Charles Tilly (1995) LAS REVOLUCIONES EUROPEAS, 1492-1992 Capítulo 1 Conflicto, revuelta y revolución

El retorno de la revolución

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¿Qué acontecimientos europeos de 1989 pueden considerarse, de hecho, revoluciones? Ello depende de la amplitud con qué se defina el término. Si en el concepto de revolución se incluye todo cambio brusco y trascendente de los gobernantes de un país, en la mayor parte de los países de Europa oriental se registraron revoluciones durante ese año. El aspecto positivo de una definición en sentido amplio es que pone de relieve problemas importantes que no salen a la luz en una definición restrictiva: ¿hasta qué punto y en qué forma las grandes revoluciones se adaptan a la política no revolucionaria? ¿Cómo afectan a las revoluciones los cambios importantes en la organización de los estados? Hace siglos que los historiadores empezaron a estudiar las relaciones entre los estados y la revolución. Lo que falta es un análisis sistemático y de carácter histórico que relaciones el conocimiento acumulativo respecto a la formación de los estados y la contienda política normal. La obra relaciona las revoluciones europeas de los últimos cinco siglos con las transformaciones que se han registrado en la naturaleza de los estados y en los relaciones entre ellos. Se analizan las revoluciones europeas en sentido amplio, planteando tres tipos de interrogantes: 1- En qué forma se ha modificado la transferencia por la fuerza del poder del Estado en función de las transformaciones ocurridas en la estructura social europea. 2- La correspondencia que existe entre los cambios ocurridos en las revoluciones y las alteraciones respecto a los conflictos y la acción colectiva no revolucionarios. 3- Cuál es la dinámica de las revoluciones y si se ha modificado sistemáticamente durante los cinco siglos examinados. Puede establecerse una conclusión, la de que: - al margen de otras consecuencias que puedan conllevar, las revoluciones suponen una transferencia por la fuerza del poder del Estado, y en consecuencia - para describir adecuadamente las revoluciones hay que tener en cuenta, entre otras cosas, cómo cambian los estados y el uso de la fuerza en el tiempo, en el espacio y en el marco social. La posibilidad y la naturaleza de la revolución cambiaron con la organización de estados y cambiaran de nuevo con las alteraciones que puedan producirse en el futuro en el sistema de poder de los estados. No sólo la organización de un Estado determinado lo hace más o menos susceptible a la revolución, sino que las relaciones entre los estados influyen en aspectos tales como el lugar, la probabilidad, la naturaleza y el resultado de la revolución. Las revoluciones no se producen en el dominio aislado del poder del Estado, sin importar cuál sea la organización social. Al contrario, los procesos sociales que se desarrollan en el entorno de un Estado afectan profundamente a la perspectiva y naturaleza de la revolución, pero lo hacen indirectamente, en tres manera esenciales. 1) dan forma a la estructura del Estado y a su relación con la población que lo constituye; 2) establecen quiénes son los protagonistas principales en una comunidad política concreta y cuál es su planteamiento respecto a la lucha política; 3) determinan la presión que ha de soportar el Estado y de dónde procede dicha presión. Si es imposible especifica las condiciones –necesarias y suficientes– variables de la revolución para todos los tiempos y lugares, sin embargo es posible mostrar qué mecanismos causales similares intervienen en una amplia gama de situaciones revolucionarias. Para el autor el mismo tipo de mecanismos subyace en una amplia gama de acontecimientos revolucionarios y en una gran cantidad de conflictos que no desembocan en una revolución. La hipótesis es que las pautas a las que se atienen las revoluciones derivan de determinadas características de los estados que condicionan su funcionamiento en situaciones no revolucionarias. El autor define a la revolución es una transferencia por la fuerza del poder del estado, proceso en el cual al menos dos bloques diferentes tienen aspiraciones, incompatibles entre sí, a controlar el Estado, y en el que una fracción importante de la población sometida a la jurisdicción del Estado apoya las aspiraciones de cada uno de los bloques. Las situaciones revolucionarias Una revolución tiene dos componentes: una situación revolucionaria y un resultado revolucionario. La situación revolucionaria entraña una soberanía múltiple: dos o más bloques que tienen aspiraciones, incompatibles entre sí, a controlar el Estado, o a ser el

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Estado. En una situación revolucionaria convergen tres causas inmediatas: 1) la aparición de contendientes, o de coaliciones de contenientes, con aspiraciones de controlar el Estado o una parte del mismo; 2) el apoyo de esas aspiraciones por un sector importante de los ciudadanos; 3) la incapacidad de los gobernantes para suprimir la coalición alternativa y/o el apoyo a sus aspiraciones. Las situaciones revolucionarias exacerban un fenómeno político que es más común e igualmente crucial en las situaciones no revolucionarias: el cambio en el poder del Estado que amenaza a todos aquellos grupos vinculados de alguna forma a la estructura de poder existente, al tiempo que ofrece nuevas oportunidades a todos los grupos que puedan ver favorecidos sus intereses si actúan con rapidez. Los fenómenos que acompañan a la derrota en un conflicto bélico, la desintegración de un imperio y un movimiento de protesta pueden producirse con o sin que tenga lugar una división clara en la comunidad política, pero en todas esas situaciones hay unos rasgos que son típicos de las revoluciones.

Los resultados revolucionarios Un resultado revolucionario se produce cuando tiene lugar una transferencia de poder de manos de quienes lo detentaban antes de que se planteara una situación de soberanía múltiple, a una nueva coalición gobernante, en la que pueden estar incluidos algunos elementos de la coalición gobernante anterior. Pocas situaciones revolucionarias tienen un resultado revolucionario. La distinción entre situaciones revolucionarias y resultados revolucionarios permite apreciar mejor la relación que existe entre diversos tipos de acción política que contienen elementos revolucionarios. La figura 1.1. recoge algunos de ellos esquemáticamente.

completa

Transferencia de poder

inexistente inexistente completa

División en la comunidad política
¿Por qué las transferencias por la fuerza del poder del Estado tienen resultados tan sorprendentemente diversos, que van desde la alteración de la vida social al restablecimiento del statu quo ante? Perspectivas Para comprender cómo las situaciones revolucionarias y los resultados revolucionarios se conjugan para dar lugar a revoluciones en sentido pleno, hay que analizarlos por separado. Analizar esos dos aspectos para luego relacionarlos es el objetivo de este libro. Intenta, también, evitar uno de los más graves errores en los que incurren los análisis de la revolución: la teleología. Los historiadores

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de la Inglaterra del siglo XVII, de la Francia del XVIII o de la Rusia del XIX y comienzos del XX tienen una fuerte tendencia a considerar los períodos que estudian como preparativos para las grandes revoluciones que de hecho se produjeron. Todo converge en 1640, 1688, 1789, 1799, 1905 o 1917. Ello hace que los acontecimientos pierdan su contingencia, que se invierta la relación de causa y efecto y que desaparezca la posibilidad de otros resultados distintos de la revolución que de hecho se produjo. Los análisis se refieren a mecanismos sociales que operan e interactúan en pequeña escala, y no a grandes secuencias, cambios lineales de vastas estructuras sociales o fuerzas históricas universales. El autor no afirma que no existen pautas generales subyacentes en la aparición y evolución de las situaciones y resultados revolucionarios.

Capítulo 2 Las transformaciones de Europa
El cambio desde 1492 El viaje de Colón inició la integración definitiva del continente americano en la órbita de Europa. Esa expansión hacia las Américas fue tan sólo una parte del proceso que permitió a Europa convertirse en el centro económico del mundo. Desde una perspectiva planetaria, Europa estaba convirtiéndose en un polo importante de actividad económica y planetaria. Desde un punto de vista europeo, en los años postreros del siglo XV comenzó un proceso de desplazamiento del centro comercial de gravedad desde el sureste hasta el noroeste, del Mediterráneo y el Mar Negro hacia el Atlántico. La tentativa francesa de alcanzar la hegemonía en Italia (a partir de 1494) supuso el comienzo de la era de las guerras a escala europea. A su vez, esas guerras dieron forma al sistema europeo de estados, sentaron las bases de las conquistas europeas fuera del continente y contribuyeron a dar forma al tipo de estados centralizados, diferenciados, autónomos y burocráticos que acabarían por prevalecer en Europa y, luego, en todo el mundo. Al mismo tiempo, la expansión del comercio europeo a lo largo de las rutas marítimas de los océanos Atlántico, Pacífico e Indico fueron un poderoso estímulo para la acumulación de capital, que a su ve proporcionó a los estados guerreros una riqueza creciente en la que sustentar sus fuerzas armadas. Comenzó así a aflorar lo que Immanuel Wallerstein llama el sistema capitalista mundial, centrado en Europa. En 1992, por su parte, el sistema mundial de estados está experimentando profundas alteraciones. En definitiva, 1492 no es un año en que se constituyen el tipo de estados europeos que han predominado en los últimos siglos, sino un punto de partida para los trascendentales cambios que se registrarían a partir de entonces en la estructura de los estados. Pero no sólo cambiaron los estados, sino que a partir de 1492 todo el conjunto de la vida europea adoptó un aspecto diferente. A partir de 1492, esa Europa diversa pero cada vez más interrelacionada protagonizó un proceso sin precedentes de industrialización, urbanización, proletarización y crecimiento demográfico. La transformación de la organización productiva entrañó la proletarización de la población europea. La proletarización consiste en la dependencia creciente de las economías familiares del trabajo asalariado y/o en la reducción del control que ejercen sobre los medios de producción. De los estados segmentados a los estados consolidados Sólo en los últimos siglos los estados han alcanzado la fuerza suficiente como para controlar la vida diaria de la mayor parte de los ciudadanos. El período que comienza en 1492 contempló cambios drásticos en la conformación de los estados europeos. Dichos cambios se concentraron durante el siglo que comienza en 1750. Las fuerzas militares comenzaron a estar subordinadas a la administración civil, se agudizó la separación entre ejércitos y policía, los estados crearon una administración amplia y relativamente uniforme a nivel municipal y regional, se amplió y regularizó la burocracia central, los sistemas fiscales y las finanzas públicas alcanzaron un lugar importante en las luchas nacionales por el poder, al nacer una política popular orientada a influir en esas instituciones representativas y en el ejecutivo central. Bajo el impulso de la reorganización militar, en los mayores estados europeos se sustituyó el control indirecto por el control directo. Representantes de los gobiernos centrales se dedicaron a una nueva labor de fomentar la prioridad de una versión unitaria de la cultura nacional en materia de lengua, comunicación, arte, educación y creencias políticas. La trayectoria precisa de esos cambios varió muy sustancialmente de una a otra región y de una época a otra. En diferentes ocasiones prosperaron ciudades-Estado, imperios, federaciones, repúblicas, reinos centralizados, monarquías electivas con una débil estructura unitaria, etc. En todos los casos se trataba de estados segmentados hasta cierto punto: consistían en un pequeño segmento que gozaba de una individualidad y autonomía considerables. La organización de la guerra marcó la naturaleza de los estados y, por consiguiente, de las revoluciones. ¿En qué sentido influyó la guerra? El siglo XVIII contempló el declive definitivo de los ejércitos de mercenarios, que dieron paso a los grandes ejércitos y flotas

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profesionales, formados casi en su totalidad mediante levas obligatorias de la población nacional. La formación de grandes ejércitos de esas características tuvo una serie de consecuencias inesperadas pero trascendentales: llevó a los gobernantes a librar luchas constantes y a negociar con sus súbditos, amplió los límites de la definición de la ciudadanía, impulsó ideas y prácticas de soberanía popular, reforzó las instituciones representativas, determinó el incremento de la burocracia central del Estado, etc., etc. Esa multiplicidad de cambios puede agruparse en tres categorías que se superponen en parte: 1) circunscripción, 2) control y 3) obligación. Con la creación de los ejércitos nacionales permanentes y la infraestructura consiguiente, los estados europeos se tomaron en serio la tarea de establecer las circunscripciones. En el interior de esas fronteras, los estados comenzaron también a ejercer un control mucho más estricto sobre la población, los recursos y las actividades, decretando impuestos, realizando levas, manteniendo el orden público y erigiendo sistemas de vigilancia. Los gobernantes crearon una administración que surgía directamente del poder central y que ejercía su control sobre las comunidades y los hogares individuales. Este proceso conllevó un nivel de obligaciones in precedentes del Estado para con los ciudadanos y, especialmente, de los ciudadanos para con el Estado. Con la expansión de ese tipo de obligaciones reciprocas, los europeos alumbraron un concepto de ciudadanía que no se aplicaba sólo al reducido círculo de la clase gobernante, sino a la mayor parte de la población. A partir del siglo XVIII comenzó a prevalecer un tipo concreto de Estado, que se puede denominar Estado consolidado: amplio, diferenciado, que gobernaba territorios heterogéneos y que aspiraba a imponer un sistema fiscal, monetario, judicial, legislativo, militar y cultural unitario a sus ciudadanos. La modificación de los conflictos La prolongada transformación que experimentaron las economías, las culturas y los estados europeos afectó profundamente la naturaleza de los conflictos y, naturalmente, de la revolución. Se deben subrayar dos procesos fundamentales ocurridos en el continente: la transformación de los estados y el desarrollo del capitalismo. Ambos factores estimularon las protestas, porque suscitaron conflictos fundamentales. En primer lugar, los estados crecieron extrayendo recursos de la población y el éxito del Estado suponía la derrota de otros que tenían derecho a dichos recursos. En segundo lugar, los estados en proceso de consolidación competían con otros gobiernos tanto dentro como fuera de su territorio por conseguir la adhesión y el apoyo material de la población. De igual forma, el desarrollo del capitalismo entrañó tres conflictos fundamentales: 1) entre el capital y el trabajo; 2) entre los capitalistas y otros elementos que tenían derechos sobre la tierra, el trabajo y otros medios de producción y 3) entre competidores dentro de los mismos mercados, mercados de bienes, de mano de obra y de capital. A medida que se nacionalizaron la economía y el Estado, en toda Europa se sustituyeron las rebeliones locales por las rebeliones nacionales, los movimientos de protesta dirigidos contra los patronos por la protesta dirigida a las autoridades regionales y locales. Los cambios históricos que se registraron en los repertorios de la acción colectiva hicieron cristalizar los efectos del capital y la coerción. Con el desarrollo del capitalismo y la transformación de los estados cambiaron el repertorio de las protestas y la naturaleza y objeto de las mismas, así como la condición de quienes protestaban. Por ejemplo, en aquellos estados en los que además de una economía capitalista relativamente desarrollada había fuertes instituciones representativas nacionales, tomó forma el movimiento social nacional en el siglo XIX. La esencia del movimiento social nacional consiste en plantear exigencias explícitas y públicas a las autoridades nacionales en nombre de todo un sector desfavorecido de la población. El movimiento social nacional surgió de otras formas anteriores de desafío organizado a las autoridades políticas. Habitualmente, los movimientos sociales nacionales se forman mediante coaliciones de organizaciones y redes de activistas, apareciendo nuevas organizaciones y pseudorganizaciones a raíz de los esfuerzos realizados para movilizar a la población. En la larga trayectoria que lleva desde 1492 hasta 1992, los cambios más significativos ocurridos en Europa a este respecto fueron la nacionalización de las divisiones que entrañaban los grandes conflictos, la multiplicación de las protestas dirigidas directamente al poder del estado, la proliferación de bases asociativas para la acción colectiva y la importancia creciente, en la acción colectiva, de las divisiones de clases inherentes al capitalismo. Todos esos cambios derivaron directamente del desarrollo de estados consolidados y de la expansión del capitalismo. Tipos de situaciones revolucionarias Hubo también profundos cambios que alteraron la naturaleza de la revolución. Las distintas formas de situaciones revolucionarias se podrían definir en función de las coaliciones revolucionarias que implicaban. Los distintos tipos surgen del entrecruzamientos de dos dimensiones: 1) la base de la formación del grupo: territorio o interés; 2) el grado de relación entre los miembros: directa o indirecta.

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En situaciones revolucionarias del tipo patrono-cliente, comunidades enteras con un escaso grado de cohesión se unieron a sus patronos, que eran grandes señores, para plantear una resistencia encarnizada a la autoridad real. La formación de juntas militares fue más frecuente durante el siglo XVIII en la península ibérica, en los Balcanes y en otras zonas de Europa. La resistencia de comunidades enteras a los recaudadores de impuestos, común entre los siglos XVII y XIX, era de carácter comunal. Las situaciones revolucionarias dinásticas eran protagonizadas por los grandes señores y sus clientelas. Las revoluciones que implicaban una coalición de clases se ajustan más a los modelos marxistas clásicos, pero en ellas hay que incluir muchos conflictos en los que tomaban parte elementos importantes de las clases dirigentes. Finalmente, las revoluciones nacionales tenían en común con las revoluciones comunales el hecho de que las protagonizaban poblaciones contiguas y los lazos que creaba la contigüidad, pero tenían lugar a una escala más amplia. Tanto las revoluciones que implicaban una coalición de clases como las revoluciones nacionales se generalizaron y triunfaron con mayor frecuencia, porque fueron favorecidas por la forma en que se modificaron la organización de los estados y el sistema de estados. Consolidación, nacionalismo y revolución Dos fenómenos distintos fueron designados con el término “nacionalismo”. Uno podría denominarse nacionalismo dirigido por el Estado y el otro nacionalismo en busca de un Estado. En el primero de ellos, los gobernantes perseguían un interés nacional definido; en el segundo tipo los representantes de una población que no ejercía un control colectivo sobre un Estado aspiraban a conseguir un estatuto político singular o incluso un Estado separado. El nacionalismo europeo que nació en el siglo XVIII tenía sus precedentes. La cuestión es cómo esa idea pasó a ser un programa o conjunto de programas que concitó el apoyo de millones de personas y que fue la justificación de centenares de situaciones revolucionarias europeas. Durante la Reforma protestante del siglo XVI coincidieron muchas veces las reivindicaciones de autonomía religiosa y política. La religión continuó suscitando la solidaridad en la comunidad y la rivalidad política en los estados. Ahora bien, la lengua común, la tierra y el mito sobre los orígenes adquirieron preeminencia sobre la religión como base de las reivindicaciones revolucionarias. Desde 1789 los gobiernos europeos ejercieron cada vez mayor presión

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sobre los ciudadanos en nombre de la nación. Comenzaron a aplicar programas de adoctrinamiento masivo y se aumentó la uniformidad cultural. ¿Por qué floreció el nacionalismo? Floreció porque frente a unas contiendas bélicas que exigían que las poblaciones nacionales aportaran mayores recursos que antes, los gobernantes reclamaron y acumularon un volumen mucho mayor de recursos que antes, encontraron ventajoso homogeneizar y comprometer a sus poblaciones, tomaron las medidas necesarias para ello, se aliaron con sectores de la burguesía que compartían el interés de promover su concepto de identidad nacional sobre las identidades locales, redujeron la influencia de los intermediarios culturales y ahondaron las diferencias relativas a la cuota de poder entre aquellos cuya cultura ocupaba un lugar predominante en el Estado y aquellos otros a cuya cultura no se le reservaba una posición tan ventajosa. Este amplio proceso dirigido desde arriba constituyó el nacionalismo dirigido por el Estado, que pasó a ser la dinámica política normal en un mundo en el que hasta hace poco tiempo había predominado una política totalmente diferente de intereses dinásticos, gobierno indirecto, representación virtual, intermediación entre múltiples intereses étnicos y profundo particularismo. El nacionalismo dirigido por el Estado activó la formación, la movilización y las actitudes reivindicativas de los grupos étnicos. El nacionalismo dirigido por el Estado generó el nacionalismo en busca de un Estado. Acción colectiva, conflicto y resolución Así pues, las dos formas de nacionalismo fueron, en los siglos XIX y XX, importantes puntos de partida de la acción colectiva y el enfrentamiento en Europa. Al mismo tiempo las divisiones que había producido el capitalismo agrario e industrial adquirieron mayor importancia como fundamentos de reivindicación y otras formas de asociación especializada cobraron mayor peso como vehículos políticos. La consecuencia fue que las revoluciones por razones de interés, las revoluciones nacionales y diferentes combinaciones de ambas sustituyeron a las revoluciones dinásticas y comunales que habían predominado entre los siglos XVI y XVIII. La desaparición de las fuerzas mercenarias, el desarme de los ciudadanos y la creación de ejércitos permanentes bajo control estatal hizo que la transferencia revolucionaria dependiera e causas cada vez más excepcionales.

[Charles Tilly, Las revoluciones europeas, 1492-1992, Editorial Crítica, Barcelona, 1995, pp. 17, 75 (Capítulos Uno y Dos).]

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