L’OSSERVATORE ROMANO

EDICIÓN SEMANAL
Unicuique suum
Año XLIV, número 20 (2.263)

Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00

EN LENGUA ESPAÑOLA
Non praevalebunt

Ciudad del Vaticano

13 de mayo de 2012

Discurso de Benedicto

XVI

a un grupo de obispos de Estados Unidos en visita «ad limina»

El Papa al Colegio Español

Para el futuro de la sociedad formar a los jóvenes en la fe
Las instituciones educativas católicas pueden dar una gran contribución a la construcción de «una sociedad cada vez más sólidamente arraigada en un humanismo auténtico». Lo subrayó el Papa en el discurso que dirigió a un grupo de obispos de Estados Unidos, con ocasión de su visita «ad limina Apostolorum». En su discurso, Benedicto XVI puso de relieve ante todo la necesidad de «preservar el gran patrimonio» de las escuelas católicas, garantizando sobre todo que su acceso «siga al alcance de todas las familias, cualquiera que sea su situación económica». Para el Pontífice estas instituciones no son sólo «un recurso fundamental para la nueva evangelización» sino que ofrecen también una «importante contribución a la sociedad estadounidense en geney a la misión de la Iglesia al servicio del Evangelio». Una cuestión en la que, afirmó, «queda aún mucho por hacer». De aquí la advertencia a no alimentar divergencias entre los distintos representantes de las instituciones católicas y «la guía pastoral de la Iglesia»: esas divergencias, de hecho, «dañan el testimonio de la Iglesia» y pueden ser fácilmente explotadas para «comprometer su autoridad y su libertad». En cualquier caso, para Benedicto XVI la educación de los jóvenes en la fe representa «el desafío más urgente» que los católicos estadounidenses deben afrontar. Por eso, no dudó en invitar a «formar los corazones», además de «transmitir conocimientos».
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Sacerdotes al servicio del pueblo de Dios

ral». Contribución que, indicó, «debería ser más apreciada y sostenida». El Papa subrayó además la necesidad de mantener firme la identidad católica de estos centros, «en la fidelidad a sus ideales de fundación

En su itinerario formativo el sacerdote no debe pensar en su propio «bien personal» sino en el «servicio al pueblo de Dios». Lo dijo el Papa a los formadores y alumnos del Pontificio Colegio Español de San José, a los que recibió en audiencia con ocasión del 50° aniversario de la construcción de su actual sede romana.
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Juramento de los nuevos alabarderos de la Guardia Suiza

El Pontífice a cinco nuevos embajadores ante la Santa Sede

Fidelidad heroica al Papa y a la Sede Apostólica
El servicio que cumple la Guardia Suiza Pontificia «se sitúa en el surco de una indiscutida fidelidad al Papa» y a la Santa Sede. Así lo subrayó Benedicto XVI durante la audiencia en la sala Clementina el lunes 7 de mayo por la mañana. El día anterior, veintiséis nuevos alabarderos de la Guardia Suiza hicieron su juramento, en la conmemoración de la heroica muerte de 147 soldados helvéticos caídos en defensa del Pontífice durante el saqueo de Roma en 1527. Ese mismo día, por la mañana, el cardenal Bertone presidió para ellos una misa en la basílica de San Pedro, y les propuso como ejemplo la figura de san Pablo y su valentía para dar testimonio de Cristo.
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Políticas sociales contra pobreza y precariedad
Para afrontar la crisis económica mundial hacen falta leyes sociales que «no acrecienten las desigualdades, y permitan que cada uno viva de manera digna». Lo dijo el Papa a los nuevos embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de Etiopía, Malasia, Irlanda, República de Fiji y Armenia. El Santo Padre reafirmó que el desarrollo al que aspira toda nación debe comprender a cada persona en su totalidad, y no sólo el crecimiento económico. Y pidió prestar más atención a la persona que a la política financiera.
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Carta de Benedicto XVI sobre la traducción de las palabras «pro multis» en las plegarias eucarísticas de la misa

Responsabilidad y promesa para todos
La carta, enviada a monseñor Robert Zollitsch, arzobispo de Friburgo y presidente de la Conferencia episcopal alemana, quiere ser una ayuda para la catequesis sobre esta modificación del texto litúrgico.
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L’OSSERVATORE ROMANO

domingo 13 de mayo de 2012, número 20

En el Regina caeli del domingo 6 de mayo el Papa anuncia su presencia en el Encuentro mundial de las familias en Milán

La unión con Cristo da frutos
Queridos hermanos y hermanas: El Evangelio de hoy, quinto domingo del tiempo pascual, comienza con la imagen de la viña. «Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”» (Jn 15, 1). A menudo, en la Biblia, a Israel se le compara con la viña fecunda cuando es fiel a Dios; pero, si se aleja de él, se vuelve estéril, incapaz de producir el «vino que alegra el corazón del hombre», como canta el Salmo 104 (v. 15). La verdadera viña de Dios, la vid verdadera, es Jesús, quien con su sacrificio de amor nos da la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por la palabra del Maestro (cf. Jn 15, 2-4), si están profundamente unidos a él, se convierten en sarmientos fecundos que producen una cosecha abundante. San Francisco de Sales escribe: «La rama unida y articulada al tronco da fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros estamos unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso las buenas obras, tomando de él su valor, merecen la vida eterna» (Trattato dell’amore di Dio, XI, 6, Roma 2011, 601). En el día de nuestro Bautismo, la Iglesia nos injerta como sarmientos no poder hacer nada sin Dios? Y el monje responde: Si el hombre inclina su corazón hacia el bien y pide ayuda de Dios, recibe la fuerza necesaria para llevar a cabo su obra. Por eso la libertad humana y el poder de Dios van juntos. Esto es posible porque el bien viene del Señor, pero se realiza gracias a sus fieles (cf. Ep 763: SC 468, París 2002, 206). El verdadero «permanecer» en Cristo garantiza la eficacia de la oración, como dice el beato cisterciense Guerrico d’Igny: «Oh Señor Jesús..., sin ti no podemos hacer nada, porque tú eres el verdadero jardinero, creador, cultivador y custodio de tu jardín, que plantas con tu palabra, riegas con tu espíritu y haces crecer con tu fuerza» (Sermo ad excitandam devotionem in psalmodia: SC 202, 1973, 522). Queridos amigos, cada uno de nosotros es como un sarmiento, que sólo vive si hace crecer cada día con la oración, con la participación en los sacramentos y con la caridad, su unión con el Señor. Y quien ama a Jesús, la vid verdadera, produce frutos de fe para una abundante cosecha espiritual. Supliquemos a la Madre de Dios que permanezcamos firmemente injertados en Jesús y que toda nuestra acción tenga en él su principio y su realización. Después del Regina caeli el Santo Padre pronunció las siguientes palabras: Queridos hermanos y hermanas, ante todo deseo recordar que dentro de menos de un mes tendrá lugar en Milán el VII Encuentro mundial de las familias. Doy las gracias a la diócesis ambrosiana y a las demás diócesis lombardas que están colaborando en la preparación de este acontecimiento eclesial, organizado por el Consejo pontificio para la familia, presidido por el cardenal Ennio Antonelli. También yo, si Dios quiere, tendré la alegría de participar en él y por eso estaré en Milán del 1 al 3 de junio. Seguidamente, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español dijo: El Evangelio de hoy nos presenta la hermosa imagen de la viña y los sarmientos, con la cual nos manifiesta cómo la unión con Cristo es la fuente de vida y nos lleva a dar mucho fruto. Hoy recordamos también el cincuenta aniversario de la canonización de san Martín de Porres, al que pedimos que interceda por los trabajos de la nueva evangelización, que haga florecer la santidad en la Iglesia. Invoquemos a la santísima Virgen María para que nos acompañe en este camino. ¡Feliz domingo!

en el Misterio pascual de Jesús, en su propia Persona. De esta raíz recibimos la preciosa savia para participar en la vida divina. Como discípulos, también nosotros, con la ayuda de los pastores de la Iglesia, crecemos en la viña del Señor unidos por su amor. «Si el fruto que debemos producir es el amor, una condición previa es precisamente este “permanecer”, que tiene que ver profunda-

mente con esa fe que no se aparta del Señor» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 310). Es indispensable permanecer siempre unidos a Jesús, depender de él, porque sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). En una carta escrita a Juan el Profeta, que vivió en el desierto de Gaza en el siglo V, un creyente hace la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible conjugar la libertad del hombre y el

Una exégesis real
INOS BIFFI Jesucristo encomendó a la Iglesia su Cuerpo y su Palabra, estrechamente unidos, de los que recibe la vida constantemente. He aquí por qué considera la Escritura, del Antiguo y del Nuevo Testamento, como su único tesoro valioso en donde se custodia la Palabra imperecedera. La Iglesia no termina nunca de meditarla con inteligencia, de estudiarla con amor, de comentarla y explicarla con una exégesis infalible. Jesús mismo, dirigiéndose a los judíos, declaró que lo podrían encontrar en las Escrituras: «Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí» (Jn 5, 39). Después es Jesús mismo quien explica a los dos caminantes de Emaús las Escrituras y les muestra lo que se refería a él: «Comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Podría decirse que Jesús es el exégeta de la Escritura y, a la vez, el contenido de la exégesis. Él representa la unión y la esencia de los dos Testamentos, o mejor dicho, del único Testamento no revocado, que, primero iniciado y prefigurado, encuentra en Cristo su cumplimiento. San Ambrosio exhortaba con fervor: «Bebe primero el Antiguo Testamento, para beber después también el Nuevo Testamento (...). Bebe los dos cálices, el del Antiguo y el del Nuevo Testamento, porque en ambos bebes a Cristo. Bebe a Cristo, que es la vid; bebe a Cristo, que es la piedra de la que ha brotado el agua; bebe a Cristo, que es la fuente de vida; bebe a Cristo, que es el río cuya corriente fecunda la ciudad de Dios; bebe a Cristo, que es la paz; bebe a Cristo, de cuyas entrañas manan ríos de agua viva (cf. Jn 7, 38); bebe a Cristo, para beber sus palabras» (Explanatio Psalmi, I, 33). Por eso el cristiano, que nace en el Nuevo Testamento, no abandona el Antiguo, no se deshace de él, sino que se reencuentra en él: le pertenece junto con todos sus eventos. Sin embargo, la Iglesia no expone las Escrituras sólo a través del comentario y de la explicación textual. Con esta, la Iglesia realiza habitualmente una exégesis «ulterior», que podremos definir «real», cuando los acontecimientos atestiguados en la Biblia no sólo se proclaman, sino que también se celebran y conmemoran en la liturgia. Entonces su historia vuelve efectivamente, en forma de rito y de símbolo, o en la modalidad de sacramento. Y si esto sucede en cada celebración y especialmente en la eucarística, se realiza con solemnidad y distensión singulares en la Vigilia pascual, que es el corazón del Triduo sacro y de todo el año litúrgico. Durante los ritos de esa larga noche, el pueblo de Dios obtiene la inteligencia experimental de todas las «maravillas de Dios»; siente que estas son actuales y que el paso del tiempo no las ha descolorido y consumido. En esa «noche feliz» la Iglesia advierte que está presente y se siente implicada en aquellos acontecimientos santos de los «hijos de Israel, nuestros padres» (Pregón), que en Cristo, el Hijo de Dios resuSIGUE EN LA PÁGINA 11

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número 20, domingo 13 de mayo de 2012

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Discurso del Santo Padre a un grupo de obispos de Estados Unidos con ocasión de su visita «ad limina Apostolorum»

Para el futuro de la sociedad formar a los jóvenes en la fe
Las instituciones educativas católicas pueden dar una gran contribución a la construcción de «una sociedad cada vez más sólidamente arraigada en un humanismo auténtico». Lo subrayó el Papa en el discurso que dirigió a un grupo de obispos de Estados Unidos, con ocasión de su visita «ad limina Apostolorum», a los que recibió en audiencia el sábado 5 de mayo por la mañana. Queridos hermanos en el episcopado: Os saludo a todos con afecto en el Señor y os expreso mis mejores deseos para una peregrinación ad limina Apostolorum llena de gracia. Durante nuestros encuentros he reflexionado con vosotros y con vuestros hermanos en el episcopado sobre los desafíos intelectuales y culturales de la nueva evangelización en el contexto de la sociedad estadounidense contemporánea. Hoy deseo afrontar la cuestión de la educación religiosa y de la formación en la fe de la próxima generación de católicos en vuestro país. Ante todo, quiero expresar mi aprecio por los grandes progresos que se han logrado en los últimos años para mejorar la catequesis, revisar los textos y adecuarlos al Catecismo de la Iglesia católica. También se han realizado importantes esfuerzos para preservar el gran patrimonio de las escuelas católicas primarias y secundarias de Estados Unidos, que se han visto profundamente afectadas por los cambios demográficos y el aumento de los costes, aun asegurando que la educación que proporcionan sigue estando al alcance de todas las familias, independientemente de su situación económica. Como se ha mencionado a menudo en nuestros encuentros, estas escuelas siguen siendo un recurso fundamental para la nueva evangelización, y la significativa contribución que dan a la sociedad estadounidense en su conjunto debería ser más apreciada y sostenida con más generosidad. En el ámbito de la educación superior, muchos de vosotros habéis señalado un creciente reconocimiento, por parte de los institutos y las universidades católicos, de la necesidad de reafirmar su identidad distintiva con fidelidad a sus ideales fundacionales y a la misión de la Iglesia al servicio del Evangelio. Pero queda aún mucho por hacer, especialmente en áreas fundamentales como la conformidad con el mandato establecido en el canon 812 para quienes enseñan disciplinas teológicas. La importancia de esta norma canónica, como expresión tangible de comunión eclesial y de solidaridad en el apostolado educativo de la Iglesia, resulta aún más evidente si tenemos en cuenta la confusión creada por casos de aparentes divergencias entre algunos representantes de las instituciones católicas y la dirección pastoral de la Iglesia: dichas divergencias perjudican el testimonio de la Iglesia y, como ha demostrado la experiencia, pueden ser fácilmente aprovechadas para comprometer su autoridad y su libertad. No es exagerado afirmar que proporcionar a los jóvenes una sólida educación en la fe representa el desafío interno más urgente que debe afrontar la comunidad católica en vuestro país. El depósito de la fe es un tesoro inestimable que cada generación debe transmitir a la sucesiva, conquistando corazones para Jesucristo y formando las mentes en el conocimiento, en la comprensión y en el amor a su Iglesia. Es gratificante constatar cómo también en nuestros días la visión cristiana, presentada en su amplitud e integridad, se demuestra inmensamente atractiva para la imaginación, el idealismo y las aspiraciones de los jóvenes, que universitario, implica mucho más que la enseñanza de la religión o la mera presencia de una capellanía en el campus. Con demasiada frecuencia, al parecer, las escuelas y las universidades católicas no han logrado impulsar a los estudiantes a reapropiarse de su fe como parte de los estimulantes descubrimientos intelectuales que caracterizan la experiencia de la educación superior. El hecho de que muchos nuevos estudiantes se encuentran separados de su familia, de su escuela y de los sistemas de apoyo comunitarios que antes facilitaban la transmisión de la fe, debería impulsar constantemente a las instituciones educativas católicas a crear redes de apoyo nuevas y eficaces. En todos los aspectos de su educación, a los estudiantes se los debe alentar a articular una visión de la armonía entre fe y razón capaz de guiar una búsqueda del conocimiento y de la virtud que dure toda la vida. Como siempre, en este proceso desempeñan un papel esencial los profesores que estimulan a otros con su amor evidente a Cristo, su testimonio de sólida devoción y su compromiso por la sapientia christiana que integra la fe y la vida, la pasión intelectual y el aprecio por el esplendor de la verdad, tanto divina como humana. De hecho, la fe, por su misma naturaleza, exige una conversión constante e integral a la plenitud de la verdad revelada en Cristo. Él es el Logos creador, en el que todas las cosas han sido creadas y en el que todas las realidades subsisten (cf. Col 1, 17); es el nuevo Adán, que revela la verdad última sobre el hombre y sobre el mundo en el que vivimos. En un tiempo, semejante al nuestro, de grandes cambios culturales y de transformaciones sociales, san Agustín indicaba esta relación intrínseca entre fe y empresa intelectual humana recurriendo a Platón, el cual afirmaba que, según él, «amar la sabiduría es amar a Dios» (De Civitate Dei, VIII, 8). El compromiso cristiano en favor del aprendizaje, que hizo nacer las universidades medievales, se fundaba en esta convicción de que el único Dios, como fuente de toda verdad y bondad, también es la fuente del deseo ardiente del intelecto de conocer y del deseo de la voluntad de realizarse en el amor. Sólo en esta luz podemos apreciar la contribución peculiar de la educación católica, que realiza una «diakonía de la verdad» inspirada por una caridad intelectual consciente de que guiar a los demás hacia la verdad es,

tienen derecho a conocer la fe en toda su belleza, su riqueza intelectual y sus exigencias radicales. Aquí quiero simplemente proponer algunos puntos que espero sean útiles para vuestro discernimiento al afrontar este desafío. Ante todo, como sabemos, la tarea fundamental de una educación auténtica en todos los niveles no consiste meramente en transmitir conocimientos, aunque eso sea esencial, sino también en formar los corazones. Existe la necesidad constante de conjugar el rigor intelectual al comunicar de modo eficaz, atractivo e integral la riqueza de la fe de la Iglesia con la formación de los jóvenes en el amor a Dios, en la práctica de la moral cristiana y en la vida sacramental y, además, en el cultivo de la oración personal y litúrgica. De ahí se sigue que la cuestión de la identidad católica, también a nivel

en el fondo, un acto de amor (cf. Discurso a los educadores católicos, Washington, 17 de abril de 2008). El hecho de que la fe reconozca la unidad esencial de todo conocimiento constituye un baluarte contra la alienación y la fragmentación que se producen cuando el uso de la razón se separa de la búsqueda de la verdad y de la virtud; en este sentido, las instituciones católicas desempeñan un papel específico para ayudar a superar la crisis actual de las universidades. Sólidamente arraigados en esta visión de la interrelación intrínseca entre fe, razón y búsqueda de la excelencia humana, todo intelectual cristiano y todas las instituciones educativas de la Iglesia deben estar convencidos, y deseosos de convencer a otros, de que ningún aspecto de la realidad permanece ajeno o no tocado por el misterio de la redención y por el dominio del Señor resucitado sobre toda la creación. Durante mi visita pastoral a Estados Unidos hablé de la necesidad que tiene la Iglesia estadounidense de cultivar «un modo de pensar, una “cultura” intelectual que sea auténticamente católica» (Homilía en el Nationals Stadium de Washington, 17 de abril de 2008: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de abril de 2008, p. 5). Asumir esta tarea conlleva ciertamente una renovación de la apologética y un énfasis en los rasgos distintivos católicos; pero, en última instancia, debe orientarse a proclamar la verdad liberadora de Cristo y a fomentar un diálogo y una cooperación más amplios para construir una sociedad cada vez más sólidamente arraigada en un humanismo auténtico, inspirado por el Evangelio y fiel a los valores más altos de la herencia cívica y cultural estadounidense. En el momento actual de la historia de vuestra nación, este es el desafío y la oportunidad que espera a toda la comunidad católica y que las instituciones educativas de la Iglesia deberían ser las primeras en reconocer y abrazar. Al concluir estas breves reflexiones, deseo expresar una vez más mi gratitud, y la de toda la Iglesia, por el generoso compromiso, a menudo acompañado por el sacrificio personal, demostrado por tantos profesores y administradores que trabajan en la vasta red de escuelas católicas en vuestro país. A vosotros, queridos hermanos, y a todos los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral, imparto de corazón mi bendición apostólica como prenda de sabiduría, alegría y paz en el Señor resucitado.

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domingo 13 de mayo de 2012, número 20

Discurso del Papa a cinco nuevos embajadores acreditados ante la Santa Sede

Políticas sociales contra pobreza y precariedad
Para afrontar la crisis económica mundial hacen falta leyes sociales que «no acrecienten las desigualdades, y permitan que cada uno viva de manera digna». Lo dijo el Papa a los nuevos embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de la República federal democrática de Etiopía, Malasia, Irlanda, República de Fiji y Armenia, que le presentaron sus cartas credenciales el viernes 4 de mayo en el curso de la audiencia que tuvo lugar en la sala Clementina del palacio apostólico. Ofrecemos seguidamente el discurso que pronunció Benedicto XVI. Señora y señores embajadores: Con alegría os recibo esta mañana para la presentación de las cartas que os acreditan como embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de vuestros respectivos países ante la Santa Sede: República federal democrática de Etiopía, Malasia, Irlanda, República de Fiji y Armenia. Acabáis de dirigirme palabras amables de parte de vuestros jefes de Estado, y os lo agradezco. Os ruego que al volver les transmitáis mi saludo deferente y mis mejores deseos para sus personas y para la elevada misión que cumplen al servicio de sus países y de su pueblo. De igual modo, deseo saludar, a través de vosotros, a todas las autoridades civiles y religiosas de vuestras naciones, así como a todos vuestros compatriotas. Naturalmente, mi pensamiento va a las comunidades católicas presentes en vuestros países, para asegurarles mi oración. El desarrollo de los medios de comunicación ha hecho a nuestro planeta, en cierto modo, más pequeño. La posibilidad de conocer casi inmediatamente los acontecimientos que se producen en todo el mundo, así como las necesidades de los pueblos y de las personas, es un llamamiento urgente a estar cerca de ellos en sus alegrías y en sus dificultades. La constatación del gran sufrimiento provocado en el mundo por la pobreza y la miseria, tanto materiales como espirituales, invita a una nueva movilización para afrontar, con justicia y solidaridad, todo lo que amenaza al hombre, a la sociedad y su ambiente. El éxodo hacia las ciudades, los conflictos armados, el hambre y las pandemias, que afectan a muchas poblaciones, aumentan de modo dramático la pobreza, que hoy asume nuevas formas. La crisis económica mundial arrastra a las familias, cada vez más numerosas, a una situación de creciente precariedad. Aunque la creación y la multiplicación de las necesidades han hecho creer en la posibilidad ilimitada de disfrutar y consumir, han aparecido sentimientos de frustración. La soledad debida a la exclusión ha aumentado. Y cuando la miseria coexiste con la gran riqueza, nace una impresión de injusticia que puede convertirse en fuente de revueltas. Por tanto, es conveniente que los Estados vigilen para que las leyes sociales no acrecienten las desigualdades, y permitan que cada uno viva de manera digna. Por eso, tener en cuenta a las personas que hay que ayudar antes que

la carencia que hay que colmar significa devolverles el papel de protagonistas sociales, y permitirles que dispongan mejor de su futuro para ocupar el lugar que les corresponde en la sociedad. Porque, «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35). El desarrollo al que aspira toda nación debe comprender a cada persona en su totalidad, y no sólo el crecimiento económico. Esta convicción debe transformarse en voluntad eficaz de acción. Experiencias como el microcrédito, e iniciativas para crear colaboraciones equitativas, muestran que es posible armonizar los objetivos económicos con el vínculo social, la gestión democrática y el respeto de la naturaleza. También es bueno, por ejemplo, devolviéndoles su dignidad, promover el trabajo manual y favorecer una agricultura que esté

ante todo al servicio de los habitantes. Ahí se puede encontrar una ayuda verdadera que, actuada en el ámbito local, nacional e internacional, tenga en cuenta la unicidad, el valor y el bien integral de cada persona. La calidad de las relaciones humanas y la repartición de los recursos están en la base de la sociedad, permitiendo que cada uno tenga su lugar en ella y viva dignamente conforme a sus aspiraciones. Para reforzar la base humana de la realidad sociopolítica es necesario estar atentos a otra forma de miseria: la pérdida de referencia a los valores espirituales, a Dios. Este vacío hace más difícil el discernimiento del bien y del mal, así como la superación de los intereses personales con vistas al bien común. Facilita la adhesión a corrientes de pensamiento

Audiencia del Papa al presidente de la República de Albania

El sábado 5 de mayo por la mañana el Santo Padre recibió en audiencia al señor Bamir Topi, presidente de la República de Albania, que sucesivamente se encontró con el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, acompañado por el arzobispo Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados. En las cordiales conversaciones se destacaron las buenas relaciones existentes entre la Santa Sede y la República de Albania y se examinaron temas de interés común sobre las relaciones entre la comunidad eclesial y la civil, entre ellos el diálogo interreligioso y la contribución de la Iglesia en el campo educativo y social. Se habló asimismo del camino de Albania hacia la plena integración en la Unión Europea. Por último, se mantuvo un intercambio de puntos de vista sobre la actual coyuntura internacional y regional, con atención especial a la crisis económica.

de moda, evitando el esfuerzo necesario de reflexión y de crítica. Y muchos jóvenes que buscan un ideal se orientan hacia paraísos artificiales que los destruyen. Adicciones, consumismo, materialismo y bienestar no colman el corazón del hombre, creado para lo infinito, puesto que la mayor pobreza es la falta de amor. En momentos de angustia, la compasión y la escucha desinteresada son un consuelo. Aunque se esté privado de grandes recursos materiales, se puede ser feliz. Debe ser posible vivir simplemente en armonía con lo que se cree, y debe serlo cada vez más. Animo todos los esfuerzos realizados, particularmente en las familias. Además, la educación debe abrir a la dimensión espiritual, dado que «el ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente» (Caritas in veritate, 76). Dicha educación permite establecer y fortalecer vínculos más auténticos, puesto que abre a una sociedad más fraterna, que contribuye a construir. Los Estados tienen el deber de valorizar su patrimonio cultural y religioso, que contribuye a la realización de una nación, y facilitar su acceso a todos, ya que cada uno, familiarizándose con su historia, se siente impulsado a descubrir las raíces de su propia existencia. La religión permite reconocer al otro como un hermano en la humanidad. Dar a alguien la posibilidad de conocer a Dios, y esto con plena libertad, significa ayudarlo a forjarse una personalidad fuerte interiormente, que lo capacitará para testimoniar el bien y para realizarlo, aun cuando le cueste hacerlo. «La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa» (Caritas in veritate, 78). Así se podrá edificar una sociedad donde la sobriedad y la fraternidad vividas hagan retroceder la miseria, y superen la indiferencia y el egoísmo, el lucro y el despilfarro, y sobre todo la exclusión. Ahora que iniciáis vuestra misión ante la Santa Sede, quiero aseguraros, excelencias, que encontraréis siempre en mis colaboradores una atención cordial y la ayuda que podáis necesitar. Sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre los miembros de vuestras misiones diplomáticas y sobre todas las naciones que representáis, invoco la abundancia de las bendiciones divinas.

número 20, domingo 13 de mayo de 2012

L’OSSERVATORE ROMANO sobre la traducción de las palabras «pro multis» en las plegarias eucarísticas de la misa

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Carta de Benedicto

XVI

Responsabilidad y promesa para todos
Publicamos una traducción de la carta que Benedicto XVI envió a monseñor Robert Zollitsch, arzobispo de Friburgo y presidente de la Conferencia episcopal alemana, a propósito de la traducción de las palabras «pro multis» en las plegarias eucarísticas de la misa. Vaticano, 14 de abril de 2012 Excelencia, venerado y querido arzobispo: Con ocasión de su visita del 15 de marzo de 2012, usted me hizo saber que, por lo que se refiere a la traducción de las palabras «pro multis» en las plegarias eucarísticas de la santa misa, todavía no hay unidad entre los obispos de las áreas de lengua alemana. Al parecer, se corre el riesgo de que, ante la publicación de la nueva edición del «Gotteslob» [libro de cantos y oraciones], que se espera en breve, algunos sectores del ámbito lingüístico alemán deseen mantener la traducción «por todos», aun cuando la Conferencia episcopal alemana acordase escribir «por muchos», tal como ha sido indicado por la Santa Sede. Le había prometido que me expresaría por escrito sobre esta importante cuestión, con el fin de prevenir una división como esta en el seno más íntimo de nuestra plegaria. Esta carta que ahora dirijo por medio suyo a los miembros de la Conferencia episcopal alemana, se enviará también a los demás obispos de las áreas de lengua alemana. Ante todo, permítame unas breves palabras sobre el origen del problema. En los años sesenta, cuando hubo que traducir al alemán el Misal Romano, bajo la responsabilidad de los obispos, había un consenso exegético en que la palabra «los muchos», «muchos», en Isaías 53, 11 s, era una forma de expresión hebrea que indicaba la totalidad, «todos». En los relatos de la institución de Mateo y de Marcos, la palabra «muchos» sería por tanto un «semitismo», y debería traducirse por «todos». Esta idea se aplicó también a la traducción directamente del texto latino, donde «pro multis» haría referencia, a través de los relatos evangélicos, a Isaías 53 y, por tanto, debería traducirse como «por todos». Con el tiempo, este consenso exegético se ha resquebrajado; ya no existe. En la narración de la Última Cena de la traducción ecuménica alemana de la Sagrada Escritura, puede leerse: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14, 24; cf. Mt 26, 28). Con esto se pone de relieve algo muy importante: el paso del «pro multis» al «por todos» no era en modo alguno una simple traducción, sino una interpretación, que seguramente tenía y sigue teniendo fundamento, pero es ciertamente ya una interpretación y algo más que una traducción. Esta fusión entre traducción e interpretación pertenece en cierto sentido a los principios que, inmediatamente después del Concilio, orientaron la traducción de los libros litúrgicos en las lenguas modernas. Se tenía conciencia de cuán lejos estaban la Biblia y los textos litúrgicos del modo de pensar y de hablar del hombre de hoy, de modo que, incluso traducidos, seguían siendo en buena parte incomprensibles para los participantes en la liturgia. Era una tarea novedosa tratar de que, en la traducción, los textos sagrados fueran asequibles a los participantes en la liturgia, aunque siguieran siendo muy ajenos a su mundo; es más, los textos sagrados aparecían precisamente de este modo en su enorme lejanía. Así, los autores no sólo se sentían autorizados, sino incluso en la obligación de incluir ya la interpretación en la traducción, y de acortar de esta manera la vía hacia los hombres, pretendiendo hacer llea la palabra de la Escritura, como de los textos litúrgicos. Por un lado, la palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta; por otro lado, a la Iglesia se le ha encomendado el cometido de la interpretación, con el fin de que —en los límites de nuestra comprensión actual— nos llegue ese mensaje que el Señor nos ha destinado. Ni siquiera la traducción más esmerada puede sustituir a la interpretación: pertenece a la estructura de la revelación el que la Palabra de Dios sea leída en la comunidad interpretativa de la Iglesia, y que la fidelidad y la actualización estén enlazadas recíprocamente. La Palabra debe estar presente tal y cia de los últimos 50 años, todos sabemos cuán profundamente impactan en el ánimo de las personas los cambios de formas y textos litúrgicos; lo mucho que puede inquietar una modificación del texto en un punto tan importante. Por este motivo, en el momento en que, en virtud de la distinción entre traducción e interpretación, se optó por la traducción «por muchos», se decidió al mismo tiempo que esta traducción fuera precedida en cada área lingüística de una esmerada catequesis, por medio de la cual los obispos deberían hacer comprender concretamente a sus sacerdotes y, a través de ellos, a todos los fieles por qué se hace. Hacer preceder la catequesis es la condición esencial para la entrada en vigor de la nueva traducción. Por lo que sé, una catequesis como esta no se ha hecho hasta ahora en el área lingüística alemana. El propósito de mi carta es pediros con la mayor urgencia a todos vosotros, queridos hermanos, la elaboración de una catequesis de este tipo, para hablar después de esto con los sacerdotes y hacerlo al mismo tiempo accesible a los fieles. En dicha catequesis se deberá explicar brevemente en primer lugar por qué, en la traducción del Misal tras el Concilio, la palabra «muchos» fue sustituida por «todos»: para expresar de modo inequívoco, en el sentido querido por Jesús, la universalidad de la salvación que de él proviene. Pero surge inmediatamente la pregunta: Si Jesús ha muerto por todos, ¿por qué en las palabras de la Última Cena él dijo «por muchos»? Y, ¿por qué nosotros ahora nos atenemos a estas palabras de la institución de Jesús? A este punto, es necesario añadir ante todo que, según Mateo y Marcos, Jesús dijo «por muchos», mientras según Lucas y Pablo dijo «por vosotros». Aparentemente, así se restringe aún más el círculo. Y, sin embargo, es precisamente partiendo de esto como se puede llegar a la solución. Los discípulos saben que la misión de Jesús va más allá de ellos y de su grupo; que él vino para reunir a los hijos de Dios dispersos por el mundo (cf. Jn 11, 52). Pero el «por vosotros» hace que la misión de Jesús aparezca de forma absolutamente concreta para los presentes. Ellos no son miembros cualesquiera de una enorme totalidad, sino que cada uno sabe que el Señor ha muerto «por mí», «por nosotros». El «por vosotros» se extiende al pasado y al futuro, se refiere a mí de manera totalmente personal; nosotros, que estamos aquí reunidos, somos conocidos y amados por Jesús en cuanto tales. Por consiguiente, este «por vosotros» no es una restricción, sino una concretización, que vale para cada comunidad que celebra la Eucaristía y que la une concretamente al amor de Jesús. En las palabras de la consagración, el Canon Romano ha unido las dos lecturas bíblicas y, de acuerdo con esto, dice: «por vosotros y por muSIGUE EN LA PÁGINA 8

gar a su mente y a su corazón precisamente estas palabras. Hasta un cierto punto, el principio de una traducción del contenido del texto base, y no necesariamente literal, sigue estando justificado. Desde que debo recitar continuamente las oraciones litúrgicas en lenguas diferentes, me doy cuenta de que no es posible encontrar a veces casi nada en común entre las diversas traducciones, y que el texto único, que está en la base, con frecuencia es sólo lejanamente reconocible. Además, hay ciertas banalizaciones que comportan una auténtica pérdida. Así, a lo largo de los años, también a mí personalmente me ha resultado cada vez más claro que el principio de la correspondencia no literal, sino estructural, como guía en las traducciones tiene sus límites. Estas consideraciones han llevado a la Instrucción sobre las traducciones «Liturgiam authenticam», emanada por la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, el 28 de marzo de 2001, a poner de nuevo en primer plano el principio de la correspondencia literal, sin prescribir obviamente un verbalismo unilateral. La contribución importante que está en la base de esta instrucción consiste en la distinción entre traducción e interpretación, de la que he hablado al principio. Esta es necesaria tanto respecto

como es, en su forma propia, tal vez extraña para nosotros; la interpretación debe confrontarse con la fidelidad a la Palabra misma, pero, al mismo tiempo, ha de hacerla accesible al oyente de hoy. En este contexto, la Santa Sede ha decidido que, en la nueva traducción del Misal, la expresión «pro multis» deba ser traducida tal y como es, y no al mismo tiempo ya interpretada. En lugar de la versión interpretada «por todos», ha de ponerse la simple traducción «por muchos». Quisiera hacer notar aquí que ni en Mateo ni en Marcos hay artículo, así pues, no «por los muchos», sino «por muchos». Si bien esta decisión, como espero, es absolutamente comprensible a la luz de la correlación fundamental entre traducción e interpretación, soy consciente sin embargo de que representa un reto enorme para todos aquellos que tienen el cometido de exponer la Palabra de Dios en la Iglesia. En efecto, para quienes participan habitualmente en la santa misa, esto parece casi inevitablemente como una ruptura precisamente en el corazón de lo sagrado. Ellos se dirán: Pero Cristo, ¿no ha muerto por todos? ¿Ha modificado la Iglesia su doctrina? ¿Puede y está autorizada para hacerlo? ¿Se está produciendo aquí una reacción que quiere destruir la herencia del Concilio? Por la experien-

número 20, domingo 13 de mayo de 2012

L’OSSERVATO

Juramento de los nuevos alabarderos de la Guardia Su
La audiencia de Benedicto
XVI

a la Guardia Suiza Pontificia

Fidelidad heroica al Papa y a la Sede Apostólica
El servicio que cumple la Guardia Suiza Pontificia «se sitúa en el surco de una indiscutida fidelidad al Papa» y a la Santa Sede. Así lo subrayó Benedicto XVI durante la audiencia en la sala Clementina el lunes 7 de mayo por la mañana, al día siguiente de la ceremonia de juramento de los nuevos reclutas. Señor comandante, monseñor capellán, queridos oficiales y miembros de la Guardia Suiza, ilustres huéspedes, queridos hermanos y hermanas: Deseo dirigiros a todos vosotros un cordial saludo. En particular doy mi bienvenida a los reclutas, hoy rodeados de sus padres, familiares y amigos; así como a los representantes de las autoridades suizas, llegados para esta feliz circunstancia. Vosotros, queridos guardias, tenéis el privilegio de trabajar durante algunos años en el corazón de la cristiandad y vivir en la «Ciudad Eterna». Vuestros familiares, y cuantos han sobre todo con los momentos de oración y los encuentros que caracterizan esta jornada. Las funciones que cumple la Guardia Suiza constituyen un servicio directo al Sumo Pontífice y a la Sede Apostólica. Por ello es motivo de vivo aprecio el hecho de que haya jóvenes que elijan consagrar algunos años de su existencia en total disponibilidad al Sucesor de Pedro y a sus colaboradores. Vuestro trabajo se sitúa en el surco de una indiscutida fidelidad al Papa, que fue heroica en el «Saqueo de Roma» en 1527, cuando, el 6 de mayo, vuestros predecesores sacrificaron su vida. El peculiar servicio de la Guardia Suiza no podía entonces ni puede tampoco hoy llevarse a cabo sin aquellas características que distinguen a cada miembro del cuerpo: solidez en la fe católica, fidelidad y amor hacia la Iglesia de Jesucristo, diligencia y perseverancia en las pequeñas y grandes tareas cotidianas, valentía y humildad, altruismo y disponibilidad. De estas virtudes debe estar lleno vuestro corazón cuando prestáis el servicio de honor y de seguridad en el Vaticano. Sed atentos los unos con los otros, para sosteneros en el trabajo cotidiano y edificaros recíprocamente, y conservad el estilo de caridad evangélica con las personas que encontréis cada día. En la Sagrada Escritura la llamada al amor del prójimo está vinculada al mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Mc 12, 29-31). Para dar amor a los hermanos es necesario sacarlo de la forja de la caridad divina, gracias a pausas prolongadas de oración, a la constante escucha de la Palabra de Dios y a una existencia totalmente centrada en el misterio de la Eucaristía. El secreto de la eficacia de vuestro trabajo aquí, en el Vaticano, así como de cada proyecto vuestro es, por lo tanto, la continua referencia a Cristo. Este es también el testimonio de no pocos de vuestros predecesores, que se caracterizaron no sólo en el cumplimiento de su trabajo, sino también en el compromiso de vida cristiana. Algunos han

querido compartir con vosotros estos días de fiesta, han asociado su participación en la ceremonia de juramento a una peregrinación a la tumba de los Apóstoles. A todos deseo que tengáis aquí, en Roma, la singular experiencia de la universalidad de la Iglesia y que os fortalezcáis y profundicéis en la fe,

La homilía del cardenal Bertone en la misa para los reclutas

Como sarmientos de la única vid
Como sarmientos de la única vid para testimoniar la pertenencia a Cristo y a su Iglesia. Contenido de las lecturas de la misa del V domingo de Pascua y punto de partida del cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, para recordar a los nuevos reclutas de la Guardia Suiza Pontificia el servicio que están llamados a realizar. La ocasión fue la celebración que presidió el 6 de mayo por la mañana, en la basílica de San Pedro, como apertura de la ceremonia de juramento de los nuevos reclutas, a quienes propuso la figura de san Pablo y su valentía para dar testimonio de Cristo. «También hoy se necesita valor para dar testimonio del Evangelio —dijo el purpurado—. Lo digo pensando en vosotros, queridos guardias suizos, y os exhorto a hacerlo con alegría no sólo cuando estéis de servicio, sino siempre, en todo momento y situación de vuestra vida». ¿Pero cómo se puede ser hoy testigos válidos de Cristo? Cuestión a la que respondió el cardenal Bertone citando una imagen reiterada en el Antiguo Testamento: la de la vid y los sarmientos. De hecho se presenta a Dios como el dueño de una viña —«figura del pueblo elegido», explicó—, y como un buen viñador se ocupa mucho de ella para que pueda dar frutos buenos y abundantes. De ahí el deseo del purpurado a los jóvenes reclutas para «que la imagen de la vid y los sarmientos se imprima profundamente en la conciencia, porque es muy eficaz, muy útil para comprender y vivir la unión con el Señor Jesús». «En el curso de vuestra vida se presentarán situaciones importantes, como las decisiones por el futuro —prosiguió—: la familia, la profesión, el compromiso civil o social. En cualquier momento podéis apoyaros en el hecho de que sois sarmientos de la vid que es Cristo y unidos a él no os faltará la savia vital para llevar adelante lo mejor posible vuestras decisiones, para ser personas útiles a la sociedad, personas que aman a Dios y al prójimo como Cristo ha enseñado». En el altar de la Cátedra concelebraron con el secretario de Estado el cardenal suizo Koch, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos; el arzobispo Canalini, que fue nuncio apostólico en Suiza; los monseñores Gmür, obispo de Basilea, y Grampa, obispo de Lugano; igualmente los monseñores De Raemi, capellán de la Guardia Suiza; Nwachukwu, jefe de protocolo de la Secretaria de Estado; Piechota y Lucchini, de la secretaría del cardenal Bertone; y otros treinta sacerdotes. Acompañaron el rito el coro y la orquesta de Santa María de Ebikon, de Lucerna.

ORE ROMANO

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uiza y 485 años del sacrificio en el «Saqueo de Roma»

sido llamados a seguir al Señor en el camino del sacerdocio o de la vida consagrada, y han respondido con prontitud y entusiasmo. Otros coronaron felizmente con el sacramento del Matrimonio su vocación conyugal. Doy gracias a Dios, fuente de todo bien, por los diversos dones y las distintas misiones que él os confía, y ruego para que también vosotros, que iniciáis vuestro servicio, respondáis plenamente a la lla-

mada de Cristo siguiéndole con fiel generosidad. Queridos amigos, aprovechad el tiempo que paséis aquí, en Roma, para crecer en la amistad con Cristo, amar cada vez más a su Iglesia y caminar hacia la meta de toda verdadera vida cristiana: la santidad. Que os ayude la Virgen María, a quien honramos de modo especial en el mes de mayo, a experimentar cada día

más la comunión profunda con Dios, constante recuerdo en la oración y de que para nosotros, creyentes, empieza corazón os imparto a cada uno la benen la tierra y será completa en el cielo. dición apostólica. De hecho estamos llamados, como recuerda «Juro servir fiel, leal y honorablemente al Sumo san Pablo, a ser «conPontífice Benedicto XVI y a sus legítimos ciudadanos de los santos y miembros de la sucesores, así como dedicarme a ellos con todas familia de Dios» (Ef mis fuerzas, sacrificando, si fuera necesario, 2, 19). Con estos sentiincluso mi vida en su defensa» mientos os aseguro mi

Víspera y día del compromiso público

La lógica del don en un servicio incondicional
Veintiséis nuevos alabarderos de la Guardia Suiza juraron el domingo 6 de mayo por la mañana, en el aula Pablo VI, fidelidad al Papa. Como cada año, realizaron este gesto en la conmemoración de la heroica muerte de 147 soldados helvéticos caídos en defensa del Pontífice durante el saqueo de Roma en 1527. El juramento tuvo lugar en presencia del arzobispo Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado, del comandante Daniel Rudolf Anrig y del capellán monseñor Alain de Raemy. Fue el capellán quien solicitó a los jóvenes reclutas la reflexión sobre las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en la homilía del pasado Jueves Santo. «Durante el servicio —dijo— existe el peligro de perder la motivación. Pero esto puede suceder ya mañana, por razón de la incapacidad de ofrecer completamente la vida. En efecto, existe siempre la tentación de sacar de ello algún beneficio personal». En el caso del servicio al Sucesor de Pedro —prosiguió— «este encerramiento significa permanecer activos no para él, sino para uno mismo. Que Dios os preserve de esta fatal tentación». Y se refirió igualmente al juramento: «Si queréis ser auténticos y conservar la motivación expresada hoy, entonces es necesario buscar esta motivación allí donde se encuentra verdaderamente», esto es, «en lo que dono, por qué lo dono y por qué lo dono al Sucesor de san Pedro». De forma semejante el comandante Anrig subrayó la dimensión de donación de la Guardia Suiza. «La disponiblilidad a un servicio incondicional y total —manifestó— es precisamente el criterio que caracteriza a un buen Guardia y que debe tomarse en consideración para la eventualidad de una permanencia más allá del tiempo mínimo de servicio». Entre los participantes en la ceremonia se contaron los cardenales Farina, Koch, Monteiro de Castro, Vegliò, Nicora, Coppa, Agustoni y Cottier; el arzobispo Harvey y numerosos prelados, entre ellos el presidente de la Conferencia episcopal suiza Brunner, y los monseñores Wells, Nwachukwu y Karcher. Estuvieron también presentes diversas personalidades del Gobierno federal y de los cantones helvéticos. La delegación del Gobierno cantonal de Lucerna fue encabezada por el presidente, Yvonne Schärli. Representó a la Confederación helvética el embajador ante la Santa Sede, Paul Widmer; y al ejército suizo, el comandante del Cuerpo de armada, André Blattmann. La víspera, 5 de mayo por la tarde, en la plaza vaticana de los Protomártires romanos, el arzobispo Becciu presidió la conmemoración de los caídos, otorgando algunas condecoraciones. «Con mucho gusto me hago intérprete de los sentimientos del Santo Padre —dijo— renovando a todos y cada uno la expresión de la gratitud más viva por vuestra lealtad y por la calidad del trabajo que desarrolláis, velando por el orden y la seguridad en el territorio del Vaticano, pero también acogiendo con cortesía a los numerosos peregrinos que reclaman cada día vuestra ayuda».

El arzobispo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado, y el capellán, monseñor De Raemy

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L’OSSERVATORE ROMANO

domingo 13 de mayo de 2012, número 20

Hace cincuenta años moría la santa Beretta Molla para salvar a la hija que llevaba en su seno

La elección de Gianna
GIULIA GALEOTTI El 28 de abril de 1962, antes de cumplir cuarenta años, moría por un tumor en el útero Gianna Beretta Molla. Su cuarta hija había nacido pócos días antes. Gianna Beretta Molla —que además era médica y por tanto estaba perfectamente capacitada para comprender su situación— al comienzo de su embarazo descubrió que estaba enferma, pero no dudó en rechazar la terapia que, aunque probablemente la hubiera salvado, habría tenido como efecto secundario indirecto la eliminación del feto. Esta última decisión es absolutamente legítima para la Iglesia católica, pero Gianna la rechazó al segundo mes de embarazo por amor al hijo a punto de nacer. Beatificada en 1994 (fue la primera madre de familia no mártir en ser beatificada), fue canonizada diez años después. La santidad de Gianna Beretta Molla es, ante todo, el testimonio luminoso de cómo la Iglesia católica, aun considerando que la vida humana «desde su comienzo compromete directamente la acción creadora de Dios» (Humanae vitae, 13), no actúa de ninguna manera contra las madres (acusación recurrente de una parte del feminismo, y no sólo), sino que, al contrario, se opone a todo lo que atenta contra la vida. En este sentido, no constituyen una violación del quinto mandamiento las intervenciones indirectas que, si son necesarias para salvar la vida de la mujer embarazada, producen como consecuencia secundaria la interrupción del embarazo. En efecto, en estos casos el feto no es el sujeto directo del ataque («semejante acto ya no podría definirse un atentado directo contra la vida inocente», dijo Pío XII en 1951) y, por consiguiente, la intervención no se considera aborto directo. Es un punto crucial: si Gianna hubiera aceptado curarse incisivamente —es decir, no limitándose sólo a la extirpación del fibroma, como en cambio Gianna Beretta Molla está su carácter extraordinario. Esta decisión consciente, libre y plena la convierte —si sabemos y queremos escucharla— en una de las santas más feministas de la historia. Una de esas santas que, silenciosamente, han testimoniado la valentía femenina, la capacidad de las mujeres de ser expresión de gratuidad y amor. «La verdadera emancipación femenina —dijo Pablo VI a la Unión de juristas católicos en 1972— está en el reconocimiento de lo que la personalidad femenina tiene de esencialmente específico». Sin embargo, muchos no han comprendido la elección de Gianna Beretta Molla. Sobre todo (tal vez se trate del dato que más hace sufrir en su intrínseca misoginia), no la han comprendido numerosas mujeres, católicas y no católicas, que se obstinan en considerarla como la víctima sacrificial de una mentalidad retrógrada que pone la condición femenina siempre y sólo en segundo plano. Gianna fue una ciudadana normal del mundo y una católica normal en el mundo: los estudios de medicina, la Acción católica, la especialización en pediatría, la profesión, la afición a los viajes, el esquí y la música clásica, el matrimonio a los 32 años y la maternidad. Cuando Pablo VI decidió incoar su causa de canonización, su esposo Pietro (que falleció en 2010) primero se opuso («nunca caí en la cuenta de vivir con una santa»), pero después aceptó, porque «me convencieron de que la santidad no consiste únicamente en signos extraordinarios, y de que el ejemplo de mi esposa haría mucho bien». A pesar del atroz sufrimiento que tuvo que soportar (dejar a cuatro hijos pequeños requiere un amor titánico), la fuerza de su santidad radica en haber reconocido (como escribió) que «Dios ha puesto en nosotros el instinto de la vida. Prepararse para la propia vocación es prepararse para dar la vida».

La santa Gianna Beretta, con dos de sus hijos

sucedió—, su elección habría sido perfectamente lícita también para la Iglesia. Humanamente lícita. En cambio, esta mujer lombarda tomó un decisión diferente, y en ello reside su carácter excepcional. Si hubiera elegido lo que era ordinario, no la recordaríamos como santa. En realidad, un acto de martirio, reconocido como tal, no se puede imponer, y precisamente en la elección libre de

Responsabilidad y promesa para todos
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chos». Esta fórmula fue retomada luego por la reforma litúrgica en todas las plegarias eucarísticas. Pero, una vez más: ¿Por qué «por muchos»? ¿Acaso el Señor no ha muerto por todos? El hecho de que Jesucristo, en cuanto Hijo de Dios hecho hombre, sea el hombre para todos los hombres, el nuevo Adán, forma parte de las certezas fundamentales de nuestra fe. Sobre este punto quisiera recordar solamente tres textos de la Escritura: Dios entregó a su Hijo «por todos», afirma Pablo en la carta a los Romanos (Rm 8, 32). «Uno murió por todos», dice en la segunda carta a los Corintios, hablando de la muerte de Jesús (2 Co 5, 14). Jesús «se entregó en rescate por todos», escribe en la primera carta a Timoteo (1 Tm 2, 6). Pero entonces, con mayor razón, una vez más, debemos preguntarnos: si esto es así de claro, ¿por qué en la plegaria eucarística está escrito «por muchos»? Ahora bien, la Iglesia ha tomado esta fórmula de los relatos de la institución en el Nuevo Testamento. Lo dice así por respeto a la palabra de Jesús, por permanecer fiel a él incluso en las palabras. El

respeto reverencial por la palabra misma de Jesús es la razón de la fórmula de la plegaria eucarística. Pero ahora nos preguntamos: ¿Por qué Jesús mismo lo dijo precisamente así? La razón verdadera y propia consiste en que, con esto, Jesús se hizo reconocer como el Siervo de Dios de Isaías 53, mostró ser aquella figura que la palabra del profeta estaba esperando. Respeto reverencial de la Iglesia por la palabra de Jesús, fidelidad de Jesús a la palabra de la «Escritura»: esta doble fidelidad es la razón concreta de la fórmula «por muchos». En esta cadena de reverente fidelidad nos insertamos nosotros con la traducción literal de las palabras de la Escritura. Así como hemos visto anteriormente que el «por vosotros» de la traducción lucano-paulina no restringe, sino que concretiza, así podemos reconocer ahora que la dialéctica «muchos»-«todos» tiene su propio significado. «Todos» se mueve en el plano ontológico: el ser y obrar de Jesús abarca a toda la humanidad, al pasado, al presente y al futuro. Pero históricamente, en la comunidad concreta de aquellos que celebran la Eucaristía, él llega de hecho sólo a «muchos». Entonces es posible reconocer un triple significado de la co-

rrelación entre «muchos» y «todos». En primer lugar, para nosotros, que podemos sentarnos a su mesa, debería significar sorpresa, alegría y gratitud, porque él me ha llamado, porque puedo estar con él y puedo conocerlo. «Estoy agradecido al Señor, que por gracia me ha llamado a su Iglesia...” [Canto religioso “Fest soll mein Taufbund immer steen”, estrofa 1]. En segundo lugar, significa también responsabilidad. Cómo el Señor, a su modo, llegue a los otros —a «todos»— es a fin de cuentas un misterio suyo. Pero, indudablemente, es una responsabilidad el hecho de ser llamado por él directamente a su mesa, de manera que puedo oír: «por vosotros», «por mí», él sufrió. Los muchos tienen responsabilidad por todos. La comunidad de los muchos debe ser luz en el candelero, ciudad puesta en lo alto de un monte, levadura para todos. Esta es una vocación que concierne a cada uno de manera totalmente personal. Los muchos, que somos nosotros, deben llevar consigo la responsabilidad por el todo, conscientes de la propia misión. Finalmente, se puede añadir un tercer aspecto. En la sociedad actual tenemos la sensación de no ser en absoluto «muchos», sino muy pocos, una pequeña multitud, que se

reduce continuamente. Pero no, somos «muchos»: «Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lengua», dice el Apocalipsis de Juan (Ap 7, 9). Nosotros somos muchos y representamos a todos. Así, ambas palabras, «muchos» y «todos» van juntas y se relacionan una con otra en la responsabilidad y en la promesa. Excelencia, queridos hermanos en el episcopado. Con todo esto he querido indicar la línea del contenido fundamental de la catequesis, por medio de la cual se debe preparar a sacerdotes y laicos lo más pronto posible para la nueva traducción. Espero que pueda servir al mismo tiempo para una participación más profunda en la santa Eucaristía, integrándose en la gran tarea que nos espera con el «Año de la fe». Confío en que dicha catequesis se presente prontamente, y forme parte así de la renovación litúrgica, a la cual se comprometió el Concilio desde su primera sesión. Con la bendición y el saludo pascual, me confirmo suyo en el Señor. BENEDICTO
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L’OSSERVATORE ROMANO

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Un debate que llevó a la constitución conciliar «Dei Verbum» sobre la divina revelación

La noche de los engaños
El historiador del Instituto ecuménico San Bernardino de Venecia, Riccardo Burigana, y el teólogo jesuita Christoph Theobald, director de la revista «Recherches de science religieuse» (Investigaciones de ciencia religiosa), son los protagonistas del encuentro dedicado a la constitución conciliar «Dei Verbum» que tuvo lugar el jueves 26 de abril en el Centro San Luis de Roma en el ámbito de las conferencias promovidas por el Centro de estudios e investigaciones sobre el concilio Vaticano II de la Pontificia Universidad Lateranense, en colaboración con el Instituto francés Centro San Luis de Francia. Publicamos a continuación la parte conclusiva de la intervención de Burigana, autor de la monografía fundamental «La Biblia del Concilio». RICCARD O BURIGANA Repasar las vicisitudes del debate en torno a la Dei Verbum es un observatorio útil para reconstruir las dinámicas del Vaticano II a partir de la pluralidad de posiciones sobre el papel de la Escritura en la vida de la Iglesia, desde la reflexión teológica sobre la dimensión bíblica de la revelación, la historicidad de los Evangelios y el valor de la inerrancia, hasta la relación de la Escritura con la cotidianidad de la experiencia cristiana, también en perspectiva ecuménica. Precisamente por la relevancia de la constitución para los temas tratados y por su papel en la historia del Vaticano II parece muy oportuno promover todavía estudios sobre la Dei Verbum, que es «una piedra miliar en el camino eclesial», como se lee en la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini del Papa Benedicto XVI. En las propuestas (vota) para el futuro Concilio —formuladas en gran parte en latín— de los obispos, de los superiores de las órdenes religiosas, de las universidades e instituciones académicas y de las Congregaciones romanas, se recoge la multiplicidad de posiciones y de enfoques que ofrecen un interesante cuadro de la Iglesia. En los vota se dedicó un amplio espacio a la definición de la relación entre Escritura y tradición en la trasmisión de la revelación; sobre este punto se había desarrollado un vivo debate en los últimos años del pontificado de Pío XII entre aquellos que sostenían la superioridad de la tradición sobre la Escritura y aquellos que consideraban la necesidad de repensar de manera más unitaria la relación entre Escritura y tradición en la trasmisión de la revelación. Precisamente la multiplicidad y la amplitud de las propuestas relacionadas con la Escritura como tema para el futuro, no sólo remiten a un debate que se había desarrollado en el curso del siglo XX en el seno de la Iglesia católica y, más en general, del cristianismo, provocando tensiones, sobre las cuales no es necesario detenerse en este momento, sino que muestran cuánto se deseaba la redacción de un esquema para el futuro Concilio en el cual afrontar las cuestiones, en sentido lato, vinculadas a la lectura y al conocimiento de la Sagrada Escritura por una parte y por otra de la relación entre esta, la tradición y el magisterio en la trasmisión de la revelación. Cuando dio comienzo la cuarta sesión del concilio ecuménico Vaticano II (14 de septiembre – 8 de diciembre de 1965), la agenda de los trabajos parecía tan rica que hacía pensar que los padres difícilmente conseguirían aprobar todos los esquemas; entre estos estaba también el De divina revelatione, que fue votado en el aula conciliar en los días 20-22 de septiembre de 1965; los resultados no dejaban dudas sobre el amplio consenso de que gozaba el esquema, aunque de los 2246 votantes había habido 9 non placet y 354 placet iuxta modum sobre el segundo capítulo. Del 29 de septiembre al 11 de octubre la Comisión doctrinal examinó las propuestas, los modi, para las últimas modificaciones del esquema, presentadas por los padres, a veces firmadas por decenas de padres conimprenta; era un mensaje muy claro sobre la voluntad del Papa de intervenir, no tanto para secundar las protestas de la minoría conciliar, cuanto más bien para no dejar nada sin intentar a fin de llegar a un texto sobre el cual se pudiera tener la más amplia mayoría posible, según la intención de Pablo VI desde la segunda sesión del Vaticano II. Precisamente por eso, mientras la revisión en la Comisión doctrinal se acercaba a su conclusión, Pablo VI había iniciado una serie personal de consultas para recoger el mayor número de elementos sobre las riquezas y debilidades del esquema, mientras le seguían llegando peticiones para que interviniera. El 17 de octubre, concluida formalmente la revisión del De divina revelatione, cuando se esperaba su última presentación en el aula con vistas a su aprobación, Pablo VI tomó la decisión de volver a convocar a la Comisión doctrinal para examinar tres puntos del esquema: sobre la tradición constitutiva en el número 9, sobre la expresión La reunión del 19 de octubre tuvo un desarrollo y un resultado completamente distinto del imaginado por la secretaría; de hecho el protagonista, seguramente del todo inesperado, en la reunión fue el cardenal Augustin Bea, que reapareció de esta forma en escena después de que el Secretariado hubiera sido excluido del proceso de redacción en la primavera de 1964 y después de que él mismo se hubiera quejado, incluso públicamente, de esta exclusión. En realidad, Bea asumió la dirección de la reunión, desautorizando así a Philips; al final, después de interminables discusiones, también de carácter de procedimiento, con las aireadas amenazas por parte de algunos miembros de considerar inválida una votación apelando al Tribunal del Concilio, se aprobaron las modificaciones al esquema. Al término de esta reunión, para la cual se puede evocar la imagen de Manzoni de la «noche de los engaños», se puede decir, retomando un juicio del obispo de Namur, AndréMarie Charue, que el texto había sido salvado, dado que las modificaciones introducidas no alteraban la estructura ni el contenido del De divina revelatione. Este paso suscitó muchas perplejidades, algunas «lágrimas» y muchas críticas, sobre todo acerca del papel de Bea, que para muchos parecía ser completamente distinto del que tuvo durante el Concilio; sobre el papel de Bea, así como sobre las intenciones de Pablo VI, que de algún modo fueron presentadas de manera oficial pocas semanas después por el jesuita Giovanni Caprile en un artículo de «La Civiltà Cattolica», sería interesante detenerse para comprender la importancia del De divina revelatione no solo en la historia del Vaticano II sino también para la misión de la Iglesia, sobre todo en la promoción de una recuperación de la centralidad de la Escritura en la perspectiva de un renovado compromiso para la unidad de la Iglesia. El 20 de octubre de 1965, el secretario del Concilio, monseñor Pericle Felici, pidió a Philips el informe de la reunión, comunicándole que Pablo VI ya había dado su placet a la nueva versión del texto y había pedido imprimirlo cuanto antes. El 25 de octubre el De divina revelatione fue entregado a los padres conciliares y cuatro días después el relator, Ermenegildo Florit, arzobispo de Florencia, leyó su relación sobre los modi ilustrando las modificaciones y subrayando la importancia del texto que los padres se disponían a votar; las votaciones confirmaron el consenso, casi unánime, alcanzado por el esquema. El 18 de noviembre de 1965, en la octava sesión pública del concilio Vaticano II, se promulgó la constitución Dei Verbum, con un consenso casi unánime: de 2350 votantes, 2344 votaron a favor del texto: parecía que se había llegado al final de la historia del itinerario del esquema, pero precisamente al final ocurrió algo inesperado.
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El cardenal Agostino Bea

ciliares. Al repasar esta fase la redacción del esquema se ve cómo las posiciones en el seno de la Comisión doctrinal se habían endurecido hasta tal punto que las modificaciones se sometían a continuas votaciones, sobre las cuales se abrían infinitas discusiones sobre el procedimiento. En esta situación comenzó a difundirse el rumor de que no pocos padres estaban decididos a pedir a Pablo VI una intervención para salir de una situación que parecía presagiar nuevas fracturas; por eso Albert Prignon, rector del Colegio Belga, escribió que había un fuerte temor de que pudiera producirse «una nueva semana negra y una “nota praevia” y con todos los inconvenientes y dificultades que hemos tenido el año pasado», con una evidente intención de forzar una intervención del Papa Montini. El 10 de octubre de 1965 Pablo VI se dirigió al cardenal Alfredo Ottaviani, prefecto de la Congregación del Santo Oficio, para pedirle que le diera la versión aprobada del De divina revelatione, antes de enviarla a la

veritas salutaris en el número 11 y, por último, sobre la historicidad de los Evangelios en el número 19. El Papa envió propuestas de modificación sobre cada uno de los puntos, aun dejando libertad a la Comisión para considerar otras. La noticia de la convocatoria de una nueva reunión se difundió rápidamente, suscitando varios comentarios; ya se preparaba la última batalla sobre el De divina revelatione. Con el intento de aliviar las tensiones, la secretaría de la Comisión doctrinal decidió reunirse, de un modo del todo informal, en la mañana del 19 de octubre con el fin de preparar la reunión de la tarde. En este encuentro preparatorio se decidió encomendar a Gerard Philips, uno de los dos secretarios de la Comisión doctrinal, la tarea de presentar las fórmulas enviadas por el Papa para las modificaciones de los puntos a fin de orientar así la discusión hacia una solución que no alterara el texto y no fomentara ulteriores polémicas dentro y fuera de la Comisión.

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L’OSSERVATORE ROMANO

domingo 13 de mayo de 2012, número 20

Colegio episcopal
Monseñor José Roberto Ospina Leongómez obispo de Buga, Colombia
RENUNCIAS: El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Seúl (Corea del Sur) que el cardenal NICHOLAS CHEONG JINSUK le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Nicholas Cheong Jinsuk nació en Seúl el 7 de diciembre de 1931. Recibió la ordenación sacerdotal el 18 de marzo de 1961. Pablo VI lo nombró obispo de Choongju el 25 de junio de 1970; recibió la ordenación episcopal el 3 de octubre sucesivo. Juan Pablo II lo promovió a arzobispo de Seúl el 3 de abril de 1998; y lo nombró administrador apostólico de P’yŏng-yang (Corea del Norte) el 6 de junio sucesivo. Benedicto XVI lo creó cardenal del título de Santa María Inmaculada de Lourdes en Boccea en el consistorio del 24 de marzo de 2006. El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Buga (Colombia) que monseñor HERNÁN GIRALD O JARAMILLO le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Hernán Giraldo Jaramillo nació en Manizales el 21 de octubre de 1936. Recibió la ordenación sacerdotal el 15 de agosto de 1964. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Alessano y auxiliar de Pereira el 27 de julio de 1984; recibió la ordenación episcopal el 6 de agosto sucesivo. El mismo Pontífice lo nombró obispo de Málaga-Soatá el 7 de julio de 1987; y obispo de Buga el 19 de enero de 2001. El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Ecatepec (México) que monseñor ONÉSIMO CEPEDA SILVA le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Onésimo Cepeda Silva nació en México el 25 de marzo de 1937. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de octubre de 1970. Juan Pablo II lo nombró obispo de Ecatepec el 28 de junio de 1995; recibió la ordenación episcopal el 12 de agosto sucesivo. EL PAPA
HA NOMBRAD O:

Audiencias pontificias
EL SANTO PADRE Viernes 4 de mayo —A los embajadores ante la Santa Sede de la República federal democrática de Etiopía, Malasia, Irlanda, República de Fiji y Armenia, con ocasión de la presentación de las cartas credenciales. —A monseñor Luigi Negri, obispo de San Marino-Montefeltro (Italia). A los obispos de Estados Unidos en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Michael Jarboe Sheehan, arzobispo de Santa Fe. —Monseñor James S. Wall, obispo de Gallup. —Monseñor Ricardo Ramírez, C.S.B., obispo de Las Cruces. —Monseñor Thomas James Olmsted, obispo de Phoenix, con el auxiliar: monseñor Eduardo A. Nevares, obispo titular de Natchez. —Monseñor Gerald Frederick Kicanas, obispo de Tucson. —Monseñor James Douglas Conley, obispo titular de Cissa, administrador apostólico de Denver. —Monseñor Paul D. Etienne, obispo de Cheyenne. —Monseñor Michael John Sheridan, obispo de Colorado Springs. —Monseñor Fernando Isern, obispo de Pueblo. Sábado, día 5 —Al presidente de la República de Albania, Bamir Topi, con su esposa y su séquito.
HA RECIBID O:

—A monseñor Santo Gangemi, arzobispo titular de Umbriático, nuncio apostólico en Papúa Nueva Guinea y en las Islas Salomón, con sus familiares. —Al cardenal Marc Ouellet, P.S.S., prefecto de la Congregación para los obispos. Lunes, día 7 —Al embajador de la República islámica de Irán ante la Santa Sede, Ali Akbar Naseri, en visita de despedida. A los obispos de Estados Unidos en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Wilton Daniel Gregory, arzobispo de Atlanta, con el auxiliar: monseñor Luis Rafael Zarama, obispo titular de Bararo. —Monseñor Robert E. Guglielmone, obispo de Charleston, con el obispo emérito: monseñor David Bernard Thompson. —Monseñor Peter Joseph obispo de Charlotte. Jugis,

—Arzobispo de Seúl (Corea del Sur) a monseñor ANDREW YEOM SO O JUNG, hasta ahora obispo titular de Tibiuca y auxiliar de dicha archidiócesis. Andrew Yeom Soo Jung nació en Ansong, diócesis de Suwon, el 5 de diciembre de 1943. Recibió la ordenación sacerdotal el 8 de diciembre de 1973. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Tibiuca y auxiliar de Seúl el 1 de diciembre de 2001; recibió la ordenación episcopal el 25 de enero de 2002. —Obispo de Buga (Colombia) a monseñor JOSÉ ROBERTO OSPINA LEONGÓMEZ, hasta ahora obispo titular de Gissaria y auxiliar de Bogotá. José Roberto Ospina Leongómez nació en San Miguel de Sema, diócesis de Chiquinquirá, el 20 de marzo de 1947. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de noviembre de 1972. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Gissaria y auxiliar de Bogotá el 19 de abril de 2004; recibió la ordenación episcopal el 29 de mayo sucesivo. —Obispo de Pinsk (Bielorrusia) a monseñor ANTONI DZIEMIANKO, hasta ahora obispo titular de Lesvi y auxiliar de Minsk-Mohilev. Antoni Dziemianko nació en Zabrodzie-Derevno, diócesis de Pinsk, el 1 de enero de 1960. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de octubre de 1980. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Lesvi y auxiliar de Grodno el 4 de julio de 1998; recibió la ordenación episcopal el 29 de septiembre sucesivo. El mismo Papa lo trasladó como auxiliar de Minsk-Mohilev el 14 de diciembre de 2004. —Obispo de Khulna (Bangladesh) a monseñor JAMES ROMEN BOIRAGI. James Romen Boiragi nació en Holdibunia, diócesis de Khulna, el 3 de mayo de 1955. Recibió la ordenación sacerdotal el 13 de enero de 1985. Se doctoró en derecho canónico en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma. Ha desempeñado su ministerio pastoral como vicario parroquial; párroco; vicario general; vice-vicario judicial del Tribunal diocesano; y administrador diocesano de Khulna.

—Monseñor Michael Francis Burbidge, obispo de Raleigh. —Monseñor Gregory John Hartmayer, O.F.M., obispo de Savannah, con el obispo emérito: monseñor John Kevin Boland. Jueves, día 10 —Al cardenal Angelo Amato, S.D.B., prefecto de la Congregación para las causas de los santos.

Nombramientos pontificios
El Santo Padre ha nombrado vicedirector de la Contaduría del Estado de la Ciudad del Vaticano a ANTONIO CHIMINELLO, consultor de la Prefectura para los Asuntos económicos de la Santa Sede. El Santo Padre ha nombrado promotor de justicia sustituto en el Tribunal supremo de la Signatura apostólica a monseñor PAWEL MALECHA; y jefe de la Cancillería del mismo Tribunal al padre JOSÉ FERNAND O MEJÍA YÁÑEZ, M.G.

Lutos en el episcopado
—Monseñor JAN BERNARD SZLAGA, obispo de Pelplin, falleció el 25 de abril. Había nacido en Gdynia, archidiócesis de Gdańsk (Polonia), el 24 de mayo de 1940. Era sacerdote desde el 2 de junio de 1963. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Mascula y auxiliar de Chełmno el 13 de junio de 1988; recibió la ordenación episcopal el 25 de junio sucesivo. Posteriormente la diócesis de Chełmno asumió el nombre de Pelplin. El Santo Padre lo nombró obispo de dicha diócesis el 25 de marzo de 1992. —Monseñor FRANTIŠEK TONDRA, obispo emérito de Spiš, falleció el 3 de mayo. Había nacido en Spíšske Vlachy, diócesis de Spiš (Eslovaquia), el 4 de junio de 1936. Era sacerdote desde el 1 de julio de 1962. Juan Pablo II lo nombró obispo de Spiš el 26 de julio de 1989; recibió la ordenación episcopal el 9 de septiembre sucesivo. Benedicto XVI aceptó su renuncia al gobierno pastoral de dicha diócesis el 4 de agosto de 2011. —Monseñor FÉLIX KOUADJO, obispo de Bondoukou, falleció el 6 de mayo. Había nacido en Binao, diócesis de Agboville (Costa de Marfil), en 1939. Era sacerdote desde el 16 de marzo de 1969. Juan Pablo II lo nombró obispo de Bondoukou el 22 de abril de 1996; recibió la ordenación episcopal el 20 de julio sucesivo. —Monseñor WILLIAM AQUIN CAREW, arzobispo titular de Telde, nuncio apostólico, falleció el 8 de mayo. Nació en St. John’s Newfounland (Canadá) el 23 de octubre de 1922. Era sacerdote desde el 15 de junio de 1947. Entró en el servicio diplomático de la Santa Sede en 1953. Pablo VI lo nombró arzobispo titular de Telde y nuncio apostólico en Burundi y Ruanda el 27 de noviembre de 1969; recibió la ordenación episcopal el 4 de enero de 1970. El mismo Papa lo nombró pro-nuncio apostólico en Chipre y delegado apostólico en Palestina e Israel el 10 de mayo de 1974. Juan Pablo II lo trasladó como pro-nuncio apostólico en Japón el 30 de agosto de 1983. Concluyó su servicio diplomático el 31 de octubre de 1997.

Enviado especial
El Papa ha nombrado enviado especial suyo a Rabaul (Papúa Nueva Guinea), para las celebraciones del centenario del nacimiento del beato Peter To Rot, catequista y mártir de dicho país, que tendrán lugar el 7 de julio de 2012, al cardenal JOSEPH ZEKIUN ZEN, S.D.B., obispo emérito de Hong Kong.

número 20, domingo 13 de mayo de 2012

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Discurso del Santo Padre al Pontificio Colegio Español San José

Sacerdotes no para sí sino al servicio del pueblo de Dios
En su itinerario formativo el sacerdote no debe pensar en su propio «bien personal» sino en el «servicio al pueblo de Dios». Lo dijo el Papa al dirigirse, el jueves 10 de mayo por la mañana, a formadores y alumnos del Pontificio Colegio Español de San José, a los que recibió en audiencia, en la sala Clementina, con ocasión del 50° aniversario de la construcción de su actual sede romana. Al inicio del encuentro pronunció unas palabras de saludo, en nombre de todos, el cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia episcopal española. Entre los presentes se hallaban los cardenales Eduardo Martínez Somalo, Santos Abril y Castelló, y Antonio Cañizares, así como varios arzobispos y obispos.

La noche de los engaños
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Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado, querido señor rector, superiores, religiosas, alumnos del Pontificio Colegio Español de San José de Roma: Es para mí un motivo de alegría recibiros en la conmemoración de los cincuenta años de la sede actual del Pontificio Colegio Español de San José, y precisamente en la memoria litúrgica de san Juan de Ávila, patrono del clero secular español, y al que próximamente declararé doctor de la Iglesia universal. Saludo al señor cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia episcopal española, al que agradezco sus amables palabras, así como a los señores arzobispos miembros del Patronato, al señor rector, a los formadores, religiosas y a vosotros, queridos alumnos. Esta efeméride marca una relevante etapa del ya dilatado itinerario de este convictorio, que comenzó a finales del siglo XIX, cuando el beato Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, se lanzó a la aventura de crear un colegio en Roma, con la bendición de mi venerado predecesor, León XIII, y el interés del Episcopado español. Por vuestro colegio han pasado miles de seminaristas y sacerdotes que han servido a la Iglesia en España con amor entrañable y fidelidad a su misión. La formación específica de los sacerdotes es siempre una de las mayores prioridades de la Iglesia. Al ser enviados a Roma para profundizar en vuestros estudios sacerdotales, debéis pensar sobre todo, no tanto en vuestro bien particular, cuanto en el servicio al pueblo santo de Dios, que necesita pastores que se entreguen al hermoso servicio de la santificación de los fieles con alta preparación y competencia. Pero recordad que el sacerdote renueva su vida y saca fuerzas para su ministerio de la contemplación de la divina Palabra y del diálogo intenso con el Señor. Es consciente de que

no podrá llevar a Cristo a sus hermanos ni encontrarlo en los pobres y en los enfermos, si no lo descubre antes en la oración ferviente y constante. Es necesario fomentar el trato personal con Aquel al que después se anuncia, celebra y comunica. Aquí está el fundamento de la espiritualidad sacerdotal, hasta llegar a ser signo transparente y testimonio vivo del Buen Pastor. El itinerario de la formación sacerdotal es también una escuela de comunión misionera: con el Sucesor de Pedro, con el propio obispo, en el propio presbiterio, y siempre al servicio de la Iglesia particular y universal. Queridos sacerdotes, que la vida y doctrina del santo maestro Juan de Ávila iluminen y sostengan vuestra estancia en el Pontificio Colegio Español de San José. Su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, de los concilios, de las fuentes litúrgicas y de la sana teología, junto con su amor fiel y filial a la Iglesia, hizo de él un auténtico renovador, en una época difícil de la historia de la Iglesia. Precisamente por ello, fue «un espíritu clarividente y ardiente, que a la denuncia de los males, a la sugerencia de remedios canónicos, ha añadido una escuela de intensa espiritualidad» (Pablo VI, Homilía durante la canonización de san Juan de Ávila, 31 de mayo de 1970). La enseñanza central del Apóstol de Andalucía es el misterio de Cristo, Sacerdote y Buen Pastor, vivido en sintonía con los sentimientos del Señor, a imitación de san Pablo (cf. Flp 2, 5). «En este espejo sacerdotal se ha de mirar el sacerdote para conformarse en los deseos y oración con él» (Tratado sobre el sacerdocio, 10). El sacerdocio requiere esencialmente su ayuda y amistad: «Esta comunicación del Señor con el sacerdote... es trato de amigos», dice el santo (ib., 9). Animados por las virtudes y el ejemplo de san Juan de Ávila, os invito, pues, a ejercer vuestro ministerio presbiteral con el mismo celo

apostólico que lo caracterizaba, con su misma austeridad de vida, así como con el mismo afecto filial que tenía a la santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes. Bajo la entrañable advocación de «Mater clementissima», han sido innumerables los alumnos que han confiado a ella su vocación, sus estudios, sus afanes y proyectos más nobles, como también sus tristezas y preocupaciones. No dejéis de invocarla cada día, ni os canséis de repetir su nombre con devoción. Escuchad a san Juan de Ávila, cuando exhortaba a los sacerdotes a imitarla: «Mirémonos, padres, de pies a cabeza, alma y cuerpo, y nos veremos hechos semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre... Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración» (Plática primera a los sacerdotes). La Madre de Cristo es modelo de aquel amor que lleva a dar la vida por el reino de Dios, sin esperar nada a cambio. Que, bajo el amparo de Nuestra Señora, la comunidad del Pontificio Colegio Español de Roma pueda seguir cumpliendo sus objetivos de profundización y actualización de los estudios eclesiásticos, en el clima de honda comunión presbiteral y alto rigor científico que lo distingue, con vistas a realizar, ya desde ahora, la íntima fraternidad pedida por el concilio Vaticano II «en virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión» (Lumen gentium, 28). Así se formarán pastores que, como reflejo de la vida de Dios Amor, uno y trino, sirvan a sus hermanos con rectitud de intención y total dedicación, promoviendo la unidad de la Iglesia y el bien de toda la sociedad humana. Con estos sentimientos, os imparto una especial bendición apostólica, que complacido hago extensiva a vuestros familiares, comunidades de origen y a cuantos colaboran en vuestro itinerario formativo durante vuestra estancia en Roma. Muchas gracias.

Pocos días después, cuando todavía los padres se estaban dedicando a la revisión y la votación de los últimos esquemas, se verificaron algunos intentos de intervenir en el texto y en su traducción en italiano, como si fuera posible modificar lo que los padres habían votado. Ante estos intentos, que habían pasado desapercibidos para la mayoría, reaccionó el subsecretario, padre Umberto Betti, haciendo presente, con insistencia, a Florit y a Charue las consecuencias que esas intervenciones podían tener sobre el contenido doctrinal del esquema, además de ser algo profundamente equivocado. Al final, a pesar de algunas dificultades, el texto fue restaurado como había sido aprobado por los padres conciliares, aunque fueron necesarias rectificaciones y precisiones: solamente después de la conclusión del Concilio se pudo decir que había concluido de verdad la historia de la redacción de la Dei Verbum que tanto había marcado al Vaticano II con el intento, en gran parte logrado, de una recuperación de lo que la Iglesia católica había pensado, escrito y testimoniado durante siglos sobre la centralidad de la Escritura en su misión, teniendo siempre presente que «la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (Dei Verbum, 10).

Una exégesis real
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citado de entre los muertos, alcanzaron una plenitud inagotable e insuperable. De este modo, la Iglesia ve cómo en sus sacramentos vuelven y se renuevan la creación, la liberación de la esclavitud, la alianza de Abraham, el sacrificio de Isaac, el anuncio de los profetas. Entonces podría decirse que los libros de la Escritura se reavivan y proclaman no tanto algo que se realizó un día, sino la novedad imperecedera que está teniendo lugar ahora. El trabajo pastoral debe procurar introducir a los fieles en esta gracia, en su comprensión y en su deleite. Por lo demás, el hombre ha sido llamado al ser por esto. Ciertamente, hacen falta una catequesis asidua e iluminada y un desarrollo ritual perspicuo, bien preparado, lineal, no prolijo, sin lentitudes que aburren, apagan la atención y agotan la paciencia. Es el camino seguro para ayudar a descubrir qué inmenso e inmerecido don y qué inesperado privilegio es ser cristianos.

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En la catequesis del 9 de mayo el Papa habla de la liberación del Apóstol de la cárcel

Pedro se fía de Dios
Queridos hermanos y hermanas: Hoy quiero reflexionar sobre el último episodio de la vida de san Pedro narrado en los Hechos de los Apóstoles: su encarcelamiento por orden de Herodes Agripa y su liberación por la intervención prodigiosa del ángel del Señor, en la víspera de su proceso en Jerusalén (cf. Hch 12, 1-17). El relato está marcado, una vez más, por la oración de la Iglesia. De hecho, san Lucas escribe: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12, 5). Y, después de salir milagrosamente de la cárcel, con ocasión de su visita a la casa de María, la madre de Juan llamado Marcos, se afirma que «había muchos reunidos en oración» (Hch 12, 12). Entre estas dos importantes anotaciones que explican la actitud de la comunidad cristiana frente al peligro y a la persecución, se narra la detención y la liberación de Pedro, que comprende toda la noche. La fuerza de la oración incesante de la Iglesia se eleva a Dios y el Señor escucha y realiza una liberación inimaginable e inesperada, enviando a su ángel. El relato alude a los grandes elementos de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, la Pascua judía. Como sucedió en aquel acontecimiento fundamental, también aquí realiza la acción principal el ángel del Señor que libera a Pedro. Y las acciones mismas del Apóstol —al que se le pide que se levante de prisa, que se ponga el cinturón y que se envuelva en el manto— reproducen las del pueblo elegido en la noche de la liberación por intervención de Dios, cuando fue invitado a comer deprisa el cordero con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y un bastón en la mano, listo para salir del país (cf. Ex 12, 11). Así Pedro puede exclamar: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes» (Hch 12, 11). Pero el ángel no sólo recuerda al de la liberación de Israel de Egipto, sino también al de la Resurrección de Cristo. De hecho, los Hechos de los Apóstoles narran: «De repente se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Tocando a Pedro en el costado, lo despertó» (Hch 12, 7). La luz que llena la celda de la prisión, la acción misma de despertar al Apóstol, remiten a la luz liberadora de la Pascua del Señor que vence las tinieblas de la noche y del mal. Por último, la invitación: «Envuélvete en el manto y sígueme» (Hch 12, 8), hace resonar en el corazón las palabras de la llamada inicial de Jesús (cf. Mc 1, 17), repetida después de la Resurrección junto al lago de Tiberíades, donde el Señor dice dos veces a Pedro: «Sígueme» (Jn 21, 19.22). Es una invitación apremiante al seguimiento: sólo saliendo de sí mismos para ponerse en camino con el Señor y hacer su voluntad, se vive la verdadera libertad. Quiero subrayar también otro aspecto de la actitud de Pedro en la cárcel: de hecho, notamos que, mientras la comunidad cristiana ora con insistencia por él, Pedro «estaba durmiendo» (Hch 12, 6). En una situación tan crítica y de serio peligro, es una actitud que puede parecer extraña, pero que en cambio denota tranquilidad y confianza; se fía de Dios, sabe que está rodeado por la solidaridad y la oración de los suyos, y se abandona totalmente en las manos del Señor. Así debe ser nuestra oración: asidua, solidaria con los demás, plenamente confiada en Dios, que nos conoce en lo más íntimo y cuida de nosotros de manera que —dice Jesús— «hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo» (Mt 10, 30-31). Pedro vive la noche de la prisión y de la liberación de la cárcel como un momento de su seguimiento del Señor, que vence las tinieblas de la noche y libra de la esclavitud de las cadenas y del peligro de muerte. Su liberación es prodigiosa, marcada por varios pasos descritos esmeradamente: guiado por el ángel, a pesar de la vigilancia de los guardias, atraviesa la primera y la segunda guardia, hasta el portón de hierro que daba a la ciudad, el cual se abre solo ante ellos (cf. Hch 12, 10). Pedro y el ángel del Señor avanzan juntos un tramo del camino hasta que, vuelto en sí, el Apóstol se da cuenta de que el Señor lo ha liberado realmente y, después de reflexionar, se dirige a la casa de María, la madre de Marcos, donde muchos de los discípulos se hallan reunidos en oración; una vez más la respuesta de la comunidad a la dificultad y al peligro es ponerse en manos de Dios, intensificar la relación con él. Aquí me parece útil recordar otra situación no fácil que vivió la comunidad cristiana de los orígenes. Nos habla de ella Santiago en su Carta. Es una comunidad en crisis, en dificultad, no tanto por las persecuciones, cuanto porque en su seno existen celos y disputas (cf. St 3, 14-16). Y el Apóstol se pregunta el porqué de esta situación. Encuentra dos motivos principales: el primero es el dejarse dominar por las pasiones, por la dictadura de sus deseos de placer, de su egoísmo (cf. St 4, 1-2a); el segundo es la falta de oración —«no

pedís» (St 4, 2b)— o la presencia de una oración que no se puede definir como tal –«pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones» (St 4, 3). Esta situación cambiaría, según Santiago, si la comunidad unida hablara con Dios, si orara realmente de modo asiduo y unánime. Incluso hablar sobre Dios, de hecho, corre el riesgo de perder su fuerza interior y el testimonio se desvirtúa si no están animados, sostenidos y acompañados por la oración, por la continuidad de un diálogo vivo con el Señor. Una advertencia importante también para nosotros y para nuestras comunidades, sea para las pequeñas, como la familia, sea para las más grandes, como la parroquia, la diócesis o la Iglesia entera. Y me hace pensar que oraban en esta comunidad de Santiago, pero oraban mal, sólo por sus propias pasiones. Debemos aprender siempre de nuevo a orar bien, orar realmente, orientarse hacia Dios y no hacia el propio bien. La comunidad, en cambio, que acompaña a Pedro mientras se halla en la cárcel, es una comunidad que ora verdaderamente, durante toda la noche, unida. Y es una alegría incontenible la que invade el corazón de todos cuando el Apóstol llama

Rafael, «Liberación de san Pedro» (1513-1514, Estancia de Heliodoro, Museos Vaticanos)

inesperadamente a la puerta. Son la alegría y el asombro ante la acción de Dios que escucha. Así, la Iglesia eleva su oración por Pedro; y a la Iglesia vuelve él para narrar «cómo el Señor lo sacó de la cárcel» (Hch 12, 17). En aquella Iglesia en la que está puesto como roca (cf. Mt 16, 18), Pedro narra su «Pascua» de liberación: experimenta que en seguir a Jesús está la verdadera libertad, que nos envuelve la luz deslumbrante de la Resurrección y por esto se puede testimoniar hasta el martirio que el Señor es el Resucitado y «realmente el Señor ha mandado a su ángel para librarlo de las manos de Herodes» (cf. Hch 12, 11). El martirio que sufrirá después en Roma lo unirá definitivamente a Cristo, que le había dicho: cuando seas viejo, otro te llevará adonde no quieras, para indicar con qué muerte iba a dar gloria a Dios (cf. Jn 21, 18-19). Queridos hermanos y hermanas, el episodio de la liberación de Pedro narrado por san Lucas nos dice que la Iglesia, cada uno de nosotros, atraviesa la noche de la prueba, pero lo que nos sostiene es la vigilancia incesante de la oración. También yo, desde el primer momento de mi elección a Sucesor de san Pedro, siempre me he sentido sostenido por vuestra oración, por la oración de la Iglesia, sobre todo en los momentos más difíciles. Lo agradezco de corazón. Con la oración constante y confiada el Señor nos libra de las cadenas, nos guía para atravesar cualquier noche de prisión que pueda atenazar nuestro corazón, nos da la serenidad del corazón para afrontar las dificultades de la vida, incluso el rechazo, la oposición y la persecución. El episodio de Pedro muestra esta fuerza de la oración. Y el Apóstol, aunque esté en cadenas, se siente tranquilo, con la certeza de que nunca está solo: la comunidad está orando por él, el Señor está cerca de él; más aún, sabe que «la fuerza de Cristo se manifiesta plenamente en la debilidad» (2 Co 12, 9). La oración constante y unánime es un instrumento valioso también para superar las pruebas que puedan surgir en el camino de la vida, porque estar unidos a Dios es lo que nos permite estar también profundamente unidos los unos a los otros. Gracias.

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