You are on page 1of 2

Virgen de la Consolación El abrazo de la Virgen María Lecturas: Hech 1, 12-14, Sal Lc 1, 46-55; Jn 19, 25-27 Si en los días anteriores hemos recordado cómo

María nos enseña a ser contemplativos y orantes, a “conservar todo esto en el corazón” (cf. Lc 2, 51), a que sepamos recibir este tesoro de su presencia maternal en nuestro interior, por un lado; y por otro, a que nuestras palabras sean como las de ella, unas palabras de alegría y alabanza, de bendición y agradecimiento por lo que el Señor hace con nosotros, hoy, en este último día del triduo a la Virgen de la Consolación, vamos a fijarnos en la importancia de dejar que María nos acompañe en nuestra vida de creyentes como Iglesia reunida en oración. En efecto, el Papa nos recordaba que “la presencia de la Madre de Dios con los Once, después de la Ascensión, no es, por tanto, una simple anotación histórica de algo que sucedió en el pasado, sino que asume un significado de gran valor, porque con ellos comparte lo más preciso que tiene: la memoria viva de Jesús.” La presencia de la Virgen es esencial en la vida del creyente, porque “no se puede hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor” (San Cromacio de Aquileya), ella es una compañía estable y permanente, y al bajar a esta Ermita, recordamos que ella nos acompaña en todas las circunstancias de nuestra vida, y de un modo especial, cada vez que nos reunimos a celebrar la fe o como comunidad creyente, aunque no nos demos cuenta, siempre está la Virgen con nosotros, como lo estaba con el grupo de los primeros discípulos. El construir Ermitas en honor de la Virgen nos recuerda que no hay pueblo, casa, parroquia, familia en la que no esté Ella; en cada familia, en cada sacramento que celebramos, en las catequesis, está siempre Ella con nosotros. Quizá su presencia pasa inadvertida muchas veces, y para no olvidar su compañía constante construimos Ermitas que sean una referencia inolvidable de que Ella está siempre aquí, en nuestra tierra, en nuestra casa, en nuestra vida. Su presencia es realmente consoladora, porque sabemos que Cristo ha querido regalarnos, entregarnos a su propia Madre como Madre nuestra, ¿y quién no conoce mejor a un hijo que su madre? Por eso el Papa puede decir que Ella es la “memoria viva de Jesús”, quien mejor conoce a nuestro Salvador, quien está más cerca de Él. La imagen de la Virgen de la Consolación lleva en brazos a su hijo pequeño, y cuando decimos que vamos a la Ermita a ver a la Virgen en realidad a quien visitamos es a los dos: ellos vivieron juntos en el mismo hogar durante 30 años y luego Ella permaneció en su vida terrena junto a los discípulos, sin abandonarlos nunca. Cuando acudimos a Ella, casi sin darnos cuenta, nos entrega su regalo más preciado, a su Hijo, a Cristo salvador, por eso celebramos siempre la Misa, presencia real de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre, y nos vamos tras recibir la Palabra y la Vida de Jesús. Recuerda también el Papa que “si no hay Iglesia sin Pentecostés, tampoco hay Pentecostés sin la Madre de Jesús, porque Ella vivió de un modo único lo que la Iglesia experimenta cada día bajo la acción del Espíritu Santo”. Ella sabe mejor que nadie lo que significa dejarse transformar por el Espíritu poderoso de Dios y el cambio maravilloso que produce en nuestra vida estar abiertos a su acción, por eso, al acudir a Ella en todo tipo de situaciones familiares y personales sabemos que va a compartir con nosotros esa capacidad de acoger y dejarse transformar por la gracia, la bendición, el Espíritu Santo. Y donde había una persona triste, preocupada, agobiada por mil cosas, surge otra llena del gozo de la compañía incomparable de la

ternura de la Madre, del abrazo del Padre, del Corazón del Hijo, que nos sostiene, alienta y consuela en nuestras pruebas y nos da fuerza para vivir y afrontar la realidad con energía y valentía. En la parroquia nos gusta terminar el periodo de las catequesis y de las primeras comuniones viniendo en romería con los niños y familias a la Ermita de la Virgen precisamente porque ellos saben mejor que nadie lo que significa tener una madre: cuando el niño viene llorando porque se ha caído y entra en casa buscando a su madre, basta sólo que ella lo abrace y le dé un beso para que el niño deje de llorar. Queremos que ya desde pequeños sepan que cuando sean mayores y se “caigan” o tropiecen con las dificultades de la vida adulta sepan que tienen aquí una Madre que te abraza, te da un beso y te consuela: eso es suficiente para afrontar la dureza de la vida. El mejor regalo que unos padres dan a su hijo, conforme crecen y empieza a salir y a dejar la casa es que quieran a la Virgen y sepan cómo acudir a Ella. Estén donde estén, estudiando, trabajando, en el extranjero, los padres saben que cuando surjan dificultades en su vida tienen a quien acudir cuando ellos no están: la Virgen será el refugio seguro, la protectora necesaria, la guía luminosa, el auxilio esperado, y mientras se hallen lejos del hogar, sus padres recen a la Virgen para que proteja y guíe a sus hijos estén donde estén. Con una Madre como esta pueden estar seguros de que su hijo nunca se perderá, por eso los padres -y especialmente las madres- no deben de dejar un sólo día de pedir a la Virgen por sus hijos, para que vele sobre ellos; porque Ella sabrá conducirlos cuando llegue el momento a la Fuente de la Vida, a la presencia de su Hijo, a los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía que muchos acaban de recibir por primera vez, y la Virgen los conducirá de la mano a su casa, la casa de su Hijo, a la Iglesia, para que allí, ante su presencia, el Señor derrame su Espíritu, su gracia y bendición, y los reconforte en las dificultades, problemas o dudas por los que estén pasando. ¡Cuántos no han salvado su vida de graves errores o decisiones desastrosas por el simple hecho de entrar a una Iglesia y rezar y pedir consejo! Y esto es lo que les estamos mostrando a estos niños viniendo aquí, que aunque el camino ha sido largo y ha habido que atravesar todo el pueblo para llegar hasta aquí, cuando uno lo hace en la compañía de la Virgen, de los hermanos creyentes, de la familia, al final siempre se encuentra el consuelo que se busca y se celebra la fiesta de la comunión y la alegría, de esta compañía que nos ha ayudado a “cruzar” todos los peligros, hasta que hemos llegado a la casa de nuestra Madre, donde nos espera ese beso y abrazo que tanto necesitamos, ahora, y siempre que acudamos a Ella.