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JUANSE MOLINA

EL MURO

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Javier Moreno a sus veinte años estaba cumpliendo el sueño de cualquier jugador de fútbol de Granada: ser llamado por el Primavera Fútbol Club para defender sus colores. Moreno había nacido en Istmina, uno de los pueblos que más jugadores le ha regalado al fútbol granadino, solo que Javier era distinto. No era ni delantero, ni lateral, jugaba de defensa central, posición que encontró en su escuela de fútbol ya que su estatura le impedía maniobrar su cuerpo como lo hacían otros chicos de su pueblo. Fue por su estatura, velocidad y dureza que los ojeadores del Deportivo Cafetales lo llevaron a su equipo para que impidiera que su equipo descendiera, pero pese a que el negro, como lo habían apodado por su color de piel, hizo todo para que su equipo no cayera de categoría, descendieron. Cuando se supo de su llegada al Jardinero, como le dicen al Primavera, Moreno fue repudiado por la hinchada que alegaba que al equipo más grande de Granada no podían llegar jugadores de segunda categoría. Javier, pese a todo, era distinto, siempre había querido vestirse de verde, blanco y negro, pero no por eso salió como todos sus demás compañeros a decir que era hincha del club

desde su infancia, sino que aseguró que iba a dar lo mejor de sí para que el Primavera lograra todos los objetivos del año y que le iba a demostrar a la hinchada por qué había sido traído al equipo. De todas formas Moreno tenía claro que haría parte del segundo equipo y disputaría el tercer torneo en importancia para el club: La Copa Granada, algo así como el torneo de reservas, pero que otorgaba un cupo a la Copa Interamericana. Además de los catorce refuerzos que llegaron, él era el de menos peso. Su debut no se hizo en la Copa Granada donde aspiraba participar, sino en la Liga Granadina como visitante, ante el Embajadores Fútbol Club, equipo de tradición en Granada y con el cual el Primavera tenía una rivalidad muy marcada. En ese partido Moreno se mostró seguro y fuerte, tanto por el suelo como por el aire, donde el Primavera en torneos pasados había mostrado falencias. Además su fuerte en el aire lo llevó a marcar dos goles de cabeza que le sirvieron al Jardinero para ganar por dos a uno ese partido. Su segundo encuentro sí fue en la Copa Granada, donde estuvo igual de seguro, tranquilizando al equipo. Mientras que la defensa del equipo titular que jugaba la Copa de las Colonias y la Liga

Granadina se estaba desmoronando pese a la experiencia de sus integrantes que traían a sus espaldas títulos y reconocimientos que les daban la facultad de ser los primeros elegidos para integrar la titular, varios de ellos mostraban falencias en liga local, mas no en la copa internacional. Falencias que hicieron estallar a los hinchas del Primavera quienes viendo el desempeño de “El negro” al que ya muchos le decían “El Muro” y de los que se decía eran una afición conocedora del fútbol, lo pedían a rabiar por todos lados. Andrés Fernández, el técnico del primavera, quien tampoco estaba satisfecho con la respuesta de Hernández, tal vez el del bajón deportivo más sobresaliente; tomó la decisión de incluir a Moreno en la titular del equipo para el siguiente partido, ya que el experimentado central cometió el error con el que al Primavera le empataron el partido con el que se clasificaba a la siguiente ronda de la Copa de las Colonias. La noche de su debut en el equipo principal, Moreno sintió los nervios por todo el cuerpo, no solo porque era su primer partido al lado de uno de los jugadores que más había admirado durante su consolidación como defensa, sino porque la confianza del técnico llegó para un clásico contra el Olímpico de Primavera y con el que dos errores defensivos del Primavera le costaron dos goles que significaron la derrota en el último partido que habían disputado.

Con los nervios a flor de piel, Javier se puso la número tres a la espalda, esa que su padre le había dicho que escogiera porque en el Jardinero nunca ningún jugador había triunfado con él y Mosquera podría ser el primero en lograrlo. Luego se vino la hora de salir a la cancha, el discurso del profe Fernández se dirigía en especial a su debut y a la seguridad que debía brindar al equipo principal. El resto fue historia. La cancha no estaba tan llena, pero las tribunas populares, las de las barras más representativas, estaban a reventar. Los del Jardín, la barra del Primavera le exigían la victoria a su equipo para salir de un bache en el que se encontraban. En el primer centro de costado del Olímpico, la barra del Primavera se tensionó, algunos cerraron los ojos y esperaron el grito de gol de los del frente, pero no ocurrió. Cuando el balón iba en el aire, Javier se elevó para disputar la bola con el centro delantero de su rival y le ganó en el salto para terminar rechazando lejos de su arco y tranquilizando a toda la hinchada. Asi fue cada jugada que le tocó disputar a Moreno, por arriba, por abajo, en el mano a mano, en ninguna le ganaron y por eso fue aplaudido. Aunque el Primavera salió derrotado por un gol de tiro libre inalcanzable para Márquez, el arquero del Jardinero.

Las críticas de la prensa para el Primavera se iban en elogios para el jovencito que había oficiado de central en el clásico. Javier empezó a ser asediado por la prensa y a ganarse a los aficionados con su humildad y rendimiento. Pero el matrimonio entre hinchada y jugador tuvo un bache muy cercano. Porque pese a ser un titular inamovible en el equipo Jardinero, Moreno tuvo un inconveniente. Era la fecha siguiente al clásico, el Primavera venía en ascenso. Había ganado entre semana por la Copa de Granada y todo el público venía con la esperanza de celebrar un triunfo en la liga. Mosquera volvió a ponerse la tres, saltó al campo con el corazón puesto en los colores que tenía que defender. Su juventud y tranquilidad aseguraban velocidad y control de situaciones en contra del Primavera, pero en el interior, esa misma juventud le imprimía nervios, muchos nervios. El partido era contra el Deportivo Paramillo, un equipo que llevaba una aceptable campaña y que siempre le hacía excelentes partidos al Primavera cuando lo visitaba y esta vez no fue la excepción. El Primavera estaba atravesando una crisis de victorias en la Liga Granadina que dejaba mucho que desear, tanto a los hinchas como al mismo club, pues todo lo que se habían esforzado para traer a todos esos jugadores estaba siendo en vano, el equipo llevaba seis partidos sin ganar y cuatro sin marcar un solo gol.

Esta vez Primavera jugadores jóvenes y eran los

la crisis se vio aun más honda, pues el no se movía dentro del campo, algunos no se tocaban el balón y sólo los más los que sentían los colores en el pecho, que corrían y buscaban la victoria.

Javier hacía parte de esos jugadores. No quería decepcionar a la hinchada que por el bajo rendimiento de Hernández lo había pedido, menos a su padre y mucho menos a él mismo ya que estaba respondiendo muy bien y este partido no era la excepción. Cierres limpios, rápidos y una salida segura le daban méritos para convertirse en el jugador del partido. Por el aire era impasable, por el suelo, aún más seguro se mostraba. Pero al parecer todo no iba a ser tan bello para el Primavera esa noche, ya que en una jugada de contragolpe en la que el Jardinero había enviado sus jugadores más altos para rematar un tiro de esquina; un fuerte rechazo del Paramillo cayó en los pies de uno de sus delanteros quien se encontró con Díaz, el central que acompañaba a Moreno en la última línea y quien trató de hacerse con el balón pero no lo logró. Así que lo único que pudo hacer fue tumbar al delantero y evitar el contrataque. Con la falta de Díaz llegó la tarjeta amarilla, segunda para él y la que por ende lo llevó a salir expulsado, dejar al Primavera con diez hombres y a Javier como el único defensa central. El Jardinero no tenía más cambios, pues sus tres sustituciones las había gastado en jugadores ofensivos para alcanzar la victoria.

Gómez, el volante de recuperación del Primavera bajó a la línea de defensas para hacer pareja en el centro con Moreno y así recuperar el cuatro del fondo y evitar que el arco de Márquez fuera vulnerado. Moreno estaba haciendo su mejor partido, recuperaba el balón y mostraba con su movilidad que el Primavera estaba en igualdad de condiciones a su rival y el hombre de menos, al menos en la defensa, no se notaba. La lluvia empezó a caer y con ella empezaron a fallar las entregas de ambos equipos y a cometerse errores que antes no se habían visto. Y fue “El Muro” el que pagó. La bola vino desde arriba, llovida, cargada de efecto. Javier con su seguridad y sintiéndose presionado, la esperaba en el borde de su área, allí sacó su pie derecho, el menos hábil, para rechazarla pero lo que debió ser un zapatazo que hiciera perderse al balón en la tribuna, se convirtió en un pase al centro para Vélez, un volante de armado recién entrado en el Paramillo, que ante la marca de un sorprendido lateral derecho, enganchó para su perfil más apto, haciendo que el marcador del Primavera pasara de largo y luego sacó un remate con su borde interno del pie derecho cargado de efecto, que se clavó en el palo más lejano de Márquez, quien por más que se estiró, no pudo evitar el gol.

El Primavera se puso abajo en el marcador, faltaban siete minutos para el final del partido y aunque el Paramillo no había hecho más méritos que el Jardinero, estaba adelante en el tanteador. Parte de la hinchada, que ya venía inconforme con el funcionamiento del equipo, fue la primera en reprochar el error de “El Muro”. El joven jugador consciente de su error, de los colores que defendía y sobre todo de lo que significaba el triunfo para el equipo en este momento, apenas la bola besó la red dejó salir las lágrimas más amargas de su vida: el equipo en el que todos quieren jugar y en el que a él le habían dado la oportunidad, estaba siendo derrotado por un error suyo, pero también, él saldría más derrotado aún, pues había decepcionado a una hinchada que lo había pedido y hoy lo iba a vapulear si el Primavera perdía. Con rabia, Javier se limpio las lágrimas, se maldijo, pero pese al hombre de menos y a la actitud que estaba mostrando el equipo, decidió desde la defensa comandar el ataque, echarse el equipo al hombro y poder aunque sea rescatar un punto. Fue tanto así que en una jugada buscó la pared con el armador del Primavera, quien no alcanzó la bola y le reprochó al “Muro” el mal pase; acción a la que el joven jugador respondió con lágrimas en los ojos: Es que vos no sentís estos colores como yo, vos no sabés lo que es defender esta camiseta con el

El pitazo final se escuchó. El Primavera salió derrotado, “El Muro” lloró aún más desconsolado. La hinchada, el club, el técnico, no le dijeron nada, le dieron la oportunidad de reivindicarse y sí que lo hizo. No volvió a entregar mal, nadie más lo volvió a pasar, es más, varios goles que marcó lo llevaron a que el Primavera esa temporada se pudiera consagrar. Su sueños, ese de salir campeón con el equipo que desde pequeño amó, se vio aún más grande cuando al final de la temporada, en la celebración, la hinchada al unísono coreó su nombre.