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II “Humano, entiende tus propios pensamientos” El psicólogo abandonó su consultorio bajo la torrencial lluvia. No gustaba de mojarse.

Odiaba las imperfecciones que provenían del azar, o de momentos cotidianos que para muchos otros serían simplemente una agradable improvisación del destino. Su infancia había transcurrido lentamente entre libros kantianos, marxianos y nietzchianos. Sus padres lo dormían cada noche con un capítulo distinto de “Diálogos”, de un viejo escritor griego que ahora carecía de importancia. La Biblia, el corán y los Vedas era para él como Caperucita Roja, Blanca Nieves o El soldadito de Plomo lo hubieran sido para cualquier otro infante. Sus personajes favoritos no eran Hansel y Gretel. A él le sonaban más algunos de la estirpe de… Caín y Abel, quizá. Su pensamiento estrictamente basado en leyes no escritas y pensamientos de fallecidos filósofos y analistas, lo hacían una persona de admirar y detestar al mismo tiempo. Existe, dentro del conocimiento humano, una pirámide en la que todos nuestros nombres están irremediablemente tallados. En la base, están los ignorantes. Mendigos, les dicen algunos. Analfabetas, los llaman los más eruditos. En la cima de la pirámide, se encuentran aquellos contados personajes que trascienden por su conocimiento más allá del bien y del mal. No necesitan enseñar un tema. Más bien, opinan respecto a él. No hablan acerca de cómo resolver determinada situación o problema, sino del modo extraño y casi sobrenatural en que todos sus problemas se resuelven “solos”. El psicólogo se encontraba… un escalón por debajo de estos últimos. Tal era la peculiaridad de su actuar y la imagen que proyectaba hacia los demás, que muchos de sus aprendices no lo ubicaban “más allá del bien y del mal”, sino “más allá de todo bien posible”, y sólo buscaban extraer de él la mayor cantidad de conocimiento mientras podían, el cual, innegablemente era admirable, para después poder realizar todo tipo de críticas sensatamente argumentadas en su contra. Esto no pasaba, sin embargo, con sus pacientes. Si de algo se podía jactar este psicólogo, era de poder comprender la mente ajena un poco más que cualquiera de sus colegas. Lo suficiente como para permitirle dar la mejor solución de vida a las personas que en él buscaban ayuda profesional. De este modo, había ascendido rápidamente dentro de la discreta jerarquía que existe entre todo círculo laboral. Sus consultas colmaban cada hora de sus cortos días. Y en cada una de ellas buscaba influir de tal modo en el paciente que, aún sin pensarlo demasiado o con cierto recelo, estos siempre volvían. De un modo u otro, siempre volvían. Algunos, porque sentían la necesidad de otra consulta, y otros, porque extrañamente siempre se les quedaba algo en el consultorio. Pero hoy era un día extraño. La lluvia empezó a caer sobre la ciudad desde tempranas horas de la tarde, y la sala de espera de su consultorio había estado vacía la mayor parte del tiempo. Aparte de una consulta no confirmada y al final no realizada, y de una escultural muchacha que guardaba traumáticos recuerdos de su infancia y juventud, no tuvo más ocupación. Tomó el primer taxi que pudo. Un modelo de carro un poco en desuso, pero totalmente funcional, a ojos del psicólogo no era más que una basura aún andante. Pero el agua no le dejaba opción. Entre quedarse esperando bajo la lluvia o subirse a la basura de cuatro ruedas, prefería la última opción. Mientras se distraía en su largo viaje, casi cruzando la ciudad, entre pozos de agua estancada y congestión vehicular por doquier, pudo visualizar como la lluvia cesaba lentamente, y gota tras gota se daba paso a los últimos rayos del sol durante la aconteciente tarde. Cuando llegó a su casa, ya había escampado totalmente. Pagó en estricto efectivo, contando hasta la última moneda con la mayor minucia. Solía guardar monedas y billetes de distintas denominaciones en distintos bolsillos, y los contaba con delicadeza cada vez que tenía la oportunidad. No consideraba eso como avaricia. Al contrario, lo tomaba como una seria medida para tener el total control sobre el, según él, poco dinero del que disponía. Agradeció parcamente al conductor, y se encontró de nuevo frente a su estimado hogar. A pesar de lo psicorrígido que era, y de lo amargado que se tornaba en ciertos momentos, el psicólogo se convertía en otra persona en frente de su esposa. La quería sinceramente, la adoraba sin interés, y se sometía a sus “desordenadas costumbres caseras”, como solía llamar al simple hecho de desordenar inevitablemente algún pequeño detalle de la casa mientras realizaba el respectivo aseo. Nunca discutía con ella. Se sometía a su voluntad, y nunca dudó de las buenas intenciones de su esposa. Así que ahora se

encontraba una vez más a sólo una puerta de verla de nuevo, y de poder abrazar una vez más al ser que tanto quería. Con ella sólo tenía un hijo. En convenio matrimonial, decidieron ingresarlo en un colegio de tiempo completo. Según la madre, para que lograra la mejor educación posible. Según el padre, para que se acostumbrara a seguir las reglas, y sólo pensara en una cosa durante algunos años: estudiar. Así que entró a la casa, cruzando el pequeño antejardín, parcialmente inmerso en agua. Lo que más sorprendió al psicólogo al abrir la puerta, no fue el pequeño charco en el piso producto de una gotera jamás reparada, que ya había creado una ligera decoloración, e incluso, un observable desnivel sobre la horizontal superficie del piso, ni un plato limpio sobre la mesa, en el lugar que su esposa siempre ocupaba, que indicaba que en esa casa nadie había comido durante el día, sino el vacío del asiento estratégicamente ubicado a la izquierda de la puerta, de espaldar acolchonado y color pastel que combinaba perfectamente con la pared que quedaba al fondo, donde su esposa lo esperaba siempre a la misma hora, en quizá, el único acto de psicorrigidez que había logrado transmitirle. En ese momento, unas manos familiares le abrazaron por la espalda. Era su esposa, que en un acto de conyugal picardía, quería sorprenderlo rompiendo la rutina. El psicólogo le devolvió el abrazo sin dudarlo, y sonrió por primera vez en el día. No era raro que su esposa fuera la única felicidad de su vivir diario, así que valoraba poder abrazarla cada vez que llegaba del trabajo. Pero cuando se encontraron reanudando sus rutinas curriculares, y el psicólogo ordenaba estrictamente la indumentaria que lentamente se quitaba, notó algo que a su modo de pensar era… peculiar. Efectivamente, sobre la extendida manga y amplia espalda de su gris saco se encontraba una pequeña área de coloración un poco más oscura. No tardó en darse cuenta que se trataba de los restos de una gota de agua que sobre la tela se había extendido. Ni transcurrió un segundo antes de encontrar otro detalle similar. Y otro… y otro… Pero que significaban? Obviamente, alcanzó a mojarse parcialmente desde que cruzó la puerta de saluda de su consultorio hasta que cerró la puerta del amarillo vehículo, basura andante, que lo recogió. Pero según sus cálculos, estos húmedos restos sobre su indumentaria no podían tener tal longevidad. Tendrían tiempo de esparcirse suavemente y disolverse sobre la superficie del saco o sobre la camisa subyacente, mientras el dueño de las prendas cruzaba la ciudad lentamente en calmada posición sentada. Esto quería decir que esas pequeñas manchas provenían de gotas de agua mucho más “jóvenes”. Se le ocurrió pensar que pudo mojarse en el corto trayecto que hay desde la puerta del vehículo, cruzando el antejardín, hasta la puerta de su casa. Pero pensándolo mejor, la lluvia ya había cesado en ese momento. Gotas accidentales, quizá? De aquellas que caen lentamente, una por una, desde cualquier techo, árbol o superficie que se encuentre justo encima de nosotros luego de la más ligera lluvia? Si así fuera, no serían tantas, pensó. Observó de nuevo la prenda. Luego de una detallada inspección se dio cuenta que no se trataba de gotas aisladas, sino de una gran zona de humedad que sobre ella se había posado. La única explicación posible era que una superficie bastante húmeda había estado en contacto con su saco. La lucidez llegó a nuestro personaje cuando recordó el momento en que su esposa lo abrazó. Pero si ella llevaba más o menos todo el día en el interior de su hogar, cómo se había mojado? Debajo de la gotera? Impensable. Se quedó afuera, sólo por un instante, bajo la lluvia? Seguramente. “Amor. Saliste de compras?”- preguntó “No!”- respondió la esposa “Llegó algún correo? Tuviste que ir al buzón a recogerlo?” “No!”- fue la respuesta. “Alguna visita, algún recado, algún vendedor?” “No! Por qué preguntas todo eso?”

El psicólogo pensó su respuesta. Normalmente no tenía que hacerlo. Años y años de estudio le habían conferido una capacidad de razonamiento y dilucidación que, aparte de asombrosa, era increíblemente rápida y minuciosa. Tenía miedo de hacer el comentario que iba a hacer, pero no encontró otros términos.

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“Porque creo que me estás siendo infiel, mujer. No tienes excusa para haber salido de esta casa”

Esta vez, no recibió respuesta. Transcurrida una eternidad para el psicólogo, unos segundos en tiempo real, abandonó el hogar del modo más rápido posible, y se dirigió hacia el único lugar que conocía realmente fuera de su casa: su consultorio. No vale la pena describir la enorme cantidad de pensamientos, analogías y deducciones que tuvieron lugar en la mente de tan ilustre pensador mientras el vehículo en que se encontraba, esta vez, un elegante diseño moderno, lo transportaba de vuelta a su consultorio. En vez de esto, es necesario destacar la actitud tomada por el psicólogo cuando se vió de nuevo sentado en la misma silla donde había estado casi la totalidad de la tarde ahora extinta. Miraba hacia la ventana, como esperando que lloviera de nuevo. A pesar de todo, la lluvia podría llegar a calmarlo. Si él se encontraba bajo techo, naturalmente. La incómoda silla en la que hacía sentar a sus pacientes aún conservaba la esencia del perfume de su última paciente. Tampoco pensó mucho en eso. En cambio, detalló un objeto de considerable que se disponía colgado sobre una de las paredes del modesto consultorio. Él lo solía llamar “aberración”, el resto de gente “espejo”. Lo usaba para ciertos casos especiales, y para trastornos de autoestima cuando era necesario. Se paró frente a él, y por primera vez en muchos años, se visualizó de cuerpo entero. Reflexionó un instante. Tomó la silla sobre la que sentaba a sus pacientes, la posicionó frente al espejo, y se sentó en ella. Intentaba visualizar sus ideas, y de algún modo, lograr entender el por qué de sus acciones, en medio de tan estrictos dogmas mentales y rígidos estándares de razón. Era el momento de, como psicólogo que era, darse a conocer a sí mismo. Así, en medio del insomnio y el pensamiento, sobre una incómoda silla que a pesar del dolor de espalda que le provocaba no lograba distraerlo de sus meditaciones, transcurrió su primera noche de soltero, desde la última y única vez que contrajo matrimonio.