Jonathan Weiner

Aferrados a la vida
La extraña ciencia de la inmortalidad
Traducción de Irene Cifuentes

capítulo 1

Anhelos de inmortalidad

Finales de agosto, última hora de la tarde, nublado luminoso. Habíamos cogido una mesa en un rincón del Eagle, al lado de la puerta roja que da a Benet Street. Desde ahí, a través de la ventana de la taberna se veía la torre de la iglesia parroquial de St. Benet, la torre más antigua de la ciudad de Cambridge y del condado de Cambridgeshire. Las piedras que conforman los cimientos de la iglesia se colocaron hace casi 1.000 años, cuando Inglaterra estaba gobernada por el rey Canuto, hijo del rey vikingo Sweyn Forkbeard, descendiente lejano de Gorm el Viejo. En el año 1353, frente a la torre de aquella iglesia, se hallaba una taberna que vendía cerveza a penique los 13 litros y medio; de un lado a otro de la calle había tiendas y mercados, entonces como ahora, y a la vuelta de la esquina las agujas de la Universidad de Cambridge apuntaban al mismo cielo inglés nublado. Durante el reinado de Isabel I, la taberna se llamaba Eagle and Child. Seguramente, los colegiales isabelinos habrían levantado la vista para fijar su mirada en el rótulo que oscilaba suavemente y (balanceándose despacio ellos también) habrían recordado el mito de Zeus, quien bajó en picado desde las nubes en forma de águila, cogió a un niño llamado Ganimedes y salió volando con él hacia el monte Olimpo para que sirviera de copero de los dioses, convirtiéndose después en uno de los inmortales. Estuvimos hablando durante una hora o dos. El Eagle estaba casi vacío cuando nos sentamos. Desde el patio y las cantinas del otro lado nos llegaban ahora cada vez más voces y más altas y un tintineo de copas. En el año 1940, en

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una de esas cantinas, algunos jóvenes pilotos de la Royal Air Force que no estaban seguros de volver, colocaron sillas sobre las mesas, se subieron a ellas, alzaron sus mecheros y escribieron sus nombres en el techo con el hollín producido por las llamas. En el año 1953, en otra cantina, dos jóvenes biólogos de la universidad solían reunirse a tomar una cerveza cuando terminaban el trabajo en los Laboratorios Cavendish, un paseo de pocos minutos por la callejuela que pasa por delante de la iglesia. James Watson y Francis Crick intentaban descubrir la estructura del ADN y tenían la esperanza (todavía no estaban muy seguros) de haber dado con ella. «De modo que», confiesa Watson en su libro de memorias La doble hélice, «me sentí un poco incómodo cuando Francis entró en el Eagle agitando los brazos y gritando que habíamos encontrado el secreto de la vida.» El Eagle recuerda a los pilotos y el elogio de Churchill: «Nunca en el ámbito del conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos». Y en la cantina del ADN, la actual dirección ha grabado sobre los paneles de cristal de la puerta un fragmento del libro de Watson: «Disfruté las palabras de Francis Crick, a pesar de que carecían del sentido de modestia desenfadada conocido por ser el modo correcto de comportarse en Cambridge». Antes del año 1500, cuando el College of Corpus Christi and the Blessed Virgin Mary, que es el college de la universidad más cercano, construyó su propia capilla, muchos de los dons (rectores) y otros miembros del college habrían empezado el día en la iglesia parroquial y acabado en la taberna. En la iglesia, las plegarias de siempre: «Para que éste que debe corromperse no alcance la corrupción, y este mortal alcance la inmortalidad». En la taberna, los brindis de siempre: «¡Ojalá tardes en entrar en el paraíso! ¡Ojalá vivas 100 años! ¡Ojalá bebas siempre de un vaso lleno!» Rezaban en los bancos de las iglesias por una vida larga, y en el bar proponían una larga vida, y eran los mismos mortales de la mañana a la noche.

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–Cuando empezamos a hablar de hombres de quinientos años –dijo Aubrey David Nicholas Jasper de Grey– hombres de quinientos años, o de mil años, la mayoría de la gente se pone un poquitín nerviosa. Aubrey estaba disfrutando su cuarta jarra de medio litro de cerveza y todavía quedaba bastante tiempo para la cena. Ésta era nuestra copa de despedida. Había pasado la mayor parte del verano en Londres, y unas pocas horas en Cambridge, escuchando a Aubrey mientras bebíamos jarras de cerveza. Le había oído pronosticarnos 500 años, le había oído darnos 1.000 años, había insinuado sobre un millón de años. Había previsto la llegada de esta nueva era del hombre en un plazo de 50 años, o incluso antes, en 15. Ahora, debido a que se trataba de un adiós, Aubrey intentaba resumir sus ideas y convertirme de una vez por todas, y yo no podía volver las páginas de mi cuaderno lo bastante rápido para mantener su ritmo. Alzaba la mano para detenerle mientras garabateaba, y mientras yo garabateaba, él bebía. Tap, tap, tap, el vaso de Aubrey chocaba contra la mesa según el escueto testimonio de mi grabadora. La había colocado cerca de él encima de la mesa, al lado de su barba castaña, tremendamente larga, que caía en cascadas. Desde ahí recogía todas las palabras, arrastradas o no, también los gruñidos y los terribles chirridos que producían las patas de las sillas y los taburetes contra las tablas del suelo, y los frecuentes momentos en los que Aubrey refrescaba su voz y dejaba su jarra en la mesa. –Es decir, tienes que reconocer la magnitud de esto –dijo Aubrey–. No se me va nunca de la cabeza. Piensa en ello: cien mil seres humanos mueren al día de enfermedades propias de la vejez. ¡Cien mil vidas! Estoy a la cabeza del esfuerzo más importante en el que está empeñada la humanidad. No es fácil de hacer, aunque no lo demuestro a menudo –dijo mirando hacia fuera. La luz sombría de la tarde que entraba por la ventana del Eagle le dio en la cara, dándole un aspecto de luna casi llena, tres partes iluminada, una parte en sombra.

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Tap. En una mesa cercana a la nuestra, unos cuantos de la universidad explicaban a su invitado que «Cheers! significa Brindemos a tu salud». El invitado correspondió con su propio brindis en un idioma que sonaba centroeuropeo. Significaba ¡Por la vida! En 1940, los aviadores de la RAF defendían Londres y bombardeaban Berlín. Ahora, un cartel en la pared advertía «Prohibido fumar» en inglés, francés, español, japonés y alemán. –Probablemente debería extenderme sobre esto. Ya sabe, los colegas me preguntan de vez en cuando por ello, es decir, por cómo hago frente a la… la responsabilidad, si quiere –dijo Aubrey con una risita de disculpa–. Más que nada, pienso que tuve que quitármelo de la cabeza y seguir adelante. Simplemente, no pienso en ello. Ésta es mi cuarta cerveza, ya te habrás dado cuenta. Pausa.Tap –Y para ser honesto, eso ayuda. No me gusta pensar en ello. Tap. Muy serio, desvió de nuevo la mirada a lo lejos, hacia la ventana que da a Benet Street, acariciándose la barba. Tuve la sensación de observar una representación teatral que había visto antes. Había que perdonar a Aubrey si perdía la pista de las charlas que ya me había dado. Hablaba con tanta gente de todo el mundo que difícilmente podía esperarse de él que recordara qué discurso había pronunciado y cuándo. Pero yo estaba seguro de que me había dirigido esas palabras concretas en otra taberna, con la misma mirada de angustia y soledad, fija en la lejanía. ¿Fue aquí en el Eagle tomando cerveza Abbot? ¿Fue en Washington, ante una cerveza Foggy Bottom? ¿En el Live and Let Live, de Cambridge, mientras tomábamos una Nethergate Umbel? Mi memoria estaba algo confusa. En alguna parte, anteriormente, me había mostrado esa misma expresión de agonía, su angustia secreta patente durante mi visita privada, con la misma cabeza vuelta a medias, mirando a un lado y hacia abajo, la

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misma fase de la luna. Y observándole mirar fijamente la ventana, tuve la seguridad de que ya había pronunciado el mismo discurso a otros muchos, de la misma forma y con la misma inclinación de cabeza. Tuve la sensación de que una multitud se agrupaba a su alrededor. Aubrey se había metido en el papel que parece desplegar una y otra vez, el papel del profeta o sabio que declara que no hemos de morir, que podemos estar entre los redimidos si le seguimos hasta la salvación. El mismo personaje en cada época, un personaje inmortal que renace sin cesar y que probablemente ha aparecido más de una vez en esta misma taberna, dada su propia longevidad y el poder de nuestros anhelos. Algunos amigos míos, eminentes biólogos, se quedaron algo sorprendidos al enterarse de que estaba hablando con Aubrey de Grey. Uno de ellos me advirtió que si le escuchaba fabricaría «un mártir de un grano de arena». Pero no observé que Aubrey fuera nada de eso ni tampoco pensé que estuviera loco. Desde luego, bebía. Él mismo lo admitía. Tenía una barba larga, pero si fuéramos benévolos podríamos decir que la llevaba como un distintivo profesional, el modo en que un médico chapado a la antigua llevaría una bata blanca y un estetoscopio. En realidad, era sumamente inteligente y sabía de lo que hablaba. Publicaba artículos con gente buena. Organizaba congresos a los que acudían distinguidos biólogos, y después algunos de ellos se sentaban con él en el Eagle, también, a escuchar y discutir. En conjunto, Aubrey era un fenómeno notable, una mezcla compleja de viejo y nuevo, absurdo y verosímil, práctico y paradójico, ni carne ni pescado. Se le podría rechazar con una carcajada, pero sería un error. En todos estos sentidos no se diferenciaba de su propia especialidad. –¡Estamos hablando de la vida! De la vida de las personas –clamaba ahora Aubrey–. Estamos hablando de cien mil personas al día. Todas me motivan; yo solía motivarme por mí mismo. Ahora no pienso en mí, pero destaco que es importante que no me asesinen ni me atropelle un camión.

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Tap. –En el fondo, lo que ahora me estimula son los números puros. Cualquier excusa es buena para provocarme una gran indignación. La idea sociológica completamente insustancial que podría proponerse, inquieta porque supone auténticos desafíos para salvar treinta World Trade Center al día. No tengo palabras para describir… Levanté la mano y garabateé. –Ya no hago esto para prolongar mi existencia –dijo Aubrey de nuevo–. Un pequeño fragmento de mi motivación. Mi motivación es: va a ocurrir pronto, dado lo que estoy haciendo ahora. Y me importa un bledo de quiénes sean las vidas. Me importa un carajo quiénes son. De un modo u otro, alguien se beneficiará. A través de las ventanas del Eagle observé las nubes que volvían a abrirse por encima de la torre de St. Benet. El sol refulgía contra los cristales del pub con la luz rojiza de finales de agosto. Los rayos daban sobre el pálido rostro de Aubrey y su larga barba castaña, iluminando una vez más uno de sus lados, ahora una mitad brillaba, la otra estaba en sombra, las fases de la luna pasando rápidamente. Dijo: –Es decir, creo que es impensable que incluso las personas nacidas hace diez años mueran de viejas, a pesar de nuestra lamentable reticencia a las prisas, ya que al final el azar nos llevará allí. Es sólo cuestión de lo que podamos hacer para acelerar las cosas. Nuestras vidas son cortas y por eso admiramos las antigüedades, escribe Shakespeare en uno de los sonetos en los que desafía a la muerte. Vivimos brevemente y por eso admiramos una torre de piedra, una taberna de renombre, un mito griego, un vitral ondulado antiguo, casi cualquier cosa que parezca tener más edad que nosotros. Hubo una época, no hace tanto, en la que quisimos abordar nuestra brevedad con elegancia: elegancia para aceptar

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lo que no podíamos evitar, la vejez y la muerte; valor para aceptar o desafiar en espíritu lo que no podíamos cambiar en la carne. Ésa ha sido nuestra condición desde tiempos inmemoriales. Generación tras generación hemos trabajado en esa dirección y en todas las islas y continentes hemos esperado lo mejor. Ahora vivimos en otra época, con un sentido del tiempo algo distinto. Nuestra esperanza de vida aumenta a razón de dos años por década aproximadamente, o unas cinco horas por día, según los cálculos habituales de los científicos que estudian la duración de la vida humana. Es decir, por cada día que vivimos ahora, recibimos el regalo de otras cinco horas para vivirlas más adelante. Aunque el tiempo se agote hoy, mañana llegará a raudales. Es casi como el regalo de una vida después de la muerte, pero no del todo. Nos resulta difícil apreciar la magnitud y lo inesperado de nuestro éxito. En la Edad de Piedra, la mayoría de los bebés morían antes de cumplir un año o dos. Pocos vivían lo bastante para tener canas. La esperanza de vida media de los bebés en la Edad de Piedra probablemente no era mucho mayor de 20 años, aunque carecemos de pruebas y las estimaciones son dudosas (gran parte de la ciencia que trata de la duración de la vida humana es discutible). Cuando el Imperio romano estaba en su apogeo, en el primer siglo del primer milenio (una época en la que los legionarios patrullaban Castle Hill, situado por encima del río Cam), la esperanza de vida romana había aumentado solo unos pocos años más: unos 25 años. Durante la Edad Media, en el primer siglo del segundo milenio, época en la que se fundaron algunas de las principales universidades del mundo –Bolonia, Oxford y Cambridge–, la esperanza de vida era de aproximadamente 30 años. Durante el Renacimiento, era de 33. Esa tarde, en nuestro rincón del Eagle, los grabados que colgaban de la pared justo por encima de la cabeza de Aubrey, mostraban a dos alegres bebedores con las jarras de cerveza en alto. Las pelucas empolvadas y los chaqueto-

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nes rojos de aquellos caballeros los situarían en los tiempos del rey Jorge I, II o III. Entonces, la taberna que había en este lugar no se llamaba Eagle, sino Post House. Todos los días, unos carruajes tirados por caballos entraban ruidosamente en el patio adoquinado para entregar el correo. Al lado de la puerta del patio del Eagle se pueden ver todavía las señales que guiaban a los cocheros, los antiguos postes de piedra. En Inglaterra, la esperanza de vida en la época georgiana aumentó a 40 años, pero menos en sus 13 colonias. «Cuando vemos a los hombres envejecer y morir en cierto momento, uno tras otro, siglo tras siglo, nos reímos del elixir que promete prolongar la vida hasta los 1.000 años», decía Samuel Johnson. En realidad, los hombres y las mujeres envejecían y morían sólo un poco más tarde cada siglo; pero la diferencia era tan pequeña que Johnson tenía razón al reírse. Para 1900, en los países más desarrollados del mundo, entre ellos Inglaterra y Estados Unidos, la esperanza de vida había aumentado hasta los 47 años. Eso era todo lo que un niño nacido en 1900 podía esperar. Pero si esos niños sobrevivían y crecían fuertes y a su vez eran padres, sus hijos esperaban tener una vida más larga; y sus hijos todavía más. Para finales del siglo xx, los niños esperaban llegar a los 76 años. A lo largo de dicho siglo, la esperanza de vida evolucionaba tan deprisa que, por primera vez en la historia, la gente era consciente de que se trataba de un fenómeno que iba prolongando su curso vital a lo largo de su propia vida. Durante el siglo xx ganamos casi 30 años, o más o menos lo que nuestra especie había ganado anteriormente en su lucha por la existencia. Dicho de otro modo, éste es un buen momento para ser mortal. En la actualidad, la esperanza de vida de cualquier persona de un país desarrollado es aproximadamente de 80 años, y sigue aumentando, razón por la cual cada día que vivimos hoy obtenemos de regalo un tiempo adicional para el futuro. Es como si todos nosotros viajáramos por una autopista que todavía está en construcción, y los cons-

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tructores la estuvieran prolongando a buen ritmo. Nuestros cuerpos no han cambiado, no hemos evolucionado. Unas pocas generaciones es un tiempo demasiado corto para que la duración de nuestra vida haya aumentado 30 años a lo largo de la evolución. Lo que ha pasado es sólo que nuestras circunstancias son ahora más cómodas. Un ratón de campo en su hábitat natural vive alrededor de un año. El mismo ratón en la seguridad de una jaula vive cerca de tres años. Con nuestras granjas, supermercados, embalses y termostatos, hemos hecho por nosotros lo mismo que por un ratón mascota. Hemos triplicado la esperanza de vida que nuestros antepasados disfrutaban o padecían en su medio natural. Me explico: la esperanza de vida es la edad promedio a la que los niños nacidos en una generación determinada o un año concreto esperan llegar. La máxima duración de la vida es la más larga que se conoce alcanzada por un individuo de una especie determinada. Hasta el momento, nuestro mayor éxito se debe al cálculo de la esperanza de vida, ya que hemos progresado mucho ayudando a los bebés y a los niños pequeños a sobrevivir a los peligros de sus primeros años. Pero también hemos mejorado la ayuda que prestamos a las personas en sus últimos años. Indudablemente, ha habido personas afortunadas a lo largo de la historia –aquellas que estaban protegidas por unos genes, una salud, un equilibrio y una suerte excelentes– que han vivido muchos años. En la antigüedad también había ancianos. Entre los faraones, Ramsés II, que según los egiptólogos vivió más de 90 años, posiblemente 100. Entre los antiguos hebreos, cuando el rey David compuso su salmo en Jerusalén, hace unos 3.000 años, se creía que lo máximo que vivíamos era alrededor de 80 años. David escribió: «Los días de nuestra edad son 70 años, y si a causa del vigor son 80, con todo, su fortaleza es trabajo y penalidades; porque pronto pasan y volamos». Un comité de eruditos de Cambridge tradujo esas líneas de los Salmos para el rey Jacobo I durante el primer año de 1600.

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Probablemente, algunos de los traductores del rey disfrutaron de una jarra de cerveza en el Eagle and Child. El más anciano entre ellos era un hombre afable, alegre y bonachón llamado Laurence Chaderton. Cuando era muy viejo, 100 años, suponiendo que su propio cómputo de los días de su edad fuera fiable, Chaderton podía leer todavía sin anteojos. Murió el 13 de noviembre de 1640, a los 103 años. Así pues, en el pasado hubo ejemplares afortunados de edad avanzada. Pero ahora que nuestras vidas son tan cómodas y seguras que la mayoría de nosotros llega a los 80, hay cada vez más gente que tiene la posibilidad de vivir mucho más de 80, y más que Ramsés y Chaderton. Hasta hoy, el récord mundial lo posee Jeanne Calment, de Arlés, Francia, que vivió hasta los 122 años y cuatro meses. Su vida duró 44.724 días. Ésta es más o menos la edad que Dios prometió a Adán y Eva después de expulsarles del Paraíso: «Mi espíritu no habitará eternamente en el hombre, puesto que es mortal; sus días serán 120 años». El estudio de la longevidad se encuentra ahora en un estado casi febril. Hace 20 años, no eran muchos los biólogos que se dedicaban a este problema. El campo era reducido y parecía antiguo. Podría decirse que la ciencia de la eterna juventud aparentaba y sentía su edad. Los esfuerzos por prolongar la vida humana de una forma seria y deliberada no habían dado ningún resultado desde los estudios de los antiguos griegos y los babilonios; desde los constructores y los ladrones de tumbas de Egipto; desde los días de gloria de los practicantes de la respiración taoísta, los que llevan una dieta estrictísima, y los atletas sexuales de China («Todo aquél que es capaz de practicar el sexo varias decenas de veces en un día con su noche sin dejar escapar su esencia sanará de toda enfermedad…»). Pero hoy día la ciencia de la longevidad progresa con rapidez. Una vez más es turbulenta y terriblemente confusa. Se siente joven otra vez. Los rostros de los biólogos que discuten en las reuniones internacionales acerca de dónde estamos, adónde vamos y qué podemos o deberíamos hacer cuando lleguemos, están en verdad reju-

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veneciendo porque mucha gente nueva se está sumando a esta disciplina. Los especialistas en este campo se autodenominan gerontólogos. La palabra procede de la raíz griega geron, que significa anciano, pero eso indica un enfoque que resulta engañosamente reducido. Si bien es cierto que los problemas que limitan la duración de nuestra vida son por lo común más visibles y crueles cuando somos viejos, a los gerontólogos les interesa mucho más que los últimos años de vida. Quieren comprender todo el periodo. Los pediatras tratan a los niños, los geriatras a los ancianos. Los gerontólogos intentan comprender por qué los cuerpos cambian desde la juventud a la vejez, por qué envejecemos sin remedio, por qué somos mortales. El problema de la mortalidad es un problema profundo porque para comprender lo suficiente y hacer algo fundamental al respecto, primero hay que responder a unas preguntas: ¿Qué hace que seamos mortales? ¿Por qué morimos? ¿Por qué nos debilitamos año tras año y cada vez la probabilidad de morir es mayor? ¿Cuándo empieza la decadencia? ¿A los 40? ¿A los 30? ¿Cuando el espermatozoide se une al óvulo? ¿Y dónde empieza? ¿En las células que componen la fábrica de nuestros tejidos? ¿En el modo en que los órganos se hablan o dejan de hablarse? ¿Qué es el envejecimiento? Éste es uno de los problemas más arduos de la biología. Es incluso más difícil que explicar la consciencia. Tampoco nadie ha sido capaz de explicar la consciencia todavía, pero durante cierto tiempo hemos tenido su origen restringido a una zona por encima del cuello. A medida que los gerontólogos empiezan a situar y a explorar los orígenes de la mortalidad, muchos de ellos sienten una emoción increíble. Cierto es, desde luego, que al fin y al cabo todo mortal llega al final del camino más o menos a los 120 años, incluso los supercentenarios parecen toparse con un muro, y la mayoría de los gerontólogos aceptan que el muro es nuestro límite. Pero tienen la esperanza de poder ayudarnos a muchos de nosotros a alcanzarlo, y paliar algo del sufrimiento de la vejez por el cami-

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no. A medida que nos acercamos a determinado límite, la mayoría de los gerontólogos creen que para avanzar mucho más, tanto en nuestra esperanza de vida media como en nuestra duración de vida máxima, necesitaríamos un descubrimiento importante en este tipo de ciencia, en el conocimiento de los orígenes de la mortalidad. Sólo si averiguan qué es el envejecimiento y qué hacer para cambiar su ritmo, la duración de la vida humana dará otro gran salto. La mayor parte de los gerontólogos creen que no llegarán a ver ese descubrimiento en su vida. Un grupo de gerontólogos conservadores muy respetados ha propuesto que nuestro objetivo debería ser añadir otros siete años de calidad a nuestra vida. Algunos de los especialistas más entusiastas han empezado a abogar por mucho más. Si no se equivocan, nuestros descendientes dentro de unas pocas generaciones esperarán vivir tanto como Moisés, de quien se dice que vivió 120 años; Noé, que vivió 950 años; o Matusalén, el hombre más anciano de la Biblia: «Y todos los días de Matusalén fueron 969 años, y murió». Aubrey de Grey cree que no hay límites. Está convencido de que podemos duplicar o triplicar la duración de nuestra vida una y otra vez. Podemos diseñar una vida tanto como queramos, «incluso la vida eterna» (Salmo 133). Éste no es precisamente el pensamiento mayoritario en gerontología. Por otro lado, la especialidad está en estos momentos tan fragmentada y áspera que es difícil encontrar una opinión mayoritaria. Los gerontólogos no son capaces de acordar una forma determinada de medir el envejecimiento, o lo que para ellos signifique el envejecimiento. Puesto que gran parte de la acción tiene lugar en el Reino Unido o en Estados Unidos, ni siquiera pueden ponerse de acuerdo en cómo escribir correctamente el problema que se está estudiando.1 Se pelean por las definiciones de longevidad, salud, esperanza
1. La ortografía del término inglés para envejecimiento es distinta en el Reino Unido y en Estados Unidos: aging y ageing respectivamente, pero su pronunciación es la misma. (N. de la T.)

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de vida, duración de la vida o máxima duración de la misma. Pero incluso en este momento de exaltación excesiva, Aubrey es el más ferviente de todos ellos. Aubrey David Nicholas Jasper de Grey nació en Londres. Su madre era una artista bohemia de Chelsea; ella le dio ese nombre tan extraordinario y algunas de sus esperanzas increíblemente grandes. (No conoció a su padre.) Estudió en la Universidad de Cambridge, en el Trinity Hall College, donde aprendió a beber cerveza, a escribir códigos informáticos y a pasear en batea por el río Cam, uno de los deportes favoritos de los estudiantes de Cambridge. Después de graduarse se quedó en la ciudad escribiendo códigos. Aubrey mide casi dos metros y es delgado y pálido al estilo medieval, a pesar de tanta cerveza. Cuando está de pie, la barba le llega a una distancia de la cintura sorprendente. Cuando se sienta, se posa en su regazo. –Me resulta útil para tener un aspecto poco común –me dijo una vez. Recuerda a Matusalén antes del Diluvio, al Padre Tiempo antes de que su cabello se volviera gris, a Timothy Leary Desmadrado. La longitud de la barba nunca cambia porque Aubrey siempre se preocupa por sus bordes, enroscándose los pelos alrededor de sus dedos largos y pálidos, e incluso retorciéndola hasta formar una cordón y echándosela sobre el hombro cuando toma sopa o se suena la nariz. Es un orador compulsivo a favor de su causa, y la barba es una de sus armas. –Cuando me la acaricio así sabes que la cosa va bien –dice–, pero cuando empiezo a retorcerla así sabes que estoy a punto de saltar. Se ha propuesto la misión de demonizar los malos tiempos pasados cuando la ciencia de la gerontología estaba abandonada y todos estábamos atrapados y confinados en una existencia mortal; y de anunciar un futuro próximo, en el que viviremos 1.000 años o más.

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En una ciudad de estudiantes como Cambridge, con su barba, su tejano y su camiseta, circulando a gran velocidad en su vieja bicicleta, andando a grandes zancadas por el campus con su trote levemente agresivo, o paseando en batea por el Cam, costaría trabajo adivinar su edad con sólo mirarle. En realidad, nació en 1963, lo que hace de él uno de los últimos niños de la gran explosión demográfica, o uno de los primeros de la siguiente. En 1990 conoció a una mujer mayor que él, una genetista americana llamada Adelaide Carpenter. Había nacido en 1944, en los años siniestros de la guerra. Se conocieron en una fiesta salvaje que dio él en Cambridge. En aquel momento él era un joven al que le gustaba dar ese tipo de fiestas; ella era una bióloga reconocida que ganó un prestigio prematuro y había perdido el rumbo de su carrera. Se reunió con Aubrey en Cambridge, se casaron, y poco después, fascinado por la biología, Aubrey empezó su búsqueda de la inmortalidad. Aubrey piensa que el envejecimiento es un problema médico. Ya que todos tenemos este problema y es indefectiblemente fatal, cree que deberíamos atacarlo con el mayor ahínco posible. Está convencido de que todos nosotros nos uniremos a la búsqueda en cuanto nos demos cuenta de que no hay obstáculo técnico para la cura del envejecimiento que no pueda superarse, al menos en principio. Nuestros cuerpos son máquinas moleculares. Mientras funcionan cometen errores, o producen residuos tóxicos que no son capaces de eliminar del todo. Los errores son minúsculos y los residuos, submicroscópicos. Si tenemos suerte y demostramos iniciativa es posible que descubramos que la victoria sobre el envejecimiento no necesita más que una serie de proyectos de limpieza. Nuestros cuerpos son como las casas y los coches. Lo que tenemos que hacer (Aubrey lo expresa de forma más positiva: lo único que tenemos que hacer) es mantener al día la limpieza y las reparaciones. Si cuidáramos nuestros cuerpos de manera adecuada, nos mantendríamos sanos año tras otro, hasta que al final calculemos

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mal al bajar el bordillo y nos topemos con ese camión. Ya no moriríamos más a causa de nuestra edad. Es decir, la probabilidad de que muriésemos a los 90 o a los 290 años no sería mayor de la que hubiéramos tenido a los 20. Habríamos conseguido una especie de inmortalidad efectiva. Aubrey prefiere el término «la ingeniería de la senescencia insignificante», la creación de cuerpos humanos que apenas envejezcan. En cierto modo, es un planteamiento muy británico en consonancia con un enfoque flemático de la inmortalidad. En asuntos del corazón, la mente y el carácter, evítese el desorden. En asuntos del cuerpo, evítense las tonterías. En cierto modo, podría decirse incluso que lo que Aubrey propone que se haga para cuidar el cuerpo es lo que la civilización ha conseguido a favor de la salud pública en general. La esperanza de vida se mantuvo tan baja durante la mayor parte de la historia humana porque muchos niños morían al nacer junto con sus madres. Las mejoras en la vivienda, la calefacción, la agricultura, la salud pública, la construcción de los sistemas de alcantarillado, el lavado de manos en los hospitales y, en el siglo xx, el descubrimiento de los antibióticos, todas estas cosas juntas cambiaron nuestra esperanza de vida. La higiene pública en Cambridge era espantosa allá por 1353. Aubrey propone que nos limpiemos el cuerpo tal como hemos aprendido a limpiar nuestras ciudades y pueblos. De vez en cuando le recordaba a Aubrey que ese verano yo le escuchaba en tanto que reportero, no como discípulo, y que estuve hablando con otros muchos gerontólogos, tratando de hacerme una idea general. Aubrey decía cosas brillantes y mordaces acerca de lo que él llamaba sus Strategies for the Engineering of Negligible Senescence (Estrategias para la ingeniería de la senescencia insignificante) o SENS. Había publicado su manifiesto, «Time to Talk SENS» (Ha llegado el momento de hablar de SENS), en los Annals of the New York Academy of Sciences (Anales de la Sociedad de Ciencias de Nueva York), en 2002, y media

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docena de coautores, entre los que figuraban algunos científicos de gran prestigio. Y Aubrey había publicado muchos artículos desde entonces –era increíblemente prolífico, parecía escribir a la misma velocidad a la que hablaba– y con frecuencia los coautores de esos artículos eran especialistas de primer nivel. Para mí estaba claro que Aubrey era un aficionado con talento y un provocador. Más de medio siglo después de Watson y Crick, recopiló gran abundancia de argumentos de que el triunfo sobre el envejecimiento es cuanto menos un buen objetivo, y que como objetivo tiene sentido. Pero también aguantó la pelea contra casi todos los gerontólogos. Y de hecho, poco después de aquel verano, casi todos ellos se enzarzaron con Aubrey en una de las polémicas científicas más espectaculares, casi teológicas, que se recuerdan últimamente.Unos 28 de los gerontólogos más eminentes firmaron una circular en la que atacaban e intentaban excomulgar a Aubrey de Grey. «La investigación del envejecimiento es una disciplina que simplemente nace de un famoso charlatán», escribieron. Era una lástima ver que las revistas y las reuniones científicas ofrecían un espacio «para vaciar de fantasías la inmortalidad». El objetivo de lograr algunos buenos años más, o incluso unas buenas décadas más de vida, puede que fuera razonable, pero los garabatos de Aubrey de Grey sobre las SENS y su parloteo sobre 500 años, 1.000 años, una cura para el envejecimiento, eran como tanteos sobre la lámpara de Aladino. –Sólo unos pocos no firmaron –dice el gerontólogo Jan Vijg, uno de los que se abstuvieron. Otra que se abstuvo fue Judith Campisi. Tanto Vijg como Campisi son gerontólogos eminentes que se interesan en especial por el cáncer. Creen que el triunfo sobre el envejecimiento es un objetivo tan razonable como el triunfo sobre el cáncer, la diabetes, la arterioesclerosis, el Alzheimer, o cualquiera de las demás enfermedades mortales que aparecen y nos atacan en la vejez. Si hay una Guerra contra el Cáncer, ¿por qué no una Guerra contra el Envejecimiento?

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En una ocasión, hablando con Campisi sobre todas las polémicas que se suscitan en el campo de la gerontología, me rendí. Tal vez no debería escribir en absoluto sobre gerontología, dije. Es demasiado confuso, demasiado pronto. –Bueno –dijo–, no está resuelto. Está usted escribiendo sobre un problema que no está resuelto. Quiero decir que si quiere escribir sobre un problema que esté resuelto, puede hacerlo sobre la viruela. »Sin embargo, –dijo–, si quiere usted hablar sobre cómo los errores garrafales y los anhelos humanos han liado una especialidad durante miles de años, y ha madurado, ése es el problema que hay que examinar, porque podría decirse que es el problema más antiguo de la ciencia y que de repente ha madurado. »Y si incluso madura hasta donde hoy se encuentra la especialidad del cáncer –dijo ella–, si puede llegar a ese mismo punto, tiene la posibilidad de cambiar el curso de la historia de la humanidad. Aunque a menudo recordaba a Aubrey que no era yo quien le estaba echando un pulso, parecía olvidar mis advertencias entre una reunión y la siguiente. El último día en el Eagle habló como si ambos fuéramos creyentes; y ahora que me iba hablaba excesivamente rápido, tratando de resumir la situación y las necesidades de la campaña. Con un alboroto cada vez mayor a nuestro alrededor, y una mayor cantidad de cerveza en su interior, se hacía realmente difícil seguir a Aubrey. –Una v’iedad-v’iedad-variedad de opiniones… Sus manos jugueteaban velozmente con su barba y sus bigotes apocalípticos, aunque podría decir que intentaba hablar despacio. Me di cuenta de que cuando Aubrey estaba bebido, sus palabras salían pastosas y espesas, como si la lengua hubiera sufrido un calambre en la boca, o sus labios fueran demasiado grandes. Su voz seguía siendo clara y aguda como un clarinete, sus argumentos eran tan ingeniosos como siempre, pero parecía que algo le pasaran a las palabras. En alguna parte de la maraña de su barba se enreda-

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ban, se sofocaban y se quebraban, como una visión fugaz de siluetas, una hilera de jinetes, avanzando a través de las zarzas y los árboles de un bosque. Quería que yo comprendiera la difícil situación política a la se enfrentaba. No sólo ponía nerviosa a la gente, también aterrorizaba a gran parte de sus colegas. Pensaban que constituía una amenaza, temían que volviera a los políticos y a los contribuyentes en su contra. –Y la razón principal por la que soy tan sumamente peligroso –dice Aubrey–, es que hablo sobre esos largos periodos de vida, lo que espantará a la gente de hacer cualquier cosa. Dirán: «Oh, no, no, no, de ningún modo vamos a financiar la gerontología». Tap, tap, tap… –No soy diplomático, ya sabes –dijo Aubrey, e hizo una pausa para beber un trago. ¡Tap! –Un animal político, pero no diplomático. Pausa. ¡Tap! –No me resulta fácil comprometerme. Me es más fácil encontrar soluciones, encontrar puñetazos mortales. –Aubrey simuló un gancho de derecha al aire (¡ka-pow!) y se rio con picardía, sonriéndome burlonamente con complicidad, de conspirador a conspirador, como si en realidad los dos estuviéramos a punto de ser testigos de la derrota de la vejez y el triunfo sobre la muerte, las victorias cósmicas que el mundo ha anhelado desde que Adán y Eva perdieron el Paraíso. Pausa. ¡Clonk! –¡Maldita hora! –exclamó Aubrey. Acababa de vaciar su vaso y echar una mirada rápida a su reloj–. ¡Ya son las cinco y cuarto! Bueno, está bien, está bien, éste es un tiempo valioso. Tengo que estar en casa a las seis y media para cenar, así que lo que tengo que hacer es tratar de retrasarlo. Voy a ir un momento al bar –tienen un teléfono en el bar–, a ver si puedo.

Anhelos de inmortalidad

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Desde un taburete del extremo más alejado de la barra, un vejete no dejaba de mirar hacia nuestra mesa. Pensé que ese mismo hombre –o uno muy parecido– había mirado antes de esa manera desde el mismo taburete de bar, con el mismo regocijo infame, colgado y xenófobo, esa mirada maliciosa del sombrerero loco en sus meriendas. (¿Era el Eagle? ¿The Live & Let Live?) La conversación de Aubrey era contagiosa y embriagadora. Ahí estaba el sueño de los tiempos. Y sin embargo, en cierto modo, qué momento tan atroz para soñar con ello, con tantos hombres mortales ya vivos; con gran parte del mundo de los vivos hecho cenizas a nuestro alrededor, o casi en llamas. –Cuente con ello, señor, cuando un hombre sabe que le van a ahorcar al cabo de dos semanas, concentra su mente de maravilla –decía el Dr. Johnson. Y cuando nos dicen que se puede levantar la pena de muerte bajo la que todos vivimos, eso hace que nuestras mentes se expandan a las mil maravillas, como si hubiéramos vivido toda la vida en un estado de compresión, cada vez más concentrados, como un pájaro que es elevado muy despacio sobre un dedo hacia el techo de su jaula, o como un cuerpo humano que se comprime con la edad arrastrado por la gravedad. Es raro y novedoso considerar siquiera por un momento la posibilidad de una senescencia insignificante; considerar que en verdad el envejecimiento podría tener remedio, el remedio que desearíamos, es decir, no aquél que el mundo ha conocido desde el principio de los tiempos y que es la muerte. Naturalmente, algunos de los gerontólogos estaban tan emocionados por las posibilidades que sólo estaban sobrios en parte. Sorteaban las consonantes fuertes y los problemas insolubles que aparecían en mitad de sus frases del modo en que un bebedor que sale del Eagle irá esquivando de cuando en cuando las farolas y los parquímetros. En eso es donde la ciencia de la mortalidad puede pillarnos. Podemos sentarnos en la Casa de Watson y Crick, más de medio siglo después de El secreto de la vida, y caer de

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repente en la madriguera del conejo en la que cada giro y recodo es el País de las Maravillas, en la que cada paisaje es más y más curioso, hasta que nos preguntamos cómo diablos vamos a salir alguna vez. Podemos cruzar el río y descender a las profundidades por las que los mortales han vagado durante miles de años, tratando de resolver el enigma, deseando saber a ciencia cierta, ansiando subir de nuevo y ver las estrellas.

Título de la edición original: Long for this World Edición al cuidado de María Cifuentes Traducción del inglés: Irene Cifuentes Publicado por: Galaxia Gutenberg, S. L. Av. Diagonal, 361, 1.º 1.ª A 08037-Barcelona info@galaxiagutenberg.com www.galaxiagutenberg.com Círculo de Lectores, S. A. Travessera de Gràcia, 47-49, 08021 Barcelona www.circulo.es Primera edición: marzo 2012 © Jonathan Weiner, 2011 © de la traducción: Irene Cifuentes, 2012 © Galaxia Gutenberg, S. L., 2012 © para la edición club, Círculo de Lectores, S. A., 2012 Preimpresión: Maria García Impresión y encuadernación: Printer Portuguesa Edifício Printer, Casais de Mem Martins 2639-001 Rio de Mouro, Portugal Depósito legal: B. 5805-2012 ISBN Círculo de Lectores: 978-84-672-4863-0 ISBN Galaxia Gutenberg: 978-84-8109-970-6 N.º 31666 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, a parte las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45)