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LOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y SU DIMENSIÓN POLÍTICA 1.

La base del conflicto social: las condiciones de vida del proletariado La doble revolución, política e industrial, marcó el inicio del siglo XIX y lo impregnó en su totalidad. Obra de la burguesía ascendente, esta doble revolución transformó las bases del Antiguo Régimen, inaugurando un nuevo período de la historia de la humanidad. El programa político acuñado durante la Revolución Francesa, resumido en la célebre trilogía, Libertad, Igualdad y Fraternidad (sin olvidar el menos idílico de Propiedad), supuso una transformación radical en la manera de ver el mundo y concebir la organización de las sociedades. Junto a ella, en el terreno de la técnica, se produjo la llamada Revolución Industrial, que abrió en sus inicios enormes expectativas de beneficio, creación de riqueza y crecimiento de la economía. Sin embargo, las optimistas previsiones, e incluso ilusiones, de buena parte de los pensadores políticos de la época, se vieron pronto oscurecidas por la realidad. Junto a, y fruto de esta doble revolución, apareció un panorama social bien distinto del proclamado por los principios de la revolución política y por la Revolución Industrial. El surgimiento del proletariado y la miseria que le acompaña, empañaron con su presencia los ideales defendidos en los programas políticos y económicos de la burguesía. El problema radicaba en que "la gran revolución de 1789-1848 fue el triunfo no de la "industria" como tal, sino de la industria "capitalista"; no de la libertad y la igualdad en general, sino de la "clase media" o sociedad "burguesa" y liberal; no de la "economía moderna", sino de las economías y estados en una región geográfica particular del mundo (parte de Europa y algunas regiones de Norteamérica)". En resumen, aquella transformación de la organización política, social y económica, basada en unos principios que la burguesía pretendió mostrar como universales y en beneficios de todos, pronto aparecieron como patrimonio de ella misma, excluyendo a la mayoría de la población. La gran contradicción a la que estaba sometida la sociedad burguesa, y en especial la de la primera mitad del siglo XIX, fue que, al tiempo que aumentaba la producción agrícola e industrial, la mayoría de la población se empobrecía y los salarios descendían. Esta contradicción económica se plasmó en los siguientes términos: - Las ciudades y zonas industriales crecieron rápidamente bajo el impulso de la industrialización, sin ninguna planificación ni elementales servicios de limpieza, abastecimiento de agua, sanidad y viviendas adecuadas para la clase trabajadora. - Esta falta de organización y de higiene en el hábitat, contribuyó a la aparición o agravamiento de enfermedades en el medio obrero y de las clases pobres (tuberculosis, sífilis, alcoholismo, etc.). - Los bajos salarios, así como las crisis cíclicas del sistema que abocaban al paro a miles de obreros, contribuyeron a que junto a las condiciones miserables de vida, el espectro del hambre hiciese su aparición. - Junto a las malas condiciones de vida, hay que destacar las condiciones de trabajo. Todo el siglo XIX está lleno de testimonios de médicos, sociólogos, juristas, etc., que constatan las durísimas condiciones de trabajo del proletariado, y que en líneas generales se pueden resumir en: jornada de trabajo excesiva, condiciones insalubres de trabajo y miserables salarios a cambio de un fuerte esfuerzo. - El proceso de transformación económica expulsó a miles de personas de su hábitat, dejándolas sin trabajo y contribuyendo así al aumento del vagabundeo y de la mendicidad. Los efectos sociales de semejantes condiciones de vida, fueron inmensos y se tradujeron en un aumento de la criminalidad, la violencia, el infanticidio, la prostitución, el suicidio, la locura, el alcoholismo, etc. Por todo ello, las clases trabajadoras aparecían ante la bienpensante burguesía como clases peligrosas, transmisoras de enfermedades, practicantes de vicios, criminales, tendentes a la insurrección y al motín.

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En este contexto es donde se genera el conflicto social. Conflicto social que hay que entender en un sentido amplio. Su base es la explotación económica a la que está sometido el proletariado y en general las clases más bajas de la sociedad. Sin embargo, la manifestación de esta conflictividad es múltiple, aunque con un fondo común, y va desde el aumento de la delincuencia, a la propagación de enfermedades, pasando por las reivindicaciones del proletariado y la utilización de la huelga como instrumento de protesta. La pérdida de las prerrogativas -cuando no la supresión- de las corporaciones de oficio (realizada durante esta etapa) y la aparición de nuevas formas de trabajo hacen que la defensa de los obreros ante la situación descrita cristalice de maneras diversas. Ello sucede sin solución de continuidad respecto a los conflictos laborales que también son frecuentes en el Antiguo Régimen. Pero, en la medida en que se acentúa la separación personal y trabajo, tanto el número como la amplitud y la coherencia de los enfrentamientos tienden también a consolidarse. Examinamos tres modos típicos de reacción obrera: la huelga, la reacción antimáquinas y el asociacionismo. En cuanto a la huelga, se trata a caso de la menos original -cronológicamente- de las formas conflictivas. Ya se daba en el Antiguo Régimen y se multiplicará desde fines del XVIII y primera mitad del XIX. Existían ya movilizaciones de varios millares de obreros con cajas de resistencia, amparadas en sociedades de socorros mutuos. Respecto a la reacción antimáquinas, es otra fórmula característica de la primera etapa de los enfrentamientos; aunque también aquí se mezcla la toma de conciencia de que la máquina es culpable del paro (luddismo) con la tradición conflictiva gremial que ya acababa con frecuencia en la destrucción de los instrumentos de trabajo durante el siglo XVIII. Al hablar del nuevo asociacionismo obrero, nos referimos en realidad a instituciones de naturaleza diversa, en especial por la extracción horizontal que desde su nacimiento presentan. El movimiento de agrupación de los trabajadores no tiene que ver con la decadencia gremial o el maquinismo, sino con el divorcio entre capital y trabajo. Pero no procede tampoco de la miseria sino, paradójicamente, del afán de los mejor acomodados por mantener su situación. El primer movimiento obrero es, dentro del proletariado, paradójicamente clasista. Las primeras asociaciones suelen realizarse en los oficios de cierta raigambre, por su calidad y por su antigüedad, es lógico, por una mera razón de tradición profesional y de nivel cultural. Así, el sindicalismo no es el resultado de un simple fenómeno económico que motiva una agrupación de clase, sino un hecho sociocultural complejo. La misma complejidad, por último, se percibe en sus propias realizaciones, que se escalonan desde la mera finalidad asistencial y previsora hasta una acción positiva en el ámbito de la producción y el comercio (el cooperativismo) o en el de la política (el movimiento obrero estrictamente dicho). 2. Las soluciones del movimiento obrero. 2.1. Movimiento obrero y conflicto social Ante las condiciones de vida descritas en otro apartado de este tema, pocas alternativas le quedaban al proletariado. Las vías de ascenso social, aunque teóricamente estaban abiertas en la sociedad liberal, eran en la práctica imposibles. La desmoralización era una de las consecuencias directas de aquella brutal explotación. Y la rebelión era intrínseca a un sistema injusto. La novedad en el siglo XIX no es el conflicto social en sí mismo, pues éste existe en las diversas formas de organización social. Lo importante es que en este siglo se van a ir perfilando diferentes estrategias reivindicativas y de transformación social entre las clases más desfavorecidas de la sociedad y que encuentran su aplicación práctica en el movimiento obrero. La novedad real fue que el motín popular que había sido la forma tradicional de protesta, aunque no desapareció, quedó subsumido en la nueva

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forma de lucha, caracterizada por la organización del trabajador, por la conciencia de clase y por aspiraciones sociales que se definían en la palabra socialismo. Se denomina movimiento obrero a la lucha organizada de los trabajadores para mejorar sus condiciones de vida por medios pacíficos habitualmente, violentos a veces, con objetivos en unos casos revolucionarios y en otros puramente reivindicativos. Sus orígenes se remontan a las organizaciones gremiales de los artesanos en la Edad Media, pero sólo desde mediados del siglo XIX se convirtió en una constante de la vida social y política de los países más avanzados de Europa. En cuanto al término socialismo, en sus orígenes designaba un conjunto de doctrinas que condenaban al capitalismo como injusto e ineficaz, y propugnaban una nueva organización social cuyos principios no fueran el individualismo y la competencia, sino el igualitarismo y la solidaridad. En términos generales, el socialismo fue una elaboración de intelectuales procedentes de la clase media o, incluso de la nobleza, mientras que los propios trabajadores crearon el movimiento obrero. Ahora bien, el movimiento obrero no es equivalente a socialismo, aunque esta ideología, en sus diferentes versiones, fue sin duda la que le impregnó con mayor fuerza y le dio buena parte de su orientación político-social. La riqueza de las formas organizativas y de protesta, es otra de las características del movimiento obrero. La destrucción de las máquinas, la huelga, el motín, la creación de sociedades mutualistas y cooperativas, el sindicato, los partidos políticos, las organizaciones internacionales, son una muestra de esta variedad, que no se excluyen necesariamente entre sí, sino que la mayoría de las veces son coetáneas y simultáneas, aunque indudablemente existe, según la evolución de la sociedad, estrategias, tendencias y maneras de organización que se imponen. Tampoco hay que olvidar que las realidades nacionales inciden en la conformación del movimiento obrero; así, por ejemplo, hacia 1880, las formas organizativas del proletariado tienen diferencias notables entre Alemania y Francia. 2.1.1. Las sociedades obreras. La aparición y crecimiento de las sociedades obreras dependen en gran medida del proceso de desarrollo de la economía capitalista y de su ritmo industrializador, y de las medidas represoras de los gobiernos liberales de cada país. Todo ello ha generado que surjan y se desarrollen en primer lugar las sociedades de ayuda mutua y las cooperativas y posteriormente los sindicatos. 2.1.1.1. Sociedades de Socorro Mútuo Ante la desprotección y miseria de los trabajadores, el Estado legisló para que se pudiesen crear sociedades con fines protectores, mientras reprimía y prohibía las sociedades de resistencia. El mutualismo suponía la continuidad de las tradiciones gremiales o religiosas de los artesanos del Antiguo Régimen y respondía a la preocupación de los trabajadores por la protección ante la enfermedad y ante otros avatares del destino. El legalizar este tipo de asociaciones servía para incrementar la responsabilidad de los trabajadores y aliviar su desgracia lo que permitía evitar posibles revueltas ante la miseria y desgracia. Bien es verdad que en algunas ocasiones dichas sociedades mutuas sirvieron para camuflar las de resistencia. Al disponer de un fondo económico que les permitía ir a la huelga. Las mutualidades eran interclasistas, agrupaban a trabajadores y a miembros de otras clases sociales, incluyendo a dueños de pequeñas empresas y artesanos, quedando marginados los obreros con bajos salarios o con empleo poco estable, ya que no podían pagar regularmente las cuotas establecidas. Este tipo de sociedades favorecía el orgullo a la pertenencia a un mismo oficio y favorecía las relaciones paternalistas en el ámbito laboral. Los que pertenecían a ella podían disfrutar de seguro en caso de enfermedad, invalidez, indemnizaciones para los funerales y, a veces, pensiones a viudas y huérfanos. Estaban obligados mensualmente a la aportación de un dinero con el cual cubrían los gastos sociales de los asociados. Las enfermedades venéreas o heridas producidas en riñas no estaban cubiertas por los socorros.

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Algunas llegaron a ser poderosas y dispusieron de recursos que les permitía aguantar algunas huelgas. A veces bajo estas organizaciones benéficas se ocultaban asociaciones reivindicativas ya que muchos de sus miembros participaban en acciones de protesta o en peticiones al gobierno. Conforme se incrementó la mediación del Estado en las cuestiones sociales y se crearon sociedades privadas de seguros, fue disminuyendo el peso del mutualismo en los inicios del siglo XX. 2.1.1.2. Las Cooperativas Es una respuesta de la clase trabajadora ante la revolución industrial y el sistema capitalista, reclamando la cooperación para contrarrestar el impacto del capitalismo competitivo. Tienen un carácter defensivo cuya finalidad era ayudar a sobrevivir a sus socios. Tratan de lograr un sistema autogestionado por los obreros y artesanos sin la presencia de los capitalistas. No tenían ningún espíritu de conquista, ni afán de transformar la economía. El cooperativismo surgió en el contexto de resistencia al capitalismo industrial, bajo la influencia del socialismo utópico. Ante la dificultad de poner en práctica la idea de Owen sobre las cooperativas, se reduce el modelo cooperativas que pretenden evitar que los obreros se vean perjudicados por la especulación de la economía capitalista. Tienen una clara influencia del pensamiento de los socialistas utópico que presentan al cooperativismo como un sistema alternativo al capitalismo y que sería creado e impulsado por los sindicatos. Estaban formadas por obreros cualificados y artesanos que se asocian para escapar de la explotación capitalista. Los obreros que carecen de ingresos difícilmente podían participar. Tipos de cooperativas: a) De producción. Reúnen su trabajo y su capital para producir y controlar los beneficios de su trabajo, al margen de los empresarios. Su número fue reducido y la mayoría fracasaron. b) De consumo. La función era comprar productos, alimentos y vestidos a precios más baratos para ser vendidos entre los socios. De esta forma pueden mejorar algo su nivel de vida. La experiencia se extendió por toda Inglaterra y en 1850 existían 44 cooperativas. c) De viviendas. Vinculada al sector obrero y capas medias. Es una respuesta ante la especulación y encarecimiento de la vivienda. Tuvieron escaso éxito por la dificultad de disponer de financiación. Se dieron casos en Francia y Alemania. d) Agrícolas. Dispone de créditos, comercializa sus propios productos agrarios y consigue simientes y abonos a precios más bajos. 2.2. Los sindicatos obreros Es una asociación de trabajadores que pretende mejorar la situación laboral de los obreros. En dicho fenómeno asociativo quedó marginada la mujer ya que no fue aceptada, negándose en la práctica la igualdad de derechos entre trabajadores y trabajadoras. Las primeras organizaciones sindicales tuvieron que vivir en la clandestinidad ante la prohibición de las asociaciones obreras y sufrir persecuciones. Sin embargo, realizaron acciones de protesta, enviaron peticiones políticas y sociales al gobierno y recurrieron a la huelga en algunas ocasiones. La aplicación de las leyes que prohibían las asociaciones laborales fue muy rigurosa contra aquellas organizaciones que pretendían mejoras laborales y de aquí las dificultades para su aparición. En las dos primeras décadas del siglo XIX fueron perseguidos al considerarlos revolucionarios y se les castigaba a varios años de cárcel. A pesar de ello, aparecieron algunas de forma clandestina en Inglaterra. El país donde por primera vez aparece un movimiento político articulado y coherente de trabajadores de cualquier género contra el capitalismo, teórica o fácticamente (1824). Se trata de un proceso en el que cabe distinguir dos aspectos elementales: el nacimiento del sindicalismo y su politización.

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2.3. El Cartismo Movimiento de masas básicamente obrero y con cierta influencia socialista, cuyo objetivo era que el Parlamento aprobara una Carta elaborada en 1838, que exigía la democratización del propio Parlamento para que tuvieran acceso al mismo, representantes de la clase obrera. En 1837 se dio a conocer la Carta del Pueblo en que se pedía: derecho de los no propietarios a ser elegidos diputados, retribución para éstos, sufragio universal masculino, voto secreto, distritos electorales iguales y reunión anual del Parlamento. Estas peticiones de los cartistas fueron recogiéndose poco a poco después de la desaparición del cartismo a lo largo del siglo XIX. 3. Socialismo utópico En los años 1820 la discusión intelectual sobre la realidad que había creado el liberalismo, dio lugar al concepto de socialismo. Entroncados, al igual que los liberales, en la familia ideológica descendiente del humanismo y de la ilustración, los socialistas del primer período se diferenciaban de los liberales en los siguientes puntos: El denominador común de todo el socialismo y anarquismo fue la hostilidad declarada al liberalismo económico como teoría y a la propiedad privada como institución. - Rompían con la creencia liberal en una sociedad creada por la simple suma de los individuos, cuya fuerza residía en su propio interés y en la libre competencia entre ellos. Frente a esta concepción de la sociedad proponían que tenía una naturaleza comunal, y pensaban que antes del nacimiento de la sociedad clasista y la propiedad, los hombres habían conocido la armonía. - La crítica a la libertad económica se convirtió en el centro de las reflexiones de los primeros socialistas, preconizando la transformación progresiva de las instituciones económicas. En lo que se refiere a cómo llevar a cabo la transformación de la sociedad, los socialistas utópicos estaban firmemente convencidos de que la verdad sólo tenía que ser proclamada para que las élites ilustradas lo adoptaran. El voluntarismo no exento de cierto espiritualismo y la creencia en la reforma social eran los puntos básicos en los que se fundaba la estrategia de los socialistas utópicos. De ahí que surgieran la creación de plantas piloto de tipo socialista, como la "Nueva Armonía" de Owen o los "Falansterios" de Fourier, que no pasaron de experiencias que fracasaron. Además las diferencias en la concepción de los cambios que había que realizar, sobre la forma de organizarse y sobre el papel del Estado, marcaron diferentes caminos a seguir, como fueron el productivismo, el asociacionismo o el anarquismo. 3.1. El Socialismo productivista Representado por el conde de Saint Simon que consideraba que el único porvenir está en la industrialización que convierte a los ociosos en productores. El liberalismo no puede conseguirlo porque hace falta una autoridad. Esta autoridad no puede confiarse al Estado sino a las capacidades (comerciantes, industriales, sabios y técnicos). Sin embargo sus discípulos consideran que el Estado, único propietario de los medios de producción, entregará a los más capaces la producción. Esta escuela se convertirá posteriormente en una secta religiosa, de hecho la obra principal de Saint Simon Nuevo Cristianismo (1825), puede ser considerada como la teorización de un socialismo místico. Llega a lo que considera un nuevo cristianismo: religión sin teología ni dogmas; conjunto de leyes positivas que impulsen indefinidamente el trabajo y la producción. Entre tales leyes se cuentan las que establecen la necesidad de la propiedad privada y la previsión social, la de supresión de la herencia y la que establece el principio de que el trabajador ha de ser retribuido según lo que realiza, pero dentro de cada grupo de hombres, clasificados por capacidades. 3.2. El Socialismo asociacionista Robert Owen (1771-1858), importante empresario textil, fue su doctrinario y hombre de acción; escribió Nuevos puntos de vista sobre la sociedad, libro en el que consideraba que las mejoras de las 5

condiciones ambientales de trabajo y de vida en general, provocarían necesariamente una mejora de los hombres. En el campo más estrictamente económico su preocupación central era el deseo de suprimir la ganancia del empresario; para ello propuso la creación de colonias en Escocia y Estados Unidos y fundó en Birmingham un almacén de intercambio (New Lamarck) que resultó inviable. En el orden teórico busca la constitución de comunidades autosuficientes: la aldea de unidad y cooperación, que habrá de tener de 500 a 1500 habitantes, organizado sobre la base de la cooperación social y la eliminación de la competencia individualista y de la explotación económica del obrero por el empresario. Con la creación de la "Grand National Consolidated Trade Union" pretende además que la nueva organización articule toda la economía en sentido cooperativista, a nivel nacional, y que, por medio de la huelga general pacífica, llegue a sustituir al Estado. Al final de su vida, por último, todas estas ideas aparecerán tamizadas por un tono mesiánico con implicaciones espiritistas. La influencia de Owen había de ser importante en el orden práctico, como impulsor del movimiento obrero, y en el doctrinal, sobre otros autores. Charles Fourier (1772-1837), es el más decididamente utópico, considera que el orden social tiene un carácter caótico y atribuye la culpabilidad de tal estado de cosas a la acción del hombre sobre la Naturaleza, por tanto, afirma que es nociva toda la economía industrial en conjunto, pero también aspectos concretos como la propiedad, la libre competencia, incluso la ciencia y la técnica, y que la competencia lanza a la lucha de empresarios, consumidores y obreros, en vez de armonizar sus intereses. Elimina los débiles por los fuertes y conduce al monopolio. Para evitarlo propone en definitiva una suerte de cooperativismo agrario sin la cadencia comunista de Owen. El mundo habrá de ser una federación de falansterios libres. El falansterio es la unidad de trabajo, concebida como sociedad por acciones (de las que cada miembro ha de tener por lo menos una). El número de miembros de cada uno de estos falansterios será de 1620 exactamente, que deberían vivir y trabajar, cada uno según sus preferencias. En cada falansterio cada individuo desempeña una función, pero de forma rotativa: de modo que cada cual ejerza más de diez oficios, en total, y varios de ellos cada día. El gobierno del falansterio corresponde a directores electivos, que no gobernarán a las personas sino que administrarán las cosas (lo que habría de suponer la eliminación de conflictos). A la hora de repartir los beneficios, serían éstos repartidos en doce partes: cuatro para el capital, cinco para el trabajo y tres para la dirección. En Europa tales proyectos nunca se pusieron en práctica, pero en Estados Unidos, donde abundaban las tierras vírgenes y los espíritus innovadores, se crearon varios falansterios. Tanto las colonias de Owen como las de Fourier acabaron en un rotundo fracaso. 4. Socialismo proletario Se diferencian de los utópicos en que pretenden la configuración de una sociedad regida por los propios trabajadores, no en el mantenimiento de clases sociales con diferencias mitigadas. Aun cuando el último de ellos se irroga una denominación nueva -socialismo científico-, los socialismos proletarios de más envergadura son los propuestos por Proudhon, Bakunin y Marx. 4.1. Bakunin En realidad, el conde ruso Mijail Alexandrovich Bakunin (1814-1876) no hace sino sistematizar, dar coherencia y eficacia política al pensamiento de Proudhon. Él mismo dice que el anarquismo no es sino "el proudhonismo ampliamente desarrollado y llevado a sus últimas consecuencias". Su ideario vuelve a evocar intensamente el planteamiento ilustrado, del que parte. Lo que en definitiva preconiza es un individualismo radical, con la única pero decisiva diferencia respecto a la ilustración de que ni siquiera acepta la acción tutelar del Estado como mal menor. Pero esto no significa que enfrentasen libertad individual a sociedad, pues parten de la sociabilidad natural del ser humano. De hecho, su concepción de sociedad no es la de un conjunto de reglas escritas, sino el medio natural en el que se desenvuelve el hombre. La cooperación entre las 6

distintas individualidades se conseguiría de modo voluntario sin necesidad de autoritarismo. Defienden también la igualdad, en especial la económica. El Estado, para él, es siempre un instrumento coactivo. Y es además innecesario en una comunidad económica bien organizada. Por tal entiende aquella que se articula de abajo arriba: tanto en cuanto, comunidad como en cuanto economía. En el primer aspecto, concibe el sindicato como "organización natural de las masas", y el gobierno social, como el resultado de la federación de los sindicatos. En lo económico, la célula ha de ser la empresa autogestora (sin propiedad privada: con mera "posesión" individual de los medios de producción). Y la economía ha de ser planificada por la federación de empresas autogestoras. Los miembros del sindicato son firmes partidarios de la destrucción del Estado, pues éste coacciona la libertad individual e impide que el individuo desarrolle sus capacidades y recoja el producto de su trabajo. Estos sindicatos se federarán en pequeñas comunidades, con capacidad de decisión propia. Importa advertir que, como medio fundamental para imponer tal articulación, Bakunin preconiza la insurrección y la huelga general (no el terrorismo, cuya relación con el ideario ácrata se da en el período posterior, 1870-1914, y al margen del activista ruso). Bakunin se caracterizaba sobre todo por su confianza en que bastaría que un puñado de hombres decididos iniciara la revolución violenta para que las masas oprimidas se alzaran en armas. Tras el triunfo revolucionario, la destrucción de las instituciones que oprimían a los hombres haría aflorar inmediatamente las cualidades naturales de estos. A diferencia de Marx, que confiaba en el proletariado industrial de los países más desarrollados, Bakunin consideraba superior el potencial revolucionario de los campesinos de países atrasados como Italia, España, o su Rusia natal. Sus ideas apenas tuvieron repercusión en Gran Bretaña o Alemania, alcanzando una cierta influencia entre núcleos de jóvenes revolucionarios y militantes obreros de Italia, Suiza y España. La educación de las masas es otro de los puntales básicos de este pensamiento: sólo se es verdaderamente libre cuando se puede razonar libremente, y por ello, es necesaria la cultura. Para finalizar hay que distinguir entre el anarco-colectivismo bakuniano, que aboga por el control de los medios de producción (tierras y capitales), pero dejando libertad a que después el individuo domine los "frutos" de los mismos, y el comunismo libertario, defendido por Kropotkin, en el que el control ha de ser total, incluyendo dichos "frutos". Otras ideas son: libertad para los dos sexos, por lo que la igualdad entre ellos es premisa fundamental. Como hemos dicho antes, está en contra de todo sistema de poder establecido y especialmente en contra del Estado y de la Iglesia como institución. La causa es que todo poder corrompe siempre, porque la autoridad supone la primacía de un hombre sobre el resto, que, al imponer esta autoridad, elimina parte de la libertad del gobernado. Por tanto es imprescindible destruir y eliminar cualquier tipo de poder. Son partidarios de la eliminación de las clases sociales y, en su mayoría, de la herencia. Por otra parte, están en contra de los llamados votos irrevocables, como pueden ser el matrimonio y el sacerdocio, ya que, al ser compromisos que atan para toda la vida, eliminan parte de la libertad humana. La postura de los anarquistas es contraria a cualquier participación política en el marco del "Estado burgués". La actuación política se reduce a la propaganda. En este aspecto hay grandes diferencias entre los que defienden una vía pacífica y los defensores del terrorismo (propaganda del hecho). A final de siglo se produce una gran cantidad de atentados a personajes importantes de todo el mundo, la mayoría de los cuales resultan mortales. Hay también una tendencia a la actuación mediante el sindicato: es el llamado anarco-sindicalismo.

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4.3. Marx Hay un contraste esencial entre los idearios expuestos hasta aquí y el pensamiento de Carlos Marx (1818-1883). Mientras aquellos socialismos no pasan en ningún momento de ser interpretaciones sociológicas, Marx parte de una problemática metafísica (la de los Hegelianos) aunque sea para negarla y reducirla a dinámica social. Hijo de un abogado judío de religión protestante, estudia derecho en la Universidad de Bonn y Filosofía en la de Berlín, en un momento de pleno imperio del pensamiento de Hegel. Conoce a otro pensador hegeliano Friedrich Engels, su colaborador en adelante, hijo de ricos industriales del sector textil alemán. El Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Federico Engels cuyas ideas se basaban en tres grandes experiencias que habían acontecido en tres naciones europeas: a) La Revolución francesa: un precedente formidable que permitía creer en la posibilidad de que bastaría una revolución violenta para cambiar de raíz la Historia de la humanidad. b) La Revolución industrial inglesa, que podía entenderse a la vez como la prueba de que la Humanidad contaba con unos instrumentos técnicos que podrían llevarla al reino de la abundancia, y de que en el marco de la sociedad capitalista tales instrumentos sólo servían para perpetuar la miseria del proletariado. c) La filosofía alemana, especialmente la de Hegel, a la luz de la cual parecía posible comprender el sentido lógico de la historia, y en la que Marx se apoyó para desarrollar su propio pensamiento, el materialismo dialéctico. El punto de partida es la concepción de la realidad que responde al dictado de Materialismo dialéctico. Se denomina materialismo porque sostiene que la materia es anterior al espíritu y lo condiciona, y dialéctico porque todo está en evolución, en cambio dialéctico: dentro de cada elemento vivo (tesis) existe una contradicción su opuesto (antítesis), ambos están en perpetua lucha y hacen nacer un elemento nuevo (síntesis) que supera a los anteriores. Aplicada esta teoría a la historia, recibe el nombre de Materialismo histórico. Marx, al hacer el estudio de la historia, parte de que en toda sociedad o "estructura social" existe una infraestructura material, que es la economía. Sobre ella se apoya la sociedad y lo que ésta piensa y cree (el derecho, la religión, la ciencia, el arte, etc.), a lo que llama superestructura. Según sea la infraestructura así será la superestructura, y cualquier cambio en aquélla, producirá un cambio en ésta y viceversa. Esta interpretación histórica implica que los hombres pueden acelerar la evolución, pero no pueden elegir su dirección la cual está determinada. Lo importante de una sociedad es, por tanto, lo económico, sus relaciones con los medios de producción, que sólo pueden ser de propietario y no propietario. De ahí que la sociedad se divida en dos clases o grupos: propietarios de medios de producción (patronos o burgueses) y no propietarios de los mismos (siervos, obreros o proletarios). Entre ambas clases hay un enfrentamiento dialéctico que desemboca en una síntesis nueva. El capitalismo entra en crisis según las siguientes leyes: leyes de acumulación creciente del capital, de concentración de las empresas, de empobrecimiento progresivo del proletariado, de debilitación progresiva también de las clases medias, de ahondamiento de las crisis de superproducción, es decir, por la acumulación de bienes que el pueblo no podía comprar. De ahí que cayese, periódicamente, en crisis y depresiones, y se viese obligado también a una constante expansión en busca de nuevos mercados.

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El capitalismo está abocado a la crisis autodestructora que pondrá los medios de producción en manos del productor. Pero, a partir de este momento, dejará de existir la posibilidad del conflicto dialéctico. En el caso de la sociedad capitalista, la burguesía es la tesis (a su vez fue antítesis de la sociedad feudal) que engendra a su propio enemigo, el proletariado (antítesis). De la lucha de ambos, lucha de clases, surgirá una síntesis (la sociedad socialista). El triunfo de los proletarios en esta lucha o revolución social llevará a esta clase al poder y producirá el establecimiento de una dictadura (transitoria), la dictadura del proletariado. En el futuro surgirá, por tanto, una nueva sociedad socialista en la que no habrá clases, ni Estado. Otros conceptos importantes en la teoría de Marx son los siguientes: - La necesidad de participar mediante partidos políticos en la democracia burguesa, consecuencia, en gran medida, de lo expuesto anteriormente. A la creación de estos partidos dedicará Marx gran parte de su labor. - El valor: un objeto tiene el valor del trabajo que haya costado producirlo, lo mismo que el de su materia prima. La forma de medirlo es evaluar la cantidad de "tiempo de trabajo necesario". - La plusvalía o exceso de valor: el obrero recibe un salario que es lo que cuesta producir aquello que necesita para vivir. Pero realmente, el obrero trabaja una serie de horas de más, por las que no recibe salario alguno. Esta cantidad de trabajo no pagado al obrero, que queda en beneficio del patrono y con el que se enriquece, es la plusvalía. - La Dictadura del proletariado: es, para Marx transitoria. El proletariado debe conquistar por la fuerza revolucionaria el Estado, para poder atacar al capitalismo en su punto neurálgico: se trata de controlar al Estado, una vez conseguido éste, el proletariado debería abandonar esta dictadura hasta llegar a la sociedad sin clases, que es el fin del ciclo histórico. En dicha sociedad comunista, después de haberse producido la socialización de los medios de producción, y en la que habrán desaparecido las tensiones, el Estado tenderá a su desaparición. La victoria del proletariado supondría el fin de la propiedad privada y, en consecuencia, el fin de las clases sociales y por tanto del Estado que, según Marx, sólo servía para defender a la clase dominante. La sociedad comunista futura estaba, en todo caso, lejos. A corto plazo, el Manifiesto Comunista era una llamada a la revolución: los obreros de todos los países debían unirse para la conquista revolucionaria del poder que iba a permitir la expropiación de la burguesía. A tal fin, lo más contraproducente sería que el movimiento obrero tomara el camino pacífico de la lucha por pequeñas mejoras que Engels había observado en Inglaterra. Las creencias religiosas, el patriotismo, la confianza en las leyes y en los parlamentos, eran para Marx supersticiones de las que el proletariado debía prescindir si quería afrontar con éxito la necesaria batalla final contra sus explotadores. El radicalismo de tal llamamiento a la lucha hacía difícil que fuera asumido por las masas trabajadoras pero, por otra parte, el marxismo tenía un fuerte atractivo para quien lo abrazaba. Proporcionaba una explicación para todos los obvios males de la sociedad. Pretendía ser estrictamente científico, negando de paso toda validez a las demás creencias, religiosas, morales o políticas, a las que acusaba de ser puras máscaras que encubrían la defensa de los intereses burgueses. Proponía una causa que presentaba no sólo como justa, sino destinada a triunfar en virtud de las leyes de la Historia. En definitiva, tanto por su devoción a un ideal como por su fanatismo, recordaba a muchos movimientos religiosos que en el pasado habían arrastrado a millones de personas, pero en una época de secularización adoptó una forma estrictamente laica. Al igual que otros profetas del pasado, Marx hubo de esperar mucho antes de que su mensaje fuera escuchado, pero a su muerte, en 1883, el marxismo era ya la doctrina más difundida en el seno del movimiento obrero europeo.

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5. La doctrina social católica La preocupación por las condiciones de vida de los obreros se había iniciado ya a mediados del siglo XIX por parte de algunos eclesiásticos, como Lamennais en Francia, el obispo Von Ketteler en Alemania o el P. Vicent (fundador de los Círculos Católicos) en España, que intentan inculcar las ideas cristianas, crear cooperativas obreras, y reclaman la intervención del Estado para regular cuestiones concretas, como el trabajo de los niños, los salarios, etc. Pero el Vaticano aún no se pronuncia al respecto. Va a ser el Papa León XIII quien en 1891, aborde esta cuestión, influido por la presión de ciertos grupos católicos, como la Unión de Friburgo, y la gran expansión de las ideas marxistas. En su encíclica Rerum Novarum expone las ideas oficiales de la Iglesia al respecto. Critica la situación de miseria del obrero, consecuencia de la monopolización del trabajo y de "una usura voraz, que se practica por hombres ávidos de ganancia y de una insaciable ambición". Critica igualmente el socialismo por materialista y erróneo y, por tanto, la lucha de clases por contraria al amor cristiano. La Iglesia católica aporta como soluciones: - La reconciliación de las clases sociales en cumplimiento de sus deberes cristianos mutuos, que para el patrón serían entre otros "no tratar al obrero como esclavo. Respetar en él la dignidad del hombre realzada por la de cristiano", "dar a cada uno el salario que conviene", etc. - La aceptación de la propiedad privada, pero marcando ya una cierta función social, para lo que sería posible una intervención estatal. Se apoya en dos principios para defender la propiedad privada: a) Porque el hombre necesita prever su futuro para sí y para su familia. b) Porque la propiedad privada es el fruto del trabajo. - El asociacionismo obrero para la defensa no violenta de sus intereses. - La restauración de la fe religiosa, que provocaría que cada hombre cumpliera sus obligaciones sin sobrepasarse en sus derechos. - Otro de los puntos más fundamentales es el concepto de trabajo. La Iglesia entiende que el trabajo es, a la vez desarrollo personal y contribución al bien común. El trabajo es co-creación de Dios ya que mediante el trabajo el hombre continúa y perfecciona la obra creadora de Dios cumpliendo su mandato. Por ello el deber moral de trabajar afecta a todos los hombres, aunque no tuviera necesidad de hacerlo para ganarse la vida. Esta teoría del trabajo tiene dos consecuencias prácticas: a) El hombre tiene derecho al trabajo. b) El hombre ha de recibir un salario justo. La Iglesia considera en contra del socialismo decimonónico, que el Estado no es el primero que está obligado de una forma directa e inmediata a facilitar un puesto de trabajo a cada persona que lo pida. Su función es subsidiaria y por lo tanto comienza donde acaban las posibilidades particulares (empresarios, cooperativas, sindicatos...). Pero en contra del liberalismo decimonónico, considera que el Estado debe garantizar el ejercicio de la justicia distributiva y debe perfeccionar continuamente una legislación garantizando un trabajo a los ciudadanos. También en contra del liberalismo decimonónico, según el cual el trabajo es una mercancía sujeta a oferta y a demanda, opone la teoría del salario justo: "el salario debe estar sobre el límite vital y familiar, ya que la justicia natural está por encima del mero contrato entre trabajadores y empresarios" (León XIII). Ahora bien, la Iglesia no pretende dar una teoría económica, sino que aporta su doctrina como un cuerpo de principios y directrices aptos para proporcionar una explicación más completa de los males, y para orientar en la búsqueda de soluciones. Por tanto la Iglesia afirma que todo hombre tiene, por naturaleza, el derecho fundamental de usar los bienes de la tierra, aunque queda para la voluntad humana y las formas jurídicas de los pueblos el regular en detalle la realización práctica de este derecho.

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Todas estas ideas, y en especial la función social de la propiedad, serán profundizadas y ampliadas por el Papa Pío XI, en su encíclica Cuadragesimum Anno, de 1931. 6. La I Internacional Los antecedentes de la Primera Internacional son: - Los contactos entre los sindicalistas ingleses y la delegación de obreros franceses que visita la Exposición Universal de Londres de 1862. - Los intentos de solidaridad internacional que llevan a cabo los círculos de inmigrados de diferentes países en Inglaterra. - Los problemas de los sindicatos británicos en sus huelgas, al recurrir sus empresarios a obreros procedentes del Continente. Todas estas causas provocan que en septiembre de 1864 se produzca en Londres una nueva reunión de sindicalistas anglo-franceses, a la que asisten también representaciones de Bélgica, Alemania y de diversos grupos de emigrados de otros países. Se creó la Asociación Internacional de Trabajadores, fruto de los contactos entre las dos clases obreras más evolucionadas del momento: la inglesa y la francesa. Marx que en un principio se mantuvo al margen de los contactos para su organización, fue finalmente el encargado de redactar el Llamamiento inaugural de la Internacional. A partir de ese momento la figura de Marx tomó relevancia dentro de la organización y fue uno de sus principales protagonistas. El período de mayor auge fue después de la crisis económica del 67, pero la afiliación a la misma nunca fue grande, no llegando en su fase de mayor apogeo a los cien mil. La base principal estaba en el Continente y en especial en Francia, Suiza, Bélgica y Alemania. A partir de 1868 se inicia una fase de debilitamiento de la Asociación por causas externas e internas. Entre las primeras está la gran represión que en los diferentes países tienen las huelgas y las manifestaciones obreras. Sin embargo, es la oposición entre marxistas y anarquistas la principal fuente de problemas. La Primera Internacional, fue un foco de disputas entre las diferentes corrientes que la constituían, en especial entre los partidarios de Bakunin y Marx. La oposición entre los dos líderes fue no tanto doctrinal, sino también de carácter estratégico. Bakunin era firme partidario de la insurrección revolucionaria, mientras que Marx, también partidario de la revolución, consideraba que antes de realizarla había que crear un gran partido obrero bien organizado y encaminado al asalto del poder político. Para ello no especificaba qué vía tenía que seguir el movimiento socialista (revolución violenta, elecciones políticas). Además, Bakunin sostenía que los verdaderos revolucionarios eran los que no tenían nada que perder, como los trabajadores agrícolas de Rusia, España o Italia. Mientras que los marxistas hacían hincapié en que el proletariado industrial de las sociedades más avanzadas serían los encargados de ser la vanguardia de la revolución. Ante esto Bakunin argumentaba que la clase obrera industrial disfrutaba ya de los beneficios del progreso económico y que ocupaba ya un puesto en la sociedad capitalista. Ambos encarnaban dos concepciones diferentes de la revolución y de la sociedad futura: una basada en un partido político disciplinado que trabajase por la conquista de las instituciones políticas del Estado y que contase, dependiendo del desarrollo de la lucha de clases y de la correlación de fuerzas, con la posibilidad de establecer alianzas tácticas. Además, la organización de la vida social estaría dirigida por una dirección centralizada; la otra, reposaba sus principios en la doctrina libertaria de la libre asociación de grupos independientes en un sistema federal, en el que el gobierno central quedase abolido, y donde los medios de producción estarían bajo control directo de los trabajadores que disponían de ellos. Por último, se separan respecto al funcionamiento de la Internacional, pues los anarquistas defienden la autonomía de las secciones nacionales y Marx defiende la autoridad del Consejo Central sobre éstas. 11

Esta polémica se solventará en el Congreso de La Haya del 72, en el que son expulsados los bakunistas, que crean una Internacional antiautoritaria, con sede en Ginebra (Alianza Internacional de Trabajadores, 1873) en la que tienen la mayor fuerza españoles, franceses e italianos. Esta organización celebra su último congreso en el 77 y se extingue en 1880. Respecto a la Asociación Internacional, dos hechos vienen a sumarse en su decadencia: no lograr evitar la guerra franco-prusiana, lo que demostraba el triunfo del nacionalismo en ambos países frente al internacionalismo que propugnaba la Asociación y el fracaso de las Comunas francesas y su posterior represión, que tuvo reflejos en casi todos los países, con una ola general de persecuciones contra todo tipo de asociaciones obreras. Entre disputas de tipo doctrinal y organizativo, la Internacional acabará disolviéndose a lo largo de los años 1870, desapareciendo en 1876. 7. La II Internacional En las últimas décadas del siglo XIX, el desarrollo de movimiento obrero estuvo caracterizado por tres tendencias: a) La proliferación de los sindicatos. De estos unos eran puramente reivindicativos; otros revolucionarios; unos, como los alemanes, estaban estrechamente vinculados al movimiento socialista; otros, como los franceses, eran apolíticos; su afiliación era masiva en países como Alemania o Gran Bretaña, minoritaria en otros, como Francia o España. b) La creación en toda Europa de partidos socialistas, de inspiración mayoritariamente marxista, aunque atenidos al empleo de métodos legales, que se agruparon en la II Internacional. c) La marginación del anarquismo, que quedó reducido a una tendencia minoritaria, y cuyo elemento más llamativo fue un terrorismo individual que contribuyó a acrecentar un aislamiento del que sólo salió a principios del siglo XX, en Francia, y sobre todo en España, gracias a su fusión con el sindicalismo. La vida de los grandes partidos obreros nacionales, que toman impulso en los años finales del siglo XIX, no puede entenderse fuera del marco de la II Internacional. Ésta no se constituyó hasta 1889 en París. Ello se explica, en parte, porque Marx y Engels, tras el fracaso de la anterior Internacional, consideraron prioritario crear partidos obreros nacionales, coherentes y fuertes. Además continuaba pesando la pluralidad de teorías socialistas, lo que desaconsejaba la creación de una nueva organización Internacional que pudiera sucumbir por los mismos motivos que la primera. El marxismo sólo se había hecho fuerte en los partidos socialistas alemán y austriaco. En Francia convivían diferentes concepciones socialistas, ancladas en su propia tradición política, mientras en Inglaterra los postulados de las Trade-Unions seguían marcando mayoritariamente el movimiento obrero. Además buena parte del movimiento obrero europeo estaba influido por el movimiento libertario bakunista. En los primeros Congresos fueron invitados todas las organizaciones políticas y sindicales. Los anarquistas eran bastante numerosos y desde el principio chocaron frontalmente con la tendencia socialista. Los enfrentamientos doctrinales y estratégicos se repitieron, como en la I Internacional y en 1896, fueron expulsados. La II Internacional estuvo marcada por la preponderancia de la socialdemocracia alemana y por el marxismo. La gran batalla política que se desarrolló en su interior, se desencadenó en torno a la discusión entre los partidarios de una dirección marxista ortodoxa y los partidarios de una política activa de reformas dentro del marco establecido. Esta polémica que ya existía desde su fundación, se planteó con toda su fuerza tras la expulsión de los anarquistas. La cuestión de la colaboración con los partidos burgueses tuvo diversas manifestaciones en los diferentes partidos socialistas, pero se inició en la socialdemocracia alemana, con la crítica de Bernstein al marxismo ortodoxo. Bernstein, en su obra Premisas del socialismo y objetivos inmediatos de la socialdemocracia, desde planteamientos próximos al neokantismo positivista una revisión de la doctrina marxista, discutiendo las teorías de la 12

depauperización, de la concentración de capital y empresa y de las crisis económicas. También abandonó el esquema dialéctico en favor del esquema evolucionista, de las funciones del Estado, el sistema capitalista daría paso a una economía socialista. La lucha política debía ser gradual y centrarse en el juego parlamentario. En los congresos de la socialdemocracia alemana de 1899 y de 1903, las directrices revisionistas de Bernstein fueron condenadas. Sin embargo, este socialismo reformista que aparecía como el derrotado en los congresos, fue en realidad el que triunfó, pues en la práctica política la socialdemocracia alemana era revisionista, aunque condenase estas tácticas. El partido socialdemócrata alemán impuso en el congreso de la II Internacional de Amsterdam (1904) su punto de vista frente a sus oponentes, como Jean Jaures. El socialismo no debía participar en coaliciones burguesas, ni trabajar exclusivamente por las reformas de la sociedad burguesa. La extraña paradoja que caracterizaba a la socialdemocracia alemana (entusiasmo revolucionario teórico y conservadurismo ideológico junto con el inmovilismo de la política práctica), aparecía también en un tema que preocupó a la II Internacional: la huelga general. La organización de la II Internacional era la siguiente: creación del Bureau Socialista Internacional, compuesto por dos delegados de cada país, un secretario permanente y un comité ejecutivo que coordina todas las actuaciones entre congresos. Uno de los primeros acuerdos tomados por la II Internacional es la proclamación del 1 de mayo como día internacional de la lucha obrera por la jornada de ocho horas. Un problema que se presentó es el de la relación entre partidos y sindicatos. Las tendencias iban desde la idea alemana de integrar a los sindicatos dentro del partido hasta el postulado opuesto, defendido por los ingleses, de separación total entre ambos. La resolución fue salomónica: aunque se consideraban como vías paralelas y no necesariamente unidas, la Asociación recomendaba la colaboración mutua. Otros problemas internacionales ocuparon la reunión del los congresos en la etapa de preguerra, y especialmente la condena del imperialismo y los intentos para evitar la guerra, que se quedaron en simples proclamas y manifestaciones obreras en Francia o Alemania. A pesar de ello, la guerra no logró evitarse y supuso (volvió a imponerse el nacionalismo al internacionalismo) la ruptura de la II Internacional, ruptura que intentó soldarse al llegar la paz.

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