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Una vez más el socialismo es puesto sobre el tapete en Venezuela, en esta ocasión con mayor oportunidad de profundizar teóricamente y avanzar en su aplicación práctica --que es razón de ser de todo militante revolucionario-- toda vez que uno de los mayores impulsos viene de la misma presidencia de la República, lo cual implica parte de la discusión acerca de qué socialismo se trata y la búsqueda de aportes históricos, de experiencias vividas en su aplicación por otros militantes obreros y revolucionarios, marxistas o no, en circunstancias y lugares distintos. Porque la definición de socialismo revolucionario pasa por cuestionar a la división del trabajo en intelectual y manual, por derrotar al dominio del capital sobre el trabajo, por redefinir los fines del trabajo mismo, cómo efectuarlo, qué producir, qué tipo de relaciones deben privar en la jerarquía de la fábrica, a quiénes deben favorecer los beneficios. Y ello significa también decidir qué tipo de organización de trabajadores necesitamos, ¿es posible avanzar en las tareas políticas revolucionarias por el socialismo con la estructura sindical?, ¿cómo transferir los medios de producción a la propiedad colectiva?, ¿es suficiente la nacionalización?, ¿qué tipo de trabajador se requiere para echar a andar un proyecto de ese tipo, qué nivel de conciencia es imprescindible, y cómo se alcanza ese nivel?; ¿cómo establecer relaciones y alianzas con sectores de trabajadores a quienes el capitalismo ha mantenido lejos de la clase obrera haciéndoles creer que son “distintos” por ocupar “escalas superiores” en el proceso de producción y distribución de los bienes? Es larga la lista de interrogantes, muchas de ellas no resueltas y otras respondidas en su momento con diagnósticos errados o interesados, teñidos por las luchas internas que se han desarrollado en las diversas organizaciones políticas de los movimientos de trabajadores, luchas que a su vez, en muchos casos, han sido producto de la descomposición que la ideología (la falsa conciencia) ha introducido en sus filas como parte de la acción política del capital por mantener su control y dominio sobre el trabajo. Y tenemos, parte del problema a resolver, la experiencia del “derrumbe del socialismo” en la Unión Soviética, fenómeno cuyo balance no conocemos y que en no pocas ocasiones es atribuido a rasgos de personalidad de un dirigente, sin hurgar en los procesos de lucha de clases que se desarrollaron luego de la Revolución de Octubre de 1917, vinculados a los orígenes y circunstancias de esa revolución, a las prácticas de los dirigentes y militantes que asumieron las tareas de un cambio social bajo influencia del llamado “socialismo científico”, con diferentes interpretaciones y aplicaciones que a su vez tuvieron peso específico en organizaciones políticas, sindicales y culturales internacionales. La militancia de los llamados partidos revolucionarios en Venezuela fue, en gran medida, víctima de los juegos de poder que los gobiernos “socialistas” realizaron en tanto receptora de un “marxismo” filtrado y edulcorado para justificar fines que nada tenían que ver con la teoría revolucionaria. Un ejemplo: el Informe sobre el Proyecto de Constitución presentado al VII Congreso de los Soviets de la URSS el 25 de noviembre de 1936, según el cual la transferencia de formas de propiedad en el período 1924-1936 había determinado la liquidación de todas las clases explotadoras, y por cuanto sólo quedaban sectores sociales aliados, ¡desaparecían las contradicciones económicas y políticas entre obreros, campesinos e intelectuales; llegaba a su fin la lucha de clases!

Para quienes nos incorporamos a las acciones de calle en 1957 y comenzamos a militar a partir de 1958 en la Juventud Comunista, la Unión Soviética era la representación de la revolución, el camino a seguir. Y nuestras lecturas, desordenadas y parciales de “El Capital” en la versión de Wenceslao ROCES, y del Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, pocas respuestas nos daban al desafío intelectual que constituía comprender la Ley del Valor o la estructura económico-social capitalista a partir del análisis de la mercancía, toda vez que no teníamos formación político-teórica previa y, en la mayoría, estábamos ayunos de filosofía. Éramos más pasión que conciencia, y esa pasión era alimentada con otras lecturas como “La Joven Guardia”, “Así se Templó el Acero” y “La Madre”. Luego vino el desenlace revolucionario en Cuba y el juego de “cuadro cerrado” del gobierno estadounidense para poner frenos a ese ejemplo en la América hispana, todo un cuadro de luchas que cada partido y grupo en Venezuela, particularmente, interpretó y resolvió a su manera. Pero el socialismo no era tema principal. Veamos, por ejemplo, el mensaje que la Dirección del PCV transmitió a la Juventud Comunista con motivo de su XVII Aniversario a través de “Principios”, la Revista del Comité Central, en su número 2 de noviembre-diciembre de 1964.

En diecisiete párrafos no hay ni una referencia a la lucha por el socialismo, a pesar de que al final del saludo vemos un inventario de consignas (“por el pan, la tierra, la libertad, la cultura y la felicidad de Venezuela”) que si a ver vamos forman parte de los objetivos socialistas.

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Entonces conocimos la refutación que el “Ché” hizo a un artículo de Charles BETTELHEIM en junio de 1964, y aun cuando no teníamos muy claro eso del Cálculo Económico ni era discutible por nosotros la sujeción a una correspondencia casi religiosa entre fuerzas productivas y relaciones de producción, quedaba fuera de toda duda la posición de Cuba y particularmente la del “Ché” como gesto antidogmático. Y ello fue acicate para nuestras dudas y búsquedas. Luego leímos el “Manifiesto de Argel”, texto de una intervención del “Ché” en esa ciudad en febrero de 1965, en el cual formuló una completa requisitoria contra “los países socialistas”. Citamos Obras Completas, Ediciones CEPE, Argentina, 1973:
“… No puede existir socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una nueva actitud fraternal frente a la humanidad, tanto de índole individual, en la sociedad en que se construye o está construido el socialismo, como de índole mundial en relación a todos los pueblos que sufren la opresión imperialista. Creemos que con este espíritu debe afrontarse la responsabilidad de ayudar a los países dependientes y que no debe hablarse más de desarrollar un comercio de beneficio mutuo basado en los precios que la ley del valor y las relaciones internacionales de intercambio desigual, producto de la ley del valor, imponen a los países atrasados. ¿Cómo puede significar «beneficio mutuo» vender a precios de mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sufrimientos sin límites a los países atrasados y comprar a precios de mercado mundial las máquinas producidas en las grandes fábricas automatizadas del presente? Si establecemos ese tipo de relación entre los dos grupos de naciones, debemos convenir en que los países socialistas son, en cierta manera, cómplices de la explotación imperial. Se puede argüir que el monto del intercambio con los países subdesarrollados constituye una parte insignificante del comercio exterior de estos países. Es una gran verdad, pero no elimina el carácter inmoral del cambio”. (Libro 5, página 84)

Después comenzamos las aproximaciones a los textos de MARCUSE y GRAMSCI (“el intelectual orgánico”, el “Consejo Obrero de Fábrica”) y en ese encadenamiento de un tema que remite a otro y un libro que obliga la lectura de otros, fuimos dándonos cuenta de la existencia olvidada u ocultada de historias y experiencias como la de Marmaduke GROVE en Chile, los Comuneros en Colombia, las proposiciones consejistas de Farabundo MARTÍ en El Salvador y los relatos de TROTSKY respecto a la revolución rusa. Y nos atrevimos a leer a HEGEL, a HORKHEIMER, a THEODOR ADORNO, a LUCKÁCS, a KAREL KOSIK, a CASTORIADIS… Y fuimos adquiriendo mejores herramientas para el análisis político y la práctica de formas superiores de lucha, con menos pragmatismo y una mejor visión para detectar los discursos ambi y hasta polivalentes, como aquellos de crítica al estalinismo soviético pero que no tenían problema alguno para aceptar los estalinismos locales, a cuyas ejecutorias se sometían sin chistar. En nuestra práctica en el terreno gremial, por ejemplo, fuimos testigos de la sujeción de muchos “críticos” a las directivas de las autoridades universitarias, representantes directos de los partidos políticos dominantes, cuyo autoritarismo (“estalinismo”) no era tan chocante ni repudiable pues representaba ante todo garantía de negocios, cargos y otras prebendas. Y también crecía la necesidad de saber por qué el socialismo se había convertido en capitalismo de Estado en la URSS; ¿dónde estaba la clave de ese cambio?, ¿tenía que ver con ello lo del “socialismo en un solo país”?
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En la “Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética” (Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1960) leíamos:
“El Partido canalizaba la energía revolucionaria y la iniciativa creadora de las masas hacia la construcción del Estado Soviético. El antiguo aparato del Estado de la burguesía y los terratenientes (el aparato policiaco, burocrático, militar, judicial) fue demolido, y en sustitución de él fue creado un aparato nuevo, el aparto del Estado proletario. Ya en los primeros días de la revolución habían sido suprimidos los ministerios del Gobierno Provisional burgués. El Poder de los Soviets instituyó los Comisariados del Pueblo. Fueron destituidos los funcionaros del Gobierno Provisional y liquidados los organismos locales del Poder de la burguesía y los terratenientes. Se disolvieron las Dumas urbanas y la administración de los zemstvos, que representaban los intereses de la burguesía y los terratenientes. Los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos pasaron a ser en todas partes los únicos órganos del Poder del Estado. Fueron creados los tribunales populares soviéticos y la milicia obrera para reemplazar los antiguos tribunales y la policía. Con objeto de combatir la contrarrevolución y el sabotaje, se formó un organismo especial, la Comisión Extraordinaria de toda Rusia (VChK), al frente de la cual fue puesto F. Dzerzhinski.” (Páginas 310-311)

Una de las principales consignas de la revolución había sido, precisamente, “¡Todo el Poder a los Soviets!”, entendida como resumen de experiencias que conducían a buscar criterios de autonomía de la clase obrera como fuerza revolucionaria decisiva en la derrota del capital y en la construcción del socialismo como fase transitoria hacia el comunismo. En Rusia los obreros empujaban parcialmente hacia ese objetivo, pero no así los campesinos, quienes pedían garantías de que sus productos llenaran necesidades de mercado antes que colectivas y a pesar de ello los organismos de gobierno decidieron, a principios de 1918, fusionar los soviets de diputados obreros y de soldados con los de campesinos, truncando de esa manera la primacía del proletariado ruso en las tareas de la revolución socialista. Había un Consejo de Comisarios del Pueblo (sovnarkom) y un Comité Central Ejecutivo Panruso de los Soviets (VTsIK), el primero con totalidad de miembros del partido bolchevique y el segundo con 62 bolcheviques, 29 “eseristas” (SR ó socialistas revolucionarios) de izquierda y 10 socialistas. El sovnarkom resumía el poder gubernamental. La base de los soviets eran los comités de fábrica, pero en muchos de ellos se manifestaron tendencias a considerarse unidades productivas independientes, pertenecientes a sus trabajadores, contraviniendo así la política de dominio de la clase sobre los medios de producción en beneficio del colectivo general. Esa práctica bloqueaba, por otra parte, la necesaria coordinación previa para determinar qué producir, tomando en cuenta el ciclo circulatorio, con lo cual el proyecto revolucionario se colocaba a merced de la respuesta del mercado y se invertía el orden requerido. Es por ello que el “control obrero” tampoco fue una estrategia clasista de ocupar posiciones en función de modificar la correlación de fuerzas sociales que constituyen el poder político-económico, sino una salida que los órganos gubernamentales buscaron para contrarrestar la contradicción referida, que además de la desviación política podía significar paralización productiva. Y esas instrucciones de control sobre los comités de fábrica encontró resistencia tanto de los obreros, quienes se consideraban despojados de su poder, como de fracciones políticas y sindicales que se habían visto desplazadas de sus posiciones por la revolución soviética.
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El 28 de abril de ese año el periódico “Pravda” publica un artículo de LENIN, titulado “Las Tareas Inmediatas del Poder Soviético”, en cuyo texto (citado de “Obras Escogidas” en un tomo, Editorial Progreso, Moscú, 1969) leemos:
“Hemos tenido que recurrir ahora al viejo método burgués y aceptar los «servicios» de los grandes especialistas burgueses, a cambio de una remuneración muy elevada. Los que conocen la situación lo comprenden, pero no todos se paran a meditar sobre el significado de semejante medida tomada por un Estado proletario. Es evidente que tal medida constituye un compromiso, una desviación de los principios sustentados por la Comuna de París y por todo poder proletario, que exigen la reducción de los sueldos al nivel del salario del obrero medio, que exigen se luche contra el arribismo con hechos y no con palabras. Pero esto no es todo. Es evidente que semejante medida no es sólo una interrupción en cierto terreno y en cierto grado de la ofensiva contra el capital (ya que el capital no es una simple suma de dinero, sino determinadas relaciones sociales), sino también un paso atrás de nuestro poder estatal socialista, soviético, que desde el primer momento proclamó y comenzó a llevar a la práctica la política de reducción de los sueldos elevados hasta el nivel del salario del obrero medio” (página 427)

La medida de quitar ejecutivamente la iniciativa política a la clase obrera y esa de recurrir a la sabiduría de los enemigos de la revolución indicaban una involución mediante la cual el capital reconquistaba terreno perdido; y hay eventos huelgarios, desórdenes por el reparto de alimentos y la insurrección de Kronstdat que deben verse en tal contexto, sin olvidar las difíciles situaciones generadas por la guerra con Alemania, los enfrentamientos internos entre bolcheviques, mencheviques, eseristas y otras tendencias o fracciones, y la existencia de grupos armados contrarrevolucionarios en lucha contra el gobierno soviético. El resultado práctico fue que los soviets, comités de fábrica y los otros órganos del proletariado, en vez de tener autonomía y hegemonía sobre todas las otras instituciones sociales, fueron integrados al aparato general del Estado en calidad de subordinados, por lo cual toda la resistencia al aparato estatal por parte de los trabajadores era automáticamente calificada de contrarrevolucionaria. Tanto los organismos de “control obrero” como los comités de fábrica desaparecieron. La involución del socialismo revolucionario y la recomposición de un Estado capitalista que nunca fue destruido provocan la siguiente reflexión de LENIN, quien el 13 de noviembre de 1922 expuso ante el IV Congreso de la Internacional Comunista:
"Hemos heredado la vieja administración pública, y ésta ha sido nuestra desgracia. Es muy frecuente que esta administración trabaje contra nosotros. Ocurrió que en 1917, después de que tomamos el poder, los funcionarios públicos comenzaron a sabotearnos. Entonces nos asustamos mucho y les rogamos: «Por favor, vuelvan a sus puestos». Todos volvieron y ésta ha sido nuestra desgracia. Hoy poseemos una inmensidad de funcionarios, pero no disponemos de elementos con suficiente instrucción para poder dirigirlos de verdad. En la práctica sucede con harta frecuencia que aquí, arriba, donde tenemos concentrado el poder estatal, la administración funciona más o menos; pero en los puestos inferiores disponen ellos como quieren, de manera que muy a menudo contrarrestan nuestras medidas. Hombres de los nuestros, en las altas esferas, tenemos no sé exactamente cuántos, pero creo que, en todo caso, sólo varios miles, a lo sumo unas decenas de miles. Pero en los puestos inferiores se cuentan por centenares de miles los antiguos funcionarios que hemos heredado del régimen zarista y de la sociedad burguesa y que trabajan contra nosotros, unas veces de manera consciente y otras inconsciente."

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Esas experiencias deben ser estudiadas por el movimiento revolucionario venezolano para entender qué sucedió entonces y aprender a evitar errores cometidos por distintas generaciones y que han costado ingentes sacrificios a pueblos enteros. Porque no se trata de abandonar la lucha bajo pretexto de “imposibilidad” de construir el socialismo. Tampoco renunciar a los aportes que individualidades y colectivos revolucionarios han dado para avanzar política y socialmente en la transformación de la sociedad. Pero sí entender cabalmente de qué se trata, qué errores fueron cometidos, cómo se desarrollaron los acontecimientos que jalonan la historia de la humanidad y particularmente la de la clase obrera. Y preguntarnos también por qué esta clase ha sido señalada como la más capaz para protagonizar los cambios revolucionarios contra el capital. ¿Es por mandato divino, o por determinismo histórico, o por caprichos de algún teórico o grupo de teóricos?; porque si de una “misión” se trata no se explica cómo la “clase dominante” simplemente fue desplazada de su lugar por un organismo administrativo estatal en los primeros años de la revolución soviética. Veamos por ejemplo una opinión de Paul MATTICK, tomada de su introducción a “¿Qué es la Socialización? Un Programa de Socialismo Práctico”, escrito por Karl KORSCH y cuya cita tomamos de la edición de “Cuadernos de Pasado y Presente”, editado en Argentina en 1973:
“Las repercusiones de la primera guerra mundial, y más aun las de la revolución rusa, hicieron estallar violentamente la crisis, que, desde hacía largo tiempo, minaba al marxismo y al movimiento obrero occidental. Antes de la guerra, la socialdemocracia estaba dividida, en base a planteamientos teóricos, en un ala «revisionista», dirigida por Eduard Bernstein, y un ala «ortodoxa», representada por Karl Kautski. La guerra revelaría que de hecho esta división en dos tendencias no encubría sino una actividad reformista semejante, social-patriota y fundada en la colaboración de clases. Los elementos más extremistas del ala izquierda del movimiento socialista internacional y sus representantes más destacados, Lenin en Rusia, y Rosa Luxemburg en Alemania, dejaron de reivindicar la «ortodoxia» marxista, exigiendo por el contrario la vuelta a la unidad de la práctica y de la teoría socialistas desvanecida desde hacía mucho tiempo. […] El «revisionismo» marxista no era más que la teoría de una práctica no revolucionaria y la «ortodoxia» marxista una teoría separada de toda práctica que, por consiguiente, servía indirectamente de apoyo ideológico al reformismo burgués.” (Páginas 7 y 11)

Volvamos a la situación de involución del socialismo en la URSS antes reseñada y revisemos un texto tomado del “Manual de Economía Política” de la Academia de Ciencias Económicas y Sociales, Editorial “Grijalbo”, México, 1960:
“La nacionalización socialista es la abolición revolucionaria por el poder proletario de la propiedad de las clases explotadoras y su transformación en propiedad estatal, socialista, en patrimonio de todo el pueblo. La nacionalización socialista elimina la contradicción fundamental del capitalismo: la contradicción existente entre el carácter social de la producción y la forma privada, capitalista, de la apropiación. Gracias a la nacionalización socialista, las relaciones de producción de la industria se ponen en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas, lo que abre el campo a su desarrollo. […] En las empresas nacionalizadas, las relaciones capitalistas de producción son desplazadas por las relaciones de producción socialistas. Los medios de producción, al convertirse en propiedad social, dejan de ser capital. Queda abolida la explotación del hombre por el hombre. Se implanta una nueva disciplina del trabajo, la disciplina socialista. Surge la emulación socialista entre los obreros. Van arraigando paulatinamente los principios socialistas de gobierno de la producción, en los que la dirección única se combina con la actividad creadora de las masas trabajadoras. La producción comienza a desarrollarse con arreglo a un plan socialista, en interés de toda la sociedad. […]
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[…] En el sector socialista de la economía, la fuerza de trabajo no es ya mercancía, el trabajo ha perdido su carácter de trabajo asalariado, convirtiéndose en trabajo para sí y para la sociedad de los trabajadores. La plusvalía deja de existir. El funcionamiento de las empresas nacionalizadas va encauzándose gradualmente hacia la planificación, primero dentro de cada rama y más tarde en todo el sector estatal. Al instaurarse la propiedad socialista sobre los medios de producción, los productos salidos de las empresas del Estado dejan de convertirse en propiedad de los capitalistas para pasar a ser propiedad del Estado, es decir, de todo el pueblo trabajador.” (Páginas 339, 341 y 343)

La nacionalización adquiere, en el contexto señalado, un poder casi mágico que pone de lado a la lucha de clases y elimina la contradicción fundamental del capitalismo, desplaza relaciones de producción, liquida al trabajo asalariado y encauza al poder productivo hacia la planificación, entre otras maravillas. Recordemos a Federico ENGELS, quien expuso en “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”, cita tomada de Obras Escogidas de MARX y ENGELS en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1980:
“… desde que Bismarck emprendió el camino de la nacionalización, ha surgido una especie de falso socialismo, que degenera alguna que otra vez en un tipo especial de socialismo, sumiso y servil, que en todo acto de nacionalización, hasta en los dictados por Bismarck, ve una medida socialista. Si la nacionalización de la industria del tabaco fuese socialismo, habría que incluir entre los fundadores a Napoleón y a Metternich… […] El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, es el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas más fuerzas productivas asuma en propiedad, tanto más se convertirá en capitalista colectivo y tanto mayor cantidad de ciudadanos explotará. Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios. La relación capitalista, lejos de abolirse con estas medidas, se agudiza, llega al extremo, a la cúspide.” (Tomo III, Nota de pie de página 152 y página 153)

Se trata entonces de aclarar conceptos, de vincular a la teoría con la práctica de las luchas de los trabajadores y de rescatar la mayor cantidad posible de armas que fueron esgrimidas por muchos revolucionarios en diferentes lugares y circunstancias en la incesante confrontación capital-trabajo. En lo que a nosotros respecta, hemos tratado de mantener nuestras posiciones y reforzar información y conocimientos tomando en cuenta que a escala planetaria el capitalismo está presente en todos y cada uno de sus puntos en ese proceso de producción y circulación que MARX describe con detallada certeza en el tomo I de los “Grundrisse”, es decir, que hay obreros en cada rincón del planeta. Seguimos sosteniendo por ejemplo que los trabajadores debemos luchar por conquistar nuestra autonomía política y organizativa, tarea en la cual deben jugar papel importante los Consejos Obreros de Fábrica, base sobre la cual desarrollar y aplicar el Control Obrero sobre la producción y la distribución en la estrategia de construir un Poder Dual que nos prepare y eduque para derrocar al poder capitalista y edificar el socialismo revolucionario. A partir de 1978 y en prisión por nuestras actividades, contribuimos a la elaboración colectiva de materiales, algunos publicados en “Al Rojo Vivo”, durante y luego de una fusión entre grupos revolucionarios, proceso del cual nació el Movimiento Revolucionario de Trabajadores (MRT); y creemos que la ocasión es propicia para el reconocimiento a los camaradas que revisaban, discutían, editaban y distribuían ese modesto vocero, entre --pero no solo-- ellos “la China” grande, “la China” pequeña, “La Negra”, “Cardenal”, “El gordo”, “El diputado”, “Carlitos” y “Pequeño Juan”.
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El artículo inserto fue publicado en el ejemplar 1 del vocero, en octubre de 1978.

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Editorial de “Al Rojo Vivo”, ejemplar 7 correspondiente a setiembre-octubre de 1979. Nuestra proposición hacía énfasis en la creación de organismos autónomos de masas en fábricas y barrios, el Control Obrero sobre la producción y el acceso a la contabilidad para develar los “secretos” de las empresas. También denunciamos a la Cogestión como una estrategia antiobrera, posición en la cual no hemos variado porque hoy tenemos muchas más razones para sostenerla.

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Este trabajo fue publicado en el ejemplar 10 de “Al Rojo Vivo” del 10 de junio de 1980 y reproducimos textos de algunos puntos, objetivos de la cogestión:
“2. Distraer a los obreros de los problemas planteados por las relaciones verticales en la fábrica, que podrían llevar a la fuerza obrera organizada a disputar a los patronos el derecho a determinar los ritmos de producción, qué productos fabricar, el nombramiento de jefes y capataces o los despidos. Así, las relaciones capitalistas de producción son preservadas permaneciendo los patronos con la sartén por el mango, es decir, sin que su dominio y propiedad sobre las máquinas, el trabajo y su producto sean discutidos y puestos en peligro. 3. Dividir a los obreros dentro y fuera de la fábrica al incorporar a ciertos trabajadores a la gestión empresarial, con lo que éstos creen romper las barreras de clase sin darse cuenta de su utilización como coartada ideológica para engañar a incautos pues cualquier trabajador aceptado en la mesa directiva de una empresa capitalista sólo hará de figura decorativa sin posibilidad alguna de decisión real, dado que todas las empresas configuran un circuito de producción y distribución articulado al mercado que es monopolizado por los capitalistas y su Estado. Mientras los trabajadores no derribemos a ese Estado y controlemos el mercado, no podremos autodeterminarnos política y económicamente. En todo caso, a los capitalistas les importa poco dar algunas prebendas a determinado grupo de trabajadores en determinada área productiva mientras su control sobre el proceso total de producción se mantenga y reproduzca. 5. Esparcir la idea de la colaboración de clases, es decir, la «innecesaria» lucha obrera contra burguesía y su Estado, que así son presentados como un fenómeno natural y eterno, ajeno a acción humana. La idílica «participación de todos» sustituye al combate de la clase por revolución proletaria y hace creer a algunos en la posibilidad de ser «socios de su empresa», de que esperan cobrar dividendos arrancados a otros obreros”. la la la la

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Contraponemos CONTROL OBRERO a cogestión porque la propiedad privada sobre los medios e instrumentos de producción es el sancta sanctorum del capital. Y allí, en el lugar donde esa propiedad es ejercida sin límite alguno, solo tiene entrada el propietario. Allí se decide. Allí se ejerce el poder. En la fábrica comienza el dominio porque allí el obrero no solamente es explotado sino también educado en la obediencia al capital, alejado de los lugares de tomas de decisión y constreñido a un reconocimiento --que por consuetudinario se hace “normal”-- del dominio y dirección ejercidos por la burguesía. El obrero es mantenido así en una perspectiva desde la cual no accede a la totalidad social, es decir, no relaciona su situación con la de los demás obreros y trabajadores, no acierta a comprender los estrechos nexos de los problemas económicos que lo agobian (jornadas de trabajo intensivo, salario siempre insuficiente, precios inalcanzables, expectativas de consumo que lo convierten virtualmente en esclavo pues no es dueño ni siquiera de lo que sus manos producen) y una política que lo reprime y domina. Su conciencia es distorsionada y atomizada para que vea solo parcialidades de una totalidad que se le escapa tras la opacidad que la ideología burguesa esparce a través de sus medios de difusión masiva y que los otros aparatos ideológicos (escuela, partido, sindicato, iglesia) reproducen y remachan día a día con un solo objetivo: evitar que el proletariado acceda a la totalidad, es decir, a la CONCIENCIA DE CLASE, sin la cual domina un sentido común que lleva a actuar como la burguesía necesita y quiere que se actúe: cercados por el inmediatismo de las luchas parciales, fácilmente solucionables por ella y su Estado, entre otras cosas porque esas luchas no ponen en discusión el dominio del capital sobre el trabajo. Como concluía MATTICK: “… Ante la inexistencia de alguna forma nueva y mejor adaptada de organización de la lucha de clases, Korsch tuvo que reconocer que el fin del capitalismo presupone y comporta el fin de las organizaciones obreras tradicionales. Es precisamente en el apoyo aportado por los obreros a estas organizaciones donde se mide la ausencia de la conciencia de clase”. Hoy se ha puesto sobre el tapete una serie de consignas que “mete en un mismo saco” a conceptos a nuestro juicio incompatibles como cogestión y socialismo revolucionario, incompatibilidad que ha sido demostrada históricamente pues forma parte de los sueños imposibles que incluyen “la democratización del capital”, “el copamiento gradual del Estado”, el “sindicalismo revolucionario” y otras herencias del reformismo. Existe bastante literatura acerca de la cogestión pues tal fue una de las “modas” que la CTV intentó aplicar aquí, a cuyo fin fue fundado en 1973 el Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ILDIS), financiado con recursos del Ministerio de Cooperación Económica de la República Federal de Alemania, razón por la cual una de las voces autorizadas para pontificar acerca de las presuntas bondades cogestionarias era el entonces Secretario General de COPEI, Eduardo FERNÁNDEZ. En una revista llamada “Nueva Sociedad” fue publicado, en septiembre-octubre de 1976, un trabajo de Heinz VETTER, Presidente de la DGB, Confederación de Sindicatos Alemanes, y de la Confederación de Sindicatos Europeos, acerca de la cogestión en Alemania Federal. Allí el señor VETTER expone:

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“Realizando la cogestión, nos interesa, ante todo, conseguir que la propiedad de grandes empresas no continúe siendo privilegio para poder social, para poder de dirección y de mando de hombres sobre hombres. Pues opinamos que, en un orden social liberal y democrático, la existencia de tal poder debe permitirse solamente cuando esté legitimado y controlado democráticamente. (…) Ha de contribuir a solucionar - dicho más modesta y, por tanto, más exactamente - a superar, siempre de nuevo, pero también sólo de forma provisional, los problemas fundamentales de todas las sociedades con división de trabajo en la industria. (…) Poco relieve tienen los así llamados derechos de cogestión económica. Si la gerencia de una empresa planea cambios en ella, debe, ciertamente consultarlo con el consejo de empresa, pero, con todo, éste no puede evitarlos. (…) Ello responde a un principio general del régimen de empresas que podría expresarse de esta forma: los derechos de cogestión y de participación de los consejos de empresa acaban allí donde comienzan las verdaderas decisiones empresariales. La decisión económica de la gerencia empresarial determina el marco de la labor de los consejos de empresa. Este solamente tiene derecho a participar en las medidas a tomar luego, dentro de este marco, en relación con cuestiones sociales y de personal. (…) Frente a esto, la actuación de los consejos de empresa se reduce a intervenciones correctivas. En eso reside una debilidad fundamental de la labor de los consejos de empresa. Se impiden injusticias sociales evitables. Se suavizan socialmente procesos económicos inevitables”.

Es decir:
a. la cogestión permite la esclavización del hombre por el hombre, esquilmar a los consumidores, enriquecerse groseramente y dominar a toda una sociedad [“privilegio para poder social” de grandes empresas] solamente cuando ese poder esté legitimado y controlado democráticamente (por esas mismas empresas y el Estado que es su síntesis, por supuesto) b. los derechos de cogestión económica son tan útiles como un chaleco antibalas hecho de lona, pues cuando la gerencia de una empresa planea cambios, el “consejo de empresa” no puede evitarlos. c. los derechos de cogestión llegan hasta donde comienzan “las verdaderas decisiones empresariales”, las cuales determinan el marco de la labor de los consejos de empresa. Los trabajadores en cargos de la dirección empresarial cogestionaria tienen, eso sí, oportunidad de participar en las medidas “a tomar luego, dentro de ese marco”, en relación con cuestiones sociales y de personal que en el texto no son explicadas. d. la cogestión asume entonces un papel que muestra toda su carga “revolucionaria”: impide injusticias sociales evitables y suaviza los procesos económicos inevitables, algo así como vaselina con anestésico local en prácticos envases con forma de antifaz de “El Zorro”.

En todo caso, creemos que en Venezuela existe ya una práctica de cogestión que puede ser analizada y balanceada para determinar cuál ha sido su resultado en función del avance revolucionario no de un grupo de trabajadores que pueda haber sido favorecido por beneficios económicos y/o sociales, no de representantes políticos o empresariales que puedan mostrar cifras de ganancias por la efectiva explotación de mano de obra asalariada, por aplicación de la división social del trabajo y por técnicas gerenciales que no tienen diferencia alguna con las cotidianamente aplicadas por las empresas capitalistas en cualquier punto del globo terráqueo.
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Nuestra intención es mantener viva la propuesta de discutir colectivamente las experiencias de generaciones que intentaron “el asalto al cielo” y preservar los aportes teóricos que sirvieron de base y motivación para la educación y la lucha. Si el socialismo se limita a una transferencia de propiedad jurídica dejando incólumes al trabajo asalariado, a la división social del trabajo, a la jerarquía de poder en la fábrica y al mercado como juez supremo de la producción-circulación, no pasaría de ser una reproducción del capitalismo en la cual unos explotadores sustituirían a otros. Y entonces no sería socialismo. Detrás de muchas de las propuestas reformistas o conservadoras se ocultan errores que nada de nuevo tienen, como el de creer que podemos avanzar hacia el socialismo revolucionario coexistiendo con el capital y excluyendo a los capitalistas, pues como explicaba Carlos MARX [“ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA” (Grundrisse) 1857-1858, Siglo XXI Editores, 1976, Tomo I, páginas 475-476]:
“La producción de capitalistas y trabajadores asalariados es entonces un producto fundamental del proceso de valorización del capital. La economía usual, que sólo tiene en vista las cosas producidas, se olvida de esto por completo. En cuanto en este proceso el trabajo objetivado es puesto al mismo tiempo como no-objetividad del trabajador, como objetividad de una subjetividad contrapuesta al trabajador, como propiedad de una voluntad ajena a él, el capital es al mismo tiempo necesariamente el capitalista y la idea de algunos socialistas de que necesitamos el capital pero no los capitalistas, es enteramente falsa.”

Una de las obligaciones que tenemos, antes de tratar de “construir lo nuevo”, es conocer la realidad que debemos transformar, comenzando (ya lo señalaba Wilhelm REICH y lo reclamaba “el Ché”) por nosotros mismos. Y si hablamos de socialismo revolucionario tenemos que preguntarnos por la clase o conjunto de clases que deben asumir esa tarea política. Particularmente creemos que los trabajadores en Venezuela no hemos tomado las riendas (como fuerza social protagónica) de los cambios por realizar, que además de víctimas de la desmovilización, fragmentación de la conciencia y la desmoralización, seguimos atados a los aparatos de control y hemos sido duramente golpeados por los acontecimientos (abril y diciembre de 2002), y que estamos a la cola de los eventos, obedeciendo a las directrices del presidente CHÁVEZ y moviéndonos en la dirección por él indicada sin que de nuestro colectivo salga un proyecto definido, una intención política propia y clara, una práctica autonómica de clase que señale caminos y se afiance en posiciones que la conviertan en referencia válida. Como lo exponía Federico ENGELS (“Sobre la Acción Política de la Clase Obrera”, Obras Escogidas de MARX y ENGELS en un tomo. Editorial Progreso, Moscú, 1975, página 323):
“… Pero la revolución es un acto supremo de la política; el que la quiere debe querer el medio, la acción política que la prepara, que proporciona a los obreros la educación para la revolución y sin la cual los obreros, al día siguiente después de la lucha, serán siempre víctimas del engaño… Pero la política a que tiene que dedicarse es la política obrera; el partido obrero no debe constituirse como un apéndice de distintos partidos burgueses, sino como un partido independiente, que tiene su objetivo propio, su política propia”.

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Insistimos entonces: ¿qué tipo de organización obrera y de trabajadores en general puede y debe asumir la tarea de avanzar en el camino socialista revolucionario?; ¿existe una organización de ese tipo en Venezuela?; ¿garantiza la organización sindical una acción política que debe apuntar a la autonomía de la clase obrera?; ¿cuáles han sido los resultados de la práctica de la cogestión en Venezuela?; ¿ha sido aplicado el Control Obrero?; ¿conocen los trabajadores de empresas cogestionadas las relaciones entre las fábricas y el proceso circulatorio de mercancías, uno de los aspectos importantes a tomar en cuenta para evitar enfrentamientos productores-consumidores? ¿Es suficiente solo el cambio jurídico de propiedad para que las empresas se transformen en “socialistas”?; ¿cómo afrontar el aspecto de la psiquis, es decir, el conflicto entre ideas, costumbres y formación de personas bajo valores de egoísmo, individualismo, y acendrado sentido de propiedad que de pronto y en nuestro caso específico se convierten en “propietarios de medios de producción” no por un medio autónomo de luchas y aproximaciones sino por acciones de terceros, concretamente del gobierno nacional?; ¿cómo podemos garantizar que los cambios se conviertan en permanentes y no puedan ser modificados negativamente por un cambio de ese gobierno?; ¿y cómo responder a la obligada reacción del capital ante lo que sin duda calificará de “expropiación”?; y frente a una disyuntiva de esa importancia, ¿es posible que el Estado (que sigue siendo, no lo olvidemos, capitalista) actúe de manera “neutral”? Y como se trata de una proposición para la discusión, para el intercambio y para nuestra propia educación política, invitamos a la lectura y análisis del libro (ut supra citado) de Karl KORSCH [“¿Qué es la Socialización? – Un Programa de Socialismo Práctico”], a cuyo fin lo hemos digitalizado y adjuntado al presente trabajo. Finalizamos copiando una reflexión de Cornelius CASTORIADIS, tomada de “La Experiencia del Movimiento Obrero”, Volumen 1, Cómo luchar, Tusquets Editor, enero 1979, página 80:
“[…] Conviene tener presente aquí una de estas nociones porque facilitará la comprensión de las siguientes páginas, la de proyecto revolucionario: proyecto revolucionario, que no procede ni de un sujeto ni de una categoría definible de sujetos, cuyo portador nominativo siempre es sólo soporte transitorio; que no es encadenamiento técnico de medios que sirven a fines racionalmente definidos de una vez para siempre, ni estrategia basada en un saber establecido y situada en condiciones «objetivas» y «subjetivas» dadas, sino engendramiento abierto de significaciones orientadas hacia una transformación radical del mundo social-histórico, establecidas y sostenidas por una actividad que modifica las condiciones en la que se desenvuelve, los objetivos que se erige y los agentes que la realizan, y unificadas por la idea de autonomía del hombre y de la sociedad”.

Y para quienes puedan estar interesados en leer opiniones relacionadas, incluimos las direcciones de algunos trabajos publicados en la red:
CONSEJOS Y CONTROL OBREROS: DESAFÍO ANTICAPITALISTA: http://www.rebelion.org/izquierda/030312colmenares.htm COGESTION ES ADMINISTRACION DE LA CRISIS CAPITALISTA: http://www.rebelion.org/venezuela/030902colmenares.htm SIN MOVIMIENTO POPULAR AUTÓNOMO NO HABRÁ CAMBIO: http://www.aporrea.org/actualidad/a163.html TRABAJO PRESENTADO AL I CONGRESO DE TRABAJADORES PETROLEROS: http://www.rebelion.org/venezuela/040123congpret.pdf

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Karl Korsch

¿Qué es la socialización?

- Cuadernos de Pasado y Presente / 45 - Argentina, 1973

Un programa de socialismo práctico

INTRODUCCIÓN DE PAUL MATTICK I Karl Korsch nació en 1856 en Tostedt, en los páramos de Luneburg, y murió en Cambridge (Massachussets) en 1961. Procedente de una familia de clase media, asistió al instituto de Meiningen y emprendió posteriormente estudios de derecho, economía, sociología y filosofía en Jena, Munich, Berlín y Ginebra. En 1911 obtuvo el título de doctor en derecho (Doktor Juris) de la Universidad de Jena. Desde 1912 hasta 1914 estuvo en Inglaterra donde estudió y ejerció las carreras de derecho inglés e internacional. Al empezar la primera guerra mundial volvió a Alemania y se incorporó al ejército alemán, al que perteneció durante los cuatro años siguientes; herido dos veces fue objeto de degradación y promoción militar a tenor de las fluctuaciones políticas. Se opuso personalmente a la guerra, y lo expresó adhiriéndose al Partido Socialista Independiente de Alemania (USPD) En el curso de sus estudios de derecho, Korsch advirtió la necesidad de remontarse a la base material de éste, es decir al estudio de la sociedad. La derrota debía transformar al socialista de preguerra en socialista revolucionario. Profesor titular de la universidad de Jena desde 1924, sus preocupaciones y su actividad principal fueron esencialmente políticas. A consecuencia de la fusión de los socialistas independientes y de los comunistas, en 1921, Karl Korsch fue diputado comunista en la dieta de Turingia, ministro de justicia de este estado (cuyo gobierno obrero duró casi tres semanas del año 1923), y, de 1924 a 1928, diputado en el Reichstag. Durante este período escribió mucho sobre los temas políticos y teóricos que apasionaban al movimiento obrero radical de la primera postguerra. Fue redactor del órgano teórico del partido comunista --Die Internationale-- y poco después editó el periódico de oposición Kommunistische Politik en el que colaboró también con varios artículos. Disgustado por la progresiva tendencia oportunista de la Internacional Comunista a partir de 1921, Korsch, que aventajaba en conocimiento y comprensión de la teoría marxista a la mayor parte de los teóricos eminentes del partido, no pudo menos que enfrentarse rápidamente a la ideología oficial del partido bolchevique. En 1926, sus caminos se separaron; Korsch se convirtió en el portavoz del ala izquierda radical del partido comunista (Entschiedne Links) que, pese a continuar adherida al partido, era considerada, dado su carácter organizativo, como hostil a la Tercera Internacional. A partir de 1928, Korsch continuó sus actividades políticas al margen de toda organización definida. Empezó a escribir para las revistas que todavía le abrían sus puertas, preparó una nueva edición del primer volumen de El capital, viajó, dio conferencias en varios países y escribió un estudio sobre Karl Marx destinado a una colección sobre sociólogos modernos publicada por un editor inglés. La llegada de Hitler al poder, en 1933, obligó a Korsch a abandonar Alemania. Estuvo en Inglaterra, en Dinamarca, donde residió durante un breve período de tiempo, y en 1936 emigró a los Estados Unidos. Korsch se consagró a la teoría marxista durante su estancia en América, donde desempeñó un cargo de de enseñanza en Nueva Orleáns. Su principal influencia fue la de educador, tanto en América como en Alemania. Sus amigos lo llamaban respetuosamente el Lehrer [El maestro]. Sus conocimientos enciclopédicos y su agudeza de espíritu le facilitaban especialmente esta función, aunque él hubiese preferido estar en “el corazón de las cosas”, es decir, mezclado en las luchas reales por el bienestar y la emancipación de la clase obrera, con la que se identificaba. Su inteligencia y su integridad moral le aislaban, le impedían participar en el “saqueo” que constituía una de las características evidentes del mundo académico y del movimiento obrero oficial. El hecho de que su muerte haya pasado casi inadvertida parece confirmar la convicción, fomentada por Korsch, de que el marxismo revolucionario sólo puede existir unido a un movimiento revolucionario del pueblo trabajador.

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II Las repercusiones de la primera guerra mundial, y más aún las de la revolución rusa, hicieron estallar violentamente la crisis que, desde hacía largo tiempo, minaba al marxismo y al movimiento obrero occidental. Antes de la guerra, la socialdemocracia estaba dividida, en base a planteamientos teóricos, en un ala “revisionista” dirigida por Eduard Bernstein, y en un ala “ortodoxa”, representada por Karl Kautsky. La guerra revelaría que de hecho esta división en dos tendencias no encubría sino una actividad reformista semejante, social-patriota y fundada en la colaboración de clases. Los elementos más extremistas del ala izquierda del movimiento socialista internacional y sus representantes más destacados, Lenin en Rusia y Rosa Luxemburg en Alemania, dejaron de reivindicar la “ortodoxia” marxista, exigiendo por el contrario la vuelta a la unidad de la práctica y de la teoría socialistas desvanecida desde hacía mucho tiempo. El “revisionismo” había rechazado el marxismo revolucionario y por consiguiente no representaba ningún problema para los socialistas extremistas. Por el contrario, la “ortodoxia” de Kautsky obligaba a una lucha en dos frentes, contra la socialdemocracia, por un lado, y por otro contra su aparente justificación: su fraseología marxista. Y esta lucha, que intentaba con todas sus fuerzas resucitar un nuevo movimiento obrero, utilizando la tradición socialista radical, lanzó el slogan de “retorno a Marx”. Dado que tanto los enemigos como los discípulos de la “ortodoxia” de Kautsky apelaban a la obra de Marx, urgía plantearse las siguientes cuestiones: “¿Qué es el marxismo?”, ¿en qué y hasta qué punto el marxismo de la época de Marx conservaba todavía un valor bajo las condiciones modificadas del nuevo siglo? Las condiciones revolucionarias que siguieron a la primera guerra mundial suscitaron un renovado interés por la teoría marxista. Entre 1922 y 1924, Korsch escribió una serie de estudios [recopilada bajo el título Marxismus und Philosophie, Gründberg´s Archiv (1923); 2da. edición aumentada, Leipzig, 1930 (en español: Marxismo y filosofía, Era, México, 1971] contra la “ortodoxia” de Kautsky, cuyo objetivo era la restitución del contenido revolucionario del marxismo. Tras la publicación del libro de Kautsky, La concepción materialista de la historia, en el que éste abandonaba su antiguo punto de vista, Korsch se entregó a un nuevo análisis sistemático y crítico del “marxismo doctrinario” [Die materialistische Geschichtsauffassung. Eine Auseinandersetzung mit Karl Kautsky (La concepción materialista de la historia. Una confrontación con Karl Kautsky), Gründberg´s Archiv, XIV, 1929]. La terminología de Kautsky se había modificado ligeramente, pero su interpretación de los textos de Marx apoyaba abiertamente a los verdugos revisionistas del movimiento socialista. Sus ideas sobre la evolución, la sociedad, el estado y la lucha de clases servían más bien a la burguesía que a la clase obrera. Korsch no hizo más que comprobar este hecho. Este carácter encontraba su expresión teórica en las tentativas de Kautsky de presentar la concepción materialista de la historia como una “ciencia” independiente no ligada necesariamente a la lucha de clases del proletariado. Y, según Korsch, este hecho volvía a transformar el marxismo en una pura ideología que, al ignorar los factores que la condicionan, se concebía a sí misma como una “ciencia pura”. Bajo esa forma ideológica, el materialismo dialéctico de Marx llegó a dominar el movimiento socialista, y bajo esta forma perdió también todo sentido revolucionario. Sin rechazar la denominación de “socialismo científico” --por oposición a “socialismo utópico”-- Korsch no podía admitir que el marxismo fuese o pudiera llegar a ser una “ciencia” en el sentido burgués del término. El capital, por ejemplo, no es la economía política, sino la “crítica de la economía política” desde el punto de vista del proletariado. Asimismo, en lo concerniente a todos los aspectos restantes del sistema de Marx, no se trata de sustituir la filosofía, la historia o la sociología burguesas por una nueva filosofía, historia o sociología, sino por una crítica de la teoría y práctica burguesa en su totalidad. El marxismo no pretende convertirse en una ciencia “pura”, sino que por el contrario trata de desenmascarar el carácter de clase “impuro” e ideológico de la ciencia y de la filosofía burguesas.

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En su juventud, Marx partió de una perspectiva filosófica que, en su terminología posterior caracterizó como una posición ideológica que debía superarse. De la crítica ideológica pasó a la “crítica de la ideología” y de ahí a la “crítica de la economía política”. La concepción materialista de la historia --es decir la tesis de Marx según la cual “el conjunto de las condiciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la que se asienta una superestructura jurídica y política y a la que corresponden unas formas de consciencia social determinadas”-- no fue el resultado de una tentativa científica o filosófica de descubrir “las leyes generales de la evolución social”, sino de una crítica materialista de la sociedad y de la ideología burguesas. Según el pensamiento de Korsch, el marxismo no constituye ni una filosofía materialista-positivista, ni una ciencia positiva. Todas sus proposiciones son específicas, históricas y concretas, inclusive las que tienen la apariencia de lo universal. Del mismo modo, la filosofía dialéctica de Hegel, cuya crítica sirvió de punto de partida a la obra de Marx, sólo se puede comprender correctamente en su relación con la revolución social, no considerándola como una filosofía de la revolución en general, sino sólo como la expresión, en el dominio de las ideas, de la revolución burguesa. Y como tal, no expresa el proceso entero de esta revolución, sino únicamente su fase final, como podemos comprobarlo en su conformidad con las realidades inmediatas. Cuando el proceso revolucionario concluyó, la relación dialéctica entre desarrollo real y desarrollo de las ideas perdió todo sentido para la burguesía. No sucedió lo mismo al proletariado sometido a su ley y a su explotación. Del mismo modo que éste salvo en el terreno ideológico idealista, la teoría burguesa no puede ir más allá de la filosofía de Hegel; ella adopta así un camino diferente. No puede comprender el núcleo racional que oculta su envoltura mistificadora ni someterlo a una crítica materialista que, en el contexto de las relaciones de clase existente, revelaría las limitaciones históricas de la sociedad burguesa. Este proceso sólo es posible desde el punto de vista del proletariado y de su oposición real a la sociedad clasista burguesa. El punto de vista dialéctico no se interesa por todo el proceso histórico que empieza con la revolución burguesa más que para producir el movimiento revolucionario de la clase trabajadora cuya expresión teórica es el marxismo. No se trata de una teoría de un movimiento proletario que se hubiera desarrollado sobre su propia base, sino de una teoría que, surgida de la revolución burguesa, todavía lleva, tanto en su forma como en su contenido, las huellas congénitas de la teoría revolucionaria burguesa. Ni Marx, ni Engels negaron las raíces históricas de su teoría materialista y de la filosofía burguesa. No obstante en Marxismo y filosofía, Korsch destacó que esta conexión no implica que la teoría socialista deba conservar este carácter filosófico en su desarrollo ulterior, ni tampoco que el jacobinismo de la teoría revolucionaria burguesa deba ser un aspecto de la teoría revolucionaria proletaria. De hecho, Marx y Engels dejaron de considerar su posición como filosófica y hablaron del fin de toda filosofía. Ahora bien, según Korsch, con ello no querían expresar una preferencia cualquiera por las diversas ciencias positivas por oposición a la filosofía. Más exactamente, su propia posición materialista era la expresión teórica de un proceso revolucionario que se estaba produciendo realmente y que aboliría la ciencia y la filosofía burguesa aboliendo las condiciones materiales y las relaciones sociales que encuentran en ellas su expresión ideológica. Aunque, en las Tesis sobre Feuerbach, Marx afirmó que “los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras; de lo que se trata es de transformarlo”, esta transformación es teórica y práctica al mismo tiempo. Según la interpretación de Korsch, la filosofía no puede ignorarse, ni los elementos filosóficos del marxismo pueden suprimirse. La lucha contra la sociedad burguesa es también una lucha filosófica, incluso si la filosofía revolucionaria no tiene otra función que la de participar en la transformación del mundo. Korsch sostenía que el materialismo de Marx, contrariamente al materialismo naturalista y abstracto de Feuerbach, era y será siempre un materialismo histórico y dialéctico, es decir un materialismo que incorpora, comprende y modifica la totalidad de las condiciones sociales históricamente dadas. El hecho de que Marx haya negado la filosofía no altera en nada su reconocimiento de la ideología y de la filosofía como fuerzas sociales reales que deben ser dominadas a la vez en su propio terreno y por un cambio de las condiciones a las que están estrechamente unidas.
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III Este nuevo aspecto que Korsch subrayó en las relaciones entre el marxismo y la filosofía no procedía de un interés especial por la filosofía; era más bien una necesidad, un deseo de depurar el marxismo de aquella de sus escorias ideológicas y dogmáticas; era una consecuencia teórica de la nueva tendencia revolucionaria originada por la guerra y la revolución. Efectivamente, el marxismo, que elucida la relación dialéctica entre la conciencia social y su base material, también puede aplicarse al marxismo mismo y al movimiento obrero. No hay que sorprenderse de que el marxismo de 1848 y del Manifiesto comunista sea diferente de un movimiento marxista que se desarrolló --paralelamente a un capitalismo en expansión-- durante un largo período no revolucionario que sólo concluyó, y por otra parte temporalmente, a raíz de los estragos revolucionarios de la primera guerra mundial. El “revisionismo” marxista no era más que la teoría de una práctica no revolucionaria y la “ortodoxia” marxista una teoría separada de toda práctica que, por consiguiente, servía indirectamente de apoyo ideológico al reformismo burgués. El nuevo movimiento revolucionario desencadenado por la revolución rusa, se presentaba como restaurador del marxismo original. Pero, según Korsch, sólo podía tratarse de una restauración aparente e ideológica. Esta no supo eliminar la necesidad de un nuevo desarrollo de la teoría y de la práctica marxista adecuado a la situación histórica específica en la que se encontraba el propio movimiento revolucionario. Sin embargo, en una primera tentativa de combatir la práctica no revolucionaria, es decir contrarrevolucionaria, del movimiento reformista, basarse en la teoría de Marx representaba pese a todo un progreso, pues significaba plantear de nuevo el problema de la revolución y de la dictadura del proletariado. El lema del movimiento revolucionario era “todo el poder a los consejos obreros”. Por vagas que fuesen las ideas que contenía, este lema expresaba la voluntad revolucionaria de un proletariado con conciencia de clase para liquidar la sociedad capitalista. Y en lo que respecta a Rusia, incluso admitiendo la existencia de un abismo aparentemente infranqueable entre la idea soviética y la posibilidad de realizarla, no había ninguna razón para no intentar una solución revolucionaria en naciones más favorecidas. Si la revolución triunfaba en Occidente, quizá podría crear las condiciones necesarias para un desarrollo socialista de las naciones industrialmente menos desarrolladas. Korsch, como todos los revolucionarios de esa época, acogió la revolución bolchevique uniéndose a los obreros revolucionarios de Alemania y de todos los países. Mas, a partir de 1921, la huelga revolucionaria de postguerra empezó a desvanecerse, y con ella la esperanza de una revolución mundial. La contrarrevolución en Occidente afectó irremediablemente el carácter de la revolución rusa. Cualesquiera que hubiesen sido sus aspiraciones originales, el hecho de que tuviera un carácter nacional y local limitaba sus posibilidades revolucionarias y, en definitiva, la convirtió en una forma particular de la contrarrevolución internacional. El régimen bolchevique de Rusia solo podía subsistir haciendo concretamente lo que ideológicamente se veía obligado a rechazar: desarrollar y extender el modo de producción capitalista. Este no era el objetivo original del bolchevismo, y no obstante, el antiguo objetivo se convirtió en aquel momento en una ficción ideológica, sin relación con la estructura económica del país y las fuerzas sociales que trabajaban en su construcción. Como ideología, este objetivo continuó existiendo; el marxismo en tanto que ideología se ponía al servicio de una praxis no-marxista: la transformación de Rusia en un estado capitalista moderno. Bajo estas condiciones, es comprensible que Marxismo y filosofía inquietara no solo a Kautsky y sus discípulos, sino también a los ideólogos bolcheviques. La aplicación de la concepción materialista de la historia al propio marxismo desentrañaba nuevamente la contradicción entre teoría y praxis que mostraba el conjunto del movimiento obrero de aquellos momentos. El frente común que se formó rápidamente contra la obra de Korsch demostraba con toda claridad que el movimiento leninista aún formaba parte integrante de la “ortodoxia” de Kautsky. Del mismo modo que la adhesión ideológica de Kautsky a los “objetivos finales” del socialismo sólo servía a fin de cuentas para apoyar el reformismo “sin objetivos” de Bernstein, el dogmatismo de Lenin sólo podía asumir la función de la falsa conciencia de una praxis contrarrevolucionaria.
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Los ideólogos de la Tercera Internacional calificaron Marxismo y filosofía de “herejía revisionista”. Desde su punto de vista tenían razón, puesto que consideraban la “ortodoxia” de Lenin y Kautsky como el marxismo verdadero. La discusión [Esta polémica comprendía asimismo el libro de Georg Lukács, Historia y conciencia de clase (Berlín 1923), calificado, lo mismo que la obra de Korsch, como una desviación idealista del marxismo] sobre el libro de Korsch, en apariencia puramente teórica, adquirió rápidamente un carácter más político. La estrategia comunista en el mundo de postguerra comportaba la participación en los gobiernos socialistas siempre que ello fuera posible, y el levantamiento revolucionario, cuando las circunstancias fuesen propicias. Esta estrategia sufrió una derrota decisiva en Alemania tras los acontecimientos políticos de 1923. Como resultado hubo nuevas crisis en el seno del movimiento comunista. Surgieron tendencias derechistas y ultra-derechistas, izquierdistas y ultra-izquierdistas que se disputaban el control de las diversas organizaciones nacionales de la Tercera Internacional. Si uno u otro grupo se desviaba de la línea oficial, por muy flexible que ésta fuera, se veía atacado no como una diferencia táctica, sino como un abandono del propio marxismo. Y cuando Korsch criticó la política comunista, tras los acontecimientos de 1923, vieron en ello una consecuencia de su posición “herética” desarrollada en Marxismo y filosofía. No obstante, Korsch y su grupo no fueron excluidos hasta 1926. El año 1926 fue propicio para percatarse de la debilidad real de los sobresaltos revolucionarios que siguieron a la primera guerra mundial. El capitalismo todavía no se había estabilizado, y ello permitía volver a una huelga revolucionaria. Según Korsch [K. Korsch. Der Weg der Komintern (El camino de la Komintern), Berlín 1926, en: Die materialistische Geschichtsauffassung, 1971] prepararse para este retorno significaba una intensificación y no un apaciguamiento de la lucha de clases. Por otra parte, la posibilidad de un nuevo levantamiento implicaba un recrudecimiento de la contrarrevolución. Todas las fuerzas anticomunistas, desde la derecha reaccionaria hasta la izquierda reformista, se coaligaron para impedir toda solución revolucionaria a la crisis existente. Estas fuerzas encontraron en los bolcheviques, obligados a mantener y consolidar el poder del partido en Rusia y en el mundo entero, aliados indeseables, pero eficaces. El movimiento comunista internacional se convirtió en un instrumento político del Estado ruso y por ello mismo dejó de ser una fuerza revolucionaria en el sentido de Marx. A Korsch le pareció que subordinar el movimiento comunista internacional a las necesidades nacionales de Rusia era repetir la historia de la Segunda Internacional en la vigilia de la primera guerra mundial; es decir sacrificar el internacionalismo proletario al imperialismo nacional. Una crítica detallada de la política bolchevique carecía de sentido entonces, pues lo que determinaba esa política no era ni una interpretación errónea de la situación real en relación a las aspiraciones proletarias, o incluso la ausencia de tales aspiraciones, ni tampoco una teoría falsa susceptible de corrección por vía de la crítica. Por el contrario, esta política surgía directamente de las necesidades concretas, específicas del estado ruso, de su economía, de sus intereses nacionales y de los de su nueva clase dirigente: los jefes bolcheviques y su secuela de burócratas. El comunismo proletario se vería obligado a romper con Rusia y la Tercera Internacional, como anteriormente tuvo que romper con el social-reformismo y la Segunda Internacional. Es muy probable que todas esas circunstancias ahogaran temporalmente al comunismo proletario. La combinación de las fuerzas reales e ideológicas del capitalismo tradicional, de sus partidarios social-reformistas y del capitalismo de estado ruso cubierto de oropeles marxistas, era más que suficiente para aniquilar a una minoría revolucionaria todavía incapaz de asumir su derrota. Korsch y sus nuevos amigos de los grupos comunistas llamados ultra-izquierdistas [Kommunistische Arbeiterpartei, Allgemeine Arbeiter-Union y los grupos políticos ligados a F. Pfempfert, O. Rühle y el periódico Die Aktion] nunca defendieron una conquista o una reforma de las organizaciones de la Tercera Internacional. Tampoco intentaron intervenir en una u otra de las fracciones bolcheviques que luchaban por el control del aparato de estado ruso, ni apoyar uno u otro golpe táctico destinado a salvaguardar el régimen bolchevique, capitalista o socialista de estado y de producción capitalista.

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En cuanto a Rusia, Korsch estableció contactos con el grupo llamado Centralismo Democrático (“decismo”), conocido principalmente por uno de sus fundadores, Saprónov, toda vez que subrayaba el carácter de clase de la lucha proletaria contra el partido comunista ruso. Este grupo reconoció que la lucha debía llevarse fuera del partido, entre los obreros. Pero los desistas, como los otros grupos de oposición, debían caer muy pronto, víctimas del terror stalinista. IV La Segunda Internacional no pudo conseguir la transformación del movimiento obrero en una organización que controlase a los trabajadores, pero la Tercera Internacional sí lo logró. En lo sucesivo la autodeterminación obrera debía afirmarse contra todas las organizaciones obreras existentes, ya fuesen políticas o económicas. El partido tradicional de la democracia burguesa y, con él, el sindicato, ya sea bajo su forma artesanal, ya sea bajo su forma industrial, aparecían como instrumentos de dominio en manos de las colosales burocracias del trabajo. Estas identificaban sus propios intereses con el mantenimiento del statu quo social, o bien se convertían sencillamente en instituciones de control dependientes de los gobiernos. Era evidente que las formas organizativas en las que Marx y Engels, en circunstancias completamente diferentes, volcaron sus esperanzas de un desarrollo de la conciencia de clase del proletariado, ya no podían considerarse como fuerzas emancipadoras. Antes bien, aparecían ahora como las nuevas formas de esclavitud del proletariado. Ante la inexistencia de alguna forma nueva y mejor adaptada de organización de la lucha de clases proletaria, Korsch tuvo que reconocer que el fin del capitalismo presupone y comporta el fin de las organizaciones obreras tradicionales. Es precisamente en el apoyo aportado por los obreros a estas organizaciones donde se mide la ausencia de la conciencia de clase. Sin embargo, surgieron algunas manifestaciones de independencia proletaria, aunque pasajeras y localizadas en un principio, en acciones directas con objetivos de clase; Korsch las consideraba como otros tantos signos de un reconocimiento de la conciencia de clase del proletariado en el seno de una expansión totalitaria de los controles autoritarios en esferas cada vez más extendidas de la vida social. Allí donde podían encontrarse tales acciones independientes de la clase obrera, el marxismo revolucionario no había muerto. Y el punto crucial de la reaparición de un movimiento revolucionario no se determina por la adhesión ideológica a la doctrina marxista, sino por la acción autónoma de la clase obrera. Hasta cierto punto, este tipo de acción aún era practicado por el movimiento anarcosindicalista; Korsch se interesó por los anarquistas, sin abandonar por ello sus concepciones marxistas. Se interesó no por los anarquistas pequeño-burgueses, ideólogos del “laissez faire”, sino por los trabajadores anarquistas y los campesinos pobres de España, que aún no habían sucumbido bajo los ataques de la contrarrevolución internacional que convirtió el propio nombre de Marx en uno de sus símbolos. Como se ha afirmado a menudo, la doctrina marxista sólo se interesó por el anarquismo para suplantarlo por los elementos anarquistas que jugaron un papel en la formación de la Primera Internacional. Los anarquistas defendían la libertad y la espontaneidad, la autodeterminación y por consiguiente la descentralización; anteponían la acción a la ideología, y la solidaridad a los intereses económicos. Precisamente éstas eran las cualidades que hacían falta a un movimiento socialista que aspiraba a la influencia política y al poder en naciones en las cuales solo se estaba desarrollando el capital. A Korsch le importaba poco saber si esta interpretación del marxismo revolucionario tachada de anarquismo era fiel a Marx o no. Lo importante, bajo las condiciones del capital en el siglo XX, era apoyarse en estas actitudes anarquistas para resucitar el movimiento obrero. Korsch subrayaba que el totalitarismo ruso estaba estrechamente ligado a la convicción de Lenin, según la cual se debía temer, antes que estimular, la espontaneidad de la clase obrera, y que ciertas capas no proletarias de la sociedad --la intelligentsia-- tenían la función de introducir en las masas la conciencia revolucionaria, dado que éstas eran incapaces de adquirir por sí mismas su propia conciencia de clase.

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Lenin no hizo más que desprender y adaptar a las condiciones rusas, lo que sin duda se había afianzado subrepticiamente en el movimiento socialista desde hacía tiempo, a saber: el reino de la organización sobre los organizados y el control de la organización por la jerarquía de los dirigentes. V La revolución burguesa proclamó las ideas de libertad e independencia, razón y democracia, y sin embargo dichas ideas no podían realizarse en la sociedad de clases burguesa. La crítica de la economía política de Marx constituía pues por este mismo hecho un programa de revolución proletaria destinado a la abolición de las relaciones de clase. Poco importaba que la mayor parte del mundo se encontrase en los horrores de la revolución burguesa o tuviera que soportarlos todavía. Dondequiera que esas revoluciones triunfaran, crearon a su vez su propia negación: las aspiraciones del proletariado industrial. La revolución burguesa no era final, sino el principio de una revolución social “permanente” que no cesaría hasta que dejara de ser el instrumento del desarrollo social, es decir, hasta el advenimiento de la sociedad sin clases. Nadie podía predecir la duración de este proceso que depende del desarrollo de la conciencia de clase y de la intensidad de las luchas reales del proletariado. La existencia de una conciencia semejante y de las luchas del proletariado por unos objetivos de clase, aunque restringidas a los marcos de la revolución burguesa, permitía predecir que la revolución proletaria sería el producto final del desarrollo capitalista. Si el mundo era una propiedad de la burguesía, las tareas revolucionarias del proletariado debían ser única y exclusivamente de orden crítico, y ello tanto en el terreno de la teoría cuanto en el de la praxis. Esta crítica debía hacerse incluso sobre las lagunas de la revolución burguesa, puesto que se consideraba al capitalismo como la condición previa del socialismo. Sin embargo, el desarrollo del capitalismo se aceleraba y su longevidad decrecía en razón a la iniciativa creciente de la clase obrera y, simultáneamente, de las acciones de clase del proletariado. Y sólo era preciso apoyar la revolución burguesa, en la medida en que ella creaba las condiciones fundamentales para la revolución proletaria. Una acción semejante no podía prescindir de una clara conciencia de clase, constantemente alerta, que asumiera permanentemente su objetivo socialista, si no quería convertirse en un apoyo puro y simple de la burguesía. El hecho de que Marx apoyara y estimulara los movimientos nacionalistas y democráticos burgueses no estaba en contradicción con su teoría de la revolución proletaria, sino que simplemente demostraba que todavía existía un abismo entre la revolución burguesa y la revolución proletaria, entre la aparición de la clase obrera y su emancipación. El fracaso de las revoluciones de 1848 y el subsiguiente desarrollo del capitalismo en un ambiente contrarrevolucionario, no pudo impedir el crecimiento del movimiento obrero. Este movimiento desencadenado por la misma revolución burguesa se adaptó a las condiciones no revolucionarias surgidas del compromiso entre la clase burguesa ascendente y el estado semifeudal. Pero incluso en los países en que el gobierno era simplemente el ejecutivo de la clase dirigente capitalista, el movimiento obrero no dio muestras, contrariamente a las previsiones de Marx, de un carácter revolucionario. El programa político trazado por Marx en 1848 perdía todo interés real ante la situación de las relaciones capital-trabajo en una sociedad burguesa avanzada. Esas nuevas circunstancias permitían un programa reformista decorado con una fraseología marxista allí donde las tradiciones de 1848 conservaban su prestigio. Marx no apoyaba las revoluciones burguesas por consideración táctica, con el fin de conquistar el control de dichas revoluciones y transformarlas en revoluciones proletarias, en socialismo. Su único objetivo era apoyar realmente la formación de una clase cuyo nacimiento engendraría a su vez su contrapartida: el proletariado, asegurando de este modo el advenimiento de una nueva revolución como punto final a su triunfo. Este apoyo, estrechamente ligado a las condiciones de la Europa de 1848, pierde todo su sentido con la desaparición de dichas condiciones.

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Y el Marx de El capital y de la Primera Internacional ya no consideraba a la clase obrera como punta de lanza de la revolución burguesa, sino como una clase que perseguía únicamente sus propios objetivos contra una burguesía que ya no tenía que oponerse al feudalismo, sino que simplemente recogía sus despojos. Evidentemente, esta situación no era la de Rusia. Las condiciones sociales parecían análogas a las de Europa en 1848. Burgueses y proletarios afrontaban, tanto unos como otros, las condiciones semifeudales del zarismo y las aspiraciones no socialistas de las masas campesinas. Se avecinaba una revolución, pero que o sería ni proletaria en el sentido de Marx, ni burguesa en el sentido de la revolución francesa. Más bien presentaría elementos de ambas, pero sería ante todo una revolución campesina en un país todavía atrasado desde el punto de vista del capital, un país sumido bajo el control del mercado capitalista mundial y, en consecuencia, mezclado en las actividades tanto capitalistas e imperialistas como socialistas, en las diversas convulsiones que agitan la política nacional e internacional. Se sabe que Lenin pensaba que la revolución consumada antes de tiempo en Rusia sería una revolución burguesa y democrática, pero no dejó de bautizar la revolución real como “proletaria” por el mero hecho de que los bolcheviques lograron apoderarse del estado y de que los bolcheviques eran un partido marxista. La ley totalitaria del partido se fue extendiendo lentamente sobre toda la sociedad, pero bajo la fachada de la “dictadura del proletariado”, pese a que el proletariado, proclamado como clase dominante, tuvo que crearse previamente mediante la transformación forzosa de la atrasada Rusia en un estado industrial moderno. Se llegó a considerar que el espacio de tiempo transcurrido entre el principio de la revolución y la toma del poder por los bolcheviques constituía la transición de la revolución burguesa democrática a la revolución proletaria o más bien el entrelazamiento de las revoluciones burguesa y proletaria. Ello venía a eliminar por vía política toda una etapa del desarrollo social, no creando el proletariado y las condiciones del socialismo a través de las relaciones capitalistas de clase, sino mediante la conjunción de instrumentos ideológicos y del poder directo del estado. Esta posición no era en ningún sentido marxista, pero podía justificarse si se concebía la revolución rusa, no como un asunto nacional, sino como parte de un proceso revolucionario mundial. Ello, hubiese agrupado a las zonas atrasadas del mundo en torno a los países socialistas, de la misma manera que el capitalismo, pese a las diferencias entre los diversos países, había reunido anteriormente a todas las naciones bajo una economía mundial regulada por el capital. Mientras existió una posibilidad de extenderse hacia Occidente, la tentativa de Lenin de ampliar la revolución rusa más allá de sus límites objetivos respondía a las necesidades de una revolución proletaria en Occidente. Pues bien, esta correspondencia se desvanecería al no cumplirse la revolución en Occidente. Movimientos de la importancia del bolchevismo pueden fracasar, pero no pueden resucitar; una vez en el poder, tenía que afianzarse a cualquier precio; abandonarlo, no era retroceder, sino morir. Y permanecer en el poder era someterse a la ley marxista según la cual las fuerzas productivas determinan las relaciones sociales de producción y por consiguiente las superestructuras políticas, y no a la inversa. La tarea que la burguesía realizó en otras naciones, o sea, la creación del capital mediante la “acumulación originaria” y la explotación del proletariado, sería asumido ahora por un partido que se decía marxista. En este sentido, el hecho de que se haya conservado la ideología marxista no debe sorprendernos pues, del mismo modo que en el capitalismo, la ideología dominante no refleja las condiciones reales. ¿Acaso la función de las ideologías no consiste en enmascarar y justificar una práctica social inaceptable? La digresión precedente tiene por objeto resumir las ideas expuestas y las posiciones adoptadas por Korsch en algunos de sus artículos sobre las relaciones entre las revoluciones rusa, burguesa y proletaria. Marx tuvo muy presente las realidades creadas por la revolución burguesa y sus consecuencias, en la medida en que sólo concebía el capitalismo como la fase intermedia de un proceso revolucionario destinado a culminar en el socialismo. Korsch también debía tomar una postura respecto a los problemas planteados por la revolución bolchevique y su carácter particularmente no-marxista.
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Mientras las condiciones prever una revolución en Occidente, es decir, durante el período llamado “heroico” de la revolución rusa, el del comunismo de guerra y de la guerra civil, la resolución estaba tomada. Oponerse al régimen bolchevique en semejantes circunstancias, significaba defender la contrarrevolución no sólo en Rusia, sino en el mundo entero. Cualesquiera que hayan podido ser sus reservas mentales, los revolucionarios alemanes tenían que sostener necesariamente la revolución rusa. Hasta que los propios bolcheviques no se volvieron contra los revolucionarios rusos y occidentales --solicitando la paz con el mundo capitalista-- no fue posible atacar al régimen bolchevique sin prestar al mismo tiempo un poderoso apoyo a la contrarrevolución internacional. Aunque el marxismo pudiese esclarecer situaciones análogas a las que existían en Rusia antes de los bolcheviques o en otros países poco desarrollados, no puede ofrecer ningún programa de reconstrucción social para los movimientos revolucionarios correspondientes a esas condiciones. Su dominio se limita a la revolución proletaria de los países avanzados; pero en estos países no ha habido revolución, o cuando la ha habido, ha fracasado. Y allí donde una revolución puede triunfar --en Rusia-- no tuvo un carácter proletario. No por ello renunció a pedir prestada su ideología al marxismo, pues la idea de revolución estaba indisolublemente unida a la del socialismo marxista. Esta situación comportó la disociación entre esta revolución y el socialismo proletario, y por consiguiente la reducción del sentido verdadero y concreto de la doctrina marxista. VI Korsch sostenía que todas las tesis marxistas “no representaban más que un esbozo histórico del ascenso y desarrollo del capitalismo en Europa occidental. Fuera de este terreno, el marxismo sólo tiene validez universal en el sentido en que todo conocimiento empírico profundo de las formas naturales e históricas se aplica a numerosos casos, sin limitarse al único estudiado” [Einführung in das Capital, Berlín, 1933, p. 33] Por consiguiente el marxismo opera “a dos niveles de generalidad; como ley general del desarrollo histórico, esto es, el materialismo histórico; y como ley particular del desarrollo del modo de producción capitalista actual y de la sociedad burguesa que es su producto” [Ibíd.] En este último caso, no se interesa “por la sociedad capitalista real en el período en que se establece y se consolida, sino por la sociedad capitalista en su etapa de declive, donde se puede comprobar y demostrar la existencia de las tendencias que conducen a su desmoronamiento y a su decadencia” [K. Korsch. Why I am a Marxist, Modern Monthly, New York, vol. IX] El capital de Marx, en tanto que crítica de la economía política, constituye claramente una contribución a la ciencia económica. Si se le examina a la luz del materialismo histórico, la economía política no solo aparece como un sistema teórico de proposiciones verdaderas o falsas, sino como la revelación de una parte de la realidad histórica, en el caso presente la totalidad y la historia de la única clase burguesa. Dado que esta totalidad constituye el propio objeto de El capital, esta obra es una teoría a la vez histórica, sociológica y económica. La ciencia económica burguesa, sometida a los mecanismos competitivos del mercado y a las relaciones de explotación del capital y del trabajo, no tiene otras funciones que las descriptivas e ideológicas. Por mucho que se esfuerce por obtener alguna posibilidad de aplicación práctica, su estructura de ciencia “independiente” le impide cualquier éxito. Por el contrario, la teoría marxista, pese a su carácter socio-económico, no tiene por objeto enriquecer la ciencia de la economía, sino destruirla al liquidar las relaciones sociales que esta ciencia intenta legitimar y defender. El marxismo solo trata de asimilar la economía capitalista en la medida en que ello puede contribuir a la destrucción del capitalismo; nunca es “operativa” en el sentido burgués del término. Esta ciencia económica “que el proletariado ha heredado de la burguesía, ya no puede transformarse en arma teórica de la revolución proletaria por la simple eliminación de sus tendencias burguesas y por la elaboración metódica de sus premisas” [K. Korsch. Karl Marx, Londres 1938]

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Para abolir la explotación del trabajo “no se debe recurrir a una interpretación diferente de la economía burguesa, sino a la creación, a través de una transformación social real, de una situación práctica en la que las leyes de esta economía pierdan su validez y la ciencia económica, vaciada de su contenido, se desvanezca pura y simplemente” [Ibíd.] Según Korsch, el análisis económico de Marx sólo puede aplicarse a las condiciones burguesas. La producción del capital no es una relación entre el hombre y la naturaleza “sino una relación entre los hombres y los hombres, basada en una relación entre los hombres y la naturaleza”. Las investigaciones económicas y sociales de Marx han trascendido, en su desarrollo último, todas las formas y fases de la economía burguesa y han demostrado que “las ideas y los principios más generales de la economía política son pura y simplemente unos concepto-fetiches que enmascaran las relaciones sociales reales que existen entre individuos y clases en una etapa determinada de la formación socio-económica” [Ibíd.] No existe una vía hacia la sociedad sin clases que no implique la destrucción de las relaciones sociales fetichistas de la producción del capital, y una sociedad verdaderamente socialista no puede descansar sobre la “ley del valor”. Los límites precisos, el carácter de especificidad que Korsch a las teorías sociales y económicas de Marx, impiden toda tentativa de considerar el marxismo como la simple fase de un desarrollo, sin solución de continuidad, de la teoría económica; esos límites impiden toda tentativa de utilizar la “economía marxista” para fines socialistas. VII El principio de especificidad se aplica del mismo modo a “la filosofía marxista”. Sin negar el hecho de que Marx haya aceptado sin reticencias la primacía genética de la naturaleza exterior a todos los acontecimientos históricos y humanos, Korsch considera que el marxismo sólo se interesa en primer lugar por los fenómenos e interrelaciones de la vida social e histórica sobre la que puede ejercer una influencia práctica. Erigir el materialismo dialéctico en ley eterna del desarrollo cósmico, como Engels y su discípulo Lenin, es completamente ajeno a Marx. El hecho de que Engels sea el iniciador de este error permite comprender la razón por la cual la teoría de la revolución proletaria se haya convertido tan precozmente en una Weltanschauung, sin ningún tipo de relación con la lucha del proletariado. Bajo esta forma ideológica, el marxismo podía utilizarse para fines completamente ajenos al proletariado, como lo hicieron Lenin y la “intelligentsia” en su lucha por modernizar la sociedad rusa. Además, dado que Marx, a lo largo de su actividad revolucionaria, se interesó principalmente por la formación de un partido político revolucionario, se podía creer que Lenin era fiel al marxismo revolucionario al atribuir más importancia al partido que al proletariado. Ciertamente, Marx habló de la destrucción final del modo fetichista de la producción capitalista por una nueva organización social consciente y directa del trabajo; pero sus declaraciones a este propósito no dejaban de ser oscuras. Se podían interpretar de un modo diverso, sobre todo porque Marx concebía la trasformación del capitalismo en socialismo, no como un solo acto revolucionario, sino como un proceso revolucionario que durante cierto tiempo conservaría irremediablemente numerosos caracteres de la sociedad burguesa. La economía planificada y controlada desde arriba, el nuevo aparato de estado que consumaba la dictadura del partido, todo ello parecía concordar con la teoría marxista, si se lo consideraba como etapas transitorias en el proceso que conduce a una sociedad socialista y autogestionada. Efectivamente, en este punto del razonamiento, el materialismo científico de Marx se ha traducido en una espera utópica. El hecho de que la “ortodoxia” marxista de Lenin y su práctica pudieran destinarse a una revolución a fin de cuentas capitalista, demostraba que el marxismo desarrollado por Marx y Engels y el movimiento obrero no pudieron desprenderse desde un principio de su herencia burguesa. Y muchos aspectos de la teoría y de la praxis marxista que en otro tiempo parecían antiburgueses, aparecían ahora como elementos perfectamente asimilables en el modo de producción capitalista. Lo que parecía una vía hacia el socialismo, no condujo sino a un nuevo tipo de capitalismo.
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Lo que en la perspectiva marxista parecía trascender el capitalismo se revelaba como un nuevo método para perpetuar el sistema de explotación capitalista. Y cuando Korsch empezó a criticar en particular la “ortodoxia” marxista y la “ortodoxia” leninista, se entregó al mismo tiempo a una crítica del marxismo mismo, y por consiguiente a una autocrítica. Por lo general, como reacción ante la derrota del marxismo, los marxistas académicos dejaron de ser marxistas. Algunos se consolaron constatando que el marxismo desaparecía en tanto que escuela de pensamiento independiente y que las diversas ciencias sociales burguesas incorporarían todo lo que podían asimilar de éste; ello constituía un reconocimiento triunfal del genio de Marx. Otros declararon pura y simplemente que el marxismo estaba superado y que había desaparecido con el capitalismo del “laissez faire” y todos los demás aspectos de la época victoriana. Olvidaban, como Korsch evidenció, que el análisis marxista de las realizaciones del modo de producción capitalista y de su desarrollo histórico seguía vigente. Y hoy, en un mundo que marcha visiblemente hacia su autodestrucción, siguen planteándose aquellos problemas sociales que preocuparon a la época de Marx. Esta reacción no ha hecho más que constatar que, en la coyuntura actual, no queda ni el menor rastro de un proletariado revolucionario en el sentido de Marx, deduciendo a partir de ahí la imposibilidad futura de este proletariado. No obstante, el proletariado no sólo existe, sino que se extiende sobre todo el globo al paso de la industrialización capitalista de los antiguos países subdesarrollados. Y del mismo modo se extiende en los países avanzados en razón de la proletarización resultante de la concentración y de la centralización del capital, dos procesos inexorables que además han sido consolidados mediante la intervención política. Incluso, si en algunos países fuese posible evitar temporalmente las consecuencias sociales de este proceso mediante un crecimiento extraordinario de la productividad, base de la estabilidad social, el crecimiento de la producción no estaría menos limitado a causa de las relaciones de clase existentes. En resumen, todas las contradicciones capitalistas subsisten intactas y exigen una alternativa completamente distinta de la que ofrece el capitalismo. Y para Korsch, lo que se puede concluir del período contrarrevolucionario actual es que la evolución capitalista no ha alcanzado sus límites históricos extremos mientras que el capitalismo liberal y el socialismo reformista han alcanzado ya los límites de sus posibilidades de evolución. Todas las imperfecciones de la teoría revolucionaria de Marx --que pueden explicarse retrospectivamente por las circunstancias en que surgieron-- no alteran, según Korsch, el hecho de que el marxismo siga siendo superior a cualquier otra teoría social, incluso actualmente, y ello pese a su fracaso patente como movimiento social. Este fracaso mismo es lo que lleva, no al rechazo del marxismo, sino a una crítica marxista del marxismo, es decir, a una mayor proletarización del concepto de revolución social. Y Korsch nunca dudó de que el período contrarrevolucionario sería limitado históricamente como cualquier otro, y que las nuevas fuerzas productivas de la sociedad, incorporándose a una revolución socialista, acabarían por reafirmarse y elaborar la teoría revolucionaria adecuada a sus tareas prácticas. Pero si de momento parece prematuro esperar nuevos levantamientos revolucionarios de carácter proletario, ¿quién sabe si ya no será demasiado tarde?

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1. EL FIN DE LA SOCIALIZACIÓN La “socialización” requerida por el socialismo implica una nueva reglamentación de la producción con el fin de sustituir con la economía comunitaria socialista, la economía privada capitalista. Su primera fase consiste en la socialización de los medios de producción y en la emancipación del trabajo que aquélla implica; la segunda fase consiste en la socialización del trabajo. 2. ¿QUÉ ES LA PRODUCCIÓN? La tarea de la socialización se relaciona con la producción. Pero, en este contexto, “producción” no quiere decir proceso técnico de creación de bienes materiales, relación entre hombre y materia (dada por la naturaleza obtenida artificialmente) Aquí el término “producción” designa más bien, únicamente las relaciones sociales entre hombres vinculados con toda producción técnica y, por consiguiente, las “relaciones sociales de producción”. Objeto de la nueva regulación por medio de la “socialización”, es la producción como quintaesencia de las relaciones sociales. “En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir, los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es como se relacionan con la naturaleza, como se efectúa la producción” (Marx, Trabajo asalariado y capital) La estructura de la economía privada del capitalismo que el socialismo combate, está determinada por la circunstancia de que el ordenamiento económico capitalista, el proceso social de la producción es considerado, esencialmente o en sustancia, como un problema privado que compete a personas aisladas. Por lo contrario, la socialización se propone la realización de una economía comunitaria socialista, es decir, de un ordenamiento económico que considera el proceso social de la producción como un problema público que compete al conjunto de los productores y de los consumidores. 3. ¿QUÉ SON LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN? El primer paso hacia la socialización es la abolición de la propiedad privada capitalista de los “medios de producción” necesarios para la producción, y su sustitución por la propiedad social. “Medios de producción” son todos los objetos y los bienes materiales empleados al fin de la producción. Según el programa de Erfurt (se refiere al programa del Partido Socialdemócrata Alemán, redactado por Karl Kautsky y aprobado en el Congreso de Erfurt del 14 al 20 de octubre de 1891), entre ellos se incluyen en particular: “La tierra, las canteras y las minas, las materias primas, las herramientas, las máquinas, los medios de comunicación”. No es la íntima naturaleza de un objeto, sino su empleo a los fines de la producción, lo que hace de él un medio de producción. Hablando en términos generales, podrían, por lo tanto, ser “medios de producción” toda la tierra en su configuración y con sus características originarias (naturaleza) y todas las transformaciones producidas en su superficie, como también debajo y por encima de la misma, mediante la actividad humana consciente (instalaciones) Un objeto es empleado a los fines de la producción cuando con su uso se efectúa una prestación productiva. La prestación productiva puede consistir en ofertas o prestaciones de servicios que satisfagan de inmediato una necesidad actual, por ejemplo, la prestación del virtuoso que da un concierto, del cochero, o del personal de un tren. Sin embargo, en principio, la prestación productiva consiste en la creación de bienes materiales destinados a la satisfacción de necesidades futuras (bienes de consumo)
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“Medios de producción” son, en el primer caso, los objetos necesarios para la oferta o para la prestación del servicio (el piano, la carroza, la locomotora), en el segundo, los objetos empleados para la ejecución de bienes de consumo (materias primas, maquinarias, etc.) Toda prestación productiva sirve, inmediata o mediatamente, al consumo. La actividad humana que con el uso de medios de producción da lugar a una prestación productiva de cualquier tipo se llama trabajo. El trabajo mismo no es, pues, un medio de producción individual, junto a otros tipos de medios de producción; es, en cambio, la condición general y necesaria de todo uso productivo de los medios de producción, por lo tanto, de toda producción en general. Como ya se ha señalado en el punto 2, en el nivel actual del desarrollo económico, la producción y el uso de los medios de producción para la ejecución de prestaciones productivas no se producen a través de personas individuales que satisfacen sus propias necesidades autónomamente, mediante el trabajo propio, sino a través de la acción conjunta, basada en la división del trabajo, de muchas personas que con el trabajo común efectúan una común prestación productiva. Pero en el régimen económico capitalista, los medios de producción materiales empleados para tal producción común no son propiedad de la comunidad que produce y consume, sino propiedad privada de individuos que participan o no en el trabajo productivo. 4. ¿QUÉ ES EL CAPITAL? Con el agregado del trabajo asalariado, la propiedad privada de los medios de producción se transforma en capital. En una sociedad en la que los medios de producción necesarios son propiedad privada de una parte de la sociedad, mientras que otra está excluida de la propiedad de los medios de producción y sólo puede disponer de la propia fuerza de trabajo, el propietario de los medios de producción (capitalista), adquiere el poder de dominar el proceso de producción social y de apropiarse de todos sus frutos, excepto de la parte con que adquiere la mano de obra necesaria para la producción, destinando a los productores privados de propiedad (asalariados proletarios), a la prestación de trabajo que les corresponde en el proceso de producción. La fuerza de trabajo, que ante de la conclusión del “contrato de trabajo” es un derecho privado de su depositario natural, en virtud del contrato de trabajo se convierte en propiedad privada de un extraño. En el curso del proceso de producción capitalista mismo, no pertenece a su depositario natural, sino al propietario de los medios de producción necesarios para la producción (el capitalista) “En su configuración actual, la propiedad se mueve en la antítesis entre capital y trabajo asalariado” (Manifiesto comunista) En una sociedad en la que la producción se realiza utilizando asalariados privados de propiedad, puede ser “capital” en este sentido del término, en cuanto derecho al dominio y al usufructo privado (exploitation) de la producción social, toda propiedad privada de los medios de producción, independientemente del hecho de que sean de una u otra clase. “Capital” es la expresión con que se designan determinadas relaciones sociales, no la denominación de determinados tipos materiales de medios de producción. En consecuencia, pueden ser “capital” no solo los productos del trabajo desarrollado anteriormente, que en la doctrina económica burguesa son con frecuencia designados sólo con este nombre y contrapuestos a la “tierra” dada en origen (“medios de producción producidos”, “instalaciones”), sino también la “tierra” (la “naturaleza” misma) Uno y otro “medio de producción” se transforman en capital cuando constituyen la base material privada de una producción basada en el trabajo asalariado no libre.

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Si llamamos renta a la utilidad que el propietario capitalista de los medios de producción percibe gracias a la producción social que nace de la utilización de sus medios de producción sin que él desarrolle personalmente ningún trabajo, en esta renta entra todo beneficio que el capitalista percibe sin desarrollar algún trabajo, incluida la llamada “renta del suelo”. Es capitalista no sólo el poseedor de la empresa productiva de la cual extrae la “renta del capital” en sentido estricto, sino también el propietario privado del terreno sobre el que se instala la empresa productiva; éste se apropia de una parte del producto de la producción, que asume la denominación de “renta del suelo”. “Renta del suelo” y “renta del capital en sentido estricto”, son, en cuanto relación social de producción, por igual “renta del capital”. 5. EL ORDENAMIENTO SOCIAL CAPITALISTA Si en una sociedad la relación social de producción del “trabajo asalariado” se convierte en la base general de la producción social, toda propiedad privada de los medios de producción se convierte en capital. El conjunto de los miembros de tal ordenamiento social se divide en dos clases: por un lado, los capitalistas que explotan y dominan la producción, por el otro lado los esclavos asalariados proletarios explotados. Forman parte de la clase capitalista no sólo los que dirigen y extraen un beneficio directo de la producción social, sino, en general, todos los que directa o indirectamente participan del dominio y del producto de la producción social en cualquier forma que no representa la recompensa de un trabajo productivo desarrollado en el proceso de producción. Es indiferente que además de eso este hombre perciba también una renta derivada en parte de su propio trabajo productivo (la llamada “utilidad del empresario”), una renta que podría percibir sin ser propietario privado de los medios de producción (sin percibir una renta del suelo o cualquier otra renta del capital) Mientras que en el anterior nivel de desarrollo del ordenamiento social “capitalista”, era normal que una sola persona dirigiese la producción social y extrajera al mismo tiempo ventaja de ella, hoy habitualmente estas funciones se subdividen entre más personas o grupos de personas que, más o menos directamente, participan todas en el dominio de y en los beneficios de la producción. Ya habíamos examinado antes el caso en que el propietario capitalista de la tierra y el propietario capitalista de la fábrica participan en la explotación de la producción que tiene lugar en la fábrica. Otros dos casos típicos de una escisión similar de la función capitalista son, en primer lugar, aquel en el que los verdaderos propietarios no dirigen personalmente la producción sino que la hacen dirigir en su beneficio por un tercero, por ejemplo, el caso de los accionistas que delegan a una dirección la administración de los asuntos de la sociedad por acciones. Todavía más difundido es el otro caso que entra en este ámbito: el de una empresa que trabaja recurriendo al crédito. También en una empresa de este tipo participan más personas en calidad de “capitalistas”: en primer lugar, el “propietario”, de nombre y jurídico, de la empresa; en segundo lugar, los que conceden el crédito. Ambos se reparten el dominio y el usufructo (exploitation) de la producción de que se trata. La sustitución de la propiedad privada de los medios de producción por la propiedad social, la socialización de los medios de producción, equivale a la liberación del trabajo del dominio ajeno y de la explotación del capitalismo a la que está sujeto en el proceso de producción dentro de la economía capitalista. La socialización de los medios de producción equivale, pues, a la eliminación de la contradicción entre capital y trabajo asalariado que domina al actual ordenamiento económico capitalista y a la eliminación de la actual división social en clases que resulta de esta contradicción; equivale a la eliminación del dominio de clase y de la lucha de clase.

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6. PODER ECONÓMICO Y POLÍTICO, DERECHO PRIVADO Y PÚBLICO La reivindicación de la socialización de los medios de producción y de la liberación del trabajo productivo significa la exigencia de la transformación de la forma fenoménica surgida históricamente de la relación social de producción “propiedad”, en otra forma fenoménica que sólo está surgiendo. La propiedad privada capitalista como se manifiesta en la contradicción entre capital y trabajo asalariado no es una forma de producción social válida para siempre, sino apenas una forma que ha tenido validez temporaria. El poder que pone al propietario privado capitalista en condiciones de dominar la producción social y de apropiarse de sus frutos aparece como un poder fundado económicamente en antítesis con las relaciones de poder fundadas políticamente (los derechos de dominio y fiscales del estado en las confrontaciones de los ciudadanos individuales) Ambos tipos de poder son, sin embargo, como se ha demostrado en el punto 2, relaciones sociales entre hombres, que tanto en su surgimiento como en su perduración dependen de las concepciones vigentes en la sociedad que los toleran y los sostienen, en particular de las normas jurídicas del estado que los reconocen y, que si es necesario, imponen su reconocimiento. “El propietario de una cosa… puede servirse de ella a su placer y excluir a otros de toda intromisión” (§ 903 del código civil alemán) Esta coincidencia del poder económico con el poder político está enmascarada por la división de todo el derecho en derecho privado y derecho público, característica de nuestro actual sistema jurídico que se coloca bajo el signo de la propiedad privada capitalista. “Publicum ius est, quod ad statum rei Romanæ spectat, privatum, quod ad singulorum utilitatem” (Ulpiano L I § 2 De justo et jure, p. 2) [“Derecho público es el que tiende al bien de toda la comunidad estatal, derecho privado el que sirve al interés del individuo”] Las relaciones entre los hombres no pudieron nunca ni en ningún lugar ser tratadas completamente como derecho privado, ya que en tal caso el estado y la sociedad se hubieran escindido. El derecho del propietario de los medios de producción de “servirse a su placer de su objeto” estuvo siempre y en todas partes limitado por disposiciones y prohibiciones de carácter jurídico público, emanadas del interés de la colectividad; del mismo modo, la falta de libertad material del obrero privado de propiedad durante el proceso social del producción, una falta de libertad resultante del derecho de la propia fuerza de trabajo, en los hechos era atenuada en todas partes por limitaciones coercitivas de la libertad contractual y por la protección del obrero obtenida en una u otra forma por medio de normas de derecho público. 7. SOCIALIZACIÓN Y POLÍTICA SOCIAL De lo dicho hasta ahora podría deducirse que existen fundamentalmente dos caminos distintos hacia la “socialización de los medios de producción”, hacia la abolición de la propiedad privada capitalista de los medios de producción. En esencia, se podría socializar sustrayendo los medios de producción del ámbito de poder del capitalista individual (expropiación) y subordinándolos al ámbito de poder de funcionarios públicos (nacionalización, municipalización y otras formas aún por tratar) Se podría también socializar sin recurrir a la expropiación de los propietarios, transformando interiormente el contenido de la propiedad privada de los medios de producción, tratando a la producción --que de acuerdo con la con la concepción vigente hasta ahora del derecho privado incluía en el patrimonio privado del propietario capitalista-- cada vez más como un asunto del derecho público cuya reglamentación ya no compete exclusivamente al propietario de derecho privado sobre la base de su propio derecho, privado, sino que en cambio compete, además de a él, también a determinados organismos de derecho público: a las asociaciones articuladas sectorial y territorialmente de los obreros, de los empresarios, y de los obreros y empresarios asociados (comunidad del trabajo, cámara del trabajo)
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El principal defensor de esta segunda forma de “socialización” es hoy Eduard Bernstein. En su opinión (véase al respecto su volante reproducido en el apéndice I) “en el caso de la socialización el hecho más importante es que ponemos la producción, la vida económica, bajo el control de la colectividad”. Según él, la socialización puede producirse también gracias al hecho de que “la colectividad, por medio de leyes y de decretos, interviene cada vez más decididamente en el control de la vida económica” y hoy, como hace veinte años, sostiene la tesis de que “en una buena ley sobre las fábricas puede haber más socialismo que en la nacionalización de centenares de empresas y de fabricas”. Tal concepción bernsteiniana, en la formulación que hemos mencionado, se resuelve en la completa equiparación de “política social” y “socialización”. Mediante una progresiva limitación político-social de los poderes del propietario privado, la propiedad privada debe ir siendo transformada --a través de una evolución continua-- en propiedad pública. En realidad, la política social, que por definición presupone la propiedad privada del capitalista y que se propone exclusivamente mitigar el conflicto entre los derechos del capitalista y los de la colectividad, no puede en ningún caso pasar a una real socialización sin un salto y un cambio radical. El elemento importante a los fines de una efectiva socialización que la concepción de Bernstein contiene, junto a la aceptación del modo de pensar capitalista y pese a ella, será valorado más adelante. Por el momento tengamos presente lo que sigue: no hay socialización de los medios de producción sin la total exclusión, realizada de una vez o por etapas, del propietario privado del proceso de producción social. 8. SOCIALIZACIÓN Y DIVISIÓN DE LA PROPIEDAD SON “MEDIDAS PARCIALES” De esta condición negativa de toda verdadera socialización resulta, ante todo, lo que sigue: de todos los procesos que se resuelven simplemente en una subdivisión de la propiedad privada entre un número mayor de derecho habientes, no resulta ninguna “socialización de los medios de producción”, sino un simple cambio de los propietarios privados. En este contexto se incluye también el traspaso de la propiedad del individuo a la llamada “persona jurídica” del derecho privado, por ejemplo, el traspaso de la empresa de propiedad privada de un individuo a la propiedad colectiva de una sociedad por acciones. Procesos de este tipo son tan poco socialización, como lo son los simples proyectos de subdivisión --aunque éstos son definidos a veces como socialización por adversarios mal informados del socialismo--, por ejemplo, la división de la gran propiedad territorial en pequeñas colonias de un gran número de propietarios individuales. Hechos de esta naturaleza, de ahora en adelante, dejarán de ser tomados en consideración. De la reivindicación de la total exclusión del propietario privado del proceso de producción, resulta también la insuficiencia de todas las medidas que se resuelven en una división de los poderes y en una división de los beneficios entre el propietario que no trabaja por una parte, y el obrero privado de propiedad, por la otra. En este ámbito entran:
1. La propuesta de Kautsky (las Directivas citadas en el apéndice IV de este trabajo), de “nacionalizar sin más la tierra en la medida en que ésta es explotada por grandes haciendas”, pero de permitir que sigan operando como “haciendas privadas” la tierra del Estado, “las haciendas que sobre ella o en ella se encuentren”. Entran además: Todos los proyectos lanzados siempre como novedad, desde hace cien años por capitalistas benévolos, más o menos exitosamente de “participación en las utilidades”, de cesión de una parte de la renta total de la empresa a los asalariados que trabajan en ella; La participación --que en épocas recientes ha sido sugerida con el nombre de “democracia industrial”-- de representaciones obreras y de empleados (juntas de obreros, consejos de fábrica, juntas de empleados) elegidas por los subordinados de la empresa individual, en la dirección y en la administración de las empresas que, en principio, continúan siendo una prerrogativa de los propietarios capitalistas.
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En el mejor de los casos todas estas “medidas parciales” de socialismo, así como el plan de Bernstein tratado en el punto 7, pueden ser consideradas simples entregas a cuenta. En los casos menos favorables --lo que es válido en particular para la mayor parte de los proyectos de la llamada “participación en las utilidades”-- son directamente antitéticos al real interés de la clase obrera que avanza hacia la propia emancipación. 9. LA TAREA DE LA SOCIALIZACIÓN Con la reivindicación de la “total exclusión del propietario privado de la producción” se asegura la distinción entre la pura y simple “política social” y la real “socialización” (véase el punto 7), se evita también que la socialización se confunda con la simple distribución de la propiedad privada y con toda una serie de “medidas parciales” (punto 8) Si se prescinde de ello, la tarea de la socialización no está sin embargo definida todavía en el plano de los contenidos de un modo más cercano. Aún después de la total exclusión de los propietarios privados capitalistas, los mismos medios de producción en el mismo momento pueden ser usados para la producción sólo por una cantidad determinada de obreros activos en la producción, precisamente como todo medio de consumo, en el instante en que cumple su función, puede ser consumido o usado sólo por un número determinado de personas. La “socialización de los medios de producción” requerida por el socialismo no puede y no quiere cambiar este dato real y concreto. También en la economía comunitaria socialista es necesario decidir qué personas pueden y deben usar para la producción los medios de producción disponibles, en qué condiciones de trabajo debe tener lugar la producción, y de qué modo deben ser distribuidos los resultados de la producción entre la totalidad de los productores y de los consumidores. También en la economía comunitaria socialista existe por lo tanto una reglamentación de las relaciones sociales de producción, un ordenamiento de la propiedad. La tarea de la socialización es establecer este ordenamiento. Un plan de socialización resuelve esta tarea, según como se ponga en práctica, de acuerdo con la decisión que toma respecto de los problemas señalados antes, crea la propiedad comunitaria más o menos acabada de una real economía comunitaria, o elimina efectivamente la propiedad privada, pero sólo para sustituirla con alguna forma de propiedad particular. 10. LA CONTRAPOSICIÓN DE INTERESES ENTRE PRODUCTORES Y CONSUMIDORES El mayor peligro de que pese a la puesta en práctica de un plan de socialización no se logre la creación de una verdadera propiedad comunitaria, resulta del hecho de que aun después de la exclusión de la propiedad capitalista de la producción, en la vida económica de una comunidad humana sigan contraponiéndose dos tipos de intereses: el interés del obrero que produce en cualquier rama particular de la producción, por un lado; el interés de la totalidad de los restantes productores y consumidores, por el otro. Más sintéticamente: el conflicto de intereses entre los productores y los consumidores. Si al regular la relación social de producción se le da prioridad al interés de los consumidores o al de los productores, la presunta “socialización” no sustituye al tradicional capitalismo privado con una efectiva “socialización” de los medios de producción, sino apenas con una nueva forma de capitalismo que, según los casos, deberá ser definida como capitalismo de los consumidores (capitalismo de estado, de la comunidad, de la asociación de consumo) o capitalismo de los productores. Sólo evitando ambos peligros, teniendo en cuenta de modo equilibrado y justo tanto los intereses de los productores como de los consumidores, la socialización puede dar como resultado no ya la propiedad particular de un estrato, sino la real propiedad comunitaria.

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Las formas de socialización que exponen al peligro de un capitalismo de los consumidores son la socialización a través de la nacionalización, de la municipalización, y de la agregación de las empresas de producción a las cooperativas de consumo. El peligro de un capitalismo de los productores surge, en cambio, cuando se efectúa un intento de socialización en el sentido del movimiento de las cooperativas de producción y del sindicalismo moderno (“las minas a los mineros”, “los ferrocarriles a los ferroviarios”, etc.) En el espíritu del socialismo, el objetivo de la socialización no es, sin embargo, ni el capitalismo de los consumidores ni el de los productores, sino la efectiva propiedad comunitaria para la totalidad de los productores y de los consumidores. 11. LOS DERECHOS DE LOS PRODUCTORES Y DE LOS CONSUMIDORES EN LA REGLAMENTACIÓN DE LAS RELACIONES SOCIALES DE PRODUCCIÓN La subdivisión de los derechos que los productores y los consumidores hacen valer en las confrontaciones de la reglamentación de las relaciones sociales de producción, resulta de una escisión de la propiedad capitalista privada que debe ser abolida mediante la socialización en sus atribuciones individuales. La “propiedad privada de los medios de producción” en el actual ordenamiento capitalista de la economía incluye, como ya se ha señalado, dos elementos: a) un derecho sobre el fruto total de la producción realizada con y gracias a estos medios de producción, descontando previamente todos los gastos producidos pos materias primas, los salarios, los impuestos, etcétera (según Marx, un derecho usurpado por parte del capitalista sobre la “plusvalía” producida mediante el trabajo no libre del asalariado; b) un derecho al dominio sobre el proceso de producción, limitado por el derecho público general, en particular por la llamada legislación social. Por lo contrario, la reivindicación de la “abolición de la propiedad privada de los medios de producción”, de la “socialización de los medios de producción”, que se hace valer desde el punto de vista del obrero activo en la producción, implica a su vez dos elementos: a) un derecho sobre el fruto del trabajo para el obrero; b) una participación del obrero en el comando del proceso de producción, en correspondencia con la importancia que tiene el trabajo para el proceso de producción. La misma reivindicación, valorada desde el punto de vista del consumidor implica: a) un reparto del fruto de toda la producción social entre la totalidad de los consumidores; b) una transformación de los derechos de dominio del propietario capitalista privado a los órganos de esta totalidad. 12. LAS DOS FORMAS BÁSICAS DE LA SOCIALIZACIÓN Examinando el problema desde estos puntos de vista, parece que surge una posición diferente de los productores y e los consumidores con respecto a las diferentes formas de “socialización” con las que se puede enfrentar. Un grupo de estas formas, el primer tipo de socialización, asegura solo indirectamente a los obreros activos en la producción, y en cambio, directamente a los consumidores, una satisfacción de sus derechos. El otro grupo de formas, el segundo tipo de socialización, representa por lo contrario una socialización directa desde el punto de vista de los obreros activos en la producción, y sólo una socialización indirecta desde el punto de vista de la totalidad de los consumidores.
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a) La socialización, sea en la forma de nacionalización o municipalización de las empresas, sea en la agregación de empresas productivas a cooperativas de consumo, es indirecta desde el punto de vista del obrero activo en la producción, mientras que es directa desde el punto de vista de la totalidad de los consumidores. En todos estos tres casos el obrero activo en la producción no obtiene codirección ni derecho de participación en los beneficios de la producción porque el propietario privado capitalista ha sido sustituido por los funcionarios del Estado, de la comuna, de la cooperativa de consumo; sigue siendo, en cambio, obrero asalariado como antes. En la medida en que todo se agote en esta disposición, la presunta socialización no habría creado en realidad ninguna propiedad comunitaria de la totalidad, sino, más bien, una propiedad particular del estrato de los consumidores. El capitalismo privado habría sido sustituido por un capitalismo de los consumidores. Al igual que para las otras dos formas citadas, esto es válido también y en particular para la forma de la nacionalización. De aquí resulta la verdadera relación entre las dos expresiones que tan a menudo son consideradas equivalentes: socialización y nacionalización. Ya habíamos visto antes que no toda socialización se produce bajo la forma de la nacionalización. Y ahora hemos visto que, tomada en sí, la pura y simple nacionalización no puede ser reconocida como socialización socialista. b) La socialización directa desde el punto de vista de los obreros activos en la producción e indirecta desde el punto de vista de la totalidad de los consumidores consiste en el traspaso de la propiedad de todos los medios de producción de una empresa (de una rama de la industria) a todos los que participan en el trabajo de la empresa (en el trabajo de la rama industrial) Mediante este proceso, los que participan activamente en la producción con su trabajo pasan a asumir pleno dominio sobre todo el proceso de producción y sus frutos. Sin embargo, es obvio que esto no es suficiente para realizar una verdadera propiedad comunitaria, como tampoco lo es la forma de socialización descrita en a) En este caso el capitalismo del capitalista privado se sustituiría simplemente por un capitalismo de los productores, por la propiedad particular de determinados grupos de productores. 13. LA NECESIDAD DE INTEGRACIÓN DE AMBAS FORMAS BÁSICAS DE SOCIALIZACIÓN El rasgo común fundamental de los dos distintos tipos de “socialización” es el siguiente: mediante la socialización de uno y otro tipo es siempre quitado de en medio el capitalismo privado, que hasta ahora había tenido la pretensión de representar en todos los casos. a) con respecto a los obreros, los intereses de los consumidores; b) con respecto a los consumidores, los intereses de los obreros en cuanto productores. En la realidad, en cambio, el capitalista privado aseguraba para sí mismo un poder social y una renta sin trabajo gracias al fruto de la producción social, y a menudo de las cuotas destinadas tanto a los que participan en el trabajo de la empresa, como a la totalidad de los consumidores. Con la desjerarquización de este eslabón intermedio superfluo la contraposición de intereses entre los productores y los consumidores, entre los obreros y los que disfrutan de los productos del trabajo --una contraposición necesaria y natural--, se hace sentir con mayor agudeza. En el caso de cada una de estas formas de “socialización”, la contraposición de intereses debe ser eliminada si intenta realizar la propiedad comunitaria y no simplemente la propiedad de un estrato.

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Esta eliminación se presenta de diferentes maneras en el caso de las empresas nacionalizadas, municipalizadas, agregadas a una cooperativa de consumo, por una parte; y en el caso de las empresas socializadas según el criterio de las cooperativas de producción y el sindicalista, por el otro. En ambos casos, si se quiere llegar a una real socialización el resultado final debe ser, sin embargo, el mismo. a) Es así en lo que respecta a la distribución de los beneficios de la producción. Evidentemente, con respecto a los dos problemas en apariencia tan diferentes --qué cantidad del beneficio total de una empresa (una rama de la industria) en la que los que participan en el trabajo de la empresa han asumido la dirección en la forma de una cooperativa de producción o en forma sindicalista, debe ser cedida al Estado, a la municipalidad y a otros órganos de la colectividad de los que participan en la producción, y cuál debe ser el nivel de los salarios en una empresa productiva estatal, municipal u organizada en la forma de una cooperativa de consumo--, se tiene que intentar por cierto, en todas partes, la solución, por lo demás, en todas partes necesaria, del mismo problema: ¿qué cuota del beneficio total debe ser destinada a los productores como tales, y cuál es la totalidad? b) Lo mismo se puede decir también en relación con la distribución del dominio sobre el proceso de producción. El dominio sobre la producción social se compone de una serie de determinaciones distintas entre las que se incluye: 1) la determinación de qué y cuánto debe ser producido, es decir qué cantidad determinada de mercancías o de prestaciones de servicio debe proporcionarse a los consumidores de la rama de producción en cuestión. Además, incluye, 2) la decisión sobre el modo de ejecución de la producción, es decir, la elección del material, de los procesos de trabajo y de los instrumentos humanos. Incluye, por último, 3) también la decisión relativa a las condiciones en que deben ser ocupados estos instrumentos humanos (temperatura, disposiciones sanitarias, duración e intensidad del trabajo, salarios y otras cosas) En una economía privada puramente capitalista todas estas disposiciones son tomadas “a su placer” por el propietario privado de los medios de producción. Sólo indirectamente, a través de la lucha política y de las luchas del trabajo en sentido propio, es decir con la imposición de disposiciones legales y de contratos colectivos de trabajo, la clase obrera ha podido ejercer hasta aquí una cierta influencia sobre el contenido de las condiciones de trabajo (punto 3) y tal vez también sobre la elección de los procesos de trabajo (punto 2), en la medida en que éstos influyen sobre las condiciones de trabajo. Fuera de la fábrica, en cuanto ciudadano y afiliado al sindicato, el obrero estaba frente al empresario como persona provista de iguales derechos; en la fábrica éste era el señor y el obrero era esclavo. Sólo con las leyes sobre el servicio auxiliar de 1916 comenzó el proceso que desde la Revolución de Noviembre adquirió ritmos cada vez más rápidos y dio vida a representaciones obreras electivas (“comités obreros”, “consejos de fábrica”) también dentro de cada una de las fábricas, representaciones provistas de derechos de cogestión garantizados en el terreno del derecho público. Es evidente que una “socialización” que se propusiese la finalidad de crear una efectiva propiedad comunitaria no podría transferir a funcionarios públicos nombrados por la totalidad de los consumidores (Estado, comunas, etc.) las numerosas prerrogativas que en una economía privada puramente capitalista competen a la persona privada; en ese caso los obreros que desempeñan el papel predominante en la producción, como tales, permanecerían privados de libertad. Esta socialización, por otra parte no puede tampoco confiar exclusivamente a los obreros activos en la producción de una fábrica (de una rama de la industria) estos derechos de decisión, si no se quiere que la totalidad de los consumidores sea entregada al arbitrio de los obreros de cada fábrica (de cada rama de la producción)
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Pero, si de todos modos se traza esta línea de demarcación entre los derechos de los productores y los de la totalidad de los consumidores, una cosa es cierta: si se quiere lograr un justo equilibrio entre intereses antitéticos y con ello una verdadera socialización de los medios de producción, es necesario que en las dos formas fundamentalmente distintas de socialización, la misma sea trazada de modo equilibrado en sus resultados. 14. SU INTEGRABILIDAD Si a partir de ambas formas fundamentales de la socialización (nacionalización, municipalización, etc., por un lado; cooperativa de producción, sindicalismo, por el otro), a través de una adecuada compensación de los intereses contrapuestos es posible llegar a la realización de la verdadera propiedad comunitaria sobre todos los medios de producción existentes, para la totalidad de los productores y de los consumidores, ahora se ha probado que estas dos formas fundamentales son ambas puntos de partida positivos para la construcción de la economía comunitaria socialista y, sin perjuicio para la idea socialista, ambos caminos pueden ser recorridos paralelamente. a) En particular se sigue de esto que todas las objeciones que suelen hacer los decididos defensores de la “nacionalización” contra la forma de socialización basada en la cooperativa de producción (y la forma sindicalista), se basan en presupuestos erróneos. Nadie piensa repartir enteramente entre los obreros que participan en la producción de una fábrica dada, el beneficio que se realiza en la misma fábrica utilizando los medios de producción cuya propiedad última pertenece a la colectividad. Es obvio, en cambio, que una parte de este beneficio sea destinada a fines más generales. Por otra parte, mientras que sobre la magnitud absoluta de esta cuota no es posible tomar una decisión basada en el cálculo, sobre la magnitud relativa puede decirse que la cuota del beneficio total de una fábrica (de una rama de la industria) por restituir a los fines más generales podría ser tanto mayor, cuanto mayor sea en la misma fábrica (en la rama industrial) el valor total (valor de los terrenos y de las instalaciones) de los medios de producción necesarios para la producción en relación con el número de los obreros ocupados. De tal modo se evita que los obreros de una fábrica individual (rama de la industria) se conviertan a su vez en capitalistas, explotadores del trabajo ajeno a través de la recepción de una renta del suelo y de capital. Del mismo modo, y por lo contrario, esto revela que en el caso de una aplicación correcta de la nacionalización (municipalización, etc.) son infundadas las objeciones que los adversarios irreductibles del sistema de trabajo asalariado hacen valer precisamente contra este tipo de socialización. El trabajo asalariado no es en sí inconciliable con la economía comunitaria socialista; sólo lo es en tanto elemento de la antítesis capital y trabajo asalariado, allí donde subsiste el capitalismo, o sea la propiedad particular de los medios de producción, y donde los obreros excluidos de tal propiedad pueden ser explotados. Donde ya no subsiste la propiedad particular, donde no subsiste la explotación capitalista, el pago de los salarios es solo una forma técnica de la distribución del fruto de la producción destinado a los productores entre los que participan en la producción. El hecho de que en una empresa organizada como cooperativa de producción --después del descuento de una parte importante del beneficio destinado al Estado, a la comunidad y a otros fines públicos-- lo que queda sea repartido entre los que participan en la actividad de la empresa, o que en cambio en una empresa estatal pura se les pague a los obreros un salario en igual medida, constituye sólo un diferencia técnica. Por lo demás, esta forma técnica del pago del salario no está tampoco necesaria e inseparablemente vinculada a la forma de socialización específica de la nacionalización (municipalización)

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En el caso límite de que una empresa estatal pura destine a sus obreros --precisamente como han hecho ya algunas empresas capitalistas en la economía privada-- una parte del beneficio realizado en la empresa en la forma de “participación en las ganancias”, agregado al salario fijo, hace desaparecer también esta diferencia técnica y las dos formas fundamentales de la socialización, en lo que concierne a la distribución del fruto de la producción, pasan a coincidir plenamente. b) También sería equivocado querer dar preferencia, desde el punto de vista del obrero activo en la producción, a la forma de socialización sindicalista basada en las cooperativas de producción, sosteniendo que la misma asegura al obrero una participación en el dominio sobre la producción más eficaz que la que le garantiza la forma de la nacionalización. Tal ventaja de una forma de socialización sobre la otra subsiste en efecto sólo mientras la empresa estatal o municipal, etc., mantiene la forma de organización antidemocrática de la fábrica que excluye al obrero de toda cogestión dentro de la propia fábrica. Sin embargo, en ningún caso eso es consecuencia de se esencia. Los desarrollos más recientes de nuestra “política social”, la ley sobre servicio auxiliar de 1916, y los acontecimientos revolucionarios de 1918-1919, como habíamos visto en el punto 13 b, han impuesto a la misma empresa capitalista privada cierta participación --asegurada en el terreno del derecho público-- de los “comités obreros” (“consejos de fábrica”) electos por los obreros, en la administración de las empresas. ¡Cuánto más fácil es una evolución organizativa similar dentro de la empresa que no es más capitalista sino ya nacionalizada, o sea en la empresa del Estado, municipal, o en la organizada como cooperativa de consumo! A los representantes electivos de los obreros y de los empleados de la empresa se les puede asegurar sin duda una influencia decisiva en la definición de las condiciones de trabajo, una coparticipación en la elección de los procesos de trabajo por aplicar y una participación al menos consultiva o de toma de conocimiento, en la restante administración de la empresa, también en la empresa estatal, la empresa municipal y en la empresa de producción organizada bajo la forma cooperativa de consumo. En otros términos, una distribución del poder sobre el proceso de producción, que corresponda tanto a los intereses de los productores como a los de los consumidores, se puede lograr con el mismo éxito siguiendo la vía de la nacionalización (municipalización, etc.) o la de la sindicalización. 15. LA RESOLUCIÓN DE LA CONTRAPOSICIÓN DE INTERESES EXISTENTE ENTRE PRODUCTORES Y CONSUMIDORES El resultado más importante de cuanto hemos dicho hasta ahora es el siguiente: ni la transferencia de los medios de producción de la esfera de poder privada del capitalista a la esfera de poder de los órganos públicos de la colectividad (nacionalización, municipalización, etc.), ni mucho menos la transferencia de los medios de producción de las manos del propietario a las de la colectividad de todos los participantes en la producción (socialización sindicalista basada en las cooperativas productivas), representan de por sí la sustitución de la propiedad particular capitalista por la verdadera propiedad colectiva socialista. Además de estas dos medidas, es siempre necesaria también una transformación interna del concepto de propiedad, una total subordinación de toda propiedad particular al punto de vista del interés común de la colectividad. Aquí adquiere todo su peso la concepción puesta en primer plano por Bernstein, que subraya la importancia estable de todas las medidas mediante las cuales se ha intentado reducir, en la sociedad capitalista hasta aquí existente, los comunes efectos perjudiciales de la conducción capitalista privada de la economía (llamada “política social”)

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Como vemos ahora, tales medidas siguen siendo necesarias para el cumplimiento de la socialización aun cuando la propiedad privada capitalista haya sido completamente eliminada y sustituida por una propiedad social particular, sea la propiedad particular de los funcionarios de la totalidad de los consumidores, o la propiedad particular de una comunidad de productores. También respecto de esta propiedad particular se mantiene la necesidad de preocuparse por una distribución de los frutos de la producción que haga justicia a los intereses de todas las partes de la sociedad y, en general, la necesidad de “poner la producción, la vida económica bajo el control de la colectividad”. Sólo de este modo la evolución de las relaciones sociales de producción avanza desde la “propiedad privada” de cada una de las personas --a través de la “propiedad particular” de cada una de las partes de la sociedad-- hasta la “propiedad colectiva” de toda la sociedad. 16. LA SOCIALIZACIÓN DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN COMO “AUTONOMÍA INDUSTRIAL” La “socialización” de los medios de producción consiste, por lo tanto, en dos transformaciones --que deben integrarse a fin de realizar la propiedad colectiva-- del modo de producción capitalista privado: en la transferencia de los medios de producción desde la esfera del poder de cada uno de los propietarios privados hasta la esfera de poder de funcionarios sociales, y en la limitación por el derecho público de las competencias de los actuales responsables de la producción social en interés de la colectividad. Actuando juntas estas dos transformaciones no se logra ni eso que hoy en día se entiende habitualmente por nacionalización (municipalización, etc.) y que en realidad es simple capitalismo de estado (o un capitalismo de consumidores de otro tipo), ni lo que hoy se define como socialización sindicalista basada en las cooperativas de producción y que en realidad es sólo un capitalismo de los productores. Surge, en cambio, una forma nueva y más completa de socialización de los medios de producción, que de ahora en adelante llamaremos “autonomía industrial”. 17. ¿QUÉ ES LA “AUTONOMÍA INDUSTRIAL”? La autonomía industrial consiste en el hecho de que en toda industria (“industria” entendido en el sentido de la “industry” inglesa, o sea en el de toda actividad económica sistemática, incluida la agricultura), son convocados a ejercer el poder sobre el proceso de producción los representantes de todos los que participan activamente en la producción en vez del tradicional propietario privado o del director preelegido por él. Al mismo tiempo, las limitaciones de la propiedad ya impuestas a la propiedad capitalista privada de los medios de producción por la “política social” del Estado, son desarrolladas ulteriormente hasta llegar a ser una efectiva propiedad por encima de la colectividad. A los fines de la naturaleza de la “autonomía industrial” que está surgiendo, es indiferente que la misma sea concebida como nacionalización (municipalización, etc.) y sucesiva limitación --en beneficio de los participantes inmediatos en la producción-- de los derechos de dominio transferidos a los funcionarios públicos de la colectividad, o viceversa como transferencia de los medios de producción de una industria a las manos de sus obreros y sucesiva limitación del derecho público, en interés de la totalidad de los consumidores, de la propiedad particular de la comunidad de los productores que de tal modo se ha constituido. 18. LA REALIZACIÓN DE LA AUTONOMÍA INDUSTRIAL La puesta en marcha de la socialización de una rama de la industria en la forma de “autonomía industrial” se cumplirá de modo distinto de acuerdo con las necesidades del caso particular. La socialización de cada una de las fábricas es posible en la forma de la “institucionalización” (así llamada por Schiffle); el ejemplo clásico de su éxito incluso en los marcos del ordenamiento social capitalista lo proporciona la “Fundación Carl Zeiss” [Véase más adelante, en el reportaje de Hedda Korsch, las menciones a la Fundación Carl Zeiss – N. del E.] de Jena que existe desde decenios.
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Más importante a los fines de la situación actual es la posibilidad de que las industrias totales, no maduras para la “nacionalización” centralista y que tal vez no lo llegarán a estar nunca, puedan ser inmediatamente socializadas, transferidas a la propiedad colectiva de la sociedad siguiendo la vía de la autonomía industrial. En una industria así socializada la autonomía se configura de distintos modos: 1. El sindicato que comprende todas las empresas de la rama de la industria en cuestión, respecto del gobierno central del Estado posee una autonomía limitada sólo por el necesario respeto al interés de los consumidores. 2. La empresa individual posee una autonomía limitada con respecto al sindicato que incluye a las empresas y en parte decide centralmente sobre su administración. 3. Dentro de las administraciones del sindicato [1.], así como de las empresas individuales [2.], respecto de la dirección administrativa (dirección de la fábrica), los diferentes estratos de todos los restantes participantes en la producción (los empleados y los obreros en sentido estricto) poseen una esfera jurídica autónoma limitada, un derecho a regular autónomamente los problemas que le competen de manera particular. También el modo en que el interés de la totalidad de los consumidores es hecho valer respecto de estas industrias “autónomas”, variará cada vez de acuerdo con las exigencias de cada caso particular. El fin económico común es aquí una participación de las organizaciones de los consumidores (Estado, comunas, cooperativas de consumo y asociaciones ad hoc fundadas con este objeto particular) en la determinación pública de lo que es necesario y obligatorio para los sindicatos autónomos y para cada una de las empresas, que en la producción de la economía de cambio para el mercado sustituye una pura producción que se orienta a la cobertura de lo necesario. En la medida en que una economía similar dirigida a cubrir las necesidades no puede aún ser realizada plenamente, la actual economía de cambio entre las personas será sustituida por en un primer momento por una economía de cambio entre las diferentes ramas de la industria. En esta situación cada una de las ramas de la industria no produce exclusivamente para lo necesario, sino en parte también para el mercado (se debe pensar en particular también en los cambios con el exterior) Aquí podría por tanto darse también el caso de que una empresa obtenga beneficios extraordinariamente elevados, mientras que los de otra no cubran siquiera la modesta retribución de sus obreros. En la medida en que se trata de distintas empresas de la misma rama de la industria organizada en sindicato, el pasivo de una empresa debe ser compensado por el beneficio excedente de la otra; las empresas del todo insuficientes en el plano técnico son cerradas por decisión del sindicato. Prescindiendo de eso, toda empresa autónoma como también todo sindicato autónomo deben fijar los precios de los productos a un nivel tal que el beneficio total de la empresa (de todas las empresas organizadas en el sindicato) asegure un nivel de subsistencia estable y suficiente a todos los que participan activamente en la producción. El perjuicio de la totalidad de los consumidores, como consecuencia de un nivel excesivo de los precios, decidido por el grupo particular de los productores que constituyen cada empresa autónoma o el sindicato autónomo, se evita con una participación asegurada en el plano del derecho público, de las organizaciones de los consumidores en la determinación de los precios. Una participación ulterior de los consumidores en la administración de la producción --también limitativa de la autonomía de los grupos de los productores-- resulta del principio ilustrado anteriormente en el punto 13 b de la división del producto total de toda empresa (de toda rama de la industria) en dos partes, de las cuales una está a disposición de los que participan activamente, mientras que la otra es utilizada para los fines más generales de la totalidad de los consumidores, por ejemplo en la forma del impuesto.

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En esa ocasión se había mencionado también el principio en base al cual se produce la definición de estas cuotas: después de haber determinado la magnitud absoluta de los medios que concurren para la satisfacción de los fines más generales de los consumidores, la cobertura se subdivide entre cada una de las ramas de la industria (cada una de las empresas) según el principio de que cada rama de la industria (cada empresa) debe ceder una parte del producto, tanto mayor cuanto más elevado dentro de la misma es el valor total (valor del terreno y del trabajo) de los medios de producción empleados para la producción en relación al número de los obreros ocupados. Sólo la parte que sobrepasa el beneficio de una rama de la industria (de una empresa) está a disposición de los fines particulares de la comunidad de productores en cuestión (por ejemplo, formación de reservas, perfeccionamiento y ampliación de la empresa, retribución de los obreros, pensiones, etc.) De tal modo, también desde este costado, ya a este nivel de la evolución hacia una economía comunitaria, en la que no existe todavía una pura economía de lo necesario, la autonomía de los productores encuentra su límite en el respeto de las necesidades generales de los consumidores, que deben ser satisfechas a través de la producción total de la sociedad. A su vez, del respeto de este límite se preocupan también las organizaciones de consumidores (Estado, comunas, cooperativas de consumo, etc.), a las que a este fin se les asegura un derecho de cogestión en la administración de las industrias autónomas. (Como una vía que permite realizar prácticamente esta exigencia, véase el extracto de un llamamiento de la socialdemocracia austroalemana incluido en el apéndice II de este escrito, así como los debates sobre el tema publicados mientras este escrito estaba en imprenta, en el Informe de la comisión alemana para la socialización sobre la industria carbonífera, citado en apéndice IV) 19. AUTONOMÍA INDUSTRIAL MEJOR QUE “NACIONALIZACIÓN” El profano suele imaginarse la ejecución de la “socialización” bajo la forma de la simple nacionalización. En esta equiparación entre socialización y nacionalización se basa la mayor parte de las objeciones que corrientemente se alzan contra la “socialización”. Se trata, antes que nada, de la objeción de que una socialización de los medios de producción es posible en general sólo en el caso de un ámbito rigurosamente delimitado de ramas de la producción y que puede ser puesta en práctica sin correr el riesgo de que resulte antieconómica únicamente en las empresas ya “maduras” para la administración centralista. En todas las otras ramas de la producción se trataría, en cambio, de esperar su progresiva maduración. Por lo demás, muchas ramas de la producción no se desarrollarían siquiera en el sentido de una progresiva maduración para la centralización, sino, al contrario, precisamente en dirección contraria; por lo tanto estas últimas jamás podrían ser “socializadas” sin caer en lo antieconómico, sin una disminución de las fuerzas productivas. Se trata, pues, de la objeción de que toda “socialización” en general conduce a la burocratización, al esquematismo y por tanto al ahogo de la iniciativa privada y a la parálisis. Estas objeciones tienen sentido en tanto críticas a una “nacionalización” centralista de ramas de producción que no se adaptan a la misma. No tienen sin embargo ningún sentido si se las quiere instrumentar contra la socialización misma, contra la sustitución, a iniciar inmediatamente de modo generalizado, de la propiedad privada capitalista por la propiedad colectiva socialista. En efecto, como hemos visto, esta propiedad colectiva socialista no es de ningún modo sinónimo de propiedad estatal. Para nosotros la nacionalización era sólo una de las formas de la socialización, y todas las formas de socialización en general eran aceptadas por nosotros como verdadera “socialización”, socialista sólo en la medida en que los resultados conducían a esa reglamentación de las relaciones sociales de producción que habíamos definido como la forma de la autonomía industrial.

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Respecto de esta socialización en la forma de la autonomía industrial, todas las objeciones que se suelen plantear contra la “nacionalización” centralizante terminan efectivamente por carecer de objeto. Una esquematización y un endurecimiento burocrático se excluyen; la iniciativa privada no se ahoga sino que, en lo posible, es ulteriormente desarrollada en cuanto las posibilidades de ejercer tal iniciativa a través de la autonomía se extienden a un ámbito de participantes en la vida de la empresa que en el régimen de economía capitalista privada no tenían posibilidad de ejercer la propia iniciativa. Como máximo, podría surgir un peligro de antieconomicidad del hecho de que debido a la exclusión del propietario privado de la producción el egoísmo privado deja de proveer un impulso constante a una producción posiblemente económica. Pero, como se demostrará enseguida, con la pura y simple socialización de los medios de producción no se vincula de ningún modo a una eliminación del egoísmo privado de los motivos de la producción; en esta primera fase de la economía comunitaria, a través de la socialización de los medios de producción el egoísmo privado puede ser puesto de un modo mucho más acentuado al servicio de la producción en tanto impulso de una producción posiblemente económica y abundante. 20. LA SOCIALIZACIÓN DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN COMO EMANCIPACIÓN DEL TRABAJO. EL ULTERIOR DESARROLLO EN EL SENTIDO DE LA SOCIALIZACIÓN DEL TRABAJO En las primeras proposiciones de este trabajo, la “socialización de los medios de producción” ha sido descrita sólo como la primera fase de la economía colectivista. Se ha dicho que a través de ella el “trabajo asalariado”, que anteriormente carecía de libertad y era explotado por el “capital” en la producción, sólo es liberado pero no todavía socializado. Efectivamente, se puede imaginar una situación que con toda probabilidad será realizada por nosotros en gran medida en el futuro próximo, en la que los medios de producción materiales sean de propiedad colectiva, pero en la que seguirá subsistiendo durante largo tiempo el derecho privado del productor activo individual a disponer de la propia fuerza de trabajo, en tanto derecho a una cuota del producto de la producción correspondiente a la duración y a la calidad de su trabajo. Precisamente cuando en una situación de producción autónoma la comunidad de los productores que administra por sí los propios negocios (en los límites descritos en el punto 18) --por ejemplo, la totalidad de los que participan activamente en la vida de la empresa individual (dirigentes, empleados, obreros)-debe decidir autónomamente sobre las condiciones del propio trabajo, en particular sobre los salarios a pagar a los grupos individuales, no obstante la solidaridad por cierto muye desarrollada de los obreros de la industria es casi seguro que su decisión no irá en el sentido de una socialización de la fuerza de trabajo de todos los participantes. Es probable que no se acoja como principio general de la retribución el principio de la simple igualdad o del igual salario por el mismo tiempo de trabajo, y tampoco la reivindicación aún más avanzada de tener en cuenta la naturaleza diferenciada de las necesidades (por ejemplo entre un soltero y un padre de familia) Más bien, para aumentar la magnitud absoluta del producto de la producción (en la que todos participan parcialmente) atrayendo los mejores “brazos” o las mejores “mentes”, la orientación de fondo de la retribución industrial será --hasta un nuevo orden-- la de “salario igual por igual prestación”, y por lo tanto al mismo tiempo también su contrario: “diferente retribución por diferentes prestaciones”. En particular, en esta primera fase de la economía colectivista, el talento específico del “empresario” industrial no será retribuido peor, sino por el contrario mejor que en el actual estado capitalista, en el que en condiciones normales la parte más importante del producto de la producción no va de ningún modo al empresario mismo, sino al “capitalista” que lo financia (véase la nota 5) No sólo la retribución, sino también la posición de poder de personas provistas de particulares condiciones empresarias, en cada empresa o en el sindicato autónomo, tenderá a estar más liberada de los vínculos de lo que está en la actual economía capitalista, la que el capital financiero de los bancos “controla” la industria y un tipo particular de empresario industrial, el empresario financiero, ejerce su dominio sobre todos los demás tipos de empresarios industriales.

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La socialización de los medios de producción en esta primera fase de la economía colectivista, lejos de excluir de la producción el aliciente del interés privado, provocando por ende un debilitamiento de las fuerzas productivas, una disminución de la productividad del trabajo social de producción, en realidad encauzará simplemente una emancipación del trabajo y, por tanto, una extensión del interés económico privado a un ámbito mucho más vasto de participantes en la producción. En su primera fase de desarrollo, la industria socializada se caracterizará por salarios diferenciados y por la participación de todos los grupos que participan en la actividad de la empresa en el producto de la producción común, bajo la forma de una participación en los beneficios, a distinto nivel, según los distintos grupos. El espíritu capitalista, muerto en tanto capitalismo de los propietarios, resurgirá como capitalismo obrero; a la explotación realizada por la propiedad privada sobre los medios materiales de producción, ahora imposible, sucederá en un primer momento la ilimitada explotación del derecho privado de todo obrero individual sobre la propia fuerza de trabajo. Tal vez se cumpla la hipótesis formulada por el socialista inglés Bernard Shaw según la cual el trabajador intelectual favorecido será el último explotador de la sociedad. Dentro de la producción autónoma, desemponzoñada al cesar la lucha de clase entre capitalistas poseedores y proletarios desposeídos, surgirá después progresivamente ese sentido de solidaridad que constituye el presupuesto de la realización de la segunda y más elevada fase de la economía colectivista, en la que los medios materiales de producción, así como la fuerza de trabajo de cada individuo, serán propiedad colectiva, en tanto cada uno contribuye a la producción social en base a sus capacidades y necesidades. La particular forma de la “autonomía industrial” como ha sido descrita aquí (en particular en el punto 18) favorece esta evolución en la medida en que crea la posibilidad de sustituir en un primer momento el egoísmo individual privado por un egoísmo de grupo que es ya “socialista”, el egoísmo del grupo particular autónomo. Más allá de esto, el paso de la primera a la segunda fase de la comunidad no puede ser estimulado ulteriormente de manera sustancial para: su aceleración más bien se toman en consideración antes que nada una serie de medidas de naturaleza político-cultural que pueden ser resumidas en la fórmula: “socialización de la formación”. Este tema deberá ser tratado en un escrito aparte. 21. ¿QUÉ DEBEMOS HACER? LA EDUCACIÓN AL SOCIALISMO Con lo dicho hasta aquí nos proponíamos trazar un cuadro de los fines del socialismo práctico. Para el logro de estos fines, es decir para la realización de una verdadera economía colectivista socialista mediante la efectiva puesta en práctica de la socialización, se pueden seguir distintos caminos. Estos caminos son: a) en primer lugar, la acción política para la ejecución de la socialización en cada una de las ramas de la producción a través de la legislación estatal y las ordenanzas municipales; b) en segundo lugar, la estimulante participación en los esfuerzos de tipo cooperativo (cooperativas de consumo y de producción) puestos en marcha sin obligación, siguiendo la vía de la libre concurrencia; c) en tercer lugar, también la acción de la política económica de la clase obrera, una acción que se propone favorecer la transformación interna de la propiedad privada capitalista con la conclusión de contratos colectivos y con la imposición del reconocimiento contractual de los derechos de cogestión de las asociaciones obreras y de las representaciones obreras elegidas en las empresas individuales. Una prosecución coherente de esta última forma de lucha en épocas tumultuosas, desde el punto de vista revolucionario, la constituye la lucha por la destitución del empresario capitalista del poder sobre el proceso de producción y su subordinación al control de la totalidad de los que participan en la actividad de la empresa, una lucha que actualmente está en curso en muchos lugares, en cada fábrica, de acuerdo con el programa de la Liga Espartaquista. Para quien sostiene el ideal del socialismo, tampoco este medio extremo constituye motivo de temor. No se trata de un instrumento de la socialización que pueda ser juzgado como censurable por una razón cualquiera; así como la revolución política no es un medio moralmente censurable para alcanzar la liberación política.

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Al contrario, esta acción general “directa” de la clase obrera, respecto de los otros medios de socialización, presenta la incalculable ventaja de estimular y desarrollar fuerte y poderosamente en el proletariado, en el curso de la realización del ordenamiento económico socialista, esos impulsos psíquicos sin los cuales un sistema económico de esas características no puede a la larga subsistir y menos desarrollarse en dirección a la segunda fase, más elevada, de la economía colectivista. (Véase al respecto el Programa espartaquista, apéndice III de este escrito) No obstante esto, semejante acción directa de socialización puede ser practicada con éxito sólo mientras perduren los tiempos revolucionarios y únicamente a condición de que el poder supremo, afirmándose después de la revolución por voluntad de todo el pueblo liberado del yugo capitalista, como representante de los intereses colectivos de la totalidad de todos los productores y de todos los consumidores, reconozca a posteriori la socialización realizada a través de la acción directa, “extrapolítica”. Si este presupuesto llega a faltar y ya no se puede esperar la realización de esta condición, la transición a la economía socialista colectivista puede ser eficazmente favorecida desde afuera del ámbito de la acción política, de la autodefensa cooperativa y de la lucha sindical por la definición contractual de condiciones de trabajo más ventajosas, sólo a través de una infatigable actividad educativa desarrollada en dirección a la generación que está creciendo. Aquí se ubican las grandes y duraderas tareas de aquellos hombres cuyo anhelo apasionado y cuyo entusiasmo revolucionario no será jamás satisfecho por el desarrollo de las relaciones de producción social, siempre lento y sujeto a no pocas detenciones y contragolpes. * *

*

El texto correspondiente al trabajo de KORSCH va desde la página 29 hasta la 58 del libro, el cual tiene una Introducción de Paul MATTICK desde la página 5 hasta la página 25 y cuya lectura consideramos importante. Tiene también Anexos y un Apéndice que van desde la página 59 hasta la página 152. No pudimos incluir el material correspondiente a los Anexos y Apéndice pues son casi cien páginas y el archivo resultante (“escaneado”) lo hace muy pesado y no se puede transmitir por correo.

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Continuando con el tema del socialismo hemos de insistir en el papel que en tal proceso debemos jugar los trabajadores, dado que el socialismo revolucionario es parte importante de la histórica confrontación capital-trabajo pero no un fin “inevitable” por sí mismo, no es un cambio que sobrevendrá como algo determinado que alguna vez fue decidido de una vez y para siempre, sino el comienzo de la construcción de la sociedad sin clases mediante la lucha real y conciente del proletariado por una revolución que será --como expresaba Paul MATTICK-- “el producto final del desarrollo capitalista”. El tema comprende, por sus alcances, desde la filosofía hasta la estructura síquica de la gente y obligatoriamente pasa por la historia de las luchas que desde su aparición en la sociedad ha librado la clase obrera, de los cambios que a su interior han vivido ella y su antagonista, el capitalismo, a cuyo nacimiento se refiere así Carlos MARX en “El Capital”, Tomo I, volumen 3, Siglo XXI editores, páginas 891-893:
“… En tiempos muy remotos había, por un lado, una elite diligente, y por el otro una pandilla de vagos y holgazanes. Ocurrió así que los primeros acumularon riqueza y los últimos terminaron por no tener nada que vender excepto su pellejo. Y de este pecado original arranca la pobreza de la gran masa --que aún hoy, pese a todo su trabajo, no tiene nada que vender salvo sus propias personas-- y la riqueza de unos pocos, que crece continuamente aunque sus poseedores hayan dejado de trabajar hace mucho tiempo… En la historia real el gran papel lo desempeñan, como es sabido, la conquista, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo; en una palabra, la violencia. (…) La relación del capital presupone la escisión entre los trabajadores y la propiedad sobre las condiciones de realización del trabajo. Una vez establecida la producción capitalista, la misma no solo mantiene esa división sino que la reproduce en escala cada vez mayor. El proceso que crea la relación del capital, pues, no puede ser otro que el proceso de escisión entre el obrero y la propiedad de sus condiciones de trabajo, proceso que, por una parte, transforma en capital los medios de producción y de subsistencia sociales, y por otra convierte a los productores directos en asalariados. La llamada acumulación originaria no es, por consiguiente, más que el proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción. Aparece como «originaria» porque configura la prehistoria del capital y del modo de producción correspondiente al mismo”.

A esa prehistoria del capital corresponde tal vez una prehistoria del movimiento obrero, como MARX y Federico ENGELS registran en “La Ideología Alemana”, Ediciones “Pueblos Unidos”, Montevideo, tercera edición española, 1971, página 234:
“… Los disturbios obreros, que ya bajo el emperador bizantino Zenón dieron origen a una ley (Zenón, De novis operibus constitutio), que «se produjeron» en el siglo XIV con la Jacquerie y la sublevación de Watt Tyler, en 1518 en Londres cuando el Evil-May-Day y en 1549 con la gran rebelión del curtidor Kett; que luego ocasionaron los Acts 2 y 3 Eduardo VI, 15, y una serie de resoluciones parlamentarias; que poco después, en 1640 y 1659 (ocho sublevaciones en un solo año) ocurrieron en Paris y que desde el siglo XIV, a juzgar por la correspondiente legislación, debieron ser frecuentes en Francia e Inglaterra; la continua guerra que, desde 1770 en Inglaterra y desde la revolución en Francia mantienen los obreros contra los burgueses con las armas de la violencia y la astucia…”

Es decir que cuando por aquí comenzaba el proceso de invasión contra nuestros antepasados indígenas y todavía las toponimias de nuestros cerros y ríos tenían la poética sonoridad de Guaraira Repano y Churun Merun, ya en Europa importantes núcleos obreros se rebelaban contra la sujeción del capital utilizando los medios que tuvieran a su alcance, desde incendiar graneros hasta organizar motines, pasando por la destrucción de maquinaria y publicación de cartas o poemas amenazantes contra los propietarios y los funcionarios estatales que los protegían.

En una de sus obras [“Trabajadores – Estudios de historia de la clase obrera”, Editorial “Crítica”, Barcelona, 1979], el historiador británico Eric J. HOBSBAWM refiere a L. DECHESNE, “L´avènement du régime syndical à Verviers”:
“Dentro de sus limitaciones --que fueron muchas, tanto desde el punto de vista intelectual como en cuanto a la organización--, los movimientos del prolongado período de expansión económica que terminó con las guerras napoleónicas no carecieron de importancia ni condujeron siempre al fracaso. Una gran parte de su éxito quedó oscurecido por las derrotas ulteriores: la fuerte organización de la industria lanera del oeste de Inglaterra desapareció totalmente y sólo resurgió con el desarrollo de los sindicatos generales durante la primera guerra mundial; los gremios de los trabajadores laneros belgas, suficientemente fuertes para conquistar virtuales convenios colectivos en la década de 1760, desaparecieron a partir de 1790 y hasta el sindicalismo de comienzos de 1900 estuvieron prácticamente muertos”. (Página 17)

El final de las guerras napoleónicas trajo, aparejado con malas cosechas en Inglaterra, un crecimiento de la mendicidad y fue modificada la “Ley de Pobres”, que databa de 1601 cuando fue emitida como “Ley de Isabel”, pues fue Isabel I quien la promulgó. Y en 1782 es sancionada la “Ley de Gilbert”, mediante la cual es aumentada considerablemente la ayuda a los pobres y se instituyen nuevos tipos de subsidios. La destrucción de maquinaria y de las instalaciones que las contenían fue llamada “luddismo” pues uno de sus iniciadores fue un luchador llamado Ned LUDD. Su práctica se generaliza por 1760 y nueve años después fue sancionada la primera ley penalizando ese tipo de actividad. La lucha mediante tal método se mantiene, sin embargo, y a partir de 1812 son condenados a muerte quienes destruyan maquinaria.

OFERTA DE RECOMPENSA POR CAPTURA DE “LUDDITAS”

Después de promulgadas las duras leyes contra el luddismo en 1812, comienzan los obreros a organizarse en estructuras que no fueron reconocidas por el Estado hasta 1825. Una de esas estructuras organizativas, que servía principalmente para acompañar las luchas de sectores radicalizados de la burguesía, fue la Corresponding Society, entre cuyas principales exigencias estaba la de lograr garantías democráticas referidas fundamentalmente al derecho al voto, y a pesar de la represión sufrida por los miembros de esa organización, sus luchas lograron que en 1832 fuera sancionada una Reforma Electoral que no superaba, sin embargo, la exclusión de los obreros del sistema político, así que estaban constreñidos a plantear reivindicaciones gremiales y económicas que no lograban detener las desmejoras contra ellos aplicadas. Los obreros comienzan a comprender, gracias a sus luchas, que el enemigo fundamental no era el distribuidor de los bienes sino el dueño de las máquinas, de las fábricas y de su propio trabajo. Y que las crisis económicas, muchas de las cuales se mostraban periódicamente, tenían que ser analizadas y enfrentadas pues obedecían a leyes con movimientos específicos. En 1833 es promulgada la Factory Act, la cual imponía el cumplimiento de un horario máximo de cuarenta y ocho horas semanales y permitía el empleo de niños mayores de nueve años.
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Surge luego el “cartismo”, importante fase en el desarrollo del movimiento obrero inglés, llamado de esa manera porque sus reivindicaciones fueron recogidas en una carta entregada al Parlamento para su conversión en ley, carta que firmaron en apoyo miles de obreros. El llamado “cartismo” constituyó una riquísima veta de iniciativa política, posiblemente la primera tentativa de organización de un partido obrero clasista con características autonómicas. La agitación cartista se prolongó hasta 1848 y durante ese período de lucha se fueron conformando dos tendencias dentro del movimiento. Una de ellas, denominada “Fuerza Moral”, propugnaba una alianza con la burguesía y argumentaba que muchos políticos burgueses los apoyarían ante la justicia de sus reclamos. Los trabajadores de esta tendencia vivían en su mayoría en el sur de Inglaterra, donde predominaba el trabajo artesanal. Y su posición se explicaba pues el movimiento obrero era todavía un aliado menor de la burguesía en su lucha por controlar el poder político. La otra tendencia, llamada “Fuerza Física”, apoyada por los obreros de las regiones más industrializadas del norte (en los alrededores de Manchester), propiciaba una acción más decidida contra la burguesía y al efecto realizó huelgas de hasta un mes de duración, a las que llamaban Gran Fiesta Nacional o Vacaciones. Para ese nivel de confrontación con el capital, el movimiento requería de organización y fuerzas que no tenía, por lo cual fue derrotado y uno de los resultados de esa derrota resultó en que el movimiento obrero inglés optara por formas de acción en las cuales privaba la conciliación, práctica por algunos calificada como el inicio del reformismo.
[Cuadro tomado de la obra citada de Eric J. HOBSBAWN, página 156]

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Leamos al respecto una opinión de MATTICK (en Karl KORSCH, “¿Qué es la Socialización? – Un Programa de Socialismo Práctico”, Cuadernos de Pasado y Presente, Argentina, 1973, páginas 17-18):
“El fracaso de las revoluciones de 1848 y el subsiguiente desarrollo del capitalismo en un ambiente contrarrevolucionario, no pudo impedir el crecimiento del movimiento obrero. Este movimiento desencadenado por la misma revolución burguesa se adaptó a las condiciones no revolucionarias surgidas del compromiso entre la clase burguesa ascendente y el estado semifeudal. Pero incluso en los países en que el gobierno era simplemente el ejecutivo de la clase dirigente capitalista, el movimiento obrero no dio muestras, contrariamente a las previsiones de Marx, de un carácter revolucionario. El programa político trazado por Marx en 1848 perdía todo interés real ante la situación de las relaciones capital-trabajo en una sociedad burguesa avanzada. Esas nuevas circunstancias permitían un programa reformista decorado con una fraseología marxista allí donde las tradiciones de 1848 conservaban su prestigio”.

Federico ENGELS, en el Prólogo a la edición alemana de 1892 de “La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra” de 1845, Obras Escogidas de MARX y ENGELS en tres tomos, Editorial “Progreso”, Moscú, 1980 [hay edición electrónica disponible en español en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/situacion/situacion.doc], explica que luego de la crisis de 1847 hubo una reanimación general de los negocios que significó el umbral de una nueva época industrial, motor de la cual fueron la abolición de las leyes cerealeras y las reformas financieras que se sucedieron, el descubrimiento de yacimientos auríferos en California y Australia, el desarrollo de nuevas máquinas, la capacidad de los mercados coloniales para absorber mercancías inglesas y, fundamentalmente, la conformación del mercado internacional, multitud de puntos unidos por trenes y barcos. Y en ese tejido Inglaterra [“el taller del mundo”] constituía el núcleo receptor de materias primas de su periferia colonial, a la cual volvían los bienes manufacturados en la metrópoli en un intercambio desigual que tan bien conocemos en la América Latina. Esos cambios operados al interior del capitalismo afectaban al movimiento obrero, cuya resistencia generaba conflictos que introducían dificultades comerciales y en muchos casos ponían en peligro el dominio de la burguesía por la radicalización de las consignas de los trabajadores en lucha. Y como expone ENGELS en el trabajo referido:
“… Por eso, con el transcurso del tiempo, apareció entre los industriales, sobre todo entre los grandes fabricantes, una nueva tendencia. Aprendieron a evitar los conflictos innecesarios y a reconocer la existencia y la fuerza de los sindicatos; por último, llegaron incluso a descubrir que las huelgas constituyen -en un momento oportuno- un excelente instrumento para sus propios fines. Así, resultó que los grandes fabricantes, que antes habían sido los instigadores de la lucha contra la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía. Tenían para ello razones muy poderosas. Todas estas concesiones a la justicia y al amor al prójimo no eran en realidad más que un medio para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos y aplastar a los pequeños competidores…” (Páginas 464-465 del Tomo III)

Pero, como lo demuestra la historia, no solamente los pequeños competidores fueron aplastados por el capital con su lógica interna de concentración y centralización extremas sino que el movimiento obrero y de trabajadores en general fue literal y militarmente machacado por la maquinaria estatal en Europa entera.

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En 1848 es publicado el “Manifiesto del Partido Comunista”, a nuestro entender un claro deslinde teórico entre burguesía y proletariado, pues como exponía ENGELS en el Prólogo de la edición alemana de 1890 de ese “Manifiesto”:
“En 1847, el «socialismo» designaba un movimiento burgués, el «comunismo» un movimiento obrero. El socialismo era, a lo menos en el continente, una doctrina presentable en los salones; el comunismo, todo lo contrario. Y como en nosotros era ya entonces firme la convicción de que «la emancipación de los trabajadores sólo podía ser obra de la propia clase obrera», no podíamos dudar en la elección de título. Más tarde no se nos pasó nunca por las mentes tampoco modificarlo”.

El cuadro político previo a los intentos revolucionarios de 1848 era caracterizado, de acuerdo a los relatos de esos hechos, por una lucha entre la burguesía --que no había logrado consolidar su poder político-- y la monarquía y la nobleza. El proletariado, visto como amenaza a futuro, no pasaba de ser “la extrema izquierda de la burguesía” (Marx y la Neue Rheinische Zeitung) Y como concluye MATTICK en la Introducción al libro de KORSCH:
“Marx no apoyaba las revoluciones burguesas por consideración táctica, con el fin de conquistar el control de dichas revoluciones y transformarlas en revoluciones proletarias, en socialismo. Su único objetivo era apoyar realmente la formación de una clase cuyo nacimiento engendraría a su vez su contrapartida: el proletariado, asegurando de este modo el advenimiento de una nueva revolución como punto final a su triunfo. Este apoyo, estrechamente ligado a las condiciones de la Europa de 1848, pierde todo su sentido con la desaparición de dichas condiciones”. (Pág. 18)

El capitalismo sigue su marcha ascendente, lo cual significa una mayor explotación del trabajo asalariado y cierta estabilidad política, es decir, ausencia de conflictos graves con la clase obrera, metida en el redil sindical cuyo objetivo no era poner en peligro al poder del capital sino formar parte de él. Para revisión de datos en cuanto al auge capitalista de aquella época y algunas interpretaciones acerca del mismo, recomendamos la lectura del “El Gran Boom”, capítulo de un trabajo de Eric J. HOBSBAWN, en español en http://www.nodo50.org/dado/textosteoria/hobsbawm2.rtf. Fue hasta 1870 cuando sectores politizados de la clase obrera intentaron una vez más derrocar al Estado, golpeando directamente la esencia de la dominación, como relata MARX en “La Guerra Civil en Francia” (Obras Escogidas de MARX – ENGELS en tres tomos, Editorial “Progreso”, Moscú, 1981, tomo II, página 236:
“… la Comuna era, esencialmente, un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna habría de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de una clase”.

Enseñanza de la Comuna fue también que la clase obrera, al llegar a ser factor decisivo de poder, no debía conservar la maquinaria del Estado sino destruirla y precaverse contra sus propios diputados y funcionarios declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento (Introducción de ENGELS en 1891 a “La Guerra Civil en Francia”, op., cit., pág. 198)

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¿Y para qué nos sirve la historia si no es para aprender lo que fuimos, entender lo que somos y prefigurar qué deseamos y debemos ser? La saga de los combates obreros nos lleva a una huelga general en Italia en 1904, acerca de la cual no encontramos información, y a Rusia en 1905, cuando sectores de diverso origen social entran en conflicto con la monarquía. Las huelgas obreras devienen en actos masivos y se combinan con situaciones insurreccionales, y en Petrogrado comienzan a funcionar los Consejos (“soviets” en ruso) obreros, campesinos y de soldados, enseñanza de la Comuna de Paris. El intento es derrotado y las fuerzas contendientes desde la acera del movimiento popular se reorganizan y preparan para nuevos enfrentamientos, que tendrán lugar en 1917, primero en febrero con el objetivo de un gobierno burgués y luego en octubre bajo invocación de revolución proletaria. A continuación haremos un recuento de importantes episodios escenificados en diversos países por fuerzas obreras organizadas, cuyos mensajes y esfuerzos en muchos casos fueron más allá de meras reivindicaciones socioeconómicas. Seattle, Washington, Estados Unidos de Norteamérica, 1919 A pocas semanas de finalizada la guerra, el sindicato metalúrgico reclamó aumento salarial general. El presidente de ese sindicato, James A. TAYLOR, fue a Washington a reunirse con el Director de la Emergency Fleet Corporation [creada durante la guerra por el gobierno de los Estados Unidos y a esa fecha el principal empleador de esa rama], Charles PIEZ. En noviembre de 1918, el Consejo Sindical Metalúrgico autorizó una consulta previa a las negociaciones previendo un conflicto huelgario y casi todos los sindicatos aprobaron. En esas negociaciones los patronos accedieron a un aumento solo para los trabajadores calificados, lo cual fue visto como intento de dividir al movimiento obrero y por ello rechazado. Un telegrama es enviado a la Asociación de Industrias Metalúrgicas por PIEZ, advirtiendo que no habría negociaciones posteriores y si aceptaban aumentos no recibirían más acero, pero el mensaje fue entregado en la central sindical. El análisis del documento indicaba que los obreros no solo enfrentaban a sus patronos directos, sino también al gobierno; y quedaba claro que los representantes sindicales habían acordado a espaldas de los trabajadores directamente afectados y de sus organizaciones locales. El 16 de enero de 1919 se decretó huelga para el 21 de ese mes y treinta mil trabajadores cesaron sus actividades, a lo que se sumaron quince mil de Tocoma, una ciudad vecina. Los huelguistas comenzaron a recibir presiones de los patronos, del gobierno y de dirigentes sindicales enemigos de cualquier huelga o confrontación. Fue nombrado un Comité de quince miembros para dirigir el conflicto y de inmediato comenzaron a estudiar el problema de una ciudad que iba a quedar sin los servicios mínimos necesarios para su funcionamiento, sin saber por cuánto tiempo. Entonces el periódico “Union Record” publicó un editorial (“el más famoso de su historia”), escrito por Anna Louise STRONG [en la foto] que preveía algunas situaciones:

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EL JUEVES A LAS DIEZ HORAS
Habrá muchos vitoreando, y algunos temerosos. Ambas emociones son útiles, pero no en demasía. Estamos intentando el más extraordinario movimiento jamás hecho por los TRABAJADORES en este país, un paso que conducirá ¡NADIE SABE ADÓNDE! No necesitamos histeria. Necesitamos el paso firme de los trabajadores. * * * LOS TRABAJADORES ALIMENTARÁN AL PUEBLO Doce grandes cocinas han sido ofrecidas, y desde ellas los alimentos serán distribuidos por los proveedores a bajo costo para todos. LOS TRABAJADORES CUIDARÁN DE LOS NIÑOS Y DE LOS ENFERMOS. Los conductores de camiones lecheros y de lavanderías están organizando planes para proveer de leche a los niños, a los inválidos y a los hospitales, y ocuparse del lavado de la lencería para los hospitales. LOS TRABAJADORES PRESERVARÁN EL ORDEN. El comité de huelga está organizando guardias y se espera que el paro de automotores mantenga a la gente en casa. *** Unos cuantos entusiastas cabeza-calientes han reclamado que sólo los huelguistas deben ser alimentados, y dejar al público en general soportar severas incomodidades. Además del carácter inhumano de tales sugerencias, deben entender que NO ES LA RETIRADA DEL PODER DE LOS TRABAJADORES SINO EL PODER DE LOS OBREROS PARA DIRIGIR LO QUE GANARÁ ESTA HUELGA. ¿Qué le importa al señor Piez de la Junta de Armadores el cierre de los astilleros de Seattle, o incluso de todas las industrias del noroeste? ¿No fortalecerá los astilleros de Hog Island, en los cuales está más interesado? Cuando los propietarios de astilleros de Seattle estaban a punto de acordar con los trabajadores, fue el señor Piez quien les telegrafió que si lo hacían… ÉL NO LES PERMITIRÍA OBTENER ACERO. En todo caso este es un camuflaje al que no tenemos medios de conocer. Pero sabemos que las grandes combinaciones capitalistas del este PUDIERAN ESTAR en capacidad de ofrecer particularmente al señor Skinner, al señor Ames y al señor Duthie unos cuantos millones por cabeza en los almacenes de los astilleros del este. MÁS TEMPRANO QUE TARDE LOS OBREROS TRIUNFARÁN. El cierre de las industrias de Seattle, COMO MERO CESE DE ACTIVIDADES, no afectará mucho a esos caballeros. Ellos podrían dejar que todo el noreste se redujera a pedazos, en cuanto al solo dinero concierne. PERO, el cese del control capitalista de las industrias de Seattle, mientras los OBREROS ORGANIZAN alimentar a la gente, cuidar a los niños y enfermos, preservar el orden – ESTO los moverá, porque se parece mucho al control del PODER por los trabajadores. *** Los trabajadores no solamente CERRARÁN las industrias, sino que también REINICIARÁN, bajo la dirección de los gremios apropiados, aquellas actividades requeridas para preservar la salud y la paz públicas. Si la huelga continúa, los trabajadores se pueden sentir guiados a evitar el sufrimiento público reabriendo más y más actividades. BAJO SU PROPIA DIRECCIÓN. Y allí está el porqué decimos que estamos iniciando un camino que conduce ¡NADIE SABE ADÓNDE!

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Winnipeg, Canadá, 1919 Los trabajadores canadienses afrontan problemas de diversa índole, entre ellos incremento del costo de la vida en un 80% desde 1914 mientras el salario había aumentado en un 18%; los empleados de correos aguardan por más de un año sus reivindicaciones, así como los conductores de buses. Y los sindicatos de los metalúrgicos están en huelga por reducción de horas de trabajo, aumento salarial y el reconocimiento gubernamental. Y el Consejo de los Sindicatos de la construcción discutía desde febrero por aumento de veinte céntimos. El primero de mayo es declarada una huelga y a la semana los huelguistas piden solidaridad al Trades and Labor Council, a resultas de lo cual el conflicto se extendió y para el 15 de mayo la huelga era general. La mayoría de trabajadores estaba descontenta por las políticas conservadoras del Trades and Labor Council y estimulados por los acontecimientos desarrollados en Rusia en 1917, disidentes de Canadá Occidental formaron la One Big Union en marzo de 1919 y con un sólido liderazgo socialista pasaron a dirigir al movimiento laboral del occidente de Canadá y del norte de Ontario. La mayoría de los trabajadores de Winnipeg, afiliados o no a sindicatos dieron apoyo a los trabajadores del metal y de la construcción. En juego estaba el principio de negociación colectiva, el incremento de los salarios y la mejora de las a menudo terribles condiciones de trabajo. Casi treinta mil trabajadores habían cesado sus labores. La respuesta casi unánime de los hombres y mujeres de la clase trabajadora cerró las fábricas de la ciudad, interrumpió su comercio y detuvo los trenes. Los empleados del sector público como policías, bomberos, trabajadores postales, telefonistas, los empleados de aguas y otros se unieron a la huelga en un imponente despliegue de solidaridad. Contra la huelga fue organizado un “Comité Ciudadano de los Mil”, en el cual participaron los fabricantes anglo-canadienses más influyentes de Winnipeg, banqueros y políticos, quienes en lugar de considerar las demandas de los huelguistas, declararon que la huelga era una conspiración revolucionaria de un pequeño grupo de extranjeros, patraña para la cual contaron con el decidido apoyo de los periódicos de Winnipeg. El Comité Ciudadano exigió que el gobierno actuara decisivamente contra los huelguistas, en particular en contra de los empleados públicos que habían ido a la huelga en solidaridad con los trabajadores del metal. Las presiones contra los huelguistas se rompen por la firmeza con que el conflicto es asumido. La Liga de Mujeres Trabajadoras organiza una cocina con aportes solidarios y dan alimento a más de mil personas diariamente. De diferentes lugares llegan mensajes de apoyo y solidaridad y el “Comité Ciudadano de los Mil” intenta quebrar la huelga contratando a veteranos de guerra recientemente licenciados, pero la mayoría de ellos rehúsa servir de esquiroles y en el mismo acto se declaran solidarios con los obreros en huelga y organizan su Comité de Apoyo. El conflicto duró cuarenta y un días y al final fuerzas policiales recientemente reclutadas agredieron a manifestantes, asesinaron a obreros e hirieron a otros, y los dirigentes de la huelga fueron detenidos y algunos de ellos ilegalmente deportados.

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Turín, Italia, 1919 Tomamos algunos datos del artículo presentado por Tom WETZEL en la Conferencia de Auto-Organización Obrera de Saint Louis en 1988, cuyo texto completo en inglés puede ser leído en http://www.uncanny.net/~wsa/ital1920.html La principal central sindical italiana era la Confederazione Generale del Lavoro, vinculada al Partido Socialista. Su práctica era similar a la del Partido Laborista inglés en el sentido de combinar acciones sindicales y parlamentarias para lograr reformas graduales dentro de la institucionalidad capitalista. Dirigentes de CGL como Bruno BUOZZI, representante de la Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos, participaron en el plan de reconstrucción de Italia, dirigido a garantizar la hegemonía capitalista y punta de lanza del Departamento de Estado de los EEUU contra el movimiento revolucionario europeo. Esa Federación (FIOM) firmó un contrato de trabajo con aumento de salarios y horario de ocho horas que imponía restricciones a la huelga y restaba capacidad de acción a los representantes de los trabajadores durante horas laborables. Y ante la situación de complicidad de la dirección sindical con el enemigo de clase, los obreros --especialmente los de Turín-- comenzaron a buscar otras formas e instrumentos de organización obrera. Nacen así un movimiento para un consejo de representantes, independiente de la jerarquía sindical, y una central sindical disidente, la Unione Sindacale Italiana. Nace también la revista “L´Ordine Nuovo”, fundada por Antonio GRAMSCI, Palmiro TOGLIATTI y Umberto TERRACINI, todos del Partido Socialista, quienes no obstante abrieron las puertas de esa publicación a todas las opiniones en función de buscar el tipo de organización más adecuada a los fines revolucionarios de la clase. Los anarquistas participaron activamente tanto en la revista como en las acciones obreras. Y uno de los fines políticos expresos era defender a los consejos como estructuras distintas a los sindicatos burocratizados, mantenedores de compromisos con los patronos pues, como decía GRAMSCI, “tienden a universalizar y perpetuar la legalidad” de tales compromisos, mientras los consejos, por no tener una burocracia ajena a los trabajadores, “tienden a aniquilar esta legalidad en cualquier momento, tienden constantemente a guiar hacia un poder industrial de los trabajadores mucho mayor… tienden a universalizar cada rebelión”. En abril de 1919, varios delegados de los obreros fueron despedidos de la Fiat por violación de contrato ya que realizaron reuniones durante horas laborables, por lo que una asamblea de representantes llamó a una huelga de brazos caídos. La patronal declaró un “lock-out” y el gobierno de Francesco NITTI acudió en auxilio de la Fiat ocupando la fábrica con tropas. Y tras dos semanas de huelga los representantes de los obreros se rindieron, por lo que la patronal exigió que los consejos se mantuvieran dentro de las restricciones acordadas con la FIOM, lo cual hubiese significado la muerte de los consejos por inacción, pero el movimiento obrero turinés respondió con una huelga masiva en defensa de los consejos de empresa que se extendió por todo el Piamonte e implicó a medio millón de trabajadores de transportes, servicios públicos y comercios, incluyendo a campesinos, por lo que el conflicto afectó también a la agricultura.

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Los trabajadores turineses en conflicto enviaron delegados al Partido Socialista intentando hacer de la huelga un conflicto nacional, pero el PS ni la CGL respondieron al llamado pues para nada les gustaba el movimiento de los consejos, e intentaron imponer un nuevo planteamiento acerca de ellos, basados no en agrupaciones industriales sino en distritos geográficos o vecinales. Y por supuesto, todo bajo la dirección del Partido Socialista, que nunca hizo esfuerzo alguno por la organización de esos ni de ningún otro consejo. Ello provocó un amargo comentario de GRAMSCI: “Se pasaron todo el tiempo charlando sobre soviets y consejos mientras en el Piamonte y en Turín medio millón de trabajadores se morían de hambre para defender los consejos ya existentes”. Y respecto a esa confrontación que partidos y sindicatos tenían con los Consejos Obreros queremos hacer una acotación a un comentario que forma parte del artículo que nos ha servido de base. Refiere WETZEL que el representante de la Internacional Comunista en Italia, Nikolai LJUBARSKY, observó que los comités de fábrica surgidos en la revolución de febrero en 1917 eran el equivalente ruso de los consejos de Turín y que esos consejos tenían que ser GUARDIA ROJA EN UNA FÁBRICA TOMADA EN ITALIA eventualmente subordinados a la disciplina del partido y no convertirse en meros órganos de gestión de los trabajadores de la industria o en una base de dominio político de la clase trabajadora. Resulta que el perfil autonómico de los Consejos (“soviets” en ruso) era el que el Delegado de la IC llamaba a destruir subordinándolo a un partido --calco de lo que sucedía en Rusia y “línea” impuesta a nivel internacional-- así que no tenía nada de casual que los dirigentes del Partido Socialista italiano buscaran unos Consejos a la medida de sus necesidades locales particulares y no de las exigencias de la lucha por el derrocamiento del capital. Entre los años de la primera guerra mundial --1914/1918-y posteriormente a su final hubo en buena parte del planeta una ola de huelgas e intentos revolucionarios en los cuales la estructura de los Consejos Obreros era sinónimo de claridad política en los objetivos por derrocar al capital pero en todos fue derrotada la clase obrera. Muchos representantes y voceros de ella pagaron con su vida el intento de instaurar un régimen de producción distinto y superior, entre ellos dos militantes del “Grupo Espartaco”: Rosa LUXEMBURGO y Karl LIEBKNECHT.

KARL Y ROSA

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Bolivia, 1919 Los mineros bolivianos, originalmente provenientes de etnias indígenas, se van proletarizando tanto al ritmo del trabajo regular y organizado como por la rigidez que el Estado capitalista les impone a fin de disciplinarlos y borrar los vestigios de su cultura, que prevalecía desde los mitayos (trabajadores semiesclavos) y mingas (trabajadores libres) de las minas del Potosí. Uncía y Catavi fueron campamentos (“company towns”) para cientos de mineros que, aislados del resto del mundo, construían sus propios lazos enfrentando al capital, buscando sus propias formas de organización y combate. En 1919 los mineros de Huanuni logran reducción a ocho horas de trabajo y en 1923 hacen intentos de organizar Ligas y Federaciones obreras. El primero de mayo de ese año los trabajadores fundan la Federación Obrera Central de Uncía, vinculada a las minas de Llallagua y La Salvadora. Por un conflicto de reclamo contra un gerente, Emilio DÍAZ, unidades del ejército destacadas a Uncía detienen a los dirigentes obreros Ernesto FERNÁNDEZ y Guillermo GAMARRA, hecho que origina una protesta pública de mineros y familiares, la que fue reprimida a balazos por órdenes del mayor José AYOROA con resultado de nueve muertos y cinco heridos. La gran crisis (“crack”) capitalista de 1929 reduce considerablemente los precios de los minerales. Y los geólogos de la Standard Oil of New Jersey como los de la Royal Dutch Shell habían hecho prospecciones, --los primeros en Bolivia y los segundos en la zona del Chaco Boreal (Paraguay)--, donde dijeron haber encontrado yacimientos petrolíferos. El gobierno de Argentina era firme aliado de Inglaterra y el gobierno boliviano declaró la guerra contra Paraguay (peón de Argentina) haciendo el juego a las estrategias de poder regional de éste país y de Brasil. Esa guerra costó más de cien mil vidas y fue apoyada por las potencias entonces rivales (Gran Bretaña y EEUU), que buscaban el dominio de los yacimientos y la salida de Bolivia al mar, así que al finalizar el conflicto en 1935, Bolivia estaba peor que cuando entró en él. El primero de mayo de 1932 la Federación Obrera de Oruro repartió un volante llamando a los bolivianos a decir no a la guerra y a combatir a las burguesías de Bolivia y de Paraguay. En diciembre de 1942 los mineros de Catavi, Uncía y Siglo XX declaran huelga por mejoras salariales que tenían más de un año en reclamo. Las minas habían sido puestas bajo control militar por el gobierno bajo pretexto de garantizar suministro seguro a los aliados en la guerra. Para “controlar la situación” llegó un regimiento al mando del coronel Luis CUENCA. El resultado fue de más de veinte muertos y casi cincuenta heridos a balazos cuando la tropa disparó contra los trabajadores y sus familiares, y así el gobierno boliviano pudiese “cumplir con los compromisos” suscritos con las empresas transnacionales y con el representante de éstas, el gobierno de los Estados Unidos.
LOS TRABAJADORES, SUS LUCHAS Y EL SOCIALISMO ÁNGEL C. COLMENARES E. MARZO DE 2007 PÁGINA 11 DE 41 CAMPESINOS BOLIVIANOS RECLUTADOS PARA MATAR A CAMPESINOS PARAGUAYOS

Tales compromisos nacían de una decisión del Departamento de Estado, mediante la cual Bolivia se veía obligada a uncirse al carro estadounidense a partir del ataque a “Pearl Harbor”, cuando el gobierno de EEUU tomó algunas medidas profilácticas para mantener limpio su patio trasero. La “guerra del Chaco” trajo sus secuelas y una de ellas fue la llegada al gobierno, en 1936, del coronel José David TORO RUILOVA, apoyado por militares interesados en silenciar lo referente a esa guerra, en cuyas acciones había participado TORO, quien además fue ministro de Fomento y Comunicaciones bajo el gobierno de Hernando SILES REYES. TORO RUILOVA, acompañado de jóvenes militares interesados en promover cambios, adelantando lo que llamaba “socialismo militar” y “socialismo de Estado” creó los ministerios de Trabajo, de Previsión Social y de Minas y Petróleo. Nacionalizó el petróleo, declaró como obligatorios el trabajo y la sindicalización, estableció la jornada de ocho horas, fundó el Banco Minero y los YPFB (Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos) y estimuló la redacción de una nueva constitución. Al año fue derrocado por un colega suyo, el teniente-coronel Germán BUSCH BECERRA, quien continuó con medidas de tipo social, firmó el Tratado de Paz con Paraguay mediante el cual cedía el territorio del Chaco a ese país pero retenía los campos petrolíferos para Bolivia. Creó el Seguro Social, obligó a los capitalistas a depositar las divisas en el Banco Central y promovió la redacción y aplicación de una nueva constitución, criticada por ser “netamente socialista”. En 1939 apareció muerto y fue declarado suicida sin mayores investigaciones. Para 1943 un nuevo pronunciamiento militar lleva al gobierno al mayor Gualberto VILLARROEL, quien tenía nexos con el régimen argentino, de inclinaciones nacionalsocialistas. En Bolivia existían el Partido Obrero Revolucionario (POR) de tendencia trotskista; la Falange Socialista Boliviana, de tendencia fascista; el Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR) y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el de más reciente organización y que fue fundado por intelectuales vinculados a las clases alta y media y fue acusado de prácticas antisemitas y de tener nexos con el fascismo alemán. En julio de 1946 estalla una rebelión que, de acuerdo a criterios de diversos voceros políticos bolivianos, era motorizada por "la rosca minera" integrada por Simón PATIÑO (“el rey del estaño”), Mauricio HOSCHSCHILD y Carlos Víctor ARAMAYO, quienes ponían y quitaban gobiernos a capricho. El derrocado presidente VILLARROEL y algunos de sus colaboradores fueron asesinados y posteriormente colgados en postes del alumbrado público, hecho que marcó el regreso de “la rosca” al ejercicio directo del poder. En noviembre de 1946 se reúne en Pulacayo el Primer Congreso de Trabajadores Mineros y aprueba el Programa revolucionario más completo a la fecha, y que incluía reivindicaciones transitorias. Todo ello fue recogido en las famosas “Tesis de Pulacayo”, cuyo texto completo está en www.pt.org.uy/textos/temas/pulacayo.htm. Los trabajadores bolivianos han continuado sus luchas escribiendo páginas heroicas en la historia continental y que deben ser estudiadas para nuestra educación política.
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Venezuela Por 1864 es fundado en Caracas el Gremio de Obreros y Artesanos y para la primera década de 1900 existían diversas organizaciones de trabajadores como el Sindicato de Agricultores de la Caña, la Asociación de Obreros y Artesanos del Distrito Federal, las Corporaciones de Obreros de ferrocarriles, de tranviarios y de la electricidad, entre otros. Hay conflictos huelgarios en 1904 y 1908, de los cuales no hemos obtenido información documental, y una huelga de telegrafistas en 1914 como respuesta a reducción de sueldos y salarios decretada por el gobierno. Ya para esos años éramos súbditos de Su Majestad el petróleo y en 1922 los obreros, en su mayoría de origen campesino, protestaban por los bajos salarios y por el trato humillante a que eran sometidos por los capataces y supervisores extranjeros, lo que incluía multas que pechaban al salario, invariable desde 1917, y que muchas veces eran cobradas con arrestos proporcionales. En Mene Grande un grupo de cuarenta trabajadores, quienes prestaban servicios como conductores y mecánicos, presentaron --en julio de 1925-- un pliego al jefe del garaje pidiendo aumento salarial, servicio médico, provisión de medicinas y mejoras en viviendas, a lo que les respondieron negativamente y ellos se declararon en paro, provocando una difícil situación pues al paralizar el servicio de transporte la empresa no podía efectuar entregas. La policía intervino pero los agentes mostraron actitud de simpatía con el reclamo de los trabajadores y la empresa convino en reducir el turno de trabajo a nueve horas, aumentó el salario mínimo de cuatro a cinco bolívares, proporcionó servicio médico aunque sin medicinas y se comprometió a estudiar el caso de la vivienda. Fue una victoria importante y el resto de los trabajadores tomó debida nota y pocos días después hubo manifestación de unas trescientas personas, quienes distribuyeron volantes mimeografiados por el campamento exigiendo aumento de salario mínimo a diez bolívares, reducción de horario de trabajo, servicio médico, provisión de medicinas y mejoras en habitación, es decir, el mismo pliego de reclamos de los conductores y mecánicos. Intervino el presidente del Estado (actualmente la figura del gobernador) y el ejército reprimió, pero los trabajadores se mantuvieron firmes en sus manifestaciones y reclamos provocando una extensión del conflicto, con paralización de actividades, a toda la zona costera del Distrito Bolívar en Zulia, y luego de doce días los trabajadores lograron aumento de dos bolívares en el salario y la promesa de solución para el resto de las peticiones formuladas en su pliego. El resultado fue de gran importancia política pues mostró a todos los trabajadores el poder que tenían como fuerza colectiva autónoma, toda vez que no había derecho a organizar sindicatos ni leyes a las cuales recurrir. Es de señalar que el más visible líder de los obreros, un fogonero llamado Luís Augusto MALAVÉ, desapareció para siempre luego de los acontecimientos. Hubo algunos detalles que provocaron análisis y comentarios como la actuación de la policía en el caso de mediación entre la empresa y los trabajadores del garaje , así como el hecho de que los obreros de otras áreas distribuyeran panfletos mimeografiados, lo cual indicaba que algún empleado había colaborado con ellos utilizando recursos de la compañía. Luego se hablaría de por lo menos tres supervisores o trabajadores especializados de origen extranjero que colaboraron activamente con los obreros venezolanos y les informaban de eventos revolucionarios ocurridos en el mundo.

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La empresa no cumplió con sus promesas en cuanto a provisión de medicinas y mejorar las viviendas de los trabajadores y los conflictos se mantuvieron con diversos grados de intensidad, y en ese proceso hubo participación de individualidades politizadas de la clase media, quienes se relacionaron con los elementos avanzados de los trabajadores y contribuyeron a su educación teórica y a la organización sindical. En 1931 es fundada en Cabimas la “Sociedad de Auxilio Mutuo de Obreros Petroleros” y los trabajadores eligieron como presidente de ella a Rodolfo QUINTERO, empleado de la Venezuelan Oil Concessions, quien luego sería dirigente del Partido Comunista, fundado ese mismo año. En febrero de 1936, luego de la muerte de Juan Vicente GÓMEZ, se plantea en Caracas una protesta contra suspensión de garantías, contra aplicación de censura de prensa, por la libertad de los presos políticos y por castigo para los gomecistas, quienes aún permanecían en los cargos públicos. La Federación de Estudiantes de Venezuela, la Asociación Nacional de Empleados, el Gremio de Artes Gráficas y la Asociación de Linotipistas convocan a una huelga para el 14 de febrero y ese día se congrega una multitud en la Plaza Bolívar, la cual es atacada por las fuerzas represivas con saldo de veintitrés muertos y más de cien heridos, a cuya respuesta sectores populares de la capital se lanzaron a saquear e incendiar casas de conocidos gomecistas y asaltaron la sede de la Gobernación, pero la dirigencia política, sindical y estudiantil optó por una conducta de “orden e institucionalidad” desmovilizando a la gente para negociar con el gobierno y al efecto fue organizada una Junta Patriótica que se dirigió a Miraflores a solicitar la destitución de algunos funcionarios para después, con la huelga general en su mejor momento y las bases motivadas para la lucha, pactar mediante una Comisión encabezada por representantes de la Universidad, de la Prensa, de las Asociaciones de Abogados, Médicos e Ingenieros, con el presidente LÓPEZ CONTRERAS a cambio de la suspensión del conflicto. Ya era evidente la imposición de una “línea” para evitar las confrontaciones clasistas y buscar acuerdos con las burguesías nacionales, política que los defensores del marxismo revolucionario criticaban por “ser temerosa de las masas”. Era el producto de la política estatal del gobierno soviético en su estrategia de “coexistencia pacífica” con el capitalismo, madre de las prácticas GENTE SAQUEANDO CASAS DE GOMECISTAS EN CARACAS reformistas impuestas a los partidos por la Internacional, que amparaban el colaboracionismo de clase bajo diverso ropaje, entre ellos el de los “Frentes Populares”. Y en cierto modo era también resultado práctico de la tesis leninista acerca de la introducción de la conciencia revolucionaria desde fuera por sectores clasistas ajenos al proletariado que por su cultura y formación tenían las herramientas teóricas de las cuales los obreros, campesinos y otros sectores del bloque social dominado presumiblemente carecían para interpretar sus realidades y dar contenido político a su estrategia contra el capital. Los resultados de esa política determinaban que el partido, cuya dirección era de extracción no proletaria, sustituyera a la clase y a los organismos autónomos que nacían de sus luchas.
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Ello explica que la vanguardia del movimiento de los trabajadores petroleros, por ejemplo, radicara en Caracas, situación que fue criticada por los obreros zulianos en su periódico “Petróleo” del 20 de junio de 1936, cita que extraemos del libro “Venezuela – Los obreros petroleros y su lucha por la democracia” de Paul NEHRU TENNASSEE, E. F. I. P.- Editorial Popular, Madrid y Caracas, 1979, del cual hemos tomado la mayoría de las referencias a los conflictos y vicisitudes de los trabajadores petroleros venezolanos, todavía hoy explotados por el capital, cuyos esquemas privan en cualquier lugar del mundo donde el trabajo sea un atributo clasista, trátese de “empresas privadas” o estatales:
“Estamos pagando el pecado de creer en hombres que tienen rabo. De ser ingenuos. El haber creído a pie juntillas en las roncas promesas del hombre que debeló el cuartelazo libertador en que culminara el movimiento estudiantil de 1928. La huelga general en Venezuela y en Maracaibo, especialmente, careció de preparación, y cómo no iba a carecer, si tuvimos que levantarnos de golpe, como el hombre dormido que recibe de súbito el zarpazo de la fiera. Las organizaciones gremiales acudieron firmes, demostrando sólo la falta de poca preparación organizativa para crear comités de huelga internos, sus piquetes, sus comisiones de abastecimiento, etc., y evitar que la organización del movimiento se redujera a un comité de cinco personas que se vio negro para dar las instrucciones a miles de hombres. Hubo falta de iniciativa por parte de las masas en general, no hubo suficiente reprobación para con los rompehuelgas, no se incitó con mayor insistencia a ciertos sectores que paralizaran sus actividades, hubo descuidos e inexperiencia en preparar los muchos detalles que pueden asegurar el triunfo. El seguir como siempre fielmente a Caracas nos colocaba en el callejón de pararnos al hacerlo la capital. La vanguardia del movimiento en manos de ANDE, compuesto en buena parte por empleados bien comidos, hizo que la deserción de ciertos sectores, principalmente de los empleados petroleros, aflojara la lucha. Los obreros han demostrado que ellos son la vanguardia de las fuerzas democráticas del país y que están templados para las luchas sucesivas. Caracas aflojó demasiado pronto; sobre todo, usa del «bluff» al decir que consiguieron modificaciones de la Ley Lara”. (Páginas 211-212)

El gobierno nacional emitió una Ley del Trabajo, creó el Seguro Social, legalizó la jornada de ocho horas y permitió la existencia de sindicatos por empresa. Entre los sindicalistas se hallaban Max GARCÍA, Jesús FARÍA, Manuel TABORDA, Rodolfo QUINTERO y Luis Emiro ARRIETA, éste conocido por nosotros años después como “el capitán” y quien murió preso en la Cárcel “Modelo” de Caracas; y como para que no quedaran dudas del odio que le profesaban, su cadáver fue secuestrado y los asistentes a su velatorio fueron agredidos por funcionarios de la DIGEPOL [Dirección General de Policía] y del SIFA [Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas] en la funeraria “La Voluntad de Dios”. Por cierto, algunos de los agredidos en ese momento por ser dirigentes o militantes del PCV y de otros grupos “comprometidos con la lucha”, hoy andan de brazos y compartiendo “comandos de campaña” con quienes entonces impartieron órdenes de hostigar, detener, torturar y asesinar a revolucionarios como el camarada Luis Emiro. Para finales de julio de 1936 los obreros petroleros del Zulia se aprestaban a enfrentar los despidos y bajos salarios con acciones organizadas, y a ese fin se reunieron en un cine de Mene Grande. El superintendente de una de las empresas, L. SCHEPERS, convocó a su casa a un teniente de apellidos SÁNCHEZ BELLO, le proporcionó dinero y le brindó bastante licor, luego de lo cual ese oficial ordenó a su tropa el asalto contra los obreros en asamblea y como resultado cayeron abatidos a balazos José del Carmen MENDOZA, Jesús OROPEZA, José Omar PÉREZ, Jesús GARCÍA y Pedro PÉREZ.

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En diciembre de ese año es realizada la primera huelga general de trabajadores en el país, la cual paraliza las actividades en los campos petroleros de Cabimas, San Lorenzo, Mene Grande, Bachaquero y Mene Mauroa del Estado Zulia y en Cumarebo, Estado Falcón y se extendió desde el 9 de diciembre de 1936 hasta el 27 de enero de 1937, cuando por Decreto ejecutivo del gobierno es ordenada la reincorporación de los trabajadores a sus labores. El conflicto no implicó a otros trabajadores petroleros y su peso recayó en los obreros, pues los empleados no se sumaron a la huelga bajo diversas excusas. Se destacaron cuatro elementos importantes en la estrategia de los trabajadores:
1. Organizaron comités independientes de los sindicatos, los cuales eran renovados cuando los representantes obreros en ellos eran detenidos o dejaban de pertenecer por cualquier razón, lo que garantizaba continuidad en la lucha. 2. Mantuvieron la práctica de realizar asambleas, mediante las cuales el colectivo estaba unido y recibía las informaciones de lo que sucedía, lo cual minimiza el daño que causan los rumores y la desinformación esparcidos por los patronos y sus aparatos políticos y estatales. 3. Adelantaron un plan de atención a los desempleados garantizándoles comida y ayuda para evitar que fueran utilizados como esquiroles, y 4. No dejaron de publicar su periódico (“Petróleo”), en cuyas páginas exponían las razones políticas, económicas y teóricas de la lucha, informando además de todos los eventos con lo que neutralizaban la propaganda patrono-estatal, profundizando así un rasgo autonómico importante.

El desarrollo económico impuesto por el petróleo en la sociedad venezolana y el control de sectores de la pequeña burguesía sobre los partidos políticos introdujeron cambios en las estructuras organizativas de los trabajadores, dado que los sindicatos asumieron el perfil que ya tenían en Europa luego de 1848: apéndices de los partidos y aparatos de control estatal; como expone NEHRU TENNASSEE en el libro citado:
“… El Estado había permitido que la industria petrolera funcionara como un Estado dentro del Estado. Por tanto, los trabajadores no estaban, de hecho, afectados por la ley. A pesar de esto, con la llegada de López Contreras a la presidencia, el Estado comenzó a intervenir en la industria mediante la aplicación de varias leyes laborales. Por otro lado, se observó que el Estado trató de controlar a los trabajadores mediante el uso de la represión hasta finales de los años treinta. Este proceso, en el que el Estado aspiró a controlar a los trabajadores, se intensificó durante el período 1938-1948. Aún así, el Estado no sólo triunfó en el control de los sindicatos, sino que, eventualmente, los absorbió. El proceso de cooptación entre el Estado y los sindicatos fue facilitado por los partidos políticos. El Estado utilizó a los partidos políticos y a la ley para cooptar a los sindicatos. Por ejemplo, durante el período de López Contreras, los partidos políticos eran los puntos de apoyo más inexorables para «aplicar la ley» y mantener «el hilo constitucional». Los trabajadores habían sido advertidos de que debían obedecer las leyes, aun cuando éstas fueran antinacionales, antiobreras y antidemocráticas, como el decreto de López Contreras”. (Pág. 267)

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Ese cuadro se agudiza luego de que el P.D.N. (Partido Democrático Nacional), que posteriormente se convertiría en “Acción Democrática”, desde el gobierno suelda nexos con la burguesía nacional, establece relaciones de sociedad con el capitalismo internacional a través del grupo “Rockefeller” y controla los sindicatos, cuya central nacional fue puesta bajo la tutela de la mafia sindicalera estadounidense al mando de Serafino ROMUALDI, quien por muchos años fue “el principal agente de la CIA para las operaciones sindicales en Latinoamérica”. Ese ROMUALDI se entrevistó en abril de 1947 con Spruille BRADEN, sub-Secretario de Estado para América Latina, con quien coincidió plenamente en los “crecientes peligros que la influencia comunista en los sindicatos de América Latina representaba para la seguridad de las instituciones democráticas en el Hemisferio Occidental y específicamente para la seguridad de los Estados Unidos”. BRADEN dijo que la actitud del Departamento de Estado hacia los esfuerzos de la AFL [American Federation of Labor] para combatir la agresión comunista “será de ahora en adelante no solo de simpatía sino de cooperación”. Era claro que el Departamento de Estado, por razones muy particulares, se convertiría en fuente de recursos y asistencia para cualquier campaña que ROMUALDI pudiera emprender. Por petición de la AFL, la Confederación Internacional de Sindicatos Libres creó la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT) en enero de 1951, con la orientación de que los sindicatos identificados como directa o indirectamente influenciados por el Partido Comunista debían ser excluidos. Y para asegurarse de que el sindicalismo estadounidense dominara en la ORIT, el representante de la AFL en América Latina, ROMUALDI, fue escogido como su Director. En la Convención fundacional el electo vicepresidente de la AFL, George MEANY, dejó claramente sentado que no se daría ayuda económica a ningún gobierno que apoyara al comunismo o simpatizara con la Unión Soviética (datos tomados de un artículo de Harry KELBER cuyo texto en inglés puede ser leído en http://www.laboreducator.org/darkpast4.htm) El 30 de diciembre de 1956 el fiel agente de la política imperialista estadounidense Serafino ROMUALDI ofreció un agasajo a su colega Rómulo BETANCOURT (ver en http://www.fundacionromulobetancourt.org/webFRBAgosto2006/Cronologia.htm) Y como no podía ser de otro modo, la práctica de los adecos ha sido de un anticomunismo rabioso y uso de incentivos materiales (salarios, ascensos, “contactos” para negociados, impunidad) para disolver conciencias y fabricar consenso alrededor de su partido y otros aparatos de control. En agosto de 1957, ya en los postreros días del gobierno de PÉREZ JIMÉNEZ, el dirigente sindical del PCV, Eloy TORRES (a) “Emiliano”, elaboró un trabajo en el cual informaba de la situación de la clase obrera en el Distrito Federal, con detalles específicos de tres sectores productivos: Construcción, Transporte y Textiles, respectivamente (ese trabajo fue publicado en septiembre de 1970 en un libro titulado “Ideología y Sindicalismo”, editado por Editorial “Cantaclaro” con prólogo de Gustavo MACHADO), y hay en él una serie de datos útiles acerca de la confrontación capital-trabajo, especialmente un aspecto señalado:
“El grado de desorganización y dispersión se puede medir por la cantidad de trabajadores que permanecen al margen de sus respectivas organizaciones sindicales; así como también, por los numerosos sindicatos paralelos existentes y por la escuálida militancia de los mismos. Se puede afirmar que hay muchos sindicatos y pocos obreros organizados”. (Página 9)

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Hay múltiples problemas que afectan a los trabajadores, agrupados por TORRES así: CONSTRUCCIÓN:
1. La falta de contratos colectivos, como lo demuestra el hecho de que habiéndose firmado en el año 1953 la cantidad de 107 contratos colectivos en el D.F., ni uno solo correspondió a la mencionada industria; 2. El incumplimiento por lo patronos y el gobierno de la Ley del Trabajo y su Reglamento, de las disposiciones sobre la higiene y seguridad industriales, lo cual hace posibles los innumerables accidentes profesionales que hay en la industria y que según el Seguro Social es una de las que da mayor cantidad de accidentes; 3. La jornada de trabajo de 8 horas casi ha desaparecido y en su lugar vuelven jornadas extenuadoras que van de 10 a 12 horas diarias; 4. La fijación de salarios caprichosos; 5. La acentuada competencia en la mano de obra por la incontrolada inmigración que ha hecho el Gobierno y que en esta industria se refleja con mayor agudeza; 6. Finalmente, los organismos oficiales que son los principales patronos cometen toda clase de atropellos contra estos obreros, negándoles, en muchos casos, los beneficios que pautan la Ley del Trabajo, amparándose en el artículo 384 del Reglamento de la misma Ley que pauta el procedimiento para las reclamaciones a las Personas Morales con Carácter Público. Tales problemas se agudizan por la ausencia de una efectiva organización de estos trabajadores. Ello coloca a los obreros de la construcción como uno de los sectores proletarios más oprimidos y explotados.

Según TORRES, en ese ramo había cuatro organizaciones sindicales sin contar algunos sindicatos por empresas y el llamado que hacía era coordinar acciones de trabajadores y direcciones sindicales para hacer cumplir las leyes y reglamentos.

TEXTIL Refiere a su amplio desarrollo en las dos ramas en que se divide (textil y confección) y señala:
a) Lo reducido del mercado interno; b) La desmedida importación de productos extranjeros; c) La preferencia del público por las mercancías foráneas; d) El contrabando y la importación por los organismos oficiales de artículos extranjeros; lo cual hace que la competencia sea verdaderamente brutal, planteándose por parte de los industriales una lucha tenaz por rebajar los costos de producción o perecer. Esta rebaja de los costos de producción es realizada sobre la base de la más exhaustiva explotación de la fuerza de trabajo.

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Denuncia el estancamiento de los salarios pero habla de algunas empresas que han realizado mínimos aumentos, nulificados por la práctica patronal de retirar a los obreros que ganen mayores salarios para contratar a otros que ganen uno menor. Habla de la ausencia de contratos de trabajo firmados por los sindicatos en la mayoría de las empresas y de la existencia de otros contratos elaborados por los mismos patronos y la obligación de los trabajadores a firmarlos bajo coacción. Señala reducción de salarios en “Silka”, “Telares de Palo Grande” y “Textil Venezolana”; y ausencia de contratos en “Telares Los Andes”, “Serica”, “Lanex” y otros donde los trabajadores permanecen al margen de los sindicatos. Para la rama “Confección” relata una situación mucho peor pues casi ninguna empresa tiene contrato firmado por sindicatos, los salarios son fijados a capricho por los patronos y el límite de labores no es un horario establecido sino las piezas elaboradas, refiriendo a las empresas “Textilera El Ávila” y “Tip-Top”, entre otras agrupadas en un “etcétera”, lo cual se agrava con la modalidad del trabajo a domicilio, el de las costureras que trabajan en sus casas sin la protección del Seguro Social, con salarios bajísimos y sin organización sindical. Atribuye la situación a varias razones:
“En primer lugar, por la existencia de un gobierno anti-obrero que entorpece la libre organización en sindicatos; en segundo lugar, por la dispersión y desorganización que existe entre los trabajadores de la industria, como lo evidencia la existencia de más de 7 sindicatos textiles, los cuales agrupan una minoría de estos obreros. Ello dificulta la coordinación de un plan de acción, que tenga como norte lograr una sólida organización de todos los obreros textiles para luchar por el mejoramiento de las pésimas condiciones de vida y de trabajo imperantes”. (Página 12)

TRANSPORTE Señala los atropellos contra los choferes de plaza, agudizados por la aplicación de la Ley de Tránsito Terrestre, la cual los obliga a usar uniformes, a tener garantía de Responsabilidad Civil, a presentar exámenes orales y escritos para obtener licencia. Los trabajadores de Transporte Público Municipal no tienen contrato y deben adquirir pólizas de Responsabilidad Civil de una empresa de seguros propiedad de personeros del gobierno, a lo cual califica de rebaja de salario y atribuye la situación a la carencia de un sindicato representativo de la voluntad de lucha de los obreros pues el existente “es casi una dependencia oficial” donde el gerente de la empresa, un teniente retirado de apellido ROA hace lo que quiere. Dice que en el Transporte hay cinco organizaciones sindicales sin contar los gremios y cooperativas y finaliza ilustrando la situación de dispersión por la profusión de sindicatos: en industria del metal tres; en bebidas refrescantes tres y en alimentos cinco, concluyendo en que los trabajadores “no cuentan con instrumentos eficaces para hacer variar las condiciones que privan actualmente en las relaciones obrero-patronales”. El análisis del trabajo comentado es importante pues contiene algunas informaciones contradictorias y muestra una ausencia total de razonamientos políticos estratégicos que vinculen las luchas cotidianas del proletariado con la revolución y el socialismo; en síntesis, con el derrocamiento de la sociedad capitalista. Entre ellas:
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i.

Es contradictorio hablar de ausencia de sindicatos y denunciar al mismo tiempo “la profusión” de ellos al grado de señalar que “hay muchos sindicatos y pocos obreros organizados” (Página 9); Todas las conclusiones ante la situación de dispersión, desorganización y explotación de los trabajadores se limitan a llamar a los sindicatos a “mejorarla” ¡haciendo cumplir las leyes del Estado capitalista! (ver página 10, último párrafo) sin denunciar la esencia clasista subyacente en la explotación y sin señalar la única salida a esa situación: el derrocamiento del poder del capital sobre el trabajo; No existe asomo de llamado a la necesidad de organizaciones propias del proletariado ni la necesaria explicación del nexo que vincula a los patronos, al Estado y a la organización de la sociedad de una manera determinada, limitándose el mensaje a una exposición que en el propio lenguaje de los partidos comunistas ha sido catalogada de “economicista” y por el mismo LENIN de limitada “conciencia tradeunionista”. La “línea” de colaboracionismo de clases queda evidenciada en la enumeración de tareas de primer orden por la reorganización de los obreros donde hay un llamado a deponer “posiciones sectarias y de grupo” y “luchando a su vez por una efectiva defensa de la industria nacional para evitar que la competencia extranjera repercuta directamente en las condiciones de trabajo de los obreros” (Página 10, último párrafo); es decir, que no asumir posiciones clasistas frente a políticas procapitalistas como las de “Acción Democrática” era evitar sectarismos y que el capital “extranjero” es el malo y el capital “nacional” es bueno y por tanto garantiza unas condiciones de trabajo “diferentes”.

ii.

iii.

iv.

Ello explica que la dirección del PCV aceptara sin vacilaciones, varios meses después, el Pacto de Avenimiento Obrero-Patronal entre las cúpulas sindical y patronal. Efectivamente, para finales de 1957 el gobierno de Pérez Jiménez está a punto de caer por una jugada de factores militares y civiles de poder convenientemente disfrazada de “unidad popular cívico-militar”, solo que luego del hecho los representantes de la burguesía importadora fueron vistos pasar de los ministerios del régimen derribado a los puestos de control de la nueva Junta de Gobierno mientras el movimiento popular que había tomado parcialmente las calles era desmovilizado y llamado a volver a sus casas. Y bajo la consigna de “unidad” y utilizando el chantaje del “peligro golpista” fue firmado el infame Pacto de Avenimiento Obrero-Patronal, suscrito por el Comando Sindical Unificado y FEDECÁMARAS. Todo fue producto de acuerdos burocráticos entre las direcciones de los partidos políticos, las cuales decidieron la “composición unitaria” de todos los equipos de dirección de los organismos de masas, independientemente de su importancia y nivel. El resultado práctico fue garantizar a los partidos el protagonismo político transfiriendo a sus estructuras toda la fuerza que podía tener cualquier organismo, incluyendo el sindical, en la estrategia de los cambios previstos en el Pacto de Punto Fijo, aprobado en Nueva York por BETANCOURT, CALDERA y VILLALBA con la bendición del Departamento de Estado. E instrumentos para garantizar la primacía partidista fueron el Programa Mínimo de Gobierno y la Comisión Interpartidista de Unidad, de la cual excluyeron al Partido Comunista y cuyo control llegaba a los votos obtenidos por AD, COPEI y URD en los eventos electorales, puestos en garantía para el dominio que sobre todos los aspectos asumiría el partidismo desde entonces, con un acuerdo de tregua entre ellos y dejando fuera del juego a los militares y al aparato político montado por la jerarquía eclesiástica.
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Las Fuerzas Armadas, en consecuencia, fueron declaradas “apolíticas, obedientes y no deliberantes” en el artículo 132 de la Constitución mientras fue sustituido el Estado Mayor General por un Estado Mayor Conjunto, para romper la línea de mando y evitar que una persona pudiera tomar decisiones políticas, entre ellas organizar y ejecutar un golpe de Estado. Esa medida no pudo detener, sin embargo, los intentos de rebelión que ocurrieron durante el 22 y el 23 de julio de 1958 cuando el ministro de la Defensa, general Jesús María CASTRO LEÓN, pide la postergación de las elecciones por tres años, la supresión de los partidos AD y PCV y el establecimiento de la censura de prensa, por lo cual fue enviado al exterior con un grupo de oficiales que lo acompañó; el del 7 de septiembre de ese mismo año, comandado por José Ely MENDOZA MÉNDEZ y Juan de Dios MONCADA VIDAL [quien luego sería Comandante General de las FALN], y los sucesivos del 4 de Mayo (“El carupanazo”) y del 2 de junio de 1962 (“El porteñazo”), éstos con participación de dirigentes y militantes del Partido Comunista y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Hubo también un intento fallido de insurgencia que implicaba a unidades de la Marina de Guerra en La Guaira y por el cual fueron detenidos decenas de militantes de la Juventud Comunista. En cuanto a la jerarquía eclesiástica, el gobierno de Venezuela firmó un acuerdo con Roma [“la Santa Sed” que nunca es saciada, como le decía PRIETO FIGUEROA] en marzo de 1964, según el cual le garantizaba la “Asociación Eclesiástica”, vale decir una subvención económica oficial “para el decoroso sostenimiento” de su propia burocracia y para construir o reparar templos mientras el control partidista se extendía hasta la objeción del nombramiento de algunos cargos (Arzobispo, Prelado y otros) Por esa vía el Pacto de Punto Fijo devino en un poder partidista total que dominaba desde el Ejecutivo hasta el último cargo estatal, pasando por los planes de desarrollo económico y los cuadros del mando militar. Y para que su control no corriera riesgos, los partidos afincaron su dominio en las elecciones, cuidadosamente diseñadas para que desde el organismo supervisor (Consejo Supremo Electoral) hasta la última mesa, todo estuviera bajo la lupa y manos de los militantes “especialistas” (técnicos, testigos de mesa, representantes de los partidos) en manejar todas las triquiñuelas de los colores en los tarjetones, las posiciones de los símbolos, el voto múltiple con las cédulas aportadas por el Ministerio de Relaciones Interiores y el absoluto control de las Actas de Mesas, pues como decían en su euforia, “acta mata voto”. Y luego de cada cambio “en la alternabilidad democrática” veíamos a los doctores Gonzalo BARRIOS y Rafael CALDERA en largas reuniones decidiendo los nombres de quiénes iban a ocupar los cargos en la Corte Suprema de Justicia y otros organismos estatales.
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Para los años setenta en el país hay un agrupamiento poblacional mayoritariamente urbano y la industria manufacturera de la zona central es dominante tanto en establecimientos industriales como en mano de obra ocupada, como muestra el cuadro tomado de “HISTORIA ECONÓMICA Y SOCIAL DE VENEZUELA”, Federico BRITO FIGUEROA, Ediciones de la Biblioteca, UCV, Caracas 1975, Tomo III, p. 962.

En el centro del país comienza a surgir un núcleo de obreros textileros claramente inclinado a luchar no solo por reivindicaciones transitorias (mejores salarios, reducción de jornada) sino que sus reclamos apuntan a lograr espacios autonómicos en su confrontación con el capital, lo cual significa también deslindar campos con el sindicalerismo y con el sindicalismo, el primero enemigo de y el segundo límite a los objetivos históricos de la clase obrera. En los primeros días de noviembre de 1978, dos mil quinientos trabajadores del consorcio brasileño-venezolano BRASVEN se declaran en huelga protestando el horario de trabajo; el paro, como de costumbre, fue declarado ilegal y César GIL, dirigente de la CTV, hace un llamado a los obreros para que “no se dejen utilizar en hechos de política partidista que los afecta… en sus relaciones con la empresa en la cual prestan sus servicios y que puede causarle un grave perjuicio a la nación porque está en juego la culminación de una de las obras más importantes del Estado venezolano…” Los huelguistas fueron desalojados por la Guardia Nacional y despedidos un mil trescientos setenta de ellos. Era presidente Carlos Andrés PÉREZ. En 1979, bajo un “nuevo” gobierno copeyano, los trabajadores de Ferrominera hacen público su descontento por la ausencia de solidaridad del sindicato con sus problemas. Los trabajadores portuarios anuncian un paro si no se inicia la discusión del nuevo contrato colectivo. ¡Y de pronto la CTV “descubrió” la inflación, la especulación, el alto costo de la vida y demás flagelos capitalistas! En el diario “El Nacional” del 04 de agosto de ese año, el organismo sindical denuncia la agudización de esos males y presenta cinco (5) demandas al gobierno: 1) freno a la especulación; 2) agilización de discusión de los contratos colectivos; 3) comisión gobierno-parlamento-CTV que examine el costo de la vida y fije bono compensatorio; 4) elevación del salario mínimo y, 5) respeto a la Ley del Trabajo en dependencias estatales.
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Los obreros textileros, por su parte, discuten un nuevo contrato colectivo que, una vez más, es negociado a espaldas del colectivo, utilizado como instrumento de maniobra para justificar la permanencia o renovación de roscas o personalidades en la dirección del aparato sindical. La CTV adelanta una táctica ofensiva para arropar la escena política con una Ley de Aumento de Salarios que es coreada por la leal izquierda, otra vez colocada a la cola de los acontecimientos sin explicar lo que detrás de los aumentos salariales había. A principios de 1980 son despedidos ciento ochenta (180) obreros de Telares “Palo Grande” y el problema es remitido al aparato judicial del Estado. El 22-01-1980 es realizada una asamblea intersindical donde son aprobadas acciones conjuntas en apoyo a los obreros en conflicto y allí se ve la coincidencia de José VARGAS (CTV) y sectores de izquierda, pero las asambleas fueron reducidas y los acuerdos en ellas tomados no se discutieron en colectivos representativos y todo fue manejado por las cúpulas sindicales y partidistas, de donde salían remitidos y declaraciones legalistas de exigencia de justicia, reforzando la ilusión de “neutralidad” estatal y utilizando un lenguaje triunfalista que pronto enmudeció ante la decisión de la Corte Suprema de (in)Justicia contra los obreros despedidos. El trabajo de dispersión y desmovilización de las bases continúa y los dirigentes del Frente Sindical Unido de los Trabajadores Textiles ejecutan una nueva faena contra esas bases obreras aprobando un texto de Proyecto de Contrato que no incluía las cláusulas principales, precisamente las utilizadas por grupos y partidos para ganar audiencia entre los trabajadores, quienes sin embargo muestran un gran espíritu de lucha y en esa contradictoria situación los dirigentes se ven desenmascarados mucho más rápido, pues ante el ardor combativo de las bases posan de “revolucionarios” y radicales mientras los resultados de su verdadera acción se van dejando ver y sentir. Y si de poses se trata, el Comité Ejecutivo de “Acción Democrática” publica un remitido el 18 de abril de 1980 en el que denuncia: “… 4) Para la clase obrera venezolana, y especialmente para la que milita en Acción Democrática, la corrupción administrativa está en el substrato del injusto sistema capitalista, porque una minoría privilegiada se apropia de la riqueza nacional. Por eso, a nuestro juicio, las campañas anticorrupción en gran parte son hipócritas porque se señalan casos aislados producidos en algunos estamentos de los gobiernos que hemos tenido, pero se deja en pie el abuso y el privilegio económico de los poderosos, que en el fondo, es la más repudiable de las corrupciones que se hacen en contra de los sectores económicamente débiles de la sociedad. … 8) (…) la carencia de vivienda, los pésimos servicios de salud, las estafas cometidas contra los dineros públicos, el deterioro de la educación a todos los niveles, el deterioro de los servicios públicos, el desempleo que ya comienza a amenazar el salario y la estabilidad de los trabajadores, el escandaloso alto costo de la vida, la especulación desenfrenada sin que haya gobierno que le ponga coto, la inflación, la recesión económica, la crisis del agro venezolano, la quiebra de la pequeña y mediana industria y la concentración de capital en manos de las multinacionales…” Los adecos, tan caradura como siempre, enumeraban los resultados de sus gobiernos y los de sus socios copeyanos como si en todo ese desastre nada tuvieran que ver.

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Era obvio que no existía una referencia revolucionaria que tomara ese diagnóstico, evidente en su parte descriptiva, y ayudara a convertirlo en acción conciente por parte del colectivo nacional, agredido por esas políticas que sus propios diseñadores y ejecutores “denunciaban” sin explicar las causas de esos males, y mucho menos la salida, la solución a ellos, escurriendo el bulto y arribando a las mismas conclusiones que presentaban los grupos y partidos de izquierda: más elecciones, el reforzamiento de otras camarillas y la permanencia de las relaciones económicas y sociales generadoras de todos esos males. De allí que la CTV se propusiera una táctica ofensiva para monitorear todos los conflictos que, al desbordar los aparatos de control, pudieran poner en peligro la hegemonía capitalista. La tragedia de la izquierda en este caso radicaba en su propia indefinición pues ni siquiera contaba con recursos para mantener una pose coherente ante el colectivo, y si no andaba tirándose de las greñas por un puesto en cualquier aparato burocrático, se le iba el tiempo en discutir candidaturas “unitarias”, colaborando objetivamente en la disgregación y atomización de la conciencia de los explotados. La CTV, en sus planes para mantener las cosas como estaban, profundiza la propaganda sobre la COGESTIÓN mientras daba la espalda a los obreros textileros en conflicto con sus patronos. Los capitalistas insisten, por su parte, en elevar la productividad y la disciplina en el trabajo, discurso que encuentra eco en la CTV, convertida en virtual poder económico, poseedora de un conglomerado de más de cuarenta empresas cuyas principales eran: Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV); Corporación de Ahorro y Crédito para la Vivienda (CORACREVI); Inversiones Bantrab; Agencia Publicitaria “Createrol”; Prefabricados “Corpobam”; Turismo “Margarita” y Parque Residencial “El Guayabo”. Ese conglomerado manejaba CINCO MIL MILLONES DE BOLÍVARES y las relaciones allí existentes entre trabajadores y patrono eran las correspondientes a las de producción capitalista, es decir, expropiación de trabajo no retribuido del que se apropian los empresarios. Como se podía uno enterar: “… El secreto del éxito económico, precisamente, ha sido la eliminación de la lucha partidista en el seno de las empresas ‘obreras’. Aunque existe el predomino de AD, Copei y el MEP tienen participación que, no obstante, «no se vuelve conflictiva»”. (“El Diario de Caracas”, 01-06-1980) En julio de ese año es celebrada reunión donde la CTV y FEDECÁMARAS llegan a un acuerdo para mejorar e incrementar la producción y productividad. “El organismo representativo de los trabajadores no consultó a sus representados (obreros) para la elaboración de esta declaración ‘ensayo’. No obstante José Vargas aseguró que el acuerdo «satisfará las aspiraciones de los trabajadores»” (“El Diario de Caracas”, 22 de julio de 1980) Ese método burocrático y paternalista no era, sin embargo, monopolio de los dirigentes de la CTV, pues los autodenominados dirigentes “clasistas” actuaron en idéntica forma, como volvió a evidenciarse en los tristes resultados del conflicto textil, a cuyo fracaso contribuyeron las prácticas de aparato que en balance de ese acontecimiento fue elaborado en su momento por el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores (MRT):

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1. Posiciones derrotistas y pesimistas antes del conflicto, entre otras cosas debido a la actitud combativa de la clase obrera, actitud en la que invariablemente presienten un peligro para las prácticas de aparato; 2. Miedo a la profundización del conflicto, ya que por sus propias posiciones de mando y escena política ven un peligro en la radicalización de los combates que ellos, demagógicamente, dicen promover y desear; 3. Maniobras en las asambleas, manipulación de las informaciones, tergiversación de los hechos y falsificación de la democracia obrera, de la que hacen una caricatura para engañar y desmovilizar a la base; 4. Actitudes agresivas y gangsteriles, apoyadas en el uso de matones y guardaespaldas tanto en las asambleas como en sus adyacencias. 5. Labor divisionista al facilitar los acuerdos por empresa y sabotear el logro del Contrato Único; 6. Inocultable afán electorero en función de repartirse las cuotas de poder en el aparato sindical, ante lo cual dejan de lado los verdaderos intereses proletarios y privilegian la proyección de siglas y liderazgos, y 7. Sustitución de la base y de sus decisiones por acuerdos con los patronos y funcionarios estatales.

Y en la edición aniversario de “Al Rojo Vivo”, ejemplar 8, página 3, correspondiente a Septiembre-Octubre de 1979, fijamos así nuestra posición:

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“EL S.U.T.: La crisis de un proyecto no revolucionario Hay ocasiones en que a uno le gustaría equivocarse, sobre todo cuando la certeza de sus razonamientos y previsiones conlleva una derrota para los trabajadores en su lucha contra la explotación a que son sometidos por los patronos y su Estado. Es el caso del SINDICATO ÚNICO TEXTIL (S.U.T.), cuya crisis no tiene perspectivas de término sino de nuevas, más profundas y desmoralizadoras derrotas para los obreros textileros en particular y para la clase obrera y los trabajadores en general, dada la importancia que el movimiento de los trabajadores textileros tiene, como punto de referencia combativo y clasista, en el centro del país. De esta situación crítica escribíamos en AL ROJO VIVO número 4 (SÍ HAY ALTERNATIVA PROLETARIA: CONSEJOS OBREROS DE FÁBRICA), abril de 1979, donde tratábamos de caracterizar el problema de fondo mediante su correcta ubicación clasista: la inexistencia de un proyecto autónomo en lo políticoorganizativo, que lleva a la clase obrera a encauzar sus luchas por las vías que el propio capitalismo señala e impone y con las cuales la relación de dominio y explotación hasta ahora existentes (los capitalistas dominando y dirigiendo; los explotados y oprimidos sin un proyecto político propio) se mantiene y reproduce, como lo revelan experiencias de otros países y movimientos revolucionarios: «El creciente grado de organización (monopolización) del capitalismo se refleja en las organizaciones obreras. Aun donde no son prolongación del aparato estatal, las organizaciones populares encarnan el espíritu de la administración. El dirigente popular es caudillo o administrador. Parece una fatalidad que lo que quiere desarrollarse bajo relaciones de dominación tenga que reproducir la dominación. La oposición se vuelve secta o es una mera delegación del control sobre las masas. Incluso el movimiento revolucionario refleja en forma negativa la situación que ataca. Hoy en día la utopía socialista ya no presenta una ruptura con la realidad capitalista: administración del pueblo (administrar al pueblo). Planificación, organización popular se han transformado en otros tantos mecanismos de regulación social que conservan intactas las relaciones de dominación (tenemos suficientes ejemplos de ‘preocupaciones progresistas’ que abren el camino a un creciente control social sobre tiempo y espacio) Cuando la oposición pregunta qué hacer con el poder que se intenta conquistar, ya la pregunta supone la conservación de lo que originalmente se quiere abolir: la dominación».
Norbert LECHNER, ‘La Crisis del Estado en América Latina’, El Cid Editor, Caracas, 1977, página 75.

En nuestro citado artículo explicábamos por qué el sindicato NO ES una organización idónea para derrotar la explotación capitalista, dado que la propia estructura sindical mantiene a los obreros sistemáticamente alejados de la participación efectiva en las decisiones que van a afectar a esos obreros, abriendo así las posibilidades para que pequeños grupos, sujetos a disciplinas organizativas de los mismos partidos burgueses, tomen las decisiones unilateralmente. Y esa situación --repetimos-- no se soluciona con la aparentemente «milagrosa» fórmula de promover a uno o más revolucionarios a la dirección (‘rescate’) de los sindicatos, pues el problema no es que determinados hombres estén en los cargos directivos sino que los obreros, organizados, conozcan a cabalidad sus propios problemas, los discutan colectivamente y decidan el camino a seguir en función de sus soluciones.

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Partiendo de los combates aparentemente menos importantes que tengan, los obreros van asimilando experiencias de lucha y educación políticas; comienzan a relacionar su situación con la de otros sectores explotados y comprenden la necesidad de cambiar esa situación colocándose ellos (no como individuos que quieren ‘vivir mejor’ sino como CLASE SOCIAL REVOLUCIONARIA que busca la desaparición de la explotación en general), al frente del proceso de cambio social. Y la forma misma de abordar una lucha determinada es ya un elemento importante para diferenciar una política que tenga como fin mantener a los obreros en su situación de explotados y dominados, de otra que busque educar y organizar a LA CLASE en función de terminar con las relaciones sociales generadoras de la explotación y el dominio. Los obreros (y los trabajadores en general) deben comprender --y es su lucha la mejor escuela-- que las reivindicaciones parciales y transitorias (aumento de salarios, reducción de la jornada laboral, cese a los despidos, etc.) son burladas por los capitalistas pues tales «beneficios» son rigurosamente controlados mediante manipulación de precios (la ‘liberación’ o sinceración) en el mercado, donde los trabajadores no tenemos la más mínima posibilidad de ‘pataleo’ porque aquél es monopolizado por los capitalistas y SU ESTADO, o con innovaciones tecnológicas en la fábrica, donde la automatización de los procesos productivos superexplotan al obrero arrancándole más trabajo no pagado por el capitalista (plusvalía) en menos tiempo, o alargando la jornada mediante las horas extraordinarias. Nuestra proposición de estructurar organismos autónomos (Consejos Obreros de Fábrica) no es así un reclamo de tipo técnico-organizativo sino, fundamentalmente, un enunciado CLASISTA PROLETARIO detrás del cual hay toda una concepción de la clase obrera como elemento básico del proyecto socialista revolucionario y no como masa de maniobra a la que se manipula y mueve de acuerdo con intereses de parcialidades o siglas. Decimos a la clase obrera que sólo organizándose en sus propias instancias de decisión política y económica podrá liberarse del yugo explotador capitalista, que hoy no solamente le arrebata el producto de su propio trabajo sino que la mantiene dividida y dispersa mediante una ‘falsa conciencia’ de la realidad económica, política y social que los aparatos ideológicos del Estado capitalista (radio, televisión, prensa, escuela, sindicato) esparcen y fijan en una campaña de permanente educación con la que los sectores dominados y explotados aprenden a ver el mundo y la sociedad como los capitalistas quieren y necesitan que los vean: fragmentados, dispersos e incoherentes. Y hablamos de socialismo revolucionario precisamente porque a la clase obrera llega, en esos mensajes de los aparatos ideológicos burgueses, la versión de un ‘socialismo’ que no busca el derrocamiento de la explotación sino que llama a profundizarla, utilizando a los obreros como instrumentos ciegos de su propio despojo, engañándolos con posibilidades de una ‘conquista gradual del poder’ que sólo sirven para que algunos señores cobren jugosas prebendas en los aparatos legislativos del Estado capitalista y allí defiendan y justifiquen las leyes con que los patronos reprimen y explotan a los trabajadores. Los falsos socialistas engañan doblemente a los obreros pues siembran ilusiones de un idílico ‘cambio’ en la situación de opresión y explotación, desarmando y desmovilizando las luchas obreras; y legitiman después el derroche que los señores burgueses hacen con los dineros ‘del pueblo’, los aumentos de precios, la explotación y los despidos. Y silencian, muy cautamente, la represión que sufren los obreros, campesinos y ‘marginales’ cuando reclaman cualquier derecho, desde mejoras salariales hasta el de vivir bajo un precario techo sin ser desalojados por la policía o la guardia nacional.

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En nuestro artículo de abril señalábamos por tanto la necesidad de que el movimiento obrero textil se declarara en emergencia, es decir, EN ASAMBLEA PERMANENTE que asumiera todo el poder de decisión. Tal Asamblea debía elegir a un Comité o Dirección TRANSITORIA que se encargara de hacer todos los reclamos planteados a los patronos e IMPULSARA LAS LUCHAS POR REENGANCHE, HORARIOS, TABULADOR y otros rindiendo cuentas a la Asamblea que, en cualquier momento, podía revocar el mandato de tal Comité o Dirección transitoria. Esa proposición cubría los dos aspectos principales de la situación que entonces (tal como ahora) enfrentaban los obreros textileros: a) llenar el vacío de dirección en los organismos de lucha de los trabajadores, impidiendo que fueran asaltados por los tradicionales enemigos de la clase, y b) motorizar una lucha verdaderamente conjunta y conciente de los obreros por sus reivindicaciones más sentidas, permitiendo que la asamblea permanente conociera y balanceara los alcances y resultados de esas luchas parciales en un proceso de educación para todos los obreros, quienes así podían dar un gran salto hacia delante en su propia formación política, reformulando el Estatuto y dando relevancia a sus organizaciones de base, es decir, a los COMITÉS y DELEGADOS DE EMPRESA, cuya organización y funcionamiento constituyen la columna vertebral del movimiento obrero textil al ser capaces de articular todo el poder obrero de abajo hacia arriba. Hoy, a esos reclamos de los obreros se agregan otros, producto del deterioro que han sufrido las condiciones de vida de los sectores explotados del país por la voracidad explotadora de la burguesía y la complicidad de los ‘socialistas’ cuya única inquietud es por que les toque algo en el reparto de la torta burocrática. A un programa de lucha inmediata por la reformulación del Estatuto, contra el funcionario estatal Malavé Malavé, por la reducción de la jornada laboral, contra los despidos y por el aumento de salarios, debemos agregar el de la estructuración y consolidación de órganos autónomos de clase, capaces de garantizar tanto las victorias parciales como la permanencia de todos los obreros en sus posiciones de toma de decisiones, primero de sus propias luchas y paulatinamente del proceso global de producción. Nuestro deber de socialistas revolucionarios es vincular las luchas cotidianas de los obreros a una estrategia por la toma del poder político, propiciar la elevación de la conciencia inmediata de los trabajadores a CONCIENCIA DE CLASE PROLETARIA, esforzándonos en superar la ‘falsa conciencia’ que la clase capitalista nos impone con su dominio material en la fábrica, dominio que TAMBIÉN ejerce en el terreno de las ideas mientras los explotados y oprimidos sigamos ‘viendo el mundo por un huequito’. También a ese respecto traemos experiencias de los obreros y movimiento revolucionario de Europa: «Así, pues, el fin histórico a alcanzar por el movimiento obrero siempre ha estado desligado de las luchas prácticas cotidianas y esto es válido tanto para los reformistas de viejo y nuevo cuño (para quienes, para parafrasear la famosa expresión de Bernstein, los objetivos inmediatos son todo y el objetivo final no es nada), como para los ‘extremistas de izquierda’ más radicales, que rechazan con desprecio toda lucha por objetivos inmediatos y sólo aceptan como válida la lucha que tiene por objeto la ‘conquista del poder’ (o ‘la conquista de las empresas’, o ‘la destrucción del Estado’, etc.) Por lo demás, en la práctica, estas dos actitudes se vinculan dado que ambas tienen como consecuencia la separación radical entre la lucha cotidiana real de los trabajadores y el objetivo del derrocamiento del capitalismo. La estrategia de las reivindicaciones transitorias trata de superar esta separación.
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A tal efecto, parte de la constatación de un hecho que ha permitido hasta ahora sobrevivir al régimen capitalista: el hecho de que las reivindicaciones inmediatas, aún las más radicales, podían integrarse perfectamente dentro del régimen, podían realizarse sin una ‘impugnación global’ del modo de producción, en la medida en que no ponían en discusión la cuestión fundamental: la cuestión del dominio del capital sobre las máquinas y el trabajo»”.

Las luchas de los obreros y trabajadores en general continúan dispersas y sin un vínculo orgánico que las centralice y relacione a un fin revolucionario, por lo que siguen siendo presa fácil para los instrumentos de control y sus agentes. En agosto (seguimos en 1980) hay un paro en Alcasa en protesta por violaciones al contrato y los trabajadores de Brasven vuelven a protestar por el horario de trabajo. Son despedidos ochenta trabajadores y solicitada calificación de despido para ocho sindicalistas de Alcasa. En octubre la prensa de Guayana denuncia: veintiséis mil novecientos treinta y cuatro trabajadores despedidos de treinta y siete empresas que han cerrado, quebrado o disminuido su personal (“Correo del Caroní”, 27-10-1980) Un Programa Confidencial de CORDIPLAN, Minhacienda y Oficina Central de Presupuesto plantea el despido de cien mil empleados públicos para ahorrar cinco mil cuatrocientos millones anuales. En enero de 1981 la Inspectoría del Trabajo en La Castellana es tomada por doscientos obreros que denuncian corrupción y parcialidad hacia los patronos. En febrero se realiza huelga en la empresa metalmecánica “Harbor” por despido de ciento sesenta y cinco obreros. Más de cien obreros son despedidos a su vez en la industria de la madera. Andrés MERCAU, directivo de Fetrametal y ficha de COPEI, amenaza, como hiciera su colega adeco César GIL dos años antes: “Conviene a trabajadores del hierro firmar contrato colectivo sin conflictos” (“El Nacional”, 03-03-1981) Paro parcial en ALCASA por ola de despidos; igual sucede en Ferrominera del Orinoco. José VARGAS propone aumento salarial del 35%. Se evidencian contradicciones graves en FEDECÁMARAS. Sutiss se dirige al país denunciando derroche y burocracia patronales y señalando las pésimas condiciones de trabajo. En Aragua son despedidos mil cuatrocientos textileros mientras el ingeniero Efrén SÁNCHEZ SALAS denuncia que hay más de ciento veintidós mil obreros cesantes en la industria de la construcción. En abril, los trabajadores de Ferrominera acuerdan introducir pliego conflictivo y se inicia confrontación en Línea Aeropostal Venezolana. Eduardo FERNÁNDEZ denuncia indisciplina gremial y privilegios gravosos en las empresas de servicio público. José VARGAS, por su parte, declara: “SI NO FUERA POR LA CTV AQUÍ HABRÍA DECENAS DE HUELGAS”. En Zulia estalla conflicto de trabajadores de educación contra el Ministerio. Los obreros de SIDOR van a un paro en protesta por las contraofertas de la empresa al proyecto de Contrato Colectivo. Ante la crisis interna de Fedecámaras, de la que surgen denuncias de irregularidades, presiones y manejos no muy claros, José VARGAS declaraba: “Nosotros aspiramos a que Fedecámaras realmente mande. Desearíamos conversar con gente que tenga posibilidades de imponer hacia abajo, como nosotros, lo que se acuerde arriba…” (“El Nacional”, 09-05-1981)
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Los trabajadores de Ferrominera van a un paro en protesta por la firma clandestina del contrato, que fue acordado --una vez más-- en conciliábulos de dirigentes sindicales y patronos a espaldas de y contra los trabajadores. El paro es declarado ilegal y algunos miembros de base de AD y COPEI son acusados de estar “anarquizados” contra las direcciones de sus partidos. El conflicto se extiende y tanto los patronos como observadores no identificados por los periodistas opinan que los obreros no obedecen a las instituciones sindicales. José VARGAS anuncia que la CTV no apoya ningún paro en Guayana. La CTV ratifica esa posición, defiende al contrato como “muy bueno” y exhorta al regreso al trabajo. Armando RODRÍGUEZ, dirigente sindical expulsado de AD, es acusado de ser “vendedor de carne” del Comisariato de la empresa. A fines de mayo concluye la huelga con otra derrota para el movimiento obrero y una nueva experiencia para los trabajadores guayaneses, quienes otra vez fueron abandonados a su suerte por los aparatos sindicales. Según observadores, el conflicto “fue más bien una acción testimonial contra las estructuras sindicales del país que frenan el ejercicio de la democracia sindical y el poder de decisión que deben tener los obreros a través de consultas sobre los problemas que les son inherentes” (“El Nacional”, 30 de mayo de 1981) Armando RODRÍGUEZ LEÓN declaró: “Hacia el caos va el movimiento obrero venezolano”. Acusó a José VARGAS de corrompido por haber solicitado el pago de un bono por un millón de bolívares en ocasión de la discusión de un contrato colectivo. Esa conflictividad tenía sus razones no solo en la desconfianza de los trabajadores hacia los aparatos de control que supuestamente los defendían y en el desmejoramiento de la calidad de vida, sino también en los signos del derrumbe del pacto partidista, erosionado por el descrédito institucional y la evidente esclerosis de todo el tinglado estatal, tanto que ya no les era posible valerse del consenso y las respuestas cada vez tendían a la represión. En los períodos 1979 – 1980 y 1983 – 1984 se opera una contracción del consumo final, en términos reales a precios de 1984, que golpea a la mayoría de la población y explica su actitud de conflictividad mientras los compromisos del gobierno con el capital le obligan a cerrar los ojos ante la ola de especulación financiera que se abate sobre el país, donde es más productivo el mercado del dinero que invertir en industrias, toda vez que el capital busca la máxima ganancia con el mínimo riesgo. Y no solo fue cerrar los ojos sino que el equipo gubernamental se sumó al festín de los activos financieros cuyas tasas de interés superaban a las pasivas de la banca y ambas eran inferiores a las foráneas, lo que determinó una masiva “exportación de ahorros”, como los economistas llaman a la fuga de divisas. Los títulos privados eran adquiridos por el sector público y la especulación privada buscaba los títulos oficiales en una centrífuga productiva y segura pues los fondos eran garantizados por la factura petrolera. Y después de dos años de continua fuga de divisas los precios del crudo caen por lo que las exportaciones se reducen a 13.5 millardos de dólares en 1983 (comparados con los 19.3 millardos de 1981), así que el gobierno copeyano resuelve recurrir al control de cambios, restringiendo la salida de divisas y devaluando la moneda gradualmente, y para aplicar esas medidas crea la Oficina de Régimen de Cambios Diferenciales (Recadi), encargada de autorizar la compra de dólares.
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El gobierno se dispone a reconocer la deuda externa privada y el presidente del Banco Central, Leopoldo DÍAZ BRUZUAL, propone aplicar devaluación lineal y no reconocer la deuda privada, contrariando la tesis de Arturo SOSA, Ministro de Hacienda, y provocando reacciones de rechazo en FEDECÁMARAS. El partido COPEI solicita a DÍAZ BRUZUAL su renuncia y al éste negarse a presentarla lo expulsan de sus filas. Luego le tocó el turno, en la “alternabilidad”, a Jaime LUSINCHI, dirigente de “Acción Democrática”, quien ARTURO SOSA, durante el acto de su proclamación como presidente MINISTRO DE HACIENDA dijo que “Venezuela pagará todo lo que debe, hasta el último centavo” pero luego cuestionó el monto de la deuda (Bs. 175.000.000.000,00) y la calificó de “muchas veces contraída al margen de la ley”, solicitando que se estableciera la verdad sobre ella. El 24 de febrero de 1984 dio a conocer los lineamientos de su política económica cambiando el esquema monetario impuesto por el gobierno de HERRERA, anunciando una drástica baja de las tasas de interés y fijando una política salarial compensatoria, quizá dejando en el tintero que para renegociar la deuda y obtener más préstamos el Fondo Monetario Internacional impone ciertas condiciones, entre ellas la privatización de un conjunto de actividades económicas y servicios. El festín fue organizado a lo interno de la manera siguiente: establecidos cuatro tipos diferenciales de cambio: a.- Bs. 4,30 por dólar, fijado “por el gobierno anterior” un año antes, fue mantenido hasta diciembre de 1985. Era otorgado únicamente para el pago de las cuotas de capital de la deuda externa, para los estudiantes en el exterior, para adquirir ciertos alimentos esenciales y medicinas señalados en una resolución previa del Ministerio de Hacienda; b.- Bs. 6,00 por dólar para la compra y venta de divisas de los sectores petrolero y del hierro; c.- Bs. 7,50 por dólar para las transacciones comerciales y financieras de los sectores público y privado, así como para el servicio de la deuda, y d.- Valor determinado por la demanda para las actividades restantes. En septiembre de 1984 anunció desde Nueva York, donde se encontraba para pronunciar un discurso ante la Asamblea General de la ONU, un acuerdo con la banca internacional mediante el cual se establecían las bases para un convenio de financiamiento de esa deuda y sobre tales expectativas aplicó una política expansiva en el gasto público para reiniciar el crecimiento económico. En febrero de 1986 firma un acuerdo de refinanciamiento en momentos de otra baja en los precios del petróleo [de 24,00 a 13,00 dólares por barril], situación que lleva al gobierno a solicitar un retardo de los pagos de amortización mientras el gasto público seguía expandiéndose confiado en los ingresos por las medidas cambiarias, en nuevos endeudamientos y en el uso de las reservas por ahorros anteriores (“¡la botija está llena!”). En febrero de 1987 el gobierno firmó con la banca acreedora un acuerdo sin período de gracia, con plazo de 14 años, tasa de interés superior a otros países y con una contracción masiva de las reservas internacionales al final del período de gobierno. Por “el mejor refinanciamiento del mundo” Venezuela hubo de cancelar, entre 1983 y 1987, más de treinta mil millones de dólares. ¿Conclusión?: ¡LA BANCA ME ENGAÑÓ!
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El festín de Acción Democrática, COPEI, FEDECÁMARAS y allegados en RECADI fue, de acuerdo a investigación realizada por periodista de “El Nacional”, así:

Las administraciones de RECADI en el período 1983/1989
Período Presidente de la República Ministro de Hacienda 83/84 83/84 84/86 84/86 86/89 86/89 86/89 1989 Luis Herrera Campíns Luis Herrera Campíns Jaime Lusinchi Jaime Lusinchi Jaime Lusinchi Jaime Lusinchi Jaime Lusinchi Carlos Andrés Pérez Arturo Sosa Arturo Sosa Manuel Azpúrua Manuel Azpúrua Manuel Azpúrua Héctor Hurtado Héctor Hurtado Eglée Iturbe de Blanco Director de Recadi Fernando Hernández Miguel Rodríguez Molina Francisco Maldonado Cisneros Oscar Páez Bohórquez Héctor Meneses Ana Teresa Herrera Balduz Edgalia Bastardo de Leandro Eva Morales

De acuerdo con la información disponible, producto de algunos análisis recabados por El Nacional, el siguiente es un esquema típico, divulgado desde La Agenda Secreta, de las irregularidades que se cometieron en el ciclo inicial: Información falsa para registrarse como importador con mercancía en tránsito. Información falsa para registrarse como importador potencial en el registro nacional de importadores. Cobro de comisiones para registrar importadores. Ofrecimiento y cobro de dinero para acelerar la tramitación de conformidades de importación. En el caso contrario, ofrecimiento y cobro de dinero para retrasar conformidades de importación de una empresa de la competencia. Proliferación de gestores y de oficinas afines -algunas de éstas sin dirección o actividad previa conocida- que cobraban dinero, en muchos casos sin darle los mejores resultados a sus interesados e incautos clientes. Información falsa para registrarse como estudiante becario en el exterior. Cobro de comisiones para registrarse como becario en el exterior. Ofrecimiento y cobro de dinero para acelerar los pagos a los becarios en el exterior Registro múltiple de la misma deuda externa privada Cobro de comisiones y ofrecimiento de dinero para registrar deuda externa privada Datos falsos para inscribirse como deudor privado. Ofrecimiento y cobro de dinero para reconocer porciones de duda externa privada. Ofrecimiento y cobro de dinero para retrasar el reconocimiento y posterior pago de deuda externa privada de una empresa de la competencia. Información falsa para registrarse como importador con mercancía en tránsito.

Tomado de: http://www.geocities.com/Athens/Oracle/5870/sala.htm#indice.
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Con el movimiento popular arrinconado, los trabajadores a la defensiva y una política de voracidad que literalmente arrancaba el dinero de los bolsillos a los venezolanos, al gobierno le es propuesta una reforma estatal y al efecto fueron nombradas comisiones que se reunieron, discutieron y emitieron análisis y diagnósticos, algunos de los cuales presentados para ser estudiados por los factores políticos a fin de darles forma de ley, pero todos esos documentos fueron a dormir el sueño eterno en las gavetas de sus destinatarios. Y el telón a esos sueños reformistas fue bajado con las palabras del dirigente adeco Manuel PEÑALVER: “No somos suizos”. La “alternabilidad democrática” está “EL NACIONAL”, 09-01-1988 bastante gastada, como todo el entramado del pacto puntofijista, y al gobierno adeco de LUSINCHI le sucede el del adeco Carlos Andrés PÉREZ, quien implementa un “paquete” contentivo de las amargas recetas del Fondo Monetario Internacional respecto a políticas cambiaria, financiera, social y fiscal, servicios públicos, comercio exterior y deuda externa. La nueva puesta de rodillas del gobierno de Venezuela es el precio para obtener un préstamo de cuatro mil quinientos millones de dólares a cuyo fin debía --bajo estricta supervisión del FMI-- liberar las tasas activas y pasivas en el sistema financiero temporalmente hasta un 30%; unificar política cambiaria eliminando la tasa de cambio preferencial; determinar la tasa de cambio en el mercado libre de divisas y realizar todas las transacciones con el exterior a la nueva tasa flotante; liberar precios de todos los productos a excepción de 18 reglones de la cesta básica; incrementar gradualmente las tarifas de servicios públicos como teléfono, agua, electricidad y gas doméstico y aumentar anualmente en el mercado nacional, durante 3 años, los precios de productos derivados del petróleo, con incremento inicial promedio del 100% en el precio de la gasolina; aumento inicial de las tarifas del transporte público en un 30%; aumento de sueldos en la administración pública central entre el 5 y el 30% e incremento del salario mínimo a Bs. 4.000,00 en el área urbana y a Bs. 2.500,00 en el área rural; racionalizar y eliminar progresivamente los aranceles a la importación; reducir el déficit fiscal a no más del 4% del producto territorial bruto (PTB) y congelar los cargos en la administración pública. Continuó así el empedramiento de las vías que conducían al país a los últimos días de febrero y primeros de marzo de 1989, cuando estalla una rebelión cuya voz venía de la pobreza crítica, de la gente cansada de ser manipulada y estafada, de un colectivo sin rostro ni siglas de identificación cuya mano levantó el látigo contra los especuladores, los acaparadores de bienes esenciales y los partidos responsables de su hambre y abandono.
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La respuesta del gobierno fue lanzar a las policías y las tropas a las calles y ahogar a la rebelión popular en sangre, órdenes de Carlos Andrés PÉREZ que fueron ejecutadas por el general Ítalo del Valle ALLIEGRO, ministro de la Defensa, y su Estado Mayor encabezado por el general (Av.) Julio TORRES URIBE; por el Alto Mando Militar, compuesto por el almirante Faustino RODRÍGUEZ ALVARADO, comandante de la Armada; y por los generales Pedro TROCONIS PERAZA, comandante del Ejército; Luis Ramón CONTRERAS LAGUADO, comandante de la Guardia Nacional y Jesús Ramón AVELEDO, comandante de la Aviación; por Alejandro “El policía” IZAGUIRRE, ministro de Relaciones Interiores y por el general Manuel HEINZ AZPÚRUA, jefe de la DISIP, quien el 02 de febrero de 1998 había nombrado Director de Operaciones al ex cubano y agente de la CIA, Rafael RIVAS VÁSQUEZ.

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Durante y después de semejante carnicería el Palacio de Miraflores se vio abrumado por la presencia de las “fuerzas vivas” de la economía, la cultura, la política y el sindicalerismo, cuyos representantes fueron a “dar apoyo a la institucionalidad”, mientras las víctimas sobrevivientes buscaban a sus muertos, heridos, presos y desaparecidos, muchos de los cuales fueron enterrados a escondidas y en fosas comunes en un sector denominado “La Peste” del Cementerio General del Sur. Y el “paquete” continúa siendo aplicado, ahora detallado después de la emisión de un documento elaborado por John WILLIAMSON para el Institute for Internacional Economics, titulado “What Washington Means by Policy Reform?”, y que puede traducirse como “¿Qué entiende Washington por Reforma Política?”, mejor conocido como “El Consenso de Washington” y que para el gobierno de Venezuela significó la orden de aplicar unas Tablas de la Ley según el siguiente decálogo:
01. 02. 03. 04. 05. 06. 07. 08. 09. 10. Disciplina fiscal, Reordenamiento de las prioridades del gasto público, Reforma Impositiva, Liberalización de las tasas de interés, Una tasa de cambio competitiva, Liberalización del comercio internacional (trade liberalization), Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas, Privatización, Desregulación y Derechos de propiedad

El balance de la economía para finales de 1989 era así:

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Venezuela se había convertido en refugio del terrorismo de Estado al servicio de la CIA, en caja chica de los firmantes del Pacto de Punto Fijo, en negocio para extraer beneficios a costa de nuestros recursos naturales y en paraíso de la impunidad, la tracalería y las artimañas de los jefes de los aparatos (partidistas, policiales, ministeriales…)

Y cualquier crimen, robo o atentado quedaban impunes gracias a los elementos que los partidos colocan en todos y cada uno de los aparatos estatales, como la señora SOSA GÓMEZ, quien se tomó todo el tiempo necesario para que el juicio a LUSINCHI prescribiera.
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Llegó entonces 1992 con las rebeliones militares de febrero y noviembre, fuerte remezón que sin embargo no detuvo la aplicación de los “paquetes” del Fondo Monetario y demás representantes del poder internacional. Tócale de nuevo a COPEI administrar el aceite de ricino, en esta ocasión con el nombre de “Agenda Venezuela”, como condición previa para seguir endeudando al país y que consistió en un programa de ajustes macroeconómicos para controlar al déficit fiscal y “sanear la economía”, es decir, dejar las manos libres al capital para manejar los precios a su antojo, incluyendo el del trabajo, y privatizar las empresas públicas, lo cual fue recibido con júbilo por el capital internacional y de muy buen grado a lo interno por FEDECÁMARAS, los partidos del pacto de Punto Fijo, los dueños de los medios de confusión masiva y los representantes de grupos y partidos que se arrimaron al saqueo generalizado, como Teodoro PETKOFF, ministro de Planificación, Pompeyo MÁRQUEZ, ministro de Fronteras y Simón GARCÍA, ministro de Asuntos Parlamentarios o de una inutilidad parecida. El impacto de la tal Agenda fue profundo para los trabajadores, incluyendo a los de la llamada clase media, y la clase obrera en particular sufrió un profundo descalabro pues al hecho del despojo de unos derechos adquiridos se unió el de la burla que significó escuchar al doctor PETKOFF en Miraflores anunciar las modificaciones en los conceptos de salario y prestaciones, frente a un grupo de sindicaleros que se autodenominan representantes obreros, sin rastros de moral proletaria aplaudiendo al representante del capital que hasta se mofó de ellos llamándolos “movimiento sindical combativo”:

“… (un movimiento sindical) combativo, a la altura de los tiempos que tenemos y de los desafíos particulares que las reformas profundas que nos encaminan hacia una economía de mercado moderna plantean para todos los sectores del país y en particular, desde luego, para los sectores laborales”. Parte de los productivos negocios que hizo el capital a costa de la ruina de muchos de los habitantes del país fue la llamada “crisis bancaria”, repetición ampliada de la que sucediera en 1978 con el Banco Nacional de Descuento y en 1982 con los bancos de la CTV y de Comercio.
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En el período 1994 - 1995 ocurre una debacle financiera que derrumba a la Sociedad Financiera Fiveca, al Grupo Latinoamericana Progreso (bancos Latino y Progreso) y a los bancos Principal, Ítalo, Profesional, Amazonas, Bancor, Barinas, de la Construcción, La Guaira, de Maracaibo, Metropolitano, de Venezuela y Consolidado, con pérdidas calculadas o determinadas en un billón doscientos setenta y dos mil millones de bolívares (Bs. 1.000.272.000.000,00), por diversas causas entre las cuales resaltan las fallas de supervisión, la liberación de tasas en un entorno macroeconómico inestable y la simple y desnuda corrupción, unido a la generosidad de CALDERA con los banqueros, quienes además de “fugarse” al exterior se llevaron los ahorros de sus incautos clientes. El desenlace lógico de toda esa cadena fue el triunfo electoral de Hugo CHÁVEZ en 1998, con el cual se abrió un amplio abanico de posibilidades para avanzar en el planteamiento revolucionario afincado en la identificación de la clase obrera como agente de primer orden, sin caer en el terreno de la ensoñación y aceptando todas las rémoras que el movimiento revolucionario arrastra, lo que nos obliga a grandes esfuerzos para entender, aprender y avanzar sin abandonar por un momento la brújula: la lucha de clases en tanto motor de la historia. El capital, con todos sus agentes, pasó a la ofensiva y en abril de 2002 lanzó un ataque del cual no salió muy bien librado, pero ello no representó una victoria para la clase obrera ni para los trabajadores en general, sino para grupos vinculados a la clase media, entre ellos el estamento militar. Y la representación del capital [por tradición histórica y deformación estructural de la sociedad venezolana umbilicalmente unida a la cultura estadounidense como guía política y espiritual], atacó de nuevo en diciembre de ese mismo año con una paralización de actividades que implicó a la principal empresa del país, provocando pérdidas económicas cuantiosas pero que galvanizó políticamente a la mayoría nacional y trajo un resultado totalmente contrario a los objetivos de los sectores que abiertamente asumieron la representación del capital y de su líderazgo: las empresas internacionales y el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. Tampoco fue un triunfo para la clase obrera ni para los trabajadores, toda vez que pese a los esfuerzos de muchas individualidades e incipientes organizaciones que nacieron al calor de la lucha contra los saboteadores y golpistas, el control de Petróleos de Venezuela (PDVSA) continúa en manos de los enemigos jurados de cualquier cambio, por tímido que sea, a su interior, como lo resume José BODAS entrevistado por Ángel ARIAS en julio de 2003 (ver: www.soberania.org/Articulos/articulo_634.htm):
“La «limpieza en PDVSA»: segregación de los trabajadores y vuelta de los golpistas Luego de derrotado el saboteo, el gobierno nacional decretó lo que era un reclamo de los trabajadores y el pueblo pobre: la «limpieza en PDVSA». Se supone que esta cruzada llevaría a limpiar a la industria de las personas que estaban comprometidas con los intereses de la burguesía nacional, las trasnacionales del petróleo y el imperialismo estadounidense. Sin embargo, el criterio para la «limpieza» no tuvo ni tiene nada que ver con esa experiencia de democracia y control de los trabajadores que se vivió durante el saboteo, y que fue la única garantía real de funcionamiento: 1) se comenzó sencillamente, por arriba, burocráticamente, a destituir a unos gerentes y nombrando a otros, sin contar con los trabajadores para esto, y, 2) los nuevos gerentes venían con la misma lógica de ser ellos quienes tomaran las decisiones, sin discutir ni dar espacio a los trabajadores y obreros en la toma de decisiones.
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En algunos sitios, como en la refinería de Puerto La Cruz, ante un cambio de gerente y la decisión de los trabajadores en no dejar pasar a los gerentes saboteadores, llamaron a la realización de una asamblea para discutir con el gerente entrante la rendición de cuentas y las políticas a llevar a cabo, bloquearon los portones y no dejaron pasar a los gerentes golpistas. Sin embargo, esto chocaba con la lógica de la reestructuración, que no se planteaba cambiar el modo de funcionamiento de la industria, sino, sencillamente cambiar a unos gerentes por otros, a unos mandos por otros, nombrados a dedo. Hoy, producto de esta política han regresado a la industria muchos de los gerentes que participaron del saboteo, y eso fue lo que más se denunció en el Encuentro, siendo prácticamente la premisa fundamental por la que se hacía el evento. … Con videos y listas en mano, los trabajadores demostraron esto, ante la presencia de Luis Marín, gerente nombrado de la División Oriente, quien en el discurso inicial del evento se exculpó por la vuelta de los golpistas a la empresa. Sin embargo, a pesar de estas disculpas, los trabajadores identificaron como responsables, no sólo a éste gerente, sino también a la Junta Reestructuradora nombrada para eso, y en general al esquema organizativo de la empresa, que permite que sean los gerentes los que decidan todo. Siendo así que algún gerente nombra a otros, quienes a su vez tienen la potestad de contratar personal y así se produce nuevamente un reacomodo de los sectores pro imperialistas dentro de la estructura de la empresa. Se dio el caso de un trabajador que mantuvo una posición firme contra el saboteo, que se enfrentó a los gerentes pitiyanquis, llegando incluso a confrontaciones físicas y de fuerza, se ve ahora nuevamente bajo la supervisión o dirección de esa casta -o quizás de la misma persona- a la que se enfrentó. ¿Qué puede esperar ese trabajador -y el país- de esa persona que está nuevamente en puestos de dirección?”

Y de ello circularon denuncias con nombres y apellidos, y hay documentos --escritos, grabados y filmados-- de negocios oscuros con los ingresos de personal, de roscas organizadas por allegados de dirigentes de partidos, personeros del Ministerio de Energía y Minas y de la Junta Directiva de PDVSA, que incluso llegaron a organizar aparatos sindicaleros; de bandas armadas utilizadas para amedrentar a y atentar contra los trabajadores reacios a obedecer imposiciones, de la existencia de gerencias paralelas y aparatos de espionaje montados impunemente. ¿Fueron investigadas denuncias como la que insertamos por los “organismos competentes”? Y de ser así, ¿cuáles fueron sus resultados?

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Hoy, años después de las denuncias referidas, la situación de los trabajadores en PDVSA está peor pues la corporación ha recobrado completamente su esquema clásico y allí el orden del día es “elevar la productividad”, “bajar el costo del barril” y “no hablar de política”, mientras la tecnocracia ocupa todas las posiciones, limpiaron el ambiente de “radicales”, han regresado las firmas contratistas y consultoras que colaboraron activamente en el golpe; han sido echados al cesto de la basura los planes de una ingeniería propia, que diera autonomía a la empresa en función de los proyectos continentales y los obreros siguen tratando de quitarse de encima una casta sindicalera también nombrada “ejecutivamente” y que ha devenido en grupo gangsteril que cobra su silencio y complicidad con cargos supervisorios y gerenciales mientras desde la dirección del ministerio y de la empresa se organiza un nuevo jueguito de poderes que pudiera desembocar en un zarpazo mejor “gerenciado” que el de diciembre 2002 – enero 2003 o en una situación que obligue al gobierno a negociar, jueguito en el cual tiene papel preponderante el circuito refinador, especialmente el núcleo de Paraguaná y la Refinería Isla en Curazao (ver: http://www.soberania.org/Articulos/articulo_2274.htm) Y como para muestra basta un botón, adjuntamos correo interno que un golpista hizo llegar a sus correligionarios el 12 de abril de 2002 desde PDVSA.

El señor Fernando PADRÓN es el actual Gerente de la refinería de Puerto La Cruz, [persona de confianza del “rojo rojito” Alejandro GRANADOS, ¡casualmente Director de Refinación!] y quien gracias a todos los dioses tuvo bastante longevidad para ver cómo sus admirados golpistas “hicieron la historia” en las cuarenta y ocho horas de su efímero gobierno y luego en el desarrollo del sabotaje contra la mayoría de la población del país.
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La historia de las luchas de los trabajadores tiene muchas lecciones que debemos aprender y mantener en la memoria colectiva, que el enemigo de clase trata de borrar, pues gran parte de esa historia significa experiencia en avances y retrocesos, en aciertos y errores que hoy nos son útiles política y teóricamente, y como exponía Antón PANNEKOEK en “Los Consejos Obreros”:
El sentimiento comunitario y la organización no bastan para derrotar al capitalismo. El dominio espiritual de la burguesía, al mantener sometida a la clase trabajadora, tiene la misma importancia que su poder físico. La ignorancia es un impedimento para la libertad. Los viejos pensamientos y tradiciones presionan fuertemente los cerebros, aunque éstos estén ya tocados por las nuevas ideas. Entonces los fines se ven en su forma más limitada, se aceptan consignas rimbombantes sin ningún espíritu crítico, la ilusión de un éxito fácil y las medidas tibias y las falsas promesas orientan hacia un camino errado. Así queda en evidencia la importancia que tiene para los trabajadores el poder intelectual. El conocimiento y la perspicacia constituyen un factor esencial en el surgimiento de la clase obrera.

Y en este sentido es bueno recordar unas palabras de Rosa LUXEMBURGO: “Digámoslo sin rodeos, los errores cometidos por un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son históricamente infinitamente más fecundos y más preciados que la infalibilidad del mejor «Comité Central»”. Es importante que hoy, ante la posibilidad de plantearnos movimientos concretos hacia la organización de Consejos Obreros de Fábrica, hacia prácticas de Control Obrero de la producción y la distribución, lo cual significa incidir en el reino intocable del capitalismo, tengamos el deber de cuidarnos de “consignas rimbombantes” que solo persiguen reproducir al capitalismo bajo diferentes nombres, entre ellos el de “socialismo”, como ya lo hicieron otros en el pasado. Es necesario estudiar, discutir y entender que el socialismo revolucionario no es producto de una determinación, llámese histórica, política o económica, sino inicio de la construcción de una sociedad sin clases sociales en lucha tenaz y nada fácil con el capital como relación social. Que el capitalismo, por graves que puedan ser sus crisis, puede superarlas si no hay una fuerza social que incida sobre ellas en forma revolucionaria, esto es, con un proyecto alternativo de organización social. Que las organizaciones autónomas de la clase (“… sólo son autónomos, en el verdadero y completo sentido de la palabra, los organismos y las acciones que expresan concreta y perfectamente los intereses históricos de la clase, a partir de un modo de organización proletario. Sólo esos organismos pueden ser válidamente la indiscutible dirección de la clase” – Cornelius CASTORIADIS) deben ser reconocidas por su perfil propio, impuestas por la acción revolucionaria y no por las instituciones del Estado capitalista, pues ello sería condenarlas a muerte por asfixia burocrática, como ha muerto políticamente el sindicato para fines revolucionarios desde el momento en que su estructura y fines fueron integrados al aparato estatal del capital. Como relata Paul MATTICK (“Integración Capitalista y Ruptura Obrera”, Laia/Paperback, España, 1978, página 93): “… No hay más que un paso entre la completa liquidación de la iniciativa de los trabajadores, dentro de sus propias organizaciones, y la subordinación total de estas organizaciones al Estado”. Ver en: http://www.soberania.org/Articulos/articulo_2954.htm exposición inicial.
LOS TRABAJADORES, SUS LUCHAS Y EL SOCIALISMO ÁNGEL C. COLMENARES E. MARZO DE 2007 PÁGINA 41 DE 41

EL SOCIALISMO COMO PRÁCTICA REVOLUCIONARIA
Uno de los aspectos implícitos en la discusión sobre el tema del socialismo --reiteramos-es dilucidar de qué tipo de socialismo se trata, pues la más somera lectura de cualquiera de los muchos materiales acerca del tema indica la existencia de varios tipos o conceptos acerca de él, lo que fue sintetizado por Federico ENGELS en su trabajo titulado “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”. ¿Por qué “socialismo utópico”? MARX y ENGELS criticaban al socialismo idealista (desde el punto de vista filosófico) que decía ser expresión de la verdad absoluta fundada en la razón y la justicia, cuya sola exposición bastaba para la salvación del mundo; y por cuanto esa verdad absoluta no depende de tiempo ni de espacio, y tampoco tiene que ver con la actividad concreta de la gente, el momento y lugar de la revelación son decididos por eventos ajenos a la acción de los humanos. La concepción materialista de la historia y la definición de la plusvalía como trabajo no pagado al obrero por el capitalista, representaron entonces la línea divisoria con ese tipo de socialismo pues la comprensión de la sociedad como producto de las luchas entre grupos humanos --no de eventos naturales y por ello eternos-- y la necesidad de recuperar al trabajo como instrumento colectivo de riqueza y bienestar --expropiando a los expropiadores de los medios de producción-- obligaban a plantear cambios revolucionarios, a derrocar el poder del capital sobre el trabajo. De allí la diferencia entre el “socialismo utópico”, afincado en la ingenuidad de cambios predeterminados que sucederían cualquier día, y el “socialismo científico” que daba respuestas concretas a la situación de explotación de la sociedad por una minoría señalando la necesidad de efectuar cambios por medios revolucionarios y bajo la dirección de una clase social específica, única en capacidad de liberarse a sí misma del dominio y la explotación. Uno de los representantes de esa corriente “utópica” fue Claude Henri de ROUVROY, Conde de Saint-Simon, pionero en afirmar que el conflicto entre clases constituye la fuerza de los cambios sociales. Aportó los fundamentos para el positivismo y es considerado el padre de la tecnocracia y de la sociología. Criticó a la propiedad capitalista privada y al capitalismo por su ineficiencia, calificando a la libre competencia como causa de las desproporciones, el desorden y las crisis y propuso la organización de un grupo de técnicos industriales que planificara y tomara las decisiones. Señalaba como principal a la contradicción entre el trabajo y la ociosidad, estableciendo a partir de allí la división social entre trabajadores industriales (obreros, campesinos, capitalistas industriales, comerciantes y banqueros) y ociosos (funcionarios, cortesanos, terratenientes), sosteniendo que el instrumento principal para la reorganización de la sociedad es la prédica moral dirigida a los representantes de las clases dominantes, a fin de lograr una sociedad más elevada para “mejorar la situación de la clase más numerosa y más pobre”, declarando su oposición a la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. Escribió “El sistema industrial” (1822), “El catecismo de los industriales” (1824) y “El nuevo cristianismo” (1825)

Otro de los voceros de esa corriente fue el economista François Marie Charles FOURIER, fundador de la denominada escuela societaria o falansteriana de reformadores, propugnadora de un orden social que garantizara un lugar legítimo y satisfacción a las pasiones humanas, buenas o malas, que redundara en provecho general mediante aplicación de todas las capacidades, a cuyo fin la gente debía asociarse en capital, trabajo y talento por grupos, series y después falanges de «atracción apasionada», por él supuesta ley de la humanidad. Según FOURIER el sistema capitalista con sus principales instituciones --el trabajo asalariado y el matrimonio-- reprime las pasiones cuando de lo que se trata es de estimularlas para alcanzar la felicidad mediante la cooperación, primero a través de un estadio intermedio, el garantismo, en el que el Estado establece un sistema general de protección social (que impide la dependencia de los individuos de la empresa privada), lo cual conduciría a un estadio final, la Armonía Universal, en el que la sociedad se organiza en pequeñas comunidades (células sociales fundamentales o “falansterios”) dedicadas a actividades predominantemente agrícolas, en las cuales el matrimonio y la familia --símbolos de la opresión contra la mujer-- quedan disueltos y el trabajo resulta atractivo pues cada miembro es un propietario cooperativo que recibe como ingreso una participación en los beneficios de la producción, a cambio de desarrollar su labor de acuerdo con sus inclinaciones naturales. Modelo de “falansterio” ideado por FOURIER, donde se reunirían primero en grupos de siete o nueve personas de acuerdo a sus inclinaciones, gustos o pasiones, de modo que quienes tuviesen gusto e inclinación hacia un trabajo, industria o arte determinado, formarían un grupo; quienes tuviesen otras inclinaciones formarían otros grupos, y así sucesivamente hasta llegar a un máximo de un mil ochocientos habitantes por falansterio. Los dos resortes principales de este sistema son la atracción y la asociación. La asociación, vale decir la comunidad de trabajos, produciría economía de tiempo, de esfuerzos y de fatigas; y la atracción, o sea el trabajo voluntario acomodado a los gustos e inclinaciones de cada uno, produciría aumento de productos por el mayor interés, inteligencia y fruición con que trabajarían los individuos, pudiendo llegar de este modo a un estado de abundancia y riqueza tal, que los individuos más pobres disfrutarían entonces tanto como los más ricos de la sociedad actual. FOURIER escribió «Teoría de los cuatro movimientos» (1808), el «Tratado de la asociación doméstica agrícola» (1822), el «Nuevo Mundo industrial» (1829), y «La falsa industria» (1835) y fundó una publicación denominada primero “El Falansterio” y luego reanudada por sus seguidores con el nombre de “La Falange”.
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De los más trascendentes dirigentes de esa tendencia fue Robert OWEN, quien inspirado en los pensadores ilustrados del siglo XVIII, creía en la posibilidad de reformar gradualmente a la sociedad mediante la razón, el convencimiento y la educación. Era un admirador del sistema lancasteriano de educación, y sus primeros Ensayos, escritos en 1812 y 1813, reflejan principios de obediencia, orden, regularidad, trabajo y atención constante. La invención de la máquina de vapor de WATT y de toda la maquinaria de la industria del algodón, en particular el telar hidráulico de Richard ARKWRIGHT, hicieron pasar a esta actividad del nivel artesanal a la escala industrial. La demanda de mano de obra para las fábricas de algodón era insaciable. El norte de Inglaterra, con su población dispersa, no podía proporcionar una mano de obra suficiente y los llamados Overseers of the Poor (Supervisores de los pobres), para aliviar el peso cada vez mayor que suponía costear la subsistencia de la pobrecía con los impuestos locales, ofrecían lotes de niños de los hospicios a las fábricas del norte. Esos niños eran entregados a sus empleadores a partir de los siete años de edad, y vivían en “casas de aprendices” contiguas a las fábricas donde debían trabajar desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche, con pausas de media hora para el desayuno y el almuerzo OWEN fue impactado por esa realidad y en 1799 compró junto con otros socios la fábrica textil de New Lanark (Escocia), y desde su posición como empresario logró beneficios introduciendo mejoras sustanciales para los trabajadores elevando los salarios, sentando las bases de una seguridad social mutualista y proporcionando a los obreros condiciones dignas de vivienda, sanidad y educación, aspecto éste que para él consistía en objetivo esencial, pues consideraba que una educación liberal y solidaria sería el mejor instrumento para acabar con la delincuencia y sentar las bases para un futuro de justicia e igualdad. En 1813 y 1814 expuso sus propuestas de reforma en el libro titulado “A new view of society, or Essays on the principle of the formation of the human character” [“Una nueva visión de la sociedad, o Ensayos sobre el principio de la formación del carácter humano”] y aunque su INFORME AL CONDADO DE NEW LANARK, propia empresa había dado resultados satisfactorios, CON CORRECCIONES Y NOTAS DEL AUTOR OWEN comprendió que la autocracia benévola sólo podía mejorar el malestar social, pero no resolverlo, toda vez que si el trabajo de la clase obrera producía inmensas riquezas a ella debían pertenecer también, por tanto, sus frutos. Las nuevas fuerzas productivas, que hasta allí sólo habían servido para que se enriqueciesen unos cuantos y para la esclavización de las masas, sentaban las bases para una reconstrucción social y estaban llamadas a trabajar solamente, como propiedad de todos, para el bienestar colectivo. De tales razonamientos surgieron sus proclamas en favor de la cooperación y del trabajo como única fuente del valor y sus críticas contra la libre empresa y la religión acabaron por enfrentar a OWEN con las autoridades y los representantes del capital, quienes le condenaron al ostracismo más severo.
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En su sistema, OWEN preveía un nuevo criterio de valor basado en el poder de producción, según el cual el obrero debía recibir parte equitativa de la riqueza que creaba. Sus aldeas cooperativas (es considerado el padre del cooperativismo), se regirían por el principio de la unidad de trabajo, gasto y propiedad, y por la igualdad de privilegios. La agricultura tendría preeminencia sobre la industria --se trataba esencialmente de una “cultura bucólica”-- y se acabaría con los males de la división del trabajo. OWEN escribió “Two memorials on behalf of the working classes” [“Dos memoriales en favor de la clase obrera”]; “Address to the working classes” [“Discurso a las clases obreras”] y “Report to the County of Lanark” [“Informe al Condado de Lanark”] Otro representante de esa corriente “utópica” fue Ferdinand LASSALLE, defensor de la maltusiana “ley de bronce” del salario, según la cual éste oscila en torno al mínimo indispensable de subsistencia para el obrero y su familia, oscilación que depende de los cambios de correlación entre la demanda y oferta de trabajo, sin que el salario debiera superar por largos períodos ese nivel de mantenimiento indispensable pues ello significaría elevación del nivel de vida de la clase obrera, incremento de la natalidad y consecuencialmente aumentaría la oferta de trabajo, lo cual a su vez causaría descenso del salario al nivel previo y hasta a otro inferior, quedando entendida de esa manera la inutilidad de que el obrero luchara por elevar sus condiciones de vida pues el salario era regulado por las “leyes naturales” de la población. MARX, en sus “Glosas Marginales al programa del Partido Obrero Alemán” critica acerbamente las posiciones de LASSALLE y a todos los llamados socialistas utópicos:
“La «organización socialista de todo el trabajo» no resulta del proceso revolucionario de transformación de la sociedad, sino que «surge» de «la ayuda del Estado», ayuda que el Estado presta a las cooperativas de producción «creadas» por él y no por los obreros. ¡Es digno de la fantasía de Lassalle eso de que con empréstitos del Estado se puede construir una nueva sociedad como se construye un nuevo ferrocarril!”

Y es que allí, como referíamos previamente, se hallaba la línea divisoria entre esos diferentes tipos de socialismo: el que pregonaba la espera sumisa de un futuro de justicia que debía llegar algún día y el propuesto por los revolucionarios (marxistas y no) de lucha contra la burguesía, su Estado, sus leyes y su monopolio del trabajo y de sus frutos. Por ello ENGELS señalaba en el “Anti-Dühring” que si para subvertir el modo de repartición capitalista de los productos del trabajo, con sus escandalosas contradicciones de miseria y de opulencia, de hambre y de comilonas, no tuviésemos mejor certidumbre que la conciencia de la injusticia de este modo de repartición y la convicción de la victoria final del derecho, estaríamos mal y podríamos esperar largo tiempo. Lo cual explica la definición de socialismo revolucionario que el mismo MARX dejó claramente sentada en la “Crítica al Programa de Gotha”:
“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”.

Desgraciadamente, el concepto de dictadura del proletariado fue pervertido luego de su utilización para justificar la dictadura del partido bolchevique sobre toda la sociedad rusa.
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Y como hemos referido en los dos trabajos anteriores relacionados [ver: “EL SOCIALISMO
http://www.soberania.org/Articulos/articulo_2954.htm y “LOS COMO TEMA Y KARL KORSCH” TRABAJADORES, SUS LUCHAS Y EL SOCIALISMO” http://www.soberania.org/Articulos/articulo_3055.htm]

los aportes de MARX sufrieron los embates de las derrotas y muchas de sus enseñanzas resultaron tergiversadas o convertidas en “leyes naturales” para justificar posiciones políticas, como reseña el mismo KORSCH [“La Concepción Materialista de la Historia”]:
“Un materialismo semejante, para el que la objetividad de la actividad humana práctica sigue siendo, en última instancia, un «más allá» inmaterial, no puede consiguientemente adoptar más que dos actitudes respecto de realidades «materiales prácticas» como la revolución: o bien abandona, como dice Marx en la primera de las Tesis sobre Feuerbach, «el desarrollo del aspecto activo al idealismo»; es la vía que han elegido y eligen todavía todos los marxistas-kantianos, revisionistas y reformistas. O bien toma el camino que tomaron la mayoría de los socialdemócratas alemanes hasta la guerra, y que se ha convertido hoy, después del paso de la socialdemocracia al reformismo abierto, en la posición característica de los «marxistas centristas»: considera el declive de la sociedad capitalista y el advenimiento de la sociedad socialista-comunista como una necesidad económica, «que se realiza por sí sola», tarde o temprano, según la necesidad de las leyes naturales. Esta vía tiene todas las probabilidades de llevar después a fenómenos «extra-económicos» que parecen caer del cielo y que permanecen propiamente como inexplicables, tales la guerra mundial de 1914-1918 que, en primer lugar, quedó sin explotar para la liberación del proletariado”.

Y debemos aceptar los límites del marxismo, que nunca debió ser recetario para revoluciones ni manual práctico para sustituir a la economía política por una “economía marxista”, a la sociología burguesa por una “sociología marxista” y a la filosofía idealista por una “filosofía marxista”, por referir a tres disciplinas, sino la crítica integral a un modo de producción y a las estructuras por él determinadas, vale decir a la ideología burguesa en su totalidad, en cuya práctica es imposible tomar eclécticamente lo que nos convenga de una parte y rechazar al resto aceptando la crítica de la economía política pero no así lo que de ella deriva para la crítica filosófica, jurídica o cultural, por ejemplo. En sus “Diez tesis sobre el marxismo hoy”, escritas en 1950, [el texto completo en http://www.geocities.com/CapitolHill/Lobby/2379/2escritos-korsch.html] KORSCH señala:
“… 6. En el marxismo son particularmente críticos los puntos siguientes: a) haber estado prácticamente subordinado a las condiciones económicas y políticas poco desarrolladas de Alemania y de los demás países de la Europa central y oriental donde llegó a adquirir una importancia política; b) su adhesión incondicional a las formas políticas de la revolución burguesa; c) su aceptación incondicional de la situación económica avanzada de Inglaterra como modelo para el desarrollo futuro de todos los países y como condición objetiva preliminar de la transición al socialismo. A lo que se añaden: d) las consecuencias de los intentos repetidos, desesperados y contradictorios del marxismo por escaparse de esos condicionantes. 7. Resultado de esas circunstancias es lo siguiente: a) la sobrestimación de la importancia del Estado como instrumento decisivo de la revolución social; b) la identificación mística del desarrollo de la economía capitalista con la revolución social de la clase obrera; c) el ulterior desarrollo ambiguo de esta primera forma de la teoría marxiana de la revolución mediante el injerto artificial de una teoría de la revolución comunista en dos fases; esta teoría, dirigida en parte contra Blanqui y en parte contra Bakunin, escamotea del movimiento presente la emancipación real de la clase obrera y la difiere a un futuro indeterminado.
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8. Aquí se inserta el desarrollo leninista o bolchevique; y en esa forma nueva es como el marxismo fue transferido a Rusia y a Asia. Así el socialismo marxista se transformó de teoría revolucionaria en pura ideología que puede subordinarse y de hecho estuvo subordinada a objetivos diversos. 9. Desde este punto de vista conviene juzgar con espíritu crítico las dos revoluciones rusas de 1917 y de 1928. Y desde este punto de vista hay que determinar las funciones diversas que el marxismo cumple actualmente en Asia y a escala mundial. 10. Que los trabajadores controlen la producción de sus propias vidas no podrá ser fruto de la ocupación de las posiciones abandonadas en el mercado internacional y en el mercado mundial por la competencia autodestructiva y supuestamente libre de los propietarios monopolistas de los medios de producción. Ese control no podrá resultar más que de la intervención concertada de todas las clases hoy excluidas en una producción que, ya hoy, tiende en todos los sentidos a la regulación monopolista y planificada”. Traducido a partir de las versiones inglesas de Douglas Kellner (Karl Korsch revolutionary theory, University of Texas Press, 1977, pp.281-282) y Andrew GilesPeters (Telos, nº 26, 1975-1976, p. 40-41) y la versión francesa de Maximilien Rubel y Louis Evrard (Marxisme et philosophie, París: Les Editions de Minuit; 1964).

Insistimos entonces en que debemos tomar críticamente todas esas observaciones y experiencias para entender lo que sucedió en otros tiempos y lugares a quienes intentaron llevar a cabo los cambios políticos, económicos y sociales que juzgaron necesarios y posibles; para enterarnos de las razones por las cuales fracasaron; para asimilar teóricamente tales resultados e incorporar el acervo de esas enseñanzas a nuestras propias prácticas en función de no cometer los mismos errores, de no reproducir las malas prácticas que tanto daño han hecho al movimiento revolucionario mundial. Partamos entonces de algunos aportes que dan concreción teórica al socialismo revolucionario, comenzando con las notas recogidas por Carlos MARX en sus “Manuscritos Economía y Filosofía” (Alianza Editorial, Madrid, quinta edición del “Libro de Bolsillo”, 1974), en cuya lectura encontramos elementos o apuntes que luego se verán desarrollados en sus obras, especialmente los “Grundrisse”, a su vez base para la “Crítica de la Economía Política” (“El Capital”):
“… El trabajo no solo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía, y justamente en la proporción en que produce mercancías en general. Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa; el producto es la objetivación del trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del trabajo aparece en el estadio de la Economía Política como desrealización del trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como enajenación. (…) … La enajenación del trabajador en su producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en una existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño, que se convierte en un poder independiente frente a él; que la vida que ha prestado al objeto se le enfrenta como una cosa extraña y hostil”.
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MARX apunta (Primer Manuscrito, páginas 105-106 de la edición citada) a uno de los aspectos más importantes de su crítica y que se convertirá en el fundamento de la revolución: la liberación del trabajo como principio del socialismo, la emancipación de una clase social que significará la vuelta al ser genérico, luego que éste fuera escindido entre poseedores y desposeídos de medios de producción, en clases sociales divididas y marcadas por la propiedad privada.
“Así pues, mediante el trabajo enajenado crea el trabajador la relación de este trabajo con un hombre que está fuera del trabajo y le es extraño. La relación del trabajador con el trabajo engendra la relación de éste con el del capitalista o como quiera llamarse al patrono del trabajo. La propiedad privada es, pues, el producto, el resultado, la consecuencia necesaria del trabajo enajenado, de la relación externa del trabajador con la naturaleza y consigo mismo. (…)… 2) De la relación del trabajo enajenado con la propiedad privada se sigue, además, que la emancipación de la sociedad de la propiedad privada, etc., de la servidumbre, se expresa en la forma política de la emancipación de los trabajadores, no como si se tratase sólo de la emancipación de éstos, sino porque su emancipación entraña la emancipación humana general; y esto es así porque toda la servidumbre humana está encerrada en la relación del trabajador con la producción, y todas las relaciones serviles son sólo modificaciones y consecuencias de esta relación”. (Páginas 116-117)

Y en una descripción excepcionalmente clara --a pesar del método hegeliano de exposición-- de la situación del trabajador expropiado y alienado del producto de su propio esfuerzo, MARX detalla:
“… El trabajador sólo existe como trabajador en la medida en que existe para sí como capital, y solo existe como capital en cuanto existe para él un capital. La existencia del capital es su existencia, su vida; el capital determina el contenido de su vida en forma para él indiferente. En consecuencia la Economía Política no conoce al trabajador parado, al hombre de trabajo, en la medida en que se encuentra fuera de esta relación laboral. El pícaro, el sinvergüenza, el pordiosero, el parado, el hombre de trabajo hambriento, miserable y delincuente son figuras que no existen para ella, sino solamente para otros ojos; para los ojos del médico, del juez, del sepulturero, del alguacil de pobres, etc.; son fantasmas que quedan fuera de su reino. Por eso para ella las necesidades del trabajador se reducen solamente a la necesidad de mantenerlo durante el trabajo de manera que no se extinga la raza de los trabajadores. El salario tiene, por tanto, el mismo sentido que el mantenimiento, la conservación de cualquier otro instrumento productivo.” (Segundo Manuscrito, Página 124)

Nos hallamos así frente a un cuadro de expropiación, extrañamiento y enajenación del trabajador por los propietarios privados, quienes al interior de la fábrica (donde no hay “democratización” posible) aplican la separación del trabajo en intelectual y manual para convertir al obrero en una máquina más que utilice sus manos pero no su cerebro. Esa separación se extiende a toda la sociedad y precisamente en ella ubicamos el problema de la tesis leninista de introducir la teoría revolucionaria desde el exterior de la clase obrera, pues con su puesta en práctica se da carácter de verdad a la hipótesis burguesa de que los explotados y alienados no somos capaces de pensar, de crear y de actuar por nosotros, en forma autónoma y capaz de organizar una sociedad de productores libremente asociados.
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Por ello seguimos insistiendo en que las discusiones que se promuevan acerca del socialismo deben incluir la temática del trabajo, dilucidar si en Venezuela existe una fuerza social capaz de asumir la responsabilidad política de la lucha contra el poder capitalista y su dominio sobre el trabajo, que debe pasar por la superación de la propiedad privada sobre los medios de producción, que debe tener clara la necesidad de controlar todo el proceso de producción y distribución de los bienes; que debe diferenciar entre una producción volcada a las necesidades sociales y la vigente, dirigida al beneficio particular; que tiene la obligación de saber que bajo dominio del Estado capitalista no es posible sustituir a la ley del valor, a la jerarquía del capital, al despotismo de la fábrica. En los trabajos anteriores de esta serie hemos enfatizado en la --a nuestro entender-imposibilidad de construir el socialismo afincándonos en organizaciones e instituciones creadas, subsumidas o desarrolladas por el capital para dividirnos y perpetuarse en el dominio, como el sindicato y la cogestión, y hemos sostenido que hay bastantes experiencias como para balancearlas y mostrar cuáles han sido los resultados. Como expone MARX (“El Capital”, “El proceso global de la producción capitalista”, Siglo XXI Editores, Tomo III, Volumen 6, Libro Tercero, cuarta edición, 1980):
“… el proceso capitalista de producción, considerado en su conjunto, es una unidad de los procesos de producción y circulación.” (Página 29)

Supongamos entonces que una o varias empresas apliquen el sistema de cogestión. ¿Cuáles serán sus relaciones horizontales [con las demás empresas de su rama] y cómo se vincularán verticalmente [con proveedores, dadores y/o receptores de servicios]? ¿Serán capaces de imponer una producción y distribución dirigida a lo social, derrotando al afán de lucro?; ¿modificarán la estructura jerárquica de la fábrica superando la división social del trabajo que privilegia lo intelectual sobre lo manual? ¿O seguirán desarrollando sus actividades detalladamente capitalistas pero llamándose “socialistas” engañando a sus propios trabajadores y al resto del mundo? Hemos leído varios trabajos refiriéndose a ciertos aspectos de empresas en cogestión pero no tenemos información suficiente de ellas, de sus gestiones, de sus Estados Financieros. Y por cierto queremos referirnos a una opinión que coloca en el mismo plano al “taylorismo” y al “stajanovismo”, opinión que consideramos errada por lo siguiente: El “taylorismo” es una disciplina pensada y aplicada por Frederick Winslow TAYLOR, un estadounidense que trabajó en 1875 en una empresa industrial siderúrgica en Filadelfia. Desde la dirección de un taller de maquinaria comenzó a efectuar estudios de tiempos y movimientos F. W TAYLOR proponiendo descomponer el trabajo en tareas sencillas, estrictamente cronometradas y exigir a los obreros cumplir con sus labores en el tiempo por él determinado, a cuyo fin eliminaba desplazamientos por cambios de herramientas y por cumplimiento de tareas diferentes, aplicando modificaciones salariales mediante pagos por producción de piezas (a destajo), con lo que el obrero modificaba el ritmo de trabajo, seducido por ganar más, con lo cual el capital lograba una mayor productividad y la elevación de su tasa de ganancia, sembrando la competencia al interior de la clase.
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TAYLOR llamó a su proposición “Organización Científica del Trabajo” y podemos decir que fue un “intelectual orgánico” (Gramsci) de la burguesía, pues indudablemente consideraba a los obreros como parte del capital y todos sus esfuerzos los dirigió a extraer de ellos el máximo beneficio al menor costo. El “stajanovismo”, por el contrario, fue un movimiento nacido de los propios trabajadores luego de que un obrero de las minas de carbón en la cuenca del Donbass, llamado Alexei Grigorievich STAJÁNOV (a la derecha en la foto con herramienta industrial en su mano izquierda), en el turno del 31 de agosto de 1935 produjo ciento dos toneladas de mineral, lo cual representaba catorce veces las cifras normales de recolección. Y el mismo trabajador volverá a romper su propia marca en septiembre de ese año produciendo un total de doscientas veintisiete toneladas de carbón. Antes de él, en 1934, había sido condecorado el minero Nikita IZÓTOV por haber superado el standard de producción en la mina de Górlovka. ¿En qué contexto se producen tales eventos? Como referimos en el primer trabajo de esta serie (“EL SOCIALISMO COMO TEMA”), para 1935 el gobierno ruso era “soviético” --traducción rusa de “consejista”-- solo de nombre y los organismos autónomos nacidos al calor de la revolución habían sido desmantelados por el poder estatal. Estaba en desarrollo el segundo plan quinquenal y el partido impuso la consigna “¡Los cuadros lo deciden todo!” en una campaña por el dominio de nuevas técnicas, correspondientes a equipos y maquinarias recientemente adquiridas y en el colectivo de obreros fueron organizados “grupos de choque” que constituían la vanguardia en una tarea que, entre otros objetivos, perseguía la renovación y superación de anticuadas normas técnicas de rendimiento. El ejemplo de STAJÁNOV fue seguido por otros, entre ellos BUSYGUIN del automóvil; SMETANIN en la industria del calzado; KRIVONÓS en MUSINSKI en la industria forestal; Eudoquia y María VINOGRADOVA textil; María DEMCHENKO, Marina GNATENKO, Angelina PASHA, KOLESOV, BORIN y KOVARDAK en la agricultura. en la industria el transporte; en la industria POLAGUTIN,

¿Por qué lo hicieron? Pues porque creían que sus esfuerzos coadyuvaban a la construcción del socialismo en su país, como les decían sus dirigentes, cuando en verdad eran explotados por el capitalismo toda vez que las relaciones de producción y circulación (el conjunto del sistema) nunca fueron modificadas y esos esfuerzos titánicos de una fuerza obrera --galvanizada por discursos “marxistas” que no coincidían con la práctica-no fueron más allá de aumentar la productividad del trabajo alienado e incrementar la tasa de beneficios para la minoría que controlaba las posiciones de poder, minoría que había convertido al marxismo revolucionario en ideología y engañaba a su propio colectivo nacional y al movimiento revolucionario internacional con discursos de socialismo, sustituyendo en palabras a la competencia (kapitalisticheskaia konkurentsiia) por una pretendida “emulación”, mintiendo acerca de un supuesto “fin de la lucha de clases en la URSS” y convirtiendo a la consigna de dictadura revolucionaria del proletariado en sinónimo de control de un partido, en represión y en contrarrevolución.
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Veamos lo que decía Jossif Vissariónovich DZHUGASHVILI (“Stalin”) acerca de los “stajanovistas”:
"El movimiento stajanovista refleja el nuevo auge de la emulación socialista, una etapa nueva más alta de la emulación socialista... Antes, hace unos tres años, durante su primera etapa, la emulación socialista no implicaba forzosamente una técnica nueva. Además, en aquel momento apenas teníamos propiamente hablando, una técnica nueva. En cambio, la etapa actual de la emulación socialista, el movimiento stajanovista, se halla forzosamente vinculado a la nueva técnica. El movimiento stajanovista no se concebiría sin una técnica nueva, superior. Tenéis ante vosotros hombres como los camaradas Stajanov, Busyguin, Smetanin, Krivonós, las Vinogradova y muchos otros, hombres nuevos, obreros y obreras, que se han hecho plenamente dueños de la técnica en su ramo, que la han dominado e impulsado. Hace tres años, no había o casi no había entre nosotros hombres semejantes... La importancia del movimiento stajanovista está en que es un movimiento que destruye las antiguas normas técnicas por insuficientes; en que, en cierto número de casos, sobrepasa la productividad de trabajo en los países capitalistas más avanzados, abriendo de este modo la posibilidad práctica de seguir consolidando el socialismo en nuestro país, la posibilidad de transformar nuestro país en el país más próspero".

Traduzcamos al idioma de la Economía Política y entendamos que el Estado había invertido dinero en maquinaria y equipo (capital constante) que debía ser operado por los trabajadores (capital variable) en busca de aumentar la productividad del trabajo (obtención de más plusvalía o trabajo no pagado) y conseguir un incremento de la tasa de ganancia. Lo que MARX resumía en su ecuación g´: pv´ = v : C [tasa de ganancia es a tasa de plusvalor como capital variable a capital global] Sabemos que la relación trabajo manual/trabajo intelectual nunca fue superada. Es aceptada la verdad en cuanto a que la economía (primero bajo la NEP y luego con los planes quinquenales) continuó su lógica de mercado (primero “para consolidar el socialismo” y luego para “la coexistencia pacífica”); el Estado no comenzó su tarea de autodisolución en tránsito hacia el comunismo sino que se fortaleció; las relaciones entre los trabajadores y los patronos continuaron mediadas por la práctica gestora del partido y de los sindicatos; la medida del valor siguió siendo el dinero; al exterior fue impuesta la “línea” de ese tipo de “socialismo” con la colaboración de clases, fue completamente abandonada la consigna de revolución internacional… y el capitalismo vivito y coleando. Y no está demás recordar parte de la valiente denuncia del CHÉ en su “Manifiesto de Argel” que ya referimos en primer artículo de esta serie:
“¿Cómo puede significar «beneficio mutuo» vender a precios de mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sufrimientos sin límites a los países atrasados y comprar a precios de mercado mundial las máquinas producidas en las grandes fábricas automatizadas del presente?”

EL SOCIALISMO COMO PRÁCTICA REVOLUCIONARIA

ÁNGEL C. COLMENARES E.

ABRIL DE 2007

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Hemos leído también que los dirigentes rusos no conocieron algunos trabajos de MARX, como los Manuscritos de 1848 o los “Grundrisse”, y entendemos que el razonamiento concluyente sería: “de haberlos leído no hubiesen hecho lo que hicieron”. No creemos que así sea pues uno de los mejores conocedores de la obra marxista era Karl KAUTSKY, reputado de poseer “un conocimiento enciclopédico” de los aportes de MARX, cuyo manuscrito “Teorías de la Plusvalía” --conocido como el tomo IV de “El Capital”-fue editado por él en 1910. Y sin embargo su voltereta fue tan espectacular que mereció de su quizá mejor alumno, LENIN, un opúsculo en el que éste le endilgó el remoquete de “renegado” e hizo señalamientos como los siguientes:
"Kautsky, autoridad suprema de la II Internacional, constituye un ejemplo sumamente típico y claro de cómo el reconocer el marxismo de palabra condujo, de hecho, a transformarlo en 'struvismo' o en 'brentanismo' (es decir, en la doctrina liberal burguesa que admite una lucha de 'clase' no revolucionaria del proletariado, lo que han expresado con especial claridad el escritor ruso Struve y el economista alemán Brentano). Lo vemos también en el ejemplo de Plejánov. Con manifiestos sofismas se castra en el marxismo su alma revolucionaria viva, se reconoce en él todo, menos los medios revolucionarios de lucha, la propaganda y la preparación de estos medios, la educación de las masas en este sentido. Kautsky, prescindiendo de ideologías, 'concilia' el pensamiento fundamental del socialchovinismo, es decir, el reconocimiento de la defensa de la patria en la guerra actual, con una concesión diplomática y ostensible a la izquierda, absteniéndose al votarse los créditos, declarando verbalmente su oposición, etc. Kautsky, que en 1909 escribió todo un libro sobre la proximidad de una época de revoluciones y sobre la relación entre la guerra y la revolución; Kautsky, que en 1912 firmó el manifiesto de Basilea sobre la utilización revolucionaria de la guerra que se avecinaba, se desvive ahora por justificar y cohonestar el socialchovinismo y, como Plejánov, se une a la burguesía para mofarse de toda idea de revolución, de toda acción dirigida a una lucha efectivamente revolucionaria. La clase obrera no puede realizar su objetivo de revolución mundial si no hace una guerra implacable a esta apostasía, a esta falta de carácter, a esta actitud servil ante el oportunismo, a este inaudito envilecimiento teórico del marxismo. El kautskismo no ha aparecido por casualidad, es un producto social de las contradicciones de la II Internacional, (…)”

De haber vivido unos años más, posiblemente LENIN hubiese tenido que escribir líneas tan duras como esas contra muchos dirigentes de partidos llamados revolucionarios, cuyas prácticas están resumidas en el texto copiado (reconocer el marxismo de palabra; admitir una lucha de “clase” no revolucionaria del proletariado; castrar en el marxismo su alma revolucionaria viva; mofarse de toda idea de revolución, de toda acción dirigida a una lucha efectivamente revolucionaria; al inaudito envilecimiento teórico del marxismo; a la actitud servil ante el oportunismo), especialmente el abandono del objetivo de revolución mundial del proletariado. Creemos que la diferencia sigue siendo “el criterio verificador de la práctica” (Marx), pues no se trata de memorizar frases, fechas o anécdotas sino adecuar nuestro hacer a eso que decimos ser. Y tampoco se trata de solamente hacer, en ese “tareísmo” chato que es hijo legítimo de la división trabajo manual (repartir propaganda, pegar afiches, recolectar información)/trabajo intelectual (estudiar, pensar, escribir, dirigir, ordenar), sino vincular teoría y práctica, como señalaba MARX en su Tesis III sobre Feuerbach: “La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria”.
EL SOCIALISMO COMO PRÁCTICA REVOLUCIONARIA ÁNGEL C. COLMENARES E. ABRIL DE 2007 PÁGINA 11 DE 12

En Venezuela hoy se plantea una lucha por el socialismo en cuyo desarrollo es vital que se incorpore una cantidad importante de trabajadores, y las cifras de esa Fuerza que muestran los indicadores del Instituto Nacional de Estadísticas a febrero de 2007 son:

Hay cerca de once millones de trabajadores ocupados y casi un millón y cuarto de cesantes. ¿Cuántos de esos venezolanos están organizados?; ¿sabemos si les interesa o no lo que está en juego?; ¿existe una fuerza capaz de atraer a la mayoría de esos trabajadores para construir las bases de un poderoso movimiento socialista revolucionario?; ¿conocemos sus simpatías o rechazos a la idea del socialismo revolucionario?; ¿hemos averiguado si tienen conceptos de consejos obreros, de autogestión, de cogestión o de control obrero?; ¿tienen conciencia de ser explotados, alienados y miembros de una clase social tendencialmente poderosa no solo por su número sino por su posición en el proceso de producción y circulación de bienes y por sus conocimientos del sistema en toda su complejidad por ser ellos quienes lo ponen en marcha día a día? Es parte de la tarea que todo revolucionario debe plantearse, y en este momento es importante avanzar en la difusión, aprendizaje y popularización del socialismo como tema, para concebirlo y entenderlo racionalmente como praxis revolucionaria.
EL SOCIALISMO COMO PRÁCTICA REVOLUCIONARIA ÁNGEL C. COLMENARES E. ABRIL DE 2007 PÁGINA 12 DE 12

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