LA FUGA DEL SEPA - Relato

PUNTO DE VISTA Y PROPUESTA

José Bustos

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José BUSTOS 7 rue Casimir Brenier 38120 SAINT-EGREVE (France) Tél. : 09.51.92.23.53 E-èmail: desdelejos@josebustos.net http://herejias-bustos.blogspot.com/ http://www.josebustos.net

LA FUGA DEL SEPA RELATO

El Sepa, ubicada en el departamento selvático de Ucayali - Perú.

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A Tania y Ernesto, mis hijos.

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Fue al final de los años 60, del siglo pasado, cuando el Perú vivió la extraordinaria experiencia de la fuga del Sepa. En esa fuga participaron varios reclusos, todos condenados a largas penas por crímenes que, en algunos casos, habían alcanzado niveles inauditos de barbarie. Pero también otros, como El Hermano Lobo, un delincuente que gozaba de un justificado respeto, dentro y fuera de la cárcel, y que iba a desempeñar en el curso de esa evasión un rol de primer plano.

El Sepa fue una prisión construida por el Ministerio de Justicia peruano en 1951, cuando se estimaba que la mejor manera de hacer frente al desarrollo de la delincuencia era llevar a los criminales, por lo menos a los más peligrosos, a algún lugar que reuniera dos condiciones especiales; una de ellas, increíblemente inhumana. En primer lugar, donde les fuera imposible fugarse, aun con ayuda externa y, en segundo lugar, donde les fuera también imposible tener el mínimo contacto con el resto de la sociedad. Dicho de otra manera, donde se los pudiera enterrar vivos.

Ese lugar remoto y de muy difícil acceso, lo encontraron en lo que llaman la olla amazónica, la parte más profunda de la selva, la menos conocida hasta hoy, donde se afirma que existen todavía poblaciones indígenas que no han tomado nunca contacto con nuestra llamada “civilización”, y donde la leyenda asegura que sobreviven especies vegetales y animales prehistóricas, de las que no se tiene la menor idea.

Fue entonces en el corazón mismo de la selva, exactamente en la confluencia de los ríos Urubamba y Sepa, que el gobierno peruano decidió construir una colonia penitenciaria que sería, debido a su organización y funcionamiento internos, tan extraña, tan absurda, que aún el más creativo de los novelistas no hubiera podido jamás imaginar.

Debido a sus características físicas, El Sepa fue reputado, desde siempre, como el único establecimiento penitenciario desde donde era imposible fugarse. Por eso, cuando la fuga se produjo, ésta representó para todo el mundo un acontecimiento de dimensiones épicas y provocó una indescriptible cobertura periodística. Los medios hicieron de esta noticia el pan caliente de cada día y crearon en el público una tensión y una expectativa extraordinarias como sólo han podido obtener las más logradas series de televisión. Además, aun sin proponérselo, crearon por El Hermano Lobo una corriente de simpatía que le prometía, una vez que haya resuelto sus problemas judiciales, un deslumbrante futuro.

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A pesar de las varias décadas transcurridas, la fuga del Sepa sigue siendo un tema recurrente en las conversaciones de jóvenes y viejos, adentro y afuera de las prisiones peruanas. Sin embargo, nadie supo nunca, salvo los protagonistas, cómo fue preparada y cómo se llevó a cabo este suceso histórico, que me he decidido a relatar.

Ocurre que algunas de las informaciones esenciales yo las tuve mucho tiempo antes de que la fuga se produjese, y muchas otras, siempre de primera mano, algunos años después. Esto me fue posible porque el “cerebro” de esa evasión fue Eduardo Cresu, un preso de nacionalidad argentina, que conocí en la Isla Penal El Frontón, y con el cual compartí una celda durante algunos meses. Ambos formábamos parte de de la comunidad de presos políticos.

Saint-Egrève, Francia, febrero de 2009

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I
Eduardo decidió hablar con Hugucha un sábado en la noche, bastante tarde, cuando se despertó bruscamente, como solía ocurrirle, y tuvo la penosa certidumbre de que ya no volvería a dormirse. Esta idea de agarrar de una buena vez “el toro por los cuernos", se había convertido para él, en los últimos días, en una obsesión. Dicho de otra manera, en algo que tenía que ver con su propia salud, física y mental.

No se trataba, de ninguna manera, de creer que Hugucha iba a ayudarlo. No. En ese sentido, Eduardo no se había hecho nunca la menor ilusión. En realidad, se trataba de una formalidad, de un trámite burocrático, para que Hugucha le dijera, más o menos, esto: "Eduardo, yo comprendo tu situación, pero trata de comprender también la mía, o la nuestra, la del partido. Ayudarte, con toda franqueza, no podemos, pero, por supuesto, tú eres libre de hacer lo que quieras. Lo único que te pido, eso sí, es que no me comprometas, o, mejor dicho, que no nos comprometas...".

Ese debe ser el primer paso -se dijo-. Luego...

Para continuar ese "luego", Eduardo no tenía en ese momento la más remota idea. Consciente de esto, pero decidido a no preocuparse por adelantado y, menos aún, a dejarse ganar por la desesperanza, cerró los ojos, y se puso a escuchar lo único que podía escucharse en ese momento, el incesante bramido del mar.

Algunas horas después, sin embargo, cuando el habitual trajín de los guardias abriendo el candado de la celda le provocó un sobresalto, se dio cuenta que había conseguido, a pesar de todo, volver a dormir.

Eduardo llevaba preso, por esos días, poco más de tres años. Los primeros siete meses los había pasado en la Carceleta del Palacio de Justicia, en Lima; el resto, en El Sexto, ese grande, antiguo y eternamente superpoblado establecimiento penitenciario incrustado en el centro mismo de la ciudad como una pústula abominable.

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Para cualquiera, tres años de carcelería, es mucho, salvo si se viven, como le ocurrió a Eduardo, como un combate de dimensiones épicas. Aun sabiendo que todo era inútil, que sería fatalmente condenado a muchos años, Eduardo afrontó todas las diligencias judiciales, los interrogatorios, las confrontaciones, las reconstituciones y los exámenes psiquiátricos con la templanza de un inocente. Sin tiempo para pensar en otra cosa que no fuera el curso sinuoso de su proceso , los años se le pasaron volando y, cuando llegó el juicio, y con el juicio la temida condena, Eduardo se desplomó como si hubiera perdido en esos pocos minutos que tomó la lectura de la sentencia, toda razón de seguir viviendo.

La decisión de pedir su traslado al Frontón la había tomado súbitamente pocos días después de haber sido condenado y cuando decidió, sin ninguna reflexión previa, de no hacer apelación como su abogado le había propuesto. Ir al Frontón aparecía, entonces, como la aceptación de la realidad indubitable de estar preso. Tal vez por eso no se le había ocurrido conversarlo con ninguno de los otros detenidos, y menos aún, lo que era mucho más significativo, consultarlo con Hugucha, el principal dirigente de su partido. También pudiera ser que la explicación de este comportamiento fuera menos complicada de lo que podría imaginarse. Por ejemplo, que Eduardo se hubiera dejado impresionar por todas las maravillas que se contaban entre los presos, a propósito de la vida en ese centro penitenciario.

Lo que llaman El Frontón es una isla bastante pequeña, distante unos siete kilómetros de la ciudad del Callao. Por su forma curiosamente puntiaguda, diríase que se trata de un cerro que terminó hundiéndose en el mar después de algún gran terremoto. Desprovista de toda vegetación, sin capas freáticas que puedan alimentarla en agua potable, esta isla no fue nunca ocupada por el ser humano. Hasta comienzos del siglo veinte, las únicas personas que la visitaban eran los obreros de las empresas que explotaban el guano(1). Cuando se acabó este negocio volvió a ser el santuario, entre otras especies, de pelícanos, gaviotas y lobos marinos.

Para el que llegaba por primera vez, de El Sexto o de alguna prisión de la sierra, lo primero que sorprendía era el espacio. A pesar de que la parte habitable de ese cerro hundido en el mar debe ser apenas una cuarta parte de la superficie total, ésta debe representar por lo menos tres o cuatro kilómetros cuadrados. En otras palabras, una inmensidad. Vigilados desde garitas instaladas en las alturas del cerro, los detenidos podían recorrer esta enorme extensión sin limitación alguna. Incluso, en verano, podían bañarse en el mar, en la costa oriental de la isla,
1 Materia excrementicia de aves marinas utilizada como fertilizante agrícola.

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como si estuvieran en una colonia de vacaciones.

Otra de las cosas inimitables que tenía El Frontón, era su aspecto de pueblo. Este era el resultado de un tipo particular de régimen penitenciario. Aparte de los presos políticos que ocupaban unas pocas celdas, toda la población penal -alrededor de 2.500 personas- estaba alojada en grandes y rudimentarios locales colectivos llamadas “cuadras”, en los cuales los presos no podían quedarse durante el día -desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tardesalvo si estaban enfermos.

Esto los había obligado, para ponerse al abrigo de la intemperie, a construir los célebres "carretajes", algunos cavados en el flanco del cerro y apenas recubiertos por frazadas viejas y cartones. En estos locales fantasmagóricos funcionaban además, tenidos por otros presos emprendedores, varios restaurantes, algunas bodegas, unos pocos talleres de fabricación de canastas, y hasta dos florecientes burdeles de homosexuales.

Para muchos, la impresión de vivir en libertad era tan acentuada que, para decir que alguno había sido llevado a las celdas de castigo, en general después de haber cometido una agresión, se escuchaba a menudo este diálogo.

-- ¿Oye cumpita, y qué es de tu amigo que no se le ve? -- ¡Hay carajo, el muy huevón se hizo meter preso!

La conversación con Hugucha se produjo después del desayuno, en el curso de un largo paseo, por el camino que bordeaba el mar. En ella, como lo había deseado, Eduardo consiguió decir todo, con método y una calma sorprendente. Veinte años es mucho tiempo Hugucha. Yo no podría soportarlo. Enfermo como estoy, lo más probable es que me muera en pocos años. Por eso, no me queda ningún otro remedio: la fuga. Ningún otro. Y, a cualquier precio ¿comprendes? Después de todo, no tengo nada, pero lo que se dice nada que perder.

La respuesta de Hugucha, sin embargo, no fue la que esperaba.

Entre las sonrisas forzadas que prodigaba a cada rato y a cada uno que lo saludaba y los “¡Hola! ¿Cómo estás?” acompañados de un movimiento de la mano, el gran dirigente dijo, también, lo que tenía que decir. Tu situación, en efecto, es preocupante. En realidad, desde

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antes que tú llegaras al Frontón, tu caso fue discutido en el Comité Central y te aseguro que todo el mundo estuvo y está de acuerdo. No te queda otra salida. Sin embargo, para nosotros, la cosa es muy difícil. En la situación actual, hay que tener muchísimo cuidado, y tratar de preservar lo poco que nos queda de la organización. Un paso en falso y todo se va al diablo.

Eduardo se apresuró a decir entonces que no se preocupara, que por favor no interpretara mal lo que había dicho, que él no estaba pidiendo ninguna ayuda, que comprendía los problemas de la organización y que, claro, por ninguna razón había que ponerla en riesgo.

Con eso, se dijo tranquilizado, la cosa está terminada. De ahora en adelante, yo soy libre de hacer lo que quiera, o lo que pueda.

Eso era lo que creía Eduardo, pero no era lo que creía Hugucha.

Me alegra que lo tomes así, dijo Hugucha deteniéndose y mirando al suelo como si, en ese momento, hubiera perdido alguna cosa y tratara de encontrarla. Créeme que, para mí, es muy difícil decirte que no podemos ayudarte. Es duro. Además, según lo acordado por el Comité Central, yo tengo todavía otra cosa importante que decirte. Figúrate, este problema de proteger la organización, de no darle a la policía razones suplementarias para que siga golpeándonos, es complicado. En fin, mira, lo que se ha decidido con respecto a un eventual proyecto de fuga, es lo siguiente: tú puedes hacer lo que quieras, pero... con una condición esencial... que no sea desde aquí. Trata de comprender que si tú te evades desde aquí, va a ser muy difícil convencer a nadie que yo no tenga nada que ver en el asunto.

Eduardo, cuando escuchó esto, se quedó mudo de sorpresa. Y no era para menos. A pesar de no tener una idea precisa de lo que podría hacer a partir del Frontón, a pesar de no tener el mínimo esbozo de un proyecto, nunca se le había ocurrido pensar la posibilidad de la fuga desde otro lugar que no fuera ese, El Frontón. ¡Y ahora Hugucha le decía que esto no era posible!

Fue así, entonces, en la Colonia Penal El Frontón, una fría mañana de invierno, que comenzó la historia de la fuga del Sepa.

La pista estaba desvencijada y cubierta aún, de tanto en tanto, por algunas matas de arbustos

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que los detenidos no habían tenido el tiempo de cortar. Sobre ella, el avión se posó con un ruido sordo y avanzó enseguida dando tumbos en dirección de la casucha que oficiaba de torre de control.

En la ya lejana época de su construcción, esta pista había sido pavimentada, balizada y pintada, lo que le daba al conjunto el aspecto de un verdadero aeropuerto. Sin embargo, en la selva, un trabajo hecho a los apurones y sin los recursos materiales suficientes, no podía durar mucho tiempo en buen estado.

Con el uso, aunque fuera escaso, y con las inclemencias del tiempo, el pavimento terminó por deformarse, hundirse y resquebrajarse un poco por todos lados. Y por los intersticios así producidos, la inmensa potencia de la vida vegetal comenzó a reclamar por sus fueros.

La administración decidió entonces incluir su conservación entre los otros trabajos obligatorios que la colonia imponía a los detenidos. Cada cierto tiempo, y sobre todo en los días anteriores a la llegada del avión, una brigada especial de trabajo se ocupaba de desbrozarla.

Esta vez, el anuncio de la venida del avión había sido transmitido al final de la tarde anterior, sin precisar ni día ni hora de aterrizaje. La comunicación radial decía: "Prepare recepción seis internos STOP Medidas de seguridad habituales STOP", seguida de la firma del Director General de Prisiones de la República.

El radio-operador, que había interrumpido la enésima lectura de una vieja fotonovela para recibir el mensaje, no había juzgado prudente ir a buscar al Comandante-Director de la colonia para informarlo de la novedad.

La hora, no era la más indicada. La partida de naipes que él tenía cada día con los otros oficiales y suboficiales de la guardia en alguna de las casuchas del Barrio Militar, ya había comenzado. Una interrupción en tales circunstancias, estaba seguro de eso, no hubiera sido muy apreciada.

Fue recién en la mañana del día siguiente, cuando entró a su oficina, en el Hangar Administrativo, que el Director había encontrado el texto del mensaje. Este había sido escrito

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sobre una hoja, que el radio-operador había puesto sobre el libro de comunicaciones, que estaba siempre abierto sobre su escritorio. Según la costumbre, un mensaje semejante no era nunca urgente. Mejor dicho, tratándose de un día jueves, el Comandante había preferido imaginarse que la llegada del avión estaría prevista, a lo sumo, para el lunes próximo, a eso del mediodía o al comienzo de la tarde. Y eso, si el mal tiempo lo permitía, pues por esos días arreciaban las tormentas. Sin pensarlo dos veces, entonces, cerró el libro y comenzó a liar un cigarrillo.

Como Comandante-Director, en realidad, no tenía gran cosa que hacer. Por las mañanas, se ocupaba de "evacuar las consultas" -según su propia expresión- que desde el día anterior le preparaba su Edecán, un teniente joven, metódico y empeñoso. Esto lo hacía sin prisa y sin entusiasmo.

En la mayor parte de los casos, se trataba de pequeñas decisiones.

-- El detenido Rodríguez -decía el Teniente- va a cumplir un año el mes próximo. Solicita permiso para construir su cabaña. -- Rodríguez...Rodríguez... ¿Ese que le dicen "Mata por gusto"? -- El mismo, mi Comandante. -- Humm... De acuerdo, de acuerdo. ¿Qué más? -- El detenido Páucar, el de la oreja cortada, pide autorización para extender su criadero. Ahora quiere criar chanchos, mi Comandante. -- ¿Usted que piensa? ¿No cree que ya tengamos demasiados chanchos en esta colonia? -- Mi Comandante... -El Teniente revisa unos papeles-. Si usted me lo permite... Al día de hoy tenemos... doce criaderos. Pero sólo dos son importantes, el del Loco Esteban y el del Tío Rico. Yo pienso... que sí, que es posible autorizarlo. En fin, es usted el que decide. -- Bueno, que lo haga, pero hable antes con él. Explíquele que la colonia no se compromete a comprar todos los chanchos que críe, que la colonia compra sólo lo que necesita. Yo no quiero problemas con él, después. ¿Algo más? -- El detenido Albújar, "El Niño", me ha vuelto a pedir la retrocarga. Dice que usted mismo se la prometió la última vez. -- ¿Cuánto tiempo tiene ya, ése? -- Mi Comandante... -El Teniente reflexiona-. Este hombre, debe tener ac-tual-men-te, y si no me equivoco... un poco más de año y medio.

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-- ¿Y qué hace ahora? -- Cría gallinas, mi Comandante. Pero, de tiempo en tiempo, él es uno de los pocos que nos vende el palo rosa, y el palo balsa. -- ¿Cree usted que se justifica que le demos una retrocarga? -- Francamente... -- ¿Francamente qué? -- Francamente que no sé, mi Comandante. Usted sabe que esa decisión es siempre problemática, todo depende de la confianza que se le tenga. Y a ese tipo no lo conozco demasiado, no se le ve mucho por aquí... -- Bueno, bueno... Dígale entonces que no. Mejor dicho, que espere todavía un tiempo.

Las consultas, lejos de halagar su vanidad, lo aburrían. En realidad, la función de Director no tenía para él ninguna importancia. Ni para él ni para ningún otro, pues todo lo que podían ser grandes decisiones, sobre todo en materia de inversiones, escapaba a su autoridad. Dicho de otra manera, la burocracia del Ministerio de Justicia, en Lima, se había reservado la capacidad de decidir en todo aquello que tuviera que ver con los rubros más importantes del presupuesto, sobre todo de los que podían dejar algunos beneficios subrepticios a los encargados de su gestión.

Por otro lado, un poco por el aislamiento y otro poco por la relativa capacidad de autoabastecerse, esa colonia, que había sido construida al borde de un pequeño río -el río Sepa, precisamente- en pleno corazón de la selva amazónica, fue una creación condenada desde el principio a la inmovilidad. Ahí, en efecto, el tiempo parecía haberse detenido, para siempre.

Una vez que había terminado sus consultas, y cuando el Teniente se había retirado, iniciaba la ceremonia preparatoria a su cambio de función: de Director de la colonia, a la de Comandante de la guarnición de la Guardia Republicana. La transición, no era fácil. Un mínimo de esfuerzo mental le era siempre necesario.

Para ello, y según un plan que se había ido perfeccionando con el tiempo, comenzaba por fijar el ventilador de manera que el aire le diera en todo el cuerpo. Luego, desplazaba su silla un poco para atrás, se sentaba, ponía los pies sobre el escritorio y, con extremo cuidado, comenzaba a empujar el respaldo hasta encontrar una riesgosa pero confortable posición de

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equilibrio. Así comenzaba el ejercicio mental de asumirse como responsable policial y, sin que pudiera evitarlo, se dejaba torturar por sus frustraciones. Su traslado a Lima lo obsesionaba.

Siempre se decía que ya había pasado demasiado tiempo "perdido en la selva", lo que era incontestable. A los años que llevaba en la colonia, que no eran pocos, había que sumarle los que había pasado en los puestos de frontera, luchando contra el tráfico de drogas y contra el contrabando. ¡Ya es hora que me manden a Lima, carajo! Todo lo había sacrificado por su carrera, decía, lo que también era cierto. Su mujer, que lo había acompañado durante los primeros años, había terminado por abandonarlo cuando nació su hijo. Un golpe duro del cual le costó reponerse. Cuando vuelva a Lima, todo va a ser diferente. Ya lo verán, ya lo verán... Su mayor ambición, y tal vez el objetivo de su vida profesional, había sido siempre, la Sede Central del Ministerio del Interior. ¡Ahí sí que van a saber quién soy yo, carajo! ¡Ahí sí que van a saber lo que valgo, hijos de puta!

Esta gran esperanza lo había endurecido, y lo ayudaba a seguir viviendo.

Cuando conseguía al fin asumirse como Comandante, se levantaba, apagaba el ventilador, se acomodaba la ropa, echaba una mirada al espejo para arreglarse el cabello y ponerse la gorra, y con paso marcial se alejaba de la Administración: iba a hacer la inspección.

Esta consistía en un corto recorrido, sin itinerario pre-establecido, por las cuadras o el Barrio Militar, donde cambiaba algunas palabras con los guardias o los reclusos. Rara vez se aventuraba por las chacras explotadas por las brigadas de trabajo. Esta caminata le servía, por lo demás, para abrirle el apetito, razón por la cual se terminaba en la cocina. Por las tardes, en cambio, después de la larga siesta a la que acostumbraba, cedía a su pasión por el juego de cartas, hasta altas horas de la noche.

Que los detenidos llegaran o se fueran, era algo que le resultaba indiferente. El nunca supo con precisión cuántos había en la colonia. Por otra parte, enterarse de esos detalles no era su trabajo, sino el de su ayudante, el Teniente Valleriestra. La llegada del avión, sin embargo, lo fastidiaba. A veces hasta lo ponía de mal humor. Nunca intentó averiguar por qué. En el fondo, tal vez en lo más profundo de sí mismo, él hubiera deseado que el avión dejara de venir... hasta que su orden de traslado hubiese sido firmada. Pero, por supuesto, a pesar de

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ello, cada tanto, el avión seguía llegando.

Por eso, esa mañana, cuando había visto el radiograma, inconscientemente, no le había dado ninguna importancia. Después de liar su cigarrillo, aseguró los papeles que tenía sobre su escritorio poniéndoles encima algunos objetos pesados, prendió el ventilador, porque ya hacía calor, se acomodó en la silla, y se dispuso a iniciar las consultas.

-- ¡Armando! -gritó en dirección del tabique de madera que lo separaba de su Edecán.

Del otro lado, nadie respondió a su llamado. Sin preocuparse, paseó su mirada por la oficina, se desperezó con fruición, sintió ganas de orinar y se fue al baño. De regreso, sentado otra vez a su escritorio, volvió a llamar a su Edecán.

-- ¡Armando! ¡¿Dónde diablos anda, usted?!

En lugar de respuesta, lo único que escuchó fue unos pasos apurados, que resonaban sobre el piso de madera, unos golpecitos que denotaban urgencia y, enseguida, el ruido de la cerradura al abrirse. En posición de saludo militar, la figura del radio-operador se recortó en el vano de la puerta. Luego avanzó unos pasos, y dijo: "Mi Comandante, otra comunicación de Lima. El avión llega esta tarde, a eso de las cinco". Dicho esto, con un gesto que evidenciaba cierta familiaridad, puso sobre el escritorio una nueva hoja, con el texto escrito a mano y donde el nombre y el cargo del firmante habían sido reproducidos apenas con las iniciales.

-- ¡Me cago en Dios! -dijo el Comandante con cólera, por todo comentario-.

Desde lo alto de la plataforma metálica de la escalera rodante que se usaba para bajar del avión, con las esposas hacia adelante y teniendo aún en el cuello la bufanda que se había puesto para combatir el frío cuando cruzaron la cordillera, Eduardo contempló apenas por un momento, antes de ser empujado por los otros reclusos que emergían del aparato, el entorno impresionante de la selva.

De todos los que habían hecho ese viaje, él era el único preso político. Ex-militante de una de las facciones del trotskismo, había participado en Lima, al comienzo de los años sesenta, en

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varios asaltos a instituciones bancarias, destinados a financiar las actividades de dicha organización.

Su relación con los otros presos políticos, de diferentes tendencias, recluidos por esa época en la Isla Penal El Frontón, había sido siempre problemática. Sobre él pesaba un estigma que ninguno de ellos estaba dispuesto a olvidar: había matado, en condiciones por lo menos confusas, a uno de sus propios camaradas.

Por esa razón, su caso era, jurídicamente, bastante complejo. Por el homicidio, que había sido considerado simple delito común, ya había sido juzgado y condenado, a veinte años de prisión. Por los asaltos a bancos, considerados delitos políticos, estaba como el resto de sus compañeros, esperando la hora de afrontar el Juicio Oral.

Eduardo había nacido y se había criado en un pequeño pueblo de la pampa argentina, al sur de la provincia de Buenos Aires. Su familia, lejana descendiente de inmigrantes poloneses, como tantas otras de esa zona dominada por el latifundio, vegetaba. Su padre y sus siete hermanos eran obreros rurales, trabajando apenas algunos meses al año, al ritmo a veces caprichoso de las cosechas de maíz, de trigo o de girasol. Su escolaridad, como la de sus hermanos, se había terminado al final de la primaria.

Tal vez por ser el mayor de los hijos, Eduardo había beneficiado en su casa, y él lo proclamaba siempre con un cierto orgullo, de un trato privilegiado. Mi padre me hizo adulto pronto, decía. Yo siempre supe cuál era nuestra situación, la plata que teníamos y, sobre todo, las deudas. Yo tomé conciencia de la pobreza, y de la injusticia social, en mi propia casa, en mi propio pueblo. No soy como otros, había dicho un día, en El Frontón, cuando estaban sentados tomando el desayuno, que todo eso lo aprendieron por libros.

-- Tanta conciencia social -le había respondido uno de los comunistas, con una buena dosis de malicia-, tenía que traerte a la cárcel.

Su reacción fue reflexiva y seca.

-- Mira -dijo sacándose sus anteojos con un movimiento lento, premeditado, para reforzar el efecto cortante de su respuesta-. Mi conciencia social, a lo único que me llevó fue a afiliarme

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a un partido político. A la cárcel, me trajo la policía, que no es lo mismo. -- Pero, supongo -dijo el otro, con el ánimo evidente de provocarlo- que tú no lo ignorabas. La cárcel, para gente como nosotros, no es, como suele afirmarse, un accidente. Es un destino ¿no crees? -- ¡Ah no! ¡Ah no! -respondió Eduardo con vivacidad-. ¡Con eso no estoy de acuerdo! Si estamos en prisión, ahora, es porque somos imbéciles. Quiero decir... -se rectificó enseguidaque hemos cometido errores. Si, errores... Por eso estamos aquí. Mejor dicho... -las pausas repetidas ponían en evidencia una cierta confusión- por eso nos han traído. Pero... si nos quedamos, si aceptamos esta situación, eso ya es otra cosa. Es... ¿quieres que te diga la pura verdad de lo que pienso?

-- ¡Dilo!, ¡dilo! -lo azuzó el otro. -- ¡Porque nos faltan huevos, carajo!

Dicho esto, alejó su taza de quáker, que no había terminado, y se fue enfurruñado en dirección de su celda.

Nadie tuvo una idea exacta de lo que pasaba, salvo Hugucha. Todos sabían que la situación de Eduardo era la más difícil de todas, y que esas explosiones de cólera o de disgusto estaban justificadas, pero a ninguno se le ocurrió pensar que podían presagiar la decisión de fugarse, al menos inmediatamente.

En el caso de Eduardo, esta hipótesis era todavía más difícil de concebir puesto que, aun el menos informado, sabía que su organización no estaba dispuesta a acompañarlo en una aventura semejante. Y a nadie se le hubiera pasado por la cabeza que pudiera intentarlo solo, sin la colaboración de algunos presos comunes.

Hugucha, en cambio, estaba al corriente de lo que pasaba por la cabeza de Eduardo. El conocía, mejor que nadie, todas las razones que tenía para tratar de recuperar su libertad "a cualquier precio", como se lo había dicho pocos días antes.

Por un lado estaba el hecho de haber sido condenado por homicidio. Esto lo excluía de toda posible amnistía futura. Por otro lado, la desgracia de haber contraído la tuberculosis era para desesperarlo. En prisión, donde resultaba imposible recibir un tratamiento médico adecuado,

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esta enfermedad equivalía a una sentencia de muerte. Y a esto había que agregarle todavía otro detalle, no menos importante en la vida de un preso: la falta de familia en Lima. Eduardo no tenía a nadie que viniera a visitarlo.

Confrontado como estaba a tener que arreglárselas solo, a no poder contar con el apoyo de su organización, y más aún, a evitar comprometerla -y comprometer sobre todo a Hugucha -su principal responsable-, a Eduardo no le quedaba otra posibilidad que de intentarlo desde El Sepa. Esto le ofrecía la ventaja de cortar todo lazo con la comunidad de presos políticos y poder asociarse con presos que estaban en una situación semejante, con gente que tampoco tenia nada que perder.

Esas fueron las razones que lo habían llevado a pedir y obtener, en el más grande secreto, su traslado a esa Colonia Penal enclavada en la selva amazónica.

Eduardo pues, llegó a esa colonia, con la idea preconcebida de organizar desde ahí la fuga. Sin embargo, pocos días después, cuando comenzó a conocer la selva y tuvo una idea bastante precisa del lugar donde se encontraba, sobre todo con respecto a las fronteras, del Brasil y de Colombia, lo asaltó la duda.

Pero Eduardo no era un hombre que se desanimaba fácilmente. Por ahora, se dijo, no queda más que esperar. Con paciencia.

Cuando todos bajaron del camión que los había transportado desde la pista de aterrizaje, el Teniente Valleriestra los hizo formar, en una sola fila, frente al Hangar Administrativo. Dio enseguida la orden de quitarles las esposas y, con calma, como si pasara revista a la tropa, se ocupó de hacer lo que él mismo llamaba "el examen de ingreso".

Cuatro años de experiencia en la colonia, le habían enseñado a conocer a la gente. Su examen, que no reposaba sobre ningún elemento científico, no tenía tampoco un propósito definido. Se trataba de sostener la mirada de cada uno, por algunos segundos, y reflexionar al mismo tiempo para ver si, el sexto sentido que creía tener, emitía alguna señal de alarma.

En todo caso, para protegerse de toda sorpresa, él se había convencido de algo: que todos esos hombres eran asesinos calificados, que todos estaban condenados a largas penas y que, en

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consecuencia, ninguno tenía nada que perder.

Su preocupación principal, sin embargo, no tenía nada que ver con la agresividad que generalmente se les atribuye a los detenidos.

En El Sepa, donde todos andaban armados con un machete, dado por la Administración, la agresividad no existía. Ahí no había, como en todas las otras prisiones del país, esas peleas interminables entre bandas rivales que producían andanadas de muertos y heridos. Tampoco había esos indignantes casos de abusos, en general sexuales, que solían provocar los grandes titulares de los diarios. Ahí, en la mayor parte de los casos, los conflictos se resolvían en floridos duelos verbales, y los rencores se olvidaban pronto. Desde ese punto de vista, la Colonia tenía un extraordinario poder terapéutico. Y Valleriestra lo sabía.

Pero, aun así, para evitar la mínima posibilidad futura de un brote de violencia, él tenía una confianza ciega en el efecto disuasivo de la autoridad. Y por supuesto, en el valor de mostrarla, que era lo que pretendía estar haciendo.

Una vez terminado su examen, habló:

"En nombre del Director, les doy la bienvenida. Esta colonia -señalando los alrededores- no es una prisión; al menos no es como las otras que ustedes han conocido. Aquí ustedes están libres, sin otra obligación que la de trabajar en lo que sea necesario, en lo que los guardias Jefes de Brigada -señalando a varios uniformados que asistían a la escena con aire ausente- les indiquen cada día. Sin embargo, yo les aconsejo que no vayan a equivocarse. Aquí están libres, pero nadie puede irse, si no es con una orden de traslado firmada por el Director, o con una partida de defunción firmada por el Servicio Médico -eufemismo para indicar la enfermería-. Esto, señores, es El Sepa, métanselo bien en la cabeza", terminó diciendo, al mismo tiempo que se daba suaves golpes en la frente con el puño cerrado.

Terminada la breve ceremonia ordenó que se hicieran los registros habituales, que a cada detenido se le otorgara el machete correspondiente y que los guardias los acompañaran a la cuadra respectiva donde iban a alojarse. Y cuando todo hubo finalizado, y cuando los reclusos recogían sus cosas y se encaminaban hacia la cuadra, el Teniente Valleriestra, llamó:

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-- ¡Eduardo Cresu!

De entre el grupo, Eduardo volteó la cabeza sorprendido.

-- Mi Teniente, ¿usted me llama? “Esto no es una prisión... aquí ustedes están libres... Grandísimo hijo de puta... ¡Siempre la misma cantaleta!”

El Hermano Lobo, que había observado la ceremonia sentado a horcajadas en las ramas de un árbol, con la escopeta terciada a la espalda y el machete a la cintura, no había podido evitar una mueca de disgusto cuando escuchó, por enésima vez, la bienvenida de Valleriestra.

Siendo el único medio de comunicación con el exterior, la llegada del avión no era nunca un acontecimiento intrascendente.

El correo, y por consecuencia, toda noticia -administrativa o familiar- que era siempre esperada con una dosis inevitable de ansiedad, llegaba con el avión. Aparte de eso, muchos tenían la esperanza que pudiera traer a algún amigo, algo que tiene en prisión una verdadera importancia. Otros, en cambio, tenían el temor que pudiera traer a alguien, incluso desconocido, que viniera con la intención -o con el encargo- de ajustar alguna vieja cuenta, de esas que no se olvidan nunca. Eso también era importante.

En El Sepa, los poquísimos homicidios que se habían producido fueron siempre atribuidos, y con razón, a ajustes de cuentas. Una banda, o un delincuente con alguna capacidad financiera, le paga a otro delincuente, generalmente joven, deseoso de hacerse de un nombre en el duro universo gansteril, para vengar una mala acción llevada a cabo por alguien que, precisamente para protegerse y, si es posible, hacerse olvidar, se ha entregado voluntariamente a la policía, ha asumido sin chistar los cargos que le han imputado y aceptado complacido una larga condena. El vengador desconocido no tiene así la menor dificultad para acercarse a la victima y ejecutar su contrato.

Si el Hermano Lobo escuchaba con interés los discursos de bienvenida, no era por masoquismo, para acordarse de su propia llegada –catorce o quince años antes, no hubiera

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sabido precisarlo- sino, y únicamente, por eso de los otorongos, que era lo que más lo había impresionado la primera vez. Con el tiempo había llegado a darse cuenta que todos esos discursos estaban cortados por la misma tijera. Se trataba de explicar las características particulares de una prisión que no tenía muros, ni celdas, y donde cada recluso, después de un año, según el reglamento, podía construir su propia cabaña, y dedicarse a algún tipo de explotación productiva. A partir de ese momento, sin otra obligación que la de presentarse a la Administración una vez por semana, y más aún, pudiendo disponer en algunos casos de un arma de fuego -¡proporcionada por la propia colonia!-, se trataba de prevenirlos contra cualquier tentación de fuga. Las únicas variaciones, entonces, tenían que ver con las imágenes que se transmitían, tanto de la colonia como de la selva.

Cuando él llegó, la primera vez, el Director de esa época se había mostrado apocalíptico: "Si algún día tienen la estúpida idea de internarse en la selva con la esperanza de llegar a algún lugar civilizado, lo único que conseguirán es hacerse matar por los otorongos, o por los indios", había dicho. Era esta idea, de hacerse matar por los otorongos, un animal mítico para todos los peruanos, la que le había causado una enorme impresión. Un animal que, por lo demás, no había encontrado nunca en sus vagabundajes por la selva.

Desde que estaba en El Sepa, el Hermano Lobo había regresado a Lima, dos veces. La primera, algunos pocos años después, con motivo del Juicio Oral al que lo habían sometido y donde le habían aplicado la condena que cumplía, de veinte años, por la muerte del Americano. Y la última vez, hacía unos tres meses, gracias a las gestiones de su hermana, para solicitar la libertad condicional, por buena conducta, que le había sido finalmente acordada. En esos momentos estaba viviendo entonces sus últimas semanas de cautiverio.

A pesar de eso, cada vez que el avión llegaba o se iba, le era imposible evitar una sensación de malestar, un simple sentirse mal, inexplicable, como si una rabia sorda y profunda le retorciera las tripas.

Como estaba enterado del ceremonial -diferente sólo cuando el avión venía por las necesidades del movimiento de personal de la Guardia-, desde que escuchaba el ruido de los motores, dejaba todo lo que estuviera haciendo en ese momento y se encaminaba sin demorarse hacia la Zona Central. Pero, a diferencia de muchos otros, él no iba a engrosar el

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grupo de curiosos que se constituía en las proximidades de la propia Administración, esperando ser los primeros para recibir las cartas, tener noticias de su situación judicial o ver las caras de los que llegaban.

Al Hermano Lobo nada de eso le interesaba. La fecha precisa de su liberación -estaba convencido- no iba a llegar con el avión, iba a ser transmitida por radio. Y en cuanto a las cartas familiares, no lo desesperaban. Su hermana, la única, no le escribía casi nunca, y cuando lo hacía, se las arreglaba para no decirle nada interesante. Por eso se quedaba apenas en los alrededores, subido a un árbol, situación que le ofrecía la inútil ventaja de ver todo, sin ser visto.

Y también, de sufrir en silencio.

Algunas veces, cuando todo había terminado, se bajaba del árbol, se internaba en la selva, y buscaba con una cierta desesperación algún animal -cualquiera- para meterle un buen par de balazos. Sólo así se calmaba un poco, se sentía de pronto fatigado, y regresaba a la cabaña para dejarse caer sobre su hamaca.

Al margen de estos episódicos sobresaltos, la vida del Hermano Lobo en la colonia, discurría como un río tranquilo. Al comienzo, es verdad, tuvo problemas. Pero no con la colonia, ni con los otros presos, sino consigo mismo. Dormía mal, tenía unas pesadillas atroces, se despertaba a menudo empapado en sudor frío y pasaba días enteros sin apetito. Fue por esa época que le entró la pasión por el juego de cartas, que no lo abandonaría jamás. Era lo único que conseguía, verdaderamente, hacerle olvidar todo.

El juego de cartas, o de los dados era en El Sepa, como en otras prisiones del país, una actividad pública, metódica y democrática. En ellas participaban indistintamente los presos y el personal policial, que olvidaban, en esos momentos álgidos, su jerarquía y autoridad. La única condición para participar en esos maratónicos encontronazos era, simplemente, de tener suficiente dinero para apostar.

A pesar de su escasa instrucción -apenas el segundo año de secundaria, terminado a las justasel Hermano Lobo tenía un sorprendente volumen de conocimientos, producto tanto de lecturas asiduas pero dispersas, como de las relaciones que le había impuesto siempre su modalidad

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delictiva. Aparte de ello, y para hacer frente a todo lo que no supiera, tenía una intuición casi científica. Por ejemplo, frente a sus problemas del comienzo de la carcelería, que lo desconcertaban y preocupaban, se le ocurrió un día pronunciar una frase que iba ayudarle a superarlos.

-- Concha'e su madre -dijo-. Creo que es el Americano que me está jodiendo.

Reflexionando luego, a propósito de esta hipótesis, terminó admitiendo que era posible que su conciencia le reprochara, cada noche, la muerte de ese tipo. Como lo habría hecho, tal vez, su padre, diciéndole que eso le había ocurrido por emborracharse y por no saber controlarse. La conciencia, se dijo, podía ser como la propia voz de su padre. Entonces, si le explicaba a su padre, ya muerto, lo que había ocurrido, era probable que la conciencia lo dejara luego dormir tranquilo. Y si acaso, la conciencia, o su padre, no tenían nada que ver con este asunto, y se trataba, en cambio, del alma del Americano, que no descansaba en paz...

-- "Bueno -se dijo-, es más necesario que nunca que vuelva a matarlo, y esta vez, para siempre".

La Colonia Penal El Sepa no estaba destinada a acoger presos políticos. En toda su historia, pocas veces los había recibido y nunca por mucho tiempo. Las dos llegadas más importantes, por el número de detenidos, fueron en 1952 y en 1963, como resultado de grandes y tradicionales redadas. En la última, que se prolongó apenas por unas semanas, el contingente estaba constituido por un poco más de dos mil personas, todos dirigentes y militantes de partidos y sindicatos de izquierda. Para trasladarlos desde Lima se necesitó lo que llaman un puente aéreo, un número importante de aviones que hacían sin cesar los viajes de ida y vuelta. Tal vez por esta razón, porque todo el mundo conocía su condición de preso político, Eduardo gozó desde su llegada de un trato privilegiado, tanto de parte de las autoridades como de la población penal.

Con respecto a los otros presos, Eduardo no tenía en realidad nada que temer. Muchos de ellos habían pasado antes por El Sexto o por El Frontón y lo conocían, por lo menos, de vista. Incluso, entre los delincuentes más prestigiosos, de esos que imponen siempre un gran respeto, no faltaba quienes habían aceptado participar en las famosas "escuelas" de formación ideológica que organizaban cada tanto los presos políticos en los principales centros

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penitenciarios del país. Estos, no cabía la menor duda, iban a recibirlo con los brazos abiertos.

De parte de la autoridades, con la sola y enigmática excepción del Teniente Valleriestra, la cosa fue igual. El Director decidió autorizarlo a construir su cabaña, como si tuviera más de un año en la colonia, lo que lo excluyó de facto de la obligación de integrar las Brigadas de Trabajo. Eduardo pudo así disponer de todo su tiempo para abocarse a la preparación de su proyecto.

El Teniente Valleriestra, sin embargo, lo inquietaba. Apenas llegado, cuando se bajó del avión, había sostenido con él un diálogo de lo más extraño.

-- Señor Cresu -le había dicho- disculpe que lo importune, pero, para usted, yo tengo otro discurso. Y sin esperar la respuesta, había agregado: Supongo que no le sorprenderá. Usted no es como los otros.

-- ¿Cómo que no soy como los otros? ¿Qué quiere decir con eso?

-- No, Señor Cresu -insistió con una cierta cachaza-. Usted no es como los otros. ¡Usted es un político! ¿Comprende usted, ahora, la diferencia?

-- La verdad, mi Teniente, es que yo no veo bien esa diferencia de la que habla. Político o no político... la prisión es la misma.

-- ¡No! ¡No! ¡Señor Cresu! -dijo ahora con aspavientos-. Mire, aquí no hemos tenido nunca un preso político, salvo, claro, cuando la redada, pero yo no estaba aún en la colonia. Un preso político -torciendo la boca y mirando para arriba- no es como los otros. Es diferente.

Vista su situación, Eduardo hubiera podido felicitarse de haber encontrado un tipo que le reconociera, y de manera espontánea, su calidad de preso político. Sin embargo, algo lo puso en guardia, y no dijo nada.

-- La diferencia es ésta -dijo entonces Valleriestra, mirando alrededor suyo-. Fíjese en ese preso que va ahí -señalándolo-, el cojo. Ese tipo, está aquí desde hace quince años, y en quince años le aseguro que no ha recibido más de una docena de cartas, digamos, a lo más,

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una carta por año, y siempre la misma, de su hija, que vive en Lima, casada y con hijos. ¿Comprende usted, ahora, la diferencia? Eduardo, profundamente confundido, no fue tampoco capaz de decir nada.

-- ¡Vamos, vamos! -lo apuró el Teniente-, no me diga que no alcanza a captar lo que quiero decirle. Usted, que yo sepa, no es ningún tonto.

-- Escuche, mi Teniente. Esa famosa diferencia sigo sin verla. Debo, entonces, ser tonto. Figúrese que si se trata de cartas, es seguro que yo voy a tener menos aún que las que tiene ese tipo. ¡Con mi familia en Argentina, y con el amor que nos tenemos!

-- ¡Vamos, vamos, señor Cresu! Usted me defrauda. ¡Yo no me refería, pre-ci-sa-men-te, a la familia biológica! Que un preso político no tenga familia, ¡hasta es una buena cosa! Pero -con una cierta gravedad-, si usted no tiene familia, tiene por el contrario... ¡una organización! Y esa es la diferencia: ¡la organización!

Eduardo no conseguía salir de su asombro y continuaba sintiéndose incapaz de hacer el menor comentario. Más aún cuando el Teniente, golpeándole el pecho con el índice, le dijo: "Ojo, Señor Cresu... con o sin organización... ¡de aquí no se va nadie!"

El Teniente le hizo enseguida el saludo militar, giró ceremoniosamente sobre sus talones, y se alejó con toda calma en dirección de su oficina.

Eduardo tenía ya, por esa época, alrededor de treinta y cinco años. Era blanco, alto y flaco, por no decir esquelético. Tenía el cabello rubio y escaso, y los ojos de un celeste pálido, descolorido, que se veían horriblemente deformados detrás de sus gruesas lunas de miope.

Vestido siempre con un gastado pantalón marrón y una camisa a cuadros de manga corta, no tenía en absoluto el aspecto de un intelectual de izquierda que, por esos días, privilegiaban la barba y el cabello largo. Por el contrario, en lo que concierne a su carácter, bastaba mirarlo para darse cuenta que era un hombre que tenía una voluntad de fierro.

La prisión, para Eduardo, era sin duda más pesada que para todos sus compañeros. La tuberculosis lo obsesionaba. Consciente de que no tenía la atención médica adecuada, ni

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siquiera para retardar la progresión inevitable y fatal de esta enfermedad, él hacía de manera sistemática el único tratamiento que sus escasos recursos le permitían: se comía varios kilos de cebolla cruda por día, preparada como una ensalada.

Cuando fue detenido, Eduardo estaba a pocos metros de la frontera con Chile, a bordo de un vehículo de transporte de pasajeros con destino a la ciudad de Arica. Para la policía, no había sido un gran trabajo seguirle la pista desde Lima, y cogerlo en el momento más oportuno, cuando no tenía ninguna posibilidad de defenderse.

Los problemas de Eduardo habían comenzado poco después de los asaltos a bancos cuando, a causa de un error monumental, que relevaba casi de la ingenuidad, la policía había conseguido identificarlos a todos. El comando que había preparado y ejecutado esas operaciones con una maestría sorprendente, había menospreciado un curioso detalle: la estatura excepcional -2 metros y 7 centímetros- de uno de sus participantes.

Identificar a este personaje fue, para la policía, una cuestión de pocos días. Luego se trató del trabajo habitual: intervenir su teléfono, vigilar todos los movimientos de su casa y, sobre todo, seguirlo día y noche hasta descubrir cada uno de sus contactos. Por último, en operaciones simultaneas, dar el gran zarpazo.

Para colmo de males, la organización política de la cual Eduardo era militante, en realidad, no postulaba la lucha armada. Por consecuencia, no disponía tampoco de una estructura operativa susceptible de asimilar y proteger individuos que habían adquirido, súbitamente, tan peligrosa celebridad.

Eduardo, y todos los otros, no necesitaron entonces mucho tiempo para darse cuenta que no les quedaba sino, dos opciones, y que ambas eran en extremo riesgosas: abandonar el país, o tratar de integrarse a alguno de los movimientos guerrilleros que operaban en la sierra.

Algunos miembros del comando, ayudados por familiares o amigos, habían conseguido cruzar una frontera y ponerse a salvo. Otros, en cambio -Eduardo entre ellos-, se aprestaban a integrarse a la guerrilla rural, cuando se vieron confrontados a un problema por lo menos inesperado. La organización, la misma que los había dejado a la merced de la represión, les reclamaba ahora las armas que se habían usado en los asaltos a los bancos.

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Todo lo que sería discutible o casi impenetrable en lo que iba a ocurrir, comienza sin duda a partir de ese momento. Eduardo sostuvo siempre que esta exigencia de devolver las armas había llegado acompañada de una amenaza que les resultaba insoportable: "O entregan las armas, o los denunciamos a la policía". Afirmación imposible de probar, tratándose de intercambios orales.

Lo que ocurrió luego, es todavía más confuso.

Según Eduardo, cuando ellos dijeron que las armas no las devolverían de ninguna manera, la amenaza de los responsables de la organización subió de tono: "O las entregan, o vamos a buscarlas".

La confrontación resultaba así inevitable pues la respuesta de Eduardo y sus compañeros era previsible: “Bueno, si tienen suficientes cojones para hacerlo, vengan nomás que serán bien recibidos”. Este desafío motivó otra respuesta no menos contundente: "¡Claro que vamos! Y a la menor resistencia para entregar las armas, ¡los cosemos a tiros!".

Por razones nunca bien explicadas, la noche que debía producirse este encuentro, en la casa donde se suponía que estaban las armas, el único que se quedó fue Eduardo. Según lo que se supo luego, por las crónicas periodísticas y los interrogatorios a los que fue sometido durante el Juicio Oral, Eduardo había puesto en práctica para hacer frente a la situación, un plan maquiavélico.

Llegada la noche, la primera cosa que hizo después de apagar todas las luces, fue dejar entreabierta la puerta principal de la casa -separada de la calle apenas por un pequeño jardín-, como si ésta hubiera sido abandonada con una cierta precipitación. Luego, instaló frente a esa puerta uno de los sillones de la sala, se sentó, se cubrió con una frazada, porque ya comenzaba a hacer frío, y no hizo ningún esfuerzo particular por evitar de quedarse dormido.

Por intermedio de un ingenioso y sutil sistema de alarma, fabricado con hilo plástico transparente, de los que se usan para la pesca, el menor movimiento de la puerta lo despertaría. Para completar este dispositivo de seguridad, él tenía en la mano, bajo la frazada,

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una pistola a punto de disparar.

Fue gracias a ese sistema que, cuando la puerta comenzó a abrirse muy despacio, sin provocar el menor ruido, Eduardo se despertó, y supo que la hora de la verdad había llegado. Cuando abrió los ojos alcanzó a distinguir la silueta de un individuo que, desde el vano de la puerta, lo estaba apuntando con una pistola.

-- No te muevas, o te meto un balazo entre ceja y ceja - le dijo éste, al mismo tiempo que con la mano izquierda prendía la luz de la sala.

Acostumbrarse a la súbita claridad le tomó a Eduardo apenas un segundo. Pero la sorpresa fue extraordinaria porque el hombre que lo estaba encañonando... ¡le era absolutamente desconocido!

"La primera cosa que pensé -declaró ante el Tribunal- fue que, en lugar del camarada que debía venir por las armas, se trataba de un delincuente común, que pretendía hacerme víctima de un atraco".

Enseguida, y sin necesidad de hacer el menor movimiento, pues tenía la pistola en la mano, bajo la frazada, apretó el gatillo, una, dos y hasta tres veces. Y el hombre cayó hacia atrás, con los brazos abiertos, como si lo hubieran empujado con una extrema violencia.

La versión, en cambio, de sus adversarios, ha sido siempre otra.

Después de prender la luz -afirman-, el hombre que lo encañonaba dijo:

-- Sin moverte, dinos (en plural, para que supiese que no estaba solo) dónde están las armas.

Eduardo había entonces respondido:

-- ¡Ah! ¿Vienen por las armas? ¡Yo les voy a dar las armas!

Y en ese momento había comenzado a tirar.

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Esta versión, como la precedente, es indemostrable. Sin embargo, en un punto, por lo menos, resulta verosímil: el famoso plural, utilizado por el desconocido, para indicarle a Eduardo que no estaba solo.

En efecto, por un simple accidente, una de las balas había rebotado en el marco de la puerta, y provocado una herida superficial en la cabeza a una tercera persona, que estaba afuera, y que Eduardo no podía ver. Esta persona, uno de los dirigentes de la organización, era la que Eduardo estaba esperando.

En lo que respecta al desconocido, por el contrario, la afirmación de Eduardo es irrefutable. Se trataba, en realidad, de un militante colombiano que acababa de llegar a Lima, y cuya presencia se había mantenido en el más estricto secreto. Que lo haya tomado por un delincuente común, que hubiera aprovechado de la puerta entreabierta para meterse en la casa, era, entonces, perfectamente comprensible.

La policía no tuvo ninguna dificultad para identificar al autor de la muerte del colombiano, y organizar con rapidez la cacería. Toda la información necesaria le había sido proporcionada por el herido, que había sido detenido minutos después, cuando se presentó por sus propios medios, al servicio de urgencia de un hospital.

Siendo originario de la Argentina -se dijo la policía-, era previsible que el homicida tratara de escapar hacia el sur. Estando solo, sin poder pedir o recibir alguna ayuda, y no disponiendo de un vehículo propio, tenía por fuerza que recurrir al transporte público. Bastaba pues, para cogerlo, vigilar los aeropuertos y los locales de las diferentes compañías de ómnibus.

Eduardo, que para salir de Lima había tomado un taxi, y conseguido luego que lo cargara un camión, fue localizado en Arequipa, cuando se disponía a subir a un ómnibus. A partir de ese momento su suerte estaba echada.

Una tarde, tal como se lo había prometido, después de la jornada de trabajo pues estaba todavía en las cuadras, el Hermano Lobo decidió internarse en la selva, buscó un claro donde pudiera acostarse, encendió un cigarrillo, y se dejó transportar a la ciudad. Paso a paso comenzó a reconstituir entonces el momento de la tragedia.

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Estaban en el taxi que los traía de regreso del Barrio Rojo, en el Callao, al centro de la ciudad de Lima. Al lado del chofer estaba su amigo Rogelio, uno de los muchachos de su banda y, detrás, él y el Americano, un gringo que había desertado de un barco panameño y que había ido a recalar en La Parada. Los tres estaban borrachos y cansados, pero habían acordado todavía- tomarse unos tragos antes de retornar a sus domicilios. El carro se desplazaba veloz por la Avenida Argentina, desierta a esa hora de la noche. El Hermano Lobo, por momentos, dormitaba. -- ¿Qué tanto hacías? –Preguntó súbitamente el Americano a Rogelio-. -- ¿Cuándo? -le respondió-. -- Cuando subiste. -- ¿Y qué cosa podía hacer, cojudazo? ¡Cachaba! -Rogelio respondía de mala gana-. -- Yo también cachaba -dijo el Hermano Lobo, bostezando-. -- ¡Cachabas!... ¡Cachabas!... -El Americano dijo esto con sorna, dirigiéndose a Rogelio-. -- ¿Por qué? ¿Qué otra cosa podía estar haciendo? -repuso éste-. El vehículo entraba en ese momento en la ciudad. Después de haber dado la vuelta a la plaza 2 de Mayo, corría ahora por la Avenida Nicolás de Piérola en dirección de la Plaza San Martín, el final del viaje. Como de costumbre, poca gente se aventuraba a esa hora por las calles de la ciudad dormida.

-- ¡No sé!.. ¡No sé!.. -dijo el Americano con aire cachaciento-. -- ¿Cómo que no sabes? ¿Qué cosa estás insinuando? -Rogelio se puso serio de pronto. -- No está insinuando nada -intervino el Hermano Lobo-. Está borracho. -- Y... no sé. ¡Y si no sé, no sé! -El Americano se arrellanó en el asiento.

Rogelio se volteó, por primera vez, para mirarlo. Algo como un presentimiento lo había puesto alerta.

-- Dime -le dijo, tratando de calmarse-, ¿Fuimos a cachar, no? Y yo te digo que he cachado. ¿Te basta? -- Eso es lo que tú dices. ¡Yo no lo he visto! -- Pero dime, ¡grandísimo hijo de puta! ¿Qué cosa estás insinuando? -- No le hagas caso. ¿No ves que está borracho? -El Hermano Lobo trataba de calmarlo-. -- ¡Me importa un carajo que esté borracho! -respondió Rogelio, francamente enojado-. ¡De

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repente el muy concha'e su madre cree que soy rosquete! ¡Responde, gringo hijo de puta! ¿Qué estás insinuando? -- Yo no insinúo nada -respondió el Americano con sorprendente calma-. Sólo he dicho que yo no lo he visto. Eso es todo. -- ¡Pero te das cuenta! -Rogelio estaba furioso-. ¡Este me está provocando, éste quiere que le saque la mierda! -le dijo al Hermano Lobo-. -- Pero no le hagas caso. Te digo que está borracho.

El carro a esta altura de la discusión daba la vuelta a la Plaza San Martín y el chofer preguntó: "¿Me paro en cualquier lugar?". Rogelio echó una mirada, vio que todo estaba cerrado y le dijo: "No, llévenos a La Victoria, a la Avenida Manco Capac".

-- Este hijo de puta me ha dejado con bronca -dijo enseguida hablando al Hermano Lobo. Atrás, el Americano rió con la intención inequívoca de provocarlo. -- Bueno, bueno, ¡no van a recomenzar! -respondió el Hermano Lobo-. -- ¡No! ¡No! ¡Eso lo vamos a arreglar luego! Eso, te aseguro -Rogelio movía el índice con energía- que no va a quedar así.

El Hermano Lobo se levantó y comenzó a caminar. De tanto en tanto daba algunos golpes de machete para cortar las ramas o las lianas que bloqueaban su paso. La noche se anunciaba con esa neblina azul que se va haciendo densa a medida que transcurren los minutos, hasta que termina confundiéndose con la obscuridad.

-- ¿Así que cachabas? -El americano volvió a la carga-.

Rogelio, por toda respuesta, ciego de cólera, se dio vuelta, lo agarró de la camisa, y le pegó un formidable puñetazo en pleno rostro. Sorprendido, el Americano reaccionó cogiéndole el brazo, para evitar que siguiera golpeándolo, mientras el Hermano Lobo hacía esfuerzos desesperados para separarlos.

El taxista, asustado, había tenido el reflejo de pararse. Los dos descendieron entonces del carro para seguir peleándose en la vereda. El Americano consiguió en ese momento darle a Rogelio una patada en los testículos que lo hizo doblarse de dolor, lo que aprovechó enseguida para sacar su cuchillo y darle una profunda puñalada en algún lugar del pecho, ante

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la mirada horrorizada e impotente del Hermano Lobo. Luego echó a correr por la calle sin dirección precisa.

Fue en ese momento que Rogelio, que se arrastraba con mucha pena, logró extraer su pistola y, con comprensible dificultad, le dijo:

-- Herma-nón, ¡no lo-dejes es-capar! ¡Tírale! ¡Tírale!

Ciego de dolor y de cólera, sin tener una exacta noción de lo que hacía, el Hermano Lobo cogió el arma, corrió detrás del Americano y disparó varias veces, hasta que lo vio caer al suelo como si hubiera, en realidad, trastabillado.

Una de las balas había dado en el blanco.

La policía, que llegó minutos después, encontró al Hermano Lobo arrodillado al lado de Rogelio, procurando en vano parar la hemorragia que le consumía la vida. Cuando lo cargaron en una ambulancia para llevarlo al hospital, él supo que ya no volvería a verlo nunca más. Y se puso a llorar desconsoladamente.

El Hermano Lobo no había revivido nunca, con todos sus detalles, la totalidad de este infausto momento. Ni siquiera cuando, bajo la atenta mirada del Juez, se vio obligado a hacer la reconstitución de los hechos, todavía bajo el estado de choque que le había producido la muerte de Rogelio. La pelea, es verdad, la había evocado luego varias veces, varias veces también había vuelto a ver la llegada de la policía y cómo cargaban en la ambulancia el cuerpo exánime de su amigo. Pero, en lo que concierne a lo otro, a lo que el Fiscal había calificado en el Juicio Oral de "salvaje asesinato", no había tenido nunca más el menor deseo de recordarlo.

-- ¡Hijo de puta! ¡No era más que un hijo de puta! -dijo, ya sobre el camino de regreso a la colonia.

Durante varios días, el Hermano Lobo se encerró en un mutismo profundo. No hablaba con nadie. Cuando le preguntaban algo, contestaba sólo moviendo la cabeza: que sí, que no, o con un gesto como diciendo "eso no me interesa" o "me da lo mismo". Sin embargo, en ningún

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momento dejó de trabajar y tampoco de alimentarse.

Si el Hermano Lobo estaba en la cárcel, era a causa de la muerte del Americano, pero también porque estaba fichado como delincuente. Era delincuente.

Sin embargo, entre las vastas posibilidades que este oficio peligroso le había ofrecido cuando era joven, él se había inclinado con naturalidad, diríase por un rasgo de carácter, por la especialidad menos agresiva: era "lanza", o "pickpocket" para los anglófilos. Una elección que no dejaba de ser loable, en un país donde la propensión a la violencia es connatural a las relaciones sociales.

Esta especialidad, el Hermano Lobo supo siempre ejercerla con arte, y más aún, con una suerte de distinción casi aristocrática. Su propia "chapa" le venía, según algunos, de esa elegancia con la cual él despojaba a sus congéneres. Su manera de caminar, de moverse, de seguir a su futura víctima, evocaban en todos aquellos que lo conocían, y en primer lugar en la propia policía, la actitud de un lobo en plena cacería nocturna.

Con más de cuarenta años a cuestas, y aún vestido con modestia, el Hermano Lobo tenía siempre el aspecto de un hombre reposado, inteligente y culto. Sus modales, en la prisión, eran vistos con una cierta admiración. De él emanaba algo como una especie de tranquilidad, de confianza, de sinceridad, de honradez y, también, de coraje. Esto le aseguraba, sino la amistad, al menos el respeto de todos. A este aire intelectual, por resumir todas sus cualidades en una palabra, se agregaba una cierta corpulencia física.

Otro aspecto que lo había hecho muy popular era su generosidad. Según parece, una buena parte de la plata que robaba la compartía con todos los de su grupo. Y, a veces, hasta se permitía ayudar a otros que según él "estaban hasta la caihuas": amigos del barrio, ancianos, mujeres abandonadas que criaban solas a sus hijos, familiares de presos, etc. Para muchos otros, era de ahí, de ese espíritu solidario, que venía el hecho que le llamaran "Hermano Lobo".

En la colonia, esta popularidad tenia, incluso, sorprendentes aristas sexuales. Muchos afirmaban que recibía habitualmente en su cabaña la visita de jóvenes indígenas y que fornicaba con ellas, completamente desnudo, al aire libre, de preferencia los días de lluvia,

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para revolcarse en los barrizales que se formaban en los alrededores de su choza. Aparentemente, cuanto más embarrados estaban, más placer obtenía de este acto sexual impúdico.

Si alguien preguntaba de dónde podía venir esta extraordinaria familiaridad con los indios, la respuesta no era menos sorprendente. Se afirmaba que, en el curso de una de sus frecuentes peregrinaciones por la selva, el Hermano Lobo le habría salvado la vida a un jefe indio que había sido picado por una serpiente, en una pierna, succionándole el veneno con la boca. Y que luego de esta benemérita acción él había conseguido explicarle con señas que, por todo reconocimiento, lo único que quería era que lo visitaran, en su cabaña, las jóvenes de la tribu.

El Hermano Lobo, por supuesto, conocía todo lo que se decía de él y era perfectamente consciente del respeto y, a veces, de la admiración que les testimoniaban sus codetenidos. Si a esta situación personal gratificante y confortable se agregaba el hecho que estaba a pocas semanas de salir en libertad, a nadie, y menos aún a Eduardo, podía ocurrírsele de proponerle un proyecto de fuga.

II
Cuando Bordi y Ristoletti pusieron los últimos palos y tendieron el alambre, terminando así la construcción del nuevo criadero, esta vez de patos, la noche caía ya con su pesado silencio sobre la selva.

Ambos, sin decir una palabra, recogieron las herramientas, se sacudieron un poco la ropa y se encaminaron hacia la cabaña que compartían desde siempre.

Una vez en la cabaña, encerrados todavía en el mismo mutismo, uno de ellos encendió el farol a kerosene, luego el Primus, y comenzó a preparar la comida. El otro, salió un momento y volvió con unas hojas de tabaco que había puesto a secar al sol, y con movimientos pausados, precisos, comenzó a cortarlas en largas y finas tiras, que disponía enseguida sobre una plancha metálica.

De pronto Bordi, que se disponía a freír unas chuletas de puerco, dijo:

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-- ¿Y de hay? ¿Ninguna novedad, de esta mañana? -- Ninguna -respondió Ristoletti, sin apartar los ojos de sus hojas de tabaco-. Ya te he dicho ayer que es demasiado pronto. Hay que tener un poco de paciencia.

Después de esto se hizo un largo silencio. Afuera, algunas ráfagas de viento hacían crujir las ramas de los árboles y vibrar el techo de la precaria cabaña. De vez en cuando, algunas descargas eléctricas fulgurantes iluminaban el ambiente como si fuera de día. -- Demasiado pronto -dijo Bordi pensativo-. ¡Pero hace ya más de cinco meses que ha llegado! ¿Hasta cuándo vamos a esperar? Si acaso tú no quieres hablar con él, yo puedo hacerlo...

Ahora sí, Ristoletti interrumpió su trabajo y levantó la cabeza. Una cierta inquietud le hizo fruncir las cejas, de pelos grises, largos y ralos.

-- Escucha -dijo-, es verdad que está tan reventado como nosotros, pero, no sé por qué, no termina de convencerme. -- ¿Porque es político? -- No, no es por eso. Lo que me pregunto a veces, es si será capaz, si tendrá suficientes huevos para encarar la selva.

-- Los tuvo para esperar al colombiano, sentado en una silla, ¿no? ¿Tú crees que eso lo hace cualquiera? No hermanón, para hacer una cosa así ¡hay que tener cojones! Aparte de eso, tú no has pensado en otra cosa: si conseguimos engancharlo, a cualquier lugar que lleguemos... ¿qué crees que va hacer la policía?... ¡Se va a ocupar más de él que de nosotros! ¡Lo cual es una enorme ventaja!

Bordi dijo esto con una cierta soberbia, mientras metía un resto de carne salada en la fiambrera, un cajón recubierto de alambre tejido, de malla fina, suspendido con una soga a una de las vigas del techo-.

Al cabo de un momento, Ristoletti dijo, con énfasis, como si acabara de decidirlo.

-- Bueno. Vamos a tantearlo, ¡y que sea lo que Dios quiera! Cuando tengamos la ocasión,

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vamos a decirle que venga a vernos, que se venga a tomar un trago con nosotros.

Luego puso la mesa y los dos comieron, cada cual sumido en sus propios pensamientos.

Para los dos hombres, rondando la cuarentena, las noches eran todas iguales. Por turnos, que ninguno de ellos tenía la necesidad de recordarle al otro, hacían la comida y lavaban los platos. Después de comer, si hacía mucho calor y no llovía, iban a sentarse afuera, la espalda apoyada contra los árboles del patio, o se echaban en el suelo sobre unos tapices de paja, boca arriba, a fumar y a escuchar música de emisoras ecuatorianas o colombianas. Luego se iban a dormir hasta que el calor de la mañana siguiente los despertara.

Los dos se conocían desde niños. Originarios de un mismo pueblo del sur de Italia, habían pasado la vida juntos. Juntos habían hecho el viaje a la Argentina y habían recorrido luego, uno tras otro, el Uruguay, Bolivia, Chile y el Perú. En Lima, los dos fueron detenidos y enviados a la cárcel. Juntos, también, habían cometido uno de los más horrendos crímenes que registraba la historia delictiva de este país.

Ninguno de los dos tenía, a decir verdad, una naturaleza particularmente perversa. Por lo menos, eso es lo que se desprende de sus declaraciones al tribunal que los juzgó y los condenó a perpetuidad, a falta de la pena de muerte, en la legislación vigente en esa época.

Desde que cruzaron el océano rumbo a la Argentina, lo habían admitido, el robo había sido su única fuente de vida. A una pregunta que se les hizo: "¿Por qué, en lugar de robar, no buscaron ustedes un trabajo?", los dos se miraron confundidos, como si se les estuviera hablando en chino. Por lo visto, a ninguno de los dos se le había ocurrido que en lugar de robar podían ponerse a trabajar.

Esta pregunta, sin embargo, de por qué no habían buscado algún trabajo, iba a darle a ese juicio un matiz particular. El abogado de oficio tuvo a ese propósito expresiones que fueron, por decir lo menos, diversamente apreciadas.

Usted sabe, señor presidente -había dicho el abogado- que aquí, en el Perú, como en cualquier otro país pobre, no trabaja todo el que quiere. Trabaja el que tiene la suerte de conseguir un empleo. Por otro lado, trabajar no es en nuestra época, como se pretende, una necesidad. Es,

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en el fondo, una decisión cultural, conforme a una cierta concepción que se tenga del mundo y de la vida.

Ya a esta altura del discurso, los miembros del tribunal no se privaron de manifestar un cierto desagrado. Sin embargo, el abogado continuó impertérrito.

Para satisfacer las necesidades materiales -dijo-, también existe la opción de apropiarse de manera ilegal de los bienes que otros poseen y que la sociedad niega a la inmensa mayoría de la gente. -En la sala, exclamaciones de sorpresa-. Muchos creen incluso que esta opción es menos fatigante y, sin duda, más rentable. En fin, a nadie escapa que eso depende de la habilidad con que se robe. Por otro lado -continuó-, hay quienes afirman que el único que roba es el pobre; pues el rico, como se sabe "hace negocios", negocios que, por supuesto, pueden terminarse mal o bien.

-- ¡Señor abogado! -le gritó entonces el presidente del tribunal-. ¡Lo que usted dice es inadmisible! ¡Inadmisible! -- Señor Presidente -respondió el abogado impasible-, le ruego que me deje terminar, y probar lo que estoy diciendo. ¿Dónde están sino, Señor Presidente, los altos funcionarios del Estado y de la Banca, que han sido en las últimas semanas, acusados de peculado? ¿Dónde están los gerentes o administradores de las compañías extranjeras, responsables de la evasión de capitales, por la vía de la doble facturación de exportaciones? ¿Dónde están... -- ¡Señor abogado! -lo interrumpió entonces el Presidente con un gesto enérgico- ¿Dónde se cree que está? ¡Esto es un tribunal, señor abogado, no una tribuna política!

Fue en ese momento que Ristolettti, satisfecho del discurso del abogado, creyó oportuno dejar oír su voz: ¡"Esos señores son los ladrones -dijo-, no nosotros"! La respuesta del Presidente, fue fulminante.

-- ¡Usted, cállese la boca!

En los días siguientes la audiencia se desarrolló según la rutina. Los interrogatorios tenían por objeto de reconstituir la vida de cada uno de ellos, hasta el momento del crimen. La lista de robos, en otros países y en el Perú, era interminable, monótona. Tanto, que el momento crucial, y el elemento preciso que iba decidir la vida de estos hombres pasó, para todos,

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desapercibido.

A partir de un cierto momento, los robos de maletas en las estaciones de trenes o de ómnibus, los viejos "cuentos" del billete premiado de la lotería o de la carta notarial anunciando una herencia cuantiosa, van a transformarse, por el arte y la gracia de dos pistolas robadas -sin duda a otro delincuente-, en una lenta, implacable y remuneradora sucesión de asaltos a comercios (farmacias, grifos, almacenes, etc.) situados todos en la periferia de las grandes ciudades.

A ese cambio de método delictivo, y de manera proporcional a su gravedad creciente, la vida de Bordi y de Ristoletti iba a experimentar también una notable transformación. Del sórdido cuartucho que alquilaban por algunas semanas, pasaron a cada vez más lujosos hoteles, mejorando en consecuencia su presentación personal, hasta adquirir el aspecto y hasta los modales de la gente adinerada.

Bordi y Ristoletti eran, pues, cuando llegaron al Perú, hombres ricos. El gerente del último hotel que habían ocupado en Lima, lo dijo con toda inocencia: "Yo estaba convencido que eran hombres de negocios". Declaración compartida por los otros empleados, sobre todo los del restaurante, que agregaron que ambos eran en extremo generosos con sus propinas.

Es probable, por no decir cierto, que este cambio, vivido sin plena conciencia de sus implicancias, iba a marcar un hito en la frenética carrera delictiva de estos hombres. Para ellos, según la expresión de un cotidiano limeño, "la buena ropa, la buena comida y las mujeres hermosas" había dejado de ser, a partir de ese momento, "un bello sueño" acariciado tal vez desde la niñez. Pero, el problema era que, una vez alcanzado, había que mantenerlo.

Un ritmo de vida intenso y despreocupado como el que llevaban, exigía una de estas dos soluciones: o intensificaban ese tipo de pequeños golpes, después de todo aleatorios, o trataban de dar uno que fuera seguro, y al mismo tiempo, descomunal y definitivo. Algo "que los parara para siempre".

Pero, esto era apenas en la teoría, pues Bordi y Ristoletti no parecían tener la pasta de las grandes figuras del gangsterismo internacional.

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III
El Loco Esteban, en la colonia, era un preso muy conocido. No porque hubiera sido declarado en algún momento "enemigo público n° 1", como le había ocurrido a otros, ni porque se hubiera lanzado contra él una orden de captura "vivo o muerto", o se hubiera batido a tiros con la policía el día que lo arrestaron. No, la notoriedad de la que gozaba -mezcla de admiración y, al mismo tiempo, de menosprecio- no tenía nada que ver con los infaustos sucesos que le habían hecho atravesar, por primera vez, la puerta de la cárcel.

Lo que había hecho de él un verdadero personaje era, por un lado, el éxito económico que había sabido alcanzar en la colonia. Propietario del criadero más importante de cerdos, y de otros animales domésticos, estaba considerado por todo el mundo, incluidas las autoridades, como un "magnate". Por otro lado, la historia inverosímil, absurda, que lo había traído precisamente al Sepa, y que todos conocían.

Esta historia había comenzado poco tiempo después de ser arrestado. Para El Loco Esteban, la prisión no representaba, como lo es para cualquier persona medianamente cuerda, el fin abrupto de las ilusiones, la muerte inaplazable de todos los proyectos. Al contrario, una larga condena se le presentaba como una hermosa avenida bordeada de flores que podía conducirlo a un futuro luminoso de bienestar económico y de felicidad familiar; o tal vez, como un empezar de nuevo, en condiciones tan favorables que las ilusiones, aún las más desaforadas, podían estar como nunca antes al alcance la mano.

Esta idea irracional había nacido en el Frontón, varios meses antes de ser juzgado, cuando comenzó a prestar oídos excesivos a la habladuría de sus compañeros. "El Sepa -le había dicho alguno- es diferente. ¡Esa es una prisión! Imagínate que ahí ¡puedes construir tu propia casa"!

La idea de construir su propia casa, algo que no había tenido nunca antes, le había quitado el sueño durante meses. Eso... ¡le parecía inconcebible! "Cómo -se atrevió a preguntar un día, si ahí todo el mundo está libre ¿por qué la gente no se va, en lugar de construir su casa?"

Esta supuesta ignorancia había provocado carcajadas despectivas. "¡Cojudazo! -le habían respondido-, Ahí, todo el mundo está libre, pero nadie puede irse. Para irse no existe ninguna

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otra manera que no sea por los ríos, y los ríos están tan controlados por la Guardia Republicana que ni siquiera una mosca puede pasar sin ser vista”.

Eso, por supuesto, el Loco Esteban lo sabía. Y todo le parecía perfectamente normal, salvo lo de la casa. No -solía decirse-. ¡Eso es demasiado hermoso para que sea cierto! Pero, en el fondo de sí mismo, creía. Y tenía que creerlo, porque lo había escuchado decir, mil veces, de la boca misma de los detenidos que llegaban de esa prisión. ¡Pero era tan absurdo!...

Cuando se enteró también que el reglamento de la colonia autorizaba a todo preso, no sólo a construir su cabaña, sino también "a llevar a su familia", se quedó patidifuso. Sólo al cabo de un momento consiguió preguntarse "¿Pero quién va a tener la estúpida idea de llevar a su familia?! ¡Para eso hay que estar loco, loco de remate!"

Unas pocas semanas antes de pasar a juicio, sin embargo, una conmoción había sacudido todos los penales de la República. Públicamente, pues lo había afirmado por la radio y la televisión el propio Director General de Prisiones, uno de los más grandes delincuentes, admirado, respetado o temido por todos, el célebre “Mono” Zúñiga, había solicitado ser trasladado al Sepa... ¡con toda su familia!

Cuando Esteban leyó esta noticia en el periódico, se sintió tan perturbado que casi se desmaya. Y luego, durante varios días, le resultó difícil pronunciar una palabra.

Fue a partir de ese momento que decidió admitir la realidad, y comenzó a forjarse el sueño más hermoso que pudo concebir: ¡Ir al Sepa, construir su cabaña, llevar a su mujer, y poner ahí el más grande criadero de animales domésticos de toda la región selvática!

Esta fantástica idea, le produjo una alegría súbita e incontenible, que no pasó desapercibida para nadie. La primera vez que lo llamaron "El Loco Esteban", fue por esa época, cuando lo vieron desarrollar un comportamiento extraño e imprevisible, que todos consideraron fuera de lo normal.

Pero el extravío no era tanto. El sabía, por experiencia propia, que la felicidad no era fácil de alcanzar, y que casi nunca era gratuita. El primer problema a resolver, el más difícil, "lo fundamental" -se dijo-, era de poder ir al Sepa.

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Consciente que esta colonia estaba reservada, por un lado, a los condenados a largas penas, y por otro lado, a los que la Administración Penitenciaria juzgaba peligrosos, y reputados por ende, irrecuperables para la sociedad, decidió de un día para el otro transformarse en uno de ellos. Con ese propósito se forjó un plan maquiavélico y lo llevó a la práctica con una insospechada maestría.

Cuando lo llamaron a juicio, el Esteban que ocupó el banquillo de los acusados, no era ni la sombra del verdadero Esteban, un tranquilo obrero de origen campesino, cuyo único defecto había sido, durante algunos años, el de no haber sabido cuándo, en qué momento preciso, era necesario que dejara de beber, sobre todo los días de pago, cuando dilapidaba en los bares de su barrio una buena parte de su magro salario.

Ese único defecto, como tantas veces se lo había dicho su madre, había terminado por perderlo para siempre. Borracho, sin saber lo que hacía y lo que decía, un viernes en la noche, cuando le dieron los diablos azules, en una cantina de Surquillo, él había roto varias botellas sobre varias cabezas, de otros tantos parroquianos, también ebrios.

De todos los que fueron a parar al Hospital, uno de ellos "el muy cojudo", había tenido la estúpida ocurrencia de morirse. Eso era todo.

Este delito, en realidad, no revestía una especial gravedad. Según su propia apreciación, y teniendo en cuenta que carecía de antecedentes judiciales, una condena a diez años estaría dentro de los límites de la justicia. "Diez años... Pero... ¡por la putísima madre! -había exclamado- Con diez años ¡no me van a mandar nunca al Sepa!"

Consciente del peligro, la primera decisión que tomó, entre otras, fue la de no afeitarse, y dejar incluso de bañarse y cambiarse de ropa, como lo había hecho siempre. Y cuando pasó a juicio, en ese estado, tuvo la suerte de caer en un Tribunal cuyo Presidente iba a facilitarle las cosas.

El Doctor Arrunátegui tenía la reputación de ser un hombre intolerante, cínico y abusivo. Las malas lenguas le atribuyeron siempre, al margen de esas cualidades tan apreciadas por la justicia peruana, otras menos laudables: la pasión por el juego, por las mujeres jóvenes de los inculpados, y una codicia sin límites, que lo habían hecho el feliz posesor de una cuantiosa

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fortuna personal.

Los rasgos de carácter de este hombre iban a permitirle a Esteban, desde el comienzo mismo de la Audiencia, marcar puntos decisivos.

-- Dígame -le preguntó el Presidente con inocultable desprecio-. ¿Para venir a la Audiencia, usted no hubiera podido arreglarse un poco, al menos bañarse y afeitarse? Fíjese que yo puedo considerar tanta desidia como una falta de respeto al Tribunal. -- Doctor -respondió Esteban con fingida solemnidad- yo quisiera decirle, con todo respeto, por supuesto... ¡que yo me cago en el Tribunal!

El Presidente dio un respingo como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago, abrió la boca enorme y se puso pálido. Luego, con una rabia que comenzó a teñirle de rojo su cara mofletuda y le cerró el puño con furiosa energía, gritó:

-- ¡Insolente! ¡Ignorante! ¡Malcriado! ¡Eso le va a costar caro, carísimo! ¿No se da cuenta que usted ofende la majestad de la justicia? -- Señor Presidente -dijo Esteban imperturbable-. Yo quisiera decirle... ¡Que me cago también en la justicia!

El primer día del Juicio Oral terminó en ese momento, a los pocos minutos de haber comenzado, en medio de un barullo descomunal. El Presidente, los vocales, el Fiscal, el Secretario, el abogado defensor de oficio, todos gritaban, gesticulaban, protestaban, amenazaban al pobre Esteban, mientras que el poco público que se había dado cita en la sala, después de un comprensible momento de estupefacción, se desternillaba de risa.

Al borde del infarto, el Presidente ordenó la intervención de la Policía. Esta, repartiendo varazos a diestra y siniestra, incluidos a los fotógrafos y periodistas, desalojó la sala y sacó al responsable de tantos desmanes y lo condujo, sin mezquinarle unos buenos garrotazos, de vuelta a la prisión.

Las otras sesiones se desarrollaron a puertas cerradas y bajo fuerte custodia policial. Y como se esperaba, "visto el carácter antisocial y la peligrosidad del acusado" el homicida Esteban Policarpo Reynoso Pantoja, fue condenado a veinte años de prisión. "Pena que fue recibida

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por el energúmeno -según la declaración de uno de los vocales- con una inconsciente sonrisa de satisfacción".

Fue así como había conseguido que lo mandaran al Sepa.

Ahí, favorecido por la reputación que se había hecho, y habiendo expresado el deseo de hacer venir a su esposa, la Administración lo había autorizado, antes de cumplir el año reglamentario, a construir su cabaña, obra en la que puso no sólo el inmenso amor que le profesaba, sino también toda su inteligencia y toda su capacidad de esfuerzo.

Incluso, el otro proyecto, del criadero de animales domésticos, también cobró forma definitiva cuando, una vez instalado en su propia cabaña, gastó hasta el último centavo que le quedaba en la compra de chanchos y gallinas seleccionados, con los cuales comenzó el tan esperado ciclo de reproducción que debía, según sus planes, transformarlo en un potentado.

Cuando su cabaña estuvo terminada, incluidos los muebles que él mismo había construido, y cuando su criadero empezaba a darle sus primeros y jugosos beneficios, se decidió a abordar la última parte de su dorado sueño: traer a su esposa.

Con este propósito le escribió una larga carta, contándole con lujo de detalles todo lo que le ofrecía, y rogándole que se apersonara al Ministerio de Justicia para que se autorizara su viaje. Sin embargo, a juzgar por la falta de respuesta, esta carta no había conseguido llegar a su destino.

Impaciente, inquieto por ese silencio inexplicable y temiendo que estuviera enferma o impedida, por alguna razón desconocida, de contestarle, decidió dirigirse a su madre pidiéndole que "con toda urgencia" le informara de lo que pasaba. La respuesta, mucho más rápida de lo que había imaginado, tuvo para él el efecto devastador de un cataclismo.

"Tú ya no tienes mujer -le había respondido su madre con gratuita brutalidad-. Poco tiempo después que te mandaron al Sepa, ella hizo sus maletas y se largó de la casa. Después no he vuelto a verla. Olvídala, es lo mejor para ti".

La vida de Esteban se había tornado así, en pocos segundos, en un infierno. Y fue a partir de

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ese momento que la perspectiva de la fuga se le presentó como una necesidad vital. A condición, por supuesto, que encontrara a alguien que quisiera acompañarlo.

IV
Lima es una ciudad con un clima malsano, agravado por una formidable contaminación atmosférica. La garganta, los bronquios y los pulmones de los extranjeros, son puestos a prueba si se quedan mucho tiempo. Fue por esta razón, de salud, según lo explicó Ristoletti al Tribunal, que ambos habían decidido partir, esta vez hacia Venezuela, atraídos por el ritmo intenso de crecimiento de su economía, del cual ya se hablaba bastante.

Tenían ya los pasajes en el bolsillo, y soñaban despiertos con esos nuevos horizontes, cuando una conversación banal en el bar del hotel, que seguían sin gran interés, los puso sobre la vía de su propia tragedia. Una anciana dama, en efecto, que reclamaba con fastidiosa insistencia una lejana ascendencia italiana, dijo de pronto que el Perú era un país rico, que ella y su difunto esposo habían hecho ahí... toda su fortuna.

El comentario, en el espíritu de la anciana, tenía el propósito generoso de convencerlos para que se quedaran. Por eso había agregado: "Dos caballeros como ustedes, jóvenes, dinámicos, emprendedores, pueden construirse en este país un futuro lleno de promesas. Tengan la absoluta seguridad de ello. Y, les digo más, sin que la inversión inicial sea exagerada. Todo depende, en realidad, de tener -agregó, acentuando cada palabra- la información y las relaciones del caso. Pero, para eso, justamente, están los amigos".

Ambos reaccionaron al unísono. Mientras uno de ellos golpeaba las manos con energía para llamar al mozo y encargarle una botella de champaña, el otro fingía interesarse en la amable proposición de la dama respecto a la información y a los contactos, con vistas a una posible inversión.

Halagada por tanta solicitud, y pronto un poco mareada por el champaña, la anciana no trepidó un sólo momento en contar, incluso exagerando, la experiencia de su marido en los negocios, y todo lo poco que podía saber de posibilidades existentes en ese dominio.

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Muy tarde en la noche, cuando la acompañaron a tomar el taxi, acordaron pasar a verla al día siguiente, en su propia casa, en Miraflores, a fin -dijeron- de profundizar el examen de ciertas posibilidades.

Tres años después, cuando los hechos macabros que iban a protagonizar llegaron al Juicio Oral, la primera dificultad que encontraron los jueces fue la de entender la lógica, aparentemente absurda, de esos acontecimientos.

-- Si ustedes tenían ya los pasajes comprados, no necesitaban dinero. ¿Por qué, entonces, decidieron robarle a la señora Sanguinetti? El Presidente del tribunal hacía verdaderos esfuerzos para entender lo que había pasado.

Bordi y Ristoletti se contentaron con mirarlo como si el Presidente no se hubiera dirigido a ellos, particularmente.

Al día siguiente, el viejo portón de hierro forjado, el pequeño pero bien cuidado jardín, la nobleza de la construcción y, al interior, los muebles de estilo, los cuadros que adornaban los viejos salones, el parqué, las gruesas cortinas de tonos oscuros, en fin, todo, incluido el ambiente mismo que se respiraba en esa casa, los confirmaron en la idea que "la vieja, estaba podrida en plata".

-- Cuando fueron a verla, al otro día -insistió el Presidente dirigiéndose esta vez a Ristoletti-, ustedes estaban ya decididos a matarla. ¿No es cierto? -- ¡No señor! -repuso éste con énfasis-. Lo único que queríamos era... -- Robarla. -El Presidente terminó la frase en su lugar-. Eso ya lo dijeron y estamos de acuerdo. Pero, yo quiero que me precisen una cosa -su voz quiso ser persuasiva-, una vez que la robaran, ustedes no habían pensado dejarla con vida, ¿no? -- ¡No, señor! ¡Oh!, ¡Sí señor! -Ristoletti se enredaba en las respuestas-. Ya le he dicho, que... sólo queríamos su dinero... -- ¡Mentiroso! -le gritó el Juez-. ¿A quién quiere hacerle creer eso? ¿No se da cuenta que es estúpido lo que dice? ¿Para qué iban a dejarla con vida? ¿Usted se imagina que vamos a creer semejante estupidez? Pero, dígame -fingiendo una cólera suprema- ¿cree usted, acaso, que nosotros somos una sarta de imbéciles?

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La anciana los esperaba, eso estaba claro. Sobre la mesita de centro, al lado de los viejos confortables de cuero, un botellón de whisky y tres vasos en una hermosa bandeja de plata labrada, lo atestiguaba.

-- Pasen, pasen -dijo la anciana-. Siéntense, donde quieran. Sírvanse, hagan como en vuestra propia casa.

Bordi y Ristoletti se sentaron, se sirvieron un whisky y conversaron un buen rato. Ambos se mostraban amables y sonrientes. Para no despertar ninguna sospecha, insistían sobre las posibilidades de inversiones y pedían detalles, a veces de tipo técnico, que la dueña de casa se esforzaba en esclarecer lo mejor que podía.

En cierto momento la dama dijo: "Bueno, yo creo que ustedes tienen ahora un panorama...".

Esta frase no iba a terminarla nunca. Entendiendo ambos que la visita llegaba a su fin, apenas un sutil cambio de miradas los puso en acción. Mientras Ristoletti extrajo con toda calma su pistola, apuntando a la mujer, Bordi se acercó por detrás, le tomó las dos manos y comenzó a amarrárselas con una cuerda de algodón que sacó de su bolsillo.

-- Ahora -dijo Bordi sin que se le notara una emoción particular-, ahora basta de cháchara, y vayamos al grano. ¿Dónde está la plata?

Los ojos de la pobre mujer se abrieron inmensos y una mueca de terror desfiguró su boca de labios finos, pintados con una gran delicadeza.

-- Pero... ¿Qué pasa? ¡¿Qué hacen?! -- No te asustes viejita. Sólo queremos tu plata -dijo Ristoletti como tranquilizándola-. -- Aquí, aquí en mi casa... no hay nada -alcanzó a decir la anciana, antes que Bordi le propinara una sonora bofetada, en pleno rostro. -- Ustedes la castigaron con verdadero salvajismo -exclamó el Presidente fuera de sí-. ¡La torturaron! -- Mira, vieja concha'e tu madre -gritó Bordi-. Dinos donde está el dinero o te parto la cabeza. ¿Entendiste?! -agregó volviendo a golpearla, esta vez con el filo de la mano, sobre la nariz, lo que le produjo una fuerte hemorragia.

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Ristoletti, entre tanto, se apuró en vaciar algunos cajones, desparramando su contenido por el piso.

-- Si la señora les había dicho que en la casa no había plata. ¿Por qué insistieron? -El Presidente estaba furioso-. -- ¡Por última vez! ¡Por última vez! -gritó Bordi, halándola de los cabellos. ¿Dónde está la plata?! ¡Dónde está la plata, vieja hija de puta! -- Pero... pero... Está en el... banco... -alcanzó a decir la anciana, entre sollozos, antes de perder el conocimiento. --¡Ustedes no querían creer que la plata estaba en el banco! ¡No podían creerlo! -dijo el Presidente abatido-.

Sería imposible precisar el tiempo que duró todo esto. Al momento de la reconstitución de los hechos, algunos meses después, uno de los policías participantes pretendió explicar el desenlace con una imagen impropia, infantil: "Es el tobogán de la violencia" -dijo-. Al día siguiente, todos los diarios publicaron esta frase como si se hubiera tratado de una genialidad.

La búsqueda del dinero, sin embargo, había sido rápida y minuciosa. Bordi y Ristoletti tenían la suficiente experiencia para no perder su tiempo. Reunidos en la sala, de nuevo frente a la dama, que todavía no se recuperaba, sin otras cosas en las manos o en los bolsillos que no fueran objetos de oro y plata, difíciles para ellos de revender, la cólera estalló en el cerebro de cada uno, con la potencia de un dinamitazo. Bordi, viendo la señora aún desvanecida, tuvo entonces la idea inverosímil de abrirle la boca y meterle por la fuerza su collar de perlas, empujándolo con el mango de una cuchara de plata, mientras profería palabras incoherentes. Ristoletti, que se ocupaba metódicamente de destrozar todo, incluidas las joyas, al ver esto, horrorizado, tuvo el reflejo humano de poner término a los sufrimientos de la anciana, en trance de comerse su collar.

-- ¡Bordi! -gritó-. ¡Apártate!

Y cuando éste lo hizo, sorprendido, dos poderosas detonaciones de su pistola sacudieron por última vez el cuerpo ya inerme de la pobre mujer.

Algunas horas después, cuando fueron detenidos en el aeropuerto Internacional Jorge Chávez,

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un periodista que por casualidad asistió a la escena, y que ignoraba las razones del procedimiento policial, les preguntó con explicable curiosidad:

-- ¿Qué es lo que les pasa? ¿Algún problema? -- No, no pasa nada -respondió Ristoletti con toda calma-. Debe tratarse de una equivocación.

V
En la Colonia Penal El Sepa, antes de la llegada de Eduardo, se habían producido sólo dos intentos de evasión.

En el primero, poco tiempo después que fuera inaugurada, participaron cuatro reclusos: un peruano que había matado a martillazos al amante de su mujer; un colombiano que formaba parte de una banda especializada en la trata de blancas, para alimentar burdeles europeos; y dos ingleses que habían falsificado millones de dólares.

Tres de ellos, denunciados por el capataz de uno de los aserraderos de la zona, fueron aprehendidos al cabo de unos quince días. A este aserradero los prófugos se habían acercado para pedir ayuda diciendo que eran comerciantes ¡y que habían sido víctimas de un asalto! Sólo el cuarto, el peruano, había conseguido llegar a una localidad importante donde, rápidamente identificado, fue también detenido. Este último era originario de la región selvática y no había tenido nunca la intención -como los otros- de fugarse al extranjero.

En la segunda evasión, que se produjo a pocos meses de distancia, participaron tres hombres jóvenes, originarios de una barriada limeña, que se habían destacado por su ferocidad. Esta banda asaltaba a peatones solitarios, de noche, y si el producto del robo no les satisfacía, les producían a sus víctimas heridas graves, de preferencia en el rostro. Tres de ellas habían perdido un ojo y, otra, todavía más infortunada, se había muerto antes que pudieran venir a socorrerla.

De estos tres evadidos, sólo se encontraron pocas semanas después algunos efectos personales, concretamente, dos grandes bolsos de plástico, con ropas y documentos de identidad. Pero, de ellos, no se tuvo nunca más ninguna noticia. Como se dijo, se los había

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tragado la selva.

Eduardo, como todo el mundo, estaba al corriente de estas experiencias, pero eso no lo desanimaba en absoluto. Que uno no pueda evadirse de aquí -se decía- ¡son cojudeces! Lo que sí le preocupaba, en cambio, era la posibilidad de constituir un buen grupo, de gente capaz de hacer hasta el último sacrificio para conseguir la libertad, de gente para quien la libertad representara la vida misma.

De esos, en El Sepa, contrariamente a lo que pudiera pensarse, no había muchos. En esa colonia, el sentimiento de estar muy lejos de todo es tan fuerte, que la gente se considera viviendo casi en otro planeta. Y muchos se resignan a vivir así, sin esperanzas, esperando que el tiempo -los años, las décadas- los devuelva al mundo original, o los conduzca a la tumba.

La elección, entonces, de las personas a sondear, antes de abordar el proyecto de fuga, era para Eduardo un verdadero rompecabezas. Sin embargo, al cabo de unos meses, uno de ellos comenzó a provocarle una cierta ilusión, a tal punto que decidió ir a verlo.

-- ¡Es una hija de puta! Eso es lo que es, ¡una grandísima puta! Y, encima, ¡hija de puta! ¡Tu madre, tu abuela, tus hermanas, todas son putas, concha'e tu madre!

Al oír esto, Eduardo, que se había escondido entre el follaje, al lado del estrecho camino que desembocaba en el patio de la cabaña, se mordió los labios para no reírse.

-- No serviría de nada. Estoy seguro. Lo único que se merece, es una buena patada en el culo. Nada más que eso. ¡Es curioso..! ¡Es curioso...!

¡Está loco, pero loco de remate! -se dijo Eduardo, conmovido- y se dejó absorber un instante por los pensamientos sobre ese fenómeno de hablar solo, que tanto había visto en otros presos. ¿Qué es lo que hace que las palabras, adquieran esa diabólica capacidad de vivir por sí mismas? ¿Qué es lo que hace que el cerebro se convierta en una máquina infernal, imposible de pararla, imposible de dominarla? ¿Será acaso una consecuencia de la soledad, es decir, de la necesidad de, por lo menos, escucharse a sí mismo? O, por el contrario..."

-- ¡No! Ese tipo comienza a hincharme los huevos. ¿Ciento cincuenta soles por un chancho?

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¡Hay que ser conchudo! Bueno, bueno, hay que decir también que él tiene la sartén por el mango... Es eso...

Eduardo carraspeó varias veces para anunciar su presencia y avanzó despacio hacia el patio de la cabaña. El Loco Esteban, que estaba muy ocupado tratando de convertir un burdo cajón en una especie de silla con respaldo, lo contempló asombrado.

-- ¡Hola! -dijo sin entusiasmo-. ¿Ocurre algo? -- ¡No, no! -Eduardo le hizo un gesto tranquilizador-. Pasaba nomás, y decidí venir a verte. -- ¡Ah! ¡Pasabas! ¿De dónde vienes? ¿Del burdel, o del hipódromo? -ironizó el Loco Esteban. -- No -dijo Eduardo riendo-, para ninguno de los dos tendría suficiente plata. En fin, la verdad es que yo...quisiera hablar contigo, de un asunto serio. ¿No tienes algo para tomar? -- Ven, entra -le dijo el Loco Esteban, dirigiéndose hacia la puerta de la cabaña-. Eduardo lo siguió sin prisa. -- Bueno -dijo el Loco Esteban cuando estuvieron sentados y con un vaso en la mano-. Dime ahora de qué se trata.

Eduardo bebió sin apresurarse, hizo una mueca porque el licor, resultado de la fermentación casera de algún fruto o legumbre, le había dado la impresión de quemarle la garganta, tosió y terminó escupiendo.

-- ¿De qué se trata?... -se interrumpió un largo momento como pensando lo que iba a decir-. Dime, ¿tú me conoces, sabes quien soy, no? -El Loco Esteban asintió sin tomarse el trabajo de disimular una cierta desconfianza-. Tú sabes que yo no soy un soplón, y que no tengo por costumbre meterme en la vida de nadie. Si he venido hoy, para hablar contigo, es porque pienso que puedes ayudarme. -- ¡¿Ayudarte?! ¿Ayudarte en qué? -- Te explico. A mí, la colonia, no me va a dar nunca una retrocarga. Ni aún cuando tenga un año. ¿Comprendes? ¡Ese es mi problema! Por eso, como he visto que tú tienes, y supe además que no es de la colonia... -El Loco Esteban, al oír esto se puso serio, alerta-, quería pedirte que me ayudes, que me digas, si no se trata de un gran secreto, cómo hiciste para conseguirla. ¿Comprendes ahora porqué he venido a verte?

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El Loco Esteban pareció comprender, en efecto, más de lo que Eduardo, en ese momento, hubiera deseado.

Esto, después de todo, no era extraño. Según se ha dicho siempre, en la prisión, basta a veces un gesto, o una palabra, o una manera de decirla, para darse cuenta que alguien está, por lo menos, rumiando un proyecto de fuga.

En tales circunstancias, la prudencia impone cortar por lo sano. En otras palabras, decirle a la persona "por favor, cállate" o "te pido que no me digas nada". Esa es la única manera de ponerse al abrigo si, como suele ocurrir, el proyecto fracasa por culpa de una delación. En ese caso, cuando las víctimas se tornan en busca de un chivo expiatorio, no es muy recomendable de figurar en la lista de los sospechosos.

Pero no era al Loco Esteban al que pudiera pedírsele esa prudencia. Por el contrario, él no sólo estaba preparado desde el punto de vista psicológico para captar la menor señal en esa dirección, sino también, para lanzarse de cuerpo y alma en el primer proyecto que se le presentara. Eduardo no se había equivocado.

-- Dime con toda franqueza -dijo el Loco Esteban al cabo de un momento, mostrando de pronto la mejor buena voluntad- ¿para qué quieres una retrocarga? ¿Para irte?

Eduardo volvió a tomar un trago, se levantó de la mesa y, rascándose la barbilla, se dirigió hacia una de las ventanas. Ahí, con los ojos perdidos en la espesura de la selva, se abocó a enumerar las razones normales por las cuales toda persona viviendo en un medio tan hostil como es la selva, tiene necesidad de una retrocarga. Sólo al final dejó entrever que, tal vez un día, en un futuro sin duda lejano, podía servirle también para eso.

Para el Loco Esteban, esta declaración fue suficiente. Y comenzó, en ese momento, el forcejeo. El quería ser de la partida, en caso contrario, se negaba a decir cómo había hecho para conseguir la suya y, por supuesto, se negaba también a venderla.

La discusión fue larga y, por momentos, tensa. Antes de llegar a un acuerdo, era preciso que todo fuera aclarado, aun en sus menores detalles, lo que ambos hicieron con toda honestidad. Al final, como Eduardo había exigido ocuparse personalmente de la compra de la retrocarga,

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el Loco Esteban se decidió a dar el nombre del intermediario.

-- Anda a ver, de mi parte, al Hermano Lobo -le dijo-. El tiene el contacto necesario.

VI
Eduardo, antes de llegar al Sepa, no había tenido ningún contacto personal con Bordi y Ristoletti. Pero, como todo el mundo, había escuchado hablar de ellos, en El Frontón, y estaba al corriente de la personalidad de cada uno y de la situación judicial de ambos.

Por eso, cuando se encontró por casualidad con Ristoletti, en la Administración, no hizo ningún intento por evitarlo. Al contrario, lo saludó con una gran amabilidad y se puso a conversar con él como si se tratara de un viejo amigo. Y luego, cuando éste le dijo que, el día que tuviera tiempo, se diera una vuelta por su cabaña, él se apresuró a responder: "Claro, hombre, no sabes el gusto que me daría tomar un trago con ustedes".

Eduardo no necesitaba nada más para darse cuenta que, esta invitación, no podía ser gratuita.

Bordi y Ristoletti tenían, como casi todos los otros detenidos, un cuarto grande, bastante precario, que oficiaba al mismo tiempo de cocina, dormitorio y sala. Privados de luz eléctrica, se alumbraban con un farol a kerosene.

Condenados a perpetuidad, los dos estaban por esa época, al borde de la resistencia física y psicológica. En tales condiciones, sólo un proyecto de fuga -aun el más disparatado- podía ayudarlos a seguir viviendo.

Con Eduardo, cuando se reunieron por primera vez, no tuvieron entonces el menor problema en ponerse de acuerdo. Aun cuando éste les dijo que, en ese proyecto, también debían considerar la participación del Loco Esteban.

-- Pero el Loco Esteban es... verdaderamente loco -dijo Ristoletti preocupado-. ¿Tú crees que sea razonable? -- El Loco Esteban puede ser loco, pero no es ningún cojudo -repuso Eduardo-. El único problema que tiene, en realidad, es que habla solo, como tantos otros. Por otro lado, tres

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seríamos pocos para afrontar la selva, sobre todo cuando haya que tirar machete. -- Bueno, bueno -Ristoletti comprendió en el acto que no valía la pena insistir-. En fin, según tú ¿a dónde conviene ir?

-- Tiene que ser al Brasil -respondió Eduardo con voz grave, paseándose alrededor de una gran mesa rústica donde los otros estaban sentados-. No vamos a ir a Pucallpa, seria un suicidio. La más cercana de las ciudades brasileras creo que es Foz de Jordao, que tiene incluso aeropuerto. Yo sé que llegar a una de esas ciudades brasileras no es el camino mas corto, pero la enorme ventaja que tenemos, es que con ese país no hay tratado de extradición. -- Según tu, entonces –dijo Bordi- nos bastaría cruzar la frontera para que estemos verdaderamente libres -- Claro –respondió Eduardo- pero date cuenta que estamos en la selva, y que ni siquiera nos vamos a enterar cuando hayamos atravesado la frontera. Lo único que va a indicarnos que estamos en Brasil, es cuando encontremos un pueblo, o una ciudad donde hablen portugués. -- De acuerdo -dijo Bordi-. Pero, ¿cuánto tiempo crees que pondríamos para llegar a esa ciudad, esa que tiene aeropuerto? -- Mínimo -deteniéndose para mirarlo-, tres, o tal vez cuatro semanas. -- ¡¿Tres o cuatro semanas?! ¡Estás loco! -Bordi, como buen italiano, acompañaba sus palabras con grandes gestos-. ¿Cuántos kilómetros crees que podamos caminar por día? -- No -intervino Ristoletti rascándose la cabeza-. La pregunta es ésta: ¿Cuántos kilómetros hay de aquí, a esa famosa ciudad del aeropuerto? -- Bueno, si quieres que hablemos en kilómetros, yo creo, mejor dicho, según mis cálculos Eduardo se llevó la mano a la barbilla- unos cien kilómetros. -- ¡No te digo que estás loco! ¡Loco de remate! -dijo Bordi con energía-. ¡Hay por lo menos el doble de eso, o todavía mucho más! -- La verdad, la pura verdad -Eduardo continuó paseándose- es que yo no sé exactamente cuántos kilómetros hay. ¡Y yo creo que nadie lo sabe! -- Pero dime -dijo Ristoletti-, dime Eduardo, ¿No hay un mapa de la selva?

Eduardo no pudo evitar una sonora carcajada. -- ¿Pero qué mapa? -dijo luego Eduardo, con un dejo de desaliento-. Esta zona no la conoce nadie, ¡ni siquiera los indios! -- Pero debe haber un mapa del Perú, ¿no? -Ristoletti dijo esto con seriedad-. Sobre un mapa, no es difícil hacer un cálculo de la distancia. Por lo menos eso lo aprendimos en la escuela... o

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en la vida, ya no me acuerdo. -- En la escuela -aclaró Bordi-. Ya ni siquiera te acuerdas que fuimos a la escuela juntos. Luego, dirigiéndose a Eduardo: El tiene razón. Hay que conseguirse un mapa, es preciso que tengamos una idea clara de la distancia. Pero, aparte de eso, yo te hice una pregunta que tú no respondiste: ¿cuántos kilómetros crees, que podamos recorrer por día? -- ¡Yo no sé! ¡Yo no puedo saberlo! -Con cierta desesperación-. Eso depende, depende del terreno. Si por ahí la selva es tupida y hay que abrir trocha, a puro machete... -- ¡Entonces, vamos a poner seis meses! -exclamó Bordi, desanimado-. -- ¡¿Por qué no seis años?! -replicó Ristoletti irónico-. -- Bueno, escuchen -dijo Eduardo separando una banca y sentándose-. Yo voy a ocuparme de este asunto del mapa. Pasemos ahora a ver lo que se necesita. -- ¿Cómo podríamos saber lo que se necesita -dijo Bordi, con un movimiento de manos significativo-, si no sabemos cuántos días vamos a ponerle para llegar a esa famosa ciudad? -- Pero hay cosas elementales, ¿no? -replicó Ristoletti, fastidiado-. -- ¡A eso me refería! ¡A eso me refería! -Eduardo aprobó satisfecho-. A las cosas elementales.

Afuera se escucharon en ese momento como aullidos de perros. En el cuarto se hizo el silencio y se intercambiaron rápidas miradas nerviosas. Bordi fue el primero en reaccionar. Se levantó y salió a mirar al patio. Ristoletti lo hizo también y se fue a la repisa donde cogió un juego de naipes, que dispuso enseguida sobre la mesa. Luego sacó dinero de una cajita metálica e hizo lo mismo.

--No hay nadie -dijo Bordi regresando al cuarto-. O tal vez algún animal. Continuemos. Pero agarren las cartas de todas maneras. -- Bueno, hagamos una lista -Eduardo sacó un lápiz del bolsillo de su camisa-. -- Humm... -Ristoletti con las cartas en la mano, como si de verdad estuviera jugando-. Lo primero que habría que conseguir, son armas. Yo pienso que lo más prudente es... que cada uno vaya armado.

En el cuarto se hizo un pesado silencio.

-- En principio, yo estoy de acuerdo -dijo Eduardo al cabo de un momento-. Sin embargo, no creo que sea posible. Yo tengo la posibilidad de comprar una retrocarga, podría tal vez comprar dos retrocargas, ¡pero de ninguna manera tres retrocargas! Eso podría ser fatal para

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nuestro proyecto.

Bordi y Ristoletti lo contemplaron sin disimular una cierta desconfianza, que Eduardo captó sin dificultad.

-- ¿Ustedes quieren saber quién me las puede comprar...? -Eduardo hizo una pausa para aumentar la expectativa-. ¡El Hermano Lobo!

Bordi y Ristoletti, recibieron la noticia con gestos de satisfacción. El Hermano Lobo, en efecto, les inspiraba confianza. Inmediatamente después se pusieron a hacer la lista de todo lo que iban a necesitar: cacerolas, latas de conserva, varias bolsitas de sal, el Primus, fósforos, unas botellas de miel, sogas, plásticos para cubrirse de la lluvia, entre otras cosas. Para poder cargar todo eso y, al mismo tiempo, conservar las manos libres, decidieron fabricarse mochilas.

En algún momento hablaron de la necesidad de una brújula. Eduardo, que ya conocía el funcionamiento del mercado ilícito de la colonia, donde con plata y con paciencia se podía comprar de todo, se comprometió a conseguirla. Luego, el problema de las armas volvió a presentarse.

-- Yo me pregunto... -dijo Bordi dubitativo-, si son indispensables. -- ¡Pero claro que son indispensables! -Ristoletti hizo un gesto de fastidio-. Si nos vamos un día de aquí, sólo muerto me regresarían. -- Con respecto a las armas -dijo Eduardo como si pensara en voz alta-, yo creo que son necesarias, pero no por la guardia, sino por los indios y, sobre todo, por los animales. ¿Qué vamos a comer cuando se acaben las provisiones? Con la guardia tenemos una semana de ventaja. No se olviden de eso. -- Que no es nada -dijo Bordi, cogiendo un pedazo de chonta, uno de los raros productos vegetales comestibles que abundaban en la región. Lo que no debemos olvidar es que ellos tienen radio. Habrá que cuidarse de las Misiones. -- Oh! yo no creo que por ahí haya Misiones -Ristoletti, se levantó en ese momento y se dirigió de nuevo hacia la repisa, donde cogió un plato de yucas sancochadas que, en la selva, reemplazan el pan. -- ¡Pero basta con que haya indios! -dijo Eduardo-. Los curas, y sobre todo las sectas

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norteamericanas, van a movilizarlos contra nosotros. Los van a mandar a buscarnos. -- Te juro -dijo Ristoletti, mientras sacaba ahora de la fiambrera un pedazo de carne cocida-. Te lo juro por la memoria de mi santa madre, que al primer indio que se me cruce ¡le vuelo la cabeza de un tiro! -- Bueno, bueno -dijo Eduardo cogiendo una yuca y un trozo de carne-. ¡No hay que exagerar! No todos los indios dependen de las Misiones. Están también los otros. -- ¡Esos son más peligrosos todavía! -dijo Bordi, secándose con un trapo sucio las manos mojadas con el jugo aceitoso de la chonta-. ¡Esos comen carne humana! ¡Si nos agarran no sólo nos almuerzan sino, encima, nos reducen la cabeza! -- ¡Les digo que no hay que exagerar! Aparte de eso, por aquí no hay jíbaros, sino campas, y la mayor parte de los campas ya están civilizados -Eduardo se sirvió ahora un líquido incoloro que había en una botella-. Yo estoy seguro que algunos podrían ayudarnos. Hay tribus que comercian, tribus pacíficas y civilizadas. -- Tienes razón -dijo Bordi, estirando la mano para coger otro pedazo de chonta-. Roguemos a Dios para que nos ayude. -- Con todo respeto -dijo Eduardo en un súbito arranque de cólera-, a tu Dios te lo metes ya sabes dónde. -- ¡Carajo! -estalló Bordi- ¡Hay cosas que yo no permito a nadie! -- ¡Cálmense, cálmense! -intervino Ristoletti. -- ¡Yo no me calmo, carajo! -gritó Eduardo, casi fuera de sí-. Estando donde estamos, yo no sé cómo ustedes pueden todavía creer en Dios. ¡Es inadmisible! -- Estos comunistas son todos iguales -dijo Bordi despectivo-. Son ateos. ¡Ateos! -- ¡Pero cálmense, carajo! Bordi, tú te sientas ¡y te callas la boca, carajo! -ordenó Ristoletti-. ¡Y tú también! -dirigiéndose a Eduardo-. No vamos a pelear ahora por cojudeces. -- Bueno, después de todo tienes razón -dijo Bordi, más calmado, sentándose-. Yo me calmo. Cálmate tú también -dijo a Eduardo, con gestos de apaciguamiento-. -- Bueno, bueno. Les pido que me disculpen -dijo Eduardo confuso-. No quería ofenderlos. Lo siento mucho. No quería ofenderlos.

Poco tiempo después, Eduardo emprendió el camino de regreso a su cabaña. Estaba contento porque ¡al fin! su plan se había puesto en marcha, y, estaba seguro, que no tardaría en concretizarse.

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VII
Al comienzo, los reclusos residentes en la periferia de la colonia estaban obligados a firmar, cada semana, lo que se llamaba la "Hoja de presencia". Como procedimiento de control, éste había sido copiado del que empleaban los Juzgados de Instrucción, para el caso de inculpados en libertad condicional, impedidos de abandonar la ciudad, a fin de asegurar la realización de diligencias judiciales. Esto, se creía en El Sepa, iba a reforzar en cada uno, aunque en el fondo fuera paradójico, la idea de vivir en libertad.

Las primeras dificultades, sin embargo, se presentaron con aquellos analfabetos que ni siquiera sabían firmar. A éstos se les pedía, en principio, que trazaran una cruz al lado de su nombre. Luego, y esta vez por razones de economía, esta hoja fue remplazada por una vulgar lista, en la cual las cruces u otros signos eran hechos por el propio encargado del control, a medida que los internos se presentaban a retirar los paquetes de víveres.

Los víveres (arroz, azúcar, sal, café, etc.) eran acordados en reemplazo de la alimentación cotidiana que esos reclusos no consumían. Sin embargo, las cantidades entregadas estaban lejos de ser suficientes. Por esa razón, muchos tenían que comprar una parte de los mismos productos en la única tienda que existía en la colonia, cuyos beneficios -todo el mundo lo sabía- iban al bolsillo del Comandante-Director.

La entrega de estos paquetes, y por ende del control, a pesar de que ello no había sido nunca establecido de manera oficial, se efectuaba por lo general en las mañanas, antes que los guardias se fueran a almorzar. Al menos, la mayoría de los internos pasaba en esas horas. Los otros, los más antiguos, o los que mantenían con las autoridades una relación de confianza, se permitían llegar hasta casi el final de la tarde, sin que fueran objeto de ningún reproche.

El día de la fuga, lo habían previsto desde el principio, debía ser un viernes, después de firmar la hoja de presencia. El hecho de que ese viernes pudieran presentarse a firmar hasta muy tarde, permitía suponer que el viernes siguiente de la fuga, las autoridades se darían cuenta prácticamente en la noche, que ellos no habían firmado, lo que les permitiría ganar todavía varias horas, las necesarias para que averigüen lo que pasaba, que se dieran cuenta que se habían ido, y que se organizaran para salir a buscarlos. Pero, para obtener esta ventaja suplementaria había que hacer de manera que todos en la colonia se acostumbraran a esos

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retrasos.

Por eso, cuando el proyecto comenzó a cobrar forma, y se tenia una idea de la fecha exacta en que iniciarían la travesía, cada uno de ellos se fue presentando cada vez lo más tarde posible, al extremo que, el día mismo de la fuga, el propio Teniente Valleriestra le llamó la atención a Eduardo, sin excesiva agresividad, diciéndole si acaso se creía "el hijo del Presidente" para presentarse tan tarde a firmar. Eduardo, ese día, había sido, en efecto, el último en pasar.

Cuando Eduardo llegó a su cabaña y se puso a preparar sus cosas con calma, acomodándolas en la mochila, se entretuvo largo rato pensando en la cara que iba a poner Valleriestra cuando se diera que cuenta que se había fugado. Y no pudo menos que sorprenderse de la sagacidad de ese tipo, recordando lo que le había dicho, precisamente a propósito de los intentos de fuga, el día de su llegada a la colonia. Cuando terminó de arreglar todo se puso la mochila al hombro, y salió sin preocuparse de cerrar la puerta.

El punto de reunión, desde el cual iniciarían la gran aventura, era la cabaña del Loco Esteban, situada al noroeste de la colonia, es decir, en la dirección opuesta a la que pensaban seguir para llegar al Brasil.

Esta curiosa elección tenía sus razones. Si, por un lado, eso les haría perder por lo menos dos días de marcha, nada más que para situarse luego en la dirección correcta; por otro, les ofrecía la posibilidad de hacer creer a las autoridades que el rumbo tomado por los prófugos era el de Pucallpa, la ciudad más cercana. Para ello, y sabiendo que las cabañas de cada uno de ellos serían revisadas con prolijidad, se iban a "olvidar" los indicios necesarios que afianzaran la idea de que iban “para el norte”: una supuesta carta fechada en Bogotá, direcciones imaginarias en Medellín y en otras ciudades, sin contar las huellas que iban a dejarse, también a la vista, de su entrada al monte.

Organizar la partida, según lo había previsto Eduardo, no iba a ser fácil. Iban a tener que resolver de una vez por todas el problema de la carga común, en función de su peso definitivo, y el del macheteo. Los dos eran en extremo complicados si se quería hacer respetar una cierta equidad.

En las discusiones previas todos se habían puesto de acuerdo en que cada uno era libre de

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llevar los objetos personales que quisiera, pero, que estaban también obligados a transportar la carga común, es decir, lo que sirviera para el consumo o el uso de todos. Habida cuenta de su importancia, Eduardo había hecho la recomendación expresa que se abstuvieran de llevar cosas no indispensables, pues todo exceso repercutiría en el ritmo de la marcha.

Esto de la distribución de la carga tenía una importancia capital, pues siendo sólo cuatro personas para afrontar el bosque, ya que utilizar los ríos hubiera sido un suicidio, mientras uno o dos debían ocuparse, por turnos, de abrir el camino a golpe de machete; los otros debían liberarlos de todo peso. Eduardo temía que la comprensible fatiga de la marcha, sobre todo al cabo de varios días, convirtiera la carga común en la manzana de la discordia.

Sus preocupaciones en este sentido eran más que justificadas. La prueba la tuvieron, él y el Loco Esteban, antes de lo que hubieran podido imaginarse, cuando vieron llegar a Bordi y Ristoletti.

Aparte de sus respectivas mochilas, cada uno traía... ¡una maleta!

-- ¡¿Pero qué diablos traen ahí?! -preguntó Eduardo sorprendido-. -- ¡La ropa! -respondieron Bordi y Ristoletti, al unísono-. -- ¿Pero qué ropa? -Eduardo no comprendía-. -- ¡La ropa nuestra! ¿Qué ropa va a ser, sino? -respondió Bordi.

Como si hubieran previsto esta situación, ambos entraron en la cabaña, con gestos decididos desocuparon la mesa, pusieron las maletas encima y las abrieron para mostrarles lo que contenían, sin poder ocultar una orgullosa satisfacción.

Se trataba, en efecto, de ropa: pantalones, camisas bordadas, ropa interior, medias, zapatos, corbatas y pañuelos de seda, últimos vestigios de la pasada opulencia, guardados con amor, y bastante naftalina, durante varios años.

--¡Pero, ustedes están locos! -dijo Eduardo cuando se repuso de la emoción-. ¡Eso pesa un montón! ¡Yo les he dicho que debe llevarse sólo lo in-dis-pen-sa-ble! -- ¡Pero la ropa es indispensable! -dijo Ristoletti con energía-. -- ¡Pero claro que es indispensable! -repitió Bordi-. Cuando salgamos del monte, en Brasil,

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¿Qué cosa vamos a ponernos, sino? -- Y antes de llegar al Brasil, cuando ustedes tengan que tirar machete ¿quién se va a encargar de llevarles la ropa? -Eduardo estaba furioso-. ¿No les parece que con la carga común ya tenemos bastante?

En el calor de la discusión, que se prolongó varios minutos, Eduardo y el Loco Esteban comprendieron que Bordi y Ristoletti estaban decididos a no separarse de sus maletas, que representaban para ellos, no sólo un capital financiero, sino también, y tal vez lo más importante, afectivo.

La solución la encontraron cuando hablaron de los turnos de macheteo. En ningún caso ellos los harían juntos. Mientras uno macheteaba, el otro cargaría con las dos maletas.

Sabiendo lo difícil y riesgoso que es desplazarse en la selva durante la noche, todos se habían puesto de acuerdo finalmente en que partirían con las primeras luces del alba, y marcharían el tiempo que fuera necesario, unos dos días, en la dirección noroeste, hacia Pucallpa, hasta encontrar lo que en los mapas que había conseguido Eduardo estaba indicado como Río Surubi. Siguiendo el curso de este río, hacia la derecha, se situarían al sudeste y emprenderían, ahí sí, en la línea más recta posible, el camino hacia el Brasil, y hacia la libertad definitiva.

Aparte de estas consideraciones para esperar hasta la madrugada tenían otra razón fundamental: que el Hermano Lobo, como lo había prometido, viniera a traerles las dos retrocargas que le habían encargado.

-- No se preocupen -le había dicho a Eduardo, cuando éste le dio el dinero para la compra, hacía de esto más de una semana-. Todo está arreglado. Las retrocargas van a llegar el jueves a la colonia, pero yo voy a pasar a buscarlas recién el viernes, por seguridad, para evitar toda posibilidad de soplo, y se las llevo al final de la tarde.

Cuando Eduardo había informado de esto a sus compañeros, a nadie se le había pasado por la cabeza que el Hermano Lobo pudiera faltar a su palabra.

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VIII
Las dos retrocargas que El Hermano Lobo se había comprometido a comprar, debía traerlas con la discreción necesaria un Oficial de la Guardia Republicana, en su lancha personal, junto con otras mercaderías que éste negociaba con los reclusos, de manera legal, autorizado por el Director de la colonia, a cambio de una participación consecuente en los beneficios.

Entre todos los presos, probablemente sólo el Hermano Lobo podía permitirse de encargarle al Oficial dos retrocargas sin despertar la mínima sospecha. En primer lugar, porque todos sabían en la colonia que debía irse muy pronto, pues su liberación condicional había sido aceptada. Esto haría imposible que alguien pudiera imaginarlo comprometiéndose, no digamos en un proyecto de fuga, sino en nada que fuera turbio y que pudiera poner en peligro su liberación. En segundo lugar, porque gozaba de ese respeto que inspiran ciertos delincuentes, en lo que concierne a la rectitud y a la seriedad en todo lo que hacen. Por lo demás, el Oficial sabía que el Director, bajo la influencia del Teniente Valleriestra, las otorgaba a regañadientes, aun a los presos más antiguos. Y aparte de todo eso, para él representaba un excelente negocio. Casi tres veces su precio de compra, era un margen de ganancia que no tenía con ninguno de los otros productos.

Para el grupo la adquisición de las armas había representado una verdadera inversión, la sola gran inversión del proyecto. Y para afrontarla, todos habían dado su contribución, incluido el Loco Esteban, a pesar de tener la suya. Pero los que habían hecho el esfuerzo financiero más importante, eran Bordi y Ristoletti, que habían sacrificado así una parte apreciable de sus economías.

Cuando Eduardo le dio el dinero al Hermano Lobo, éste no pudo evitar una exclamación de asombro: ¡hacía muchos años que no había visto tantos billetes juntos! Esta reacción, indujo a Eduardo a decirle con una cierta solemnidad: "¡Ten mucho, mucho cuidado!", y esto fue suficiente para que el Hermano Lobo comprendiera toda la gravedad del compromiso que asumía, con él y con los otros, involucrados en dicho proyecto. "No te preocupes -le había respondido-. Tú sabes que yo soy un hombre serio".

El Hermano Lobo era, sin duda alguna, un hombre serio. Serio y, sobre todo, honesto. Sin embargo, como todo hombre, tenía también sus flaquezas. La más grave, la que constituía

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para él una pasión irreprimible, era la del juego de cartas, donde solía ganar o perder pequeñas fortunas.

Cuando recibió el dinero, lo primero que hizo fue esconderlo en su cabaña. Luego, por la noche, como era su costumbre, se fue a jugar. La suerte lo acompañó cada noche, durante los dos primeros días, ganando a veces sumas respetables. Sin embargo, y como si fuera obra del destino, la tercera noche comenzó para él una increíble mala racha, perdiendo en algunos minutos todo lo que había ganado, e inclusive, el modesto capital que tenía en reserva. Para seguir jugando, con la comprensible esperanza de recuperarse, tuvo que contraer entonces la primera deuda. Luego vendrían otras, porque, a pesar de las cábalas que había puesto en práctica, siguió perdiendo. La suerte parecía haberlo abandonado para siempre.

Incrédulo, decepcionado, furioso consigo mismo, la víspera de su cita con el Oficial, para recoger y pagar las armas, decidió "prestarse" una parte del dinero que le habían confiado para la compra. Ese préstamo no sólo le permitiría cancelar sus deudas de juego, sino también intentar, una vez más, como él decía, "salir a flote". Pero, hasta el último minuto, lo único que había conseguido, era hundirse un poco más en el pantano de la mala suerte.

Bien avanzada la noche, Eduardo y sus compañeros, comenzaron a inquietarse ante la ausencia del Hermano Lobo. Las armas parecían en ese momento más indispensables que nunca. Tanto, que Bordi dijo en un cierto momento que, sin ellas, tal vez lo mejor fuera que pospusieran la partida hasta el próximo viernes. Todos se miraron inquietos sin decir nada, salvo Eduardo que dijo: "No hay que desesperarse. Esperemos todavía. Si ha pasado algo... de alguna forma, vamos a saberlo, y pronto".

De todas maneras, la situación resultaba incomprensible. En la colonia, ese día, nadie había tenido la impresión que se hubiera producido algún cambio, o que existiera algún peligro. El control se había efectuado como siempre, sin otra novedad que la recriminación amistosa que Vallariestra le había hecho a Eduardo. Y cuando Bordi había tenido la ocurrencia de preguntar a otro recluso si había visto al Hermano Lobo, éste le dijo que había pasado a eso de las tres de la tarde, lo que significaba que, por lo menos, no estaba enfermo. ¿Se trataría, tal vez, de un accidente de último minuto? Esto era sin duda posible, pero altamente improbable.

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Ristoletti, contento del acuerdo al que habían llegado a propósito de las maletas, le había ayudado al Loco Esteban a preparar la comida. En el patio, a la luz del farol, comieron en silencio, con el oído atento al menor ruido que viniera del monte. Pero, esa noche, no había ni una brisa que agitara la copa de los árboles y, encima, hacía un calor sofocante, desagradable.

-- Bueno, bueno -dijo Bordi como si hablara consigo mismo, en voz alta-. Vamos a tener que hacer algo, ir a verlo, a su cabaña. No podemos esperar así, sin saber lo que ocurre... ¿A qué hora te dijo que vendría? -dirigiéndose a Eduardo-.

Eduardo no tuvo la ocasión de responder. Un ruido de ramas secas que se quebraban bajo el peso de alguien que caminaba sin prisa, los puso alerta. El Loco Esteban corrió hacia el interior de la cabaña y salió con la retrocarga en las manos, mientras Bordi y Ristoletti se alejaron hasta perderse en la oscuridad de la noche. Segundos después, el Hermano Lobo apareció a la entrada del patio, iluminándose con su propia linterna, a fin de ser reconocido. Eduardo dejó escapar un largo suspiro de tranquilidad.

Una vez que todos estuvieron reunidos, el Hermano Lobo explicó con toda franqueza lo que le había ocurrido. Que una buena parte del dinero la había perdido en el juego, y que le había sido imposible recuperarla. Que por esa razón, no había ido a retirar las retrocargas que le había traído el Oficial. Y que, vista la situación, él devolvía la parte del dinero que le quedaba, y en compensación de la pérdida, les ofrecía la retrocarga -la suya- que le había sido adjudicada por la colonia.

-- Así -dijo- Ustedes no se perjudican.

Cuando terminó de hablar se hizo un gran silencio. Todos estaban perplejos. Al cabo de un momento, sin embargo, Eduardo atinó a decir:

-- ¡Pero eso va a traerte problemas! ¿Qué vas a decirle al Oficial para no comprarle las retrocargas? ¡Mira que él ya las ha pagado! Y si el Director, o Valleriestra te pregunta qué has hecho con la tuya ¿qué vas a decirle? -- No creo que el Oficial, o el Director, tengan la ocasión de preguntarme nada -respondió el Hermano Lobo acompañando las palabras con un gesto displicente-. -- No entiendo -dijo Eduardo frunciendo el entrecejo-. ¿Cómo que no van a tener la ocasión

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de preguntarte nada? -- No -insistió el Hermano Lobo con la misma tranquilidad-. No van a preguntarme nada, ¿sabes por qué?... ¡porque yo me voy con ustedes!

Todos pensaron que se había vuelto loco. Sabiendo que debía salir pronto en libertad, era insensato, estúpido, inadmisible que se integrara al grupo. Cada uno, como pudo, trató de disuadirlo, de mil maneras, pero todo fue inútil. El Hermano Lobo había tomado la decisión horas antes, y hasta había preparado, como todos los otros, un pequeño paquete con las cosas indispensables que, solo por la delicadeza que le era propia, había dejado en los alrededores de la cabaña del Loco Esteban.

IX
El póker nocturno del Comandante-Director de la colonia, reservado desde siempre a los fines de semana, era sagrado. El mismo había dicho, varias veces, en el curso de los últimos años, que sólo lo interrumpieran "si hay un golpe de estado, o si se declara la guerra con Chile". A su juicio, todo lo demás podía esperar hasta el día siguiente.

A pesar de esta recomendación, el Teniente Valleriestra consideró la cosa bastante importante, como para ir a golpear la puerta de la cabaña donde él, varios Oficiales y algunos reclusos, estaban jugando.

-- Mi Comandante -dijo cuadrándose y haciendo el saludo militar cuando lo tuvo enfrente-. Discúlpeme que lo interrumpa, pero... yo creo que lo que ocurre, es... muy, pero muy grave. -- En la vida, Armando -dijo el Comandante queriendo hacerse el sobrado y sin dejar de prestar atención al juego- no hay nada grave, nada que no tenga remedio. Lo único que no tiene remedio ¡es la muerte! -Los presentes festejaron con discreción esta vieja y banal ocurrencia-. ¡Lo siento, lo siento mucho! -dijo enseguida, eufórico, dirigiéndose a los otros y extendiendo al mismo tiempo sus cartas sobre la mesa-, pero aquí, Señores, hay un full. ¡Un full al caballo! -Cuando ganaba, se reconciliaba con la vida-. -- Mi Comandante... -se permitió insistir el Teniente-. -- Pero ¿qué cosa quiere, Armando? -preguntó con indiferencia-. ¿Qué es lo que pasa? ¿Algún problema? -- ¡Y qué problema, mi Comandante! -Su voz denotaba un cierto nerviosismo-. Figúrese que,

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cinco reclusos... ¡se han evadido!

Cuando el Teniente terminó esta frase, el juego se interrumpió bruscamente, como si cada uno hubiera tenido un repentino ataque de apoplejía. La propia mano del Comandante, extendida hacia el centro de la mesa, se detuvo en el momento preciso que recogía el dinero que acababa de ganar. Otras manos se quedaron también a medio camino de algo que estaban haciendo. Y todos voltearon la cabeza, ansiosos, para verle la cara al Teniente, como si dudaran de su sano juicio.

-- ¿Está seguro de lo que dice? -preguntó el Comandante, recuperándose de la sorpresa-. -- ¡Seguro, mi Comandante! Hemos ido a ver la cabaña de cada uno, y en ninguna hay trazas de vida, desde hace días. Figúrese que ni siquiera hay animales. Se ve que los han soltado antes de partir, para que no se mueran de hambre, y de sed.

El Comandante reflexionó unos instantes, sobre las implicancias de este acontecimiento en su Foja de Servicios, luego dijo:

-- Pero... ¿quiénes son esos infelices? -En su voz, había un extraño dejo de conmiseración-.

Como si sospechara el efecto que iba a causar, el Teniente Valleriestra comenzó a leer sin apurarse la lista de los evadidos.

Los nombres de Bordi y de Ristoletti, los primeros, provocaron una cierta sorpresa, pero no exagerada, como si todos admitieran que, en su caso, la fuga era razonable e incluso previsible. El siguiente, del Loco Esteban, fue recibido, en cambio, con cierta incredulidad y algunos comentarios despectivos. Luego, cuando vino el nombre de Eduardo Cresu, se hizo un largo y embarazoso silencio. A la perplejidad, se agregaba también una pizca de temor, como si todos comprendieran, de pronto, que la fuga de un político era un hecho que podía tener consecuencias graves e imprevisibles, para todos.

El único que tuvo una reacción fue el Comandante. Apretó los labios y comenzó a tamborillar con los dedos sobre la mesa. Los otros oficiales atinaron apenas a interrogarse con la mirada. Y cuando este momento de incertidumbre o de confusión pasó, el Teniente pronunció el siguiente nombre, inimaginable, insospechado, inconcebible: el Hermano Lobo.

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La estupefacción dibujó verdaderas y desagradables máscaras en el rostro de cada uno.

Enseguida exclamaciones de: ¡"No puede ser!", "¿Está usted seguro?", ¡"Pero es increíble!", ¡"No! ¡No! ¡Se trata, estoy seguro, de un error!", y otras por el estilo, se repitieron durante varios minutos. El Teniente Valleriestra respondía anonadado: "Pero su cabaña está abandonada", "Nadie lo ha visto esta semana", "Yo se que es difícil de creer, pero...", "Se habrá vuelto loco... ¿cómo puedo saber yo lo que ha pasado?...

-- Bueno, bueno, escuchen. Hagan silencio, por favor... -dijo el Comandante agitando las manos-.

Y cuando todos se callaron, preguntó, dirigiéndose al Teniente Valleriestra: "¿Ha tomado usted todas las disposiciones del caso?" -- ¡Sí mi Comandante! -respondió Valleriestra con serenidad-. Me he permitido poner en práctica la primera parte del dispositivo previsto. Por el resto, yo espero sus órdenes. -- Bien. Bien. Bien. -Exclamó el Comandante con aire ausente-. Convoque a todos los Oficiales y suboficiales para reunirnos en el comedor. Luego vaya usted al Puesto de Transmisiones y espéreme ahí, yo llego en media hora. –Enseguida cogió su gorra y salió de la cabaña. Todos los otros lo siguieron instantes después-.

X
Aparte del avión que venía cada tanto, según las necesidades, y las lanchas civiles y policiales que la vinculaban con otros centros poblados de la región, la colonia disponía para su comunicación con el mundo exterior, de un moderno y potente transreceptor de radio.

Con este aparato, mantenía diferentes tipos de comunicaciones. Las más importantes y las más asiduas eran con Lima. Una, de carácter administrativo, con la Dirección General de Penales y, por su intermedio, con el Ministerio de Justicia, tenía que ver con el movimiento o la situación judicial de los presos. La otra, en una frecuencia diferente, con el Cuartel General de la Guardia Republicana, que oficiaba también de intermediario con el Ministerio del Interior, se relacionaba con el movimiento de personal policial: traslados, nombramientos, etc.

Menos frecuente pero también regular, era la comunicación que se mantenía con otros puestos

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de la Guardia Republicana establecidos en los alrededores, en general al borde de los grandes ríos. Estos eran los puestos que estaban encargados de la vigilancia y del control de las embarcaciones que iban o venían de la colonia.

Por otro lado, la administración se había esforzado siempre por mantener un mínimo de contacto, con otros habitantes de la selva. Por ejemplo, con el Instituto Lingüístico de Verano (una sospechosa institución norteamericana que afirmaba ocuparse del estudio de las lenguas aborígenes), con algunos centros misioneros católicos, u otros del mismo tipo tenidos por diferentes sectas religiosas (también de origen norteamericano) y, con algunas pocas empresas forestales, todos ubicados en lo que había dado en llamarse "el perímetro de seguridad" de la colonia.

El objetivo de estas comunicaciones, en el caso de una fuga, era obvio. La administración daba una descripción detallada de los fugitivos: edad, estatura, peso, color de cabello, y cada corresponsal tomaba las medidas del caso para defenderse de una eventual incursión de los forajidos en sus dominios y para aportar su contribución a la recaptura, proporcionando toda información susceptible de ayudar a localizarlos. De todos ellos, las misiones y las sectas religiosas eran, y de lejos, las más temibles, pues lanzaban en su búsqueda, como ya lo habían hecho en otras ocasiones, verdaderos ejércitos de indígenas.

Lo que el Teniente Valleriestra había llamado pomposamente "dispositivo", consistía entonces en una serie de medidas elementales, de sentido común: informar del hecho a la Dirección General de Penales y al Cuartel General de la Guardia Republicana, advertir a los puestos de control, y solicitar la colaboración de las misiones y de las otras entidades o empresas privadas. Para el resto, la presencia del Comandante y de los Oficiales y Suboficiales era indispensable, pues se trataba de estudiar las particularidades del caso, de elaborar una estrategia de recaptura, y en función de ésta, organizar las expediciones que se estimaran necesarias y, en todo caso, decidir si se pedían refuerzos a Lima.

En Lima, en el Cuartel General de la Guardia Republicana, la noticia proveniente de la colonia tuvo el efecto de un electrochoque. -- ¡Como pueden ser tan estúpidos! -exclamó el General Manzanares cuando terminó de leer, rápidamente, el cable que le había entregado su Edecán. ¿Se sabe cuántos son? –preguntó inmediatamente, aquí solo hablan de un “grupo”.

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-- Aparentemente son seis, según la información que nos han transmitido por radio. Pero el número, mi General, es lo menos importante –respondió el Edecán. -- ¿Cómo así que es lo menos importante? El General lo miró intrigado. -- Mi General –el Edecán daba la impresión de no saber exactamente lo que debía decir-. Mi General, entre los prófugos, hay un preso político, el trotskista argentino, ¿se acuerda? -- ¡La grandísima conche e’su madre! –explotó, literalmente, el General. ¿Está confirmado que ese sujeto forma parte del grupo? ¿Está usted bien seguro de lo que afirma? -- ¡Por supuesto mi General! Más aún, yo hablé personalmente con el Director de la colonia y él está convencido que todo es obra del argentino y... -- ¿Y qué?... ¿Qué más ha dicho ese incapaz? -- Me ha dicho, aclarando que no tiene, por supuesto, la menor prueba... repito, que cree, que detrás de esta evasión... haya una organización política. La del argentino. -- El General Manzanares se dejó caer pesadamente en su sillón. Miró por la ventana, por donde se veían sólo las ventanas de otros edificios del Cuartel General, y luego dijo:

-- Por favor, hágame inmediatamente un informe escrito de todo lo que conozca sobre esta evasión, los cables, las llamadas telefónicas, y me lo trae. Y, antes de venir, averigüe de mí parte si es posible obtener, inmediatamente, una audiencia con el Ministro del Interior. Dígale que es muy, pero muy urgente y muy grave.

XI
Al noroeste de la colonia, en dirección de Pucallpa, el monte era alto y bastante disperso. Para avanzar, no había ninguna necesidad de utilizar el machete. Esta zona estaba plagada de innumerables senderos, trazados por los animales o los indígenas. Bastaba con seguirlos, evitando en algunos casos las ramas más bajas, porque había una profusión de ese árbol que llaman “Catahua”, que tiene sus ramas cubiertas de enormes y peligrosas espinas. Es en este árbol donde los indígenas impregnan la punta de sus dardos y flechas, para provocar con ellos heridas mortales. A propósito de este árbol diabólico se dice todavía más, que ciertas aves carnívoras se frotan contra las ramas, se sumergen luego en los ríos adyacentes y esperan así, tranquilamente, que los peces muertos por el efecto del veneno, remonten a la superficie para comerlos.

El terreno, en cambio, era irregular: una serie de colinas no muy altas y grandes terrazas, que

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terminaban a veces en pequeñas y bruscas hondonadas. El cielo estaba despejado, y los primeros rayos del sol que se filtraban a través del follaje, iluminando parcelas de tierra húmeda o grandes troncos cubiertos de musgo, provocaban una fascinante sensación de irrealidad.

Al comienzo, el grupo marchaba en fila india, respetando cada uno las posiciones que se habían adjudicado y que debían ser cambiadas cada día, según las necesidades. El primero, que llevaba la brújula que se había procurado Eduardo, era el responsable de la orientación del grupo, y debía ocuparse, cada vez que fuera necesario, y durante un período predeterminado, de abrir la trocha a golpe de machete. Luego sería reemplazado por el segundo. Este, tenía una función eminentemente defensiva, en caso de toparse con indígenas agresivos o animales salvajes. Enseguida venía la carga común, repartida entre dos personas y, cerrando la marcha, el último, armado de la segunda escopeta, dispuesto a hacer frente a todo lo que pudiera ocurrir en la retaguardia. El ritmo de la marcha era sostenido y la distancia entre ellos, escasa. Apenas algunos metros de intervalo. El ambiente era sereno.

Pero esto era al comienzo, cuando empezaron a alejarse de la cabaña del Loco Estaban, henchidos de entusiasmo y confiados en el éxito de la aventura. Pocas horas después, sin embargo, se presentó el primer problema.

-- ¿A qué hora comemos? -preguntó Bordi, que compartía el transporte de la carga común, sin dirigirse a alguien en particular-. -- Más tarde. Cuando encontremos un claro -dijo Eduardo que dirigía la marcha en ese momento y que se las ingeniaba para seguir los senderos, que daban vueltas y revueltas, sin perder la dirección-. -- ¡Tú no piensas más que en comer! -bromeó el Hermano Lobo-. -- Si vamos a pararnos más adelante, entonces ¡no vayan tan rápido! -protestó Bordi-. Que yo sepa, nadie nos persigue aún. -- Yo creo que tiene razón -lo apoyó Ristoletti, que marchaba al final, con la escopeta al hombro y la valija en la mano-. Estamos andando como si nos llevara el diablo. -- ¿Qué cosa pasa? -Eduardo se detuvo un instante, inquieto-. ¿Ya están cansados ustedes?

Los dos lo negaron enfáticamente, pero fue en vano. Bastaba verles las caras sudorosas y la expresión abatida de cada uno para comprender que, así, no irían muy lejos. Eduardo se

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abandonó entonces a la rabia que lo consumía desde la noche anterior.

-- ¡Por la putísima madre! -gritó desaforado-. ¡Cómo pueden ustedes ser tan bestias! ¡Yo les he dicho que no traigan las valijas! ¡Huevonazos de mierda! ¡¿No se dan cuenta que si ustedes no avanzan, nosotros tampoco podemos avanzar?! ¡Ah! pero no se preocupen. ¡O ustedes caminan a nuestro ritmo, o los dejamos, carajo! ¿Para que mierda va a servirles la ropa ¡imbéciles! si a causa de ella van a volver a la cárcel?

Frente a esta explosión de justificada cólera, Bordi y Ristoletti no dijeron una palabra. Estimando que ya no valía la pena ocultar nada, uno de ellos se sentó sobre su propia maleta y el otro se dejó caer en el suelo, exánime. El Loco Esteban tuvo entonces la inteligencia de romper la tensión del momento proponiendo que comieran algo, antes de continuar. El Hermano Lobo, que durante el incidente se había limitado a observar y escuchar, dijo que sí, que se hiciera un alto y que se aprovechara para almorzar.

Todos comieron en un silencio desagradable, roto apenas por algunas interjecciones aisladas del Loco Esteban, sobre la prisión, la selva, o el Brasil. Bordi y Ristoletti se habían sentado un poco más lejos, frente a frente, formando -sin el menor deseo de ocultarlo- un grupo aparte.

Aprovechando esta situación, el Hermano Lobo sostuvo con Eduardo, en voz muy baja, una conversación que tuvo sus momentos de tensión pero que terminó con guiñadas de ojos y otros gestos de complicidad. Luego, el Hermano Lobo, bostezando, dijo para todos que no valía la pena correr y que él iba a reposarse un poco. Enseguida hizo la sugerencia de reanudar la marcha, a las dos y media en punto, y como nadie hizo alguna objeción, se metió entre la maleza y desapareció. Eduardo lo siguió, instantes después, tomando la dirección contraria para no despertar sospechas inútiles. El Loco Esteban, sintiéndose abandonado, extendió su plástico en el suelo, acomodó su mochila para utilizarla como almohada, y se acostó atravesado en el sendero a fumar un cigarro.

Minutos antes de las dos y media, como había sido dicho, el Hermano Lobo y Eduardo regresaron. En el lugar, al único que encontraron fue al Loco Esteban, que se había quedado dormido. Bordi y Ristoletti, sin duda, se habían ido también a descansar. Cuando se hizo la hora, y viendo que no llegaban, el Hermano Lobo los llamó:

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-- ¡Bordi! ¡Ristoletti! ¡Es la hora, nos vamos! -- Vamos muchachos -dijo el Loco Esteban-, que tengo ganas de llegar al Brasil ¡Y lo más pronto! -- ¡Ya vamos! ¡Un momento que ya vamos! -se escuchó decir a Ristoletti, con una voz extraña, como sofocada-.

Eduardo, el Loco Esteban y el Hermano Lobo se miraron inquietos. "¿Y ahora, qué pasa?", preguntó Eduardo.

-- ¡Vamos a ver! -propuso el Loco Esteban, preocupado.

Los tres avanzaron hacia donde habían escuchado la voz. A pocos pasos del sendero que seguían, detrás de una cortina de lianas que colgaba de un inmenso lupuna, el espectáculo que contemplaron los dejó perplejos: Ristoletti y Bordi habían hecho un espacio entre las gruesas raíces del árbol, habían puesto en él las maletas y las estaban cubriendo con ramas y hojas.

Eduardo y el Hermano Lobo se miraron en silencio, adivinando sin duda los pensamientos de cada uno. Eso era lo que habían imaginado que podía ocurrir dejándolos solos, que Bordi y Ristoletti se decidieran por lo menos a dejar un poco de ropa. Lo que no habían previsto, en cambio, era que optaran por desprenderse de las dos maletas, y que lo hicieran con tanta pena.

XII
La reunión que tuvieron en el comedor, el Comandante, los oficiales y suboficiales comenzó, como era de esperarse, por el análisis de la situación. Sobre este punto, todos estuvieron de acuerdo en que la participación de Eduardo Cresu, preso político, le daba al caso una dimensión y una gravedad inusitadas. Había que tratar de cogerlos lo más pronto, sino, todo el mundo sabía que el Ministro del Interior podía verse obligado "a cortar cabezas" -para salvar la suya-, a todos los niveles de la jerarquía. Al mismo tiempo, los presentes dejaron traslucir un cierto pesimismo. Si los trotskistas estaban metidos en eso, la cosa iba a ser difícil. La posibilidad que Cresu tuviera ayuda de los cubanos, no era a descartar. Tal vez en algún claro de la selva, en una pista de aterrizaje improvisada, lo esperaba un avión para sacarlo, si ya no lo había hecho, del país. En fin. De todas maneras, había que salir a buscarlos.

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¿Y si no tenían ayuda de nadie? ("Pedir urgente una información completa al Servicio de Inteligencia sobre este hijo de puta", anotó el Comandante en una hoja de papel). En ese caso ¿Hacia dónde podían dirigirse? Casi todos opinaron que iban en dirección de Pucallpa, salvo el Teniente Valleriestra que sacó a relucir una carta fechada en Bogotá que había sido encontrada en la cabaña del Loco Esteban. Después de explicar su contenido, dijo “Esto es puro cuento”. De todas maneras, la existencia de esa carta provocó una sorpresa general y la discusión se centró sobre su autenticidad. ¿A quién o quiénes estaba dirigida? No se sabía. Imposible que fuera al Loco Esteban, pues el Loco Esteban era loco, y nadie iba a tomarlo en serio. Sonrisas sin entusiasmo. ¿Y si fuera efectivamente un ardid para insinuar que van en la dirección de Pucallpa, para enrumbar luego hacia la frontera colombiana, pero, en realidad, van para el Brasil? Pudiera ser. Valleriestra no quiso confesarlo pero, súbitamente, le surgieron montones de dudas. El sabía perfectamente que querer llegar al Brasil, es decir, atravesar lo más intrincado de la selva era, más que temerario, suicida. Y, se decía que los prófugos no podían ser tan cojudos para hacer esta elección. Sin embargo ¿De dónde habrían partido? Otra vez el Teniente Valleriestra. Yo apostaría mi cabeza que han salido de la cabaña del Loco Esteban. A diferencia de las otras –dijo- había ahí un gran desorden. Y algunas latas de conserva que sin duda no pudieron llevar por exceso de peso. Curioso. Muy curioso. Para ir hacia el Brasil, hubieran partido del lado opuesto ¿No es verdad? Al menos, si no querían perder el tiempo...

-- Yo sugiero que se constituyan dos grupos -dijo el Comandante-, uno que explore la dirección del Brasil, y otro la de Pucallpa. ¿No creen? -- ¿De cuántos hombres, mi Comandante? -- De cinco hombres. ¿Para qué más? -- Pero, mi Comandante, ¿Usted olvida que el Hermano Lobo está armado, que tiene una escopeta de la colonia?

Pesado silencio. Es verdad. Eso cambia todo. ¿Tendrán, acaso, otras armas? Es posible. Es posible. "Yo estimo que es necesario suponer que tienen otras armas", dijo uno de los suboficiales. "Deben tenerlas", dijo otro, convencido. "El comunista y los italianos, son gente peligrosa. De ellos vamos a tener que cuidarnos mucho, pues van a batirse como fieras, con lo que tengan a la mano. Eso es seguro", agregó uno de los Oficiales.

-- Todo enfrentamiento -dijo el Comandante con severidad- hay que tratar de evitarlo. Por

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ellos, y por ustedes mismos. -- Si se puede, mi Comandante, si se puede. Usted sabe como es la selva. Es el mejor lugar para caer en una emboscada. -- ¡Oh, claro que lo sé! Pero, les repito que todo enfrentamiento debe tratar de evitarse. Nuestro deber es regresarlos a la colonia. Vivos. -- ¡Pero usted sabe también que son asesinos! ¡Gente que ha matado! ¡Y que no vacilarían en matar una vez más, con tal de conseguir llegar a una frontera!

Asentimiento general, excitación, miedo. Comentarios en voz baja: "El Cresu ese, mató al colombiano sin asco. Le metió dos balas en la cabeza", "Todos los comunistas han recibido instrucción militar en Cuba. Son profesionales, como nosotros", "Bordi es un tipo cruel, inhumano", ¡"Oh! peor aún es Ristoletti. Fue él el que le hizo comer el collar a la vieja de Miraflores, empujándoselo con un fierro", "No con un fierro, sino con una cuchara, de plata, según dijeron".

-- El problema, es que no disponemos por el momento de suficiente gente -intervino el Comandante-. Y tampoco podemos esperar que lleguen refuerzos para salir a buscarlos. Nos llevan ya una buena ventaja. -- Podríamos suspender el trabajo de algunas Brigadas y completar el efectivo -dijo el Teniente Valleriestra-. Así tendríamos, por ejemplo, ocho personas en cada grupo. El Comandante-Director estuvo de acuerdo. Luego, sorpresivamente dijo “Antes que se vayan... quisiera hacerles una pregunta. ¿Creen ustedes que debemos confiscar todas las escopetas de la colonia?”. Esta pregunta iba a provocar un corto pero significativo intercambio de opiniones. “A mi no deja de sorprenderme –dijo uno de los oficiales- que los presos tengan esa arma. Cuando alguna vez he ido a ver algunas de sus casuchas, y me han recibido apuntándome con una escopeta, me he preguntado si al Director General de Prisiones, el que ha autorizado esa barbaridad, no deberían llevarlo a un hospital psiquiátrico. Siempre, siempre me ha parecido una verdadera locura”. “Pero es inhumano –dijo otros de los oficiales, precisamente, el mismo a quien el Hermano Lobo le había encargado las dos escopetas- dejarlos en la selva, desarmados, a merced de todos los peligros. Para eso, que no se los autorice a construir sus propia cabaña donde les da la gana”. “Para mi, intervino otro- el problema no son las

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escopetas, sino, simplemente, la voluntad de fugarse. Las escopetas son peligrosas únicamente en esa circunstancia, es decir, si emprenden una evasión. Por eso, lo que creo que no hemos hecho, o por lo menos no lo hemos hecho suficientemente, es explicarles que fugarse de aquí es materialmente imposible”. “Con su permiso mi Comandante –reaccionó uno de los suboficiales- Eso de convencerlos que es imposible fugarse, me parece lo más difícil, porque los presos son apenas mas inteligentes que los animales, al menos, la mayoría. Eso no lo van a entender nunca. Los presos...”.

-- Bueno, bueno -lo interrumpió el Comandante-, terminemos con este debate. Por ahora dejemos las cosas como están. Si hay que cambiar algo en el funcionamiento de la colonia, eso lo veremos luego. Pueden disponer.

Al día siguiente, un poco antes del mediodía, los dos grupos partieron con media hora de intervalo. Estaban dirigidos, por los Sargentos Requena y López Mernara, este último llamado también "El Otorongo", por su corpulencia y su manera de andar, casi en puntas de pie y balanceándose, lo que le costó siempre un gran esfuerzo, apenas justificado por su deseo de corresponder mejor al sobrenombre que tenía. Todos los guardias, por supuesto, iban armados hasta los dientes.

Entre los reclusos, la fuga se convirtió en tema obligado de las conversaciones. Como era de imaginarse, en torno a ella, se acuñaron las más variadas y fantásticas hipótesis.

La sola unanimidad tenía que ver con la dirección de la evasión que se la atribuyeron a Eduardo. En cambio, sobre las motivaciones y destino final de la aventura, todo el mundo hizo proezas de imaginación.

Para algunos, los prófugos se iban al Brasil donde ya tenían planeado "un golpe genial" y que los iba a convertir en millonarios. Para otros, todo estaba arreglado para llegar al Callao, donde los esperaba un barco panameño que los llevaría a Italia donde Bordi y Ristoletti guardaban una inmensa fortuna. Y hasta hubo uno que aseguraba, en tono de confidencia, haber acompañado al grupo hasta uno de los aserraderos de la región, donde habían tomado un avión que debía llevarlos sin escala a Bogotá, la capital colombiana. Este avión, por supuesto, había sido enviado por un gran traficante de drogas. Sin embargo, el susodicho era incapaz de explicar, cuando se le preguntaba, qué relación podía haber entre el traficante de

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drogas y el grupo de los prófugos.

La ausencia del Hermano Lobo dio lugar también a variados comentarios.

En general, pocos creían que hiciera parte del grupo de los evadidos. "Seguro que se ha muerto en algún lugar de la selva, picado por el Jergón. Ya se sabe que el veneno de esa serpiente no perdona", dijo alguien convencido de la verosimilitud de su hipótesis y embargado de una verdadera tristeza. "De repente que lo liquidaron antes de irse porque sabía demasiado y no querían correr riesgos inútiles", estimó otro.

Sin embargo, no todas las suposiciones eran pesimistas. El Tío Rico, por ejemplo, afirmó enfático: "El Hermano Lobo no está muerto ni se ha fugado. A esta hora, seguro que está en alguna de las tribus de la región, despidiéndose de sus amigos, y cachando con las indias como loco, antes que vengan a buscarlo para salir en libertad. Ya verán que no va a tardar en aparecer. Ya lo verán..."

XIII
Una vez liberados del peso excesivo y favorecidos por la naturaleza del terreno, más regular y con grandes claros donde sólo había altos pajonales ("Aquí es donde se encuentran las víboras más venenosas, como la chushupe", pensó Eduardo), el grupo avanzó con mayor rapidez. Al final de la tarde, sin embargo, los pajonales habían desaparecido y el monte, a partir de ahí, menos alto, se tornó tupido, sin rastro alguno de animales u hombres. El avance se hizo difícil. Eduardo, fatigado de abrir la trocha, fue reemplazado por el Loco Esteban, pero no por mucho tiempo pues con la puesta del sol la visibilidad comenzó a disminuir.

-- Bueno, es imposible seguir -dijo Eduardo-. Vamos a tener que acampar.

El Hermano Lobo fue el único que respondió, dijo que estaba de acuerdo pero sugirió que se regresara, hasta el último claro que habían encontrado, donde había mejores condiciones para colgar las hamacas y para hacer fuego si querían tomar algo caliente. Los otros asintieron y todos emprendieron el regreso.

La comida fue silenciosa como la última parte de la marcha. Sólo al Loco Esteban le costaba

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dominar la lengua, pero sus comentarios, que él creía graciosos, no hacían reír a nadie. Eduardo, por su lado, intentó también distender la atmósfera con otros comentarios, optimistas, sobre las posibilidades que tenían de llegar al Brasil, pero terminó enzarzándose en una discusión innecesaria con el Hermano Lobo, que era más circunspecto o realista. Cuando se fueron a dormir, Bordi y Ristoletti pusieron sus hamacas a una buena distancia de las otras, lo que les permitió conversar sin ser escuchados.

-- Nosotros pagamos la escopeta... ¿verdad? -La voz de Ristoletti revelaba un profundo resentimiento-. -- ¿Y de hay? -le respondió Bordi-. -- Si la hemos pagado, es nuestra, ¿no? -- ¿Y de hay? -- ¡No te hagas el cojudo! -Ristoletti estaba enojado de verdad-. Tú sabes bien lo que quiero decir. Que si es nuestra, sólo uno de los dos debería llevarla. Aparte de eso, tenemos derecho a la mitad de los cartuchos. -- Nosotros pagamos una buena parte de lo que costó -precisó Bordi-, pero no todo. A lo sumo, tendríamos derecho, digamos, a las tres cuartas partes de ella, más o menos. -- Bueno, si hemos pagado sólo tres cuartos de su valor, te propongo que demos el tercio que falta y que, esa escopeta, pase a ser nuestra... toda entera. -- ¿Pero, por qué haríamos eso? ¿De qué serviría? ¿Qué es lo que te traes? -- No sé... -repuso Ristoletti sorprendido por la avalancha de preguntas-. Es algo que se me ocurre. Yo quiero tener la seguridad que, cualquier cosa que pase, esa escopeta es nuestra. -- ¿Pero qué diablos puede pasar?, ¿Y para qué quieres que sea nuestra? -Bordi terminó también enojándose-. -- ¡Te digo que no sé! Son cosas que se me ocurren... -- Bueno, si no sabes -dijo Bordi cortante-, lo mejor que se te puede ocurrir es cerrar el pico y dormir, porque estamos cansados y mañana la jornada va a ser larga. Aparte, mañana, vas a ver, vamos a llegar al Surubi.

"El Surubi. El Surubi... A partir de ahí bajamos, y una vez que hayamos bajado, directo a la frontera. ¡Como por un tubo! Tal vez, tal vez ese sea el momento... el momento... ¡hijos de puta!" -Pensando en esto, una sonrisa malévola iluminó el rostro de Ristoletti-.

Por la mañana, después de tomar el café con galletas de lata, reanudaron la marcha. El

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Hermano Lobo se ofreció para abrir la trocha y se acordó que se turnaría con Bordi, que mientras tanto llevaba la escopeta. El Loco Esteban y Ristoletti transportaban la carga común. Detrás, con la otra escopeta, iba Eduardo. Temprano estuvo nublado y cayeron incluso algunos aguaceros, pero el cielo terminó despejándose y el sol convirtió enseguida la selva en un infierno. El monte, por lo demás, seguía tupido, exigiendo de los macheteros verdaderos esfuerzos para abrirse camino entre las ramas y la maleza. Ya antes del mediodía los dos estaban extenuados, al extremo que debieron ser reemplazados por Eduardo y Ristoletti. Aparte de ello y para la sorpresa de todos, comprobaron que después de tanto esfuerzo, no habían avanzado mucho, tal vez ni siquiera un kilómetro. ("A este ritmo -pensó Eduardo- no vamos a llegar nunca a ningún lado"). Para colmo, desde hacía un buen rato, una bandada de monitos llamados "frailecitos" los torturaba con sus agudos chillidos.

El sistema hidrográfico de la selva es harto complejo, tan complejo que los criterios usuales para diferenciar un río de un arroyo, no sirven para gran cosa. Todo depende de la cantidad y de la frecuencia de las precipitaciones. Lo que hoy es un arroyo, puede devenir un río, y un inmenso río puede transformarse, al cabo de algunas horas, es un miserable arroyo. Para ello basta que los troncos, las raíces y las ramas que suele arrastrar bloqueen una parte de su curso, para que la potencia de las aguas se abra otro camino. Lo mismo ocurre con las lagunas, pantanos y ríos, interconectados entre sí por lo que los indígenas llaman "canos", que son en realidad canales naturales, en general estrechos, de itinerario caprichoso y de escasa profundidad, que transitan a veces bajo un manto tan espeso de ramas y hojas que están sumidos en una oscuridad permanente.

Ninguno de los prófugos, salvo tal vez el Hermano Lobo, estaba al corriente de este fenómeno. Por esa razón, al final de la tarde del tercer día, cuando se encontraron con el primer curso de agua importante, la controversia resultó inevitable.

-- ¡El río! ¡Al fin el río! -gritó Ristoletti corriendo entre los helechos hacia el borde mismo del agua. -- ¡Esto no es ningún río! dijo el Hermano Lobo, tratando de medir su profundidad con un palo-. Esto no es más que un miserable arroyo que se ha inundado. ¿Cómo se les ocurre que pueda haber un río que tenga árboles en el medio? Lo que tenemos que hacer es atravesarlo y seguir avanzando. -- ¡¿Estás loco?! -gritó Ristoletti-. ¡Este es el Surubi! Es el Surubi, ¿no es cierto? -ahora se

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dirigía con ansiedad hacia el grupo-. -- Es posible que sea un arroyo que se haya inundado -dijo Eduardo, prudente-. -- ¡Pero claro que es un arroyo! Si tiene menos de medio metro de profundidad -dijo El Hermano Lobo mostrando la parte mojada de un palo-. El Surubi debe ser otro, más importante. Sino, no figuraría en el mapa.

Sin que se tratara de una votación formal, Bordi, el Loco Esteban y Ristoletti opinaron que se trataba del Río Surubi; el Hermano Lobo continuó insistiendo que no era más que un arroyo. Eduardo, en cambio, se limitó a decir que si era o no era el Surubi, no tenía después de todo ninguna importancia, que siguiéndolo a lo largo de su curso (pues no podrían navegarlo por temor a ser vistos por los indios) irían de todas maneras bajando hacia el sudeste y de ahí podrían emprender la travesía directa hacia la frontera. Esta argumentación disuadió al Hermano Lobo y terminó aceptando que cambiaran de rumbo. El grupo decidió entonces acampar y cruzarlo al día siguiente.

Exceptuado el problema de las maletas de Bordi y de Ristoletti, los primeros días de marcha a través de la selva transcurrieron sin dificultades mayores. Según la naturaleza del terreno, a veces avanzaban rápido y otras veces muy despacio y al precio siempre de un considerable esfuerzo físico. Bordi y el Loco Esteban, los más viejos del grupo, se revelaron pronto incapaces de ayudar con el machete. Ambos tenían las manos ulceradas y estaban al borde de la resistencia. Eduardo con su tuberculosis y consecuentes dificultades respiratorias, sufría también enormemente. Ristoletti prefería llevar la carga común diciendo que se había luxado el brazo derecho. El único que trabajaba sin quejarse, haciendo más de lo que le correspondía, era el Hermano Lobo, que comenzó a tomar una parte preponderante en las decisiones del grupo.

Para la fuga, Eduardo había pensado en todo lo que era indispensable, por un simple problema de peso, sabiendo que la travesía iba a ser larga y difícil. Sin embargo, al cabo de una semana, se dio cuenta súbitamente que había olvidado algo que podía revelarse esencial: su transistor.

-- ¡Por la putísima madre! Exclamó Eduardo, en un momento cuando los otros se disponían a preparar la comida. Este exabrupto sorprendió a todos. -- ¿Qué te pasa –preguntó el Hermano Lobo- te picó un bicho? -- ¡Pero no! ¡Que bicho me va a picar! Ocurre que acabo de darme cuenta que hemos olvidado

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algo esencial. ¿Cómo no hemos podido pensarlo antes? --¿Pero qué cosa hemos olvidado? En el tono del Hermano Lobo aparecía ya una aprensión manifiesta. -- ¡La radio! ¿Cómo no hemos pensado en la radio? Hoy es viernes. ¿Se dan cuenta? Hoy van a comenzar a preocuparse de nuestra ausencia. Y, estoy seguro, a partir de mañana, van a salir a buscarnos. ¡Por la grandísima puta de su madre! ¡Cómo no hemos podido pensarlo antes! -- Cálmate, cálmate –dijo Bordi cachaciento- Tú no lo habrás pensado, ¡pero yo si! -- ¡Por la grandísima y putísima madre! ¿Cómo no has podido decirlo antes? –protestó Eduardo. -- La verdad –dijo Bordi- ni siquiera había pensado en eso. La tengo aquí... en mi mochila ... – Bruscamente, Bordi pareció extraviado en sus pensamientos-. Luego expresó “¡Porca Madonna! -- ¿Qué pasa –preguntó asustado Eduardo- finalmente no lo trajiste? -- ¡No, no! –Respondió Bordi- Lo tengo aquí... solo que... ¡¡¡las pilas estaban en el fondo de la maleta!!!

Todos se miraron azorados. De repente, a pesar que Bordi les aseguró que las que tenía puestas eran nuevas, la pérdida de las pilas les pareció una catástrofe. -- Bueno –dijo El Hermano Lobo- no es tan grave. Lo que tenemos que hacer es utilizarlo de manera racional. Escucharemos la radio sólo en la noche, y únicamente a la hora de los noticieros.

Nadie dijo nada, y se pusieron a comer en silencio.

XIV
Los presos políticos, recluidos en la Isla Penal El Frontón, se enteraron de la fuga de Eduardo y de sus compañeros por Radio Reloj, la emisora que transmitía todo el día únicamente la hora y las informaciones. Esta radio, como todos los otros medios de comunicación, había tomado conocimiento de este acontecimiento por la boca del propio Ministro del Interior, en una conferencia de prensa que se había llevado a cabo en San Borja, la Sede Central de ese Ministerio.

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La conferencia de prensa había tenido lugar temprano en la mañana y, según algunos presos que venían a tomar un café con los presos políticos, Radio Reloj había transmitido en directo las palabras del Ministro. “Es mi deber anunciar –habría dicho- que delincuentes de una extrema peligrosidad se han evadido de la Colonia Penal El Sepa. El Ministerio del Interior ha dado orden, al conjunto de fuerzas policiales, de desplegar todos los esfuerzos que sean necesarios para capturar rápidamente a los evadidos”. Curiosamente, según esta versión, el Ministro no había dicho una palabra en lo que respecta al hecho que Eduardo era preso político. Solo había dado su nombre, junto con el de los otros, diciendo que todos eran autores de crímenes execrables.

La participación de Eduardo, en esa fuga, no sorprendió a nadie, y menos aún a los presos políticos. Todo el mundo cayó en la cuenta que, si había pedido su traslado al Sepa, había sido para eso, para tratar de tomarse las de Villadiego. Pero, aun así, la noticia provocó una intensa, una indescriptible emoción. Como tantos otros peruanos, éstos tenían de la selva un conocimiento teórico y, digamos, superficial, sin embargo, ese conocimiento era largamente suficiente para imaginarse lo difícil que iba a ser para ellos de llegar a una frontera o a cualquier otro centro poblado de la región, sin toparse antes con las fuerzas de la Guardia Republicana, o del Ejército. La idea que del Sepa era imposible fugarse había calado hondo en el espíritu de todos y creaba un sentimiento de zozobra, de una gran inquietud con respecto al éxito de esa empresa.

Algo similar debió ocurrir con Hugucha. Cuando le transmitieron la información respondió con una pregunta seca, sin ocultar su sorpresa “¿Verdad?” y cuando le dijeron que si, que todas las radios del país estaban difundiendo la conferencia de prensa del Ministro del Interior, agradeció con un gesto de la mano y se fue a su celda. De ella salió, un buen rato después, de tal vez más de media hora, con una cara de preocupación como pocas veces se le había visto.

Con respecto a las posibilidades de esa fuga, Hugucha era, lo dijo luego, extremadamente pesimista. El, a pesar de ser un hombre de la montaña, de los Andes, conocía de la selva mucho más que los otros. Pero, aparte de eso, lo que le preocupaba, también sobremanera, eran las repercuciones, inevitables, de la acción de Eduardo sobre su organización, y sobre él mismo, su principal dirigente.

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-- Van ver -dijo-, van a aprovechar de esta fuga para seguir golpeándonos. Hasta son capaces de venir a interrogarme.

Hugucha no se equivocaba. Muy rápidamente se supo que algunos de los militantes más conocidos de su partido habían sido arrestados y que, en los interrogatorios –no exentos de severidad-, el tema principal había girado en torno a sus relaciones personales con Eduardo, y a las relaciones de Eduardo con la organización. Por lo demás, todos sabían que en tales circunstancias, los teléfonos de la mayor parte de la gente de izquierda y de los militantes de organizaciones de defensa de los derechos humanos iban a ser intervenidos y que la policía y los servicios de inteligencia no se iban a privar de vigilar discretamente ciertos domicilios.

En la Isla Penal El Frontón, como seguramente en todas las prisiones de la República, la vida cotidiana cambió a partir de ese momento radicalmente, tanto la de los presos políticos como la de los presos comunes. Todo el mundo, por esos días, vivía pendiente de la radio, de los diarios y, cuando se podía, de la televisión. Lo que ocurría era simple: a cualquier hora del día o de la noche, siempre había algo nuevo en relación con esa fuga. Todos los medios de comunicación se ocupaban de ese tema como si fuera algo crucial, algo trascendental en la vida del país.

No se necesitaba ser un experto para explicarse la razón profunda de ese delirio de los medios de comunicación que, por una vez, no tenía una motivación política particular. Algunos de los protagonistas de la fuga del Sepa eran, efectivamente, homicidas calificados. Personajes que, en su momento, debido al carácter horrendo de sus crímenes, y de las vicisitudes de la acción policial para capturarlos, habían sido el objeto de una enorme publicidad. No era difícil entonces encontrar cada día, y aun cada hora, la “materia” de una nueva crónica, de un comentario, de un reportaje o de una entrevista que contribuyera eficazmente a estimular el apetito informativo del público.

Para los presos políticos, el pasado de los evadidos, salvo que fuera el de Eduardo, no les interesaba. Los sufrimientos indescriptibles de la señora a quien Bordi y Ristoletti le habían hecho tragar su collar de perlas, antes de asesinarla; la descripción a partir del testimonio de algunas de sus propias victimas, de la pelea descomunal donde el Loco Esteban había herido a varios parroquianos y matado a un compadre suyo, no despertaba en ellos ningún interés. En cambio, toda información sobre la fuga misma la devoraban con pasión y trataban de

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descubrir, aun sabiendo que esto era imposible, alguna noticia cierta sobre cómo les iba y de qué posibilidades podían tener para ponerse al abrigo de la represión. Como de costumbre, las noticias de “último momento” de que los prófugos “habrían” sido vistos cerca de tal establecimiento maderero, o que en tal Convento se “habría” notado en los últimos días una actividad inusitada y sospechosa, o que tal Jefe policial había dicho que, a más tardar el sábado próximo los “cazarían” como chorlitos, todas esas ridiculeces informativas, todo lo que era dado en condicional no tenía para ellos otro efecto que el de sacarlos de quicio.

Sin embargo, para los presos comunes, la cosa era en extremo diferente. Entre éstos, todas las hipótesis, aún las más descabelladas, tenían sus defensores. Algunos pasaban delante de las celdas de los presos políticos y les lanzaban miradas de conmiseración, anticipando el impacto demoledor que tendría para ellos la captura, tal vez inevitable, de Eduardo; otros les hacían gestos de apoyo, con el puño cerrado, como si se tratara de saludar un éxito deportivo consumado, o una brillante victoria contra el sistema penitenciario; otros querían expresarles su solidaridad mostrándose solícitos y los ponían al corriente de tal información, de tal conjetura, o de tal análisis de tal periódico, o de tal radio. Otros, venían a “informarles” de algo extremadamente confidencial, como eso que tal detenido aseguraba estar al corriente de los planes de fuga y que afirmaba saber que todo había sido previsto para salir del país... por vía aérea. Había quienes decían que el Hermano Lobo no formaba parte de los evadidos, sino que éstos lo habían llevado como rehén y que, si la Guardia los interceptaba, lo matarían sin asco. Y hasta hubo uno, relativamente politizado, que dijo que eso de la fuga era un invento fabricado enteramente por la Guardia Republicana, para obtener del Ministerio del Interior que mande más guardias a la colonia, y que le aumente las partidas presupuestales.

Ninguno de los presos políticos fue molestado con nuevos interrogatorios, sin embargo, se reforzaron de manera ostensible las medidas de seguridad. En particular, cuando llegaban las visitas. Aparte del control puntilloso de los documentos de identidad, que se hacía antes de subir a la lancha en el Puerto de la ciudad El Callao, la llegada al Frontón lindaba con la esquizofrenia. Los bolsos de mano y las carteras eran minuciosamente revisados, los sobres que podían encontrarse eran abiertos y todos los documentos manuscritos eran leídos descaradamente; los paquetes eran despanzurrados sin contemplaciones provocando a veces la pérdida de algunos productos. Eso hacía que se redujera considerablemente el tiempo

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destinado a la visita de los familiares, y el Director se negaba a autorizar que el día de visita, los domingos, la comida se repartiera un poco más tarde y que el “encierro”, el momento de cerrar las cuadras colectivas y las celdas se haga también más tarde.

Por la noche también se produjeron algunos cambios. Las rondas eran más frecuentes y, como ocurría muy pocas veces, los guardias no se limitaban a ver si las rejas de las puertas y ventanas estaban bien cerradas, sino que se fijaban también si en cada celda estaban todos los que tenían que estar. De noche, cuando la luz ya estaba apagada, y a veces cuando ya todos dormían, los guardias los alumbraban con sus linternas en plena cara y terminaban despertándolos, lo que hacia que los presos políticos los insultaran copiosamente.

En los alrededores de la colonia, algo también debió ocurrir porque el precio de la hoja de coca subió, por esos días, de manera inusitada. Conforme a la ley de la oferta y la demanda, el precio de la hoja de coca, cuyo consumo estaba muy difundido en las prisiones peruanas, seguía la evolución de la disponibilidad: si había mucho estaba barata, y cuando comenzaba a escasear los precios se disparaban. Y la coca llegaba a la isla únicamente de noche, tal vez bajo la vigilancia personal del propio Director, el principal beneficiario de ese pingüe negocio. Entonces, si la coca no llegaba, era sin duda por algo, y ese algo podía ser, como ya había ocurrido en otros períodos álgidos, que la Marina de Guerra vigilara e impidiera el acceso, y aun la aproximación a la isla, a toda embarcación civil. Sobre todo de noche.

XV
Escoger un punto determinado a partir del cual cambiarían otra vez de dirección, para iniciar la travesía directa hacia la frontera brasileña, sin tener una idea precisa de la distancia recorrida, resultaba más que difícil. Todos sabían que los días de marcha no significaban gran cosa. En un día podían recorrer varios kilómetros, o apenas quinientos metros. Todo dependía del terreno y del monte que atravesaban. A pesar de ello, los evadidos habían acordado, a partir del cruce del río que podía ser el Surubi, que bajarían hacia el sudeste durante cuatro días. Y a partir de ese momento, emprenderían la recta final hacia el país de la libertad. Esto era lo que habían hecho.

El terreno en esta zona era más regular pero también más bajo. El monte por trechos resultaba enmarañado, impenetrable. Y cuando entraban en lugares menos densos, las piernas se

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hundían en el piso fangoso hasta las rodillas. Y el olor, a descomposición orgánica de la materia, a putrefacción, resultaba por lo demás insoportable. El avance en tales condiciones era en extremo penoso. Para reposarse un poco, protegiéndose al mismo tiempo de la humedad, tenían que subirse a los grandes troncos de los árboles caídos. Las lluvias parecían más frecuentes. Aprovechando de esto, por lo menos una vez por día, se ponían a cuatro con un plástico, para recoger agua de lluvia que guardaban luego en los recipientes. Eso les evitaba tener que recurrir al agua de los arroyos que, aunque pareciera inofensiva, todos sabían que estaba infectada de microbios y a menudo de verdaderos enjambres de enormes pirañas. Sobre este peligro todos estaban prevenidos. Se lo habían dicho y repetido mil veces en la propia colonia. -- No se les vaya a ocurrir nunca tomar agua de los arroyos o de los ríos. Salvo que la filtren y la hiervan. Sino, ¡produce unas infecciones intestinales terribles!

Ya por esos días, el grupo había atravesado momentos de profundo desaliento. A la fatiga, se agregaba ahora el problema de la comida. Al comienzo habían tenido la suerte de matar tres monos bastante grandes, conocidos con el nombre de "makisapa" y varios "frailecitos", que habían salado para conservarlos. Esto les había permitido alargar las provisiones que traían de la colonia. Ristoletti, incluso, había conseguido pescar en una laguna un tucunare de regular tamaño que comieron pocos minutos después. Luego los animales se fueron haciendo raros. Sólo encontraban de vez en cuando algunas bandadas de loros, pero éstos andaban en las copas de los árboles más altos y huían despavoridos al sonar el primer tiro. Por otro lado, el Hermano Lobo había dicho que, antes de tirar, había que ver si la presa valía el cartucho. Todo el mundo comprendió que tenía razón.

Un poco más allá de la zona pantanosa, sobre lo que parecía una meseta bastante alta, se toparon con un cañaveral.

El Hermano Lobo, que había asumido en la práctica la dirección del grupo, propuso que se hiciera un alto. Enseguida, le pidió a Eduardo que lo acompañara y juntos se internaron unos cien metros en ese terreno donde sólo había plantas de chicoza, que suelen llamar también cañabrava. Ahí, ayudándose con las mismas cañas, el Hermano Lobo se subió a los hombros de Eduardo y desde esa altura observó el horizonte: por todos lados, sólo se veían cañas.

-- Vamos a tener que rodearlo -dijo regresando, aludiendo al cañaveral-. Seguro que es

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enorme. -- ¡Pero no! -exclamó Ristoletti como si implorara-. ¡Vamos a cruzarlo! Ustedes no se dan cuenta que si lo rodeamos, lo único que habremos hecho es perder el tiempo. ¡Yo tengo ganas de llegar a la frontera, lo más pronto! Y ya no debe faltar mucho.

El Hermano Lobo explicó con calma que, por lo que él sabía, en la selva, todos los cañaverales eran inmensos. Que cruzarlo exigiría un esfuerzo físico enorme pues una buena parte de las cañas estaban caídas y sólo se podía avanzar a golpe de machete.

Ni Ristoletti, ni Bordi, ni el Loco Esteban quisieron entender razones. El propio Eduardo dijo que no debía ser tan grande, que a más tardar en un día lo cruzaban. Y fue así como emprendieron la travesía.

Sin embargo, tal como el Hermano Lobo lo había dicho, hasta el final de la tarde del segundo día de marcha, alrededor de ellos... ¡no había nada más que cañas!

-- ¡Por la putísima madre! -dijo Ristoletti desanimado-. ¿Cuándo vamos a salir de esta mierda? -- Yo les había dicho que era grande -contestó el Hermano Lobo, con un cierto rencor-. Hubiera sido más fácil rodearlo. Hubiera sido sin duda más largo, pero lo hubiéramos hecho de todas maneras en menos tiempo, y con menos esfuerzo. -- ¡Pero vamos a tener que salir en algún momento! -Exclamó Eduardo-. ¡No puede ser que la selva se haya convertido en un cañaveral!

El tercer día, varias veces, cada uno subió a los hombros de alguno de los otros, y todos bajaron desalentados. Ni hacia adelante, ni hacia los costados, se veía de nuevo la selva. Para colmo, para comer, sólo quedaban algunas galletas saladas, que provocaban una sed espantosa y la reserva de agua disminuía a ritmo alarmante. Y ni siquiera llovía. Vista la situación, el Hermano Lobo se puso furioso y los obligó a desandar el camino recorrido y comenzaron a rodear el cañaveral, como él lo había propuesto al comienzo.

La impotencia frente a las proporciones alucinantes del cañaveral y la pérdida de tiempo que había representado tratar de atravesarlo, tuvo para todos un efecto demoledor. A partir de ese momento, la confianza que tenían en el éxito de la aventura comenzó a desmoronarse. Todos

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sabían que las dificultades habían apenas comenzado, y que, si llegaban a la frontera, iba a ser de puro milagro.

Hacía ya mucho tiempo que la organización prevista de la marcha, la vanguardia, la carga común y la retaguardia, había sido abandonada. Por lo general era el Hermano Lobo que iba adelante, infatigable, abriendo el camino. Los otros iban en grupo, detrás, y a cada rato tenían que detenerse para esperar al Loco Esteban, que tenía llagas en los pies y sufría mucho para caminar. Cuando se hacía un alto, a veces se quedaban dos o tres horas, silenciosos, fumando las últimas reservas de tabaco. Como si tuvieran inconscientemente la funesta certidumbre de que no llegarían a ningún lado, ahora no tenían ninguna prisa por continuar avanzando.

Fue en uno de esos altos que estalló el problema con respecto a la brújula.

-- ¡No! ¡Por Dios, no! -gritó Bordi estremecido, levantando los brazos al cielo-. -- ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué tienes? -preguntaron los otros, sorprendidos-. -- ¡Esto no funciona! ¡Por la putísima madre! ¡No funciona! ¡Se ha vuelto loca! -Bordi mostraba a sus compañeros la brújula que tenía en la mano, y en su rostro se leía la desesperación-. -- Cálmate -le ordenó el Hermano Lobo-. Déjame mirarla.

El Hermano Lobo cogió la brújula, caminó describiendo un círculo alrededor del grupo y dio su veredicto: "Tiene razón, no funciona". Todos se quedaron estupefactos, incluido el propio Bordi que había alentado la esperanza de haberse equivocado.

-- Déjame probarla -dijo Eduardo, que no quería resignarse a quedarse sin brújula en medio de la selva-.

Como lo había hecho el Hermano Lobo, comenzó a describir un círculo controlando los movimientos de la aguja. Antes de terminarlo, para la sorpresa de todos, se puso a caminar marcha atrás, se detuvo y volvió a avanzar hacia el punto precedente. Luego los miró con cólera.

-- ¡Pelotudos! ¡Ignorantes! -gritó despreciativo-. La aguja es un imán. Y un imán es atraído por todos los objetos metálicos. ¡Eso es lo que ocurre, huevonazos! Saquen las escopetas de

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ahí -señalándolas-, pónganlas lejos, detrás de aquel árbol que se ha caído, y van a ver como funciona.

El Loco Esteban, olvidándose de sus llagas, corrió a esconder las escopetas detrás del tronco. Eduardo pasó y repasó delante de ese lugar y la aguja no hizo ya ningún movimiento.

-- ¡No les dije! -Exclamó triunfal-. ¿Quién dijo que no funcionaba?

El Hermano Lobo sin decir una palabra cogió otra vez la brújula y describió un nuevo círculo. Cuando pasó delante de las escopetas hizo un ruido con la boca "clap, clap, clap", difícil de interpretar, y continuó su camino. De pronto, en el lado opuesto al de las escopetas, se detuvo, retrocedió y avanzó varias veces. Luego, mirándolos a todos con una cierta compasión, dijo:

-- Insisto que no funciona. Se ha malogrado. -- ¿Pero qué pasa ahora? -preguntó Eduardo furioso, al mismo tiempo que le arrancaba la brújula de las manos con una cierta violencia-. -- Bordi tiene razón -respondió el Hermano Lobo con toda calma-. Se ha vuelto loca.

Eduardo hizo una vez más el círculo y, como el Hermano Lobo, tuvo que detenerse en ese nuevo lugar, retroceder y avanzar varias veces para constatar que, en efecto, parecía haber algo que atrajera la aguja. -- Hay algo por ahí que atrae la aguja -dijo desalentado-. Tiene que ser algo metálico. De repente, algo que está enterrado.

Nadie quiso contradecirlo. Todos sabían que en plena selva podía encontrarse de todo, salvo algo que fuera metálico. No, por supuesto, no era eso. Se trataba, en realidad, de la mala suerte. Algo que no podía dejar de ocurrir.

-- Si ya no sirve... -dijo el Hermano Lobo, como pensando en voz alta-, lo que deberíamos hacer, es mandarla a la mierda. ¿Ustedes qué piensan?

Nadie fue capaz de responder a esta pregunta.

Eduardo, que la tenía todavía en la mano, miró entonces a cada uno con detenimiento, y todos

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encontraron la manera de aceptar esta terrible decisión sin decir una palabra. Enseguida, con un gesto decidido, la tiró en dirección de una pequeña laguna.

Poco tiempo después, el grupo retomó la marcha, en un silencio sepulcral.

XVI
Sin brújula, la situación devino rápidamente incontrolable. Todo comenzó a ser objeto de discusiones agrias, al límite del enfrentamiento. Uno de los motivos principales de discordia fue la comida, que comenzó a escasear bastante seguido. Todo lo comestible que se conseguía era consumido, sin que hubiera la posibilidad de guardar nada para el día siguiente. En tales condiciones, el Hermano Lobo se vio necesitado de intervenir, a veces con cierta energía, para evitar que los conflictos degeneraran en peleas. Otras veces, para dar el ejemplo de calma, de moderación y aún de optimismo, decidió renunciar a su parte de comida.

Sin embargo, a pesar de ese ambiente casi funerario, todos compartían la idea de que la frontera no debía estar lejos. En otras palabras, que apenas faltaban unos pocos días de marcha, y que si se conseguía aguantarlos, la partida estaba ganada. Todos tenían también la aplastante certidumbre de que esos pocos días, decisivos, iban a ser los más difíciles que habían vivido hasta ahora.

Fue tal vez esta idea, de asegurarse las mejores condiciones para aguantar unos pocos días, la que dio origen a la crisis que estalló una mañana, cuando ya llevaban quince días en la selva, y dos días sin la ayuda de la brújula.

Ya habían recogido todas las cosas y se disponían a reanudar la marcha cuando Ristoletti, que en los últimos días se había apropiado de una de las escopetas, se alejó unos pasos del grupo y dijo, dirigiéndose al Hermano Lobo:

-- ¿Para dónde vamos? -- ¿Cómo para dónde vamos? -respondió el Hermano Lobo sorprendido-. Seguimos la misma dirección... -- ¡No creo que en esa dirección encontremos ninguna frontera!

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-- Bueno, escucha... -dijo el Hermano Lobo con aire fatigado-. ¡Tú eres libre de hacer lo que se te de la gana! Lo que es nosotros, seguimos en la misma dirección.

Como Ristoletti se había plantado en medio del camino, como una mula, Eduardo y el Loco Esteban trataron de explicarle todas las razones que tenían para creer que estaban en la buena dirección. Pero fue inútil. Entonces, todos se dieron cuenta que lo que ocurría no era sólo un problema de orientación, sino también algo mucho más grave: Bordi y Ristoletti, en realidad, querían separarse del grupo.

Para poder continuar solos, sus exigencias fueron explícitas y, después de todo, razonables: Quedarse con una de las escopetas, que habían pagado en gran parte, con la mitad de los pocos cartuchos que quedaban, y en general, la mitad de la también disminuida carga común, y en particular de la sal, de los fósforos y de los pocos medicamentos que quedaban. Todo lo que pidieron, les fue acordado sin regateos.

Para ambos, la facilidad con que habían arreglado la partición de la carga común, fue una sorpresa. Ristoletti se había preparado a librar un verdadero combate, sobre todo para quedarse con la escopeta, y ahora se sentía arrepentido de sus malos pensamientos y conmovido hasta las lágrimas de la generosidad de sus compañeros. ¿Y si en lugar de separarse continuaban juntos algunos días más? "No -se dijo- éstos insisten en esa dirección que no conduce a ningún lado. Hay que ir más al este. Unos pocos días de marcha y ya esteremos en la frontera brasileña".

La despedida fue conmovedora. Bordi sacó de su mochila un grueso paquete de cigarros, cuya existencia había ocultado, y comenzó a repartirlo entre todos. Luego, antes de separarse, se abrazaron largo tiempo y en silencio.

¿Qué había hecho que la separación interviniera justo en el momento más difícil de la marcha, cuando toda la confianza del comienzo se había trocado en una cada vez más frágil esperanza de alcanzar la tierra prometida? ¿Qué había hecho que esa separación se produjera, no sólo sin la mínima violencia, sino incluso en un ambiente de respeto, de comprensión, y aun de cierta fraternidad? ¿Qué pensaba cada grupo sobre sus propias posibilidades y de las posibilidades del otro?

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Para estas preguntas no había respuestas precisas. Lo único que parecía evidente era que, escoger una dirección que debiera conducirlos a la frontera brasileña, o a cualquier otra, sin la ayuda de mapas detallados de la zona, sin brújula, sin la posibilidad de servirse de otros elementos de orientación, como el sol y las estrellas, relevaba del instinto de conservación, o de la fe, para aquellos que eran creyentes. Unos y otros, Bordi y Ristoletti por un lado, y por otro lado el Hermano Lobo, Eduardo y el Loco Esteban, sabían que si en los próximos días no encontraban una empresa, un pequeño pueblo, alguien que pudiera darles ayuda, que pudiera ponerlos en contacto con el mundo exterior, estaban irremediablemente perdidos. Esta penosa certidumbre se había instalado ya en el espíritu de cada uno, y cada uno había decidido confiar en su propia intuición.

En tales circunstancias, podría pensarse que lo racional hubiera sido mantenerse juntos y tratar de avanzar lo más rápido que fuera posible, devorar los kilómetros que pudieran separarlos, sea de la utopía, sea del fracaso definitivo.

Mal alimentados durante días, sometidos a un esfuerzo sobrehumano constante, la resistencia física había llegado a su límite. Ahora, por el contrario, la tendencia era a reposarse, a procurarse alimentos, algunos raros frutos comestibles, algunas plantas o raíces, algunos peces que cazaban al estilo indígena, tirándoles una lanza construida con una caña a la cual le habían tallado una punta y le habían amarrado una cuerda a uno de los extremos, y, por supuesto, todo lo que pudiera procurarles la escopeta que tenía cada grupo. Sólo cuando habían descansado y comido un poco, se ponían en marcha, sin prisa, hasta encontrar otro punto donde hubiera buenas condiciones para instalarse a pasar la noche. De esta manera, prolongando la sobrevivencia, conservaban la capacidad de continuar avanzando y aumentaban por consiguiente las posibilidades de alcanzar la meta que se habían fijado.

Un poco por lo que habían visto en los alrededores de la colonia, y otro poco por las mil historias que todo el mundo había oído contar, los prófugos se habían imaginado que, por lo menos, ciertas partes de la selva, debían estar saturadas de animales salvajes. En realidad, en más de dos semanas que llevaban de travesía, no habían visto un solo ejemplar de los temibles otorongos, de las descomunales sachavacas, o de los variados tipos de serpientes venenosas. Es verdad que de noche se captaban los signos inequívocos de una vida múltiple, sigilosa, y a veces, feroz. Pero, desde que comenzaba a amanecer, la selva parecía convertirse en un lugar deshabitado, sumido en un desesperante silencio. Sólo una vez, al borde de una laguna, habían

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asistido al paso majestuoso de una gigantesca mantona, que los había ignorado olímpicamente. La mantona, que no tiene nada que envidiarle a la célebre anaconda, todo el mundo sabía que era inofensiva y, verla pasar, no les creó ninguna inquietud. En varios lugares se habían topado también con la presencia inquietante de varios lagartos negros, pero éstos se habían lanzado al agua, escondiéndose entre las plantas de grandes hojas que cubrían la superficie.

Esta aparente ausencia de peligro, resultaba al fin de cuentas preocupante. En lugar de darles confianza, los incitaba a redoblar la vigilancia, como si todos esperaran más tarde o más temprano, un ataque artero y fulminante de la selva. Ese temor se expresaba a menudo en las conversaciones. Todos se complacían en contarse historias macabras, de muertes terribles por picaduras de víboras, de ataques alevosos de otorongos enfurecidos, de monstruosas arañas "así de grandes, como una pelota de futbol", de trampas mortales tendidas por los indios o de la existencia de animales desconocidos cuya principal alimentación era la sangre de sus víctimas.

Este ambiente malsano iba a afectar el ya frágil equilibrio psicológico del Loco Esteban.

Una tarde, cuando Eduardo y el Hermano Lobo se habían alejado en busca de algunas frutas y raíces comestibles, escucharon varios disparos que se habían producido sin duda en las inmediaciones del campamento, donde sólo se encontraba el Loco Esteban.

Cuando escucharon las detonaciones, ambos pensaron lo mismo: que la guardia había rodeado el campamento y que el Loco Esteban se había batido con ella y que, a esa hora, ya estaría muerto. Por eso decidieron regresar con sumo cuidado, tomando mil precauciones, a fin de evitar que fueran sorprendidos y corrieran la misma suerte.

Lo que vieron, cuando llegaron al claro, era incomprensible. El Loco Esteban estaba parado contra un árbol, cubriéndose los ojos con un brazo mientras, con el otro, sostenía la escopeta. Aún de lejos podía verse que lloraba. Y, en los alrededores, no había la menor traza de guardias o de indígenas.

Una vez que se hubieron cerciorado de que no había ningún peligro, el Hermano Lobo y Eduardo corrieron hacia el Loco Esteban que seguía llorando con convulsiones nerviosas. Con

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paciencia consiguieron calmarlo. Y cuando se hubo calmado, escucharon la más sorprendente explicación.

-- ¡Me atacaron las sachavacas! -dijo jadeando-. Eran inmensas. ¡Más grandes que elefantes!

Ambos comprendieron que el Loco Esteban estaba, en ese momento, al borde de la locura. Y lo que más les preocupaba, es que éste no quisiera desprenderse por ningún motivo de la escopeta. Por un lado, temían que él no supiera responder ante un peligro imprevisto, como el ataque de un animal, de un grupo de indígenas, o de la propia guardia. Por otro lado, tenían un verdadero terror a que el pobre hombre, en un ataque de locura, se le ocurriera tomarlos por otorongos o sachavacas y, creyendo defender su vida, los acribillara a balazos. Lo único que en ese sentido los consolaba un poco, era que su puntería -que nunca fue excelente- había seguido deteriorándose en las últimas semanas.

XVII
Cuatro días después de este incidente, iba a suceder un acontecimiento que nadie hubiera podido imaginar. El Hermano Lobo, Eduardo y el Loco Esteban se habían sentado a descansar en las proximidades de una laguna cuando creyeron escuchar voces.

-- ¡Silencio! -dijo el Hermano Lobo, mientras él mismo aguzaba el oído.

El rumor de voces se escuchó todavía un momento pero luego el silencio lo invadió todo.

-- ¡Es la guardia! -afirmó Eduardo-. -- ¡No! ¡Son indios! -dijo el Loco Esteban, sin evidenciar el mínimo temor-.

El Hermano Lobo, hizo señas enérgicas para que se escondieran entre la maleza, al tiempo que cogía la escopeta sin que el Loco Esteban hiciera el menor gesto para oponerse. Desde ahí se quedaron escuchando, tratando de captar el menor ruido de voces o de pasos. Al cabo de unos minutos, hasta ellos llegó nítida la frase:

--... ¡pero te digo que no vamos a llegar a ningún lado!

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¡¡¡La voz de Bordi era inconfundible!!!

El reencuentro fue indescriptible. Todos se dieron largos abrazos, algunos en silencio, otros con palabras entrecortadas por la emoción, y también, por la desesperanza.

Diecinueve días habían transcurrido desde que se habían ido de la colonia. Si alguien, antes de partir, les hubiera dicho que iban a pasar diecinueve días en la selva sin haber llegado al Brasil y, al fin de cuentas, sin saber dónde estaban, se les hubieran reído en la cara. ¡Eso sobrepasaba, y de lejos, los cálculos más pesimistas! Sólo en esos inevitables momentos de desaliento, que preceden toda gran aventura, podían haber imaginado una situación semejante. ¡Pero esos momentos son tan breves!

Ahora estaban ahí, al borde de una hermosa laguna, reunidos de nuevo. Como si hubieran pasado años separados, los dos grupos se contaban con lujo de detalles lo que habían visto y lo que habían hecho durante esos días que habían decidido seguir caminos diferentes. Lo único que no se comentó nunca, fue el incidente con el Loco Esteban, que parecía por lo demás haber recuperado en totalidad su lucidez y su calma.

Todos daban la impresión de sentirse bien, sin ninguna preocupación particular. De manera casi mecánica cada uno hacia lo que debía hacer, según una repartición de tareas y un orden de rotación que se había ido instalando con el tiempo. Mientras uno trataba de pescar algo, otro se iba de caza, otro trataba de encontrar algún fruto comestible, otro preparaba la comida, otro lavaba las ollas y platos, y cuando alguno necesitaba una ayuda, cualquiera de ellos, el que estuviera más próximo, respondía inmediatamente al llamado. Viéndolos así, cualquiera hubiera podido creer que todo iba bien en el mejor de los mundos, sin embargo, una noche Bordi y Eduardo tuvieron una conversación particular. -- ¿Tú todavía crees en Dios? –se animó a preguntarle Eduardo. -- ¡Hoy más que nunca! -- Pero dime, sin enojarte ¿Qué hace tu Dios que no viene a ayudarnos? -- Eduardo, ¡hay que tener confianza! Todavía estamos con vida, ¿no? Bueno, mientras hay vida, hay esperanza... -- ¿Y tú crees que vamos a vivir mucho tiempo? -- ¿Por qué no? Siempre se pueden agarrar algunos pescados en la laguna, y de vez en cuando

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se puede cazar algún animal. Hay que esperar, y rezar... -- ¿Rezar? ¿Cómo rezas tú? ¿Qué cosas dices cuando rezas? -- Yo pido a Dios que me ayude a salir de la selva, que me ayude a encontrar los alimentos que necesito y que guíe mis pasos para seguir el buen camino. --¿Tú dices eso: "Dios, te ruego que pueda encontrar los alimentos que necesito y que guíes mis pasos para salir de la selva? ¿Eso dices? ¿No dices otra cosa? -- No, no. Solo digo eso, claro, varias veces. Para hablarle a Dios no es necesario hacer un discurso. Es verdad que hay oraciones ya hechas, pero yo ya no me recuerdo de ninguna. Además ¡hace tantos años que no voy a misa!..

Prácticamente desde que se habían reencontrado Eduardo ponía su hamaca al lado de la de Bordi, y de noche conversaban hasta tarde, en voz baja, como si temieran ser escuchados por los otros. Ambos evocaban pasajes de sus vidas, conversaban sobre sus respectivas familias, sobre sus amigos, hablaban incluso de la cárcel con una profunda nostalgia.

-- Yo te pido que reces tú también -dijo Bordi con tono de verdadera súplica-. Cuanto más seamos, más posibilidades vamos a tener que Dios nos escuche. -- ¿Pero qué quieres que diga? -- ¡Lo que te he dicho! ¡Pídele a Dios que no nos falte la comida, y que nos guíe por el mejor camino para llegar al Brasil! -- ¡Pero si tú sabes que yo no soy creyente! -- Aunque no seas creyente, reza igual. No vas a perder nada ¿No? Y no necesitas hablar. Basta con que lo pienses.

Eduardo guardó silencio. Bordi también porque tuvo la certeza de que Eduardo, ¡al fin!, estaba rezando. Y eso lo puso feliz.

-- ¡No vamos a quedarnos aquí toda la vida! -dijo Ristoletti un día, en un repentino ataque de cólera-.

Todos lo miraron con ansiedad y luego se miraron recíprocamente.

-- ¿Y a dónde quieres que vayamos? -respondió el Hermano Lobo con tristeza-. Yo creo que deberíamos terminar admitiendo que estamos perdidos, que no tenemos ninguna manera de

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orientarnos. Que si salimos de aquí, bien podemos ir hacia la frontera brasileña, como podemos estar regresando hacia la colonia... o internándonos en lo más profundo de la selva...

Se produjo un largo silencio, como si cada uno tratara de digerir lo que había sido dicho, que era lo que en el fondo todos pensaban, incluido el propio Ristoletti.

-- Este lugar es bastante agradable -dijo por fin Eduardo-, bastante tranquilo. La verdad es que no nos haría ningún daño que nos quedáramos algunos días más, aunque fuera para descansar. -- ¡Pero claro! -exclamó de pronto el Hermano Lobo, golpeando la palma de su mano con el puño cerrado de la otra mano-. ¿Pero cómo no lo hemos pensado antes? ¡Eso es lo que hay que hacer! ¿No se dan cuenta? ¿Qué cosa es peor, morirnos aquí o regresar a la colonia?

Todos lo miraron estupefactos. Eduardo temió en principio que hubiera perdido la razón.

-- ¿De qué cosa estás hablando? -lo intimó-. ¿Te falla la cabeza? -- ¡Pero no! ¡¿Como no se dan cuenta?! ¡Lo que podemos intentar... es regresar a la colonia! -- ¡Pero si acabas de decir que, en realidad, no estamos en capacidad de ir a ningún lado! -- ¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Escuchen bien esto: no se trata de que nosotros vayamos a la colonia, sino... ¡de que vengan a buscarnos!! -- Como tú dices -Ristoletti se dirigía a Eduardo-, a éste le falla la cabeza. ¡Está loco de remate! -- ¡No estoy loco! -se defendió el Hermano Lobo con energía-. ¡Al contrario! ¡Estoy más cuerdo que nunca! Se trata de algo simple. Escuchen. Hasta ahora, hemos tratado de ocultarnos de los indios. ¿Por qué? Porque, si nos veían, iban a denunciarnos a la colonia. ¡Pues ahora no nos ocultaremos más! ¡Al contrario! Ahora vamos a buscarlos en los alrededores, vamos a hacer fogatas al borde mismo de la laguna. Si es necesario ¡vamos a provocar un incendio! ¡Que nos denuncien! ¡Y lo más pronto!!

Los rostros de todos se iluminaron de pronto. Luego se levantaron y fueron a abrazar al Hermano Lobo, como si éste ya los hubiera salvado. Todos se abrazaban dándose fuertes palmotadas. El Loco Esteban, en el colmo de la alegría, comenzó a dar saltos y a revolcarse en el suelo como un niño. Bordi, queriendo lucirse también, tuvo la ocurrencia de invitar a todos al borde de la laguna, y ahí, como una banda de orates, impresión acentuada por la suciedad de sus cuerpos, por sus ropas convertidas en jirones y por la barba y el cabello largo

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y revuelto, se desgañitaron gritando con el ostensible deseo de atraer la atención de los indígenas, si por casualidad estaban en los alrededores.

Imbuidos de una nueva energía, construyeron con algunos troncos una balsa y con ella comenzaron a surcar la laguna e, inclusive, se aventuraron por los ríos adyacentes, con el exclusivo propósito de encontrarse o de hacerse ver por los indígenas. Con el mismo objetivo, rivalizaron durante varios días en las iniciativas más extravagantes, como la del Loco Esteban, por ejemplo, que trepaba a los árboles más altos para gritar "Estamos aquí. ¡Vengan a buscarnos!", convencido que desde esa altura ¡podían escucharlo desde más lejos!

Al cabo de una semana, el entusiasmo decayó y se apoderó de todos una profunda apatía. Ristoletti expresó con justeza lo que sentían, cuando dijo:

-- Parece mentira, pero en esta zona ¡ni siquiera hay indios!

XVIII
Los indígenas, contrariamente a lo que todos se imaginaban, existían. Movilizados por las Misiones, éstos se habían lanzado por centenares a través de la selva, en la búsqueda de los fugitivos. Un grupo de ellos, pertenecientes a la etnia de los Piros, los había incluso ubicado, el día antes que construyeran la balsa y salieran a mostrarse por la laguna y los ríos de los alrededores, y los vigilaba discretamente mientras esperaban la llegada de los guardias que debían detenerlos.

En el improvisado campamento, la vida se había casi paralizado. La precariedad y el desasosiego habían comenzado a hacer estragos. Ristoletti se quejaba de fuertes dolores intestinales y estaba siendo consumido por una diarrea infernal que los remedios que tenían no habían conseguido parar. El Loco Esteban pasaba una buena parte del día durmiendo y tenía unas pesadillas atroces. Eduardo estaba tan deprimido que había perdido toda noción de comunidad y trataba de procurarse su alimentación sin pensar en los demás. Los únicos que se mantenían sanos y ecuánimes y que trataban de ayudar a los otros, eran Bordi y el Hermano Lobo.

Este último sacrificaba su propia comida para alimentar a sus compañeros.

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La tropa de guardias que había sido informada por la radio de una de las Misiones, del lugar donde se encontraban los evadidos, y que había sido prevenida que éstos tenían por lo menos dos escopetas, según la versión de los indígenas, antes de acercarse al campamento tomó las disposiciones normales de combate, pensando que iban a tener que batirse con verdadera furia para aprehenderlos.

En la colonia, mientras tanto, cuando se tuvo la certeza de que el final de esa aventura era inminente, el Ministro del Interior ordenó que se tomaran inmediatamente las disposiciones necesarias para hacer de la recaptura de los forajidos un verdadero show mediático, al estilo hollywoodiense. Se dispuso una gran limpieza de todos los edificios, y la construcción de una tarima desde la cual el Sargento Requena (el responsable de la operación) debía dar detalles de su arriesgada y victoriosa intervención. Para facilitar trabajo de los periodistas, fotógrafos y camarógrafos de televisión, que iban a llegar en un avión militar, se instalaron inclusive dos potentes generadores de electricidad. El publico había seguido la fuga del Sepa con una pasión pocas veces vista, y este punto final de la epopeya podía contar, por anticipado, con una audiencia masiva.

-- Una vez que ubicamos el sitio exacto donde se encontraban y escogimos el mejor momento para intervenir -dijo el Sargento Requena, el día mismo de su regreso a la colonia, bajo un enceguecedor estallido de flashes-, yo hice que mis hombres, los pocos que tenía, se desplegaran alrededor del campamento, encercándolo, por supuesto, con los fusiles listos para abrir el fuego. Pero, la verdad, es que yo contaba con el factor sorpresa, para evitar todo derramamiento de sangre.

La guardia se había instalado en las proximidades del campamento, y vigilaba todos los movimientos de los evadidos. Esta vigilancia y las informaciones proporcionadas por los indígenas les habían permitido saber que por la tarde, en realidad desde muy temprano, ya estaban todos juntos, comiendo lo que hubieran conseguido o, por el contrario, sin hacer nada, como si se tratara de un grupo de despreocupados turistas. Escoger el momento oportuno para intervenir, no representó entonces ningún problema: o poco antes de la noche, o al comienzo del día.

En cuanto a la estrategia del Sargento Requena, la cosa no podía ser más simple. Habiendo constatado que ninguno de los evadidos tenía en permanencia un arma en la mano, una vez

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que sus hombres hubieran tomado posición, él, con el megáfono, iba a intimarlos a rendirse.

"En el preciso momento en que yo comience a gritar -les había dicho- ustedes avanzan hasta quedar al descubierto. Eso va a permitirnos controlar mejor el movimiento de cada uno. ¡Abran bien los ojos! A cualquiera que intente tomar una escopeta, ustedes le tiran ¡sin asco! En cambio, si avanzan hacia ustedes desarmados, no tiren, porque eso significa que se rinden".

Minutos después, el silencio de la selva fue roto brutalmente, con la potencia atronadora del megáfono.

-- ¡No toquen las armas! ¡Están rodeados! ¡Entréguense! ¡Pongan las manos sobre la cabeza! ¡Las manos..!

Para los prófugos, la primera impresión fue de incredulidad. Esa voz, que parecía salir de lo más profundo de la tierra, bien podía ser una alucinación. Una alucinación auditiva, y visual también, porque en ese mismo momento, y en distintos lugares, vieron aparecer... ¡varias figuras de guardias!

-- Yo les había preparado una sorpresa -agregó todavía el Sargento, acomodándose la gorra para salir mejor en las fotografías-, pero les juro que el sorprendido fui yo, y toda mi gente. Cuando les grité que se rindieran, y antes que terminara el rollo que les había preparado, los vi darse vuelta y contemplar con verdadero estupor nuestra presencia. Enseguida, varios de ellos corrieron, pero no hacia las armas. ¡Qué va! ¡Corrieron... a abrazarnos! ¡Figúrense que lloraban de alegría, y uno de ellos cayó luego de rodillas y se puso a rezar como si estuviera dando gracias a Dios por haberlos salvado! Con toda franqueza ¡daba pena verlos!

Cuando los regresaron a la colonia, habían transcurrido, en total, treinta y nueve días desde que se habían ido.

La localización y la captura de los prófugos fue anunciada por Radio Reloj horas antes que el Ministerio del Interior publique un comunicado destinado a oficializar la información. Así se supo también que esta operación se había llevado a cabo sin ninguna violencia y que todos los evadidos estaban sanos y salvos, aunque bastante maltrechos por las duras condiciones de

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vida que habían tenido en las últimas semanas. En las fotos que se publicaron, mas tarde, tomadas al regreso a la colonia, algunos de ellos eran irreconocibles. Eduardo parecía haber envejecido de unos veinte años y tenía así la triste apariencia de un hombre viejo y enfermo.

Este fracaso fue recibido por todos con resignación. Después de todo, era previsible. Del Sepa sólo se podía salir, como lo decía a menudo el Teniente Valleriestra, con una orden de traslado firmada por el Director, o con una partida de defunción expedida por el Servicio Médico.

EPILOGO
En la legislación peruana, el acto de fugarse, si para ello no se había hecho uso de la violencia, no estaba considerado un delito.

Este principio legal fue aplicado a todos los participantes de la fuga, en particular, al Hermano Lobo, que obtuvo su libertad definitiva, como estaba previsto, pocas semanas después.

Eduardo, contrariamente a lo que podía temerse, iba a dar muestras de una extraordinaria resistencia física y psicológica, que le iba a permitir sobrellevar la carcelaria el tiempo suficiente para obtener, gracias a oportunos cambios políticos, una liberación anticipada y la autorización para regresar a su país de origen.

Para los otros, en cambio, la vida continuó como de costumbre, en la espera paciente y penosa de llegar al término de la condena que le había sido aplicada a cada uno.

Con la captura de los prófugos hubiera podido creerse que los medios de comunicación habían perdido toda “substancia” informativa. Pero, increíblemente, no fue así. Durante semanas, el relato de las vicisitudes de la fuga, que se iban conociendo por las declaraciones de algunos de sus participantes, o por lo que contaban los guardias, u otros internos, ocupó un espacio considerable en los órganos de prensa. A esto vino a agregarse los inevitables artículos de reflexión y de opinión sobre la problemática tanto de la delincuencia, como de la realidad penitenciaria. En este dominio, muchos se felicitaban de la elección de la selva

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como lugar de reclusión, donde quedaba confirmado, de manera concluyente, que era imposible fugarse. Y, aparte de eso, donde los presos dejaban de ser presos y podían vivir libres, felices, y para la tranquilidad de todos, lejos del conjunto de la sociedad.

El Sepa fue suprimido en1987

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