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E D I T O R I A L

Título: ÉTER (Libro 2)

Íroas, Hijos de los Dioses

© 2010 Jordi Nogués © Diseño Gráfico: nowevolution Colección: Volution. Primera Edición Abril 2012 Derechos exclusivos de la edición. © nowevolution 2012 ISBN: 978-84-938266-9-7 Depósito Legal: GU-70-2012 Printed in Spain (Impreso en España) Esta obra no podrá ser reproducida, ni total ni parcialmente en ningún medio o soporte, ya sea impreso o digital, sin la expresa notificación por escrito del editor. Todos los derechos reservados. Más información:
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A mi hija Abril, la verdadera luz de mis ojos. Ser tu padre es un verdadero orgullo.

Prólogo

Lugar desconocido. Finales del otoño del año 724 a.C. Keila abrió los ojos lentamente. Todo su cuerpo estaba dolorido y sus extremidades no respondían a las órdenes del cerebro. No sabía dónde se encontraba. Sus ojos podían distinguir, levemente, el interior de un techo de paja en forma cónica. Pero no podía ver nada más. Su visión estaba obstaculizada por la propia hinchazón de sus ojos. Intentó levantar la mano pero esta apenas respondió al estímulo; solo tras un fuerte esfuerzo consiguió tocar su propio rostro. Una voz extraña le hablaba. Miró hacia la voz. Una humana mugrienta se dirigía a ella en un lenguaje irreconocible. No le hizo caso, la consideraba un ser inferior y estúpido. Ella era distinta, Keila era uno de los Hijos de los Dioses, y no debía mezclarse con humanos inferiores. Pensó en cómo podía haber llegado allí. Lo último que recordaba era la lucha contra aquel salvaje en la isla de los sículos. Ella y Gog tenían la misión de capturar a la niña de los ojos de colores. Gog se llevó a la pequeña humana y ella se quedó a luchar contra aquel hombre. En esto último tenía serias dudas; ¿era realmente un hombre o algo más? Jamás antes había luchado contra alguien así por lo tanto dudó sobre aquel espécimen. Era evidente que él la había derrotado, pero no recordaba casi nada. La lucha contra aquel monstruo, la inutilidad de sus propias armas; clavó incluso un kraan en el pecho de aquella bestia y el humano consiguió quitárselo como si nada. Después el vacío más absoluto. Su primer recuerdo, desde
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entonces, se remontaba a unos segundos atrás, al abrir los ojos. Haciendo acopio de una gran voluntad intentó levantarse. Lo consiguió, aunque a costa de un gran dolor en todo su tronco. Estaba desnuda. Ahora podía ver mejor donde se hallaba. Estaba dentro de una cabaña circular de adobe y paja. Un camastro, también de paja le había servido de cama. A su lado vio sus pertrechos guerreros; con sus correajes, armas y vestiduras. La humana mugrienta había desaparecido tras una puerta cubierta con una piel de animal. Keila estaba sola. Se vistió como pudo. Los moratones y golpes se extendían por casi todo su cuerpo. Solo su espalda y las piernas se habían librado de ellos. Pero tenía un dolor nuevo: la entrepierna le escocía terriblemente, como si un líquido ácido penetrase en una herida. También allí tenía restos de sangre seca. Cuando hubo terminado de vestirse vomitó un líquido verdoso y espeso. Nuevas arcadas terminaron sin expulsar nada; tendría el estómago vacío, pensó. En el cinturón de su correaje llevaba una botellita de theej, el elixir de la curación procurado por sus Dioses, los divinos atlantes. Se bebió su contenido de un trago. Notó sus efectos casi instantáneamente. Aunque los moratones no habían desaparecido se sintió con fuerzas para regresar a sus obligaciones guerreras. Pero primero debía saber dónde se encontraba. Salió de la tienda y el sol la deslumbró; un sol fuerte y limpio. Su mano izquierda actuó como un improvisado parasol. Un grupo de humanos se reunió ante ella. Todos iban tan mugrientos como la mujer de antes, solo vestidos con unas pieles y descalzos. Un anciano se acercó a ella y le habló en la lengua de los helenos. —¿Estás bien, mujer extranjera? ¿Entiendes mis palabras? El viejo casi no tenía dientes y despedía un hedor insoportable. Keila no pudo menos que tener una nueva arcada pero su vómito salió vacío.
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—Sí, ¿qué lugar es este? —habló con distinción y orgullo. —Los helenos llaman a nuestra tierra Iberia, pues se halla al occidente de sus ciudades; más allá del Gran Azul. —¿Dónde me encontrasteis? —Tu caballo con alas te trajo hasta aquí —el viejo señaló a la espalda de Keila; allí, con un suave trote, se acercaba Stigg, su divino corcel. Ella respiró aliviada. Con la recuperación de Stigg estaba salvada. Sin decir nada a aquellos humanos montó en su caballo, levantó el vuelo y desapareció en el cielo. Mientras volaba notó una extraña sensación en el vientre. Algo se estaba hinchando dentro de ella. Y lo hacía por momentos, casi podía notar su crecimiento. Descendió a tierra, casi en la costa más atlántica de la península llamada Iberia. Ya en el suelo tuvo otro ataque de náuseas. Sus arcadas tampoco produjeron vómito alguno. Pero era evidente que algo, dentro de ella no marchaba bien. Se quitó los correajes y quedó nuevamente desnuda. Observó su barriga: un bulto redondo, aún formando una suave curva, le estaba deformando su cuerpo. Solo una vez había visto aquello: en las salas del palacio de los Dioses las doncellas humanas tenían la barriga así de hinchada antes de dar a luz a los Hijos de los Dioses. ¿Tengo un humano dentro?, pensó. Se sentó en una roca redondeada y volvió a vestirse. Intentó recordar los días pasados pero fue inútil; su último pensamiento le llevaba hasta la lucha contra aquel salvaje. Tras meditarlo llegó a la conclusión de que solo tenía un destino posible: la Atlántida, allí estaban su puesto y su casa. Montó de nuevo en Stigg y volando se alejaron en dirección oeste. Al día siguiente vislumbraron, a lo lejos, el perfil de su destino: la Atlántida. Keila y Stigg habían hecho un par de paradas pero, am9

bos, amazona y corcel, estaban más que agotados. Ella forzó al animal hasta el máximo. Su propio vientre estaba cada vez más hinchado y redondeado; temía estallar de un momento a otro.

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Capítulo I

Nuevos Hijos de los Dioses
Poseidonis, capital atlante. Principios de invierno del año 724 a.C. Geb bajó hasta la Sala de Creación. Uno de sus principales cometidos dentro del orden atlante era la creación de nuevos Hijos de los Dioses; era su trabajo y se sentía muy orgulloso de él. Sus creaciones eran perfectas, según él; los nuevos seres tenían todos los beneficios de la especie atlis y casi ningún defecto de la humana. Eran seres con las justas medidas de ambición, obedientes, voluntariosas en sus cometidos, perfeccionistas. Como contrapunto sus defectos eran más propios de sus madres humanas: no extremadamente inteligentes, con una vida corta no más allá de los ciento setenta años; pero eran defectos menores. Una de las ideas de Geb fue la de hacerlos estériles y sin necesidades de apareamiento; pensó en los beneficios de un ser sin la necesidad sexual en su vida. Y fue un gran acierto pues los Hijos de los Dioses vivían en una sociedad equilibrada y justa. Cada uno vivía de acuerdo para lo que sus genes le habían condicionado y no aspiraban a nada más que a ser perfectos en sus trabajos u ocupación. Esa esterilidad tenía, como elemento negativo, un crecimiento vegetativo controlado pero muy limitado. La sociedad atlante difícilmente superaba los cuarenta mil habitantes. Uno de los hechos limitadores fue la necesidad de encontrar humanas con una genética muy particular para conseguir el carácter pretendido en los Hijos de los Dioses. Solo las mujeres helenas respondían a ese perfil. El otro factor restrictivo era la debilidad de las propias mujeres helenas; muy pocas resistían al parto de los
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Hijos de los Dioses, la mayoría morían como consecuencia del excesivo volumen de los neonatos. Ahora se cumplía el segundo día desde una nueva cosecha de Hijos de los Dioses. De las veinte mujeres, solo dos habían sobrevivido; quedarían como esclavas para el resto de sus vidas. Sus cuerpos no serán válidos para un segundo parto. Los veinte recién nacidos estaban en la sala de Creación, en sus camas en espera de pasar por el proceso de Regeneración al día siguiente. Durante este proceso el individuo alcanzaba el tamaño final en pocas horas; y solo cabía esperar dos años de formación para conseguir un adulto en perfecto estado y a punto para formar parte de la sociedad atlante. Geb cruzó la puerta. Las dos Hijas de los Dioses que estaban al cuidado de los recién nacidos le saludaron con una inclinación de sus cabezas. Ellas eran Kassia e Inci. Kassia era bastante mayor, había cumplido ciento cuarenta años recientemente. Por eso tenía a su lado a Inci; esta, con solo seis años de edad, estaba aprendiendo su labor como asistente en la Sala de Creación. —¿Alguna novedad, Kassia? —preguntó Geb, casi por puro formalismo, sin mirarla a los ojos. Para los Divinos mirar a los ojos se consideraba como rebajarse hasta su nivel. Nunca miraban a los ojos ni a sus Hijos ni a sus siervos. —No, divinidad, todos han salido perfectos; sin defecto alguno. Están listos para entrar en el Cubículo de Regeneración. —No descuidéis la vigilancia ni un momento. No es el momento de que ocurra imprevisto alguno —los temores de Geb estaban justificados, los días entre el parto y la entrada de los neonatos en el Cubículo de Regeneración eran los más delicados para los bebés. Se habían dado casos de enfermedad de alguno de ellos; en una ocasión, incluso, todos se contagiaron y fallecieron pocas horas después. Como decía Geb, esta era una de las debilidades heredadas de los humanos. —Sí, divinidad. Sus palabras son nuestras acciones —contestó de manera arrítmica y casi dogmática Kassia. Geb confiaba plenamente en Kassia; era una creación admirable.
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Precisa y minuciosa hasta casi la perfección. Solo con mirar el estado de la Sala de Creación era suficiente para apreciar su entrega; el suelo, el techo, las paredes, el mobiliario, mostraban una absoluta pulcritud y brillo. Inci, a pesar de ser muy nueva en su labor, mostraba tanto entusiasmo como su preceptora. Igual sucedía con los neonatos; ambas situaban a los pequeños en una posición casi matemática. Al igual que las pequeñas mantas que los protegían; estas telas acogían a los bebés con un pliegue muy curioso y un nudo situado en el pecho de los diminutos Hijos de los Dioses. Mirando de perfil desde la primera cama, todos los nudos formaban una hilera perfecta; desde el primero hasta el último. El divino atlante abandonó la Sala de Creación dejando a solas a las dos hembras. Pasado el mediodía Kassia se fue a comer, dejando a Inci al cuidado de los veinte pequeñines. Comería con rapidez para que la aprendiza hiciese lo propio poco después. Inci se sintió un poco abrumada ante las palabras del divino atlante y el hecho de encontrarse sola en ese momento. Podía pasar cualquier cosa. El amplio ventanal rectangular de la Sala de Creación daba al patio de armas del palacio divino; la sala estaba situada en la cuarta planta. La ventana quedaba fuera de la dirección de los bebés. La Sala tenía forma de letra L y los niños se situaban en el palo largo, mientras que la ventana se abría en el extremo más alejado del palo corto. Así se evitaban al máximo las malas corrientes de aire. Un sonido de voces fuertes distrajo a Inci de su labor. La curiosidad la empujó a mirar por la ventana; allí vio cómo uno de los soldados gritaba fuertemente a una esclava humana por tirar unos cestos de ropa al suelo. Inci sonrió. Estos humanos son unos inútiles, recordó las palabras de Kassia dos jornadas atrás ante una escena similar a la de ahora. Inci abrió la ventana para ver mejor la reprimenda. En efecto, la humana recogía la ropa caída en el suelo como consecuencia de su propia torpeza. El oficial al mando de la guardia del patio le gritaba como si la pobre mujer fuese sorda. Inci no vio lo que ocurría mientras tanto en una de las camas de los bebés.
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Un rato después Kassia regresó. —¿Alguna novedad con los bebés? —preguntó la veterana asistente a su aprendiz. —Ninguna, todos duermen apaciblemente. —Pues ve a comer tú. Inci, sin añadir nada más, abandonó la Sala de Creación. Kassia examinó por sí misma, minuciosamente, a los bebés. En su trabajo, nunca se fiaba de nadie; solo de su propio criterio y sus acciones. Uno a uno los neonatos le confirmaron el pronóstico de Inci… hasta llegar al penúltimo. Algo no marchaba bien. La manta del bebé estaba ligeramente arrugada y el nudo, torcido. Aquel niño no dormía, estaba despierto y jugaba con sus propios deditos. Incluso era ligeramente distinto a los demás; parecía más grande y más formado que los demás. Como si hubiese nacido con una semana de diferencia. Kassia frunció el ceño. ¿Qué había ocurrido allí? Examinó más a conciencia al bebé. Era igual que los demás; las orejas ligeramente puntiagudas en su parte superior, unas pequeñas protuberancias en los talones que más tarde serían las alitas tan típicas en los Hijos de los Dioses. Sus brazos, piernas, manos y pies eran tan perfectos como los de los otros bebés. ¿Qué hacía distinto a ese bebé de los demás? Kassia cogió al bebé que dormía junto al diferente y los puso uno junto al otro. Era evidente que el diferente era algo más grande; pero esto no era un hecho raro. Al ser las humanas de origen también más altas unas que otras, los Hijos de los Dioses, a pesar de tener unas medidas muy regulares, alguna vez solían ser más altos o más bajos. No le vio nada distinto. Todo parecía normal. Dejó al bebé dormido en su sitio y miró más detenidamente al bebé más grande. ¡Al fin descubrió la diferencia! Los ojos del niño no poseían la forma felina tan típica en los Hijos de los Dioses; eran más redondeados. Y lo que más le sorprendió fue el color de cada iris: distinto uno de otro; el de la derecha de un azul muy intenso y el de la izquierda de un color miel muy suave. Nunca, en todos sus años de experiencia como asistente en la
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Sala de Creación, había visto nada semejante. La mirada del bebé era limpia y muy clara. Parecía increíble que solo tuviese unas pocas horas de vida. El neonato la miró fijamente y sonrió. Kassia quedó confundida. Un instinto maternal heredado de sus progenitoras humanas emergió a la superficie. No pudo más que sentir ternura por aquel pequeñín y le devolvió la sonrisa. El bebé soltó algo parecido a una carcajada y a Kassia le conmovió el corazón. Con el dedo índice acarició la pequeña barbilla del pequeñín y este renovó su sonrisa reclamando más atención. Kassia reaccionó por un momento. ¿Qué pasaba allí? ¿Qué le ocurría a ella misma? Debía informar a su Divinidad de aquel cambio, era su deber. Uno de los preceptos de su misión como asistente era informar de cualquier cambio en los recién nacidos; por pequeño que fuese el cambio. Hubo alguna otra ocasión en que uno de los bebés manifestó un extraño comportamiento. En aquella ocasión el pequeñín fue eliminado inmediatamente. Kassia debía informar a su divinidad. Pero la sonrisita de aquel pequeñín le había clavado una pequeña astilla en su corazón y despertado un sentimiento inexistente para los Hijos de los Dioses: el amor materno. Su instinto le pudo y acarició de nuevo al pequeñín, esta vez en la barriguita. El niño volvió a sonreír ampliamente. ¡No podía entregarlo! Su corazón se encogió solo de pensar en la eliminación de aquel bebé. Incluso sus ojos se humedecieron de manera transitoria. Totalmente trastornada por ese sentimiento tan nuevo para ella cogió la manta del bebé y la plegó como estaban todas las demás y lo dejó tal y como estaba. Ahora no se distinguía de los demás. El Cubículo de Regeneración era un estrecho espacio donde cabían justas, las veinte camas. Solo dos horas allí dentro y los cuerpos de los bebés, de tres días de vida, cambiaban a cuerpos adultos totalmente formados. Una radiación de esencia de oro consumaba el milagro.
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Cada individuo despertaba con un carácter propio, unas condiciones genéticas particulares y con su propio nombre en su mente. Esas condiciones genéticas y su carácter condicionarían, totalmente, el futuro quehacer de los nuevos Hijos de los Dioses; pues cada individuo solo haría aquello para lo que estaba dotado genéticamente. Así se buscaba la perfección social. Tres eran los estratos sociales: guerrero, artesano o campesino. Dentro de cada estrato social cada individuo podía escalar posición para llegar a lo más alto; solo dependía de sus capacidades para hacerlo, de su carácter y, sobre todo, del factor suerte, siempre presente. El estrato de los campesinos era el más bajo de los tres. Y solo los seres menos dotados de la sociedad atlante ingresaban en esta posición. Su labor consistía en extraer lo máximo de la tierra para alimentar al resto de la población. Una labor noble pero carente de honor. Los artesanos representaban la posición intermedia. Los más inteligentes, como Kassia o Inci, podían llegar hasta posiciones de verdadero privilegio. En cuanto a los menos dotados, se convertían en herreros o carpinteros. Por último estaba el estrato de los guerreros. La más alta de las posiciones. Se requerían unas condiciones perfectas e impecables para ser considerado un luchador. Y los más inteligentes se convertían en nobles. Algunos de estos conseguían gobernar en las provincias como auténticos reyes. En la cúspide de ese sistema social estaban los Divinos Atlantes, verdaderos Dioses para los habitantes del continente atlántico. Geb, Kassia e Inci aguardaban fuera del Cubículo, pues el lugar era totalmente hermético; una radiación de ese tipo mataría a un adulto, pues envejecería sus células demasiado deprisa. Al poco rato se abrió la puerta. Kassia, en su interior, deseaba ver en qué se había convertido el niño de la mirada de colores, como ella le definió. El motor del Cubículo empujó las veinte camas hacia el exterior. Los nuevos Hijos de los Dioses fueron, poco a poco, despertándose. El primero en hacerlo fue, para calmar la impaciencia de Kas16

sia, el situado allí donde antes le había sonreído el niño de la mirada de colores. Le observó, mientras se desperezaba, detenidamente. Sus alitas en los pies eran perfectas, al igual que sus orejas y todo su cuerpo. Y era alto, muy alto. Esa era la principal distinción con respecto a sus compañeros de camada. Geb se acercó hasta él y le preguntó su nombre. —Eryx, divinidad —respondió con voz ronca, fruto de su reciente transformación. El Divino Atlante miró en el hombro derecho de aquel gigantón: una cicatriz en forma de espada revelaba su carga genética. —Guerrero —habló Geb de forma orgullosa ante aquel magnífico ejemplar—. El símbolo es muy claro. Kassia miraba embobada a Eryx y su límpida mirada. Era un individuo divino, pensó, casi al nivel de los Dioses. Nunca olvidaría a Eryx y en un futuro lejano ambos se encontrarían de nuevo. El resto de la camada respondió a lo esperado. Un tercio del total serían guerreros, el otro tercio artesanos y el resto serían campesinos. El porcentaje no podía ser exacto al no ser el número veinte múltiplo de tres y por eso el número exacto variaba de una camada a otra. Allí, ahora, había ocho guerreros, seis campesinos y los últimos seis eran artesanos. Los artesanos llevaban grabado un martillo en su hombro, mientras los campesinos lucían la forma de una espiga de trigo. Geb se llevó a los nuevos Hijos de los Dioses. Eryx, al salir, pasó, junto con los demás, al lado de Kassia; él le sonrió levemente. Ella se sonrojó, azorada.

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Capítulo II

Resultados
Palacio de las Divinidades, Poseidonis, principios del año 723 a. C. Keket hablaba a sus tres compañeros sobre el resultado de sus investigaciones. Un resultado imprescindible, según la propia definición de Geb, para la supervivencia de la raza atlis en la Tierra. Siempre y cuando la profecía de Amón-Ra estuviese en lo cierto. Aunque la lucha contra los dioses de la Tierra era una situación muy real. Los cuatro estaban reunidos en el Salón Divino, el verdadero epicentro de todo el Imperio Atlante. —Las pesquisas sobre la niña de los ojos de colores han dado unos resultados sorprendentes. Jamás nos habríamos imaginado encontrar tanta información acerca de nuestros rivales. Su habitual parsimonia estaba poniendo nervioso, algo habitual, a Sejmet. Este no habló pero el movimiento de sus dedos y manos demostraban claramente su impaciencia. Jnum y Geb escuchaban, impasibles, la exposición del paciente Keket. —La situación es esta: la niña lleva la esencia de una divinidad terrestre en su interior; de eso no cabe la menor duda. Esa esencia la convierte en un ser extraordinario, casi al mismo nivel que nuestros Hijos de los Dioses; tiene mayores virtudes pero también, por su faceta humana, mayores defectos. Sus virtudes: gran capacidad telepática, coeficiente intelectual que se sale de nuestras tablas habituales, y, sobre todo, un autocontrol sobre sus condiciones físicas. Por el contrario posee todas y cada una de las debilidades humanas; mal carácter, debilidad física, corta vida y todo un largo etcétera que todos conocemos.
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—¿Cómo puede ayudarnos eso en la lucha contra nuestros adversarios terrestres? —Sejmet no podía estarse callado. —Pues mucho, y creo que el resultado de la investigación y el posterior desarrollo bio-genético nos dará una clara ventaja sobre nuestros adversarios. No hay duda alguna. Keket se aclaró brevemente la garganta y continuó su exposición. —Los dioses de la Tierra son entidades energéticas canalizadoras de las propias energías vitales de la misma naturaleza terrestre. Sus poderes no son más que las mismas fuerzas de la naturaleza pero ampliadas. Son energía y, como tal, transformables. Podemos modificar cualquier tipo de energía a nuestra voluntad y esta no es una excepción. —¿Quieres decir crear una especie de antídoto? —Sejmet quería saber la solución lo antes posible. —Sí, pero no de la manera que te imaginas. Nuestro antídoto será un humano modificado, un humano anti-dioses terrestres. Jnum, Geb y Sejmet se miraron unos a otros. Parecía la solución a todos sus problemas, pero aún había demasiados cabos sueltos por atar. —Nuestro humano modificado será un recolector de energía. He hallado el modo de conferir esa facultad al ADN humano. El resto será cosa tuya, Geb. Geb no dijo nada; su tarea con la genética de los Hijos de los Dioses le convertía en el encargado de crear a ese ser humano especial. Solo necesitaba las modificaciones nucleicas explicadas por Keket. —¿Recolector? ¿Qué significa? Explícate mejor —preguntó Sejmet. —Pues muy fácil. Ese humano modificado absorberá toda la energía que se utilice contra él; ya sea física o mental. La podrá almacenar y utilizar contra sus enemigos. Incluso podrá, si se hace un buen trabajo nucleico, agotar de una sola succión toda la energía de sus rivales. —Eso le convertiría en un asesino de dioses terrestres de mucho cuidado. Con un ejército de ellos acabaríamos con toda esa rebeldía —Sejmet sonrió al acabar su frase. En su rostro se veía ya como vencedor.
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Geb rompió su silencio con su habitual pesimismo. —¿Y cuál es el inconveniente? —¿Inconveniente? ¿Cómo? —Sejmet se adelantó a la respuesta de Keket. —En toda investigación hay pros y contras. Falta que nos expliques, Keket, cuáles son los inconvenientes de ese asesino de dioses. Keket sonrió. Era evidente que los cuatro formaban un grupo excelente. Cada uno con su propia forma de ser aportaba mucho al quehacer diario de todos. Por eso había resistido durante tantos años en aquel planeta y por eso serían invencibles eternamente, pensó Keket. —Pues sí, hay un inconveniente… y grave. Todos callaron en espera de la revelación. —La creación de un solo individuo resulta carísima. Imposible crear un ejército. —¿Cómo de cara? —inquirió Sejmet. —Pues… el equivalente, en oro, a más de cien de nuestros Hijos de los Dioses. Un cortante silencio se instaló en medio del Salón Divino. Jnum no varió su impasible rostro ni su postura. Pero Sejmet y Geb echaron sus cuerpos y apoyaron sus espaldas en los respaldos de sus sillones; parecían abatidos. Sejmet, rápidamente, hizo un cálculo mental. —La creación de un solo asesino nos dejaría casi vacía nuestra Sala del Tesoro. Hemos acumulado algo más que en los últimos meses pero aún estamos lejos de tener una salud económica estable y saneada. Jnum rompió el silencio, por fin, para dar con la solución a todo el problema: —Así pues la creación del asesino tendrá que ser con un fin determinado, con una misión específica para cumplir. Y no como arma de choque. Los tres atlantes restantes le escucharon atentamente, con los ojos muy abiertos. —Debemos acabar con el padre de la niña. Ese es nuestro mayor enemigo. Su fin significará nuestro triunfo. —No te entiendo, Jnum —dijo Geb—. ¿De verdad piensas que
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si vences al chico de los ojos de colores acabaremos con los dioses de la Tierra? —Sí, está muy claro que sí. Escúchame bien. El chico posee la energía de los dioses en su interior y una comunicación constante con ellos, como un conducto permanente unido a ellos. Si nuestro asesino consigue enfrentarse a él y abrir un canal de extracción de energía, que puede vaciarle totalmente e incluso eliminar la energía de los dioses de la Tierra durante el mismo proceso. —¡Vaya! ¡Es genial! Sin duda, lo es —el semblante de Sejmet había cambiado radicalmente con la idea de Jnum. —Pero deberemos tener el control total sobre ese asesino de dioses —contestó de forma radical Keket. Los tres miraron ahora a Geb, esperando alguna afirmación negativa; como siempre. —Bueno, un control total sobre ese asesino será muy fácil de obtener, —y cuando parecía que por fin rompería con su habitual proceder dijo—: pero no tenemos ni idea dónde está el chico de los ojos bicolor, Dorian creo que se llamaba. Keket y Sejmet se sonrieron ante la frase final de Geb, cada uno aportaba su forma de ser. —Bueno la última vez —explicó Sejmet— se le vio en Atenas explicando a sus homónimos humanos un plan para acabar con nosotros. Se ve que ha comenzado una guerra religiosa contra nosotros y ahora busca adeptos a su causa. Según tengo entendido las últimas noticias le sitúan en algún punto perdido en pleno mar Egeo.

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Capítulo III

Aire
Isla de Quíos en el Mar Egeo, primavera del 723 a.C. La isla de Quíos era el refugio secreto de los piratas phiniki. Ningún comerciante se acercaba por allí pues los propios piratas habían extendido una leyenda negra sobre el lugar. Dioses malignos, animales demoníacos y demás leyendas circulaban acerca de los peligros de acercarse a la isla maldita. De este modo los piratas podían dedicarse a sus negocios de manera más tranquila y segura. Era solo un pedazo de tierra emergido de las aguas y rodeado por estas pero lo suficientemente grande para acoger, suficientemente, a una pequeña polis como las de tierra firme. El clima, cálido y agradable, favorecía la vida humana; viñedos, higueras y olivares en estado salvaje esperaban para ser domesticados. Un pequeño poblado y una vetusta pero sólida fortaleza, junto a un imprescindible puerto marítimo, eran los únicos testimonios de la presencia del hombre en la isla. El poblado, de reducidas dimensiones, albergaba al grueso de los piratas phiniki y los servicios necesarios para ese grupo humano: prostíbulos, tabernas y tiendas de alimentos o armas. La fortaleza constituía el palacete del cabecilla de los piratas; una construcción rectangular y de aspecto compacto y duro, rodeado de una gruesa muralla de ciclópeas piedras, servía a la vez como refugio de los piratas en caso de un ataque. La puerta se hallaba vigilada por dos guardias, mal vestidos pero bien equipados de armamento. Dieron el alto al nuevo visitante. El encapuchado se detuvo y su voz, desde el interior de aquella inescrutable oscuridad, resonó grave e impersonal. —Vengo a comerciar con vuestro jefe, anunciadme a él.
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A los dos vigilantes se les erizó el pelo ante aquella voz y aquella imagen. Una persuasión más allá de lo humano les conminó a hacer lo solicitado por el recién llegado. Uno de los piratas le hizo un gesto invitándole a acompañarle; ambos se perdieron por el interior de la fortaleza. En el salón principal de la fortaleza Siqueo actuaba con la autoridad de un verdadero rey oriental; sentado en su sillón, a modo de trono, negociaba, ejecutaba o disfrutaba de los placeres de la vida. Siqueo se convirtió unos años atrás en jefe de los piratas de Quíos cuando asesinó a su predecesor; así funcionaba la sucesión, hasta que el propio Siqueo muriese o fuese asesinado, sería el cabecilla de los proscritos. Era un hombre de treinta y cuatro años de piel muy oscura y con el pelo muy rizado y mal peinado. Su estatura media contrastaba con su gran corpulencia; casi parecía más largo su pecho que toda su propia talla de la cabeza a los pies. Delante de él apareció uno de los vigilantes de la puerta junto a un extranjero oculto bajo una gruesa y oscura capucha. El salón estaba repleto de sus esbirros, no podía temer por su propia seguridad. —Siqueo, señor, el extranjero desea comerciar con su excelencia —anunció el vigilante. —¿Y cómo se llama este individuo? El vigilante arqueó las cejas ante el desconocimiento de aquel dato, miró al encapuchado. Este avanzó dos pasos y se puso delante del secuaz. —Me llamo Dorian, soy heleno —al tiempo que echaba su capucha hacia atrás y mostraba su rostro a Siqueo— y vengo a hablar de negocios contigo, honorable Siqueo. El cabecilla de los piratas se asombró al ver a aquel hombre: era alto y bien proporcionado, su rostro mostraba una elegancia y dignidad que ninguno de sus propios hombres, o el propio Siqueo, tendría jamás; su barba, muy bien recortada y limpia, le confería un aspecto noble y distinguido . Pero lo más destacado era el color y la forma de sus cabellos: un peinado rarísimo, según el propio pensamiento de Siqueo, junto a un color amarillo pajizo. Aquel, pensó Siqueo, era un ser extrañísimo. —¿Y qué negocios pretendes hacer conmigo? ¿Tienes algo que
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pueda interesarme? —respondió Siqueo con tono firme y decidido. —Tienes un prisionero que me interesa, quiero negociar por él. No era habitual hacer un trato con uno de los presos allí mismo, en la fortaleza, pues esos negocios se hacían a través de los mensajes enviados por los propios piratas a los parientes o gente interesada en pagar por el rescate del retenido. Pero Siqueo no diría que no a un buen negocio. —¿Y cuál es el prisionero que te ha movido hasta llegar hasta mí? —Un hombre que se hace llamar Homero, un escritor de historias. La mirada de Siqueo se iluminó; recordaba bien al prisionero. Lo habían capturado en un saqueo efectuado por él mismo cerca de la costa helena y Siqueo estuvo a punto de matarlo en aquel mismo lugar; era un prisionero pobre y sin ningún familiar con ganas de pagar por él. Solo el hecho de ser un hombre que supiese leer y escribir en varias de las lenguas del mar Egeo y el gran Mar le salvó de ser asesinato. Ahora podría sacar algo de oro por aquel desgraciado. —Es un prisionero muy valioso para mí, deberás pagarme su propio peso en oro. —Antes de negociar por la vida de Homero quiero estar seguro que está vivo. No hablaré de precio sin saber su estado de salud. Siqueo comprendió las razones del heleno e hizo traer al prisionero. Unos minutos después dos guardias acompañaban a empujones a un hombre algo mayor y sucio. Su cabello espeso y blanco, junto a unos ojillos diminutos pero muy inteligentes, confirmaron la identidad de Homero. Las fosas nasales de Dorian aspiraron el olor humano del prisionero y memorizaron su particular fragancia. Siqueo habló, impaciente. —Bien, hablemos del oro. Siqueo esperaba comenzar un regateo por Homero; si podía recibir una cuarta parte del peso del prisionero en oro habría hecho un excelente negocio. —No tengo oro para pagarte.
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El silencio se adueñó de la sala; todos los secuaces de Siqueo esperaban, expectantes, la respuesta de su jefe. —¿Con qué pretendes pagarme? Sin oro, no hay trato. —Es tu propia vida, Siqueo, la que está en juego. Tu vida a cambio de la de Homero. Es un trato justo. Todos los esbirros de Siqueo sacaron sus armas de sus fundas esperando la señal de su jefe para matar a aquel desconsiderado heleno. —¡No tienes oro para comerciar! ¿Te crees que somos idiotas, o qué? ¿Qué podía esperarse de un heleno? Todos sois unos estafadores. ¡Lárgate de mi isla inmediatamente! —el pirata estaba enfadado de verdad. Dorian abandonó la sala. Al salir le dirigió una leve sonrisa a Homero. Estaba seguro que los piratas de Siqueo intentarían matarle antes de salir de la isla; pero él no tenía intención de que ocurriese ninguna de ambas cosas: ni morir, ni salir de la isla, al menos por el momento. En el exterior de la fortaleza siete esbirros de Siqueo intentaron matarle. La lucha duró poco, muy poco. Los siete cayeron, inconscientes, como moscas ante la velocidad de los golpes de Dorian. Se alejó y se escondió hasta la salida de la noche. Con el sol escondido, Dorian salió de su propio escondrijo. En pocos minutos llegó hasta la base de la muralla oeste de la fortaleza. Allí, sin ser visto por los vigilantes de Siqueo, aspiró profundamente por la nariz en busca del olor de Homero. Uno de los antiguos poderes de los ancestros de los lobos, el olfato, le dijo con total exactitud dónde se encontraba el viejo escritor. También, junto al olor, con el oído pudo determinar cuál sería el mejor sitio para ganar la muralla evitando a los vigilantes: una zona justo en la muralla sur. Hacía allí se dirigió; lanzó una cuerda con un gancho en un extremo y escaló la pared sin mayores dificultades. Una vez arriba se percató de la exactitud de sus cálculos; ese tramo de muralla estaba vacío de vigilantes. Descendió por el otro lado de la muralla sin hacer el menor ruido: ya estaba dentro del recinto. Eludiendo vigilantes con su proverbial sigilo canino llegó hasta
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la zona de las celdas. Allí se vería obligado a hacer más ruido. Mucho más ruido. En la entrada dejó fuera de combate a los tres guardias y penetró hasta el corredor de las celdas; allí los prisioneros aguardaban su destino. De las doce celdas, solo dos estaban ocupadas; todas tenían, mirando al pasillo, unos gruesos barrotes que servían para impedir la fuga de los allí confinados. Localizó enseguida su destino: Homero. El hombre dormía profundamente; solo se despertó al oír agonizar los dos barrotes que Dorian dobló. —¡Vámonos de aquí! —susurró el joven heleno. —¿Quién eres tú? ¿Y qué pretendes de mí? —preguntó Homero, también en voz baja. —Lo hablamos en la salida. De momento quiero rescatarte. Comenzaron a salir por el pasillo cuando una voz le trajo recuerdos de otras épocas, de otros lugares, de otros amigos. —¿Myles? ¿Eres tú? Dorian se giró para buscar el origen de aquella voz tan familiar. Un hombre algo mayor que él mismo era el prisionero en la otra celda. Se trataba de un individuo alto y hercúleo; aunque ahora estaba todo sucio y sus ropas, deshilachadas, le daban un aspecto miserable. —¿Talos? —la voz de Dorian, clara y fuerte, se olvidó del sigilo ante la monumental sorpresa. —¡Por todos los dioses! ¡Chico, vaya cambio! ¿Qué pelo es ese? Dorian sonrió por lo bajo; esa había sido la principal virtud de Talos en el pasado: hacerle sonreír. Sin perder un segundo más liberó a su antiguo amigo del mismo modo que hizo con Homero. Un abrazo sincero y corto les acercó la memoria hasta los años de sus competiciones en Olimpia. Sin demorarse más se encaminaron con paso decidido hasta la salida. Al llegar donde yacían los tres guardias Talos cogió una de las espadas cortas de uno de ellos. Homero reclamó la atención de Dorian. —No me iré sin mis libros, muchacho. —¿Qué libros? —preguntó Dorian con el ceño fruncido.
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—He de recuperar mis libros, no puedo irme sin ellos; son el trabajo de toda mi vida. —¿Y dónde están esos libros? —Me los arrebató Siqueo. Le dije que eran una posesión valiosa, más que mi vida, y los tendrá a buen recaudo; el muy idiota no tiene ni idea de su verdadero significado. Tal vez los guardó en sus habitaciones privadas. Dorian mostró cierto malestar en su rostro. Pretendía rescatar a Homero con la mayor rapidez posible y sin matar a un solo ser humano. Ahora eso sería imposible. Un grito de alarma del exterior les puso en tensión: habían sido descubiertos. Al salir, el patio comenzó a poblarse de piratas armados hasta los dientes. —Quédate tras nosotros y no luches. Te necesito con vida —ordenó Dorian a Homero. —No te preocupes, no tengo ninguna intención de morir — contestó en tono irónico Homero. Dorian, con las manos desnudas, y Talos con la espada corta robada se enfrentaron a los piratas de Siqueo. Talos, todo fuerza, basaba sus ataques en golpes definitivos. Dorian, por su parte, procuraba no matar a ningún rival: sus golpes causaban contusiones e inconsciencia, y así los dejaba fuera de combate. En poco rato el patio se llenó de cuerpos tendidos de piratas. Los tres salieron por la puerta de la muralla, los guardias que la custodiaban habían participado en la lucha y ahora la salida estaba libre y despejada. —Te repito, muchacho, que no me iré sin mis libros —conminó Homero a Dorian. Este contestó. —Vosotros iréis en esa dirección —señaló el noroeste— hasta una pequeña cala donde tengo un bote. Aguardadme allí. Iré a buscar tus libros. ¿Cómo los reconoceré? —No creo que ese pirata tenga una gran biblioteca en su palacete, pero son los hechos de lo sucedido en Ilión en tiempos de Aquiles y las aventuras de Odiseo; son dos libros, pero muy valiosos para mí. ¿Sabrás distinguirlos?
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—Sí, no hay problema. Esperadme en la cala que os he dicho. Cuando Homero y Talos se hubieron marchado, Dorian regresó a la fortaleza. Al llegar al patio aspiró en busca del olor de Siqueo. El aroma principal estaba en una habitación en el segundo piso de la principal construcción. Un ventanuco en el exterior le indicó cuales serían los aposentos del jefe pirata. Sin la cuerda que le sirvió para entrar y viendo los mal encajados bloques de piedra del edificio decidió escalar la muralla a pelo, sin ningún otro sostén. Sus manos y pies parecían dotados de una especial imantación pues se pegaban a la piedra de una manera prodigiosa. Con una facilidad pasmosa llegó hasta la altura del ventanuco. Penetró violentamente desgarrando la cortina que cubría la pequeña ventana. La habitación, cuadrada, era el aposento principal de Siqueo. Estaba acondicionada para dormir y poder tratar asuntos menores; contaba con una cama y una mesa grande. Tras la mesa Siqueo y uno de sus lugartenientes se sorprendieron al ver aparecer por la ventana al joven del cabello pajizo. —¡Maldito seas! Debí imaginar que eras tú. ¡No escaparás de aquí con vida! —juró Siqueo. Dorian no contestó. Con las manos desnudas se enfrentó a Siqueo y a su sicario. En primer lugar atacó el subordinado del jefe pirata. Este intentó alcanzar a Dorian en el costado derecho con un gran espadón curvado, pero el heleno esquivó el ataque y respondió con un suave golpe en la sien izquierda de su atacante quien cayó conmocionado al suelo. —¿Qué eres tú? —la pregunta de Siqueo sonó atemorizada y caótica. Sostenía en sus manos una lanza, pero esta temblaba bajo su pulso. —La peor pesadilla de tus sueños. Quiero los libros de Homero; dámelos y me iré sin cobrarme tu vida. El temblor en la lanza de Siqueo aflojó ligeramente al igual que la tensión de su cuerpo. —Están dentro del baúl a tu espalda —el cabecilla pirata se refería a un enorme baúl situado junto al ventanuco por donde había
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entrado Dorian. Una sonrisa se dibujó en el interior del heleno; Siqueo quería tenderle una trampa, no había duda. Olfateó, buscando la esencia de Homero. Percibió el aroma buscado bajo la cama del pirata, aunque la sensación era muy tenue. Dorian no tuvo dudas sobre su origen. No se anduvo con contemplaciones; con un fuerte puñetazo en pleno rostro dejó sin sentido a Siqueo, este cayó como un saco pesado. Dorian rebuscó bajo la cama y allí, efectivamente, encontró los libros de Homero. Eran unas hojas de papiro cosidas entre sí y protegidas por unas cubiertas de piel recia y curtida. Se los guardó en el interior de su túnica y salió corriendo por la puerta de entrada, escaleras abajo. No encontró resistencia alguna por el camino. En pocos minutos encontró a Homero y a Talos en la cala junto al bote; un esquife equipado con una pequeña vela. Ideal para trayectos cortos y para poca gente a bordo. Dorian entregó los libros a Homero; este le agradeció con gran emoción el rescate. Y los miró como quien recupera su posesión más valiosa tras estar convencido de su pérdida definitiva. Los tres se montaron en la embarcación y se alejaron en dirección a tierra firme guiados por las estrellas. Cuando el rumbo estuvo asegurado Talos y Dorian se cogieron de nuevo de las muñecas como signo de amistad. —¡Gracias, amigo, por el rescate! Has sido toda una bendición para mí. Pero tendrás que contarme cómo has conseguido ese aspecto y cómo lo haces para moverte de ese modo. Antes eras veloz corriendo pero ahora no puedo ni verte cuando luchas. Dorian sonrió. —Me han ocurrido muchas cosas, Talos. Ya no soy el de antes. Pero, ¿qué hacías aquí preso? —Te lo puedes imaginar; en uno de mis viajes de comercio en un navío de mi padre fui atacado y capturado por los esbirros de ese malnacido de Siqueo. Toda mi tripulación fue asesinada; solo yo, por el hecho de poder obtener un rescate por mi vida, conseguí sobrevivir. Suerte de tu llegada, Myles.
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—No, ahora no soy Myles. Aquel murió en la isla de los sículos: ahora soy Dorian. Dime, Talos ¿te casaste? —Sí —su semblante se ensombreció—, pero mi esposa y mi hijo fueron asesinados por estos malditos piratas. —Lo lamento, amigo mío. La pérdida de un ser querido es dura de digerir y tú has perdido a los dos a la vez. Ten fe en los dioses. Talos miraba a Dorian. Su amigo había cambiado muchísimo. Habían pasado cinco años desde la última vez que se vieron, allí en Olimpia, pero era evidente la profunda transformación de aquel chico tan dulce que se ganó a todo el público en el santuario olímpico. Ya no era solo su cabello, ese horrible tono amarillento, sino su cuerpo e incluso su cara. Su tronco se había musculado notablemente, dejando atrás aquella esbeltez suya tan característica. Y su rostro parecía haber sido recortado con las hábiles manos de un escultor: sus contornos formaban ángulos muy duros y pronunciados. Sus ojos, eso sí, conservaban esa esencia tan típica del joven Myles: claridad y limpieza. —¿Y tú? ¿Qué te ha ocurrido? ¿De dónde has sacado ese pelo? Dorian sonrió levemente y miró al suelo de la embarcación. —Es una historia muy larga, Talos, muy larga. —Tenemos casi dos horas hasta la costa más próxima, tienes tiempo de explicárnoslo todo. Homero, sin decir nada, escuchaba lleno de curiosidad las palabras de aquellos dos amigos. Dorian comenzó explicando su boda, la colonización en la isla de los sículos, el nacimiento de Agneta y el ataque de los Hijos de los Dioses. Después relató su viaje por el Metamundo y la confirmación de su propia identidad; una mezcla de la diosa Althea y el mismo Dorian, además de ser el hijo de Zeus. —Estos días pasados he hablado en las distintas polis del continente sobre nuestro deber sagrado con nuestros dioses. Debemos reunir aliados para lo que se nos avecina. En la última comunión con mi padre Zeus —Dorian pronunció esas palabras como lo habría hecho de haber hablado de Tíbalt o Giles, los padres terrenales que había tenido— me comunicó los pormenores de mis siguientes misiones.
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Debo reunir los cinco estados de la materia; solo entonces podré lanzarme al ataque de los Hijos de los Dioses y sus falsas divinidades. «El primero de estos estados de la materia, el aire, está en oriente, en la tierra de los asirios. El llamado Árbol de la Vida es su protector. Padre me dijo que un escritor prisionero en Quíos, llamado Homero, podría ayudarme a llegar hasta los asirios y hallar ese árbol. La mirada de Dorian se dirigió hacia Homero. Aquel hombrecillo sonrió y su rostro adquirió la nobleza de la sabiduría. —Me alegro de poder ayudarte, divino Dorian. Será un absoluto placer acompañarte en tus viajes. Podré escribir de mi propia experiencia tus aventuras; esto superará en mucho las epopeyas de Aquiles y Odiseo, no te quepa la menor duda. —Solo para la búsqueda del aire, sabio anciano. Después no quiero exponer tu vida a los distintos peligros que nos vayamos a encontrar. ¿Puedes ayudarme? —Por supuesto que sí; conozco a Sargón, el rey de los asirios. Es un hombre cruel y déspota pero respeta mi trabajo pues le escribí en su lengua una historia sobre las aventuras pasadas de un héroe legendario para su pueblo, Gilgamesh. Nos recibirá sin ningún problema. —Bien. Gracias por tu ayuda, Homero. —No me des las gracias, tú has salvado mi vida. Es lo menos que puedo hacer por ti. Pero hay un fallo en tu explicación anterior. Has nombrado, como misiones dictadas por Zeus, la búsqueda de los cinco estados de la materia; son cuatro los estados de la materia: aire, agua, fuego y tierra. No hay ninguno más. —Sí, hay un quinto. Padre lo llamó el Éter y parece estar concentrado en una sola persona o una sola divinidad en toda la Tierra; cuando llegue el momento descubriremos de qué se trata. —Éter, ¿eh? ¡Hum! —Homero se acarició su escasa barba blanca, en un gesto parecido al de Libón, el maestro de Dorian en los juegos de Olimpia—. Leí una vez un tratado de física de una cultura muy lejana, más allá de Oriente, donde se decía que el éter era el aire
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respirado por los dioses. En ese tratado lo formulaban como una energía muy potente y duradera, más allá incluso del fuego. Al amanecer llegaron a tierra firme. Bajaron del bote y continuaron su trayecto a pie. —Talos, amigo, te veo muy callado. ¿Estás bien? El hercúleo heleno le miró de reojo. —Voy a renovar un juramento que te hice en Olimpia; allí no me dejaste cumplirlo. Ahora ni Zeus podrá obligarme a quebrantar el cumplimiento del mismo. Hincó una rodilla en el suelo delante de Dorian y mirándole a los ojos habló con gran solemnidad. —Yo, Talos de Calcis, me convierto en tu sirviente y protector. Ligo mi vida a la tuya y que solo mi muerte pueda romper este juramento. Dorian cogió la diestra de su amigo y lo levantó. Le besó en ambas mejillas. —Acepto tu juramento, Talos de Calcis. Me irá bien un luchador como tú a mi lado. Pero no me gusta tenerte como sirviente, sino como aliado y amigo. Ambos se abrazaron de nuevo. —Esto mejora a cada minuto que pasa —Homero habló con entusiasmo con su ahogada voz—. Nadie va a creer estos hechos como ciertos, son demasiado divinos. Babilonia, primavera del 723 a.C. Dorian, Talos y Homero llegaron a orillas del río Éufrates en busca de Babilonia. La ciudad se alzó a sus ojos; aún estaba a unas horas de camino pero se divisaba a la perfección. Una enorme explanada, con uno de los afluentes del río en su centro, acogía la mítica ciudad. A la derecha del río la arena del desierto era un freno a la vegetación. En cambio a la izquierda el agua de origen fluvial mantenía un paisaje verde y más apto para la vida humana. Las murallas de Babilonia se erigían orgullosas de su pasado.
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—Hemos llegado en mal momento —explicó Homero. Sus pequeños ojos miraban más allá de la urbe, donde una polvareda ascendía como una nube tempestiva. Dorian y Talos dirigieron su vista hacia allí. Dos enormes manchas oscuras, separadas entre sí, se buscaban. —Está a punto de comenzar una batalla. Debemos mantenernos lejos y ser prudentes. Los asirios no distinguen entre enemigos o neutrales; quienes se ponen en su camino son aplastados como las hormigas. »Sargón es el señor de muchos reinos. Con la fuerza de las armas todos sus vecinos se han incorporado a sus dominios. Estos vecinos se rebelan con frecuencia contra su señor. »Ahora un noble babilonio se ha alzado en armas contra Sargón y se ha proclamado soberano de Babilonia; se llama Marduk-apalidina. Me imagino que debe ser el ejército más cercano a la ciudad. El otro ejército es el de asirio. Busquemos un lugar donde podamos ver bien la batalla y a la vez mantenernos a salvo. Será más prudente esperar a que termine el conflicto y presentarnos después. —¿Y si esto se prolonga demasiado? —preguntó Talos. —No lo creo. Los asirios son excelentes luchadores; esto acabará rápido con una nueva victoria de Sargón. Siguiendo el consejo de Homero se situaron en una colina, en un punto intermedio entre la ciudad y la batalla a punto de comenzar. El ejército de Marduk era casi exclusivo de infantería ligera, con algún refuerzo de caballería pesada; pero esta permanecía en la reserva. Su nuevo soberano, según argumentó Homero, esperaría dentro de la ciudad esperando el desarrollo de la batalla. Los asirios poseían una poderosa infantería pesada y numerosos carros de batalla equipados con lanceros y arqueros. Sargón iba con su ejército y lucharía al lado de sus hombres, como uno más de ellos. Desde la distancia Dorian contemplaba aquel terrible choque bélico. Los hombres se mataban para conseguir tierras, botín, reconocimiento. Ese parecía ser el destino de los seres humanos, matarse unos a otros sin remedio. La propia naturaleza de Dorian le impedía matar seres humanos, aunque estos fuesen enemigos. Desde la salida del Metamundo no había segado una sola vida; apartaba a los
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rivales que se interponían en su camino, pero siempre ocasionando un mal menor. El choque de los dos ejércitos fue atroz. Las infanterías se encontraron y las bien equipadas tropas asirias no eran rival para los babilonios. Los flancos de estos últimos eran hostigados por los carros de guerra de Sargón; sus lanzas y flechas causaban estragos entre sus enemigos y aumentaba el peor mal para un ejército: el terror a una derrota frente a los asirios. Con el dedo índice Homero señaló a un contingente de tropas de élite asirias comandadas por el propio Sargón. El rey luchaba a brazo partido junto a sus guerreros. Dorian observó como aquel hombre segaba vidas como si fuesen espigas de trigo. Las cabezas de sus rivales volaban por el aire al ritmo de sus terribles sablazos. Como había predicho Homero la batalla duró poco. El ejército babilonio fue totalmente exterminado. Los pocos desgraciados que se rindieron fueron decapitados inmediatamente. Todas las cabezas cortadas fueron expuestas a las puertas de Babilonia. El terror era el mejor diplomático de los asirios. Las puertas de la ciudad se abrieron de par en par. Los vencedores penetraron en el interior. —Deberíamos esperar hasta mañana. Hoy correrá la sangre por toda la ciudad para evitar nuevos brotes de rebeldía. Por la mañana los soldados asirios estarán agotados de una noche tan larga y Sargón retomará el gobierno de la ciudad. Entonces será un buen momento para presentarnos ante él. —¡Estos asirios están locos! —exclamó Talos, casi enfadado—. ¿Habéis visto su forma de luchar? No conocen la piedad y solo disfrutan con la muerte. O eso parece. —Sí, tienes razón. No me gustaría tenerlos como enemigos. Parece difícil razonar con ellos si no compartes sus ideas —asintió Dorian. —Homero, ¿de verdad crees posible poder dialogar con estos… salvajes? —Talos preguntó con incredulidad. —Sí. Aparte de luchar, a Sargón le encantan las historias de guerreros. Tiene en su corte todo un séquito de poetas y aedos. Utilizaremos eso a nuestro favor.
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—Eso, y el hecho de que te conoce, ¿no? —preguntó Talos —Sí, nos conocemos bastante bien. Al oscurecer la luna mostró todo su esplendor en una preciosa noche de plenilunio; ninguna nube impedía el brillo de las estrellas. Dorian hizo la segunda guardia; él dormía muy poco. Desde su transformación sus hábitos humanos habían cambiado mucho; comía menos que antes y dormía solo unas pocas horas. Todavía así por la mañana se sentía fresco y descansado. La luna, sobre todo en su fase de máximo esplendor, le llenaba de energía; el poder de Althea era un beneficio constante. A pesar de poseer una parte divina, Dorian era medio humano; esa humanidad, difícil de dominar, a veces le jugaba malas pasadas. En el Metamundo aprendió a controlar los impulsos más primitivos y mantenía ese autocontrol con una férrea disciplina. Pero había sensaciones que vivían más allá de cualquier parte consciente. Esa noche la imagen de una niña con un grave defecto en los ojos acudió a su mente sin previo aviso. Los ojos, sin iris y con la esclerótica de cada ojo totalmente coloreada en azul y color miel, se manifestaron ante él de una forma clara. Como si alargando la mano pudiese tocar a aquella niña. Dorian supo en seguida la realidad de aquella visión: era solo una imagen del pasado, un sueño pero en la fase de la vigilia. Todavía sentía muy real la presencia de aquella visión. Agneta seguía viva, le decía su instinto. A pesar de ello su padre, Zeus, en el Metamundo le aseguró lo contrario: la niña había muerto. Su mente estaba confundida; pues aquello era lo único que alteraba su psique. Y no era la primera vez que aquel pensamiento anidaba en el lugar más recóndito de su mente. Era una visión ya repetida en las fases más activas del plenilunio. La máxima extensión del disco lunar incrementaba la fuerza de sus filamentos energéticos y sus poderes mentales obtenían un verdadero festín. Pero tenía un límite. No podía contactar con la mente de Agneta. Solo era una visión; como un espíritu. Pero no conocía la manera de comunicarse con ella. Eso si aún vivía.
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Aquello le angustiaba profundamente. Si era cierto que Agneta había muerto, ¿qué significado tenían aquellas visiones? ¿Restos de su humanidad? ¿Indicios de un comienzo de locura o descontrol? ¿Y si Agneta seguía viva? ¿Por qué le habría engañado Zeus? ¿Eran acaso tan retorcidos los pensamientos de su padre celestial? En el caso de ser así ¿Por qué tenía que continuar con la misión de liderar la lucha contra los Dioses de la Atlántida? En cualquier caso, pensó, tengo que hallar la solución a todo esto. No es bueno para mí tener esos pensamientos sin control. Sabía que el éxito de su empresa venía determinado por sus poderes originarios de su naturaleza divina. Una falta de orden podría causar un desequilibrio con efectos muy negativos para su autocontrol. Agneta, ¿estás viva, hija mía? A la mañana siguiente, recién salido el sol, los tres viajeros llegaron hasta las puertas de las murallas de Babilonia. De lejos la ciudad aparecía con una imponente majestuosidad. En cambio, de cerca, se podía intuir cómo el dominio reciente de los asirios había envejecido notablemente la antaño espléndida urbe. La piedra de las murallas necesitaba unas urgentes reparaciones en algunos tramos y la madera de la puerta de entrada presentaba un estado lamentable. El acceso era libre, solo unos guardas asirios vigilaban la entrada. Los tres pudieron acceder sin ninguna dificultad al interior de la ciudad. —¿Qué te pasa, Dorian? —preguntó Talos; que ya se había acostumbrado a llamar a su amigo por su actual nombre. Veía en su amigo una cierta incomodidad en su semblante. —No sé, me siento… extraño. Debe ser este lugar. Aquí hay… algo raro. —Babilonia significa Puerta del Dios en un idioma nativo antiguo —le comentó Homero—. Puede que tu naturaleza divina sienta algo al respecto. Dorian estuvo un momento en silencio. Después habló.
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—Sí, es la antigua esencia de un dios. Del dios de esta ciudad. Fue destruido hace unos años, pero aún noto su presencia aquí. Tras cruzar la puerta una larga calle configuraba la llamada Calle de la Procesión; el centro neurálgico de la ciudad. Dos edificios destacaban allí: el Palacio Real, situado a la derecha de los tres nuevos visitantes, y el Zigurat, la torre escalonada, más al fondo en dirección sur. Homero dedujo que Sargón estaría en el palacio. El edificio, de forma cuadrangular, parecía una fortaleza dentro de las propias murallas. Sus pocas ventanas le conferían un aspecto lúgubre y misterioso. Un fuerte contingente de guardias los detuvo en las puertas del cerrado edificio. Homero se presentó y pidió ser recibido por Sargón en audiencia. Uno de los oficiales junto a dos guardias más les acompañó hasta donde estaba el monarca asirio. Dejaron el palacio atrás y llegaron hasta los Jardines Colgantes. Los tres recién llegados habían oído hablar mucho de los Jardines Colgantes de Babilonia. Pero verlos no disminuyó su admiración por esta maravilla. En el lado más occidental, junto al río Éufrates, se erigía un edificio formado por innumerables terrazas escalonadas. Cada terraza contaba con sus propias especies vegetales; el agua del río, con un ingenioso sistema de riego, hacía subir el agua hasta un gran depósito en la parte superior. Desde allí el agua iba cayendo en un millar de cascadas en miniatura. El verdor era insuperable; y más en contraste con la tierra reseca o la arena tan cercana del desierto. Dorian pensó que aquel sería un lugar excelente para esconderse del mundo y retirarse a meditar. La paz allí destilada solo se rompía por el armamento de los nuevos inquilinos: los asirios. Sargón estaba en un recodo, en la más baja de las terrazas, junto al río. Dorian observó al monarca asirio de cerca. Era un hombre casi tan alto como él mismo. Lucía una oscura y larga barba rizada y adornaba su cabeza con un casco de forma tronco-cónica. Iba vestido a la moda asiria, con una túnica hasta los pies. Sus hombros, descubiertos, mostraban la fortaleza física que
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el monarca deseaba lucir. Era de facciones oscuras, como todos los de su raza. Dorian y Talos se mantuvieron a distancia mientras Homero hablaba con él. El escritor se arrodilló, como marcaba el ceremonial impuesto por el propio rey asirio. Unos minutos después uno de los soldados de la guardia asiria fue a buscar a Dorian. —Mi rey exige tu presencia, heleno. Dorian siguió al soldado hasta situarse frente a Sargón; pero no se arrodilló ante el asirio. Sargón miró a aquel joven con curiosidad. —Saludos, heleno. Homero me comenta que eres algo así como el hijo de un dios. ¿Es cierto eso? —la pregunta parecía hecha con cierto aire de mofa. —Todos somos hijos de los dioses. Solo el modo en que les servimos nos distingue ante ellos. —Nos distinguimos de nuestros semejantes por la forma en que tratamos a nuestros enemigos. Dime, heleno ¿quiénes son tus enemigos? —las preguntas de Sargón, parecían las un bárbaro, aunque Dorian las tildó como las de un dirigente duro pero inteligente. Le estaba poniendo a prueba. —Mis enemigos son aquellos que han extorsionado a mi pueblo y que pronto intentarán hacer lo mismo con el tuyo. Seres a lomos de corceles con alas, poderosos y despiadados. —¿Pretendes decirme que ellos pueden derrotarme? —No te digo nada; solo respondo a tus preguntas. No domino el mundo de las armas como tú. Solo hablo por lo que han visto mis ojos. —Vas desarmado. Nunca vi un hombre caminar desarmado. ¿Acaso pretendes burlarte de la gente? —Como te he dicho, rey Sargón, no domino el mundo de las armas y no pretendo hacer daño a nadie. No es el hecho de no llevar armas lo me impide causar daño a mis semejantes: mi naturaleza no me permite matar seres humanos. Sargón parecía convencido positivamente con las respuestas de Dorian.
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—Me comenta Homero, nuestro amigo común, que necesitas ver el Árbol de la Vida. —Sí, rey Sargón. Mis dioses necesitan la comunión con los tuyos para optar a la victoria en la gran batalla que se nos avecina. Solo con los dioses como aliados podremos, entre todos, vencer a nuestros enemigos. —¿Me pides ayuda militar o el acceso a nuestro Árbol de la Vida? —Será una batalla entre dioses y los seres humanos solo seremos los peones. No está en nuestra voluntad decidir si luchamos o no; serán los dioses quienes hagan esta elección por nosotros. Sargón calló un momento, mirando con sus ojos oscuros a aquel heleno de cabello pajizo. —Bien, pareces un hombre capaz de llegar hasta donde te propongas, heleno —habló por fin Sargón—. Ahora necesito acabar de administrar esta provincia. Espérame en Nínive; allí hablaremos. Si deseas ver el Árbol de la Vida antes tendrás que ganártelo. Sin decir nada más Dorian, Homero y Talos abandonaron los Jardines Colgantes y Babilonia. Nínive, la nueva capital asiria, sería su próximo destino. Nínive, finales de la primavera del 723 a.C. Aunque Nínive no era la capital de los asirios resultaba ser una ciudad enorme, pensó Dorian mientras cruzaban las puertas del recinto amurallado. La urbe estaba situada en la confluencia de los ríos Tigris y Khosr y era un punto de paso obligado para todas las caravanas comerciales que cruzaban el norte del Imperio Asirio. Gracias a su posición central en las rutas entre el Mediterráneo y el Índico, recibió grandes influencias y riqueza de muchos otros lugares. Esto la hizo convertirse en una de las más grandes ciudades de su tiempo. El centro político y religioso de los asirios era Assur, pero Nínive competía con ella en riqueza y mayor potencial de crecimiento. Los últimos gobernantes asirios así lo entendieron y comenzaron a favorecer un gran desarrollo urbanístico, construyendo nuevos palacios y magníficos templos.
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Los tres nuevos visitantes llegaron por el sur y penetraron por las Puertas de Assur; allí los guardianes les dieron el alto. Homero hizo su trabajo con gran eficacia pues fueron conducidos enseguida a unas habitaciones privadas en un edificio cercano al palacio del rey donde esperarían la llegada de Sargón. El victorioso rey de los asirios llegó a la ciudad dos días después, en medio de una gran pompa y un espectacular desfile militar por las principales calles de Nínive. Sin prisioneros, la comitiva llevaba los frutos de su victoria en una larga e interminable caravana de carros; los primeros iban repletos de las cabezas de los vencidos, para mayor regocijo de los habitantes de Nínive. En cuanto se hubo instalado en su palacio mandó llamar a Dorian, Talos y Homero. Sargón miró con un brillo de profundo interés a Dorian. —¿Todavía sigues interesado en nuestro Árbol de la Vida, heleno? Dorian respondió con firmeza y resolución. —Sí, necesito hablar con vuestro dios. Sargón se acercó a Dorian y le miró directamente a los ojos. —Pues, como te dije, deberás ganártelo. —¿Qué necesitas de mí? —La cabeza de un hombre. Tráemelo y te conduciré yo mismo hasta el Árbol de la Vida. —No soy ningún asesino, rey Sargón. No mataré a ningún ser humano. —Bien, pero puedes traerme al hombre con su cabeza aún pegada a su cuerpo, con vida, si lo deseas. Yo me encargaré de su cabeza después. Viendo que el silencio de Dorian confirmaba su petición, Sargón continuó con sus explicaciones. —Yo, Sargón, rey legítimo por designio de Assur, el más grande entre los dioses, solo tengo un enemigo. Él se llama Kingu —al pronunciar el nombre de su rival el tono de voz de Sargón mostró un profundo rencor— intenta proclamarse heredero de los antiguos antepasados reales. Yo, solo yo ¡soy el legítimo rey!
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¿Por qué repite dos veces que es un rey legítimo? ¿Tal vez porque no lo es realmente? —Debes traerme a Kingu para exterminar esa plaga contra mi legítimo cargo. Y lo más importante; rescatar a mi hijo el príncipe Senaquerib con vida. Él es el encargado de continuar con nuestra legítima dinastía y ha sido secuestrado por esa alimaña. —¿Y dónde puedo encontrar a tu enemigo? —Vive en una cueva a dos jornadas de aquí. —¿Y por qué me necesitas a mí? Sabes dónde se encuentra tu enemigo y tus fuerzas son imposibles de derrotar. —Bueno, no es tan sencillo como parece. Es un hechicero loco que vive rodeado de unos leones gigantes, imposibles de vencer por un ser humano, aunque este ser humano esté bendecido con la gloria de ser rey. Son bestias imposibles de matar; lo hemos intentado varias veces sin éxito. Tal vez tú puedas tener éxito donde otros han muerto. Dorian vio por dónde iban los deseos del rey asirio; luchas dinásticas, pensó. —Acepto el encargo. Volveré con tu hijo con vida y con Kingu prisionero para ti. Dos días después la entrada de la cueva apareció ante los ojos de Dorian. Homero y Talos se habían quedado en Nínive; el Íroas no permitió a sus dos compañeros de viaje el sufrimiento y la posible muerte ante aquel extraño desafío. La boca de la gruta se abría en la ladera de una enorme mole de piedra calcárea; parecía una enorme garganta oscura con ánimo de alimentarse. Entró en ella sin la menor dilación. La oscuridad le cerró el paso. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a aquella negrura. Pronto vio que no era tal; una luz muy tenue de origen desconocido resbalaba por las húmedas piedras como la misma agua. Recordó los ejercicios allá en el Metamundo y repitió la experiencia. Cerró los ojos y buscó energía.
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Sin su visión humana la caverna se manifestó de una forma nítida; la humedad acumulada en las rocas actuaba como un manto de luz en medio de la oscuridad. Avanzó, lentamente, pero con seguridad, por una senda en medio de las rocas. Sentía, a través de la visión del agua, las formaciones ocasionadas por el carbonato cálcico de origen hídrico. Conos invertidos pendían de la parte superior y, algunos, se unían con sus homónimos del suelo formando verdaderas columnas. El agua impregnada en esas formaciones le daba a Dorian una curiosa visión del interior de la gruta. Cada vez las formaciones de columnas fueron más numerosas y llegó un momento que su visión energética se esfumó. Dorian abrió los ojos. Una fuerte luz impactó en sus ojos obligando a los párpados a velar por su protección. Poco a poco fue acostumbrándose a las nuevas condiciones lumínicas. Cuando pudo mirar dónde se encontraba, el espectáculo le hizo abrir la boca de sorpresa. Se hallaba en el interior de una enorme bóveda en la parte más profunda de la gruta. Las columnas se multiplicaban como el más frondoso de los bosques y aparecían por doquier. La altura del techo era tal que solo tras tocar su occipital con su espalda pudo ver donde finalizaban las columnas más próximas a él. Aquello era un verdadero santuario. Y un santuario debe tener un dios. Un rugido de origen felino atrajo su atención. El sonido fue un eco rebotado entre aquel bosque de columnas, pero llegó hasta sus oídos de una forma muy limpia. Los leones gigantes explicados por Sargón, fue lo primero que vino a su mente. Avanzó por una estrecha senda abierta entre las columnas. El caminito se abría a medida que penetraba en medio de aquella enorme y natural sala hipóstila. Al fin llegó hasta el origen del rugido. Una enorme manada de ligres le cerraba el paso. Un ligre era el resultado del cruce entre un león y una tigresa.
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El animal cogía atributos físicos de ambas especies. Patas cortas y robustas, líneas suaves pero perfectamente visibles en su lomo, y el rostro rodeado por una espesa melena en los machos y desprovista de ella en las hembras. Pero lo más destacable era su tamaño: llegando a medir más de cuatro metros en los ejemplares más grandes del interior de la caverna. Unas enormes mandíbulas le convertían en un depredador muy peligroso. Dorian no pudo contar el número de ejemplares, pero calculó que el número de animales superaba la treintena. Los ligres le habían visto y algunos comenzaron a levantarse en su dirección. Una voz humana resonó en la cueva. —¿Quién eres, intruso? Dorian buscó el origen de aquella voz. En una zona a media altura, en una de las paredes que cerraban la enorme cúpula, un saliente, a modo de balcón, sostenía un ser humano. O eso le pareció. Agudizó sus ojos caninos y vio un ser deforme. Iba encorvado como consecuencia de una gran joroba en la parte alta de su espalda. El brazo derecho era claramente más corto que el izquierdo. Su rostro, monstruoso, presentaba signos de gran deformidad: sus ojos saltones casi tenían los globos oculares en el exterior; su cabeza mostraba una alopecia total y una enorme prominencia en hueso parietal completaba su grotesca imagen. —Busco a Kingu y a Senaquerib, el hijo de Sargón —Dorian gritó para que desde las alturas se oyese bien su voz. Mientras los ligres continuaban acercándose. Una risa de imposible origen humano resonó por toda la cúpula cavernosa. —No te he preguntado que buscas, sino quién eres. Me gusta saber a quienes se van a comer mis animalitos. ¿Animalitos? ¿Así llama a estas bestias?, pensó Dorian. —Me llamo Dorian y si conoces a Kingu tengo una propuesta que hacerle. —No necesito nada de ti, extranjero. Y tú estás a pocos minutos de perder tu vida, aprovecha lo poco que te queda. —Tú no eres Kingu, haz el favor de llamar a tu amo o él mismo te castigará por tu insolencia.
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La voz del ser deforme adquirió un tono de ira. —¡Yo soy Kingu! Y no necesito nada de ti, nada. Dorian activó el poder de Hera, la persuasión, y lo focalizó hacia Kingu. El enfado era el canalizador adecuado para la persuasión. —Debes dejarme hablar; después, si lo deseas, que tus animalitos intenten comerme. Pero escucha mis palabras. Una vez más, Hera, con su sublime poder femenino, consiguió su propósito. —Está bien, sube hasta esa roca, mis animales te dejarán pasar —Kingu señaló una formación rocosa a medio camino entre ambos. Desde allí se oirían mucho mejor sin necesidad de forzar tanto las voces. Pero tenía que cruzar por el medio de la manada de ligres. Tuvo miedo. Su parte humana estaba salpicada por el terror y solo su parte divina mantenía su apariencia intacta. Aquellos animales poseían una esencia adecuada para infundir terror a los humanos. Una creación más allá de la simple naturaleza. Los ligres no se apartaron ni un palmo. Los animales le miraban con cara de famélicos y alguno de ellos rugió agresivamente al pasar cerca aquel humano. Dorian consiguió llegar hasta el promontorio rocoso sin ser atacado por ninguna bestia. Pero ahora estaba totalmente rodeado de aquellos seres híbridos. Kingu no es ningún necio, pensó Dorian. Es listo, deberé ser prudente. —Habla, extranjero. ¿Has venido a matarme por encargo de Sargón? —No estoy aquí para acabar con tu vida, Kingu. Solo deseo llevarte ante él y que Sargón recupere a su hijo. Por eso estoy aquí. Una carcajada metálica hizo eco entre las columnas cálcicas. —¿Y por qué piensas que voy a dejarme? Eres un imbécil —continuó con su risa. —Porque en el fondo no deseas estar aquí. Este no es tu sitio. La carcajada se detuvo al instante. Kingu le miraba con sus peculiares ojos, fijamente.
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—¡Qué sabes tú, extranjero! ¡Nada! ¡No sabes nada de nada! —Tú eres el legítimo rey de los asirios, Sargón te expulsó. La sorpresa impregnó el rostro de Kingu. —¡Es una trampa para matarme! Mis animalitos van a acabar contigo. ¡Estás muerto! —No te miento, Kingu. Puedo darte una oportunidad para luchar por lo que te pertenece por derecho de nacimiento. Pero deberás entregarte. Y darme al hijo de Sargón. —¡Cállate, malnacido! ¿Qué sabes tú? Si Sargón me tuviese en sus manos me cortaría la cabeza antes de poder contar hasta tres —y dirigiéndose hasta los ligres pronunció un sonido profundo y gutural—. Ahora morirás. Los ligres reaccionaron ante aquel sonido de Kingu; como impulsados con un resorte se pusieron en movimiento. Dorian no se quedó quieto. Desde aquella posición era vulnerable, pues estaba totalmente rodeado. Necesitaba tener la espalda cubierta. De un fuerte salto, como si fuese un saltamontes, aterrizó en uno de los laterales de la enorme cúpula. A su espalda, una espesa columnata le protegía la retaguardia. El primero de aquellos ligres estaba muy cerca. Y solo atacó el primero de los animales; un enorme macho, con una hermosa melena. El resto rodearon a los dos oponentes en espera del desenlace. Dorian, sin armas, no tenía intención de matar a un ninguno de aquellos animales. El ligre atacó sin piedad. Sus enormes patas delanteras, con unas garras afiladas, eran semejantes a dos mazas. El animal se lanzó a por el humano. Dorian intentó esquivarlo, pero el ligre era tan rápido como él mismo y no cayó en la treta. Impactó de lleno en los brazos de Dorian; este solo podía oponer sus extremidades superiores ante aquel formidable adversario. El ligre con sus colmillos babeantes intentaba morderle en la cabeza y el cuello. Dorian, con un fuerte movimiento, se desplazó a un lado y el ligre cayó al suelo, de espaldas. De un salto el heleno atacó al felino a base de puñetazos y golpes. Un zarpazo del ligre alcanzó la espalda de Dorian.
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Este lanzó un grito de dolor y cuatro líneas color carmesí empaparon su túnica blanca. Se apartó del animal de un fuerte salto. Animal y hombre compartían la misma velocidad, pero el felino tenía mucha más fuerza, pesaba más y poseía unas formidables armas en sus zarpas y en su boca. Dorian pensó que luchando no tenía posibilidad alguna de derrotarlo ¡y otros treinta aguardaban su turno tras el primero! Cerró los ojos y contempló la carga energética del animal. Era blanca, como cualquier ser vivo, pero vio unas tenues líneas azules allí donde estaba la cabeza de aquella bestia. El color azul significaba divinidad. ¿Un animal divinizado como yo? Sintiendo cómo el ligre saltaba de nuevo en su búsqueda él le esquivó, pero manteniendo su visión energética. Un nuevo salto del felino y ambos contendientes se cogieron por las extremidades superiores; como dos danzantes. Dorian continuaba con los ojos cerrados. Intentaba dirigir unos filamentos de energía propia hacia la coloración azul en la cabeza del ligre. El animal empujaba con fuerza, el humano resistía con todas las dificultades del mundo. Un filamento de Dorian consiguió alcanzar la estela azul. El ligre se calmó enseguida. El animal se puso a cuatro patas y agachó la cabeza. Dorian aprovechó el momento para incrementar los filamentos; hasta cuatro hilillos de energía se posaron en la cabeza del felino. Allí Dorian depositó parte de su propia energía creando un vínculo definitivo entre ambos. El ligre se sentó a sus pies, como el más manso de los gatitos. Dorian abrió los ojos. No tendría suficiente energía para domar al resto de los animales, tendría que buscar tiempo. Pero al mirar al resto de los ligres vio cómo todos repetían la actitud de mansedumbre del primero. Acarició a este con unas palmadas en la parte superior la cabeza. El animal ronroneó con satisfacción y le lamió la palma de la mano. Dejó a los ligres y ascendió hasta la balconada natural donde antes había estado Kingu. Una apertura, como una puerta, conducía
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hasta una oquedad dentro de la propia roca. Un chillido de origen humano le mostró el camino a seguir. Unas antorchas iluminaban el pasillo rocoso. Al final llegó hasta una nueva apertura; allí encontró a Kingú. Este tenía cogido por el cuello a un chico de no más de diez años. Senaquerib, pensó. —¡No te muevas o le rebano la cabeza al chico! —un cuchillo con una enorme hoja amenazaba el cuello de Senaquerib. El muchacho lleno de orgullo se mantenía firme y decidido a no mostrar debilidad o miedo alguno. —De acuerdo, me quedo quieto. Hablemos, Kingu. —¡Eres un verdadero demonio! No sé cómo lo has hecho, pero a mí me costó mucho tiempo dominar al jefe de la manada. ¡Eres un brujo! —¿Por qué has secuestrado al hijo de Sargón? —El malnacido de Sargón me arrebató mi trono, mi ciudad y asesinó a mi hijo. —¿Qué deseas a cambio de la vida de Senaquerib? —El derecho a recuperar mi trono. Solo eso. Adasi tenía el infortunio de su lado. Desde el ataque a Babilonia parecía que el dios Assur le había dado la espalda. Primero por ser el único de su batallón, durante la lucha contra los rebeldes babilonios, que perdió el conocimiento a consecuencia de una pedrada. Ello le impidió participar del expolio de la ciudad. No pudo violar ninguna mujer, ni conseguir nada de oro. Después al llegar a Nínive todos sus compañeros fueron condecorados por su valentía frente al enemigo. Él se perdió ese reconocimiento y fue degradado por considerar indigna su actitud en la batalla. El tercer infortunio lo recibió al llegar a Assur. Allí, en la capital del Imperio Asirio, fue rebajado a guardia de la puerta de Nabu por su borrachera en Nínive. Ahora sus ojos veían que su mala suerte no había hecho más que comenzar. Se acercaban tres individuos con una manada de enormes fieras. Adasi no supo distinguir si eran leones o tigres pues los animales tenían atributos de ambas especies. Pero sí dedujo el enorme tamaño de los animales.
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Aquello solo podía significar problemas y de los gordos. Uno de los tres hombres fue quien habló; era un individuo alto y con el color de pelo pajizo. —Soy Dorian y tengo una cita con tu rey Sargón; anúnciame a él. Adasi buscó la confirmación en el oficial de guardia y dejó pasar a los tres nuevos visitantes y a la manada de bestias. Una vez dentro del palacio del rey, Sargón los recibió en el Salón de Audiencias; una sala enorme flanqueada por unas curiosas esculturas pétreas: representaban unos animales con cuerpo de toro, cabeza de hombre y con unas enormes alas; lamasus, así los llamaban los propios asirios. Eran, según distintas versiones, los protectores de la ciudad contra los leones, los principales antagonistas de los lamasus. El Salón de Audiencias estaba repleto de la nobleza asiria. Talos y Homero estaban en un rincón de la sala; habían acudido al saber de la llegada de Dorian. Todo el séquito compuesto de Dorian, Kingu, Senaquerib y la treintena de ligres, que no dejaban a Dorian ni a sol ni a sombra, entró causando un gran revuelo. Todos exclamaron asustados al ver a los gigantescos animales. La guardia de Sargón se interpuso delante de los tres recién llegados impidiéndoles el paso. Dorian se adelantó hasta el monarca asirio. —Saludos, rey Sargón. Me presento ante ti como te prometí que haría, en virtud de nuestro pacto. Te traigo lo que me pediste; a tu hijo con vida y a Kingu. Sargón se levantó de su trono y avanzó hasta él. —¿Y por qué traes hasta mí a toda esta jauría de bestias salvajes? —Son los protectores para el cumplimiento de nuestro acuerdo, rey Sargón. Los ligres tenían rodeados a Kingu y a Senaquerib; para Kingu representaba su seguridad pues nadie osaría tocarlo, pero para el joven príncipe resultaban ser unos insuperables carceleros. —Bien, deja libre al príncipe y entrégame al traidor Kingu. Des48

pués mis sacerdotes te conducirán hasta el Árbol de la Vida. —No tan rápido, rey Sargón. Kingu desea hablar delante de toda tu corte de nobles. Y tiene que ser escuchado por todos. El rostro de Sargón se contrajo de rabia y enfado. ¿Qué pretendían aquellos dos? ¿Restaurar a aquel deforme en el trono de los asirios? No dijo nada pero reculó y se sentó nuevamente en su trono. Dorian entendió que accedía a sus peticiones. A una orden del heleno los ligres formaron un corredor hasta el rey asirio; permitiendo la llegada de Kingu hasta la real persona asiria con total impunidad. Kingu habló. —Yo soy Kingu, hijo de Salmansar, descendiente legítimo de la verdadera dinastía de Assur. Sargón, yo te digo, eres un impostor. ¡Devuélveme el trono! Una exclamación de la mayoría de nobles resonó por toda la sala. Algunos mostraban su incredulidad a las palabras de Kingu. El hijo de Salmansar, llamado Kingu, no era deforme y había muerto, decían, atacado por una manada de leones gigantes hacía unos años atrás. —No te reconozco. Eres un ser monstruoso y deforme. Eres un demonio que solo busca su propio bien. ¡No corre sangre real por tus venas! —exclamó alto y claro Sargón para que todos los presentes en la sala oyeran sus palabras. Sin dar tiempo a nada más Kingu extrajo su cuchillo y atacó al rey asirio. Sargón consiguió esquivar la primera estocada pero fue derribado de su trono. Ambos cayeron rodando por las cuatro escaleras de ascensión hasta el trono. La guardia de Sargón intentó acercarse para salvar a su rey. Pero el propio Sargón los contuvo. —¡Dejadnos! Lucharemos y que decida la voluntad de los dioses. Ellos dictarán sentencia. Sargón extrajo su espada y uno de los guardias le entregó la suya a Kingu. A una orden de Dorian los leones crearon un perfecto círculo donde ambos luchadores podrían batirse tranquilamente sin ser molestados.
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Dorian examinó a ambos contendientes. Sargón era alto y corpulento, bien formado y con el cuerpo entrenado para luchar. Kingu, en cambio, era una lástima humana; sus deformidades le convertían en un ser derrotado de antemano. Y las previsiones se cumplieron. Sargón venció a Kingu con toda limpieza de forma rápida. Un movimiento final y su espada seccionó la cabeza de Kingu; esta rodó por el Salón de Audiencias. Sargón cogió el cráneo por los cabellos y lo mostró a sus nobles. Estos reaccionaron con grandes vítores y aplausos. La victoria supuso la reafirmación de Sargón como rey. De ahora en adelante nadie dudaría de su legitimidad como monarca asirio. Dorian permitió que Senaquerib y Sargón se fundieran en un abrazo guerrero. Nuevos vítores de la nobleza asiria cerraron el acto. Mientras caminaba el Zigurat apareció a lo lejos. Era una enorme mole artificial construida con ladrillos cocidos o secados al sol. En esencia lo constituían varias terrazas superpuestas rematadas con un templo en su parte superior; ese escalonamiento le confería la buscada sensación de altitud y majestuosidad. La comitiva la encabezaban Dorian y Sargón; el rey asirio había resuelto acompañar al heleno hasta el Árbol de la Vida y ser su máximo valedor ante el dios Assur. Detrás de ambos Homero y Talos, simples invitados de piedra en esta historia, junto a Senaquerib y la treintena de ligres que no dejaban a Dorian ni un momento. Los asirios salieron a contemplar la curiosa procesión. En poco rato las calles se llenaron de espectadores silenciosos; la visión de aquellos gigantescos animales constituía de por sí todo un espectáculo. Al llegar ante la mole de ladrillos Dorian observó cómo una larga rampa conducía directamente hasta la última terraza; allí una rampa más pequeña facilitaba el acceso al templo. Todo el séquito subió por la larga rampa. Al final de ella, en la última terraza, esperaron todos, animales y personas, a excepción de Dorian y Sargón; ambos subieron hasta el templo. Allí aguardaban tres sacerdotes de Assur. Ellos mantenían el recinto sagrado en condiciones y procuraban el agua suficiente a su
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