A.

Ortega Gaisán

Valores humanos
Volumen IV (y último)

1967 2

A la santa memoria de mis padres, que me ayudaron a hacerme hombre. Alejandro

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ÍNDICE

PRÓLOGO DE UN MÉDICO AL LIBRO DE UN SACERDOTE........................5 UNAS PALABRAS......................................................................................................7 COMPLEJOS (I).........................................................................................................9 COMPLEJOS (II)......................................................................................................27 LA VERDAD..............................................................................................................48 EL TRABAJO (1)......................................................................................................73 EL TRABAJO (II).....................................................................................................95 EL TRABAJO (III).................................................................................................116 EL TIEMPO.............................................................................................................133 SER AMIGOS (1)....................................................................................................156 SER AMIGOS (II)...................................................................................................174

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Prólogo de un médico al libro de un Sacerdote

Aparece el IV tomo de «VALORES HUMANOS» con un nuevo signo y un nuevo contenido. El problema de los «complejos». Este intrincado y difícil problema es tratado en toda su extensión y profundidad con la mano maestra y el rigor científico a que ya nos tiene acostumbrados el P. Ortega. Su maestría procede del conocimiento de la estructura humana, de la práctica diaria en contacto con todos los problemas que esta estructura plantea y de ese amor a lo humano que rebosan sus anteriores publicaciones. El rigor científico lo ha ido adquiriendo a través de las diferentes disciplinas, primero como alumno y después como profesor, que han llenado tantas horas de su vida. Es corriente, entre los cultivadores de las ciencias del espíritu, lamentar, sin aspavientos, que la moral se reseque allá en las regiones de las puras abstracciones, sin contacto con la vida real. En el presente libro se ha superado esta dificultad y el autor ha sabido, prescindiendo de disquisiciones caracterológicas y de la personalidad, y sin apartarse del árbol de la ciencia, ofrecernos el fruto maduro de su recia personalidad al servicio de la humanidad doliente. Sólo el sacerdote puede mostrar al enfermo que lo que creía un infierno es sólo un purgatorio, una puerta abierta a la esperanza. En suma y expresado con metáfora médica, únicamente el sacerdote puede realizar la paradoja y el milagro de «curar al incurable». No se nos oculta que hemos leído el libro del Padre Ortega con la cautela y precauciones que debemos tomar frente a toda aportación científica. Y decimos aportación científica refiriéndonos no tanto al planeamiento del problema de los complejos, como al tratamiento de éstos. Es en este punto donde queremos hacer resaltar la maestría del autor y la conformidad del pensamiento científico con las soluciones aportadas, que no son una teoría más, sino un verdadero camino real y un práctico seguro para llegar a puerto. Encontraremos en las páginas del libro del P. Ortega, al «hombre» concreto, individual, como auténtico protagonista en el drama del vivir; no un muñeco mecánicamente sujeto a los hilos del espíritu de la 5

época y movido por fuerzas extrañas, ni el puro «espíritu» o al otro ángel armado de la potente decisión de un albedrío, ya sea en un conformismo o en una rebeldía («non serviam»). Nos encontramos a nosotros mismos allí, proyectando hipótesis, anticipando posibilidades, resolviendo ante apremiantes alternativas y aclarando en definitiva el problema de la existencia y de la trascendencia. La persona necesita trascender de la órbita tremenda de su circunstancia. En este esfuerzo por trascender, que es su gran lucha, es donde las páginas del libro del P. Ortega nos van ofreciendo, con evidencia y luz diáfana, la fuerza que la esperanza de que la salvación del alma no se consigue a la manera del salvamento de un tesoro, sino como quien lo pierde, distribuyéndola, dispensándola. Todos los «problemas de vida» que plantea el autor y que son una realidad que tenemos a nuestro lado uno y otro día, los ataca de frente con un valor y un fervor magníficos. La obra del P. Ortega es un signo de los tiempos, de esta necesidad de vigorizar a la «persona humana», no con una sacudida sentimental o mística, sino desde el núcleo de la persona, desde el centro de la vida espiritual, centro de libertad y amor. Cuantos lean este libro no podrán por menos de felicitar a su autor por haber puesto al alcance de todo el mundo sus reconfortantes experiencias. Es profundamente humano y capaz de conmover a todas las conciencias, y estoy seguro que muchos encontrarán en él el inicio de su curación, de su sosiego y de su paz. Dr. Soto Yárritu Presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

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Unas palabras

La inmejorable acogida que han tenido los anteriores volúmenes y las constantes y amables exigencias de muchos lectores han lanzado a la luz este nuevo volumen de mi serie «Valores humanos». Y, más aún, el convencimiento de lo mucho que hay que hacer, siempre, en el campo de la propia personalidad. Cada vez es más evidente que «no importa el pedazo de tierra, sino el pedazo de hombre que la cultiva». El hombre, la calidad de ese hombre, su disposición personal frente a la vida y las cosas. Eso importa, de veras. Una nueva invitación, pues, para mirar hacia adentro; que harto inclinados estamos siempre a disculpar nuestras quiebras y cargar la culpa a todo y a todos, menos a nuestra falta de recursos personales, humanos. Y, por otra parte, demasiado exigimos de los demás y demasiado nos perdonamos a nosotros mismos. Estamos clamando incesantemente contra los demás, reclamándoles un cambio de su actitud personal hacia la vida. Pero no aprovechamos la lección, al comprobar que nosotros mismos somos tan difíciles al cambio de nuestras posturas habituales, aceptadas y sostenidas, un día y otro, sin haber antes verificado su legitimidad. De ordinario, no está en nuestras manos el poder cambiar a los demás. Probablemente, ni siquiera tenemos razón para ello. Pero, recogiendo una frase de la Escritura, si es verdad que nosotros podemos llegar a «tener nuestra propia alma en nuestras manos». *** La victoria sobre sí mismo es siempre posible. Y es la más urgente. Por lo menos, suprimiríamos algo malo del mundo: lo que de malo tuviéramos nosotros. Probablemente, nos saldría al paso la agradable sorpresa de que también los demás habían cambiado. Y todo fue, solamente, que habíamos cambiad o nosotros y estábamos mejor dispuestos para el dialogo que nos impone la vida. Necesitamos luz espiritual para vigilar y limpiar nuestro interior. Y ojos con capacidad suficiente para la tarea; no solamente para, como en la 7

visión sensorial, vivir vertidos al exterior y descuidando nuestro propio jardín interior. Lo había entendido bien aquel ciego. Hacía poco que había perdido la vista y llovían sobre él las lamentaciones de los amigos; pero él se sentía en paz. Y decía: —«Ahora veo más que antes; porque... toda lo que veo es mío por completo.» Ver «lo mío». No para encasillarnos en estúpidos egoísmos: creo que deberíamos estar ya convencidos de que todo egoísmo es, además de anacrónico, profundamente perjudicial. Ver «lo mío», para ajustarlo más y mejor, para hacerlo servir con más perfección, para ofrecerlo con más generosidad y justicia. *** Por todo eso, busca la luz este nuevo volumen. Para recordar —y poner de actualidad— ese jardín interior penetrado de las más diversas posibilidades; ese «reino de los cielos» que está dentro de nosotros, donde Dios ha querido sembrar abundantemente los maravillosos juegos de la semilla de todo bien y la dicha más deseable; ese «sagrario interior», que siempre espera a que el hombre se decida a visitarlo para llenarlo de bienes y limpiarlo de desdichas y amarguras. Allí está la llave que abre el secreto de todo lo que es legítimamente humano. La fuente de una vida más jugosa y feliz, abundante de contentamiento y alegría. El vuelo alto y sereno que nos ayude a acercarnos más a Dios. Alejandro Ortega Gaisán

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Complejos (I)
(El fenómeno y sus causas)

«Pero el mundo empieza a estar cansado ya... El mundo empieza a sentir hambre de claridad, rigor y sentido común. Para satisfacerle, habrá que desandar el camino andado y, dando el mismo rodeo, volver a empezar por la literatura para llegar a la política. Habrá que escribir, otra vez, novelas y comedias donde las cosas vuelvan a ser como deben ser; donde hagan su reaparición el anciano venerable y la señora honesta y el hijo obediente. Todas esas eternas soserías fundamentales. Habrá que legislar para el bien, la verdad y la belleza, sin confundir, como venía haciéndose, con el cuerpo central de la ley, el apéndice misericordioso para el error o la excepción. Y cuando todavía, como quien siente la mala tentación de ponerse un chaleco «de fantasía», sintamos la atracción decadente de decir que una cosa es «magnifica y absurda», desechemos con valor el mal pensamiento. Y repitámonos con salvadora terquedad a nosotros mismos que sólo pueden ser «magníficos» el bien, la belleza y la verdad». (J. M. Pemán, OBRAS COMPLETAS, art. Baudelaire o la subversión de las cosas) *** El señor Martínez es un hombre aparentemente normal. Es verdad que tiene sus manías. Pero... ¿quién no las tiene? Y mientras ellas no sean ofensivas... El señor Martínez, en este momento de su vida, tiene su manía: no acierta a caminar por un suelo embaldosado. Por nada del mundo 9

descuidará su paso; porque, por nada del mundo, pisaría una raya de las muchas que llenan el suelo embaldosado. Sus amigos lo toman a broma. Sólo él, el señor Martínez, sabe que ello es una tiranía para sí mismo. Y no puede romper sus cadenas, aunque de veras lo desea y lo intenta con todas sus fuerzas. A sor Lucía de Jesús le altera todo lo blanco. No es que le haga daño la luz; sus ojos disfrutan de una prodigiosa nitidez y de una visión perfecta. Es en el interior del alma, en zonas indefinibles, donde se produce una extraña sacudida con la consiguiente alteración nerviosa. Todo lo cual anubla sus ideas y le hace imposible toda reacción discreta y toda coherencia. De manera semejante, la señorita Laura, cuando aún apenas ha empezado a asomarse al balconaje de la vida, se siente extraña a sí misma y —lo sospecha, porque sí— a todos los que convienen o alternan con ella. Hay algo indefinible que la hace retraída, aunque se halla en la hermosa edad del estudio y de la Universidad. Piensa, subjetivamente convencida y obsesionada, que todo el mundo es falso e hipócrita. Y las almas, todas, vacías. No sabe por qué, no podría dar razones de su convencimiento. Lo cierto es que rehúye el trato de las gentes, incluso de sus compañeros de juventud y de estudios. Y no sólo eso; sino que, además, se ve incapaz de adoptar una postura contraria y saludable. Y ahí tenemos a Mary, una chica que podría ser perfectamente normal. Tiene, naturalmente, un terreno bien abonado: tiene salud, tiene belleza, tiene un buen puesto laboral. Pero, desde hace mucho tiempo, se recrea con males imaginarios. Ha pasado por la vista de varios y buenos médicos, la han auscultado a conciencia, no sólo con la garantía de sus deberes profesionales para con el cliente sino además con su leal interés por parentesco o amistad. El dictamen de los médicos coincide: Mary no tiene nada, no padece enfermedad y su organismo está espléndidamente constituido. Sin embargo, Mary no es feliz. Se envuelve en lamentaciones continuas, llora sin ton ni son, consume muchas horas del día y de la noche en una queja incesante. Nadie quiere, claro, estar con ella; porque llega a cansar de aburrimiento a todos. ¿Egoísmo? ¿Afán de mimo? ¿Deseo de sobresalir y distinguirse? Lo cierto es que Mary se está forjando su propia desgracia..., y no acierta con su remedio. Ni, acaso, puede acertar. Muchos hombres y mujeres, en toda edad y condición, manifiestan algunos rasgos extraños en el panorama de su personalidad. El cambio de clima, del paisaje o de la habitación, altera la normalidad de muchas vidas, 10

muy profundamente. Motivos objetivamente vanos traen consecuencias profundas y prolongadas. Hay quien se aterra ante la idea de verse solo, aun en soledad de unos instantes, porque una especie de Vacío interior le asusta y le descentra. Más habitual es la inconstancia del carácter de muchas personas, los cambios bruscos y los saltos de polo a polo, inexplicables por razones serias, provocados por causas nimias o sin causa ninguna y, a veces, desconocidas por los mismos que padecen sus consecuencias. Hay miedos totalmente irrazonables, miedos a no sé qué, pero hondamente desmoralizadores y adversamente eficaces. Tristezas y náuseas espirituales, que aparecen y se van y vuelven a aparecer sin motivo aparente, que no pueden explicarse simplemente por un temperamento pesimista y, mucho menos, por una causa externa, real, concreta. La misma tendencia al pesimismo que se observa en muchas personas que, por otra parte, tienen motivos sobrados y seguros para descansar sosegadamente en un mayor bienestar, en una vida más jugosa y mejor saboreada... Muchos, pequeños o grandes, fenómenos extraños, indefinibles, que turban la vida. Gentes prácticamente inutilizadas por fuerzas solapadas, vigorosas, que se enraízan dentro del propio individuo, sin él y a pesar de él y en contra de él. Y sin que él acierte a controlarlas, definirlas, destruirlas. A veces, ni puede hacerlo, aunque lo quiera. Son como aquel ciego que acertó a llamar la atención sobre su desgracia con aquel rótulo de su cartel: «La primavera ha llegado; pero yo no podré verla». La dicha ha llegado, la felicidad está ahí, la vida reclama con todos sus encantos; pero ellos no pueden disfrutarla, no aciertan. Se dice que la paz y la alegría son también de este mundo y Dios quiere que las disfrutemos; que el manantial de todo lo bueno no está tan soterrado como parece; que, cuando aparentemente «se toca fondo» en los abismos y se apagan las posibilidades, puede el náufrago, con un golpe de pie, recobrar impulso para subir a la superficie; que no se dicen vanas palabras cuando se afirma que la vida se eleva o se hace rastrera, según el poder creador de nuestro espíritu; que, en fin, en nuestras manos está, en su mayor parte, el resorte que pone al descubierto las mayores y más enteras realizaciones humanas... ¡Pero ellos... no pueden ver la primavera!

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SITUACIÓN
Teóricamente, está perfectamente el plano de una personalidad normal. La vida humana, tan varia y tan una, supone la perfecta trabazón de muchas fuerzas en el hombre. Trabazón tan perfecta, que todas esas fuerzas quedasen debidamente eslabonadas, subordinadas debidamente, en servicio mutuo de todas para todas, y cada una en su lugar correspondiente y sin invadir campos extraños. Indudablemente, el hombre se levanta sobre una zona animal, cruzada por todo el misterioso conjunto de las leyes instintivas, del peso de la materia, del latido de la vida, del juego asombroso de los reductos celulares, de la maravilla multiplicada del sistema nervioso, de la variedad de muchos otros sistemas y fuerzas y reacciones, muchas de las cuales aún no conocemos suficientemente... Tampoco puede olvidarse el mundo afectivo, la zona de penumbra entre lo espiritual y lo material —si puede determinarse alguna separación localizada—, la fuente de sentimientos y pasiones que dan calor, modifican, colorean, la vida del hombre... Sobre todo ello, se asienta la realeza de las facultades superiores. El hombre es, sobre todo, un ser racional, un ser asomado a los espacios del espíritu y del pensamiento y del amor. No es, simplemente, el ser más completo de la creación visible: es un ser único, una creación especial, una obra expresamente delicada dentro de los planes del Dios Creador. Por ese psiquismo superior (1) el hombre, desde su altura racional, debe ser dueño y señor de sí mismo, debe dominar y dirigir el resto de su vida en todos los restantes planos... Y todas las otras fuerzas deberían estarle sumisas y servirle de auxiliares entregadas, sin rebeldías. Pero, de pronto, este plano de la personalidad normal queda alterado. Aparecen en la persona zonas oscuras que no pueden delimitarse ni definirse. Unas fuerzas han saltado sobre otras y no puede precisarse dónde se produjo el asalto que rompió la normalidad. Difícilmente se mantiene algún tiempo el equilibrio ideal en el vasto campo del compuesto humano que, siendo formidablemente uno, es, a la vez, tan vario. De pronto, se observan deficiencias en la marcha general del conjunto. Hay algo que marcha mal y se escapa a todo control, que funciona por su cuenta, muchas veces a costa de la normalidad individual; algo que ha salido de su campo propio, que actúa cuando no debe o como no debe, que se toma atribuciones
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«VALORES HUMANOS », II volumen.

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que no le pertenecen. Pero no puede precisarse: es oscuro, indefinible... Es complejo. Es enmarañado, escondido en la oscuridad, enredado. No se sabe de qué campo ha surgido. No se sabe si es cosa puramente somática, un simple malestar corporal; no se sabe si es un estado afectivo solapado, escondido en alguna buhardilla del individuo, alguna pasión cuya presencia, sin embargo, no es acusada por la conciencia vigilante; no se sabe si es una idea que resbaló para clavarse en la mente, o la voluntad fallida o indecisa que, sin embargo, no confiesa su fracaso o su ansia... La normalidad humana puede compararse a un palacio. Todo está en orden... teóricamente. Debe estarlo en la realidad. Es la meta de toda educación personal. En el castillo debe mandar el hombre, a través de aquellas facultades que le hacen verdaderamente hombre: la razón, apoyada en la inteligencia y en la voluntad, diestras y enriquecidas. El hombre llega a creer que, de veras, es él quien se gobierna a sí mismo. Pero, de pronto, observa que en el palacio de su personalidad hay otros seres que no son él, hay otros que van y vienen, abren y cierran, hablan y callan. Se ha roto la armonía y el equilibrio que supone el mando único del que debía ser el único señor. Pero no pueden localizarse esos otros usurpadores del mando. Son complejos: Son complejos: algo oscuro, indefinible, deficiente, impreciso, enmarañado... Se produce una desbandada de las fuerzas espirituales y morales, y el hombre está a la merced de ese algo complejo que juega con él. Ha aparecido el complejo. Y es difícil ahora predecir sus consecuencias y fijar tope a sus andanzas. La personalidad ha perdido su mayor poder: su unidad racional.

UNA MODA PELIGROSA
El hecho cierto es que los complejos están de moda. Apenas hay una producción literaria, en cualquiera de sus campos, que no recoja como argumento interesante los innumerables conflictos ocasionados por las personas enfermas de complejos. En los últimos años, se han multiplicado los sanatorios mentales, las casas de salud, las casas de reposo... Y todas las plazas están, normalmente, ocupadas. Se diría que la misteriosa enfermedad del espíritu se ha constituido en la enfermedad de los hombres y mujeres modernos. Justamente, cuando parecía que alboreaba una vida mejor. Los adelantos de la ciencia moderna, un más alto nivel de vida, un mayor 13

número de comensales en el festín de los bienes, una mayor cultura, unos mejores y más abundantes medios de relación entre pueblos y grupos sociales..., todo debería haber traído un mayor bienestar real y entrañable. Aun fuera de los Centros de Salud, la vida social se ve estrellada de individuos que padecen bajo el efecto del complejo más inoportuno. Padecen y hacen que los demás padezcan, soportando su proximidad, su trato, su convivencia. No discurre la vida de relación con el ritmo de suavidad apetecible. Se sufre mucho, más de lo que es debido, y se sufre muchas veces sin mérito alguno y sin fecundidad, por culpa de las tristes manías provocadas por la presencia de los «complejos». La enfermedad no es, al parecer, suficiente para exigir ninguna reclusión del enfermo. La vida, objetivamente normal, sigue su curso; pero se vive de una manera no normal. Y no se sabe por qué. Evidentemente, existe en muchos positivamente la insuficiencia enfermiza en el espíritu. Son casos típicamente clínicos, en los que sólo podemos desear un diagnóstico acertado de un médico competente, y la medicación o tratamiento correspondiente al diagnóstico. Pero lo alarmante es el gran número de complejos que podríamos llamar elaborados. La manía de manías, el afán de rarezas, la extravagancia de moda: todo un complicado sistema de vivencias afectadas que se van adoptando, como un juego o una estúpida originalidad, con una falta impresionante de la responsabilidad que se contrae en orden a la propia normalidad vital. Se ha apuntado antes una constante literaria. Da la impresión de que ya nada puede resultar interesante, fuera de los argumentos extraños y los personajes llenos de recovecos y de procedimientos espirituales absurdos. Lo normal ha llegado ya a no interesar a nadie. Y esto es siempre grave; porque la vida, la vida verdadera, feliz y jugosa, es siempre la vida que se desenvuelve en los planos quietos y riquísimos de lo normal. Se premian cintas cinematográficas... por su estridencia, por su desenvoltura en airear los temas más abstrusos, bajo más la disculpa de temas psicológicos. Como si sólo fuese psicológico lo que se esconde o puede esconderse en los mil recovecos oscuros de la personalidad humana. La novela y el teatro discurren por los mismos caminos: disonancias sentimentales, reacciones 14

absurdas e inesperadas, convirtiendo lo que es un caso en algo que parece ley general ya desde el momento en que, roto el velo de la más elemental vergüenza social, se lanzan a la comidilla pública las cosas que normalmente sólo se dicen al confesor, al médico o al abogado... y bajo las garantías del mayor secreto. Se pregona como realismo lo más sucio y lo más vulgar, como si lo noble, lo verdadero, lo limpio, no fuese también realismo. Y, gracias a Dios, un realismo más extenso y profundo de lo que parece. Se pretende paliar este fenómeno con la disculpa de que la gente, excesivamente amargada por tantas catástrofes vividas en los últimos tiempos, necesita manjares fuertes para que su paladar pueda sentirse tocado; que hacen falta las disonancias, los absurdos, los temas que desbordan todas las medidas normales... Lo cierto es que se juega demasiado con todos los extremismos y se ha llegado a establecer, como normal, la más anormal excepción; y, como habitual, la situación más enfermiza. El teatro, la novela, el cine, el arte, la música... Todo ello, desconociendo un elemental sentido de responsabilidad, se han montado sobre la línea de las estridencias, y los efectos se producen en las gentes que, al fin y al cabo, beben en esas fuentes. Hay, sin duda, también espíritus aquejados de extrañas deficiencias. Ha transcurrido su vida de un modo altamente parcial: asomados a un solo panorama social, interesados por un solo aspecto... Suelen decir que la recta formación del espíritu se apoya en la visión de conjunto de las tres grandes realidades: Dios, mundo, hombre. Cuando cualquiera de esas tres realidades inmensas se captan por un solo costado y se descuida la visión de conjunto, el espíritu está pronto para enfermar y apuntan ya muchas deficiencias. El espíritu se hace parcial, interesado, de horizontes cortos y cerrados, a falta de la necesaria amplitud. Luego, esos espíritus, lanzados al torbellino de la vida, expuestos al choque con los varios contornos y facetas de las cosas, las gentes y los sucesos, se encuentran de pronto sin freno firme bajo sus pies. Es el miedo a la hora que va a venir, la indecisión y la desconfianza, el espíritu aislado por recelos y, a la vez, incapaz de soledad, la envidia y los celos, el disgusto, la aspereza interior, la murmuración estéril... «Esa inacción, ese aplanamiento de espíritu, esa anemia psíquica, esa abulia imbécil tan de moda hoy, pueden provenir, es cierto, de causas naturales, temperamento, herencia, etc...; pero es indudable, amigo mío, que la frivolidad, esa frivolidad absurda que constituye el fondo de nuestra sociedad moderna, 15

lo menguado de los caracteres, lo mezquino de las aspiraciones..., y luego la prisa, la sobreexcitación, el ajetreo, el abuso de las emociones fuertes, esa tensión de nervios extremada, ese vivir en expreso son, en la mayoría de los casos, las verdaderas causas que originan y promueven y acrecientan esas enfermedades». (L. Aravio Torre, «CARTAS A UN AMIGO SEMINARISTA»). El alma experimenta los ardores de todos los desiertos. Por otro lado, muchas gentes se van acostumbrando, desde los primeros años, a todas las estridencias. No toda la responsabilidad recae sobre la juventud; que, al fin, la juventud es siempre dirigida, aunque ella misma no lo crea. Cada generación va preparando el porvenir a la siguiente y hereda lo que le dejó la anterior. Pero, a veces, falta madurez en los mayores, falta equilibrio en los dirigentes; y los jóvenes, sin tiempo aún para la más elemental experiencia de la vida, se dejan caer por los cauces fáciles cuyos resultados no pueden prever. Pero conviene apuntar este dato: es peligrosa toda estridencia en cualquier plano de la vida, todo aquello que rompe la discreción de la normalidad, todo aquello que es grito y disonancia, alboroto o barullo, sacudida inelegante, es peligroso. «De diversión en diversión caminan sin pensar en nada y sin experimentar otra impresión que la visión perpetua de una infernal algarabía. El perfeccionamiento de los medios de locomoción y de transporte ha acelerado el movimiento vertiginoso de nuestras farándulas y de nuestras zarabandas. Observad en nuestras calles, en nuestros bulevares, en nuestras avenidas, a muchedumbres que, llegada la noche y cerrados talleres y oficinas, se lanzan, como un torbellino, hacia todos los lugares de recreo... Al resplandor de la luz eléctrica que centellea en millares de focos, pueden leerse innumerables y multicolores carteles anunciadores de todas las peripecias de la fiesta, todos los atractivos de la incesante feria, en que se ofrecen a los trasnochadores las innumerables sorpresas del paraíso de Mahoma. Una batahola indescriptible exalta y enloquece las cabezas...» (F. A. Vuillermet, «SED HOMBRES»). 16

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CAUSAS
El ambiente. He ahí un factor de influencia decisiva, a veces, en la conformación de los espíritus. El tiempo que vivimos es tiempo de un practicismo radical, que busca ganancias claras y éxitos indiscutibles y rápidos, sin parar la atención en los procedimientos que se emplean para su consecución. Tiempos de propaganda para todo, por los procedimientos más convincentes y rápidos y penetrantes, buscando la sacudida sensorial o afectiva, que luego, mueva al hombre, casi inconsciente, a realizar determinados actos, a elegir determinados productos, a asistir a determinadas escenas, a leer determinados libros... Pero sin que ello quiera decir siempre que aquello fue lo mejor y lo más sano. Hemos citado un campo: la literatura. Podría elegirse otro campo cualquiera de la actividad humana; pero ése es uno de los más populares. Cuando serenamente se relean después muchas producciones literarias actuales, los hombres comprenderán que se vieron envueltos en un ambiente propagandístico que forzó sus preferencias. Muchos premios no pasan de ser discretamente vulgares; pero son estridentes. Y a fuerza de escándalo propagandístico, se abrieron paso hasta los primeros puestos y preferencias. No fue el valor intrínseco de la obra producida: fueron otros factores diferentes los que llamaron a las puertas de la curiosidad —malsana, morbosa, aunque fuese inconsciente a veces— y arrastraron a un numeroso público. Se observa algo parecido en el campo del arte. Y ha llegado un momento en que es difícil ya determinar las mismas normas básicas de un arte elemental. A veces parecería que los hombres, incapaces de poner en sus obras artísticas el tiempo y el alma que pusieron en sus obras los artistas inolvidables, han preferido despreciar desenfadadamente toda norma y se gozan con descaro en presentar las más absurdas estridencias y composiciones en sus lienzos o en las maderas y las piedras. Es verdad que el arte es una evolución constante. Porque el arte, al fin, pretende servir a la belleza y la belleza es uno de esos conceptos de más difícil precisión y definición. Juega mucho la apreciación subjetiva; porque, al fin, la cosa es bella en la apreciación de cada hombre, de cada época, de cada grupo humano. De manera diferente interpreta la belleza un africano y un europeo; de manera diferente, en una época y en otra. 17

Pero siempre ha de ser verdad que la belleza supone, como base, un elemental principio de armonía y de equilibrio, de sentido perfectamente común, de raíces entrañablemente humanas. Lo más triste es que no se piensa en las repercusiones que pueden alcanzar al hombre mismo. La elaboración de una obra absurda en línea, color y proporción, la confusión plasmada exteriormente en una obra, termina por traducir su confusión al espíritu que la concibió y la fabricó y al espíritu que la contempla. Mucho más cuando las estridencias se prodigan y se convierten, por su multitud repetida, en una visión alucinante de auténticos problemas de línea y color. El espíritu humano está hecho para la claridad, para el sentido común, para la lógica más elemental. No se le puede forzar. No se le puede retorcer. Su perfección se va adquiriendo por la progresión normal, de una a otra verdad, de una a otra adquisición, sin los saltos brutales que ofrece a veces el ambiente que nos rodea. Hay una ley psicológica que constantemente actúa y se desarrolla: el ambiente cala, se deja meter en los espíritus y los va conformando según un estilo determinado. Es impresionante la influencia que ejerce en nuestro interior todo lo exterior: lo que se nos dice, lo que vemos, lo que leemos. El cerebro es formidablemente receptivo, sobre todo cuando por su cuenta no ha desarrollado sus fuerzas de resistencia que puedan enfrentarle con lo que se le sirve del exterior, a la vez que se hace fuerte y libre para admitir y rechazar lo que cree razonablemente conveniente. Piénsese, entonces, en la influencia demoledora de tantas estridencias en las mentes no cultivadas que, por desgracia, son mayoría, son masa. Piénsese en la influencia deformadora de tantas estridencias en las mentes aún jóvenes o infantiles, obligadas retorcidamente por la impresión de tantas cosas desaforadas y sin sentido... Y se hallará ahí una fuente abundante de complejos y barullos mentales que ejercerán su peso sobre los espíritus a lo largo de la vida. A veces, por razones idénticas, se juega demasiado alegremente con la exhibición de gustos extraños. Se quiere dar la impresión de originalidad a fuerza de violencia interior. Lo complicado —complejo— sustituye, por manía, a lo normal y sencillo. Aunque sea menos convincente; pero que parezca más elegante, por ser más extraño. Sin caer en la cuenta, la gente se acostumbra así a no sentirse en su sitio sino cuando se encuentra envuelta en lo estridente y anormal. Lo anormal pasa a ser, sin querer, lo ordinario. Y lo 18

normal... llega a asustar por la fuerza de su misma diafanidad y sencillez. Y esto es grave. Es grave, porque siempre es de grave responsabilidad el crecimiento de la personalidad futura; porque, en los años jóvenes, el espíritu no tiene capacidad suficiente para eliminar los elementos tóxicos; porque la masa es, por sí misma, impersonalizada y desprovista de poder de selección. El hecho cierto es que muchos espíritus van creciendo retorcidos en moldes de anormalidad ambiental. *** Esto nos lleva de la mano a un tema de trascendencia impresionante: los problemas de la educación. «Es cierto que nosotros recibimos de nuestros antepasados unos determinados trazos físicos, determinadas disposiciones del carácter o de la inteligencia. Todo ello compone, en suma nuestra materia prima. Pero en nosotros está el trabajar esa materia prima, como buenos artistas, y disponer de ella. Tal debería ser el papel del educador, durante la primera infancia, en lugar considerar como fatal la evolución de esas condiciones nativas hasta sus peores consecuencias...» (Marcelle Auclair, «LE BONHEUR EST EN VOS») Porque muchos complejos futuros han venido incubándose en los largos procesos, lentos y penetrantes, de la educación de la persona humana. No es que vayamos a agotar aquí todo cuanto puede y debe advertirse en cuanto a la educación de la niñez y juventud; pero muy frecuentemente se ha hecho notar la grave responsabilidad que tienen los educadores, los padres y todos aquellos que ocupan puestos de gobierno y dirección. Toda improvisación es peligrosa; pero lo es más cuando la improvisación es el único instrumento empleado en la configuración de los caracteres futuros. Cuenta cl ambiente, cuenta la disposición personal —orgánica y mental—, cuenta, sobre todo, la influencia de los educadores en las mentes juveniles. Piénsese en ese factor, tan contundente siempre en la historia futura de la persona. Muchas veces hemos oído lamentarse a muchos psiquiatras y médicos del espíritu: «El gran inconveniente que encontramos es que nos llega el enfermo demasiado tarde». Esto mismo se puede decir de la dirección 19

espiritual. Y de tantos otros aspectos de la vida en los que el triunfo dependería de que el individuo dispusiera de una educación correcta, que ahora ya no puede improvisarse. El enfermo llega tarde a su médico, el alma llega tarde a la dirección espiritual, el hombre llega tarde a su confidente..., porque se han malgastado muchos años, los más valiosos. Se han malgastado por una educación anormal, descuidada, sin directriz, sin enfoque. Aunque aparentemente no haya habido grandes abusos; pero la improvisación de muchos padres y educadores, hace que ese hombre haya crecido de manera anormal, sin comprensión, sin una dirección saludable hacia una finalidad racional y correcta. Con la madurez de la vida, vienen a pagarse las deudas de aquella deficiente educación. Mídase, en lo posible, esa responsabilidad. Piensen los padres y educadores que Dios les ha entregado, en el niño aún pequeño, una futura personalidad completa y correctamente entallada, normal y fecunda. Y cuídese una mejor preparación para que las tareas educativas logren de mejor manera su finalidad natural: hacer del niño un hombre perfecto en cuanto sea posible. Se evitarían muchos «complejos» que, más tarde, asustan porque parecían imposibles. *** Las causas no son solamente circunstancias extrañas a la persona. Todos somos, en mayor o menor parte, creadores de nuestro propio destino y de nuestra suerte. Por esto, también el hombre puede abrir en sí mismo la causa de muchos desarreglos mentales. a) En el plano psicológico. Hay que recordar insistentemente que la psicología obedece a unas leyes determinadas. Y es triste que el hombre esté atento a las leyes físicas y descuide, en cambio, estas otras leyes por las que se gobierna el espíritu; que trabaje ahincadamente en la consecución de muchos bienes materiales o científicos o culturales y descuide la conquista de su propia perfección y equilibrio personal e interior. La cultura de sí mismo: he ahí una tarea al alcance de todos. La propia superación y excelencia: he ahí la primera actividad del hombre. Llegar a ser, a ser con toda plenitud; llegar a encontrarse perfectamente ajustado en sí mismo, a plena luz de su mundo interior, 20

inmerso en la sensación gozosa de la propia posesión. Una radiante riqueza espiritual, de ideas y sentimientos, perfectamente acordados y escalonados, abundantes, luminosos y en orden acabado. La tarea que tantas veces se ha descrito como labor habitual de la persona humana (2). b) En el plano social. Vitalmente dueño de sí, pero inmerso en la sociedad concreta en la que desarrolla su vida, ensanchado el espíritu por un movimiento amigable hacia todos y hacia todo. Ni quijote soñador y solitario, incomprendido batallador de quimeras fallidas; ni solitario quejumbroso y amargado, incompatible con el orden normal y con la vida; ni tampoco pobre cáscara de nuez, vacía e impersonalizada, a merced del oleaje de las opiniones y movimientos de la masa. La perfecta educación de la personalidad debe llevar consigo este resultado final: que el hombre llegue a situarse debidamente en la gran familia humana. Situarse debidamente, encajar sin holgura y sin estrechez ocupar debidamente un puesto y llenarlo de una sana fecundidad. También se ha hablado mucho de este punto (3). Es muy triste que un hombre se encuentre reducido, por su misma torpeza, a un número muy pequeño de posibles circunstancias y vivencias sociales. Porque fácilmente puede comprenderse que la vida social, con los innumerables elementos que la integran, ha de presentar necesariamente innumerables combinaciones de esos elementos. En todos los estratos sociales. En todos los más variados acontecimientos. En el choque de tantas ideas, maneras de pensar, sentimientos, pareceres y gustos. En la oferta incesante de posiciones y motivos siempre nuevos o innovados. El espíritu del hombre deberá adquirir una mayor flexibilidad, sin quebranto ni merma de la estabilidad personal y del equilibrio interior. No quiere decir que deberá sumergirse en el río de la vida, para ser arrastrado por la vorágine de las aguas alborotadas y cambiantes; sino que, asentado y seguro en la orilla estable del carácter bien formado, deberá el hombre contemplar el río y sus movimientos, conocer e interesarse por la vida, en todas sus variadísimas manifestaciones, sin encastillarse en modos únicos... cuando puede haber tantos otros modos válidos también. Capacidad de contacto, de sintonía con los demás y con lo demás... sin, por ello, dejarse arrastrar y zarandear y vencer por nada que no sea
«VALORES HUMANOS », Vol. I y II. 3 «VALORES HUMANOS», Vol. III.
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justo. c) En el plano religioso. Acaso parezca sorprendente o exagerado; pero es aquí donde el descuido o la falta de formación o la estridencia del hombre puede abrir el origen de innumerables conflictos psicológicos. «De alguna manera, el espíritu vibra en toda enfermedad.» (Paul Matussek) Puede parecer sorprendente o exagerado, porque muchas veces se piensa que la religión y la vida, la religión y la perfección psicológica natural, la religión y la existencia normal, son planos separados y distantes, sin salpicaduras del uno en el otro. Y cuando algunas personas caminan los senderos de lo religioso, no alcanzan a proyectar su caminar hasta las zonas de la existencia misma. Y cuando otros cultivan la perfección de su personalidad, no ven que la religión tenga algo que ver con tal materia. Y piensan otros que, entonces, hay que exagerar y desmesurar lo que ellos creen sentido religioso de la vida. Y otros, acaso, no llegan a darle a la religión todo el contenido existencial que tiene. «La humanidad parece haber perdido la seguridad de la fe. Y ésta es tal vez la crisis de nuestro tiempo, la causa de la inconsistencia general, que hace la psicoterapia más necesaria que nunca... …El problema que nos ocupa es un problema filosóficoreligioso de extrema importancia y seriedad, que de esta manera se convierte en el problema central de toda Psicoterapia... ...Cuando lo relativo se hace absoluto y lo supremo se hace ínfimo, el mundo tiene que desquiciarse... ...Lo que corresponde al ser humano es estar centrado en los valores trascendentes...» (Igor A. Caruso, «ANÁLISIS PSÍQUICO Y SÍNTESIS EXISTENCIAL») Porque una recta formación religiosa es necesariamente la base y como el alma de una recta formación psicológica. 22

No son dos planos diferentes: es todo un conjunto armonioso y muy apretado de realidades y creencias, de ideas y servicios a esas ideas, una verdadera «filosofía de la existencia» en la que está comprometido el hombre entero y en la que la realidad religiosa ocupa los planos más elevados. En el terreno de las ideas, porque los contenidos ideológicos religiosos encauzan y encuadran la visión ajustada del misterio de la existencia humana y de su destino, de su razón de ser y de su gloria, y el misterio de todas las existencias. No, las realidades religiosas no son un añadido embellecedor; son la explicación de todo lo existente y la llave de toda noble y alta curiosidad humana proyectada siempre más allá de lo visible e inmediato. En el terreno de los actos, como ordenamiento, explicación y finalidad de la conducta humana. Tanto más humana y noble, cuanto más razonablemente proyectada en toda su actividad hacia un destino. Grave, la pobreza mental del hombre en materia religiosa. ¿Cómo vivir con normalidad, cuando no se sabe qué es la misma vida, ni por qué es ni para qué es? ¿Cómo llevar esa vida hasta su mejor plenitud y fecundidad, cuando no hay explicación a los innumerables aspectos y guiños que la vida nos hace y nos hará? ¿Cómo gozarla y gozarse en ella, cuando el resto de lo existente permanece inexpresivo para el hombre porque el hombre no comprende su lenguaje? ¿Y el dolor y la muerte? ¿Y el amor y la fecundidad misteriosa que perpetúa las vidas? ¿Qué es todo ello, y por qué, y qué Mente prodigiosa y qué Mano fuerte y delicada proyectan y miden y dirigen todo...? Porque las explicaciones meramente científicas quedan siempre en el pórtico: nunca pasan, ni pueden, a lo interior de las razones profundas y definitivas. Grave, el desequilibrio en lo moral. Porque siempre es grave caminar por la vida con algún conflicto moral a cuestas. No. la religión —el sentido religioso de la existencia— no puede considerarse como simple añadido a la vida humana, por muy valioso que ese añadido suponga. No es algo que el hombre puede tomar o dejar, según le plazca, con lo cual o sin lo cual la existencia del hombre discurriría igual 23

como tal existencia. Esto es algo que debería verse con rotunda claridad: la Religión —el sentido religioso de la existencia—penetra y entraña la existencia misma. Existir es ya, necesariamente, ser religioso. Porque toda existencia llega a ser tal precisamente por religarse indudablemente al Autor de toda existencia. Existir es venir de, ir a, y, entretanto, disponer de un tiempo y de unos latidos... que siempre nos vienen de Dios y que nos hacen dependientes necesariamente de Él. Porque de Él brota toda existencia creada y en Él tiene su razón de ser. Y nada tiene sentido sin Él, principio y fin de todas las cosas, las pobres cosas... Quiérase o no, la existencia es eso. Naturalmente, las demás criaturas desconocen esta visión de la existencia. Sólo el hombre, dotado de razón y capaz de libre confesión de sus ideas, puede recoger el dato: la Creación gira en torno al Creador, y de Él viene todo ser y toda vida, y Él ha señalado a las cosas el número, peso y medida de la más maravillosa exactitud. Sólo el hombre puede recoger en sí mismo la pasmosa sensación de su origen y de su destino y encontrarse voluntariamente con Dios en cada recodo de la existencia. Y ahí empieza ya el ser religioso, el sentirse religado con Aquel que es la causa de todo. Y no, como estúpidamente se ha dicho, echado al mundo sin objeto ni finalidad. Aun ahí habría que preguntarse: «Echado al mundo; pero... ¿por Quién he sido echado al mundo, y para qué? Cuando se niega esto, se llega a comprometer la normalidad misma de la existencia humana. Queda borrado el punto de apoyo de todo y convierte a la existencia humana en una serie de afanes y luchas sobre el vacío. Es el vacío más insondable, porque deja sin fondo a la existencia misma. Y el vacío llama con el vértigo más espantoso, aunque aparentemente no se produzca de momento ninguna estridencia, ninguna anormalidad. Pero... se existe mal. Se ha planteado falsamente la existencia. Se falla en los mismos cimientos. No podrá ganarse altura ni seguridad. Si pretendéis conocer mejor el mundo de los complejos, si los padecéis y queréis salvaros y salvar vuestra vida y hacerla más feliz..., observad en esa dirección.

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ENCUESTA sobre Complejos (I)

VER: Recuerda algún caso que tú conozcas de manías o comportamientos extraños. ¿Tienes tú alguna de esas manías, cambios de carácter sin justificación? ¿Depresiones y pesimismos, fatigas espirituales sin motivo? ¿Crees que tu vida es amarga... o amargas la vida de los demás? JUZGAR: ¿Crees que eres dueño de ti mismo? ¿Disfrutas de una personalidad estable, que te permite «estar a lo que estás»? ¿Te gustan los gestos disparatados? ¿Los «esnobismos» extraños? ¿Las rarezas? ¿Cómo te enfrentas a lo «anormal»: en el cine, teatro, literatura? ¿Eres hombre de «un solo punto de vista», parcial, inflexible? ¿Te gusta lo estridente? ACTUAR: ¿Sabes desprenderte del ambiente, de la propaganda, de la moda para dar tus juicios con independencia y sinceridad? Examínate sobre el impacto que ejerce en ti la literatura, el arte la vida, en sus diversas manifestaciones desprovistas de normalidad. ¿Cuidas la «claridad» de tu mente, en tu formación, lecturas, pensamientos? ¿Te haces violencia interior por afán de originalidad? Normas para la acción Claridad mental: lee algunas obras sin conocer a su autor y elabora en25

tonces tus juicios. Razónalos.—Haz positivos ejercidos de sinceridad, al menos contigo mismo.—Reserva algún momento del día, cuantos más puedas, a disfrutar con las cosas normales y sencillas.—Dedica algún tiempo, todos los días, a la cultura de ti mismo: saber más, ser mejor, afianzar una visión real e ideal de la vida.—Examina seriamente el contenido vital de tus ideas religiosas: si no las empleas para la vida, serán poca cosa.—Descarga cuanto antes, sin inquietud pero con entereza, cualquier conflicto moral que tengas. ***

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Complejos (II)
(Prevención y remedio)

«Si quieres alcanzar los conocimientos indispensables para hacer reinar la alegría en tu propia existencia y en toda la tierra, tienes que hacer tabla rasa de todos tus prejuicios, aunque te parezcan avalados por la evidencia. La base del estudio de las leyes de la dicha es un acto de humildad: por sabios que nos creamos en las ciencias humanas, por mucho que podamos presumir del poder de nuestro cerebro, debemos admitir que no conocemos nada del conjunto de leyes grandiosas que harían de nuestro mundo un mundo armonioso, si todos las aplicasen... ...los seres perfectamente felices sobre la tierra son pocos, y esos privilegiados conocen y aplican las leyes de la dicha. Para llegar a ello, han comenzado por admitir que tenían que aprender todo, se han olvidado de sí mismos, han tendido la mano a la Sabiduría ofreciéndole una copa vacía y el Espíritu les ha llenado la copa» (Marcelle Auclair, «LE BONHEUR EST EN VOUS»)

*** No hablamos aquí de los casos clínicos. Para ellos —ya se ha indicado antes— sólo puede desearse un diagnóstico acertado y una medicación consiguiente. Aun así, las cosas siempre irán lentas, cuando se trata de enfrentarse a la terrible enfermedad de los complejos, la enfermedad de moda. Porque, al fin, siempre habrá que suponer una larga y difícil tarea de reeducación del enfermo: recambio de ideas, de modos de pensar, de medidas de estimación de la vida y de sus accidentes. Pero hablemos principalmente del enfermo mental que sigue andando 27

por la calle. No es un caso de reclusión; porque aparentemente tampoco ofrece peligro especial. Simplemente, él vive infeliz y amargado, con el espíritu turbio y el corazón intranquilo y le salta en pedazos la vida a fuerza de su propia inestabilidad. Y amarga a los que viven junto a él. Es una existencia mal ensamblada, mal ajustada. Y las consecuencias se suceden en cadena, interminables. Porque en tales casos todo es inseguridad. *** Lo primero es... querer. Es difícil, de acuerdo. Es difícil porque —también se ha dicho— parece que el enfermo no puede querer. Quisiera, pero no puede querer. Sin embargo, se ha de empezar por querer. Se ha de actualizar todo eso, que parece pura ilusión, y que plantea, sin embargo, el reconocimiento de las leyes del espíritu. No todo es materia en el mundo. La materia es lo que menos supone, aunque sea lo que más abulta. El espíritu tiene sus leyes propias. No las hemos inventado los hombres. Están ahí, en la más íntima estructura del misterioso ser humano. Como tiene sus leyes el agua y el fuego y el aire. Así, el espíritu del hombre. Y son tan viejas como él. Los hombres que han tenido calma para detenerse y pensar, los que más han amado al otro hombre, han tenido ante los ojos esas leyes del espíritu que otros olvidan con calamitosa frecuencia. Y muchos no las tuvieron jamás, ni se preocuparon de ellas. Saltaron a los libros santos de muchas religiones, con mayor o menor exactitud. Y ahí están, en el Evangelio y en la Ciencia del Espíritu, buscando siempre entrar en nosotros y educarnos, realizar una tarea de verdadera pedagogía, y de reforma, y de conversión. Son leyes que hablan del régimen de nuestros pensamientos, principalmente; porque todo arranca de ahí. Ya se ha indicado muchas veces: el hombre necesita frecuentemente una reeducación de sí mismo, hacer balance de sus creencias y opiniones y de sus puntos de vista y de las medidas que ha puesto a las cosas, revisar la escala de valores vigente en su interior...

LEY FUNDAMENTAL
Cuando se trata de construir correctamente la personalidad, es preciso recordar las leyes fundamentales en que se basa el equilibrio del espíritu humano. Y es bueno volver a ella frecuentemente, como se vuelve al rincón 28

amigo y preferido. Y considerarlas despacio, una y otra vez. A lo largo y a lo ancho de la vida, es bueno mantener fidelidad a esas leyes fundamentales. Podrá haber errores, claro. ¿Quién no los tuvo? Pero al mal debe concedérsele el menor espacio posible, el menor tiempo, la menor oportunidad. Muchas de esas leyes coinciden con los más elementales avisos evangélicos. Tenía que ser así. Porque se trata de perfeccionar el espíritu del hombre —el valor más preciado en toda la creación visible— y el Evangelio tasa y mide esa perfección, y la valora. He ahí algo que no pensamos: el sentido profundamente humano del Evangelio y su tendencia a la reeducación del hombre entero, en busca de la mayor perfección humana. Es que la formación religiosa y la formación humana son una misma cosa. Más aún: no puede haber una recta formación humana sino cuando el hombre vea que los postulados religiosos coinciden con las exigencias de la recta razón. Y la perfeccionan y la elevan. La Religión no es «extravial». Es la vida misma, levantada a los planos más hermosos y de más rico y saludable contenido. Una ley fundamental de la reeducación del espíritu nos llevaría a coincidir con esta advertencia. Alguna vez la he escuchado de labios de un médico mental: —«Ganaríamos mucho más, si tuviésemos el valor de actualizar en pleno siglo XX aquello que se dijo ya hace veinte siglos: «Hágase el hombre como niño» y «Niéguese el hombre a sí mismo». Sí, ganaríamos todos mucho. Esas normas no son simples consejos que se dejan caer, pero como sin intención ni deseo de que lleguen a germinar en resultados prácticos. Si se meditan sosegadamente, buscan una renovación interina y radical del hombre. Porque en el fondo de todo complejo hay algo contrario a eso, algo opuesto diametralmente a esas viejas consignas saludables. Hay explosiones solapadas de todas las concupiscencias del hombre, encubiertas y disimuladas de mil maneras diferentes. Hay vanidad y soberbia y egoísmo, sensualidad y afán desbordado de muchas cosas, descontento y rebeldía por solapadas situaciones espirituales en desacuerdo y desajustadas. Hay 29

demasiada afirmación de sí mismo. Y mil apetencias injustas e inconfesables. Todo lo opuesto al espíritu suelto y desprendido del niño y al olvido de sí. *** La mejor prevención, y en lo posible, el mejor remedio del complejo estaría en: a) Culto a lo normal. Si consideramos despacio la vida en cualquiera de sus grados, veremos que se caracteriza por la normalidad. La naturaleza no actúa a saltos. No es jamás estridente. Tiene su ritmo y su marcha discreta, en constante y progresivo desarrollo; pero jamás marcha a galopadas. En la marcha de los seres por los espacios, en la encrucijada de las más grandiosas leyes de la naturaleza, podrá descubrirse siempre un sentido de suavidad y armonía acompasadas. La normalidad preside los giros de los cielos, los cambios de las estaciones, la fecundidad de la tierra, la multicolor difusión de la luz, la profusión maravillosa de las flores gentiles y quietas, la vida de los animales, las aparentes sorpresas maravillosas del instinto de los insectos, la vida y la muerte y el renacer constante de las cosas... La normalidad sirve de alfombra discreta y mullida al desarrollo de la vida de cada instante, y lo ordinario ocupa la mayor parte —casi la totalidad— de toda existencia. El mismo Cristo, Dios hecho hombre, tuvo en sus manos los rayos de Damasco y el poder de tocar la entraña de las cosas; en sus labios, la palabra que remueve las losas y calma tempestades; en sus ojos, la mirada que rebusca en lo profundo del hombre los mejores sentimientos y los saca, con dulce violencia, a la superficie del alma por la fe y el amor. Pero no fue ése su estilo habitual. Quiso esperar en su Pueblo y en todos los hombres la marcha de una vida normal, y esperarlos y esperarnos siempre; dejó su Gracia como el mejor Don y la maravilla más valiosa, pero para que el hombre la aceptara y se sumara a ella con el juego de su adhesión personal y el trabajo lento y normal por el que la Redención le vaya calando; echó a rodar la gran jornada apostólica, que ya no terminará hasta el fin de los tiempos, hasta que su Iglesia llegue al número cumplido de los elegidos, y en sus manos estaba lograr todo en un instante, como una aparición cegadora e inconfundible que rindiera a los hombres para siempre y que 30

lograra, de una vez y para siempre y para todos, la Redención sin posibilidad de resistencia en nadie..., pero quiso que la historia discurriese por los cauces de la normalidad, en una tarea incesante y lenta de penetración evangélica en las almas y en los pueblos, esperando siempre la respuesta del hombre, tan lento, tan terco, tan pobre en sus reacciones para todo lo que es espiritual... Y así, ir haciendo la redención del mundo, del hombre y de las cosas. Y así, ir aplicando, gota a gota, el tesoro de su Sangre a cada hora del mundo. Pero muchos encuentran que la normalidad es sosa y aburrida. No aciertan a saborear lo que llama Pemán todas esas soserías fundamentales. Las encuentran vacías y sin valor, sin expresión. Sin sentido. Viven suspirando siempre por los rayos deslumbrantes o por las sacudidas asombrosas. Hay muchas vidas así. En constante inestabilidad, en forzada angustia, en espera impaciente de algo desacostumbrado. Mientras, a su lado, se va perdiendo la riqueza del normal discurrir de las mejores realidades y sensaciones. Hay muchas cosas así, en las que las nuevas vidas van aprendiendo desde muy pronto la triste ciencia de una existencia complicada que no acertará luego a gozar y ser feliz. Hay muchos corazones así, que hambrean siempre algo estridente y violento, algo excitante; porque nada les dice la discreta normalidad. Así, en lo político y en lo social, en lo personal y familiar, en los sentimientos y en la piedad. Pero la vida no es eso. La vida es normalidad. Con una sencillez maravillosa y normal, se produce cada día el prodigio de cada amanecer... Mírese si puede calibrarse aquí la impresionante sensación de vida vacía en quien no ha aprendido a gozar la fecunda normalidad de todas las cosas y de todos los instantes. La normalidad es, acaso más que otra cosa, fruto de una discreta educación. Se ha señalado mil veces la importancia de la madre sobre sus hijos, desde muy pronto, para dejar lugar luego a la acción completiva de la influencia del padre. Salvando, claro, los diversos planos, lo mismo habría que decir de todos aquellos que tienen entre manos una tarea educativa u orientadora de otros. Realmente, nunca se escribirá bastante sobre estas misteriosas influencias, ni se dirá todo el contenido de las relaciones 31

profundas que lleve consigo el oficio de engendrar vidas o de educarlas, que es otro modo de engendrarlas. Desde ahí comienza eso que se ha dado en llamar la gran aventura de la vida humana. Sobre el ser humano, apenas aparecido a la luz de la vida y en adelante, llueven innumerables influencias que van modelando y condicionando su mentalidad, su modo de ser futuro. De momento, él apenas dispone de defensas propias y es casi totalmente receptivo, casi totalmente abierto a los impactos de cuanto le rodea. Podrá decirse que ya no será nunca el hombre él solo, sino —en frase exacta y ya popularizada— el hombre será él y su circunstancia. Porque esa circunstancia —lo que está alrededor— habrá ido modelando el carácter y, respetando siempre la base fundamental de un temperamento y la futura acción personal, habrá modificado y cualificado todo un proceder. Muchos complejos futuros se gestan ahí, en la ligereza con que se trazan y manosean los primeros años de la vida. Véase la importancia de que la circunstancia se adorne con las claridades y bellezas de la viva normalidad; que el nuevo ser viva respirando y sintiendo normalidad; que la vida vaya en crecimiento constante dentro de un recuadro de desarrollo normal, hacia todo lo que es belleza, verdad y bondad; que no sólo quede lejos toda estridencia, sino que la suave dirección recta de lo normal sirva de lecho al río del vivir diario... Y luego, cuando el hombre paladea su vida consciente y, más aún, cuando se asienta sobre la línea de su madurez; cuando dispone del poder de determinarse por cuenta propia, con capacidad para aceptar y rechazar, para preferir y dejar, que el hombre sepa enamorarse de lo normal y cultivarlo, y vivir ardientemente, encariñadamente, el profundo encanto de las cosas discretas y normales..., y se eduque en un suave espanto ante toda estridencia. b) Culto a lo sencillo. Los seres más perfectos son los más sencillos. Los seres ganan en perfección en la medida en que se acercan a la mayor sencillez. La Naturaleza nos advierte muchas cosas. Por ejemplo, cuando uno enseña que los seres descienden y se empobrecen en la medida en que están compuestos y son divisos. Los seres materiales son pura composición complejísima de partículas diminutas. Los vegetales, compuestos y divididos también, ganan, sin embargo, a la pura materia porque son menos complejos y, sobre todo, menos divididos. El ser animal asciende en la escala hacia la unidad, aunque también es compuesto; y gana, por ello, en perfección a los otros seres in32

feriores. El hombre, también compuesto, es más simple, sin embargo, que el puro animal y con mayor capacidad de simplicidad por el poder de su inteligencia: capacidad para la idea, capacidad para el proyecto, capacidad de unidad espiritual y personal, consciente, libre y determinada por sí misma. Por encima de los hombres, los ángeles ganan en simplicidad y, por tanto, en perfección. Hasta que la mente humana, trabajando con las fuerzas de su razón y ayudada por la Fe, llega a descansar en el formidable misterio de Dios, el Ser sumamente simple, sin composición ninguna y, por lo mismo, maravillosa e infinitamente perfecto. La perfección aumenta a medida que se afina la simplicidad, la sencillez. Las mentes más perfectas tienen pocas ideas, pero más fecundas; son más simples en su discurso intelectual. Y en pocas ideas, resumen muchas. En un rayo de luz intelectual, descubren muchas verdades. En un raciocinio acertado, hacen brotar conclusiones varias y exactas. Todo esto debería prevenimos. Y animarnos a realizar un serio examen de nuestra vida y de la vida que nos rodea. Un repaso a nuestras ideas, aficiones, costumbres y preferencias. Porque hay una cierta afición esnobista que desprecia orgullosamente todo lo sencillo, porque cree que es más resonante lo complicado y abstruso: desde la elección de un aperitivo hasta la admiración abobada de un objeto o de una pintura vulgares... Y esto puede ser peligroso. Del simple gesto exterior, la complicación puede penetrar en el mundo de los sentimientos y deformar, acomplejándolo y atormentándolo, el modo de ser. En los diversos modos de expresión, se avisa: «Entre dos expresiones que digan la misma cosa, elige siempre la más corta, la más simple» o «Entre dos palabras que tengan el mismo significado, elige siempre la más clara, la más asequible». Sin embargo, siempre hallaréis hombres aficionados a complicar y redondear sus expresiones, que no saben ir derechamente a las cosas poniendo sencillamente las palabras unas detrás de otras, con su recto significado y su orden normal. Párrafos altisonantes y enrevesados, palabras afectadas y extrañas, frases largas y complicadas, paréntesis inacabables e inoportunos, expresiones que obligan a cada paso a consultar un diccionario... El mejor aviso seguirá ahí: «Elige siempre el camino más recto, la expresión 33

más sencilla. Huye de toda complicación innecesaria». Tradúzcase esto a la vida, puesto que el campo de la vida es más importante que el terreno de la expresión. Abrase el alma a la sencillez. Por lo menos, no la desprecie, no deje que la sencillez le produzca escándalo. Ya sé que vivimos tiempos complicados, que los procedimientos usuales buscan la complejidad. Sin embargo, piénsese que los cauces del éxito van siempre por la sencillez. Las frases más breves, las más claras, las más densas, serán siempre preferidas en todo grito propagandístico. El párrafo largo espanta. Pocas palabras, colores precisos, ideas claras... y la propaganda está hecha. Nos hace falta propaganda para el mejor negocio: para el negocio de una vida feliz. Aquí, pues, nos hace falta también el aviso fundamental: «Huye de toda complicación innecesaria». «Pregúntese cómo se comporta Vd. en las pequeñas circunstancias, en los pequeños sucesos de su trabajo profesional o doméstico; cómo reacciona Vd. ante el incidente más banal... Y de ahí podrá Vd. deducir las grandes líneas de su destino. No hace falta decir que, si el resultado de ese examen es negativo, en sus manos está cambiarlo hacia lo positivo. Vigile en adelante la buena ejecución de esos pequeños actos, vigile sus reacciones y hágalas que sean buenas ante el más pequeño incidente.» (M. Auclair, «LE BONHEUR EST EN VOUS») c) Culto a lo pequeño. Probablemente, la experiencia íntima nos dice que los momentos más confortables de nuestra vida se han producido por pequeñas cosas, pequeños gestos, pequeños rasgos. Es, por ejemplo, el lenguaje del amor. Y cl amor, cuando es verdadero, sabe hablar el mejor lenguaje. No sólo el lenguaje universal; sino, sobre todo, el lenguaje más confortador. Probablemente es el más universal porque es el más confortador; porque es el que más cala en la esencia del hombre y, por ello, todos los hombres desean escucharlo y están capacitados para entenderlo... por lo mucho que lo necesitan. Y es el lenguaje de las palabras cortas, de los silencios elocuentes, de los gestos breves y cordiales... Que no son los grandes sucesos, sino los pequeños detalles, los que abren en el alma las flores de la esperanza y del 34

gozo. Las ocasiones extraordinarias y ruidosas no están siempre a nuestro alcance ni son, por sí mismas, las más valiosas. Por definición, lo extraordinario no es ordinario. Y la vida es… lo ordinario, lo de todos los días, lo de siempre sobre este viejo planeta. La flor sobre su tallo, el rayo de sol sobre la nube, la sonrisa en los labios sinceros, la cordialidad de un saludo, la paz de unos ojos claros y limpios, el latido de un recuerdo. La casa, con su peso de todos los días, glorioso y fecundo. El abrigo de la lámpara amiga. El libro preferido. Aquel rincón de estar. El ritmo de aquella melodía sugestiva. La tarea diaria, plenitud de la vida del hombre... Examínese el hombre sobre esto: Cómo se comporta frente a las pequeñas menudencias de la vida diaria, cómo las penetra de admiración ilusionada, cómo las goza con su dedicación a la manera del artista que, mientras trabaja, parece que acaricia, cómo el incidente más banal encuentra resonancias en su espíritu y despierta nuevas y jubilosas vivencias; cómo, en fin, la vida no pasa en vano en su torno y el corazón aprovecha todos sus latidos. Y ahí hallará el hombre la respuesta a su inquietud por el gozo de la vida. De veras, si no hiciereis como niños... El Reino de Dios no entrará en vosotros ni vosotros os sumergiréis en su luz.

PREVENCIÓN Y REMEDIO
Hay una dificultad previa. Siempre se ha dicho que un gran inconveniente para corregir a muchos espíritus acomplejados es que los enfermos llegan demasiado tarde al médico. Esto no es del todo verdad; porque no es fácil saber y determinar en cada caso cuál es el momento oportuno para adelantar y prevenir, o si no hay otra solución, para remediar las extrañas desviaciones mentales. Por eso, el primer consejo deberá ser sobre la oportunidad de prevenir o remediar en el mejor momento: Cuanto antes. Cuanto antes, puede lograrse una prevención de muchas desviaciones futuras, adelantando una educación normal en un ambiente normal y por procedimientos normales. La personalidad tiene ya su esbozo, su figura presentida. Todo discurriría por cauces más suaves y hacia mejor resultado, si la educación se mantuviese fiel al trazado que la naturaleza, la psicología y la Religión le ofrecen con claridad. Cuanto antes, será siempre lo mejor. Por otra parte, no olvidemos que los actos del hombre crean modos y 35

hábitos, tanto más enclavados en su entraña y, por lo mismo, más victoriosos, cuanto más se les deje adentrarse en la vida. Hay un enorme poder creador en todo lo humano. Las ideas crean, son fuerzas insospechadas de producción de estado de ánimo y modos de vida. Cuanto más tiempo se le deje a una determinada idea, cuanto más frecuentemente encuentre ella el camino libre para aparecer y detenerse, cuanto más el espíritu humano se recree con ella, tanto más la idea irá calando y creando modos nuevos, de una u otra calificación según el contenido de la idea. Son creadores el gesto y la palabra. Y el hombre piensa poco en este poder creador. Juega con sus pensamientos, y los reitera y mantiene y desarrolla, sin pensar que con ello él mismo va sometiendo su vida interior a influencias misteriosas y tenaces. Prodiga gestos y expresiones, movimientos anímicos y afectivos, sin control ninguno; sin pensar que todo ello es creador, se abre paso, como rompiendo un surco profundo en la propia psicología. Con un resultado o con otro, según la cualidad y el sentido de esas ideas, gestos y palabras. Cuando todo ello ha creado la manía, el complejo, la desviación mental, se ganará mucho si se empieza cuanto antes a dar marcha atrás y reeducar esos modos de pensar, de actuar y de expresarse. Cuanto menos terreno se le ceda al complejo, tanto mejor será. Hay que romper la cadena, si no se ha podido impedir que se forme. Los complejos hacen cadena, se eslabonan de tal manera que, con la fortaleza del hierro encadenado y eslabonado, irán produciendo los mismos efectos mientras se permita que sigan unidos los eslabones de la cadena. Hay que romper la cadena. Es decir: hay que llegar a interrumpir valerosamente la seria maniática de actos irrazonables. Y eso... cuanto antes. Mejor hoy que mañana. Porque no es lo mismo, no, un acto que dos o tres. Es la más peligrosa tentación cuando el complejo tiene desviaciones hacia el campo moral o religioso. No es lo mismo un pecado grave, que dos o tres o más. No es lo mismo, aunque por el primer pecado grave se haya perdido ya la Gracia y parezca que no importa perderla por más o menor número de veces. Aun en el campo psicológico, es importante que el mal ocupe el menor espacio posible. Para bien del hombre y para bien del mundo. El mundo anda mal por las irregularidades que se cometen. Si se piensa bien, puede traducirse esto diciendo que el mundo anda mal por los pecados que se cometen. Importa, pues, borrar los pecados de sobre la faz de la tierra. Importa, entonces, por lo menos, no añadir un nuevo mal a los muchos que el mundo tiene y padece. No, no es lo mismo un acto que dos, cuando ellos son malos, 36

cuando no son normales. Hay que romper la cadena. Porque, además de lo anteriormente dicho, cada acto se eslabona con su anterior. Y llega a formar esa misteriosa cadena tiránica que hace que muchos hombres se hallen, de pronto, realizando determinados actos que ellos no quisieran, que no los quieren, contra los que desean luchar, de los que quieren verse libres; pero no pueden. Esos actos que han llegado a hacer cadena esclavizan al hombre, le llevan y le traen y le arrastran. Y el hombre queda a merced de sus complejos de todo orden. Cuanto antes, rómpase la cadena. Cuanto antes, hágase una profunda higiene mental rectificando modos de pensar, contenidos mentales, puntos de vista. Cuanto antes, cuídese la palabra y el gesto. Cuanto antes, busque el hombre los caminos de la normalidad y prevenga o cure su espíritu hacia una feliz realización de la vida. Cuanto antes, actúe la vieja fórmula, sagrada y magníficamente humana, salida de labios de Cristo y confrontada con las leyes fundamentales del espíritu: «Hágase el hombre como niño. Niéguese a sí mismo.» Es una postura mental básica e insustituible. Es una llamada a la sencillez y a la simplicidad, hecha con toda la autoridad evangélica y perfectamente acorde con las exigencias y normas de la más elemental psicología. No es verdad que el niño sea feliz porque, como suele decirse, no ha tenido aún tiempo para sufrir desengaños y le falta experiencia para calibrados. No es esto verdad. El niño tiene sus desengaños y sus sufrimientos que, a la medida de su edad y corta experiencia, son para él tan proporcionados como lo son, para los mayores, los sufrimientos y desengaños de los mayores. Sin embargo, se observa que el niño tiene una mayor capacidad de reacción contra lo doloroso y se repone pronto y vuelve en seguida a respirar esperanza y alegría. Lo que sucede es que el niño es más simple, más sencillo. Efectivamente, su corta edad y su casi nula experiencia, le permiten mantenerse sin caer aún en las complicaciones y complejidades de la vida. He ahí la escuela que se nos propone a los mayores. Tómese de nuevo la fórmula: «Si no os hiciereis como niños...» El Señor está hablando a personas mayores. Sabe perfectamente que su auditorio de aquel día no está compuesto de niños. Por otra parte, sería una tontería decir a los niños que se hagan como niños. Está hablando a mayores y les está hablando en serio. Me imagino que a nadie se le ha ocurrido la idea de que el Señor quisiese gastarnos una broma en tal 37

situación. Ni nunca. Entonces no cabe sino asombrarnos de que los hombres dejen pasar esa fórmula sin remediarla jamás y sin intentar apropiársela, sin tratar de conocerla. La han dejado tal como el evangelista la escribió y parece que todo queda reducido a una bellísima estampa en la cual se ve que Jesús, tomando de entre ellos a un niño y situándolo en medio de todos, dijera cosas hermosas sobre los niños y el escándalo posible de los mayores y terminase por hacer del niño, no sólo figura, el tipo ideal de una estructura espiritual humana. Y el Señor no quiso eso. No merecía la pena. El Señor quiso dejarnos una enseñanza, y una enseñanza profundamente humana. Una enseñanza en la que ponemos en juego nuestra paz interior y la entrada en el Reino de las Cielos con todo lo que el Reino de los Cielos supone de dicha, equilibrio, gozo inmenso... en esta vida también. Sencillez, estilo directo frente a la vida, claridad mental, simplicidad interior y exterior. Un corazón incapaz de hiel, abierto al amor y al bien en todas las direcciones de la voluntad y de la intención. Facilidad para el perdón y para el saludable olvido de las malas jornadas. Gozo incansable de todo. Espíritu ilusionado por la aventura del vivir y del ver, que se abre, siempre renovado, a cada paso y ante la cosa más insignificante... Haced un día la prueba. Poneos a la distancia del niño, rebajaos aun físicamente para que coincidan vuestras miradas, vuestras palabras. Tratad de interesaros por el niño, de ver cómo habla. Intentad emplear sus mismos modos, sus palabras. Haceos, durante un rato, un niño más con los niños. Interesaos por las mismas cosas que a ellos les interesan. Procurad adivinar la simplicidad de su espíritu… Y yo os aseguro que, al terminar esa experiencia, sentiréis el alma más aligerada y el corazón más humano, levantado y feliz. *** Es también una llamada a la negación de los caprichos. Niéguese el hombre a sí mismo. Es fórmula vieja, clásica y feliz. Fórmula que, arrancando de los más claros espíritus de la antigüedad, amigos de lo humano, alcanza en labios de Cristo la categoría de código de la fortaleza 38

interior y de la verdadera libertad del hombre. Analizad, una vez más, cualquier complejo. Y veréis que en el fondo de la complicada enfermedad mental se han ido acumulando incontables caprichos realizados o frustrados, y el alma cruje por ello; porque ella, en su interior, inconfesablemente, sigue apegada a sus propios caprichos y encastillada en su propio egoísmo. Parecía que, de pronto, desaparecía todo el mundo con el peso imponderable de tantos acontecimientos y que todo queda reducido a ese triste yo que no acierta más que a pensar en sí mismo, empeñado en ser él la única medida de todas las cosas. Todo egoísmo, además de pecado, es en sí mismo insano. «La sociedad está de tal modo constituida que, si nuestra meta es puramente egoísta, de nada nos sirve. Sólo nos extenuará. Medita bien esta máxima y ahonda en su sentido. Y hazte después estas preguntas: ¿Cuál es tu meta en la vida? ¿El dinero? ¿Tu propia felicidad a cualquier precio? ¿El placer? ¿La fama? ¿La satisfacción de los sentidos? ¿La posición social? ¿El poder? ¿O es hacer que el mundo sea un lugar mejor para vivir? ¿Quieres dar algo al mundo, o quieres sólo obtener algo de él? ¿Hay en ti alguna intención o idea de luchar de una manera u otra por la paz, por las mejores condiciones de vida de los menesterosos, o sencillamente para que otra persona sea un poco más feliz de lo que sería sin tu ayuda? Piensa que los que dan un sentido puramente personal a su existencia se sitúan en una zona de opinión que nadie jamás compartirá con ellos. ¿No te asustan las consecuencias de aislamiento? No vaciles en aceptar una norma de vida informada, hasta en los más pequeños detalles, por el desprendimiento y la generosidad». (J. W. Ford, «MANUAL DE MEJORAMIENTO DIARIO»). Una y otra vez, niéguese el hombre a sí mismo. Y esto, cuando — equivocación grave— muchos siguen creyendo que la vida sería más feliz para ellos cuando ellos pudiesen realizar todos los caprichos de sus ganas antojadizas, de sus ambiciosas ocurrencias; o cuando las cosas y las 39

circunstancias lloviesen sobre ellos toda clase de abundancias. Hay mucha gente que aún sigue pensando que todo cambiaría si cambiase el paisaje, la situación o el clima; o si les favoreciese la visita de la fortuna veleidosa (4). Siempre pendientes de algo exterior, algo que no son ellos mismos, ni, acaso, depende de ellos. Cuando todo se centra en el secreto interior estrictamente personal. Una tarea personal e intransferible que cada uno debe abordar con sus propias fuerzas y con la gracia de Dios.

DINÁMICA DE LA VIDA
Luego, ha de conocerse bien el contenido de la vida, y servirlo con lealtad. Porque la cosa no es sólo vivir, estar ahí como tantas y tantas cosas están, ocupando simplemente un sitio sobre la tierra. La vida de cada hombre no es un mero accidente inesperado. No somos echados a este mundo, sin más, para quedar luego en pasividad sin relieve ni latido hasta que el último aliento nos retire bajo esta misma tierra. Hay algo que hacer, entretanto. La vida de cada hombre es algo preparado minuciosamente desde la eternidad y detalladamente preparado y proyectado por el Creador. Es objeto de una atención divina y cada hombre llega a la tierra en el momento oportuno y por tiempo determinado, llevando dentro de las entrañas un contenido, un algo que explica precisamente el hecho de que uno de los hombres se encuentre aquí, viviendo, existiendo, con una única oportunidad para siempre. Compréndase: la existencia ha de tener su razón de ser. No se existe por existir. Sería muy saludable que ese contenido de toda existencia se conociese y viviese a la luz de lo religioso y de lo sobrenatural; que, al fin, lo sobrenatural es el único modo querido por el Creador para la existencia humana. Y la existencia humana no podrá jamás comprenderse suficientemente sino cuando se la encuadre en el prodigioso plano sobrenatural en el que Dios la proyectó. Pero aquí, sin dejar de apuntar ese colorido y finalidad de la existencia humana, queremos poner de relieve sus resonancias en el plano psicológico y en orden a una mayor plenitud de la misma existencia. Una vez más conviene recordar que lo religioso y lo estrictamente humano componen un solo plano perfectamente acordado y sin posible repugnancia.
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«VALORES HUMANOS», Vol. II.

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a) Y la vida es, en su trama más íntima, un misterioso movimiento de tendencia, crecimiento y proyección. Todo es un suave comenzar, como en un silencio luminoso y entrañado; y seguir luego en un desarrollo progresivo, como en conquista incesante de nuevos planos, hasta alcanzar una madurez en progresión creciente. Biológicamente, es un hecho de experiencia inmediata: todo el ser corporal, perfectamente trabado y organizado, en colaboración prodigiosa todo él, proyectado desde la íntima vida celular hacia conquistas consecutivas. Se diría que todo el organismo venía presidido, desde sus comienzos microscópicos, por lo que se llamó la voluntad de la célula. Como si una extraña voluntad pusiese todo en movimiento y lo lanzase hacia adelante y hacia lo alto, sin admitir un punto de parada. Una voluntad de crecer, un deseo innato de alcanzar la altura, una savia vital que no descansa y que busca la dulce y fecunda madurez orgánica y viva. Pero piénsese esta misma ley en el plano de lo espiritual y psicológico. La vida no tiene sentido sino en orden a algo, en dirección a un objetivo, a un ideal. Se ha dicho que el ideal es la verdad vista de lejos. Una verdad presentida y ansiada ya en las entrañas de la vida misma. Una verdad que espera, como a lo lejos, la inquietud de un espíritu que ha sido creado para alcanzarla... Sustancialmente, la existencia humana es un discurrir, un fluir y pasar de un punto a otro sin que jamás pueda definirse un instante quieto en la existencia. Sería la muerte. Y esto es en todos los planos de la existencia, en todos los aspectos del ser humano; de tal manera que todo él viene determinado por la implacable ley del crecimiento. En lo orgánico y en lo espiritual, en lo afectivo y en lo intelectual, en las profundidades del alma y en los secretos de la personalidad. Todo es crecer, por ley existencial. Todo debe ser crecer, por decisión de la voluntad y por higiene mental del hombre (5). «Que tus días no sean cuino las vueltas de una acémila alrededor de la noria. ¿Has visto a la acémila, que da vueltas a la noria, con los ojos vendados? Se los han vendado para que no advierta que sólo da vueltas siempre alrededor del mismo pozo; cosa que ni una acémila resistiría. Así, con los ojos vendados, cree que avanza y lo soporta. Hasta las acémilas sienten el deseo natural de caminar hacia adelante, hacia alguna dirección; de avanzar.
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«VALORES HUMANOS», Vol. I.

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Muchos hombres se limitan a dar vueltas alrededor del pozo del que sacan la poca agua de su mezquino placer diario. Y ellos mismos se tapan los ojos con doctrinas falsas y con soluciones absurdas de conformidad, y así resisten ese andar sin avance. Pero esa conformidad con el más o con el menos no supone perfeccionamiento. Lo que importa es que no pase un día sin haber mejorado y adelantado. «Ser y saber cada día un poco más». Esta es la fórmula maestra de todos los que avanzan. (J. W. Ford, «MANUAL DE MEJORAMIENTO DIARIO»). Y muchos viven como muertos. Se educaron así, sin adiestrarse en el arte de la proyección hacia nuevos horizontes, fuera de sí mismos, volcando el interés y el afán en tantas posibilidades que la vida ofrece; sin aspiraciones nobles, sin una ilusión verdadera y capaz de poner en movimiento todas las propias fuerzas del ser; estrechados en sí mismos, entre las frías paredes de un egoísmo primitivo y terco, romos a toda ilusión, reservados y avaros de su propia pobreza personal. «Hay, por desgracia para ellos, corazones quietos. Totalmente vueltos hacia sí mismos, sin calibrar las consecuencias del formidable pecado de egoísmo. No tienen ojos más que para mirar a su interior. Nada de nada ni de nadie les conmueve, nada les estremece... Sin pensarlo, están traicionando la ley más fundamental de la existencia humana: nuestra innata tendencia hacia más allá. Y la vida pasa la factura, hoy o mañana. Tristeza, aridez espiritual, soledad interior.» (A. Ortega Gaisán, «HOJAS VIVAS») Se habrá cometido, con ello, un grave pecado contra la vida. Y habrá que pagar la penitencia correspondiente: una vida desarreglada mentalmente, una vida que no ha estado en regla y siente la herida de su propia desarmonía. b) La vida es también equilibrio, acompasamiento. He aquí una realidad misteriosa e indefinible: la vida. Aquello por lo que un ser es viviente. Aquello que, perdido, desmorona y descompone al ser que antes vivía. Aquello que preside todo latido y dirige toda la complicada organización inicial y ulterior de todos los seres vivientes. La vida, 42

simplicísima y escondida y, sin embargo, siempre presente en todos los fenómenos de los seres vivientes, de su fecundidad, de su perfección. La vida que, repartida por toda la Naturaleza, en tantos y tan diversos grados, en tantas y tan variadas especies vivientes, pone en todas las partes, sin estridencias, pero incesante, los latidos misteriosos de los seres vivos. Y con ella, la fecundidad, la explosión incesante y gozosa de innumerables fuerzas nuevas, de innumerables seres nuevos, de innumerables formas nuevas... Pero siempre y en todos los seres, la vida se manifiesta en perfecto equilibrio, casi insensible, como soterrada y profunda; pero activísima y vigilante. «Dios perdona nuestros pecados; pero el sistema nervioso es menos clemente y nunca nos perdona nada. Toda excitación repercute en el sistema nervioso y lo debilita. Y la excitación nunca procede de fuera; es siempre un movimiento interior. La causa que lo produce puede estar fuera de nosotros, pero la excitación nace y se hace siempre dentro de nosotros mismos. Todos los impulsos negativos satisfechos, causan excitación. Dominados, producen calma. La ira, la envidia, el rencor, el simple enfado, son continuas fuentes de excitación nerviosa que este sistema jamás nos perdonará. Todas ellas se combaten con fuertes dosis de «calma», que nos hemos de suministrar en cualquier momento.» ( J. W. Ford, «MANUAL DE MEJORAMIENTO DIARIO»). La vida es así. Y es así toda fecundidad. Es así la salud. Y la paz interior. Y ¿por qué, entonces, es el hombre el único ser amigo de todas las alteraciones y estridencias, enemigo de la normalidad vital? A veces desde muy pronto, por defectos de ambiente o por inclinaciones defectuosas no corregidas a tiempo, muchos se enfrentan diariamente con la vida buscando en ella las mayores discordancias, los estrépitos afectivos o sensoriales, la peligrosa rareza..., sin pensar que se juega a cara y cruz, ligeramente, la ley saludable del equilibrio y de la fecundidad. Se mantiene una morbosa afición a lo oscuro y rebuscado, se presume y se goza falsamente de inestabilidad personal afectiva, se lleva la existencia haciéndola saltar de punto a punto extrañamente opuestos. ¿Por qué esa manía de lo complejo y absurdo, en un juego siempre 43

peligroso que pone en grave riesgo la ley más fecunda de la vida? c) La vida es, en fin y sobre todo, generosidad, dádiva, profusión y regalo de abundancias. Desde que todo comenzó, en el inicio sin tiempo del pensamiento divino, todo vendrá a la existencia bajo este signo de liberal donación abundante. Todo es como una explosión restallante de todas las abundancias, como si Dios hubiese borrado todo intento de ahorro egoísta para que el hombre aprendiera mejor la generosidad. Dios mismo se dio abundantemente. No se escatimó a Sí mismo, ni escatimó a su Hijo; sino que se dio y lo dio abundantemente, a fondo perdido, en una donación despilfarradora que maravilló siempre al hombre pensador. Dios mismo se dio, y dio sus dones, abundantemente, haciendo gala de una elegancia divina que encuentra en su propia donación y entrega su mejor encanto. Y la Creación toda es así, marcada por la Mano de Dios con el sello de la prodigalidad. La luz y el aire y el mar. Y las especies vegetales variadísimas y abundantes y densas. Y el mundo animal, siempre emocionante. Y las fuerzas secretas de todas las cosas, tesoros que el hombre va hallando siempre con sorpresa... Todo es abundancia, liberalidad, elegancia en el gesto de donación y entrega, sin reservas. Es mejor dar que recibir. Esta hermosa advertencia de Cristo está siempre en vigor. Y estará siempre de perfecto acuerdo con las leyes más sanas del espíritu. El hombre, se dijo mil veces, es en sí mismo un mundo pequeño; porque resume en sí los matices y principales maneras de todos los demás seres. Bien. Sea así el hombre, un mundo en pequeño. Pero séalo en todo. También para resumir en sí ese estilo de la vida, penetrado de toda generosidad y elegante despilfarro. Sí, es mejor dar que recibir. Aun de tejas abajo, no sólo en orden a una perfección cristiana, sino en busca de la perfección natural, psicológica, mental. Todo egoísmo, además de ser pecado, es algo antivital. «Nadie logra la verdadera grandeza, si no está más o menos convencido de que su vida pertenece a la humanidad y que lo que Dios le da se lo da para sus semejantes.» (Felipe Brooks). 44

*** Puede encontrarse en seguida una cosa que parece sorprendente: la felicidad es cuestión de costumbre. La costumbre de ser feliz se ofrece a nuestro alcance. Es una costumbre de pensar y obrar y hablar y sentir de determinada manera. Porque el espíritu tiene sus leyes que siguen su camino adelante, en busca siempre de mayores profundidades. Y esas leyes nos previenen sobre el poder creador de todo cuanto realizamos, en el pensamiento o en la acción más trivial. No se puede dejar que el pensamiento o el afecto, la palabra o la acción, vayan por sus cauces antojadizos; porque habremos de cargar entonces con las consecuencias de lo que hemos producido nosotros mismos. Si fomentamos lo malo, tendremos lo malo. El hombre no ha recogido nunca más que aquello que sembró. Una costumbre de pensar bien: todo lo que es noble y hermoso, todo lo que es verdad y luz, todo lo que puede abrir puertas a la alegría constructiva. Porque la costumbre de hacer bien en todos los terrenos de la personalidad, tiene que producir necesariamente la costumbre de paladear ese bien. Esa es la costumbre de ser feliz.

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ENCUESTA sobre Complejos (II) VER: Describe algún aspecto maniático, anónimo, que tú conozcas. ¿Encuentras en ti alguna casa parecida? Revisa en tu interior tu propio espíritu: —¿eres maniático, aunque te parezca leve la cosa? —¿cómo son tus gustos artísticos, literarios, etc.? —¿trabajas seriamente tu perfección personal? —¿tienes suficiente amplitud de gustos?, ¿de intención sana?, ¿de comprensión de otros? JUZGAR: ¿Qué opinas de la relación «religión-existencia»? ¿Qué supone la Religión para ti? ¿Simples actos piadosos? ¿Una serie de preceptos? ¿Desarrollo de solas virtudes humanas? ¿De solas virtudes sociales? ¿Cómo ves la relación «Dios-hombre»? Y ¿«Dios-vida»? ¿Qué opinas de la relación «caprichos-dicha»? ACTUAR: ¿Cómo crees que puedes ampliar tu capacidad de dicha? —¿amplitud de gustos sencillos? —¿amplitud de comprensión de otros gustos? —¿huir de todo exclusivismo?, ¿de toda extravagancia? ¿Cómo cultivar el saboreo de lo normal?, ¿de lo sencillo?, ¿de lo pequeño? Normas para la acción Ten el valor de confesarte a ti mismo tus propias intenciones.—No te disculpes a ti mismo ninguna estridencia .—Dedica todos las días algún rato a entenderte con los demás y tratar de comprenderlos; a entenderte con la Naturaleza y tratar de comprenderla y admirarla: a buscar el pequeño goce 46

de las cosas pequeñas.—Haz muchas veces lo contrario de lo que te gusta, y hazlo con gozo.—Cultiva constantemente tu ideal, noble y hermoso, y sírvelo con caballerosidad.—Haz algunos actos de generosidad: económica, material, espiritual. Repasar estas normas

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La verdad
«Haced la verdad con amor» (San Pablo) *** Un análisis profundo de los complejos, tratados anteriormente, nos llevaría a una elemental conclusión: el complejo es siempre una mentira. Una mentira de algún orden, solapada y finísima, que desplaza al hombre de los espacios de lo real y le dificulta la vida de lo auténtico y diáfano. Una mentira sin valor bastante para manifestarse como tal; pero con bastante fuerza para arrastrar al hombre a una situación irreal en la cual, sin embargo, el hombre se ve obligado a vivir como si la tal situación fuese la verdad. He aquí, pues, una materia importante: la construcción de la propia existencia sobre la verdad. Muchos, probablemente, podrán recordar las siglas que resumían la descripción de todo lo que existe, de todo aquello en lo que alguien puede apoyarse con seguridad: R.E.U.B.A.V. Acaso estas siglas se aprendieron en los años mozos, cuando se empezaba a educar el cerebro con las claridades elementales y seguras de la Filosofía clásica. Acaso se aprendió entonces el significado de esas siglas. Acaso también no se pudo entonces captar todo el contenido de lo que esas siglas representaban. Viene a ser esto: Todo lo existente, todo aquello que merece la pena es: —Res: cosa. —Ens: ser. —Unum: uno. —Bonum: bueno. —Aliquid: algo. —Verum: verdadero. La existencia se identifica con esas elementales realidades, simplemente enunciadas y, a la vez, llenas de un contenido rotundo. Todo lo que existe es todo eso. Y lo que no es eso..., no existe y se funde en la 48

mentira de la nada. Y, entre esas cosas, ahí está la Verdad. Educarse en la verdad es, pues, educarse en la realidad; apoyarse en lo que de veras es; palpar contenido y bulto y latido de algo; adentrarse por los senderos de la bondad y de la dicha; comenzar a disfrutar de las ventajas de la unidad contra toda posible dispersión. Todo eso es la Verdad. Vivir la mentira será, pues, apoyarse en la nada y obligar a la vida a jugar peligros sobre la línea del vacío.

RESUMEN DE LA PERSONALIDAD
Es sobradamente conocido el papel que juegan, hacia el logro de la personalidad, las dos facultades superiores del hombre: inteligencia y voluntad. Todas las demás facultades, todas las restantes adquisiciones del hombre, pueden y deben enriquecer su vida; pero el soporte de todo estará en aquellas facultades que caracterizan al hombre como ser racional y le distinguen del resto de la creación. Lo primero, pues, habrá de ser siempre y en todo caso conocer la verdad. Sólo así se puede comenzar a ser plenamente lo que se es y disfrutar de esa plenitud. a) La verdad es, primero, la verdad vital. «Una de las cosas más trágicas acerca de la naturaleza humana es la tendencia a escapar de la vida. Todos soñamos con un mágico jardín de rosas que vemos en el horizonte, en lugar de disfrutar de las rosas que florecen al pie de nuestras ventanas.» (Dale Carnegie) Se vive en concreto en una determinada coordenada de tiempo y espacio, con unas determinadas posibilidades personales, en medio de unas determinadas circunstancias y con una determinada finalidad al alcance de la mano; y, a la vez, se vive ideológicamente o afectivamente o imaginativamente en otro plano; se toma este plano como verdadero y, por lo mismo, se deja de vivir de hecho el plano real en que cada uno está situado. He aquí una mentira vital. En el fondo de todo complejo, hay una mentira vital: la realidad se escapa y no es vivida. Una mentira vital hay en el fondo de muchos sinsabores y angustias inexplicables: le falta al hombre en tal caso conocer concretamente su realidad vital, darse a ella y aplicarse a su desarrollo con 49

todo entusiasmo, amarla... Se está, entonces, existiendo mal, existiendo en la mentira. Y la mentira lleva al vacío porque es no ser. Los más añejos avisos cobran aquí una imperiosa actualidad. Mídase, si es posible, el consejo clásico que repitió San Agustín: Estate a lo que estás. Es decir, procura lograr la mayor unidad de ideal y de energía y aplícala a la situación concreta que tu vida te presenta dentro de tu determinada vocación, sin desbordar el ámbito de tu concreta situación en el mundo. Cumple ardientemente tu papel y entrégate de lleno a la labor en tu propio campo..., sin dejarte llevar del ensueño que te hace ver que es más florido el campo de más allá que, sin embargo, no es el tuyo y, por lo tanto, es mentira para ti. «Siempre es mejor construir un automóvil que una sencilla carreta... Pero, ¿qué duda cabe?, mejor es también construir una sencilla carreta que soñar en la construcción de un automóvil.» (H. N. Casson) Coge tu propia existencia en las manos. Conócela bien y haz que se proyecte la luz sobre el contenido de tu situación providencial en la tierra. Ama de todo corazón tu vocación concreta y saborea hondamente todo su contenido: deberes, responsabilidades, gozos de tu vocación. Tú eres así y no de otra manera. Así y no de otra manera te ideó el Creador. Ahí quiso ponerte y no en otro sitio. Con ese perfil y con ese relieve ocupas el pensamiento divino... Ama luego tu propio ser concreto y estate contento de tu situación; simplemente porque Dios la quiere y porque, sólo amándola, podrás hacer de ella, si lo crees posible y conveniente, el primero y magnífico escalón para ascender y mejorar en todos los órdenes... Vive sencillamente en la verdad vital y ámala con todo ardor. Saca luego a esa situación todo el rendimiento posible y juega al magnifico deporte de la actividad de todas tus facultades en servicio de tu vocación para Dios y para el mundo, para la tierra y para lo eterno. Perfecciónate ahí cuanto puedas y perfecciona el cachito de mundo que te toca trabajar. Vuelca todo tu amor en ese metro cuadrado que ocupa tu existencia, con todo lo que contiene, y ahonda las raíces fecundas de todo bien. «Sé positivo hasta lo más íntimo de tu ser. Aleja toda negación, toda duda inútil, toda idea de imposibilidad que te hayan inculcado. Piensa que siempre hay 50

uno que es capaz de hacer bien una cosa y que ese uno puedes muy bien ser tú. Acepta la vida; pero jamás dudes de tu eficacia en ella. Es decir: si la vida es contraria a tu deseo y más fuerte que tú, acéptala. Confiesa alegremente que habrías preferido otra cosa, pero que «existe» aquélla, y saca de ti tanta capacidad de acomodación y de goce como puedas encontrar... Es posible que tu eficacia en la vida tenga un límite, acéptalo; pero nunca como definitivo. No dejes de estar preparado para saltar ese límite el día menos pensado.» (J. W. Ford, «MANUAL DE MEJORAMIENTO DIARIO»). Enamórate de la «verdad vital». He aquí una humorística observación de Harold McMillan: «Hay demasiadas personas que viven en el pasado. El pasado debiera ser un trampolín, nunca una cama». Y si el hombre queda cómodamente tumbado en el recuerdo de lo que no es, adormecido por el regusto sentimental que halaga y empereza, se logrará dar entrada a la mentira vital y ésta cobrará cuerpo. Y no debe olvidarse que «la mentira más común es aquella mediante la cual uno se engaña a sí mismo, engañar a los demás es más raro». Y lo malo no es que esa mentira sea la más común. Lo grave es que esa mentira es la más perniciosa. (Nietzsche) No podrás alcanzar perfección ninguna fuera del plan que el Creador ha tenido y mantiene sobre ti. En el conjunto de las cosas y de los vivientes, tú tienes ahí tu puesto. La primera condición es que te pongas a escuchar el misterioso decreto que te dio tal existencia; que te acomodes amorosamente a él; que lo hagas fructificar y desarrollar. Sólo así podrá llegar toda perfección en cualquier plano en que la busques. Millares de jóvenes viven en la holganza fastidiosa, esperando que les llegue del cielo, en bandeja, la situación envidiable y soñada. Mientras, dejan de vivir su propia vida y se hunden en la esterilidad y se mueren de tedio. Muchos viven añorando situaciones pasadas, ligados de por vida a cosas y personas que murieron y que ya, por tanto, no son para este mundo. Muchos no han sabido poner bien la losa sobre los muertos, puesto 51

que no los vamos a resucitar. Y siguen ligados afectivamente a lo que ya es nada para este instante que hay que vivir. Muchos no saben pisar airosamente la parte de tierra que les toca y viven sufriendo porque no pueden alcanzar la luna con las manos. Muchos no han aprendido el arte de olvidar y siguen, tercos, pretendiendo mantener por el recuerdo inútil situaciones que ya no pueden volver. Muchos se embriagan con frecuentes drogas sentimentales, que matan, al fin, todo contento, bajo la inocente capa de la evasión... Cuando la misma palabra debería hacernos pensar: evasión. Evadirse, huir, ¿de qué y por qué? Movimientos espirituales de constante retroceso, de fuga acobardada, en lugar de ensayar, una y otra vez, la actitud gallarda de dar frente a la realidad vital en que en concreto vivimos. Pero la mentira vital arrastra al corazón humano hasta sus últimas consecuencias. No se puede vivir de espaldas a la realidad, de espaldas a la vida. La realidad está ahí y no se aparta del camino por mucho que el espíritu quiera evadirse de ella. En cualquier orden de cosas sucede esto: «La verdad es muy resistente. No se rompe al tacto como una burbuja. Se le puede dar de puntapiés todo el día, como un balón de fútbol, y por la tarde, estará redonda y llena.» (Oliver Wendell Holmes) Puesto que la verdad se impone siempre, no gastemos energías y tiempo en ninguna clase de evasión de la verdad. Al contrario, empecemos por salir a su encuentro y saludarle como a un viejo amigo bienhechor. b) La verdad es, también, la verdad intelectual. En la verdad vital la cosa se resume así: la vida es así y no como tú la imaginas, y hay que vivirla como es y entregarle el calor de tu mejor dedicación. En la verdad intelectual, importa sobre todo medir la importancia que puede tener la intromisión de cuerpos extraños —el error— en la inteligencia humana. Es verdad que la inteligencia, aun la más clara, será siempre una facultad en peligro de error, que requiere cuidados de comprobación humilde de las cosas, que está herida (desde el principio del mundo) y debilitada por el error primero en el primer hombre. Es verdad que muchas veces, a lo largo de la vida, hemos podido comprobar que no eran ciertas tantas cosas que antes nos parecieron indiscutibles; que nos falta la suficiente perspectiva y la capacidad de llegar hasta el fin de todo. Ni todas las inteligencias tienen la misma medida, ni puede llegar a todas la misma cantidad ni la misma calidad de conocimientos (6).
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«Valores Humanos», Vol. II.

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Pero la inteligencia es la reina de las facultades humanas. La misma voluntad, la más cálida y fecunda, no se moverá sino montada sobre la carroza de la inteligencia. La capacidad de saber cosas no debe permanecer inactiva, ni debe dejarse enmohecer, ni caer en torpeza culpable..., porque siempre estará en pie la primacía de la idea, la primacía del conocimiento. El Señor ha advertido que la vida eterna está aquí: en que CONOZCAN al Padre y al Cristo que el Padre envió. La vida terrena, con toda su carga de felicidad, se apoya en la misma ley: «Que la inteligencia humana conozca la verdad; que conozca las cosas y las gentes y las leyes y los misterios de la creación; que arranque los secretos que permanecen escondidos en la entraña de la vida y de los seres; que, como en el día primero del tiempo, la nada tenebrosa se vea sacudida por el gran deseo ¡Hágase la luz!» Es difícil lograrlo, de modo acabado; pero debe vigilarse el trabajo intelectual para que no entren en el espíritu los cuerpos extraños del error, la duda, la ignorancia. He ahí un campo sin límites para dedicación y tarea del hombre a quien le fue impuesto —y concedido— el don y la ley de trabajar la tierra y dominarla con todas sus cosas. Es la ley primera que movió la voluntad creadora: el hombre y, a su alcance, la misteriosa creación en espera de su trabajo revelador de todos los secretos. Por eso, el trabajo intelectual, cuando es leal, inunda de luz al espíritu humano y como que lo eleva y lo engrandece. Ninguna otra tarea más alta y hermosa que poner en actividad el espíritu para conocer las grandes realidades de Dios, el mundo y la Humanidad. «...Lo que importa es que no pase un día sin haber mejorado y adelantado. «Ser y saber cada día un poco más». Esta es la fórmula maestra de todos los que avanzan. No siempre es necesario avanzar a grandes trechos; basta con un ligero avance diario. Pero ese avance debe existir. De ese poco cada día no debe prescindirse. Lo malo es inmovilizarse. Toda inmovilización en el camino del mejoramiento, supone un retroceso. Pararse, en esto como en todo en la vida, equivale a perder.» (J. W. Ford, «MANUAL DE MEJORAMIENTO DIARIO»). Saber, saber cosas, saber cuántas cosas se pueda. Desenroscar el bucle de toda interrogante para convertirlo en la línea recta del conocimiento sin mentira y sin error. Abrir ventanas al espíritu, descorrer cortinajes en busca de la realidad que se esconde detrás. Caminar de una a otra verdad, con 53

ardiente deseo de verdad. Desear que se haga la luz sobre tantos rincones en tinieblas a todo lo ancho y largo y profundo y alto de todos los espacios. Y hacer luego que, mansamente, la existencia toda siga ilusionada en pos de la luz. c) Y la verdad es, aún, la verdad moral. La verdad moral es la virtud, por lo menos, la virtud de no enmascarar el vicio ni disimularlo ni disculpado. La virtud de no encubrir por cobardía el mal moral. Muchas veces se ha advertido qué peligroso es caminar por la vida con un conflicto moral a cuestas. Aun para los que presumen de independencia moral y cantan a coro su liberación de prejuicios morales, el mal existe. Y nunca sabemos el mal que nos hacemos cuando hacemos el mal, aunque parezca que nada nos reclama nada y que la conciencia, adormecida o encallada, no tiene ni un hilillo de voz para recriminarnos. Es peligroso, sí, caminar por la vida con un conflicto moral a cuestas. Quedará siempre un misterioso complejo de pecado que minará la capacidad de dicha del hombre. Poner en la vida un acto deficiente o torpe, debe hacernos pensar. Ahí queda la torpeza, como semilla que producirá un malestar. Hoy o mañana. Se ha añadido un mal a los muchos que ya la vida tiene. Se ha hecho una labor negativa, destructiva. Y no tardan mucho las consecuencias. Los actos, los gestos, son creadores. Es urgente hacer el bien siempre, siempre. Sin esperar a más. Y, si se ha hecho el mal..., reconocerlo y no quedarse jamás viviendo en la mentira moral que terminará destrozándonos. «Los conflictos morales son una cosa seria... que podría diluirse como el azúcar en cl agua, con un poco de sencillez y humildad. Es malo andar por la vida con el alma enfangada, aunque no se quiera creer en la inmoralidad del pecado. Si la culpa «está ahí», porque es inmensa la debilidad humana, dobla las rodillas del alma y confiésate pecador. Y busca de nuevo la paz.» (A. Ortega Gaisán, «HOJAS VIVAS») Verdad vital, verdad intelectual, verdad moral. Y, glosando el viejo enunciado, se trata aquí de conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Quiere decir que el hombre no ponga límites en este adiestramiento hacia la perfección humana; sino que despierte en su interior el hambre de 54

más, en todos los planos, pausadamente y con la elegancia espiritual suficiente para comprender que, sobre todo, deberá buscar nada más que la verdad. La verdad alcanzada puede ser corta, si las posibilidades lo son. Pero es fundamental que el espíritu no acepte jamás una cosa que no sea, rotundamente, la verdad. He ahí, entonces, el motor y la luz de una discreta personalidad. He ahí el manantial de la mejor actividad personal: la idea es creadora, primordialmente creadora. Es la idea quien dirige y cualifica la vida. En el plano de la inteligencia —la Gracia añadirá la Fe, que es otra manera de llegar a la Verdad, y a la Verdad más alta— se forjan los programas de la vida. Bajo su influjo, deberá moverse la voluntad. Porque la Verdad no es puramente estática, no será jamás una pura teoría, un simple juego del pensamiento. La Verdad es la realidad... y reclama sitio y tiempo, exige su encarnación en la vida. Deja paso así al consejo paulino: Haced la verdad con amor.

LA VERDAD ES LA REALIDAD
Un día, en el desierto, en la bíblica paz de pastoreo, vio Moisés el prodigio. Una zarza ardía y ardía... y no se consumía ni una sola de sus ramas. Me he imaginado muchas veces el alboroto emocional de Moisés en la inmensa y ardiente quietud del desierto, en la altura transparente de los cielos que derramaban silencio sobre la tierra..., cuando retumbó la voz misteriosa: Yo soy el que soy. Dios: el que es. La suprema realidad. Porque todo lo demás es no ser, puesto que el ser lo tienen como limosna todos los demás seres. Sólo Dios es realmente el que es, la totalidad del ser y de la vida, la plenitud infinita de la bondad y de la dicha. El ser es verdad en tanto en cuanto es el ser. Dios, ser infinito, es la suprema Verdad. El ser por sí mismo y la Verdad misma. El ser sin límites ni medianías ni recortes. La verdad entera y salvadora. Nos llegaríamos nosotros con más respeto al sagrario de la Verdad, de toda Verdad con tal de que lo fuese, si pensáramos que Dios es la Verdad. Y toda verdad, por serlo y en la medida en que lo es, será un paso más que nos acerque a la eterna y suprema Verdad. Llegaríamos al terreno de la Verdad 55

con respeto religioso y nos descalzaríamos de tanta ligereza y frivolidad, como Moisés descalzó sus sandalias para adentrarse en el terreno sagrado en que ardía, sin consumirse, la zarza del desierto. Comprenderíamos mejor el alcance de esa misma voz cuando, encarnada en acentos humanos, dijo al mundo: «Yo soy la Verdad... Y para eso he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad». Y veríamos mejor que, llegándonos a la Verdad, nos adentrábamos por senderos que llevan a Dios. Y tendríamos más respeto a la Verdad. Y la serviríamos mejor, en todos los planos. Tampoco puede olvidarse que, en el lenguaje bíblico, el demonio es llamado padre de la mentira. He ahí dos lenguajes, dos posiciones que el hombre puede adoptar, dos tendencias o dos preferencias: o las claridades de la verdad amada ardientemente o las cobardías de la mentira. Los dos grandes poderes: Dios y el demonio. Dios y aquél a quien se ha llamado con las palabras de signo más peyorativo: el Malo, el Enemigo, el Tentador... «La mentira es lo absoluto del mal. Mentir poco es imposible. El que miente, miente en toda la extensión de la mentira. La mentira es precisamente la forma del demonio. Satanás tiene dos nombres: se llama Satanás y se llama Mentira.» (Víctor Hugo, «LOS MISERABLES»). El lenguaje de Dios, la Verdad. La táctica de toda tentación, la Mentira. Las consecuencias fluyen solas. La misteriosa y providencial dualidad humana, la ambivalencia de nuestra voluntad y de nuestras decisiones, nuestra doble capacidad para el bien y para el mal, la doble vertiente por la que puede discurrir nuestra vida, la aspiración nostálgica hacia la altura y la gravedad pesada y torpe que tiende a hundirnos en todas las vergüenzas... Todo está ahí, en ese doble lenguaje que el mundo puede percibir y puede hablar. Dios es la Verdad. Razón suficiente para que el hombre subraye la preferencia vital de la verdad. Y la busque con ahínco y fidelidad. No llegará nunca la inteligencia humana a agotar toda la Verdad; como nunca podría la criatura poseer en plenitud el ser. Pero el hombre puede avanzar y ascender en los senderos de la Verdad: debe saber, al menos, que en la medida en que gane terreno en las 56

conquistas de la verdad, necesariamente se irá aproximando al tipo inaccesible de la perfección infinita. Se irá acercando a una mayor perfección de su propio ser. Porque el ser y la verdad se funden mutuamente.

DIFICULTADES
No colocar, pues, jamás la atención ni el corazón ni el entusiasmo en algo que no sea verdadero. Aunque no parezca, de momento, pecaminoso. Porque hemos hablado antes de la mentira vital: una situación que muchas veces se reviste incluso de virtud. Y conviene pensar que, al fin, los pecados morales se perdonan porque Dios ejerce su omnipotencia comprendiendo nuestra flaqueza y perdonando nuestros tropiezos. Y cuando Dios perdona, borra del alma lo que El perdonó. Los pecados morales, pues, tienen fácil perdón si el hombre es humilde. Pero los pecados contra la vida, la mentira vital, no tiene perdón; sino rectificación pronta y total. Y a causa de ellos se puede estropear toda la vida. Por eso se advierte que hay que buscar la verdad en tal medida que el corazón nunca se coloque en algo que no sea verdad. Aunque no parezca pecaminoso. Se trata de buscar la Verdad, toda la Verdad, nada más que la Verdad. Y esto es difícil a veces: a) Hay una ignorancia culpable, la pereza mental que impide todo esfuerzo estimable. Es preciso enamorarse de la verdad, desear saber más y más; con la pausa y el método que necesariamente ha de haber en todo, y más en la disciplina del espíritu, pero también con la conciencia de la brevedad de la vida y de la amargura de tantos espíritus improductivos. Hay que leer, leer mucho y bien. Hay que estudiar, preguntar, inquirir... Querer de veras, simplemente, conocer la verdad y no caer en la vergüenza de dejar improductiva la facultad más excelsa que el hombre tiene. Quedan muchas cosas por aprender, muchos misterios que desentrañar, muchas tinieblas espirituales que inundar de luz. Pero da dolor comprobar cómo se pierden las más evidentes oportunidades, cómo a muchos se les va la vida sin haber pasado apenas de la vida —y aun esa, corta— de los sentidos y de las experiencias inmediatas. «¿Sabe Vd. que fue el gran Sócrates quien, con gran 57

humildad, decía: «Una cosa sé, que no sé nada»? ¿Sabe Vd. que fue Pirrón de Elea quien, orgullosamente, fundamentó su filosofía sobre la errónea frase: «Sólo sé que no sé nada»? ¿Sabe Vd. que fue el filósofo Arcesilas quien rebatió ese error con este argumento: «Si nada sabes, ¿cómo sabes que no sabes nada»? ¿Sabe Vd. que el hombre puede: —saber o no saber —y, además, saber que sabe o no saber que sabe? ¿Sabe Vd. que, según se sepa o no se sepa que se sabe o no se sabe, pueden distinguirse cuatro tipos de hombres: el idiota, el ignorante, el distraído y el inteligente? ¿Sabe Vd. que el que no sabe, y no sabe que no sabe, es un idiota? ¿Sabe Vd. que el que no sabe, y sabe que no sabe, es un ignorante? ¿Sabe Vd. que el que sabe, y no sabe que sabe, es un distraído? ¿Sabe Vd. que el que sabe, y sabe que sabe, es el inteligente? Si sabe Vd. todo esto, ya puede ir diciendo que sabe algo.» (Dep. de Publicidad «IRIMO»). b) Hay ofuscamientos, por la concupiscencia, que nos nublan la verdad. Hasta grados de increíble terquedad, hasta llegar muchas veces a pecar contra la luz. Es decir: hasta llegar a comprobar que se está en la mentira; pero, agotar todos los argumentos de la pasión y no dar el brazo a torcer, jamás. Es verdad que al hombre le cuesta siempre cambiar de postura. Sobre todo, cuando la postura es mental, ideológica, y se ha venido manteniendo mucho tiempo. Pero mirad si no es hermosa la confidencia de un convertido, Newman, cuando podía afirmar: «Creo que nunca he pecado contra la luz». Es decir: nunca he pecado contra la verdad, he tenido la humildad suficiente 58

y la flexibilidad de carácter para aceptar la luz cuando la he visto, sin enroscarme en el amor propio, en el egoísmo inconfesable, en la postura adoptada hasta tal momento. Naturalmente, la verdad acusará muchas veces a nuestro egoísmo. Las ganas y el gusto son preferencias habituales, aunque no siempre sean racionales ni válidas. Aceptar la verdad, si va contra nuestra posición mental, no es siempre fácil; no lo es, si va contra nuestras comodidades tantas veces disculpadas de mil maneras; lo es menos, si la verdad supone la confesión de nuestro error o de nuestra conducta turbia y desleal; y supone, a veces, un heroísmo cuando la claridad de la verdad nos impele a suspender y cortar posiciones sociales y a manifestar abiertamente que hasta aquí estuvimos en el error y que la verdad es otra cosa. Pero hay que afilar la voluntad para obedecer a la verdad con entereza. c) Hay preferencias por aficiones subjetivas. Es el color del cristal con que miramos la vida. Es ese mundo interior del sentimiento y de la afectividad que gravita, con todo su peso, sobre el razonable equilibrio humano. Hasta tal punto que, muy frecuentemente, nos encubren la realidad objetiva y nos sumen en la mentira. La simpatía, el amor, el odio, la aversión, la incomodidad sentimental, la afectividad pronta y explosiva, la impresionabilidad..., son otros tantos movimientos, a veces instintivos y reflejos, que impiden todo análisis profundo de la situación objetiva y verdadera. Por lo menos, aun en la vida corriente, todo subjetivismo falsea, modifica, la verdad objetiva. Es bueno tenerlo en cuenta, para dejar tiempo al alma antes de empujarla a una aceptación o a una repugnancia definitiva y total. Eso viene sucediendo ya en la vida normal. Hay que pensar, por lo tanto, en las modificaciones, más o menos importantes, que la verdad recibirá cuando nuestro sentimiento está agitado por una afectividad demasiado sensible y demasiado rápida. Hasta que las aguas de ese lago interior del sentimiento vuelvan a la serenidad, no será fácil captar la verdad en su concreta y real objetividad. *** Estas dificultades apuntadas son de carácter interno. Van con nosotros, 59

pegadas a nuestra misma entraña. Y nunca las eludimos por completo y para siempre. Pero la Verdad encuentra dificultades también en lo exterior. Los caminos por donde la Verdad puede llegar a nosotros están muchas veces obstruidos porque el mundo es así. Examínese cada cual, por ejemplo, y vea cuánto influye o ha influido en él lo que se llama: a) Opinión ajena. Naturalmente, todo depende aquí de la clase de aquel o de aquellos que, en tal momento, suponen opinión ajena. Pero es saludable pensar cuánto nos cuesta a todos «ser nosotros mismos» y hablar con nuestra propia voz y discurrir con nuestra propia cabeza y querer con nuestra propia voluntad; porque es más frecuente comprobar que las gentes hablan y piensan y quieren con facultades «prestadas» por otros. Probablemente, porque ellos mismos se han hecho incapaces —por pereza mental— de pensar con su propia cabeza y de querer con su propia voluntad y de hablar con su propia voz, con su propio acento, con el vigor de la propia convicción. Ser uno mismo no es fácil. Es más fácil ser montón. Elaborar por cuenta propia, con lealtad y rigor racional, los propios pensamientos y forjar criterios razonables sobre las cosas y abrigar opiniones válidas y defendibles y mantenerlas y exponerlas con aplomo y seguridad, tal como la Verdad lo requiere, supone un trabajo personal, interior, serio y constante, que no todos los espíritus están en condiciones de realizar. Otras veces, falta valentía y carácter para manifestar una opinión personal que no coincide con la opinión ajena. No es fácil llevar a la vida real, en la sociedad actual, el principio de que las cosas deben decirse y mantenerse —una vez bien meditadas y comprobadas— con toda claridad, aunque con toda caridad. Y la psicología de masas reúne mil experiencias en este orden de cosas. En masa, muchos aceptan o rechazan cosas que, solos, llevarían signo opuesto. En masa, se hacen cosas que no se piensan siquiera en la soledad. «Un mozo es un mozo. Dos mozos, medio mozo. Muchos mozos, ya no hay 60

mozo». Un hombre sólo, él consigo mismo, puede pensar y proyectar y querer en una determinada dirección. Ese mismo hombre, fundido en la masa con los demás, habrá perdido toda su seguridad personal... si no se ha preparado cultivando su personalidad y asegurando su carácter. Y no es fácil eliminar este peligro. A veces, cuesta el éxito y el acierto de determinarlo; simplemente, de darse cuenta de la propia esclavitud a la opinión ajena. Y aumenta la dificultad cuando se mezcla el propio sentimiento por razones de amistad, simpatía, sumisión, gratitud... o antipatía, odio, susceptibilidad. Es decir: nuestro mundo interior, sobre todo nuestro mundo afectivo y nuestra carga sentimental, nos juegan malas pasadas cuando se trata de aceptar o rechazar las opiniones ajenas y salvar la independencia de nuestro propio criterio en servicio de la verdad. b) Y hay que tomar en cuenta el ambiente que nos rodea. Nadie es totalmente libre del ambiente, aunque muchos presumen de serlo. Si no es del todo verdad aquello de que cada uno es hija de su época, pero sí es bastante verdad que la época en que vivimos modifica nuestro ser. Fácilmente se puede comprender que la medida intelectual de un hombre de épocas lejanas —o de ambientes diferentes y remotos— no es nunca la misma que la medida de un hombre de ahora y en este determinado ambiente. Por ejemplo, muchas veces se han tenido que enmendar juicios y conclusiones en el terreno de la Historia, porque inconscientemente alguien pretendió juzgar las épocas pasadas con la mentalidad y los conocimientos actuales. El hombre tiene una medida diferente, en cada época y lugar, para todas aquellas cosas que no pertenecen a lo sustancial de la naturaleza o de lo dogmático. Somos, en mucho, hijos de nuestro tiempo y preparamos el porvenir. Pero ese ambiente en que vivimos, del cual somos, en mucho, hechura y concreción, influye en nuestros criterios. A veces, el simple discurrir de los años hace que nuestra mente tenga variadas modificaciones en sus criterios. La facultad de calibrar y estimar las cosas y las ideas, sobre todo en lo accidental, se mueve en unos límites esencialmente flexibles. Se acumulan nuevos conocimientos, nuevos puntos de vista, advertencia a nuevas circunstancias y modos que antes no se vieron y... todo ello hace que nos cueste mantener inflexiblemente un mismo e inflexible modo de pensar y juzgar. Eso no es malo, en sí porque también se dice que de sabios es mudar de parecer y comprender que, cuando la mirada abarca más, necesariamente 61

los resultados deben ser diferentes a la escasa visión interior. Y nuestro espíritu se ensancha, se enriquece con el rodar del tiempo, con el esfuerzo personal, con una mayor experiencia de la vida, con el acervo de nuevos y mayores conocimientos, con las experiencias de los demás y los inventos de cada época. No es malo eso, en sí. Durante épocas se creyó que la Tierra estaba quieta y firme y que en ella estaba el centro del Mundo. No es malo que, en otras épocas y con otros conocimientos y experiencias, cambie el juicio y se descubra que la Tierra es una insignificancia dentro del conjunto del Cosmos. Pero, sin que ello sea malo, esto debe advertirnos que esa influencia de cada época y de cada lugar influye también no para rectificar siempre, sino, a veces, para desviar y deformar. Y hay muchos que son efectivamente hijos de su época y parece que nada tienen propio. Cuando se vive una época como la nuestra, profundamente sensorial y estridente, colorista y superficial, amiga de lo sensacional y relampagueante..., no es fácil disponer siempre del equilibrio interior suficiente para analizar y cribar las variadas especies que se lanzan alegremente por todos los conductos de difusión. «Una verdad dicha apagadamente nos parece casi una mentira. Una mentira voceada con juventud y brío la tomamos como casi una verdad.» (J. Luis Martín Descalzo) Y nuestra época goza voceando las cosas. Con juventud y brío, desde luego, dignos de mejor causa; pero no depende siempre de nosotros la causa que se elige. Lo cierto es que todo viene dominado por el griterío de una propaganda que ataca a los sentidos, la parte más débil y más venal de nuestra personalidad. Nuestro ambiente es profundamente sensorial, efectivista, juvenil, irresponsable en las afirmaciones y negaciones rotundas, pródigo en la siembra de todas las especies más diversas... hasta el punto que ya no es fácil saber qué cosa es la mejor en su género porque el ambiente nos hará ver que todas son mejores, aunque esto es evidentemente imposible. Desorientación: ese es el resultado. Inseguridad en muchos aspectos de la vida. Efectos de teatralismo audaz. Fuegos de artificio siempre deslumbrantes. ¡Qué difícil es explicarse que las mismas masas que gritan victoria y gozo el Domingo de Ramos sean las que, el Viernes Santo, claman histéricamente la muerte del Justo... o se escondan acobardadas en la 62

vergüenza de su silencio! Pero, a la vez, ¡qué humano es todo ello!

PROCEDIMIENTO
Hay que disponerse, pues, para caminar en busca de la verdad. Importa mucho la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad. Importa la verdad vital, que nos permita situarnos debidamente en el momento preciso de nuestra existencia concreta y aprovechar su contenido para hacerlo fecundo. Importa la verdad intelectual, porque el mejor trabajo será siempre aquel que esclarece y perfecciona la más luminosa de las facultades del hombre. Importa la verdad moral, porque no es bueno caminar por la vida con un conflicto moral a cuestas. Hay que disponerse para caminar en busca de la verdad. Un día y otro día. a) Silencio. La primera condición es, aparentemente, de signo negativo: hay que saber soltarse de la multitud y buscar la soledad para que el ruido del ambiente no produzca mareos ni enturbie la necesaria diafanidad mental. Recordad los beneficios de los pequeños ratos de soledad, tantas veces recomendados. «Un día, sin un ratito de soledad, es como un coctel sin hielo», se ha dicho. Hace falta realmente un ratito de soledad de cuando en cuando, cada día si es posible, para encontrarse el hombre consigo mismo y calar, despacio, en el conocimiento de las cosas, en la comprobación de los pensamientos y de la vida. Un momento en que callen los alborotos exteriores y el hombre, lejos de dejarse arrastrar por fuerzas extrañas, encuentre la fuerza en sí mismo y en sus propias convicciones. Un espacio de quietud henchida, para que el hombre pueda tomar su alma en sus manos y verificar su vida interior. Y hacerla auténtica y verdadera. Y actualizarla. Y salir, luego, al exterior para ser él mismo aun en medio de los ruidos encontrados de un ambiente difícil. Es el momento del estudio, de la meditación profunda, del examen sincero, de la reflexión. Sobre todo, el momento de la oración y de la constatación de la Verdad. «No te predico el abandono. Recomiendo sólo que se tomen los descansos que son necesarios a la salud del cuerpo y al equilibrio del espíritu. Hay que disponer de tiempo para pensar y favorecer de esta suerte el desenvolvimiento mental del individuo.» 63

(P. Gual Villabí) *** Puede decirse que la capacidad de soledad determina la verdadera talla moral del hombre. Obsérvese a la masa. Y podrá comprobarse que es muy reducido el número de hombres que son capaces de soledad. A veces, la soledad — forzada, puesto que no la buscaron jamás— llega a producir profundos desequilibrios psicológicos. Por lo menos, con frecuencia alarmante, la soledad ocasional se traduce en tedio y aburrimiento en muchos corazones. No saben estar solos, consigo mismos, porque interiormente están vacíos; porque interiormente no hay nada en el alma; porque interiormente reina la más absoluta pobreza. Por eso necesitan como el aire, el calor y el ruido de lo exterior, y se dejan alegremente traer y llevar por lo circundante, y buscan lo rabiosamente estentóreo y sensacionalista. Tan pronto se ven en soledad, obligados a entenderse consigo mismos y a divertirse con sus propios recursos, brota del interior una agobiante sensación de nulidad y hastío desesperante. Es índice de un grave problema humano en el que queda comprometida toda la psicología del hombre. Un grave problema humano, que se deriva de la incapacidad de soledad: la incapacidad de diversión verdadera. Porque el hombre capaz de soledad es hombre capaz de diversión y jamás conocerá el tedio. Todas las cosas le sirven de motivo de diversión, si el espíritu está interiormente enriquecido con tesoros propios; pero, para esto, hace falta esa riqueza interior en el mundo de las ideas y de los sentimientos y de la cultura, en el mundo de la personalidad, en fin. Cuando se acerque lo exterior, el hombre capaz de soledad lo aprovechará también. Y sacará de ello algún nuevo fruto con qué aumentar su posesión interior. *** Pero no bastaría el simple hecho del silencio exterior. La capacidad de soledad no consiste solamente en la capacidad de aislarse del ruido ambiental y de la masa vociferante; no es solamente acertar a abstraerse del alboroto de la vida exterior. Porque, en tal caso, bastaría que alguien se 64

viese en soledad y silencio para concederle una plenitud que, acaso, está muy lejos de poseer. Importa más el silencio interior, la soledad interior. De una, forma elemental, se ha venido apuntando antes la línea fundamental de este silencio interior. Silencio interior, para no malgastar el tiempo y las energías dialogando consigo mismo sobre la materia más enfermiza: sobre los problemitas y cosacas de uno mismo. Porque hay muchas gentes solas —o por fuerza de las circunstancias o por gusto temperamental o por manía enfermiza— que, sin embargo, son incapaces de soledad interior y consumen su vida revolviendo, como el asno en la noria, tantas y tantas ocurrencias vanas e insignificantes, tantas y tantas pequeñeces que estrechan su espíritu..., hasta el punto de anularse en absoluto y cerrar los ojos del alma a todo conocimiento saludable. Mantienen el silencio con lo exterior, pero en su espíritu hay un constante alboroto de mil voces confusas y violentas que provienen de los propios egoísmos y suspicacias, de la envidia y del recelo mordiente, de los recuerdos tontamente mantenidos y de mil ilusiones infundadas. Falta entonces el silencio interior; porque la soledad que se pide, como condición esencial, es «para hablar con la Verdad», buscarla, contrastarla, pulirla y hacerla generosamente fecunda. Búsquese, pues, el espacio de tiempo para abstraerse del ruido exterior. Hágase, sobre todo, un ensayo constantemente repetido para acallar todas las voces interiores que provienen de los bajos fondos de nuestras pasiones, y déjese lugar y ocasión a que salten al tapete del alma las reales verdades constructivas y rotundas, los temas ardientes que esperan nuestro esfuerzo leal..., hasta que el alma saboree la llamada de los abismos de tantas y tantas cosas grandiosas que esperan la dedicación del hombre. *** b) Respetar el hecho. «Las apreciaciones personales que no estén fundadas en realidades, en hechos ciertos, en cifras auténticamente incontestables, lejos de resultar ayuda, sirven sólo para 65

desorientar y para llevarnos por caminos equivocados. Para no perder el rumbo que conduce al éxito, debemos aprender a ver las cosas y los hechos tal cual son en sí y no cual a nosotros caprichosamente nos gustaría que fuesen.» (Depart. Publicidad «IRIMO») Las cosas, los hechos, las ideas, tienen en sí mismas un determinado volumen. Son como en sí mismas son, no como nosotros quisiéramos que fuesen. Hay que comenzar, pues, por una disposición de higiene mental que nos permita respetar los hechos, las ideas, las cosas como son en su concreta y determinada realidad. No podemos modificarlos a nuestro capricho. Dos y dos son cuatro: siempre y en todas partes..., aunque esa verdad nos desagrade. Y aunque no es posible siempre hallar una tal precisión para todas las verdades, siempre es posible, en cambio, considerar las cosas como fuera de nosotros y en su pura y fría realidad para llegar a conocerlas como son o acercarnos, en cuanto sea posible, a la mayor objetividad y exactitud. Esto requiere estudio de los hechos, con verdadero interés y profundidad que permita que esos hechos y verdades terminen por fijarse, pegarse, a nuestro espíritu de una manera lo más concreta y real que nos sea posible. Estudio y fijación de la verdad; no simple paseo intelectual por los temas y las cosas, tocando en todos para no detenerse en ninguno. ¿No habéis observado con cuánta frivolidad saltan a discusión abierta, en cualquier grupo social, los temas más abstrusos...? Esos hombres han oído, sobre la cuestión, muchas campanas; pero ninguno de ellos ha dedicado nunca un tiempo detenido y prudencial para estudiar seriamente la cuestión y alcanzar un discreto conocimiento de sus diversos aspectos. Se habla de todo. Se pretende estar al tanto de todo. Se presume de estar al día y conocer los problemas de la hora actual. Pero todo ello sin detenimiento, sin profundidad..., y pretendiendo, sin embargo, dogmatizar alegremente y fijar conclusiones absolutas e inapelables que no llegan a revestir gravedad porque quedan anuladas por la misma frivolidad que las inspiró. Se pretende asentar conclusiones definitivas sobre el problema social, cuando ni siquiera se ha meditado sobre el sentido real de esas palabras. Se discute de Religión y se toman determinaciones, se juzga y se condena o se aplaude, a cuenta de mil aspectos del Dogma o de la Moral sobre los que, muchas veces, ni los técnicos se atrevieron a dictaminar por cuenta propia. Se barajan conductas y se juega con la fama de los hombres con una ligereza 66

desconsoladora. Se entiende de todos los campos de la técnica o del Arte o de las Letras, apoyándose en simples conocimientos de revista de moda... Y no. Las cosas no son nunca tan simples. Ni la verdad es siempre tan fácil. Ni los hechos son siempre tan elementales. Ni la conducta humana es siempre tan primitiva. Todo conocimiento es fruto de una laboriosidad ardiente y enamorada, que permite volver una y otra vez sobre la Verdad, acariciándola. Todo conocimiento serio requiere estudio serio: que llegue a fijar en el espíritu del hombre ideas —y no solamente sensaciones ni entusiasmos pasajeros—, dotadas de la suficiente claridad y precisión y en perfecto orden mental. Ayuda mucho, en la búsqueda de la Verdad, la pericia en el manejo de los contrastes. Tal cosa es de tal manera; pero, por esa misma razón, ofrece una serie de contrastes con las cosas que no son de tal manera o con otras circunstancias en que la misma cosa sería de manera diferente. Porque —lo hemos dicho— las cosas no son tan simples como puede parecer a una observación ligera. La Verdad tiene muchos aspectos, variadísimas facetas, vertientes diferentes que contribuyen, todas, a lograr la redondez y terminación acabada de la Verdad total de cada cosa o suceso. La mejor sabiduría se resume siempre en el conocimiento de las tres grandes realidades: Dios, mundo, hombre. Pero esas realidades deben conocerse, si es posible, en su conjunto; deberá evitarse un conocimiento parcial y simplista porque se corre el riesgo de quedarse con la partícula de verdad conocida ligeramente y aceptarla y trasmitida como si fuese la verdad total. No hay peligro mayor que ese: convertir lo parcial en total, lo relativo en absoluto, sin advertir que la mente se hace por ello mismo maniática y ve las cosas por un solo aspecto. Muchas veces, por un solo agujerito de luz. Es necesario pararse ante la verdad y observarla y chupar de ella todo el conocimiento posible, debidamente contrastado. Por eso ayuda mucho el arte de la comparación. Comparar esta verdad con otras. Comparar esta situación de tal verdad con otras situaciones de la misma verdad. Si tal cosa es así, ¿por qué es así? ¿Y para qué es así? ¿Y cómo sería, si no fuese así? ¿Y qué consecuencias se siguen de que sea así, y se seguirían si fuese de otra manera? Y ¿cómo se comprueba que tal cosa es así? ¿Qué puntos de contacto tienen con otras cosas? Un simple movimiento en los seres se trasmite imperceptiblemente y toca a otras partes del mismo ser o a otros seres. Tal Verdad, tal suceso, tal conocimiento no es, de ordinario, un islote en el mar del conocimiento. Hay conexiones con otras verdades, con otras consecuencias, con otras causas. Y es necesario adiestrarse en buscarlas. 67

Lealmente, con calma; pero con absoluta lealtad y buen deseo de la Verdad. «Haz crecer las cosas. ...Perder, dilapidar, destruir, abandonar, es fácil. Pero lo más difícil de todo es construir, aumentar y hacer crecer las cosas. Y éste ha de ser tu cometido en la vida. Siempre que una cosa caiga en tus manos, piensa: he de hacerla crecer. Y no la abandones sin conseguirlo.» (J. W. Ford, «MANUAL DE MEJORAMIENTO DIARIO») c) Objetivar. Un gran peligro: los clásicos advertían que los conocimientos se reciben a la medida del que los recibe. Esta ley —ley fundamental basada en la capacidad de los seres— puede ser un escollo, si no se reconoce debidamente. Y si no se ejerce sobre ella una discreta vigilancia. Es verdad —y ese es el sentido de la ley— que los seres inferiores no pueden recibir el conocimiento más que por la vía de lo concreto y por los sentidos. Es verdad que el hombre, ser racionad, no puede recibir el conocimiento más que al modo racional, subiendo de lo concreto a lo absoluto; porque es capaz de elaborar conceptos espirituales, cosa que el simple animal no puede. Es verdad que el ángel, espíritu sólo, alcanza conocimiento de las cosas por visión intuitiva y sin demora. Cada conocimiento se elabora a la medida de quien lo recibe. Pero esta ley nos advierte, en psicología, de un peligro. Porque la medida de quien lo recibe supone que corremos el riesgo de desdibujar la realidad. Nuestro subjetivismo tiende a colorear las cosas a nuestro gusto, a nuestro capricho, según nuestros sentimientos o preferencias. A nuestra medida, en fin, en su sentido más peligroso. Entonces, lo objetivo y real puede quedar desfigurado por nuestra apreciación subjetiva y personal. El color del cristal con que se mira, puede cambiar en nuestro interior, equivocadamente, la realidad concreta de las cosas. Y, por ello, sumirnos en la confusión y en el error. Es necesario, por eso, objetivar. Difícil, porque no podemos siempre y por siempre despojarnos de nuestra carga pasional y afectiva. Pero hay que procurarlo con atención. Hay que poner los conocimientos como fuera de nosotros para comprobarlos desapasionadamente, vigilando nuestro espíritu que tiende al partidismo y al favoritismo aun en el conocimiento de las verdades más dispares. 68

Comprobar los hechos, pues. Ejercer sobre ellos una labor de crítica seria y honrada. Basta analizar las palabras para darse cuenta de la importancia de sus contenidos. Objetivar: ponerse en el objeto, intentar comprobar el objeto como él realmente es y no como lo hemos elaborado nosotros en nuestro interior que lo acaba de recibir; salirnos nosotros hacia el objeto, como si lo viéramos, en frío, delante de nosotros, colocado ahí para dejarse mirar y remirar por sus cuatro costados; medirlo como en sí mismo es, en su altura y profundidad, en su largura y anchura, en su real contenido... Criticar: someter las cosas a una labor de crisis o descomposición de sus variados elementos; ver este aspecto y aquél y el de más allá; hacer un verdadero análisis o cuestionario de causas y efectos, de realidades y contrastes; soltar las diversas piezas de que todas las cosas se componen — por lo menos, en nuestro conocimiento— hasta lograr captar mejor todo su conjunto sin descuidar las características particulares de aquí y de allí. En resumen: una postura mental de absoluta honradez frente a todo intento hacia la Verdad. ***

LA VOLUNTAD HACIA LA VERDAD
Juntamente con la inteligencia —se ha repetido mil veces— está la voluntad. Las dos facultades reinas son el asiento y el instrumento fuerte de la personalidad; porque las dos facultades nos dan nuestro carácter de seres humanos, racionales y libres, capaces de la Verdad y de la Bondad. Las dos nos hacen diestros para el desarrollo de nuestra perfección humana. La medida de esa perfección la pone cada uno con el valor de esas facultades en sí mismas y con el trabajo constante con que cada uno las pone en sano ejercicio hacia la Verdad y hacia la Bondad. Ha de sumarse, pues, la Voluntad a la Inteligencia. Y en este caso, en los caminos que discurren hacia la conquista de la Verdad, el juego de la Voluntad es decisivo; servir lealmente a la Verdad adquirida por el entendimiento. Porque, a veces, el error —fruto del entendimiento torpe o confuso—no es exclusivamente producto del entendimiento. A veces, ha sido la voluntad la que, por pereza o malquerer, ha entorpecido el desarrollo de la verdad en el entendimiento. A veces, no se quiere la verdad. A veces, tenida ya la verdad, no se quiere cargar con las exigencias de tal verdad. El 69

amor a la verdad se trueca, a veces, en amor propio: amor a sí mismo, a los propios caprichos, a las posturas mentales ya adquiridas, a las mil disculpas inconfesables que pretenden detenernos en los caminos que nos llevarían, gradualmente, a plena luz. No nos sucede esto en verdades teóricas que no llegan a comprometer nuestra conducta. No nos cuesta admitir, con todas sus consecuencias, que dos y dos son cuatro. Como no nos cuesta admitir los simples hechos históricos o las mil teorías elaboradas por los hombres en el curso de los siglos. Pero hay verdades que comprometen nuestra vida toda. Ahí están las verdades de orden religioso, o moral, o social... En todo caso, importa afilar la voluntad y disponerse de antemano, y sin condiciones, para servir con toda lealtad a la verdad. *** De todo lo dicho, puede verse —y conviene recogerlo ahora, al final— que el peligro más grave va con nosotros mismos: nuestra afectividad. Allá donde se forjan nuestras preferencias, simpatías y antipatías; allá donde surge eso que llamamos el amor y el odio, la pasión y el entusiasmo por tal o cual cosa; allá donde se levantan en nuestro interior determinadas conmociones sentimentales de signo diverso y, muchas veces, sin causa racional determinada..., allá encontramos la mayor dificultad para la Verdad. Porque nuestra afectividad puede romper la serenidad que el entendimiento necesita (7).

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«Valores Humanos», Vol. II.

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ENCUESTA sobre La verdad VER: Procura resumir una definición sobre personalidad. ¿Qué parte crees que tiene ahí la inteligencia? ¿Cómo describirías la verdad vital, moral, intelectual? JUZGAR: ¿Por qué te parece que Dios es «Dios de la Verdad»? ¿Deseas de veras la Verdad? ¿Crees que debes acusarte de: —ignorancia culpable —ofuscamientos por tus pasiones —preferencias sin razón? ¿Te dejas llevar de la opinión ajena o del ambiente? ¿Eres capaz de estar contigo mismo? ¿Para qué? ACTUAR: ¿Sabes respetar los hechos y verlos como son? ¿Te detienes para estudiarlos, comprobarlos, cuanto puedes? ¿O eres aficionado a la sola «cultura de revista»? ¿Eres objetivo, o te vence el sentimiento? Normas para la acción Desear de veras la Verdad y renovar frecuentemente la postura mental que nace de tal deseo.—Amar la verdad vital: comenzar por ser ardientemente lo que de veras se es.—Amar la verdad moral: los conflictos morales deben solucionarse pronto—Amar la verdad intelectualmente: desear saber cosas.—Señalar, para cada día un rato de soledad ocupada intelectualmente. — Vigilar todo juicio precipitado.—Dar tiempo al tiempo, para evitar que el sentimiento nos desfigure la verdad: objetivar con honradez.—Cargar valientemente con las exigencias de la verdad adquirida.—Toma una verdad 71

y proponte: «Si tal verdad es así, yo debo hacer de tal manera». Y cómprelo. Repasar estas normas

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El trabajo (1)

El trabajo no es un castigo de Dios. El trabajo no es, de ninguna forma, un castigo. Porque el mandamiento del Creador —sabio y por mil maneras fecundísimo— es anterior al pecado. Es un misterioso determinante del acto creador por el cual aparece sobre las cosas «el hombre». Porque «no había nadie que trabajase la tierra, determinó el Creador: —«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, y trabaje la tierra, y la domine...» El trabajo, fuente de realidades nuevas y de perfección creciente, no es, en sí mismo, castigo. Es tarea humanísima y nobilísima actividad. *** Lo cierto es que, de una manera o de otra, la Humanidad trabaja. Ha trabajado siempre. Otra cuestión —más delicada y profunda— será atender y examinar las disposiciones espirituales que han presidido y presiden el trabajo de los hombres. La intención con que se enfrentan a él. El acogimiento cordial que se le pueda y deba prestar. El disgusto con que otros lo cumplen. Pero, de algún modo, el trabajo está siempre sobre las espaldas del hombre. Y cuando alguien ha pretendido sacudirse su peso, ha tropezado con trabajos mayores. Es mucha verdad la que encierra este dicho popular: «¡Qué trabajo cuesta vivir sin trabajar!» Porque el trabajo viene misteriosamente entrañado en el mismo ser humano y preside toda su formación y desarrollo. No es algo superpuesto, algo tristemente inventado, algo aceptable por capricho. En la complejidad del ser humano y en el secreto de su fecundidad, habrá de hallarse siempre esta realidad maravillosa y sorprendente: el trabajo. 73

Ya antes pudimos ver (8) que la personalidad humana, en busca de su mayor desarrollo y armonía, debe encuadrarse —como en un marco— en cuatro listones o realidades que le dan su mejor cumplimiento: —el trabajo —el entretenimiento —el trato social —la cultura física Listones o encuadres, porque dentro de todo ello habrá de hacerse la labor profunda y seria de la propia formación personal. Es decir: hay, de una parte, la fundamental tarea de la superación propia y de la perfección del propio yo en toda su intimidad y en sus posibilidades todas; de otra parte, hay el marco exterior a la persona, pero que redondea y completa su formación. He aquí, ahora, el trabajo.

POSICIONES
Sin embargo, el trabajo ha tenido siempre muy mala Prensa. Naturalmente, esa mala opinión y el descrédito subsiguiente han cundido especialmente en los estratos intelectualmente flojos de la sociedad. Por razones de diversa índole, muchas veces se ha sembrado el desinterés por el trabajo; como si el trabajo fuese una desgracia universal, como si el más alto ideal de vida perfecta consistiese en encontrar la fórmula salvadora por la que el hombre pudiese vivir —y vivir feliz— sin trabajar. Más aún: se ha sembrado la falsa idea de que, precisamente, la felicidad aumenta en la medida en que el hombre puede soltarse de la atadura del trabajo, o se ha culpado al trabajo de compañero inseparable e inoportuno que amarga la vida del hombre. Y una defectuosa postura mental acerca del trabajo ha de acarrear funestas consecuencias para todos. Especialmente, para aquellos que no pueden ofrecer una resistencia mental adecuada por carecer de formación. Aquí podría hablarse, con toda propiedad, de un extraño y verdadero opio del pueblo. La terrible adormidera de la muchedumbre que, por falta de discreción personal y de capacidad de crítica verdadera, vive suspirando por situaciones falsas en las que el trabajo haya sido suprimido. Porque, pensémoslo, la muchedumbre es masa. Generalmente y por
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«VALORES HUMANOS», Vol. III.

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desgracia, padece merma de criterios firmes y de ideas claras. Vive solamente las realidades concretas e inmediatas y solamente por su superficie, sin adentrarse en finalidades, causas o efectos. Susceptible y fácilmente ensoñadora, es presa fácil de la emulación de otras situaciones que parecen mejores y del desencanto que brota ante lo que se cree fracaso propio. Lo cierto es que se termina por desamar el trabajo, odiarlo, considerarlo como algo que viene impuesto y, en todo caso, como una desgracia ineludible. Es fácil, entonces, vivir con el pensamiento en otros mundos de ficticia felicidad. Soñar con soluciones fáciles de ocio y holganza. El opio del pueblo comienza entonces a hacer su terrible efecto. Porque esa masa vive necesariamente inmersa en el mundo del trabajo manual, no siempre en condiciones correctas, y convencida de que ese trabajo es una maldición. La consecuencia es, inevitablemente, que vivirá su trabajo llevándolo a contrapelo, sin poder medir las anormalidades de orden psíquico que tal postura mental encierra. Es materia fácil al chiste y a la caricatura. Lo cual aumenta insensiblemente, pero profundamente, los efectos disolventes de la armonía personal. Lo más terrible es vivir en descontento con la propia vida: la mentira vital. Vivir tal vida y estar en tal situación y, en el deseo malsano y esquinado, dejar llevar el espíritu, por la envidia y el disgusto, a una diferente situación imaginada... es convertir la salsa de la vida en una desazón constante. No se puede jugar impunemente con las ideas y las leyes que regulan una vida elemental y normal. Ni por un modo de chiste o de broma. Todavía no hace mucho tiempo, en un programa ligero de la Televisión, se terminaba por apalear en escena al inventor del trabajo (un pobre diablo), cuando se había recibido con aplausos a otros inventores de cosas entrañas en la farsa televisada. El inventor del trabajo es, al fin, el mismo Creador. Pero, aunque hubiese sido un hombre, merecería el primer premio de cualquier concurso. Al contrario, entre chistes y bromas, cuando no a través de idearios tontamente difundidos, la muchedumbre se envenena con una falsa idea de la vida, cuyo centro sería, naturalmente, la ociosidad perezosa. Pero en la realidad una vida ociosa es fuente de desequilibrios espirituales y causa de las mayores 75

insatisfacciones y desdichas. Simplemente, porque rompe una ley fundamental de la naturaleza humana y del mundo que vivimos. De cuando en cuando, se levantan voces que esgrimen los argumentos de la razón. Porque no es una buena táctica educacional la que siembra irresponsablemente el ideal de una vida ociosa y pregona la desgracia del trabajo. No es buena táctica educacional sembrar en las gentes el entusiasmo por una especie de milagro (que siempre se espera ávidamente) por algún pleno en las quinielas y en las apuestas, o por un premio gordo en la lotería. No es nada bueno esperar que venga llovido del cielo el maná que todo lo solucione. Puede ser una espléndida fuente de ingresos; pero a costa de la derrota interior de muchos espíritus. Se terminará dejando a un lado el trabajo serio, el esfuerzo diario, la conquista personal de nuevas posiciones sobre la materia quieta y silenciosa, el gozo de vivir lo que se es, intensamente, saboreando cada escalón de la vida mientras se esfuerza el hombre por ascender un nuevo escalón. Y esto es de efectos desastrosos. «Cada acceso de melancolía, cada pensamiento morboso, cada emoción de desaliento, cada duda y temor, es un destructor de la aptitud. Porque la aptitud es tan sensible a nuestras emociones, sentimientos y actitudes mentales como el barómetro a las variaciones atmosféricas. Cada vez que cedemos al desaliento, que nos dejamos invadir por la hipocondría, que retrocedemos en el camino de la vida, damos motivo para que nuestros destructivos pensamientos derriben lo que nos hemos esforzado en construir.» (S. O. Marden) Es una vana ilusión. La vida sigue su curso. Y la vida es esencialmente trabajo, actividad, si se quiere alguna superación. Ningún día se parece a otro; porque cada día es un paso más hacia nuevas conquistas logradas por el trabajo de todos. Unos aquí y de esta manera; otros, allí y en su medida. La suerte llegará, o no llegará. Será, en todo caso, algo muy ocasional y nunca con carácter general. Y será fecunda, si cae en el hombre que ha 76

sabido, en su vida diaria, servir con fidelidad a la ley esencial de la existencia; porque ese hombre aprovechará las nuevas posibilidades que la suerte le aporta: no secará las fuentes de la dicha, estancándose él y estancando su vida en la quietud de la inactividad... que sería la inactividad más parecida a la muerte. Es una gran equivocación. Porque en la ley del trabajo se ventila no solamente el destino y la expansión de la raza humana, el impulso misterioso e incontenible de que fue marcada en su creación; sino, a la vez, la suerte del hombre, de cada hombre. Y no precisamente por determinadas circunstancias que de hecho obligan al hombre al trabajo para poder subsistir; sino porque, en virtud de una ley constitutiva de la existencia humana, el hombre se hace y se forja y se supera y adquiere madurez vital por el ejercicio racional y libre de sus facultades físicas y mentales. El trabajo es su ley. Fue hecho expresamente el hombre para trabajar la tierra y dominarla.

DE CARA A ESTE MUNDO
Una sana filosofía de la vida no puede olvidar el destino humano en la tierra: para trabajar la tierra y dominarla, hacerse señor de las cosas, llegar a penetrar y conocer y gobernar las fuerzas inmensas que encierra la Creación. Una sana filosofía de la vida no puede sentirse ajena a esta vieja tierra que pisamos y a los inmensos mundos que nos asombran, colgados en el vacío del firmamento. Las profundidades de la tierra o del mar, las alturas y los abismos, la invitación misteriosa de los astros, los tesoros de la vida microscópica, la salud y la enfermedad, el cuerpo y el espíritu..., todo, en fin, está ofrecido al trabajo del hombre por ley de creación. Por lo tanto, una sana filosofía cristiana de la vida deberá estar también interesada en el mandato de Dios. Es verdad que, cruzando toda mentalidad, la filosofía cristiana de esta vida moverá siempre al hombre a levantar su mirada más allá de las estrellas —más allá de toda realidad visible— y recordar que romeros somos que camino andamos hasta nuestro definitivo destino en lo eterno. Y el hombre, penetrado de la augusta verdad de su vocación de eternidad, caminará por la tierra, pisándola y sin detenerse en ella, puestos su corazón y su esperanza allá donde la vida es Vida, y vida sin fin, porque es la Vida de Dios que nos creó para El. Es verdad que «hemos sido hechos para Dios y que, mientras llegamos, nuestro corazón estará inquieto —sin reposo— hasta que lleguemos al Dios que es nuestro destino». 77

Pero..., mientras pasamos por la tierra, esa misma filosofía cristiana de la vida nos recuerda la gran tarea: ganar la vida eterna mejorando la presente. El Reino de los Cielos se forja aquí abajo, y nada de lo que es correctamente terreno y humano se escapa a la acción de Dios que ha de ser realizada, con su favor, por la vocación de servicio del hombre. La tierra entra también en los planes de Dios. Y las cosas de la tierra, las leyes del mundo, el desenvolvimiento de la Historia, los sucesos, los inventos, la res publica, son la materia de trabajo para el hombre..., preparándose así, con su trabajo, el cumplimiento de su última vocación. Y no es necesario dejar de mirar al cielo por atender a las cosas de la tierra. Los dos extremos serían viciosos. El hombre sensual, frívolo y dado a lo material, se engolfa en los vericuetos de las realidades terrestres y cree que sólo puede saborearlas si llega a olvidar su vocación a lo eterno. En el extremo opuesto, también sería falso el complejo del hombre que piensa que, llamado a lo eterno, debe despreciar y negar las realidades terrestres. La verdadera filosofía cristiana de la vida unirá los dos intereses. Las realidades terrenas alcanzan un misterioso sentido, unas dimensiones colosales: componen la condición y la circunstancia y el instrumento y el campo de batalla y la tarea... para que el hombre, mirando al cielo, vaya ganando la justa medida de méritos que tallen su estructura para la eternidad. Cielo y tierra, unidos en el mismo afán del hombre. Cielo y tierra, con todas sus cosas, penetrados de la más recta espiritualidad. El Reino de Dios, que se trabaja con todo ardor en la tierra, madurando para la eternidad en cada uno de los hombres. «...aun cuando el cristianismo centre su atención en el mundo del más allá, donde únicamente el hombre puede alcanzar la plena expansión de su ser, el cristiano no es en manera alguna un evadido. El cristiano, consciente de su religión, sabe muy bien que la condición necesaria para alcanzar su plenitud en el más allá es haberse preocupado de la creación, en este mundo de acá, de un mundo mejor, más digno del hombre...» (U. Gil Ortega, «SENTIDO HUMANO Y CRISTIANO DEL TRABAJO»). A este propósito, muchas veces ha llamado la atención el cuidado — tan característico en él— con que Santo Tomás define, clasifica, precisa las diferentes actividades del hombre. No sería ningún grave inconveniente asignarle al Santo Doctor el título de «precedente lógico de un sano 78

humanismo». Porque el sano humanismo supone cl desarrollo armonioso de todo lo que es legítimamente humano. Pero lo humano, lo que realmente pertenece al hombre cabal, no se encierra en la simple estructura de la persona reducida al breve recinto de su limitación como tal persona individual. Lo que es de veras humano no queda esclavizado —por glorioso que se lo suponga— dentro de las paredes del individuo. Santo Tomás habla de un agere —hacer— que viene a resumir la actividad del hombre referida a su personal perfección. Abarcaría todo intento de superación en el terreno de la ética, de la moral, del desarrollo de las facultades personales de todo orden. Pero habla también de un facere —hacer— cuando la actividad del hombre se derrama fuera de él, aplicando sus perfecciones personales al trabajo por la transformación y mejoramiento del mundo que rodea al hombre y le invita a la conquista y dominación progresiva. Son dos maneras de hacer: una hacia adentro de la propia persona, trabajando su maduración; otra, hacia afuera, en el mundo, buscando el choque maravilloso del hombre y sus fuerzas libres y superiores contra la materia bruta que espera ser transformada y perfeccionada por la actividad del hombre. Esa doble actividad —hacia sí mismo, hacia las demás cosas—, base de un perfecto humanismo, abarca toda posible realidad y perfección. El hombre y las cosas terrenas no están enfrentados, como extraños, ni separados, ni pueden quedar indiferentes entre sí. Ninguno de ellos puede abandonar al otro. Las cosas, sin el hombre, reflejarían eternamente el silencio de la muerte y de la infecundidad: la creación entera quedaría inexpresiva. El hombre, sin las cosas, sentiría morir su espíritu y quedaría sumido en la postración más vergonzosa. Por lo contrario, las cosas todas han sido entregadas al hombre y deben converger todas en él, para él, para su servicio y perfección, para el desarrollo de su variada actividad y para el ejercicio de su soberanía, como ser espiritual y libre, por sobre todo lo que es materia o vida inferior. Y en la cima de todo, Dios. Dios, autor del hombre y de todo lo demás, impulsor de todo movimiento y alentador de toda actividad; espíritu y amor que lleva la creación en el cuenco de su aliento, inspirado todo lo que es y puede ser; vida de todas las vidas, que ha penetrado a las cosas con leyes inalterables y poderosas y alcanza lo alto y profundo y lo pequeño y lo grande; inteligencia infinita y amor imponderable, que ha trazado al hombre según sus planes 79

y lo ha ajustado, a él y a las cosas, dándoles a todos su propio número, su peso y su medida en la más perfecta armonía, en la más vital y medida geometría y proporción. El hombre y todo lo demás entran en juego en los planes de Dios. Un juego de contactos incesantes de mil fuerzas que se buscan, fuerzas que Dios mismo preside y alienta coordinando leyes, instintos y espíritu para que todo desemboque en una constante fecundidad. Para eso puso Dios al hombre. Y lo puso en medio de las cosas, punto de conocimiento y centro coordinador de las inmensas leyes de las cosas, capaz de dirigir y dominar los instintos que regulan la vida animal, audaz emprendedor por su inteligencia y su libertad. Y desde el primer instante, desde la primera sonrisa humana, desde el primer chispazo de razón... hasta siempre, el plan de Dios discurre y se desarrolla para manifestación gloriosa de su Amor. El cumplimiento cabal de todo será la explosión gozosa de la Eternidad. Pero aquí, en la tierra, el hombre y las cosas jugarán sin cesar el juego de la siembra y la maduración, el crecimiento y perfección de los hombres llamados a la vocación de hijos de Dios. Ved el profundo pensamiento de San Pablo sobre lo que podría llamarse teología de las cosas terrenas. Las cosas tienen también su sentido de finalidad, su espiritualidad. Están ahí para servicio del hombre, sumisas a él, brindándole la gran ocasión para su desenvolvimiento y terminación humana. Esas cosas terrenas, supeditadas al hombre, sufrieron por ello la salpicadura de la primera rebelión del hombre para quien fueron creadas; y quedan ahora como alteradas y fuera de quicio, en espera de que llegue a manifestarse en ellas la revelación de los hijos de Dios que traerá, para las cosas también, una especie de redención, una puesta a punto de todo aquello a que llegue la mano del hombre movida con espíritu de hijo de Dios por vocación y gracia del mismo Dios. Redimir las cosas, eso es el paso del hombre por la tierra. Volcarse en ellas con todas las fuerzas de su espíritu libre, músculo o mente o ambas cosas a la vez, y sacarlas del desequilibrio original y colocarlas en situación de servicio y de belleza, de justeza —justicia— y equilibrio. He ahí la tarea del trabajo humano. Este plan de Dios está pidiendo una sana postura mental del hombre. Un nuevo modo de mirar las cosas y una nueva medida del mundo. El descubrimiento de una altísima finalidad en la que encuentra sitio y razón el hombre, el mundo y el desarrollo de la historia con vistas a su cumplimiento más allá de todo tiempo. 80

SENTIDO HUMANO DEL TRABAJO
El hombre y todo lo demás, puestos en juego, no para contraposición y enemistad; sino para darse mutuamente un mejor cumplimiento y coincidir en la común tarea, cada cual según su naturaleza. Lo primero que se observa es que el trabajo consiste esencialmente en la aplicación de las fuerzas libres del espíritu del hombre sobre las fuerzas ciegas y pesadas de las cosas, sobre la materia bruta. El trabajo comenzó en el mismo punto en que el hombre, inteligente y libre, se encaró con la materia para transformarla y hacerla suya. Y en ese mismo punto comenzó todo crecimiento en la cultura humana. De la parte del hombre, la misteriosa centellica de la razón que — inteligencia y voluntad— sueña espacios siempre nuevos e ilumina su destino maravilloso. De la parte de las cosas, la materia quieta, atravesada de leyes prodigiosas, profundamente abierta a mil posibilidades y en espera de la actividad del hombre sobre ella. Como resultado, la adquisición de formas nuevas que semejarían otras tantas creaciones, nuevos seres y nuevas medidas y líneas y múltiples combinaciones de las cosas que, movidas por las fuerzas del hombre, parece que cobran vida y movimiento y aciertan a servir, entregándose. Y la materia se trasforma, se manifiesta variadamente receptiva, se viste de formas nuevas, se levanta y alcanza madurez y pone en el mundo la maravilla de mil energías constantemente renovadas Miradlo. La materia estaba ahí, inexpresiva y muerta. Y, por el trabajo del hombre, comienza a significar algo, comienza a expresar. Parecería que el espíritu del hombre siembra espíritu en la materia y le da sentido y vida y vibración. Todo estaba allí, en el agua y en el aire, en la piedra y en el bosque, en el hierro y en el fuego, en lo alto y en los abismos. Todo estaba allí desde el principio, dormido en un sueño de quietud y sin aliento, hasta que el espíritu del hombre lo hiciera despertar y lo asociara a su misma vida. La piedra se hizo imagen. El fuego informó al metal. El mármol se hizo monumento y expresión. El ruido se hizo sonoridad armoniosa y medida y acordada. El agua se hizo energía y luz. El abismo fue llenado y las alturas fueron alcanzadas. Y los espacios se abrieron en una graciosa invitación. La materia se entrega al hombre y recibe del hombre su sentido. El hombre, a su vez, se adueña de las cosas y palpa cada vez más de cerca el extraño poder que Dios le concedió. 81

Todo fue por el trabajo del hombre. Todo fue por el consorcio estupendo de las fuerzas del espíritu y de la materia bruta. *** Surge ahora, en nuestros tiempos, la incógnita de la máquina. La máquina fue una de las más brillantes conquistas del hombre. Multiplicó los brazos y las energías. Hizo más acabada y perfecta la labor humana. Surtió abundantemente todos los mercados. La máquina alcanza ahora una extraña perfección. Y no puede predecirse lo que será mañana. Porque las perfecciones parciales se acumulan y un invento facilita otro nuevo y de mayor alcance. Parece algo fantástico, insospechado hasta ahora, el poder que puede alcanzar la máquina y las consecuencias que pueden derivarse para bien o para mal del hombre. De momento, parecería que la máquina va desplazando al hombre; porque cubre ella —hechura del mismo hombre— los puestos de trabajo del hombre. Lo que primero fue solamente trabajo realizado por el músculo del hombre y la ayuda de instrumentos pobres, pasó a ser luego máquina para ayudar al hombre y multiplicar el rendimiento del trabajo. Y hoy tocamos la automatización en la cual todo lo hará la máquina sin el hombre. El hombre —parece— quedará desplazado como un señor que es expulsado por sus mismos criados. A veces, parece que aun el mismo hombre queda ridículamente desplazado, como si fuese a ser devorado por un extraño monstruo construido por el mismo hombre. Muchos suspiran por la destrucción del posible monstruo. Otros recuerdan que jamás la vida dio un paso hacia atrás, que los inventos se suceden en cadena y cada uno se apoya y aprovecha las ventajas del anterior. El hombre no se ha detenido jamás. No puede, probablemente, detenerse en su marcha hacia las cumbres. Se siente siempre misteriosamente llamado hacia un punto nunca alcanzado de perfección total. Ante la máquina, por perfecta que se la suponga, tampoco deberá el hombre renunciar a su lugar de privilegio: deberá mantener su reinado, salvar la ley fundamental de su trabajo sobre la materia por el ejercicio de sus facultades espirituales, aquellas que le hacen hombre y le salvan siempre. 82

De hecho, muchos hombres han sido desplazados ya, como lo fueron antes cuando la máquina produjo un estado de crisis en el juego del trabajo humano. De hecho, la máquina es algo que hace pensar, que obliga al hombre a planear diferentemente sus puntos de vista sobre el mundo y el trabajo, a diseñar trazados nuevos para el futuro contando con la puesta en marcha de las insospechadas energías que las nuevas adquisiciones de la técnica ha puesto en sus manos. Esto es evidente: el trabajo del hombre no deberá quedar desplazado. Siempre habrá que salvar esta ley fundamental de la creación. El hombre deberá jugar siempre sus fuerzas libres y su espíritu frente a la materia, por perfecta que ésta sea; deberá seguir dominando a la materia, haciéndola servir, redimiéndola constantemente de su quietud y de su pesadez. Depende de aquí la salvación temporal del hombre, el sentirse a sí mismo como alguien, el gozo exultante de la propia vida labrada con las propias fuerzas y la gracia de Dios.

EL TRABAJO, LEY DE CREACIÓN
El trabajo no es, pues, algo opinable; algo que el hombre puede preferir o dejar como tantas otras cosas. El trabajo es una ley de creación, algo constitutivo de la existencia terrena del hombre; de tal manera que la tal existencia terrena no podrá discurrir por los cauces de la discreción y del contentamiento si se deja a un lado el factor trabajo, que es, desde el principio, el cometido de la existencia humana sobre la tierra. En otras palabras, existir es realizar ahora, en lo concreto, las normas que presidieron y determinaron la existencia. Y la existencia humana fue ideada para, puesta en contacto con la tierra, trabajar y dominar la tierra. Existir es, pues, trabajar. Existir sabiamente, plenamente, y sabotear la dicha que puede ofrecer una existencia correcta, es comprender el trabajo y conocer su finalidad. Cuanto más el hombre actúa, más se afirma a sí mismo y más se reconoce y vive. Cuanto más el hombre anula su trabajo, tanto más se niega y se entrega a sí mismo en el olvido, que es vivir como sin vivir. Sencillamente, porque la existencia humana fue planeada para trabajar la tierra. «El hombre está hecho para trabajar, como los pájaros para volar.» (Pío XI) 83

«Es preciso desengañarse. Nacimos para entender, para amar, para estar siempre en acción. Reducir el espíritu a sus estado de inercia, despojarle de uno de los principales caracteres que le distinguen de la materia, es imposible: él es un fuego siempre ardiente, y es necesario darle pábulo si no queremos que se vuelva contra nosotros y nos haga víctimas de su voracidad insaciable.» (Balmes, «DISCURSO SOBRE LOS MALES DE LA OCIOSIDAD») *** a) Una misteriosa semejanza. En esta ley fundamental y general de la creación del hombre, se ha repetido hasta la saciedad que el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de su Hacedor. Es algo que estremece, cuando se meditan las primeras páginas de la Escritura. Algo que dibuja ya el puesto único que el hombre ocupa en el conjunto de la creación visible. Cuando el ejemplar —Dios— es de una simplicidad infinita en toda perfección, es claro que la criatura —hombre—, hecha a semejanza del Creador, pero limitada y compleja e imperfecta, solamente podrá cumplir su destino de semejanza de modo parcial y por participación. Como en un pobre reflejo de aquello que en Dios es perfección acabada y absoluta. Esta semejanza con su Creador hace del hombre algo excepcional. Porque el Creador, infinitamente perfecto, sería infinitamente copiable; pero la criatura, siempre limitada, sólo como en rasgos parciales y múltiples puede, de alguna manera, reflejar un poco de aquella perfección de su Creador. Desde los planos de la misma naturaleza humana, hasta las grandezas dadas al hombre por la Gracia que le eleva a categoría de hijo de Dios, el hombre, aquí y allí, en su ser y en sus obras, en su capacidad y en los dones que recibió de Dios, en sus facultades espirituales hambrientas de infinito, en su vocación de eternidad..., está iluminado por los reflejos de la semejanza con su Creador. *** Hay, por ejemplo, un formidable rasgo de semejanza con Dios aun en el plano del ser natural del hombre. Porque Dios es Padre. En lo que el hombre ha podido recibir en cuanto 84

a conocimiento de su Dios, por la Revelación, nuestro espíritu se encuentra con el más grande de los misterios: el misterio del mismo Dios y de su vida íntima y de su riqueza plenísima, infinita y llena de fecundidad. Y el misterio de Dios consiste en una misteriosa paternidad por la cual engendra eternamente a su Hijo, a su Verbo, idéntico a El, en la perfecta unión del Espíritu Santo igualmente perfecto, infinito y eterno, con el Padre y el Verbo. Misteriosa fecundidad, paternidad asombrosa de la cual procede toda otra paternidad. Y toda la Creación se nos ofrece penetrada de fecundidad. Y el hombre, especialmente, está construido para ser fecundo. Fecundo en obras y fecundo en vidas. He aquí la vida. La vida, cuyo secreto pertenece al mismo Dios. La capacidad de dar la vida, de engendrar seres nuevos —y en manos de Dios está el secreto de todas las vidas— ha sido entregada al hombre y sembrada en su espíritu tanto como en su carne. El hombre, capaz de paternidad: he ahí, aun en el plano puramente natural, un rasgo de semejanza con Dios, que es Padre. He ahí un don natural que bastaría para que el hombre, padre de la tierra, viese que tiene lazos de vinculación y semejanza con Dios, Padre de los Cielos, de quien proviene toda otra paternidad. No nos ocupa aquí, especialmente, este punto. Pero tampoco puede quedar en olvido. Porque cambiarían radicalmente muchas maneras de pensar sobre el amor y la paternidad humanas. Quedarían desterradas para siempre muchas maneras de concebir el amor humano, harto rastreras y facilonas, cuando el hombre y la mujer sienten la gloria y el peso del tremendo poder que tienen: el poder engendrar nuevos vivientes. Y el hombre y la mujer se mirarían de otro modo. Y el amor humano alcanzaría su verdadero sentido y su grandeza natural, cuando el hombre y la mujer viviesen su vinculación, por la paternidad, con aquel Dios misterioso y fecundo que puso en ellos el secreto de la más grande fecundidad. Los misterios de toda generación empujan a ello. Y sobre todo, los misterios de la generación de un ser humano que viene a la vida por el hombre, pero sin previsión del hombre, y cargado ya con el peso de un poder insospechado y de un destino imponente. 85

*** Semejanza con Dios, actividad suma y perfecta, motor de toda actividad. Los clásicos, desde Aristóteles, rinden culto al descubrimiento metafísico más genial de este filósofo de la antigüedad. Todos los seres —menos Dios— están constituidos, al menos, por un género de composición que Aristóteles llama potencia y acto. La potencia en un ser viene a, ser la capacidad o aptitud que tiene ese ser para ser de un nuevo modo. Por ejemplo, la semilla está en potencia para ser una planta; la inteligencia está en potencia para alcanzar una verdad; la voluntad está en potencia para querer; sentado, el hombre está en potencia para echar a andar; andando, está en potencia para descansar... Todo, en fin, está constantemente en potencia para algo. Sencillamente, para ser de un modo nuevo. El acto es la perfección del ser, la determinación por la cual el ser alcanza el nuevo modo de ser. Por ejemplo, cuando el entendimiento alcanza la verdad, está en acto, aunque sigue en potencia para otra verdad. El acto viene a ser, pues, la realización, la ejecución, la consecuencia de aquel nuevo modo de ser. Y, naturalmente, cada consecución entraña alguna perfección. Todos los seres, pues, se van perfeccionando por los diversos actos. Se observa, primero, la adquisición de esta perfección. Porque evidentemente cada facultad alcanza madurez por sus actos. Cada vez que esa facultad pasa de la potencia al acto y lo realiza, ese acto añade alguna perfección a la facultad. El entendimiento se perfecciona por los actos inteligentes y la adquisición de la verdad. La voluntad se perfecciona por el ejercicio del querer o acto volitivo. Y así sucede con las facultades de cualquier orden. Todos los seres se perfeccionan cuando salen de la simple potencia y pasan al acto correspondiente. La potencia es pura posibilidad o capacidad; pero la posibilidad es nada mientras no se proyecta y alcanza la realización. La vida, la consecución de algo, la fecundidad, está en el acto y no en la potencia. Por otra parte, se observa que, por medio del acto, la facultad correspondiente adquiere algo que antes no tenía. Precisamente, adquiere aquello por lo que gana en perfección. 86

Es evidente que el entendimiento, por el acto intelectual, adquiere el conocimiento de alguna verdad; conocimiento que antes no tenía. Esa verdad es lo que, poseída por la inteligencia, añade alguna perfección a la misma inteligencia. Todo acto supone, pues, dos cosas: —la adquisición de algo nuevo. —alguna nueva perfección. Cuando los filósofos se acercan a Dios y pretenden arañar con sus inteligencias el pasmoso misterio, suspenden aquí este razonamiento. Dios es el único ser simplicísimo, no compuesto de ninguna forma. Ni siquiera está compuesto de potencia y de acto; porque Dios no puede adquirir nada nuevo, puesto que lo tiene todo infinitamente. Si algo pudiera adquirir, ya no sería Dios... puesto que le faltaba algo, aquello que luego adquiriera. Ni puede tampoco Dios aumentar su perfección, porque es esencialmente infinito; puesto que si no lo fuera, ya no sería Dios y necesitaría de alguien que le añadiera la perfección que le faltaba. He aquí, de pronto, una realidad maravillosa: Dios es el único ser que no puede actuar para adquirir, sólo puede actuar para dar. Pero la simple potencia es mera posibilidad, nada más. Dios, pues, es un acto purísimo. Sólo Él es la perfección ilimitada, el que es por sí mismo y magníficamente infinito. No tiene ni puede tener potencia ninguna ni capacidad para ser más de lo que es ni para alcanzar nada nuevo, porque lo es todo y lo tiene todo. La perfección suma, Dios, es acto puro, actividad maravillosa e incesante. Es actividad en su vida íntima. Que nadie se imagine a Dios como un vacío, como algo lejano, frío y quieto. La entraña del gozo eterno en los Cielos consistirá en la contemplación del mismo Dios vivísimo y en la esplendorosa fecundidad de su misterio. Dios mismo, El en su intimidad, es la visión y el gozo de lo eterno y la mente y el corazón del hombre serán penetrados del pasmo jubiloso de Aquella Intimidad Fecundísima. Dios es actividad en sus obras. Y no sólo porque la Creación es obra de fecundidad prodigiosa; sino porque la Creación es una dependencia absoluta con respecto al Creador y Él ha de estar en las criaturas dotándolas 87

de movimiento, pulso y latido. Dios es actividad, sobre todo, en el mundo misterioso de su Redención y de la Gracia. No hay un instante de quietud. Constantemente, su Gracia fluye y corre por canalillos invisibles para llegar a las almas, divinizarlas, hacerlas capaces de Cielo, redimirlas sin cesar, perdonarlas hasta setenta veces siete. El hombre, pues, se parece a Dios cuando actúa, cuando labora, cuando trabaja. El trabajo, aun en el plano puramente natural de la vida terrena, es ya un rasgo de semejanza con el Creador. «La naturaleza sin el hombre es menos divina que la naturaleza con el hombre, ya que él le señala su significación y su realización. El trabajo es la redención natural que humaniza al mundo y diviniza al hombre. Porque Dios quiso que la naturaleza fuese no sólo para el hombre, sino por el hombre; quiso al mismo tiempo que el hombre fuese obrero. Dignidad metafísica, que da a la humilde actividad muscular la dignidad de causa segunda, y la hace colaborar en el desarrollo de la creación. Cuando una criatura es causa, se convierte en imagen de Dios, en imagen de la causalidad primera...» (E. Borne F. Henry, «EL TRABAJO Y EL HOMBRE») Y la ociosidad, la no actividad, la infecundidad (todo ello, tan negativo por dondequiera que se le mire...) no puede ser semejanza con el Creador. No puede, pues, el hombre soñar con una vida ociosa y sin trabajo, como si esa vida fuese la mejor y más deseable. En la inactividad no puede haber más que una falsa apariencia de perfección. Una tremenda mentira vital que acabaría por destruir al mismo hombre. Aun en los momentos de ocio y descanso, el hombre actúa, debe actuar. Sencillamente, descansar no es dejar de actuar. Es actuar de otra manera o en otra cosa. *** b) El acabamiento o cumplimiento de la Creación. No, la Creación no quedó terminada cuando salió de las manos de 88

Dios. Faltaba desde el primer momento el cumplimiento del trabajo y del dominio del hombre sobre las cosas. Para eso fue creado el hombre, de inmediato. Para eso dejó el Creador los suficientes cabos sueltos que luego el hombre, a lo largo de su historia, intentará trabar con su esfuerzo. El trabajo del hombre supone así el encuentro de dos imperfecciones o incumplimientos. Dos realidades que, bajo este aspecto, están inacabadas: —la imperfección o incumplimiento del mundo. —la imperfección o incumplimiento del hombre. El contacto de estas dos imperfecciones engendra una creciente perfección, cumplimiento o acabamiento y terminación de la realidad creada y visible. Conviene aclarar estas ideas. Imperfecto es una palabra compuesta cuyo significado conviene desentrañar. Está compuesta de la palabra latina factum, con dos prefijos acumulados: per e im. Cada uno de estos tres elementos que componen la palabra imperfecto encierra una sabrosa significación. Factum significa hecho, realizado, logrado. El prefijo per indica siempre un cumplimiento o acabamiento o logro mejor. Perfactum —perfecto— viene a significar aquello que está totalmente hecho, totalmente logrado y, por lo tanto, no pide más ni se le puede hacer más en su género. Está ya terminado y absolutamente terminado, tal como está. El prefijo im esencialmente negativo. Viene a restar realidad a la palabra a la que se antepone. Imperfecto querrá significar, pues, algo que no está totalmente hecho, no está totalmente terminado, no ha alcanzado su acabamiento y su perfección. El hombre es imperfecto. No fue totalmente hecho y acabado. Por lo contrario, la vida del hombre se convierte en la lucha por su total perfeccionamiento y conquista. El pajarillo, sí, quedó totalmente hecho y terminado, perfecto en su especie; por eso, el pajarillo no alcanza nuevas altura en el desarrollo de su vida, vive como en un principio, construye sus nidos como lo hizo el primer pajarillo en el Paraíso. Es que... el pajarillo no tiene que alcanzar otra más alta perfección en su especie. Está terminado y cumplido. Pero el hombre es imperfecto y lucha por hacerse totalmente. El 89

hombre comenzó a vivir sobre la tierra y a campo raso; entró luego en las cavernas... y actualmente construye rascacielos de acero y cristal. El mundo también es imperfecto. Dios dejó la Creación al cuidado del hombre y la sometió a su dominio. Terminada la Creación..., quedaban muchas cosas por hacer, quedaban muchas cosas que había que dominar. Siempre las hay y las habrá. Siempre el hombre contará —aunque no lo sepa ni lo piense— con esa imperfección del mundo y con la propia imperfección y se sentirá impelido a superarlas, trabajando. La lucha por la propia perfección ha hecho realidad el progresivo caminar de la humanidad por los senderos de la cultura. El hombre quiere terminarse, llenar los huecos que faltan para su perfección y acabamiento. Y este intento, profundamente inserto en la naturaleza humana, explica la marcha ascendente del hombre por la historia. Pero esta marcha ascendente ha supuesto también —necesariamente— el esfuerzo y el trabajo de todos los siglos. Y seguirá ese esfuerzo; porque el hombre siempre será imperfecto, siempre se sentirá inacabado y luchará entrañablemente por alcanzar su cumplimiento y perfección. Es inacabado e imperfecto en su ser físico. He ahí la entrañable historia del trabajo humano, en lucha contra la enfermedad y el quebranto en su cuerpo. Es inacabado e imperfecto en su ser espiritual. He ahí la historia portentosa de la cultura y del saber, para alcanzar progresivamente mayores conocimientos y arrancar a la tierra sus misterios y riquezas. Es inacabado e imperfecto en su ser moral. He ahí la historia de la prudencia humana y del trabajo por una civilización más acabada y más humana, más racional, que comprenda y defina y mejore al mismo hombre. Y el mundo es también imperfecto, está también sin terminar. No se le dieron hechas todas las cosas al hombre. El hombre ha de hacerlas. Ha de sacar de la tierra los tesoros escondidos, ha de allanar los caminos difíciles, ha de descender a las simas y subir a las alturas. Se encontró con un mundo hermoso, pero desierto y sin terminar. El primer camino sería el sencillo rastro de los pies del hombre. Hasta la civitas actual, hasta las inmensas disponibilidades del mundo de hoy..., todo es la larga y trabajosa historia del esfuerzo del hombre en lucha para levantar la imperfección de su mundo y hacerlo más cumplido. Y esto continuará sin fin. 90

Siempre el hombre es capaz de un grado más de perfección. Siempre el mundo puede convertirse en más servicial a la humanidad. Pero esto supone trabajo. «Dios no ha hecha de la naturaleza un espectáculo para contemplar y para imitar. Fue un grave error del pensamiento antiguo considerar al hombre como un cosmos; es decir, una armonía divina bastándose a sí mismo y en la cual el hombre no podría ni debería añadir nueva armonía; para los griegos, la voluntad, el espíritu humanos, son partes de este todo. Su vocación no es trasformado, sino intentar reproducir de lejos la geometría y el orden divinos que brillan en las cosas. El universo del cristiano, por el contrario, fue entregado al hombre para que lo hiciese más digno de Dios. No está acabado, no disfruta de una perfección estática e inmóvil. La naturaleza no es divina, es divinizable por el hambre... ...su armonía es dinámica, y el esfuerzo del hombre completa a la naturaleza o más bien le añade retoques, a menudo imprevistos, que acarrea nuevas invenciones.» (E. Barney F. Henry, «EL TRABAJO Y EL HOMBRE») *** c) El dominio sobre las cosas. Si pudiéramos forjar en nuestra imaginación una figura plástica que resumiera estas realidades, veríamos siempre que el hombre esgrime su actividad e iniciativa frente a la pasividad y silencio de las cosas. El hombre se va hacia ellas, las coge con su inteligencia y con sus músculos, las doblega y las domina y las hace servir. Siempre es el mismo espectáculo grandioso: la lucha pacífica o violenta de las fuerzas libres del hombre sobre la materia pasiva y quieta. Sin el hombre, la Creación habría quedado inexpresiva y fría. Energías insospechadas estarían aún sepultadas e inservibles en los abismos silenciosos. Los espacios seguirían llenos de maravillas que nadie descubriría y que, por lo tanto, ya no serían maravillas porque nadie 91

encontraría el secreto de maravillarse por ellas. La tierra seguiría muerta, sin la fecundidad de los surcos ni la floración de las primaveras; y, aunque lo hubiera, de nada serviría porque nadie sería testigo de su fecundidad. La piedra seguiría muerta en su sitio, sin movimiento ni expresión. Y un día se parecería igualmente a otro día en la misma inalterable imperfección... Pero Dios quiso que el hombre dominara la tierra y la trabajara. No es algo opinable, está dicho más arriba. Es algo profundamente inserto en la naturaleza del hombre, providencialmente puesto en su entraña por el mismo Creador; que, siendo el Señor de todo y dominando todo absolutamente, ha querido que el hombre, criatura suya, alcance también aquí la semejanza con su Dios por el dominio sobre las cosas. Todo esto compone la base fundamental de la satisfacción y gozo que producen las cosas logradas por el trabajo. Un gozo y una satisfacción que compensan los rigores del esfuerzo y que hacen sonreír al hombre, enmarcado en sudor, cuando palpa una nueva manifestación de su dominio sobre las cosas, cuando somete la rigidez de las cosas a la flexibilidad de la obediencia que las cosas deben al hombre. Ese gozo y esa satisfacción no se pueden hallar en otra parte. Es el gozo de la fecundidad y de la conquista. Es el gozo de la afirmación del propio ser sobre los seres inferiores. Es el gozo de la inteligencia y de la superioridad. Es el gozo de un dominio que se alcanza por los caminos más gloriosos. Por la aplicación de las fuerzas libres del hombre, espirituales y nobles, sobre la materia bruta e insensible. El hombre, entonces, se hace también un poco hacedor de las cosas, a semejanza de Dios que es el Creador y Señor de todo.

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ENCUESTA sobre El trabajo (I) VER: ¿Qué piensas, qué opinión tienes sobre el trabajo? —¿el trabajo es un castigo? —¿el trabajo es una mala suerte? —¿el trabajo es una desgracia? ¿Qué piensas de ti, como trabajador? ¿Te consideras «un maldito»? ¿Envidias a los que pueden «presumir, de vida ociosa»? ¿Conoces mucha gente contenta con su trabajo? ¿Y tú? ¿Fomentas la ilusión de vivir sin trabajar, como clave de tu felicidad? JUZGAR: ¿Te has parado a pensar en que «algo» habrá de hacer el hombre, mientras vive? ¿Qué crees que debes hacer con esta tierra, mientras le habitas? ¿Has pensado en «hacerte a ti mismo» y «hacer cosas fuera de ti»? ¿Sabes lo que eso significa? ¿Tienes una alta estima de tu esfuerzo muscular o mental? ¿Qué te parecería un mundo trabajado exclusivamente por automatismo, sin aportación del esfuerzo del hombre? ¿Sabes que el trabajo es «ley de creación»? ¿Qué opinas de eso? ACTUAR: ¿Cómo traducirías, en lo natural, la «semejanza» que el hombre tiene con Dios? ¿Qué podrías hacer para corregir tu mentalidad respecto del trabajo? ¿Ves en el trabajo algún medio para hacerte más perfecto a ti mismo? —¿y para lograr mayores alegrías? —¿y para mejorar el mundo? —¿y para sentirte más comprometido con los demás? 93

¿Qué crees que debes hacer, cambiar, corregir o perfeccionar en ti? Normas para la acción Corrige —o perfecciona— tu mentalidad respecto el trabajo.—Supone algún tiempo dedicado a la reflexión: el trabajo, semejanza del hombre con Dios; el trabajo, tarea propia de todo hombre sobre le tierra; el trabajo, medio de perfección personal y social; el trabajo, gozo del hombre que se adueña de la materia.—Recuerda: lo que más fatiga no es el trabajo, sino la postura mental con que se enfrenta el hombre al trabajo.—Dedica algún tiempo todos los días para mejorar tu mentalidad respecto al trabajo. Revisar estas normas ***

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El trabajo (II)
«Lo único que tiene son sus manos, las manos can las que está trabajando ahora, que son las mismas con las que reza y acaricia. Lo único que tiene son sus manos. lo único que tiene y lo mejor que tiene. Ahora está luchando para dejar en herencia a sus hijos algo más que unas manos. Pero sabe muy bien que aunque les deje muchas casas y tierras, nunca ellos tendrán nada mejor que unas manos, que estas manos con las que ahora acarician la mejilla barbada de su padre, que estas manos con las que rezan, con las que empezarán a trabajar un día.» (Ch. Péguy) *** «La vida moderna puede crear cierto estado de ansiedad; pero más que el trabajo en oficinas, fábricas y talleres, e incluso más que a su agitación misma, se debe a la pérdida de referencias espirituales que experimenta el hombre moderno. La vida humana no puede girar en torno a su propia actividad, como una hélice en el vacío; sino que necesita ir hacia algo, tener un contenido, buscar un ideal. Y el ideal de la vida no puede estar nunca en la vida misma, sino más allá de ella». (Dr. López Ibor, en «CUMBRES», marzo 1952) Hay montañas que se ofrecen al caminante con las ardientes aristas de una dificultad legendaria y de un grave riesgo. Pero el alpinista, apenas 95

asienta su pie en los caminos rocosos, intuye con certeza que puede pisar con seguridad, que puede echar mano a un saliente de las rocas, que puede clavar su cuerda en la pared granítica, que los puntos de apoyo en la escalada resisten bien el peso del hombre. Hay otras montañas de perfil más suave y fácil, al parecer. Pero cuando el alpinista pone en ellas su pie, dan la impresión de masas quebradizas, se corre la tierra, se resquebrajan y se parten las rocas. El alpinista puede apenas mantenerse en pie, mira con temor al camino o a las cumbres, siente la sensación de que jamás llegará a la cima... Y la inseguridad y el desmayo se convierten en espantoso vértigo. Así, en la vida. Quien camina por la vida con ideas claras y nobles, quien pisa con seguridad terrenos ideológicos que no se quiebran, puede ganar las alturas aunque los caminos parezcan duros y difíciles. Pero quien se lanza a los senderos de la vida rumiando ideas falsas o torpes, sentimientos inseguros y vacilantes, caminará corriendo atropelladamente, siempre fatigado, y no llegará jamás a la cumbre. En este alpinismo del trabajo —alpinismo de la vida— hace falta que el hombre posea ideas claras y elevadas, que le permitan atravesar cada día el dintel de sus tareas con paso de señor, porque sepa a dónde va, qué es el trabajo, cómo hay que mirar el reloj de control de la tarea, cómo disponerse a llenar bien y cumplidamente cada uno de los instantes controlados por ese reloj. El trabajo no es antinatural. Mejor el trabajo viene a ser componente de la misma naturaleza y a darle cabal cumplimiento y perfección. La ociosidad, la pereza holgazana —esto, aunque sólo haya sido soñado con afán— ha creado más complejos mentales y mayores fatigas que cualquier trabajo, por duro que sea. No es el trabajo lo que fatiga al hombre: es la postura mental con que el hombre se enfrenta al trabajo. Es la idea, el pensamiento, lo que hoy se llama acertadamente referencias espirituales. Referencias: puntos a donde uno va espiritualmente, ideales a los que se refiere y que, a la vez, se vuelven hacia uno para explicarle la vida y dar sentido a todo.

MISTERIO DEL PECADO
En un principio, el trabajo fue un puro don, un puro gozo de la naturaleza humana, un regalo del Creador que invitaba así al hombre a 96

completar la obra creadora, a darle sentido por el juego de sus músculos y de sus fuerzas espirituales. Pero existe el pecado. He aquí una realidad que, porque escapa a la experiencia externa en cuanto a su realidad moral y misteriosa, ocupa poco lugar en los planes del hombre. Existe el misterio del pecado, que supone no solamente la desviación moral del hombre, sino también una alteración real de la historia del hombre y de sus relaciones con las cosas. Es el misterio de un pecado de raza, que sorprende al hombre desde el primer momento de su ser y sin el cual es prácticamente imposible una explicación correcta de las realidades humanas. No es simplemente una idea que pueda aceptarse o no; ni siquiera es solamente un dogma de una Religión, dogma que pueda impunemente negar quien no profese tal Religión. Es, además de un dogma, un hecho real que pide sitio en nuestra naturaleza y del cual nadie puede alegremente prescindir (9). Por el pecado, el trabajo se convirtió en necesidad y fatiga y quebranto. «Por lo que toca al trabajo corporal, ni aun en el estado de inocencia había de estar el hombre completamente ocioso; pero lo que para esparcimiento del ánimo habría buscado libremente la voluntad, eso mismo hubo de buscarlo después por necesidad y no sin fatiga en expiación de su pecado.» (Enc. «RERUM NOVARUM»). El pecado no es simplemente —no lo fue tampoco entonces, en el primer hombre— una falta de la debida ordenación moral entre el hombre y las cosas y Dios. Es eso y algo más, algo misteriosamente real que supone una suplantación de valores y una alteración real de toda debida sumisión y dependencia. El orden queda realmente alterado, en un alboroto que luego se trasmitirá en la torrentera pasional de la humanidad. El hombre, por el pecado, se hace indebidamente dueño y señor —tirano— de las cosas que, como el hombre, sólo tienen como Señor al mismo Dios. El pecado corta el camino ordenado de las cosas, arrancándolas de su rectitud original, y, a la vez, desvía al hombre y lo detiene en las criaturas en lugar de dejarle seguir su sendero de avance hacia su Dios. Las cosas quedan, pues, fuera de su quicio, violentamente sacadas de
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«VALORES HUMANOS», Vol. II.

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su orden por el egoísmo del hombre. Y el hombre corta radicalmente su relación más alta y se estanca en la pobreza de las cosas, en lugar de lanzarse a la riqueza de lo Infinito. El pecado, pues, es siempre un trastorno formidable del orden. Es el mal esencial, el único y verdadero mal. El mundo, las cosas, el hombre... cargarán luego con la tarea de redimir el orden. Habrán de realizar la historia sobre los hilos de un intento constante de redención y nuevo ordenamiento de todo. El trabajo ya no será solamente el ejercicio de una ley inserta en la naturaleza humana. Ni será solamente la aplicación de las fuerzas del hombre a la materia bruta, para transformarla y darle sentido y significación y servicio. El trabajo, por el pecado, queda obligado a la aplicación de las facultades libres del hombre sobre las cosas que están desquiciadas, sobre una materia que está desordenada. Y el hombre, que está desordenado por el pecado, tendrá que cargar con el trabajo —como antes del pecado— y con la fatiga producida ahora por el pecado y la aplicación de la redención. No puede el hombre sustraerse a esta realidad. El misterio del pecado penetra todos los estratos del ser humano y, en cierta medida, toda la creación. La tierra está verdaderamente maldita, testimonio constante —por su aspereza— del castigo que el hombre recibe por ella, por el trabajo sobre ella, por la tacañería con que ella le entrega sus frutos y sus riquezas, por la fatiga con que el hombre, una y otra vez, ha de volver sobre ella. Las espinas y los abrojos tienen un profundo sentido penitencial. Como lo tiene el sudor del rostro que empapa el pan diario. Y esa tierra a la cual, por fin, ha de volver el hombre un día. Es lección de vida. Lección preferida, sin pesimismos, por aquel alumno del Colegio Mayor. En los tiempos de recreos, los alumnos se desparramaban por los campos de juego y por las pistas de deportes. Todo, bien cuidado. Sólo, detrás de la pared lateral del frontón, donde nada había más que el campo yermo, abundaban los abrojos y las malas hierbas. Todos los días, un alumno reserva.ba un momento de su recreo para pasear por allí, pisando suavemente los pequeños matorrales. Y pensaba... —Vengo aquí, unos minutos todos los días, para recordar. Mientras camino entre espinas, aunque sean molestas, me parece oír la voz del Paraíso: Porque has pecado, la tierra te producirá espinas y abrojos... 98

Humillante todo ello, sí. Humillante el trabajo sobre la tierra áspera y difícil; y la monotonía de las tareas agobiantes y casi enloquecedoras; y el sol que abrasa sin piedad y los frutos que se pierden, pagando con desprecio el esfuerzo del hombre y sus esperanzas, tantas veces fallidas; y el misterio del mar y del fuego, y la máquina que se revuelve contra el hombre que la construyó y los ruidos machacones y los proyectos tantas veces fracasados; y las cargas que aplastan y la lucha tenaz y constante para alcanzar nuevos horizontes y mejorar la vida; y la fatiga sobre los campos y en las entrañas de la tierra y en las alturas... Todo ello es humillante, como una predicación de penitencia que llama a las puertas de la humildad del hombre. Sin pesimismos, pero sin cesar. Porque has pecado, la tierra te producirá espinas y abrojos... «La maldición del trabajo, según las palabras de Dios, consiste en la rebeldía de la naturaleza, que no quiere ya dejarse dominar por el hombre que negó su obediencia al Creador. Los animales no quieren servir al hombre, le acechan. Las criaturas se rebelan, se necesita esfuerzo para obligarles a servir. La maldición hiere a ambos sexos. No hay profesión en la que sea posible hacer siempre lo agradable, en la que no deba vencerse ninguna dificultad o casi ninguna. Cada estado tiene sus pesares, tiene sus cargas. A veces, sufre el ama de casa bajo el peso de su trabajo lo mismo que el obrero en la fábrica. Y el obrero intelectual tampoco se ve exento de fatiga. ¿No hablamos, aludiendo a la maldición antigua, de los trabajos, de los «dolores de parto» en lo intelectual?». (P. Antón Lietscher, «EL JOVEN OBRERO»). *** a) Humildad vital. Esta es una inmediata consecuencia del misterio del pecado, cuando el hombre ha de enfrentarse de hecho con la fatiga del trabajo. Humildad porque se es pecador, y la tierra y las cosas todas, con su aspereza, están predicando suavemente al hombre esta verdad amarga. El trabajo es duro y viene hermanado con la fatiga y el quebranto, porque el hombre es pecador. La vida humana está actualizando así, incesantemente, las primeras páginas del Génesis cuando por primera vez entró el pecado en la Historia. Aquellas no fueron simples frases literarias, ni estaba amañado 99

el drama que allí se ventiló entre los hombres y su Dios. Aquello fue una realidad histórica. Y aquellas palabras siguen vivas, y siempre vivas, porque el pecado lo es también. El hombre, invitado por tantos motivos a la humildad, recibe aquí una constante amonestación. Sin pesimismos ni amarguras; pero hace mucho bien al corazón entender y vivir que la carga de la fatiga en el trabajo y la dureza de sus condiciones ayudan a inclinar toda soberbia y a vivir una humildad que arranca de la propia vida de desgaste y de sudor. Y, de alguna manera, pone en manos del hombre, con el trabajo, una hermosa moneda de expiación y redención de sus culpas. b) Porque en el trabajo va también la expiación y multa del pecado. Todo ello fue y es y será porque has pecado. La muerte para todos, y para todos la fatiga y el dolor; el misterio de los quebrantos del parto para la mujer; el sudor de la frente para toda conquista que el hombre haga; la aspereza y tacañería de la tierra y la rebeldía de los cosas frente a todos... Todo eso fue y es y será siempre porque has pecado. Es la multa del pecado. Es, pues, la moneda con que puede pagarse el pecado. Es el modo que Dios eligió. Y El mismo, hecho hombre precisamente para redimir el pecado, quiso aceptar esa manera, esa medida, y cargó con el dolor y la muerte y el destrozo de su vida. Naturalmente, en los tesoros de Dios había otros modos. Bastaba sólo que Él los quisiera y todos los caminos estaban abiertos a su Voluntad. Pero Él quiso que esa fuese la senda de redención. Y ya toda redención se hace con derramamiento de sangre, no siempre simbólica. Y, sin embargo, se nos escapa de las manos. Se nos han acostumbrado los oídos a las palabras y ya no captamos su sentido. Pero constantemente se nos recuerda —y recordamos cada uno de nosotros— la mejor escuela de gimnasia espiritual. Porque se nos habla de sufrir con paciencia, y se nos invita de mil maneras a hacer todo el bien que podamos y a soportar con mansedumbre los males precisamente porque hemos pecado y allí encontramos los mejores instrumentos de expiación y penitencia. Hasta mil veces habremos prometido todos, probablemente, según la fórmula aprendida, ofrecer la vida, las obras y los trabajos en satisfacción de los pecados... Pero nos hemos acostumbrado a las palabras y no nos detenemos a rumiar la idea. 100

Y a vivirla, que sería lo saludable. c) Sigue escandalizándonos el dolor. Nos horroriza aún la contradicción y la prueba. Nos fastidia siempre cualquier fatiga. Y nos estorba el trabajo y la faena agotadora que lleva consigo. ¿Por qué? Lo tremendo es que tampoco hallamos solución por otros caminos; porque el trabo y todo eso sigue ahí, inconmovible. Todas las lamentaciones del mundo no han servido jamás para ahorrar una lágrima, una gota de sudor, no han suavizado nada. Menos aún, la rabia irracional contra la prueba o el dolor. Cuando, por otra parte, la más vieja sabiduría —y la más racional— había descubierto ahí la mejor maestría de la vida. Una escuela verdadera, montada sobre los cimientos de la propia vida, en la que el hombre, por su victoria sobre el dolor y la dificultad, adquiere la mejor maestría y se convierte en verdadero artista de su propia existencia: por la victoria sobre sí mismo, dejando de lado el egoísmo perezoso y comodón que siempre achica horizontes y abotaga las facultades y resta gozo de vivir; por la victoria dificultosa, pero gallarda, sobre las cosas del mundo, trabajando pacíficamente con ello, forcejeando con sus misterios para arrancarle sus riquezas, aunque el rostro se cubra de sudor y los músculos reclamen pronto descanso... No, no es lo fácil y cómodo; sino que la vida se forja en la dificultad y en la superación de los estorbos. Es siempre mejor una lucha enconada, que una victoria regalada.

CONDICIONES
Primera idea clara de lo que el trabajo debe ser, primera disposición mental para enfrentarse con el trabajo. No mirar al trabajo con torva mirada. Sencillamente, porque el trabajo es un primer destello de semejanza con Dios Creador. Pero, claro, conviene entonces pensar un poco en Dios, cómo es Dios, cómo actúa Dios... Porque, si el trabajo es ya un rasgo de semejanza del hombre con Dios, el hombre deberá apurar esta semejanza siguiendo, en lo posible, los modos de Dios. Porque Dios... tiene también su estilo, su manera de actuar. Y el hombre —hecho a imagen y semejanza de Dios 101

—semejante a Dios por su trabajo, ley constitucional de su existencia... —deberá también hacerse semejante a Dios en cuanto a las condiciones del trabajo. Digo, sobre todo, en cuanto a las condiciones internas con que el trabajador se enfrente a su tarea. En cuanto a los modos espirituales, que son siempre de propiedad exclusiva del hombre y que condicionan y colorean y modifican al trabajo, a su carga... y a la posible e no soñada satisfacción, siempre nueva, que puede producir el trabajo. a) Dios es paz y actúa siempre en paz. Dios trabaja siempre. Trabaja sin embargo, en paz. Su eternidad y su infinitud llena y enterísima no significan una quietud infecunda y silenciosa, sino una actividad inalterable, una actividad misteriosa y profunda en eterna paz, en vivísimo sosiego infinito. Dios, que es el acto puro, es al mismo tiempo el sumo equilibrio y la mismísima serenidad de infinita armonía, la mismísima paz, como es el Amor mismo, y la misma Luz en la que no cabe imaginar siquiera tinieblas. La creación entera subsiste por El y en El, y en El nos movemos y respiramos y somos. Todo cabe en su actividad y nada puede llegar a ser y permanecer si la actividad vivificante de Dios no tiende su mano para sostenerlo. En lo natural y en lo sobrenatural y recóndito; en lo pequeño y en lo grandioso; en el terreno de la materia y en el misterio de las almas; en las gozosas corrientes de la salvación; en el movimiento de las cosas y en el latir de los corazones; en la chispa de cualquiera inteligencia y en el encendido sentimiento del amor... Dios actúa siempre. Pero la obra de Dios jamás se produce a saltos. No cabe el nerviosismo, los cambios constantes y bruscos del humor, la marcha cambiante de la inquietud. Dios es la paz. El hombre suele perder la paz precisamente en su trabajo. El trabajo rebosa muchas veces la capacidad de equilibrio humano y el hombre se deja sorprender con demasiada frecuencia. Nerviosismos, apresuramientos, inquietud, fastidio, mal humor... Todo, porque parece de pronto que las fuerzas del hombre han de alcanzar a cuatro objetivos a la vez; porque molesta el retintín de un teléfono; porque el compañero de trabajo es artista de la inoportunidad; porque los jefes, desde su altura de mando, desdeñan — parece— el ajetreo del inmenso hormiguero que es la vida humana en el trabajo, en la fábrica, en los muelles, en las oficinas y en todas partes. Se pide —a veces, a gritos— que nos dejen en paz los demás. Y pretendemos, con un portazo violento o con una inadecuada respuesta, dejar lejos de 102

nosotros la causa del mal humor. Y... no. El mal humor estaba en nosotros y seguirá con nosotros un día y otro, todos los días. Porque es necesario disponer de la paz, cuando queremos que los demás nos dejen en paz. La paz es una conquista personal sobre uno mismo y pertenece totalmente al reino del sagrario interior del hombre. La tranquilidad es diferente: la tranquilidad depende de que los demás y las cosas pasen a nuestro lado sin molestarnos. La noche, por ejemplo, es tranquila cuando ningún ruido alborota su silencio. Pero la paz es cosa diferente; es producto espiritual y conquista del hombre en sí mismo y sobre sí mismo, y puede gozarse en medio de la más estruendosa de las batallas exteriores. En medio de la Pasión, el corazón de Cristo no tembló porque Tú, mi Dios, estás conmigo. Es una postura mental, la más acertada, en la cual juega la Gracia un papel definitivo. Porque la verdadera paz no llega a alcanzarse sino por la conciencia de poseer al mismo Dios por la Gracia; por la conciencia de estar caminando en su servicio y bajo la caricia de su mirada; por la conciencia de la seguridad de su presencia confortadora. Entonces se tiene la paz y se reparte paz. Porque hombre pacífico no es solamente aquel que tiene paz; sino aquel que la irradia al exterior, aquel que sabe dar sensación de paz sin renunciar por ello a cuanto de legítimo tiene la agitada vida de todos los días. Es necesario aprender a enfrentarse al trabajo con la armadura de la paz..., al estilo de Dios. Ese pobre hombre que anda siempre alborotado, con cara de pocos amigos, culpando a todos y a todo..., debe culparse a sí mismo. Porque su espíritu está enfermo. —unas veces, enfermo por la pereza interior y la desgana frente al quehacer que cada momento le ofrece. —otras veces, por excesivo afán en la tarea. Dios odia la pereza. Pero también odia el atolondramiento apresurado y la pérdida de toda paz. Es bueno, pues, amar esa necesaria paz. Una razonable postura mental frente al trabajo, que permita al hombre acercarse al trabajo, como un amigo llega a su amigo, para ensayar cada día esa emocionante lucha pacífica que supone el intercambio de fuerzas y de energías entre el hombre y la Creación. Una postura mental sana, que le permita al hombre no perderse ciegamente en la necedad de un trabajo a contrapelo que sólo dejaría 103

maldición y resquemor. Una sana postura mental que permita al hombre mantenerse libre; libre para actuar y para dejar de actuar, libre para aprovechar los otros momentos de la vida, que son valiosos también: una conversación amena, una lectura saludable, un cambio de impresiones con los amigos, el contacto humanísimo con las gentes, el saboreo del propio hogar y la razonable y discreta diversión..., sin que entonces surjan las enojosas interferencias de un trabajo mal enfocado ni sus maleficiosas consecuencias. b) Dios es gloriosamente libre y actúa siempre con libertad. Es decir: Dios no se siente impelido ni atado por ligadura ninguna interior ni coacción exterior que le obligue a actuar. Más arriba (10) se ha hablado de la potencia y del acto. La potencia es la facultad para obrar. El acto es la acción de tal potencia. Si solamente tengo la potencia, pero no realizo actos, no la perfecciono ni me perfecciono; es el acto lo que perfecciona a la potencia y la enriquece. Cuantos más actos de entendimiento hago, más se perfecciona mi inteligencia. Cuantos más actos de amor produzco, más se enriquece mi voluntad. El acto, pues, perfecciona a la potencia y, al mismo tiempo, la potencia adquiere algo que antes no tenía. Entonces se dijo que Dios no puede adquirir nada, porque es ya infinito en todas sus perfecciones: es el acto puro. Nada necesita. Nada le constriñe. Nada le coacciona. Dios actúa, pues, con absoluta libertad. No puede haber exigencia ninguna que le mueva y fuerce a producir nada fuera de Sí. Obra libremente por un acto libérrimo de su voluntad omnipotente. ¿Cómo puede el hombre, a semejanza de Dios, llegar a disponer de una libertad semejante? Yo pienso que hay dos maneras interiores —dos posturas diferentes del espíritu— de darse al trabajo: —hay la postura del hombre que va al trabajo llevado por algo, arrastrado literalmente por el zumbido de la sirena que suena a la hora de entrada. De veras, ese hombre no va al trabajo; sino que es llevado. No es él mismo quien va, quien quiere libremente ir; es otra fuerza extraña, que lo levanta cada mañana del lecho (no se levanta él) y lo empuja apresuradamente por los caminos y carreteras y calles, a pie o sobre una máquina, hasta dejarlo en el taller. El taller mismo se aparece entonces
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Capítulo anterior.

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como una situación enojosa y no libremente querida, algo tristemente inevitable, que será dejado rápidamente, con un suspiro de alivio, cuando la sirena recuerda la hora de terminación de la jornada... Pero ese hombre vive, sin darse cuenta, constantemente sin querer; abrigando en su pecho sentimientos negativos e infecundos que no pueden acarrear más que amargura y destrucción interior. Porque no hay cosa más triste que estar viviendo un modo de vida no querido, no amado libremente. Es vivir y no vivir. Es vivir falsamente, engañándose a sí mismo con el peor veneno: el veneno de una enfermiza postura mental. —hay la postura del hombre que, cuando suena la sirena de entrada a la tarea, va por sí mismo y quiere ir a su quehacer. Se ha levantado él, cada mañana, movido por su propia voluntad y decisión de construirse él su vida. Se da al trabajo con una disposición interior de plena voluntariedad y entusiasmo, para superarse, para adquirir perfección técnica y humana, para gozar con las conquistas de sus músculos o de su inteligencia. Mira, pues, y ve al trabajo como una condición amiga que facilita su propia perfección personal y su madurez social y cristiana. El trabajo es el mismo para los dos hombres. Sin embargo, este segundo trabaja libremente y al estilo de Dios. Será, necesariamente, más feliz y el trabajo pesará menos sobre sus hombros. Es, pues, no llegar a sentirse aplastado por el trabajo; no meterse al trabajo como se mete un topo en su agujero bajo tierra, sin aire y sin sol, como si nada existiera además; no dejarse envolver y penetrar del trabajo, como ahogados por un ambiente molesto del cual no acertamos a desprendemos o a rasgarlo, al menos, para que penetre un rayo de luz que disipe tinieblas. Hay otros sentimientos, otros afanes, otros modos de mirar y ver. Hay un corazón dentro del pecho, que debe saltar constantemente de gozo ante las posibles conquistas diarias. Hay un espíritu que debe recibir al trabajo con perfecto equilibrio y libertad, como se toma en la mano la pluma para escribir con ella una carta de amor o un verso inspirado... c) Dios es maravillosamente único y actúa siempre con originalidad. Trabaja de tal manera, que la Creación —siempre tan igual— es prodigiosamente varia y diferente y todo está realizado y sostenido con exquisita singularidad. Dios no hace las cosas en serie. No hay jamás dos criaturas absolutamente iguales. No hay dos almas idénticas. Cada corazón es él, y no otro. Y cada hoja del árbol. Y cada célula. Y cada ráfaga de la brisa. Y todas las miradas de nuestros ojos. Y cada vibración de la luz. 105

Por eso, la Naturaleza gusta siempre y no cansa jamás. ¿Hay algo, por ejemplo, más igual a sí mismo que el mar? ¿Y hay algo más original y más vario que el mismo mar? ¿Y hay algo más diferente —cada día, cada instante— que el amanecer, que la caída del sol? Y es original el jardín y el bosque y la flor. Hay miríadas de originalidades deliciosas, discretamente repartidas, sin ruido, por los espacios inmensos. En la doctrina, ya clásica y siempre hermosa, que enseña que la Creación es la copia de las perfecciones divinas —copia limitada y pobre del Hermoso Dios—, y que el tipo ideal de la Creación es el Verbo hecho carne, tenía que ser así. Tenía que haber abundancia y originalidad y variedad multiplicada en todas las cosas, copias pequeñas, como pequeños retazos, de las perfecciones del Verbo infinitamente copiable porque es de perfección infinita y de infinita hermosura. Infinitamente copiable, y sin que las criaturas puedan jamás realizar una copia completa y definitiva del Ideal; pero, al ser una perfección infinitamente copiable, las criaturas tenían que ser de una originalidad variadísima y sutil. Es difícil, para el hombre, trabajar con originalidad. Sobre todo, cuando su tarea es un trabajo siempre igual, que sólo varía en la carga o en la propia disposición personal con que se acoge. Los mismos sitios, todos los días; y los mismos instrumentos y las mismas horas en los mismos talleres y con los mismos compañeros, para producir, poco más o menos, la misma cosa y en igual cantidad... Es difícil trabajar con originalidad. Cuando, casi, se ha llegado a actuar mecánicamente, como adormilada el alma y entumecido el espíritu, mezclado y casi confundido con las herramientas y con las máquinas. Pero si el hombre es a semejanza de Dios, el hombre debe aprender a trabajar con originalidad. «Si quiere Vd. prosperar, gozando al mismo tiempo de la vida, entusiásmese con su profesión. Porque el entusiasmo es el ingrediente que hace agradables las tareas tediosas, ahuyenta el cansancio y permite hacer más camino en menos tiempo. No comience Vd. su jornada exclamando resignadamente: —¡Otra vea el fastidioso yugo! Diga, por el contrario: —¿Qué haré hoy mejor que ayer?» 106

(Depart. Publicidad «IRIMO») Desbancados, por ahora, aquellos hombres y mujeres voluntariamente sin calificación (es decir aquellos que voluntariamente no quieren ser más, aquellos que renunciaron de siempre a todo ideal de superación y dicha bien ganada...), el hombre debe modificar su postura mental frente al trabajo, también en este punto. Naturalmente, siempre habrá gente para todo. Tiene que haber gente que ocupe los puestos mínimos; gente que no haga más que poner broches a unos zapatos, o remendar paraguas, o pegar sellos; gentes destinadas a los puestos sin relieve ni espectacularidad. Lo que no debe haber, lo que es un pecado grave de lesa humanidad, es gente que no quiera ser más, que no quiera saber más, que no quiera aprender a hacer más y mejor. Y querer ser más y mejor es ya la puerta abierta para aprender la delicia de trabajar con originalidad, con ilusión. Esta es la palabra: ilusión por aquello que se hace, para hacerlo como si sólo aquello se hiciera, y como si sólo se hiciera una vez, y como si aquello fuese la obra de arte más perfecta que se pueda imaginar. Que no debe el hombre esperar a sentir ilusión —tan parecida, entonces, a la gana— por una cosa; sino que debe poner él mismo ilusión en todo, convirtiendo cada actividad en un ejercicio de verdadera maestría. Esa es la buena voluntad que cantaron los ángeles en el pórtico evangélico de la Noche de Belén. El hambre y la sed de justicia —es decir, de perfección— que el Señor sancionó con una de sus más bellas bienaventuranzas. El Señor, que mide bien las palabras, no ha llamado bienaventurados a los que ya alcanzaron la justicia; lo llamó a los desposeídos de todo, a los que, luchando en la vida y afanándose, tienen un deseo de perfección muy semejante al hambre y a la sed; a los que, situados donde fuere, disponen de un corazón inagotable en su capacidad de deseos de altura y parece que tienen sangre real en su espíritu. Y el hombre es, al fin, lo que es su pensamiento, su ideal. Esos hombres alcanzan una portentosa categoría espiritual. Por esto, cuando el poeta Marquina quería, en un corto verso, definir la 107

vida y dar al hombre una idea clara de su peregrinar por el mundo, resumió así: «Una fuente escondida y caminar con sed; y al final del camino encontrarla y beber. No pediría a Dios en la vida otro bien. Y si Dios quisiera mi deseo atender, le diría: «A la fuente renuncio y al camino también; pero... hasta que me muera, consérvame la sed.» Una fuente escondida, que es bella metáfora de todo ideal. Y el camino, breve o largo, de la superación constante, en marcha hacia el encuentro con la propia ilusión. Y encontrarla, y beber en ella..., como esperamos que suceda siempre con todo ideal. Sólo así el hombre acertará a dar originalidad a cada uno de sus pasos. Y si Dios dispusiera otra cosa, si jamás pudiese yo llegar a alcanzar la posesión de mi ideal..., bien está poder renunciar a la fuente del descanso y gozo soñados, y al camino también. ¡Pero nunca debo renunciar a la sed! ¡Caminar con sed, caminar con hambre y sed de justicia, con deseos de más! Caminar con afanes de superación, de elevar el alma sobre la tarea diaria, encasillada y estrecha, y en todo momento desplegar las propias fuerzas nimbadas del más fuerte amor. Originalidad: condenación de toda rutina, de todo gesto desmayado y sin gracia. Originalidad: hacer cada cosa como si ella fuese, cada día, la agradable sorpresa que el trabajo nos brinda con sus nuevos hallazgos y sus constantes y nuevas producciones, de tal manera que cada nuevo esfuerzo del hombre en nada se parezca al anterior por la rutina aplastante, sino que resulte totalmente nuevo, totalmente cordial, totalmente entusiasta..., como resulta nueva la vida cada día y es nuevo cada rayo de sol y es nuevo cada latido de 108

nuestro aliento... El hombre es, sobre todo, espíritu. Frente a la materialidad de las cosas que él ha de trabajar, no puede abandonar ese espíritu en la sombra; ha de volcarlo, mejor, sobre la materia bruta y pesada para empaparla de ilusión y de sentido para que el trabajo resulte una tarea auténticamente humana, profundamente humana, por la que salgan ganando los dos: la materia transformada y el hombre que, trabajándola, la trasforma y se perfecciona a sí mismo a la vez. d) Dios es amor y actúa siempre por amor. Su inefable Trinidad no fue jamás silencio y soledad. Fue eternamente la más cálida compañía y la más viva comunicación de vida y amor en la intimidad más asombrosa y fecunda, en la más asombrosa infinitud. En torno a El —si pudiésemos imaginarnos lanada...— sí era todo silencio, el silencio del no-ser, porque nada era aún. Y cuando Dios quiso actuar fuera de sí, no pudo actuar para adquirir nada, puesto que nada le faltó ni podía faltarle nada jamás. Necesariamente, Dios actúa para dar, para darse. Dios actúa por amor. El amor, al contrario que el egoísmo que nos repliega sobre nosotros mismos, es extático. El éxtasis es siempre un movimiento de enajenación, por el cual el espíritu llega a darse y quedar fijo de tal manera en el objeto de su atención, que parece totalmente enajenado de sí mismo y vivir sólo en el objeto de su aplicación extática. El éxtasis saca de sí mismo al espíritu y lo proyecta fuera de sí. Por eso el amor, que es extático, tiende a dar y a darse cuanto le es posible. Y Dios es amor infinito y dispone de un poder infinito: tendrá siempre caminos inacabables y modos sorprendentes para amar y dar y darse, sin agotarse jamás ni perder nada. Cuando actúa, es el amor que decide darse por todos los modos posibles... He ahí la Creación, plasmado el primer paso de la generosa donación de Dios que quiere llenar de seres y vida los espacios vacíos hasta entonces. Crea para dar, para hacer partícipes a otros seres de las más variadas perfecciones. Pero el amor infinito halla siempre maneras nuevas y más profundas de darse. Y el mismo Dios se interesará en su Creación y caminará junto a sus criaturas, especialmente junto al hombre, y se llegará a él para manifestarse y hablarle y darle su luz y su verdad. He ahí el misterio y el sentido de la historia del hombre en la tierra; la revelación primera y los 109

regalos y dones que Dios donó al hombre, hechura de sus manos, llamándolo a una vocación sobrenatural cuyo fin y premio es el mismo Dios; la historia, llena de promesas y prodigios, de los lejanos Patriarcas y de los profetas que rasgan con la promesa divina la historia de lo que vendrá después... He ahí la más grande donación de Dios. Dios mismo que, hecho hombre, se da a los hombres. Se da con su presencia entre los hombres investido de su misma naturaleza humana para mejor sentirse hombre verdadero, en todo igual a los hombres menos en el pecado; se da con su doctrina salvadora y con su poder; llegará a darse con su misma vida, hasta su último aliento en la Cruz. Y aún esa omnipotencia al servicio del amor infinito, inventará un nuevo modo de darse, la Eucaristía, sobre todos sus altares del mundo, cada día, en donación perfecta y total, no fingida ni recordatoria, sino entera y real. Pero aun las cosas salidas de sus Manos llevarán también el sello del amor. Y el amor las sostendrá. La ley de gravitación universal, por la que la materia mutuamente se atrae y se repele en grados y proporciones medidas... ¿Qué es, sino una extraña simpatía impuesta por el Creador, que es amor? Naturalmente, la materia no puede sentir el amor; pero el Dios que creó todas las cosas es un Dios-Amor, y al crear, ha puesto en las cosas el sello de su estilo: estilo de amor. Las leyes que regulan la vida vegetal hacia la luz, hacia el sol, hacia el aire y el color por toda la tierra... ¿Qué es, sino una extraña ley de acercamientos y de relaciones extrañas de heliotropia? Simpatía entre el sol y el vegetal, entre la luz y la planta. Ley de amor; que ni la flor ni el sol pueden sentir, porque les falta el espíritu y el corazón, pero que se les ha sido impuesta por el Creador que, siendo un Dios-Amor, ha creado todas las cosas bajo el signo del amor. El misterioso mundo instintivo del animal... ¿Qué es, sino una ley de amor impuesta por el Creador? Por ella, el animal vive y se desarrolla y se mueve en sus ambientes propios... y, llegado el momento oportuno, él busca su pareja siempre con acierto. Amor en la selva y en el nido, en el mar y en las soledades. Amor variadísimo, pero siempre en la misma línea de acercamiento y armonía y donación. Hasta que llega el hombre. Las demás criaturas tienen impuesta esta ley general; sólo el hombre puede recibirla y vivirla en su espíritu, en su razón, en su voluntad. Sólo los hombres pueden, de veras, amar en todo el 110

conjunto de la creación visible. El amor, la capacidad de amar, es un nuevo rasgo de la «semejanza» con el Dios-Amor. Pero importa mucho que el hombre sepa amar en verdad. Importa mucho, en nuestro caso, que sepa trabajar con amor... cuando realmente toda su vida debería ser movida por el amor. Por eso es siempre el amor el sentimiento más claro y elevado entre todos los sentimientos humanos y sólo el amor colorea y matiza la vida y da peso y contenido a las acciones. Por eso, entre las virtudes todas, el Amor de Caridad ocupa el lugar primerísimo y es el alma y el contenido de las demás virtudes que, sin el Amor de Caridad, son nada en las balanzas de Dios. ¡Amar y trabajar amando, y no desentonar en el conjunto de la armonía universal perfectamente acordada...! Las demás criaturas aman sin saberlo, sometidas al conjunto de leyes misteriosas y vivísimas que el amor creador les impuso. El hombre está colocado dentro de la misma ley; pero además tiene en el pecho su corazón y una chispa de luz en su razón para poder tomar esa ley de amor y abrazarla y emplearla como adelantada en todas las empresas de la vida. Porque sólo el amor es de veras constructivo. Trabajar, pues, por amor. Trabajar, primero, por amor a Dios. Y ya bastaría esto para convertir cualquier trabajo en algo grandioso y glorificador: que el hombre, libre y gloriosamente dado a su tarea, volcado sobre su torno o su máquina o abriendo las entrañas de la tierra o levantándose sobre los espacios o bajando a lo profundo..., puede ser colaborador de Dios en su tarea incesante de Creación y convertirse realmente en cl obrero de Dios. Que Dios pudo terminar las cosas por Sí mismo y dejarnos una Creación terminada; pero quiso llamarnos a su lado y, siendo suyas las cosas, dejarnos a nosotros la tarea de moverlas y dar a cada una su lugar y su mejor terminación y cumplimiento... «Todo trabajo —sirve al prójimo —agranda el universo 111

—glorifica a Dios.» (E. Borne y F. Henry, «EL TRABAJO Y EL HOMBRE») Trabajar, también y a la vez, por amor a los demás. Difícil, muy difícil a veces; pero trabajar también por amor a los demás. Ya no es solamente el salario y la ganancia, ni siquiera la gloria de la tarea terminada y la satisfacción de mil victorias; es, además, que, por el trabajo, el hombre puede hacer más fácil y bella la vida suya y la de los demás, mejorar el mundo y abrir cauces nuevos a la dicha y al bien. No lo pensamos debidamente; pero si queremos saborear nosotros, cada uno, las delicias de una vida mejor y más ajustada, no tenemos a nuestro alcance mejor instrumento que éste: trabajar para suavizar la vida y elevar las relaciones humanas. Cuando el mundo haya sido mejorado, cada uno recibirá más abiertamente los frutos de ese mejoramiento. Una ley universal: amar. Pedir a Dios ardientemente que siempre y en todo sea el amor quien mueva las fuerzas de todos. Amar todo, menos aquello que jamás puede ser amable porque no puede recoger ni un pedacito de perfección divina ni, por lo tanto, el menor rasgo de bondad: el pecado. Amar todo lo demás, amar a todo trance, amar siempre. Ganaría mucho el corazón del hombre si mantuviese vivo este aviso: Siempre es posible amar. «Hombre de éxito es el que ha vivido rectamente, ha reído con frecuencia y ha amado mucho. El que ha ganado el respeto de los hombres inteligentes y el amor de los niños. El que se ha conservarlo en su puesto y ha cumplido con su deber. El que deja el mundo mejor de lo que lo encontró, ya sea porque plantó un árbol o escribió un poema o ayudó a la salvación de un alma. El que nunca dejó de apreciar las bellezas de la tierra ni dejó de alabarlas. El que buscó lo mejor en los demás y dio lo mejor de sí.» (B. A. S., tomado del «Reader’s Digest») 112

*** Ya sé que todo esto parece simple fraseología. Sucede siempre lo mismo, cuando se pide al hombre la enmienda de su postura mental y la creación de una postura mental más razonable y constructiva. Y da dolor comprobar cómo el hombre se enterca en amargarse la vida y hacerla más difícil y agresiva, cuando, sin añadir carga a su carga, podría gozarla mejor. Nunca se ha ganado nada con otras disposiciones. En nada se aprovechó quien hizo gala de su enfado o se enfrentó a la vida a regañadientes y con desamor. Las cosas siguen su camino y se ríen, a carcajadas, del pobre hombre sin ideales ni humor incapaz de sentimientos más claros. Sigue el trabajo y sigue el zumbido de las sirenas de entrada y salida y el martilleo de los instrumentos y de las máquinas... Lo único que puede cambiar —que debe cambiar hasta por un sano egoísmo— es el corazón del hombre. Entonces parecería que la carga es más leve y es mayor su fecundidad. «Cuando hay amor, no hay fatiga. Y, si hubiese fatiga, la misma fatiga es acogida con amor.» (San Agustín). Pero cuando una cosa, aunque sea la fatiga, se acoge con amor... ya deja de ser fatiga. Y todo queda convertido en un puro regalo de Dios.

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ENCUESTA sobre El trabajo (II) VER: ¿Has pensado, despacio, en el aspecto «reparador» del trabajo por el pecado? ¿Conoces a alguien que viva su trabajo como penitencia reparadora? ¿Y tú? ¿Aprovechas el trabajo para aprender humildad, penitencia, sentido providencial y educador del dolor? JUZGAR: ¿Te has puesto a considerar que el trabajo tiene sus leyes como todas las cosas? ¿Y que el trabajo te sería más amable, si conocieses y respetaras esas leyes? ¿Te has puesto a considerar tu semejanza con Dios, en el trabajo? ¿Cómo trabajas, con qué intenciones, con qué pensamientos, con qué fin? ACTUAR: ¿Sabes lo que es trabajar con paz? ¿Por qué no ensayas con alguna frecuencia? ¿Eres perezoso? ¿O excesivamente afanoso? ¿Vas al trabajo a contrapelo»? ¿Te sientes libre o esclavo, a la hora del trabajo? ¿Por qué? ¿Trabajas de mala gana, sin originalidad, por «matar el tiempo»? ¿Sabes amar tu obra, aunque trabajes para otros? Normas para la acción Corrige —o perfecciona— tu postura mental frente al trabajo. Reserva algún rato para hacer un «lavado de cerebro» que te permita desechar ideas malsanas y aceptar ideas correctas sobre el trabajo.—Intenta tu «semejanza» con Dios en el trabajo, ejercitándote en la paz; trabajando con ideal y 114

originalidad; recreándote libremente en la obra de tu esfuerzo: amando tantas realizaciones que produce el esfuerzo humano.—Piensa más en el servicio social del trabajo.—Piensa humildemente en tu condición de pecador y en la providencial penitencia que Dios te ofrece en el trabajo.— Examina frecuentemente tu postura mental frente al trabajo. Repasar estas normas

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El trabajo (III)
«No solamente ha dado Dos a la mujer la existencia, sino la personalidad femenina en su estructura física y psíquica que responde a un designio particular del Creador. El hombre y la mujer son imagen de Dios y, según su propio modo, personas iguales en dignidad y que poseen los mismos derechos, sin que pueda sostenerse en manera alguna que la mujer sea inferior. Ella está, en efecto, llamada a colaborar con el hombre en la propagación y en el desarrollo de la raza humana, y asume en esto el papel delicado y sublime de la maternidad… Los estudios modernos de psicología ponen muy en evidencia la complejidad y originalidad de la naturaleza femenina, de modo que no es necesario detenernos en ella. Destaquemos, sin embargo, que estas mismas cualidades se desarrollan también con éxito en todos los otros campos de la vida social y cultural; constituyen también una aportación indispensable, y las civilizaciones que las desconocen o descartan su influencia sufren ineluctablemente deformaciones más o menos graves que entorpecen su desarrollo y las condenan, más tarde o más temprano, a la esterilidad y a la decadencia». (Pío XII, «Sentido cristiano de la llamada «Promoción de la Mujer en la Vida Moderna».—Discurso al XIV Congreso Internacional de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas). *** Hay dos puntos, llenos de interés, que piden una atención especial al tema del trabajo y la mujer: —primero es que, efectivamente, el hombre fue creado para trabajar la tierra y dominarla y que la mujer fue colocada a su lado como ayudadora del hombre y semejante a él. —luego es que, sobre todo en los tiempos actuales, se ha operado un cambio radical en la mentalidad y en las actuaciones de la mujer en todos 116

los campos de la vida moderna. Es lo que se llama Promoción de la Mujer (11). «La mujer es el corazón de la familia. El cuidado de la casa donde ella es reina, forma el centro y el campo de su actividad principal. Pero en este orden de cosas, la industria, con sus poderosos progresos, ha traído una transformación sin precedentes en la historia de la civilización huesosa... Ha obligado a grandes multitudes del mundo femenino a salir del hogar doméstico y a trabajar en fábricas, en oficinas y en empresas. Muchos se lamentan de este cambio, que es un hecho consumado del que hoy no es posible volverse atrás...» (Pío XII, a las obreras italianas, 15-8-45) Puede describirse como el salto inesperado que ha dado —y está dando— la mujer, en todos los países del mundo, saliendo, de su situación preferentemente pasiva tradicional y llegando a reclamar para sí los mismos puestos de trabajo que, hasta ahora, pertenecían al hombre. Esta promoción de la mujer se manifiesta en todos los campos sociales y en todos los estratos. Apuntan a la paridad de derechos con el hombre, al menos en lo más esencial. Y puede decirse que comenzó por una especie de liberación e independencia de la mujer principalmente en los campos del trabajo y de la profesión.
Esta actualidad realmente «nueva» que está viviendo el mundo viene caracterizada por tres fenómenos —inimaginables antaño— que matizan la historia de nuestros días. Se les ha llamado «promociones». —La «promoción de la clase obrera», que comienza a hacerse sentir desde finales del siglo XIX y es, en la actualidad, un factor decisivo en la vida de los pueblos. —La «promoción de los pueblos de color», sometidos hasta hace poco a toda clase de colonialismos y a las miserias de una vida subdesarrollada. Esta «promoción» se encuentra ahora en plena explosión y desarrollo político-social. —La «promoción de la mujer», que apunta con los comienzos de este siglo y va logrando su madurez. Se caracteriza por la desaparición de la tradicional pasividad de la mujer y por su acentuada intervención, cada vez más generalizada y eficiente, en casi todas las manifestaciones de la vida social, reservadas antes casi exclusivamente al varón. Desde esta última promoción se habla aquí y sólo en el terreno del trabajo.
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Es un fenómeno prácticamente nuevo. Su punto de arranque puede situarse en la segunda mitad de la guerra europea. Los hombres disponibles eran reclamados por la urgencia de los frentes de combate, y las mujeres fueron llamadas, por primera vez, para prestar servicios también urgentes en las retaguardias. Comenzaba una nueva época, una nueva manera de ser. No sólo para el mundo en general; sino de manera particular y especial, para la mujer. La mujer tuvo que dejar sus modos de antaño. Cambió necesariamente la medida de su tiempo, las líneas de su vestir, las normas sociales que hasta entonces constreñían su independencia y ajustaban sus movimientos, sus viajes, sus determinaciones, sus idas y venidas. La mujer salió sola e independiente y cronometrada, para ocupar puestos de trabajo. Cuando terminase la guerra, las cosas no volverían ya atrás. Nunca vuelven atrás. *** En los años siguientes, el fenómeno se ha extendido y ha alcanzado una mayor significación y profundidad. En el ámbito familiar, en las determinaciones vocacionales, en la actividad social, en el campo del trabajo..., la mujer es diferente a la mujer de antaño. Y esa diferencia se caracteriza, en general, por su capacidad de autodeterminación como compañera del hombre, casi en sus mismos planos. Estas aspiraciones femeninas se han manifestado prácticamente en todos los países. Es preciso reconocer que no siempre con acierto. Todo estreno es difícil. Y muchas veces se ha enfocado mal el estreno de independencia que hacía la mujer. No deberá olvidarse jamás que, aunque se gane terreno en la formación y preparación de la mujer, su psicología, su mentalidad, su vida interior, su fisonomía exigen determinados modos y medidas. La mujer nunca puede ser virilizada. Mejor aún: Precisamente el acierto de la mujer en todo campo donde ella actúe dependerá siempre de su más perfecta y exquisita feminidad. Por lo tanto, todo intento en cualquiera dirección y en orden a la actividad de la mujer deberá tener en cuenta que siempre se trata de la mujer. Es la mujer —y no la mujer destruida— quien reclama y es reclamada por nuevos campos de actividad. *** 118

En los años últimos, la mujer ha ido conquistando múltiples posiciones. La profesión, la política, la economía, el trabajo, la actividad social más diversa. Y esto, en mayor o menor grado, va alcanzando una más recia madurez y seguridad en todos los países. Realmente, los tiempos se caracterizan por la promoción de la mujer. Ello supone que la mujer ha pasado a ser miembro activo de la sociedad, largamente influyente en diversos campos, con una mayor preparación social para su nuevo papel en el mundo, con paso más seguro e independiente en los terrenos a que ha sido llamada, con una mayor soltura exterior e interior... Y con todas las sorpresas, todas las ventajas y todos los graves inconvenientes y difíciles situaciones que este nuevo fenómeno trae consigo (12).
Los EE. UU. figuran a la cabeza del movimiento de valoración de la mujer, hasta el punto que entre sus 83 millones largos de mujeres hay 22 millones que trabajan en los más varios campos de la actividad humana... (Véase «Life», 28-157). En el orden político, su influencia electoral es tal que superan a los hombres en dos millones y medio de votos a la hora de decidir en las urnas («Pueblo» de Madrid, agosto del 56). En el Congreso ocupan dieciséis escaños, habiendo conseguido a veces victorias resonantes sin pronunciar un solo discurso («Ya», 17-2-57). Y hasta en la O. N. U. se sientan entre los asambleístas de todo e/ mundo sesenta y cinco mujeres («Ya», 28-3-57). En Alemania hay hasta quinientas propietarias o directoras de negocios y Empresas, algunas con más de ocho mil obreros a sus órdenes («Ya», 4-6-57). Un tercio de las personas que trabajan fuera de su casa son mujeres («Ya», 18-3-55). Una información de última hora nos dice que una de cada cinco Empresas alemanas está regida por una mujer («Ya», 3-7-57). En España: Sólo en Madrid trabajan unas doscientas mil mujeres, y en muchas Empresas se las prefiere a los hombres. En las encuestas, con todo, el sentido familiar de los españoles prefiere que sus mujeres no trabajen fuera de casa («Ya», 4-8-56; «El Español», enero del 56 y enero del 57). En los países musulmanes se lucha con afán, aunque están muy lejos todavía estas conquistas del feminismo. Pakistán marcha a la cabeza del movimiento feminista, hasta el punto que la mujer ocupa puestos en todos los órdenes de la vida social y profesional. El técnico atómico de más prestigio en el país es una mujer. La poligamia, expresión la más humillante para la dignidad de /a mujer, se ataca de frente en los pueblos árabes. («Ya», agosto del 55; «Orate», enero del 57). En Egipto, el movimiento feminista «Hijas del Nilo» lucha por el derecho del voto con huelgas de hambre. Todavía, con todo, estos países no están maduros para el reconocimiento de la mujer en la vida social. Ni los ejemplos del Pakistán ni los esfuerzos de Túnez han logrado el mínimo de las aspiraciones del feminismo en estos países. «Ya», 14-512

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PLAN DE DIOS SOBRE LA MUJER
Como en todas las cosas, importa aquí principalmente tener en cuenta el plan de Dios sobre la mujer, cuando nos enfrentamos con este hecho: la mujer y el trabajo. Porque la entrada de la mujer a los campos del trabajo o de las profesiones ha sido, acaso, el primer signo y el más generalizado de la llamada Promoción de la Mujer. El Plan de Dios sobre la mujer —teología de la mujer— está trazado en la aurora del mundo, junto al hombre, cuando aún las cosas eran nuevas y todo se inundaba de paz. La ley del trabajo es ley constitucional de la naturaleza humana; ley expresamente impuesta al primer hombre. Su objeto es el trabajo y dominio de la tierra y de todas sus cosas, en los cielos y en los abismos. En ese mismo momento creador, la mujer es soñada por Dios como compañera, ayudadora y semejante al hombre. Como un bellísimo complemento naturalmente necesario, porque no es bueno que el hombre esté solo. La primera pareja humana se funde en los pensamientos del Creador y bajo su mirada, en las frondas del Paraíso, se realiza la más fuerte igualdad en una estrecha unión que el hombre no podrá romper, porque Dios los ha unido. La idea de Dios se va perdiendo, después del pecado, al extenderse el hombre por la tierra llevando consigo, con su vergüenza, el peso arrebatador de sus egoísmos y pasiones. A medida que la Humanidad se aleja de la primera fuente, se acentúa la desgracia de la mujer... hasta apagarse en la total falta de significación y en la esclavitud. Incluso, en épocas de decadencia religiosa, en Israel. *** Un rico matiz del Evangelio es éste: el trato delicadísimo y dignificador que Cristo dio a la mujer, a toda mujer. Pueden llegar a Él las pecadoras, las pobres, las despreciadas... Ninguna llegó para mal. Ninguna quedó defraudada. Ninguna fue desoída ni despreciada. Todas se sintieron
55; «El Español», julio-agosto del 55; «Madrid», 13-3-54). España, en su etapa del Protectorado marroquí, actuó en orden a la formación de la mujer musulmana con notable afán («Ya», 15-8-56), instalando en la Medina de Tetuán una Escuela Femenina del Magisterio, lo que supone en un mundo árabe un notable avance. (Nota tomada de A. Avelino Esteban, «FEMINISMO Y DEBERES DE LA MUJER CRISTIANA»).

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escuchadas y acogidas. Ellas, mejor que nadie, podrían proclamar que nadie ha hablado como este Hombre. Nadie les había hablado así. Nadie les trataba así. Desde Cristo, la mujer va ascendiendo —lentamente, penosamente, por la torpeza humana— la escala de su dignidad y se va enmarcando airosamente en la convivencia social. La historia de la cultura cristiana es toda una larga y entrañable apología de la mujer y de sus funciones providenciales. En el mundo moderno, siempre impregnado de algún modo de la influencia ideológica del Cristianismo, suena como algo perfectamente natural y humano todo cuanto pregona la dignidad y destino grandioso de la mujer. Sólo ellas saben hacer hombres, decía la mujer de Leónidas a un embajador persa que se admiraba de las consideraciones que se tenían con las mujeres. La consideración cristiana es mayor, cuando se piensa, a la luz de la Revelación, que no solamente los hombres —el mundo— se gesta en las entrañas de la mujer; sino que en ellas y en su psicología y en su corazón, Dios ha querido hallar los mejores instrumentos de formación de los nuevos hijos de Dios y los más suaves y eficaces procedimientos de purificación e influencia en la vida social. Una mayor madurez cultural va dejando paso, en todo el mundo, a los derechos de la mujer. Nada hay de malo en ello, mientras queden siempre a resguardo las características especiales que definen el ser y el actuar de la mujer. Esencialmente igual al hombre, providencialmente distinta y diferenciada por rasgos anímicos marcadísimos, he aquí, pues, que la mujer ha entrado en la vida social y en el campo del trabajo por la puerta grande. Pero habrá de tenerse en cuenta esos rasgos marcadísimos que definen a la mujer. La igualdad esencial con el hombre, por su dignidad personal, por la misma vocación divina, no suponen, naturalmente, que la mujer en la vida social o en el trabajo viene a ser otro hombre moviéndose al mismo ritmo social y psicológico que el hombre. La condición de ser mujer es un postulado de exigencias ineludibles, como son también específicas e insustituibles las aportaciones de la mujer a la vida toda. Principalmente, al enfrentarse con el fenómeno de la promoción de la mujer, principalmente en el terreno del trabajo y de las profesiones, habrá que tener en cuenta dos aspectos característicos que condicionan absolutamente la vida y la actividad de la mujer: —el impacto social que ejerce siempre la mujer. —la típica psicología que regula la vida toda de la mujer. 121

IMPACTO SOCIAL DE LA MUJER
El mundo será lo que el hombre sea; puesto que el hombre ha sido llamado, por vocación divina, para trabajar la tierra y dominarla. Pero el hombre será, al fin, lo que la mujer sea; puesto que la mujer, ayudadora y complemento del varón, ejerce sobré él y sobre el medio social en que se mueva un impacto profundísimo y decisivo. Desde el Paraíso, el hombre se muestra manifiestamente inferior en cuanto a la influencia de la vida. Lo que supone la mujer, en el ambiente social o familiar o individual, es algo connatural y característico, fruto de su mismo ser femenino y consecuencia de su vocación providencial. En la historia de todo hombre, santo o canalla, había que investigar a la usanza de la policía y según el viejo aforismo francés: «Cherchez /a femme». Buscad a la mujer, investigad la posible influencia que, en alguna circunstancia, ha ejercido la mujer sobre el hombre. Alguna mujer: la madre, la hermana, la esposa, la amante... Pero es que: —la mujer fue hecha por Dios con esa finalidad. Sin ella, de una manera o de otra (porque son incalculables los modos y caminos de esa influencia), el hombre queda solo. Y queda mal; porque no es bueno que el hombre esté solo. Por eso, Dios mismo ha dotado a la mujer de unas cualidades específicas —de una manera de ser y actuar— que redondean y completan la posible ayuda moral al varón. Ayuda y complemento en una o en otra dirección, hacia el bien o hacia el mal, según la dirección que adopte la mujer. Son dos puntos que viven en constante referencia, como el hierro y el imán. Cada uno tiene su actividad. Tiene también su modo. Lo cierto es que la fortaleza del hierro se sentirá suavemente arrastrada por la influencia fuerte y solapada del imán. Todo depende ya de la dirección que el imán prefiera. En el Paraíso, el responsable cierto de la Caída fue el hombre por ser fuente cabeza jurídica de la humanidad; pero, a su lado, alienta en las primeras páginas de la historia humana la proximidad de la mujer, llena de insinuación. En la cima de la salvación humana, el ejecutor único de la Redención es Cristo; pero aun Él quiso también que, a su lado, como alimentadora maternal de todas las esperanzas y de los mejores sentimientos, estuviese la Mujer, colaboradora, corredentora, ayudadora... En los puestos de trabajo, juega un papel importante el hombre que lo realiza. Y, sin embargo, muy frecuentemente, se investigan las condiciones concretas en que se mueve y alienta la vida de ese hombre con respecto a su 122

circunstancia familiar y, sobre todo, con respecto a la mujer. La mujer, la esposa, aunque a veces parezca que se mueve en la sombra, es, sin embargo, el elemento que condiciona la actividad y el acierto profesional del hombre..., por el impacto profundo —a veces decisivo— que ejerce la mujer. —y estas mismas resonancias, más evidentes acaso, produce la mujer en la vida del hogar. El hombre está hecho para trabajar la tierra, pero, cada día, mientras se adelanta a su tarea, deja detrás de sí un hogar determinado, con una determinada vida familiar, con unas determinadas actualidades afectivas, sentimentales, profundamente vitales para todos. También el hogar, la vida familiar, gravita sobre las misteriosas cualidades de la mujer y todos los miembros del hogar giran y se mueven al ritmo de ella. Hasta la misma disposición material de la casa parece que respira la presencia de la mujer, para bien o para mal. Hasta las gentes de fuera, en el breve tiempo de una visita de cumplido, sienten que la mujer ocupa la casa entera con su presencia cálida e informante. —y sucede lo mismo, en diferente grado y matiz, en la vida social. Sería muy interesante estudiar hasta qué punto la evolución social de los últimos años ha dependido de la presencia de la mujer en el trabajo, en las profesiones, en la universidad, en los ambientes sociales. Es, ciertamente, indudable que todo aquello que supone un signo de influencia, de sentimiento, de sugerencia y distinción, de matiz y colorido, insinuación y belleza, ha sido aportado (acaso, sin buscarlo y como de manera inconsciente, por su sola presencia) por la mujer. Es esta triple eficiencia lo que jamás deberá destruir el trabajo en la mujer. Bueno es que la mujer haya entrado por la puerta grande a las variadas manifestaciones del trabajo y de la vida social. Bueno es, porque con ello ha ganado —más que perdido— la misma sociedad y más se ha perfilado la personalidad femenina, y se ha dignificado en el ejercicio de sus derechos y de su actividad. Bueno es todo ello; pero todo deberá estar siempre condicionado por estas especiales cualidades de la mujer para que nada de cuanto en ella hay de amablemente fecundo y decisivo se rompa o se adultere. Todo trabajo que altere esta condición femenina deberá dejarse atrás, como una insidiosa y mala tentación. 123

Y todo trabajo que la mujer ejerza deberá ayudar y fortalecer, y no estorbar, esta sana eficiencia de la mujer como ayudadora y complemento del varón, del hogar y de la sociedad. Porque, de otro modo, el hombre padece en su integridad y equilibrio moral cuando la mujer colocada a su lado ejerce mal su poder de influencia. Y padece el hogar y se quiebra la familia cuando falta de ella la mujer o se han quebrado sus exquisitas cualidades. La historia de muchos hombres tiene muchas páginas escritas con estos motivos. Como la historia de la actividad hogareña y el desarrollo o retroceso de la misma sociedad. Llega a ser frase hecha el reconocimiento de la vitalidad o decadencia de los pueblos por causa de las cualidades o defectos de la mujer. Que la mujer trabaje, bien; que personalidad tiene y cualidades y derechos esenciales que le abren sitio como compañera del varón. Bien, que en las variadas manifestaciones de la vida social, la mujer y el varón aparezcan más camaradas, más compañeros cada vez, más en un plano de mutua igualdad y consideración. Pero que, junto a la conciencia de su dignidad personal, se salven siempre las cualidades y responsabilidades amabilísimas que emanan de la singular característica del alma femenina y de su destino en la vida. No debe, pues, olvidarse ese impacto social que, por vocación natural, ejerce la mujer. Al contrario, en el trabajo o fuera de él, la educación de una personalidad femenina requiere un cuidado especial en el desarrollo de esas mismas cualidades femeninas. Hasta que llegue a ser de veras, como Dios la quiso, compañera del hombre; pero real compañera, el mejor complemento, la ayudadora eficaz y el influjo ennoblecedor de todo esfuerzo humano. *** Este aspecto de la personalidad femenina es una elaboración de la misma naturaleza. Depende de aquellas cualidades naturales de que Dios la dotó y que componen la riquísima psicología de la mujer, su estructuración anímica y sentimental, la variadísima gama de afectos y matices que la distinguen y diferencian del hombre y la condicionan para una actividad, una manera de interpretar la vida, un estilo propio. Por eso tampoco debe dejarse atrás la atención debida a la psicología de la mujer. Recordemos de nuevo: la mujer, en su intervención laboral o social, no es simplemente otro hombre, otro trabajador más. Sigue siendo mujer, típicamente mujer, y llega a la vida social sin perder por ello su condición natural. Todo lo contrario sería la más grave equivocación: 124

equivocación de la misma mujer y de la sociedad que permitiera o alentara tal confusión. La mujer —también en el trabajo— es sencillamente mujer.

LA PSICOLOGÍA DE LA MUJER
Habrá de tenerse en cuenta, pues, la propia psicología de la mujer. Es decir: las diferentes líneas de su espíritu, las cualidades temperamentales, la conformación de su vida íntima y el fundamento de su personalidad. No es éste el lugar conveniente para exponer ampliamente un estudio de la psicología de la mujer. Ha sido estudiada, con mayor o menor acierto, en variados intentos. Solamente interesa aquí subrayar la diferenciación natural e inevitable entre el varón y la mujer, cuando se trata de cualquier tema en que los dos intervienen. Porque siempre hay peligro de creer que el hombre y la mujer son simplemente dos. Dos, en el amor. Dos, en el trabajo. Dos, en la vida social. Dos... como si resultasen de la suma de uno más uno, sin ulterior diferenciación. El hombre y la mujer no son nunca simplemente dos. Ni siquiera uno más uno. Mejor habría que decir que son uno más otro; porque ese otro (cada uno con respecto al otro) es fundamentalmente distinto, radicalmente diferenciado, y no puede ser considerado y medido por el mismo rasero. La psicología femenina (su mentalidad, su espirito, su tempus interior) está determinada por su peculiar vocación a la maternidad. No tanto a la maternidad considerada fisiológicamente, cuanto a la verdadera maternidad, en sentimientos y estilos, sin la cual de nada valdría la maternidad fisiológica. Realmente, la maternidad no se reduce a un complicado proceso de carne y sangre. Tiene raíces más profundas, afectivas, espirituales, que configuran de una manera especial y típica el ser femenino. No es solamente la disposición natural de un cuerpo apto para la maternidad; es, sobre todo, la radical estructuración de todo el ser y de todo el sentir de la mujer en orden a la futura explosión de los más bellos sentimientos en cuyo centro estará siempre el amor, la distinción espiritual, la primacía de lo hermoso e ideal. «...el oficio de la mujer aparece claramente dibujado por los trazos, por las aptitudes, por las cualidades peculiares de su 125

sexo. Ella colabora con el hombre, pero de aquel modo que le es propio según su tendencia natural. Ahora bien, el oficio de la mujer, su manera, su inclinación innata, es la maternidad. Toda mujer está destinada a ser madre, madre en el sentido físico de la palabra o en un significado más espiritual y elevado, pero no menos real. A ese fin ha ordenado el Creador todo el ser propio de la mujer: su organismo y más aun su espíritu y, sobre todo, su exquisita sensibilidad.» (Pío XII, a las Mujeres Católica Italianas, octubre de 1945) *** Nada de esto puede desconocerse ni dejarse a un lado, cuando de la mujer se trata. Y la mujer ha sido llevada —o ha llegado por fuerza providencial de los hechos— a las múltiples actividades de la vida laboral y social que antes le estaban vedadas..., en todo caso habrá de tenerse en cuenta la condición natural de la mujer. Porque nada debe alborotar la natural armonía de su vocación y de su destino. Nada deberá ganarse, si el precio es la destrucción del ser femenino en sus más naturales y bellas cualidades. La mujer sería la primera víctima de esa especie de materialización de su destino. La ruina social, por la pérdida de los mejores valores, sería el desenlace inevitable. «La misión cristiana de la mujer tiene una ordenación básica, según el propio plan de Dios sobre ella, que no admite cambios sustanciales... Es la mujer femenina —no es tautología— semejante al hombre en su valoración de criatura y en su personalidad cristiana, con su condición de filiación divina y de vocación eterna, dentro de la realidad social de la Iglesia, de la que también es miembro… Pero, además, según la diversidad de sexos, la mujer, por ordenación de Dios, está llamada a una misión específica de hogar y familia, en la que, como esposa y madre, tiene su profesión personal ordinaria y general o común, como Pío XI enseña: «No hay duda —ha dicho el Papa— de que la función primaria, la misión sublime de la mujer es la maternidad, que, 126

por altísimo fin propuesto por el Creador en el orden por El escogido, predomina intensa y extensamente en la vida de la mujer...» (A, Avelino Esteban, «FEMINISMO Y DEBERES DE LA MUJER CRISTIANA»)

PROFESIONES Y... PROFESIONES
Todo ello exige una diferente valoración de las diversas profesiones, cuando se piensa en la mujer trabajadora. Recuérdese otra vez: la mujer en el trabajo no es sencillamente otro trabajador más; sino, mejor, una mujer que trabaja. Una mujer, sin pérdida de su verdadero ser propio y natural, que ha llegado a los campos del trabajo, del estudio, de la profesión, de la vida social. Pero que permanece —debe, en todo y siempre, permanecer— totalmente mujer. a) Hay, primero, las que pueden llamarse profesiones naturales. Es decir: habrán de tenerse en cuenta, antes que nada, aquellas profesiones para las cuales la misma naturaleza ha preparado a la mujer, la ha dispuesto y condicionado; de tal manera que el contenido de esas profesiones padecería grave riesgo y pérdida irreparables si la mujer faltase a la cita con su propia condición natural. —Es profesión natural ser hija. —Es profesión natural ser novia. —Es profesión natural ser esposa. —Es profesión natural ser madre. Esto supone que la vida interior femenina reclama ardientemente un medio ambiental, unas maneras de vida, que salven y perfeccionen las realidades que encierran esas profesiones naturales. Medítese en el conjunto de disposiciones naturales, de intercambio de sentimientos y de virtudes, de mutuos servicios familiares..., que permitan al corazón femenino trabajar su propia educación y disponerse para el más perfecto desempeño de su destino vocacional natural. Medítese en la riqueza sentimental imponderable que lleva consigo la realización perfecta de esas vocaciones, en toda su escala natural, y los beneficios que de ahí se originan. Medítese la ruina y la tristeza vital que ha de seguirse cuando, al precio que fuere, aunque otros triunfos se lograsen, esas vocaciones naturales de la mujer quedasen vaciadas de sentido o deslucidas por la vulgaridad. 127

b) Hay, después, profesiones que pueden llamarse añadidas. Porque, efectivamente, la mujer no se ha detenido en su vocación natural que va alcanzando madurez a través de sus profesiones naturales. Precisamente, el fenómeno que estamos alcanzando en nuestros tiempos es el del salto de la mujer a los puestos de las restantes profesiones y tareas que, antes, estaban reservadas al varón. El problema surge aquí: en el campo de las variadas profesiones de la vida laboral y social moderna. Indudablemente, estas profesiones solamente podrán ser admitidas por la mujer y ejercidas con la debida maestría, si respetan la vocación natural de la mujer y la distinción de su propio e íntimo ser. —Habrá que rechazar aquellas profesiones que parecen puramente reservadas al hombre. Son aquellas tareas presididas por un signo de fortaleza, propia del varón y no de la mujer. Como todas aquellas profesiones o trabajos cuyo ambiente —suciedad, grosería, despotismo...— no encaja en las natura/es exigencias de la vocación de la mujer..., ni siquiera, a veces, en las condiciones del varón. —Hay profesiones particularmente apropiadas a la mentalidad femenina. Son aquellas en que la mujer puede desarrollar su natural imperativo sentimental de verdadera maternidad espiritual. Principalmente, aquellas profesiones cuya dedicación va dirigida más a personas que a cosas, más a tareas de formación y educación: terreno siempre fértil y amplio, de inmensa fecundidad, en el que tienen maravillosa aplicación las peculiares disposiciones naturales femeninas en orden a la forja de los mejores sentimientos. Con razón suele decirse que los hombres pueden hacer fuertes a los otros hombres. La bondad —y no la fortaleza— en cambio, parece el objetivo y la conquista propia de la influencia de la mujer. Pues bien: todas aquellas profesiones cuyo contenido sea la bondad, la claridad de sentimientos, la forja de los ideales, la educación del corazón, son profesiones en las que la mujer —sin perder nada, sino ganando mucho— puede ofrecer a la sociedad las más bellas realizaciones. «Asociada al hombre en el campo de las instituciones civiles, se aplicará principalmente a aquellas materias que exigen tacto, delicadeza, instinto maternal, más bien que rigidez administrativa. ¿Quién mejor que ella puede 128

comprender lo que requieren la dignidad de la mujer, la integridad y el honor de la joven, la protección y la reeducación del niño?» (Pío XII, 1. c.) Hay profesiones indiferentes. Son aquellas no caracterizadas por rasgos típicos, propios de uno o del otro sexo. En estas profesiones, tanto el varón como la mujer, pueden aplicar sus diversas aptitudes con perfecta dedicación, sin mengua alguna en su propia personalidad. La mujer encaja mejor en aquellas profesiones, más acomodadas a su estilo, que requieren dedicación cuidadosa, orden y minuciosidad. *** En todo caso, lo que la naturaleza reclama a grandes voces es que la situación de la mujer en el trabajo no sea alegremente asemejada a la situación del varón; que ninguna profesión, ni por su contenido ni por las circunstancias en que se realiza, suponga quebranto de las especiales características que enriquecen el alma femenina; que el contacto con la materia en el trabajo o el roce y desgaste natural de la vida social no traigan consigo ninguna merma en la personalidad de la mujer, ni alteren el equilibrio emocional que su vocación femenina exige, ni adulteren o arruinen el profundo tesoro emocional sobre el cual se asienta la psicología de la mujer. Ahí está el más formidable peligro... Salvado esencialmente esto, la sociedad sale gananciosa por la aportación de la mujer a los diversos campos de la vida moderna. En otras palabras, queremos decir que la mujer tiene ya asignada la vocación peculiar por la misma naturaleza. La mujer —suele decirse— no necesita otra cosa que ser perfectamente mujer para, con ello, cumplir su misión, hacer historia. El hombre, en cambio, no termina su propia definición con sólo ser hombre. Es difícil, incluso, imaginar al hombre que sea solamente hombre: habrá que añadirle pronto el adjetivo más apropiado. Hombre médico. Hombre ingeniero. Hombre obrero. Porque el hombre — creado para trabajar la tierra— no hace historia sino a través de su trabajo, a través de su adjetivo..., aunque su felicidad dependa del sustantivo. Del ser «hombre», depende el ser más o menos 129

feliz. Del ser «profesional» en un trabajo, depende la realización de su historia. En la mujer, tanto la propia felicidad como su cometido histórico, depende siempre del sustantivo «mujer», del ser plenamente mujer, magníficamente mujer, perfectamente mujer. «...Las mujeres cristianas que se sienten llamadas o que tratan de conseguir la personalidad cristiana, es decir, las mujeres que saben ser siempre ellas mismas, que saben imprimir en todas sus acciones el sello cristiano... ...estas mujeres lo reflejan en sus actividades y en las instituciones de orden temporal que esperan ser mejoradas y vivificadas por medio de ellas. Esta es, por consiguiente, la tarea de las mujeres que viven la vida de su tiempo, que se introducen en las instituciones y en los ambientes en los que se forman y se transforman las civilizaciones humanas, para actuar dentro de éstas… Mujeres que viven su vida como una síntesis interior de lo natural con lo sobrenatural, y realizan su unión con Dios en Cristo por las mismas obras con las que mejoran y vivifican las instituciones temporales.» (Mons. Pavan, «LA PERSONALIDAD DE LA MUJER CRISTIANA», al Congreso Mundial de la UMOFC, Roma, 1957)

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ENCUESTA sobre El trabajo (III) VER: Señala algunos hechos que reflejan algún cambio en la vida social de la mujer: —en cuanto a independencia a) social b) económica c) personal —en cuanto a la vida de sociedad —en cuanto a la vida familiar —en cuanto a la vida laboral ¿Qué diferencias establecerlas con las épocas pasadas, en este mismo tema? JUZGAR: ¿Qué opinión tienes de la «mujer en el trabajo»? Explica y razona tus opiniones. ¿Qué opinión tienes de «la influencia social de la mujer»? Explica y razona tus opiniones. ¿Cómo ves la vida del hogar «con» o «sin» la mujer? ACTUAR: ¿Qué haces para tener un concepto exacto de la dignidad de la mujer? ¿En qué puntos apoyarías esa dignidad de la mujer? ¿Cómo crees que se puede salvar la posible incompatibilidad entre: —la vocación femenina y la independencia social? —la vocación femenina y la vida laboral? Normas para la acción Lo primero es, siempre, corregir y perfeccionar las ideas: dignidad de 131

la mujer; vocación especial de la mujer, psicología típica de la mujer.—Qué se puede hacer para seleccionar «modos de vida» y «ambientes» en favor de la formación y desarrollo normal de la mujer según su psicología y vocación.—En el trato social en general.—En el trato del hombre y la mujer.— En el terreno de las profesiones y tareas laborales.—Cómo salvar siempre aquello que es «esencial» en la mujer, fuente de dicha para el hombre y para el hogar, beneficio y elevación de la sociedad. Examinar estas normas ***

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El tiempo
«Cada botón no florece más que una vez y cada flor no tiene más que un minuto de perfecta belleza. Así, en el jardín del alma, cada sentimiento tiene su minuto floral: esto es, su momento único de gracia esplendente y de radiante majestad. El astro no pasa más que una vez cada noche por el meridiano sobre nuestras cabezas y no brilla en él más que un instante. Así en el cielo de la inteligencia, no hay, ni puedo atreverme a decirlo, para cada pensamiento, más que un instante cenital, en que culmina en todo su brillo y en toda su soberana grandeza...» (Federico Amie1) *** He aquí una realidad de siempre. Siempre habéis encontrado hombres envueltos y penetrados de una gran laboriosidad. Envueltos, porque parece que se les quedan cortas todas las horas del día y todas las jornadas del calendario. Penetrados, porque las tareas emprendidas se hunden en su espíritu y parece que lo empapan. Sin embargo, habéis observado también que esos hombres no dan señales de cansancio ni de fatiga. Manifiestan los signos de una salud casi ofensiva, de una vitalidad contagiosa. Disponen de tiempo para las cosas más variadas, porque se les llama de todas las partes y son los motores de casi todas las iniciativas. Les queda lugar para el cultivo de la amistad y de la familia, del arte y del gozo de viajar. Y hasta tienen sus pequeñas aficiones particulares... Cazan o pescan o juegan al golf. Oyen despaciosamente música o hacen crucigramas laberínticos o se gozan en la solución de problemas difíciles a modo de juego. Tienen tiempo para todo. Habéis encontrado siempre también hombres de disposiciones opuestas. No tienen tiempo para nada y olvidan cualquier encargo que se les haga. Pero no es porque tengan muchas ocupaciones. Ni las que tienen son de grave responsabilidad ni están absorbidos por ellas. Sin embargo están 133

preferentemente disgustados y sufren de mal humor, de pesimismo, de una amargura indecible y sin causa determinada. Resisten mal el contacto social, el intercambio de la amistad, el diálogo con los demás. Son frecuentes víctimas de la fatiga espiritual y física. Dan la impresión de que la vida les debe todo y no les paga nada. Como respuesta, ellos se muestran disgustados contra la vida. ¿Cómo puede suceder eso? Ya sabemos que el egoísmo tiene respuestas cómodas para todo y prefiere buscar las causas en cualquiera parte menos en la propia culpa. Pero si analizamos un poco los procedimientos de unos y de otros, encontraremos que la causa principal de esos fenómenos está aquí: en la diferente postura mental frente al tiempo, en la diferente manera de estimarlo, en la diferente medida para aprovecharlo. El tiempo. He aquí uno de los más ricos talentos que Dios nos ha concedido. Un verdadero tesoro, riquísimo. Más rico aún, si consideramos que, teniéndolo, no sabemos hasta cuándo lo vamos a tener. Una razón poderosa para decidirnos a aprovecharlo bien. «Dios me hace la gracia de un nuevo día. Un maravilloso y encantador nuevo día que El me concede para que yo pueda recrearme en la exultación de la vida, en el portento de las cosas creadas, en los dulces afectos de la familia, en las suaves satisfacciones de la amistad y en tantas y tantas cosas buenas y agradables con que su amorosa Providencia ha engolosinado el mundo. Dios me hace la merced de un maravilloso nuevo día para que yo pueda dar otra pincelada más de perfeccionamiento en el lienzo de mi vida. Lo recibo, agradecido, con el jubiloso gorjeo de los pajarillos en la enramada, con el alborozo del que conoce el valor de lo que recibe. Quiero gozarlo por entero y quiero hacerlo gozar a los demás, sembrando felicidad, puesto que esa es, Señor, la condición que Tú has puesto para que podamos cosechar felicidad.» (Depart. de Publicidad «IRIMO»). *** 134

El tiempo es uno de los más ricos dones que Dios ha puesto a disposición del hombre. Porque, mientras hay tiempo, muchas otras cosas pueden lograrse y construirse y remediarse sobre la base del tiempo que se posee. Cosas y realidades que no se alcanzarán —que quedarán como colgadas sobre la nada— cuando suene la hora en que el tiempo se haya acabado. Se nos adelanta, casi sin buscarla, la parábola evangélica. «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y vino a ella en busca de fruto y no lo halló. Por lo cual dijo al viñador: —Ya ves que vengo hace tres años seguidos a buscar fruto en esta higuera y no lo hallo. Córtala, pues, ¿para qué ha de ocupar terreno en balde? Pero él respondió: —Señor, déjala todavía este año, y cavaré alrededor de ella, y le echaré estiércol por ver si así da fruto. Cuando no, entonces la harás cortar.» (Ev. de San Lucas, cap. 13, v. 6 ss.) Déjala un año más. Porque, cuando ya el tiempo se haya ido, muchas almas querrán dar marcha atrás al tiempo y hallar la fórmula milagrosa de disponer siquiera de un año más. Un año más, para hacer lo que antes se dejó sin hacer; para rehacer lo que antes se hizo perezosamente y con descuido; para rectificar lo que pudo hacerse en derechura y se torció, sin embargo; para dar al cuerpo y al espíritu lo que antes, por pereza, se le negó... Un año más que... tampoco sabemos si daría el fruto que antes no se procuró. Pero, mientras se tiene el tesoro del tiempo, ahí está al alcance de todas las manos y nadie puede decir que no lo tuvo, mientras vivió. Pueden no tenerse otros dones, porque la vida es, a veces, caprichosa en el reparto de sus riquezas. Pero la misma vida reparte entre todos el regalo del tiempo, casi por igual, para que todos aprovechemos esta materia prima y trabajemos para transformarla y convertirla en fuente de nuevos dones. Porque el tiempo puede ser transformado en nueva producción variadísima, en nuevos rendimientos insospechados. Sencillamente, porque 135

el tiempo da tiempo para todo: para el bien y para el mal, para la ociosidad aburrida y para el trabajo confortador, para la perfección creciente y para el estancamiento abotagado, para la adquisición del saber y para la atrofia del espíritu, para alcanzar la santidad y la sabiduría y el heroísmo o para hundir la propia vida en la insatisfacción de los ideales más rastreros. Por eso conviene estimar el valor inmenso del tiempo. Y por eso... no hay tiempo que perder. El tiempo de que cada uno dispone — ¿cuánto tiempo...?— es riqueza demasiado delicada para que aún el hombre la disipe por su torpeza. La vida, tan bella, es a la vez demasiado breve para que aún el hombre la arruine malgastándola. «Aníbal juró, a los nueve años de edad, odio eterno a los romanos, y, a los veintiséis, mandó como general aquella expedición inolvidable que puso a Roma, en Cannas, al borde del precipicio. Alejandro Magno ganó su primera batalla a los dieciocho años, y, a los treinta, había sojuzgado al mundo oriental. Don Jaime el Conquistador era un gran rey a los quince años. Carlos I de España lo era a los dieciséis y Luis XIV a los veintiuno. Napoleón I fue subteniente de Artillería a los dieciséis años, y su rival Pitt fue ministro en Inglaterra a los veintitrés. Washington mandaba un regimiento a los veintidós años. La Fayette ganó a los veintiuno la batalla de Monmouth... ...Duras Escoto, muerto de solos treinta años. Tomás de Aquino, que terminó a los cuarenta y siete años una órbita digna de siglos. Jaime Balmes, a quien la muerte pudo cortar la carrera a los treinta y ocho, pero no pudo arrebatarle una celebridad inmortal. Rafael... muere a los treinta y siete años, dejando creaciones que los siglos sucesivos todavía no han acabado de estudiar. Y aunque la muerte se apresuró a interrumpir el hilo de la vida de Garcilaso a los treinta y tres años, de Lucano a los veintisiete, de Jorge Manrique a los treinta y mueve, de Leopardi a los treinta y siete y, de Bellini a los treinta y tres..., ya llegó tarde para cortarles el camino de la inmortalidad. Demóstenes era, a los veinticinco años, el mayor orador de Grecia, y Cicerón, antes de esa edad, era el primero de 136

Roma y, por ventura, del mundo. Lord Bacón inició su obra filosófica a los quince años. Galileo hizo, a los dieciséis, sus primeras observaciones sobre la ley del péndulo. Pascal descubrió la presión atmosférica a los veinticinco años. Newton formuló, a los veintitrés, la ley de gravitación universal. Lineo preparaba ya a los veinte años su obra sobre las Plantas de la Biblia. Franklin comenzó a escribir para el público a los catorce. Faraday era notable químico a los veintidós. Gay-Lussac empezó sus investigaciones sobre la Física siendo aún muchacho y, a los veintitrés años, publicó su obra sobre la dilatación de los gases. Alejandro de Humboldt comenzó la publicación de las suyas a los veintiuno. Fulton proseguía, desde los catorce, los experimentos que le condujeron a inventar la navegación a vapor, y Tomás A. Edison —«hambriento y sin amigos ni dinero»— hacía a los veintitrés años, su primer invento de telegrafía...» (R. Ruíz Amado, S. J., «EL SECRETO DEL ÉXITO») Y no es, naturalmente, que el aprovechamiento del tiempo tenga que guardar una necesaria relación con el comienzo pronto y entusiasta de las empresas laudables. Porque, de la misma manera, hallaremos hombres y mujeres para quienes parece que la vida no corre, que se ha estancado en la esplendidez de un entusiasmo creciente, y les mueve, aun en los años maduros y en la vejez, con el mismo vigor que en los años jóvenes. Hombres y mujeres, que en el ocaso de sus días, siguen al frente de trabajos y negocios, y estudian y se abren a proyectos nuevos, y se emplean en el gobierno y en las ciencias y en el arte, y siguen leyendo y escribiendo, enseñando y aprendiendo... Estadistas, escritores, gobernantes, simples artesanos, que siguen al mismo ritmo de actividad todos los días, sin mirar si esos días son ya de la ancianidad o aún pertenecen a la juventud airosa. Lo característico en ellos es... el tiempo, el tiempo aprovechado, aunque ese tiempo sea el último tiempo que Dios les concede. Y ha habido bellísimos ejemplares de santidad, de ciencia, de actividad, de heroísmo que, en la breve duración de una vida corta, han sabido dar al tiempo el máximo rendimiento. Parecería que no cuenta el tiempo, poco o mucho, para estas cosas; sino cl espíritu con que el hombre se abraza al tiempo de que dispone para arrancar de él los mayores frutos a los doce, a los trece, a los veinte años... Viviendo densamente, en pocos años, el tiempo que frívolamente desprecian otros en una larga vida. 137

Si es que la vida, despilfarrado el tiempo, merece el nombre de vida.

PROGRAMA. UNA SOLA DIRECCIÓN
En alguna parte se ha hecho esta sutil observación: O tú pasas por la vida, actuándote y trabajando sobre ella, o la vida pasa por ti... y te aplastará. Distingue esta observación dos clases de espíritus, dos posturas mentales diferentes con respecto a la vida; vida que, sin embargo, necesariamente se ha de vivir y no admite un compás de espera. La postura mental de quien, cada instante, se enfrenta amistosamente con la vida, acogiendo con gozo el momento actual, la actividad de ahora, y actuando sobre ella con plena libertad y una disposición entusiasta. Es la postura mental del hombre que se adelanta él a hacer esto y aquello, que está atento al horizonte de los días para buscar en él su campo propio de actividad personalísima, sintiéndose a sí mismo, dueño de sí y gozoso de su tarea. Y la postura mental del hombre que arrastra su vivir, sin objetivo ni ideal, dejando que los días pasen y vuelvan a pasar, con su carga de siempre y sin que el hombre se mueva a sí mismo para hacer algo y modificar la vida y crear su propia obra por su propia inspiración y entusiasmo. Entonces, la vida pasa por el hombre. Y el hombre se sentirá aplastado por el peso de la vida, sin ilusión ni alegría; porque realmente no vive, se deja vivir. No se mueve a sí mismo en ninguna dirección; simplemente, es movido por los vaivenes de la misma vida exterior. Y el espíritu del hombre, abandonado así a la pasividad continua, ha de sentir necesariamente el peso espiritual de todo lo demás, puesto que él mismo no se adelanta con acciones y reacciones propias. Es tontamente llevado corno nubes otoñales, por todos los vientos del suceder diario. La vida se enreda en el desorden. La vida personal, claro; la vida interior. La vida por la cual el hombre es capaz de sentirse a sí mismo y gozar de la mejor victoria: la victoria de saberse dueño de sí y de su destino. Desorden interior, porque falta la dirección única —o dominante, al menos — de un objetivo ilusionado y el calor de la propia seguridad, el entusiasmo de saber a dónde se va y qué se quiere y las cosas que se van a hacer... por decisión totalmente personal y voluntaria penetrada de entusiasmo. Al contrario, el hombre se siente expuesto a todas las llamadas de las cosas exteriores, variadísimas como todos los instantes; pero sin contenido, sin proyección hacia algún objetivo, sin plan de conjunto y sin 138

concatenación... y abocadas a un final indefinido y falto de claridad suficiente. «Hay quienes se parecen a un cheque de un millón de dólares… un Banco en quiebra. Prometen mucho y no es posible obtener nada de ellos.» (O. S. Marden) Así, el tiempo se hace eterno y pesa con toneladas de tedio y hastío. Así, el tiempo que parece eterno apenas deja lugar para nada; porque se desliza, sin embargo, consumiendo los mejores años y las más bellas oportunidades, mientras el hombre se entrega al saboreo de lo único que ese tiempo vacío le deja: el hastío. Muchas veces podría hallarse la causa de muchos complejos y de muchas angustias en esta postura mental defectuosa. Muchas veces, la angustia vital es producto, simplemente, de la angustia de no hacer nada ni buscar nada para hacer. *** Es elemental despertar la actividad personal del hombre. «¿Está usted en forma? Aproveche ese instante preciso. Empiece lo que pueda hacer o lo que pueda soñar: la audacia es genial, poderosa y mágica. Comprométase y la mente se le caldeará. Empiece, y el trabajo dará de sí.» (Goethe) No se trata de elaborar siempre ideales altísimos, muchas veces defectuosos por su misma ambición o por su imprecisión. Se trata, sí, de poseer la suficiente capacidad de determinación por propia cuenta, razonablemente iluminada y fortalecida, para pisar con seguridad cada instante. Se trata., sí, de poseer un proyecto que nos reclame y hacia el cual vayamos caminando por nuestra propia voluntad enardecida. Un programa habitual de acción en la vida y de progresiva superación. Un intento que habitualmente nos ocupe y que, de manera dominante, dé explicación a nuestras tareas. Probablemente, los eternos moscardones del mundo del hastío, compadecerán al hombre de acción determinada y constante y segura. Le compadecerán con una sonrisa despectiva que —no la ven ellos mismos— más parece un gesto de amargura por la propia aridez vital. Porque sentirse 139

ligado cordialmente a la tarea y al tiempo es la más brillante de las libertades, porque es la libertad del orden y de la constante adquisición de valores nuevos. La esclavitud está por la otra parte: por la parte del hombre pasivo, que vive viendo pasar, sin más, los días. Esclavitud de sus antojos; peores, cuanto más plenamente satisfechos. Esclavitud de su propia pereza espiritual y de la infecundidad que lleva consigo. Esclavitud del peso de la vida que, necesariamente, aplasta si se la deja pasar. Indudablemente, da más sensación de libertad un jardín, por muchos que sean los trabajos que exige, que un desierto o un erial. Un plan de acción, pues. Un objetivo que dé, a cada día, la razón del vivir. Un ideal que, aunque previsto como de lejos, explique los esfuerzos de caminar hacia él. Aquí está la diferencia. Porque la vida es siempre caminar y caminar. Nos haría mucho bien meditar la palabra clásica en los pensadores religiosos. El hombre, mientras está en la tierra, es un viador, un caminante. La vida es siempre caminar. La diferencia está en que unos caminan sabiendo su destino: el destino final y absoluto y los pequeños destinos temporales que preparan para el destino eterno. Este caminar no fatiga jamás; al contrario, llena de gozo porque cada paso es siempre un acercamiento a una conquista. Otros caminan sin saber a dónde van, dando vueltas sobre sí mismos, como condenados a caminar con los ojos vendados. Y este caminar destroza los nervios y rompe la unidad espiritual. Solamente podrá aprovechar el tiempo, sin fatiga, aquel que sabe ciertamente lo que quiere hacer. Y no sólo en cuanto a la tarea concreta de un momento; sino, sobre todo, en cuanto al programa —también concreto— de su actividad habitual. Cada día debe tener su contenido y su labor. Cada día debe el hombre lanzarse a trabajar la vida en una determinada dirección, habitualmente la misma todos los días. Cada día ha de suponer un nuevo golpe de cincel en la talla de la tarea encomendada, un nuevo paso en el caminar elegido, un grado más en el personal intento de ascensión. Pero es necesario que se haya elegido esa talla, ese camino, esa gradación ascensional. Sencillamente, es necesario emplearse en un programa habitual y predominante. Porque solamente así trabaja el hombre en el marco del orden. Y el 140

orden es fecundo y, por añadidura, no cansa jamás. Lo que agota es el desorden, el golpe en el vacío, el esfuerzo sin medida ni objetivo. No se trata, naturalmente, de un orden exterior, que esclaviza en su enrejado de tareas y de horas, empujando al hombre de un lado para otro sin holgura para nada más. El orden ha de ser preferentemente interior, espiritual, con la ayuda de una discreta distribución exterior de tiempos y tareas; de tal manera que el hombre disponga de sus fuerzas espirituales en todo momento sin sentirse nunca recargado por el agobio o la prisa exterior. Se busca, simplemente, eludir con vigor todo mariposeo por el cual la actividad del hombre se desparrame sin fruto.

LAS OPORTUNIDADES
Es evidente que nadie nace, de ley ordinaria, con el sello de una determinada proyección de trabajo y actividad. Mientras la vida se desarrolla, suele decirse que el niño (caminando sin cesar hacia la madurez) va descubriendo la vida. Descubrir la vida es sencillamente ir descubriendo oportunidades, innumerables posibilidades de aplicación de la propia actividad hacia el mundo que nos rodea. Los primeros pasos se reducen a saber cosas, descubrir las cosas, ampliar los planos del conocimiento y los alcances de la propia actividad. Es decir, la vida no cesa de ir ofreciendo oportunidades para la aplicación de esta o aquella facultad del hombre. Esto alcanza una mayor importancia en los años de la juventud. Porque entonces se van forjando los planes y proyectos, sobre las bases de conocimientos más seguros cada vez. Nuevas oportunidades siempre, puesto que en la juventud no se ha elegido aún —se asoma el joven a la elección— de un determinado módulo de vida y actividad. Pero hallará muchas veces una ayuda verdaderamente providencial en el juego de las cosas que le van saliendo al paso. Porque de veras las cosas juegan como haciendo infinitos guiños y reclamos, llamando la atención del hombre. Lo importante es aprovechar todas esas oportunidades. Mañana serán —o no llegarán a ser— la ocupación preferida del hombre. Pero siempre proporcionarán materia de trabajo y capacidad de aprovechamiento de muchos que parecerían ratos perdidos. Realmente, no debería haber nunca ratos perdidos. Alguien ha dicho que hay que hacer siempre algo, aunque sólo sea descansar. Y es que también tiene su importancia el saber descansar, que es otra manera de actividad y de aprovechamiento del tiempo cuando se sabe hacer debidamente. No, no debería haber ratos perdidos. 141

Porque, muy frecuentemente, en esa cita con las oportunidades en que el hombre ha sabido salir al encuentro de las cosas que se le ofrecieron providencialmente, se ha descubierto la verdadera vocación personal: que era muy diferente de la que el hombre pensó para sí mismo. Muchas veces se ha encontrado allí el cauce de un futuro caudal de actividad y satisfacciones. Simplemente, porque no se dejó escapar aquella oportunidad... de pintar, de escribir, de hacer poesía o aprender música, de curiosear el arte antiguo o moderno, de hacer crítica razonada o de componer una bonita colección de algo. ¡Cuántas veces, el hombre se creyó con vocación y aptitudes para una cosa... y suavemente se enderezó su destino hacia otra muy diferente! ¡Con todas las ventajas de una actividad ya canalizada, que lleva consigo siempre la fecundidad de un tiempo ricamente aprovechado! Otras veces, la cita con las oportunidades no llegará a cuajar en una realidad tan larga y profunda. Pero siempre ofrecerá esas mil pequeñas ocasiones para que el hombre, enderezado ya en una profesión y canalizado allí su tiempo, tenga luego esos mil rinconcillos entre las horas para solazarse en pequeñas conquistas y satisfacciones de otros campos. Entonces no sólo se habrá armonizado sabiamente la actividad profesional con el tiempo disponible; sino que también los tiempos que otros pierden porque no saben a dónde mirar se convierten en nuevas fuentes de actividad y distracción saludable y ventajosa. ¡Cuántas veces, en esos ratos sueltos, muchos hombres han encontrado la mina de aficiones secundarias en las que, sin embargo, llegaron a brillar sin ningún quebranto ni fatiga! Médicos que, siendo verdaderos magos de su ciencia, alcanzaban a la vez los primeros puestos en el campo de las letras o del arte o de la filosofía. Artesanos que, sin robar nada a su trabajo, fueron a la vez magníficos jardineros o inventores o comediógrafos. Estudiantes que, sin rebajar para nada sus calificaciones escolares, se hicieron maestros del dibujo o de la caricatura. Empleados que, intachables en su trabajo de despacho o de dirección, fueron a la vez maestros de varios idiomas... Todo ello, por no haberse negado a acudir a la cita con las oportunidades. Muchas voces se ha insistido, por eso, en la necesidad de ponerse a prueba. Probar cosas y cosas, no por afán frívolo de voluntades inconstantes; sino porque hay que capacitar a la naturaleza para los mayores logros. Probar este esfuerzo y aquél, al paso de esta o aquella oportunidad. Sobre todo, no responder nunca con una negativa prematura ni cerrar ninguna puerta a nuestra posible actividad. 142

Ensayar, ensayar siempre esto y aquello... Quedaremos sorprendidos de las posibilidades de la naturaleza humana. *** Hay otras grietas abiertas en la vida, por las que el tiempo se nos va infructuoso: el desconocimiento exacto de lo provisional. Ciertamente, más de una vez nos vemos comprometidos con tareas provisionales. Tareas que se nos han ofrecido circunstancialmente y solamente hasta que... tal o cual cosa se cumpla. Y se nos advierte que la tal cosa ha de suceder en un plazo de tiempo relativamente corto. Somos, entonces, simples sustitutos provisionales de un cargo que no es nuestro o que va a dejar de serlo muy pronto. Se trata de una tarea totalmente provisional. Muchos se abandonan entonces, precisamente por eso: porque aquello es provisional, no definitivo. Y aún hay más. A veces, al entregarse plenamente a tal tarea provisional como si fuese definitiva, supone correr el riesgo de fracasar sin necesidad; porque acaso aquella provisionalidad es en un puesto de compromiso. He conocido amigos míos que se vieron en tales situaciones. Unos se acomodaron a la provisionalidad. Y procuraran simplemente cumplir, sin meterse en mayores honduras, sin tratar de llenar plenamente su cometido mientras durase la provisionalidad. Naturalmente, no comprometieron nada ni arriesgaron nada; porque tampoco hicieron nada. Pero vivieron un tiempo, unos meses, en el tedio de la falta de ideal y de actividad ardorosa. He conocido otros que, al principio, cayeron en la misma decisión. Sobre todo, cuando alguien les advirtió del peligro que corrían con una actuación desacertada o mal comprendida. Recuerdo aquella carta de un amigo a otro: «Acabo de enterarme de que has sido destinado a tal puesto. Yo lo conozco bien, porque lo he visto. A fuer de buen amigo, creo que debo decirte que no actúes profundamente en nada; porque me han dicho que tu designación para este puesto es provisional, como de dos o tres meses... Realmente, no sé si es que no sirves para nada o es que sirves para todo. Piensa, sin embargo, que en estos dos o tres meses puedes comprometer todo tu porvenir, tu carrera entera. Puesto que estás provisionalmente designado, no eches a perder toda tu vida en esta provisionalidad. No hagas nada, más que lo elemental. Dedícate 143

sencillamente a pasar estos meses... hasta que llegues al destino definitivo que te espera». Esta carta, sus ideas y consejos, son algo que realmente se ha escrito y aconsejado. Pero el amigo que recibió la carta... Se decidió, primero, por la postura espiritual más conservadora: determinó seguir al pie de la letra aquellos consejos. Luego, no. Luego sintió el dolor de las posibilidades que se escapaban, el reclamo de las experiencias que podía alcanzar, el bien que siempre se puede hacer. Y ya no miró más al calendario ni contó los meses. Aquella provisionalidad estaba planeada para dos meses o tres. En realidad, llegó a seis meses. Y fueron seis meses de actividad fecunda e incansable, de aciertos y tropiezos, de experiencias múltiples. De otro modo, habrían sido seis meses de esterilidad. Y, acaso, con facultades disminuidas para cuando hubiese de cumplir el siguiente destino, más estable y definitivo. No debe haber nada provisional. Provisional puede ser el tiempo en que se trabaja en esta cosa o en aquella. Nunca debe ser provisional el afán y la ilusión con que se trabaje. Siempre, mientras se ocupa un sitio y se tiene entre manas una tarea, aquel lugar y aquella labor deben ser productivos, eficaces, fecundos. No sería ya, naturalmente, el primer caso en que una provisionalidad teórica e inicial se ha convertido en algo permanente y definitivo. También, en tal caso, pueden verse dando tumbos por la vida muchos hombres que despreciaron el tiempo de lo provisional. Cuando lo provisional se prolongaba indefinidamente, cuando lo provisional pasó a ser permanente..., aquellas hombres ya no pudieron tomar las medidas a su trabajo, se les había escapado de las manos, su espíritu se había secado de aburrimiento en los primeros meses que se creyeron de pasada intrascendente en aquel puesto. No, nunca deben concederse al espíritu o al esfuerzo unas vacaciones por deserción de la tarea encomendada. Si el quehacer está aquí, en este tiempo, el hombre debe lanzarse a ese quehacer y durante ese tiempo con todo corazón. Lo provisional puede ser la duración. Nunca debe ser la disposición interior frente al quehacer. Ni siquiera cuando lo provisional es realmente provisional, cuando ciertamente se sabe que aquella ocupación es transitoria y sin aparente importancia precisamente por su corta duración. Porque también puede observarse que un hombre pasa por muchos puestos provisionales antes de alcanzar el puesto definitivo deseado y confortador. Hay muchas vidas que se deslizan siempre de una a otra provisionalidad. ¿Es que, entonces, el 144

hombre deberá correr la misma suerte y consumir toda su vida en constantes provisionalidades —desganas, desilusión...— de su espíritu? Y aunque, terminadas las pequeñas provisionalidades, se alcance el puesto ideal de trabajo, el éxito aquí depende casi siempre de aquellas actividades provisionales. Fueron... el mejor entrenamiento. *** La huida de la realidad. He aquí otro agujero abierto en el recipiente del tiempo. Un verdadero saco roto por el que se va el tiempo infructuosamente y, con él, las más ricas energías del hombre. Requiere un serio examen de nuestras disposiciones interiores habituales: porque importa ver si sabemos enfrentarnos con la tarea, a su debido tiempo y con su modo medido, sin aficionarnos a los movimientos de huida. Los movimientos de huida son un fenómeno demasiado habitual en muchas gentes y, desde luego, funestos para el equilibrio de la personalidad. Tienen lugar siempre que el hombre se aleja del contenido del momento actual, del peso de la tarea actual. Unas veces, para abandonarla definitivamente por cobardía o pereza. Otras veces, para ir dejándola hasta un momento mejor... cuando el mejor momento para cada tarea es precisamente aquel en que la tal tarea debe realizarse. He aquí un riesgo grave de desperdicio del tiempo. Del tiempo y — conviene repetirlo— de otras riquísimas energías vitales. Los movimientos de huida nunca son saludables: la mejor manera de resolver una dificultad es enfrentarse a ella en su justo momento. Desviarla, o desviar la atención, o dejarla para después, es exponerse a someter el espíritu a una división interior que destroza los corazones mejor templados. Normalmente, la vida de todos tiene ya su propio contenido. La misma naturaleza va tejiendo el reglamento de nuestras vidas y va encasillando en todas las horas alguna determinada labor. Naturalmente también, dentro del cuadro de nuestras tareas, las hay más o menos costosas; pero lo cierto es 145

que la misma naturaleza de las cosas hace que cada una de estas tareas y de las demás se nos vaya ofreciendo, como saliéndonos al paso, en su debido tiempo. Es, pues, cuestión de rectificar nuestra postura mental frente al trabajo y al tiempo debido. Más aún: cada trabajo lleva consigo un determinado tiempo de actividad, no sólo en cuanto a su duración; sino sobre todo en cuanto al momento concreto en que debe realizarse ese trabajo. No es lo mismo hacer las cosas ahora, cuando es debido, que dejarlas para después..., aun apoyados en la disculpa de que, de todas las maneras, el trabajo quedará realizado. Estallará, necesariamente, el desorden. Un desorden interior, espiritual y afectivo, que compromete la estabilidad del hombre y su temple de carácter. Porque la huida de la realidad molesta (realidad a la que, sin embargo, habrá que enfrentarse acaso hoy mismo), hace que el hombre camine falsamente por la vida: aparentemente, sin el peso de la tarea molesta; pero realmente cargado con ella y agudizando —imaginación y subconsciente— el mal sabor de esa misma tarea que sigue esperándonos a la vuelta de la esquina y nos sorprenderá siempre en el momento menos conveniente. Realmente, esa tarea tenía otro momento y no éste. Nosotros, huyendo de la realidad, la hemos ido arrinconando, apretándola a lo largo de las horas del día, hasta que ella salta y ataca y grita y nos aplasta. Tiempo perdido. Energías perdidas. La mejor manera de salvar una dificultad es enfrentarse a ella amigablemente. No es bueno huir de la realidad, engañarla o engañarnos. Más aún: casi habría que llamar a primera hora a aquellas tareas desagradables o costosas, aceptarlas como quien saluda a un amigo y empezar a trabajar con ellas. Una vez superadas, el espíritu queda holgado y libre, como quien acaba de descargar un peso gravoso. Queda todo el día, todo el tiempo por delante, sin el fantasma de la tarea costosa que ya fue superada. Queda el corazón libre y gozoso... porque ahora sí siente que le queda mucho tiempo disponible para muchas cosas. El paso difícil hay que darlo pronto. Sobre todo, cuando hay que darlo ahora o luego. La carga, cuanto más pesada, hay que soltarla en seguida. De otra manera, el espíritu se sentirá invadido por el mal humor, como aplastado por un peso insoportable: precisamente el peso de cuantas cosas se dejaron para luego, peso que aumenta precisamente mientras corre el tiempo sin que el hombre se dedique a liquidarlo. Habría que actualizar el pensamiento de San Agustín: «Haz lo que 146

haces». Es decir, estate a lo que estás, a lo que cada momento ha de traerte. No te aficiones a evasivas y disculpas, no engañes al tiempo ni te engañes a ti mismo. Haz lo que haces. Es decir, hazlo con disposición entusiasta y deportiva, gozando de la pacífica batalla que hay que entablar en cada ocupación, tarea o responsabilidad. Afila bien tu espíritu y purifica tu corazón y aclara tu mente. No admitas en tu mente los nubarrones de las ideas falsas, ni en tu corazón los fantasmas de determinaciones cómodas, ni canses tus pies con pasos voluntariamente equivocados. Todo esto depende de nuestra postura mental. «Haga primero los deberes desagradables. Un consejo práctico en el arte de vivir es: el paso difícil, ándelo pronto. No busque evasivas ante un trabajo desagradable: si toma esa actitud cobarde, se sentirá descontento de sí mismo. Liquide pronto los puntos espinosos, haga en seguida frente a las reclamaciones, si quiere que no le fastidien continuamente. Si no lo hace así, estará de mal humor mientras haga las cosas que le agradan, porque las desagradables le estarán amenazando con la espada de Damocles. Empiece, pues, la jornada de trabajo con ellas: despáchelas pronto. Tómese primero la medicina y después el caramelo. No se le ocurra hacer al revés, por muy tentado que esté a hacerlo». (S. Iserte, «LA CONQUISTA DE LA VIDA»).

AL COMPÁS DE LA NORMALIDAD
La normalidad ahorra mucho tiempo. No sólo porque, efectivamente, el tiempo se estira más cuando las cosas marchan perfectamente, encajadas en sus horas y medidas, sino porque el espíritu del hombre queda más libre y más ágil y mejor dispuesto para rendir más en el trabajo y hacerse mucho más productivo y sin cansancio. Pero no parece cosa fácil lograr esa marcha normal en el tiempo y en las tareas. Por eso se ven frecuentemente altibajos o cambios de efectividad, de entusiasmo, de puntualidad, de fervor en los trabajos. Hoy, sí; mañana, menos; luego, nada..., es un fenómeno demasiado frecuente que resta 147

efectividad al esfuerzo humano. Demasiado frecuentes los cambios de humor, a veces profundos y decisivos. Demasiado frecuentes las divisiones interiores que fatigan el ánimo y lo acobardan. Es fundamental ejercitarse en la victoria sobre las ideas y sentimientos destructivos. Parece que nada tiene que ver esto con el aprovechamiento del tiempo; pero la vida es un infatigable testimonio de lo contrario. Muchas veces no es el tiempo lo que nos falta; lo que falta es el espíritu del hombre porque no está a punto... y se le va el tiempo entretanto. Y el espíritu del hombre no está a punto porque se encuentra asaetado por innumerables ideas y sentimientos nocivos, infructuosos, absurdamente estériles, que inmovilizan las fuerzas del hombre. Ideas y sentimientos destructivos de todo fervor. Ideas y sentimientos de tristeza, de envidia, de añoranzas estúpidas, de sueños desmesurados, de rencores encendidos cuyas llamaradas parece que quieren saltar sobre todas las distancias... El ánimo se paraliza entonces, mientras la vida sigue y sigue, incansable, y fluye un tiempo precioso sin que nadie lo aproveche, como fluye el río abundante y espléndido bajo la inmovilidad del puente. De la sección de curiosidades de un periódico diario, se ha tomado esta «batavela»: «Un centro de investigaciones de fama mundial ha llegado a la conclusión que comunicamos gratuitamente, pero que vale un dineral. Según sus observaciones, la relación entre longevidad y carácter da estos datos: Los que tienen odio viven, por término medio, doce años menos que los que no odian a nadie. Los envidiosos viven seis años menos que los que no envidian. Los que se alegran de los triunfos ajenos son los que acusan mayor longevidad. Y los que no sólo se alegran de esos triunfos, sino que ayudan a obtenerlos haciendo bien a sus semejantes, aunque no los conozcan, tienen garantizada la mayor vitalidad. La investigación se ha hecho sobre enfermos que su- frían dolencias de gran influjo moral. Ya lo sabéis. Un poquito más de amor al prójimo, de campaña de la amabilidad, y es como si tomaran ustedes unas vacaciones plácidas de seis meses para rejuvenecer. Ya dice un proverbio árabe que el secreto para vivir mucho se encuentra 148

en el corazón, no en el corazón como motor, sino en el corazón como símbolo del buen ánimo, Y Alex Carrel, el famoso doctor que escribió «La Incógnita del Hombre», aconsejaba a los médicos que preguntasen a sus clientes de cualquiera enfermedad, incluso infecciosa: «¿Tiene usted algún gran odio?» Y sabía un rato largo de estas cosas». (de «El Correo Español - El Pueblo Vasco». Bilbao) Esta batavela se refiere fundamentalmente a la relación que existe, sin duda, entre los sentimientos negativos o destructivos y la vitalidad del hombre. Pero aquí no la tomamos en este sentido ni por esta faceta, aunque todo viene bien. Lo que interesa es descubrir que un hombre aplastado por sentimientos o ideas nocivas malea de tal manera su disposición espiritual que quedará exhausto y como sin fuerzas para lo demás. Para aprovechar honradamente el tiempo, es necesario que el espíritu se mantenga ágil y claro. Entonces nada lo turbia ni le rompe en su unidad interior. Todas sus energías están a punto siempre y dispuestas a lanzarse sobre la ocasión y el tiempo. Y cada instante se hace fecundo. Recuerde esta fórmula. Mantenga su espíritu en buena forma. Para ello, deseche toda idea o sentimiento malsanos, destructivos, por su carga de odio o envidia, negativos por su tara de tristeza o pesimismo. Respire profundamente las brisas suaves y confortadoras de la verdad y del bien. Deje todo lo demás. Hinche de bondad su corazón... Y verá dos cosas: que su salud entona y gana en vitalidad y riqueza y, por otra parte, que dispone usted de unas formidables energías para el trabajo, sin caer en la fatiga jamás, y con unas portentosas dotes de multiplicidad de energías y actividad. Sencillamente, vigílese... y no gaste fuerzas en fantasmas huidizos. Porque, piénselo, el agua del tiempo corre entretanto y se encontrará usted con el corazón reseco y estéril. Si el espíritu está libre, el tiempo fluirá lleno de fecundidad. El hombre camina suelto por entre las cosas, sin nada que le arrastre fuera de la realidad inmediata que espera su acción. Sólo queda, entonces, darse a esa acción sobre un plan discretamente trazado. 149

He aquí la tenaz y saludable machaconería del hombre que sabe actuar sobre el tiempo. Porque nada se ha logrado jamás con un trabajo desigual y caprichoso, ni está el triunfo esperando a los perezosos e inconstantes. Valgan aquí los simbolismos innumerables tantas veces traídos a colación por escritores y poetas: la fecundidad del esfuerzo continuado, el ánimo sostenido como roca sobre el mar frente a los embates de la tempestad, el agua que desgasta la roca con su pasar continuo, las riquezas acumuladas en cualquier parte por su labor tenaz de la naturaleza en sus sedimentos, las maravillas del mundo subterráneo; sobre el nubarrón o la tormenta pasajera… Importa trazarse un plan. Importa mucho, porque importa mucho tener algo que hacer y tenerlo en concreto, y quererlo, y disponerlo por propia decisión. Un plan de actividad que se vea con claridad, que se quiera con ardor. Naturalmente, se extenderá en el tiempo y abarcará las horas o los días; pero es importante que el hombre vea que eso es lo que él va a hacer y lo va a hacer —libre de toda presión— por el gusto de su propia voluntad rendidamente entregada a lo constructivo y eficaz. Un plan amasado racionalmente. Porque, si se mira bien, se verá que los días transcurren trayendo consigo, casi siempre, una discreta distribución racional de su tiempo. Hay tiempo para el trabajo denso o para la propia ocupación; pero quedan siempre esas pequeñas cuadrículas del día en que el hombre se entrega a su distracción o a su descanso, al paseo o a la lectura, al juego o al grupo de amigos. Realmente, cada día trae tiempo para todo. Y lo importante es no confundir los tiempos, ni atropellarlos. Porque si cada día trae su afán consigo, como advierte el Evangelio, podríamos decir que ese afán lo trae consigo cada instante, cada situación del día. Importa mucho no confundirlos: dar a cada tiempo su ocupación oportuna. De otra manera, se disipan las fuerzas y se agota el espíritu. Muchas veces se ha advertido que lo que más fatiga al hombre es su disposición mental equivocada o malsana frente al trabajo o a los sucesos. El mal no está en el tiempo, que corre sin descanso; ni en la tarea que pesa y parece o, se multiplica sin cesar. El mal estará siempre en las disposiciones espirituales del hombre mismo (13). «Yo nazco feliz todas las mañanas» (Edith Warton) Qué cosa estupenda es abrir, por la mañana, los ojos a la vida, surgir de las tinieblas y de la muerte y enfrentarse en un radiante y fascinador «nuevo día».
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«VALORES HUMANOS», Vol. III.

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¿Qué importa el ayer, si no es más que un recuerdo, ni el mañana, si es sólo un sueño? Hoy, por el contrario, es la realidad. Una empedrada de ardientes posibilidades. Hoy es la página en blanco que el Señor me brinda para que la llene a mi antojo de luz, de alegría, de generosidad, de amistad, de simpatía, de amor. Hoy es el Tiempo al alcance de mi mano, el Tiempo que me va a permitir poner un punto más de perfección en mi obra, que me va a ayudar a dar un paso más hacia ese Ideal siempre apetecido, pero jamás alcanzado. Hoy es la Ocasión. No es un día. Es «el día». Lo aprovecharé, lo viviré plenamente, lo gozaré. He nacido feliz esta mañana y quiero que la Felicidad sea mi eterna compañera.» (Depart. de Publicidad «IRIMO») *** Y, una vez forjado un plan racional..., estar a ello. Y, claro, llevarlo hasta el fin. Los pequeños intentos constantes tienen valor altísimo cuando van dirigidos hacia un objetivo claro y único. No vale el mariposeo sobre muchas cosas a la vez. Así se ven hombres que posarán toda su vida intentando cosas, empezando hoy para empezar mañana una cosa diferente, sin brújula en su ánimo para saber alcanzar un fin, sin seguridad personal para perseguir en la tarea hasta completar algo aunque sólo fuese algo y alguna vez. Estar a ello es intentar ahora y luego, hoy y mañana. Sin pecar de tacañería, sino dando elegantemente los pequeños esfuerzos que constituyen al logro total de la empresa trazada. Sabiendo dejar el trabajo ahora, no para abandonarlo jamás; sino para cogerlo de nuevo después con entusiasmo crecido y fuerzas renovadas, enamorados de la belleza de cada intento y de cada esfuerzo. Subiendo, pacíficamente y sin saltos bruscos y caprichosos, de la meta alcanzada al camino para empezar a lograr la meta siguiente y más alta. Hasta... acabar de veras el trabajo emprendido. 151

DIMENSIÓN
El valor del tiempo se agiganta cuando se piensa cuántas cosas se pueden —y se deben— atender. El día —todos los días— está, sí, bien cuadriculado. Porque trae consigo no solamente el tiempo y la tarea fundamental. Medítese que el hombre tiene necesidad de cultivar también alguna afición personal. Más aún: la misma naturaleza se encarga de relajar nuestra tensión, si somos buenos con ella, y facilitarnos gradualmente el descubrimiento de esas infinitas aficiones personales que ensanchan el espíritu y recrean los tiempos libres. El hombre que no es capaz de gozar con una discreta afición personal tiene gravemente enfermo su espíritu. Pero hay que saber sacar tiempo para esa afición saludable. Y no puede lograrse sino cuando el hombre ha reeducado su postura mental acerca del tiempo y lo vive de verdad. Medítese que, además, hay que cuidar la cultura espiritual, la constante educación de nuestro espíritu. Lecturas apropiadas, ligeros ensayos artísticos, adquisición de conocimientos nuevos, sana curiosidad por tantas vulgarizaciones felices de tantas interesantes novedades. Porque el hombre no puede vivir alejado de su mundo y de su tiempo. Y queda siempre, también, la necesidad de atender debidamente, sin dejar que suponga un peso moral, el trato social. Los amigos, los agradables deberes sociales, la correspondencia eficazmente sostenida, el intercambio de ideas y sentires... Todo aquello, en fin, que hacen al hombre más completo, más cabal, más feliz. Tiempo y hombre: he ahí dos realidades, dos hechos, que deben abrazarse en estrecha amistad en busca de una vida mejor lograda y más fecunda. «Por lo menos hoy, me propongo tratar de vivir no más que este día y para este día, y no empeñarme en resolver el problema de mi vida entera. En doce horas, puedo hacer algo que me aterraría si supiese que debía continuar haciéndolo toda la vida. Por lo menos hoy, me propongo ejercitar mi sentido moral 152

de tres maneras: haré bien a alguien sin que nadie lo sepa; haré por lo menos dos cosas que no me gusta hacer, a fin de fortalecer mi voluntad; si alguien me ofende, no me daré por enterado. Por lo menos hoy, me propongo ser feliz, dando por sentado que A. Lincoln tenía razón cuando dijo: «La mayor parte de los hombres somos tan felices como resolvemos serlo». Por lo menos hoy, me propongo tratar de fortalecer mis facultades mentales. Aprenderé algo útil y leeré algo que exija esfuerzo, que me haga pensar y reconcentrarme Por lo menos hoy, me propongo adaptarme a las cosas y no empeñarme en seguir pretendiendo que las cosas se adapten a mis deseos. Por lo menos hoy, me propongo presentar el mejor aspecto que pueda, vestir debidamente, hablar en tono moderado, portarme cortésmente, no criticar a nadie y no tratar de mejorar ni regular la conducta de nadie, excepto la mía. Por lo menos hoy, me propongo tener un programa para el día. Quizá no lo consiga exactamente, pero lo tendré. Evitaré dos males comunes: la precipitación y la vacilación. Por lo menos hoy, me propongo pasar media hora solo. Durante esa media hora, trataré de lograr una perspectiva mejor de mi vida. Por lo menos hoy, me propongo no tener miedo. En particular, no temeré gozar de lo que es bello, ni temeré creer que tanto como yo le dé al mundo me dará él a mí.» (Kenneth Holmes)

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Encuesta sobre El tiempo VER: ¿Has pensado alguna vez en lo que vale el tiempo? Cita algunos casos de «aprovechamiento del tiempo» que conozcas. ¿Qué podrías decir de ti mismo? ¿Y de los amigos y ambiente que frecuentas? JUZGAR: Examina tu vida interior. ¿Eres desordenado? ¿Vives sin un Ideal claro? ¿O eres arrastrado por las cosas, por las circunstancias, por tus ocurrencias? ¿Mantienes en tu vida un «plan de trabajo» habitual? ¿Abundan en tu vida las oportunidades aprovechadas? ¿O... el tiempo perdido tontamente? ACTUAR: ¿Trabajas frívolamente, por «cumplir» simplemente? ¿Qué experiencia tienes de tus trabajos «accidentales» o «provisionales»? ¿Dejas «para más tarde» las ocupaciones molestas? ¿Te agrada la vida de trabajo normal, o prefieres el «salto de mata»? ¿Qué sentimientos predominan en tu vida? ¿Añoranzas? ¿Tristeza? ¿Envidia? ¿Aciertas a cumplir con los deberes de la amistad? Normas para la acción Rectificar le «postura mental» con respecto el tiempo y a las ocupaciones: valor del tiempo y valor de las pequeñas tareas de cada momento.—Establece, para ti, un elemental orden de vida y de trabajo y examina tu fidelidad a ese programa.—Véncete, y haz muchas veces lo 154

contrario de lo que pide tu capricho.—Examina especialmente cómo podrías aprovechar el «tiempo perdido», aunque sea corto.—Haz primeramente la tarea más molesta.—Examina tus sentimientos y decídete por los más humanos, más constructivos, más espléndidos.—Elígete una distracción honesta. Repasar estas normas ***

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Ser amigos (1)
La recompensa de la amistad es la amistad misma. Ya lo dijo el poeta: «Es la santa amistad virtud divina que no dilata el premio de tenerla, pues ella misma es de sí misma el fruto.» En efecto, pocos gozos hay en esta vida tan puros, tan intensos y tan seductores como los que producen una íntima y profunda amistad. Dos almas gemelas que se conocen, que se compenetran, se estiman y se hermanan, crean el ambiente propicio para la felicidad. La desinteresada simpatía que les une lleva en sí misma tal cantidad de mutuas satisfacciones, que bien merece que se busque la amistad solamente por el gozo de esa amistad. Seguramente porque Dios quiso que la amistad, para que fuese verdadera, tuviese que ser desinteresada, sin miras egoístas de posterior beneficio, puso en ella misma el galardón que toda virtud merece. Por eso la amistad es mérito y premio justamente. (Depart. de Publicidad «IRIMO») *** No parece necesario, ni acaso conveniente, extenderse en lirismos y frases hechas cuando se trata el tema del amor humano y, en concreto, la sublimación de ese amor por la amistad. Porque siempre se han escrito muchas cosas, y muy hermosas, sobre la amistad. Acaso, porque ella encierra uno de los más hondos anhelos del corazón humano. Pero hay algo que da dolor. Y es que, de pronto, la vida se presenta ordinariamente bajo aspectos tan prosaicos, se levantan con tal excesiva frecuencia los gritos exigentes de los más bajos intereses del egoísmo y ofrece la vida tan corto espacio para la educación de los sentimientos y para 156

la maduración del corazón, que la mayor parte de las muchas cosas que se han escrito, bellísimas, sobre la amistad, quedan en letra muerta. Los amargados de siempre, rompen entonces sus vestiduras por el escándalo de las más amargas desilusiones y condenan in radice todo florecimiento del amor. Olvidan que, naturalmente, la bellísima realidad del amor humano ha de ser vivida por los humanos y sometida siempre a las naturales limitaciones de todo orden que padecen los humanos; pero tampoco puede condenarse el bien porque le llegue las salpicaduras de las deficiencias circunstanciales, y hay que contar con ellas para superarlas e incluso aprovecharlas. Vamos, pues, a entrar por los senderos del corazón; de ese corazón que ha venido siendo desde siempre la representación y la cifra de los movimientos del amor y de la vida de los sentimientos y afectos más legítimos y poderosos; de ese corazón que ha sido en todas las edades el objeto preferido de artistas y poetas. Realmente, el corazón no es el órgano del amor. El hombre ama con su voluntad: que es la facultad de querer, como la inteligencia es la facultad del saber. Se quiere con la voluntad, tanto cuando querer significa elegir como cuando querer equivale a amar. El pobre corazón, en su pura realidad, es un órgano decisivo en nuestra vida corporal que vive y nos hace vivir, sometido sin cesar a su trabajo entrañable en el misterio de nuestro sistema circulatorio... Sin embargo, el corazón ha sido elegido como por instinto para símbolo amor. Y con alguna razón, evidentemente. Porque, si el corazón no es el órgano de la vida afectiva, lo cierto es que la vida afectiva influye en el corazón y altera su ritmo. Las variadas impresiones cargadas de emoción que el hombre recibe afectan siempre, de algún modo, a todo el complejo funcional del cuerpo y, principalmente, por los enrejados de la circulación sanguínea cuyo exponente y detector llega a ser el corazón. «Cuando decimos a alguien que lo amamos con todo el corazón, esto significa fisiológicamente que su presencia o su recuerdo despierta en nosotros una impresión nerviosa que, transmitida al corazón por los nervios neumogástricos, lo hace reaccionar de la manera más conveniente para provocar en el cerebro un sentimiento o una emoción afectiva... ...Dicen los filósofos que es necesario dominar el propio corazón y acallar sus pasiones. También éstas son expresiones 157

que la fisiología puede interpretar. La voluntad del hombre puede, en efecto, dominar muchos actos reflejos provocados por sensaciones que tienen su origen en causas puramente físicas; y la razón llega también, sin duda, a ejercer el mismo imperio sobre los sentimientos morales. Por lo tanto, el hombre puede, mediante la razón, llegar a impedir la influencia de los actos reflejos sobo el corazón.» (Claude Bernard. «CONFERENCE SUR LE COEUR») Por eso suele localizarse en el corazón la vida afectiva del hombre. Por eso se llama hombre de mucho corazón a aquel cuyos sentimientos y afectos son predominantes y nobles. *** En primer lugar, y a modo de pórtico que nos dé entrada feliz, conviene meditar en nuestra condición de seres sociales. El hombre es un ser social. No existe, en normalidad perfecta, el individuo aislado. Es imposible actualizar en ningún tiempo, de modo habitual, la excepcional soledad del desierto. Porque el hombre no fue ideado por Dios como ser singular y solo, sino como centro y recepción a la vez de innumerables relaciones hacia los demás. (Relaciones: movimientos de mutuos e incontables intercambios, por los cuales cada uno lleva a los demás y recoge de ellos inevitables influencias de variado matiz y profundidad, contactos entrañables y humanísimos. Por otra parte, y principalmente en los años jóvenes, el hombre está en constante desarrollo y vivencia de sus sentimientos, pasiones, emociones y vida. Las potencias todas del alma están en continuo trabajo de ensanchamiento y de conquista: es un desarrollo gradual e incesante por el cual se van ganando nuevas posiciones cada día. Potencias intelectuales que van abriendo el camino de la vida social por medio de las Letras, el Trabajo, la Profesión, el Arte. Potencias morales, sobre todo, que constituyen, al fin, el peso de gravedad que inclinará al hombre en un sentido o en el otro y le dará su grado de madurez humana. Y, dentro de esas potencias morales, el desenvolvimiento del corazón; desde la experiencia de las primeras emociones y afectos hasta el ideal equilibrio pasional y afectivo que llena de gozo los días y las actividades todas. Todo eso nos vuelca hacia lo demás y hacia los demás. Todo eso 158

constituye la base de la sociabilidad humana impresa por el mismo Dios en la entraña del hombre. Dios nos ha hecho así. Y por eso, como por instinto, sentimos pánico frente a la soledad. Muchas veces, pánico frente a la soledad exterior, ambiental. Siempre, frente a la soledad interior, frente a la soledad del corazón. Dios ha colocado, además, en el centro de la vida íntima de cada uno, esa formidable y misteriosa capacidad del querer y amar que viene simbolizada en el corazón. Y el corazón —facultad de amar— no es un pedazo de roca. Semillero de todos los sentimientos y fuente de afectos, está reclamando siempre el tono cordial de un eco que le corresponda. Tiene que haber en alguna parte otro corazón, otros corazones, que respondan mejor a la propia llamada y acierten más suavemente a acompasar su ritmo y su voz y su tono a la vida del propio corazón que los reclama. He ahí la amistad... y sus contrarios. Realidad de unos contactos afectivos con unos y con otros, estableciendo unos puentes de comunicación emocional que se van tejiendo de simpatías y de antipatías. Unas, elaboradas por aquellos otros corazones que dejan rastro emocionado en nuestro propio corazón: aquellas que, al pasar junto a nosotros por la vida, parece que fueron colgando campanillas en nuestro espíritu. El corazón se siente entonces más joven y no cuenta la edad. Si se ama, la ancianidad es sólo cuestión de tiempo; pero no de vida. Si no se ama, la juventud se llena de arrugas prematuras. «La amistad es el más bello ornato, el más dulce contento y el más sólido apoyo de la juventud.» (R. Ruiz Amado, «EL SECRETO DEL ÉXITO»)

AMISTAD, PALABRA FALSEADA
Hay que reconocer que la palabra amistad ha perdido el encanto de su verdadero contenido; porque ha sido una palabra excesivamente explotada y falseada. Se llama, en seguida amigo a cualquiera persona apenas conocida, acaso solamente presentada en una inevitable circunstancia de convivencia social. Se llama amigo, frívolamente, al compañero de grupo o de pandilla que convive al lado —nunca en el secreto interior de la confianza— de otros 159

y sólo para unas horas de entretenimiento o diversión puramente exterior y pasajera. Se llama amigo al compañero en las finanzas o en el colegio, cuando los únicos puntos de contacto son algo tan eventual como las cifras oscilantes del comercio. Amistad, palabra de significado confuso en la actualidad, atropellada por las prisas de la pasión humana. Se prefiere reservar la palabra amor para significar cualquier sentimiento radiante del corazón, hacia la posesión afectiva o pasional de otra persona, y sin detenerse siquiera a calificar la bondad o malicia de tal sentimiento, su posible generosidad luminosa y bella o su asqueroso egoísmo rastrero, su esplendidez sentimental o su falta alarmante de todo sentimiento digno y noble. Y se piensa, en cambio, que la amistad es sólo un afecto reposad y viejo, sin emoción ni latido. Algo frío y sin alicientes, que no responde al entusiasmo y a la impaciencia de la pasión, algo disminuido e impotente y sin fecundidad ni colorido. Por eso la amistad sabe a cosa vieja y tonta; ni emociona ni quita el sueño ni mueve los pensamientos ni resucita los recuerdos. Algo superficial y exterior, sin entraña ni vida, que no puede llegar a despertar una ilusión continuada y profunda... Y, así, las dos palabras se emplean mal. *** La amistad es la expresión del mejor amor. El amor supone unas relaciones del corazón en las cuales predomina el sentimiento y la sensibilidad. Con todo el formidable peligro que ello lleva consigo, por la variabilidad natural del sentimiento y los naturales engaños y frivolidades de la sensibilidad. Mayor peligro aún, cuando la pasión — siempre a la puerta— confunde las motivaciones y se forja falsas finalidades. No queda aún excluido el riesgo de las exigencias del egoísmo más solapado. Si el hombre que desdeña la amistad porque prefiere el amor se tomase el pulso a su experiencia íntima, se encontraría con esa triste realidad: lo más fácil, en el simple amor, es amarse a sí mismo... con la disculpa de amar al otro. Y eso no es amor. Suelen decir que, cuando el amor es verdadero (y solamente entonces debería emplearse esa palabra), la característica de tal amor es un movimiento de éxtasis por el cual el hombre que ama se siente transportado 160

hacia el objeto de su amor. Y en este movimiento de éxtasis, queda siempre fuera del campo cualquier intento de posesión: se acentúa, en cambio, el de seo de donación personal. Eso es el éxtasis: el amante se siente atraído por el objeto de su amor hasta llegar a perder la noción de su personal interés. Se comprende que el avaro pase su vida contando sus dineros… y llegue a morir de hambre. No es un tonto. Es, simplemente, un hombre poseído del amor al dinero. Y se vuelca en el objeto de su amor, hasta perder totalmente noticia de sus intereses más vitales. El amor verdadero es así: porque donde está tu tesoro allí está tu corazón. Es un aviso del Evangelio, de labios de Jesús. Pero es también una medida, un índice de calificación del amor. El objeto amado llega a constituirse en el propio tesoro... y hacia él se lanza, volcado, el propio corazón. Olvido de sí mismo. Proyección hacia el objeto amado. Esta situación del alma trae consigo el vencimiento de todo egoísmo, de todo interés bastardo; porque el amante busca en todo caso la satisfacción y el bien del amado, el amigo mira por el amigo y no por sí mismo. Es incalculable, en tales planos afectivos, el tesoro de los mejores sentimientos y la constante superación humana. *** Amar a alguien es, pues, desearle todo bien. «...pues la amistad no es otra cosa sino amor de benevolencia, el cual consiste en querer el bien de nuestro amigo y procurárselo con todas nuestras fuerzas. Ahora bien: el que no es honesto, el que no posee esa bondad racional que consideramos en un hombre cuando afirmamos de él que es una buena persona... o yerra en el juicio de lo que es bueno, o no tiene fuerza de voluntad para procurarlo eficazmente. (R. Ruiz Amado, «El Secreto del Éxito») Cuanto más perfecta es la amistad —expresión la más perfecta del amor—, en más alto grado se busca la dicha del amigo. Porque cuando se ama por la satisfacción personal que se halla en el amor y sin otra intencionalidad, sin abarcar a la vez al amigo y a su satisfacción legítima…, 161

eso no es propiamente amor; sino el más formidable de los egoísmos. Ni la amistad ni el amor —en su verdadero sentido y expresión— tienen nada que ver con ese falso amor. El verdadero amor busca la dicha del amigo. La busca de una manera efectiva y real, laborando por el verdadero bien del amigo. La busca sinceramente, con auténtico afán, dejando atrás las exigencias del amor propio y todo desorden del egoísmo. En este sentido, cualquier amor, si es verdadero amor, ha de alcanzar la expresión del amor de amistad. Por eso conviene subrayar que es urgente revalorizar la palabra amistad y su contenido. El mismo amor natural de la familia, si es verdadero, debe expresarse en auténtico amor de amistad. El amor instintivamente clavado en el corazón humano, amor que llevará a la elección de mujer y a la institución matrimonial, ha de alcanzar las alturas de verdadero amor de amistad. La unión del hombre y de la mujer no puede ser un capricho, ni una solapada satisfacción del egoísmo de los dos: no habría ya amor o se derrumbaría pronto en ruinas lamentables. Ahí está la experiencia del falso amor en todos los paganismos, clásicos y modernos. El hombre y la mujer conviven yuxtapuestos, jamás compenetrados espiritualmente, a veces contrapuestos; porque uno y otra, cada uno por su lado y según el estilo o la sociedad en que viven, sólo se buscan a s mismos sin que realmente importe a uno la suerte y la dicha del otro. No hay allí intercambio de nada vital y personal, mutuo interés legítimo por la suerte del otro, amor auténtico que haga del otro como una parte vivísima del propio ser. Su finalidad es sólo la satisfacción del capricho o la simple continuidad de la especie, sin que el amor penetre más allá de las relaciones puramente superficiales y pasionales. Pero, en seguida, esa interpretación pagana y egoísta del amor, trae consigo sus consecuencias funestas. El corazón queda, en todo caso, sediento y frío. El hombre no encuentra realmente descanso y satisfacción en tal amor, falso amor. Se destruye el amor y se agotan las más legítimas satisfacciones humanas del más humano de los sentimientos del corazón. Hace falta una profunda educación de todo el complejo pasional humano para alcanzar un amor auténtico y gozar de su plenitud. Se ha de alcanzar una sabia sobriedad sentimental, que no es enfriamiento afectivo sino sublimación controlada de las más naturales apetencias emocionales, para lograr el goce reposado y entrañable de un amor de verdad. En ese punto de superación de los instintos afectivos, se enciende la luz del punto de cita y encuentro en que los corazones se ensamblan sin temor y sin 162

reticencias. Nada se espera en favor del propio egoísmo y todo se busca en bien del amigo. Necesariamente, los dos corazones saldrán gananciosos con la riqueza que el otro les aportará. Desear el mayor bien al amigo. Claro está que, naturalmente, hay también una escala de valores que jerarquiza los múltiples bienes que se pueden desear y buscar. Porque el bien es múltiple, para uno mismo y para los demás. Hay dos bienes sensibles: satisfacciones que provienen de la vida y los sentidos y cuya finalidad es la perfección o el goce de los sentidos. Color, armonía, suavidad, belleza estética, son elementos que contribuyen al desarrollo y satisfacción sensorial, en mayor o menor grado según el mayor o menor grado de la perfección de nuestra sensibilidad. Naturalmente, el hombre no puede detenerse en las fronteras de lo esencial. Ni en el amor ni en ninguna otra actividad; sencillamente, lo humano —todo aquello que es verdaderamente humano y que reviste en perfección humana— rebasa los estrechos límites de la perfección sensorial. Hay, por ejemplo, los bienes emocionales. Más propiamente humanos, aunque tampoco ellos rematen la capacidad de goce y perfección del hombre. Pero, indudablemente superiores a los bienes sensibles, dan lugar a íntimas satisfacciones y preparan la sensación entrañable de dicha y de felicidad. Son goces profundamente humanos. Radican en el corazón, provienen de él y a él van dirigidos, y están tejidos por la misteriosa variedad de los sentimientos y de los afectos humanos. Pero el hombre alcanza más allá que los planos sentimentales. Está también, dominándolo todo en el complejo humano, la zona de lo espiritual. Hay también, por lo menos, bienes y placeres espirituales, típicamente humanos, estallando radiantes en las zonas de la Verdad y de la Virtud, ansiados instintivamente por la Inteligencia y la Voluntad, que hambrean sin cesar todo lo que es Verdad y todo lo que es legítimamente Bueno. La inteligencia está hecha para la Verdad, como los ojos para la luz. La Voluntad se lanza hacia el Bien, como el sediento se lanza a las aguas puras. 163

Y, en la adquisición de esos dos bienes, la Inteligencia y Voluntad alcanzan su particular perfección y ofrecen profundas y extrañas parcelas de felicidad al espíritu humano. Los bienes espirituales, aun en un plano puramente natural, resultan magníficamente estimables. La adquisición de una verdad y la conquista de un bien, el ejercicio de una virtud o el rasgo rutilante de un golpe de inteligencia, la sencilla bondad que brilla como una estrella blanca y ardiente en cielo oscuro... Todo ello acumula un sin fin de experiencias entrañables que reportan dicha verdadera. Más aún, cuando la propia inteligencia lleva nueva luz a la inteligencia del amigo; cuando el propio corazón movido por una voluntad clara y limpia despierta en el amigo una creciente estima del Bien y de la Virtud. La amistad busca el bien del amigo, más que el bien propio. Pero, es evidente, los bienes son muy diversos y, naturalmente, son siempre jerarquizables. La amistad será más profunda y valiosa cuando busca y alcanza para el amigo los bienes más altos y más perfectamente humanos. No es que se vayan a descuidar los restantes bienes. Pero, ciertamente, una verdadera amistad habrá de buscar su alimento propio en la consecución y comunicación de los bienes espirituales. «Es evidente de toda evidencia que los bienes espirituales, el bien moral en particular, privan sobre todos los otros, y que todos los otros deben estarles subordinados y, a veces, hasta deben sacrificárseles. Un joven, por poco corazón que tenga —en el sentido moral de la palabra— no puede negar que su primer bien, el que debe ambicionar ante todo, es el de ser un hombre honesto. He ahí lo que debe buscar en primer término, si es que de veras se ama a sí mismo. Ante aquel bien supremo, todos los demás pasan a segundo término. Pasan estos últimos y aquél permanece. Estos nada añaden a la grandeza del alma y aquél es la fuente, siempre pura y surgente.» (P. Guillet, O. P. «La Educación del Corazón») Y, más aún, estos bienes espirituales tocan alturas insospechadas cuando, saltando del plano puramente humano y natural, se asoman a la esfera de lo sobrenatural donde casi el hombre toca con su mano, por la 164

maravilla de la Gracia, al mismo Dios. Amistad estupenda, la que busca el bien del amigo. Amistad más espléndida, la que busca para el amigo los bienes más altos. Amistad maravillosa aquella que proporciona al amigo una progresión creciente por los caminos que llevan a Dios. «Con el pretexto de que el amor no se impone, que es esencialmente un acto de libertad y que brota espontáneamente, no descuidemos otro hecho psicológico y moral a la vez: este sentimiento es objeto de educación como todo sentimiento humano, como toda humana actividad... ...Así como el hombre necesita una educación de sus sentidos y de sus funciones vitales, debe también educar su sentimiento del amor... ...Cada vez que obramos sobre un ser humano, educamos, bien o mal. Y cuando un ser humano se abandona a sí mismo o da rienda suelta a sus impulsos sin freno, esta ausencia de educación conduce a catástrofes.» (René Biot, «EDUCACIÓN DEL AMOR»)

AMISTAD, EL AMOR MÁS NOBLE
En todo caso, recuérdese que la amistad es siempre la expresión más perfecta del amor; que todo amor, si es legítimo, deberá ser amor de amistad, si quiere perdurar y hacerse humanamente fecundo; que el mismo amor de esposos, para su mayor vitalidad y constante vivencia, habrá de revestirse d amor de amistad si se quiere que mantenga abiertos los manantiales de una plena satisfacción humana, sensible y afectiva y espiritual, hasta convertirse en el más perfecto enriquecimiento de los dos esposos; que aun el amor paterno-filial, si ha de lograr el mayor bien humano en todos, deberá alcanzar las alturas del amor-amistad. Amor de amistad, por el que, antes que nada, cada uno de los amantes, cada uno de los amigos, se proyecte en el otro en busca del mayor bien para el otro. La mejor garantía de esa especie de lavado de cerebro que el hombre necesita hacer a cada paso, si quiere defenderse contra su propio egoísmo, engañoso y fatal. 165

No, la amistad no es, realmente, esa cosa fría e inexpresiva, lánguida y sin vigor que malentiende el mundo con harta frecuencia. Es, mejor, una brillante palestra para la pacifica lucha del hombre contra sus más bajas tendencias y sentimientos. La amistad es la gloria del amor. Es el amor más noble, precisamente porque se apoya en el dominio y quebranto de los propios egoísmos e intereses bastardos; porque el amigo no se busca a sí mismo, sino al amigo, y busca al amigo por la mejor dirección de perfeccionamiento mutuo y creciente hacia el mayor bien. Hacia el mayor bien, porque una amistad verdadera tampoco podrá quedarse en la satisfacción de los bienes inferiores; sería prácticamente imposible quedarse en ellos, sin ulterior superación, y pretender no caer de nuevo en el egoísmo. Pero la caída en el egoísmo destruirá inmediatamente la amistad. Al contrario, es un dulce tesón, una sana y pacífica inquietud, por dar al amigo las posibilidades mejores hacia una mayor tersura en las ideas y nitidez de sentimientos. Sencillamente: el mayor bien y la más plena satisfacción humana —y cristiana— sólo pueden emanar de la consecución de un mejoramiento personal a través de la amistad. *** La amistad, pues, no excluye al amor. Es el amor mismo, en su mejor expresión. Lleva, por lo tanto, consigo toda la riqueza emocional y afectiva del más legítimo amor. No excluye el contenido profundamente humano y legítimo de los mejores sentimientos. Pero no se queda ahí; sino que, dominándolo todo, se apoya y se gobierna por la idea del más dulce y denso deber: el deber de emplear el amor no para simple satisfacción de explosiones sentimentales ni para la búsqueda de vivencias pasionales, siempre defectuosas cuando van solas. Las facultades superiores iluminan y vigorizan todo el contenido del amor, y lo elevan, y solidifican los sentimientos, y les dan permanencia y finalidad. Y todo ello revierte en una mutua y creciente riqueza de los amigos, en todo aquello que el hombre y la mujer tienen de más profundamente humano. Ese enriquecimiento puede servir de índice y graduación de la calidad 166

del amor. Porque la mejor satisfacción de un amor verdadero es el sentimiento de ese mejoramiento personal. Es experiencia de todos, si nos asomamos a nuestro interior. A nuestro paso por la vida, hemos encontrado mil veces las más diversas personas en las más variadas circunstancias. Unas, no dejaron huella es nosotros y pronto quedó borrado su recuerdo. No nos traían nada. Nada recibimos de ellas. Nada pudimos darles. Probablemente, ellas o nosotros estuvimos encerrados en la concha de nuestro propio interés y nos fuimos mutuamente indiferentes. Son personas que no realizan historia en nuestra intimidad. Pero hay otras personas cuyo recuerdo perdura en nosotros, a causa de la mala impresión que recibimos de ellas. De aquel encuentro no salimos mejorados, sino inquietos, fastidiados, confusos,.. Tampoco ahí se abrió la flor de la amistad. Hay personas, en cambio, que pasaron junto a nosotros o conviven a nuestro lado y cuyo recuerdo se mantiene, siempre vivo y jugoso, en nuestro espíritu. Si queremos calificar su actitud, si queremos cifrar en una palabra el efecto que su presencia nos causa, no hallaríamos ninguna cosa mejor que ésta: mejoramiento. A veces, sin saber por qué, el encuentro con esas personas nos llena de satisfacción..., porque salimos mejorados después de su encuentro. A veces, no sabremos por qué; pero es su palabra, su gesto, su generosidad, su alteza de miras, su intención diáfana y espléndida. Entonces, no sólo se recuerda a esas personas. Se las busca. Se las añora. Sentimos que nos llega, por ellas, un misterioso enriquecimiento en nuestra personalidad. Acaso no sabríamos determinar si ellas, a su vez, salen también enriquecidas al encontrarse con nosotros. Seria, entonces, el punto exacto de cita sentimental y racional para una perfecta amistad. En todo caso, sin embargo, siempre se da el mismo índice de calidad: mejoramiento. Porque, en realidad, todas las almas buscan ese mejoramiento como empujadas por un instinto. Aun aquellas almas que parecen más descuidadas y perezosas. El mismo mal que muchas almas cometen se les presenta como una conquista, y por eso se van a él. Es el truco de toda tentación: presentar el mal como si fuera un bien, una satisfacción, un acrecentamiento de nuestro real valer. Pero existe siempre ese instinto dela propia superación. Por eso, cuando llega, de veras, la ocasión en que el espíritu se siente mejorado al contacto con otro, fluye radiante y serena la riada pacífica y densa de la amistad. «No vive sabiamente el que no se rodea de algunos amigos verdaderos. Cultive la amistad —hermosa palabra de 167

siete letras— con un grupo selecto de personas de ideales semejantes hasta formar un pequeño círculo amistoso. Vives dijo: «No hay mayor riqueza que la verdadera amistad». La amistad enriquece la personalidad y, si es profunda y verdadera, lleva consigo un algo ideal, elevado, infinitamente dulce. Se ha dicho, y con razón, que las buenas amistades llenan muchas lagunas en una vida joven, destierran muchos sueños malsanos y ayudan a andar rectamente. La verdadera amistad... tiene sus raíces en el alma misma.» (S. Iserte, «LA CONQUISTA DE LA VIDA») *** Una amistad así --expresión la más perfecta del amor—lleva consigo, como cortejo inevitable, un ramillete de las más estupendas disposiciones que son, a la vez, su acompañamiento, su condición y su premio. En un plano natural, pueden cifrarse en el dominio y primacía del alma sobre el cuerpo. Dominio y primacía de los valores espirituales sobre todos los demás. Lo hemos dicho más arriba: todos los bienes, todos los valores, son jerarquizables. Es decir, todos los bienes son realmente bienes, pero en su justo lugar. Y no es fácil la tarea de establecer prácticamente una jerarquía entre ellos, aunque lo sea establecerse teóricamente. Existe, sin embargo, esa jerarquía. Existe esa especie de escala de valores en la que cada cual ha de ocupar su propio peldaño sin pretender suplantar al superior o al inferior. Aquí es preciso contemplar con claridad esa escala de valores y decidirse, pronto y siempre, por la primacía de los valores espirituales por sobre todos los demás. Primacía de lo humano sobre lo puramente sensible y, desde luego, sobre todo egoísmo y pasión torcida. Pero, sobre todo, supremacía de los valores del espíritu por sobre todos los demás; primacía de la idea más amplia y de la mejor virtud, primacía de la verdad y de la belleza y de la bondad legítimas por sobre todas las demás engañosas apariencias y falsos intereses. Este triunfo del espíritu sobre lo material es la más radiante gloria de la vida humana. 168

Porque, al fin, siendo el hombre como un punto de conjunción de los dos mundos —material y espiritual—, la naturaleza le mueve más hacia el espíritu, que es la línea de superación, y no hacia la materia..., que es campo apropiado para la vida pobre y estrecha de lo animal. La sana naturaleza ha abierto en el corazón humano esos ventanales, llenos de luz y de espacio, como invitando al hombre a una constante superación de las condiciones de la pura y simple materialidad. El espíritu —y la vida del espíritu— ha hecho crecer al hombre y le ha movido a avanzar. Cuando parece que la materia sirvió como instrumento, fue porque el espíritu se apoderó de ella, y la doblegó pacientemente, y la hizo servir y entregarse a los ideales humanos. Esta entrañable característica del ser humano debería brillar siempre con luz propia y creciente. Y ya causa demasiado dolor contemplar cómo, tan frecuentemente, el hombre se ofusca y trastrueca la escala de valores y entrega tontamente el mejor oro por el más burdo metal… o por el barro más sucio. Pero esta inversión hacia lo material se pone de manifiesto, y comporta consecuencias más tristes, cuando tiene lugar en los planos del corazón, en el amor y en la amistad. Sencillamente, porque en las demás ocasiones el hombre tropieza con las cosas, con la materia, con la interpretación equivocada —pero personal— de la vida y pone allí en juego su propio destino, aunque sólo sea por el momento; pero en cuanto el hombre se asoma al plano del corazón..., allí juega siempre otro corazón, o varios corazones más. Y todos entran en el juego con aquello que es lo más valioso en todos: la capacidad de dicha o de dolor. Es ahí donde el espíritu —Verdad y Virtud— debe prevalecer, ejerciendo la difícil y maravillosa maestría del dominio sobre todo lo bastardo y vulgar. He ahí el mejor galardón de la amistad verdadera. *** Es, siempre, el triunfo de lo espiritual sobre lo material, del más generoso éxtasis sobre el egoísmo encogido y mentiroso. Pero no alcanza su mejor brillo sino en los espacios de la amistad profundamente cristiana. Por otra parte, tampoco el amor puede encontrar mejor definición y expresión que por los cauces abiertos por la interpretación cristiana de la vida; que, al fin, el Cristianismo es religión de amor. Y no solamente porque Cristo trajera al mundo nuevas y prodigiosa manifestaciones del amor, ni solamente porque abriera modos nuevos y definitivos al amor, ni tampoco porque El mismo aportara a la tierra el mejor amor emanado del Corazón de un Dios que es, por definición, el 169

Amor Absoluto e Implacable. Todo ello es así, realmente. Y las Manos de Cristo se ofrecieron y se ofrecen abundantemente llenas de los tesoros traídos de su Cielo. Pero es que, además, todo ello sucede sin que padezca merma ni confusión nada de lo que es legítimamente humano en el hombre. Nada de lo que es legítimamente humano queda destruido, y sí sublimado al más alto valor. No se destruye el amor humano, la amistad humana; sino que se proyecta nueva luz sobre el corazón y se le endereza en una nueva y maravillosa orientación. Alguien ha dicho que lo natural, cuando es solamente natural, corre riesgo de quedar en infranatural. Porque una larga experiencia de siglos nos ha dejado constancia de la infecundidad práctica de cualquier intento que pretenda quedar en lo puramente humano, cuando entra en juego el corazón del hombre, el hombre mismo, como sucede en los terrenos del amor. El paganismo clásico no acertó con el amor humano, a pesar de su carga de buenas intenciones de razones y pensamientos claros. La historia del amor humano, en los paganismos lejanos o próximos, es la historia más lamentable de las más hondas heridas del corazón... o de las más inconfesables vergüenzas. Y es que el paganismo —de cualquier tiempo que sea— padece siempre de una visión corta y estrecha. Le faltan horizontes, expresión, sentido de finalidad suficiente. Se queda, al fin, en la superficie de las cosas. Ni puede salvar las fronteras de lo terreno ni levantarse por encima de lo visible y caduco. Queda prendido en los valores efímeros, en lo que hoy es y mañana deja de ser. Un buen amor reclama la primacía del sentido cristiano de la vida sobre la instintiva mentalidad pagana. Allí se encuentra el hombre debidamente enmarcado, y todas las cosas —también el amor— tienen allí su número, su peso y su medida. Allí se dibuja la más perfecta filosofía de la existencia humana, perfectamente delineados el origen y el fin, la razón y el destino, la medida y el valor grandioso de cuanto encierra el hombre por voluntad de su mismo Hacedor. El código más noble para todos los intentos humanos: eso es el Cristianismo, como vida para todos. Y ved cómo todo cambia y se ilumina, cuando la Verdad cristiana preside la actividad humana. El cielo está sobre la tierra; pero la tierra tiene su valor de condición y de camino, y es también hermosa y bella y reclama la atención del hombre. El espíritu es el que da vida; pero el cuerpo está también allí, en su justo valor, compañero e instrumento y expresión. Dios 170

es el que es, y el hombre —que no es por sí mismo— llega también a disfrutar del ser por donación espléndida de Dios. Y están allí los sentimientos humanos y, el primero entre ellos, el amor, la amistad, el diálogo de los corazones y de las almas, el intercambio más personal y de más vida; pero manteniendo siempre el fuego en lo interior del espíritu para que, luego, toda la vida sepa vivir de lo interior y superior, de lo alto y duradero..., y los sentimientos levanten y hagan noble a la vida, y no la rebajen y no la arrastren ni la destruyan. Amistad, pues, al más perfecto estilo humano: ofreciendo incesantemente las más bellas oportunidades al espíritu para su constante prevalencia sobre los intereses materiales. Y, mejor, amistad al estilo cristiano: haciendo del amor altos valores a que el hombre puede aspirar. Valores de cielo ganados en la tierra, por la brillante prevalencia del destino sobre el camino, del espíritu sobre la carne, del amor verdadero sobre el egoísmo cerrado e infecundo. He ahí la línea argumental de la amistad..., expresión la más perfecta del amor. «Cuando dos almas se unen mediante el pacto de una amistad verdadera, es para perfeccionarse mutuamente y escalar juntas las cimas del ideal. Amar a una persona es amar su alma, y quererla más bella, más grande y más santa. La amistad no alcanza verdaderamente su objeto sino en cuanto contribuye al mejoramiento de nosotros mismos por el ejercicio de todas las virtudes. Dos amigos deben poder decirse lo que escribía León Cornuder a Carlos de Montalembert: «Mi alma se ha engrandecido desde que te conozco... El deseo de ser digno de la amistad que me concedes me infundirá valor y me hará más virtuoso.» (F. A. Vuillermet, «SED HOMBRES»)

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ENCUESTA sobre La «amistad» (1)

VER: ¿Conoces algún caso de amistad? Descríbelo impersonalmente. ¿Qué rasgos predominan en una buena amistad? ¿Conoces algunas interpretaciones falsas de la amistad? ¿Qué rasgos predominan en ellas, según tu parecer? JUZGAR: ¿Cómo debe ser, según tu parecer, una buena amistad? ¿Sabes lo que supone «querer el bien del amigo»? ¿Cómo se practica esto, generalmente? Cita casos impersonales, y da tu parecer. Razona sus juicios sobre la amistad. ACTUAR: ¿Te has observado a ti mismo, en el terreno de la amistad? ¿Qué haces por tus amigos y cómo procuras su bien? ¿Qué valor das a los diferentes bienes posibles? ¿Actúas, en la amistad, por simples motivos de: —capricho —simpatía superficial —egoísmo? ¿Por qué motivos actúas, realmente? Normas para la amiga Confiésate a ti entorno tus propias intenciones.—Intenta hacer algún bien verdadero a tu amigo, sin que ellos lo adviertan.—Determina qué bien puedes proporcionarle: concrétalo.—Dedica un tiempo a revisar tu postura mental con respecto a la amistad.—Acostúmbrate también a estimar los más altos bienes espirituales.—Mira despacio, a la vez, qué te proporciona a ti 172

mismo la amistad. Repasar estas normas ***

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Ser amigos (II)
«Nuestra vida de relación nos ha deparado muchísimos conocidos, bastantes amigotes. Pero ¿cuántos amigos de verdad, de verdad? ¿Pocos? ¿Acaso ninguno? Si ésta es la triste realidad, no perdamos el tiempo en lamentaciones ni culpemos injustamente —una vez más en la vida— a nuestra mala suerte. Preguntémonos: ¡Qué he hecho yo para merecer amigos! Porque los amigos no llueven del cielo. Los amigos se crean, se cultivan, se merecen. Siempre hay que dar, primero, para recibir después. Siempre hay que sembrar amistad — sana, desinteresada y cordial amistad— para cosechar amistad verdadera. Aun así, dándose primero, tropezaremos —miserias inevitables de la naturaleza humana— con defecciones e ingratitudes; pero las almas nobles —que las hay— corresponderán siempre a nuestra amistad con el cariño, la comprensión, la lealtad, la condolencia, la defensa y la ayuda. Lo que no es posible es cosechar generosidad sembrando egoísmo. Tenemos que ser amigos para «tener amigos». (Depart. de Publicidad «Irimo») *** Sí, el hombre es un ser social y difícilmente se le puede imaginar en soledad en ninguna época de la vida. Podría mejor decirse que la vida viene a resultar como una suma total de innumerables relaciones con los demás. Relaciones de todo género; pero que, más o menos y en todo caso, han ido fluyendo en nuestro propio ser, en diversos sentidos. Los demás, al rozar 174

con nosotros, nos han modificado en algo. Como nosotros a los demás. Sencillamente, nos han relacionado, nos han puesto en comunicación con ellos en grado más o menos importante. Esta evidencia vital de nuestra existencia lleva consigo un complejo problema. Porque la naturalidad de ser social supone necesidad de ser social y, por ello, la real obligación de ser social y la urgencia de acompasar razonablemente esta socialidad. Por otra parte, es también verdad que el corazón reclama su alimento propio de sentimientos y afectos. Pide a gritos el eco de correspondencia y comprensión de otros corazones. Lo cual debe hacernos pensar. Porque si el corazón se siente impelido por una especie de instinto de amar y ser amado, de comprender y ser comprendido, de encontrar en el mundo de las almas las puertas abiertas y la seguridad de una confianza fiel..., ¿no exige, a la vez, todo esto el propio deber de intentar comprender y estudiar el corazón de los que nos rodean? No basta, por lo tanto, con la urgencia del instinto afectivo. Dios nos ha hecho para la amistad, sí; pero hace falta que el corazón se vea acompañado de una inteligencia clara y de una voluntad inclinada al bien para que, pausadamente —porque la mies no se recoge al día siguiente de la siembra—, pausadamente —porque la rosa no se abre en cuanto apunta el botón del pimpollo—, dejando tiempo a la mejor madurez humana, se aclaren los caminos de un gozoso porvenir en el campo de los sentimientos. Por las prisas, puede perderse una cosecha. Por las prisas, puede perderse una amistad, un amor, la felicidad. ***

CARIDAD, AMOR
Creo que debemos empezar por recordar que la amistad —todo amor verdadero— debe apoyarse en la caridad y traducirse como una manifestación de la caridad. A no ser que también hayamos confundido el significado de esta palabra, como se ha confundido tantas veces el significado de la amistad. Porque caridad no es, por si misma, el gesto ligero y leve del favor prestado, ni la temperamental compasión ante desgracias evidentes. No sé qué pasaría en muchos corazones cuando no hubiese miserias que remediar, cuando no se tropezase con catástrofes que lamentar y llorar. No es, por sí misma, la desgracia el complemento directo de la 175

caridad. Puede ser, sí, un complemento circunstancial, porque puede darse —y suele darse— la circunstancia de que el prójimo necesitado es el que reclama más evidentemente la atención caritativa de los demás. Pero la caridad es, ante todo, amor. Y amor en nombre de Dios. Como si, al amar, el hombre fuese recogiendo en la tierra innumerables pequeños reflejos del gran foco de Amor que es el mismo Dios. Amor, aunque los demás no tengan necesidad ninguna, aunque nada necesiten, aunque no pudiésemos remediar la posible necesidad en que se vieran. Que todo esto es posible. Pero, en todo caso, las almas hambrean siempre el amor, la compresión, el perdón. Y por nuestra parte, por parte de todos, siempre es posible amar…. Aunque nada tuviéremos para dar porque nada poseyésemos, aunque nada tuviésemos que dar porque los demás nada necesitasen. Siempre es posible amar. Para casi todos los problemas humanos —yo me atrevería a decir que para todos los problemas humanos— la norma fundamental sería ésta: «Salvad siempre la caridad y, salvando siempre la caridad, manejad —valga la frase—todas las demás actividades». Digo, pues, que hemos de empezar por situarnos espiritualmente en la caridad. Y, si fuese preciso, construir en nosotros un modo de pensar por el que apoyemos todo intento de amistad en la caridad. Si queréis, hemos de acostumbrarnos a actuar la caridad y plasmarla en esta concreta realidad de la vida diaria, de la vida de cada instante; porque a veces parece que situamos la caridad en una esfera fantástica, altísima, como si nada tuviera que ver con la vida sencilla de ahora mismo, con el roce constante de las gentes y el uso de las cosas. Hemos de empezar por hacernos maestros en caridad-amor; porque, si la amistad es una manera, la más pura, del amor, no se podrá evidentemente amar —y mucho menos amar en su más pura expresión— si ese amor no viene presidido, apoyado y empapado en una costumbre de caridad, que es la virtud del amor más alto. A grandes rasgos, viene a ser esto. Caridad supone amor. Amor a Dios y amor, por Dios, a todos y a todo lo demás. Con mayor propiedad: amor a Dios y… amor a Dios en los demás. 176

Porque tampoco es la caridad amor al prójimo, por sí mismo: sino que es el amor a Dios visto en cada uno de los hombres. Y este alcance tiene la expresión tradicional católica que pide amar al prójimo por amor de Dios. Más aún: la caridad es una virtud sobrenatural. Como virtud, no es simple acto, aunque repetido; sino un modo permanente del alma, un estilo habitual. Como sobrenatural, es una virtud que no puede alcanzarse con los puros intentos de las fuerzas humanas, sino que viene de lo alto, arranca del mismo Dios, que es amor por definición. Esta virtud sobrenatural, depositada en el alma ya desde la primera gracia bautismal, es a la vez la vida y el brillo de todas las demás virtudes humanas que, sin ella, valen nada. Tiene como finalidad maravillosa al mismo Dios y, por El, se extiende luego a todas las demás obras de Dios. Entre esas obras de Dios, ocupa un lugar de privilegio el hombre, que es la imagen más próxima de Dios en la creación visible; el hombre, que ha sido prodigiosamente objeto del amor del mismo Dios hasta las profundidades de la Encarnación del Verbo; el hombre, llamado a una vocación de amistad con Dios y de propia divinización por la Gracia; el hombre, destinado a una eternidad en el purísimo e inefable gozo del mismo Dios. El alma, pues, ha de edificarse incesantemente en el amor, ha de educar el corazón en el amor, ha de dar a sus sentimientos la flexibilidad y el calor de amor en Dios para amar todo en la misma línea en que Dios lo ama. No vale engañarse con un falso misticismo que nos lleve a amar a Dios —directamente a Él, a quien no vemos— y abandonando lejos del amor aquellas otras obras que son reflejos de su hermosura y que han sido puestas por Dios ante nuestros ojos para que, viéndolas, entendamos en la variedad y hermosura de las criaturas algo de la infinita Belleza de su Creador. No se trata, pues, de una pura simpatía. Ni es tampoco un movimiento filantrópico, frecuente sin embargo en muchas gentes, por el que el hombre se vuelve hacia el hombre y en favor del hombre y por motivos del hombre, sin más. Ni es siquiera un golpe de compasión ante las calamidades de los otros, movimiento que puede —y suele— estar inspirado puramente en las zonas del sentimentalismo y a expensas de la diversidad temperamental de las gentes. La caridad es amor, amor de voluntad, amor apoyado en Dios y en su Nombre; porque el prójimo es una criatura de Dios, compañero nuestro hacia Dios en nuestro caminar por la tierra y llamado al mismo destino, con nosotros, en el gozo mismo del mismo Dios. Así es la caridad. 177

REALISMO DE LA AMISTAD
Sobre esta caridad, como base, debe surgir el hecho concreto de la amistad. Esto no quiere decir, naturalmente, que no puedan darse —ni se hayan dado ya— muy altos ejemplos de amistad entrañable, leal y profundamente ejemplar y emocionante entre corazones que, por no conocer la Verdad ni poseer la Fe, no pudieron alcanzar las alturas de la caridad. Siempre, gracias a Dios, ha habido amistad, maravillosa amistad. Antes y después de Cristo. Dentro y fuera de su Doctrina. Al margen de su Luz o en el calor de su Fuego. Y en muchas de esas amistades faltaba la caridad, con culpa o sin culpa de los amigos. El corazón humano puede fabricar, también en un plano puramente natural, verdaderas maravillas sentimentales adornadas por espléndida generosidad y virtud moral altísima; que, al fin, el corazón es hechura de Dios y está llamado a reflejar su Belleza y su Bondad. Y el hombre, aun llamado a reflejar su Belleza y su Bondad. Y el hombre, aun llevado de sus luces y fuerzas naturales —cuando camina en la recta naturaleza—puede producir el bien, aunque limitado y puramente humano, y puede producir la virtud, aunque sin mérito ni brillantez sobrenatural. Pero aun así, son admirables tantos amigos que en el mundo han sido. Sólo faltó, entonces, que a las espléndidas condiciones de virtud natural y humana llegara, como rico tesoro, el relámpago de la Fe y el Calor de la Caridad de Dios. Entonces, aquellas amistades maravillosas, que aun ahora nos conmueven y edifican... habrían desembocado en una belleza sentimental rotunda y en un alto valor sobrenatural. Decíamos que la amistad nace, en gran parte, ayudada por el sello de sociabilidad de la naturaleza humana. La sociabilidad ha ido tejiendo nuestra vida con unos movimientos reflejos sentimentales, por los que determinadas personas nos llegan más adentro, intimamos más con ellas y nos sentimos más acogidos por ellas, a través de un puente misterioso de comunicación personal, de amistad. Decimos, además, que en tiempos de juventud sobre todo, el corazón va adquiriendo plena madurez en constante explosión de sentimientos, está más asomado al balconaje de lo social y al trato inevitable de las gentes, busca más la comprensión y quiere comprender mejor... Es, de ordinario, el tiempo y la oportunidad de la amistad, el tiempo del peligro de la falsa 178

amistad, el tiempo de la espléndida virtud a una sincera amistad. Un día u otro, pues, el hombre se encontrará con el hecho concreto de la amistad. Con la carga de las más diversas posibilidades de bien o de mal. Con la semilla de los frutos más diversos, de satisfacción vital y emocional o de brutal desengaño. Porque la amistad —como todas las grandes realidades humanas— ha de plasmarse, al fin, entre seres humanos concretos. Con sus virtudes y sus deficiencias. Aun las más espléndidas ideas han de perder brillo y luz cuando pasan a hacerse realidad a través del hombre, que es su instrumento. Nada queda en la pura gloria del ideal en cuanto toca tierra. Y hay que disponer el alma para comprender, sin desmayos ni vanas ilusiones, la inevitable limitación de las realidades humanas en la vida concreta. No confundamos, ante todo, la amistad deseable con las leves floraciones producidas por un sentimentalismo encendido e impaciente. Sí, de ordinario, y sobre todo en los años jóvenes, allí toma asiento el ideal sin mermas y sin taras. Es la edad del sentimiento y falta aún la madurez y el equilibrio de los verdaderos afectos, de las verdaderas razones del corazón. Nacen y florecen ardientes y rabiosas simpatías. Se encienden sentimientos que parecen definitivos y absolutos... Sin razones de mayor altura que las que ofrece un sentimentalismo alimentado de falsos atractivos superficiales e ilusorios. No es que el sentimiento sea malo. Ni hay que condenarlo, sin más; porque también él juega su papel, importantísimo, en la vida humana. Pero... no puede caminar solo, dejando fuera del camino las restantes facultades del alma, más reales, más exactas, más ponderadas y seguras. Asentar la vida sobre los planos del sentimiento solo, es siempre peligroso: como es siempre peligroso pretender asentar la vida sobre los únicos planos de la ilusión, sin más base fundamental. Es aventurarse rápidamente por las encrucijadas de una mentira vital. Y la mentira vital tiene difícil compostura (14). Ni, mucho menos, ha de confundirse la amistad con el natural encuentro de simpatía y atractivo producido por la sensibilidad. Los sentidos tienen también su lugar en la formación de la personalidad humana; pero son ellos la pieza decisiva en el comportamiento humano. Es natural que los sentidos reclamen las propias satisfacciones; es agradable ver, contemplar, reunirse, viajar, solazarse con las mil y mil realidades sensoriales. Pero… la vida sensorial se satisface pronto y salta en seguida de uno a otro objeto de novísima atracción, cuando no arrastra en su engaño los más profundos
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En este mismo volumen, cap. «LA VERDAD».

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valores del espíritu. Es que el sentimiento —si va solo— y, particularmente, los sentidos componen los planos más débiles del ser humano, los más volubles, los más deficientes. Una tarea realmente humana no puede apoyarse en bases tan inestables. Y la amistad, compromiso del amor, es una de las realidades humanas más impresionantes y comprometedoras. Los sentidos pueden —y suelen— ayudar, como un lejano senderillo ayuda a llegar al palacio. Los sentimientos pueden empujar, y empujan de veras, profundamente a veces, como si alguien nos llevara de la mano para caminar sin cansancio por los senderos del amor. Pero aún queda, allá, el palacio mismo de la amistad. Y allí esperan a la persona humana en su totalidad. Allí nada vale, sino el ejercicio de las más altas facultades humanas muy por encima de la vida fugaz y engañosa de los sentidos o del vaivén de los sentimientos solos. *** a) Hay que evitar, primero, una especie de prisa sentimental o intemperancia. Intemperancia suena ya como algo contrario a la templanza. Y la templanza es una de las virtudes cardinales: quicio ajustado de otras actividades humanas, un justo equilibrio en los movimientos de la vida del hombre, que busca la dosis exacta en todas las cosas, la ocasión y la oportunidad, los momentos providenciales y los mejores modos para el corazón. Muchos han echado a perder el tesoro del amor por la intemperancia en el tiempo. Acaso, fácil pecado en los años jóvenes. Rápidos comienzos de amistades cargadas de compromisos prematuros —al menos, sentimentales — que desembocan rápidamente en fracasos bruscos y ruidosos en lo interior. Supone unos motivos insuficientes de contacto amistoso, una camaradería que falsea la amistad posible y verdadera, una prisa frívola y engañosa apoyada en motivos mediocres y superficiales... que estanca cl normal desarrollo de muchos corazones hasta su normal madurez afectiva. Estas prisas juveniles son las que han teñido de mediocridad a tantas amistades que, a lo más no pueden pasar de una simple camaradería y a las 180

que no se les debió dar ninguna otra significación más profunda. Camaradería fácil e insustancial, de figón y reservado, de grupo alborotador y bullanguero, de gritos y risas y chistes intencionados... ¡Qué poco puede brotar de ahí la amistad, y qué mal, y qué torcidamente! Y lo triste es que, muchas veces, las almas ambientadas en esos tonos mediocres, han llegado a desconocer otros planos más elevados que esa mediocridad. Imposible, en pleno gregarismo, la amistad personal, íntima, la amistad de alma a alma y de corazón a corazón. Todo se traduce en una medianía... que no sabe ya salir de la medianía. Y, si toda medianía es grave, lo es imponderablemente la medianía sentimental. Se ha observado muchas veces: cuando se han apagado ya los ruidos del grupo alborotador y el rumor de la conversación insulsa, al quedar luego a solas cada cual, la pantalla del alma se va llenando de recuerdos acusadores: se han hecho y se han dicho cosas que nunca habrían sido posibles en soledad y sólo se incubaron al calor del grupo ligero e irresponsable; se han producido muchas situaciones que, en soldad, causarían repulsión o enfado real y definitivo; se han producido falsas posturas personales, fingimientos sin cuento por cobardía, mentiras sociales y de conductas ficticias por no desentonar, modos de ser… como de veras no se es. No. No es ése el camino de la amistad. Y... ¿se ha pensado bien en las intemperancias del carácter? Una regla de oro advierte que, para saber lo que se quiere ser de veras, hay que empezar por conocer de veras cómo es uno mismo. Uno mismo tiene, en sí mismo, todos los elementos mejores para una vida de unión en la amistad o para la ruptura y desintegración de los lazos más entrañables. También es experiencia de todos... si no pasamos distraídos por la vida: algunos, al encontrarnos, tendieron puentes y lazos, aun sin buscarlo, y ya nos sentimos ligados a ellos en algún modo agradable. Otros... Siempre nos sentimos saltar rebotados, aun sin llegar a tocar la superficie de su alma. «Un proverbio hindú nos enseña: «Ningún hombre es tu enemigo. Todos los hombres enseñan algo». Perdona a aquellos que te han hecho sufrir, que te han instruido... al obligarte a elevarte sobre ti mismo. No creas jamás que por eso parecerás débil; hace falta más fortaleza para ejercer la misericordia que para llegar a la venganza.» (Marcelle Auclair «LE BONHEUR EST EN VOUS»). 181

Caracteres intemperantes. Egoísmos incorregibles, por falta de esfuerzo verdadero. Corazones que no se ponen jamás a dialogar, que viven en soliloquios interminables, totalmente vueltos hacia sí mismos... Para el exterior, solamente aristas y púas hirientes y gritos y modos inaguantables. La amistad exige coincidencia. Una coincidencia en muchos puntos por lo menos en los más vitales puntos del profundo interés humano legítimo pero, para coincidir, algo hay que prestar y algo hay que aceptar. Hará falta, necesariamente, la suficiente flexibilidad y elegancia de afectos como para dar generosamente algo y recibir generosamente algo. Lo que doy, supone que me mantengo libre de egoísmos; pero también supone esa libertad la capacidad de aceptar y recibir. Hay que actualizar la vieja advertencia: Véncete a ti mismo. No ha de ser el propio interés, los propios gustos. Mucho menos, las propias manías y caprichos. Al contrario, es evidentemente necesario ensanchar el corazón para hacerlo capaz de las mayores comprensiones... perfectamente cordiales y sinceras, en todo cuanto es legítimo. Es multiplicar los puntos de coincidencia y suprimir los estúpidos motivos de fricción. Una tarea que puede comenzarse en la soledad. Muchos quisieran acertar cuando llega la ocasión real y contundente; pero... les falta entrenamiento. La victoria sobre nuestros tontos egoísmos hay que prepararla antes, mucho antes, cuando parece que aún no hay dificultad real, como el deportista prepara su victoria durante los largos ejercicios de entrenamiento. Cuando nada nos urge, en la sencillez de la vida ordinaria, es cuando el hombre debe ensayar, una y muchas veces, la edificación de su propio carácter amplísimo, amigable, abierto a todo lo que es legítimamente humano..., aunque no sea propio. Como debe ensayarse, una y mil veces, en la paz. En el temple saludable del espíritu. En la sonrisa cordial a la vida. En la esperanza alegre c implacable. En los gestos de gracia y benevolencia. b) Mucho más lejos de la amistad llevan los caminos de la inmoralidad. De cualquiera inmoralidad. También es verdad que muchas cosas innobles que no se harían en soledad, se realizan bajo el influjo de las falsas amistades. Y la inmoralidad compromete más que el bien: compromete por una especie de inconfesable complicidad que avergüenza y confunde… y que empuja, de ordinario a nuevas inmoralidades, como si éstas pudiesen acallar las protestas producidas por las anteriores inmoralidades. La complicidad en el mal es terrible, siempre. Es una real tiranía espiritual que 182

aplasta y ahoga, que termina en la amarga sensación de propio desprecio y de desconfianza ajena. Es fácil escuchar, después, la confidencia de los pesimistas derrotados cuando aún apenas empezaban a luchar en la vida. Es fácil acusar entonces la mentira del amor y la falsía de la amistad. Naturalmente, si el corazón sintió pronto la llamada de la amistad y presintió que el amor triunfaría siempre..., cuando se ha recogido la temprana cosecha inmadura de los inevitables desengaños, tiene que surgir —aunque sea falsa— la conclusión de la mentira del amor. Pero es que aquello no era amor, no era amistad. Porque, acaso, nada ata más que la complicidad en el mal. Y parece que los lazos de esa atadura son más fuertes que la más formidable intimidad. Podría suponerse que, por la complicidad en el mal, los amigos han llegado a entregarse mutuamente, sin reservas, hasta el más recóndito secreto personal y que, por ello, se encontraban ligados por la más perfecta comprensión y admiración. Nada más lejos de la realidad. La complicidad en el mal engendra, pronto, el desprecio mutuo y la amarga sensación de la propia bajeza. Los cómplices en el mal se desprecian lo suficiente... porque se conocen demasiado. Y se conocen en los planos del mal, que son los que más descaradamente dejan al descubierto los trazos despreciables de la naturaleza humana. La complicidad en el mal, por otra parte, no es difícil. Seguir la corriente de los caprichos y aplaudir al amigo siempre… es fácil. La prueba más dura de la amistad verdadera es enfrentarse con el mal, para vencerlo. Acercarse al amigo para regatearle la razón de sus caprichos. Llamar a la puerta de la confianza, con las llamadas de la amistad, para dar la voz de alarma y decir, amistosamente, las palabras amargas de la reprensión necesaria. Y, a veces, si es preciso, reducir violentamente al amigo a la impotencia para que no llegue a realizar el mal. «La amistad tiene algo de divina, porque otorga el derecho de decir la verdad a los hombres, que tan pocas veces la dicen y la escuchan en el mundo. Ocultando la verdad, podréis haceros agradables; pero manifestándola, seréis útiles. El amigo debe decir al amigo siempre la verdad, escogiendo para ello el momento oportuno, el instante favorable que sigue a todas las efusiones del espíritu; y decirla de tal modo que la persona amada, lejos de disgustarse por la 183

advertencia, agradezca de todo corazón el consejo, (F. A. Vuillerment, «SED HOMBRES») Porque la amistad --expresión la más perfecta del amor—busca siempre el bien del amigo. El verdadero bien. Y el verdadero bien empieza y culmina siempre en el plano moral. c) Hay también la pereza. Una pereza espiritual y cordial. La pereza estorba siempre la elaboración de una mentalidad sana frente a todo trabajo. Y la amistad, bien elaborada y mantenida, es un trabajo espiritual, dulce, pero exigente. Y la amistad supone una formación; y como todo intento de formación exige esfuerzo —sobre todo un esfuerzo espiritual—, la pereza dificulta esa formación y estorba a la amistad. Y la amistad reclama una amigable flexibilidad que mueve al amigo a salir del rincón de su egoísmo para encontrarse con el amigo, y la pereza estorba esa flexibilidad espiritual y afectiva. Y la amistad se apoya en el recto concepto del deber, del más alto y puro deber pero es necesaria una formación para el deber frente a las turbias reclamaciones de nuestra pasión insaciable y solapada. Nada más. Pero todo eso es duro, porque supone la entrega de uno mismo al empeño del mejoramiento de uno mismo. Y la tarea más dura y difícil es siempre aquella que ha de laborarse en el propio campo del conocimiento propio: conocer lo que se es y... jugar a ser otro. La pereza es enemiga de toda formación. Lo más que resiste es oír hablar de formación; pero..., coger luego, con energía y amor, las propias facultades y meterlas en ejercicio y obligarlas dulce y tercamente a gimnasia espiritual y afectiva, esto exige el rompimiento con todo pasivismo. Sencillamente, como en todas las empresas humanas (y más cuanto más humanas sean), conviene recordar que el factor humano es el decisivo. La manera de ser, el juego de los propios sentimientos e ideales, el contraste de la patente realidad diaria, la capacidad de comprensión legitima sin claudicaciones tontas... El amigo tiene que “trabajarse a sí mismo» y formarse, si quiere encontrar al amigo.

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ELEGIR... Y MANTENER
Habrá siempre en la vida los quijotes, que se forjaron una idea acabada sobre el amor y la amistad; idea que, como tal idea, es perfecta y responde a las aspiraciones legítimas del corazón humano. Lo mismo sucede con la idea de belleza y de Verdad y de Justicia. Ideas —ideales— que, siendo acabados en sí mismos, no alcanzan jamás en el mundo su lugar adecuado ni su realización perfecta, porque en el mundo es inevitable alguna imperfección. Es fácil entonces que el quijotismo se trueque en amargura y desencanto y abra anchamente las puertas al pesimismo vital. Otros fracasarán porque no alcanzaron a superar una idea rastrera e interesada del amor y de la amistad. Luego tropezaron con realidades que no aciertan a comprender y explicar: sencillamente, porque descubren, de pronto, que en el amor hay también cosas hermosas y claras y limpias y nobles... que ellos no saben sufrir y corresponder. La mayor parte de las soledades del corazón están repartidas en esos dos bandos. Es que... las cosas grandes no se ganan en un instante. Cada uno tiene el amor que merece; pero hay que trabajar ese amor rectamente. Está bien alimentar en el corazón la llamarada del más alto ideal que nos deje la imagen de un amor divinamente entero y limpio; pero es bueno tener además esa santa experiencia que sepa coger la realidad con un intento incansable de mejorarla por la fuerza tesonera del verdadero amor. Constancia y seguridad de Isabel de Castilla que, escuchando una larga serie de imposiciones que la Nobleza quería imponer al nuevo rey Fernando, decide al fin: «Estimo que de mi marido el rey Fernando es tomar Castilla como se la dais... y hacerla como tiene que ser». Y de la triste Castilla de Enrique IV, forjaron Isabel y Fernando la clarísima unidad española. Todo lo que vale la pena supone una tarea de continuada conquista. La victoria es la tarea misma.

¿Cuántos amigos, amigos de verdad? Lo cierto es que no abundan. Pero también es cierto que no siempre es por causa de su natural escasez; sino por los torpes procedimientos selectivos de la amistad. ¿Por qué se eligen los amigos? ¿Cuál es, en la 185

realidad, la última piedra definitiva que cierra el puente de la amistad, uniendo dos orillas, dos amigos? Una sabia elección debe atender a aquello que es la más pura esencia y la finalidad misma de la amistad: el plano del espíritu, la perfección moral y humana. Y eso, en el doble plano que supone toda la verdadera amistad: perfección que se da generosamente y perfección que, sin duda, se ha de recibir. De tal manera que el calendario de una buena amistad vaya señalando, más que los días, los diversos acrecentamientos en todo lo que supone una real superación de la personalidad. Hay que situar, pues, en un primer plano, el valor moral del hombre. No valen, para una real amistad, los otros muchos valores, aunque sean legítimos. Lo que la amistad contiene de riqueza vital y de satisfacción humana, no pertenece al orden de lo económico ni siquiera de la inteligencia —si va sola— ni a la posición social. Mucho menos, cuando se olfatean otros intereses bastardos. La riqueza de la amistad pertenece al orden de lo espiritual y moral: a ese terreno en el que el hombre experimenta su propio cumplimiento y totalización en cuanto hombre, su íntima satisfacción cordial y afectiva. Elegir los amigos, teniendo en cuenta su estatura moral comunicable. Esto exige, a la vez, que nosotros debemos situarnos también en el mismo plano. Si buscamos nobleza moral, habrá que adelantar también la misma nobleza moral que pedimos al amigo. El encuentro cordial debe darse en el punto de cita de la mayor nobleza moral deseable. «Cuando haya logrado siete amigos verdaderos —uno por cada letra de la palabra amistad—, haga una lista de oro con sus nombres y guárdelo junto a su corazón. Trate a sus amigos mejor que le gustaría que ellos le tratasen a usted. Tome hacia ellos una actitud generosa. Recuerde que sus pensamientos, sus estados de ánimo, sus gestos y sus palabras tienden a crear en los demás una actitud semejante, como el rayo reflejado depende del rayo incidente. No olvide, además, que lo que usted siembre, eso recogerá.» (S. Iserte, «LA CONQUISTA DE LA VIDA») Ved si tiene aquí aplicación lo que se ha apuntado más arriba sobre la pereza espiritual. Porque esta actitud en favor de la amistad verdadera exige 186

vigilancia sobre sí mismo y la toma de posiciones abiertamente positivas y llenas de generosidad hacia los amigos. El factor humano decide siempre: lo que somos en realidad, lo que en realidad queremos ser, nuestros modos y manías, nuestros egoísmos o nuestra espléndida generosidad juegan un papel decisivo en esta tarea de la que puede depender la más completa satisfacción humana. Conocer lo que uno es... y jugar seriamente a ser otro. Porque hace falta ser otro (sin egoísmos, sin tacañerías, sin avaricia espiritual) para honrar de veras al amigo. Se ha dicho que los grandes amores se salvan con pequeñas cosas, con pequeñas dedicaciones cordiales; como también se ha dicho con verdad que las amistades se guardan y se sellan por el calor y el sacrificio, como el lacre, y no por los golpes. Si quiere tener amigos de verdad, afile pacientemente todas las aristas de su carácter y empape su corazón y sus sentimientos de los mejores ideales. Sea siempre y en todo incansablemente positivo y edificante. Ingrese Vd. en la Cofradía de la Amabilidad LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE LA AMABILIDAD 1.—Sonreír siempre, aun sin ganas y a solas, para entrenarse. 2.—No decir que «no» a un mandato o a una súplica. 3.—Evitar al prójimo todos los disgustos posibles. 4.—Mostrarse contento y satisfecho, aunque la procesión vaya por dentro. 5.—Esforzarse por ser simpático a los que nos son antipáticos. 6.—Saber mandar bien para ser obedecido con gusto. 7.—Si tiene que reprender, domine su genio, y después, reprenda. 8.—Hacer agradable nuestro trato a las personas que conviven con nosotros. 9.—Usar fórmulas amables con todo el mundo. 10.—Si se equivoca, reconózcalo. *** No nos damos cuenta. Antes que ninguna otra realización exterior, lo que nos hace falta es la conquista y reforma de nosotros mismos hasta dar a 187

nuestra vida un estilo o manera de ser claramente positiva. No se trata de las cosas que podemos hacer, sino de la manera de ser cada uno; porque, luego, las cosas que hagamos tendrán el color y el calor, el estilo que haya presidido y penetrado su ejecución. Ser instrumentos de paz, por ejemplo. Crear en el alma un estilo o modo de ser, por el cual, en todo caso y ante cualquier suceso, nuestras reacciones sean siempre constructivas y alienen deseos de salvación de todo lo posiblemente salvable. Conviene vigilar cualquier impulso nocivo, cualquier reacción destructora u ofensiva. Porque en toda situación habrá algo salvable. Y, en todo caso, los demás deben saber y comprobar con la fuerza de la evidencia que, en lo que depende de nosotros, queremos de veras edificar y no destruir, llegar a la paz por todos los caminos sin ningún interés por los ruidos llamativos de la guerra. Acaso nada haya tan necesario y urgente en la vida social. Acaso nada haya tan urgente y necesario en la vida de todos. Porque causa dolor contemplar cómo caminamos por la vida... aparentemente juntos, pero solamente yuxtapuestos (y, a veces, contrapuestos), presumiendo de hecho de un espantoso desinterés cordial por los demás. «No olvides este consejo: Ejercicios diarios de mejoramiento de actitud. ¿Qué quiere decir esto? Lo explicaré ampliando más el consejo. Al salir a la calle cada mañana, respira fuerte, endereza el cuerpo, bebe el sol. Saluda con una sonrisa abierta a cuantas personas conozcas, pon el alma en cada apretón de manos y trata de apreciar a cualquiera que encuentres. No temas al fracaso, ni pierdas un minuto en pensar en tus enemigos. Trata de saber y de precisar lo que quieres hacer y dirígete a la meta sin vacilación. No derroches tu mente en divagaciones inútiles. Mantenla siempre como inundada de la presencia de las ideas grandes y nobles. Intenta sacar algún provecho de cualquier situación y jamás te consideres inferior a nadie ni a nada. Y, sobre todo, no olvida que cada hombre o mujer que halles en tu camino es un ser insuficiente que no se basta a sí mismo, y que espera algo de ti. Dáselo.» 188

(J. W. Ford, «MANUAL DEL MEJORAMIENTO DIARIO») Las palabras, los gestos, los propios estados de ánimo —más o menos, se traducen siempre al exterior— van creando en torno una determinada atmósfera social. Siembran lo que encierran ellos mismos: egoísmo o generosidad, suavidad o acritud, proximidad o lejanía... Es urgente reflexionar sobre todo esto, hasta comprobar que nos hemos convertido, de veras, en instrumentos de paz. Entonces, por dondequiera que pasemos, iremos realizando la paz. Y será fácil la verdadera amistad. La amistad se alimenta de cordialidad. Su clima propicio es un intercambio de inefables sensaciones afectivas de calma y concordia, de generosidad abierta y de paz profunda y real, muestrario auténtico de los más ricos sentimientos del alma. Mil pequeñas (y riquísimas) atenciones, sin falsos cumplidos; una leal capacidad de aceptación de los inevitables roces sociales, sin el menor gesto de agresividad; una facilidad amplísima para olvidar las cosas desagradables, como si de veras no hubiesen sucedido; el perdón incansable, brindado con la suficiente elegancia y sin humillar a los demás; un gesto de comprensión ofrecido oportunamente; la debida atención a los legítimos gustos de otros corazones... Como quien va por la vida llevando en sus manos —manos torpes— un precioso tesoro penetrado de fragilidad. Porque nada hay tan hermoso como el amor; pero nada hay tampoco tan frágil y quebradizo como el corazón humano. Deberíamos sentir siempre un santo remordimiento por esto: porque hayamos roto, alguna vez en la vida, las esperanzas de un alma. Piense bien lo que significa esto: Rinda un verdadero culto a la amistad. Y, como en casi todas las cosas, hay que acertar con la justa medida. La amistad no tiene tampoco un valor absoluto. Por encima de ella, están los altos intereses del deber que, al fin, es el eco más cercano de Dios. No vale, pues, pretender hartarse de amistad. Claro, evidentemente, no se daría así la verdadera amistad; porque ese hartazgo supone un espantoso egoísmo que nos llevaría a querer la amistad solamente para nosotros y a la medida de nuestro capricho. Hay aquí unas distancias saludables. Distancias de tiempo o de espacio. Distancias que nos impone la dedicación a los propios deberes 189

legítimos, porque la vida no está hecha para la mutua contemplación de los que se aman. Es algo más enjundioso y grave. Por eso, el saber renunciar a muchas cosas ayuda inevitablemente a estimar con más gozo los consuelos y satisfacciones de la amistad. Y hace falta conocer prácticamente la ciencia de la renuncia para aprovechar toda la ganancia que supone el sacrificio, el vencimiento, la limitación que lleva en sí cualquiera clase de distancias. De una forma u otra — ¿lo veis?— todo vuelve a la piedra fundamental de las relaciones humanas: la conquista y reforma de uno mismo. Hay que coger con ambas manos el arma podadora de la propia abnegación para acertar a extirpar tantas malas ramas del árbol de nuestra vida y limpiar el propio corazón de la carroña de todos los bajos intereses. Niéguese el hombre a sí mismo. Y habrá adquirido la tersura y brillantez más hermosas para todas las empresas humanas. «Conocemos nuestro propio dolor; pero no conocemos el dolor ajeno. Por eso decimos que los otros no tienen razón. También se ha de pensar un poco en el dolor ajeno y se ha de tener en cuenta que los demás reaccionan siempre contra su propio dolor y hacen lo que está en su mano para evitarlo. Si, por algo que haya sucedido entre tú y otro, te sientes mal dispuesto hacia él, haz un esfuerzo por comprenderle y ponerte en su lugar. Y, si consigues descubrir su dolor, todas sus razones que antes se te antojaban absurdas te parecerán clarísimas. Es imposible sentir el dolor ajeno; pero no es imposible comprenderlo. (J. W. Ford, «MANUAL DEL MEJORAMIENTO DIARIO»)

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ENCUESTA Sobre «Ser amigos» VER: Hasta aquí, has podido formarte idea de lo que es la amistad. Descríbela. ¿Conoces casos de verdadera amistad? ¿Cómo y por qué se establecen generalmente las amistades? JUZGAR: ¿Qué peligros ves tú para una buena amistad: —en la elección de los amigos —en los defectos propios? ¿Qué opinas de las amistades fundadas en motivos inconfesables? ¿Estas convencido de que el secreto de una buena amistad está: —en la educación de uno mismo? —en una idea noble de la amistad? ¿Cuál? —en el mutuo intercambio que ennoblece? ¿En qué? ACTUAR: ¿Estás convencido de la necesidad de tu personal mejoramiento? ¿Te encuentras cordialmente dispuesto a la generosidad? ¿Eres incansablemente positivo y edificante? ¿Tu paso por la vida es: —como instrumento de paz y concordia? —como una llamarada de cordialidad? ¿Qué crees que debes hacer —en ti y en los demás— para conseguirlo? Normas para la acción Dedicar todos los días un tiempo determinado para trabajar el conocimiento de sí mismo y meditar: «Conocer lo que soy y jugar a ser otro».— 191

Investigar cuánto de negativo hay en le propia vida, y decidirse a echarlo fuera.— Vigilar la realidad de un «estilo de cordialidad» en la propia vida. Señalar un acto de generosidad, abnegación propia, sacrificio personal en favor de otros... amigos o enemigos.—Calificar sin piedad y desterrar del alma todo lo que suene a: odio, venganza, enfado, actitud violenta, resquemor, egoísmo, silencio cordial. En cambio, ejercitarse —concretando casos— en el perdón, alegría, sonrisa sincera, cordialidad, servicio leal, caridad. Repasar estas normas ***

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