, por cuanto él la transforma en sí, hácela toda suya y
evacua en ella todo lo que tenía ajeno de Dios. De aquí es que, no
solamente según la voluntad sino también según la obra, quede ella
de hecho sin dejar cosa, toda dada a Dios, así como Dios se ha
dado libremente a ella; de manera que quedan pagadas aquellas
dos voluntades, entregadas y satisfechas entre sí, de manera que
en nada haya de faltar ya la una a la otra, con fe y firmeza de
desposorio, que, por eso, añade ella, diciendo:

Allí le prometí de ser su Esposa.

7. Porque, así como la desposada no pone en otro su amor ni su
cuidado ni su obra fuera de su Esposo, así el alma en este estado
no tiene ya ni afectos de voluntad, ni inteligencias de entendimiento,
ni cuidado ni obra alguna que todo no sea inclinado a Dios, junto
con sus apetitos, porque está como divina, endiosada; de manera
que aun hasta los primeros movimientos no tiene contra lo que es la
voluntad de Dios, en todo lo que ella puede entender. Porque, así
como un alma imperfecta tiene muy ordinariamente a lo menos
primeros movimientos inclinados a mal, según el entendimiento y
según la voluntad y memoria, y apetitos e imperfecciones también,
así el alma de este estado según el entendimiento y voluntad y
memoria, y apetitos, en los primeros movimientos de ordinario se
mueve e inclina a Dios por la grande ayuda y firmeza que tiene ya
en Dios y perfecta conversión al bien. Todo lo cual dio bien a
entender David (Sal. 61, 2-3) cuando dijo, hablando de su alma, en
este estado: ¿Por ventura no estará mi alma sujeta a Dios? Sí;
porque de él tengo yo mi salud, y porque él es mi Dios y mi
Salvador, recibidor mío, no tendré más movimiento. En lo que dice
recibidor mío, da a entender que por estar su alma recibida en Dios
y unida cual aquí decimos, no había de tener ya más movimiento
contra Dios.

8. De lo dicho queda entendido claro que el alma que ha llegado a
este estado de desposorio espiritual no sabe otra cosa sino amar y
andar siempre en deleites de amor con el Esposo; porque, como en
esto ha llegado a la perfección, cuya forma y ser, como dice san
Pablo (Cl. 3, 14), es el amor, pues cuanto un alma más ama, tanto
es más perfecta en aquello que ama, de aquí es que esta alma, que
ya está perfecta, todo es amor, si así se puede decir, y todas sus
acciones son amor, y todas sus potencias y caudal de su alma
emplea en amar, dando todas sus cosas, como el sabio mercader
(Mt. 13, 46), por este tesoro de amor que halló escondido en Dios,
el cual es de tanto precio delante de él, que, como el alma ve que
su Amado nada precia ni de nada se sirve fuera del amor, de aquí
es que, deseando ella servirle perfectamente, todo lo emplea en
amor puro de Dios.

Y no sólo porque él lo quiere así, sino porque también el amor en
que está unida, en todas las cosas y por todas ellas la mueve en
amor de Dios. Porque, así como la abeja saca de todas las yerbas
la miel que allí hay y no se sirve de ellas más que para esto, así
también de todas las cosas que pasan por el alma, con grande
facilidad saca ella la dulzura de amor que hay. Que amar a Dios en
ellas, ahora sea sabroso, ahora desabrido, estando ella informada y
amparada con el amor, como lo está, ni lo siente, ni lo gusta, ni lo
sabe; porque, como habemos dicho, el alma no sabe sino amor, y
su gusto en todas las cosas y tratos siempre, como habemos dicho,
es deleite de amor de Dios. Y para denotar esto, dice ella la
siguiente canción.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Pero porque dijimos que Dios no se sirve de otra cosa sino de
amor, antes que la declaremos será bueno decir aquí la razón: y es
porque todas nuestras obras y todos nuestros trabajos, aunque sea
lo más que puede ser, no son nada delante de Dios; porque en ellas
no le podemos dar nada ni cumplir su deseo, el cual sólo es de
engrandecer al alma. Para sí nada de esto desea, pues no lo ha
menester, y así, si de algo se sirve, es de que el alma se
engrandezca; y como no hay otra cosa en que más la pueda
engrandecer que igualándola consigo, por eso solamente se sirve
de que le ame; porque la propiedad del amor es igualar al que ama
con la cosa amada. De donde, porque el alma aquí tiene perfecto
amor, por eso se llama Esposa del Hijo de Dios, lo cual significa
igualdad con él, en la cual igualdad de amistad todas las cosas de
los dos son comunes a entrambos, como el mismo Esposo lo dijo a
sus discípulos (Jn. 15, 15), diciendo: Ya os he dicho mis amigos,
porque todo lo que oí de mi Padre os lo he manifestado. Dice, pues,
la canción:

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CANCIÓN 28

Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

DECLARACIÓN

2. Por cuanto en la canción pasada ha dicho el alma, o por mejor
decir, la Esposa, que se dio toda al Esposo sin dejar nada para sí,
dice ahora en esta el modo y manera que tiene en cumplirlo,
diciendo que ya está su alma y cuerpo y potencias y toda su
habilidad empleada, ya no en las cosas, sino en las que son del
servicio de su Esposo; y que por eso ya no anda buscando su
propia ganancia, ni se anda tras sus gustos, ni tampoco se ocupa
en otras cosas y tratos extraños y ajenos de Dios; y que aun con el
mismo Dios ya no tiene otro estilo ni manera de trato sino ejercicio
de amor, por cuanto ha ya trocado y mudado todo su primer trato en
amor, según ahora se dirá.

Mi alma se ha empleado.
3. En decir que el alma suya se ha empleado, da a entender la
entrega que hizo al Amado de sí en aquella unión de amor, donde
quedó ya su alma con todas sus potencias, entendimiento, voluntad
y memoria, dedicada y mancipada al servicio de él, empleado el
entendimiento en entender las cosas que son más de su servicio
para hacerlas, y su voluntad en amar todo lo que a Dios agrada y
en todas las cosas aficionar la voluntad a Dios, y la memoria en el
cuidado de lo que es de su servicio y lo que más le ha de agradar.
Y dice más:

Y todo mi caudal en su servicio.

4. Por todo su caudal entiende aquí todo lo que pertenece a la parte
sensitiva del alma; en la cual parte sensitiva se incluye el cuerpo
con todos sus sentidos y potencias, así interiores como exteriores, y
toda la habilidad natural, conviene a saber: las cuatro pasiones, los
apetitos naturales y el demás caudal del alma; todo lo cual dice que
está ya empleado en servicio de su Amado, también como la parte
racional y espiritual del alma que acabamos de decir en el verso
pasado. Porque el cuerpo ya le trata según Dios, los sentidos
interiores y exteriores rige y gobierna enderezando a él las
operaciones de ellos y las cuatro pasiones del alma todas las tiene
ceñidas también a Dios, porque no se goza sino de Dios, ni tiene
esperanza en otra cosa que en Dios, ni teme sino sólo a Dios, ni se
duele sino según Dios; y también todos sus apetitos y cuidados van
sólo a Dios.

5. Y todo este caudal de tal manera está ya empleado y enderezado
a Dios que (aun sin advertencia del alma) todas las partes que
habemos dicho de este caudal, en los primeros movimientos se
inclinan a obrar en Dios y por Dios; porque el entendimiento, la
voluntad y memoria se van luego a Dios, y los afectos, los sentidos,
los deseos y apetitos, la esperanza, el gozo y luego todo el caudal
de prima instancia se inclina a Dios, aunque, como digo, no advierta
el alma que obra por Dios. De donde esta tal alma muy
frecuentemente obra por Dios, y entiende en él y en sus cosas sin
pensar ni acordarse que lo hace por él, porque el uso y hábito que
en la tal manera de proceder tiene ya le hace carecer de la
advertencia y cuidado y aun de los actos fervorosos que a los
principios del obrar solía tener. Y porque ya está todo este caudal
empleado en Dios de la manera dicha, de necesidad ha de tener el
alma también lo que dice en el verso siguiente, es a saber:
Ya no guardo ganado.

6. Que es tanto como decir: ya no me ando tras mis gustos y
apetitos, porque, habiéndolos puesto en Dios y dado a él, ya no los
apacienta ni guarda para sí el alma. Y no sólo dice que ya no
guarda este ganado, pero dice más:

Ni ya tengo otro oficio.

7. Muchos oficios suele tener el alma no provechosos antes que
llegue a hacer esta donación y entrega de sí y de su caudal al
Amado, con los cuales procuraba servir a su propio apetito y al
ajeno; porque todos cuantos hábitos de imperfecciones tenía, tantos
oficios podemos decir que tenía; los cuales hábitos pueden ser
como propiedad y oficio que tiene de hablar cosas inútiles, y
pensarlas y obrarlas también, no usando de esto conforme a la
perfección del alma; suele tener otros apetitos con que sirve al
apetito ajeno, así como ostentaciones, cumplimientos, adulaciones,
respetos, procurar parecer bien y dar gusto con sus cosas a las
gentes, y otras cosas muchas inútiles con que procura agradar a la
gente empleando en ella el cuidado y el apetito y la obra, y
finalmente el caudal del alma. Todos estos oficios dice que ya no
los tiene, porque ya todas sus palabras y sus pensamientos y obras
son de Dios y enderezadas a Dios, no llevando ellas las
imperfecciones que solían. Y así, es como si dijera: ya no ando a
dar gusto a mi apetito ni al ajeno, ni me ocupo ni entretengo en
otros pasatiempos inútiles ni en cosas del mundo,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

8. Como si dijera: que ya todos estos oficios están puestos en
ejercicio de amor de Dios, es a saber: que toda la habilidad de mi
alma y cuerpo, memoria, entendimiento y voluntad, sentidos
interiores y exteriores y apetitos de la parte sensitiva y espiritual,
todo se mueve por amor y en el amor, haciendo todo lo que hago
con amor y padeciendo todo lo que padezco con sabor de amor.
Esto quiso dar a entender David (Sal. 58, 10) cuando dijo: Mi
fortaleza guardaré para ti.

9. Aquí es de notar que, cuando el alma llega a este estado, todo el
ejercicio de la parte espiritual y de la parte sensitiva, ahora sea en
hacer, ahora en padecer, de cualquier manera que sea, siempre la
causa más amor y regalo en Dios, como habemos dicho; y hasta el
mismo ejercicio de oración y trato con Dios que antes solía tener en
otras consideraciones y modos, ya todo es ejercicio de amor. De
manera que, ahora sea su trato cerca de lo temporal, ahora sea su
ejercicio cerca de lo espiritual, siempre puede decir esta tal alma:
Que ya sólo en amar es mi ejercicio.

10. ¡Dichosa vida, y dichoso estado, y dichosa el alma que a él
llega!, donde todo le es ya sustancia de amor y regalo y deleite de
desposorio, en que de veras puede la Esposa decir al divino
Esposo aquellas palabras que de puro amor le dice en los Cantares
(7, 13), diciendo: Todas las manzanas nuevas y viejas guardé pare
ti, que es como si dijera: Amado mío, todo lo áspero y trabajoso
quiero por ti y todo lo suave y sabroso para ti.

Pero el acomodado sentido de este verso es decir que el alma en
este estado de desposorio espiritual ordinariamente anda en unión
de amor de Dios, que es común y ordinaria asistencia de voluntad
amorosa en Dios.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Verdaderamente esta alma está perdida en todas las cosas, y
sólo está ganada en amor, no empleando ya el espíritu en otra
cosa. Por lo cual, aun a lo que es vida activa y otros ejercicios
exteriores desfallece, por cumplir de veras con la una cosa sola que
dijo el Esposo era necesaria (Lc. 10, 42), y es: la asistencia y
continuo ejercicio de amor en Dios. Lo cual él precia y estima en
tanto, que, así como reprendió a Marta (Lc. 10, 41) porque quería
apartar a María de sus pies por ocuparla en otras cosas activas en
servicio del Señor (entendiendo que ella se lo hacía todo y que
María no hacía nada, pues se estaba holgando con el Señor, siendo
ello muy al revés, pues no hay obra mejor ni más necesaria que el
amor), así también en los Cantares (3, 5) defiende a la Esposa,
conjurando a todas las criaturas del mundo, las cuales se entienden
allí por las hijas de Jerusalén, que no impidan a la Esposa el sueño
espiritual de amor, ni la hagan velar, ni abrir los ojos a otra cosa
hasta que ella quiera.

2. Donde es de notar que, en tanto que el alma no llega a este
estado de unión de amor, le conviene ejercitar el amor así en la vida
activa como en la contemplativa. Pero, cuando ya llegase a él, no le
es conveniente ocuparse en otras obras y ejercicios exteriores que
le puedan impedir un punto de aquella asistencia de amor en Dios,
aunque sean de gran servicio de Dios, porque es más precioso
delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más
provecho hace a la Iglesia. aunque parece que no hace nada, que
todas esas otras obras juntas. Que, por eso, María Magdalena,
aunque con su predicación hacía gran provecho y le hiciera muy
grande después, por el grande deseo que tenía de agradar a su
Esposo y aprovechar a la Iglesia, se escondió en el desierto treinta
años para entregarse de veras a este amor, pareciéndole que en
todas maneras ganaría mucho más de esta manera, por lo mucho
que aprovecha e importa a la Iglesia un poquito de este amor.

3. De donde, cuando alguna alma tuviese algo de este grado de
solitario amor, grande agravio se le hacía a ella y a la Iglesia si,
aunque fuese por poco espacio, la quisiesen ocupar en cosas
exteriores o activas, aunque fuesen de mucho caudal. Porque, pues
Dios conjura que no la recuerden de este amor, ¿quién se atreverá
y quedará sin reprensión? Al fin, para este fin de amor fuimos
criados.

Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al
mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más
provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado
aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la
mitadde ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no
hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más
y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su
oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de
otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces
nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a
envanecer la sal (Mt. 5, 13), que, aunque más parezca que hace
algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto
que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios.

4. ¡Oh, cuánto se pudiera escribir aquí de esto!, mas no es de este
lugar. Esto he dicho para dar a entender esta otra canción; porque
en ella el alma responde por sí a todos aquellos que impugnan este
santo ocio del alma y quieren que todo sea obrar, que luzca e
hincha el ojo por de fuera, no entendiendo ellos la vena y raíz oculta
de donde nace el agua y se hace todo fruto, Y así, dice la canción:

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CANCIÓN 29

Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.

DECLARACIÓN

5. Responde el alma en esta canción a una tácita reprensión de
parte de los del mundo, los cuales han de costumbre notar a los
que de veras se dan a Dios, teniéndolos por demasiados en su
extrañeza y retraimiento y en su manera de proceder, diciendo
también que son inútiles para las cosas importantes y perdidos en
lo que el mundo precia y estima. A la cual reprensión de muy buena
manera satisface aquí el alma, haciendo rostro muy osada y
atrevidamente a esto y a todo lo demás que el mundo la pueda
imponer, porqué, habiendo ella llegado a lo vivo del amor de Dios,
todo lo tiene en poco. Y no sólo eso, mas antes ella misma lo
confiesa en esta canción, y se precia y gloría de haber dado en
tales cosas y perdídose al mundo y a sí misma por su Amado. Y
así, lo que quiere decir en esa canción, hablando con los del
mundo, es que si ya no la vieren en las cosas de sus primeros
tratos y otros pasatiempos que solía tener en el mundo, que digan y
crean que se ha perdido y ajenado de ellos, y que lo tiene por tan
bien que ella misma se quiso perder, andando buscando a su
Amado enamorada mucho de él. Y porque vean la ganancia de su
pérdida y no lo tengan por insipiencia o engaño, dice que esta
pérdida fue su ganancia, y por eso de industria se hizo perdidiza.

Pues ya si en el ejido
de hoy mas no fuere vista ni hallada.

6. Ejido comúnmente se llama un lugar común donde la gente se
suele juntar a tomar solaz y recreación, y donde también los
pastores apacientan sus ganados. Y así, por el ejido entiende aquí
el alma el mundo, donde los mundanos tienen sus pasatiempos y
tratos y apacientan los ganados de sus apetitos. En lo cual dice el
alma a los del mundo que si no fuere vista ni hallada (como solía
antes que fuese toda de Dios) que la tengan por perdida en eso
mismo, y que así lo digan; porque de eso se goza ella queriendo
que lo digan, diciendo:

Diréis que me he perdido.

7. No se afrenta delante del mundo el que ama de las obras que
hace por Dios, ni las esconde con vergüenza, aunque todo el
mundo se las haya de condenar; porque el que tuviere vergüenza
delante de los hombres de confesar al Hijo de Dios, dejando de
hacer sus obras, el mismo Hijo de Dios, como él dice por san Lucas
(9, 26), tendrá vergüenza de confesarle delante de su Padre. Y por
tanto, el alma con ánimo de amor, antes se precia de que se vea
para gloria de su Amado haber ella hecho una tal obra por él, que
se haya perdido a todas las cosas del mundo, y por eso dice: Diréis
que me he perdido.

8. Esta tan perfecta osadía y determinación en las obras, pocos
espirituales la alcanzan; porque, aunque algunos tratan y usan este
trato, y aun se tienen algunos por los de muy allá, nunca se acaban
de perder en algunos puntos, o de mundo o de naturaleza, para
hacer las obras perfectas y desnudas por Cristo, no mirando a lo
que dirán o qué parecerá. Y así, no podrán éstos decir: diréis que
me he perdido, pues no están perdidos a sí mismos en el obrar.
Todavía tienen vergüenza de confesar a Cristo por la obra delante
de los hombres; teniendo respeto a cosas, no viven en Cristo de
veras.

Que, andando enamorada,

9. conviene a saber: que, andando obrando las virtudes, enamorada
de Dios,

me hice perdidiza, y fui ganada.

10. Sabiendo el alma el dicho del Esposo en el Evangelio (Mt. 6,
24), conviene a saber, que ninguno puede servir a dos señores,
sino que por fuerza ha de faltar al uno, dice ella aquí que, por no
faltar a Dios, faltó a todo lo que no es Dios, que es a todas las
demás cosas y a sí misma, perdiéndose a todo esto por su amor. El
que anda de veras enamorado, luego se deja perder a todo lo
demás por ganarse más en aquello que ama. Y por eso el alma dice
aquí que se hizo perdidiza ella misma, que es dejarse perder de
industria. Y es en dos maneras, conviene a saber: a sí misma, no
haciendo caso de sí en ninguna cosa sino del Amado,
entregándose a él de gracia sin ningún interés, haciéndose
perdidiza a sí misma, no queriendo ganarse en nada para sí; lo
segundo, a todas las cosas, no haciendo caso de todas sus cosas
sino de las que tocan al Amado, y eso es hacerse perdidiza, que es
tener gana que la ganen.

11. Tal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende
ganancia ni premio, sino sólo perderlo todo y a sí mismo en su
voluntad por Dios, y ésa tiene por su ganancia; y así lo es, según
dice san Pablo (Fl. 1, 21) diciendo: Mori lucrum, esto es: Mi morir
por Cristo es mi ganancia, espiritualmente a todas las cosas y a sí
mismo. Y por eso dice el alma: fui ganada, porque el que a sí no se
sabe perder, no se gana, antes se pierde, según dice Nuestro
Señor en el Evangelio (Mt. 16, 25), diciendo: El que quisiere ganar
para sí su alma, ése la perderá: y el que la perdiere para consigo
por mí, ése la ganará.

Y si queremos entender el dicho verso más espiritualmente y más al
propósito que aquí se trata, es de saber, que cuando un alma en el
camino espiritual ha llegado a tanto que se ha perdido a todos los
caminos y vías naturales de proceder en el trato con Dios, que ya
no le busca por consideraciones ni formas ni sentimientos ni otros
modos algunos de criaturas ni sentido, sino que pasó sobre todo
eso y sobre todo modo suyo y manera, tratando y gozando a Dios
en fe y amor, entonces se dice haberse de veras ganado a Dios,
porque de veras se ha perdido a todo lo que no es Dios ya lo que es
en sí.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Estando, pues, el alma ganada de esta manera, todo lo que obra
es ganancia, porque toda la fuerza de sus potencias está convertida
en trato espiritual con el Amado de muy sabroso amor interior, en el
cual las comunicaciones interiores que pasan entre Dios y el alma
son de tan delicado y subido deleite, que no hay lengua mortal que
lo pueda decir ni entendimiento humano que lo pueda entender.
Porque, así como la desposada en el día de su desposorio no
entiende en otra cosa sino en lo que es fiesta y deleite de amor y en
sacar todas sus joyas y gracias a luz para con ellas agradar y
deleitar al esposo, y el esposo ni más ni menos todas sus riquezas
y excelencias le muestra para hacerle a ella fiesta y solaz, así aquí
en este espiritual desposorio, donde el alma siente de veras lo que
la Esposa dice en los Cantares (6, 2), es a saber: Yo para mi
Amado, y mi Amado para mí, las virtudes y gracias de la Esposa
alma y las magnificencias y gracias del Esposo Hijo de Dios salen a
la luz, y se ponen en plato para que se celebren las bodas de este
desposorio. comunicándose los bienes y deleites del uno en el otro
con vino de sabroso amor en el Espíritu Santo. Para muestra de lo
cual, hablando con el Esposo, dice el alma esta canción:

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CANCIÓN 30

De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas.
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas
y en un cabello mío entretejidas.

DECLARACIÓN

2. En esta canción vuelve la Esposa a hablar con el Esposo en
comunicación y recreación de amor y lo que en ella hace es tratar
del solaz y deleite que el alma esposa y el Hijo de Dios tienen en la
posesión de las riquezas de las virtudes y dones de entrambos y el
ejercicio de ellas que hay del uno al otro gozándolas entre sí en
comunicación de amor. Y por eso dice ella, hablando con él que
harán guirnaldas ricas de dones y virtudes adquiridas y ganadas en
tiempo agradable y conveniente, hermoseadas y graciosas en el
amor que tiene él a ella y sustentadas y conservadas en el amor
que ella tiene a él. Por eso llama a este gozar las virtudes hacer
guirnaldas de ellas; porque todas juntas, como flores en guirnaldas,
las gozan entrambos en el amor común que el uno tiene al otro.

De flores y esmeraldas.

3. Las flores son las virtudes del alma y las esmeraldas son los
dones que tiene de Dios pues de estas flores y esmeraldas,

en las frescas mañanas escogidas.
4. es a saber, ganadas y adquiridas en las juventudes, que son las
frescas mañanas de las edades.

Y dice escogidas, porque las virtudes que se adquieren en este
tiempo de juventud son escogidas y muy aceptas a Dios, por ser en
tiempo de juventud cuando hay más contradicción de parte de los
vicios para adquirirlas y de parte del natural más inclinación y
prontitud para perderlas: y también porque, comenzándolas a coger
desde este tiempo de juventud, se adquieren más perfectas y son
más escogidas.

Y llama a estas juventudes frescas mañanas, porque, así como es
agradable la frescura de la mañana en la primavera más que las
otras partes del día, así lo es la virtud de la juventud delante de
Dios.

Y aun puédense entender estas frescas mañanas por los actos de
amor en que se adquieren las virtudes, los cuales son a Dios más
agradables que las frescas mañanas a los hijos de los hombres.

5. También se entiende aquí por las frescas mañanas las obras
hechas en sequedad y dificultad del espíritu, las cuales son
denotadas por el fresco de las mañanas del invierno, y estas obras
hechas por Dios en sequedad de espíritu y dificultad son muy
preciadas de Dios, porque en ellas grandemente se adquieren las
virtudes y dones; y las que se adquieren de esta suerte y con
trabajo por la mayor parte son más escogidas y esmeradas y más
firmes que si se adquiriesen sólo con el sabor y regalo del espíritu;
porque la virtud en la sequedad y dificultad y trabajo echa raíces,
según Dios dijo a san Pablo (2 Cor. 12, 9), diciendo: La virtud en la
flaqueza se hace perfecta. Y por tanto, para encarecer la excelencia
de las virtudes de que se han de hacer las guirnaldas para el
Amado, bien está dicho en las frescas mañanas escogidas, porque
de solas estas flores y esmeraldas de virtudes y dones escogidos y
perfectos, y no de las imperfectas, goza bien el Amado. Y por eso,
dice aquí el alma Esposa que de ellas para él

haremos las guirnaldas.

6. Para cuya inteligencia es de saber que todas las virtudes y dones
que el alma y Dios adquieren en ella son en ella como una
guirnalda de varias flores con que está admirablemente
hermoseada, así como de una vestidura de preciosa variedad. Y
para mejor entenderlo, es de saber que así como las flores
materiales se van cogiendo, las van en la guirnalda que de ellas
hacen componiendo, de la misma manera así como las flores
espirituales de virtudes y dones se van adquiriendo se van en el
alma asentando. Y acabadas de adquirir, está ya la guirnalda de
perfección en el alma acabada de hacer en que el alma y el Esposo
se deleitan hermoseados con esta guirnalda y adornados, bien así
como en estado de perfección.

Estas son las guirnaldas que dice han de hacer que es ceñirse y
cercarse de variedad de flores y esmeraldas de virtudes y dones
perfectos para parecer dignamente con este hermoso y precioso
adorno delante la cara del rey y merezca la iguale consigo
poniéndola como reina a su lado, pues ella lo merece con la
hermosura de su variedad. De donde, hablando David (Sal. 44, 10)
con Cristo en este caso, dijo: Astitit regina a dextris tuis in vestitu
deaurato circumdata varietate, que quiere decir. Estuvo la reina a tu
diestra en vestidura de oro cercada de variedad, que es tanto como
decir: estuvo a tu diestra vestida de perfecto amor y cercada de
variedad de dones y virtudes perfectas.

Y no dice haré yo las guirnaldas solamente ni haráslas tú tampoco a
solas, sino harémoslas entrambos juntos: porque las virtudes no las
puede obrar el alma ni alcanzarlas a solas sin ayuda de Dios ni
tampoco las obra Dios a solas en el alma sin ella. Porque aunque
es verdad que todo lo bueno y todo don perfecto sea de arriba
descendido del Padre de las lumbres, como dice Santiago (1, 17),
todavía eso mismo no se recibe sin la habilidad y ayuda del alma
que lo recibe. De donde hablando la Esposa en los Cantares (1, 3)
con el Esposo, dijo: Tráeme después de ti correremos. De manera
que el movimiento para el bien de Dios ha de venir según aquí da a
entender, solamente; mas el correr no dice que él solo, ni ella sola
sino correremos entrambos que es el obrar Dios y el alma
juntamente.

7. Este versillo se entiende harto propiamente de la Iglesia y de
Cristo en el cual la Iglesia, Esposa suya, habla con él diciendo:
Haremos las guirnaldas entendiendo por guirnaldas todas las almas
santas engendradas por Cristo en la Iglesia, que cada una de ellas
es como una guirnalda arreada de flores de virtudes y dones, y
todas ellas juntas son una guirnalda para la cabeza del Esposo
Cristo.
Y también se puede entender por las hermosas guirnaldas, que por
otro nombre se llaman lauréolas, hechas también en Cristo y la
Iglesia las cuales son de tres maneras:

La primera, de hermosas y blancas flores de todas las vírgenes,
cada una con su lauréola de virginidad, y todas ellas juntas serán
una lauréola para poner en la cabeza del Esposo Cristo.

La segunda lauréola, de las resplandecientes flores de los santos
doctores, cada uno con su lauréola de doctor, y todos juntos serán
una lauréola para sobreponer en la de las vírgenes en la cabeza de
Cristo.

La tercera, de los encarnados claveles de los mártires, cada uno
también con su lauréola de mártir, y todos ellos juntos serán una
lauréola para remate de la lauréola del Esposo Cristo.

Con las cuales tres guirnaldas estará Cristo Esposo tan
hermoseado y tan gracioso de ver, que se dirá en el cielo aquello
que dice la Esposa en los Cantares (3, 11): Salid, hijas de Sión, y
mirad al rey Salomón con la corona con que le coronó su madre en
el día de su desposorio y en el día de la alegría de su corazón.
Haremos, pues, dice, estas guirnaldas

en tu amor florecidas.

8. La flor que tienen las obras y virtudes es la gracia y virtud que del
amor de Dios tienen, sin el cual no solamente no estarían floridas,
pero todas ellas serían secas y sin valor delante de Dios aunque
humanamente fuesen perfectas. Pero porque él da su gracia y
amor, son las obras floridas en su amor.

Y en un cabello mío entretejidas.

9. Este cabello suyo es su voluntad de ella y amor que tiene al
Amado, el cual amor tiene y hace el oficio que el hilo en la
guirnalda. Porque así como el hilo enlaza y ase las flores en la
guirnalda, así el amor del alma enlaza y ase las virtudes en el alma
y las sustenta en ella; porque, como dice san Pablo (Cl. 3, 14), es la
caridad el vínculo y atadura de la perfección. De manera que en
este amor del alma están las virtudes y dones sobrenaturales tan
necesariamente asidos que si quebrase, faltando a Dios luego se
desatarían todas las virtudes y faltarían del alma, así como
quebrado el hilo en la guirnalda, se caerían las flores. De manera
que no basta que Dios nos tenga amor para darnos virtudes, sino
que también nosotros se le tengamos a él para recibirlas y
conservarlas.

Dice un cabello solo, y no muchos cabellos, para da a entender que
ya su voluntad está sola en él desasida de todos los demás
cabellos que son los extraños y ajenos amores. En lo cual encarece
bien el valor y precio de estas guirnaldas de virtudes; porque
cuando el amor está único y sólido en Dios (cual aquí ella dice)
también las virtudes están perfectas y acabadas y floridas mucho en
el amor de Dios porque entonces es el amor que él tiene al alma
inestimable, según el alma también lo siente.

10. Pero, si yo quisiese dar a entender la hermosura del
entretejimiento que tienen estas flores de virtudes y esmeraldas
entre sí o decir algo de la fortaleza y majestad que el orden y
compostura de ellas ponen en el alma y el primor y gracia con que
la atavía esta vestidura de variedad, no hallaría palabras y términos
con que darlo a entender.

Del demonio dice Dios en el libro de Job (41, 6-7) que su cuerpo es
como escudos de metal colado, guarnecido con escamas tan
apretadas entre sí, que de tal manera se juntan una a otra, que no
puede entrar el aire por ellas. Pues si el demonio tiene tanta
fortaleza en sí, por estar vestido de malicias asidas y ordenadas
unas con otras, las cuales son significadas por las escamas, que su
cuerpo se dice ser como escudo de metal colado, siendo todas las
malicias en sí flaqueza, ¿cuánta será la fortaleza de esta alma
vestida toda de fuertes virtudes, tan asidas y entretejidas entre sí,
que no puede caber entre ellas fealdad ninguna ni imperfección,
añadiendo cada una con su fortaleza, (fortaleza) al alma; y con su
hermosura, hermosura; y con su valor y precio haciéndola rica; y
con su majestad, añadiéndola señorío y grandeza? ¡Cuán
maravillosa, pues, será para la vista espiritual esta alma Esposa en
la postura de estos dones a la diestra del rey su Esposo! ¡Hermosos
son tus pasos en los calzados, hija del príncipe!, dice el Esposo de
ella en los Cantares (7, 1). Y dice hija del príncipe para denotar el
principado que ella aquí tiene. Y cuando la llama hermosa en el
calzado, ¿cuál será en el vestido?

11. Y porque no sólo admira la hermosura que ella tiene con la
vestidura de estas flores, sino que también espanta la fortaleza y
poder que con la compostura y orden de ellas, junto con la
interposición de las esmeraldas que de innumerables dones divinos
tiene, dice también de ella el Esposo en los dichos Cantares (6, 3):
Terrible eres, ordenada como las haces de los reales. Porque estas
virtudes y dones de Dios, así como con su olor espiritual recrean,
así también, cuando están unidas en el alma, con su sustancia dan
fuerza. Que por eso, cuando la Esposa estaba flaca y enferma de
amor en los Cantares, por no haber llegado a unir y entretejer estas
flores y esmeraldas en el cabello de su amor, deseando ella
fortalecerse con la dicha unión y junta de ellas, la pedía por estas
palabras (2, 5), diciendo: Fortalecedme con flores, apretadme con
manzanas, porque estoy desfallecida de amor, entendiendo por las
flores las virtudes, y por las manzanas, los demás dones.

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ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Creo queda dado a entender cómo, por el entretejimiento de
estas guirnaldas y asiento de ellas en el alma, quiere dar a entender
esta alma Esposa la divina unión de amor que hay entre ella y Dios
en este estado. Pues que el Esposo es las flores, pues es la flor del
campo y el lirio de los valles, como él dice (Ct. 2, 1); y el cabello del
amor del alma es, como habemos dicho, el que ase y une con ella
esta flor de las flores, pues, como dice el Apóstol (Cl. 3, 14), el amor
es la atadura de la perfección, la cual es la unión con Dios y el alma
el acerico donde se asientan estas guirnaldas, pues ella es el sujeto
de esta gloria, no pareciendo el alma ya lo que antes era, sino la
misma flor perfecta con perfección y hermosura de todas las flores;
porque con tanta fuerza ase a los dos, es a saber, a Dios y al alma,
este hilo del amor y los junta, que los transforma y hace uno por
amor, de manera que, aunque en sustancia son diferentes, en gloria
y parecer el alma parece Dios, y Dios el alma.

2. Tal es la junta como ésta: es admirable sobre todo lo que se
puede decir. Dase algo a entender de ella por aquello que dice la
Escritura de Jonatás y David en el primer libro de los Reyes (18, 1),
donde dice que era tan estrecho el amor que Jonatás tenía a David,
que conglutinó el ánima de Jonatás con el ánima de David. De
donde, si el amor de un hombre para con otro hombre fue tan fuerte
que pudo conglutinar un alma con otra, ¿qué será la conglutinación
que hará del alma con el Esposo Dios el amor que el alma tiene al
mismo Dios, mayormente siendo Dios aquí el principal amante, que
con la omnipotencia de su abisal amor absorbe al alma en sí con
más eficacia y fuerza que un torrente de fuego a una gota de rocío
de la mañana, que se suele volar resuelta en el aire? De donde el
cabello que tal obra de juntura hace, sin duda conviene que sea
muy fuerte y sutil, pues con tanta fuerza penetra las partes que ase.
Y por eso, el alma declara en la siguiente canción las propiedades
de este su hermoso cabello, diciendo:

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CANCIÓN 31

En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.

DECLARACIÓN

3. Tres cosas quiere decir el alma en esta canción.

La primera es dar a entender que aquel amor en que están asidas
las virtudes no es otro sino sólo el amor fuerte, porque, a la verdad,
tal ha de ser para conservarlas.

La segunda, dice que Dios se prendó mucho de este su cabello de
amor, viéndolo solo y fuerte.

La tercera, dice que estrechamente se enamoró de ella Dios, viendo
la pureza y entereza de su fe. Y dice así:

En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste.

4. El cuello significa la fortaleza, en la cual dice que volaba el
cabello del amor, en que están entretejidas las virtudes, que es
amor en fortaleza. Porque no basta que sea solo para conservar las
virtudes, sino que también sea fuerte, para que ningún vicio
contrario le pueda por ningún lado de la guirnalda de la perfección
quebrar. Porque por tal orden están asidas en este cabello del amor
del alma las virtudes, que, si en alguna quebrase, luego, como
habemos dicho, faltaría en todas; porque las virtudes, así como
donde está una están todas, así también donde una falta, faltan
todas.

Y dice que volaba en el cuello, porque en la fortaleza del alma vuela
este amor a Dios con gran fortaleza y ligereza, sin detenerse en
cosa alguna; y así como en el cuello el aire menea y hace volar el
cabello, así también el aire del Espíritu Santo, mueve y altera al
amor fuerte para que haga vuelos a Dios; porque sin este divino
viento, que mueve las potencias a ejercicio de amor divino, no
obran ni hacen sus efectos las virtudes, aunque las haya en el
alma.

Y en decir que el Amado consideró en el cuello volar este cabello,
da a entender cuánto ama Dios al amor fuerte; porque considerar
es mirar muy particularmente con atención y estimación de aquello
que se mira, y el amor fuerte hace mucho a Dios volver los ojos a
mirarle Y así, se sigue:

Mirástele en mi cuello.

5. Lo cual dice para dar a entender el alma que no sólo preció y
estimó Dios este su amor viéndole solo, sino que también le amó
viéndole fuerte; porque mirar Dios es amar Dios, así como el
considerar Dios es, como habemos dicho, estimar lo que considera.
Y vuelve a repetir en este verso el cuello, diciendo del cabello:
Mirástele en mi cuello, porque, como está dicho, ésa es la causa
por que le amó mucho, es a saber, verle en fortaleza. Y así, es
como si dijera: amástele viéndole fuerte sin pusilanimidad ni temor,
y solo sin otro amor, y volar con ligereza y fervor.

6. Hasta aquí no había Dios mirado este cabello para prendarse de
él, porque no le había visto solo y desasido de los demás cabellos
de otros amores y apetitos, aficiones y gustos, y así no volaba solo
en el cuello de la fortaleza; mas, después que por las
mortificaciones y trabajos y tentaciones y penitencia se vino a
desasir y hacer fuerte, de manera que ni por cualquiera fuerza ni
ocasión quiebra, entonces ya le mira Dios y prenda y ase en él las
flores de estas guirnaldas, pues tiene fortaleza para tenerlas asidas
en el alma.
7. Mas cuáles y cómo sean estas tentaciones y trabajos, y hasta
dónde llegan al alma para poder venir a esta fortaleza de amor en
que Dios se una con el alma, en la declaración de las cuatro
canciones que comienzan ¡Oh llama de amor viva! está dicho algo
de ello; por lo cual habiendo pasado esta alma, ha llegado a tal
grado de amor de Dios que haya merecido la divina unión. Por lo
cual dice luego:

Y en él preso quedaste.

8. ¡Oh cosa digna de toda acepción y gozo, quedar Dios preso en
un cabello! La causa de esta prisión tan preciosa es el haber Dios
querido pararse a mirar el vuelo del cabello, como dicen los versos
antecedentes; porque, como habemos dicho, el mirar de Dios es
amar; porque, si él por su gran misericordia no nos mirara y amara
primero, como dice san Juan (1 Jn 4, 10), y se abajara, ninguna
presa hiciera en él el vuelo del cabello de nuestro bajo amor,
porque no tenía él tan alto vuelo que llegase a prender a esta divina
ave de las alturas; mas porque ella se bajó a mirarnos y a provocar
el vuelo y levantarlo de nuestro amor, dándole valor y fuerza para
ello, por eso él mismo se prendó en el vuelo del cabello, esto es, él
mismo se pagó y se agradó, por lo cual se prendó. Y eso quiere
decir: Mirástele en mi cuello, y en él preso quedaste. Porque cosa
muy creíble es que el ave de bajo vuelo pueda prendar al águila
real muy subida, si ella se viene a lo bajo queriendo ser presa. Y
síguese:

Y en uno de mis ojos te llagaste.

9. Entiéndese aquí por el ojo la fe, y dice uno solo, y que en él se
llagó, porque si la fe y fidelidad del alma para con Dios no fuese
sola, sino que fuese mezclada con otro algún respeto o
cumplimiento, no llegaría a efecto de llagar a Dios de amor, y así,
sólo un ojo ha de ser en que se llaga, como también un solo cabello
en que se prenda el Amado. Y es tan estrecho el amor con que el
Esposo se prenda de la Esposa en esta fidelidad única que ve en
ella, que si en el cabello del amor de ella se prendaba, en el ojo de
su fe aprieta con tan estrecho nudo la prisión, que le hace llaga de
amor por la gran ternura del afecto con que está aficionado a ella, lo
cual es entrarla más en su amor.

10. Esto mismo del cabello y del ojo dice el Esposo en los Cantares
(c. 4, 9), hablando con la Esposa, diciendo: Llagaste mi corazón,
hermana mía, llagaste mi corazón en uno de tus ojos y en un
cabello de tu cuello. En lo cual dos veces repite haberte llagado el
corazón, es a saber: en el ojo y en el cabello. Y por eso el alma
hace relación en la canción del cabello y del ojo, porque en ello
denota la unión que tiene con Dios, según el entendimiento y según
la voluntad; porque la fe, significada por el ojo, se sujeta en el
entendimiento por fe y en la voluntad por amor.

De la cual unión se gloría aquí el alma y regracia esta merced a su
Esposo como recibida de su mano, estimando en mucho haberse
querido pagar y prendar de su amor. En lo cual se podría considerar
el gozo, alegría y deleite que el alma tendrá con este tal prisionero,
pues tantotiempo había que lo era ella de él, andando de él
enamorada.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Grande es el poder y la porfía del amor, pues al mismo Dios
prenda y liga. Dichosa el alma que ama, pues tiene a Dios por
prisionero, rendido a todo lo que ella quisiere. Porque tiene tal
condición, que, si se le llevan por amor y por bien, le harán hacer
cuanto quisieren; y si de otra manera, no hay hablarle ni poder con
él aunque hagan extremos; pero, por amor, en un cabello le ligan.
Lo cual conociendo el alma, y que muy fuera de sus méritos la ha
hecho tan grandes mercedes de levantarla a tan alto amor con tan
ricas prendas de dones y virtudes, se lo atribuye todo a él en la
siguiente canción, diciendo:

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CANCIÓN 32

Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían:
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.

DECLARACIÓN
2. Es propiedad del amor perfecto no querer admitir ni tomar nada
para sí, ni atribuirse a sí nada, sino todo al Amado; que esto aun en
los amores bajos lo hay, cuánto más en el de Dios, donde tanto
obliga la razón. Y, por tanto, porque en las dos canciones pasadas
parece se atribuía a sí alguna cosa la Esposa, tal como decir que
haría ella juntamente con el Esposo las guirnaldas y que se tejerían
con el cabello de ella (lo cual es obra no de poco momento y
estima), y después decir y gloriarse que el Esposo se había
prendado en su cabello y llagado en su ojo (en lo cual parece
también atribuirse a sí misma gran merecimiento) quiere ahora en la
presente canción declarar su intención y deshacer el engaño que en
esto se puede entender, con cuidado y temor no se le atribuya a
ella algún valor y merecimiento, y por eso se le atribuya a Dios
menos de lo que se le debe y ella desea. Atribuyéndolo todo a él y
regraciándoselo juntamente, le dice que la causa de prendarse él
del cabello de su amor y llagarse del ojo de su fe, fue por haberle
hecho la merced de mirarla con amor, en lo cual la hizo graciosa y
agradable a sí mismo; y que por esa gracia y valor que de él recibió
mereció su amor y tener valor ella en sí para adorar
agradablemente a su Amado y hacer obras dignas de su gracia y
amor. Síguese el verso:

Cuando tú me mirabas,

3. es a saber, con afecto de amor (porque ya dijimos que el mirar de
Dios aquí es amar),

su gracia en mí tus ojos imprimían.

4. Por los ojos del Esposo entiende aquí su Divinidad
misericordiosa, la cual, inclinándose al alma con misericordia,
imprime e infunde en ella su amor y gracia, con que la hermosea y
levanta tanto, que la hace consorte de la misma Divinidad (2 Pe. 1,
4). Y dice el alma, viendo la dignidad y alteza en que Dios la ha
puesto:

Por eso me adamabas.

5. Adamar es amar mucho, es más que amar simplemente: es como
amar duplicadamente, esto es, por dos títulos o causas. Y así, en
este verso da a entender el alma los dos motivos y causas del amor
que él tiene a ella; por los cuales no sólo la amaba prendado en su
cabello, mas que la adamaba llagado en su ojo.
Y la causa por que la adamó de esta manera tan estrecha, dice ella
en este verso que era porque él quiso, con mirarla, darle gracia
para agradarse de ella, dándole el amor de su cabello, y formándola
con su caridad la fe de su ojo. Y así, dice: por eso me adamabas;
porque poner Dios en el alma su gracia es hacerla digna y capaz de
su amor. Y así, es tanto como decir: porque habías puesto en mí tu
gracia, que eran prendas dignas de tu amor, por eso me adamabas,
esto es, por eso me dabas más gracia. Esto es lo que dice san Juan
(1, 16): Que da gracia por la gracia que ha dado, que es dar más
gracia; porque sin su gracia no se puede merecer su gracia.

6. Es de notar, para inteligencia de esto, que Dios, así como no
ama cosa fuera de sí, así ninguna cosa ama más bajamente que a
sí, porque todo lo ama por sí, y así el amor tiene la razón del fin, de
donde no ama las cosas por lo que ellas son en sí. Por tanto, amar
Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola
consigo, y así, ama al alma en sí consigo con el mismo amor que él
se ama. Y por eso en cada obra, por cuanto la hace en Dios,
merece el alma el amor de Dios; porque, puesta en esta gracia y
alteza, en cada obra merece al mismo Dios. Y, por eso, dice luego:

Y en eso merecían.

7. Es a saber, en ese favor y gracia que los ojos de tu misericordia
me hicieron cuando tú me mirabas, haciéndome agradable a tus
ojos, y digna de ser vista de ti, merecieron

los míos adorar lo que en ti vían.

8. Es tanto como decir: las potencias de mi alma, Esposo mío, que
son los ojos con que de mi puedes ser visto, merecieron levantarse
a mirarte, las cuales antes con la miseria de su baja operación y
caudal natural estaban caídas y bajas -porque poder mirar el alma a
Dios es hacer obras en gracia de Dios-, y así merecían las
potencias del alma en el adorar, porque adoraban en gracia de su
Dios, en la cual toda operación es meritoria. Adoraban, pues,
alumbrados y levantados con su gracia y favor, lo que en él ya
veían, lo cual antes por su ceguera y bajeza no veían. ¿Qué era,
pues, lo que ya veían? Veían grandeza de virtudes, abundancia de
suavidad, bondad inmensa, amor y misericordia en Dios, beneficios
innumerables que de él había recibido, ahora estando tan allegada
a Dios, ahora cuando no lo estaba. Todo esto merecían adorar ya
con merecimiento los ojos del alma, porque estaban ya graciosos y
agradables al Esposo; lo cual antes no sólo no merecían adorar ni
ver, pero ni aun considerar de Dios algo de ello; porque es grande
la rudeza y ceguera del alma que está sin su gracia.

9. Mucho hay aquí que notar y mucho de qué se doler, ver cuán
fuera está de hacer lo que es obligada el alma que no está ilustrada
con el amor de Dios; porque estando ella obligada a conocer estas
y otras innumerables mercedes, así temporales como espirituales,
que de él ha recibido y a cada paso recibe, y a adorar y servir con
todas sus potencias a Dios sin cesar por ellas, no sólo no lo hace,
más ni aun mirarlo y conocerlo merece, ni caer en la cuenta de tal
cosa; que hasta aquí llega la miseria de los que viven o, por mejor
decir, están muertos en pecado.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Para más inteligencia de lo dicho y de lo que se sigue, es de
saber que la mirada de Dios cuatro bienes hace en el alma, es a
saber: limpiarla, agraciarla, enriquecerla y alumbrarla; así como el
sol cuando envía sus rayos, que enjuga y calienta y hermosea y
resplandece.

Y después que Dios pone en el alma estos tres bienes postreros,
por cuanto por ellos le es el alma muy agradable, nunca más se
acuerda de la fealdad y pecado que antes tenía, según lo dice por
Ezequiel (18, 22). Y así, habiéndole quitado una vez este pecado y
fealdad, nunca más le da en cara con ella, ni por eso le deja de
hacer más mercedes, pues que él no juzga dos veces una cosa
(Nah. 1, 9). Pero aunque Dios se olvide de la maldad y pecado
después de perdonado una vez, no por eso le conviene al alma
echar en olvido sus pecados primeros, diciendo el Sabio (Ecli. 5, 5):
Del pecado perdonado no quieras estar sin miedo. Y esto, por tres
cosas: la primera, para tener siempre ocasión de no presumir; la
segunda, para tener materia de siempre agradecer; la tercera, para
que le sirva de más confiar para más recibir; porque si, estando en
pecado, recibió de Dios tanto bien, puesta en amor de Dios y fuera
de pecado, ¿cuánto mayores mercedes podrá esperar?

2. Acordándose, pues, el alma aquí de todas estas misericordias
recibidas y viéndose puesta junto al Esposo con tanta dignidad,
gózase grandemente con deleite de agradecimiento y amor,
ayudándole mucho para esto la memoria de aquel primer estado
suyo tan bajo y tan feo, que no sólo no merecía ni estaba para que
la mirara Dios, mas ni aun para que tomara en la boca su nombre,
según él lo dice por el profeta David (Sal. 15, 4). De donde, viendo
que de su parte ninguna razón hay ni la puede haber para que Dios
la mirase y engrandeciese, sino sólo de parte de Dios, y ésta es su
bella gracia y mera voluntad, atribuyéndose a sí su miseria y al
Amado todos los bienes que posee, viendo que por ellos ya merece
lo que no merecía, toma ánimo y osadía para pedirle la
continuación de la divina unión espiritual, en la cual se le vayan
multiplicando las mercedes; todo lo cual da ella a entender en la
siguiente canción.

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CANCIÓN 33

No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.

DECLARACIÓN

3. Animándose ya la Esposa y preciándose a sí misma en las
prendas y precio que de su Amado tiene, viendo que por ser cosas
de él (aunque ella de suyo sea de bajo precio y no merezca alguna
estima), merece ser estimada por ellas, atrévese a su Amado, y
dícele que ya no la quiera tener en poco ni despreciarla, porque si
antes merecía esto por la fealdad de su culpa y bajeza de su
naturaleza, que ya después que él la miró la primera vez, en que la
arreó con su gracia y vistió con su hermosura, que bien la puede ya
mirar la segunda y más veces, aumentándote la gracia y
hermosura, pues hay ya razón y causa bastante para ello en
haberla mirado cuando no lo merecía ni tenía partes para ello.

No quieras despreciarme.

4. No dice esto por querer la tal alma ser tenida en algo, porque
antes los desprecios y vituperios son de grande estima y gozo para
el alma que de veras ama a Dios, y porque ve que de su cosecha
no merece otra cosa, sino por la gracia y dones que tiene de Dios,
según ella va dando a entender, diciendo:

Que si color moreno en mí hallaste,

5. es a saber, que, si antes que me miraras graciosamente hallaste
en mí fealdad y negrura de culpas e imperfecciones y bajeza de
condición natural,

ya bien puedes mirarme,
después que me miraste.

6. Después que me miraste, quitando de mí ese color moreno y
desgraciado de culpa con que no estaba de ver, en que me diste la
primera vez gracia, ya bien puedes mirarme, esto es, ya bien puedo
yo y merezco ser vista, recibiendo más gracia de tus ojos, pues con
ellos no sólo la primera vez me quitaste el color moreno, pero
también me hiciste digna de ser vista, pues con tu vista de amor,

gracia y hermosura en mí dejaste.

7. Lo que ha dicho el alma en los dos versos antecedentes es para
dar a entender lo que dice san Juan en el Evangelio (1, 16), es a
saber, que Dios da gracia por gracia, porque, cuando Dios ve al
alma graciosa en sus ojos, mucho se mueve a hacerla más gracia,
por cuanto en ella mora bien agradado. Lo cual conociendo Moisés
(Ex. 33, 12-13), pidió a Dios más gracia, queriéndole obligar por la
gracia que ya de él tenía, diciendo a Dios: Tú dices que me conoces
de nombre y que he hallado gracia delante de ti: pues luego si he
hallado gracia en tu presencia, muéstrame tu cara, para que te
conozca y halle gracia delante de tus ojos. Y porque con esta gracia
ella está delante de Dios engrandecida, honrada y hermoseada,
como habemos dicho, por eso es amada de él inefablemente. De
manera que, si antes que estuviese en su gracia por sí sólo la
amaba, ahora que ya está en su gracia, no sólo la ama por sí, sino
también por ella; y así, enamorado de su hermosura, mediante los
efectos y obras de ella, ahora sin ellos, siempre le va él
comunicando más amor y gracias, y como la va honrando y
engrandeciendo más, siempre se va más prendando y enamorando
de ella. Porque así lo da Dios a entender, hablando con su amigo
Jacob por Isaías (43, 4), diciendo: Después que en mis ojos eres
hecho honrado y glorioso, yo te he amado; lo cual es tanto como
decir: después que mis ojos te dieron gracia por su vista, por la cual
te hiciste glorioso y digno de honra en mi presencia, has merecido
más gracia de mercedes mías. Porque amar Dios más, es hacer
más mercedes.

Esto mismo da a entender la Esposa en los divinos Cantares (1, 3-
4) a las otras almas, diciendo: Morena soy, pero hermosa, hijas de
Jerusalén; por tanto, me ha amado el rey, y entrádome en lo interior
de su lecho, lo cual es decir: almas, que no sabéis ni conocéis de
estas mercedes, no os maravilléis porque el rey celestial me las
haya hecho a mí tan grandes que haya llegado a meterme en lo
interior de su amor; porque, aunque soy morena de mío, puso en mí
él tanto sus ojos después de haberme mirado la primera vez, que
no se contentó hasta desposarme consigo y llevarme al interior
lecho de su amor.

8. ¿Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios engrandece un
alla cuando da en agradarse de ella? No hay poderlo ni aun
imaginar; porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién él
es. Sólo se puede dar algo a entender por la condición que Dios
tiene de ir dando más a quien más tiene, y lo que le va dando es
multiplicadamente según la proporción de lo que antes el alma
tiene, según en el Evangelio (Mt. 13, 12) lo da a entender, diciendo:
A cualquiera que tuviere, se le daré más, hasta que llegue a
abundar; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y así, el
dinero que tenía el siervo no en gracia de su señor, le fue quitado y
dado al que tenía más dineros que todos juntos en gracia de su
señor.

De donde los mejores y principales bienes de su casa, esto es, de
su Iglesia, así militante como triunfante, acumula Dios en el que es
más amigo suyo, y lo ordena para más honrarle y glorificarle; así
como una luz grande absorbe en sí muchas luces pequeñas. Como
también lo dio Dios a entender en la sobredicha autoridad de Isaías
(43, 3-4), según el sentido espiritual, hablando con Jacob, diciendo:
Yo soy tu Señor Dios, Santo de Israel, tu Salvador; a Egipto he
dado por tu propiciación, a Etiopía y a Saba por ti; y daré hombres
por ti y pueblos por tu alma.

9. Bien puedes, pues, ya, Dios mío, mirar y preciar mucho al alma
que miras, pues con tu vista pones en ella precio y prendas de que
tú te precias y prendas. Y, por eso, no ya una vez sola, sino muchas
merece que la mires después que la miraste. Pues, como se dice en
el libro de Ester (6, 11) por el Espíritu Santo: Digno es de tal honra
a quien quiere honrar el Rey.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Los amigables regalos que el Esposo hace al alma en este
estado son inestimables, y las alabanzas y requiebros de divino
amor que con gran frecuencia pasan entre los dos son inefables.
Ella se emplea en alabar y regraciar a él; él, en engrandecer, alabar
y regraciar a ella, según es de ver en los Cantares (1, 14-15), donde
hablando él con ella, dice: Cata que eres hermosa, amiga mía: cata
que eres hermosa y tus ojos son de paloma. Y ella responde y dice:
Cata que tú eres hermoso, amado mío, y bello; y otras muchas
gracias y alabanzas que el uno al otro a cada paso se dicen en los
Cantares. Y así, ella en la canción pasada acaba de despreciarse a
sí llamándose morena y fea, y de alabarte a él de hermoso y
gracioso, pues consu mirada le dio gracia y hermosura. Y él, porque
tiene de costumbre de ensalzar al que se humilla, poniendo en ella
los ojos como ella se lo ha pedido, en la canción que se sigue se
emplea en alabarla, llamándola, no morena, como ella se llamó,
sino blanca paloma, alabándola de las buenas propiedades que
tiene como paloma y tórtola. Y así, dice:

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CANCIÓN 34

Esposo

La blanca palomica
al arca con el remo se ha tornado;
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.

DECLARACIÓN

2. El Esposo es el que habla en esta canción, cantando la pureza
que ella tiene ya en este estado y las riquezas y premio que ha
conseguido por haberse dispuesto y trabajado por venir a él. Y
también canta la buena dicha que ha tenido en hallar a su Esposo
en esta unión, y da a entender el cumplimiento de los deseos suyos
y deleite y refrigerio que en él posee, acabados ya los trabajos de
esta vida y tiempo pasado. Y así, dice:

La blanca palomica.

3. Llama al alma blanca palomica por la blancura y limpieza que ha
recibido de la gracia que ha hallado en Dios. Y llámala paloma
porque así la llama en los Cantares (2, 10) para denotar la sencillez
y mansedumbre de condición y amorosa contemplación que tiene;
porque la paloma no sólo es sencilla y mansa, sin hiel, mas también
tiene los ojos claros y amorosos; que, por eso, para denotar el
Esposo en ella esta propiedad de contemplación amorosa con que
mira a Dios, dijo allí también (1, 14) que tenía los ojos de paloma; la
cual, dice:

Al arca con el ramo se ha tornado.

4. Aquí compara al alma el Esposo a la paloma del arca de Noé,
tomando por figura aquel ir y venir de la paloma al arca, de lo que al
alma en este caso le ha acaecido. Porque así como la paloma iba y
venía al arca porque no hallaba dónde descansase su pie entre las
aguas del diluvio, hasta que después se volvió a ella con un ramo
de oliva en el pico, en señal de la misericordia de Dios en la
cesación de las aguas que tenían anegada la tierra (Gn. 8, 8-11),
así esta tal alma que salió del arca de la omnipotencia de Dios,
cuando la crió, habiendo andado por las aguas del diluvio de los
pecados e imperfecciones, no hallando dónde descansase su
apetito, andaba yendo y viniendo por los aires de las ansias de
amar al arca del pecho de su Criador, sin que de hecho la acabase
de recoger en él, hasta que ya, habiendo Dios hecho cesar las
dichas aguas todas de imperfecciones sobre la tierra de su alma, ha
vuelto con el ramo de oliva, que es la victoria que por la clemencia y
misericordia de Dios tiene de todas las cosas, a este dichoso y
acabado recogimiento del pecho de su Amado, no solamente con
victoria de todos sus contrarios, sino con premio de sus
merecimientos, porque lo uno y lo otro es denotado por el ramo de
oliva. Y así, la palomica del alma no sólo vuelve ahora al arca de su
Dios blanca y limpia como salió de ella cuando la crió, mas aun con
aumento de ramo del premio y paz conseguida en la victoria de sí
misma.

Y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.

5. También llama aquí el Esposo al alma tortolica, porque en este
caso de buscar al Esposo ha sido como la tórtola cuando no hallaba
al consorte que deseaba. Para cuya inteligencia es de saber que de
la tórtola se dice que, cuando no halla a su consorte, ni se asienta
en ramo verde, ni bebe el agua clara ni fría, ni se pone debajo de la
sombra ni se junta con otra compañía; pero en juntándose con él ya
goza de todo esto.

Todas estas propiedades tiene el alma, y es necesario que las
tenga para haber de llegar a esta unión y junta del Esposo Hijo de
Dios. Porque con tanto amor y solicitud le conviene andar que no
asiente el pie del apetito en ramo verde de algún deleite, ni quiera
beber el agua clara de alguna honra y gloria del mundo ni la quiera
gustar fría de algún refrigerio o consuelo temporal, ni se quiera
poner debajo de la sombra de algún favor y amparo de criaturas; no
queriendo reposar nada en nada ni acompañarse de otras aficiones
gimiendo por la soledad de todas las cosas hasta hallar a su
Esposo en cumplida satisfacción.

6. Y porque esta tal alma, antes que llegase a este alto estado,
anduvo con grande amor buscando a su Amado, no se
satisfaciendo de cosa sin él, canta aquí el mismo Esposo el fin de
sus fatigas y el cumplimiento de los deseos de ella, diciendo que ya
la tortolica al socio deseado en las riberas verdes ha hallado, que
es tanto como decir: ya el alma Esposa se sienta en ramo verde,
deleitándose en su Amado; y ya bebe el agua clara de muy alta
contemplación y sabiduría de Dios y fría de refrigerio y regalo que
tiene en Dios; y también se pone debajo de la sombra de su amparo
y favor, que tanto ella había deseado donde es consolada
apacentada y refeccionada sabrosa y divinamente según ella de
ello se alegra en los Cantares (2, 3) diciendo: Debajo de la sombra
de aquel que había deseado me senté y su fruto es dulce a mi
garganta.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. Va prosiguiendo el Esposo, dando a entender el contento que
tiene del bien que ha conseguido la Esposa por medio de la soledad
en que antes quiso vivir, que es una estabilidad de paz y bien
inmutable. Porque cuando el alma llega a confirmarse en la quietud
del único y solitario amor del Esposo, como ha hecho ésta de que
hablamos aquí, hace tan sabroso asiento de amor en Dios y Dios
en ella, que no tiene necesidad de otros medios ni maestros que la
encaminen a Dios, porque es ya Dios su guía y su luz. Porque
cumple en ella lo que prometió por Oseas (2, 14), diciendo: Yo la
guiaré a la soledad y allí hablaré a su corazón. En lo cual da a
entender que en la soledad se comunica y une él en el alma.
Porque hablarle al corazón es satisfacerle el corazón, el cual no se
satisface con menos que Dios. Y así, dice el Esposo:

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CANCIÓN 35

En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido;
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

DECLARACIÓN

2. Dos cosas hace en esta canción el Esposo.

La primera, alabar la soledad en que antes el alma quiso vivir,
diciendo cómo fue medio para en ella hallar y gozar a su Amado a
solas de todas las penas y fatigas que antes tenía; porque, como
ella se quiso sustentar en soledad de todo gusto y consuelo y
arrimo de las criaturas por llegar a la compañía y junta de su
Amado, mereció hallar la posesión de la paz de la soledad en su
Amado, en que reposa ajena y sola de todas las dichas molestias.

La segunda es decir que, por cuanto ella se ha querido quedar a
solas de todas las cosas criadas por su querido, él mismo
(enamorado de ella por esta su soledad) se ha hecho cuidado de
ella, recibiéndola en sus brazos, apacentándola en sí de todos los
bienes, guiando su espíritu a las cosas altas de Dios. Y no sólo dice
que él es ya su guía, sino que a solas lo hace sin otros medios ni de
ángeles ni de hombres, ni de formas ni figuras, por cuanto ella por
medio de esta soledad tiene ya verdadera libertad de espíritu, que
no se ata a alguno de estos medios. Y dice el verso:
En soledad vivía.

3. La dicha tortolilla, que es el alma, vivía en soledad antes que
hallase al Amado en este estado de unión; porque el alma que
desea a Dios, la compañía de ninguna cosa le hace consuelo;
antes, hasta hallarle, todo la hace y causa más soledad.

Y en soledad ha puesto ya su nido.

4. La soledad en que antes vivía era querer carecer por su Esposo
de todas las cosas y bienes del mundo (según habemos dicho de la
tortolilla) procurando hacerse perfecta, adquiriendo perfecta
soledad, en que viene a la unión del Verbo y, por consiguiente, a
todo refrigerio y descanso; lo cual es aquí significado por el nido
que aquí dice, el cual significa descanso y reposo. Y así, es cómo si
dijera: en esa soledad en que antes vivía, ejercitándose en ella con
trabajo y angustia, porque no estaba perfecta, en ella ha puesto su
descanso ya y refrigerio, por haberla ya adquirido perfectamente en
Dios. De donde, hablando espiritualmente David (Sal. 83, 4) dice:
De verdad que el pájaro halló para sí casa, y la tórtola nido donde
criar sus pollicos, esto es, asiento en Dios, donde satisfacer sus
apetitos y potencias.

Y en soledad la guía.

5. Quiere decir: en esa soledad que el alma tiene de todas las
cosas en que está sola con Dios, él la guía y mueve y levanta a las
cosas divinas, conviene a saber: su entendimiento a las
inteligencias divinas, porque ya está solo y desnudo de otras
contrarias y peregrinas inteligencias; y su voluntad mueve
libremente al amor de Dios, porque ya está sola y libre de otras
afecciones; y llena su memoria de divinas noticias, porque también
está ya sola y vacía de otras imaginaciones y fantasías. Porque,
luego que el alma desembaraza estas potencias y las vacía de todo
lo inferior y de la propiedad de lo superior, dejándolas a solas sin
ello, inmediatamente se las emplea Dios en lo invisible y divino, y es
Dios el que la guía en esta soledad, que es lo que dice san Pablo
(Rm. 8, 14) de los perfectos: Qui spiritu Dei aguntur, etc.: Son
movidos del espíritu de Dios, que es lo mismo que decir: En soledad
la guía

a solas su querido.
6. Quiere decir: que no sólo la guía en la soledad de ella, mas que
él mismo a solas es el que obra en ella sin otro algún medio.
Porque ésta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en
matrimonio espiritual: hacer Dios en ella y comunicársele por sí
solo, no ya por medio de ángeles como antes, ni por medio de la
habilidad natural. Porque los sentidos exteriores e interiores y todas
las criaturas y aun la misma alma, muy poco hacen al caso para ser
parte para recibir estas grandes mercedes sobrenaturales que Dios
hace en este estado; no caen en habilidad y obra natural y
diligencia del alma; él a solas lo hace en ella. Y la causa es porque
la halla a solas, como está dicho, y así no la quiere dar otra
compañía, aprovechándola y fiándola de otro que sí solo. Y también
es cosa conveniente, que, pues el alma ya lo ha dejado todo y
pasado por todos los medios, subiéndose sobre todo a Dios, que el
mismo Dios sea la guía y el medio para sí mismo. Y, habiéndose el
alma ya subido en soledad de todo sobre todo, ya todo no le
aprovecha ni sirve para más subir otra cosa que el mismo Verbo
Esposo; el cual, por estar tan enamorado de ella, él a solas es el
que la quiere hacer las dichas mercedes. Y así, dice luego:

También en soledad de amor herido,

7. es a saber, de la Esposa. Porque, además de amar el Esposo
mucho la soledad del alma, está mucho más herido del amor de ella
por haberse ella querido quedar a solas de todas las cosas, por
cuanto estaba herida de amor de él. Y así, él no quiso dejarla sola,
sino que, herido de ella por la soledad que por él tiene, viendo que
no se contenta con otra cosa, él solo la guía a sí mismo,
atrayéndola y absorbiéndola en sí, lo cual no hiciera él en ella si no
la hubiera hallado en soledad espiritual.

ANOTACIÓN PARA LA SIGUIENTE CANCIÓN

1. Es extraña esta propiedad que tienen los amados en gustar
mucho más de gozarse a solas de toda criatura que con alguna
compañía. Porque, aunque estén juntos, si tienen alguna extraña
compañía que haga allí presencia, aunque no hayan de tratar ni de
hablar más escuso de ella que delante de ella, y la misma
compañía trate ni hable nada, basta estar allí para que no se gocen
a su sabor. La razón es porque el amor, como es unidad de dos
solos, a solas se quieren comunicar ellos.
Puesta, pues, el alma en esta cumbre de perfección y libertad de
espíritu en Dios, acabadas todas las repugnancias y contrariedades
de la sensualidad, ya no tiene otra cosa en qué entender ni otro
ejercicio en qué se emplear sino en darse en deleites y gozos de
íntimo amor con el Esposo. Como se escribe del santo Tobías en su
libro (14, 4), donde dice que, después que había pasado por los
trabajos de su pobreza y tentaciones, le alumbró Dios, y que todo lo
demás de sus días pasó en gozo, como ya lo pasa esta alma de
que vamos hablando, por ser los bienes que en sí ve de tanto gozo
y deleite, como lo da a entender Isaías (58, 10-14) del alma que,
habiéndose ejercitado en las obras de perfección, ha llegado al
punto de perfección que vamos hablando.

2. Dice, pues, allí, hablando con el alma de esta perfección:
Entonces, dice, nacerá en la tiniebla tu luz, y tus tinieblas serán
como el mediodía. Y darte ha tu Señor Dios descanso siempre, y
llenará de resplandores tu alma, y librará tus huesos, y serás como
un huerto de regadío y como una fuente de aguas, cuyas aguas no
faltarán. Edificarse han en ti las soledades de los siglos, y los
principios y fundamentos de una generación y de otra generación
resucitarás; y serás llamado edificador de los setos, apartando tus
sendas y veredas a la quietud. Si apartares el trabajo tuyo de la
holganza, y de hacer tu voluntad en mi santo día, y te llamares
holganza delicada y santa gloriosa del Señor, y le glorificares no
haciendo tus vías y no cumpliendo tu voluntad, entonces te
deleitarás sobre el Señor, y ensalzarte he sobre las alturas de la
tierra, y apacentarte he en la heredad de Jacob. Hasta aquí son
palabras de Isaías, donde la heredad de Jacob es el mismo Dios. Y
por eso, como habemos dicho, esta alma ya no entiende sino en
andar gozando de los deleites de este pasto. Sólo le queda una
cosa que desear, que es gozarle perfectamente en la vida eterna. Y
así, en la siguiente canción y en las demás que se siguen, se
emplea en pedir al Amado este beatífico pasto en manifiesta visión
de Dios. Y así, dice:

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CANCIÓN 36

Esposa
Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

DECLARACIÓN

3. Ya que está hecha la perfecta unión de amor entre el alma y
Dios, quiérese emplear el alma y ejercitar en las propiedades que
tiene el amor; y así, ella es la que habla en esta canción con el
Esposo, pidiéndole tres cosas que son propias del amor. La
primera, quiere recibir el gozo y sabor del amor, y ésa le pide
cuando dice: Gocémonos, Amado. La segunda es desear hacerse
semejante al Amado, y ésta le pide cuando dice: Vámonos a ver en
tu hermosura. Y la tercera es escudriñar y saber las cosas y
secretos del mismo Amado, y ésta le pide cuando dice: Entremos
más adentro en la espesura. Síguese el verso:

Gocémonos, Amado,

4. es a saber: en la comunicación de dulzura de amor, no sólo en la
que ya tenemos en la ordinaria junta y unión de los dos, mas en la
que redunda en el ejercicio de amar afectiva y actualmente, ahora
interiormente con la voluntad en actos de afición, ahora
exteriormente haciendo obras pertenecientes al servicio del Amado.
Porque, como habemos dicho, esto tiene el amor donde hace
asiento: que siempre se quiere andar saboreando en sus gozos y
dulzuras, que son el ejercicio de amar interior y exteriormente, como
habemos dicho, todo lo cual hace por hacerse más semejante al
Amado. Y así, dice luego:

Y vámonos a ver en tu hermosura.

5. Que quiere decir: hagamos de manera que, por medio de este
ejercicio de amor ya dicho, lleguemos hasta vernos en tu hermosura
en la vida eterna, esto es: que de tal manera esté yo transformada
en tu hermosura, que, siendo semejante en hermosura, nos veamos
entrambos en tu hermosura, teniendo ya tu misma hermosura; de
manera que, mirando el uno al otro, vea cada uno en el otro su
hermosura, siendo la una y la del otro tu hermosura sola, absorta yo
en tu hermosura; y así te veré yo a ti en tu hermosura, y tú a mí en
tu hermosura, y yo me veré en ti en tu hermosura, y tú te verás en
mí en tu hermosura; y así, parezca yo tú en tu hermosura, y
parezcas tú yo en tu hermosura, y mi hermosura sea tu hermosura y
tu hermosura mi hermosura; y así, seré yo tú en tu hermosura, y
serás tú yo en tu hermosura, porque tu misma hermosura será mi
hermosura; y así, nos veremos el uno al otro en tu hermosura.

Esta es la adopción de los hijos de Dios; que de veras dirán a Dios
lo que el mismo Hijo dijo por san Juan (17, 10) al Eterno Padre,
diciendo: Todas mis cosas son tuyas y tus cosas son mías. El por
esencia, por ser Hijo natural; nosotros por participación, por ser
hijos adoptivos. Y así lo dijo él, no sólo por sí, que es la cabeza,
sino por todo su cuerpo místico, que es la Iglesia; la cual participará
la misma hermosura del Esposo en el día de su triunfo, que será
cuando vea a Dios cara a cara. Que por eso pide aquí el alma que
se vayan a ver ella y el Esposo en su hermosura

al monte o al collado,

6. esto es, a la noticia matutina y esencial de Dios, que es
conocimiento en el Verbo divino, el cual por su alteza es aquí
significado por el monte, como dice Isaías (2, 3), provocando a que
conozcan al Hijo de Dios, diciendo: Venid y subamos al monte del
Señor; otra vez (2, 2): Estará aparejado el monte de la casa del
Señor. Y al collado, esto es, a la noticia vespertina de Dios, que es
sabiduría de Dios en sus criaturas y obras y ordenaciones
admirables, la cual es aquí significada por el collado, por cuanto es
más baja sabiduría que la matutina. Pero así la vespertina como la
matutina pide aquí en el alma cuando dice: al monte y al collado.

7. En decir, pues, el alma al Esposo Vámonos a ver en tu
hermosura, al monte, es decir: transfórmame y aseméjame en la
hermosura de la Sabiduría divina, que, como decíamos, es el Verbo
Hijo de Dios. Y en decir: al collado, es pedirle también que la
informe en la hermosura de esta otra sabiduría menor, que es en
sus criaturas y misteriosas obras; lo cual también es hermosura del
Hijo de Dios, en que desea el alma ser ilustrada.

8. No puede verse en la hermosura de Dios el alma si no es
transformándose en la sabiduría de Dios, en que se ve poseer lo de
arriba y lo de abajo. A este monte y collado deseaba venir la
Esposa cuando dijo (Ct. 4, 6): Iré al monte de la mirra y al collado
del incienso; entendiendo por el monte de la mirra la visión clara de
Dios, y por el collado del incienso la noticia en las criaturas, porque
la mirra en el monte es de más alta especie que el incienso en el
collado.

Do mana el agua pura.

9. Quiere decir: donde se da la noticia y sabiduría de Dios (que aquí
llama agua pura) al entendimiento, limpia y desnuda de accidentes
y fantasías, y clara, sin nieblas de ignorancia.

Este apetito tiene siempre el alma de entender clara y puramente
las verdades divinas; y cuanto más ama, más adentro de ellas
apetece entrar, y por eso pide lo tercero, diciendo:

Entremos más adentro en la espesura.

10. En la espesura de tus maravillosas obras y profundos juicios,
cuya multitud es tanta y de tantas diferencias, que se puede llamar
espesura; porque en ellos hay sabiduría abundante y tan llena de
misterios, que no sólo la podemos llamar espesa, mas aun cuajada,
según lo dice David (Sal. 67, 16), diciendo: Mons Dei, mons pinguis,
mons coagulatus, que quiere decir: El monte de Dios es monte
grueso y monte cuajado. Y esta espesura de sabiduría y ciencia de
Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de
ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto es inmensa y
sus riquezas incomprehensibles, según exclama san Pablo (Rm. 11,
33), diciendo: ¡Oh alteza de riquezas de sabiduría y ciencia de Dios,
cuán incomprehensibles son sus juicios e incomprehensibles sus
vías!

11. Pero el alma en esta espesura e incomprehensibilidad de juicios
y vías desea entrar, porque muere en deseo de entrar en el
conocimiento de ellos muy adentro; porque el conocer en ellos es
deleite inestimable que excede todo sentido (Fil. 4, 7). De donde
hablando David (Sal. 18, 10-12) del sabor de ellos dijo así: Los
juicios de Dios son verdaderos y en sí mismos tienen justicia; son
más deseables y codiciados que el oro y que la preciosa piedra de
grande estima; y son dulces sobre la miel y el panal, tanto, que tu
siervo los amó y guardó. Y por eso, en gran manera desea el alma
engolfarse en estos juicios y conocer más adentro en ellos; y a
trueque de esto le sería grande consuelo y alegría entrar por todos
los aprietos y trabajos del mundo, y por todo aquello que le pudiese
ser medio para esto, por dificultoso y penoso que fuese, y por las
angustias y trances de la muerte, por verse más adentro en su Dios.
12. De donde también por esta espesura en que aquí el alma desea
entrar, se entiende harto propiamente la espesura y multitud de los
trabajos y tribulaciones en que desea esta alma entrar, por cuanto
le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer; porque el padecer
le es medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable
sabiduría de Dios; porque el más puro padecer trae más íntimo y
puro entender, y, por consiguiente, más puro y subido gozar,
porque es de más adentro saber. Por tanto, no se contentando con
cualquiera manera de padecer, dice: Entremos más adentro en la
espesura, es a saber, hasta los aprietos de la muerte, por ver a
Dios. De donde, deseando el profeta Job (6, 8-10) este padecer por
ver a Dios, dijo: ¿Quién me dará que mi petición se cumpla, y que
Dios me dé lo que espero, y que el que me comenzó ése me
desmenuce, y desate su mano, y me acabe, y tenga yo esta
consolación, que afligiéndome con dolor no me perdone?

13. ¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la
espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas
maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas
maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo
el alma que de veras desea sabiduría divina, desea primero el
padecer, para entrar en ella, en la espesura de la Cruz! Que por eso
san Pablo amonestaba a los de Efeso (Ef. 3, 13, 17-19) que no
desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen bien fuertes y
arraigados en la caridad para que pudiesen comprender con todos
los santos qué cosa sea la anchura y la longura y la altura y la
profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la
ciencia de Cristo, para ser llenos de todo henchimiento de Dios.
Porque, para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es
la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas
desear los deleites a que se viene por ella, es de muchos.

ANOTACIÓN PARA LA SIGUIENTE CANCIÓN

1. Una de las cosas más principales por que desea el alma ser
desatada y verse con Cristo (Fp. 1, 23) es por verle allá cara a cara,
y entender allí de raíz las profundas vías y misterios eternos de su
Encarnación, que no es la menor parte de su bienaventuranza;
porque, como dice el mismo Cristo por san Juan (Jn. 17, 33),
hablando con el Padre: Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti,
un solo Dios verdadero, y a tu Hijo Jesucristo, que enviaste. Por lo
cual, así como, cuando una persona ha llegado de lejos lo primero
que hace es tratar y ver a quien bien quiere, así el alma lo primero
que desea hacer, en llegando a la vista de Dios, es conocer y gozar
los profundos secretos y misterios de la Encarnación y las vías
antiguas de Dios que de ella dependen. Por tanto, acabando de
decir el alma que desea verse en la hermosura de Dios, dice luego
esta canción:

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CANCIÓN 37

Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas;
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.

DECLARACIÓN

2. Una de las causas que más mueven al alma a desear entrar en
esta espesura de sabiduría de Dios y conocer muy adentro la
hermosura de su Sabiduría divina, es, como habemos dicho, por
venir a unir su entendimiento en Dios, según la noticia de los
misterios de la Encarnación, como más alta y sabrosa sabiduría de
todas sus obras. Y así, dice la Esposa en esta canción que,
después de haber entrado más adentro en la Sabiduría divina, esto
es más adentro del matrimonio espiritual que ahora posee, que será
en la gloria viendo a Dios cara a cara, unida el alma con esta
Sabiduría divina que es el Hijo de Dios, conocerá el alma los
subidos misterios de Dios y hombre, que están muy subidos en
sabiduría, escondidos en Dios y que en la noticia de ellos se
entrarán, engolfándose e infundiéndose el alma en ellos, y gustarán
ella y el Esposo el sabor y deleite que causa el conocimiento de
ellos y de las virtudes y atributos de Dios, que por los dichos
misterios se conocen en Dios, como son justicia, misericordia,
sabiduría, potencia, caridad, etc.

Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos.
3. La piedra que aquí dice, según dice san Pablo (1 Cor. 10, 4) es
Cristo. Las subidas cavernas de esta piedra son los subidos y altos
y profundos misterios de sabiduría de Dios que hay en Cristo sobre
la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo divino, y
en la respondencia que hay a ésta de la unión de los hombres a
Dios y en las conveniencias de justicia y misericordia de Dios sobre
la salud del género humano en manifestación de sus juicios, los
cuales, por ser tan altos y profundos, bien propiamente los llama
subidas cavernas, por la alteza de los misterios subidos y cavernas
por la hondura y profundidad de la sabiduría de Dios en ellos;
porque así como las cavernas son profundas y de muchos senos
así cada misterio de los que hay en Cristo es profundísimo en
sabiduría y tiene muchos senos de juicios suyos ocultos de
predestinación y presciencia en los hijos de los hombres. Por lo
cual, dice luego:

Que están bien escondidas.

4. Tanto, que por más misterios y maravillas que han descubierto
los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de
vida, les quedó todo lo más por decir, y aun por entender; y así hay
mucho que ahondar en Cristo: porque es como una abundante mina
con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca
les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas
venas de nuevas riquezas acá y allá. Que, por eso, dijo san Pablo
(Cl. 2, 3) del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los
tesoros y sabiduría escondidos. En los cuales el alma no puede
entrar ni puede llegar a ellos, si, como habemos dicho, no pasa
primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina
Sabiduría. Porque, aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de
estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido
mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de
Dios y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas
estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de
Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.

De donde, pidiendo Moisés a Dios que le mostrase su gloria, le
respondió que no podría verla en esta vida, mas que él le mostraría
todo el bien, es a saber, que en esta vida se puede. Y fue que,
metiéndole en la caverna de la piedra, que (como habemos dicho)
es Cristo, le mostró sus espaldas, que fue darle conocimiento de los
misterios de la Humanidad de Cristo (Ex. 33, 18-23).
5. En estas cavernas, pues, de Cristo, desea entrarse bien de
hecho el alma, para absorberse y transformarse y embriagarse bien
en el amor de la sabiduría de ellos, escondiéndose en el pecho de
su Amado. Porque a estos agujeros la convida él en los Cantares
(2, 13-14), diciendo: Levántate y date priesa, amiga mía, hermosa
mía, y ven en los agujeros de la piedra y en la caverna de la cerca;
los cuales agujeros son las cavernas que aquí vamos diciendo. A
los cuales dice luego el alma:

Y allí nos entraremos.

6. Allí, conviene saber: en aquellas noticias y misterios divinos nos
entraremos. Y no dice entraré yo sola, que parecía más
conveniente, pues el Esposo no ha menester entrar de nuevo, sino
entraremos, es a saber, yo y el Amado, para dar a entender que
esta obra no la hace ella, sino el Esposo con ella; y demás de esto,
por cuanto ya están Dios y el alma unidos en uno en este estado de
matrimonio espiritual, de que vamos hablando, no hace el alma
obra ninguna a solas sin Dios.

Y decir allí nos entraremos, es decir: allí nos transformaremos, es a
saber, yo en ti por el amor de estos dichos juicios divinos y
sabrosos. Porque en el conocimiento de la predestinación de los
justos y presciencia de los malos, en que previno el Padre a los
justos en las bendiciones de su dulzura (Sal. 20, 4) en su Hijo
Jesucristo, subidísima y estrechísimamente se transforma el alma
en amor de Dios según estas noticias, agradeciendo y amando al
Padre de nuevo con grande sabor y deleite por su Hijo Jesucristo. Y
esto hace ella unida con Cristo, juntamente con Cristo. Y el sabor
de esta alabanza es tan delicado, que totalmente es inefable. Pero
dícelo el alma en el verso siguiente, diciendo:

Y el mosto de granadas gustaremos.

7. Las granadas significan aquí los misterios de Cristo y los juicios
de la sabiduría de Dios y las virtudes y atributos de Dios, que del
conocimiento de estos misterios y juicios se conocen en Dios, que
son innumerables. Porque, así como las granadas tienen muchos
granicos, nacidos y sustentados en aquel seno circular, así cada
uno de los atributos y misterios y juicios y virtudes de Dios contiene
en sí gran multitud de ordenaciones maravillosas y admirables
efectos de Dios, contenidos y sustentados en el seno esférico de
virtud y misterio, etc., que pertenecen a aquellos tales efectos. Y
notamos aquí la figura circular o esférica de la granada, porque
cada granada entendemos aquí por cualquiera virtud y atributo de
Dios, el cual atributo o virtud de Dios es el mismo Dios, el cual es
significado por la figura circular o esférica, porque no tiene principio
ni fin.

Que, por haber en la sabiduría de Dios tan innumerables juicios y
misterios, dijo la Esposa al Esposo en los Cantares (5, 14): Tu
vientre es de marfil, distinto en zafiros; por los cuales zafiros son
significados los dichos misterios y juicios de la divina Sabiduría (que
allí es significada por el vientre), porque zafiro es una piedra
preciosa de color de cielo cuando está claro y sereno.

8. El mosto que dice aquí la Esposa que gustarán ella y el Esposo
de estas granadas, es la fruición y el deleite de amor de Dios, que
en la noticia y conocimiento de ellas redunda en el alma. Porque así
como de muchos granos de las granadas un solo mosto sale
cuando se comen, así todas estas maravillas y grandezas de Dios
en el alma infundidas redunda en ella una fruición y deleite de amor,
que es bebida del Espíritu Santo; la cual ella luego ofrece a su Dios,
el Verbo Esposo suyo, con grande ternura de amor. Porque esta
bebida divina le tenía ella prometida en los Cantares (8, 2) si la
metía en estas altas noticias, diciendo: Allí me enseñarás, y darte
he yo a ti la bebida del vino adobado y el mosto de mis granadas;
llamándolas suyas, esto es, las divinas noticias, aunque son de
Dios, por habérselas él a ella dado. El gozo y fruición de las tales en
el vino de amor da ella por bebida a su Dios. Y eso quiere decir: El
mosto de granadas gustaremos; porque gustándolo él, lo da a
gustar a ella y, gustándola ella, lo vuelve a dar a gustar a él; y así,
es gusto común de entrambos.

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

1. En estas dos canciones pasadas ha ido cantando la Esposa los
bienes que le ha de dar el Esposo en aquella felicidad eterna,
conviene a saber: que la ha de transformar de hecho el Esposo en
la hermosura de su sabiduría creada e increada, y que allí la
transformará también en la hermosura de la unión del Verbo con la
Humanidad, en que le conocerá ya así por la haz como por las
espaldas.

Y ahora en la canción siguiente dice dos cosas: la primera, dice la
manera en que ella ha de gustar aquel divino mosto de los zafiros o
granadas que ha dicho; la segunda, trae por delante al Esposo la
gloria que le ha de dar de su predestinación. Conviene aquí notar
que, aunque estos bienes del alma los va diciendo por partes
sucesivamente, todos ellos se contienen en una gloria esencial del
alma. Dice, pues, así:

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CANCIÓN 38

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.

DECLARACIÓN

2. El fin por que el alma deseaba entrar en aquellas cavernas era
por llegar a la consumación de amor de Dios, que ella siempre
había pretendido, que es venir a amar a Dios con la pureza y
perfección que ella es amada de él, para pagarle en esto la vez. Y
así, le dice en esta canciónal Esposo que allí le mostrará él esto
que tanto ha siempre pretendido en todos sus actos y ejercicios,
que es mostrarla a amar al Esposo con la perfección que él se ama.
Y lo segundo que dice que allí le dará es la gloria esencial para que
él la predestinó desde el día de su eternidad. Y así, dice:

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía.

3. Esta pretensión del alma es la igualdad de amor con Dios, que
siempre ella natural y sobrenaturalmente apetece, porque el amante
no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado. Y
como el alma ve que, con la transformación que tiene en Dios en
esta vida, aunque es inmenso el amor, no puede llegar a igualar
con la perfección de amor con que de Dios es amada, desea la
clara transformación de gloria en que llegará a igualar con el dicho
amor. Porque, aunque en este alto estado que aquí tiene hay unión
verdadera de voluntad, no puede llegar a los quilates y fuerza de
amor que en aquella fuerte unión de gloria tendrá; porque, así como
según dice san Pablo, conocerá el alma entonces como es
conocida de Dios (1 Cor. 13, 12), así entonces le amará también
como es amada de Dios; porque, así como entonces su
entendimiento será entendimiento de Dios, su voluntad será
voluntad de Dios, y así su amor será amor de Dios. Porque, aunque
allí no está perdida la voluntad del alma, está tan fuertemente unida
con la fortaleza de la voluntad de Dios con que de él es amada, que
le ama tan fuerte y perfectamente como de él es amada, estando
las dos voluntades unidas en una sola voluntad y un solo amor de
Dios. Y así, ama el alma a Dios con voluntad y fuerza del mismo
Dios, unida con la misma fuerza de amor con que es amada de
Dios; la cual fuerza es en el Espíritu Santo, en el cual está el alma
allí transformada; que siendo él dado al alma para la fuerza de este
amor, supone y suple en ella, por razón de la tal transformación de
gloria, lo que falta en ella; lo cual, aun en la transformación perfecta
de este estado matrimonial a que en esta vida el alma llega, en que
está toda revertida en gracia, en alguna manera ama tanto por el
Espíritu Santo, que le es dado (Rm. 5, 5) en la tal transformación.

4. Por tanto, es de notar que no dice aquí el alma que le dará allí su
amor, aunque de verdad se lo da, porque en esto no daba a
entender sino que Dios la amaría a ella, sino que allí la mostrará
cómo le ha de amar ella con la perfección que pretende. Por cuanto
él allí le da su amor, en el mismo la muestra de amarle como de él
es amada. Porque, demás de enseñar Dios allí a amar al alma pura
y libremente sin interese, como él nos ama, la hace amar con la
fuerza que él la ama transformándola en su amor, como habemos
dicho, en lo cual le da su misma fuerza con que pueda amarle, que
es como ponerle el instrumento en las manos y decirle cómo lo ha
de hacer, haciéndolo juntamente con ella, lo cual es mostrarle a
amar y darle la habilidad para ello.

Hasta llegar a esto no está el alma contenta, ni en la otra vida lo
estaría, si como dice Santo Tomás in opusculo De Beatitudine, no
sintiese que ama a Dios tanto cuanto de él es amada. Y, como
queda dicho, en este estado de matrimonio espiritual de que vamos
hablando en esta sazón, aunque no haya aquella perfección de
amor glorioso, hay, empero, un vivo viso e imagen de aquella
perfección que totalmente es inefable.

Y luego me darías
allí, tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.
5. Lo que aquí dice el alma que le daría luego, es la gloria esencial,
que consiste en ver el ser de Dios. De donde, antes que pasemos
adelante, conviene desatar aquí una duda, y es: ¿por qué, pues la
gloria esencial consiste en ver a Dios y no en amar, dice aquí el
alma que su pretensión era este amor, y no lo dice de la gloria
esencial, y lo pone al principio de la canción, y después, como cosa
de que menos caso hace, pone la petición de lo que es gloria
esencial? Es por dos razones:

La primera, porque así como el fin de todo es el amor, que se sujeta
en la voluntad, cuya propiedad es dar y no recibir, y la propiedad del
entendimiento, que es sujeto de la gloria esencial, es recibir y no
dar, estando el alma aquí embriagada del amor, no se le pone por
delante la gloria que Dios le ha de dar, sino darse ella a él en
entrega de verdadero amor sin algún respeto de su provecho.

La segunda razón es porque en la primera pretensión se incluye la
segunda, y ya queda presupuesta en las precedentes canciones;
porque es imposible venir a perfecto amor de Dios sin perfecta
visión de Dios. Y así, la fuerza de esta duda se desata en la primera
razón; porque con el amor paga el alma a Dios lo que le debe, y con
el entendimiento antes recibe de Dios.

6. Pero, viniendo a la declaración, veamos qué día sea aquel otro
que aquí dice, y qué es aquel aquello, que en él le dio Dios, y se lo
pide para después en la gloria. Por aquel otro día entiende el día de
la eternidad de Dios, que es otro que este día temporal; en el cual
día de la eternidad predestinó Dios al alma para la gloria, y en eso
determinó la gloria que le había de dar, y se la tuvo dada libremente
sin principio antes que la criara. Y de tal manera es ya aquello de la
tal alma propio, que ningún caso ni contraste alto ni bajo bastará a
quitárselo para siempre, sino que aquello para que Dios la
predestinó sin principio vendrá ella a poseer sin fin. Y esto es
aquello que dice le dio el otro día, lo cual desea ella poseer ya
manifiestamente en gloria.

¿Y qué será aquello que allí le dio? Ni ojo lo vio, ni oído lo oyó, ni
en corazón de hombre cayó, como dice el Apóstol (1 Cor. 2, 9). Y
otra vez dice Isaías (64, 4): Ojo no vio, Señor, fuera de ti, lo que
aparejaste, etc. Que, por no tener ello nombre, lo dice aquí el alma
aquello. Ello, en fin, es ver a Dios; pero qué le sea al alma ver a
Dios, no tiene nombre más que aquello.
7. Pero, porque no se deje de decir algo de aquello, digamos lo que
dijo de ello Cristo a san Juan en el Apocalipsis (2-3) por muchos
términos y vocablos y comparaciones en siete veces, por no poder
ser comprehendido aquello en un vocablo, ni en una vez, porque
aun en todas aquéllas se quedó por decir. Dice, pues, allí Cristo (2,
7): El que venciere, darle he a comer del árbol de la vida que está
en el paraíso de mi Dios. Mas, porque este término no declara bien
aquello, dice luego otro (2, 10) y es: Sé fiel hasta la muerte, y darte
he la corona de la vida. Pero, porque tampoco este término lo dice,
dice luego otro más oscuro y que más lo da a entender (2, 17),
diciendo: Al que venciere, le daré el maná escondido y darle he un
cálculo blanco, y en el cálculo un nombre nuevo escrito, que
ninguno le sabe sino el que le recibe. Y porque tampoco este
término basta para decir aquello, luego dice otro el Hijo de Dios (2,
26-28) de grande alegría y poder. El que venciere, dice, y guardare
mis obras hasta el fin, darle he potestad sobre las gentes, y regirlas
ha en vara de hierro, y como un vaso de barro se desmenuzarán,
así como yo también recibí de mi Padre, y darle he la estrella
matutinal. Y, no se contentando con estos términos para declarar
aquello, dice luego (3, 5): El que venciere de esta manera, será
vestido con vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de
la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre.

8. Mas, porque todo lo dicho queda corto, luego dice (3, 12) muchos
términos para declarar aquello, los cuales encierran en sí inefable
majestad y grandeza: Y, el que venciere, dice, hacerle he columna
en el templo de mi Dios, y no saldrá fuera jamás, y escribiré sobre él
el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad nueva de Jerusalén
de mi Dios, que desciende del cielo de mi Dios, y también mi
nombre nuevo. Y dice luego (3, 21-22) lo séptimo, para declarar
aquello, y es: El que venciere, yo le daré que se siente conmigo en
mi trono, como yo vencí y me senté con mi Padre en su trono. El
que tiene oídos para oír, oiga, etc.

Hasta aquí son palabras del Hijo de Dios, para dar a entender
aquello; las cuales cuadran a aquello muy perfectamente, pero aún
no lo declaran; porque las cosas inmensas esto tienen, que todos
los términos excelentes y de calidad y grandeza y bien le cuadran,
mas ninguno de ellos le declaran, ni todos juntos.

9. Pues veamos ahora si dice David algo de aquel aquello. En un
salmo (Sal. 30, 20) dice: ¡Cuán grande es la multitud de tu dulzura,
que escondiste a los que te temen! Y por eso en otra parte (Sal. 35,
9) llama a aquello torrente de deleite, diciendo: Del torrente de tu
deleite los darás a beber. Y, porque tampoco halla David igualdad
en este nombre, llámalo en otra parte (Sal. 20, 4) prevención de las
bendiciones de la dulzura de Dios. De manera que nombre de justo
cuadre a aquello que aquí dice el alma, que es la felicidad para que
Dios la predestinó, no se halla.

Pues quedémonos con el nombre que aquí le pone el alma de
aquello, y declaremos el verso de esta manera: Aquello que me
diste, esto es, aquel peso de gloria en que me predestinaste, ¡Oh
Esposo mío!, en el día de tu eternidad, cuando tuviste por bien de
determinar de criarme, me darás luego allí en el mi día de mi
desposorio y mis bodas y en el día mío de la alegría de mi corazón,
cuando, desatándome de la carne y entrándome en las subidas
cavernas de tu tálamo, transformándome en ti gloriosamente,
bebamos el mosto de las suaves granadas.

ANOTACIÓN PARA LA SIGUIENTE CANCIÓN

1. Pero, por cuanto el alma en este estado de matrimonio espiritual,
que aquí tratamos, no deja de saber algo de aquello, pues, por
estar transformada en Dios pasa por ella algo de ello, no quiere
dejar de decir algo de aquello cuyas prendas y rastros siente ya en
sí, porque, como dice en el profeta Job (4, 2): ¿Quién podrá
contener la palabra que en sí tiene concebida, sin decirla? Y así, en
la siguiente canción se emplea en decir algo de aquella fruición que
entonces gozará en la beatífica vista, declarando ella, en cuanto le
es posible, qué sea y cómo sea aquello que allí será.

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CANCIÓN 39

El aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

DECLARACIÓN
2. En esta canción dice el alma y declara aquello que dice le ha de
dar el Esposo en aquella beatífica transformación, declarándolo con
cinco términos.

El primero dice que es la aspiración del Espíritu Santo de Dios a ella
y de ella a Dios.

El segundo, la jubilación a Dios en la fruición de Dios.

El tercero, el conocimiento de las criaturas y de la ordenación de
ellas.

El cuarto, pura y clara contemplación de la esencia divina.

El quinto, transformación total en el inmenso amor de Dios. Dice,
pues, el verso:

El aspirar del aire.

3. Este aspirar del aire es una habilidad que el alma dice que le
dará Dios allí en la comunicación del Espíritu Santo; el cual, a
manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy
subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella
aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en
el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a
ella la aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para
unirla consigo. Porque no sería verdadera y total transformación si
no se transformase el alma en las tres personas de la Santísima
Trinidad en revelado y manifiesto grado.

Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la
transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo
deleite, que no hay decirlo por lengua mortal, ni el entendimiento
humano en cuanto tal puede alcanzar algo de ello; porque aun lo
que en esta transformación temporal pasa cerca de esta
comunicación en el alma no se puede hablar, porque el alma, unida
y transformada en Dios, aspira en Dios a Dios la misma aspiración
divina que Dios, estando ella en él transformada, aspira en sí mismo
a ella.

4. Y en la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa esta
misma aspiración de Dios al alma y del alma a Dios con mucha
frecuencia, con subidísimo deleite de amor en el alma, aunque no
en revelado y manifiesto grado, como en la otra vida. Porque esto
es lo que entiendo quiso decir san Pablo (Gl. 4, 6), cuando dijo: Por
cuanto sois hijos de Dios, envió Dios en vuestros corazones el
espíritu de su Hijo, clamando al Padre. Lo cual en los beatíficos de
la otra vida y en los perfectos de ésta es en las dichas maneras.

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan
alta que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo
participado; porque dado que Dios le haga merced de unirla en la
Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por
participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra
de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada
en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad, pero por
modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma?
Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia
y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para
que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza (Gn. 1,
26).

5. Y cómo esto sea, no hay más saber ni poder para decirlo, sino
dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y
nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios, como
dice san Juan (1, 12); y así lo pidió al Padre por el mismo san Juan
(17, 24), diciendo: Padre, quiero que los que me has dado, que
donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean la
claridad que me diste; es a saber: que hagan por participación en
nosotros la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar el
Espíritu Santo. Y dice más (17, 20-23): No ruego, Padre, solamente
por estos presentes, sino también por aquellos que han de creer por
su doctrina en mí; que todos ellos sean una misma cosa de la
manera que tú, Padre, estas en mí y yo en ti, así ellos en nosotros
sean una misma cosa. Y yo la claridad que me has dado, he dado a
ellos para que sean una misma cosa, como nosotros somos una
misma cosa, yo en ellos y tú en mí; porque sean perfectos en uno,
porque conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como
me amaste a mí, que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo,
aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho,
por unidad y transformación de amor. Como tampoco se entiende
aquí quiere decir el Hijo al Padre que sean los santos una cosa
esencial y naturalmente, como lo son el Padre y el Hijo, sino que lo
sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de
Amor.
6. De donde las almas esos mismos bienes poseen por
participación que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son
dioses por participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De
donde san Pedro (2 Pe. 1, 2-4) dijo: Gracia y paz sea cumplida y
perfecta en vosotros en el conocimiento de Dios y de Jesucristo
Nuestro Señor, de la manera que nos son dadas todas las cosas de
su divina virtud para la vida y la piedad, por el conocimiento de
aquel que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy
grandes y preciosas promesas nos dio, para que por estas cosas
seamos hechos compañeros de la divina naturaleza. Hasta aquí
son palabras de san Pedro, en las cuales da claramente a entender
que el alma participará al mismo Dios, que será obrando en él
acompañadamente con él la obra de la Santísima Trinidad, de la
manera que habemos dicho, por causa de la unión sustancial entre
el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra
vida, todavía en ésta (cuando se llega al estado perfecto, como
decimos ha llegado aquí el alma) se alcanza gran rastro y sabor de
ella, al modo que vamos diciendo, aunque, como habemos dicho,
no se puede decir.

7. ¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!,
¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son
bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de
los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos, y para
tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis
grandezas y gloria, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes,
hechos ignorantes e indignos! Síguese lo segundo que el alma dice
para dar a entender aquello, es a saber:

el canto de la dulce filomena.

8. Lo que nace en el alma de aquel aspirar del aire es la dulce voz
de su Amado a ella, en la cual ella hace a él su sabrosa jubilación; y
lo uno y lo otro llama aquí canto de filomena. Porque así como el
canto de la filomena, que es el ruiseñor, se oye en la primavera,
pasados ya los fríos, lluvias y variedades del invierno, y hace
melodía al oído y al espíritu recreación, así en esta actual
comunicación y transformación de amor que tiene ya la Esposa en
esta vida, amparada ya y libre de todas las turbaciones y
variedades temporales, y desnuda y purgada de las imperfecciones,
penalidades y nieblas, así del sentido como del espíritu, siente
nueva primavera en libertad y anchura y alegría de espíritu. En la
cual siente la dulce voz del Esposo, que es su dulce filomena, con
la cual voz renovando y refrigerando la sustancia de su alma, como
a alma ya bien dispuesta para caminar a vida eterna, la llama dulce
y sabrosamente, sintiendo ella la sabrosa voz que dice (Ct. 2, 10-
12): Levántate, date priesa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y
ven; porque ya ha pasado el invierno, la lluvia se ha ya ido muy
lejos, las flores han parecido en nuestra tierra, el tiempo del podar
es llegado, y la voz de la tórtola se oye en nuestra tierra.

9. En la cual voz del Esposo, que se la habla en lo interior del alma,
siente la Esposa fin de males y principio de bienes, en cuyo
refrigerio y amparo y sentimiento sabroso ella también como dulce
filomena da su voz con nuevo canto de jubilación a Dios,
juntamente con Dios, que la mueve a ello. Que por eso él da su voz
a ella, para que ella en uno la dé junto con él a Dios, porque ésa es
la pretensión y deseo de él, que el alma entone su voz espiritual en
jubilación a Dios, según también el mismo Esposo se lo pide a ella
en los Cantares (2, 13-14), diciendo: Levántate, date priesa, amiga
mía, y ven, paloma mía, en los agujeros de la piedra, en la caverna
de la cerca; muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos.

Los oídos de Dios significan aquí los deseos que tiene Dios de que
el alma le dé esta voz de jubilación perfecta; la cual voz, para que
sea perfecta, pide el Esposo que la dé y suene en las cavernas de
la piedra, esto es, en la transformación que dijimos de los misterios
de Cristo. Que, porque en esta unión el alma jubila y alaba a Dios
con el mismo Dios, como decíamos del amor: es alabanza muy
perfecta y agradable a Dios, porque, estando el alma en esta
perfección, hace las obras muy perfectas; y así, esta voz de
jubilación es dulce para Dios y dulce para el alma. Que por eso dijo
el Esposo (Ct. 2, 14): Tu voz es dulce, es a saber, no sólo para ti,
sino también para mí, porque, estando conmigo en uno, das tu voz
en uno de dulce filomena para mí conmigo.

10. En esta manera es el canto que pasa en el alma en la
transformación que tiene en esta vida, el sabor de la cual es sobre
todo encarecimiento. Pero, por cuanto no es tan perfecto como el
cantar nuevo de la vida gloriosa, saboreada el alma por esto que
aquí siente, rastreando por la alteza de este canto la excelencia del
que tendrá en la gloria, cuya ventaja es mayor sin comparación,
hace memoria de él, y dice que aquello que le dará será el canto de
la dulce filomena. Y dice luego:
El soto y su donaire.

11. Esta es la tercera cosa que dice el alma le ha de dar el Esposo.
Por el soto, por cuanto cría en sí muchas plantas y animales,
entiende aquí a Dios en cuanto cría y da ser a todas las criaturas,
las cuales en él tienen su vida y raíz, lo cual es mostrarla a Dios y
dársela a conocer en cuanto es Criador.

Por el donaire de este soto, que también pide al Esposo el alma
aquí para entonces, pide la gracia y sabiduría y la belleza que de
Dios tiene no sólo cada una de las criaturas, así terrestres como
celestes, sino también la que hacen entre sí, en la respondencia
sabia, ordenada, graciosa y amigable de unas a otras, así de las
inferiores entre sí como de las superiores también entre sí, y entre
las superiores y las inferiores, que es cosa que hace al alma gran
donaire y deleite conocerla. Síguese lo cuarto, y es:

En la noche serena.

12. Esta noche es la contemplación en que el alma desea ver estas
cosas. Llámala noche porque la contemplación es oscura, que por
eso la llama por otro nombre mística teología, que quiere decir
sabiduría de Dios secreta o escondida, en la cual, sin ruido de
palabras y sin ayuda de algún sentido corporal ni espiritual, como
en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural,
enseña Dios ocultísima y secretísimamente al alma sin ella saber
cómo; lo cual algunos espirituales llaman entender no entendiendo.
Porque esto no se hace en el entendimiento que llaman los filósofos
activo, cuya obra es en las formas y fantasías y aprehensiones de
las potencias corporales; mas hácese en el entendimiento en
cuanto posible y pasivo, el cual, sin recibir las tales formas, etc.,
sólo pasivamente recibe inteligencia sustancial desnuda de imagen
la cual le es dada sin ninguna obra ni oficio suyo activo.

13. Y por eso, llama a esta contemplación noche, en la cual en esta
vida conoce el alma, por medio de la transformación que ya tiene,
altísimamente este divino soto y su donaire. Pero, por más alta que
sea esta noticia, todavía es noche oscura en comparación de la
beatífica que aquí pide; y por eso dice, pidiendo clara
contemplación, que este gozar el soto y su donaire, y las demás
cosas que aquí ha dicho, sea en la noche ya serena; esto es, en la
contemplación ya clara y beatífica, de manera que deje ya de ser
noche en la contemplación oscura acá, y se vuelva en
contemplación de vista clara y serena de Dios allá. Y así, decir en la
noche serena es decir en contemplación ya clara y serena de la
vista de Dios. De donde David (Sal. 138, 11) de esta noche de
contemplación dice: La noche será mi iluminación en mis deleites,
que es como si dijera: Cuando esté en mis deleites de la vista
esencial de Dios, ya la noche de contemplación habrá amanecido
en día y luz de mi entendimiento. Síguese lo quinto:

Con llama que consume y no da pena.

14. Por la llama entiende aquí el amor del Espíritu Santo. El
consumar significa aquí acabar y perfeccionar. En decir, pues, el
alma que todas las cosas que ha dicho en esta canción se las ha de
dar el Amado y las ha ella de poseer con consumado y perfecto
amor, absortas todas, y ella con ellas, en amor perfecto y que no dé
pena, lo dice para dar a entender la perfección entera de este amor.
Porque, para que lo sea, estas dos propiedades ha de tener,
conviene a saber: que consume y transforme el alma en Dios y que
no dé pena la inflamación y transformación de esta llama en el
alma, lo cual no puede ser sino en el estado beatífico, donde ya
esta llama es amor suave. Porque en la transformación del alma en
ella hay conformidad y satisfacción beatífica de ambas partes, y por
tanto, no da pena de variedad en más o en menos, como hacía
antes que el alma llegase a la capacidad de este perfecto amor.
Porque, habiendo llegado a él, está el alma en tan conforme y
suave amor con Dios, que, con ser Dios, como dice Moisés (Dt. 4,
24), fuego consumidor, ya no lo sea sino consumador y
refeccionador. Que no es ya como la transformación que tenía en
esta vida el alma, que, aunque era muy perfecta y consumadora en
amor, todavía le era algo consumidora y detractiva, a manera del
fuego en el ascua, que aunque está transformada y conforme con
ella, sin aquel humear que hacía antes que en sí la transformase,
todavía, aunque la consumaba en fuego, la consumía y resolvía en
ceniza. Lo cual acaece en el alma que en esta vida está
transformada con perfección de amor, que, aunque hay
conformidad, todavía padece alguna manera de pena y detrimento:
lo uno, por la transformación beatífica, que siempre echa menos en
el espíritu; lo otro, por el detrimento que padece el sentido flaco y
corruptible con la fortaleza y alteza de tanto amor, porque
cualquiera cosa excelente es detrimento y pena a la flaqueza
natural; porque, según está escrito (Sab. 9, 15): Corpus quod
corrumpitur, aggravat animam. Pero en aquella vida beatífica
ningún detrimento ni pena sentirá, aunque su entender será
profundísimo y su amor muy inmenso, porque para lo uno le dará
Dios habilidad y para lo otro fortaleza, consumando Dios su
entendimiento con su sabiduría y su voluntad con su amor.

15. Y porque la Esposa ha pedido en las precedentes canciones y
en la que vamos declarando inmensas comunicaciones y noticias
de Dios, con que ha menester fortísimo y altísimo amor para amar
según la grandeza y alteza de ellas, pide aquí que todas ellas sean
en este amor consumado, perfectivo y fuerte.

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CANCIÓN 40

Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

DECLARACIÓN Y ANOTACIÓN

1. Conociendo, pues, aquí la Esposa que ya el apetito de su
voluntad está desasido de todas las cosas y arrimado a su Dios con
estrechísimo amor; y que la parte sensitiva del alma, con todas sus
fuerzas, potencias y apetitos, está conformada con el espíritu,
acabadas ya y sujetadas sus rebeldías; y que el demonio, por el
vario y largo ejercicio y lucha espiritual, está ya vencido y apartado
muy lejos; y que su alma está unida y transformada con
abundancias de riquezas y dones celestiales; y que, según esto,
está ya bien dispuesta y aparejada y fuerte, arrimada en su Esposo
(Ct. 8, 5), para subir por el desierto de la muerte, abundando en
deleites, a los asientos y sillas gloriosas de su Esposo; con deseo
que el Esposo concluya ya este negocio, pónele por delante para
más moverle a ello todas estas cosas en esta última canción, en la
cual dice cinco cosas.

La primera, que ya su alma está desasida y ajena de todas las
cosas.

La segunda, que ya está vencido y ahuyentado el demonio.
La tercera, que ya están sujetadas las pasiones y mortificados los
apetitos naturales.

La cuarta y la quinta, que ya está la parte sensitiva e inferior
reformada y purificada, y que está conformada con la parte
espiritual, de manera que no sólo no estorbará para recibir aquellos
bienes espirituales, mas antes se acomodará a ellos, porque aun de
los que ahora tiene participa según su capacidad. Dice así:

Que nadie lo miraba.

2. Lo cual es como si dijera: mi alma está ya desnuda, desasida,
sola y ajena de todas las cosas criadas de arriba y de abajo, y tan
adentro entrada en el interior recogimiento contigo, que ninguna de
ellas alcanza ya de vista el íntimo deleite que en ti poseo, es a
saber, a mover mi alma a gusto con su suavidad, ni a disgusto y
molestia con su miseria y bajeza, porque, estando mi alma tan lejos
de ellas y en tan profundo deleite contigo, ninguna de ellas lo
alcanza de vista. Y no sólo eso, pero

Aminadab tampoco parecía.

3. El cual Aminadab en la Escritura divina (Ct. 6, 11) significa el
demonio, hablando espiritualmente, adversario del alma; el cual la
combatía y turbaba siempre con la innumerable munición de su
artillería, porque ella no se entrase en esta fortaleza y escondrijo del
interior recogimiento con el Esposo, donde ella, estando ya puesta,
está tan favorecida, tan fuerte, tan victoriosa, con las virtudes que
allí tiene y con favor del abrazo de Dios, que el demonio no
solamente no osa llegar, pero con grande pavor huye muy lejos y
no osa parecer; y porque también, por el ejercicio de las virtudes y
por razón del estado perfecto que ya tiene, de tal manera le tiene ya
ahuyentado y vencido el alma, que no parece más delante de ella.
Y así Aminadab tampoco parecía con algún derecho para
impedirme este bien que pretendo.

Y el cerco sosegaba.

4. Por el cual cerco entiende aquí el alma las pasiones y apetitos
del alma, los cuales, cuando no están vencidos y amortiguados, la
cercan en derredor, combatiéndola de una parte y de otra, por lo
cual los llama cerco. El cual dice que también está ya sosegado,
esto es, las pasiones ordenadas en razón y los apetitos
mortificados.

Que, pues así es, no deje de comunicarle las mercedes que le ha
pedido, pues el dicho cerco ya no es parte para impedirlo. Esto dice
porque hasta que el alma tiene ordenadas sus cuatro pasiones a
Dios y tiene mortificados y purgados los apetitos, no está capaz de
ver a Dios. Y síguese:

Y la caballería
a vista de las aguas descendía.

5. Por las aguas se entienden aquí los bienes y deleites espirituales
que en este estado goza el alma en su interior con Dios. Por la
caballería entiende aquí los sentidos corporales de la parte
sensitiva, así interiores como exteriores, porque ellos traen en sí los
fantasmas y figuras de susobjetos.

Los cuales en este estado dice aquí la Esposa que descienden a
vista de las aguas espirituales, porque de tal manera está ya en
este estado de matrimonio espiritual purificada y en alguna manera
espiritualizada la parte sensitiva e inferior del alma, que ella con sus
potencias sensitivas y fuerzas naturales se recogen a participar y
gozar en su manera de las grandezas espirituales que Dios está
comunicando al alma en lo interior del espíritu, según lo dio a
entender David (Sal. 83, 3) cuando dijo: Mi corazón y mi carne se
gozaron en Dios vivo.

6. Y es de notar que no dice aquí la Esposa que la caballería
descendía a gustar las aguas, sino a vista de ellas, porque esta
parte sensitiva con sus potencias no tienen capacidad para gustar
esencial y propiamente de los bienes espirituales, no sólo en esta
vida, pero ni aun en la otra; sino por cierta redundancia del espíritu
reciben sensitivamente recreación y deleite de ellos, por el cual
deleite estos sentidos y potencias corporales son atraídos al
recogimiento interior, donde está bebiendo el alma las aguas de los
bienes espirituales, lo cual más es descender a la vista de ellas que
a beberlas y gustarlas como ellas son.

Y dice aquí el alma que descendían, y no dice que iban ni otro
vocablo, para dar a entender que en esta comunicación de la parte
sensitiva a la espiritual, cuando se gusta la dicha bebida de las
aguas espirituales, bajan de sus operaciones naturales, cesando de
ellas, al recogimiento espiritual.

7. Todas estas perfecciones y disposiciones antepone la Esposa a
su Amado, el Hijo de Dios, con deseo de ser por él trasladada del
matrimonio espiritual, a que Dios la ha querido llegar en esta Iglesia
militante, al glorioso matrimonio de la triunfante, al cual sea servido
llevar a todos los que invocan su nombre el dulcísimo Jesús,
Esposo de las fieles almas. Al cual es honra y gloria, juntamente
con el Padre y el Espíritu Santo, in saecula saeculorum. Amén.

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FIN DE LA OBRA
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SAN JUAN DE LA CRUZ

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total o parcial de esta obra
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sin autorización previa y por escrito.
EPISTOLARIO
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1.- A Catalina de Jesús, Carmelita Descalza
2.- A María de Soto, en Baeza
3.- A la M. Ana de san Alberto, OCD, Priora de Caravaca
4.- A la M. Ana de san Alberto, Priora de Caravaca
5.- A la M. de san Alberto, Priora de Caravaca
6.- A una Carmelita Descalza
7.- A las Carmelitas Descalzas de Beas
8.- A las Carmelitas Descalzas de Beas
9.- A la M. Leonor Bautista, OCD, en Beas
10.- Al P. Ambrosio Mariano, OCD, Prior de Madrid
11.- A doña Juana de Pedraza, en Granada
12.- A una doncella de Narros del Castillo (Avila)
13.- A un religioso carmelita descalzo
14.- A la M. María de Jesús, OCD, Priora de Córdoba
15.- A la M. Leonor de san Gabriel, OCD, en Córdoba
16.- A la M. María de Jesús, OCD, Priora de Córdoba
17.- A la M. Magdalena del Espíritu Santo, OCD, en Córdoba
18.- Al P. Nicolás de Jesús María (Doria), Vicario General
19.- A doña Juana de Pedraza, en Granada
20.- A una Carmelita Descalza escrupulosa
21.- A la M. María de Jesús, OCD, Priora de Córdoba
22.- A la M. Leonor de san Gabriel, OCD, en Córdoba
23.- A una dirigida espiritual
24.- Al P. Luis de san Angelo, OCD, en Andalucía
25.- A la M. Ana de Jesús, OCD, en Segovia
26.- A la M. María de la Encarnación, OCD, en Segovia
27.- A la M. María de la Encarnación, OCD, en Segovia
28.- A doña Ana del Mercado y Peñalosa, en Granada
29.- A una dirigida espiritual
30.- A la M. Ana de san Alberto, OCD en Caravaca
31.- A doña Ana del Mercado y Peñalosa, en Granada
32.- Al P. Juan de santa Ana, OCD, en Málaga
33.- A una religiosa Carmelita Descalza, en Segovia

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CARTAS

1.- A Catalina de Jesús, Carmelita Descalza
Jesús sea en su alma, mi hija Catalina.

Aunque no sé dónde está, la quiero escribir estos renglones,
confiando se los enviará nuestra Madre, si no anda con ella; y, si es
así que no anda, consuélese conmigo, que más desterrado estoy yo
y solo por acá; que después que me tragó aquella ballena y me
vomitó en este extraño puerto, nunca más merecí verla ni a los
santos de por allá. Dios lo hizo bien; pues, en fin, es lima el
desamparo, y para gran luz el padecer tinieblas.

¡Oh, qué de cosas quisiera decir! Mas escribo muy a oscuras, no
pensando la ha de recibir; y por eso, ceso sin acabar.
Encomiéndeme a Dios. Yo no la quiero decir de por acá porque no
tengo gana.

De Baeza y julio 6 de 1581.

Su siervo en Cristo, Fray Juan de la Cruz.

Sobrescrito. Es para la Hermana Catalina de Jesús, carmelita
descalza, donde estuviere.

2.- A María de Soto, en Baeza

Granada, fines de marzo 1582

Jesús sea en su alma, mi hija en Cristo.

Mucha caridad recibí con su carta y quisiera yo harto cumplir lo que
en ella me dice y darla mucho contento y a sus hermanas; mas
como Dios manda de otra manera que pensamos, habrémonos de
conformar con su voluntad.

Ya me han hecho prior en esta casa de Granada, y es tierra harto
acomodada para servir a Dios. Su Majestad lo hace todo por mejor.
¡Ojalá vuestra merced con sus hermanas moraran en ella!, porque
las pudiera yo en algo dar contento. Yo espero en Dios se le ha de
dar harto grande. Mire que no deje sus confesiones, y a sus
hermanas diga lo mismo. Y me encomienden todas a Dios, que yo
nunca me tengo de olvidar.
No deje de acudir al padre fray Juan, aunque más cansado ande. Y
quédese con Dios y déla Su Majestad su santo espíritu. Amén.

De los Santos Mártires de Granada, y de marzo 1582.

Siervo de vuestra merced en Cristo

Fray Juan de la Cruz.

3.- A la M. Ana de san Alberto, OCD, Priora de Caravaca

Granada, 1582

... Pues ella no me dice, yo le digo que no sea boba ni ande con
temores que acobardan el alma. Déle a Dios lo que le ha dado y le
da cada día; que parece quiere ella medir a Dios a la medida de su
capacidad; pues no ha de ser así. Aparéjese, que la quiere Dios
hacer una gran merced.

4.- A la M. Ana de san Alberto, Priora de Caravaca

... ¿Hasta cuándo piensa, hija, que ha de andar en brazos ajenos?
Ya deseo verla con una gran desnudez de espíritu y tan sin arrimo
de criaturas que todo el infierno no baste a turbarla. ¿Qué lágrimas
tan impertinentes son esas que derrama estos días? ¿Cuánto
tiempo bueno piensa que ha perdido con esos escrúpulos? Si
desea comunicar conmigo sus trabajos, váyase a aquel espejo sin
mancilla (Sab. 7, 26) del Eterno Padre (que es su Hijo), que allí miro
yo su alma cada día, y sin duda saldrá consolada y no tendrá
necesidad de mendigar a puertas de gente pobre.

5.- A la M. de san Alberto, Priora de Caravaca

Sevilla, junio 1586

Jesús sea en su alma.

Al tiempo que me partía de Granada a la fundación de Córdoba, la
dejé escrito de priesa; y después acá, estando en Córdoba, recibí
las cartas suyas y de esos señores que iban a Madrid, que debieron
pensar me cogerían en la Junta. Pues sepa que nunca se ha hecho,
por esperar a que se acaben estas visitas y fundaciones; que se da
el Señor estos días tanta priesa, que no nos damos vado. Acabóse
de hacer la de Córdoba de frailes con el mayor aplauso y
solemnidad de toda la ciudad que se ha hecho allí con religión
ninguna; porque toda la clerecía de Córdoba y cofradías se
juntaron, y se trajo el Santísimo Sacramento con gran solemnidad
de la Iglesia Mayor; todas las calles muy bien colgadas y la gente
como el día del Corpus Christi. Esto fue el domingo después de la
Ascensión, y vino el señor Obispo y predicó, alabándonos mucho.
Está la casa en el mejor puesto de la ciudad, que es en la colación
de la Iglesia Mayor.

Ya estoy en Sevilla en la traslación de nuestras monjas, que han
comprado unas casas principalísimas, que, aunque costaron casi
catorce mil ducados, valen más de 20 mil. Ya están en ellas, y el día
de san Bernabé pone el cardenal el Santísimo Sacramento con
mucha solemnidad. Y entiendo dejar aquí otro convento de frailes
antes que me vaya, y habrá dos en Sevilla de frailes. Y de aquí a
san Juan me parto a Ecija, donde con el favor de Dios fundaremos
otro, y luego a Málaga, y de allí a la Junta.

¡Ojalá tuviera yo comisión para esa fundación como la tengo para
éstas, que no esperara yo muchas andulencias, mas espero en
Dios que se hará y en la Junta haré cuanto pudiere. Así lo diga a
esos señores, a los cuales escribo.

Pesádome ha de que no se hizo luego la escritura con los Padres
de la Compañía, porque no los tengo yo mirado con ojos que son
gente que guarda la palabra; y así, entiendo que no sólo se
desviarán en parte, mas, si se difiere, se volverán de obrar en todo,
si les parece les está bien. Por eso, mire que la digo que, sin
decirles nada a ellos, ni a nadie, trate con el señor Gonzalo Muñoz
de comprar la otra casa que está de esotra parte y hagan sus
escrituras, que ellos, como ven que tienen cogida la cuerda,
ensánchanse. Y va muy poco que después se sepa que las
compramos sólo por eso de redimir nuestra vejación, y así ellos
vendrán a buenas sin tanto quebradero de cabezas, y aun les
haremos venir a lo más que quisiéremos. Dé cuenta a pocos y
hágalo, que no se puede vencer a veces una cautela sin otra.

El librico de las Canciones de la Esposa querría que me enviase,
que ya a buena razón lo tendrá sacado Madre de Dios.

Mucho se dilata esta Junta, y pésame por amor de la entrada de
doña Catalina, porque deseo dar...
De Sevilla y junio año de 1586.

Carísima hija en Cristo.

Su siervo

Fray Juan de la Cruz.

Mire que me dé un gran recaudo al señor Gonzalo Muñoz, que, por
no cansar a Su Merced, no le escribo, y porque Vuestra Reverencia
le dirá lo que ahí digo.

Sobrescrito. Para la Madre Ana de san Alberto, Priora de las
descalzas carmelitas de Caravaca.

6.- A una Carmelita Descalza

En viaje de Granada a Madrid, agosto 1586

... Hija, en el vacío y sequedad de todas las cosas ha Dios de
probar los que son soldados fuertes para vencer su batalla; que
saben beber el agua en el aire sin pegar el pecho a la tierra, como
los soldados de Gedeón (Jc. 7, 5-7, 16-23), que vencieron con barro
seco y candelas encendidas dentro, que significa la sequedad del
sentido, y dentro, el espíritu bueno y encendido.

7.- A las Carmelitas Descalzas de Beas

Málaga, 18 noviembre 1586

Jesús sea en sus almas, hijas mías.

¿Piensan que, aunque me ven tan mudo, que las pierdo de vista y
dejo andar echando de ver cómo con gran facilidad pueden ser
santas, y con mucho deleite y amparo seguro andar en deleite del
amado Esposo? Pues yo iré allá y verán cómo no me olvidaba, y
veremos las riquezas ganadas en el amor puro y sendas de la vida
eterna y los pasos hermosos que dan en Cristo, cuyos deleites y
corona son sus esposas: cosa digna de no andar por el suelo
rodando, sino de ser tomada en las manos de los serafines, y con
reverencia y aprecio la pongan el la cabeza de su Señor.
Cuando el corazón anda en bajezas, por el suelo rueda la corona, y
cada bajeza la da con el pie; mas cuando el hombre se allega al
corazón alto que dice David (Sal. 63, 7), entonces es Dios
ensalzado con la corona de aquel corazón alto de su Esposa, con
que le coronan el día de la alegría de su corazón (Ct. 3, 11), en que
tiene sus deleites cuando está con los hijos de los hombres (Pv. 8,
31). Estas aguas de deleites interiores no nacen en la tierra; hacia
el cielo se ha de abrir la boca del deseo, vacía de cualquier otra
llenura, y para que así la boca del apetito, no abreviada ni apretada
con ningún bocado de otro gusto, la tenga bien vacía y abierta hacia
aquel que dice: Abre y dilata tu boca, y yo te la henchiré (Sal. 80,
11).

De manera que el que busca gusto en alguna cosa, ya no se
guarda vacío para que Dios le llene de su inefable deleite; y así
como va Dios, así se sale, porque lleva las manos embarazadas y
no puede tomar lo que Dios le daba. ¡Dios nos libre de tan malos
embarazos, que tan dulces y sabrosas libertades estorban!

Sirvan a Dios, mis amadas hijas en Cristo, siguiendo sus pisadas de
mortificación en toda paciencia, en todo silencio y en todas ganas
de padecer, hechas verdugos de los contentos, mortificándose si
por ventura algo ha quedado por morir que estorbe la resurrección
interior del Espíritu, el cual more en sus almas. Amén.

De Málaga y noviembre de 1586.

Su siervo,

Fray Juan de la Cruz.

8.- A las Carmelitas Descalzas de Beas

Granada, 22 Noviembre 1587

Jesús María sean en sus almas, hijas mías en Cristo.

Mucho me consolé con su carta; págueselo Nuestro Señor. El no
haber escrito no ha sido falta de voluntad, porque de veras deseo
su gran bien, sino parecerme que harto esta ya dicho y escrito para
obrar lo que importa; y que lo que falta, si algo falta, no es el escribir
o el hablar, que esto antes ordinariamente sobra, sino el callar y
obrar. Porque, demás de esto, el hablar distrae, y el callar y obrar
recoge y da fuerza al espíritu. Y así, luego que la persona sabe lo
que le han dicho para su aprovechamiento, ya no ha menester oír ni
hablar más, sino obrarlo de veras con silencio y cuidado, en
humildad y caridad y desprecio de sí; y no andar luego a buscar
nuevas cosas, que no sirve sino de satisfacer el apetito en lo de
fuera, y aún sin poderle satisfacer, y dejar el espíritu flaco y vacío
sin virtud interior. Y de aquí es que ni lo primero ni lo postrero
aprovecha, como el que come sobre lo indigesto, que, porque el
calor natural se reparte en lo uno y en lo otro, no tiene fuerza para
todo convertirlo en sustancia, y engéndrase enfermedad.

Mucho es menester, hijas mías, saber hurtar el cuerpo del espíritu
al demonio y a nuestra sensualidad, porque si no, sin entendernos,
nos hallaremos muy desaprovechados y muy ajenos de las virtudes
de Cristo, y después amaneceremos con nuestro trabajo y obra
hecho del revés, y pensando que llevábamos la lámpara encendida,
parecerá muerta; porque los soplos que a nuestro parecer dábamos
para encenderla, quizá eran más para apagarla. Digo, pues, que
para que esto no sea, y para guardar al espíritu, como he dicho, no
hay mejor remedio que padecer y hacer y callar, y cerrar los
sentidos con uso e inclinación de soledad y olvido de toda criatura y
de todos los acaecimientos, aunque se hunda el mundo. Nunca por
bueno ni malo dejar de quietar su corazón con entrañas de amor,
para padecer en todas las cosas que se ofrecieren. Porque la
perfección es de tan alto momento, y el deleite del espíritu de tan
rico precio, que aun todo esto quiera Dios que baste. Porque es
imposible ir aprovechando sino haciendo y padeciendo
virtuosamente, todo envuelto en silencio.

Esto entendido, hijas: que el alma que presto advierte en hablar y
tratar, muy poco advertida está en Dios. Porque, cuando lo está,
luego con fuerza la tiran de dentro a callar y huir de cualquiera
conversación; porque más quiere Dios que el alma se goce con él
que con otra alguna criatura, por más aventajada que sea y por más
al caso que le haga.

En las oraciones de Vuestras Caridades me encomiendo; y tengan
por cierto que, con ser mi caridad tan poca, está tan recogida hacia
allá, que no me olvido de a quien tanto debo en el Señor. El cual
sea con todos nosotros. Amén.

De Granada a 22 de noviembre de 1587.
Fray Juan de la Cruz.

La mayor necesidad que tenemos es de callar a este gran Dios con
el apetito y con la lengua, cuyo lenguaje, que él oye, sólo es el
callado amor.

Sobrescrito. A Ana de Jesús y las demás Hermanas Carmelitas

Descalzas del convento de Beas.

9.- A la M. Leonor Bautista, OCD, en Beas

Granada, 8 febrero 1588

Jesús sea en Vuestra Reverencia.

No piense, hija en Cristo, que me he dejado de doler de sus
trabajos y de las que son participantes; pero acordándome que así
como Dios la llamó para que hiciese vida apostólica, que es vida de
desprecio, la lleva por el camino de ella, me consuelo. En fin, el
religioso de tal manera quiere Dios que sea religioso, que haya
acabado con todo y que todo se haya acabado para él; porque él
mismo es el que quiere ser su riqueza, consuelo y gloria deleitable.
Harta merced la ha Dios hecho a Vuestra Reverencia, porque
ahora, bien olvidada de todas las cosas, podrá a sus solas gozar
bien de Dios, no se le dando nada que hagan de ella lo que
quisieren por amor de Dios, pues que no es suya, sino de Dios.

Hágame saber si es cierta su partida a Madrid y si viene la Madre
Priora, y encomiéndeme mucho a mis hijas Magdalena y Ana y a
todas, que no me dan lugar para escribirlas.

De Granada, a 8 de febrero de 88.

Fray Juan de la Cruz.

10.- Al P. Ambrosio Mariano, OCD, Prior de Madrid

Segovia, 9 de noviembre 1588

Jesús sea en Vuestra Reverencia.
La necesidad que hay de religiosos, como Vuestra Reverencia
sabe, según la multitud de fundaciones que hay, es muy grande;
por eso es menester que Vuestra Reverencia tenga paciencia en
que vaya de ahí el padre fray Miguel a esperar en Pastrana al P.
Provincial, porque tiene luego de acabar de fundar aquel convento
de Molina.

También les pareció a los Padres convenir dar luego a Vuestra
Reverencia Suprior; y así, le dieron al padre fray Angel, por
entender se conformará bien con su Prior, que es lo que más
conviene en un convento, y déles Vuestra Reverencia a cada uno
sus patentes. Y convendrá que no pierda Vuestra Reverencia
cuidado en que ningún sacerdote, ni no sacerdote, se le entremeta
en tratar con los novicios; pues, como sabe Vuestra Reverencia, no
hay cosa más perniciosa que pasar por muchas manos y que otros
anden traqueando a los novicios; y, pues tiene tantos, es razón
ayudar y aliviar al padre fray Angel, y aun darle autoridad, como
ahora se le ha dado, de Suprior, para que en casa le tengan más
respeto.

El Padre fray Miguel parece no era ahí mucho menester ahora, y
que podrá más servir a la Religión en otra parte.

Acerca del Padre Gracián no se ofrece cosa de nuevo, sino que el
Padre fray Antonio, está ya aquí.

De Segovia y noviembre 9 de 88.

Fray Juan de la Cruz.

11.- A doña Juana de Pedraza, en Granada

Segovia, 28 enero 1589

Jesús sea en su alma.

Pocos días ha la escribí por vía del padre fray Juan en respuesta de
esta suya postrera, que, según se había esperado, fue bien
estimada. Allí la respondí cómo, a mi ver, todas sus cartas tengo
recibidas, y sus lástimas y males y soledades sentidas, las cuales
me dan a mí siempre tantas voces callando, que la pluma no me
declara tanto. Todo es aldabadas y golpes en el alma para más
amar, que causan más oración y suspiros espirituales a Dios, para
que él cumpla lo que el alma pide para él. Ya le dije que no había
para qué inquietarse por aquellas cosillas, sino que haga lo que le
tienen mandado, y, cuando se lo impidieren, obediencia y avisarme,
que Dios proveerá lo mejor. Los que quieren bien a Dios, él se tiene
cuidado de sus cosas, sin que ellos se soliciten por ellas.

En lo del alma, lo mejor que tiene para estar segura es no tener
asidero a nada, ni apetito de nada; y tenerle muy verdadero y
entero a quien la guía conviene, porque si no ya sería no querer
guía. Y cuando basta una, y es la que conviene, todas las demás o
no hacen al caso o estorban. No se asga el alma, que, como no
falte oración, Dios tendrá cuidado de su hacienda, pues no es de
otro dueño, ni lo ha de ser. Esto por mí lo veo, que, cuanto las
cosas más son mías, más tengo al alma y corazón en ellas y mi
cuidado, porque la cosa amada se hace una con el amante; y así
hace Dios con quien le ama. De donde no se puede olvidar aquello
sin olvidarse de la propia alma; y aun de la propia se olvida por la
amada, porque más vive en la amada que en sí.

¡Oh gran Dios de amor, y Señor, y qué de riquezas vuestras ponéis
en el que no ama ni gusta sino de Vos, pues a Vos mismo le dais y
hacéis una cosa por amor, y en eso le dais a gustar y amar lo que
más el alma quiere en Vos y le aprovecha! Mas, porque conviene
que no nos falte cruz como a nuestro Amado, hasta la muerte de
amor, él ordena nuestras pasiones en el amor de lo que más
queremos, para que mayores sacrificios hagamos y más valgamos.
Mas todo es breve, que todo es hasta alzar el cuchillo y luego se
queda Isaac vivo, con promesa del hijo multiplicado (Gn. 22, 1-18).

Paciencia es menester, hija mía, en esta pobreza, que salir bien de
nuestra tierra aprovecha, y para entrar en la vida a gozarlo bien
todo, la cual es (privación) de vida.

Ahora no sé cuándo será mi ida. Bueno estoy, aunque el alma muy
atrás. Encomendadme a Dios, y las cartas dé a fray Juan o a las
monjas más a menudo, cuando se pueda; y, si no fuesen tan
corticas, sería mejor.

De enero y Segovia, 28 de 1589.

Fray Juan de la Cruz.

12.- A una doncella de Narros del Castillo (Avila)
Segovia, febrero 1589 ?

Jesús sea en su alma. El mensajero me ha tomado en tiempo que
no podía responder cuando él pasaba de camino, y aún ahora está
esperando. Déle Dios, hija mía, siempre su santa gracia, para que
toda en todo se emplee en su santo amor, como tiene la obligación,
pues sólo para (esto la crió y redimió).

Los tres puntos que me pregunta había mucho que decir en ellos,
más que la presente brevedad y carta pide; pero diréle otros tres,
con que podrá algo aprovechar en ellos.

Acerca de los pecados, que Dios tanto aborrece, que le obligaron a
muerte, le conviene, para bien llorarlos y no caer en ellos, tener el
menos trato que pudiere con gentes, huyendo de ellas, y nunca
hablar más de lo necesario en cada cosa; porque de tratar con las
gentes más de lo que puramente es necesario y la razón pide,
nunca a ninguno, por santo que fuese, le fue bien; y con esto,
guardar la ley de Dios con grande puntualidad y amor.

Acerca de la pasión del Señor, procure el rigor de su cuerpo con
discreción, el aborrecimiento de sí misma y mortificación y no
querer hacer su voluntad y gusto en nada, pues ella fue la causa de
su muerte y pasión; y lo que hiciere, todo sea por consejo de su
madre.

Lo tercero, que es la gloria, para bien pensar en ella y amarla, tenga
toda la riqueza del mundo y los deleites de ella por lodo y vanidad y
cansancio, como de verdad lo es, y no estime en nada cosa alguna,
por grande y preciosa que sea, sino estar bien con Dios, pues que
todo lo mejor de acá, comparado con aquellos bienes eternos para
que somos criados, es feo y amargo y, aunque breve su amargura y
fealdad, durará para siempre en el alma del que los estimare.

De su negocio yo no me olvido; mas ahora no se puede más, que
harta voluntad tengo. Encomiéndelo mucho a Dios, y tome por
abogada a nuestra Señora y San José en ello.

A su madre me encomiende mucho, y que haya ésta por suya, y
entrambas me encomienden a Dios, y a sus amigas pidan lo hagan
por caridad.
Dios la dé su espíritu.

De Segovia y febrero 1589.

Fray Juan de la Cruz.

13.- A un religioso carmelita descalzo

Segovia, 14 abril 1589 ?

La paz de Jesucristo sea, hijo, siempre en su alma.

La carta de Vuestra Reverencia recibí, en que me dice los grandes
deseos que le da Nuestro Señor de ocupar su voluntad en solo él,
amándole sobre todas las cosas, y pídeme que en orden a
conseguir aquesto le dé algunos avisos.

Huélgome de que Dios le haya dado tan santos deseos, y mucho
más me holgaré que los ponga en ejecución. Para lo cual le
conviene advertir cómo todos los gustos, gozos y aficiones se
causan siempre en el alma mediante la voluntad y querer de las
cosas que se le ofrecen como buenas y convenientes y deleitables,
por ser ellas a su parecer gustosas y preciosas; y según las
aficiones y gozos de las cosas, está el alma alterada e inquieta.

Pues para aniquilar y mortificar estas aficiones de gustos acerca de
todo lo que no es Dios, debe Vuestra Reverencia notar que todo
aquello de que se puede la voluntad gozar distintamente es lo que
es suave y deleitable, por ser ello a su parecer gustoso; y ninguna
cosa deleitable y suave en que ella pueda gozar y deleitarse es
Dios, porque, como Dios no puede caer debajo de las
aprehensiones de las demás potencias, tampoco puede caer debajo
de los apetitos y gustos de la voluntad; porque en esta vida, así
como el alma no puede gustar a Dios esencialmente, así toda la
suavidad y deleite que gustare, por subido que sea, no puede ser
Dios; porque también todo lo que la voluntad puede gustar y
apetecer distintamente es cuanto lo conoce por tal o tal objeto.

Pues, como la voluntad nunca haya gustado a Dios como es, ni
conocídolo debajo de alguna aprehensión de apetito, y, por el
consiguiente, no sabe cuál sea Dios, no lo puede saber su gusto
cuál sea, ni puede su ser y apetito y gusto llegar a saber apetecer a
Dios, pues es sobre toda su capacidad; y así, está claro que
ninguna cosa distinta de cuantas puede gozar la voluntad es Dios.
Y por eso, para unirse con él se ha de vaciar y despegar de
cualquier afecto desordenado de apetito y gusto de todo lo que
distintamente puede gozarse, así de arriba como de abajo, temporal
o espiritual, para que, purgada y limpia de cualesquiera gustos,
gozos y apetitos desordenados, todo ella con sus afectos se
empleen en amar a Dios.

Porque, si en alguna manera la voluntad puede comprehender a
Dios y unirse con él, no es por algún medio aprehensivo del apetito,
sino por el amor; y, como el deleite y suavidad y cualquier gusto
que puede caer en la voluntad no sea amor, síguese que ninguno
de los sentimientos sabrosos puede ser medio proporcionado para
que la voluntad se una con Dios, sino la operación de la voluntad,
porque es muy distinta la operación de la voluntad de su
sentimiento: por la operación se une con Dios y se termina en él,
que es amor, y no por el sentimiento y aprehensión de su apetito,
que se asienta en el alma como fin y remate. Sólo pueden servir los
sentimientos de motivos para amar, si la voluntad quiere pasar
adelante, y no más; y así, los sentimientos sabrosos de suyo no
encaminan al alma a Dios, antes la hacen asentar en sí mismos;
pero la operación de la voluntad, que es amar a Dios, sólo en él
pone el alma su aficción, gozo, gusto, y contento y amor, dejadas
atrás todas las cosas y amándole sobre todas ellas.

De donde, si alguno se mueve a amar a Dios no por la suavidad
que siente, ya deja atrás esta suavidad, y pone el amor en Dios, a
quien no siente; porque, si le pusiese en la suavidad y gusto que
siente, reparando y deteniéndose en él, eso ya sería ponerle en
criatura o cosa de ella, y hacer del motivo fin y término, y, por
consiguiente, la obra de la voluntad sería viciosa; que, pues Dios es
incomprehensible e inaccesible, la voluntad no ha de poner su
operación de amor, para ponerla en Dios, en lo que ella puede tocar
y aprehender en el apetito, sino en lo que no puede comprehender
ni llegar con él. Y de esta manera queda la voluntad amando a lo
cierto y de veras al gusto de la fe, también en vacío y a oscuras de
sus sentimientos sobre todos los que ella puede sentir con el
entendimiento de su inteligencia, creyendo y amando sobre todo lo
que puede entender.

Y así muy insipiente sería el que, faltándole la suavidad y deleite
espiritual, pensase que por eso le falta Dios, y, cuando le tuviese,
se gozase y deleitase, pensando que por eso tenía a Dios. Y más
insipiente sería si anduviese a buscar esta suavidad en Dios y se
gozase y detuviese en ella; porque de esa manera ya no andaría a
buscar a Dios con la voluntad fundada en vacío de fe y caridad, sino
el gusto y suavidad espiritual, que es criatura, siguiendo su gusto y
apetito; y así, ya no amaría a Dios puramente sobre todas las
cosas, lo cual es poner toda la fuerza de la voluntad en él, porque,
asiéndose y arrimándose en aquella criatura con el apetito, no sube
la voluntad sobre ella a Dios, que es inaccesible; porque es cosa
imposible que la voluntad pueda llegar a la suavidad y deleite de la
divina unión, ni abrazar ni sentir los dulces y amorosos abrazos de
Dios, si no es que sea en desnudez y vacío de apetito en todo gusto
particular, así de arriba como de abajo; porque esto quiso decir
David cuando dijo: Dilata os tuum, et implebo illud (Sal. 80, 11).

Conviene, pues, saber, que el apetito es la boca de la voluntad, la
cual se dilata cuando con algún bocado de algún gusto no se
embaraza ni se ocupa; porque cuando el apetito se pone en alguna
cosa, en eso mismo se estrecha, pues fuera de Dios todo es
estrecho. Y así, para acertar el alma a ir a Dios y juntarse con él, ha
de tener la boca de la voluntad abierta solamente al mismo Dios,
vacía y desapropiada de todo bocado de apetito para que Dios la
hincha y llene de su amor y dulzura, y estarse con esa hambre y
sed de solo Dios, sin quererse satisfacer de otra cosa, pues a Dios
aquí no le puede gustar como es; y lo que se puede gustar (si hay
apetito, digo), también lo impide. Esto enseñó Isaías (55,1) cuando
dijo: Todos los que tenéis sed, venid a las aguas, etc.; donde
convida a los que de solo Dios tienen sed a la hartura de las aguas
divinas de la unión de Dios, y no tienen plata de apetito.

Mucho, pues, le conviene e importa a Vuestra Reverencia, si quiere
gozar de grande paz en su alma y llegar a la perfección, entregar
toda su voluntad a Dios, para que así se una con él, y no
ocupársela con las cosas viles y bajas de la tierra.

Su Majestad le haga tan espiritual y santo como yo deseo.

De Segovia y 14 de abril.

Fray Juan de la Cruz.

14.- A la M. María de Jesús, OCD, Priora de Córdoba
Jesús sea en Vuestra Reverencia y la haga tan santa y pobre de
espíritu como tiene el deseo, y me lo alcance a mí de Su Majestad.

Ve ahí la licencia para las cuatro novicias; mire que sean buenas
para Dios.

Ahora quiero responder a todas sus dudas brevemente, que tengo
poco tiempo, habiéndolas tratado primero con estos Padres, porque
el nuestro no está aquí, que anda por allá. Dios le traiga.

1. Que no hay ya disciplina de varillas aunque se reza de feria,
porque aquesto expiró con el rezo carmelitano, que sólo era en
ciertos tiempos y tenía pocas ferias.

2. Lo segundo, que no dé en general licencia a todas ni a ninguna
para que en recompensa de eso ni de otra cosa, se discipline tres
días en la semana. Sus particularidades, como suele, allá se las
verá. Guárdese lo común.

3. Que no se levanten comúnmente más de mañana que manda la
constitución, esto es, la comunidad.

4. Que las licencias expiran expirando el prelado, y así ahora por
ésta se la envío de nuevo para que pueda entrar en el convento en
caso de necesidad confesor, médico, barbero y oficiales.

5. Lo quinto, que pues ahora tiene hartos lugares vacíos, que
cuando fuese necesario lo que dice se puede tratar la duda de la
hermana Aldonza. Encomiéndemela, y a mí a Dios. Y quédese con
él, que no me puedo alargar más.

De Segovia y junio 7 de 1589.

Fray Juan de la Cruz.

15.- A la M. Leonor de san Gabriel, OCD, en Córdoba

Jesús sea en su alma, mi hija en Cristo.

Agradézcola su letra, y a Dios el haberse querido aprovechar de
ella en esa fundación, pues lo ha Su Majestad hecho para
aprovecharla más; porque, cuanto más quiere dar, tanto más hace
desear, hasta dejarnos vacíos para llenarnos de bienes. Bien
pagados irán los que ahora deja en Sevilla del amor de las
Hermanas, que, por cuanto los bienes inmensos de Dios no caben
ni caen sino en corazón vacío y solitario, por eso la quiere el Señor,
porque la quiere bien, bien sola, con gana de hacerle él toda
compañía. Y será menester que Vuestra Reverencia advierta en
poner ánimo en contestarse sólo con ella, para que en ella halle
todo contento; porque, aunque el alma esté en el cielo, si no
acomoda la voluntad a quererlo, no estará contenta; y así nos
acaece con Dios, aunque siempre está Dios con nosotros, si
tenemos el corazón aficionado a otra cosa, y no solo.

Bien creo sentirán las de Sevilla allí soledad sin Vuestra
Reverencia; mas por ventura había ya Vuestra Reverencia
aprovechado allí lo que esa fundación ha de ser principal; y así
Vuestra Reverencia procure ayudar mucho a la Madre Priora, con
gran conformidad y amor en todas las cosas, aunque bien veo no
tengo que encargarle esto, pues, como tan antigua y
experimentada, sabe ya lo que se suele pasar en esas fundaciones;
y por eso escogimos a Vuestra Reverencia, porque para monjas,
hartas había por acá, que no caben.

A la Hermana María de la Visitación dé Vuestra Reverencia un gran
mi recaudo y a la Hermana Juana de San Gabriel que le agradezco
el suyo. Dé Dios a Vuestra Reverencia su espíritu.

De Segovia y julio 8 de 89.

Fray Juan de la Cruz.

Sobrescrito. A la Madre Leonor de San Gabriel, carmelita descalza
en Córdoba.

16.- A la M. María de Jesús, OCD, Priora de Córdoba

Segovia, 18 julio 1589

Jesús sea en su alma.

Obligadas están a responder al Señor conforme al aplauso con que
ahí las han recibido, que cierto me ha consolado de ver la relación.
Y que hayan entrado en casas tan pobres y con tantos calores ha
sido ordenación de Dios, porque hagan alguna edificación y den a
entender lo que profesan, que es Cristo desnudamente, para que
las que se movieren sepan con qué espíritu han de venir.

Ahí le envío todas licencias; miren mucho lo que reciben al principio,
porque conforme a eso será lo demás. Y miren que conserven el
espíritu de pobreza y desprecio de todo, -si no, sepan que caerán
en mil necesidades espirituales y temporales- queriéndose
contentar con solo Dios. Y sepan que no tendrán ni sentirán más
necesidades que a las que quisieren sujetar el corazón; porque el
pobre espíritu en las menguas está más constante y alegre porque
ha puesto su todo en nonada en nada, y así halla en todo anchura
de corazón. Dichosa nada y dichoso escondrijo de corazón, que
tiene tanto valor que lo sujeta todo, no queriendo sujetar nada para
sí y perdiendo cuidados por poder arder más en amor.

A todas las Hermanas de mi parte salude en el Señor, y dígales
que, pues Nuestro Señor las ha tomado por primeras piedras, que
miren cuáles deben ser, pues como en más fuertes han de fundarse
las otras; que se aprovechen de este primero espíritu que da Dios
en estos principios para tomar muy de nuevo el camino de
perfección en toda humildad y desasimiento de dentro y de fuera,
no con ánimo aniñado, mas con voluntad robusta; sigan la
mortificación y penitencia, queriendo que les cueste algo este
Cristo, y no siendo como los que buscan su acomodamiento y
consuelo, o en Dios o fuera de él; sino el padecer en Dios, y fuera
de él por él en silencio y esperanza y amorosa memoria. Diga a
Gabriela esto y a las suyas de Málaga, que a las demás escribo, y
déle Dios su espíritu. Amén.

De Segovia y julio 18 de 1589.

Fray Juan de la Cruz

El Padre fray Antonio y los Padres se le encomiendan. Al Padre
Prior de Guadalcázar dé Vuestra Reverencia mis saludes.

Sobrescrito. Para la madre María de Jesús, Priora del convento de
Santa Ana de Córdoba, de Descalzas Carmelitas.

17.- A la M. Magdalena del Espíritu Santo, OCD, en Córdoba

Segovia, 28 julio 1589
Jesús sea en su alma, mi hija en Cristo.

Holgado me he de ver sus buenas determinaciones que muestra
por su carta. Alabo a Dios que provee en todas las cosas, porque
bien las habrá menester en estos principios de fundaciones para
calores, estrechuras, pobrezas y trabajar en todo, de manera que
no se advierta si duele o no duele. Mire que en estos principios
quiere Dios almas no haraganas ni delicadas, ni menos amigas de
sí; y para esto ayuda Su Majestad más en estos principios; de
manera que, con un poco de diligencia, pueden ir adelante en toda
virtud. Y ha sido grande dicha y signo de Dios dejar otras y traerla a
ella. Y, aunque más le costara lo que deja, no es nada, que eso
presto se había de dejar, así como así. Y para tener a Dios en todo,
conviene no tener en todo nada; porque el corazón, que es de uno,
¿cómo puede ser todo de otro?

A la hermana Juana, que digo lo mismo, y que me encomiende a
Dios, el cual sea en su alma. Amén.

De Segovia y julio 28 de 1589.

Fray Juan de la Cruz

18.- Al P. Nicolás de Jesús María (Doria), Vicario General de los
Carmelitas Descalzos

Segovia, 21 septiembre 1589

Jesús María sean con Vuestra Reverencia.

Harto nos habemos holgado que llegase Vuestra Reverencia bueno
y que allá esté todo tan bien y el Sr. Nuncio. Espero en Dios ha de
mirar por su familia; acá están los pobres buenos y bien avenidos;
procuraré despachar presto como Vuestra Reverencia deja
mandado, aunque hasta ahora no han llegado los avenidos.

Acerca del recibir en Génova sin saber Gramática, dicen los Padres
que poco importa no la saber, como ellos entiendan el latín con la
suficiencia que manda el Concilio, de manera que sepan bien
construir; y que si con sólo eso se ordenan allá, que parece los
podrán recibir. Pero que, si los Ordinarios de allá no se contentan
con eso, que no parece tienen la bastante suficiencia que manda el
Concilio; y que sería trabajo haber de traer por acá a ordenar o
enseñar. Y, a la verdad, no querrían que pasasen por acá muchos
italianos.

Las cartas irán al padre fray Nicolás, como Vuestra Reverencia
dice, al cual nos guarde nuestro Señor como ve que es menester.

De Segovia y septiembre 21 de 89.

Fray Juan de la Cruz

19.- A doña Juana de Pedraza, en Granada

Segovia, 12 octubre 1589

Jesús sea en su alma y gracias a él que me la ha dado para que,
como ella dice, no me olvide de los pobres y no como a la sombra,
como ella dice, que harto me hace rabiar pensar si, como lo dice, lo
cree; harto malo sería a cabo de tantas muestras, aun cuando
menos lo merecía. No me faltaba ahora más sino olvidarla; mira
cómo puede ser lo que está en el alma, como ella está. Como ella
anda en esas tinieblas y vacíos de pobreza espiritual, piensa que
todos le faltan, y todo; mas no es maravilla, pues en eso también (le
parece le falta Dios. Mas no le hace falta nada, ni tiene ninguna
necesidad de tratar nada, ni) tiene qué, ni lo sabe ni lo hallará, que
todo es sospecha sin causa. Quien no quiere otra cosa sino a Dios,
no anda en tinieblas, aunque más oscuro y pobre se vea; y quien no
anda en presunciones ni gustos propios, ni de Dios ni de las
criaturas, ni hace su voluntad propia en eso ni esotro, no tiene en
qué tropezar ni qué tratar. Buena va, déjese y huélguese. ¿Quién
es ella para tener cuidado de sí? ¡Buena se pararía!

Nunca mejor estuvo que ahora, porque nunca estuvo tan humilde ni
tan sujeta, ni teniéndose en tan poco, y a todas cosas las cosas del
mundo; ni se conocía por tan mala, ni a Dios por tan bueno, ni
servía a Dios tan pura y desinteresadamente como ahora, ni se va
tras las imperfecciones de su voluntad y enterez, como quizá solía.
¿Qué quiere? ¿Qué vida o modo de proceder se pinta ella en esta
vida? ¿Qué piensa que es servir a Dios, sino no hacer males,
guardando sus mandamientos, y andar en sus cosas como
pudiéremos? Como esto haya, ¿qué necesidad hay de otras
aprehensiones ni otras luces ni jugos de acá o de allá, en que
ordinariamente nunca faltan tropiezos y peligros al alma, que con
sus entenderes y apetitos se engaña y se embelesa y sus (mismas
potencias la hacen errar. Y) así es gran merced de Dios cuando las
oscurece, y empobrece al alma de manera que no pueda errar con
ellas; y como no se yerre, ¿qué hay que acertar sino ir por el
camino llano de la ley de Dios y de la Iglesia, y sólo vivir en fe
oscura y verdadera, (y esperanza cierta y caridad entera, y esperar)
allá nuestros bienes, viviendo acá como peregrinos, pobres,
desterrados, huérfanos, secos, sin camino y sin nada, esperándolo
allá todo?

Alégrese y fíese de Dios, que muestras le tiene dadas que puede
muy bien, y aún lo debe hacer; y si no, no será mucho que se enoje
viéndola andar tan boba, llevándola él por donde más la conviene, y
habiéndola puesto en puesto tan seguro. No quiera nada sino ese
modo, y allane el alma, que buena está, y comulgue como suele. El
confesar, cuando hubiere cosa clara. Y no tiene que tratar. Cuando
tuviere algo, a mí me lo escribirá, y escríbame presto, y más veces,
que por vía de doña Ana podrá, cuando no pudiere por las monjas.

Algo malo he estado; ya estoy bueno; mas fray Juan Evangelista
está malo. Encomiéndele a Dios y a mí, hija mía en el Señor.

De Segovia y octubre 12 de 1589.

Fray Juan de la Cruz

Sobrescrito. A doña Juana de Pedraza, en casa del arcediano de
Granada, frontero del Colegio de los Abades.

20.- A una Carmelita Descalza escrupulosa

Por Pentecostés de 1590

Jesús María.

Estos días traiga empleado el interior en deseo de la venida del
Espíritu Santo, y en la Pascua y después de ella continua presencia
suya; y tanto sea el cuidado y estima de esto, que no le haga el
caso otra cosa ni mire en ella, ahora sea de pena, ahora de otras
memorias de molestia; y todos estos días, aunque haya faltas en
casa, pasar por ellas por amor del Espíritu Santo y por lo que se
debe a la paz y quietud del alma en que él se agrada morar.
Si pudiere acabar con sus escrúpulos, no confesarse estos días
entiendo sería mejor para su quietud; mas cuando lo hiciere será de
esta manera: acerca de las advertencias y pensamientos, ahora
sean de juicios, ahora de objetos, o representaciones desordenadas
y otros cualesquier movimientos que acaecen, sin quererlo, ni
admitirlo el alma, y sin querer parar con advertencia de ellos, no los
confiese, ni haga caso ni cuidado de ellos, que mejor es olvidarlos,
aunque más pena den al alma; cuando mucho, podrá decir en
general la omisión o remisión que por ventura haya tenido acerca
de la pureza y perfección que debe tener en las potencias
interiores: memoria, entendimiento y voluntad. Acerca de las
palabras, la demasía y poco recato que hubiese tenido en hablar
con verdad y rectitud, y necesidad y pureza de intención. Acerca del
obrar, la falta que puede haber del recto y solitario fin, sin respeto
alguno, que es solo Dios.

Y confesando de esta manera, puede quedar satisfecha, sin
confesar nada de esotro en particular, aunque más guerra la haga.
Comulgará esta Pascua, demás de los días que suele.

Cuando se le ofreciere algún sinsabor y disgusto, acuérdese de
Cristo crucificado, y calle.

Viva en fe y esperanza, aunque sea a oscuras, que en esas
tinieblas ampara Dios al alma.

Arroje el cuidado suyo en Dios, que él le tiene; ni la olvidará. No
piense que la deja sola, que sería hacerle agravio.

Lea, ore, alégrese en Dios, su bien y salud, El cual se lo dé y
conserve todo hasta el día de la eternidad.

Amén. Amén.

Fray Juan de la Cruz

21.- A la M. María de Jesús, OCD, Priora de Córdoba

Madrid, 20 junio 1590

Jesús sea en su alma, mi hija en Cristo.
La causa de no haber escrito en todo ese tiempo que dice, más es
haber estado tan a trasmano, como es Segovia, que poca voluntad,
porque ésta siempre se es una misma, y espero en Dios lo será. De
sus males me he compadecido.

De lo temporal de esa casa no querría que tuviese tanto cuidado,
porque se irá Dios olvidando de ella y vendrán a tener mucha
necesidad temporal y espiritualmente, porque nuestra solicitud es la
que nos necesita. Arroje, hija, en Dios su cuidado, y él la criará (Sal.
54, 23); que el que da y quiere dar lo más, no puede faltar en lo
menos. Cate que no la falte el deseo de que le falte y ser pobre,
porque en esa misma hora le faltará el espíritu e irá aflojando en las
virtudes. Y, si antes deseaba pobreza, ahora que es prelada la ha
de desear y amar mucho más; porque la casa más la ha de
gobernar y proveer con virtudes y deseos vivos del cielo que con
cuidados y trazas de lo temporal y de tierra; pues nos dice el Señor
que ni de comida ni vestido del día de mañana nos acordemos (Mt.
6, 31-34).

Lo que ha de hacer es procurar traer su alma y las de sus monjas
en toda perfección y religión unidas con Dios, olvidadas de toda
criatura y respecto de ella, hechas todas en Dios y alegres con solo
él, que yo le aseguro todo lo demás; que pensar que ahora ya las
casas la darán algo, estando en un tan buen lugar como ése y
recibiendo tan buenas monjas, téngolo por dificultoso; aunque, si
viere algún portillo por dónde, no dejaré de hacer lo que pudiere.

A la Madre Supriora deseo mucho consuelo. Espero en el Señor se
le dará, animándose ella a llevar su peregrinación y destierro en
amor por él. Ahí la escribo. A las hijas Magdalena, San Gabriel y
María de San Pablo, María de la Visitación, San Francisco y todas,
muchas mis saludes en nuestro Bien. El cual sea siempre en su
espíritu, mi hija. Amén.

De Madrid y junio 20 de 1590.

Fray Juan de la Cruz

Presto me volveré a Segovia, a lo que creo.

22.- A la M. Leonor de san Gabriel, OCD, en Córdoba

Madrid, junio/julio 1590
Jesús sea en su alma, mi hija en Cristo.

Con su carta me compadecí de su pena y pésame la tenga por el
daño que le pueda hacer al espíritu y aun a la salud; pues sepa que
no me parece a mí tiene tanta causa para tenerla como ésa, porque
a nuestro Padre yo no le veo con ningún género de desgracia con
ella, ni aun memoria de tal cosa; y aunque la haya tenido, ya con su
arrepentimiento se le habrá mitigado, y si todavía tuviese algo, yo
tendré cuidado de hablar bien; ninguna pena tenga ni haga caso,
que no hay de qué. Y así, yo entiendo cierto que es tentación
traérselo el demonio a la memoria, para que lo que ha de ocupar en
Dios ocupe en eso.

Tenga ánimo, mi hija, y dése mucho a la oración, olvidando eso y
esotro, que, al fin, no tenemos otro bien ni arraigo ni consuelo sino
éste, que después que lo habemos dejado todo por Dios, es justo
que no anhelemos arrimo ni consuelo en cosa sino de él, y aún es
gran misericordia... nos le tener, porque nos qu... con él y no se le
dé nada qu... del alma, todo se lo bu... suelo; y pensando ella qu...
su Majestad estará sa... como no estemos en desg... por más que
sea no es.. lo haré. De Madrid y ju.

Sobrescrito. A la madre Leonor de San Gabriel, Supriora en las
carmelitas descalzas de Córdoba.

23.- A una dirigida espiritual

Ha visto, hija, qué bueno es no tener dineros que nos hurten y
alboroten, y que los tesoros del alma también estén escondidos y
en paz, que aún no lo sepamos ni alcancemos de vista por nosotros
mismos, porque no hay peor ladrón que el de dentro de casa.

Dios nos libre de nosotros. Dénos lo que él se agradare y nunca
nos lo muestre hasta que él quiera. Y, en fin, el que atesora por
amor, para otro atesora, y es bueno que él se lo guarde y goce,
pues todo es para él; y nosotros, ni verlo de los ojos, ni gozarlo,
porque no desfloremos a Dios el gusto que tiene en la humildad y
desnudez de nuestro corazón y desprecio de las cosas del siglo por
él.
Harto descubierto tesoro es y de gran gozo ver que el alma ande a
darle gusto al descubierto, no haciendo caso de los bobos del
mundo, que no saben guardar nada para después.

Las misas se dirán, y yo iré de buena gana, si no me avisaren. Dios
la guarde.

Fray Juan de la Cruz.

24.- Al P. Luis de san Angelo, OCD, en Andalucía

Segovia, 1589-1590 ?

... Si en algún tiempo alguno le persuadiere, sea prelado u otro
cualquiera, alguna doctrina de anchura, aunque la confirme con
milagros, no la crea ni abrace; sino más penitencia y más
desasimiento de todas las cosas; y no busque a Cristo sin Cruz.

Fray Juan de la Cruz

25.- A la M. Ana de Jesús, OCD, en Segovia

Madrid 6 Julio 1591

Jesús sea en su alma.

El haberme escrito la agradezco mucho, y me obliga a mucho más
de lo que yo me estaba. De no haber sucedido las cosas como ella
deseaba, antes debe consolarse y dar muchas gracias a Dios,
pues, habiendo Su Majestad ordenádolo así, es lo que a todos más
nos conviene; sólo resta aplicar a ello la voluntad, para que, así
como es verdad, nos lo parezca; porque las cosas que no dan
gusto, por buenas y convenientes que sean, parecen malas y
adversas, y ésta vese bien que no lo es, ni para mí ni para ninguno:
pues que para mí es muy próspera, por cuanto con la libertad y
descargo de almas puedo, si quiero, mediante el divino favor, gozar
de la paz, de la soledad y del fruto deleitable del olvido de sí, y de
todas las cosas; y a los demás también les está bien tenerme
aparte, pues así estarán libres de las faltas que habían de hacer a
cuenta de mi miseria.

Lo que la ruego, hija, es que ruegue al Señor que de todas maneras
me lleve esta merced adelante, porque todavía temo si me han de
hacer ir ahí a Segovia y no dejarme tan libre del todo, aunque yo
haré lo que pudiere por librarme también de esto. Mas, si no
pudiere ser, tampoco se habrá librado la Madre Ana de Jesús de
mis manos, como ella piensa, y así no se morirá con esa lástima de
que se le acabó la ocasión, a su parecer, de ser muy santa. Pero,
ahora sea yendo, ahora quedando, doquiera y como quiera que
sea, no la olvidaré ni quitaré de la cuenta que dice, porque de veras
deseo su bien para siempre.

Ahora entre tanto que Dios nos le da en el cielo, entreténgase
ejercitando las virtudes de mortificación y paciencia, deseando
hacerse en el padecer algo semejante a este gran Dios nuestro,
humillado y crucificado; pues que esta vida, si no es para imitarle,
no es buena.

Su Majestad la conserve y aumente en su amor, amén, como santa
amada suya.

De Madrid y julio 6 de 1591.

Fray Juan de la Cruz

Sobrescrito. A la madre Ana de Jesús, Carmelita descalza en
Segovia.

26.- A la M. María de la Encarnación, OCD, en Segovia

Madrid, 6 julio 1591

... De lo que a mí toca, hija, no le dé pena, que ninguna a mí me da.
De lo que la tengo muy grande es de que se eche culpa a quien no
la tiene; porque estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios,
que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. No
piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y adonde no hay
amor, ponga amor, y sacará amor...

27.- A la M. María de la Encarnación, OCD, en Segovia

Segovia, mediados de 1591

Jesús sea en su alma, hija mía en Cristo.
Yo le agradezco que me envía a llamar determinada y claramente,
porque así no tendrán lugar para hacérmelo dilatar mis
perplejidades; y así hacerlo he cierto mañana, aunque no estuviera
tan bueno. Y por eso, no más de que me pesa de las enfermas y
me da contento el buen ánimo de Vuestra Reverencia, a la cual
Nuestro Señor haga morar en sí, porque no le hagan impresión las
boberías que siempre nacen.

Fray Juan de la Cruz.

Sobrescrito. A la Madre Priora.

28.- A doña Ana del Mercado y Peñalosa, en Granada

La Peñuela (Jaén), 19 agosto 1591

Jesús sea en su alma.

Aunque tengo escrito por vía de Baeza del suceso de mi camino,
me he holgado que pasen estos dos criados del señor don
Francisco por escribir estos renglones, que serán más ciertos.

Allí decía cómo me había querido quedar en este desierto de La
Peñuela, seis leguas más acá de Baeza, donde habrá nueve días
que llegué. Y me hallo muy bien, gloria al Señor, y estoy bueno; que
la anchura del desierto ayuda mucho al alma y al cuerpo, aunque el
alma muy pobre anda. Debe querer el Señor que el alma también
tenga su desierto espiritual. Sea muy enhorabuena como él más
fuere servido; que ya sabe Su Majestad lo que somos de nuestro.
No sé lo que me durará, porque el P. Fray Antonio de Jesús, desde
Baeza, me amenaza diciendo que me dejarán por acá poco. Sea lo
que fuere, que, en tanto, bien me hallo sin saber nada, y el ejercicio
del desierto es admirable.

Esta mañana habemos ya venido de coger nuestros garbanzos, y
así, las mañanas. Otro día los trillaremos. Es lindo manosear estas
criaturas mudas, mejor que no ser manoseadas de las vivas. Dios
me lo lleve adelante. Ruégeselo, mi hija. Mas, con darme tanto
contento, no dejaré de ir cuando ella quisiere.

Tenga cuidado del alma, y no ande confesando escrúpulos, ni
primeros movimientos, ni advertencias de cosas cuando el alma no
quiere detenerse en ellas; y mire por la salud corporal, y no falte a
la oración cuando se pudiere tener.

Ya dije en la otra (aunque primero llegará esta), que por la vía de
Baeza me puede escribir, porque hay correo, encaminando las
cartas a los Padres Descalzos de allí; que ya tengo allí avisado me
las envíen.

Al señor don Luis y a mi hija Doña Inés mis recados. Déla Dios su
espíritu, amén, como yo deseo.

De La Peñuela y agosto 19 de 1591.

Fray Juan de la Cruz.

29.- A una dirigida espiritual

La Peñuela, 22 agosto 1591

Dios nos dé recta intención en todas las cosas y no admitir pecado
a sabiendas, que, siendo así, aunque la batería sea grande y de
muchas maneras, segura irá, y todo se volverá en corona.

Dé mis saludes a su hermana, y a Isabel de Soria un gran recaudo
en el Señor, y que me he maravillado cómo no está en Jaén,
habiendo allá monasterio.

El Señor sea en su alma, hija en Cristo.

De la Peñuela y agosto 22 de 91.

Fray Juan de la Cruz.

30.- A la M. Ana de san Alberto, OCD en Caravaca

La Peñuela, agosto-septiembre 1591

... Ya sabe, hija, los trabajos que ahora se padecen. Dios lo permite
para prueba de sus escogidos. En silencio y esperanza será
nuestra fortaleza (Is. 30, 15).

Dios la guarde y haga santa.
Encomiéndeme a Dios.

31.- A doña Ana del Mercado y Peñalosa, en Granada

La Peñuela, 21 septiembre 1591

Jesús sea en su alma, mi hija en Cristo.

Yo recibí aquí en la Peñuela el pliego de cartas que me trajo el
criado. Tengo en mucho el cuidado. Mañana me voy a Ubeda a
curar de unas calenturillas, que, (como ha más de ocho días que
me dan cada día y no se me quitan) paréceme habré menester
ayuda de medicina; pero con intento de volverme luego aquí, que,
cierto, en esta santa soledad me hallo muy bien. Y así de lo que me
dice que me guarde de andar con el Padre Fray Antonio, esté
segura que de eso y de todo lo demás que pidiere cuidado me
guardaré lo que pudiere.

Heme holgado mucho que el señor don Luis sea ya sacerdote del
señor. Ello sea por muchos años, y su Majestad le cumpla los
deseos de su alma. ¡Oh, qué buen estado era ése para dejar ya
cuidados y enriquecer apriesa el alma con él! Déle el parabién de
mi parte, que no me atrevo a pedirle que algún día, cuando esté en
el sacrificio, se acuerde de mí; que yo, como el deudor, lo haré
siempre; porque, aunque yo sea desacordado, por ser él tan
conjunto a su hermana, a quien yo siempre tengo en mi memoria,
no me podré dejar de acordar de él.

A mi hija Doña Inés dé mis muchas saludes en el Señor y
entrambas le ruegen que sea servido de disponerme para llevarme
consigo.

Ahora no me acuerdo más que escribir, y por amor de la calentura
también lo dejo, que bien me quisiera alargar.

De la Peñuela y septiembre de 1591.

Fray Juan de la Cruz

No me escribe nada del pleito, si anda o está.

32.- Al P. Juan de santa Ana, OCD, en Málaga
Ubeda, finales de 1591

... Hijo, no le dé pena eso, porque el hábito no me lo pueden quitar
sino por incorregible o inobediente, y yo estoy muy aparejado para
enmendarme de todo lo que hubiere herrado y para obedecer en
cualquiera penitencia que me dieren.

33.- A una religiosa Carmelita Descalza, en Segovia

Ubeda, finales de 1591

... Ame mucho a los que la contradicen y no la aman, porque en eso
se engendra amor en el pecho donde no le hay; como hace Dios
con nosotros, que nos ama para que le amemos mediante el amor
que nos tiene.

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FIN DEL EPISTOLARIO
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LA NOCHE OSCURA

PRÓLOGO

CANCIONES DEL ALMA

LIBRO PRIMERO
Comienza la declaración de las canciones que tratan del modo y
manera que tiene el alma en el camino de la unión del amor con
Dios, por el padre fray Juan de la Cruz.

CAPÍTULO 1
Pone el primer verso y comienza a tratar de las imperfecciones de
los principiantes.

CAPÍTULO 2
De algunas imperfecciones espirituales que tienen los principiantes
acerca del hábito de la soberbia.

CAPÍTULO 3
De algunas imperfecciones que suelen tener algunos de éstos
acerca del segundo vicio capital, que es la avaricia, espiritualmente
hablando.

CAPÍTULO 4
De otras imperfecciones que suelen tener estos principiantes acerca
del tercer vicio, que es lujuria.

CAPÍTULO 5
De las imperfecciones en que caen los principiantes acerca del vicio
de la ira.

CAPÍTULO 6
De las imperfecciones acerca de la gula espiritual.

CAPÍTULO 7
De las imperfecciones acerca de la envidia y acidia espiritual.

CAPÍTULO 8
En que se declara el primer verso de la primera canción y se
comienza a explicar esta noche oscura.

CAPÍTULO 9
De las señales en que se conocerá que el espiritual va por el
camino de esta noche y purgación sensitiva.

CAPÍTULO 10
Del modo que se han de haber éstos en esta noche oscura.

CAPÍTULO 11
Decláranse los tres versos de la canción.

CAPÍTULO 12
De los provechos que causa en el alma esta noche.

CAPÍTULO 13
De otros provechos que causa en el alma esta noche del sentido.

CAPÍTULO 14
En que se declara el último verso de la primera canción.

LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO 1
Comiénzase a tratar de la noche oscura del espíritu. Dícese a qué
tiempo comienza.

CAPÍTULO 2
Prosigue en otras imperfecciones que tienen estos aprovechados.

CAPÍTULO 3
Anotación para lo que se sigue.

CAPÍTULO 4
Pónese la primera canción y su declaración.

CAPÍTULO 5
Pónese el primer verso y comienza a declarar cómo esta
contemplación oscura no sólo es noche para el alma, sino también
pena y tormento.

CAPÍTULO 6
De otras maneras de pena que el alma padece en esta noche.

CAPÍTULO 7
Prosigue en la misma materia de otras aflicciones y aprietos de la
voluntad.

CAPÍTULO 8
De otras penas que afligen al alma en este estado.

CAPÍTULO 9
Cómo aunque esta noche oscurece al espíritu, es para ilustrarle y
darle luz.

CAPÍTULO 10
Explícase de raíz esta purgación por una comparación.

CAPÍTULO 11
Comiénzase a explicar el segundo verso de la primera canción.
Dice cómo el alma, por fruto de estos rigurosos aprietos, se halla
con vehemente pasión de amor divino.

CAPÍTULO 12
Dice cómo esta horrible noche es purgatorio, y cómo en ella ilumina
la divina Sabiduría a los hombres en el suelo con la misma
iluminación que purga e ilumina a los ángeles en el cielo.

CAPÍTULO 13
De otros sabrosos efectos que obra en el alma esta oscura noche
de contemplación.

CAPÍTULO 14
En que se ponen y explican los tres versos últimos de la primera
canción.

CAPÍTULO 15
Pónese la segunda canción y su declaración.

CAPÍTULO 16
Pónese el primer verso y explícase cómo, yendo el alma a oscuras,
va segura.

CAPÍTULO 17
Pónese el segundo verso y explícase cómo esta oscura
contemplación sea secreta.

CAPÍTULO 18
Declárase como esta sabiduría secreta sea también escala.

CAPÍTULO 19
Comienza a explicar los diez grados de la escala mística de amor
divino según San Bernardo y Santo Tomás. Pónense los cinco
primeros.

CAPÍTULO 20
Pónense los otros cinco grados de amor.

CAPÍTULO 21
Declárase esta palabra "disfrazada", y dícense los colores del
disfraz del alma en esta noche.

CAPÍTULO 22
Explícase el tercer verso de la segunda canción.

CAPÍTULO 23
Declárase el cuarto verso. Dice el admirable escondrijo en que es
puesta el alma en esta noche, y cómo, aunque el demonio tiene
entrada en otros muy altos no en éste.

CAPÍTULO 24
Acábase de explicar la segunda canción.

CAPÍTULO 25
En que brevemente se declara la tercera canción.

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DECLARACIÓN DE LAS CANCIONES DEL MODO QUE TIENE EL
ALMA EN EL CAMINO ESPIRITUAL PARA LLEGAR A LA
PERFECTA UNIÓN DE AMOR CON DIOS, CUAL SE PUEDE EN
ESTA VIDA. DÍCESE TAMBIÉN LAS PROPIEDADES QUE TIENE
EL QUE HA LLEGADO A LA DICHA PERFECCIÓN, SEGUN EN
LAS CANCIONES SE CONTIENE.
Prólogo

En este libro se ponen primero todas las canciones que se han de
declarar. Después se declara cada canción de por sí, poniendo
cada una de ellas antes de su declaración, y luego se va
declarando cada verso de por sí, poniéndole también al principio.

En las dos primeras canciones se declaran los efectos de las dos
purgaciones espirituales de la parte sensitiva del hombre y de la
espiritual. En las otras seis se declaran varios y admirables efectos
de la iluminación espiritual y unión de amor con Dios.

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Canciones del Alma

1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

2. A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

3. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

4. Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

6. En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

8. Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

FIN

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Libro Primero

Comienza la declaración de las canciones que tratan del modo y
manera que tiene el alma en el camino de la unión del amor con
Dios, por el padre fray Juan de la Cruz.

Antes que entremos en la declaración de estas canciones, conviene
saber aquí que el alma las dice estando ya en la perfección, que es
la unión de amor con Dios, habiendo ya pasado por los estrechos
trabajos y aprietos, mediante el ejercicio espiritual del camino
estrecho de la vida eterna que dice nuestro Salvador en el
Evangelio (Mt. 7, 74), por el cual camino ordinariamente pasa para
llegar a esta alta y dichosa unión con Dios. El cual por ser tan
estrecho y por ser tan pocos los que entran por él, como también
dice el mismo Señor (Mt. 7, 14), tiene el alma por gran dicha y
ventura haber pasado por él a la dicha perfección de amor, como
ella lo canta en esta primera canción, llamando noche oscura con
harta propiedad a este camino estrecho, como se declarará
adelante en los versos de la dicha canción.

Dice, pues, el alma, gozosa de haber pasado por este angosto
camino de donde tanto bien se le siguió, en esta manera:

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En que se trata de la noche del sentido.

CANCIÓN 1ª

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

DECLARACIÓN

1. Cuenta el alma en esta primera canción el modo y manera que
tuvo en salir, según la afición, de sí y de todas las cosas, muriendo
por verdadera mortificación a todas ellas y a sí misma, para venir a
vivir vida de amor dulce y sabrosa con Dios. Y dice que este salir de
sí y de todas las cosas fue una noche oscura, que aquí entiende por
la contemplación purgativa, como después se dirá, la cual
pasivamente causa en el alma la dicha negación de sí misma y de
todas las cosas.

2. Y esta salida dice ella aquí que pudo hacer con la fuerza y calor
que para ello le dio el amor de su Esposo en la dicha contemplación
oscura. En lo cual encarece la buena dicha que tuvo en caminar a
Dios por esta noche con tan próspero suceso que ninguno de los
tres enemigos, que son mundo, demonio y carne, que son los que
siempre contrarían este camino, se lo pudiese impedir; por cuanto la
dicha noche de contemplación purificativa hizo adormecer y
amortiguar en la casa de su sensualidad todas las pasiones y
apetitos según sus apetitos y movimientos contrarios. Dice, pues, el
verso:

En una noche oscura.

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CAPÍTULO 1

Pone el primer verso y comienza a tratar de las imperfecciones de
los principiantes.

1. En esta noche oscura comienzan a entrar las almas cuando Dios
las va sacando de estado de principiantes, que es de los que
meditan en el camino espiritual, y las comienza a poner en el de los
aprovechantes, que es ya el de los contemplativos, para que,
pasando por aquí, lleguen al estado de los perfectos, que es el de la
divina unión del alma con Dios. Por tanto, para entender y declarar
mejor qué noche sea ésta por que el alma pasa, y por qué causa la
pone Dios en ella, primero convendrá tocar aquí algunas
propiedades de los principiantes. Lo cual, aunque será con la
brevedad que pudiere, no dejará también de servir a los mismos
principiantes, para que, entendiendo la flaqueza del estado que
llevan, se animen y deseen que los ponga Dios en esta noche,
donde se fortalece y confirma el alma en las virtudes y para los
inestimables deleites del amor de Dios. Y, aunque nos detengamos
un poco, no será más de lo que basta para tratar luego de esta
noche oscura.

2. Es, pues, de saber que el alma, después que determinadamente
se convierte a servir a Dios, ordinariamente la va Dios criando en
espíritu y regalando, al modo que la amorosa madre hace al niño
tierno, al cual al calor de sus pechos le calienta, y con leche
sabrosa y manjar blando y dulce le cría, y en sus brazos le trae y le
regala. Pero, a la medida que va creciendo, le va la madre quitando
el regalo y, escondiendo el tierno amor, pone el amargo acíbar en el
dulce pecho, y, abajándole de los brazos, le hace andar por su pie,
porque, perdiendo las propiedades de niño, se dé a cosas más
grandes y sustanciales. La amorosa madre de la gracia de Dios,
luego que por nuevo calor y hervor de servir a Dios reengendra al
alma, eso mismo hace con ella; porque la hace hallar dulce y
sabrosa la leche espiritual sin algún trabajo suyo en todas las cosas
de Dios, y en los ejercicios espirituales gran gusto, porque le da
Dios aquí su pecho de amor tierno, bien así como a niño tierno (1
Pe. 2, 2-3).

3. Por tanto, su deleite halla pasarse grandes ratos en oración, y
por ventura las noches enteras; sus gustos son las penitencias, sus
contentos los ayunos, y sus consuelos usar de los sacramentos y
comunicar en las cosas divinas; las cuales cosas, aunque con
grande eficacia y porfía asisten a ellas y las usan y tratan con
grande cuidado los espirituales, hablando espiritualmente,
comúnmente se han muy flaca e imperfectamente en ellas. Porque,
como son movidos a estas cosas y ejercicios espirituales por el
consuelo y gusto que allí hallan, y, como también ellos no están
habilitados por ejercicios de fuerte lucha en las virtudes, acerca de
estas sus obras espirituales tienen muchas faltas e imperfecciones;
porque, al fin, cada uno obra conforme al hábito de perfección que
tiene; y, como éstos no han tenido lugar de adquirir los hábitos
fuertes, de necesidad han de obrar como flacos niños, flacamente.

Lo cual para que más claramente se vea, y cuán faltos van estos
principiantes en las virtudes acerca de lo que con el dicho gusto con
facilidad obran, irémoslo notando por los siete vicios capitales,
diciendo algunas de las muchas imperfecciones que en cada uno
de ellos tienen, en que se verá claro cuán de niños es el obrar que
éstos obran; y veráse también cuántos bienes trae consigo la noche
oscura de que luego habemos de tratar, pues de todas estas
imperfecciones limpia al alma y la purifica.

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CAPÍTULO 2

De algunas imperfecciones espirituales que tienen los principiantes
acerca del hábito de la soberbia.

1. Como estos principiantes se sienten tan fervorosos y diligentes
en las cosas espirituales y ejercicios devotos, de esta propiedad
(aunque es verdad que las cosas santas de suyo humillan) por su
imperfección les nace muchas veces cierto ramo de soberbia oculta,
de donde vienen a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí
mismos. Y de aquí también les nace cierta gana algo vana, y a
veces muy vana, de hablar cosas espirituales delante de otros, y
aun a veces de enseñarlas más que de aprenderlas, y condenan en
su corazón a otros cuando no los ven con la manera de devoción
que ellos querrían, y aun a veces lo dicen de palabra, pareciéndose
en esto al fariseo, que se jactaba alabando a Dios sobre las obras
que hacía, y despreciando al publicano (Lc. 18, 11-12).

2. A estos muchas veces los acrecienta el demonio el fervor y gana
de hacer más estas y otras obras porque les vaya creciendo la
soberbia y presunción. Porque sabe muy bien el demonio que todas
estas obras y virtudes que obran, no solamente no les valen nada,
mas antes se les vuelven en vicio. Y a tanto mal suelen llegar
algunos de éstos, que no querrían que pareciese bueno otro sino
ellos; y así, con la obra y palabra, cuando se ofrece, les condenan y
detraen, mirando la motica en el ojo de su hermano, y no
considerando la viga que está en el suyo (Mt.7,37); cuelan el
mosquito ajeno y tráganse su camello (Mt. 23, 24).

3. A veces también, cuando sus maestros espirituales, como son
confesores y prelados, no les aprueban su espíritu y modo de
proceder (porque tienen gana que estimen y alaben sus cosas),
juzgan que no los entienden el espíritu, o que ellos no son
espirituales, pues no aprueban aquello y condescienden con ello. Y
así, luego desean y procuran tratar con otro que cuadre con su
gusto; porque ordinariamente desean tratar su espíritu con aquellos
que entienden que han de alabar y estimar sus cosas, y huyen,
como de la muerte, de aquellos que se los deshacen para ponerlos
en camino seguro, y aun a veces toman ojeriza con ellos.
Presumiendo, suelen proponer mucho y hacen muy poco. Tienen
algunas veces gana de que los otros entiendan su espíritu y su
devoción, y para esto a veces hacen muestras exteriores de
movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos
arrobamientos, en público más que en secreto, a los cuales les
ayuda el demonio, y tienen complacencia en que les entiendan
aquello, y muchas veces codicia.

4. Muchos quieren preceder y privar con los confesores, y de aquí
les nacen mil envidias y desquietudes. Tienen empacho de decir
sus pecados desnudos porque no los tengan sus confesores en
menos, y vanlos coloreando porque no parezcan tan malos, lo cual
más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor
para decir lo malo porque el otro no piense que tienen nada malo,
sino bueno; y así, siempre gustan de decirle lo bueno, y a veces por
términos que parezca antes más de lo que es que menos, con gana
de que le parezca bueno, como quiera que fuera más humildad,
como lo diremos, deshacerlo y tener gana que ni él ni nadie lo
tuviesen en algo.

5. También algunos de éstos tienen en poco sus faltas, y otras
veces se entristecen demasiado de verse caer en ellas, pensando
que ya habían de ser santos, y se enojan contra sí mismos con
impaciencia, lo cual es otra imperfección. Tienen muchas veces
grandes ansias con Dios porque les quite sus imperfecciones y
faltas, más por verse sin la molestia de ellas en paz que por Dios;
no mirando que, si se las quitase, por ventura se harían más
soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a otros y
amigos que los alaben, y a veces lo pretenden; en lo cual son
semejantes a las vírgenes locas, que, teniendo sus lámparas
muertas, buscaban óleo por de fuera (Mt. 25, 8).

6. De estas imperfecciones algunos llegan a tener muchas muy
intensamente, y a mucho mal en ellas; pero algunos tienen menos,
algunos más, y algunos solos primeros movimientos o poco más; y
apenas hay algunos de estos principiantes que al tiempo de estos
fervores no caigan en algo de esto.

Pero los que en este tiempo van en perfección, muy de otra manera
proceden y con muy diferente temple de espíritu; porque se
aprovechan y edifican mucho con la humildad, no sólo teniendo sus
propias cosas en nada, mas con muy poca satisfacción de sí; a
todos los demás tienen por muy mejores, y les suelen tener una
santa envidia, con gana de servir a Dios como ellos; porque, cuanto
más fervor llevan y cuantas más obras hacen y gusto tienen en
ellas, como van en humildad, tanto más conocen lo mucho que Dios
merece y lo poco que es todo cuanto hacen por él; y así, cuanto
más hacen, tanto menos se satisfacen. Que tanto es lo que de
caridad y amor querrían hacer por él, que todo lo que hacen no les
parezca nada; y tanto les solicita, ocupa y embebe este cuidado de
amor, que nunca advierten en si los demás hacen o no hacen; y si
advierten, todo es, como digo, creyendo que todos los demás son
muy mejores que ellos. De donde, teniéndose en poco, tienen gana
también que los demás los tengan en poco y que los deshagan y
desestimen sus cosas. Y tienen más, que, aunque se los quieran
alabar y estimar, en ninguna manera lo pueden creer, y les parece
cosa extraña decir de ellos aquellos bienes.

7. Estos, con mucha tranquilidad y humildad, tienen gran deseo que
les enseñe cualquiera que los pueda aprovechar; harta contraria
cosa de la que tienen los que habemos dicho arriba, que lo querrían
ellos enseñar todo, y aun cuando parece les enseñan algo, ellos
mismos toman la palabra de la boca como que ya se lo saben. Pero
éstos, estando muy lejos de querer ser maestros de nadie, están
muy prontos de caminar y echar por otro camino del que llevan, si
se lo mandaren, porque nunca piensan que aciertan en nada. De
que alaben a los demás se gozan; sólo tienen pena de que no
sirven a Dios como ellos.

No tienen gana de decir sus cosas, porque las tienen en tan poco,
que aun a sus maestros espirituales tienen vergüenza de decirlas,
pareciéndoles que no son cosas que merezcan hacer lenguaje de
ellas. Más gana tienen de decir sus faltas y pecados, o que los
entiendan, que no sus virtudes; y así se inclinan más a tratar su
alma con quien en menos tienen sus cosas y su espíritu, lo cual es
propiedad de espíritu sencillo, puro y verdadero, y muy agradable a
Dios. Porque, como mora en estas humildes almas el espíritu sabio
de Dios, luego las mueve e inclina a guardar adentro sus tesoros en
secreto y echar afuera sus males. Porque da Dios a los humildes,
junto con las demás virtudes, esta gracia, así como a los soberbios
la niega (Sab. 4, 6).

8. Darán éstos la sangre de su corazón a quien sirve a Dios, y
ayudarán, cuanto esto es en sí, a que le sirvan. En las
imperfecciones que se ven caer, con humildad se sufren, y con
blandura de espíritu y temor amoroso de Dios, esperando en él.

Pero almas que al principio caminen con esta manera de
perfección, entiendo son, como queda dicho, las menos y muy
pocas; que ya nos contentaríamos que no cayesen en las cosas
contrarias. Que, por eso, como después diremos, pone Dios en la
noche oscura a los que quiere purificar de todas estas
imperfecciones para llevarlos adelante.

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CAPÍTULO 3

De algunas imperfecciones que suelen tener algunos de éstos
acerca del segundo vicio capital, que es la avaricia, espiritualmente
hablando.

1. Tienen muchos de estos principiantes también a veces mucha
avaricia espiritual, porque apenas les verán contentos en el espíritu
que Dios les da; andan muy desconsolados y quejosos porque no
hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Muchos
no se acaban de hartar de oír consejos y aprender preceptos
espirituales y tener y leer muchos libros que traten de eso, y váseles
más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y perfección de
la pobreza interior de espíritu que deben. Porque, a más de esto, se
cargan de imágenes y rosarios bien curiosos; ahora dejan unos, ya
toman otros; ahora truecan, ahora destruecan; ya los quieren de
esta manera, ya de esotra, aficionándose más a esta cruz que a
aquélla, por ser más curiosa. Y veréis a otros arreados de
"agnusdeis" y reliquias y nóminas, como los niños de dijes.

En lo cual yo condeno la propiedad de corazón y el asimiento que
tienen al modo, multitud y curiosidad de cosas, por cuanto es muy
contra la pobreza de espíritu, que sólo mira en la sustancia de la
devoción, aprovechándose sólo de aquello que basta para ella, y
cansándose de esotra multiplicidad y de la curiosidad de ella; pues
que la verdadera devoción ha de salir del corazón, sólo en la verdad
y sustancia de lo que representan las cosas espirituales, y todo lo
demás es asimiento y propiedad de imperfección, que, para pasar a
alguna manera de perfección, es necesario que se acabe el tal
apetito.

2. Yo conocí una persona que más de diez años se aprovechó de
una cruz hecha toscamente de un ramo bendito, clavada con un
alfiler retorcida alrededor, y nunca la había dejado, trayéndola
consigo hasta que yo se la tomé; y no era persona de poca razón y
entendimiento. Y vi otra que rezaba por cuentas que eran de
huesos de las espinas del pescado, cuya devoción es cierto que por
eso no era de menos quilates delante de Dios; pues se ve claro que
éstos no la tenían en la hechura y valor.

Los que van, pues, bien encaminados desde estos principios, no se
asen a los instrumentos visibles, ni se cargan de ellos, ni se les da
nada de saber más de lo que conviene saber para obrar; porque
sólo ponen los ojos en ponerse bien con Dios y agradarle, y en esto
es su codicia. Y así con gran largueza dan cuanto tienen, y su gusto
es saberse quedar sin ello por Dios y por la caridad del prójimo, no
me da más que sean cosas espirituales que temporales; porque,
como digo, sólo ponen los ojos en las veras de la perfección
interior: dar a Dios gusto, y no a sí mismo en nada.

3. Pero de estas imperfecciones tampoco, como de las demás, no
se puede el alma purificar cumplidamente hasta que Dios le ponga
en la pasiva purgación de aquella oscura noche que luego diremos.
Mas conviene al alma, en cuanto pudiere, procurar de su parte
hacer por perfeccionarse, porque merezca que Dios le ponga en
aquella divina cura, donde sana el alma de todo lo que ella no
alcanzaba a remediarse; porque, por más que el alma se ayude, no
puede ella activamente purificarse de manera que esté dispuesta en
la menor parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios
no toma la mano y la purga en aquel fuego oscuro para ella, cómo y
de la manera que habemos de decir.

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CAPÍTULO 4

De otras imperfecciones que suelen tener estos principiantes acerca
del tercer vicio, que es lujuria.

1. Otras muchas imperfecciones más de las que acerca de cada
vicio voy diciendo tienen muchos de estos principiantes, que por
evitar prolijidad dejo, tocando algunas de las más principales, que
son como origen y causa de las otras.

Y así, acerca de este vicio de lujuria (dejado aparte lo que es caer
en este pecado en los espirituales, pues mi intento es tratar de las
imperfecciones que se han de purgar por la noche oscura) tienen
muchas imperfecciones muchos, que se podrían llamar lujuria
espiritual, no porque así lo sea, sino porque procede de cosas
espirituales. Porque muchas veces acaece que en los mismos
ejercicios espirituales, sin ser en manos de ellos, se levantan y
acaecen en la sensualidad movimientos y actos torpes, y a veces
aun cuando el espíritu está en mucha oración, o ejercitando los
Sacramentos de la Penitencia o Eucaristía. Los cuales, sin ser,
como digo, en su mano, proceden de una de tres causas:

2. La primera, proceden muchas veces del gusto que tiene el
natural en las cosas espirituales; porque, como gusta el espíritu y
sentido, con aquella recreación se mueve cada parte del hombre a
deleitarse según su porción y propiedad; porque entonces el
espíritu se mueve a recreación y gusto de Dios, que es la parte
superior; y la sensualidad, que es la porción inferior, se mueve a
gusto y deleite sensual, porque no sabe ella tener y tomar otro, y
toma entonces el más conjunto a sí, que es el sensual torpe. Y así,
acaece que el alma está en mucha oración con Dios según el
espíritu, y, por otra parte, según el sentido siente rebeliones y
movimientos y actos sensuales pasivamente, no sin harta desgana
suya; lo cual muchas veces acaece en la Comunión, que, como en
este acto de amor recibe el alma alegría y regalo, porque se le hace
este Señor, pues para eso se da, la sensualidad toma también el
suyo, como habemos dicho, a su modo. Que, como, en fin, estas
dos partes son un supuesto, ordinariamente participan entrambas
de lo que una recibe, cada una a su modo; porque, como dice el
Filósofo, cualquiera cosa que se recibe, está en el recipiente al
modo del mismo recipiente. Y así en estos principios, y aun cuando
ya el alma está aprovechada, como está la sensualidad imperfecta,
recibe el espíritu de Dios con la misma imperfección muchas veces.
Que, cuando esta parte sensitiva está reformada por la purgación
de la noche oscura que diremos, ya no tiene ella estas flaquezas;
porque no es ella la que recibe ya, mas antes está recibida ella en
el espíritu; y así lo tiene todo entonces al modo del espíritu.

3. La segunda causa, de donde a veces proceden estas rebeliones,
es el demonio, que, por desquietar y turbar el alma al tiempo que
está en oración o la procura tener, procura levantar en el natural
estos movimientos torpes, con que, si al alma se le da algo de ellos,
le hace harto daño. Porque no sólo por el temor de esto aflojan en
la oración, que es lo que él pretende, por ponerse a luchar con
ellos, mas algunos dejan la oración del todo, pareciéndoles que en
aquel ejercicio les acaecen más aquellas cosas que fuera de él,
como es la verdad, porque se las pone el demonio más en aquella
que en otra cosa, por que dejen el ejercicio espiritual. Y no sólo eso,
sino que llega a representarles muy al vivo cosas muy feas y torpes,
y a veces muy conjuntamente acerca de cualesquier cosas
espirituales y personas que aprovechan sus almas, para aterrarlas y
acobardarlas; de manera, que los que de ello hacen caso, aun no
se atreven a mirar nada ni poner la consideración en nada, porque
luego tropiezan en aquello.

Y esto en los que son tocados de melancolía acaece con tanta
eficacia y frecuencia, que es de haberlos lástima grande, porque
padecen vida triste, porque llega a tanto en algunas personas este
trabajo cuando tienen este mal humor, que les parece claro que
sienten tener consigo acceso el demonio, sin ser libres para poderlo
evitar, aunque algunas personas de éstas puedan evitar el tal
acceso con gran fuerza y trabajo. Cuando estas cosas torpes
acaecen a los tales por medio de la melancolía, ordinariamente no
se libran de ellas hasta que sanan de aquella calidad de humor, si
no es que entrase en la noche oscura el alma, que la priva
sucesivamente de todo.

4. El tercer origen, de donde suelen proceder y hacer guerra estos
movimientos torpes, suele ser el temor que ya tienen cobrado estos
tales a estos movimientos y representaciones torpes; porque el
temor que les da la súbita memoria en lo que ven o tratan o
piensan, les hace padecer estos actos sin culpa suya.

5. Hay también algunas almas, de naturales tan tiernos y
deleznables, que, en viniéndoles cualquier gusto de espíritu o de
oración, luego es con ellos el espíritu de la lujuria, que de tal
manera les embriaga y regala la sensualidad, que se hallan como
engolfados en aquel jugo y gusto de este vicio; y dura lo uno con lo
otro pasivamente; y algunas veces echan de ver haber sucedido
algunos torpes y rebeldes actos. La causa es que, como estos
naturales sean, como digo, deleznables y tiernos, con cualquier
alteración se les remueven los humores y la sangre, y suceden de
aquí estos movimientos; porque a éstos lo mismo les acaece
cuando se encienden en ira o tienen algún alboroto o pena.

6. Algunas veces también en estos espirituales, así en hablar como
en obrar cosas espirituales, se levanta cierto brío y gallardía con
memoria de las personas que tienen delante, y tratan con alguna
manera de vano gusto; lo cual nace también de lujuria espiritual, al
modo que aquí la entendemos; lo cual ordinariamente viene con
complacencia en la voluntad.

7. Cobran algunos de éstos aficiones con algunas personas por vía
espiritual, que muchas veces nacen de lujuria, y no de espíritu; lo
cual se conoce ser así cuando, con la memoria de aquella afición,
no crece más la memoria y amor de Dios, sino remordimiento en la
conciencia. Porque, cuando la afición es puramente espiritual,
creciendo ella, crece la de Dios, y cuanto más se acuerda de ella,
tanto más se acuerda de Dios y le da gana de Dios, y creciendo en
lo uno crece en lo otro; porque eso tiene el espíritu de Dios, que lo
bueno aumenta con lo bueno, por cuanto hay semejanza y
conformidad. Pero cuando el tal amor nace del dicho vicio sensual,
tiene los efectos contrarios; porque cuanto más crece lo uno, tanto
más decrece lo otro y la memoria juntamente; porque, si crece
aquel amor, luego verá que se va resfriando en el de Dios y
olvidándose de él con aquella memoria y algún remordimiento en la
conciencia; y, por el contrario, si crece el amor de Dios en el alma,
se va resfriando en el otro y olvidándole, porque, como son
contrarios amores, no sólo no ayuda el uno al otro, mas antes el
que predomina apaga y confunde el otro y se fortalece en sí mismo,
como dicen los filósofos. Por lo cual dijo nuestro Salvador en el
Evangelio (Jn. 3, 6) que lo que nace de carne, es carne, y lo que
nace de espíritu, es espíritu, esto es: el amor que nace de
sensualidad, para en sensualidad, y el que de espíritu, para en
espíritu de Dios y hácele crecer. Y ésta es la diferencia que hay
entre los dos amores para conocerlos.

8. Cuando el alma entrare en la noche oscura, todos estos amores
pone en razón; porque al uno fortalece y purifica, que es el que es
según Dios, y al otro quita y acaba; y, al principio a entrambos los
hace perder de vista, como después se dirá.

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CAPÍTULO 5

De las imperfecciones en que caen los principiantes acerca del vicio
de la ira.

1. Por causa de la concupiscencia que tienen muchos principiantes
en los gustos espirituales, les poseen muy de ordinario muchas
imperfecciones del vicio de la ira; porque, cuando se les acaba el
sabor y gusto en las cosas espirituales, naturalmente se hallan
desabridos y, con aquel sinsabor que traen consigo, traen mala
gracia en las cosas que tratan, y se aíran muy fácilmente por
cualquier cosilla, y aun a veces no hay quien los sufra. Lo cual
muchas veces acaece después que han tenido algún muy gustoso
recogimiento sensible en la oración, que, como se les acaba aquel
gusto y sabor, naturalmente queda el natural desabrido y
desganado; bien así como el niño cuando le apartan del pecho de
que estaba gustando a su sabor. En el cual natural, cuando no se
dejan llevar de la desgana, no hay culpa, sino imperfección que se
ha de purgar por la sequedad y aprieto de la noche oscura.

2. También hay otros de estos espirituales que caen en otra manera
de ira espiritual, y es que se aíran contra los vicios ajenos con cierto
celo desasosegado, notando a otros; y a veces les dan ímpetus de
reprenderles enojosamente, y aun hacen algunas veces,
haciéndose ellos dueños de la virtud. Todo lo cual es contra la
mansedumbre espiritual.

3. Hay otros que, cuando se ven imperfectos, con impaciencia no
humilde se aíran contra sí mismos; acerca de lo cual tienen tanta
impaciencia, que querrían ser santos en un día. De éstos hay
muchos que proponen mucho y hacen grandes propósitos, y como
no son humildes ni desconfían de sí, cuantos más propósitos
hacen, tanto más caen y tanto más se enojan, no teniendo
paciencia para esperar a que se lo dé Dios cuando él fuere servido:
que también es contra la dicha mansedumbre espiritual; que del
todo no se puede remediar sino por la purgación de la noche
oscura. Aunque algunos tienen tanta paciencia en esto del querer
aprovechar, que no querría Dios ver en ellos tanta.

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CAPÍTULO 6

De las imperfecciones acerca de la gula espiritual.

1. Acerca del cuarto vicio, que es gula espiritual, hay mucho que
decir, porque apenas hay uno de estos principiantes que, por bien
que proceda, no caiga en algo de las muchas imperfecciones que
acerca de este vicio les nacen a estos principiantes por medio del
sabor que hallan a los principios en los ejercicios espirituales.

Porque muchos de éstos, engolosinados con el sabor y gusto que
hallan en los tales ejercicios, procuran más el sabor del espíritu que
la pureza y discreción de él, que es lo que Dios mira y acepta en
todo el camino espiritual. Por lo cual, demás de las imperfecciones
que tienen en pretender estos sabores, la golosina que ya tienen les
hace salir mucho del pie a la mano, pasando de los límites del
medio en que consisten y se granjean las virtudes. Porque, atraídos
del gusto que allí hallan, algunos se matan a penitencias, y otros se
debilitan con ayunos, haciendo más de lo que su flaqueza sufre, sin
orden y consejo; antes procuran hurtar el cuerpo a quien deben
obedecer en lo tal; y aun algunos se atreven a hacerlo aunque les
han mandado lo contrario.

2. Estos son imperfectísimos, gente sin razón, que posponen la
sujeción y obediencia, que es penitencia de razón y discreción, y
por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los
demás, a la penitencia corporal, que, dejada estotra parte, no es
más que penitencia de bestias, a que también como bestias se
mueven por el apetito y gusto que allí hallan. En lo cual, por cuanto
todos los extremos son viciosos, y en esta manera de proceder
éstos hacen su voluntad, antes van creciendo en vicios que en
virtudes; porque, por lo menos, ya en esta manera adquieren gula
espiritual y soberbia, pues no va en obediencia (lo que hacen).

Y tanto empuja el demonio a muchos de éstos, atizándoles esta
gula por gustos y apetitos que les acrecienta, que ya que más no
pueden, o mudan o añaden o varían lo que les mandan, porque les
es aceda toda obediencia acerca de esto. En lo cual algunos llegan
a tanto mal, que, por el mismo caso que van por obediencia los
tales ejercicios, se les quita la gana y devoción de hacerlos, porque
sola su gana y gusto es hacer lo que les mueve; todo lo cual por
ventura les valiera más no hacerlo.

3. Veréis a muchos de éstos muy porfiados con sus maestros
espirituales porque les concedan lo que quieren, y allá medio por
fuerza lo sacan; y si no, se entristecen como niños y andan de mala
gana, y les parece que no sirven a Dios cuando no los dejan hacer
lo que querrían. Porque, como andan arrimados al gusto y voluntad
propia, y esto tienen por su Dios, luego que se lo quitan y les
quieren poner en voluntad de Dios, se entristecen y aflojan y faltan.
Piensan éstos que el gustar ellos y estar satisfechos, es servir a
Dios y satisfacerle.

4. Hay también otros que por esta golosina tienen tan poco
conocida su bajeza y propia miseria y tan echado aparte el amoroso
temor y respeto que deben a la grandeza de Dios, (que) no dudan
de porfiar mucho con sus confesores sobre que les dejen comulgar
muchas veces. Y lo peor es que muchas veces se atreven a
comulgar sin licencia y parecer del ministro y despensero de Cristo,
sólo por su parecer, y le procuran encubrir la verdad. Y a esta
causa, con ojo de ir comulgando, hacen como quiera las
confesiones, teniendo más codicia en comer que en comer limpia y
perfectamente; como quiera que fuera más sano y santo tener la
inclinación contraria, rogando a sus confesores que no les manden
llegar tan a menudo; aunque entre lo uno y lo otro mejor es la
resignación humilde, pero los demás atrevimientos cosa es para
grande mal y castigo de ellos sobre tal temeridad.

5. Estos, en comulgando, todo se les va en procurar algún
sentimiento y gusto más que en reverenciar y alabar en sí con
humildad a Dios: y de tal manera se apropian a esto, que, cuando
no han sacado algún gusto o sentimiento sensible, piensan que no
han hecho nada, lo cual es juzgar muy bajamente de Dios, no
entendiendo que el menor de los provechos que hace este
Santísimo Sacramento es el que toca al sentido, porque mayor es el
invisible de la gracia que da; que, porque pongan en él los ojos de
la fe, quita Dios muchas veces esotros gustos y sabores sensibles.
Y así, quieren sentir a Dios y gustarle como si fuese comprensible y
accesible, no sólo en éste, sino también en los demás ejercicios
espirituales, todo lo cual es muy grande imperfección y muy contra
la condición de Dios, porque es impureza en la fe.

6. Lo mismo tienen éstos en la oración que ejercitan, que piensan
que todo el negocio de ella está en hallar gusto y devoción sensible,
y procuran sacarle, como dicen, a fuerza de brazos, cansando y
fatigando las potencias y la cabeza; y, cuando no han hallado el tal
gusto, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada.
Y por esta pretensión pierden la verdadera devoción y espíritu, que
consiste en perseverar allí con paciencia y humildad, desconfiando
de sí, sólo por agradar a Dios. A esta causa, cuando no han hallado
una vez sabor en este u otro ejercicio, tienen mucha desgana y
repugnancia de volver a él, y a veces lo dejan; que, en fin, son,
como habemos dicho, semejantes a los niños, que no se mueven ni
obran por razón, sino por el gusto.

Todo se les va a éstos en buscar gusto y consuelo de espíritu, y por
esto nunca se hartan de leer libros, y ahora toman una meditación,
ahora otra, andando a caza de este gusto con las cosas de Dios; a
los cuales les niega Dios muy justa, discreta y amorosamente,
porque, si esto no fuese, crecerían por esta gula y golosina
espiritual en males sin cuento. Por lo cual conviene mucho a éstos
entrar en la noche oscura que habemos de dar, para que se
purguen de estas niñerías.

7. Estos que así están inclinados a estos gustos, también tienen
otra imperfección muy grande, y es que son muy flojos y remisos en
ir por el camino áspero de la cruz; porque el alma que se da al
sabor, naturalmente le da en rostro todo sinsabor de negación
propia.

8. Tienen éstos otras muchas imperfecciones que de aquí les
nacen, las cuales el Señor a tiempos les cura con tentaciones,
sequedades y otros trabajos, que todo es parte de la noche oscura.
De las cuales, por no me alargar, no quiero tratar aquí más, sino
sólo decir que la sobriedad y templanza espiritual lleva otro temple
muy diferente de mortificación, temor y sujeción en todas sus cosas,
echando de ver que no está la perfección y valor de las cosas en la
multitud y gusto de las obras, sino en saberse negar a sí mismo en
ellas; lo cual ellos han de procurar hacer cuanto pudieren de su
parte, hasta que Dios quiera purificarlos de hecho entrándolos en la
noche oscura, a la cual por llegar me voy dando priesa con estas
imperfecciones.

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CAPÍTULO 7

De las imperfecciones acerca de la envidia y acidia espiritual.

1. Acerca también de los otros dos vicios, que son envidia y acidia
espiritual, no dejan estos principiantes de tener hartas
imperfecciones. Porque acerca de la envidia muchos de éstos
suelen tener movimientos de pesarles del bien espiritual de los
otros, dándoles alguna pena sensible que les lleven ventaja en este
camino, y no querrían verlos alabar; porque se entristecen de las
virtudes ajenas, y a veces no lo pueden sufrir sin decir ellos lo
contrario, deshaciendo aquellas alabanzas como pueden, y les
crece, como dicen, el ojo no hacerse con ellos otro tanto, porque
querrían ellos ser preferidos en todo. Todo lo cual es muy contrario
a la caridad, la cual, como dice san Pablo (1 Cor. 13, 6), se goza de
la verdad; y, si alguna envidia tiene, es envidia santa, pesándole de
no tener las virtudes del otro, con gozo de que el otro las tenga, y
holgándose de que todos le lleven la ventaja porque sirvan a Dios,
ya que él está tan falto en ello.

2. También, acerca de la acidia espiritual, suelen tener tedio en las
cosas que son más espirituales y huyen de ellas, como son
aquellas que contradicen al gusto sensible; porque, como ellos
están tan saboreados en las cosas espirituales, en no hallando
sabor en ellas las fastidian. Porque, si una vez no hallaron en la
oración la satisfacción que pedía su gusto (porque en fin conviene
que se le quite Dios para probarlos), no querrían volver a ella, o a
veces la dejan o van de mala gana. Y así, por esta acidia, posponen
el camino de perfección, que es el de la negación de su voluntad y
gusto por Dios, al gusto y sabor de su voluntad, a la cual en esta
manera andan ellos por satisfacer más que a la de Dios.

3. Y muchos de éstos querrían que quisiese Dios lo que ellos
quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con
repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. De donde les
nace que, muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y
gusto, piensen que no es voluntad de Dios; y que, por el contrario,
cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface, midiendo a
Dios consigo, y no a si mismos con Dios, siendo muy al contrario lo
que él mismo enseñó en el Evangelio (Mt. 16, 25), diciendo que el
que perdiese su voluntad por él, ese la ganaría, el que la quisiese
ganar, ése la perdería.

4. Estos también tienen tedio cuando les mandan lo que no tiene
gusto para ellos. Estos, porque se andan al regalo y sabor del
espíritu, son muy flojos para la fortaleza y trabajo de perfección,
hechos semejantes a los que se crían en regalo, que huyen con
tristeza de toda cosa áspera, y oféndense de la cruz, en que están
los deleites del espíritu; y en las cosas más espirituales más tedio
tienen, porque, como ellos pretenden andar en las cosas
espirituales a sus anchuras y gusto de su voluntad, háceles gran
tristeza y repugnancia entrar por el camino estrecho, que dice Cristo
(Mt. 7, 14), de la vida.

5. Estas imperfecciones baste aquí haber referido de las muchas en
que viven los de este primer estado de principiantes, para que se
vea cuánta sea la necesidad que tienen de que Dios los ponga en
estado de aprovechados, que se hace entrándolos en la noche
oscura que ahora decimos, donde, destetándolos Dios de los
pechos de estos gustos y sabores en puras sequedades y tinieblas
interiores, les quita todas estas impertinencias y niñerías, y hace
ganar las virtudes por medios muy diferentes. Porque, por más que
el principiante en mortificar en sí se ejercite todas sus acciones y
pasiones, nunca del todo, ni con mucho, puede hasta que Dios lo
hace pasivamente por medio de la purgación de la dicha noche. En
la cual para hablar algo que sea en su provecho, sea Dios servido
darme su divina luz, porque es bien menester en noche tan oscura
y materia tan dificultosa para ser hablada y recitada. Es, pues, el
verso:

En una noche oscura.

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CAPÍTULO 8

En que se declara el primer verso de la primera canción y se
comienza a explicar esta noche oscura.

1. Esta noche, que decimos ser la contemplación, dos maneras de
tinieblas causa en los espirituales o purgaciones, según las dos
partes del hombre, conviene a saber, sensitiva y espiritual.

Y así, la una noche o purgación será sensitiva, con que se purga el
alma según el sentido, acomodándolo al espíritu; y la otra es noche
o purgación espiritual, con que se purga y desnuda el alma según el
espíritu, acomodándole y disponiéndole para la unión de amor con
Dios. La sensitiva es común y que acaece a muchos, y éstos son
los principiantes, de la cual trataremos primero; la espiritual es de
muy pocos, y éstos ya de los ejercitados y aprovechados, de que
trataremos después.

2. La primera purgación o noche es amarga y terrible para el
sentido, como ahora diremos. La segunda no tiene comparación,
porque es horrenda y espantable para el espíritu, como luego
diremos. Y porque en orden es primero y acaece primero la
sensitiva, de ella con brevedad diremos alguna cosa primero,
porque de ella, como cosa más común, se hallan más cosas
escritas, por pasar a tratar más de propósito de la noche espiritual,
por haber de ella muy poco lenguaje, así de plática como de
escritura, y aun de experiencia muy poco.

3. Pues, como el estilo que llevan los principiantes en el camino de
Dios es bajo y que frisa mucho con su propio amor y gusto, como
arriba queda dado a entender, queriendo Dios llevarlos adelante, y
sacarlos de este bajo modo de amor a más alto grado de amor de
Dios y librarlos de bajo ejercicio del sentido y discurso, con que tan
tasadamente y con tantos inconvenientes, como habemos dicho,
andan buscando a Dios, y ponerlos en el ejercicio de espíritu, en
que más abundantemente y más libres de imperfecciones pueden
comunicarse con Dios; ya que se han ejercitado algún tiempo en el
camino de la virtud, perseverando en meditación y oración, en que
con el sabor y gusto que allí han hallado se han desaficionado de
las cosas del mundo y cobrado algunas espirituales fuerzas en
Dios, con que tienen algo refrenados los apetitos de las criaturas,
con que podrán sufrir por Dios un poco de carga y sequedad sin
volver atrás, al mejor tiempo, cuando más a sabor y gusto andan en
estos ejercicios espirituales, y cuando más claro a su parecer les
luce el sol de los divinos favores, oscuréceles Dios toda esta luz y
ciérrales la puerta y manantial de la dulce agua espiritual que
andaban gustando en Dios todas las veces y todo el tiempo que
ellos querían; porque, como eran flacos y tiernos, no había puerta
cerrada para éstos, como dice san Juan en el Apocalipsis (3, 8). Y
así, los deja tan a oscuras que no saben dónde ir con el sentido de
la imaginación y el discurso, porque no pueden dar un paso en
meditar como antes solían, anegado ya el sentido interior en estas
noches, y déjalos tan a secas que no solo no hallan jugo y gusto en
las cosas espirituales y buenos ejercicios en que solían ellos hallar
sus deleites y gustos, mas, en lugar de esto, hallan por el contrario
sinsabor y amargura en las dichas cosas; porque, como he dicho,
sintiéndolos ya Dios aquí algo crecidillos, para que se fortalezcan y
salgan de mantillas los desarrima del dulce pecho y, abajándolos de
sus brazos, los veza a andar por sus pies; en lo cual sienten ellos
gran novedad porque se les ha vuelto todo al revés.

4. Esto a la gente recogida comúnmente acaece más en breve,
después que comienzan, que a los demás, por cuanto están más
libres de ocasiones para volver atrás y reformar más presto los
apetitos de las cosas del siglo, que es lo que se requiere para
comenzar a entrar en esta dichosa noche del sentido.
Ordinariamente no pasa mucho tiempo, después que comienzan,
en entrar en esta noche del sentido; y todos los más entran en ella,
porque comúnmente les verán caer en estas sequedades.

5. De esta manera de purgación sensitiva, por ser tan común,
podríamos traer aquí grande número de autoridades de la Escritura
divina, donde a cada paso, particularmente en los Salmos y en los
Profetas, se hallan muchas. Por tanto, no quiero en esto gastar
tiempo, porque el que allí no las supiere mirar, bastarle ha la común
experiencia que de ella se tiene.

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CAPÍTULO 9

De las señales en que se conocerá que el espiritual va por el
camino de esta noche y purgación sensitiva.

1. Pero, porque estas sequedades podrían proceder muchas veces
no de la dicha noche y purgación del apetito sensitivo, sino de
pecados e imperfecciones o de flojedad y tibieza, o de algún mal
humor o indisposición corporal, pondré aquí algunas señales en que
se conoce si es la tal dicha purgación, o si nace de alguno de los
dichos vicios. Para lo cual hallo que hay tres señales principales.

2. La primera es si, así como no halla gusto ni consuelo en las
cosas de Dios, tampoco le halla en alguna de las cosas criadas;
porque, como pone Dios al alma en esta oscura noche a fin de
enjugarle y purgarle el apetito sensitivo, en ninguna cosa le deja
engolosinar ni hallar sabor. Y en esto se conoce muy
probablemente que esta sequedad y sinsabor no proviene ni de
pecados ni de imperfecciones nuevamente cometidas; porque, si
esto fuese, sentirse hía en el natural alguna inclinación o gana de
gustar de otra alguna cosa que de las de Dios; porque, cuando
quiera que se relaja el apetito en alguna imperfección, luego se
siente quedar inclinado a ella, poco o mucho, según el gusto y
afición que allí aplicó.

Pero, porque este no gustar ni de cosa de arriba ni de abajo podría
provenir de alguna indisposición o humor melancólico, el cual
muchas veces no deja hallar gusto en nada, es menester la
segunda señal y condición.
3. La segunda señal para que se crea ser la dicha purgación es que
ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado
penoso, pensando que no sirve a Dios, sino que vuelve atrás, como
se ve en aquel sinsabor en las cosas de Dios. Y en esto se ve que
no sale de flojedad y tibieza este sinsabor y sequedad; porque de
razón de la tibieza es no se le dar mucho ni tener solicitud interior
por las cosas de Dios.

De donde entre la sequedad y tibieza hay mucha diferencia; porque
la que es tibieza tiene mucha flojedad y remisión en la voluntad y en
el ánimo, sin solicitud de servir a Dios; la que sólo es sequedad
purgativa tiene consigo ordinaria solicitud con cuidado y pena, como
digo, de que no sirve a Dios. Y ésta, aunque algunas veces sea
ayudada de la melancolía u otro humor, como muchas veces lo es,
no por eso deja de hacer su efecto purgativo del apetito, pues de
todo gusto está privado, y sólo su cuidado trae en Dios; porque,
cuando es puro humor, sólo se va en disgusto y estrago del natural,
sin estos deseos de servir a Dios que tiene la sequedad purgativa,
con la cual aunque la parte sensitiva está muy caída y floja y flaca
para obrar por el poco gusto que halla, el espíritu, empero, está
pronto y fuerte.

4. Porque la causa de esta sequedad es porque muda Dios los
bienes y fuerza del sentido al espíritu, de los cuales, por no ser
capaz el sentido y fuerza natural, se queda ayuno, seco y vacío.
Porque la parte sensitiva no tiene habilidad para lo que es puro
espíritu, y así, gustando el espíritu se desabre la carne y se afloja
para obrar; mas el espíritu que va recibiendo el manjar, anda fuerte
y más alerto y solícito que antes en el cuidado de no faltar a Dios, el
cual, si no siente luego al principio el sabor y deleite espiritual, sino
la sequedad y sinsabor, es por la novedad del trueque; porque,
habiendo tenido el paladar hecho a esotros gustos sensibles (y
todavía tiene los ojos puestos en ellos), y porque también el paladar
espiritual no está acomodado ni purgado para tan sutil gusto, hasta
que sucesivamente se vaya disponiendo por medio de esta seca y
oscura noche no puede sentir el gusto y bien espiritual, sino la
sequedad y sinsabor, a falta del gusto que antes con tanta facilidad
gustaba.

5. Porque éstos que comienza Dios a llevar por estas soledades del
desierto son semejantes a los hijos de Israel, que luego que en el
desierto les comenzó Dios a dar el manjar del cielo, que de suyo
tenía todos los sabores, y, como allí dice (Sab. 16, 20-21), se
convertía al sabor que cada uno quería, con todo, sentían más la
falta de los gustos y sabores de las carnes y cebollas que comían
antes en Egipto, por haber tenido el paladar hecho y engolosinado
en ellas, que la dulzura delicada del maná angélico, y lloraban y
gemían por las carnes entre los manjares del cielo (Núm. 11, 4-6).
Que a tanto llega la bajeza de nuestro apetito, que nos hace llorar
nuestras miserias y fastidiar el bien incomunicable del cielo.

6. Pero, como digo, cuando estas sequedades provienen de la vida
purgativa del apetito sensible, aunque el espíritu no siente al
principio el sabor por las causas que acabamos de decir, siente la
fortaleza y brío para obrar en la sustancia que le da el manjar
interior, el cual manjar es principio de oscura y seca contemplación
para el sentido; la cual contemplación, que es oculta y secreta para
el mismo que la tiene, ordinariamente, junto con la sequedad y
vacío que hace al sentido, da al alma inclinación y gana de estarse
a solas y en quietud, sin poder pensar en cosa particular ni tener
gana de pensarla.

Y entonces, si a los que esto acaece se supiesen quietar,
descuidando de cualquier obra interior y exterior, sin solicitud de
hacer allí nada, luego en aquel descuido y ocio sentirán
delicadamente aquella refección interior; la cual es tan delicada
que, ordinariamente, si tiene gana o cuidado en sentirla, no la
siente; porque, como digo, ella obra en el mayor ocio y descuido del
alma; que es como el aire, que, en queriendo cerrar el puño, se
sale.

7. Y a este propósito podemos entender lo que a la Esposa dijo el
Esposo en los Cantares (6, 4): Aparta tus ojos de mí, porque ellos
me hacen volar; porque de tal manera pone Dios al alma en este
estado y en tan diferente camino la lleva, que, si ella quiere obrar
con sus potencias, antes estorba la obra que Dios en ella va
haciendo, que ayuda; lo cual antes era muy al revés. La causa es
porque ya en este estado de contemplación, que es cuando sale del
discurso y entra en el estado de aprovechados, ya Dios es el que
obra en el ánima, porque por eso la ata las potencias interiores, no
dejándole arrimo en el entendimiento, ni jugo en la voluntad, ni
discurso en la memoria. Porque, en este tiempo, lo que de suyo
puede obrar el alma no sirve sino, como habemos dicho, de
estorbar la paz interior y la obra que en aquella sequedad del
sentido hace Dios en el espíritu. La cual, como espiritual y delicada,
hace obra quieta, delicada, solitaria, satisfactoria y pacífica, muy
ajena de todos esotros gustos primeros, que eran muy palpables y
sensibles; porque es la paz ésta que dice David (Sal. 84, 9) que
habla Dios en el alma para hacerla espiritual. Y de aquí es la
tercera.

8. La tercera señal que hay para que se conozca esta purgación del
sentido es el no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de la
imaginación, como solía, aunque más haga de su parte. Porque,
como aquí comienza Dios a comunicarse, no ya por el sentido,
como antes hacía por medio del discurso que componía y dividía
las noticias, sino por el espíritu puro, en que no cae discurso
sucesivamente, comunicándosele con acto de sencilla
contemplación, la cual no alcanza los sentidos de la parte inferior,
exteriores ni interiores, de aquí es que la imaginativa y fantasía no
pueden hacer arrimo en alguna consideración ni hallar en ella pie ya
de ahí adelante.

9. En esta tercera señal se ha de tener que este empacho de las
potencias y del gusto de ellas no proviene de algún mal humor;
porque, cuando de aquí nace, en acabando aquel humor (porque
nunca permanece en un ser), luego con algún cuidado que ponga el
alma vuelve a poder lo que antes, y hallan sus arrimos las
potencias, lo cual en la purgación del apetito no es así, porque, en
comenzando a entrar en ella, siempre va delante el no poder
discurrir con las potencias. Que, aunque es verdad que, a los
principios, en algunos, a veces no entra con tanta continuación que
algunas veces dejen de llevar sus gustos y discursos sensibles,
porque, por ventura, por su flaqueza no convendría destetarlos de
un golpe, con todo van siempre entrando más en ella y acabando
con la obra sensitiva, si es que han de ir adelante. Porque los que
no van por camino de contemplación muy diferente modo llevan,
porque esta noche de sequedades no suele ser en ellos continua en
el sentido, porque, aunque algunas veces las tienen, otras veces
no; y aunque algunas no pueden discurrir, otras pueden; porque,
como sólo les mete Dios en esta noche a éstos para ejercitarlos y
humillarlos y reformarles el apetito porque no vayan criando
golosina viciosa en las cosas espirituales, y no para llevarlos a la
vida del espíritu, que es la contemplación (porque no todos los que
se ejercitan de propósito en el camino del espíritu lleva Dios a
contemplación, ni aún la mitad: el por qué, él se lo sabe), de aquí es
que a éstos nunca les acaba de hecho de desarrimar el sentido de
los pechos de las consideraciones y discursos, sino algunos ratos a
temporadas, como habemos dicho.

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CAPÍTULO 10

Del modo que se han de haber éstos en esta noche oscura.

1. En el tiempo, pues, de las sequedades de esta noche sensitiva
(en la cual hace Dios el trueque que habemos dicho arriba, sacando
el alma de la vida del sentido a la del espíritu, que es de la
meditación a contemplación, donde ya no hay poder obrar ni
discurrir en las cosas de Dios el alma con sus potencias, como
queda dicho) padecen los espirituales grandes penas, no tanto por
las sequedades que padecen, como por el recelo que tienen de que
van perdidos en el camino, pensando que se les ha acabado el bien
espiritual y que los ha dejado Dios, pues no hallan arrimo ni gusto
en cosa buena. Entonces se fatigan y procuran, como lo han habido
de costumbre, arrimar con algún gusto las potencias a algún objeto
de discurso, pensando ellos que, cuando no hacen esto y se
sienten obrar, no se hace nada; lo cual hacen no sin harta desgana
y repugnancia interior del alma, que gustaba de estarse en aquella
quietud y ocio, sin obrar con las potencias. En lo cual, estragándose
en lo uno, no aprovechan en lo otro; porque, por buscar espíritu,
pierden el espíritu que tenían de tranquilidad y paz. Y así son
semejantes al que deja lo hecho para volverlo a hacer, o al que se
sale de la ciudad para volver a entrar en ella, o al que deja la caza
que tiene para volver a andar a caza. Y esto en esta parte es
excusado, porque no hallará nada ya por aquel primer estilo de
proceder, como queda dicho.

2. Estos, en este tiempo, si no hay quien los entienda, vuelven
atrás, dejando el camino, aflojando, o, a lo menos, se estorban de ir
adelante, por las muchas diligencias que ponen de ir por el camino
de meditación y discurso, fatigando y trabajando demasiadamente
el natural, imaginando que queda por su negligencia o pecados. Lo
cual les es escusado, porque los lleva ya Dios por otro camino, que
es de contemplación, diferentísimo del primero; porque el uno es de
meditación y discurso, y el otro no cae en imaginación ni discurso.
3. Los que de esta manera se vieren, conviéneles que se consuelen
perseverando en paciencia, no teniendo pena; confíen en Dios, que
no deja a los que con sencillo y recto corazón le buscan, ni los
dejará de dar lo necesario para el camino, hasta llevarlos a la clara
y pura luz de amor, que les dará por medio de la noche oscura del
espíritu, si merecieren que Dios los ponga en ella.

4. El estilo que han de tener en ésta del sentido es que no se den
nada por el discurso y meditación, pues ya no es tiempo de eso,
sino que dejen estar el alma en sosiego y quietud, aunque les
parezca claro que no hacen nada y que pierden tiempo, y aunque
les parezca que por su flojedad no tienen gana de pensar allí nada;
que harto harán en tener paciencia en perseverar en la oración sin
hacer ellos nada. Sólo lo que aquí han de hacer es dejar el alma
libre y desembarazada y descansada de todas las noticias y
pensamientos, no teniendo cuidado allí de qué pensarán y
meditarán, contentándose sólo con una advertencia amorosa y
sosegada en Dios, y estar sin cuidado y sin eficacia y sin gana de
gustarle o de sentirle; porque todas estas pretensiones desquietan y
distraen el alma de la sosegada quietud y ocio suave de
contemplación que aquí se da.

5. Y aunque más escrúpulos se vengan de que pierde tiempo y que
sería bueno hacer otra cosa, pues en la oración no puede hacer ni
pensar nada, súfrase y estése sosegado, como que no va allí más
que a estarse a su placer y anchura de espíritu; porque, si de suyo
quiere algo obrar con las potencias interiores, será estorbar y perder
los bienes que Dios por medio de aquella paz y ocio del alma está
asentando e imprimiendo en ella; bien así como si algún pintor
estuviera pintando o alcoholando un rostro, que si el rostro se
menease en querer hacer algo, no dejaría hacer nada al pintor, y
deturbaría lo que estaba haciendo. Y así, cuando el alma se quiere
estar en paz y ocio interior, cualquiera operación o afición o
advertencia que ella quiera entonces tener, la distraerá y
desquietará y hará sentir la sequedad y vacío del sentido, porque,
cuanto más pretendiere tener algún arrimo de afecto y noticia, tanto
más sentirá la falta, de la cual no puede ya ser suplida por aquella
vía.

6. De donde a esta tal alma le conviene no hacer aquí caso que se
le pierdan las operaciones de las potencias, antes ha de gustar que
se le pierdan presto, porque, no estorbando la operación de la
contemplación infusa que va Dios dando, con más abundancia
pacífica la reciba, y dé lugar a que arda y se encienda en el espíritu
el amor que esta oscura y secreta contemplación trae consigo y
pega al alma. Porque contemplación no es otra cosa que infusión
secreta, pacífica y amorosa de Dios, que, si la dan lugar, inflama al
alma en espíritu de amor, según ella da a entender en el verso
siguiente, es a saber.

Con ansias en amores inflamada.

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CAPÍTULO 11

Decláranse los tres versos de la canción.

1. La cual inflamación de amor, aunque comúnmente a los
principios no se siente, por no haber uviado o comenzado a
emprenderse por la impureza del natural, o por no le dar lugar
pacífico en sí el alma por no entenderse, como habemos dicho
(aunque, a veces, sin eso y con eso comienza luego a sentirse
alguna ansia de Dios), cuanto más va, más se va viendo el alma
aficionada e inflamada en amor de Dios, sin saber ni entender cómo
y de dónde le nace el tal amor y afición, sino que ve crecer tanto en
sí a veces esta llama e inflamación, que con ansias de amor desea
a Dios, según David estando en esta noche, lo dice de sí por estas
palabras (Sal. 72, 21-22), es a saber: Porque se inflamó mi corazón,
es a saber en amor de contemplación, también mis renes se
mudaron, esto es, mis apetitos de afecciones sensitivas se
mudaron, es a saber, de la vida sensitiva a la espiritual, que es la
sequedad y cesación en todos ellos que vamos diciendo; y yo, dice,
fui resuelto en nada y aniquilado, y no supe; porque, como
habemos dicho, sin saber el alma por dónde va, se ve aniquilada
acerca de todas las cosas de arriba y de abajo que solía gustar, y
sólo se ve enamorada sin saber cómo y por qué. Y, porque a veces
crece mucho la inflamación de amor en el espíritu, son las ansias
por Dios tan grandes en el alma, que parece se le secan los huesos
en esta sed, y se marchita el natural, y se estraga su calor y fuerza
por la viveza de la sed de amor, porque siente el alma que es viva
esta sed de amor. La cual también David (Sal. 41, 3) tenía y sentía,
cuando dijo: Mi alma tuvo sed a Dios vivo; que es tanto como decir:
Viva fue la sed que tuvo mi alma. La cual sed, por ser viva,
podemos decir que mata de sed. Pero es de notar que la
vehemencia de esta sed no es continua, sino algunas veces,
aunque de ordinario suele sentir alguna sed.

2. Pero hase de advertir que, como aquí comencé a decir, que a los
principios comúnmente no se siente este amor, sino la sequedad y
vacío que vamos diciendo; y entonces, en lugar de este amor que
después se va encendiendo, lo que trae el alma en medio de
aquellas sequedades y vacíos de las potencias es un ordinario
cuidado y solicitud de Dios, con pena y recelo de que no le sirve;
que no es para Dios poco agradable sacrificio ver andar el espíritu
contribulado y solícito por su amor (Sal. 50, 19). Esta solicitud y
cuidado pone en el alma aquella secreta contemplación hasta que,
por tiempo habiendo purgado algo el sentido, esto es, la parte
sensitiva, de las fuerzas y aficiones naturales por medio de las
sequedades que en ella pone, va ya encendiendo en el espíritu este
amor divino. Pero entretanto, en fin, como el que está puesto en
cura, todo es padecer en esta oscura y seca purgación del apetito,
curándose de muchas imperfecciones e imponiéndose en muchas
virtudes para hacerse capaz del dicho amor, como ahora se dirá
sobre el verso siguiente:

¡Oh dichosa ventura!

3. Que por cuanto pone Dios el alma en esta noche sensitiva a fin
de purgar el sentido de la parte inferior y acomodarle y sujetarle y
unirle con el espíritu, oscureciéndole y haciéndole cesar acerca de
los discursos, como también después, al fin de purificar el espíritu
para unirle con Dios, como después se dirá, le pone en la noche
espiritual, gana el alma, aunque a ella no se lo parece, tantos
provechos, que tiene por dichosa ventura haber salido del lazo y
apertura del sentido de la parte inferior por esta dicha noche. Dice
el presente verso, es a saber: ¡oh dichosa ventura! Acerca de la
cual nos conviene aquí notar los provechos que halla en esta noche
el alma, por causa de los cuales tiene por buena ventura pasar por
ella. Todos los cuales provechos encierra el alma en el siguiente
verso, es a saber:

Salí sin ser notada.

4. La cual salida se entiende de la sujeción que tenía el alma a la
parte sensitiva en buscar a Dios por operaciones tan flacas, tan
limitadas y tan ocasionadas como las de esta parte inferior son;
pues que a cada paso tropezaba con mil imperfecciones e
ignorancias, como habemos notado arriba en los siete vicios
capitales, de todos los cuales se libra, apagándole esta noche todos
los gustos de arriba y de abajo, y oscureciéndole todos los
discursos, y haciéndole otros innumerables bienes en la ganancia
de las virtudes, como ahora diremos. Que será cosa gustosa y de
gran consuelo para el que por aquí camina, ver cómo cosa que tan
áspera y adversa parece al alma y tan contraria al gusto espiritual,
obra tantos bienes en ella.

Los cuales, como decimos, se consigue en salir el alma según la
afección y operación, por medio de esta noche, de todas las cosas
criadas, y caminar a las eternas, que es grande dicha y ventura: lo
uno, por el grande bien que es apagar el apetito y afección acerca
de todas las cosas; lo otro, por ser muy pocos los que sufren y
perseveran en entrar por este puerta angosta, y por el camino
estrecho que guía a la vida, como dice nuestro Salvador (Mt. 7, 14).
Porque la angosta puerta es esta noche del sentido, del cual se
despoja y desnuda el alma para entrar en ella, juntándose en fe,
que es ajena de todo sentido, para caminar después por el camino
estrecho, que es la otra noche de espíritu, en que después entra el
alma para caminar a Dios en pura fe, que es el medio por donde el
alma se une con Dios. Por el cual camino, por ser tan estrecho,
oscuro y terrible (que no hay comparación de esta noche de sentido
a la oscuridad y trabajos de aquélla, como diremos allí), son
muchos menos los que caminan por él, pero son sus provechos sin
comparación mucho mayores que los de ésta. De los cuales
comenzaremos ahora a decir algo, con la brevedad que se pudiere,
por pasar a la otra noche.

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CAPÍTULO 12

De los provechos que causa en el alma esta noche.

1. Esta noche y purgación del apetito, dichosa para el alma, tantos
bienes y provechos hace en ella (aunque a ella antes le parece,
como habemos dicho, que se los quita), que así como Abraham
hizo gran fiesta cuando quitó la leche a su hijo Isaac (Gn. 21, 8), se
gozan en el cielo de que ya saque Dios a esta alma de pañales, de
que la baje de los brazos, de que la haga andar por su pie, de que
también, quitándola el pecho de la leche y blando y dulce manjar de
niños, la haga comer pan con corteza, y que comience a gustar el
manjar de robustos, que en estas sequedades y tinieblas del
sentido se comienza a dar al espíritu vacío y seco de los jugos del
sentido, que es la contemplación infusa que habemos dicho.

2. Y éste es el primero y principal provecho que causa esta seca y
oscura noche de contemplación: el conocimiento de sí y de su
miseria. Porque, demás de que todas las mercedes que Dios hace
al alma ordinariamente las hace envueltas en este conocimiento,
estas sequedades y vacío de la potencia acerca de la abundancia
que antes sentía y la dificultad que halla el alma en las cosas
buenas, la hacen conocer de sí la bajeza y miseria que en el tiempo
de su prosperidad no echaba de ver.

De esto hay buena figura en el Exodo (33, 5), donde, queriendo
Dios humillar a los hijos de Israel y que se conociesen les mandó
quitar y desnudar el traje y atavío festival con que ordinariamente
andaban compuestos en el desierto, diciendo: Ahora ya de aquí
adelante despojaos el ornato festival y poneos vestidos comunes y
de trabajo, para que sepáis el tratamiento que merecéis; lo cual es
como si dijera: Por cuanto el traje que traéis, por ser de fiesta y
alegría, os ocasionáis a no sentir de vosotros tan bajamente como
vosotros sois, quitaos ya ese traje, para que de aquí adelante,
viéndoos vestidos de vilezas, conozcáis que no merecéis más y
quién sois vosotros. De donde la verdad, que el alma antes no
conocía, de su miseria: porque en el tiempo que andaba como de
fiesta, hallando en Dios mucho gusto y consuelo y arrimo, andaba
más satisfecha y contenta, pareciéndole que en algo servía a Dios;
porque esto, aunque entonces expresamente no lo tenga en sí, a lo
menos, en la satisfacción que halla en el gusto, se le asienta algo
de ello y ya puesta en estotro traje de trabajo, de sequedad y
desamparo, oscurecidas sus primeras luces, tiene más de veras
éstas en esta tan excelente y necesaria virtud del conocimiento
propio, no se teniendo ya en nada ni teniendo satisfacción ninguna
de sí; porque ve que de suyo no hace nada ni puede nada.

Y esta poca satisfacción de sí y desconsuelo que tiene de que no
sirve a Dios, tiene y estima Dios en más que todas las obras y
gustos primeros que tenía el alma y hacía, por más que ellos
fuesen, por cuanto en ellos se ocasionaba para muchas
imperfecciones e ignorancias; y de este traje de sequedad, no sólo
lo que habemos dicho, sino también los provechos que ahora
diremos y muchos más, que se quedarán por decir, nacen, que
como de su fuente y origen, del conocimiento propio proceden.

3. Cuanto a lo primero, nácele al alma tratar con Dios con más
comedimiento y más cortesía, que es lo que siempre ha de tener el
trato con el Altísimo, lo cual en la prosperidad de su gusto y
consuelo no hacía; porque aquel sabor gustoso que sentía, hacía
ser al apetito acerca de Dios algo más atrevido de lo que bastaba y
descortés y mal mirado. Como acaeció a Moisés (Ex. 3, 2-6):
cuando sintió que Dios le hablaba, cegado de aquel gusto y apetito,
sin más consideración, se atrevía a llegar, si no le mandara Dios
que se detuviera y descalzara. Por lo cual se denota el respeto y
discreción en desnudez de apetito con que se ha de tratar con Dios;
de donde, cuando obedeció en esto Moisés, quedó tan puesto en
razón y tan advertido, que dice la Escritura que no sólo no se
atrevió a llegar, más que ni aun osaba considerar; porque, quitados
los zapatos de los apetitos y gustos, conocía su miseria
grandemente delante de Dios, porque así le convenía para oír la
palabra de Dios.

Como también la disposición que dio Dios a Job para hablar con él,
no fueron aquellos deleites y glorias que el mismo Job allí refiere
que solía tener en su Dios (Jb. 1, 1-8), sino tenerle desnudo en el
muladar, desamparado y aun perseguido de sus amigos, lleno de
angustia y amargura, y sembrado de gusanos el suelo (29-30); y
entonces de esta manera se preció el que levanta al pobre del
estiércol (Sal. 112, 7), el Altísimo Dios, de descender y hablar allí
cara a cara con él, descubriéndole las altezas profundas, grandes,
de su sabiduría, cual nunca antes había hecho en el tiempo de la
prosperidad (Jb. 38-42).

4. Y así nos conviene notar otro excelente provecho que hay en
esta noche y sequedad del sensitivo apetito, pues habemos venido
a dar en él, y es: que en esta noche oscura del apetito (porque se
verifique lo que dice el profeta (Is. 58, 10), es a saber: Lucirá tu luz
en las tinieblas), alumbrará Dios al alma, no sólo dándole
conocimiento de su bajeza y miseria, como habemos dicho, sino
también de la grandeza y excelencia de Dios. Porque, demás de
que, apagados los apetitos y gustos y arrimos sensibles, queda
limpio y libre el entendimiento para entender la verdad (porque el
gusto sensible y apetito, aunque sea de cosas espirituales, ofusca y
embaraza el espíritu), y, demás también que aquel aprieto y
sequedad del sentido ilustra y aviva el entendimiento, como dice
Isaías (28, 19), que (con) la vejación hace entender Dios cómo en el
alma vacía y desembarazada, que es lo que se requiere para su
divina influencia, sobrenaturalmente por medio de esta noche
oscura y seca de contemplación la va, como habemos dicho,
instruyendo en su divina sabiduría, lo cual por los jugos y gustos
primeros no hacía.

5. Esto da muy bien a entender el mismo profeta Isaías (28, 9),
diciendo: ¿A quién enseñará Dios su ciencia y a quién hará oír su
audición? A los destetados, dice, de la leche, a los desarrimados de
los pechos; en lo cual se da a entender que para esta divina
influencia no es la disposición la leche primera de la suavidad
espiritual, ni el arrimo del pecho de los sabrosos discursos de las
potencias sensitivas que gustaba el alma, sino el carecer de lo uno
y desarrimo de lo otro, por cuanto para oír a Dios le conviene al
alma estar muy en pie y desarrimada, según el afecto y sentido,
como de sí lo dice el profeta (Hab. 2, 1), diciendo: Estaré en pie
sobre mi custodia, esto es, desarrimado el apetito, y afirmaré el
paso, esto es, no discurriré con el sentido, para contemplar, esto es,
para entender lo que de parte de Dios se me alegare. De manera
que ya tenemos que de esta noche seca sale conocimiento de sí
primeramente, de donde, como de fundamento, sale esotro
conocimiento de Dios. Que por eso decía san Agustín a Dios:
Conózcame yo, Señor, a mí, y conocerte he a ti. Porque, como
dicen los filósofos, un extremo se conoce bien por otro.

6. Y para probar más claramente la eficacia que tiene esta noche
sensitiva en su sequedad y desabrigo para ocasionar la luz que de
Dios decimos recibir aquí el alma, alegaremos aquella autoridad de
David (Sal. 62, 3) en que da bien a entender la virtud grande que
tiene esta noche para este alto conocimiento de Dios. Dice, pues,
así: En la tierra desierta, sin agua, seca y sin camino parecí delante
de ti para poder ver tu virtud y tu gloria. Lo cual es cosa admirable;
que no da aquí a entender David que los deleites espirituales y
gustos muchos que él había tenido le fuesen disposición y medio
para conocer la gloria de Dios, sino las sequedades y desarrimos
de la parte sensitiva, que se entiende aquí por la tierra seca y
desierta; y que no diga también que los conceptos y discursos
divinos, de que él había usado mucho, fuesen camino para sentir y
ver la virtud de Dios, sino el no poder fijar el concepto en Dios, ni
caminar con el discurso de la consideración imaginaria, que se
entiende aquí por la tierra sin camino. De manera que, para conocer
a Dios y a sí mismo, esta noche oscura es el medio con sus
sequedades y vacíos, aunque no con la plenitud y abundancia que
en la otra del espíritu, porque este conocimiento es como principio
de la otra.

7. Saca también el alma en las sequedades y vacíos de esta noche
del apetito humildad espiritual, que es la virtud contraria al primer
vicio capital que dijimos ser soberbia espiritual; por la cual humildad,
que adquiere por el dicho conocimiento propio, se purga de todas
aquellas imperfecciones en que caía acerca de aquel vicio de
soberbia en el tiempo de su prosperidad. Porque, como se ve tan
seca y miserable, ni aun por primer movimiento le parece que va
mejor que los otros, ni que los lleva ventaja, como antes hacía;
antes, por el contrario, conoce que los otros van mejor.

8. Y de aquí nace el amor del prójimo, porque los estima y no los
juzga como antes solía cuando se veía a sí con mucho fervor y a los
otros no. Sólo conoce su miseria y la tiene delante de los ojos:
tanto, que no la deja ni da lugar para poner los ojos en nadie, lo
cual admirablemente David, estando en esta noche, manifiesta,
diciendo: Enmudecí y fui humillado y tuve silencio en los bienes y
renovóse mi dolor (Sal. 38, 3). Esto dice, porque le parecía que los
bienes de su alma estaban tan acabados, que no solamente no
había ni hallaba lenguaje de ellos, mas acerca de los ajenos
también enmudeció con el dolor del conocimiento de su miseria.

9. Aquí también se hacen sujetos y obedientes en el camino
espiritual, que, como se ven tan miserables, no sólo oyen lo que los
enseñan, mas aun desean que cualquiera los encamine y diga lo
que deben hacer; quítaseles la presunción afectiva que en la
prosperidad a veces tenían. Y, finalmente, de camino se les barren
todas las demás imperfecciones que notamos allí acerca de este
vicio primero que es soberbia espiritual.

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CAPÍTULO 13

De otros provechos que causa en el alma esta noche del sentido.
1. Acerca de las imperfecciones que en la avaricia espiritual tenía,
en que codiciaba unas y otras cosas espirituales y nunca se veía
satisfecha el alma de unos ejercicios y otros, con la codicia del
apetito y gusto que hallaba en ellos, ahora en esta noche seca y
oscura anda bien reformada; porque, como no halla el gusto y sabor
que solía, antes halla en ellas sinsabor y trabajo, con tanta
templanza usa de ellas, que por ventura podría perder ya por punto
de corto como antes perdía por largo. Aunque a los que Dios pone
en esta noche comúnmente les da humildad y prontitud, aunque
con sinsabor, para que sólo por Dios hagan aquello que se les
manda; y desaprovéchanse de muchas cosas porque no hallan
gusto en ellas.

2. Acerca de la lujuria espiritual también se ve claro que, por esta
sequedad y sinsabor de sentido que halla el alma en las cosas
espirituales, se librará de aquellas impurezas que allí notamos;
pues, comúnmente, dijimos que procedían del gusto que del espíritu
redundaba en el sentido.

3. Pero de las imperfecciones que se libra el alma en esta noche
oscura acerca del cuarto vicio, que es la gula espiritual, puédense
ver allí, aunque no están allí dichas todas, porque son
innumerables; y así yo aquí no las referiré, porque querría ya
concluir con esta noche para pasar a la otra, de la cual tenemos
grave palabra y doctrina.

Baste, para entender los innumerables provechos que demás de los
dichos gana el alma en esta noche acerca de este vicio de la gula
espiritual, decir que de todas aquellas imperfecciones que allí
quedan dichas se libra, y de otros muchos y mayores males y feas
abominaciones que, como digo, allí no están escritas, en que
vinieron a dar muchos de que habemos tenido experiencia, por no
tener ellos reformado el apetito en esta golosina espiritual. Porque,
como Dios en esta seca y oscura noche, en que pone al alma, tiene
refrenada la concupiscencia y enfrenado el apetito de manera que
no se puede cebar de ningún gusto ni sabor sensible de cosa de
arriba ni de abajo, y esto lo va continuando de tal manera que
queda impuesta el alma, reformada y emprensada según la
concupiscencia y apetito, pierde la fuerza de las pasiones y
concupiscencia y se hace estéril, no usándose el gusto, bien así
como no acostumbrando a sacar leche de la ubre se secan los
cursos de la leche. Y, enjugados así los apetitos del alma,
síguense, demás de los dichos, por medio de esta sobriedad
espiritual admirables provechos en ella; porque, apagados los
apetitos y concupiscencias, vive el alma en paz y tranquilidad
espiritual; porque donde no reina apetito y concupiscencia no hay
perturbación, sino paz y consuelo de Dios.

4. Sale de aquí otro segundo provecho, y es que trae ordinaria
memoria de Dios, con temor y recelo de volver atrás, como queda
dicho, en el camino espiritual; el cual es grande provecho y es no
de los menores en esta sequedad y purgación del apetito, porque
se purifica el alma y limpia de las imperfecciones que se le pegaban
por medio de los apetitos y afecciones, que de suyo embotan y
ofuscan el ánima.

5. Hay otro provecho muy grande en esta noche para el alma, y es
que se ejercita en las virtudes de por junto, como en la paciencia y
longanimidad, que se ejercita bien en estos vacíos y sequedades,
sufriendo el perseverar en los espirituales ejercicios sin consuelo y
sin gusto. Ejercítase la caridad de Dios, pues ya no por el gusto
atraído y saboreado que halla en la obra es movido, sino sólo por
Dios. Ejercita aquí también la virtud de la fortaleza, porque en estas
dificultades y sinsabores que halla en el obrar saca fuerzas de
flaquezas, y así se hace fuerte. Y, finalmente, en todas las virtudes,
así teologales como cardinales y morales, corporal y espiritualmente
se ejercita el alma en estas sequedades.

6. Y que en esta noche consiga el alma estos cuatro provechos que
habemos dicho, conviene a saber: delectación de paz, ordinaria
memoria y solicitud de Dios, limpieza y pureza del alma y el
ejercicio de virtudes que acabamos de decir, dícelo David (Sal. 76,
4), como lo experimentó él mismo estando en esta noche, por estas
palabras: Mi alma desechó las consolaciones, tuve memoria de
Dios y hallé consuelo y ejercitéme, y desfalleció mi espíritu. Y luego
dice (v. 7): Y medité de noche con mi corazón, y ejercitábame, y
barría y purificaba mi espíritu, conviene a saber, de todas las
afecciones.

7. Acerca de las imperfecciones de los otros tres vicios espirituales
que allí dijimos que son ira, envidia y acidia, también en esta
sequedad del apetito se purga el alma y adquiere las virtudes a
ellas contrarias; porque, ablandada y humillada por estas
sequedades y dificultades y otras tentaciones y trabajos en que a
vueltas de esta noche Dios la ejercita, se hace mansa para con
Dios y para consigo y también para con el prójimo; de manera que
ya no se enoja con alteración sobre las faltas propias contra sí, ni
sobre las ajenas contra el prójimo, ni acerca de Dios trae disgusto y
querellas descomedidas porque no le hace presto bueno.

8. Pues acerca de la envidia, también aquí tiene caridad con los
demás; porque, si alguna envidia tiene, no es viciosa como antes
solía cuando le daba pena que otros fuesen a él preferidos y que le
llevasen la ventaja, porque ya aquí se la tiene dada, viéndose tan
miserable como se ve; y la envidia que tiene, si la tiene, es virtuosa,
deseando imitarlos, lo cual es mucha virtud.

9. Las acidias y tedios que aquí tiene de las cosas espirituales
tampoco son viciosas como antes; porque aquéllos procedían de
los gustos espirituales que a veces tenía y pretendía tener cuando
no los hallaba; pero estos tedios no proceden de esta flaqueza del
gusto, porque se le tiene Dios quitado acerca de todas las cosas en
esta purgación del apetito.

10. Demás de estos provechos que están dichos, otros
innumerables consigue por medio de esta seca contemplación;
porque en medio de estas sequedades y aprietos, muchas veces,
cuando menos piensa, comunica Dios al alma suavidad espiritual y
amor muy puro y noticias espirituales, a veces muy delicadas, cada
una de mayor provecho y precio que cuanto antes gustaba; aunque
el alma en los principios no piensa así, porque es muy delicada la
influencia espiritual que aquí se da, y no la percibe el sentido.

11. Finalmente, por cuanto aquí el alma se purga de las afecciones
y apetitos sensitivos, consigue libertad de espíritu, en que se van
granjeando los doce frutos del Espíritu Santo. También aquí
admirablemente se libra de las manos de los tres enemigos, mundo,
demonio y carne; porque, apagándose el sabor y gusto sensitivo
acerca de las cosas, no tiene el demonio, ni el mundo, ni la
sensualidad armas ni fuerzas contra el espíritu.

12. Estas sequedades hacen, pues, al alma andar con pureza en el
amor de Dios, pues que ya no se mueve a obrar por el gusto y
sabor de la obra, como por ventura lo hacía cuando gustaba, sino
sólo por dar gusto a Dios. Hácese no presumida ni satisfecha, como
por ventura en el tiempo de la prosperidad solía, sino recelosa y
temerosa de sí, no teniendo en sí satisfacción ninguna, en lo cual
está el santo temor que conserva y aumenta las virtudes. Apaga
también esta sequedad las concupiscencias y bríos naturales, como
también queda dicho; porque aquí, si no es el gusto que de suyo
Dios le infunde algunas veces, por maravilla halla gusto y consuelo
sensible por su diligencia en alguna obra y ejercicio espiritual, como
ya queda dicho.

13. Crécele en esta noche seca el cuidado de Dios y las ansias por
servirle, porque, como se le van enjugando los pechos de la
sensualidad, con que sustentaba y criaba los apetitos tras que iba,
sólo queda en seco y en desnudo el ansia de servir a Dios, que es
cosa para Dios muy agradable, pues, como dice David (Sal. 50, 19),
el espíritu atribulado es sacrificio para Dios.

14. Como el alma, pues, conoce que en esta purgación seca por
donde pasó, sacó y consiguió tantos y tan preciosos provechos
como aquí se han referido, no hace mucho en decir, en la canción
que vamos declarando, el dicho verso, es a saber: ¡oh dichosa
ventura! -salí sin ser notada; esto es: salí de los lazos y sujeción de
mis apetitos sensitivos y afecciones, sin ser notada, es a saber, sin
que los dichos tres enemigos me lo pudiesen impedir. Los cuales,
como habemos dicho, con los apetitos y gustos, así como con
lazos, enlazan al alma y la detienen que no salga de sí a la libertad
de amor de Dios; sin los cuales ellos no pueden combatir al alma,
como queda dicho.

15. De donde, en sosegándose por continua mortificación las cuatro
pasiones del alma, que son: gozo, dolor, esperanza y temor, y en
durmiéndose en la sensualidad por ordinarias sequedades los
apetitos naturales, y en alzando de obra la armonía de los sentidos
y potencias interiores, cesando sus operaciones discursivas, como
habemos dicho, lo cual es toda la gente y morada de la parte
inferior del alma, que es lo que aquí llama su casa, diciendo:

Estando ya mi casa sosegada.

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CAPÍTULO 14

En que se declara el último verso de la primera canción.
1. Estando ya esta casa de la sensualidad sosegada, esto es,
mortificada, sus pasiones apagadas y apetitos sosegados y
dormidos por medio de esta dichosa noche de la purgación
sensitiva, salió el alma a comenzar el camino y vía del espíritu, que
es de los aprovechantes y aprovechados, que, por otro nombre,
llaman vía iluminativa o de contemplación infusa, con que Dios de
suyo anda apacentando y reficionando al alma, sin discurso ni
ayuda activa de la misma alma.

Tal es, como habemos dicho, la noche y purgación del sentido en el
alma; la cual, en los que después han de entrar en la otra más
grave del espíritu, para pasar a la divina unión de amor (porque no
todos, sino los menos, pasan ordinariamente), suele ir acompañada
con graves trabajos y tentaciones sensitivas, que duran mucho
tiempo, aunque en unos más que en otros. Porque a algunos se les
da el ángel de Satanás (2 Cor. 12, 7), que es el espíritu de
fornicación, para que les azote los sentidos con abominables y
fuertes tentaciones, y les atribule el espíritu con feas advertencias y
representaciones más visibles en la imaginación, que a veces les es
mayor pena que el morir.

2. Otras veces se les añade en esta noche el espíritu de blasfemia,
el cual en todos sus conceptos y pensamientos se anda
atravesando con intolerables blasfemias, y a veces con tanta fuerza
sugeridas en la imaginación, que casi se las hace pronunciar, que
les es grave tormento.

3. Otras veces se les da otro abominable espíritu, que llama Isaías
(19, 14) spiritus vertiginis, no porque caigan, sino porque los
ejercite; el cual de tal manera les oscurece el sentido, que los llena
de mil escrúpulos y perplejidades tan intrincadas al juicio de ellos,
que nunca pueden satisfacerse con nada, ni arrimar el juicio a
consejo ni concepto; el cual es uno de los más graves estímulos y
horrores de esta noche, muy vecino a lo que pasa en la noche
espiritual.

4. Estas tempestades y trabajos ordinariamente envía Dios en esta
noche y purgación sensitiva a los que, como digo, ha de poner
después en la otra, aunque no todos pasan a ella, para que
castigados y abofeteados de esta manera se vayan ejercitando y
disponiendo y curtiendo los sentidos y potencias para la unión de la
Sabiduría que allí les han de dar. Porque si el alma no es tentada,
ejercitada y probada con trabajos y tentaciones, no puede avivar su
sentido para la sabiduría. Que por eso dijo el Eclesiástico (34, 9-
10): El que no es tentado, ¿qué sabe? Y el que no es probado,
¿cuáles son las cosas que reconoce? De la cual verdad da
Jeremías (31, 18) buen testimonio, diciendo: Castigásteme, Señor,
y fui enseñado. Y la más propia manera de este castigo para entrar
en sabiduría son los trabajos interiores que aquí decimos, por
cuanto son de los que más eficazmente purgan el sentido de todos
los gustos y consuelos a que con flaqueza natural estaba afectado,
y donde es humillada el alma de veras para el ensalzamiento que
ha de tener.

5. Pero el tiempo que al alma tengan en este ayuno y penitencia del
sentido, cuánto sea, no es cosa cierta decirlo, porque no pasa en
todos de una manera ni unas mismas tentaciones; porque esto va
medido por la voluntad de Dios conforme a lo más o menos que
cada uno tiene de imperfección que purgar; y también, conforme al
grado de amor de unión a que Dios la quiere levantar, la humillará
más o menos intensamente, o más o menos tiempo. Los que tienen
sujeto y más fuerza para sufrir con más intensión, los purga más
presto. Porque a los muy flacos con mucha remisión y flacas
tentaciones mucho tiempo les lleva por esta noche, dándoles
ordinarias refecciones al sentido porque no vuelvan atrás, y tarde
llegan a la pureza de perfección en esta vida, y algunos de éstos
nunca; que ni bien están en la noche, ni bien fuera de ella; porque,
aunque no pasan adelante, para que se conserven en humildad y
conocimiento propio, los ejercita Dios algunos ratos y días en
aquellas tentaciones y sequedades; y les acude con el consuelo
otras veces y temporadas, para que desmayando no se vuelvan a
buscar el del mundo. A otras almas más flacas anda Dios con ellas
como pareciendo y trasponiendo, para ejercitarlas en su amor,
porque sin desvíos no aprendieran a llegarse a Dios.

6. Pero las almas que han de pasar a tan dichoso y alto estado
como es la unión de amor, por muy apriesa que Dios las lleve, harto
tiempo suelen durar en estas sequedades y tentaciones
ordinariamente, como está visto por experiencia.

Tiempo es, pues, de comenzar a tratar de la segunda noche.

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Libro Segundo

CAPÍTULO 1

Comiénzase a tratar de la noche oscura del espíritu. Dícese a qué
tiempo comienza.

1. Un alma que Dios ha de llevar adelante, no luego que sale de las
sequedades y trabajos de la primera purgación y noche del sentido,
la pone Su Majestad en esta noche de espíritu, antes suele pasar
harto tiempo y años en que, salida el alma del estado de
principiantes, se ejercita en el de aprovechados, en el cual, así
como el que ha salido de una estrecha cárcel, anda en las cosas de
Dios con mucha más anchura y satisfacción del alma y con más
abundante e interior deleite que hacía a los principios, antes que
entrase en la dicha noche, no trayendo atada ya la imaginación y
potencias al discurso y cuidado espiritual, como solía; porque con
gran facilidad halla luego en su espíritu muy serena y amorosa
contemplación y sabor espiritual sin trabajo del discurso. Aunque,
como no está bien hecha la purgación del alma, porque falta la
principal parte, que es la del espíritu (sin la cual, por la
comunicación que hay de la una parte a la otra, por razón de ser un
solo supuesto, tampoco la purgación sensitiva, aunque más fuerte
haya sido, queda acabada y perfecta), nunca le faltan a veces
algunas necesidades, sequedades, tinieblas y aprietos, a veces
mucho más intensos que los pasados, que son como presagios y
mensajeros de la noche venidera del espíritu; aunque no son éstos
durables, como será la noche que espera. Porque, habiendo
pasado un rato, o ratos, o días de esta noche y tempestad, luego
vuelve a su acostumbrada serenidad; y de esta manera va
purgando Dios a algunas almas que no han de subir a tan alto
grado de amor como las otras, metiéndolas a ratos
interpoladamente en esta noche de contemplación y purgación
espiritual, haciendo anochecer y amanecer a menudo, porque se
cumpla lo que dice David (Sal. 147, 17), que envía su cristal, esto
es, su contemplación, como a bocados. Aunque estos bocados de
oscura contemplación nunca son tan intensos como lo es aquella
horrenda noche de la contemplación que habemos de decir, en que
de propósito pone Dios al alma para llevarla a la divina unión.

2. Este sabor, pues, y gusto interior que decimos, que con
abundancia y facilidad hallan y gustan estos aprovechantes en su
espíritu, con mucha más abundancia que antes se les comunica,
redundando de ahí en el sentido más que solía antes de esta
sensible purgación; que, por cuanto él está ya más puro, con más
facilidad puede sentir los gustos del espíritu a su modo. Y como, en
fin, esta parte sensitiva del alma es flaca e incapaz para las cosas
fuertes del espíritu, de aquí es que estos aprovechados, a causa de
esta comunicación espiritual que se hace en la parte sensitiva,
padecen en ella muchas debilitaciones y detrimentos y flaquezas de
estómago, y en el espíritu, consiguientemente, fatigas; porque,
como dice el Sabio (Sab. 9, 15): El cuerpo que se corrompe, agrava
el alma. De aquí es que las comunicaciones de éstos no pueden ser
muy fuertes, ni muy intensas, ni muy espirituales, cuales se
requieren para la divina unión con Dios, por la flaqueza y corrupción
de la sensualidad que participa en ellas.

De aquí vienen los arrobamientos y traspasos y descoyuntamientos
de huesos, que siempre acaecen cuando las comunicaciones no
son puramente espirituales, esto es, al espíritu sólo, como son las
de los perfectos, purificados ya por la noche segunda del espíritu,
en las cuales cesan ya estos arrobamientos y tormentos del cuerpo,
gozando ellos de la libertad del espíritu, sin que se anuble ni
trasponga el sentido.

3. Y, porque se entienda la necesidad que éstos tienen de entrar en
esta noche de espíritu, notaremos aquí algunas imperfecciones y
peligros que tienen estos aprovechados.

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CAPÍTULO 2

Prosigue en otras imperfecciones que tienen estos aprovechados.

1. Dos maneras de imperfecciones tienen estos aprovechados:
unas son habituales, otras actuales.

Las habituales son las afecciones y hábitos imperfectos que
todavía, como raíces, han quedado en el espíritu, donde la
purgación del sentido no pudo llegar; en la purgación de los cuales
la diferencia que hay a estotra, es la que de la raíz a la rama, o
sacar una mancha fresca o una muy asentada y vieja. Porque,
como dijimos, la purgación del sentido sólo es puerta y principio de
contemplación para la del espíritu, que, como también habemos
dicho, más sirve de acomodar el sentido al espíritu, que de unir el
espíritu con Dios. Mas todavía se quedan en el espíritu las manchas
del hombre viejo, aunque a él no se le parece, ni las echa de ver;
las cuales si no salen por el jabón y fuerte lejía de la purgación de
esta noche, no podrá el espíritu venir a pureza de unión divina.

2. Tienen éstos también la hebetudo mentis y la rudeza natural que
todo hombre contrae por el pecado, y la distracción y exterioridad
del espíritu; lo cual conviene que se ilustre, clarifique y recoja por la
penalidad y aprieto de aquella noche. Estas habituales
imperfecciones, todos los que no han pasado de este estado de
aprovechados las tienen; las cuales no pueden estar, como
decimos, con el estado perfecto de unión por amor.

3. En las actuales no caen todos de una manera. Mas algunos,
como traen estos bienes espirituales tan afuera y tan manuales en
el sentido, caen en mayores inconvenientes y peligros que a los
principios dijimos. Porque, como ellos hallan tan a manos llenas
tantas comunicaciones y aprehensiones espirituales al sentido y
espíritu, donde muchas veces ven visiones imaginarias y
espirituales (porque todo esto, con otros sentimientos sabrosos,
acaece a muchos de éstos en este estado, en lo cual el demonio y
la propia fantasía muy ordinariamente hace trampantojos al alma), y
como con tanto gusto suele imprimir y sugerir el demonio al alma
las aprensiones dichas y sentimientos, con grande facilidad la
embelesa y engaña, no teniendo ella cautela para resignarse y
defenderse fuertemente en fe de estas visiones y sentimientos.

Porque aquí hace el demonio a muchos creer visiones vanas y
profecías falsas; aquí en este puesto les procura hacer presumir
que habla Dios y los santos con ellos, y creen muchas veces a su
fantasía; aquí los suele llenar el demonio de presunción y soberbia,
y, atraídos de la vanidad y arrogancia, se dejan ser vistos en actos
exteriores que parezcan de santidad, como son arrobamientos y
otras apariencias. Hácense así atrevidos a Dios, perdiendo el santo
temor, que es llave y custodia de todas las virtudes; y tantas
falsedades y engaños suelen multiplicarse en algunos de éstos, y
tanto se envejecen en ellos, que es muy dudosa la vuelta de ellos al
camino puro de la virtud y verdadero espíritu. En las cuales miserias
vienen a dar, comenzando a darse con demasiada seguridad a las
aprensiones y sentimientos espirituales, cuando comenzaban a
aprovechar en el camino.

4. Había tanto que decir de las imperfecciones de éstos y de cómo
les son más incurables por tenerlas ellos por más espirituales que
las primeras, que lo quiero dejar. Sólo digo, para fundar la
necesidad que hay de la noche espiritual, que es la purgación para
el que ha de pasar adelante, que a lo menos ninguno de estos
aprovechados, por bien que le hayan andado las manos, deja de
tener muchas de aquellas afecciones naturales y hábitos
imperfectos, que dijimos primero ser necesario preceder purificación
para pasar a la divina unión.

5. Y, demás de esto, lo que arriba dejamos dicho, es a saber: que,
por cuanto todavía participa la parte inferior en estas
comunicaciones espirituales, no pueden ser tan intensas, puras y
fuertes como se requieren para la dicha unión; por tanto, para venir
a ella, conviénele al alma entrar en la segunda noche del espíritu,
donde desnudando al sentido y espíritu perfectamente de todas
estas aprensiones y sabores, le han de hacer caminar en oscura y
pura fe, que es propio y adecuado medio por donde el alma se une
con Dios, según por Oseas (2, 20) lo dice, diciendo: Yo te
desposaré, esto es, te uniré conmigo, por fe.

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CAPÍTULO 3

Anotación para lo que se sigue.

1. Estando ya, pues, estos (espirituales) ya aprovechados, por el
tiempo que han pasado cebando los sentidos con dulces
comunicaciones, para que así atraída y saboreada del espiritual
gusto la parte sensitiva, que del espíritu le manaba, se aunase y
acomodase en uno con el espíritu, (están) comiendo cada uno en
su manera de un mismo manjar espiritual en un mismo plato de un
solo supuesto y sujeto, para que así ellos, en alguna manera juntos
y conformes en uno, juntos estén dispuestos para sufrir la áspera y
dura purgación del espíritu que les espera. Porque en ella se han
de purgar cumplidamente estas dos partes del alma, espiritual y
sensitiva, porque la una nunca se purga bien sin la otra, porque la
purgación válida para el sentido es cuando de propósito comienza
la del espíritu. De donde la noche que habemos dicho del sentido,
más se puede y debe llamar cierta reformación y enfrenamiento del
apetito que purgación. La causa es porque todas las imperfecciones
y desórdenes de la parte sensitiva tienen su fuerza y raíz en el
espíritu, donde se sujetan todos los hábitos buenos y malos, y así,
hasta que éstos se purgan, las rebeliones y siniestros del sentido no
se pueden bien purgar.

2. De donde en esta noche que se sigue se purgan entrambas
partes juntas, que éste es el fin porque convenía haber pasado por
la reformación de la primera noche y la bonanza que de ello salió,
para que, aunado con el espíritu el sentido, en cierta manera se
purgue y padezca aquí con más fortaleza, porque para tan fuerte y
dura purga es menester (disposición) tan grande; que, sin haber
reformádose antes la flaqueza de la parte inferior y cobrado
fortaleza en Dios por el dulce y sabroso trato que con él después
tuvo, ni tuviera fuerza ni disposición el natural para sufrirla.

3. Por tanto, porque estos aprovechados todavía el trato y
operaciones que tienen con Dios son muy bajas y muy naturales, a
causa de no tener purificado e ilustrado el oro del espíritu; por lo
cual todavía entienden de Dios como pequeñuelos, y saben y
sienten de Dios como pequeñuelos, según dice san Pablo (1 Cor.
13, 11), por no haber llegado a la perfección, que es la unión del
alma con Dios; por la cual unión ya, como grandes, obran
grandezas en su espíritu, siendo ya sus obras y potencias más
divinas que humanas, como después se dirá. Queriendo Dios
desnudarlos de hecho de este viejo hombre y vestirlos del nuevo,
que según Dios es criado en la novedad del sentido, que dice el
Apóstol (Cl. 3, 10), desnúdales las potencias y afecciones y
sentidos, así espirituales como sensitivos, así exteriores como
interiores, dejando a oscuras el entendimiento, y la voluntad a
secas, y vacía la memoria, y las afecciones del alma en suma
aflicción, amargura y aprieto, privándola del sentido y gusto que
antes sentía de los bienes espirituales, para que esta privación sea
uno de los principios que serequiere en el espíritu para que se
introduzca y una en él la forma espiritual del espíritu, que es la
unión de amor.

Todo lo cual obra el Señor en ella por medio de una pura y oscura
contemplación, como el alma lo da a entender por la primera
canción. La cual, aunque está declarada al propósito de la primera
noche del sentido, principalmente la entiende el alma por esta
segunda del espíritu, por ser la principal parte de la purificación del
alma. Y así, a este propósito la pondremos y declararemos aquí otra
vez.

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CAPÍTULO 4

Pónese la primera canción y su declaración.

CANCIÓN 1ª

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

DECLARACIÓN

1. Entendiendo ahora esta canción a propósito de la purgación
contemplativa, o desnudez y pobreza de espíritu, que todo aquí casi
es una misma cosa, podémosla declarar en esta manera, y que dice
el alma así:

En pobreza, desamparo y desarrimo de todas las aprensiones de mi
alma, esto es, en oscuridad de mi entendimiento y aprieto de mi
voluntad, en afición y angustia acerca de la memoria, dejándome a
oscuras en pura fe (la cual es noche oscura para las dichas
potencias naturales) sólo la voluntad tocada de dolor y aflicciones y
ansias de amor de Dios, salí de mí misma, esto es, de mi bajo modo
de entender, y de mi flaca suerte de amar, y de mi pobre y escasa
manera de gustar de Dios, sin que la sensualidad ni el demonio me
lo estorben.

2. Lo cual fue grande dicha y buena ventura para mí; porque, en
acabándose de aniquilarse y sosegarse las potencias, pasiones,
apetitos y afecciones de mi alma, con que bajamente sentía y
gustaba de Dios, salí del trato y operación humana mía a operación
y trato de Dios, es a saber:
Mi entendimiento salió de sí, volviéndose de humano y natural en
divino; porque, uniéndose por medio de esta purgación con Dios, ya
no entiende por su vigor y luz natural, sino por la divina Sabiduría
con que se unió.

Y mi voluntad salió de sí, haciéndose divina, porque, unida con el
divino amor, ya no ama bajamente con su fuerza natural, sino con
fuerza y pureza del Espíritu Santo; y así la voluntad acerca de Dios
no obra humanamente.

Y, ni más ni menos, la memoria se ha trocado en aprensiones
eternas de gloria.

Y, finalmente, todas las fuerzas y afectos del alma, por medio de
esta noche y purgación del viejo hombre, todas se renuevan en
temples y deleites divinos. Síguese el verso:

En una noche oscura.

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CAPÍTULO 5

Pónese el primer verso y comienza a declarar cómo esta
contemplación oscura no sólo es noche para el alma, sino también
pena y tormento.

1. Esta noche oscura es una influencia de Dios en el alma, que la
purga de sus ignorancias e imperfecciones habituales, naturales y
espirituales, que llaman los contemplativos contemplación infusa o
mística teología, en que de secreto enseña Dios al alma y la
instruye en perfección de amor, sin ella hacer nada ni entender
cómo. Esta contemplación infusa, por cuanto es sabiduría de Dios
amorosa, hace dos principales efectos en el alma, porque la
dispone purgándola e iluminándola para la unión de amor de Dios.
De donde la misma sabiduría amorosa que purga los espíritus
bienaventurados ilustrándolos es la que aquí purga al alma y la
ilumina.
2. Pero es la duda: ¿por qué, pues es lumbre divina, que, como
decimos, ilumina y purga el alma de sus ignorancias, la llama aquí
el alma noche oscura? A lo cual se responde que por dos casas es
esta divina Sabiduría no sólo noche y tiniebla para el alma, mas
también pena y tormento: la primera es por la alteza de la Sabiduría
divina, que excede al talento del alma, y en esta manera le es
tiniebla; la segunda, por la bajeza e impureza de ella, y de esta
manera le es penosa y aflictiva, y también oscura.

3. Para probar la primera conviene suponer cierta doctrina del
Filósofo, que dice que cuanto las cosas divinas son en sí más claras
y manifiestas, tanto más son al alma oscuras y ocultas
naturalmente; así como la luz, cuanto más clara es, tanto más ciega
y oscurece la pupila de la lechuza, y cuanto el sol se mira más de
lleno, más tinieblas causa a la potencia visiva y la priva,
excediéndola por su flaqueza.

De donde, cuando esta divina luz de contemplación embiste en el
alma que aún no está ilustrada totalmente, le hace tinieblas
espirituales, porque no sólo la excede, pero también la priva y
oscurece el acto de su inteligencia natural. Que por esta causa san
Dionisio y otros místicos teólogos llaman a esta contemplación
infusa rayo de tiniebla, conviene a saber, para el alma no ilustrada y
purgada, porque de su gran luz sobrenatural es vencida la fuerza
natural intelectiva y privada.

Por lo cual David (Sal. 96, 2) también dijo que cerca de Dios y en
rededor de él está oscuridad y nube; no porque en sí ello sea así,
sino para nuestros entendimientos flacos, que en tan inmensa luz
se oscurecen y quedan ofuscados, no alcanzando. Que por eso el
mismo David (Sal. 17, 13) lo declaró luego, diciendo: Por el gran
resplandor de su presencia se atravesaron nubes, es a saber, entre
Dios y nuestro entendimiento. Y ésta es la causa por que, en
derivando de sí Dios al alma que aún no está transformada este
esclarecido rayo de su sabiduría secreta, le hace tinieblas oscuras
en el entendimiento.

4. Y que esta oscura contemplación también le sea al alma penosa
a estos principios, está claro; porque, como esta divina
contemplación infusa tiene muchas excelencias en extremo buenas
y el alma que las recibe, por no estar purgada, tiene muchas
miserias también en extremo malas, de aquí es que, no pudiendo
caber dos contrarios en el sujeto del alma, de necesidad haya de
penar y padecer el alma, siendo ella el sujeto en que contra sí se
ejercitan estos dos contrarios, haciendo los unos contra los otros,
por razón de la purgación que de las imperfecciones del alma por
esta contemplación se hace. Lo cual probaremos por inducción en
esta manera.

5. -Cuanto a lo primero, porque la luz y sabiduría de esta
contemplación es muy clara y pura y el alma en que ella embiste
está oscura e impura, de aquí es que pena mucho el alma
recibiéndola en sí, como cuando los ojos están de mal humor
impuros y enfermos, del embestimiento de la clara luz reciben pena.

Y esta pena en el alma, a causa de su impureza, es inmensa
cuando de veras es embestida de esta divina luz, porque
embistiéndose en el alma esta luz pura a fin de expeler la impureza
del alma, siéntese el alma tan impura y miserable que le parece
estar Dios contra ella y que ella está hecha contraria a Dios. Lo cual
es de tanto sentimiento y pena para el alma, porque le parece aquí
que la ha Dios arrojado, que uno de los mayores trabajos que
sentía Job (7, 20) cuando Dios le tenía en este ejercicio, era éste,
diciendo: ¿Por qué me has puesto contrario a ti, y soy grave y
pesado para mí mismo? Porque viendo el alma claramente aquí por
medio de esta pura luz, aunque a oscuras, su impureza, conoce
claro que no es digna de Dios ni de criatura alguna. Y lo que más le
pena es que piensa que nunca lo será, y que ya se le acabaron sus
bienes. Esto le causa la profunda inmersión que tiene de la mente
en el conocimiento y sentimiento de sus males y miserias; porque
aquí se las muestra todas al ojo esta divina y oscura luz, y que vea
claro cómo de suyo no podrá tener ya otra cosa. Podemos entender
a este sentido aquella autoridad de David (Sal. 38, 12), que dice:
Por la iniquidad corregiste al hombre, e hiciste deshacer y
contabescer su alma; como la araña se desentraña.

6. -La segunda manera en que pena el alma es causa de su
flaqueza natural, moral y espiritual; porque, como esta divina
contemplación embiste en el alma con alguna fuerza, al fin de la ir
fortaleciendo y domando, de tal manera pena en su flaqueza, que
poco menos desfallece, particularmente algunas veces cuando con
alguna más fuerza embiste. Porque el sentido y espíritu, así como si
estuviese debajo de una inmensa y oscura carga, está penando y
agonizando tanto, que tomaría por alivio y partido el morir. Lo cual
habiendo experimentado el profeta Job (23, 6), decía: No quiero
que trate conmigo con mucha fortaleza, porque no me oprima con el
peso de su grandeza.

7. En la fuerza de esta opresión y peso se siente el alma tan ajena
de ser favorecida, que le parece, y así es, que aun en lo que solía
hallar algún arrimo se acabó con lo demás, y que no hay quien se
compadezca de ella. A cuyo propósito dice también Job (19, 21):
Compadeceos de mí, a lo menos vosotros mis amigos, porque me
ha tocado la mano del Señor.

¡Cosa de grande maravilla y lástima que sea aquí tanta la flaqueza
e impureza del alma, que, siendo la mano de Dios de suyo tan
blanda y suave, la sienta el alma aquí tan grave y contraria, con no
cargar ni asentar, sino solamente tocando, y eso
misericordiosamente, pues lo hace a fin de hacer mercedes al alma,
y no de castigarla!

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CAPÍTULO 6

De otras maneras de pena que el alma padece en esta noche.

1. - La tercera manera de pasión y pena que el alma aquí padece
es a causa de otros dos extremos, conviene a saber, divino y
humano, que aquí se juntan. El divino es esta contemplación
purgativa, y el humano es sujeto del alma. Que como el divino
embiste a fin de renovarla para hacerla divina, desnudándola de las
afecciones habituales y propiedades del hombre viejo, en que ella
está muy unida, conglutinada y conformada, de tal manera la
destrica y descuece la sustancia espiritual, absorbiéndola en una
profunda y honda tiniebla, que el alma se siente estar deshaciendo
y derritiendo en la haz y vista de sus miserias con muerte de
espíritu cruel; así como si, tragada de una bestia, en su vientre
tenebroso se sintiese estar digiriendo, padeciendo estas angustias
como Jonás (2, 1) en el vientre de aquella marina bestia. Porque en
este sepulcro de osctra muerte la conviene estar para la espiritual
resurrección que espera.

2. La manera de esta pasión y pena, aunque de verdad ella es
sobre manera, descríbela David (Sal. 17, 5-7), diciendo:
Cercáronme los gemidos de la muerte, los dolores del infierno me
rodearon, en mi tribulación clamé.

Pero lo que esta doliente alma aquí más siente, es parecerle claro
que Dios la ha desechado y, aborreciéndola, arrojado en las
tinieblas, que para ella es grave y lastimera pena creer que la ha
dejado Dios. La cual también David, sintiéndola mucho en este
caso, dice (Sal. 87, 6-8): De la manera que los llagados están
muertos en los sepulcros, dejados ya de tu mano, de que no te
acuerdas más, así me pusieron a mí en el lago más hondo e inferior
en tenebrosidades y sombra de muerte, y está sobre mi confirmado
tu furor, y todas tus olas descargaste sobre mí. Porque,
verdaderamente, cuando esta contemplación purgativa aprieta,
sombra de muerte y gemidos de muerte y dolores de infierno siente
el alma muy a lo vivo, que consiste en sentirse sin Dios y castigada
y arrojada e indigna de él, y que está enojado, que todo se siente
aquí; y más, que le parece que ya es para siempre.

3. Y el mismo desamparo siente de todas las criaturas y desprecio
acerca de ellas, particularmente de los amigos. Que por eso
prosigue luego David (Sal. 87, 9), diciendo: Alejaste de mí mis
amigos y conocidos; tuviéronme por abominación. Todo lo cual,
como quien tan bien lo experimentó en el vientre de la bestia
corporal y espiritualmente, testifica bien Jonás (2, 4-7), diciendo así:
Arrojásteme al profundo en el corazón de la mar, y la corriente me
cercó; todos sus golfos y olas pasaron sobre mí y dije: arrojado
estoy de la presencia de tus ojos; pero otra vez veré tu santo templo
(lo cual dice, porque aquí purifica Dios al alma para verlo);
cercáronme las aguas hasta el alma, el abismo me ciñó, el piélago
me cubrió mi cabeza, a los extremos de los montes descendí; los
cerrojos de la tierra me encerraron para siempre. Los cuales
cerrojos se entienden aquí a este propósito por las imperfecciones
del alma, que la tienen impedida que no goce esta sabrosa
contemplación.

4.- La cuarta manera de pena causa en el alma otra excelencia de
esta oscura contemplación, que es la majestad y grandeza de ella,
la cual hace sentir en el alma otro extremo que hay en ella de íntima
pobreza y miseria; la cual es de las principales penas que padece
en esta purgación. Porque siente en sí un profundo vacío y pobreza
de tres maneras de bienes que se ordenan al gusto del alma, que
son temporal, natural y espiritual, viéndose puesta en los males
contrarios, conviene a saber: miserias de imperfecciones,
sequedades y vacíos de las aprensiones de las potencias y
desamparo del espíritu en tiniebla. Que, por cuanto aquí purga Dios
al alma según la sustancia sensitiva y espiritual y según las
potencias interiores y exteriores, conviene que el alma sea puesta
en vacío y pobreza y desamparo de todas estas partes, dejándola
seca, vacía y en tinieblas; porque la parte sensitiva se purifica en
sequedad, y las potencias en su vacío de sus aprensiones, y el
espíritu en tiniebla oscura.

5. Todo lo cual hace Dios por medio de esta oscura contemplación;
en la cual no sólo padece el alma el vacío y suspensión de estos
arrimos naturales y aprensiones, que es un padecer muy
congojoso, de manera que si a uno suspendiesen o detuviesen en
el aire, que no respirase, mas también está purgando el alma,
aniquilando y vaciando o consumiendo en ella, así como hace el
fuego al orín y moho del metal, todas las afecciones y hábitos
imperfectos que ha contraído toda la vida. Que, por estar ellos muy
arraigados en la sustancia del alma, sobrepadece grave
deshacimiento y tormento interior, demás de la dicha pobreza y
vacío natural y espiritual, para que se verifique aquí la autoridad de
Ezequiel que dice: Juntaré los huesos, y encenderlos he en fuego,
consumirse han las carnes y cocerse ha toda la composición, y
deshacerse han los huesos (Ez. 24, 10). En lo cual se entiende la
pena que padece en el vacío y pobreza de la sustancia del alma
sensitiva y espiritual. Y sobre esto dice luego (24, 11): Ponedla
también así vacía sobre las ascuas, para que se caliente y se
derrita su metal, y se deshaga en medio de ella su inmundicia y sea
consumido su moho. En lo cual se da a entender la grave pasión
que el alma aquí padece en la purgación del fuego de esta
contemplación, pues dice el profeta que para que se purifique y
deshaga el orín de las afecciones que están en medio del alma, es
menester en cierta manera que ella misma se aniquile y deshaga,
según está ennaturalizada en estas pasiones e imperfecciones.

6. De donde, porque en esta fragua se purifica el alma como el oro
en el crisol, según el Sabio dice (Sab. 3, 6), siente este grande
deshacimiento en la misma sustancia del alma, con extremada
pobreza, en que está como acabando, como se puede ver por lo
que a este propósito dijo David (Sal. 68, 2-4) por estas palabras,
clamando a Dios: Sálvame, Señor, porque han entrado las aguas
hasta el alma mía; fijado estoy en el limo del profundo, y no hay
donde me sustente; vine hasta el profundo del mar, y la tempestad
me anegó; trabajé clamando, enronqueciéronseme mis gargantas,
desfallecieron mis ojos en tanto que espero en mi Dios.

En esto humilla Dios mucho al alma para ensalzarla mucho después
y, si él no ordenase que estos sentimientos, cuando se avivan en el
alma, se adormeciesen presto, moriría muy en breves días; mas
son interpolados los ratos en que se siente su íntima viveza. Lo cual
algunas veces se siente tan a lo vivo, que la parece al alma que ve
abierto el infierno y la perdición. Porque de éstos son los que de
veras descienden al infierno viviendo (Sal. 54, 16), pues aquí se
purgan a la manera que allí; porque esta purgación es la que allí se
había de hacer. Y así el alma que por aquí pasa, o no entra en
aquel lugar, o se detiene allí muy poco, porque aprovecha más una
hora aquí que muchas allí.

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CAPÍTULO 7

Prosigue en la misma materia de otras aflicciones y aprietos de la
voluntad.

1. Las aflicciones de la voluntad y aprietos son aquí también
inmensos y de manera que algunas veces traspasan al alma en la
súbita memoria de los males en que se ve, con la incertidumbre de
su remedio. Y añádese a esto la memoria de las prosperidades
pasadas; porque éstos, ordinariamente, cuando entran en esta
noche, han tenido muchos gustos en Dios y héchole muchos
servicios, y esto les causa más dolor, ver que están ajenos de aquel
bien y que ya no pueden entrar en él. Esto dice Job (16, 13-17),
también como lo experimentó por aquellas palabras: Yo, aquél que
solía ser opulento y rico, de repente estoy deshecho y contrito;
asióme la cerviz, quebrantóme y púsome como señuelo suyo para
herir en mí; cercóme con sus lanzas, llagó todos mis lomos, no
perdonó, derramó en la tierra mis entrañas, rompióme como llaga
sobre llaga; embistió en mí como fuerte gigante; cosí saco sobre mi
piel, y cubrí con ceniza mi carne; mi rostro se ha hinchado en llanto
y cegádose mis ojos.

2. Tantas y tan graves son las penas de esta noche, y tantas
autoridades hay en la Escritura que a este propósito se podrían
alegar, que nos faltaría tiempo y fuerzas escribiendo, porque sin
duda todo lo que se puede decir es menos. Por las autoridades ya
dichas se podrá barruntar algo de ello.

Y para ir concluyendo con este verso y dando a entender más lo
que obra en el alma esta noche, diré lo que en ella siente Jeremías
(Lm. 3, 1-20), la cual por ser tanto, lo dice y llora él por muchas
palabras en esta manera: Yo, varón, que veo mi pobreza en la vara
de su indignación, hame amenazado, y trájome a las tinieblas, y no
a la luz. ¡Tanto ha vuelto y convertido su manos sobre mí todo el
día! Hizo vieja mi piel y mi carne, desmenuzó mis huesos; en
rededor de mí hizo cerca, y cercóme de hiel y de trabajo; en
tenebrosidades me colocó, como muertos sempiternos. Cercó en
rededor contra mí porque no salga, agravóme las prisiones. Y
también, cuando hubiere clamado y rogado, ha excluido mi oración.
Cerrádome ha mis salidas y vías con piedras cuadradas:
desbaratóme mis pasos. Oso acechador es hecho para mí, león en
escondrijos. Mis pisadas trastornó y desmenuzóme, púsome
desamparada, extendió su arco, y púsome a mi como señuelo a su
saeta. Arrojó a mis entrañas las hijas de su aljaba. Hecho soy para
escarnio de todo el pueblo, y para risa y mofa de ellos todo el día.
Llenádome ha de amarguras, embriagóme con absintio. Por número
me quebrantó mis dientes, apacentóme con ceniza. Arrojada está
mi alma de la paz, olvidado estoy de los bienes. Y dije: frustrado y
acabado está mi fin y pretensión y mi esperanza del Señor.
Acuérdate de mi pobreza y de mi exceso, del absintio y de la hiel.
Acordarme he con memoria, y mi alma en mí se deshará en penas.

3. Todos estos llantos hace Jeremías sobre este trabajo, en que
pinta muy al vivo las pasiones del alma en esta purgación y noche
espiritual. De donde grande compasión conviene tener al alma que
Dios pone en esta tempestuosa y horrenda noche; porque, aunque
le corre muy buena dicha por los grandes bienes que de ella le han
de nacer cuando, como dice Job (12, 22), levantare Dios en el alma
de las tinieblas profundos bienes y produzca en luz la sombra de
muerte, de manera que, como dice David (Sal. 138, 12), venga a
ser su luz como fueron sus tinieblas; con todo eso, con la inmensa
pena con que anda penando, y por la grande incertidumbre que
tiene de su remedio (pues cree, como aquí dice este profeta, que no
ha de acabarse su mal, pareciéndole, como también dice David
(Sal. 142, 3), que la colocó Dios en las oscuridades, como los
muertos del siglo, angustiándose por esto en ella su espíritu, y
turbándose en ella su corazón), es de haberle gran dolor y lástima.
Porque se añade a esto, a causa de la soledad y desamparo que en
esta oscura noche la causa, no hallar consuelo ni arrimo en ninguna
doctrina ni en maestro espiritual; porque, aunque por muchas vías
le testifique las causas del consuelo que puede tener por los bienes
que hay en estas penas, no lo puede creer. Porque, como ella está
tan embebida e inmersa en aquel sentimiento de males en que ve
tan claramente sus miserias, parécele que, como ellos no ven lo
que ella ve y siente, no la entendiendo dicen aquello, y, en vez de
consuelo, antes recibe nuevo dolor, pareciéndole que no es aquél el
remedio de su mal, y a la verdad así es. Porque hasta que el Señor
acabe de purgarla de la manera que él lo quiere hacer, ningún
medio ni remedio le sirve ni aprovecha para su dolor; cuánto más,
que puede el alma tan poco en este puesto como el que tienen
aprisionado en una oscura mazmorra atado de pies y manos, sin
poderse mover ni ver, ni sentir algún favor de arriba ni de abajo,
hasta que aquí se humille, ablande y purifique el espíritu, y se
ponga tan sutil y sencillo y delgado, que pueda hacerse uno con el
espíritu de Dios, según el grado que su misericordia quisiere
concederle de unión de amor, que conforme a esto es la purgación
más o menos fuerte y de más o menos tiempo.

4. Mas, si ha de ser algo de veras, por fuerte que sea, dura algunos
años; puesto que en estos medios hay interpolaciones de alivios, en
que por dispensación de Dios, dejando esta contemplación oscura
de embestir en forma y modo purgativo, embiste iluminativa y
amorosamente, en que el alma, bien como salida de tal mazmorra y
tales prisiones, y puesta en recreación de anchura y libertad, siente
y gusta gran suavidad de paz y amigabilidad amorosa con Dios con
abundancia fácil de comunicación espiritual.

Lo cual es al alma indicio de la salud que va en ella obrando la
dicha purgación y prenuncio de la abundancia que espera. Y aún,
que esto es tanto a veces, que le parece al alma que son acabados
ya sus trabajos. Porque de esta cualidad son las cosas espirituales
en el alma, cuando son más puramente espirituales, que, cuando
son trabajos, le parece al alma que nunca han de salir de ellos, y
que se le acabaron ya los bienes, como se ha visto por las
autoridades alegadas; y, cuando son bienes espirituales, también le
parece al alma que ya se acabaron sus males, y que no le faltarán
ya los bienes, como David (Sal. 29, 7), viéndose en ellos, lo
confesó, diciendo: Yo dije en mi abundancia: No me moveré para
siempre.
5. Y esto acaece porque la posesión actual de un contrario en el
espíritu, de suyo remueve la actual posesión y sentimiento del otro
contrario; lo cual no acaece así en la parte sensitiva del alma, por
ser flaca de aprensión. Mas, como quiera que el espíritu aún no
está aquí bien purgado y limpio de las afecciones que de la parte
inferior tiene contraídas, aunque en cuanto espíritu no se mude, en
cuanto está afectado con ellas se podrá mudar en penas, como
vemos que después se mudó David (Sal. 29, 7), sintiendo muchos
males y penas, aunque en el tiempo de su abundancia le había
parecido y dicho que no se había de mover jamás. Así el alma,
como entonces se ve actuada con aquella abundancia de bienes
espirituales, no echando de ver la raíz de imperfección e impureza
que todavía le queda, piensa que se acabaron sus trabajos.

6. Mas este pensamiento las menos veces acaece, porque, hasta
que está acabada de hacer la purificación espiritual, muy raras
veces suele ser la comunicación suave tan abundante que le cubra
la raíz que queda, de manera que deje el alma de sentir allá en el
interior un no sé qué que le falta o que está por hacer, que no le
deja cumplidamente gozar de aquel alivio, sintiendo ella dentro
como un enemigo suyo, que, aunque está como sosegado y
dormido, se recela que volverá a revivir y hacer de las suyas. Y así
es que, cuando más segura está y menos se cata, vuelve a tragar y
absorber el alma en otro grado peor y más duro, oscuro y lastimero
que el pasado, el cual dura otra temporada, por ventura más larga
que la primera. Y aquí el alma otra vez viene a creer que todos los
bienes están acabados para siempre; que no le basta la experiencia
que tuvo del bien pasado que gozó después del primer trabajo, en
que también pensaba que ya no había más que penar, para dejar
de creer en este segundo grado de aprieto que estaba ya todo
acabado y que no volverá como la vez pasada. Porque, como digo,
esta creencia tan confirmada se causa en el alma de la actual
aprensión del espíritu, que aniquila en él todo lo que a ella es
contrario.

7. Esta es la causa por que los que yacen en el purgatorio padecen
grandes dudas de que han de salir de allí jamás y de que se han de
acabar sus penas. Porque, aunque habitualmente tienen las tres
virtudes teologales, que son fe, esperanza y caridad, la actualidad
que tienen del sentimiento de las penas y privación de Dios, no les
deja gozar del bien actual y consuelo de estas virtudes. Porque,
aunque ellos echan de ver que quieren bien a Dios, no les consuela
esto; porque les parece que no les quiere Dios a ellos ni que de tal
cosa son dignos; antes, como se ven privados de él, puestos en sus
miserias, paréceles que tienen muy bien en sí por qué ser
aborrecidos y desechados de Dios con mucha razón para siempre.

Y así, el alma en esta purgación, aunque ella ve que quiere bien a
Dios y que daría mil vidas por él (como es así la verdad, porque en
estos trabajos aman con muchas veras estas almas a su Dios), con
todo no le es alivio esto, antes le causa más pena; porque,
queriéndole ella tanto, que no tiene otra cosa que le dé cuidado,
como se ve tan mísera, no pudiendo creer que Dios la quiere a ella,
ni que tiene ni tendrá jamás por qué, sino antes tiene por qué ser
aborrecida, no sólo de él, sino de toda criatura para siempre,
duélese de ver en sí causas por que merezca ser desechada de
quien ella tanto quiere y desea.

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CAPÍTULO 8

De otras penas que afligen al alma en este estado.

1. Pero hay aquí otra cosa que al alma aqueja y desconsuela
mucho, y es que, como esta oscura noche la tiene impedidas las
potencias y afecciones, ni puede levantar afecto ni mente a Dios, ni
le puede rogar, pareciéndole lo que a Jeremías (Lm. 3, 44), que ha
puesto Dios una nube delante porque no pase la oración. Porque
esto quiere decir lo que en la autoridad alegada (Lm. 3, 9) dice, es
saber: Atrancó y cerró mis vías con piedras cuadradas. Y si algunas
veces ruega, es tan sin fuerza y sin jugo, que le parece que ni lo
oye Dios ni hace caso de ello, como también este profeta da a
entender en la misma autoridad (Lm. 3, 8), diciendo: Cuando
clamare y rogare, ha excluido mi oración. A la verdad no es éste
tiempo de hablar con Dios, sino de poner, como dice Jeremías (Lm.
3, 29), su boca en el polvo, si por ventura le viniese alguna actual
esperanza, sufriendo con paciencia su purgación. Dios es el que
anda aquí haciendo pasivamente la obra en el alma; por eso ella no
puede nada. De donde ni rezar ni asistir con advertencia a las
cosas divinas puede, ni menos en las demás cosas y tratos
temporales. Tiene no sólo esto, sino también muchas veces tales
enajenamientos y tan profundos olvidos en la memoria, que se le
pasan muchos ratos sin saber lo que se hizo ni qué pensó, ni qué
es lo que hace ni qué va a hacer, ni puede advertir, aunque quiera,
a nada de aquello en que está.

2. Que, por cuanto aquí no sólo se purga el entendimiento de su
lumbre y la voluntad de sus afecciones, sino también la memoria de
sus discursos y noticias, conviene también aniquilarla acerca de
todas ellas, para que se cumpla lo que de sí dice David (Sal. 72, 22)
en esta purgación, es a saber: Fui yo aniquilado y no supe. El cual
no saber se refiere aquí a estas insipiencias y olvidos de la
memoria, las cuales enajenaciones y olvidos son causados del
interior recogimiento en que esta contemplación absorbe al alma.
Porque, para que el alma quede dispuesta y templada a lo divino
con sus potencias para la divina unión de amor, convenía que
primero fuese absorta con todas ellas en esta divina y oscura luz
espiritual de contemplación, y así fuese abstraída de todas las
afecciones y aprensiones de criatura, lo cual singularmente dura
según es la intensión. Y así, cuanto esta divina luz embiste más
sencilla y pura en el alma, tanto más la oscurece, vacía y aniquila
acerca de sus aprensiones y afecciones particulares, así de cosas
de arriba como de abajo; y también, cuanto menos sencilla y pura
embiste, tanto menos la priva y menos oscura le es. Que es cosa
que parece increíble decir que la luz sobrenatural y divina tanto más
oscurece al alma cuanto ella tiene más de claridad y pureza; y
cuanto menos, le sea menos oscura. Lo cual se entiende bien si
consideramos lo que arriba queda probado con la sentencia del
Filósofo, conviene a saber; que las cosas sobrenaturales tanto son
a nuestro entendimiento más oscuras, cuanto ellas en sí son más
claras y manifiestas.

3. Y, para que más claramente se entienda, pondremos aquí una
semejanza de la luz natural y común. Vemos que el rayo del sol que
entra por la ventana, cuanto más limpio y puro es de átomos, tanto
menos claramente se ve, y cuanto más de átomos y motas tiene el
aire, tanto parece más claro al ojo. La causa es porque la luz no es
la que por sí misma se ve, sino el medio con que se ven las demás
cosas que embiste; y entonces ella, por la reverberación que hace
en ellas, también se ve, y si no diese en ellas, ni ellas ni ella se
verían; de tal manera que, si el rayo del sol entrase por la ventana
de un aposento y pasase por otra de la otra parte por medio del
aposento, como no topase en alguna cosa ni hubiese en el aire
átomos en que reverberar, no tendría el aposento más luz que
antes, ni el rayo se echaría de ver; antes, si bien se mirase,
entonces hay más oscuridad por donde está el rayo, porque priva y
oscurece algo de la otra luz, y él no se ve, porque, como habemos
dicho, no hay objetos visibles en que pueda reverberar.

4. Pues ni más ni menos hace este divino rayo de contemplación en
el alma, que, embistiendo en ella con su lumbre divina, excede la
natural del alma, y en esto la oscurece y priva de todas las
aprensiones y afecciones naturales que antes mediante la luz
natural aprehendía: y así, no sólo la deja oscura, sino también vacía
según las potencias y apetitos, así espirituales como naturales, y,
dejándola así vacía y a oscuras, la purga e ilumina con divina luz
espiritual, sin pensar el alma que la tiene, sino que está en tinieblas,
como habemos dicho del rayo, que, aunque está en medio del
aposento, si está puro y no tiene en qué topar, no se ve. Pero en
esta luz espiritual de que está embestida el alma, cuando tiene en
qué reverberar, esto es, cuando se ofrece alguna cosa que
entender espiritual y de perfección o de imperfección, por mínimo
átomo que sea, o juicio de lo que es falso o verdadero, luego lo ve y
entiende mucho más claramente que antes que estuviese en estas
oscuridades. Y, ni más ni menos conoce la luz que tiene espiritual
para conocer con facilidad la imperfección que se le ofrece, así
como cuando el rayo que habemos dicho está oscuro en el
aposento, aunque él no se ve, si se ofrece pasar por él una mano o
cualquiera cosa, luego se ve la mano, y se conoce que estaba allí
aquella luz del sol.

5. Donde, por ser esta luz espiritual tan sencilla, pura y general, no
afectada ni particularizada a ningún particular inteligible natural ni
divino, pues acerca de todas estas aprensiones tiene las potencias
del alma vacías y aniquiladas, de aquí es que con grande
generalidad y facilidad conoce y penetra el alma cualquiera cosa de
arriba o de abajo que se ofrece; que por eso dijo el Apóstol (1 Cor.
2, 10) que el espiritual todas las cosas penetra, hasta los profundos
de Dios. Porque de esta sabiduría general y sencilla se entiende lo
que por el Sabio (Sab. 7, 24) dice el Espíritu Santo, es a saber: Que
toca hasta doquiera por su pureza, es a saber, porque no se
particulariza a ningún particular inteligible ni afección.

Y ésta es la propiedad del espíritu purgado y aniquilado acerca de
todas particulares afecciones e inteligencias, que, en este no gustar
nada ni entender nada en particular, morando en su vacío y tiniebla,
lo abraza todo con grande disposición, para que se verifique en él lo
de san Pablo (2 Cor. 6, 10): Nihil habentes, et omnia possidentes.
Porque tal bienaventuranza se debe a tal pobreza de espíritu.

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CAPÍTULO 9

Cómo aunque esta noche oscurece al espíritu, es para ilustrarle y
darle luz.

1. Resta, pues, decir aquí que en esta dichosa noche, aunque
oscurece el espíritu, no lo hace sino por darle luz todas las cosas; y,
aunque lo humilla y pone miserable, no es sino para ensalzarle y
levantarle; y, aunque le empobrece y vacía de toda posesión y
afección natural, no es sino para que divinamente pueda extender a
gozar y gustar de todas las cosas de arriba y de abajo, siendo con
libertad de espíritu general en todo.

Porque, así como los elementos para que se comuniquen en todos
los compuestos y entes naturales, conviene que con ninguna
particularidad de color, olor ni sabor estén afectados, para poder
concurrir con todos los sabores, olores y colores, así al espíritu le
conviene estar sencillo, puro y desnudo de todas maneras de
afecciones naturales, así actuales como habituales, para poder
comunicar con libertad con la anchura del espíritu con divina
Sabiduría, en que por su limpieza gusta todos los sabores de todas
las cosas con cierta eminencia de excelencia. Y sin esta purgación
en ninguna manera podrá sentir ni gustar la satisfacción de toda
esta abundancia de sabores espirituales; porque una sola afición
que tenga o particularidad a que esté el espíritu asido, actual o
habitualmente, basta para no sentir ni gustar ni comunicar la
delicadeza e íntimo sabor del espíritu de amor, que contiene en sí
todos los sabores con gran eminencia.

2. Porque, así como los hijos de Israel, sólo porque les había
quedado una sola afición y memoria de las carnes y comidas de
Egipto (Ex. 16, 3), no podían gustar del delicado pan de ángeles en
el desierto, que era el maná, el cual, como dice la divina Escritura
(Sab. 16, 21), tenía suavidad de todos los gustos y se convertía al
gusto que cada uno quería, así no puede llegar a gustar los deleites
del espíritu de libertad, según la voluntad desea, el espíritu que
todavía estuviere afectado con alguna afición actual o habitual, o
con particulares inteligencias o cualquiera otra aprehensión.

La razón de esto es porque las afecciones, sentimientos y
aprehensiones del espíritu perfecto, porque son divinas, son de otra
suerte y género tan diferente de lo natural y eminente, que, para
poseer las unas actual y habitualmente, habitual y actualmente se
han de expeler y aniquilar las otras, como hacen dos contrarios, que
no pueden estar juntos en un sujeto. Por tanto, conviene mucho y
es necesario para que el alma haya de pasar a estas grandezas,
que esta noche oscura de contemplación la aniquile y deshaga
primero en sus bajezas, poniéndola a oscuras, seca y apretada y
vacía; porque la luz que se le ha de dar es una altísima luz divina
que excede toda luz natural, que no cabe naturalmente en el
entendimiento.

3. Y así, conviene que, para que el entendimiento pueda llegar a
unirse con ella y hacerse divino en el estado de perfección, sea
primero purgado y aniquilado en su lumbre natural, poniéndole
actualmente a oscuras por medio de esta oscura contemplación. La
cual tiniebla conviene que le dure tanto cuanto sea menester para
expeler y aniquilar el hábito que de mucho tiempo tiene en su
manera de entender en sí formado y, en su lugar, quede la
ilustración y luz divina. Y así, por cuanto aquella fuerza que tenía de
entender antes es natural, de aquí se sigue que las tinieblas que
aquí padece son profundas y horribles y muy penosas, porque,
como se sienten en la profunda sustancia del espíritu, parecen
tinieblas sustanciales.

Ni más ni menos, por cuanto la afección de amor que se le ha de
dar en la divina unión de amor es divina, y por eso muy espiritual,
sutil y delicada y muy interior, que excede a todo afecto y
sentimiento de la voluntad, y todo apetito de ello, conviene que,
para que la voluntad pueda venir a sentir y gustar por unión de
amor esta divina afección y deleite tan subido, que no cae en la
voluntad naturalmente, sea primero purgada y aniquilada en todas
sus afecciones y sentimientos, dejándola en seco y en aprieto, tanto
cuanto conviene según el hábito que tenía de naturales afecciones,
así acerca de lo divino como de lo humano, para que, extenuada y
enjuta y bien extricada en el fuego de esta divina contemplación de
todo género de demonio, como el corazón del pez de Tobías en las
brasas (Tb. 6, 19), tenga disposición pura y sencilla y el paladar
purgado y sano para sentir los subidos y peregrinos toques del
divino amor en que se verá transformada divinamente, expelidas
todas las contrariedades actuales y habituales, como decimos, que
antes tenía.

4. También porque en la dicha unión, a que la dispone y encamina
esta oscura noche, ha de estar el alma llena y dotada de cierta
magnificencia gloriosa en la comunicación con Dios, que encierra
en sí innumerables bienes de deleites que exceden toda la
abundancia que el alma naturalmente puede poseer, porque en tan
flaco e impuro natural no la puede recibir, porque, según dice Isaías
(64, 4): Ni ojo lo vio, ni oído lo oyó, ni cayó en corazón humano lo
que aparejó, etc., conviene que primero sea puesta el alma en
vacío y pobreza de espíritu, purgándola de todo arrimo, consuelo y
aprensión natural acerca de todo lo de arriba y de abajo, para que,
así vacía, esté bien pobre de espíritu y desnuda del hombre viejo
para vivir aquella nueva y bienaventurada vida que por medio de
esta noche se alcanza, que es el estado de la unión con Dios.

5. Y porque el alma ha de venir a tener un sentido y noticia divina
muy generosa y sabrosa acerca de todas las cosas divinas y
humanas que no cae en el común sentir y saber natural del alma
(que le