La lección de la ley Sáenz Peña

Por Miguel D. Aragón (*)

Entre agosto de 1911 y febrero del año siguiente se cierra un capítulo de la historia de nuestras instituciones con la discusión y sanción de la ley electoral propuesta por Roque Sáenz Peña y que ha perdurado en su nombre. Ese capítulo había comenzado en la batalla de Caseros, sesenta años atrás. La Constitución, consecuencia inmediata del hecho, estableció un sistema de transmisión del poder que funcionó a veces, como ficción más o menos admitida a la sombra de las armas, o alternó directamente con los efectos producidos por el choque de las armas. De todos modos, había sensación de crecimiento -por la importación de inventos recientes-, había sensación de riqueza, las aventuras resultaban casi siempre afortunadas, el país andaba y, con un poco de cinismo y otro poco de ligereza, se podía ser optimista. El optimismo culminó en el ‘80, conoció el vértigo en el ‘90 y desde principios de siglo se puso seriamente reflexivo. Hasta el Centenario, cuando Roque Sáenz Peña llegó a la presidencia, los rosistas habían recuperado algún jirón del poder sólo individualmente, como Lorenzo Torres, aliado a los unitarios porteños contra Urquiza; o los que dieron una voltereta más o menos elegante, como Lucio Mansilla; o los que fueron llamados y acudieron con el penacho enhiesto, como Bernardo de Irigoyen. Pero, colectivamente, no pudieron más que apoyar a los adversarios menos enconados y cuya política tuviese más en cuenta a la Nación que a los partidos. “Otra cosa con Irigoyen” Pero el Radicalismo de Hipólito Irigoyen, frustrado en varias tentativas revolucionarias y emperrado en no admitir la legitimidad de las autoridades, era otra cosa. No se reducía a la oposición prevista y consentida por cualquier régimen sino, justamente, extendía la recusación a todo el régimen. Así se decía en el arduo lenguaje de Irigoyen y el término, escrito con inicial mayúscula, aunque parecía desviarse de la política, era el que más gráficamente la caracterizaba. ¿Cómo había que entenderlo? El régimen era -miren qué detalle- la solidaridad común en algo distinto que la Nación. ¿Qué, concretamente?: la aceptación de un orden constitucional como un ente sagrado, sin que importe que todos lo violen, así como se pude pecar sin negar la existencia de Dios (esta analogía tiene doble fondo, ya que el régimen era una especie de religión secularizada, con su santoral de profetas y doctores a los que se llamaba “próceres”); el reconocimiento público de una historia oficial, aunque todos supieran en privado que era falsa, que escamoteaba los hechos y que representaba la trayectoria del país como un itinerario hacia instituciones liberales; la convicción de que nuestro pueblo debe estar a la expectativa de lo que le inspiren los que le sirven de modelos (no sólo Inglaterra y Francia sino también 1

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los Estados Unidos, Alemania o cualquier otro que nos ayude a superar nuestras tendencias meridionales, arábigas y católicas); la seguridad, aunque se demuestre lo contrario, de que nuestra riqueza y prosperidad material depende del aporte de capitales extranjeros, a los que debemos rodear de garantías y atraer aunque nos cueste un poco de soberanía, que -como todo- nos sobra; la tolerancia para la inmoralidad de los funcionarios, como si una inferioridad congénita la hiciera inevitable y como si toda sanción revelara crueldad.

Una política sana se refiere a la Nación y admite diversas formas de interpretarla o de servirla; el rasgo morboso y típico del régimen consiste en establecer el punto de coincidencia en los medios y no en el fin. Por lo menos, una ley electoral El Radicalismo, entonces -que no quería ser un partido sino una Causa (también con mayúscula)- tenía una gran autoridad moral, ya que llevaba la consecuencia con sus principios hasta no aceptar funciones públicas ni presentarse a elecciones que consideraba viciadas y, además, señalaba la inconsecuencia del régimen con sus propias instituciones. No se conformaba con nada menos que una ley electoral. El régimen, por su parte, se hallaba cohibido, sin esperanzas, con la conciencia turbia; le faltaba la representatividad que era su fundamento; carecía de proyectos que proponer, de estímulos, hasta de buen humor. La solución sólo podía venirle de una ley electoral que incorporara las multitudes a la legalidad, aunque esas multitudes tuvieran resabios de santa federación. Ambos adversarios, pues, querían lo mismo. Y en casa de don Manuel Paz, el presidente electo, Roque Sáenz Peña (de inocultable estirpe rosista, por mucho que hubiera evolucionado) se encontró con Hipólito Irigoyen, el nieto de un mazorquero que murió en la horca, y se pusieron de acuerdo sobre una ley de voto secreto y obligatorio, con representación de minorías. El poder del número ¿Cuál tuvo razón? Parece que ninguno de los dos. La Causa obtuvo el poder, pero al precio de admitir sus requisitos legales; para servirse de una ley, debió aceptar todas las leyes; por usufructuar la fuerza de la multitud, quedó rodeada por la multitud, que avanzaba siempre con el paso de los más lerdos; no había querido ser oposición dentro del régimen y acaba siendo oficialismo; cayó en la tentación, típicamente regiminosa, de confundir los medios con los fines: para la Nación, el gobierno; para el gobierno, las elecciones; para las elecciones, la demagogia. En 1930, a 18 años de la ley, la selección de los gobernantes había llegado a excluir a los mejores y los titulares del poder temían y un poco deseaban que alguien con convicciones y vigor los exonerara de una misión que se había convertido en palabras. Una generación brillante irrumpía haciendo denuncias nuevas: la ley Sáenz Peña había adulterado el orden constitucional al transformarlo, de hecho, de república en democracia; 2

la ciudadanía era reemplazada por el número; la razón debía ceder ante la fuerza; el debate dejaba paso al halago de las mayorías. No llegaron esos jóvenes al poder, pero el régimen no pudo reconstituirse. Esa ley con la que había creído salvarse le metía el enemigo adentro cada vez que se aplicaba. Debió apelar a las armas. Hace cincuenta años que las Fuerzas Armadas sostienen al régimen, que no puede sostenerse a sí mismo. Sáenz Peña había dicho: “quiera el pueblo votar”; ellos agregaron: “como nosotros queremos”. Y el pueblo, el soberano, se divierte votando como se le da la gana a él.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón.
(Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 15 de febrero de 1981)

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