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JOSÉ ORTEGA SPOTTORNO Ciencia y humanismo

EL PAÍS 19-05-1998 Con este título acaba de dar Pedro Laín Entralgo uno de sus espléndidos cursos que organiza en el Colegio Libre de Eméritos. Catorce lecciones durante catorce miércoles, iban a componerlo, pero hubo de reducirlo a doce porque, como el torero cuando le coge un toro, el toro de su salud le dio una embestida y tuvo que sufrir una pequeña intervención que le obligó a suprimir el tema de las humanidades en Unamuno y en Zubiri. Mas, como en otros cursos suyos anteriores, sigue, a pesar de sus noventa años cumplidos, lozano de pensamiento y repleto de sabiduría. Justamente Laín es un paradigma de cómo es posible la existencia de un hombre culto entero, es decir, que sabe su ciencia y su técnica de médico al tiempo que el conocimiento del hombre y de su cultura. Siguiendo su método habitual, Laín fue señalando la evolución histórica del conocimiento de la naturaleza y del descubrimiento, más tardío, que hizo el hombre de sí mismo. Las ciencias físicas y matemáticas, las ciencias duras, se apoyan en la razón pura, son racionales, pero, aparte que su verdad es siempre provisional porque puede venir un nuevo experimento que obligue a adoptar una nueva perspectiva de esa misma ciencia, el hombre necesita de la verdad razonable, de las ciencias blandas, que son las que en el fondo nos pueden aclarar algo de ese peculiar ser que es el ser humano. Creo que fue el físico Schrödinger quien comparaba la teoría científica a una línea curva que es tangente en varios puntos a la figura cerrada que representaba la realidad. Los puntos de tangencia son precisamente los experimentos, en los que coinciden teoría y realidad y nos permiten describir algo de ella, pero el resto queda en la oscuridad.La ciencia pura procede por evidencias y trata de explicarnos cómo funciona la naturaleza, pero la conjetura y la verdad razonable están también en el nacimiento de las teorías científicas. Pues hay que saber, por ejemplo, por qué el genial matemático Riemann cayó en pensar en los espacios no-euclidianos. De esta forma, la historia, las ciencias de la literatura, la psicología, y las demás ciencias blandas son necesarias para saber cómo es cada hombre y cada mujer y cuál es su ventura y su destino. La vida es narración -decía Laín recordando a Ortega-, y por eso la literatura nos puede dar claridad sobre la condición humana. «Si quieres saber qué es el derecho penal, lee Crimen y castigo; si quieres saber qué es el derecho mercantil, lee a Balzac», aconsejaba el antiguo catedrático de Derecho de Sevilla Manuel Pedroso, cuando estaba exiliado en México, a su alumno Carlos Fuentes. Laín nos habló de cómo fue manifestándose la idea de ciencia y la idea de humanismo en los presocráticos, los cuales, con mentalidad que podríamos calificar de europea, fueron los titulares de la emigración griega, los descubridores de la ciudad -y con ello de la democracia- y, con su mentalidad colonial, de la economía comercial. Seguimos después con Platón y Aristóteles, cuya diferente actitud simbolizaba el conferenciante en la pintura de Rafael La Escuela de Atenas, en donde Platón mira al cielo, y su discípulo, al suelo. Siguió por el concepto de ciencia y humanismo en la Edad Media, con sus dos líneas divergentes: la dominicana y la franciscana, para orearnos después en el Renacimiento con el hallazgo de la objetividad y de la vida propia de la persona. Por eso Durero hace del retrato algo personal. Un paseo tranquilo y lleno de fe en la ciencia enciclopédica fue el siglo XVIII, pero el positivismo de Comte en el siglo XIX, despreciando todo lo que no estuviera montado en los hechos, suspendió algo el desarrollo de las humanidades. Éstas volvieron a resurgir en los nuevos hechos, en las nuevas ideas del siglo XX. Einstein y Ortega fueron los ejemplos que
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puso Laín de cómo puede haber hombres cultos, es decir, hombres que supieran más que nadie de la parcela de su especialidad pero, al mismo tiempo, tengan clara conciencia de lo que les importa fuera de ella: historia, política, justicia, arte, evitando así la barbarie del especialismo. Ésta era en el fondo la gran preocupación y el gran objetivo del curso de Laín: llamar la atención sobre el peligro, en España y fuera de ella, de la involuntaria ignorancia de los estudiantes universitarios que se limitan a aprender las técnicas de su profesión (y, a veces, ni siquiera su fundamento y gestación). Quizá -decía- la idea que proponía Ortega de una Facultad común de Cultura sea ya utópica, vista la masificación de la enseñanza, pero es preciso encontrar fórmulas para que los alumnos que estudian una determinada carrera sepan qué pasa y en qué consiste el mundo fuera de ella. Eso es lo que intentó Pedro Laín en sus cursos de Historia de la Medicina y que, ahora, nos hacía meditar a los ignorantes oyentes que teníamos el privilegio de escucharle.

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