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Las Aventuras del Rencor Violeta

Juanse Molina
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Bill Crouch había llegado a Gigantía atraído por el olor a ron y con un barco a cuestas, “El Rencor Violeta” era una nave de un solo tripulante, violeta como el rencor que siempre sentían en su interior quienes se atrevieran a tripularla. Esta vez, solo iba en ella Bill, conocido en los mares como el Capitán Rencoroso Billy, un hombre de barba espesa y negra, y de cabello largo y rojo, con su rostro entero pero corroído por los años, el brazo izquierdo tatuado desde la parte superior hasta la muñeca. Acostumbraba llevar camisas cortas, no porque no le gustaran las de mangas largas, sino porque tenía un miedo desde siempre: Quedar enredado en la batalla por una de sus mangas en algún lugar de un barco. Un pantalón verde siempre adornaba su apariencia y unas botas negras con arreglos violeta, para no desencajar con el color de su barco. Su sombrero era un sobrado de batallas y recorridos por tantos mares de esta y de la otra vida, que ya al mismo capitán se le olvidaban muchas de sus aventuras.

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Llegaba a Gigantía por ser el puerto pirata donde podría rehacer su tripulación, la cual había perdido en su más reciente batalla contra El Gigante de la Luz, un barco liderado por Al Gustav, un capitán Persa que trabajaba como corsario para el imperio en su tripulación contaba con varios magos, quienes en la batalla contra El Rencoroso Billy se encargaron de desaparecer su tripulación lentamente y enfrascarla a toda en medio de la batalla. El resultado fue la retirada de El Rencor Violeta y la navegación en solitario de Billy durante diez días, alimentándose solo de peces que guardaba en un acuario que llevaba en el interior de su cuarto, entre el cual podrías encontrar unos de un tamaño tal que le permitían alimentarse por un par de días. Ancló cerca al muelle, allí donde aún las aguas son profundas y sobre un bote fue conquistando a remo las ya conquistadas, hacía más de tres siglos, tierras de Gigantía.

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Amarró el bote al muelle, se cercioró del lugar donde llevaba la pistola y la espada, sacó un pedazo de pan de su bota. Así que comiendo pan y con su pintoresco caminar, que lo hacía ver como el más ebrio de todos los piratas, empezó a caminar. -Después de una larga travesía, he llegado a sus playas y de ahora en adelante se llamarán Milagros, porque es lo que ha ocurrido en mi vida- gritaba mientras caminaba. Nadie le prestó atención, era común que llegaran a diario distintos conquistadores al muelle tratando de hacerse ver como nuevos dueños de la única tierra del mundo que aún no tenía un dueño oficial. -Está bien, sigan siendo Gigantía, pero que conste que ya llegué- dijo Billy con la voz muy baja y siguiendo con su caminar. El muelle era corroído por el agua y la sal, así que con cada paso que daba el Rencoroso sobre él, era escuchar una melodía de crujidos, además era muy extenso y
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desembocaba en unas murallas que habían vivido las más grandes batallas entre piratas y coronas; porque había servido de fortín para esconder a los primeros con sus tesoros y de tumba de los segundos que vieron caer sus aspiraciones de capturar al menos un pirata, por la ferocidad con que peleaban. Igual en este punto les era muy difícil ganar a los que quisieran enfrentar a un barco de forajidos porque en Gigantía todos eran uno solo y peleaban aguerridamente en grupo. Cuando llegó a la muralla, Billy fue palpando una a una las piedras a su altura hasta que encontró la precisa, la tomó en su mano y la arrojó hacia la parte alta del muro. Arriba, un pirata ahogado en ron descansaba plácidamente y vigilaba la llegada de nuevos barcos al muelle, fue por eso que sintió el golpe de la piedra en su cabeza. Enseguida gritó y tras la puerta de entrada a la ciudad, reforzada en madera y hierro, apareció el portero, que había sido alertado por el timbre del borracho encima suyo; miró por una oscura compuerta, con el único ojo que le quedaba. Esa compuerta era de un color
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distinto al del resto de la puerta ya que en la última batalla librada por Gigantía contra la corona Británica había perdido la compuerta por la que se podía observar y recibir a los nuevos visitantes, y con ella se fue el ojo del hoy portero de la ciudad. -¿Si?- dijo con desconfianza el portero, miedoso por quién estuviera al otro lado. -Soy Billy el Rencoroso, capi... Antes de que terminara el discurso que generalmente decía, las puertas empezaron a sonar y lentamente se fueron abriendo para permitir la entrada de El Rencoroso Billy. -Hola- dijo Billy mientras iba dando sus pasos que lentamente se iban componiendo y le permitían caminar como una persona en estado de sobriedad: recto. El portero le sonrió con su parche hecho de tela y su sonrisa corroída por lo mismo que se comía el muelle. El agua y la sal.

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Billy sintió asco, hizo un gesto de desagrado y generó que toda la ciudad girara a verlo. Unos se susurraban al oído recordando la leyenda que era “El Rencoroso”, otros se asombraban de verlo vivo. -Yo escuché que ha peleado en las aguas de la muerte, allá donde se navega de cabezasle dijo uno a otro. Pero ante todo lo que causó en la ciudad, solo hubo algo que pudo hacer que retiraran la mirada del caminar del Capitán y se concentraran en un taconeo que venía en sentido contrario al de Billy. Naranja era su vestido y lo tenía recogido con las manos hasta un poco más arriba de los tobillos, dejando al descubierto sus blancos pies, cubiertos por unas zapatillas de cristal; su rostro era igual de blanco, ruborizado por el maquillaje en los pómulos, con un lunar oscuro que a veces coloreaba con carbón abajo de sus ojos verdes. Su cabellera era castaña clara y su sonrisa igual de amarilla al queso viejo.

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Venía a toda velocidad y apenas estuvo frente a Billy, este abrió sus brazos para recibirla, pero la sonrisa que traía el capitán por el recibimiento de Gigantía, cambió por una de pánico apenas vio la fuerza con la que ella fue desenfundando su puño y lo fue dirigiendo al rostro del Rencoroso, quien no tuvo otra opción que recibirlo y sobarse la mandíbula por el golpe. -¡Pensé que habías muerto, maldito!- dijo ella. -Pero no- respondió Billy. -No vuelvo a creer las noticias que traiga el mar- agregó ella. -Créelas, solo que esta vez, nos salvé de milagro- repuso Billy. Luego se fundieron en un beso amargo y sudoroso, casi grotesco y no apto para niños. La tomó de la mano y empezó a caminar lentamente cada vez más recto, la borrachera se pasa rápido en las calurosas calles de Gigantía, pero cada paso en vez de alejarlo de la ebriedad lo iba acercando más y más, pues su curso se dirigía al único sitio
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donde podía rehacer su tripulación con los hombre más fuertes de la isla: Las Tortugas Saladas, el bar donde se había forjado la primera tripulación pirata para recuperar unos tesoros que la corona Británica les había quitado, pero eso es historia. Frente a las tortugas, Billy tomó aire profundamente y luego, en un corto y enamorado suspiro lo soltó para poder entrar. Nunca se sabía que se podría encontrar tras los vidrios rotos de esa puerta de madera que alguna vez tuvo vidrios, pero que su dueño, una leyenda de la piratería, y quien según muchos, estuvo el día del primer pacto pirata y con lo recuperado compró el bar para que fuera lo que hoy se conoce como Las Tortugas Saladas o el fortín pirata, porque es el único sitio donde se pueden encontrar todos reunidos, entendió y nunca más se encargó de reponer los rotos. Dejó a su amada en la puerta. -Ahora salgo preciosa- dijo con su aguda voz - No sé cómo, pero salgo.

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Ella le dio un beso y con un pañuelo como promesa de regreso, enlazó al Rencoroso Billy para que tuviera que volver. De un solo golpe abrió la puerta del bar y entró, la cantidad de borrachos que había era creíble, tratándose de un fortín pirata. Todos cantaban y gritaban o elevaban sus espadas, otros cuantos enseñaban sus cicatrices, tatuajes y músculos a las señoritas que acompañaban a los visitantes del lugar. Nadie se dio vuelta para mirar quién era el recién llegado, así que tratando de captar la atención de todos, El Rencoroso levantó el dedo índice de su mano derecha y exclamó. -Soy Billy El Rencoroso, Capi... En ese momento se escuchó el desenvainar de una espada que iba directamente al cuello del Capitán de El Rencor Violeta; sino es porque en el camino la espada de el Rencoroso se atraviesa e impide que su dueño se quede sin cabeza.

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Uno, dos, tres swings del brazo derecho y defendía los embistes del atacante a quién no le veía el rostro. Luego ágilmente subió a una mesa, regó varias cervezas y con el enojo de los que vieron su licor regado por el suelo, tuvo que luchar contra otros tres. Paso a paso, un golpe en el rostro, tres que entregaba. Sus pies se empezaban a tambalear y con un movimiento que lo caracterizaba, dio un giro sobre su eje y con la espada se movió y luego se clavó en una viga del techo; y ahí quedó colgado, levantando los pies mientras los atacantes trataban de alcanzarlo con sus espadas. -¿Qué pasa?- gritó Billy, que se balanceaba. -Solo queremos un poco de tu barba- dijo uno de los borrachos. -Pero si me matan, ustedes se quedarán con su barba y yo sin mi vida y eso no me gustaría- agregó el Rencoroso, cada vez con más falta de aire. Al fin pudo ponerse sobre la viga donde había clavado su espada y erguirse para mirar desde lo más alto del bar.

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-Ya pueden dejarlo tranquilo, si es él- se escuchó decir del otro lado de la barra. -Si Capitán- dijeron los atacantes, quienes guardaron sus espadas y volvieron a sus lugares. -¿Por qué me haces esto papá?- dijo Billy, dirigiéndose al hombre tras la barra. -Primero que todo, baja de allá que estás muy grande ya y las vigas no soportan tu peso como antes- exclamó el padre. -En eso tienes razón- exclamó Billy- ya no soy el de antes, ¿no viste todo lo que me demoré en subir a la viga?- sonrió. -Igual, tu movimiento de pies en el combate sigue siendo el mismo- le dijo el padre mientras lo veía acercarse. -¿Cómo ha estado todo?- preguntó el Rencoroso. -Muy bien, preocupado por tu vida, pero comprobamos que eras tu- respondió el padre. -¿Por eso el ataque?- dijo sorprendido Billy. -Si, por eso, porque el mar trajo consigo, el rumor de tu muerte y la aparición de piratas persas a los que la magia les daría tu apariencia y quienes sabes, no son bienvenidos acá, desde que decidieron servir
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a su sultán para acabar con los que antes fuimos sus aliados en esta isla y así adueñarse de nuestros mares, eso nos impulsó a ponerte una prueba, o ponérsela a ellos.- agregó el padre, limpiando un vaso. -Pero eso no será posible, yo lo impedirédijo el Rencoroso inflando el pecho- pero antes necesito una tripulación para recuperar mi tripulación- sonrió. -¿Y dónde vas a poner a tantos piratas?preguntó el padre. -No sé, un canje podría ser- bromeó Billytrataré de volver con el Rencor Violeta y remolcar a estas playas el barco de Gustav, tripulado por mi otra tripulación, entiendessonrió. -Sí, entiendo, ¿Y si no es así? ¿Si destruyen el barco antes de que lo tomes?- fue escéptico el padre. -Pues tocará hacer camas y otro nivel del Violeta, con las sobras de madera del barco de Gustav- sonrió otra vez Billy- no serán del mismo color del Violeta, pero acogerán a más piratas. El padre soltó una carcajada.

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-Pudiste haber perdido la tripulación, pero no el sentido del humor- agregó el viejo pirata. -Yo no perdí mi tripulación, ella desaparecióexclamó el Rencoroso. -¿Y entonces cómo quieres la tripulación?preguntó el padre nuevamente. -No sé, algunos bravos y otros malditos, a los unos para que no les entren los filos de las espadas, a los otros para que no les entre la magia. -Pues has llegado al lugar exacto, acá están los piratas más bravos y malditos de todos los mares, cazadores de tesoros y muy buenos navegantes, casi tan leales como mi tucán que murió hace poco. El padre de Billy era el muy recordado pirata “Rojo” Charles, a quién se le atribuían, entre otras cosas, la conquista del fruto de la vida eterna y darle el nombre al Mar Rojo, historia que generalmente contaba cuando ya los barriles de ron le inundaban la cabeza. La historia del loro, o bueno, el tucán, era un poco excéntrica, ya que en uno de sus viajes, El Rojo, cuando aún se dedicaba a pelear y conquistar tierras, terminó en Nuevo
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Mundo con su tripulación, robando los tesoros que los españoles robaban a los nativos y haciéndose dueño de varios kilómetros de selva; kilómetros que nunca más reclamó porque los mosquitos sintieron su sangre extranjera, su sangre eterna y se dedicaron a extraérsela mientras surcaba esas tierras. Así que El Rojo solo optó por dejar la tierra firme, esa que había conquistado y esperar a los servidores de la Corona de España para robarles sus tesoros en el mar. De esa expedición conservó un tucán, que llevaba escondido siempre tras la copa de su sombrero y al que sentía caminar a cada rato, era como un adorno con vida. Porque siempre estuvo en contra de los loros, es más, siempre dijo que “Los capitanes que cargan un loro en el hombro para que les hable, muestran gentilmente su poco cerebro”. El bullicio en el bar era cada vez más insoportable, así que hablar sería imposible, por lo que El Rojo, para llamar la atención y conseguirle la tripulación a su hijo, hizo un
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disparo al aire que golpeó una campana de oro que había robado a algún español en el Mar Caribe. La atención de todos se dirigió al pirata dueño del bar que se erguía sobre la barra junto al Rencoroso Billy. -Si no lo sabéis, mi hijo perdió su tripulación contra los persas y para recuperarla, debe ir hasta la otra vida a pelear por ellos, así que es necesario reunir una tripulación. Quienes quieran hacer parte del Rencor Violeta, haced una fila acá, que mi hijo medirá sus aptitudes. La fila se hizo extensa, algunos aunque de la borrachera no podían pararse, estaban de primeros haciendo audición frente a Billy que lentamente los iba escogiendo. -Sí, no, siéntate y veremos, si sobra algún puesto te llevo- decía Billy. Entre sus escogidos estaban los gemelos Gillighan, que se caracterizaban por tener la mejor visión de todo Gigantía y a quienes no
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los llevaban nunca a las expediciones por su sed de sangre, algo que ameritaba que hoy tripularan el Rencor. También estaba con ellos en el cuadro de tripulantes, el Tartamudo Rice, catalogado el mejor lector de mapas que quedaba; su padre había sido de la confianza del Rojo y le había enseñado los secretos para interpretar cartografías en cualquier idioma y situación a su hijo, es más, con el Tartamudo a bordo, no era necesario usar brújula, el único problema que tenía era su tartamudez, que hacía que descifrar una orden demorara más tiempo que nunca y solo se le aclaraba la voz y dejaba de tartamudear cuando estaba dormido o con varios litros de ron en la cabeza. Y por eso lo rechazaban en la mayoría de barcos piratas, pero en este caso cuando debían viajar hasta el otro mundo, lo necesitaban especialmente a él. Además a esta fila se le sumó el Español, un ex conquistador del Nuevo Mundo que peleó para la Corona Española, y de quien muchos decían que era un espía, pero que luego de más de diez años en Gigantía esperando
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tripular cualquier barco y convertirse en pirata, veía como su sueño se le hacía realidad. Se unió también a la expedición el Flamingo Bert, alto y largo como un mástil y a quien apodaban como el pájaro rosa del Nuevo Mundo, porque peleaba con un solo pie apoyado y con un dominio del cuerpo que lo hacían parecerse a los Flamingos moviéndose en las lagunas. El Manco Peer también fue seleccionado, él, que debía su apodo a la ausencia de su mano derecha a causa de una batalla con tiburones, tenía fama de ser capaz de disparar cinco cañones al tiempo y por eso, fue admitido para tripular El Rencor. En total fueron treinta los seleccionados, entre malolientes, borrachos, músicos y mutilados, ausentes de extremidades que eran reemplazadas con madera; cada uno con una característica especial que lo hicieron merecedor de tripular el barco violeta que estaba anclado cerca al muelle.

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La fiesta en las Tortugas siguió y Billy, luego de tomarse una soda, se fue a dormir en la habitación que siempre estaba esperándolo dentro del bar, otro día llegaba y el viaje debía ser emprendido lo más pronto posible. Al otro día antes de que saliera el sol, los perros empezaran a ladrar y los loros de repuesto que vendían en el mercado de piratas se empezaran a despertar, el capitán se subió al barco y lo llevó al muelle, donde le pidió a su nueva tripulación que abordara. Con resaca y la cabeza gacha por no ser capaz de mirar al sol de frente, subían dando tumbos al Rencor Violeta, incluso, algunos iban de la mano, sosteniéndose para no irse a caer al agua. Cuando estuvo arriba toda la tripulación, incluido el gigante Brent, a quien Billy había seleccionado de último, el Rencoroso se subió a la parte más alta del Violeta y desde allí dio un discurso a sus tripulantes: -Bueno señores, como sabéis, sois la nueva tripulación del Rencor Violeta y tenéis una misión muy importante. Consiste en rescatar
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a la original defensa humana de este barco de las manos de Al Gustav, con quien podéis hacer lo que queráis, yo solo quiero mi tripulación, por eso si sois capaces de vencer, os dejaré el barco de ese Persa para ustedes, así que si sois tan feroces como dice mi padre y vosotros mismos afirmasteis ayer en medio de la borrachera, tendréis un barco para tripular, el control de un mar entero y no tendréis que regresar a Gigantía en muchos años. Lo único que os advierto es que Gustav usa magia y puede haceros desparecer sin que os duela y enviaros al fondo del mar. Park, un pirata llegado de las aguas de Asia y a quien le decían “el Cobarde”, ya que por su agilidad había sido elegido para tripular varias naves, pero siempre volvía sin su expedición; apenas escuchó la palabra magia fue buscando el borde más cercano y desde allí se arrojó al mar. Toda la tripulación se rió de la actitud del Cobarde.

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-Con razón te apodaban así Chino- le gritó El Manco Peer. Y todos se burlaron aún más. -En vista de que perdimos a medio tripulante, debemos lamentarlo y honrarlo arrojando un sombrero al mar para recordarlo - dijo Billy. -No, un sombrero no, medio, porque fue medio tripulante- Se burló uno de los gemelos. El Cobarde Park era muy ágil porque era demasiado pequeño y porque sabía varias artes marciales, entonces por eso las burlas de la tripulación al decir que habían pedido medio miembro. Al asiático le tocó nadar bastante porque el ancla había sido elevada cuando los tripulantes estuvieron a bordo y ya habían vuelto a aguas profundas, donde solo los buenos nadadores podrían defenderse. -Suelten velas- gritó Billy, mientras se ponía tras el timón- Vamos hacia el otro mundo- le
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gritó al Tartamudo que tomó en sus manos un mapa de los mundos y fijó el rumbo. -Gi gi gi gi gi re a ba ba ba ba ba… -Deja así, ya sé a dónde debo girar- dijo el Rencoroso¡Y traigan ron para el tartamudo!- gritó. Las olas empezaron a hacer mover el barco de un lado a otro y el mareo que hacía parecer a Billy el más grande borracho, empezó a abordarlo. -Vamos a limpiar esta pocilga y si encuentran un lugar donde dormir, tómenlo, porque de pronto con la noche tal vez no lo encuentren de nuevo- volvió a gritar el Capitán que todos sabían que no tomaba licores, pero que sonaba con la lengua más enredada que cualquiera que tomara barriles de ron. Toda la tripulación se puso en pro de limpiar el barco que tenía secuelas de batalla, quemaduras, sangre y hasta restos de ropas y cuerpos de persas que subieron a bordo del Rencor y no volvieron a bajar, incluso
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algunos pensaron que esos persas pudieron ser alimento del Capitán durante su intenso regreso a Gigantía. El camino desde la ciudad pirata hasta el otro mundo podría llevar poco más de dos días si se sabía cómo entrar, si no, podría demorar toda una vida para llegar allá, el punto entre los vivos y los muertos, al que algunos llamaban: Tierra Agonizante. Mientras limpiaban, el Español y el Poeta Fritz, se tomaron la vocería de la tripulación y con una guitarra tocada por el ibérico y la voz y cantos escritos por Fritz, quien acompañó al Rojo Charles en la búsqueda y conquista del fruto de la vida eterna y quien algunos dicen, fue el primero en cantar los versos piratas que hoy en día son cantados en todos los barcos, hasta los de los piratas del Medio Oriente y los Corsarios, considerados traidores de la causa pirata. Así, entre versos y movimientos de hombres musculosos, el olor ácido que conservaba el barco fue absorbido por el cuerpo de todos sus tripulantes, mientras sobre la tarima de
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mando, Billy seguía tratando de descifrar las órdenes geográficas del tartamudo. -Es es es es es ta ta ta tamos a no no nononono. -¿Noventa?- Preguntaba a los gritos el Rencoroso. -No- respondía el Tartamudo, mientras hacía una seña con la mano para que el capitán lo esperara. -Maldita sea- gritaba Billy - ¡Más ron!. Y con cada barril que llegaba, le embutía dos tragos al tartamudo y él le daba un sorbo a un vaso con agua dulce que siempre cargaba consigo, porque Billy, pese a ser uno de los piratas más famosos, hacía diez años que había decidido dejar el licor, entre ellos el ron, porque en una de sus borracheras, mientras navegaba con su mujer, la señorita Diana Smith, quien había conocido su vocación pirata, sentada en el balcón de su palacio en una isla Inglesa a dónde iba a visitarla el Rencoroso muchas veces y quien la impulsó a dejar su vida de lujos para recorrer los mares en un barco tripulado por forajidos, siendo su esposa.
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Pero eso no importa, volvamos a la última borrachera de Billy, estaban en altamar y el ron que habían ingerido tanto él como Diana había sido poco adecuado y recomendable para un ser humano, así que tan alicorados habían pedido a la orquesta del Violeta, integrada por un redoblante, un acordeón y una guitarra, que tocaran para ellos, estos instrumentos se interpretaban solos, por los poderes mágicos de las manos de Billy. Los esposos empezaron a bailar en el borde del Rencor y mientras ellos se movían y taconeaban en el barco, el resto de la tripulación se tapaba los oídos porque sabían que el bullicio de los capitanes no los dejaría dormir. Y fue en ese baile, cuando luego de haber sonado unas cuantas melodías irlandesas y la orquesta mágica empezó a tocar tangos, música con la que Billy y Diana se seducían y esta vez no fue la excepción; empezaron a bailarla ahí, en el borde del barco, con tan mal resultado que en uno de los giros solos que dieron alejados el uno del otro, Diana cayó al mar, mientras Billy ni se dio cuenta,
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porque también estaba girando y por la música no había escuchado el grito de su esposa cayendo al agua, donde muchos aseguraban que por un hechizo del Rencoroso se convirtió en una sirena, algo que solo Billy y su tripulación enfrascada por Al Gustav sabían, pero que muchos afirmaban era el principal motivo por el cual El Rencor Violeta no tocaba casi puerto, para que el Capitán volviera a estar con su verdadero amor. A partir de ese día dejó de tomar, y aunque cada vaso de ron lo seducía con su olor, era más fuerte el mal recuerdo de haber perdido a su esposa, que las ganas y por eso dejaba que el licor siempre pasara de largo en las rondas. El Tartamudo, amante del ron, era feliz de estar en esa situación con Billy, porque sabía que el barril que había lleno del añejo licor ahí en el timón, era solo para él, ya que la historia del capitán era conocida en todos los mares que existían y alguna vez el mismo Tartamudo había intentado contarla.

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La noche iba cayendo, con ella las nubes y las labores de limpieza llegaban a su final, todos exhaustos se llenaban la boca con el pescado recién salido del mar y asado en la hoguera por Bigotes Chatré, un pirata francés que tenía un restaurante en Gigantía que los preparaba, quien había aceptado la invitación de Billy para ser el cocinero a bordo del Rencor. Con el pasar de las horas y el ascender de la luna en el cielo y en el mar, el cansancio en la tripulación del Violeta se hacía más notorio y poco a poco todos iban abandonando la cubierta para sumergirse en profundos sueños al fondo del barco. El único que quedaba afuera era el mismo Billy quien miraba desde su plataforma, uno de los puntos más altos del barco aparte de los mástiles, y dejaba que el horizonte se fuera acercando cada vez más y más. Antes de que la luna estuviera encima, marcando la media noche, el mar se empezó a calmar, más de lo que estaba; la navegación se hizo más serena y el
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movimiento de lado a lado cesó, mientras que el aire empezó a acelerar el ritmo que traía el Rencor Violeta, y venía mezclado con melodiosas voces que cantaban algo inteligible, pero que todos a bordo sabían de donde provenían y se dejaron encantar. Algunos de los piratas que aún quedaban despiertos y que trataban de conciliar el sueño en los niveles interiores del barco, optaron por mirar por las ventanas y se vieron rodeados de mansas y hermosas sirenas que cantaban mientras el mar se iba poniendo de color verde y un destello amarillo ascendía por el borde del barco. La niebla empezó a cubrir la cubierta del Rencor Violeta donde Billy esperaba a su Diana con la misma orquesta que la había despedido la noche que se hizo sirena, abajo las demás sirenas esperaban a que ella volviera y cantaban para ver si conquistaban algún otro pirata. Del destello que ascendió por las paredes exteriores del barco no quedó nada, ya que

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se fundió con el azul del cielo y desapareció de la vista que ofrecían las ventanas. -Es ella- Alcanzó a murmurar el Español- Era cierto el mito. Luego todos los piratas dejaron sus oídos pegados a las paredes que permitían escuchar el exterior pese al grosor de la madera violeta y les permitía disfrutar de la voz de las sirenas. En cubierta la música empezó a sonar y el taconeo del capitán y su esposa retumbó sobre la madera y fue la mejor mezcla entre las melodías de las sirenas y la música. -¿Pero cómo puede taconear si no tiene cuerpo de pez?- dijo uno de los gemelos. -Recuerda, el Capitán sabe de magia y además tiene un pacto con Poseidón para que le devuelva a su esposa cada noche así como él se la envió por error. A cambio el Rencoroso servirá siempre al dios de los océanos- dijo el Tartamudo que ya tenía tanto ron en la cabeza que no lo dejaba

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tartamudear, mientras balde para vomitar.

iba

buscando

un

En cubierta ya iban cinco o seis canciones cuando Diana empezó a cantar y el Capitán a dejarse llevar por ella, cantos que cada vez lo iban dirigiendo hacia el borde lentamente mientras le cantaba al oído y lo besaba. Billy hipnotizado por la voz de su esposa caminaba de su mano hacia donde lo dirigiera. Las sirenas seguían coreando lo que en cubierta se cantaba y el resto de la tripulación, hipnotizado también, iba cayendo en un sueño profundo. Billy y Diana ya estaban cerca al borde del barco cuando en la proa se escuchó un clic. Las sirenas bajo el barco empezaron a agitarlo, el Rencoroso despertó del trance en el que estaba y Diana fue a buscar al que había desasegurado su pistola. Lo encontró tras el mástil, los instrumentos habían parado de tocar y el Tartamudo mantenía los ojos bien abiertos con su pistola apuntando a Diana y con un balde
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rebosado en la otra mano, tratando de mantener el equilibrio por el movimiento del barco. Diana avanzaba a toda velocidad con sus ojos llenos de odio y los brazos firmes. Sacó una mano como una garra y las uñas se le empezaron a afilar y a dirigirse al cuello del Tartamudo quien ya perdía el equilibrio y al verse atacado soltó su único disparo, que le atravesó la palma de la mano a la sirena. Se escuchó un aullido profundo, salido del alma, los pies de Diana desaparecieron y fueron convirtiéndose en aletas. El resto de la tripulación fue apareciendo con sus espadas en alto y sus pistolas empuñadas apuntando a todos lados buscando al enemigo que los invadía, pero solo encontraron al Tartamudo que llevaba su balde en la mano y a Billy que cargaba a Diana quien ya sentía como le faltaba el aire y su piel se iba secando. Las sirenas habían dejado de mover el barco cuando escucharon el disparo.

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-¿Qué pasó- preguntó uno de los gemelos, como siempre tan curiosos. -Na na na... -¿Entonces por qué el disparo?- preguntó el Español sin dejar que el Tartamudo terminara su palabra, al parecer la borrachera estaba toda contenida en lo que llevaba en la mano. -No fue nada, vuelvan todos a sus camas, no vieron nada, ¡No pasó nada!- gritó Billy mientras arrojaba por el borde a Diana después de darle un beso profundo. El Tartamudo caminó del centro del barco, donde había disparado, hasta uno de los costados, donde en el borde dejó caer los restos de su borrachera hasta vaciar el balde y luego inclinó su cuerpo hacia el mar y vomitó lo poco que aún quedaba en su interior. -Tenemos que hablar- le dijo Billy a las espaldas al Tartamudo. El tartamudo agachó la cabeza y asintió.

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-¿Por qué interrumpiste lo que estaba pasando?- preguntó Billy. -Te te te lle lle lle vaba al bo bo bo borde, tetragaba el Tartamudo con esfuerzo cada sílaba para no gaguear mucho- iba a ti ti ti tirar. -¡No es cierto, ella me ama, sólo bailábamos!- Gritó Billy. -No no no no- dijo el Tartamudo- e e e e ella no bai bai bai bailaba, te te te tenía los ojos co co co con ra ra ra rabia, es una si si si si sirena y y y y en en en encanta co co con su su su su voz. -Puedes tener razón- dijo Billy poniéndole la mano sobre el hombro- de todos modos si intentaban arrojarme, gracias por salvarme la vida, ahora vuelve a dormir que mañana debemos estar cruzando la frontera entre esta vida y la otra para poder rescatar a nuestra tripulación. Con el día aclarando, pasando de oscuro a claro con sus tonos amarillos, empezaron a subir uno a uno los piratas, Billy seguía mirando por el borde, ahí donde lo había dejado el Tartamudo.

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Las velas habían estado extendidas toda la noche y el viento de la madrugada había soplado tanto que el avance logrado había sido gigante, el mismo Tartamudo con dificultad dijo que antes del medio día estarían en el otro mundo. Por el camino no se preocupaban, un millar de sombreros navegaban a lado y lado del Rencor. -Este es el camino- dijo el Flamingo a Brent el gigante quien no podía hablar, entonces asintió y sonrió dejando al descubierto su único diente y su boca sin lengua. -¡Estamos cerca!- gritó Billy- Espero que cuando estemos entrando os agarréis bien y disfrutéis del viaje, ya que nos perderemos en un remolino y viajaremos con todas las almas que perdieron su sombrero y ahora viajan a nuestro lado, o si no, escojan un bonito sombrero para lucir en la batalla. Varios sentían pánico, los gemelos se abrazaban, las aguas estaban cada vez más

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turbias, Billy subió hasta donde estaba el timón. -A todo dar, que nos lleven la marea y el viento, esta noche contaremos otra historiadijo empuñando las maderas y tomando su sombrero con la otra mano. El barco empezó a girar y girar; a los lados se veían paredes de agua, mar, almas: unas agresivas, otras iban tranquilas, las más desesperadas iban buscando su cabeza. El agua fue cubriendo El Rencor Violeta, ninguno estaba mojado, ni perdió el aire, era distinta la humedad allí. Cuando estuvo cubierto por completo del azul del mar, el agua se fue poniendo de un verde olivo, fétido, pero que no los mojaba y fue chorreándose a los lados del barco, mientras todos se preparaban en sus cañones, con sus pistolas cargadas y sus espadas al cinto. -¡Los ojos bien abiertos!- gritó Billy.

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-Esperemos a ver quiénes van a probar mis cinco tiros- dijo el Manco saboreándose y el Español lo miró asqueado. El barco siguió andando al mismo ritmo de los sombreros a su lado, el Tartamudo y el Flamingo habían encontrado algunos para lucir y otros los guardaron para venderlos al volver a Gigantía. El viento no soplaba, la luz era casi nula, el cielo era violeta y no había movimiento, las horas pasaron, los bostezos y el hambre empezaron a atacar y el capitán dio la orden de comer algo. Todo el barco bajó a los comedores, Billy se quedó con el Tartamudo en cubierta con los ojos muy abiertos. Al fondo se vio una luz que se acercaba, una pequeña barca de un solo tripulante que se veía muy anciano. Con cada segundo que se acercaba la barca se iba haciendo más y más grande, los que comían no se enteraban, pero Billy y el Tartamudo no podían de la sorpresa,

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mientras más cerca, más brillaba la barca que ya era casi un galeón. Billy vio un rostro en la barca con su catalejo, algo recordó y tocó la campana de alerta. Toda la tripulación corrió a sus posiciones, Gustav había disfrazado su barco de una pequeña balsa y así se había presentado en la distancia, pero Billy reconoció a varios de sus tripulantes. -Estad preparados- gritó Billy. -Pre pre pre pre pre paren ca ca ca ca cañones- gritó el Tartamudo. Los cañones se asomaron por sus pequeñas compuertas, Gustav apareció en la tarima de mando de su barco, venía sonriente, casi como si estuviera seguro de lo que pasaría. Al lado derecho se vio una playa donde descansaba un frasco gigante, Billy vio a varios de sus tripulantes desaparecidos ahí metidos.

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-Esperad- gritó el Rencoroso- Aún no, Aún no. Los barcos se pusieron a un lado el uno del otro, Gustav no sacaba sus cañones. -Algo le pasará, será que no quiere pelear- le dijo el Rencoroso al Tartamudo quién respondió levantando los hombros como quien no sabe nada. Las cuerdas de invasión estaban preparadas. -Un poco más, esperen.- Gritaba Billy. El Gigante de la Luz, como se llamaba el barco de Gustav brillaba por el oro con que estaba adornado y era gigante, como su nombre lo indicaba y parecía no estar siendo tripulado por nadie. El Manco se saboreaba, ya tenía preparados sus cinco cañones, cada uno con una bala adentro, cada uno instalado donde antes había dedos y ahora era madera que asemejaba una mano, pero que podría ser pistola con solo un movimiento.
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El Flamingo y el Gigante Brent esperaban la orden de Billy con la cuerda en la mano para invadir El Gigante de la Luz. -¡Ahora!- gritó Billy cuando los estuvieron exactamente iguales. barcos

Las cuerdas de invasión salieron tripuladas por alguien y volvieron solas, los gritos se escucharon de ida pero se apagaron ahí mismo, El Gigante de la Luz seguía tranquilo y se tragó hasta el rumor más profundo, los cañones del Violeta no se dispararon. -¿Qué pasa? ¿Por qué no disparan?- Gritó Billy- ¡Fuego! Los cañones no dispararon, el Manco Peer estaba al lado de los gemelos, pero pese a tener los cañones listos desde antes de entrar a Tierra Agonizante, estos no se dispararon. -¿Qué pasa?- bajó gritando Billy al primer nivel de cañones.

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-Señor, parece como si hubieran desaparecido las balas- dijo tembloroso el Español. -No puede ser ¡Carguen de nuevo!- dijo el Rencoroso. -Señor, es que las balas desaparecieronagregó el Español. -Maldito persa y su magia, entonces vamos a pelear cuerpo a cuerpo- gritó Billy. Los encargados de disparar los cañones subieron corriendo a cubierta, cada uno tomó una cuerda y se lanzó a invadir El Gigante de la Luz. En el barco que enfrentaban el panorama no era como lo imaginaban, apenas soltaron la cuerda con la que llegaron y descendieron en la nave persa, la encontraron vacía. Solo la tripulaban Gustav y su contramaestre, quienes sonreían. El contramaestre se acercó al oído de su capitán, algo le dijo y éste asintió. El barco persa empezó a girar hacia estribor y a emprender la retirada.
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-¡Maldita sea!- gritó Billy- hay que seguirlodijo, pero a su lado solo estaba el Tartamudo, estupefacto con la boca abierta. -¿Qué te pasa?- le preguntó el Rencoroso. El Tartamudo para ahorrarse palabras le señaló el barco enemigo a Billy y contempló como El Gigante de la Luz se empezaba a llenar de tripulantes que salían de la nada, abrazaban cada uno de los invasores y desaparecían con ellos. -El frasco- atinó a decir Billy. Volteó a mirar y allí vio a sus dos tripulaciones enfrascadas, juntas, que se saludaban casi llorando, pero no encontraban la salida. -A a a a a a a ahora que que que que ha ha ha ha ce ce ce cemos capi pi pi pi pi pitándijo el Tartamudo. -Nada, volver a Gigantía y traer una nueva tripulación, algún día tendremos que vencer

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a ese persa y recuperar nuestros tripulantes originales- dijo Billy resignado. El Tartamudo asintió, tomó el timón resignado también y con la cabeza gacha le dio media vuelta al Rencor Violeta, asumiendo que por donde llegaron se devolverían. Las tripulaciones en el frasco miraban tristes, ¿Quién sabe cuándo volverían por ellos? Porque lo que era El Tartamudo sabía entrar al otro mundo, pero no sabía cómo salir y aún trata de hallar la manera de decírselo a su capitán Bill “El Rencoroso” Crouch.

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