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me entrene me viene bárbaro, me suma. Ahora digo que está bueno ser el hermano de Guillermo en eso (se ríe). Me cuenta de sus experiencias y eso también me ayuda a madurar para dejarlo atrás y que yo trate de ser yo, de hacer mi nombre y mi camino. Las personas tiene cada uno su tiempo, y con sacrificio y esfuerzo y dando un poco cada día, se llega. Hoy, mañana, dentro de cinco años, o al menos, por tener la satisfacción de haber dejado todo por intentarlo. Pero cuando era chico fue raro y difícil. Yo iba a los torneos de Junior, ponele, y mi hermano los había ganado siendo dos años más chico. Una locura. Y me ha pasado situaciones, por ejemplo, en un torneo en Alemania, que estaba entrando en calor en un club y me vinieron a buscar en una combi para llevarme adonde se jugaba. Me pusieron en la cancha central, televisada. Yo pensaba y me parecía lógico que acá en la Argentina pase, pero en Europa fue el doble y no lo supe manejar. Exploté y decidí dejar. Y hace un tiempo comencé una nueva etapa, una nueva carrera. ¿Cómo fueron esos nueve meses afuera del tenis? Me hicieron muy bien, y hoy gracias a eso estoy contento. No me arrepiento de haber tomado esa decisión y si ahora también estoy poniendo toda la garra es gracias a ese tiempo en que decidí dejar de jugar. Mi viejo me puso a cargo de unos chicos en la escuelita, porque empecé a darle una mano en el club, hasta viajé a unos Nacionales como entrenador de chicos. Eso fue lindo, me sirvió para darme cuenta de un montón de cosas que mientras jugaba no las apreciaba. Y después traté de despejar la cabeza, de liberarme del hecho de tener esa presión que siempre sentía cuando disputaba, que hacía que no la pase bien. Al principio salí con mis amigos bastante más de lo que lo hago ahora, obvio. Pero me faltaba algo, no era feliz sin el tenis. Mirando para atrás, ¿siempre quisiste jugar al tenis siendo profesional? La historia, como la de mi hermano, arranca porque mi papá estaba todo el día en el club. Para verlo teníamos que ir ahí sí o sí. El estaba dando clases y yo me metía en las canchas, el frontón. Esa era nuestra vida. También jugaba al fútbol pero al ser muy competitivo yo, que no me gusta perder a nada, me di cuenta de que en el tenis depende de vos mismo y por eso me incliné por esta disciplina. Y después, al principio jugaba por inercia, un poco por seguir a Guille, sí. Capaz en un momento, Hernán (Gumy) entrenaba a mi hermano y yo vivía en Venado Tuerto y necesitaba un cambio. Y surgió la idea de venirme acá a Buenos Aires y ahí fue que me planteé que mi vida sea sólo tenis, o que lo principal sea esto. Cuando dejé el colegio fue decirme: “Ya está”. Me tenía que poner las pilas sí o sí. En el medio decidí también dejar de jugar, tuve varias idas y vuelta, ¿no? (pregunta cómplice, ya abordando el tema, más relajado). Fue una decisión difícil plantear que no quería jugar más. Pero se dio sola. Y más difícil fue volver. Pero mi familia se había dado cuenta. Ni siquiera a mi papá le tuve que decir de dejar, porque era obvio. Fueron dos

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la táctica, del nivel o de los jugadores que veía. Porque me pasaba Agassi por al lado y me daba una palmada y para mí no me significaba nada ni pensaba lo grande que fue ese tipo. Fue lindo haber viajado, pese a no poder apreciar todo eso. Y de la imagen, sí. Eso debe haber sido lo que más me preguntaron en mi vida en general. ¿Vos sos el chico que lloraba en Roland Garros? Fue un momento duro, que hasta el día de hoy me cuesta. Pero siento que todo pasó por algo, que si no se dio ese partido, se le dieron otras cosas súper importantes en la vida, a mi hermano, y estoy orgulloso de él y de lo que logró. Y poder ver el lado positivo de ese recuerdo es la manera en que yo entiendo las cosas. ¿Cómo fue haber vuelto a Europa, a jugar, el año pasado y haber estado en Roland Garros y Wimbledon? Lo primero que me pasó fue tener que preguntarle a mi familia si mi hermano tenía tanta atención encima. De la fama que tenía. Porque cuando tuve la suerte de entrenar con Nadal, por ejemplo, lo acompañaban como cuatro guardaespaldas, y eso te choca un poco. Y toda la gente que lo sigue. Y me sorprendió mucho la cantidad de gente que sigue a los jugadores conocidos, y quería saber si a Guille le pasaba lo mismo. Hay fanáticos de este deporte que lo viven a pleno. Y después, en lo personal, son muchas vivencias que te suman. Por ejemplo, verlo entrar a Federer al vestuario y ver que sacaba del bolso su ropita todo doblada perfecta, se bañó, volvió, sacó un peine gigante se dejó el jopo con su estilo, su teléfono, era un señor. Y al lado verlo a Murray todo al revés. Todas las raquetas en el piso, sin encontrar lo que buscaba en el bolso, barba de unos días, desprolijo al mango. Y ver esas diferencias te demuestra que son personas normales, cada uno con sus costumbres y que tienen la virtud de jugar demasiado bien al tenis. Volver a Roland Garros fue especial… Yo lo viví de manera muy especial el torneo, sí. Tuve que ir a jugar la qualy en Juniors, que se disputa en otro club distinto, lejos, y me costó mucho, jugué mal y perdí. No era fácil, capaz por todo lo que habíamos vivido ahí. Pero después volver al estadio fue raro, pero lo tomé bien. Pude entrenar con Nadal, y al día siguiente me invitaron para ver su partido contra Almagro, los cuartos de final. Y estaba ahí sufriendo porque quería que gane, si no me iba a sentir yeta porque yo lo había entrenado el día anterior. En lo personal, ¿qué objetivos tenés para el resto del año y 2012? Me gustaría seguir mejorando y como primer paso estar entre los 500. Si me va bien, probar en algunas qualys de Challengers y, si no, seguir sumando, tranquilo. Paso a paso. Yo tengo en claro que debo mantenerme en el camino de trabajar sin apurarme por los resultados, porque la cabeza se te gasta. Si sigo esforzándome los resultados vendrán o no, pero voy a estar satisfecho de lo que hice y eso es lo que te termina llenando.

Federico coria

Con nombre propio
El menor de los Coria pudo dejar atrás el rótulo de ser “el hermano de…” para empezar a construir su camino. A los 17 años, dejó de jugar nueve meses, volvió, sumó rodaje y hoy, con 19, busca ser protagonista en los Futures para seguir subiendo.
Por Marcos Zugasti / Fotos por Sergio Llamera

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as comparaciones son odiosas pero, a la vez, inevitables. Más en el mundillo del tenis, territorio volátil —tanto al encumbramiento de jugadores apenas en gestación como al reproche de otros ya consagrados—. Ser el hermano de Guillermo Coria le implicó a Federico tener que asumir las consecuencias. Entre otras, que su nombre no sea el propio sino... “el hermano de”. Y aunque en una primera lectura puede que eso le haya dado sus ventajas, como que en ocasiones le abriesen el camino en este deporte, a veces ocurría todo lo contrario. Federico, el menor de los tres hermanos Coria, desde siempre insistió con que quería seguir los pasos de Guillermo pero durante su formación, y mientras se destacaba entre las categorías menores, debió responder incansablemente sobre su hermano famoso. “Nunca lo voy a dejar atrás. Ojala algún día no me moleste. No sé si es molestarme la palabra, pero es una mochila que siempre voy a llevar. De chico me costó mucho, dejé de jugar nueve meses un poco por eso. Cuando sos chico es

imposible que no me compare o no quiera ser lo mismo. Presión en mi familia nunca tuve, pero los comentarios o el que te vaya a ver muchas más gente por el solo hecho de tener mi apellido no es fácil de manejar, es algo que tuve que aprender sobrellevar”, explica desde una maduración distinta con 19 años y otro rodaje sobre el lomo. Claro, deglutir y tolerar la situación cada vez que surgía el asunto no fue nada cómodo, y encontrar su identidad adentro de la cancha también fue otro proceso. Pero la realidad del hoy lo ve en otra etapa, ya ganando partidos, varios en torneos Futures, alrededor del 900º del ranking ATP e intentando asentarse como el jugador que quiere , ser, con nombre propio, Federico Coria. ¿Cuánto te costó dejar atrás ser el “hermano de” y cómo estás manejándolo en esta nueva etapa? Desde que volví lo llevo mucho mejor, soy más grande, maduré. El hecho de que él esté conmigo y

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etapas, la que me vine a vivir a Buenos Aires y la que volví a jugar. Y capaz necesité de ese parate, como entender los errores que tenía. Falta de respeto a entrenadores, no hacerles caso, por ejemplo. Todavía no hago todo bien pero al menos lo pude ver. ¿Cómo es el Federico Coria hoy y que creés que hacés bien y qué te falta mejorar para seguir subiendo tu nivel? Siempre me sale marcarme más los errores que los aciertos. Si no tuviera que mejorar nada, sería aburrido. Eso tiene de bueno el tenis, que cada día podés ser mejor. Y obviamente me faltan muchas cosas. Ser más agresivo, tener la bola de mitad de cancha que parece la más fácil, que la tenés servida, pero es una que cuesta. Hoy el tenis es bastante potente y si no trabajás la potencia no lastimás a ningún jugador. El saque, que lo fui cambiando mucho. Y después algo que disfruto, de alterar los ritmos. Me considero luchador, contragolpeador, que intento atacar y también defiendo. Suena todo bárbaro. Describiéndome así parezco Djokovic (se ríe con ganas nuevamente). No sé si lo que mejor hago, pero seguro lo que más disfruto es de los passings. Me llena de energía y me pone de buen humor. Es algo hermoso meter un passing a la carrera, exigido. Llegar corriendo, exigido y pasar a tu rival es algo inigualable. ¿Qué recordás de los momentos en los que lo acompañabas a Guillermo? La imagen que siempre tienen todos es la de la final en París, vos con la camiseta del Real Madrid. Por suerte, lo acompañé a muchos torneos, pero también era muy chico. Y veía el tenis de otra forma. Yo festejaba si el ganaba los puntos y no me daba cuenta de

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