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¿Existe un Creador que se interese por nosotros?

WATCHTOWER BIBLE AND TRACT SOCIETY OF PENNSYLVANIA. DERECHOS RESERVADOS. D.R. 2006, LA TORRE DEL VIGÍA, A.R.

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PÁGINA

CAPÍTULO

5 1 ¿Qué puede dar más sentido a su vida? 10 2 La controversia: ¿cómo se originó el universo? 28 3 ¿Qué origen tuvo la vida? 49 4 La singularidad del ser humano 73 5 ¿Qué hay tras la obra maestra? 85 6 ¿Puede confiarse en un relato antiguo de la creación? 103 7 ¿Qué puede aprenderse del Creador en un libro? 120 8 El Creador se revela a sí mismo para nuestro beneficio 144 9 Un Gran Maestro nos revela con más profundidad al Creador 165 10 ¿Por qué hay tanto sufrimiento, si el Creador se interesa por nosotros? 184 11 Dé sentido permanente a su vida

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Capítulo 1 ¿Qué puede dar más sentido a su vida? ¿HA SOÑADO alguna vez con una vida mejor, ya sea en su lugar de residencia o en algún paraíso tropical? En un momento u otro, casi todos lo hemos hecho. En 1891, el pintor francés Paul Gauguin fue a la Polinesia Francesa en pos de esa clase de vida. Pero pronto le alcanzó la realidad. Su disoluto pasado se tradujo en enfermedades y sufrimientos, tanto para él mismo como para quienes le rodearon. Poco antes de morir pintó lo que se ha llamado el “último documento de su vehemencia artística”. El libro Paul Gauguin 1848-1903—The Primitive Sophisticate dice: “El espectro de la actividad humana representado en el lienzo engloba todo el ciclo vital, desde el nacimiento hasta la muerte [...]. El pintor se propuso interpretar aquí la vida como un gran misterio”. Gauguin tituló el cuadro “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?”. Estas preguntas pueden resultarnos familiares. Muchas personas reflexivas se las plantean. Un redactor del periódico The Wall Street Journal escribió con relación al progreso científico y tecnológico del hombre: “Cuando pensamos en el hombre mismo, sus dilemas, su lugar en el universo, poco hemos adelantado desde el comienzo de los tiempos. Aún nos formulamos las mismas preguntas: quiénes somos, por qué somos y adónde vamos”. Algunas personas se dedican al cuidado de la familia, el trabajo, los viajes u otros intereses personales pensando que la vida no tiene más sentido que este. Albert Einstein dijo en una ocasión: “Quien cree que su vida carece de sentido, no solo es desgraciado, sino casi incapaz de sobrevivir”. Por esta razón, algunos intentan dar sentido a la vida dedicándose a las artes, a la investigación científica o a labores humanitarias para paliar el sufrimiento ajeno. ¿Conoce a alguien así? Es comprensible que el hombre se plantee ciertas preguntas básicas sobre el sentido de la vida. Cuántos padres al ver morir a un hijo de paludismo o cualquier otra enfermedad, se preguntan: ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Tiene algún significado? Interrogantes como estas inquietan a muchos hombres y mujeres jóvenes que observan la pobreza, la enfermedad y la injusticia. La barbarie de la guerra hace que muchas personas se cuestionen que la vida tenga algún sentido. Aun si usted no ha pasado por estos sufrimientos, puede que concuerde con lo que dijo el profesor Freeman Dyson: “No soy el único que se plantea las mismas preguntas que Job. ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué es tan injusto 3

el mundo? ¿Cuál es el sentido del dolor y la tragedia?”. Posiblemente usted también quiera conocer las respuestas. Hallar contestaciones convincentes a estas preguntas sin duda podría influir en nuestra vida. Un catedrático que soportó los horrores del campo de concentración de Auschwitz observó: “No hay nada en el mundo capaz de ayudarnos a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como el hecho de saber que la vida tiene sentido”. Incluso relacionó la salud mental del individuo con la búsqueda de ese sentido. En el transcurso de los siglos el hombre ha buscado la respuesta en la religión. Cuando Siddharta Gautama (Buda) vio a un enfermo, un anciano y un muerto quiso encontrar una explicación o significado de aquello en la religión, pero sin la necesidad de creer en un Dios personal. Otros han recurrido a las iglesias. Y ¿qué puede decirse de la gente de hoy día? Muchos se concentran en la ciencia, y descartan a la religión y a “Dios” como irrelevantes. “Cuanto más progresa la ciencia —comenta la obra Religion and Atheism—, menos lugar parece haber para Dios. Dios se ha convertido en un Desterrado.” ¿Por qué se prescinde del Creador? La tendencia actual de descartar a la religión o a Dios tiene sus raíces en las filosofías de hombres que preconizaron la razón pura. Charles Darwin pensaba que la “selección natural” explicaba el mundo viviente mejor que la existencia de un Creador. Sigmund Freud enseñaba que Dios era una ilusión, y el concepto de “Dios está muerto” se extiende desde el tiempo de Friedrich Nietzsche hasta nuestros días. Las filosofías orientales son parecidas. Los maestros del budismo sostienen que no necesitamos conocer a Dios. El profesor Tetsuo Yamaori dijo que en el sintoísmo “los dioses no son más que hombres”. El escepticismo en cuanto a la existencia del Creador está muy extendido, pero ¿está justificado? Es posible que conozca casos de “hechos científicos” que se aceptaban como tales en el pasado, pero que con el tiempo se demostró que eran totalmente erróneos. Creencias como que la Tierra es plana y que todo el universo gira alrededor de nuestro globo terráqueo se mantuvieron por siglos, pero hoy sabemos que no es así. ¿Qué puede decirse de las ideas científicas más modernas? Por ejemplo, en el siglo XVIII el filósofo David Hume no aceptaba la existencia de un Creador, pero tampoco podía explicar la compleja estructura biológica de la Tierra. La teoría de Darwin intentó esclarecer cómo se desarrollaron las diferentes formas de vida, pero no explicó cómo empezó esta ni qué sentido tiene. En consecuencia, muchos científicos y profanos en la materia creen que falta algo. Las teorías científicas intentan explicar el cómo, pero las preguntas claves se centran en el porqué. Incluso se ven afectados quienes 4

se han criado en sociedades que aceptan la figura de un Creador. Una joven europea estudiante de Historia dijo: “Para mí, Dios está muerto. Si existiera, el mundo no estaría como está: gente inocente que muere de hambre; especies animales que se extinguen [...]. La idea de un Creador no tiene sentido”. Dadas las condiciones en la Tierra, muchos no pueden entender por qué, si existe un Creador, no mejora la situación. No obstante, debemos admitir que la razón por la que muchas personas rechazan la existencia de un Creador es que no quieren creer. “Aunque Dios me dijera personalmente que tengo que cambiar mi vida —dijo un industrial europeo a un empleado— no lo haría. Quiero vivir la vida a mi manera.” Está claro que hay quienes piensan que admitir la autoridad de un Creador coartaría su derecho a la libertad y la elección de estilo de vida. Es posible que digan: “Solo creo lo que veo, y no puedo ver a un Creador que sea invisible”. Independientemente de por qué ‘prescinden del Creador’ algunas personas, las preguntas en cuanto a la vida y su sentido siguen en pie. Al día siguiente de pisar el hombre la Luna, se preguntó al teólogo Karl Barth sobre este triunfo de la técnica. Respondió: “No resuelve ninguno de los problemas que me desvelan por la noche”. Hoy el hombre surca el espacio y vuela por el ciberespacio. Sin embargo, las personas reflexivas se dan cuenta de que necesitan tener un propósito, algo que dé sentido a la vida. Invitamos a toda persona de actitud abierta a analizar este tema. El libro Belief in God and Intellectual Honesty (Creencia en Dios y honradez intelectual) dice que la “honradez intelectual” se caracteriza por la “disposición para verificar lo que uno cree que es cierto” y “prestar la suficiente atención a las pruebas que se aportan”. En el tema que nos ocupa, las “pruebas que se aportan” pueden ayudarnos a determinar si hay un Creador que dio origen a la vida y al universo. Y si existe un Creador, ¿cómo es? ¿Tiene una personalidad que incida de algún modo en nuestra vida? El examen de este tema puede ayudarnos a ver cómo dar mayor sentido a la vida para que esta sea más gratificante. [Nota] D’où venons-nous? Que sommes-nous? Où allons-nous? [Ilustración a toda plana de la página 4] [Ilustración de la página 6] El cuadro de Gauguin plantea preguntas sobre el sentido de la vida

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Capítulo 2 La controversia: ¿cómo se originó el universo? LOS astronautas se emocionan al fotografiar la Tierra que divisan, imponente, desde la ventanilla de la nave espacial. “Esto es lo mejor de volar por el espacio”, dijo uno de ellos. Pero nuestra Tierra es muy pequeña en comparación con el sistema solar. El Sol podría contener sobradamente un millón de planetas del tamaño de la Tierra. En cualquier caso, ¿afectan de alguna manera a nuestra vida y su sentido estos hechos sobre el universo? Realicemos un breve viaje mental al espacio para observar las dimensiones relativas de la Tierra y del Sol. Nuestro Sol es tan solo una de la impresionante cantidad de estrellas que se encuentran en uno de los brazos en espiral de la galaxia conocida como la Vía Láctea, que, a su vez, es solo una diminuta parte del universo. A simple vista, pueden observarse unas cuantas manchas de luz en el firmamento, que son en realidad otras galaxias, como Andrómeda, muy llamativa y de mayor tamaño. La Vía Láctea, Andrómeda y otras galaxias, unidas por las fuerzas gravitatorias, forman un cúmulo, que a su vez constituye tan solo una pequeña parcela de un inmenso supercúmulo. El universo contiene innumerables supercúmulos, y ahí no termina todo. Los cúmulos no están distribuidos uniformemente en el espacio. A escala cósmica parecen delgadas hojas y filamentos alrededor de grandes vacíos a modo de burbujas. Algunas estructuras son tan largas y anchas que se asemejan a imponentes murallas. Estos hechos pueden sorprender a muchas personas que creen que el universo se creó por sí solo en una explosión cósmica fortuita. “Cuanto más claramente veamos el universo con todos sus gloriosos detalles —dice uno de los redactores principales de la revista Investigación y Ciencia— más difícil nos será explicar con una teoría sencilla cómo se formó.” Indicaciones de un principio Todas las estrellas que vemos se encuentran en la Vía Láctea. Hasta los años veinte de este siglo se creía que era la única galaxia que existía. Ahora bien, como es sabido, las observaciones con telescopios más potentes han demostrado que no es así. Nuestro universo contiene al menos 50.000 millones de galaxias. No decimos 50.000 millones de estrellas, sino de galaxias, cada una con miles de millones de estrellas como nuestro Sol. Sin embargo, no fue la impresionante cantidad de enormes galaxias lo que sacudió las creencias científicas de los años veinte, sino el que todas ellas estuvieran en movimiento. 6

Los astrónomos descubrieron un hecho notable: cuando la luz galáctica pasaba a través de un prisma, la longitud de las ondas luminosas aumentaba, lo que indicaba que las galaxias se alejaban de nosotros a gran velocidad. Cuanto más lejos se encuentra una galaxia, más deprisa parece distanciarse. Este hecho apunta a un universo en expansión. Aunque no seamos astrónomos profesionales ni aficionados, podemos entender que el concepto de un universo en expansión tiene profundas implicaciones en lo que respecta a nuestro pasado, y tal vez también a nuestro futuro. Algo debe haber iniciado el proceso, una fuerza suficientemente poderosa como para superar la inmensa gravedad de todo el universo. La siguiente pregunta no carece de razón: “¿Cuál puede ser la fuente de tal energía dinámica?”. Pese a que la mayoría de los científicos creen que el origen del universo se remonta a un comienzo infinitamente pequeño y denso (una singularidad), no podemos evadir esta cuestión fundamental: “Si en algún momento del pasado el universo se hallaba circunscrito en una singularidad de tamaño infinitamente pequeño, tenemos que preguntarnos qué había antes y qué había fuera del Universo. [...] Tenemos que enfrentarnos al problema de un Principio” (sir Bernard Lovell). Esto implica más que solo una fuente de gran energía. También se necesita previsión e inteligencia, pues el ritmo de expansión parece haber sido ajustado con gran precisión. “Si el universo se hubiera expandido una billonésima parte más deprisa —dice Lovell—, toda la materia que contiene se hubiera dispersado ya. [...] Y si lo hubiera hecho una billonésima parte más despacio, las fuerzas gravitatorias habrían provocado el colapso del universo en los primeros mil millones de años de su existencia. De modo que tampoco hubiera perdurado ninguna estrella ni habría surgido la vida.” Se intenta explicar el principio ¿Pueden explicar los científicos el origen del universo? Muchos de ellos, incómodos con la idea de que el universo sea el producto de una inteligencia más elevada, especulan que por algún mecanismo se creó solo de la nada. ¿Le parece razonable esta conclusión? Tales especulaciones normalmente son variaciones de una teoría (el modelo inflacionario del universo) que el físico Alan Guth formuló en 1979. No obstante, últimamente el doctor Guth admitió que su teoría “no explica cómo surgió el universo de la nada”. El doctor Andrei Linde fue más explícito en un artículo de Investigación y Ciencia: “Explicar esta singularidad inicial, dónde y cómo empezó todo, sigue siendo uno de los problemas más arduos de la cosmología moderna”. Si los científicos no pueden realmente explicar ni el origen ni las primeras etapas del universo, ¿no deberíamos buscar la explicación en algún otro lugar? Tenemos buenas razones para sopesar algunas pruebas 7

que se han pasado por alto con frecuencia, pero que pueden ayudarle a usted. Entre ellas se cuenta la intensidad exacta de cuatro fuerzas fundamentales a las que la materia debe todas sus propiedades y transformaciones. Al hablar de fuerzas fundamentales, es posible que haya quien titubee y se diga: “Este tema es solo para físicos”. Pero no es así. Vale la pena examinar los hechos básicos porque tienen una incidencia en nuestra vida. La intensidad justa Las cuatro fuerzas fundamentales ejercen su influencia tanto en la inmensidad del cosmos como en el mundo infinitesimal de las estructuras atómicas. Puede decirse que afectan a todo lo que vemos a nuestro alrededor. Los elementos fundamentales para la vida, (particularmente el carbono, el oxígeno y el hierro) no podrían existir si las cuatro fuerzas que operan en el universo no tuvieran la intensidad justa. Ya se ha hecho mención de una de ellas: la gravedad. Otra es la fuerza electromagnética. Si esta fuera mucho más débil, los electrones no se mantendrían alrededor del núcleo del átomo. “¿Sería esto grave?”, quizá nos preguntemos. Sin duda, porque los átomos no podrían combinarse para formar moléculas. Por el contrario, si esta fuerza fuera mucho más intensa, el núcleo atómico atraería hacia sí a los electrones. No podría producirse ninguna reacción química entre los átomos, lo que haría imposible la vida. Incluso desde este punto de vista, está claro que nuestra existencia depende de la intensidad justa de la fuerza electromagnética. Y lo mismo es cierto a escala cósmica: una pequeña variación de la fuerza electromagnética afectaría al Sol, alterando la luz que llega a la Tierra y haciendo difícil o imposible la fotosíntesis. También podría privar al agua de sus singulares propiedades, esenciales para la vida. De modo que, de nuevo, la intensidad justa de la fuerza electromagnética es determinante para la vida. Igualmente fundamental es la intensidad de la fuerza electromagnética con relación a las otras tres fuerzas. Por ejemplo, algunos físicos calculan que esta es 10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 (1040) de veces más fuerte que la gravedad. Añadir un cero más a este número pudiera parecer un cambio pequeño (1041). Pero en ese caso la gravedad sería proporcionalmente más débil, y el doctor Reinhard Breuer explica lo que esto supondría: “Con menos gravedad las estrellas serían menores, y la presión de la gravedad en su interior no elevaría la temperatura lo suficiente como para provocar las reacciones de fusión nuclear: el Sol no brillaría”. Puede imaginarse las consecuencias para la vida en la Tierra. ¿Y si la gravedad fuera proporcionalmente más fuerte porque dicho número tuviera solo 39 ceros (1039)? “Con tan solo esta pequeña 8

modificación —continúa Breuer— una estrella como el Sol vería acortada sustancialmente su vida.” Según otras opiniones, la precisión de la intensidad de estas fuerzas es aún mayor. Dos cualidades sobresalientes del Sol y otras estrellas son, sin duda, su eficiencia y estabilidad a largo plazo. A modo de ilustración: sabemos que es preciso ajustar la mezcla de carburante y aire para que el motor de un automóvil funcione debidamente; los ingenieros diseñan complejos sistemas mecánicos y electrónicos para optimizar su rendimiento. Si así es en el caso de un simple motor, ¿qué no será en el de las eficientes estrellas “nucleares” como el Sol? Las fuerzas claves implicadas están ajustadas con gran precisión, optimizadas para la vida. ¿Fue casualidad tal exactitud? A Job, un hombre de la antigüedad, se le preguntó: “¿Dictas tú las leyes de los cielos o estableces su influjo sobre la tierra?” (Job 38:33, Franquesa-Solé). Ningún ser humano lo ha hecho. Por tanto, ¿a qué puede atribuirse esa precisión? Dos fuerzas nucleares La estructura del universo implica mucho más que únicamente la intensidad justa de la gravedad y la fuerza electromagnética. Nuestra vida depende también de otras dos fuerzas físicas. Estas dos fuerzas funcionan en el núcleo de los átomos, y son claros indicativos de reflexión previa. Piense en la fuerza nuclear fuerte (interacción fuerte), que mantiene unidos a los protones y neutrones en el núcleo del átomo. Esta fuerza de unión permite la formación de diversos elementos, ligeros (como el helio y el oxígeno) y pesados (como el oro y el plomo). Se piensa que si fuera solo un 2% más débil, solo existiría el hidrógeno. Por el contrario, si fuera un poco más intensa, únicamente existirían elementos pesados, pero no el hidrógeno. ¿Afectaría este hecho a nuestra vida? Pues bien, si no hubiera hidrógeno en el universo, el Sol no tendría el combustible que necesita para irradiar su vital energía. Y, por supuesto, no tendríamos ni agua ni alimento, pues el hidrógeno es un ingrediente esencial de ambos. La cuarta fuerza en cuestión, llamada la fuerza nuclear débil (interacción débil), controla la desintegración radiactiva. Influye asimismo en la actividad termonuclear del Sol. ¿Se puede hablar también de la intensidad justa de esta fuerza? Freeman Dyson, matemático y físico, explica: “La débil interacción es millones de veces más débil que la fuerza nuclear. Es precisamente lo bastante débil para que el hidrógeno en el Sol se consuma a un ritmo lento y constante. Si la interacción débil fuese mucho más fuerte o mucho más débil, todas las formas de vida que dependen de las estrellas similares al Sol también se encontrarían en dificultades”. En efecto, este ritmo preciso de combustión del hidrógeno calienta nuestra Tierra —pero no la abrasa— y nos mantiene vivos.

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Además, los científicos creen que la fuerza débil desempeña un papel en las explosiones de las supernovas, que constituyen el mecanismo de producción y distribución de la mayoría de los elementos. “Si estas fuerzas nucleares fueran de algún modo ligeramente diferentes, las estrellas no podrían producir los elementos de los que usted y yo estamos hechos”, explica el físico John Polkinghorne. Podría decirse más, pero probablemente sea suficiente. La intensidad de estas cuatro fuerzas fundamentales está sorprendentemente bien ajustada. “Parece que en todo lo que nos rodea vemos pruebas de que la naturaleza lo hizo exactamente como debía hacerse”, escribió el profesor Paul Davies. En efecto, la intensidad justa de las fuerzas fundamentales ha hecho posible la existencia y funcionamiento del Sol, de nuestro agradable planeta con el agua que sustenta la vida, de la atmósfera, esencial para la vida, y de una gran cantidad de valiosos elementos químicos que se hallan en la Tierra. Pero pregúntese: “¿Por qué es tan precisa la intensidad de estas fuerzas, y a qué puede atribuirse?”. Características ideales de la Tierra Nuestra existencia requiere precisión también en otros órdenes. Piense en las medidas de la Tierra y su posición con respecto al resto del sistema solar. El libro bíblico de Job contiene unas preguntas que ponen de relieve nuestras limitaciones: “¿Dónde te hallabas tú cuando yo fundé la tierra? [...] ¿Quién fijó sus medidas, si acaso lo sabes?” (Job 38:4, 5). Estas preguntas exigen, como nunca antes, una respuesta. ¿Por qué? Debido a las sorprendentes características de la Tierra que hoy conocemos, como las relativas a su tamaño y posición en el sistema solar. No se ha encontrado ningún planeta como la Tierra en ninguna parte del universo. Es verdad que, según algunos científicos, hay pruebas indirectas de que ciertas estrellas tienen objetos en su órbita cientos de veces mayores que la Tierra. Sin embargo, nuestro planeta tiene el tamaño justo para hacer posible nuestra existencia. ¿En qué sentido? Si la Tierra fuera ligeramente mayor, tendría más gravedad y el hidrógeno, un gas ligero, se acumularía al no poder escapar de la gravedad terrestre, de modo que la atmósfera sería inhóspita para la vida. Por otra parte, si la Tierra fuera ligeramente menor, el indispensable oxígeno se escaparía y el agua se evaporaría de la superficie del planeta. En cualquier caso, la vida sería inviable. La Tierra también está a la distancia idónea del Sol, un factor esencial para la vida. El astrónomo John Barrow y el matemático Frank Tipler estudiaron “la proporción entre el radio de la Tierra y la distancia al Sol”. Llegaron a la conclusión de que la vida humana no existiría “si la proporción fuera ligeramente diferente de la que es”. El profesor David L. Block observa: “Los cálculos muestran que si la Tierra estuviera situada solo un 5% más cerca del Sol, se hubiera producido un acusado efecto 10

invernadero hace unos cuatro mil millones de años. Por otra parte, si la Tierra estuviera solo un 1% más lejos del Sol, hubiera ocurrido una desmedida glaciación hace unos dos mil millones de años” (Our Universe: Accident or Design?). A esta precisión podemos añadir el hecho de que la Tierra gira sobre su eje una vez al día, la velocidad adecuada para conseguir una temperatura moderada. La rotación de Venus toma doscientos cuarenta y tres días. Piense en lo que sucedería si la rotación terrestre tomara tanto tiempo. No podríamos aguantar las temperaturas extremas que ocasionaría la larga duración de los días y las noches. Otro factor fundamental es la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol. Los cometas describen una trayectoria muy elíptica. Afortunadamente, no es así en el caso de la Tierra. Su órbita es casi circular. De nuevo, este hecho impide que se produzcan temperaturas extremas inviables para la vida. Tampoco debemos pasar por alto la ubicación del sistema solar. Si estuviera más cerca del centro de la Vía Láctea, el efecto gravitatorio de las estrellas cercanas distorsionaría la órbita de la Tierra. Por el contrario, si estuviera situado en el borde de nuestra galaxia, no se divisaría prácticamente ninguna estrella en el firmamento nocturno. La luz de las estrellas no es esencial para la vida, pero ¿no confieren gran belleza al cielo nocturno? Y, según los conceptos actuales del universo, los científicos han calculado que en el borde de la Vía Láctea no hubiera habido los suficientes elementos químicos para formar un sistema solar como el nuestro. Ley y orden Probablemente sepa por experiencia propia que todas las cosas tienden al desorden. Como todo propietario de una vivienda ha observado, las cosas tienden a deteriorarse o descomponerse cuando se abandonan. Los científicos se refieren a esta tendencia como “la segunda ley de la termodinámica”. Podemos ver los efectos de esta ley todos los días. Si se abandona un automóvil o una bicicleta nuevos, inevitablemente se estropean. Desatienda un edificio y acabará en ruinas. ¿Qué puede decirse del universo? También le es aplicable esta ley. El orden del universo debería dar paso con el tiempo al desorden completo. Sin embargo, no parece que el universo tienda al desorden, como el físico y matemático Roger Penrose descubrió cuando estudió el estado de desorden (o entropía) del universo observable. Una manera lógica de interpretar estos hallazgos es concluir que el universo empezó en un estado ordenado y todavía lo conserva. El astrofísico Alan Lightman dijo que a los científicos “les parece misterioso el hecho de que el universo fuera creado con este elevado grado de orden”. También dijo que “cualquier teoría cosmológica viable debería explicar en última instancia esta 11

contradicción de la entropía”, es decir, que el universo no se halle en estado caótico. Nuestra existencia contradice esta ley aceptada. Entonces ¿por qué estamos vivos aquí en la Tierra? Como se ha dicho anteriormente, esta es una pregunta básica cuya respuesta debería interesarnos. [Notas] La Vía Láctea tiene aproximadamente un trillón de kilómetros de diámetro, esto es, 1.000.000.000.000.000.000 de kilómetros, que la luz tarda en cruzar cien mil años. Esta galaxia contiene más de cien mil millones de estrellas. En 1995, los científicos observaron un comportamiento extraño de la estrella más distante conocida (SN 1995K) que hizo explosión en su galaxia. Tal como las supernovas de galaxias cercanas, esta estrella se volvió muy brillante y luego fue apagándose lentamente. Este proceso duró más tiempo que el de cualquier otro caso antes detectado. La revista New Scientist publicó un gráfico de este fenómeno y explicó: “La forma de la curva de luz [...] se extiende exactamente tanto en el tiempo como debería hacerlo si la galaxia se alejara de nosotros a casi la mitad de la velocidad de la luz”. ¿A qué conclusión llegó? Esta es “la mejor prueba de que el Universo en realidad se está expandiendo”. La teoría de la inflación especula lo que sucedió una fracción de segundo después del principio del universo. Los defensores de este modelo creen que el universo era originalmente submicroscópico y que sufrió una inflación (expansión) más rápida que la velocidad de la luz, afirmación que no puede corroborarse en el laboratorio. La hipótesis inflacionaria sigue siendo una teoría debatida. Los científicos han descubierto que los elementos manifiestan un orden y una armonía sorprendentes. Se presentan pruebas de interés en el apéndice “Unidades arquitectónicas del universo”, página 26. [Recuadro de la página 15] Imposible contar las estrellas Se calcula que en la Vía Láctea existen más de 100.000.000.000 (cien mil millones) de estrellas. Imagínese una enciclopedia que dedicara un mapa a cada una de estas estrellas (nuestro Sol y el resto del sistema solar ocuparían una sola página). ¿Cuántos volúmenes se necesitarían para abarcar las estrellas de la Vía Láctea? Se ha calculado que la enciclopedia, con volúmenes de grosor medio, no cabría en la Biblioteca Pública de Nueva York, que cuenta con 412 kilómetros de estanterías. ¿Cuánto le tomaría examinar esas páginas? “Hojearla rápidamente, a un ritmo de una página por segundo, requeriría más de diez mil años”, explica el libro Coming of Age in the Milky Way. Sin embargo, las estrellas que 12

componen la Vía Láctea, no son más que una pequeña fracción de las estrellas que hay en los aproximadamente 50.000.000.000 (cincuenta mil millones) de galaxias que componen el universo. Si la enciclopedia dedicara una página a cada una de estas estrellas, no habría espacio para ellas en las estanterías de todas las bibliotecas de la Tierra. “Cuanto más conocemos el universo —dice esta obra— más nos damos cuenta de lo poco que sabemos.” [Recuadro de la página 16] Comentarios de Jastrow sobre el principio Robert Jastrow, catedrático de Astronomía y Geología de la Universidad de Columbia, escribió: “Pocos astrónomos pudieron anticipar que este acontecimiento —el repentino nacimiento del Universo— se convertiría en un hecho científico probado, pero las observaciones del cielo a través de los telescopios les han llevado a esa conclusión”. Luego comentó sus implicaciones: “La prueba astronómica de un Principio sitúa a los científicos en una embarazosa posición, puesto que creen que cada efecto posee una causa natural [...]. El astrónomo británico E. A. Milne escribió: ‘No podemos hacer conjeturas acerca del estado de las cosas [en el Principio]; en el acto divino de la Creación Dios no es observado ni tiene testigos’” (El telar mágico. El cerebro humano y el ordenador). [Recuadro de la página 17] Cuatro fuerzas físicas fundamentales 1. Gravedad: fuerza muy débil a nivel atómico. Sus efectos son más evidentes sobre los grandes cuerpos: planetas, estrellas y galaxias. 2. Electromagnetismo: fuerza clave de atracción entre protones y electrones, que permite la formación de las moléculas. Los rayos constituyen una evidencia de su poder. 3. Fuerza nuclear fuerte: fuerza que une a los protones y neutrones en el núcleo del átomo. 4. Fuerza nuclear débil: fuerza que controla la desintegración de los elementos radiactivos y la actividad termonuclear eficiente del Sol. [Recuadro de la página 20] “Combinación de coincidencias” “Si la fuerza débil hubiera sido un poco más fuerte, no se habría producido el helio; si hubiese sido un poco más débil, casi todo el hidrógeno se habría convertido en helio.” “La viabilidad de un universo en el que hay helio y supernovas que explotan es muy escasa. Nuestra existencia depende de esta combinación de coincidencias, y de la coincidencia todavía más asombrosa de los niveles de energía nuclear predichos por [el astrónomo Fred] Hoyle. A diferencia de todas las generaciones anteriores, sabemos cómo llegamos aquí, pero al igual que todas las generaciones anteriores, aún no sabemos por qué.” (New Scientist.) 13

[Recuadro de la página 22] “Las condiciones especiales de la Tierra provienen de su tamaño ideal, composición de elementos y órbita casi circular a perfecta distancia de una estrella de larga vida, el Sol, lo que ha hecho posible la acumulación de agua sobre la superficie terrestre.” (Zoología. Principios integrales, octava edición.) La vida en la Tierra no hubiera sido posible sin agua. [Recuadro de la página 24] ¿Creer solo lo que se ve? Muchas personas racionales aceptan la existencia de cosas que no ven. La revista Discover de enero de 1997 informó que los astrónomos detectaron lo que concluyeron que eran unos doce planetas que giraban alrededor de estrellas distantes. “De momento solo se conoce a los nuevos planetas por el efecto que tiene su gravedad en el movimiento de la estrella madre.” Para los astrónomos, pues, los efectos visibles de la gravedad constituían una base para creer en la existencia de cuerpos celestes no vistos. Las pruebas indirectas —no la observación directa— fueron suficiente fundamento para que los científicos aceptaran lo que aún era invisible. Muchas personas que creen en un Creador piensan que tienen una base similar para aceptar lo que no pueden ver. [Recuadro de la página 25] Sir Fred Hoyle explica en La naturaleza del universo: “Para evitar el problema de la creación sería necesario que todo el material del universo fuese infinitamente viejo, lo que no puede ser”. Y luego añade: “El hidrógeno se está convirtiendo constantemente en helio [...]. ¿Cómo es entonces que el universo está compuesto casi enteramente de hidrógeno? Si la materia fuera infinitamente vieja resultaría por completo imposible. Así vemos que, siendo el universo lo que es, la cuestión de su creación no puede ser dejada simplemente de lado”. [Ilustración de las páginas 12 y 13] El Sol (recuadro) es insignificante en la Vía Láctea, como se ve aquí en comparación con la galaxia en espiral NGC 5236 La Vía Láctea contiene más de cien mil millones de estrellas, y es solo una de los más de cincuenta mil millones de galaxias del universo conocido [Ilustraciones de la página 14] El astrónomo Edwin Hubble (1889-1953) advirtió que el corrimiento hacia el rojo de la luz de galaxias distantes indicaba que el universo se estaba expandiendo y que, por lo tanto, tuvo un principio [Ilustraciones de la página 19] La intensidad justa de las fuerzas que controlan el Sol resulta en las condiciones precisas para la vida en la Tierra

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Apéndice “Unidades arquitectónicas del universo” Así describe una enciclopedia moderna los elementos químicos. Estos elementos terrestres son muy variados. Algunos son raros, otros, abundantes. Unos, como el oro, atraen al ojo humano. Otros son gases que ni siquiera vemos, como el nitrógeno y el oxígeno. Cada elemento está constituido por una determinada clase de átomos. La estructura de los átomos y su relación entre sí denota economía y orden sistemático. Hace unos trescientos años, solo se conocían doce elementos: antimonio, arsénico, azufre, bismuto, carbono, cobre, estaño, hierro, mercurio, oro, plata y plomo. Cuando se descubrieron otros elementos, los científicos se dieron cuenta de que reflejaban un orden definido. Dado que había ciertas lagunas en ese orden, algunos químicos y físicos, como Mendeleiev, Ramsay, Moseley y Bohr, teorizaron la existencia de elementos desconocidos y sus características. Estos se descubrieron más tarde, tal y como se había previsto. ¿Por qué pudieron predecir esos científicos formas de materia que aún no se conocían? Pues bien, los elementos siguen un orden numérico natural basado en la estructura de sus átomos. Esta es una ley probada. Así es que en los libros de texto hallamos una tabla periódica de los elementos distribuidos en filas y columnas: hidrógeno, helio, etc. La Enciclopedia McGraw-Hill de Ciencia y Tecnología observa: “Pocas sistematizaciones en la historia de la ciencia pueden rivalizar con el concepto periódico como una revelación total del orden del mundo físico. [...] De descubrirse un elemento nuevo en el futuro, este deberá ocupar un lugar en el sistema periódico que esté de acuerdo con el orden y exhibirá las propiedades características conocidas”. Cuando se ordenan los elementos en las filas y columnas de la tabla periódica, se observa una notable relación entre los elementos de una misma columna. Por ejemplo, en la última columna se hallan el helio (núm. 2), el neón (núm. 10), el argón (núm. 18), el criptón (núm. 36), el xenón (núm. 54) y el radón (núm. 86). Estos son gases que emiten un resplandor cuando pasa por ellos una descarga eléctrica, y se emplean en diferentes tipos de lámparas. Además, no reaccionan fácilmente con diversos elementos, como es el caso de otros gases. Sí, el universo, hasta en sus partículas atómicas, revela un orden y una armonía sorprendentes. ¿A qué puede atribuirse este orden, armonía y variedad de los componentes básicos del universo? [Tabla de la página 27] (Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación) Tabla periódica de los elementos 15

¿Reflejan el orden y la armonía de los elementos de la tabla periódica simple azar o diseño inteligente? METALES NO METALES GASES NOBLES ELEMENTOS DE TRANSICIÓN Elementos lantánidos Elementos actínidos I II III IV V VI VII VIII Nombre del elemento Símbolo Número atómico hidrógeno H 1 helio He 2 litio Li 3 berilio Be 4 boro B 5 carbono C 6 nitrógeno N 7 oxígeno O 8 flúor F 9 neón Ne 10 sodio Na 11 magnesio Mg 12 aluminio Al 13 silicio Si 14 fósforo P 15 azufre S 16 cloro Cl 17 argón Ar 18 potasio K 19 calcio Ca 20 escandio Sc 21 titanio Ti 22 vanadio V 23 cromo Cr 24 manganeso Mn 25 hierro Fe 26 cobalto Co 27 níquel Ni 28 16

cobre cinc galio germanio arsénico selenio bromo kriptón rubidio estroncio itrio circonio niobio molibdeno tecnecio rutenio rodio paladio plata cadmio indio estaño antimonio telurio yodo xenón cesio bario lantano cerio praseodimio neodimio prometio samario europio gadolinio terbio disprosio holmio erbio tulio iterbio lutecio hafnio tantalio volframio

Cu 29 Zn 30 Ga 31 Ge 32 As 33 Se 34 Br 35 Kr 36 Rb 37 Sr 38 Y 39 Zr 40 Nb 41 Mo 42 Tc 43 Ru 44 Rh 45 Pd 46 Ag 47 Cd 48 In 49 Sn 50 Sb 51 Te 52 I 53 Xe 54 Cs 55 Ba 56 La 57 Ce 58 Pr 59 Nd 60 Pm 61 Sm 62 Eu 63 Gd 64 Tb 65 Dy 66 Ho 67 Er 68 Tm 69 Yb 70 Lu 71 Hf 72 Ta 73 W 74 17

renio osmio iridio platino oro mercurio talio plomo bismuto polonio astato radón francio radio actinio torio protactinio uranio neptunio plutonio americio curio berquelio californio einstenio fermio mendelevio nobelio laurencio

Re 75 Os 76 Ir 77 Pt 78 Au 79 Hg 80 Tl 81 Pb 82 Bi 83 Po 84 At 85 Rn 86 Fr 87 Ra 88 Ac 89 Th 90 Pa 91 U 92 Np 93 Pu 94 Am 95 Cm 96 Bk 97 Cf 98 Es 99 Fm 100 Md 101 No 102 Lr 103 104 105 106 107 108 109

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Capítulo 3 ¿Qué origen tuvo la vida? LA TIERRA rebosa de vida. Desde el gélido Ártico hasta la selva tropical amazónica, desde el desierto del Sahara hasta la región pantanosa de los Everglades, desde el oscuro suelo oceánico hasta los luminosos picos de las montañas, la vida se halla en abundancia. Y además, tiene el potencial de sorprendernos a cada instante. Se encuentra en tipos, tamaños y cantidades que desbordan la imaginación. En nuestro planeta pululan un millón de especies de insectos. En las aguas que nos rodean nadan más de veinte mil especies de peces, algunos del tamaño de un grano de arroz y otros tan grandes como un camión. Por lo menos trescientas cincuenta mil especies de plantas, algunas de extraña apariencia y la mayoría de gran belleza, adornan la Tierra. Y más de nueve mil especies de aves vuelan por encima de nosotros. Estas criaturas, incluido el hombre, conforman el panorama y la sinfonía que llamamos vida. Pero más sorprendente que la agradable variedad que nos rodea es la profunda unidad manifiesta. Los bioquímicos, que estudian la composición de los seres vivos, explican que toda la vida, desde la ameba hasta el hombre, depende de una sorprendente interacción: el trabajo de equipo entre los ácidos nucleicos (ADN y ARN) y las moléculas de proteínas. Los intrincados procesos en los que intervienen estas sustancias tienen lugar en prácticamente todas las células de nuestro cuerpo, así como también en las células de los colibríes, los leones y las ballenas. Esta uniforme interacción da lugar a un hermoso mosaico vital. ¿Cómo se produjo esta armónica organización de la vida? Es más, ¿qué origen tuvo la vida? Posiblemente aceptemos que la vida no ha existido siempre sobre la Tierra. Tanto la ciencia como muchos libros religiosos concuerdan con esta idea. Ahora bien, sabemos que estas dos disciplinas —la ciencia y la religión— difieren en la forma de explicar cómo empezó la vida en la Tierra. Millones de personas de todos los niveles de educación creen que un Creador inteligente, el Diseñador original, produjo la vida en la Tierra. En cambio, muchos científicos dicen que la vida surgió de materia inanimada, paso químico a paso químico, sencillamente por casualidad. ¿Es lo uno o es lo otro? No debemos pensar que esta cuestión carece de relevancia para nosotros o que tiene poco que ver con el sentido de la vida. Como ya se ha dicho, una de las preguntas fundamentales que los hombres siempre han querido contestar es: ¿De dónde venimos? 19

La mayoría de los cursos científicos se centran en la adaptación y supervivencia de la vida, en vez de centrarse en la cuestión fundamental: el origen de la vida. Puede que hayamos notado que normalmente se intenta explicar el comienzo de la vida con generalizaciones como: “A lo largo de millones de años, la colisión fortuita de moléculas produjo de algún modo la vida”. Pero, ¿es satisfactoria esta explicación? Supondría que ante la presencia de energía solar, relámpagos o volcanes, la materia inanimada se puso en movimiento, se organizó y con el tiempo empezó a vivir, todo sin dirección. ¡Qué gran salto hubiera sido este! De materia inanimada a materia viva. ¿Pudo ocurrir así? En la Edad Media no se hubiera presentado objeción a este planteamiento, pues entonces se creía en la generación espontánea, es decir, en que la vida podía surgir espontáneamente de materia inanimada. Finalmente, en el siglo XVII, el físico italiano Francesco Redi demostró que solo aparecían gusanos en la carne putrefacta cuando las moscas habían desovado en ella. No se formaban gusanos si las moscas no tenían acceso a la carne. Aunque los insectos del tamaño de las moscas no surgieran por sí mismos, ¿qué podía decirse de los microbios que seguían apareciendo en el alimento, estuviera cubierto o no? Aunque experimentos posteriores demostraron que los microbios tampoco se formaban espontáneamente, la controversia se mantuvo. Hasta que llegó Louis Pasteur. Mucha gente recuerda los estudios de Pasteur sobre la fermentación y las enfermedades infecciosas. También son conocidos los experimentos que realizó para determinar si la vida microscópica podía surgir por sí misma. Pasteur demostró que si el agua se esterilizaba y se protegía de la contaminación ni siquiera se formaban en ella bacterias diminutas. En 1864 anunció: “Nunca se recobrará la doctrina de la generación espontánea del golpe mortal que le ha infligido este sencillo experimento”. Y así fue. Ningún experimento ha sido capaz de producir vida de materia inanimada. ¿Cómo, entonces, llegó a existir la vida en la Tierra? El intento moderno de contestar esta pregunta puede situarse en los años veinte de este siglo, en la obra del bioquímico ruso Alexandr I. Oparin. Él y otros científicos posteriores han ofrecido lo que podría denominarse el guión de un drama en tres actos de lo que se supone que ha ocurrido en el escenario del planeta Tierra. El primer acto representa a los elementos terrestres, o materia prima, transformándose en grupos de moléculas. Luego viene el salto a las macromoléculas. Y el último acto de este drama representa el salto a la primera célula viva. ¿Pero sucedió en realidad así? Es fundamental para este drama explicar que la atmósfera primitiva de la Tierra era muy diferente de lo que es hoy. Una teoría sostiene que no había prácticamente oxígeno libre y que tres elementos, el nitrógeno, el hidrógeno y el carbono, formaron amoníaco y metano. Luego, cuando los rayos y la luz ultravioleta golpearon la atmósfera compuesta de estos gases 20

y vapor de agua, se formaron azúcares y aminoácidos. No debe olvidarse, de todos modos, que se está hablando de una teoría. Según este drama teórico, las moléculas pasaron a los océanos u otras masas de agua. Con el tiempo, los azúcares, ácidos y otros compuestos se concentraron en un “caldo prebiótico” en el que los aminoácidos, por ejemplo, se combinaron para formar proteínas. Extendiendo esta progresión teórica, otros compuestos llamados nucleótidos formaron cadenas y se convirtieron en un ácido nucleico, como el ADN. Todo ello preparó supuestamente el escenario para el acto final del drama molecular. Podría decirse que este último acto, que no está documentado, es una historia de amor. Las moléculas de proteína y las moléculas de ADN se encuentran por casualidad, se reconocen unas a otras y se abrazan. Finalmente, antes de que baje el telón, nace la primera célula viva. Si usted estuviera viendo este drama, quizá se preguntara: “¿Es esto realidad, o ficción? ¿Pudo originarse de este modo la vida en la Tierra?”. ¿Génesis en el laboratorio? A principios de los años cincuenta los científicos se dispusieron a comprobar la teoría de Alexandr Oparin. Era un hecho incuestionado que la vida procedía solo de la vida. Ahora bien, los científicos teorizaron que si las condiciones del pasado hubieran sido diferentes, la vida podría haber surgido lentamente de la no vida. ¿Era demostrable esta teoría? En el laboratorio de Harold Urey, el científico Stanley L. Miller tomó hidrógeno, amoníaco, metano y vapor de agua (suponiendo que esta era la composición de la atmósfera primigenia), los selló en un matraz en cuyo fondo había agua hirviendo (como si fuera el océano), y sometió la mezcla a descargas eléctricas (a modo de rayos). Al cabo de una semana se detectaron rastros de una sustancia viscosa y rojiza. Al analizarla, Miller descubrió que contenía muchos aminoácidos: los componentes de las proteínas. Posiblemente sepa de este experimento, pues se ha incluido por años en los libros de texto y en cursos escolares como explicación del origen de la vida en la Tierra. Pero ¿lo explica? Hoy se cuestiona seriamente la validez del experimento de Miller (véase “Clásico, pero cuestionable”, páginas 36, 37). No obstante, este éxito aparente condujo a la realización de otros experimentos que hasta produjeron componentes que se hallan en los ácidos nucleicos (ADN o ARN). Especialistas en la materia (los llamados científicos sobre el origen de la vida) se sintieron optimistas, pues aparentemente habían reproducido el primer acto del drama molecular. Y parecía que iban a seguir las versiones de laboratorio de los restantes dos actos. Un catedrático de Química dijo: “La explicación del origen de una estructura viva primitiva mediante mecanismos evolutivos está muy próxima”. Y un escritor sobre temas científicos observó: “Los entendidos no tardaron en 21

pronosticar que los científicos, igual que el Dr. Frankenstein de Mary Shelley, pronto crearían organismos vivos en sus laboratorios, y se podría desentrañar el origen de la vida con todo lujo de detalle”. Muchos pensaron que el misterio del origen espontáneo de la vida se había resuelto (véase “Dextrógiros, levógiros”, página 38). Las opiniones cambian, las incógnitas permanecen Sin embargo, desde entonces el optimismo se ha desvanecido. Han transcurrido algunas décadas y los secretos de la vida se nos siguen escapando. Unos cuarenta años después de su experimento, el profesor Miller dijo a Investigación y Ciencia: “El problema del origen de la vida ha resultado más complicado de lo que yo y muchos suponíamos”. Otros científicos comparten este cambio de opinión. Por ejemplo, el profesor de Biología Dean H. Kenyon fue coautor en 1969 del libro Biochemical Predestination (Predestinación bioquímica), aunque más tarde llegó a la conclusión de que es “fundamentalmente inviable que la materia y la energía inasistidas se organicen por sí mismas en sistemas vivos”. De hecho, los experimentos de laboratorio corroboran la afirmación de Kenyon de que hay “un defecto fundamental en todas las teorías en boga sobre los orígenes químicos de la vida”. Después de que Miller y otros científicos sintetizaron aminoácidos, los hombres de ciencia se dispusieron a formar proteínas y ADN, ambos necesarios para la existencia de la vida en la Tierra. Tras miles de experimentos en condiciones llamadas prebióticas, ¿cuál ha sido el resultado? El libro The Mystery of Life’s Origin: Reassessing Current Theories (El misterio del origen de la vida: Nuevo examen de las teorías actuales) observa: “Existe un gran contraste entre el considerable éxito en la síntesis de aminoácidos y el fracaso sistemático en la síntesis de proteínas y ADN”. El resultado de estos últimos intentos ha sido un “fracaso constante”. Siendo realistas, hay que admitir que no solo es un misterio cómo llegaron a existir las primeras moléculas de proteína y ácidos nucleicos (ADN o ARN), sino también su interacción. “Es el trabajo conjunto de las dos moléculas lo que hace posible la vida en la Tierra”, dice The New Encyclopædia Britannica. Ahora bien, la enciclopedia explica que la manera en que llegó a producirse esta colaboración todavía es “un problema fundamental y no resuelto sobre el origen de la vida”. Sin duda. El apéndice A, “Trabajo de equipo en pro de la vida” (páginas 45-48), repasa algunos detalles básicos del fascinante trabajo de equipo entre las proteínas y los ácidos nucleicos en nuestras células. El mero hecho de poder adentrarnos en el mundo de las células corporales suscita admiración por el trabajo de los científicos que lo han hecho posible. Nos ha permitido entender procesos extraordinariamente complejos de los que pocos de nosotros somos siquiera conscientes, pero que tienen lugar en cada momento de nuestra vida. Sin embargo, desde otro punto de vista, la 22

impresionante complejidad y precisión que los caracteriza nos hacen retornar a la pregunta: ¿Cómo llegaron a existir? Los científicos sobre el origen de la vida no han cesado de formular escenarios plausibles para el drama del origen de la vida. No obstante, los nuevos guiones no están resultando convincentes (véase el apéndice B, “¿Del ‘mundo del ARN’, o de otro mundo?”, página 48). Por ejemplo, Klaus Dose, del Instituto de Bioquímica de Maguncia (Alemania), observó: “Por el momento todos los estudios sobre las principales teorías y experimentos en ese campo terminan bien en un punto muerto, o bien en un reconocimiento de ignorancia”. Ni siquiera en la Conferencia Internacional sobre el Origen de la Vida, celebrada en 1996, se ofreció ninguna solución. Por el contrario, la revista Science informó que los casi trescientos científicos reunidos “lucharon sin éxito por resolver el enigma de cómo surgieron por primera vez las moléculas [de ADN y ARN] y cómo evolucionaron hasta convertirse en células con capacidad de reproducción”. Se ha requerido inteligencia y una educación superior para estudiar y empezar a explicarse lo que ocurre en nuestras células a nivel molecular. Por tanto, ¿es razonable pensar que estos complicados procesos tuvieron lugar primero en un “caldo prebiótico”, sin dirección, espontáneamente y por azar? ¿O hubo algo más implicado? ¿Por qué los enigmas? Hoy se puede hacer una retrospección de medio siglo de especulación y miles de intentos de probar que la vida se originó por sí sola. Sería difícil que quien la hiciera no concordara con el premio Nobel Francis Crick. Hablando de las teorías sobre el origen de la vida, Crick dijo que hay “demasiada especulación en torno a muy pocos hechos”. Es por tanto comprensible que algunos científicos que examinan los hechos lleguen a la conclusión de que la vida es demasiado compleja como para haberse producido por casualidad incluso en un laboratorio organizado, y mucho menos en un ambiente incontrolado. Si la ciencia avanzada no es capaz de probar que la vida pudo surgir por sí misma, ¿por qué siguen defendiendo estas teorías algunos científicos? Hace unas décadas, el catedrático J. D. Bernal ofreció algunas respuestas en el libro The Origin of Life: “Al aplicar los cánones estrictos del método científico a este tema [la generación espontánea de la vida], es posible demostrar de manera efectiva en varios lugares de la explicación cómo no pudo haber surgido la vida; la improbabilidad es demasiado alta, la posibilidad [...], demasiado pequeña”. Y añadió: “La vida se encuentra aquí en la Tierra con toda su multiplicidad de formas y actividades, y lamentablemente hay que forzar los argumentos para explicar su existencia”. El panorama no ha mejorado desde entonces. 23

Analicemos el mensaje subyacente de este razonamiento. Equivale a decir: “Es científicamente correcto afirmar que la vida no pudo surgir por sí sola. Pero la aparición espontánea de la vida es la única posibilidad que puede contemplarse. De modo que es necesario forzar los argumentos para apoyar la hipótesis de que la vida surgió espontáneamente”. ¿Se siente cómodo con esta lógica? ¿No requiere este razonamiento “forzar” mucho los hechos? Hay, sin embargo, científicos respetados y conocedores de la materia que no ven la necesidad de forzar los hechos para que encajen con una determinada filosofía sobre el origen de la vida. Por el contrario, permiten que los hechos los conduzcan a la conclusión razonable. ¿Qué hechos y a qué conclusión? Información e inteligencia El profesor Maciej Giertych, renombrado genetista del Instituto de Dendrología de la Academia Polaca de Ciencias, respondió lo siguiente en una entrevista para un documental: “Somos ahora conscientes de la impresionante cantidad de información contenida en los genes. La ciencia no es capaz de explicar cómo puede surgir espontáneamente esta información. Se requiere una inteligencia; no puede producirse mediante sucesos fortuitos. La mezcla de letras no produce palabras.” Y añadió: “Por ejemplo, el complejísimo sistema replicativo del ADN, el ARN y las proteínas en la célula debe haber sido perfecto desde el mismo principio. De no haber sido así, no existirían organismos vivos. La única explicación lógica es que esta inmensa cantidad de información proceda de una inteligencia”. Cuanto más aprendemos acerca de las maravillas de la vida, más lógico es concordar con esa conclusión: el origen de la vida requiere una fuente inteligente. ¿Qué fuente? Como se ha dicho anteriormente, millones de personas educadas piensan que una inteligencia superior, un diseñador, debe haber producido la vida en la Tierra. Después de examinar objetivamente el tema, han aceptado que aun en esta era científica, es razonable coincidir con el poeta bíblico que hace mucho tiempo dijo sobre Dios: “Porque contigo está la fuente de la vida” (Salmo 36:9). Sea que hayamos llegado a una firme conclusión sobre este tema o no, dirijamos la atención a algunas maravillas de las que depende nuestra existencia. Nos resultará gratificante y puede esclarecer en gran manera este tema que afecta a nuestra vida. [Recuadro de la página 30] ¿Cuánto azar en el azar?

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“El azar, y solo el azar, lo hizo todo, desde el caldo primitivo hasta el hombre”, dijo el premio Nobel Christian de Duve hablando del origen de la vida. Pero ¿es el azar una explicación razonable del origen de la vida? ¿Qué es el azar? Aunque algunas personas relacionan el término con el cálculo de probabilidades, llamado también “la ciencia del azar”, muchos científicos emplean el concepto en un sentido vago como sustitutivo del término más preciso “causa”, especialmente cuando esta es desconocida. “Personificar el ‘azar’ como si habláramos de un agente causal —dice el biofísico Donald M. MacKay— es cambiar injustificadamente de un concepto científico a uno mitológico cuasirreligioso.” Del mismo modo, Robert C. Sproul señala: “Al llamar a la causa desconocida ‘azar’ por tanto tiempo, la gente empieza a olvidar que se hizo una sustitución. [...] La suposición de que ‘azar es igual a causa desconocida’ ha llegado a significar para muchos que ‘azar es igual a causa’”. El premio Nobel Jacques L. Monod es uno de los que utiliza el razonamiento de “azar es igual a causa”. Escribe: “El puro azar, el único azar, libertad absoluta pero ciega, [se halla] en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución”. Luego añade: “El hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo de donde ha emergido por azar”. Observe que dice: ‘POR azar’. Monod hace lo que muchos otros científicos: elevar el azar al rango de principio creativo. Se presenta el azar como el causante de la existencia de la vida en la Tierra. Puesto que azar se define como “casualidad o supuesta causa a la que se atribuyen los sucesos no debidos a una necesidad natural o a la intervención humana” o aquellos “cuya causa real se desconoce”, si alguien dice que la vida apareció por azar, en realidad está diciendo que surgió por un poder causal desconocido. ¿Podría ser entonces que se estuviera usando el término “Azar” con mayúscula como voz sinónima de “Creador”? [Recuadro de la página 35] “[La bacteria más pequeña] es mucho más semejante al ser humano que a las mezclas químicas de Stanley Miller, porque ya posee estas propiedades sistemáticas. De modo que pasar de una bacteria a un ser humano es un salto menor que pasar de una mezcla de aminoácidos a esa bacteria.” —Lynn Margulis, catedrática de Biología. [Recuadro de las páginas 36 y 37] Clásico, pero cuestionable Se suele citar el experimento de Stanley Miller, realizado en 1953, como prueba de que pudo haber ocurrido la generación espontánea en tiempos primitivos. Sin embargo, la validez de esta tesis descansa en la suposición de que la atmósfera primigenia de la Tierra era “reductora”, es decir, que solo contenía una mínima cantidad de oxígeno libre (no combinado químicamente). ¿Por qué? El libro The Mystery of Life’s Origin: Reassessing Current Theories explica que si hubiera habido mucho oxígeno libre, ‘ninguno de los aminoácidos 25

siquiera habría podido formarse, y si por casualidad lo hubieran hecho, se habrían descompuesto rápidamente’. ¿Qué solidez tenía la suposición de Miller acerca de la atmósfera primitiva? En un artículo clásico publicado dos años después de su experimento, Miller escribió: “Estas ideas son por supuesto especulación, pues no sabemos si la Tierra tenía una atmósfera reductora cuando se formó. [...] Aún no se han encontrado pruebas directas” (Journal of the American Chemical Society, 12 de mayo de 1955). ¿Se encontraron esas pruebas posteriormente? Unos veinticinco años más tarde, el escritor de artículos científicos Robert C. Cowen informó: “Los científicos tienen que reformular algunas de sus hipótesis. [...] Poco se ha encontrado que pruebe la idea de una atmósfera rica en hidrógeno y muy reductora, y algunas pruebas demuestran lo contrario” (Technology Review, abril de 1981). ¿Y desde entonces? En 1991, John Horgan escribió en Investigación y Ciencia: “Durante los últimos diez años han crecido las dudas sobre las hipótesis de Urey y Miller acerca de la atmósfera. Experimentos de laboratorio y reconstrucciones computerizadas de la atmósfera [...] sugieren que las radiaciones ultravioletas procedentes del Sol, hoy frenadas gracias al ozono atmosférico, habrían destruido las moléculas hidrogenadas de la atmósfera. [...] Una atmósfera así [de dióxido de carbono y nitrógeno] no habría sido la más conveniente para la síntesis de aminoácidos y otros precursores de la vida”. ¿Por qué, entonces, se defiende aún que la atmósfera primitiva de la Tierra era reductora, es decir, contenía muy poco oxígeno? En Molecular Evolution and the Origin of Life (Evolución molecular y el origen de la vida), Sidney W. Fox y Klaus Dose contestan: La atmósfera debió tener poco oxígeno porque “los experimentos de laboratorio muestran que la evolución química [...] hubiera sido prácticamente inviable con oxígeno” y también porque compuestos como los aminoácidos “no son estables por mucho tiempo en la presencia de oxígeno”. ¿No es este un razonamiento cíclico? Se dice que la atmósfera primitiva era reductora porque de otro modo no hubiera tenido lugar la generación espontánea de la vida. Pero lo cierto es que no hay ninguna seguridad de que haya sido reductora. Otro factor que no debe pasarse por alto: si la mezcla de gases representa la atmósfera, las descargas eléctricas imitan a los rayos y el agua hirviendo hace las veces de océano, ¿a quién o qué representa el científico que prepara y realiza el experimento? [Nota] El oxígeno es muy reactivo. Por ejemplo, se combina con el hierro para formar óxido, o con el hidrógeno para formar agua. Si hubiera habido mucho oxígeno libre en la atmósfera cuando se estaban sintetizando los aminoácidos, este se habría combinado rápidamente con las moléculas orgánicas y las habría descompuesto tan pronto como se formaban. 26

[Recuadro de la página 38] Dextrógiros, levógiros Tal como hay guantes para la mano derecha y para la izquierda, los aminoácidos también pueden ser dextrógiros (desvían hacia la derecha el plano de polarización de la luz) o levógiros (desvían hacia la izquierda dicho plano). De los aproximadamente cien aminoácidos conocidos, solo veinte se hallan presentes en las proteínas, y todos son levógiros. Cuando los científicos producen aminoácidos en el laboratorio imitando lo que piensan que posiblemente ocurrió en el caldo prebiótico, se encuentran con un número igual de moléculas “dextrógiras” y “levógiras”. “Esta distribución al 50% —dice The New York Times— no es característica de la vida, que depende solo de aminoácidos levógiros.” Por qué están hechos los seres vivos solo de aminoácidos levógiros es “un gran misterio”. Incluso los aminoácidos que se han hallado en los meteoritos “son mayoritariamente levógiros”. El doctor Jeffrey L. Bada, que estudia la problemática del origen de la vida, dijo que “alguna influencia extraterrestre debió contribuir a determinar la orientación de los aminoácidos biológicos”. [Recuadro de la página 40] “Estos experimentos [...] se presentan como prueba de una síntesis abiótica cuando en realidad los ha concebido y producido el muy inteligente y biótico ser humano para defender ideas con las que está muy comprometido.” (Origin and Development of Living Systems [Origen y desarrollo de los sistemas vivos].) [Recuadro de la página 41] “Un acto intelectual deliberado” El astrónomo británico sir Fred Hoyle ha invertido décadas en el estudio del universo y la vida que hay en él, e incluso ha propugnado la idea de que esta llegó a la Tierra procedente del espacio exterior. En una conferencia que pronunció en el Instituto de Tecnología de California habló del orden de los aminoácidos en las proteínas. “El gran problema de la biología —dijo Hoyle— no es tanto el hecho obvio de que la proteína se compone de una cadena de aminoácidos unidos de cierta manera, sino que el orden preciso de estos dota a la cadena de notables propiedades [...]. Si los aminoácidos se unieran al azar, se darían un gran número de ordenaciones que no tendrían ninguna utilidad para la célula viva. Cuando pensamos que una enzima típica está formada por una cadena de unos doscientos enlaces y que hay veinte posibilidades para cada enlace, es fácil concluir que el número de ordenaciones inútiles es enorme, mayor que el número de átomos de todas las galaxias visibles con los mayores telescopios. Esto en el caso de tan solo una enzima, y hay más de dos mil, que en su mayoría cumplen propósitos muy diferentes. Por tanto, ¿cómo llegó la situación a ser lo que ahora vemos que es?” Hoyle añadió: “Más bien que aceptar la probabilidad fantásticamente pequeña de que las fuerzas ciegas de la naturaleza hubieran producido la 27

vida, parece mejor suponer que su origen se deba a un acto intelectual deliberado”. [Recuadro de la página 44] El profesor Michael J. Behe dijo: “Para quien no se siente obligado a limitar su búsqueda a causas no inteligentes, la conclusión más lógica es que muchos de los sistemas bioquímicos fueron diseñados. No los diseñaron las leyes de la naturaleza, ni el azar y la necesidad, sino que fueron planeados. [...] La vida en la Tierra en su nivel más fundamental, en sus componentes más básicos, es el producto de actividad inteligente”. [Ilustración de la página 42] Un simple vistazo al complejo mundo e intrincadas funciones de cada una de las células del cuerpo suscita la pregunta: ¿Cómo se produjo todo esto? • Membrana celular Controla lo que entra en la célula y sale de ella • Núcleo Centro de control de la célula • Cromosomas Contienen el ADN, el plan maestro genético • Ribosomas Lugar donde se elaboran las proteínas • Nucleolo Lugar donde se forman los ribosomas • Mitocondria Centro de producción de las moléculas que suministran energía a la célula [Ilustración de la página 33] Muchos científicos reconocen hoy que las complejas fundamentales para la vida no pudieron haberse espontáneamente en un caldo prebiótico moléculas generado

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Apéndice A Trabajo de equipo en pro de la vida La vida no podría existir en la Tierra sin la labor de equipo de las moléculas de proteína y las de ácidos nucleicos (ADN o ARN) dentro de la célula viva. Repasemos brevemente algunos de los detalles de este fascinante trabajo molecular de equipo, pues constituyen la razón por la que a muchas personas les resulta difícil creer que las células vivas surgieran por accidente. Si examinamos el cuerpo humano, a nivel celular o subcelular, advertimos que estamos compuestos principalmente de moléculas de proteínas. La mayoría de ellas están hechas de cadenas de aminoácidos dobladas y torcidas en diferentes formas. Algunas adoptan una forma esférica, otras se parecen a los pliegues de un acordeón. Ciertas proteínas trabajan con moléculas de lípidos para formar la membrana celular. Otras colaboran en el transporte de oxígeno de los pulmones al resto del cuerpo. Algunas de ellas actúan como enzimas (catalizadores) para digerir el alimento que tomamos, descomponiendo las proteínas de la comida en aminoácidos. Estas son solo unas cuantas de las miles de tareas que las proteínas desempeñan. Se las podría denominar las artesanas de la vida: sin ellas la vida no existiría. Pero tampoco habría proteínas si no fuera por el ADN. Ahora bien, ¿qué es el ADN y cómo es? ¿Qué tiene que ver con las proteínas? Científicos brillantes han ganado el premio Nobel por descubrir las respuestas a estas preguntas. Pero no hay que saber mucho de biología para entender los hechos básicos relativos a las proteínas. La molécula maestra Las células se componen principalmente de proteínas, de modo que se necesitan constantemente nuevas proteínas para mantener las células, formar otras nuevas y facilitar las reacciones químicas en su interior. Las instrucciones requeridas para producir proteínas se hallan en las moléculas de ADN (ácido desoxirribonucleico). Para entender mejor la formación de las proteínas, veamos más de cerca el ADN. Las moléculas de ADN residen en el núcleo de la célula. Además de las instrucciones necesarias para la producción de proteínas, el ADN almacena y transmite información genética de una generación de células a 29

la siguiente. Estas moléculas tienen una estructura en forma de doble hélice, parecida a una escalera de cuerda retorcida. Cada una de las dos hebras o cadenas de esta estructura de ADN consiste en un gran número de unidades más pequeñas llamadas nucleótidos, que son de cuatro tipos: adenina (A), guanina (G), citosina (C) y timina (T). La combinación de estas letras del “alfabeto” del ADN en pares (A y T, o G y C) forman los peldaños de esta escalera duplohelicoidal. La escalera contiene miles de genes, las unidades básicas de la herencia. El gen contiene toda la información necesaria para formar una proteína. La secuencia de letras en el gen constituye un mensaje codificado o plano que indica qué clase de proteína debe formarse. Por ello, el ADN, con todas sus subunidades, es la molécula maestra de la vida. Sin sus instrucciones codificadas, no existirían las diferentes clases de proteínas y, por tanto, tampoco la vida. Los intermediarios Sin embargo, como el plano de la formación de una proteína se conserva en el núcleo de la célula, y el lugar donde en realidad se forman las proteínas se halla fuera del núcleo, se necesita ayuda para llevar el plano codificado desde el núcleo hasta la “fábrica”. Las moléculas de ARN (ácido ribonucleico) prestan este servicio. Estas moléculas son químicamente similares a las de ADN, y se precisan diferentes formas de ARN para realizar la tarea. Veamos más de cerca estos procesos sumamente complejos que producen las vitales proteínas con la ayuda del ARN. El trabajo empieza en el núcleo de la célula, donde se abre una sección de la escalera de ADN. Esto permite que las letras de ARN se unan a las letras de ADN que quedan al descubierto de una de las hebras del ácido. Una enzima recorre las letras de ARN para formar con ellas una hebra. Así, las letras de ADN se transcriben en letras de ARN, formando lo que podría llamarse un dialecto de ADN. La nueva cadena de ARN se despega de la hebra de ADN y la escalera de ADN se cierra de nuevo. Después de otras modificaciones, este tipo particular de ARN codificado queda listo. Sale del núcleo y se dirige al lugar de producción de las proteínas, donde se decodifican las letras de ARN. Cada juego de tres letras forma una “palabra”, que equivale a un aminoácido específico. Otra forma de ARN busca ese aminoácido, lo recoge con la ayuda de una enzima y lo lleva a la “fábrica”. A medida que se lee y traduce la frase de ARN, se va formando una cadena de aminoácidos cada vez mayor. Esta se tuerce y dobla adoptando una forma única que da lugar a un tipo determinado de proteína. Y es posible que haya más de cincuenta mil tipos en nuestro cuerpo. Aun este proceso de doblado de la proteína es importante. En 1996, varios científicos de todo el mundo “equipados con los mejores programas 30

informáticos, compitieron entre ellos para resolver uno de los problemas más complejos de la biología: cómo se dobla una sola proteína, compuesta de una larga fila de aminoácidos, en la forma intrincada que determina el papel que desempeñará en la vida. [...] El resultado, dicho sencillamente, fue: las computadoras perdieron y las proteínas ganaron. [...] Los científicos calculan que si una proteína de tamaño medio, compuesta de 100 aminoácidos, tuviera que resolver el problema del doblado ensayando todas las posibilidades, tardaría 1027 (mil billones de billones) años” (The New York Times). Este es solo un breve repaso de cómo se forma una proteína, pero puede apreciarse la tremenda complejidad del proceso. ¿Tiene idea del tiempo que necesita una cadena de veinte aminoácidos para formarse? ¡Un segundo! Y este proceso se repite constantemente en nuestras células corporales, desde la cabeza hasta los pies. Aunque están implicados otros factores demasiado numerosos para mencionarlos, puede decirse que el trabajo de equipo requerido para producir y mantener la vida es impresionante. Y la expresión “trabajo de equipo” no hace justicia a la precisa interacción necesaria para producir una sola molécula de proteína, ya que esta necesita información de las moléculas de ADN, y el ADN requiere varias formas de moléculas especializadas de ARN. Tampoco podemos pasar por alto el papel fundamental y definido que desempeña cada una de las diferentes enzimas. Cuando el cuerpo produce nuevas células, lo que sucede sin nuestra dirección consciente miles de millones de veces todos los días, necesita copias de tres componentes: ADN, ARN y proteínas. Se entiende por qué dijo la revista New Scientist: “Prescinda de cualquiera de los tres y la vida se detiene”. O, llevando el razonamiento un poco más lejos: la vida no pudo haber surgido sin un equipo completo y operativo. ¿Es razonable que cada uno de estos componentes del equipo molecular surgiera espontánea y simultáneamente, en el mismo lugar, y todos ellos ajustados con tanta precisión que pudieran combinarse para obrar maravillas? No obstante, hay otra explicación de cómo llegó a existir la vida en la Tierra. Muchas personas han llegado a la conclusión de que la vida es el producto cuidado de un Diseñador con una inteligencia del más alto nivel.

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Apéndice B ¿Del “mundo del ARN”, o de otro mundo? Ante la dificultad de explicar el equipo ADN-ARN-proteína, algunos investigadores han presentado la teoría del “mundo del ARN”. ¿Cuál es esta? En vez de afirmar que el ADN, el ARN y las proteínas se originaron simultáneamente para producir la vida, dicen que el ARN mismo fue la primera chispa de la vida. ¿Es esta una teoría creíble? En los años ochenta los investigadores descubrieron en el laboratorio que las moléculas de ARN podían actuar como sus propias enzimas dividiéndose en dos y uniéndose luego de nuevo. De modo que se especuló que el ARN pudo haber sido la primera molécula con capacidad replicativa. Se teorizó que con el tiempo, estas moléculas de ARN aprendieron a formar membranas celulares y que, finalmente, el organismo de ARN dio lugar al ADN. “Los apóstoles del mundo del ARN —escribe Phil Cohen en New Scientist— creen que su teoría debe tomarse, si no como el evangelio, sí como lo más próximo a la verdad.” Ahora bien, no todos los científicos aceptan este postulado. Los escépticos, dice Cohen, “razonaron que era un salto demasiado grande pasar del hecho de que dos moléculas de ARN se automutilaran de algún modo en el tubo de ensayo, a que el ARN fuera capaz de producir una célula por sí solo y desencadenar el surgimiento de la vida en la Tierra”. Se presentan también otras objeciones. El biólogo Carl Woese dice que “la teoría del mundo del ARN [...] está mortalmente herida porque no explica de dónde vino la energía para provocar la formación de las primeras moléculas de ARN”. Los investigadores, por otra parte, nunca han localizado ARN que pueda replicarse partiendo de cero. Tampoco han resuelto la cuestión de cómo se formó, en primer lugar, el ARN. Aunque la teoría del “mundo del ARN” aparece en muchos libros de texto, la mayor parte de esta, dice el investigador Gary Olsen, “es optimismo especulativo”. Otra teoría que han propugnado algunos científicos es que la vida llegó a nuestro planeta procedente del espacio exterior. Pero esta teoría no contesta la pregunta “¿Qué originó la vida?”. Afirmar que la vida proviene del espacio exterior, dice el escritor sobre temas científicos Boyce Rensberger, “solo cambia la ubicación del misterio”. No explica el origen de la vida. Sencillamente elude la cuestión reubicando el origen de la vida en otro sistema solar o galaxia. La cuestión de fondo permanece.

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Capítulo 4 La singularidad del ser humano ANTES de empezar las actividades del día, ¿nos miramos al espejo para ver nuestra apariencia? Como esos no son momentos para la reflexión, pausemos un poco ahora y meditemos sobre la imagen que vemos reflejada y todo lo que esta percepción implica. Los ojos permiten que nos veamos a todo color, aunque la visión en color no es esencial para la vida. La posición de las orejas nos dota de audición estereofónica: así podemos ubicar la procedencia de los sonidos, como la voz de un ser querido. Aunque es posible que demos todo ello por sentado, un libro para ingenieros acústicos comenta: “Ahora bien, al estudiar el sistema auditivo humano en detalle, es difícil no llegar a la conclusión de que sus intrincadas funciones y estructuras son resultado del diseño de una mano benefactora”. Asimismo, la nariz está diseñada maravillosamente para respirar el aire que nos mantiene vivos. Posee millones de receptores olfatorios que nos permiten distinguir entre unos diez mil olores diferentes. Cuando tomamos una comida, entra en juego otro sentido. Miles de papilas gustativas nos transmiten los sabores. Otros receptores ubicados en la lengua nos ayudan a saber si los dientes están limpios. En efecto, tenemos cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Es cierto que algunos animales disponen de una mejor visión nocturna, un olfato más sensible o un oído más agudo, pero el equilibrio de esos sentidos en el ser humano lo hacen superior de muchas maneras. Veamos primero por qué podemos beneficiarnos de estas funciones. Todas ellas dependen de un órgano de 1,4 kilogramos de peso ubicado en el interior de la cabeza. Los animales también poseen cerebro, pero el cerebro humano es muy superior y nos convierte en seres innegablemente únicos. ¿De qué manera? Y ¿qué relación tiene esta singularidad con nuestro interés por gozar de una vida significativa y duradera? El admirable cerebro Por años se ha comparado el cerebro humano a una computadora, pero descubrimientos recientes demuestran que este símil no hace justicia a la realidad. “¿Cómo se empieza a comprender el funcionamiento de un órgano que tiene unos cincuenta mil millones de neuronas con mil billones de sinapsis (conexiones) y con un promedio general de diez mil billones de transmisiones por segundo?”, preguntó el doctor Richard M. Restak. ¿Cuál fue su respuesta? “La computadora más avanzada de redes neuronales [...] 33

tiene una diezmilésima parte de la capacidad mental de una mosca común.” El ordenador, por tanto, está muy por debajo del cerebro humano, tan notablemente superior. ¿Qué computadora hecha por el hombre puede repararse a sí misma, reescribir sus programas o mejorar con el paso de los años? Cuando hay que ajustar un ordenador, el programador debe escribir nuevas instrucciones codificadas e introducirlas en el sistema. El cerebro realiza este trabajo automáticamente, tanto en los primeros años de la vida como en la vejez. No sería exagerado decir que las computadoras más avanzadas son muy primitivas comparadas con el cerebro humano. Los científicos han llamado a este órgano “la estructura más compleja conocida” y “la más enrevesada del universo”. Repasemos algunos descubrimientos que han llevado a muchas personas a concluir que el cerebro humano es el producto de un Creador bondadoso. Lo que no se usa se pierde Los inventos útiles como los automóviles y los aviones están básicamente limitados por los mecanismos y sistemas eléctricos fijos que el hombre idea e instala en ellos. En cambio, el cerebro es, cuanto menos, un sistema o mecanismo biológico de gran flexibilidad. Puede cambiar en función de cómo se le use (o se abuse de él). Dos factores principales que influyen en cómo se desarrolla el cerebro a lo largo de la vida son: lo que permitimos que entre en él a través de los sentidos y aquello en lo que concentramos nuestro pensamiento. Aunque los factores hereditarios tienen una incidencia en el comportamiento del cerebro, la investigación moderna muestra que este no viene determinado por los genes en el momento de la concepción. “Nadie sospechaba que el cerebro fuera tan reformable como ahora la ciencia sabe que lo es”, escribe el premio Pulitzer Ronald Kotulak. Después de entrevistar a más de trescientos investigadores, llegó a la siguiente conclusión: “El cerebro no es un órgano estático; es una masa de conexiones celulares en constante cambio muy influida por la experiencia” (Inside the Brain [El interior del cerebro]). En cualquier caso, la experiencia no es el único factor que incide en el cerebro. También influye en este órgano el pensamiento. Los científicos han comprobado que el cerebro de la gente que está mentalmente activa tiene hasta un 40% más de conexiones (sinapsis) entre las células nerviosas (neuronas) que los cerebros mentalmente perezosos. Los neurocientíficos han llegado a la siguiente conclusión: “Lo que no se usa se pierde”. Pero ¿qué puede decirse de las personas mayores? Parece que al envejecer se pierden algunas neuronas, y que con la edad avanzada la memoria se debilita. De todos modos, la diferencia es mucho menor de lo que en un tiempo se pensaba. Un informe de National Geographic sobre el cerebro humano dijo: “La gente mayor [...] conserva la capacidad de 34

generar nuevas conexiones y mantener las antiguas mediante la actividad mental”. Hallazgos recientes sobre la flexibilidad del cerebro concuerdan con el consejo bíblico. Ese libro de sabiduría insta a los lectores a ‘transformarse rehaciendo su mente’ o a ‘hacerse nuevos’ introduciendo en la mente “conocimiento exacto” (Romanos 12:2; Colosenses 3:10). Los testigos de Jehová han observado esta transformación cuando las personas estudian la Biblia y ponen en práctica su consejo. Muchos miles de personas, de todos los antecedentes sociales y niveles de educación, han experimentado esa transformación. Conservan su identidad personal, pero son más felices y equilibradas, y demuestran lo que un escritor del siglo primero llamó “buen juicio” (Hechos 26:24, 25). Mejoras como estas resultan, en buena medida, del uso adecuado que se le da a la corteza cerebral, situada en la parte frontal de la cabeza. El lóbulo frontal La mayor parte de las neuronas situadas en la capa exterior del cerebro, la corteza cerebral, no están relacionadas directamente con músculos ni órganos sensoriales. Un ejemplo de ello son los miles de millones de neuronas que componen el lóbulo frontal (véase el dibujo de la página 56). Los escáneres del cerebro demuestran que el lóbulo frontal se activa cuando pensamos en una palabra o evocamos recuerdos. La parte frontal del cerebro tiene mucho que ver con la identidad personal. “La corteza prefrontal [...] desempeña un papel muy importante en la elaboración del pensamiento, la inteligencia, la motivación y la personalidad. Relaciona las experiencias necesarias para la formación de las ideas abstractas, el juicio, la perseverancia, la planificación, el interés por los demás y la consciencia. [...] La elaboración que tiene lugar en esta zona distingue al ser humano de los demás animales.” (Human Anatomy and Physiology, de Marieb.) Vemos prueba de esta distinción en lo que el ser humano ha conseguido en disciplinas como las matemáticas, la filosofía y el derecho, en las que interviene principalmente la corteza prefrontal. ¿Por qué tiene el ser humano una corteza prefrontal grande y flexible que contribuye a funciones mentales más elevadas, mientras que en el animal esta zona es rudimentaria o inexistente? El contraste es tan grande que los biólogos que sostienen la evolución del hombre hablan de la “misteriosa explosión del tamaño del cerebro”. El profesor de Biología Richard F. Thompson admite con respecto al extraordinario crecimiento de la corteza cerebral humana: “Aún no entendemos con claridad por qué sucedió así”. ¿Podría deberse a que se hubiera creado al hombre con esa capacidad cerebral sin par? Comunicación inigualable 35

Otras partes del cerebro contribuyen también a la singularidad del ser humano. Detrás de la corteza prefrontal se encuentra una franja que se extiende de un lado a otro de la cabeza: la corteza motora. Contiene miles de millones de neuronas conectadas con los músculos. También posee características que nos hacen tan diferentes de los simios y otros animales. La corteza motora primaria nos da “1) una capacidad excepcional para usar la mano, los dedos y el pulgar para efectuar tareas manuales de gran destreza, y 2) emplear boca, labios, lengua y músculos faciales para hablar” (Tratado de fisiología médica, de Guyton, séptima edición). Veamos brevemente cómo la corteza motora controla el habla. Más de la mitad está dedicada a los órganos de la comunicación, lo que ayuda a explicar la aptitud sin par de comunicarse que tiene el ser humano. Aunque las manos desempeñan un papel en la comunicación (en la escritura, en la gesticulación o en el lenguaje de señas), el papel principal lo desempeña normalmente la boca. El habla humana, desde la primera palabra de un niño hasta la voz de un anciano, es sin lugar a dudas una maravilla. Unos cien músculos de la lengua, los labios, la mandíbula, la garganta y el pecho cooperan para producir una variedad interminable de sonidos. Reflexionemos sobre este contraste: una célula cerebral puede controlar 2.000 fibras del músculo de la pantorrilla de un atleta, pero las células cerebrales que controlan la laringe se concentran solo en dos o tres fibras musculares. ¿No indica este hecho que el cerebro está especialmente preparado para la comunicación? Toda frase corta que pronunciamos requiere un patrón específico de movimientos musculares. El significado de una sola expresión puede cambiar según el grado de movimiento y precisa coordinación de decenas de músculos. “A un ritmo normal —explica el doctor William H. Perkins— pronunciamos unos catorce sonidos por segundo. Esto representa el doble de la velocidad a la que podemos controlar la lengua, los labios, la mandíbula o cualquier otra parte del mecanismo del habla cuando los movemos por separado. Pero al combinarlos todos para producir el habla funcionan como dedos de expertos mecanógrafos o concertistas de piano. Sus movimientos se traslapan en una sinfonía de exquisita coordinación.” La información que se necesita para formular la simple pregunta “¿Cómo está hoy?” se almacena en la parte del lóbulo frontal del cerebro llamada área de Broca, que algunos piensan que es el centro del habla. Sir John Eccles, neurocientífico ganador del premio Nobel, escribió: “No se ha encontrado en los simios ninguna parte que corresponda [...] al área de Broca del habla”. Aun si se encuentran zonas similares en los animales, el hecho es que los científicos no pueden lograr que los simios produzcan más que unos pocos sonidos simples. El ser humano, en cambio, puede producir un lenguaje complejo. Para ello, unimos las palabras según las

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normas gramaticales de nuestro idioma. El área de Broca nos ayuda a hacerlo, tanto al hablar como al escribir. Por supuesto, no podemos ejercitar el milagro del habla si no sabemos al menos un idioma y entendemos lo que significan sus palabras, lo cual depende de otra parte especial del cerebro, conocida como área de Wernicke. En ella miles de millones de neuronas interpretan el significado de las palabras habladas o escritas. El área de Wernicke nos ayuda a comprender lo que oímos o leemos: de este modo podemos conseguir información y responder con sensatez. Hay más implicado en el habla fluida. A modo de ilustración, un sencillo “hola” puede comunicar una gran cantidad de significados. El tono de la voz refleja si estamos alegres, emocionados, aburridos, apurados, disgustados, tristes o atemorizados, e incluso puede revelar diferentes grados de tales estados emocionales. Otra zona del cerebro alimenta la vertiente emocional del habla. De modo que en la comunicación entran en juego varias partes del cerebro. Se ha enseñado a los chimpancés un lenguaje de señas limitado, pero su uso se circunscribe esencialmente a simples reclamos de alimento u otras necesidades básicas. Después de enseñar a los chimpancés una comunicación sencilla no verbal, el doctor David Premack concluyó: “El lenguaje humano es un escollo para la teoría evolutiva porque es mucho más complejo de lo que puede explicarse”. Podemos reflexionar en lo siguiente: “¿Por qué tiene el ser humano esta maravillosa capacidad de comunicar ideas y sentimientos, de preguntar y responder?”. La obra The Encyclopedia of Language and Linguistics dice que “el lenguaje [humano] es especial”, y admite que “la búsqueda de formas precursoras en la comunicación animal no ayuda mucho a salvar la enorme brecha que separa el lenguaje y el habla de las conductas no humanas”. El profesor Ludwig Koehler resumió la diferencia del siguiente modo: “El habla humana es un secreto; es un don divino, un milagro”. ¡Qué diferencia hay entre las señas de un simio y la compleja capacidad lingüística de un niño! Sir John Eccles se refirió a lo que la mayoría de nosotros hemos observado, una capacidad “que demuestran incluso niños de tres años con su avalancha de preguntas en su deseo de entender el mundo”. Y añadió: “Por el contrario, los simios no formulan preguntas”. Únicamente el ser humano se plantea preguntas, entre ellas, preguntas sobre el sentido de la vida. Mucho más que memoria Cuando nos miramos al espejo, podemos pensar en el aspecto que teníamos cuando éramos más jóvenes, e incluso comparar nuestra apariencia con la que quizá tengamos dentro de unos años, o después de 37

aplicarnos algunos cosméticos. Es posible que estos pensamientos surjan casi inconscientemente. En cualquier caso, está ocurriendo algo muy especial, algo que ningún animal puede experimentar. A diferencia de los animales, que actúan principalmente sobre la base de sus necesidades presentes, el ser humano puede contemplar el pasado y planear el futuro. Un factor clave para ello es la capacidad casi ilimitada de memoria que tiene el cerebro humano. Es verdad que los animales tienen cierto grado de memoria, de modo que les es posible regresar a su hogar o recordar dónde encontrar alimento. Sin embargo, la memoria humana es muy superior. Un científico calculó que el cerebro puede almacenar información que “llenaría unos veinte millones de volúmenes, como en las mayores bibliotecas del mundo”. Algunos neurocientíficos han calculado que en toda una vida se utiliza solo una diezmilésima parte (0,0001) del potencial del cerebro. Bien podemos preguntarnos: “¿Por qué tenemos un cerebro con tanta capacidad si solo utilizamos una pequeña fracción de ella durante toda la vida?”. Tampoco el cerebro es tan solo un lugar donde almacenar gran cantidad de información, como una supercomputadora. Los profesores de Biología Robert Ornstein y Richard F. Thompson escribieron: “La capacidad de aprendizaje de la mente humana —de almacenar y recordar información— es el fenómeno más notable del universo biológico. Todo lo que nos hace humanos —el lenguaje, el pensamiento, el conocimiento y la cultura— es el resultado de esta extraordinaria facultad”. Además, tenemos una mente consciente. Esta afirmación puede parecer elemental, pero sintetiza algo que nos hace incuestionablemente singulares. La mente comprende las funciones de discriminación perceptiva, adquisición de recuerdos, razonamientos, resolución de problemas, así como la conciencia del yo. Tal como los arroyos, riachuelos y ríos desembocan en el mar, así los recuerdos, pensamientos, imágenes, sonidos y sentimientos fluyen de continuo hacia la mente o a través de ella. La consciencia, dice una definición, es “la percepción de lo que pasa en la propia mente de un hombre”. Los investigadores modernos han adelantado mucho en la comprensión de la composición física del cerebro y algunos de los procesos electroquímicos que en él tienen lugar. También pueden explicar los circuitos y el funcionamiento de una computadora avanzada. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el cerebro y la computadora. El cerebro nos permite tener conciencia de nuestro ser, mientras que el ordenador no es consciente de sí mismo. ¿Por qué la diferencia? El hecho es que todavía es un misterio la manera en que los procesos físicos del cerebro dan lugar a la consciencia. “No veo cómo la ciencia pueda explicarlo”, dijo un neurobiólogo. También, el profesor James Trefil comentó: “Qué significa exactamente el hecho de que el hombre sea 38

consciente [...] es la única cuestión principal de las ciencias que ni siquiera sabemos cómo plantear”. Una razón es que los científicos usan el cerebro para intentar entender el mismo cerebro. Y puede que no sea suficiente estudiar solo la fisiología cerebral. La consciencia es “uno de los misterios más profundos de la existencia —observó el doctor David Chalmers—. Pero el mero conocimiento del cerebro quizá no les lleve [a los científicos] hasta el fondo del problema”. No obstante, todos nosotros somos conscientes, lo que en parte quiere decir que los recuerdos vívidos de sucesos del pasado no están sencillamente almacenados, como los bits informáticos. Podemos reflexionar sobre nuestras experiencias, aprender lecciones de ellas y utilizarlas para encauzar el futuro. Podemos sopesar varias alternativas y evaluar los posibles efectos de cada una de ellas. Tenemos la capacidad de analizar, crear, apreciar y amar. Podemos disfrutar de conversaciones agradables acerca del pasado, el presente y el futuro. Tenemos valores éticos de conducta y los usamos al tomar decisiones que producen o no beneficios inmediatos. Nos atrae la belleza del arte y la moralidad. Podemos conformar y refinar las ideas en la mente y prever cómo reaccionará la gente si las llevamos a cabo. Tales factores producen un estado de consciencia que separa al ser humano de todas las demás formas de vida que hay en la Tierra. Cuando un perro, un gato o un pájaro se miran al espejo, responden como si estuvieran viendo a un semejante. Pero cuando nosotros nos miramos al espejo, somos conscientes de nosotros mismos, de nuestra identidad personal con las facultades antes mencionadas. Podemos reflexionar sobre dilemas, como: “¿Por qué viven algunas tortugas ciento cincuenta años y algunos árboles más de mil años, pero nos sorprendemos cuando el hombre inteligente alcanza los cien años?”. El doctor Richard Restak responde: “El cerebro humano, y solo el cerebro humano, supervisa su propio funcionamiento, y así consigue un grado de trascendencia. De hecho, la capacidad de reescribir nuestro propio guión y redefinirnos en el mundo es lo que nos distingue de todas las demás criaturas”. La consciencia humana desconcierta a algunos estudiosos. El libro Life Ascending defiende una explicación meramente biológica, pero admite: “Cuando preguntamos cómo un proceso [la evolución] que parece un juego de azar, con temibles penas para los perdedores, pudo haber generado cualidades como el amor a la belleza y la verdad, la compasión, la libertad y, sobre todo, la magnanimidad del espíritu humano, quedamos perplejos. Cuanto más reflexionamos sobre nuestros recursos espirituales, más se profundiza nuestro asombro”. No cabe duda. Podemos completar ahora el análisis de la singularidad del ser humano repasando algunos hechos de la consciencia que ilustran por qué muchas personas están convencidas de que debe haber un Creador inteligente que se interesa por nosotros. Arte y belleza 39

“¿Por qué apasiona tanto el arte a la gente?”, preguntó el profesor Michael Leyton en el libro Symmetry, Causality, Mind (Simetría, causalidad, mente). En su obra explica que puede decirse que ciertas actividades mentales, como los cálculos matemáticos, confieren beneficios claros al hombre, pero ¿y el arte? En apoyo de su argumento, Leyton hace mención de las grandes distancias que la gente está dispuesta a recorrer para asistir a exposiciones de arte y a conciertos. ¿Qué sentido interno la impulsa? De igual modo, la gente de todas partes del mundo cuelga cuadros o fotografías para decorar la casa o la oficina. O piense en la música. A la mayoría de la gente le gusta escuchar algún estilo de música en casa o en el automóvil. ¿Por qué? Está claro que no es porque la música haya contribuido en algún tiempo pasado a la supervivencia del más apto. Leyton dice: “El arte posiblemente sea el fenómeno más inexplicable de la especie humana”. En cualquier caso, todos sabemos que disfrutar del arte y de la belleza es parte de lo que nos hace sentir “humanos”. Un animal puede sentarse en una colina y mirar una puesta de sol, pero ¿le atrae tal belleza? A nosotros sí nos cautiva la belleza del trémulo reflejo de los rayos del Sol en un arroyo cristalino, de la asombrosa diversidad de la selva tropical, de una playa ribeteada de palmeras o de un aterciopelado firmamento tachonado de estrellas, hasta el grado de sentirnos sobrecogidos. La belleza nos conmueve el corazón y nos eleva el espíritu. ¿Por qué? ¿Por qué tenemos un deseo innato de cosas que, en realidad, contribuyen poco materialmente a nuestra supervivencia? ¿De dónde proceden nuestros valores estéticos? Si no se tiene en cuenta a un Hacedor que haya implantado estos valores en el hombre al crearlo, estas preguntas carecen de respuestas satisfactorias. Esto también es cierto con relación a la belleza de los valores morales. Valores morales Muchas personas reconocen que el máximo exponente de la belleza son las buenas acciones. Por ejemplo, la lealtad a los principios ante la persecución, la ayuda altruista que alivia el sufrimiento ajeno o el perdón cuando se nos perjudica, son acciones que satisfacen el sentido moral de la gente reflexiva de todo el mundo. Esta es la clase de belleza mencionada en el proverbio bíblico: “La perspicacia del hombre ciertamente retarda su cólera, y es hermosura de su parte pasar por alto la transgresión”. Y otro proverbio dice: “La cosa deseable en el hombre terrestre es su bondad amorosa” (Proverbios 19:11, 22). Sabemos que algunas personas, y también organizaciones, pasan por alto los principios morales e incluso los desacreditan, pero la mayoría no actúa así. ¿De qué fuente proceden los valores morales que han existido prácticamente en todo lugar y en todo tiempo? Si no hay una Fuente de moralidad, un Creador, ¿nació de la misma gente, de la sociedad humana, 40

el sentido del bien y del mal? Por ejemplo: la mayoría de las personas y organizaciones consideran malo el asesinato. Pero podríamos preguntarnos: “¿malo en comparación con qué?”. Obviamente, en la sociedad humana en general subyace un sentido moral, que ha inspirado las leyes de muchos países. ¿Cuál es la fuente de este nivel de moralidad? ¿No puede ser un Creador inteligente con valores morales quien dotó al ser humano con la facultad de la conciencia o con sentido ético? (Compárese con Romanos 2:14, 15.) Podemos pensar en el futuro y planearlo Otra faceta de la consciencia humana es la capacidad de pensar en el futuro. Cuando se preguntó al profesor Richard Dawkins si el ser humano tiene características que lo distinguen de los animales, reconoció que el hombre posee cualidades únicas. Destacó “la capacidad de planear con previsión consciente e imaginación”, y añadió: “Los beneficios a corto plazo siempre han sido lo único que ha contado para la evolución; la recompensa a largo plazo no ha contado nunca. Nunca ha sido posible que algo evolucionara si iba en detrimento del bien a corto plazo del individuo. Por primera vez es posible que al menos alguien diga: ‘Olvídate del hecho de que puedas conseguir un beneficio a corto plazo talando este bosque; piensa en las consecuencias a largo plazo’. Creo que esto es auténticamente nuevo y singular”. Otros investigadores también reconocen que nuestra facultad de planear conscientemente a largo plazo no tiene paralelo. El neurofisiólogo William H. Calvin observa: “Aparte de la preparación para la estación invernal y la cópula, de carácter hormonal, los animales dan muy escasas muestras de planificar con más de unos pocos minutos de antelación”. Los animales almacenan alimento para el invierno, pero ellos no planean ni piensan las cosas. En cambio, el ser humano piensa en el futuro, aun en el futuro distante. Algunos científicos contemplan lo que puede sucederle al universo de aquí a miles de millones de años. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué el hombre, a diferencia de los animales, puede pensar en el futuro y planearlo? La Biblia dice del ser humano: “Aun el tiempo indefinido ha puesto [el Creador] en el corazón de ellos”. La versión de Agustín Magaña traduce así este texto: “Puso también la eternidad en la mente del hombre” (Eclesiastés 3:11). Nos valemos de esta distintiva aptitud todos los días, aun en el simple acto de mirarnos al espejo e imaginarnos qué aspecto tendremos dentro de diez o veinte años. Y confirmamos lo que dice Eclesiastés 3:11 cuando pensamos, aunque solo sea por un momento, en conceptos como la infinitud del tiempo y del espacio. El mero hecho de tener esta capacidad armoniza con la aseveración de que un Creador ha puesto “la eternidad en la mente del hombre”. Atraídos hacia un Creador 41

Sin embargo, a muchas personas no les llena la belleza, el altruismo y la visión de futuro. “Paradójicamente —dice el profesor de Filosofía C. Stephen Evans—, aun en los momentos más felices y preciados de amor, sentimos que falta algo. Queremos algo más, y no sabemos qué es eso más que queremos.” En efecto, los seres humanos conscientes, a diferencia de los animales con quienes compartimos este planeta, sentimos otra necesidad. “La religión está profundamente arraigada en la naturaleza humana y se experimenta en todo nivel económico y educativo.” Esta idea sintetiza la investigación que expone el profesor Alister Hardy en The Spiritual Nature of Man (La naturaleza espiritual del hombre). Confirma lo que han demostrado muchos otros estudios: el hombre es religioso por naturaleza. Aunque hay individuos ateos, no existen naciones completas que sean ateas. El libro Is God the Only Reality? (¿Es Dios la única realidad?) observa: “La búsqueda religiosa de significado [...] es la experiencia común de todas las culturas y todas las edades desde la aparición del hombre”. ¿De dónde procede esta conciencia de Dios aparentemente innata? Si el hombre fuera una agrupación accidental de ácidos nucleicos y moléculas de proteínas, ¿por qué deberían tales moléculas cultivar amor al arte y a la belleza, hacerse religiosas y concebir la eternidad? Sir John Eccles concluyó que una interpretación evolutiva de la existencia del hombre “falla en un aspecto de máxima importancia. No puede explicar la existencia de cada uno de nosotros como seres únicos y conscientes de sí mismos”. Cuanto más aprendemos sobre el funcionamiento de nuestro cerebro y de nuestra mente, más fácil es ver por qué millones de personas han llegado a la conclusión de que el hombre consciente es prueba de la existencia de un Creador que se interesa por nosotros. En el siguiente capítulo analizaremos por qué personas de toda extracción social han visto que esta razonable conclusión permite responder de manera satisfactoria a las preguntas elementales “¿Por qué estamos aquí y adónde vamos?”. [Recuadro de la página 51] Campeón de ajedrez contra computadora Cuando la supercomputadora Deep Blue derrotó al campeón mundial de ajedrez, se planteó la pregunta: “¿No nos obliga esto a admitir que Deep Blue es inteligente?”. El profesor David Gelernter, de la Universidad de Yale, contestó: “No. Deep Blue es solo una máquina. No es más inteligente que un florero. [...] La conclusión principal es esta: el ser humano es un gran inventor de máquinas”.

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El profesor Gelernter destacó la diferencia principal: “El cerebro es una máquina capaz de crear un ‘Yo’. El cerebro puede imaginar, y las computadoras no”. Y concluyó: “La brecha entre el ser humano y [la computadora] es permanente, nunca se salvará. Las máquinas seguirán haciendo la vida más fácil, más saludable, más gratificante y más interesante. Pero los seres humanos seguirán preocupándose, en última instancia, por las mismas cosas de siempre: por ellos mismos, por los demás y, en el caso de muchos, por Dios. En lo que a esto respecta, las máquinas nunca han conseguido nada. Y nunca lo conseguirán”. [Recuadro de la página 53] Se compara a una supercomputadora con un caracol “Las computadoras actuales ni siquiera se acercan a la facultad que tiene un niño de cuatro años de ver, hablar, moverse o actuar por sentido común. Es una simple cuestión de capacidad. Se ha calculado que la capacidad de procesar información de la supercomputadora más potente es equivalente a la del sistema nervioso de un caracol, una ínfima parte de la que tiene la supercomputadora que llevamos en el interior de la cavidad craneal.”—Steven Pinker, director del Centro de Neurociencia Cognitiva del Instituto Massachusetts de Tecnología. [Recuadro de la página 54] “El cerebro humano está compuesto casi exclusivamente por la corteza cerebral. El cerebro de un chimpancé, por ejemplo, también tiene corteza, pero en una proporción muy inferior. La corteza nos permite pensar, recordar, imaginar. Somos seres humanos, esencialmente en virtud de nuestra corteza cerebral.”—Edoardo Boncinelli, director de investigación en Biología Molecular de Milán (Italia). [Recuadro de la página 55] De la física de partículas al cerebro El profesor Paul Davies reflexionó sobre la capacidad que tiene el cerebro de concebir el mundo abstracto de las matemáticas. “Las matemáticas no son algo que uno se encuentre tirado en el patio trasero. Son producto de la mente humana. Y si preguntamos dónde se utiliza más esta ciencia, hay que responder que en campos como la física de partículas y la astrofísica, campos de la ciencia fundamental que están muy lejos de la vida cotidiana.” ¿Qué implica esto? “Me hace pensar en que la consciencia y la capacidad matemática no son mero accidente, ningún detalle nimio, ningún subproducto insignificante de la evolución.” (Are We Alone? [¿Estamos solos?]) [Ilustraciones y recuadro de las páginas 56 y 57] Lóbulo frontal Corteza prefrontal Área de Broca Área de Wernicke 43

Corteza motora ● La corteza cerebral es la superficie del cerebro, que guarda una estrecha relación con la inteligencia. Si la alisáramos, cubriría la superficie de cuatro hojas de papel para máquina de escribir, la del chimpancé abarcaría solo una; y la de una rata, tan solo un sello de correos (Investigación y Ciencia). [Recuadro de la página 58] Todo el mundo tiene uno A lo largo de la historia, siempre que se ha descubierto a un pueblo, este ya hablaba algún idioma. El libro The Language Instinct (El instinto del lenguaje) comenta: “Nunca se ha descubierto a una tribu muda, y no hay prueba de que una región en particular fuera la ‘cuna’ del lenguaje, desde donde este se hubiera extendido a pueblos que no tuvieran ninguno. [...] La universalidad del lenguaje complejo es un descubrimiento que asombra a los lingüistas, y es la primera razón para sospechar que el lenguaje es [...] producto de un instinto especialmente humano”. [Recuadro de la página 59] Lenguaje e inteligencia ¿Por qué es tan superior la inteligencia del ser humano a la de los animales, como los monos? Un factor es el uso de la sintaxis, es decir, combinar los sonidos para formar palabras, y utilizar las palabras para componer frases. El neurofisiólogo teórico doctor William H. Calvin explica: “En su estado salvaje los chimpancés emplean unas tres docenas de vocalizaciones distintas para comunicar unas tres docenas de significados diferentes. Pueden repetir un sonido para intensificar su significación, pero jamás juntarán tres sonidos para añadir a su vocabulario una voz nueva. ”Los humanos empleamos también unas tres docenas de vocalizaciones, o fonemas. Pero solo sus combinaciones poseen sentido: juntamos sonidos sin significación para hacer palabras significativas.” El doctor Calvin señaló que “nadie ha explicado aún” el salto del sistema “un sonido/un significado” de los animales a nuestra singular capacidad sintáctica. [Recuadro de la página 60] Podemos hacer más que garabatear “¿Solamente es capaz de comunicarse mediante el lenguaje el hombre, el homo sapiens? Es obvio que la respuesta a esta pregunta dependerá de lo que se esté dando a entender con la palabra ‘lenguaje’, porque, por supuesto, todos los animales superiores se comunican con una gran variedad de signos tales como gestos, olores, llamadas, gritos y cantos, e incluso la danza[, como en el caso] de las abejas. Sin embargo, los animales distintos del hombre no parecen tener un lenguaje gramatical estructurado. Y los animales no dibujan imágenes con capacidad de representación, lo cual puede ser muy significativo. En el mejor de los casos solamente hacen garabatos.”—Profesores R. S. y D. H. Fouts. 44

[Recuadro de la página 61] “Volviendo a la mente humana, también encontramos estructuras de una complejidad maravillosa”, observa el profesor A. Noam Chomsky. “El lenguaje es un ejemplo al respecto, pero no el único. Considérese la capacidad de tratar con propiedades abstractas del sistema numérico [...], que, según parece, es una característica única del género humano.” [Recuadro de la página 62] “Dotados” para preguntar Con respecto al futuro del universo, el físico Lawrence Krauss escribió: “Nos envalentonamos a formular preguntas sobre cosas que quizá nunca veamos directamente porque podemos preguntarlas. Nuestros hijos, o sus hijos, las contestarán algún día. Estamos dotados de imaginación”. [Recuadro de la página 69] Si el universo y nuestra existencia son accidentales, nuestra vida no tiene ningún significado duradero. Pero si nuestra vida en el universo ha sido planeada, debe tener un significado satisfactorio. [Recuadro de la página 72] ¿Resultado de esconderse de felinos prehistóricos? John Polkinghorne, de la Universidad de Cambridge (Inglaterra), observó: “El físico teórico Paul Dirac descubrió algo llamado teoría cuántica, que es fundamental para entender el mundo físico. No puedo creer que la capacidad de Dirac para concebir esta teoría ni la de Einstein para formular la teoría de la relatividad sea el resultado de que nuestros antepasados tuvieran que esconderse de felinos prehistóricos. Tiene que deberse a algo mucho más profundo, mucho más misterioso. [...] ”Cuando observamos el orden racional y la transparente belleza del mundo físico, que la ciencia física ha revelado, vemos un mundo impregnado de señales de inteligencia. Para el creyente religioso, es la inteligencia del Creador que así se percibe.” (Commonweal.) [Ilustración de la página 63] Solo el ser humano formula preguntas. Algunas son preguntas sobre el significado de la vida [Ilustración de la página 64] A diferencia de los animales, el ser humano es consciente de sí mismo y del futuro [Ilustración de la página 70] Solo el ser humano valora la belleza, piensa en el futuro y se siente atraído hacia un Creador

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Capítulo 5 ¿Qué hay tras la obra maestra? COMO se ha visto en los capítulos anteriores, los descubrimientos de la ciencia moderna ofrecen muchas pruebas convincentes de que tanto el universo como la vida en la Tierra tuvieron un principio. ¿Cuál fue la causa de ese principio? Al estudiar las pruebas existentes, muchos han llegado a la conclusión de que debe haber una Primera Causa. No obstante, es posible que no se atrevan a atribuir personalidad a esa Causa. Esta reticencia a hablar de un Creador se refleja en las actitudes de algunos científicos. Albert Einstein, por ejemplo, estaba convencido de que el universo había tenido principio, y expresó su deseo “de saber cómo creó Dios el mundo”. Sin embargo, no admitía creer en un Dios personal; habló de un “sentimiento religioso [cósmico] que no conoce ningún dogma ni ningún Dios concebido a la imagen del hombre”. Del mismo modo, el premio Nobel de Química Kenichi Fukui creía en una gran estructura universal. Dijo que “esta gran estructura interconectada puede expresarse con palabras como ‘Absoluto’ o ‘Dios’”. Pero la llamó una “idiosincrasia de la naturaleza”. ¿No es cierto que esta creencia en una causa impersonal se asemeja mucho al pensamiento religioso oriental? Muchos orientales creen que la naturaleza llegó a existir por sí sola. Esta idea se trasluce incluso en los caracteres chinos que representan la naturaleza, pues significan literalmente “se hace a sí misma” o “existe por sí misma”. Einstein creía que su sentimiento cósmico religioso estaba bien reflejado en el budismo. Buda enseñó que no importaba si un Creador había causado la existencia del universo y el ser humano. Las enseñanzas sintoístas tampoco explican cómo llegó a existir la naturaleza, y dicen que los dioses son los espíritus de los muertos que se integran en ella. Es digno de mención que tal modo de pensar no está muy lejos de algunas creencias populares de la antigua Grecia. Se dice que el filósofo Epicuro (341-270 a.E.C.) creía que ‘los dioses estaban demasiado lejos para hacernos ningún mal ni ningún bien’. Pensaba que el hombre era un producto de la naturaleza por generación espontánea y la selección natural del más apto. Por lo visto, algunas ideas semejantes de hoy en día no son tan modernas.

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Junto a los epicúreos estaban los estoicos griegos, que elevaron la naturaleza a la posición de Dios. Suponían que cuando el hombre moría, la energía impersonal que de él salía era reabsorbida en el océano de energía de la que Dios estaba compuesto. Pensaban que cooperar con las leyes naturales era el bien supremo. ¿Hemos oído puntos de vista similares hoy en día? Defensa de un Dios personal Sin embargo, no debemos descartar todo lo procedente de la antigua Grecia como curiosidad histórica. En el contexto de tales creencias, un famoso maestro del siglo primero presentó uno de los discursos más trascendentes de la historia. Lucas, médico e historiador, recogió este discurso en el capítulo 17 del libro Hechos de Apóstoles. Puede ayudarnos a conformar nuestro punto de vista sobre la Primera Causa y entender cuál es nuestra posición al respecto. Pero ¿cómo puede un discurso pronunciado hace más de mil novecientos años afectar hoy a las personas sinceras que buscan el sentido de la vida? Se invitó a ese famoso maestro, de nombre Pablo, a un tribunal superior de Atenas. Allí se enfrentó a los epicúreos y a los estoicos, que no creían en un Dios personal. En su introducción, Pablo dijo haber visto en la ciudad un altar con la inscripción “A un Dios Desconocido” (en griego, A·gnó·stoi The·ói). Se piensa que el biólogo Thomas H. Huxley (1825-1895) hizo alusión a estas palabras cuando acuñó el término “agnóstico”. Huxley aplicó el término a aquellos que piensan que “la causa última (Dios) y la naturaleza esencial de las cosas son desconocidas o no pueden conocerse”. Pero ¿es cierto que ‘no puede conocerse al Creador’, como muchas personas afirman? Esta es, sin duda, una aplicación equivocada de la expresión que empleó Pablo; no es lo que él quería decir. La idea no era que no se pudiera conocer al Creador, sino que los atenienses no lo conocían. Pablo no tenía tantas pruebas científicas de la existencia de un Creador como poseemos nosotros hoy. De todos modos, no dudó de la existencia de un Diseñador personal e inteligente cuyas cualidades deberían acercarnos a Él. Oigamos lo que Pablo dijo a continuación: “Aquello a lo que ustedes sin conocerlo dan devoción piadosa, esto les estoy publicando. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, siendo, como es Este, Señor del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos de manos, ni es atendido por manos humanas como si necesitara algo, porque él mismo da a toda persona vida y aliento y todas las cosas. E hizo de un solo hombre toda nación de hombres, para que moren sobre la entera superficie de la tierra.” (Hechos 17:23-26.) Interesante razonamiento, ¿no es cierto? En efecto, Pablo no dio a entender que no se pudiera conocer a Dios, sino que quienes construyeron el altar ateniense, como muchos de sus 47

oyentes, no lo conocían. Luego los exhortó —así como a todos los que posteriormente leyeran su discurso— a conocer al Creador, pues “no está muy lejos de cada uno de nosotros” (Hechos 17:27). De modo que Pablo introdujo con prudencia la idea de que podemos ver pruebas de la existencia de un Creador de todas las cosas al observar su creación. Esta observación también nos ayuda a percibir algunas de sus cualidades. Hemos examinado varias líneas argumentales que apuntan a un Creador. Una es el universo, inmenso e inteligentemente organizado, que tuvo un principio. Otra es la vida en la Tierra, incluido el diseño manifiesto en las células de nuestro cuerpo. Y la tercera es el cerebro, que nos permite tener conciencia de nuestro ser y del futuro. Veamos ahora otros dos ejemplos de la obra maestra del Creador que inciden en nuestra vida todos los días, y preguntémonos: “¿Qué me enseña esto acerca de la personalidad de Quien lo diseñó y proporcionó?”. Aprendamos de su obra maestra La mera observación de la creación dice mucho de su Creador. En otra oportunidad Pablo mencionó un ejemplo cuando dijo a una muchedumbre de Asia Menor: “En las generaciones pasadas [el Creador] permitió a todas las naciones seguir adelante en sus caminos, aunque, verdaderamente, no se dejó a sí mismo sin testimonio, por cuanto hizo bien, dándoles lluvias desde el cielo y épocas fructíferas, llenando por completo sus corazones de alimento y de alegría” (Hechos 14:16, 17). Observemos, por tanto, que Pablo presenta el hecho de que el Creador suministre alimento a la humanidad como un testimonio de Su personalidad. Hoy en día, en algunos países el alimento no es una preocupación. Pero en otros lugares muchas personas luchan por conseguir lo suficiente para comer. En cualquier caso, incluso la posibilidad de disponer de alimento para sustentarnos depende de la sabiduría y bondad del Creador. El alimento que el hombre y los animales consumen es producto de intrincados ciclos, entre ellos el del agua, el del carbono, el del fósforo y el del nitrógeno. Es de conocimiento general que en el proceso esencial de la fotosíntesis, las plantas emplean el anhídrido carbónico y el agua como materia prima para producir azúcares utilizando como energía la luz solar. Además, durante la fotosíntesis, las plantas liberan oxígeno. ¿Podría llamarse a este gas un “producto de desecho”? Para nosotros este subproducto no es de ningún modo un desecho. Es absolutamente esencial que respiremos oxígeno y lo usemos para metabolizar, o quemar, el alimento en el cuerpo. Luego exhalamos el anhídrido carbónico resultante, que las plantas reciclan como materia prima para la fotosíntesis. Es posible que hayamos estudiado este proceso en clases de ciencia elemental, pero eso no lo hace menos esencial, menos asombroso. Y esto es solo el principio.

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En las células de nuestro cuerpo y el de los animales, el fósforo es fundamental para la transferencia de energía. ¿De dónde obtenemos el fósforo? De nuevo, de las plantas. Estas absorben fosfatos inorgánicos del suelo y los convierten en fosfatos orgánicos. Nosotros consumimos vegetales que contienen fósforo y lo usamos en funciones vitales. Después, el fósforo vuelve al suelo como “desecho” corporal, que de nuevo absorben las plantas. También necesitamos nitrógeno, que forma parte de todas las moléculas de proteína y ADN de nuestro cuerpo. ¿Cómo obtenemos este elemento tan importante para la vida? Aunque el 78% del aire es nitrógeno, ni las plantas ni los animales pueden absorberlo directamente. De modo que el nitrógeno del aire primero tiene que convertirse en compuestos que las plantas puedan absorber para que posteriormente lo utilicen el hombre y los animales. ¿Cómo se produce la conversión o fijación del nitrógeno? De varias maneras. Una es mediante la energía de los relámpagos. La fijación del nitrógeno también se logra por medio de las bacterias que viven en los nódulos de las raíces de las plantas leguminosas, como los guisantes, la soja y la alfalfa. Estas bacterias convierten el nitrógeno atmosférico en sustancias que las plantas pueden asimilar. Así, cuando comemos legumbres, tomamos el nitrógeno que el cuerpo necesita para producir proteínas. Curiosamente, podemos hallar especies de plantas leguminosas en las selvas tropicales, en los desiertos e incluso en las tundras. Y si se incendia una región, normalmente las plantas leguminosas son las primeras en recolonizarla. Estos son sistemas de reciclaje verdaderamente sorprendentes. Cada uno aprovecha los desechos de los demás ciclos. La energía necesaria proviene en primer lugar del Sol, una fuente energética limpia, constante y de duración indefinida. Qué contraste con el reciclaje humano de recursos. Ni siquiera los productos que se consideran inocuos para el medio ambiente contribuyen necesariamente a un planeta más limpio, debido a la complejidad de los sistemas de reciclado humanos. A este respecto, U.S.News & World Report señaló que los productos deberían prepararse de modo que sus componentes de más valor pudieran recuperarse fácilmente en el reciclado. ¿No es eso lo que observamos en los ciclos naturales? Por tanto, ¿qué revela este hecho en cuanto a la previsión y sabiduría del Creador? Imparcial y justo Para conocer mejor algunas de las cualidades del Creador, analicemos otro sistema, el inmunológico, en el cual intervienen también las bacterias. “Aunque el interés humano en las bacterias normalmente se centra en sus efectos perjudiciales —dice The New Encyclopædia Britannica—, la mayoría de las bacterias son inofensivas para el ser humano, y muchas de ellas son en realidad beneficiosas.” Es más, son de importancia vital. Las 49

bacterias desempeñan un papel fundamental en el ciclo del nitrógeno que acabamos de mencionar, así como en los ciclos en los que intervienen el anhídrido carbónico y algunos elementos. Y también necesitamos bacterias en el aparato digestivo. Tenemos unas cuatrocientas especies solo en el intestino grueso, que ayudan a sintetizar la vitamina K y procesan los desechos. También para nuestro beneficio, las bacterias posibilitan que las vacas conviertan la hierba que comen en leche. Otras bacterias son fundamentales en los procesos de fermentación utilizados para producir queso, yogur, encurtidos y chucrut, entre otros alimentos. Pero, ¿qué sucede si las bacterias pasan a una parte de nuestro cuerpo donde no les corresponde estar? En tal caso, hasta un total de dos billones de glóbulos blancos del cuerpo luchan contra las bacterias potencialmente perjudiciales. Daniel E. Koshland, hijo, redactor de la revista Science, explica: “El sistema inmunológico está concebido para reconocer a los invasores. Para ello genera del orden de 1011 [100.000.000.000] diferentes clases de receptores inmunológicos, de modo que sin importar la forma que tenga el invasor, habrá un receptor complementario para reconocerlo y eliminarlo”. Un tipo de célula que el cuerpo emplea para luchar contra los invasores es el macrófago (“gran devorador”), llamado así porque digiere cuerpos extraños que se hallan en la sangre. Cuando el macrófago se come a un virus invasor, lo descuartiza en pequeños fragmentos, dejando expuesta parte de la proteína de este. Esta señal proteica sirve de bandera roja a nuestro sistema inmunológico, haciendo sonar la alarma para indicar que andan sueltos por el cuerpo organismos extraños. Si otra célula del sistema inmunológico, la célula auxiliar T, reconoce la proteína vírica, intercambia señales químicas con el macrófago. Estas sustancias químicas son en sí proteínas extraordinarias con una asombrosa variedad de funciones que regulan y potencian la respuesta del sistema inmunológico. El proceso termina en una encarnizada lucha contra ese tipo específico de virus. Por ello, generalmente superamos las infecciones. En la realidad, el proceso es mucho más complicado, pero esta breve descripción es suficiente para demostrar la complejidad de nuestro sistema inmunológico. ¿Cómo conseguimos este intrincado mecanismo? Lo obtuvimos gratis, independientemente de la posición económica o social de nuestra familia. Qué contraste con la falta de equidad en la atención médica que reciben la mayoría de las personas. “Para la OMS [Organización Mundial de la Salud], la creciente injusticia constituye, ni más ni menos, una cuestión de vida o muerte, ya que los pobres pagan el precio de las desigualdades sociales con su salud”, escribió el doctor Hiroshi Nakajima, director general de la OMS. Podemos entender la queja de una favelista de São Paulo: “Para nosotros, la buena atención médica es como un artículo expuesto en un escaparate de un lujoso centro comercial.

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Podemos mirarlo, pero no está a nuestro alcance”. Millones de personas de todo el mundo piensan lo mismo. Tales desigualdades motivaron a Albert Schweitzer a viajar a África para dispensar atención médica a los menos privilegiados, lo que le hizo acreedor de un premio Nobel. ¿Qué cualidades relaciona con los hombres y las mujeres que han realizado este tipo de actos? Probablemente reconozca que aman a la humanidad, poseen un sentido de justicia y creen que la gente de los países subdesarrollados también tiene derecho a recibir atención médica. ¿Qué puede decirse, entonces, de quien ha provisto el asombroso sistema inmunológico que todos tenemos, sin importar nuestra posición económica o condición social? ¿No refleja aún en mayor grado el sentido de amor, imparcialidad y justicia del Creador? Cómo conocer al Creador Los sistemas supracitados son solo ejemplos básicos de la obra maestra del Creador, pero ¿no revelan también a una persona inteligente cuyas cualidades y caminos hacen que nos sintamos atraídos hacia él? Se podrían analizar muchos ejemplos más. Pero es probable que nos hayamos percatado en la vida cotidiana de que con solo observar el trabajo de una persona no se la puede conocer bien. Hasta es posible que la malinterpretemos si no la conocemos lo suficiente. Y si se ha presentado a esta persona en falsos colores o se la ha difamado, ¿no sería conveniente conocerla personalmente y oír su versión? Conversar con ella nos permitiría ver cómo reacciona en diferentes circunstancias y qué cualidades manifiesta. Por supuesto, no podemos hablar cara a cara con el poderoso Creador del universo. De todos modos, él ha revelado mucho de sí mismo en un libro que está disponible, completo o en parte, en más de dos mil idiomas, entre ellos el suyo. Ese libro, la Biblia, nos invita a conocer al Creador y cultivar una relación con él: “Acérquense a Dios —dice—, y él se acercará a ustedes”. También nos muestra cómo llegar a ser Sus amigos (Santiago 2:23; 4:8). ¿Le parece atractiva la idea? Para ello le invitamos a analizar el relato factual y fascinante del Creador sobre su obra creativa. [Nota] La energía de los relámpagos transforma parte del nitrógeno en un compuesto asimilable que cae a la Tierra con la lluvia. Las plantas lo usan como fertilizante natural. Cuando el hombre y los animales consumen los vegetales y usan el nitrógeno, este vuelve al suelo en forma de amoníaco y con el tiempo una parte se convierte de nuevo en gas nitrógeno. [Recuadro de la página 79] Conclusión razonable 51

La generalidad de los científicos concuerdan en que el universo tuvo principio. La mayor parte también está de acuerdo en que antes de este principio, tuvo que existir algo real. Algunos hablan de una energía sempiterna. Otros postulan un caos primigenio como la condición preexistente. Sin importar como se le denomine, la mayoría presupone la existencia de algo que no tuvo principio y que se remonta infinitamente en el tiempo. De modo que la cuestión queda reducida a si presuponemos que era algo eterno o alguien eterno. Una vez analizado lo que la ciencia ha descubierto sobre el origen y la naturaleza del universo y la vida que hay en él, ¿cuál de estas opciones le parece más razonable? [Recuadro de la página 80] “Las bacterias convierten cada uno de los elementos fundamentales para la vida (carbono, nitrógeno y azufre, que se hallan en forma de compuestos gaseosos inorgánicos) en sustancias que las plantas y los animales pueden utilizar.” (The New Encyclopædia Britannica.) [Ilustración de la página 75] Muchos orientales creen que la naturaleza llegó a existir por sí sola [Ilustración de la página 76] En esta colina con la Acrópolis al fondo, Pablo pronunció un discurso sobre Dios que invitaba a la reflexión [Ilustración de la página 78] ¿A QUÉ CONCLUSIÓN HA LLEGADO? El universo ↓ ↓ No tuvo Tuvo principio principio ↓ ↓ Sin causa Hubo una causa ↓ ↓ Por ALGO Por ALGUIEN eterno eterno [Ilustración de la página 83] Dios nos proporcionó un sistema inmunológico muy superior a todo lo que la medicina moderna puede ofrecer

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Capítulo 6 ¿Puede confiarse en un relato antiguo de la creación? “¿QUIÉN sabe y quién puede decir de dónde todo esto procede y cómo sucedió la creación?” Hallamos estas palabras en el poema “El himno de la creación”, compuesto en sánscrito hace más de tres mil años, y que forma parte del Rig-Veda, un libro sagrado hindú. El poeta dudaba de que ni siquiera los muchos dioses hindúes supieran “cómo sucedió la creación”, pues “los mismos dioses son posteriores a la creación” (cursivas nuestras). Escritos babilónicos y egipcios exponen mitos similares sobre el nacimiento de sus dioses en un universo preexistente. Sin embargo, el hecho es que ninguno de estos mitos explica la procedencia del universo. Analicemos, por tanto, un relato diferente sobre la creación. Esta narración particular, que se encuentra en la Biblia, empieza con las palabras: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Moisés escribió esta declaración sencilla y elocuente hace unos tres mil quinientos años. El versículo centra la atención en un Creador, Dios, que trasciende el universo material porque le dio origen y, por consiguiente, existía con anterioridad. El mismo libro enseña que “Dios es un Espíritu”, lo que significa que existe de manera invisible a nuestros ojos (Juan 4:24). Esta explicación es quizá más concebible hoy, pues los científicos han descubierto la existencia en el espacio de potentísimas estrellas de neutrones y agujeros negros, objetos invisibles que pueden detectarse por los efectos que producen. Es significativo que la Biblia diga: “Hay cuerpos celestes, y cuerpos terrestres; mas la gloria de los cuerpos celestes es de una clase, y la de los cuerpos terrestres es de una clase diferente” (1 Corintios 15:40, 44). Estas palabras no se refieren a la materia cósmica invisible que los astrónomos estudian. Los “cuerpos celestes” mencionados son cuerpos espirituales inteligentes. Pero, ¿quiénes, además del Creador, poseen cuerpos espirituales? Criaturas celestiales invisibles 53

Según la Biblia, la creación no empezó con el ámbito físico. Este antiguo relato dice que primero se creó a otra persona espiritual, el Hijo primogénito. Él fue “el primogénito de toda la creación”, o “el principio de la creación por Dios” (Colosenses 1:15; Revelación [Apocalipsis] 3:14). Esta primera creación fue exclusiva. El Hijo primogénito fue la única creación que Dios produjo directamente, y se le dotó de gran sabiduría. De hecho, un escritor posterior, un rey conocido por su propia sabiduría, llamó a este Hijo el “obrero maestro”, mediante quien se hicieron todas las demás obras creativas (Proverbios 8:22, 30; véase también Hebreos 1:1, 2). Pablo, el maestro del siglo primero antes mencionado, dijo de él: “Por medio de él todas las otras cosas fueron creadas en los cielos y sobre la tierra, las cosas visibles y las cosas invisibles” (Colosenses 1:16; compárese con Juan 1:1-3). ¿Cuáles fueron las cosas invisibles en los cielos a las que el Creador dio la existencia por medio de este Hijo? Aunque los astrónomos hablan de miles de millones de estrellas y agujeros negros invisibles, la Biblia hace referencia con estas palabras a cientos de millones de criaturas con cuerpos espirituales. Pero ¿por qué crear tales seres inteligentes invisibles?, cabe preguntarse. Tal como el estudio del universo contesta algunas preguntas acerca de su Causa, el estudio de la Biblia nos provee información importante sobre su Autor. Por ejemplo, la Biblia nos dice que él es el “Dios feliz”, cuyas intenciones y acciones son reflejo de su amor (1 Timoteo 1:11; 1 Juan 4:8). Podemos concluir lógicamente, por tanto, que Dios optó por tener la compañía de otros seres espirituales inteligentes que también pudiesen disfrutar de la vida. Cada uno de ellos tendría una ocupación gratificante que contribuiría al beneficio de los demás y al cumplimiento del propósito del Creador. Nada indica que estas criaturas espirituales debían obedecer a Dios como autómatas. Por el contrario, se las facultó con inteligencia y libre albedrío. El relato bíblico indica que Dios propugna la libertad de pensamiento y la libertad de acción, sabiendo que tales libertades no supondrán ninguna amenaza permanente para la paz y la armonía del universo. Utilizando el nombre personal del Creador según se halla en la Biblia hebrea, Pablo escribió: “Ahora bien, Jehová es el Espíritu; y donde está el espíritu de Jehová, hay libertad” (2 Corintios 3:17). Cosas visibles en los cielos ¿Qué son las cosas visibles en los cielos que Dios creó mediante su Hijo primogénito? Entre ellas están el Sol y los demás miles de millones de estrellas y objetos materiales que componen el universo. ¿Nos da la Biblia alguna idea de cómo produjo Dios todo ello de la nada? Examinemos lo que dice la Biblia a la luz de la ciencia moderna. 54

En el siglo XVIII, el químico Antoine-Laurent de Lavoisier estudió el peso de la materia. Observó que después de una reacción química, el peso del producto igualaba el peso total de los componentes originales. Si se quema papel en oxígeno, pongamos por caso, la ceniza y los gases resultantes pesan lo mismo que el papel y el oxígeno originales. Lavoisier formuló la “ley de la conservación de la materia”. En 1910, The Encyclopædia Britannica expuso: “La materia no se crea ni se destruye”. Esta afirmación parecía razonable, al menos en aquel tiempo. Sin embargo, la explosión de una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima en 1945 puso de manifiesto un error en la ley de Lavoisier. En esa explosión de una masa supercrítica de uranio se formaron diferentes tipos de materia, pero su masa total era menor que la del uranio original. ¿A qué se debió? A que parte de la masa de uranio se convirtió en una espantosa explosión de energía. Otro problema de la ley de Lavoisier sobre la conservación de la materia se planteó en 1952 con la detonación de un artefacto termonuclear (la bomba de hidrógeno). En aquella explosión, los átomos de hidrógeno se combinaron para formar helio. Pero la masa del helio resultante era menor que la del hidrógeno original. Una parte de la masa de hidrógeno se convirtió en energía, provocando una explosión mucho más devastadora que la de la bomba de Hiroshima. Como demostraron estas explosiones, una mínima cantidad de materia puede convertirse en una enorme manifestación de energía. Esta relación entre la materia y la energía explica la potencia del Sol, que hace posible nuestra vida y bienestar. ¿Cuál es la equivalencia? Pues bien, unos cuarenta años antes, en 1905, Einstein había predicho una equivalencia entre la materia y la energía. Su ecuación E=mc2 es muy conocida. Una vez que Einstein formuló la relación, los científicos pudieron explicar por qué ha brillado el Sol por miles de millones de años. En el interior del Sol se producen continuas reacciones termonucleares. De este modo, el Sol convierte cada segundo unos 564 millones de toneladas de hidrógeno en 560 millones de toneladas de helio, lo que significa que unos cuatro millones de toneladas de materia se transforman en energía solar, una pequeña parte de la cual llega a la Tierra y sostiene la vida. Pero hay que decir que el proceso inverso también es posible. “La energía se convierte en materia cuando las partículas subatómicas chocan a altas velocidades y crean partículas nuevas y más pesadas”, explica The World Book Encyclopedia. Los científicos logran esta reacción a una escala limitada, usando enormes máquinas llamadas aceleradores de partículas, en las cuales las partículas subatómicas chocan a grandes velocidades creando materia. “Estamos repitiendo uno de los milagros del universo: transformar energía en materia”, explica el doctor en Física Carlo Rubbia, ganador del premio Nobel. 55

Pero ¿qué tiene que ver este hecho con el relato bíblico de la creación? Pues bien, aunque la Biblia no es un libro de texto científico, se ha demostrado que está al día y que concuerda con los hechos científicos. Este libro apunta de principio a fin a Aquel que creó toda la materia del universo, el Científico por excelencia (Nehemías 9:6; Hechos 4:24; Revelación 4:11). Asimismo, hace una clara referencia a la relación que existe entre la energía y la materia. Por ejemplo, la Biblia invita a sus lectores a hacerse la siguiente reflexión: “Levanten los ojos a lo alto y vean. ¿Quién ha creado estas cosas? Es Aquel que saca el ejército de ellas aun por número, todas las cuales él llama aun por nombre. Debido a la abundancia de energía dinámica, porque él también es vigoroso en poder, ninguna de ellas falta” (Isaías 40:26). De modo que la Biblia dice que una enorme fuente de energía dinámica, el Creador, fue la causa de la existencia del universo, lo cual concuerda totalmente con la ciencia y tecnología modernas. Solo por esta razón, el relato bíblico de la creación merece un profundo respeto. Después de crear en el cielo las cosas invisibles y las visibles, el Creador y su Hijo primogénito se centraron en la Tierra. ¿De dónde vino esta? Dios pudo producir directamente los diferentes elementos químicos que componen nuestro planeta transformando ilimitada energía dinámica en materia, proceso factible según la física actual. O como muchos científicos creen, la Tierra pudo formarse de materia procedente de la explosión de una supernova. Y no puede negarse la posibilidad de una combinación de varios medios, los ya mencionados y otros que los científicos aún no han descubierto. Sea como fuere, el Creador es la Fuente dinámica de los componentes de la Tierra, entre ellos todos los minerales esenciales para la vida. Es evidente que la formación de la Tierra supuso mucho más que reunir todos los materiales en la debida proporción. Su tamaño, rotación y distancia del Sol, así como la inclinación de su eje y la forma casi circular de su órbita debían ser también las precisas, exactamente las que son. El Creador también puso en funcionamiento ciclos naturales que hicieron a nuestro planeta idóneo para mantener múltiples formas de vida. El ser humano tiene muchas razones para maravillarse. Ahora bien, imaginémonos la reacción de los hijos celestiales de Dios cuando presenciaron la creación de la Tierra y de la vida que hay en ella. Un libro de la Biblia dice que “gozosamente clamaron a una” y “empezaron a gritar en aplauso” (Job 38:4, 7). Cómo debe entenderse el capítulo 1 de Génesis El primer capítulo de la Biblia contiene una explicación parcial del proceso fundamental que Dios siguió para preparar la Tierra como hogar del hombre. El capítulo no da todos los detalles; al leerlo no debe desconcertarnos que se omitan datos que los lectores de tiempos antiguos 56

no hubieran comprendido de todos modos. Por ejemplo, al escribir ese capítulo, Moisés no habló de la función de las algas y bacterias microscópicas. El hombre observó estas formas de vida por primera vez después de la invención del microscopio en el siglo XVI. Tampoco habló Moisés de los dinosaurios, cuya existencia se conoció en el siglo XIX al producirse el hallazgo de unos fósiles. En cambio, Moisés utilizó por inspiración palabras que la gente de su día pudiera entender, pero que a la vez fueran exactas en todo lo que decían sobre la creación de la Tierra. Al leer el capítulo 1 de Génesis, a partir del versículo 3, observamos una distribución en seis “días” creativos. Hay quien dice que estos eran días literales de veinticuatro horas, dando a entender que todo el universo y la vida en la Tierra se crearon en menos de una semana. Sin embargo, puede verse fácilmente que la Biblia no enseña tal cosa. El libro de Génesis se escribió en hebreo. En este idioma la palabra “día” se refiere a un espacio de tiempo que puede ser tanto un período extenso como un día literal de veinticuatro horas. En el mismo Génesis se habla de los seis “días” en conjunto como un período de mayor duración, el ‘día en el que Jehová hizo tierra y cielo’ (Génesis 2:4; compárese con 2 Pedro 3:8). La realidad es que la Biblia muestra que los “días” de la creación son edades que abarcan miles de años. Puede llegarse a esa conclusión por lo que la Biblia dice sobre el séptimo “día”. El relato de cada uno de los primeros seis “días” termina con las palabras “y llegó a haber tarde y llegó a haber mañana”. Pero no concluye así el séptimo “día”. Es más, en el siglo primero de la era común, después de unos cuatro mil años de historia, la Biblia habla del séptimo “día” de descanso como todavía en curso (Hebreos 4:4-6). De modo que el séptimo “día” es un período que se extiende por miles de años, y lógicamente podemos concluir lo mismo acerca de los primeros seis “días”. Los “días” primero y cuarto Parece ser que la Tierra ya estaba en órbita alrededor del Sol y era un globo cubierto de agua antes de que empezaran los seis “días”, o períodos, de obras creativas especiales. “Había oscuridad sobre la superficie de la profundidad acuosa” (Génesis 1:2). En aquel tiempo primitivo algo, quizá una mezcla de vapor de agua, otros gases y polvo volcánico, debió impedir que la luz del Sol llegara hasta la superficie de la Tierra. La Biblia explica el primer período de la creación de esta manera: “Dios procedió a decir: ‘Haya luz’; y gradualmente llegó a existir la luz”, es decir, llegó a la superficie terrestre (Génesis 1:3, traducción de J. W. Watts). La expresión “gradualmente llegó a” refleja con exactitud un estado del verbo hebreo que denota una acción progresiva que tarda un tiempo en completarse. Todo el que lea el primer capítulo de Génesis en hebreo puede hallar unas cuarenta veces esta forma, la cual es un factor clave para la comprensión de dicho capítulo. Lo que Dios empezó en la tarde 57

figurativa de un período creativo se hizo progresivamente claro o evidente en la mañana de ese “día”. Por otra parte, lo que se empezaba en un período no tenía que estar completamente terminado antes de comenzar el siguiente período. A modo de ejemplo: la luz empezó a aparecer gradualmente en el primer “día”, pero no fue hasta el cuarto período creativo cuando el Sol, la Luna y las estrellas pudieron distinguirse con claridad (Génesis 1:14-19). Los “días” segundo y tercero Antes de hacer aparecer la tierra seca en el tercer “día” de la creación, el Creador elevó parte de las aguas. De este modo la Tierra se vio rodeada por un dosel de vapor de agua. El relato antiguo no dice —y no tiene por qué decirlo— cómo tuvo lugar esta elevación, sino que se centra en la expansión que se formó entre las aguas superiores y las superficiales, a la que llama “cielos”. Aún hoy en día se usa este término con referencia a la atmósfera por donde vuelan los pájaros y los aviones. Al debido tiempo, Dios llenó los cielos atmosféricos de una mezcla de gases esenciales para la vida. Durante el transcurso de los “días” creativos las aguas superficiales bajaron y apareció la tierra seca. Posiblemente Dios se valió de las fuerzas geológicas que todavía mueven hoy las placas de la Tierra para hacer ascender las plataformas oceánicas y formar los continentes. Así pudo haberse producido la tierra seca y las profundas cuencas oceánicas, de cuyo relieve los oceanógrafos han trazado mapas que estudian con gran interés (compárese con Salmo 104:8, 9). Cuando se formó el suelo seco, tuvo lugar otro asombroso suceso. Leemos: “Pasó Dios a decir: ‘Haga brotar la tierra hierba, vegetación que dé semilla, árboles frutales que lleven fruto según sus géneros, cuya semilla esté en él, sobre la tierra’. Y llegó a ser así” (Génesis 1:11). Como se ha analizado en el capítulo anterior (“¿Qué hay tras una obra maestra?”), la fotosíntesis es fundamental para la vegetación. Las células de las plantas verdes poseen en su interior uno o varios orgánulos llamados cloroplastos, que son receptores de la energía luminosa. “Estas fábricas microscópicas —explica el libro Planet Earth— producen azúcares y almidones [...]. Ninguna fábrica concebida por el hombre es más eficiente que un cloroplasto, ni sus productos tienen tanta demanda.” Y así es, pues los animales dependen de los cloroplastos para su supervivencia. Además, sin vegetación verde, la atmósfera tendría un exceso de anhídrido carbónico y moriríamos por el calor y la falta de oxígeno. Algunos especialistas dan explicaciones asombrosas del desarrollo de la vida dependiente de la fotosíntesis. Por ejemplo, dicen que cuando los organismos unicelulares del agua empezaron a quedarse sin alimento, “unas cuantas células pioneras por fin hallaron una solución: la fotosíntesis”. Pero ¿sucedió realmente así? La fotosíntesis es tan compleja 58

que los científicos aún están intentando descubrir sus secretos. ¿Cree usted que la vida fotosintética, con capacidad de reproducción, apareció inexplicable y espontáneamente? ¿O le parece más razonable creer que fue el resultado de una creación inteligente, con propósito, como explica Génesis? Es posible que la aparición de nuevas variedades de flora no terminara en el tercer “día” de la creación. Puede que prosiguiera hasta el sexto “día”, cuando el Creador “plantó un jardín en Edén” e “hizo crecer del suelo todo árbol deseable a la vista de uno y bueno para alimento” (Génesis 2:8, 9). Y, como se ha mencionado, la atmósfera de la Tierra debió aclararse en el cuarto “día”, de modo que llegaría más luz del Sol y de otros cuerpos celestes a la Tierra. Los “días” quinto y sexto En el quinto “día” creativo, el Creador procedió a poblar los océanos y los cielos atmosféricos con una nueva forma de vida, “almas vivientes”, diferente de la vegetación. Es de interés que los biólogos hablan del reino vegetal y del reino animal, y dividen a estos en subclasificaciones. La palabra hebrea que se traduce por “alma” significa “respirador”, y la Biblia dice que las “almas vivientes” tienen sangre. Por lo tanto, podemos concluir que en el quinto período creativo empezaron a aparecer las criaturas con sistema respiratorio y circulatorio, los “respiradores” que poblarían los mares y los cielos (Génesis 1:20; 9:3, 4). En el “día” sexto Dios dirigió de nuevo su atención a la tierra seca. Creó animales ‘domésticos’ y ‘salvajes’, designaciones estas que tenían sentido cuando Moisés escribió el relato (Génesis 1:24). De modo que fue en el sexto período creativo cuando se creó a los mamíferos terrestres. ¿Y qué decir del ser humano? El antiguo relato histórico muestra que con el tiempo el Creador tuvo a bien producir un ser vivo verdaderamente único en la Tierra. Dijo a su Hijo celestial: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza, y tengan ellos en sujeción los peces del mar y las criaturas voladoras de los cielos y los animales domésticos y toda la tierra y todo animal moviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:26). De este modo el hombre reflejaría la imagen espiritual de su Hacedor, manifestaría sus cualidades y podría adquirir una gran profusión de conocimientos, lo que le permitiría actuar con una inteligencia muy superior a la de los animales. También, a diferencia de estos, el hombre fue creado con la capacidad de obrar según su propio libre albedrío, y no principalmente por instinto. En los últimos años, los científicos han profundizado sus conocimientos de la genética humana. Al comparar el material genético del ser humano de diferentes partes de la Tierra, han podido comprobar que la humanidad posee un antepasado común. Todo ser humano que ha vivido en el 59

planeta, incluidos nosotros, ha recibido su ADN de la misma fuente. En 1988, la revista Newsweek presentó esos hallazgos en un artículo titulado “La búsqueda de Adán y Eva”. Esos estudios se basaron en un tipo de ADN mitocondrial, material genético que se transmite solo por medio de la madre. Otros informes publicados en 1995 sobre investigaciones del ADN masculino señalan a la misma conclusión: que “hubo un ‘Adán’ ancestral, cuyo material genético en el cromosoma [Y] es común a todos los hombres que viven hoy en la Tierra”, según lo expresó la revista Time. Sea que estos hallazgos sean exactos en todo detalle o no, ilustran que la historia que encontramos en Génesis, inspirada por Aquel que la protagonizó, es perfectamente creíble. La creación física alcanzó su clímax cuando Dios juntó algunos elementos de la Tierra para formar a su primer hijo humano, a quien dio el nombre de Adán (Lucas 3:38). El relato histórico nos dice que el Creador del planeta y la vida que hay en él colocó al hombre que había hecho en un jardín “para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15). Es posible que en aquel tiempo el Creador aún estuviera produciendo nuevos géneros de animales. La Biblia dice: “Dios estaba formando del suelo toda bestia salvaje del campo y toda criatura voladora de los cielos, y empezó a traerlas al hombre para ver lo que llamaría a cada una; y lo que el hombre la llamaba, a cada alma viviente, ese era su nombre” (Génesis 2:19). La Biblia no da a entender de ningún modo que el primer hombre, Adán, fuera una simple figura mitológica. Por el contrario, fue un personaje real, un ser humano que pensaba y sentía, y que podía realizarse en aquel hogar paradisíaco. Todos los días aprendía algo más de la obra, las cualidades y la personalidad de su Creador. Al cabo de un tiempo no especificado, Dios creó a la primera mujer y se la dio a Adán como esposa. Además, Dios amplió el propósito de la vida de la pareja con esta significativa misión: “Sean fructíferos y háganse muchos y llenen la tierra y sojúzguenla, y tengan en sujeción los peces del mar y las criaturas voladoras de los cielos y toda criatura viviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:27, 28). Nada puede cambiar el propósito declarado del Creador, a saber, que toda la Tierra se convierta en un paraíso lleno de seres humanos felices que vivan en paz unos con otros y con los animales. El universo material, incluido nuestro planeta y la vida que hay en él, es un claro testimonio de la sabiduría divina. Así pues, es obvio que Dios podía prever la posibilidad de que, con el tiempo, algunos seres humanos optaran por actuar con rebeldía e independencia de Aquel que los había creado y les había dado la vida, lo cual obstaculizaría el gran proyecto de producir un paraíso mundial. El relato dice que Dios puso a Adán y Eva una prueba sencilla que les recordaría la necesidad de ser obedientes. La desobediencia, dijo Dios, resultaría en la pérdida de la vida que les había otorgado. Fue amoroso de su parte advertir a nuestros primeros padres de 60

tal proceder erróneo, que afectaría a la felicidad de toda la especie humana (Génesis 2:16, 17). Para el fin del sexto “día”, el Creador había efectuado todo lo necesario para cumplir su propósito. Podía pronunciar “muy bueno” todo lo que había hecho (Génesis 1:31). En este momento la Biblia introduce otro importante período de tiempo al decir que Dios “procedió a descansar en el día séptimo de toda su obra que había hecho” (Génesis 2:2). Como el Creador “no se cansa ni se fatiga”, ¿por qué se dice que descansó? (Isaías 40:28.) Esta expresión denota que cesó de realizar creaciones físicas; descansa, asimismo, sabiendo que nada, ni siquiera la rebelión en el cielo o en la Tierra, puede frustrar el cumplimiento de su magnífico propósito. Dios bendijo con confianza el séptimo “día”, por lo que sus criaturas inteligentes leales —seres humanos y seres espirituales invisibles— pueden tener la certeza de que para el fin del séptimo “día”, la paz y la felicidad reinarán en todo el universo. ¿Podemos confiar en el relato de Génesis? Pero, ¿podemos creer en el relato de la creación y las perspectivas que comporta? Como hemos visto, la investigación genética moderna está llegando a la conclusión que la Biblia había expuesto con mucho tiempo de anterioridad. Además, algunos científicos han reparado en el orden de los sucesos del relato de Génesis. Por ejemplo, el conocido geólogo Wallace Pratt comentó: “Si se me pidiera que, como geólogo, explicara brevemente nuestras ideas modernas del origen de la Tierra y el desarrollo de la vida en ella a un pueblo sencillo y pastoril como las tribus a las cuales se dirigió el libro de Génesis, difícilmente podría hacerlo mejor que siguiendo bastante de cerca gran parte del lenguaje del primer capítulo de Génesis”. También observó que el orden en el que Génesis presenta el origen de los mares y la aparición de la tierra seca, así como la formación de la vida marina, de las aves y de los mamíferos, es fundamentalmente la secuencia de las principales divisiones del tiempo geológico. Piense ahora: ¿Cómo supo Moisés el orden debido hace miles de años si su fuente de información no fue el mismo Creador? “Por la fe sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible ha tenido origen de lo invisible.” (Hebreos 11:3, Nuevo Testamento, Editorial Mensajero.) Hay quienes no están dispuestos a aceptarlo y prefieren creer en el azar o en algún proceso ciego que supuestamente dio origen al universo y a la vida. Pero, como hemos visto, hay muchas y diferentes razones por las cuales creer que el universo y la vida terrestre, incluida la nuestra, se originan de una Primera Causa inteligente, un Creador, Dios. La Biblia dice con claridad que “la fe no es posesión de todos” (2 Tesalonicenses 3:2). Sin embargo, la fe no es credulidad; tiene un fundamento. En el próximo capítulo analizaremos razones válidas y 61

convincentes por las que es posible confiar en la Biblia y en el Magnífico Creador, que se interesa por nosotros personalmente. [Notas] Energía es igual a masa por la velocidad de la luz al cuadrado. Los hebreos contaban el día de puesta de sol a puesta de sol. El Creador pudo haber empleado procesos naturales para elevar estas aguas y mantenerlas en esa posición, hasta que se precipitaron sobre la Tierra en el tiempo de Noé (Génesis 1:6-8; 2 Pedro 2:5; 3:5, 6). Este suceso histórico dejó una huella indeleble en los supervivientes humanos y sus descendientes, como han constatado los antropólogos al hallar reflejado el relato del Diluvio en diferentes culturas de toda la Tierra. En el libro La vida... ¿cómo se presentó aquí? ¿Por evolución, o por creación?, editado por Watchtower Bible and Tract Society of New York, Inc., analiza la aparición de diferentes tipos de vida terrestre. [Ilustración de la página 86] Los discos de polvo, como este de la galaxia NGC 4261, dan cuenta de la existencia de agujeros negros, que no pueden verse. La Biblia dice que, en un ámbito diferente, existen criaturas poderosas, pero que no pueden verse [Ilustración de la página 89] Los experimentos han probado la teoría científica según la cual la materia puede convertirse en energía y la energía en materia [Ilustración de la página 94] Las obras creativas de los “días” uno a tres culminaron en una impresionante variedad de especies vegetales [Ilustraciones de la página 99] La Biblia describe con exactitud y en términos sencillos la aparición secuencial de la vida en la Tierra [Ilustración de la página 101] “Como geólogo [...] difícilmente podría [explicarlo] mejor que siguiendo bastante de cerca gran parte del lenguaje del primer capítulo de Génesis.”—Wallace Pratt

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Capítulo 7 ¿Qué puede aprenderse del Creador en un libro? SUELE reconocerse que un libro interesante y educativo es de gran valor. La Biblia es esa clase de libro. En ella hallamos historias reales apasionantes en las que se ponen de relieve elevados valores morales. También hallamos vívidas ilustraciones de importantes verdades. Uno de los escritores, conocido por su sabiduría, dijo que “procuró hallar las palabras deleitables y la escritura de palabras correctas de verdad” (Eclesiastés 12:10). El libro que se conoce como “La Biblia” es, de hecho, una colección de 66 libros menores escritos en el transcurso de más de mil quinientos años. Moisés redactó los cinco primeros libros entre 1513 y 1473 a.E.C., empezando con Génesis. Juan, uno de los apóstoles de Jesús, fue el último escritor bíblico. Redactó una biografía de Jesús (el Evangelio de Juan), así como unas cartas más breves y el libro de Revelación (Apocalipsis), con el que concluyen la mayoría de las versiones de la Biblia. Unos cuarenta hombres participaron en la escritura de la Biblia durante los mil quinientos años que transcurrieron entre la época de Moisés y la de Juan. Eran hombres devotos y sinceros interesados en difundir el conocimiento del Creador. Sus escritos nos permiten conocer la personalidad de Dios y nos enseñan lo que se requiere para agradarle. La Biblia también nos ayuda a entender por qué abunda la maldad y cómo se le pondrá fin. Los escritores bíblicos hablaron del tiempo en que la humanidad vivirá directamente bajo la gobernación de Dios, y describieron en parte las emocionantes condiciones de las que podremos disfrutar entonces (Salmo 37:10, 11; Isaías 2:2-4; 65:17-25; Revelación 21:3-5). Sabemos que mucha gente rechaza la Biblia pensando que solo es un libro antiguo de sabiduría humana. Sin embargo, millones de personas están convencidas de que Dios es su verdadero Autor, es decir, que guió el pensamiento de sus escritores (2 Pedro 1:20, 21). Pero ¿cómo podemos determinar que lo que estos hombres escribieron dimanaba realmente de Dios?

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Pues bien, hay varias razones que llevan a esa conclusión. Muchas personas pensadoras han analizado estas razones y han concluido que la Biblia es más que un simple libro humano, es decir, que procede de una fuente sobrehumana. A modo de ejemplo, examinemos una de estas razones que, a su vez, nos ayudará a conocer mejor al Creador de nuestro universo, la fuente de la vida humana. Predicciones que se realizaron Bastantes escritores bíblicos incluyeron en sus libros profecías, aunque en ningún caso se arrogaron la facultad de conocer el futuro, sino que siempre atribuyeron el mérito al Creador. Por ejemplo, Isaías dijo que Dios era “Aquel que declara desde el principio el final” (Isaías 1:1; 42:8, 9; 46:811). La capacidad de predecir sucesos con décadas e incluso siglos de antelación singulariza al Dios de Isaías, y lo distingue de los ídolos que la gente del pasado y del presente ha adorado. La profecía es una prueba convincente de que la Biblia no es producto de la sabiduría humana. Veamos cómo confirma el libro de Isaías lo antedicho. Una confrontación del contenido de Isaías con los datos históricos muestra que este libro se escribió sobre el año 732 a.E.C. Isaías profetizó calamidades para los habitantes de Jerusalén y Judá por ser culpables de derramamiento de sangre e idolatría. Predijo que la tierra sería devastada; Jerusalén y su templo, destruidos, y los sobrevivientes, llevados cautivos a Babilonia. Pero Isaías también vaticinó que Dios no olvidaría a la nación cautiva. El libro predijo que un rey extranjero llamado Ciro conquistaría Babilonia y liberaría a los judíos para que regresaran a su tierra natal. Isaías también escribió que Dios era “Aquel que dice de Ciro: ‘Es mi pastor, y todo aquello en que me deleito él lo llevará a cabo por completo’; aun en mi decir de Jerusalén: ‘Será reedificada’, y del templo: ‘Te será colocado tu fundamento’” (Isaías 2:8; 24:1; 39:5-7; 43:14; 44:24-28; 45:1). En los tiempos de Isaías, el siglo VIII a.E.C., tales predicciones pudieron parecer increíbles. En aquella época Babilonia no era siquiera una potencia militar importante. Estaba sometida a la verdadera potencia mundial de la época, a saber, el Imperio asirio. Igualmente extraña sería la idea de que un pueblo conquistado al que se había llevado al exilio a un país distante fuera liberado y reclamara su tierra. “¿Quién ha oído cosa como esta?”, escribió Isaías (Isaías 66:8). Sin embargo, ¿cuál era el panorama dos siglos más tarde? Lo que les sucedió a los judíos demostró que la profecía de Isaías se cumplió en todo detalle. Babilonia se hizo poderosa y destruyó Jerusalén. El nombre del rey persa (Ciro), su conquista subsiguiente de Babilonia y la repatriación de los judíos son hechos históricos reconocidos. Estos detalles profetizados se cumplieron con tal exactitud, que en el siglo XIX hubo críticos que afirmaron que el libro de Isaías estaba falsificado. Su argumento era: ‘Es posible que Isaías escribiera los primeros capítulos, pero un escritor 64

posterior del tiempo del rey Ciro compuso el resto del libro de modo que pareciera ser una profecía’. Cualquiera puede desautorizar la profecía bíblica, pero ¿qué dicen los hechos? ¿Verdaderas predicciones? Las predicciones del libro de Isaías no se limitan a los sucesos relacionados con Ciro y los judíos exiliados. Isaías también predijo cómo terminaría Babilonia, y su libro incluye muchos detalles sobre la venida del Mesías o Libertador, como los sufrimientos que padecería y su posterior glorificación. ¿Puede saberse si estos vaticinios se escribieron con mucho tiempo de antelación, de modo que puedan calificarse de profecías que tendrían un cumplimiento futuro? Veamos. Isaías escribió sobre el fin que le esperaba a Babilonia. Predijo: “Babilonia, la decoración de reinos, la hermosura del orgullo de los caldeos, tiene que llegar a ser como cuando Dios derribó a Sodoma y Gomorra. Nunca será habitada, ni residirá por generación tras generación” (Isaías 13:19, 20; capítulo 47). ¿Qué sucedió en realidad? Babilonia dependía desde hacía tiempo de un complejo sistema de irrigación de presas y canales construido entre los ríos Tigris y Éufrates. Parece ser que sobre el año 140 a.E.C., durante la destructiva conquista parta, este sistema se dañó y quedó prácticamente inservible. ¿Cuáles fueron las consecuencias? The Encyclopedia Americana explica: “El suelo se saturó de sales minerales y se formó una costra de álcali sobre la superficie que imposibilitó la agricultura”. Unos doscientos años más tarde, Babilonia era todavía una ciudad populosa, pero no lo fue por mucho tiempo más (compárese con 1 Pedro 5:13). En el siglo III E.C., el historiador Dión Casio (c. 150-235 E.C.) dijo que cierto personaje no encontró en Babilonia más que “montones de piedras y ruinas” (LXVIII, 30). Es digno de mención que para ese tiempo hacía siglos que Isaías había muerto y que su libro completo estaba en circulación. Y si alguien visita Babilonia en la actualidad, solo encontrará ruinas de la otrora gloriosa ciudad. Aunque otras metrópolis antiguas como Roma, Jerusalén y Atenas han sobrevivido hasta nuestro día, Babilonia yace desolada, deshabitada, en ruinas: tal como Isaías vaticinó. La predicción se cumplió. Ahora centrémonos en lo que Isaías dice sobre el esperado Mesías. Según Isaías 52:13, este siervo especial de Dios ocuparía con el tiempo un ‘puesto alto y sería ensalzado en gran manera’. Sin embargo, el siguiente capítulo (Isaías 53) profetizó que antes de su ensalzamiento, el Mesías pasaría por una experiencia de signo sorprendentemente distinto. Es posible que le asombren los detalles de las predicciones de ese capítulo, reconocido como una profecía mesiánica. En él leemos que el Mesías sería despreciado por sus coterráneos. Seguro de que así ocurriría, Isaías escribió como si ya hubiera sucedido: “Fue despreciado y fue evitado por los hombres” (versículo 3). Este 65

maltrato estaría totalmente injustificado, pues el Mesías sería un hombre caritativo. “Nuestras enfermedades fueron las que él mismo llevó”, es como alude Isaías a los actos de curación del Mesías (versículo 4). Pese a ello, al Mesías se le juzgaría y condenaría injustamente, mas él permanecería en silencio ante sus acusadores (versículos 7, 8). Permitiría que lo entregaran para ser ejecutado junto a delincuentes; durante su ejecución se traspasaría su cuerpo (versículos 5, 12). A pesar de morir como un transgresor, se le enterraría como a un rico (versículo 9). Isaías también apunta una y otra vez que la injusta muerte del Mesías tendría un valor expiatorio y cubriría los pecados de otros seres humanos (versículos 5, 8, 11, 12). Todo ello se realizó. Los relatos que escribieron contemporáneos de Jesús (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) confirman que las predicciones de Isaías se cumplieron. Algunos sucesos tuvieron lugar después de la muerte de Jesús, de modo que él no pudo haberlos manipulado (Mateo 8:16, 17; 26:67; 27:14, 39-44, 57-60; Juan 19:1, 34). A lo largo de los siglos, el cumplimiento total de la profecía mesiánica de Jesús ha tenido un fuerte impacto en los lectores sinceros de la Biblia, incluso en algunos que con anterioridad rechazaban a Jesús. El hebraísta William Urwick dice: “Muchos judíos, al poner por escrito la razón de su conversión al cristianismo, reconocieron que fue el examen detenido de este capítulo [Isaías 53] lo que sacudió su fe en sus anteriores maestros [rabinos] y credo” (The Servant of Jehovah). Urwick escribió estas palabras a finales del siglo XIX, cuando había quienes dudaban de que el capítulo 53 de Isaías se hubiera escrito siglos antes del nacimiento de Jesús. Sin embargo, los descubrimientos posteriores han eliminado prácticamente cualquier asomo de duda. Un pastor beduino descubrió en 1947, cerca del mar Muerto, un antiguo rollo del libro de Isaías completo. Los paleógrafos dataron el rollo entre los años 125 y 100 a.E.C. Pero en 1990, un análisis con carbono 14 del mismo rollo arrojó una fecha entre 202 y 107 a.E.C. De modo que este famoso rollo de Isaías era ya bastante antiguo cuando Jesús nació. ¿Qué descubrimos al compararlo con las Biblias modernas? En Jerusalén pueden verse actualmente fragmentos de los Rollos del mar Muerto. El arqueólogo Yigael Yadin explica en una grabación: “No pasaron más de quinientos o seiscientos años entre la pronunciación de las palabras de Isaías y la copia de este rollo en el siglo II a.E.C. Es sorprendente que, a pesar de sus dos mil años de antigüedad, el rollo original del museo sea tan parecido a la Biblia actual, tanto en su versión hebrea como en las traducciones que se hicieron del original”. Este hecho debería conformar nuestra opinión al respecto. ¿En qué sentido? Pues bien, debería desmentir la afirmación de que el libro de Isaías se escribió después de los acontecimientos que vaticina. Hoy tenemos prueba científica de que una copia de los escritos de Isaías se 66

hizo más de cien años antes del nacimiento de Jesús y mucho antes de que Babilonia quedara desolada. En consecuencia, ¿cómo puede dudarse de que el libro de Isaías predijera lo que le sucedería finalmente a Babilonia y los injustos sufrimientos, la clase de muerte y el trato que recibió el Mesías? Por tanto, los hechos históricos eliminan la base para dudar de que Isaías predijera con exactitud el cautiverio del pueblo judío y su liberación de Babilonia. Tales predicciones cumplidas constituyen tan solo una de las abundantes pruebas de que el verdadero Autor de la Biblia es el Creador y de que la Biblia es “inspirada de Dios” (2 Timoteo 3:16). Hay muchas otras indicaciones de la inspiración divina de la Biblia. Entre ellas se cuentan su exactitud cuando hace referencia a temas de astronomía, geología y medicina; la armonía interna de los libros que la componen, escritos por decenas de hombres a lo largo de muchos siglos; su concordancia con numerosos hechos históricos y arqueológicos, y su código moral, mucho más elevado que los que poseían los pueblos vecinos de la época y cuya clara superioridad sobre todo otro cuerpo de leyes todavía se reconoce. Estas y otras indicaciones han convencido a un sinnúmero de personas reflexivas y sinceras de que la Biblia es indudablemente un libro de procedencia divina. También podemos derivar de ello algunas conclusiones válidas sobre el Creador, que nos ayudan a apreciar sus cualidades. ¿No da testimonio el que pueda prever el futuro que su percepción es muy superior a la humana? El hombre no sabe lo que ocurrirá en el futuro distante, ni puede controlarlo, pero el Creador sí puede hacerlo. Puede tanto prever el futuro como dirigir los acontecimientos para que se cumpla su voluntad. Es propio, por tanto, que Isaías diga del Creador que es “Aquel que declara desde el principio el final, y desde hace mucho las cosas que no se han hecho; Aquel que dice: ‘Mi propio consejo subsistirá, y todo lo que es mi deleite haré’” (Isaías 46:10; 55:11). Cómo conocer mejor al Autor de la Biblia Conocemos a nuestros semejantes conversando con ellos y viendo cómo reaccionan ante diferentes circunstancias. Así nos familiarizamos con otros seres humanos, pero ¿cómo conocer al Creador? No podemos hablar directamente con él. Sin embargo, como hemos visto, Dios se revela en la Biblia, tanto por sus palabras como por sus hechos. Además, ese libro único nos invita directamente a cultivar una relación con el Creador. Dice: “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes” (Santiago 2:23; 4:8). ¿Cuál es el primer paso para ello? Si queremos ser amigos de alguien, lo primero que hacemos es conocer su nombre. Pues bien, ¿cuál es el nombre del Creador, y qué revela ese nombre acerca de él? La sección hebrea de la Biblia (a la que suele llamarse el Antiguo Testamento) pone en nuestro conocimiento el nombre singular del Creador. En los antiguos manuscritos se representa por medio de cuatro 67

consonantes hebreas que pueden transliterarse por YHWH o JHVH. El nombre del Creador aparece en dicha sección unas siete mil veces, muchas más que los títulos Dios o Señor. Los lectores de la Biblia hebrea usaron por muchos siglos ese nombre personal. Pero, con el transcurso del tiempo, muchos judíos desarrollaron un temor supersticioso de pronunciar el nombre divino, de modo que se perdió su pronunciación exacta. “La pronunciación original se perdió con el tiempo; las tentativas modernas de recuperarla se basan en conjeturas”, dice un comentario judío sobre Éxodo. Es cierto que no podemos saber con seguridad cómo pronunciaba Moisés el nombre divino, que hallamos en Éxodo 3:16 y 6:3. No obstante, ¿quién hoy en día se sentiría obligado a pronunciar y entonar los nombres de Moisés y de Jesús como lo hacían sus contemporáneos? Sin embargo, no evitamos referirnos a ellos por sus nombres Moisés y Jesús. En lugar, pues, de preocuparnos excesivamente por cómo pronunciaba el nombre de Dios un pueblo antiguo que hablaba otro idioma, ¿por qué no utilizar la pronunciación que se ha generalizado en nuestro idioma? En español, se ha usado por más de cuatrocientos años la grafía “Jehová”, y por lo general sigue aceptándose como el nombre del Creador. Pero más importante que la pronunciación del nombre divino es su significado. El nombre hebreo es una forma causativa del verbo ha·wáh, que significa “llegar a ser” o “resultar ser” (Génesis 27:29; Proverbios 3:26). La obra The Oxford Companion to the Bible da la siguiente traducción: “‘él hace’ o ‘hará que sea’”. De modo que puede decirse que el nombre personal del Creador significa literalmente “Él Hace que Llegue a Ser”. Observe que el nombre no pone el acento en la actuación del Creador en el pasado remoto como lo hace la expresión “Primera Causa”. ¿Por qué no? Porque el nombre divino está relacionado con lo que el Creador tiene el propósito de hacer. Básicamente, el verbo hebreo tiene solo dos estados, y el nombre del Creador está en el que “denota acciones [...] en desarrollo”, que “no expresa solo la continuación de una acción [...] sino el desarrollo desde su principio hacia su terminación” (A Short Account of the Hebrew Tenses). En efecto, Jehová revela con su nombre que es un Dios activo y con propósito, quien, mediante una actuación progresiva, llega a ser el Cumplidor de promesas. Para muchos es gratificante y confortante saber que el Creador siempre lleva sus propósitos a feliz término. Su propósito, nuestro propósito Aunque el nombre de Dios refleja propósito, a muchas personas les resulta difícil ver propósito en su propia existencia. Observan a la humanidad pasar de una crisis a otra: guerras, desastres naturales, epidemias, pobreza y delincuencia. Aun los pocos privilegiados que se libran de estas calamidades suelen admitir que tienen dudas sobre el futuro y el sentido de la vida. 68

La Biblia dice lo siguiente: “La creación fue sometida a frustración, no por su propia elección, sino por la voluntad de Aquel que la sometió, con la esperanza de que también ella misma será liberada [...] e introducida en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8:20, 21, Nueva Versión Internacional, 1985). El relato de Génesis muestra que en un tiempo el ser humano estaba en paz con su Creador. Posteriormente, debido a su mala conducta, Dios lo sujetó con justicia a una situación que, en un sentido, produjo frustración. Veamos cómo se desarrolló esta, qué nos enseña en cuanto al Creador y qué podemos esperar en el futuro. Según ese relato histórico, que ha probado su veracidad en muchos aspectos, los primeros seres humanos fueron Adán y Eva. El documento muestra que no se les dejó andando a tientas, sin propósito ni instrucciones sobre la voluntad de Dios. El Creador dio a la humanidad instrucciones útiles, tal como cualquier padre humano amoroso y considerado lo haría para su prole. Les dijo: “Sean fructíferos y háganse muchos y llenen la tierra y sojúzguenla, y tengan en sujeción los peces del mar y las criaturas voladoras de los cielos y toda criatura viviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:28). De modo que los primeros seres humanos tenían un propósito útil en la vida. Debían cuidar del medio ambiente y llenar la Tierra con una descendencia responsable (compárese con Isaías 11:9). Nadie está justificado para culpar al Creador por el presente estado de nuestro contaminado planeta, como si él hubiera dado al hombre excusa para explotar y arruinar la Tierra. La expresión “sojúzguenla” no era una licencia para la explotación. Implicaba cultivar y cuidar la Tierra, cuya administración se le confió (Génesis 2:15). Además, tendría un futuro ilimitado en el que llevar a cabo esa importante comisión. La perspectiva de no morir nunca armoniza con el hecho de que la capacidad del cerebro humano es muy superior a la necesaria para una vida de 70, 80 o incluso 100 años. El cerebro está concebido para poder utilizarse indefinidamente. Jehová Dios, como productor y director de su creación, dio al hombre un margen de flexibilidad para llevar a cabo Su propósito en cuanto a la Tierra y la humanidad. No fue demasiado exigente ni restrictivo. Por ejemplo, dio a Adán una comisión que haría las delicias de todo zoólogo: estudiar a los animales y ponerles nombre. Cuando Adán conoció sus características, les dio nombres, muchos de ellos de naturaleza descriptiva (Génesis 2:19). Este es tan solo un ejemplo de cómo podía el hombre usar su talento y aptitudes según el propósito de Dios. Es fácil entender que el sabio Creador de todo el universo podía controlar sin dificultad cualquier situación que se produjera en la Tierra, aun si el hombre optaba por un proceder insensato o perjudicial. El relato histórico nos dice que Dios le dio un solo mandamiento restrictivo a Adán: “De todo árbol del jardín puedes comer hasta quedar satisfecho. Pero en cuanto al árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo, no debes comer de 69

él, porque en el día que comas de él, positivamente morirás” (Génesis 2:16, 17). Ese mandato requería que la humanidad reconociera el derecho que tiene Dios a ser obedecido. El ser humano, desde el tiempo de Adán hasta nuestros días, ha tenido que aceptar la ley de la gravedad y vivir en armonía con ella; sería una insensatez, y muy perjudicial, obrar de otro modo. Entonces, ¿por qué negarse a vivir en armonía con otra ley o mandamiento del buen Creador? Este expresó con claridad cuáles serían las consecuencias de rechazar su ley, pero dio opción a Adán y Eva de obedecerle voluntariamente. No es difícil ver en el relato de la historia primitiva del hombre que el Creador le permite libertad de elección. Sin embargo, quiere que sus criaturas sean totalmente felices, lo cual es el resultado natural de vivir según sus justas leyes. En un capítulo anterior aprendimos que el Creador produjo criaturas inteligentes invisibles: criaturas espirituales. La historia del principio del hombre revela que uno de estos espíritus se obsesionó con la idea de usurpar a Dios su posición (compárese con Ezequiel 28:13-15). Abusó del libre albedrío que Dios concede a sus criaturas y condujo a los primeros seres humanos a lo que podríamos llamar una rebelión manifiesta. La primera pareja escogió la independencia de la gobernación divina mediante un acto desafiante de desobediencia directa: comer del “árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo”. Pero más que eso, su proceder puso de manifiesto que aceptaron la idea de que el Creador retenía algo bueno de sus criaturas. Era como si Adán y Eva exigieran decidir por sí mismos lo que era bueno y lo que era malo, sin importar lo que su Creador dijera al respecto. Sería muy irrazonable que tanto hombres como mujeres decidieran actuar de manera contraria a la ley de la gravedad porque no les gustara. Igualmente irracional fue que Adán y Eva rechazaran las normas morales de su Creador. El hombre debió entender que quebrantar la ley básica de Dios que requería obediencia le acarrearía graves consecuencias, del mismo modo que pasar por alto la ley de la gravedad redunda en perjuicio para quien se atreve a hacerlo. La historia nos muestra que Jehová tomó entonces las medidas pertinentes. El “día” en que Adán y Eva rechazaron la voluntad del Creador, empezaron a deteriorarse física y mentalmente hasta que les alcanzó la muerte, tal como Dios les había advertido (compárese con 2 Pedro 3:8). Esto pone de manifiesto otro aspecto de la personalidad del Creador: la justicia. Él es un Dios que no deja pasar por debilidad la desobediencia flagrante. Tiene normas sabias y justas y las mantiene. En concordancia con sus sobresalientes cualidades, no puso fin de inmediato a la vida humana. ¿Por qué? Por consideración a la prole de Adán y Eva, que ni siquiera había sido concebida todavía y que no era 70

directamente responsable del pecado de sus progenitores. El interés de Dios por la vida que aún no se había concebido nos dice mucho de cómo es el Creador. No es un juez implacable e insensible. Por el contrario, es justo, está dispuesto a dar a todos una oportunidad y respeta la santidad de la vida humana. Esto no quiere decir que las generaciones humanas subsiguientes iban a disfrutar de las mismas circunstancias placenteras que la primera pareja. Cuando el Creador permitió que Adán tuviera descendencia, “la creación fue sometida a frustración”. Pero no era una frustración definitiva y desesperanzada. Recordemos que Romanos 8:20, 21 también dice que el Creador le dio “la esperanza de que también ella misma [sería] liberada”. Merece la pena aprender más acerca de esta esperanza. ¿Podemos hallarlo? Al enemigo que promovió la rebelión de la primera pareja se le llama en la Biblia Satanás el Diablo, que significa “Resistidor” y “Calumniador”. Cuando Dios pronunció la sentencia contra este principal instigador de la rebelión, calificándolo de enemigo, colocó a su vez el fundamento para que los futuros seres humanos tuvieran esperanza. Dios dijo: “Pondré enemistad entre ti [Satanás] y la mujer, y entre tu descendencia y la descendencia de ella. Él te magullará en la cabeza y tú le magullarás en el talón” (Génesis 3:15). Obviamente, el lenguaje de este texto es figurado o representativo. ¿Qué significa el que se dijera que tenía que venir una “descendencia”? Otras partes de la Biblia esclarecen este interesante versículo. Muestran que está relacionado con el que Jehová haga honor a su nombre y ‘llegue a ser’ lo que se necesita a fin de cumplir su propósito para el hombre en la Tierra. Para ello, utilizó a una nación en particular, y la historia de Su relación con esta antigua nación constituye una parte substancial de la Biblia. Repasemos brevemente esta importante historia y aprendamos más acerca de las cualidades del Creador. Sin duda, podemos aprender mucho sobre él al examinar más a fondo el libro que proporcionó a la humanidad, la Biblia. [Notas] Compárese con Hechos 8:26-38, donde se cita Isaías 53:7, 8. El folleto Un libro para todo el mundo y el libro La Biblia... ¿la Palabra de Dios, o palabra del hombre?, editados por Watchtower Bible and Tract Society of New York, Inc., contienen un análisis más detallado del origen de la Biblia. [Ilustración de la página 107] Siglos después de predecirlo la Biblia, la poderosa Babilonia terminó en ruinas y así permanece hasta nuestro día 71

[Ilustraciones de la página 110] Este rollo de Isaías, copiado en el siglo segundo antes de la era común, se encontró en una cueva cerca del mar Muerto. En él se predijeron en detalle sucesos que ocurrieron cientos de años más tarde [Ilustración de la página 115] Esta carta escrita en hebreo antiguo en un fragmento de cerámica se desenterró en Lakís. El nombre de Dios (véanse las flechas) aparece dos veces, lo que muestra que el nombre del Creador era de conocimiento público y uso generalizado [Ilustración de la página 117] Isaac Newton formuló la ley de la gravedad. Las leyes del Creador son razonables, y su cumplimiento redunda en nuestro beneficio

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Capítulo 8 El Creador se revela a sí mismo para nuestro beneficio UNOS tres millones de personas se hallaban, entre truenos y relámpagos, frente al monte Sinaí, una elevada montaña de la península del mismo nombre. Bajo el monte, envuelto en nubes, el suelo tembló. En tales circunstancias memorables, Moisés introdujo al antiguo pueblo de Israel en una relación formal con el Creador de los cielos y la Tierra (Éxodo, capítulo 19; Isaías 45:18). Pero ¿por qué se revelaría el Creador del universo de un modo especial a una sola nación, que además era comparativamente pequeña? Moisés dio la razón: “Por amarlos Jehová, y por guardar la declaración jurada que había jurado a sus antepasados” (Deuteronomio 7:6-8). Esta declaración indica que el contenido de la Biblia incluye mucho más que solo hechos sobre el origen del universo y la vida en la Tierra. Informa asimismo sobre la relación del Creador con el hombre, en el pasado, en el presente y en el futuro. La Biblia es el libro más estudiado del mundo y el de mayor circulación, de modo que cabría esperar que todo el que valorara la educación la conociera bien. Obtengamos, pues, una visión de conjunto de su contenido, empezando por la sección llamada Antiguo Testamento. Este repaso nos ayudará, además, a profundizar en la personalidad del Creador del universo y Autor de la Biblia. En el capítulo 6, “¿Puede confiarse en un relato antiguo de la creación?”, vimos que el primer libro de la Biblia nos ofrece la única información disponible sobre nuestros primeros antepasados, nuestros orígenes. Pero este libro bíblico dice mucho más. Las mitologías griegas y de otros pueblos hablan de un tiempo en que los dioses y los semidioses se relacionaron con los seres humanos. Por otra parte, los antropólogos han descubierto en todo el mundo leyendas sobre un diluvio antiguo que barrió a la mayor parte de la humanidad. Mitos, sí, pero ¿sabíamos que solo el libro de Génesis nos revela los hechos históricos subyacentes que más tarde evocaron tales mitos y leyendas? (Génesis, capítulos 6, 7.) 73

En el libro de Génesis también leemos acerca de hombres y mujeres — gente creíble con quienes podemos identificarnos— que sabían de la existencia del Creador y tuvieron en cuenta su voluntad en la vida. Vale la pena conocer a hombres como Abrahán, Isaac y Jacob, que fueron algunos de los “antepasados” a los que Moisés hizo alusión. El Creador llegó a conocer a Abrahán y lo llamó “mi amigo” (Isaías 41:8; Génesis 18:18, 19). ¿Por qué? Porque después de observarlo confió en él como hombre de fe (Hebreos 11:8-10, 17-19; Santiago 2:23). La experiencia de Abrahán muestra que Dios es accesible. Aunque su poder y capacidad son impresionantes, Dios no es una mera fuerza o causa impersonal. Es una persona real con quien los seres humanos como nosotros pueden cultivar una relación respetuosa para su beneficio duradero. Jehová prometió a Abrahán: “Mediante tu descendencia ciertamente se bendecirán todas las naciones de la tierra” (Génesis 22:18). Esta promesa complementa o extiende la que se hizo en tiempos de Adán sobre una venidera “descendencia” (Génesis 3:15). Efectivamente, lo que Jehová le prometió a Abrahán confirmó la esperanza de que con el tiempo vendría alguien —la Descendencia— que haría posible la bendición de todos los pueblos. Este es el tema central de la Biblia, de principio a fin, lo que pone de relieve que este libro no es una colección de diversos escritos humanos. Además, conocer el tema de la Biblia nos permite entender que Dios utilizó a una nación antigua con el objetivo de bendecir a todas las naciones de la Tierra (Salmo 147:19, 20). Este objetivo expreso indica que Jehová ‘no fue parcial’ cuando trató con Israel (Hechos 10:34; Gálatas 3:14). Es más, aunque Dios trató principalmente con los descendientes de Abrahán, la gente de otras naciones también podía unirse a ese pueblo para servir a Jehová (1 Reyes 8:41-43). Y, como veremos posteriormente, la imparcialidad de Dios es tal que hoy todos nosotros —sin importar cuál sea nuestra etnia o nacionalidad— podemos conocerle y agradarle. La historia de la nación con la que el Creador trató durante siglos es muy instructiva. Dividámosla en tres partes. A medida que repasamos cada una de ellas, veamos cómo Jehová hizo honor a su nombre, “Él Hace que Llegue a Ser”, y cómo reflejó su personalidad al tratar con gente real. Parte I: Una nación gobernada por el Creador Los descendientes de Abrahán llegaron a ser esclavos en Egipto. Finalmente, Dios levantó a Moisés, quien los libertó en 1513 a.E.C. Dios fue el gobernante de la nueva nación de Israel. Pero en 1117 a.E.C., esta quiso un rey humano. ¿Cómo llegó a estar el pueblo de Israel con Moisés en el monte Sinaí? El libro bíblico de Génesis lo explica. Con anterioridad, cuando Jacob (llamado también Israel) vivía al nordeste de Egipto, se declaró un hambre por todo el mundo conocido de aquel tiempo. Jacob, preocupado por su 74

familia, se dirigió a Egipto en busca de alimento, sabedor de que en ese país había abundancia de grano almacenado. Descubrió que el administrador de los alimentos era su propio hijo, José, a quien había dado por muerto años antes. Jacob y su familia se mudaron a Egipto, y se les invitó a quedarse en el país (Génesis 45:25–46:5; 47:5-12). Sin embargo, después de la muerte de José, un nuevo Faraón sometió a los descendientes de Jacob a trabajos forzados, y “[siguió] amargándoles la vida con dura esclavitud en trabajos de argamasa de barro y ladrillos” (Éxodo 1:8-14). Podemos leer estos sucesos y otros en el gráfico relato de Éxodo, el segundo libro bíblico. Se maltrató a los israelitas por décadas, y “su clamor por ayuda siguió subiendo al Dios verdadero”. Buscar la ayuda de Jehová era el proceder que dictaba la sabiduría. Él se interesaba por los descendientes de Abrahán y estaba resuelto a cumplir Su propósito de suministrar una bendición futura para todos los pueblos. Jehová ‘oyó el gemido de Israel y se dio por avisado’, lo que nos enseña que el Creador se compadece de quienes sufren maltrato (Éxodo 2:23-25). Escogió a Moisés para liberar a los israelitas de la esclavitud. Pero cuando Moisés y su hermano, Aarón, se presentaron ante Faraón para pedirle que dejara marchar al pueblo esclavizado, este respondió con aire desafiante: “¿Quién es Jehová, para que yo obedezca su voz y envíe a Israel?” (Éxodo 5:2). ¿Podemos imaginarnos al Creador del universo intimidado por tal desafío, aunque procediera del gobernante de la mayor potencia militar de la época? Todo lo contrario: Dios azotó a Faraón y a los egipcios con una serie de plagas. Finalmente, después de la décima plaga, Faraón accedió a liberar a los israelitas (Éxodo 12:29-32). De este modo, los descendientes de Abrahán supieron que Jehová es una persona real que provee liberación a su debido tiempo. En efecto, como su nombre implica, Jehová llegó a ser cumplidor de sus promesas de un modo espectacular (Éxodo 6:3). Pero tanto Faraón como los israelitas todavía tenían que aprender algo más acerca de ese nombre. Fue así porque Faraón pronto cambió de opinión. Persiguió con su ejército a los esclavos fugitivos, alcanzándolos cerca del mar Rojo. Los israelitas estaban atrapados entre el mar y el ejército egipcio. Entonces Jehová intervino abriendo un camino a través del mar Rojo. Faraón debió haber interpretado este fenómeno como una manifestación del poder invencible de Dios. Sin embargo, condujo a sus fuerzas precipitadamente tras los israelitas y se ahogó con su ejército cuando Dios hizo que el mar volviera a su posición original. El relato de Éxodo no especifica cómo realizó Dios estas obras poderosas. Pero bien podemos llamarlas milagros por cuanto los hechos mismos y también su oportunidad escapaban al control humano, aunque no al de Aquel que creó tanto el universo como todas sus leyes (Éxodo 14:1-31).

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Este suceso demostró a los israelitas —y también debería recordarnos a nosotros— que Jehová es un Salvador que hace honor a su nombre. Sin embargo, el relato debe enseñarnos algo más sobre los caminos de Dios: el Creador administró justicia a una nación opresiva y mostró bondad amorosa a su pueblo, por medio de quien vendría la Descendencia. Lo que leemos en Éxodo sobre esto último es mucho más que historia antigua; tiene que ver con el propósito de Dios de bendecir a toda la humanidad. Entrada en la Tierra Prometida Después de salir de Egipto, Moisés y el pueblo marcharon por el desierto hasta llegar al monte Sinaí. Lo que allí sucedió conformó la relación que Dios tendría con esa nación durante varios siglos. En aquella ocasión les dio leyes. El Creador ya había formulado mucho tiempo antes las leyes que gobiernan la materia del universo, todavía vigentes. Pero en el monte Sinaí dio leyes nacionales mediante Moisés. Podemos leer cómo lo hizo y la Ley que dio a su pueblo en el libro de Éxodo y los tres libros que le siguen: Levítico, Números y Deuteronomio. Los escriturarios creen que Moisés también escribió el libro de Job. En el capítulo 10 repasaremos parte de su importante contenido. Hasta este día, millones de personas de todo el mundo conocen e intentan seguir los Diez Mandamientos, la esencia moral de toda la Ley. Pero este código contiene muchas instrucciones más que se destacan por su excelencia. Es comprensible que numerosas disposiciones se centren en la vida israelita de aquel tiempo, como algunas reglas sobre la higiene, sanidad y enfermedades. Aunque se dieron originalmente a un pueblo antiguo, estas leyes reflejan conocimiento de hechos científicos que no se descubrieron sino hasta el siglo pasado (Levítico 13:46, 52; 15:4-13; Números 19:11-20; Deuteronomio 23:12, 13). Hacemos bien en preguntarnos: ¿Cómo puede ser que las leyes del antiguo pueblo de Israel reflejen un conocimiento y una sabiduría muy superiores a los que poseían las naciones contemporáneas? Una respuesta razonable es que tales leyes procedían del Creador. Las leyes también sirvieron para conservar los linajes familiares y prescribieron deberes religiosos para los israelitas hasta la llegada de la Descendencia. El pueblo concordó en observar todo lo que Dios pedía y así se hizo responsable de vivir según aquella Ley (Deuteronomio 27:26; 30:17-20). Por supuesto, no podían obedecer la Ley a la perfección. Pero hasta este hecho logró un objetivo. Un jurista explicó más tarde que la Ley ‘puso de manifiesto las transgresiones, hasta que llegara la descendencia a quien se había hecho la promesa’ (Gálatas 3:19, 24). Así, el código de la Ley convirtió a los israelitas en un pueblo separado, les recordó que necesitaban a la Descendencia, o Mesías, y los preparó para recibirla. Los israelitas reunidos en el monte Sinaí se comprometieron a obedecer el código de la Ley de Dios. Así llegaron a estar ligados a lo que la Biblia 76

llama un pacto, es decir, un acuerdo. Era un pacto entre la nación y Dios. Ahora bien, aunque lo habían aceptado voluntariamente, demostraron ser un pueblo de dura cerviz, pues al poco tiempo se hicieron un becerro de oro como representación de Dios. Esa acción constituía un pecado, ya que la idolatría violaba directamente los Diez Mandamientos (Éxodo 20:4-6). Es más, se quejaron de sus provisiones, se rebelaron contra el caudillo nombrado por Dios (Moisés) y tuvieron relaciones inmorales con mujeres extranjeras idólatras. Pero ¿por qué deben interesarnos estos hechos, siendo que vivimos en una época tan distante de aquella? Como ya se ha dicho, no se trata sencillamente de historia antigua. Los relatos bíblicos sobre la ingratitud de Israel y la respuesta de Dios muestran que él realmente se interesa por nosotros. La Biblia dice que los israelitas pusieron a prueba a Jehová “vez tras vez” y así lo ‘herían’ y ‘le causaban dolor’ (Salmo 78:40, 41). De modo que podemos estar seguros de que el Creador tiene sentimientos y que le importa el comportamiento humano. Desde una óptica humana, pudiera pensarse que el mal proceder de Israel haría que Dios pusiera fin a su pacto y tal vez escogiera a otra nación para cumplir su promesa. Pero no fue así. Aunque Dios castigó a los malhechores impenitentes, tuvo misericordia de la nación como tal, pese a su desobediencia. Efectivamente, Dios fue leal a la promesa que le había hecho a su fiel amigo Abrahán. Al poco tiempo, Israel se hallaba cerca de Canaán, la Tierra Prometida bíblica, que estaba ocupada por pueblos fuertes con una degradada moralidad. El Creador había permitido que pasaran cuatrocientos años sin intervenir, pero había llegado el momento de entregar esa tierra, en justicia, a Israel (Génesis 15:16; véase también “¿En qué sentido es celoso Dios?”, páginas 132, 133). Moisés primero envió al país a doce espías. Diez de ellos no demostraron fe en el poder salvador de Jehová. Su informe hizo que el pueblo murmurara contra Dios y maquinara volver a Egipto. Por ello, Dios lo sentenció a vagar cuarenta años por el desierto (Números 14:1-4, 26-34). ¿Qué logró ese castigo? Antes de su muerte, Moisés exhortó a los hijos de Israel a que recordaran los años en los que Jehová los había humillado. Moisés les dijo: “Bien sabes tú con tu propio corazón que tal como un hombre corrige a su hijo, Jehová tu Dios iba corrigiéndote” (Deuteronomio 8:1-5). Pese a su insultante actuación, Jehová los sostuvo y así les demostró que dependían de él. Por ejemplo, les suministró para su supervivencia el maná, una sustancia comestible que sabía a tortas hechas con miel. Esta experiencia por el desierto debió haberles enseñado la importancia de obedecer a su Dios misericordioso y a depender de él (Éxodo 16:13-16, 31; 34:6, 7).

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Después de la muerte de Moisés, Dios comisionó a Josué para acaudillar a Israel. Este hombre valiente y leal introdujo a la nación en Canaán y emprendió con valor la conquista del territorio. En poco tiempo, Josué derrotó a 31 reyes y ocupó la mayor parte de la Tierra Prometida. Podemos hallar esta emocionante historia en el libro de Josué. Gobierno sin un rey humano Durante el viaje por el desierto y los primeros años en la Tierra Prometida, la nación tuvo por caudillos a Moisés y luego a Josué. Los israelitas no necesitaron a ningún rey humano, pues Jehová era su Soberano. Él dispuso que se nombrara a ancianos para resolver los pleitos en las puertas de las ciudades. Estos mantenían el orden y ayudaban a la gente en sentido espiritual (Deuteronomio 16:18; 21:18-20). El libro de Rut ofrece una interesante vislumbre de cómo resolvieron estos ancianos un pleito basándose en la ley de Deuteronomio 25:7-9. A lo largo de los años, la nación a menudo perdió el favor de Jehová, pues le desobedeció en repetidas ocasiones y se volvió a los dioses cananeos. No obstante, Jehová se acordó de su pueblo cuando este se halló en situación desesperada y acudió a él. Levantó a jueces para liberar a Israel y rescatarlo de las opresoras naciones vecinas. El libro de Jueces contiene una descriptiva narración de las hazañas de doce de estos valientes jueces (Jueces 2:11-19; Nehemías 9:27). El relato dice: “En aquellos días no había rey en Israel. Lo que era recto a sus propios ojos era lo que cada uno acostumbraba hacer” (Jueces 21:25). La nación disponía de las normas establecidas en la Ley, de modo que con la ayuda de los ancianos y la instrucción de los sacerdotes, el pueblo tenía base para ‘hacer lo que era recto a sus propios ojos’ sin temor a equivocarse. Además, el código de la Ley prescribía que se ofrecieran sacrificios en un tabernáculo o templo portátil. Este era el centro de la adoración verdadera, que ayudó a mantener unida a la nación durante ese período. Parte II: Prosperidad bajo la monarquía Durante la judicatura de Samuel, el pueblo pidió un rey humano. Los tres primeros reyes —Saúl, David y Salomón— gobernaron cuarenta años cada uno, desde 1117 hasta 997 a.E.C. En este tiempo, la prosperidad y la gloria de Israel alcanzaron su cenit, y el Creador tomó importantes medidas para preparar el gobierno de la venidera Descendencia. El juez y profeta Samuel dio una buena dirección espiritual a Israel, pero sus hijos fueron diferentes. El pueblo finalmente pidió a Samuel: “Nómbranos un rey que nos juzgue, sí, como todas las naciones”. Jehová explicó a Samuel el significado de aquella petición: “Escucha la voz del pueblo [...] porque no es a ti a quien han rechazado, sino que es a mí a quien han rechazado de ser rey sobre ellos”, y previó sus tristes 78

consecuencias (1 Samuel 8:1-9). No obstante, accedió a la demanda y nombró por rey de Israel a un hombre modesto llamado Saúl. Pese a su prometedor comienzo, después de ascender al trono Saúl se hizo obstinado y pasó por alto los mandamientos de Dios. El profeta de Dios anunció que se daría el gobierno a un hombre en quien Jehová se complaciera. Este hecho pone de relieve cuánto valora la obediencia de corazón el Creador (1 Samuel 15:22, 23). David, el siguiente rey de Israel, era el hijo menor de una familia de la tribu de Judá. Dios le dijo a Samuel sobre esta sorprendente elección: “El simple hombre ve lo que aparece a los ojos; pero en cuanto a Jehová, él ve lo que es el corazón” (1 Samuel 16:7). ¿No es reconfortante saber que el Creador se fija en lo que somos en nuestro interior, y no en las apariencias? Sin embargo, Saúl tenía sus propias ideas. Desde que Jehová escogió a David como futuro rey, Saúl se obsesionó con la idea de darle muerte. Jehová no lo permitió, y finalmente Saúl y sus hijos murieron en una batalla contra el pueblo guerrero de los filisteos. David reinó desde la ciudad de Hebrón. Luego conquistó Jerusalén y trasladó allí su capital. También extendió las fronteras de Israel hasta los límites de la tierra que Dios había prometido dar a los descendientes de Abrahán. Podemos leer sobre este período (y la historia de los reyes posteriores) en seis libros históricos de la Biblia. En ellos puede verse que la vida de David no estuvo libre de complicaciones. Por ejemplo, sucumbió al deseo humano y cometió adulterio con la hermosa Bat-seba. Luego incurrió en otros males para encubrir su pecado. Como Dios de justicia, Jehová no pasó por alto el error de David, aunque, debido a su arrepentimiento sincero, tampoco exigió que se le aplicara estrictamente la pena prescrita en la Ley. No obstante, David tuvo muchos problemas familiares como consecuencia de sus pecados. Estas vicisitudes permitieron que David conociera a Dios como una persona con sentimientos. Escribió: “Jehová está cerca de todos los que lo invocan [...] y oirá su clamor por ayuda” (Salmo 145:18-20). La sinceridad y la devoción de David se reflejan con claridad en los bellos cánticos que compuso, que constituyen aproximadamente la mitad del libro de los Salmos. Millones de personas han hallado consuelo y ánimo en estas poesías. Salmo 139:1-4 refleja, por ejemplo, la estrecha relación que David tenía con Dios: “Oh Jehová, tú me has escudriñado completamente, y me conoces. Tú mismo has llegado a conocer mi sentarme y mi levantarme. Has considerado mi pensamiento desde lejos. [...] Pues no hay una sola palabra en mi lengua, cuando, ¡mira!, oh Jehová, tú ya lo sabes todo”. David era especialmente consciente del poder salvador de Dios (Salmo 20:6; 28:9; 34:7, 9; 37:39). Cada vez que lo experimentaba, su confianza en Jehová aumentaba. Puede comprobarse este hecho en Salmo 30:5; 62:8 y 103:9. O en el Salmo 51, que David compuso después de ser censurado por su pecado con Bat-seba. Es muy confortante saber que podemos 79

acercarnos sin reservas al Creador con la seguridad de que no es arrogante, sino que está dispuesto a escucharnos humildemente (Salmo 18:35; 69:33; 86:1-8). David no llegó a este reconocimiento solo por la experiencia. “He meditado en toda tu actividad —escribió—; de buena gana me mantuve intensamente interesado en la obra de tus propias manos.” (Salmo 63:6; 143:5.) Jehová celebró con David un pacto especial para un reino eterno. Probablemente David no entendió la trascendencia de este pacto, pero por otras informaciones que se incluyeron posteriormente en la Biblia, puede verse que Dios indicó de este modo que la Descendencia prometida vendría por el linaje de David (2 Samuel 7:16). El sabio rey Salomón y el sentido de la vida Salomón, hijo de David, fue famoso por su sabiduría, de la que podemos beneficiarnos leyendo los libros de Proverbios y Eclesiastés, ambos muy prácticos (1 Reyes 10:23-25). El último es útil en particular para aquellos que se preguntan por el sentido de la vida, como lo hizo el sabio rey Salomón. Este fue el primer rey israelita nacido en el seno de una familia real, por lo que tuvo ante sí grandes posibilidades. Acometió majestuosas construcciones, dispuso en su mesa de una variedad impresionante de alimentos y disfrutó de la música y de selecta compañía. No obstante, escribió: “Yo, yo mismo, me volví hacia todas las obras mías que mis manos habían hecho, y hacia el duro trabajo que yo había trabajado duro para lograr, y, ¡mira!, todo era vanidad” (Eclesiastés 2:3-9, 11). ¿A qué conclusión llegó Salomón? El rey sabio escribió: “La conclusión del asunto, habiéndose oído todo, es: Teme al Dios verdadero y guarda sus mandamientos. Porque este es todo el deber del hombre. Porque el Dios verdadero mismo traerá toda clase de obra a juicio con relación a toda cosa escondida, en cuanto a si es buena o es mala” (Eclesiastés 12:13, 14). Por ello, Salomón invirtió siete años en la construcción de un templo glorioso donde la gente pudiera adorar a Dios (1 Reyes, capítulo 6). El reinado de Salomón fue pacífico y próspero durante muchos años (1 Reyes 4:20-25). Sin embargo, su corazón no resultó tan completo para con Jehová como lo había sido el de David. Salomón tomó muchas esposas extranjeras y permitió que inclinaran su corazón a seguir a sus dioses. Jehová finalmente dijo: “Sin falta arrancaré el reino de sobre ti [...]. Daré una tribu a tu hijo, por causa de David mi siervo, y por causa de Jerusalén” (1 Reyes 11:4, 11-13). Parte III: La división del reino Después de la muerte de Salomón en 997 a.E.C., las diez tribus norteñas se segregaron. Formaron el reino de Israel, que los asirios conquistaron en 740 a.E.C. Los reyes de Jerusalén gobernaron sobre las otras dos tribus. 80

Este reino, Judá, sobrevivió hasta que los babilonios conquistaron Jerusalén en 607 a.E.C. y se llevaron cautivos a sus habitantes. La tierra de Judá estuvo setenta años desolada. Cuando Salomón murió, su hijo Rehoboam ascendió al trono y oprimió al pueblo. Su gobierno provocó una sublevación, de modo que diez tribus se segregaron y formaron el reino de Israel (1 Reyes 12:1-4, 16-20). Este reino septentrional no siguió al Dios verdadero. El pueblo se inclinó ante ídolos, como becerros de oro, o incurrió en otras formas de adoración falsa. Algunos de los reyes fueron asesinados y sus dinastías fueron derrocadas por usurpadores. Jehová tuvo gran paciencia, y mandó a profetas en repetidas ocasiones para advertir a la nación de las calamidades que sufriría si no abandonaba su proceder de apostasía. Los libros de Oseas y Amós los escribieron profetas cuyos mensajes se centraron en este reino norteño. Finalmente, en 740 a.E.C., los asirios le infligieron el azote que los profetas de Dios habían predicho. En el sur, diecinueve reyes sucesivos de la casa de David gobernaron sobre Judá hasta el año 607 a.E.C. Los reyes Asá, Jehosafat, Ezequías y Josías gobernaron como lo hizo su antepasado David, y se ganaron el favor de Jehová (1 Reyes 15:9-11; 2 Reyes 18:1-7; 22:1, 2; 2 Crónicas 17:1-6). Jehová bendijo a la nación durante el reinado de estos monarcas. La obra The Englishman’s Critical and Expository Bible Cyclopædia explica: “El gran elemento conservador de J[udá] lo constituían el templo, el sacerdocio y la ley escrita, dados por Dios; así como el reconocimiento del único Dios, Jehová, como su verdadero rey teocrático. [...] Esta adhesión a la ley [...] produjo una sucesión de reyes, muchos de los cuales fueron buenos y sabios [...]. Por ello J[udá] sobrevivió a su hermano norteño más populoso”. Estos reyes fieles fueron pocos en comparación con los que no anduvieron en el camino de David. De todos modos, Jehová hizo que ‘David su siervo continuara teniendo una lámpara siempre delante de él en Jerusalén, la ciudad que Dios se había escogido para poner allí su nombre’ (1 Reyes 11:36). Se acerca la destrucción Manasés fue uno de los reyes de Judá que se apartó de la adoración verdadera. “Hizo pasar a su propio hijo por el fuego, y practicó la magia y buscó agüeros e hizo médium espiritistas y pronosticadores profesionales de sucesos. Hizo en gran escala lo que era malo a los ojos de Jehová, para ofenderlo.” (2 Reyes 21:6, 16.) El rey Manasés sedujo al pueblo “para que hicieran peor que las naciones que Jehová había aniquilado”. Después de advertir repetidamente a Manasés y su pueblo, el Creador declaró: “Simplemente limpiaré a Jerusalén así como uno limpia el tazón sin asa” (2 Crónicas 33:9, 10; 2 Reyes 21:10-13). Como preludio, Jehová permitió que los asirios capturaran a Manasés y se lo llevaran cautivo sujeto con grilletes de cobre (2 Crónicas 33:11). En el 81

exilio, Manasés recobró el juicio y “siguió humillándose mucho a causa del Dios de sus antepasados”. ¿Cómo respondió Jehová? “Oyó su petición de favor y lo restauró en Jerusalén a su gobernación real; y Manasés llegó a saber que Jehová es el Dios verdadero.” Tanto el rey Manasés como su nieto, el rey Josías, llevaron a cabo urgentes reformas. No obstante, la nación no abandonó definitivamente la degradación moral y religiosa (2 Crónicas 33:1-20; 34:1–35:25; 2 Reyes, capítulo 22). Cabe destacar que Jehová envió a profetas celosos para declarar su punto de vista sobre lo que estaba sucediendo. Jeremías recoge las palabras de Jehová: “Desde el día en que los antepasados de ustedes salieron de la tierra de Egipto hasta el día de hoy [...] yo seguí enviando a ustedes todos mis siervos los profetas, madrugando diariamente y enviándolos”. Pero los israelitas no escucharon a Dios. Actuaron peor que sus antepasados (Jeremías 7:25, 26). Dios los advirtió en repetidas ocasiones “porque sentía compasión por su pueblo”, pero este no quiso hacer caso. De modo que Dios permitió que los babilonios destruyeran Jerusalén y desolaran el país en el año 607 a.E.C. La tierra quedó abandonada por setenta años (2 Crónicas 36:15, 16; Jeremías 25:4-11). Este breve repaso de la actuación divina debería ayudarnos a comprender el interés que Jehová demostró por su pueblo y lo justo que fue con él. No se cruzó de brazos esperando con indiferencia a que su pueblo se superara, sino que intentó ayudarlo. Podemos entender por qué Isaías dijo: “Oh Jehová, tú eres nuestro Padre [...] y todos somos la obra de tu mano” (Isaías 64:8). Por ello muchas personas llaman “Padre” al Creador, pues actúa como lo haría un padre humano que ama a sus hijos y se interesa por ellos. Pero Dios también reconoce que somos responsables de nuestros actos y de sus consecuencias. Después de los setenta años que la nación pasó cautiva en Babilonia, Jehová Dios cumplió su profecía de reconstruir Jerusalén. Se liberó al pueblo y se le permitió regresar a su tierra natal para ‘reedificar la casa de Jehová, la cual estaba en Jerusalén’ (Esdras 1:1-4; Isaías 44:24–45:7). Varios libros de la Biblia relatan esta reconstrucción de la ciudad y del templo, y los acontecimientos subsiguientes. Uno de ellos, Daniel, es de particular interés porque profetizó cuándo aparecería exactamente la Descendencia, es decir, el Mesías, y también predijo sucesos mundiales de la actualidad. Finalmente el templo se reedificó, pero Jerusalén se hallaba aún en condiciones deplorables. Las murallas y las puertas estaban en ruinas. De modo que Dios levantó a hombres, como Nehemías, para animar y organizar a los judíos. La oración que leemos en el capítulo 9 de Nehemías sintetiza bien la relación de Jehová con los israelitas. Muestra que Jehová es “un Dios de actos de perdón, benévolo y misericordioso, tardo para la cólera y abundante en bondad amorosa”. Esta plegaria también indica que Jehová actúa en armonía con su norma perfecta de justicia. Aun cuando 82

tenga buena razón para ejercer su poder contra los desobedientes, está dispuesto a templar la justicia con el amor. Requiere sabiduría lograr este equilibrio tan admirable. Así pues, la relación del Creador con la nación de Israel debería acercarnos a él y motivarnos a hacer su voluntad. Esta parte de la Biblia (el Antiguo Testamento) concluye con la restauración de Judá y el templo de Jerusalén, que entonces se hallaban bajo dominación pagana. En esta situación, ¿cómo podía cumplirse el pacto que Dios hizo con David acerca de una “descendencia” que gobernaría “para siempre”? (Salmo 89:3, 4; 132:11, 12.) Los judíos todavía estaban esperando la venida de “Mesías el Caudillo”, quien liberaría al pueblo de Dios y establecería un reino teocrático (gobierno divino) en la Tierra (Daniel 9:24, 25). Pero ¿era este el propósito de Jehová? Si no, ¿cómo traería liberación el prometido Mesías? Y ¿qué incidencia tiene esto en nosotros hoy? El próximo capítulo contestará estas importantes preguntas. [Notas] Se han escrito en negrita los nombres de los libros bíblicos para facilitar la localización de su contenido. Estos son 1 Samuel, 2 Crónicas. 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas y

Salomón también escribió El Cantar de los Cantares, un poema de amor que se centra en la lealtad de una joven a un humilde pastor. Estos mensajes proféticos inspirados se encuentran en varios libros de la Biblia: Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Joel, Miqueas, Habacuc y Sofonías. Los libros de Abdías, Jonás y Nahúm se concentran en las naciones vecinas cuya historia tuvo incidencia en el pueblo de Dios. Estos libros históricos y proféticos son Esdras, Nehemías, Ester, Ageo, Zacarías y Malaquías. [Recuadro de las páginas 126 y 127] ¿Podemos creer en los milagros? “Es imposible utilizar la luz eléctrica y la radio, y valernos de los descubrimientos médicos y quirúrgicos modernos, y al mismo tiempo creer en el mundo de los espíritus y los milagros del Nuevo Testamento.” Estas palabras del teólogo alemán Rudolf Bultmann reflejan lo que mucha gente piensa hoy sobre los milagros. ¿Comparte esa opinión sobre los milagros bíblicos, como por ejemplo, la división que hizo Dios de las aguas del mar Rojo? El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia, define milagro como “hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino”. Tal suceso extraordinario implica la interrupción del orden natural, por lo que a muchos se les hace 83

difícil creer en los milagros. Sin embargo, lo que parece ser una violación de una ley natural quizá pueda explicarse fácilmente a la luz de otras leyes de la naturaleza que intervienen en el suceso. Sirva de ilustración el siguiente experimento publicado en la revista New Scientist: Dos físicos de la Universidad de Tokio aplicaron un campo magnético muy fuerte a un tubo horizontal parcialmente lleno de agua. El agua se acumuló en los extremos del tubo, quedando seca la sección media. Este fenómeno, descubierto en 1994, se debe a que el agua es ligeramente diamagnética (es repelida por la acción de un fuerte imán). A este corrimiento del agua del lugar donde el campo magnético es muy fuerte a donde es más débil se le ha denominado “Efecto Moisés”. New Scientist comentó: “Mover el agua de un lugar para otro es fácil si se dispone de un imán suficientemente potente. Y en tal caso, prácticamente cualquier cosa es posible”. No puede decirse con certeza cómo dividió Dios las aguas del mar Rojo para salvar a los israelitas. Pero el Creador conoce a la perfección todas las leyes de la naturaleza, y puede controlar con facilidad ciertos aspectos de una ley empleando otras leyes que él ha originado. El resultado pudiera parecer milagroso al ser humano, especialmente si no entiende por completo todas las leyes implicadas. Akira Yamada, profesor emérito de la Universidad de Kyoto (Japón), dice respecto a los milagros bíblicos: “Si bien es correcto decir que no se puede entender [el milagro] desde el punto de vista actual de la ciencia (o del statu quo de la ciencia), es erróneo concluir que no sucedió, basándose solo en la autoridad de la física moderna avanzada o de la bibliología moderna avanzada. De aquí a diez años, la ciencia moderna de hoy habrá quedado anticuada. Cuanto más rápidamente progrese la ciencia, mayor será la posibilidad de que los científicos de hoy se conviertan en blanco de comentarios jocosos como: ‘Los científicos de hace diez años creían seriamente en tal y tal cosa’” (Kagakujidai no Kamigami [Dioses en la era de la ciencia]). Siendo el Creador, Jehová puede coordinar todas las leyes de la naturaleza y así utilizar su poder para obrar milagros. [Recuadro de las páginas 132 y 133] ¿En qué sentido es celoso Dios? “Jehová, cuyo nombre es Celoso, él es un Dios celoso.” ¿Qué significan estas palabras, que se leen en Éxodo 34:14? La palabra hebrea que se traduce por “celoso” puede significar “que exige devoción exclusiva, que no tolera rivalidad”. Jehová es celoso con respecto a su nombre y adoración en un sentido positivo que beneficia a sus criaturas (Ezequiel 39:25). Su celo por cumplir lo que su nombre representa significa que llevará a cabo su propósito para la humanidad. Veamos, por ejemplo, cómo juzgó a las naciones que habitaban la tierra de Canaán. Un erudito ofrece esta horrible descripción: “La adoración de Baal, Astoret y otros dioses cananeos consistía en las orgías más 84

extravagantes; sus templos eran centros de vicio. [...] Los cananeos, pues, adoraban cometiendo excesos inmorales [...], y luego asesinando a sus hijos primogénitos como sacrificio a estos mismos dioses”. Los arqueólogos han descubierto vasijas con los restos de niños sacrificados. Aunque Dios observó el error de los cananeos en los días de Abrahán, tuvo paciencia con ellos por cuatrocientos años, permitiéndoles suficiente tiempo para cambiar (Génesis 15:16). ¿Eran conscientes los cananeos de la gravedad de su error? Pues bien, tenían la facultad humana de la conciencia, que los juristas tienen por fundamento universal de moralidad y justicia (Romanos 2:12-15). Pese a ello, los cananeos persistieron en sus detestables sacrificios de niños y degradadas prácticas sexuales. Jehová determinó en su equilibrada justicia que esa tierra debía limpiarse. Esta limpieza no supuso un genocidio, pues se perdonó la vida a los cananeos que aceptaron voluntariamente las elevadas normas morales de Dios, ya fueran personas solas, como Rahab, o comunidades enteras, como los gabaonitas. (Josué 6:25; 9:3-15). Rahab llegó a ser un eslabón de la genealogía real que condujo al Mesías, y los descendientes de los gabaonitas tuvieron el privilegio de rendir servicios en el templo de Jehová (Josué 9:27; Esdras 8:20; Mateo 1:1, 5-16). En consecuencia, cuando se tienen los suficientes elementos de juicio, es más fácil ver a Jehová como un Dios de justicia admirable, y celoso en un sentido positivo para el beneficio de sus criaturas fieles. [Ilustración de la página 123] El Creador liberó a un pueblo esclavizado, y se valió de él para cumplir su propósito [Ilustración de la página 129] En el monte Sinaí se introdujo a la antigua nación de Israel en un pacto con el Creador [Ilustración de la página 130] El acatamiento de las inigualables leyes del Creador contribuyó a la prosperidad del pueblo en la Tierra Prometida [Ilustración de la página 136] Puede visitarse la zona al sur del muro de Jerusalén, donde el rey David estableció su capital

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Capítulo 9 Un Gran Maestro nos revela con más profundidad al Creador EN EL siglo primero, la gente que vivía en Palestina estaba “en expectación”. ¿De qué? Del “Cristo” o “Mesías” que los profetas de Dios habían predicho siglos antes. El pueblo sabía que Dios había dirigido la escritura de la Biblia y que esta contenía muchas predicciones. Una de ellas, recogida en el libro de Daniel, apuntaba a la llegada del Mesías en la primera parte de aquel siglo (Lucas 3:15; Daniel 9:24-26). No obstante, se requería cautela, pues iban a presentarse mesías autoproclamados (Mateo 24:5). El historiador judío Josefo menciona a algunos: Teudas, que condujo a sus seguidores al río Jordán y dijo que dividiría sus aguas; un egipcio que llevó a la gente al monte de los Olivos, asegurando que el muro de Jerusalén caería a una orden suya; y un impostor del tiempo del gobernador Festo que prometió una vida libre de problemas (compárese con Hechos 5:36; 21:38). A diferencia de los decepcionados seguidores de estos falsos mesías, un grupo de personas, a las que se conoció más tarde por el nombre de “cristianos”, reconocieron que Jesús de Nazaret era un gran maestro y el verdadero Mesías (Hechos 11:26; Marcos 10:47). Jesús no era un impostor: tenía claras referencias, como confirman ampliamente los cuatro libros históricos llamados Evangelios. Por ejemplo, los judíos sabían que el Mesías nacería en Belén, pertenecería al linaje de David y ejecutaría obras maravillosas. Jesús cumplió todas estas profecías, como indica incluso el testimonio de sus opositores. Efectivamente, en Jesús se cumplieron todos los requisitos del Mesías bíblico (Mateo 2:3-6; 22:41-45; Juan 7:31, 42). Muchedumbres de personas se convencieron de que Jesús era el Mesías cuando lo conocieron y observaron sus sobresalientes obras, oyeron sus singulares palabras de sabiduría y advirtieron su previsión del futuro. En el transcurso de su ministerio (29-33 E.C.) se acumularon las pruebas de su identidad como Mesías. De hecho, demostró ser más que el Mesías. Un discípulo que conocía bien los hechos llegó a la conclusión de que “Jesús [era] el Cristo el Hijo de Dios” (Juan 20:31).

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Puesto que Jesús tuvo esta estrecha relación con Dios, podía explicar y revelar cómo era el Creador (Lucas 10:22; Juan 1:18). Jesús enseñó que su relación íntima con el Padre empezó en el cielo, donde colaboró con él en la creación de todas las demás cosas, animadas e inanimadas (Juan 3:13; 6:38; 8:23, 42; 13:3; Colosenses 1:15, 16). La Biblia dice que se transfirió al Hijo del ámbito espiritual al físico y “llegó a estar en la semejanza de los hombres” (Filipenses 2:5-8). Ese no es un suceso normal, pero ¿es posible? Los científicos han comprobado que un elemento natural, como el uranio, puede convertirse en otro; incluso han calculado el resultado de la transformación de la materia en energía (E=mc2). Así, ¿por qué deberíamos dudar de que la Biblia diga que una criatura espiritual se transformó para vivir como ser humano? Veámoslo desde otro ángulo. La medicina ha conseguido la fecundación in vitro. Una vida que comienza en un tubo de ensayo se transfiere a una mujer y luego nace como un bebé. En el caso de Jesús, la Biblia dice que su vida fue transferida por el “poder del Altísimo” a una virgen llamada María. Esta mujer pertenecía al linaje de David, de manera que Jesús podía ser el heredero permanente del Reino Mesiánico que se prometió a aquel monarca (Lucas 1:26-38; 3:23-38; Mateo 1:23). Debido a esta relación íntima y semejanza con el Creador, Jesús aseguró: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre también” (Juan 14:9). Dijo asimismo: “Nadie conoce quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo esté dispuesto a revelarlo” (Lucas 10:22). Por consiguiente, lo que Jesús enseñó e hizo en la Tierra nos ayuda a conocer mejor la personalidad del Creador. Centrémonos para ello en algunas de las experiencias que tuvieron hombres y mujeres con quienes Jesús trató directamente. La samaritana “¿Acaso no es este el Cristo?”, se preguntó una samaritana después de conversar un rato con Jesús (Juan 4:29). Esta mujer incluso instó a otras personas de la cercana población de Sicar a conocerlo personalmente. ¿Qué la movió a aceptar a Jesús como el Mesías? La samaritana se encontró con Jesús cuando este descansaba después de haber andado toda la mañana por los caminos polvorientos de las colinas de Samaria. Aunque Jesús estaba fatigado, habló con ella. Al observar su sincero interés espiritual, le comunicó verdades profundas sobre la necesidad de “[adorar] al Padre con espíritu y con verdad”. Después le reveló que en realidad era el Cristo, hecho que todavía no había confesado en público (Juan 4:3-26). Para la samaritana, este encuentro con Jesús fue muy significativo. Sus anteriores prácticas religiosas se habían centrado en el culto que se rendía en el monte Guerizim, y se fundamentaban solo en los cinco primeros 87

libros de la Biblia. Los judíos evitaban a los samaritanos, muchos de los cuales descendían del mestizaje entre las diez tribus de Israel y otros pueblos. Pero Jesús actuó de modo muy diferente. Estuvo dispuesto a enseñar a la samaritana, aunque su misión iba dirigida a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24). En este caso reflejó la disposición de Jehová para aceptar a personas sinceras de todas las naciones (1 Reyes 8:41-43). Tanto Jesús como Jehová están por encima de la intolerante hostilidad religiosa que impregna el mundo actual. Este hecho debería acercarnos al Creador y a su Hijo. Hay otra lección que aprender de que Jesús estuviera dispuesto a enseñar a la samaritana. Para entonces ella estaba viviendo con un hombre que no era su esposo, lo cual no fue óbice para que Jesús le hablara (Juan 4:16-19). Es fácil comprender que esta mujer debió sentirse agradecida de que se la tratara con dignidad. Y su experiencia no fue única. Cuando algunos líderes judíos (fariseos) criticaron a Jesús por comer con pecadores arrepentidos, él les dijo: “Las personas en salud no necesitan médico, pero los enfermizos sí. Vayan, pues, y aprendan lo que esto significa: ‘Quiero misericordia, y no sacrificio’. Porque no vine a llamar a justos, sino a pecadores” (Mateo 9:10-13). Jesús ayudó a la gente que sufría debido a la carga de sus pecados, es decir, la violación de las leyes o normas de Dios. Es muy reconfortante saber que Dios y su Hijo desean ayudar a aquellos que sufren las consecuencias de su conducta pasada (Mateo 11:28-30). No pasemos por alto que la persona a la que Jesús habló amablemente y ayudó en Samaria era una mujer. ¿Por qué es eso relevante? En aquel tiempo se enseñaba a los varones judíos que no debían hablar con una mujer en la calle, ni siquiera con su propia esposa. Los rabinos judíos no consideraban a las mujeres capaces de recibir una educación espiritual profunda, pues las tenían por “poco inteligentes”. Algunos decían: “Es mejor quemar las palabras de la ley antes que dárselas a las mujeres”. Los discípulos de Jesús se habían criado en este ambiente; de modo que cuando regresaron, “se [admiraron] de que hablara con una mujer” (Juan 4:27). Este relato, entre otros muchos, ilustra que Jesús era la imagen de su Padre, quien creó tanto al hombre como a la mujer con la misma dignidad (Génesis 2:18). Posteriormente, la samaritana convenció a sus conciudadanos de que debían escuchar a Jesús. Muchos examinaron los hechos y se hicieron creyentes. Dijeron: “Sabemos que este hombre es verdaderamente el salvador del mundo” (Juan 4:39-42). Como somos parte “del mundo” de la humanidad, Jesús también es fundamental para nuestro futuro. La visión de un pescador Ahora veamos a Jesús por los ojos de dos de sus compañeros íntimos: Pedro y Juan. Estos pescadores estuvieron entre sus primeros discípulos 88

(Mateo 4:13-22; Juan 1:35-42). Los fariseos los consideraban “hombres iletrados y del vulgo”, gente de la tierra (‛am-ha·’á·rets), a quienes se menospreciaba porque no tenían la educación de los rabinos (Hechos 4:13; Juan 7:49). Muchas de estas personas, que ‘se afanaban y estaban cargadas’ bajo el yugo de los religiosos tradicionalistas, anhelaban la iluminación espiritual. El profesor Charles Guignebert, de la Sorbona, comentó que “su corazón pertenecía por entero a Yahvé [Jehová]”. Jesús no dio la espalda a estas personas humildes, en favor de los ricos o influyentes. Más bien, les reveló al Padre por medio de su enseñanza y actuación (Mateo 11:25-28). Pedro experimentó personalmente el interés altruista de Jesús. Poco después de unirse a él en su ministerio, su suegra enfermó y le dio fiebre. Jesús fue a la casa de Pedro, tomó de la mano a esta mujer y la fiebre le desapareció. No sabemos cómo se efectuó esta curación, tal como los médicos de hoy en día a veces no pueden explicar cómo se producen algunas curaciones, pero a la mujer le bajó la fiebre. Más importante que saber cómo sanaba Jesús es entender que sus curaciones revelaban la compasión que sentía por los enfermos y afligidos. Al igual que su Padre, quería ayudar a la gente (Marcos 1:29-31, 40-43; 6:34). Las experiencias que vivió Pedro al lado de Jesús le ayudaron a entender que para el Creador toda persona merece atención (1 Pedro 5:7). Más tarde, Jesús se hallaba en el atrio de las mujeres del templo de Jerusalén observando a la gente que echaba sus contribuciones en las arcas de la tesorería. Los ricos depositaban muchas monedas. Pero Jesús se fijó especialmente en una viuda pobre que echó dos monedas de muy poco valor, y dijo a Pedro, a Juan y a los demás: “En verdad les digo que esta viuda pobre echó más que todos los que están echando dinero en las arcas de la tesorería; porque todos ellos echaron de lo que les sobra, pero ella, de su indigencia, echó cuanto poseía” (Marcos 12:41-44). Podemos ver que Jesús buscaba lo bueno que había en la gente, y valoraba el esfuerzo de todos. ¿Qué efecto tuvo esta actitud en Pedro y en los demás apóstoles? El ejemplo de su Maestro les ayudó a percibir la personalidad de Jehová. Pedro posteriormente escribió, citando de un salmo: “Los ojos de Jehová están sobre los justos, y sus oídos están hacia su ruego” (1 Pedro 3:12; Salmo 34:15, 16). Siendo que el Creador y su Hijo quieren hallar lo bueno que hay en nosotros y están dispuestos a escuchar nuestros ruegos, es natural que nos sintamos atraídos hacia ellos. Después de unos dos años de relacionarse con Jesús, Pedro estaba seguro de que era el Mesías. En una ocasión Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy?”, y estos le dieron diferentes respuestas. Entonces les preguntó: “Pero ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Pedro respondió convencido: “Tú eres el Cristo”. Puede parecer extraño lo que Jesús hizo a continuación: “Les ordenó con firmeza que no [se lo] dijeran a nadie” (Marcos 8:27-30; 9:30; Mateo 12:16). ¿Por qué? 89

Jesús estaba allí, entre la gente, de modo que no quería que esta llegara a conclusiones solo de oídas. ¿No es eso lógico? (Juan 10:24-26.) Del mismo modo, el Creador también desea que lo conozcamos por medio de nuestra propia investigación de pruebas sólidas. Espera que nuestras convicciones estén basadas en hechos (Hechos 17:27). Como cabe imaginar, algunos de los contemporáneos de Jesús no lo aceptaron, pese a las muchas pruebas de que el Creador lo respaldaba. Muchos estaban preocupados por su posición o sus metas políticas, de forma que no les convenció un Mesías humilde, por muy sincero que fuera. Al acercarse el fin de su ministerio, Jesús dijo: “Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella..., ¡cuántas veces quise reunir a tus hijos [...!] Pero ustedes no lo quisieron. ¡Miren! Su casa se les deja abandonada a ustedes” (Mateo 23:37, 38). Este cambio en la situación de Israel supuso un paso importante en la realización del propósito de Dios para bendecir a todas las naciones. Poco después, Pedro y otros tres apóstoles oyeron a Jesús pronunciar una profecía detallada sobre “la conclusión del sistema de cosas”. Lo que Jesús predijo tuvo un cumplimiento inicial durante el ataque romano a Jerusalén y su destrucción final (66-70 E.C.). La historia da testimonio de que las predicciones de Jesús se cumplieron. Pedro vio muchos de los sucesos que Jesús profetizó, según se refleja en las cartas que escribió: 1 y 2 de Pedro (1 Pedro 1:13; 4:7; 5:7, 8; 2 Pedro 3:1-3, 11, 12). Jesús trató a los judíos con paciencia y bondad durante su ministerio, pero no se retuvo de condenar su iniquidad. Este hecho ayudó a Pedro, y también debería ayudarnos a nosotros a entender mejor al Creador. Cuando Pedro vio que se cumplía la profecía de Jesús, escribió en su segunda carta que los cristianos deberían tener “muy presente la presencia del día de Jehová”. Pedro también dijo: “Jehová no es lento respecto a su promesa, como algunas personas consideran la lentitud, pero es paciente para con ustedes porque no desea que ninguno sea destruido; más bien, desea que todos alcancen el arrepentimiento”. Luego animó a sus lectores con la esperanza de unos ‘nuevos cielos y una nueva tierra en los que morará la justicia’ (2 Pedro 3:3-13). ¿Apreciamos nosotros, como Pedro, las cualidades de Dios reflejadas en Jesús, y confiamos en sus promesas para el futuro? ¿Por qué murió Jesús? La última noche que Jesús estuvo con los apóstoles compartió con ellos una cena especial. En una comida como aquella, el anfitrión judío hospitalario lavaba los pies a sus huéspedes, que posiblemente habían andado por caminos polvorientos calzados con sandalias. Sin embargo, nadie ofreció a Jesús ese servicio. De modo que él humildemente se levantó, tomó una toalla y una palangana, y empezó a lavarles los pies a los apóstoles. Cuando le llegó el turno a Pedro, este se sintió avergonzado, 90

y le dijo: “Tú ciertamente no me lavarás los pies nunca”. “A menos que te lave —respondió Jesús—, no tienes parte conmigo.” Jesús sabía que iba a morir pronto, de modo que añadió: “Si yo, aunque soy Señor y Maestro, les he lavado los pies a ustedes, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque yo les he puesto el modelo, que, así como yo hice con ustedes, ustedes también deben hacerlo” (Juan 13:5-17). Décadas más tarde, Pedro instó a los cristianos a que imitaran a Jesús, no en un lavatorio ritual, sino en el servicio humilde al prójimo sin ‘enseñorearse’ de él. Pedro también se apercibió de que el ejemplo de Jesús probó que “Dios se opone a los altivos, pero da bondad inmerecida a los humildes”. ¡Qué gran lección sobre el Creador! (1 Pedro 5:1-5; Salmo 18:35.) Pero esa no fue la única lección que Pedro aprendió. Después de la cena, Judas Iscariote, un apóstol que se hizo ladrón, condujo a una banda de hombres armados hasta Jesús para que lo arrestaran. Pedro intentó defenderlo. Sacó la espada e hirió con ella a un hombre de la muchedumbre. Jesús corrigió a Pedro con estas palabras: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada”. A continuación, ante los ojos de Pedro, tocó al hombre y lo curó (Mateo 26:47-52; Lucas 22:49-51). Jesús fue coherente con su enseñanza de ‘amar a los enemigos’, imitando a su Padre, que “hace salir su sol sobre inicuos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:44, 45). En el transcurso de esa tensa noche, el tribunal supremo judío juzgó con precipitación a Jesús. Fue acusado falsamente de blasfemia, llevado ante el gobernador romano y entregado injustamente para su ejecución. Tanto los judíos como los romanos se burlaron de él. Fue azotado con brutalidad y fijado en un madero. Gran parte de ese maltrato cumplió profecías escritas con siglos de antelación. Aun los soldados que observaron a Jesús en el madero de tormento admitieron: “Ciertamente este era Hijo de Dios” (Mateo 26:57–27:54; Juan 18:12–19:37). Es fácil entender que Pedro y otros discípulos se preguntaran: “¿Por qué tenía que morir el Cristo?”. Con el paso del tiempo comprendieron la razón. Por una parte, aquellos sucesos cumplieron la profecía del capítulo 53 de Isaías, que muestra que el Cristo no haría posible la liberación solo para los judíos, sino también para toda la humanidad. Pedro escribió: “Él mismo cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, para que acabáramos con los pecados y viviéramos a la justicia. Y ‘por sus heridas ustedes fueron sanados’” (1 Pedro 2:21-25). El apóstol captó el sentido de la verdad que Jesús había enseñado: “El Hijo del hombre no vino para que se le ministrara, sino para ministrar y para dar su alma en rescate en cambio por muchos” (Mateo 20:28). En efecto, Jesús debía entregar su derecho a la vida como ser humano perfecto para recomprar a la humanidad, liberándola así del pecado heredado de Adán. Esta es una de las enseñanzas fundamentales de la Biblia: el rescate. 91

¿Qué implica el rescate? Puede verse del siguiente modo: Supongamos que tenemos una computadora, y alguien introduce en un programa perfecto un error (o virus) que corrompe un archivo electrónico. Esto ilustra el efecto de lo que Adán hizo al desobedecer voluntariamente a Dios, es decir, cuando pecó. Volvamos a la ilustración. Todas las copias que se hagan del archivo corrompido se verán afectadas. Sin embargo, no está todo perdido. Puede detectarse el error con un programa especial y eliminarlo de los archivos y del ordenador. Del mismo modo, la humanidad ha recibido un “virus” (pecado) de Adán y Eva, y necesita ayuda exterior para erradicarlo (Romanos 5:12). Según la Biblia, Dios hizo posible esta limpieza mediante la muerte de Jesús. Es una provisión amorosa de la que todos podemos beneficiarnos (1 Corintios 15:22). El reconocimiento de lo que Jesús hizo motivó a Pedro a “vivir el resto de su tiempo en la carne, ya no para los deseos de los hombres, sino para la voluntad de Dios”. Para Pedro esto significó evitar los hábitos corruptos y los estilos de vida inmorales, y lo mismo significa para nosotros hoy en día. Hay quienes intentan dificultar la vida a aquellos que se esfuerzan por hacer “la voluntad de Dios”. Sin embargo, estos experimentan una vida más gratificante, con más sentido (1 Pedro 4:1-3, 7-10, 15, 16). Así fue en el caso de Pedro, y puede serlo en el nuestro, si ‘encomendamos nuestras almas a un fiel Creador mientras hacemos el bien’ (1 Pedro 4:19). Un discípulo que valoró el amor El apóstol Juan fue otro discípulo que tuvo una estrecha relación con Jesús y que, por tanto, puede ayudarnos a entender mejor al Creador. Juan escribió un evangelio y también tres cartas (1, 2 y 3 Juan). En una de las cartas nos indica: “Nosotros sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado capacidad intelectual para que adquiramos el conocimiento del verdadero [el Creador]. Y estamos en unión con el verdadero, por medio de su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y vida eterna” (1 Juan 5:20). Para llegar a conocer al “verdadero”, Juan tuvo que emplear su “capacidad intelectual”. ¿Qué percibió en cuanto a las cualidades del Creador? “Dios es amor —escribió Juan—, y el que permanece en el amor permanece en unión con Dios.” ¿Por qué podía tener esa seguridad? “El amor consiste en esto, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo” para rescatarnos por medio de su sacrificio (1 Juan 4:10, 16). El amor que Dios mostró al enviar a su Hijo para que muriera por nosotros conmovió a Juan, así como había conmovido a Pedro. La estrecha relación de Juan con Jesús le permitió conocer bien sus emociones. Un incidente que tuvo lugar en Betania, cerca de Jerusalén, lo impresionó profundamente. Habían informado a Jesús de que su amigo Lázaro estaba muy enfermo. Jesús viajó a Betania, pero cuando llegó con 92

sus apóstoles, Lázaro llevaba ya al menos cuatro días muerto. Juan sabía que el Creador, la Fuente de la vida humana, respaldaba a Jesús. De modo que ¿podía este resucitar a Lázaro? (Lucas 7:11-17; 8:41, 42, 49-56.) Jesús dijo a Marta, la hermana de Lázaro: “Tu hermano se levantará” (Juan 11:1-23). Luego Juan vio a María, la otra hermana de Lázaro, acercarse a Jesús. ¿Cómo reaccionó este? “Gimió en el espíritu y se perturbó.” Para describir la reacción de Jesús, Juan usó una palabra griega (traducida por “gimió” en español) que comunicaba una emoción profunda y espontánea. Juan pudo ver que Jesús estaba ‘perturbado’, es decir, conmocionado, muy afligido. Jesús no se mostró indiferente ni distante, sino que “cedió a las lágrimas” (Juan 11:30-37). Está claro que Jesús tenía sentimientos profundos y tiernos, que ayudaron a Juan, y pueden ayudarnos a nosotros, a entender mejor los sentimientos del Creador. Juan vio que los sentimientos de Jesús se traducían en acciones cuando le oyó gritar: “¡Lázaro, sal!”. Y así sucedió. Lázaro resucitó y salió de la tumba. ¡Qué alegría debieron sentir sus hermanas y demás observadores! Muchos pusieron fe en Jesús. Sus enemigos no pudieron negar que había ejecutado esta resurrección, pero cuando se extendió la noticia “entraron en consejo para matar [a Jesús y] también a Lázaro” (Juan 11:43; 12:9-11). La Biblia dice que Jesús es ‘la representación exacta del mismo ser del Creador’ (Hebreos 1:3). Así, el ministerio de Jesús demuestra claramente el intenso deseo tanto suyo como de su Padre de reparar los estragos que han causado la enfermedad y la muerte, lo cual supone mucho más que las pocas resurrecciones recogidas en la Biblia. De hecho, Juan oyó a Jesús decir: “Viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán [la] voz [del Hijo] y saldrán” (Juan 5:28, 29). Juan no utiliza en este pasaje la palabra que suele emplear la Biblia para sepulcro, sino un término que se traduce por “tumbas conmemorativas”. ¿Por qué? Porque la memoria de Dios está implicada. No cabe duda de que el Creador del inmenso universo puede recordar todos los detalles de nuestros seres queridos que han muerto, tanto las características heredadas como las adquiridas (compárese con Isaías 40:26). Y no es solo que pueda recordarlas. Tanto él como su Hijo quieren hacerlo. Con respecto a la maravillosa esperanza de la resurrección, el fiel Job dijo de Dios: “Si un hombre físicamente capacitado muere, ¿puede volver a vivir? [...] Tú [Jehová] llamarás, y yo mismo te responderé. Por la obra de tus manos sentirás anhelo” (Job 14:14, 15; Marcos 1:40-42). Tenemos, sin duda, un Creador maravilloso, que merece nuestra adoración. Jesús resucitado: la clave para que la vida tenga sentido

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Juan, el discípulo amado de Jesús, observó de cerca a su Maestro hasta la muerte de este. Es más, puso por escrito la mayor resurrección de todos los tiempos, un acontecimiento que coloca un sólido fundamento para una vida permanente y significativa. Los enemigos de Jesús lo habían ejecutado, fijándolo en un madero como un delincuente común. Los observadores, entre ellos los líderes religiosos, se burlaron de él por horas mientras agonizaba en el madero. Pese a sus sufrimientos, al ver a su madre, le dijo con respecto a Juan: “Mujer, ¡ahí está tu hijo!”. Para entonces, María con toda probabilidad había enviudado, y sus otros hijos aún no eran discípulos. De modo que Jesús confió el cuidado de su madre anciana a su discípulo Juan. Jesús demostró una vez más el modo de pensar del Creador, que siempre fomentó el cuidado de las viudas y los huérfanos (Juan 7:5; 19:12-30; Marcos 15:16-39; Santiago 1:27). Pero una vez muerto, ¿cómo podía ser la “descendencia” a través de la cual ‘se bendecirían todas las naciones de la tierra’? (Génesis 22:18.) Al morir aquella tarde de abril del año 33 E.C., Jesús entregó su vida como rescate. Debió dolerle mucho al Padre la agonía de su Hijo inocente. Pero de este modo se proveyó el precio de rescate necesario para liberar a la humanidad de la esclavitud al pecado y a la muerte (Juan 3:16; 1 Juan 1:7). Se había colocado el fundamento para un feliz desenlace. Como Jesucristo desempeña un papel principal en la realización de los propósitos de Dios, era imperativo que resucitara. Así sucedió, y Juan fue un testigo presencial. Cuando comenzaba el tercer día después de la muerte y el entierro de Jesús, algunos discípulos fueron a la tumba y la hallaron vacía. No entendieron lo que había sucedido hasta que Jesús se apareció a algunos de ellos. María Magdalena les dijo: “¡He visto al Señor!”. Los discípulos no aceptaron su testimonio. Más tarde, estando reunidos en una habitación con las puertas cerradas, Jesús se les apareció de nuevo y hasta conversó con ellos. Al cabo de unos días, más de quinientos hombres y mujeres fueron testigos oculares de que Jesús en realidad estaba vivo. La gente escéptica de aquel tiempo tenía la posibilidad de hablar con estos testigos presenciales y verificar su testimonio. Los cristianos podían tener la seguridad de que Jesús había resucitado y estaba vivo como espíritu, al igual que el Creador. Las pruebas eran tan abundantes y confiables que muchos estuvieron dispuestos a afrontar la muerte antes que negar la resurrección de Jesús (Juan 20:1-29; Lucas 24:46-48; 1 Corintios 15:3-8). El apóstol Juan fue perseguido por dar testimonio de la resurrección de Jesús (Revelación 1:9). Pero estando en el exilio, recibió una insólita recompensa. Jesús le dio una serie de visiones que nos muestran con más claridad al Creador y revelan lo que el futuro depara. Estas se encuentran en el libro de Revelación (Apocalipsis), que emplea muchos simbolismos. En él se representa a Jesús como un Rey victorioso que pronto completará 94

su victoria sobre sus enemigos. Entre estos enemigos se cuentan la muerte (un enemigo de todos nosotros) y la pervertida criatura espiritual llamada Satanás (Revelación 6:1, 2; 12:7-9; 19:19–20:3, 13, 14). Poco antes del final de este mensaje apocalíptico, Juan tuvo una visión del tiempo en que la Tierra se convertirá en un paraíso. Una voz explicó las condiciones que imperarán entonces: “Dios mismo estará con [la humanidad]. Y limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado” (Revelación 21:3, 4). Estas condiciones cumplirán la promesa que Dios le hizo a Abrahán con relación a Su propósito (Génesis 12:3; 18:18). La vida entonces será la que “realmente lo es” (1 Timoteo 6:19). La humanidad no buscará más a tientas a su Creador ni le será difícil comprender su relación con él. Ahora bien, cabe preguntarse: “¿Cuándo será eso realidad?” y “¿por qué ha permitido el Creador amoroso el mal y el sufrimiento hasta nuestros días?”. El próximo capítulo responderá a estas preguntas. [Notas] Mateo, Marcos y Juan fueron testigos presenciales. Lucas hizo un estudio serio de documentos y testimonios de primera mano. Los Evangelios tienen la impronta del relato honrado, exacto y confiable (véase el folleto Un libro para todo el mundo, páginas 16, 17, editado por Watchtower Bible and Tract Society of New York, Inc). El Corán dice: “Su nombre es el Ungido, Jesús, hijo de María, que será considerado en la vida de acá y en la otra” (sura 3:45). Como ser humano, Jesús fue hijo de María. Pero ¿quién fue su padre? El Corán explica: “Para Dios, Jesús es semejante a Adán” (sura 3:59). Las Santas Escrituras llaman a Adán “hijo de Dios” (Lucas 3:23, 38). Ni Adán ni Jesús tuvieron un padre humano; ninguno de los dos provino de la unión de un hombre y una mujer. De modo que, tal como Adán fue un hijo de Dios, así también lo fue Jesús. Al leer el Salmo 103 e Isaías 1:18-20 puede verse cómo se asemeja la actitud de Jesús a la de Jehová. Podemos leer esa profecía en los capítulos 24 de Mateo, 13 de Marcos y 21 de Lucas. Al menos dos de ellos llegaron a ser más tarde discípulos y escribieron cartas de estímulo que se encuentran en la Biblia, Santiago y Judas. Un alto oficial romano oyó el testimonio ocular de Pedro: “Ustedes conocen el tema acerca del cual se habló por toda Judea [...]. Dios levantó a Este al tercer día y le concedió manifestarse [...], nos ordenó que predicáramos al pueblo y que diéramos testimonio cabal de que este es

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Aquel de quien Dios ha decretado que sea juez de vivos y de muertos” (Hechos 2:32; 3:15; 10:34-42). [Recuadro de la página 150] Pueden compararse los relatos paralelos de la curación de la suegra de Pedro (Mateo 8:14-17; Marcos 1:29-31; Lucas 4:38, 39). El médico Lucas incluyó el detalle de que tenía “fiebre alta”. ¿Por qué pudo Jesús curar a esa mujer y a otras personas? Lucas reconoció que “el poder de Jehová estaba allí para que [Jesús] hiciera curaciones” (Lucas 5:17; 6:19; 9:43). [Recuadro de la página 152] El sermón más relevante de todos los tiempos El líder hindú Mohandas Gandhi dijo que cuando sigamos las enseñanzas de este sermón “habremos resuelto los problemas [...] del mundo entero”. El afamado antropólogo Ashley Montagu escribió que los hallazgos modernos sobre la importancia psicológica del amor son “una confirmación” del mencionado sermón. Estos hombres se referían al Sermón del Monte de Jesús. Gandhi también dijo que “la enseñanza del Sermón es aplicable a todos los seres humanos”. El profesor Hans Dieter Betz observó hace poco: “La influencia del Sermón del Monte por lo general trasciende con mucho los límites del judaísmo y del cristianismo, o hasta de la cultura occidental”. Añadió que este sermón tiene “un atractivo excepcionalmente universal”. ¿Por qué no leer este discurso relativamente corto y absorbente? Se halla en los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo y en Lucas 6:20-49. Estas son algunas de las cuestiones principales que se tratan en este gran sermón: Cómo ser feliz: Mateo 5:3-12; Lucas 6:20-23. Cómo conservar la autoestima: Mateo 5:14-16, 37; 6:2-4, 16-18; Lucas 6:43-45. Cómo mejorar las relaciones interpersonales: Mateo 5:22-26, 38-48; 7:1-5, 12; Lucas 6:27-38, 41, 42. Cómo reducir los problemas en el matrimonio: Mateo 5:27-32. Cómo enfrentarse a la ansiedad: Mateo 6:25-34. Cómo reconocer el engaño religioso: Mateo 6:5-8, 16-18; 7:15-23. Cómo hallar el sentido de la vida: Mateo 6:9-13, 19-24, 33; 7:7-11, 13, 14, 24-27; Lucas 6:46-49. [Recuadro de la página 159] Hombre de acción Jesucristo no fue un hombre solitario y pasivo. Fue un resuelto hombre de acción. Viajó a “las aldeas en circuito, enseñando” para ayudar a las personas que estaban “desolladas y desparramadas como ovejas sin pastor” (Marcos 6:6; Mateo 9:36; Lucas 8:1). A diferencia de muchos caudillos religiosos adinerados de la actualidad, Jesús no acumuló riquezas; ni siquiera tenía “dónde recostar la cabeza” (Mateo 8:20). Aunque se centró en la curación y alimentación espirituales, no pasó por alto las necesidades físicas de la gente. Curó a los enfermos, a los 96

minusválidos y a los endemoniados (Marcos 1:32-34). En dos ocasiones alimentó a miles de sus entusiastas oyentes porque se compadeció de ellos (Marcos 6:35-44; 8:1-8). Ejecutaba milagros movido por su interés en la gente (Marcos 1:40-42). Jesús actuó con decisión cuando echó del templo a los codiciosos mercaderes. Quienes lo observaron recordaron las palabras del salmista: “El celo por tu casa me consumirá” (Juan 2:14-17). No escatimó palabras a la hora de condenar a los hipócritas líderes religiosos (Mateo 23:1-39). Tampoco cedió ante la presión de políticos importantes (Mateo 26:59-64; Juan 18:33-37). Es emocionante leer el dinámico ministerio de Jesús. Muchos de los que lo hacen por primera vez empiezan por el Evangelio de Marcos, un relato corto y ágil de este hombre de acción. [Recuadro de la página 164] Jesús los motivó a actuar En el libro de Hechos hallamos el relato del testimonio que dieron Pedro, Juan y otros cristianos acerca de la resurrección de Jesús. Gran parte del libro se centra en la vida de un inteligente hombre de leyes llamado Saulo, o Pablo, que se había opuesto violentamente al cristianismo hasta que Jesús resucitado se le apareció (Hechos 9:1-16). Con esta prueba indisputable de que Jesús estaba vivo en el cielo, Pablo dio un celoso testimonio a los judíos y los gentiles, entre ellos filósofos y gobernantes. Es impresionante leer lo que les dijo a estos hombres educados e influyentes (Hechos 17:1-3, 16-34; 26:1-29). Pablo escribió a lo largo de varias décadas muchos libros del llamado Nuevo Testamento, o Escrituras Griegas Cristianas. La mayoría de las Biblias tienen un índice de los libros que la componen. Pablo escribió catorce de ellos, de Romanos a Hebreos. Estos contenían verdades profundas y consejos prácticos para los cristianos de aquel tiempo. Pero aún son más valiosos para nosotros hoy, pues no tenemos entre nosotros ni a los apóstoles ni a otros testigos presenciales de las enseñanzas, obras y resurrección de Jesús. Los escritos de Pablo pueden ayudarnos en la relación familiar, en el trabajo y en la comunidad, y también a dirigir la vida de modo que esta sea gratificante y tenga verdadero sentido. [Ilustración de la página 146] Los científicos llevan a cabo la fecundación in vitro. El Creador transfirió la vida de su Hijo para que naciera como ser humano [Ilustración de la página 148] Muchas de las personas que escucharon a Jesús y vieron cómo trató a la gente llegaron a conocer mejor al Padre [Ilustración de la página 154] Jesús les lavó los pies a los apóstoles, dando así un ejemplo de humildad que el Creador valora 97

[Ilustración de la página 157] Un error (o virus) informático puede eliminarse de la computadora. Así mismo, la humanidad necesita el rescate de Jesús para liberarse de la imperfección heredada [Ilustración de la página 163] Varios testigos vieron cómo se introducía a Jesús en una tumba (semejante a esta), de donde resucitó al tercer día

Capítulo 10 ¿Por qué hay tanto sufrimiento, si el Creador se interesa por nosotros? CADA vez que el segundero de su reloj da una vuelta completa, mueren más de treinta personas de enfermedades infecciosas, once pierden la batalla contra el cáncer y nueve sucumben a las cardiopatías. Y estas son tan solo unas cuantas de las enfermedades que afligen a la gente; muchos sufren y mueren por otras causas. En 1996, un reloj situado en la recepción del edificio de las Naciones Unidas de Nueva York contaba los niños que nacían en familias pobres: 47 cada minuto. Por otra parte, cada vez que la Tierra da un giro sobre su eje, el 20% de su población se acuesta con hambre. Y ¿cuál sería el resultado si intentáramos cuantificar la delincuencia de nuestro vecindario? No hay forma de eludir el hecho de que el sufrimiento abunda en el mundo de nuestros días. “Sin embargo —dice un ex policía—, muchos de nosotros nos quedamos indiferentes ante las injusticias que nos rodean.” Eso solo hasta que nuestra vida o la de nuestros seres queridos se ve afectada. Por ejemplo, póngase en el lugar de Masako, que cuidaba de sus padres, ambos enfermos de cáncer. A Masako la embargaba un sentimiento de impotencia cuando veía a sus padres adelgazar y gemir de dolor. O piense en la desesperación de Sharada, una niña asiática que tenía nueve años cuando su padre la vendió por 14 dólares. Se la llevaron a una ciudad extranjera y la obligaron a prostituirse con seis hombres todos los días. ¿Por qué abunda el sufrimiento? Y ¿por qué no lo detiene el Creador? Debido a este sufrimiento, muchas personas le vuelven la espalda a Dios. La madre del ex policía antes mencionado fue víctima de un psicópata. Este anterior agente explica su reacción: “La idea de un Dios soberano y amoroso que controla el universo nunca había estado más lejos de mí”. Es posible que usted también se pregunte: “¿Por qué?”. Sí, ¿por qué existe el sufrimiento? ¿Cuál es la causa? Y, ¿le preocupa al Creador? 98

¿Reside la causa del sufrimiento en una vida anterior? Millones de personas de todo el mundo creen que la causa del sufrimiento reside en el pasado de la persona; su sufrimiento actual es el castigo por lo que hizo en una vida anterior. “El sufrimiento humano se debe a que estamos atados al karma, pues todos nosotros llevamos al nacer la gravosa carga del karma pasado.” Así opinaba el profesor Daisetz T. Suzuki, filósofo que popularizó el zen en la sociedad occidental. Los sabios hindúes concibieron “la ley del karma” para intentar explicar de algún modo el sufrimiento humano. Pero ¿es esa explicación del sufrimiento razonable o verdaderamente satisfactoria? Una budista dijo: “Pensaba que no tenía sentido que me viera obligada a sufrir por algo con lo que nací y de lo que yo no era consciente. Tenía que aceptarlo como mi destino”. Para ella esta explicación del sufrimiento era insatisfactoria. Quizá también lo es para usted. Aunque la doctrina de la reencarnación tal vez no sea común en su país, se fundamenta en una enseñanza que se encuentra en toda la cristiandad así como en otras culturas; según esta, el ser humano posee un alma inmortal que sobrevive al cuerpo. Se dice que esta “alma” puede sufrir, ya sea en esta vida o después de la muerte. Estas ideas están muy extendidas, pero ¿qué prueba hay de su veracidad? En un tema tan trascendente como este, ¿no sería mejor dejarse guiar por lo que dice el Creador? Las ideas y las convicciones del hombre pueden estar equivocadas, pero, según hemos comprobado, las declaraciones de Dios son fiables. Como vimos en el capítulo anterior, el pecado de nuestros primeros padres humanos provocó la última tragedia humana: la muerte. El Creador advirtió a Adán: “En el día que [desobedezcas, o peques], positivamente morirás” (Génesis 2:17; 3:19). Dios no dijo que Adán tuviera un alma inmortal; era un ser humano. En términos bíblicos esto significa que era un alma. De modo que cuando murió, el alma llamada Adán murió. No se hallaba consciente ni sufriendo en ningún lugar. Las enseñanzas del karma, los ciclos de renacimientos y la inmortalidad del alma con su sufrimiento en una existencia posterior, no proceden del Creador. Ahora bien, si entendemos cuáles fueron los efectos del pecado de Adán, podremos comprender mejor por qué existe actualmente el sufrimiento. ¿Cuál es el origen del sufrimiento? Aunque es difícil concebir toda la extensión del sufrimiento humano, el uso del instrumento adecuado puede ayudarnos. Tal como con la ayuda de unos prismáticos podemos ver objetos distantes con más claridad, la Biblia nos permite entender mejor la causa del sufrimiento.

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Por una parte, la Biblia pone en nuestro conocimiento que “el tiempo y el suceso imprevisto les acaecen a todos” los seres humanos (Eclesiastés 9:11). Jesús, por ejemplo, se refirió a un suceso de su tiempo: el accidente mortal que sufrieron dieciocho personas sobre quienes se desplomó una torre, y aclaró que estos hombres no eran más pecadores que otros (Lucas 13:1-5). Sufrieron el accidente porque se encontraron en el lugar inadecuado, en el momento inoportuno. Pero la Biblia explica además, y de manera satisfactoria, cuáles son las principales causas del sufrimiento. Cuando la primera pareja humana pecó, el Juez divino, Jehová, declaró que habían perdido el derecho a la vida. Durante los años que transcurrieron hasta su muerte, Adán y Eva se enfrentaron a muchos sufrimientos que ellos mismos se habían acarreado: los efectos de la vejez y la enfermedad, la lucha por ganarse el sustento, y el dolor de ver a su familia desbaratada por los celos y la violencia (Génesis 3:16-19; 4:1-12). Es importante recordar quiénes fueron los culpables de todo ese sufrimiento: ellos mismos. Ahora bien, ¿cómo entender que el sufrimiento continúe hasta el día de hoy? Aunque muchas personas pondrían objeciones a que se las llamara pecadoras, la Biblia sitúa los hechos en la debida perspectiva al decir: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y la muerte mediante el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado” (Romanos 5:12). La primera pareja humana segó las consecuencias de su propio proceder perjudicial, pero este afectó también a su descendencia (Gálatas 6:7). Sus hijos heredaron la imperfección, y esta les condujo a la muerte. Resulta más fácil comprender este hecho si pensamos que aun ahora los hijos pueden heredar las enfermedades o defectos de sus padres, como la ciencia ha comprobado. Así sucede con la hemofilia, la talasemia (anemia mediterránea), la enfermedad coronaria, un tipo de diabetes e incluso el cáncer de mama. Los hijos no tienen culpa, pero es posible que sufran por motivos hereditarios. Nuestros antepasados genéticos, Adán y Eva, optaron por rechazar el modo de Jehová de gobernar a la humanidad. La historia muestra que el ser humano ha ensayado todo tipo de gobierno sobre la Tierra. Algunos hombres y mujeres lo han hecho con buenas intenciones, pero ¿cómo evaluamos el resultado del gobierno humano? ¿Se ha eliminado en buena medida el sufrimiento? Está claro que no. Por el contrario, muchas ideologías políticas y guerras nacionales lo han incrementado. Un gobernante sabio observó hace tres mil años: “El hombre ha dominado al hombre para perjuicio suyo” (Eclesiastés 8:9). ¿Vemos que la situación sea muy diferente ahora, o incluso mejor? La mayoría contestaría que no. Muchos hombres, mujeres y niños no solo sufren debido al pecado heredado y la imperfección, sino debido a lo que ellos mismos u otras personas han hecho. Pensemos en lo mal que el 100

hombre ha administrado la Tierra, a menudo llevado por la codicia. El ser humano también ha provocado la contaminación y la pobreza, y ha contribuido al hambre y las epidemias. Incluso algunos desastres naturales son atribuibles a la intervención humana. Sin embargo, hay otra causa principal del sufrimiento que suele pasarse por alto. El ser causante del sufrimiento Un libro de la Biblia revela especialmente cuál es la causa principal del sufrimiento y por qué lo permite el Creador amoroso. Este libro, Job, aclara cualquier posible malentendido sobre el tema del sufrimiento. Lo hace al poner en nuestro conocimiento ciertos sucesos clave que tuvieron lugar en el ámbito espiritual. Hace unos tres mil quinientos años, poco antes de que Moisés escribiera los cinco primeros libros de la Biblia, Job vivía en lo que hoy se conoce como Arabia. El relato muestra que Job era un hombre recto, benévolo, respetado, y que tenía mucho ganado. Se le consideró “el más grande de todos los orientales”. A nivel personal, Job tenía una buena familia: una esposa, siete hijos y tres hijas (Job 1:1-3; 29:7-9, 12-16). Un día, llegó corriendo un mensajero y le comunicó que una banda se había apoderado de una parte de sus valiosos rebaños. De inmediato, otro mensajero le informó de la pérdida de muchas de sus ovejas. Acto seguido supo que los caldeos le habían arrebatado 3.000 camellos y habían matado a todos sus servidores con la excepción de uno. Finalmente le llegaron las peores noticias. Un viento insólito había derribado la casa de su primogénito y había matado a todos sus hijos, que se hallaban allí reunidos. ¿Culparía Job a Dios por todo ese sufrimiento? ¿Cómo se hubiera sentido usted en su lugar? (Job 1:13-19.) Ahora bien, todavía le esperaban más calamidades. Contrajo una enfermedad horrible que lo cubrió de diviesos malignos. Su enfermedad era tan grave y repugnante que su esposa culpó a Dios. “¡Maldice a Dios, y muere!”, le dijo. Job no entendía a qué se debían sus sufrimientos, pero no acusó a Dios de ser el causante. Leemos: “En todo esto Job no pecó con sus labios” (Job 2:6-10). Tres conocidos suyos que se enteraron de sus vejaciones acudieron a consolarlo. “[¿]Dónde jamás han sido raídos los rectos?”, preguntó Elifaz, quien dio por sentado que Job había actuado mal (Job, capítulos 4, 5). Lo acusó de pecados secretos, incluso de negar el pan a los necesitados y oprimir a las viudas y a los huérfanos (Job, capítulos 15, 22). Los otros dos falsos consoladores también amonestaron a Job como si este fuera el culpable de sus sufrimientos. ¿Estaban en lo cierto? En absoluto. El libro de Job nos ayuda a identificar la causa primaria del sufrimiento de este hombre y a entender por qué lo permitió Dios. Los capítulos 1 y 2 revelan lo que acababa de suceder en los cielos invisibles, en el ámbito espiritual. El espíritu rebelde llamado Satanás se había reunido con otros 101

espíritus ante la presencia de Dios. Cuando Dios señaló la inculpabilidad de Job, Satanás respondió con el siguiente desafío: “¿Ha temido Job a Dios por nada? [...] Pero, para variar, sírvete alargar la mano, y toca todo lo que tiene, y ve si no te maldice en tu misma cara” (Job 1:9-12). En otras palabras, Satanás acusó a Dios de sobornar a Job. Esta criatura espiritual desafiante alegó que si se le privaba a Job de sus riquezas y de su salud, maldeciría a Jehová. Por extensión, Satanás afirmó que ningún ser humano amaría a Dios ni le sería leal si por ello debía sufrir. Aquel desafío tuvo un impacto de alcance mundial, cuyos efectos se sentirían por mucho tiempo. Las cuestiones que Satanás planteó tenían que resolverse. Así que Jehová dio a Satanás libertad para actuar contra Job, y él fue quien le causó los diferentes sufrimientos antes mencionados. Job, por supuesto, no conocía, ni podía conocer, la cuestión de trascendencia universal que se había planteado en los cielos. Y, por otra parte, Satanás actuó de tal modo que pareciera que Dios era el causante de todas las calamidades de Job. Tanto es así que cuando unos rayos mataron a los rebaños de ovejas de Job, el servidor sobreviviente concluyó que había sido “el mismísimo fuego de Dios”. Aunque Job no sabía por qué le estaban acaeciendo todas estas calamidades, nunca maldijo ni rechazó a Jehová Dios (Job 1:16, 19, 21). Al analizar las circunstancias de la experiencia de Job, se percibe una cuestión subyacente: ¿Servirá el ser humano a Jehová por amor, pese a los problemas? La vida de Job contribuyó a responder a esta pregunta. Solo un verdadero amor a Dios pudo haberle motivado a seguir fiel a Él. ¡Qué testimonio contra las falsas acusaciones de Satanás! Sin embargo, este caso no empezó ni terminó con Job en aquel entonces; se ha extendido por siglos y también nos afecta a nosotros. ¿Cómo reaccionan muchas personas cuando ven el sufrimiento o lo padecen, sin importar cuál sea su causa? Es posible que no sean conscientes de las cuestiones que se plantearon en el tiempo de Job, o quizá ni crean en la existencia de Satanás. Por tanto, o dudan de que haya un Creador, o lo culpan del sufrimiento. ¿Qué piensa usted al respecto? Por lo que sabe del Creador, ¿no concuerda con la convicción que expresó el escritor bíblico Santiago? Él dijo: “Al estar bajo prueba, que nadie diga: ‘Dios me somete a prueba’. Porque con cosas malas Dios no puede ser sometido a prueba, ni somete a prueba él mismo a nadie” (Santiago 1:13). El caso de Jesús nos ayuda a ver ese tema desde la debida perspectiva. Sabemos que se reconoce a Jesús por su perspicacia, conocimiento y arte de enseñar. ¿Qué pensaba él en cuanto a Satanás y el sufrimiento? Jesús tenía la certeza de que Satanás el Diablo existía y podía causar sufrimiento. Este espíritu había intentado quebrantar la integridad de Job, y posteriormente quiso hacer lo mismo con Jesús. Además de probar la existencia de Satanás, este hecho muestra que el desafío que se planteó en 102

el tiempo de Job todavía seguía en pie. Al igual que Job, Jesús fue fiel al Creador hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar riquezas y poder, y afrontar el sufrimiento físico y la muerte en un madero de tormento. El caso de Jesús muestra que Dios aún permitía a los seres humanos demostrar su lealtad pese a las dificultades (Lucas 4:1-13; 8:27-34; 11:1422; Juan 19:1-30). El tiempo pasa... por una buena razón Para entender el sufrimiento, debemos reconocer que los accidentes, las tendencias humanas pecaminosas, la mala administración humana de la Tierra y Satanás el Diablo son sus principales causas. Sin embargo, no basta con saber qué hay tras el sufrimiento. Cuando uno sufre, es fácil que se sienta como el profeta Habacuc de tiempos antiguos, quien dijo: “¿Hasta cuándo, oh Jehová, tengo que gritar por ayuda, sin que tú oigas? ¿Hasta cuándo clamaré a ti por socorro contra la violencia, sin que tú salves? ¿Por qué me haces ver lo que es perjudicial, y sigues mirando simple penoso afán? ¿Y por qué hay expoliación y violencia enfrente de mí, y por qué ocurre la riña, y por qué se lleva la contienda?” (Habacuc 1:2, 3). En efecto, ¿por qué ‘sigue mirando penoso afán’ Jehová, aparentemente sin actuar? Siendo el Dios Todopoderoso, tiene tanto la fuerza como el amor a la justicia que se necesitan para poner fin al sufrimiento. De modo que ¿cuándo lo hará? Como se ha mencionado anteriormente, cuando la primera pareja humana optó por la independencia total, el Creador tenía la seguridad de que algunos de sus descendientes actuarían de otra manera. Jehová permitió con sabiduría que pasara el tiempo. ¿Por qué? Para probar que la gobernación independiente del Creador solo lleva a la infelicidad y, en cambio, vivir en armonía con el Creador es propio y redunda en felicidad. Entretanto, Dios ha mantenido la Tierra como un entorno relativamente agradable para el hombre. El apóstol Pablo razonó: “En las generaciones pasadas él permitió a todas las naciones seguir adelante en sus caminos, aunque, verdaderamente, no se dejó a sí mismo sin testimonio, por cuanto hizo bien, dándoles lluvias desde el cielo y épocas fructíferas, llenando por completo sus corazones de alimento y de alegría” (Hechos 14:16, 17). Obviamente, el Creador no es el causante del sufrimiento, sino que lo ha permitido para resolver unas cuestiones de trascendental importancia. ¿Cuándo vendrá el alivio? En realidad, el hecho de que el sufrimiento humano esté aumentando muestra que se acerca el tiempo de su desaparición. ¿Por qué puede decirse eso? La Biblia revela lo que sucedió en el ámbito invisible en tiempo de Job, y también lo que ha acontecido en nuestra época. Su último libro, Revelación (Apocalipsis), pone de relieve un conflicto que ha tenido lugar en los cielos. ¿Con qué resultado? Satanás “fue arrojado abajo a la tierra” con sus hordas demoníacas. “A causa de esto —sigue el libro 103

bíblico—, ¡alégrense, cielos, y los que residen en ellos! ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha descendido a ustedes, teniendo gran cólera, sabiendo que tiene un corto espacio de tiempo.” (Revelación 12:7-12.) Un estudio riguroso de la profecía bíblica muestra que ese suceso tuvo lugar en el presente siglo. Sabido es que historiadores respetados han reconocido que el año 1914, cuando empezó la I Guerra Mundial, fue un punto de viraje en la historia de la humanidad. Desde entonces, el sufrimiento y los ayes se han multiplicado. Jesús señaló a este mismo período de tiempo cuando sus discípulos allegados le preguntaron sobre “la señal de [su] presencia y de la conclusión del sistema de cosas”. Jesús dijo: “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá grandes terremotos, y en un lugar tras otro pestes y escaseces de alimento; y habrá escenas espantosas, y del cielo grandes señales” (Mateo 24:3-14; Lucas 21:5-19). Estas palabras, premonitorias de mucho sufrimiento, se están cumpliendo a gran escala por primera vez en la historia. La Biblia describe estos sucesos como preludio de una “gran tribulación como la cual no ha sucedido una desde el principio del mundo hasta ahora, no, ni volverá a suceder” (Mateo 24:21). Esta será la intervención decisiva de Dios en la historia humana. Actuará para poner fin al inicuo sistema de cosas, que tanto sufrimiento ha causado por mucho tiempo ya. Esto no será un ‘fin del mundo’ causado por un holocausto nuclear que destruya a toda la humanidad. La Palabra de Dios nos asegura que habrá supervivientes. “Una gran muchedumbre [...] de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas” saldrá viva de esa tribulación (Revelación 7:915). La Biblia también nos dice qué sucederá después. Se restablecerá el paraíso en el que tenía que vivir la humanidad, según el propósito original de Dios (Lucas 23:43). Entonces no se verá a nadie sin hogar. Isaías escribió: “‘Ciertamente edificarán casas, y las ocuparán; y ciertamente plantarán viñas y comerán su fruto. [...] Porque como los días de un árbol serán los días de mi pueblo; y la obra de sus propias manos mis escogidos usarán a grado cabal. No se afanarán para nada, ni darán a luz para disturbio; porque son la prole que está compuesta de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos. [...] El lobo y el cordero mismos pacerán como uno solo, y el león comerá paja justamente como el toro [...]. No harán daño ni causarán ruina en toda mi santa montaña’, ha dicho Jehová” (Isaías 65:21-25). ¿Qué puede decirse del sufrimiento a nivel personal? No habrá guerras ni violencia ni crimen (Salmo 46:8, 9; Proverbios 2:22; Isaías 2:4). El Hacedor del hombre y Dador de la vida ayudará a los seres humanos obedientes a conseguir plena salud y a disfrutar de ella (Isaías 25:8; 33:24). No habrá más hambre, pues la Tierra recuperará el equilibrio ecológico y producirá en abundancia (Salmo 72:16). Las causas del sufrimiento que hoy conocemos serán cosas del pasado (Isaías 14:7). 104

Estas son, sin duda, las mejores noticias. Sin embargo, podríamos pensar todavía en dos nubarrones que oscurecen el horizonte. El disfrute de esas bendiciones sería limitado si la expectativa de vida fuera solo de 70 u 80 años. Y, por otra parte, ¿no sentiríamos tristeza por nuestros seres queridos que hubieran muerto antes de que el Creador terminara con el sufrimiento humano? ¿Cuál es la respuesta? Se anula el peor sufrimiento El Creador tiene la solución. Él es el Hacedor del universo y de la vida humana en la Tierra. Puede hacer aquello que está más allá de la capacidad humana o cuya posibilidad el hombre solo está empezando a vislumbrar. Examinemos tan solo dos ejemplos. Tenemos el potencial de vivir para siempre. La Biblia presenta claramente la esperanza de la vida eterna que Dios ha prometido (Juan 3:16; 17:3). Al estudiar los genes de las células humanas, el doctor Michael Fossel dijo que la calidad de las células reproductoras masculinas no se deteriora con la edad. Estas nos muestran que “la debida expresión de los genes que ya poseemos podría impedir el envejecimiento de las células”. Esta idea armoniza con lo que vimos en el capítulo 4, a saber, que el cerebro humano tiene una capacidad muy superior a la que puede utilizar durante toda una vida; parece que se hizo para funcionar indefinidamente. En cualquier caso, estos son argumentos secundarios, que complementan lo que la Biblia dice explícitamente: Jehová hará posible que vivamos para siempre sin sufrimiento. Observe lo que promete en el último libro de la Biblia: “[Dios] limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor” (Revelación 21:4). El Creador puede ayudar a quienes han sufrido y muerto, devolviéndoles la vida por medio de la resurrección. Alguien que se benefició de la resurrección fue Lázaro (Juan 11:17-45; véanse las páginas 158-160). El profesor Donald MacKay usó la ilustración de un archivo electrónico. Escribió que la destrucción de la computadora no significa necesariamente el fin permanente de una ecuación o un programa que hubiera en ella. La misma ecuación o programa puede introducirse en un nuevo ordenador y ejecutarse “si así lo desea el matemático”. El profesor MacKay continuó: “La ciencia mecanicista del cerebro tendría que plantear igualmente pocas objeciones a la esperanza de la vida eterna que expresa [la Biblia], con su énfasis característico en la ‘resurrección’”. El Creador puede resucitar al ser humano que ha muerto, tal como hizo con Jesús, y como este hizo con Lázaro. MacKay concluyó que la muerte humana no supone ninguna barrera para que se devuelva a alguien la vida con un nuevo cuerpo “si nuestro Creador así lo desea”.

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Efectivamente, la solución definitiva depende del Creador. Solo él puede eliminar por completo el sufrimiento, anular los efectos del pecado, y acabar con la muerte. Jesucristo se refirió a un sobresaliente acontecimiento futuro cuando dijo a sus discípulos: “Viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz y saldrán” (Juan 5:28, 29). ¡Imagíneselo! El Gobernante Soberano del universo está dispuesto a devolver la vida a aquellos que permanecen en su memoria, y tiene el poder de hacerlo. A estos se les dará la oportunidad de demostrar que son merecedores de recibir “la vida que realmente lo es” (1 Timoteo 6:19; Hechos 24:15). ¿Se espera, no obstante, que hagamos algo mientras aguardamos el alivio completo del sufrimiento humano? Y si así es, ¿puede esto dar todavía más sentido a nuestra vida hoy? Veamos. [Notas] Se define karma como “la influencia de las acciones pasadas de la persona en sus vidas futuras o reencarnaciones”. Según Génesis 2:17, Dios mandó a Adán que no comiera del árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo. En la nota al pie de la página, la Biblia de Jerusalén, 1975, explica lo que este conocimiento representa: “Es la facultad de decidir uno por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, y de obrar en consecuencia: una reclamación de autonomía moral, por la que el hombre no se conforma con su condición de criatura, cf. Is[aías] 5 20. El primer pecado ha sido un atentado a la soberanía de Dios”. Otros pasajes nos permiten entender mejor la enfermedad de Job: tenía la carne cubierta de cresas, se le habían formado costras en la piel y el aliento le hedía. El dolor le consumía y su piel ennegrecida se le caía (Job 7:5; 19:17; 30:17, 30). En el capítulo “¿Qué puede aprenderse del Creador en un libro?”, vimos el papel que desempeñó Satanás el Diablo en el pecado de Adán y Eva. El capítulo 9 del libro ¿Qué enseña realmente la Biblia?, editado por los testigos de Jehová, contiene un examen de esta profecía. [Recuadro de la página 168] El alma no es inmortal La Biblia enseña que toda persona es un alma humana; cuando la persona muere, el alma muere. Ezequiel 18:4 dice: “El alma que peca ...ella misma morirá”. Los muertos no están conscientes ni vivos en ningún otro lugar. Salomón escribió: “En cuanto a los muertos, ellos no tienen conciencia de nada en absoluto” (Eclesiastés 9:5, 10). Ni los judíos ni los primeros cristianos enseñaron que el alma fuera inmortal. 106

“El alma en el A[ntiguo] T[estamento] no significa una parte del hombre, sino el hombre completo, el hombre como ser vivo. Del mismo modo, en el N[uevo] T[estamento] significa la vida humana [...]. La Biblia no habla de la supervivencia de ninguna alma inmaterial.” (New Catholic Encyclopedia.) “La idea de la inmortalidad del alma y la fe en la resurrección de los muertos [...] son dos conceptos pertenecientes a dos planos completamente distintos.” (Dopo la morte: immortalità o resurrezione?, del teólogo Philippe H. Menoud.) “Como el hombre completo es pecador, cuando muere, muere completamente, con cuerpo y alma (muerte completa) [...]. Entre la muerte y la resurrección hay una brecha.” (El catecismo luterano Evangelischer Erwachsenenkatechismus.) [Recuadro de la página 175] ¿Ha pasado tanto tiempo? Los mil seiscientos años transcurridos desde Job hasta Jesús pudieran parecer mucho tiempo de sufrimiento. Desde una óptica humana, incluso cien años pueden parecer demasiado tiempo para esperar el fin del sufrimiento. Pero debe tenerse presente que las cuestiones que Satanás planteó difamaban al Creador. Desde Su punto de vista, el tiempo permitido de sufrimiento e iniquidad ha sido corto. Él es el “Rey de la eternidad”, para quien ‘mil años son como el día de ayer cuando ha pasado’ (1 Timoteo 1:17; Salmo 90:4). Y para todos los seres humanos a quienes se les otorgue vida permanente, este período de la historia caracterizado por el sufrimiento también habrá sido relativamente corto. [Recuadro de la página 178] Punto de viraje en la historia “Mirando atrás, desde el ventajoso observatorio del presente, vemos hoy con toda claridad que el [estallido] de la Primera Guerra Mundial desembocó, dentro del siglo XX, en unos ‘tiempos calamitosos’ —según los expresivos términos del historiador inglés Arnold Toynbee—, de los cuales nuestra civilización no ha logrado salir en absoluto.” (La caída de las dinastías, Edmond Taylor.) “El año 1914 más bien que el de Hiroshima marcó en verdad el cambio decisivo de nuestro tiempo, pues ahora vemos que [...] fue la primera guerra mundial la que dio comienzo a la era de confusa transición en la que nos hallamos sin saber qué hacer.” —René Albrecht-Carrié, doctor en Historia, Barnard College. “En 1914 el mundo perdió una coherencia que no ha podido recobrar desde entonces. [...] Este ha sido un tiempo de extraordinario desorden y violencia, tanto en el exterior de las fronteras nacionales como en su interior.” (The Economist.) [Recuadro de la página 181] ¿Es posible la resurrección?

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El neurólogo Richard M. Restak dijo sobre el cerebro humano y sus neuronas: “Un observador podría leer todo lo que somos y todo lo que hemos hecho si fuera capaz de descifrar las conexiones y circuitos que se han formado entre nuestros 50.000 millones de células nerviosas”. Siendo así, ¿no podría nuestro amoroso Creador reconstruir una persona con la información de que dispone? [Recuadro de la página 182] Nuestras conexiones están contadas Jesús dijo: “Los mismísimos cabellos de la cabeza de ustedes están todos contados” (Mateo 10:29-31). ¿Qué puede decirse de la sustancia gris del interior de nuestra cabeza? Las células cerebrales (llamadas neuronas) son tan pequeñas que pueden verse solo con un microscopio potente. Imagínese intentar contar, no solo las neuronas, sino las interconexiones más pequeñas (sinapsis), que pueden ascender a 250.000 en el caso de algunas neuronas. Con la ayuda de un potente microscopio electrónico, el neurobiólogo Peter Huttenlocher fue el primero en contar las conexiones neuronales en las autopsias practicadas en fetos, en niños y en ancianos. Sorprendentemente, todas las muestras, cada una de ellas del tamaño de la cabeza de un alfiler, tenían aproximadamente el mismo número de neuronas, unas setenta mil. El doctor Huttenlocher contó el número de conexiones neuronales de esas diminutas muestras. Las neuronas del feto tenían 124 millones de conexiones; las del recién nacido, 253 millones; las de un niño de ocho meses, 572 millones. Este científico descubrió que después, a medida que el niño crecía, el número disminuía gradualmente. Estos hallazgos son de interés en vista de lo que la Biblia dice sobre la resurrección (Juan 5:28, 29). Un adulto tiene en todo el cerebro alrededor de mil billones de conexiones neuronales, es decir, un 1 seguido de quince ceros. ¿Puede el Creador no solo contar esas conexiones, sino reconstruirlas? Según The World Book Encyclopedia, en el universo hay del orden de doscientos trillones de estrellas, es decir, un 2 seguido de veinte ceros. El Creador conoce todas estas estrellas por nombre (Isaías 40:26). Así, no debe suponerle ninguna dificultad recordar y reconstruir las conexiones neuronales que conforman los recuerdos y sentimientos de los seres humanos a quienes decida resucitar. [Ilustración de la página 166] Muchos creen en el karma, que influye en el supuesto ciclo de nacimientos y muertes [Ilustración de la página 171] Alexis, hijo del zar Nicolás II y Alejandra Feodorovna, heredó la hemofilia. Nosotros hemos heredado la imperfección de nuestro antepasado Adán [Ilustraciones de la página 179] 108

El Creador ha permitido el sufrimiento, pero también ha hecho posible que el ser humano disfrute de la vida

Capítulo 11 Dé sentido permanente a su vida PRESCINDIENDO de dónde vivamos, los nuevos descubrimientos científicos llegan a nuestros oídos. Los biólogos, oceanógrafos y otros investigadores siguen incrementando el conocimiento humano del planeta y de la vida que hay en él. Por otro lado, los astrónomos y físicos profundizan su comprensión del sistema solar, las estrellas e incluso galaxias distantes. ¿Qué ponen de relieve estos conocimientos? Muchas personas pensadoras concuerdan con el rey David de la antigüedad: “Los cielos están declarando la gloria de Dios; y de la obra de sus manos la expansión está informando” (Salmo 19:1). Es cierto que hay quienes no comparten esta opinión o no están seguros de que así sea. Pero después de analizar las pruebas que se han presentado en este libro, ¿no hemos visto que hay muchas razones para creer en la existencia de un Creador que ha dado origen al universo y a la vida? El apóstol Pablo observó: “Desde la creación del mundo, en efecto, la mente humana puede descubrir en las obras creadas lo invisible de Dios, esto es, su potencia eterna y su ser divino. De este modo, no tienen excusa alguna” los que dicen no saber de Dios (Romanos 1:20, Senén Vidal). La información que se ha presentado en los capítulos anteriores sobre la creación nos facilita la percepción de “lo invisible de Dios”, es decir, de sus “cualidades invisibles” (Traducción del Nuevo Mundo). Sin embargo, descubrir que la creación física refleja al Creador no debería ser un fin en sí mismo. ¿Por qué? Muchos científicos se dedican al estudio del universo y, aun así, se sienten vacíos, pues no le encuentran sentido verdadero a la vida. Uno de ellos, el físico Steven Weinberg, escribió: “Cuanto más comprensible parece el Universo, tanto más sin sentido parece también”. La revista Science recoge la opinión del astrónomo Alan Dressler: “Cuando los investigadores dicen que la cosmología revela la ‘mente’ o la ‘escritura’ de Dios, adscriben a la divinidad lo que a fin de cuentas es el aspecto menos importante del 109

universo: su estructura física”. Dressler indicó que lo más importante es el sentido de la existencia humana. Comentó: “La gente ya no cree que la humanidad esté en el centro físico del universo, pero debe volver a creer que está en el centro del sentido”. A todos debería interesarnos mucho hallar el sentido de nuestra existencia. Es posible que tan solo admitir que existe un Creador, un Diseñador Maestro, y que dependemos de él no dé sentido a nuestra vida, máxime cuando esta parece ser tan corta. Muchos piensan como el rey Macbeth de una de las tragedias de William Shakespeare: “¡La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más...; un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa!” (Macbeth, acto V, escena V.) Muchas personas de todo el mundo se identifican con estas palabras; pero cuando se enfrentan a una crisis personal, tal vez clamen a Dios por ayuda. Elihú, un sabio de la antigüedad, observó: “A causa de la multitud de opresiones ellos siguen clamando por socorro; siguen gritando por ayuda [...]. Y, no obstante, nadie ha dicho: ‘¿Dónde está Dios mi Magnífico Hacedor [...]?’. Él es Aquel que nos enseña más que a las bestias de la tierra, y nos hace más sabios que hasta las criaturas voladoras de los cielos” (Job 35:9-11). Las palabras de Elihú ponen de relieve que nosotros, los seres humanos, no somos el verdadero centro del sentido. Nuestro Magnífico Creador es el centro, y es lógico que el sentido de nuestra vida tenga que ver con él y dependa de él. Para hallar ese sentido y la profunda satisfacción que reporta, tenemos que conocer al Creador y armonizar nuestra vida con su voluntad. Acudamos al Creador Moisés lo hizo. Él admitió de manera realista: “En sí mismos los días de nuestros años son setenta años; y si debido a poderío especial son ochenta años, sin embargo su insistencia está en penoso afán y cosas perjudiciales”. Este reconocimiento no lo convirtió en una persona melancólica ni pesimista, sino que lo ayudó a ver la importancia de acudir al Creador. Moisés pidió en oración: “Muéstranos precisamente cómo contar nuestros días de tal manera que hagamos entrar un corazón de sabiduría. Satisfácenos a la mañana con tu bondad amorosa, para que clamemos gozosamente y nos regocijemos durante todos nuestros días. Y resulte estar sobre nosotros la agradabilidad de Jehová nuestro Dios” (Salmo 90:10, 12, 14, 17). ‘Satisfechos por la mañana.’ ‘Regocijarnos durante todos nuestros días.’ ‘La agradabilidad de Dios sobre nosotros.’ ¿No son esas frases propias de 110

alguien cuya vida sí tiene sentido, un sentido que no encuentra la gente en general? Comprender cuál es nuestra posición ante el Creador es un paso importante para dar sentido a la vida. El creciente conocimiento sobre el universo puede ayudarnos en cierto modo. David preguntó: “Cuando veo tus cielos, las obras de tus dedos, la luna y las estrellas que tú has preparado, ¿qué es el hombre mortal para que lo tengas presente, y el hijo del hombre terrestre para que cuides de él?” (Salmo 8:3, 4). Y no basta con que reconozcamos que Jehová creó el Sol, la Luna y las estrellas, y que dio origen a la vida en la Tierra con toda su infraestructura (Nehemías 9:6; Salmo 24:2; Isaías 40:26; Jeremías 10:10, 12). Como hemos visto, el nombre distintivo de Jehová indica que es un Dios con un propósito determinado y el único capaz de llevar a cabo por completo su voluntad. Isaías escribió: “Él, el Dios verdadero, el Formador de la tierra y el Hacedor de ella, Él, Aquel que la estableció firmemente, que no la creó sencillamente para nada, que la formó aun para ser habitada”. Luego citó las palabras de Jehová: “Yo soy Jehová, y no hay ningún otro” (Isaías 45:18). Y Pablo dijo posteriormente a sus hermanos cristianos: “Somos producto de su obra y fuimos creados en unión con Cristo Jesús para obras buenas”. El punto focal de estas “obras buenas” es dar a conocer “la grandemente diversificada sabiduría de Dios, según [su] propósito eterno” (Efesios 2:10; 3:8-11). La relación con el Creador es factible, y es natural que la busquemos intentando conocer su propósito y cooperando con él (Salmo 95:3-6). El reconocimiento de que existe un Creador amoroso debe incitarnos a la acción. Veamos como ejemplo la relación entre ese reconocimiento y el modo de tratar al prójimo: “El que defrauda al de condición humilde ha vituperado a su Hacedor, pero el que muestra favor al pobre Lo glorifica”. “¿No es un solo Dios el que nos ha creado? ¿Por qué tratamos traidoramente unos con otros?” (Proverbios 14:31; Malaquías 2:10.) De modo que reconocer la existencia de un Creador que se interesa por nosotros debería hacer que nos interesáramos más por el prójimo, parte también de la creación divina. Pero no dependemos solo de nosotros mismos para lograrlo. El Creador puede ayudarnos. Aunque Jehová no está produciendo ahora nuevas creaciones terrestres, puede decirse en un sentido que todavía está creando, al ayudar de manera activa y productiva a los seres humanos que buscan su guía. Después de haber pecado, David pidió: “Crea en mí hasta un corazón puro, oh Dios, y pon en mí un espíritu nuevo, uno que sea constante” (Salmo 51:10; 124:8). La Biblia exhorta asimismo a los cristianos a “desechar la vieja personalidad” que se conforma al mundo de su alrededor y a “vestirse de la nueva personalidad que fue creada 111

conforme a la voluntad de Dios” (Efesios 4:22-24). Efectivamente, Jehová puede crear un nuevo corazón figurativo en la gente, ayudándola a cultivar una personalidad que sea un reflejo de Su imagen. Pero estos son solo los primeros pasos. Hay que profundizar más. Pablo dijo a unos atenienses educados: ‘El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, decretó los tiempos señalados para que los hombres busquen a Dios, por si buscan a tientas y verdaderamente lo hallan, aunque no está muy lejos de cada uno de nosotros’ (Hechos 17:24-27). El conocimiento confiere sentido a la vida Por todo lo que hemos visto hasta aquí, es evidente que el Creador ha suministrado abundante información mediante la creación física y su Palabra inspirada, la Biblia. Él nos anima a acrecentar nuestro conocimiento y perspicacia, e incluso predice el tiempo en el que “la tierra ciertamente estará llena del conocimiento de Jehová como las aguas cubren el mismísimo mar” (Isaías 11:9; 40:13, 14). No es la voluntad del Creador que podamos aprender y progresar solo durante setenta u ochenta años, según se deduce de una de las declaraciones más importantes de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). “Vida eterna.” Esto no es una fantasía. El concepto de una existencia sin fin es coherente con lo que el Creador ofreció a nuestros primeros padres, Adán y Eva. Es coherente con los hechos científicos sobre la estructura y capacidad del cerebro. Y es coherente con lo que Jesucristo enseñó. La vida eterna de la humanidad fue el núcleo del mensaje de Jesús. La última noche que estuvo en la Tierra con sus apóstoles, dijo: “Esto significa vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste, Jesucristo” (Juan 17:3). Como se ha analizado en el capítulo anterior, la promesa de Jesús de la vida eterna se hará realidad aquí mismo en la Tierra para millones de personas. Evidentemente, tal perspectiva puede dar mucho sentido a la vida. Implica cultivar ahora una relación con el Creador, la cual es fundamental para conseguir la vida permanente. Imagínese las perspectivas de aprender, explorar y experimentar que abre ante usted una vida indefinida, todo sin los límites que ahora imponen la enfermedad y la muerte (compárese con Isaías 40:28). ¿Qué podría o quisiera hacer con una vida así? Usted conoce mejor que nadie sus intereses, las dotes que le gustaría cultivar y las respuestas que quisiera hallar. Todo ello puede conferir aún mucho más sentido a su vida. Pablo tenía razón al desear que llegara el tiempo en el que “la creación misma también será libertada de la esclavitud a la corrupción y tendrá la 112

gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8:21). Los que consigan esa libertad sentirán que su vida tiene verdadero sentido ahora y eternamente, para la gloria de Dios (Revelación 4:11). Los testigos de Jehová de todo el mundo han estudiado a fondo este tema. Están convencidos de que existe un Creador y de que este se interesa por ellos y por usted. Se complacen en ayudar a su prójimo a hallar el sentido, sólidamente fundamentado, que tiene la vida. Se le invita a investigar con ellos esta cuestión que dará sentido permanente a su vida. [Recuadro de la página 185] ¿Dios en qué sentido? “Los científicos y otras personas a veces utilizan la palabra ‘Dios’ en un sentido tan abstracto y vacío que apenas se distingue de las leyes de la naturaleza”, comentó Steven Weinberg, premio Nobel por su trabajo sobre las fuerzas fundamentales. Y añadió: “Me parece que si la palabra ‘Dios’ tiene que sernos de utilidad, debería tomarse en el sentido de un Dios interesado, un creador y legislador que ha establecido no sólo las leyes de la naturaleza y del universo sino también patrones del bien y del mal, alguna personalidad que está interesada en nuestras acciones; algo, en resumen, a lo que fuera apropiado rendir culto. [...] Este es el Dios que ha importado a los hombres y mujeres a lo largo de la historia.” (El sueño de una teoría final.) [Ilustración de la página 187] Moisés percibió que, prescindiendo de cuánto tiempo vivamos, para hallar el verdadero sentido de la vida debemos contar con el Creador [Ilustración de la página 190] Hallar el sentido perdurable de la vida nos abre la puerta a una infinidad de posibilidades

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Contraportada La fotografía de la portada fue tomada en 1995 desde un telescopio espacial. Las nubes gaseosas de polvo se hallan en la nebulosa del Águila. Los científicos creen que se están formando estrellas en estas nubes, llamadas los “Pilares de la Creación”. Son muchas las personas que se preguntan: ¿Qué causó la existencia del universo, de nuestro planeta y de la vida que hay en él? Y ¿qué relación tiene esta causa con el descubrimiento del verdadero sentido de la vida? Mucha gente cree en la existencia de un Creador que se interesa por nosotros. ¿Es razonable esa creencia a la luz de los conocimientos de esta era científica? ¿Qué revelan los descubrimientos recientes sobre el cerebro y la facultad del habla en cuanto a esta fundamental cuestión? ¿Por qué investigan la Biblia muchas personas cultas? ¿Debería importarnos, a nosotros y a nuestros seres queridos, lo que esta dice sobre el Creador? Este libro analiza las cuestiones supracitadas. Sus claras respuestas pueden contribuir a dar más sentido a nuestra vida y a sentar las bases para un futuro feliz.

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