El Titánic como metáfora Por Alberto Montiel

Revisión de una entrada de mi viejo blog utopicosincomplejos. Sorprende advertir cómo de la brevísima historia del famoso barco pueden extraerse multiples paralelismos con el más que probable “hundimiento” de la civilización occidental; realmente fascinante.

El Titanic era un extraordinario barco de vapor de una serie de tres barcos muy parecidos, la clase Olympic, perteneciente a la naviera White Star Line, concebido en gran medida para satisfacer a los viajeros mas exigentes -en cuestión de lujo al menos-. Construido en los astilleros de Belfast a partir del modelo de su “hermano gemelo” el Olympic, contaba con los elementos de seguridad más avanzados de su época, como los mamparos estancos que dividían el casco en secciones independientes, o la estación de radio-telégrafo. Pero, por otro lado, al no proponerse mejorar el estricto cumplimiento de una reglamentación que tenía sentido para barcos de menor tamaño (por lo tanto desfasada), no disponía de botes salvavidas más que para poco más de la mitad de las personas a bordo (muchas menos de la mitad si el barco hubiera ido al máximo de su capacidad). Aparentemente creían que los botes salvavidas eran un elemento de seguridad relativamente superfluo en un barco así, que afeaban demasiado la cubierta. Partió de Southampton (Inglaterra) el 10 de Abril de 1912, en su viaje inaugural, haciendo escala previamente en Cheburgo (Francia) y en Queenstown (Irlanda), antes de reemprender su ruta hacia Nueva York. Su gran tamaño y su aspecto de hotel de lujo haría creer a sus pasajeros - y lo que es peor, quizá a la tripulación- que su universo era el barco, y se olvidaban “casi” de que navegaban por un inmenso océano que podía albergar ciertos peligros. Un mar en calma facilitó avanzar a toda máquina (a 22 nudos sobre una velocidad máxima de 23), aunque precisamente la falta de olas dificultaría el avistamiento del fatídico iceberg, ya que éstas no rebotarian en ellos creando nuevas olas desde su base. Pusieron al frente a un experimentadísimo capitán, de historial impecable, y contrataron oficiales de lo más competente, reforzándo la sensación de que estaba todo perfectamente controlado.

La gran potencia de los extraordinarios motores de triple expansión y la turbina, alimentados con el vapor producido en 26 de sus 29 calderas, que a su vez eran alimentadas por un numeroso equipo de trabajadores, impulsaban las más de 46.000 toneladas del barco tratando de pulverizar los “records” de otros transatlánticos, buscando la notoriedad de la compañía naviera. Parece ser que prácticamente se ignoraron los repetidos avisos de avistamientos de icebergs y la misma señal del enfriamiento súbito que ya indicaba la cercanía de un banco de hielo. Pero no tuvieron la suerte de encontrar el camino completamente despejado; la noche del 14 al 15 de Abril, completamente en calma y sin luna, un iceberg se interpuso en su rumbo y los vigias -desprovistos de prismáticos por un descuido- lo avistaron a solo 500 metros de distancia. La velocidad y masa del Titanic impidió esquivar completamente el enorme obstáculo. Recientes descubrimientos sugieren que hubo una confusión inicial en la interpretación de la orden de viraje, pues los timones de los nuevos barcos de vapor operaban a la inversa que los grandes veleros, y algunos oficiales aún no estaban del todo habituados. Otra hipótesis hace hincapié en que la parada de las helices previa al cambio de sentido de giro, tratando de dar marcha atrás, suposo que el timón no fuera tan efectivo, pues las hélices producen un régimen turbulento en la pala del timón que es mucho más efectivo que el régimen laminar que se produce con las hélices paradas, con lo cual las fuerzas del timón se vieron muy reducidas y el viraje perdió efectividad. El resultado, en cualquier caso, fue que no logró esquivar del todo el iceberg, aunque tampoco chocó de frente, lo cual, si bien hubiera resultado en una sacudida violenta y la imposibilidad de proseguir el viaje, también habría evitado el trágico fin, pues el impacto lateral fué finalmente más dañino y terminó afectando una parte importante del casco, lo que produjo la entrada de agua en varios de los comartimentos estancos, los suficientes para que la proa se inclinara tanto como para permitir que continuara entrando agua al resto de compartimentos por las cubiertas superiores. El barco estaba ya sentenciado, pero curiosamente, a bordo los pasajeros de primera clase, más alejados de la realidad física del choque, pues su cubierta estaba mucho más alejada, apenas percibieron el impacto como una leve vibración que interrumpió la calma de la fría noche. Ahora llegaría lo peor. El barco ya estaba perdido, pero al menos las personas no hubieran corrido peligro gracias al mar en calma y a que dispusieron de tiempo suficiente para arriar los botes...de haber habido botes salvavidas para todos.

Pero como las desgracias parecen no venir solas, tampoco ningún barco pareció recibir a tiempo los mensajes de auxilio. Además se infrautilizó notoriamente la capacidad de los botes salvavidas, y lo que resulta mas terrible: parece ser que la mayoría de los botes semivacíos no regresaron al lugar del barco hundido a recoger a los supervivientes, que poco después morirían de frío en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Parece que seguimos sin prestar la debida atención ni a los icebergs ni a disponer de suficientes botes salvavidas; y que cuando surgen hambrunas, sequías, y otros cataclismos, tampoco empleamos los recursos de emergéncia con todo su potencial. Y con menos entusiasmo aún para salvar a los de tercera clase. Creo que no se ha prestado atención a los sutiles pero repetidos avisos del muy probable impacto o colapso que se avecina, (quizá porque seguimos sin creer en los cisnes negros) y probablemente sólo lo veremos claro cuando ya sea demasiado tarde, en parte por el efecto de la inercia de los sistemas pero también por la realimentación positiva que todo lo acelera cuando menos conviene que se acelere. Y también parece que se continúa demostrando que la vida de los que pagan el billete de primera parece ser más valiosa que la de los que poco o nada tienen. Las diferencias económicas siguen vigentes, aunque más enmascaradas, y el orgullo sigue siendo nuestro mayor defecto. En el Titánic se ocuparon de evitar a toda costa el pánico, pues los mandos sabían que no había suficientes botes para todos, por lo que se ocultó este dato y se ordenó mantener en marcha algunas de las calderas hasta el final, para así permitir el funcionamiento del generador eléctrico y disponer de iluminación hasta el momento del hundimiento mismo (quizá también para seguir emitiendo señales de SOS con el radiotelégrafo). De hecho, se ha elogiado mucho a la orquesta que ayudó a mantener la calma en la cubierta mientras se arriaban los botes, pero quizá no se ha agradecido lo suficiente el sacrificio de los trabajadores de las calderas que se ahogaron en las entrañas del barco. Sin duda, gracias a su heroica actuación se pudo evitar el caos total.

Una metáfora impresionante. ¿Preparados para un poco más?
En un gran barco como lo fue el Titanic, igual que en las ciudades modernas, se recrea un mundo artificial, de tecnología y lujo (para los de primera clase), que aisla a los pasajeros y tripulación del mundo real, el océano, que sin embargo le mantiene a flote y le permite desplazarse sobre él. Es como una ciudad flotante en la que se reproducen las relaciones laborales y sociales propias de la civilización occidental. En la que una parte de los viajeros sirve a otra, en la que hay una disciplina que obedece al poder económico (según algunos testigos el presidente de la compañía White Star presionó a su capitán para mantener el barco a toda marcha a pesar del aviso de hielo). En la “cómoda” y “evolucionada” vida moderna vivimos aislados del mundo natural, ignorando que dependemos plenamente de él, y que ni toda la tecnología del mundo podrá salvarnos del colapso si nos desentendemos del equilibrio de la Naturaleza. Los icebergs están formados por el mismo elemento que mantiene a flote los transatlánticos. Igual que el dinero que “mantiene a flote” la economía, pues también puede destruirla si no se actúa con sensibilidad suficiente para detectar concentraciones de dinero “peligrosas”. Los icebergs son en realidad mucho más grandes de lo que aparentan, pues debajo de la superficie del mar se encuentra una proporción mucho mayor de su masa total (flotan porque el hielo es menos denso que el agua líquida, pero la diferencia es pequeña). Igualmente los peligros que representan los agujeros de deuda de la economía global son muchísimo más grandes de lo que se ha puesto en conocimiento público, pues la deuda es de dimensiones colosales. Las inyecciones de capital al sistema financiero solo servirán para demorar un poco lo inevitable, igual que las bombas de achique no pudieron evitar que el Titanic se llenara de agua. El agua fría, casi helada supone una muerte certera en muy poco tiempo (15 minutos aprox.), pero aparentemente menos dramática, pues las víctimas de hipotermia mueren perdiendo fuerzas y abandonando las llamadas de auxilio en pocos minutos (de hecho se duermen). Los colapsos de las civilizaciones suelen ser silenciosos, o en lugar de oirse gritos se oyen débiles gemidos. Otra cosa es que los historiadores no suelan reconocer las verdaderas causas, y las confundan con lo que en realidad son efectos, y no causas primeras. Lo más trágico es que un mar en calma hubiera permitido un rescate fácil. Quizá la oscuridad de la noche facilitó la indiferencia de los que evitaron exponerse a rescatar a los supervivientes. La indiferencia es la peor tragedia , que agrava e incluso causa, todas las desgracias que padecemos los seres humanos.

Quizá ya se produjo el choque pero aún no hemos analizado en rigor todos los daños y por tanto no conocemos nuestra suerte; o quizá sólo hemos recibido un pequeño aviso y aún estemos a tiempo de reducir la velocidad, o de parar incluso. Desde luego, hoy sabemos que los pasajeros hicieron mal en confiar en la compañía naviera, en la seguridad del barco, en su experimentadísimo capitán y su muy profesional tripulación. En cualquier caso, no podemos confiar ciegamente en las autoridades, ni en los expertos a sueldo, ni ningún tipo de institución pública. Se han de buscar soluciones fuera del sistema, notablemente más creativas. Quizá los pasajeros de comportamiento menos “educado” cuando los oficiales y tripulación les distribuían en los botes salvavidas, tuvo más oportunidades de ocupar uno de estos botes, aunque fuera por las malas y a riesgo de ser tachados de cobardes (un mal menor, dadas las circunstancias). Quizá hoy, aquellas sociedades más aisladas del progreso y la tecnología son las que tienen más posibilidades de seguir de una pieza cuando nuestro moderno y eficiente sistema socioeconómico acabe por hundirse y se caiga en la cuenta de que no hay botes para los de tercera clase. Es posible que sean aquellos que no se subieron al barco de ésto mal llamado progreso. Un siglo después del infortunado hecho, aún no hemos decidido cambiar nuestro rumbo, a pesar del peligroso hielo que vemos a nuestro alrededor. Pero quizá ya sea hora de dejar de pensar en el barco (la civilización financiero-tecnológica) y despertar de la hipnósis a que nos somete.

Muy recomendable enlace a una certera narración de la breve historia del Titánic http://www.cibernautica.com.ar/titanic/titanic1.htm

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