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PANAGIA

MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

PRÓLOGO
En esta pequeña obra con el título “PANAGIA” he querido reunir unos
bellos y elocuentes trozos literarios que nos recuerdan y hablan de la vida de
los santos.
El vocablo “PANAGIA” suena a santidad y significa “Todos los santos”
es derivado del griego “pan” que es todo y de “hagios” que es santo como ya
nos suena la palabra “PANTEON” que significa “Todos los dioses”.
El motivo de este nuevo trabajo es como siempre las ganas de ayudar y
estimular en la lucha por adquirir la santidad. Todos estamos llamados a ser
santos.
Estos pequeños perfiles o biografías de los sanos nos pueden servir de
ejemplo y modelo y con toda seguridad serán una poderosa intercesión y una
ayuda eficaz. Esta multitud de santos —PANAGIA— aunque sean anónimos
compartirán su gran poder y riqueza con nuestra infinita pobreza, necesidad
y miseria.
Este nuevo trabajo es como una “CRESTOMATIA”. No te asustes por
la palabreja. CRESTOMATIA en griego es una colección de trozos selectos
y útiles para enseñar y educar en este caso en la fe cristiana.
Cada uno de estos breves artículos que componen este nuevo paquete o
libro “PANAGIA” han sido ya publicados en una columna diaria en el “FARO
DE CARTAGENA” de Murcia bajo el epígrafe “DIDASKALIA”

El autor
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE
PANAGIA
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

AMOR Y CONFIANZA
La confianza es un ingrediente necesario e importante en la vida y realidad
del amor.
¿Es posible imaginar a dos novios enamorados desconfiando siempre el
uno del otro?. Confianza es confidencia “con-fidere” una palabra latina que
significa fiarse uno del otro, contar el uno con el otro en todo solo con los
límites de la prudencia. Confianza es dependencia mútua, es una garantía o
depósito.
Todo este comportamiento está sonando a amor porque la confianza es
algo constitutivo del amor, es una “conditio sine qua non”. Sin confianza no
puede existir el amor.
La confianza conlleva trato, conocimiento, intimidad y compenetración
mútua en todas las cosas, inquietudes, programas, preocupaciones hasta en
los fallos y defectos.
Confiamos nuestra salud al médico, nuestros ahorros a la banca, nuestras
vidas a los pilotos y a Dios y cuando llega el amor confiamos nuestros secretos,
nuestras confidencias y detalles íntimos al ser amado.
Nos enseñan los que están o viven en el hipotético estado de amor “los en-
amorados” que no pueden vivir y no saben hacer nada el uno sin el otro y que
si no pueden compartir la alegría de una fiesta o el encanto de una excursión
no son felices. Cada uno se cree indispensable para hacer feliz al otro.
Esta dependencia mútua significa tener de un lado un tirano en pequeño
y del otro un esclavo de cuerpo entero.
Cuando aparece el amor como resultado del trato y de la confianza el
“ego” el “yo” se va suplantando de una forma suave y natural por el “nosotros
común - koinónico y mayestático” y suenan estas expresiones “nuestras pre-
ocupaciones” “nuestros amigos” “nuestras alegrías” “nuestros programas”.
PANAGIA

En nuestro siglo desamorado aúnque pueda parecer cursi, anacrónico,


inusitado, trasnochado y utópico cuando una pareja ya no toma las deci-
siones en común, compras, ahorros, planes y salidas esa presunta situación
de confianza y de amor está condenada al fracaso y a la muerte, es más bien
una soltería egoista donde los cónyuges se convierten en caprichosos e
insoportables.
El entramado y armazón de la vida humana siempre se desarrolla así:
unos viven con una confianza a todo riesgo mientras otros no quieren correr
el riesgo de vivir “demasiado confiados”.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

AMOR Y DIÁLOGO
Dentro de las distintas e innumerables piezas que constituyen el amor está
el diálogo. Diálogo es hablar y comprenderse. Es imposible concebir o vivir
en el amor sin comunicación, diálogo y entendimiento.
En el argot político se dice que cuando se rompe el diálogo nace “la gue-
rra fría”. Si no se habla no se entiende y el no poder entenderse en un triste
Babel.
Las personas que se quieren se comunican sus ideas personales, sus sen-
timientos, sus convicciones religiosas, sus alegrías y sus penas, sus proyectos
y sus inquietudes.
Es inmenso el poder del diálogo incluso fuera del campo del amor. El
diálogo es más que una simple conversación y va más allá de las palabras:
actitudes, gestos, sonrisas, miradas. Conocidas son las expresiones: “No es
necesario que me diga nada, le comprendo nada más oir sus pasos o mirarle
a la cara …”
El diálogo empieza a enfermar cuando ante cualquier problema se calla
o se oculta, cuando nunca se está dispuesto a escuchar o si se escucha no se
hace el menor esfuerzo por comprender.
La comprensión mútua es lo más importante en el diálogo o comuni-
cación. No es fácil logicamente por eso está el juego y la ascética de la vida,
comprenderse cada día más y un poco mejor.
En la escuela de la vida todos aprendemos todos los dias a saber escuchar,
saber comunicarse, saber esperar y saber buscar la ocasión utilizando toda
clase de industrias humanas.
Dice la filosofía popular que el amor hace milagros pero la paciencia los
prepara. A la flor para que se abra no se le deben separar los pétalos con los
dedos y con violencia, a tiempo y con sol ella sola se abre.
PANAGIA

Vale la palabra cariñosa y dulce, el piropo oportuno, el guiño inteligente,


una caricia, un beso delicado. Todo esto y las palabras, los hechos y los gestos
son instrumentos del diálogo que pueden ser delicados, menos delicados y
hasta groseros y obscenos.
La delicadeza siempre fué el lenguaje íntimo del amor y cuando se cuida
se potencia se enriquece, se perfecciona, se transforma el amor.
El diálogo junto con otras muchas piezas son el alimento que mantiene
vivo el amor. Cuando falta la comunicación y el diálogo, nace el mutismo, el
callarse, el hablar solo y con las paredes, aparecen las riñas y un silencio que
huele a entierro o funeral y es que “algo ha muerto” y en este caso algo muy
importante: el amor.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

ANTONIO EL LUSITANO
No es un hombre extraño ni forastero “Antonio, el lusitano” digo lusitano
pero mejor sería “el europeo” porque se trata del conocido, querido, familiar
y doméstico San Antonio de Padua, el fraile portugués de Lisboa.
Allí nació en el año 1195 y fue canónigo de Coimbra para luego cruzar
el estrecho como el peregrino del amor para predicar a Cristo a las gentes de
Africa, recorrió más tarde Italia y Francia y terminó sus dias al norte de Italia
en la ciudad de Padua.
Un hombre lleno de ciencia profunda, de un conocimiento extraordinario
de la doctrina católica, y gran conocedor de la “quinta ausencia” de los cora-
zones humanos. Adornado con toda clase de virtudes y cualidades para ser un
buén pescador y dominador de hombres. Las muchedumbres se agolpaban
en torno suyo, las iglesias se quedaban estrechas y las plazas eran hormigueros
humanos que se agitaban para escucharle.
Vestido con una túnica pobre, descalzo y con cierto estilo de profeta, con
su voz clara, poderosa, segura y mágica llegaba a las inteligencias y cambiaba
los corazones desde la impenitencia y frivolidad hasta el dolor, la contricción,
las lágrimas y la alegría.
Ante los milagros realizados las muchedumbres le seguían por todas las
calles y caminos y se arrodillaban ante el paduano.
Hasta en los medios y ambientes mas hostiles, rebeldes y adversos el im-
petuoso fraile lusitano hacía brotar la luz de la fe, contagiaba el entusiasmo
religioso y las nobles aspiraciones, los enemigos olvidaban sus viejos renco-
res, las flores mas bellas y variadas de la virtud y de la penitencia aparecían
por doquier, la pesca se presentaba pesada y abundante porque el secreto de
Antonio era echar siempre la red en las aguas de Europa solo en el nombre
del Señor.
Testimonia la historia que durante los siglos posteriores a su tránsito XIV,
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XV y XVI seguía tan vivo el recuerdo y la memoria que era el santo campeón
del cariño y devociones populares.
Naturalmente la tradición y los siglos con su buen hacer han mantenido
siempre viva esta devoción, la han transmitido fielmente, han puenteado y
han hecho bien el relevo hasta nosotros que podemos comprobar cuantos
hombres y mujeres llevan hoy su nombre y con que solemnidad y ruido, pero
también con amor y con fe, festejan los pueblos, aldeas, parroquias y familias
a su santo y patrono San Antonio.
En la ciudad universitaria de Padua, llena de sabios famosos maestros,
terminó sus dias en el año 1231 en un bosque dentro de una choza que exhala
fragancias y rodeada de cantos de ruiseñores.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

ARTE DIVINO
A los artistas se le conoce por sus obras y los hombres son la obra maestra
de Dios.
Cuando hablamos de “imagen de Dios” nos suena siempre a hombre y
a mujer. Solo ellos han sido creados a imagen y semejanza de Dios. Sobre el
hombre se pueden dar muchas definiciones y pintar muchos cuadros y foto-
grafías, pero la sensatez nos dice que también Dios-Creador tiene un “olan
primigenio sobre el hombre”. El relojero también tiene su opinión sobre el
reloj.
Los hombres son creaturas de Dios y por lo tanto dependientes. Esta
dependencia pertenece a la naturaleza del hombre por lo tanto esta realidad
no es mala, sino buena y verdadera. Tampoco es malo que tenga dependencia
del alimento.
Estas creaturas hombre y mujer —solo ellos— son seres inteligentes y
libres. La impronta, el carácter, el sello o imagen divina es indeleble e in-
destructible, por muy desfigurada y negra que esté, nunca deja de serlo solo
dejando de ser hombres.
Logicamente por su semejanza divina es un aplauso, una gloria, una ma-
nifestación o epifanía de su Creador-Dios.
Por ser imagen de Dios los primeros Adan y Eva nunca estuvieron en estado
de “simple, pura y rasa naturaleza”. Dios los adornó con una “sobrenaturaleza”
de gracia y participación divina. Vivían en una atmósfera de familiaridad y
amistad divinas, con un trato y diálogos confiados. Así nos los muestra el
Génesis: “… Al atardecer te he oido en el jardín …”. Este cuerpo en que
brillaba un cierto resplandor o aire divino era inmortal, regalo y don que no
exigía la naturaleza humana. Era fruto de la íntima unión con Dios, dueño,
Señor y fuente de la vida. Así lo dice la sabiduría: “Dios creó todas las cosas
para la existencia y no hay en ellos principio de muerte …”
PANAGIA

Según el plan de Dios el hombre gastaría sus dias en la tierra sin agotarse su
cuerpo y sin pasar por la muerte luego sería glorificado y llevado al Paraiso.
También gozaba del don de la impasibilidad, es decir, podía no padecer.
Ni hambre, ni sed, ni corrupción, ni miedo, ni enfermedades, ni golpes, ni
dolor, ni angustias.
Tenía el don de integridad —subordinación de lo inferior a lo superior—
tanto en su cuerpo con señorio, orden y equilibrio perfecto: sentidos, instintos,
pasiones, apetitos, sentimientos, como en su vida con una subordinación
amorosa y filial a Dios.
Poseía el don de sabiduría, un conocimiento claro y sin problemas de
Dios, del mundo y de si mismo, sin pasar por los largos y penosos trabajos y
esfuerzos del estudio.
Cuando Dios hizo pasar ante Adan a todos los animales les fue dando
nombre justo y apropiado según su naturaleza. Tenía un conocimiento claro y
seguro de su misión en el mundo … ut operaretur … para trabajar … creced
y multiplicaos, llenad la tierra, sometedla y dominadla …
Esta es la verdad y la realidad de la familia humana aúnque desde la óptica
de nuestra naturaleza caida parezca sueño, ciencia ficción o producto de la
imaginación.
Así era antes, ahora es otra la realidad en absoluto nada inferior y menos
rica.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

ATANASIO
Atanasio es el nombre de una figura histórica gigantesca que vivió en
Alejandría en el siglo IV. Generalmente lo que significan los nombres de las
personas no siempre corresponde con lo que son en realidad.
Atanasio es un vocablo griego compuesto de alfa privativa y de “Thana-
thanatos” que es muerte. Significa por lo tanto inmortal, imperecedero.
La historia se ha encargado de hacer de la vida y fama de San Atanasio
algo imborrable, inolvidable, inmortal.
En medio de un caos de ideas, confusiones, imágenes y sincretismos de
doctrinas aportadas por Menfis, Grecia y Roma que reinaban junto con Iris
y Osiris, apareció el sacerdote libio Arrio negando la divinidad del Hijo de
Dios-Jesucristo.
La herejía de Arrio prendió como un fuego en el cañaveral y se propagó
rapidamente en medio de aquel ambiente-cultivo favorable. Muchos Obispos,
entre ellos Eusebio de Nicomedia y el mismo emperador Constantino y sus
hijos aceptaron con agrado aquella novedosa doctrina.
Atanasio, siendo todavía un joven diácono, aparece en escena para defender
la Divinidad del Hijo de Dios, con tanta sabiduría y prestigio, que en pocos
años llegó a ser el Patriarca de Alejandría.
Hombre de inteligencia clara, temperamento indomable, pastor bueno
y vigilante de la ortodoxia y de la ortopraxia en la vida cristiana, hombre de
exquisitos modales, incapaz de doblegarse.
En medio del desconcierto y de los errores provocados por la lucha arria-
na, el emperador Constantino desea restablecer la paz y convoca el Concilio
de Nicea en el año 325, primer concilio ecuménico, presidido por Osio de
Córdoba, donde ha triunfado la verdad defendida solemnemente por Ata-
nasio: Jesucristo es Dios —Hijo de Dios— verdadero y perfecto hombre y
verdadero y perfecto Dios.
PANAGIA

Cuenta el antiguo historiador Eusebio de Cesarea que los Obispos convo-


cados para el Concilio de Nicea llegaban heridos, maltrechos y con cruentas
señales de las persecuciones y destierros padecidos.
Venció Atanasio en Nicea, pero los adversarios arrianos no ceden y em-
piezan una campaña de intrigas y estratégicas calumnias.
Lo condenan, lo degradan y desterrado hasta cinco veces durante el reinado
de los emperadores Constantino, Constancio, Juliano el Apóstata y Valente.
Todavía, hoy después XX siglos, aquella llama del Arrianismo no se ha
extinguido, porque Jesucristo ayer, hoy y siempre es el Hijo de Dios.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

ATARAXIA
Ese exótico y bonito vocablo griego “ATARAXIA” quiere decir “tranqui-
lidad, paz, sosiego, quietud, imperturbabilidad del ánimo, placer interior”.
Era el objetivo y la meta de las aspiraciones de algunos sistemas filosóficos
antiguos.
Los terrícolas del siglo XXI lejos ya de aquellos logros lo único que hemos
conseguido es “mucho ruido, prisas, agitaciones y nerviosismo”.
El vocablo griego “ataraxia” es un compuesto de alfa privativa y del verbo
“tarasso” que es agitarse, moverse, temblar. El oficio del prefijo “alfa negativa”
en un vocable es negar lo que significa. “Afonía” será “sin voz, mudo”. Com-
puesto de “alfa privativa” y de “fonos” que es voz, sonido.
Para perseguir la “ataraxia” proponía aquella irénica filosofia antigua cuatro
medios o tetrafármacos: ahuyentar el miedo a la muerte, desafiar la amenaza y
el temor a los dioses, no reducir solo el placer a lo sensible, pensar siempre en
la “ataraxia” en medio de la brevedad de los males “in brevitate malorum”.
Realmente esa pretendida, deseada y dulce calma, ese silencio interior o del
alma, es dificil de conquistar porque está amenazada por los ruidos, sentidos,
la razón, los pensamientos, las cavilaciones, los miedos, la imaginación, los
deseos, la fugacidad y la finitud de la vida.
Decía San Agustín: El hombre es una pregunta y Dios es la única respuesta,
el único descanso, la adecuada y definitiva “ataraxia”.
Somos seres racionales y queremos razonarlo todo. Pensamos y discu-
rrimos demasiado. Cavilamos mucho. Los animales están exentos de estos
silogismos. Necesitamos sosegar y dominar la razón y descansar nuestro
entendimiento.
Deseamos todo lo que vemos. Conviene dar descanso y silencio a
nuestros deseos y apetencias. No al consumismo. Rico es aquel que menos
necesita.
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En un solo dia o momento podemos vivir toda clase de emociones o pe-


sadillas que nos encadenan. Es necesario cuidar y poner silencio y cerrojos a
nuestro corazón. Tenemos que amar lo que debemos para no enamorarnos de
lo que no debemos. En el corazón se ganan y se pierden todas las batallas.
Multitud de ideas cruzan a menudo por nuestra mente e imaginación.
Fabricamos castillos en el aire. Controlar la loca de la casa que es la imagi-
nación.
La memoria, archivo o almacén de nuestros recuerdos necesita orden y
silencio. Suele guardar muchos trastos viejos, inútiles y nocivos para nuestra
vida.
Una gran dificultad para conseguir la “ataraxia” es el amor a nuestro
propio “yo”. Hay que quemar el “ego” y hacer de él una buena estopa, dicen
los clásicos.
Todos los santos que han alcanzado la verdadera “ataraxia” vivían como
si no existiesen y tenían su lema: “No ser. No querer ser. Pisotear el yo”.
Una lucha seria y el amor al silencio nos llevará al silencio y a la auténtica
“ataraxia” del Amor.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

ATEISMO
Este sistema, filosofía, doctrina y vida que niega la existencia de Dios
rebaja, perjudica y pierde al hombre.
Es imposible demostrar la existencia de Dios, porque Dios es Espíritu y
tiene que ser objeto de la fe. Si hubiera evidencia y demostración no habría
la fe. Dentro de la configuración y constitución física y moral del mundo es
necesaria la fe.
Con toda certeza y seguridad la razón no falla tanto cuando pretende
demostrar la existencia de Dios que cuando la quiere negar.
Los materialistas-ateos no admiten mas que la materia que se palpa y se ve y
niegan la existencia de Dios que no se ve, el alma espiritual y la vida futura.
Los indiferentes no creen en la necesidad de una religión y no practican
ninguna.
Los deistas, racionalistas, judios y mahometanos, los paganos niegan la
divinidad del cristianismo.
Los cismáticos, herejes y protestantes niegan y combaten la divinidad y
la necesidad de la Iglesia Católica.
Los masones niegan la Iglesia, la familia y la patria.
Las ciencias físicas y mecánicas nos enseñan el principio de la inercia que
afirma “La materia por si sola no puede moverse …” Quién habrá puesto en
movimiento este perfecto macrocosmos …? Que fué primero el huevo y la
gallina …?”.
No fue una fuerza motriz y empujadora bruta y explosiva sino inteligente,
perfecta, armónica, adornada y ordenada: Primer Motor-Dios.
Ahí está la armonía y el adorno —Kosmos— de los movimientos del sol,
la luna, las estrellas, la tierra que recorren sus órbitas sin chocar unos con
PANAGIA

otros.
El globo de la tierra con 40.000 kilómetros de circunferencia rota sobre
si mismo en el espacio de un dia a una velocidad de 24 kilómetros por mi-
nuto.
En un año da una vuelta completa alrededor del sol a una velocidad de
30 kilómetros por segundo.
Movimientos análogos nos ofrecen los vientos, los rios, los mares, las
estaciones y la germinación de las plantas.
Decía Napoleón en la roca de Santa Elena: “Mis victorias os han hecho
creer en mi genio … El universo —Kosmos— me hacer creer en Dios …”.
Cuentan que discutían delante de Voltaire sobre la existencia de Dios y él
señalando con el dedo un reloj que colgaba de la pared exclamó: “No puedo
comprender como marcha ese reloj sino los construyó un relojero …” Se
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

BASILIO
Después del concilio de Nicea celebrado en el año 325 vivió en Cesarea
de Capadocia —Asia Menor— un hombre llamado Basilio que por su buen
hacer cultural, político y religioso fue apodado “el Grande”.
Pertenecía a una familia de conocido raigambre religioso, su hermana
Macrina fue una virgen consagrada a Dios. Tempranamente Basilio conoció
la verdadera luz del evangelio y la vanidad de la sabiduría humana.
Ante este despertar viajó por todo Oriente desde el Nilo hasta el Tigris
ansioso de conocer los santuarios famosos, discutir con los filósofos, admirar
los grandes solitarios del desierto y robustecer su fe con la visita a los Santos
Lugares.
De retorno y amaestrado por los anacoretas de Egipto y de Mesopotamia
forma un pequeño grupo o círculo amistoso con otros ascetas con unas reglas
y objetivos muy simples: el amor, la oración, el trabajo manual e intelectual
con tertulias y conversaciones sobre los mas altos problemas de la vida, de la
filosofia y de la teología. Juntos rezan, ayunan y trabajan.
Sin pretenderlo llegó Basilio a ser uno de los fundadores y reformadores
de la vida monacal o cenobítica en Oriente y escribió sus famosas “Reglas
mayores y menores” que servían de normas y catequesis.
Con frecuencia abandonaba la soledad anacoreta y se presentaba en
Constantinopla o su pueblo natal para discutir y disputar en público con los
campeones y corifeos de las herejias.
Un día se presentó ante el emperador arriano Valente y su protegido el
hereje Eunomio para defender con valentía y maestría la fe de Nicea. Dejó un
libro escrito “Adversu Eunomium” que recorrió todo Oriente pulverizando
los sofismas de Eunomio.
Nombrado Obispo de Cesarea fue un auténtico padre del pueblo, amigo
PANAGIA

de los desgraciados y los pobres, inflexible ante la fe, infatigable en la caridad.


No le importaban la calumnia ni los peligros, ni ahorraba esfuerzos para
predicar y amonestar para mover los corazones de los hombres a la limosna y
para ayudarse los unos a los otros. No se cansaba de defender a cuantos eran
victimas de la injusticia.
Ha enriquecido al mismo tiempo la literatura cristiana con un bello y
completo tratado teológico sobre el Espíritu Santo.
Pero más que las cuestiones y pugnas dogmáticas le interesaba sobre-
manera la instrucción de sus fieles y parroquianos de Cesarea empujándolos
hacia Dios por medio de una atenta y sabia contemplación de la naturaleza.
Como un gran libro que nos habla clara y solemnemente de Dios.
También nos legó este gran maestro del evangelio y de las almas y cono-
cedor de las enfermedades del hombre el “Hexameron” que es un compen-
dio y resumen de sus homilias donde explica las maravillas de los seis de la
Creación.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

BERNARDO
Aquel joven apuesto, rubio, alto y de ojos azules que vivía en la Borgoña
en medio de pasatiempos frívolos era el hijo de la bondadosa Aleth quién le
enseñó a amar a la Virgen y a practicar la virtud.
Un día escuchó el evangelio “metanoiete” “convertios” y cambió de vida lla-
mando a las puertas del Cister en busca de soledad y sentido para su vida.
Su contagio era tal que llevó consigo a 30 jóvenes entre amigos y parientes,
clérigos, estudiantes y caballeros.
Alli cumplieron al detalle la regla benedictina empujando y dando fuerza
a la alicaída orden del Cister. Fue necesario reemjambrar y hacer nuevas colo-
nias. Bernardo se puso al frente de esta empresa y construyó su campamento
o monasterio en el bonito valle del Claraval.
Todo era muy sencillo y simple, sin adornos, cruces de palo y techos de
ramaje. Allí vivió 40 años en una celda o choza pobre, organizando la vida
con todo el rigor de la regla del Cister.
Con enfermedad, pobreza y austeridad creció el Claraval que amenazaba
eclipsar el Cister.
Cada vez que salía aquel cazador de almas volvía acompañado de una
turba de conversos, clérigos, legos, hombres letrados, aristócratas y hombres
de talento. Les decía que los bosques, las piedras y los troncos les enseñarían
mucho más que los libros. Hasta en los patíbulos y casas de perdición encon-
traba discípulos y seguidores.
Un día entrando en una ciudad vió que una inmensa multitud alborotada
acompañaba a un bandido hasta la horca. Lleno de compasión cogió la cuerda
con que arrastraban al desgraciado y dijo a los verdugos: “Dejadme a este
asesino quiero colgarle con mis propias manos”. Alarmado el juez exclama:
“Bernardo, qué haces, vas a libertad a un hombre que merece mil muertes?.
PANAGIA

Respondió: “Ya sé que este hombre es digno de un gran castigo, por eso yo
mismo lo clavaré en la cruz y le haré permanecer en ella años enteros”. Se lo
llevó consigo al Claraval.
Hecha la reforma monástica se entregó a la reforma clerical. Abades y
Obispos se sometían a sus inspiraciones … Decía: “Los negocios de Dios son
mis negocios, “nada de cuanto le atañe es extraño para mi”: Por eso sale del
Claraval pasa el Rhin, recorre Francia, llega a Roma, lucha, discute, escribe
y predica. Hace cruzadas. Arremete contra las grandes amenazas de aquel
tiempo el cisma, la herejía y el islamismo.
Cansado de luchar contra el cisma exclama: “Llevo conmigo la recompensa
que es la vitoria de Cristo y la paz de la Iglesia”.
A los que empleaban las armas y la fuerza contra los herejes les enseñaba:
“Reducid a los herejes con argumentos y con cariño y no con la fuerza”.
Fue Bernardo el luchador más grande del siglo XII, dulce y violento, es
el “Doctor melífluo” con un corazón tan grande donde tenían cabida todos
los adversarios y arrepentidos.
Suya es la frase: “Si la misericordia fuese pecado yo la cometería”
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

¡BONE PASTOR!
Entre todos los títulos y calificativos con que recordamos a Jesús, ninguno
es tan dulce y querido, tan apropiado y exacto para la piedad de los fieles o
para el “numen” de los artistas y poetas como la figura de Jesús, en pié, dulce,
amable y juvenil con un cordero a las espaldas.
Todos los artistas paleo-cristianos gozaban de mostrarlo y esculpirlo en los
fontispicios de los sarcófagos, en los mosaicos, en los muros de las catacumbas
y en los arcosolios.
Solo Cristo puede decir en verdad: “Yo soy el Buén Pastor” y lo testimonia
con su vida. Conoce a sus ovejas, el número exacto de ellas. De cién le importan
las cién. Sabe de sus cualidades y defectos, la generosidad de unas; la tibieza,
la negligencia y la rebeldía de otras. Distingue su voz y las escucha.
Es conocido de ellas que también distinguen su voz de los falsos doctores,
demagogos, embaucadores y mercenarios que en vez de buscar el bién de las
ovejas se preocupa unicamente de su propio interés. El Buén Pastor guia a
sus ovejas hacia las verdes y sanas praderas. El mercenario le ofrece campos
áridos y venenosos de orgullo, de placer, de ambición y de codicia. Son los
agitadores populares y manipuladores que pretenden alimentar con hierbas
que enloquecen y deslumbran con esperanzas efímeras e irrealizables.
El Buén Pastor defiende a sus ovejas del asalto de los lobos que día y no-
che merodean en torno al redil. Al advertir la ausencia de la oveja, sin pensar
en la fatiga ni en la noche sale y vuelve a andar el camino, levanta la voz y
lanza al aire el silbido hasta que oye un balido en el barranco. Es ella ¡la oveja
descarriada!. Jubiloso la saca del precipicio, la pone sobre sus hombros y la
vuelve al redil. Su alegría es tanta y tan grande que la comunica y participa:
“Fiesta, he encontrado la oveja descarriada …”
El Buén Pastor da la vida por sus ovejas porque tiene amor. El asalariado,
el falso pastor, el mercenario, el engañador ante el mínimo esfuerzo o peligro
PANAGIA

huye y retrocede porque solo busca su interés.


Finalmente, podríamos resumir la historia y la vida de cada uno de noso-
tros —oveja perdida y descarriada— y la conocida historia de Cristo —Buén
Pastor— recordando aquel verso: “Quaerens me, sedisti lassus …”. Salió
en busca de la oveja perdida y murió por ella.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

BUENA SEMILLA
Ante la premura del tiempo y la lenta marcha de arranque del nuevo pro-
grama predicado por Jesús les da a sus discípulos algunas amonestaciones para
prevenirlos y ponerlos en guardia contra el peligro de los falsos reformadores,
charlatanes, sofistas que iban a venir a sembrar discordia, odio, cizaña, error
en aquel campo donde El acababa de arrojar la buena semilla.
Después de Jesús llegarán muchos hablando de justicia, verdad, paz, amor
y con grandes promesas de venturas. Las ovejas —los discípulos— podrán
tomarlos como pastores legítimos, pero en realidad eran lobos carniceros que
esconden su feracidad bajo un exterior amable, virtuoso y dulce.
¿Cómo distinguirlos y reconocerlos? Como un árbol por sus frutos. Se
cogen uvas de los pinos o higos de las zarzas? Un árbol que no da fruto bueno,
no es bueno.
Todo el que siembra error o incertidumbre, levanta el odio, el que hace
correr rios de sangre, el que atiza la discordia, la tristeza, la amargura, la
desesperación, el dolor, la muerte, por muy bellas que sean las palabras, sus
sistemas, sus políticas y sus filosofias siempre es un lobo que aparece con piel
de oveja, es un árbol que da frutos podridos y venenosos, es en definitiva un
falso profeta.
Es un consejo y una enseñanza de Jesús que es válido para todos los
tiempos.
Estos falsos profetas que han surgido y surgirán a lo largo de la historia
parece que le devora el celo más ardiente de la gloria de Dios, hablan pulido
y brillantemente, predican reformas, ideas de purificación y de bienestar,
prometen libertad y felicidad, pero pronto se ven a su paso espesas tinieblas,
crece la inquietud, se afilan los cuchillos, corre la sangre y aparecen las cadenas
de la servidumbre.
Eran lobos con piel de cordero, eran árboles malos que no pueden producir
PANAGIA

el fruto de la verdad, de la paz, del amor, de la dicha y del bién.


Sus nombres son innumerables, profetas falsos mayores y menores, de
cátedra y de pluma, de palabra hueca y estéril, de voz campanuda.
Por sus frutos los conoceréis: son el odio de clases, la guerra, la destrucción,
el llanto, la blasfemia, el incendio.
Si andamos por libre y separados del Señor somos ciertamente árboles
malos que producirán frutos amargos, inútiles, podridos, vacios, insípidos
y muertos. Tal vez podemos lucir un florido y verde follaje pero seguro sin
ningún fruto, como la higuera del evangelio.
Dios espera de nosotros no palabras sino obras.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

CESAREO DE ARLES
Todos los tiempos y lugares son buenos y malos para el cultivo laborioso
de la santidad.
Los obstáculos y las dificultades no están fuera de uno mismo. No son los
tiempos, ni las circunstancias, ni los siglos ni las edades. Es nuestra desgana,
nuestra pereza, nuestra tibieza, nuestro pecado el único óbice.
Hoy recordamos un ejemplo y modelo de santidad y fidelidad a Dios que
brilla y sobresale en la pequeña ciudad francesa de Arlés —sur de Francia— en
el siglo V cuando agoniza el imperio romano.
Era tal el amor a los pobres que tenía Cesareo que de pequeño daba los
zapatos nuevos a los niños que andaban descalzos. Para evitar los azotes de su
padre al llegar a casa solía decir que se los habían cogido.
Después de una agitada y desnortada juventud en las movidas de los pla-
ceres, sueños, felicidades y vanidades mundanas se retiró a la isla de Lerins,
frente a Cannes y Montecarlo, donde ingresó en un monasterio antiguamente
fundado por San Honorato. Diría mas tarde: “Oh isla afortunada y paradisíaca
que ha producido innumerables santos y doctores para la Iglesia de Francia
…”
Allí en aquel paraiso tenía como prontuario y libro de ascética toda la
naturaleza y sobre todo el mar.
Ante la calma absoluta del mar meditaba: ¿De qué sirve este silencio, esta
paz y calma del mar? Si la procesión va por dentro, la tempestad y la tormenta
está en el corazón donde se libran todas las batallas entre las pasiones y los
deleites.
Ante las furiosas olas que parecian devorar la isla reflexionaba: “Este mar
agitado y bravo es el mundo. El monasterio para mí es el puerto seguro. Aquí
tengo que echar el ancla”. Luego añadía: “El monasterio nunca debe ser un
PANAGIA

lugar de reposo sino un campo de batalla. Ascética, lucha, milicia y combate


espiritual para avanzar y lograr la perfección y la santidad”.
Ascética y pelea que cualquier cristiano —en cualquier tiempo y lugar—
debe librar en su sitio, en su trabajo, en su casa, en la calle normalmente lejos
del monasterio. En cualquier profesión o estado en medio del mundo.
También solía repetir: “Mas vale un cristiano de vida ordinaria en el siglo
que un monje relajado en un convento …”
Enfermo se traslada a Arlés para buscar médicos y medicinas y en el año
513 fue nombrado Obispo y así gastó su vida escribiendo, predicando y re-
cordando la doctrina y la moral cristiana a los fieles …
Querido, respetado y favorecido por los reyes y monarcas francos y visi-
godos, pero sin poner nunca su ministerio sacerdotal al servicio de la política
ni mendigar de la política apoyos ni recomendaciones.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

CIPRIANO DE CARTAGO
En Cartago —Norte de Africa— en el siglo III brilló y sobresalió la estrella
de un hombre convertido llamado Cipriano.
Era africano y cartaginés como el famoso escritor y apologista Tertuliano,
que fué maestro y su ídolo por medio de sus libros y sin duda le conoció en
su juventud.
Pertenecía a una familia rica, en su juventud buscó la gloria y el placer,
amó al mundo, estudió elocuencia y derecho y llegó a ser un joven maestro
en Cartago.
Descubrió que el paganismo, su filosofía, sus desvios, sus discursos, sus
idolatrías y sus falsedades no podían satisfacer su clara inteligencia y su noble
corazón.
Estudiando la doctrina cristiana encontró la verdad en el evangelio. Co-
noció a un sacerdote llamado Cecilio, hizo una conversación radical y desde
entonces se quiso llamar Cecilio-Cipriano.
Ordenado sacerdote llegó a ocupar la sede Episcopal de Cartago la primera
dignidad eclesiástica del Africa preconsular.
En el mismo año 252 que fue ordenado obispo, el emperador Decio
desencadenó una furiosa persecución que puso a prueba a aquella joven y
orgullosa comunidad cristiana. Su prevaricación demostró que su cristianismo
era más de floristería, barniz y ruido que profundo y serio.
Surgen por todas partes deserciones, apostasías, traiciones, abandonos,
prevaricaciones. Multitud de personas incluso sacerdotes y Obispos a la cabeza
desfilaron llevando ofrendas, cabras, ovejas, bueyes, incienso, velas, coronas
para ofrecer sacrificios al dios Júpiter y maldiciendo el nombre de Cristo.
También hubo confesores y mártires que resistieron valientes y generosos.
Desde el imperio y desde el pueblo gritaban: “Cipriano a los leones …”. De
PANAGIA

momento salvó sus vida huyendo.


De nuevo en Cartago en medio de una calma-tensa se encontró con la
famosa “feria de la cédulas o libelos”. Los que había desertado y traicionado
durante la persecución pretendían volver d enuevo a la comunidad cristiana
por medio de la compra, venta y reventa de los “libelos” con amplias facili-
dades para volver.
Cipriano protestó enérgicamente contra los abusos y reunió un conci-
lio en Cartago para reglamentar con firmeza e indulgencia la reintegración
oficial de los apóstatas. Aún no había terminado una persecución y ya está
en escena otro emperador Valeriano con un decreto persiguiendo a los jefes
de la Iglesia. Cipriano fue la más célebre de las víctimas. Compareció ante
el proconsul Galerio Máximo, se negó a sacrificar a los dioses del imperio y
este sentenció que muriese por la espada. Respondió el obispo: “Gracias a
Dios …”. Un inmenso griterio se levantó alrededor del pretorio, la muche-
dumbre siguió a los soldados hasta el lugar de la ejecución, extendieron lien-
zos y toallas para recoger su sangre. Mientras le despojaban de sus vestiduras
sagradas, ordenó que le regalaran al verdugo 25 monedas de oro. Le vendaron
los ojos, le ataron las manos y le asestaron el golpe mortal. Sus fieles al ano-
checer recogieron el cuerpo del Santo-Obispo-Martir-Cipriano en medio de
llantos, himnos y luces.
MANUEL LATORRE DE LAFUENTE

CIRCUNCISION Y BAUTISMO
La circuncisión o corte en redondo sobre el extremo del miembro viril
era el rito por el cual un israelita entraba en el pueblo de Dios. Tenía algo de
lo que tiene el Bautismo en la nueva Ley. Por ella el descendiente de Moisés
se inscribía en la religión mosénica, dejaba de ser profano y se hacía partíci-
pe de las promesas y privilegios de los hijos de Abrahan. Así sonaba la Ley:
“Todo hijo que venga a este mundo será circuncidado al octavo dia y si no
lo circuncidaren se le arrojará de mi pueblo, por haber roto el pacto de mi
testamento”.
Como Señor de la ley, el Verbo Encarnado no estaba sujeto a ella, sin
embargo quiso —como hebreo—
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MANUEL LATORRE DE LAFUENTE
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MANUEL LATORRE DE LAFUENTE
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MANUEL LATORRE DE LAFUENTE
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