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La rebelión estudiantil de 1918 en Córdoba, Argentina

Raquel Tibol

"Grito de Córdoba",
"Insurrección de Córdoba", "Rebelión de Córdoba". Con diversos nombres, el movimiento iniciado por los estudiantes de la provincia argentina en 1918, fue señalado en mayo de 1968 como el antecedente más legítimo de las inquietudes de los estudiantes en Francia y en otros países de Europa, al punto que el diario Le Monde le dedicó, el 11 de mayo de 1968, un artículo editorial en el que se afirmaba que la agitación parisina de ese año había nacido hacía cincuenta años en la tierra de Domingo Faustino Sarmiento. La importancia de aquellos sucesos de Córdoba puede medirse por el hecho de que cada vez que en algún país se han planteado los problemas de las reformas universitarias, nunca ha dejado de evocarse la plataforma expuesta por Deodoro Roca y sus compañeros, cuando se trató de renovar a un rector, el doctor Nores, que sostenía una concepción anacrónica de la universidad como institución, como servicio y como estructura. Rica es la bibliografía sobre aquel acontecimiento: estudios históricos, antologías de documentos, ensayos analíticos. Entre quienes de él se ocuparon se cuentan: José Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, Aníbal Ponce, Héctor Agosti, Juan Marinello, Ernesto Giudici, Carlos Rafael Rodríguez, Jorge Thénon y otros. A los veintiocho años de edad, el doctor en Leyes y Jurisprudencia Deodoro Roca era miembro del Comité Córdoba Libre, desde el cual emergió como líder principal del movimiento de reforma universitaria de los estudiantes cordobeses. Él escribió el Manifiesto liminar lanzado el 15 de junio de 1918, y fue de los primeros que supo establecer la diferencia medular que existe entre "poder estudiantil" y reforma universitaria. Para concretar sus ideas en las etapas siguientes le sirvió una carta que el 20 de agosto de 1918 le envío Leopoldo Lugones, en la que el ya famoso poeta se definía a favor de la "toma de posesión de la universidad por sus dueños naturales y legítimos; de tal suerte que la eliminación del rector debía ser un resultado directo del esfuerzo estudiantil y las reformas pertinentes una nueva aceptación por el

Congreso de las resoluciones tomadas por la reunión que celebraron aquéllos con dicho fin". 1918 Los reparos de Lugones con respecto al movimiento estudiantil comenzaron cuando el gobierno intervino. Decía la carta: Supe de una manera fehaciente que los estudiantes habían decidido entregar la solución del asunto al Poder Ejecutivo Federal sobre la base de una nueva intervención, y como a mi entender esto comportaba el fracaso moral del movimiento, decidí no preocuparme más de él. Ha de saber usted que yo había dicho reiteradamente a mis visitantes universitarios: no creo en la buena fe de los políticos y por esto si ustedes entran con ellos en tratos, yo dejo de estar con ustedes dado que ya no sería sino instrumento de una maquinaria manejada por los políticos. Los políticos no saben otra cosa que hacer política y la hacen con todo, y sobre todo con la buena fe y el entusiasmo ajenos. Sus servicios son siempre de toma y daca, y además en forma leonina que no excluye, por otra parte, la felonía más audaz en cuanto deja de convenirles el negociado. Fuera de esto no veo lo que tenga que hacer en el asunto el Poder Ejecutivo Federal para quien concluyó la ingerencia con la elección del rector, cuya realidad es indiscutible; dimanando de esta circunstancia, precisamente, la importancia del movimiento estudiantil que sólo así sale o resulta revolucionario; pues lo otro constituye una superchería leguleya que rebaja nuevamente la cuestión. Entregar el asunto al Poder Ejecutivo Federal es someter la universidad y someterse ustedes mismos a una dictadura extraña de la cual nada bueno podría salir para la libertad de la ciencia y de la conciencia. Un movimiento liberal cuyo resultado depende del Poder Ejecutivo de la Nación es un movimiento gobiernista, cualquiera que sea su aspecto exterior. Su propio éxito, si lo alcanza, no sabría quitarle semejante carácter. Y es lástima. Nores habría caído y la ley se habría modificado por el solo esfuerzo estudiantil, que era lo grande y bello de la causa, como resultaba tan fácil verlo y como yo se los dije con insistencia indicándoles no pocos —y decisivos— recursos conducentes a dicho fin. Ahora todo se reduce a una nueva intervención y un nuevo rector que en vez de ser beato —¡y todavía!— resultará un pelmazo. Y Nores no se habría ido por el esfuerzo estudiantil sino al impulso de un empujón gubernativo. No estoy dispuesto a ser colaborador del gobierno en una obra que no le concierne, a no ser para descaracterizarla y empequeñecerla, como ya se empieza a ver.

Esta carta la hizo pública Deodoro Roca hasta el 5 de octubre de 1930, aclarando que Lugones había sido el primer teórico de la acción directa estudiantil. Hay que recordar que, luego de algunas reformas en los estatutos, la Universidad de Córdoba fue intervenida. El 15 de junio de 1918 se convocó a elección del rector, la cual recayó sobre el candidato reaccionario. Entonces los estudiantes expulsaron a los consejeros del salón de grados, declarando una nueva huelga general. Desde entonces, ese día fue conocido por los estudiantes argentinos y latinoamericanos como "el día del advenimiento de la nueva universidad". En el manifiesto dirigido a "los hombres libres de Sudamérica", los estudiantes señalaban los males que aquejaban a la enseñanza superior y afirmaban: "Nuestro régimen universitario, aun el más reciente, es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho dividido: el derecho dividido del profesorado." Por ello reclamaban un gobierno estrictamente democrático y sostenían el derecho a darse un gobierno propio y a participar en él. Para Deodoro Roca el designio supremo de la reforma era sustituir al régimen oligárquico por un orden fundado en principios económicos, sociales y políticos que permitan y garanticen el libre desarrollo de la personalidad humana, y acabar con el papel de una universidad que provee a la elite gobernante. Pero reconocía Deodoro Roca que muchos males pudieron evitarse al país si aquella acción común del ’18 se hubiera manifestado organizadamente. En 1928 el peruano José Carlos Mariátegui advertía que el movimiento de la reforma, el cual había cundido en la nueva generación estudiantil latinoamericana, distaba mucho de proponerse objetivos exclusivamente universitarios y que, por su estrecha y creciente relación con el avance de las clases trabajadoras y con el abatimiento de viejos privilegios económicos, no podía ser entendido sino como uno de los aspectos de una profunda renovación. A su manera, así lo había entendido el obispo de Córdoba, fray Zenón Bustos, quien publicó el 24 de noviembre de 1918 la pastoral La revolución social que nos amenaza, donde afirmaba: Con ella habrá llegado aquella hora de las democracias y del proletariado, creada y saludada con ardor por los apóstoles de la demagogia, hora de subversión y de anarquía general, de agresiones y repulsas en que a la misma fuerza armada le faltaría eficacia para

garantir el orden y defender el trono, porque el ejército estará igualmente contagiado de rebelión, como las masas de donde ha salido, y en vez de rechazar los asaltos subversivos, presentará las armas a los agresores. Sin freno que las contenga, serene o amanse, correrán las masas sin que haya poder que las entre en concordia con los capitales y capitalistas, las empresas y empresarios, las industrias e industriales, una vez que, por desgracia, falte en ellas la conciencia cristiana, el temor a Dios. Señalaba Mariátegui que el futuro de la reforma universitaria habrá de depender sobremanera de su capacidad para adecuarse a las nuevas circunstancias del mundo. La reforma universitaria es parte de la reforma social; así lo anticipó la generación del ’18. Observaba Mariátegui: Se percibe entre los jóvenes una angustia acerca del porvenir inmediato. Saber que ya no se podrá vivir como hasta ahora se vivía es sin duda motivo que remueve en sus adentros a jóvenes y viejos. Los jóvenes en plena formación sienten con más dureza el choque tremendo, pero dicho sentimiento no es exclusivo de los jóvenes universitarios. Drama histórico de quienes a tientas y por sus propios medios deben buscar el camino. Esas masas puestas en movimiento constituyen la condición forzosa para cerrar el hiato entre la apariencia constitucional democrática y una atrasada realidad política y social. Únicamente en ese cuadro se podrá incluir el esquema de una reforma universitaria total, presentida como culminación de la imprescindible reforma educacional. La juventud íntegra que sale a la luz pública anuncia que nace una juventud nueva, de cuya formación futura es ella la primera responsable. Es una juventud animada de coraje arrollador, que desprecia la hipocresía, no se amedrenta por las amenazas ni la represión, no se deja seducir por el halago de la compra. La oleada de la rebelión de Córdoba tocó a varios países de América debido a la confluencia de los movimientos estudiantiles con los movimientos de sectores populares. A continuación algunos ejemplos sobresalientes: En 1921 se reunió en México el Congreso Internacional de Estudiantes; entre sus acuerdos cabe destacar la implantación de la docencia libre y la asistencia libre, así como la participación de los estudiantes en el gobierno de las universidades. Los estudiantes de Chile declararon su adhesión a los siguientes puntos: autonomía de la universidad entendida como institución de los alumnos, profesores y diplomados; reforma del sistema docente mediante el establecimiento de la docencia libre y, por consiguiente, de la asistencia libre de los alumnos a las cátedras, de suerte que en caso de enseñar dos

maestros una misma materia la preferencia del alumnado consagre libremente la excelencia del mejor; revisión de los métodos y del contenido de los estudios; extensión universitaria entendida como medios de vinculación efectiva de la universidad con el resto de la población. En 1923 fueron los estudiantes de Cuba quienes lucharon por una serie de reivindicaciones: democracia universitaria y verdadera, auténtica renovación pedagógica y científica, popularización de la enseñanza. En 1924 les correspondió a los estudiantes colombianos reclamar la organización de la universidad sobre bases de independencia, de participación de los estudiantes en su gobierno, así como nuevos métodos de trabajo. En su programa decían: "Que al lado de la cátedra funcione el seminario, se abran cursos especiales, se creen revistas. Que al lado del maestro titular haya profesores agregados y que la carrera del magisterio exista sobre bases que aseguren su porvenir y den acceso a cuantos sean dignos de tener una silla en la universidad." En 1926 los estudiantes de la Universidad de Lima, quienes ya habían librado batallas en 1919 y 1923, proclamaron la siguiente reforma: defensa de la autonomía de las universidades, participación de los estudiantes en la dirección y orientación de sus respectivas universidades o escuelas especiales, derecho de voto por los estudiantes en la elección de rectores de las universidades, renovación de los métodos pedagógicos, voto de honor de los estudiantes en la provisión de las cátedras, incorporación a la universidad de los valores extrauniversitarios, socialización de la cultura, universidades populares. Afirmaba Mariátegui: El movimiento de la reforma tenía lógicamente que atacar, ante todo, la estratificación conservadora de las universidades. La provisión arbitraria de las cátedras, el mantenimiento de profesores ineptos, la exclusión de la enseñanza de los intelectuales independientes y renovadores, se presentaban claramente como simples consecuencias de la docencia oligárquica. El estudiantado insurgente comenzó a comprender que el carácter oligárquico de la docencia y la burocratización y estancamiento de la enseñanza eran dos aspectos del mismo problema. Las nuestras han sido universidades de técnicos. Siguen siéndolo aún. ¿Y qué? Si la universidad, antes que ese invernáculo de cultura humanista que creyó ser la "universidad" tradicional, es ahora el lugar donde han de ir a resolverse en última instancia los problemas de la técnica, la universidad está demostrando, con ellos mismos, que se sitúa en el único plano de progreso válido para el régimen capitalista, que es el plano de fomento técnico en relación con las necesidades de la

industria. Resulta visible que el programa democrático de la reforma alude a las conexiones entre la sociedad y la cultura. Y si las condiciones del país no se han modificado esencialmente en cuanto a su estructura ni en cuanto a su dependencia del imperialismo, ello quiere decir que los lemas esenciales de la reforma siguen siendo intrínsecamente válidos. La educación laica es punto básico en la reordenación del proceso cultural, base de toda educación racional y científica que habilite al ciudadano para la investigación y el conocimiento. Deodore Roca sentenció: "El puro universitario es una monstruosidad." Con este criterio comulgaron quienes en 1932 en la Argentina convocaron al Segundo Congreso de Estudios Universitarios. Ahí se apreció, con más intensidad que antes, que los males de la universidad no podían separarse de los males de la sociedad en su conjunto. En uno de los documentos se expresaba: No se entiende la universidad como un organismo del Estado para la formación de las clases dirigentes y la cristalización de las verdades normales de la época, sino como un organismo de los estudiosos para transmitir sus conocimientos a todo el pueblo, y el laboratorio donde se analicen las ideas científicas, filosóficas, artísticas y sociológicas, con el propósito de dar una cultura en función social para una actuación consciente en las diversas manifestaciones del vivir individual y colectivo. La misión de la universidad es social en cuanto aquella enseñanza se orienta a incidir sobre la marcha y el perfeccionamiento íntimo y formal de la sociedad en la que la universidad actúa. La gran protesta juvenil (estudiantes y obreros) de estos días en Francia, viene a demostrar que la reforma universitaria (proceso inconcluso, dinámico, cambiante) ha entrado en una nueva etapa, inducida por la crisis entre el ideal educativo y un mercado de trabajo que ha entrado en conclusión. La actual insurgencia viene a demostrar de manera dramática que la preparación profesional ha dejado de ser un privilegio, y que el primer plano está ocupado por los problemas de la subsistencia, no reconocidos por gobiernos representantes y defensores de los intereses de los poderosos monopolios. Si ayer se luchó por la democratización de la estructura educativa, hoy se exige, por parte de estudiantes y obreros, la democratización de la economía y, en consecuencia, la superestructura política.
Las acciones estudiantiles que se desarrollaron en Córdoba, Argentina, en 1918, fueron un extraordinario cuestionamiento de la universidad latinoamericana que emergió del siglo XIX. Si bien este movimiento se dio como reacción frente a una universidad como la de Córdoba, especialmente

conservadora, 33 elitista, medieval, decadente y corrupta, las banderas que se levantaron entonces fueron retomadas a lo iargo de todo el subcontinente, convirtiéndose en un importante punto de referencia en la evolución de la universidad latinoamericana de este siglo y, también, de sus perspectivas. Estas reformas ponían en el tapete cuestionamientos no sólo de la universidad sino del mismo orden de la sociedad. La búsqueda de autonomía universitaria iba dirigida contra el control que el Estado y el Gobierno ejercían como herencia del modelo napoleónico "tropicalizado", que le impedía a la universidad definir con libertad sus planes, así como la designación de su cuerpo docente, que tantas veces respondía al interés del gobierno de turno. Esta reivindicación que, tal vez, se motivó por la incapacidad de la intervención del gobierno de Irigoyen en la resolución de los problemas que los estudiantes de Córdoba plantearon, no escapaba a una tradición en la historia de las universidades en el mundo; desde Bolonia y Salamanca, incluyendo la misma universidad colonial, cierta autonomía ha sido una condición de partida. Aunque el énfasis se dio en la participación estudiantil, el reclamo era por una democratización de las decisiones en la universidad que permitiera una mayor participación de todos los integrantes del claustro, lo que se oponía a la osificación, centralismo y elitismo de la estructura de decisiones universitarias que existía. Las demandas tenían un sentido claro:

Los concursos de oposición y las cátedras libres buscaban impedir la ¡namovilidad,. caducidad, inadecuación y senectud del cuerpo de profesores que, en muchas ocasiones, eran nombrados casi de forma vitalicia, por razones de clan social o religioso o por parentesco familiar. Tanto la asistencia libre como la gratuidad de la enseñanza y la asistencia social a los estudiantes eran mecanismos que buscaban una mayor incorporación de estudiantes de un espectro social más amplio. La solicitud de nuevas facultades y carreras afirqjaba la necesidad de adecuar la formación a las nuevas condiciones del desarrollo profesional, científico y tecnológico y, especialmente, de romper con una influencia de las disciplinas asociadas todavía a la "Razón Teológica" que, a pesar de la República, seguía ocupando un lugar especial. La extensión universitaria era un llamado a debilitare! carácter elitista, aislado, de la vida universitaria y la cultura con relación a la mayoría de la población. No podía faltar un llamado a la unidad latinoamericana y al americanismo contra las dictaduras y contra el imperialismo en naciones donde, por distintas razones, la presencia de las potencias europeas ha supuesto también muchas imposiciones y abusos.

La esencia del movimiento de Córdoba fue una reacción violenta contra una institución que simbolizaba la represión y el autoritarismo, el retraso y el oscurantismo, la decadencia: precisamente las antípodas de una casa superior de cultura. Del atropello de los derechos estudiantiles, el movimiento fue ascendiendo a otros planteamientos en un proceso de réplica frente a la actitud

que encontraron en el Gobierno y, también, como respuesta a la necesidad de ampliar la base social de apoyo y ganarse a la población para triunfar en su lucha. Podemos juzgar la Reforma de Córdoba como un movimiento por la democracia (autonomía y no imposición, participación, más estudiantes y asistencia social, cultura para la población) y la calidad académica (mejor selección de profesores y las carreras ofrecidas). Las alusiones políticas son más bien retóricas.34 Este movimiento estuvo asociado en la Argentina con el ascenso de las clases medias y de la urbanización del país, 35 cuya expresión política se podría ver también con el triunfo de Irigoyen y del Radicalismo argentino en la Presidencia de la República (1916). La misma población que se rebeló era de clase media o alta y su acción contestataria no nacía de razones socioeconómicas sino más bien democráticas y académicas. La presencia de algunos socialistas o marxistas en este movimiento no le quita este carácter al mismo, a pesar de lo que muchos han dicho, en todos los lados del espectro político. Debe recordarse que fue cronológicamente, casi simultáneo a la Revolución Rusa. Globalmente, aquellos planteamientos son positivos, pero una definición más precisa de los mismos puede dejar de serlo o puede convertirse en un obstáculo muy serio para un país. Por ejemplo: la autonomía universitaria se vuelve imprescindible en un régimen dictatorial como un espacio cultural y social para cultivar con libertad no sólo el conocimiento sino los caminos para la democracia; lo que ha sido el caso de muchos países de América Latina. Pero, de igual manera, no debería entenderse como que la universidad puede ser una "República" aislada, separada de la vida social y los planes de desarrollo, cuando se trata de un régimen democrático. Se busca defender la práctica académica frente a los gobernantes de turno, sean democráticos o autoritarios, 36 pero las fronteras de la autonomía no son las mismas en todas las situaciones. Otro ejemplo: la participación estudiantil en el gobierno universitario es importante, sin embargo ¿cuál es la mejor cuantificación o la mejor estructuración de esa participación?. El "tercio" de Córdoba ha predominado, pero en otras ocasiones se ha llegado hasta una cogestión de cincuenta por ciento. En la mayoría de las ocasiones estas experiencias nol han realizado los fines que se proponían y han conducido, no| pocas veces, a un caos académico. En la euforia estudiantil de Córdoba, contra un régimen universitario despótico y anquilosado, es comprensible que se afirmara una participación estudiantil y de graduados que sumaba el 66 por ciento; o que algunos de los dirigentes estudiantiles de entonces plantearan la universidad como una "República de estudiantes".37 Pero es evidente que la participación estudiantil debe definirse, en primer lugar, con base en donde es pertinente o no que haya representación estudiantil y, en segundo lugar, en las instancias

en las que sí debe haberla, con base en un porcentaje que no lesione la estabilidad y la calidad de la academia. Durante los años de entreguerra, e incluso posteriormente, el movimiento democrático por la reforma universitaria, basada en los planteamientos de Córdoba, ayudó a configurar las características de la universidad latinoamericana. En una u otra forma, durante estos años las universidades fueron obteniendo algunas de las condiciones que Córdoba había planteado. Sin embargo, mucho de este movimiento sirvió también como marco para acciones de tipo político, ayudando a una confusión de objetivos en muchos de los casos. Algunas opiniones de corte marxista interpretan este período de manera particular. Por ejemplo, para Silva y Sonntag, después de Córdoba se logra avanzar en el movimiento estudiantil, en lo que se refiere al compromiso con la revolución, pero no se llega todavía al momento ciave. Sus opiniones: para el período de 1930 a 1960, proponen una fase que llaman de "extrañamiento analítico" en la relación universidad-sociedad, que tiene sus orígenes en el "extrañamiento hostil" y se podría decir es la continuación de éste. Sin embargo, afirman que el período reformista que va de 1930 a 1960, se caracteriza por la intensa participación estudiantil en la resistencia y lucha contra las dictaduras y el ataque estudiantil contra las estructuras internas de la universidad disminuye notablemente. Estudiantes y profesores ejercieron una violenta oposición contra el orden social dado y contra las estructuras políticas dominantes. Sin embargo, todos lo que formaron parte de este "extrañamiento hostil" y que lograron el poder "terminaron plegándose al sistema antes criticado".38 Para estos autores, las cosas sólo cambiarían con la época que abrió la Revolución Cubana.