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AUTORITARISMO DEMOCRÁTICO Y DESOBEDIENCIA CIVIL Sobre la política española y europea y su relación con el 15 M

Sostenía C. Schmitt (aunque expresarlo en este medio implica simplificar mucho) que la ley no se constituye originariamente desde sí misma, sino por el rodeo de organizar aquello que excluye, es decir, la excepción. Mediante ese acto negativo, en efecto, pone en orden lo que desea no ser y, de ese modo, se hace visible en lo que pretende ser. La organización de la excepción muestra con «enérgica pasión» la generalidad de la ley.

Quizás sea ésta una teoría siniestra, más explicativa de los regímenes autoritarios que de los genuinamente democráticos. Ahora bien, cuando la democracia ya no parece real y prácticamente se confunde con el autoritarismo (de los partidos en el poder y de las fuerzas económicas a las que están sometidos), puede ser analizada mediante hipótesis como la de la teoría schmittiana de la soberanía. Esto me parece posible hoy. Pondré dos ejemplos.

El primero se refiere al ámbito macrológico de Occidente, cuyo suelo ígneo se encuentra ahora en Europa. La circunstancia de la crisis económica hace pronunciar a los políticos europeos un mismo y repetido dictamen que

les sirve de autojustificación: no les agrada, dicen, aplicar este severo régimen de austeridad, de recortes, etc., pero lo ven absolutamente necesario debido a que nos encontramos en esta situación «excepcional» en la que la crisis nos ha colocado, una situación de «excepción» respecto a las reglas ideales. Piden, por ello, «comprensión» al pueblo que lo padece y, de ese modo, justifican la regla de su actuación mediante ese rodeo negativo que consiste en organizar lo que, supuestamente, su soberano poder excluye y no haría. He ahí el engaño, un engaño tal vez tan profundo que ni es consciente para los que gobiernan. Engaño porque no es cierto que ese supuesto valor soberano que dicen tener que restringir en beneficio de la excepción exista. El problema viene de muy lejos

y la tendencia al neoliberalismo burdo de mercado posee ya una larga andadura. En realidad, lo que presentan

como «excepción» (la aplicación cruda y radical del neoliberalismo) es la regla desde hace décadas, al menos tendencialmente. En este caso muestra su utilidad la herramienta conceptual schmittiana: el tratamiento de la excepción muestra lo que la regla es en su profundidad. Pero, además, cuando la «excepción» se convierte en «regla» el gobierno mantiene, para decirlo con claridad, un «estado de excepción», vive de él constantemente. Y

un estado de excepción constante es el fundamento del autoritarismo. El autoritarismo, a través de las riadas del mercantilismo economicista, ha penetrado en el mar de la democracia presente y ya es difícil distinguir el uno de

la otra.

El segundo ejemplo se refiere al ámbito micrológico de las prácticas concretas. En particular, a esta práctica que está imponiendo nuestro gobierno de poner límites y trabas al 15 M en su voluntad de permanecer asambleariamente en las plazas. Tales límites y trabas se justifican mediante la tesis de que el derecho de reunión tiene una excepción que obliga a ponerle fronteras, a saber, el de respetar a otros ciudadanos que caminan «en paz» y a «comerciantes honrados», cuyo paseo, en los primeros, y trabajo, en los segundos, son impedidos por las concentraciones. Bien, en esta urdimbre se puede tirar del hilo que nos lleva al mismo mecanismo oculto. Lo que se toma como «excepción» (el caminar pacífico de otros ciudadanos y el trabajo de honrados comerciantes) no es, en realidad, una excepción respecto a una supuesta regla. La excepción coincide aquí con la regla, porque lo

que la ley (el gobierno) desea en realidad es la mansedumbre de paseantes y el servilismo de los trabajadores. Y como la excepción es la regla, ese proceder es el propio de un «estado de excepción». Ante un estado autoritario de continua excepción surge con tenacidad, por parte del ciudadano, la necesidad de mantenerse fiel a sus principios, dañados mediante tan sutiles mecanismos en una supuesta organización democrática. Esta es la razón por la que la desobediencia civil se ve venir. El Estado, en virtud de su autoritarismo camuflado bajo la aparente democracia, está obligando a la ciudadanía a que, persiguiendo la democracia genuina, desobedezca. La desobediencia civil vendrá, no por la violencia de la ciudadanía, sino por la del Estado hacia la ciudadanía.

Es triste y peligroso. Pero si el gobierno no piensa en esto, conducirá al pueblo a una justa rebelión, a la que sofocará con gran potencia violenta autojustificándose mediante el argumento de que defiende una justa regla democrática. Esto puede suceder, puede conducirnos a una encrucijada de violencia. Estamos a tiempo de remediarlo. Y es el gobierno el que tiene que poner más empeño y más oído.

Luis Sáez Rueda Granada, 14 de mayo de 2012