GREGORIO GONZÁLEZ

El guitón Onofre

Prólogo al lector.............................................................................................................................................3 Capítulo I Cuenta Onofre su natural y quiénes fueron sus padres..................................................................................5 Capítulo II Cuenta Onofre los malos tratamientos que la vieja su ama le hizo y cómo se vengó de ellos.......................................................................................................8 Capítulo III Sale Onofre de Palazuelos y llega a Sigüenza. Cuenta lo que le succedió antes de hablar a su amo el sacristán y refiere una leción que le dio y práctica que los dos tuvieron ....................................................................................................................15 Capitulo IV Cuenta Onofre una desgracia que le sucedió con los estudiantes de su casa......................................................................................................................19 Capítulo V Cómo Onofre comenzó a pasar mala vida después de idos los estudiantes y el ardid con que se vengó de la frutera......................................................................................................................23 Capítulo VI Refiere Onofre lo que le succedió con el sacristán su amo y las pesadas burlas que le hizo movido de hambre y necesidad....................................................................................................................29 Capítulo VII Prosigue Onofre el succeso del sacristán.....................................................................................................35 Capítulo VIII Cuenta Onofre cómo, huyendo, salió de Sigüenza y se acommodó con un estudiante en el camino de Alcalá de Henares...................................................................................................................................44 Capítulo IX Cuenta Onofre la miseria que pasó estando despedido de don Diego su amo en un mes que anduvo descarriado................................................................................................................................50 Capítulo X Cuenta Onofre lo que le succedió con los teatinos y una burla que les hizo...............................................................................................................................57 Capítulo XI Prosigue Onofre el succeso de los teatinos y da fin al cuento..........................................................................................................................................62 Capítulo XII Cómo Onofre se fue de Salamanca huyendo por temor de los teatinos y cómo llegó a Valladolid y lo que allí le sucedió mientras estuvo desacommodado...............................................................................................67 Capítulo XIII Prosigue Onofre lo que le pasó en la iglesia de Sant Salvador con unos clérigos y sacristán y la astucia que con ellos tuvo para comer aquel día......................................................................................73 Capítulo XIV Cuenta Onofre la manera de vida que tomó por no servir y cómo le prendieron por ella, el triste estado en que se vio y ardid con que se libró de la cárcel.......................................................................................76 Capítulo Último Cómo, librado Onofre de este peligro, se metió fraile dominico después de haber aportado a Zaragoza.........................................................................................86

Prólogo al lector
Con justa causa son reprehendidos los que inconsiderada y atrevidamente se abalanzan a poner sus obras al juicio del vulgo, confiados en que no hay cosa tan mala que no tenga algo bueno, poniendo por ejemplo el decir que la piedra más inútil, la planta más infrutífera y el animal más ponzoñoso siempre tiene encubierto algún oculto bien que a los que con buenos ojos hacen especulación de ello se les descubre. Razón, por cierto, buena, pero indigna de persona de buen entendimiento; porque los que le tienen no es justo que les satisfaga lo que hacen, pues, por bueno que sea, se le puede poner falta, que yo creo que no hay cosa tan acabada que no la pueda tener. Cuanto y más que, cuando no la tenga, que es dificultoso, no faltará un Momo que diga a Venus que le suenan los chapines. Y, aunque esto sea falta del maldiciente, y no de la obra, por no ver las proprias, en este riesgo tendría por más sano el sepultallas en el rincón del olvido, Bien conozco que la propria pasión ciega, pero el objecto que engaña los ojos exteriores no puede engañar apasionadamente los del alma; porque, aunque los hijos proprios son siempre más amables que los estraños, es necio quien desconoce la hermosura ajena y loco quien no conoce su fealdad. Alguno me dirá que tomara para mí este consejo. y creo que, si mi voto se hubiera de seguir, no tuviera necesidad de decírmelo, porque, fuera de que yo conozco mi rudeza y lo poco que alcanza mi ingenio, la brevedad del tiempo en que se ha hecho y las muchas ocupaciones que en el oficio he tenido me mostraban con evidencia la poca substancia que este librillo podía contener; porque, como dice Cicerón, non potest in eo esse succus diuturnus quod nimis celeriter est maturitatem assecutum, que quiere decir: no puede tener jugo perpetuo lo que con demasiada brevedad ha madurado. Pero, aunque es verdad que yo lo comencé por entretenimiento de una grave enfermedad y que no lo acabara por la poca satisfación que de él he tenido y tengo, no faltaron personas a quienes no podía faltar que me apretaron de suerte que, hurtando al tiempo algunos breves ratos, le llegué a este estado. Que, aunque le tenía trazado sin comparación mayor, me pareció dejarle aquí, porque de lo malo poco basta. Y nadie crea que fueron estas obligaciones causa de un daño solo, que aun no fuera pequeño consuelo, pero hanme apretado de suerte que lo que jamás tuve en el pensamiento, que fue sacarle a luz, me han hecho hacer a pesar de mi voluntad; que no estoy poco corrido, porque ya que ansí hubiera de ser, quisiera haberme empleado en cosas de mi facultad, como espero en Dios que será algún día, o a lo menos más altas, como antes tenía intentado y aun hecha buena parte. Que, a no haberme hurtado ciertos borradores de poesía, a que yo he sido aficionado, aunque tengo pocos, hubiera algunos años que anduvieran por el mundo metidos en el peligro en que éste va puesto. y cuando esto no fuera, quisiera seguir a Horacio y guardarle algunos días para corregirle y enmendarle, que, ya que no tuviera nada bueno, por lo menos no fuera tan malo, pues sabemos que la tardanza vuelve la obra perfecta. Con todo eso, ya que me he metido en este labirinto y que no puedo escapar del juicio del vulgo, quiero humillarme a la opinión de los discretos, que no entran en su rústico concejo, y suplicalles que, pues no hay otra culpa en mí sino haberle comenzado, me defiendan de malas lenguas y, si acaso hallaren en él alguna cosa que pueda ser de fruto, la estimen como salida a caso, que con esto me darán alas para que a éste le haga otra parte y comience cosas más grandiosas de que pueda sacar algún fruto la república. Aunque también digo que los que con buenos ojos le miraren hallarán en él sentencias

dignas de alabanza, la más parte de Cicerón, buena parte de Demóstenes, Horacio, Verino, Ennio, Marcial, Plauto, Terencio, Fausto Andrelino y otros muchos, que cada uno a su propósito me ha prestado lo que de mi ingenio fuera imposible sacar. Y, aunque en cosas de donaire y burla, como ésta, parece dificultoso poner sentencias tan graves de que estos y otros autores usaron para cosas de tanta importancia, no hay dificultad que no la sobrepuje el trabajo. Demás que yo también he añadido lo que por ventura no he podido hallar en ellos, porque pocas obras hay en que el autor no ponga de su casa. Quise, al tiempo de imprimille, poner a la margen acotados los lugares donde estaba cada sentencia para hacer distinción de lo ajeno, pero al fin me pareció que para los discretos no era necesario, pues, sin señalárselo yo, lo tendrán visto, y para los necios basta decirles que no es mío para que no me vendan por ladrón, pues no es justo infamar a los que hurtan a tolerancia de sus dueños. Vale.

CAPÍTULO I

Cuenta Onofre su natural y quiénes fueron sus padres
Varios succesos, infelices casos y adversas fortunas me han traído a tal extremo, que, viendo el mundo tan de burlas, porque ya las veras pierden de sus quilates como oro mal purificado, me he querido arriesgar a los peligros del vulgo arrojándome a seguir los pasos de los que primero con mi misma determinación se pusieron en su juicio. Que, aunque de tan pestíferas manos no podré escapar sino malparado, la osadía es madre de la buena fortuna y yo tan bonito, que, sea bien o sea mal, con trabajo o sin él, no dejaré de salir a puerto de promisión. Tal se la dé Dios a quien mal me quiere cual yo le espero, que harta tendrá malaventura, pues he de pasar por mar que da tales bramidos]. Pondré mi diligencia por ser de fruto, mas, como no somos más los buenos de lo que quieren los malos, no sé si me sirvirá de algo. Comenzaré en poco, pero sospecho que tengo de ser como vaho de muladar, que, aunque nace de principio humilde, como es su natural ir arriba, se sube al cielo. Pues la caída no hay que temer de ella, que torre con buen cimiento no se la lleva el aire. Así lo digo como si este edificio que maquino tuviera traza de ser tan fuerte que no bastaran los vientos de una maldiciente lengua para humillar sus empinados chapiteles. ¡Ay, cuitado de Onofre! Que lo peor es que tus raíces se ven tan sobre la haz de la tierra que, con el viento de las alas de un zángano de éstos, darán con esa soberbia en la humildad que agora conoces. Eres solo como el espino. Estás cercado de contrarios. Ten paciencia; que no puedes andar con todos a puñadas, porque habrías menester más manos que Briareo. Digan, que de Dios dijeron. Séame yo Onofre Caballero, que sí seré, y puta higa para el médico. Aunque me digo Caballero, no es porque soy noble. Más aquél se lo llama que por su virtud sube a más alto lugar que no el que lo alcanza por calamidad de los otros, como yo, porque sola la virtud es poderosa de hacer los hombres buenos. Aunque si va a decir verdad, el lugar que yo he alcanzado tiene tan poco de alto que antes creo llegué a él por calamidad mía que por la ajena. Pero, querría yo saber: ¿adónde va el señor Onofre tan descaminado? No parece sino que le han quitado los grillos y que sale a danzar sin cítara y sin son. ¡Ay, Onofre, Onofre! ¡Tente, tente, Onofre! Que vas a dar en las manos de tus enemigos y no tienes rienda si no es la de tu entendimiento. Por eso, bien que ése es bueno, puedo yo decir entre los dientes. Reparar quiero; quiero volver en mí. No perdamos en un punto lo que en toda la vida hemos ganado, si ha sido algo. Comencemos en bien, que, según dijo el filósofo, las cosas para ser bien entendidas se han de tomar por su primer principio. Aunque en mí podía cesar esa regla, porque yo soy tal, que quien más adelgazare mi origen vendrá menos en mi conocimiento. Pero al fin, por no ser menos que los otros, habrán de saber Vms. que yo nací en un lugar junto a la ciudad de Sigüenza que se llama Palazuelos, y, por mal nombre, Engañapobres. No se vengó él en eso de mí, porque, aunque yo lo sea, pluguiera a Dios consistiera mi ventura en cuál engañara a cuál. Que, aunque yo esté sin aparato, no hiciera él poco en llevárseme la joya. La tierra ni pone ni quita, que no puede dar lo que puede recebir, pues los varones ilustres la ennoblecen. Por...causa que le llamaban Engañapobres es porque el lugar es de brava ostentación, de cercas muy buenas y levantadas, adornadas con muchos torreones y un famoso castillo que las hermosea, de suerte que quien no le conoce, viéndole de lejos, con aquella

presencia poderosa, piensan que hay dentro los tesoros de Venecia, y ansí a él acuden pobres como moscas. Pero, como dentro no haya sino bien cuantas casas o, por mejor decir, chozas derribadas, quédanse a son de buenas noches, dándoles, por premio de su insaciable cobdicia, que bien se puede decir lo es la de los pobres, deseo de llegar a posada, dolor en los pies, fatiga en los cuerpos, arrepentimiento en el hecho y rabia en el corazón. Ved qué limosna para un buen renegador; de donde, como al bueno del lugar le sintieron la flaqueza, vino el llamarle Engañapobres. Mi padre se llamaba Jorge Caballero, mi madre Teresa Redondo, y, según ellos solían contar, porque yo nací día de señor Sant Onofre, no quiriendo quitarme lo que Dios y el derecho me daban, me llamaron Onofre Caballero. Parece que el nombre me pronosticó lo que yo había de ser, porque, desde el punto en que comencé a tener entendimiento, que fue bien niño, me pareció que había nacido para el efecto, y aun tantos ángeles vengan por mi ánima como veces dicen que, teniéndome en los brazos, me decía mi madre que merecía ser príncipe. Ellos hablaban por su boca, que quien tan buen pronóstico salió no es menos sino que ángeles la alumbraban. Mis padres no eran ricos, pero, aunque labradores, que éste era su oficio, lo pasábamos de los que bien en el lugar. No son pobres los que poco tienen, sino los que mucho desean. El pobre más infeliz es el que no tiene don de virtud. La verdadera riqueza es la sabiduría, que nunca el sabio murió pobre ni el necio rico. Alguno me tendrá en menos por ser labrador, pero yo no imagino que pierdo nada por eso, porque más fácilmente aprende un labrador las cosas de la corte que un cortesano se acommoda a los trabajos de la aldea. Fue Dios servido al principio de mi niñez de llevármelos; con que yo quedé huérfano y en poder de un tutor a quien mi padre, que fue el último que de ellos murió, me dejó encomendado. Cuanto mayor es la fortuna tanto menos seguridad hay en ella, que, aunque era su amigo, es tan incierta la amistad humana, que, en cubriendo un defuncto de tierra, luego lo desterramos de la memoria. Quedáronme no sé qué piecizuelas. y bien les puedo decir 'no sé qué', porque, sabido lo que eran, no eran nada. No es rico el que posee muchos campos, sino el que le basta uno solo. Ni hay muerte rica ni casamiento pobre, que en balde busca riquezas el que le faltan los verdaderos bienes del ánimo. Mayor pobreza es, teniendo, desear que, deseando, no tener. Muebles pocos teníamos; que la tierra es mísera, y haya qué comer que no falta en qué se cueza, y, cuando no hubiera sino el estómago, los molinos de la boca lo remiten a él tan en su punto, que así hubiera cibera como ellos la despacharan. Semovientes teníamos hasta siete ovejas y dos gansos. Éstos en las obsequias de mis buenos padres, que Dios haya, se consumieron; que más vale lo que allí se lleva el cura de responsos que cuanto en otra parte tienen de renta. Al bachiller Olmeda dejo yo que lo diga si con su muerte no quedó hecho un obispillo. Por él se puede decir que fin de muchos, bien para uno. Lo bien ganado a colmo llega. Augménteselo Dios, que puede. ¡Ay, padre y madre de mi alma! El os tenga en su sancta gloria, que, a lo que todos dicen, gozando estáis de aquellas beatíficas visiones, hollando con las plantas inmensidad de estrellas refulgentes. Al fin, erais buenos. Ansí lo fuera yo, pluguiera a Dios. Vuestro hijo soy; pareceros, que, en efecto, un huevo se parece a otro, y los hombres a los suyos, que no a las bestias. De los bienes de fortuna no hay que hacer caso; que no se pueden llamar bienes aquellos que, aunque sobren, puede uno con su sobra ser miserable, ni las riquezas se han de contar entre ellos, porque cualquiera, aunque no las merezca, las puede tener. Rodrigo Serbán, que ansí se llamaba mi tutor, aunque me trataba bien, tenía un hijo: y Dios os libre de padre a quien no le duele, y más donde hay hijo verdadero. Madre no la había en casa, que era viudo, y ansí teníamos una vieja para que nos sirviese y alimpiase,

que, aunque yo era su escoba, ojalá ella valiera para ello. Desde tamañito comencé a ser travieso; tanto, que los hombres me llamaban hartas veces 'buenos cascos' y las mujeres 'mal quedado'. Nuestra buena vieja, que no era de mejor lengua que los demás, siempre tenía cosas nuevas que llamarme, porque en la suya jamás oía mi nombre. Yo debía de ser mal inclinado, pero lo malo que me dio naturaleza, si fue algo, lo enmendé con buena crianza, porque muchas veces la costumbre buena prevalece contra la mala inclinación. No tengo a la memoria la ocasión que cierto día me dio Julianico, que ansí se llamaba el niño de casa, solamente que estaba llorando, porque él de poco tenía harto; que era tan regalado que de ocho y más años le traíamos en brazos. Y no es pequeña falta el sello, porque los niños que en su tierna edad son regalados después ni tienen prudencia para elegir lo bueno ni fortaleza para resistir lo malo. Al fin, yo, también que como era mayorcillo había menester poco achaque, le di uno u dos bofetones. Los niños entre sí con pocos daños reciben grandes enojos. El gastar de carne ajena me hizo que me pareciesen más pequeños de lo que debieron ser, pero él era de buen quejar y ansí al punto comenzó de hacer pucheros y, aunque la materia no era de barro, quebrólos a voces. —¿Quién fuiste tú que tal hiciste? ¿Al sagrario te has atrevido? ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! salta mi vieja, que, aunque valía poco para perro de arco, aquella vez pareció de casta de pulgas, y comiénzase de encarnizar en mis nalgas de manera que a pellizcos me las puso más negras que el hollín. Ausadas que yo quedé cual digan dueñas. Tan negro y tan asado tenga su corazón la puta vieja. —Putos días vivas, bellaco —me solía ella responder cuando alguna vez con enojo yo se lo llamaba—. Plegue a Dios que no llegues a mis años. Cuando me daba, solíale decir bellezas; que la gravedad del dolor es maestro del bien hablar. Al fin, tiene la afrenta un aguijón que los hombres de bien le sufren con dificultad, y ansí el daño recebido tiene fuerza de hacer retóricos. No se me fue con el trueco del medio real, que bien me vengué de ella, pues desde entonces se me alteró la sangre y cuantas pesadumbres le podía dar, tantas ponía por obra, porque, aunque fuese a mi costa, gustaba yo de quebrarme el brazo a trueco de rompelle el dedo, porque había oído decir que más siente un viejo una sangría que un mozo una lanzada, y ansí no me la hacía que no me la pagaba. y también Dios, que no se olvida de los suyos, y mi buena diligencia me dieron venganza de ella. Entre muchas, pues, contaré una que me aconteció.

CAPÍTULO II

Cuenta Onofre los malos tratamientos que la vieja su ama le hizo y cómo se vengó de ellos
Una de las cosas que más incitan los hombres a mal hacer es el odio natural, porque si el aborrecimiento es cobrado por enemistad, o se pasa el enojo o se olvida la injuria. Pero al que le faltan causas de donde proceda es también fuerza que le falten para que se evite. Y ansí no hay que espantar que, pues yo tan de mi cosecha se le tenía a esta vieja, procurase su menoscabo. Cuanto más que las ocasiones que ella me daba eran tan urgentes, que, cuando en mí no fuera —como era— proprio el aborrecerla, sus persecuciones naturalizaran el adquirido rencor que contra ella tenía, porque nunca vi ninguno que de malas obras esperase buenas correspondencias. Si bien me vengué, mejor me lo mereció. Pague, pague; que no hay día mejor para el agraviado que el de la venganza. El succeso fue, pues, que cierto día traíamos unos peones que andaban en unos panes que estaban sembrados en heredades de casa, y, para dalles de comer, tenía la buena vieja aderezada una olla con media cabezada de puerco —que era sábado, y en aquel obispado se acostumbraba tales días a comer— con algunos otros adherentes, a lo que a mí entonces me parecía, de gusto y entretenimiento; y más para quien tan necesitado estaba en aquellos medios de él como yo. No sé por qué caso fortuito se fue Inés, que éste era el nombre de la vieja, a casa de una vecina, y me dejó encomendada la olla, encareciéndome primero el cuidado y diligencia de ella. Yo —que, como dicen, aunque por entonces ya estábamos en paz, no las tenía todas sobre mí, porque la suya era como la paz de Judas— andaba muy en los estribos, echando fuego, cubriendo y descubriendo mi olla, quitándole la espuma, revolviéndola muy a menudo; porque como es quien manda ansí se ha de obedecer, y porque había oído decir que olla mecida dos veces cocida. Como era mal acondicionada, no me descuidaba, que, aunque amo perezoso jamás hace criado diligente, hace el temor a veces lo que no puede la virtud. Pero el diablo, que es enemigo del sosiego y cuidadoso en el perseguirnos, comenzóme a echar varillas de tentación y a ponerme en el olfato un apetito insaciable y deseo desordenado, de manera que todo se me iba en poner y quitar la cobertera y en recebir aquellos vapores celestiales, que en aquel tránsito me parecían mejor que los bálsamos aromáticos ni perfumes odoríferos, de tal suerte que este sentido, sin duda por sus vías, quiso contaminar al del gusto, siquiera porque a él no se le atribuyese toda la culpa de este delicto. Estoy por decir que dudo que fuese Eva tan tentada por la manzana, y aun que usé yo de más ardides y estratagemas para no incurrir en aquella torpeza: cruces hice, salves recé, credos y avemarías, pues el paternóster y los mandamientos a veinte veces. No me quedó cosa en la cartilla: hasta las obras de misericordia. No la hice yo pequeña en remediar mi fatiga. ¿Qué no inventé? ¿Pudo llegar a más que a humillarme a sacar una escudilla de caldo y comérmela y a beber a la buena Inés, para divertir el gusto, más de un cuarto de vino que ella tenía escondido, que se me fue en gustaduras como el virgo de Justilla? y todo por ver si aprovechaba. Mas ni por esas ni por esotras: antes este remedio fue añadir daño a daño. Ojalá fuera uno solo. Mas todo fue mal para el cántaro, pues al fin llovió sobre mis cuestas, y aun causa de encender más la afición —harto lo estaba ella—, porque, como el caldo y vino comenzó a hacer operación en el gusto, se acabó de perficionar el de la olla.

Bien vengas mal si vienes solo. Poco me aprovecharon mis plegarias, mas yo creo que, aunque rezara el breviario entero, no fuera más así que asado, porque cuantas veces meneaba el testuz en la olla, tantas me rebullía un hijo en el estómago: si le veía el ojo, hijo por el ojo; si la oreja, hijo por la oreja; si el hocico, hijo por el hocico. ¿Hasta qué? Hasta darme deseo de una muela que le dejó Inés por no podérsela quitar. ¿Viose tal preñado en el mundo? Cuando yo me vi en este punto, con tan súbita persecución y tanta máquina de aflictiones, dije entre mí: —Gástese la hacienda y no malpara un hombre, que no es justo que se pierda una alma por el interés del mundo. Yo me arriesgué como desesperado y antepuse aquel gustillo a los infortunios que me sucedieron, Bien dicen que los contentos que se adquieren sin trabajo no son tan verdaderos como los que con él alcanzan los hombres. Por eso me supo tan bien el testuz de puerco: porque, como esperaba el tormento, fingílo presente antes de comerla, como muerte por el derecho fingida y restaurada por el postliminio. Naide. vive sin pecado —el sol, que es el que más luz tiene, vemos que se obscurece—; pero lo que es de doler, que vemos muchos que pecan y pocos que les pese de ello. En conclusión, yo me abalancé a mi olla. Firme fui como una roca, gran constancia mostré en el acto, aunque suelen decir que perseverar en el mal antes se llama pertinacia que firmeza. Y aun creo que tienen razón: pertinaz y desgraciado, pues, cuando estaba en mi prosperidad, el viento me daba en popa y caminaba a vela y remo por aquel mar de mi gusto, andando en lo mejor, a vista ya del puerto, se me levantó la borrasca de mi tormento: alteráronseme las aguas, cualquier ola parecía una montaña. y aun era poco, que al fin sentí que Inés, con Julianico en los brazos, venía cantando: —Una nega que vene re Frande, no quere comere súcare cande. —Negra sea tu vida, vieja del dimonio —dije yo entonces—, que él te debe de traer acá. Este sobresalto me robó la alegría de las manos y, lo que peor fue, juntamente el testuz. La obscuridad y tinieblas del desconsuelo echaron, de la posesión dulce y sabrosa en que estaba, a la verdadera luz que, del sol que de la cabeza había reverberado, estaba apoderada en lo mejor del bienaventurado gusto. Con todo eso, aunque desconsolado, con la priesa que pude puse mi jarrillo en su lugar al punto, con la cantidad de agua que me pareció habría bebido de vino, porque no le sintiese la flaqueza si lo tomaba a peso, que lo solía hacer como si fuera cardo, tan tomado le tenía el tiento. Metí ansí mesmo el poco testuz que tenía; que las tres partes ya yo las había despachado, como hiciera la otra a no venir aquel impedimento de consanguinidad. Cúbrola y comienzo de soplar la lumbre. Tan saltados tengas los ojos cual el salto me diste en el corazón. —¡Onofre, hola! —comenzó a decir desde la calle. —¿Qué manda? —¿Duermes? —A dormirte tú un poco más —dije entre mí—, vieras el sueño que había hecho. A oírlo pudiera ella decir: —Él se te volverá el del perro. —Sí, por cierto, durmiendo estaba —dije yo fingiéndome alegre. Y, a la verdad, harto lo estuviera si con mi salto hubiera podido dar el de mata por no andar a ruego de buenos. No hay mayor necedad que poner en mano del enemigo lo que se puede remediar con la huida, porque, por misericordioso que sea, es más el rigor de su misericordia que el trabajo de huir de ella. —¡Ay, qué traza de cocina! ¡Levántate de ahí! ¡Maldito seas! —dijo la vieja—. ¿Cómo tienes esta olla sin hervir? ¿A qué santo la dejé yo encomendada?

—Y aun por eso —dije callando—la he puesto yo en mi sepulcro para guardalla mejor. Toma la vieja la cuchara y comienza de dar vuelta a su olla. Cual estaba entonces mi corazón, no se me asaba ni se me cocía. ¡Plegue a Dios que no lo veas! ¡Ciégale Sant Antón! Mejor me olió a mí la cabeza que yo oliera, si alguno me llegara a tentar en aquel punto. y más cuando la vieja dijo: —Mozo, ¿tú andado has en esta olla? —¡Cuánto andado he! —dije yo entonces muy disimulado— ¿No me dijo que tuviera cuidado con ella? ¿Cómo la había de ver sin andalla? —No quiero decir eso —dijo Inés—; que la has golosmeado, traidor, que te la has comido. Con los ojos intelectuales creo que penetraba aquella vieja lo interior de los corazones. —¿Yo comer? ¿Yo comer? —dije llorando—. Levántenos que rabiamos. ¿La olla me había yo de comer? Arriedro vayas tal testimonio —dije santiguándome. —¡Arriedro vayas, bellaco! —dijo ella—. Por la pasión de Dios que se la ha comido toda. ¿Qué te parece, enemigo? —No has dicho mal —dije yo entre mí—, que no le tengo yo mayor que tú. —¿Qué es del testuz de esta olla? ¿Qué lo has hecho, mozo? —replicó—. Por el siglo que mi ánima ha de pasar que te lo he de sacar del cuerpo. Y diciendo y haciendo, sin encomendarse a Dios ni al diablo, áseme de estas orejas y comienza de levantarme en el aire —sí levantadas tenga las alas del corazón — y tambaletearme de una parte a otra como si fuera campana que la traían a vuelo. Y, aún no contenta con eso, abalánzaseme a estos brazos y comienza de dar en ellos como en real de enemigos, poniéndomelos de suerte que bien se le echaba de ver que había usado más el oficio de saltamonte que no el de madre. De los diablos lo sea ella. Que si es verdad que los corazones humanos se mueven más con los ejemplos de los pasados que con las palabras de los presentes, no seré yo mal ejemplo de compasión a los que están por venir, según ella me trató. Con todo eso, cuando me vi tan afligido, acudí a mi socorro publicando la mentira con apariencia de verdad, diciendo que la diría; a lo cual, dando vado a mi fatiga, dijo: —Pues dila, bellaco, que, si no, aquí te tengo de acabar la vida, que ansí me haces infermar el alma. —Días ha que lo debe de estar —dije yo pasito, y comenzando mi satisfación, proseguí diciendo: —Habrá de saber que, mientras salí al corral, el gato de la vecina me derribó la olla y se llevó el testuz. Yo, cuando vine, como la vi en el suelo, fui en su busca, que estaba haciendo destrozo de él debajo la cama; y eso fue lo que le pude quitar. Escapóseme que, si no, yo le diera la salutación, mas aún no se me va entre renglones. —Yo os la daré a vos —dijo la vieja—; acabaros tengo antes que me acabéis. —Pluguiera a Dios estuviera en mi mano —dije callando. Ya la verdad, si alguno hubiera de ser homicida voluntario, yo lo fuera de aquella vieja, porque la quería como al diablo. Vuelve otra vez de nuevo y, como si fuera de alfeñique, así me dejó retorcido mi cuerpo. A ser Papas los cardenales que me hizo, no habría madera en Vizcaya para hacerles sillas de Sant Pedro. Lástima era de ver; que hasta Julianico lloraba viéndome maltratar de tal manera. Los que loca y arrojadamente se encienden en cólera siempre exceden el límite de razón. Tal sueño le dé Dios cual ella me dio el rato. Y ojalá que aquí se resolviera todo, que quien algo quiere algo ha de hacer; no se cogen truchas a bragas enjutas; pues había comido, forzoso era el escotar: mas no vi delicto tan castigado. Pocos

jueces hay que no quieran dar su pena; pobre el delincuente que tiene muchos, que no le arriendo la ganancia, y más si son apasionados. Ella satisfizo bien su cólera y me dejó más para la otra que para esta vida; y después andaba más solícita que otra Marta, aderezando su olla y componiéndola lo mejor que podía. Cuando el descuido dobla el cuidado, no es por bien del que se descuidó. Para quien estuviera de buen humor, entretenimiento del alma fuera el verla: y digo de la alma, porque éstos son los más verdaderos. Siempre andaba rencillando y haciendo tantos visajes que se pudiera inventar otra nueva danza de matachines. Mas, al afligido, pocas veces le entran en gusto los deleites. Ya que lo puso todo en orden y yo había desentonado un poco mi música, toma una cesta diciéndome: —Tened aquí, honrado: no penséis que se ha acabado la fiesta, que aún agora comenzamos. —Para ser sin vigilia, a mí harto larga me parece —dije paso. —¿Aún habláis? Yo os sacaré la lengua —me respondió—. ¿Qué decís entre dientes? Por vuestra alma se vaya esa oración. —Otras peores rezo yo por la tuya —dije entonces; y a ella le respondí: —¿Qué tengo de decir? Que el justo lleva la pena del pecador; que tiene la culpa el gato, y el granizo de la nube descarga sobre mis hombros. Tiró la piedra y escondió la mano. Dios sabe la verdad. Que, aunque los que se guían con esperanza se prometen cosas vanas, yo la tengo de que ha de parecer; que es como el aceite en el agua, que siempre anda encima. Saltáronseme las lágrimas que quien me viera me juzgara por un apóstol; mas fuera el malo, pues no tenía yo más culpa de la olla que él de la muerte de Cristo. Cargóme la cesta, con los aparatos que para la comida de los peones fueron necesarios, en la cabeza, diciéndome: —Andad, señor, y no me lloréis: no os llore yo las nalgas. Bien se me empleara el llorármelas o hacérmelas llorar —mas había de ser en sus barbas—, porque ninguna cosa podía convenir mejor que, tras ir cargado como asno, pagarme el trabajo a palos. —Caminad, buena pieza —me decía. Yo llevaba el canto llano y ella fue contrapunteando todo el camino, que no fue menos pena para mí que el castigo ejemplar que me hizo. Para quien siente, no injurian menos las palabras que las obras. Llegamos presto y, apenas los había alcanzado de vista, comenzó a discantar diciendo: —Por buena fe, Serbán, yo les traigo una buena comida. No tengo yo la culpa, el mocito que viene conmigo: él tiene un honrado criado. Salí de casa a lo que Dios me ayudó, y, si le dijera 'cómete la olla', ansí lo ha hecho. ¿Qué paciencia me ha de bastar con él? ¿Qué sufrimiento? —¿La olla? —dijo mi tutor—. Yo se las sacaré de las nalgas. —Pobres de ellas —dije entre mí— ¡Qué de ejecuciones tienen para sola una fianza a que se obligaron! Atizada tengas el alma, que ansí me atizas la vida. —¿Y es verdad eso? —dijo mi tutor. —¿Cómo verdad? —respondió la vieja—. Como el avemaría. ¿Cuándo suelo yo mentir? —Agora —le repliqué muy colérico y lloroso—. ¿Boca tan llena de mentiras la queréis poner por maestra de verdades? ¿Qué queréis; que por vuestro testimonio me echen la ley a cuestas? ¡Mirad ahora qué evangelista! —A la comida me remito —dijo ella—, que bien veerá cuán presto se quedarán en blanco.

—Blancos tengas los ojos, que, pues no puedo de otra suerte, en bendiciones te lo quiero pagar. Más iba en que te alcanzasen. Cógeme entonces Rodrigo Serbán cabeza entre piernas y dame una de las que solía; porque no me alabase, que un mal se pagaba con una pena. Si mala me la dio la vieja, peor me la dio Serbán. Dados malos les dé Dios a entrambos, que no me faltaba priesa en decirle que ya estaba castigado el delicto; mas poco me aprovechó, que la vieja le ayudaba, porque se bañaba en agua rosada de verme puesto entre sus uñas. —Dadle, dadle —le decía—, que los hombres no se pierden cuando viejos sino porque les dejaron hacer su gusto cuando niños. Dios me tuvo de su mano con aquella vieja. Pero, al fin, cuanto más mal, más merecer; que la verdadera paciencia en los mayores trabajos se conoce. Hasta los peones me eran contrarios, porque uno me decía: —¿Cuál te supo mejor? Otro: —¿Saben tan bien los peces? Otro: —¿Comístela con perejil? —Bueno lo tenía en mis dientes —dije yo entre ellos. Y aun no me espanto que éstos se holgasen de mi persecución, porque no fue pequeña la que a ellos les vino. Yo llevé los castigos y la vaya, pero también me quedó el testuz por consuelo. De lo poco que les dejé, me pesa, porque me la dieran de veras. Cuando hubieron comido, dimos la vuelta a casa, que nunca mi ángel malo se me quitaba de encima; antes me venía ayudando a mal morir con decirme: —Ansí es menester; que los mozos no han de ser golosos. ¿A la olla os le atrevéis? Tomaos lo que os halláis. ¿Qué queríais? ¿Una en saco y otra en papo? ¿El cuero lleno y la suegra beoda? No era burla para pasar por alto: avivar el ojo, que ho hay para cada martes orejas. Y en aquello tenía ella razón, que, si yo hubiera de pasar cada semana aquellos infortunios, no digo yo para cada martes, mas ni aun para cada Navidad. Al fin, llegamos a casa: yo tal como bueno y ella algo calorosa del camino y sol. Apenas hubo entrado en la cocina, cuando ase del jarrillo donde ella había puesto el vino —que aún eso me quedaba por pasar—; y, sin reparar en ello (mal temí en viéndola, aunque dije entre mí: —Al pagadero me has venido; no es mal principio de venganza), diole dos besos que no parecieron en el salto sino canal de molino. Mal golpe de hacha fue para ella, porque el vino es leche de los viejos y quitárselo fue darle ponzoña. Buen cuidado tuvo; que apenas conoció el metal, cuando, quitándolo arrebatadamente de la boca, comenzó de escupir a gran priesa. No parecía sino enfermo que había tomado purga. No le faltaba sino el vino para jaguarse la boca. Conoció sin duda que yo era el perpetrador, porque me comenzó de reñir y, lo primero, me arremetió el jarro; y yo, a la puerta. No había que fiar de ella, que estaba rabiosa: pongamos tierra en medio, que más vale buen temor que mala confianza. De allí, negando a pies juntos, comencé de proponer mis defensiones, y allegaba que, viniendo los dos de la pieza, ¿cómo me podía haber bebido el vino? Silogismo en dari no tenía respuesta. Con todo eso, lo quería aclarar y hacer averiguación para arañarme. El diablo se lo confesara. No hay cosa más justa que negar lo que con mal fin se pretende. Hecha estaba una víbora de coraje. El vino suele hacer renegar los hombres, mas ésta con el agua renegaba. Sospecho que si me cogiera entre las garras, que había caído en el mes del obispo; porque oírla era una excomunión. Éste sí que era pecado, que el de la olla quitóse con el agua bendita. Bendita debía ella de estar, pues tan buena operación hizo. El diablo, Onofre, te metiera en sus manos. Escapar de la llama y dar en la brasa. Ponte en salvo mientras consume aquellas espumajosas bascas, que es bravo el toro y está

agarrocheado. Vara fue la de la agua que se le debió clavar en el corazón, porque no tenía ella mayor contrario en este mundo. Paréceme a mí que no le pudiera venir mayor azote de la mano de Onofre que darle a beber agua. Paso de la pasión fue para ella, que no le tenía en menos que yel y vinagre. A sus voces y mi llanto se juntaron las vecinas, mas yo siempre en la puerta, que no hay mayor miedo que estar culpado. Quien no la hace no la teme, porque el pensamiento justo no puede temer cosa. Aun con su ayuda, no vivía seguro según estaba. Al fin, desflemando ella contándoles mis desastres a mil veces y consolándola ellas, se le vino a pasar la cólera, que no fue poco. Perdonóme, aunque yo siempre fuera, que el temor me hacía cuidadoso. No lo anduve poco para vengarme en algo, y haciendo mi diligencia, que no fue tal como yo quisiera, salió mejor que sospeché. Hacíamos, pues, paños un día y dejóme, mientras ella se fue a aderezar la casa, —no era para mí nuevo el serlo— por tizonero para dar lumbre a la caldera. De mejor gana se la diera a ella, que las aliagas eran buenas para el efecto. Yo estaba de mi espacio, y, como vi el aparejo en las manos, pasóme por el pensamiento y púselo por la obra. La ocasión hace el ladrón y el buen aparejo buen artífice. Comienzo de sacar púas de mis aliagas —más quisiera yo que fueran de un rastillo—, y por entre las piedrizuelas con que estaba empedrada la cocina voy entretejiéndolas, muchas tendidas en el suelo, pero las más puntas arriba, porque unas disimulasen con otras. y donde más costumbre tenía la vieja de asentarse, voylas asestando como tiros de artillería, que, aunque ellas no eran tan fuertes, el castillo era viejo y aportillado, y cualquiera munición lo pondría en aprieto. Buena cama le hice, aunque me apesaré de no habérselas puesto en la que se acostaba. Bien haya mi poco atrevimiento, que, por no dármele la niñez, me hubiera arrepentido de haberlo ejecutado. Mejor lo hizo Dios, porque, aunque me disciplinara por agua, no lloviera a más buen punto. Inés viene; aderezo mi lumbre y póngolo todo a gesto porque, para reñir, no tuviese achaques al viernes, que no había menester ella muchos. No me descuidé de mi ratonera, que, como gato, estaba asechando el ratón para cazalle. En entrando, dijo: —¿Por qué no echas lumbre, mozo? Entrar ella sin reñir fuera volverse el cielo cebolla. No lo hiciera por la vida: tal humor no le conocí después que soy hombre. Y aun por eso, según dicen —que mentir deben—, es el mío tan perverso; porque, de maestro mal acondicionado, pocas veces sale discípulo amoroso. Bien estuviera la cosa y la pusiera mal a trueco de reformar lo hecho. Un reino gobernara de su cocina: esto había de haber hecho el obispo; estotro el Consejo; el Rey tiene la culpa, que no se lo manda. No dejara piedra en su asiento que no meneara: hasta a los sanctos les reformara los suyos. En efecto, llegó y, como acostumbraba, se hincó de rodillas de golpe. Apenas hubo dado en el suelo cuando comienza de vocear: —¡Ay! ¡Ay! No siente tanto gusto el galgo cuando dice el cazador «¡Hela!» como sentí cuando dijo «¡Ay! ¡Ay!». —Sí, espinas —dije yo. Y, por remediar presto las rodillas, da de manos en las brasas. Cayó en Scila por huir de Caribdis. Por huir del lodo dio en el pozo. Quiso remediar las manos, da una cabezada en la caldera, derrámasele a cuestas: abrasóse viva. Harto lo voceaba. Yo, que acudí al remedio aunque no se lo debía, doyle una vuelta de podenco y póngola lo mejor que pude. Pero, como la lejía estaba hirviendo, por presto que me desenvolví —que tampoco me di mucha priesa, porque no entendí fuera tanto el daño—, ya estaba la cabeza como palomino, y el pescuezo y manos, que otro sábado pudieran dar tan buen apetito como el testuz.

Cuando la vi de tal suerte, no dejé de condolerme; que, aunque la quería mal, piedra es quien no se duele del mal ajeno. El menor suyo era el que yo intenté, aunque, después que la curamos y pusimos en la cama con algún sosiego, que no tenía ella mucho, le quité yo algunos de los abrojos que en las rodillas tenía hincados. A ser ella sancta, no nos faltaran reliquias con su sangre. —Así, así es menester —le dije yo cuando hubo pasado buen rato—. Dios me da venganza de mis enemigos. Castigo es éste suyo, que, como a mí me le disteis sin culpa, no se olvida de sus siervos. No era negocio éste para pasar por alto. ¿A la caldera os le atrevíais? ¿Qué queríais, tía? ¿Una en saco y otra en papo? Aunque tuviera testuz dentro. ¿El cuero lleno y la suegra beoda? Avivar el ojo, que no hay para cada martes orejas. Peguéle por los proprios filos como esgrimidor diestro, y como estaba en la cama que no se podía rodear, harto tenía que decir: —Vete de ahí, mozo. Y yo atizar, que era para mí tortillas y pan pintado, miel sobre hojuelas. —Venid acá, tía —le decía yo—. ¿Cómo fue? ¿Cómo disteis en la lumbre? ¿Cómo topasteis en la caldera? ¿De dónde os procedió tanto mal? —como si yo no lo supiera; sino que, como los males se renuevan trayéndolos a la memoria, a trueco de verla rabiar, quisiera los refiriera a veinte veces—. A Dios gracias que no tengo yo la culpa. Él ha hecho por mí: libre estoy. A lo menos una vez en el año no tendréis que reñirme. Mudóse el temporal; no había de apedrear siempre en un término, que todos los tiempos no son unos. Aunque vos, tía, ya sois árbol seco, que, no digo yo la piedra, mas los rayos se perdería poco que os diesen, que al fin vivís de balde y, aunque tenéis vida de limosna, de más a más os coméis el sustento de vuestros succesores. Con estas y otras gracias, que no lo eran para ella, la sacaba de juicio, ya mí no me faltaban si los cascabeles para danzar de contento. Que, aunque dicen que en muerte de otro es malo esperar salud, con el daño de ésta llegó la mía, porque me refrescó la memoria del mío, y no hay cosa más dulce que acordarse del mal pasado. Bien sea verdad que agora echo de ver que lo hice mal con ella por tenerla como la tenía en lugar de madre. Pues, aunque me castigase, estaba obligado a sufrillo. Porque el que desea ser viejo es necesario dar la debida veneración a los que lo son. Pues sabemos que lo que hiciéremos con nuestros padres, aquello harán con nosotros nuestros hijos. Pero entonces, por no tener entendimiento suficiente, se me pudo perdonar; que muchas cosas se permiten a los niños que, siendo grandes, si las hiciesen, merecerían pena por ellas. En este ínterin, vino de Sigüenza a Palazuelos un sacristán de la Iglesia Mayor a hacer cultivar unas heredades de una su capellanía, y acertó a posar en mi casa, que era de las mejores, y, como me viese vivo y al parecer de buen ingenio, rogó a mi tutor me dejase ir con él para servirle. Éste me dio ser de hombre, que hasta entonces de bestia le tenía. Rodrigo Serbán se lo concedió y dijo me inviaría en haciéndome de vestir. Cumplió honradamente a costa de mi hacienda, y el siguiente domingo me partí, dejando a mi persecución en la cama con la suya, no poco contento de que Dios me hubiese sacado de sus manos con venganza.

CAPÍTULO III

Sale Onofre de Palazuelos y llega a Sigüenza. Cuenta lo que le succedió antes de hablar a su amo el sacristán y refiere una leción que le dio y práctica que los dos tuvieron
Como llegué a Sigüenza, que fue muy en breve por ser poca la distancia de lugar a lugar, luego pregunté por mi amo y, como no le hallase en casa, fuime a ver la ciudad; y, andando por ella atónito, como quien no había visto otra, llegué a la Travesaña, que es el nombre de la calle más principal y adonde está la contratación de los mercaderes. Habíame dado el buen Serbán un real en plata para mis necesidades, con que yo iba más rico que mercader genovés. Vendían unos albérchigos que estaban convidando con sus cuerpos. Como me vi con aparejo, perdí la vergüenza y arremetímeles. Dios os libre de hombre determinado, que cierra como toro. Pedí una libra a una frutera y dile mi real para que me lo trocase. Pesó a otros que estaban primero y preguntóme después lo que quería. Díjelo. Bien se me echaba de ver la leche, que, aunque en mi tierra era águila, aquí no pasaba mi moneda. En la tierra de los ciegos el tuerto es rey: váyase adonde ven y verá lo que pasa. Por eso dicen que vale más ser cabeza de ratón que cola de león. Al fin me los dio y, como me pidió los dineros, elevéme. —¿Qué es esto? —dije—. ¿No le di un real, señora? —El de Manzanares —replicó ella—. Eche aquí esos albérchigos, que le darán con la pesa. ¡EI bobillo, con qué venía! ¿Para eso me los hacía pesar? No es ésta la primera. iMirad si sabe el taimadito! ¿Qué os parece? —Señora... —fui yo a replicar; y, hurtándome la palabra, me la quitó de la boca como el real de la bolsa, diciendo: —Vaya, amigo. Basta, hermano. A los de las gallaruzas, por su vida. ¿Enseñóle más su madre? ¿Cuándo vino, niño? Ponga aquí, acabe: que le darán con ellos. Faltáronme palabras, que el terminillo incógnito me apegó la lengua al paladar. No era todo testuz. Como estaba en muladar ajeno, no osé cantar. Húbeme de ir corrido, sin real y sin albérchigos: aun uno de lástima no me dio para proballos. Llegué a casa y hallé a mi amo. Contéle el succeso como lastimado, y, después de haber solemnizado con risa mi bobería, dando con los dedos en los labios comenzó de decir: —Ba, ba, ba. Quiero darte una leción. Desde hoy, Onofre, comienzas a vivir en otro mundo; allá vívese vida de ángeles. La primera es ésta: avisón, que asan carne. De los escarmentados salen los arteros. Si quisieres que no te engañen, no te fíes de ninguno. Quien se te vendiere por amigo te venderá, porque ya los amigos no duran más de cuanto duran los dineros. De hoy en adelante abrir tanto ojo. —Yo me tendré cuidado —dije entre mí—, que no hay hombre tan discreto que no sea necio una vez. —Lo pasado sea pasado —prosiguió él—. Vaya el diablo para ruin; un real poco levanta. Da gracias a Dios que te ha puesto con amo que sabe perder más en una hora que la frutera gana en un año. En mi casa tendrás mil provechuelos. No es casa de poquedades, porque todo anda rodando por el suelo, y ansí no hay que reparar en esa niñería.

Creímelo; pero, si yo no me los buscara, los provechuelos de su casa todos se resolvieran en hambre y más hambre, que otros, en cuanto con él estuve, ni los llevé ni los había para tenerlos. Díjome: —Onofre, traza y aspecto tienes de hombre ingenioso. Quiero que sepas vivir, y, si tomas esta doctrina que te daré, será cosa infalible el saberlo. Aprovéchate de tu habilidad, que nadie en el mundo es más estimado de cuanto aquello en que la muestra. No se lo dijo al perezoso, que tanto me aproveché que le pesó de ello. —Vive —dijo él— como honrado y tendránte por tal; que la vasija que de nueva recibe algún mal sabor hasta que se quiebra no lo pierde, porque lo que en la niñez se imprime es estampa grabada en diamantes, que es necesario quebrallos para deshacella. El que de niño es bueno con su bien permanece, y, si, al contrario, malo, su mal nunca se acaba. Júntate con los buenos y serás uno de ellos, porque quien los trata los imita; y, al fin, es sabido que la mala compañía hace al hombre malo. Que, como se dice, con los sanctos sancto y, con los que no lo son, convertiráste de su metal. Preguntáronle a un filósofo que por qué se pierden los mancebos, y respondió que porque les sobra tiempo para hacer mal y les faltan preceptores que los apremien a bien. Perdido es quien por perdido se tiene; no hay mejor maestro que el tiempo, que lo sabe todo. El hombre experimentado a todos hace ventaja en consejo. Diga el señor filósofo lo que quisiere, que con buenos maestros puedo yo ser malo, y, aunque me sobre tiempo para serIo, rebueno. No se lo sabían todo los filósofos, que sus palabras no eran evangelios. —Hartas veces, señor —dije yo—, decía mi buena Inés que el verdadero saber era el saberse salvar, y que toda la demás sciencia era como sciencia de agua y borra. —Y aun decía bien —dijo mi amo—, que al fin aquélla es sciencia que enseña el camino de salvación. —Verdad, señor; mas también hay otra que, a mi parecer, no es mala —repliqué yo. —¿Y cuál es? —me preguntó. —El saber comer —le respondí. Fuese la lengua a lo que estaba en el corazón, que, con el camino y no haber hallado a mi amo tan presto como quise, se me salían las tripas por la boca. —Entre col y col, lechuga —dijo él riyéndose—. Eso, por la misericordia de Dios, todos lo sabemos, Onofre. Mas yo te digo que no hay más afrentosa pérdida que perderse un hombre honrado por la garganta. La abstinencia es madre de la virtud. La virtud, la que da la honra. Ella es el primer escalón de la bienaventuranza divina y humana —si humana la hay—; nave segura que, por el mar de las miserias del mundo, nos lleva al puerto de la salvación. Mira cuánto vale ser los hombres templados, que todos los estiman, todos los aman, todos los honran. La regla y orden la guardan los discretos, que el hartarse es de bestias. No apetece la honra del ánimo quien ama demasiadamente su cuerpo, porque ninguno hay que pueda llenar el vientre y el entendimiento. Que siempre veo que el hombre glotón vive abatido y ultrajado de todos, —Pues yo —dije callando—, si por algo tengo de ser abatido, será por eso. —¿Qué murmuras? —dijo él. —Digo, señor, que, si alguna cosa buena tengo, es no ser goloso. —Estimaréte yo —me replicó—, si tienes esa gracia en lo que fuere razón; que gracia es y mucha gracia, y aun no sé yo cuál mayor. iOh qué gran virtud! No la tengas en poco, que no todos gozan de ese celestial y maravilloso don; no todos tienen alhaja tan inextimable en su casa. El vicio del vientre no sólo disminuye la vida, pero la quita; porque la gula hiere más que un cuchillo de dos cortes. Cuanto el hombre se da más al regalo, tanto más le engañan los vicios del mundo. No hay peor cosa que ser los hombres epicúreos. ¡Oh qué infamia! ¡Qué vituperio y bajeza es tropezar un hombre de bien en esa

tosca piedra! El nombre ofende las orejas: ¡glotón! ¡Qué mal suena! ¡Qué vocablo tan impertinente! Desterrarlo tenían por vagamundo. De eso está segura tu lengua. —Con más razón —dije yo entre mí— podrían desterrar hoy mis dientes. —Así que, Onofre —prosiguió él—, la moderación limitada alimenta y cría. Como dijo el filósofo, comer para vivir y no vivir para comer; que toda demasía es dañosa. —Aquí —dije entre mí— seguros estamos de adolecer de ahítos según se van poniendo las cosas. —¿Qué dices? —dijo él—. —Señor —le respondí a tiento—, que he oído yo lo contrario de eso. —Verdad es —me replicó— que otros filósofos tuvieron otras opiniones; mas de las controversias de los sabios se levantan los errores en los pueblos. Tomemos lo mejor, que en la buena electión —hablando filosóficamente— consiste el buen entendimiento. Al diablo daba yo tanta filosofía. Sin duda él había tenido a Aristóteles en romance y le leía como libro de caballerías, porque —a lo que agora juzgo— el latín no se le sobraba por el colme. —No digo yo —prosiguió él— que no se coma, que el comer no se escusa. A casa has venido que no se sustenta del viento, pero cómese, saludablemente, poco y bien aderezado. Esto basta para la primera, que no se puede saber todo de un golpe. —No, señor —dije yo—. Vámonos poco a poco, que más días hay que longanizas. Aunque entonces, según mi hambre, más quisiera yo longanizas que días. Más, con todo eso, no dejó de agradarme esta prática, porque no hay mejor manera de mandar que aconsejando. Cuanto de mayor estado los dueños, se han de mostrar más humildes con los súbditos. —Quítate —dijo— esa capa. Llama esos mozos; di que nos den de cenar. —Gran palabra dijo el rey a los suyos —dije yo. Esta voz angelical llenó los vacíos de mi estómago, clavóseme en el corazón. Ésta me fuera sustento cuando me faltara la cena, según el deseo tenía de que hiriera mis orejas. Holguéme con ella como el médico con los cuartanarios, que son enfermedades largas y matan pocos. Había en casa tres estudiantes pupilos, a quien mi amo por concierto sustentaba, que eran los mozos que me mandó llamar. Cenamos moderadamente. Yo menos de lo que mi necesidad pedía, pero, acordándome de su leción y que era la primera vista del pleito, acommodéme con el tiempo. Hiciéronme cama junto a los estudiantes, y luego hicimos camarada, que, aunque yo era el más pequeño, no el más bueno. Presto me hice de su masa, que hombre vergonzoso el diablo lo llevó a palacio. Enseñáronme a vivir, que beber yo me lo sabía. A la mañana levantámonos (en buen pie lo diga). Fui con mi amo a la Iglesia. Quedéme de verla absorto y embelesado: a quien poco ha visto poco le espanta; que, aunque era mucho, dicen bien, que la rareza de las cosas es madre de la admiración. Diome mi amo cargo de barrer el sagrario y deshollinarlo, que de escoba no podía yo escapar. Acceptélo, porque, de mercedes de rey, no hay que desechar ninguna, pues no se acuerda de quien rehúsa el trabajo. Dimos fin al nuestro cuando en el coro a la misa, y acudimos a casa, donde ya nos estaban esperando la mesa puesta y comida aderezada. Comimos, como dijo mi amo, para vivir. No estimé yo poco su buen término, que, pues me leyó la cartilla, señal que no se quería hacer de los godos. Practicamos en comiendo todos de conformidad una vana y dos vacías. No había jugador tan torpe que no rechazase su pelota. En tocando a vísperas, acudimos a la obligación, cumplimos con ella y, en acabando, dimos con nuestros cuerpos en el juego de bolos. ¡Qué bien sabe el entretenimiento, echado el cuidado aparte! Holguéme de verlo: todo lo nuevo aplace. Al

anochecer a casa, cena puesta y mesa aderezada. Esta vida padre y madre olvida. No la tiene mejor el Papa. No me acordaba de mi patria, porque aquélla lo es adonde al hombre le va bien. Gran gusto me dio este dia. Harto tenla que rogar a Dios que ansi fuesen todos; porque, como en poco espacio de tiempo no cabe gran bienaventuranza, aunque el dia me Ilenaba el ojo, aguardaba la revuelta, porque nunca vi placer sin contrapeso. A los alegres y serenos soles succeden nublados obscuros y turbulentos; a los gustos y apacibles ratos los ocupan incomportables dolores; a las risas y deleites los siguen Ilantos y pasiones intolerables. No hay descanso, no hay sosiego, no hay entretenimiento, no hay gloria a que luego no venga en su prosecucion fatiga, inquietud, tristeza, infierno. ¿Quién fiara de un dia claro?, pues dice el refran que un golpe no derriba un robre. El temor es bueno y la incertidumbre justa, que, en efecto, no incurre en culpa quien, aunque no sea, teme lo que puede ser. y mas cuando la potencia esta tan proxima como en el subjecto de un sacristan; que, aunque entonces yo le tenía por obispo, ya he llegado a conocer que su silla en el coro es el incensario. Con todo eso, por agora na tengo qué quejarme, porque con este orden y prospera fortuna pasamos hasta la navidad, que me corrio la mía con mis estudiantes, que, aunque contra mí, no es para callada.

CAPITULO IV

Cuenta Onofre una desgracia que le sucedió con los estudiantes de su casa
Grandes infortunios y desventuras son las que siguen a los hombres: no echan paso que no meten el pie en el barro. Quieto y sosegado me estaba yo, y me vinieron a sacar de quicio. No hay cosa que mas convenza al hombre que el deseo de alcanzar lo que pretende. Encandílase como perdiz con la calderuela. Ventura es todo: ponerse a lo que saliere, que, en efecto, para los hombres son los trabajos. El corazón enseñado a sufrir hace las cosas mas leves de lo que son. El mío fue que, como ordinariamente suelen las madres contribuir con torreznos las Pascuas a los hijos, a uno de los de casa le enviaron unos solomos y no sé cuantas morcillas. Éstas fueron principio de mi daño. El cabello se muda, pero no la costumbre, porque ésta es otra naturaleza. Di tras ello y salime con eIlo. Todo es comenzar, que después por la costura se desgaja como camisa mal cosida; aunque el primer yerro no es en mano del hombre, como el primer movimiento. Verdad si ésta fuera la primera, mas fue la del testuz, y del pecado lo peor es la perseverancia. El seso falta cuando la voluntad priva la razón. Asi me faltó a mi en este combate morclllero: que inventé mil cosas para poder alcanzar alguna parte, mas no haIlé traza que por entonces me conviniese; que pocas veces se miden los succesos con la vara de los deseos. Hasta que, dandolas cada dia nuevas, algún angel me alumbró el entendimiento en la obscuridad de mis tinieblas. Ninguna humana pasión es perpetua ni durable. Mucho puede el continuo trabajo. Una gotera agujera una piedra perseverando su corriente. Como yo madrugaba de ordinario para acudir a la Iglesia, en mi ausencia hacian eIlos su Sant Martin; y ansi no era mucho que me desvelase en este pensamiento —como lo hacia—; tanto, que no quitaba la imaginación de mi deseo porque no me dañase lo del sabio, donde dice que quien en muchas partes tiene dividida la memoria en ninguna la tiene segura. Al fin me determiné en proseguir con lo imaginado, porque hombre determinado por dos vale. En una hora no se ganó Zamora, mas con todo eso no cesó la guerra. Pocas victorias habría si del primer golpe se hubiesen de acabar; paso a paso se hace la jornada, que no de un salto. La medicina que hoy daña una Ilaga mañana la cura; como curé yo la mía, que todo el tiempo lo sazona. Era Francisco —que asi se Ilamaba el dueño de la mercaduría— de los tres el mas pequeño y, por su ventura, capón. En la voz se lo ahorraba, que la tenía buena. No sé el misterio que tienen aqueIlas inextimables joyas, que a cualquiera que le faltan no sólo es privado de eIlas, pero aun de inmensidad de gracias que las acompañan. Al nuestro le faltaba el animo, que, como son segunda especie de mujeres, imítanlas en las cualidades. No hay cosa mas fea ni abominable que el hombre afeminado. Vi en buen punto mi negocio y fue portillo por donde se combatió la fortaleza. Tracéle de dia, y a la noche le puse nombre con intento de baptizarlo con la sangre de las morcillas. Ya que nos hubimos acostado y ellos dormían —habiéndoles primero metido en los cascos que la noche de antes habla sentido un ruido—, me levanté. Ayudóme para ello haberse dicho que en aquella casa solía andar duende. Todos convenimos en la fama. La imaginación hace el caso. Creció el cardo entre los panes y la sospecha en los corazones; salvo en el mío, que estaba hecho de piedra imán para atraer a si los solomos. Comencé de hacer ruido con un pedacillo de cadena, que para el efecto tenía aparejado, hasta que yo senti que estaban despiertos. En volviéndose a dormir, volvía yo a mi obra, sin

hacerles ningún daño por no atemorizarlos del todo. Al fin, se pasó ansí la noche; mala la pasé yo, pero no quisiera parte de la suya. A la mañana, contamos a mi amo el succeso; que, por dormir lejos de nosotros, no lo podía haber oído. Todos reíamos harto, pero yo mas que ninguno. Francisco, como mas cobarde, llevó mas parte del miedo. Vino la noche y yo luego apliqué mi duende a mi deseo: —De cenar pide este duende. Oído he decir por muy cierto que, dejándoles qué comer, no hacen mal. Como le conocía la enfermedad, aplicábale la cura. El principio de la salud es conocer la dolencia. Yo lo dije de taI suerte que se lo dejé estampado. No hay mejor impresor de mentiras que el miedo. Dando vino la cena de ojos al conjuro como conejo al silbo. Aunque estuvimos primero dudando lo que comería mejor; pero, como yo tenía la llave de su estómago, absolví la dificultad fingiéndolo grande amigo de cosas de puerco. Pusímosle solomo con pan y vino, porque todos de conformidad escotamos a ochavo para dos noches, si con la primera nos iba bien. Yo se lo facilitaba de suerte que poner miedo y quitar miedo era en mí como mazos de batan, que se levanta uno cuando da otro. Presto nos dormimos, digo se durmieron; que no es grande el cuidado que hace paces con el sueño. La esperanza larga aflige el corazón, y así, al mío, cualquier momentáneo intervalo lo molestaba con tardanza. Apenas hubieron cerrado los ojos, cuando Onofre abrió los del alma con su solomo, que, como en los bienes es mejor el acto que la potencia, la captiva voluntad con él se rescató de la prisión. Ya que satisfice a mi deseo, me volví a la cama, habiendo hecho primero tinieblas con mi instrumento hasta despertarlos, con que los dejé sosegar. Ansí pasamos bien cuantas noches hasta que, por mis pecados, se acabó el solomo. Aconteció otra después que yo había dado carta de horro a un poco de morcilla que le habíamos dejado: que la ama olvidó a la lumbre un puchero con algunas reliquias que para ella debía tener ocultadas. Pocos andan en la masa que no se les pegue de ella, porque no es mucho que el carbonero ande tiznado. Oliólo un gato, que buscaba su vida como yo la mía, y, por comerlo, metióla cabeza dentro mas apremiadamente que le fuera necesario. Cuando se hubo satisfecho, que la quiso sacar, no tuvo remedio, porque le venía tan justo, que dijeran que le habían tomado medida. Quien ha de salir con su empresa no ha de mirar inconvinientes. No hay consejo do hay deseo; que si el gato le tomara, no cayera en la trampa. Quedó tapado como quien juega a la gallina ciega; solo faltaba quien diera con los zapatos. ¡Oh cuantos tiene el mundo que por no atender al daño venidero, ciegos del apetito que los rige, han caído en tales yerros, que, aunque procuran favor para levantarse, su misma razón les niega la mano que le piden! El negro gato encontró con nuestro aposento, que estaba enfrente, y se nos metió en él. Como traía el puchero rodando y el no acostumbrado peso en la cabeza, aquí caía, acullá se levantaba, ora encontraba con la pared, ora con la puerta. Todo era ruido; todo trápala; todo estruendo, alboroto y desasosiego. En conclusión: no había cosa quieta ni segura. En sintiéndole, como era duende extraordinario, atemoricéme yo; que los demás ya le tenían perdido el miedo. No hay cosa tan espantosa, que su presencia ordinaria no afloje al temor las riendas. Llamé a los otros —que no fue poco poder sacar la voz del cuerpo— sospechando que era alguno de ellos, mas, como todos me respondieron en la cama y el gato andaba dando de cabezadas con su puchero por buscar salida, acabóseme de verificar el temor. Sin sacramento hubo confirmación. Por cierto tuve que era el duende: jurara que se me había echado en los pies, tanto puede la imaginación. Creí que se había enojado, porque le había hurtado el oficio; que, como dicen, ¿quién es tu enemigo?, etc. Harto tenía que pedirle perdón, hincado de rodillas sobre la cama: todo el año malo, mas, al peligro, hecho un santico; y aun no es poco acordarse hombre de Dios en la tribulación. Decíale:

—A lo menos, señor duende, es Vm. un duende muy honrado. De los buenos es perdonar las culpas. No es verdadera fuerza ni poderio dar el mal que se puede; antes el vencedor queda mas vengado del rendido dándole vida que quitándosela. Vivo, señor, ya seré de algun fruto, que sirviré yo a su merced en cuanto pueda; mas si acaso me mata, seré un cuerpo sin provecho. Haga Vm. lo que gustare, que aparejado estoy para todo. Señor duende, por amor de Dios que yo le doy mi fe y palabra de no meterme mas en cosa que a su oficio toque, porque de las burlas una basta. Entonces conocí que causa mayor pena al delincuente esperar la rigurosa sentencia que la ejecución de ella, porque sentí mas el esperar cuándo me daría la mortal herida que sintiera la muerte si me la hubiera dado. En sonando el golpe, cuando arremetía con alguna pared o puerta, — ¡Santa Barbara, abogada de los truenos!— decia yo. Bien me holgara entonces con un relámpago, siquiera por la luz. Caro me costó el solomo: no son en mas tenidas las cosas de en lo que son compradas. No tienen mas valor de lo que cuestan, porque el de la estimación no esta en la cosa; y así es dificultoso querer mucho y costar poco. ¡Oh cuál estaba mi corazón! Si la venta del miedo corriera como la del aceite, cantidad tenía yo para darlo a buen precio. Yo abaratara la mercaduría de suerte que a todos se les hiciera commodidad, y aun no quedara tan pobre que no me quedara provisión para casa. De esta suerte se pasó la noche hasta que la luz nos vino a ver, que juraré que no la he visto más tarde en mi vida. Amanecí hincado de rodilIas: el canto a los pechos me faltaba para parecer San Jerónimo. Mi duende nunca cesaba, porque aún estaba en sus tinieblas. Levantámonos todos, y, como vimos el gato menear y dar aquelIos encontrones, uno decía: —Bruja es que no acierta a salir. Otro: —No es sino alma en pena que nos quiere encomendar algo que hagamos por ella. Y, a la verdad, como la luz aun era poca y él tenía la cabeza tan grande y no se discernía que fuese olla, parecía otro animal bien diferente. Nadie se le osaba acercar, y yo menos que todos. En el pecho atemorizado no hay lugar para el ánimo, que el mal que una vez se arraiga tarde se desecha. Cobré miedo, salíme con ello, apoderóse en mí y híceme su esclavo, de suerte que aún hoy es el día que no estoy bien libre de su cautiverio; no porque el temor me dura, sino por la cuita del estado en que me vi. Todos estábamos afligidos, pero no hay prenda tan rematada por sus cabales, que no pueda admitir alguna cosilla. y ansí, aunque medrosos y tímidos, no faltó uno a quien le quedó un resquicio por donde le entró una vislumbre de animo para poder coger un palo que allí estaba y tirarle con él; que no fue poco, pues fue rescate de mi salud. Tuvo el arcabucero tan buen tiento y asestó de suerte al gato, que, sin daño de barras, como quien da a la ave en la pluma sin herirla, le quebró la olla en la cabeza, dejándole libre y desencarcelado para que pudiese buir, como lo hizo, mas ligero que el ligero viento. Todos le reconocimos y todos descansarnos, pero yo mas que nadie: quien mas trabajo pasa mas necesitado esta de reposo. Volví en mi ser, recuperé mi aliento; que el desengaño es padre de las glorias. Yo estuve en elllLa en saliendo de mi cuidado. Gran duda puso a los compañeros el pasado duende. Todos estaban en que habría sido otra cosa semejante y decían ser gato el que se comía la cena. Procuré de divertir aquelIos desatinados y prolijos pensamientos por no perder el réspice de mi consuelo, la ayuda de costa de mi deseo, el besamano y ofrenda de mis sacrificios; que no se enderezaban a otra cosa. Quien al bien esta enseñado, la sombra del mal le atemoriza. Híceles creer había sido el duende que, con apariencia de gato, nos había dado aquel picón. No fue menester mucho, que la mentira adornada suele hacer efecto de verdad. Sólo el mayor, aunque lo creyó, dudó. Paréceme que debía de estar como Sancto Tomas y que me debía de decir

entre dientes: —Si yo no metiere las manos en la boca de ese duende que decís, no dejare de creer que es gato—. Mas disimuló con estraña prudencia, porque, aunque en lo extrinseco me ayudaba a fortificar mi ficción, en lo interior sentía otra cosa, como pareció después. No es todo oro lo que reluce, no es blanco todo lo que no parece negro. El interés proprio le movía, que no el favorecerme; como al podenco, que caza mas por el suyo que por el del dueño. Con todo eso, con lo que me ayudó y les dije, aquélla, como las demás noches, le dejarnos al duende su morcilla por habérsenos acabado —como esta dicho— el solomo. Hacía yo por él y hacía mi daño. No fuera mucho que el señor duende —que era el señor Onofre— tuviera cuidado con su propria persona y previniera el mal que le amenazaba. La mayor prudencia es, antes que venga el daño, proveer que no pueda venir. Como la noche de antes había pasado taI persecución por nosotros, imaginé que ellos estarían alerta como soldados en centinela, y, como estaba necesitado de sueño, dando reposo al cansancio, diferí mi lance para mas tarde. Alonso, que asi se llamaba el incrédulo, tenía imaginado lo que yo hartas veces por la obra había puesto, que era levantarse a comer la morcilla. De cosario a cosario no se llevan si los barriles. Los mejores ingenios se encuentran. Un pensamiento le digieren muchos. Dos ballesteros tirando de partes diferentes succede que dan en un blanco. Decir lo mismo y añadir sobre ello. Así hizo Alonso. Levantóse cuando nos sintió dorrnidos y hurtóme la bendición, haciéndose Jacob del duende. Dio recado a su morcilla y, porque yo no quedase sin él, después de habérsela comido, le pareció bien desocupar el vientre de otra que en él tenía sobrada, ocupando como ocupó con ella el desocupado plato, en el cual, en lugar de la verdadera, la dejó, creyendo que el duende había de darnos algún sobresalto como solía. Morcilla fue que no me le dio a mi pequeño. De amor se la coma como la gallina el huevo. Mi desgracia fue que aun hubo de ser dura porque en el tacto tuviese apariencia de verdadera morcilla. Acostóse y veló el succeso; que quien una vez entra en sospecha mal sale de ella. Al fin me levanté y, como tenía de costumbre, comencé de sonar mi cadena. ¿Quién duda que él diría entre si, como quien mira de talanquera: —Bien puedes hablar, que ya estas conocido—, o, por mejor decir: —Bien puedes comer, que buena morcilla tienes—? Tal sueño te dé Dios, bellaco. Con ella te desayunes en lugar de conserva. ¡Qué contento tendría cuando conociese el duende! Calló como discreto: no hay mayor prudencia ni dificultad que saber callar a su tiempo. La quietud me convidaba y el deseo me daba priesa. No reparé mucho; salí ligero; llegué temprano; así con gana; mordí con gusto, y al fin gusté de la morcilla. Pue mi boca necesaria de los excrementos alfonsinos. No parece sino acto de teología en el nombre. Cuando reconocí la especia, que no olía a jengibre, commencé de escupir; mas, según con la eficacia que había mordido, apenas me la podía desasir de los dientes. Alonso, que no estaba descuidado, mas tardó a sentirme que a encender luz, y, con ella levantada, salió diciendo: —Ecce lumen Christi, señor duende. Cuando me vi en tai afrenta, no quisiera ser nacido. Quien mal hace aborrece la claridad: yo por mi proprio mal la aborrecía, porque él harto tema que vocear a los compañeros: —¡Hola! ¡Hola!, que tengo el duende en el lazo. ¡Favor! ¡Favor, no se escape! Cogiéronme con el hurto en las manos y la salsa en la boca. Mi amo, que se levantó a las voces, harto tenía que consolarme y defenderme en mi trabajo, porque no había brazo tan temeroso que, como me vieron en la plaza, no me tirase su vara. Con esto nos dejó el duende quietos y sosegados de allí adelante, quedándome yo siempre con el gusto de mi morcilla y con la vergüenza de mi afrenta.

CAPÍTULO V

Cómo Onofre comenzó a pasar mala vida después de idos los estudiantes y el ardid con que se vengó de la frutera
Acabada esta desventura —que lo fue para mí; aunque no me quiero llamar desdichado pues tuve sufrimiento en la desdicha, que, según dijo el filósofo Bías, no matan a los hombres las adversidades, sino la impaciencia que tenemos en ellas—, con otras mil niñerías que nos succedieron, que por no ser prolijo no las cuento, se llegó la Resurectión y los buenos de los estudiantes nos descombraron la casa juntamente con la ama, que estaba por su cuenta. No lo sentí yo poco, que, con mis trabajos, éramos grandes amigos. La amistad es prenda del alma, porque el amigo es otro yo. Quedéme solo. Ved que sintiría, pues dijo el refrán que una alma sola ni canta ni llora; que, aunque mi vida no era mala, de ninguna prosperidad es buena la posesión sin compañía. Mas, según los males me succedieron de allí adelante, poca necesidad tuve de ellos para contaIles mi bien. Era mi sacristán, según la hilaza fue mostrando cuando quedamos solos, sayal de lo basto y, en lo que toca a tratarse, la misma miseria. En pedille una blanca se le arrancaba el alma; que antes, como era hacienda de modorros y rozábamos a costa de pobretes, gastábamos como fúcares. No de lo nuestro; porque del pan de mi compadre buen zatico a mi ahijado. Trabajo tienen los avarientos: si roban, acuñan; si deben, no pagan; si guardan, se desvelan; si tienen, desean; si gastan, lo lloran; si comen, les duele; si ganan, viven; si pierden, se ahorcan. Lacerados de sus corazones, que lacerada vida gozan. No hay gusto, no hay contento, no hay descanso, no hay sosiego, no hay gloria, no hay consuelo que no les sea aborrecimiento de sí mismos. Pues, ¿qué sería si les faltase el entretenimiento que tienen con su dinero? Allí sí que sería ponerles las cabras en corral. Paréceme que ahuyentados saldrían todos con sus penates a cuestas huyendo de las llamas de Troya a trueco de no perder sus dioses. Que para estos tales no debe haber otro, porque allí son sus oraciones y plegarias, allí viven y allí animan; el cuerpo preso en Sansueña y en París cautiva el alma. Allí está su Apolo, que como oráculo responde a sus desventuras. ¿Queréisla mayor que ver que pongan su bienaventuranza en cosa tan caduca y perecedera como los bienes de este suelo? Aun no me espanto que quien mucho tiene quiera tener más, que ésa es la primer herencia, y aun la primera miseria, de la hacienda, y, al fin, como dicen, de casta le viene al galgo ser carilargo. Pero que un triste sacristán que aun no tiene renta para cebarse como halcón, teniendo el vientre de elefante, quiera limitarse como pollo por conocer de qué color es el oro, añadiendo a su mala ventura otra ventura mala, comiendo a comer pan y cebolla y a cenar cebolla y pan, esto es lo que me atierra; perderé los estribos y aun la silla, que este frisón da grandes brincos y corcovos. Distinto humor debía tener aquel que dijo que contento con poco amó siempre la pobreza. Mas no me espanto que lo dijese, si sabía que ninguno es más señor de las cosas que el que no desea ninguna. Llamóme mi amo y, por no enseñarme primero la horca que el lugar, me dijo: —Onofre, solos estamos: buena vida pasaremos. —Así quiera Dios —dije yo entre mí. —No hay sino alzar las faldas —prosiguió él—. Manos a labor. Mozo eres, hacerte a toda broza, a polvo y lodo, que quien no sabe más de un agujero presto le cogen. Quien

no tiene más de un ojo a pique está de cegar. Aprender, que quien más sabe más vale. Madrugar y trasnochar y tener tu casa como el oro, que el hombre dormillón, como lo dicen ellos, pocas veces es buen filósofo. Tenerlo todo bien aderezado, que lo bien compuesto a todos parece bien y lo mal ni a Dios ni al diablo. Púlelo y aséalo, pues deseas ser virtuoso; que no es pequeño principio de virtud la curiosidad y limpieza. —Como comiéremos —dije yo entre mí. —¿Qué dices? —dijo. —Que soy, señor, grande artífice de guisar una olla. —Todo es bueno —replicó él—, mas eso es lo de menos. Quien bien almuerza espera hasta la cena. Una tostada por la mañana y cada sancto con su blanca. Cada uno a su menester, que a la noche a la cama se va la persona. Buena vida te has gozado. En el mundo, Onofre, de todo se pasa. Si por ventura no fuere talla que se siguiere, compensarás lo uno con lo otro, lo presente con lo pasado; que, en efecto, el bien y el mal tienen la misma correspondencia que padre y hijo, porque de uno se engendra otro. Lo que tenía bueno, que luego me desengañaba. Primero me daba la mala nueva que el mal rato; que no era poco de agradecer. —Pasaremos —dijo— como podamos, que cada día olla amarga el caldo. De lo demás cuidemos, que los dientes aparejados están para hacer su oficio y trabajar. —Ansí tuviesen ellos en qué —dije yo— como eso es verdad. Mas, a lo que veo, antes les faltará a ellos tarea para su labor que a mí forma para mi vida. —Tu ración —dijo él— es cada cuatro días un pan de tres libras y cada día dos maravedís. Si quisieres hacer olla, está en tu mano; si asado, nadie te lo estorba. La casa tienes por tuya: huélgate, que en tu vida te amanecerá más claro. Gózate en el mundo, que agora es tu tiempo: comerás bien, beberás mejor. No habrá duque como tú. —Ni ducado más bien guardado que el tuyo —dije yo—, si a tu silo llega. Tal sea tu salud cual la verdad dices de mi holgura. Con esta ración tan miserable se me angustió el alma, los espíritus vitales perdieron su vigor y fuerza, la sangre se me cuajó en el cuerpo, los niervos se me quedaron helados y yertos como si en un riguroso puerto me hubiera cogido la nieve sin poder llegar a poblado. Sólo la palabra no se me heló, porque tuve ánimo para decirle: —Pues, Vm., señor, ¿no ha de comer en casa? —De mí, Onofre, no hay que tener pena —me respondió—, que yo soy perrillo de muchas bodas. Hácese hombre rezonglón hoy con un amigo, mañana con otro. Aquél me convida, con éste me hago convidado. El uno me lo da de voluntad, el otro no me lo niega de respecto. Mudo tabancos y así paso la vida. —Eso sí —dije yo—: aplicar lo mostrenco como frailes trinitaríos. —Algo se ha de hacer —me replicó— para tener un cuarto. El hombre pobre todo es trazas. Quien todo se lo come ni tiene ni ahorra; que el bien, sin buscallo, pocas veces se entra por la puerta. —Pues, señor —dije—, ¿donde Vm. comiere, no comeré yo? ¿No es mejor que nos ahorremos también mi gasto? —Sabe Dios con la intención que yo lo decía. —Un hombre solo, Onofre —replicó—, comoquiera se apega. De dar poco, pocos dudan; pero mucho, a todos se les hace de malo. No hay cosa más aborrecida que el dar. A mí, cuando me lo den de mala gana, no me muestran mala cara. Como soy de buena condición, paso por todo. A ti podríansete atrever, como eres mochacho, y declararte sus pechos para que viniese a mi noticia. No conviene. Importa huir de los inconvinientes: si quieres buen fin, mira los fines, que quien presto se determina presto se arrepiente. Algo se ha de gastar; mas quien no escusa el gasto escuse el largo, que muchos pocos hacen un mucho. —Ya lo entiendo, señor —dije yo—, que para mí no son menester muchas arengas.

No dio tantos documentos Catón a su hijo como este sacristán sabía, y todos en derecho de su dedo. Jamás partió mensajero de su lengua que no fuese camino de su bolsa. ¿Decís que tenía el pobrete mucho? Cuando alcanzaba veinte reales, había entrado por nuestra puerta la flota de Indias; y éstos no se hartara de contallos y recontallos de aquí al día del juicio. Bolsa más fatigada no la vieron los cambios. En el pecho la traía, y aun la sotana rozada de tantas veces como la molestaba para sacalla. No hay estado más mísero que el del miserable, porque ansí le atormentan los deseos de tener como las tempestades del invierno turban las sosegadas aguas. No consiste la riqueza en la cantidad del oro ni de la plata, porque la verdadera virtud es la mayor riqueza. Mas como su pensamiento es de tierra, no se les levanta de ella; porque no miran que no hay hombre que muera rico sino el que vive pobre. En estando en casa, al punto me decía: —¿Qué te parece, Onofre; que ricos estamos? —Agora, señor —decía yo—, muy gentil dinero hay. Bien podemos comer. —Anda, bruto —me replicaba—. Todo lo quieres para comer. —No se espante Vm. —decía yo—, que quien no come no vive. Si me muero, no pare ya mi madre. La vida quiero, que la hacienda ella se viene. El oro para gastar se allega, que de las riquezas no tiene Vm. otra cosa sino el uso; y no gozando de éste, con la vida se acaban. —No hay quien te entienda —decía él—. Tú tienes tu ración, tu pan, tu dinero. ¿Qué te falta? ¿De qué te quejas? ¿Trátase mejor al rey? ¿Come más ningún príncipe que pan y dinero? —Así, así; póngale buen nombre Vm. —decía yo—. Llene la boca, que eso no cuesta blanca; así la llenara yo de pan. —Maldiciente eres —me replicaba—. Boca más mordaz no la vi en mi vida. —Pues cierto, señor —dije yo—, que no se ejercita mucho en morder; no sé yo cómo es tan mordaz ni quién se lo ha enseñado. —Quiero callar —dijo él—, que en ninguna cosa se echa de ver mejor un sabio que en saber sufrir un necio. —Eso fuera, si yo lo fuera —dije entonces—. Mal me quieren mis comadres, porque les digo las verdades. ¿Qué quiere Vm.; que coma con dos maravedís y un cuarterón de pan de a tres libras? Que no tengo para untarme los dientes. —¿No está —dijo él— en tu mano comprarlos de lo que tú quisieres? ¿Estórbotelo yo? ¿Póngote algún impedimento? Hágote dueño de mi hacienda y aún malagradecido. —Si tratáis de berzas, mi padre tiene una albarda —dije pasito—. No quiero decir eso —le respondí a él—, sino que es poco, en buen romance. —¿Que es poco? —dijo él—. Procura compasar el estómago con la posibilidad. Si a poco te acostumbras, poco te bastará; y si a mucho, la hacienda de Creso no será bastante para llenarte el ojo. —Ni aun el estómago —dije yo—, que es de mejor contento. Hartos días pasé con esta miseria, que mi amo cumplía su palabra y comía fuera lo más del tiempo, cuando aquí, cuando allí, lo menos en casa. Al fin, con esto y algunos percances del sagrario, pasé mala ventura hasta que Dios y mi buena diligencia me la dieron mejor. Aunque no me tenía poco afligido esta desventurada ración y el ver con la miseria que mi cuitado dueño me trataba, no me faltaban otros cuidados. Porque tenía tristes y diversas imaginaciones, y de éstas es fuerza que hayan de nacer diversas penas. Entre otros, no era el menor el considerar que la frutera me hubiese hecho el real moharril ya mí bobo con tan común papilla. Que aún, si fuera cosa de ingenio, pasara por ello y sobrellevara mi ignorancia como bastaran mis fuerzas, pero ansí la paciencia se me

acababa y el corazón se me afligía, porque muchas veces da mayor sentimiento el modo como acontecieron las cosas que el succeso de ellas. También me augmentaba la pena ver que se me hubiese encenagado el entendimiento de tal manera, que, de mil quimeras que forjé para vengarme con detrimento suyo y ejemplo de los otros, ninguna se me cuajaba ni tenía efecto. Porque, con su sagacidad y providencia —sin entenderlas—, en el aire, como cohete, deshacía las trazas en que yo tenía puesta mi felicidad. No hay mejor cirujano que el bien acuchillado. Ella lo estaba, y ansí penetraba las cosas de suerte que, del primer bote y voleo, daba en pantana con todas mis máquinas, y, aunque las tenía yo por muy buenas, me quedaba a escuras y ella tan libre y salva —aunque le puse hartos— como si ningún lazo le hubiera puesto. El agraviado no deja cosa por tentar. Verdad sea que no pude salir con ninguna imaginada, mas cuando faltan las fuerzas no se ha de vituperar la voluntad. Cuanto más que me vengué, aunque la venganza me vino de repente como copla redondilla. Mas eso no es de menospreciar, porque todas las cosas repentinas son más estimadas. Al fin a quien por muchas partes le pican por alguna salta, que no hay ingenio tan capaz que, en diversidad de materias, no se confunda. Yo hice lo que pude, y ansí me puedo alabar que no se me quedó por corta ni mal echada, pues, en cuanto me era posible, acudía a su tienda no con celo de mejorarla, porque el bien hecho al malo siempre se convierte en mal. Antes no me movía otra cosa sino el esperar que se me ofreciese coyuntura en que me viniese al pagadero. Quien hambre tiene en pan sueña. El mismo agravio es estímulo de venganza. Yo estaba asado, y ansí, como he dicho, cursaba su posada por ver si me caería en las uñas, aunque, según lo poco que teníamos que comprar, no era el curso tanto como yo quisiera. Mas cualquiera ganancia, aunque fuera a costa de mis amigos, ora poca, ora mucha, sirviendo yo de arcaduz aportaba a sus manos, y a las mías lo que de las suyas podía adquirir por la vía de gafaut —que nunca en esto me descuidé— estafándole, lo más a mi salvo que podía, hoy uno y mañana otro. Porque, aunque el hurto de suyo es malo, no se puede tener por tal el que se hace con ánimo de restaurar lo proprio, pues sabemos que a cada uno le es lícito el pagarse de sus manos. y más, que es bienaventurado el que posee. Como dicen, a quien le duele la muela, que se le saquen. Más vale que mi enemigo desee de mí lo que yo tengo de desear de él que no desearlo yo y ser terrero de su risa. Mas, pasando a mi venganza, dejo esto; que ya por mi pura diligencia, sin habérmelos restituido, no me debía los menudos del real, pues, como he dicho, le había redimido del cautiverio en que le puso mi ignorancia haciéndole menos cuanto le agarraba. Tenía yo en la mejilla izquierda una señal de una quemadura, que, siendo pequeñito, me dejó un día mi buena madre Teresa —que Dios haya— junto al fuego, y había caído y quemádome en él la mitad del rostro. No estaba tan feo ni se me echaba tanto de ver, que por ello no pudiera presumir de gentilhombre, como después lo fui, mas al fin era señal y aquello le bastó. Aun bien que tuve ventura que no fuese natural, porque, a serIo, algún curioso me dijera que no era sin misterio el haberme señalado la naturaleza. Aunque muchas veces estuve en conversación con la frutera, nunca me acuerdo fuese tan de prosopopeya como agora. No sé la tentación que le vino. Estaba de espacio y sin duda necesitada de entretenimiento y quiso pagarme el real en tomarle conmigo, mas no se lo consentí. Eso no. ¿Puta y pechera? El dimonio que lo sufra. ¿Sobre cuernos penitencia? Llevóseme el real y quería escorrozo de tripas con mi conversación. Ni por lumbre; que valgo poco para tamboril o juglar, pues me precio de derramasolaces, como lo verá por la obra. Llegué una tarde al anochecer a su tienda a comprar, como solía, dos maravedís de cañamones tostados, por ver si le podía hacer algo invisible. En achaque de trama, ¿está acá nuestra ama? Cualquiera cosa, aunque fuera mucho, lo disimulara mi necesidad; y si

poco, me fuera de alivio para mi hambre. Que, por la misericordia de Dios, eso tuve bueno mientras con el sacristán estuve: que nunca diré que se me quitó la gana de comer, si no fuese que de puro desfallido no sintiese lo que me faltaba. Porque muchas veces la excesiva necesidad desmaya, de suerte que quien la tiene ni se acuerda de sí ni de ella. Tomé mis cañamones, paguéle y detúveme allí, comiendo con más espacio que pedía mi necesitado estómago, por ver si se descuidaría. Mas fue trabajo perdido, porque era astutísima; y así, para poder hacerle algo trampantojos, era necesario cogerla con priesa, porque a río vuelto ganancia de pescador. Comenzó de preguntarme algunas cosas que no eran para mí de mucho gusto, pues quisiera más que me dejara respirar con algún socorro de su tienda. Porque lo que más se estima es lo que en la necesidad aprovecha. Mas, con todo eso, le respondí sumariamente a trueco de que no me tuviese por descortés. No hay cosa que más desacredite los buenos que, conociendo la cortesía, dejar de usar de ella, porque el no tenella procede de soberbia, y es cierto que ésta es capital enemigo de la bondad. Bien sé que me oye un grave que me dice que no todos se han de tratar igualmente. Confiésotelo; mas no me negarás que no hay estado tan humilde que no tenga igual cortesía con que tratalle. ¿Dícesme que sí? Pues, ¿por qué tú, más cargado de gravedad que nube de granizo, más hueco que atambor destemplado, más pomposo que veloz navío, más hinchado que sus aladas velas, fabricando un trono de majestad en tu imaginación, quieres con tu descortesía no sólo hacerte temer, sino aun adorar por Dios, tratando al pobre con soberbia y al rico con menosprecio sólo para significamos que tú eres el que todo lo puedes y todo lo vales? y no miras que, quiriéndonos desvanecer, eres tú el desvanecido y el que, con la hinchazón que en ti de tu mal término se engendra, desacreditas la grandeza de tu cualidad, si alguna tienes. Ya yo te digo: si te enojares, llévalo en dos veces. Que, pues Dios me dio lengua, sin duda fue para que me aprovechase de ella y te aprovechase a ti. Mas creo que será predicar en desierto, porque tú has de pasar con tu necedad adelante, aunque se venda el burro y aun la albarda. Vuelvo a mi frutera. Preguntábame de dónde era, quiénes eran mis padres, con quién estaba, dónde vivía y otras muchas cosas a que le satisfice bien contra mi voluntad por parecerme que no ha de vender las palabras el que de ellas espera sacar fruto. Pasó más adelante y díjome: —Mancebito, ¿esa señal que tiene en el rostro, de qué le procedió? Que me parece debió ser alguna gran herida. —¿Herida, señora? —le respondí por vía de burla—. ¡Y cómo si fue! Fue una desgracia suma, un milagro muy notable, un lastimoso succeso y una venturosa suerte. —¡Jesús! —dijo ella con mucha admiración—. Por su vida, hermano, que me lo cuente. Que me holgaré de saberlo. Como la vi deseosa, ofrecióseme un fingido engaño y, sin más consejo, lo puse en ejecución. Que a las veces aprovecha más la brevedad en el hecho que la ponderación en el peligro. Pero sobre todo acierta el que, como yo, se mueve con razón y no con enojo. Díjele: —Pues Vm. lo desea saber, estéme atenta y sabrá un succeso el más horrible, el más lastimoso y espantable que habrá oído jamás. La compasión la obligó a escucharme, porque son tan compasivos los corazones humanos, que hasta de los castigos justos la tienen. Diome pie y, sin ser poeta, hice la glosa diciéndole: —Sabrá Vm., señora, que, siendo yo algo más niño —porque mis padres, como he dicho, eran labradores y trataban cuándo en su labranza, cuándo en unos ganadillos—, solían inviarme al campo a que tuviese cuenta con ellos. Y, aunque por mi niñez no la podía dar tal como convenía, por escusar costa —que no estábamos muy aventajados— suplía la falta que hacía un mozo, y al fin acommodábamos la carga conforme a las

costillas. La labranza, señora, cualquiera, aunque sea el más noble, se puede preciar de ella, porque los labradores tienen, entre otros muchos, dos particulares bienes: el uno, que no conocen certidumbre en la ganancia, el otro, que esperan aquella que sacaren de su trabajo; y no hay vida más bienaventurada que la que de sí propria se sustenta. Succedió que un día, en un ribazo de una heredad, me quedé dormido andando en mi entretenimiento. Por tallo tenía yo, porque las cosas de que se saca interés y fruto, aunque sean trabajosas, son ya los hombres de tal condición que las tienen por pasatiempo y regalo. Por la tarde, donde yo dormía, vino un hombre que andaba con su escopeta a caza y, habiéndosele ofrecido ocasión en que emplear su instrumento, sin verme a mí, que, como he dicho, estaba dormido, más cerca que yo quisiera tiró a la caza, matóla, y aunque en ella hizo presa, no estaba yo tan lejos ni tan avieso de la puntería que no fui el blanco de ella. Diome con los perdigones en este lado y, aunque no me dejó hueso ni muela en él, no doy pocas gracias a Dios de haber quedado con la vida. Ésta, en suma, fue mi desgracia. Admiróse del caso y díjome: —¿Luego en este lado no tiene huesos? —Por sus pasos contados se vino al degolladero. —No, señora —le respondí—. Ni huesos, ni muelas, porque todas me las derribó el arcabuzazo. —Enseñe a ver —me dijo—, por su vida. —Meta Vm. el dedo y verá como está todo caído. Ella, que no estaba en mi malicia, como corderillo inocente me dio crédito. Yo, que por la misericordia de Dios estaba sano, como cogí el dedo en mi boca, apreté de suerte que se lo hice astillas. —Éste —dije— fue uno de los malhechores que me cogió el real. Sufra y llore, que donde cometió el delicto pagó la pena. El prudente apenas ha de creer a sí mesmo, cuanto más a los otros. Mas, como por entonces no lo fue, dile un arcabuzazo harto peor que el que yo dije había llevado. Daba ferocísimas voces, pero, con todo eso, no solté hasta que fenecí mi hecho. El succeso es maestro de los necios, porque de él aprenden los que, a no serIo, tuvieran sabido. Yo estoy cierto que no le cogerán en otra, y aun que le pesó de ésta. Temí que me asiera; mas no pudo, porque el dolor proprio no le dejaba atender al daño ajeno. Dejéle el dedo hecho añicos y a ella dando gritos que los ponía en el cielo, y piqué a casa con la solicitud que el caso requería, donde, con mucha quietud y regocijo, conté a mi amo el retorno que la frutera había llevado; que no se holgó poco. El mal o bien que hicieres, ése espera; que ya por los agravios no vuelven rosquillas. Pagómelo. No como lo merecía; mas, al fin, ella era tal, que puedo decir que aun con menos me contentara, porque, del mal pagador, en pajas. y más que también hemos de perdonar algo a nuestros deudores, que no se ha de llevar todo por el 'bien lo vale'.

CAPÍTULO VI

Refiere Onofre lo que le succedió con el sacristán su amo y las pesadas burlas que le hizo movido de hambre y necesidad
Si los trabajos de los hombres fuesen inmortales, aunque las edades son cortas, no sería posible que fuesen tan largas. No hay cosa que más acabe la humana vida que los trabajos, porque son veneno del cuerpo y fatiga. del alma; y ansí, conociendo Dios sus avenidas, les puso límite como a las aguas del mar, y en su recompensa invía el consuelo necesario, que les sigue ordinariamente como la sombra al cuerpo. ¿Qué fuera de mí si el trabajo de mi laceria hubiera de permanecer? ¿Si no me inviara remedio a tanta diversidad de calarnidades? ¡Ya estuviera en la casa lóbrega y obscura que temió Lazarillo de Tormes! ¡Ya hubiera dado fin a mi inmortalidad! Que yo creo que tengo de ser inmortal, pues siempre, al mayor peligro, me invía Dios cumplidísimo socorro. Perecía de hambre. La substancia se me iba apurando como olla de enfermo, la salud aniquilando y la vida consumiendo. Sólo el gusto permanecía en su ser y el apetito en su punto, que estos defendieron su privilegio a capa y espada: ni temían ni debían. En conclusión, yo vine a entender por indirectas que mi amo andaba enamorado. No hay cosa tan secreta, que no se descubra. El mejor secreto es no hacello, porque, como dice el refrán, lo que no se hace no se sabe. Fue, pues, el caso que algunos días había que mi sacristán acostumbraba a subir por tarde y mañana a la torre que llaman del Sacramento. El suyo, aunque quería ser matrimonio, estaba libre de sello. Como vi que tanto lo menudeaba, dije entre mí: —Agua menuda mucho dura. Ver tengo qué significan estas subidas y bajadas, que no son sin misterio. No me daba golpe el corazón que no me saliese verdadero. Mas, con todo eso, es gran cosa el desengaño alojo; por eso este sentido es el más principal, porque no se deja engañar tan fácilmente como los demás. Determinéme, puse faldas en cinta y entré por el vado. Subí tras él, seguí sus pasos y asechéle comer y beber y mirar por los agujeros; que, aunque dicen que quien asecha su mal oye, esta vez hubo falencia, porque, asechando, hallé mi refugio y verdadero amparo: de allí nació mi bienaventuranza. Hallé el panal en la boca del león y apliquélo a mi propósito como el letrado hace las leyes. Dios me vino a ver, que, aunque no me faltó cuidado, salí con mi empresa como Celestina con la suya. En efecto, vi que él, de la torre, y una dama llamada doña Felipa, de un corredor, se estaban haciendo señas. El amor no excepta personas, que, aunque ella era muy principal y recogida, mi amo tenía muy gentil talle y no era menos que ella; que, porque fuese sacristán, cada uno tiene su piedra en el rollo: ruin sea quien por ruin se tiene. Él hablaba y ella respondía, que, aunque no intervenían razones, los que bien se quieren con los ojos del alma se comunican. El amor en las puntas de los dedos pone las lenguas, y, en los enamorados, hasta los cabellos hablan; aunque sospecho, a lo que después pareció, que ella más se entretenía que amaba. Sin duda fisgaba de su amante. Dígolo porque muchas veces son los fines intérpretes de los principios; que yo no lo sabía. Sea lo que fuere, vi lo que pasaba y me aproveché de la ocasión; que, aunque no luego di en ello, una vez que otra, torpe es el hombre que mirando no lo conoce. No sabe mucho el sabio que no se puede aprovechar a sí mesmo; que, aunque yo no lo sea, en la

sciencia de buscar la vida bien podía poner escuela. La necesidad aviva el ingenio, y yo que no era lerdo: juntóse Sancho con su rocín. Consideraba entre mí qué orden tendría para sacarle a mi amo algún refugio, y al fin no la di mala; porque, como vi que eran amores y que la dama estaba tan encerrada que aun verla era dificultoso, encajóseme en los cascos y luego dije: —Ciertos son los toros. Atabales en cuaresma: que me maten si no son bulas. La consideración es mantenimiento del alma; que, aunque yo andaba tras el del cuerpo, por su orden me había de venir. Fingí que cierto día, pasando por su puerta, me había llamado una criada y había subido arriba, estando sola la señora, y me había dado un recado preguntándome por mi amo. No hay mentira más bien aprovechada que entre amantes, porque, como creen fácilmente, pocas dejan de hacer su efecto. Con esta nueva, vine a mi buen señor. Buena sea su vida y mejor mi comida. Rogaba a Dios que de ésta me sacase, porque, como dicen que al enhornar se hacen los panes tuertos, de ésta saliera, que de las otras yo me librara. En efecto, le dije con una cara de risa: —¡Señor, albricias! ¡Hoy buen día tengo! De esta hecha, no hay pariente pobre. Es menester poner la cara conforme el mensaje, porque la eficacia del orador en cualquier acto es importantísima. —Si Vm. merced me lo paga, ¡buenas nuevas! ¡buenas nuevas! —¿Qué hay, Onofre —me dijo—, que tan contento me pides albricias? —¿Qué, señor? —repliqué yo—. ¡Que una dama bien hermosa me ha dado un recado para Vm.! —¿Dama, amigo? —dijo él—. ¿y sabes quién es? ¿Dama hermosa? ¿Recado? ¿Burlas, Onofre? ¿Qué me dices? ¿Es cierto? —Digo, señor —le respondí—, la verdad; y bien hermosa, que apenas la hay más en el lugar. —Los nacidos no deben haber visto a la hambre con cara hermosa, si no es hoy — dije entre mí. y él replicó: —¿Cómo en el lugar, Onofre? Si es mi ángel, ni el suelo la tiene ni el cielo la ha criado igual suya. ¿Tiene el mundo aquella compostura, aquel meneo, aquella bizarría, aquella gentileza juntado todo con merecimiento? ¿Dónde vive, Onofre? ¿Cómo se llama, hermano? Dímelo presto; que me harás perder el sentido, si es verdad lo que me dices. —Sal quiere este huevo —dije yo entre mí—. No vemos la lumbre y ya sale el humo a borbollones. En buen pie hemos entrado. Hoy antipodio tenemos como si fuese Pascua. —Señor —le dije—, doña Felipa, la que posa en la Calle Mayor, la hija de aquel señor principal. No dice mal Vm., que todo eso tiene; mas lo que de su natural es bueno, con los regalos del deleite se corrompe. —En eso nos viésemos, Onofre —dijo él—: Corrompiese siquiera y fuese doña Felipa. Mas no te creo; no es posible tanto bien. ¿Inviarme recado doña Felipa? ¿Doña Felipa? Ven acá. Cuéntamelo por extenso. Siéntateme aquí, Onofre. Ven acá, ven acá. Siéntate y dímelo por tu vida, que estoy en trance de perder el juicio. A tus pies postrado quiero escuchar tan venturoso mensaje. Dime, amigo, por tu vida: ¿Quién te llamó? ¿Qué ocasión tuviste para hablarla? Cuando subiste, ¿en qué se entretedía? Arriba, ¿quién la acompañaba? En entrando, ¿Con qué donaire te recibió? ¿Con qué semblante? ¿Estaba triste o estaba regocijada? Dime, dime, Onofre, en resolución: ¿qué te dijo? Si me quieres ver vivo, no dilates mi bien. Cuando vi que me preguntaba tantas cosas, no dejé de temer sospechando que me había de coger en mentira. Mas luego me acordé que quien ha de mentir ha de tener buena memoria, y no me olvidaba de lo que decía. Procuré de decir poco, porque las razones cortas más fácilmente se apegan. La memoria es pisada de las cosas señaladas que están en el entendimiento. Y ansí le dije:

—Señor, ventura fue —harto me encomendaba a Dios que guiase mi lengua—, porque, viéndome pasar por su puerta, bajó una criada por su mandado a hacerme subir. Yo no sabía qué me quisiese, mas al fin subí y con mucho respecto, mi sombrero en la mano, pregunté lo que mandaba. —La vergüenza en los mancebos —dijo él—, señal de bondad, porque ésta es guarda de las virtudes. Bonísimamente hiciste. Por tu término te quiero; que te adoro. Con mucha crianza entraste, lo mejor del mundo. ¡Qué discreto eres! Todo lo merece aquella imagen. ¿Y qué te dijo? Prosigue, amigo. —Primero —dije yo— mandó ir la criada y se quedó sola. —¡Oh contento sin medida! —dijo él— ¡Oh singular fortuna! ¡Oh venturosa oportunidad! ¡Oh dichoso tiempo! ¡Quién tuviera tanta felicidad, que se pudiera en aquel punto transformar en ti! —Mejor fuera en asno como Apuleyo —dije yo entre mí—, si ya no lo estás. —¡Quién escuchara —prosiguió él—lo que diría a solas aquel divino serafín en quien tantas gracias resplandecen! —Con más gusto escuchara —dije yo— mis dientes, si mascaran algo, que cuanto me dijo. Más quisiera mediana comida que buen razonamiento. —Pasa, Onofre, adelante —volvía a decir—, que comida y cena mereces. No te faltará de hoy más lo necesario. —Eso es —dije— lo que queremos los de a caballo, que salga el toro. Más aprovecha la esperanza del futuro provecho que la memoria del pasado beneficio. —Dime —dijo él— lo que resta, que mereces un vestido. Mejor criado no le tiene príncipe. —Díjome —respondí yo—: «¿Cómo está tu señor, Onofre?». —¿El nombre te sabía? —dijo él. —¿Cómo el nombre, señor? —respondí—: no meneamos el pie que por la cuenta no lo sepa. —¡Oh bienaventurado Teodoro! —que ansí se llamaba él—. En la cumbre —dijo— de tu felicidad estás puesto, pues aquel divino relicario encierra en su memoria tus fortunas. —Mejor encerraré yo —dije entre mí— en el estómago lo que te sacare. —Mucho tardas —dijo él—. Prosigue, prosigue, Onofre. —Mil cosas —le dije— me preguntó: cómo me iba, qué hacía Vm., en qué pasaba su tiempo, hasta lo que comíamos. Ya eso saltó alterado: —¿Qué dijiste, Onofre? —Díjele, señor, mi ración y cómo Vm. comía fuera. —¡Qué me dices! —dijo— ¡Oh desventurado de mí! Echádome has a perder. Todas las glorias que tenía se me han aguado con esta respuesta: tendráme por un mísero. —Harto más lo soy yo —dije entre mí—, porque no hay hombre más mísero que el que espera felicidad de un miserable. —¿Pues eso le habías de decir? —prosiguió él— ¿No lo veías, Onofre? De tu habilidad me espanto, que tal dijiste. Borrado me has de su libro. A los hospitales me has echado. —Harto nos lo estábamos nosotros. —¿Qué dices? —Que no reciba Vm. pesadumbre, que no soy tan necio. Esas cosas no son para dichas: no estaba yo loco. —Vuelto me has —dijo— el alma al cuerpo. Ya yo me espantaba. ¿Qué le dijiste? —Dije que nos tratábamos como unos duques; que no tenía mejor plato el obispo.

—¿Es posible? ¡Oh qué discreción! ¡Qué entendimiento tan divino —dijo él—, que acertaste a decillo! Cuéntame cómo. Cuéntamelo, cuéntamelo. —Ya, señor, lo he contado —dije yo—. Así fuera ello verdad como yo lo dije. —A la enmienda, Onofre —dijo él—; pues dice el refrán que quien yerra y se enmienda a Dios se encomienda. No mentirás otra vez por mi culpa. —Ni aun es bueno, señor —dije yo—; que dicen que la mentira es enemiga de Dios. Hablemos verdades, pues tanto nos va en ello. —No, no —replicó él—: comer tenemos y beber como reyes. No quiero miserias. No quiero ahorros. Toma dos reales, Onofre: de hoy más eres dispensero. —Eso sí —dije entre mí—. Dado le hemos en el chiste al loco. Como dicen: otro loco hay en Chinchilla. —Corre, corre —dijo él—. Por la buena nueva, trae una pierna de camero y llenemos estos vientres. —Menester lo han —dije yo—, porque las tripas nos rugen en el cuerpo como a caballo que ha pasado carrera. Eso es lo que luce, que lo que no va en vino va en lágrimas y suspiros, y quien usa de liberalidad de todos se hace querer bien. No salta la pelota del suelo con la brevedad que yo por la pierna, dejándomelo contemplando en mi enredo. Que, aunque no hay hombre tan loco que solo hable mucho, no parecía, cuando lo dejé, su lengua sino tarabilla. Más armonía metía que una capilla de Toledo, aunque no tan concertada. Todo el camino me fui santiguando de ver cómo había salido con mi empresa. A los atrevidos ayuda la fortuna. Otro fuera, que no tuviera ánimo para ejecutar su pensamiento. El cobarde, huyendo, nunca escapa de la muerte: lo sano es hacer de las tripas corazón, que, como dicen, a quien no habla no le oye Dios. Gran gusto me dio esta traza; que, así como son mayores las obras del alma que las del cuerpo, así las cosas que alcanzamos con ingenio son más agradables que las que conseguimos con fuerza. Lo peor que yo tuve fue usar mal de mi habilidad, por ser como fue tan en perjuicio de mi dueño. Malo es aprovecharse mal de lo malo, pero perniciosísimo usar mal de lo bueno... Dios los que tiene el mundo que, dotados de mil habilidades, mil gracias, mil ingenios —si se puede decir que en uno quepan tantos—, sin atender al beneficio que de su mano recibieron, sin rienda que los gobierne, hechos caballos desbocados, se dejan llevar por la voluntad de su apetito y por el camino de la perdición, no considerando que aquella recopilación de bienes que Dios en ellos puso fue para que la empleasen en provecho de su pueblo y augmento de su república, y sin mirar, ansí mesmo, que cuanto más parte les haya alcanzado de este repartimiento tanto será mayor el demérito, si mal de él se aprovecharen. Allá se las hayan: con pájaro se toman que no es flaco de memoria. El se lo dirá a su tiempo, que a mí, si lo digo, no me oyen; Si me oyen, no me creen; si me creen, no se corrigen; si se corrigen, no les dura; y si les dura, son interpolaciones, pues tienen, como locos, dilúcidos intervalos por faltarles como les falta la verdadera firmeza que se pone en Dios. En efecto, volviendo a mi sacristán, yo vine con el carnero tan en el aire que, según mi ligereza, por encima de las espigas corriera sin quebrarlas. Juraré que no asenté las plantas en el suelo. La pierna puse en su punto sin ser oída ni vista. Comimos como unos Papas: así lo coman mis hijos. Mi buen Teodoro siempre estaba en sus trece: él preguntar y yo comer; aunque, según la hambre canina que tenía, todo fue meaja en capilla de fraile o mosquito en cuero de buey. Mas, en efecto, acommodéme con lo que pude y, a lo menos aquella vez, saqué el vientre de mal año, que por entonces no consideraba más que mi remedio. Cuando lo miré, como dicen, con ojos de piedad, vime en el labirinto de Creta. El conejo ido, el consejo venido. Consideraba el yerro que había hecho, porque me había metido donde era imposible salir sino mal librado, por bien que saliese. El perro con rabia

a su dueño muerde. Despeñéme tras el apetito sin atender al daño que me podía succeder. Pero al fin, como me vi dentro, que no había postigo por do escapar, consoléme y consideré que es de enfermo corazón no sufrir el bien. Ya estamos dentro: dé do diere; que la jornada se ha de seguir, pues al principio no se consideró. Donde va el mar vayan las arenas; la soga tras el caldero, que no puede ser más negro el cuervo que las alas. Al fin, él darme recados, y yo traerle recados, parece que lo habíamos tomado a destajo. Cada día había cosas nuevas, porque mil noches me desvelaba yo en estudiar respuestas, y, cuando no las hallaba convinientes, porque él me decía mil filosofías, luego tenía yo mi escusa como era decir que estaba allí su padre, que no la había podido hablar, que estaba allí gente, que no había encontrado la moza, y otras veinte, que nunca me faltaban mis inteligencias como a curial de Roma; hasta que un día me dio que le llevase una caja de conserva. Cuantos bocados de ella comí, tantas bendiciones se llevaba doña Felipa y otras tantas quien la parió y quien a la memoria me la trujo. No me duró mucho, pero tales manos le daba yo. Cuando me la dio que la llevase, anduve muy acertado, porque, después de traerle un recado que me costó dos días de estudio muy consolatorio, con dinerillos que yo tenía ahorrados compré una vara de cintas verdes. No fueron talento perdido, pues, a tener quien me pidiera cuenta, le pudiera decir: —Veis aquí otros cinco que he ganado. Fingí que me las había dado aquella mi señora en recompensa de la caja. Mucho puede una mentira bien forjada: al fin la muerte y la vida está en manos de la lengua. Díselas con mil encarecimientos, no quiriéndoselas mostrar en buen rato. El pecadorcillo ya estaba ciego: capirote le había echado como halcón y las cintas fueron las pigüelas. No faltó sino pedírmelas de rodillas. Díselas. Cuando él vio sus cintas en sus manos, comenzó de besallas a mil veces diciendo: —¡Oh preciosísima reliquia! ¡Oh joya inextimable! ¡Oh milagroso don! ¡Oh suave prenda! ¡Oh cintas dichosas y bienaventuradas que encerrasteis en vosotras tanto valor, tanta dignidad que hayáis sido merecedoras de tocar aquellas celestiales manos, dignas de haberos visto en poder de aquel milagroso ejemplo de belleza, y servido a aquella deífica visión que yo por mi dios contemplo! Adoraros tengo a mil veces haciéndoos sacrificios y holocaustos, que no merece menos prenda que tan celestial imagen ha tocado. ¡Oh felicísimo Teodoro, al Olimpo has llegado de tu bienaventuranza! ¿Que ella te las dio, Onofre? ¿Cómo no me has pedido estrenas? Un tesoro te diera. —Ahí estaba detrás de la puerta: no había sino cavar. —¿Qué dices? —me preguntó. —Que no quiero yo, señor —dije—, mejores estrenas que saber que doy gusto a Vm. El fiel criado más estima el contento del dueño que el suyo proprio. —Mejor tenga yo la salud que la verdad digo —dije entre mí. —Eres —me respondió— muy honrado. No en balde te me aficioné yo, que, aunque tosco por defuera, quitada la superficie, se te conocía bien la nobleza de tu pecho. No me engañó el ojo. ¿Piensas que a no tenerte tan bien conocido que sin más ni más recibo yo los criados? Muy de asiento y aun señor rogado, que a quien se ha de tratar cada día es menester conocelle primero. —Falta habría de amos en el mundo —dije yo callando— cuando los criados rogasen a tales. Conocíame él como el gran Turco. Por su pura necesidad me trujo; sino que ya es vieja costumbre de los dueños pagar en alabanzas los salarios de los buenos servicios. —Arabién, Onofre —me dijo—, mañana quiero que le lleves un cabrito, que, pues es día de mercado, los habrá buenos. —Todo esto —dije entre mí— es echarme a perder. No sabe este hombre cómo hacer que yo me pague de mi mano.

—Eso, señor —le dije a él—, será muy acertado, porque el don y la buena obra son lazos de concordia. Lo que sin pérdida se puede dar, aun a quien no se conoce, es bien dallo. No hay cosa que,más bien parezca en un hombre que la liberalidad; y la hacienda no se ha de cerrar de suerte que el amor no la pueda abrir. ¿Para qué son los bienes, si a su tiempo no nos hemos de aprovechar de ellos? Acertado será, que, como dijo el refrán, dádivas ablandan peñas, y peor es dilatallo, porque quien da presto da dos veces. —Muy bien dices —me replicó. No hablaba yo razón que no le pareciese una sentencia de Demóstenes—. ¿Sabes si lo tomará? —Alzará, señor —dije yo—, las manos a Dios. ¿Cómo tomar? En ser de Vm., lo pondrá sobre su cabeza como si fuera provisión real. Cuanto y más que la buena obra a todos está bien recebilla, aunque sea de cualquier mano. —Más cierto —dije paso— será ponerlo yo en mi estómago. —Pues, Onofre —replicó él—, no hay sino acostarnos y no perder coyuntura, que, aunque muchos lo dejan pasar como cosa ajena, ninguna tenemos más nuestra que el uso del tiempo. La ocasión se ha de coger por el copete, porque de la cerviz es calva, y, si coge la delantera, Euro y Noto no son poderosos de darle alcance. —Por eso —dije entre mí— sin ser yo tan ligero como esos vientos, lo he sido para alcanzar de cuenta a tu miseria, pues como sanguisuela te voy chupando la sangre dineril.

CAPÍTULO VII

Prosigue Onofre el succeso del sacristán
No la echó, como dicen, en saco roto, porque apenas había Dios amanecido cuando ya estábamos en pie. Por mucho madrugar no amanece más presto. Más a sueño suelto dormía doña Felipa que mi amo. No la mataban sus cuidados, ni aun los míos; que no andaba yo con pocos, porque temía mi desventura, si acaso me daba en el chiste, y así vivía la barba sobre el hombro. Pero como no es posible que el hombre mentiroso dure largo tiempo en la prosperidad, cargamos mucho y dimos con el asno en el suelo. No hay peor cosa que ir tras el apetito sin esperanza de buen fin. Atasqué en el cieno como carro, que las ruedas de mi fortuna, en tan larga jornada, dieron consigo al traste. Al fin, llegamos al mercado y concertamos nuestro cabrito, que era muy bueno, en ocho reales. Éste fue causa de mi perdición y aun de la suya. Luego me lo entregó, como quien lo entrega al brazo seglar para que hiciera sacrificio de él. No estábamos todos en la color del paños, porque uno piensa el bayo y otro quien lo ensilla. Cogí mi cabrito en cuerpo y en alma y desaparecíme de mi amo fingiendo llevarlo a aquella dama. No tenía yo por de peor cara a mi bolsa para andarle a buscar dueño forastero. Volvíme al mercado de allí a buen rato, y, como era pieza que no podía usar de ella sin muchos adminículos, determinéme y púselo en venta creyendo que mi buen amante sería ya ido. Quien se cree de ligero agua coge con harnero. No miré tan bien como entendí haber mirado: cegóme la codicia. Andaba en el concierto muy solícito y mi amo me estaba oyendo. Quien asegura prende. —Si no me da siete y medio —decía yo—, no lo tengo de dar: ocho costó. Agora basta perder medio real, que el cabrito es muy bueno y lo vale bien valido. —Y aun nueve —dijo mi amo. Y, asiéndome con las garras, ausadas que me dio más de diez. Heléme, que no supe de dónde se me había venido. Díjome mil injurias, dándome muchos bofetones en medio el mercado y puntillazos; tanto que, a no quitarme la buena gente que allí estaba, sospecho que fuera mi fin. De la demasiada licencia nunca deja de succeder algún gran daño. Con todo eso, aunque maltratado, sentí más la afrenta que el castigo; que, en un pecho noble —cual el mío—, doblado se siente la vergüenza que la pena. Bien dicen que, para sufrir una injuria, más se aprovecha el corazón de la cordura que no de la sciencia. Apercibíme con sufrimiento, porque procede de prudencia, y ésta es cosa loable en todos y más en el culpado, y, al fin, con ella y el apercibirse, puede el flaco resistir al mayor encuentro. Invióme a casa recio como un trueno, y, con dos puntillazos de pasaporte, me dijo muy colérico: —Andad, bellaco, guitón, que yo os santiguaré. —Ése —dije yo llorando— será mi desdichado nombre; que, pues hay primero y segundo pícaro, justo es darle compañero, que no puede pasar el mundo sin guitón. Riyéronse los circunstantes del dicho y, desde entonces lo poco que allí estuve, todos me llamaban: —¡Señor guitón, acá! ¡Señor guitón, acullá!—. Quedéme con ello como con las coces y bofetones. No se me fue Con ellas a los trigos, que no lo pagará en el otro mundo. A rey traidor, caballero alevoso. Llegamos a casa tan presto el amo como el mozo; y a fe que no me faltaba cuidado, que quien adelante no mira atrás se queda. Pero, como no hay dolor que la largueza del tiempo no lo disminuya y ablande, consoléme y, por el camino, estudié la solución del

argumento. Como me vi en aprieto, prevíneme con un engaño. El prudente, según la cualidad del peligro, ansí apercibe el remedio. En llegando, le dije muy colérico: —Pues, señor, ¿por qué me ha maltratado Vm. de aquella suerte? ¿Qué he hecho yo? Parece que cuanto más cuidado pongo en servir a Vm., peor me va. Si esta vida hemos de pasar sobre buen servicio mal galardón, al diablo daré yo a doña Felipa y aun quien a conocer me la dio. —¿A doña Felipa, bellaco? —dijo él amenazándome. —Sí, señor —dije yo huyendo—. A doña Felipa, que ella es principio de mi mal, y aquél es visto dar el daño que da la causa de él. Si ella no me mandara vender el cabrito, no estuviera yo tan maltratado. —¿Qué dices? —dijo él. —Que por decirme ella —le respondí— que no lo podría aprovechar sin que el padre lo entendiese, lo vine yo a vender. —Llégate acá, Onofre —me dijo—. Llégate acá. ¿Que eso pasa? ¿Que eso me cuentas? Perdón te pido a mil veces. Había sospechado que me querías engañar diciendo que se lo habías llevado y te querías tomar los dineros. Perdona, amigo, que un yerro presto se hace. El primer ímpetu pocos le resisten. Digo que me castigues como quisieres, que, pues he pecado, no es justo irme sin penitencia. —Leve consuelo es —dije yo— el que viene de las miserias de los otros. Después de quebrada la cabeza, untarme los cascos. Esperar galardón y sacar baldón. —Onofre —dijo él—, a lo hecho no hay remedio. Miserable cosa es angustiarse al que no le ha de aprovechar. Tan sentido estoy de mi inadvertencia como lo puedes estar de los golpes. Más me quisiera quebrar los ojos. ¡Oh necio de mí! ¡Que a quien es causa de mi remedio maltratase yo sin oír descargo! Créeme, Onofre, que el colérico, cuando está con su cólera, es peor que el frenético en rigor de su locura. Yo confieso mi pecado. De los hombres es errar y de bestias la perseverancia en el yerro. Perdona, Onofre, perdona; a mil veces perdona, que mi arrepentimiento basta para tu satisfación. —Vm. —dije yo— bien puede satisfacerme, pero mala señal es de amor esconderse y volver el rostro. Unos hay que han dicha; otros que no habían de nacer. —Pero no seré yo quien soy —dije callando— o me las pagaréis por junto como el perro los palos. —Onofre —dijo él—, no hay mal que no venga por bien. De hoy más te querré doblado. Por tu vida, amigo, que vayas y lo vendas. No se pierda la buena obra por mi necedad. Camina, Onofre, y si no pudieres agora llevarle los dineros, llevarlos has en comiendo. —Ya yo los tuviera dados —le dije—, si no por Vm. Y, como que iba rencillando, me partí más alegre que una pascua, dejándolo muy afligido de haberme tocado al cabello. Brava ignorancia y ceguera es la de los enamorados: no tienen más uso de razón que los brutos irracionales. ¿En qué juicio cabía que, siendo doña Felipa —como lo era— mujer principal, hermosa y rica, me había de decir que vendiese el cabrito y que le llevase los dineros? Bien cierto era para quien no tuviera menoscabado el sentido como mi amo que una dama de su cualidad no se había de humillar a pedir siete u ocho reales que, a lo sumo, podía valer. Mas no lo conocen ni discurren, porque el amor los entorpece y, como miran al sol, se les ciega la vista. Fui al mercado, como mi amo me mandó, y vendí mi cabrito en siete reales y medio, que siempre tuve fuerte. Siete mil ángeles fueron ellos para mí en aquel punto. Volví presto, porque estábamos en víspera de comer. La comida es espuelas del negligente, que, como dice el refrán, al mozo mal mandado ponle la mesa y invíalo al recado. Ansí fui yo. Con todo eso, exagerando mucho la ventura de la ocasión, dije que ya había dado los dineros a aquella mi señora y que me había dicho los quería para unos chapines. Necedad es no creer nada, pero yo por necio calificado tengo al que lo cree todo, como este mi

amo. Porque quien cree ligeramente no tiene el corazón muy asentado. Sospecho que, si le dijera herejías, las creyera, y aun, según estaba, no hiciera mucho. Grande debe ser la fuerza del amor, pues, de un hombre tan mezquino y avariento, había hecho un Alejandro. Mas, como los pecados de los hombres sean tantos, nunca falta una persecución, nunca falta un trabajo que nos cerca. Ya yo andaba entre la cruz y el agua bendita, que, como mi desdicha había comenzado, no paró hasta verme en otro aprieto. No hay árbol que siempre esté florido. Tras de una edad se sigue otra; que la fortuna nadie la puede evitar, porque no hay cosa más contraria a la razón y firmeza que ella. Fue mi desgracia que a mi amo se le ofreció tratar un negocio particular con Alberto —que éste era el nombre del padre de doña Felipa— y nos fue forzoso ir a su casa. Cada uno meta la mano en su pecho y juzgue, si él se viera en mi estado, si le agradara la jornada. Lo que es bueno para el hígado es malo para el bazo; mi amo saltaba de contento y Yo rabiaba de pesar. Temía lo que succedió. Hubimos de ir, que, como se dice, quien sirve no es libre; donde fuerza pasa derecho se pierde. Llegamos y llamamos. Entramos y, al fin, subimos hasta donde estaban Alberto y doña Felipa, que, en viéndola, le puse una cara de bodegonera tuerta, peor que de catar vinagre. Salíme a un corredor que estaba allí fuera y, estando esperando harto atormentado de pensamientos, abrió la criada un aposento que estaba en él para aderezalle muy bien adornado; y, como siempre se van los ojos tras lo bueno, yo me engolosiné y, poco a poco, fui entrando y haciendo admiración, preguntando cosas codicioso de saber lo que eran. —Éste —me contaba ella— es nuestro Señor, que llevaba la cruz a cuestas cuando iba por la calle de la amargura. Éste es Sant Jerónimo, que, pidiendo a Dios perdón de sus culpas, se está dando con aquella piedra de golpes en los pechos. Yo, por tentarla, le pregunté que cómo, desde que habíamos entrado, no se había dado ninguno. Respondióme que también a ella se le había ofrecido muchas veces aquella duda y que nadie se la sabía decir. Reíme y díjele que pasase adelante. Prosiguió diciendo: —Éste que está con esta bola al hombro es Atlante, y éste que está puesto de pies sobre esta otra es el Emperador don Carlos. —¿Y esta cama tan linda? —le pregunté yo. —En ésta —respondió ella— duerme mi señor. En ésta de adentro, mi señora Felipa. Al fin no dejó cosa que no me dijese, porque se le fue escalentando la lengua y mi boca era medida. Salió mi amo y seguíle. Él iba hecho una ponzoña: bien se le veía en la cara. El rostro es puerta del alma que significa la voluntad encubierta y escondida. Llegamos a casa y, en entrando, cerró la puerta, que no lo solía hacer. Ved qué sintiría mi corazón, que, aun cuando estuviera muy libre y no viniera de aquella jornada, era de temer. La fuerza del miedo es muy flaca: forzóme a decille: —Pues, señor, ¿yo qué he hecho? ¿Qué culpa tengo? —Presto lo has olido —dijo él—. Hasta agora, ¿quién te toca? En eso veo que estás culpado. Buen indicio ha sido éste, pues, sin hacerte daño, has temido. —Señor —respondí yo——, no he temido por mal que haya hecho, pero quien de la culebra está mordido de la sombra se espanta. —Entra, honrado —dijo él—. Ven acá. ¿A quién diste la caja de conserva? —¿A quién, señor? —dije yo—. A doña Felipa. —¡La verdad! —replicó él. —La verdad digo —respondí yo. —¿Y los dineros del cabrito? —me preguntó. —También, señor —le respondí segunda vez.

—Pues ven acá —dijo él—. ¿Cómo, estando solos los dos, mientras su padre entró a buscar un papel, que me le quise atrever, se admiró de mí y no consintió que la tocase aun la mano? —Mirad qué mucho —le dije—. Lo mismo me hiciera yo de que no le diese la del reloj, si estaba por allí. Estoy espantado, viniéndole como le venía tan propria. Mal era que no se la tenía aparejada con su salsa de perejil para que le tomara apetito. Sí, que no era mondonguera que la había de dar a quien se la pidiese. —Ya que eso no —prosiguió él—, ¿cómo diciéndole: «Pues, señora, habéisme hecho merced de recebir mis pobres dones y a mí, que soy el principal dueño y os tengo entregada el alma, me desecháis con el rigor de vuestra crueldad», me respondió que qué dones? «Una miseria —dije yo— con que he servido a Vm.: una caja de conserva, un cabrito ofrecido con buena voluntad. Que todo lo ha traído mi criado y ha besado a Vm. las manos de mi parte a mil veces». Y ella me respondió que mirase que estaba engañado, que no era mujer que recebía presentes, ni aun recados, que tal criado no había visto. «¿Estas cintas —le repliqué yo sacando las verdes que me trujiste no me hizo Vm. merced de inviármelas con él?». Y ella me respondió que en su vida tal cosa había tenido, que cómo ella las podía inviar, que sin falta era algún embuste. ¿Qué será esto, Onofre? —me preguntó. —¿Qué quiere Vm. que sea? —respondí—. Que en lo dicho me afirmo y ratifico. ¿Cómo puede ella decir eso, si no es mintiendo? No osaba confesar por no hacerme reo, que, en culpa propria, un 'sí' lleva a la horca. —¿Yo no le di la caja en sus manos? —le dije—. Y, aun por más señas, estaba haciendo unas randas y sacó de la almohadilla las cintas, de un bolsico que tenía. ¿Cómo lo puede ella negar? ¿No le llevé el cabrito y, porque estaba allí un criado, me dijo: «No lo queremos comprar. Vete y véndelo, niño»; y me hizo señas con la cabeza para que volviese, y volví con los dineros, como Vm. lo mandó, y dijo los quería para unos chapines? ¿Qué enredos son éstos? ¿Qué testimonios? El diablo me la dio a conocer. —Y, aunque dije— el diablo, no fue sino Dios, porque sin ella yo hubiera pasado mala ventura. —Desatácate, Onofre —dijo él—; que tu has de confesar o te he de abrir a azotes. —Mejor es recebir la injuria que hacella —dije yo—. Vm. bien lo puede hacer, pero no diré más de lo dicho —más quería ser mártir que confesor —. ¿Yo había de hacer tal cosa? ¿Tal atrevimiento no se había de saber? Mire Vm. que lo diría por temor que no lo oyese su padre o porque no la viese alguno. —No, no —dijo él—. Confesar tienes, bellaco. —Señor ——dije llorando, cuando me vi sin remedio, en el entretanto que me ponía en figura—, el corazón sin culpa, aunque recela, no teme. Haga Vm. lo que quisiere; que, si eso es, no sé yo para qué me dijo la criada que volviese allá luego. ¿Quién entenderá esto? Máteme Vm., que ya he dicho lo que tengo de decir. No hay más honrada muerte que morir confesando la verdad. Ella ha de prevalecer, que su fuerza vence las máquinas y astucias humanas: aunque en esta causa no tenga quien la defienda, no ha menester padrinos, que ella se defenderá. Todo esto que le decía era por dilatar la disciplina; como el que está para ahorcar, que le dice al verdugo que le deje decir una palabra sin tener ninguna que importe. Aprovechóme; que, como dije que la criada me había mandado volver y había visto tan buenas señas de mis mentiras, tuvo por acertado dejarme —como lo hizo— diciendo: —Arabién, quien tan fuerte está verdad debe de decir. Sin duda ella temió que alguno la viese. El temor jamás hizo cosa buena. Indiscreto anduve; que el atrevimiento inconsiderado las más veces se convierte en error. —Vm. verá —dije yo— lo que pasa.

No quisiera más de verme libre para tomar las de Villadiego y acogerme, porque, de mal principio y tan malos medios, no había que esperar buenos fines. Que, aunque dicen que quien tropieza y no cae gana un paso, no tenía por sano andar cada día con las manos en la cabeza huyendo el coco. Fue Dios servido que con esto escapé de su rigor. Un buen ingenio todo lo facilita, las mayores dificultades rompe. Así, estuvimos buen rato dando y tomando en lo que había pasado con la dama; que sin duda, a mí, que soy contemplativo, me parece que debió de ser buen entremés, porque a él le darían atrevimiento mis recados para descomedirse más de lo lícito —con la satisfación que tenía de que eran de doña Felipa—, y ella —como inocente que estaba—, admirada de él, justamente haría los melindres que a su honestidad conviniesen. Yo dejo esta especulación a los de buen humor, que no es justo que se lo diga todo. Al fin, cuando le pareció tiempo acommodado me dijo: —Onofre, ya será hora. Por vida tuya que, pues te mandó la criada volver, vayas y sepas qué embeleco ha sido este de hoy; y, si lo fuere, le pidas de mi parte que me dé lugar para hablarle para mi satisfación. —Sí, señor —dije yo—; que en el amante la más verdadera gloria es satisfacerse de una sospecha. Eso me parece bien. Infórmese Vm. y luego sentencie; que, no oyendo las partes, no es justo condenar, y menos justo ejecutar la tal condenación sin admitir otra instancia. Con esto, me salí con intento de no volver a casa, en diciendo «zape, ojo a la gatera». Temía caer de nuevo en sus manos; que sin duda sería peor la recaída que la caída, porque soldar esta quimera fuera agotar el mar o espolear contra el aguijón. Pero sus hados, que ya lo tenían determinado, me volvieron a casa para tomar venganza de él, habiéndome primero consolado a dejar la tierra. Como me fui de casa, temí de andar por la ciudad porque no me encontrase mi amo. Al cobarde, las matas se le hacen hombres. A malas anda la zorra cuando anda a marros. Ya le había cobrado miedo, y no fuera en mi mano huir de él. Salíme al campo y, andando por él pasando tiempo, lleguéme a un corro donde unas mozas, que tenían unos paños tendidos, estaban bailando, entre las cuales bailaba una criada de doña Felipa. No hay mal que no venga por bien. Fue mi ventura que tras ella se había ido una perrilla de falda, que en casa tenían muy estimada, con un collarcico de cascabeles. Todo se me hacía a pedir de boca; que más vale a quien Dios ayuda que a quien mucho madruga. Como conocí ser suya, porque cuando fui con mi amo la había visto, comencéla de halagar y vínose a mí. No inventara el diablo lo que a la imaginación me vino. En mí todo era uno: decir y hacer a la par caminaban. Quien a todo se pone con todo sale. Cogí mi perrilla disimuladamente y, como allí había otros, fuime deslizando poco a poco; que la criada, como estaba metida en fuga, no atendió a ella, a lo menos por entonces. Ni el comer quiere priesa, ni los gustos cuidado; que los entretenimientos no admiten consigo diversas imaginaciones. En efecto, me fui a casa con mi perrilla, donde hallé a mi amo que me estaba esperando con la boca de un palmo entendiendo que había ido a llevar su mensaje. El deleite es imitador del bien y padre de los males. Atrevíme; porque el que es dado a él todas las cosas juzga por el gusto y no por la razón; que, aunque usar de ella es don del alma, sólo piensa que es lo bueno lo gustoso. Díjele: —¿Qué le parece a Vm. si decía yo la verdad? Agora quiero que me pague Vm. este camino, que mi mensaje merece cualquier premio. Un engaño enseña otro. A quien te quiere matar, madruga y mátale. La razón es semejante a nuestra naturaleza, porque, como de una edad sale otra, así de una razón otras muchas. —Onofre —me dijo él—, si es cosa que me sea de consuelo, no me dilates el alegría; que un instante de dilación es para mí eternidad de infierno. No imagino por cierto que su

fuego pueda atormentar las condenadas almas con la intensión que yo soy atormentado aguardando tu socorro. Si me quieres remediar, abrevia, Onofre; que los hombres en nada se parecen más a Dios que en dar salud a los hombres. Toma de mí cuanto tengo y no dilates el contarme aquellas angélicas razones. Véndeme por tu esclavo, que no rehúso el trabajo. —Parece, señor —dije yo—, que el haber desdeñado a Vm. le ha sido causa de más afición. —Lo que no entiendes dices —me respondió—. Coyunturas hay en que un hortelano da mejor razón que un filósofo. No hay, Onofre, cosa tan mísera como hacerse uno, de bienaventurado, miserable. Yo estaba en mi bienaventuranza y, con los desdenes, caí de mi trono; quedé envuelto en la miseria misma. Y así, hasta volver a aquel punto, más deseo, más afición y más amor me causarán sus desdenes. —Los deseos —dije yo— son enfermedades del ánimo; y más los del amor, que son inciertos. Y pretender hacerlos ciertos por razón es tan en balde como trabajar uno de enloquecer con razón. —Así es. Mas, con todo eso, me parece, Onofre —dijo él—, que con un 'no' de su divina boca saldría mi alma de cautiverio; porque, al fin, quien está sin esperanza de salud no puede temer tanto la enfermedad, que no le quede alguna parte de consuelo en ver que no tiene qué desear. —Si en tan poco estriba el bien —le respondí—, acabemos; que acabados son los males, pues no solamente un 'no', mas un 'sí' tan grande como esa pena traigo para consuelo. Estado he con mi señora doña Felipa, y Vm. lo estará esta noche. No hay sino consolarse, que el fin de los trabajos, aunque se tarde, llega; porque es cierto que cualquier camino ha de parar en algún lugar. —¿Qué me cuentas, Onofre? ¿Burlas, hermano? —dijo él— ¿Tanto bien es posible? Dímelo en muchas veces porque el excesivo contento no sea causa de mi muerte. ¡Oh cuánto mayor es el deleite del alma que el del cuerpo! ¿Yo con ella, Onofre? No cabe en mí tanta ventura. Para tanta gloria el merecimiento falta. ¿Yo con doña Felipa? ¿Yo con aquel ángel? ¡Oh venturosísimo Teodoro! ¿Qué felicidad en el mundo igualará la tuya? No creo que Dios podrá dar tanta gloria a los bienaventurados como será la mía. —¡Jesús, qué blasfemia! —dije yo—. Señor, repórtese Vm.; que no dijera más Lutero. —No te espantes, Onofre —dijo él—; que el que está enamorado no está dos dedos de hereje. Acaba de darme tu mensaje. Oiga yo palabras de aquella lengua parácleta. —Tanto es —dije yo— como decir lengua del Espíritu Santo. —Pues, ¿qué menos es la suya? —dijo él. —¡Otra! —dije yo—. No podrá menos de parar Vm. en la Inquisición, si no mira lo que dice, porque no habla palabra que no sea herejía. —Váyase Vm. a la lengua —respondí yo—; que eso parece mal en un rústico, cuanto más en Vm. —Razón tienes —me dijo—. Dios me perdone; que, con la pasión, no atiende un hombre a las locuras que dice. Por vida tuya que prosigas, Onofre, porque yo no tenga ocasión de disparatar. Entonces, saqué yo mi perrilla y le dije: —Señor, esta perrilla bien la conoce Vm. Por lo menos no podrá doña Felipa negar que no es suya, como la cinta. —¿Conocer, Onofre? —dijo él—. ¡Por mi Dios, si necesario fuese! ¡Dámela! Adorarla he como a tal; que ésta partícipe ha sido de la gloria de sus divinas manos. —A tres va la vencida —dije yo—. Vm. sin duda anda por dar un buen día de invierno a los mochachos con su hoguera.

—A mil veces erraré —dijo él—, si no te das priesa. —Por éste se puede decir —dije callando— que quien bien quiere a Beltrán bien quiere a su can. Por fe tengo que, de loco o de hereje, no escapa mi amo de esta hecha. Él se lo estaba harto y yo me lo volvía más. Y ansí, como conocía que el gusto es cebo de los males y que con él se pescan los hombres como los peces con el anzuelo, no había cosa a que no me deterrninaba; porque le veía asido y su poca prudencia me daba brío para no dudar en cosa. Es menester favorecerse con el ánimo para poder con el cuerpo; que las fuerzas corporales no son parte para salir con las grandezas del entendimiento. Pesquéle. Pero tal fue la red con que le cogí debajo, un hombre de sano juicio hiciera harto en escaparse; cuánto y más quien tenía tan estragado el poco suyo para las cosas de su salud. Afligido estaba con mi tardanza; que no fue mal pie para el embuste que le traía. Díjele que doña Felipa le besaba las manos y que me había dicho que, con el collar de aquella perrilla, se procurase esconder en unas corralizas que estaban junto al zaguán de su casa, y, en estando en ella acostados, que subiese y entrase por el aposento del padre, sonando los cascabeles, fingiendo ser la perrilla, al suyo, donde podría —satisfaciéndose del pasado engaño— hablarla con espacio, y que enviaba la perrilla, porque antes quería que sospechasen que se había perdido que no que le viesen los cascabeles menos. —¡Oh singular astucia! —dijo él cuando yo acabé—. Ulises no pudiera inventar semejante ardid, porque, si tan soberano ingenio tuviera, no fueran menester tantos años para ganar a Troya. ¡Oh peregrina industria! iOh habilidad jamás oída! ¡Oh ciencia no imaginada, que en humana mujer sea posible caber tan rara y celestial prevención; que tal imaginación es suya, Onofre! —En verdad —dije—, que yo no me desvelara en estudiarla. —No alcanza —dijo él — a tanto tu ingenio. —¡Si bien lo supieses! —dije yo entre mí. —Este ardid, Onofre —me dijo—, si no es persona del cielo, naide le pudiera imaginar. ¿No te admiras de tal invención, de tan extraordinaria prudencia? —Señor —dije yo—, bien dice Vm. que persona humana no podía imaginar tal. Ésta es obra del entendimiento, y el entendimiento humano es hijo del divino; que, aunque el cuerpo es mortal, los movimientos del alma son eternos y, como tales, participan de divina sabiduría. Entonces ya me tenía yo por hombre del cielo. —Pues, ¿qué determina Vm. hacer? —le pregunté. —¿Qué, Onofre? —me respondió—. Ejecutar y cumplir su mandado; que quien no se aventura no pasa la mar. Tal ocasión no es de perder, que, como dice el refrán, quien tiempo tiene y coyuntura aguarda, pues no merece silla, échenle albarda. La pérdida del tiempo no es recuperable, porque, ido, no vuelve; que es correo que pasa de largo. Al mayor temor, osar; y al mayor osar, ventura. Muy determinado estoy; por eso, mientras yo me pongo a rezar, ten cuenta con el reloj y, en dando las nueve, llámame. —No sé —dije yo— si lo acertará Vm.; que el deleite corre y vuela, y más veces deja causa de arrepentirse que de acordarse de él. Esto le decía yo para más incitalle; que al determinado los inconvinientes le ponen mayor determinación. —Onofre —dijo él—, no me pongas escusas. Dile con la mayor y dijo lo que yo quería. —Basta, señor —le respondí—. No hablaré más que un sancto. Y entre mí dije: —Pues reza; que bien serán menester los salmos para librarte de ésta. No merece perdón quien no sigue el buen consejo.

Púsose a rezar y, al punto que dio la hora, le llamé. No estaba yo descuidado, porque más deseo tenía de verle en el lazo que él de verse en los brazos de doña Felipa. Tan picado estaba mi molino de la afrenta como el suyo del amor. En las grandes injurias, la presta osadía suele traer presto el remedio. Dejó el breviario, tomó un ferreruelo, sus cascabeles y espada desnuda, que no parecía sino danzante resfriado que le habían echado la capa encima. Salimos juntos y, después de haberle yo dicho dónde estaban los aposentos de padre y hija (que de cuando me los enseñó la criada los tenía bien mirados, aunque entonces fingí que me habían hecho relación de ellos para decírselo ), se metió en su trascorral. Cuando le vi echar, dije entre mí: —El ángel custodio te alumbre; que estos trabajos no es posible sino que te llevan al cielo—. Que, aunque es inhumana cosa arrojar a los que se van despeñando, yo procuraba ayudarle a bien morir o, por mejor decir, a mal. Con todo eso, le dije antes de echarse: —Señor, mire Vm. que el alma tiene dos fuerzas: una en el apetito, otra en la razón. La razón para que mande, el apetito para que obedezca. y así, con él es menester obedecer a las cosas que la tienen. —Quien mira inconvinientes —dijo él— no saldrá en su vida con empresa honrada —, y metióse. Quedéme en la calle aguardando el succeso. Cuando le pareció hora y que ya estaban todos acostados, subió a los corredores y entró en el aposento sonando sus cascabeles. Y, por la cuenta, padre e hija estaban bien dormidos, porque él dicen que anduvo toda la cuadra y, aunque oyó al padre dormir —que en los ronquidos conoció ser él—, no pudo topar la cama de doña Felipa. Al desdichado todo se le hace mal; y no me espanto, que quien no sabía el tino no era mucho que errase y, aun cuando lo supiera, fuera más milagro acertar hombre tan descaminado. Al fin volvió a salir a la calle, que ya estaba hecho dueño de casa, y me llamó calladamente. Yo, aunque lo oí, no quise responder, que temí que ya venía con su recado y me llamaba para darme el mío. Como vio que yo no parecía, volvió a su obra —según después supe, que fue cuento muy celebrado en toda la ciudad— y, andando por el aposento sonando sus cascabeles en busca de su dama, Alberto sintió el ruido. Peor borracho es el de amor que el de vino. Entendió el padre ser la perrilla y comenzóla de llamar, mas como no era él al que buscaba, el mastín no se le allegó. No le debía de hacer buen estómago su amistad, porque, como requiere conformes voluntades, esta condición faltaba entre ellos. Viendo que no acudía a la voz, con el deseo que tenía Alberto de verla —que, como la habían echado menos, habían andado en su busca—, llamando a doña Felipa con el gusto de que hubiese parecido, se levantó a cogerla acudiendo al ruido de los cascabeles. El diablo te hizo de sacristán dancerín. El cuitado, como estaba en la ratonera, cayósele la trampilla y no atinó la huida. Mísera cosa es tropezar un hombre en desgracia, porque no da paso que no le ayude a dar de ojos. Llegó Alberto y echóle mano. Cuando conoció al tacto la fiera bestia, atemorizado, comenzó a dar voces y a llamar la gente de su casa. Levantáronse todos, cogieron a mi sacristán y pusiéronlo como nuevo, teniéndolo por ladrón; y el pobrete no lo era sino de voluntades, si el lance le saliera cierto. Pero al fin a los amores y regalos al mejor tiempo se les cae la flor. Por éste se puede decir: cría cuervo y sacarte ha el ojo. Metió en su casa quien le echase de ella; aunque no anduve malo, pues le saqué de un vicio tan grande. Más justo es el que, engañando, aprovecha que el que con la verdad daña. Hasta Dios, que es dueño de todo, algunas veces usa de algunos hombres malos para provecho de los buenos. Con todo eso, echo de ver que le quería mucho, porque sentí en el alma su trabajo. Lo que de corazón se ama de corazón se llora. Mi hecho fue una cólera repentina y, como tal, me vino repentino el arrepentimiento.

Forzáronle al miserable a contar mis astucias, sus cuitas y desventuras; y, no condolidos de ellas, esperaron el sol y, cuando les pareció buena hora y ser bien entrado el día, quitándole primero los valones, le cosieron las faldas de la camisa al pescuezo, dejándole las manos dentro. La injuria es venganza sin provecho. Harto le bastaba al desventurado el castigo, mas el colérico agraviado más se encarniza cuanto más castiga. Ya dicen que se echó a misericordia, pero no le aprovechó. Pusiéronle en la puerta de la calle hecho de medio abajo un Adam y, con cierta disciplina de ayuda de costa, le forzaron a correr la calle. Cuando quieren sacar a uno a azotar, de medio arriba le desnudan; a éste, azotado y de medio abajo, lo enviaron rabo entre piernas. Quien ama el peligro las más veces acaba en él: el soldado en la guerra y el marinero perece en el agua. Aunque nunca falta quien bien haga; que para tantos crueles no era mucho que hubiese un misericordioso, pues la misericordia es hija de Dios. Y ansí, en una casa vecina de aquélla, una buena alma conmovida de piedad lo reformó y puso en decente estado. Con esta afrenta quedó tan corrido, que a mí, por su miedo, y a él, por el de todos, nos fue forzoso mudar rancho.

CAPÍTULO VIII

Cuenta Onofre cómo, huyendo, salió de Sigüenza y se acommodó con un estudiante en el camino de Alcalá de Henares
Salí de la ciudad con más miedo que vergüenza y, como suelen decir, escapé a uña de caballo, porque, si el sacristán me cogiera en las suyas, Dios sólo me pudiera remediar según el desventurado amante debía tener el corazón. Por el camino, volvía la cabeza atrás tan a menudo que mil veces entendí quedarme hecho piedra majano como la mujer de Lot; mas tal iba de temor. No veía bulto que no se me antojase una recua cargada de sacristanes. Ninguna fuerza humana hay tan grande que, si la aflige el miedo, pueda ser durable. Al que bien hace no hay miedo que le espante, pero al que mal, no hay bien que no le ponga miedo. No hay cosa más dichosa que el corazón sin pecado, porque el contento siempre se apega en el que no le tiene. Haz bien y no mires a quien; haz mal y guárdate. Por eso no iba yo cantando las tres ánades madre, como suelen los caminantes, que sólo en pestañear me parecía que el sacristán oía el golpe. Dios os libre de hacer mal; que, como he dicho, el que ofende, en la mayor seguridad, está temblando, y el ofendido, en el mayor descuido, imaginando en la venganza. No hay cosa que mejor se pague que la injuria, porque es su memoria sempiterna. El que agravia escribe en polvo y el agraviado en bronce. Al hacer, me arrojé como quien se echa a nadar: si después me pesó o no, a Dios pongo por testigo. A lo pasado no se da potencia. El día que una vez ha sido no puede ser muchas. Dad al diablo vida en que no se puede dormir seguro; que el que tiene enemigos mal lo puede hacer sin peligro, y más que yo era mochacho de catorce o quince años y la juventud me daba pocas alas para despedir el miedo. En poca edad no puede caber mucha valentía, y, cuando la tuviera, la poca razón me hiciera cobarde; que ésta es el mejor padrino de los valientes. Hartos sobresaltos tuve en el camino, a lo menos el primer día, porque, hasta reconocer los caminantes, como perro sin dueño rodeaba por las heredades recelando el mal que me podía succeder. Pues que, cuando venía alguno en mi seguimiento y me llegaba al alcance, allí sí que era el temer. No hay atajo sin trabajo. De aquellos polvos vinieron estos Iodos. Dios se lo perdone a un clérigo que venía en una mula; que aseguro que me dio el más mal rato que he tenido en mi vida, porque, como reconocí el hábito, hasta que llegué a Bujalaro desde Baides, que son dos leguas grandes, no dejé el trote entendiendo era mi sacristán. Él caminar y yo correr. Allí hice alto; que me pareció que me había llegado socorro como a campo descompuesto. La piedad es fundamento de la virtud; pues, viéndome entre gente, harto mal que algún virtuoso no se doliese de mi aflicción. No hay cosa más miserable que vivir como no se ha de vivir, porque a ningún malo le puede ir bien. Tan atemorizado estuve hasta velle pasar que, cuando el delicto fuera mayor, me bastara para castigo. Allí tomé refresco: menester lo había. Los siete reales y medio del cabrito y otros menudillos que yo encuñé me hicieron la costa hasta que me deparó la ventura mejor suerte. La fortuna no añade sabiduría, mas, como dijo la vieja: —Ventura te dé Dios, hijo, que saber poco te basta —. Llegué a Hita sumamente fatigado, como quien no había andado otras siete leguas, que tantas hay desde Sigüenza, y fue Dios servido de aportarme

a un mesón no de los peores, antes el mejor. A quien bien le ha de suceder, de parte de noche se le ordena; que la fortuna muchas veces da sus dones al indigno. Había en la posada un estudiante que iba a Salamanca a estudiar, al parecer principal. Al fin, llevaba un criado de a pie y otro de a caballo; y no queráis más, que la nobleza anda en tal estado, que la tiene el que tiene. Que, aunque dicen que no hace el hábito al monje, la ostentación y aparato califica de manera que por ella juzgamos la hidalguía. No lo digo porque él no lo fuese, pero dígolo porque, en llegando a este punto, se me arrasan los ojos. No puedo dejar de divertirme. Mis buenos padres eran nobles: pues aquí de Dios y del Rey; porque yo sea un pobre fallido, sí que no es razón, ni Dios tal manda, que fallezca lo que Él me dio. ¿Desmerecer por pobre? Ésta sí que es justicia que no traslado a la parte. No lo permita el Rey del Cielo; que la nobleza no se alcanza con dineros. Aunque miento; que cada día se hacen caballeros no sé yo con qué. Mirad con qué: con sus hazañas; que como lo merecieron los pasados lo merecen los presentes. Bien cierto es que la falta de dineros no quita la sangre; que, aunque son opiniones que la corrompe, con su pan se lo comerán; que no les daré yo la absolución de ese pecado. Decir suelen que al hombre rico le está bien el capirote tuerto; pues, ¿por qué al pobre le había de estar malla sangre buena? ¿Porque es alma de oro envuelta en cuerpo de cobre; o por qué? Los pobres son buenos por pobres, pero los ricos sonlo por ricos, porque éstos más se abstienen de hacer mal por temor de no perder lo que tienen que por amor de hacer lo que deben. No hay tierra más desdichada que donde el rico en honra se aventaja al bueno, porque la felicidad de los malos, si es que lo son, es señal de la destruición de todos. Quiérome volver, que se me acaba la paciencia, y la hondura de este piélago es tal, que perderé la tierra de vista, y aun estoy por decir que el cielo, si me meto muy adentro. Cuando el mundo esté asolado, un triste guitón no lo puede reformar. Ha siglos de siglos que este tiempo corre: ¿quién le hallará suelo? Esas fueran otras quinientas. Remédielo Dios, que yo me doy por vencido. A mi estudiante me acojo como a sagrado, huyendo de esta borrasca; que no quiero ruido. Por mis dineros más vale callar, que, como dicen, en boca cerrada no entra mosca. Él era muy gracioso y de buen entendimiento, y, como nos juntamos en la posada y me vio en su hábito, preguntóme de dónde era y adónde iba. Dile mi relación lo mejor que supe, porque, aunque tenía alguna autoridad y se le debía respecto por su presencia y el que sus criados le mostraban, el ser casi iguales en edad me dio atrevimiento para hablar con desenvoltura, procurando de andar muy medido, porque del mucho hablar suelen nacer muchos daños. Yerra el que con velocidad despeña sus palabras sin consideración, porque, despedidas, no se pueden volver al cuerpo. Ninguna cosa tiene mejor la plática que descubrir moderadamente el tesoro de la lengua. ¿Quieres que te tengan por sabio? Habla poco y de pensado, porque el hablador con sus mismas palabras se descubre. Mi sacristán me dio infinitas y saludables doctrinas, aunque se las pagué mal. Amigo, amigo, chinche en el ojo. Pesóme de ello, pero tarde viene el reparo después de la cuchillada. Ingrato es el que no paga el bien, mas consuélome, que es más ingrato el que le paga sin usura. No hay cosa más fácil que ordenar lo bueno, y no la hay más común que seguir lo malo; porque siempre aprovecha más el buen natural que la buena doctrina. El señor don Diego, que ansí se llamaba el estudiante, se agradó en extremo de mi conversación y no me dejó salir de su aposento. Cenamos como grandes sin que me costase un alfiler. El que da sin que le haga falta es como el que da luz de su luz: muestra su liberalidad y no se le conoce. Hízome acostar con uno de sus criados, habiéndonos primero mandado salir fuera para rezar sus devociones, que era un santico. Bien se le echaba de ver que no había empleado su niñez en mis travesuras. Con ellas me nací, mas no pienso morir con ellas; que la discreción y prudencia enmiendan la naturaleza. Aunque

no hay mayor bien que estar un mozo acostumbrado a lo bueno cuando llega a conocer lo malo. A la mañana almorzamos, pagó la posada y nos partimos. Alabábale yo mucho de conversable y magnífico, que lo tenía todo. En los bienes de fortuna, la suma alabanza es no ensoberbecerse con el poder. Al punto me mandó poner a las ancas, y al punto nos metimos en fuga como si de largo tiempo nos hubiéramos tratado y conocido. La igualdad de edades y conformidad de voluntades a la primer vista engendran agradable conocimiento. Tanto, que de una en otra me hizo contar mis infortunios y desasosiegos; que, según los solemnizaba con risa, con ayuda de los criados aun hizo harto en tenerse a caballo. Todo procedió de preguntarme por qué me venía huyendo; que ya había confesado la huida. Cuando no hay qué dañe, la más segura mentira es la verdad. El mentir sin provecho es de viciosos, porque no mienten por otra cosa sino porque les agrada el mentir. La mentira es madre de los vicios, aunque cuando da fruto, ya que no lícita, a lo menos parece que es permitida. Cuando yo acabé mi razonamiento, que nos duró buen rato, y más a ellos la admiración de mis embustes, me dijo don Diego: —Onofre, mucho contento me han dado tus enredos, porque todos son muestras de buen entendimiento. Sólo te digo que, aunque tu ingenio me da gusto, me le diera sin comparación mayor si le emplearas en buenas obras; porque no hay cosa más divina que el entendimiento bien empleado, ni más perniciosa que el hombre que convierte en malicia y engaño la razón que Dios, con sano parecer, le communicó. Según las suyas, él había sido bien doctrinado. No había vivido al sabor de su paladar, porque, en tanto que a los hijos de los buenos les dejan hacer su gusto, es imposible que tomen buena crianza. Como vi que lo llevaba a lo devoto —la noche de antes también se lo había echado de ver en el rezar—, le dije: —Señor, pues crea Vm. que me empleo más en los consuelos de la alma y en tratar del remedio de mí, triste pecador, que lo soy mucho, que en otras cosas. Pero, ¿qué quería Vm. que hiciera una persona de tantas calamidades cercada como yo? Si no me daba de comer aquel hombre, ¿no había de buscar industria cómo sacárselo, pues le servía? El Evangelio dice que comeremos el pan en nuestro sudor: con pan me contentara; que, aunque no en sólo pan vive el hombre, crea Vm. que si yo medio satisfaciera mi estómago con ello, que no buscara gullurías, no me anduviera a buscar reinas. Mas ni Dios quiere que los hombres se dejen morir, ni que los avarientos, en perjuicio de los pobres, tengan, juntamente con el oro, enterradas las buenas obras. —Cuando te vieras, Onofre, tan acosado —dijo él—, entonces acogerte a los buenos y buscar otro dueño; que al virtuoso ni le falta quien le dé la mano, ni subjeto en donde poder emplear su virtud. ¿Tú no te lo conoces? ¿No consideras que no le satisfarás el mal que le has hecho con los bienes del mundo, aunque fuesen tuyos? Tú le has quitado el comer; tú, el sosiego que en su iglesia gozaba; tú, su buena reputación; y, lo que peor es, le has quitado la honra y con ella cuanto tenía. ¿Con qué se lo podrás restituir? ¿Con qué se lo podrás pagar? ¿Hay joya que se iguale al valor de la honra? ¿No caes en la cuenta, Onofre? ¿No has conocido tu error? ¿Qué respondes? —A lo del yermo va. Esto es de otra cuba —dije entre mí—. Pues calla, que yo te llenaré las medidas. —Señor, bien conozco que anduve mal y que escogí el camino de la perdición, pero la piedra que se soltó no se puede volver a la mano hasta que haga su efecto. A mí me ha pesado de manera que prometo a Vm. que en el camino he llorado más lágrimas por el daño que le hice y el poco remedio que tengo de satisfacérsele que se podrá pensar. Mas, si erré, ¿quiere Vm. que me ahorque? La desesperación es invención del demonio:

ahórquese Judas el malvado, que yo en Dios espero, en Dios confío, a sus pies me humillo hecho otra Madalena. A los yerros raros se les da perdón; que, mientras el error no ha pasado en hábito y costumbre, no se hace incurable. Saltáronseme las lágrimas cuando dije esto de manera que me parece que debió don Diego de decir entre sí: —Este mochacho es un bendito, no tiene hiel mala. Como caldo de zorra, si me conocieses. ¿Qué fuera si me abriera el pecho? Apostaré que, en viéndole, se echaba agua bendita, santiguándose de él como del diablo, diciendo: —A fulgure et tempestate libera nos, domine—. No parecía en toda su práctica sino un cartujo. Al fin me dijo: —Mucho me ha edificado, Onofre, el verte tan arrepentido, porque, del pecador, no quiere Dios más de que se arrepienta, que es la muestra del paño de su conversión. Enmendarte, que muy buen puerto halla el que está apesarado con la mudanza del consejo. Al que yerra séale medicina la confesión. Procurar de aquí adelante de vivir bien y ser muy buen cristiano, que quien huye la ocasión huye el pecado. Arabién, para que por necesidad no la tengas de hacer travesuras, quiero que te estés conmigo y que, pues eres estudiante, me sirvas y se gaste el tiempo, lo poco que de la vida nos resta, en servir a Dios primeramente y en estudiar. —¿Tan presto —le dije— se piensa Vm. morir? Pues yo, señor, como ha tan poco que nacimos, aún no hacía cuenta en esta posada. —Bien le has dicho —dijo él— en llamarle posada, porque de la vida nos hemos de partir como de un mesón y no como de casa propria. Mas, por lo que dices que tan presto me pienso morir, la muerte, Onofre, a todos está aparejada: no hay hombre que sepa cómo ha de estar su cuerpo, no digo un año, pero de aquí a la tarde. ¿Quién hay, aunque más mozo sea, que esté cierto que ha de vivir hasta vísperas? Necesario es morir; pues, ¿quién no temerá donde no hay hora segura? —Señor —dije yo—, todo eso es ansí. Tal sea mi salud cual ello me parece de bien, pero trabajo es andar siempre con la muerte al hombro. Lo que durare la vida gastarlo en servir a Dios es muy justo, pero vivir con contento; que no vive el que siempre vive con miedo de la muerte. Tanta diferencia había de los pensamientos de don Diego a los de Onofre como de un huevo a una cama de cordeles. Con todo eso, le agradecí mucho la merced que me hacía de recebirme por suyo, porque desde luego comencé a ser su gran privado. Llegamos a Alcalá; que todo el día se nos fue en tratar de los misterios del rosario y en contar cosas que, por la devoción de Nuestra Señora, habían milagrosamente acontecido. Ved qué consuelo para una alma como la mía. Debía tener toda la frescura del prado espiritual embutida en los cascos. Tan repleto quedé de devociones que ¡aosadas! ¡malos años para el religioso que más supiera! Luego dije: —No quiero más perro con cencerro. Si de ésta escapo y no muero, nunca más bodas al cielo. Cogióme en escampado; de aquella hecha tuvo creído que yo quedaba de su metal. A fe que bien me guardé de otra en dos años y más que con él estuve, porque de ninguna manera eran para mí aquellos entretenimientos. Detuvímonos allí un día por ver la Universidad y pasamos el siguiente a Madrid, que ansí lo llevaba mi nuevo amo ordenado. Entretuvímonos en aquella ilustre villa una semana viendo juegos, carreras, esgrimas, comedias y otras cosas de apacible y gustoso entretenimiento. Caminamos adelante con nuestro viaje y al cuarto día nos pusimos en Salamanca, donde nos perpetuamos como corregidores en plaza de asiento. Tenía que contar algunas niñerías del camino, pero transeant como respuesta de artistas quedando como quedan por testadas, pues no puede ir todo tan mascado que de comida tan larga no se nos quede algo entre los

dientes. Baste decir que en los lugares estraños siempre se disminuye la vergüenza para cualquier hecho torpe. Apeámonos en el mesón de Fonsalida, y después de haber despachado el peón y mulas que llevábamos, fuimos a posar a la calle de Sant Vicente, en la casa del Pasillo, en compañía de unos caballeritos segovianos, con cuyos criados y mi buena perceptiva me reparé de suerte que, sin encarecerlo ni levantarme falso testimonio, me pudieran intitular cardador de Segovia; tenía buenos principios y perficionéme, que, si no, no lo pudiera haber hecho, porque quien bestia va a Roma bestia se torna. Era de manera que, en diciendo 'el fino', se entendía por mí, como cuando se dice 'el filósofo' por Aristóteles o 'el profeta' por David. En cualquier cosa que se toma entre manos, por humilde que sea, es alabanza ser un hombre el primero, que, al fin, virtud es dar en todo buena cuenta de sí. Con mi amo me iba muy bien, porque tenía bonísima condición y, como era tan devoto, lo más del tiempo se le pasaba en rezar. Al fin, no hay que decir sino que no se le caía el rosario de la mano. Más de seis veces lo traía yo para engañarlo. Éste era el que había menester. Mejor vida no la espero, porque, cuando le hiciese la mayor falta del mundo, sólo con decirle que venía de rezar los altares, toda la pesadumbre se le quitaba como con la mano. Rezador era el diablo; en eso estaba pensando. Más veía en mis entretenimientos que en sus rezaduras. Andaos a roer las faldas a los sanctos. El mozo más amigo de saber vidas ajenas que vi en mi vida: no se desasía del Flos sanctorum bis; tanto, que me tenía ahíto y atosigado con él y con sus sermones. Mas tal era él de predicador, a pique me vi de que me convirtiese: y ansí conozco que, pues éste no lo hizo, no me convertiré más de lo que estoy, aunque viva más años que Matusalén, si ya mi desdicha no me forzare a no poderlo escusar, que entonces —como al mal decir no hay casa fuerte— tomaré lo que me venga, pues a quien dan no escoge. Ara, miren lo que es mi poca devoción que aun sólo el imaginar que me tengo de convertir, aunque sea forzado de necesidad, lo tengo por mal decir, pues he dicho que no hay para él casa fuerte. ¡Cuántos tiene el mundo que se precian de mejores pensamientos y han pensado con ellos lo mismo que yo con éstos necios míos! y aun lo peor...piensan que...pensasen...pensarían mal. Piensos les vea yo dar de sola paja, que cebada no la merecen. Tales son ya sus yerros y tan difícil para ellos el camino de la bienaventuranza que el imaginar en la salud a las veces les causa enfermedad. Quejábame yo de mi ventura que no me hubiese Dios encontrado con un rompepostes o desuellacaras adonde pudiera emplear mi habilidad, sino con un salmista o devocionario de fray Luis, con quien era fuerza vivir siempre mintiendo y rezándole a Dios avemarías y a Nuestra Señora paternostres, que casi es como echarles pullas, pues, por la poca devoción, ni atendía a lo que les rezaba ni les rezaba lo que era suyo. Mala fortuna tuve, porque, a tener algo de mi condición y no ser tan cosario como era en sus devociones, pudiera ser amo del Sumo Pontífice; pero con esto lo borraba todo. Vamos al oír misa: día no se nos pasaba sin ella. Aun esto no lo llevaba yo tan mal, porque, de cuando estuve con el sacristán, estaba enseñado a ayudar a muchos canónigos que solían decir dentro el sagrario. Vaya con Dios, que alguna obra se ha de hacer buena para merecer algo. Pero, ¡que cada día hubiésemos de ir a la Compañía a tener prática de devoción! No lo podía sufrir más que al demonio mismo. En este punto se me acababa la paciencia de suerte que quisiera más que me dieran tormento de toca; peor que si me llevaran a vender. Las costumbres desiguales desiguales estudios siguen. Mi amo se iba por ello como por viña vindimiada, pero a mí todo el ruibarbo de las boticas italianas con sus anejas confectiones no me hiciera tan mal estómago. En acordárseme de esta prática, me daban vómitos hasta echar las tripas. Dios os libre de cobrar odio a una cosa, que, aunque sea la mejor del mundo, os será la más aborrecible. El peor contrario es el que, de su naturaleza, aborrece un hombre. Amiguito era yo de hipocresías. Quien no tiene qué hacer su perro espulga.

Acostaos, como mi amo hacía, con una calavera al lado para dormir: veréis qué niña de quince años. Fuego de Dios en sus piernas y en quien se las apetece, y en el que entonces se las apetecía. ¿Hase visto en el mundo tal ensayo? ¡Pues requiebros no le decía! Así se enternecía con ella como si su dueño hubiera de bajar del cielo a consolarle. Dineros tuviésemos; que invenciones, más que en Corte. ¡Que me digan a mí que Dios se sirve de esto! Estoy por decir que mienten. iHipócrita triste, Dios con los corazones se alimenta! ¿Para qué nos estás vendiendo vinagre? Cuánto más rezas y más suspiros arrojas al cielo, te creo menos, porque es más el ruido que las nueces. No hayas miedo de que yo te corte de las faldas para reliquias, que ya entiendo tus contrapases. Si lo haces, ¿para qué nos lo dices? Sí, que aquí no comemos borra. No me doy por entendido, pero bien te entiendo. Mal sordo es el que no quiere oír. ¿Piensas que no sé que, cuando alzas las manos, las levantas más a los hombres que a Dios? ¿Para qué son esas cerimonias? ¿Qué sacrificios son ésos? No importa con cuánto aparato se haga la cosa, sino cuánto valga la que se hace. La cabeza de la virtud es carecer de los vicios. No te nos hagas santorrón humilde, que no es ésta la mezquita de Mahoma para que estés haciendo la zalá. Procuras hacemos inocentes, mas, como sabemos que con ese tiro has muerto otro lobo, no nos la darás a beber; al menos a mí, que soy más negro que la mora. ¿De qué te sirve andar macilento y estreñido metido en tu cuello, hecho otra reina Urraca? ¿De qué te sirve andar meneando la boca para que entendamos que rezas entre dientes, que parece que rumias lo que has pacido? ¿De qué te sirve andar con tu cabeza tuerta como cabrito en cabo de alforja, hecho matachín del demonio? Ya estás conocido, que tenemos antojos de larga vista. Eso, Marica, a los bobos. Ya se murió el rey Perico, que jugaba a salta tú y dámela tú con los niños. Embustero, ¿para qué nos andas embelecando? Tus humillaciones y plegarias bien sabemos que no pasan de donde mea Elvira. Que piensas engañar y te engañas. Ya te entiendo, que andas porque digan: —¡Oh qué buen hombre! ¡Qué buen cristiano es éste! Jamás anda sino empleado en servir a Dios —. Dime tú eso, que yo diré que lo eres, aunque note pase por el pensamiento. No hay cosa más barata que el decir bien. Si lo supiera, de eso a maravedí el palmo. No me pidirás tanto cuanto tengas; no me hagas tú visajes, que harás de mí cera y pabilo. No lo digo por mi amo, que no tiene culpa. Entiéndalo el que lo entiende; que él con muy buena intención lo hacía como se echó de ver, aunque me daba mil pesadumbres con tantas disciplinas como de noche tenía. Aun no habíamos pegado los ojos cuando luego se levantaba y se asía con la cruz y con ellas y se daba como si fuera insensible. Como yo dormía junto a su aposento, solíame despertar con el ruido. —Ésas me hagas, asno del puto; ares y no comas —decía yo—. De tu carne gastas, pégatelos buenos hasta que me duelan. Ahí me las den todas. Tantas veces me despertaba, que ya una noche no lo pude sufrir y ansí, en comenzando él la disciplina en su aposento, comencé yo en el mío el miserere, que no parecía sino coro de carmelitas. Debióse de correr y al punto cesó de la obra. Volvió segunda vez, sospechando que yo estaría ya dormido, y comenzó de nuevo. No había dado el primer azote cuando yo había entonado mi miserere a canto de órgano. Harto mala obra le hice, pues, por su vergüenza, lo dejó. No me habló palabra sobre ello, pero sin duda se debió de enojar mucho, pues, a la primera falta que le hice sin ser de su cosecha, me despidió de su casa con harto dolor de mi ánima.

CAPÍTULO IX

Cuenta Onofre la miseria que pasó estando despedido de don Diego su amo en un mes que anduvo descarriado
¡Cuán incierta es la prosperidad en este mundo! ¡Qué poco nos dura y cuánto nos cuesta de alcanzar! Ninguno se puede llamar feliz, si no hubiere llegado a lo último de su vida; porque, mientras vive, no hay estado tan bienaventurado ni perpetuo que a lo menos, aunque dure, no le esté amenazando la caída. Porque las alegrías raras veces succeden sin adversidad; que el seguro reposo conoce a pocos. Estábame yo con mi don Diego hecho un archipámpano —no tenía mejor vida la oveja por mayo ni el lobo con la oveja—, hecho misal de aleluyas, más contento que gato con tripas, más alegre que esclavo libertado y más risueño que Demócrito. Pero, como el tiempo se muda, acabáronseme estas bodas y llegóme el castigo de mis merecimientos y la pena de mis culpas. De fuertes varones es hacer mal a los que de mal son dignos, pero no decírselo; porque las palabras injuriosas tienen origen de pechos mujeriles. Fuerte pareció mi buen don Diego, pues, aunque me pudiera reñir, quiso más despedirme de su servicio que injuriarme con su cólera. Tomé mi hatillo y, habiéndome acogido como de limosna, lo pasé a casa de dos primos, amigos míos, naturales de Pamplona, que posaban en la calle del Milagro. No lo hizo Dios pequeño en sustentarme el poco tiempo que estuve desacommodado, porque ni yo tenía cortezas sobradas ni juros de renta con que poder salir de laceria, si, juntada su misericordia con mi industria, muchas veces no me hubiera sabido valer de mis manos. Como estaba desacommodado, vivía a mis anchuras. No tenía quien me mandase ni riñese. Andaba libre como el gavilán; aunque no lo puede ser el hombre necesitado del sustento ordinario, porque no se yo qué esclavitud iguale a la que causa la falta de la comida. Conocía y aun lloraba la que me hacía mi dueño y lo mal que lo había considerado, pues, sin tenérmelo merecido, le había dado aquella pesadumbre. Mas los lloros de los hombres no sólo son tardíos, pero aun dignos de vituperio cuando se ocupan en llorar cosas que acontecieron por su culpa. Harto estaba arrepentido y apesarado, que, aunque algunas veces le aborrecí por lo mucho que me hacía rezar, en alimentos me lo pagaba. Y aun es bien cierto que alcanzaba más conmigo el buen tratamiento que mis avemarías con Dios: en estado me vi que, al precio pasado, rezara cuanto fuera de su gusto. Cuando la virtud está en buen punto, la aborrecemos. Si nos la quitan de delante, envidiosos la buscamos; porque nunca el bien se estima hasta que se pierde. Mis rezos no eran de virtud, sino de fuerza, pero paréceme que estaba tan envidioso de la comida de mi amo, que, en cambio de la que me solía dar sin falta, me volviera virtuoso. Porque tengo por mejor imitar los buenos que envidiarIos, que, aunque la envidia no era de su vida sino de su comida, cual más, cual menos, toda la lana es pelos: todo era envidia, sea de lo que fuere, que cada uno la tiene de lo que más ha menester. Muy sabio es aquél a quien le viene a la imaginación lo que le falta, mas no era mucho que me viniese a la mía la de la comida, teniendo como tengo tripas que tan bien saben acordármelo. Bien conozco que la cosa más eficaz para la verdadera felicidad es amar la virtud por sí mesma y por sí mesmo aborrecer el vicio, y no por el comer como yo lo hacía. Pero, andando el tiempo, pudiera ser que acabara en sí mesma la virtud que por comer tenía principio; que ninguna cosa hay que se invente y perficione de un golpe.

Como vi que a esto le faltaba remedio, estaba muy afligido y aun casi con la mayor desconfianza que se vio cristiano, con más calamidades que puedo significar, sin esperanza de remediarlas y sin remedio de tenerle para comer. Ya había rematado todas mis prendas, que, como eran pocas, presto se despacharon. Lo que se ha de empeñar más vale que se venda luego. Yo estaba avergonzado y mis amigos cansados; que, aunque es verdad que la próspera suerte apareja la amistad y la contraria la prueba —según la experiencia que tengo—, entiéndese sola una vez, porque la dádiva cuotidiana es cierto que engendra fastidio. Cual me vi, estén mis enemigos; que no será menester para ellos otro tiro de bombarda. Terrible era mi condición. Por no pedir me fuera del mundo; y así había dos días que me sustentaban las güertas de la vega, tanto que, a no tenerla en el cuerpo, creo, si me pusieran en la plazuela de Sant Martín, pudiera vender más hortaliza que la verdulera mejor acreditada según la tienda podía entapizar de cebollas, rábanos y lechugas. El estómago tenía hecho un huerto pensil, aunque no debía estar tan curiosa la verdura en él como en los de Babilonia. A lo que no está en el pensamiento obliga la necesidad. ¿Quién creyera que Onofre pudiera llegar a tal desventura? ¿Quién lo imaginara? Por eso es bueno saber de todo; que al que todo lo prueba nada se le hace dificultoso. Porque es cierto que el conocer el trabajo lo disminuye tanto como el ignorarlo lo augmenta. No era yo como el perro del hortelano, que ni come las berzas ni las deja comer. El dejar que otro lo hiciera hiciéraseme de malo, pero el mayor gozo que yo tenía era comérmelas. Embutía de suerte de aquellos suaves, aunque frescos, mantenimientos que, como al sapo, creía me había de faltar la tierra. Todo se me hacía poco, y aun lo era, según la insaciable y excesiva hambre que me atormentaba. Cualquiera cosa me sabía bien, porque el tenerla es la verdadera salsa del más insípido mantenimiento; pero yo probaba tan pocos, que no conocía el gusto de ninguno. Cuanto alcanzaba de vista apetecían mis ojos y aun mi estómago, mas sin ello me pasaba; que no se nos da el bien como lo deseamos. Hecho andaba Tántalo de mi gusto, porque, aunque en aquella plaza veía cuanto me faltaba, sólo era para mirarlo. y así se me doblaba el mal, porque la presencia del bien, juntada con la privación de gozalle, augmenta el dolor del corazón. A la tarde acudí, como siempre lo hacía, a casa de mis amigos con el rostro y semblante enjuto y alegre no dando a entender mi necesidad, porque no tenía por acertado empobrecerme con quien no me había de hacer rico. Súfrase el mal, que llegarle tiene su santo. Esta hambre hartura espera. Igualmente sale el sol para todos, que nunca Dios crió ninguno que desamparase. El bien que ha de venir sin llamar entra, que no se detiene a dar aldabadas. Nacido hemos, del cielo somos, y a él estamos sujetos y a su rector encomendados. Buen dueño tenemos: no hay sino paciencia y barajar, que la noche es larga y en una mano se restaura todo lo perdido. Mis camaradas y yo estuvimos en conversación un ratillo y, cuando ya era noche, todos de conformidad fuimos a ver si era venido el arriero de Navarra, que posaba en la plaza, en el mesón del Rincón, y le estaban aguardando por horas. Para ellos era la venida del Espíritu Santo; que, aunque él no lo era, habíales de infundir la gracia, pues esperaban dineros, y tengo por seguro que los estudiantes, mientras dura aquel estado, no tienen otra más verdadera que el recebillos. El mesón estaba que no cabía de gente, porque había venido el criado y esperaban a que descargase la recua y sacase las cartas, que es lo que ordinariamente se hace. Mientras todos andaban negociados, no quise dejar perder el tiempo por saber que el perdido se recupera tarde, mal y nunca. Andábame yo entreteniendo en el portal del mesón y en un patiecillo pequeño que estaba más adentro, adonde estaban cenando muy de reposo unos arrieros, que, por ser viernes, tenían un buen plato de pescado frito, un gentil pedazo de queso, pan y vino, y otras cosillas. Llamé a mis amigos, por parecerme

que solo no se cuajaría mi deseo, y díjeles si querían que hiciésemos una burla a los arrieros y que los dejásemos sin cena para reír un rato; mas lo hacía yo por mi necesidad. —¡Vaya, vaya! —dijeron ellos. Presto nos concertamos. Que los amigos de este tiempo más fácilmente se juntan para el mal que para el bien, porque las más de las presentes amistades se perficionan en torpes conjuraciones. Díjeles: —Alto, pues. Cada uno coja lo que pueda, que yo seré la malilla. Lleguéme donde estaban, y, como allá todos se alumbran con velas, habiéndoles primero hecho una arenga y preguntádoles de dónde eran, fui a despabilar la que les alumbraba, no por comedimiento, que, aunque era bien criado, no era mi cualidad tan de menospreciar que la emplease en tan humildes sujetos como los arrieros; porque los nobles, por necesitados que sean, no es acertado humillarse a servir a los que menos valen, pues el servicio es manifiesto menosprecio y, al fin, se sabe que quien dice servir dice ser vil. Con todo eso, despabilé. Pero hícelo tan discretamente, que los dejé a escuras con ánimo de cobralle para mi hecho con la obscuridad, porque ésta acrecienta el atrevimiento. Como sabía que mis dos compañeros estaban a la mira, di una voz muy grande y dije: —¡A la mesa, primos! Como buen capitán, los exhorté a la batalla. Pudo mi voz con ellos lo que la trompeta con los caballos, pues arremetieron de suerte que los pobres arrieros se quedaron no sólo sin luz, pero sin cena, que era la verdadera luz de mi estómago. Como había tanta gente, primero que viniese la vela nos desaparecimos, porque no era justo aguardar oprobios de villanos; que siempre su cólera camina al paso de su poco entendimiento. El uno de mis compañeros fue desgraciado, porque, tomando el jarro del vino, lo derramó y, aunque estábamos cum Cerere, nos quedamos sine Bacho; que no fue para mí de poco sentimiento. Salimos del mesón y hicimos cala y cata del robo de Elena, y hallamos por nuestra cuenta que yo saqué el pan y queso —que es a lo que eché ojo—; el segundo, el pescado; el tercero, el jarro, más en seco que está en Madrid la puente segoviana. Luego lo juntarnos todo y, como hicimos mesa espléndida, con mi buen apetito, al punto dije que comiésemos; mas ellos, como habían cenado, hiciéronse escrupulosos, que no fue poco para estudiantes. —Esta comida —dijo el uno— es el gusto del hecho, que no el mantenimiento del estómago. No tenían el suyo cual estaba el mío. Prosiguió el otro: —¿Esa porquería habíamos de comer? Arrojaldo, quitaldo de ahí o dad lo a un pobre, pues basta el haberlo hurtado. Pobre por pobre, ¿quién como Onofre, que está presente? Como no lo había tomado para darlo, no me pareció sano consejo. Díjeles por disimular: —No valéis nada para pícaros. Comeréme yo, en ser de esta suerte, aunque me les trujera la mesa. Comed, comed, cuerpo de Dios, que de pan hurtado el mejor bocado. Con esta incitativa, me ayudaron, aunque poco. Pero no me pesó de ello, porque mi hambre no consentía sobregüeso; mas yo la disimulaba tan a lo cuerdo que, según mis actiones, tenían por cierto que era más picardía que necesidad. Pero bien parece que no sustentaban ellos mis tripas, porque, a hacerlo, conocieran el buen deseo y aun la buena gana. Plegue a Dios que nunca yo la tenga peor, aunque me pesaría que fuese por tanta falta como en la que entonces estaba. Henos aquí comidos y sin vino. ¿Pues dineros para ello? Por los cerros de Úbeda. Aún no era llegado de la Arabia el oro de que se habían de hacer. Pues quedarnos sin mosto para remojar la palabra fuera hundirse el cielo y cogemos debajo, porque, como dicen, comer sin beber, cegar y no ver. El ladrón que se hiciera ciego por faltalle el vino, ¿para qué? ¿Para que viniera un nuevo Lazarillo y le

pusiera contra un poste y le dijera: —¡Olé! ¡Olé! ¡A los bobos, a los bobos; que yo no me mamo el dedo!—? No hay cosa más necia que hacerse un hombre ignorante donde le tienen por sabio. —Andad acá —les dije a mis compañeros—; que trazas no han de faltar. O no ha de haber vino, o lo habemos de beber; que, pues Dios no puso exceptión de persona, no ha de haber exceptión de vino. Iguales nos hizo, que fue una de las mayores muestras de su magnificencia. Beberse tiene o morir en la demanda. Para todos es el mundo, para todos se crió; que ninguno es dueño universal. Tabernilla hay, Tabladillo hay; jarro tenemos, Concha suena —que ansí se llamaba uno de los que vendían vino—. Demos gracias a Dios que no nos falta todo, que no es poco; porque los males se quieren acabar cuando se comienza a introducir el bien. Llegamos al Tabladillo y, en viendo la camarada, como lo tienen de costumbre, comenzaron los vinateros a dar voces diciendo: —¡Ea, palomos! ¡Ea, colegiales! i Aquí está lo bueno, parroquianos! ¡Helo aquí lo bueno! ¡Helo aquí! Vierais una folla de voces como de entremeses y de golpes en torneo de a pie. No sabíamos adónde echamos, porque tanto como los unos nos atraían, nos apartaban los otros. Los unos nos tiraban, los otros nos detenían. y así estábamos suspensos mirando el camino de lo tinto para damos cada uno su refregón en aquella media azumbre de mi gloria; que, de tantos purgatorios como los días atrás había pasado, no era mucho que aquella noche estuviese en ella, pues es fe que non est dare medium entre purgatorio y gloria. Pedí el jarro a mi compañero y, por ser algo grande, le descubrí para que entendiesen que le quería llevar de vino, como lo entendieron sin quitar ni poner. Agarráronme luego aquellos ángeles vinatiles creyendo que le amansaría la hinchazón al cuero con tan buen portamanteo como llevaba. Y ansí encaminé para el primero, donde presidía el ínclito Concha con su familia reverenda, que había sido a quien iba dirigida mi imaginación. El pensamiento eficaz siempre se ha de llevar al cabo, porque la perseverancia fenece el acto y la mudanza lo entibia. Tomé luego un cuartillo, con la medida misma que, como por jubileo, se da a los amigos del alma, y bebí el primero porque para mí no faltase; que, como la falta me tenía el más emponzoñado, quise ser el que primero recibiese la triaca y antídoto salutífero. Dile un toque franco con la destreza que suele un maestro de esgrima y con el gusto que significa mi relación. Siempre ansí me sepa, que no será necesario artificio para hacérmelo pasar. Preparé para los cómplices y diles a cada uno un récipe que les pareció, aunque no como a mí, cual ello era; que no lo quiero más encarecer por estarse como está de suyo encarecido y porque exagerar las cosas les disminuye el crédito. Cuando hubimos bebido, díjele al venerable Concha que me guardase el jarro, porque lo había de llevar lleno, y que, cuando volviese, lo pagaría todo. Pero del dicho al hecho hay gran trecho. La promesa es fácil y el cumplirla dificultoso. No lo decía yo para hacerlo, sino para colarme por entre la gente como harina por cedazo. No era bobo, que bien se lo imaginó. Que, como los jarros en Salamanca valen tan baratos que no hay quien les diga '¿Qué haces ahí?', con sospecha de mi engaño, curtido en embustes de estudiantes, vino a recelarse, porque me dijo: —¿Y, si no volviese, habíame de quedar yo sin mi vino? Tocó la dificultad y adivinóme el pensamiento, pero deshícelo con tanta entereza que me dio crédito. Y así, por no despedir un feligrés y desacreditar su confianza, nos quedamos nosotros con el vino y él con el jarro in secula seculorun, amen, con que, por esta vez, quedó mi estómago absuelto a hambre y a sed y ganó el jubileo en el altar de los arrieros. El día siguiente, que no tenía otro nuevo patrimonio adquirido ni heredado, estábame, como dicen, en mis once de oveja, que es con mi misma necesidad. Por eso es más

tolerable oír el mal por otro que no verlo por sí. Justicia, y no por mi casa. Buena es la pobreza, pues la amó Dios, mas ténganla los que la piden; que yo ni la quiero ni me venga. La abundancia apetezco: Dios me la dé, que hastagora no la conozco. Y no por no merecerla; que bien satisfechos están los circunvecinos que Onofre merece mucho. Pero no hay quien le dé la mano para levantarse; es pobre y todos le dicen: —Dios le ayude—. Ansí haga a sus mercedes, que Él se lo pagará en el otro mundo; pero quien tan largo fía larga esperanza tiene. Podríanle decir como el otro salteador dijo al fraile: —Padre, venga la otra media, porque, de aquí al Juicio, hay mil juicios; y es largo de contar —; pero, aunque lo digan, no es tan largo que no le llegará el plazo. Descúidense, que ninguno deja de llegar. Ellos se enmendarán de hoy adelante y favorecerán a los dignos y necesitados. Plegue a Dios que ansí sea y que Él se lo ponga en corazón, para que el bien sea de todos y no de particulares. Con mi necesidad me estaba y con ella me consolé; porque, cuando el mal es riguroso, es discreción acomodar la paciencia conforme al rigor de la enfermedad, pues es cierto que, del hacello, procede la diminución de la pena. Fuime de casa y el Sumo Remediador me remedió como siempre lo hace. Socorrióme, y no con pequeño don, pues, estando como estaba sin alivio ni esperanza de tenelle, en el golfo de esta angustia me hallé una joya inextimable: halléme un dedal de un sastre con que me vino Dios a ver en la aflictión de mi trabajo. Muy bien lo miró el que dijo que no se perdía cosa en el mundo, porque lo que uno echa menos otro lo halla. Sólo va de diferencia el poseello diferentes dueños. Algún buen ángel me le deparó. Consoléme con él como si me hubiera hallado algún tesoro. Sin duda, yo salí con pie derecho de la posada aquel día, pues tan buena ventura me estaba guardada. Miren qué mina de Guadalcanal para salir de laceria. A quien de mucho mal está enseñado poco bien le satisface. Al fin, cogí mi dedal y acogíme con él a una tienda de especería de aquellas de las puertas del queso, adonde vendían uvas, panecillos y otras mercadurías semejantes, como si fuera doblón de a cuatro. Agora hallo que es falsa la razón del sabio que dijo que era tan poco necesario para sustentar la vida, que no hay hombre tan pobre que no tenga algo superfluo. Creed en dichos de putas viejas. A esa fiuza, yo me acojo a la tendera. Ella estaba sola, y, como la necesidad me animaba y la vi sin varón, atrevímele. No hay cosa más fácil que vencer cuando no hay quien contradiga. De buhonero a buhonero va. El que más hambre tenga que se coma al otro. Por faldas o por mangas, yo no había de pecar de corto ni de temeroso; que el temor es pronóstico de la desgracia y padre del mal suceso. Hombre es al que le falta el dinero, pero no es hombre al que le falta erudición; porque la más miserable necesidad es la del ánimo. Díjele que me diese un panecillo de cuatro cuartos y dos libras de uvas. Hízolo ansí. En dándomelo, porque no tuviese lugar de arrepentirse, comencé de comer de todo como quien buen deseo tenía. No hay faisán que sepa como el comer con hambre, porque la mejor sazón de la comida es tenella. Pidióme los dineros y díjele que diese recado a los demás, que ya los daba. Creyóme, mas siempre son más dificultosas las obras que las palabras; que mi buen semblante merecía se le diera crédito en cosas de más importancia como ella lo hizo. Acerca de los discretos, más acredita la autoridad de un rostro grave que el aparato de una persona. Ya yo tenía despachada mi porción; que, aunque no me satisfizo del todo, la comida liviana adereza muy bien la cena. Quedóse sola como acabó de dar recado, y, como me vio con reposo, díjome: —¿No me acaba de dar esos dineros? Nunca vi que nadie perdiese por bien criado; que no es seguro irritar con palabras a los que, si quieren, pueden dañar con obras. Y ansí, con el mejor comedimiento que pude, le dije:

—Señora, Vm. me perdone, que le prometo a Dios que la pura necesidad me ha obligado a esto que he hecho. Yo conocí en Vm. aspecto de tan mujer de bien y liberal, que me le atreví más que a otra, porque sé que no hay usura mayor ni más sancta que alimentar los pobres. Yo no traigo dineros, mas certifico a Vm. de venir como hombre de bien a satisfacer esta merced antes que me acueste, que ha sido una grande obra de misericordia. Lo que se puede acabar con ruegos no se ha de intentar con amenazas —Hermano —dijo ella—, no me quiebre la cabeza ni me la llene de vanidades; que ya se pasó el tiempo en que hablaban los caballos. Las palabras son paga de fantásticos. ¡Vengan mis dineros, no sea el diablo! —Yo, señora —le respondí—, no soy el diablo ni lo quiero ser. Vm. no se alborote; que no seré yo quien soy o cumpliré con esta obligación. y advierto a Vm. que el bien se da tarde cuando se da rogado. Por eso, si lo tiene en imaginación, abrevie; que la brevedad aumenta la dádiva. —Déjese —me dijo— de obligaciones; que la verdadera es abrir la bolsa. Déme mis dineros; no nos oigan los sordos. —Señora —le respondí—, tenga paciencia; que no se los puedo dar aunque nos oigan los muertos. El enojo es principio de locura. Yo no los traigo. Créame; que no hay mayor ganancia que prestar dineros a Dios por persona de los pobres. Pero, si esto no le satisface, porque entienda que no soy hombre que pretendo irme con su mercadoría, por mi pundonor le daré una prenda. —Aún eso —dijo ella— en hora buena. Mas yo ¿por qué le tenía de dar nada sin conocelle? ¿Miré sobre qué real de a ocho me lo pedía? ¿No bastaba mi persona? Le dije: —No soy yo hombre para real y medio. Tome; que más lo quiero pagar que rogar. ¿Parécele que vende barato lo que vende por ruegos? Pues a mí no se me da cosa más cara que la que se me da rogando. Juro a Dios que quien a ellos les hace bien —como si yo les hubiera hecho alguno— que merece mil palos. Saqué mi dedal con tanta gravedad como si le hiciera la vida de merced o como si le diera un anillo de cien escudos; que otra prenda yo no tenía, si no es el ferreruelo o cuello. La necesidad fuerza tomar de otra parte lo que uno no tiene. Cuando ella vio su dedal, y a mí tan hinchado, dijo que de qué servicio le era aquél, que si estaba loca que había de tomar un dedal que valía un cuarto por real y medio. —¿Soy yo costurera —dijo— que había menester dedales? —¿Parécele —respondí— que fuera malo serIo para coser bocas semejantes que la mía? De pan y uvas se lo hubiera ahorrado. Tómelo; que es una cuitada que no se entiende. —Págueme mi hacienda —dijo ella—, si no quiere que sea otra cosa. —¿Qué ha de ser? —le dije entonces muy colérico si eso no quiere, sáquemelo del cuerpo y haga almoneda de ello; que, cuando la prenda no lo merezca, mi palabra basta. Y hice como que me iba desviando. —¿No vieron —dijo ella— el duque de Alba lo que hace con su palabra? Más traza tenéis vos —me dijo, tomando su dedal— de algún grandísimo ladrón. No me espanté de esto, porque, como sabía que mío y tuyo son causa de todos los daños, aunque me agravió, no quise dar mal por mal; que el contener la lengua, a las veces, no es menor virtud que dejarse un hombre de enojar. Honra y provecho no caben en un saco. y así, humildísimo, bajé mis orejas y piqué la calle adelante, aunque con mejor donaire que había llevado, porque, como iba el vientre embutido, aunque fuera de borra, iba tieso como una adarga, armado como un reloj y direcho como un huso. Con esto maté este día a quien me mataba y salí del trabajo que me afligía.

Apenas hube salido de la calle, cuando me encontré un criado de don Diego, mi amo, que casi andaba en mi busca. Que, como caballero con sentimiento de mi daño y arrepentido de haberme desamparado, había mandado me volviese a servirlo, que lo hice yo de mil amores, porque era tan bueno que aun decir no lo oso. A los que bien queremos por el que nos hacen, hemos de mirar que no engrandezcamos mucho su alabanza; que, como suele ser causa de envidias, hánseles de escusar los enemigos, que siempre lo son los envidiosos. Muy a gusto estaba con él; mas poco me duró, porque sus devociones en algo habían de parar. Llegó su hora y mostró el corte conforme al tinte; que la natural inclinación, como era tan santa, no la pudieron corromper los entretenimientos ni regalos del mundo. Siempre perseveró en su buen propósito. No está la verdadera virtud en hacer una obra virtuosa, sino en el trabajo que se pasa para la conservación de ella. Al fin, se metió teatino. Amaneció y no anocheció; conque yo quedé huérfano y sin refugio, y a fe que no fue el menor de los bienes que en este mundo me hizo falta. ¡Ay, qué desdichada hora fue para mí la en que le perdí! Perdí mi bien, perdí mi socorro y amparo, perdí mi compañía dulcísima, que lo era la nuestra, porque, aunque me solía reñir, éramos como la puta y el rufián; que riñas de enamorados son perficionar el amor. El tenérsele me fue causa de gran pena; que lo que uno menosprecia no se le da nada de perderlo. Muy mallo hizo; que no me dijo palabra hasta que ya tenía el hábito. Al otro día que entendí donde estaba, madrugué y le fui a ver y le hallé hecho un Juan Paulín, más marchito que azucena sin agua. No me le dejaron hablar, ni a mí se me dio mucho, porque entendí que, como no había hecho testamento, como heredero suyo le sucediera abintestato. y tenía muy bien que lastar, porque era rico y creí que yo era el dominus dominantium de sus bienes. Pero del ser al pensar hay tantas ventas que se dan unas con otras como piedras encontradas. Al fin, se murió. Al mismo punto vinieron los teatinos y no me dejaron estaca en pared. Y no me espanto; que, en efecto, cada uno quiere lo suyo y más quien tiene tanto a qué acudir. Como vi que arrancaban con todo, determinéme de pedirles una ropilla que mi amo se ponía para estudiar de noche, pareciéndome que ellos no la habían menester; pero fue pueblos en Francia, porque, como tienen muchos ojos que tapar, nunca falta uno en que aprovecharlo todo. Aborrecílos por entonces; mas yo debí de tener la culpa, porque se la pedí con temor y dicen: 'Quien pide con miedo enseña a negar'. Al fin, perdemos lo cierto cuando pedimos lo dudoso. Mal de muerte los quería, pero Dios alumbra los corazones y me ha dado conocimiento para que eche de ver que les sobró la razón y que a mí no dejará de darme castigo meritorio. Perdón les pido delante de Dios, que, como malo, les hice una mala burla. Pero ya que lo pasado es pasado, pues cuento mi vida, no he de perder baza que me toque.

CAPÍTULO X

Cuenta Onofre lo que le succedió con los teatinos y una burla que les hizo
Grandísimo trabajo tienen los pobres, quiérolo confesar. Mas, si el ojo no me miente, que no es posible porque en él veo el desengaño, el de los ricos es intolerable, y, si no, dígame alguno cuál desventura se puede igualar a la subjectión que tienen de agradar a todos, desnudos y bien vestidos sin exceptar persona, o de cobrarlos por enemigos; cercados de envidias, combatidos de miedos, llenos de cuidados, afligidos de imaginaciones, molestos de demandas, recelosos de los buenos, perseguidos de los malos, cobardes de perder, temerosos de enojar, dispuestos a sufrir, forzados a complacer, desentrañados en la sangre, codiciosos en la hacienda, aborrecidos si piden, despreciados si no agradan, subjetos a opiniones, su honra en disputa, su pérdida justa, su ganancia mal adquirida, si no prestan malos y si cobran pestilenciales. ¿Habrá alguno que, con este salvoconduto, trueque su miseria por la mayor riqueza? Con todo eso, hay ya tantos locos en el mundo que, porque dice el refrán: da y ten, venirte han a ver, creen que quien más dineros tiene más vale en autoridad; porque los pobres quieren más alcanzar riqueza con maleficio que defender la pobreza con buenas obras. Vamos adelante: si les pedís algo y os lo niegan, luego les queréis dar jaquimazo y pegarles con los ochos y nueves, luego queréis que os den los réditos de los juros que les disteis pidiéndoselo. Que sin duda, en opinión del vulgo, hace más el pobre que pide que el rico que da, porque es censo que pasa a los herederos. Si prestan, pasa y repasa, pero es la deuda; que pagar al rico ya se tiene por afrenta, y, sabido el porqué, es porque dice su deudor que no lo ha menester, que harto le sobra. Hermanos, cada uno quiere lo suyo. Quien más tiene más desea. No lo pidamos por justicia, que ya el mal no se da de balde. Si nos lo dieren, en buenhora. De quien nada no te debe, toma lo que te diere; pero, si no, ninguno forje quimeras, ninguno haga embustes, ninguno maquine traiciones ni les cobre enemistad, que, porque no te lo deben, no te lo pagan. Mas luego me decís que del lobo un pelo, y ése el de la frente; que tiene buenos lomos con que llevar la carga. Ved qué ánimo tan depravado. De manera que, porque los padres de la Compañía no me dieron la ropilla, ¿fue bien que le sacase a mal de su grado ropilla y aun calzones? Y yo muy contento, pues pagarse tiene; que, en el cambio de la otra vida, prestan dineros para que paguemos todos los mendigos lo que hubiéremos usurpado a pesar de sus dueños. Vamos al cuento y cada uno tome lo que hallare; que el pobre mejor se venga del rico con astucia que no con fuerza. Tienen los padres una casa de recreación fuera de la ciudad, adonde ordinariamente habita uno para tener cuidado con la granjería de la huerta, gallinas y pavos que allí crían. Enfermos tienen en que gastarlos; que ya oigo al maldiciente que está murmurando que los religiosos no han menester pavos ni gallinas. ¡Oh qué boca de escorpión la del vulgo! ¡Qué pesada de sufrir; qué maldita de llevar; qué impertinente en razones; qué desenvuelta en decillas; qué disparatada en sus escrúpulos; qué escrupulosa en sus juicios; qué inconstante en su murmuración; qué niña en sus imaginaciones; qué varia en sus pareceres; qué frívola en sus objectiones; qué mudable en sus testimonios; qué quimerista en sus puntos; qué física en sus argumentos; qué diabólica en sus soluciones; qué de rabias que levanta; qué de embelecos que forja; qué de embustes que maquina; qué de máquinas que entroniza, que, bien miradas, son edificios que no se levantan un átomo del

suelo! ¡Oh cuánto más ganaría el maldiciente callando!; pues, a lo menos, con la moderación, no lo tendrían por lo que es. Y, al fin, no hace menos el malo que disimula su mal que el bueno que persevera en su bien. Parecióme a propósito la huerta para cobrar mi demanda, y siempre lo que yo tuve bueno fue la ejecución de los pensamientos. Ausadas que si yo fuera alguacil de los ajenos como de los míos, que no me castigaran por remiso ni en buenos ni en malos. No era amigo de tenerlos presos en la cárcel de imaginación. Luego les proveía auto de soltura para que saliesen a buscar su vida. Cantar mal y porfiar. Quien malas mañas ha tarde o nunca las perderá. La costumbre del pecado quita la duda que puede haber de comenzar una mala obra. Llamé un amigo que me sirviese de sombra sin darle parte de mi intención; que aun a los amigos no se les puede decir todo todas veces. Comente otro lo que se da a los que no lo son. Doblada es la maldad que se hace con amistad, porque el amigo traidor es más que cuchillo. Partimos juntos, previniéldole que callase, viese y oyese; que pocas veces al que tiene espera le falta salud, quiero decir, buen fin. No le dije a él que lo hiciese, porque es muy ajeno de hombres mandar a otro lo que uno por sí no puede hacer. Salimos por aquella puerta de Sant Vicente hechos dos rodamontes, calados los sombreros, nuestras capas terciadas, espadas desnudas, broqueles en las cintas y los ánimos que no los conociera Galván en figura de romero. Cargados de yerro, cargados de miedo; prevención de cobardes, aunque se suena que hombre apercebido, medio combatido; y es verdad que las cosas pequeñas con la concordia crecen y, al contrario, con la discordia las grandes se deshacen. Él iba sin saber para qué ni adónde, yo con mi blanco en los ojos. Serían las doce de la noche cuando llegamos a la huerta. Díjele que me esperise; hízolo ansí y llegué solo. Llamé muy alborotado con mi espada, como he dicho. Yo confieso que es trabajo hacer daño a otro para aprovecharse a sí, pero yo no reparaba en eso; que quien a su enemigo popa a sus manos muere. Salió el padre al ruido no con menos sobresalto que el que pedían mis voces y golpes. La exageración agrava las cosas. —¡Deo gracias! ¡Deo gracias, hermano! —dijo el teatino desde la ventana con harta alteración. Todas las cosas repentinas son más graves y pesadas. Pero yo, como conocí que estribaba mi salud en mostrarla mayor, temblando la voz como colérico y titubeando la lengua como turbado, repliqué muy depriesa, fingiéndome balbuciente; que mi compañero puede decir si yo lo era. —Por sie—, por sie—, por siempre, pa— pa— padre. Llé— llé— lléguese acá. Como me vio de aquella manera, que ausadas yo lo fingía razonablemente, veisle aquí que baja como un trueno. —¿Qué es esto, hermano? ¿Qué es esto? Entre, entre. No hay cosa más fácil que aprobar lo que no se conoce. —¡Ay, padre —le dije—, misericordia, misericordia a él y a Dios; que dejo un hombre muerto! —¿Muerto, hermano? —dijo él— ¿Muerto del todo? —A lo menos —dije yo— espirando, padre. ¡Socórrame! ¡Socórrame con su ayuda; que, a faltar ésta, mañana me pondrán en la horca! Aunque de mí no esperaba ningún pago, me favoreció; que el varón santo no estima tanto el premio del bien que hace como el bien mismo. Y así, metiéndome por la casa adentro, me dijo que dónde le dejaba. —Ahí queda —respondí—, junto al prado de Pedro el rico. Harto será hallarle vivo. —Pues quédeseme aquí —dijo él—, que yo le voy a buscar para ver si le hallo remedio, porque no se nos muera sin confesión. —Vaya, padre —le dije yo—; que eso es lo que pido y barras derechas.

Qué diferentes obras hacemos los unos de los otros, y aun diferente será la que yo pienso hacer. Salió mi teatino hecho un Sant Pablo por aquellos campos de Iesu Christo adelante en busca de su muerto. Si mucha priesa se daba él para encontrarle, más me di yo para hallar las gallinas; que ninguna enmienda me causó ver la intención que llevaba. A mí me sustentaba la esperanza del arrepentimiento, pero más dura cosa es aguardar la virtud que dejarla de conocer. Bien le pudiera apostar a cuál mejor podenco era la presa que le hice. Confieso que es soberbia no pensada alabarse uno del mal que hace, mas no reparemos en eso. Cogí mis aves; que, aunque ellas lo eran, más valía yo para serIo de rapiña, tales eran mis trazas. El uso cotidiano excede los documentos de todos los maestros. Salí que una acémila no llevara la máquina que me eché a cuestas. A la carga pesada la utilidad la hace liviana. Di posesión de ellas a mi compañero, cuando, habiéndonos metido en un corral cerca de allí para sacrificarlas, vino mi teatino hecho caballo de posta —que, aunque andan al paso del buey, esta vez salió de harón — y entra en mi busca dando voces. —¡Hermano! ¡hermano! No había por entonces para mí otra hermandad sino la de las gallinas. Como yo no le respondía, cogió la luz y desenvolvió aposentos y recámaras no dejando rincón oculto que no escudriñase. Bien se oía todo de donde estábamos, que era cerca, y aun veíamos parte de lo que hacía y cómo andaba por toda la casa. Debió llegar a un aposento donde había unos pavos que a mí se me habían quedado entre renglones y, con la luz y ruido, comenzaron de alborotarse y dar graznidos, con que de nuevo me alborotaron a mí el alma por ver que tan buen lance se me pasó en blanco. Halló menos sus gallinas y luego se sospechó que yo era ladrón. Bravo sobresalto le debí de dar. Por eso lo dijo bien el que dijo que, cuando la prosperidad está en su punto, se ha de considerar cómo se podrá sufrir la contraria fortuna. Salió en mi busca, y, viendo el aparejo, dejé a mi compañero con el hurto y, con la sangre de una de las aves, me Ilagué más que lo pudiera estar quien estuviera muy herido. Que las demás las dejamos vivas, porque ansí tendrían mejor despacho. y agujerando la ropilla y jubón hasta la carne, me derramé por ella adentro mucha sangre, de manera que quien no me desenvolviera lo de dentro afuera dijera que yo estaba mortal. Mudé capa y traje, dando al amigo el que había llevado. En las cosas del ánimo más puede la ventura que la razón. Fuime tras de mi buen padre y, donde vi que le salía al encuentro, me puse con toda diligencia; y, como pobre que se finge malo a la puerta de una iglesia, así yo me fingí al encuentro de mi teatino y, haciendo los más estremos que pude —que no fueron pocos, porque en la labia parecía hombre cursado en el oficio —, le dije que unos ladrones que llevaban unas gallinas, por quitarme la capa, me habían herido. El varón santo aprovecha al que puede y a ninguno daña. Como le di señas de las aves, movióle misericordia y túvolo por cierto; y así, como si yo fuera evangelista, le satisfizo mi mentira. Cuanta hermosura el conocer las verdades, tanta fealdad tiene el aprobar lo falso por verdadero; aunque él no incurrió en este pecado, porque, a saberlo que era sin juramento, le creeré yo que la reprobara. Con todo eso, debió de dar por bien empleadas las gallinas a trueco de que mi alma se salvase. Llevóme a la huerta, donde ya otra vez había entrado, y, echándome sobre su cama, me procuró de confesar. Yo la hice tan bien, que, por no incurrir en sacrilegio, ya que pecaba en latrocinio, me fingí desmayado como raposo. Hice un poquito la gata de Juan Ramos. Como me vio ansí, partió se como el viento para la villa en busca de un cirujano —que la compasión le hizo olvidar la pasión—, y, como la jornada era más lejos que la primera, yo tuve muy buen espacio y hallé a mis señores pavos con tan buen semblante como yo se lo mostré. —Acá estamos todos —les dije en viéndolos.

La habilidad no la da Dios para que se esté en el arca, sino para que nos aprovechemos de ella. Hícelo famosísimamente, mas no me quiero alabar; que más ilustre cosa es hacer ilustres hazañas que celebrar las hechas. Cogílos y bajé a la puerta y halléla cerrada; que el teatino, de escarmentado, debió de atender al daño pasado, ya que no previno el venidero. A fe que me vi en aprieto cuando me hallé cerrado y que ya tomara yo salida, porque en las ventanas había rejas, y aun dejara los pavos a sus venturas y les diera carta de horro. Anduve toda la casa a veinte veces y nunca le hallaba salida ni aun resquicio por donde la vislumbre se viese. Como tenía los pavos atados y yo estaba sano y vivo, entendí que había de venir el cirujano y me había de coger con el hurto en las manos y que allí pagaba hecho y por hacer. Cántaro que muchas veces va a la fuente o queda o deja la frente. Temía que mi pronóstico de decir que mañana me habían de ahorcar no saliese verdadero. En estas aflictiones estaba cuando me deparó Dios un albañar por donde las gallinas salían a su huerta a pacer, y, como estaba dentro de cerca, no estaba tan justo que yo no cupiese por él. Vínome Dios a ver. Nunca cosa me sucedió mal; y así tengo por dificultoso que las virtudes reverencien al que siempre tiene próspera fortuna. Con todo eso, saqué mis pavos y salí yo. Fui venturoso, porque, cuando el padre llegaba a la puerta con el cirujano, yo salía por encima de unas paredes con la mitad de los pavos. Que, como eran muchos, no los pude sacar de una vez, pero dejélos en buen puesto; que era lástima que se perdiese tan buen lance. Fui donde estaba mi amigo y entreguéle cinco que llevaba y díjele que con las gallinas los fuese llevando poco a poco, haciendo dos viajes o tres a casa, mientras yo buscaba ocasión de traer los que quedaban. El diablo no duerme; que su subtileza es tanta —a no ser más la mía— que me puso en punto de echarme a perder. No me comía yo los mocos, que no era niño. El estar o no en el infierno ni pone ni quita en la habilidad. Poco le aprovecharon su ardides. Corriérame yo, aunque estuve a tumbo de dado, si él se pudiera reír de mí. En conclusión, fui por mis pavos, que los había dejado junto a una pared de la parte de adentro de la huerta, y, fuese que ellos hicieron ruido o que el padre y el cirujano los hubiesen hallado andando en su busca, al fin, los toparon y me estuvieron aguardando con decir que, pues había llevado la mitad, volvería por la resta. Torpe es la imaginación que en la necesidad no adelgaza un pelo. El diablo se lo dijo; que adivinaron al pie de la letra. Ellos estaban escondidos debajo de un árbol asechando; los pavos, siempre en su puesto, que fueron el cebo de este barbo. Yo estaba ya encima de las paredes y, como no sentí ruido, bajé animoso sin temor de nada; pero quien desestima el peligro le tiene más cerca. Apenas había puesto los pies en suelo, cuando los dos galfarrones me echaron mano sin que me desenvolviese; que mi espada y broquel llevaba. No sé yo quién me mandaba a mí volver por pavos, ni aun por calabazas. Andar y andar y morir a la orilla. Grandísimo disparate hice, pero el tiempo cura la llaga de la necedad. Cuando la alabanza no nos mueve a bien hacer, tampoco el miedo nos puede apartar de los hechos feos y torpes. No fueron ellos hombres; que, a darme lugar, yo les dejara más tierra que alcanza la bendición de un Papa. A fe que ellos supieran cuántos clavos tenían mis herraduras. No lo quiso mi ventura. Cuanto a lo primero, me desarmaron y me menearon muy bien estos lomos; zamarreáronme que fue una bendición de Dios. A los que procuran cosas grandes no les han de espantar los trabajos. Yo no soy valiente, que tengo poco de lo de Nembrot ni Alejandre, pero el hecho me acobardó más de lo que estaba. No había yo de quedar irregular si matara un sacerdote: mejor me fue sufrir cuatro golpes. ¿De qué me sirve agora echar blasones fieros y bravatas?; pues los que con soberbia amenazan a otros o se tienen por dioses o no piensan que aquello que amenazan les puede suceder a ellos. Contemos la verdad. Lleváronrne a la cocina de casa, que era un muy buen aposento

y bien cerrado. El cirujano decía que quería ir a llamar la justicia. El teatino lo rehusaba, porque tuvo el mismo temor que yo de la irregularidad. La menor palabra era: «¿Los embustes del ladroncillo?». No oía de señor; que aun no me querían dar titulo de ladrón a boca llena por no calificar mi persona. Resolviéronse en que me quedase allí cerrado hasta que me diesen, entre los hermanos teatinos, una tunda y volviese las aves y pavos. Dejáronme dentro y fuéronse a dormir, porque ya era muy tarde y casi amanecía. ¡Desventurado de Onofre, y cuál se vio en esta tribulación! ¡Qué afligido, qué apesarado, qué marchito y, lo peor de todo, qué sin remedio de salud! En los males apenas se anticipa el hecho al arrepentimiento. Puedo decir que me vi en la de Mazagatos; mas los hombres de muchos negocios no pueden tener sino muchos cuidados. Al primer tapón, zurrapas. Ya me había consolado a volver el hurto y a llevar una vuelta, que, para venganza de tal insulto, por fuerza había de ser de buen tamaño. No hay alma tan corta que, en tales casos, no le sobre liberalidad. Quien todo lo quiere todo lo pierde; que, al cabo y a la postre, todas las cosas se vuelven adonde nacieron. Encomendéme a Dios muy de veras, pidiendo al buen ladrón que me fuese intercesor, pues era de su oficio, y sin duda me aprovechó. Al fin, las cosas buenas por lo menos no pueden dañar. Donde da Dios la llaga, da la medicina. Deparóme un escondrijo no malo, aunque trabajoso, que fue la chiminea. Tenía unas llares muy largas, y, como quien sube por maroma, me puse de pies en el palo donde estaban asidas. Mejor es vencer un hombre con astucia que no con fuerza. Ella era algo angosta y de poca luz, de manera que, aunque miraran de asiento, fuera dificultoso el verme. Amaneció Iesu Christo a buena hora, para mí antes que quisiera —que la luz ofende los ojos de los malos, aunque yo no lo sea—, y halléme emparedado hecho tizonero infernal, porque al subir me había puesto morenito que era una gloria verme. Durmió el teatino muy buen rato; que a mi costa se quiso vengar de la mala noche. Más en centinela estuve yo que una grulla, porque a ellas despiértalas la piedra que en la mano tienen si se les cae, pero, a dormirme yo, mi propio golpe me despertara. Y ansí huía del sueño como de un enemigo, y más cuando consideraba que el centro de mi golpe era la lumbre y las manos del teatino. No fue pequeño tormento para mí la estancia, pero no lo era menor el aguardar cuándo abriría y, viniendo en mi busca, diría: —Baja, ladrón; que ya estás entendido. Determinado estaba a decirle que hiciese su oficio y a no bajar, aunque me lo pidiera de limosna, porque peticiones injustas no es justo el admitillas. A mi compañero le echo la culpa de todo el mal que me sobrevino; que, al fin, es cierto que aquél comete el pecado que, podiendo prohibirlo, lo permite.

CAPÍTULO XI

Prosigue Onofre el succeso de los teatinos y da fin al cuento
Cercado estaba de angustias, afligido de tribulaciones y desconsolado con tantos infortunios, el alma triste, el corazón lloroso, la voluntad arrepentida y desesperado de consuelo, cuando vinieron a la huerta dos teatinos a holgarse, tan ajenos de mi desgracia cuanto yo lo estaba antes de sucederme. Las más veces acontece el mal por tener satisfactión de la siguridad del bien. Llamaron a la puerta y entraron dentro. ¡Qué vigilante tenía yo el oído! El menor golpe que ellos dieron en ella retumbaba en mi tímido corazón, porque, como arterias en el cuerpo humano, así había correspondencia desde donde estaban a donde estaba. Paréceme que luego el casero debió de referirles mis desventuras, porque el primer paso fue el que se dio en mi vista. Yo se lo perdonara, que no soy amigo de cumplimientos. ¡Oh qué trabajo es cuando la honra cuelga de voluntad ajena, y más si está puesta en manos de nuestros enemigos! Tengo por cierto que no hay ninguno tan bueno ni tan sano de conciencia que, pudiéndosela quitar, se la deje en el ser que la tenía. Porque la enemistad siempre se muestra en lo más, y, como lo más es la honra, hacen en ella presa; que tienen condición de águilas reales, que no se abaten a cosas humildes. Quisiera yo ver los teatinos más que al diablo; como los ciegos, que desean la vista no por ver a los otros, sino por ver ellos. Abrieron la puerta donde yo estaba y, desde afuera, antes de entrar, dijo el padre de casa: —¿Es levantado, amigo? Échesenos por acá. —No dice si quiero —dije yo entre mí—. ¿Tiénelo recabado con la moza? —¿Oye? —volvió a decir. —Sí, por la gracia de Dios —respondí yo todo entre dientes; que estaba puesto a Dios y a ventura. Prevíneme con el silencio, porque siempre es bueno callar cuando la habla puede ser de daño. En efecto, al buen callar llaman Sancho. Dios, que es el más sabio de todos, es el más corto en hablar. Yo quería conocer adónde llegaba mi dicha. —Durmiendo está —dijo tercera vez—. Despiértese, hermano. —Ya lo estamos, padre —decía yo—. Lo demás que ya está entendido. Como vio que no respondía, entró dentro y la primer palabra dijo, como no me encontró con los ojos: —Por quien soy, que se ha ido. —Por jurar vos tan ruin juramento —dije yo entre mí—, mentís con tanta facilidad. Dijerais la verdad y saltáranseos entrambos ojos. ¿Qué me faltara a mí a no mentir los teatinos? Ausadas que saltarais por el rey de Francia, y aun muy de grado. Agora conozco que no hay mayor locura que intentar el peligro cierto donde está el remedio dudoso. Maravilláronse y andaban entre sí conjecturando cómo me podría haber ido. Escombraron los rincones y, como no me hallaban, el uno decía: —Pues cerrado estaba. El otro: —Los ladrones siempre traen llaves maestras. Y yo quedé hecho oídos y silencio. —Pues por la chiminea no es posible —decía el primero. A caer me fui de miedo de esta palabra, creyendo que ya estaba pescado y que había dado en pantana con toda mi obra. Animóme uno de los otros, que dijo:

—¿Si está en esta arca? Abramos. Abrieron y no me hallaron. —No, no —decía el tercero—; llave, llave traía. Miró uno de los que vinieron debajo la chiminea como al desgaire, pero, como era angostilla, él no hizo caudal y yo estaba alto; ad te levavi. Pusiéronsele cataratas en los ojos y así no me vio, ni pudo. Demás que parecía imposible el poder humana criatura estar allí; y aun a mí, que lo estaba, se me hacía dificultoso de creer. Pero los peligros facilitan los mayores imposibles. Salieron, a mi parecer —que yo no los podía alcanzar de vista—, hechos cruces, admirándose de mi industria, y yo quedaba encomendándome a Iesu Christo y pidiéndole me sacase de aquel peligro. Pero, para que nuestra paciencia crezca en alabanza, no oye Dios de repente a los ruegos de quien le pide. Con todo eso, no cesaban mis oraciones. El rosario al cuello y el diablo en el cuerpo. A lo menos, si el temor es diablo, más de una legión habitaban en el mío; aunque en todo tiempo es bueno encomendarse a Dios. Anduvieron en mi busca toda la casa, y yo hecho terrón de hollín; que por entonces tomara que Ovidio hiciera en mí una de tantas transformaciones como hizo, aunque fuera en moho, cuanto más en hollín. Al fin, Dios, que lo quiso, y yo, que se lo rogaba, ellos no me hallaron. Luego dijo el padre de la huerta a los otros padres: —Váyanse a casa y den parte al padre rector de lo que ha pasado; que yo quiero aderezar mi olluela para comer y luego soy allá para que se dé traza. A ver si hallásemos algún rastro; que, si yo le veo, no dejaré de conocerle. —No quería yo saber más —dije entre mí— para quitárosme de delante. Ellos se partieron y este otro comenzó de encender lumbre y aderezar su puchero. Yo estaba de suerte que, como zorra que salta del vivar cuando le dan paja humo, ansí entendí hacer demostración de mi cuerpo, porque el humo me afligía despepitadamente y así con él me puse tostado como morcilla, hasta que la lumbre se fue encendiendo y él aplacando. Ya que este trabajo cesó, me atormentaba el calor, mas consolábame el saber que a grandes premios se va por grandes trabajos y que a los perezosos jamás se les dio corona. —Yo he subido aquí —decía entre mí— al purgatorio de mis males; y aun no haría poco a salir purgado. Harto tenía que remudar lados y posturas, que la cama era tal que el enfermo cuerpo de ninguna manera hallaba sosiego. La mayor dificultad era revolverme, mas llevábalo con tal compás que un maestro de capilla no lo sacara con todos los contrapuntos de su música. Bien dicen que se ha de pensar muchos días lo que puede suceder en una hora; que, a tenerlo yo previsto, acaso no me viera en esta refriega. Pago es éste de mí merecido; que, aunque Dios no es autor de la culpa, es autor de la pena, porque, por justos merecimientos, siempre da justos premios. De allí a buen rato se fue el teatino. Sí plegue a Dios que él haga la ida del cuervo, que mientras allí estuvo no se le quitó el ladrón de la lengua. Todo era rencillar: —Válate el diablo por hombre. —¡Jesús, padre! —decía yo entre mí—. ¿Pues eso ha de decir? ¿Ansí ha de maldecir una criatura de Dios por un hurtillo? Y no parecía sino que me entendía; sin duda mis palabras llegaban a sus orejas por la cerbatana de la chiminea, porque, en echando la maldición, decía luego: —¡Dios me perdone! iDios me perdone! ¡Válate el diablo! ¡Dios me perdone! —Mire, padre, lo que dice —decía yo entre mí. —¡Jesús! ¡Jesús! —volvía luego—, tan inorme bellaquería, tan grande maldad. —¡Oh traidores, mala gente! —decía yo—. ¿A un tan buen padre deshacerle tan buen hijo y hurtarle el fruto de su bendición? Salid de esa chiminea; que él os dirá quien vos sois.

Todas estas cosas pasaba yo entre mí, porque hacía cuenta que estaba en salvo en yéndose el teatino y tenía muy buen ánimo; mas hacía cuenta sin la huéspeda. Con esto, se fue y cerró su puerta y sentí cerrar las de abajo. Aliviéme un poquito y ya me revolvía con alguna desenvoltura; que no era pequeño bien. Estuve muy buen rato que no osé bajar, pero, cuando me pareció que el padre estaría lejos, apeéme, que no era cosa el estar allí, y anduve procurando salida; mas, si Dios no edifica la casa, en balde trabajan los que la edifican. Mil vados anduve tentando, pero por ninguno pasé el río. Más estuve de dos horas procurando salir, sacando por instantes invenciones y pruebas nuevas, mas ni por esas ni por esotras. ¡Oh qué afligido tenía mi corazón con tantos trabajos! Los que pasa un cuerpo en mil años se pueden contar en una hora, mas los que pasa el corazón en una hora no se contarán en mil años. Yo determiné de volverme a mi puesto, pero tenía mil males, que me caía de sueño y no podía dormir, y, si había de durar el puesto, no tardaría a caerme de hambre. Al fin, de una suerte o de otra, no se me escusaba la caída más que a Lucifer. La soberbia de que no me hubiesen hallado me había puesto tan ancho que ya no cabía en la chiminea. Consideré mil cosas y dije entre mí: —Pardiez, padre, esto va muy a lo largo. ¿Yo de qué me quejo? En esta arca hay pan, aquí tengo olla: por sí o por no, comamos, que agosto y vindimia no es cada día. Su comida me perdone; no sé si tendremos hoy tan buena coyuntura. El sueño pasaráse como se pueda; de dos inconvenientes, quitemos el uno, que mejor se sufre un dolor que muchos. Por sí o por no, yo hice la olla invisible en daca las pajas. Muy bien me supo, aunque no sé por qué; pues es cierto que ninguna cosa hay de bienaventuranza para quien siempre le amenaza algún temor, porque no hay persona tan loca que estime en mucho el gusto que se compra con el daño de padecer eterno. Volví a mi puesto; que, aunque es verdad que de mejor gana tomara otro, quien otra no tiene con su mujer se acuesta; ya está hecha Cuenca para ciegos, acomodar la necesidad al trabajo. Primero de subir, dejé trastornada la olla, parte del caldo derramado; que lo demás a boca de cántaro me lo había sorbido de suerte que pareciese que o fuese perro o gato se la había comido, porque no diese que sospechar. Como había comido bien, apenas podía subir; que antes, con la liviandad del vientre, tenía los pies alados como espíritu. El hombre que come mucho imposible es que sea ligero. Con todo eso, saqué fuerzas de flaqueza y subí como Dios me ayudó, hasta que, pasado buen espacio, vino el teatino. Tal será mi sueño cual su comida. Llegó, abrió sus puertas, y el primer encuentro fue el de la olla. —Bien vengas mal, si vienes solo. Esto nos faltaba —dijo en entrando—. Válgaos los diablos por gatos. Teatino más maldiciente no lo vi en mi vida. Por un hásteme hacia allá, echara mil maldiciones que se tocaran unas a otras. —¡Oh, padre —decía yo—, qué poco tiene de lo del bendito Ignacio! Tenga paciencia, que en los trabajos se conocen los siervos de Dios. Ello, si por trabajos lo hubiera yo de ser, a la chiminea bajara un coro de serafines a llevarme al cielo. Los que a cada paso maldicen, es claro que antes lo hacen por vicio de naturaleza que no por merecimiento de aquéllos a quien maldicen. Levantó su olla y miróla, que esto bien lo veía yo, y anduvo dentro meneando no sé con qué, pero no halló nada, que el... de las uñas negras lo había puesto a recado. Mil cosas decía con la cólera que me causaban risa con todo mi desasosiego. —Esta casa —decía— receptáculo es de ladroncillos. Por las órdenes que tengo, que son los gatos discípulos de aquel bellaco de anoche.

—¿Y eso le parece malo? —decía yo entre mí— ¿No sabe, padre, que estamos obligados a enseñar lo que sabemos? La sabiduría, dándola, crece, pero, reteniéndola, se disminuye. Miren cuál diablo me había hecho. A mí, maestro de gatos. No bastaba serIo yo por mil maneras, sino enseñar a los otros. Luego volvía a decir: —¿Qué persecución es ésta que nos sigue? ¿Qué trabajos éstos que nos cercan? ¿Qué avenidas éstas que nos combaten? ¿Qué desdichas éstas que nos afligen? A esta casa no es posible sino que algún santo le ha echado su maldición. No es posible sino que está maldita de la mano de Dios. Anoche las gallinas y pavos, ¿un ladroncillo con ardides de diablo? Agora la olla, ¿un gato con subtilezas de demonio? Deus meus, adiuva me. Deus meus, adiuva me. Cuando hubo pasado buen rato de estas cosas, al fin se consoló, que el consuelo es el primer escalón de salir del trabajo, y, como pudo, aderezó su comida Con un poco de tocino y huevos, que entre religiosos llaman la merced de Dios. Comió y fuésele pasando la cólera; que los duelos con pan son buenos. De esta suerte pasé aquel día. Cuando le sentía andar en la huerta me dejaba dar cuatro cabezadas, que el sueño me afligía; mas, como la estancia no era saludable, dormía a medio ojo como anda la mujer tapada. Ya estaba con algún consuelo, porque es de necios huir lo que no se puede escusar y atormentarse con torpe miedo; pues es cierto que el daño forzoso es forzoso quererlo. De aquí nace que los sabios no hacen cosa contra su voluntad. Antes todo lo que han de hacer, ora próspero, ora adverso, es de su grado, porque ven que no se les permite escusar que no lo hagan. Llegó la noche y, cuando le sentí acostado, parecióme que sería bien bajarme a dormir; que la puerta cerróla y tapó una gatera que tenía por amor de los gatos, que había dentro cosas de comer. Hícelo ansí y echéme sobre el arca, adonde, con más miedo que vergüenza, porque no estaba muy a mi salvo, dormí como Dios me ayudó, no con pequeño trabajo y pocos sobresaltos, después de haber hallado mi salida por imposible. Que no pegué los ojos hasta ver si pegaba mi ventura; mas trabajé en balde. Y ansí no me faltaba cuidado en el esperar el día; que por mucho que el sol tuviese de caminar, tenía yo más de ver si caminaba. Con todo eso, descansé algo del pasado cansancio y alivié en alguna manera mi fatiga; mas poco alivio podía tener quien había de volver a tan intolerable trabajo, que de ordinario cansa más el pensamiento del mal que el mal mismo, fuera de que los muchos cuidados siempre acarrean grandes enojos. Aunque, bien mirado, no es alabanza estar un hombre entero donde no hay alguno que procure o pueda corrompelle, porque, donde hay contradición, allí se conoce el valor. Y ansí me tengo yo en más por haber salido con esta empresa. Llegó la luz, siempre con más brevedad que pedía mi deseo y aun que había menester mi fatiga, y ansí al punto volví a mi puesto; que no había cosa tan segura. Estaba aguardando cuándo sería Dios servido de darme oportunidad para escapar de esta tribulación; que, a ser la estancia plaza de asiento, no fueran tan codiciadas como son. A fe que no se buscaran por tan ilícitos medios como se refieren en esas plazas. Yo por mentira lo tengo, pero, al fin, si es verdad, mal parece que tenga, como dicen tiene, voto en su provisión el amor. Excluida había de estar la dádiva, ahuyentado el temor y inhábil el odio, porque, donde faltaran pretensores, los votos cayeran en blanco. Tal está el mundo, que se dice públicamente que vale más onza de favor que libra de justicia. Al fin, anda mala la cosa cuando lo que se había de alcanzar por virtud se acomete con el dinero, fiados en que, con dádivas, se corrompen los votos. Y aun lo peor es que son más los que murmuran lo bueno que los que contradicen lo malo. Quédese esto; que podrá ser que le llegue su agosto y se coma todo, maduro y por madurar.

Levantóse mi teatino y la primer jornada fue encender lumbre. ¡Oh qué mal rato era para mí el encendella! A ningún malo le puede ir bien. Estoy por decir que le perdonara la comida, con tener tanta necesidad, a trueco de no sufrir tan mal enemigo. Más lágrimas me hizo llorar el humo que la muerte de mi padre. Entonces conocí que el mundo nos da los placeres a vista y nos da los trabajos a prueba. Con todo eso, lo sufría a mal de mi grado, que a quien dan no escoge. Quien no puede lo que quiere quiera lo que puede, pues sabemos que no hay cosa más ilustre para la alabanza que la calamidad misma. Puso su olla y fuese a la huerta a lo que Dios le ayudó. Cuando me pareció que ya estaría en razonable punto, que fuera necedad reparar en miserias, bajé con el mayor silencio que pude y dile una madrugada que su reverencia, en cuanto a la olla, quedó a buenas noches. Levantéla en un abrir y cerrar de ojo. Fue Dios servido que hallé la puerta apretada; que no lo había mirado por la cobdicia del comer y por entender que estaba tan a buen recado como solía. El tener los teatinos por diligentes me hizo perder la confianza de este bien. Siempre lo vi; que excede el crédito del diligente a su diligencia. Bien dicen que miedo guarda viña, que no viñador; como a mí, que me guardaba la satisfación que tenía del cuidado del teatino, estando él ya olvidado de tenello. Pero, al fin, a todas las cosas les llega su vez. Yo bajé en el aire, más ligero que un corzo, y me metí en un aposentillo bajo. Primero entorné la puerta, que este arte de hurtar no consiente descuido ni flaqueza en el ánimo, y apenas hubo subido cuando cierro una que estaba en medio las escaleras con cerrojo y, muy a mi salvo, sin peligro ni olor de él, adjudiqué los cinco pavos que habían quedado al ilustrísimo señor Onofre Caballero. Dichoso fui; mas desgraciada es la felicidad, que vuelve al hombre más insolente. Tal estaba que, con ver y conocer esto, no los quise dejar. Antes di con ellos y mi cuerpo adonde me esperaba el compañero con los demás; que, según era mi ventura, no temí sino que hubiera dispuesto de su persona y las aves, y me hubiera dejado a escuras con mis trabajos a cuestas. Ya no me faltaba más. Pero él lo hizo más honradamente que pudiera ser hacerlo yo a estar en su pellejo. Bien me sintió el teatino, mas, aunque dio voces, fue darlas en desierto, porque, demás de estar en él, las daba a orejas sordas y a paredes mudas. Antes de salirme le dije a voces: —Padre, paréceme que podrá venir a confesar los pavos, que están en peligro de muerte, y el cirujano a curar las llagas de las gallinas, que están mal heridas. Con esto, aunque con trabajo, me vengué de mi ropilla, y el bueno del padre se quedó como podéis considerar por acudir a las obras de misericordia. Él ganó lo que yo perdí. Sólo va de diferencia que la ganancia fue de voluntad y la pérdida de obra. Conté a mi amigo todos mis succesos, que eran como paño de mezcla de dos colores; mas, ya que estaba libre, no me daba poco gusto el referirlos, que, en la prosperidad, es sabrosísima la relación de los infortunios. Reímos los dos lo que fue bueno, y más él de ver que, cual otro Lázaro, había resucitado al tercero día, aunque pudiera mejor decir que, como ahogado, había salido a la lengua del agua, porque milagro fue no estarlo de humo. Dios me castigó y libró como a otro Jonás. Admiróse de ver que, con todo mi mal, traía los pavos y que había podido mi industria tener fuerzas para engañar a personas tan nobles y puntuales; aunque se suele decir que el que más fácilmente se deja engañar es un honrado. Mas, con todo eso, me tengo yo en más; que quien vence buenos ingenios es señal que le tiene bueno. Alabo los suyos, porque el que alaba al vencido hace más ilustre la gloria del vencedor.

CAPÍTULO XII

Cómo Onofre se fue de Salamanca huyendo por temor de los teatinos y cómo llegó a Valladolid y lo que allí le sucedió mientras estuvo desacommodado
Ordinariamente obliga la pura necesidad a cosas que los hombres no tienen en la imaginación o, a lo menos, que se pasarían sin hacerlas si las pudiesen escusar; mas, donde interviene fuerza, ni tiene voto la voluntad ni mando el gusto. Bien dicen que la necesidad tiene cara de hereje. De muy buena gana me quedara yo en Salamanca con los pavos y gallinas, porque piedra movediza no la cubre moho, demás que no hay mejor posada que la conocida. Pero si el teatino anduviera en mi busca, dijo que me conocía. ¡El ladrón que se le pusiera delante...! Malos años para el desdichado que cayera en sus manos. Yo le mandaba mala ventura. Acojámonos a buen vivir, que en los nidos de antaño no hay pájaros este año. Guárdate, Onofre, no te hagan jubón de sobresuela; que este trato no es renta cierta, no es vida para mucho tiempo, pasos son que llevan camino real enderezado a tu pronóstico; a huir, que azotan. Ya estás hecho ladrón de media talla: no confíes en tu habilidad, que las mejores son las que mejor se pierden. Aunque, si va a decir la verdad, no me había desagradado la ganancia. A no ahorcar, yo daba, desde luego, en ladrón de arte mayor, como copla de Juan de Mena; que, en este trato, con poco trabajo se ganara la vida, aunque a mí trabajos no me faltaron. Mas, porque todos los enfermos no sanen, no hemos de decir que la medicina no vale nada; que uno no deja de ser médico porque no se cure el enfermo. Fuera de que yo me tuve la culpa, que, a no volver por los pavos, demasiado había salido de bien librado, sino que quien mucho abarca poco aprieta. Mas, con todo eso, no hay que fiar de la serenidad de un buen succeso, porque una golondrina no hace verano. Ninguno es tan grosero que, ya que no le venza la honestidad, a lo menos no le mueva la deshonra. A no haber chimenea, bueno me habían parado. Adiós, choza, que se parte Garnacho. Al buen pensamiento no dilatalle la ejecución. Vámonos por el mundo, que, donde una puerta se cierra, otra se abre. No nos andemos a pescar con mazo, pues esta vida no es para morir a leche de almendras. Ya que estábamos sosegados, dimos traza de vender nuestras aves, y luego se les halló venta; que, aunque las vendimos a menos precio, todavía valían dineros. Veis aquí una de las mayores miserias del ladrón, que arriesga el trabajo, crédito, honra, cuerpo y alma, y después ha de vender el hurto en la mitad menos del justo precio. Y aun no sé yo que tengan cosa buena que contar de su trato, sino solo haber dado la vida a los que se la dejaron de quitar. Pues a ti digo, mohatrero, que andas en busca de los latrocinios: ¿para qué compras la necesidad y secreto, pues sabes que son alforjas donde van envueltos los hurtos, porque pocas ventas hay ocultas que no tengan ramo de pestilencia? Mas puedes responder que cada puta hile y coma; que quien está tan hecho a venderla no es mucho que la compre siquiera una vez en el año. Malos te los dé Dios; que aun no fuera malo, si una fuera, mas esto hay que llorar, que el mal que se había de olvidar se va arraigando y veo que andas en busca suya y tus tratos y contratos son para darles favor para que te den ganancia. Huélgate, que buen rey mozo tienes. Dios te le guarde. A la P te espero. Ya veo que esto es hablar a un muerto, porque es grande trabajo mandar bien donde no hay quien

obedezca. Mas no lo puedo dejar de decir, que no son verdaderamente buenos los que no reprueban los malos y, al fin, si no valiere por testamento, valdrá por codicilo. ¿Dices que lo haces por remediar necesidades? Ya lo entiendo, mas ¿para qué me arrojas esas flores? ¿Soy yo de Sayago? Acábote de vender gallinas, ¿y me quieres vender que remedias necesidades? ¿Al maestro, cuchillada? El necio mira las cosas para alimentar los ojos, pero el prudente míralas para alcanzar sus secretos. Conocido te tengo. No te me hagas bueno; que el que ha de mostrar su bondad, cuánto mejor sea, tanto con más buen ánimo ha de conocer las cosas justas, y, pues tú no las conoces, cogido te tengo. Allá te las hayas; que ya llueve sobre mojado. Yo me partí de Salamanca hecho una pelota de culebrina según iba de ligero. Piqué para Valladolid, que, como ya es Corte, es el paradero de los carros. Y allí, con las blancas que de las aves llevé, me di unos cuantos días de buena vida, holguéme a costa de bobillos; mas en balde se adquieren los bienes, si después de adquiridos no se saben conservar. El trabajo de alcanzar una cosa es breve, pero el cuidado de conservalla es prolijo y largo. Un capitán con la espada desnuda alcanza una victoria en corto espacio, mas, para mantenella en su estado, ha menester el sudor de su vida. Mi compañero, como no estaba culpado, con la poca parte que le cupo no quiso hacer mudanza. Yo desfruté la heredad y quedáronle a él las ahechaduras. Mas no fue mucho, que, cuanto mayor es el trabajo, necesariamente ha de ser tanto mayor el premio. Estuve en Valladolid algunos días que me andaba a la flor del berro. La mayor felicidad es no servir a ninguno; no conocía rey ni Roque, ni aun lo quería conocer. Andaba por aquellas calles hecho un estafermo, ni sosegaba el paso ni la bolsa, porque en la Corte estas dos cosas caminan por la posta. Amores y dineros no pueden estar quedos; que, como los hombres son menos inclinados a la virtud que a los deleites y éstos son consumidores de todos los bienes, como me di a ellos, presto despaché lo que tenía. En un promptu llegué a la posada del descanso, porque el día que faltan los dineros llega el del verdadero reposo. No hay cosa más contraria a la quietud del ánimo que la abundancia de bienes de fortuna. Halléme tan sosegado con la necesidad, a lo menos en la bolsa, que ya me condolía de mi poca prudencia. Comer un día para ayunar un año. Al fin, no hay hombre cuerdo a caballo. El calor de la edad apenas deja a los mozos guardar modo en las cosas. Luego me hice estrellero y andaba inventando más astrologías para buscar de comer que un matemático, porque el hurtar no me parecía seguro, ni aun lo era. El pedir es de desvergonzados, y eso tuve yo de bueno, que toda mi vida me precié de corresponder — ansí con la vergüenza, que es con quien se consigue la alabanza y huye la deshonra, como con todos los demás actos puros y honestos— a mis antepasados y progenitores. No tenía yo cara para andarme hecho follón. Los hombres no somos tan virtuosos por el modo que nos ordenaron los muertos para alcanzar la virtud como por el que los vivos hemos hallado para sustentalla. Vivamos como virtuosos, aunque no lo seamos, que, en realidad, de verdad estoy mal de muerte con unos galloferos que veo ponen su bienaventuranza en el pedir limosna, y mucho peor con otros madrigados como toros zamoranos que hacen mil embelecos para sacarla a los que algo pueden, como son los que se hacen llagas fingidas en lo exterior para curar el estómago. Y, si lo puedo decir, repeor estoy con los bribones que, hechos quintilianos de la mendiguez, han inventado más retóricas y arengas para pedir que él para saber bien hablar. Todo esto es indecente a personas de mi cualidad, porque el ser limosnero no pertenece a guitones honrados, sino sólo a pícaros que lo estudiaron en la corte de los beneficios. Allí, entre aquellos cardenales que corre esta moneda y suben el pobre a su misma cama, no me espanto yo que haya quien estime el oficio, pero acá, que el agua dan a empellones, persona de consideración no es justo que lo codicie. Perdóneme, si hay alguno a quien le toque, que no es más en mi mano;

porque la nobleza, gravedad y virtud de los buenos no se ha de emplear en honrar y autorizar los malos. Bien sé que me dirán que quien ha de condenar las tinieblas ha de mirar la luz, porque el que ha de reprehender costumbres ajenas ha de carecer de pecado en las suyas. Pero respondo que, ya que yo peque en otras, para podello hacer me basta no incurrir en lo que culpo, y así, ayuno de todas estas sciencias que he dicho, jamás me acogí al refugio de los miserables, porque la sciencia que se aparta de la verdadera razón antes se ha de llamar callosidad que sabiduría, demás que la vergüenza es el matiz de la virtud. De mí lo había de sacar; que no hacía yo confianza en dádivas gratuitas. No hay donde mejor se remedie un hombre que en su posada, que por eso se dice: salí de mi casa y avergoncéme, volví a ella y remediéme. Consideren agora los que me oyen qué haría yo en la Corte sin blanca, sin posada, sin amigo, sin dueño, sin hurtar y sin pedir: papar viento como camaleón. Sabe Dios si lo hice más de un día. y aun llegué a estremo que quisiera que corriera para que me sustentara. En triste punto me vi, mas en eso consistía el ser Onofre, que el trabajo todo lo vence. Al hombre ingenioso el imaginar le es vivir. Quien más hace más vale. No hay que confiar de la fortuna, que al que hoy entroniza abate mañana. Todas sus obras son como juego de pasa—pasa: lo que vemos dentro es luego fuera, que parece criada entre gitanos; y sin duda ella lo es, pues tanto se le apegó de sus importunidades. Vime en la misma necesidad. Eso tiene malo este negro menester, que, en faltando el plus ultra con que se remedie, cuanto más falta tanto mayor hambre, porque hambre y necesidad son correlativos que se pueden convertir: necesidad ergo hambre, hambre ergo necesidad. Halléme desafiuzado de todo remedio y aun imposibilitado de tenelle, porque yo conocía que era tan dificultoso llegarme, si no era que milagrosamente bajase el cuervo de Sant Antón a traérmele, como caminar a las veinte en carros de Sant Leonardo. Conociendo, pues, esta cuita, para mejor llorarla a mis anchuras, me salí al campo, adonde, imaginando en mi calamidad, comencé de pasearme por diversas partes como si hubiera comido cazuela. La soledad algunas veces alivia la pena, porque, como dicen, al solo consuélale el olmo, mas al solo solo, Dios y todo. Andaba contemplando mi poca consideración y quejándome de mi ruin fortuna. Mil veces la maldije. Dios me lo perdone, que aún a mí no me perdoné, y es el día que, cuando considero cuál estaba, se me arrasan los ojos y levantan las telas del corazón. Mas tal me vi que no me espanto, porque, según estaba, quien me conociera me desconociera. A pocos días como aquellos no hubiera Onofre en el mundo, no anduvieran sus infelicidades de boca en boca como palabra de capitán. Mas el Sumo Hacedor, que no desampara sus criaturas, aunque sean los más mínimos gusanos, hubo mancilla de mí y en este trabajo me dio, ya que no refugio, a lo menos pie para hallarle. Todas las cosas, aunque vengan por remotos caminos, vienen de la mano de Dios, que, como prevé los pensamientos y sabe dónde han de ir a parar, encamina a unos por los atajos y a otros por los rodeos. Ansí fue a mí, que me dio de comer, sea por donde fuere. No sabe del mal de que se libra el que no ha entrado en el mar de la miseria. Estando, pues, paseando, como he dicho, casi desesperado de la comida y aun de mí, acerté a pasar por junto de unos muladares adonde vi unos zapatos, que, a vuelta de la basura, habían venido en algún carro de los que acostumbran a sacarla. Su valor no había que decirlo, pues el puesto que tenían bastaba para relación. Ellos eran de hombre pulido: chinelados, alparagatados y acuchillados. Sin duda eran de algún alférez, porque éstos, como todos son matamoros acuchillantes, hasta en los zapatos quieren probar sus fuerzas. Tales eran, que estaban, conforme a su merecimiento, condenados a las minas de la hediondez. No hay cosa más bienaventurada que poder un hombre hacer que no haya cosa nueva para su ánimo. Yo estaba tan acostumbrado al mal, que no había novedad para mí,

y aun tal que aquéllos me parecían de provecho. Y así me humillé a cogerlos, porque quien había en Salamanca aprovechado un dedal, presumpción era que, cualesquier que fuesen, aprovecharía los zapatos en Valladolid, pues valdrían más que él. Pero entre ruin ganado poco hay que escoger. Pareciéronme pieza soberana, y ansí luego dije entre mí: —¡Miren, por amor de Dios, por dónde remedia los suyos! ¿Quién pensara que del muladar había de salir remedio para el muladar de mi vientre? Que yo, a lo que es vientres, todos los juzgo por muladares. Por eso dicen que del monte sale quien quema el monte; del muladar lo que sustentará el muladar. Comencélos de asear, limpiar y pulir lo mejor que pude después de haberlos saludado con mil arengas y echado mil bendiciones, porque a tan buen punto me habían venido a socorrer, a tan buena coyuntura reparado parte de mi necesidad y dado, o a lo menos prometido, algún alivio a mi tormento intolerable, que no fue poco bien. Con ellos me alegré cuanto pude, si es verdad que en mí podía caber alegría; que, según estaba, por dificultoso lo tengo. El verdadero saber es doblar el ánimo adonde hay necesidad. Luego se me puso en la cabeza que tenía tan segura la comida como en la bolsa, mas, a no estarlo más, buen lance hubiéramos echado. Finalmente, después que, como he dicho, los puse en debido punto, yo di con ellos en las manos de sus padres creyendo que, por lo menos, hallaría por ellos quien me diera para pan. Ya mi buena gana no andaba a buscar almodrotes: no era tiempo de salsas ni de buscar adherentes, que a la hambre no hay pan malo. Pero, después de haberme molido en limpiarlos y en llevarlos de mano en mano, de zapatero en zapatero, todos me consolaron con un 'no los he menester'. Que plegue a Dios que a mi puerta los encuentre cual me vieron. Aunque no lo digo de corazón, porque no me venga lo que digo; que es cierto que muchas veces nos sucede el mal que por los otros deseamos. En conclusión, no hallé quien me dijese 'Dios os dé salud'. Según estaban, aun de balde ninguno creo quisiera que ocuparan su tienda. Llevémelos con harto mayor desconsuelo que los truje, que, en efecto, los hallé en el depositario de lo que eran. Consideraba yo mi poca felicidad, que adonde entendí que había hallado amparo de mi trabajo, hubiese sido el que hallé tomarle en balde. Esto tienen los desdichados, que, cuando con más seguridad están esperando el bien, sale el mal de la emboscada y les arroja una zancadilla que da con sus esperanzas en el suelo. Pues en verdad que no sé yo por qué conmigo tanto mal, que harta abundancia echaba de devociones y plegarias; mas, por entonces a lo menos, poco me aprovecharon. Otro tiempo vendrá en que aprovechen, que lo bueno tarde o temprano lo hace según nuestros merecimientos; que a mí sin duda me faltaban. Suelen decir que aquella tierra es bienaventurada donde los mozos se acostumbran a comer poco; pero, si esto fuera verdad, por mi sola necesidad, no tuviera el mundo tierra más feliz que Valladolid. Anduve mirando con buenos ojos qué podría hacer, que ya, como había tenido por cierta la comida, no podía sufrir verme sin esperanza de comer. No hay mayor pérdida que la de la esperanza, porque queda un hombre desesperado, lo que no hace si pierde la posesión. Afligido estaba; y era justo estallo, que quien en los trabajos se consuela con facilidad es señal de poco sentimiento. Hice entre mí tantas conjecturas como suelo, y, después de no hallar cosa suficiente a lo que buscaba, acogíme, como dicen, ad fidelium. Fui a una tienda como la del dedal en Salamanca y en ella hice lo que entonces, creyendo que me sucediera tan bien; pero, como no todos los tiempos son unos, son diferentes los juicios de Dios. Al tiempo de la paga, después de haber comido, porque no hubiese lugar al arrepentimiento, di mis zapatos por prenda de mi gasto, y comenzóse de ensoberbecer la tendera de suerte que en dos por tres revolvimos la feria, alborotamos el bodegón, juntamos gente y hicimos corro; con que yo quedé corrido. No hay mayor aflictión que verse uno en medio de muchos contrarios, y más cuando le falta razón, que ésta es dueño de la virtud. y así, como todos me culpaban, avergoncéme, porque es peor

caer un hombre de su estado que levantarse más de lo que merece. Todos me decían que era mal hecho no pagarle, que le pagase lo que le debía; como si yo no lo viera y tuviera echada cuenta con mi bolsa. Mas, si no le alcanzaba maravedí de deuda, ¿con qué querían que le pagase? Más sabe el cuerdo en su casa que el loco en la ajena. Naide sabe tan bien lo que puede uno como él mismo, y aun, cuanto menos puede, mejor lo sabe. Según mi aspecto, sospechaban que venía de las Indias, mas yo, que me conocía, ya alcanzaba a tener entendimiento para saber si podía pagar o no. Pocos hay tan sobrados que no sepan lo que traen en su bolsa, a lo menos ha de ser grande la suma que no la pueda comprehender la cuenta. Esforzábame a decirles, porque no me tuviesen por tan pobretón, que los dineros se me habían quedado en casa, pero que los traería al punto, que para aquella miseria era persona de crédito, y, según lo que vi, creyéranme, porque se iban enterneciendo, a no llegar a aquel punto el marido de la tendera con una carga de fruta que de la plaza traía comprada. Mal estoy con su alma, porque me parece que era de Garibay. ¡Oh hideputa ladrón!, con la desenvoltura que dijo: —¿Qué pleito es éste? Un presidente de Castilla no hablara con más satisfación, y, si viene a mano, estaría azotado siete o ocho veces. Como hincha la sciencia, hincha la desvergüenza; porque siempre veréis que de la disolución procede el atrevimiento. Con todo eso, dije yo con paciencia (como quien no lo conocía, aunque luego imaginé quién era): —Señor soldado, acá nos entendemos. Déjenos Vm., que esta señora tiene razón. Al bueno porque te honre y al ruin porque no te deshonre. Bien sabe el de lo alto con el pecho que hablé, mas el interés corrompe las razones, porque, donde él interviene, siempre vienen tocadas de peste; y ansí, aunque contengan misterios, puede más un real que una carga de ellas. Poco valía para estos tiempos Cicerón, porque no se gasta prosa: todo es verso escripto con letras de oro. Muy bien hizo en vivir en tiempos pasados, que a la fe, y a la retórica, la pulicía y la gracia, quien tiene la tiene. Las arengas no son moneda que corre; pasó solía: vino mal pecado. Llegó mi hombre y, sin decir huy ni ay, como yo había dicho que tenía razón la tendera, me dijo: —Pues, cuerpo de Dios con él; si la tiene, páguesela. Y, asiéndome del ferreruelo, se hizo dueño de mis bienes. Sin duda nos había escuchado porque dijo: —Quien tantos dineros tiene vaya y venga; que abonados somos para darle su prenda. No faltó quien se lo pidiese y yo que se lo rogaba todo lo posible, porque no es de sano consejo cometer muchas veces a la fortuna lo que se puede hacer por concordia. Demás que, según yo andaba, ni la conocía favorable ni tampoco era muy valiente para llevarlo por rigor; que, si el no echara de ver esto, no tuviera ánimo para atreverse, porque el conocer flaqueza en el enemigo dobla el esfuerzo del contrario. Y así hube de pasar por ello por parecerme que es necedad intentar aquello con que no se puede salir. Sea como fuere, que ello fue sermón de bulas, que al que no tiene dineros, en cuanto al recebillas, no le aprovecha. Vime en el espino de Sancta Lucía, afligido hasta el postrer maravedí; mas, ya que los ruegos no aprovechaban, hallé que en los trabajos se conoce el valor de los corazones. Muchas veces no es lícito al hombre estar como querría, que la ocasión no se lo permite. Pero, con todo eso, me consolé, porque vi que no hace varón ilustre el vestido galán, aunque, por no afrentarme más de lo que estaba y despedir la gente, me partí la calle adelante con más vergüenza que entendí podría tener, porque jamás imaginé que era vergonzoso hasta este punto. Mi ida fue como baile de desposorio, que, así como la hora de dormir despide la gente, así el partirme fue decirles: andad en hora buena. Allí no paró persona, ni yo en el pueblo, porque la indecencia del hábito me forzaba a no parecer entre

gentes; que, aunque pocos me conocían, ninguno es en más tenido de como se trae, porque, al fin el honrado vestido —entre quien no la conoce— hace honrada la persona. No lo dejaba yo de ser, que, aunque me faltase el ferreruelo, pues dicen que debajo de ruin capa hay buen bebedor, argumento es que donde no la hay ruin ni buena puede haber un hombre honrado, pues hay tan poco de ruin a nada. El negocio fue de suerte que, con capa o sin ella, por lo menos yo comí y por aquella vez satisfice mi estómago; que, aunque me costó mi afrenta, más vale vergüenza en cara que mancilla en corazón.

CAPÍTULO XIII

Prosigue Onofre lo que le pasó en la iglesia de Sant Salvador con unos clérigos y sacristán y la astucia que con ellos tuvo para comer aquel día
Insufrible trabajo es querer un hombre trocar un real y no tenerlo, querer comer y no tener qué. No me parece que tendrá menos pena que el que le falta salud y no la espera. ¡Oh qué de arquitecturas forja! ¡Qué bravo tracista sale! ¡Qué imaginario! ¡Qué invencionero! ¡Qué poco se le da de romper borradores! ¡Qué de papel consume! Que, como tiene la papelería y molino en el pensamiento, no endura la bolsa. Si lo hubiera de comprar, quien duda que, con su necesidad, lo quisiera más para comer. Yo me andaba paseando hecho alma de Juan de Anjón, que ni está en pena ni en gloria; aunque mal digo, pues mal podía estar sin pena quien le faltaba la gloria del comer y vestido. Más fábricas hice que un maestro de cantería, cuál buena, cuál mala. A ser forzoso el referirlas no me esperara un toro. Materia teníamos para de aquí a las once, pero, por no cansarme, abrevio con la que me aprovechó. Donde no piensan salta la liebre. Consideréme rematado y púseme a lo que saliese. Perdido por perdido, Valladolid en Castilla. No hay mayor perdido que el que no tiene qué perder. Yo no lo tenía, y ansí me abalancé a lo que Dios me encaminó. Puse la capa conforme al viento que, en efecto, no hay cosa segura cuando el cielo la contradice. Sin falta diera en mendigo, si fuera hombre vicioso, mas el principio de la virtud es el carecer de los vicios. Grande miseria es verse uno determinado a perder, que, aunque no se pierda, es culpable el pensamiento. Esta noche, que era sábado, me quedé a diente, como haca de buldero, y dormí en el mesón de la estrella. Ni vaya ni contezca, que muchos honrados hay en el mundo que, por no humillarse a pedirlo, ayunan las cuatro témporas de su vergüenza y duermen la siesta de la noche en la cama de campo de su pobreza y, a la mañana, salen muy limpios de las pajas del suelo, más ataviados y compuestos que novias en tálamo, más repletos que curas de la Sagra, más graves que rectores de universidad y aun más hinchados que odrinas. Los puños y la gorguera, lo otro sábelo Dios cuál era. A lo menos en el aspecto, el rey es su porcarizo; y todo por esta negra honrilla del qué dirán. Ved si es harto trabajo que pueda tanto ya el decir de las gentes. Pues, desventurado, ¿no te conocerás? ¿No mirarás que no dormiste en cama por no tener un real? Digo más, ¿que no cenaste por no tener qué? Más aún, ¿que no comiste, que no almorzaste ni te has desayunado en dos días? Humillate a Dios, que estás encandilado con la linterna de la vanidad. Deshaz la rueda de pavón, que tienes la bolsa fea; y no creo yo se conoce ya otra hermosura sino la suya. Levantéme de aquellos colchones terrestres, mollidos con las manos de las sabandijas que los habitan, y fuime derecho a señor Sant Salvador a oír misa domingo de mañana en cuerpo como gentilhombre. El bien hecho nunca se pierde, por oír misa y dar cebada no se pierde la jornada; que, aunque yo no tenía alguna que hacer, siempre el enconmendarse el hombre a Dios es de provecho. Quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija. El bueno de donde quiere saca espuela para la virtud. Ya había perdido algo de la vergüenza y no se me daba mucho de andar en cuerpo. No es más de a lo que se hace la persona, que, como dicen, de los desvergonzados es el mundo; que, aunque yo no lo sea, había perdido mucho de mi ser, y no me espanto, pues, cuando la cosa es sin remedio, es el mejor olvidalla. Oí misa y, como sabía de aquel menester, arriméme al sacerdote y ayudéle con mucha devoción y comedimiento, porque donde hay buena crianza siempre

se presume haber buena conciencia. A fe que puse el cuidado posible en rogar a Dios me proveyera de algún sustento, como lo hizo. Más vale meaja de rey que merced de señor. Cuando acabó, luego me cargué con el misal, vinajeras y luz, y iba delante como si ya fuera de casa. A nadie parece mal la humildad, porque es señal de nobleza; el hombre humilde da muestras de... buen natural. Y también con decir que sería harto mal que no me diese un cuarto para un panecillo por el trabajo, que lo suelen hacer. Mas él tenía bolsa de corito, más dura que nuez de ballesta; no me dio lo que a ella se le suelta. Como entré a la sacristía, estúveme arrimado buen ratilIo, callando como un sancto, porque no conocía a nadie y sé que los necios con más facilidad reprehenden lo mal dicho que aprueban lo bien callado; y así lo hacía por si me veía alguno que lo fuese, que es acertado guardarse un hombre de entre los pies de las bestias. De allí a un poco, vistióse un clérigo y díjome el sacristán: —Por su vida, hermano, que ayude a este señor a misa. Yo estuve muy contento de que me lo hubiese mandado, siempre llevando delante los ojos que o me daría de comer o me remediaría con algo; que éste era mi blanco. y ansí le dije que muy en hora buena. Y salí y le ayudé a él y a otros no sé cuántos hasta que se comenzó la misa mayor, que entonces ya estaba metido con mi sacristán de hoz y de coz, de manera que me vestí de monacillo y saqué un cirio. Ya creí que Dios me había restituido a mi próspera fortuna —que lo había sido según la presente miseria— y que me volvía de nuevo con mi buen sacristán, que Dios perdone, porque lo que sin él había vivido me pareció que era violentado como piedra que está en el aire. Muy bien me entendía yo con sacristanes, y así luego tuve por sin duda que era tiempo bien ocupado el que gastaba en su servicio; que, aunque son tenientes de bolsa, dicen que más da el duro que el desnudo. Cuando llegó el ofertorio, yo cogí la fuente —que, aunque en Corte, siempre allí usan las cerimonias de iglesias parroquiales— y me puse a recebir la ofrenda. Tres o cuatro cuartos hice invisibles mientras ofrecieron, mas no me di por contento, porque mi tema era por todo. El hombre de vergüenza, cuando se pone a una cosa, o perder la vida o salir con ella. Eché lo restante —que era diecinueve cuartos y tres blancas, como después pareció— en el cestillo del pan bendito con intento de agarrallo, que nadie miró en ello. Bien echo de ver que esto era querer hurtar; mas es hurto de fulleros, que no se les conoce. Al tiempo de la paz, aunque de buena razón yo había de coger una patena, anduve ramoneando porque la tomara otro, como lo hizo, de manera que a mí me cupo el pan bendito. Bendita sea la hora en que Dios nació. Y, como Él me quiere bien, jamás me desampara en mis necesidades; mas, como siempre fío de su palabra, cumple como quien es. Más cuidado tiene de remediar nuestras necesidades que nosotros de pedirle el remedio. Fuime con mi pan tras los que daban paz y, como vi que todos tomaban, parecióme que, bocadillo a bocadillo, me quedaría sin pan, y era, si ansí fuera, como quien no tiene más de un ojo y se lo sacan en la esgrima, que se queda a escuras. La mayor parte de mi remedio por entonces estaba en el pan bendito; andad...a darlo de gracia y quedaros heis a son de buenas noches. El buen día mételo en casa, que el bien perdido tarde se recupera. Antes sospechaba yo que no hacían más que besallo y que ansí me comería pan y besos, el pan por pan y los besos por adherentes. Mas, cuando vi mi pensamiento frustrado, del mal el menos, pasé adelante con mi pan y, aunque me lo pedían, decíales que se aguardasen, que no era panadero, que eran primero los del coro; y ansí, fingiendo llevarlo allá, lo ensilé en las fraldiqueras y las hice troj de aquellas bendiciones de Jesucristo juntamente con los dineros. Cuando volví —que me pedían pan—, decíales que se lo pidiesen a los clérigos que se lo habían comido. Quien da autor del mal da muestras de no ser malo. Lo peor era que ellos no lo habían visto de sus ojos.

Volví al altar por lo menos ya con pan; que los dineros aún no estahan muy seguros, aunque los había hecho proprios de la villa de mi necesidad. Con todo eso, hice mi diligencia y entré en la sacristía y, con la mayor disimulación que pude, fingiendo haberme dado un dolor de tripas, me quité la ropa y sobrepelliz y me acogí con pan y veinte y tres cuartos y tres blancas. Miren a qué Indias llegara yo que más bien librado viniera. No quise esperar a ver la liberalidad del sacristán, porque, como había conocido otro tan mísero, luego dije: —No sea el diablo que me engañe, no perdamos lo cierto por lo dudoso, que fiar en esperanza es dejarse engañar con vanidad; más vale pájaro en mano que buitre volando. El mal que se puede escusar necedad es admitillo. Sabe Dios si ellos tuvieron voces o no sobre la ofrenda. Sea lo que fuere, que yo me llené de pan bendito. Desde entonces no tuve necesidad de saludador ni temí animal ponzoñoso, porque a tantas bendiciones no era posible atrevérsele. Pasé con ello y remedié parte de mi presente trabajo y todo el futuro que esperaba. Al fin, este inopinado succeso fue un paréntesis de mi pensamiento, que se me ofreció sin sentir, con el cual corre el intento de la cláusula de mi hambre, prosiguiendo como prosigue el que tenía estudiado en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XIV

Cuenta Onofre la manera de vida que tomó por no servir y cómo le prendieron por ella, el triste estado en que se vio y ardid con que se libró de la cárcel
Aunque no era esto mi imaginación, helo referido por lo que es andar uno en buenos pasos, que, si yo no fuera a oír misa, ni me alcanzaran tantas bendiciones, porque a mi parecer cada bocadillo llevaba la suya, ni me sustentara ni hallara aquel amparo que me vino de la mano de Dios. Por eso es linda cosa vivir el hombre bien, que a buena vida no se le puede seguir mala muerte. Vivir de manera que pueda, sin vergüenza, llevar por dondequiera la cabeza levantada, que nadie le pueda decir: negro es el ojo. Hacer como yo: hurtar el cuerpo del juicio del vulgo. No hay mayor desventura que ver un hombre de bien disputada y argüida la honra, porque ésta es la sangre de la vida humana. Mientras ésta vive, el hombre vive. Si muere, mayor muerte es vivir que morir. Salí de mi iglesia más ligero que una onza. En efecto, iba huyendo; no hay hombre más ligero que el que huye, porque el miedo le presta sus alas, y las tiene de águila caudal. En trasponiéndome, di luego en mi pan bendito como en real de enemigos, y de camino, sin perder punto, fui a la tienda donde estaba mi ferreruelo empeñado y lo saqué de cautiverio. Sobre todo ha de procurar un hombre andar honesto, porque la honestidad es puerta de la nobleza. Aunque, cuando imaginé el remedio que abajo diré, supuse meterlo más de lo que estaba; pero, como me socorrió la ventura con esta ofrenda, librélo de las garras del dragón y sirvióme la resta para mi traza. Eso tiene la liberalidad de Dios, que, cuando da, no sólo se contenta con dar lo necesario, sino que antes añade para delante lo que nos puede faltar. Después de haber pagado el real y medio que debía, compré media mano de papel, que me la dio la tendera por catorce maravedís, y con los cuatro cuartos y de las tres blancas que restan compré un pastel de medio real, porque de pan ya estaba mi estómago bien puesto con Dios, y con él pasé hasta la noche, que, con los tres cuartos, compré un panecillo de a ocho y cuatro maravedís de queso, con que quedé hecho ratonera. No me dormí entre día, porque de algo había de servir la media mano de papel. Mucho debo a mi ingenio, pues todas sus tretas son forzosas. Metíme con ella en casa de un escribano y, diciendo quería escrebir unas cartas a mi tierra, me dieron aderezo bastante. Y ansí todo el día me ocupé en escrebir cartas breves y compendiosas. Todas fueron por un rasero; que no llevaba más Óñez que Gamboa. No me cansé más de en la primera, que después todo fue trasladar. La carta era para un mercader de Valladolid y fingía que se la escrebía otro de Medina de Rioseco. Decía de esta forma: Aunque no conozco a Vm., sino para servirle, el deseo que tengo de que me emplee en cosas de su gusto me obliga, por saber quien Vm. es, a hacer esto. A esta villa ha llegado un mercader de Milán que trae grande abundancia de sedas y pasamanos de oro. Dalo todo a bonísimo precio, y, aunque es verdad que caminaba derecho a esa Corte, yo le he detenido y he dicho se le compraría buena cantidad de esta hacienda. Hame parecido que a nadie pudiera yo dar parte de esto con más satisfación que a Vm., por saber que tiene posibilidad para todo. Vm. lo vea, y, si fuere servido de llegarse por acá mañana, recebiré merced, pues es bien todos nos aprovechemos; y, si no, me mande avisar al punto para que yo me encomiende a otra persona, que tales ocasiones no las hay cada día. y Vm. me emplee lo que fuere de su servicio, a quien nuestro señor etc. Fulano.

Con esto, llené mi media mano de papel y, en acabando, compré las tres blancas de oblea y las cerré. Después, disimuladamente, me llegaba por aquellos mercaderes gruesos del Ochavo y preguntaba cómo se llamaban. En sabiendo el nombre, luego les encajaba el sobreescrito con un real de porte, porque, en ver ellos interés alojo, lo pagaban que no había otros Flandes. La esperanza del ganar algunas veces da ánimo para perder. Fue de suerte que, con lo que escrebí aquella tarde, el otro día hasta comer ya tenía doce reales de portes en mi bolsa. No había perulero como yo. Paréceme que amanecían en casa del mercader de Medina tantos mercaderes el día siguiente como escrebí cartas, que andaban en busca de su milanés. ¿Quién duda que sería gusto el verlos tan codiciosos y engañados? Apostaré que lo anduvieron pregonando con trompetas y atabales, como pracmática real, por toda la villa. Ya estaba yo muy contento en ver que tenía entretenimiento honrado, porque quien tiene oficio tiene beneficio. Todo es burla, si no buscar un hombre manera de vivir; que el abad, donde canta, yanta. Toma estado y vivirás sobre el haz de la tierra. Quien trabaja come; el que huelga con las manos huelga con los dientes. Mozo eres; oficio, oficio toma, oficio, que no hay tal cosa. Porque la juventud es madre de la uciosidad. Hallémele yo de perlas sin andar hora de aprendiz. Tan buen premio merezco como Juanelo, que, si él lo mereció por inventor de artificio, yo lo merezco por inventor de oficio; y aun es más dar traza a otros cómo ganar de comer que ganarlo el hombre para su persona. Más...de alabanza es el que aprovecha a todos que el que a sí solo, porque hace el bien comunicable. Con este ardid, fui mudando pelo; que lo había bien menester. Cada día escrebía tantas cartas, que no ganaba más el correo mayor, porque fui dividiendo la villa por oficios, escribiéndoles siempre cosas en que sintiesen interés, que es el que ciega los entendimientos. No me daba vado. Víneme a hacer rico en menos de un mes, porque tuve para alquilar aposento, comprar vestidos y recebir escribientes; que tenía tantos despachos que yo me molía los hígados. El ganar dineros es golosina: cébase la persona y no siente el trabajo. Tenía este orden: un día buscaba las personas a quien había de escrebir, otro notaba la carta y daba al criado que trasladase. Su salario le pagaba y nos tratábamos a qué quieres boca; mas en el cuerpo donde hay regalo hacen asiento los vicios del mundo. No porque ansí fuese en nosotros, que ya nos supimos apartar de esta objectión, que el saber el origen de donde el daño puede...proceder hace prevenir el remedio. Pero no me quedó sastre, zapatero, carpintero, tornero, espadero, sombrerero, buhonero, mercader, soldado, pleiteante, frutera, pastelero, buñuelero, letrado, verdurera, gallinera, cortador, confitero, boticario, guitarrero, clérigo, beneficiado, calderero, panadero, herrero, herrador, agujetero, chapinero, agujero, campanero, cajero, melcochero, guantera, ropavejero, frenero, calcetero, ballestero, vidriero ni aguador, hasta las del malcocinado, pregoneros y verdugos, que no me contribuyesen con un real o cuatro cuartos, conformando siempre la razón de la carta con la calidad de la persona. Ni hagas cohecho ni pierdas derecho. De manera, como he dicho, que cada uno...conforme a su menester sintiese que se le seguía algún interés. No tuvo mejor renta —el tiempo que me duró—— un arcediano de Toledo. El mal que estaba presente el tiempo le desechó. Las llagas crecen, si no se mira por ellas. En un coche podía andar según me manaban dineros. Cuando iba a dar las cartas andaba con llaneza, pero después me ponía hecho un archeduque, que quien me viera me juzgara por hijo del Almirante, con mucha espada dorada, mucha calza de obra, cadena de oro y trencillo a lo de Cristo es Dios. El rato que me ponía galán, nadie mejor que yo; mas ¿qué mucho? Que no había mina del Potosí como la mía. Era un pozo sin suelo. ¡Qué gusto tenía de acordarme de las calamidades de atrás! Ninguno goza de la prosperidad presente, si no trae a la memoria la miseria pasada, porque el descanso es la salsa del trabajo. En mi vida me vi harto de dineros, si no es entonces; y sin duda es una de las siete maravillas del

mundo haber hallado hombre de tan buena condición que haya saciado su apetito con oro. Yo sospecho que este metal engendra, en los que le tienen, hidropesía; que, aunque el dinero es castigo del avariento, nunca cesa la sed de su deseo. Antes siempre tiene necesidad, porque cuanto más él crece, tanto más crece su amor; y ansí menos le desea quien no le tiene. En conclusión, me enriquecí brevemente, mas fue entronizarme para dar mayor caída; que a los desdichados nunca les faltan venturas que perder. Mezclóse mi riso con amargo llanto, porque, debajo de la dulce miel, estaba escondido el pestífero veneno. Y ansí, aunque es verdad que un poco de tiempo me vi satisfecho, porque no durase mucho el milagro, comenzó a escarbar no el gusano de la conciencia, sino el deseo de perpetuar mi nombre y de fundar mayorazgos y andar en coche con barahúnda de pajes, máquina de lacayos y abundancia de escuderos, de manera que luego dije: —Afuera temores vanos—, y me engolfé en el mar de mi perdición. No sé yo para qué se desean las riquezas, pues vemos que son manifiesto peligro de la vida. La avaricia, con la abundancia, crece, porque, aunque las junten todas, siempre el avariento le faltan riquezas. La codicia rompe el saco. Podíame yo andar con este tratillo de lugar en lugar; no sé quién diablos me engañó. No es menor el daño que la demasía de bienes temporales causa en el ánimo que la del mantenimiento en el cuerpo, porque, aunque el comer sea necesario para el vivir, el demasiado comer hace daño. Es como la sangre, que, aunque está en ella la vida, algunas veces su pujamiento mata al hombre. Deseaba yo casarme ricamente y tener hijos para que me heredaran los bienes que tenía y pensaba adquirir, mas quisiéralos llenos de virtudes; porque la hacienda ganada con trabajo no es justo que le herede el hijo vicioso. Pero, aunque es bien desear lo que sin vergüenza se puede pedir, no me sucedió como pensaba, porque, si Dios no me hubiera hecho tan astuto y sagaz, Con mis buenos deseos, pensamientos y dineros había llegado a punto de ser enmiendamalos, si es verdad que con el escarmiento se corrigen. Pero, ¿qué valdría el hombre si, hecho el yerro, no le supiese enmendar? No es ciencia saber hacer mal, que eso cualquiera lo sabe, pero nadie me negará que no lo sea muy grande librarse del daño que del mal hecho podría suceder. Como cursé tanto el escrebir —que a criado y amo nos duró más de un año—, híceme grande escribano, demás que siempre tuve buenos principios. El que es bien inclinado sale con lo que pretende. Yo lo ejercitaba y así salí con ello. El ejercicio lo más difícil facilita; hasta la memoria se aumenta cultivándola. Bien sea verdad que temí en emprender lo que hice, porque la consideración del peligro disminuye el atrevimiento, pero luego me determiné y dije: —Por miedo de gorriones no dejes de sembrar cañamones—. Es tan variable el apetito de los mozos que cada día querrían conocer tierras y mudar oficios. El diablo me engañó. Dije: —A todo—, y salióme azar. Quien emprende hazaña dificultosa primero a...cer que tiene ánimo igual al hecho. Verdad sea que este ánimo no me faltó, mas faltóme lo mejor, que es la ventura. Cogí una provisión real y, con la sotileza posible, le quité el sello, contrahice las firmas y la escrebí, en la cual yo me daba comisión para cobrar la renta de los Millones de un año de Castilla la Vieja. Intención tenía, en cobrando, si no me acortaran los pasos, de irme a Francia y gastar a diestro y siniestro. Despepitara reales como quien come ciruelas de siete en boca. Aunque todo con buena orden, porque el buen entendimiento no se ha de contentar con buscar el dinero, sino con moderallo de suerte que supla los gastos ordinarios; y no solamente los forzosos, sino también los liberales. Yo me vendía por Guzmán o Pimentel según mi pensamiento. Siempre los tuve buenos; de esto no tengo que quejarme, que más me dio Dios que yo merezco. Al principio no me sucedió mal, pero al fin se canta la gloria. Fue mi suerte que, andando en mi comisión, vino proveído un alguacil de Consejo que traía la misma. En

esto estuvo mi desgracia, que ya tenía cobrada buena parte...No tenemos más de humildes o levantados que según nos suceden las cosas. ¡Oh fortuna! ¿Cómo nunca eres buena para siempre? Por eso estoy bien con los bienes del ánimo, porque no tiene dominio sobre ellos. Aunque tenemos por largos los contentos de esta vida, son breves y siempre tienen el fin amargo. Como llegó a los lugares donde yo había cobrado y vio que decían tenían pagados los tercios y halló cartas de pago en todos, o poco menos, fuele forzoso acudir a la fuente y volver diciendo que ya aquellas partidas estaban cobradas, que su provisión había salido mal. Llevó un tanto de la mía para que constase en Consejo como ya se había librado otra primero; que, como supo donde yo estaba, me fue a hablar y yo le dije como había tanto tiempo que se me había dado aquel partido, que sin duda el yerro había estado en el nombre de la tierra donde se había de cobrar. Creyóme y se fue. Como vi mi daño al ojo, afufélas. Cuando la enfermedad amenaza, bueno es anticipar la medicina, porque prevenir el remedio es saltear al mal en el camino. Con todo eso, no me di tan buena diligencia, que no se la dieran mejor en la Corte. Buscaron el tanto de mi provisión —según después entendí, que tiempo me quedó para sabello— y, como no pareció en casa del secretario ante quien decía había pasado, ni en chanciller ni en otra parte, luego conocieron la mácula, dieron provisiones, despacharon postas, inviaron alguaciles, correos acá, correos allá, todo en busca del pobre Onofre. Lo primero acudieron a los puertos con todas mis señas, que ya estaban bien informados de ellas. Al fin, ellos buscándome y yo abscondiéndome —que luego conocí mi yerro—, vinieron a encontrarme en Calahorra dentro de la Iglesia Mayor, que la había ido a ver, adonde, por negros de mis pecados, me llevó la fortuna. Ya venían en mi seguimiento desde Villafranca de Montesdoca, donde fue la primer luz que de mí se tuvo. En mala obscuridad se vea el ladrón que la dio. Que yo aseguro que lo hizo de pura envidia, porque el invidioso tanto se entristece con el bien ajeno como con su daño. La envidia es carcoma del alma; que, como la sanidad del corazón es vida de la carne, así ella es putrefacción de los h...os. Luego me cogieron de manos a boca bis y me lanzaron en un calabozo, sin reparar en inmunidades eclesiásticas, con guardas, grillos y cadena, y me quitaron cuanto traía, que a fe que era buen dinero. Cuanto mayor es el ciudadano, tanto mayor es la caída que da; que siempre la buena fama es madre de la envidia. En efecto, soplar y sorber no puede ser. Pero, con todo eso, me quedaron docientos escudos que traía pegados en la carne, cosidos en la camisa, con los cuales me remedié. Al punto despacharon a Valladolid al Consejo dando aviso de mi prisión, de donde escribió el Consejo al corregidor que se hiciese mi proceso, fulminase la causa y, en el ínterin, me tuviesen a buen recado para que de mí se hiciese un castigo ejemplar. En cuidado se lo tenían, ansí los vean mis ojos, pero bien lo hubieron menester para guardarme; que si Dios no ampara la ciudad en balde vela la vela. No fuera yo Onofre o me les había de escapar, que en cuantos peligros me vi con los teatinos fueron tilde de esta letra, sombra de este cuerpo, olor de estas sardinas y ruido de estos dineros. Aquí es ello que está pronunciada la sentencia, la escalera en la horca, el asno a la puerta, la soga a la garganta y el verdugo al hombro. A nuevo peligro, nuevo consejo; que éstas no son burlas. No es tiempo de sainetes. Ya se acabó el decir chicolíos. Onofre, mira por ti, que de los tuyos tú sólo eres tuyo. No hay que menospreciar tus negocios por mirar los ajenos, porque ninguno hay más cercano de ti que tú. Agora es tiempo, que pocos muertos resucitan. Si puedes vivir, vive; que la muerte, sin que te la den, vendrá. No te anticipes a ir al cielo, pues su ida es dudosa; que...erta buena era la jornada. Estudia, no duermas; que, si tú no te defiendes, no tienes padre ni madre que te defienda. Primero ha de mirar un hombre el remedio del daño recebido que la venganza del que se le causa. ¡Oh desventurado de Onofre! ¿Que en esto vino a parar? ¿Que este fin tuvo su

entendimiento? Por él se puede decir: Dios le perdone, que era buen hombre; descanse su alma en el cielo, pues su cuerpo descansa en la tierra. En esta tribulación estaba cuando me hacían mi proceso, ponían su querella, recebían información, respondía yo, replicaban ellos y volvía a responder. Ya me habían tomado mi confesión y, aunque me estaba en alguna manera probado el delicto, porque en mi portamanteo había parecido la provisión y los demás recados, siempre a todas las preguntas había dicho que me llamo iglesia, que no sé nada. A decir lo que sabía, bien podía alquilar peones para hacer la sepultura. Llegó el punto de darme tormento y siempre estuve fuerte como un robre, siempre dije que me llamo iglesia. Viva neguilla, que andamos cerca de aforrar el ataúd. La fortuna bien puede quitar los dineros, pero no el ánimo; y ansí yo le tuve siempre bueno hasta que me vinieron apretar los cordeles, que comencé de confesar. Aquel teniente era un Nerón. No hay cosa más dañosa que a grande poder juntarle cruel naturaleza. Degeneró de su obligación, que, si no, hubiera abajado la hinchazón, garbo y altivez que tenía. Los que por nobleza y virtud pueden mucho, cuanto más puedan, los han de mostrar menos. Pero con su rigor confesé más que debiera, pues no dejé estudiante, sacristán, teatino, provisión, carta ni billete que no saliese en la colada. Al fin dije hecho y por hacer. No hay hombre tan fuerte, que no desmaye; que el excesivo dolor los más fuertes debilita. No me tengo en menos por eso, que muchos buenos han confesado en este mundo y confesar el mal hecho antes es virtud que cobardía. Demás que en la tribulación se purifican los justos como yo; en nuestras angustias nos purificamos sabiendo que la tribulación engendra paciencia, porque la paciencia es prueba de ánimo. En efecto, es muy fuerte el que puede sufrir ser miserable, porque muchas veces las adversidades engrandecen al hombre más que la próspera fortuna, como le sucedió a Scévola. Del tormento no salí muy mal tratado, porque, aunque el juez era riguroso, a los buenos confesantes hasta en la Inquisición se lo remiten, y, mientras un hombre confiesa lo que le piden, no sé yo de qué sirve el darlo, pues ha de pagar por junto como deuda que no tiene más de un plazo. En un día se le han de hacer novena y cabo de año. Ya me tenía tragada la muerte, y a fe que estaba con bonísimo ánimo, porque, aunque tenía temor, nunca tuve desconfianza de que me había de librar. El que en las adversidades se deja rendir del trabajo en el bien no sabe gozar de la próspera fortuna.. Deparóme Dios un procurador hecho a mi modelo, a quien, después de haber mirado el orden cómo me podría escapar, que me costó algún trabajo en la imaginación, me descubrí. No busqué muchos que me favoreciesen, porque nunca sana el enfermo cuando una calentura se encomienda a muchos médicos. Éste fue hombre de bien y éste lo hizo. Y ansí me le encomendé y dije: —Señor Fulano, ya Vm. sabe el peligro en que estoy. Ya sabe que los mozos nunca somos tan buenos, que, si llega la muerte, siempre no sea temprano, porque, como andamos engolfados en el piélago de los vicios, de ordinario nos coge a mal tiempo, que por eso David pedía a Dios con tantas veras que la muerte no le cogiese en su juventud, porque nadie hay que sepa usar tan bien de ella, que no sea su fin peligroso. Vm. ha tomado a su cargo el defenderme, y yo he sido muy dichoso en encontrar con persona de quien con tanta satisfación puedo confiar mi vida y aun, si pudiera decir, el alma la pusiera en sus manos. A Vm., señor, me encomiendo. A Vm. pido misericordia; a Vm., favor; a Vm., ayuda, socorro y amparo, que en sus manos está mi vida, en sus manos está mi muerte. Inhumano sería el que, defendiendo a uno, le pudiese dar la vida y se la quitase. No hay cosa más ilustre que librar los hombres de peligro. Tenga Vm. piedad de mí, que, a quien le falta piedad, forzoso es que le falte la fe y la justicia, porque es madre que no vive sin tales hijos.

—Señor Onofre —me dijo él—, ya yo he tomado a mi cargo este negocio y crea Vm. que, en cuanto yo pueda, no me descuidaré, porque no menearé paso que no sea con parecer del letrado. Tenga Vm. buen ánimo, que espero en Dios que ha de salir mejor que pensamos. —No me ha entendido —dije entre mí. Con todo eso, le agradecí la respuesta cuanto pude y le comencé de hablar en otro lenguaje, que fue sacando veinte escudos y diciéndole: —Señor, a mí me importa que Vm. haga cierta diligencia por mí. Llévese estos dineros para cintas y mande Vm. hacérmela en venírseme por acá a la tarde. Tomólos y luego dije: —¿Dones recebís? Vos vendréis a la obediencia. En la dádiva está encubierto el anzuelo, porque no hay ninguna que no tenga ponzoña. La lengua materna es hablar con el dinero al ojo, porque la otra no se entiende. Encomendéle el secreto y mostró muy buena cara. Mas, ¿qué no corromperá el oro? No hay roca tan fuerte que sus vaivenes no la derriben; al fin todo se acaba con el dinero. Como le pasé la mano por el cerro, mi procurador vino a punto crudo; que, aunque dicen que a dineros pagados brazos quebrados, como aún no había hecho cosa que oliese a trabajo, sin duda conoció que el pago de tomarle por mí sería muy aventajado, pues tan buen principio tenía. No sirve de nada el prometer sin dar, que el don que se da tarde no es obligatorio. Más merece el que niega presto que el que dilata la dádiva, porque toda tardanza es enojosa. Hay muchos que ofrecen montes de oro y, cuanto más ofrecen, a más faltan, porque quien locamente promete mucho, lo que mal prometió, más locamente lo niega. En el ínterin que no vino, yo tomé mi aderezo de escrebir y, como estaba bien instruido, escrebí dos cartas para el corregidor, fingiendo que eran del Consejo, de las cuales tomé la una, después de escrita, firmada y sellada, y la partí por medio a la larga, de manera que de cada renglón llevaba una partecilla y, ansí dividida, no hacía sentido ninguno ni se podía entender el intento de ella. Al fin, era razón de carta rota. Ya de antes tenía prevenidos los sellos de entrambas, porque, con este ardid que imaginé, me pareció indubitable mi salida. Las firmas con tanta facilidad las contrahice como hacer la mía. Yo estaba ya cursado, y, en efecto, el curso es maestro de todas habilidades. De esta media carta que, como he dicho, dividí y de la entera, que entrambas eran para el corregidor, hice pliego, quedándome yo con la otra mitad de la partida. La que iba entera decía sumariamente que el corregidor, en el negocio de Onofre Caballero, fulminase la causa como por otra se le había mandado y guardase aquella media carta a buen recado, y hiciese lo que por ella se le mandaba cuando recibiese la otra mitad que le correspondía, y que, de otra suerte, no determinase cosa de mí, porque en esto se servía su Majestad. La media carta, abajo se dirá su fin, que, para adivinarlo aquí, era menester alzar figura con astrolabio. Este pliego, ansí cerrado y sellado, di a mi buen procurador en viniendo. Buena vida le dé Dios, que buena obra me hizo. Díjele: —Señor procurador, en ninguna cosa se echa de ver mejor la verdadera bondad que en el bien hecho, porque nunca se vio persona honrada que se cansase de hacerle. La buena obra obliga al que le recibe a tener memoria de ella tanto como al que la hace a olvidalla. A un beneficio se ha de añadir otro, porque, cesando esta perseverancia, no se pierda la memoria del primero. Ya ha comenzado a hacerme merced. No hay aflojar, que...bien es perseverar en el bien. Vm. ha de tomar a cargo de buscarme un hombre forastero que me dé estas cartas al corregidor y diga es de Valladolid, y, si le preguntaren quién se las ha dado, ha de decir que un secretario del Consejo, que ya viene pagado de sus jornales y sólo a ese negocio. Señor procurador, en esto me va la vida. Por las llagas de Dios que Vm. me ampare, pues no hay cosa que con más gusto deje al hombre que el

hacer bien. Señor, a Dios y a Vm.; conozca que soy hombre honrado y que el que lo es no siente tanto la muerte como la afrenta, porque es tan grande de cuerpo, que no cabe en el vaso de un pecho noble. Siempre me he gobernado como hombre de bien; y así no temo el vivir, porque no hay vida más larga que la buena y, como sé que fui criado con esa condición, ni eso lloro ni lo puedo llorar. —Señor Onofre —me dijo él—, sabe Dios el deseo que tengo de socorrer a Vm...peligro, pero no querría ser yo el gato con que se sacase la brasa y, estándome libre, meterme en donde no pueda salir. Digo lo que puede suceder, que el discreto, aunque yo no lo sea, no se ha de contentar con conocer lo presente sino con prevenir lo venidero. La sabiduría tiene dos caras, como Jano, y ansí mira atrás y adelante. ¿Qué sé yo, señor Onofre, lo que en estas cartas va encerrado? ¿Qué sé yo si son las de Urías y llevo mi muerte en ellas? Hacer bien es muy justo, mas ha de ser sin daño de barras; que no es piadoso el que se condena a sí por librar a otro. —Al fin, señor, primum mihi, secundum tibi. —¿Latín sabe Vm.? —dijo él. —Sí, señor; por mis pecados —le respondí. Y el prosiguió diciendo: —No hay hombre tan obligado, que no lo esté más a sí propio que a quien lo está, porque más cerca están mis dientes que mis parientes. Vm. me descubra su pecho, que, como lo que intenta sea justificado y yo lo pueda hacer sin mi riesgo, me hallará Vm. ad utrumque paratus, para sol y lluvia; que...un amigo a todo se ha de poner la persona. Agradecíle muchísimo este buen ánimo y, como vi le sobraba razón, conforméme con su voluntad. No hay cosa más divina que la razón, que es reina de todas las cosas, y así de ella se hace la perfecta virtud. En conclusión, yo le declaré por extenso todo mi pensamiento y la traza que tenía imaginada, y ansí mismo, como atrás he referido, dije lo que llevaban las cartas. Cuando vio mi industria, admiróse de tal sagacidad y perspectiva, y parecióle tan fácil, que dio por segura mi huida sin peligrar él ni ponerse a ningún riesgo; y así luego se determinó y tomó a su cargo la negociación y diligencia, encargándome el secreto. Como le vi dispuesto en orden a mi salud, untéle las manos con otros diez escudos, diciendo los llevase para el mensajero que había de dar el pliego al corregidor. Bien echaba yo de ver que no eran necesarios tantos, pero menospreciar el dinero a su tiempo y lugar muchas veces suele ser ganancia, como lo fue en mí. Hízolo honradísimamente, porque cogió sus cartas y dineros y luego puso por la obra mi tracilla. Buscó el hombre que no fuese conocido y envióle al corregidor, que residía en Logroño; dio sus cartas y cobró respuesta, y dentro de dos días la dio a mi procurador. Con este buen mensaje se desapareció el mensajero, como espíritu malo, que no le vimos más. Dios lo hace todo como conviene, que, aunque esto, si no me saliera bien, era echar leña al fuego, luego dije: —Un clavo saca a otro. Preso por mil, preso por mil y quinientos; que, al que es de vida, el agua le es medicina. Demás, de quien no espera ningún bien no hay mal que le pueda dañar. Luego mi procurador me trujo la respuesta del corregidor; y los dos, como si fuera negocio que a él le tocara, nos metimos en cónclave y consultamos lo que convenía a mi salud; de donde salió decretado que se prosiguiese en el negocio, que, pues tenía buen principio, no había que temer mal fin. El corregidor en su respuesta se mostraba grande servicial en las cosas de Su Majestad y decía haría lo que por la carta del Consejo se le mandaba con muchísima puntualidad. Entendió sin duda sacar de esta jornada alguna plaza de asiento, y cierto que, si como el precepto era de Onofre fuera de Su Majestad, como él entendía, que merecía cualquiera buena gratificación. Mas al freír lo verá; que, teniendo asida la asa del premio, se quedará con ella y el que esperaba se le deshará cual humo frustrado en la imaginación y vano en el pensamiento, y el deseo puesto en alcanzar

a Onofre; él le sacará de ese pecado. Estoy agora —y aun entonces, con todo mi mal, lo estaba— considerando lo que haría el corregidor de leer y releer su media carta, procurando de sacarle la substancia y adivinar el pensamiento del Consejo, que, más propriamente hablando, era de Onofre. El comenzar a referir las cosas aviva el deseo de alcanzarlas totalmente. Paréceme que se quedó tan ayuno como al que hablan en la lengua que ignora, porque yo le envié la menor parte de la carta con fin que no se le pudiese entender el suyo. Bravo alegrón me dio la venturosa entrada de mi embuste. Sin duda que la buena nueva que de él me vino me reformó los melancólicos pensamientos que me destruían, porque al momento en mi imaginación se corrieron toros, jugaron cañas, hicieron justas, encamisadas y saraos adonde acudió infinidad de gente noble; que la que esperaba en el ignominioso expectáculo de mi afrenta me pareció se había juntado a honrar el felicísimo suceso de mi libertad. Al fin, la esperanza del bien futuro alivia la pena del mal presente. Mientras pasaban estas cosas en mi afligido corazón, el teniente, a persuasión del corregidor, iba procediendo en mi causa haciendo lo que yo mismo en el nombre del Consejo le había mandado. Dios sabe que cada día que pasaba era para mí un siglo, porque, como en el gusto el tiempo largo es breve, ansí en la fatiga cualquier presteza suya es prolijidad inmensa. Mas, como era fuerza el pasarlos, aguardaba mi coyuntura; que conocía que no tienen menos tardanza en el llegar los bienes que presteza en afligir los males. En conclusión, mi procurador me visitaba muy a menudo y siempre nuestras práticas y conversaciones eran sobre el peligroso trance en que estaba puesto; que, como era necesario que pasase el tiempo que se podía tardar en ir y volver hasta la Corte para disimulación de nuestro negocio, aunque la traza estaba tal como convenía, no se podía poner en ejecución sin que el tiempo la sazonase. Que, al fin, es locura querer acabar sin tiempo lo que, para haberse de acabar, es fuerza que lo ordene el tiempo. Bien es verdad que yo quisiera haber hallado otro modo de escaparme que no fuera pensado cuando hecho y puesto por obra, pero, de cuantos revolví en mi pensamiento, éste fue el más conveniente y saludable; y así era fuerza aguardar su coyuntura. Fue Dios servido que llegó esta deseada hora sin que yo pasase ningún riesgo. Mi carta me aprovechó sin duda ninguna, porque de otra suerte bien conozco que mi negozuelo no era ocasionado para dilaciones. Como vi la ocasión en casa, al momento la así por la crin, que no era tiempo de perder punto ni de descuidar. Y, haciendo un pliego de la mitad de la carta que había quedado en mi poder, le dirigí al corregidor, que debía tener la otra mitad debajo de cien llaves, envuelta en bolsas y bolsicos, guardada como oro en paño. Cuando ya le tenía aparejado, hice llamar a mi procurador, que en verdad que en eso que le debo mucho, porque con un cuidado acudía a mis cosas como si le fuera la vida. Vino tan presto, que ausadas que no fue necesario...mensajeros. Más agradable es el bien hecho con facilidad que el que se da en grande abundancia; porque la buena obra no es el oro ni plata que se recibe, sino el ánimo de quien lo da. En llegando, luego propuse mi demanda y le dije: —Señor procurador, llegado ha el tiempo en que tengo de conocer quien Vm. es y el pecho y voluntad que tiene en favorecerme; que, aunque es verdad que ya tiene hecho tanto por mí que está bien esperimentado, en el mayor riesgo se hace la esperiencia del mayor amor, porque en el peligro se acrisola la amistad como en el fuego el oro. Bien satisfecho estoy que no son necesarias prevenciones para que Vm. me haga merced, mas el temor del mal que me amenaza me hace tener el bien cierto por dudoso. Todo cuanto Vm. hasta aquí ha hecho es la sombra de mi deseo y casi puedo decir que no es de importancia, pues me estoy en el mismo daño. El fenecer el bien es el que da la obligación; que, aunque el comenzalle obliga, la perfectión en cualquier cosa es la más

digna de alabanza, porque nunca fue verdadera caridad la que dejó de ser, que el verdadero amor no tiene fin. Pintor será el que bosqueja una figura, mas, no sabiéndole dar los últimos matices, será pintor sin saber pintar. Los principios de todas las cosas son pequeños, pero, ejercitando los pasos que los siguen, sígueseles el aumento. No digo esto porque yo no tenga de Vm. tanta satisfacción cuanta de mí podría tener, pero dígolo porque, cuanto más yo reconozca el bien que me hace, tanto más me obligo a gratificársele y para que Vm. sepa que paga el beneficio el que le debe de buena gana, pues es deuda que se debe con el ánimo mismo que se da. —Ya, señor Onofre —me dijo él—, me puse a servir a Vm. en cuanto pudiese. La mayor dificultad estuvo en dar principio al principio; pues, siendo tan arduo le comencé, ni sería bien dejalle en medio el camino ni yo merecería premio sin fenecerle. Pues, como Vm. dice, es el perficionar las cosas el verdadero atributo que da la obligación. —Pues, señor procurador —respondí yo—, no es tiempo de gastar tiempo en requiebros; Vm. está llano y mi negocio cuesta arriba. A su cargo está, en sus manos lo dejo; y ansí ni me quiero obligar ni me quiero cansar, que el encarecer las cosas con instancia a las veces revoca el ánimo de acabarlas. Todos sabemos que los hombres se engendraron por causa de los hombres, para que unos a otros se puedan aprovechar. Vm. me haga merced de coger este pliego, que lleva la mitad de la carta que con el pasado mensajero enviamos al corregidor, y búsqueme dos hombres con sus escopetas y una cabalgadura que por ninguna vía sean conocidos en esta tierra, porque en el no sello estriba el todo, como a Vm. tengo dicho. Y de esta manera, instruyéndolos primero en que digan son de Valladolid y que los envía Fulano, secretario de Consejo, sólo a traer aquella carta, me los envíe con ella al corregidor; porque estoy muy seguro que, en llegando, está cierta mi soltura; y, para que les pague su trabajo, llévese Vm. estos cien escudos y satisfágales con liberalidad, de suerte que la ganancia cierta les facilite el hecho dudoso, porque ninguna cosa se hace sin esperanza o premio. Con esto, se fue luego a poner la obra por la obra y yo me quedé echando juicios sobre si saldría o no con mi intención y rogando a Dios que se doliese de mi trabajo. Dije a mi procurador que llevasen los hombres escopetas, porque, como los dos teníamos tratado, ellos habían de ser las guardas que inviaba el Consejo para llevarme a Valladolid según lo significaban las dos medias cartas que, en su nombre, escrebí al corregidor, las cuales juntas decían de esta manera: A oídos de Su Majestad han llegado las bellaquerías que ese hombre llamado Onofre, que está preso en esa cárcel, ha hecho, y hanle parecido tan mal, que expresamente ha mandado se castigue en esta Corte; y ansí van esas guardas para traelle a buen recado. Haréis que, vista ésta, al punto se les entregue con lo que contra él hubiere procesado, porque en esto nos serviréis. De Valladolid a tantos, Fulano y Fulano, por mandado del Rey Nuestro Señor y de los señores de su Real Consejo, Fulano su escribano de cámara. A nuestro corregidor de la ciudad de Logroño. Este procurador sin duda fue ángel que Dios me deparó para socorrerme; que, aunque a costa de dineros, no se deben llamar gastados los que gastados aprovechan y más en caso donde, como en éste, se interesa el vivir, que se puede decir que a los que gasté debo la vida y aun que no conozco otro padre ni madre, porque, en los que troje en el pecho,estaba en cifra de guarismo escripta la genealogía de toda mi descendencia según el buen efecto que hicieron. Al fin, mi pleito estaba malo, y de mala probanza no había que esperar buena sentencia; porque Dios os libre de cornalada de ansarón. Más yere la pluma de un escribano que el cuerno de un toro de Jarama, pues, por muchos malos que escriben, perecen muchos buenos que no pecan. Mueren los justos y viven los pecadores. y lo peor de todo, que el remedio se va por alto, porque los que lo tienen a cargo son

cómplices en sus culpas y, como del daño del escribano no resulta el provecho del juez, es dificultoso querer que con pérdida del que lo ha de remediar se cure del mal de los vecinos. Viven a su salvo, ordenan a su gusto, escriben a su libre albedrío; nadie se lo impide. En las sopas se lo hallen en figura de garbanzo, que yo no quiero parte de su mantenimiento. El bueno de mi procurador —que, aunque no lo puedo decir por él, también son parientes de estos benditos que atrás dejamos— lo trabajó a pala y azadón y con la diligencia que requerían mis plegarias. Puso la suya en buscar los hombres que habían de llevar mi media carta y, como estábamos frontera de Navarra, él se acogió a reino estraño por lo que podía suceder; y los halló con brevedad y trujo muy a mi propósito. Advirtióles de las cerimonias y preámbulos necesarios para la embajada y ellos lo hicieron que no hubo otro Flandes. Cual el maestro, tal el discípulo. Cogieron su media carta y lleváronla al negro corregidor con sus escopetas al hombro como si fueran a matar el Draque. Todo me lo contaron cuando íbamos en el camino, lo poco que nos duró. Diéronsela, que sin duda la estaba aguardando como agua de mayo, y luego sacó la otra mitad y la comenzó de juntar y leer, que dicen que se le hacía la boca agua; y no me espanto, que si aguardaba en ella algo de bueno, como le había cogido descuidado, debiósele de alegrar la pajarilla. Por eso es bueno no esperar el bien, que el que piensa que el día que le amanece es el último de su vida, cuando le amanece otro que no esperaba, tanto le es más agradable. A él, en efecto, se le deshizo como tesoro de duende, si es verdad que aguardaba algo, y, con eso, no acababa de creer que me había de soltar, porque mil veces dicen que igualaba y volvía a igualar sus dos medias cartas y otras tantas las leía y volvía a leer; mas, como no había en qué tropezar, porque el ardid era soberano, cansóse y no se receló. Pidió tinta y papel y al punto escribió al teniente una carta, con mis futuras guardasen que le decía que, vistas las dos medias cartas que iban con aquélla, las cumpliese como por ellas se mandaba y se las volviese a inviar a muy buen recado. Este despacho llegó al teniente sin que llegase a mi noticia, porque, cuando mi procurador me dio aviso de la venida de las guardas, ya el juez había mandado cumplir lo que se le mandaba y que el siguiente día me entregasen a los mensajeros por autoridad de escribano, y, dejando ellos firmas del recibo y como se daban por entregados de mi persona; que no nos costó poco rato ni menos barahúnda, porque, mientras yo me despedí de mi procurador y le satisfice el trabajo que por mí había tomado ansí con dineros como con palabras, ellos andaban metidos en daca el escribano, toma el carcelero, hágase la entrega, quede por testimonio, fírmenlo las guardas, lleve buenas prisiones. Unos exagerando mis bellaquerías, otros condoliéndose de mi aflictión. Yo sólo deseando la brevedad, porque temía algún desmanque y no quisiera volver a verme donde ya ni valieran trazas ni aun fueran necesacias. Últimamente, me pusieron a caballo y las dos guardas a mis lados. Comenzamos a caminar aquellas calles arriba camino de Valladolid, yo con muestra de harta más tristeza que llevaba en mi corazón. Entonces conocí la nobleza de mis lágrimas, porque me ayudaron a sentir el mal que no sentía. En saliendo como una legua de la ciudad, al punto las buenas guardas, como estaban industriadas del procurador, me quitaron las prisiones y las metimos en un río y enderezamos hacia Navarra caminando como quien camina a las veinte; que en aquel día ni noche no me desampararon. A la mañana, que ya estábamos en salvamento, les pagué con lo que me había quedado, no el trabajo, que de ése ya estaban bien pagados, sino la buena obra, y, agradeciéndosela como era razón, ellos de mí y yo de ellos nos despedimos, dando yo mil gracias a Dios que me hubiese sacado de tan peligroso cautiverio. Lo que después sucedió en Calahorra y si se supo o no de mis embustes ellos lo podrán decir, que yo, como enderecé los pies, estoy ignorante del succeso.

CAPÍTULO ÚLTIMO

Cómo, librado Onofre de este peligro, se metió fraile dominico después de haber aportado a Zaragoza
Si considerásemos los hombres las mercedes que cada día recebimos de la mano de Dios, a mi parecer no seríamos tan ingratos a tanto bien; porque no se puede llamar bueno el que, sabiendo recebir la buena obra, no la sabe agradecer. Pues sabemos que no solamente debe ser agradecido el que la recibe, sino aun aquel que estuvo en potencia de recebilla. Pero somos tan inconsiderados que el recebir y olvidar son entrada y salida como casa de dos puertas, que el que entra por la una sale por la otra; y ansí no se nos acuerda del beneficio más de en cuanto dura el tomallo, porque he notado que, al tiempo de pedir, no hay hombre soberbio y, al de pagar, hay pocos humildes. Si yo hubiera de gratificar a Dios lo que le debo desde que nací hasta que he renacido, o a lo menos hasta que de muerto he resuscitado, no tuviera fuerzas, no digo para pagarlo, pero ni aun para merecerlo. Porque, aunque gastara toda mi vida en remunerar la menor parte de lo mucho a que me tienen obligado sus beneficios, no llegara a satisfacer un mínimo punto de esta infinita línea. Pero, pues no puedo lo que debo, a lo menos he de hacer lo que pueda conforme a la potencia de mi ánimo, porque el que enteramente paga lo que puede, aunque no pague, no queda a deber nada. Como me vi libre de esta pasada refriega y que ya estaba en tierra de promisión, parecióme que sería grande error no mudar de oficio y vida, pues a la pasada no le conocía seguridad humana. Suma virtud es obrar bien por amor del premio, pero también es virtud no obrar mal por temor de la pena; que por cualquier causa parece bien el enmendarse del mal. Llamóme Dios y respondíle; pareciéndome que el peligro que me podía correr de ser hallado, si me buscaban, lo escusaría con meterme en religión, porque allí a lo menos tendría alguno de mi parte y no me desampararían mis hermanos. Verdad sea que anduve prevaricando, porque se me ponía delante que el culpado en ninguna parte está seguro, y ansí me parecía que hasta en el monasterio corría peligro según mi culpa. Pero, con todo eso, pudo más el argumento de Dios que las objectiones del diablo. y ansí me determiné y enderecé mi viaje para Zaragoza, porque le tenía por reino más seguro. Iba con grandísimo gusto de verme libre, porque el buey suelto bien se lame. No hay mayor contento que revolverse un hombre y estender la pierna sin que nadie le pueda mandar encogerla; aunque se me antojaba que cuantos se me ponían delante, con no tener tan urgente causa como yo para estarlo, vivían más regocijados y alegres. La cabra de mi vecina más leche tiene que la mía. Cada uno llora su suerte, porque siempre la cogida de los otros nos parece más fértil que la nuestra. Verdad sea que, a mi parecer, traía a cuestas una pesadilla la mayor del mundo, y ansí me consolé a mudar propósito de todo punto. Quien se muda Dios le ayuda, y más yendo con buena intención como lo era la mía. Ya no se usan ballestones de palo. Quien de una no teme no habrá daño que le espante. Al primer hurto soy muerto. No es tiempo de dilaciones, que quien dilata la ejecución de lo bien pensado no está lejos de ejecutar el mal pensamiento. Adiós, tratillos falsos, que ya se fenecieron las burlas, pues llegó su tiempo. Acojámonos a las veras, que si duramos en el mundo, aunque tarde, es fuerza que el río vuelva a la madre por donde solía correr; porque, a los años mil, vuelve la liebre a su cubil. Y me parece que tiene más dificultad huir un vicio, metido en la ocasión de él, que la ocasión antes de entrar en ella.

En llegando a Zaragoza, quise al momento abreviar cosas y efectuar la jornada a que Dios me había encaminado la imaginación, porque el buen pensamiento es principio de bien obrar; y, por no andarme a llorar duelos ajenos o, por mejor decir, los proprios, si de ella me apartaba, pues el camino era virtuoso y digno de alabanza, quise hacer presto lo que presto había pensado. y así me tuviera por loco, si, conociendo como conocía lo bueno, escogiera para mí lo malo, pues tanto de ello había tenido. Lo pasado sea pasado, que tras el mal se ha de seguir la enmienda; y, pues la tenemos en las manos, no desconozcamos nuestro provecho por escoger nuestro daño, que, si el tiempo presente no se logra, al futuro quien vivo quien muerto. Si éste dejamos pasar sin entrar en el bien, quédase el mal en su punto y es la vida perdurable, que nunca se acaba. Por eso yo, a uso de bueno y bien intencionado, me acogí a Predicadores, que es un monasterio de la orden de Sancto Domingo, y pregunté al portero por el padre prior, diciendo le quería hablar. Llamómele y, llegando a él con una humildad fingida —que era forzoso sello, porque el miedo me hacía bueno—, le dije le quería hablar en secreto y de espacio. Fuímonos al claustro, y allí, con cuanta modestia yo pude, estándonos paseando, a lo hipócrita, le comencé de hablar en esta forma: —Padre prior, Vuestra Paternidad sabrá que yo soy un hidalgo castellano; que, aunque por acá no me conocen, en mi tierra son estimados mis deudos, y aun a mí me hacen merced de tenerme por quien soy —si bien lo supiera el padre, lo que dijera—. Desde que nací he sido el hombre más malo del mundo, porque, a ponerme a referir mi vida, ni habría orejas que la escuchasen ni lengua que la dijese. Basta decir que mis maldades son infinitas. Cosas de mozos, no cosas por donde yo pierda mi pundonor. Y, al contrario, cuanto bien en mi vida he hecho se puede escrebir en la uña. Pero, como quiera que para dejar el mal es siempre buen tiempo, a mí me ha parecido, algunos días ha, dar de mano a los regalos del mundo y acogerme a los verdaderos que vienen de la mano de Dios, pues sabemos que quien en Él pone su esperanza ni tiene males que temer ni contentos que desear. En conclusión, por no cansarme, yo querría, con el favor que de Vuestra Paternidad espero, tomar el hábito en esta sancta casa; que, metido en religión, naide es tan malo que no mejore y aventaje alguna cosa donde todos son buenos. —Por cierto, señor —me dijo—, tan buen pensamiento ninguno habrá que lo pueda impedir, porque no es menos inconviniente divertir los buenos del buen camino que incurrir en vicios por culpa propria. Que, pues vemos que todo es malo, de todo ello nos hemos de escusar con todas nuestras fuerzas. Pero quisiera yo, señor de mi alma, que Vm. pensara esto no uno sino muchos días, porque quiero que entienda que en las religiones no tenemos cosa de los gustos del mundo; que, aunque por allá parece otro, manoseándolo, hay mucha diferencia de lo intrínseco a lo aparente. Y ansí querer por sólo un repentino movimiento apetecer la religión es yerro, porque es cierto que de lo mal pensado se engendra el presto arrepentimiento. Estas cosas no son de donaire; no se toman por pasatiempo. Son cosas de veras y adonde es menester que el corazón haga su posible y desbarate con ánimo brioso el escuadrón de los mundanos apetitos de que estamos llenos los hombres. Y ansí Vm. se mire muy bien en ello y advierta lo que otro le puede advertir; que mejor es considerarlo entre sí, ponderando todos los inconvinientes que de hacer esto pueden resultar, que no son pocos, y atendiendo a que, si mañana le ha de pesar de esta determinación, es mejor no comenzalla, porque intentar las cosas y no salir con ellas es mucha señal de liviandad. Y no hay ninguna que más desacredite la autoridad que prevaricar en las que son de peso. —Padre —le respondí yo—, este negocio no es de agora ni es en mí nuevo este pensamiento, que antes el haberle dejado envejecer tanto sin efectuallo ha sido en mí manifiesta culpa. Muchos días ha que he andado en balanza sobre si me estaría bien o mal; muchos ratos he ocupado en desentrañar esta imaginación; muchas malas noches he

pasado por desvelarme en ella; y, al fin, he concluido con que no hay mayor yerro que vivir un hombre donde cada día se cometen. Padre, mi intención es buena; mi ánimo mejor. Vuesa Paternidad no me desampare, que a Dios pongo por testigo que le encargo la conciencia si, por no remediarme, me perdiere. Ya me tiene el mundo cansado. Y, arrojándomele a los pies, le dije: —A Vuestra Paternidad me humillo. Consuéleme, Padre mío, en esta aflictión, que no me levantaré hasta que me dé el parabién del nuevo estado que tengo de recebir. Entonces me asió por los brazos y, levantándome en pie, me dijo: —En verdad, señor, que he recebido mucho gusto de tan buen ánimo. Huélguese y tome contento, que yo estoy muy determinado a complacerle y quisiera hacerlo al punto, pero los perlados tenemos necesidad de descubrir lo oculto de los corazones, porque de lo interior del ánimo depende la buena vida y enmienda de la mala. Ora, pues, señor, ya que está con esta honesta y loable determinación, es necesario que sepamos en qué ha empleado el discurso de su vida; que un hidalgo principal como Vm. no puede dejar de tener mucho bueno, porque me parece, según su buen entendimiento, que oficio en Vm. no cabe. Iba yo muy bien tratado, que del tiempo de mi prosperidad me quedó aquel buen vestido y unos cuantos escudillos con que me pulí y adorné de suerte para esta pretensión que parecía persona de bien. —Padre mío —le respondí—, mis trabajos han sido holgar. Sólo he tomado por entretenimiento el saber un poco de latín. Eso sé razonablemente, porque en otras facultades no me he empleado por ser persona de huelga y poco ejercitada en trabajos. —Ara, señor —me dijo después de haberme preguntado quién era y de dónde y otras mil prolijidades que lo fuera referirlas aquí—, esto está muy bien. Vm. se vaya con Dios y ordene todas sus cosas, si tiene algunas por allá, y el domingo —que esto era martes— con el favor de Dios tomará Vm. el hábito. En el entretanto, véngaseme cada día por acá un rato para que se instruya en las cosas de la orden y en las que más importan para su salvación, y para que ansí mesmo le examinemos y sepamos si podrá ser sacerdote, porque, los que no lo son, en los monasterios son poco estimados; y una persona como Vm. es bien que se emplee en el sacrificio de Dios. —Digno —le respondí— quisiera yo ser, Padre mío, para tanto bien; pero tan grande pecador no es justo se ocupe en cosas tan altas, que eso sólo le es dado a sus benditos siervos. Vuestra Paternidad me ha de emplear en cosas más humildes, porque de la humildad nace el agradar a Dios; y en el entretanto vea Vuestra Paternidad lo que me manda, y sólo le suplico que, desde hoy, me tenga por humilde hijo suyo y siervo de esta su casa y no me olvide mientras este largo tiempo de mi deseo se cumple. Con esto, me despedí de él muy contento de haber negociado tan bien; que aunque no lo apetecía por demasiada devoción, como evitaba tantos inconvinientes, me holgué de recaballo. Después, cada día acudía a visitalle y nos ocupábamos en las pláticas de devoción que otro tiempo aborrecía, porque él gustaba en extremo de conversar conmigo. Hasta que llegó el domingo, que, como me lo prometió, recebí el sancto hábito con la solemnidad que tienen de costumbre dallo; donde comencé de andar con más modestia que sabré significar: los ojos bajos, la cabeza humilde, las manos metidas, la capilla calada que parecía un bienaventurado, como lo era, sino que me apregonaron de noche y ansí lo sabían pocos. Porque esta humildad y ostentación fue impetuosa como creciente de río. Cedacico nuevo tres días en estaca. Luego me volví a mi natural. Comencé a desmandarme ya ser cual yo solía, porque la raposa, aunque vieja, muda el pelo pero no las marañas. Desenvolvíme y no había novicio más desenvuelto. Todos me temblaban, porque a todos acometía, a todos hacía mal y nadie me quería bien; pero fundábame en

decir, como Calígula: témanme y siquiera me aborrezcan. Succediéronme muchos cuentos ridículos y dignos de saberse, pero, por ser tan nuevo en la orden que parecería mal tan presto alabarme del mal, los dejo para la segunda parte, donde, dándome Dios salud y no faltándome tiempo, irán algunos referidos juntamente con la renunciación del hábito que se les siguió. En el entretanto, los aficionados me perdonen y adviertan que, si yo la hiciere —que no sé si tendrá lugar—, procuraré suplir en ella lo que hubiere faltado en ésta. Y, aunque algún bendito me hurte la bendición, no dejará la mía de salir a luz. Valete. LICENCIADO GONZALEZ

Fin De La Primera Parte Del Guitón.

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