V DOMINGO DE PASCUA

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA

GLORIA IESU IN MARÍA!
Estimados lectores del Rincón Litúrgico: Ofrecemos a continuación una selección de textos para ayudar a preparar la liturgia del domingo según la forma extraordinaria del Rito Romano. La liturgia de este domingo V de Pascua nos sitúa ante la eminencia de la Ascensión al cielo del Señor Resucitado donde se sentará para reinar para siempre con el Padre y allí intercederá por nosotros. La Epístola (Santiago 1, 22-30). El apóstol recuerda las obligaciones de la virtud de la religión. Entre ellas, el mantener la lengua a raya. El Evangelio (Jn 16, 23-30). El texto del Evangelio continúa el discurso de despedida de Jesús en la última cena que leímos el domingo pasado. Habla de la oración. Esperamos que el material ofrecido os sirva para la preparación de la homilía; y también para vuestra meditación y enriquecimiento espiritual.

TEXTOS DE LA SANTA MISA
Introito. Is.48,20.- Con voz de júbilo anunciadlo, y que se oiga, aleluya, que llegue hasta el fin de la tierra: el Señor ha redimido a su pueblo, aleluya, aleluya. Sal. 65, 1-2. Aclama al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria.V/.Gloria al Padre. Oración. - Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas: concédenos, inspirados por Ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo. Epístola. Sant.1, 22-27. - Queridos hermanos: Llevad a la práctica la Palabra. Y no os limitéis a escucharla. Engañándoos a vosotros mismos. Pues el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo; y apenas se miraba, daba media vuelta, y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en el estudio de la Ley perfecta (la que hace libres) y es constante, no como oyente olvidadizo: sino para ponerla por obra, éste encontrará la felicidad en practicarla. Hay quien se cree hombre religioso y no frena su lengua: pero se engaña a sí mismo; su religión no es auténtica. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. Aleluya, aleluya. Jn. 16, 28. Cristo ha resucitado, Él nos ilumina, a nosotros, los redimidos con su sangre. Aleluya. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. Aleluya. Evangelio. Juan, 16, 23-30. - En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo os aseguro: Si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones: viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. Dicen sus discípulos: Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios. Ofertorio. Sal. 65, 8-9 y 20. - Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas: porque Él nos ha devuelto la vida, y no dejó que tropezaran nuestros pies. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor, aleluya. Secreta. - Con estas ofrendas, Señor, recibe las súplicas de tus hijos: para que esta liturgia, celebrada con amor, nos lleve a la gloria del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo. Prefacio de Pascua.- En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo, Señor, te alabemos; pero con más gloria que nunca en este día (en este tiempo), en que se ha inmolado Cristo, nuestra Pascual. El cual es el verdadero Cordero que quitó los pecados del mundo y que, muriendo, destruyó nuestra muerte, y, resucitando, reparó nuestra vida. Por eso, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar: Santo. Comunión. Sal. 95, 2.- Cantad al Señor, aleluya; cantadle, bendecid su nombre; proclamad día tras día su victoria, aleluya, aleluya.

Comunión. - A quienes has saciado en tu mesa santa, concédenos, Señor, desear lo que es recto y conseguir lo que así hemos deseado. Por Nuestro Señor Jesucristo.

TEXTO I CATENAE AURAE
(almudi.org) Crisóstomo, in Ioannem, hom. 78. -Otra vez manifiesta el Señor que conviene que se marche, cuando dice: "En aquel día no me pediréis nada". San Agustín, in Ioannem, tract., 101.- La palabra rogar no sólo significa pedir, sino también preguntar, y según el Evangelio de los griegos, de donde está tomada, es un verbo que significa ambas cosas 1. Crisóstomo, ut supra.- Dice, pues: "En aquel día (a saber, cuando resucitaré) no me pediréis nada". Es decir, no me diréis ( Jn 14,8): enséñanos al Padre, ni ¿a dónde vas? (v. 5) porque lo sabréis por el Espíritu Santo; o no me preguntaréis, es decir, no necesitaréis mediador para pedir, sino que bastará mi nombre con el que, invocado, lo recibiréis todo. Por eso dice: "En verdad, en verdad os digo". Con esto, pues, manifestó su poder, que sin ser visto, ni rogado, sino tan sólo nombrado ante el Padre, obra maravillas. No creáis, pues, que os abandono porque en adelante no estaré con vosotros; pues mi nombre os dará mayor fortaleza. Por eso dice: "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid y recibiréis para que vuestro gozo sea completo". Teofilacto.- Vuestra alegría será completa cuando se os diere cumplidamente lo que pidáis. Crisóstomo, ut supra.- Como eran encubiertas las cosas que les había dicho, añadió: "Hasta ahora os he hablado en parábolas; pero ha llegado la hora en que ya no os hablaré con ellas". Esto es, vendrá el tiempo en que sabréis manifiestamente todas las cosas (hablaba del tiempo de su resurrección), y os manifestaré claramente las cosas de mi Padre. Y en verdad estuvo reunido con ellos por espacio de cuarenta días, hablándoles del reino de Dios. Y dice ahora: "Poseídos de temor no os fijáis en lo que se os dice; pero entonces, viéndome resucitado, podréis decirlo todo abiertamente". Teofilacto.- Todavía alienta más su confianza ofreciéndoles el auxilio del cielo en las tentaciones, y añade: "En aquel día pediréis al Padre en mi nombre"; y de tal modo os aseguro os favorecerá mi Padre, que ni de mi mediación necesitaréis en adelante. Por esto continúa: "Y no os digo que yo rogaré al Padre", etc. Pero a fin de que no le abandonen, como si ya no le necesitaran, continúa: "Porque vosotros me amasteis"; como si dijera: Por esto os ama el Padre, porque vosotros me amasteis, y si os apartarais de mi amor, al instante decaeréis del de mi Padre. San Agustín, in Ioannem, tract., 102.- ¿Acaso nos ama El porque nosotros le amamos, o más bien porque El nos ama, nosotros le amamos? Dice el evangelista San Juan: "Amemos nosotros, porque El nos amó primero" ( 1Jn 4,19). Nos ama, pues, el Padre, porque nosotros amamos al Hijo, habiendo recibido del Padre y del Hijo la gracia de que amemos al Padre y al Hijo. Amó El mismo lo que hizo, pero no hubiera hecho en nosotros lo que ama, si antes de hacerlo no nos amara. San Hilario, De Trin., 1, 6.- Así, pues, es innecesaria la mediación con el Padre cuando se tiene del Hijo la perfecta creencia de que salió del Padre y se le ama; y merece ser oído y amado el que confiesa que el Hijo salió de Dios y fue enviado por El. Por esto dice: "Y creísteis que de Dios salí". Esto lo dice de su nacimiento y de su venida, y así añade: "Salí del Padre y vine al mundo". Lo uno se refiere a su encarnación, y lo otro a su naturaleza divina. Porque el venir del Padre y salir del Padre no significa lo mismo, pues una cosa es salir de Dios en la substancia de su origen, y otra venir del Padre al mundo para consumar los misterios de nuestra redención. Y como el salir de Dios es poseer la sustancia de su nacimiento, ¿qué otro puede ser sino Dios? Crisóstomo, in Ioannem, hom. 78.- Como les consolaba mucho la idea de la resurrección y le oían repetidamente que había salido del Padre y volvía al Padre, por esta razón insistió: "Yo dejo al mundo y

vuelvo al Padre". Esto probaba que los discípulos creían perfectamente en El, por cuanto quedaban bajo su protección. San Agustín, ut supra.- Salió del Padre porque del Padre es, y vino al mundo para manifestar al mundo su humanidad tomada de la Virgen. El dejó el mundo y subió al Padre llevando con El su humanidad, pero sin abandonar al mundo de su presencia y gobernación; porque de tal modo vino al mundo al salir del Padre, que no se separó de su Padre. Pero leemos que nuestro Señor Jesucristo, después que resucitó, fue preguntado y rogado por sus discípulos al subirse al cielo, cuándo restablecería el reino de Israel. Y subido al cielo le pidió San Esteban que recibiera su alma: ¿y quién se atreverá a decir que no debe ser rogado siendo inmortal el que lo era siendo mortal? Parece que dice: En aquel día no me pediréis nada. No debe referirse esto al tiempo que resucitó, sino a aquel otro en que le veremos como es, cuya visión no gozaremos en esta vida temporal, sino en la eterna ( 1Jn 3), en la que ya nada pediremos ni preguntaremos, porque nada nos quedará que desear ni que saber. Alcuino.- Por eso dice: Entonces no me pediréis nada, pero si mientras permanecéis en esta triste peregrinación pidiereis a mi Padre, os dará. "En verdad, en verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará". San Agustín, ut supra.- La expresión "Si alguna cosa", no se entiende cualquier cosa, sino aquello que con relación a la vida eterna sirva de algo. Pues no debe pedirse en nombre del Salvador nada contrario a nuestra salvación, y la expresión "en mi nombre" no se ha de entender simplemente como suenan las letras o las sílabas, sino en el recto y verdadero sentido; porque el que no piensa de Cristo como Hijo Unigénito de Dios, no pide en su nombre, aunque pronuncie su nombre. Pues en su nombre pide quien le confiesa cuando pide y recibe lo que pide si no es contrario a su eterna salvación. Recibirá, pues, cuando deba recibir, porque hay cosas que no se niegan, pero se difieren hasta el tiempo oportuno. Así deben entenderse estas palabras, "Os dará", aquellos beneficios que convienen propiamente a los que piden. Son oídos por sí mismos todos los santos; pero no para todos, porque no se ha dicho de una manera indeterminada "dará" sino "El os dará", cuando usó de las siguientes palabras: "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre". Esto puede entenderse de dos modos: o bien porque no pedisteis en mi nombre (porque no le conocíais como se debe), o porque pedisteis cosa que en comparación de lo que debisteis pedir, debe considerarse nada. Para que, pues, en su nombre no se pidan naderías, sino pleno gozo, añade: "Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo". Esto que dice de "pleno gozo" no se refiere a lo temporal, sino a lo espiritual; y cuando tan grande fuere que ya no sea posible añadirse nada, entonces será lleno. San Agustín, De Trin. 1, 2.- Es pleno gozo vuestro, que mayor no puede ser, gozar de Dios en la Trinidad, a cuya imagen hemos sido hechos. San Agustín, in Ioannem, tract., 102.- Todo el que pide, pues, lo que conduce a la consecución de este gozo, éste pide en nombre de Cristo y no ha sido defraudado por la misericordia divina ninguno de sus santos que han perseverado en pedir este bien; el que otra cosa pide, nada pide, no porque sea nula la petición, sino porque en asunto de tanta importancia es como nada. Sigue: "Esto os lo dije en parábolas, pero ha venido ya la hora de hablaros no parábolas", sino que claramente "os anunciaré al Padre". Podría yo decir que esta hora de la que habla debe entenderse como aquella en la que le veremos claramente, como ha dicho el Apóstol, "cara a cara" ( 1Cor 12,12). O cuando dice "Esto os lo he dicho en parábolas" es lo que el Apóstol ha dicho "Nosotros le vemos como

por enigma", como en un espejo, porque por el Hijo será visto el Padre "y ninguno conoce al Hijo, sino el Padre; ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y a quien el Hijo lo quisiere revelar" ( Mt 11,27). San Gregorio, Moralium 30, 8.- El afirma que anunciará estas verdades acerca de su Padre manifiestamente, porque entonces por su naturaleza y majestad mostrará cómo no nació inferior a Aquel que le engendró, y cómo el Espíritu del uno y del otro procede coeternamente de ambos. San Agustín, ut supra.- Pero esta versión parece contraria a lo que sigue: "En aquel día vosotros pediréis en mi nombre". ¿Pues qué hemos de pedir en el siglo futuro, cuando veremos saciado nuestro deseo de todo bien? El pedir es prueba de indigencia; pero debemos entender que Jesucristo convirtió a sus discípulos, de carnales en espirituales. El hombre animal así juzga cuando oye hablar de la naturaleza de Dios, como si se tratase de cosa corporal, y he aquí por qué le parecen parábolas cuanto dice la eterna sabiduría de la sustancia inmutable y corpórea, no porque crea tales parábolas, sino porque no las entiende. Pero cuando el hombre espiritual empieza a juzgar, aunque en esta vida vea como por espejo y en parte, sin embargo, sin los sentidos corporales ni pensamientos imaginarios sino por una exactísima percepción de su mente, comprende que Dios es Espíritu. Así, delante del Padre, es claramente anunciando por el Hijo que pertenece a su misma substancia y que ahora los que piden, piden en su nombre, porque las palabras que lo indican no son otra cosa que el nombre invocado. Estos pueden pensar que Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto hombre, ruega por nosotros al Padre, y que en cuanto Dios, nos oye con el Padre, lo que creo quiso significar cuando dijo: "Y no os digo que rogaré por vosotros al Padre". Así es como debe entenderse, considerándolo espiritualmente; que el Hijo no ruega al Padre sino que con el Padre oye a los que le suplican. Crisóstomo, in Ioannem, hom. 78.- Como los discípulos se habían reanimado al oír que eran amigos del Padre, dijeron que entonces conocían que Jesucristo lo sabía todo, y por esto sigue: "Dijeron sus discípulos: Ahora hablas claramente y no dices ninguna parábola". San Agustín, in Ioannem, tract., 103.- Siendo así que tan sólo les ha prometido que en aquella hora futura les hablará sin parábolas, ¿por qué dicen esto, sino porque sabiendo el Señor que para los ignorantes son parábolas aquellas cosas que El sabe, y que de tal modo no las entienden, que ni aun ellos mismos conocen que no las entienden? Crisóstomo, ut supra.- Como el Señor responde a lo que ellos pensaban, exclaman: "Ahora conocemos que tú sabes todas las cosas". Observad la imperfección en que se hallan, que aun después de haberles dicho tantas y tan grandes cosas, dicen: "Ahora conocemos (y esto lo dicen como si le dispensaran una gracia) y no hay necesidad de que nadie te pregunte"; esto es, antes que oigas, conociste las cosas que nos escandalizan, y nos tranquilizaste diciendo: "Porque el Padre os ama". San Agustín, ut supra.- ¿Por qué los discípulos se creyeron en el deber de decir a Aquel que conoce todas las cosas: "No es menester que nadie te pregunte", cuando debieron decir: "No tienes necesidad de preguntar nada"? cuando ambas cosas sucedieron; que preguntara el Señor y que fuera preguntado. Pero esta dificultad se resuelve fácilmente, porque más convenía a ellos que al Señor el preguntar que el ser preguntados; porque el Señor no tenía necesidad de preguntarles para aprender nada de ellos, sino más bien para enseñarles, y a los que preguntaban les era ciertamente muy provechoso el aprender algunas cosas de Aquel que las conocía todas, pues el Señor no necesitaba ser preguntado por aquel que quisiera saber algo de El, por cuanto previamente sabía la voluntad de los que preguntaban. No es gran cosa para Dios el prever los pensamientos de los hombres, pero sí lo era para sus pequeñuelos súbditos que dijeron: "En esto creemos que saliste de Dios". San Hilario, De Trin. 1, 6.- Creen que ha salido de Dios, porque hace aquello que es sólo de Dios. El Señor les había dicho repetidas veces: "Yo de Dios salí y he venido al mundo desde el seno de mi Padre", y no se admiraron de lo que tantas veces habían oído; por lo que ahora no dicen: Viniste del Padre a este mundo, porque no sabían que había sido enviado por Dios, pues ignoraban que hubiese salido de Dios. Pero comprendiendo el inefable origen del Hijo por la virtud de su palabra, ellos empezaron a darse cuenta cuando El les confesó que les hablaba sin parábolas. Y ciertamente es muy distinto que nazca un

hombre a que Dios sea engendrado, precisamente porque no se trata de un parto como el de los hombres, sino que hablamos de la generación de Dios. Es, pues, uno de uno; no es porción, no es apocamiento, no es disminución, no es derivación, no es extensión; ni sufrimiento, sino nacimiento de viviente de una naturaleza de viviente; no es una criatura elegida para recibir el nombre de Dios; no ha recibido su ser de la nada, sino que ha nacido de un ser permanente, porque la palabra salir significa un nacimiento, no un comienzo.

TEXTO II

LA ORACIÓN
COMPENDIO DEL CATECISMO
PRIMERA SECCIÓN.- LA ORACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA 534. ¿Qué es la oración? La oración es la elevación del alma a Dios o la petición al Señor de bienes conformes a su voluntad. La oración es siempre un don de Dios que sale al encuentro del hombre. La oración cristiana es relación personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones. CAPÍTULO PRIMERO.- LA REVELACIÓN DE LA ORACIÓN 535. ¿Por qué existe una vocación universal a la oración? Existe una vocación universal a la oración, porque Dios, por medio de la creación, llama a todo ser desde la nada; e incluso después de la caída, el hombre sigue siendo capaz de reconocer a su Creador, conservando el deseo de Aquel que le ha llamado a la existencia. Todas las religiones y, de modo particular, toda la historia de la salvación, dan testimonio de este deseo de Dios por parte del hombre; pero es Dios quien primero e incesantemente atrae a todos al encuentro misterioso de la oración.
LA REVELACIÓN DE LA ORACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

537. ¿Cómo oraba Moisés? La oración de Moisés es modelo de la oración contemplativa: Dios, que llama a Moisés desde la zarza ardiente, conversa frecuente y largamente con él «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33, 11). De esta intimidad con Dios, Moisés saca la fuerza para interceder con tenacidad a favor del pueblo; su oración prefigura así la intercesión del único mediador, Cristo Jesús. 538. ¿Qué relaciones tienen en el Antiguo Testamento el templo y el rey con la oración? A la sombra de la morada de Dios –el Arca de la Alianza y más tarde el Templo– se desarrolla la oración del Pueblo de Dios bajo la guía de sus pastores. Entre ellos, David es el rey «según el corazón de Dios» (cf Hch 13, 22), el pastor que ora por su pueblo. Su oración es un modelo para la oración del pueblo, puesto que es adhesión a la promesa divina, y confianza plena de amor, en Aquél que es el solo Rey y Señor. 539. ¿Qué papel desempeña la oración en la misión de los Profetas? Los Profetas sacan de la oración luz y fuerza para exhortar al pueblo a la fe y a la conversión del corazón: entran en una gran intimidad con Dios e interceden por los hermanos, a quienes anuncian cuanto han visto y oído del Señor. Elías es el padre de los Profetas, de aquellos que buscan el Rostro de Dios. En el monte Carmelo, obtiene el retorno del pueblo a la fe gracias a la intervención de Dios, al que Elías suplicó así: «¡Respóndeme, Señor, respóndeme!» (1R 18, 37). 540. ¿Cuál es la importancia de los Salmos en la oración? Los Salmos son el vértice de la oración en el Antiguo Testamento: la Palabra de Dios se

536. ¿En qué sentido Abraham es un modelo de oración? Abraham es un modelo de oración porque camina en la presencia de Dios, le escucha y obedece. Su oración es un combate de la fe porque, aún en los momentos de prueba, él continúa creyendo que Dios es fiel. Aún más, después de recibir en su propia tienda la visita del Señor que le confía sus designios, Abraham se atreve a interceder con audaz confianza por los pecadores.

convierte en oración del hombre. Indisociablemente individual y comunitaria, esta oración, inspirada por el Espíritu Santo, canta las maravillas de Dios en la creación y en la historia de la salvación. Cristo ha orado con los Salmos y los ha llevado a su cumplimiento. Por esto, siguen siendo un elemento esencial y permanente de la oración de la Iglesia, que se adaptan a los hombres de toda condición y tiempo.
LA ORACIÓN ES PLENAMENTE REVELADA Y REALIZADA EN JESÚS

545. ¿Porqué es eficaz nuestra oración? Nuestra oración es eficaz porque está unida mediante la fe a la oración de Jesús. En Él la oración cristiana se convierte en comunión de amor con el Padre; podemos presentar nuestras peticiones a Dios y ser escuchados: «Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado» (Jn 16, 24). 546. ¿Cómo oraba la Virgen María? La oración de María se caracteriza por su fe y por la ofrenda generosa de todo su ser a Dios. La Madre de Jesús es también la Nueva Eva, la «Madre de los vivientes» (cf Gn 3, 20): Ella ruega a Jesús, su Hijo, por las necesidades de los hombres. 547. ¿Existe en el Evangelio una oración de María? Además de la intercesión de María en Caná de Galilea, el Evangelio nos entrega el Magnificat (Lc 1, 46-55), que es el cántico de la Madre de Dios y el de la Iglesia, la acción de gracias gozosa, que sube desde el corazón de los pobres porque su esperanza se realiza en el cumplimiento de las promesas divinas. LA ORACIÓN EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA 548. ¿Cómo oraba la primera comunidad cristiana de Jerusalén? Al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, se narra que en la primera comunidad de Jerusalén, educada por el Espíritu Santo en la vida de oración, los creyentes «acudían asiduamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42). 549. ¿Cómo interviene el Espíritu Santo en la oración de la Iglesia? El Espíritu Santo, Maestro interior de la oración cristiana, educa a la Iglesia en la vida de oración, y le hace entrar cada vez con mayor profundidad en la contemplación y en la unión con el insondable misterio de Cristo. Las formas de oración, tal como las revelan los escritos apostólicos y canónicos, siguen siendo normativas para la oración cristiana.

541. ¿De quién aprendió Jesús a orar? Conforme a su corazón de hombre, Jesús aprendió a orar de su madre y de la tradición judía. Pero su oración brota de una fuente más secreta, puesto que es el Hijo de Dios que, en su humanidad santa, dirige a su Padre la oración filial perfecta. 542. ¿Cuándo oraba Jesús? El Evangelio muestra frecuentemente a Jesús en oración. Lo vemos retirarse en soledad, con preferencia durante la noche; ora antes de los momentos decisivos de su misión o de la misión de sus apóstoles. De hecho toda la vida de Jesús es oración, pues está en constante comunión de amor con el Padre. 543. ¿Cómo oró Jesús en su pasión? La oración de Jesús durante su agonía en el huerto de Getsemaní y sus últimas palabras en la Cruz revelan la profundidad de su oración filial: Jesús lleva a cumplimiento el designio amoroso del Padre, y toma sobre sí todas las angustias de la humanidad, todas las súplicas e intercesiones de la historia de la salvación; las presenta al Padre, quien las acoge y escucha, más allá de toda esperanza, resucitándolo de entre los muertos. 544. ¿Cómo nos enseña Jesús a orar? Jesús nos enseña a orar no sólo con la oración del Padre nuestro, sino también cuando Él mismo ora. Así, además del contenido, nos enseña las disposiciones requeridas por una verdadera oración: la pureza del corazón, que busca el Reino y perdona a los enemigos; la confianza audaz y filial, que va más allá de lo que sentimos y comprendemos; la vigilancia, que protege al discípulo de la tentación.

550. ¿Cuáles son las formas esenciales de oración cristiana? Las formas esenciales de oración cristiana son la bendición y la adoración, la oración de petición y de intercesión, la acción de gracias y la alabanza. La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración. 551. ¿Qué es la bendición? La bendición es la respuesta agradecida del hombre a los dones de Dios: nosotros bendecimos al Todopoderoso, quien primeramente nos bendice y colma con sus dones. 552. ¿Cómo se puede definir la adoración? La adoración es la prosternación del hombre, que se reconoce criatura ante su Creador tres veces santo. 553. ¿Cuáles son las diversas formas de la oración de petición? La oración de petición puede adoptar diversas formas: petición de perdón o también súplica humilde y confiada por todas nuestras necesidades espirituales y materiales; pero la primera realidad que debemos desear es la llegada del Reino de Dios. 554. ¿En qué consiste la intercesión? La intercesión consiste en pedir en favor de otro. Esta oración nos une y conforma con la oración de Jesús, que intercede ante el Padre por todos los hombres, en particular por los pecadores. La intercesión debe extenderse también a los enemigos. 555. ¿Cuándo se da gracias a Dios? La Iglesia da gracias a Dios incesantemente, sobre todo cuando celebra la Eucaristía, en la cual Cristo hace partícipe a la Iglesia de su acción de gracias al Padre. Todo acontecimiento se convierte para el cristiano en motivo de acción de gracias. 556. ¿Qué es la oración de alabanza? La alabanza es la forma de oración que, de manera más directa, reconoce que Dios es Dios; es totalmente desinteresada: canta a Dios por sí mismo y le da gloria por lo que Él es. CAPÍTULO SEGUNDO.- LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN 557. ¿Cuál es la importancia de la Tradición respecto a la oración? A través de la Tradición viva, es como en la Iglesia el Espíritu Santo enseña a orar a los hijos de Dios. En efecto, la oración no se reduce a la manifestación espontánea de un impulso interior,

sino que implica contemplación, estudio y comprensión de las realidades espirituales que se experimentan.
FUENTES DE LA ORACIÓN

558. ¿Cuáles son las fuentes de la oración cristiana? Las fuentes de la oración cristiana son: la Palabra de Dios, que nos transmite «la ciencia suprema de Cristo» (Flp 3, 8); la Liturgia de la Iglesia, que anuncia, actualiza y comunica el misterio de la salvación; las virtudes teologales; las situaciones cotidianas, porque en ellas podemos encontrar a Dios. «Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente. Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro» (San Juan María Vianney).
EL CAMINO DE LA ORACIÓN

559. ¿Hay en la Iglesia diversos caminos de oración? En la Iglesia hay diversos caminos de oración, según los diversos contextos históricos, sociales y culturales. Corresponde al Magisterio discernir la fidelidad de estos caminos a la tradición de la fe apostólica, y compete a los pastores y catequistas explicar su sentido, que se refiere siempre a Jesucristo. 560. ¿Cuál es el camino de nuestra oración? El camino de nuestra oración es Cristo, porque ésta se dirige a Dios nuestro Padre pero llega a Él sólo si, al menos implícitamente, oramos en el Nombre de Jesús. Su humanidad es, pues, la única vía por la que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre. Por esto las oraciones litúrgicas concluyen con la fórmula: «Por Jesucristo nuestro Señor». 561. ¿Cuál es el papel del Espíritu Santo en la oración? Puesto que el Espíritu Santo es el Maestro interior de la oración cristiana y «nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26), la Iglesia nos exhorta a invocarlo e implorarlo en toda ocasión: «¡Ven, Espíritu Santo!». 562. ¿En qué sentido es mariana la oración cristiana? En virtud de la singular cooperación de María con la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ama rezar a María y orar con María, la orante perfecta, para alabar e invocar con Ella al Señor. Pues María, en efecto, nos «muestra el camino» que es su Hijo, el único Mediador.

563. ¿Cómo reza la Iglesia a María? La Iglesia reza a María, ante todo, con el Ave María, oración con la que la Iglesia pide la intercesión de la Virgen. Otras oraciones marianas son el Rosario, el himno Acáthistos, la Paraclisis, los himnos y cánticos de las diversas tradiciones cristianas.
MAESTROS DE ORACIÓN

contemplativa. Su rasgo común es el recogimiento del corazón.
LAS EXPRESIONES DE LA ORACIÓN

564. ¿De qué modo los santos son maestros de la oración? Los santos son para los cristianos modelos de oración, y a ellos les pedimos también que intercedan, ante la Santísima Trinidad, por nosotros y por el mundo entero; su intercesión es el más alto servicio que prestan al designio de Dios. En la comunión de los santos, a lo largo de la historia de la Iglesia, se han desarrollado diversos tipos de espiritualidad, que enseñan a vivir y a practicar la oración. 565. ¿Quién puede enseñar a rezar? La familia cristiana constituye el primer ámbito de educación a la oración. Hay que recomendar de manera particular la oración cotidiana en familia, pues es el primer testimonio de vida de oración de la Iglesia. La catequesis, los grupos de oración, la «dirección espiritual» son una escuela y una ayuda para la oración. 566. ¿Cuáles son los lugares favorables para la oración?Se puede orar en cualquier sitio, pero elegir bien el lugar tiene importancia para la oración. El templo es el lugar propio de la oración litúrgica y de la adoración eucarística; también otros lugares ayudan a orar, como «un rincón de oración» en la casa familiar, un monasterio, un santuario. CAPÍTULO ORACIÓN TERCERO.LA VIDA DE

569. ¿En qué se caracteriza la oración vocal? La oración vocal asocia el cuerpo a la oración interior del corazón; incluso quien practica la más interior de las oraciones no podría prescindir del todo en su vida cristiana de la oración vocal. En cualquier caso, ésta debe brotar siempre de una fe personal. Con el Padre nuestro, Jesús nos ha enseñado una fórmula perfecta de oración vocal. 570. ¿Qué es la meditación? La meditación es una reflexión orante, que parte sobre todo de la Palabra de Dios en la Biblia; hace intervenir a la inteligencia, la imaginación, la emoción, el deseo, para profundizar nuestra fe, convertir el corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo; es una etapa preliminar hacia la unión de amor con el Señor. 571. ¿Qué es la oración contemplativa? La oración contemplativa es una mirada sencilla a Dios en el silencio y el amor. Es un don de Dios, un momento de fe pura, durante el cual el que ora busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del Padre y recoge su ser bajo la acción del Espíritu. Santa Teresa de Jesús la define como una íntima relación de amistad: «estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama».
EL COMBATE DE LA ORACIÓN

567. ¿Qué momentos son los más indicados para la oración? Todos los momentos son indicados para la oración, pero la Iglesia propone a los fieles ritmos destinados a alimentar la oración continua: oración de la mañana y del atardecer, antes y después de las comidas, la Liturgia de la Horas, la Eucaristía dominical, el Santo Rosario, las fiestas del año litúrgico. «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (San Gregorio Nacianceno). 568. ¿Cuáles son las expresiones de la vida de oración? La tradición cristiana ha conservado tres modos principales de expresar y vivir la oración: la oración vocal, la meditación y la oración

572. ¿Por qué la oración es un combate?La oración es un don de la gracia, pero presupone siempre una respuesta decidida por nuestra parte, pues el que ora combate contra sí mismo, contra el ambiente y, sobre todo, contra el Tentador, que hace todo lo posible para apartarlo de la oración. El combate de la oración es inseparable del progreso en la vida espiritual: se ora como se vive, porque se vive como se ora. 573. ¿Cuáles son las objeciones a la oración? Además de los conceptos erróneos sobre la oración, muchos piensan que no tienen tiempo para orar o que es inútil orar. Quienes oran pueden desalentarse frente a las dificultades o los aparentes fracasos. Para vencer estos obstáculos son necesarias la humildad, la confianza y la perseverancia. 574. ¿Cuáles son las dificultades para la oración? La dificultad habitual para la oración es la distracción, que separa de la atención a Dios, y puede incluso descubrir aquello a lo que realmente estamos

apegados. Nuestro corazón debe entonces volverse a Dios con humildad. A menudo la oración se ve dificultada por la sequedad, cuya superación permite adherirse en la fe al Señor incluso sin consuelo sensible. La acedía es una forma de pereza espiritual, debida al relajamiento de la vigilancia y al descuido de la custodia del corazón. 575. ¿Cómo fortalecer nuestra confianza filial? La confianza filial se pone a prueba cuando pensamos que no somos escuchados. Debemos preguntarnos, entonces, si Dios es para nosotros un Padre cuya voluntad deseamos cumplir, o más bien un simple medio para obtener lo que queremos. Si nuestra oración se une a la de Jesús, sabemos que Él nos concede mucho más que este o aquel don, pues recibimos al Espíritu Santo, que transforma nuestro corazón.

576. ¿Es posible orar en todo momento? Orar es siempre posible, pues el tiempo del cristiano es el tiempo de Cristo resucitado, que está con nosotros «todos los días» (Mt 28, 20). Oración y vida cristiana son, por ello, inseparables.¡ «Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina» (San Juan Crisóstomo). 577. ¿Cuál es la oración de la Hora de Jesús? Se llama la oración de la Hora de Jesús a la oración sacerdotal de Éste en la Última Cena. Jesús, Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, dirige su oración al Padre cuando llega la Hora de su «paso» a Dios, la Hora de su sacrificio.

TEXTO III ESCUCHAR
-Tenedlo presente, hermanos queridos, que cada uno sea pronto para escuchar y tardo para hablar. «Pronto para escuchar...» Una cierta disponibilidad activa, una atención alertada, siempre pronta a la escucha del «otro». Santiago nos presenta aquí un ideal de hombre muy simpático, decididamente vuelto hacia los otros. «Tardo para hablar...» Una cierta reserva, signo de interiorldad, manifestación también de nuestro respeto de la personalidad de los demás. Dejarles el mayor espacio posible. No aplastarlos. -Tardo para la ira, porque la ira del hombre no realiza la justicia de Dios. La dulzura, signo de Dios. Dios es paciente, dulce, benigno, discreto. La ira, la violencia, el exceso... ¡nada de esto es Dios! -Recibid humildemente la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvaros. La Palabra no es sólo una doctrina, una enseñanza, es una cierta Presencia de Dios para los que de veras la escuchan. ¡Acoger la Palabra! Dios no se impone, tampoco aquí. Habla, a menudo, susurra tan bajito que creemos que se calla. Sólo oyen los que buscan a Dios, los sencillos, los humildes. La arrogancia del orgulloso tiene el temible poder de cerrar el corazón y los oídos. Quien no se pone a la escucha de Dios, modesta y humildemente, no le oirá jamás. La Palabra es una simiente, Jesús había dicho esto también. Escuchar a Dios es hacer germinar la vida... es introducir en nosotros una vitalidad nueva, divina. -Poned «por obra» la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. En efecto, si alguno se contenta con oir la Palabra sin ponerla «por obra», ése se parece al que contempla su imagen en un espejo, se mira, pero en yéndose se olvida de como es. La fe no puede ser tan solo una adhesión abstracta e intelectual a unas doctrinas. Es necesario que cambie las relaciones sociales, que transforme las relaciones entre ricos y pobres.

La Palabra de Dios es un «espejo». Hace que nos conozcamos mejor a nosotros mismos, pone de manifiesto las manchas y arrugas de nuestro rostro. Tiene pues que suscitar una revisión de nuestra vida. Nunca deberíamos salir de una misa o de una oración «igual» a lo que éramos al entrar. En -cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y la pone por obra, será feliz. Alegría, felicidad, libertad. -La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado en medio del mundo. He ahí una «práctica religiosa» al alcance de todo el mundo y que ni siquiera requiere desplazarse a la iglesia... sino que se realiza «en medio del mundo». No es de hoy el insistir de la Iglesia sobre este aspecto primario de la práctica religiosa: cumplir con su deber, amar... La «vida» tiene prelación sobre el «culto».
NOEL QUESSON PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4 EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 72 s.

TEXTO IV Comentario a la Epístola
El fragmento de la carta que leemos hoy tiene como tema «la palabra», que constituye su eje. La palabra viene a ser un espejo en el que se ve reflejado el hombre. El espejo de la palabra, más que reflejar, hace ver cómo es el hombre o, quizá mejor, cómo tendría que ser. El hombre "contempla en ella su rostro" (v 23); se ve como un hombre que vive «en la ley perfecta, la de la libertad» (25) y no con el rostro del esclavo bajo una ley que lo agobia y lo sujeta. Antes se ha hablado ya de «la palabra plantada en vosotros, que es capaz de salvaros» (21). Esto quiere decir que la palabra no es sólo la que se lee o escucha, sino que hunde sus raíces en el interior y en la vida del oyente, hasta el punto de mostrar desde dentro -como una semilla- su fuerza capaz de salvarlo. En la palabra oída o leída, el hombre contempla quién es realmente por razón de la palabra. Pero algunos, tras mirarse en el espejo de la palabra, se olvidan de cómo eran (24), no la ponen en práctica (23) ni perseveran en ella (25); para éstos, la palabra es tan vana e inútil como si no la hubieran oído. Porque el objetivo de la palabra no es ofrecer al hombre la satisfacción momentánea de contemplarse en ella: es preciso practicarla y, por tanto, recordarla. La palabra quiere hacerse realidad en la conducta; parece decir al hombre: ¡Vive como yo te he mostrado que eres y como debes vivir! Quien no lo hace así se cierra el camino de la felicidad, pues «quien la pone por obra, ése encontrará la felicidad en practicarla» (25). De ahí la recomendación de Santiago: "Sea cada cual pronto para escuchar, lento para hablar" (19). Se trata, al menos, de una invitación al silencio y a la reflexión. Porque en el fondo importa más lo que dice la palabra que todo lo que el hombre pueda decir de sí mismo, pues la palabra enseña en qué radica «la justicia de Dios». De ahí también la exhortación a ser «lento para la ira», que incita al hombre a imponer su propia justicia y lleva consigo el olvido de la justicia justa, la que proviene de Dios. A la vez, la palabra muestra quién es el hombre piadoso, pues enseña cuál es «la religión pura y sin tacha a los ojos de Dios Padre» (26-27). M. GALLART, LA BIBLIA DIA A DIA Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 530 s.

TEXTO V Comentario a la Epístola (2)
Sant. 1, 19-27. Quien no sabe poner freno a su lengua, él mismo se engaña y su religión no sirve de nada. Por eso no seamos ligeros para emitir juicios. A nosotros sólo nos corresponde amar; dejemos el juicio a Dios. No juzguemos y no seremos juzgados; no condenemos y no seremos condenados. Y cuando alguien nos insulte, no devolvamos mal por mal, sino que sepamos perdonar de corazón conforme al ejemplo que Dios nos da, pues Él hace salir el sol sobre buenos y malos y manda su lluvia sobre justos y pecadores. Que la Palabra de Dios no se pronuncie inútilmente sobre nosotros. Si Dios nos ha dicho que hemos sido convertidos en Amor y que estamos destinados a manifestar a todos el amor de Dios, no escuchemos estas palabras para después olvidarlas e ir tras nuestros egoísmos. Sólo en Dios encuentra el hombre su plenitud. Si estamos con Dios contemplémonos en Él y decidámonos a ser como Él, amando, perdonando y dando nuestra vida por nuestro prójimo como el Señor lo hizo por nosotros. Que no sean los criterios de este mundo corrompido los que guíen nuestras acciones, sino el Evangelio, que no sólo hemos de escuchar sino hacer vida en nosotros para que podamos vivir, de un modo puro e irreprochable, a los ojos de Dios Padre mediante nuestro culto; y ante los demás, mediante nuestra ayuda a los más desprotegidos.

TEXTO VI Comentario a la Epístola (3)
LA PALABRA Y LAS OBRAS 1,19-27 Sigue un nuevo grupo de ideas, que muestra otro rasgo fundamental del cristianismo auténtico: la fe reconocida y profesada urge por su esencia para que se pase a la acción, si en realidad es verdadera fe. Por eso el pensamiento central de este grupo de versículos es que no basta oir, sino que hay que realizar. Hay que ser realizador de la palabra (1,22.23) y realizador de la obra (1,25). Una fe que sólo repercute en el pensamiento es una forma piadosa de engañarse a sí mismo. Por eso Santiago, al final, pone algunos ejemplos de fe realizada: la solicitud desinteresada por los indigentes (1,27: viudas, huérfanos) y la lucha para vivir de un modo agradable a Dios. 1. MANERA DE COMPORTARSE CON LA PALABRA (1,19-21). a) Disposición para escuchar (1,19-20). 19 Sabedlo, hermanos míos queridos: Que todo hombre sea pronto para escuchar, tardo para hablar, tardo para la ira. 20 Pues la ira del hombre no realiza la justicia de Dios. PALABRA/ESCUCHA: La interpelación solemne, precedida de la palabra «sabed» indica la responsabilidad del hombre ante la palabra y muestra, en una sentencia sapiencial trimembre, la manera conveniente de comportarse. El hombre debe estar abierto y bien dispuesto a escuchar la palabra ajena; debe escucharla con amor y con paciencia. Escuchando se pone en contacto con el tú de su prójimo y con el tú de Dios; ésa es la razón de que deba estar siempre abierto, con respeto, a las interpelaciones de Dios o de su prójimo. Sólo quien sabe escuchar sabe entender; sólo quien escucha con espíritu abierto y respetuoso puede responder con conocimiento de causa, con amor y con verdad. Este principio tiene validez sobre todo cuando es Dios quien se dirige a nosotros: «El que tenga oídos para oir, que oiga» (Mc 4,9). Para Santiago tiene especial importancia esta apertura, sobre todo cuando se trata de escuchar la palabra de Dios, particularmente en la predicación y en el culto. Lo demuestran los versículos siguientes, que comentan esta norma de carácter general. Todo hombre debe tener una postura adecuada ante la palabra, debe dominar el arte de escuchar, para ser así capaz de recibir la palabra de Dios como conviene.

Santiago muestra también la responsabilidad por las propias palabras: tardo para hablar. El hombre es responsable de cada palabra que pronuncia. Santiago tratará después más despacio de este poder casi diabólico del hombre. Aquí sólo intenta dar la norma suprema que hemos de seguir en nuestras palabras y nuestras acciones: lo que es justo ante Dios. Con la expresión justicia de Dios quiere designar aquel don, aquella capacidad que ha recibido y tiene quien procura realizar en su vida la voluntad de Dios. En la lucha por la justicia tiene importancia decisiva saber administrar como conviene la propia palabra. No basta evitar conversaciones ligeras o palabras y juicios inconsiderados. Lo importante, en último término, es de qué sentimientos procede la propia palabra: si procede de un amor a la verdad que sea sincero, respetuoso, realista y circunspecto, o de un instinto egocéntrico, vano, ávido de gloria, quisquilloso, vengativo, indómito, de un instinto propio del espíritu de este mundo (cf. 3,13-4,12). Las horribles burlas y blasfemias de los enemigos de Jesús al pie de la cruz (Mt 27,39-44) muestran qué poder diabólico llega a tener la palabra del hombre cuando el odio, la cólera, la indignación y el orgullo se adueñan de ella. La palabra irreflexiva, que no procede de la verdad y del amor, sólo puede destruir, incluso a quien la pronuncia, porque Dios, un día, nos pedir;á cuenta a todos de cada palabra pronunciada (Mt 12,36). b) Mansedumbre (1,21). 21 Por lo cual, despojándoos de toda impureza y de todo resto de maldad, recibid con mansedumbre la palabra plantada en vosotros que puede salvaros. Pero no sólo los pecados de palabra y los pecados que guardan relación con la palabra, sino toda maldad y malicia ha de ser depuesta y enmendada. También aquí, probablemente, se hace alusión al bautismo, que quitó toda mancha y toda maldad y revistió al bautizado con la santidad de su Señor 14. Esta liberación del pecado y de la imperfección, que se ha dado ya en germen, hay que llevarla a la vida y precisamente oponiéndose a todo género de maldad y de pecado, que amenazan constantemente la nueva vida. Con la palabra plantada se refiere Santiago a la palabra de la predicación y también a la de la profesión de fe, que se hace en el bautismo. Esta palabra plantada en los fieles y abonada continuamente por la predicación de la Iglesia debe producir fruto abundante en la vida de cada uno de los bautizados. Pero esta fecundidad no sólo depende del poder operativo de la palabra de Dios, sino también de la colaboración del creyente. El hombre debe colaborar, venciendo su ira con mansedumbre y con una disposición amistosa, dulce, humilde y confiada. Ante nosotros está el ejemplo de Cristo. Debemos imitar su actitud frente a la voluntad del Padre y frente a los hombres necesitados de salvación; hemos de sacar fuerza para ello de las alabanzas que prodiga a los mansos (Mt 5,4). La herencia del reino de Cristo ha sido prometida a quienes no esperan nada de sí mismos, a quienes lo esperan todo de Dios y aceptan con perseverancia alegre y confiada la oferta de salvación que Dios les hace. Santiago continúa la predicación de Jesús. Se dirige a la misma gente sencilla, humilde, pobre, necesitada, a quienes se dirigía el mensaje de Jesús durante los años de su vida pública. Todos los aspectos de la mansedumbre: pobreza, humildad, perseverancia, suavidad y alegría, se encuentran en la carta de Santiago15. También aquí recoge la herencia de Cristo y la anuncia de nuevo con autoridad apostólica. Hay que advertir que Santiago insiste en que se acepte el mensaje de la fe y se cumplan sus exigencias: «Recibid la palabra plantada en vosotros.» Ocupaos constantemente de ella, vivid desplegando la fuerza de esa nueva semilla, de ese principio vital; haced fermentar vuestro pensamiento y vuestra voluntad con esa activa levadura; reformad y perfeccionad con ella vuestra vida. Es un requisito muy importante, que sólo puede cumplirse como es debido mediante un constante contacto con la palabra de Dios, que hemos de oir tal como nos la enseñan y anuncian. Vivir de la palabra pertenece a la esencia del cristianismo, tanto antes como ahora. La palabra es poderosa; «puede salvarnos».
.................. 14. Cf. Ga 3,27; Ef 4,24; 5,26; Hb 10,22; 1P 3,21. 15. 1,9; 2,5; 4,6.10; 1,3s.12; 5,7.11; 3,13.17s; 1,2.13. ..................

2. REALIZACIÓN DE LA PALABRA (1,22-25). a) Práctica de la palabra (1,22-24). 22 Llevad a la práctica la palabra y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. 23 Porque quien escucha la palabra y no la pone en práctica se parece a un hombre que se mira la cara en un espejo; 24 se miró y se fue, y en seguida se olvidó de cómo era. Ahora enuncia Santiago el objetivo a que tendían sus palabras: sed realizadores de la palabra. Vivid lo que creéis. Quien reconoce como verdadero el mensaje de la fe y lo acepta, quien procura con todas sus fuerzas penetrar el sentido espiritual de la revelación, pero no ajusta su vida a la voluntad de Dios, se engaña. Una fe de ese estilo no basta para salvarse. Al contrario: ese saber ha de servir para su ruina, porque un día su vida será juzgada según esas normas. Tanto Jesús 16 como Pablo 17 han insistido con tenacidad en que se realice y se tome en serio lo que se ha reconocido como verdad y voluntad de Dios. Santiago continúa la predicación de Jesús y la resume de forma tajante porque, según parece, tiene que poner en guardia a sus lectores contra una concepción falsa y arrogante de la elección, fundada en la justificación de sí mismo. Pero sus palabras sirven también para todos nosotros. Nada más erróneo que pensar que el peligro de que aquí se trata está ya pasado de moda, que era un peligro típicamente judío o judeocristiano. Este pensamiento habría crecido de la misma raíz que Santiago quiere desarraigar. No podemos salvarnos solamente con un cristianismo de nombre. Santiago refuerza con una comparación el precepto que acaba de dar. Quien por medio de la fe ha penetrado en la verdad, pero sigue viviendo como si la fe no le hubiera dado una visión fundamental y nueva de su conducta y de su vida, es como un hombre que contempla su rostro en un espejo y olvida inmediatamente lo que el espejo le mostró. Un mero conocimiento superficial de la fe no sirve para nada.
............... 16. Mt 7,24-27; Lc 6,46-49; 8,21; 10,37; 12,47s; Jn 13,17. 17. Cf. Rom 2,13ss. ...............

b) Los que practiquen la palabra se salvarán (1,25). 25 Pero quien fija su atención en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no como oyente olvidadizo, sino para ponerla por obra, será bienaventurado al practicarla. He aquí un nuevo cuadro. Creer es inclinarse para mirar con atención en el tesoro de la fe; es fijar la atención en las instrucciones de Dios, troquelarlas en la propia voluntad y vivir ajustándose a ellas. Santiago nos exige que seamos constantes. Con ello subraya cuán necesario es para la debida consumación de la fe ocuparse siempre de la voluntad de Dios. Solamente es capaz de configurar toda su vida según la palabra divina quien va ajustando siempre su vida a la voluntad revelada de Dios, ocupándose íntima y constantemente de su palabra. Esta clase de vida, ¿sólo es una piedad externa y legalista, que nada tiene que ver con la salvación? Santiago habla de la ley de la nueva vida con una admirable expresión: «la ley perfecta, la de la libertad». Esta ley procede de la voIuntad salvadora de Dios, tiende a conseguir la perfección del hombre redimido y se despliega en la ley regia del amor desinteresado al prójimo (2,8; cf. 4,11s). Esta ley, pues, es un brote de la libertad del hombre que ha sido redimido del pecado, del egoísmo y del espíritu de este mundo; conserva al hombre en la libertad y la desarrolla plenamente 18. Sólo como hijo de Dios y primicias de su mundo redimido es el hombre realmente libre para vivir según lo que es. Por eso la salvación se promete al que pone la ley por obra. No se trata sólo de la salvación futura, porque la salvación está ya actuando en la vida de los redimidos, que toman en serio la nueva realidad de la gracia que les ha sido concedida. La salvación futura no será sino la consumación plena de la realidad ya presente de la gracia salvadora. Esta promesa la hizo Jesús con sus propios labios a todos los que no sólo le confiesan con la boca sino que realizan su palabra y su voluntad (Mt 7,21-27). Cuando el cristiano realiza la voluntad de Dios que, según la doctrina de Jesús, está resumida en el mandamiento fundamental del amor, la salvación se hace realidad presente en su vida.
.................. 18. Cf. Mt 11,28ss; 12,7; 17,25s; Rm 8,2; 6,7ss; Jn 8,31ss.

.................

3. CARACTERÍSTICAS DE LA VERDADERA RELIGIÓN (1,26-27). a) La verdadera religión no consiste en palabras (1,26). 26 Si alguno cree ser realmente religioso y no refrena su lengua, sino que se engaña a sí mismo, su religión no es auténtica. Otro defecto que hay que evitar en la vida cristiana es la falta de dominio de las palabras. Santiago volverá a tratar después más extensamente de este peligroso defecto (3,1-18), que por lo visto era frecuente entre los judeocristianos de vida piadosa. Se trata de algo que motiva un engaño de sí mismo. Probablemente se alude, ante todo, al afán de emitir juicio, de criticar, de murmurar, afán que entre la gente piadosa de todos los tiempos y lugares es con frecuencia despiadado. Este afán nace de la envidia, la rivalidad y ia presunción (4,11s). A menudo se enmascara incluso bajo la capa de celo por las cosas de Dios y la santidad de su pueblo. Esta forma de servir a Dios -pues eso es lo que significan propiamente las palabras que aquí se han traducido por religión y religioso- no vale nada, ya que no sirve a Dios ni al prójimo, sino a la presunción de la propia justicia y, por tanto, a los intereses del príncipe de este mundo (3,15). Cristo ha dejado al descubierto de una vez para siempre la hipocresía de este celo religioso 19. No son las palabras impregnadas de religiosidad ni los discursos llenos de celo los que aprovechan ante Dios, sino la acción responsable que, en este caso, consiste en reprimir la lengua y en convertir el corazón, que confía en su propia justicia.
................ 19. Cf. Mt 5,21s.; 7,1-5; 9,12s.; 23,27s. ...............

b) La verdadera religión se demuestra con obras (1,27). 27 La religión pura y sin mancha delante de Dios y Padre, es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación, y conservarse limpio de contagio del mundo. La verdadera religión se manifiesta en una vida laboriosa al servicio del amor fraterno y en la pureza de costumbres. No es la observancia puritana de prescripciones rituales, ni el cumplimiento meticuloso y literal de prácticas externas de piedad, sino el amor misericordioso y activo con el indigente y el necesitado, lo que convierte la religión en verdadero servicio a Dios. Los huérfanos y las viudas representan tradicionalmente a todos los necesitados 20, Además, hay que esforzarse sinceramente por santificarse ante los ojos del Padre, que está en los cielos, según la medida de su propia perfección. Este es el espíritu de Jesús y del Evangelio. Contra toda clase de religiosidad puramente externa, que se limita a los ritos de culto, el Señor da como signo de la auténtica religiosidad el corazón puro y las obras de misericordia 21. Nuestra aspiración hacia la perfección de Dios y nuestro deseo de ayudar al prójimo necesitado deben formar una unidad, si queremos que Dios se complazca en el servicio que le prestamos en este mundo y en el culto. Ni la propia santificación sin amor al prójimo, ni el amor al prójimo sin la propia santificación bastan para agradar a Dios. Es fundamental comprender la necesidad de unir estos dos elementos, porque muchos cristianos están tentados a cuidar de uno de ellos, descuidando el otro. A veces, incluso, presumen de ello.
................... 20. Cf. Ex 22,22s; Dt 27,19; Eclo 4,10; Sal 68,6; 146,9; Is 1,17; Ez 22,7. 21. Cf. Mc 7; Mt 23; 9,12-13; 25,31-46.

TEXTO VII Comentario al Evangelio (1)
-Sí, en verdad os digo... Fórmula solemne de Jesús cuando va a decir algo importante. -Cuanto pidiereis al Padre, os lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Ver su plegaria acogida... Rogar "en nombre de Jesús"... ¿Qué quiere decir esto? Imagino que esta acogida, no puede ser reconocida más que en la Fe; pues bien sabemos que a menudo, nada parece cambiar después de una plegaria. Pero, ¿es seguro que nada cambia? Si yo tuviera más Fe, vería también esta acogida de la que Tú, Señor, nos hablas. Dentro de unos instantes Jesús anonadado al pie de un olivo, hará también una oración aparentemente no acogida: "Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz". Pero, ¿no ha sido acogido? ¿Cómo? -Pedid y recibiréis, a fin de que vuestro gozo sea completo. La oración, fuente de gozo... fuente de expansión... fuente de equilibrio. El mundo occidental, ¿no debería retornar a esta fuente? Orar. Pasar tiempo en la contemplación, en el reposo en Dios: quién sabe si no veremos volver esto desde las planicies del Ganges, o las arenas del desierto... o quizá también del hastío de nuestras vidas occidentales materializadas y encerradas en el "cerco de hierro" de una humanidad, a la que se le ha hecho creer que no hay nada más, que no tiene salida, que el hombre está encerrado en sí mismo... Pero ¡no! Hay una abertura: hay un mundo divino, próximo, cercano a ti, que te envuelve por doquier... y en el que la oración puede introducirte. Imposible experimentarlo en lugar de los demás. Hay que penetrar uno mismo en ello. Orad a fin de que vuestro gozo sea completo. -Llega la hora en que ya no os hablaré más en parábolas, sino que os hablaré claramente del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que Yo rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado y creído que Yo he salido de Dios. ¿Qué significan estas palabras? La abolición de las distancias. Entre Dios y los creyentes, hay una comunicación directa... que viene, por parte de Dios, de una actitud de amor -el Padre mismo os ama-... y por parte del hombre, de una actitud de fe y de amor -porque me habéis amado y habéis creído en mí. Entre el universo invisible y el universo visible, no hay muros. De la tierra, suben sin cesar plegarias, de amor y de fe. Del cielo, descienden sin cesar gracias y palabras divinas, de amor. -Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre. Sí, en verdad Jesucristo es "la comunicación" entre estos dos mundos, que no están cerrados el uno al otro. El ha venido de ese mundo invisible, divino, celeste; que nos envuelve por todas partes. El nos lo ha revelado. Ha desvelado lo que estaba escondido en Dios: todo se resume en una sola palabra... Dios ama... Dios es Padre... Dios es amor... Ha vuelto a ese mundo invisible, divino, celeste, a ese mundo donde el amor es rey, a ese mundo donde el amor hace dichoso, a ese mundo donde las relaciones entre las Personas son totalmente satisfactorias, logradas, ¡y perfectas! ¿Vamos nosotros a beber, de vez en cuando, a esta fuente? NOEL QUESSON, PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 1 EVANG. DE ADVIENTO A PENTECOSTES EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 248 s.

TEXTO VIII Comentario al Evangelio (2)
a) En el evangelio, Jesús sigue profundizando tanto en su relación con el Padre como en las consecuencias que esta unión tiene para sus seguidores: esta vez respecto a su oración. Ahora que Jesús «vuelve al Padre», que es el que le envió al mundo, les promete a sus discípulos que la oración que dirijan al Padre en nombre de Jesús será eficaz. El Padre y Cristo están íntimamente unidos. Los seguidores de Jesús, al estar unidos a él, también lo están con el Padre. El Padre mismo les ama, porque han aceptado a Cristo. Y por eso su oración no puede no ser escuchada, «para que vuestra alegría sea completa». b) La eficacia de nuestra oración por Cristo se explica porque los que creemos en él quedamos «incardinados» en su viaje de vuelta al Padre: nuestra unión con Jesús, el Mediador, es en definitiva unión con el Padre. Dentro de esa unión misteriosa -y no en una clave de magia- es como tiene sentido nuestra oración de cristianos y de hijos. Cuando oramos, asi como cuando celebramos los sacramentos, nos unimos a Cristo Jesús y nuestras acciones son también sus acciones. Cuando alabamos a Dios, nuestra voz se une a la de Cristo, que está siempre en actitud de alabanza. Cuando pedimos por nosotros mismos o intercedemos por los demás, nuestra petición no va al Padre sola, sino avalada, unida a la de Cristo, que está también siempre en actitud de intercesión por el bien de la humanidad y de cada uno de nosotros. La clave para la oración del cristiano está en la consigna que Jesús nos ha dado: «permaneced en mí y yo en vosotros», «permaneced en mi amor». Por eso el Padre escucha siempre nuestra oración. No se trata tanto de que él responda a lo que le pedimos. Somos nosotros los que en este momento respondemos a lo que él quería ya antes. Orar es como entrar en la esfera de Dios. De un Dios que quiere nuestra salvación, porque ya nos ama antes de que nosotros nos dirijamos a él. Como cuando salimos a tomar el sol, que ya estaba brillando. Como cuando entramos a bañarnos en el agua de un río o del mar, que ya estaba allí antes de que nosotros pensáramos en ella. Al entrar en sintonía con Dios, por medio de Cristo y su Espíritu, nuestra oración coincide con la voluntad salvadora de Dios, y en ese momento ya es eficaz. Aunque no sepamos en qué dirección se va a notar la eficacia de nuestra oración, se nos ha asegurado que ya es eficaz. Nos lo ha dicho Jesús: «todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido» (Mc 11,24). Sobre todo porque pedimos en el nombre de Jesús, el Hijo en quien somos hermanos, y por tanto también nosotros somos hijos de un Padre que nos ama. «Si pedís algo al Padre en mi nombre os lo dará» (evangelio) J. ALDAZABAL, ENSÉÑAME TUS CAMINOS 3 El Tiempo Pascual día tras día, Barcelona 1997. Págs. 138-140

TEXTO IX Comentario al Evangelio (3)
v. 23b: Sí, os lo aseguro: Si le pedís algo al Padre en unión conmigo, os lo dará. Declaración solemne: Los discípulos tienen pleno ac¬ceso al Padre, cuya paternidad los abraza a ellos. El acceso existe en unión con Jesús. No es Jesús un mediador que distancie del Padre; al contrario, lleva a los discípulos hasta él. Jesús subraya la eficacia de la peti-ción (si le pedís algo... os lo dará). Al poner como única condición que sea hecha en unión con él, su objeto ha de estar incluido en el ámbito de la obra de Jesús (10,10: yo he venido para que tengan vida y les rebose). Todo lo que contribuye a la vida individual o comunitaria, o a la comunicación de vida a otros, puede ser objeto de petición. v. 24-26: Hasta el presente no habéis pedido nada en unión conmigo; pedid y recibiréis, así estaréis colmados de alegría. 25Hasta aquí os he hablado en comparaciones. Se acerca la hora en que ya no os

hablaré en comparaciones, sino que os informaré sobre el Padre claramente. 26Ese día pediréis en unión conmigo; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, Jesús exhorta a pedir con la seguridad de recibir. La experiencia del Padre asequible y generoso llena de alegría. Se refiere a la hora de su vuelta. Su información sobre el Padre no serán explicaciones de pa¬labra, sino la que procura la experiencia del Espíritu. Éste hará super¬flua toda comparación, el conocimiento del Padre les será connatural. vv. 27: porque el Padre mismo os quiere, ya que vosotros me queréis de verdad y creéis firmemente que yo salí de Dios. No existe un Dios severo y un Jesús mediador (el Padre mismo os quiere), sino un Dios Padre que ama a los hombres Y que hace pre-sente su amor en Jesús. El amor del Padre a los discípulos tiene por fundamento la adhesión de éstos a Jesús, su cariño a él como amigos y su fe en su procedencia. Como Jesús (15,15), también el Padre quiere a los discípulos como a amigos (querer, no "amar"). Ni uno ni otro do¬minan al hombre; están a su favor y se ponen a su servicio (6,11; 13, 4ss). De hecho, Dios ofrece su amor al mundo entero (3,16), pero el amor no es completo mientras no sea mutuo. Su amor, dador de vida, es ayuda eficaz, pero sólo adquiere realidad cuando encuentra respuesta. No se impone, se ofrece como don gratuito. v 28: Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y voy con el Padre. Jesús resume su itinerario: desde el Padre hasta el Padre (cf. 13,3). Salir del Padre significa no sólo ser enviado por él (5,36.38), sino ser Jesús la realización del proyecto que Dios tenía desde el principio (1,1.14).

TEXTO X
Comentario al Evangelio (4)
Fuente: Catholic.net Autor: Fernando Pascual
¿Para qué rezar, si no conseguimos nada? ¿Para qué rezar, si a veces sentimos un muro de soledad a nuestro alrededor? Puede ser que no recemos con fe, o que no pidamos lo que nos conviene. Santa Teresa del Niño Jesús escribía lo siguiente: "Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría" (Santa Teresa del Niño Jesús, ms. autob. C 25r). Entonces sí vale la pena rezar, pues sólo se ve la luz en medio de la oscuridad cuando miramos hacia delante, cuando descubrimos que Cristo pasó antes que nosotros por la prueba de la cruz, y ahora está con Dios Padre, y nos espera, y nos prepara un lugar. También el cristiano puede ganar mucho si sabe orar en el nombre de Cristo, si no se deja aplastar por el dolor o el fracaso. Toca a Dios decidir si nos concede eso que pedimos desde lo más profundo del corazón. Pero incluso cuando no llega el regalo que pedimos, no nos faltará el consuelo de saber que estamos en sus manos. ¿No es eso ya vivir en oración, el mejor regalo que podemos recibir de nuestro Padre de los cielos?

TEXTO XI EL PADRE OS AMA Mensaje de la XIV jornada mundial de la Juventud
Juan Pablo II Os invito, junto con toda la Iglesia, a dirigiros hacia Dios Padre y a escuchar con gratitud y admiración la sorprendente revelación de Jesús: «El Padre os ama» (cf.Jn 16, 27). Éstas son las palabras que os propongo como tema de la XIV Jornada mundial de la juventud. Queridos jóvenes, Dios os ha amado primero (cf. 1Jn 4, 19), acoged su amor. Permaneced firmes en esta certeza, la única capaz de dar sentido, fuerza y alegría a la vida: su amor nunca se apartará de vosotros y su alianza de paz nunca fallará (cf. Is 54, 10). Ha tatuado vuestro nombre en las palmas de sus manos (cf.Is 49, 16). 2. Aunque no sea siempre consciente y clara, en el corazón del hombre existe una profunda nostalgia de Dios, que san Ignacio de Antioquía expresó elocuentemente con estas palabras: «Un agua viva murmura en mí y me dice interiormente: “¡Ve al Padre!”» (Ad Rom 7). «Déjame ver, por favor, tu gloria» (Ex 33, 18), pide Moisés al Señor en el monte. «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, lo ha revelado» (Jn 1, 18). Por tanto, ¿basta conocer al Hijo para conocer al Padre? Felipe no se deja convencer fácilmente, y pide: «Señor, muéstranos al Padre». Su insistencia obtiene una respuesta que supera nuestras expectativas: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 8-11). Después de la Encarnación, hay un rostro de hombre en el que es posible ver a Dios: «Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí», dice Jesús no sólo a Felipe, sino también a todos los que creerán (cf. Jn 14, 11). Desde entonces, el que acoge al Hijo de Dios acoge a Aquel que lo envió (cf.Jn 13, 20). Por el contrario, «el que me odia, odia también a mi Padre» (Jn 15, 23). Desde entonces es posible una nueva relación entre el Creador y la criatura, es decir, la relación del hijo con su Padre: a los discípulos que quieren conocer los secretos de Dios y piden aprender a rezar para encontrar apoyo en el camino, Jesús les responde enseñándoles el Padre nuestro, «síntesis de todo el Evangelio» (Tertuliano, De oratione, 1), en el que se confirma nuestra condición de hijos (cf. Lc 11, 1-4). «Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado (cf.Jn 17, 7): él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el modelo de nuestra oración» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2765). El evangelio de san Juan, al transmitirnos el testimonio directo de la vida del Hijo de Dios, nos indica el camino que hay que seguir para conocer al Padre. La invocación «Padre» es el secreto, el aliento, la vida de Jesús. ¿No es él el Hijo único, el primogénito, el amado al que todo se orienta, el que está al lado del Padre desde antes que el mundo existiese y participa de su misma gloria? (cf. Jn 17, 5). Jesús recibe del Padre el poder sobre todas las cosas (cf. Jn 17, 2), el mensaje que ha de anunciar (cf. Jn 12, 49), y la obra que debe realizar (cf. Jn 14, 31). Ni siquiera sus discípulos le pertenecen: es el Padre quien se los ha dado (cf. Jn 17, 9), confiándole la misión de protegerlos del mal, para que ninguno se pierda (cf. Jn 18, 9). A la hora de pasar de este mundo al Padre, la «oración sacerdotal» muestra el estado de ánimo del Hijo: «Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo existiese» (Jn 17, 5). En calidad de sumo y eterno Sacerdote, Cristo encabeza el inmenso cortejo de los redimidos. Al ser primogénito de una multitud de hermanos, vuelve a conducir al único redil las ovejas del rebaño disperso, para que haya «un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10, 16). Gracias a su obra, la misma relación amorosa que existe en el seno de la Trinidad se repite en la relación del Padre con la humanidad redimida: «El Padre os ama». ¿Cómo podría comprenderse este misterio de amor sin la acción del Espíritu, derramado por el Padre sobre los discípulos gracias a la oración de Jesús? (cf. Jn 14, 16). La encarnación del Verbo eterno en el tiempo y el nacimiento para la eternidad de

cuantos se incorporan a él mediante el bautismo no podrían concebirse sin la acción vivificante de ese mismo Espíritu. 3. «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Dios ama al mundo. Y a pesar de todos sus rechazos, seguirá amándolo hasta el fin. «El Padre os ama» desde siempre y para siempre: ésta es la novedad inaudita, «el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre» (Christifideles laici, 34). Aunque el Hijo nos hubiera dicho únicamente estas palabras, nos habría bastado. «¡Qué gran amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios! Y lo somos» (1Jn 3, 1). No somos huérfanos; el amor es posible. Porque, como sabéis muy bien, nadie puede amar si no se siente amado. Pero ¿cómo anunciar esta buena nueva? Jesús indica el camino que se ha de seguir: ponernos a la escucha del Padre, para que nos enseñe (cf. Jn 6, 45), y guardar sus mandamientos (cf. Jn 14, 23). Además, este conocimiento del Padre debe ir creciendo: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer» (Jn 17, 26), y será obra del Espíritu Santo, que guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13). En nuestra época, la Iglesia y el mundo necesitan más que nunca «misioneros» que sepan proclamar con la palabra y el ejemplo esta certeza fundamental y consoladora. Vosotros, jóvenes de hoy y adultos del nuevo milenio, conscientes de ello, dejaos «formar» en la escuela de Jesús. Sed testigos creíbles del amor del Padre, tanto en la Iglesia como en los diversos ambientes donde se desarrolla vuestra existencia diaria. Manifestadlo en vuestras opciones y actitudes, en vuestro modo de acoger a las personas y de poneros a su servicio, y en vuestro respeto fiel a la voluntad de Dios y a sus mandamientos. «El Padre os ama». Este anuncio asombroso se deposita en el corazón de todo creyente que, como el discípulo amado por Jesús, reclina su cabeza en el pecho del Maestro y recoge sus confidencias: «El que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21), porque «ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3). Las diversas formas de paternidad que encontráis en vuestro camino son un reflejo del amor del Padre. Pienso, en particular, en vuestros padres, colaboradores de Dios al transmitiros la vida y al educaros: honradlos (cf. Ex 20, 12) y demostradles vuestra gratitud. Pienso en los sacerdotes y en las demás personas consagradas al Señor, que son para vosotros amigos, testigos y maestros de vida, «para progreso y gozo de vuestra fe» (Flp 1, 25). Pienso en los educadores auténticos, que con su humanidad, su sabiduría y su fe contribuyen de modo significativo a vuestro crecimiento cristiano y, por tanto, plenamente humano. Dad gracias siempre al Señor por cada una de estas personas, que os acompañan a lo largo de las sendas de la vida. 4. El Padre os ama. La conciencia de esta predilección que Dios os tiene no puede menos de impulsar a los creyentes «a emprender, en la adhesión a Cristo, redentor del hombre, un camino de auténtica conversión. (...) Es éste el contexto adecuado para el redescubrimiento y la intensa celebración del sacramento de la penitencia en su significado más profundo» (Tertio Millennio Adveniente, 50). «El pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarlo y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 387); es no querer vivir la vida de Dios recibida en el bautismo y no dejarse amar por el verdadero Amor, pues el hombre tiene el terrible poder de impedir la voluntad de Dios de dar todos los bienes. El pecado, cuyo origen se encuentra en la voluntad libre de la persona (cf. Mc 7, 20), es una transgresión del amor verdadero; hiere la naturaleza del hombre y destruye la solidaridad humana, manifestándose en actitudes, palabras y acciones

impregnadas de egoísmo (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1849-1850). En lo más íntimo del hombre es donde la libertad se abre y se cierra al amor. Éste es el drama constante del hombre, que a menudo elige la esclavitud, sometiéndose a miedos, caprichos y costumbres equivocados, creándose ídolos que lo dominan e ideologías que envilecen su humanidad. Leemos en el evangelio de san Juan: «Todo el que comete pecado es un esclavo del pecado» (Jn 8, 34). Jesús dice a todos: «Convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1, 15). En el origen de toda conversión auténtica está la mirada de Dios al pecador. Es una mirada que se traduce en búsqueda plena de amor, en pasión hasta la cruz, en voluntad de perdón que, manifestando al culpable la estima y el amor de que sigue siendo objeto, le revela por contraste el desorden en que está sumergido, invitándolo a cambiar de vida. Éste es el caso de Leví (cf. Mc 2, 13-17), de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10), de la adúltera (cf. Jn 8, 1-11), del ladrón (cf. Lc 23, 39-43), y de la samaritana (cf. Jn 4, 1-30): «El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible; su vida carece de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Redemptor Hominis, 10). Una vez que ha descubierto y experimentado al Dios de la misericordia y del perdón, el ser humano ya no puede vivir de otro modo que no sea el de una continua conversión a él (cf. Dives in Misericordia, 13). «Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11): el perdón se da gratuitamente, pero el hombre está invitado a corresponder con un serio compromiso de vida renovada. Dios conoce muy bien a sus criaturas. No ignora que la manifestación cada vez mayor de su amor terminará por suscitar en el pecador el disgusto por el pecado. Por eso, el amor de Dios se realiza con el ofrecimiento continuo de perdón. ¡Qué elocuente es la parábola del hijo pródigo! Desde que se aleja de casa, su padre vive preocupado: aguarda, espera su regreso, escruta el horizonte. Respeta la libertad de su hijo, pero sufre. Y cuando su hijo se decide a volver, lo ve desde lejos y sale a su encuentro, lo abraza con fuerza y, rebosante de alegría, ordena: «Traed aprisa el mejor vestido y vestidle – símbolo de la vida nueva –; ponedle un anillo en su mano – símbolo de la alianza –; y unas sandalias en los pies – símbolo de la dignidad recuperada –. (...) Y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (cf. Lc 15, 11-32). 5. Antes de subir al Padre, Jesús confió a su Iglesia el ministerio de la reconciliación (cf. Jn 20, 23). Por tanto, no basta sólo el arrepentimiento interior para obtener el perdón de Dios. La reconciliación con él se obtiene mediante la reconciliación con la comunidad eclesial. Por eso, el reconocimiento de la culpa pasa a través de un gesto sacramental concreto: el arrepentimiento y la confesión de los pecados, con el propósito de vivir una vida nueva, ante el ministro de la Iglesia. Por desgracia, el hombre contemporáneo, cuanto más pierde el sentido del pecado, tanto menos recurre al perdón de Dios: de esto dependen muchos de los problemas y las dificultades de nuestro tiempo. Durante este año, os invito a redescubrir la belleza y la riqueza de gracia del sacramento de la penitencia, releyendo atentamente la parábola del hijo pródigo, en la que no se subraya tanto el pecado cuanto la ternura de Dios y su misericordia. Al escuchar la Palabra en actitud de oración, de contemplación, de admiración y de certeza, decid a Dios: «Te necesito, cuento contigo para existir y vivir. Tú eres más fuerte que mi pecado. Creo en tu poder sobre mi vida, creo en tu capacidad de salvarme, tal como soy ahora. Acuérdate de mí. Perdóname». Mirad «dentro» de vosotros. Más que contra una ley o una norma moral, el pecado es contra Dios (cf. Sal 50, 6), contra vuestros hermanos y contra vosotros mismos. Poneos en presencia de Cristo, Hijo único del Padre y modelo de todos los hermanos. Él es el único que nos revela cómo debe ser nuestra relación con el Padre, con nuestro prójimo y con la sociedad, para estar en paz con nosotros mismos. Nos lo revela mediante el Evangelio, que es una sola cosa con Jesucristo. La fidelidad a uno es la medida de la fidelidad al otro. Acudid con confianza al sacramento de la reconciliación: con la confesión de vuestras culpas mostraréis que queréis reconocer vuestra infidelidad y ponerle fin; testimoniaréis vuestra necesidad de conversión y reconciliación, para recuperar la condición pacificadora y fecunda de hijos de Dios en Cristo Jesús; y

expresaréis vuestra solidaridad con vuestros hermanos, que también están probados por el pecado (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1445). Por último, recibid con gratitud la absolución del sacerdote: es el momento en que el Padre pronuncia sobre el pecador arrepentido las palabras que devuelven la vida: «Este hijo mío ha vuelto a la vida». La Fuente del amor regenera y permite superar el egoísmo y volver a amar con mayor intensidad. 6. «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los profetas» (Mt 22, 37-40). Jesús no dice que el segundo mandamiento es idéntico al primero, sino que es «semejante». Por consiguiente, los dos mandamientos no son intercambiables, como si se pudiera cumplir automáticamente el mandamiento del amor a Dios guardando el del amor al prójimo, o viceversa. Tienen consistencia propia, y ambos deben cumplirse. Pero Jesús los une para mostrar a todos que están íntimamente relacionados: es imposible cumplir uno sin poner en práctica el otro. «De su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina en la cruz que redime, signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad» (Veritatis Splendor,14). Para saber si amamos verdaderamente a Dios, debemos comprobar si amamos en serio a nuestro prójimo. Y si queremos conocer la calidad de nuestro amor al prójimo, debemos preguntarnos si amamos verdaderamente a Dios, porque «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1Jn 4, 20), y «en esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos» (1Jn 5, 2). En la carta apostólica Tertio Millennio Adveniente exhorté a los cristianos a «subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados» (n. 51). Se trata de una opción preferencial, no exclusiva. Jesús nos invita a amar a los pobres, porque hay que dedicarles una atención particular, precisamente a causa de su vulnerabilidad. Es sabido que son cada vez más numerosos, incluso en los países denominados ricos, a pesar de que los bienes de esta tierra están destinados a todos. Cualquier situación de pobreza interpela la caridad cristiana de cada uno. Pero también debe llegar a ser un compromiso social y político, porque el problema de la pobreza en el mundo depende de condiciones concretas que deben ser transformadas por los hombres y las mujeres de buena voluntad, constructores de la civilización del amor. Se trata de «estructuras de pecado», que sólo se vencen con la colaboración de todos, si están dispuestos a «perderse» por el otro en lugar de explotarlo, y a «servirlo» en lugar de oprimirlo (cf. Sollicitudo Rei Socialis,38). Queridos jóvenes, os invito de modo particular a vosotros a emprender iniciativas concretas de solidaridad y comuniónjunto a y con los más pobres. Participad con generosidad en alguno de los proyectos que en los diversos países han puesto en marcha otros jóvenes con gestos de fraternidad y solidaridad: será un modo de «restituir» al Señor, en la persona de los pobres, por lo menos algo de todo lo que os ha dado a vosotros, más afortunados. Y podrá ser también la expresión inmediatamente visible de una opción profunda: la de orientar decididamente vuestra vida hacia Dios y hacia vuestros hermanos. 7. María resume en su persona todo el misterio de la Iglesia; es la «hija predilecta del Padre» (Tertio Millennio Adveniente,54), que acogió libremente y respondió con disponibilidad al don de Dios. Siendo «hija» del Padre, mereció convertirse en la Madre de su Hijo: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Es Madre de Dios, porque es perfectamente hija del Padre. En su corazón no hay otro deseo que el de sostener el compromiso de los cristianos de vivir como hijos de Dios. Como Madre tiernísima, los guía incesantemente hacia Jesús, para que, siguiéndolo, aprendan a cultivar su relación con el Padre celestial. Como en las bodas de Caná, los invita a hacer todo lo que el Hijo les diga (cf. Jn 2, 5), sabiendo que éste es el camino para llegar a la casa del «Padre misericordioso» (cf.2Co 1, 3).

TEXTO XII
“ME VOY AL PADRE”, nos recuerda que nuestra patria es el cielo
Memoria e identidad. Juan Pablo II En efecto, en el Evangelio aparece el término «Padre» en labios de Cristo como palabra fundamental. De hecho, es el apelativo que usa con más frecuencia. «Todo me lo ha entregado mi Padre» (Mt 11, 27; cf. Lc 10, 22); «El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta» (Jn 5, 20; cf. 5, 21 etc.). Las enseñanzas de Cristo contienen en sí los elementos más profundos de una visión teológica, tanto de la patria como de la cultura. Cristo, como el Hijo que viene a nosotros enviado por el Padre, entra en la humanidad con un patrimonio especial. San Pablo habla de esto en la Carta a los Gálatas: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer [...], para que recibiéramos el ser hijos por adopción [...]. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Ga 4, 4-7). Cristo dice: «Salí del Padre y he venido al mundo» (Jn 16, 28). Esta venida tuvo lugar por medio de una Mujer, la Madre. La herencia del eterno Padre ha pasado en un sentido muy real a través del corazón de María, y se ha enriquecido así con todo lo que el extraordinario genio femenino de la Madre podía aportar al patrimonio de Cristo. Este patrimonio es el cristianismo en su dimensión universal y, en él, la contribución de la Madre es muy significativa. Por eso se llama madre a la Iglesia: mater Ecclesia. Cuando hablamos así, nos referimos implícitamente al patrimonio divino, del cual participamos gracias a la venida de Cristo. El Evangelio, pues, ha dado un significado nuevo al concepto de patria. En su acepción original, la patria significa lo que hemos heredado de nuestros padres y madres en la tierra. Lo que nos viene de Cristo orienta todo lo que forma parte del patrimonio de las patrias y culturas humanas hacia la patria eterna. Cristo dice: «Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre» (Jn 16, 28). Este retorno al Padre inaugura una nueva Patria en la historia de todas las patrias y de todos los hombres. A veces se habla de «Patria celestial», la «Patria eterna». Son expresiones que indican precisamente lo ocurrido en la historia del hombre y de las naciones tras la venida de Cristo al mundo y su retorno de este mundo al Padre. La partida de Cristo ha abierto el concepto de patria a la dimensión de la escatología y la eternidad, pero nada ha quitado a su contenido temporal. Sabemos por experiencia, basándonos en la historia polaca, cuánto ha favorecido la idea de la patria eterna a la disponibilidad para servir a la patria temporal, preparando a los ciudadanos para afrontar todo tipo de sacrificios por ella, y sacrificios muchas veces heroicos. Lo demuestran elocuentemente los Santos que la Iglesia, a lo largo de la historia, y especialmente en los últimos siglos, ha elevado al honor de los altares. La patria, como herencia del padre, proviene de Dios, pero en cierta medida procede también del mundo. Cristo vino al mundo para confirmar las leyes eternas de Dios, del Creador. Pero ha iniciado al mismo tiempo una cultura totalmente nueva. Cultura significa cultivo. Cristo, con sus enseñanzas, con su vida, muerte y resurrección, ha vuelto a «cultivar» en cierto sentido este mundo creado por el Padre. Los hombres mismos se han convertido en el «campo de Dios», como escribe san Pablo (1Co 3, 9). De este modo, el «patrimonio» divino ha tomado la forma de la «cultura cristiana». Ésta no existe solamente en las sociedades y naciones cristianas, sino que se ha hecho presente de alguna manera en toda cultura de la humanidad. En cierta medida, ha transformado toda la cultura.

TEXTO XIII LA ORACIÓN EN EL MAGISTERIO DE BENEDICTO XVI
Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

Introducción La oración ha sido siempre a lo largo de la historia de la humanidad un tema fascinante, envuelto en el misterio. De las religiones politeístas a los cultos monoteístas, desde los tiempos que se pierden en los inicios del hombre hasta nuestros días, la oración tiene un lugar privilegiado en el corazón del hombre. La sola idea de poder relacionarse con Dios, de entablar un diálogo con el creador, con la materia viviente, con el origen de la vida o con los dioses que rigen el destino del universo ha despertado en el hombre una incógnita que lo ha llevado a erigir altares, establecer cultos y rituales en forma tal que le permitieran esta comunicación o al menos los deseos de comunicarse con las deidades. No es sino con la Revelación cuando el hombre logra captar lo que Dios quiere de Él y la forma en que puede relacionarse con Él, la forma en que puede hablar con Él. Es Dios mismo quien se comunica con el hombre y quien comunica al hombre sus deseos, lo que espera de su criatura preferida. Ya Jesucristo nos revelará las particularidades de esta relación, no sólo con su palabra sino con su misma vida. A partir de entonces surgirán hombres y mujeres en la historia del cristianismo que mediante su testimonio personal y su palabra irán ilustrando el misterio que significa la oración cristiana. Un misterio que no puede ser abarcado en unas pocas palabras, precisamente porque es misterio. Quien habla o escribe sobre la oración lo hace siempre desde su experiencia personal, desde aquello que Dios le ha permitido vivir. Si bien el sujeto que experimenta la oración es único y cada hombre o mujer que ora lo hace con sus propias cualidades y no puede hablar sino de lo que ha experimentado en primera persona, sabemos que el objeto de la oración, este encuentro personal con Dios es un dato objetivo 1 , porque es el mismo Dios que se encuentra con el hombre, si bien respetando las peculiaridades de cada hombre. Confiados en esta objetividad de la Revelación y guiados por el Magisterio de la Iglesia podemos afirmar, como nos dice el Catecismo de la Iglesia católica que la oración no es sino es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (San Juan Damasceno, f. o. 3, 24) . 2 Muchos otros maestros de oración han dado otras definiciones que enriquecen el concepto de oración y nos hacen partícipes de las experiencias de dichos maestros. “La oración es una conversación y un coloquio con Dios” (san Gregorio Nacianceno); “es hablar con Dios” (San Juan Crisóstomo); “es el pensar en Dios con piedad y afecto humilde” (San Agustín); “es el piadoso afecto de la mente que piensa en Dios” (san Buenaventura); “es la elevación de la mente a Dios para alabarlo y pedirle las cosas convenientes para la salvación eterna” (Santo Tomás, sintetizando el pensamiento de Sal Juan Damasceno.” 3 Establecemos entonces como un dato objetivo que es el encuentro del alma con Dios en la oración viene a ser vivido por un sujeto dentro de la obediencia a lo que Dios quiere, por tanto, dentro de unos datos que pueden ser verificables de acuerdo a la Revelación y no sólo dejándose guiar por el sólo subjetivismo. Es el sujeto quien en el encuentro con Dios en la oración obedece a lo que Dios le hace ver, sin perder para nada sus propias cualidades subjetivas. Al contrario, sus cualidades personales subjetivas vienen a enriquecer el dato objetivo del encuentro con Dios. La experiencia de un hombre en su encuentro de amor con Dios, es decir en la oración, vendrá por tanto a significar no sólo una forma de comprender la definición de la oración, sino una forma muy personal de vivir este encuentro de amor con Dios. Esta forma personal de vivir el encuentro con Dios es el reflejo de toda la persona, ya que el encuentro con Dios, si es verdadero, abarca a toda la persona humana. Por ello, una palabra, una definición, una expresión en la oración, nos puede revelar el interior de la persona, su estado de humor, su psicología y hasta su cultura. Así vemos en Santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz la cultura de su tiempo se refleja en su vida de oración.

En este pequeño estudio queremos abarcar una pequeña parte del magisterio de Benedicto XVI sobre la oración. Se trata en primer lugar de comprender lo que Benedicto XVI entiende por la oración y específicamente por oración en la vida consagrada y para las personas consagradas. Contamos para ello con un texto magnífico, que si bien no entra propiamente en su magisterio petrino, refleja en forma clara y objetiva el pensamiento de Joseph Ratzinger sobre la oración. Se trata de la Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana – Orationis formas del 15 de octubre de 1989, cuando aún era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En él, Joseph Ratzinger como teólogo y pedagogo nos dejarán para la posteridad cuál es el pensamiento de la oración cristiana, en contraste con las formas de oración de tipo oriental que comienzan a pulular en Occidente. Este documento unido a la carta encíclica Spe salvi, serán los puntos de arranque para dejar sentado lo que es la oración en el magisterio de Benedicto XVI. Sin embargo queremos profundizar y descubrir lo que espera Benedicto XVI de las personas consagradas sobre el tema de la oración. Desde el inicio de su pontificado y tomando pie a lo dicho en su mensaje del 27 de septiembre de 2005 con motivo de la Asamblea plenaria de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, el Santo Padre viene hablando de una auténtica “ripresa” 5(término italiano de difícil o exacta traducción al español y que algunos erróneamente traducen comorenovación – preferible el término inglés recovery), es decir de un lanzar de nuevo con grande vigor la vida consagrada. Basándonos en este concepto, descubriremos el papel que según Benedicto XVI juega la oración en esta búsqueda por vivir con más frescura, con más vigor la vida consagrada. Por último y como argumento al que tantas congregaciones religiosas femeninas dan mucha importancia y al que dedican no poco tiempo, hablaremos sobre la oración por las vocaciones. Constataremos no sólo lo mucho que el Papa confía en este medio, sino la forma en la que él entiende que se debe desarrollar la oración por las vocaciones, la forma en que la religiosa debe rezar y encontrarse con Dios para pedir por las vocaciones. Más que un concepto, la oración es un tipo de vida. Definir la oración no es una empresa fácil. Y mucho menos si a esta empresa se une el hecho de que quien debe definir la oración es el sumo Pontífice, el vicario de Cristo en la tierra. Puede asaltarnos justamente la pregunta del criterio que debe seguirse para cimentar la definición de la oración que da Benedicto XVI. Podemos elegir como criterio los grandes dotes pedagógicos con los que Dios lo ha dotado, mismos que ya se veían desde la labor desempeñada en la diócesis de Mónaco de Baviera, pasando por su trabajo desempeñado en la Congregación de la Doctrina de la Fe. También podemos referirnos a la asistencia que recibe en su ministerio petrino. Sin embargo queremos basarnos en el servicio que él viene haciendo a la verdad y a la revelación, como el mismo lo ha dicho: “… restando nella luce della verità rivelata in Gesù, tramite la genuina tradizione della chiesa.” 6 ES por tanto el servicio que presta Josph Ratzinger a la verdad revelada en Jesús, la que nos permitirá descubrir su pensamiento acerca de la oración. Por otra parte vemos una línea continua de este servicio entre su trabajo en la Congregación para la Doctrina de la Fe y su ministerio petrino. Ya desde el inicio de su pontificado, en el momento de dar las primeras palabras en el balcón central de la Basílica Vaticana como recién elegido sumo pontífice, él se considera como un trabajador de la viña del Señor, queriendo de esta forma enfatizar el hecho de que está al servicio de la verdad revelada en Jesús: “Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y

humilde trabajador de la viña del Señor.” 7 Y ya en la homilía del inicio de su pontificado podrá explayarse más sobre su programa de trabajo, que sintetiza su pensamiento y el tenor de autoridad con el que quiere llevar adelante la misión encomendada. “¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, la he podido exponer ya en mi mensaje del miércoles, 20 de abril; no faltarán otras ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.” 8 Animados por tanto por esta convicción de escuchar a un hombre que quiere ser sólo testigo de la verdad revelada en Cristo, nos acercamos a su pensamiento sobre la oración. Joseph Ratzinger no duda en trazar las fuentes históricas de la oración cristiana, partiendo siempre de lo que dice la Biblia y lo santos padres. “Come debba pregare l’uomo che accoglie la rivelazione biblica, lo insegna la Bibbia stessa. Nell’Antico Testamento ci’è una meravigliosa raccolta di preghiere, rimasta viva lungo i secoli anche nella chiesa di Gesù Cristo, nella quale essa è diventata la base della preghiera ufficiale: il libro delle Lodi o dei Salmi.” 9 Por ello, se debe considerar siempre la oración cristiana dentro del marco del cristianismo, es decir de la fe cristiana. Quien reza, quien hace oración en el cristianismo lo hace dentro de la estructura de la fe católica. “La preghiera cristiana è sempre determinata dalla struttura della fede cristiana, nella quale risplende la verità stessa di Dio e della creatura.” 10 Encontramos nuevemamente en el pensamento de Joseph Ratzinger esta fuerte tendencia a no apartarse de lo que ha sido revelado por Cristo, este pensamiento de querer hacer lo que Cristo ha querido y ha pensado siempre como verdad revelada por Dios su Padre. Una vez puestas estas premisas podemos acercarnos a descubrir cuál es el concepto de Benedicto XVI sobre la oración. Nuevamente el documento Orationis formas nos sirve de guía. “Per questo essa (la preghiera) si configura, propiamente parlando como un dialogo personal, intimo e profundo, tra l’uomo e Dio. Essa esprime quindi la comunione delle creature redenta con la vita intima delle Persone trinitarie. In questa comunione, che si fonda sul battesimo e sull’eucaristia, fonte e culmine della vita della chiesa, è implicato un atteggiamento di conversione, un esodo dall’io verso il tu di Dio.” 11 Nos encontramos por tanto con una definición de oración que hunde sus raíces en una profunda sintonía con la verdad revelada. Si bien toda oración es un encuentro personal con Dios, este encuentro se realiza en la Iglesia y para la Iglesia. En la Iglesia porque el encuentro personal se llevará a cabo dentro de la estructura que Jesús ha marcado para que este encuentro se lleve a cabo. Es un encuentro de dos personas: el cristiano que quiere encontrar a Dios y Dios (le Persone trinitarie) que viene al encuentro del hombre. Y es un encuentro para la Iglesia, porque toda oración no queda encerrada en el caparazón del egoísmo personal. Si el hombre ha orado verdaderamente, entonces ese encuentro se traduce necesariamente en una misión. El hombre que encuentra a Dios lo encuentra necesariamente en un ambiente de obediencia. “Sul Tabor, dove certamente egli (Cristo) è unito al Padre in maniera manifesta, viene evocata la sua passione (cf. Lc 9, 31) e non viene neppure presa in considerazione la possibilità di permanere in <> sul monte della trasfigurazione. Ogni preghiera contemplativa cristiana rinvia continuamente all’amore del prossimo, all’azione e alla passione, e proprio così avvicina maggiormente a Dio.” 12 La oración como encuentro no la podemos circunscribir a una técnica. Quien se encuentra y habla con una persona, por la calle, o en un encuentro formal, no circunscribe el encuentro a un método, a una técnica. Si bien es cierto que todo encuentro, aunque fortuito es precedido de un pequeño o grande ceremonial, el encuentro no se puede basar en dicho ceremonial o normas de etiqueta o respeto mutuo como pueden ser el saludo, el intercambio de algún signo de amistad. Son las palabras, los gestos, las emociones, la sintonía en el pensamiento y en la voluntad las que hacen el núcleo del encuentro. De la misma manera, lo veremos más adelante, no son las técnicas de la oración las que hacen el núcleo y el centro de la oración. Son las palabras, el intercambio de pensamientos y de ideas los que hacen la oración. Nuestra sociedad occidental es una sociedad que se ha centrado en la velocidad, lo quiere todo y en un solo momento. Se olvida por ejemplo que la naturaleza tiene procesos que llevan tiempo: la cosecha está sujeta al cambio de las estaciones, la

gestación de la vida humana requiere de nueve meses y así todos los procesos conllevan un cierto tiempo. Guiados más bien por la técnica que busca el eficientismo, muchos han visto la oración como una técnica más, en dónde si se llegan a cumplir una serie de rituales, se pueden esperar los resultados prometidos. Si se cumplen las condiciones establecidas en la oración, entonces podré hacer la experiencia del encuentro con Dios. Se olvida por una parte que el encuentro con Dios es una gracia que procede de Dios mismo y que la oración como encuentro no está circunscrito a una serie de técnicas. Dios y el hombre que se encuentran están guiados por la gracia y por la libertad, no por una técnica. Jospeh Ratzinger previene de este posible error cuando escribe: “I falsi carismatici del IVsecolo identificavano la grazia dello Spirito santo con l’esperienza psicologica della sua presenza nell’anima. Contro di esse i padri insistettero sul fatto che l’unione dell’anima orante con Dio si compie nel mistero, in particolare attraverso i sacramenti della chiesa. Essa può inoltre realizzarsi perfino attraverso esperienze di afflizione e anche di desolazione. (…) Queste forme di errore continuano a essere una tentazione per l’uomo peccatore. Lo istigano a cercare di superare la distanza che separa la creatura del Creatore, come qualcosa che non dovrebbe esserci; a considerare il cammino di Cristo sulla terra, con il quale egli ci vuole condurre al Padre, come realtà superata; ad abbassare ciò che viene accordato come pura grazia al livello della psicologia naturale, come <> o come <>. 13 Y más adelante ratifica lo dicho cuando escribe: “L’amore di Dio, unico oggetto della contemplazione cristiana, è una realtà della quale non ci si può <> con nessun metodo o tecnica; anzi, dobbiamo aver sempre lo sguardo fisso in Gesù Cristo, nel quale l’amore divino è giunto per noi sulla croce a tal punto che egli si è assunto anche la condizione di allontanamento del padre (cf. Mc 15, 34) Dobbiamo dunque lasciar decidere a Dio la maniera con cui egli vuole farci partecipi del suo amore. Ma non possiamo mai, in alcun modo, cercare di metterci allo stesso livello dell’oggetto contemplato, l’amore libero di Dio; neanche quando, per la misericordia di Dio Padre, mediante lo Spirito santo mandato nei nostri cuori, ci viene donato in Cristo, gratuitamente, un riflesso sensibile di questo amore divino e ci sentiamo come attirati dalla verità, dalla bontà e dalla bellezza del Signore.” 14 Ya en su ministerio petrino, Benedicto XVI vuelve a hablar de la oración como un encuentro y en un contexto muy preciso como es el de las almas consagradas a Dios. Si bien todos los cristianos están llamados a utilizar este medio que es la oración para acrecentar su unión con Dios, las personas consagradas, por la misma profesión que han hecho de seguir a Cristo en pobreza, castidad y obediencia, necesitan tener una unión fuerte y constante con Dios. Se presenta la oración no ya sólo como un encuentro con Dios, sino como un encuentro con Dios que fortifica la misma consagración. “El alimento de la vida interior es la oración, íntimo coloquio del alma consagrada con su Esposo divino.” 15 Pero de este tema hablaremos con más detenimiento. Ahora sólo queremos recalcar el hecho de que Benedicto XVI sigue viendo la oración como un encuentro con Cristo. ¿Para qué rezar? Las finalidades de la oración. Una vez que sabemos que la oración es un encuentro con Dios, conviene conocer la dinámica de este encuentro. El saber algo no implica automáticamente el vivirlo. El pasaje de la razón a la voluntad y de ésta a la acción no se debe suponer como un paso automático. La voluntad es una potencia que sigue a la razón, pero si el hombre no hace suyas las propuestas que le presenta la razón será muy difícil que su voluntad se ponga en movimiento. Es necesario por tanto que el pasaje de la razón a la voluntad y de ésta a la acción se efectúe a través de las debidas motivaciones, esto es,

el hombre debe encontrar y hacer suyos los motivos por los cuales es conveniente poner en práctica lo que la razón le ha presentado. Con la oración sucede algo semejante al proceso que acabamos de describir. Saber que la oración es el encuentro de Dios y el alma no es suficiente para que el hombre ore. Es necesario que el hombre conozca las finalidades de la oración y que estas finalidades las haga propias. Se trata de que el hombre mueva su voluntad no sólo por razones, sino que haga propia estas razones, es decir, que haga propia las finalidades de la oración. Por ello, pretendemos explicar cuáles son las finalidades de la oración en las enseñanzas de Benedicto XVI con el fin de que la persona pueda apropiárselas, es decir, con la finalidad de que el hombre pueda transformar estas finalidades de la oración en sus propias motivaciones. Para pasar de la razón a la acción, es necesario el pasaje del corazón. Lograr hacer propias las finalidades de la oración. De acuerdo con los maestros de la vida espiritual las finalidades de la oración pueden abarcarse en la adoración, la acción de gracias, la petición, el perdón y el ofrecimiento. 16 Todo encuentro de Dios y el hombre en la oración engloba al menos una de las finalidades antes mencionadas. Haremos ahora un pequeño análisis de la aplicación que Benedicto XVI hace de estas finalidades de la oración en forma tal que a partir de dicho conocimiento podamos encontrar las motivaciones personales para nuestra oración. Si hemos dicho que la oración es el encuentro personal con Dios, es lícito preguntarnos de qué esta hecho este encuentro, cómo se llena este encuentro. Es necesario poner como premisa que este encuentro se realiza entre una persona que es criatura y su Creador, por lo tanto la criatura nunca podrá poseer por entero a su Creador. Podrá tan sólo participar de la vida del Creador, y a esto tiende la oración, el encuentro con Dios. Una de las finalidades de la oración que señala Benedicto XVI es la de ser familiar con Dios, de modo que el hombre pueda someterse a la voluntad del Padre. Se trata por tanto de lograr un trato íntimo y personal con Dios. No es que la persona pueda abarcar a Dios, lo cuál no será posible, por la premisa que hemos mencionado en el párrafo precedente. Es lograr en el hombre, mediante el asiduo contacto con Dios, una confianza total en la voluntad del Padre. Que conozca de tal forma al Padre, que pueda vaciarse de sí mismo para cumplir su voluntad. Es necesario por tanto en el hombre un proceso de vaciamiento para que pueda entrar en él la voluntad del padre. “<>: ecco il vero pericolo. Il grande dottore della chiesa (S. Agostino) raccomanda di concentrarse in se stessi, ma anche di trascendere l’io che non è Dio, ma solo una creatura. Dio è <>. Dio infatti è in noi e con noi, ma ci trascende nel suo mistero.” 17 Esta familiaridad con Dios le permite no sólo conocerlo, sino estar siempre en una postura de hacer su voluntad. Cuando mediante la oración el corazón del hombre logra deshacerse de las preocupaciones del mundo, la única preocupación es la de hacer la voluntad de Dios. El encuentro con Dios tiene como una finalidad para el hombre la de ayudarlo a vaciarse de sí mismo para aceptar y cumplir con amor la voluntad de Dios. “Obviamente, el cristiano que reza no pretende cambiar los planes de Dios o corregir lo que Dios ha previsto. Busca más bien el encuentro con el Padre de Jesucristo, pidiendo que esté presente, con el consuelo de su Espíritu, en él y en su trabajo. La familiaridad con el Dios personal y el abandono a su voluntad impiden la degradación del hombre, lo salvan de la esclavitud de doctrinas fanáticas y terroristas.” 18 Si el encuentro con Dios tiene como una de sus finalidades buscar la voluntad de Dios para que Dios esté presente en las realidades del hombre, tanto más cuanto estas realidades son las que maneja el sacerdote, y podemos nosotros añadir, las personas consagradas. Si bien es cierto que el sacerdote y las personas consagradas están insertas en el mundo, no son del mundo, como recomienda el mismo Cristo. Este vivir siempre con la mirada fija en Dios dentro de las realidades terrenas, requiere de un medio para avivar estos deseos de Dios. La oración tendrá como finalidad el mantener vivo este deseo. “Para cumplir su elevada tarea, el sacerdote debe tener una sólida estructura espiritual y vivir toda su vida animado por la fe, la esperanza y la caridad. Debe ser, como Jesús, un hombre que busque, a través de la oración, el rostro y la voluntad de Dios, y que cuide también su preparación cultural e intelectual.” 19

¿Un método? Hemos dicho que la oración no puede reducirse a un método, ya que la criatura no podrá abarcar nunca el objeto de la oración, esto es, el amor inefable de Dios. La oración no es un método, pero un buen método ayuda a hacer oración. “La preghiera è un mistero. L’uomo non può entrare in contatto con Dio se non entrando nel mistero divino. La preghiera cristiana è il mistero di Cristo che introduce i suoi discepoli in una relazione filiale che permette loro di gridare: <<abbà, padre="">>.” 20 Por lo tanto, estamos hablando de misterio, en dónde la gracia de Dios juega un papel preponderante, aunque sin descuidar tampoco la importancia de la libertad del hombre. Siendo por tanto el encuentro con Dios suscitado por su Espíritu santo, no podemos encasillar dicho encuentro a una serie de normas, de reglas, de recetas que nos permitan obtener un resultado infalible. Elhágase esto y entrará en contacto con Dios, reduce el misterio del encuentro con Dios a los horizontes terrenos de la mente humana. El encuentro con Dios es más que un método, pero un buen método ayuda al encuentro con Dios, en la manera en que dicho método permite a Dios actuar libremente, dándole la primacía del actuar. Benedicto XVI sin sugerir un método en cuanto tal, traza con deliciosas pinceladas lo que podría ser una forma, no me atrevo a decir método, del encuentro con Dios y que cada hombre puede aprender y hacer propias estas formas. Encuadra esta forma de oración en una escuela de esperanza. 21 Como la oración es un encuentro personal con Dios, el núcleo de la persona humana, su corazón, entendido como el órgano de la voluntad, su deseo más íntimo, debe irse trasformando para que en él sólo pueda estar Dios, sus intereses, sus anhelos. Benedicto XVI, citando a San Agustín, lo expresa de la siguiente manera. “« Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? » El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados.” 22 El encuentro personal con Dios no es simplemente un encuentro que deja indiferente a la persona. Antes de encontrarse con Dios, la persona debe buscar las disposiciones necesarias para encontrarlo. Disposiciones que son únicamente exteriores, sino sobre todo interiores . Disposiciones que se resumen en buscar ya desde antes el querer de Dios. De lo contrario la oración se reduce a un ejercicio depreda que o toca lo íntimo del hombre, que no lo transforma. A lo más será una meditación piadosa que llena un cierto requisito de piedad filial. Cuando por el contrario, el hombre busca en el encuentro personal con Dios cumplir su voluntad, el corazón se ensancha: “El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. « Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don] ».” 24 Este ensancharse del corazón es un ejercicio constante que se realiza en la oración que sin ser una escuela de oración, bien lo podemos llamar, con Benedicto XVI, una forma de oración que lleva a una cierta finalidad. La forma es la de buscar que el corazón del hombre se hace al corazón de Dios, a aceptar lo que Dios quiere de él. Es llegar a la oración con un corazón abierto, dispuesto para que Dios lo llene, que es precisamente la finalidad de la oración: “El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios.” 25 La oración de las personas consagradas y en las personas consagradas. Si la oración reviste una importancia fundamental para la vida del cristiano, cuanto más para la vida de la persona que ha entregado su vida a Cristo mediante la consagración a través de los votos o de cualquier otro vínculo estable . 26 Conocer lo que es la persona consagrada en el magisterio de Benedicto XVI puede servirnos para entender mejor la importancia que el Santo Padre da a la oración de las personas consagradas. Desde la inauguración de su magisterio, Benedicto XVI se ha referido a las personas consagradas con expresiones llenas de significado espiritual. “Os saludo a vosotros, religiosos y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de Dios,” 27 fue su primer saludo a las personas consagradas.

A partir de ese momento se ha referido a los religiosos y las religiosas como personas que viven la dimensión espiritual de la unión con Dios. Así, en uno de los que podemos llamar su primer documento oficial a la vida consagrada, la Carta con motivo de la Asamblea plenaria de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica del 27 de spetiembre de 2005, Benedicto XVI pone su acento en la dimensión espiritual de las personas consagradas, esto es, su relación personal con Cristo: “alegría, porque a través de vosotros sé que me dirijo al mundo de las mujeres y de los hombres consagrados que siguen a Cristo por el camino de los consejos evangélicos y del respectivo carisma particular sugerido por el Espíritu.” 28 Esta dimensión espiritual está centrada en el seguimiento de Cristo, pero que se hace personal. No es seguir una idea, unas costumbres, sino que es seguir a una persona que se ha encontrado. De este encuentro nace la conciencia de saber que se pertenece sólo y exclusivamente a Aquél que se ha encontrado. Esta pertenencia Benedicto XVI la sabe expresar claramente en el pensamiento de San Benito, cuando comenta el número de la regla que se refiere al amor de Cristo: “En efecto, la vida consagrada, desde sus orígenes, se ha caracterizado por su sed de Dios: quaerere Deum. Por tanto, vuestro anhelo primero y supremo debe ser testimoniar que es necesario escuchar y amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, antes que a cualquier otra persona o cosa.” 29 Ser de Dios y pertenecer a Dios son las características fundamentales de la consagración. Dichas características impregnan la vida de todo consagrado y le permiten actuar en el mundo con una cierta especificidad. “Pertenecer al Señor: esta es la misión de los hombres y mujeres que han elegido seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y sea salvado. Ser totalmente de Cristo para transformarse en una permanente confesión de fe, en una inequívoca proclamación de la verdad que hace libres ante la seducción de los falsos ídolos que han encandilado al mundo. Ser de Cristo significa mantener siempre ardiendo en el corazón una llama viva de amor, alimentada continuamente con la riqueza de la fe, no sólo cuando conlleva la alegría interior, sino también cuando va unida a las dificultades, a la aridez, al sufrimiento.” 30 Nos damos cuenta que Benedicto XVI basa el concepto de la vida consagrada en la pertenencia al Señor y que por consecuencia la persona consagrada busca vivir en todo momento esta pertenencia, no anteponiendo nada al Amor. A partir de este concepto de vida consagrada, la oración cobra un matiz muy específico. Si como hemos dicho, la persona consagrada es aquella que pertenece sólo a Dios y se esfuerza por vivir esa pertenencia a Dios en todas las dimensiones de la vida, necesariamente buscará aquellas actividades que más le ayuden a reforzar su pertenencia a Dios. Quien busca pertenecer a un objeto, trata de poseer dicho objeto. No en vano el amor que es una acción de la voluntad y no del sentimiento, busca ponerse siempre en sintonía con el objeto amado . Y si la oración es un encuentro personal con Dios, para la persona consagrada que busca pertenecer sólo a Dios y poseer sólo a Dos, la oración se convierte en una forma de poseer a Dios y de alimentarse de Dios: “El alimento de la vida interior es la oración, íntimo coloquio del alma consagrada con su Esposo divino.” 32 Si la oración es el alimento necesario para que las personas consagradas puedan pertencer y aumentar su pertenencia al Señor, se infiere que la continuidad en la oración es la garantía de la constancia en la pertenencia al Señor. Siendo que la persona consagrada se desarrolla a lo largo del tiempo y que su vida no está exenta de peligros y tribulaciones, ya sea que vengan del exterior de la persona, ya sea que provengan del interior, la oración se convierte por tanto en un medio esencial para llenarse del Señor y reafirmar la pertenencia a Él. Un medio que no debe reducirse a un tiempo esporádico, sino que debe sellar la jornada de todos los días, ya que la pertenencia se alimenta de los encuentros cotridianos, no sólo esporádicos. “Proseguid por este camino, fortaleciendo vuestra fidelidad a los compromisos asumidos, al carisma de vuestros respectivos institutos y a las orientaciones de la Iglesia local. Esta fidelidad, como sabéis, es posible a quienes se mantienen firmes en las fidelidades diarias, pequeñas pero insustituibles: ante todo, fidelidad a la oración y a la escucha de la palabra de Dios; fidelidad al servicio de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo, de acuerdo con el propio carisma; fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, comenzando por la enseñanza acerca de la vida consagrada; y fidelidad a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, que nos sostienen en las situaciones difíciles de la vida, día tras día.” 33

Una aplicación de la oración: la oración por las vocaciones. Siendo la escasez de las vocaciones uno de los argumentos de mayor importancia para la vida consagrada en nuestra época, Benedicto XVI ha señalado en diversos momentos de su magisterio la forma en que el problema debe afrontarse. Desde un comienzo debe verse esta situación desde el punto de vista de Dios y no dejarse llevar ni por un malsano alarmismo, pero tampoco por un infructuoso pesimismo. En su discurso al clero de la diócesis de Aosta en julio de 2005, Benedicto XVI, con una visión realista dice que no nos debemos llevar del pesimismo ni pensar en recetas que puedan solucionar el problema. Se debe partir aceptando la situación de sufrimiento, conscientes de que el Señor permite y está en el sufrimiento, pero conscientes también de que el Señor actuará a través de nuestra acción. Y una de estas acciones es la oración por las vocaciones . 34 La oración por las vocaciones no falta en la mayor parte de las comunidades de vida religiosa. Ya sea en forma comunitaria, personal o intercongregacional, la oración por las vocaciones se ha convertido en un elemento indispensable para pedir al dueño de la mies que envíe obreros a la mies (cf. Mt 9, 37 – 38). Sin embargo, Benedicto XVI, hace una aclaración importante. No basta pedir que el Señor envíe obreros a la mies. Hay que enseñar a los obreros, a los jóvenes actuales, a orar. Es precisamente en la oración, el encuentro personal con Dios, en dónde se hace el discernimiento vocacional. Es en la oración en dónde los corazones de los jóvenes se deciden a dejar todo por seguir el único necesario. Si un joven no sabe rezar, es inútil que se hagan campañas promocionales de oración por las vocaciones, de que se convoque a jóvenes a eventos para darles a conocer lo que es el sacerdocio o la vida consagrada. Si falta en el joven la capacidad de interiorizarse, de encontrar a Dios en lo profundo de su ser, de nada o poco servirán todos esos medios externos. Podemos entonces decir que Benedicto XVI ha recualificado la oración por las vocaciones, para que se convierta verdaderamente en un instrumento para suscitar vocaciones en el corazón de los jóvenes. “Parecerá extraño, pero yo pienso muchas veces que la oración —el unum necessarium— es el único aspecto de las vocaciones que resulta eficaz y que nosotros tendemos con frecuencia a olvidarlo o infravalorarlo. No hablo solamente de la oración por las vocaciones. La oración misma, nacida en las familias católicas, fomentada por programas de formación cristiana, reforzada por la gracia de los Sacramentos, es el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida. En la medida en que enseñamos a los jóvenes a rezar, y a rezar bien, cooperamos a la llamada de Dios. Los programas, los planes y los proyectos tienen su lugar, pero el discernimiento de una vocación es ante todo el fruto del diálogo íntimo entre el Señor y sus discípulos. Los jóvenes, si saben rezar, pueden tener confianza de saber qué hacer ante la llamada de Dios.” 35
NOTAS 1 “La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas" (Cc. Vaticano I: DS 3004; cf. 3026; Cc. Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado "a imagen de Dios" (cf. Gn 1,26). (…)El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de la incertidumbre de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII, enc. "Humani Generis": DS 3875). Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre "las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error" (ibid., DS 3876; cf. Cc Vaticano I: DS 3005; DV 6; S. Tomás de A., s.th. 1,1,1). Catecismo de la Iglesia católica, nn. 36 – 38. 2 Ibídem., n. 2590 3 Antonio Furioli, Preghiera e contemplazxione mistica, Casa editrice Marietti, Genova 2001, p. 22. 4 “la preghiera è un incontro dell’uomo con Dio. (…). Si tratta din un incontro del Padre con il figlio, del figlio con il proprio Dio che sa essergli Padre, di un incontro quindi che è uno scambio di amore. Le forme delle preghiere potranno essere diverse, cosí pure i suoi motivi e anche le difficoltà che vi troviamo, ma la ragione intima della preghiera è sempre l’amore; e una persona che desidera incontrarsi con Dio, dovrà preoccuparsi di una cosa sola: amare, o meglio rispondere a Dio che le si dà per puro amore.” F. Charmot, L’oraison èchange d’amour, c. I. in Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Casa editrice Marietti, Genova 2001, p. 22.

5 “Una auténtica renovación de la vida religiosa sólo puede darse tratando de llevar una existencia plenamente evangélica, sin anteponer nada al único Amor, sino encontrando en Cristo y en su palabra la esencia más profunda de todo carisma del fundador o de la fundadora.” Benedicto XVI, Carta con motivo de la Asamblea plenaria de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, 27.9.2005. 6 Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana – Orationis formas, 15.10.1989, n. 1. 7 Benedicto XVI, Discursos, 19.4.2005. 8 Benedicto XVI, Homilías, 24.4.2005 9 Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana – Orationis formas, 15.10.1989, n. 2. 10 Ibídem. 11 Ibídem. 12 Ibídem., n. 11. 13 Ibídem., n. 9 – 10. 14 Ibídem., n. 31. 15 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006. 16 Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Casa editrice Marietti, Genova 2001, p. 24 – 31. 17 Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana – Orationis formas, 15.10.1989, n. 19. 18 Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 37 19 Benedicto XVI, Discursos, 13.5.2007, n. 5. 20 Jean Galot, S.J. Presentazione, in Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Casa editrice Marietti, Genova 2001, p. 15. 21 Benedicto XVI, Carta encíclica Spes salvi, 30.11.2007, n. 32. 22 Ibídem., n. 33. 23 “La ricerca di Dio mediante la preghiera deve essere preceduta e accompagnata dalla ascesi e dalla purificazione dai propri peccati ed errori, perché secondo la parola di Gesù soltanto <> (Mt 5, 8).” Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana – Orationis formas, 15.10.1989, n. 18. 24 Benedicto XVI, Carta encíclica Spes salvi, 30.11.2007, n. 33. 25 Ibídem. 26 “Adoptan con libertad esta forma de vida en institutos de vida consagrada canónicamente erigidos por la autoridad competente de la Iglesia aquellos fieles que, mediante votos u otros vínculos sagrados, según las leyes propias de los institutos, profesan los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y, por la caridad a la que éstos conducen, se unen de modo especial a la Iglesia y a su misterio.” Código de Derecho Canónico, c.573, § 2. 27 Benedicto XVI, Homilías, 24.4.2005 28 Benedicto XVI, Cartas, 27.9.2005. 29 Benedicto XVI, Discursos, 10.12.2005. 30 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006. 31 “Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.” Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n.17. 32 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006. 33 Benedicto XVI, Discursos, 10.12.2005. 34 “El primer punto es un problema que se plantea en todo el mundo occidental: la falta de vocaciones. (…)Es diferente la situación en el mundo occidental, un mundo cansado de su propia cultura, un mundo que ha llegado a un momento en el cual ya no se siente la necesidad de Dios, y mucho menos de Cristo, y en el cual, por consiguiente, parece que el hombre podría construirse a sí mismo. En este clima de un racionalismo que se cierra en sí mismo, que considera el modelo de las ciencias como único modelo de conocimiento, todo lo demás es subjetivo. Naturalmente, también la vida cristiana resulta una opción subjetiva y, por ello, arbitraria; ya no es el camino de la vida. Así pues, como es obvio, resulta difícil creer; y, si es difícil creer, mucho más difícil es entregar la vida al Señor para ponerse a su servicio. (…)Así pues, la primera respuesta es la paciencia, con la certeza de que el mundo no puede vivir sin Dios, el Dios de la Revelación ―y no cualquier Dios, pues puede ser peligroso un Dios cruel, un Dios falso―, el Dios que en Jesucristo nos mostró su rostro, un rostro que sufrió por nosotros, un rostro de amor que transforma el mundo como el grano de trigo que cae en tierra. Por consiguiente, tenemos esta profundísima certeza: Cristo es la respuesta y, sin el Dios concreto, el Dios con el rostro de Cristo, el mundo se autodestruye y resulta aún más evidente que un racionalismo cerrado, que piensa que el hombre por sí solo podría reconstruir el auténtico mundo mejor, no tiene la verdad. Al contrario, si no se tiene la medida del Dios verdadero, el hombre se autodestruye. Lo constatamos con nuestros propios ojos. Debemos tener una certeza renovada: él es la Verdad y sólo caminando tras sus huellas vamos en la dirección correcta, y debemos caminar y guiar a los demás en esta dirección. El primer punto de mi respuesta es: en todo este sufrimiento no sólo no debemos perder la certeza de que Cristo es realmente el rostro de Dios, sino también profundizar esta certeza y la alegría de conocerla y de ser así realmente ministros del futuro del mundo, del futuro de todo hombre. Y hemos de profundizar esta certeza en una relación personal y profunda con el Señor. Porque la certeza puede crecer también con consideraciones racionales. Realmente, me parece muy importante una reflexión sincera que convenza también racionalmente, pero llega a ser personal, fuerte y exigente en virtud de una amistad con Cristo vivida personalmente cada día. Por consiguiente, la certeza exige esta personalización de nuestra fe, de nuestra amistad con el Señor; así surgen también nuevas vocaciones.” Benedicto XVI, Discursos, 25.7.2005. 35 Benedicto XVI, Discursos, 16.4.2008, n. 3.</abbà,>.

MISA DOMINICAL 2000, 11, 44

TEXTO XIV ¿POR QUÉ ORAR? Importancia de la Oración
http://www.homilia.org/oracion/2_1porque_orar.htm

En su libro titulado “Camino de la Esperanza”, el Cardenal Vietnamita Nguyen Van Thuan nos dejó este testimonio, que es una verdadera campanada de advertencia: “Un día hablé con el Padre Provincial de una gran congregación sobre la crisis del sacerdocio y las vocaciones religiosas. El me dijo que habían enviado una carta a todos los hermanos que habían dejado el sacerdocio para preguntarles por qué lo habían hecho. Todos contestaron. Y sus respuestas revelan que no se habían ido por problemas sentimentales, sino porque no oraban. Algunos dijeron que habían dejado de rezar hacía muchos años. “La oración es la fundamentación de la vida espiritual” (Cardenal Nguyen Van Thuan).

“Muchas vocaciones están en crisis, no se realizarán. Muchas familias sufren dificultades, se separarán y se pelearán. Mucha gente pierde el gusto por la vida y el trabajo, están descontentos y vacíos. Y todo esto porque se ha abandonado la oración” (Beata Teresa de Calcuta). “Todo se renueva en la oración, tanto los individuos como las comunidades. Surgen nuevos objetivos e ideales” (Juan Pablo II). No es de extrañar que el Catecismo de la Iglesia Católica dedique una quinta parte (20%) de sus páginas al tema de la oración,en forma muy extensa y explícita, y tratando todas las formas de oración, inclusive la de la contemplación, que erróneamente ha estado reservada para vocaciones especiales. El tratamiento que da el Catecismo de la Iglesia Católica a la oración denota la importancia que le asigna el Magisterio de la Iglesia a la misma. La oración es la llave que abre nuestrocorazón y nuestra alma al Espíritu Santo; es decir, a Su acción de transformación en nosotros. Al orar, permitimos a Dios actuar en nuestra alma -en nuestro entendimiento y nuestra voluntad- para ir adaptando nuestro ser a Su Divina Voluntad. (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica #2825-1827) La oración nos va descubriendo el misterio de la Voluntad de Dios. (cfr. Ef.1, 9) La oración va conformando nuestro ser a esa forma de ser y de pensar divinas: nos va haciendo ver las cosas y los hechos como Dios los ve. Ver el mundo con los ojos de Dios. En el silencio Dios se comunica mejor al alma y el alma puede mejor captar a Dios. En el silencio el alma se encuentra con su Dios y se deja amar por El y puede amarle a El. En el silencio el alma se deja transformar por Dios, Quien va haciendo en ella Su obra de "Alfarero", moldeándola de acuerdo a Su Voluntad (cfr.Jer.18,1-6). La oración nos va haciendo conformar nuestra vida a los planes que Dios tiene para nuestra existencia. En fin: la oración nos va haciendo cada vez más "imagen de Dios", nos va haciendo más semejantes a Cristo. La oración nos va develando la verdad, sobre todo la verdad sobre nosotros mismos: nos muestra cómo somos realmente, cómo somos a los ojos de Dios: La oración nos abre los ojos para comprender las Escrituras, internalizarlas y hacerlas vida en nosotros. Nos cura del “síndrome de Emaús”. En el silencio de la oración nos encontramos con Dios y nos reconocemos Sus creaturas, dependientes de El, nuestro Padre y Creador, nuestro principio y nuestro fin. “El hombre no puede vivir sin orar, lo mismo que no puede vivir sin respirar” (Juan Pablo II). “Es necesario que encontremos el tiempo de permanecer en silencio y de contemplar, sobre todo si vivimos en la ciudad donde todo se mueve velozmente. Es en el silencio del corazón donde Dios habla” (Beata Teresa de Calcuta). “Orad y velad para no caer en la tentación … para aportar a esta sociedad la luz de la Verdad, la fe en las certezas trascendentales y eternas, el gozo de la verdadera esperanza y el compromiso de lacaridad animosa. El mundo necesita más oración” (JP II, 11-6-83). La oración nos despierta el anhelo de Cielo, los deseos de eternidad, la esperanza en las “realidades últimas” de que nos hablaba Juan Pablo II. Asimismo, la oración no nos deja desentendernos de las “realidades penúltimas”, porque la verdadera oración, lejos de replegarnos sobre nosotros mismos, nos impulsa a la acción y al servicio a Dios en los hermanos. No filantropía o mero altruismo, sino acción apostólica veraz. Tal vez por todas estas cosas y por el interés del Magisterio de la Iglesia en la oración, el Papa Juan Pablo II nos dejó una consigna en su visita a Venezuela, consigna que repetía en todos sus viajes y que él mismo practicaba: "Ante todo,creced en el Señor ... Abrid siempre más vuestro corazón a Cristo. Acoged Su presencia misteriosa y fecunda; cultivad la intimidad con El en ese encuentro que cambia la vida ... Creced siempre en el Señor. Creced hacia la plenitud de Dios" (Ef.3, 19). Y esta consigna no fue precisamente para el Clero o los Religiosos: la dijo para los laicos, para los que debemos estar actuando en el mundo. Y ese crecimiento en el Señor, ese crecimiento hacia la plenitud de Dios no puede darse sin la oración, sin "ese encuentro que cambia la vida". Y ese crecimiento significa ir creciendo en los frutos del Espíritu Santo, algunos de los cuales cita San Pablo en su carta a los Gálatas (5, 22-23): amor, alegría, paciencia, comprensión, bondad, fidelidad,

mansedumbre, dominio de sí ... pues el Espíritu Santo va infundiendo ésos y otros frutos en el alma de todo aquél que se abre a su acción de transformación divina, sobre todo a través de la oración.

TEXTO XV ORACIÓN Y CARIDAD CRISTIANA

http://www.homilia.org/oracion/2_1porque_orar.htm

La oración es tan importante que no podemos, por ejemplo, pretender amar, amar verdaderamente, amar como Dios nos ama, si no nos abrimos a la acción del Espíritu Santo a través de la oración y de los Sacramentos. Con respecto a la relación entre la oración y el amor, Santa Teresa de Jesús la deja bien clara en una breve consigna: “Orar es llenarse de Dios y darlo a los demás”. Es el mism “Contemplad y dad lo contemplado” de Santo Domingo, dicho con una frase sinónima. Para llegar al culmen del amor: dar la vida por el otro, hay que orar mucho para estar muy unidos a Cristo. Dar la vida cada día en las contrariedades, en los rechazos, en las incomprensiones, en las exigencias del amor. Y, también, para darla en el momento final, si de martirio se trata. Amar a los hermanos “en verdad” (2 Jn 1,1-2 y 3 Jn 1, 3) es amarlos por la fuerza de la verdad que mora en nosotros (1 Jn. 3, 18). Y esa fuerza mora en nosotros por la oración. Lo importante no es lo que decimos a Dios, sino lo que Dios nos dice y dice a través de nosotros. Todas nuestras palabras son vanas si no vienen del interior. Las palabras que no dan la luz de Cristo, aumentan las tinieblas” (Beata Teresa de Calcuta). Para eso hay que: • opacarse para que El brille • disminuir para que El crezca • desaparecer para que El se muestre ¿Cómo poder lograr ese opacamiento, esa disminución, ese desaparecer, para que sea Cristo Quien se muestre? Sólo en la oración y en vigilancia. Al orar, Jesús nos va purificando, nos va llenando de su Amor y, al colmarnos, El se muestra a los que nos rodean y atrae a quienes El desea atraer. Ese es el verdadero apostolado: Cristo mostrándose a través de nosotros. Fruto directo de la contemplación es la caridad fraterna. Es la consecuencia lógica de una oración en verdad. Porque hay caridades fraternas que son filantropía o apostolados inventados. La filantropía aplaca la conciencia y hace sentirse bien. Los apostolados inventados sirven para uno lucirse y proyectarse uno mismo. En la oración el Espíritu Santo nos va indicando cómo podemos cooperar y servir a los demás, cómo ser fuente de amor para los que están cerca de nosotros. No podemos amar como Cristo ama si no oramos. Sólo en oración es posible cumplir el mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”( Jn. 13, 34 y 15, 12).

TEXTO XV PENSAMIENTOS SOBRE LA ORACIÓN
http://www.pensamientos.org/pensamientosoracion.htm Almas sencillas hay que, con su Rosario, consiguen todas las gracias y son esclarecidas con singulares luces en todas sus situaciones. San Pedro Julián Eymard Aquellos ratos que estamos en la oración; sea cuan flojamente

estés, Dios los tiene en mucho. Santa Teresa de Avila Buscad leyendo y hallaréis meditando. San Juan de la Cruz Cada mañana encomendad a Dios las ocupaciones del día. San Juan Bosco ¿Cómo conseguiréis vencer las distracciones en la oración? Pensando seriamente en que Dios os está mirando. San Basilio Como se haga la oración que es lo más importante, no dejará de hacerse todo lo demás... San Teresa de Jesús Conformarse con la voluntad de Dios es la oración más hermosa del alma cristiana. San Alfonso María de Ligorio Contemplar o rezar contemplativamente exige la capacidad y disposición de estar ahí sin HACER nada. Pedro Finkler Con la oración conocemos nuestro puesto en presencia de Dios, quién es Dios y quiénes somos nosotros. San Maximiliano Mc Kolbe Con la oración y el sacrificio se prepara la acción. San Juan Bosco Con solo cinco letras se construye una oración completa: “ JESÚS”. Alicia Beatriz Angélica Araujo Cristo nos mostró con su vida lo que es orar. Pedro Finkler Cuando mi espíritu se eleva, mi cuerpo cae de rodillas. George C. Lichtenberg Cuando huyo de la oración, del silencio, no quiero huir de ti, Señor, sino de mí: de mi superficialidad. Padre Karl Rahner, S.J Cuando no puedes expresar tus oraciones, Dios escucha tu corazón. Nuestro Pan Diario Cuando os reunís con frecuencia para la alabanza divina, se debilita el poder de Satanás, y la

concordia de vuestra fe le impiden causaros mal alguno. San Ignacio de Antioquía Cuanto más absorto está un hombre en la oración, menos conciencia tiene de que ora..., porque permanece oculto a su propia mirada. Jean Lafrance Cuanto más se avanza en la vida de oración, más se penetra en el misterio del silencio de Dios. Jean Lafrance Cuando los creyentes sienten dolores mientras están orando, es que hay almas que están renaciendo. Orlando Boyer Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso. Mateo 6,7

Cuando rezas observa un orden en tus peticiones: pide en primer lugar los bienes espirituales, el perdón de los pecados, la luz para conocer la voluntad de Dios, la fuerza para mantenerte en su gracia; después pide la salud física, la bendición sobre tu familia, el alejamiento de las desgracias y la seguridad en el trabajo.... San Juan Bosco Cuando se ama, se desea hablar constantemente con el amado, o al menos contemplarlo incesantemente. En eso consiste la oración. Charles de Foucauld

Cuando vayas a orar, que sea éste un firme propósito: ni más tiempo por consolación, ni menos por aridez. San Josemaría Escrivá de Balaguer Cuanto más absorto está un hombre en la oración, menos conciencia tiene de que ora..., porque permanece oculto a su propia mirada. Jean Lafrance Debemos alterar nuestras vidas para alterar nuestros corazones, pues es imposible vivir de una manera y orar de otra. William Law Debemos amar la oración. La oración dilata el corazón hasta el punto de hacerlo capaz de contener el don que Dios nos hace de Sí mismo. Beata Madre Teresa de Calcuta Debemos orar siempre, no hasta que Dios nos escuche, sino hasta que podamos oír a Dios. Autor desconocido Debemos ser hombres de Dios y, para decirlo más sencillamente, hombres de oración con el suficiente valor para arrojarnos en ese misterio de silencio que se llama Dios sin recibir aparentemente otra respuesta que la fuerza de seguir creyendo, esperando, amando y, por tanto, orando. Karl Rahner Después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos. San Josemaría Escrivá de Balaguer Dios da la oración a quien reza. San Juan Clímaco El cimiento de la oración va fundado en la humildad, y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios. Santa Teresa de Avila El contemplativo prefiere amar la maravilla que descubre en vez de

tratar de comprenderla. Pedro Finkler El contemplativo trabaja, lee, pasea, viaja, hace compras, reza, visita a sus amigos, etc. Mas en el centro de todas sus actividades está siempre aquel sentimiento precioso de intima unión con su amado. Pedro Finkler El desvelo no ha de ser, motivo de quebranto, sino un tiempo de oración para llegar a lo alto. Alicia Beatriz Angélica Araujo El don de la oración está en manos del Salvador. Cuanto más té vacíes de ti mismo, es decir, de tu amor propio y de toda atadura carnal, entrando en la santa humildad, más lo comunicará Dios a tu corazón. San Pío de Pieltrecina El fin de la oración no es alcanzar lo que pedimos, sino transformarnos. Green El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz. Beata Madre Teresa de Calcuta El hombre crece cuando se arrodilla. A. Manzoni El hombre justo procura ardientemente que las alabanzas vayan siempre dirigidas no a él..., sino a Aquel de quien le viene al hombre todo lo que es digno de alabanza... San Agustín ... el hombre no debe olvidar la oración, por más que se encuentre errando sin norte preciso. Adolfo Kolping El hombre no reza para dar a Dios una orientación, sino para orientarse debidamente a sí mismo. San Agustín El mejor consuelo es el que viene de la oración. San Pío de Pieltrecina

El que después de la oración abriga mejores sentimientos, ha obtenido ya respuesta a sus súplicas. George Meredith El que se levanta de la oración con mejores sentimientos, ya ha obtenido una respuesta a sus súplicas. George Meredith El que sólo hace oración cuando tiene ganas, quiere decir que se ha resignado a tener cada vez menos ganas de hacer oración. Karl Ranher El que no reza no puede perseverar en la virtud. San Agustín de Hipona dice: 'Quien aprender a rezar bien, aprende a vivir bien'. San Juan Bosco El valor de una técnica se mide por sus resultados. Cualquier técnica para orar es buena cuando pone al hombre en contacto con Dios. Dr. Alexis Carrell En el diálogo amoroso de un alma con Dios germinan los grandes acontecimientos que cambian el rumbo de la historia. Santa Edith Stein En la verdadera oración se pide ayuda sólo después de que se ha hecho todo el esfuerzo personal necesario, sin obtener ningún resultado. Napoleón Hill En medio de las peores enfermedades puede hacerse la mejor oración Santa Teresa de Avila Encuentra el tiempo de pensar, encuentra el tiempo de rezar, encuentra el tiempo de reír. Madre Teresa de Calcuta Es mejor poner el corazón en la oración (y no encontrar palabras) que encontrar palabras sin corazón. Mohandas Karamchand Gandhi Es necesario orar; el que ora como debe, alcanza de Dios todo lo que quiere.Autor desconocido

Es necesario orar mucho para mantenernos fieles en cualquier situación.Charles de Foucault Felices los que hablan con Dios, porque sabrán entender a los hombres. Autor desconocido Habla Jesús: "Así os digo yo: pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá". Haz oración. ¿En qué negocio humano te pueden dar más seguridades de éxito? San Josemaría Escrivá de Balaguer ...Hablan con Dios y le tratan de poder a poder. Joseph Joubert Hay que rezar con una esperanza ilimitada de ser escuchados. San Juan Bosco Jamás se te caiga de la mano un libro sagrado, haced oración a menudo. San Jerónimo Jesús no nos enseñó a predicar, no nos enseñó a cantar. Nos enseñó a orar.Autor desconocido La alegría es oración, la señal de nuestra generosidad, de nuestro desprendimiento y de nuestra unión interior con Dios. Beata Madre Teresa de Calcuta La fidelidad a la oración y la caridad fraterna serán para nosotros señales de discernimiento para comprobar la autenticidad del abandono. Jaume Boada La mejor oración es aquella en la cual hay más amor. Charles de Foucauld La oración cotidiana añade algo nuevo a la vida. Mohandas Karamchand Gandhi La oración, unida con ese divino sacrificio de la Misa, tiene una fuerza indecible; de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores como apoyada sobre su Amado. San Francisco de Sales La oración de Cristo, era la oblación de su vida en el

sacrificio de la Cruz. Jean Lafrance La oración debería ser la llave del día y el cerrojo de la noche. Thomas Fuller La oración es el camino real para el Cielo, y camino seguro... No me parece es otra cosa perder el camino, sino dejar la oración... Santa Teresa de Jesús La oración es el desahogo de nuestro corazón en el de Dios. San Pío de Pieltrecina La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. San Agustín La oración es el mejor camino de la salvación. M. Del Rocío H. González La oración es el método más efectivo de renovación y transformación porque al orar la persona se vincula a Dios y no al problema. Catherine Ponder La oración es el pequeño nervio que mueve el músculo del Omnipotente. C.H. Spurgeon La oración es el primer alimento del espíritu, como el pan es el alimento para el cuerpo. San Juan Bosco La oración es nuestra mejor arma, una llave que abre el corazón de Dios. Háblale a Dios más con el corazón que con los labios, en ciertos casos hazlo sólo con el corazón. Padre Pío La oración es un encuentro amoroso entre Dios y tú, en la verdad. Pedro Finkler La acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio. San Josemaría Escrivá de Balaguer La oración debe ir menos encaminada a cambiar el mundo que a cambiarnos a nosotros mismos. David Wolpe La oración del cristiano nunca es monólogo. San Josemaría Escrivá de Balaguer

La oración es el cimiento del edificio espiritual. —La oración es omnipotente. San Josemaría Escrivá de Balaguer La oración es como un arma que tenemos que tener siempre dispuesta para defendernos en el momento del peligro. San Juan Bosco La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. San Agustín de Hipona La oración es el filo de la fe. Stanislas Fumet La oración es el secreto de mi vida. Beata Madre Teresa de Calcuta La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave que abre el corazón de Dios. San Pío de Pieltrecina La oración es la respiración de la esperanza. Quien deja de orar deja de esperar.Mons. Pedro Casaldaliga

La oración es nuestra mejor arma, una llave que abre el corazón de Dios. Háblale a Dios más con el corazón que con los labios, en ciertos casos hazlo sólo con el corazón. Padre Pío La oración es un alma que se descubre ante Dios. Phillip Brooks La oración es un puente seguro hacia Dios. Autor desconocido La oración es una compañera inseparable de la vida cristiana. San Juan Bosco

La oración es para el sacerdote como el agua para el pez, como el aire para el pájaro, la fuente para el ciervo. San Juan Bosco La oración logra mover el corazón de Dios. San Juan Bosco La oración mental y el pecado no pueden estar juntos. Un hombre sin oración es como un animal sin razón. San Felipe Neri La oración, no necesita de espacio ni lugar, sino tan solo de una disposición.Alicia Beatriz Angélica Araujo La oración no se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades. Autor desconocido La oración y el sacrificio son mis armas invencibles; constituyen todas mis fuerzas, y sé por experiencia que conmueven los corazones mucho más que las palabras. Santa Teresita del Niño Jesús La plegaria es la primera y la última lección para aprender el noble y bravío arte de sacrificar el ser en los variados senderos de la vida. Mohandas Karamchand Gandhi La plegaria no es un entretenimiento ocioso para alguna anciana. Entendida y aplicada adecuadamente, es el instrumento más potente para la acción.Mohandas Karamchand Gandhi La prueba de la fe perseverante autentifica la cualidad de la oración. Jean Lafrance Las almas sin oración son como un cuerpo tullido que aunque tiene pies y manos no se puede menear... El que persevere en la oración, por más pecados y tentaciones y caídas que ponga el demonio, tengo por cierto que la

sacará el Señor a puerto de luz. Santa Teresa de Jesús Las mejores oraciones tienen muchas veces más gemidos que palabras. John Bunyan Le decías: "No te fíes de mí... Yo sí que me fío de ti, Jesús... Me abandono en tus brazos: allí dejo lo que tengo, ¡mis miserias!" —Y me parece buena oración.San Josemaría Escrivá de Balaguer Lo que le falta a la humanidad, es la oración San Pío de Pieltrecina Los dos requisitos para una Vida Cristiana exitosa son visión y pasión; y ambas nacen y se mantienen por la oración. Leonardo Ravenhill Los hombres de oración son los verdaderos maestros de la historia, sobre todo si la atraviesan como crucificados. Oliver Clément Mas hacen por el mundo los que oran que los que combaten, y si el mundo está mal es porque hay mas batallas que oraciones. Donoso Cortés Me has escrito, y te entiendo: "Hago todos los días mi “ratito de oración: ¡si no fuera por eso!. San Josemaría Escrivá de Balaguer Mi pasado, Señor, lo confío a tu misericordia, mi presente a tu amor, mi futuro a tu providencia. Padre Pío Mientras estáis jugando, en las conversaciones y en diversión, elevad alguna vez la mente al Señor ofreciéndole esas acciones. San Juan Bosco Nadie puede hacerse a sí mismo mayor daño que dejar de tener oración. Santa Teresa de Jesús Nadie rezó con fervor sin aprender algo. Ralph Waldo Emerson No buscarías el rostro de Cristo en la oración si no hubieras ya sentido su mirada posarse en ti. Jean Lafrance

No cesa de orar quien no cesa de bien obrar... El afecto de la caridad equivale a una oración continua. Santa Catalina de Siena No dará Dios la perseverancia, si no al que se la pida con perseverante oración.San Nilo No dejes nunca la oración. Dejar la oración es perder el camino. Santa Teresa de Avila No digas a Jesús que quieres consuelo en la oración. —Si te lo da, agradéceselo. —Dile siempre que quieres perseverancia. San Josemaría Escrivá de Balaguer No hagas de Dios tu cojín ni de la oración tu cobija. Helder Cámara No hagan oración que corte las alas a la caridad. San Camilo No hay en la vida del hombre tesoro comparable a la oración. San Efrén No quiero pedirle a Dios que me evite los peligros, sino que me ayude a desafiarlos. No le suplicaré que alivie mis penas, sino que me dé valor para vencerlas. Rabindranath Tagore No quites la oración de tu vida: el bullicio sólo la confunde. Zenaida Bacardí de Argamasilla No reces para que Dios te escuche, reza para escucharlo tú. Autor desconocido No sabes qué decir al Señor en la oración. No te acuerdas de nada, y, sin embargo, querrías consultarle muchas cosas. — Mira: toma algunas notas durante el día de las cuestiones que desees considerar en la presencia de Dios. Y ve con esa nota luego a orar. San Josemaría Escrivá de Balaguer No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios", dijo el Señor. —¡Pan y palabra!: Hostia y oración. Si no, no vivirás vida sobrenatural. San Josemaría Escrivá de Balaguer

No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es El quien quiere hacerte más bien todavía mediante la perseverancia en permanecer con El en la oración. Catecismo de la Iglesia Católica No todos los que tienen las manos juntas, rezan. Proverbio alemán Nunca eres tan grande, como cuando te arrodillas delante de Dios. Autor desconocido Ora a Dios al principio de todas tus obras, de modo que puedas llevarlas a buen fin, pues la oración logra muchas más cosas de las que este mundo pueda imaginarse. Xenofonte Ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración. San Pío de Pieltrecina Ora con la mayor intensidad cuando más difícil es orar. Charles H. Brent Oración de petición en un perfecto abandono: "Dígnate, Señor, aliviar la carga o aumentar mis fuerzas; alejar la tentación o concederme la gracia de vencerla".Dom Vital Lehodey Oración es que Dios viva en mí... Sea alabado el Señor que me libró de mí...El Señor nos da la libertad. Santa Teresa de Ávila Oración es tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. Santa Teresa de Ávila Orar es amar. Pedro Finkler Orar es imitar a Cristo. Pedro Finkler Orar es pensar en Dios, amando. Charles de Foucauld Orar es un acto simple de colocación ante la presencia de lo Sagrado. Autor desconocido Orar nos desata de lo que sentimos, y nos ata a lo que

creemos: que somos hijos de Dios. Louis Evely Orar significa abrir con ilimitada confianza el corazón a Dios, a su amor paternal, y luego salir corriendo alegre como un niño. Basilea Schlink Para contemplar basta elevar el corazón a Dios con el simple y amoroso deseo de estar con él y esperar. Pedro Finkler Para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar de ponerle aceite. Beata Madre Teresa de Calcuta “Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada al cielo, un grito de reconocimiento y de amor, tanto en la tristeza como en la alegría” Santa Teresita del Niño Jesús Para rezar no es necesario ser inteligente, sino estar en oración. Madeleine Delbêl Pensamientos grandes y un corazón puro: Esto es lo que tendríamos que pedir a Dios. Y, ¿lo pedimos? Autor desconocido Persevera en la oración. — Persevera, aunque tu labor parezca estéril. —La oración es siempre fecunda. San Josemaría Escrivá de Balaguer Poner por primera y principal guarda la oración, y vivir alerta y examinar sus operaciones antes de ejecutarlas. Santo Hermano Pedro de San José de Betancur Por la oración hablamos a Dios y Dios nos habla a nosotros, aspiramos a El y respiramos en El, y El nos inspira y respira sobre nosotros. San Francisco de Sales Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción. San Josemaría Escrivá de Balaguer ¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que

no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a hacerla. San Josemaría Escrivá de Balaguer Que rece no para ser preservado de los peligros, sino para enfrentarlosRabindranath Tagore Queréis cantar alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar... Vosotros mismos seréis su alabanza..., si vivís santamente... San Agustín de Hipona Quien aprende a orar bien, aprende a vivir bien. San Agustín de Hipona Quien ora se ocupa en la cosa más importante. San Juan Bosco Quiero vivir y morir en el ejército de los humildes, uniendo mis oraciones a las suyas, con la santa libertad del obediente. Miguel de Unamuno Reza, pero no dejes de remar hacia la orilla. Proverbio Ruso Reza y confía; no te agites. La agitación nada mejora. Dios es misericordioso y escuchará tus oraciones. Padre Pío Rezar es aceptar ser encontrado por Dios en ese lugar de nuestra persona donde él quiera hablarnos. Jean Lafrance Rezar no es pedir, rezar es la respiración del alma. Mohandas Karamchand Gandhi Sabe bien vivir quien sabe bien orar. San Agustín de Hipona ¿Santo, sin oración?... —No creo en esa santidad. San Josemaría Escrivá de Balaguer Satanás estorba la oración, pero la oración también estorba a Satanás. Autor desconocido Se busca a Dios en los libros y se lo encuentra en la oración. San Pío de Pieltrecina Se puede vivir algunos días sin comer pero no sin

rezar. Mohandas Karamchand Gandhi Sea, pues, esta la regla: que comas siempre con tal templanza que, acabando de comer, puedas rezar y leer alguna cosa. San Jerónimo a Eustoquia Señor, concédeme que siempre desee más de lo que puedo lograr. Michel Angelo Buonaroti Señor, entrego mi pasado a tu perdón; mi presente a tu amor; mi futuro a tu providencia. Nasscimbeni Ser pequeño ante Dios es orar. Ser pequeños y orar son dos cosas que forzosamente van juntas. Padre Tomas Morales Si la única oración que uno dijera en toda su vida fuera ‘gracias’, sería suficiente. Meíster Eckhart Si no eres hombre de oración, no creo en la rectitud de tus intenciones cuando dices que trabajas por Cristo. San Josemaría Escrivá de Balaguer Si no tratas a Cristo en la oración y en el Pan, ¿cómo le vas a dar a conocer?San Josemaría Escrivá de Balaguer Si oramos, creeremos. Si creemos, amamos. Si amamos, serviremos. Beata Madre Teresa de Calcuta Sí la oración no cambia nuestro destino, cambia nuestros

sentimientos, lo cual no es una utilidad menor. Joseph Joubert Si quieres vivir cristianamente con facilidad, haz mucha oración y lo conseguirás.San Agustín Sin la gracia de la oración es imposible mortificar la carne y aún mucho más mortificar el espíritu. San Pedro de Alcántara Sirviendo al Señor, con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración. Romanos 12,12 Sólo deseo ser un pobre monje que reza... Dios ve las manchas también en los ángeles, ¡Cómo verá las mías! San Pío de Pieltrecina Sólo la oración sincera franca es atendida. La oración pronunciada de labios para afuera se vuelve como una maldición contra el que la formula. Adolfo Kolping

Sólo cuando los hombres aprenden a rezar empiezan a creer. Calvin Coolidge Te diré, plagiando la frase de un autor extranjero, que tu vida de apóstol vale lo que vale tu oración. San Josemaría Escrivá de Balaguer Toda apostasía es la religión tiene su origen en la falta de oración. Si hago bien mi oración, perseveraré en mi vocación. San Juan Berchmans Todas las oraciones son buenas, siempre que vayan acompañadas, por la recta intención y la buena voluntad. San Pío de Pieltrecina Todo el trabajo de aprender a ser contemplativo se resume en desvelar el natural deseo de amar, mirar después hacia Dios y extender los brazos hacia él movidos de un fortísimo deseo de estar con él. Pedro Finkler

Tomad, pues, y conservad este importante consejo: Tened por día perdido aquél en el que no hacéis oración. San Leonardo de Portomauricio Un creyente puede hacer más en cuatro horas, después de emplear una en orar, que cinco sin oración. Jorge Müller Una de las mejores respuestas de la oración es ser capaz de continuar en oración. Robert C. Chapman Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios. San Agustín de Hipona Vive con los hombres como si Dios te viera; habla con Dios como si los hombres te oyeran. Lucio Anneo Séneca ...Y sólo la oración puede hablar dignamente de Él. Joseph Joubert

TEXTO XV LA VIRTUD DE LA RELIGIÓN Santo Tomás de Aquino
Trataremos a continuación de cada una de las virtudes antes mencionadas (q.80) con arreglo al siguiente programa. Primero, de la religión; segundo, de la piedad (q.101); tercero, de la veneración (q.102); cuarto, de la gratitud (q.106); quinto, de la venganza (q.108); sexto, de la verdad (q.109); séptimo, de la amistad (q.114); octavo, de la liberalidad (q.117); noveno, de la epiqueya (q.120). De las restantes entonces enumeradas (q.80) hemos hablado ya: de unas, en el tratado de la caridad, es decir, de la concordia y otras virtudes afines (q.29); de otras, en este tratado de la justicia, como de la justa conmutación (q.61) y de la inocencia (q.79). De la legislativa, finalmente, en el tratado sobre la prudencia (q.50). Acerca de la religión, tres son las cuestiones de que pensamos tratar: la primera, sobre la religión en sí misma; la segunda, sobre sus actos; la tercera, sobre los vicios opuestos (q.92). Sobre la primera de ellas, se plantean ocho problemas: 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. ¿La religión ordena al hombre sólo a Dios? ¿La religión es virtud? ¿La religión es una sola virtud? ¿La religión es virtud especial? ¿La religión es virtud teologal? ¿La religión es preferible a las otras virtudes morales? ¿La religión tiene actos exteriores?

8. ¿Se identifican religión y santidad? Artículo 1: ¿La religión ordena al hombre sólo a Dios?lat Objeciones por las que parece que la religión no ordena al hombre sólo a Dios. 1. Se dice en Sant 1,27: La religión pura e inmaculada ante nuestro Dios y Padre consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y conservarse sin mancha en este mundo. Ahora bien: lo de visitar huérfanos y viudas se dice en orden al prójimo, y lo de conservarse sin mancha en este mundo se refiere al orden con el que el hombre ordena su propia vida. Luego la religión no se dice solamente en orden a Dios. 2. San Agustín, en el X De Civ. Dei, dice: Puesto que, tal como acostumbran a expresarse en su lengua latina no sólo los imperitos, sino también los más doctos, debemos cumplir deberes de religión con los parientes, con los afines y con todos nuestros amigos, ya no cabe duda de que con este vocablo no se evita la ambigüedad, cuando es el culto a la divinidad la cuestión de que se trata, de modo que podamos decir confiadamente que la palabra religión significa sólo culto a Dios. Luego con la palabra religión no se expresa únicamente orden a Dios, sino también a nuestros allegados. 3. Y también, según parece, forma parte de la religión el culto de latría. Pero latría significa servidumbre, como dice San Agustín en el X De Civ. Dei; y debemos servir no sólo a Dios, sino también al prójimo, según aquello del Apóstol, Gál 5,13: Servíos los unos a los otros por la caridad. Luego la religión importa también orden al prójimo. 4. Por otra parte, el culto pertenece a la religión. Ahora bien: se dice que el hombre da culto no sólo a Dios, sino también al prójimo, según aquel precepto de Catón: Da culto a tus padres. Luego la religión nos ordena también al prójimo, además de ordenarnos a Dios. 5. La sujeción a Dios es común a todos los que se encuentran en estado de salvación. Pero no se llama religiosos a todos los que se encuentran en estado de salvación, sino tan sólo a los que se han obligado a cumplir ciertos votos y observancias y a obedecer a ciertos hombres. Luego la religión no implica, según parece, orden y sujeción del hombre a Dios. Contra esto: está lo que dice Tulio, II Rhet.: La religión es la virtud que honra con culto y reverencia a una naturaleza superior, que llaman divina. Respondo: que, conforme escribe San Isidoro en el libro Etymol., llamamos religioso, palabra derivada, según dice Cicerón, de relección, a quien repasa y como que relee lo referente al culto divino. Así, pues, la palabra religión proviene, según parece, de releer lo concerniente al culto divino, por el hecho de que a estas materias hay que darles muchas vueltas en nuestro interior, según se nos manda en Prov 3,6: En todos tus caminos, piensa en Él. Aunque también pudiéramos suponer que se llama así a la religión por nuestra obligación de reelegir a Dios, a quien por negligencia hemos perdido,como dice San Agustín en el X De Civ. Dei. O puede asimismo pensarse que la palabra religión se deriva de religar, y de ahí la frase de San Agustín en el libro De vera relig.: La religión nos religa al Dios único y omnipotente. Ahora bien: sea que la religión se llame así por la repetida lectura, por la reelección de lo que por negligencia hemos perdido o por la religación, lo cierto es que propiamente importa orden a Dios. Pues a El es a quien principalmente debemos ligarnos como a principio indeficiente, a El debe tender sin cesar nuestra elección como a fin último, perdido por negligencia al pecar, y El es también a quien nosotros debemos recuperar creyendo y atestiguando nuestra fe. A las objeciones: 1. La religión tiene dos tipos de actos. Unos, los propios e inmediatos, los que realiza ella misma y por los que el hombre se ordena exclusivamente a Dios, como ofrecer sacrificios, adorar y otros similares. Otros, los que realiza por medio de las virtudes sobre las que impera, ordenándolos al honor divino, porque las virtudes a las que pertenece el fin imperan sobre aquellas a las que pertenecen los medios para alcanzarlo. Según esto, lo de visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones, acto elícito de la misericordia, se le menciona como acto imperado de la religión. Y, a su vez, lo de conservarse sin mancha en este mundo es acto imperado de la religión y elícito de la templanza o de alguna otra virtud semejante. 2. La religión se refiere, por extensión del nombre, a los cumplidos de que se hace objeto a los parientes; pero la palabra religión, en este caso, no se emplea con propiedad. Por eso San Agustín

hace notar poco antes de la frase citada que la religión, propiamente hablando, no significa, según parece, otro culto que el de Dios. 3., por el hecho de ser correlativos los nombres de siervo y señor, donde hay una razón propia y especial de señorío, necesariamente tiene que haber una razón propia y especial de servidumbre. Ahora bien: es evidente que el señorío le pertenece a Dios por una razón propia y singular, a saber: por ser El quien hizo todas las cosas y por tener el principado supremo sobre todo lo creado. Por tanto, se le debe especial servidumbre, y a tal servidumbre en griego se la designa con el nombre de latría. De donde se sigue que, hablando con propiedad, pertenece a la religión. 4., según nuestra manera de hablar, damos culto a las personas que honramos, recordamos o visitamos con frecuencia. Decimos también que son objeto de culto (cultivo) ciertas cosas de que nos servimos: y así llamamos agricultores a unos porquecultivan los campos, y colonos a otros, porque cultivan las tierras donde habitan. Ahora bien: puesto que a Dios se le debe honor especial como a primer principio de todas las cosas, se le debe igualmente una forma especial de culto, a la que los griegos, como dice San Agustín en De Civ. Dei, llaman eusebeia o theosebeia. 5., aunque se pueda comúnmente llamar religiosos a cuantos dan culto a Dios, sin embargo, se llama así especialmente a quienes consagran su vida entera al culto divino, apartándose de los negocios mundanos. De igual manera, llamamos contemplativos no a los que simplemente contemplan, sino a los que consagran su vida entera a la contemplación. Esta clase de hombres no se someten a otro hombre por respeto a su persona, sino por respeto a Dios, conforme a las palabras del Apóstol, Gál 4,14: Me acogisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. Artículo 2: ¿La religión es virtud?lat Objeciones por las que parece que la religión no es virtud. 1. Lo propio de la religión es reverenciar a Dios. Pero la reverencia es acto de temor, y el temor es un don, como consta por lo dicho anteriormente (q.19 a.9). Luego la religión no es virtud. 2. Toda virtud se basa en el ejercicio de la libre voluntad, y por eso recibe el nombre de hábito electivo o voluntario. Pero, como antes dijimos (a.1 ad 3), a la religión pertenece la latría, la cual implica cierta servidumbre. Luego la religión no es virtud. 3. Como leemos en II Ethic., estamos naturalmente dotados de aptitud para las virtudes, por lo que todo cuanto pertenece a las virtudes viene dictado por la razón natural. Ahora bien: corre a cargo de la religión lo referente a las ceremonias del culto a la naturaleza divina, y lo que a ceremonias se refiere, como antes dijimos (1-2 q.99 a.3 ad 2), no depende del dictamen de la razón natural. Luego la religión no es virtud. Contra esto: está el que se la enumera entre las demás virtudes, como acabamos de ver (q.80). Respondo: como antes (q.58 a.3; 1-2 q.55 a.3 sedcontra), que virtud es lo que hace bueno a quien la tiene y buenas sus obras. Según esto, es necesario afirmar que todo acto bueno pertenece a alguna virtud. Ahora bien: es evidente que restituir lo que se debe es obra buena, porque por el hecho de devolver a otro lo debido se restablece el equilibrio conveniente, como si para con él se hubieran puesto las cosas en orden. Mas el orden, a su vez, importa razón de bien, al igual que el modo y la especie, como consta por lo que San Agustín escribe en De natura boni. Y como a la religión pertenece tributar a uno, es decir, a Dios, el culto que le es debido, manifiestamente la religión es virtud. A las objeciones: 1. Reverenciar a Dios es acto del don de temor. La religión, sin embargo, debe realizar algunos actos de reverencia a Dios; pero de ello no se sigue que la religión y el temor sean una misma cosa, antes bien aquélla se subordina a éste como a principal; pues, conforme a lo dicho (q.9 a.1 ad 3; 1-2 q.68 a.8), los dones son superiores en perfección a las virtudes morales. 2. También el siervo puede prestar gustoso el acatamiento que debe a su señor, y, en este caso, hace de la necesidad virtud, cumpliendo voluntariamente su deber. Y asimismo, de manera semejante, puede ser acto de virtud el que los hombres tributen a Dios la debida servidumbre, en la medida en que lo hacen voluntariamente. 3. La misma razón natural ordena que el hombre realice algunos actos de reverencia a Dios. Pero el que se haga esto o aquello, eso la razón natural no lo dicta, sino que así lo dispone el derecho divino o humano. Artículo 3: ¿La religión es una sola virtud?lat Objeciones por las que parece que la religión no es una sola virtud.

1. La religión, como antes se dijo (a.1), nos ordena a Dios. Ahora bien, en Dios hay tres personas distintas junto con muchos atributos, que difieren por lo menos con distinción de razón, y ya de por sí las distintas razones del objeto bastan para diversificar las virtudes, como consta por lo antedicho (q.47 a.5; q.50 a.2 ad 2). Luego la religión no es una sola virtud. 2. Puesto que los hábitos se distinguen por sus actos, parece que una virtud debe tener un solo acto. Pero los actos de la religión son muchos; por ejemplo: dar culto, servir, hacer votos, orar, sacrificar y no pocos más por el estilo. Luego la religión no es una sola virtud. 3. La adoración pertenece a la religión. Pero una es la razón por la que se adora a las imágenes y otra la razón por la que adoramos al mismo Dios. Luego si las virtudes se distinguen por sus diversas razones, parece que la religión no es una sola virtud. Contra esto: está lo que leemos en Ef 4,5-6: Un solo Señor y una sola fe. Pero la verdadera religión profesa la fe en un solo Dios. Luego la religión es una sola virtud. Respondo: Que, conforme a lo ya tratado (en 1-2 q.54 a.2 ad 1), los hábitos se distinguen por la diversa razón de su objeto. Ahora bien: el objeto de la religión es la reverencia al Dios único por una sola razón, a saber: la de ser primer principio de la creación y gobierno de las cosas. De ahí lo que El mismo nos dice (Mal 1,6): Si yo soy vuestro Padre, ¿dónde está el honor que me rendís? Pues, de hecho, lo propio del padre es engendrar y gobernar. Cosa manifiesta es, por tanto, que la religión es una sola virtud. A las objeciones: 1. Las tres divinas Personas son un solo principio de la creación y gobierno de las cosas; y por eso se las sirve con una sola religión. Por otra parte, las diversas razones de los atributos se unifican en la razón de primer principio; porque Dios produce y gobierna todas las cosas con la sabiduría, voluntad y poder de su bondad. Y, por consiguiente, la religión es una sola virtud. 2. Con un mismo acto el hombre sirve y da culto a Dios: pues el culto se dirige a la excelencia de Dios a quien se reverencia; el servicio, por su parte, se fija en la sujeción del hombre, que, por su propia condición, está obligado a tratar con reverencia a Dios. A estos dos actos se reducen cuantos se atribuyen a la religión, ya que con todos ellos el hombre da testimonio de la excelencia divina y de sumisión a Dios, en unos casos, poniendo algo de su parte; en otros, participando de algún bien divino. 3. No se da culto religioso a las imágenes por lo que son en sí consideradas como cosas, sino en cuanto que las consideramos exclusivamente como imágenes que nos llevan al Dios encarnado. Nuestra devoción, por consiguiente, a una imagen, en cuanto imagen, no termina en ella, sino que va dirigida a lo que ella representa. De ahí el que, por el hecho de dar culto religioso a las imágenes de Cristo, no se diversifica ni la razón de latría ni la virtud de la religión. Artículo 4: ¿La religión es virtud especial, distinta de las demás?lat Objeciones por las que parece que la religión no es virtud especial, distinta de las demás. 1. Dice San Agustín en X De Civ. Dei: Toda obra que realizamos para unirnos en santa sociedad con Dios es verdadero sacrificio. Ahora bien: el sacrificio es acto de religión. Luego toda obra virtuosa es acto de religión. 2. Dice el Apóstol (1 Cor 10,31): Hacedlo todo para gloria de Dios. Pero lo propio de la religión es hacer algo para gloria de Dios. Luego la religión no es virtud especial. 3. La caridad con que amamos a Dios no es virtud distinta de la caridad con que amamos al prójimo. Ahora bien, como leemos en VIII Ethic.: Ser amado y ser honrado son casi sinónimos. Luego tampoco la religión con que honramos a Dios es virtud especial, distinta de la veneración, la dulía o la piedad con que honramos al prójimo. No es, por tanto, virtud especial. Contra esto: está el que se la menciona como parte de la justicia, distinta de las demás. Respondo: que, puesto que la virtud se ordena al bien, donde haya una razón especial de bien, habrá necesariamente una virtud especial. Pero el bien al que se ordena la religión consiste en rendir a Dios el honor debido. Y a una persona se le debe honor por razón de su excelencia: excelencia singular en Dios por su trascendencia infinita sobre todas las criaturas con exceso omnímodo. De ahí el que se le deba especial honor; lo mismo que, de hombre a hombre, a diversas excelencias corresponden en justicia diversos honores: uno a los padres, otro a los reyes y así a los demás. Luego es evidente que la religión es virtud especial. A las objeciones:

1. A toda obra buena se la llama sacrificio, siempre que se ordene a reverenciar a Dios. De donde no se deduce que la religión sea virtud general, sino que impera sobre todas las otras virtudes, como antes se dijo (a.1 ad 1). 2. Todos los actos, por el hecho de ser realizados para gloria de Dios, pertenecen a la religión, no como elícitos, sino como imperados. Aquellos exclusivamente le pertenecen como elícitos que, por razón de su especie, se ordenan a la honra de Dios. 3. El objeto del amor es el bien, mientras que el del honor o reverencia es cualquier cosa excelente. Ahora bien: la bondad de Dios se comunica a sus criaturas; no así la excelencia de su bondad. Por tanto, la caridad con que Dios es amado no es virtud distinta de la caridad con que amamos al prójimo; en cambio, la religión con que se honra a Dios se distingue de las virtudes con las que honramos al prójimo. Artículo 5: ¿La religión es virtud teologal?lat Objeciones por las que parece que la religión es virtud teologal. 1. Dice San Agustín en el Enchirid. que a Dios se le da culto mediante la fe, esperanza y caridad, que son virtudes teologales. Pero el acto de dar culto a Dios pertenece a la religión (a.1 sedcontra). Luego la religión es virtud teologal. 2. Se llama virtud teologal a la que tiene por objeto a Dios. Pero la religión tiene por objeto a Dios, porque al solo Dios se ordena, como antes dijimos (a.1). Luego la religión es virtud teologal. 3. Toda virtud o es teologal, o intelectual, o moral, como ya dijimos (1-2 q.57 a.3; q.62 a.2). Pero manifiestamente la religión no es virtud intelectual porque su perfección no consiste en la consideración de la verdad. Asimismo, tampoco es virtud moral, con lo propio de estas virtudes de mantenerse en el medio entre el exceso y defecto, pues nadie puede excederse dando culto a Dios, según aquello del Eclo 43,33: Los que bendecís a Dios, ensalzadlo cuanto podáis; pues su grandeza supera toda alabanza. Luego es, por exclusión, virtud teologal. Contra esto: está el que se la pone como parte de la justicia, que es virtud moral. Respondo: Que, como acabamos de explicar (a.2.4), la religión es la virtud que da a Dios el culto debido. Son, según esto, dos cosas las que en la religión se consideran: una, lo que ella da a Dios, o sea, el culto, que es como materia y objeto de la religión; otra, aquello a lo que se da culto, es decir, a Dios. Se le da culto no como si los actos de que nos servimos recayesen directamente sobre El, como en el acto de fe con el que, cuando creemos, establecemos contacto directo con Dios. Por eso es por lo que dijimos (q.2 a.2) que Dios es objeto de la fe no sólo por creer en El, sino también por creerle a El. Se le rinde, por tanto, a Dios el culto que se le debe en cuanto que por reverencia a El se practican ciertos actos con que se le honra, por ejemplo, la ofrenda de sacrificios y otros similares. Resulta evidente, según esto, que la religión no considera a Dios como materia u objeto, sino como fin; y que no es, por consiguiente, virtud teologal, cuyo objeto es el último fin, sino virtud moral, cuyo objeto propio son los medios que a tal fin llevan. A las objeciones: 1. Siempre la potencia que actúa sobre el fin mueve imperativamente a las potencias o virtudes que ejercen su acción sobre los medios que a El se ordenan. Ahora bien: el acto de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, recae sobre Dios como objeto propio. Tal es la razón por la que causan, imperándolo, el acto propio de la religión, virtud cuyos actos se ordenan a Dios, y es la causa por la que San Agustín dice que a Dios se le da culto con la fe, esperanza y caridad. 2. La religión ordena al hombre a Dios, considerado no como objeto, sino como fin. 3. La religión, por ser parte de la justicia, no es virtud teologal ni intelectual, sino moral. Ciertamente, el medio en ella no se toma de la moderación de las pasiones, sino del logro de cierta igualdad en los actos con que se honra a Dios. Y no hablo, claro está, de una igualdad absoluta, porque a Dios no se le puede dar tanto como se le debe, sino de una igualdad relativa, habida cuenta de la capacidad humana y de la aprobación divina. Puede haber exceso, sin embargo, en lo que al culto divino se refiere, en circunstancias distintas de la cantidad; por ejemplo, en que se dé a quien no se debe, o cuando no se debe, o de algún otro modo inconveniente. Artículo 6: ¿Se ha de preferir la religión a las otras virtudes morales?lat Objeciones por las que parece que la religión no se ha de preferir a las otras virtudes morales. 1. La perfección de la virtud moral consiste en alcanzar el justo medio, como aparece claro por lo dicho en II Ethic.. Pero la religión se queda corta en lo de alcanzar el medio de la justicia, ya que no

es del todo igual lo que paga a Dios y lo que debe. Luego la religión no es mejor que las otras virtudes morales. 2. Las obras de beneficencia son, según parece, tanto más laudables cuanto es más indigente la persona a quien se presta ayuda, según aquello de Is 58,7: Parte tu pan con el hambriento. Pero Dios no necesita que le demos nada, conforme a aquellas palabras de Sal 15,2: Dije: tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes. Luego parece que la religión es menos laudable que las otras virtudes con que socorremos a los hombres. 3. Una acción es tanto menos laudable cuanto mayor es la necesidad de realizarla, según aquello de 1 Cor 9,16: Si evangelizo, no merezco alabanza, lo hago por necesidad.Ahora bien: la necesidad es más apremiante donde la deuda es mayor. Luego, por ser la que el hombre paga a Dios la deuda máxima, parece que la religión es menos laudable que las otras virtudes humanas. Contra esto: está el hecho de que, en Ex 20, el catálogo de los preceptos comienza por los que pertenecen a la religión, como indicio de que son los principales. Pero el orden de los preceptos corresponde al orden de las virtudes, porque los preceptos de la ley de lo que tratan es de la práctica de las virtudes. Luego la religión es la principal entre las virtudes morales. Respondo: Que los medios toman de su orden al fin lo que tienen de bondad, y por eso son tanto mejores cuanto mayor es su proximidad al fin. Ahora bien: las virtudes morales, como antes se dijo (a.5), versan sobre los medios que se ordenan a Dios como fin; y entre ellas la religión es la más próxima a Dios, en cuanto que realiza lo que directa e inmediatamente se ordena al honor divino. Por tanto, la religión sobresale entre las otras virtudes morales. A las objeciones: 1. La perfección consiste en la voluntad, no en la posibilidad. Por eso las deficiencias en lo relativo a igualdad, medio de la justicia, por falta de recursos, no disminuyen el esplendor de la virtud, siempre que uno se quede corto por falta de voluntad. 2. Entre los servicios prestados a otro por razones de utilidad, aquel con que se favorece al más necesitado será el más laudable por serle más útil. Pero a Dios no le ofrecemos cosa alguna porque pueda serle útil, sino para gloria suya y utilidad nuestra. 3. Donde hay necesidad, desaparece la gloria que implica la supererogación; pero no se excluye el mérito de la virtud, siempre que haya buena voluntad. Así que esta tercera objeción no prueba nada. Artículo 7: ¿El culto de latría tiene algún acto exterior?lat Objeciones por las que parece que el culto de latría no tiene actos exteriores. 1. Se dice en el Evangelio (Jn 4,24): Dios es espíritu y los que lo adoran han de hacerlo en espíritu y en verdad. Pero los actos exteriores no pertenecen al espíritu, sino más bien al cuerpo. Luego la religión, a la cual pertenece la adoración, no tiene actos exteriores, sino interiores. 2. El fin de la religión es reverenciar y honrar a Dios. Pero parece irreverencia al superior el rendirle los honores propios de los de rango inferior. Por consiguiente, puesto que los homenajes llevados a cabo mediante actos corporales a lo que propiamente se ordenan, según parece, es a remediar indigencias humanas o a dar muestras de respeto a criaturas inferiores, cabe pensar que resulta incongruente servirse de ellos para honrar a Dios. 3. San Agustín, en VI De Civ. Dei, elogia a Séneca por vituperar a ciertos hombres que hacían objeto a sus ídolos de los mismos homenajes con que se honra corrientemente a los hombres: sin duda porque no está bien que se honre a los inmortales con honores propios de mortales. Pero el contrasentido es aún mayor cuando de esta forma se da culto al Dios verdadero, encumbrado sobre todos los dioses (Sal 94,3). Luego parece reprensible el que se dé culto a Dios con actos corporales. La religión, por tanto, no admite actos corporales. Contra esto: está lo que se dice en el salmo 83,3: Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Pero así como los actos interiores pertenecen al corazón, los exteriores pertenecen a los miembros corporales. Luego a Dios se le ha de honrar, según parece, no sólo con actos interiores, sino también con actos exteriores. Respondo: Que ofrecemos a Dios honor y reverencia, no para bien suyo, que en sí mismo está lleno de gloria y nada pueden añadirle las criaturas, sino para bien nuestro; porque, en realidad, por el hecho de honrar y reverenciar a Dios, nuestra alma se humilla ante El, y en esto consiste la perfección de la misma, ya que todos los seres se perfeccionan al subordinarse a un ser superior, como el cuerpo al ser vivificado por el alma y el aire al ser iluminado por el sol. Pero el alma

humana necesita para su unión con Dios ser llevada como de la mano por las cosas sensibles: porque, como dice el Apóstol (Rom 1,20), las perfecciones invisibles de Dios nos son conocidas por medio de las criaturas. Por eso es necesario que en el culto divino nos sirvamos de elementos corporales para que, a manera de signos, exciten la mente humana a la práctica de los actos espirituales con los que ella se une a Dios. Por consiguiente, la religión considera, de hecho, los actos interiores como principales y adecuados; a los exteriores, en cambio, los tiene por secundarios y subordinados a los interiores. A las objeciones: 1. El Señor se refiere en este caso a lo que se intenta principal y directamente en el culto divino. 2. Tales actos exteriores no se ofrecen a Dios como si tuviese necesidad de ellos, según aquello del salmo 49,13: ¿Comeré yo acaso la carne de los toros, beberé la sangre de los carneros? Se le ofrecen, sin embargo, como símbolos de los actos interiores y espirituales, que son los que por sí mismos Dios acepta. Por eso dice San Agustín en XDe Civ. Dei: El sacrificio visible es un sacramento, es decir, una señal sagrada del sacrificio invisible. 3. A los idólatras se los ridiculiza porque ofrecían a los ídolos lo que es propio de los hombres, no como símbolos que excitan a la práctica de actos espirituales, sino como si de suyo tales ofrendas les resultasen aceptas. Y, sobre todo, porque se trataba de ofrendas de carácter vano y vergonzoso. Artículo 8: ¿Se identifican religión y santidad?lat Objeciones por las que parece que la religión y santidad no son la misma cosa. 1. La religión es virtud especial, tal como queda dicho (a.4). Pero de la santidad se afirma que es virtud general, pues es la que hace a los hombres fieles y observantes de todo lo que en justicia se le debe a Dios, tal como dice Andrónico. Luego religión y santidad no son la misma cosa. 2. La santidad parece importar pureza, pues dice Dionisio, en el capítulo 12 De Div. Dom., que santidad es la limpieza exenta de toda inmundicia, perfecta y del todo inmaculada. Ahora bien: parece ser que la pureza pertenece especialmente a la templanza, que excluye las impurezas corporales. Por tanto, puesto que la religión pertenece a la justicia, parece que religión y santidad no son la misma cosa. 3. Los miembros opuestos de una división no son una misma cosa. Pero en una enumeración de las partes de la justicia, la santidad figura como miembro opuesto a la religión, tal como queda dicho (q.80 ad 4). Luego santidad y religión no son una misma cosa. Contra esto: está lo que leemos en Lc 1,74-75: Sirvámosle en santidad y justicia. Pero servir a Dios pertenece a la religión, como antes dijimos (a.1 ad 3; a.3 ad 2). Luego religión y santidad son la misma cosa. Respondo: Que la palabra santidad, según parece, se toma por dos cosas. Una, pureza, y según esto, significa lo que la palabra griega agios, que es como decir sin tierra. Otra, firmeza. De ahí el que los antiguos llamasen santo a lo firmemente establecido por las leyes, de suerte que se lo debiera considerar inviolable; y el que se llame sancionado (o santo) a lo prescrito de manera inmutable por la Ley. Ésta palabra santo, según los latinos, puede referirse asimismo a la pureza, si se toma sanctus(santo) como derivado de sanguine tinctus (tinto o teñido en sangre), porque antiguamente quienes querían purificarse se mojaban con la sangre de la víctima, como dice San Isidoro en sus Etymol.. Uno y otro sentido convienen en atribuir santidad a lo que está destinado al culto divino, de tal modo que no sólo los hombres, sino también los templos, cálices y otras cosas parecidas se dice que están santificados por el mismo hecho de destinarlos al culto divino. La pureza, pues, es necesaria para que nuestra mente se una a Dios. Porque la mente humana se mancha al alearse con las cosas inferiores, como se ensucia cualquier materia al mezclarse con otra más vil; por ejemplo, la plata con el plomo. Es preciso, según esto, que nuestra mente se separe de las cosas inferiores para que pueda unirse al ser supremo. De ahí el que sin pureza no haya unión posible de nuestra mente con Dios. Por eso se nos dice en la carta a los Heb 12,14: Procurad tener paz con todos y santidad de vida, sin la cual nadie podrá ver a Dios. También se exige firmeza para la unión de nuestra mente con Dios. Se une a El, en efecto, como a su último fin y a su primer principio, extremos que necesariamente están dotados de la máxima inmovilidad. Por eso dice el Apóstol en Rom 8,38-39: Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida me separarán del amor de Dios. Así,

pues, se llama santidad a la aplicación que el hombre hace de su mente y de sus actos a Dios. No difiere, por tanto, de la religión en lo esencial, sino tan sólo con distinción de razón. Se le da, en efecto, el nombre de religión por servir a Dios como debe en lo que se refiere especialmente al culto divino, como en los sacrificios, oblaciones o cosas similares; y el de santidad, porque el hombre refiere a Dios, además de eso, las obras de las demás virtudes, o en cuanto que, mediante obras buenas, se dispone para el culto divino. A las objeciones: 1. La santidad es por razón de su esencia una virtud especial, y en este sentido se identifica en cierto modo con la religión. Tiene, sin embargo, cierto carácter general en cuanto que destina imperativamente al bien divino todos los actos de las demás virtudes: del mismo modo que a la justicia legal se la llama virtud general, en cuanto que ordena al bien común los actos de todas las virtudes. 2. La templanza engendra pureza; mas no de modo y manera que tenga razón de santidad aun en el caso de que no se ordene a Dios. Por eso dice San Agustín que la virginidad misma es digna de honor por el hecho de estar consagrada a Dios, no por ser virginidad. 3. La santidad es distinta de la religión por la diferencia antes mencionada: no porque difieran una de otra con distinción real, sino, únicamente, con distinción de razón.

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