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Carolina-Dafne Alonso-Cortés

ÍDOLOS
(Novela de intriga)

Knossos

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Madrid. Konossos, 2012 www.knossos.es Copyright: Carolina-Dafne Alonso-Cortés alonsocac@wanadoo.es D.L.M. 2384-2012 ISBN: 978‐84‐940045‐1‐3

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La temporada veraniega estaba en sus comienzos. Enrique Suazo se detuvo en el umbral y clavó la mirada en el grupo de personas sentadas bajo las palmeras del jardín. Llevaba puesta una chaqueta azul marino, pulcramente abrochada. Vestía muy bien, desde su impecable gorra marinera hasta los zapatos bien lustrados. Se quedó inmóvil en la sombra, mientras ellos charlaban sin advertir su cercanía. Sacó del bolsillo un encendedor de oro y prendió un cigarrillo; no pudo evitar una sonrisa, como prueba evidente de la satisfacción que lo embargaba. Sí, realmente estaba satisfecho: había logrado el propósito que acariciaba desde tanto tiempo atrás. A unos pasos, en el jardín de su propia casa, estaban reunidos aquellos cuatro personajes, ante una mesa sobre la que había unas botellas y unas copas. Desde allí escuchaba el murmullo distante de la conversación de sus huéspedes; ahora sonaban dos voces, y una de ellas pertenecía a una muchacha, que se echó a reír alegremente. -Parece que lo está pasando muy bien -pensó. -Mejor es así. Era una reunión amistosa, donde todos aguardaban la llegada de su anfitrión. Enrique Suazo era escritor, un escritor famoso. Cada uno de sus títulos estaba avalado por un prestigioso premio literario, y varias de sus obras se habían llevado al cine. Era un triunfador, en opinión de muchos. Un famoso en vida, que para Enrique Suazo era lo más importante. Se había ganado a pulso la fama, después de años de duro trabajo intelectual.

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En realidad era esencialmente cortés y amable, y lo tenían por un caballero, aunque no faltaba quien lo calificara de muy peligroso. Hoy, se sentía satisfecho de su propia inteligencia, y esbozó una extraña sonrisa: comenzaría inmediatamente, este mismo día, esta mañana. Empezó a reflexionar acerca de los primeros pasos a dar; reconocía que las circunstancias le eran favorables; llegar a la meta se había convertido para él en una obsesión, y estaba claro que no pensaba volverse atrás. Habían dicho de él que manejaba a sus personajes con la habilidad de un auténtico maestro. Y aquella frase, emitida por un conocido crítico, se había clavado en su mente y había dado lugar, al cabo del tiempo, a un extraño deseo: encendería los instintos, la rivalidad entre aquellos seres, para lograr que estallara el conflicto entre ellos, hasta límites impredecibles. Todo, ante sus ojos complacidos. Quizá, si alguien hubiera conocido su secreto propósito, hubiera pensado que su mente no era tan equilibrada como correspondía a un auténtico genio; quizá la hubieran considerado morbosa. Seguramente, hubiera estado en lo cierto. Pero a nadie se lo había manifestado, de forma que la idea se había convertido en su más preciado tesoro. Y ahora, a unos metros de él, aquel pensamiento suyo iba a concretarse en una realidad apasionante. No deseaba el dinero y la fama, como no fuera para alcanzar algo más complicado, la verdadera meta que ambicionaba su ego: ser dueño de la mente de otros, si eran lo bastante interesantes para él. Era libre, independiente e intocable, hacía lo que le venía en gana, y podía esperar. Sus conocidos solían presumir de frecuentar su amistad. Lo había conseguido todo; casi había olvidado sus oscuros principios. Tenía sus normas, y vivía en conformidad con ellas. Su apariencia era de una persona optimista, pero él se sabía en el fondo un depresivo, aunque con el tiempo hubiera conseguido liberarse de gran parte de sus inhibiciones y sentimientos de inferioridad. Pensaba satisfecho en estas cosas mientras observaba sus propias manos, alargadas y de finos dedos. La idea lo hizo sonreír, pero su gesto duró poco: procuró imaginarse lo que estarían pensando en aquellos momentos sus cuatro

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invitados. Se había aprovechado de sus debilidades, había jugado con ellos; el precio había sido alto, pero había merecido la pena: porque era dueño de aquellas cuatro vidas, aunque sólo fuera durante unos pocos días. Era lunes por la mañana, y la noche anterior había sido la segunda que pasaba en vela aquel fin de semana. Estaba en vísperas de la gran aventura, y decidido a seguir adelante: tenía que concentrarse en la interpretación de su papel y estaba contento, satisfecho de que todo hubiera transcurrido según sus previsiones. Era un juego peligroso, más peligroso que cualquiera de los papeles que en sus novelas vivieran sus personajes. Llevaba mucho tiempo organizando aquel encuentro: recordaba sus interminables experiencias como escritor, y pondría en práctica sus conocimientos. Con los años había elaborado algunas teorías, y la idea ya había terminado de cristalizar en su cerebro. Últimamente su conciencia había dado un paso adelante. Se frotó suavemente la barbilla, y se dispuso a iniciar la comedia: cuando decidía hacer una cosa, jamás se arrepentía. Sabía que tendría que actuar con discreción, y no lo lamentaba: la causa de su éxito se debía, no sólo a la intensidad de su trabajo, sino al conocimiento de la mente humana. Porque Enrique Suazo, novelista leído en dos hemisferios, no pretendía otra cosa que hacer vivir a cuatro personas, a cuatro seres humanos, una de aquellas historias que él era capaz de imaginar y relatar. Estaba cansado después de unos años de abrumadora tarea; por entonces estaba de vacaciones, dedicado a la navegación y a la pesca. Ahora, estaba dispuesto a enfrentarse con el mayor desafío de su carrera y a interpretar el mejor papel de su vida. Era su pasatiempo predilecto: jugaba a adivinar las circunstancias que él mismo provocaría en el futuro. Se había construido una vida imaginaria, y ahora iba a comprobar los resultados. Caminaba despacio, y se detuvo un momento. Reconoció la voz de uno de sus invitados: era una voz agradable de tenor, un poco ansiosa: la voz de Curro Vargas, uno de los toreros más famosos en la actualidad nacional. -Ahí están -pensó. -Mis títeres en carne, hueso y... alma. Pero con más de

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carne y hueso que otra cosa -sonrió para sí. Sus cuatro invitados eran exactamente los que él había soñado. *** Cortada a pico sobre la carretera se extendía una amplia terraza de baldosas, rodeada de césped, y un muro espeso hecho de piedra circundaba la hacienda. Más abajo podía verse un bosque de pinos, más allá la extensión de arena, al otro lado el mar de un azul intenso, y al fondo un cielo límpido, sin una sola nube. Y allí estaban los cuatro: tres hombres y una mujer. Cuatro famosos también, quizá más famosos que él mismo. Cada uno en un campo diferente, aunque con una faceta común, que era la juventud. Eran cuatro ídolos de la sociedad del momento, que arrastraban a las multitudes. Los fue catalogando en cuanto traspusieron la entrada de la finca. Podía decirse, pensaba al observarlos desde un segundo plano, que detrás de aquellos cuatro seres podía estudiarse a toda una nación. Enrique Suazo estaba convencido de que, a través de ellos, podría dominar a una sociedad entera. Tenía en sus manos el destino de cuatro ídolos, que para él, el genio, no eran más que marionetas. Y pensaba moverlas a su capricho. Consideraba que su afición al teatro era cuestión de herencia: no en vano su padre había sido un actor fracasado. Curro Vargas, el torero de quien se decía que era el número uno. Desde niño había deseado triunfar en el mundo de los toros; obtuvo varios trabajos, no de los mejores, pero que le permitieron seguir con su afición. Ahora tenía fama de derrochador. El último año había toreado cien corridas, y otras tantas veces había salido de la plaza a hombros de los aficionados. Un hombre que jugaba al escondite con la muerte. Ahora había perdido su gran seguridad, porque la última vez estuvo a punto de perder la partida. Aún cojeaba, y Enrique Suazo aprovechó el momento para ofrecerle su finca como lugar de reposo y convalecencia; según dijeron los periódicos, había acudido allí a fin de reponer su salud y descansar. El torero le había entregado su amistad nada más conocerlo, y se le veía orgulloso de ello. Era

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tímido y nervioso, y sobre todo estaba preocupado por las consecuencias de la cogida reciente. Recurría a menudo a su teléfono móvil. Antonio Pisa, un futbolista en cuyo último contrato se habían firmado muchos miles de euros: un muchacho modesto, a quien la insensatez de una nación había hecho multimillonario, y un tanto fanfarrón; tenía muchos humos, y no se esforzaba por disimularlo. Desde el principio, Suazo lo había considerado bastante bruto y elemental. Era natural de algún lugar enmedio de ninguna parte, y sus principios habían sido tan duros que no quería recordarlos. Y esta tarde de agosto se encontraba allí, tratando como iguales a aquellos seres privilegiados. Cuando recibió la invitación de Suazo, pareció que fuera a desmayarse de agradecimiento: se le veía tan orgulloso como si acabara de ganar un campeonato de liga. Andrés Falero. Éste sí había sido difícil de convencer. Desde el punto de vista de su anfitrión, era el más complicado de todos. No era deportista, ni bohemio... se trataba de un político actualmente en candelero, la más joven promesa dentro de la política del país. No había cumplido treinta y cinco años, y ya figuraba a la cabeza de la Cámara de Diputados. Sus discursos conmovían los cimientos de la sociedad; su palabra era el terror de algunos y la esperanza de muchos. Ya se hablaba de él como “ministrable”. Quizá pudiera dejar a un lado su puritanismo, si había dinero por medio. O quizá... pudiera enamorarse perdidamente de una mujer, hasta olvidarse de sus ideales. Cuando Suazo lo conoció, sintió que se despertaba en él una súbita curiosidad; por su aspecto, por su mirada, no parecía una persona fácil de engañar. Tenía que manipular a aquel hombre, inducirlo a entrar en el juego; había examinado minuciosamente su vida, y había descubierto en ella zonas oscuras. Y lo trabajó de tal forma que, cuando el político se dio cuenta, ya había caído en la trampa. En este momento -Enrique Suazo lo observaba-, estaba escuchando algo que decía Curro Vargas, con el entrecejo fruncido, con aquella atención que le hacía conseguir votos en las elecciones. -En las próximas lo vota Curro; el mundo de la política funciona así -pensó el

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escritor, escéptico. Le había prometido que no se aburriría en su casa, y tenía que conseguirlo, sin reparar en medios, incluso llegando hasta el límite. La psicología del crimen había atraído siempre intensamente al escritor, y un curioso estremecimiento recorrió sus fibras nerviosas. Esta mentalidad morbosa le hubiera permitido cometer los crímenes más crueles, y olvidarlos luego para vivir con toda normalidad, e incluso creerse merecedor de una buena reputación como persona y como ciudadano. Contrajo los ojos para ver mejor a través del humo de su cigarrillo, y pensó que la partida era demasiado buena para mostrar imprudentemente las cartas. Siguió observando en la sombra, mientras ellos charlaban sin advertir su presencia. Desde el principio supo que no le sería posible llevar a la práctica su proyecto sin la presencia de una hermosa mujer y se había salido con la suya, también la había conseguido. La mujer estaba allí, y se llamaba Magda Cordan. La actriz más bella, la mayor creadora de sueños y deseos eróticos, la estupenda protagonista del último film de éxito. Sus ojos eran grandes, de color violeta. Él la observó con interés: aunque su mirada pudiera parecer franca y confiada, sabía que era una persona endurecida por la terrible lucha diaria; nunca podría volver a ser lo que había sido, una muchacha sencilla de provincias. -La dama, a punto de entrar en escena. Veremos cómo se mueve ahora... murmuró para sí. Enrique Suazo la conocía de verla en el cine, y había pensado en ella para su experiencia. Tenía los cabellos de un color castaño rojizo, con reflejos de fuego. Sería el contrapunto ideal para los otros ídolos: una mujer calculadora y ambiciosa. Una tarde, cuando asistía el escritor al rodaje de una de sus novelas, coincidió con ella en los estudios. Alguien los había presentado. Se detuvo la proyección de la película y se encendieron las luces. Habían subido el volumen de la música, y se oían con dificultad. -Le felicito por su último éxito, es estupendo -le había dicho ella, con un gracioso gesto. Él pensó que, para llamar su atención, la chica estaba poniendo en

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juego una ingenuidad que no tenía. -Y yo la felicito por su éxito constante -dijo él. -¿Ha leído mi última novela? -Ella mintió sin ruborizarse: -La he leído no sé cuántas veces, casi me la sé de memoria. La rapidez de su respuesta lo sorprendió. Luego dijo: -Me gustaría escribir una historia para que usted la protagonizara. -Ella lo miró con los ojos muy abiertos. -Sería fantástico -musitó. -¿Tiene muchos planes para el verano que viene? -Ella habló en tono muy suave: -Descansar, descansar, descansar. En su voz de actriz, aquella palabra cobraba un sentido exacto. Enrique Suazo aprovechó la ocasión; a lo largo de toda su vida no se había tropezado con una mujer más hermosa que ésta: no le cabía la menor duda de que tenía que ser distinta a todas. En aquella ocasión iban caminando del brazo, y a cada paso la falda abierta de la chica revelaba sus espléndidas piernas. -Este verano piensan reunirse en mi finca varios amigos, todos muy interesantes. ¿Le gustaría unirse a nosotros? Ella dudó un momento. Luego contestó: -Me encantaría. Después se separaron y él fue en busca de su carpeta de rodaje. Una vez en la calle, apenas pudo disimular su alegría. No; no había sido difícil conseguir que Magda Cordan estuviera sentada bajo las palmeras del jardín, frente a la inmensidad de un mar profundamente azul. Ahora, él los miraba uno a uno, con una vaga sonrisa en los labios, como si tratara de penetrar en sus mentes. Quizá, pensó Suazo, la actriz se había propuesto cazar a alguno de sus compañeros, o quizás a su anfitrión. No sabía que en pocos días todo se habría complicado para ella. El escritor recogió la chaqueta y abandonó el porche, canturreando. Dejó atrás la gran mansión de estilo colonial, con sus dos pisos y sus quince habitaciones, y

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se dirigió al jardín para reunirse con los demás. Cruzó el bosquecillo de mimosas que rodeaba la casa y empezó a descender por el sendero cubierto de piedrecillas menudas. Avanzó pisando con su calzado deportivo sobre la fina grava, atravesó el césped y llegó a la terraza, sin dejar de canturrear en voz baja. Sus invitados lo oyeron llegar, y se volvieron desde su lugar de reunión, un banco hecho de finas bandas de madera en torno a una mesa redonda. Se dirigió donde estaba la actriz; la besó en la mejilla y tomó asiento a su lado. -Estás muy guapa, como siempre -le dijo. Ella lo saludó alegremente, y dejó sobre la mesa un pequeño ramillete de flores rosadas y blancas que había recogido en el jardín. Suazo carraspeó: el espectáculo acababa de empezar y el telón se había levantado para dar paso al primer acto. -Bueno, ¿qué les parece mi rincón? -El político hizo un gesto apreciativo. La casa ocupaba la parte superior de un pequeño monte; ante ellos se extendía la amplia terraza, con el murete bajo de mampostería, al borde del cual algunas plantas ocultaban la verdadera profundidad de la hondonada que había al otro lado. Más allá, la vista se extendía por un suave declive, con un bosque de pinos que llegaba casi hasta la playa. -Que en un sitio así, ya se pueden escribir novelas capaces de ganar premios y dar la vuelta al mundo -bromeó, con una risita. Estuvieron brindando por el éxito de su encuentro; el anfitrión se sirvió un whisky, bebió un sorbo y volvió a dejar el vaso sobre la mesa de jardín. -Puedes creer que no he escrito aquí dos palabras seguidas. Es curioso, pero para hacerlo necesito el bullicio. Me deprime estar solo. -Yo, desde que he llegado, estoy mucho mejor -intervino el torero. -Creo que nunca me he sentido tan relajado. -Él se echó a reír. -Puedo dedicar la finca a sanatorio de toreros, ¿no crees? El futbolista lo miró con admiración. -Y el mar tan cerca... Tiene que ser formidable saltar desde la cama al agua,

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como quien dice. -Tomó un langostino y empezó a mordisquearlo con gula. -Yo me baño incluso después de cenar -dijo el dueño de la casa. Alzó una mano y habló con entusiasmo. -Te lo aconsejo, es el baño mejor. La actriz enarcó las cejas. Su expresión no daba a entender en modo alguno que se sintiera cohibida. -¿Y la digestión? -Bueno, ten en cuenta que el mar me conoce... y no corro peligro -contestó el escritor, muy serio. Todos rieron la broma. Él preguntó: -Y a ti, Magda, ¿qué te parece esto? -Ella suspiró hondamente. -Esto me parece... la paz. -Él vio que sus ojos estaban fijos en algo que se hallaba más allá del edificio principal. Se volvió en la dirección de su mirada, hasta una figura masculina que hablaba con el jardinero. Se trataba de un joven moreno, con el pelo rizado y la piel muy tostada, y se expresaba en voz alta desde un extremo del jardín. El escritor observó de nuevo a la actriz. -¿Tú crees? -interrogó. Ella se acomodó en su asiento. -Estoy segura. El torero se había llevado la mano a su pierna herida, mientras el futbolista parecía ajeno, contemplando el mar. El escritor alzó su vaso. -Por que todos seamos felices -brindó. Por un momento, los otros permanecieron en silencio. Parecían tranquilos, sumidos en agradables pensamientos. Luego, la actriz dijo como para sí: -Realmente, yo... siempre soy feliz. -El político le dirigió una mirada irónica. Su voz sonó ronca, como si viniera de muy lejos. -Pues tienes suerte -sonrió. Suazo pensó que había querido decir: “Qué estupidez”. Para romper el hielo, dijo: -Sí, es una suerte. No todos podemos decir lo mismo. Tú, Curro -se dirigió al torero-, ¿puedes decir que siempre eres feliz? -Él se puso serio. Estaba

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jugueteando con un llavero en forma de cabeza de toro. Miró por encima del vaso y soltó una risita. -Yo soy feliz... tres días al año... aproximadamente. Todos lo interrogaron con la mirada, y él prosiguió: -Sí; los tres días siguientes a la terminación de la temporada. Después empiezo a pensar en las corridas del año siguiente, y... dejo de serlo. -Suazo arrugó el ceño. Se había puesto unas gafas de sol, y miró extrañado a su huésped. -Entonces, ¿no te gusta tu profesión? -Sí que me gusta. Es apasionante. Pero detrás de la pasión está la amenaza constante de una cornada. Por eso estoy aquí en este momento... y no toreando. En fin, así es la vida, y hay que tomarla como viene. -Eres un filósofo -dijo el político, apurando su bebida. La actriz asintió. -De veras que lo es. Miró a Falero de tal forma, que Enrique Suazo tuvo que hacer un esfuerzo para no frotarse las manos. Aspiró a fondo el aire marino. Aquello resultaba, y antes de lo previsto. Antonio Pisa, el futbolista, encendió un cigarrillo, y luego lo aplastó contra un plato lleno de huesos de aceitunas. -No debo fumar. Bueno, en todas las profesiones hay riesgos. A Falero, un cambio en la tortilla política lo puede llevar al paredón, o por lo menos a la calle. A Magda, un admirador exaltado la puede acuchillar. A mí, puede lesionarme un defensa contrario... -¿Y a mí? -preguntó Suazo. -¿También tengo riesgos en mi profesión? El futbolista se quedó pensativo. Luego agregó, mordaz: -Pues sí, se te puede llenar la casa de invitados, por ejemplo. Todos se echaron a reír. -No, eso no es un riesgo -dijo el escritor. -Es más bien lo contrario, ya que así puedo presumir, y sobre todo disfrutar de vuestra compañía. -La actriz lo miró, complacida. -Qué amable.

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-Gracias -dijeron Curro y Pisa. Pero Falero no había dicho nada, y el escritor pensó que, en realidad, le fastidiaba mezclarse con los otros. La misma voz varonil de antes, desde la entrada del jardín, llamó la atención de los presentes. -Señor, el yate está preparado. He pensado que querría saberlo. Todos miraron hacia allá. Era el mismo joven de antes, de unos veinticinco años. Era alto, de facciones regulares, y vestía unos pantalones blancos impolutos, y un jersey azul marino. En su rostro había una sombra de desconfianza; ante los intrusos parecía sentirse incómodo, no sólo mental, sino incluso físicamente. El dueño de la casa asintió. -Ah sí, Pedro, muchas gracias. Ya te avisaré. Luego se volvió a sus invitados. -Si os parece, a la tarde daremos un paseo. ¿Hace? A todos les pareció de perlas, y así lo dijeron. Hasta Falero pareció humanizarse ante el proyecto de navegar un rato sobre la superficie tersa y azul que se divisaba desde el jardín. El recién llegado se inclinó. -Cuando quiera, señor. A punto de marcharse, el muchacho se volvió y consiguió esbozar una tensa sonrisa. -Sean bienvenidos -dijo. Luego, se retiró de la misma forma silenciosa. Suazo lo miró marchar como si fuera de su exclusiva propiedad. Explicó: -Pedro es... el chófer, piloto y ayuda de cámara... -Luego añadió, satisfecho: -En fin, es mis pies y mis manos, mi hombre de confianza. Es un gran chico. Ya lo conoceréis, y os gustará, seguro. -Parece que a él le gusta demasiado -pensó silenciosamente Falero. Magda se puso en pie. -Tendré que cambiarme, si no os importa -dijo con un alegre gesto. -Me gustaría arreglarme un poco antes de comer. -El dueño de la casa la imitó.

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-Todos podemos hacerlo. Si os parece, saldremos después de almorzar. -Muy bien. -El futbolista estaba radiante. -¿Podremos bañarnos desde la canoa? Suazo pensó que aquel hombre era un maniático del baño. No obstante, asintió: -Sí, claro. El torero intentó torpemente ponerse en pie, y los otros le ayudaron. Se dirigieron a la casa, y Falero tomó a Magda del brazo. -¿Piensas bañarte tú? -preguntó ella, observándolo. Él se encogió de hombros. -Creo que no, lo dejaré para mañana. Así tendré ocasión de dar un vistazo a los alrededores. ¿Y tú? -Mañana, también. Prefiero hacerlo desde tierra firme. Antes de marcharse, el político no pudo evitar dirigirle una mirada de admiración. Ella no demostró haberlo notado. Entraron en la casa, y Enrique Suazo disimuló su satisfacción. -Nuestro amigo Falero va bajando de su pedestal, y es una mujer la que tira de él -pensó. *** Pedro estuvo poniendo la mesa para el almuerzo; había preparado unos huevos revueltos con setas y una exquisita cazuela de marisco, que todos elogiaron. Después, los invitados se retiraron a descansar un rato. El escritor parecía no querer estar solo, y entró en el comedor a buscar la compañía del muchacho, poniendo como excusa que había perdido su pipa de espuma. Arriba en su cuarto, Magda Cordan se contempló en el espejo alargado que cubría la puerta del cuarto de baño. Hundió sus dedos en los cabellos con reflejos rojizos, y los alzó sobre la nuca, sujetándolos con un pasador. -Uf, qué calor. Debería cortarlos. Si no fuera por ese maldito rodaje... No tendré tiempo de que crezcan. Todo en ella parecía natural, pero era estudiado. Desde las uñas de sus pies,

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pintadas de un tono rosado, hasta su hermosa cabellera. Su cuerpo era espigado y joven. Sonrió, complacida. -La verdad es que no estoy demasiado mal -dijo para sí. -Las hay mucho peores. Ante el tocador, retocó el maquillaje que casi pasaba inadvertido. Sólo ella sabía las horas que costaba aquella sabia naturalidad. Para ella no existía la belleza espontánea, o al menos era muy difícil de encontrar. Y nunca era completa. Pensó que los hombres eran como niños y sonrió, con un gesto estudiado de su boca sensual. -Piensan que son muy listos, y consigues de ellos lo que quieres. No es más que cuestión de habilidad... Se estiró con indolencia: resultaba maravilloso aquel ambiente acogedor y perfumado. Luego pensó en Antonio Pisa: conocía el tipo, y la aburría. Un hombre burdo y machista. Se creía un don Juan, pero se le veía el plumero. Se notaba que no estaba en su ambiente; quizá los otros no se dieran cuenta, pero ella sí. La cosa estaba tan clara que casi se echó a reír. -En el fondo, no es más que uno del montón. Un vanidoso forrado de dinero. Y para ella no era el dinero lo único que contaba, aunque fuera importante. No era dinero lo que le faltaba, pero aquellas nuevas amistades podían producirle otras cosas que no eran de despreciar. -Aunque, claro está, en esa materia nada es demasiado... con dinero todo se consigue -pensó con un mohín. -Los hombres, todo lo consiguen con dinero. Y las mujeres... Magda se echó a reír. Daba la impresión de estar planeando alguna cosa divertida, y sentirse implicada en ella. -Las mujeres, con belleza -pronunció en voz baja. -¿Todo? Bueno, casi todo, a veces. Se esforzó por pensar en su futuro inmediato: en realidad, no sabía lo que estaba haciendo realmente allí, entre aquellos tres hombres que poco antes no

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existían en su vida. Había sucumbido a la debilidad, y se había dejado convencer. Mientras tanto, lo pasaría bien; escuchaba la música suave procedente de alguna línea musical, fue hacia la ventana y se quedó mirando el paisaje. -Podría explicarles algunos trucos para ganarse a una mujer -sonrió. -Pero no quiero revelar mis secretos. Se sentó en la cama, y vio que sobre la mesilla había una novela. La cogió, y se dio cuenta de que estaba escrita por su anfitrión. Pensó que no era un detalle de buen gusto. Trató de concentrarse en la lectura, pero era inútil. Un minuto después la dejó a un lado, se echó y hundió la cabeza en la almohada. -Habráse visto, el vanidoso -pensó. -Se cree un dios, pero está acomplejado porque no es feliz. Eso se ve a la legua. De todas formas, no dejaba de ser un hombre interesante, y bastante espléndido. Era el mayor del grupo, y esto precisamente lo apartaba del resto. Ella no recordaba haber conocido a ningún otro escritor. Por un momento había pensado utilizarlo, de la misma manera que él quizá tratara de utilizarla a ella. -Es un tipo raro -se dijo. -No sé lo que se trae entre manos. Y parece que le gusta el jovencito. Claro, a mí también me gusta. Está como un tren. Se había dado cuenta de que olvidó su bolso sobre una mesa baja del vestíbulo. Desde el corredor de arriba se asomó por la balaustrada y vio, de espaldas, al escritor y al joven que había presentado como a Pedro. Ambos parecían abstraídos, como si hablaran de algo importante. La actriz trató de advertirles de su presencia, y procuró que sus tacones repiquetearan en el mármol de la escalera. Los dos hombres se volvieron. -He debido dejar mi bolso por ahí -dijo ella, con una espléndida sonrisa. -Ahí, sobre la mesa. Pedro se apresuró a tomar el bolso dorado, que estaba en una esquina de la mesa junto a una vasija con flores naturales, y subió ágilmente los escalones. Se lo ofreció, y ella lo tomó con un gracioso gesto. -Lo siento -dijo. -Tengo una cabeza...

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-No importa, señorita -dijo él. De vuelta a su habitación miró la puerta abierta del cuarto de baño, con sus paredes de mármol rosa, el gran lavabo doble, el vaso de agua sobre la repisa. Del bolso extrajo una pequeña caja cuadrada: era el pastillero que llevaba siempre entre los más variados objetos. Tomó una pastilla y la tragó con un largo sorbo de agua; luego tapó la cajita y volvió a guardarla en su bolso. -Ah, este horrible calor. Miró por la ventana, ahora sin el menor interés. Todavía tenía tiempo de echarse un rato. Se estiró en la cama, y procuró relajarse. Colocó los pies sobre el tablero inferior, y así permaneció. Sabía que, para compensar la tensión de los estudios, eran importantes unos minutos de relajación. Con la colcha que estaba doblada a los pies se cubrió hasta las caderas; notó la suavidad de la seda, y le pareció flotar en una nube de algodón. Se quitó las horquillas y las amontonó sobre la mesa de noche, dejando completamente suelto su brillante cabello, que en cascada le rozó las mejillas. Enmedio de su agradable dejadez, pensó en el torero. -Parece un viejo prematuro -musitó. -Con esas entradas en la frente... Debe tener miedo de todo, aunque lo disimule. Tiene una expresión de cansancio que asusta. Claro, por eso ha venido a descansar... pero no hace más que hablar por teléfono. El reloj dio las tres, y después las tres y media. Un suave sopor la inundaba, invitándola a abandonarse al sueño. Temió dormirse y llegar tarde, y saltó de la cama. Se puso un pantalón corto verde claro y una camiseta de felpa blanca, y cambió sus sandalias doradas por unos playeros. Se anudó a la cabeza un pañuelo de gasa, retocó de nuevo su imperceptible maquillaje, y salió. Se dirigió al corredor, se apoyó en la barandilla y miró desde arriba al vestíbulo. Vio a Suazo que estaba solo ahora, inclinado sobre la mesa baja y haciendo algo de modo cauteloso. Había abierto un paquete y sacó un objeto envuelto en un plástico. Estaba de espaldas, pero ella pudo ver que se trataba de una gran caracola rosada. Magda permaneció en silencio, y observó cómo el escritor se

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encaminaba hacia la biblioteca con la caracola en la mano. Jamás había visto a nadie moverse con tanto sigilo. -Qué tipo tan extraño -pronunció en voz baja. Cuando se decidió a bajar, entró en la cocina. Vio que Pedro seguía allí: había terminado de recoger, y estaba poniendo el lavaplatos. Tardó en darse cuenta de que alguien había entrado, y se volvió. Ella le habló en tono alegre: -Tienes que tener mucho trabajo aquí. -Sacó un cigarrillo, y lo volvió a guardar. -¿Te importa servirme algo fresco? -¿Vale una cola light? -Sí, está muy bien. Él sacó una lata del frigorífico, vertió en un vaso la bebida y se la ofreció. Ella bebió unos sorbos. -Ah, qué maravilla. Estaba completamente seca. -Él entró en el office y al momento salió, llevando en una bandeja una servilleta blanca de hilo. -Tenga -ofreció. La chica procuró mostrarse amable. -Muchas gracias, Pedro -dijo, mirándolo de frente. Salió al vestíbulo y se dirigió a la biblioteca: el absoluto silencio y la rendija de la puerta eran demasiado tentadores. Desde fuera, vio que Enrique Suazo, sentado a una gran mesa de nogal con patas torneadas, escribía algo en un cuaderno. Las pesadas cortinas estaban corridas. Sobre la mesa había una lámpara barroca de bronce, que a través de la pantalla de pergamino expandía una luz amarillenta. Suazo se reclinó hacia atrás, sobre el alto respaldo de su sillón de nogal claveteado. Su elegancia no lo abandonaba, aún en atuendo deportivo, y ella pensó que todos los detalles de su indumentaria denotaban un gusto especial. Se había puesto un bonito jersey amarillo. Magda escuchó el tictac de un reloj de pared, luego el sonido de la pluma sobre el papel, y finalmente el que se produjo al desgarrar una hoja de libreta. Entonces entró en la habitación, sin disimular ya su presencia. La puerta había crujido al abrirse y el hombre se volvió, sobresaltado. Cerró el cuaderno y abrió un libro. Ella avanzó hacia la mesa.

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-¿Qué haces? -preguntó, indiscreta. Él hizo un gesto vago. -Estaba... hojeando esta novela de Proust -explicó. Magda adoptó un aire interesante. -Es asombrosa la cantidad de libros que hay en esta casa -afirmó. Luego, empezó a leer los títulos de los que estaban en la estantería: -Obras completas de Anatole France... Obras completas de san Agustín... Séneca, Virgilio, Horacio... Oye, ¿los has leído todos? -Él la observó, divertido. -No lo creas. Los tengo por ostentación. Enfrente, una gran estantería de madera maciza ocupaba la casi totalidad del muro, y el resto de la pared estaba cubierto de cuadros. Él se puso en pie, se aproximó y acarició suavemente el lomo de uno de los volúmenes. Era una lujosa edición del Corán, en árabe y en castellano. -No todo el mundo lee lo que compra, créelo. Hay quien colecciona libros como adorno, con bonitas encuadernaciones... Incluso, en piel de lagarto. -En el rostro de Magda apareció una expresión de extrañeza. -No me digas. Pero ese no es tu caso. -Él movió la cabeza. -No, no lo es. Aquí tengo muy buenos amigos. A ese lado los clásicos, españoles y extranjeros -señaló. Ahí, los autores modernos, obras de premios Nobel, algunas de ellas dedicadas. En la vitrina de cristal tengo algunos incunables, raros y curiosos. Ella se volvió, interesada. Dentro de la vitrina había libros con pastas de pergamino, y otros pequeños y deteriorados. Algunos estaban carcomidos por los bordes. Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Él la apartó con suavidad. -No suelo abrirla -dijo. -Está conectada a la alarma. Se acercó a la estantería y extrajo una carpeta oscura -Me gustan los libros de psicología, y psiquiatría. Mira. Le indicó a la chica que se sentara y él lo hizo a su lado, en un sofá de cuero rojo. Abrió la carpeta. -El método Rorscharch de psicoanálisis -indicó.

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Empezó a hojear las láminas, y se las mostró. No contenían más que manchas: unas impresas en tonos agrisados y otras en colores muy suaves. Todas eran simétricas. Ella frunció el entrecejo. -Parecen hechas apretando tintas de color entre dos papeles. Qué curioso -dijo, sin entender nada. Hablaba con vacilación, como si tratara de ocultar su ignorancia, y al mismo tiempo pensó que su anfitrión tenía aficiones muy raras. Él había consultado el reloj de pared. -Faltan cinco minutos para las cuatro -observó. -Nos estarán esperando. Puso en orden las láminas, las metió en la carpeta y colocó ésta en su sitio. La chica suspiró, aliviada. -He visto tu novela en mi cuarto -dijo luego. -Esta noche la empezaré. -No es necesario -dijo él, y se sintió violento, sin saber por qué. Pero ella no lo percibió. -¿Sabes? No leo mucho. La verdad es que estoy harta de leer guiones, sin contar con que hay que aprenderlos de memoria. Así que, luego... -No tienes que disculparte. -No, si no me disculpo. Ve saliendo, yo iré enseguida. -Está bien, hasta ahora. *** En el jardín, Curro Vargas estaba echado en una tumbona y hablaba por el móvil. No se había cambiado de ropa. Cortó la comunicación, y aspiró hondo. Sentía unas insoportable ganas de fumar, pero no quería hacerlo. -No me conviene nada -gruñó. -Me duele la pierna, así que esta tarde me dejaré conducir y me dedicaré a observar a los peces. Había dos hombres arreglando el jardín, y uno de ellos manejaba unas tijeras de podar. Pisando sobre las piedrecillas se acercó al torero y se quitó la gorra. -Buenos días, señor. -Él pareció extrañado. -Buenos días. -¿Está mejor de su herida? ¿Se encuentra mejor?

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-Sí, gracias. Esta finca resucita a un muerto, ¿no cree? El jardinero lo miraba con admiración. Tenía buena memoria para las caras y los nombres, y lo había reconocido. Se poyó en un árbol y hundió las manos en los bolsillos de su mono gris. -Así es, señor. ¿Sabe lo que le digo? No quiero que piense que es coba, pero siempre me intereso por sus corridas. Es usted el mejor. -El otro pensó que los aduladores solían tener un repertorio de frases agradables, pero creía poco en ellas. -Gracias, hombre, pero no es para tanto. -Mire, uno no puede permitirse muchos lujos, pero eso del toreo... que no me lo quite nadie. -Él se mordió los labios. -¿Es cierto? -Claro que sí. Yo lo vi a usted cuando todavía no era un número uno. Y me dije: este muchacho es algo grande. -Se agradece, hombre. -El otro se inclinó. -Y fíjese lo que le digo: a mí el fútbol, y que me perdone el señor futbolista dirigió una cauta mirada alrededor, -no me convence tanto. -Vargas se echó a reír con ganas. -Hombre, todo tiene su mérito. -Sí, pero, ¿para qué copiar del extranjero, si aquí tenemos una fiesta mejor? -El hombre iba a añadir algo, pero se detuvo. -¿Decía? -Digo que... quizá pueda usted proporcionarme... alguna entrada para los toros. -El otro frunció el ceño. -Yo no dispongo de entradas. Además, en mi actual situación, dudo que pueda verme en la plaza durante algún tiempo. El hombre disimuló su decepción con un gesto torcido. Sabía que la disculpa era falsa, y alzó una mano a modo de despedida. -Bueno, señor, usted perdone. Voy a arreglar aquellos macizos de allí.

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-Hasta luego, hombre. Curro lo vio marchar, con su mono gris que ostentaba grandes manchas de sudor, y la colilla del cigarro pegada a una comisura del labio. Aquella trivial conversación había hecho que se incrementaran sus negras ideas. -Es extraño, -pensó, -la facilidad con que paso al desánimo. Y es una cosa muy molesta, casi desesperante. Por el sendero de grava vio venir a Antonio Pisa, que se sentó en un banco, bajo una parra de hojas verdes y espesas. Vestía un pantalón corto y una camiseta de colores vivos. Debajo del brazo llevaba una toalla de felpa con motivos marineros. -¿Estás solo? -preguntó el futbolista. -Sí, aún no han venido los otros. -¿Te parece que vayamos bajando? No es que quiera bañarme todavía, pero me apetece pisar la arena de la playa. -Muy bien. Pisa se había puesto en pie de un salto; fue junto al torero y le tendió la mano. Él hizo un esfuerzo para levantarse. -Esta dichosa pierna -masculló. Bajaron lentamente por las escaleras, y luego cruzaron la carretera hasta el pinar; anduvieron por un sendero terroso, hasta el pequeño embarcadero. Allí estaban ya Enrique Suazo y Pedro, que ultimaba los preparativos. Éste observó a los recién llegados por el rabillo del ojo. Enseguida aparecieron arriba, por el camino, Magda y Andrés Falero. Venían charlando animadamente. *** El barco ya había desatracado y se dirigía lentamente a altamar; por fin, estaban navegando sobre las aguas de un tono intensamente azul. La proa del yate de Enrique Suazo las surcaba y el propio escritor lo conducía, mientras Pedro parecía avizorar algo a lo lejos. El barco se deslizaba sobre la superficie

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transparente, y Magda mantenía una mano dentro del agua, cortándola y levantando un pequeño reguero de espuma. Su expresión era ausente, y sólo oía retazos de la conversación de los otros. ...En realidad, en verano soportamos una invasión de turistas -decía Suazo. Vienen a pasar su mes de vacaciones, y nos dejan las playas llenas de porquería, bolsas de plástico y latas vacías... -¿Y en invierno? -Eso ya es otra cosa. En invierno vienen matrimonios de edad, con alto poder adquisitivo. Llegan toda Europa, sobre todo de los países nórdicos, y hasta del continente americano. -Parece mentira que vengan de tan lejos. -Pues así es. De cuando en cuando, Pedro observaba a los invitados de su jefe. Cualquiera podía darse cuenta de la admiración que el futbolista y el torero tributaban a la actriz. Daba la sensación de estarse celebrando un concurso en que cada uno de ellos tratara de superar a su rival. Magda se sentía feliz. Abrió los ojos y sacudió la cabeza. -Desde luego, el mar es un sedante -suspiró. -Cuando se está cansado, o nervioso, es el lugar ideal, sobre todo si uno puede nadar un poco... -Pues ya sabes, puedes darte un chapuzón. -Ella entrecerró los ojos de nuevo. Iba en traje playero, no en bañador; Antonio Pisa llevaba un bañador tipo bóxer de color granate, y estaba echado de bruces en el suelo sobre las planchas de madera. -No, ya he dicho que prefiero hacerlo desde la playa. La profundidad me produce... algo así como vértigo. Imagino todo lo que hay debajo de mí, y eso me pone casi enferma. Figuraos: puede haber toda clase de peces, incluso tiburones... -Vamos, no será tanto -la interrumpió Falero, que a popa intentaba pescar algo con una larga caña, sin perder ripio de lo que ocurría alrededor. El escritor intervino: -No estés tan seguro. Existe el marrajo, una especie de tiburón, y está comprobado que algunos miden hasta cinco metros. -El político lo miró con

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incredulidad. -¡No me digas! Pero estarán muy lejos de la costa, en altamar... -Él rió, divertido. -No lo creas. A veces se aproximan a las playas, buscando los desperdicios que desde la costa se lanzan al mar. También se alimentan de pequeños crustáceos, y para eso no necesitan alejarse mucho. A lo mejor alguno pica. -A Andrés Falero se le había puesto mala cara. -Pues sí que es un consuelo. Se me han quitado las ganas de pescar. -Enrique Suazo aspiró hondamente la brisa marina. Luego dijo, con sorna: -La carne de político es demasiado dura para los tiburones... Todos se echaron a reír. Antonio Pisa, tomando el sol tendido sobre la cubierta, lucía su musculatura y sus encantos masculinos, disimulados apenas por el bóxer. Curro, reclinado en una tumbona, pese a su silencio no perdía una sola palabra de la conversación. El futbolista se frotó el tórax, satisfecho, y habló alzando la voz. -Pues a mí no me asustan los marrajos. Me encanta la pesca submarina, y tengo intención de practicarla hoy -dijo, petulante. Señaló un grupo de rocas donde, a su juicio, la pesca podía ser fructífera. -¿Qué tal si me acercáis allí? Yo me encargaré luego de volver a nado a la costa. No queda demasiado lejos. -Suazo pareció sobresaltarse. -No, ahí no. Podría ser... muy peligroso. -Él lo miró con extrañeza. Estaba muy claro que no lo creía, y se dirigió al muchacho. -¿Qué opinas tú, Pedro? ¿De verdad hay peligro ahí? La verdad, a mí no me lo parece. Incluso, el agua parece estar más tranquila que en otros lugares, es como si hubiera... un remanso, o algo así. -Pedro miró hacia el lugar que le indicaban. Reflexionó un momento y se inclinó aún más sobre la borda, con los ojos fijos en las rocas. -Es cierto, no es un buen lugar. Es traicionero, aunque no lo parezca. Hay grutas submarinas, y son muy peligrosas. El aire soplaba como en un susurro y el pequeño yate avanzaba mar adentro.

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Era un hermoso barco, y hacía poco que su dueño lo había acondicionado con modernas instalaciones. Magda volvió a sumirse en sus pensamientos. En el transcurso de las últimas horas había experimentado muchos sentimientos distintos. -¿Qué es ese zumbido que se oye? -preguntó el futbolista. Hace rato que lo vengo oyendo. -Son barcos de pesca pequeños que salen a faenar por las noches, cuando no hay luna. -¿Por qué cuando no hay luna? -Llevan a bordo unos grandes focos, que atraen al pescado enmedio de la oscuridad. De eso sabe mucho Pedro, ¿verdad? -preguntó Enrique Suazo. Pedro, que seguía apartado de los demás, asintió. -Sí, señor. -Es un veterano pescador, a pesar de su juventud. La actriz salió de su mutismo. -Qué interesante -dijo. -Vaya, ya despertó nuestra musa -rió Falero. -No pensé que el paisaje pudiera ponerte melancólica. A veces, las mujeres guapas sois un poco complicadas. Ella no dijo nada. Enlazó las manos y sonrió contemplando al muchacho. Ante su comentario, Pedro parecía haber perdido su timidez. -Casi puede decirse que nací en una barca de esas. Mi padre fue pescador, y también mi abuelo lo fue. Conocía a muy pocas mujeres de la alta sociedad, y ninguna le había inspirado tanto interés como la actriz. -Es apasionante -dijo el político con mordacidad, y se dirigió a Magda con un guiño. -¿Sabes? Pedro es un admirador tuyo. Al parecer, no se pierde ninguna de tus películas. Él se había ruborizado y bajó la mirada. Había captado la ironía del comentario, y guardó silencio. Todos habían notado la molesta intervención de Falero, y Magda trató de suavizarla. Durante un segundo sus ojos se encontraron con los del

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muchacho. -Es asombrosa su fortaleza, Pedro. ¿Cómo la ha conseguido? El joven contestó fríamente. Parecía resentido. -Cuando hay que trabajar duro desde niño, se desarrolla sin querer, señora -le dijo. El futbolista lo observó un momento; admiraba la recia apariencia del marinero, y se sentía un poco disminuido ante la armonía de su cuerpo. Carraspeó: -Es cierto. En realidad, nuestro entrenamiento es artificial. No hay como la vida misma para formar un cuerpo atlético. Falero se echó a reír. -Ya es raro que un atleta de profesión sea tan modesto -afirmó. El otro se encogió de hombros. -No exagero. Nosotros los futbolistas desarrollamos nuestras piernas, el boxeador desarrolla sus puños... y el escritor sólo la cabeza -añadió, burlón. Suazo se sintió molesto, y al torero no le pasó desapercibido. -Casi siempre, las personas que disfrutan dando bromas son las que tienen menos sentido del humor -pensó. Magda aparentaba indiferencia, pero sentía una extraña excitación. -Ojalá este paseo durara siempre -suspiró. Luego, señaló algo a lo lejos. -¿Qué son aquellos barcos? -preguntó, dirigiéndose al novelista. Todos miraron hacia allá. Habían comenzado a aparecer en la lejanía numerosos barcos de pequeño tamaño. -Eso son las traíñas -contestó Suazo. -Como os he dicho, aguardan la llegada de la noche para tender sus redes. Le ofreció a la actriz unos gemelos, y ella estuvo oteando un buen rato en dirección a los pesqueros. -Me encantaría visitar uno -sugirió. -¿Es posible? -Los demás estuvieron de acuerdo. -Me parece una idea estupenda -intervino el torero. -Creo que no tendré

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inconveniente en saltar a bordo, si alguien me ayuda. -Yo lo haré -dijo Antonio Pisa. Pedro había guardado silencio. Enrique Suazo pareció vacilar, pero luego dijo: -Vamos a intentarlo. Espero que nos lo consientan, esos pescadores son un poco... suyos. Pedro le lanzó una rápida mirada, pero siguió callado. El escritor había dirigido su barco hacia las traíñas pero, tras una punta de la costa, se les adelantó una gran lancha blanca. La ocupaban varias personas con trajes marineros. Lo que ocurrió a continuación resultó inesperado. -¿Qué es eso? -preguntó Magda Cordan. Suazo tardó en contestar. Parecía nervioso. -Es la lancha de la policía marítima. Espero que no nos busquen algún lío, nunca puede saberse. -¿Por qué? ¿Es que no tienes la documentación en regla? -Él contestó, en un tono demasiado agudo: -¡Claro que la tengo! -Luego, rectificó -Perdona, es que esa gente me saca de quicio. Para justificar su sueldo, se dedican a hacer demasiadas preguntas. Quieren saberlo todo. -¿Todo de qué? -Todo de todo. No es agradable sentirse vigilado cuando uno emprende un paseo por el mar. -Claro, para eso son de la Policía- dijo Magda, entornando la vista. -Es emocionante. -A mí no me lo parece tanto. Más bien fastidioso. La lancha se estaba aproximando, y Suazo detuvo el motor. Aguardó unos minutos, hasta que la tripulación estuvo a un tiro de piedra. El que parecía el jefe era un individuo flaco y alto, con una prominente mandíbula. Alzó el brazo en ademán de saludo. -Buenas tardes, señor Suazo. ¿Dando un paseo por la costa? -Él correspondió

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al saludo. -Ya lo ve. Hace un día magnífico para navegar. ¿No le parece? -Desde luego, hace un día inmejorable. ¿Se dirigen muy lejos? -No, solamente bordearemos la costa durante un par de horas. Haremos cabotaje. -Muy bien. Si necesitan algo, ya saben dónde estamos. -¿Ocurre algo? -preguntó el novelista. El otro ignoró la pregunta, y él la repitió. -No, nada, lo de siempre. En esta época todo el mundo quiere lanzarse a navegar, y algunos no tienen ni idea. Antonio Pisa aprovechó la ocasión: deseaba experimentar nuevas impresiones, y estaba decidido a ello. Preguntó, haciendo bocina con las manos: -¿Es peligroso bucear por allí? Señaló el grupo de rocas, y el oficial siguió con la mirada su indicación. Hizo un gesto negativo con la cabeza. Luego gritó: -No, esa parte es un paraíso para la pesca submarina. No hay ningún peligro, está muy cerca de la costa. Pedro pareció sobresaltarse. Varias miradas se clavaron en Suazo, que se mantenía erguido junto al timón. Él no se dio por aludido, y alzó la mano despidiéndose del oficial. -Bien, hasta la vista. Buen servicio. El barco de la policía se alejó, y el novelista reanudó su marcha hacia una de las traíñas más cercanas. Desde allí le hicieron una seña de bienvenida. -¿De paseo? -voceó un hombre robusto, extraordinariamente curtido. Él asintió, y habló también en voz muy alta. -¿Podríamos subir a bordo? Mis amigos quisieran conocer un típico barco de pesca. -El hombre hizo un gesto de acogida con los brazos, como invitándolos a pasar. -Suban, suban. Tendremos mucho gusto en recibirlos. Aunque el barco no tiene mucho que ver...

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Todos lo hicieron menos Pedro, que se quedó de vigilancia en el yate. Al torero lo ayudaron a saltar, y la actriz pasó la última, sujeta por dos marineros. -¿Aquí pasan la noche? -preguntó. El que parecía el patrón, asintió con un gesto. -Aquí llevo pasándola desde que tenía quince años. Y ya tengo cuarenta. -Qué barbaridad. ¿No está cansado? -Él soltó una risotada. Abrió una portezuela y le guiñó un ojo. -Hay cosas peores, señorita. Sobre todo, para los que hemos nacido en la mar. -Tiene mucha razón. Aquí no se está mal. Ella entró en la caseta del timón, y estuvo observando las oscuras maderas y los cristales empañados por el agua del mar. Sobre un estante vio una hermosa caracola con reflejos de nácar. -Qué bonita -exclamó, y con desenfado se apoderó de ella. -¿Puedo llevármela? El patrón del barco la había seguido. Con un movimiento rápido le arrebató la caracola; luego temió haber sido demasiado violento, y rectificó: -Perdone... señorita. Dirá que soy un bruto, seguro. Lo siento, pero no puedo dársela. Es la mascota de la traíña, que lleva por nombre “Caracola”... Compréndalo. Si a usted le gustan, puedo enviarle al señor Suazo un montón de ellas. -Pensó que la mujer iba a protestar, pero no lo hizo. -¿Usted conoce al señor Suazo? -Él pareció sorprendido. -Pues claro. Todos lo conocemos por aquí. La actriz había encajado deportivamente la negativa, y siguió curioseando el resto del barco. Pasó brevemente revista a los pocos hombres que formaban la tripulación. Cuando iban a despedirse, Pisa se volvió hacia el patrón. Señaló hacia el grupo de rocas. -Dígame. ¿A usted qué le parece? Es que hay diversidad de opiniones. ¿Cree que es peligroso aquel grupo de rocas para hacer pesca submarina? Me encantaría visitarlas.

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Antes de que pudiera contestar, Suazo hizo una seña rápida. Pisa también la observó, y captó en su rostro una silenciosa advertencia. -Ese es un sitio malo -dijo, el hombre, gesticulando. -Nosotros, los pescadores, ni nos acercamos a tirar las redes por ahí. El fondo es traicionero, ¿sabe usted? Le aconsejo que no lo haga. Pedro había escuchado atentamente las palabras del patrón, y movió la cabeza. *** Aquella noche se acostaron pronto, estaban todos demasiado agotados. Al día siguiente Magda se levantó temprano, después de un sueño reparador. Estuvo desayunando sola, un café con leche y tostadas que le sirvió Pedro. Había descubierto un lugar ignorado por los demás; se puso en marcha, bajó a pie por la carretera y, a través de un sombreado bosquecillo de eucaliptos, llegó hasta una playa alejada de la casa, rodeada de peñas que descendían al mar. Su andar era rápido y el vestido, muy corto, no la estorbaba para caminar. No se veía un alma, y la muchacha respiró, aliviada. -¿Cómo hay quien prefiere el bullicio de la ciudad, pudiendo gozar tranquilamente de la naturaleza? -se preguntó. Pensó en lo mucho que la envidiarían sus amigas cuando les contara lo que había vivido. Se quitó el vestido veraniego, y debajo apareció un diminuto bikini color malva, que se le ceñía como un guante. -Gracias a Dios, nadie me mirará. Parece increíble. Quizá lo escultural de su figura, que llamaba la atención de los hombres, era lo que la impedía sentirse a gusto en las playas concurridas. -Espero que no llegue nadie hasta aquí, ni siquiera los de la casa: ellos, más que nadie, me desnudan con la mirada. Eran las diez de la mañana. Dejó a un lado el vestido, el bolso, un pañuelo de cabeza y unas gafas oscuras. Se tumbó en la arena y se estiró indolentemente, con la cabeza apoyada en una toalla de colores, mientras sentía su piel caliente bajo los

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rayos del sol. Al otro extremo de la playa, un grupo de rocas cortadas a pico formaba una especie de trampolín. -Ah, que maravilla -musitó. Después de un rato se incorporó, y estiró sus miembros, que habían quedado envarados. No temía al sol, puesto que su piel estaba ya muy curtida. Al ponerse en pie notó que se le oscurecía la vista, y a continuación la oscuridad se llenó de puntos brillantes. -Tengo que vigilarme la tensión -pensó, encajándose las sandalias. Aspiró hondo y dirigió la vista al otro lado de la playa. Arriba, a dos kilómetros de distancia y entre una masa de árboles, estaba la casa de Enrique Suazo, su anfitrión. La finca del escritor dominaba una de las pequeñas playas que formaba la bahía, separadas entre sí por salientes rocosos. Al final de la línea dorada de la costa, un pueblo de pescadores brillaba de tan blanco. Se veían barcas en la playa lejana. -¿De Pedro y su familia? -se preguntó. El mar estaba tranquilo, y apenas se alzaba una ligera ondulación en el agua; cerca, varias casitas se alzaban sobre una ladera cubierta de palmitos. Oyó el seco graznido de las gaviotas. -No veo turistas -se dijo. - Debe ser demasiado temprano. De nuevo pensó que aborrecía las playas abarrotadas de gente, con chiquillos corriendo y familias guisando arroz en grandes paelleras. Parecían querer disputarse unos palmos de arena, y para ello eran capaces de conducir durante muchos kilómetros. -Hay gustos para todo -pronunció en voz alta, y aspiró el aire salino. En cambio, en aquella cala solitaria podía tomar el sol sin testigos, nadar y correr con toda libertad, sin que nadie la molestara. Antes de nada, estuvo explorando el lugar. Se descalzó las sandalias, y con los pies desnudos empezó a caminar sobre la arena. El calor había formado en ella una

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costra endurecida, y al andar sus pies se hundían en la corteza arenosa, dejando unas huellas perfectamente recortadas. Esto la divertía, y observaba de cuando en cuando el rastro que iba dejando. -Hay que ver, lo profundas que son -se dijo, aspirando de nuevo la brisa marina. -No puedo negar que he estado aquí esta mañana. Se dirigió a una pequeña playa que quedaba a su derecha y vio que también estaba solitaria. La recorrió despacio, y al llegar al final se encaminó a un grupo de peñas situadas en un extremo. Las rocas se elevaban, cortadas a pico sobre el mar, formando un trampolín natural. Allí se detuvo, y dejó sus cosas a un lado. Se irguió, haciendo oscilar los brazos mientras flexionaba las rodillas. A punto de saltar, observó la superficie rizada por la brisa; luego se lanzó de cabeza al agua. El chapuzón produjo un sonido seco. Al emerger dirigió la vista alrededor y comenzó a nadar paralelamente a la costa. Luego, con rítmicas brazadas, se dirigió hacia el sitio donde había dejado la ropa. -Qué delicia -susurró. Su cuerpo, al avanzar, apenas levantaba un leve chapoteo. Por fin llegó al lugar y se echó de nuevo sobre la arena caliente, apoyando la cabeza sobre la toalla de colores. Estaba entre dos rocas, por lo que no veía la playa a derecha ni a izquierda. Solamente, si se incorporaba, podía divisar el azul claro y diáfano del mar. -El mar... -tarareó, recordando una canción que le había oído a su madre, o quizás a su abuela. El sol estaba bajo todavía, y ella lo distinguía a través de los párpados cerrados. Un agradable sopor la invadió: no tenía calor, porque su cuerpo estaba húmedo, y era agradable sentir que el agua se iba secando en sus brazos y en sus piernas. No quería pensar, sino entregarse a un vacío sin sueños... Perdió la noción del tiempo y se hundió en la inconsciencia. En su dulce letargo, le pareció escuchar el ronroneo de una lancha a motor. Sonrió, sin imaginarse que había estado muy cerca de la muerte.

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*** Había dormido un rato, ¿cuánto? No lo sabía. Poco tiempo, puesto que el sol no estaba muy arriba. Se incorporó y, de puntillas sobre los dedos de los pies, miró a su alrededor. Todo seguía solitario, y se dispuso a lanzarse de nuevo bajo las frescas olas. Pero algo llamó su atención: oyó un zumbido, y a lo lejos vio un pequeño barco a motor que se dirigía a alta mar. -Ah, era eso. Luego, se sobresaltó: ante ella, marcadas en la arena, había unas huellas que antes no había visto: eran las de unos pies descalzos, pero no eran las suyas, sino de unos pies masculinos, mucho mayores. Se arrodilló y las examinó con atención. Las distinguió tan claras como antes había visto las suyas, pero éstas venían del mar, se detenían ante el lugar donde se había dormido y volvían luego en dirección al agua. -Oh, no. Ahora estaba completamente despierta, y se percataba de lo ocurrido. La sangre acudió a sus mejillas, y sintió una gran indignación: ¡Ni aún allí, en aquel lugar y a aquella hora, podía verse libre de las miradas indiscretas! Por si esto fuera poco, no podía saber de cierto si las pisadas pertenecían a alguno de sus actuales compañeros. En la playa no se veía a nadie: estaba la desembocadura de lo que parecía un arroyo, seco en esa época, y a ambos lados unas espesas matas de cañas. Echó una última ojeada a las claras huellas marcadas en la arena, y de pronto se sintió interesada: se acercó a ellas, mirándolas con detenimiento, y ya no le cupo la menor duda: al pie derecho le faltaba el dedo meñique. Sintió el sudor que le corría por la espalda. Y otra cosa notó: su pañuelo de cabeza, de gasa roja, que estaba segura había dejado a su lado sobre la arena, había desaparecido. Avanzó tan deprisa como le era posible, remontando el talud entre los brotes de palmitos. A punto de reanudar el camino, experimentó una punzada en el pecho: tenía que encontrar alguna clave

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que le permitiera descubrir el misterio. Después, a primera hora de la tarde, llegaría al pueblo la noticia de que habían hallado un cadáver en la playa, junto a un grupo de rocas, no lejos de la finca del escritor. *** Cuando volvió a la casa, todos la recibieron con grandes voces de alegría. Se había encajado de nuevo su vestido corto, y lucía sus largas piernas, muy morenas. Llevaba el cabello húmedo sobre los hombros. Se detuvo para respirar hondo, confiando en que ellos no percibirían su turbación. Antonio Pisa, sentado en un sillón del jardín, tenía en la mano derecha una copa mediada. Echado hacia atrás, apoyaba el respaldo en el tronco de una palmera, levantando del suelo las patas delanteras de su asiento. Vio a Magda, y su rostro reflejó una viva sorpresa. -¡Madre mía! -exclamó. -No puedo creerlo, estás todavía más guapa que ayer. -Ella trató de sonreír. -Vamos, no exageres. El torero se puso en pie. Su mirada era también admirativa. -¡Hola, Magda! ¿Dónde te habías metido? ¿Has estado jugando a Robinsón? -Ella hizo un mohín. -No tanto como a Robinsón. He estado dando una vuelta. -¿No te bañas en la piscina? -preguntó el torero, que en traje de baño parecía mucho más delgado. -Pues no; ya me he bañado. Se acomodó en una mecedora. Al lado estaba sentado Enrique Suazo, bebiendo una combinación. La puso sobre la mesa. -¿Dónde has estado? -preguntó. Ella habló en tono huraño. -Por ahí -contestó, muy seria. Él enarcó las cejas. -Bueno, no te enfades. Era simple curiosidad.

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-Perdona -dijo ella, tratando de corregir su tono. -Me he estado bañando un poco más allá del bosque de eucaliptos... donde hay que bajar a la playa casi saltando de piedra en piedra. -Él pareció sobresaltarse. -Eso se llama el Tajo de la Soga. -¿Por qué? -Eso no lo sé. Será por algo que pasó hace tiempo. Es el único lugar donde te hubiera aconsejado que no fueras a bañarte. ¿No te das cuenta de que te expones... a cualquier cosa? Ella se encogió de hombros. -Es igual, porque no pienso volver allí. -¿Por qué no piensas volver? Ella no supo qué contestar. -No sé, pero el lugar ha dejado de gustarme. Él preguntó con interés: -¿Te ha pasado algo? -¡No, no! -contestó ella apresuradamente. -Pero es un sitio algo macabro, ¿no crees? -Claro -dijo él, convencido. Yo creo que está demasiado apartado: si te hubiera ocurrido algo, ni siquiera lo hubiéramos sabido. Preferiría que no te alejaras tanto. -Está bien. No lo haré. Luego añadió, poniéndose en pie: -Me duele un poco la cabeza, voy a subir a mi habitación. Caminó despacio hasta el porche del chalet, y subió sin prisa las escaleras. Aún le duraba el enfado por las pisadas del pie de “Cuatro Dedos”, como había empezado a llamar al desconocido. Se fue directamente a la ducha y durante un buen rato dejó que el agua fría cayese sobre su cuerpo, como si quisiera de esta forma limpiarlo de miradas curiosas. -No tengo que obsesionarme -se dijo. -Es una tontería, cualquiera pudo pasar por allí.

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Para secarse el cabello puso en marcha el secador eléctrico, y se sintió dulcemente envuelta en una caricia templada. De nuevo vino a su imaginación el recuerdo de “Cuatro Dedos”. Sin saber por qué, se sentía sin fuerzas para mantener una conversación superficial con sus amigos. Se echó un rato sobre la cama y estuvo rememorando lo sucedido. Miró el reloj que se había dejado sobre la mesilla. Aún era pronto, y pensó que bajaría más tarde, ya vestida, a reunirse con ellos en la piscina. Se estiró en la cama. -Podrán aguantar un ratito sin mí. Se había quedado adormilada, cuando oyó que alguien golpeaba con los nudillos en la puerta. Se incorporó de un salto. -¿Quién es? Aguardó un momento, y oyó la voz del futbolista. -Soy yo, soy Antonio Pisa. ¿Molesto? -Ella suspiró. -No, de ninguna manera. Aguarda un momento. Se estuvo arreglando el cabello ante el espejo, y se dio un toque con la barra de labios. Estaba descalza, y se puso las sandalias. -Ya voy. Abrió la puerta, y vio que el futbolista llevaba en la mano una flor grande y roja, que le ofreció. -Para la más guapa de las mujeres -dijo, con una inclinación. Ella no pudo menos que echarse a reír. -¿De dónde la has sacado? -Él habló misteriosamente. -La he robado en un árbol del jardín. El jardinero lo llama pacífico, pero nuestro anfitrión ha explicado que el nombre científico es hibiscus chinensis. Toma, la he cogido para ti. -Ella la tomó de su mano. -Es muy bonita -afirmó. Se dirigió al espejo, para prendérsela del pelo. Él se había quedado fuera. -Pasa, si quieres -lo invitó. Él asomó la cabeza. -Es un gran honor -bromeó. Ella se estaba mirando en el espejo, y sujetó la flor

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con unas horquillas. Se echó a reír. -Qué tonto eres. Pero me haces gracia. -Vaya, menos mal. Lo digo de verdad, mi corazón golpea en mi pecho. Estoy embargado por la emoción... como diría Suazo. Por cierto, me gustaría hacer unas compras antes de comer. ¿Quieres acompañarme? -Ella se volvió, sorprendida. -¿Unas compras? ¿Dónde? -Iremos al pueblo más cercano. Necesito unas cosas, y me encantaría que vinieras conmigo. Quiero presumir un poco de amiga. -Ella lo miró con expresión divertida. -A lo mejor soy yo la que presumo. A ti te conocen más que a mí... -Él la atajó con un gesto. -Ni hablar. Además, yo no soy nada guapo. -Tampoco estás mal -rió ella con ganas. Luego se detuvo un momento. -¿Se lo decimos a los otros? -¡Ni hablar! No quiero que me agüen la fiesta. Fueron directamente al garaje, y subieron al coche de Pisa. Llegados al pueblo, en unos grandes almacenes él estuvo eligiendo varias prendas deportivas, un par de bañadores, y también adquirió un equipo de buceador y un fusil de pesca submarina. Cuando volvió al automóvil, ella lo estaba aguardando de pie. -Parece que vas a mudarte de casa -rió. -¿Para qué quieres todo eso? -Quiero lucirme ante mis elegantes amigos, y sobre todo ante ti. Espero que no me ataque un tiburón. -Ya sabes que hay marrajos. Es algo parecido. Ella se había comprado un sombrero de verano que la favorecía mucho. Para entrar en el coche se lo quitó, y lo puso sobre las rodillas. -¿Dónde vamos ahora? -Podemos tomar algo por ahí. Todavía es pronto para el almuerzo. -Ella hizo un mohín. -No lo creas, tenemos que volver. -Él se encogió de hombros.

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-Que se esperen. Aparcaron junto a la terraza de un bar, y se sentaron ante una de las mesas. Pidieron unos refrescos y, cuando el camarero volvió, ya había varias chicas y chicos aguardando a que Magda les firmara un autógrafo. Habían formado un semicírculo y la rodeaban, mientras ella se esforzaba por responder a las preguntas. Antonio Pisa trató de armarse de paciencia mientras la observaba, muy serio. No hubiera debido sorprenderse, se dijo. Disimuló su contrariedad, y le habló a Magda al oído. -¿Es que no van a dejarnos tranquilos? -Ella lo miró. -¿Te ocurre algo? -No, nada. ¿No te lo dije? A mí nadie me pide un autógrafo. -Ella soltó una risita. -Me parece que estás celoso. Finalmente, el acoso fue disminuyendo. Ella terminó de firmar y apuró lo que quedaba de refresco. Él se puso en pie. -Tienes razón, tenemos que irnos. Nos estarán esperando los otros. *** Subieron al coche, y al momento volaban en dirección a la casa de Suazo. Pero al llegar a un desvío, el automóvil se detuvo; el futbolista dio marcha atrás, y luego enfiló un carril de tierra, hacia un bosquecillo. Ella lo miró con extrañeza. -¿Qué hacemos aquí? Él no contestó, y aparcó a un lado del camino. Luego, ante la sorpresa de la chica, trató de abrazarla. -Pero, ¿qué haces? Los labios de él buscaban los de la actriz. Ella retrocedió asustada, forcejeando, y cuando pudo soltarse le dio una bofetada. -Pero, ¿qué te has creído? Él debió percibir el furor en sus ojos y se retrajo, bajando la cabeza. Todo

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ocurrió con tanta rapidez que el futbolista apenas tuvo tiempo de reaccionar: ella había abierto la portezuela y salió corriendo, tropezando en las piedras. Él la siguió, y así llegaron a los árboles. Entonces, Pisa la agarró de las muñecas. Hablaba con voz entrecortada, pronunciando frases inconexas. -¿Y tú, qué te has creído? ¿Crees que puedes... poner al rojo vivo al primero que llega, y luego abofetearlo? ¿No te das cuenta de que eres una... loca? Magda se sentía agraviada y, no obstante, se daba cuenta de que el hombre tenía algo de razón. Llevaba un tiempo jugando con fuego. -Lo siento, yo... -Los ojos de él centelleaban. -Ten cuidado con lo que haces, no tengas que arrepentirte -dijo sordamente. -Por favor, vámonos de aquí. Él la tomó violentamente del brazo y la llevó hasta el coche. -Déjame, me haces daño. De camino no se dirigieron una sola palabra, ni se cruzaron con nadie en la desierta carretera,. Pasaron la gasolinera y un grupo de casas, y llegaron a la entrada de la finca. Cuando él habló, su voz estaba cargada de amargura. -Perdona, soy un animal. Espero que puedas olvidar lo ocurrido. Ella contestó sin mirarlo. -Está bien. No hablemos más de esto. *** Cuando llegaron al chalet, Falero y Suazo estaban charlando en el jardín. Ellos caminaron con paso rápido y se dirigieron a donde los estaban aguardando. El escritor levantó la cabeza y soltó el periódico que tenía en la mano. -¿Dónde os habíais metido? Os he buscado por todas partes, hasta he mandado a Pedro a la playa. ¿Por qué no habéis llamado? En su voz había una nota desagradable. Sin duda se sentía enojado, y el motivo estaba bien claro. Ella se disculpó. -Tienes razón, lo siento de veras. No creímos que fuera tan tarde. Lo cierto es que hemos estado de compras, y nos hemos entretenido demasiado. No

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volveremos a hacerlo -El escritor arrugó el ceño. -¿De compras? -Ella asintió, y trató de sonreír. -Éste se ha llevado media tienda de deportes, y yo me he comprado este sombrero. ¿Te gusta? -La expresión de él se había suavizado. Asintió. -Claro que me gusta. Es precioso. -El político intervino: Y, ¿para qué necesita Pisa tantas cosas? Tampoco vamos a quedarnos aquí tanto tiempo... -Eso nadie lo sabe -dijo el aludido en tono misterioso. -Nadie puede predecir el futuro. Todos se echaron a reír. Luego, el escritor murmuró: -No, nadie puede hacerlo... *** A media tarde, todo el grupo se puso de acuerdo para volver al pueblo. La actriz se había tomado un analgésico, había descansado y se sentía mejor: al fin y al cabo, no tenía derecho a amargarle a nadie la vida. Llegados a la calle principal, se acomodaron en una terraza para tomar unas copas y ver desfilar a los turistas. Por allí se podían ver los tipos más pintorescos, y estuvieron comentando y riendo, a la vez que tomaban algunas bebidas. Después de un rato, un camarero se acercó a la mesa. -¿Es usted la señorita Magda Cordan? -preguntó. Ella lo miró, sorprendida. No pensaba que nadie pudiera localizarla allí. -Si, yo soy. ¿Qué ocurre? -El otro se inclinó. -La llaman por teléfono -pronunció en voz baja. -¿A mí? Eso es imposible. -Pues es cierto -insistió él. -La están aguardando. Aunque trató de disimularlo, el futbolista frunció el ceño y se le ensombreció la mirada. -¿Ha dicho quién es? -preguntó Magda. -No he tomado yo el recado, no sé si se lo habrá dicho al barman.

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-Será algún admirador -dijo con sorna Andrés Falero. -No seas absurdo. Voy a ver quién es. Se levantó y cruzó la terraza, consciente de que la seguían miradas de hombres, y algunas de mujer. Cuando estaba vestida, la disgustaba menos. -¿Quién es? -preguntó, ya al teléfono. Al otro lado, una voz carraspeó. -Señorita, soy el gerente del hotel Neptuno, que está al otro lado de la plaza. Hay un señor que quiere verla. Será conveniente que venga. A Magda le pareció una extraña invitación. Preguntó: -¿Quién es ese señor? -Mire, señorita, no puedo decírselo ahora. En realidad, le ruego que no deje de venir -contestó firmemente él. La actriz se quedó pensativa. Bueno, bueno; ahora mismo voy. -La esperaré a la puerta -dijo él. -Pero venga sola, ¿de acuerdo? Eso es importante. -Bueno, muy bien. Hasta ahora. Colgó sin oír la despedida del gerente. No lograba entender el motivo de aquella llamada. -¡Qué extraño! -pensó. Cuando dijo a sus amigos que iba al hotel, le preguntaron: -¿Pasa algo? -No pasa nada -dijo ella. -Alguien quiere verme, pero no sé quién es. -¿Quieres que te acompañe? -preguntó Enrique Suazo. Ella rechazó la idea con un gesto. -No, gracias. Volveré enseguida. Hasta luego a todos -dijo, alzando la mano. *** El gerente la estaba aguardando, como había prometido. -Lamento haberla hecho venir -dijo inclinándose, y la invitó a pasar. Ella lo miró. -No se preocupe, no tiene importancia. ¿Quién es? -El otro dudó. -Un... oficial del juzgado -contestó, bajando la voz.

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-¿Del juzgado? ¿Y pregunta por mí? Él asintió con un gesto. -Sí, por usted. -La muchacha enarcó las cejas. -Bueno, vamos a ver qué quiere. Un hombre grueso, ligeramente calvo, estaba paseando a lo largo del amplio vestíbulo del hotel y se quedó parado, viendo cómo se acercaban Magda y el gerente. -La señorita Magda Cordan- presentó él. El hombre la observó, interesado. -Mucho gusto, señorita. Siento haberla hecho abandonar a sus amigos -se disculpó. -No tiene importancia -dijo ella, suspirando. -¿Qué desea? -¿Tendría inconveniente en acompañarme al juzgado? El señor juez quiere hablar con usted. -La chica lo miró, extrañada. -¿Ir al juzgado? -vaciló. -Bueno... no tengo inconveniente, pero tendré que avisar a mis amigos. -Él la atajó con un gesto. -No es necesario que lo haga. Será por poco tiempo -indicó. -Pero, dígame si puede, ¿qué pasa? El oficial miró al gerente, que se apresuró a retirarse. Mientras salían del hotel, ella insistió en su pregunta. Él le hizo otra, a su vez: -¿Esta mañana ha estado usted bañándose en un lugar que llaman Tajo de la Soga? El corazón de Magda sufrió un sobresalto. -Sí... he estado allí -pronunció despacio. El otro insistió: -¿Fue usted sola? -Ella frunció el entrecejo. Parecía asombrada. -Sí, ¿por qué? -Ha aparecido allí el cadáver de un hombre -contestó el oficial con la mirada baja. Magda sintió que desfallecía. Se quedó parada, mirando al funcionario del juzgado, sin saber qué decir.

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-No es posible -susurró. *** El juzgado estaba a las afueras del pueblo. Se ponía el sol, y el crepúsculo era radiante y dorado. Ella tuvo que aligerar el paso para mantenerse junto a su acompañante, y en cinco minutos estuvieron en su destino. Él la dejó en una amplia sala que contenía tres mesas y bancos adosados a las paredes. -Espere un momento, por favor -rogó. -Voy a decir a Su Señoría que está usted aquí. Su Señoría... Magda no había tenido conocimiento de la Justicia más que a través de las películas: “¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?” ¿Sería así? No tuvo tiempo de pensar más, porque una puerta se abrió y el oficial le dijo: -Pase, señorita Cordan; el señor juez la está esperando. Entró en el despacho y un hombre se levantó para salir a su encuentro. Lo observó a la pálida luz que entraba por la ventana: era un tipo de aspecto agradable. Era recio, moreno, con una nariz prominente, pero que no estropeaba la armonía de su cara, y unos profundos ojos negros. Parecía escrutarla con la mirada. -¿Cómo está usted? -Ella contestó: -Bien, gracias. ¿Y usted? La actriz se había llevado una sorpresa. Ella esperaba encontrarse con un hombre mayor, con cara de pocos amigos, vestido de negro, y... el que ahora estrechaba su mano tenía unos cuarenta años, era alto y de muy buen ver, y sonreía amablemente. -Siéntese, por favor -indicó, mostrando una silla al otro lado de su mesa. Cerca había otra mesa menor, de tipo auxiliar, con un ordenador y una impresora. Allí fue a colocarse el oficial, pero el juez, después de sentarse en su sillón, lo despidió con un gesto. -Tú aguarda fuera. Tengo que hablar a solas con la señorita.

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El oficial, sin decir nada, salió del despacho. La puerta se cerró sin ruido.El magistrado escuchó un momento, hasta que se alejaron las pisadas. Bien, señorita -comenzó. -Créame, no he tenido más remedio que hacerla venir. De todas formas, no la entretendré mucho, y espero que usted sabrá disculparme. Ella guardó silencio. El juez, tras haber pensado unos instantes, siguió: -Supongo que ya sabe por qué está aquí. -Bueno, algo me ha dicho ese señor -contestó Magda Cordan. -No sé qué de un cadáver... que ha aparecido. -Sí, en efecto, esta mañana se ha encontrado el cadáver de un hombre en un sitio que llaman el Tajo de la Soga. Al parecer, ha estado usted allí... -¿Por qué lo sabe? -Él sonrió. -Nosotros sabemos todo lo que ocurre en la costa. -Ella estaba francamente admirada. -Qué barbaridad. -Es nuestra obligación. Magda observó que los ojos del juez -y eran bonitos y amables aquellos ojos-, la miraban fijamente. Contestó: -Sí, he estado esta mañana... bañándome. -¿Hasta qué hora ha estado usted allí? -preguntó el hombre, inclinándose. Ella notó entonces un aroma a tabaco y a colonia varonil. -Calculo que hasta, aproximadamente... las once o así -contestó, dudosa. -¿No está segura? -los ojos oscuros la observaban por debajo del arco bien modelado de sus cejas. -Pues... casi... es decir, no lo sé con seguridad. Me había dejado el reloj en la casa donde estoy invitada. Cuando volví a mi habitación miré el reloj: iban a ser las doce. -Él la observó con incredulidad. -Eran las doce -pronunció en voz baja. -Y, ¿tardó una hora en llegar desde el Tajo a la casa? &&&&&&&&& HABÍA DEJADO EL RELOJ EN LA CASA CUANDO

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BAJÓ A LA PLAYA -Es que... estuve dando un paseo por los alrededores. Hay sitios preciosos allí. Mientras estaba hablando, la mujer volvió a sentir la misma indignación de aquella mañana, al pensar que un desconocido se había aprovechado de su sueño para mirarla, casi desnuda. Pero no dijo nada, y él le preguntó con suavidad: -¿Qué hizo usted en el Tajo de la Soga? -Ella aspiró hondo. -Bañarme, ya se lo he dicho. -Él la miraba fijamente. -¿Nada más? -La chica se sentía incómoda. -Nada más -carraspeó. - Es decir, luego estuve tumbada tomando el sol. El juez le ofreció un cigarrillo, que ella rechazó. -Y, ¿fue usted sola? -La actriz se mordió los labios. -Sí -pronunció en voz baja. Él insistió: -¿Por qué? Magda empezó a sentirse molesta ante tantas preguntas. Además, sus amigos la estarían echando en falta. Quizá estuvieran preocupados. -Porque me gusta estar sola -contestó. El juez sonrió de nuevo. -No deja de ser una razón, claro está, pero, ¿por qué le gusta estar sola? -Ella se encogió de hombros. -No sé. Siempre me ha gustado. -Él se había puesto en pie. -Oiga, permítame una pregunta... Ella no pudo contenerse: -Le estoy permitiendo todas -contestó, enojada. Él se echó a reír. -Es verdad, pero comprenda - adoptó una expresión de seriedad-, que no tengo más remedio que hacérselas. Ha aparecido muerto un hombre y usted puede ser la única persona que nos pueda dar una pista. -Ella arrugó el entrecejo. -¿No es un suicidio... o algo así? Él juez la miró directamente, mientras decía muy despacio: -No; ese hombre ha sido asesinado. La actriz pegó un respingo. Sus ojos estaban muy abiertos, casi desencajados.

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-¿Asesinado? -Él dio vuelta a la mesa y se le aproximó. -Sí. Venga conmigo, por favor. Ella se levantó también, y lo siguió. Se detuvieron junto a la puerta, que él abrió para dejarla salir. -Estoy seguro de que ahora va a pasar un mal rato, pero es necesario -indicó. -Por aquí. *** Sobre una mesa de mármol estaba tendido algo que parecía un cuerpo, cubierto por una lona. El lugar olía a éter. Magda comprendió que debajo de aquel lienzo había un cadáver. Se quedó muy quieta. -Tiene que tratar de recordar si ha visto a este hombre alguna vez, y sobre todo si lo ha visto esta mañana -dijo el juez, retirando la sábana. Ella no miró enseguida y, cuando lo hizo, no pudo reprimir un estremecimiento. Ante ella, inmóvil y pálido, con la palidez de la muerte, el cadáver de un hombre de mediana edad miraba al techo con sus ojos abiertos, sin vida. Su cabeza se inclinaba sobre el hombro izquierdo y en la parte derecha del cuello un terrible corte se extendía hasta la garganta. De pronto, lo recordó: era el dueño del barco de pesca que habían visitado. Las desagradables horas pasadas se convirtieron en momentos presentes. Se inclinó hacia adelante y se apoyó en el brazo del juez. -Dios mío -murmuró. Tenía las manos húmedas y la boca seca. La voz de él pareció llegar de muy lejos. -¿Sabe quién es? Ella dudó un momento. Luego, sin saber por qué, hizo un gesto negativo. -¿No lo había visto nunca? Magda esperó unos segundos y se volvió para mirarlo de nuevo. Volvió a negar con la cabeza, y el magistrado suspiró. -Bien; seguimos sin saber quién era.

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Volvió a extender la sábana sobre el cadáver; al hacerlo tiró demasiado de la tela y dejó al descubierto los pies del muerto. Un relámpago pasó por la mente de Magda, y sus ojos se clavaron involuntariamente en aquellos pies, buscando... No eran unos pies normales: el izquierdo tenía sólo cuatro dedos. Creyó que iba a desmayarse, y notó que una mano fuerte la sujetaba. -Gracias, señorita. Vamos otra vez al despacho. *** -Así pues, usted no conoce al muerto. Ella estaba temblando, pero lo disimuló. Había tomado una decisión: de ninguna manera podía mezclarse en un asunto como aquél, y para ello tenía que ser prudente. Temía cometer una indiscreción, sin darse cuenta. Además, en realidad no sabía nada, no podía resolver nada. La cabeza le daba vueltas, y habló con voz débil y metálica. -No, no lo he visto en mi vida. El magistrado se pasó la mano por la frente. -Antes le iba a hacer una pregunta. ¿Qué hace usted en este lugar? -Ella pareció aliviada. -Pasar unos días -dijo en tono superficial. -¿Con alguien de su familia? -Ella denegó. -No, con unos amigos, que me están aguardando. Uno de ellos nos ha invitado. El juez asintió. Había entrado el oficial, y él se volvió a mirarlo. -Me voy con la señorita Cordan -indicó. -Mañana a primera hora estaré aquí. El hombre asintió, y avanzó un paso. -¿Va a tomarle declaración? -Él miró el reloj. -Por ahora, no -contestó, volviéndose. -Hasta mañana, pues. -Adiós, señor juez. Hasta mañana. Caminaron deprisa hacia el centro del pueblo. Mediaba la tarde, y las sombras del crepúsculo se alargaban. Él volvió a la conversación de antes. Sus ojos oscuros, brillantes, la observaban.

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-Es extraño, de todas formas, que usted no recuerde haber visto a nadie esta mañana -insistió, y la actriz se encogió de hombros. -Es extraño, sí. Pero es verdad. Y ella sabía que era cierto. Pero aquellas pisadas en la arena, que antes no le habían producido más que indignación, ahora la aterraban. Quién sabía si Cuatro Dedos habría estado esperando a que ella se despertase para asesinarla, como lo habían hecho con él. Ahora el hombre estaba sobre una mesa fría, allí en el Juzgado, esperando a que alguien lo identificase. Iba tan abstraída, que no oyó la pregunta del juez. -¿Está usted casada? -repitió, y ella pensó que era un tema muy poco apropiado. -No, no lo estoy -contestó, muy seria. De pronto recordó algo, que sí podía revelar: -Oiga, ahora que me acuerdo -dijo, mirándolo. -Cuando volvía esta mañana a la casa, me crucé con un coche negro que iba a toda velocidad. Recuerdo que casi me atropella. -¿Un coche negro? -Ella asintió. -Sí, pero no puedo decirle la marca. -Él movió la cabeza. -No hace falta. Era un coche de la policía. Ellos sí la reconocieron a usted, por eso está aquí. -La chica suspiró. -Ah, ya. Avanzaron un rato en silencio, y cuando llegaban a la plaza, él se detuvo. -Es más prudente que nos separemos. Usted no se marchará por el momento, ¿verdad? -Ella lo miró con extrañeza. -¿Estoy detenida? -El magistrado se echó a reír. -No, por Dios. De ninguna manera. Le gustaba aquella mujer. Prosiguió: -Es posible que tenga que tomarle alguna declaración. Haga su vida normal, y sobre todo no comente nada de esto con nadie. Busque una excusa para justificar

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su ausencia. Y no vuelva a bañarse sola en cualquier playa solitaria, ¿de acuerdo? -Ella asintió. -De acuerdo. Le tendió la mano y se despidieron, yendo cada uno por un lado. *** Por la noche, el grupo acudió a uno de los locales más acreditados de la costa. Dentro, la música era un runrún monótono, que quería recordar una melodía árabe. -Hay muchos árabes aquí -dijo Enrique Suazo. -Son los que nos traen el dinero, así que... soportamos sus costumbres, y su música. Magda dio un vistazo alrededor, y jugueteó con los flecos de su chal plateado. Aborrecía aquel ambiente sofocante. Deseó estar fuera, mientras observaba a las parejas que se agitaban bajo la luz multicolor de unas ocultas bombillas. Ella había venido a disfrutar del aire libre y del deporte, y aquello la ahogaba. Bastante tenía con la luz artificial de los estudios. -No hay quien aguante esto -masculló. -Vaya idea. Una pareja de muchachos con aspecto de nórdicos se estaban haciendo arrumacos, y ella apartó la vista. Iban casi completamente desnudos, sin guardar ninguna etiqueta. Aquello la molestaba, francamente; en general, todo aquel ambiente la alteraba. -¿Vamos a estar aquí mucho tiempo? -preguntó. Andrés Falero se le acercó. Su mano empezó a moverse suavemente sobre la espalda de la chica. -Vamos, no hemos empezado todavía. ¿No querías un lugar fuera de lo común? -Tendré que resignarme. -suspiró ella, retirándose. -Tienes toda la razón, la culpa es mía. Mientras seguía con la mirada los rítmicos movimientos de la orquesta, estuvo recordando los hechos recientes: de pronto se había visto mezclada en aquel horrible asunto, que le parecía una pesadilla. Veía ante sí la imagen de aquellos pies lívidos, asomando por debajo de la sábana. La cadencia de aquella música la

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estaba adormeciendo. -Pero, ¿qué te ocurre? ¿estás enferma? -Ella se sobresaltó. -No es más que un poco de mareo -le dijo al escritor. -No puedo aguantar tanto humo, no sé cómo pueden consentirlo. Dan ganas de denunciarlo. -Él la observó, preocupado. -Es cierto, tienes mucha razón. Si quieres, nos vamos. -Ella sacudió la cabeza con lentitud. -Es igual, se me pasará. Estaba segura de que el hombre muerto era el mismo que dejó las huellas en la playa. Pensó que había omitido esa circunstancia al hablar con el juez. ¿Habría hecho bien al callarlo? Les dijo a sus amigos que la habían llamado para una entrevista, y ellos parecieron creerla. -¿Te encuentras mejor? -preguntó su anfitrión. Ella asintió vivamente. -Sí, gracias, estoy mucho mejor. Le intrigaba saber por qué aquel rudo pescador había llegado a la playa, la había contemplado a sus anchas y luego se había marchado por el mismo camino. ¿Podría tener algo que ver todo aquello con la visita al barco el día anterior? Preocupada, se removió en su asiento. En la primera ocasión se lo contaría todo al juez. Oyó una voz a su espalda, y se estremeció. Era Antonio Pisa, y parecía bebido. -¡Chica, qué seria te encuentro! ¿Es que no vas a salir a bailar esta noche? Tenía la mirada huida. Llevaba un rato contorsionándose en un remedo de la danza del vientre, sin pareja fija y adjudicándose a todas las muchachas con las que topaba. Al final se sentó a su lado. Fumaba un cigarrillo de hierbas, dando largas chupadas. Ella notó que la tomaba de la cintura, y se sobresaltó. Era increíble que hubiera olvidado ya lo ocurrido hacía sólo unas horas. -Estás estupenda -le dijo al oído. -Nosotros podríamos hacer muy buenas cosas juntos. Magda sintió verdadero asco, y se desprendió de su brazo. El otro soltó una

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risita. Se puso en pie, vacilante, y cogió de la mesa una botella medio vacía. -Me encanta esto, ¿sabes? Siempre con tanta disciplina, como si uno fuera un fraile: entrenamientos, un régimen severo, concentraciones... Esto sí que es vida. Ella sonrió, sin ganas. Aquello era el colmo. Pensó: -Hay que ver lo desvergonzados que son los hombres... casi siempre. El otro proseguía: -Fíjate en aquella rubia que está de pie. Tiene unos pechos estupendos, y, además, es muy simpática. Y la morenita que está con ella... debe de estar forrada. Lleva unos diamantes como puños. Magda lo escuchaba, disimulando su aversión. Luego él se alejó, dando traspiés y agitando la botella. La chica notó una mano sobre su hombro, y se volvió: se trataba de Andrés Falero. -Otro que me soba -pensó. -¿No quieres bailar? Junto a él estaba el escritor, fumando un cigarrillo. Tenía el ceño fruncido, y parecía mirar a alguien al otro lado del salón. Ella siguió su mirada, y vio a un hombre que le resultó familiar. Iba muy bien vestido, llevaba un traje claro de verano con un polo oscuro. Tenía el pelo corto, y peinado hacia atrás. No hacía mucho que lo había visto... ¿dónde? -Vamos, ¿quieres bailar? -repitió Falero. -Está bien, vamos. Sin aguardar más, él la tomó de la mano y la sacó a la pista. Una pareja se acercó y, viendo las sillas vacías, las ocuparon enseguida. Cuando empezaron a bailar, todos se volvieron a mirar a la actriz. -Pareces una sirena -le dijo él al oído. -¿Sabes que estás maravillosa con tus escamas de plata? Bailaron unos lentos compases, y ella notó el cuerpo cercano. Ahora, él le parecía más alto. De todas formas, no podía negarse que el político tenía bastante atractivo.

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-Bailas muy bien -le dijo ella con sinceridad. Miró de reojo hacia la mesa, y ya no vio al novelista. Tampoco estaba el hombre que le resultara conocido. Se sintió decepcionada. Allí seguía el futbolista, ligando ahora con la rubia, y con la morenita “podrida de dinero”. Había experimentado una especie de transformación: estaba arrobado, y ellas tan aturdidas, borrachas y atolondradas como él. -Será imbécil -se dijo. -Perdón -oyó tras ella una voz cálida. -¿Me permite? De nuevo, una mano fuerte se había apoyado en su brazo. -Ah, es usted -dijo, sorprendida. Falero sonrió, molesto, y se retiró para ceder a su pareja. -Hasta luego, sirena -dijo, alzando la mano en un gesto de despedida. Quedó enmedio de la pista con aire un tanto desairado; Magda miró a su nueva pareja y entonces se dio cuenta: se trataba del juez, y no lo había reconocido por el cambio operado en su indumentaria y aspecto. -No creí que usted... frecuentara estos sitios -musitó. Él la miró, divertido. -¿Por qué? Fuera de mis horas de trabajo, soy un hombre como otro cualquiera. Además, tengo que protegerla, ¿lo ha olvidado? Estuvieron unos minutos bailando, y entre ellos no se cruzó una palabra más. Al final, ella lo tuteó: -Qué despiste tengo. Casi me vuelvo loca pensando dónde te había visto antes, y hacía un par de horas que nos habíamos separado. Pero con esta ropa... la verdad, no pareces el mismo. ¿Te importa que te llame de tú? -Él rió con ganas. -Fuera del trabajo, puedes llamarme como quieras. Siguieron bailando en la semioscuridad, Magda con la mejilla apoyada en el hombro de él, hasta que la orquesta hizo una pausa. Luego ocuparon una mesa, al extremo opuesto de la de sus amigos. Ella se sentía optimista. Había olvidado sus preocupaciones anteriores. -Siempre he creído que los jueces eran... mayores -dijo, y él sonrió.

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-Bueno, si piensa que la juventud es un defecto, te prometo que se corregirá con el tiempo... fatalmente. -Ella denegó. -No, no es un defecto. Yo lo encuentro muy... agradable. -Yo también encuentro agradable el que lo encuentres... agradable. ¿Quieres tomar algo? -Ella accedió. -Algo que no tenga alcohol. Estoy un poco mareada. Permanecieron en silencio durante unos minutos. Él la observaba con admiración. No era hombre que se sintiera impresionado fácilmente, pero aquella mujer era muy especial. -Me encanta el tono moreno de tu piel, contrasta con el plateado de tu vestido -le dijo. -Además, tienes aspecto sano. -Ella se echó a reír. -Mi trabajo me cuesta. Aquel hombre usaba un suave perfume varonil que la agradaba mucho. -¿Te gusta el mar? -preguntó él. A su pesar, ella se estremeció. Jugueteó con los flecos plateados de su chal, que centelleaba con la luz. -¿Por qué preguntas eso? -musitó. -No, por nada, perdona. Se me olvidaba que... -No es nada -dijo ella. -Sí, me gusta. Estoy enamorada de él. Ambos se echaron a reír. -Entonces, seremos buenos amigos. Siguieron mirando a la pista. Los dos jóvenes nórdicos habían dejado de bailar y estaban sentados en altos taburetes, con los codos apoyados en la barra y mirándose en silencio a los ojos. El más delgado tenía el cabello rubio, casi blanco, y unos grandes ojos de un tono muy pálido. Ambos fumaban alternativamente un solo cigarrillo: él lo acercaba a los labios de su pareja, y luego a los suyos. Magda frunció el ceño. -No acabo de acostumbrarme a algunas cosas -dijo. -El juez había seguido la dirección de su mirada, y sonrió. Yo tampoco las comparto, pero así es la vida. Afortunadamente, las cosas han

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cambiado. El concepto de sexo ha sufrido un cambio radical... -Es verdad. Él hizo un gesto a la camarera, y le pidió la cuenta. Luego se dirigió a la actriz. -Ahora tengo que irme. Además, temo que tus amigos estén proyectando asesinarme. -Ella rió sin ganas. Entre el ruido de la orquesta, se oían con dificultad. -Pues no saben lo que se juegan- dijo. -Podíamos quedar mañana. Tengo un bote en el puerto. Te invito a dar un paseo. -Ella lo miró a los ojos. -Me gustaría. Se separaron, y ella volvió a su mesa, que estaba vacía. Era agradable aquel sujeto. Le resultaba... ¿cómo decirlo? Bastante peligroso. Magda notó que la dura corteza que siempre protegía sus sentimientos empezaba a reblandecerse. Sintió una mezcla de placer y temor: tenía que reconocer que no todos los hombres eran iguales. -Y, sin embargo... no sé lo que pretende. Quizá esté tratando de sonsacarme. Este individuo es un desconocido, y puede que sólo me vigile porque me considera sospechosa... Pensó que no le había confiado la circunstancia de las huellas en la arena, ni tampoco la verdadera identidad del pescador, pero tampoco era aquel un ambiente adecuado para hablar de semejantes cosas. En un momento se vio rodeada de todos sus amigos, que se acomodaron a su lado. -Vaya, ya estás aquí -dijo el político, un tanto molesto. -Perdona -dijo ella. -Yo no quería... -Es lo mismo, preciosa. Es natural que todo el mundo quiera bailar contigo, eres un pibón. No hubo respuesta. Sorprendido de su silencio, él la miró. -Lo siento de veras. No he querido ofenderte. Ella iba a agacharse a recoger del suelo un prendedor plateado que se le había caído del pelo, y el escritor se lo impidió, adelantándose. Casi tropezaron sus

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cabezas bajo la mesa, y ella sintió que se sofocaba. Al agacharse vio los zapatos de él, extrañamente elegantes en aquel ambiente veraniego. -Qué manía -pensó. -No hago más que mirar los pies de la gente. Me estoy obsesionando, y voy a terminar chiflada. -Perdona -dijo él, devolviéndole el prendedor. Ella se lo puso en el pelo. -Gracias -le dijo. Ahora la orquesta atacaba un trepidante ritmo tropical, que sacudió a todos los presentes, medio adormilados por la susurrante melodía anterior. Magda también se estremeció, como si despertara. Se acercaba la camarera, llevando en una bandeja varios vasos muy alargados. Mantenía la bandeja en alto, fuera del alcance de los que ocupaban las mesas contiguas. Colocó los vasos ante el grupo, y se alejó. -Vaya, ya era hora de que cambiara ese rollo de música-dijo Andrés Falero. Tomó una bebida y se la ofreció a la muchacha. Ella se la acercó a los labios y él hizo lo mismo. Aquello tenía un sabor agradable, un poco fuerte. Magda no recordaba haberlo bebido nunca. -Vamos a cambiar los vasos -dijo él. -Así sabré lo que piensas. No aguardó a tener contestación, y mientras ella sostenía aún el vaso entre sus dedos, él tomó su mano con la suya. -Por nosotros -le dijo. De nuevo se sintió arrastrada a la pista. De nuevo, la ola ruidosa de los bailarines los rodeó, como en una fiesta de locos. Él levantó la voz. -¿Quedamos para mañana? -casi gritó. -Podemos darnos un chapuzón en el mar. Ella dudó. Recordó la escena de la playa, y su cita con el juez. -Mañana... -vaciló. Se hallaron separados por aquella gente, y cuando lograron encontrarse de nuevo, ella dijo: -No sé si mañana podré. Luego hablaremos.

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Aquella noche, no volvieron a verse a solas. Ella no lo intentó. Cuando salieron al exterior, todavía surgían las notas de una música rock por las ventanas del local. Volvieron a la casa en grupo, y una vez en su habitación Magda se dio una ducha rápida, se desnudó y se metió en la cama. Cinco minutos después, estaba dormida. Soñó con los muchachos rubios que bailaban, y con un vaso alargado donde brillaba una guinda muy roja. La guinda danzaba también en el líquido ambarino, y de pronto estalló, tiñéndolo de un rojo de sangre. Soñó también con un coche negro que se cruzaba a gran velocidad en su camino, patinando ruidosamente y casi saliéndose de la carretera. Le pareció que aquel automóvil tenía unas alas fibrosas, semejantes a las de un murciélago. El asiento del conductor estaba vacío, aunque el volante giraba vertiginosamente. Y, sobre todo ello, la imagen de unos pies lívidos y de una cabeza tronchada. *** A la mañana siguiente, Magda se levantó temprano. El reloj de pared le confirmó que eran las nueve en punto. Después de maquillarse y vestirse, bajó al jardín. Se detuvo en el porche, y se dirigió a Pedro. -¿Ningún encargo para mí? -preguntó. -Creo que no, señorita. De todos modos espere un momento, voy a preguntarle al jardinero. Yo he estado fuera un par de horas. Atravesó la plazoleta a grandes zancadas y se dirigió al bosquecillo, donde el jardinero estaba podando unas ramas. Le preguntó algo en voz baja, y enseguida volvió. -No, no ha habido nada para la señorita. Ella dio las gracias, y se dirigió a una pérgola donde estaba el bar. Desde allí se veía la piscina, solitaria en aquel momento. Reflexionó acerca de la posibilidad de llamar a su nuevo amigo, de citarse con él. Se sirvió un refresco y lo bebió despacio. Hacia la casa oía hablar a los del grupo. Oyó la voz de Andrés Falero, y deseó con toda su alma que no insistiera en su petición. Pedro salió de la casa y se acercó a ella, quedándose a una cierta

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distancia. -Señorita Cordan, al teléfono. -Ella se sobresaltó. -¿Quién me llama? -Pues... no me lo ha dicho. Se trata de... un caballero. -El juez -pensó ella, y se levantó, siguiendo al muchacho. Una voz bien timbrada sonó al otro lado del hilo. -¿La señorita Magda Cordan? -Sí, ¿quién es? -Pues... no sé si me recuerdas. Bailaste anoche conmigo, y me dijiste... que estabas enamorada del mar. -Ella sintió una extraña alegría. -Ah, eres tú. En realidad, pensó, todavía no sabía su nombre. Él pareció leer su pensamiento. - Por cierto, me llamo Javier. ¿Vienes a dar un paseo conmigo? -Magda sonrió. Aquel hombre sabía convencerla con su naturalidad. -Está bien. ¿Vienes a buscarme a la finca? -Él pareció dudar. -Mira, prefiero que me esperes en la gasolinera que está cerca de ahí. Creo que es más... discreto. -Muy bien, enseguida voy. No tardo ni diez minutos. -Allí nos veremos. Magda subió un momento a su habitación, y cogió el sombrero de paja y unas gafas de sol. Luego, se cambió de zapatos. No había visto a su anfitrión aquella mañana, y pensó que habría ido a la ciudad. Bajó, y se dirigió por el amplio carril que conducía a la carretera desde la finca. Cuando llegó, ya la esperaba el juez. Se había bajado del coche y estaba echando gasolina. Ella aprovechó para retocarse los labios con ayuda de un pequeño espejo. Vio que el juez le entregaba una tarjeta al encargado de la gasolinera; al poco, él se la devolvió. -Gracias, señor. Ella había guardado de nuevo en su bolso la barra de labios y el espejo. Lo

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miró. -Es guapo -se dijo. -Más que guapo, es... interesante. Tiene un algo muy varonil, y a la vez un poco romántico. Mientras se hacía estas reflexiones, él se aproximó. Se había quitado la chaqueta y la llevaba al brazo. -¿Quién dijo que las mujeres hacen siempre esperar? -Ella se echó a reír. -Seguro que no fue una mujer. -¿Vamos? -indicó el hombre, sonriendo. Ella asintió. -Vamos. La ayudó a subir a un auto deportivo de color gris. Puso el motor en marcha, y arrancó. Al salir, ella vio el automóvil negro aparcado en la cuneta, pero no dijo nada. Pronto dejaron atrás la gran gasolinera, y rodaron velozmente por la carretera asfaltada. -¿Dónde tienes tu bote? -Él habló sin mirarla. -Está al otro lado del pueblo, a unos cinco kilómetros. Pero antes quiero que demos un paseo. Ambos permanecieron en silencio, mientras a un lado y a otro se sucedían villas y palmeras. Había en la zona multitud de chalets, desde las pequeñas y blancas casas muy cuidadas, a verdaderos palacetes rodeados de grandes jardines. -¿Conocías esto? -le preguntó él, y ella denegó. -No, nunca había estado por aquí. Poco a poco, los edificios se hicieron menos frecuentes. Se acercaban al Tajo de la Soga, y Magda experimentaba un sentimiento de angustia. De todas formas, en compañía del juez, todo aquel asunto le pareció irreal. Y no obstante... Pasaron de largo por aquel lugar, y ella no pudo reprimir un suspiro de alivio. -¿Te pasa algo? -No, no es nada. Un poco de mareo. -Él disminuyó la velocidad. -¿Quieres que paremos un poco? -Sí, por favor.

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Se detuvieron a un lado de la carretera, en el arcén. Desde allí, las rocas caían a pico sobre el agua. No había playa, y la carretera transcurría por encima del acantilado. Continuaron sentados en el coche, fumando y riendo. El hombre deslizó una mano debajo de su axila; ella notó el contacto de sus dedos, y no esquivó el roce. Recordó la escena con el futbolista, y se estremeció. -Qué aire más fresco se respira aquí -comentó, por decir algo. A aquella hora circulaban pocos automóviles pero, en un momento dado, vieron pasar el coche negro. Ella frunció el entrecejo. -La policía no descansa -observó. -¿Dónde irán ahora? -él ignoró su pregunta, y señaló: -Mira, desde aquel alto hay una vista preciosa. ¿Quieres que vayamos? Algo más allá se veía una caseta blanca, entre la carretera y el mar. Parecía un puesto de vigilancia o algo semejante: no tenía puertas ni ventanas, y habían tapiado los huecos para ellas. El juez se dirigió a la caseta, y ella lo siguió. Cuando llegaron, ella jadeaba. En lo más alto, aspiró hondo. -Es cierto. Es una maravilla. Estuvieron unos minutos contemplando el panorama, que desde allí se distinguía extenso y claro, como en ningún otro lugar de la zona. Él se la quedó mirando y Magda notó su cálida mirada, como una caricia. Me gustas mucho -dijo él, y la besó. Cuando sus labios se separaron, ella lo miró a los ojos. -Sólo que... no podemos seguir -suspiró. -Soy tu principal testigo, en un caso de asesinato... De pronto se sintió violenta. ¿Qué hacía ella en aquel lugar, con un hombre al que hacía apenas unas horas que había conocido? Se volvió. -¿Por qué no nos vamos? Va a hacerse tarde, y todavía tenemos que llegar a la barca. -Él la tomó de las manos para ayudarla a saltar, y notó que las tenía frías. -Está bien, vamos. Volvieron al coche, y en pocos minutos estuvieron en la zona. Al llegar a una

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curva pronunciada, el auto entró por un carril que bajaba hasta el mar; aminoró la velocidad, deteniéndose con suavidad cerca de un pequeño puerto deportivo. -Es esa -dijo él. -¿Te gusta? Era una barca nueva, pintada de blanco y azul, parecida a las que usaban los pescadores. Estaba atada al embarcación basculó. -¿Dispuesta? -dijo él. Poco después estaban navegando a lo largo de la costa. Él llevaba los remos, y avanzaban con rapidez, cortando la superficie en calma. Ambos callaban, admirando la serenidad del paisaje. Luego, él soltó los remos, apoyándolos en la borda. Se echó hacia atrás, y se quedó mirando fijamente a Magda. -De noche eres más... sofisticada. -Ella lo miró con extrañeza, sin saber qué decir. -¿Ah, sí? -Pero de día eres más real. -Ella se echó a reír. -Vaya, menos mal. Me quitas un peso de encima. Él aspiró hondo. Luego, dijo: -No hemos hablado mucho hoy. -Ella asintió. -Tampoco hablamos mucho ayer, ¿no crees? -Es cierto, tienes mucha razón. Tampoco ayer. Magda supo qué era lo que más le gustaba del juez: no hablaba por hablar. Estaba harta de frases tontas y sin sentido, y de alabanzas excesivas que intentaban ser galantes. Allí estaba con aquel hombre, solos enmedio del mar, y apenas habían cruzado media docena de frases. -Y no han sido demasiado íntimas -sonrió ella para sus adentros. -¿No te da miedo ir conmigo? -oyó. -¿Cómo dices? -Que si no me tienes miedo. -¿Por qué iba a tenerlo? -Él se encogió de hombros. pequeño muelle. Ambos saltaron dentro, y la

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-No me conoces. Soy un juez y tú una posible testigo, y podía tener intenciones aviesas. A lo mejor trato de sonsacarte. A Magda le pareció que el hombre leía sus pensamientos de la tarde anterior. No le hizo gracia el comentario. De todas formas, dijo: -Yo no lo creo. -Pero no temas, no pienso sonsacarte. Creo que me has dicho toda la verdad. Magda consultó su reloj. En aquel momento había decidido no confiarle su secreto. -Es tarde, quisiera volver al chalet. Seguramente, me estarán esperando. -Él miró también la hora. -Pensaba invitarte a comer. -Ella sintió un escalofrío. -No, hoy no. Por favor, no insistas, llévame a la casa. -No temas, no pienso raptarte. Es más, volveremos enseguida. -Ella suspiró. -Perdona mi brusquedad. Es que estoy un poco nerviosa. Ha sido un paseo... muy agradable. Gracias. Dentro del coche, él se apoyó resignado sobre el volante y observó a la chica. -Bueno, otro día será. Dio marcha atrás para coger la carretera y se encaminó hacia la vivienda de Suazo. Ninguno de los dos volvió a hablar. De nuevo pasaron por la gasolinera, y llegaron a la entrada del chalet. Ella pensó que en unas pocas horas la escena se repetía. Pero ahora estaba tranquila, casi alegre. -Lo he pasado muy bien -le dijo con franqueza. -Gracias. Magda bajó del coche. Se despidió, y subió ágilmente la cuesta. No encontró a nadie en el camino, y al llegar al dormitorio se echó de bruces sobre la cama. -No quiero verlo más -murmuró. -No quiero verlo nunca más, creo que me traerá mala suerte. Y no pensó que sus palabras eran una profecía. *** Aquella tarde, Magda tampoco tuvo noticias de Enrique Suazo. A pesar de las

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invitaciones de sus compañeros, no se movió de la casa; ya se había aventurado bastante. Había comprado una colección de postales de la costa, y se entretuvo en colocarlas en su álbum de viajes. Suazo apareció a la hora de la cena, y se disculpó ante todos. -Diréis que he sido un mal anfitrión, y estáis en lo cierto. Pero no ha sido por mi culpa: me han surgido un par de cosas urgentes y he tenido que ir a la ciudad. Una vez allí, todo se ha complicado. Espero que podré compensaros de alguna manera. Curro Vargas intervino; parecía de mejor humor, y cojeaba menos. -No te preocupes, hombre. -dijo, palmeándole el hombro. -Tampoco necesitamos niñera. Después de cenar, Magda dijo que estaba demasiado cansada para salir. También los otros lo estaban, así que decidieron quedarse. Ella subió a su habitación, se duchó y puso un rato la televisión. Era demasiado pronto para acostarse, y trató de hacer tiempo. Apagó la luz y se sentó en la butaca a fumarse un cigarrillo. La luna había salido de entre las nubes, y esparcía una lechosa claridad. -En realidad, ya voy echando de menos mi vida de siempre -reconoció. Todavía era ¿martes? Por la noche, casi medianoche. Desde la ventana, abierta de par en par, estuvo contemplando el paisaje a la luz de la luna. Se había puesto un pijama, y encima una bata. Estaba pensativa, y observaba las ramas de los árboles, estremecidas por la brisa. Había traíñas cerca de la costa, junto a las rocas que tanto habían llamado la atención de Pisa. El mar, la brisa, la semioscuridad la llenaban de inquietud. -Pero es todo tan hermoso... -musitó. -Parece el decorado de una película en blanco y negro. Observó a lo lejos, unos kilómetros más allá en la costa, una pequeña y brillante luz que parecía hacer guiños. Pensó que sería la torre de algún faro local, que se alzaba sobre el acantilado. Se entretuvo mirándola un rato, y le pareció oír un ruido en el pasillo, junto a la puerta del dormitorio.

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-Es mi imaginación -se dijo. Estuvo pensando en el juez, y en que casi se la había insinuado. Pero no creía que pudieran llegar a entenderse, por causa de sus profesiones tan distintas. -Debo apartarme de él, cuanto antes. De no ser así, no sé lo que podría suceder. Acaso él insista, acaso yo... Hoy, cuando estábamos en la barca, me parecía el hombre perfecto. Unos momentos después estaba tan frío, tan distante... -Tengo que marcharme -decidió. Su silueta se recortaba en el recuadro que enmarcaba la ventana, de espaldas a la entrada de la habitación. En silencio, una mano hizo girar el tirador de la puerta. Ella no oyó nada; continuaba pensativa, contemplando el paisaje nocturno. Se estremeció. -Hace fresco -pronunció en voz alta, y se cerró el cuello de la bata. Después, todo ocurrió rápidamente: la puerta se había abierto sin ruido, y un hombre entró en el dormitorio. Calzaba deportivos con suela de goma, y cautelosamente avanzó hacia Magda, que oyó un crujido y se volvió. Cuando notó la presencia del recién llegado, él ya estaba muy cerca. -¿Quién... ? -preguntó, sobresaltada, y unas manos cubrieron sus ojos. -Pero, ¿quién... ? -repitió la actriz, y en su rostro había sorpresa y temor. Él no contestó, y la atrajo en un abrazo apasionado. Ella empezó a forcejear, pero no consiguió liberarse. Su temor se convirtió en indignación, y su cuerpo se puso tenso. Pero el pulso del hombre era firme, y no pudo soltarse; sentía deseos de escupirle en la cara. -¿Otra vez tú? Experimentaba verdadero terror, y ni siquiera podía ver al que la forzaba. Trató de hurtar el rostro a aquellos labios que querían besarla. No podía siquiera gritar. -Por favor, por favor- gimió. La puerta continuaba abierta, y una sombra se deslizó hacia la habitación, donde continuaba el forcejeo. Por segunda vez, alguien había llegado. El que estaba ahora a la puerta avanzó unos pasos; iba calzado también con zapatillas, y

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ellos no advirtieron su presencia. Tampoco vieron que llevaba en la mano un potente fusil de pesca submarina. -Eres... maravillosa... -balbució el hombre al oído de Magda. En su esfuerzo desesperado, ella se aproximó al tocador, y un objeto cayó al suelo con estrépito: era una gran caracola que Suazo le había regalado, y que se rompió en mil pedazos. El hombre lanzó una exclamación: -¿Qué ha sido eso? La actriz trataba de zafarse con todas sus fuerzas, pero él la tenía sujeta fuertemente. El recién llegado empuñó con ambas manos el fusil, y apuntó en dirección a la espalda del hombre. El arma tenía colocado el arpón, en posición de disparar. La muchacha se había echado a llorar. -Déjame -gimió. -Por favor, véte. Parecía haber llegado al límite de sus fuerzas, y respiraba agitadamente. Estaba a punto de rendirse, cuando sonó algo como un latigazo, y el impacto de un objeto rígido en el momento de clavarse. -Por favor... Notó que la presión del hombre cedía de repente, y sus brazos caían a lo largo del cuerpo. Sorprendida, aprovechó la ocasión para huir hacia la ventana. Él trató de perseguirla; luego retrocedió, y se derrumbó pesadamente, curvado sobre sí mismo. Magda estaba temblando, y a tientas buscó el interruptor de la luz. Allí, enmedio de la habitación, estaba el hombre caído de bruces, grotescamente tendido boca abajo. Hizo un esfuerzo para verle la cara: giró hacia sí la exangüe cabeza, y vio sus facciones contraídas. Como se había imaginado, era Antonio Pisa. Tenía los ojos semicerrados, y un hilillo de sangre se deslizaba de su boca. De su espalda surgía, siniestramente rígida, la cola de un arpón de pesca submarina. Ella se cubrió los ojos con las manos, pero no por eso dejaba de verlo. -¡Dios, no!

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Luego volvió a observar el arma; vio que del arpón colgaba, cortado, el hilo del rescate, y que la sangre empezaba a oscurecer la alfombra. También sus propias manos estaban manchadas de sangre. Las piernas no la sostenían; avanzando como una sonámbula se acercó a la cama y se dejó caer sentada. Procuró sobreponerse, pero la habitación parecía dar vueltas a su alrededor. -Socorro... -musitó, casi sin voz. Había pasado momentos difíciles en su vida, pero comprendió que aquel era el peor. Sus ojos asustados se fijaron en la puerta, abierta de par en par. Pero no había nadie, y sólo escuchó el rumor apagado de unos pasos que se alejaban. Aquella pesadilla era auténtica y era ella, Magda Cordan, quien la estaba viviendo. Se miró al espejo y vio que tenía un aspecto horrible, con el rostro de un blanco pastoso. Entonces lanzó un grito de terror. ¡Socorro! Tenía el cabello revuelto, y le dolía todo el cuerpo. No encendió la luz del pasillo: salió corriendo en bata, tropezando con los muebles, y así bajó la escalera como en sueños y llegó al vestíbulo. Abrió la puerta de la casa y salió al porche: allí se dio de manos a boca con Enrique Suazo. -Pero, ¿qué te ocurre? Magda no contestó, y lo apartó de un empujón. Corrió descalza sobre los guijarros del jardín, y él la siguió. Cuando le dio alcance, la asió de las muñecas. Parecía muy enfadado. -Pero, ¿qué haces? ¿Crees que puedes salir en plena noche dando gritos, y armando un escándalo? ¿Qué van a decir mis vecinos? ¿Es que te has vuelto loca? Ella se había dejado caer de rodillas; estaba aterrada y llorando pero, dentro de su excitación, se daba cuenta de que era la segunda vez en poco tiempo que le hacían aquella pregunta. El escritor la obligó a levantarse y la llevó dentro de la casa. Ella gimió: -Yo... ha habido... un asesinato... Él la miró con el ceño fruncido.

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-¿Qué dices? La chica se volvió, con el rostro vacío de expresión. -Ha sido... arriba. Lo han matado... -sollozó. Cerró los ojos un momento. Estaba helada, aunque el sudor corría por su espalda. Las piernas le temblaban. -¿A quién han matado? -Suazo la había sujetado fuertemente. El espanto la impedía razonar. -¡Suéltame! Es Antonio Pisa... y está muerto. -Él intentó tranquilizarla. -Vamos, deja de llorar. Le limpió las mejillas con el pañuelo, y ella se dejó hacer. La cogió del brazo y la llevó a la biblioteca, mientras ella daba rienda suelta a su angustia con largos sollozos ahogados. *** Un rato después, sobre la una de la madrugada, el dueño de la casa y el juez estaban sentados en el salón, uno frente a otro. El escritor fumaba nerviosamente, y parecía muy afectado, aunque contestaba a las preguntas en tono firme y rápido. El magistrado lo observaba con mirada inquisitiva: enseguida supo sin ninguna duda que se trataba de un tipo difícil. Él aspiró hondamente. -Realmente, no sé qué más puedo decirle yo. Se detuvo un momento antes de proseguir. Dio una chupada al cigarrillo y expulsó el humo con lentitud. -Créame que estoy... abrumado. Un asesinato en mi propia casa... no es un plato de gusto, ¿no cree? -El juez asintió. Mientras hablaban, de modo inconsciente, no dejaba de observar a su alrededor. Ningún rincón había escapado a su examen. -No, no es un plato de gusto, estoy de acuerdo con usted. Miró hacia la ventana abierta, donde el aire agitaba las cortinas. Se volvió hacia Enrique Suazo, y habló en tono firme. -¿Cree usted que esto puede haberlo hecho alguien... de fuera? -Él pareció no haber comprendido.

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-¿Cómo, de fuera? -Sí, alguien de... la calle. Que haya venido... a robar, por ejemplo. El escritor carraspeó. Parecía meditar su respuesta, como si tratara de recordar los acontecimientos vividos. -No; creo que no. -El magistrado se incorporó en su asiento. -Entonces, ¿sospecha de alguien, en concreto? -Él respondió con rapidez. -No, no; de nadie. Se detuvo un momento, y trató de explicarse mejor: -Sólo que, la forma en que ha ocurrido... los antecedentes... -Hablaba en un susurro, aun cuando estaban solos en la habitación. -¿Los antecedentes? -Él se encogió de hombros. -Bueno, o... el motivo. -¿Qué motivo? Una voz masculina llegó desde la puerta, haciendo volver la cabeza a los dos hombres. Se trataba de Pedro, que se había detenido en el umbral. No perdió el tiempo en fingir sorpresa cuando vio al juez allí sentado. -Perdonen. La señorita... Cordan está esperando, y parece muy agitada. He pensado que... El dueño de la casa observó que enrojecía cuando mencionó a la muchacha. Lo presentó: -Es Pedro, mi hombre de confianza -dijo gravemente. - Es mi chófer, mayordomo, casi secretario. -El magistrado asintió con un gesto. -Lo sé. -Luego se dirigió al recién llegado. -Puede decirle a la señorita que pase. Pedro no se movió, como esperando una orden del dueño de la casa. Él afirmó. -Haz lo que te dice el señor juez. Y si no, aguarda; yo la traeré. Estrujó el cigarrillo en un cenicero. Se levantó y fue hacia el vestíbulo. Pedro lo dejó pasar delante, lo siguió, y la puerta se cerró tras ellos. El magistrado se había puesto en pie y aguardó unos instantes, hasta que apareció la actriz. Se había

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vestido descuidadamente. Se detuvo, indecisa, pero el escritor la empujó con suavidad hacia su visitante. Al verlo, hubo en sus ojos un brillo de sorpresa, que trató de disimular. El escritor se adelantó. -Aquí tiene a la señorita Magda Cordan, nuestra famosa actriz. -Y dirigiéndose a ella: -Te presento al señor juez de instrucción, aunque... creo que ya lo conoces. Él la observó un momento. En su serena belleza de horas antes podían apreciarse huellas de la reciente tragedia: ya no lloraba, pero tenía los ojos enrojecidos. Cogió la mano de la muchacha entre las suyas, y le dio unos golpecitos de ánimo. -Ha tenido que ser terrible -le dijo, y ella bajó la mirada. No pudo ocultar la amargura en su voz. -Sí, terrible. -El dueño de la casa intervino: -No temas -sonrió. -El juez es muy amable, y además muy eficiente. Él tratará de ayudarte. Sabe por mí que no has sido más que una víctima, y que te encuentras muy afectada por lo ocurrido. Él arrugó el ceño; no parecían agradarle ni los elogios del escritor, ni su excesiva confianza. Le indicó a la actriz que se sentara. -Pero acomódese, por favor. No quisiera tenerla de pie. Con una elocuente mirada invitó a Suazo a que abandonara la habitación. Él comprendió enseguida. -Bien, yo los dejo. Si quieren beber algo... Indicó un pequeño bar que había junto a la ventana, pero el magistrado denegó. -No, gracias. Luego miró a la actriz, que se había sentado en el sillón. -Bueno, yo no... La señorita Cordan... no sé. -No, tampoco, gracias. Salió, cerrando la puerta. El juez trató de animarla con una afable sonrisa. -La verdad, no sé cómo empezar el interrogatorio... -Ella suspiró.

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-Ha sido todo tan horrible. Estaba pasando un rato tranquilo y feliz. De pronto, entra aquel hombre en mi dormitorio y trata de forzarme. Y luego... Dejó escapar un sollozo. El hombre sacó del bolsillo un paquete de cigarrillos, y se lo ofreció. -Cálmate, te lo ruego. ¿Te apetece fumar? -Ella tomó uno, y el juez se lo encendió. -Estoy fumando demasiado... Se acomodó en el sillón y permaneció en silencio. -Bien... espero que te encuentres en condiciones de contarme lo ocurrido con todo detalle. Lamento tener que molestarte en estos momentos, pero... comprenderás que... -Ella lo atajó con rapidez. -No te preocupes, me hago cargo. Tú, pregúntame lo que quieras. Yo... trataré de recordar... para ayudarte... en lo que pueda. Él aspiró hondamente. -Te lo agradezco mucho -dijo con gravedad. Ella parecía estar recobrando su aplomo. -Te voy a hacer una confesión... -luego pareció rectificar, y pronunció en voz baja: -Cuando te he visto hace un momento, he estado a punto de gritar. No... me esperaba tu visita. -Pues es una visita normal, dadas las circunstancias, ¿no te parece? -Ella sonrió. -No sé si me creerás, pero ahora estoy mucho más tranquila. -Y no sabes lo que yo me alegro. El hombre dirigió una mirada a la puerta, que el escritor había cerrado. -En realidad, en esta casa todos son famosos, ¿no? -Ella asintió. -Pues... sí, más o menos. De pronto recobró la seriedad. Agregó: -Supongo que ahora, con esto, lo seremos más. -El magistrado empleó un tono irónico.

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-No es preciso. Eso ocurre en... las películas, o cuando alguien tiene especial interés en que haya publicidad. Los dos se observaron, y él entornó la mirada. -¿Tú deseas... publicidad en este asunto? -Ella respondió con una pregunta: -¿Tú qué crees? -El hombre se echó a reír con ganas. -Francamente, creo que no. -Me alegro. -¿Por qué? -No sé, pero... me alegro. Podrías haber pensado que quiero sacar algo en limpio de todo este desagradable asunto. -Él se puso serio. -Por favor, Magda. No me juzgues tan mal. -Yo no soy quién para juzgar. Eso corresponde a los jueces. Cambiaron una mirada de simpatía. Su tono se había vuelto distendido, como el de personas que se conocen, se estiman y comprenden. Él comenzó el interrogatorio: -Me has dicho que estás aquí invitada por Suazo, ¿verdad?- Ella asintió. -Sí, como todos los demás. -¿Conoces a Suazo de... tiempo? -Ella denegó con un gesto. -No, lo conocí el invierno pasado. Nos presentaron en el estreno de una película mía. Me pareció simpático -se detuvo un momento. - Me habló del proyecto que tenía de reunir aquí, por esta época, un grupo de gente... famosa. Y me invitó a ser de la partida. La verdad, me sentí halagada -prosiguió. -Él es un hombre muy importante, como sabes; aunque, quizás, esté un poco... Sonrió, mientras se llevaba un dedo a la sien. -¿Por qué lo dices? -Magda se encogió de hombros. -No sé. Tiene esa fama. Como muchos escritores, pintores... Además, el día que llegué le oí decir algo que me pareció una chaladura -Él enarcó las cejas. -¿Tiene relación con el... crimen de ahora? -Ella rió francamente. -No, de ninguna manera. -Hizo una pausa antes de continuar: -Fui la última que

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llegó. Suazo fue a buscarme al aeropuerto, y cuando llegamos subí directamente a arreglarme un poco. Cuando bajaba, oí que Suazo hablaba con alguien en el vestíbulo. No pude evitar enterarme de lo que decía. -¿Qué decía? Hablaba con Pedro, y se refería a unas marionetas de carne y hueso. En el rostro del juez apareció una expresión de extrañeza. Ella continuó: -Parece que quería montar una realidad partiendo de una novela. Al parecer lo otro, construir una novela a base de la realidad, ya lo ha hecho muchas veces. -Sí que es un poco raro, y... peligroso. -Ella le dirigió una mirada rápida. Parecía no haberlo comprendido del todo, pero siguió: -Luego, me presentó a mis compañeros de... vacaciones. Todos me parecieron muy interesantes. Y estupendas personas. -No dudo que lo sean -dijo él. -Sólo que ahora... ya tienes un compañero menos. -Ella se estremeció. -Es cierto -pronunció en voz baja. -Lo que ha ocurrido esta noche ha sido... espantoso. Nunca pensé que las cosas llegaran a ese extremo. -Antes me has dicho que querías confesarme algo. ¿Qué es? Magda aspiró hondo y habló con la mirada baja. -Me cuesta trabajo decírtelo. Le estuvo contando lo referente a las huellas en la arena. También le dijo que había reconocido al hombre asesinado en la playa: era un pescador, dueño de un pequeño barco que ellos habían visitado. Ella misma se sorprendía al oirse hablar así. El juez asintió con la cabeza. Fue hacia la ventana y se asomó. -Sabía que tenías que haber visto las huellas, estaban junto a las que tú dejaste. También conocía la identidad del muerto, y estaba enterado de vuestra visita al barco de pesca. -Ella estaba asombrada. -¿Y cómo? Eso fue casi en altamar. -El hombre sonrió. -La policía de costa está para eso, entre otras cosas. Ellos vigilaron vuestros movimientos.

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-¿Cómo? Ellos ya no estaban allí. -El juez se echó a reír. -Tienen medios para ello. De alguna forma tienen que justificar el sueldo que el pueblo les da -bromeó. Luego, ambos permanecieron en silencio. Ella mantenía su cigarrillo en la mano. -Se ha apagado. ¿Puedes darme fuego? -Ah, perdona. Sacó un encendedor plateado y lo aproximó al cigarrillo. Ella aspiró profundamente el humo. -Gracias -pronunció con suavidad. -Siento mucho todo esto -dijo él, mirándola de frente. -No creas que no te comprendo: debe ser terrible para ti verte involucrada en dos crímenes -se detuvo, y siguió hablando despacio: -Pero entiéndelo, debías haberme confiado lo que sabías, aunque sólo fuera por tu propia seguridad. Ella expulsó el humo despacio. Estaba pensativa. -Aquella invitación fue el comienzo de todo. Creó, seguramente a propósito, una tensión que ha acabado esta noche con este crimen horrendo. -El hombre asintió. -Tú ya esperabas algo así. ¿Estoy equivocado? Ella se había estremecido. Se levantó de su asiento y fue hacia la ventana: las primeras traíñas empezaban a adornar con sus luces la lejanía, sobre el mar. Ante la casa se extendía un paisaje difuso, alumbrado por algunas farolas. -No puedes imaginarte el precio que hay que pagar por ser famoso -pronunció en voz baja. Él no dijo nada. La había seguido con la vista, impresionado por su belleza, y se limitó a escucharla en silencio. -Ser actriz es ser como... una cerilla que fatalmente va encendiendo la fantasía de la gente... fantasías buenas y malas... como si estuvieran hechas de gasolina... o de pólvora. El juez asintió, mientras ella proseguía:

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-Eso gusta... al principio. Luego, llega a ser obsesionante. Es terrible sentirse siempre en candelero, rodeada de periodistas y fotógrafos... Hace que una no pueda reaccionar de forma normal, honestamente... Te obligas a mentir por que temes la publicidad, el escándalo... Él aspiró hondo. -Te entiendo. Magda Cordan giró desde la ventana. Sonrió con tristeza. -Aquí, ha sucedido lo de siempre -añadió. -Tenía que ocurrir. Él se puso en pie y se acercó. Se había metido la mano en el bolsillo y sacó algo de un color rojo brillante. Era un pañuelo de cabeza, de gasa. Se lo tendió. -Es tuyo, verdad? El hombre asesinado en la playa lo llevaba atado a la muñeca. Ella miró el pañuelo que la ofrecía, lo tomó y se volvió hacia el juez. -También sabías eso. Yo lo había echado de menos... La abarcó con suavidad, y ella sintió que se sentía bien junto a este hombre, poco antes desconocido. -No tardará en amanecer, las noches son muy cortas -dijo, y él asintió. -Así es. Al fondo, los pequeños barcos luciendo en el mar parecían diamantes en una enorme joya. *** Ya en su despacho, el magistrado tomó unos papeles que le ofrecía el secretario. Estuvo estudiándolos con el ceño fruncido. Parecía muy preocupado y se llevó la mano a la frente. -No comprendo quién puede ser el asesino. Nadie extraño a la casa pudo llegar hasta la habitación de la señorita Magda Cordan. Tuvo que ser uno de ellos, pero, ¿quién? -Cualquiera de los amigos pudo hacerlo -dijo el secretario. Luego se quedó pensativo: -¿Un crimen pasional? ¿Es ella la clase de mujer por la que se puede

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llegar a matar? El juez no contestó. Alguien llamó con los nudillos a la puerta. -¿Se puede? Era uno de los policías de vigilancia. Carraspeó. -Un tal... señor Suazo... dice que lo ha citado el señor juez. ¿Puedo hacerlo pasar? -Él asintió. -Que pase. Suazo entró en el despacho. Estaba pálido y, para su costumbre, un tanto desaliñado. Llevaba el cabello revuelto y una chaqueta deportiva al brazo. Calzaba sandalias de cuero. El juez le indicó que se sentara, y le hizo una pregunta directa. Él tardó en contestar. -Sigo sin tener ni idea de quién ha matado a Antonio Pisa -dijo gravemente. -No concibo que entre mis invitados haya un criminal. -Luego explicó: -Comprenda, unas personas tan... significativas... -El juez lo miró. -Por cierto, ¿cómo es que ha reunido en su casa a tantas personas... significativas? ¿Suele hacerlo con frecuencia? -Él se mordió los labios. -En realidad, la explicación es complicada. Tengo que confesar que he querido crear una situación novelesca, hecha con personajes reales. Claro, que nunca pensé que las cosas llegaran a ese extremo. El juez asintió. Estuvo tomando unas notas y se puso en pie. -Tengo que rogarle que no abandone la finca -indicó. -Volveré a interrogarlo, y a todos sus huéspedes. Abrió la puerta, como invitándolo a salir. -Ya le avisaré, no tardando mucho. -Él se volvió un momento. -La... señorita Magda Cordan está muy afectada -dijo. -Ha sido un duro golpe para ella... como persona, y también como profesional. Ya sabe, esas actrices viven en un mundo... un tanto artificial. Se derrumban pronto, cuando tropiezan con la realidad. -El magistrado afirmó con un gesto. -Descuide, la trataremos con tacto. -El novelista insistió:

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-Sobre todo, le rogaría que evitara el escándalo. Que la prensa se mantenga al margen, podrían perjudicarla mucho. El juez recordó las palabras de Magda, pero no dijo nada. Se detuvo junto a la puerta. -A ti también pueden perjudicarte -pensó, y añadió en voz alta: -Lo avisaré cuando lo necesite. No me falle. *** Y no tardaría en hacerlo: tenía la intención de reunir a los cuatro hombres que había en la casa, en torno al cadáver del futbolista. Los citó en el juzgado. -Estén aquí a las seis de la tarde. Y no se retrasen -observó. En la planta baja se había habilitado un depósito de urgencia, donde se instalaba temporalmente a las personas que habían muerto, sobre todo en accidentes de tráfico. Desde allí se las enviaba al lugar adecuado, donde el forense se encargaba de la autopsia. El cadáver de Antonio Pisa permanecía allí, aguardando la orden de traslado del juez. Los cuatro hombres habían llegado juntos a la oficina. Él los condujo a la planta baja por unas angostas escaleras; entró el primero y dio la luz. Un resplandor amarillento alumbró la habitación. -Es por aquí. Los condujo hasta una pieza menor, alicatada de blanco. Allí el ambiente era más frío, y olía a formol. Sobre una camilla, el cadáver de Antonio Pisa estaba cubierto por un lienzo blanco. Él se hizo a un lado, para que todos pudieran ver el cadáver. Tiró con rapidez de la sábana, y trató de observar la reacción de los cuatro. Falero dio un paso atrás. Miraba el cuerpo como hipnotizado, y el magistrado pensó que iba a desmayarse. Vargas permaneció impasible. A la vista estaba que la muerte no podía asustarlo: se enfrentaba con ella todos los días. Pedro, el pescador, estaba rígido. En sus ojos había un destello de miedo.

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Enrique Suazo sonreía. No parecía hallarse ante un cadáver, el cadáver de su propio invitado. Sostenía en la mano un cigarrillo, que no había apagado para visitar el lugar. -Por favor, apague el cigarro -le indicó el juez. - Aquí no se puede fumar. Él siguió su indicación, mientras su rostro permanecía inmutable. Por un momento, el magistrado lo observó: ni un músculo de su cara se había contraído. No había podido sorprender en él ninguna reacción especial. -¿Tienen algo que decir? -preguntó. Todos negaron al unísono. -Está bien, muchas gracias. De nuevo cubrió el cuerpo. Salieron del cuarto y subieron las escaleras, precedidos por el juez. Arriba, él se detuvo. -Deben permanecer en la zona -ordenó. -Y no se alejen demasiado de la finca. Puedo necesitarlos. Falero parecía trastornado y no disimulaba su disgusto. Su rostro había envejecido en pocas horas. -No puede involucrarme en esto -protestó. -Yo... me debo a mi partido, y debo mantenerme al margen de esta clase de cosas. El magistrado estaba serio. En su frente se había dibujado un profundo surco. -Dígaselo al muerto -dijo fríamente, tratando de dominar su enfado. -Él está aguardando a que averigüemos quién lo mató. *** De vuelta a la finca, todos se mostraban muy nerviosos. Parecían mirarse con recelo, como tratando de averiguar en el rostro de los otros alguna macabra inclinación. El escritor trató de romper el hielo. -De todas formas, podremos visitar los pueblos de alrededor. No creo que eso vaya en contra de la ley. Les sirvió unas bebidas, y Falero apuró la suya de un golpe. -Es cierto. Al menos será una evasión... psicológica. Todo esto me está fastidiando demasiado. Vaya una aventura... desagradable.

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El torero mantuvo su vaso en la mano y habló en tono grave. -Lo peor es el juez, yo no aguanto a ese tío. Me saca de quicio. -El dueño de la casa asintió. -Yo pienso lo mismo. Por cierto, deberíamos llevar a Magda a algún sitio. No ha salido de su habitación, está demasiado deprimida. -Vargas movió la cabeza. -Tienes razón. A propósito, parece llevarse muy bien con el juez. ¿No lo habéis notado? Es como si se sintiera... protegida con él. Falero se encogió de hombros. -Más bien, creo que él se está enamorando de ella. Sólo hay que ver cómo la mira, con cara de tonto. -El torero se echó a reír. -No me digas que estás celoso. -Se inclinó, y le escanció una nueva bebida. Mira, te voy a dar un consejo de amigo: olvídate de Magda Cordan. La proximidad de una estrella de cine perjudicaría tu brillante carrera... Los demás corearon su risa. Solamente Pedro permanecía con expresión adusta. No había pronunciado una palabra, ni en el juzgado ni luego, en la finca. Era como si se encontrara extraño dentro de aquel grupo de hombres de mundo. Abandonó la biblioteca y Falero lo siguió con la mirada. -¿Os habéis fijado en ese? De un tiempo acá parece una sombra. ¿Qué pasará por su cabeza? Seguramente, es el asesino. Hubo un silencio tenso. El torero dejó su vaso sobre la mesa. -Cualquiera sabe. Esa gente de mar es... imprevisible. *** Estaba muy avanzada la tarde cuando Magda salió al jardín y encontró a Falero y a Vargas. -Te hemos echado de menos a la hora del almuerzo. ¿Estás enferma? -Ella denegó. -He pasado una noche horrible. Por la mañana he tomado un somnífero, y acabo de despertarme. Me encuentro mucho mejor. Falero escrutó de arriba a abajo su esbelta figura.

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-Vamos a llegar hasta la ciudad, a dar un paseo. ¿Vienes con nosotros? Será bueno para desahogar los nervios. Ella dudó un momento. -No sé. Es posible que... tenga que interrogarme el juez. -¿Por qué lo sabes? -Ella se encogió de hombros. Él me lo dijo. -Falero la observó, sarcástico. -Está bien, te dejaremos tranquila. ¿Es lo que quieres? Ella no contestó. Pensó que no debían ausentarse, pero se alegró por ello. Esperó a que se fueran y salió a dar una vuelta por los alrededores. Cuando estuvo sola, se sentó y sollozó calladamente. De pronto, sintió un vivo deseo de volver a la playa. Algo la atraía hacia allí, al Tajo de la Soga. -Es una locura -se dijo. -Pero quiero hacerlo. Bajó sin prisa los escalones de piedra, y tomó un atajo. El cielo estaba limpio de nubes, y la temperatura era agradable, con una suave brisa que venía del mar. Halló la playa solitaria: el agua apenas lamía la base de las rocas, que brillaban a la luz rojiza del crepúsculo. -Qué maravilla -suspiró. De pronto, vio unas huellas marcadas en la arena. Iban y venían, como si alguien hubiera pasado varias veces por allí. Eran las huellas de unos pies descalzos, y se dio cuenta de que eran unos pies de hombre, normales. Luego, las huellas tomaban la dirección de las famosas rocas de Pisa. Magda se estremeció. -Qué extraño -pronunció en voz alta. Siguió las huellas hacia el mar, y se detuvo detrás de las rocas. Vio encima de una de ellas la ropa de un hombre y al lado un montón de caracolas, todas semejantes. Las miró, sorprendida. -Esto sí que es raro. ¿Quién las habrá dejado aquí? Se inclinó, tomó una caracola y, después de observarla con detenimiento, se la llevó al oído. Le pareció que contenía algún objeto en su interior, y la agitó con fuerza.

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-Vaya -se dijo, intrigada. -¿Qué significa esto? Dentro había un objeto duro, algo que golpeaba. Miró de nuevo en el interior, y permaneció abstraída, hasta que un chapoteo al otro lado de las rocas llamó su atención. Dirigió la mirada hacia allá, y vio a un hombre con traje de buceador, que salía del agua. -¿Quién... ? El hombre se había erguido y se estaba quitando las gafas. Ella se mostró sorprendida. -¡Pedro! Él trató de dominar su asombro. Llevaba en la mano una red, con varias caracolas iguales a las que estaban sobre la arena. Su actitud era agresiva. -¡Señorita! ¿Qué hace usted aquí? Ella se detuvo un momento, pero luego giró sobre sí misma, con la caracola en la mano, y echó a correr a través de la playa, hacia la carretera. Él trató de seguirla, pero las aletas que llevaba sujetas a los pies, hicieron que tropezara y no pudiera darle alcance. Se las quitó, cogió el montón de ropa y se quedó mirando el resto de las caracolas. Dudó unos segundos. -Tengo que alcanzarla- pronunció sordamente. Vio que la actriz estaba llegando a la carretera y pensó que ya era demasiado tarde. Ella había alzado el brazo, a fin de detener a un automóvil. El marinero chasqueó la lengua. -Maldita sea -masculló. Pasaron dos sin detenerse, pero el tercero atendió su señal. -Por favor -indicó ella, jadeando. -¿Pueden llevarme hasta aquella casa? Aquélla de arriba -señaló. El conductor, que iba solo, abrió la portezuela. -Cómo no, señorita, la llevaré donde usted quiera. Ella saltó al coche, que arrancó. En un par de minutos llegaron a la finca y él la dejó ante la verja. No había nadie en el jardín, y Magda Cordan entró directamente en la vivienda. Se dirigió al estudio de Suazo y abrió la puerta,

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entrando sin avisar. Llevaba la caracola bien sujeta. -Hola -dijo, deteniéndose. Él tenía encendida la lámpara que había sobre la mesa; estaba escribiendo y alzó la cabeza. Vio a Magda de pie junto a la vitrina, y se mostró sorprendido por la inesperada visita. -Hola. ¿Te ocurre algo? Ella se dejó caer en un sillón y le mostró la caracola. -Mira esto. -El escritor frunció el ceño. Pareció alterarse, y su barbilla tembló. -¿Qué es? Le contó lo que acababa de ocurrir, y puso la caracola sobre la mesa, atestada de papeles. -Hay algo dentro -indicó. -Algo duro, que pega contra las paredes. ¿Qué puede ser? Él la tomó en la mano y le dio vueltas. La golpeó contra la mesa, y por fin sacó un abrecartas del cajón. Estaba muy serio. -Veamos -dijo. Estuvo hurgando en el interior, hasta que logró extraer el objeto. Era una cápsula alargada, de forma cilíndrica, hecha de un metal plateado. -Era esto -indicó. -Alguien la ha puesto aquí. Estaban completamente solos. Ella tomó la cajita en la mano. Fuera, las sombras se estaban apoderando del jardín. -Parece que la han sellado, con cera o algo así. ¿Qué puede contener? Con el mismo abrecartas, el escritor arrancó el material traslúcido y blando, que se desprendió en escamas sobre la mesa. Abrió la cápsula y la volcó sobre una hoja de papel. Un polvo fino y blanco se esparció en la cuartilla. -¿Qué es eso? -preguntó la chica. Él contestó en voz baja. -Es cocaína. Parece de una gran pureza. Ella trataba de poner en orden sus ideas, sin conseguirlo. Buscó alguna explicación racional, y se acordó de lo ocurrido en la playa. Rememoró la escena

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y buscó una relación entre el pescador y el contenido de aquella cajita. -No puede ser -murmuró. -¿Pedro? No es posible. -Él asintió con la cabeza. -Sí que lo es. Hay que llamar a la policía. Suazo cogió el teléfono y estuvo marcando unos números. La chica se puso en pie. -Yo me voy a mi cuarto. Estoy demasiado alterada. Y salió, cerrando la puerta. *** Una sombra se había deslizado ante la ventana. La sombra dobló la esquina de la casa y se detuvo ante la entrada principal. Era Pedro, que había llegado por el atajo, corriendo; había subido la cuesta con las aletas en la mano, y oyó hablar en el estudio a Suazo con la actriz. Temía la reacción de su jefe. Se aproximó a la ventana del estudio, a tiempo de oir las últimas palabras de la conversación. Luego, oyó salir a la chica. Saltó al interior. La cortina que cubría la ventana se agitó un momento, y tras ella apareció el muchacho, todavía a medio vestir. Parecía trastornado y Suazo lo miró fijamente. -¿Qué haces aquí? ¿Qué ha sucedido? -Yo... yo no he podido remediarlo -pronunció con voz entrecortada. -Ella estaba en la playa, y me sorprendió. ¿Has llamado a la policía? -Suazo se echó a reír. -¿Tú también te lo has creído? Pensé que eras más sagaz. -Él enarcó las cejas. -Ah, lo has hecho para despistarla. -El otro asintió. -Vaya, menos mal. Veo que lo has entendido. Estrujó su cigarrillo en el cenicero. Se fue hacia la ventana que daba al jardín, y la cerró. Cruzó la habitación rodeó la mesa y abrió un cajón del escritorio. Sacó una pistola y se la entregó al pescador. Lo miró a los ojos. -Quiero que elimines a esa mujer -dijo fríamente. El muchacho parecía asustado, y dejó la pistola sobre la mesa. -Eso no puedo hacerlo -musitó.

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Suazo se puso rojo. Pareció que iba a sufrir un rapto de ira, pero consiguió dominarse y habló en tono grave. -¿No puedes? Entonces, yo mismo te denunciaré. Diré que te has aprovechado de mí y de mi finca, y será mi palabra contra la tuya. Pedro sintió cómo sus piernas empezaban a temblar. Era difícil matar a un hombre cuando estaba desarmado, y más a una mujer... como aquélla. -No harás eso -dijo sordamente. El otro soltó una risita. Al ver la expresión de su mirada, comprendió que no hablaba en vano. Se estremeció, porque vio que lo estaba encañonando. -¿Que no lo haré? Tú no me conoces. El rostro de Suazo se había contraído. En sus ojos hubo un destello maligno. Seguía con la pistola en la mano, aguardando a que él la cogiera. -No puedo -repitió el muchacho con voz estrangulada. Retrocedió de un salto, atravesó la estancia y se marchó corriendo. Quería decirle a la chica que no tenía intención de causarle ningún daño. El escritor se guardó el arma en el bolsillo y abandonó el estudio, cerrando de un portazo. Parecía dispuesto a cualquier cosa con tal de librarse de testigos peligrosos. Se dirigió al dormitorio de la actriz, donde halló la puerta entornada, y entró en la habitación. La llamó por su nombre y, al no recibir contestación, empujó la puerta del baño: estaba vacío. En el dormitorio, la cama estaba deshecha; había varias prendas de ropa esparcidas encima, y alguna caída en el suelo. Vio el armario abierto de par en par. -Mierda -masculló. *** Magda volvió a su habitación, pero no pudo relajarse. Luego decidió salir al jardín, mientras luchaba contra una avalancha de negros pensamientos. No podía concebir que aquel muchacho, de aspecto sano y mirada sincera, fuera responsable de una actividad semejante. Pensó volver a su cuarto y tomar una pastilla, pero lo pensó mejor y decidió no hacerlo: llevaba varios días tomando sedantes, y temía

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habituarse a ellos. -Se pasará solo -suspiró. De pronto vio que Pedro salía corriendo de la casa, en dirección a la carretera. Fue a llamarlo, pero tuvo miedo y no lo hizo: no tenía idea de lo que se traía entre manos. Había sentido cierto interés por él, pero ahora lo aborrecía. -Puede ser peligroso -pensó, mientras se dirigía a la terraza donde estaba el bar. La sola idea de que tendría que pasar allí la noche la ponía enferma. -No podré soportarlo -pronunció en voz baja. Consultó su reloj de pulsera. Sin saber cómo, impulsada por una fuerza incontenible, se dirigió a las escaleras de piedra que, iluminadas por unos globos blancos, bajaban hasta la entrada de la finca. Sintió una gran curiosidad por saber si las caracolas seguían en la playa o si, por el contrario, alguien las había recogido. Por un momento pensó llamar al juez, pero recordó que ya Suazo había telefoneado a la policía, que no tardaría en llegar. Necesitaba una caracola que le sirviera de prueba, puesto que su anfitrión se había quedado con la otra en su estudio. Además, ésta ya no contenía la cápsula con la droga. Se oprimió las sienes con los dedos. -Todo esto es como una pesadilla -musitó. -Me estalla la cabeza, creo que me voy a desmayar. Mientras, el muchacho había llegado a la carretera, y trató de parar a un coche. Por fin pudo lograrlo: un auto rojo se detuvo, y alguien le hizo seña desde la ventanilla. -Vamos, suba. *** Desde el dormitorio de la actriz, Suazo la vio bajar las escaleras a la luz de las farolas, y observó que se dirigía a la playa. Se volvió con las facciones alteradas. -Maldita, maldita zorra -masculló. Se apartó de la ventana y estuvo trazando un plan. Enseguida desechó la idea de la pistola. Se dirigió a su cuarto y de un armario sacó un traje de buceo, un fusil

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de pesca submarina guardado en una funda, y unas gafas de agua. Se vistió con el traje, pero guardó las aletas. En la playa, y de noche, Magda Cordan estaría a su merced. Mientras guardaba el arma, en su rostro había una mezcla de firmeza y rabia contenida. -No puedo dejarla escapar -pronunció en voz alta. -Pero no hay prisa, hay que tener calma. Entró en la biblioteca, apagó la luz y permaneció un rato sentado en una butaca, pensando. Sus planes iban bien, y ahora una mujer ignorante iba a malograr sus esfuerzos. Pero había encontrado la forma de deshacerse de ella, sin que nadie pudiera acusarlo de nada. -No hay prisa -repitió tensamente. *** Cuando alcanzó la carretera, Magda Cordan echó a correr cuesta abajo. Parecía haber recobrado el ánimo. Llevaba puesto el bikini debajo del vestido, y estuvo caminando un rato, sin rumbo definido. Rodeó el bosquecillo; luego, pensó que un baño acabaría de tranquilizarla. -El mar es el mejor sedante -se dijo, aspirando el aire salino. Bajó hasta la playa, iluminada por la luna creciente, y atravesó la zona arenosa en dirección a las rocas. Tenía que buscar el lugar exacto donde estaban las caracolas, pero al mismo tiempo deseaba sumergirse en el agua, tranquila y templada. Se quitó la ropa y dio un vistazo alrededor: no había nadie en lo que alcanzaba la vista. Se arrojó de cabeza y empezó a nadar hacia el lugar con rítmicas brazadas. *** El juez, en su despacho, trataba de ordenar los expedientes que aguardaban sobre la mesa. La jornada se había prolongado más de lo habitual, y estaba deseando marcharse a su casa La puerta se abrió, y apareció el oficial de guardia. Parecía confuso. -Perdone, es urgente -carraspeó. -Hay fuera un pescador que al parecer se

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llama Pedro, y que trabaja para Suazo, el escritor. -El magistrado lo miró, con el ceño fruncido. -¿Qué quiere? -No ha querido decírmelo. Dice que tiene que hablar con usted. -Él se puso en pie. -Dígale que pase. A una seña del oficial, Pedro entró en el despacho. Tenía el rostro descompuesto y llevaba las ropas mojadas. Sin que le preguntaran, dijo: -Sé quién mató a Antonio Pisa. El juez se mordió los labios. Observó al muchacho, que permanecía rígidamente en pie, al lado de la puerta. -¿Qué me está diciendo? -Él afirmó con la cabeza. -Se lo juro. Yo sé quién lo hizo. Parecía muy excitado, y el juez le indicó que se sentara. -No, gracias. Estoy muy bien así -dijo nerviosamente. El juez sí que lo hizo y se echó hacia atrás en su asiento, con los dedos firmemente enlazados. -Bueno, dígame: ¿quién lo mató? El muchacho se humedeció los labios. Quería decir algo, pero tenía la boca demasiado seca. Miró al oficial que permanecía junto a la puerta. -¿Podemos hablar a solas? -El juez hizo una seña. -Déjanos -le indicó a su ayudante. Finalmente, el pescador decidió sentarse. Habló en forma contenida. -Mi jefe, el señor Suazo, fue quien lo mató -dijo, con la mirada baja. El juez permaneció en silencio, observando algo sobre la mesa. Frunció el entrecejo y observó al recién llegado. -¿Está seguro de lo que dice? -El muchacho asintió. -Claro que lo estoy. Lo mató a sangre fría, con un disparo de arpón en la espalda.

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El juez ordenó unos papeles. No quería precipitarse, y preguntó: -¿Acaso lo hizo por la actriz? -El otro negó con energía. -No, no fue por la actriz. Fue porque... -tragó saliva. -Verá... -¿Qué? -Él comenzó a hablar despacio. Al parecer, según dijo, Pisa había descubierto cuál era la verdadera actividad de Suazo, y el destino que le daba a la finca. -¿Qué actividad, qué clase de destino? El muchacho tardó en contestar. Hubo un tenso silencio, en que se oyeron voces en el exterior. El juez carraspeó. -¿Y bien?... Pedro aspiró hondo. En tono opaco empezó a relatar lo ocurrido. -Todo empezó la noche que volvieron de la sala de fiestas. -El magistrado no disimuló su extrañeza. -¿La sala de fiestas? -El muchacho asintió. -Sí, después de volver a la casa, Pisa bajó a bañarse a la playa. Parece que se había comprado un equipo de buceo, y estaba obsesionado con eso del baño, no hablaba de otra cosa. Se detuvo un momento y el juez se removió en el asiento, nervioso. Una idea lo acosó: era confusa de momento, no estaba claramente definida, pero lo intranquilizaba. -Siga -indicó secamente. El chico siguió hablando con dificultad. -De madrugada bajó a la playa. Le habíamos advertido que no se acercara a un grupo de rocas, que era peligroso bañarse en las inmediaciones... El magistrado enarcó las cejas. Estaba claro que no entendía nada. -¿Por qué lo era? -preguntó. El pescador se encogió de hombros. -No es que lo fuera, en realidad, pero mi jefe no quería intrusos por allí. Parece que la advertencia no hizo más que aumentar su curiosidad, y se dirigió directamente al lugar... Dejó la frase sin terminar y clavó los ojos en su interlocutor.

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-¿Y?... -En realidad, bueno, lo cierto es que entre esas rocas... un barco de pesca había dejado caer unas caracolas... -El otro lo miró, sorprendido. -¿Unas caracolas? -El chico aspiró hondo. -Sí, señor. Pero las caracolas... bueno, no estaban huecas. El juez lo miró fijamente. Su mano derecha sostenía ahora una hoja de papel doblada por la mitad. -¿Que no estaban huecas? ¿Qué quiere decir? -El muchacho parecía haberse tranquilizado, y hablaba con más seguridad. -Dentro de cada una... iba una carga de cocaína. El magistrado casi saltó en el asiento. -¿De cocaína, dice? Siga. Él sacó un sobre del bolsillo y se lo puso en la mano. Podía notarse el bulto de unas cápsulas a través del papel. -Sí, señor -asintió. -Ellos las dejaban, y luego yo mismo, por orden de mi jefe, me encargaba de rescatarlas, buceando. Aquella noche era muy oscura, y Pisa llegó al lugar tropezando sobre la arena. Creo que estaba bebido. Cuando estuvo a la altura de las rocas, estuvo merodeando un rato como si no se atreviera a zambullirse. -El juez carraspeó. -Y, ¿qué ocurrió luego? -El chico se mordió los labios. Se detuvo un momento, como perdido en sus propios pensamientos. -Yo... En ese momento, yo salía del agua llevando en una red una docena de esas caracolas. -El hombre asintió con un gesto. -Y lo vio salir a usted del agua, con el botín. ¿Qué dijo? -Él aspiró hondo. -Le extrañó mucho encontrarse con alguien. De pronto pareció despejarse. Al principio no me reconoció, pero luego empezó a bromear. Me dijo que cómo me bañaba allí, en un lugar tan peligroso. -Y usted, ¿qué explicación le dio? -Me quedé sorprendido, y no supe darle ninguna explicación. Traté de ocultar

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las caracolas, pero lo vi muy interesado, como si sospechara algo. En aquel momento pensé en golpearlo, pero no lo hice -terminó por confesar. El juez sintió extrañeza ante la idea de aquel suceso tan melodramático, tan extraordinario incluso para él. Lo observó, con ojos inquisitivos. -¿Y, qué hizo él entonces? -El chico se había estirado en su asiento. -Intentó arrebatármelas. Yo se lo impedí, y las lancé al agua, lo más lejos que pude. Entonces él se dirigió hacia la casa, corriendo. Yo no sabía qué hacer carraspeó. -Tenía que avisar a mi jefe. Dejé en la playa el equipo de buceo y lo seguí, procurando alcanzarlo y que no pudiera hablar con nadie... -El juez hizo un gesto de asentimiento. -Comprendo. Siga. -El otro continuó: -Él llegó primero. Me escondí en el jardín, y vi al futbolista que estaba hablando muy alterado con Falero y con Vargas. Señaló hacia la playa, y dijo que acababa de hacer un descubrimiento. -El juez había cruzado de nuevo los dedos. -¿Qué le dijeron ellos? -Se echaron a reír, y Falero le preguntó si estaba borracho. Entonces él les dijo lo que había ocurrido, que me había encontrado con unas caracolas, y que yo las había lanzado al agua. -¿Eso no les extrañó? -En aquel momento llegaron la señorita y el señor Suazo. Yo quería haberle advertido antes, pero no tuve tiempo. Así que se enteró por Pisa. El magistrado encendió un cigarrillo. Le ofreció otro a Pedro, que lo rechazó. Él le dio una larga chupada y expulsó el humo despacio. -¿Qué hizo usted entonces? -Procuré llevar dentro a mi jefe, y le conté lo que había ocurrido. Él me dijo que no me preocupara, que se encargaría de arreglarlo. Luego ocurrió lo que usted sabe... -Comprendo -dijo el juez. -Su jefe se encargó de solucionar el problema. Pero, ¿no tiene alguna prueba de lo que afirma? Eso no son más que suposiciones.

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Cualquiera de los tres hombres pudo hacerlo, y también... usted. - Él saltó en el asiento. -¿Yo? ¿Cree que entonces estaría aquí contándole esto? -movió la cabeza. -No es que me guste trabajar con la policía; no, yo no soy de esos. El otro hizo un gesto conciliador. -Vamos, no se excite. Siga. Pedro trató de relajarse. -Él mismo me dijo que el futbolista había cometido un error, y que lo pagaría muy caro. Pero hoy... -El juez alzó la mirada. -¿Qué ha ocurrido hoy? -Él habló lentamente. -Hoy... había llegado otro envío, y yo tenía que recogerlo. -Siga. -La señorita... El juez se puso en pie. Su cigarro se había apagado. -¿Qué le ocurre a la señorita? -Cuando al fin encendió el cigarrillo, su mano temblaba. -Señor, ella me vio en la playa, y se dio cuenta de que algo raro sucedía. Estaba anocheciendo, y yo me llevé un buen susto. Se detuvo un momento, dudando: -Vi cómo cogía una caracola. Intenté quitársela, lo más suavemente que pude, pero yo tenía puestas las aletas... -Siga. -Bueno, lo cierto es que salió corriendo con ella, y la llevó a la casa. Fue directamente a hablar con Suazo, pensando que yo era el único culpable. El juez se sobresaltó. -¡Habló con Suazo! -dijo, golpeando la mesa. -Sí, señor. Incluso, consiguió que él sacara la cápsula que había dentro de la caracola. No sé por qué, pero él mismo le dijo que se trataba de cocaína. -El magistrado se estremeció.

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-¡Dios mío! ¿Y qué ocurrió luego? -Entré en la biblioteca, y el señor Suazo me encargó que eliminara a la señorita. -El juez estaba pálido. Presentía lo peor. -¿Qué dice? -El otro continuó: -Pero yo no podía hacerlo, y he venido a advertirle de que ella está en peligro... El hombre se volvió tensamente. Sin aguardar a que el otro terminara, se adelantó hacia la puerta. -¿Quién hay en la casa? -Ahora fue el muchacho quien se puso en pie de un salto. -¡Están ellos dos solos! -exclamó. -Los invitados... han ido a la ciudad. -¡Vamos para allá! Salieron, y el magistrado hizo seña a los dos guardias del pasillo. -Vengan con nosotros -ordenó. Una vez fuera, los cuatro hombres subieron a un coche oficial y el propio juez se sentó al volante. En cada curva, las ruedas chirriaban. -Ojalá lleguemos a tiempo -masculló él, pisando a fondo el acelerador. *** Mientras, Magda nadaba plácidamente, con los ojos cerrados; el agua fría la sumía en un grato sentimiento de relajación. Llevaba un rato braceando, mientras la luz de la luna trazaba un sendero de plata en el mar. Arriba, la carretera serpenteaba a lo largo de la bahía, desdibujándose en la oscuridad. Sólo las luces de unos edificios lejanos brillaban como estrellas en la noche. En un momento se dio cuenta de que se había alejado demasiado de la costa, pero se sentía a gusto allí. Le parecía que todo lo ocurrido no era más que una pesadilla. Quizá todo fuera un error: de todas formas Suazo ya estaba sobre aviso, y pronto acudiría la policía.

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Pensó que no corría ningún peligro. En fin, no podía hacer más que aguardar los acontecimientos. *** El escritor cruzó el césped, abandonó la finca, siguió el sendero hasta la playa y caminó por la arena, mientras trataba de descubrir el lugar donde estaba la actriz. No parecía tener prisa, como si saboreara el momento. Llevaba en la mano el fusil de pesca submarina, y lo extrajo de su funda; se calzó las aletas y oteó la oscura superficie. Las olas rozaban suavemente con un ruido de seda, y de cuando en cuando se oía un ligero chapoteo del lado de las rocas. -No puede estar lejos -musitó. Siguió caminando hasta que el agua lo cubrió hasta los hombros; luego se zambulló. Estuvo buceando unos metros y emergió a la superficie, buscando a Magda con la mirada. Finalmente, gracias a la luz de la luna pudo localizarla: estaba lejos, y avanzaba con rítmicas brazadas hacia el otro lado de la pequeña bahía. Rectificó su dirección y tomó la de ella, que siguió nadando sin advertir su presencia. -Debo cogerla por sorpresa -pensó. -Va a ser un accidente lamentable, que todos sentiremos -pronunció en voz alta, con una sonrisa torcida. *** El automóvil de la policía se había detenido en un alto, cerca de la finca. Pedro echó a correr en dirección al acantilado y los otros lo siguieron. Desde arriba pudieron distinguir a la actriz nadando, y a un hombre que la aguardaba en el agua, no lejos de la orilla. -Es Suazo -indicó. -Vayan ustedes por la playa, sin hacer ruido, que yo saltaré. Vio que su jefe iba ahora al encuentro de la chica. Se quitó la camisa y el pantalón, quedándose en un escueto tanga. Sin dudarlo, se lanzó al agua desde la altura, mientras los demás rodeaban. -Vamos -indicó el juez, y los tres aceleraron el paso.

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El escritor no se había percatado de la presencia de los hombres, atento a perseguir a su víctima. Tampoco advirtió que Pedro había saltado, ya que el rozar de las olas sofocó el ruido de la caída. Después de unos segundos, el muchacho salió a flote y avanzó a largas brazadas. Uno de los guardias le hizo señas al juez. -Mire. La policía del mar. En efecto, a cierta distancia navegaba la lancha, alertada por el magistrado desde su teléfono móvil. Los tres levantaron los brazos, tratando de llamar su atención. Un guardia se quitó la chaqueta y la agitó en alto. -Dispare al aire -ordenó el juez. -No nos han visto, y se están alejando. El guardia siguió su indicación. Un estallido seco rompió el silencio, espantando a las gaviotas nocturnas. -Ella nos ha visto -dijo el policía más joven. -Ha levantado la mano. También lo había oído Suazo, que se detuvo. No se había percatado de la presencia de Pedro, que nadaba hacia él. Parecía dudar hacia dónde dirigirse. Por fin, intentó nadar mar adentro. -Hijo de puta- dijo con rabia el pescador. -No te vas a escapar. La lancha de la policía había advertido la señal, y se dirigía a la costa. Mientras, la actriz había empezado a bracear con todas sus fuerzas, y en unos minutos alcanzó la playa, donde la aguardaban los hombres. El juez se aproximó, y la ayudó a salir. -¿Te encuentras bien? -preguntó, anhelante. Ella estaba aturdida. -Sí, estoy muy bien -contestó. No comprendía nada, y procuraba aclarar sus ideas. -Hemos llegado a tiempo -dijo él. Mientras caminaban por la playa, la puso al corriente de los últimos sucesos. La chica lo miró, asombrada. -¡Eso no puede ser! El propio Suazo llamó a la policía. Yo lo vi marcar el número, y luego hablar con ellos. -El juez movió la cabeza, denegando.

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-Simuló que lo marcaba, pero no lo hizo. Él mató a Pisa, y ahora pretendía matarte a ti. No consiguió que Pedro lo hiciera; por el contrario, el pescador nos avisó. Gracias a él estamos aquí. -Ella se estremeció. -¡Dios mío, no puedo creerlo! Miraron hacia la superficie surcada por la luna. Suazo nadaba desesperadamente, tratando de huir, y Pedro lo seguía. Por su parte, la lancha se había aproximado a la playa, y estaba detenida enfrente, muy cerca de las rocas. Los tres hombres pasaron a ella y ayudaron a la actriz a saltar. Desde allí, vieron que el pescador estaba muy cerca de Suazo. -Miren, ya casi lo ha alcanzado -dijo Magda, temblando. Como si la hubiera oído, vieron que el escritor se revolvía y amenazaba al muchacho con el fusil de pesca submarina. -¡Eres un traidor! -gritó con voz ronca. Pedro había descubierto el arma y trató de zafarse, pero era demasiado tarde. Suazo fue más rápido y apuntó en la oscuridad con la pericia de un buen profesional. Magda gritó: -¡No, por favor! Disparó, y él no pudo evitar el impacto. Vieron cómo sus manos se abrían de pronto, y se oyó un grito de terror. -¡Oh, no! La actriz se había cubierto el rostro con las manos y empezó a sollozar. Mantenía los ojos cerrados, como para convencerse de que aquello no había sucedido. -Por favor, no... El hierro había alcanzado al pescador, quien se debatió unos segundos; pero fue inútil, porque ya la punta acerada le había atravesado el corazón. -Yo no quería... -gorgoteó. Sus manos se aferraron al vástago del arpón; su cuerpo se agitó un momento, y sus dedos trataron de asir el aire. Emitía sonidos entrecortados, sin dejar de mirar

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a su asesino, y giró sobre sí mismo. -Yo... no hubiera querido... perdóname -alcanzó a decir. Luego, todo se desmoronó a su alrededor, como le ocurre a un castillo de arena invadido por el mar, mientras él se sumía en la oscuridad de la muerte. Magda estaba al borde del desmayo, y tan sólo se mantenía erguida por causa del horror. El juez le habló al oído. -Tranquilízate- dijo. -Ha sido demasiado rápido para que sintiera dolor. Vamos a coger al asesino. La motora avanzó a toda velocidad, mientras el escritor trataba inútilmente de huir. -¡Alto, o disparamos! -le gritaron desde la lancha. ¡Vamos, entréguese! Él soltó un juramento; alzó los brazos y soltó el fusil, que fue a hundirse en el agua. -Está bien, está bien. Mientras dos marineros izaban el cuerpo de Pedro, los policías le lanzaron un cable y lo ayudaron a subir. Quedó colgado, con las piernas golpeando los costados del barco; sus manos se asían fuertemente al cable, hasta que pisó la cubierta. -Maldita sea -masculló. El magistrado hizo una indicación a los guardias; Suazo sintió que una mano se posaba en su hombro y que las esposas se cerraban en sus muñecas. No podía hacer el menor movimiento, y los músculos empezaban a dolerle. -Será mejor que no oponga resistencia -dijo torvamente el juez. -Su aventura criminal ha terminado, De pronto, el escritor soltó un gemido. Había visto a Pedro tendido sobre un rollo de cuerdas; se abalanzó hacia él y le acarició el rostro con las manos trabadas. Repetía: -¡No te vayas, Pedro! ¡No me dejes solo! Sin mirarlo, el juez se dirigió al oficial de marina. -Por favor, déjenos en la playa - le indicó.

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Cuando desembarcaron, varios policías previamente alertados se hicieron cargo del detenido y del cadáver, que introdujeron en una ambulancia. El juez se volvió. -Todo ha terminado -le dijo a la actriz, que afirmó con un gesto. -Vamos. Ella se quedó quieta un instante, y apoyó luego la cabeza en su hombro. -Ha sido horrible -musitó. -Muchas gracias por todo. Juntos caminaron enlazados hacia el automóvil, que aguardaba en la carretera. Llegados al coche, él la ayudó a subir. -Es... muy poco frecuente que el propio juez intervenga en la detención del culpable, ¿lo sabías? -le dijo. -Ella lo miró. Notó que las rodillas le temblaban. -¿Ah, sí? -También es poco frecuente... que el juez lleve a la posible víctima cogida por la cintura, ¿no crees? -Ella sonrió. -No pasa nada, señor juez... -pronunció en voz baja. -Era una broma -dijo él. Un motorista había aparecido en la curva y se detuvo junto al automóvil. Una voz seca, impersonal, los sobresaltó. -Perdone, señor -indicó, como si le doliera interrumpir la escena. -Ha habido un accidente grave, con un muerto y varios heridos. Tendría que acudir a levantar el cadáver. -El juez miró a la chica, y ella asintió. -Es su trabajo, ¿no? Vaya a hacerlo -dijo seriamente. Él oprimió la mano que Magda le tendía. Consultó su reloj y se dirigió a uno de los guardias. -Haga el favor de llevar a la señorita donde ella le indique. -El otro se cuadró en un gesto rápido. -A sus órdenes, señor juez. ¿Hay que tomarle declaración? -Ella lo miró, extrañada. -¿Declaración? -El juez denegó. -No es necesario, la declaración se la he tomado yo. -La chica habló con

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suavidad. -Gracias otra vez, por todo -le dijo. Él se dirigió hacia un automóvil que aguardaba al otro lado de la carretera. Pasó ante el motorista, que lo saludó con un gesto, y se subió al coche, que en un momento desapareció tras una loma. La actriz se encontraba ahora mejor, y más sosegada. Todavía llevaba puesto el escueto bañador, y con la mano derecha se subió la hombrera que se había deslizado sobre su hombro. Luego movió la cabeza. Necesitaba restablecer su fe en la honradez, en la bondad del ser humano. -No resultaría - se dijo. Cerró los ojos y añadió, sonriendo para sus adentros: -Forastero, ha sido muy bonito mientras duró. Lástima, tú perteneces a otro mundo, y yo no quiero abandonar el mío. Tengo que seguir mi camino, ¿comprendes? Se echó hacia atrás en el asiento. -Puede que algún día volvamos a encontrarnos -suspiró.

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