La madre de las batallas

Sergio Lea Plaza Cuando en 1985 tres partidos políticos (MNR, ADN y MIR) inventaron la “Democracia pactada”, partieron de un supuesto: los que aglutinan el voto representan al conjunto en todo momento. Por ello, a nombre de todos y ante la urgencia de estabilidad, acordaron unas bases mínimas para dirigir al país por la senda de la democracia y de la economía neoliberal, pero bajo un esquema que garantice la gobernabilidad. Para cumplir ese acuerdo tácito decidieron intercalarse en el poder, de tal manera que quien quisiese participar en política sólo podía hacerlo a través de ellos. Intentaron ponerle un candado al escenario, con un mecanismo de exclusión que hacía muy difícil la constitución de nuevos partidos. Pero la política no se detuvo (nunca lo hace), continuó operando por fuera, en las calles, comunidades y sindicatos, hasta que, justamente por sentirse excluida, articuló todas las energías y desembocó en el derrocamiento del último gobierno nacido bajo ese esquema, el año 2003, propiciando así la emergencia de un nuevo período histórico. Sin embargo, la historia parece repetirse. El gobierno de Evo Morales partió del mismo supuesto, pero siguió otro camino. Comprendiendo muy bien que la política siempre es conflicto y lucha, desde un inicio y junto a los movimientos sociales dio dura batalla a quienes consideraba sus enemigos políticos. Logro aniquilarlos, pero ese fue un error garrafal, pues paradójicamente, lejos de terminar con la confrontación, hizo que la lucha retorne nuevamente al campo popular. Se olvidó de algo fundamental, el conflicto político nunca se acaba, más aún en un país hiper organizado y politizado, que continúa con grandes carencias e inequidades. La pelea se situó al interior de la cancha de los movimientos sociales, quienes ya no cohesionan sus energías contra el enemigo que los amenazaba fuera de ella. Basta sólo con hacer un recuento de los conflictos sociales en los dos últimos años (Caranavi, Potosí, El Alto, TIPNIS, COB, etc.) y de las escisiones que ha sufrido el régimen, para percatarse que ahora esas energías se van alineando poco a poco contra el propio gobierno, que se ha ubicado en el centro de la conflictividad. El Vicepresidente señala que tras derrotar al bloque contra hegemónico de derecha se ha dado paso a una fase de tensiones creativas entre los sectores sociales, quienes pugnan por acceder a un mayor reparto de los beneficios del proceso de cambio, priorizando intereses locales en detrimento de los nacionales. Según su lectura es una dinámica natural y necesaria para regular y consolidar las transformaciones que vive el país, en el marco de un proceso ya estabilizado. Otro error capital. No sólo por subestimar a la política y asumir su paternidad, cuando ésta no tiene dueño. Sino especialmente por no entender la naturaleza del conflicto que vive el país. Lo que hoy se disputa no es una carretera, la cantidad de horas de trabajo o un mejor salario mínimo… lo que hoy podría estar en disputa en Bolivia es nada más y nada menos que el control del discurso hegemónico. Como enseñó magistralmente Michel Foucault, el discurso no sólo es un

mero instrumento para llegar al poder, sobre todo es el objeto del poder, es por lo que se lucha. Quién lo controla detenta el poder (controla al cuerpo social). El discurso, más allá de ser aquello que pronuncian los políticos, es una suerte de poderosa fuerza que circula por la sociedad, cuyos miembros la asumen como válida y necesaria para orientar y determinar su comportamiento. Queda por descontado, que al menos en el campo popular boliviano (que representa el grueso de la población) la demanda de cambio continúa siendo la fuerza central que impulsa al conjunto de sectores. Pero, algunos de ellos, al constatar que no son parte de la redistribución del poder, han optado por la reconquista del discurso del cambio. Para lograrlo deben batallar contra quien intenta ser su dueño absoluto, articulando en su avance a sectores de la clase media y círculos intelectuales desencantados. En esa lucha que vive hoy el país, la marcha indígena se ha colocado en la escena como una poderosísima fuerza simbólica que le disputa el discurso al régimen. A tal punto que si en el desenlace de esta batalla, el presidente Evo Morales pierde el control del discurso del cambio, entonces lo habrá perdido todo.

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