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L’OSSERVATORE ROMANO
EDICIÓN SEMANAL
Unicuique suum
Año XLIV, número 19 (2.262)

EN LENGUA ESPAÑOLA
Non praevalebunt

Ciudad del Vaticano

6 de mayo de 2012

Visita del Papa a la sede romana de la Universidad Católica del Sagrado Corazón

Un laico y un sacerdote beatificados

Sin amor la ciencia pierde su humanidad

Giuseppe Toniolo y Pierre-Adrien Toulorge
El domingo 29 de abril, después de la plegaria mariana del Regina caeli, el Santo Padre presentó la actualidad de dos nuevos beatos: Giuseppe Toniolo, esposo y padre de siete hijos, profesor universitario, economista y sociólogo; y el mártir Pierre-Adrien Toulorge, sacerdote de la Orden Premostratense: Dirijo un saludo especial a los peregrinos reunidos en la basílica de San Pablo Extramuros, donde esta mañana ha sido proclamado beato Giuseppe Toniolo, que vivió entre los siglos XIX y XX . Fue esposo y padre de siete hijos, profesor universitario y educador de los jóvenes, economista y sociólogo, apasionado servidor de la comunión en la Iglesia. Puso en práctica las enseñanzas de la encíclica Rerum novarum del Papa León XIII; promovió la Acción católica, la Universidad del Sagrado Corazón, las Semanas sociales de los católicos italianos y un Instituto de derecho internacional de la paz. Su mensaje es de gran actualidad, especialmente en este tiempo. El beato indica el camino del primado de la persona humana y de la solidaridad. Escribió: «Por encima de los mismos legítimos bienes e intereses de las naciones y de los Estados está una nota inseparable que los coordina a todos en unidad, es decir, el deber de la solidaridad humana». También hoy, en Coutances, Francia, ha sido beatificado el sacerdote Pierre-Adrien Toulorge, de la Orden Premostratense, que vivió en la segunda mitad del siglo XVIII. Demos gracias a Dios por este luminoso «mártir de la verdad».

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La valentía de una familia de la «generación Wojtyła» junto a Benedicto

XVI

La herencia de Juan Pablo
Ante fieles y peregrinos de todo el mundo, durante la audiencia general del miércoles 2 de mayo, Benedicto XVI recordó la herencia de Juan Pablo II, beatificado el 1 de mayo del año pasado. Tras la catequesis —que publicamos en la última página de este número—, en sus saludos, el Pontífice expresó en particular a los peregrinos polacos: «Me alegro por vuestra presencia tan numerosa en Roma con ocasión del primer aniversario de la beatificación de Juan Pablo II. Que el testimonio de su vida, la enseñanza y el amor a la patria permanezcan como herencia especial para vosotros. Reforzados por su intercesión celestial, sed fieles a Dios, a la cruz y al santo Evangelio». Chiara y Enrico, un matrimonio romano, participaron en la audiencia general y testimoniaron al Papa lo que significa pertenecer a la «generación Wojtyla». Se educaron en el ámbito parroquial y arraigados en la espiritualidad franciscana. Y optaron por la vida cuando, los análisis prenatales de dos de sus hijos diagnosticaron afecciones incurables. Acogieron así a Maria, anencefálica, y la acompañaron en sus treinta minutos de vida. Con el mismo espíritu de fe recibieron también a Davide, privado de piernas y con malformaciones de las vísceras, manteniéndose a su lado en las pocas horas de su existencia terrena. Por fin fue engendrado Francesco, pero Chiara, embarazada, recibió el diagnóstico de un carcinoma; afrontarlo significaría poner en peligro la gestación. La decisión fue llegar a dar a luz serenamente. Después del parto, la madre inició el tratamiento del tumor, cuya agresividad fue tal que no ha dado margen de mejoría. Es la serenidad el rasgo que mostraron los esposos en la plaza de San Pedro. Veintiocho años ella, treinta y tres él. Chiara expresó así el proyecto de familia a Enrico:

II

«Ahora que voy allá yo me ocupo de Maria y Davide; tú, que permaneces aquí, cuida bien de Francesco» . Un testimonio que no se improvisa. Dicen que su maestro en la forma de vivir el valor salvífico del sufrimiento ha sido Juan Pablo II , el Papa de su infancia y adolescencia, beatificado hace un año. Siguiendo su enseñanza, se consagran cotidiana-

El Papa ordena nueve sacerdotes

Es una misión la celebración de la misa
El sacerdote «está llamado a vivir en sí mismo lo que experimentó Jesús en primera persona, esto es, entregarse plenamente a la predicación y a la sanación del hombre de todo mal de cuerpo y espíritu». Es la identidad que trazó Benedicto XVI a los nueve diáconos a quienes ordenó presbíteros el domingo del Buen Pastor.
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Renovación de Caritas Internationalis
mente a María, con la espiritualidad del Totus tuus; y rezan el rosario cada jueves con otras familias amigas. El miércoles Chiara y Enrico se estrecharon a Benedicto XVI —visiblemente conmovido— como hijos. Y sonriendo le confiaron su historia de joven familia cristiana que se ha abandonado completamente a la Providencia y ha tomado en serio el Evangelio y cuanto vieron vivir a Juan Pablo II. Con un Decreto general aprobado por el Pontífice y firmado por el secretario de Estado se ha procedido a la renovación del marco jurídico de Cáritas Internationalis. La Santa Sede actualiza así su estatus jurídico para sostener mejor su actividad.
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L’OSSERVATORE ROMANO

domingo 6 de mayo de 2012, número 19

Regina caeli del Papa el domingo 29 de abril, Jornada mundial de oración por la vocaciones

El Señor no quita la libertad
Queridos hermanos y hermanas: Concluyó hace poco, en la basílica de San Pedro, la celebración eucarística en la que ordené a nueve nuevos presbíteros de la diócesis de Roma. Demos gracias a Dios por este regalo, signo de su amor fiel y providente a la Iglesia. Estrechémonos espiritualmente en torno a estos nuevos sacerdotes y recemos para que acojan plenamente la gracia del sacramento que los ha configurado con Jesucristo Sacerdote y Pastor. Y recemos para que todos los jóvenes estén atentos a la voz de Dios que habla interiomente a su corazón y los llama a desprenderse de todo para estar a su servicio. A este objetivo está dedicada la Jornada mundial de oración por las vocaciones, que celebramos hoy. En efecto, el Señor llama siempre, pero muchas veces no lo escuchamos. Estamos distraídos por muchas cosas, por otras voces más superficiales; y luego tenemos miedo de escuchar la voz del Señor, porque pensamos que puede quitarnos nuestra libertad. En realidad, cada uno de nosotros es fruto del amor: ciertamente, del amor de los padres, pero, más profundamente, del amor de Dios. La Biblia dice: aunque tu madre no te quisiera, yo te quiero, porque te conozco y te amo (cf. Is 49, 15). En el momento que me doy cuenta de este amor, mi vida cambia: se convierte en una respuesta a este amor, más grande que cualquier otro, y así se realiza plenamente mi libertad. Los jóvenes que hoy he consagrado sacerdotes no son diferentes de los demás jóvenes, pero han sido tocados profundamente por la belleza del amor de Dios, y no han podido dejar de responder con toda su vida. ¿Cómo han encontrado el amor de Dios? Lo han encontrado en Jesucristo, en su Evangelio, en la Eucaristía y en la comunidad de la Iglesia. En la Iglesia se descubre que la vida de cada hombre es una historia de amor. Nos lo muestra claramente la Sagrada Escritura, y nos lo confirma el testimonio de los santos. Un ejemplo es la expresión de san Agustín, que en sus Confesiones se dirige a Dios y le dice: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera... Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo ... Pero me has llamado, y tu grito ha vencido mi sordera» (X, 27.38). Queridos amigos, oremos por la Iglesia, por cada comunidad local, para que sea como un jardín regado, donde puedan germinar y crecer todas las semillas de vocación que Dios siembra en abundancia. Oremos para que en todas partes se cultive este jardín, en la alegría de sentirse todos llamados, en la variedad de los dones. En especial, las familias han de ser el primer lugar donde se «respire» el amor de Dios, que da fuerza interior, incluso en medio de las dificultades y las pruebas de la vida. Quien vive en familia la experiencia del amor de Dios, recibe un don inestimable, que da fruto a su tiempo. Que nos conceda todo esto la santísima Virgen María, modelo de acogida libre y obediente a la llamada divina, Madre de toda vocación en la Iglesia.

Las credenciales del nuevo embajador de Perú
El sábado 28 de abril, por la mañana, Benedicto XVI recibió en audiencia al señor César Castillo Ramírez, nuevo embajador extraordinario y plenipotenciario de Perú ante la Santa Sede, para la presentación de sus cartas credenciales. El señor César Castillo Ramírez nació en Chiclayo el 16 de julio de 1947. Está casado y tiene cuatro hijos. Se licenció en relaciones internacionales en la Academia diplomática del Perú; se especializó en derecho y ciencias políticas en la Universidad nacional Federico Villarreal; en desarme, en el Centro de desarme de las Naciones Unidas; y en alta dirección, en la Escuela de dirección de la Universidad de Piura. Durante su carrera diplomática ha desempeñado, entre otros, los siguientes cargos: jefe de departamento en el Ministerio de Asuntos exteriores; primer secretario y sucesivamente consejero de la representación permanente de Perú ante los organismos internacionales en Ginebra; cónsul general en Ginebra; ministro consejero de embajada en Colombia; director para la promoción económica de la subsecretaría para los asuntos económicos, la cooperación y la integración en el ministerio de Asuntos exteriores; director del gabinete del secretario general del Ministerio de Asuntos exteriores; ministro de embajada en Ecuador; director general de administración en el Ministerio de Asuntos exteriores; embajador en Suiza; embajador en Egipto; director nacional del protocolo y del ceremonial de Estado en el Ministerio de Asuntos exteriores; embajador en Italia y en la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación (FAO).

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número 19, domingo 6 de mayo de 2012

L’OSSERVATORE ROMANO
XVI

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Visita de Benedicto

a la sede romana de la Universidad Católica del Sagrado Corazón

Sin amor la ciencia pierde su humanidad
Sólo el amor garantiza la humanidad de la investigación y la nobleza de la ciencia. Así quiso subrayarlo Benedicto XVI durante la visita que realizó, el jueves 3 de mayo por la mañana, a la sede romana de la Universidad Católica del Sagrado Corazón con ocasión del quincuagésimo aniversario de la fundación de la Facultad de medicina y cirugía del Policlínico Agostino Gemelli. El Papa llegó en helicóptero desde el Vaticano. Le dieron la bienvenida los cardenales Angelo Scola —presidente del Instituto Toniolo— (en la fotografía inferior), y Agostino Vallini, vicario general para la diócesis de Roma; el obispo Lorenzo Leuzzi, auxiliar de Roma y delegado para la pastoral e la salud; monseñor Sergio Lanza, consiliario general de la Universidad; y el rector, Lorenzo Ornaghi. En el acto estuvieron presentes los cardenales Zenon Grocholewski, Paolo Sardi, Camillo Ruini, Elio Sgreccia, Achille Silvestrini y Salvatore De Giorgi. Participaron varios ministros del Gobierno y otras autoridades civiles, encabezadas por el presidente de la Cámara de diputados Gianfranco Fini. Ofrecemos el discurso que pronunció Benedicto XVI. Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, honorable señor presidente de la Cámara y señores ministros, ilustre pro-rector, distinguidas autoridades, docentes, médicos, distinguido personal sanitario y universitario, queridos estudiantes y queridos pacientes: Con particular alegría me encuentro hoy con vosotros para celebrar los 50 años de fundacion de la Facultad de medicina y cirugía del Policlínico «Agostino Gemelli». Agradezco al presidente del Instituto Toniolo, cardenal Angelo Scola, y al pro-rector, profesor Franco Anelli, las amables palabras que me han dirigido. Saludo al señor presidente de la Cámara, honorable Gianfranco Fini, a los señores ministros, honorables Lorenzo Ornaghi y Renato Balduzzi, a las numerosas autoridades, así como a los docentes, a los médicos, al personal y a los estudiantes del Policlínico y de la Universidad Católica. Un pensamiento especial a vosotros, queridos pacientes. En esta circunstancia quiero ofrecer algunas reflexiones. Vivimos en un tiempo en que las ciencias experimentales han transformado la visión del mundo e incluso la autocomprensión del hombre. Los múltiples descubrimientos, las tecnologías innovadoras que se suceden a un ritmo frenético, son razón de un orgullo motivado, pero a menudo no carecen de aspectos inquietantes. De hecho, en el trasfondo del optimismo generalizado del saber científico se extiende la sombra de una crisis del pensamiento. El hombre de nuestro tiempo, rico en medios, pero no igualmente en fines, a menudo vive condicionado por un reduccionismo y un relativismo que llevan a perder el significado de las cosas; casi deslumbrado por la eficacia técnica, olvida el horizonte fundamental de la demanda de sentido, relegando así a la irrelevancia la dimensión trascendente. En este trasfondo, el pensamiento resulta débil y gana terreno también un empobrecimiento ético, que oscurece las referencias normativas de valor. La que ha sido la fecunda raíz europea de cultura y de progreso parece olvidada. En ella, la búsqueda del absoluto —el quaerere Deum— comprendía la exigencia de profundizar las ciencias profanas, todo el mundo del saber (cf. Discurso en el Collège des Bernardins de París, 12 de septiembre de 2008). En efecto, la investigación científica y la demanda de sentido, aun en la específica fisonomía epistemológica y metodológica, brotan de un único manantial, el Logos que preside la obra de la creación y guía la inteligencia de la historia. Una mentalidad fundamentalmente tecno-práctica genera un peligroso desequilibrio entre lo que es técnicamente posible y lo que es moralmente bueno, con consecuencias imprevisibles. Es importante, por tanto, que la cultura redescubra el vigor del significado y el dinamismo de la trascendencia, en una palabra, que abra con decisión el horizonte del quaerere Deum. Viene a la mente la célebre frase agustiniana «Nos has creado para ti [Señor], y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1). Se puede decir que el mismo impulso a la investigación científica brota de la nostalgia de Dios que habita en el corazón humano: en el fondo, el hombre de ciencia tiende, también de modo inconsciente, a alcanzar aquella verdad que puede dar sentido a la vida. Pero por más apasionada y tenaz que sea la búsqueda humana, no es capaz de alcanzar con seguridad ese objetivo con sus propias fuerzas, porque «el hombre no es capaz de esclarecer completamente la extraña penumbra que se cierne sobre la cuestión de las realidades eternas... Dios debe tomar la iniciativa de salir al encuentro y de dirigirse al hombre» (J. RATZINGER, L’Europa di Benedetto nella crisi delle culture, Cantagalli, Roma 2005, 124). Así pues, para restituir a la razón su dimensión nativa integral, es preciso redescubrir

el lugar originario que la investigación científica comparte con la búsqueda de fe, fides quaerens intellectum, según la intuición de san Anselmo. Ciencia y fe tienen una reciprocidad fecunda, casi una exigencia complementaria de la inteligencia de lo real. Pero, de modo paradójico, precisamente la cultura positivista, excluyendo la pregunta sobre Dios del debate científico, determina la declinación del pensamiento y el debilitamiento de la capacidad de inteligencia de lo real. Pero el quaerere Deum del hombre se perdería en una madeja de caminos si no saliera a su encuentro una vía de iluminación y de orientación segura, que es la de Dios mismo que se hace cercano al hombre con inmenso amor: «En Jesucristo Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca. .... Es una búsqueda que nace de lo íntimo de Dios y tiene su punto culminante en la encarnación del Verbo» (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 7). El cristianismo, religión del Logos, no relega la fe al ámbito de lo irracional, sino que atribuye el origen y el sentido de la realidad a la Razón creadora, que en el Dios crucificado se manifestó como amor y que invita a recorrer el camino del quaerere Deum: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Comenta aquí santo Tomás de Aquino: «El punto de llega-

da de este camino es el fin del deseo humano. Ahora bien, el hombre desea principalmente dos cosas: en primer lugar el conocimiento de la verdad que es propio de su naturaleza. En segundo lugar, la permanencia en el ser, propiedad común a todas las cosas. En Cristo se encuentran ambos... Así pues, si buscas por dónde pasar, acoge a Cristo porque él es el camino» (Exposiciones sobre Juan, cap. 14, lectio 2). El Evangelio de la vida ilumina, por tanto, el camino arduo del hombre, y ante la tentación de la autonomía absoluta, recuerda que «la vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital» (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 39). Y es precisamente recorriendo la senda de la fe como el hombre se hace capaz de descubrir incluso en las realidades de sufrimiento y de muerte, que atraviesan su existencia, una posibilidad auténtica de bien y de vida. En la cruz de Cristo reconoce el Árbol de la vida, revelación del amor apasionado de Dios por el hombre. La atención hacia quienes sufren es, por tanto, un encuentro diario con el rostro de Cristo, y la dedicación de la inteligencia y del corazón se convierte en signo de la misericordia de Dios y de su victoria sobre la muerte. Vivida en su integridad, la búsqueda se ve iluminada por la ciencia y la fe, y de estas dos «alas» recibe impulso y estímulo, sin perder la justa humildad, el sentido de su propia limitación. De este modo la búsqueda de Dios resulta fecunda para la inteligencia, fermento de cultura, promotora de auténtico humanismo, búsqueda que no se queda en la superficie. Queridos amigos, dejaos guiar siempre por la sabiduría que viene de lo alto, por un saber iluminado por la fe, recordando que la sabiduría exige la pasión y el esfuerzo de la búsqueda. Se inserta aquí la tarea insustituible de la Universidad
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L’OSSERVATORE ROMANO El quincuagésimo aniversario de la «Pacem in terris»

domingo 6 de mayo de 2012, número 19

Carta abierta al mundo
Una carta abierta al mundo. Así recuerda Benedicto XVI la «Pacem in terris» en el mensaje enviado a Mary Ann Glendon, presidenta de la Academia pontificia de ciencias sociales, con ocasión de los trabajos de la XVIII sesión plenaria, dedicados al 50˚ aniversario de la publicación de la encíclica de Juan XXIII. mundo». Se trataba de un apremiante llamamiento de un gran Pastor, próximo al final de su vida, para que la causa de la paz y de la justicia fuera promovida con vigor en todos los sectores de la sociedad, tanto a nivel nacional como internacional. Aunque el escenario político global ha cambiado de manera significativa en el medio siglo transcurrido desde entonces, la visión ofrecida por el Papa Juan tiene todavía mucho que enseñarnos mientras luchamos por afrontar los nuevos retos para la paz y la justicia en la era posterior a la guerra fría, en medio de la continua proliferación de armamentos. «La paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido» (Pacem in terris, 165). En el centro de la doctrina social de la Iglesia está la antropología que reconoce en cada criatura humana la imagen del Creador, dotada de inteligencia y de libertad, capaz de conocer y de amar. Paz y justicia son fruto del orden justo, que está inscrito en la creación misma, escrito en el corazón humano (cf. Rm 2, 15) y por tanto accesible a todas las personas de buena voluntad, a todos los «peregrinos de verdad y de paz». La encíclica del Papa Juan ha sido y es una fuerte invitación a comprometerse en ese diálogo creativo entre la Iglesia y el mundo, entre los creyentes y los no creyentes, que el concilio Vaticano II se propuso promover. Ofrece una visión profundamente cristiana del lugar que ocupa el hombre en el universo, confiada en que obrando de este modo propone un mensaje de esperanza a un mundo que tiene hambre de ella, un mensaje que puede resonar entre las personas de todas las creencias y de las que no tienen ninguna, ya que su verdad es accesible a todos. Con este mismo espíritu, después de los ataques terroristas que sacudieron al mundo en septiembre de 2001, el beato Juan Pablo II insistió en que «no hay paz sin justicia, ni justicia sin perdón» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2002). Hay que insertar la noción de perdón en el debate internacional sobre la resolución de conflictos, con el fin de transformar el lenguaje estéril de la recriminación recíproca, que no conduce a ninguna parte. Si la criatura humana está hecha a imagen de Dios, un Dios de justicia que es «rico en misericordia» (Ef 2, 4), entonces estas cualidades deben reflejarse en la dirección de los asuntos humanos. Es la combinación de justicia y perdón, de justicia y gracia, que permanece en el corazón de la respuesta divina al pecado humano (cf. Spe salvi, 44), en otras palabras, en el corazón del «orden establecido por Dios» (Pacem in terris, 1). El perdón no es una negación del mal, sino una participación en el amor salvador y transformador de Dios que reconcilia y cura. Por tanto, fue significativa la elección del tema para la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos de 2009: «La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz». El mensaje portador de vida del Evangelio ha traído esperanza a millones de africanos, ayudándoles a superar los sufrimientos infligidos por regímenes represivos y conflictos fratricidas. Igualmente, la Asamblea sobre la Iglesia en Oriente Medio en 2010 destacó los temas de la comunión y del testimonio, la unidad de pensamiento y de alma que caracteriza a aquellos que se comprometen a seguir la luz de la verdad. Los males históricos y las injusticias sólo pueden superarse si los hombres y las mujeres se inspiran en un mensaje de curación y de esperanza, en un mensaje que ofrece un camino para seguir adelante, para salir del impasse que a menudo encierra a las personas y las naciones en un círculo vicioso de violencia. Desde 1963 algunos conflictos que en esa época parecían irresolubles se han convertido en historia. Cobremos ánimo, por tanto, mientras luchamos por la paz y la justicia en el mundo actual, confiando en que nuestra búsqueda común del orden establecido por Dios, de un mundo en el que la dignidad de cada persona humana reciba el respeto que le corresponde, puede dar fruto y lo dará. Confío vuestras deliberaciones a la guía materna de Nuestra Señora, Reina de la paz. A usted, monseñor Sánchez Sorondo, y a todos los participantes en la XVIII Sesión plenaria, imparto de buen grado mi bendición apostólica. Vaticano, 27 de abril de 2012

A su excelencia la profesora Mary Ann Glendon, Presidenta de la Academia pontificia de ciencias sociales Me alegra saludarla a usted y a todos los que se han reunido en Roma por la XVIII sesión plenaria de la Academia pontificia de ciencias sociales. Habéis elegido celebrar el de la carta encíclica Pacem in terris del beato Juan XXIII examinando la contribución dada por este importante documento a la doctrina social de la Iglesia. En el culmen de la guerra fría, cuando el mundo estaba todavía aceptando la amenaza planteada por la existencia y la proliferación de armas de destrucción masiva, el Papa Juan escribió la que ha sido definida como una «carta abierta al

Juan XXIII firma la Pacem in terris (11 de abril, Jueves santo, 1963)

Sin amor la ciencia pierde su humanidad
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Católica, lugar en donde la relación educativa se pone al servicio de la persona en la construcción de una competencia científica cualificada, arraigada en un patrimonio de saberes que el sucederse de las generaciones ha destilado en sabiduría de vida; lugar en donde la relación de curación no es oficio, sino una misión; donde la caridad del Buen Samaritano es la primera cátedra; y el rostro del hombre sufriente, el Rostro mismo de Cristo: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). La Universidad Católica del Sagrado Corazón, en el trabajo diario de investigación, de enseñanza y de estudio, vive en esta traditio que expresa su propio potencial de innovación: ningún progreso, y mucho menos en el plano cultural, se alimenta de mera repetición, sino que exige un inicio siempre nuevo. Requiere además la disponibilidad a la confrontación y al diálogo que abre la inteligencia y testimonia la rica fecundidad del patrimonio de la fe. Así se da forma a una sólida estructura de personalidad, donde la identidad cristiana penetra la vida diaria y se expresa desde dentro de una profesionalidad excelente.

La Universidad Católica, que mantiene una relación especial con la Sede de Pedro, hoy está llamada a ser una institución ejemplar que no limita el aprendizaje a la funcionalidad de un éxito económico, sino que amplía la dimensión de su proyección en la que el don de la inteligencia investiga y desarrolla los dones del mundo creado, superando una visión sólo productivista y utilitarista de la existencia, porque «el ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente» (Caritas in veritate, 34). Precisamente esta conjugación de investigación científica y de servicio incondicional a la vida delinea la fisonomía católica de la Facultad de medicina y cirugía «Agostino Gemelli», porque la perspectiva de la fe es interior —no superpuesta ni yuxtapuesta— a la investigación aguda y tenaz del saber. Una Facultad católica de medicina es lugar donde el humanismo trascendente no es eslogan retórico, sino regla vivida de la dedicación diaria. Soñando una Facultad de medicina y cirugía auténticamente católica, el padre Gemelli —y con él muchos otros, como el profesor Brasca—, ponía en el centro de la atención a la persona humana en su

fragilidad y en su grandeza, en los siempre nuevos recursos de una investigación apasionada y en la no menor consciencia del límite y del misterio de la vida. Por esto, habéis querido instituir un nuevo Centro de Ateneo para la vida, que sostenga otras realidades ya existentes, como por ejemplo, el Instituto científico internacional Pablo VI. Así pues, estimulo la atención a la vida en todas sus fases. Quiero dirigirme ahora, en particular a todos los pacientes presentes aquí en el «Gemelli», asegurarles mi oración y mi afecto, y decirles que aquí se les seguirá siempre con amor, porque en su rostro se refleja el del Cristo sufriente. Es precisamente el amor de Dios, que resplandece en Cristo, el que hace aguda y penetrante la mirada de la investigación y ayuda a descubrir lo que ninguna otra investigación es capaz de captar. Lo tenía muy presente el beato Giuseppe Toniolo, quien afirmaba que es propio de la naturaleza del hombre ver en los demás la imagen de Dios amor y en la creación su huella. Sin amor, también la ciencia pierde su nobleza. Sólo el amor garantiza la humanidad de la investigación. Gracias por la atención.

número 19, domingo 6 de mayo de 2012

L’OSSERVATORE ROMANO

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Se publica el Decreto general para la renovación de Caritas Internationalis
El miércoles 2 de mayo se hizo público el Decreto general para la renovación de Caritas Internationalis, aprobado por Benedicto XVI y firmado por el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone. El Decreto consta de nueve artículos, que constituyen una normativa complementaria al Quirógrafo Durante l’Ultima Cena con el fin de interpretar sus disposiciones y adecuar todos los aspectos de la actividad de Caritas Internationalis a su vínculo especial con la Sede Apostólica y a su estatus de persona jurídica canónica pública. Ofrecemos al respecto los comentarios del cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo pontificio Cor Unum y de monseñor Osvaldo Neves de Almeida.

Audiencia a los participantes en la 19ª Asamblea general de Caritas Internationalis (27 de mayo de 2011)

Inspiración teológica
ROBERT SARAH* a entrega oficial de los nuevos Estatutos y del Reglamento interno de Caritas Internationalis es motivo de especial satisfacción. Este solemne acontecimiento marca la conclusión de un proceso de colaboración, diálogo y reflexión entre la Secretaría de Estado, el Consejo pontificio Cor Unum y Caritas Internationalis, el Consejo pontificio para los textos legislativos y otros organismos afectados. Desde su fundación, Caritas Internationalis ha recorrido un largo camino: es preciso remontarse al inicio del siglo XIX para descubrir in nuce lo que llegará a ser esta Confederación; en aquella época, las Cáritas comienzan ya a coordinarse a nivel nacional e internacional y, en 1950, el Papa Pío XII desea promover el desarrollo de una nueva forma de organismo que permita reunir, a nivel de Iglesia universal, las organizaciones caritativas nacionales, autorizadas y dependientes en cuanto tales de sus respectivos Ordinarios. El objetivo es facilitar su conocimiento recíproco, su coordinación y su colaboración para llevar a cabo la acción caritativa y de promoción humana en las diversas partes del mundo. En 1951 se celebra la primera Asamblea general, que reúne a los 13 miembros fundadores; ese mismo año, la Santa Sede aprueba los Estatutos de la Confederación. En 1957, el Organismo toma el nombre de Caritas Internationalis, para subrayar la actividad que realiza a nivel internacional. El 19 de julio de 1976, por iniciativa del Papa Pablo VI, se le concede la personalidad jurídica civil del Estado de la Ciudad del Vaticano. Por último, el 16 de septiembre de 2004, después de una reflexión sobre la identidad y la misión de Caritas Internationalis, el beato Papa Juan Pablo II le confiere la personalidad jurídica canónica pública con el Quirógrafo Durante l’Ultima Cena. En esta breve síntesis histórica se pone de manifiesto el papel de la Sede Apostólica en querer la Confederación y también en definir la

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identidad eclesial, sostener y orientar la actividad de Caritas Internationalis desde sus orígenes, para que fuera expresión de la caridad de la Iglesia. Desde 2004, pareció oportuno establecer las normas para la aplicación del Quirógrafo y volver a formular sus Estatutos y su Reglamento interno, sobre la base del mismo Quirógrafo. En estos últimos meses se ha desarrollado una larga y fructuosa colaboración, en particular con la Comisión de los Estatutos de Caritas Internationalis, que ha trabajado en los borradores de los Estatutos y del Reglamento interno. La Santa Sede ha dedicado mucha atención a este

proceso, pues es consciente de la importancia de Caritas Internationalis y del papel que desempeña tanto en ámbito eclesial como en ámbito internacional. En efecto, son 162 las Cáritas miembros de la Confederación, divididas en siete regiones: África, América Latina, Asia, Europa, Oriente Medio y África del norte, América del norte, Oceanía. El Santo Padre Benedicto XVI ha seguido de cerca la evolución de este proceso y su interés por Caritas Internationalis está en línea con lo que ya había afirmado en la encíclica Deus caritas est, al inicio de su pontificado, sobre el relieve especial que

tiene la actividad caritativa para la Iglesia: de aquí el empeño que pidió en este sentido a la Secretaría de Estado, a nuestro dicasterio y a otros organismos de la Santa Sede, que han participado en el proceso de revisión de los Estatutos y del Reglamento interno. Además, en el discurso a los participantes en la Asamblea general de Caritas Internationalis, el 27 de mayo de 2011, había indicado algunos elementos fundamentales que convenía tener presentes: en virtud del hecho de que la Confederación está dotada de persoSIGUE EN LA PÁGINA 10

Nuevo marco jurídico
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OSVALD O NEVES

DE

ALMEIDA

n sus 61 años de vida, Caritas Internationalis siempre ha sido un instrumento privilegiado de la caridad de la Iglesia. La Santa Sede, recogiendo la larga experiencia de esta benemérita institución, y de modo especial los desarrollos de los últimos años, ha querido actualizar el estatus jurídico de Caritas Internationalis para sostener mejor su actividad en el contexto actual.

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Historia y características de Caritas Internationalis
Al recibir en audiencia a los participantes en la 19ª Asamblea general de Caritas Internationalis, el 27 de mayo de 2011, el Papa Benedicto XVI trazó el perfil histórico y la naturaleza eclesial de esta institución, que constituye un ámbito privilegiado para la participación de los fieles en el apostolado de la jerarquía (cf. Lumen gentium, 27). En esa circunstancia, el Santo Padre recordó que Caritas Internationalis no se puede asimilar a las

grandes organizaciones no gubernamentales, aunque realiza con ejemplar profesionalidad y competencia las funciones que llevan a cabo también ellas; en particular, la lucha contra la pobreza, la coordinación de las ayudas humanitarias y la acción política en las instancias internacionales (advocacy). Caritas Internationalis fue ideada por Pío XII después de los horrores de la segunda guerra mundial, para manifestar la solidaridad de la Iglesia ante las numerosas situaciones de conflicto y de emergencia en el mundo. En 2004 el beato Juan Pablo II le confirió personalidad jurídica canónica pública con el Quirógrafo Durante l’Ultima Cena. Caritas Internationalis posee un perfil universal y desempeña su tarea específica en nombre de la Iglesia; está llamada a fomentar la comunión entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, así como la comunión entre todos los fieles, y debe llevar el mensaje de la Iglesia también a la vida política y social en ámbito internacional (cf. Audiencia a los participantes en la Asamblea general de Caritas Internationalis, 27 de mayo de 2011). La Santa Sede, por su parte, tiene la tarea de se-

guir su actividad y de vigilar para que, tanto su acción humanitaria y de caridad, como el contenido de los documentos que difunde, estén en sintonía con la Sede Apostólica y con el Magisterio de la Iglesia, y para que sea administrada con competencia y de modo transparente. Esta persona jurídica pública se rige ante todo, aunque no exclusivamente, por su normativa propia y por las disposiciones pertinentes del Código de Derecho Canónico. El Quirógrafo Durante l’Ultima Cena, por el hecho de reconocer el vínculo especial de Caritas Internationalis con la Sede Apostólica, estableció implícitamente que su gobierno y su acción debían hacer referencia a la Primera Sección de la Secretaría de Estado (cf. Juan Pablo II, Const. ap. Pastor Bonus, art. 41). Al mismo tiempo, el Quirógrafo encomendó al Consejo pontificio Cor Unum la tarea de seguir y acompañar la actividad de Caritas Internationalis. Aunque no estén mencionadas explícitamente en el Quirógrafo, obviamente siempre han permanecido vigentes respecto de ella las competencias generales de tutela doctrinal
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número 19, domingo 6 de mayo de 2012

L’OSSERVATO El domingo del Buen Pastor y
XLIX

Jornada mundial de oración por las vocaciones, el Papa ordena nueve sacerd

Es una misión la celebración de la m
El sacerdote «está llamado a vivir en sí mismo lo que experimentó Jesús en primera persona, esto es, entregarse plenamente a la predicación y a la sanación del hombre de todo mal de cuerpo y espíritu, y después, al final, resumir todo en el gesto supremo de “dar la vida” por los hombres, gesto que halla su expresión sacramental en la Eucaristía, memorial perpetuo de la Pascua de Jesús». Así lo subrayó el Papa en la misa que presidió el IV domingo de Pascua, 29 de abril, en la basílica vaticana, durante la cual confirió la ordenación presbiteral a nueve diáconos de los seminarios diocesanos romanos. Ocho han sido ordenados sacerdotes para la diócesis de Roma; uno, formado en el Almo Colegio Capránica, ha sido ordenado para la diócesis vietnamita de Bui Chu. Concelebraron con el Papa su vicario general para la diócesis de Roma, el cardenal Vallini; el vicegerente, monseñor Iannone; los obispos auxiliares, los superiores de los seminarios de procedencia de los ordenandos —Pontificio seminario romano mayor, el Capránica y el Colegio diocesano Redemptoris Mater— y los párrocos de los neopresbíteros. El Pontífice pronunció la siguiente homilía. Venerados hermanos, queridos ordenandos, queridos hermanos y hermanas: La tradición romana de celebrar las ordenaciones sacerdotales en este IV domingo de Pascua, el domingo «del Buen Pastor», contiene una gran riqueza de significado, ligada a la convergencia entre la Palabra de Dios, el rito litúrgico y el tiempo pascual en que se sitúa. En particular, la figura del pastor, tan relevante en la Sagrada Escritura y naturalmente muy importante para la definición del sacerdote, adquiere su plena verdad y claridad en el rostro de Cristo, en la luz del misterio de su muerte y resurrección. De esta riqueza también vosotros, queridos ordenandos, podéis siempre beber, cada día de vuestra vida, y así vuestro sacerdocio se renovará continuamente. Este año el pasaje evangélico es el central del capítulo 10 de san Juan y comienza precisamente con la afirmación de Jesús: «Yo soy el buen pastor», a la que sigue enseguida la primera característica fundamental: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). He ahí que se nos conduce inmediatamente al centro, al culmen de la revelación de Dios como pastor de su pueblo; este centro y culmen es Jesús, precisamente Jesús que muere en la cruz y resucita del sepulcro al tercer día, resucita con toda su humanidad, y de este modo nos involucra, a cada hombre, en su paso de la muerte a la vida. Este acontecimiento —la Pascua de Cristo—, en el que se realiza plena y definitivamente la obra pastoral de Dios, es un acontecimiento sacrificial: por ello el Buen Pastor y el Sumo Sacerdote coinciden en la persona de Jesús que ha dado la vida por nosotros. Pero observemos brevemente también las primeras dos lecturas y el salmo responsorial (Sal 118). El pasaje de los Hechos de los Apóstoles (4, 8-12) nos presenta el testimonio de san Pedro ante los jefes del pueblo y los ancianos de Jerusalén, después de la prodigiosa curación del paralítico. Pedro afirma con gran franqueza: «Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular»; y añade: «No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos» (vv. 11-12). El Apóstol interpreta después, a la luz del misterio pascual de Cristo, el Salmo 118, en el que el orante da gracias a Dios que ha respondido a su grilo quiere— podremos ver su rostro tal cual es (cfr. v. 2). Queridos ordenandos: ¡es allí a donde nos quiere conducir el Buen Pastor! Es allí a donde el sacerdote está llamado a conducir a los fieles a él encomendados: a la vida verdadera, la vida «en abundancia» (Jn 10, 10). Volvamos al Evangelio, y a la palabra del pastor. «El buen pastor da su vida por la ovejas» (Jn 10, 11). Jesús insiste en esta característica esencial del verdadero pastor que es él mismo: «dar la propia vihecho, quien es introducido de un modo singular en el misterio del sacrificio de Cristo, con una unión personal a él, para prolongar su misión salvífica. Esta unión, que tiene lugar gracias al sacramento del Orden, pide hacerse «cada vez más estrecha» por la generosa correspondencia del sacerdote mismo. Por esto, queridos ordenandos, dentro de poco responderéis a esta pregunta diciendo: «Sí, quiero, con la gracia de Dios». Sucesivamente, en el momento de la unción crismal, el celebrante dice: «Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio». Y después, en la entrega del pan y el vino: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios en el sacrificio eucarístico. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo Señor». Resalta con fuerza que, para el sacerdote, celebrar cada día la santa misa no significa proceder a una función ritual, sino cumplir una misión que involucra entera y profundamente la existencia, en comunión con Cristo resucitado quien, en su Iglesia, sigue realizando el sacrificio redentor. Esta dimensión eucarística-sacrificial es inseparable de la dimensión pastoral y constituye su núcleo de verdad y de fuerza salvífica, del que depende la eficacia de toda actividad. Naturalmente no hablamos sólo de la eficacia en el plano psicológico o social, sino de la fecundidad vital de la presencia de Dios al nivel humano profundo. La predicación misma, las obras, los gestos de distinto tipo que la Iglesia realiza con sus múltiples iniciativas, perderían su fecundidad salvífica si decayera la celebración del sacrificio de Cristo. Y esta se encomienda a los sacerdotes ordenados. En efecto, el presbítero está llamado a vivir en sí mismo lo que experimentó Jesús en primera persona, esto es, entregarse plenamente a la predicación y a la sa-

to de auxilio y lo ha puesto a salvo. Dice este Salmo: «La piedra que desecharon los arquitectos / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente» (Sal 118, 22-23). Jesús vivió precisamente esta experiencia de ser desechado por los jefes de su pueblo y rehabilitado por Dios, puesto como fundamento de un nuevo templo, de un nuevo pueblo que alabará al Señor con frutos de justicia (cfr. Mt 21, 42-43). Por lo tanto la primera lectura y el salmo responsorial, que es el mismo Salmo 118, aluden fuertemente al contexto pascual, y con esta imagen de la piedra desechada y restablecida atraen nuestra mirada hacia Jesús muerto y resucitado. La segunda lectura, tomada de la Primera Carta de Juan (3,1-2), nos habla en cambio del fruto de la Pascua de Cristo: el hecho de habernos convertido en hijos de Dios. En las palabras de san Juan se oye de nuevo todo el estupor por este don: no sólo somos llamados hijos de Dios, sino que «lo somos realmente» (v. 1). En efecto, la condición filial del hombre es fruto de la obra salvífica de Jesus: con su encarnación, con su muerte y resurrección, y con el don del Espíritu Santo, él introdujo al hombre en una relación nueva con Dios, su propia relación con el Padre. Por ello Jesús resucitado dice: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20, 17). Es una relación ya plenamente real, pero que aún no se ha manifestado plenamente: lo será al final, cuando —si Dios

da». Lo repite tres veces, y al final concluye diciendo: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10, 17-18). Este es claramente el rasgo cualificador del pastor tal como Jesús lo interpreta en primera persona, según la voluntad del Padre que lo envió. La figura bíblica del rey-pastor, que comprende principalmente la tarea de regir el pueblo de Dios, de mantenerlo unido y guiarlo, toda esta función real se realiza plenamente en Jesucristo en la dimensión sacrificial, en el ofrecimiento de la vida. En una palabra, se realiza en el misterio de la cruz, esto es, en el acto supremo de humildad y de amor oblativo. Dice el abad Teodoro Studita: «Por medio de la cruz nostros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un único redil y destinados a las eternas moradas» (Discurso sobre la adoración de la cruz: PG 99, 699). En esta perspectiva se orientan las fórmulas del Rito de ordenación de presbíteros, que estamos celebrando. Por ejemplo, entre las preguntas relativas a los «compromisos de los elegidos», la última, que tiene un carácter culminante y de alguna forma sintética, dice así: «¿Queréis uniros cada vez más estrechamente a Cristo, sumo sacerdote, quien se ofreció al Padre como víctima pura por nosotros, y consagraros a Dios junto a él para la salvación de todos los hombres?». El sacerdote es, de

ORE ROMANO

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dotes

misa

nación del hombre de todo mal de cuerpo y espíritu, y después, al final, resumir todo en el gesto supremo de «dar la vida» por los hombres, gesto que halla su expresión sacramental en la Eucaristía, memorial perpetuo de la Pascua de Jesús. Es sólo a través de esta «puerta» del sacrificio pascual por donde los hombres y las mujeres de todo tiempo y lugar pueden entrar a la vida eterna; es a través de esta «vía santa» como pueden cumplir el éxodo que les conduce a la «tierra prometida»

de la verdadera libertad, a las «verdes praderas» de la paz y de la alegría sin fin (cf. Jn 10, 7. 9; Sal 77, 14. 20-21; Sal 23, 2). Queridos ordenandos: que esta Palabra de Dios ilumine toda vuestra vida.

Y cuando el peso de la cruz se haga más duro, sabed que esa es la hora más preciosa, para vosotros y para las personas a vosotros encomendadas: renovando con fe y amor vuestro «Sí, quiero, con la gracia de Dios», cooperaréis con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor,

a apacentar sus ovejas —tal vez sólo la que se había perdido, ¡pero por la cual es grande la fiesta en el cielo! Que la Virgen María, Salus Populi Romani, vele siempre por cada uno de vosotros y por vuestro camino. Amén.

Entrevista a monseñor Bonnici, director de la Obra pontificia de las vocaciones sacerdotales

Descubriendo una llamada
NICOLA GORI Globalmente se perciben signos de recuperación en las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, aunque en el continente europeo persiste el descenso del número de sacerdotes y candidatos al presbiterado. Parte de esta situación monseñor Francis Bonnici, director de la Obra pontificia de las vocaciones sacerdotales, para recordar que la vitalidad de las vocaciones depende de la capacidad de ponerse a la escucha de la llamada de Dios. Y para subrayar la responsabilidad particular de obispos, sacerdotes, consagrados y familias para ayudar a los jóvenes a responder con alegría a esa llamada. En esta entrevista a nuestro periódico, monseñor Bonnici relanza las claves del mensaje papal para la 49ª Jornada mundial de oración por las vocaciones (cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de febrero de 2012), que celebró Benedicto XVI el 29 de abril en la basílica de San Pedro confiriendo la ordenación sacerdotal a nueve diáconos. ¿Cuáles son los puntos esenciales del mensaje del Papa para la jornada de este año? El mensaje para la Jornada mundial de este año se centra en el tema: «Las vocaciones, don de la caridad de Dios». Benedicto XVI nos quiere recordar así que toda persona «es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios». Insiste con particular claridad en que es preciso anunciar, «especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino», y que el fruto más singular de un anuncio así está constituido por la elección del sacerdocio ministerial y de la vida consagrada. Estas vocaciones, de hecho, nacen en la Iglesia desde la apertura al amor de Dios y la vitalidad de la fe cristiana. Es a través de los sacerdotes como el Señor hace oír también hoy su Palabra, pone a disposición de los fieles los sacramentos de la salvación y reúne en la comunión al pueblo de Dios, que es la Iglesia, en todo lugar de la tierra. Benedicto XVI se dirige en particular a los obispos, a los sacerdotes, a los consagrados y a las consagradas. Ellos, de hecho, tienen de manera especial la responsabilidad de crear las condiciones favorables y el apoyo moral a cuantos, en las comunidades eclesiales, manifiestan los signos de la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada. ¿En qué dirección desarrolla Benedicto XVI la pastoral vocacional? Los datos estadísticos del año 2010 de la Iglesia católica indican un aumento del número de los sacerdotes en el mundo: de los 410.593 (275.542 diocesanos y 135.051 religiosos) de 2009 se pasó a los 412.236 (277.009 diocesanos y 135.227 religiosos) del año sucesivo. Y señalan un incremento de los candidatos al sacerdocio: de los 117.978 (71.219 diocesanos y 46.759 religiosos) de 2009 a los 118.990 (71.974 diocesanos y 47.016 religiosos) de 2010. La pastoral vocacional promovida por Benedicto XVI mira hacia lo alto; es una invitación a la oración constante para pedir los obreros del Evangelio que sólo Dios puede enviar. En los discursos dirigidos a los obispos con ocasión de las visitas ad limina Apostolorum, a los participantes en las audiencias generales y las multitudes que le siguen durante sus visitas apostólicas en el mundo, Benedicto XVI recuerda frecuentemente la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Papa invita a considerar la pastoral vocacional sobre todo como un compromiso educativo a favor de las jóvenes generaciones. Recuerda la tarea de la formación espiritual de los jóvenes principalmente a los obispos, a los sacerdotes y a los encargados de la pastoral vocacional en las diócesis y parroquias. Está convencido de que no se trata simplemente de asegurar a la Iglesia las fuerzas suficientes para el funcionamiento organizativo, sino de guiar a los jóvenes a oír la propuesta de fe del Señor y a responder con valentía a las llamadas que requieren más compromiso. El Papa atribuye gran importancia al testimonio. ¿Cómo se refiere ello a los sacerdotes? En la reciente celebración de su sexagésimo aniversario de ordenación sacerdotal, Benedicto XVI testimonió su gratitud a Cristo por el don de la llamada al ministerio presbiteral y compartió su alegría con todo el pueblo de Dios. Con frecuencia invita a todos los sacerdotes a transmitir el gozo de haber encontrado a Jesús y el entusiasmo de servir a la Iglesia. Su relación personal de fe con Cristo, la elección del celibato, la colaboración obediente con el obispo y la entrega al ministerio pastoral constituyen un ejemplo fuerte para los fieles y un estímulo para seguir a Cristo y su mensaje. ¿Cuál es el vínculo entre familia y vocaciones? En el pasado las familias católicas transmitían la fe a sus hijos también en circunstancias muy difíciles. Hoy el papel fundamental de los padres en el nacimiento y en la acogida de la eventual vocación al ministerio sacerdotal y a la consagración religiosa de los hijos consiste en mostrar con el amor conyugal, vivido con fe auténtica y gozosa, que es posible construir la vida sobre el amor de Dios. Hay que decir, en cualquier caso, que resulta cada vez más necesaria una renovada evangelización de las familias cristianas. En diversas ocasiones, dirigiéndose a los jóvenes, Benedicto XVI les ha hablado de vocación. ¿De qué forma ha afrontado el tema? El Pontífice recuerda a menudo que establecer el primado de Dios en la propia vida favorece en los jóvenes la escucha y la acogida de toda vocación. Por doquier, en la Iglesia los jóvenes responden con pasión a las iniciativas pastorales centradas en la fe en Dios y en la relación personal con Cristo. Es indispensable, en cualquier caso, para los jóvenes llamados al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada el acompañamiento de educadores, felices de su vocación y capaces de transmitir la alegría de abrazar la voluntad de Dios para la difusión de su Reino. No hay duda de que las vocaciones se refuerzan cuando se nutren de la Palabra de Dios, se sostienen con la participación en la Eucaristía y con la oración personal, se enraizan en una convencida y sólida pertenencia a la Iglesia. Las Jornadas mundiales de la juventud indudablemente han hecho crecer la fe en los jóvenes participantes y muchos de ellos han encontrado allí el ambiente y los momentos para madurar la elección de la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa. El Papa se despidió de los voluntarios de la Jornada mundial en Madrid, celebrada el pasado agosto, con el deseo de que, de vuelta a sus países de origen, prolonguen el servicio a la Iglesia durante toda su vida en una de las llamadas especiales de consagración al Señor. En su opinión, ¿por qué escasean en el mundo occidental los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada? Falta escuchar a Dios. Es un problema de fe. Constituye la causa principal de la grave carencia de vocaciones en la Iglesia de hoy en Occidente. Aunque el Señor llama siempre.

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L’OSSERVATORE ROMANO

domingo 6 de mayo de 2012, número 19

En Coutances el rito de beatificación del mártir Pierre-Adrien Toulorge

Una invitación a vivir con coherencia el Evangelio
El martirio es una invitación a los cristianos a vivir con coherencia y fidelidad el Evangelio, a pesar de las ideologías y los obstáculos que impone la sociedad. Lo dijo el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, en la homilía de la misa de beatificación de Pierre-Adrien Toulorge (1757-1793). El rito, presidido por el purpurado en representación de Benedicto XVI, tuvo lugar en la catedral de NotreDame en Coutances, Francia, el domingo 29 de abril por la tarde. La actualidad del martirio del nuevo beato se manifiesta en el testimonio de coherencia con los valores evangélicos, que constituye un ejemplo para quienes cada día deben sufrir a causa de «ideologías equivocadas sobre la concepción de la vida humana, sobre el aborto, sobre el matrimonio entre hombre y mujer, sobre la eutanasia». «Con la gracia y la oración —subrayó el cardenal— el cristiano puede resistir heroicamente contra esta cultura anticristiana, afrontando con fortaleza los sacrificios para permanecer fiel al Evangelio de Cristo, camino, verdad y vida». El purpurado invitó, luego, a reflexionar sobre el significado del martirio, como «signo espléndido de la santidad de la Iglesia». De hecho, el testimonio «usque ad sanguinem es una contribución de gran valor, para la Iglesia y para la sociedad, a fin de evitar la crisis de la confusión del bien y del mal». Por lo demás, los mártires, al vivir en la verdad, «iluminan cada época de la historia, despertando en ella el sentido moral», como dijo Juan pablo II en la encíclica Veritatis splendor. Por eso, comentó el purpurado, el martirio del monje premostratense Toulorge tiene un significado aún actual. En 1790, recordó el prefecto, «se aprobó la supresión de las órcondenado a muerte. Por lo demás, afirmó el cardenal, «habiendo renunciado al mundo por la profesión religiosa, no debía de tener miedo de abandonarlo, para pasar al cielo. La actitud y las palabras del padre Toulorge revelan su gran fortaleza de espíritu, don precioso del Espíritu Santo». Su comportamiento fue ejemplar hasta el final. Se recuerda que el beato, el día en que fue fusilado, invitó a sus compañeros de cárcel a rezar con él el Oficio, las laudes, las vísperas y las completas. Cuando llegó a la penúltima estrofa del himno de completas, se interrumpió, porque dijo que lo terminaría en el cielo. Las tres cartas que escribió antes del martirio —subrayó el purpurado— ponen de manifiesto «que el siervo de Dios era consciente de dar la vida por amor a Cristo y en defensa de la fe católica. La tarde anterior se había confesado con el vicario de Angoville-sur-Ay, dirigiendo las cartas a un hermano y a un amigo. Al final de una carta escribió: “la víspera de mi martirio”. En otro pasaje se compara a san Cipriano». Así pues, concluyó el prefecto, aceptó «por amor a Dios la injusta condena, agradeciendo al Señor la gracia del martirio. Por parte de los perseguidores, su muerte fue sin duda determinada por odio a la fe y a la Iglesia».

denes religiosas, con la confiscación de sus bienes. Al negarse a adherirse a la ideología revolucionaria, el padre Toulorge vivió en la clandestinidad, celebrando los sacramentos a escondidas y desplazándose continuamente. Fue arrestado en septiembre de 1793. Sometido a cuatro interrogatorios, fue

Mártir de la verdad
GABRIEL WOLF*

«M porque desde mañana tendrás un protector en el cielo si Dios
—como espero— sigue sosteniéndome, como ha hecho hasta ahora. Alégrate porque Dios me ha considerado digno no sólo de sufrir en la cárcel, sino también de morir por nuestro Señor Jesucristo». Así escribe Pierre-Adrien Toulorge, en su última carta a su hermano Jean Baptiste en la víspera de su martirio. El joven canónigo premostratense de la abadía de Blanchelande, en Normandía, perseguido in odium fidei durante la revolución francesa, estaba tan abierto a la gracia de Dios que dio la vida por su fidelidad a la verdad, a la fe, a la Iglesia y a su familia religiosa. Pierre-Adrien Toulorge nació el 4 de mayo de 1757 en Muneville-leBingard. Después de su formación escolar y los años de seminario, recibió la ordenación sacerdotal, y en diciembre de 1782, a la edad de 25 años, fue nombrado capellán de Doville. Fue allí donde conoció el gran celo del párroco premostratense Jacques-François Le Canut por los seiscientos dieciocho fieles de la parroquia, en su mayor parte pobres. En las homilías que nos han quedado de Pierre-Adrien exalta la bondad misericordiosa de Dios, pero al mismo tiempo destaca también su firme justicia ante el pecador impenitente. Durante los años pasados en Doville

i querido hermano, alégrate,

solía ir, juntamente con el párroco, a la cercana abadía premostratense de Blanchelande. Conquistado por el ideal de san Norberto, en 1786 Pierre-Adrien entró en la Orden y en 1788 emitió los votos solemnes. Después de la aprobación de la Constitución civil del clero, el padre Toulorge siguió ejerciendo su ministerio en las parroquias cercanas. La ley promulgada el 26 de agosto de 1792 preveía la deportación de todos los sacerdotes que ejercieran un ministerio público sin haber jurado sobre la Constitución de la Revolución. Toulorge temió por su incolumidad y decidió emigrar a la isla inglesa de Jersey. Cuando llegó a Jersey se percató de que la ley sobre la deportación no se refería a su caso, y que habría podido permanecer en Francia sin ser investigado. En la primera ocasión, volvió a Francia y por temor a represalias decidió ejercer su ministerio en la clandestinidad. A pesar de ello, un año más tarde, el 3 de septiembre de 1793, fue detenido y procesado. Una ley promulgada el 23 de octubre de 1792 contemplaba la pena de muerte para los emigrantes que habían vuelto a su patria. Pierre-Adrien negó haber estado en Jersey. Y sufría mucho a causa de esta mentira, que consideraba un pecado grave. Rezó y, cinco días después, decidió admitir que había estado por poco tiempo en Jersey, confesión que lo llevó a la guillotina. Entre el 12 y el 13 de octubre de 1793 el tribunal de Coutan-

ces, convencido de su breve estancia en Jersey, pero no teniendo ninguna prueba formal al respecto, le dio incluso la posibilidad de negar su exilio. Toulorge, sin embargo, sabiendo que como sacerdote católico de todos modos era perseguido, rechazó el ofrecimiento y reconoció nuevamente su exilio. Así, el «mártir de la verdad» fue condenado a muerte. La noche anterior a la ejecución se confesó, y mientras los demás clérigos encarcelados dormían, escribió tres cartas conmovedoras: una a su hermano; otra a un amigo; y la tercera a una persona desconocida. A esta, en los últimos renglones, le escribió las siguientes palabras: «Que Dios te bendiga. 12 de octubre de 1793, víspera de mi martirio». Al día siguiente, domingo, se levantó de buen humor, desayunó co-

mo siempre, rezó el breviario y pidió a sus compañeros que le arreglaran el pelo y la barba. Por último, invitó a sus hermanos a entonar con él las Vísperas. Los presentes se arrodillaron ante él y le pidieron la bendición. Un testigo ocular refirió que la guillotina se encontraba en Place de la Croûte, en Coutances. La multitud había enmudecido por la emoción, al ver cómo ese joven sacerdote se encaminaba hacia la muerte con tanta serenidad y paz. Al pie del patíbulo, el padre Pierre-Adrien Toulorge dijo solamente: «Dios mío, en tus manos encomiendo mi vida. Te pido que restaures y custodies tu santa Iglesia. Perdona a mis enemigos». Pierre-Adrien Toulorge es un verdadero testigo de la fe, que puede animar también hoy a un seguimiento coherente y auténtico no sólo a los religiosos. En este tiempo, en que a menudo sentimos la tentación de acomodarnos al estilo de vida dominante, el «mártir de la verdad» recuerda a los cristianos que el amor de Dios, en un corazón indiviso, totalmente consagrado al Señor, puede cambiar toda la vida y hacerla fecunda, testimoniando que Dios es fiel y siempre cumple sus promesas. El padre Pierre-Adrien permaneció fiel a su credo, a sus votos y a su misión sacerdotal: su hábito blanco constituye un testimonio de fe; su declaración ante los jueces, una profesión de fe; y su muerte, una prueba de su fe. *Postulador general de la Orden de Canónigos Regulares Premostratenses

número 19, domingo 6 de mayo de 2012

L’OSSERVATORE ROMANO La ejemplaridad de Giuseppe Toniolo, beatificado en Roma

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Verdadera laicidad
Giuseppe Toniolo es una «referencia segura» para quienes actúan en el ámbito político y social, pues fue un protagonista de la «verdadera laicidad» vivida «en el mundo de la cultura, de la economía y de la política». Lo puso de relieve el cardenal Salvatore De Giorgi, como representante del Papa, al presidir la ceremonia de beatificación, el domingo 29 de abril, fiesta de santa Catalina, patrona de Italia, en la basílica de San Pablo Extramuros, con la participación de cinco mil personas, entre ellas algunos familiares del nuevo beato. Después de pronunciar la fórmula de la beatificación, se descubrió el tapiz con la imagen del nuevo beato, cuya fiesta litúrgica se celebrará el 7 de octubre, día de su muerte. Llevó las reliquias hasta el altar Francesco Bortolini, el muchacho que, tras un accidente automovilístico, curó gracias a la intercesión del beato. Toniolo, dijo el cardenal De Giorgi en la homilía, «estaba convencido de que en la Iglesia todos, sin distinción, estamos llamados a la santidad; que los laicos se santifican en el mundo y para la santificación del mundo, sin ser del mundo, a través del ejercicio de su propio cometido: la animación cristiana de las realidades temporales. Estaba tan convencido de ello que no dudaba en afirmar: “Quien en definitiva salvará a la sociedad actual no será un diplomático, un docto, un héroe, sino un santo, más aún, una sociedad de santos”. De aquí su firme decisión: “Quiero ser santo”. Y para lograrlo, se impuso un reglamento de vida espiritual y profesional, valorizando los medios siempre actuales de la ascética cristiana: la oración, la meditación, la misa y la comunión diaria, la confesión frecuente, el examen de conciencia, la dirección espiritual, los retiros mensuales y los ejercicios espirituales anuales. Un verdadero contemplativo en la acción, de acuerdo con el lema característico de la Acción católica italiana: oración, acción, sacrificio». Casado y padre de siete hijos —dijo el cardenal—, «consideró la familia el lugar primario de su santificación y de su misión. Su familia era una familia normal. Una auténtica iglesia doméstica. Un fascinante testimonio de la dignidad y de la belleza de la familia, fundada en el matrimonio indisoluble y fiel de un hombre con una mujer para una comunión de vida y de amor, según el plan de Dios, que no se puede alterar sin desintegrar la vida misma de la sociedad». «Profesor universitario a los 27 años —prosiguió— en las cátedras de Padua, Módena y Pisa, supo ser no sólo el maestro cualificado de los jóvenes estudiantes, sino sobre todo su amigo y educador en la búsqueda de la verdad. Ya entonces sentía con fuerza la emergencia educativa por el clima universitario indiferente u hostil a las fundamentales instancias religiosas y morales, así como la urgencia de una sólida formación cultural que preparara a las nuevas generaciones para afrontar los desafíos del futuro». «Convencido de que la comunión eclesial, secreto de la credibilidad y de la eficacia del apostolado se construye con la obediencia —añadió el cardenal—, fue siempre fiel a los Papas de su tiempo: el beato Pío IX, León XIII, san Pío X y Benedicto XV, los cuales sabían que podían contar con él, en un momento histórico en el que la unidad de los católicos, a causa de la compleja cuestión romana, exigía mediadores inteligentes y seguros, constructores de puentes y no de fosos, capaces de relaciones y de síntesis, como él. Y él ofreció su vasta y profunda cultura científica a su Magisterio, que acogió siempre dócilmente». El cardenal indicó luego las «intuiciones innovadoras del beato, como la centralidad de la persona en el mundo del trabajo, el insustituible fundamento ético de la economía, la relevancia antropológica de la cuestión social, la importancia del Evangelio en la construcción de la sociedad y el compromiso por la paz». Comentando la actualidad de Toniolo, el purpurado subrayó que, en vísperas del Año de la fe, es ciertamente un testigo que «nos exhorta a comprometernos con confianza en la nueva evangelización, de la que la doctrina social es parte integrante, y a hacerla creíble con el testimonio de una vida coherente, iluminada por la verdad, sostenida por la esperanza, amante de la justicia y animada por la caridad».

Fidelidad a la historia y deseo de Dios
PAOLO VIAN a beatificación de Giuseppe Toniolo (18451918) es un acontecimiento de extraordinaria importancia para el catolicismo italiano; y no sólo para él. Un padre de familia, un profesor universitario, un militante católico llega al honor de los altares: un camino iniciado en 1933 en los ambientes de la Federación Universitaria Católica Italiana. Una muestra, por lo tanto, de la Acción Católica, que en Toniolo ha visto el modelo de un laico activamente comprometido en la ciudad secular, en constante y continua comunión con la jerarquía. Pero Toniolo supera y sobrepasa las pertenencias de grupo. También entonces el mundo católico estaba atravesado, a veces lacerado, por almas diferentes frecuentemente en abierta competición, entre la intransigencia monolítica de la Obra de los Congresos de Giovanni Battista Paganuzzi y las impaciencias innovadoras de los jóvenes que mordían el bocado acabando, en muchos casos, por arribar políticamente al «murrismo» más exasperado e idealmente a la deriva modernista. Consciente de los peligros y de los riesgos de ambas posturas, Toniolo hizo de todo para promover y animar, en la caridad, un diálogo franco y ge-

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nuino entre las partes, permaneciendo indefectiblemente fiel a la Iglesia y a sus obispos. Toniolo quiso vivir en comunión con los pastores de la Iglesia, de quienes era amigo y colaborador con frecuencia; no para protegerse de posibles rayos, sino para moverse en un ambiente vital y en la garantía de la verdad. Quien después, aun sumariamente, hojeara sus cartas se daría cuenta de la vida intensísima de este intelectual, de este académico que no se cansó de cruzar Italia y Europa para sostener la causa católica con todos los medios posibles. Y que, a costa de masacrantes viajes, también nocturnos, jamás se ausentaba de sus lecciones universitarias en Pisa, para no faltar a los deberes respecto al Estado y a los estudiantes. Innumerables virtudes cultivó Toniolo en grado eminente. Pero evitemos difundir de él una estampa piadosa, como las circunstancias inducirían a hacer, porque la realidad es más bella que la representación hagiográfica que, con sus clichés, acaba a menudo por alejar en lugar de acercar. En cambio quien pueda leer los testimonios de la Positio pisana se percatará de cuánta extraordinaria humanidad es capaz, en la concreción de la cotidianidad, una vida totalmente inmersa en la fe.

Con todo, la de Toniolo es una figura suprimida de la memoria. Los exponentes del catolicismo democrático lo recordaron hasta la generación de Alcide de Gasperi e, inmediatamente después, entre los más jóvenes, de Amintore Fanfani, formado en la Universidad católica de Agostino Gemelli, que a Toniolo debía buena parte de su inspiración. Pero tras ellos llegó el diluvio del olvido, casi como si la crisis del Estado liberal, el fascismo y la guerra mundial hubieran cancelado el perfil de un rostro reduciéndolo a una imagen difuminada, más que ofuscada, en un muro gastado por el tiempo. En cambio en el profesor pisano los católicos italianos podrían ahora redescubrir un ejemplo de plena y total implicación en la historia con la mirada más allá de la historia. En efecto, Toniolo siempre pensó de manera amplia y profunda, se confrontó con la economía, con la sociedad, con las temibles crisis de su tiempo. Se diría que no descuidó ningún aspecto de la convivencia humana, desde la explotación de los trabajadores, de los menores y de las mujeres al respeto del descanso festivo, de los salarios al crédito, de la cuestión educativa a la investigación científica. Con sus esfuerzos por la Sociedad catóSIGUE EN LA PÁGINA 11

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Colegio episcopal
RENUNCIAS: El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Marabá (Brasil) que monseñor JOSÉ FORALOSSO, S.D.B., le había presentado en conformidad con el canon 401 § 2 del Código de derecho canónico. José Foralosso, S.D.B., nació en Cervarese S. Croce, diócesis de Padua, el 15 de marzo de 1938. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1966. Juan Pablo II lo nombró obispo de Guiratinga el 20 de noviembre de 1991; recibió la ordenación episcopal el 15 de febrero de 1992. Fue nombrado obispo de la diócesis de Marabá el 12 de enero de 2000. El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Gweru (Zimbabue) que monseñor MARTIN MUNYANYI le había presentado en conformidad con el canon 401 § 2 del Código de derecho canónico. Martin Munyanyi nació en Bikita, diócesis de Masvingo, el 3 de enero de 1956. Recibió la ordenación sacerdotal el 3 de septiembre de 1983. Benedicto XVI lo nombró obispo de Gweru el 11 de mayo de 2006; recibió la ordenación episcopal el 26 de agosto sucesivo. El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Papantla (México) que monseñor LORENZO CÁRDENAS AREGULLÍN le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Le sucede en el gobierno pastoral de la diócesis el coadjutor, JORGE CARLOS PATRÓN WONG. Lorenzo Cárdenas Aregullín nació en Ciudad Victoria el 23 de marzo de 1937. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1962. Pablo VI lo nombró obispo titular de Credepula y auxiliar de Tehuacán el 17 de marzo de 1978; recibió la ordenación episcopal el 7 de mayo sucesivo. El Papa Juan Pablo II lo nombró obispo de Papantla el 30 de octubre de 1980. Jorge Carlos Patrón Wong nació en Mérida, archidiócesis de Yucatán, el 3 de enero de 1958. Recibió la ordenación sacerdotal el 12 de enero de 1988. Benedicto XVI lo nombró coadjutor de la diócesis de Papantla el 15 de octubre de 2009; recibió la ordenación episcopal el 15 de diciembre sucesivo. EL PAPA
HA NOMBRAD O:

Raymond Poisson nació en SaintHyacinthe (Quebec) el 30 de abril de 1958. Recibió la ordenación sacerdotal el 9 de diciembre de 1983. Posteriormente se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. En su ministerio ha desempeñado los siguientes cargos: secretario particular del obispo de Saint-Jean-Longueuil; vicario; párroco y rector de la basílica de SainteAnne de Varennes. —Obispo titular de Celiana y auxiliar de Brooklyn (Estados Unidos) a PAUL R. SÁNCHEZ. Paul R. Sánchez nació en Brooklyn el 26 de noviembre de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 17 de diciembre de 1971. Posteriormente se licenció en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. En su ministerio ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial; administrador parroquial; párroco; vicario episcopal; y miembro de la Comisión litúrgica diocesana y del Consejo presbiteral de Brooklyn. —Obispo titular de Cizio y auxiliar de Brooklyn (Estados Unidos) a MONS. RAYMOND F. CHAPPETTO. Raymond F. Chappetto nació en Astoria, diócesis de Brooklyn, el 20 de agosto de 1945. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de mayo de 1971. Posteriormente obtuvo la maestría en educación religiosa en la universidad «Saint John’s» en Queens. En su ministerio ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial; párroco; vicario episcopal; y vicario para el clero y la vida consagrada.

Audiencias pontificias
EL SANTO PADRE
HA RECIBID O EN AUDIENCIA:

Jueves, 26 de abril —A monseñor Salvatore Fisichella, arzobispo titular de Voghenza, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización. —A monseñor François Bacqué, arzobispo titular de Gradisca, nuncio apostólico. A los obispos de Estados Unidos, en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor John George Vlazny, arzobispo de Portland en Oregón. —Monseñor Liam Stephen Cary, obispo electo de Baker, con el administrador apostólico: monseñor William Stephen Skylstad, obispo emérito de Spokane. —Monseñor Michael Patrick Driscoll, obispo de Boise City. —Monseñor Michael William Warfel, obispo de Great Falls-Billings. —Monseñor George Leo Thomas, obispo de Helena. Viernes, día 27 —Al cardenal Fernando Filoni, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos. —A monseñor Mario Roberto Cassari, arzobispo titular de Tronto, nuncio apostólico en Sudáfrica, Namibia, Lesotho, Suazilandia y Botsuana. —A la señora María Jesús Figa López-Palop, embajadora de España, en visita de despedida. —A monseñor Luis Francisco Ladaria Ferrer, S.I., arzobispo titular de Tibica, secretario de la Congregación para la doctrina de la fe. Sábado, día 28 —Al señor César Castillo Ramírez, embajador del Perú, con ocasión de la presentación de las cartas credenciales. —Al cardenal Marc Ouellet, P.S.S., prefecto de la Congregación para los obispos. Lunes, día 30 —Al cardenal Raymond Leo Burke, prefecto del Tribunal supremo de la Signatura apostólica, con el secretario: monseñor Frans Daneels, obispo titular de Bita. —A monseñor Jean-Louis Bruguès, O.P ., arzobispo-obispo emérito de Angers (Francia), secretario de la Congregación para la educación católica. —A monseñor Luciano Russo, arzobispo titular de Monteverde, nuncio apostólico en Ruanda, con sus familiares.

—Obispo titular de Cemeriniano y auxiliar de Zielona Góra-Gorzów (Polonia) a monseñor TADEUSZ LITYŃSKI. Tadeusz Lityński nació en Kożuchów el 14 de junio de 1962. Recibió la ordenación sacerdotal el 5 de junio de 1988. En su ministerio ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial; notario, defensor del vínculo y juez en el Tribunal diocesano; párroco; vicario episcopal para la pastoral; miembro del Consejo presbiteral y del Colegio de consultores. —Obispo titular de Gegi y auxiliar de Saint-Jerôme (Canadá) a monseñor RAYMOND POISSON.

Inspiración teológica
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nalidad jurídica canónica pública, la Santa Sede tiene la tarea de seguir su actividad para que tanto su acción como los documentos publicados estén en plena sintonía con la Sede Apostólica y con el Magisterio de la Iglesia. Además, el carácter eclesial de la Confederación pasa necesariamente a través de una estrecha colaboración con los pastores de la Iglesia, responsables últimos del testimonio de la caridad (cf. Deus caritas est, 32). El Santo Padre recordaba, por último, que en ámbito internacional ella se hace portavoz ante la comunidad internacional de «una sana visión antropológica», arraigada en la doctrina católica, y está comprometida en la defensa de la dignidad de la persona humana. Las indicaciones teológicas que subyacen a estos conceptos se hallan contenidas en el Decreto de aprobación de los Estatutos, que acompaña al Decreto general que hoy se publica y que será difundido oportunamente por Caritas Internationalis, juntamente con los Estatutos. Esas indicaciones subrayan el origen divino de toda obra de caridad en la Iglesia; sin embargo, la práctica eclesial de la caridad necesita un servicio comunitario ordenado y guiado por la palabra y por el ejem-

plo de los obispos (cf. Gaudium et spes, 88). El testimonio de la caridad en Cristo impulsa a los pastores y a los fieles a esforzarse personalmente por aliviar la miseria; de aquí la necesidad de promover una cultura de la caridad, ante todo en la propia Iglesia, para ser, como enseña la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 29-37), luz y modelo creíble también para todas las personas de buena voluntad (Mt 5, 16). Estos fundamentos teológicos, presentes en el Decreto citado, han inspirado el trabajo de la Santa Sede y de Caritas Internationalis en la elaboración de la nueva normativa, que pone en práctica de modo concreto también lo que se expresa en el Quirógrafo pontificio de 2004. Esa normativa se articula en un Decreto general, firmado por el cardenal Secretario de Estado, en los nuevos Estatutos y en el nuevo Reglamento interno. Este corpus jurídico de por sí no concierne a las Cáritas nacionales, que mantienen su autonomía y siguen dependiendo de sus respectivos Ordinarios. Pero podría inspirar a los obispos y a las Conferencias episcopales a revisar eventualmente los Estatutos de sus Cáritas diocesanas o nacionales. Los Sumos Pontífices han sostenido Caritas Internationalis y han que-

rido que el Organismo encarnara la manifestación de la caridad de la Iglesia a lo largo de toda su historia; del mismo modo, nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, desea que Caritas Internationalis, gracias a su vínculo vital con la Iglesia, lleve a cabo cada vez mejor su propia actividad caritativa. También en esta ocasión sabemos que la entrega de una nueva normativa es sólo el acto, aunque necesario, con el que se asegura un marco jurídico. Pero este marco se debe llenar cada día por la comunión vivida, por la actividad en favor de los más solos y abandonados, y por el testimonio evangélico. Sabemos bien, pero conviene reafirmarlo, que toda reorganización jurídica no es un fin en sí misma, sino que tiende a hacer más ágil, eficaz y creíble el trabajo que regula. Esto es lo que cuenta por encima de todo, y en esto los diversos sujetos afectados deberemos colaborar, para que el testimonio caritativo y la misión evangelizadora de la Iglesia sean cada vez más una referencia a aquel Dios de la caridad del que todo toma origen y forma, y hacia el que todo se encamina. *Presidente del Consejo pontificio Cor Unum

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Fidelidad a la historia y deseo de Dios
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Nuevo marco jurídico
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lica italiana para los estudios científicos, nacida en Como en 1899, buscó crear en Italia algo parecido a aquello que los católicos alemanes, en el áspero clima del Kulturkampf, habían puesto en acto en Alemania con la Görres-Gesellschaft (1876). Lo intentó de nuevo, entre 1904 y 1909, durante el pontificado de Pío X, con una asociación católica internacional para el progreso de las ciencias que, en los años difíciles y candentes del modernismo y de su represión, acabó por morir antes de nacer. Pero todo el trabajo realizado con la convicción de que la verdadera ciencia no puede contradecir la fe y su profunda racionabilidad no se perdió, pues fecundó al padre Gemelli para dar vida a la Universidad Católica. No fue la particular condición de los católicos italianos, todavía necesariamente ajenos al compromiso político, lo que impulsó a Toniolo a la reflexión sobre la economía y la sociedad. Fue más bien la convicción de que ningún problema de naturaleza social o política podía afrontarse sin estudiar su génesis y la matriz ideal y cultural. Contra un pragmatismo de corto alcance, contra un empirismo sin perspectivas, el nuevo beato nos enseña que todas las cuestiones en su raíz se vinculan y se reducen a la visión que una sociedad elabora del hombre y de Dios; y, por lo tanto, que en esa frontera, eminentemente cultural, es necesario librar la batalla. Toniolo es, con seguridad, quien más hizo para que la cultura católica italiana perdiera el provincianismo, rescatándola de la angustia de las resentidas reivindicaciones post-unitarias para elevarla al diálogo con los movimientos católicos europeos, con sus pensadores y con sus protagonistas; y, al mismo tiempo, exponiéndola a los desafíos de la confrontación con las otras visiones del mundo, de matriz liberal y socialista. Mirándolo bien, sin embargo, su lección no es tanto de contenido, aunque las desastrosas evoluciones de una economía desvinculada de la ética parecen dar singularmente razón a quien, en diciembre de 1873, pronunció su «prelección» en la universidad de Padua sobre el tema «Del elemento ético como factor intrínseco de las leyes económicas». Con la beatificación de Toniolo los católicos italianos no ganan sólo, en la comunión de los santos, un válido auxilio y protector. Tienen la ocasión de redescubrir en él un ejemplo y un modelo de quien –en las circunstancias históricas cambiadas– seguir el camino y sobre todo el método: la fidelidad a la historia y a la sociedad, para trascenderlas. Porque ser fieles a Dios es el único modo de ser verdaderamente fieles al hombre, que en el Padre tiene la premisa y tutela de su dignidad. Toniolo nos recuerda que el amor y la fidelidad a la historia y a la sociedad, en una palabra, al hombre, son tanto más verdaderas cuanto más nacen del deseo de Dios, de quien asumen regla y sustancia, a fin de no fracasar ni caer en lo contrario. Como el siglo XX, tras la muerte de Toniolo, demostró elocuentemente.

de la Congregación para la doctrina de la fe (cf. ib., art. 48), así como las de la Prefectura para los Asuntos económicos, de vigilancia y de control de las administraciones que dependen de la Santa Sede o que están bajo su jurisdicción, cualquiera que sea la autonomía de que gocen (cf. ib., art. 176). Más en general, dado el alcance tendencialmente universal de la acción de Caritas Internationalis, el Quirógrafo no modificaba las competencias de la Santa Sede para la ordenación de los bienes eclesiásticos, y especialmente la recta administración de esos mismos bienes (cf. ib., art. 98). Además, la actividad de Caritas Internationalis junto a los gobiernos y organismos internacionales, teniendo en cuenta que se realiza en nombre de la Iglesia e implica el munus pastoral del Santo Padre, ha dependido siempre de la Segunda Sección de la Secretaría de Estado.

El proceso de actualización del marco jurídico de Caritas Internationalis
La experiencia madurada en los casi ocho años de aplicación del Quirógrafo Durante l’Ultima Cena ha permitido comprender con mayor precisión cómo promover una actualización jurídica que no sólo respete, sino que también exprese aún mejor la naturaleza de la organización y aclare la distribución de las competencias de los dicasterios y de los organismos que tienen que ver con ella. Además, en estos años, y especialmente en los últimos meses, numerosos pastores y fieles han querido compartir con la Santa Sede sus consideraciones y han ofrecido valiosas sugerencias, manifestando sincero interés por Caritas Internationalis. El Santo Padre mismo, dirigiéndose a los participantes en dicha Asamblea general del organismo citado, en mayo de 2011, ofreció los principios fundamentales que se debían desarrollar en la nueva normativa. Mientras tanto, entre enero y mayo del año pasado, un grupo de trabajo de representantes de Caritas Internationalis y de la Santa Sede había estudiado una nueva versión de los Estatutos de Caritas Internationalis, tratando de delimitar las problemáticas doctrinales, jurídicas y económicas conexas. El proyecto de los Estatutos fue aprobado por la Asamblea general y entregado a la Santa Sede en el otoño de 2011. En los mencionados encuentros del grupo de trabajo, emergió, entre otras cosas, la necesidad de una legislación complementaria del Quirógrafo Durante l’Ultima Cena, como referencia normativa para la aplicación de los nuevos Estatutos. Recibido el proyecto de estos últimos, el Santo Padre dio instrucciones precisas al cardenal secretario de Estado sobre los contenidos de dicho texto complementario del Quirógrafo. Siguiendo esas indicaciones, luego se preparó el Decreto general y se revisaron y adecuaron los nuevos Estatutos y el Reglamento interno.

aclaran el papel del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano y de la Rota romana en relación con Caritas Internationalis. El artículo 6, para subrayar el estrecho vínculo que une al organismo citado con el Sucesor de Pedro y la atención particular del Papa hacia esta institución, establece el nombramiento pontificio de al menos tres miembros en el Consejo ejecutivo. Eso permite al Sumo Pontífice designar a personas de probada competencia específica, particularmente personas procedentes de regiones pobres o merecedoras de una atención privilegiada. Hasta la próxima Asamblea general serán: Monseñor Paul Yembuado Ouédraogo, arzobispo de Bobo-Dioulasso en Burkina Faso; monseñor Youssef Antoine Soueif, arzobispo de Chipre de los maronitas; y monseñor Bernard Hebda, obispo de Gaylord en Estados Unidos. Pero queda claro que la mayoría de los miembros será indicada por las Cáritas nacionales, que conservan por tanto la responsabilidad del gobierno de ese importante organismo de la Confederación. Además, está prevista la presencia de un asistente eclesiástico y de una Comisión de asistencia. A la figu-

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bendice la ayuda de Caritas para las víctimas de las inundaciones en Italia en 1966.

Algunas características del nuevo Decreto general
Siguiendo las indicaciones del Santo Padre, los artículos 1, 2 y 3 del Decreto general aclaran las competencias de los principales dicasterios implicados. Al respecto, se refuerza ante todo el papel del Consejo pontifico Cor Unum (art. 1), que sigue la actividad institucional de Caritas Internationalis y es responsable de la aprobación de sus textos de contenido doctrinal o moral. Como ya se ha aludido, la naturaleza pública de Caritas Internationalis y su participación en el munus pastoral del Santo Padre postulan que exprese siempre de modo transparente, también en sus documentos, la caridad y la solicitud de la Iglesia. El artículo 2 concierne a la Primera Sección y el artículo 3 a la Segunda Sección de la Secretaría de Estado. Los artículos 4 y 5 establecen las líneas directrices para la futura redacción de una normativa de trabajo específica para el personal y para la preparación de un régimen de seguridad social. De hecho, los empleados de Caritas Internationalis, aunque no sean empleados vaticanos, forman parte de la comunidad de trabajo de la Sede Apostólica (cf. Const. ap. Pastor Bonus, Adnexum II) y necesitan una normativa laboral específica. Los artículos 4 y 5 atribuyen luego a la ULSA competencia en los asuntos laborales y de seguridad social, y

ra del asistente eclesiástico ya se aludía en el Quirógrafo Durante l’Ultima Cena, pero no se precisaban sus tareas y su colocación dentro de las estructuras de Caritas Internationalis. La Comisión de asistencia, en cambio, es nueva. Estará compuesta por tres expertos con una tarea meramente consultiva por lo que atañe al funcionamiento de Caritas Internationalis, o sea, de ayuda para que esté en línea con la nueva normativa y con las obligaciones conexas ante la comunidad internacional, especialmente en el ámbito de la seguridad social, y en los ámbitos laboral y financiero. Además del nihil obstat de la Santa Sede para las candidaturas a presidente y secretario general, ya previsto en el Quirógrafo Durante l’Ultima Cena y en los Estatutos anteriores, el Decreto general y los nuevos Estatutos prevén el nihil obstat para la candidatura del Tesorero, ya que este cargo tiene un papel fundamental en la preservación de los derechos de las organizaciones miembros y, también, de alguna manera, de los de la Santa Sede. El artículo 7 reafirma el principio general de vigencia de la normativa canónica y vaticana de relieve, respecto de quienes trabajan en entidades situadas en la Ciudad del Vaticano y vinculadas institucionalmente con la Santa Sede.

Conclusión
En el diálogo permanente entre el Consejo pontificio Cor Unum, la Secretaría de Estado y los responsables de Caritas Internationalis, se afrontó, de hecho, la mayor parte del contenido del Decreto general y, especialmente, lo que atañe a los aspectos administrativos y de disciplina del trabajo, así como a los aspectos financieros. La Santa Sede piensa que la nueva normativa complementaria del Quirógrafo Durante l’Ultima Cena constituye una ayuda notable para la institución, a la altura de la calidad humana y espiritual de sus dirigentes y de su profesionalidad. Sobre todo, la normativa actual pone plenamente de manifiesto la identidad distintiva de Caritas Internationalis, que es al mismo tiempo su fuerza y lo que puede hacer su obra especialmente eficaz.

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En la audiencia general del miércoles 2 de mayo el Papa habla de la oración de san Esteban

Dios no se cansa de salir al encuentro del hombre
Queridos hermanos y hermanas: En las últimas catequesis hemos visto cómo, en la oración personal y comunitaria, la lectura y la meditación de la Sagrada Escritura abren a la escucha de Dios que nos habla e infunden luz para comprender el presente. Hoy quiero hablar del testimonio y de la oración del primer mártir de la Iglesia, san Esteban, uno de los siete elegidos para el servicio de la caridad con los necesitados. En el momento de su martirio, narrado por los Hechos de los Apóstoles, se manifiesta, una vez más, la fecunda relación entre la Palabra de Dios y la oración. Esteban es llevado al tribunal, ante el Sanedrín, donde se le acusa de haber declarado que «Jesús... destruirá este lugar, [el templo], y cambiará las tradiciones que nos dio Moisés» (Hch 6, 14). Durante su vida pública, Jesús efectivamente anunció la destrucción del templo de Jerusalén: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Sin embargo, como anota el evangelista san Juan, «él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron en la Escritura y en la Palabra que había dicho Jesús» (Jn 2, 21-22). El discurso de Esteban ante el tribunal, el más largo de los Hechos de los Apóstoles, se desarrolla precisamente sobre esta profecía de Jesús, el cual es el nuevo templo, inaugura el nuevo culto y sustituye, con la ofrenda que hace de sí mismo en la cruz, lo sacrificios antiguos. Esteban quiere demostrar que es infundada la acusación que se le hace de cambiar la ley de Moisés e ilustra su visión de la historia de la salvación, de la alianza entre Dios y el hombre. Así, relee toda la narración bíblica, itinerario contenido en la Sagrada Escritura, para mostrar que conduce al «lugar» de la presencia definitiva de Dios, que es Jesucristo, en particular su pasión, muerte y resurrección. En esta perspectiva Esteban lee también el hecho de que es discípulo de Jesús, siguiéndolo hasta el martirio. La meditación sobre la Sagrada Escritura le permite de este modo comprender su misión, su vida, su presente. En esto lo guía la luz del Espíritu Santo, su relación íntima con el Señor, hasta el punto de que los miembros del Sanedrín vieron su rostro «como el de un ángel» (Hch 6, 15). Ese signo de asistencia divina remite al rostro resplandeciente de Moisés cuando bajó el monte Sinaí después de haberse encontrado con Dios (cf. Ex 34, 29-35; 2 Co 3, 7-8). En su discurso, Esteban parte de la llamada de Abrahán, peregrino hacia la tierra indicada por Dios y que tuvo en posesión sólo a nivel de promesa; pasa luego a José, vendido por sus hermanos, pero asistido y liberado por Dios, para llegar a Moisés, que se transforma en instrumento de Dios para liberar a su pueblo, pero también encuentra en varias ocasiones el rechazo de su propia gente. En estos acontecimientos narrados por la Sagrada Escritura, de la que Esteban muestra que está en religiosa escucha, emerge siempre Dios, que no se cansa de salir al encuentro del hombre a pesar de hallar a menudo una oposición obstinada. Y esto en el pasado, en el presente y en el futuro. Por consiguiente, en todo el Antiguo Testamento él ve la prefiguración de la vida de Jesús mismo, el Hijo de Dios hecho carne, que —como los antiguos Padres— afronta obstáculos, rechazo, muerte. Esteban se refiere luego a Josué, a David y a Salomón, puestos en relación con la construcción del templo de Jerusalén, y concluye con las palabras del profeta Isaías (66, 1-2): «Mi trono es el cielo; la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me vais a construir o qué lugar para que descanse? ¿No ha hecho mi mano todo esto?» (Hch 7, 49-50). En su meditación sobre la acción de Dios en la historia de la salvación, evidenciando la perenne tentación de rechazar a Dios y su acción, afirma que Jesús es el Justo anunciado por los profetas; en él Dios mismo se hizo presente de modo único y definitivo: Jesús es el «lugar» del verdadero culto. Esteban no niega la importancia del templo durante cierto tiempo, pero subraya que «Dios no habita en edificios construidos por manos humanas» (Hch 7, 48). El nuevo verdadero templo, en el que Dios habita, es su Hijo, que asumió la carne humana; es la humanidad de Cristo, el Resucitado que congrega a los pueblos y los une en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La expresión sobre el templo «no construido por manos humanas» se encuentra también en la teología de san Pablo y de la Carta a los Hebreos: el cuerpo de Jesús, que él asumió para ofrecerse a sí mismo como víctima sacrificial a fin de expiar los pecados, es el nuevo templo de Dios, el lugar de la presencia del Dios vivo; en él Dios y el hombre, Dios y el mundo están realmente en contacto: Jesús toma sobre sí todo el pecado de la humanidad para llevarlo en el amor de Dios y para «quemarlo» en este amor. Acercarse a la cruz, entrar en comunión con Cristo, quiere decir entrar en esta transformación. Y esto es entrar en contacto con Dios, entrar en el verdadero templo. La vida y el discurso de Esteban improvisamente se interrumpen con la lapidación, pero precisamente su martirio es la realización de su vida y de su mensaje: llega a ser uno con Cristo. Así su meditación sobre la acción de Dios en la historia, sobre la Palabra divina que en Jesús encontró su plena realización, se transforma en una participación en la oración misma de la cruz. En efecto, antes de morir exclama: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7, 59), apropiándose las palabras del Salmo 31 (v. 6) y recalcando la última expresión de Jesús en el Calvario: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46); y, por último, como Jesús, exclama con fuerte voz ante los que lo estaban apedreando: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,

60). Notemos que, aunque por una parte la oración de Esteban recoge la de Jesús, el destinatario es distinto, porque la invocación se dirige al Señor mismo, es decir, a Jesús, a quien contempla glorificado a la derecha del Padre: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (v. 56). Queridos hermanos y hermanas, el testimonio de san Esteban nos ofrece algunas indicaciones para nuestra oración y para nuestra vida. Podemos preguntarnos: ¿De dónde sacó este primer mártir cristiano la fortaleza para afrontar a sus perseguidores y llegar hasta el don de sí mismo? La respuesta es sencilla: de su relación con Dios, de su comunión con Cristo, de su meditación sobre la historia de la salvación, de ver la acción de Dios, que en Jesucristo llegó al culmen. También nuestra oración debe alimentarse de la escucha de la Palabra de Dios, en la comunión con Jesús y su Iglesia. Un segundo elemento: san Esteban ve anunciada, en la historia de la relación de amor entre Dios y el hombre, la figura y la misión de Jesús. Él —el Hijo de Dios— es el templo «no construido con manos humanas» en el que la presencia de Dios Padre se ha hecho tan cercana que ha entrado en nuestra carne humana para llevarnos a Dios, para abrirnos las puertas del cielo. Nuestra oración, por consiguiente, debe ser contemplación de Jesús a la derecha de Dios, de Jesús como Señor de nuestra existencia diaria, de mi existencia diaria. En él, bajo la guía del Espíritu Santo, también nosotros podemos dirigirnos a Dios, tomar contacto real con Dios, con la confianza y el abandono de los hijos que se dirigen a un Padre que los ama de modo infinito. Gracias.