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DE KAWABATA PARA GABO García Márquez, en reciente entrevista, se refirió al texto de Kawabata Nemureru bijo, traducido al español como

La casa de las bellas durmientes. La obra se desarrolla en una casa donde los ancianos van a disfrutar de la compañía de jóvenes hermosas. Pero éstas, desnudas, permanecen dormidas bajo el efecto de un somnífero. De tal manera, la acción se concentra alrededor de las palabras y de lo imaginario, con una contraparte lejana que solamente revela su figura, pero que es capaz de dar respuestas en medio de su sueño. Es el efecto de la sombra o la silueta que permite imaginar (y hacer realidad íntima) el acercamiento a la muerte en brazos del amor para reafirmar la vida. Con la realidad presentada como sugerencia que alienta la imaginación, la sociedad va tejiendo su estética particular. Y dentro de la nubosidad que recrea, apenas son visibles los contornos, sin que se pueda poner en duda la verdad que proyecta. Es en un escenario así donde se crea la tensión erótica que mantiene Kawabata en esta obra y que conduce a los éxtasis del amor y de la muerte. Por ello puede el autor decir que Eguchi, el protagonista de setenta y siete años, "pensaba antes que las muchachas que no se despertaban eran una perpetua libertad para los ancianos. Dormidas y mudas, decían lo que los ancianos deseaban." Dentro de esta suerte de insinuaciones, parece reflejarse el shoji, elemento característico de la vivienda japonesa. Es el bastidor liviano de madera y paneles de papel de arroz blanco que se usa como cortina, o ventana, o separador entre las habitaciones. Con un material de tal fragilidad, es fácil entender que lo primero que se pierde es la intimidad al quedar expuesta, así lo sea parcialmente, al exterior. Una interrelación de tal guisa entre lo privado y lo público, conduce a la creación de unas coordenadas, distintas a las nuestras, entre la individualidad —entendida como la intimidad misma— y lo colectivo. El secreto de la persona, entonces, llega al mundo externo convertido en silueta o en murmullo. Esta manifestación —que he denominado la cultura del shoji—, resulta de utilidad para dar algunas luces (y sombras) sobre el pueblo japonés y sus diversas expresiones. Y muy en particular, sirve para ilustrar la ambigüedad en la comunicación a la que se refiriera Ooe Kenzaburo en su discurso de aceptación del Nobel de literatura en 1994.

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nos deja al borde de un despertar exultante. Esta corta obra —90 páginas en la traducción española— es. sin abandonar la sugerencia. En lugar de diafanidad y pureza encontramos densidad. en palabras de Gessel.La obra también. Fernando Barbosa EL ESPECTADOR. Una obra semejante no está dominada por la franqueza y la claridad. Pero no como persona. en vez de un mundo amplio y abierto tenemos una habitación cerrada. desechando todas las inhibiciones. Así llegue al detalle más minúsculo cuando describe a sus personajes. "en una obra esotérica hacen su aparición los temas más secretos y profundamente ocultos del escritor. Es aquella silueta que a través del shoji deja conocer esa delicada aureola." Y a ello podría agregarse. el compromiso de García Márquez de escribir otra vez este libro que tanta envidia le ha producido. sino por una tensión sofocante. sin que esto signifique que hubiese sido un hombre tímido. No es el bulto mismo el que seduce. sin necesidad de manipular los primeros planos de la narración. se muestra en su forma más audaz. p. Tampoco debe perderse de vista que uno de los elementos centrales en toda la obra de Kawabata. la discreta distancia de Kawabata frente al sexo planteada por uno de sus biógrafos —Van C. es la mujer. como dato. es a la belleza y a la sensualidad a las que apunta. "la expresión lírica de los sentimientos de Kawabata sobre su vida. revela el alma del autor. El espíritu del autor. Según lo indica Mishima Yukio en la introducción al texto." De tal manera. Gessel—. 21 de enero de 1996. 5-C 2 .