Discurso de la viuda de veinticuatro maridos

DIRIGIDO A UN AMIGO POR EL

«CABALLERO DE LA TRANCA»
(1648; inédita hasta 1855)

Discurso de la viuda de veinticuatro maridos.....................................................................................................................................3 Discurso Segundo............................................................................................................................................24

DISCURSO DE LA VIUDA
DE VEINTICUATRO MARIDOS

De mi ociosidad, por haber mejorado de posada, a sus muchas ocupaciones de vuestra merced encamino estos renglones; no digo los enderezo, porque los escribo tan tuertos, que si vuestra merced no los mira con atención, le parecerán de solfa y música; algún rato desembarazado (si es que le puede tener vuestra merced) entreténgase con ellos, riéndose a veces, y a veces admirándose de los trabajos que pasé desde la azarosa entrada que tuve en casa de la señora Polonia Veinticuatro, mi patrona, hasta que salí de ella; témola tanto, aunque me veo fuera de su persecución, que no me atrevo a tratarla sino es con mucha cortesía y recelo de quien la conoce y me oye. No le parezca soy gentil, y que por ser ella tan diablo la venero, y la incienso porque no me haga mal. Los casos son notables, y quien no ha pasado por olios los tendrá por viciosos; y si como me dan materia bastante para referirlos, pudiera usar bien de ella, muchas veces los leyera vuestra merced, y cada uno en particular obligara u su memoria a retenerle. El asunto es, en fin, una mujer que por fuerza detiene el alma en el cuerpo sin dejarla salir, y no por razón natural en el siglo presente, pues tiene ciento y cuarenta años; y hablando con la modestia que debo, alcanza esta señora la sexta generación, con muchas canas; es viuda de veinte y cuatro maridos, y por eso la llaman la Veinticuatro; de tocas muy reverendas, y tan melindrosa, que viendo una hormiga da voces y huye de ella, llamándola elefante; y no lo es menos de estómago, que porque dieron una purga en un lugar, dos leguas de aquí, a una parienta suya, hizo más cursos que ella. La mayor ladrona de años que se conoce, y de todo lo que mejor se cierra para guardar, que la ejecutoria de esta opinión curiosa tiene ganada con muchos actos positivos; es de tal habilidad, que a la misma muerte hurta el cuerpo, siendo tan buena toreadora y ágil en las suertes, que muchas veces que la ha acometido, la lapa los ojos con una niña de quince años, linda, o un joven robusto, como suelen tapárseles con la cara los famosos y diestros toreadores al toro para que yerre su golpe; yo creo que burlada tantas veces, no la acometerá más, y que será eterna. Si el mayor ladrón del mundo fue Caco, en la era presente justamente podremos llamar Caca a nuestra Polonia; es tan alta de cuerpo, que para muletilla la viene corta una pica de veinticinco palmos; y esto no es mucho, si está averiguado que de ordinario tropezaban los vencejos en ella; flaca, que en huesos puede apostarlas con muertos de doscientos años; no habla entre dientes, sino entre colmillos, que cada uno puede ser envidia de la quijada de Sansón; dice que los dientes se le cayeron sobre el último parto, y no le da más antigüedad que de los años, que siempre echa una alforza a ellos que recoge más de ciento; que debe de creer, como vive tantos, puede ir descosiéndolos y estirando poco a poco a su voluntad, como si fuera basquiña de niña que crece; habla ronco y destemplado, porque el órgano de la voz está deshecho y roto en las batallas de sus innumerables años; los ojos sin color que se pueda distinguir, y son también ladrones, porque hurtan el que se les pone delante como si fueran camaleones, tan retirados y hundidos, que parece muy presto verán tanto por la una parte como por la otra. La nariz se extiende y alarga de manera que, para divisar desde su origen el pico en que remata, es necesario un antojo de larga vista; como cosa natural, la tienen por milagrosa, la barba la sigue de suerte, que parece la busca para arriba, y enroscándose como si fuera cola de galgo; maltratada en partes, porque el pico de la nariz la sacude de tal manera, que se halla con callos, y según la continuación forzosa de encontrarse, podrá hallarse sin barba con el tiempo. No dude vuestra merced que lo estime Polonia por parecer más hermosa sin ella; y añado otra particularidad en que he reparado con atención, sin ser bailarín de chacona ni pastor, que cuando da al soslayo el pico de la nariz en la barba, como que resbala, suena más que una castañeta de las grandes, y algunos menos que el disparar la honda.

Esta posada fue de don Baltasar y don Antonio, y quedé en ella, por su despedida, con recelo de que había de tener que allanar algunas dificultades por su extraña condición de la Polonia, y envióla a decir que yo era su huésped, que se sirviese de acudirme con el servicio ordinario de casa, llevándola juntamente un gazapo mi criado Pedro para cenar; forzoso es nombrarle: nació entre los jarales mas espesos de Vizcaya, y por lo cerdoso, no solo emparentado con los jabalíes fieros que hay en ellos, sino pariente mayor de todos; respondióle que ella no era bodegonera ni sabia guisar, y cuando lo supiera, no lo luciera, porque la ofendía la tez del rostro el acercarse a la lumbre. Bejóse el majadero, que es muy sencillo, y aunque del mismo nombre que el de Urdemales, no tan bellaco y embustero; y echóle noramala del cuarto. Sentí mucho que por lo gordo me remitiese a los bodegones, y enviéla a decir que mandase a la criada guisase el gazapo, que ya conocía yo no merecía de su cuidado aquel favor. Respondióme que otras cosas de más importancia tenía a acudir; y porque no anduviésemos en demandas y respuestas, que la ofendían la cabeza, solamente se me daría en su casa la cama. Fue fuerza enviar otro recado procurando ablandarla, contra la voluntad de Pedro, porque no era recibido como quisiera, y las razones secas de Polonia le metían en desconfianza, que de la cara ya había perdido el miedo, aunque con dificultad, y cabeceaba de verme tan compuesto y cortés. El recado fue, que estimaba mucho el favor de la cama, pero que era lo que menos había menester, por traerla conmigo, y que por servirla buscaría una criada que barriese y limpiase la casa, aunque no deseaba tuviese queja de mí ni de ella en ningún tiempo, porque se la hubiese barrido demasiado; porque muchas de ellas tenían parentesco indispensable con los gatos, y más en esta tierra, que no ven ellas cosa, aunque sea dinero, que no les parezca ratón y se les antoje; y que asimismo buscaría quién me guisase de comer, pero que no sería en su cocina de arriba, sino en el patio, junto a mi cuarto, donde tenía dos arcas viejas y tres puertas y ventanas para hacer lumbre, y que me holgaría estuviesen tan secas porque el humo no la ofendiese sus hermosos ojos. Con esto, por no decir que dejé de cenar, fui a ser convidado a otra parte; volví a dormir, hallé la puerta cerrada, llamé, y según tardaron en abrirme, se confirmó la mala voluntad, y reconocí, según el silencio, alguna junta secreta. Impaciente Pedro de la tardanza, sin decirme nada ni mandárselo, tiró un buen guijarro a la ventana, donde acertó a estar un cántaro de agua, y sacudiéndole, dio sobre mí toda ella, y aun el instrumento de la ruina, de vuelta, en un pié, con mucho dolor en él. Reñíle por verme enojado y dolorido, y respondióme sin compasión alguna y como si yo fuera Polonia, que lo hecho estaba bien hecho, aunque yo tuviese lo que tuviese (es raro personaje). No se detuvieron más arriba; bajó un estudiantón, sobrino de ella, con la llave; abrióme la puerta, y pidióme perdón de la tardanza con fingido sentimiento y falsa vergüenza, disculpándose que apenas habían hallado la llave. Díjele risueño que no importaba nada, que la tardanza no había sido mucha; no me pregunto de qué estaba mojado ni yo quise prevenir disculpa. Entré y acostéme; no acudió luego el sueño, con que estuve discurriendo cómo me había de portar con esta mujer de tan descomunal talle y cara, que en su tiempo la retrató el Bosco, y si él fue más antiguo, le imitó naturaleza, pues está en el Pardo entre sus delirios en el cuarto de su alteza. Conocía su condición áspera y poco caritativa desde que tuvo en casa enfermos a don Baltasar y don Antonio, y no acertaba con medio que me satisficiese: dar voces no era para mí, que nunca he solfeado; reñir tampoco porque jamás lo hice; y como veía que el ruego y la cortesía aumentaban soberbia en Polonia, volvíame loco. Desveléme en estas cosas de suerte, que vi que amanecía, no por la música de los pájaros, que estaba lejos del campo, sino por dos o tres arcabuzazos que rompían el nombre, que hay algunos que suelen quedar hechos andrajos, como si fueran de lienzo. Llamé a Pedro, que dormía mejor que yo; vistióse, y díjele que abriese la ventana, y él abrió también la puerta, que no debiera, pues a poco rato entraron en el aposento dando voces y palos por las paredes el estudiantón de casa y otro mozo vecino, de pendencia, el uno con un chuzo y el otro con una alabarda. El primero pidióme favor; salté de la cama aprisa, y tomando en las manos una tranca grande que servía de aldabilla en la ventana, que fue la primera cosa que topé con ellas, me puse a su lado, y al primer golpe que dejé caer sobre el hombro izquierdo del forastero, le hice soltar

la alabarda, como si en ambas le hubiera sacudido, y se tendió, diciendo le había muerto. El estudiantón daba a entender con gestos y amenazas no estaba satisfecho, y se movía como que le quería atravesar con el chuzo (que lo creí sin malicia), y volviendo la tranca a él (juzgando por baja aquella acción, estando el otro en el suelo), le di un bote con ella en los pechos, que le hice dar de espaldas reciamente. Bajó al ruido Polonia con una partesana en las manos, que parecía pequeña pieza de estuche en ella, y un morrión viejo en la cabeza, tan despejada como una moza, en camisa, mas corla que modesta, ceñida la cintura con una faja colorada, y unas chinelas, donde atravesándose veinte y cuatro puntos de pié, doce de pala y doce de talón, parecía algún instrumento matemático, figura extravagante y de risa; papel era de Palas de burlas el que hacia Polonia de veras. Pedro, que hasta entonces estuvo viendo a los mozos y el suceso, alegrándose de verlos tendidos, luego que vio a Polonia armada, en lugar de alegrarse más, se enfureció y se enojó, y entrando en su aposento, tomó en forma de adarga una mesilla larga que había en él, y con la espada en la mano se puso entre los dos, diciéndola con toda cólera: —Si piensa la muy vieja que mi amo está cansado, yo estoy aquí —y juntamente la tiró una cuchillada, que aunque no podía alcanzarla en la cabeza, a no desviarla con la partesana, peligrara el ombligo; esto lo ejecutó con tanta prontitud, que no pude prevenirlo primero; sacudíle un golpe y hícele retirar. Viendo Polonia a los mozos en el suelo, al uno no pudiendo levantar el brazo, y el otro escupiendo sangre, y a mí con la tranca en la mano algo colérico, parecióle que la pendencia hechiza había rematado en veras. Miróme con ceño y la frente encapotada, y sin hablar palabra, tuvo un rato los ojos tan fijos en los míos, que temí, según los veía clavados, tuviera necesidad de fuerza grande para apartarme de ellos. Soltó el habla, que se la tenía presa la ira concebida contra mí, diciéndome: —Caballero, seáis de buena parte o de mala (parece plática con fantasma), si de la buena, de las Indias, donde hay quietud y dinero, y si de la mala, de España, donde hay suma pobreza y guerras por nuestros pecados, bizarro sois sobre todos los del mundo; si os conocieran y alcanzaran los autores de los insignes libros de caballería, las alabanzas que dieron al del Febo y Amadís y otros muchos ilustres varones, os las hubieran dado sin duda. Doy muchas gracias a Dios de que no haya pasado este suceso de dolorido a mortal para estos mozos; desde hoy será vuestro nombre para siempre jamás el famoso é ilustre caballero de la Tranca, que para que sea inmortal le aplicaré el bálsamo de los siglos de los siglos, amen —y haciendo una reverencia muy baja, pasó a reconocer con el aire de quince años si el golpe del sobrino era de cuidado. Yo por delante de ella, haciendo bastón de la tranca y una sumisa cortesía, la respondí: —Infanta Matusalén, no se atrevan otra vez a reñir esos malandrines a mis ojos; que juro por los divinos de la sin par Magdalena, han de morir sin remedio —y deteniendo un rato en la boca aquel soplo portugués, que es medicina saludable para no reventar de fuerte y bravo, le esparcí, y la volví las espaldas con lindo brío y compás de pies, como si me tocaran la caja de marcha. Juntáronse luego los mozos, como que no hubieran reñido, y pude oír cuando subían la escalera, que caía a una puerta falsa de mi cuarto: —Señora, ¿qué os parece? Mal nos ha ido; si nuestro intento fue darle a entender al huésped era nuestra pendencia de veras, lo conseguimos, porque teniéndola por tal, metió paz sacudiéndonos reciamente, y no hemos podido tocarle en su persona, como estaba tratado, para echarle de casa. No hay sino tener paciencia, tía mía, y procurar obligarle. —Huélgome —dijo ella—, de que no haya sucedido mayor daño, porque tan excelente hombre y tan airoso no he visto en mi vida; si vivieran, trocara a mis veinticuatro maridos por él. ¡Qué mal empleadas canas, y de cuanto sentimiento hubiera sido para mí si le hirieran o le sucediera otra cosa peor! ¿Vosotros habéis reparado cuán bien parecía en camisa, los pechos descubiertos y cubiertos de pelo, y los brazos, con las mangad caídas, muy cerdosos? ¡Qué fuerte, qué galán y qué hermoso estaba con aquella viga en las manos, y con qué brío derribó en mi defensa al mastinazo de su criado!

Respondiéronla: —Señora, nosotros podemos asegurar no le vimos con esas circunstancias ni reparado en ellas, sentido si, y muy de veras, y nos acordaremos de ello algunos días; pero díganos vuestra merced, ¿por qué la llamó Jerusalén? Respondió ella: —Este es buen hombre, y aunque yo sea pecadora, como confieso, debe de tenerme por santa; también dijo que los fadrines no riñesen donde él estaba, porque morirían sin remedio, jurando por los divinos ojos de Magdalena, que sin duda la quiere bien, y yo desde que la oí nombrar estoy celosa; debe ser la más hermosa del mundo, pues no tiene igual. ¡Dichosa ella, que la quiere tanto! Quedé admirado del ruido hechizo que inventaron para que les desembarazase el cuarto, y de que no ejecutasen el golpe, porque mi descuido tenía las puertas abiertas para recibirle; que aquel que no ha ofendido a nadie no teme traición ni asechanza, y solamente se defiende de ellas la inocencia, o causando temor introduciendo algún accidente en el que va a ejecutarla. Empecé a vestirme y bajó a mi cuarto Polonia, no del todo vestida, levantada la basquiña, descubriendo el guardainfante bien desabrigado, que su fábrica me pareció de sus venas, y no de barba de ballena. Juzgúela verdaderamente sierpe, y me revestí. En san Jorge, díjome que la pesaba mucho el que aquellos mozos me inquietasen, que habían tenido pesadumbre sobre cosa de poca importancia. Yo, como estuve atento a la plática de la escalera, la dije que estimaba mucho el favor que me hacia; que no me maravillaba de pendencias entre mozos, pero que viviesen con quietud donde yo estaba, porque no podía dispensar con el juramento que hice, y que así se lo aconsejaba. Respondióme con gran suspiro (creo al juramento) que lo harían así, y que yo los tuviese por de casa, que me asistirían con mucha voluntad, y que viendo ella mi buen proceder y trato, gustaba de tenerme contento empleándose en servirme muy de corazón, y no solo en lo que había pedido, sino en otras cosas, aunque no merecía lo que la señora Magdalena, y calló. Yo me mostré agradecido y obligado a servirla, y la dije lo haría, como fuese no ofendiendo al amor que tenía al dueño de mi corazón. Díjome quería traer una criada a propósito para que me sirviese y cuidase, así de la cocina como de todo lo demás en casa. Respondíla que mi correspondencia seria igual en la satisfacción; y con esto se fue, acompañándola hasta sacarla de mi cuarto. Pedro, atento a todas estas cosas, se hacia cruces, maravillándose de la mudanza repentina de Polonia, y me dijo: —A fe, Señor, que si fuera niña de quince años, y no tan vieja, si fuera hermosa como la señora Magdalena, fuera más rica y fuera más pequeña de cuerpo y de narices, y acepillada de la barba fuera; si fuera de ojos garzos como la otra, y fuera en la cara tan blanca y llena como ella, y fuera de tan linda boca y dientes, y si fuera posible achicarla los pies diez y ocho puntos, no fuera mala para vuestra merced nuestra patrona. Cayéronme en gracia las condiciones con que me la deseaba su simplicidad, y le respondí: —Si eso fuera así, hermano Pedro, ¿qué me faltara? Pero ya que no puede ser, afuera. Díjome que le pesaba mucho de que no fuese tal como él quisiera dármela; pero, ya que yo leía en tantos libros, ¿por qué no buscaba remedio para todo? No pude sufrir ni esperar más boberías, y salí de casa a comer con un grande amigo mío, llamado don Álvaro, porque toda la mañana pasó en estos sucesos, tan varios unos de otros, y volví a sestear, por dormir algo; que la necesidad de sueño era grande. A media hora, poco mas, de reposo entró Polonia en mi cuarto, y me preguntó muy cariciosa cómo me había ido fuera de casa; que estaba arrepentida de ser causa de ello; que ya había traído criada, y muy buena, para que me sirviese. Y llamándola Tecla, que este es su nombre, la hizo una plática de la puntualidad con que me había de servir, y de la limpieza y aliño de mi cuarto; que yo no dejaría de mi parte de satisfacerla muy bien. Díjele con falsa risa y con los conceptos forzados mi agradecimiento, con ofertas grandes. Fuese Tecla, y preguntóme Polonia los platos de la cena; respondíla que no serían más de cinco. Como oyó decir cinco, se le alegraron tanto los ojos, que salieron fuera de sus cavernas, como que

hubiesen de comer, si bien pálidos de la penitencia que hacían, porque moría de hambre la pobre señora, y creí de verdad se le precipitaran por las quijadas, que en otra edad fueron mejillas. Preguntóme qué guisados serían, porque luego tratase de ellos; que siendo cinco los platos, sin duda sería tardo cuando cenase. Respondíla, dos de ensalada cocida, uno que cubriese otro porque no se enfriase, otro de un perdigón cubierto, que eran cuatro, y el quinto el de la fruta de postre, que por no ser de los primeros ni grande, no se cubría. Creído tenía ella que había de sobrar cena para el estómago y los ojos, según el número de los platos; pero oyendo la distinción de ellos, los recogió desconsolados con tal velocidad a sus cuevas, y con tanta fuerza y sentimiento de la burla, que los hizo retirar mucho más de lo que estaban antes, y si no hallaran resistencia en el casco posterior de la cabeza, que es fortísimo, se hubieran desespaldado. Subió el mozo el perdigón y las yerbas, en que no hubo qué partir ni qué sisar por la Polonia; con todo, bajó ella con la cena, diciéndome que era torpe mí criado y que no quería aventurarle en sus manos; que creía me sabría bien, porque con cuidado le había asado. Pedro estaba presente al razonamiento, y pareciéndole que la palabra torpe era injuriosa, dijo, muy descolorido, que en Vizcaya no había torpes; que si no respetara sus muchas canas, la hubiera respondido de otra suerte; que era más limpio que el sol y más hidalgo que el preste Juan de las Indias, y juró por el árbol de Guernica que el Rey... Aquí le atajé, porque no pasara adelante con sus desatinos. Rióse Polonia, aunque sintió mucho lo de las canas. Sabíame bien el perdigón, y porque no me tuviera por grosero, la ofrecí una pechuga; no dijo de no, antes con muchas ceremonias la recibió; llegué a las aceitunas y ofrecíla dos de ellas; díjome que en su vida las había comido, aunque por ser dos convidaban a comerlas, y era que por la falta de los dientes le costaba trabajo el mascarlas. Con todo, bebió otras tantas veces como yo, que fueron siete, y queriendo echar la bendición, me dijo que el número siete era aciago y crítico, que otra vez bebiese; hícelo así, y también ella, diciéndome que un cuñado suyo, médico, solía decir que con los perdigones se había de beber puro, y tanto, que nadasen en el vino como las peras; y brindóme siempre a la causa de mis desvelos; no quiso, por mí desgracia, subir arriba ni cenar mas; así quedó conmigo, y enviando la gente, me dijo muy risueña, tomándome la mano derecha entre las dos suyas, que las juzgaba tablas, y que me quería aprensar la mía: —¡Ah señor mío!, aunque vuestra merced me ve ahora flaca y deshecha, no ha mucho tiempo que solía ser estimada, particularmente después que murió mí último marido, que en su vida fue tan celoso, que no me dejaba asomar a las ventanas y me tenía encerrada. Pensión de mujer hermosa, como yo lo era; que ahora solamente han quedado las reliquias de lo que fui. Era tal su extremo, que si algún caballero u otra persona de porte miraba a las ventanas, con algún cuidado o sin él, accidentalmente me molía a palos, y se iba a su hermano el médico, con quien, fuera de serlo, profesaba amistad grandísima, y le decía que aquel hombre había de morir, que a su honra y quietud convenía; que sí dentro de ocho días (que este término se le daba) no caía enfermo naturalmente, se hiciese encontradizo con él y le detuviese, y mirándole al rostro, le persuadiese a que estaba de mala color y peores señales; que tratase de curarse, asegurándole ora el mejor tiempo del año, aunque fuese el peor, para que se previese y huyese de todo malicioso accidente; y como esto lo hizo con muchos, los mas fueron muertos a sus recetas, con gran dolor mío, porque por buena correspondencia quería bien a quien bien me quería. Yo lo supe tarde por mi hermana, a quien se lo contaba el médico entre las sábanas, que es el tiempo en que no se guarda secreto. Pasaba yo muy malos ratos, pero después que faltó (sabe Dios cómo) mí lozana juventud alcanzó muchos gustos. Oh cuánto dio que mirar y que envidiar mi rostro, talle y buen garbo, sin que ofendiese a nuestro Señor de tejas arriba. Viera vuestra merced los canónigos, los caballeros y ciudadanos en la calle, encontrándose cada instante. Hubo pendencias bien reñidas, prisiones, quebrantamientos de ellas y desafíos. Asimismo fiestas de lanzas y sortijas. No ha inventado el amor y la fineza de los hombres cosa que por mí no la hiciesen, que era muy apacible, cortés y muy poco desdeñosa con gente de tan buen porte, y los regalos de algunas personas que en público no podían festejarme montaban más que todo.

Calló, y yo la dije que no tenía que asegurármelo, que las damas de su bizarría y donaire, sobre tanta hermosura como la suya, traían consigo la razón y el empeño de los hombres, y que ahora tampoco debía carecer de estimación, como entonces la tenía, por merecerla igualmente. Respondióme: —Señor don Beltrán, estos dos años últimos me han consumido totalmente y me han rematado, sin que la galantería francesa me divirtiese; que en realidad de verdad los franceses son muy galantes con las damas, aunque no tan generosos como los españoles, particularmente en este sitio, con tanta artillería y bombas, que cada una de ellas me hacía estremecer, y daba gracias a Dios de no estar preñada, porque sin duda mal pariera. Ya yo estoy acabada y no soy para vista de nadie —y dio un suspiro tan grande con la cabeza baja, mirando al suelo, que pienso le oyeron en los antípodas. Yo la respondí, por consolarla, que mas páresela en su persona confianza y satisfacción propia que desengaño, pues no le podía haber en su hermosura; que eran dichosos los favorecedores suyos; que yo estimara el serlo y merecerlos en otro tiempo; que ahora estaba mi corazón debidamente empleado, como confesaba (el diablo me lo hizo decir, o lo mucho que se brindó, que es lo mismo). —Gran socarrón es vuestra merced —me respondió muy remilgada y dama—, y qué loco está con su Magdalena —y salió fuera tentándose una nalga; que sin duda metía en paz las pulgas que gruñían, que las hay perras amigas de huesos; pudieran roerlos y entretenerse con ellos muy secamente, sí corresponden las nalgas a las quijadas. El siguiente día por la mañana abrió Pedro la puerta del aposento muy temprano, que esta noche durmió tan poco como un poeta, y luego entró Tecla muy familiarmente, llamándome dormilón, y desenvolvió un paño de manos que cubría un plato con unas excelentes y olorosas lonjas de tocino, y un panecillo muy blanco, con un garrafoncillo de vino ojo de gallo, y por su antigüedad más viejo que el ojo del gallo de la pasión, pues creo bebieron de él en la cena del rey Baltasar; y en lo sutil, solo probándole, cualquiera ingenio pudiera competir con el de Escoto. Enterrado venía en nieve, en un cubo de corcho de maravillosas labores, y aforrado por defuera de guadamecí, sin duda era hecho de los chapines de la reina Saba. El recado fue, que su señora me enviaba de almorzar, y que no bajaba a hacerme compañía porque estaba desnuda y algo achacosa; pregúntela qué tenía, respondióme de no sé qué semanas que la faltaban; graciosa me pareció la queja de quien la sobraban tantas. Dije a Tecla hubiera sido mayor el favor si bajara, y que podía hacerlo por prueba también, si era remedio el ejercicio para su achaque; que dentro de casa no lo notaría nadie sí estaba desnuda, que no me daba por satisfecho de la excusa, pues era de damas el agasajar mucho los huéspedes. La moza, como que no esperaba más, subió arriba. Yo, juzgando que sin duda bajarla su ama como estaba, me di tanta prisa en vestirme, que trocando calcetas y medias, y calzándolas al revés, en un punto me vi vestido excepto la hungarina. Pedro estaba mirando, y pareciéndole, según sus ganas, que la prisa era para almorzar, quiso componer el plato y acercarme la mesa, sacó el garrafón fuera del cubo, sin duda para quebrarle, que para otra cosa era temprano, como sucedió, pues con la demasiada diligencia que puso, le hizo pedazos (desgracia que acompaña siempre a toda cosa que se quiere hacer sin tiempo), pero el vino se derramó en un barreño; luego lo tuve por agüero, y imaginé que había de haber desgracia, quebrándose el vidrio, y fue así; porque entró Polonia en mi aposento. Sin otra toca venía que una cofia de puntillas y muy descollada, no tanto por no traer cubierto el cuello, cuanto por ser delgado, demasiado sutil y casi ninguno; descubría un poco de pelo negro en la cabeza y sobre las sienes, sin duda de sus últimos descendientes, con una gargantilla de azabache que en otro tiempo la sirvió de sortija, tan deslustrada, que parecía de pez; un juboncillo blanco apretado de cintura, que no disimulaba las costillas y los demás huesos y junturas; asimismo unas enaguas blancas de cotonía, no de la más fina, sino de la que más dura, algo estrecha, que sin duda se hicieron en invierno, según las pocas hojas que tenían, sin más calzado que las chinelas de la batalla pasada; los pies largos, ahora me parecieron los traía en estribo de poco asiento, engargantados; tanto sobraba de ellos de una parte como de otra.

Cuando así la vi, dije entre mí: «Si me hallara acostado, con menos cumplimientos que en recibir la pechuga de la perdiz se me entrara en la cama.» Preguntóme cómo tan presto rae había vestido, que si lo hubiera sabido no bajara; yo la dije que pareciera mal esperar en la cama con poltronería a una dama que me regalaba y venia a almorzar conmigo; que no me tuviese por tan grosero, que aunque no mozo, no era tan viejo como lo decían algunas canas tempranas; que no faltaba en mí la memoria de lo que debía hacer con señoras de su calidad, que aun tenía algunas especies de galán. Riéndose, me preguntó cuántos años tenía, dije la que muchos; a esto respondió ella: «Pocos me debe de llevar vuestra merced», yo entonces a ella que tuviese por cierto podía ser mi hija. Instó en que los dijese, hícelo con la verdad, que tenía cuarenta y dos; díjome que la diferencia era de doce años, pues ella tenía treinta y no más. Sabe Dios cómo pude tener la risa para decirla que el semblante podía despedir cinco, que no mostraba más; a esto replicó ella que mal se podían encubrir años cuando estaba la naturaleza tan gastada, que parecían todos, como yo, de más edad de la que tenían; díjele que no había reglado vejez en las damas hermosas, porque la hermosura perfecta no tenía límite, como constaba del privilegio de estar siempre en un mismo ser. Ella se holgaba de oírlo, y al tiempo que queríamos almorzar entraron de romania dos clérigos, que debían de tener a ochenta años, y dijeron a Polonia que venían de apuesta, y con calidad de que había de partir con ella el que la ganase; preguntó qué era lo que querían, y ambos, embarazándose el uno al otro, y no insólidum cada uno, la dijeron que había de decir la verdad; respondióles que sí, y prosiguieron preguntándola cuántos años tenía, que habían revuelto los libros de bautismo de las pilas de la ciudad, desde el año de quinientos y cuatro, y que en ellos no se hallaba que declarasen el suyo. No es mal paso este, pues apenas me dijo que no tenía más de treinta, la vieja les preguntó de cuántos años la hacían; respondió el uno de ciento y treinta, y el otro de ciento y veinte. —Pues hagan cuenta —les dijo ella—, que no tengo más de quince, y que en todos los demás han errado. Riéronse, y sacándola a la otra pieza, la hicieron confesar la verdad; yo les pregunté a los clérigos cuántos eran, y el uno dellos, diciendo a ella: —No importa que este señor lo sepa, que no se ha de casar con él —me respondió—: ciento y cuarenta. No se descuidó ella en quererme asegurar los había burlado, solamente por la partición de su apuesta, que la había ganado el de los ciento treinta por haberse acercado más al número de ciento y cuarenta que ella había declarado; yo la respondí que lo había hecho muy bien, con que quedó asegurada de que yo la daba crédito. Envié a Pedro por mas vino, por si faltase; a ella satisfizo esta diligencia, no sé si por beber mucho, o porque quedábamos solos para la fruta vedada; pero, como yo estaba entregado del todo a aquel divino ángel, maravilla mayor de la hermosura, sin ser mío, era diferente mi pensamiento, tenía yo la vista baja y discurría en varias cosas, por no reírme de verla comer y mascar, y porque siendo la punta de la nariz tan larga y la barba levantada para arriba, no llevaba bocado a la boca que no tropezase en la una o en la otra; y como el tocino pringa, relucían de suerte, que parecían cascos de espejo sus visos. Siempre bebía primero, por la costumbre damal, y me brindaba a lo que más bien quería, de que yo me holgaba sumamente; y como la nariz larga y pringada nadaba en el vaso, el vino regalado me sabia a torrezno; bien es verdad que pudo saber a otra cosa peor, si el luquete de la humedad de las narices tuviera jugo. Llegó Pedro y volvimos a beber, y él se puso a mirará Polonia de hito en hito, componiéndose la valona y haciendo algunos gestos, acompañando su cara a los movimientos altos y bajos de la de Polonia. Yo creí que estaba endemoniado; pregúntele qué tenía, respondióme que ya que no le habíamos dejado de almorzar, le dejasen ponerse galán, con que reconocí que se servía del pringue de Polonia como de espejo, y antes que ella lo echase de ver, porque no se corriese, le hice seña para que se fuese de allí. Acabóse el almuerzo y quedamos los dos, con dolor mío, en conversación, y después de varias cosas, me preguntó si era casado, y respondíla que no; díjome que hombre de mis partes sin casarse, no podía creer estuviese sin causa grande (aquí fue mi miedo mayor); pero con buen

semblante la respondí que no tenía empeño secreto de antes, y que después que llegué aquí y la vi, amaba y estimaba a la celestial Magdalena, a quien mis ojos solamente la hablaban por el corazón; que no me atrevía a otra cosa, temiendo oír un desengaño o desprecio, que todo podía caber en ella, por no merecerla yo, por su soberana hermosura y divinas partes; que antes de conocerla, un achaque gravé me había impedido el casarme. Preguntóme sonriéndose cuál era, respondíla flaqueza de estómago causada de las muchas mocedades mías, y que era tan grande, que estaba incapaz de comunicar mujeres había doce años. Díjome que si no estuviera tan enamorado de quien decía, era el achaque fácil de remedio, y que hacia mal en no casarme para tener salud. Respondíla que si me hallara casado, fuera forzoso hacer divorcio o apartarme de la mujer por conveniencia para curarme, aunque ella buscase otros por las suyas; que no tenía por buen remedio el uso que me había traído a este estado. Prosiguió diciendo: —Y bien, si yo tratase de dar a vuestra merced una mujer que le curase casándose con ella, ¿qué me daría? Volví a decirla que el curarme había de ser sin ella, fuera de que yo no podía ofender a mi altivo pensamiento. No se satisfizo, y dijo que no era justo, hallándome en lo mejor de mí edad, dejase de tomar estado por respeto de otra mujer, y más confesando yo no haberla hablado, sino mirado, juzgándola rigurosa, que sin duda lo sería también adelante, sin atender a finezas ni conceptos de ojos; que sería presuntuosa, zahareña y arisca; que me aconsejaba tomase mejor acuerdo, y no con niña, que eran impertinentes, holgazanas, amigas de ver comedias para enseñarse los enredos destas, pasearse, tratar de meriendas, sabiéndoles mejor el bocado no hallándose presente el marido, que su vista los convertía en rejalgar; que había de ser con el enamorado y a costa suya, y algunas veces a costa de ella, hurtándolo en casa, aunque fuese despidiendo una criada, levantándola testimonio; todo era tratar de galas, sin gobierno ni regalo, sin que se atreva el marido a preguntar de la pollera y enaguas que no las pagó con su dinero. Lloronas a cualquiera cosita, por leve que sea, por salir con la suya, o con lo etcétera; que no volvían sino a deshoras a casa, por las mañanas oyendo los predicadores, y no todos en los pulpitos, misas las últimas, por no dejar de ver hasta los más perezosos; y por la tarde en casa de las tías, de donde hacían punta para ejecutar la caza, y a la vuelta, de camino compraban un ramillete, seco de esperar desde la mañana, y se lo ponían en la cabeza a su marido, aun mas seca y dura que las flores, para ser bien recibidas en casa como bien tomadas fuera; y el haber de estar escuchándolas mil beberías de las que oyen o imaginan, para tener qué hablar, sin que alcancen cosa de sustancia, ni tomarle sazón a un puchero como a una bolsa, ni quieren ver almohadilla, diciendo que el nombre es bárbaro, ni saben componer una cama, sino descomponerla, que hasta en esto no suben lo que se hacen; y si en el marido conocen algún cuidado celoso, y no se atreven a salir de casa, suelen fingir, con consentimiento de las tías, mal de corazón para que la saquen de la casa con nombre de divertimiento, a sus placeres citados; y cuando están en visita, con licencia y beneplácito de ellas, particularmente de caballeros mozos, llaman al mal de corazón, y llega luego, que es bien mandado, y se tienden de golpe, aprietan los dientes, cruzan las piernas, descúbrense para que, con achaque de que es menester estirárselas, se las tienten y se las vean, unas por los bajos ricos, otras por las buenas piernas. Que yo había menester una mujer sin verdores y paridera para la sucesión, que atendiese a mi regalo y salud; mujer hecha y derecha como ella, que perdonase la comparación (aquí mintió Polonia, porque está deshecha y agobiada); que tampoco fuese rica, que las tales eran soberbias y a pocos lances saltaban (particularmente si tocaban algo en tontas), diciendo: —Con la hacienda que truje, en otra casa pude estar más estimada y regalada que en esta — dando al diablo al fraile o canónigo que la casó, por pagarla con un marido. Y haberlo de oír un hombre y pasar por ello por fuerza era desdichada cosa, pues la mujer casada a disgusto y atormentada en casa iría a buscar quien la entretuviese a oirás. La que me proponía era la de las mejores manos que se conocía, y que llenaban la casa de dinero y todo lo demás necesario en ella; que en poco tiempo me vería lleno de tesoro ahuchado, que todas sus puntadas eran oro y diamantes, demás que mediana hermosura y viuda, que esta valía más que las dotes mayores; que de su virtud no hablaba, porque era contra el uso de los matrimonios de

ahora, por ser grosería el preguntarlo y liviandad el inquirirlo. A tanto conjuro, porque se fuera y no me atormentara mas el corazón, encomendándome interiormente a Magdalena y invocando su nombre muchas veces, la dije que la había oído con admiración grande y con igual gusto; pero que no me inclinaba a casarme ni podía, y cuando pudiera, solamente me ajustara a procurar la cura y regalo sin casamiento, con una buena conversación que se llamase saludable. Aquí se declaró Polonia y dijo, perdiendo totalmente el juicio: —Bueno fuera que yo tomara conversación con vuestra merced, sin más empeño, con la vida que trae sirviendo al Rey, sin que por la mañana sepa dónde ha de anochecer, y por la noche dónde le alcanzará el día; y como suele ser lo más cierto, y según yo soy desgraciada, me hiciese preñada, quedaría buena moza, notada de liviana, y sin consuelo ni padre para el vientre. Por Dios no supe dónde estaba y cómo pude contener la risa oyendo preñeces a una mujer nacida en otro siglo, que de puro seca, aun no tiene lagañas; respondíla la serviría toda mi vida, y tendría perpetua memoria de tan gran favor. Levantóse, y fuese meneando la cabeza, como quien quiere dar a entender, o no me engañaréis, o no os podré engañar, que ambas cosas puede significar este meneo, y bien segura podía estar de ambas, porque Magdalena es mi vida y todo mi bien. Salí de casa, admirado del sabueso, y habiendo oído misa, anduve por toda la ciudad buscando un altar e imagen de san Antón, para suplicarle me apartase de esta tentación fiera; puedo decir con verdad que en ninguna de sus labias e imágenes he visto cosa más horrible ni espantosa; no sosegaba ni me atrevía a volver a casa, y andando medio aturdido, encontré con don Álvaro, y diciéndole que tenía que hablarle, le saqué de la otra parte del río; díjele lo que me había sucedido desde el primer punto, sin omitirle cosa alguna, hasta la última visita. Rióse notablemente, y me aconsejó hiciese lo mismo, asegurándome que por la tarde nos veríamos, pues reconocía, según el estado de las cosas, había de haber que solemnizar otras; que no me diese cuidado la vieja, que antes era de entretenimiento que disgusto. Con esto, nos despedimos. Lo que yo temía era, no me diese algo en la comida que me privase de la vida o juicio, que fuera peor, creyendo me daba cosa favorable a sus deseos. Entré en casa, donde hallé a Pedro con la mesa puesta. Subió por la comida, y en el ínterin tomé la servilleta; estaba debajo de ella un papel muy cerrado y con la civilidad de la dorada orilla, que decía así: «Señor don Beltrán: Después que vi a vuestra merced con la tranca en las manos (¡oh, nunca le hubiera visto!), quedé sujeta a la flaqueza de rendirme a vuestra merced, porque tal aire y brío con ella no se vio jamás en ninguno, perdonen los caballeros andantes y el ilustre manchego don Quijote. Deseé al principio por tercera persona (¡oh, lo que puede el amor!) introducir a vuestra merced la mía en casamiento, para servirle y darle la salud que le falta; pero viendo en vuestra merced tantas tibiezas y desengaños (no digo groserías), me ha sido forzoso el confesarlo que callar debiera una mujer de mis prendas, pues creo que ninguna, por baja y humilde que fuese, ha dicho esto con tal resolución; y sepa que en empeñándome en el querer, soy un rayo, intrépida y bizarrota, que el dios Amor totalmente me cierra los ojos de la consideración; y aunque no sea tan hermosa como la que vuestra merced adora (que me holgara ser ella para que me quisiera igualmente), me quiero llamar suya; y porque se asegure de mi voluntad y la estime como yo sus cosas (¡oh qué notables empeños!), suplícole se sirva de enviarme la tranca para mi custodia y alivio en la soledad que paso, que la quiero muy cerca y tocarla muchas veces con mis manos, porque a vuestra merced (para mi perdición ) le hizo tan bizarro robador, teniéndola en las suyas. —De vuestra merced, aunque sea tirano, POLONIA.»

Quitóme la melancolía el asunto que tomó para escribirme el papel, y dije a la criada, que estaba presente, que yo respondería; que en mi vida había tenido tan gustoso principio de comida, que la enviaba aquel regalo; era un salpicón de vaca con mucha cebolla, y una uña de pié de puerco en medio, con la punta hacia arriba, que parecía labrada de diamante; acabé de comer, sin gustar a qué sabía, porque estuve pensando tantos y tan diversos desatinos, que creo no sintió la comida el estómago, sino que subió a la cabeza. Púseme luego, a escribir un soneto por forzosa deuda, y también porque, si tratábamos de pápeles, aunque estábamos en una casa, se alargaría la correspondencia, que era lo que deseaba. Señor y amigo, óigale vuestra merced, y avíseme si le he cerrado bien. De mi amor el aspecto soberano, Ardiente en nieve se resuelve en llama; Que quien pesares en el eco inflama. Tiene el decoro en la siniestra mano. No os parezca delito y que profano La sacra concha que la diosa aclama. Que es infausto el poder de quien derrama El cristal del Pegaso rabicano. El soneto se cierre, y no con llave Del metal codiciado que el sol dora; Con otra natural y la más franca. No ha de buscar al oro aquel que sabe Puede suplir la falta como ahora, Cerrándole mas fuerte con la tranca. Subió Pedro a dársele, y volvió con él, diciendo que la puerta de su aposento estaba cerrada, y que él había visto a Polonia por una pequeña rendija en camisa, matando pulgas con unas tijerillas, y que no quiso llamar sin decírmelo primero; cayóme en gracia la simplicidad de Pedro, que es notable; pero, ¿qué mucho, si soy otro don Quijote, que él sea Sancho Panza? Pasaron dos horas antes que el mozo volviese a subir arriba. Halló a Polonia desembarazada, y díóla el papel; decía que le leyó muchas veces, y en cada una que le acababa de leer mostraba admirarse y se suspendía; cuándo recogía la nariz, cuándo la alargaba, y la barba, bajándola y subiéndola, unas veces daba en la frente, otras en los pechos; en fin, dijo Pedro, después de haber hecho graciosas imitaciones con su sencillez, que le había dicho, rasgando el silencio, rompiéndolo o haciéndole andrajos, le daba por respuesta bajaría luego a ver al señor poeta. Si no me lo previniera, no me hallara en casa, por no esperarla, juzgando por cierta la visita, pero no pude escaparme. Vino, sentóse con las ceremonias ordinarias, y me dijo que si hasta entonces me había querido y estimado por buena persona y se me había aficionado por mis muchas partes, que ya se le había aumentado el afecto; decíame: —¿Es posible, señor don Beltrán, que vuestra merced tiene dicha de ser tan gran poeta, y yo soy tan venturosa que le tengo en casa? Cada vez que esto considero, me mortifico en un desengaño cruel y no merecido; ¡oh, mal haya Magdalena! Perdone vuestra merced; no he leído en mi vida cosa que mejor me suene, ni más suave y clara, de mas sustancia que yema, que su soneto de vuestra merced, y si vuestra merced no le tenía en la memoria, por habérsele escrito a otra dama, estimo el cuidado y desvelo que le han causado tan altos conceptos —y después de larga conversación y que creí que se iba, metió la mano en el seno, y por la parte de arriba, como que quería sacar testimonio de que tenía carnes en alguna cosa viva (si es posible que su edad y flaqueza los pueda dar), sacó el soneto; díjome que era curiosa y deseaba salir de una duda, y era que había visto en casa de un letrado, pintado el caballo Pegaso, blanco como la nieve, y que yo le llamaba rabicano; que la dijese si en lo cano se incluía lo blanco, y en lo rabi alguna estimación mayor entre los caballos, como la tenía entre los judíos. Notable reparo y

delicadeza me pareció; así, la respondí que era aguda la pregunta; y faltándome razones con que satisfacerla, me pareció escribir otro soneto acabando en Polonia, que la mas presumida queda contenta y vana hablando de ella en verso; y así, la dije que era justo que las dudas de un soneto otro aclarase. Preguntóme cuándo; yo la respondí que luego, y empecé a escribirlo; y tan presto se acabó, que se pudo juzgar le sabía de memoria, y leíselo: El dudar del caballo rabicano, De las asiros redime la corteza, Que si volcán despide en la pureza, Es inmenso raudal, signo liviano. Si rabí por lo viejo, el potro en vano Desengaña jovial naturaleza. Presumiendo vencer en sutileza Vuestro ingenio veloz al más lozano, Bien labrada pasión, constante, implica El dócil monumento de la esfera, Al soneto confuso en Babilonia. Procediendo variable, multiplica Del año más rapaz la primavera, Al máximo coturno de Polonia. Díjome quedaba muy satisfecha y enterada de la glosa; yo la respondí que no era amigo de poner confusión a las gentes con mis versos; ella prosiguió diciendo que fuera imposible le explicara mejor en prosa, estimando sobre todo el que hubiese acabado el soneto en Polonia; solo me preguntó qué era coturno; yo la respondí que la cofia de la cabeza, que porque tenía puntas la llamaban así las damas de palacio, que era una jerarquía que hablaba diferentemente que las demás, y con los dedos como con la lengua, por particular virtud que tenían en las uñas, que por ser de ángeles, y no de la gran bestia, causaban muchos males de corazón. Volvió a alabarme el soneto y la brevedad en escribirle; yo la dije que en escribirlos aprisa llevaba ventaja a muchos, pero que la aseguraba que estos no eran de los mas anochecidos que escribía. Preguntóme (¡qué molestia tan grande para mí!) si sabía jugar; díjela que unas quinolillas; sacó los naipes y dineros, diciendo que había de ser entretenimiento no más; empezamos el juego, y cayéndosele a menudo los naipes de la mano, creí que había algún embuste; jugaba con mujer, y no era temerario el juicio, que si jugara con varón, le tuviera por fullero, que también es oficio que se aprende, y hay escuela secreta de esta habilidad, y se ejercita públicamente. Yo la disimulaba, hasta que eché de ver que al tiempo que yo alargaba el cuerpo y la mano para levantar los naipes, levantaba también ella un poco las faldas para descubrir por aquel lado zapato y media, y una vez de suerte, que vi ceñida la media naranjada una liga blanca, que sin duda fue feriada o ganada de algún francés; no me daba por entendido, con que las diligencias se apresuraban con menos disimulación; ganóme dos reales y levantóse, y al bajar dos escalones que había de mi cuarto al patio, resbaló, y desenvueltamente cayó, cubriendo la cabeza con las faldas, descubriendo hasta los jueces antiguos de Castilla; yo, que no los quise ver difuntos de tantos años, cerré los ojos, pero reconocí que no traía más de una media, que la otra era de pelo propio. Levantóse, ayudada de mi consentimiento, el rostro, aunque no carmesí, porque la sangre tenía repartida en su larga generación; pregúntela si se había hecho mal, y me respondió que un poco en las espaldas; hice traer unos bizcochos y vino, con que se alegro algo; preguntóme si se había descubierto del todo en la caída; anticipóse Pedro, que es muy amigo de tomar mis veces, aunque sea en el vino, y respondió prontamente: —Hasta el ombligo no más; por señas de que vuestra merced no trae más de una media. Yo la dije que no le creyese, que el mozo era un hablador majadero, sin policía; que me había parecido a mí había venido con los vestidos cosidos al cuerpo, pues no se habían desunido las faldas. Fuese, y dejóme admirado de ver el capricho de la mujer, sin más que una media para

enseñarla por puntos en el juego, dejando caer los naipes, que si no fuera por esta causa, creyera que la caída había sido estudiada para que la viera sin pulgas; llamé a Pedro y reprendíle por hablador poco advertido con damas; respondióme que cómo podía ser dama una vieja como aquella, que apenas tenía señales de mujer, y que estaba obligado a decir verdad, como cristiano; que no quería dares y tomares con el confesor, que por una mentira de burlas le predicaba y hacia rezar mucho. Mientras se aderezaba la cena bajó Tecla a hacer la cama; dijela cuán milagrosamente se había escapado su ama, que creí tuviera descalabradura en alguna parte, que me hubiera pesado infinito de cualquier mal suceso, habiendo bajado a mi cuarto a hacerme merced; díjome que estaba muy melancólica; pregúntela la causa; respondióme riéndose pasito, poniendo el dedo en la boca y mirando a la puerta si la acechaban, que porque la había visto descubierta, sin más que una media, que aunque yo la había dicho que no creyese a Pedro, que inocentemente había declarado la verdad, que estaba discurriendo qué decirme para que no tuviese a pobreza suya aquella falta; pregúntela el caso; respondióme que no tenía medias, y que aquella que yo había visto era de seda con su compañera, y que se las había enviado para echar soletas un licenciado galante de la ciudad, y que se la puso sola, abriéndola más para que entrara el pié antes de aderezarla, y la liga blanca que tenía en prendas de tres reales para dar a entender no le faltaban, y la otra pierna sin ella para mostrar mejor su perfección. —La cana —dijo Pedro—, muy monda, y que peligra entre los soldados alemanes por instrumento pífano. Admiréme de la satisfacción, porque el día que bajó con la parte sana, o parte mala, que lo es toda ella, y tan de corto, se le descubrían, y en fin me pareció las había sacado de alguna sepultura antigua; y prosiguió diciendo que me quería notablemente, que si ella hubiera sido moza y rica, no había echado mal lance; que no dormía, y que toda la noche con ella pasaba hablando de mocedades y galanteos pasados; que de mí la decía era buena persona, agradable, grandísimo y clarísimo poeta, y que si no fuera por esta inquietud de las guerras, se casara conmigo; que aunque yo la mostraba mucha afición, y tanta, que ya me había declarado con ella (aquí la dije a Tecla: «Miente Polonia, por vida de Magdalena, que es la que mas deseo»), que no se atrevía a este empeño; que a una conversación sí, que se olvidaba en cuatro días y se llamaba saludable, que procuraría ajustaría con las mejores conveniencias y partidos que pudiese, y si se tocia preñada, había guardainfantes para su disimulación, que no le faltaría hacienda ni leche para criar, ni maña para enviarme, si pariese varón, donde me hallase; que todo lo prevenía anticipadamente, y que la pedía consejo de lo que debía hacer, como a buena criada y amiga, que por tal la tenía y estimaba. Pregúntela qué era lo que la aconsejaba; respondióme (pidiéndome perdón sin ser gallego) que la decía que no se fiase en soldados, que la robarían lo poco que tenía, que no se arrojase tan fácilmente sin conocer mis costumbres; que yo, que traía buen hábito exterior, podía tener oculto otro de pícara inclinación; que pues estaba en su casa, brevemente daría muestras de ella, y que se acordase del refrán común por el buen hábito exterior, «aunque a la mona vistan de seda, mona se queda»; si yo le parecía apacible y risueño, se acordase del día que me vio enojado con la tranca, que a pocos lances podía también probarla, y sobre todo, que no era niña y que la despreciaría luego; que ella bien podía estar segura de preñeces, que no lo decía por este peligro, sino por la risa que habría en la ciudad publicándose el caso; y que a esto la había respondido que por qué no podía hacerse preñada, que ella creía lo estaba con solo imaginarlo; y respondiéndola cómo podía ser, sobrando el requisito de los años y faltando la junta del varón, la había dicho que era una grosera mentecata y simple y poco leída en preñeces, que las yeguas en el Andalucía concebían del aire, y si del aire concebían, ¿por qué no ella de la imaginación, que tenía cincuenta y tres grados más varoniles? Que estaba tan loca, que por esta razón sola la quiso despedir. Di a Tecla por estos consejos un doblón, y la ofrecí otros si los continuaba y trataba de entibiarla, aunque fuese levantándome testimonios, que los estimaría más que si me levantaran estatuas. Dijome, agradecida, que inventaría cosas nunca oídas. Fuese arriba y bajó la Polonia

muy aliñada y limpia con la olla de gigote, porque no se enfriase en el camino; sacóle al plato y convídela; respondióme que para de noche era muy pesado el gigote, y aun para la flaqueza del estómago que yo padecía. Anduvo, no pudiendo encaminarse a darme satisfacción sobre la media sola, y no halló cosa más a mano que la banda que traigo ceñida, diciéndome que de verano cómo me abrigaba tanto y traía tanta ropa; respondíla que estaba viejo, para andar mas aligerado que necesitaba de traerla; entonces me dijo que la mitad del verano, particularmente junio, julio y agosto, casi no se ponía camisa por la calor que daba el lienzo, que era la ropa que más sé pegaba al cuerpo, que las basquiñas sin ella eran más despegadas; que tampoco traía medias, que alguna vez se ponía una para dar a entender las tenía, siendo verdad no le faltaban hasta ocho pares de todas colores, con sus ligas con puntas de oro y plata, y que esto era lo más saludable en los tres meses ardientes; yo la alababa mucho lo que decía, y la daba por el mejor arbitrio contra la calor una estufa de suma porquería, inventando algunos cuentos de risa en esta materia, y ella se reía poderosamente y cubría la boca, como con abanico, con el cucharon de la olla, no sé si por cubrir el defecto de los clientes o por lamerle; y según es para mucho, las dos cosas pudo hacer a un mismo tiempo. Acabé de cenar, y ella, diciéndome que también había cenado, quedó a parlar conmigo. Luego acudió a preguntarme cómo me sentía del estómago; díjela que como antes, que requería larga cura y de mucho recogimiento, dieta en el comer y beber, que había de ser poco y bueno. Hizo grande instancia sobre tentármele, que quería reconocer si podía ser otro achaque que el que yo decía; y aunque lo rehusé mucho por mi honestidad, fue tan grande su porfía, que me dijo en donaire: —Mire que estoy preñada y que es antojo, y si no se le tiento, malpariré. Desabrócheme y anduvo con la mano, que me parecía que algún albañil andaba con la paleta dura emblanqueciéndome el estómago y pechos (tan dura estaba); preguntóme si sentía algún alivio en sus manos; yo la dije que no, y porque me dejase, la di a entender, desviando un poco el cuerpo, que tenía cosquillas; aquí dijo ella: —¿Cosquillas tiene vuestra merced? La cura será breve; yo le dejaré bueno antes de muchos días. Salióse con esto; yo quedé con necesidad de dormir, porque la Polonia no me dejaba reposar ni de noche ni de día. ¿Puede haber cosa más graciosa que la que tengo referida y la conversación con su criada, pues la daba a entender no quería casarse conmigo, aunque me había declarado con ella; pero que sí a una conversación de menos empeño, que se llamase pasatiempo, siendo lo que ella no quiso cuando me excusé de casarme? Pase esto por gracia y por donaire, y atiéndase a lo que se sigue, para que conozca vuestra merced lo que son viejas enamoradas. El endiablado deseo de Polonia era tal, que se hizo enferma, y por la mañana, sacando el orinal como para vaciarle, mostró a un doctor las aguas por suyas. El majadero de Pedro estuvo atento a lo que hacía y decía del orinal Polonia, que otra vez no se le conoció aquel cuidado, y cuando dijo el doctor que eran de sujeto robusto y no enfermo, sino muy sano y que había señales de preñado, que se maravillaba que en su edad los tuviese y estuviese tan recia y buena, y que si no se las hubiera enseñado por suyas no las tuviera por tales. Saltó, como digo, Pedro, sin poderlo sufrir, y dijo que aquellos meados no eran de la señora, sino de su amo; que era una vieja mentirosa y hechicera, y volviendo al doctor, prosiguió no la creyese, que ella no podía mear, de vieja y seca. Enojóse Polonia contra Pedro, y quebró el orinal, vaciándole juntamente, en su cabeza, y si el doctor no se pone a meter paz, creo que Pedro hubiera caído en alguna desgracia de marca mayor con ella, pues no pasó entonces la ejecución de levantar en alto un alpargata que tenía en las manos, adrezándola, y amenazarle con ella, y darle al doctor de camino, que estaba en medio y más cerca, en las barbas, un buen sacudido golpe con ella; no era tiempo de lodos, y así no pasó el daño de polvareda. Con todo, entró en mi aposento escupiendo muy aprisa, y me dijo que el criado que tenía era medio loco, que tratase de despedirle, porque no me empeñase en alguna cosa grave; respondila estimaba mucho la advertencia, pero que creyese era mozo de verdad, servía bien y

con amor, con que debía pasar por otras cosas de su corto naturall. En esto entró Pedro muy afanado y a toda diligencia, y sin decir nada ni quejarse de la cabeza ni limpiar la sangre que le corría por la cara, que estaba descalabrado del orinal, como si fuera con navaja, recogió con toda prisa los cordeles que halló, con que liaba los baúles, y midiendo puntas unas con otras, y añudándolas, pareció un terrible azote; pregúntele qué hacia; respondióme que quería azotar muy bien a la patrona y quitarla el vicio de mentir a personas como el señor doctor. Cuando el doctor oyó al mozo y su resolución, si antes estaba enojado contra él, empezó a reírse y a pedirme que no le estorbase su intento; que era una vieja embustera y ladrona la Polonia, que por justos juicios de Dios estaba destinada aquella disciplina para molerla los huesos y con ella pagase parte de sus pecados. Con todo, no me pareció bueno el consejo; y así, le dije al mozo, por templarle algo y no desahuciarle de su intento de repente (porque no pecase en desobediencia, que es medicina saludable dar tiempo al enojo para que se gaste), que dejase el azote, y que yo le avisaría cuándo lo había de hacer, y que se fuese a curar la cabeza, y que no dijese quién la había descalabrado ni lo que había pasado ni sucedido con el señor doctor, que estaba presente, a quien había de pedir perdón del descuido y yerro de cuenta. Hízolo, y quedó admirado, así de la cólera del mozo en el deseo de la venganza, como de su docilidad, y dándole la mano de amigo, y diciéndole que si cayese enfermo no le matase, pues era amigo suyo y estaba gustosísimo de que su amo estuviese preñado, según las aguas, se fue a curar, y el Doctor a sus visitas, hechos sus labios getas del golpe recibido, que parecía médico monicongo; pero pereciéndose de risa y jurando que no podía dejar de contar por la ciudad lo que había sucedido, que no era para menos el caso, aunque se holgara más si hubiera habido azote. Habiendo oído Polonia la relación del médico sobre las aguas, le pareció que todos mis achaques eran falsos, introducidos por mi por no obligarme a galanteos, o porque no era dueño de mí por la que amaba, o porque no hubiese parecidome bien ella; y recelosa de esto más, y por apurarme del todo, usó de una maldad diabólica, que fue echar a mediodía unos polvos en el caldo, que tomándolos yo, no obstante mis recelos, a poco rato que acabé de comer me sentí con impulsos de mucha mocedad y vigores terribles, que no me dejaban sosegar. Écheme sobre la cama, y no pudiendo aquietarme, me desnudé y acosté. Pedro, que también probó del caldo, sin atreverse a decir palabra, salía y entraba en el aposento demasiadas veces; pregúntele qué tenía; respondióme: —Y vuestra merced ¿qué tiene? Díjele que estaba enfermo de mozo, y él a mí que estaba enfermo de vieja. Hallándonos ambos de esta suerte tocados de la ponzoña infernal, bajó Polonia muy aliñada y compuesta, y como me vio en la cama, me preguntó la causa, como si la ignorara. No me atreví a decirla, como otras veces, tenía dolor de estómago, porque no me metiera la mano entre las sábanas, sino que tenía un terrible dolor de cabeza; y porque me dejara, la dije que debía de proceder de dormir poco, que algunas noches había me faltaba sueño, y quería dormir si me daba licencia. Fuese con esto, y Pedro la seguía; pero conociendo ella su intención, cerró aprisa la puerta de su aposento; empezó a llamar amoroso, no hallando piedad a sus requiebros, y encendido más, cada palmada que daba era porrada de Hércules, que abriera la puerta mas fuerte si no era esta fortificada por la parte de adentro de los huesos de Polonia. Ella me pidió favor; di una voz a Pedro, y bajó luego, y ella también, y puesta la mano en la mejilla, se sentó en una silla, y luego por tenderse se me echó a la otra parte de la cama; yo estaba acordándome de mi ángel con Polonia al lado; daba ella a entender que descansaba, y yo, con todo mi mal, que dormía, roncando de falso, sin querer envite. El pobre Pedro estaba acechando por de fuera cuándo salía; mas ella estaba de espacio, y creyendo que dormía, me despertó como al descuido con un codazo, o por mejor decir una estocada, que su codo es buido y es lezna. Volví la cara, y sonriéndose me dijo: —¿Qué hay, cómo va, hállase mejor vuestra merced? Respondíla (porque fuera perdiendo las esperanzas) que algo mas aliviado, y mentía, que entonces estaba el crecimiento en la mayor altura.

Quiso salirse por la puerta, y vio a Pedro delante, mojado, que venía del rio; díjome Polonia que le recogiese; yo la pregunté qué pendencia había sido la suya con él arriba, que estaba colérico desde la descalabradura de la cabeza. Respondióme que no había sido pendencia de disgusto, sino susto para ella, pues había mostrado quererla bien, que mas galán era el criado que el amo; respondíla que conocía se burlaba conmigo por divertirme; que la aseguraba estaba, aunque algo mejor, muy malo; preguntóme con gesto apacible (a su parecer, y no al mío) si quería me tirase un poco las piernas; estimándoselo, me excusé, diciéndola que lo mejor era dejarme quieto, sin mover mas el humor, y porque ella lo deseaba, instó en ello, pero en balde; llamé a Pedro, y fuese Polonia. Preguntéle de qué estaba mojado de pies a cabeza; respondióme que se había echado al rio y nadado vestido por no tener lugar de desnudarse, y que ya se hallaba sin malos deseos; bien hubiera hecho yo lo mismo, si no pensara en la risa que causaría el bañarme en tiempo tan templado como el que hacia; la necesidad lo pedía, el qué dirán me detenía. A Polonia siempre se le ofrecía algo en mi cuarto, que bajaba a menudo por cosas que no hallaba en él; la última vez me tentó la frente, dióme un olor de algalia notable; díjela que estaba olorosa; respondióme que su hija la monja la enviaba todos los olores y pastillas con que la regalaban diferentes devotos suyos, y que ella era amiga de andar muy olorosa, particularmente por lo interior; que la confortaba y llamaba también algunos descuidos de la naturaleza, y que traía para este efecto debajo de la ropa continuamente un papo de algalia; que si quería verle y olerle, me le enseñaría, y empezó a levantar las faldas; respondíla que el demasiado oler me ofendía la cabeza, que de un poco gustaba mucho; verdaderamente confieso no se le sentí cuando se echó sobre la cama; así, creí fue la última diligencia y suplemento contra su mal parecer. Considere vuestra merced, señor y amigo, lo que es enamorarse una vieja, las cosas que inventan y hacen para que las quieran, pues no hay maldad ni extremo que no cometan para cumplir su mal deseo, por cuanto hiciera esto una mujer moza primero al ruego de un verdugo que rogar a un príncipe con tales instancias y medios. Fuese diciendo que quería tratar de mi cena; yo quedé contento teniéndola fuera de mi cuarto; sentíme más sosegado, que la operación de los polvos declinó mucho; dormí cosa de una hora, que me hizo gran provecho. Bajó Tecla, y viéndome, empezó a santiguarse; preguntéla qué tenía o qué veía; respondióme, con el mismo recato que antes, que su señora la había contado la historia, y que habiéndola dicho que no debían de ser buenos los polvos, la respondió que se lo preguntase a Pedro, pero que yo debía de ser más robusto, pues tanto los había resistido; y que así, otro día había de componer otra cosa que me descompusiese más y olvidase otras pasiones por un rato, y me obligase a humanarme; pero que esto, me dijo Tecla, no me diese cuidado, que me avisaría de todos sus intentos y que juntamente me guardaría de ellos. Sm duda quiso doblón, y así, se le di; hizo la cama y fuese, y no tardó mucho Polonia con la cena, que era un gazapo: no me atrevía a comerle, hasta que ella empezó a hacer la salva. (Juzgó, conociendo mi cuidando.) Acabábamos de cenar, y contó cuentos de enamoradas, y muy alegres y gustosos fines de ellos. Yo también conté algunos, pero acababan siempre en desastres, que parecían tragedias del español Gerardo, que no había ninguno que no rematase en tinieblas y descalabramientos y melancolías. Dejóme esta noche más temprano que otras, y yo se lo estimaba; y porque no tuviese ocasión de volver y entrar en el cuarto, hice cerrar las puertas a Pedro, advirtiéndole que aunque llamasen y estuviese despierto, se hiciese dormido y no respondiese (tan grande era mi miedo). Apagóse la luz y traté de reposo, pero no pasaron dos horas, y serían las diez, cuando la inquieta Polonia llamó a la puerta. Pedro, que estaba durmiendo, medio despertó, y sin acordarse de lo que le encargué, preguntó quién era. Ella le dijo que abriese la puerta; hizolo el tonto, que aun no había despertado; entró con dos bujías delante, que las llevaba la criada, y después el estudiantón de casa siguiéndola, con las antiguas calzas atacadas, gorra con martinetes, cuello abierto y mascarilla, y luego un vecino no muy mozo, de barba larga, con jubón abierto por las espaldas y los calzones hasta los zapatos, el cuello del jubón por la parte posterior más alto que la cabeza, defensa segura para cualquiera pescozón, con valona floja sin

almidón ni goma, y una gorrilla chata, alhaja de algún arlequín; seguían los dos músicos, uno de rabel y otro de guitarra; después destos, dos enmascarados, el uno en camisa con turbante, el otro de licenciado con capirote de penitente, y después Polonia, vestida de blanco, con un capotillo corlo encarnado, corto para su talle, pero fue fieltro de uno de sus maridos; el sombrero grande, con muchas plumas blancas y rojas, levantadas las faldas, que hasta en el sombrero tenía tentación de levantarlas; no traía mascarilla porque no la podía haber hecha para su nariz, ni había bastante cartón en Lérida para poderla cubrir y enfundar; yo estaba admirado de ver la novedad disparatada, y incorporándome en la cama, estuve viendo el baile, que fue extravagante, por ser de cuatro, y verdaderamente conocía que eran diestrísimos; y la Polonia, sentada sobre mi cama, parecía de quince años, mirada por las espaldas. Envié a Pedro a la confitería y por vino para que se refrescaran, pero no trujo dulces, por ser tarde; y así, para la introducción del vino se hubieron de contentar con fruta, que había mucha en mi despensa, como sí fuera de Aguado. Parecióme que con esto tenía fin la fiesta, pero de nuevo empezaron con otra danza diferente, que duró mucho rato; acabada y sentados todos, volvieron a beber, y Polonia brindó a los danzantes a la salud de la dama a quien yo mas quería, y ellos bebieron bien, y esto me dijeron era hacer la razón, que yo no lo sabía. Polonia mandó al del rabel tocase el son del candelero; yo no sé cómo podía estar de pié, sino es que también tuviera polvos de danzar; toméle en la mano, y dando una vuelta y haciéndome una reverencia, me le entregó; díjela que, como veían todos, estaba malo, que otro día la serviría; no hubo menester mas instancia. Pedro, para salir del rincón en que estaba (también de máscara, que con la camisa cubría los calzones, que a él le pareció la ocasión pedía disfraz general en el aposento), y representar mi persona, pues dando cuatro zapatetas y dos saltos, como si hubiera de danzar el villano, se plantó delante de Polonia; mas respondióme ella, sin hacer caso de Pedro, que en Cataluña no se admitían groserías, antes se vengaban. No hallé los calzoncillos, y en camisa, puestas las chinelas, hube de acompañarla; hice todo lo que pude, y es cierto que no danzó solo conmigo, sino con todos los palomares de la ciudad; tal estaba la camisa por la virtud de los polvos. Y cesando ella, y no habiendo otra dama a quien sacará danzar, me recogí a la cama, y también se sentó junto a mí. Pedro se ofendió de que no hubiese querido danzar con él, y dijo: —Con licencia de mi amo, bien podía danzar con él, que no debía nada a nadie; y tan limpio y leal que pudo fiarle el candelero, que lo que más sentía era parecerle que no se le quiso entregar porque no se fuera con él. Díjome Polonia que, como estaba malo, por divertirme había traído aquellos músicos y vecinos; que no me entristeciese, que había de darme buenos ratos, y que no huyese de ellos. Latiméla el favor, que era. imposible el que mejorase de melancolías; respondióme que me tenía lástima, pues me juzgaba ya por loco en querer a quien no me quería, y por despedida hizo que cantasen a la guitarra el romance de Lucrecia, que decía la agradaba mucho la primera copla y las seguidillas; tocaba el del rabel vivísimamente y con gran destreza. Fuéronse, y tornando a decir a Pedro que cerrase la puerta y no la abriese, nos recogimos a la una. El siguiente día por la mañana, sin haberme levantado de la cama, bajó Polonia, que estaba con cuidado de mi melancolía, que me sobrevino grandísima, y no sabía qué hacerse por divertirme. Almorzamos una perdiz, y yo, con el pensamiento en lo que me había dicho Tecla de la segunda diligencia que quería hacer su ama, y discurriendo sobre lo que debía prevenir, que aunque la moza me había asegurado del cuidado y ejecución de ella, temíala que en su ausencia y sin noticia suya no acabase conmigo. Viéndome Polonia suspenso, me dijo que me alegrase, que para la noche tenía una fiesta excelente que me holgaría muchísimo de verla, porque sería famosa, y que no me había de quejar de que no me agasajaba en su casa, aunque quisiese tanto a Magdalena, y a ella aborreciese, que ya no podía más; que bien conocía no hallaría medio ninguno al presente para hacer la olvidase; pero por si con el tiempo, que mudaba las cosas, me mudaba, quería tenerme obligado de manera, que no me atreviese a querer otra; que ya se reducía a esta espera, aunque fuese larga, que no peinaba canas ni las esperaba tan presto. Yo la respondí que me hiciese merced de dejarme con mis melancolías, que las estimaba, aunque me atormentaban por la causa de ellas; que me perdonase, que no podía

olvidarla en mí vida, que no estaba para diversiones ningunas, porque tenía rendido y postrado el homenaje de no olvidarla, con mucho gusto mío. Díjome que hasta la misma Magdalena se hallaría en la fiesta, y que la traería sin falta a cenar conmigo; yo me consolé, como si ella lo pudiera hacer o lo quisiese Magdalena; que aquel que verdaderamente ama, fácilmente cree y se engaña: y diciéndome: —Quédese vuestra merced, que yo haré lo que importa —volvió las espaldas prosiguiendo — O yo he de valer poco, o vuestra merced ha de estar bueno y alegre. Quedé considerando qué fiesta podía ser esta que tanto alababa Polonia, sin que nunca imaginase en la que fue, que a saberlo, no hubiera vuelto a casa nunca. Salí en busca de don Álvaro para comunicarle el caso. Hállele a pocos pasos, porque venía a verme para divertirse también con los cuentos de Polonia, que a mí me mataban, y él gustaba dellos; que como la conocía, la causaba notable risa el verla enamorada. Díjele la novedad de las danzas y prevención que había para la noche, suplicándole, pues éramos amigos y muy suyo el cuartel nuestro, me sacase a otra casa. Contéle el suceso de los polvos y el de Pedro; no le quiso creer hasta que examinó al mismo. Díjome don Álvaro quería cenar conmigo y pasar la noche en fiesta; no añadí plato, porque con los amigos, he oído decir está cumplido de cualquier manera, aunque sea dándoles de cenar tan poco que mueran de hambre. Quedamos esperando la hora; yo solo no la deseaba, porque me tenía la vieja mortalmente cansado, y a don Álvaro se le hacía tarde; bajó con la cena Polonia, y él empezó a requebrarla; ella le estuvo mirando muy atenta, y después que le reconoció bien, dijo: —La convidada tienen vuestras mercedes aquí para la cena y fiesta —y salióse, diciendo a Pedro que si faltase algo subiese por ello arriba; y juntamente entró la convidada, que mirada de lejos, unas veces era de la altura y endiablada proporción de Polonia, y otras de la perfectísima y hermosa Magdalena; llegó cerca: la media cara era del mismo sol, y la otra de Polonia; estaba dividida en las dos, sin que saliese de los límites de la perfección la nariz de Polonia por el lado de Magdalena ni se moderase de la suya, ni causaba fealdad en Magdalena ni hermosura en Polonia el hallarse juntas dos caras tan diferentes de tanto extremo en hermosura y fealdad, por una parte divino serafín, por otra parte diablo; las voces eran también diferentes, porque cuando hablaba por Magdalena era sonora, dulce y grave, y cuando por Polonia, estropeada y deshecha; en fin, suya. Cenando estábamos los tres, teniéndola en medio don Álvaro y yo, y a mi parte, que era la derecha, estaba Magdalena; pero, cómo para mí no se hicieron los gustos durables, cuando más alegre estaba de ver a Magdalena tan cerca de mí, respondiéndome con una gracia modesta, sin perder un punto de su compostura, sonriéndose apacible, trocó de puesto la cara endemoniada de Polonia; cuál me debía parecer en lugar de la otra ya se deja considerar. Díjela que me hiciese favor de pasarse al puesto de antes, y que no tratase de quitarme tanto bien, y que considerase que aquella señora estaba en su casa de ella, y que no parecía cosa decente le quitase la mano derecha y primer lugar que le tocaba en cortesía; estaba callando para mí Polonia, y don Álvaro hablando con Magdalena; yo rabiaba de celos, no sabía qué hacerme, no me acordaba, según estaba loco, de que todo aquello era embuste y ficción diabólica; sentía estuviese hablando con otro, aunque era amigo don Álvaro; que en amores se debe fiar poco en el mayor, que los celos amorosos son hermanos de los de los privados; y mas, que don Álvaro no sabía que yo quisiese a Magdalena, que a la mayor amistad se deben ocultar estas materias, por delicadísimas y de toda envidia en sí. Condescendió a mi ruego Polonia, y pasó Magdalena a mi lado; y como si la ausencia hubiera sido grande y de mucha tierra en medio, así la di la bienllegada. Hallándome en este paraíso deleitable, nos empezamos a mirar uno a otro, don Álvaro y yo; mirábale que estaba transformado en borrico, y él a mí a la frente, donde veía dos formidables cuernos con sus púas iguales a mis años en el número, y en las puntas principales dos luces como de dos bujías juntas, y en las de las púas como de las candelillas ordinarias. Luminaria parecía curiosa. Al origen de ellos dos culebras enroscadas, y los lagartos, lagartijas, sapos y otras sabandijas ponzoñosas andaban con gran presteza encontrándose unas con otras de arriba

para abajo, con gran cuidado de no tocar en las luces, que estaban cercadas de innumerables murciélagos, mariposas del infierno, y no solo no se quemaban las alas, sino con la agitación de sacudirlas las encendían mas. Todo lo vi, porque desviándose don Álvaro algunas veces de mí, como con miedo, le pregunté la causa y me hizo traer un espejo; Pedro me le entregó, y con tanto miedo, que temblando alargó cuanto pudo el brazo para dármele. Espantóme de mí mismo, y me levanté furioso; pero díjome Magdalena al oído (que jamás tanto se me acercó) que me sentase y no tomase pesadumbre. Di el espejo a don Álvaro, y apenas se vio en él su semejanza, cuando empezó a rebuznar, reclamo bien gracioso. Pedro estaba con notable cuidado no le tocase algo de la fiesta, tentándose cada instante de pies a cabeza, temblando como si estuviera con cuartana, y juzgó no oliendo bien; pero en un punto se vio, como mapamundi, mapa de todos los animales, que no tenía en su cuerpo parte sin remiendo de cada uno, solo que el rostro era de aguilucho y los pechos de concha de tortuga; púsele el espejo delante, y hizo tales extremos, que creí se diera contra alguna pared. Soseguéle y quedó en pié, que no era mala figura. Estábamos esperando el suceso. Oyóse en la pieza de fuera ruido de animales y música de pájaros, sin que aquellos embarazasen la dulzura de estos. Suspendióse todo por un rato, y se empezó la fiesta así. De todos instrumentos se oía alegre música de sones sazonados y breves, y después de un rato fue mudada a las reales vacas, que a su gravedad y son y en toda buena orden vimos que bajaba la pared que dividía el aposento primero, hundiéndose con el compás que si danzara, y quedó igualada al suelo. La otra que dividía el tercer aposento, al mismo son con rabel, como que gruñía, no se hundió, sino que de golpe se hizo a un lado, corriéndole una mano de una parte a otra como si fuera cortina. Quedaron los tres aposentos capaces hechos una pieza para la fiesta; era como sonaba de todos animales en cuerpos perfectos; no digo que parecía la desembarcación del santo patriarca Noé, sino que Orfeo con su atractiva y dulce lira los había juntado a todos. Las luces eran tantas, que parecía entierro de algún ministro, y que se esmeraron sus hijos en ellas por vanidad más que en misas por piedad. Usase así; pero no sé si este uso está admitido en la otra vida; yo sé más de dos que andan por los cementerios examinando difuntos; en este particular estos tales se salvarán por amor o por temor, sin que los quieran los diablos. Bajaron las cabezas todos los animales, como en cortesía, a la parte donde estábamos sentados, y salieron cuatro gatos de algalia por perfumadores, que dejaron la pieza olorosísima con una vuelta que dieron por la sala, rozando las paredes con el oloroso rabo, y luego una mona, saltando a los hombros de Pedro, que no estaba lejos de mí, casi desmayado, y de ellos a mis cuernos, donde dice don Álvaro anduvo diligente despabilando las luces de ellos, y dejándolas muy avisadas y discretas, tocaron una pavana con notable armonía; danzaron todos juntos con gran orden; pero lo que más me hizo reír fue el ver al elefante torpe metido en cabriolas, y lo que más me admiró, que hubiese quien dijese al león a su vista que no danzaba mal, y que con el tiempo sería a propósito para aquel ejercicio. Acabada la danza, guardaron silencio algún espacio, y estando muy atentos a él, vimos salir al águila, y dando una vuelta por toda la pieza, le siguieron todas las aves, acompañándolas con suavísima música, y las recogió a una parte, porque estaban divididas, y juntando los músicos para que cantaran en ella la segunda danza, se puso en su lugar, creyendo que no faltaba ninguno; pero el jilguero no quiso concurrir con ellos por mas presuntuoso y hermoso, que hay pajarillos de estos que tienen lindo punto como pico aun fuera del plato; y aunque el águila, advirtiéndolo, sintió este desvío por público, conformándose con el tiempo y en consideración de lo que antes tenía servido, no hizo ninguna demostración, y esta acción tan cuerda murmuraron los animales, diciendo que, si la águila fuera real, debía ser castigado el jilguero severamente, o por lo menos hacerle pardo, quitándole tan hermosas plumas como tema. ¡Hasta en los animales hay envidia y murmuración cuando no quepa consejo! El citarista se puso en medio de ellos, y tocando suavísimamente, empezaba los sones, y los pajarillos los continuaban, sin que se echase de ver la falta del jilguero, con que a la murmuración pasada daban fuerza; de suerte que no servía de otra cosa la cítara que de avisarlos el son que habían de continuar, que lo

hacían con superiores contrapuntos en capilla muy ordenada, y asimismo los animales, sobre cuál había de llevar el premio de la ventaja en sus mudanzas a los demás. Acabóse también esto, y estando en nuevo silencio, se juntaron lodos tos animales, y se conoció que el oso y el lobo tuvieron algunas palabras en el discurso. No le pareció al león (que como rey suyo los presidía) hacer demostración con su persona, por ser la crueldad personal contra la dignidad y generosidad real; antes escogió para prenderlos al cordero, contra el voto de todos los demás, que deseaban fuera el tigre. Hízolo con toda prontitud, que aunque cordero con la voz de león, temblaron del que no balaba, sino bramaba, en que se conoció la soberanía sin recelo de desobediencia. Arrimáronse todos a la pared en hilera, y juntos, a un mismo tiempo se echaron a los pies del león, majestuoso y apacible igualmente, para que perdonara al oso y al lobo. Solo el tigre era de parecer los diesen muerte, que es lo mismo que entregárselos a él; y el león los perdonó, porque no era razón que fuera tigre, usando de toda generosidad y clemencia; con que empezó el papagayo a cantar el matachín con toda claridad y sonsonete, y porque juntamente andando no podían dar la palmada los anímales, graznaba un grajo capón a su tiempo, que sin duda era Florián del infierno; estuvimos mirando cuál de los animales se había de echar en el suelo, y según la junta pasada, salió decretado que el paciente fuese el borrico; así, salió y se puso en medio de la sala; pero, como estaba don Álvaro a la vista, rebuznó, y le respondió el borrico de don Álvaro cortésmente, como de muchas obligaciones y cortesano, y debía hacerlo en ocasión tan pública; tendióse su asnidad, y no cierto delicadamente, y el mono fue electo para guiar la danza; propiamente lo hacía. Seguíale el león, que quiso honrar la fiesta con su persona, el caballo, el tigre, el loro, el oso, el lobo, y los demás animales por su orden, y por remate de todos el elefante; tanta fue nuestra risa de verlos, que creímos nos había de costar la vista. Magdalena y Polonia también se reían a veces, porque deseando imitarlos gestos y ademanes del mono, los demás animales hacían cosas ridículas y sazonadas, y entre ellos lo arisco del jabalí con el arro en punta como sierra, y la entereza del oso, deseando el uno reírse y el otro agilitarse y volverla cabeza aprisa de una parle a otra. ¿A quién no había de hacer desatinar de risa? Solamente la ardilla, con ser pequeña, era la que mejor imitaba, y el ver al tigre traidor, como se recelaban todos del mirar a una parte y otra, levantada la cabeza, relamerse y hacer ademanes de querer carnicería, causaba miedo; y porque no hiciera de las suyas, aunque de la junta, todas las veces que se engreía o miraba airado a alguna parte mostrando su pasión, un fierísimo cochero, que sin duda tienen lugar entre los diablos, y están cansados de tantas pasiones, le sacudía un azotazo; que los diablos tigres tan malos deben de ser como los de por acá; cuando llegaron después de las demás circunstancias, que no hay tiempo para referirlas ni papel donde quepan, a querer remojar emborrico, fue cosa muy de ver que el mono, quien le tentaba sutilmente y sin daño los bajos; el león le rascaba demasiado con la garra, sin tener sarna, sin tiempo, que a tenerla no se la diera; el caballo le daba manotada violenta, porque no tuviera lugar de lomarle la mano para levantarse; venía a ser apariencia sola zarpazo; el tigre sin disimulación amenazaba muerte; el loro, escarbándole, le despolvoreaba; es buena escobilla si no fuera de tantos colores; el oso le cargaba demasiado la mano, porque la tiene pesada aun de burlas, y no hay que liarse en halago suyo; el jabalí, no acomodándose con ella, le hirió de navajada y melecina, barbero y boticario quiso ser; aquí faltaba el albéitar para echarle a la calle muerto. Dicen que el jabalí discurre poco, por cerrado de mollera; de todo ha de haber en esta república diabólica y alimanisca; el lobo le lamió la herida, y anduvo muy disimulado porque le veían muchos, y más hipócrita en esta ocasión, siendo él el Judas entre todos los animales y del que menos se podía fiar; este y los demás animales ajustaron sus gestos, meneos y las demás acciones con las del mono; pero es imposible que pueda parecerse el cuervo a la paloma, ni hacer un sujeto lo que otro; no pueden ser iguales las habilidades, por más que quieran, en una cosa. El elefante remató la fiesta, abriendo el caño de su trompa o nariz, envidiada de los judíos, y le mojó de suerte al triste borrico, que le hizo levantar más aprisa que se echó; movió las orejas, tremoló la cola y sacudió el cuerpo, con que regó la sala, y el elefante quedó muy gustoso de haber sido fin de la fiesta, y de no solo ser causa del diluvio

del triste y obediente borrico, sino de la inundación de la casa, sin querer quedar con gota de agua, por no matar la sed de hacer mal y daño; tal es la mala inclinación de algunos. No anduvo poco sazonada la picaza, que alegró el matachín con su inquietud gustosa, saltando de una fiera en otra, y al que mas perseguía era el tigre, porque se enojaba más y no era amigo de bufonerías. Apenas se acabó el matachín, cuando hubo a un mismo tiempo estruendo de montería; veíanse cornetas y silbos de caza menor, de correr toros; oíase en una parte el jabalí rodeado de lebreles acuchillados y de podencos y sabuesos muertos, hiriendo a una parte y otra, tan señor del campo, que le daban lugar para que sazonara y diera filos a los colmillos en los árboles; mirábale con cuidado, y reparaba cómo siendo tan valiente y de tan gran corazón, no perdonaba a ninguno de los perros pequeños que le ladraban sin poder llegar a él de miedo; sin duda era defecto del ánimo, que no era generoso, sino vengativo, y recelaba que cuando por sí no podían, por sus pocas fuerzas, hacerle daño, tendrían maña para inducir a algunos lebreles y llevarlos donde se hallaba por el rastro la pista, y ponerle en riesgo de perder la vida. El venado rendido mostraba efectos de su pusilanimidad y flaqueza, se había cansado de correr a botes como pelota de viento; el toro, por otra parte, con los alanos y dogos, unos de las orejas, otros por el aire, del mal que los unos le hacían se vengaba en los otros, que si no acometiera ciego, no lo hiciera; pero la pasión le tapaba los ojos. El mono a caballo quiso dar lanzada; pero antes de ejecutar su golpe, le hizo dar media docena de vueltas por el aire, que apenas se escapó tropezando; fue cosa gustosa ver su aflicción y la demostración de ella en el matachín; le seguían todos, porque estaba destinado por el león para aquello; pero, como aquí cayó maltratado, reíansele y no había quien le recogiese. Veíase la liebre cazada de galgo, que, según son cobardes estos dos animales, quien acomete vence; pero la mejor vista fue la de la zorra cercada de muchos perros, cuando acometía a uno muy fanfarrón, le tiraba de la cola otro; cuando a este revolvía, otro le divertía; unas veces se hacía compañero, porque no le hiciesen mal; saltaba y hopaba, levantado el penacho de la trasera, y pretendía lugar entre ellos, pero por sus malas mañas y mal olor no era admitida; aquí sí que hizo de las suyas para engañar, pues sacó algunas pechugas y huesos de aves mal digeridos de su estómago, desustanciándose por ver si a sus enemigos con aquellas dádivas podía templar; pero no le valieron, que por todas partes la pellizcaban y castigaban sus delitos; estos perros eran ejemplo de ministros; el león y los demás animales no hicieron papel. Metióse de por medio una niebla, con que no vimos en qué pararon estas cosas; esta se quitó y se desvaneció, y juntos se vieron en mucha quietud y mansedumbre. Llamó el león a la mona y díjola algo al oído, y ella fue por todos ellos y hizo lo mismo; cuando le páreselo al león estaban prevenidos, dio un bramido, y sallaron juntos donde estaba Pedro, y le arrebataron y llevaron a la mitad de la sala (¡cuál estuviera él!); cada uno le quitó con increíble furia el retazo que tenía de su piel, y de todos ellos juntos hicieron una manta, con la concha de la tortuga en medio, que no páresela mal remendada, y echaron a Pedro en ella; salieron cuatro salvajes fieros y grandes, llenos de cerdas y pelo desde los pies a la cabeza, y le mantearon altamente, y aunque daba gritos, no le pude favorecer, porque habiéndolo intentado por lo que le quería, me vi amarrado de una cadena a una aldaba de la pared; dejáronle, pregúntele cómo estaba, quejabas mucho, porque decía que siempre daba de cabeza y costillas en la concha de la tortuga, que caía en medio de la manta. Juntaron las luces, e hicieron una hoguera todos, y fueron metiéndose en ella muy aprisa, sin esperarse ni hacer cortesía unos a otros, que para todos ellos debe de ser igual el lugar. La zorra quedó la última, y izquierdeaba el entrar, huyendo de una parte a otra; enseñáronla una gallina en medio de la llama, y vencida de la codicia, entró dentro de ella muy gustosa y prontamente; apagáronse sus luces y las nuestras a un tiempo, y quedó todo suspenso y en silencio. Reconocí por los resquicios de la ventana era muy de día; abríla, y como si no hubiera pasado cosa; hallamos nuestros aposentos como estaban antes divididos; solo se advierta que viendo que las tiendas de los oficiales no se abrían, pregunté a un zapatero vecino qué día era, y me respondió que domingo. Quedé admiradísimo del caso, porque la fiesta empezó jueves a la noche, y duró como si fuera una sola todo este tiempo.

Fue don Álvaro atónito de haberla visto, y yo llamé a Polonia, y bajó luego muy risueña, como que yo hubiese quedado satisfecho de la fiesta. Reñíla, diciéndola que temiese a Dios, que aquellas eran prohibidas, y no tenían sazón ni lugar entre los católicos, que me maravillaba de que se hubiese metido en cosa tan grande y digna de grave castigo. Respondióme que, como no la había de ver otro que nosotros, redujo para este efecto a una mujer de muchas partes, amiga suya, que la habían tenido en la Inquisición presa más de siete años en diferentes veces, por muy curiosa y entretenida; que siendo recogida, que no sabían de ella sino los menos, era conocida de los mas después que la sacaron a pasear con mitra y disciplina vulgar; que si antes vivía pobremente, había mejorado de fortuna después que en el paseo se dio a conocer; que la visitaban canónigos y caballeros, y todas las noches había en su casa entretenimiento y juego. Yo la dije que si creyera intentara tal cosa en mi cuarto, hubiera salido del, como lo quería hacer luego, por no verme en otro tanto escrúpulo de conciencia; que no quería ver más fiestas y habilidades de quien podía volver a la Inquisición, y hacer luminaria sin fiesta de santo o regocijo real. Respondióme: —En cuanto a mí, los yerros por amores dignos son de perdonar—; y fuese a misa, habiendo dicho este disparate. Quedé considerando, sin discurrir en el caso, con el juicio del Santo Tribunal, cómo por medio del mismo castigo entraban estas malditas mujeres a pasarlo mejor, y que no solo no era escarmiento para ella la afrenta pública, sino conveniencia: pero claro está que no puede errar, como mi discurso, en cosa alguna, y que su castigo y disposiciones son las más acertadas, como yo lo creo. No quise estar más en casa, y basta buscar otra, pasé a la de don Álvaro, donde almorzamos con necesidad, porque los estómagos estaban flacos con tan largo ayuno. Si hubiese novedad que yo no pueda impedirla o excusar de verla o efectos do amor, avisaré a vuestra merced desta suya, no sé a cuántos somos; solo le suplico no dé lugar de conversación a viejas, escarmentando en mí.

DISCURSO SEGUNDO
En el discurso pasado ofrecí a vuestra merced el proseguirle si me ocasionaban con la continuación los sucesos de Polonia o efectos amorosos: de todo tienen estos, para volverá escribirlos, siendo mi deseo el divertir a vuestra merced. Algo son mas gustosos para caballeros mozos como vuestra merced, que sé ha sido y es tan dichoso aventurero en la amorosa palestra, que no ha tenido igual; encamínosele a vuestra merced como a maestro, para que pueda quitar y añadir lo que le pareciere de ellos o todos. Viéndose conmigo don Álvaro embarazado en su casa, que el mayor amigo se cansa de huésped de muchos días, por conveniencia suya y mía, pidió boleta para otra; diéronsela, y fue la de la divina Magdalena, que estaba desembarazada, y como él no estaba enterado de mis ansias y amor que la tenía, que la noche de la fiesta pasada pareció de juguete, sin ofrecérmela pasó a ella, y sin duda por nuestra amistad, juzgando era mejor la que me dejaba. Tampoco quise darle a entender, por mi recato natural, me estuviera mejor aquella; antes mostrándome muy agradecido por estar a la parte del río y de muy buenas vistas, le di entender mi contento. Despedímonos quince días después que estuvimos juntos, quietos y sosegados, sin los tormentos que pasaba con Polonia, aunque los de mi amorosa pasión se iban aumentando, por no hallar lugar ni medio para descubrir a Magdalena mi llaga mortal; pero consolóme algo el que fuese a posar a su casa don Álvaro, quien apenas hizo pasar una tienda algo desabrigada, por haber servido otras campañas, un trasportín como una oblea por colchón, dos baúles cubiertos en un tiempo de pieles espesas, ya calvos por traídos, dos maletas con conocimiento particular de los ratones en sus secretos, un rocín con otras tantas mataduras como junturas tenía, roto el pellejo por ellas por desaliño y poca curiosidad del mozo, que no hay ninguno que se duela de la hacienda de su amo; teníale reducido a este miserable estado porque comía la cebada en arbitrios y matemáticas. Apenas, digo, hizo pasar esta aligerada recámara y necesaria para la campaña, cuando fui a verle, y más por si podía ver más de cerca a la causa de mis bienes y mis males. Estuve con él en conversación; pero como tenía distinto cuarto del que habitaba Magdalena, no la pude ver; solo la oía hablar, y cada palabra suya penetraba mis oídos y alegraba el corazón. Íbase haciendo tarde, y porque el criado de don Álvaro, llamado Melchor, no estaba en casa, hubo de encender una vela el mío; volvió con ella, y con más resplandores me pareció que de la luz que traía, porque se había acercado al mismo sol; pregúntele quién estaba con la patrona; respondióme que no sabía cuál era, que una vieja y tres mozas estaban juntas, que debían de ser sus hijas, y una de ellas entre las otras alumbraba como un candil. Cuando oí la vieja, se me erizó el cabello con la memoria de Polonia, juzgando que donde las había no podía tener buen suceso, y estaba, con este temor, hecha mi cabeza un cerro de jabalí enfurecido. A poco rato se despidieron las señoras, y porque venían sin vela, aunque con sobrada luz acompañándolas Magdalena, hice sacar una de don Álvaro, aunque quedamos a escuras, y delante de ellas fue Pedro con gran contoneo y gravedad; estábamos admirados de la belleza de Magdalena. Volvió, y al pasar por delante de nuestra puerta, la dimos buenas noches, ya que ella siempre nos daba buenos días; detúvose diciendo que no sería capaz el cuarto para tan buenos caballeros, pero que seríamos servidos con entera voluntad, y porque, si habíamos de estar los dos, era necesaria otra cama, quería prevenirla; yo me holgé de oírlo, y si yo pudiera dar a don Álvaro cosa con que me admitiera en su cuarto, aunque fuera toda mi hacienda, se lo ofreciera; pero callé, y él respondió que solo con un criado se alojaba; que yo era amigo suyo que había llegado a ver la posada. Despidióse, y Pedro con la ociosa luz delante, a quien preguntó si era criado del huésped, respondióla que no, porque tenía uno que no comía y le comía la sarna, sino de su amigo don Beltrán, aquel caballero que estaba con él; volvió a preguntarle cómo se llamaba el huésped;

respondióle que casi albaricoque, porque se llamaba don Álvaro; rióse de la respuesta, y por oír otras, prosiguió diciéndole qué criado traía; respondióla que un muchacho sarnoso, y que la aconsejaba no se metiese en la cama, aunque faltasen en casa, porque se la había pegado a otros, y que había enfermedades que se pegaban durmiendo. No le oía mal a Pedro todas estas cosas, y don Álvaro se pudría oyéndolas, por ser muy entero para la simpleza de Pedro; yo me holgaba, porque por su sencillez prevenía edificios y máquinas para mis intentos; díjole Magdalena que las veces que fuese conmigo o a algún recado mío para don Álvaro, no la dejase de ver, y con ofrecerla Pedro lo haría, se despidió; pero apenas volvió las espaldas, cuando encontró con el sarnoso Melchor, y volvió con él a Magdalena, por enseñarla en sus manos la muestra del cuerpo. Ella perecía de risa de ver a Pedro metido en tantas veras y cuidadoso de su salud, y el pobre mozo quedó corrido de verse sarnoso en público. A muchos sucede esto, que teniendo achaques ocultos, se los descubre un accidente o descuido; y no pudo responder lo contrario; bien creo tomara Melchor de mejor gana le hablaran con un hurto en las manos que con sarna. Dijo el pobre que presto estaría sano, que ya femaba jarabes para purgarse; y diciendo Pedro a Magdalena otra vez, que hiciese lo que quisiese, que por descargo de su conciencia la prevenía, que él por lo menos no dormiría con él; con que se despidió y me buscó. Díjole don Álvaro por qué era tan simple, que decía aquellas cosas a una señora tan hermosa y linda y de tanto respecto; respondióle prontamente que si no lo fuera no la previniera del daño que podía tener en un descuido, que a fe que a la vieja no se lo había dicho; andar en demandas y respuestas con él era cosa perdurable. Dejé a don Álvaro en su cuarto, y pasé a cenar a mi casa; sentóme a discurrir con Pedro, preguntóle qué era lo que había pasado, y es cierto que si a Magdalena dijo lo que a mí y con las circunstancias y representaciones de su simplicidad, no me maravillo le mandara le viese cuando iba allá, porque jamás le vi más gracioso. Yo reparé en Magdalena cuando estuvo hablando con nosotros a la puerta del cuarto de don Álvaro, pendiente de una cinta verdegay una crucecita curiosa al pecho, sin duda por devoción más que por gala, y pareciéndome que era su color aquella, y que era tiempo de empezar a hacer alguna demostración en que conociese mi cuidado, y ir poco a poco con la introducción de Pedro abriendo camino a mis deseos; acabando de cenar pasé a casa de un mercader, sin poderme contener ni mas esperar, y porque las cosas prontas son más bien vistas y admitidas; y buscando paño verdegay, raja u otra estofa, no lo hallé; y así, por última resolución saqué de vestir a Pedro de tafetán sencillo de aquel color, con su jubón y tallí, y porque no había medias de seda, unas de Inglaterra; y llamando sastres a casa con un maestro, delante de mí le cortaron y le cosieron; yo tenía un caballo blanco, y porque correspondiera a la librea, llamando a un pintor de los que tiñen balcones y ventanas, le hice teñir la cola y crines de verdegay, y porque se secara para por la mañana, le rodeó en la caballeriza de tanta lumbre, que fue milagro no quemar la casa. A mí me faltaba una pluma verdegay, y un oficial de los sastres me la trajo, diciendo que había sido de un caballero francés. Ya se ve cuán poco se dormiría esta noche. El siguiente día, a cosa de las diez, estaba Pedro vestido, y prevenido el caballo, y salí a pasear por la ciudad. Gran novedad causó el caballo teñido, y algunos se persuadían a que era su color natural, y no menos se admiraban de Pedro, vestido de tafetán a la entrada del invierno. Andaban los muchachos tras él y el caballo, y al pasar por la puerta de Magdalena asomó don Álvaro a la ventana; yo creo no se reía tanto de mí como de Pedro, que andaba ya por mostrar su gala, mirando el balcón del cuarto de Magdalena, por si aparecía; pero, como no la vio, entró con el salvoconducto que tenía, y subió arriba. En la calle se oyó el regocijo con que le recibieron y la instancia que hacía a ella, no porque me viese a mí, sino al caballo; hízolo saliendo al balcón. Yo entonces, dándole de pies, le hice dar una carrera, que no lo hacía mal el Copos (por lo blanco le llamaba así); volví, pero ya no veía a Magdalena; entré en el zaguán, y apeándome, subí al cuarto de don Álvaro, donde estuvimos un rato; preguntóme del capricho; respondile que fue un antojo repentino, que tenían tanta, fuerza conmigo, que me vencían y era imposible dejar de ejecutarlos.

Despedíme sin hablar a Pedro, porque para subir a caballo había más de cien lacayuelos a la novedad de la cola y crines. El quedó en la sabrosa y dulce conversación de Magdalena, con harta envidia mía; pero antes que llegara a casa me alcanzó; reconocíle nueva gala en el sombrero, y preguntóle qué listón era el que traía; respondióme que Magdalena (que ya sabía su nombre) se le había dado, quitándole de una cruz y puéstole con sus manos, que parecían requesones, diciéndole que porque pareciese mas galán se le daba, y que asimismo había almorzado, que ya estaban grandes amigos; y todo esto me consolaba. El sombrero que él traía era pequeño de falda, y no gustaba de ponérsele porque los mofletes de su cara salían descompasadamente, y le hacía mala cara como pantorrilla; yo estaba envidioso de él, pero no, me atrevía a decírselo hasta reconocer más el vado, porque no sospechase alguna cosa, que los más simples son los más maliciosos; y hube de usar de este medio para quedarme con él. Asoméme a la ventana, y como si fuera descuido, dejé caer al río mi sombrero; llevósele, con que, por ser negro el de Pedro, le dije le había menester, que yo le compraría uno blanco grande; no hubo dificultad en el trueque, y se hizo con gusto suyo y mas llenó el mío; hícesele traer luego, y no sosegaba de contento porque le puse la pluma. Salimos de casa en comiendo; no me puse a caballo, sino que Pedro le trajera siguiéndome; acertó a estar Magdalena a la ventana; púseme en él y hizo maravillas a sus ojos; entró con algún ceño, que fue fácil en mí reparar en él, y porque don Álvaro había salido hube de pasar de largo, pero no conmigo el buen Pedro, porque subió arriba; alejóme al campo, donde me halló, y preguntándole cómo le había ido, me respondió bien, aunque no le había dado de merendar; pero que le dijo la señora qué había hecho de la cinta, y que la respondió cómo a mí se me cayó el sombrero al río, y que por ser negro le había quitado el suyo; que más valía aquel blanco mil veces y la pluma que el negrillo dedal con su cinta, que ni resistía el sol ni defendía el agua; pero es verdad que me dijo: —Otra vez no le daré cosa mía, y no es razón que haga nadie alarde de lo que doy a Pedro en donaire y chanza. No sé lo que quiso decir en esto, solo reparé que no se reía como otras veces, antes arrugó la frente de arriba abajo. Volvimos a casa, y aun duraba en la gente el reparo del caballo y Pedro, y dieron en llamarme indiano los muchachos, no por rico, sino porque a Pedro le juzgaban papagayo; esta noche nos recogimos temprano por dormir algo y por descansar, y quise primero prevenir a Pedro de algunas cosas para cuando hablase a Magdalena. Díjele, después de haber cenado y regaládole, porque hasta en los criados es necesario este sainete, que cuando la viese la dijese muchos bienes de mí, que era rico y generoso con las damas y muy limpio y aliñado, que por esta causa me querían mucho todas, y que estuviese atento y la oyese bien; ofreció de hacerlo; así, y al siguiente día, apenas amaneció, cuando sentí grita de muchachos a la puerta, que ya Pedro salía, llamándole papagayo, papahígo y papabreva, papada y páparo, y todo lo que no fue llegar al pontífice, le añadieron de papa. Llegó a casa de Magdalena cuando abrieron la puerta, para que tuviera luz el día; entró en ella, y habiendo estado buen rato, volvió cuando quise levantarme; pregúntele de dónde venía; respondióme sonriéndose que de casa de la señora Magdalena; volví a preguntarle a qué había ido, respondióme, a decirla lo que le había encargado la noche antes; y conociendo su simpleza, no le reñí el que hubiese ido sin ocasión, antes le pregunte si la había tenido buena para el caso; respondióme que lindamente lo había hecho; que ella, aunque era temprano, para ir acompañando a una amiga suya a misa de parida se estaba vistiendo, y que le había preguntado qué buscaba por allí a aquella hora, y que él luego que tuvo tan excelente ocasión, la había dicho que la noche antes después de cenar le había encargado yo la refiriese lo rico que era y generoso con las damas, y que me querían mucho. Quedé aturdido de esto, y más cuando añadió que otra cosa la había dicho, da que ella se había reído mucho; pregúntele cuál era; que yo era tan limpio y aliñado, que por no manchar el vestido, siempre comía asado y sin salsa, cosas secas y fiambres, y esto de tres a tres días después que salí de casa de Polonia, que allá se me quitaron las ganas del comer; que una comida me duraba en el estómago otros tantos, que le tenía muy cuerdo y aseado, a modo de

algunos hombres, que un vestido les duraba diez años, y a otros diez días; que lo que comía otro a mediodía, hasta la noche me satisfacía por los tres, y que siempre estaba mi aposento sin malos olores, que no regoldaba ni escupía ni bostezaba; y a mí me preguntó cómo me iba con aquella regla; respondíla que bien, porque por lo menos comía una vez al día, y de dos a dos cenaba, que aunque yo había procurado me imitase, no podía llegar a los tres. Tentado estuve, cierto, de echarle al río, pero su sencillez le salvó, y discurriendo un rato en el caso, reparé que, aunque por aquel camino, no era malo supiese Magdalena era rico y generoso; pregúntele dónde era la misa; respondióme que en San Juan, y preguntándole si había reparado en el vestido que llevaba, me dijo era plateado; hice llamar al sastre para hacer un vestido a Pedro, pero desengañóme, como sastre de bien, diciéndome que no podía coserle dentro de media hora, que era el término. Con que llamé a mi pintor, y diciéndole lo que quería, me respondió que lo mejor era y más breve untar el vestido con un aceite que él haría luego y cubrirle de harina, que nadie echaría de ver la transformación de verdegay a plateado; parecióme bueno el arbitrio, y luego se puso en ejecución; con que el vestido era plateado y mas al uso y al tiempo, a la vista sin la tez de la seda; limpióse también el caballo de la cola y crines con agua caliente, y yo puesto en él, y Pedro delante, salí de casa llevando la cinta en el sombrero, que aunque verde bastardo, denotaba alguna esperanza. Llegué a San Juan cuando salían de misa; llevaba de la mano Magdalena a Candia, que era la recién parida; empezó a llover, y porque no tenían coche me pareció obligación el ofrecerlas la capa. Magdalena no respondió; pero Candia estimó la defensa de ella, o porque necesitaba más, por no hallarse convalecida, o por hacerme agasajo, conociendo miraba a Magdalena con cuidado, partióla con ella. Yo las acompañaba en cuerpo mojándome, y cuando llegaron a casa de Magdalena, dijo Candia quería detenerse un poco por si escampaba, que había crecido el agua mucho; mandáronme entrar, y lo mismo hizo Pedro sin mandárselo, atropellando con el caballo a las damas. Avergoncéme, no de su resolución, sino de verle que, como era harina lo plateado del vestido, le limpió el agua, y mojado el verdegay, parecía de diferentes colores. Preguntó Candia qué tela era aquella de tantos visos; el grandísimo hablador de Pedro respondió antes que yo que era el mismo vestido del otro día, que por la mañana le había enharinado su amo porque saliese de plateado como la señora Magdalena, y que había gastado la harina de más de doce días de pan. Mordía los labios Magdalena por no reírse, y unas veces se ponía colorada, otras parecía difunta; no sabía si lo tomaría a burla o a veras; yo dije entonces: —Artificios son de enamorados, que les falta lugar cuando el dinero no, para ejecutar un buen deseo de agradar a quien bien aman; pues luego que supe que salía vuestra merced a misa de plateado, no pude prevenirlo más prontamente, por faltar tiempo. Respondió ella que estimaba aquel cuidado de manera, que a Pedro agradecía aquel aviso que me había dado; y porque cesó de llover, se despedían Magdalena y Candia, no supe qué hacerme, si quedar con Magdalena o ir acompañando a Candia. Viéndome en esta aflicción, viendo y conociendo Magdalena mi irresolución, me mandó acompañase a la señora Candia; obedecíla y fui con ella. Díjome en el camino qué verdaderamente estaba hermosa Magdalena, que no había visto mejor cara y gracia en otra mujer, fuera de que era rica y codiciada de muchos para casarse con ella, pero que tenía muy libre el albedrío, pues no se dejaba vencer de nadie, y mirándome al sesgo, añadió que con todo era mujer y no desconfiase; llegamos en esto a su casa, y me despidió amorosamente. Subí o caballo, porque Pedro me había seguido con él, y al pasar por la puerta de don Álvaro me salió al encuentro y me convidó a comer; díjele que tenía que hacer un poco, que a la tarde le vería, si me esperaba en casa; dejando acordado esto, púsome a comer en la mía con buenas ganas, por ser el día cuarto y haber madrugado y refrescádome un poco; después de haber comido, me puse a escribir, habiendo discurrido primero si sería bien el que llegase un papel mío a manos de Magdalena, y solicitar a Candia para facilitar el medio, juzgando me hacía merced y me favorecía; borré tres o cuatro pliegos de papel, y quedando, por lo que podía suceder, con media docena de copias, escribí este con intento de que si le entendía, le parecería bien, y si no le entendía, mejor, juzgando en lo crítico y obscuro conceptos grandes; yo le tuve

por de toda elegancia; pero, porque me pudo engañar el amor de cosa propia, pido la enmienda al más devoto de monjas o enamorado de palacio. «Poderosamente en el obstáculo que a mi corazón con reverente aplauso mortifica, el desdén es suave; también la actividad del deseo que muestra en su rigor de vuestra merced aceros caliginosos son, y arrebozados implican justificación, que a mi albedrío ilumina sin merecer soberanos empleos, y si no, peregrino solitario, si aunque bien en el bien, el bien se rinda.» Fui con él a casa de Candia, que acababa de comer y estaba con una ama y una criada, que su marido había ida a Zaragoza a pretensiones merecidas de su afecto al servicio real; cuando me vio, preguntóme qué novedad era aquella; si tenía paz, que la había sobresaltado; respondíla que iba de paz y no se inquietase, que un cuidado amoroso venía a anticipar algo la hora. Dio orden de dar de comer a las criadas, y sentóse en un taburete junto a mí; empezamos a hablar, y yo, con gran desconfianza de la merced que me hacía, alargando la plática más que un letrado cuando informa en derecho, y aun no osaba llanamente el decirla mi intento, hasta que, conociendo ella mi cortedad y empacho, me dijo me declarase, que el querer bien no era cosa que no se podía decir; que bien podía fiarme de ella. Con este salvoconducto, la dije que sobre todo lo que la había representado del querer bien, tenía un papel escrito para la señora Magdalena, y que no hallaba medio ninguno para que llegase a sus manos sino el suyo; repondióme que de buena gana sería la tercera, y que era sortoso, pues sabía leer y escribir ella por haberla enseñado sus padres y criádola para monja; que pocas había tuviesen esta habilidad, porque más se entretenían en enseñarse a labrar que en escribir, y que así la diese el papel, que buscaría brevemente ocasión para dársele; estimé sumamente el favor, de que la di las gracias con todo rendimiento, suplicándola me avisase de lo que dijese leyéndole; despedíme, y fui en busca de don Álvaro al tiempo que ya estaba fuera de casa por haber tardado yo; a pocos pasos le alcancé, y salimos a pasear; díjome que aquel mismo punto había tenido un disgusto con su maestre de campo, y que quería pasar a Zaragoza, y si quería algo para allá, que no quería empeñarse en cosa de que le resultase algún daño, y que así partiría el día siguiente muy temprano. Pesóme mucho de oírle, porque faltando él de casa de Magdalena no tenía medio por verla, aunque Pedro era admitido en ella, y por esta razón empecé a decir a don Álvaro, sin declarar mi intento, que le sería muy mal visto si se ausentaba y retiraba antes del tiempo; que me dijese la causa, y si yo podía tomar mano en ajustados, lo haría por mí y por mis amigos; no fue posible el reducirle a ello; volvimos a su casa, y luego llamando a Melchor, le mandó recogiese si había alguna ropa suya fuera, que al amanecer partiría, y que dijese a la patrona cómo se iba, que si tenía lugar de besarla la mano y despedirse; ella respondió que pasase norabuena a su cuarto; yo le acompañé a la visita; estaba con su madre Brianda este divino cielo, con tan sereno rostro y tan claro, que le juzgaba el mejor día; hicieron sus cortesías, y en lo más vivo de ellas entró Melchor, y dijo que la lavandera no estaba en casa ni la ropa enjuta, que era imposible saliese tan temprano; pero mi Pedro con desembarazo, que no decía la verdad en lo de la ropa, que el mal estaba en el caballo, pues no podía marchar si no le remendaban las junturas, y que era menester tiempo para esto. Echóle noramala don Álvaro, sintiendo en extremo la inadvertencia de Pedro. A la despedida dije a Magdalena que con la ausencia de don Álvaro no me atrevía a ir a aquella casa; que en la ciudad quedaba si acaso tenía que mandarme; y ella muy risueña, dividiendo los claveles o abriendo la puerta de coral, mostrando el riquísimo tesoro de perlas, respondió que aquella casa estaba para que yo entrase en ella, que lo tendría a merced particular el que lo hiciese; yo, tan turbado y fuera de mi con este favor, que la dije un notable disparate por concepto, y no reparara yo en él si ella con mucha risa no me le hubiera repelido; no traté de enmendarle por no decir otro mayor, que ya yo estaba sin razón y sin sentido; despedíme, y quedando don Álvaro en su cuarto, fui a mi casa sin Pedro, porque se quedó en conversación; a poco rato llegó, y preguntándole qué había habido, me respondió:

—Grandes cosas hay, que luego que vuestra merced, salió entró un hombre, y sacando la guitarra de bajo la capa, y templándola se la dio, y cantaron los dos; pero ella dulcemente. Luego que lo oí envié a llamará Lázaro, que era un viejo, maestro de enseñar a cantar, y tenía recetas para hacer la voz buena. Vino, y concertados los dos, me dio la lección y la receta, que fue comiese todos cuantos pájaros músicos hallase, en cazuela, y les echase seis onzas de miel virgen; encargué a Pedro el cuidado, y luego fue a casa de Magdalena, juzgando que, según la dulzura de la voz, los comía, y volvió con unas cañas de ellos, todos músicos, ruiseñores, calandrias y jilgueros, y otros géneros, que hay muchos aquí; díjele para qué y de dónde traía tantos pajarillos juntos; respondióme: —En buena fe, señor, que los puede vuestra merced estimar, que se los envía la señora Magdalena, y me quiso dar una fuente de plata para traerlos; pero no me atreví a pasar con ella por estar lejos nuestra casa y haber muchos soldados en la plaza. Pregúntele qué novedad amorosa era aquella; respondióme: —A mí me la debe vuestra merced, y así, a Pedro los agradecimientos y rendimientos. Volví a decirle me sacase de confusión, que estaba temiendo algún disparate; respondióme: —¿Disparate le parece a vuestra merced el traer que cenar todos estos pájaros músicos, como vuestra merced los busca y ha menester? En fin, Señor, porque vuestra merced no reviente y huela mal, ha de saber vuestra merced que luego que oí al viejo Lázaro eran necesarios los pájaros para cantar con buena voz, fui a casa de Magdalena por si usaba del mismo remedio, y le dije en primer lugar lo que había pasado, y que andaba buscándolos; preguntóme si los había hallado; respondíla en breves razones que no, que el músico como llegó tarde, no había habido lugar para la diligencia; entonces ella me sacó todas estas cañas; quise hacer demostración de meter la mano en la faltriquera, como que quería pagarlos, y ella me dijo qué buscaba; respondíla el dinero para pagarlos; entonces volvió a decirme que me viniera, que vuestra merced se los pagaría cantándola algunas letras; yo me vi contento, que aunque fuera necesario el pagarlos a dinero, no tenía ninguno en mi poder, y no menos contento de que sería grande la cazuela. Reprehender a Pedro estas cosas era echarme a perder más, porque trataría de otras peores por enmendarlas; solo le dije que sin orden mía no entrase en aquella casa, porque no dijese cosa que me arruinase del todo. Trajóse la miel, cené, pedí la guitarra por ver si había alguna variable y dulce muestra, y empecé a cantar, y a cada verso y contrapunto saltaba Pedro, y decía: —Ese ruiseñor es, jilguerillo es ese, calandria ese —e iba nombrando todos los pájaros músico, y a mí me parecía también que la garganta era muy diferente. Acostóme, y a la mañana vino el maestro; hízome cantar; no es cosa de ponderación ni presunción la que digo: él se durmió; despertéle y díjele que atendiese; respondióme que no podía mas, que la suavidad de la voz era tal, que le enajenaba; que en los días de su vida le había sucedido tal cosa, aunque había enseñado a muchos y dádoles la receta que a mí; díjele lo que había cenado, y de las manos más soberanas que se conocían; respondió el maestro: —En eso está, porque hay algunas que de un ruiseñor harán un grajo, y otras al contrario, que de un grajo harán un ruiseñor. Pregúntele si podía cantar a una dama por la tarde; respondióme que sí, y hacer de ella lo que quisiese, aunque estuviese acompañada, porque sin duda se dormirían todas. Salí a misa, y Pedro, sin guardar el precepto que le puse, se fue a casa de Magdalena y la refirió todo lo que había pasado con el maestro, y lo que me aseguraba haría dormir a las damas; al salir de la iglesia vi que venía por aquella parte; pregúntele de dónde, y él me respondió claramente que de casa de la señora Magdalena; en lugar de enojarme, me hizo reír; quise saber con quién estaba; respondióme que con Candia leyendo un papel: mucho me holgué de oírlo, y llegado a casa, escribí un romancillo sazonado, y puéstole al tono de las galeotas de Argel, le estudié muy bien, y comiendo algo temprano, fui a casa de Magdalena; pero madrugó mas Candia e hizo madrugar otras damas, y hallé el estrado hecho un coro de ángeles, que sin duda juzgaron ella y Candia que yo iría allá sin falta a cantar; también tenían guitarra prevenida, y así, después que

fui recibido bien, la tomó una de ellas y cantó extremadamente, y habiéndola alabado, me la entregó a mí; empecé a cantar, y a la primera copla se miraron unas a otras, y a la segunda se durmieron, excepto Brianda, que estaba vieja y sorda y no oía la música; llamábalas sin sentido, cubriéndolas las piernas y pies, que se habían descompuesto unas buenas y otras mejores, con igual aliño y curiosidad, que pudieran brindar a un viejo de ochenta años a ser mozo de veinte. Pidióme Brianda que callase, y lo hice, con que despertaron; creyeron todas que había sido algún encanto, y me dijo Magdalena que aunque Pedro me había dicho lo del sueño del maestro, que lo tuvo por cosa suya y a disparate, y que quedaba con pesadumbre de que tal habilidad hubiese mostrado, porque temería en adelante entrase en su casa; respondíla que en mis obligaciones no podía caber bajeza que oliese a fuerza, que así podía llamarse la que a una mujer dormida y sin sentido la ofendiese. Las demás estaban admiradas del caso y se hablaban unas a otras al oído, casi atónitas y asombradas. Sin duda me tenían por hechicero; pasóse lo demás de la tarde en buena conversación, y volví a casa con Pedro, que también se durmió como dama; cené, no poco gustoso de haber brujuleado los bajos de la Magdalena, que tan hermosa como esta tarde nunca la vi, ni tan sazonado rato pasé; dormí bien, y al amanecer llamaron la puerta de mi cuarto; abriéronla, y entró una muchacha, criada de Candia; díjome de parte de su señora que a las diez estuviese en su casa, ofrecí el hacerlo , y nunca me parecieron las horas más largas; fui a verla y recibióme bien, díjome que había dado mi papel, y aunque Magdalena había rehusado mucho el recibirle por su recato, la persuasión suya había podido más; que no tenía que darme otra respuesta que el asegurarme la había parecido bien lo disfrazado que iba en el lenguaje, porque otro no le entendiera si se perdiera, y que así me aconsejaba continuase en solicitarla con ellos; parecióme que no era mala respuesta para el primero, y que por las mismas manos podía escribírselos; supliquéselo a Candia, y ella me mostró cariño, y me respondió que sí, con que volví a casa; pero admirado de que no me preguntase de la música, ni yo quise hablar de ella, con que concebí que este silencio pedía duplicado sueño; pero, por no volver tan aprisa, este día se me pasó en escribir papeles y versos, unos más cultos que otros, y no solo corrió en este ejercicio la tarde, sino la mayor parte de la noche. Sería la una de la mañana cuando estaba acostándome, y desnudo ya, sentí gran ruido en el río y en mis ventanas grandes golpes; suspendíme a la novedad, porque había tres estados de ellas al rio, pareciéndome imposible llegase ninguno a llamar a ellas; abrirlas, y asomándome, vi una armada de barcos, con muchos faroles y luces, y en uno de ellos, pegante a la ventana, reconocí a Magdalena; empezó a llamarme y a pedirme favor, y a altas voces decía que la llevaban forzada, que aquella era la ocasión para que mostrara las finezas de buen galán y verdadero amante; parecióme cierto el caso, y que con menos de un paso podía pasar al barco de mi ángel, y tomando la espada con el talí sobre la camisa, di un salto largo, porque por corto no perdiera el borde del barco; pero desviándose di en el agua, y la armada corrió velozmente, sin que yo el socorro, por más voces que di, fuera socorrido; perdílos de vista brevemente, y viéndome refrescado, que era invierno, pasé de la otra banda con alguna dificultad, nadando a trechos, y hallé en el rastrillo en vela los soldados, y preguntándome quién era, unos decían espía es, otros que fantasma, otros que sería loco; este andaba más cerca de la verdad. Reconociéronme, y viéndome y habiéndome, echaron de ver en la respuesta estaba loco, porque habiéndoles preguntado qué armada era la que había pasado aquel punto por el río abajo, empezaron a reírse; llamaron al capitán; conocíle, y él también a mí; admiróse de verme en camisa con mi espada y tiritando de frió, que le hacía grandísimo; pero, como no pudo abrirme la puerta hasta el amanecer, solo pudo socorrerme con una capa gascona de muchas borlas y una manta; preguntóme el caso, pero por no descubrir mi pasión amorosa le dije que por la mañana se la diría. Abriguéme un poco, y luego que empezó a amanecer envié por mis vestidos, y en una de las garitas del puente me vestí. Pedro vino con ellos, y preguntándole qué había oído de la armada, me respondió:

—¿Qué armada y qué furia le hizo saltar a vuestra merced por la ventana? Si así sueña vuestra merced, mas quiero dormir junto al caballo que donde duermo, que estamos muy cerca; yo creí que estaba durmiendo vuestra merced cuando envió por el vestido. Fui a casa y contéle el suceso , y partió de carrera a la de Magdalena, diciéndome quería dar de comer al cuerpo; y como por temprano no habían abierto su puerta, volvió y díjome que había ido a casa de Magdalena después de haber cumplido con las obligaciones de la caballeriza, pero que estaban las puertas cerradas, que sin duda era verdad que la habían llevado; no me acordaba con esto de mi remojo y frío, aunque excesivo, sino de la fuerza que se había hecho a ella, y la poca dicha que tuve de socorrerla; y haciendo sacar el caballo al zaguán, juré en la mano derecha de él (que el caballo es animal muy noble) de vengarme del agravio, y descalabrando a Pedro, escribí con su sangre en tres lienzos de la pared mi resolución para que constase al mundo toda la causa de mi ausencia; no es el juramento común, y por no serlo me pareció más obligatorio para cumplirle, porque ya los juramentos en manos de caballeros y otras personas, por ordinarios, no tienen fuerza. Reparó Pedro, y no mal, en que el caballo en esta ocasión se había orinado, y me dijo que lo tenía por buen agüero, aunque para él había sido malo. Pasé a casa del gobernador de la plaza para que me diera licencia, que quería llegarme a Tortosa para cobrar un poco de dinero; diómela generosamente, y al volver con ella a casa encontré con Anastasia, criada de Magdalena; empecé a hacer grandes demostraciones de sentimiento antes de hablarla, y ella me preguntó qué tenía; respondíla qué había de tener, sí a su ama y a mi bien la habían robado; díjome si estaba loco, que su ama estaba en casa. Quedé admirado del caso, y discurriendo en él, reconocí que Polonia no me tenía olvidado, y que había sido la causa de mi precipitación al río; contéselo a Pedro, y mi presunción, y concedió con ella; pero yo estaba tal, que, no obstante la relación de Anastasia, fui a casa de Magdalena a saber si era verdadera; subí la escalera sin que me sintiesen, y sin verme ella, la vi sentada en el suelo sobre las faldas de otra mujer, recostada la cabeza, que la estaba quitando el bello del rostro con un casco de vidrio, y con más que moderado descuido Magdalena; puedo asegurar no he visto postura de mas tentación en mi vida, porque el resto del cuerpo estaba incitativo. Volví a bajar la escalera con el mismo silencio que la subí, porque no se corriera de haberla visto, y detúveme en el zaguán, donde después de un rato me vio la criada, que había bajado por agua al pozo; dijo a su ama que yo estaba allí y que me había dicho, habiéndola preguntado por ella, que no estaba vestida; acabada la obra, me dijo la criada de suyo que bien podía subir arriba; hícelo, y me pareció, si antes del afeite hermosa, después el más claro y hermoso sol; preguntóme la causa de la visita temprana, respondíla el cuidado en que había estado con el suceso de la noche pasada; y como le declaré en él mi afecto cara a cara y con más claridad que nunca, mudaba de color el rostro, y andaba batallando la nieve con la rosa sobre cuál había de quedar vencida, y su madre Brianda empezó a rumiar algunas palabras, en que conocí me había adelantado en referir el caso con las circunstancias de mi pasión; que la buena señora bien pudo estar sorda a la relación como a la música, pero conozco que no hay sordo que no oiga lo que quiere. Salí de la visita, y aunque con gusto de haber visto a Magdalena, con sentimiento porque a la salida no reconocí aquellos agasajos y agrados pasados, sino sequedad y tibieza; llegué a casa pensativo y pesaroso de haber descubierto mi verdad y afición; pero considerando que en cosas tan grandes había de haber desigualdades y pesares, y que no se podían vencer sino con porfías y constancia, me alenté y dispuse el correr una sortija para la calle Mayor, donde Magdalena tenía un excelente balcón; puse el cartel un día señalado en su defensa a tres lanzas; atrevióse a firmarle don Cosme, caballero de obligaciones y muy galán, defendiendo la hermosura de Prudencia, que era una dama de muchas partes y de quien estaba enamorado; cada uno sacamos nuestros padrinos y amigos; el mío fue don García, y el de don Cosme don Alejo. Los jueces eran don Arnaldo, don Crisanto, don Tribuido, don Macario y don Virgilio, personas veneradas por sus canas y admiradas por sus nombres, que en su juventud llevaron grandes premios de lanzas y en torneos la fama de vencedores.

Magdalena, como tenía balcón, y capacísimo, convidó a sus amigas para la fiesta, y en otro opuesto estaba Prudencia con las suyas. Corrimos, y con la primera lanza me lleve la sortija; corrióla bien don Cosme, pero no la tocó; corrí otra vez y la toqué, y don Cosme no corrió la tercera, y volví a llevarla; con que el premio fue mío, que era una araña de esmeraldas curiosamente labrada y tan al vivo, que las moscas huían de ella; entregáronsela los jueces a don Pantaleón, caballero señalado para este efecto; y tomándola en la punta de la lanza, se la dio a Magdalena, quien, por favorecer mi buena fortuna y hacerla mayor, se la puso al pecho; corrieron también los demás caballeros y emplearon sus premios en diferentes damas. Hallándose don Cosme picado de haber sido vencido, se llegó a los jueces conmigo y les propuso le permitiesen otras tres lanzas conmigo; concediéronselas con consentimiento mío por darle gusto, y quitándose una rosa de diamantes riquísima del sombrero, les entregó. Corrió primero él airosa y bizarramente, pero lléveme yo la sortija, habiéndome apeado del Copo por cansado, aunque afortunado, y corrí en Azabache, que era morcillo, muy oscuro, de un amigo, que podía competir con el viento; volvió a correr, y bien, y yo encordelé. La tercera fue desgraciada para él, porque tropezó el caballo y dio con él en el suelo; yo volví y la llevé, pero pedí licencia a don Cosme para enviársela a Prudencia. Parecióle mucha galantería la mía, y pidiéndosela él mismo, se la dio en la punta de su lanza, y ella le dijo de manera que lo oyesen todos que aunque yo había ganado en las lanzas, me había ganado en la galantería, pues el premio ganado por mí se le había presentado él; no hubo dama que no tuviese premio en uno y otro balcón, y Polonia, que también se bailaba en la fiesta con Prudencia, le tuvo de una banda azul y puntas de plata; yo estaba con notable deseo de venganza de la burla que me hizo con las barcas y robo de Magdalena; y después de acabada la fiesta principal di dos carreras por la hilera de Magdalena, rompiendo las lanzas atravesadas por el arzón en el suelo, y con tanta pujanza, que saltando una astilla, como si se lo mandara, di en una ventana de la nariz de Polonia con ella, y se la metí hasta los cascos, que no fue dificultoso el topársela, bajando la cabeza a verme correr; empezó a sangrar, y viendo todos no podían retenérsela con remedios caseros, llamaron médicos y cirujanos, y cuantos más llegaban, solamente con mirar la herida se la empeoraban, y luego que trataron de tocársela murió. Como fue accidental el caso, quedé libre, y no preso, aunque había opiniones contrarias; yo, gustoso del caso, por la burla que me había hecho esta endiablada vieja, aunque disimulaba, me recogí a casa a descansar. Brianda, fuera de su natural sequedad y rigor, en particularr para mí, me envió un regalo de granadas, que las estimé mucho, con un recado de que, pareciéndola había quedado cansado y caluroso de la fiesta, me las enviaba para refrescarme; que Magdalena se había holgado mucho, y que se había recogido achacosa de la cabeza, pero ambas muy obligadas a mi fineza y contentas a mi buena fortuna; estimé las granadas, y el recado mucho más; yo debía de tener recogidas en casa sesenta libras de diferentes dulces y de fruta fresca para mi padrino y camaradas, y antes que ellos llegasen , haciendo traer otros y partiendo la fruta, se los envié a Brianda con recado de que me holgaría fuese de algún alivio y provecho aquel refresco para la señora Magdalena, y fue Pedro por superintendente de tres o cuatro mozos que los llevaban, y llegó a tan buen tiempo, que las amigas que habían acompañado a Magdalena no se habían despedido. Terencia, una de ellas, despejada más que todas, moza de lindo arte, aunque viuda, preguntó dónde estaba el criado; entró Pedro y díjole que no merendarían si yo no me hallaba presente. Vino a casa a buscarme, y yo fui contentísimo, tomando las señas de la dama que me hacia aquel favor. Entré en el aposento y fui recibido de todas con muchas caricias, y Magdalena, que estaba acostada, me dio muchas gracias de lo bien que había corrido y salido del empeño en que me puse por ella, y me alabó la buena fortuna de las lanzas. Empezaron a merendar, y aunque Terencia (a quien había dado las gracias por este favor) me regalaba apaciblemente, Magdalena pidió un melocotón confitado, y Terencia la llevó dos que estaban juntos y pegados; no los quiso ella, diciendo que uno bastaba. Terencia porfiaba con disimulación picaresca, que los dos juntos eran mejores, pero partiéndolos Magdalena, me dio el uno de su mano, y llamando a Pedro empezaron todas é llenarle las faltriqueras de peladillas

y canelones, y con mucha risa, porque le sobajaban los cuartos bajos, tanto, que dijo con su sencillez no le capasen, que él más quería merendar un pedazo de morcilla y una tajada de mondongo, a que estaba acostumbrado, que aquellos dulces; de que no poco me corrí. Díjele que saliese fuera. Hablóse de la fiesta, y después de solemnizadas algunas particularidades de ella, se trató de Polonia, y me preguntaron si sabía alguna cosa de mi antigua patrona; yo respondí, disimulando la noticia de su muerte, que no; pero una parienta suya, que estaba allí, dijo que era muerta. Magdalena, por entretener a la visita, llamó a Pedro y le mandó hiciese relación de las cosas que en su casa me habían sucedido, y del último arrojamiento al río. Obedeció Pedro con particular gracia; con que ellas confesaron que en su vida habían tenido mejor tarde. Tuvo consideración Magdalena de despedirme primero que se fueran las damas, porque no me viera en cuidado sobre cuál había de acompañar, porque tampoco con ella podía quedar; quedé citado a la despedida para que el jueves siguiente fuese allí, que venían a ver a Magdalena; ofrecílo y despedíme, y a la salida encontré con Brianda; supliquéla me diese licencia de enviar algunos dulces para el jueves, que quedaba citado por todas para aquel día; respondióme que no traíase de gastar en aquellas cosas de golosinas y sin provecho, que yo tenía ocasiones donde poder lograr mejor mi dinero, que Magdalena había menester una pollera vistosa, pero que no fuese de mucha costa, y ella un manto, y un chiquillo que criaban unas medias y zapatos, un papagayo una jaula nueva, un perrillo un collarcito con cascabeles de plata, un gato mansito que tenía unas orejeras, y el mono, que también le había, un baquerillo aforrado en pieles, y en todo caso una basquiña para la criada y doce varas de bayeta negra para cubrir la tumba de su marido, que la que tenía estaba vieja ya. Toda esta demanda de galas para Magdalena, ella, la criada, el chiquillo, el papagayo, el mono, el gato y el perro, me pareció corta para lo mucho que deseaba ser y obligar a Magdalena; pero me admiré de que pidiese gala para la tumba, que hasta para los muertos la quería; así, pasando a casa de un mercader, saqué recado para una pollera y justillo, que lo uno sin lo otro venía a ser defectuoso, de chamelote azul y flores grandes de oro, con diecinueve pasamanos de oro de hojuela, y el justillo cuajado y aforrado todo en raso carmesí, porque no traía grande guardainfante Magdalena, y había menester cosa que la abultase mas que el tafetán; fuera de esto, saqué dos pares de medias con ligas correspondientes y puntas grandes, y un manguito de martas finas, pieza excelente, asimismo para Brianda manto y un corte de vestido de raza fina, medias y ligas, y para la criada basquiña, jubón y escapulario, medias y ligas, y para el chiquillo y demás obligaciones todo el recado; llamé a mi sastre, y en casa se trabajó todo brevemente, que para el siguiente día por la mañana no faltaba puntada; y pareciéndome que en la brevedad consistía mas mi dicha, lo envié todo con Pedro; volvió y díjome que no era nada lo que me debía querer Magdalena con lo que la vieja me quería; que había dicho de manera que él lo oyese que no había caballero como yo ni tan generoso, y que más de veinte vueltas habían dado entre madre é hija y criadas a los vestidos; que sin duda creía, si yo quería dormir con ella, lo alcanzaría; que me llamaba hijo de sus ojos, su don Beltrán; que la Magdalena la había hablado al oído tres o cuatro veces, y que ella la respondió, oyéndolo él: —¿Porqué no, hija mía, y cómo? Grandísima dicha sería para nosotras. A que volvió a decir Magdalena: —Sí, pero si él no trata de lisura, y su intento es otro del que podemos desear, ¿qué se ha de hacer? —No ha llegado el tiempo para discurrir en eso —dijo Brianda. Oílo todo, y nunca me pareció que Pedro había tenido tanta memoria como en esta ocasión, y quedé previniendo finezas, porque juzgaba ya este negocio en buen estado. Llegó el día citado, y no obstante el consejo de Brianda, la anticipé algunos fiambres, porque no empalagasen tantos dulces, y pasé a la fiesta. Estaba Magdalena levantada con su pollera y justillo, sin otra ropa, y su madre y todos los citados y comprehendidos en las galas, con ellas. En este tiempo pasaba un gaitero; llamóle Terencia, y subiendo arriba, se trató de danzar, y dancé la primera vez con Magdalena, que el tocar su mano en las vueltas aumentaba incendios

en mi pecho. Duró esta fiesta dos horas, y despedido él músico soplón, oímos que pasaba por la calle un francés avecindado en el lugar, que llevaba una arquilla vendiendo algunas cosas; llamóle Terencia, que no tenía empacho en cosa alguna; subió arriba, y abriendo la arquilla, le dije que como iba sacando algunas cosas las iría comprando si eran de gusto de las damas presentes. La primera demostración fue de medias de sedas de Italia; las damas de la visita eran seis; díjelas que tomasen las que les pareciese y en el color se ajustasen; tomáronlas, con sus ligas con puntas de oro y plata, y sobrando otros seis pares, se las llevé a Magdalena; apartó un par de ellas, pero dila las otras tres y las dos a Brianda, quien al tiempo de recibirlas me apretó la mano con ademan de que sentía gastase con las otras, llamándome en voz baja perdido y loco, y aunque rehusó Magdalena el tomarlas, sin duda por la visita, pudo más la persuasión de Terencia, y llamándome, me dijo Magdalena que de mi parte quería enviar un par de ellas a Candia, que estaba mala. Supliqué la dejase aquel regalo a mi cuidado y obligación; pero no me dio licencia, con amenaza de que no me hablaría. Luego desenvolvió puntas el francés; entonces Magdalena, pareciéndola me harían gastar demasiado, le llamó y fue viéndolas y reprobándolas, unas por poco finas, otras por mala hechura, y no me páresela mal, aunque porfiaba en lo contrario, ofreciendo a todas lo que iban viendo; solo Brianda a mis ofrecimientos ponía ceño. Llegó a los antojos, que también los vendía, y en donaire dio Magdalena a su madre unos para que se los pusiera; agradó la chanza a la vieja y se quedó con ellos, y dijo al francés que no había elegido mal, que eran de los finísimos cristales de la galería de Palacio; sacó otros y tomólos Eufrasia, que era algo corta de vista; aseguró el francés eran de los cristales del coche del almirante. Terencia se puso otros jugueteando, que tenía extremado gusto y era la bufona de la conversación, y me mandó se los comprase; puestos, afirmó el gabacho que para grandes pruebas habían estado en Madrid, y que entre todas, la mayor fue que veía con ellos Cristobalillo, el ciego de Ciempozuelos, y porque veía con ellos, por no perder el juro de la ceguera, los habla dejado. Magdalena tomó otros algo mayores y de más claro cristal y mejor guarnecidos, y se los puso también, riéndose mucho. Dijo el francés: —No se ría vuestra merced, que valen más que todos juntos. Yo se los hice tomar, aunque los rehusó mucho, diciendo que era muy temprano para antojos, y púsolos debajo de la almohada; pregunté al francés, que los encáresela, si tenían alguna particularidad más que los otros, a que me respondió que no hallaría otros dos pares como ellos porque eran hechos del orinal de Lucrecia la romana, que se había quebrado en la fuerza de Tarquino; que otros tenía en mucha estimación el duque de Florencia entre las cosas más particulares, y que él los había habido con gran dificultad de un criado de un cardenal da Roma, que era depósito de cuantas antigüedades había, y que juntamente le vendió un pedazo de lienzo que allí traía, algo manchado de sangre de la puñalada que se dio, que era una esquina de la toca que tenía puesta; todas pidieron el paño para verle, y anduvo de una mano a otra; dijo Luisa que la sangre parecía de persona floja y de poco espíritu; Emerenciana, de caprichosa y loca; Beatriz, de melancólica; Apolinaria, de persona fría; y Leonarda, que no era tan resabida, dijo que parecía de una corderilla; pero Terencia se desenvolvió y dijo que era de una mujer mas necia y porfiada que había habido en el mundo, y aun habladora sin tiempo ni sazón; a que respondió el francés, sin preguntárselo, que era así la verdad, y que pudo callar después de ejecutado el caso, pues no la daban tormento. Magdalena no quiso dar parecer; solamente su madre Brianda dijo que bien pudo tener la fuerza en silencio, encubriendo la flaqueza de su rey y príncipe, que más que él en la fuerza, había pecado ella en descubrirla, pues fue causa para que un bruto, un toro, un león le echasen para sacarle de la ciudad de Roma y despojarle de su reino, que tan legítimamente poseía, pues el uno era daño particular y el otro general y común y contra su señor natural. Todas alabaron sus razones, y me pareció estaban reducidas con el sermoncillo a callar cualquiera fuerza,, aunque no fuera de príncipe; solo dijo el francés que Bruto no era animal, como toro, león y otros, sino hombre particular, y que pudo tanto, que juntando séquito, bastó para echarle de la ciudad. Recogió el lienzo ensangrentado, porque no le quisieron las damas;

bien pudo ser temiesen, estando en su poder, se les infundiría y pegaría alguna fortaleza, teniendo por bastante la común de decir: «¿Qué había de hacerse? No pude mas», cuando a saberlo vinieran; que sin este requisito, el callar y pasar por ello era la mayor cordura. Llamé a la puerta de afuera al francés; hicimos la cuenta; quisele dar el dinero; respondióme que quería letra para Zaragoza; hícelo así; que fue de tres mil reales, sin los últimos antojos de Magdalena, que los volvió, porque decía no quería cosa de una mujer tan extravagante, que ella era sin duda la bruta; yo contento porque veía favorecida mi persona y bolsa; despidióse diciendo a las damas no había visto tan generoso pagador en su vida, y que se holgara fuera verano, porque tenía abanicos extremados y otras niñerías gustosas. Terencia le dijo que volviese el domingo siguiente con ellas para verlas, que juntas estarían todas; con que se fue. Yo quedé en conversación, y Magdalena me llamó. Hízome sentaren un taburete a su lado, y muy gustosa me dio las gracias de la gala, encareciendo mucho mi buen gusto, y también por las de su madre y las demás; que se holgaría mucho de corresponder a tanta fineza; yo la respondí que me corría de lo que me decía, que mi persona y hacienda siempre estarían a su servicio; llegó la madre, y preguntóme cuánto había gastado; respondíla que poco; tanto instó en ello, que se lo hube de decir. Hacíase cruces, y delante de mí dijo a su hija que de allí adelante excusase la visita de aquellas mozas golosas y amigas de recibir, y mirándome a mí, prosiguió: —Hijo, no más locuras de estas; ¡tres mil reales de niñerías! A mi hija echó la culpa, pues ella ha sido la causa de gastarlos—; díjome que me despidiese, y que al anochecer, después que se fuesen aquellas mozas, podía volver y entrar en casa con capa diferente sobre la valona, porque no hubiese reparo. Despedíme, y tan contento, que no sabía qué hacerme ni creía lo que por mí pasaba. Llegó la hora, y con capa de color y circunstancia de la valona entré en su casa de Brianda y Magdalena; fui muy bien recibido, y a poca conversación me preguntóla vieja de dónde era y qué hacienda tenía; respondíla que de Toledo, y que mis abuelos me dejaron tres mil y quinientos ducados de renta, con mucha plata labrada y alhajas de casa, como colgaduras, tapicerías, camas y escritorios, y seis mil escudos en moneda de oro, los cuales iba gastando, excepto mil, que tenía en Madrid en un hombre de negocios, para hacer las informaciones de un hábito que pretendía, y esperaba en breve la merced de él; preguntóme si tenía hermanos que alimentar u otras obligaciones de mocedad; respondíla que no; si pagaba el rédito de algunos censos; respondíla, tampoco. Díjome si trataba de casarme, y yo a ella que no, porque adoraba a la señora Magdalena con extremo, y que así, aunque no esperaba la dicha de merecerla, la serviría toda mi vida, que no podía ser dueño de mi corazón otra ninguna; a que me respondió que ya veía la niña, y si el parecer exterior era de mucha hermosura, la virtud era mayor. La calidad, hija de un caballero montañés que se había casado con ella por amores, habiendo venido a este principado, y que en su muerte había dejado a la rapaza cuatrocientos ducados de rentas sin ninguna obligación, con que lo pasaba lucidamente y bien; que un hermano tenía en las Indias, a quien había dejado dos mil ducados dé renta, con todas las alhajas necesarias, de quien no sabía doce años había; que hacían diligencias por si Dios le había llevado, para que Magdalenica entrara en toda la hacienda; y pues yo veía que su hija, por todas estas causas, no podía caer en liviandad, estimaría que yo me declarase, porque no le estaba bien el caer en ella con nadie; y porque me asegurase mas, me sacó una información que su padre hizo, con un escuda de armas. Todo esto me parecía bien, pero mejor la moza, que estaba callando en todas estas pláticas, y tan divertida, de espaldas a la chimenea, que sin echarlo de ver, saltó una chispa, y no solo se le quemó la pollera, sino que sintió la calor del fuego y dio un gran grito y saltó a mis brazos; recogíla en ellos con un amoroso apretón, y ella me dijo: —La pollera rica se ha quemado. El sentimiento fue grande de madre é hija; yo las dije no le tuviesen, porque aquello tenía fácil remedio, y que estimaba mas a la chispa la ocasión que me había dado de recogerla en mis brazos a la señora Magdalena, que cuantas polleras podía haber; que quería ver lo que se había

quemado della; parecióle a Magdalena, aunque estaba abrasada una nalga, que no había penetrado las enaguas y camisa, y así se volvió de espaldas a la luz ¡descubrí el daño, y cuan luciente estaba aun en aquellas partes, pues excedía a la luz su resplandor; corrióse cuando conoció la había visto parte de los hermosos antípodas, y dijo sentía más aquel descuido que todo el daño; acostóse, y yo hice tomar a Pedro la pollera y me la traje a casa; llamé al sastre, y preguntándole cómo se podía remediar aquella quemazón sin que fuese conocido el remiendo, me respondió que con dos varas, y veinte de pasamano; sacóse todo, y aquella misma noche quedó sin visión alguna y sin que se echara de ver chamusquina, y a la mañana la llevó Pedro temprano; estimaron el cuidado y puntualidad, y la misma Magdalena dijo al mozo que yo no dejase de verla por la tarde; muy lozano con este recado, pasé a casa del mercader y saqué unas enaguas de tafetán verde con guarnición de puntas de oro, y un justillo para ellas cuajado de las puntas, porque el siguiente día era el citado para ir a ver los abanes del francés, donde habría gran concurso de damas; en comiendo fui allá, donde recibí gracias de madre é hija con amoroso semblante. Vestida estaba Magdalena de la pollera remendada; yo deseaba hablarla, y su madre presente no me atrevía; y así, al tiempo que ella entró en el aposento a un recado, tuve lugar de decírselo, a que me respondió que a las once de la noche volviese allá, que me estaría esperando; muy larga se me hacía la tarde, aunque estaba con ella, por las esperanzas que me había dado; llegó la hora de recogerme, fui a casa, donde hallé a Pedro vestido de las enaguas verdes (que ya el sastre las había traído) y puesto el justillo, abierto por los lados por la fuerza que hizo para vestírsele; díjome: —¿Qué le parece a vuestra merced, no estoy buena moza? Díle en la cabeza tres o cuatro cintarazos, y haciéndole desnudar, se hubo de volver al sastre el justillo, porque le había hecho reventar por tres partes. Si la pollera era bien parecida, no parecían peor las enaguas. Era cerca de las once, salí de casa con Pedro, y a pocos pasos me dijo veía un bulto que le parecía un gigante, que le reconociese primero, que a él le bastaba habérmelo advertido; miraba a una parte y otra y no veía cosa; díjele que me enseñase dónde estaba el bulto que me decía, y me llevó delante de él hasta un pilar de una casa, y él, habiéndole reconocido, me dijo: —Más quiero que me mate a mí que a vuestra merced este deforme hombre, que esta es ley de buen criado —y se adelantó y le dio tres o cuatro golpes con la espada, diciendo—: Mueran los gigantes y toda su raza. Reíme mucho del razonamiento de él, y pasamos adelante; y él, como si hubiera hecho una hazaña grande, todo el camino hasta casa de Magdalena fue preguntándome si había andado bien; yo le dije que demasiado arrojado. Llegué a la puerta, y tentándola, la hallé abierta, y a ella con su madre en un aposento bajo. Sentámonos en amorosa conversación y sin melindre alguno de los pasados, aunque su madre estaba presente, que ya me llamaba su hijo; con todo, no quise tomar licencia para engolfarme del todo, porque no pareciese fácil mi resolución, no obstante que ella se hubiera resistido de lance tan sin tiempo. Estuvimos gustosos hasta las cuatro de la mañana, que me despedí con dulces abrazos para vernos al día siguiente por la tarde en las ferias prevenidas, y a las siete, después que dormí un poco, envié a Pedro con las enaguas verdes, que, como no la dije nada dellas, fueron con novedad y particular gusto recibidas; envióme a decir que luego las vestiría para hallarse con ellas a la fiesta; que las damas no reparan cuando hay galas en qué dirán los que las ven, que sin duda serían murmuradas de las mayores amigas dos tan vistosas en tan breve tiempo. Llegó la tarde y fui allá, pero ya estaban dos o tres de ellas dentro anticipadamente, y entre ellas Terencia, que me dijo que una hora había estaban aguardándome, que bien conocían que iba de mala gana a feriarlas los abanicos. La Brianda, salió por mí, y dijo que era muy temprano y que no había hecho falta; sentóme con Terencia, y ella, tomándome de la mano, me llevó junto a Magdalena, que sonrojeada me admitió a su lado; llegaron las demás. Danzóse al son de la guitarra, que Candia estaba buena y la tocaba bien; las amigas no dejaban de hablarse al oído y

mirar las enaguas de Magdalena, sus acciones y las mías si conformaban; ella disimulaba y yo también lo posible, aunque era imposible disimular el amor. Llegó el francés, y desenvolviendo su arquilla, sacó dos docenas de abanicos; todos ellos compré, pero no dijo el precio el francés, y trató de ponérsele, porque los unos costaban más que los otros; yo le dije que después haríamos la cuenta; él respondió que por lo menos le dejasen decir la calidad que tenían, que eran muy particulares algunos de ellos, y dándole lugar, sacó seis de ellos, y refirió que aquellos, seis años habían estado en los montes Pirineos curándose con el cierzo, y sacó otros tantos que juró por el emperador Carlo Magno habían gozado de la frescura de Sierra Morena cuatro años, y después de estos, tres, que dijo, jurando por la buena memoria del cardenal Richelieu, eran sazonados doce años en Guadarrama, y los otros tres otro tanto, y jurando a los lamparones que curaban los reyes de Francia en las casas de nieve de diferentes partes; confesaban las damas que el aire que daban competía con los hielos mismos, que tal frescura jamás habían conocido; eran siete, y tomaron, a mi instancia, dos cada una, y los seis de los Pirineos quedaron para Magdalena, y con los cuatro restantes quedé yo; supliqué a Magdalena me dejase volver a la noche, y me respondió recatadamente que sí, pero no tan tarde como la vez pasada; despedíme, y cuando supe por Pedro, que era el espía, habían salido todas volví. Estaba con su madre; diéronme de nuevo las gracias de la gala, y después de una sabrosa conversación, que ya Brianda entraba y salía a menudo en su aposento, notan recatada como las veces pasadas, y llegamos solos a tratar de nuestras cosas, y se resolvió que el primer domingo se hiciesen las primeras proclamas, y que se lo dijesen a su madre, que lo deseaba sumamente; hízolo ella, y vino la vieja a mí con los brazos abiertos; yo me arrodillé y la besé la mano, y también Magdalena. Quedando en este empeño, fui a casa con acuerdo de que más tarde volvería, y llamando al sastre, saqué para Magdalena tres pares de vestidos, dos negros y uno de color, todos muy sazonados y guarnecidos al uso, y para mí dos, y a Pedro le saqué otros dos graciosísimos; no me descuidé en joyas y cadenas, que me costaron dos mil seiscientos ducados; con esta prevención volví a casa de Magdalena, que me estaba aguardando, y al amanecer salí de la casa. Pasaba adelante el matrimonio; hubo tres proclamas, y a la tercera convidó ella a sus amigas y yo a mis amigos. La comida fue más que moderada, y el sarao a la noche grande, donde hubo muchos disfraces que divirtieron alegremente. Fuéronse, y yo quedé en casa con la prenda de tanta estimación, y nos recogimos. Lo que resta ya está, dicho, y no es necesario duplicarlo; yo quedo el hombre más gustoso del mundo, casado con un ángel en condición y hermosura, y en quien concurren todas las partes que se pueden desear de calidad, y aunque no muy rica, con la expectativa del hermano que pasó a las Indias y no se sabe de él. Si vuestra merced supiere algo de su muerte, amigo mío, anticípeme la buena nueva; que yo le ofrezco albricias de ella.

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