Lluís NOLLA PICOS EL CUARTO DE ATRÁS. NO SOMOS UN SOLO SER, SINO MUCHOS.

Universidad de Dalarna
Facultad de Humanidades Spanska II, Delkurs 3: 1900-talslitteratur och kultur i Spanien 2012

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1. Introducción Carmen Martín Gaite argumenta en su obra que «no somos un solo ser sino muchos […] cada persona que nos ha visto y oído guarda una pieza del rompecabezas que nunca podremos contemplar entero» (Martín Gaite 2009: 91). Martín Gaite encerrada dentro de sí misma, inspirada por Todorov, se rebela escribiendo esta novela fantástica, y se fuga mediante el texto invocando personajes irreales para encontrarse realmente a sí misma. En el cuarto de atrás, Martín Gaite se desdobla en personajes de su propia ficción para encontrar la mujer que le hubiera gustado ser; esa loca, esa mujer pasional, a la que el franquismo le arrebató su infancia y su juventud. 2. Carmen y el hombre de negro El hombre de negro, Alejandro, aparece en la obra cuando intenta contactar con Carmen llamándola desde un bar; el mismo bar según parece, donde Carmen televisó el entierro de Franco, lo que a su vez sería el detonador de esta novela. Todo parece indicar que la Carmen del futuro se desdobla en ese preciso instante en el hombre de negro, el cual vuelve al pasado para ayudar a Carmen a escribir esta novela y ayudarla a liberar los recuerdos enterrados de la Carmen atrapada en el pasado. Alejandro es, en un principio, uno de los personajes principales de la novela rosa que Carmen escribió con una amiga, pero se puede considerar que en realidad es su álter ego masculino. Todo parece sugerir que Carmen se rescata a sí misma transformándose en ese otro yo masculino, para ayudarse a sí misma a reconstruir y expulsar todos los demonios internos del pasado que son invocados desde la memoria al presente mediante la cajita dorada. Y así es como Carmen se rencuentra consigo misma en un mundo de realidad mágica, teñido por un pasado oscuro que invade al mundo real. Carmen necesita al hombre de negro para romper el continuo espacio-temporal de la realidad para poder así introducirse en esa otra cuarta dimensión y volver al cuarto de atrás. Y es que, como dice Todorov, «el tiempo y el espacio del mundo sobrenatural no son los de la vida cotidiana» (Martín Gaite 2009: 87). Allí, el tiempo y el espacio desaparecen, y todo se desarrolla fuera de lo cronológico, como algo más aleatorio y fragmentado. De esta forma, la Carmen de 50 años consigue ver que hay más allá de la madriguera, y vuelve a descubrir la fantasía, vuelve a descubrirse en esa niña, en esa joven que habitaba la cuarta dimensión. La autora rompe con la linealidad temporal para encontrar a sus yoes –cada una de esas piezas del rompecabezas que forman nuestro ser–.
«He terminado de limpiar el hule de la mesa, alzo los ojos y me veo reflejada con un gesto esperanzado y animoso en el espejo de marco antiguo que hay a la derecha, encima del sofá marrón. La sonrisa se tiñe de una leve burla al darse cuenta de que llevo una bayeta en la mano; a decir verdad, la

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que me está mirando es una niña de ocho años y luego una chica de dieciocho, de pie en el gran comedor de casa de mis abuelos en la calle Mayor de Madrid, resucita al fondo del espejo» (Martín Gaite 2009: 37).

Esta cita, es un buen ejemplo de la noción de la persona humana como una sucesión de muchos seres, pero que pueden llegar a unificarse si derrumbamos la concepción lineal del tiempo. Esta experiencia culmina con la creación de un portal espacio-temporal que produce una paradoja en el mundo real; la novela siempre estuvo escrita, ya que el fin de la novela es el principio. Así, el tiempo subjetivo se acaba imponiendo al lógico, ya que en la cuarta dimensión los relojes no pueden medir el tiempo, mientras que en el mundo empírico apenas ha transcurrido una noche.
«[…] así que las dos hemos tenido nuestro cuarto de atrás, me lo imagino también como un desván del cerebro, una especie de recinto secreto lleno de trastos borrosos, separado de las antesalas más limpias y ordenadas de la mente por una cortina que sólo se descorre de vez en cuando; los recuerdos que pueden damos alguna sorpresa viven agazapados en el cuarto de atrás, siempre salen de allí, y sólo cuando quieren, no sirve hostigarlos» (Martín Gaite 2009: 46).

Nos hallamos pues en una dimensión interior. Como si de un texto de ciencia ficción se tratase, para acceder a esa cuarta dimensión y abrir las puertas del tiempo, Carmen tiene que viajar al interior de su cerebro, a ese “desván” donde el tiempo desaparece y las posibilidades, las memorias y los recuerdos se multiplican. El acceso al cuarto de atrás, en definitiva, permite a la autora huir del mundo tridimensional a «la isla de Bergai», al oscuro romanticismo del hombre de negro. Y es por ello que la concatenación de acontecimientos y sucesos en la obra no obedecen a una lógica temporal y unidimensional. Pero como dice la autora, «el cuarto era nuestro y se acabó» (Martín Gaite 2009: 102). Y es que la realidad, la escasez de la guerra, el hambre y el frío, enterraron en el pasado a Carmen la niña con la llave del tiempo. Y posteriormente, la opresión y el machismo de la época, enterraron a Carmen la adolescente y a Carmen, la mujer. No podemos saber exactamente cómo la autora logra estimular este proceso de liberación. Pero de la siguiente cita se desprende que Carmen no necesita de substancias externas, –las píldoras–, para lograr estados alterados de consciencia «Usted es una fugada nata, y además lo sabe, no se escude ahora en las pastillas» (Martín Gaite 2009: 64). Nos inclinamos a pensar que todo fue una especie de sueño, invocado quizás, por la cajita de oro mágica, puesto que cuando pasaba las vacaciones en Madrid, la misma Carmen admite que le gustaba invocar en sueños visitas inesperadas a las que les atribuía el rostro de gente desconocida: «[…] no llamaba al timbre ninguna visita inesperada de las que yo invocaba en sueños, atribuyéndole el rostro de gentes con las que me había tropezado por la calle y a las que sentía portadoras de algún relato insólito, excitante» (Martín Gaite 2009: 102). Pero, como arguye Dunia Gras, «todo pudo y no pudo, a la vez, ser sueño» (Gras 1998).
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En definitiva, lo que importan son las "estrellas risueñas" del final, y el hecho de que todos los yoes del pasado que forman y formaban parte de Carmen se acaben reconciliando con la Carmen del presente:
«Estiro las piernas hacia la juntura de la sábana y, al ir a meter el brazo derecho debajo de la almohada, mis dedos se tropiezan con un objeto pequeño y frío, cierro los ojos sonriendo y lo aprieto dentro de la mano, al tiempo que las estrellas risueñas se empiezan a precipitar, lo he reconocido al tacto: es la cajita dorada» (Martín Gaite 2009: 117).

3. Conclusión Una vez Carmen logra abrir las puertas del tiempo, consigue liberar sus recuerdos enterrados y se convierte en una nueva Carmen. Para lograr desatar este proceso, Carmen se sirve de la figura de Alejandro que es su álter ego masculino. Una versión desdoblada de sí misma, que le ayudará a viajar en el tiempo para dejar de sentirse acosada por los miedos y fantasmas del pasado. Esta es la original forma en que Carmen ha escrito un libro de memorias, en que los distintos seres que forman su persona y los recuerdos siempre presentes del pasado, se funden en el fondo de un libro con muchos ingredientes. Así es como la autora termina por cumplir una doble promesa, la de escribir una novela fantástica, hecha a Todorov, y la de escribir una novela sobre la postguerra, hecha al hombre de negro, es decir a sí misma (Gras 1998). Finalmente, el tiempo en la obra, como en una simbología mágica, cierra el círculo, y cierra el ciclo de 50 años, que van desde la muerte de Pablo Iglesias y Antonio Maura a la muerte Francisco Franco, y es cuando por fin se deshace el maleficio de toda una generación que vivió literalmente arrastrada y aplastada por el dictador. Es en ese momento y en ese lugar, en el bar Perú, cuando Carmen logra ser consciente de ello, y consigue desbloquear el tiempo, y es en ese preciso momento cuando la autora deja de sentirse como si estuviera jugando al escondite inglés; «Se acabó, nunca más, el tiempo se desbloqueaba, había desaparecido el encargado de atarlo y presidirlo». Es decir, con la muerte de Franco, la autora sintió el deseo de recuperar la memoria histórica, y quiso testimoniar y denunciar la situación que vivió España, y en cierta forma criticar el olvido de la gente «la gente de Madrid se acomoda al presente con particular rapidez» (Martín Gaite 2009: 71). En definitiva, aunque el tiempo ha demostrado que la transición democrática vivida por España no es la panacea, la muerte de Franco, como vaticina la autora en este libro, no sólo supuso un gran avance para el país, sino que fue el pistoletazo de salida a la metamorfosis de toda una generación, a quien le fue robada su juventud, y que sucumbió víctima del hambre y del frío. El destino completó el círculo y la maldición de esa generación por fin se rompió.

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Bibliografía
MARTÍN GAITE, C., EL CUARTO DE ATRÁS, SIRUELA, MADRID, 2009. GRAS, D., 1998. "EL
ATRÁS": INTERTEXTUALIDAD, TIEMPO.

CUARTO

DE

JUEGO

Y

[EN

LÍNEA]

http://www.ucm.es/OTROS/especulo/cmgaite/dgras.htm [CONSULTADO 19 MAYO 2012]

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