No son los dueños del Perú

Por: Federico Salazar
Sábado 16 de Junio del 2012

Los manifestantes antimineros en Cajamarca han empezado a recurrir a la violencia. Sin caer en la provocación, la Policía Nacional debe mantener el orden. El derecho a la protesta no puede conculcar derechos ajenos. La bandera de los antimineros es ahora “Conga no va”. No importa que la empresa minera haya cumplido con la ley. No importa que el Gobierno haya buscado un peritaje internacional ni que se establezcan mayores metas de compensación ambiental. El objetivo político de los antimineros es claro: detener el proyecto minero más grande del Perú. El Gobierno, por su lado, busca generar confianza entre los inversionistas, y por eso no debe ceder al chantaje. Lo que ha permitido el crecimiento del país en los últimos años ha sido la minería. Los precios excepcionales de los mercados internacionales favorecieron las inversiones. Si bien hemos visto algunas inversiones de miles de millones de dólares, en realidad estamos en el comienzo de lo que debería ser una ola inversionista en el Perú. Solamente algo así, sostenido en el tiempo, nos puede sacar del atraso y la pobreza. Pero, entonces, ¿qué quieren los antimineros? No solo no quieren la minería sino que no desean que el Perú sea atractivo a los inversionistas. ¿Cómo podría ser atractivo el Perú si se logra detener inversiones que se hacen con apego a las leyes y el Estado de derecho? Nadie querría invertir en un país donde los negocios no se guiaran por el

derecho sino por la política, cuando no por la turba y el incendio. La minería, por supuesto, debe ser responsable. El Estado debe establecer y hacer cumplir las reglas y medidas de esa responsabilidad. No podemos transferir esa autoridad a las regiones. Lo que en el fondo propone la posición antiminera es pasar la toma de decisión del Estado a la región. Si eso se aceptara, sería el fin del Estado nacional y, de paso, del crecimiento económico. No solo se trata de Cajamarca, se trata de todo el país. Y no solo se trata de la minería, sino del Estado de derecho. Las cosas serían más claras si las poblaciones vieran y recibieran parte de los beneficios de las inversiones. Sin embargo, son justamente algunos gobiernos regionales los que no permiten que eso suceda. Unos 3.500 millones de dólares aportan los impuestos a los gobiernos regionales. Estos, sin embargo, no tienen la capacidad de ejecución de obras que podrían haber empezado a transformar el país. El Gobierno debe acelerar la reforma de los procedimientos burocráticos que impiden la inversión social. Debe, además, ayudar a los gobiernos regionales con cuadros técnicos para lograr la mayor eficiencia del gasto. Nada de eso se podrá obtener si la inversión baja su ritmo de crecimiento. Eso sucederá si las turbas logran sustituir a la ley y al Gobierno Nacional. El Gobierno debe mantenerse firme, pero también activo en la ayuda a los gobiernos regionales. Los antimineros son muy pocos, y no tienen argumentos. No podrán apropiarse de lo que no es de ellos sino de todos los peruanos.

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