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La novela en la tranvía es una obra cuyo argumento se crea mediante los desvíos rutinarios y las travesuras mentales por

parte del narrador. A lo largo de dicha obra su autor, Benito Pérez Galdós, cuenta una larga y tortuosa serie de sucesos que pasaron al narrador mientras hacía un mandado un día normal en Madrid. Estos sucesos, a pesar de sus enlaces ni sólidos ni débiles consiguen formar una historia inteligible y acogedora para el narrador que los cuenta. Pero más importante que esto es el hecho de que dentro de la obra, no existe un argumento en si, es decir en la realidad del narrador, sino la aparencia de uno en los extremos de su curiosidad y confusión. Por esta técnica de creación literaria se destaca La novela en la tranvía por su orginalidad en desarrolar el trama, la cual incorpora muchísimos detalles frente a la compleja naturaleza de la acción, y que capta al lector hasta el final. La historia que nunca fue comenzó por un relato de verdad que le contó al narrador un conocido suyo, Dionisio Cascajares de la Vallina, quien era un hombre entremetido y amigo de todo el mundo, y a quien se desconfiaba el narrador. Aunque no le interesaba mucho la historia que se trataba de una condesa y on mayordomo escuchó hasta que se tuvo que bajar Cascajares del coche. Después que pasó un tiempo el narrador notó en un trozo de periódico que servía como envolutorio para los libros que llevaba los nombres de unos tanto personajes, estando entre éstos una condesa y otros más que, por incredible suerte, parecían ser los mismos del relato recién contado de Cascajares. Aunque no le interesó la primera vez, la segunda le provocó bastante interés y leyó hasta donde se había desgarrado la página, fijándose en todos los detalles, el más notable de estos siendo el copiar la letra de la Condesa en una carta cuyo destino todavía no se reveló por el estado del periódico usado. De estos primero sucesos podemos ver con claridad la gran habilidad del autor de crear lo ficticio, y en ello, volver a crearlo, y así sucesivamente. Desde el principio de esta obra ficticia tenemos la acción que es semi crédula, ya que no somos testigos a la autenticidad del caso, De esto el narrador, quien da al lector su misma perspectiva, se fija en un trabajo que también es ficticia, lo cual sabemos por su formato capitulado, y con imprudencia la incorpora con la historia de Dionisis Cascajares. De sólo dos de los muchos sucesos que da Galdós antes del final ya podemos ver cuatro niveles literarios, es decir cuatro diferentes realidades. Éstas son las siguientes: primero, como hay que mencionarla, es la nuestra, es decir la del lector; la del narrador ya es otra y es la misma que posee todo lo que ocurre desde el principio hasta el final; luego tenemos la realidad del Cascajares, la cual no es tanto otro nivel sino un sub nivel de la anterior puesto que a Cascajares le gusta mucho charlar con todo el mundo, y por supuesto chismear, pues no se puede creer todo lo que se oye; después tenemos la realidad literaria que lee el narrador en el periódico, el cual no da con certidumbre alguna datos concretos ni siquiera históricos; por fin tenemos la realidad inconsciente del narrador que no se ha comentado arriba pero que se despierta cuando entró en el tranvía el joven que llevaba una carta que parecía mucho a la de la historia que leyó en el periódico, y la misma realidad que más tarde llega a dominar mientras soñó con otras tortuosas, aunque posibles locuras.

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pero en el mismo instante ¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba. como lo es de todo el mundo. que tras de mi amigo intentaba subir. sin duda por falta de agilidad. bajaba la calle de Serrano. Íbamos tan estrechos que me molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba. —¿Y usted a dónde va? —me preguntó Cascajares mirándome por encima de sus espejuelos azules. Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia. son causas de la confianza que inspira en multitud de familias de todas jerarquías. y empezamos a charlar. Este hombre. si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa. ni a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y científica profesión. Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio público. El señor don Dionisio Cascajares es un médico afamado. D. eché mano a la barra que sustenta la escalera de la imperial. amigo mío. y que sufrió.Benito Pérez Galdós. Impulsado por el egoísta deseo de tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales intenciones. ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar. Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. y un hombre de bien. Júzguese por esto si la compañía de tan hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos y por los lenguaraces. y ya le ponía sobre esta rodilla. a quien cupo en suerte colocarse a mi siniestra mano. Bien puede asegurarse que la amenidad de sus trato y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que el que ellos quieren. LA NOVELA EN EL TRANVÍA I El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca. el rechazo de su bastón. resbalando suavemente por la calzada de hierro. deteniéndose alguna vez para llenar los pocos asientos que quedaban ya vacíos. para atravesar todo Madrid en dirección al de Pozas. ya sobre la otra. aunque siempre de índole rigurosamente honesta. que tuvo en aquella crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta apretón de manos. puse el pie en la plataforma y subí. persona tan inofensiva como discreta. sin que los demás se tomen el trabajo de preguntárselo. era el que sentado iba junto a mí cuando el coche. Dionisio Cascajares de la Vallina. ya por fin me resolví a sentarme sobre él. lo que hacía el efecto de ser examinado por cuatro ojos. aunque no por la profundidad de sus conocimientos patológicos. 2 . mayormente cuando también es fama que en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia. si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la prontitud con que dice cuanto sabe. temiendo molestar a la señora inglesa. Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de consideración. pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno.

. echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó a desembuchar. —¡Figúrese usted —prosiguió—. participando irreflexivamente de su indignación. —El marido tendrá la culpa de que lo consiga. —Pero eso no es lo peor —añadió Cascajares. —Ya lo creo. continuando en mis adentros tan indiferente como al principio de las aventuras de la Condesa. La Condesa es una mujer excelente. ¡Pobrecilla! Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose honestamente aquí y allí. Porque ese hombre es un infame. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus locuras y se acabarán las penas. —¡Pobre condesa! —dijo expresando con un movimiento de cabeza y un visaje. luego ya no hay quien los sufra. le creo capaz de los mayores crímenes. ofreciendo también el atributo de mi compasión a la señora condesa. tan discreta como hermosa. golpeando el suelo con su bastón. Por último. —¡Ah! Es claro —contesté maquinalmente. 3 . ¿dónde está? con otras indagatorias del mismo jaez. Si hubiera seguido mis consejos no se vería en situación tan crítica. y no. Sí. sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar celoso. Bien claro indica su rostro que de allí no puede salir cosa buena. insistió en sus preguntas diciendo: —Y Fulanito. Urge tomar una determinación. y pasa la vida entregado al juego y a toda clase de entretenimientos ilícitos. y digna por todos los conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no comprende el tesoro que posee. —¡Ah! ¡Si es atroz! —dije yo. Ella entretanto se aburre y llora. —Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que si se elevan un poco. Me parece que estoy en lo cierto. viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la hebra. que se han dejado dominar por aquel hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa. yo mismo se lo aconsejo y le digo "Señora procure usted distraerse. —¡Ah! sin duda —contesté con oficiosidad. donde quiera que suena un piano? Es más. que la vida se acaba. su desinteresada compasión—.Contéstele evasivamente y él. de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de distraer a la Condesa. angelical. que tampoco tuvieron respuesta cumplida. eso salta a la vista. —Le explicaré a usted en breves palabras.. deseando sin duda no perder aquel rato sin hacer alguna útil investigación. ¿qué hace? Y Fulanita.

¡Cuán distintas caras y cuán diversas expresiones ! Unos parecen ni inquietarse ni lo más mínimo de los que van a su lado. que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el coche está en marcha. si no existiera un hombre abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa. y contándose recíprocamente sus arrugas. en su cruel y suspicaz consorte. otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad. Parece que se ha apoderado de cierto secreto que la compromete. Al entrar. Paró el coche y bajó D. II Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí pensando en la incógnita Condesa. —Pero ella es inocente. mas poco tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto. otros vienen después que estamos allí... y recorriendo con la vista el interior del coche. lector. ella es un ángel. otros tristes. operación psicológica que no deja de ser estimulada por la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas. qué sé yo. quedándonos nosotros. aún no repuesta del primitivo susto. después de darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el sombrero de la dama inglesa. Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y que probablemente no volveremos a ver. Adiós. y sobre todo en el hombre siniestro que. y con esta arma pretende... Dionisio Cascajares y de la Vallina. el de más allá ríe. mozo. Sí: ya veo a la derecha el parque de Buenavistas.—Todo esto sería insignificante. y a pesar de la brevedad del trayecto. adiós. mi amigo. porque la Condesa es la máxima virtud. y ello merece un ejemplar castigo —dije yo.¡Es una infamia! —Sí que lo es. limando el hierro de los carriles. Pero. ¡calle! estamos en la Cibeles. digo. yo renegaba de su inoportunidad y pesadez. no hay uno que no desee terminarlo pronto. Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba. para descalabrarse contra los adoquines.. para darle vueltas de arriba a abajo. —Un antiguo mayordomo muy querido del Conde. unos se marchan. examiné uno por uno a mis compañeros de viaje. ninguno aventaja al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin decirse palabra. a punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera. todo esto sería insignificante. sus lunares. y que se ha propuesto martirizar a la infeliz cuanto sensible señora.. unos están alegres. según la enérgica expresión del médico. descargando también el peso de mis iras sobre aquel hombre. y este o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa. aquél bosteza. y por último también 4 . ya encontramos a alguien. Pues entre los mil fastidios de la existencia. Mande usted parar. lo que es el humano pensamiento: cuando Cascajares comenzó a principiarme aquellos sucesos. —¿De veras? ¿Y quién es ese hombre? —pregunté con una chispa de curiosidad.

.. Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá. les aborrecemos durante diez minutos. Y en tanto sigue corriendo el vehículo. La presencia de Mudarra. incansable. sin que le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es mudo teatro: siempre corriendo. el insolente mayordomo. Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa. nos revientan desde que les echamos la vista encima.nos vamos.. y nos agrada su aspecto y hasta les vemos salir con disgusto. y de la indiferencia de mi esposo. yo no puedo acceder a sus deseos. referentes a aquel caballerito. no. señora Condesa —dijo con forzada y siniestra sonrisa. siempre recibiendo y soltando. remedo de la vida humana. y únicamente pude leer. y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí estaba impreso.. Imitación en esto de la vida humana. de 5 . y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de folletín hicieron a un tiempo la vista y el recuerdo. con curiosidad primero y después con afán creciente lo siguiente: Sentía la condesa una agitación indescriptible. no abusaré. Ya no le detenía ningún respeto. insensible a lo que pasa en su interior. ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros! ¡Cuántos vendrán después! Y para que la semejanza sea más completa. también hay un mundo chico de pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Entran. El infame la estaba espiando sin cesar. que aumentó la turbación de la dama —. pues. que olvidando su bajo origen atrevíase a poner los ojos en persona tan alta. pues van renovando sin cesar en generaciones de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive.. majestuoso. por el contrario. corriendo sobre las dos interminables paralelas de hierro. en que el nacer y el morir son como las entradas y salidas a que me refiero. dejando caer sus brazos con desaliento—. sintiendo a la vez vergüenza y terror. "—No se asuste usía. salen. no tuvo ánimo para despedirle. nacen. único autor de tantas desdichas! " —¿Por qué tan arisca señora Condesa? —añadió el feroz mayordomo —. Otros. Pero. la vigilaba como se vigila a un preso.. Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio!— exclamó la dama. Recogílo al instante. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi debilidad. uniforme. no vengo a hacer a usía daño alguno. si yo no pudiera imponer al señor Conde de ciertos particulares. De súbito sentí vivamente picada mi curiosidad: había leído algo que me interesaba. largas y resbaladizas como los siglos.. mueren. Salga usted. Muchos van allí que se nos antojan excelentes personas. ni era obstáculo a su infame asechanza la sensibilidad y delicadeza de tan excelente señora. que pálida y agitada.. examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos verdadero gozo al verles salir. Busqué el principio y no lo hallé: el papel estaba roto. Si yo no tuviera el secreto de su perdición en mi mano. hasta que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi paquete de libros al caer al suelo. mis ojos se fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los volúmenes. " —¡Oh. le causaba continua zozobra.

Dio un resoplido. Ésta se levantó de un salto gritando: "—No. y cuando me amosco.. Yo soy inocente. en aquellos instantes expresaban la más bestial concupiscencia. y no me ponga en el caso de hacer un disparate. y mi esposo no será capaz de prestar oídos a tan viles calumnias. moreno. " —¡Ah puerco espín! —exclamó con ira al ver el natural despego de la dama —. y dominado por fuerte inquietud nerviosa. "Al decir esto.. y examinándola bien. ¡Qué desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo sabiendo puedo informar al señor Conde. sintió las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra de la habitación inmediata. Y me creerá. —Mudarra. y como está celoso. se dirigió a la suya.. grande y colmilluda la boca. que se alejó con horror y repugnancia de aquel monstruo.. ¡salga usted! ¡Infame! Y no tener quien me defienda.. me las pagará todas juntas. empezó a escribir otra. y dio algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa.. " —¡Infame! —gritó la Condesa con noble arranque de indignación y dignidad —. que lo que yo le digo es para él el mismo Evangelio. La Condesa. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas. al salir de la habitación de la Condesa. no lo dude usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser despreciada por mi marido y por todo el mundo. Por última vez propongo a usía que seamos amigos.. Salga usted de aquí al instante. Cerró las puertas y quiso dormir. de cabellos ásperos y en desorden.. señora Condesa —dijo el mayordomo devorando su rabia —. refugiada en la extremidad del gabinete.. —El Complot. y poniendo delante una de aquellas cartas. Ya sé lo que tengo que hacer. yo también gasto mal genio. Puesto que usía lo toma por la tremenda." Después se sentó. rechoncho y patizambo. trémula y sin aliento. Mudarra dio algunos pasos hacia la condesa. si yo le presento el papelito. con que señora mía. "Era Mudarra un hombre como de cincuenta años. y demasiado condescendiente he sido hasta aquí. Mudaba la vista 6 .. vamos por la tremenda. era como una fiera a quien se escapa la presa que ha tenido un momento antes entre sus uñas... tomó la pluma. a comprar mi tranquilidad a ese precio. entonces. "Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa. y respiró al fin cuando le consideró lejos. comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes: "Ya ni me aguanto más. pero el sueño huía de sus ojos aún aterrados con la imagen del monstruo. hizo un gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos.. "—Yo también tengo mal genio. "Capítulo XI. tratando de remedar la letra.. pues. Usted me comprenderá al fin. conociendo cuán desinteresado es el grande amor que ha sabido inspirarme. negras y espesísimas cejas... ¡Salga usted!" "El mayordomo..estas terribles armas..

. y observé que este objeto tenía en la cubierta una gran M dorada. era una carta pequeña. el mayordomo en persona. De pronto le vi sacar una cartera. los ojos hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas. Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de un golpe. quién será? ¿Qué hay entre la Condesa y ese incógnito caballerito? Algo daría por saber. No podía ser otro: hasta los más insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era él. en el traje. y guardó su cartera. después de gran trabajo escribió con caracteres enteramente iguales a los del modelo. traducido de alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepin. recreándose en su infame obra. no menos revueltas e incultas que el pelo. ¿Y el Conde qué hará? Y aquel mozalbete de quien hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletín. con el sobre garabateado por mano femenina. y por último. y en el breve tiempo necesario para que yo leyera el trozo de novela. con sus rodillas tocando mis rodillas.. recorrí con ellos el interior del coche. Mudarra. sentado frente a mí. Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de folletín. el tranvía se había detenido varias veces para tomar o dejar algún viajero. En un segundo le examiné de pies a cabeza y reconocí las facciones cuya descripción había leído. cuyas mechas surgían en opuestas direcciones como las culebras de Medusa. Esto pensaba. cuando alcé los ojos.. pero es lo cierto que ya me inspira interés esa señora Condesa. los cabellos indomables. hasta en el modo de meterse la mano en el bolsillo para pagar. me puse a pensar en la relación que existía entre las noticias sueltas que oí de boca del Sr. y hasta me pareció que decía entre dientes: "¡Qué bien imitada está la letra!" En efecto. Reconocí la tez morena y lustrosa. para que pensara un poco en tan extrañas cosas. el mismo hombre en el aspecto. 7 . las barbas. dije para mí.. cuyo sentido era de su propia cosecha: Había prometido a usted una entrevista y me apresuro. ¿Y qué haría el maldito para vengarse? Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un capítulo de sensación. Abrióla. cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión.con febril ansiedad del modelo a la copia. la misma mirada. los pies torcidos hacia dentro como los de los loros. en el respirar. cual no existe sino en la trastornada cabeza de algún novelista nacido para aterrar a las gentes sencillas. para que viera al propio Mudarra. sacó una carta y miró el sobre con una sonrisa de demonio. víctima de la barbarie de un mayordomo imposible." El folletín estaba roto y no pude leer más. en el toser. la inicial de su apellido. Era él. y ¡horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto. El coche seguía corriendo. III Sin apartar la vista del paquete. En una de esas ocasiones había entrado aquel hombre. folletín. la carta siguiente. Será una tontería. sin duda. Lo miró bien. hasta que observó que yo con curiosidad indiscreta y descortés alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito. ¿qué hará. y en fin. Cascajares y la escena leída en aquel papelucho.

y lo de más allá.novelesco. no queriendo ser en tan delicada cuestión menos fecundo que el novelista. Cada vez era más viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso. Seguía yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto cuya existencia real no estamos seguros. di aquel giro a la que insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las palabras de mi amigo. En la carta le da una cita en su propia casa. atravesaba la Puerta del Sol y entraba triunfante en la calle Mayor. pensé. y aturdidos por la confusión de tantos y tan diversos ruidos. el marido hace una atrocidad. la lectura de un trozo de papel y la vista de un desconocido. para que coja in fraganti a su desleal esposa: ¡oh admirable recurso del ingenio! Esto. el amante se turba. lo cierto es que sentí pesados los párpados. Salieron y entraron varias personas y la decoración viviente del coche mudó por completo. y ahuyentando a los peatones. en una novela viene como anillo al dedo. convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje. que en el tumulto de la calle. llega el joven a la hora indicada y poco después el marido. y no quité los ojos de su repugnante facha hasta que no le vi levantarse. pero que al fin se me figuraba cosa cierta y de indudable realidad. que en la vida tiene su pro y su contra. andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí dentro se sentía. Después me pareció que obedeciendo a la contracción de un músculo común. limpias de pelo otras. y mostrándome alternativamente una serie de dientes que variaban desde los más blancos hasta los más 8 . barbadas unas. mandar parar el coche y salir. perdiéndose luego en el gentío de la calle. todas aquellas caras hacían muecas y guiños. deseoso de vengarse de la Condesa ¡oh infortunada señora! finge su letra y escribe una carta a cierto caballerito. autor de lo que momentos antes había leído. no ven a la mole que se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia. abriéndose paso por entre los demás coches. me incliné del costado izquierdo. con quien hubo esto y lo otro. Mudarra. quedéme pensando en el incidente de la carta y me lo expliqué a mi manera. En esta posición continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mí tenía. ya porque el movimiento pausado y monótono del vehículo produce cierto mareo que degenera en sueño. a quien se ha tenido cuidado de avisar. apoyando el codo en el paquete de libros. Lector yo de muchas y muy malas novelas. aquéllas riendo. había dejado atrás la calle de Alcalá. La dama se desmaya. y detrás de la cortina está el fatídico semblante del mayordomo que se goza de su endiablada venganza. IV Andando. Cuando salió el hombre en quien creí ver el horrible mayordomo. abriendo y cerrándolos ojos y las bocas. haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos. y cerré los ojos. estas muy acartonadas y serias. inverosímil. que al principio podía considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la conversación o por la lectura.

cuyos remos. la Condesa. cesó de volar. o se estiraban hacia adelante formando hocicos puntiagudos. más que los norte—americanos. Pero no tardé en dormirme profundamente. ya rojos. parecidos al interesante rostro de cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder ser nombrado. los miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos tamaños. como harina de rubís. Me dormí. más fuerte que el hipogrifo y más atrevido que el dragón. volando en dirección fija y sin que le agitaran los vientos. que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un tren o en el camarote de un vapor. y entonces el coche dejó de andar. corría con toda la velocidad que puede suponer la imaginación. España.. veía yo la calle. y una multitud de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los había visto. a muchas leguas de nuestros pies. Mudarra. ¡Oh infortunada Condesa! la vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que escribo . la vi 9 . Madrid. más que los franceses. y desapareció para mí la sensación de que iba en el tal coche. produciendo mudas carcajadas. Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y expresión. afilados unos. Volábamos por el espacio sin fin. madréporas. todo en veloz carrera. las calles. roja. el incógnito galán. Yo por lo menos creía que marchaba más aprisa que nuestros ferrocarriles. grandes moluscos . crecían o menguaban. tornillando la masa líquida con su infinito voltear. las casas y los transeúntes. Madrid entero. variando la forma. que iban quedándose atrás en nuestra marcha. sonaban como las paletadas de una hélice. más que espacio: las nubes nos envolvían a veces. sin llegar nunca. romos y gastados los otros. y algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. El coche iba tirado por no sé qué especie de andantes monstruos. una lluvia violenta tamborileaba en la imperial. A medida que era más intenso aquel estado letargoso. y al través de las ventanillas del coche. Al través de los cristales no se veía nada. como si el tranvía anduviera con rapidez vertiginosa. entretanto la tierra quedábase abajo. Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche corría por los aires. tratándose de la traslación de un sólido. Por detrás de aquellas ocho caras cuyos horrendos visajes he descrito. ya amarillos. las bocas se abrían en línea horizontal. no quedando más que el ruido monótono y profundo de las ruedas. se me figuraba que iban desapareciendo las casas. tan pronto de ópalo como de amatista. El coche iba arrastrado por algún volátil apocalíptico. pasaban sin cesar. y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de las grandes aspas de un molino de viento. Cascajares. de pronto salíamos al espacio puro. luchando con el agua. Por un instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares: al través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes. el barrio de Salamanca.amarillos. y en la tierra. y por último. o más bien el de un abejorro del tamaño de un elefante.. Los peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los cristales. todos ellos. aquella polvareda que a mí se me antojaba producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz era de plata. Crustáceos de forma desconocida . para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de los celajes inmensos. más que los ingleses. inundado de sol. Pasábamos luego por un sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finísimo polvo de oro: más adelante. después verde como harina de esmeraldas.

. casi grande. y al poco entró el Conde. Y para qué había de escribirla? —Señora... la mano en la mejilla. —¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación! —dijo la dama con desesperación—. vi que trajeron el servicio de té y desaparecieron después. 10 . Era de alta estatura. con grandes y expresivos ojos.. yo siento mucho.. —Señora.. Con eso nos acompañará a tomar el té. rubia. De pronto se abre la puerta dando paso a un hombre. joven de muy buen porte—. Venía usted a acompañar a Antonia. ya siento la voz de mi marido.. ¿No me esperaba usted? He recibido una carta suya.. El joven en su perplejidad. La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. que el tiempo convertiría pronto en arrugas. es su letra. La Condesa dio un grito de sorpresa y se levantó muy agitada. Yo no he escrito esa carta. Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa figura que tanto deseaba conocer y me pareció que podía leer sus ideas en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentración mental había trazado unas cuantas líneas imperceptibles. Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como la desventura en persona. Ese hombre infame... Es un lazo que me tienden. Estaba peinada sin afectación. vea usted —repuso el joven sacando la carta y mostrándosela—.. apenas acertó a devolver al Conde su saludo.. Vi que entraron y salieron criados. su misma letra. —¿Qué es esto? —dijo— Rafael. Usted.. lo comprendo todo. que me pareció tan triste como su interesante ama.sentada junto a un velador. En efecto.. Salga usted al instante. ¿Qué atrevimiento? ¿Cómo ha entrado usted aquí? —Señora —contestó el que había entrado. que fingió sorpresa de ver al galán. como en su traje. nariz fina. y en esto.. de forma muy correcta y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y arqueadas cejas. —Sí. y después riendo con cierta afectación le dijo: —¡Oh Rafael! usted por aquí. dejando solos a los tres personajes. y casi. —¡Una carta mía! —exclamó más agitada la Condesa—.. ¡Cuánto tiempo!. se comprendía que no pensaba salir aquella noche.. triste y meditabunda como una estatua de la melancolía. Yo no he escrito carta ninguna. Pero ya es tarde.... una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata. Iba a pasar algo terrible. A sus pies estaba acurrucado un perrillo. cálmese usted.. Ya sospecho cuál habrá sido su idea..

Se hacían y deshacían los acordes. y corriendo de las graves a las agudas. y dijo: —¡Como nos aburrimos! Usted. La Condesa. Mira. Hace tanto tiempo que no te oímos. el marido debió decirle algo que la aterró más. El conde la miró de tal modo. y volviendo más fuertes en grandes y atropellados remolinos. ponte al piano. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin fin. no una cualquiera. no dice una palabra. que pareció echar en ella todo su espíritu. que llegué a pensar que el piano se tocaba solo. La Condesa quiso hablar. sentada de espaldas a mí. acompañando la poción con muchas variedades de sabrosas pastas Huntley and Palmers. aquella pieza de Gottschalk que se titula Morte. En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro. como se forma y desbarata la espuma de las olas.. miró aquella taza con tal expresión de espanto. érale imposible articular palabra. Sonó el piano. sino una determinada. Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos. el Conde afectaba una hilaridad aturdida. Se levantó dirigiéndose al piano. y el joven callaba... De repente el piano cesó de sonar y la Condesa dio un grito. me sacudí violentamente y desperté. Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa. contestándole sólo con monosílabos. acabando de ponerla bajo su infernal dominio. y otras menudencias propias de tal clase de cena. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle. heridas a la vez multitud de cuerdas. y el Conde alargó a Rafael una de las tazas. el Conde a su derecha. pero me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor. Rafael. Bebieron en silencio. las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. acompañado con el bronco mugido de los fagots. alejándose hasta perderse. pero debía encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte. y ya allí. no podía ver el semblante de la Condesa. y un canto fúnebre y temeroso como el Dies irae surgió de tal desorden. toca algo. Sirvió el té. Antonia. Después el Conde volvió a reír con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche. porque tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. como la paloma fascinada por el boa constrictor. Yo creía escuchar el son triste de un coro de cartujos. pero luego serenóse aquella tempestad. y las notas se encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar primero. La tocabas admirablemente. V 11 . apoyado en el piano. condenadas en el purgatorio a pedir incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las ánimas. que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus ojos. semejante a la embriaguez.. Vamos. Al principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez de agradar. El joven estaba detrás de ella.Sentáronse: la Condesa parecía difunta.

¿no conociste los síntomas del envenenamiento?—le preguntó el otro. que era de sí bastante amoratada. pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte.. aunque me ha dejado una enfermedad para toda la vida. Parecía difunta." Al ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel miserable. de una manera admirable. A pesar de los esfuerzos que ella hacía para aparecer serena. pero callé. creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago. usted molestar..me. y resbalando de las teclas echó la cabeza atrás y dio un grito. —¡Aaaah! usted.... y dado un paso hacia ella exclamó con furia: "Toca o te manto al instante.. Puse atención y escuché con toda mi alma. Me restregué los ojos para convencerme de que no dormía. —Señora.. —Pero ¿tú no sospechaste nada? —le decía el otro. recogí mi paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había. fuego corría por mis venas. usted.. es verdad. —Y antes.. y en efecto despierto estaba. Tocó... tal era su terror. Su marido la mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Era el mismo.. Creyérase que la sangre agolpada a sus carrillos y a su nariz iba a brotar por sus candentes poros.. su cama for usted. y caí al suelo sin sentido.yo soy.En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba. caballero..... ¡Oooh! gentleman.. dijo con avinagrado mohín mientras rechazaba mi paquete de libros que se había caído sobre sus rodillas.... y conversaba con otro que a su lado iba. estaba lo mismo que un tomate. to sleep.. las sienes me latieron. llegó un momento en que le fue imposible fingir más.. very shocking —añadió la inglesa en una jerga ininteligible—: ¡Oooh! usted creer . y oyéndola llegué a olvidarme de la peligrosa situación en que nos encontrábamos. El veneno estaba bien preparado. you are a stupid ass. me dormí —contesté turbado al ver que todos los viajeros se reían de aquella escena. porque hizo el efecto tarde y no me mató.to decir al coachman.my body es. al mismo D..sleeping.. —¡Oooo.. mi. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés. pero nada más.. —Y después que perdiste el sentido ¿qué pasó? 12 .. ¡oh cachazudo y benévolo lector! cuál sería mi sorpresa cuando vi frente a mí ¿a quién creerás ? al joven de la escena soñada. —Notaba cierta desazón y sospeché vagamente.molestar. Figúrate.. como siempre. y tan despierto como ahora. —Algo sí.. como si me quisiera roer. going. Al decir esto la hija de la Gran Bretaña. Entonces su marido sacó un puñal. Rafael en persona. Sus brazos se aflojaron. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos.

—¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos —dijo Rafael. sin dejar de tocar. —Caballero. Al instante reconocí al perro que había visto recostado a los pies de la Condesa. Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos por mantener su serenidad. El joven se detuvo y me miró. y yo no sabía el fin de la historia. era el mismo. cuando el coche paró. El único ser vivo que conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fue la inglesa. más convencido cada vez de la realidad del suceso— ¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven en las novelas! Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo y entró una mujer que traía un perrillo en sus brazos. la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra. como todas las almas crueles. una palabra —dije al verlos salir. —¿Y la Condesa? ¿Qué fue de esa señora? —pregunté con mucho afán. caballero. sabiendo que Rafael había bebido el veneno. y exclamó: 13 . VI El coche seguía. que indignada de mis extravagancias. —¡Qué contrariedad! Se marchaban. ¡Trágica y espeluznante escena! —pensaba yo. insensible a mis demostraciones de cariño.Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida o muerte. La suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. le pregunté: —¿Es de usted ese perro tan bonito? —¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted? Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia: pero él. salieron sin contestarme palabra. la misma lana tan blanca y fina. y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había sido de la desdichada Condesa ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. se volvió a los demás viajeros diciendo: —¡Ooooh! A lunatic fellow. la misma mancha negra en una de sus orejas. Una carcajada general fue la única respuesta. Ansioso de gozarse en su venganza. ladró. No pudiendo yo resistir la curiosidad. Los dos jóvenes riéndose también. dio un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa. que me volvió a enseñar sus dos dientes como queriéndome roer. quería que su mujer presenciase.

14 . usted tiene noticias. Yo le había dicho aquella noche: "señora: no coma usted esos mariscos".. sí —repuse aparentado creerlo—... y le hizo daño. ¿Y el Conde. —Sí. o no quiere darse por entendida.. señor... pues. Y diga usted ¿murió la señora? —¡Ah! Sí señor: está en la gloria. —¿No lo cree usted? —Sí.. ¿se puede saber? —Era de mi señorita. hasta aquello del té. el que sacó el puñal cuando tocaba el piano? La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias barbas. su marido... —Conque mariscos ¿eh? —dije con incredulidad—. Le dio un desmayo que le duró hasta el amanecer. —¿Y dónde ha adquirido usted ese perro? —pregunté sin hacer caso de la nueva explosión colérica de la mujer británica—.. —Bah —pensé yo— ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del veneno. Si sabré yo lo ocurrido. señora.. Después dije en alta voz: —¿Conque fue de indigestión? —Sí.... ¿verdá usté? —¡Oh! excelente.. He sabido todo lo que ha pasado.. unsupportable. —¿Y cómo fue eso? ¿La asesinaron o fue a consecuencia del susto? —¡Qué asesinato ni qué susto! —dijo con expresión burlona—. pero no me hizo caso. pues.. Pero ¿podría yo saber en que paró todo aquello? —De modo que usted está enterado. —¿Y qué fue de su señorita? —dije con la mayor ansiedad. Era muy buena.. —¡Ah! ¿Usted la conocía? —repuso la mujer —. Fue que aquella noche había comido no sé qué. Usted no está enterado.—¡Oooooh! usted.

no me queda la menor duda. usted reventar me for it. y cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé había querido engañarme. Ya se ve.. Esperé mucho tiempo. —Usted está loco —añadió la desconocida..? La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito. esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al otro extremo de Madrid. Dígame de qué murió la señora Condesa.. —¿No era el ama de ese perro la señora Condesa.. y al fin. se puso otra vez como la grana. Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo por verse libre de mí. usted no quiere contar los hechos como realmente son. No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa. —¡Si creerá usted que me engaña a mí con sus risitas! —contesté—.? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente enterado? Ya comprendo. Cuando me vio subir y tomar sitio a su lado. ¡Oooh! ¡My God! —Si lo sé todo: vamos no me lo oculte usted. el coche se dispuso a partir. En esto llegó el coche al Barrio de Pozas y yo al término de mi viaje. recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa donde debía entregar aquellos libros. y lo primero que mis ojos vieron fue la señora inglesa sentadita donde antes estaba.. —Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa. que me desconcerté diciendo par mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra.. hombre de Dios! —exclamó la mujer riendo con más fuerza. Yo seguí a la mujer del perro aturdiéndola con preguntas.. le contesté: 15 .... y cada cual se dirigió a su destino. a quien el mayordomo Mudarra. y me puse a pasear frente al Buen Suceso. —¡Qué condesa ni que ocho cuartos.. riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. usted. anocheciendo ya. mi quejarme al coachman.—¿Se ríe usted. hasta que se metió en su casa . La Condesa ha muerto envenenada o asesinada. Tan preocupado estaba yo con mis confusiones. como habrá causa criminal. Al verme solo en la calle. Devolvílos a la persona que me los había prestado para leerlos.. y naturalmente ocultará todo lo que pueda. lunatic. —Lunatic... Entré. exclamando: —¡Ooooh!... ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.suffocated. Me. que sin hacerme cargo de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje. la expresión de su rostro no es definible.

Uno de ellos era un hombre alto. he presenciado varias escenas de ese horrendo crimen. no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada. No hacía diez minutos que estaban allí. seco y huesoso. puede buscarme en otro sitio. con muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto. Seguía el coche. más enérgica de lo que el caso requería . nosotros no hemos hablado de Condesa. Cuente usted ¿y cómo fue? —¿Y a usted qué le importa? —dijo el otro con muy avinagrado gesto. cuidado con las bromas —añadió el alto y seco. —Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión —dije interesándome más cada vez en aquel asunto—. y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros. —Caballerito. manifesté juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas. y ya le contestaré como merece. —Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. Ya preparaba el otros su contestación. sino de mi perra. —Válgame Dios. Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre. —De un tiro. convirtiendo en perra a la desdichada señora. Pero dicen ustedes que la Condesa murió de un pistoletazo. Cerca del palacio real entraron tres. —Ya. Si usted quiere bromear. tomando asiento enfrente de mí. ¿No es verdad que parece cosa de novela? —¿Qué novela ni qué niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de nosotros. señor —dijo con cierto desabrimiento el alto. cuando la inglesa se llevo el dedo a la sien. —¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo. como para indicarles que yo no regía bien de 16 .—Señora. —¿Cómo? —exclamé yo repentinamente—. seco y huesudo. cuando este hombre se volvió a los otros dos y dijo: —¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón. ¿Con que fue de un tiro? ¿No murió de una puñalada? Los tres se miraron con sorpresa. sin duda. a quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro. ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad.

Me lo acaba de decir D. —Me alegro. que era todo oídos. En todos los semblantes que iban sucediéndose dentro del enigma. Sin duda me habían tenido miedo. por más que quieran hacernos creer que fue indigestión. y no dudo que la muerte ha sido violenta. dije también en voz baja: —Sí señor. —Lo mismo afirmo yo. ¿De tales cafres qué se podía esperar? —Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo. hubo envenenamiento. y no dijeron una palabra más en todo el viaje. razonando los verdaderos términos de tan embrollada cuestión. Era un hombre que parecía afectado de fuerte y reciente impresión. usted irá a declarar al juzgado. porque todos me miraban como se mira lo que no se ve todos los días. Al poco rato de estar allí. Al pasar por la calle de Alcalá. ¡Desdichada mujer! —¡Qué horror! Ya me lo he figurado también —contestó su consorte—. 17 . para que castiguen a esos bribones.la cabeza. —Luego. volviéndose hacia mí. iré a declarar. Iré a declarar. y hasta creí que alguna vez se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas. —¿Cómo. Me consta. Yo. —Sí señor. —Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes.. entró un caballero con su señora: él quedó junto a mí. Mateo. Yo continuaba tan dominado por aquella idea. Sentía yo una sobreexcitación cerebral espantosa. y la imagen de la pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. que sin duda corrían bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales antiparras. sí señor. lo sé —repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco. y sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro. que en vano quería serenar mi espíritu. Pero cada vez eran mayores mis confusiones. Calmáronse con esto. usted sabe? ¿Usted también la conocía? —dijo vivamente el de las antiparras verdes.? —Lo sé. VII Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel viaje fatal. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted. dijo en voz baja a la que parecía ser su mujer.. que terminó para ellos en la Puerta del Sol. porque ya está formado la sumaria.

A tal extremo había llegado mi obcecación. —Sí también me querrá usted hacer tragar que es lavandera! El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona. voy a decir con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi entendimiento empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras. Lléneme de resignación ante tal ofensa. —¿Qué Condesa? —preguntó aquel hombre interrumpiéndome. lo mismo que el joven. mujer del guarda—agujas del Norte. y exclamé desatinado: —Ahí va. Por un gesto que vi hacer a la señora. es preciso aclarar este enigma para que se castigue a los autores del crimen. señor. la envenenada. si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa. —Sí. En fin. 18 . y lo creí como ahora creo que es pluma esto con que escribo. eh? —dije en tono de picardía. sino simplemente la lavandera de mi casa. cual conviene a las grandes almas. Entraba el coche por la calle de Serrano. el autor principal de tantas infamias. Yo declararé: fue envenenada con una taza de té. Cada vez era mayor mi zozobra. hombre de Dios. —La Condesa. como si todo ello fuera elaboración enfermiza de mi propia fantasía. mitad leído. que concluí por penetrarme de aquel suceso mitad soñado. Petronila —dijo a su esposa el de las antiparras— con una taza de té. débilmente iluminada por la escasa luz de los faros. usted también es de los empeñados en ocultarlo. —Vamos. contentándome con despreciar en silencio. tan irreverente suposición. cuando por la ventanilla que frente a mí tenía miré a la calle. y después se dijeron en voz baja algunas palabras. impresionada por sucesivas visiones y diálogos. el feroz Mudarra. ¡Cuidado con lo que fueron a inventar esos malditos! —La Condesa tocaba el piano. —Pues sí. —Bah. es él. comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que yo estaba borracho. —¿Lavandera. voy a referir el último incidente de aquel viaje. —Si no se trata de ninguna condesa. y había llegado a interesarme tanto por su siniestro fin. y callé. para que se comprenda a qué extremo llegó mi locura. la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento. Di un grito de sorpresa. estoy asombrada —contestó la señora—. y vi pasar a un hombre. —Oye. bah.

Pero aún por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño. a quien disloqué un pie en el momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto mayordomo. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a manos de tu iracundo esposo. fue el de haber despertado del profundo letargo en que caí. a ése. y salí. no sé por qué. y solía exclamar: "Infortunada condesa. Afirmó él que yo estaba loco. es un honrado comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna. No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. por uno de los pasajeros fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva. por más que digan. verdadera borrachera moral. al asesino! Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico barrio. Me río siempre que recuerdo aquel viaje. el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la tarde. bajé a la calle y corrí tras aquel hombre. fue detenido. ¿a quién creeréis? a mi compañera de viaje en aquella angustiosa expedición. pero quieras que no los dos fuimos conducidos a la prevención. el suceso no tuvo consecuencias porque el antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra. Yo no cesaba de gritar: —¡Es el que preparó el veneno para la Condesa. El recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance. el que asesinó a la Condesa! Hubo un momento de indescriptible confusión. salté a la puerta tropezando con los pies y las piernas de los viajeros. y toda la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico ahora. yo siempre sigo en mis trece. mejor dicho. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. Como es de suponer. gritando: —¡A ése. y torne la realidad a dominar mi cabeza. producida. 19 . Aquel sujeto.Mandé parar el coche." Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco.. a la irascible inglesa..