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El restaurador y la madonnina della creazione

VI.- EL JOVEN Y DISCIPLINADO NAZI
Aquel destartalado citroen circulaba por el destrozado asfalto de la carretera hacia Milán con toda la velocidad que le permitía su ruidoso motor, el cual amenazaba con griparse ante cada elevación del terreno, haciendo ondear desordenadamente las banderitas del tercer reich situadas sobre las ruedas delanteras. Dentro de él, Bruno Lohse hacía ya varias horas que había comenzado a maldecir su idea de malgastar aquel domingo en la carretera, pero sabía que, si se hubiera permitido descansar, habría retrasado la operación dos días más, y, aunque nadie le hubiera llamado la atención por hacerlo él no estaba dispuesto a apurar el escaso tiempo de que disponía, de manera que había decidido recorrer en coche el camino inverso al del tren cuyo trayecto tenía orden de coordinar. El chofer, que había sido puesto a su servicio por la comandancia militar de Lyon ante la presentación de sus acreditaciones, hacía sonar ahora el claxon para abrirse paso entre una columna de camiones repletos de pioniere, cuatro o cinco compañías, que avanzaban hacia el sur, sin duda camino de África. - ¡Qué absurdo! –pensó Lohse- podían haber embarcado en Niza, y ahora tendrán que caminar hasta Génova, seguramente por la incapacidad de algún general para rectificar. Algunos problemas tendrían una solución tan sencilla si se afrontaran sin tanta soberbia... Un saludo mecánico y poco marcial del oficial que iba al frente de la columna, desde su blindado, pareció ir dirigido más hacia el vehículo que hacia la persona que lo ocupaba, y esto le hizo recordar que ni tan siquiera podía vestir uniforme del ejército. Había sido rechazado por causa de

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aquella maldita cadera suya que, desde la etapa escolar, le impedía desarrollar ejercicios físicos. Otrora, cuando evocaba el escarnio de que solía ser objeto durante aquella época se esforzaba en cerrar los ojos y concentrarse en asuntos triviales, pero ahora, como miembro del partido que había ejercido la secretaría de la provincia y sobre todo desde que recientemente fuera nombrado comisionado de asuntos especiales al servicio de Hans Posse, Bruno apretaba los dientes con un evidente placer de regusto amargo, sintiéndose como un arco que se tensa y que, ahora sí, podía lanzar su fatídico dardo contra sus enemigos. Su misión consistía en ultimar las compras de arte en Italia y coordinar el itinerario del tren que habría de llevarlas hasta el almacén de Friburgo, desde donde serían llevadas a los futuros museos de Linz y el Carinhall. Palpó involuntariamente la abultada cartera de piel que contenía la documentación, e hizo un cálculo mental del tiempo que emplearía en entrevistarse con todos los jefes de estación. Acababan de dejar Chambéry, de modo que únicamente faltaban Modanne y Bardonecchia, tal vez los puntos más delicados de toda aquella ruta a pesar de ser simples apeaderos bien controlados por los militares y luego Rívoli, Turín, Alessandria, Pavía y finalmente Milán. Volvió a repasar mentalmente el listado de posibles inconvenientes que pudieran presentarse y las correspondientes medidas que habría de tomar en cada caso y, sintiéndose seguro al comprobar que había previsto todas las contingencias, quiso dedicarse a imaginar el momento en que se encontraría frente a frente con el príncipe Phillip de Hessen. A pesar suyo, sin embargo, la mente se le inundó con los desagradables recuerdos de su primera y única entrevista, la cual había tenido lugar aquel mismo invierno. Había sido en las oficinas del propio Einsatzstab Reichsleiter, Alfred Rosemberg, donde se reunieron, además de éste, el Barón Von Behr, su segundo en la cadena de mando de aquella administración, él mismo, como asistente de este último, a cuyo servicio acababa de comenzar a trabajar gracias a una recomendación especial, y el príncipe de Hessen, el cual aportaba diversos informes con sus correspondientes fotografías, la mayoría correspondiente a piezas de la colección de la familia Radice, destinados a determinar las próximas adquisiciones de obras de arte que el reich llevaría a cabo en Italia. Bruno recordaba ahora que en aquel momento no le dio importancia a la afabilidad con la que sus superiores se condujeron con el príncipe,
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achacando aquel trato a un principio de protocolo que, según le pareció, debía presidir las relaciones de la Einsatztab con todos sus agentes libres, pues así era como actuaba el príncipe para la organización de Rosemberg. Sin embargo ahora, a la luz de lo que sucedió más tarde, le atormentaba no haber visto en aquella cordialidad un indicio del interés común que los unía a los tres, cuando no de una más que probable amistad, puesto que, según supo posteriormente, el barón y el príncipe fueron poco menos que inseparables durante la estancia del primero en la embajada de Roma, algunos años atrás. Antes de comenzar la reunión ya sabía que el de Hessen intentaría que aprobaran todas sus propuestas, pues se trataba únicamente de un intermediario, un marchante que, cuando no adquiría directamente las obras de arte, actuaba como agente a cambio de un porcentaje. Por ello Bruno no se sorprendió al verle defender con entusiasmo todos aquellos informes, aunque sí le llamó la atención una cierta dejación del barón y el Einsatzstab Reichleiter, quienes suscribían todas las propuestas aún cuando no se ajustaban al espíritu del arte que debían proteger, según el criterio del Führer. Ahora recordaba cómo durante los dos días que siguieron a aquella reunión, había intentado justificar diversos comentarios del propio Rosemberg y el barón proclives a la estética de las vanguardias las cuales, como todo el mundo sabía, habían corrompido el arte alemán y europeo llevándolo hasta una degeneración intolerable. A pesar del escándalo que ello le produjo, él había mantenido la boca cerrada, en un difícil equilibrio entre el que sabía que era su deber y el respeto a sus superiores. A él, como asistente del barón, le correspondió redactar el informe oficial acerca de aquellas propuestas. Y en aquel momento supo que debía de responder a los principios del trabajo que le había sido encomendado. Esos principios dimanaban del decreto del Fürher de 17 de septiembre del año anterior y se concretaban en la realización de los esfuerzos necesarios para preservar para Alemania el mayor número de obras de arte fruto del espíritu o la influencia aria y aquellas obras maestras cuya pureza artística redundaran en la grandeza del tercer reich. Según esto debía desaconsejar la adquisición de un buen porcentaje de las obras que proponía el príncipe y recomendar una revisión de los criterios de selección. Sabía que aquello le supondría mantener un intercambio de impresiones con sus superiores pero, convencido como estaba de la rectitud de sus ideas no dudó un instante en

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actuar conforme le dictaba su conciencia, seguro de que éstos habrían de agradecérselo en cuanto les hiciera comprender. Así redactó su informe, y así se lo hicieron pagar. En principio, aquel era un documento interno que no debía haber salido nunca de la Einsatzstab sin la aprobación expresa de Rosemberg, pero ahora sabía que, por alguna razón desconocida para él, el contenido de aquel informe había llegado a conocimiento del propio Göring casi al mismo tiempo que el original a la mesa del barón. Dos días más tarde fue llamado al despacho de Rosemberg, como esperaba, pero por motivos distintos a los que había supuesto. Éste y el barón von Behr le recibieron con expresiones agrias. - ¿Me ha mandado llamar Einsatzstab Reichleiter? - ¡Por supuesto! - ¿Ha podido leer el informe? –la furiosa mirada que se esbozó en los ojos de Rosemberg le sobresaltó y, de inmediato, supo que aquello no iría por el cauce previsto-. - He podido hacerlo –respondió con evidente irritación contenida, arrugando un telegrama que tenía sobre la mesa- y por lo visto, alguien más también lo ha hecho. - No comprendo, señor. Ayer mismo dejé el informe sobre la mesa del barón. Excepto ustedes, nadie más ha tenido acceso a él. - Eso no es así. Sabe usted muy bien que Göring ya dispone de una copia de su informe... En cualquier caso yo no estoy interesado en discutir con usted los motivos de su felonía. De hecho no deseo volver a verle más: su sola presencia me repugna y el sonido de su voz me produce arcadas. Ha demostrado usted que no es capaz ni digno de desempeñar ningún otro trabajo en la Einsatzstab, ni en ningún otro sitio. Si no se encuentra usted capaz de remar en la misma dirección que sus superiores lo mejor es que abandone la barca. Le aseguro que si fuera por mí o por el barón, quien hasta ayer mismo creía en sus posibilidades, ya estaría usted en Polonia revisando cargamentos de cerdos en el pero de los pasos fronterizos. Sin embargo, atendiendo a la estima que profeso a Maria Dietrich, su protectora, he considerado su estupidez como atenuante de su impertinencia, sólo achacable a su juventud e inexperiencia. De manera que conservará usted la residencia en esta ciudad. Mañana mismo se le comunicará su nuevo destino para que se incorpore a él inmediatamente. Pero le advierto que si alguna vez vuelve usted a
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interponerse en mi camino ni María Dietrich ni nadie podrá salvarle, y yo personalmente me encargaré de destrozarle como el pelele que es. Ahora salga de este despacho sin rechistar y no vuelva nunca más. Bruno recordaba cómo le habían temblado las aletas de la nariz y había abierto la boca un par de veces sin llegar a hablar, pues la sorpresa le había robado la voz. Sus ojos buscaron un improbable apoyo en los del barón, pero éste se acercó con rapidez y, asiéndole de un brazo, le arrastró hasta la puerta y le arrojó fuera. - ¡Estúpido! Me ha conseguido poner en evidencia, pero, como me llamo Kurtz von Behr que voy a hacerle pagar cara su ingratitud, hasta que aprenda cuál es su lugar. Ahora, cuando revivía aquella escena, sabía que la mayor parte de su ira iba dirigida hacia sí mismo. Se reprochaba especialmente haber actuado de forma cándida, confiado en una unidad de criterio que debería regir en todo el tercer reich excepto en aquella organización, y por más que lo intentaba no conseguía encontrar nada punible en sus actos, aunque no podía dejar de reconocer que había cometido una imprudencia mayúscula. Cuando la puerta del despacho se cerró bruscamente a sus espaldas descubrió que había estado siguiendo el espejismo de un camino único, de un mismo bien común, y se juró a sí mismo que, en adelante, sería un hombre suspicaz, que haría lo que estuviera en su mano limpiar la administración del reich de aquella corrupción. No se trataba tanto del beneficio económico que Rosemberg, el Barón o cualquier otro pudiera obtener del desempeño de su labor patriótica, sino de que este provecho se obtuviera en contradicción con los principios que debían regir el trabajo de todo buen alemán. Él mismo era de la firme opinión de que la recompensa de cualquier servidor había de ser proporcional a la calidad del servicio, y más generosa aún, pues era de justicia que la riqueza del reich tuviera su reflejo en la riqueza de sus miembros más distinguidos, pero cuando el servicio se corrompía, como hacía la Einsatzstab, contaminándose con la basura de vanguardia, ya no había lugar a la recompensa. Tal vez fuera un principio simplista, pero era algo que cualquiera hubiera podido entender e interiorizar tan profundamente como él. Y ese principio, que era la justicia de la venganza que buscaba, iba a encontrar en Phillip de Hessen a la primera de sus vícitmas.

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Ciertamente Rosemberg y el barón supieron aplicar su castigo con crueldad, relegándole al ostracismo en la más húmeda y sucia dependencia de aquel edificio y exponiéndole en numerosas ocasiones a situaciones humillantes. Sin embargo él soportó todo esto con disciplina férrea, pues ya había tomado la determinación de reunir secretamente la información que necesitaba para denunciar ante instancias superiores la más que dudosa militancia ideológica de ambos. - La venganza –se decía ahora, camino de Modanne- debe aplicarse en el momento adecuado y fijar sus objetivos en el punto adecuado, para ser realmente efectiva. Posse ha sabido actuar y ya ha conseguido colocarse por delante de ellos, y ahora yo voy a derrotar a ese aristócrata trasnochado y corrupto en su propio dominio. Hacía aproximadamente un mes que Bruno había pasado a trabajar para el principal asesor artístico de Göring, Hans Posse el cual, gracias a la información facilitada por él había arrebatado a la Einsatzstab el control de las adquisiciones de obras de arte en Italia. Desde que Posse, quizás como muestra de confianza o agradecimiento, delegara en él la responsabilidad de esta primera operación, Bruno se había mostrado especialmente interesado en arrebatarle de las manos al príncipe de Hessen cierto cuadro, una tabla anónima de finales del XV, cuya compra no había podido cerrar todavía. Sabía que poco podía hacer al respecto de las demás adquisiciones italianas que esperaban su transporte a Berlín -tratos ya cerrados y cuyas comisiones se respetarían por voluntad expresa del ministerio- salvo, únicamente, hacer valer su autoridad en todo lo relacionado con el transporte, pero haría lo que estuviera en su mano para cerrar aquel acuerdo, aunque no estaba seguro de que su irrupción irritara tanto al príncipe como para provocar en él un paso en falso que le llevara a perder todo crédito como marchante del reich. Por este motivo además del adelanto del calendario previsto, lo cual, a buen seguro, molestaría al príncipe en cuanto tuviera noticia de ello, consiguió autorización expresa para asumir el control de las negociaciones en curso, de las cuales, según había tenido confirmación por los archivos de la Einsatzstab, restaba aquella pieza y los restos de la colección Radice en Milán de la que ya tenía toda la documentación necesaria. En condiciones normales aquella tabla anónima que, según la única fotografía existente y el informe del príncipe, debía de pertenecer a algún discípulo de Fra Angélico o al taller de Piero della Francesca, no habría sido tenido en cuenta por Bruno, sin embargo ahora no veía el momento de llegar a un acuerdo con el propietario, un tal Scarampa, que el príncipe no había
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podido alcanzar, para demostrar a sus enemigos que él seguía en pie, y que la pureza de la línea nacional socialista acabaría imponiéndose, frente a su corrupción ideológica y moral, en las compras de arte para el tercer reich. Acababan de tomar el desvío a Modanne, donde había de dar instrucciones al jefe de estación y al comandante del destacamento para la vigilancia del túnel de Fréjus, y desde donde seguiría la vía, por su interior, en una vagoneta de mantenimiento hasta Bardonecchia, donde habría de dar las mismas instrucciones, pero esta vez enfrentándose a los incomprensibles y poco eficientes trámites italianos y a la, a veces hostil, actitud de algunos funcionarios e incluso oficiales del ejército. Bruno Lohse estiró su abrigo, y, echando mano a la cartera de piel, dio instrucciones a su chofer para que cruzara la frontera y se dispuso a bajar del vehículo.

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