CAPÍTULO I JASON.

TODO SUCEDIÓ ANTES DEL CHISPAZO. Jason estaba teniendo un día horrible. Se despertó en el asiento de atrás de un autobús escolar, sin estar seguro de dónde estaba, cogido de la mano de una chica que no conocía. Aquella no era la parte horrible. La chica era muy atractiva, pero él no sabía ni qué era ella ni qué estaba haciendo ahí. Jason se estiró y se restregó los ojos, intentando pensar. Una docena de chicos se despatarraba en los asientos que tenía delante, mientras escuchaban sus iPods, hablaban o dormían. Parecían tener unos ¿quince?, ¿dieciséis? Jason no recordaba su propia edad. Vale, eso le daba miedo. El autobús circulaba por una larga carretera llena de baches. Por las ventanas se veía un desierto abovedado por un gran cielo azul. Jason estaba muy seguro de que no vivía en un desierto. Intentó volver a pensar…. Lo último que recordaba era… La chica le apretó mano. —Jason… ¿estás bien? Ella llevaba puestos unos vaqueros descoloridos, botas de montaña y una chaqueta de snowboard. Su cabello era del color del chocolate negro y estaba cortado irregularmente, trenzado a los lados. Iba sin maquillar como si intentase no llamar la atención, pero no funcionaba. Era realmente guapa. Sus ojos parecían cambiar de color como un caleidoscopio, pasando por tonos marrones, azules y verdes. Jason le soltó la mano. —No, no lo estoy. En la parte delantera del autobús un adulto gritaba: —¡Muy bien! ¡Escuchad, engulletartas! El hombre era claramente un entrenador. Su gorra de béisbol le tapaba todo el pelo y sólo podían verle los ojos. Tenía una perilla y una cara implacable, como si hubiese comido algo mohoso. Sus musculosos brazos y su pecho se apretujaban bajo su polo naranja brillante. Los pantalones de chándal que llevaba eran de nailon y de un blanco impecable como las deportivas Nike de sus pies. Le colgaba un silbato del cuello y tenía un megáfono colgado de su cinturón. Habría sido un poco más intimidante de ser más alto. Era irónico que se llamase Hedge que significaba «arbusto»

—¡Póngase de pie, entrenador Hedge!—le gritó uno de los chicos cuando se levantó en dirección al pasillo. —¡Lo he oído!—el entrenador escaneó con su mirada el autobús en busca del gamberro. Sus ojos se detuvieron en Jason y se hundieron más en las cuencas. Un escalofrío recorrió la espalda de Jason. Estaba seguro de que el entrenador sabía que él no pertenecía a aquel lugar. Le apartaría y le preguntaría qué hacía en el autobús y Jason no tendría ni idea de qué decir. Pero el entrenador Hedge apartó la mirada y se aclaró la garganta. — ¡Llegaremos en cinco minutos! Quedaos con vuestros compañeros, no perdáis vuestras hojas de trabajos. Y, si alguno de vosotros, pequeños engulletartas, causara cualquier problema en esta excursión, le enviaré personalmente al colegio de una patada. Levantó un bate de béisbol y se puso a hacer como si fuera un golpeador en el juego. Jason miró a la chica que estaba junto a él. —¿Puede hablarnos de esa manera? —Siempre lo hace—dijo, encogiéndose de hombros—. Este es el Colegio de la Salvajería “dónde los niños son animales”—lo dijo como si fuese una coletilla que hubiesen compartido antes. —Esto tiene que ser algún tipo de error—dijo Jason—. Yo no debería estar aquí. El chico de delante se volvió hacía él y comenzó a reírse. —Claro, muy buena, Jason. ¡Ninguno de nosotros no debería estar aquí! Yo no me escapé seis veces, Piper no robó un BMW… —¡Yo no robé ese coche, Leo!—dijo la chica, enfadada. —Oh, lo había olvidado, Piper. ¿Cuál era tu historia? Le “dijiste” al propietario si podías cogerlo prestado, ¿no?—miró a Jason como diciendo: “¿Te lo puedes creer?” Leo parecía una especie de elfo de Santa Claus latino con el pelo negro y rizado, las orejas puntiagudas, cara alegre, y una sonrisa que te decía inmediatamente que aquel chico no era de fiar si tenía cerca armas u objetos punzantes. Sus largos y ágiles dedos no paraban de moverse: daba golpecitos en el asiento, se echaba el pelo por detrás de las orejas, se desabrochaba los botones de la chaqueta… Evidentemente, o el chico era hiperactivo o había estado tomando suficiente azúcar y cafeína como para provocarle un infarto a un búfalo. —De cualquier manera—dijo Leo—, espero que tengas tu hoja de ejercicios, porque yo he usado la mía para tirar bolitas hace unos días. ¿Por qué me miras así? ¿Alguien me ha vuelto a pintar en la cara?

—No sé quién eres—dijo Jason. Leo le sonrió, sarcástico. —Claro. Yo no soy tu mejor amigo, soy su clon malvado. —¡Leo Valdez!—gritó el entrenador Hedge desde la delantera— ¿Tenéis problemas ahí atrás? Leo le guiñó un ojo a Jason. —Mira esto—se giró hacia delante—. ¡Perdone, entrenador! Estamos teniendo problemas para oírle. ¿Podría usar su megáfono, por favor? El entrenador Hedge lo cogió como si hubiera estado deseando tener una excusa para hacerlo. Se quitó el megáfono del cinturón y siguió dando órdenes, pero su voz parecía la de Darth Vader. Los niños se partieron de risa. El entrenador lo intentó de nuevo pero cuando habló lo que resonó por el megáfono fue: —La vaca hace muuuuuuuuuuú. Los estudiantes irrumpieron en carcajadas. — ¡Valdez!—vociferó el entrenador sin usar el megáfono. Piper se contenía la risa. —Dios mío, Leo. ¿Cómo has hecho eso? Leo se sacó un destornillador diminuto de la manga. —Soy especial. —Chicos, en serio—dijo Jason— ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿A dónde vamos? Piper frunció el ceño. —Jason, ¿estás de broma? —No, no tengo ni idea… —Ah, claro que está de broma—dijo Leo—. Está intentando que me dé la vuelta para echarme crema de afeitar en la nuca, ¿a que sí? Jason le miró con el semblante inexpresivo. —No… creo que va en serio—Piper trató de coger de nuevo su mano, pero él la alejó. —Lo siento—dijo—. Yo no… No puedo…

—¡Eso es!—gritó el entrenador desde la parte delantera—. ¡Los tres chicos de detrás acaban de ofrecerse voluntarios para limpiar después de almorzar! El resto de los niños vitorearon. —Esto es injusto—murmuró Leo. Pero Piper seguía mirando a Jason, como si no supiera si preocuparse u ofenderse. —¿Te has golpeado la cabeza o algo? ¿De verdad no sabes quiénes somos? —Es peor que eso—Jason se encogió de hombros, imponente—, no sé quién soy. El autobús se detuvo delante de un gran complejo rojo parecido a un museo, situado justo en mitad de ninguna parte. “Quizás es simplemente eso”, pensó Jason “el Museo Nacional de Ninguna Parte” mientras bajaban del autobús. Un viento frío soplaba a través del desierto. Jason no le había prestado mucha atención a lo que llevaba puesto pero no era lo suficientemente cálido: vaqueros y zapatillas de deporte, una camiseta morada y una cazadora negra y fina. —Bueno, aquí va un cursillo intensivo para el amnésico—dijo Leo en un tono de ayuda que le hizo pensar a Jason que no iba a ser de ayuda—: Vamos a la “Escuela de la Salvajería”—Leo hizo las comillas en el aire con los dedos—, lo que significa que somos “chicos malos”. Tu familia, o un juez, o quien fuese decidió que eras demasiado problemático, así que te mandaron a esta adorable cárcel… ¡Perdón! a esta… “Escuela interna”, en Armpit, Nevada, donde aprendes cosas útiles como por ejemplo, ¡cómo correr diez millas al día atravesando cactus o tejer margaritas en sombreros! Y como regalo especial vamos a unas excursiones en un campo “educativo” con el entrenador Hedge, quién pone orden con su bate de béisbol. ¿Te acuerdas de todo ya? —No. Jason le echó un aprensivo vistazo a los otros chicos: quizá eran unos veinte, la mayoría chicas. Ninguno de ellos parecía un criminal peligroso, pero se imaginó que todos habrían sido sentenciados como delincuentes por sus colegios y se preguntó por qué estaba con ellos. Leo puso los ojos en blanco. —¿Conque quieres jugar de verdad, eh? Muy bien. Los tres empezamos aquí juntos este semestre. Estamos muy unidos. Tú haces todo lo que digo, me das tu postre, me haces los deberes… —¡Leo!—saltó Piper. —Vale, olvida esa última parte. Pero somos amigos. Bueno, Piper ha sido algo más que tu amiga estas últimas semanas… —¡Leo, basta!—la cara de Piper se puso roja. Jason sintió que él también se había ruborizado. Pensó que se acordaría de haber estado saliendo con una chica como Piper si lo hubiese hecho.

—Tiene amnesia o algo—dijo Piper—. Se lo tenemos que decir a alguien. Leo sopló, mofándose. — ¿A quién? ¿Al entrenador Hedge? Intentará arreglarlo todo dándole a Jason golpes en la cabeza. El entrenador estaba al principio del grupo, dando órdenes y soplando con su silbato para mantener a los chicos en fila pero de vez en cuando él se volvía y le echaba un vistazo a Jason, ceñudo. —Leo, Jason necesita ayuda—insistió Piper—.Tiene una conmoción o… —Eh, Piper—uno de los otros chicos dejó atrás el grupo que estaba entrando en el museo para unirse a ellos. El chico nuevo se situó entre Jason y Piper y empujó a Leo al suelo—. No hables con estos lameculos. ¿Eres mi compañera, recuerdas? El chico nuevo tenía el pelo oscuro con un estilo a lo Superman, estaba bastante bronceado y tenía los dientes tan blancos que deberían haber venido con un cartel de advertencia: “No mirar directamente a los dientes, peligro de ceguera permanente”. Llevaba una camiseta de los Cowboys de Dallas, unos pantalones vaqueros como los de las películas del Oeste y botas. Sonreía como si creyese que era un regalo divino para las chicas delincuentes que había por allí. Jason le odió nada más verlo. —Vete, Dylan—gruñó Piper—. En ningún momento te pedí que fueras mi compañero. —Mujer, no seas así. ¡Este es tu día de suerte!—entrelazó su brazo con el suyo y la arrastró hasta la entrada del museo. Piper miró por encima de su hombro hacia atrás como pidiéndoles ayuda… Leo se levantó y se azotó el pantalón para limpiarse. —Odio a ese tío—le tendió su brazo a Jason para que le cogiera del brazo, lo hizo y entonces Leo se puso a dar saltitos hacía la entrada, imitando a Dylan— ¡Soy Dylan! ¡Soy muy guay! ¡Quiero salir conmigo mismo pero no sé cómo hacerlo! ¿Quieres salir conmigo? ¡Eres muy afortunada! —Leo—dijo Jaso—, eres raro. —Sí, me lo dices muchas veces—sonrió Leo—. Pero si no te acuerdas de mí, eso significa que puedo volver a gastarte bromas que ya te he hecho. ¡Venga, vamos! Jason se preguntó si aquél era su mejor amigo su vida debería estar patas arriba, pero siguió a Leo en el interior del museo. Caminaron por el edificio, parando por aquí y por allí para que el entrenador Hedge les diera informaciones con su megáfono, que le convertía la voz ronca y de vez en cuando hacía agudas observaciones como “El cerdo hace oink”. Leo estuvo destornillando las tuercas y los tornillos de su chaqueta militar y luego los volvía a colocar, como si tuviera que tener algo entre las manos

constantemente. Jason estaba demasiado distraído como para prestar demasiada atención a las exposiciones, pero escuchó cosas como que la tribu Hualapai estuvo en la zona del Gran Cañón, justo dónde estaba el museo. Mientras hablaban de la tribu Hualapai, unas chicas miraron a Piper y soltaron risitas. Las chicas llevaban pantalones vaqueros idénticos, camisas de tirantes rosas y el suficiente maquillaje como para una fiesta de Halloween. Una de ellas dijo: —Eh, Piper, ¿no es tu tribu la que vivía aquí? ¿Te convertirás un espíritu libre si te pones a hacer la danza de la lluvia? Las otras se rieron y Dylan, también conocido como el compañero de Piper, sonrió. Las mangas de la cazadora de Piper ocultaron sus manos pero Jason tuvo la sensación de que había apretado los puños. —Mi padre es cherokee—dijo—, no hulapai. Claro que a ti te harían varias neuronas más como para entender la diferencia, Isabel. Isabel abrió completamente los ojos en una expresión de sorpresa y parecía un búho con maquillaje. —¡Oh, lo siento! ¿Y tu mami era de esa tribu? Ah, es cierto que nunca conociste a tu madre. Piper comenzó a caminar, pero antes de que pudiera empezar una pelea, el entrenador Hedge gritó: —¡Ya es suficiente por ahí atrás!, portaos bien o sacaré a pasear el bate de béisbol. El grupo empezó a moverse al siguiente escaparate, pero las chicas seguían comentando cosas sobre Piper. —¿Qué tal es volver a tu tierra? —preguntó una con voz dulce. —Probablemente papi bebía demasiado como para tener un trabajo—dijo otra con falsa simpatía—. Por eso, la niñita se volvió cleptómana. Piper las ignoraba, pero Jason estaba a punto de estallar. No se acordaba de Piper, ni tampoco quién era él mismo, pero sabía que odiaba a esas chicas. —Tranquilízate, a Piper no le gusta que participemos en sus peleas. Por otra parte, si esas chicas se enterasen de la verdad sobre su padre, estarían todas arrodillándose y gritando “¡No somos dignas!”. —¿Por qué? ¿Qué le pasa a su padre? Leo se rió, incrédulo.

—¿Bromeas? ¿De verdad que no te acuerdas que el padre de tu novia…? —Mira, ojalá pudiera, pero si no me acuerdo de ella, mucho menos de su padre. Leo silbó. —Lo que sea. Tenemos que hablar cuando volvamos al dormitorio. Llegaron al final de la sala de exposiciones, donde unas puertas de cristal daban al exterior. —Muy bien, engulletartas—anunció el entrenador Hedge—, estáis a punto de ver el Gran Cañón. Intentad no romperlo. La pasarela es capaz de soportar el peso de setenta aviones con cargando cincuenta elefantes cada uno, así que los que tenéis sobrepeso no os preocupéis. Cuando estéis al borde del precipicio, si es posible, no os empujéis los unos a los otros porque eso me causaría papeleo extra. El entrenador abrió las puertas y caminaron hacia fuera. El Gran Cañón se extendía ante ellos, en vivo y en directo. Sobre él había una pasarela de cristal con forma de herradura y se podía ver a través de ella. —Tío—dijo Leo—, eso da bastante cague. Jason tuvo que darle la razón. A pesar de su amnesia y de la sensación de que no pertenecía a aquel lugar, no pudo evitar sentirse impresionado. El Cañón era mucho más grande y más amplio de lo que se puede apreciar en una foto. Estaban tan alto que los pájaros volaban en círculos por debajo de sus pies. Quinientos metros por debajo, un río serpenteaba por el fondo. Unos bancos de nubes de tormenta se movían sobre ellos cuando estuvieron por la pasarela, las nubes proyectaban sombras que hacían caras furiosas por el suelo del acantilado. En todas direcciones, todo lo que Jason podía ver eran barrancos rojos y grises cortando por el desierto como si algún dios loco hubiera estado paseándose por allí con un cuchillo. Jason notó un dolor penetrante detrás de sus ojos. “Dios loco…”, ¿cómo podía habérsele ocurrido aquello? Sintió como si estuviera a punto de saber algo importante, algo que debía saber. También tuvo el presentimiento de que estaba en peligro inminente. —¿Estás bien?—preguntó Leo—. ¿No irás a saltar al vacío, verdad que no? Debería haber comprado una cámara… Jason se agarró a la barandilla, parpadeó y el dolor se calmó. —Estoy bien—logró decir—. Solo me duele la cabeza. Un trueno retumbó sobre sus cabezas. Un viento frío les empujó hacia los lados.

—Esto no puede ser seguro—Leo escudriñó las nubes—. Hay una tormenta justo encima de nosotros, pero el resto del cielo está limpio a nuestro alrededor. ¿Extraño, eh? Jason miró hacia arriba y supo que Leo llevaba razón. Un círculo de nubes se había parado sobre ellos encima de la pasarela, pero el resto del cielo mirara dónde mirara estaba vacío, sin ninguna nube. A Jason no le daba buena espina todo aquello. —¡Muy bien, engulletartas!—gritó el entrenador Hedge. Miró con el ceño fruncido hacia la tormenta como si le molestase—. Tenemos que acabar aquí esta excursión, ¡así que al museo! ¡Recordad: haced los ejercicios de la hoja! La tormenta retumbó, y el dolor de cabeza de Jason regresó. Sin saber porqué lo hizo, rebuscó en el bolsillo de sus vaqueros y sacó una moneda, un circulo de oro del tamaño de una moneda cincuenta centavos, pero más gruesa e irregular. Estampada a un lado había la imagen de dos espadas cruzadas. Al otro había la cara de alguien con una corona de laureles. La inscripción decía algo así como “iulius”. —Tío, ¿eso es oro? —preguntó Leo—, ¿te he dicho ya lo muy amigos que somos? Jason guardó la moneda, por miedo de que Leo se la robara y porque tuvo la sensación de que la necesitaría muy pronto. —No es nada—dijo—. Es solo una moneda. Leo se encogió de hombros. Quizás su cabeza se movía más rápido que sus manos. —Vamos—dijo—. A ver si te atreves a escupir al precipicio. No se esforzaron mucho con la hoja de ejercicios. Por un lado, Jason estaba demasiado distraído por la tormenta y por sus sentimientos contradictorios. Por otro lado, no tenía ni idea de cómo “nombrar tres estratos sedimentarios que observase” ni cómo “describir dos ejemplo de erosión”. Leo no era de gran ayuda. Estaba demasiado ocupado construyendo un helicóptero con unos tubos que tenía. —Mira esto—soltó el helicóptero. Jason supuso que se caería pero se mantuvo más o menos sobre el precipicio antes de que perdiera impulso y se precipitara al vacío. —¿Cómo lo has hecho? —preguntó Jason. Leo se encogió de hombros. —Habría molado más si hubiera tenido algunas gomas para ponerle. —¿En serio—dijo Jason— que somos amigos? —La última vez que lo comprobé, sí.

—¿Estás seguro? ¿Cuál fue el primer día que nos conocimos? ¿Cómo nos pusimos a hablar? —Fue…—Leo frunció el ceño—No me acuerdo exactamente. Tengo TDAH, tío. No puedes esperar que me acuerde de los detalles. —Pero es que no te recuerdo del todo. No me acuerdo de nadie de aquí. Y si… — ¿Tú llevas razón y todo el mundo se equivoca?—preguntó Leo—. ¿Crees que has aparecido aquí esta mañana y que todos tenemos recuerdos falsos sobre ti? Una vocecita en la cabeza de Jason dijo “Eso es exactamente lo que estoy pensando”. Pero parecía una locura. Todos actuaban con normalidad. Todo el mundo actuaba como si fuera un compañero más de clase… todos excepto el entrenador Hedge. —Sujeta los ejercicios—Jason le pasó el papel—. Ahora vuelvo. Antes de que Leo pudiera protestar, Jason caminó a través de la pasarela. El colegio tenía toda la pasarela para ellos solos. Quizás fuera demasiado temprano para los turistas, o puede que el extraño clima los mantuviera asustados y lejos. Los chicos de la Escuela de la Salvajería estaban repartidos en parejas por toda la pasarela. La mayoría estaban bromenado y charlando. Uno de los chicos estaba tirando monedas al vacío. A unos quince metros, Piper intentaba rellenar su hoja, pero el estúpido de su compañero Dylan le molestaba, poniéndole las manos en los hombros y poniendo aquella sonrisa. Ella no paraba de empujarle, y cuando vio a Jason le dirigió una mirada como de “Estrangula a este tío por mí”. Jason pasó de largo y fue hasta el entrenador Hedge, que estaba apoyado en su bate de béisbol, estudiando las nubes tormentosas. —¿Has hecho tú eso?—le preguntó el entrenador. Jason dio un paso atrás. —¿Hacer qué?—había sonado como si el entrenador acabase de preguntarle si había creado la tormenta de rayos. El entrenador Hedge lo miró con un brillo en los ojos, con aquellos ojos oscuros bajo el ala de su gorra. —No juegues conmigo, chico. ¿Qué estás haciendo aquí y por qué estás interfiriendo en mi trabajo? —Quiere decir… ¿que no me conoce?—dijo Jason—. ¿Que no soy uno de sus estudiantes? —No te había visto hasta hoy—resopló el entrenador. Jason estaba tan aliviado que quería llorar. Por lo menos no estaba loco. No estaba en el lugar correcto.

—Mire, señor, no sé cómo he llegado aquí. Tan solo me he despertado en el autobús. Todo lo que sé es que se supone que yo no debería estar aquí. —Eso es cierto—pronunció la voz de Hedge con un soplo brusco, como si estuviera compartiendo un secreto—. Tienes algo especial con la Niebla, chico. Sí puedes hacer creer a todas estas personas que te conocen, pero no puedes conmigo. He estado oliendo a monstruo estos días. Sé que tenemos un infiltrado, pero no hueles como un monstruo. Hueles como un mestizo. Así que… ¿quién eres y de dónde vienes? La mayoría de las cosas que el entrenador había dicho no tenían sentido, pero Jason decidió contestar honestamente. —No sé quién soy. No tengo ningún recuerdo. Tiene que ayudarme. El entrenador Hedge estudió su cara como si estuviera tratando de leer los pensamientos de Jason. —Bien—murmuró Hedge—. Estás siendo sincero. —¡Por supuesto que lo estoy siendo! ¿Y qué es todo eso sobre monstruos y mestizos? ¿Es lenguaje codificado o algo así? Hedge entrecerró los ojos. Una parte de Jason se preguntó si aquél hombre estaba loco. Pero la otra parte era más lista y le creía. —Mira, chico—dijo Hedge—. No sé quién eres. Acabo de saber qué eres y eso significa problemas. Ahora tengo que protegeros a tres de vosotros en vez de a dos. ¿Eres el paquete especial? ¿Es eso? —¿De qué habla? Hedge miró a la tormenta. Las nubes se estaban volviendo más gruesas y oscuras, cerniéndose sobre toda la pasarela. —Esta mañana—dijo Hedge—. Recibí un mensaje del campamento. Dicen que van a mandar a un equipo de extracción. Vienen para recoger un paquete especial, pero no me dieron detalles. Deja que piense… Bien. Los dos que estoy viendo son bastante poderosos, más que la mayoría. Sé que están siendo acechados. Puedo oler a monstruo en el grupo. Supongo que por eso el campamento ha querido recogerlos de pronto, pero ahora tú apareces de la nada. Así que, ¿eres el paquete especial? El dolor tras los ojos de Jason se volvió más doloroso que nunca. Mestizos. Campamento. Monstruos. Continuaba sin saber de qué estaba hablando Hedge, pero las palabras le habían provocado un shock, como si su mente estuviera intentando a acceder a información que debía de estar allí pero no lo estaba.

Tropezó, y el entrenador Hedge le agarró. Por un momento, las manos del entrenador parecieron de acero. —Eh, quieto ahí, engulletartas. ¿Dices que no tienes ningún recuerdo, eh? Bien. Solo tengo que vigilarte hasta que el equipo llegue. Haremos lo que diga el director. —¿Qué director?—dijo Jason—. ¿Qué campamento? —No te preocupes. Los refuerzos llegarán pronto. Espero que no pase nada antes… Un relámpago se sacudió sobre sus cabezas. El viento soplaba con ganas. Las hojas de trabajo volaban hacia Gran Cañón, y la pasarela entera se estremeció. Los chicos gritaron, tropezándose y agarrándose al suelo. —¿Por qué he tenido que hablar?—murmuró Hedge. Y rugió a través de su megáfono—: ¡Todos aquí dentro! ¡La vaca hace múúú! ¡Fuera de la pasarela! —¡Pensé que dijo que esta cosa era segura!—gritó Jason para que se le oyese más que al viento. —Bajo circunstancias normales—agregó Hedge—, pero está claro que éstas no lo son. ¡Vamos!

CAPÍTULO II JASON.
LA TORMENTA SE CONVIRTIÓ EN UN HURACÁN EN MINIATURA. Unas nubes con forma de embudo serpenteaban hacía la pasarela, como si fueran los tentáculos de una medusa monstruosa. Los niños gritaban y corrían hacia el edificio. El viento soplaba tan fuerte que les quitaba las libretas, las chaquetas, las gorras y las mochilas. Jason resbaló por el suelo de cristal. Leo perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer por fuera de la barandilla pero Jason le agarró por la chaqueta y le ayudó a subir. —Gracias, tío—gritó Leo. —¡Vamos, vamos, vamos!—dijo el entrenador Hedge. Piper y Dylan mantenían las puertas abiertas, haciendo pasar hacia el interior a los otros chicos. La chaqueta de snowboard de Piper aleteaba salvajemente y tenía todo el pelo en la cara. Jason pensó que debería de estar pasando frío pero parecía tranquila y segura de sí misma, diciéndoles a los demás que todo iba a salir bien, animándoles para que siguieran avanzando. Jason, Leo y el entrenador Hedge corrieron hasta ellos pero era como correr por unas arenas movedizas. El viento parecía estar luchando contra ellos, empujándoles hacia atrás. Dylan y Piper empujaron un chico más al interior del museo, entonces perdieron el control de las puertas. Éstas se cerraron de golpe, aislándolos en la pasarela. Piper pegó puñetazos a las puertas. Desde dentro los chicos golpeaban el cristal, pero las puertas parecían haberse atascado. —¡Dylan, ayúdame!—gritó Piper. Dylan estaba allí de pie, sonriendo como un idiota, con su jersey de los Cowboys bailando al viento, como si de pronto disfrutase de la tormenta. —Lo siento, Piper—dijo—. He acabado de ayudar. La agarró de la muñeca y Piper voló hacia atrás hasta caer en la pasarela. —¡Piper!—Jason intentó avanzar, pero el viento estaba en su contra y el entrenador Hedge le retuvo. —¡Entrenador—dijo Jason—, déjeme ir! —Jason, Leo, quedaos detrás de mí—ordenó el entrenador—. Esta es mi pelea, debería haber sabido que ése era nuestro monstruo.

—¿Qué?—preguntó Leo. Una hoja de ejercicios le abofeteó en la cara, pero la aplastó y se la quitó—. ¿Qué monstruo? La gorra del entrenador salió volando y mostró el pelo rizado con dos protuberancias en su cabeza, como los que tienen los dibujos animados cuando les golpean la cabeza. El entrenado levantó el bate de béisbol, que ya no era un bate normal y corriente. De alguna manera se había convertido en una gruesa rama de árbol, con ramitas y hojas a los lados. Dylan puso una sonrisa feliz y enloquecida. —¡Oh, vamos, entrenador! ¡Deja que el chico me ataque! Después de todo, te estás volviendo demasiado mayor para esto. ¿No fue por eso por lo que te enviaron a esta estúpida escuela? He estado entre tus alumnos todo este tiempo y tú ni lo sabías. Estás perdiendo tu olfato, abuelete— el entrenador emitió un sonido de enfado como el de un animal que resopla—. ¿Crees que puedes proteger a tres mestizos tú solo, viejo?—se rió Dylan—. Buena suerte. Dylan señaló a Leo y una nube con forma de huracán se materializó a su alrededor. Leo salió volando por fuera de la pasarela como si lo hubieran lanzado. De alguna manera se las arregló para girarse y agarrarse a los bordes del precipicio. Logró agarrarse a unos pocos metros por debajo de la pasarela y levantar su mano para cogerse de la pasarela. —¡Ayuda!—les gritó—. ¿Una cuerda por favor? ¿Una soga? ¿Un algo? El entrenador Hedge soltó una maldición y le tendió a Jason su rama. —No sé quién eres, chico, pero espero que seas bueno. Mantén a esa cosa ocupada—señaló a Dylan con el pulgar— mientras voy a por Leo. —¿Ir a por él cómo?—le interrogó Jason—, ¿vas a volar? —A volar no. A escalar—Hedge se quitó los zapatos y a Jason casi le dio un infarto. El entrenador no tenía piernas. Tenía pezuñas, pezuñas de cabra. Lo que significaba que esas cosas de su cabeza, como Jason supuso, no eran protuberancias. Eran cuernos. —Eres un fauno—dijo Jason. —¡Un sátiro!—saltó Hedge—. Los faunos eran romanos. Pero ya hablaremos de eso luego. Hedge saltó por encima de la barandilla. Descendió una parte y se impulsó con sus pezuñas. Iba por el precipicio con una agilidad imposible, apoyándose en sitios no más grandes que el puño de un bebé, esquivando los torbellinos que intentaban atrapar a Leo. —¡Pero déjate, abuelo! —Dylan se volvió a Jason—. Ahora te toca a ti, chaval. Jason lanzó la vara. Le parecía inservible con todo aquél viento pero la vara surgió efecto contra Dylan que, mientras la esquivaba, le dio en la cabeza y le hizo caer de rodillas. Piper no estaba tan

aturdida como parecía, porque cogió la vara cuando ésta cayó a su lado, pero antes de que pudiera usarla, Dylan se levantó. Una sangre, sangre dorada, salía de su frente. —Buen intento, chico—dijo a Jason—. Pero tienes que hacerlo mejor. La pasarela se estremeció. Unas fracturas del tamaño de unas venas aparecieron en el vidrio. En el interior del museo, los chicos dejaron de intentar abrir las puertas y salieron corriendo, aterrorizados. El cuerpo de Dylan se disolvió en humo, como si sus moléculas se derritieran. Tenía la misma cara, la misma sonrisa blanca y brillante, pero su cuerpo estaba compuesto por humo negro, sus ojos eran como chispas eléctricas dentro de una nube de tormenta. De él brotaron unas alas de humo y sobrevoló la pasarela. Si los ángeles fueran malos, pensó Jason, tendrían justo ese aspecto. —Eres un ventus—dijo Jason, pensando que no tenía ni idea de cómo sabía esa palabra—, un espíritu de la tormenta. La risa de Dylan sonó como un tornado pasando sobre un techo. —Me alegro de haber esperado, semidiós. Sabía de Leo y de Piper desde hace semanas. Podría haberlos matado en cualquier momento. Pero mi instinto me decía que un tercero iba a venir, alguien especial. ¡Así que mi gran recompensa será tu muerte! Dos nubes huracanadas aterrizaron a cada lado de Dylan y empezaron a girar, parecían contener a otro par de chicos con alas humeantes y ojos destellantes como relámpagos. Piper seguía ahí, intentando hacer algo, su mano seguía aferrándose al garrote. Su cara estaba pálida, pero miró a Jason y él entendió un mensaje muy claro: “Llama su atención. Intentaré atacarles por detrás”. Agradable, lista y violenta. Jason quiso haber recordado que era su novia. Apretó los puños y se preparó para atacar aunque no tendría ninguna oportunidad. Dylan levantó la mano. Unos rayos eléctricos corrían entre sus dedos y apuntó hacia el pecho de Jason. ¡Bang! Cayó de espaldas al suelo. La boca le sabía como si hubieran estado quemando papel de aluminio en su interior. Levantó la cabeza y vio que la ropa le humeaba. El rayo le había dado de lleno y su deportiva izquierdo había salido disparado. Tenía el calcetín chamuscado. Los espíritus de la tormenta se reían mientras el viento causaba estragos. Piper intentó gritar desafiante pero sonaba como si fuera diminuta y estuviera muy, muy lejos. Por el rabillo del ojo, Jason vio al entrenador Hedge escalar el acantilado con Leo a su espalda. Piper se mantenía de pie, zarandeando la vara desesperadamente para defenderse de dos venti, pero ellos la trataban como si fuera un juguete. La vara atravesaba sus cuerpos como si no estuvieran allí. Y Dylan, el oscuro tornado con ojos, se abalanzó sobre Jason.

—Basta—dijo Jason, pero su voz sonó amortiguada. Al instante, se puso en pie y no sabía a quién sorprendió más: si a él o a los espíritus. — ¿Cómo es que estás vivo?—preguntó Dylan—. ¡Era un rayo tan potente como para matar a veinte hombres! —Ahora me toca a mí—dijo Jason. Metió la mano en el bolsillo y sacó su moneda de oro. Se dejó llevar por el instinto y dio la vuelta a la moneda en el aire como ya había hecho miles de veces antes. La atrapó con la palma de la mano y de repente sujetaba una espada, un arma de doble filo perfectamente recta. Agarró la empuñadura que se ajustaba perfectamente a sus dedos. Esta completamente hecha de oro: empuñadura, mango y filo. Dylan gruñó y retrocedió. Miró a sus dos camaradas y gritó: — ¿Y bien?… ¡Matadlo! Los otros venti no parecían muy contentos con la orden, pero volaron hacia Jason con los dedos cargados de electricidad. Jason esquivó el primero. Su espada le atravesó y la criatura humeante se desintegró. El segundo espíritu le lanzó una esfera hecha de rayos, pero la espada de Jason absorbió el ataque. Éste intervino con una estocada rápida y el segundo ventus se esfumó con un polvo dorado. Dylan parecía indignado. Miró hacía abajo esperando que sus compañeros se regeneraran, pero el polvo dorado solo se movió cuando lo dispersó el viento. —¡Es imposible! ¿Quién eres, mestizo? Piper estaba tan aturdida que se le cayó la vara. —Jason… ¿Cómo…? Entonces el entrenador Hedge saltó a la pasarela y dejó en ésta a Leo como un saco de harina. —Espíritus, ¡venid aquí!—rugió Hedge, flexionando sus cortos brazos. Luego miró a su alrededor y se dio cuenta de que sólo quedaba Dylan. —¡Maldita sea, chico!—exclamó a Jason—. ¿No has dejado ninguno para mí? ¡Me gustan los desafíos! Leo se puso de pie, respirando con dificultad. Parecía estar medio muerto mientras sus manos sangraban de haber estado agarrado con fuerza a las rocas. —Eh… entrenador supercabra, o lo que quiera que sea… ¡Me acabo de caer por el maldito Gran Cañón del Colorado! ¡Ya basta de pedir desafíos!

Dylan estaba enfadado con ellos pero Jason pudo ver miedo en sus ojos. —No tenéis ni idea de a cuántos enemigos habéis despertado, mestizos. Mi señora destruirá a todos los semidioses. Esta es una guerra que no podéis ganar. Por encima de ellos, la tormenta se desató por completo. Se abrieron grietas por la pasarela. Comenzó a llover estrepitosamente y Jason tuvo que agacharse para mantener el equilibrio. Se abrió un agujero en las nubes, formando un remolino negro y plateado. —¡Mi Señora me llama para que vuelva!—gritó Dylan regocijándose—. Y tú, semidiós, vas a venir conmigo—amenazó a Jason, pero Piper asestó al monstruo por detrás. A pesar de que estaba hecho de humo, Piper logró de alguna manera tocarlo. Ambos fueron lanzados hacia atrás por una onda expansiva. Leo, Jason y el entrenador avanzaron para ayudarle, pero el espíritu gritó con rabia. Dejó escapar un torrente de viento que les hizo retroceder. Jason y el entrenador Hedge cayeron de espaldas. La espada de Jason atravesó el cristal de la puerta del museo, Leo se golpeó en la nuca y quedó aturdido. Piper se llevó la peor parte: fue lanzada detrás de Dylan y se golpeó con la barandilla, cayendo por encima de ella y quedándose colgada sobre el abismo. Jason comenzó a acercarse a ella pero Dylan gritó: —Me conformo con este. Agarró a Leo por el brazo y empezó a elevarse, llevándose a un Leo semiconsciente con él. Las nubes se arremolinaron más rápido, empujándolos hacia arriba como una aspiradora. —¡Socorro!—gritó Piper—. ¡Que venga alguien! Entonces se resbaló, gritó y se cayó. —¡Jason, ve!—gritó Hedge—. ¡Sálvala! El entrenador se lanzó contra el espíritu como una especie de cabra kung-fu. Se lanzó con sus pezuñas por delante y le golpeó, dejando a Leo libre de las garras del espíritu. Leo cayó al suelo pero Dylan forcejeaba con el entrenador. Hedge trató de darle un cabezazo, después de atizarle y de llamarle engulletartas. Se elevaron en el aire, ganando velocidad. —¡Sálvala! ¡Ya le tengo!—gritó hacía abajo el entrenador Hedge una vez más. Después, sátiro y espíritu de tormenta, subieron vertiginosamente y desaparecieron. ¿Salvarla?, ¡se ha ido!, pensó Jason. Pero, de nuevo, le asaltó el instinto. Corrió a la barandilla, pensando “Soy un lunático” y saltó al vacío. Jason no tenía miedo de las alturas. Tenía miedo de estrellarse contra el suelo del cañón quinientos metros más abajo. Supuso que no había nada más, nada excepto morir junto a Piper. Los lados del cañón pasaban tan rápido como la cinta de una película. Sentía como si se le fuese a levantar la piel de la cara. En un instante, cogió a Piper, que se sacudía salvajemente. Él la rodeo

por la cintura y cerró los ojos, esperando a la muerte. Piper gritó. El viento silbaba en las orejas de Jason. Se imaginó como se sentiría uno al estar muerto. Pensaba que, probablemente, no muy bien. Deseó que de alguna manera nunca pudiesen llegar hasta abajo del todo. De repente el viento desapareció. El grito de Piper se convirtió en un jadeo estrangulado. Jason pensó que ya debían de estar muertos, pero no había sentido ningún impacto. —J-J-Jason—se las arregló Piper. Él abrió los ojos: no se habían caído. Estaban flotando en mitad del aire, a metros sobre el río. Abrazó a Piper con fuerza, y ella se había recolocado de manera que le estaba abrazando. Estaban nariz con nariz. El corazón de ella latía con fuerza, Jason podía sentirlo a través de su pecho. Su aliento olía a canela. —¿Cómo has hecho….?—dijo. —No he hecho nada—dijo—. Creo que si supiera volar lo sabría… Pero después pensó: “Sigo sin saber quién soy” Se imaginó que subían. Piper gritó como si les estuvieran disparando desde abajo. No estaban flotando pensó Jason. Podía sentir la presión bajo sus pues como si se estuvieran balanceando en lo alto de un géiser. —Él aire nos está sujetando—dijo. —¡Pues dile que nos sujete más! ¡Que nos saque de aquí! Jason miró hacia abajo. Lo más fácil sería descender suavemente en el fondo del cañón. Después miró hacia arriba. La lluvia había parado. Las nubes de tormenta no parecían tan malas, pero todavía sonaban truenos y habían relámpagos. Que los espíritus se hubieran ido para siempre no estaba garantizado. No tenía ni idea de qué le había pasado al entrenador Hedge y además, había dejado a Leo allí arriba, apenas consciente… —Tenemos que ayudarles—dijo Piper, como si estuviera leyendo sus pensamientos—. ¿Puedes…? —Veamos—Jason pensó “Arriba” y al instante salieron disparados hacia la pasarela. El hecho de estar “surfeando el viento” podría haber sido guay en otras circunstancias, pero estaba demasiado impresionado. En cuanto aterrizaron en la pasarela corrieron hacia Leo. Piper puso a Leo bocarriba y él gimió. Su ropa de camuflaje estaba mojada por la lluvia. Su rizado pelo brillaba por el polvo de monstruo dorado que le había caído cuando estaba con él. Pero por lo menos no estaba muerto. —Estúpida… y fea… cabra—murmuró.

—¿A dónde ha ido?—preguntó Piper. Leo señaló hacia arriba. —Por favor decidme que en realidad no me ha salvado la vida. —Dos veces—dijo Jason. Leo gruñó incluso más fuerte. —¿Qué ha pasado? El chico-tornado, la espada de oro… Me he golpeado la cabeza. ¿Es eso, verdad? ¿Estoy alucinando? Jason se había olvidado de la espada. Caminó dónde estaba clavada y la cogió. La hoja seguía bien equilibrada. La hizo girar. La espada se convirtió en una moneda y aterrizó en la palma de su mano. —Sí—dijo Leo—. Definitivamente estoy alucinando. —Jason, esas cosas…—tiritó Piper dentro de sus ropas mojadas por la lluvia. —Venti—dijo él—, espíritus de la tormenta. —De acuerdo. Pero reaccionaste como… como si los hubieras visto antes. ¿Quién eres tú? Él sacudió la cabeza. —Eso es lo que he estado intentando decirte. No lo sé. La tormenta se disipó. Los otros niños de la escuela de la Salvajería estaban pegados a las puertas de cristal, mirando llenos de miedo. Había guardas de seguridad trabajando en la puerta bloqueada, pero no parecían poder arreglarlas. —El entrenador Hedge ha dicho que tenía que proteger a tres personas—recordó Jason—. Creo que éramos nosotros. —Y eso en la que Dylan se ha convertido…—se estremeció Piper—. Cielo santo, no puedo creer que me golpeara. Nos ha llamado… ¿el qué? ¿Semidioses? Leo se tumbó, mirando al cielo. No parecía tener ganas de levantarse. —No sé qué significa “semi”—dijo—. Pero no me encuentro demasiado bien. ¿Y vosotros? Se oía un sonido como si fueran ramas secas siendo pisadas y las grietas en la pasarela empezaron a hacerse más grandes. —Necesitamos salir de este lugar endemoniado—dijo Jason—. Puede que si… —Muuuuuuuuy bien—le interrumpió Leo—. Mira arriba y dime si esas cosas no son caballos voladores.

A simple vista, Jason pensó que Leo tenía que haberse golpeado muy fuerte en la cabeza. Después, vio una forma oscura descendiendo desde el esto, demasiado lenta para ser un avión pero demasiado rápida para ser un pájaro. Mientras se acercaba pudo ver un par de animales alados, grises y con cuatro patas exactamente como unos caballos, pero de tamaño mucho mayor. Además, arrastraban una caja pintada y brillante con dos ruedas: un carro. —Los refuerzos—dijo Jason—. Hedge me ha dicho que un equipo de salvamento venía de camino a por nosotros. —¿Un equipo de salvamento?—Leo se puso de pié—. No suena muy guay. —¿Y a dónde nos van a llevar?—preguntó Piper. Jason vio como el carro aterrizaba en el punto más alejado de la pasarela. Los caballos voladores aterrizaron y sus alas rozaron ligeramente el vidrio, como si notaran que estaba a punto de romperse. Había dos adolescentes en el carro, una chica alta y rubia quizás un poco mayor que Jason y un tipo voluminoso con la cabeza rapada y una cara que parecía ser un montón de ladrillos. Ambos vestían vaqueros y camisetas naranjas, con escudos colgados sobre sus espaldas. La chica saltó del carro antes de que éste se acabó de mover. Sacó un cuchillo y corrió hacia el grupo de Jason mientras el tipo grande frenaba los caballos. —¿Dónde está?—exigió saber la chica. Sus ojos grises eran fieros y asombrosos. —¿Dónde está quién?—preguntó Jason. Ella frunció el ceño como si su respuesta fuera inaceptable. Después se volvió hacia Leo y Piper. —¿Qué hay de Gleeson? ¿Dónde está vuestro protector, Gleeson Hedge? ¿El nombre de pila del entrenador era Gleeson? Jason se habría reído si la mañana no hubiera sido tan extraña y terrorífica. Gleeson Hedge: entrenador de fútbol, hombre-cabra y protector de semidioses. Claro, ¿por qué no? Leo se aclaró la garganta. —Se lo han llevado una especie de… cosas tornado. —Venti—dijo Jason—, espíritus de la tormenta. La chica rubia arqueó una ceja. —¿Quieres decir anemoi thuellai? Venti es el nombre romano. ¿Quién eres y qué ha pasado?

Jason dio su mejor explicación, pesando que era demasiado difícil ocultarle algo a esos intensos ojos grises. A mitad de la historia, el otro tipo del carro se acercó. Allí permaneció, expectante con los brazos cruzados. Tenía un tatuaje de un arco iris en los bíceps, lo que era un poco común. Cuando Jason acabó su historia, la chica rubia no parecía satisfecha. —¡No, no, no! Ella me dijo que estaría aquí. Me dijo que si venía aquí, encontraría la respuesta. —Annabeth—gruñó el tipo rapado—, mira eso—señaló al pie de Jason. Jason se había olvidado de que le seguía faltando el zapato izquierdo desde que le había dado el relámpago en el pecho. Tener el pie desnudo estaba bien pero parecía el trozo de un fósil. —La persona con un zapato—dijo el tipo rapado—. Él es la respuesta. —No, Butch—insistió Annabeth—. Él no puede ser. Me han engañado—miró al cielo como si hubiese hecho algo mal—. ¿Qué quieres de mí?—gritó—, ¿qué has hecho con él? La pasarela se estremeció, y los caballos relincharon con urgencia. —Annabeth—dijo el tipo, Butch—, tenemos que irnos. Dejemos a estos tres en el campamento y pensemos luego fuera de aquí. Esos anemoi thuellai podrían volver. Pareció furiosa por un momento. —Bien—dedicó a Jason una mirada resentida—. Nos encargaremos de esto más tarde. Se giró y se marchó hacía el carro. Piper sacudió la cabeza. —¿Pero qué problema tiene? ¿Qué está pasando? —En serio—agregó Leo. —Tenemos que sacaros de aquí—dijo Butch—. Os lo explicaré por el camino. —No iré a ninguna parte con ella—dijo Jason refiriéndose a la rubia—. Parece que me quiere matar. Butch dudó. —Annabeth es buena gente. Tenéis que darle un tiempo. Alguien le dijo que viniera aquí a encontrar a la persona con un solo zapato. Se supone que eso solucionaría su problema. —¿Qué problema?—preguntó Piper. —Está buscando a uno de nuestros compañeros que lleva desaparecido tres días. Annabeth está fuera de sí, esperaba que estuviera aquí. —¿A quién busca?—preguntó Jason.

—A su novio—dijo Butch—, un tipo llamado Percy Jackson.

CAPÍTULO III PIPER.
DESPUÉS DE UNA MAÑANA DE VENTI, hombres-cabra y novios voladores, Piper debería haberse vuelto loca. Sin embargo, todo lo que sentía era terror. Todo comenzaba. Igual que en el sueño. Estaba en la parte posterior del carro junto con Leo y Jason, mientras que el tipo rapado, Butch, manejaba las riendas, y la chica rubia, Annabeth, ajustaba un dispositivo de navegación de bronce. Pasaron sobre el Gran Cañón y se dirigieron hacia este, mientras el viento helado hacia aletear la chaqueta de Piper. Detrás de ellos, se iban formando más nubes de tormenta. El carro se inclinó, zozobrando. No tenía cinturones de seguridad y la parte trasera iba completamente abierta, así que Piper se preguntó si Jason podría cogerla de nuevo antes de que se cayera al vacío. Aquello lo más inquietante de la mañana, no que Jason pudiera volar, si no que Jason la hubiera sostenido en sus brazos y siguiera sin saber quién era. Había estado trabajando en su relación durante todo el semestre, intentando que Jason se diera cuenta de que era más que un amigo para ella. Finalmente, él se había decantado por besarla. Las últimas semanas habían sido las mejores de su vida. Y entonces, tres noches atrás, el sueño lo había arruinado todo: una horrible voz, dándole noticias horribles. No se lo dijo a nadie, ni si quiera a Jason. Ahora ella yo no lo tenía. Era como si el alguien le hubiera borrado la memoria, y ahora ella tenía la peor “ruptura” de todos los tiempos. Quería gritar. Jason estaba justo de pié a su lado: Esos ojos azules, ese pelo rubio corto, esa ínfima cicatriz en su labio superior. Su cara era amable y suave, pero siempre estaba un poco triste. Y él solo miraba fijamente al horizonte, sin reparar en ella. Mientras tanto, Leo estaba siendo molesto, como de costumbre. — ¡Esto mola!—escupió una pluma de Pegaso que se le había metido en la boca—. ¿Adónde vamos? —A un lugar seguro—dijo Annabeth—. El único lugar seguro para chicos como nosotros. El Campamento Mestizo. — ¿Mestizo?—se puso Piper inmediatamente en guardia. Odiaba esa palabra. La habían llamado mestiza o mezclada demasiadas veces, media-Cherokee, medio-blanca, y parecía que nunca estaba completa del todo—, ¿es alguna broma de mal gusto? —Se refiere a que somos semidioses—dijo Jason—, medio dioses, medio mortales.

Annabeth miró hacia atrás. —Parece que sabes mucho, Jason. Pero, sí, semidioses. Mi madre es Atenea, diosa de la sabiduría. Aquí, Butch, es hijo de Iris, diosa del arcoíris. — ¿Tu madre es la diosa del arcoíris?—dijo Leo medio ahogándose. — ¿Algún problema?—dijo Butch. —No, no—dijo Leo—. Arcoíris. Qué varonil. —Butch es el mejor con los caballos—dijo Annabeth—. Se lleva muy bien con los pegasos. —Arcoíris y ponis—murmuró Leo. —Voy a tirarte del carro—advirtió Butch. —Semidioses—dijo Piper—. Quieres decir que creéis que sois… que somos…

Un relámpago brilló. El carro se estremeció y Leo gritó: — ¡La rueda izquierda está ardiendo! Piper dio un paso atrás. Desde luego, la rueda ardían, y llamas blancas iban tomándole terreno al carro. El viento rugió. Piper miró detrás de ellos y vio formas oscuras formándose en las nubes, más espíritus de la tormenta serpenteando hacía el carro, excepto que estos espíritus se parecían más a caballos que a ángeles. — ¿Por qué son…?—empezó a decir. —Los Anemoi cambian de forma—dijo Annabeth—. A veces como humanos, a veces como caballos, dependiendo de lo caóticos que sean. Sujetaros. Va a ser un viaje movidito. Butch tiró de las riendas. Los pegasos aumentaron la velocidad y el carro los siguió. Parecía que el estómago a Piper se le había subido a la garganta. Lo vio todo negro, y cuando volvió a la realidad estaban en un lugar completamente diferente. Un frío y gris océano se extendía a la izquierda. Campos nevados, carreteras y bosques a la derecha. Justo debajo de ellos había un valle verde, como una isla en primavera, acompañado con las colinas nevadas en todas partes menos al norte, donde se extendía el agua. Piper vio un conjunto de edificios como templos griegos, una gran mansión azul, pistas de deporte, un lago, un muro de escalada que al parecer estaba ardiendo. Pero antes de que pudiera procesar todo lo que estaba viendo, las ruedas se salieron del carro y el carro pareció tomar baches en el cielo.

Annabeth y Butch intentaron mantener el control. Los pegasos trabajaron para mantener el carro en un vuelo normal, pero parecían exhaustos de haber ido deprisa, y tener el peso del carro más el de cinco personas era sencillamente demasiado. — ¡El lago!—gritó Annabeth—, ¡vamos para el lago! Piper recordó algo que su padre le había dicho una vez, que impactar con el agua desde las alturas era tan malo como impactar contra el cemento. Y después… ¡BUUUM!

La mayor impresión fue el frío. Estaba bajo el agua, tan desorientada que no sabía por dónde se iba a arriba. Solo tuvo tiempo de pensar: «Que manera más estúpida de morir». Entonces aparecieron unas caras en la oscuridad verdosa, chicas con largos cabellos negros y brillantes ojos amarillos. La sonrieron, la agarraron de los hombros, y la llevaron hacía arriba. La dejaron, jadeando y con escalofríos, en la orilla. Cerca, Butch seguía en el lago, cortando las riendas de los pegasos. Afortunadamente, los caballos parecían estar bien, pero sacudían las alas y salpicaban agua a todas partes. Jason, Leo y Annabeth estaban ya en la orilla, rodeados de niños que les daban mantas y les hacían preguntas. Alguien cogió a Piper de los brazos y la hizo levantarse. Aparentemente, los chicos solían caerse al lago, por el detalle de que un campista llevaba una gran sopladora de hojas de bronce, mirando como si nada. Apuntó a Piper y la roció de aire caliente, su ropa estuvo seca en dos segundos. Había al menos veinte campistas a su alrededor, los más jóvenes quizá con nueve, los más viejos con dieciocho o diecinueve, y todos ellos llevaban camisetas naranjas como la de Annabeth. Piper miró hacia atrás, al agua, y vio esas extrañas chicas justo debajo de la superficie, su pelo flotaba por el agua. Se agitaron y desaparecieron en las profundidades. Un segundo después los restos del carro salieron propulsados desde el lago y tomaron tierra cerca con un crujido húmedo. — ¡Annabeth!—un chico con un arco y un carcaj se abrió paso a través de la multitud—, ¡dije que te podías llevar el carro, no que pudieras destruirlo! —Will, lo siento—suspiró Annabeth—. Lo arreglaré, lo prometo. Will puso mala cara a su carro roto, luego se dirigió a Piper, Leo y Jason. — ¿Son estos? Van camino de tener más de trece. ¿Por qué no han sido reconocidos ya? — ¿Reconocidos?—preguntó Leo.

Antes de que Annabeth pudiera explicarlo, Will dijo: — ¿Alguna señal de Percy? —No—admitió Annabeth. Los campistas murmuraron. Piper no tenía ni idea de quién era ese Percy, pero su desaparición parecía ser un gran problema. Otra chica avanzó, era alta, asiática, con un pelo negro con tirabuzones, llena de bisutería y perfectamente maquillada. De alguna manera, se las había arreglado para hacer de unos vaqueros y una camiseta naranja algo glamuroso. Miró a Leo, reparó en Jason como si él fuera digno de su atención y luego sonrió a medias a Piper como si fuera un burrito pasado desde hace semanas sacado de un vertedero. Piper conocía ese tipo de chicas. Se había topado con muchas como ella en la escuela de la Salvajería y en otras estúpidas escuelas a las que su padre la había enviado. Piper supo enseguida que iban a ser enemigas. —Bueno—dijo la chica—, espero que estos problemas hayan valido la pena. Leo resopló. —Vaya, gracias. ¿Qué somos? ¿Tus nuevas mascotas? —No bromees—dijo Jason—. ¿Qué tal algunas respuestas antes de que empecéis a juzgarnos? Como… ¿Qué es este sitio? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos?—Piper tenía las mismas preguntas, pero una ola de ansiedad estaba sobre ella. “Valerla pena”. Si supieran su sueño… No tenían ni idea…. —Jason—dijo Annabeth—. Te prometo que responderemos a vuestras preguntas. Y Drew—miró con el ceño fruncido a la chica glamurosa—, todos los semidioses valen la pena. Pero lo admito, el viaje no ha sido lo que esperaba. —Eh—dijo Piper—, nosotros no pedimos que nos trajeran aquí. Drew aspiró por la nariz. —Y nadie te ha pedido a ti, mona. ¿Tu pelo siempre parece un tejón muerto? Piper avanzó, preparada para pelearse con ella, pero Annabeth dijo: —Piper, para. Así lo hizo. No se asustaba ni un poquito de Drew, pero Annabeth no parecía alguien que a nadie le gustase tener como enemigo.

—Tenemos que hacer sentir a los nuevos que llegan bienvenidos—dijo Annabeth, mirando un poco a Drew—. Le asignaremos a cada uno un guía, démosles una vuelta por el campamento. Esperemos que sean reconocidos para la fogata de esta noche. — ¿Puede alguien decirme que significa eso de “Ser reconocido”?—preguntó Piper.

De pronto hubo un jadeo colectivo. Los campistas se alejaron. Al principio, Piper pensó que había hecho algo malo. Después se dio cuenta de que sus rostros estaban bañados por una luz roja, como si alguien hubiese encendido una antorcha tras ella. Se volvió y casi se olvidó de respirar. Flotando sobre la cabeza de Leo había una imagen holográfica abrasadora: un martillo ardiente. —Eso—dijo Annabeth— es ser reconocido. — ¿Qué he hecho?—miró a atrás, al lago. Luego levantó la vista y gritó—: ¿¡Me está ardiendo la cabeza!?—se movió, pero el símbolo lo seguía, flotando y ondeándose como si estuviera tratando de escribir algo con las llamas en su cabeza. —Esto no puede ser bueno—murmuró Butch—. La maldición… —Butch, cállate—dijo Annabeth—. Leo, acabas de ser reconocido… —…. Por un dios—interrumpió Jason—. ¿Ese es el símbolo de Vulcano, no? Todas las miradas se dirigieron a él. —Jason—dijo Annabeth con cuidado—, ¿cómo sabes eso? —No estoy seguro. — ¿Vulcano?—preguntó Leo—. Ni siquiera me gusta Star Trek. ¿De qué estáis hablando? —“Vulcano” es el nombre romano para Hefesto—dijo Annabeth—, el dios de la forja y el fuego. El martillo ardiente desapareció, pero Leo escudriñó el aire como si temiese que volviera a seguirlo. — ¿El dios de qué? ¿Quién? Annabeth se volvió al tipo con el arco. —Will, ¿puedes llevarte a Leo a dar una vuelta? Preséntale a sus compañeros de literas en la Cabaña Nueve. —Claro, Annabeth. — ¿Qué Cabaña Nueve?—preguntó Leo—. ¡No soy “un Vulcano”!

—Vamos, Sr. Spock, te lo explicaré todo—Will le puso una mano en el hombro y lo condujo lejos, hacía las cabañas. Annabeth volvió a centrar su atención en Jason. Por lo general, a Piper no le gustaba que otras chicas mirasen a su novio, pero Annabeth no parecía estar pensando en lo bueno que estaba. Ella lo estudiaba más como si fuera un proyecto complicado. Finalmente dijo: —Extiende el brazo. Piper vio lo que sus ojos habían observado, y los suyos se abrieron de par en par. Jason se había desprendido de su cazadora después del chapuzón en el lago, quedándose con los brazos desnudos, y en su antebrazo derecho había un tatuaje. ¿Cómo es que Piper nunca se había dado cuenta? Había mirado los brazos de Jason millones de veces. El tatuaje no podía haber simplemente aparecido, pero ahí estaba el grabado oscuro imposible de pasar desapercibido: una docena de líneas como un código de barras, y encima un águila con las letras “spqr”. —Nunca he visto marcas como estas—dijo Annabeth—. ¿De dónde las has sacado? Jason sacudió la cabeza. —Me estoy cansando ya de decir esto. No lo sé. Los otros campistas se acercaron, tratando de echarle una ojeada al tatuaje de Jason. Las marcas parecían molestarles un montón, casi como una declaración de guerra. —Parecen quemadas en tu piel—reparó Annabeth. —Lo están—dijo Jason. A continuación, cerró los ojos como si le doliese la cabeza—. Es decir… Creo que sí. No me acuerdo. Nadie dijo nada. Estaba claro que los campistas veían a Annabeth como una líder. Esperaban su veredicto. —Tiene que ir directamente a ver a Quirón—decidió Annabeth—. Drew, ¿podrías…? —Por supuesto—Drew se agarró al brazo de Jason—. Por aquí, cariño. Te presentaré a nuestro director. Es… un tipo interesante—le lanzó a Piper una mirada presumida y avanzó a la casa azul que había en la colina. La multitud comenzó a dispersarse, hasta que solo quedaron Annabeth y Piper. — ¿Quién es Quirón?—preguntó Piper—. ¿Se ha metido Jason en algún lío? Annabeth dudó. —Buena pregunta, Piper. Venga, demos paseo. Necesitamos hablar.

CAPÍTULO IV PIPER
PIPER SE DIÓ CUENTA EN SEGUIDA DE QUE EL CORAZÓN DE ANNABETH no entraba en el paseo. Ella habló sobre las apasionantes actividades del campamento (arquería mágica, montura de pegasos, la pared de lava, la lucha contra monstruos), pero no mostró emoción alguna. Como si su mente estuviera en cualquier otro lugar. Señaló el pabellón al aire libre que estaba interponiéndose a las vistas de Long Island Sound (Sí, Long Island la de Nueva York, tan lejos habían viajado en carro). Annabeth explicó como el Campamento Mestizo era casi un campamento de verano, pero algunos chicos se quedaban todo el año, y había tantos campistas que siempre había multitud, incluso en invierno. Piper se preguntó cómo habían llegado al campamento, y como sabían que ella y sus amigos pertenecían a aquel lugar. Se imaginó como sería quedarse todo el tiempo, o que no se le diera bien ninguna de las actividades. ¿Podría dejar a un monstruo fuera de combate? Un millón de preguntas bombeaban en su cabeza, pero dado el humor de Annabeth, decidió quedarse callada.

Mientras subían por la colina al borde del campamento, Piper se volvió y obtuvo una visión alucinante del valle, un gran tramo de árboles al noroeste, una hermosa playa, el arroyo, el lago de canoas, exuberantes campos verdes y la vista completa de las cabañas, un surtido de edificios raros dispuestos formando una omega griega, Ω, cuyo centro era la casa verde. Piper contó veinte cabañas en total. Una rebosaba de oro, otra de plata, una tenía césped en el techo, otra era de rojo brillante con alambre de espino, una cabaña era negra con ardientes llamas verdes en el pórtico… Todo aquello parecía un mundo diferente, alejado de las colinas nevadas y los campos de los alrededores. —El valle está protegido de los ojos de los mortales—dijo Annabeth—. Como puedes ver, el tiempo también está controlado. Cada cabaña representa a un dios griego, y es un hogar para los hijos de ese dios. Miró a Piper como si estuviera intentando determinar cómo se estaba tomando las novedades. —Estás diciendo que mi madre era una diosa. Annabeth asintió. —Te lo estás tomando con una calma asombrosa. Piper no le podía contar el porqué. Ella no podía admitir que todo eso confirmaba algunas sensaciones extrañas que había tenido algunos años, discusiones con su padre sobre porque no

había ninguna foto de su madre en la casa, y porque su padre nunca le había dicho cómo o por que se fue su madre. Pero en su mayoría, el sueño la había advertido de que todo eso se estaba acercando. «Pronto te encontrarán, semidiosa—había dicho aquella voz—. Cuando lo hagan, sigue nuestras instrucciones. Coopera, y tu padre quizás viva» Piper respiró débilmente. —Supongo que después de esta mañana es algo más fácil creer. Bueno, ¿quién es mi madre? —Lo sabremos pronto—dijo Annabeth—. Tienes… ¿Cuántos? ¿Quince? Se suponía que los dioses tenían que reconoceros a los trece. Ese era el trato. — ¿El trato? —Hicieron una promesa el verano pasado… Es una larga historia… Pero prometieron no ignorar a sus hijos semidioses más, reconocerlos como mucho a los trece. A veces tardan un poco más, pero ya has visto lo rápido que Leo ha sido reconocido nada más venir aquí. Deberá de pasarte pronto. Apuesto a que esta noche en la fogata recibiremos una señal. Piper se imaginó con un martillo ardiente sobre la cabeza, o con su suerte algo más embarazoso. Quizás un tejón en llamas. Fuera quien fuese su madre, Piper no tenía razones para pensar que estaría orgullosa de reconocer a una hija cleptómana con problemas masivos. — ¿Por qué a los trece? —Porque a partir de esa edad—dijo Annabeth— más monstruos se dan cuenta de tu presencia e intentan matarte. Empieza sobre los trece. Por eso enviamos a protectores a las escuelas para encontrar a gente como vosotros, y traeros al campamento antes de que sea demasiado tarde. — ¿Cómo el entrenador Hedge? Annabeth asintió. —Es… Era un sátiro: mitad hombre, mitad cabra. Los sátiros trabajan para el campamento, encontrando semidioses, protegiéndolos y trayéndolos cuando llega la hora. Piper no tenía ningún problema creyéndose que el entrenador Hedge era medio cabra. Lo había visto caer. Nunca le había caído bien, pero no podía creerse que hubiera sacrificado su vida para salvarlos. — ¿Qué le pasó?—preguntó—. Cuando nos elevamos a las nubes… ¿Está con dios? —Qué palabras—Annabeth se había quedado un poco perturbada—. Los espíritus de la tormenta… es muy difícil luchar con ellos. Incluso con nuestra mejor arma, bronce celestial, pasaríamos a través de ellos sin pillarles por sorpresa.

—Pues la espada de Jason convirtió a uno en polvo—recordó Piper. —Pues tuvo suerte. Si hieres a un monstruo de una manera precisa, puedes disolverlo, enviar su esencia de vuelta al Tártaro. — ¿El Tártaro? —Un enorme abismo en el Inframundo, de donde provienen los peores monstruos. Como una especie de pozo del mal. De todas formas, una vez que los monstruos se disuelven, pasan unos meses, o unos años antes de que se puedan volver a reformar. Pero desde que este espíritu de la tormenta, Dylan, se fue…. Bueno, no sé porque iba a mantener a Hedge con vida. Pero Hedge era un protector, piénsalo. Él conocía los riesgos. Y los sátiros no tienen armas mortales, se reencarnará en un árbol, una flor o algo así. Piper intentó imaginarse al entrenador Hedge como un ramo de violetas con mala uva. Eso la hizo sentirse todavía peor. Miró las cabañas de más abajo, y una sensación de malestar la invadió. La cabaña de su madre estaba ahí abajo en alguna parte, lo que significaba que tenía hermanos y hermanas, más gente a la que tendría que traicionar. «Haz lo que te digamos—había dicho la voz—, o las consecuencias serán dolorosas». Cruzó los brazos, tratando de parar aquella agitación. —Estará bien—prometió Annabeth—. Aquí tienes amigos. Todos hemos pasado por un montón de cosas extrañas. Sabemos lo que estás pasando. «Lo dudo», pensó Piper. —He cambiado de escuela cinco veces los últimos cinco años—dijo—. Mi padre hace todo lo que puede por mantenerme así. — ¿Solo cinco?—no sonó como una burla—. Piper, todos hemos sido tratados como alborotadores. Yo me escapé de casa cuando tenía siete años. ¿En serio? —Oh, sí. A la mayoría nos han diagnosticado Trastorno por déficit de atención con hiperactividad o dislexia, o las dos… —Leo tiene TDAH. —Exacto. Es porque estamos entrenados para pelear. Inquietos, impulsivos… No tenemos lugar entre los chicos normales. Deberías oír los muchos problemas que Percy…—su cara se ensombreció—. De todas formas, los semidioses tienen mala reputación. ¿Cómo te metiste tú en problemas?

Generalmente, cuando alguien le hacía esa pregunta, Piper empezaba a pelearse, a cambiar de tema o a causar cualquier tipo de distracción. Pero por algunos motivos se descubrió a sí misma contando la verdad. —Robando cosas—dijo—. Bueno, no robando en realidad. — ¿Es pobre tu familia? Piper se rió amargamente. —No mucho. Lo hice… No sé por qué. Por atención, supongo. Mi padre nunca tiene tiempo para mí a no ser que esté metida en líos. Annabeth asintió. —Te creo. Pero… ¿Has dicho que en realidad no robaste? ¿A qué te refieres? —Bueno… Nadie me ha creído. La policía, los profesores… Incluso la gente a la que robé: están tan avergonzados que niegan lo que pasó. Pero la verdad es que no robé nada. Solo le pido cosas a la gente y ellos me la dan. Incluso el BMW convertible. Tan solo lo pedí y el vendedor dijo “Claro, cógelo”. Después se dio cuenta de lo que había hecho, supongo, y la policía vino a por mí. Piper esperó. Estaba acostumbrada a que la gente la llamase mentirosa, pero cuando levantó la vista Annabeth simplemente asintió. —Interesante. Si tu padre fuera un dios, diría que eres hija de Hermes, el dios de los ladrones. Puede ser realmente convincente. Pero tu padre es mortal… —Y mucho—agregó Piper. Annabeth sacudió la cabeza, al parecer desconcertada. —Pues entonces no sé. Con suerte, tu madre te reclamará esta noche. Piper casi esperaba que eso no pasase. Si su madre era una divinidad, ¿sabría algo sobre el sueño? ¿Sabría lo que se le había pedido a Piper que hiciera? Se preguntó si los dioses del Olimpo castigarían a sus hijos con rallos por ser malos, o si los enterrarían en el Inframundo. Annabeth la estaba estudiando. Piper decidió que tenía que tener cuidado con lo que dijese a partir de ese momento. Annabeth era claramente muy lista. Si cualquiera pudiera figurarse el secreto de Piper… —Vamos—dijo Annabeth al final—. Hay algo más que necesito comprobar.

Avanzaron un poco más lejos hasta que alcanzaron una cueva cerca de la cima de la colina. Huesos y espadas viejas llenaban el suelo. Antorchas flanqueaban la entrada, que estaba cubierta por una

cortina de terciopelo que tenía serpientes bordadas. Parecía el escenario para una especie de espectáculo de marionetas. — ¿Qué hay ahí?—preguntó Piper. Annabeth metió la cabeza dentro, suspiró y cerró las cortinas. —Nada de momento. Es la casa de una amiga. La he estado esperando desde hace unos días, pero hace ya mucho, nada. — ¿Tu amiga vive en una cueva? Annabeth casi logró sonreír. —En realidad, su familia tiene un piso lujoso en Queens, y está yendo a una escuela de finalización en Connecticut. Pero cuando está aquí en el campamento, sí, vive en la cueva. Es nuestro oráculo, cuenta el futuro. Esperaba que me ayudase… —… A encontrar a Percy—supuso Piper. Toda la energía parecía haber salido de Annabeth, como si la hubiese estado reteniendo todo lo que había podido. Se sentó en una roca y su expresión se lleno de tanto dolor que Piper se sintió como una intrusa observadora. Se obligó a sí misma a mirar a otra parte. Sus ojos se desviaron hasta la cresta de la colina, donde un único pino dominaba la línea que los separaba del horizonte. Algo brillaba en una rama baja, como una alfombrilla para la ducha de oro. No… No una alfombrilla de ducha. Era un vellocino. «Muy bien—pensó Piper—. Un campamento griego. Tienen una réplica del Vellocino de Oro». Después reparó en la base del árbol. Al principio pensó que estaba envuelta en un montón de cables púrpuras enredados. Pero los cables tenían escamas de reptil, píes con garras, una cabeza como la de una serpiente y una nariz humeante. —Eso es… un dragón—tartamudeó—. ¿Ese es el Vellocino de Oro? Annabeth asintió, pero estaba claro que en realidad no escuchaba. Sus hombros se hundieron. Se frotó el rostro y suspiró vacilante. —Perdona. Estoy un poco cansada. —Pareces estar a punto de desmayarte—dijo Piper—. ¿Cuánto tiempo llevas buscando a tu novio? —Tres días, seis horas y unos doce minutos. — ¿Y no tienes ni idea de que le ha pasado? Annabeth sacudió la cabeza tristemente.

—Estábamos tan emocionados porque los dos empezábamos las vacaciones de invierno temprano. Nos reunimos en el campamento el martes, imaginando que tendríamos tres semanas juntos. Iba a ser genial. Luego, después de la fogata, él… él me dio un beso de buenas noches, volvió a su cabaña, y por la mañana se había ido. Registramos todo el campamento, contactamos con su madre, hemos intentado localizarlo de cualquier manera que se nos ocurría. Nada. Simplemente ha desaparecido. Piper pensaba «Hace tres días». La misma noche que había tenido aquel sueño. — ¿Cuánto llevabais juntos? —Desde agosto—dijo Annabeth—, desde el dieciocho de agosto. —Casi justo cuando conocí a Jason—dijo Piper—, pero nosotros solo llevamos juntos unas semanas. Annabeth hizo una mueca. —Piper… sobre eso… Quizás deberías sentarte. Piper sabía de qué iba eso. El pánico empezó a dominarla, como si sus pulmones se estuvieran llenando de agua. —Mira, sé lo que Jason cree. Cree que él simplemente apareció en nuestra escuela hoy. Pero no es verdad. He estado con él desde hace cuatro meses. —Piper—dijo Annabeth tristemente—, es la Niebla. — ¿Qué quiebra? —N. I. E. B. L. A. Es una especia de velo que separa el mundo mortal del mundo mágico. Las mentes de los mortales no pueden procesar las cosas extrañas como los dioses y los monstruos, la Niebla distorsiona la realidad. Hace que los mortales vean cosas de una manera que puedan entenderlas… Sus ojos podrían pasar desapercibido el valle completamente, o lo mismo miran al dragón y ven un enredo de cables. Piper tragó saliva. —No. Tu misma has dicho que no soy una mortal normal. Soy una semidiosa. —Incluso les puede afectar a los semidioses. Lo he visto montones de veces. Los monstruos se infiltran en algunos lugares como los colegios, haciéndose pasar por humanos, y todo el mundo cree que recuerda a esa persona. Creen que siempre ha estado cerca. La Niebla puede cambiar la memoria, incluso crear recuerdos de cosas que nunca han pasado… — ¡Pero Jason no es un monstruo! —insistió Piper—. Es un humano, o un semidiós, o lo que sea que quieras llamarle. Mis recuerdos no son falsos. Son muy reales. La vez que incendiamos los

pantalones del entrenador Hedge, la vez que Jason y yo vimos la lluvia de meteoritos en el techo del internado y por fin el estúpido chico me besó… Se encontró a sí misma enrollándose, contándole a Annabeth cosas sobre el semestre entero en la escuela de la Salvajería. Le había gustado Jason desde la primera semana que lo había conocido, era tan bueno con ella, y tan paciente que incluso podía soportar a Leo y a sus estúpidas bromas. Había aceptado como era ella y no la había juzgado por las tonterías que había hecho. Habían pasado horas hablando, mirando las estrellas y con el tiempo (por fin) cogidos de la mano. Todo eso no podía ser falso. Annabeth frunció los labios. —Piper, tus recuerdos son mucho más realistas que los de la mayoría, lo admito y no sé porque es. Pero si lo conocieras de verdad… — ¡Lo conozco! —Entonces, ¿de dónde es? Piper se sintió como si la hubieran golpeado entre los ojos. —Debe de habérmelo dicho, pero… — ¿Te habías dado cuenta de su tatuaje antes de hoy? ¿Te ha contado alguna vez algo sobre sus padres, sus amigos o su anterior escuela? —N-No lo sé, pero… —Piper, ¿cuál es su apellido? Su mente estaba en blanco. No se sabía el apellido de Jason. ¿Cómo era posible? Empezó a llorar. Se sentía como una completa idiota, pero se sentó en la roca a lado de Annabeth con el corazón recién roto en pedazos. Aquello era demasiado. ¿Es que todo lo que era bueno en su estúpida y miserable vida tenía que esfumarse? «Sí—le había dicho el sueño—. Sí hasta que hagas exactamente lo que te digamos» —Ey—dijo Annabeth—. Vamos a aclararlo. Jason está aquí ahora. ¿Quién sabe? Quizás os hagáis pareja en la realidad. No era muy probable, pensaba Piper, no si el sueño le había dicho la verdad, pero eso no podía decirlo en alto. Se quitó una lágrima de la mejilla. —Me has traído aquí para que nadie pueda verme lloriquear, ¿verdad? Annabeth se encogió de hombros.

—Me figuré que sería duro para ti. Sé lo que se siente si pierdes a tu novio. —Pero sigo sin poder creérmelo… Yo sé que teníamos algo. Y ahora simplemente se ha ido, ya no me reconoce. Si de verdad ha aparecido hoy, ¿entonces por qué ha pasado eso? ¿Cómo ha llegado hasta nosotros? ¿Por qué no se acuerda de nada? —Buenas preguntas—dijo Annabeth—. Esperemos que Quirón pueda resolverlas. Pero por ahora, es necesario que te establezcas. ¿Lista para volver a bajar? Piper miró el loco conjunto de cabañas en el valle. Su nuevo hogar, una familia que supuestamente la comprendería… pero pronto serían otro montón de gente a la que había decepcionado, otro lugar del que sería expulsada. «Los traicionarás por nosotros—había advertido la voz—, o lo perderás todo.» No tenía elección. —Sí—mintió—, estoy lista.

En el verde centro, un grupo de campistas estaban jugando al baloncesto. Hacían unos mates increíbles. La pelota no rebotaba en el borde, todos marcaban tres puntos automáticamente. —Es la cabaña de Apolo—explicó Annabeth—. Los mejores tirando cosas, misiles, flechas… pelotas de baloncesto. Pasaron por la zona de duelo, donde dos chicos estaban atacándose el uno al otro con espadas. — ¿Las hojas de las espadas son reales?—hizo notar Piper—, ¿eso no es peligroso? —Esa es la gracia de matarse—dijo Annabeth—. Oh, lo siento. No he usado unas palabras muy adecuadas. Esa cabaña de allí es la mía, la Cabaña Número Seis—asintió a un edificio gris con una lechuza sobre el umbral de la puerta. A través de la puerta, que estaba abierta, Piper podía ver estanterías, armas expuestas y una de esas pizarras electrónicas inteligentes que tenían en las aulas. Dos chicas estaban dibujando un mapa que parecía el esquema de una batalla. —Hablando de espadas—dijo Annabeth—. Ven. Llevó a Piper a un sitio cercano a la cabaña, a un gran cobertizo de metal que parecía destinado a guardar herramientas de jardinería. Annabeth lo abrió y dentro no había herramientas de jardinería, a no ser que lo que había lo usases para declararles la guerra a tus propias tomateras. El cobertizo estaba hasta los topes de todo tipo de armas, desde espadas, pasando por lanzas, hasta ramas como las del entrenador Hedge.

—Todo semidiós necesita un arma—dijo Annabeth—. Hefesto hace las mejores, pero nosotros también tenemos una buena selección. Las de Atenea son estratégicas… Hay que juntar el arma indicada con la persona indicada. Vamos a ver… A Piper no le hacía mucha gracia el comprar objetos mortíferos, pero sabía que Annabeth estaba tratando de hacer algo bueno para ella. Annabeth le tendió una espada enorme, que Piper a duras penas podía levantar. —No—dijeron ambas al unísono. Annabeth inspeccionó un poco más lejos en el cobertizo y trajo una más. — ¿Una escopeta?—preguntó Piper. —Una Mossberg 500—Annabeth comprobó que su reacción no fue muy positiva—. No te preocupes. No hace daño a los humanos. Esta alterada para disparar bronce celestial, así que solo mata monstruos. —Um… No creo que sea de mi estilo—dijo Piper. —Mmm, sí—estuvo de acuerdo Annabeth—. Demasiado ostentosa. Devolvió la escopeta y empezó a decidirse frente a un grupo de ballestas cuando algo en la esquina del cobertizo captó la atención de Piper. — ¿Qué es eso?—dijo—, ¿un cuchillo? Annabeth lo cogió y le sopló para retirar el polvo de la vaina. Parecía que no había visto la luz del día en siglos. —No lo sé, Piper—Annabeth sonaba incómoda—. No creo que quieras este. Las espadas suelen ser mejores. —Tú usas un cuchillo—Piper señaló al que Annabeth tenía colgando del cinturón. —Sí, pero… —Annabeth se encogió de hombros—. Bueno, cógelo si lo quieres. La vaina estaba hecha de cuero negro, adornada con bronce. Nada elegante, nada llamativa. El mango de manera encajaba perfectamente en la mano de Piper. Cuando lo desenfundó, se encontró con una cuchilla triangular de dieciocho pulgadas de largo, el bronce brillaba como si lo hubiesen pulido el día anterior. Los bordes parecían bastante mortíferos. Su reflejo en la cuchilla la pilló por sorpresa, parecía más mayor, más seria, y no asustada tal y como se sentía. —Te pega—admitió Piper—. Este tipo de hoja se llama parazonium. Era sobre todo para ceremonias al cargo de grandes rangos del ejército griego. Te hace parecer una persona con poder y riqueza, pero en una lucha te puede proteger muy bien.

—Me gusta—dijo Piper—. ¿Por qué pensabas que no sería adecuada? Annabeth exhaló. —Esta hoja tiene una larga historia. La mayoría de la gente tendría miedo de usarla. Su primer dueño… Bueno, las cosas no le fueron muy bien. Se llamaba Helena. Piper se dejó llevar. —Espera, ¿te refieres a la Helena? ¿La Helena de Troya? Annabeth asintió. Piper se sintió de pronto como si tuviera que estar cogiendo la daga con guantes de plástico. — ¿Y está aquí tirada entre vuestras herramientas? —Estamos rodeados de cosas de la Antigua Grecia—dijo Annabeth—, pero esto no es un museo. Las armas como esta… están para usarlas. Son nuestro patrimonio como semidioses. Esta era un regalo de boda de Menelao, el primer marido de Helena. Ella nombró a la daga como “Katoptris”. — ¿Qué significa? —“Espejo”—dijo Annabeth—“Cristal para mirarse”. Probablemente porque era lo único para lo que la utilizaba Helena. No creo que haya estado en una batalla nunca. Piper volvió a mirar la hoja. Por un momento, vio su propia imagen mirándola, pero luego el reflejo cambió. Vio llamas, y un rostro grotesco, como si estuviera tallado en una roca. Escuchó la misma risa que en su sueño. Vio a su padre con cadenas, atado a un poste frente a una hoguera que se extendía. Dejó caer la hoja. — ¿Piper? —Annabeth gritó a los chicos de Apolo de la cancha—: ¡Un médico! ¡Necesito que venga alguien aquí! —No, estoy… estoy bien—consiguió decir Piper. — ¿Estás segura? —Sí. Yo solo…—tenía que autocontrolarse. Con los dedos temblándole, recogió la daga—. Solo estoy un poco abrumada. Son demasiadas cosas por hoy. Pero… Quisiera quedarme la daga, si te parece bien… Annabeth dudó. Después hizo señas para que todos los chicos de la cabaña de Apolo se fueran. —Muy bien, si estás segura. Te habías puesto muy pálida. Creí que te estaba dando un ataque o algo.

—Estoy bien—prometió Piper, mientras su corazón seguía latiendo con fuerza. — ¿Hay… em, un teléfono en el campamento? ¿Puedo llamar a mi padre? Los ojos grises de Annabeth eran casi tan hipnóticos como la hoja de la daga. Parecía que estaba calculando un millón de posibilidades, e intentando leerle el pensamiento a Piper. —No permitimos los teléfonos—dijo—. La mayoría de los semidioses, si usan un móvil, es como si estuvieran lanzando una bengala al cielo, dejando que los monstruos sepan donde están. Pero… Tengo uno—lo deslizó hacía el exterior de su bolsillo—. Pasaré por alto las reglas si esto puede ser nuestro secreto… Piper lo cogió agradecida, intentando que no se notara el tembleque de sus manos. Dio unos pasos alejándose de Annabeth, y volvió la cara al área común. Llamó a la línea privada de su padre, aún sabiendo lo que podría pasar si lo hacía. Buzón de voz. Había estado intentando lo mismo durante tres días, desde el sueño. En la escuela de la Salvajería solo se permitía el privilegio de usar el teléfono una vez al día, pero ella había llamado todas las tardes, sin obtener nada. A regañadientes, marcó otro número. El asistente personal de su padre respondió inmediatamente. —Oficina del señor McLean. —Jane—dijo Piper, apretando los dientes—, ¿dónde está mi padre? Jane se calló por un momento, probablemente barajaba la posibilidad de zanjarlo todo con colgar, —Piper, tenía entendido que no se puede llamar desde tu colegio. —A lo mejor no estoy en el colegio—dijo Piper—, a lo mejor me he escapado para vivir con las criaturas del bosque. —Em…—Jane no sonaba muy interesada—. Bueno, le diré que has llamado. — ¿Dónde está? —Fuera. — ¿No lo sabes, verdad?—Piper bajó la voz, deseando que Annabeth fuera lo suficientemente buena para poder escucharla—. ¿Cuándo piensas llamar a la policía, Jane? Podría estar en problemas… —Piper, no vamos a convertir esto en un espectáculo para la prensa. Estoy segura de que está bien. Él suele quitarse de en medio de vez en cuando, pero siempre vuelve. —Así que es cierto, no lo sabes… —Tengo que irme, Piper—farfulló Jane—. Disfruta del colegio.

La conexión se acabó. Piper soltó una maldición. Volvió hasta Annabeth y le tendió el teléfono. — ¿No ha habido suerte?—preguntó Annabeth. Piper no respondió. No se fiaba de sí misma, podía volver a empezar a llorar. Annabeth miró la pantalla de su teléfono y formuló: — ¿Tu apellido es “McLean”? Lo siento, no es asunto mío, pero me suena muy familiar. —Es un nombre común. —Sí, supongo. ¿Qué hace tu padre? —Tiene un graduado en arte—dijo Piper automáticamente—. Es un artista cherokee. Su respuesta por defecto, no era una mentira, no era toda la verdad. La mayoría de la gente cuando oían eso se figuraba que su padre vendía recuerdos de viaje indios en una carretera de la reserva (Figuritas que mueven la cabeza, collares de abalorios, pastillas del Gran Sanador…, esa clase de cosas). —Oh—Annabeth no parecía convencida, pero guardó el teléfono—. ¿Te encuentras bien? ¿Seguimos andando? Piper se ató su nueva daga al cinturón y se prometió a sí misma que más tarde, cuando estuviese sola, averiguaría cómo funcionaba. —Claro—dijo—. Quiero verlo todo.

Todas las cabañas molaban, pero ninguna parecía estar hecha para Piper. Ninguna señal ardiente, tejón o no, apareció sobre su cabeza. La Cabaña Ocho era completamente de plata y brillaba como la luz de la Luna. — ¿Artemisa?—supuso Piper. —Sabes de mitología griega—dijo Annabeth. —Leí algunas veces sobre ella cuando mi padre estuvo trabajando en proyecto hace un año. —Creía que hacía arte cherokee. Piper soltó una maldición para su interior. —Oh, claro, pero… Ya sabes, el también hace otras cosas. Piper pensaba que ya lo había chivado todo: McLean, mitología griega. Afortunadamente Annabeth no parecía encontrar la conexión.

—De todas formas—continuó Annabeth—. Artemisa es diosa de la Luna y de la caza. Pero no tiene campistas, Artemisa es una doncella eterna, así que no tiene ningún hijo. —Oh—eso desanimó a Piper. Siempre le habían gustado las historias de Artemisa, y se había imaginado que sería una madre molona. —Bueno, están las Cazadoras de Artemisa—se corrigió Annabeth—, vienen algunas veces de visita. No son hijas de Artemisa, pero son sus siervas, una banda de chicas adolescentes inmortales que se aventuran justas a cazar monstruos. A Piper le gustó la idea. —Suena bien. ¿Se convierten en inmortales? —A no ser que mueran en combate o que rompan sus votos. ¿He mencionado que tienen que jurar que renuncian a los chicos? No pueden enamorarse ni acercarse a ellos… nunca, nunca jamás. —Oh—dijo Piper—. Nunca se me ocurriría. Annabeth se rió. Por un momento pareció casi feliz, y Piper pensó que sería una amiga genial para pasar el rato en unas condiciones mejores. «Olvídalo—se recordó Piper a sí misma—, no vas a hacer amigos aquí una vez que te hayan descubierto». Pasaron a la siguiente cabaña, la Número Diez, que estaba decorada como si fuera la casa de una Barbie con cortinas de encaje, unas puertas rosas y macetas con claveles en las ventanas. Pasaron por la puerta y olieron el perfume que casi hizo que Piper se amordazase la boca. —Puaj. ¿Es aquí donde las supermodelos vienen a morir? Annabeth sonrió burlonamente. —Es la Cabaña de Afrodita. Diosa del amor. Drew es la consejera jefe. —Pues vaya… —No son todas malas—dijo Annabeth—, la última consejera jefe que tuvimos era genial. — ¿Qué le ocurrió? La cara de Annabeth se ensombreció. —Deberíamos continuar.

Miraron las otras cabañas, pero Piper solo acabó más deprimida. Se imaginó como sería si fuera hija de Deméter, diosa de la agricultura, después se acordó que mataba a cada planta que tocaba.

Atenea molaba. O quizás Hécate, diosa de la magia. Pero en realidad no le importaba. Incluso ahí, donde se suponía que todo el mundo tenía un padre perdido, sabía que acabaría siendo “la niña no deseada”. No esperaba con ganas la fogata de aquella noche. —Empezamos con doce dioses olímpicos—explicó Annabeth—. Dioses masculinos a la izquierda, femeninos a la derecha. Después del año pasado añadimos un montón de cabañas nuevas para otros dioses que no tenían tronos en el Olimpo (Hécate, Hades, Iris…) — ¿Cuales son las dos grandes del final?—preguntó Piper. Annabeth frunció el ceño. —Son Zeus y Hera, rey y reina de los dioses. Piper se encabezó hacía allí y Annabeth la siguió, aunque no estaba muy emocionada. La Cabaña de Zeus a Piper le recordaba a un banco. Era de mármol blanco con grandes columnas en la entrada y pulidas puertas de bronce adornadas con relámpagos en relieve. La Cabaña de Hera era más pequeña pero hecha con el mismo estilo, excepto en las puertas que estaban adornadas con plumas de pavo real en relieve, con colores brillantes y diferentes. Al contrario que las otras cabinas, que eran todas ruidosas y rebosantes de actividad, la de Zeus y la de Hera parecían estar en completo silencio. — ¿Están vacías? Annabeth asintió. —Zeus lleva mucho tiempo tener hijos. Bueno, sin tener muchos hijos. Como los hijos de Zeus, Poseidón y Hades (los tres dioses hermanos, que son llamados los Tres Grandes) son realmente poderosos y realmente peligrosos, llevan intentando no tener hijos semidioses los últimos setenta años. — ¿”Intentando no tener”? —A veces se han… em… escaqueado. Tengo una amiga, Thalia Grace, que es hija de Zeus, pero renunció a su vida en el campamento y se convirtió en una Cazadora de Artemisa. Mi novio, Percy, es hijo de Poseidón. Y hay un chico que aparece de vez en cuando, Nico…, hijo de Hades. Excepto esos, no hay más hijos semidioses de los Tres Grandes. Al menos, no que sepamos. — ¿Y Hera?—Piper miró a las puertas decoradas con plumas de pavos reales. La cabaña la molestaba, aunque no estaba segura por qué. —Diosa del matrimonio—el tono de Annabeth estaba siendo cuidadosamente controlado, como si estuviera evitando soltar una maldición—. No tiene hijos con nadie que no sea Zeus. Así que, no, no hay semidioses. La cabaña es solo honoraria. —No te gusta—se dio cuenta Piper.

—Tenemos una larga historia—admitió Annabeth—, pensé que estábamos en paz, pero cuando Percy desapareció… Tuve una extraña visión de ella. —Diciéndonos que fueras a recogernos—dijo Piper—, pero pensaste que Percy estaría ahí. —Es mejor que no hable de eso—dijo Annabeth—, no tengo nada bueno que decir de Hera ahora mismo. Piper miró la base de las puertas. — ¿Entonces quien viene aquí? —Nadie. La cabaña es solamente honoraria, tal y como he dicho. No hay nadie dentro. —Sí que hay alguien. Piper señaló una huella de pisada que había en la polvorienta entrada. Por instinto, empujó las puertas y estas se deslizaron con facilidad. Annabeth retrocedió un paso. —Em, Piper, no creo que debiésemos… — ¿Se supone que tenemos que hacer cosas peligrosas, no? Y Piper entró.

La Cabaña de Hera no era un lugar donde Piper hubiese querido vivir. Era fría hasta ser como un congelador, con un círculo de columnas blancas alrededor de una estatua de la diosa situada en el centro de diez metros de alto, sentada en un trono y con una túnica de oro. Piper siempre había pensado que las estatuas griegas eran blancas incluidos los ojos, pero los de esta brillaban con una pintura que casi los hacía parecer humanos… salvo por ser gigantescos. Parecían que seguían a Piper. A los pies de la diosa, había un fuego en un brasero de bronce. Piper se preguntó quién lo mantenía si la cabaña siempre estaba vacía. Había un halcón de piedra sobre los hombros de Hera, y en sus manos había un ramo de flores de loto. El pelo de la diosa estaba recogido en trenzas negras. Su cara sonría, pero sus ojos eran fríos y calculadores, como si estuviesen diciendo «Mami sabe lo que se hace, y como sogas por aquí te aplastaré a pisotones». No había nada más en la cabaña; ni camas, ni muebles, ni baño, ni ventanas. Nada que una persona pudiese usar para vivir. Para ser la diosa del hogar y el matrimonio, a Piper su cabaña le recordaba a una tumba. No, esta no era su madre. Al menos Piper estaba segura de eso. No había entrado por haberse sentido divinamente con aquel sitio, era porque ahí dentro se sentía más fuerte. Su sueño, ese horrible ultimátum que había acordado, tenía algo que ver con esa cabaña.

Se paralizó, no estaban solas. Detrás de la estatua había un pequeño altar, a la espalda, en el que se erguía una persona cubierta con un hábito, sólo se le veían las manos, con las palmas abiertas. Parecía que estaba haciendo algún tipo de hechizo u oración. Annabeth suspiró: — ¿Rachel? La otra chica se volvió. Se quitó el hábito, revelando una melena de pelo rojo rizado y una cara pecosa que no pegaba con la seriedad de la cabina ni con el hábito. Tendría unos diecisiete, una adolescente totalmente normal con una blusa verde y unos gastados vaqueros cubiertos de dibujos hechos con rotulador. A pesar de que el suelo estaba frío, estaba descalza. — ¡Ey!—corrió a abrazar a Annabeth—. Lo siento, he venido lo más deprisa que he podido. Hablaros un par de minutos sobre el novio de Annabeth, de que no había noticias suyas y de más, hasta que finalmente Annabeth se acordó de Piper, que estaba allí de píe sintiéndose incomoda. —Soy una maleducada—se disculpó Annabeth—. Rachel, esta es Piper, una de los mestizos que hemos rescatado hoy. Piper, esta es Rachel Elizabeth Dare, nuestra oráculo. —La amiga que vive en la cueva—supuso Piper. Rachel sonrió. —Esa soy yo. —Entonces, ¿eres un oráculo?—preguntó Piper—, ¿puedes contar el futuro? —No como el futuro ese de leer los posos del té—dijo Rachel—, yo digo profecías. El espíritu del oráculo se apodera de mí y me usa para contar algo importante que no le interesa a nadie. Pero sí, con profecías cuento el futuro. —Am—Piper empezó a cambiar el peso de una pierna a otra—. Eso mola. Rachel se rió. —No te preocupes. A todo el mundo le resulta un poco raro. Pero por lo general soy inofensiva. — ¿Eres una semidiosa? —No—dijo Rachel—, sólo una mortal. —Entonces, ¿por qué estabas…?—Piper señaló con la mano a toda la sala. La sonrisa de Rachel se desvaneció. Miró a Annabeth fijamente y luego de nuevo a Piper. —Tan solo era una corazonada. Tenía que ver con esta cabaña y la desaparición de Percy. Están relacionadas de alguna manera. He aprendido a dejarme llevar por mi instinto, especialmente desde el mes pasado, cuando los dioses se callaron. — ¿”Se callaron”? —preguntó Piper.

Rachel frunció el ceño y miró a Annabeth. — ¿Aún no se lo has dicho? —Estaba en ello—dijo Annabeth—. Piper, desde el mes pasado… Bueno, es normal que los dioses no hablen mucho con sus hijos, por lo general podemos contar con que nos manden mensajes de vez en cuando. Algunos de nosotros podemos visitar el Olimpo. Yo me he pasado prácticamente todo el semestre en el Empire State Building. — ¿Disculpa? —Es la entrada al Monte Olimpo de momento. —Ah—dijo Piper—. Claro, ¿por qué no? —Annabeth estaba rediseñando el Olimpo después de que fuera dañado en la Guerra del Titán— explicó Rachel—. Es una arquitecta increíble, deberías ver el mostrador de ensaladas que… —De todas formas—dijo Annabeth—, empezó hace un mes: el Olimpo quedó en silencio. La entrada se cerró y nadie conseguía entrar. Nadie sabe por qué. Es como si los dioses hubieran cerrado el quiosco. Ni siquiera mi madre responde a mis oraciones, y el director de nuestro campamento, Dioniso, ha sido reclamado. — ¿El director de vuestro campamento es el dios del… vino? —Sí, es una… —… Larga historia—dedujo Piper—. Ya, tú sigue. —En realidad sí que lo es—dijo Annabeth—. Los semidioses siguen siendo reconocidos, pero nada más. No hay mensajes, no hay visitas, no hay signos de que los dioses no estén siquiera escuchando. Es como si hubiera pasado algo… algo realmente malo. Después Percy desapareció. —… Y Jason apareció en nuestra excursión—completó Piper—, sin recuerdos. — ¿Quién es Jason?—preguntó Piper. —Mi—Piper se detuvo antes de poder decir “novio”, pero el esfuerzo hizo que sintiera dolor en el pecho—… amigo. Pero Annabeth, dijiste que Hera te había mandado una visión en un sueño. —Así es—dijo Annabeth—, fue la primera señal de comunicación de un dios en un mes, y de Hera, la diosa que es menos generosa, y contacto conmigo, su semidiosa menos preferida. Me dijo que sabría que le pasó a Percy si iba a la pasarela del Gran Cañón y buscaba a la persona con un zapato. En lugar de eso, os encontré a vosotros, y a la persona con un zapato que resultó ser Jason. No tiene sentido.

—Algo malo está pasando—estuvo de acuerdo Rachel. Miró a Piper, y esta se sintió un deseo incontenible de hablarles de su sueño, de confesarles que ella misma sabía lo que estaba pasando (al menos una parte de la historia), y la peor parte era que este era solo el principio. —Chicas—dijo—, yo… tengo que…

Antes de poder continuar, el cuerpo de Rachel se quedó rígido, sus ojos empezaron a brillar con luz verde y agarró a Piper de los hombros. Piper intentó soltarse, pero las manos de Rachel eran como pinzas de acero. —Libérame—dijo, pero no era la voz de Rachel. Sonaba como la de una mujer más mayor hablando desde un lugar lejano, profundo y extenso, y como si se estuviera comunicando a través de una tubería que producía eco—. Libérame, Piper McLean, o la tierra nos tragara a todos. Debe ser en el solsticio. La sala comenzó a girar. Annabeth trató de separar a Piper de Rachel, pero fue inútil. Un humo verde las envolvía, y Piper ya no estaba segura de estar despierta o soñando. La gigantesca estatua de la diosa parecía estar levantándose de su trono. Se inclinó hacía Piper y clavó sus aburridos ojos en ella. Se le abrió la boca, su aliento era como un horrible perfume muy espeso. Habló con la misma voz: —Nuestros enemigos se mueven. El ardiente solo será el primero. Sométete a su voluntad, y su rey se ensalzará dominándonos a todos nosotros. ¡Libérame!

Las rodillas de Piper se tambalearon y después todo se volvió negro.

CAPÍTULO V LEO
EL PASEO DE LEO ESTABA YENDO BIEN HASTA QUE se enteró de lo del dragón. El tipo arquero, Will Solace, parecía bastante guay. Todo lo que le ensañaba a Leo era tan emocionante que debería ser ilegal. ¿Buques de guerra de verdad amarrados en la playa y prácticas de lucha y de lanzar flechas y explosivos? ¡Genial! ¿Talleres de arte donde podías hacer esculturas con motosierras y sopletes? Leo ya estaba como diciendo « ¡Apúntame!» ¿El bosque estaba plagado de monstruos peligrosos y nadie podía entrar nunca solo? ¡Chupi! Y el campamento estaba desbordado de chicas con buen aspecto. Leo no entendía mucho eso de que todos estaban emparentados por “el rollo de los dioses”, pero esperaba que eso no quisiera decir que era primo de todas esas chicas, eso apestaría. Por lo menos quería echarles otro vistazo a esas chicas submarinas del lado, merecía la pena ahogarse por ellas. Will le enseñó las cabañas, el pabellón para comer y la zona de entrenamiento con espada. — ¿Tengo que tener una espada?—preguntó Leo. Will le clavó la mirada como si encontrase la idea inquietante. —Lo más seguro es que te hagas la tuya propia, puesto que eres de la Cabaña Nueve. —Sí. ¿Qué pasa con eso? ¿Lo de Vulcano? —No solemos llamar a los dioses por sus nombres romanos—dijo Will—: Los nombres originales son los griegos. Tu padre es Hefesto. — ¿Feto?—Leo había oído a alguien decirlo antes pero estaba demasiado consternado en esos momentos para escuchar—. Suena como si fuera el dios de los vaqueros. —He-fes-to—le corrigió Will—, el dios de los herreros y del fuego. Leo también había oído eso antes, pero estaba intentando no pensar en ello. El dios del fuego… ¿en serio? Teniendo en cuenta lo que le había sucedido a su madre eso parecía una broma macabra. —Entonces el martillo ese que ardía sobre mi cabeza—dijo Leo—, ¿era una cosa buena o una cosa mala? Will se tomó un momento antes de responder. —Has sido reconocido de inmediato. Eso suele ser bueno. —Pero el tío de los caballos y el arcoíris, el Butch ese… mencionó una maldición. —Ah… Bueno, no es nada. Desde la muerte del último jefe de la Cabaña Nueve…

— ¿Muerte? A lo… ¿dolorosa? —Debería dejar que tus compañeros de litera sean quienes te lo cuenten. —Eso, ¿dónde están mis “literos”? ¿No debería ser su jefe el que me diera el paseo de persona importante? —Él, em, no puede. Ya verás por qué—Will siguió adelante antes de que Leo pudiese formular alguna pregunta más. «Maldiciones y muerte—se dijo Leo a sí mismo—, esto no hace más que mejorar y mejorar»

Estaban cruzando la mitad del campo cuando vio a su antigua niñera. Y ella no era el tipo de persona que hubiera esperado encontrar en un campamento de semidioses. Leo retrocedió. — ¿Qué pasa?—preguntó Will. Tía Callida. Así la llamaba él para sí mismo, con la palabra “Tía” en español. No la había visto desde que tenía cinco años, y ella estaba ahí, a la sombra de una gran cabaña blanca al fondo del campo, mirándolo. Llevaba un traje de lino negro con un manto del mismo color sobre el pelo, todo de viuda. Su cara no había cambiado: Piel con tacto de cuero y ojos oscuros taladrantes. Sus marchitas manos parecían garras. Parecía una anciana, pero no había cambiado de como Leo la recordaba. —Esa anciana…—dijo Leo— ¿Qué está haciendo aquí? Will trató de mirar dónde Leo miraba. — ¿Qué anciana? —Tío, la anciana. La que va de negro. ¿Cuántas ancianas más ves por aquí? Will frunció el ceño. —Creo que has pasado un día muy largo, Leo. Los trucos de la Niebla podrían seguir afectándote a la mente. ¿Qué tal si nos dirigimos ya a tu cabaña? Leo quiso protestar, pero cuando volvió a mirar la gran cabaña blanca, Tía Callida se había ido. Estaba seguro de que había estado ahí, casi pensó que su madre había mandado a Callida de vuelta desde el pasado. Y eso no era bueno, porque Tía Callida trató de matarlo.

—Solo estaba bromeando contigo, hombre—Leo sacó algunos engranajes y palancas de los bolsillos y empezó a trastearlos para calmar sus nervios. No podía hacer que todos en el campamento creyesen que estaba loco, al menos, que no pensaran que estaba más loco de lo que en realidad estaba. —Vamos a ver la Cabaña Nueve—dijo—, estoy de humor para una buena maldición.

Desde fuera, la Cabaña de Hefesto parecía una caravana de gran tamaño con paredes de metal brillante y ventanas con rejillas de metal. La entrada era como la de una caja fuerte de un banco, circular y de varios metros de grosor. Se abrió con un montón de engranajes de bronce girando y pistones hidráulicos echando humo. Leo silbó. —Consiguieron una ambientación súper dura, ¿eh? En el interior, la cabaña parecía desierta. Había literas de acero puestas contra la pared, dobladas por la mitad que parecían camas de alta tecnología. Cada una tenía un panel de control digital, con leds, gemas brillantes y engranajes intercalados. Leo se figuró que cada campista tenía su propia combinación para abrir su cama, y quizá hubiese una estantería o un espacio detrás de cada una para meter cosas, tal vez el sistema tenía trampas para mantener lejos a los visitantes no deseados. Al menos, así lo habría diseñado Leo. Una barra de fuego cayó desde el segundo piso, a pesar de que la cabaña no parecía tener un segundo piso desde fuera. Una escalera circular empezó a diseñarse hacia abajo, hasta algún tipo de sótano. Las paredes estaban cubiertas de todos los tipos de herramientas eléctricas que Leo pudiese imaginarse, además de una gran variedad de cuchillos, espadas y otros utensilios de destrucción. Un gran banco de trabajo desbordado de chatarra metálica (tornillos, pestillos, arandelas, clavos, remaches y un millón de más partes de máquinas. Leo sintió una fuerte necesitad de meterlos todos en sus bolsillos. Adoraba ese tipo de cosas. Pero necesitaría una centena de abrigos para guardarlos todos. Mirando al rededor casi se podía imaginar que estaba en la tienda de maquinas de su madre. Descartando las armas, quizás, pero con las herramientas, las pilas de chatarra y el olor a grasa y metal de motor calentado sí. A ella le encantaría ese sitio. Se quitó ese pensamiento de encima, no le gustaban los recuerdos dolorosos. «Sigue adelante», ese era su lema. No detenerse en las cosas, no seguir en el mismo lugar demasiado tiempo: Era la única manera de enfrentarse a la tristeza. Agarró una gran herramienta de la pared. —¿Un Cigarrillo Whacker? ¿Qué dios del fuego necesita un Cigarrillo Whacker? —Deberías estar sorprendido—dijo una voz desde las sombras. Al final de la habitación, una de las literas estaba ocupada. Una cortina de un material oscuro de camuflaje se descorrió, y Leo pudo ver al que hasta hace un segundo era invisible. Era difícil contar

mucho sobre él porque tenía todo el cuerpo recubierto de algo que parecía un molde. Su cabeza estaba en vuelta en grasa, a excepción de su cara, que estaba hinchada y magullada. Parecía Bobby Fresco después de un puñetazo en la barriga. —Soy Jake Manson—dijo el chico—. Te estrecharía la mano, pero… —Ya—dijo Leo—, no te levantes. El chico soltó una sonrisa agrietada, luego hizo una mueca como si le doliera mover la cara. Leo se preguntó que le había pasado, pero tenía miedo de preguntar. —Bienvenido a la Cabaña Nueve—dijo Jake—. Hace casi un año que no tenemos chicos nuevos. Yo soy el jefe de la cabaña por ahora. — ¿”Por ahora”?—preguntó Leo. Will se aclaró la garganta. —Y, ¿dónde está todo el mundo, Jake? —Abajo, en las fraguas—dijo Jake con nostalgia—. Están trabajando en… ya sabes, ese problema. —Oh—Will cambió de tema—. Bueno, ¿tenéis una cama más para Leo? Jake estudió a Leo, de arriba a abajo. — ¿Crees en las maldiciones, Leo? ¿O en los fantasmas? «Acabo de ver a mi malvada niñera Tía Callida—pensó Leo—. Tendría que estar muerta después de todos estos años. Y no puede pasar un día sin que recuerde a mi madre en esa tienda de máquinas en llamas. No me hables de fantasmas, niño de masa». Pero en voz alta dijo: — ¿Fantasmas? Pfft… No. Yo soy guay. Un espíritu de la tormenta me tiró por el Gran Cañón esta mañana, pero ya sabes, un día de trabajo normal, ¿no? Jake asintió. —Eso está bien, porque te voy a dar la mejor cama de la cabaña…: la de Beckendorf. —Guau, Jake—dijo Will—, ¿estás seguro? Jake gritó: —Litera 1-A, por favor. La cabaña entera retumbó. Una sección circular en el suelo se abrió girando como el foco de una cámara, y una cama de tamaño entero emergió hacía arriba. El marco de bronce tenía una video consola en un tablero puesto al final, un sistema de música estéreo en la cabecera, un frigorífico

con una puerta de cristal acoplado a la base, y todo un montón de paneles de control en la parte baja de un lado. En cuanto la vio, Leo saltó sobre ella con la cabeza apoyada en las manos por detrás. —Puedo manejar esto. —Hay una opción que te lleva a una habitación privada de abajo. —Oh, diablos, ¡sí!—dijo Leo—. Ya os veré, estaré abajo en la Leo-Cueva. ¿Qué botó tengo que pulsar? —Vamos—protestó Will Solace—, ¿vosotros tenéis habitaciones privadas subterráneas? Jake probablemente habría sonreído si no le doliera tanto. —Tenemos muchos secretos, Will. Los chicos de Apolo no podéis llevaros toda la diversión. Nuestros campistas han estado excavando un sistema de túneles bajo la Cabaña Nueve desde hace casi un siglo. Seguimos sin haber acabado. De todas formas, Leo, si no te importa morir en la cama de un hombre muerto, es tuya. De pronto Leo no se sintió con ganas de bajar. Se incorporó, con cuidado de no tocar ningún botón. —El jefe que murió… ¿Esta era su cama? —Sí—dijo Jake—. Charles Beckendorf. Leo se imaginó que salían sables, atravesando el colchón, o que tal vez había una granada entre las almohadas. — ¿Él no…?, es decir, ¿no murió en su cama, verdad? —No—dijo Jake—, fue en la Guerra del Titán, el verano pasado. —La Guerra del Titán—repitió Leo—, ¿que no tiene nada que ver con esta cama tan buena, no? —Los Titanes—dijo Will como si Leo fuera idiota—, los tipos más poderosos que gobernaban el mundo antes de los dioses. Intentaron volver el pasado verano. Su líder, Cronos, construyó un nuevo palacio en la cima del monte Tamalpais en California. Sus ejércitos vinieron a Nueva York y casi destruyen el Monte Olimpo. Muchos semidioses murieron tratando de detenerlos. —Supongo que no salió en las noticias, ¿eh?—dijo Leo. Parecía una pregunta justa pero Will sacudió la cabeza con incredulidad. — ¿No has oído nada de la erupción del Monte Santa Helena? ¿O de las tormentas a través del país? ¿O ese edificio que se desplomó en San Louis?

Leo se encogió de hombros, el verano pasado había estado escapándose de otra casa de acogida. Después, un oficial de absentismo lo atrapó en Nuevo México, y el tribunal lo sentenció al correccional más cercano: La Escuela de la Salvajería. —Supongo que estaba ocupado. —No importa—dijo Jake—, tuviste suerte de perdértelo. El caso es, que Beckendorf fue una de las primeras víctimas, y desde entonces… —… Vuestra cabaña ha estado maldita—supuso Leo. Jake no respondió. Después, el chico volvió a ocultarse otra vez. Esa era una respuesta. Leo empezó a darse cuenta de cosillas que no había visto antes: unas marcas de una explosión en la pared, una mancha en el suelo que debería ser aceite… o sangre, espadas rotas o máquinas destrozadas, tal vez de frustración, apiladas en las esquinas de la pared. El lugar daba la sensación de no dar suerte. Jake suspiró sin ganas. —Bueno, debería dormir un poco. Espero que te guste estar aquí, Leo. Estar solía ser… realmente bueno. Cerró los ojos y la cortina de camuflaje se cerró sola. —Vamos, Leo—dijo Will—, te llevaré a las fraguas.

Mientras se iban, Leo volvió la vista a su nueva cama, casi podía imaginarse al jefe muerto sentado ahí… otro fantasma que no se iba a ir, y que no iba a dejar a Leo en paz.

CAPÍTULO VI LEO
— ¿CÓMO MURIÓ?—PREGUNTÓ LEO—, me refiero a Beckendorf. Will Solace caminaba con pesar por delante. —Una explosión. Beckendorf y Percy Jackson volaron un crucero lleno de monstruos. Beckendorf no lo consiguió. Ahí estaba ese nombre de nuevo: Percy Jackson, el novio perdido de Annabeth. Ese chico parecía estar metido en todo lo que pasaba por ahí, pensó Leo. —Así que ¿Beckendorf era muy popular?—preguntó Leo—…. Quiero decir, antes de volar en pedazos. —Era increíble—corroboró Will—, fue muy duro para todos los del campamento cuando él murió. Jake… se convirtió en jefe en mitad de la guerra. De hecho, igual que yo. Jake dio lo mejor de sí, pero nunca quiso ser un líder. A él solo le gustaban las cosas de arquitectura. Después de la guerra, las cosas empezaron a ir mal. Los Carros de la Cabaña Nueve volaron en pedazos, sus autómatas se estropeaban, sus invenciones empezaron a funcionar mal. Era como una maldición, y al final la gente le puso un nombre…: La Maldición de la Cabaña Nueve. Luego Jake sufrió su accidente… —Que tenía algo que ver con los problemas que me has mencionado—supuso Leo. —Están trabajando en ello—dijo Will sin entusiasmo—, y aquí estamos.

La fragua parecía como si una locomotora de vapor se hubiese estrellado contra el Partenón y se hubieran fusionado. Columnas de mármol blanco se alineaban en las paredes manchadas de hollín. Había chimeneas que soltaban muchísimo humo y que tenían talladas en las campanas montones de dioses y monstruos. El edificio estaba a la orilla de un río con una rueda hidráulica que giraba una serie de engranajes de bronce. Leo podía oír máquinas engrasadas, fuego crepitante y golpes de martillo sobre yunques. Atravesaron la puerta y una docena de chicos y chicas que estaban trabajando en varios proyectos se detuvieron, el ruido de la forja y el clic-clicclic de los engranajes cesó. —Ey, chicos—dijo Will—, este es vuestro nuevo hermano, Leo… ¿cuál es tu apellido? —Valdez—Leo miró al rededor, a los otros campistas. ¿De verdad estaba emparentado con todos ellos? Sus primos venían de familias grandes, pero él solo había tenido a su madre… hasta que murió.

Los chicos se acercaron y empezaron a estrecharle la mano y a presentarse. Los nombres se mezclaban: Shane, Christopher, Nyssa, Harley (sí, igualito que la moto)… Leo sabía que nunca podría acordarse de todos bien. Eran demasiados, y eran abrumadores. Nadie se parecía al resto: todos con caras, tonos de piel, colores de pelo y alturas diferentes, no se te ocurría pensar « ¡Ey, mira, son la pandilla de Hefesto!», pero todos tenían manos poderosas, ásperas, con callos y cubiertas de grasa de motor. Incluso el pequeño Harley, que no podía tener más de ocho años, parecía que podía aguantar seis rondas de lucha con Chuck Norris sin empezar a sudar. Todos los chicos compartían una tristeza seria. Sus hombros se desplomaban como si su vida fuera muy dura. La mayoría parecía haber sido heridos físicamente. Leo contó dos brazos en cabestrillo, un par con muletas, un ojo con un parche, seis vendas y unas siete mil tiritas. —Bueno, ¿qué pasa? —dijo Leo—. ¡Me han dicho que está es la cabaña de las fiestas! Nadie se rió. Sólo se quedaron mirándole. Will Solace le dio una palmadita al hombro de Leo. —Os dejo que os conozcáis, chicos. ¿Alguien lleva a Leo a cenar a la hora? —Yo lo haré —dijo una de las chicas. Nyssa, recordó Leo. Llevaba pantalones de camuflaje, una camiseta sin mangas, que dejaba ver sus amarillentos brazos, y un pañuelo rojo sobre una mata de pelo oscuro. Excepto por su cara sonriente y el hoyuelo de su barbilla, parecía como una de esas superheroínas de comics, como si en cualquier momento fuera a sacar una ametralladora y empezara a disparar a malvados alienígenas. —Guay —dijo Leo—, siempre he querido una hermana que me pueda dar una paliza. Nyssa no sonrió. —Vamos, bromista. Te enseñaré esto.

A Leo no le extrañaban nada los talleres. Había crecido rodeado de monos grasientos y de herramientas eléctricas. Su madre solía bromear con que el primer chupete que había tenido había sido una llave inglesa. Pero Leo nunca había visto un lugar como la forja del campamento. Un chico estaba trabajado en un hacha de guerra. Probaba la hoja en un bloque de hormigón, y cada vez que la hundía el hormigón se separaba como el queso caliente, pero el chico se sintió insatisfecho y empezó a perfeccionar la hoja. — ¿Qué es lo que planea destruir con esa cosa? —le preguntó Leo a Nyssa— ¿Un barco de guerra? —Nunca se sabe, incluso con bronce celestial… — ¿Eso es de ese metal?

Ella asintió. —Extraído del Monte Olimpo. Extremadamente raro. De todas formas, suele desintegrar a los monstruos por contacto, pero algunos grandes y poderosos tienen la piel difícil de penetrar. Los drakons, por ejemplo… — ¿Quieres decir “dragones”? —Son especies similares. Aprenderás la diferencia en clase de lucha contra monstruos. —Clase de lucha contra monstruos. Sí, conseguiré el cinturón negro, chupado. No sonrió. Leo esperaba que no estuviera todo el tiempo seria. Su familia por parte de padre tenía que tener un poco de sentido del amor, ¿estamos? Pasaron por una pareja de chicos haciendo un juguete de cuerda con bronce, o al menos eso parecía. Era un centauro (mitad hombre, mitad caballo) de seis pulgadas de altura armado con un arco en miniatura. Uno de los campistas tiró de la cola del centauro y este cobró vida. Galopó a través de la mesa gritando: — ¡Muere, mosquito! ¡Muere, mosquito! —y disparando a todo lo que se encontraba. Al parecer, eso ya había ocurrido, porque todo el mundo conocía ya el golpeteo en el suelo menos Leo. Seis flechas del tamaño de una aguja se estrellaron contra su camiseta antes de que el campista agarrase un martillo e hiciera al muñeco pedazos. — ¡Maldita maldición! —el campista agitó sus manos hacia el cielo—. ¡Sólo quiero un asesino con control remoto! ¿Es mucho pedir? —Ay —dijo Leo. Nyssa arrancó las flechas de su camiseta. —Vale, estás bien. Vayámonos antes de que lo reconstruyan. Leo se frotó el pecho mientras caminaban. — ¿Ese tipo de cosas pasan mucho? —Últimamente —dijo Nyssa—, todo lo que construimos se convierte en charra. — ¿Por la maldición? Nyssa frunció el ceño. —No creo en maldiciones. Pero algo va mal. Y si no solucionamos el problema del dragón, se va a poner incluso peor. — ¿El problema del dragón? —Leo esperó que se refiriera a uno de miniatura, tal vez uno que matase cucarachas, pero tuvo la sensación de que no iba a tener suerte.

Nyssa lo llevó hasta un gran mapa de la pared que una pareja de chicas estaba estudiando. El mapa mostraba el campamento, un semicírculo de terreno con Long Island Sound en la costa norte, los bosques al oeste, las cabañas al este y un anillo de colinas al sur. —Tiene que estar en las colinas —dijo la primera chica. —Ya miramos en las colinas —argumentó la segunda—. Los bosques son un lugar mucho mejor para esconderse. —Pero hemos puesto trampas… —Un momento —dijo Leo—. Chicos, ¿habéis perdido un dragón? ¿Un dragón real a tamaño completo? —Es un dragón de bronce —dijo Nyssa—, pero sí, es un autómata de tamaño real. La Cabaña de Hefesto lo construyó hace años. Después estuvo perdido en los bosques hasta el verano pasado, cuando Beckendorf lo encontró en pedazos y lo reconstruyó. Ha estado ayudando a proteger el campamento, pero… em… es un poco impredecible. —Impredecible —dijo Leo. —Va por donde va y echa abajo las cabañas, prende a la gente en fuego, trata de comerse a los sátiros… —Eso es ser muy impredecible. Nyssa asintió. —Beckendorf era el único que podía controlarlo. Tras morir, el dragón ha ido a peor y a peor. Al final enloqueció y se escapó. De vez en cuando aparece, demuele algo, y vuelve a escaparse. Todos esperan que lo encontremos y lo destruyamos… — ¿Destruirlo? —se horrorizó Leo—. ¿Tenéis un dragón de bronce de tamaño real y queréis destruirlo? —Respira fuego —explicó Nyssa—, es mortal y está fuera de control. — ¡Pero es un dragón! Tía, es tan increíble. ¿No podéis intentar dialogar con él, controlarlo? —Lo hemos intentado. Jake Mason lo intentó, ya has visto lo bien que le fue. Leo pensó en Jake, con todo el cuerpo envuelto, tumbado en soledad en su litera. — ¿Sigue…? —No hay otra opción —Nyssa se volvió a las otras chicas—. Pongamos más trampas en el bosque… aquí, aquí y aquí. De cebo usemos aceite de motor de treinta kilos.

— ¿El dragón bebe eso? —preguntó Leo. —Sí —Nyssa suspiró lentamente—, suele gustarle con salsa de Tabasco, justo antes de dormir. Si cae en alguna trampa podemos llegar hasta él con pulverizadores de ácido… deberían penetrar en su piel. Después cogemos cortadores de metal y… fin del trabajo. Todos parecían tristes. Leo se dio cuenta de que no querían matar al dragón más de lo que él mismo quería. —Chicos —dijo—, tiene que haber otra manera. Nyssa parecía dudosa, pero unos pocos campistas habían parado de trabajar y se habían puesto a escuchar la conversación. — ¿Cómo qué? —preguntó uno—. Esa cosa respira fuego. Ni siquiera podemos acercarnos. «Fuego», pensó Leo. Jo, tío, las cosas que podía contarles sobre el fuego… Pero tenía que tener cuidado, incluso con sus hermanos y hermanas. Y especialmente si tenía que vivir con ellos. —Pues… —vaciló—. Hefesto es el dios del fuego, ¿verdad? Así que, ¿nadie de vosotros tiene resistencia al fuego o algo así? Nadie reaccionó como si fuera una pregunta absurda, lo que era un alivio, pero Nyssa agitó sus manos gravemente. —Esa es una habilidad de los cíclopes, Leo. Los hijos semidioses de Hefesto… sólo somos buenos con las manos. Somos constructores, artesanos, diseñadores de armas… cosas de esas. Los hombros de Leo se desplomaron con un «Oh». Un chico de negro dijo: —Bueno, hace mucho tiempo… —Sí, vale —le concedió Nyssa—, hace mucho tiempo los hijos de Hefesto nacían con poder sobre el fuego. Pero esa habilidad era muy, muy rara. Y siempre peligrosa. No han nacido semidioses así desde hace siglos. El último… —miró hacia uno de los chicos para que la ayudara. —De mil seiscientos sesenta y seis —concedió la chica—, un chico llamado Thomas Faynor. Fue quien empezó el Gran Incendio de Londres, destruyendo la mayor parte de la ciudad. —Eso —dijo Nyssa—. Cuando un hijo de Hefesto así aparece, suele significar que algo catastrófico va a ocurrir. Y no necesitamos más catástrofes. Leo trató de mantener su cara limpia de emociones, pero ese no era su punto suerte. —Supongo que lo entiendo. Una pena, aunque, si pudieras resistir las llamas, podrías acercarte al dragón.

—Entonces te mataría con sus garras y colmillos —dijo Nyssa—, o sólo pisándote. No, tenemos que destruirlo. Confiad en mí, si alguien pudiera encontrar otra manera… No había terminado, pero Leo había pillado el mensaje. Esta era la gran prueba de la cabaña. Si podían hacer algo, sólo Beckendorf podía hacerlo; si podían someter al dragón sin matarlo, entonces la maldición haría su aparición. Pero estaban secos de ideas. Cualquier campista que encontrara la manera sería un héroe. Un cuerno sonó en la distancia. Los campistas comenzaron a recoger sus herramientas y proyectos. Leo no se había dado cuenta de que se estaba haciendo tarde, miró por las ventanas y vio el sol bajando. A veces le pasaba eso por culpa de padecer TDAH. Si se aburría, una clase de cincuenta minutos parecía ser de seis horas. Si se interesaba por algo, como en un campamento de semidioses, las horas se iban y… ¡Bam! El día también. —La cena —dijo Nyssa—. Vamos, Leo. —Arriba en el pabellón, ¿verdad? —preguntó Leo. Ella asintió. —Chicos, id delante —dijo Leo—. ¿Puedes… dejarme un segundo a solas? Nyssa dudó. Entonces su expresión se suavizo. —Claro. Son muchas cosas que procesar. Recuerdo mi primer día. Sube cuando estés listo. Sólo que no toques nada, casi todos los proyectos que hay aquí podrían matarte si no tienes cuidado. —Nada de toqueteo.

Sus compañeros de cabaña salieron de la fragua. Pronto Leo se quedó solo con los sonidos de los fuelles, molinos y los de pequeñas máquinas que zumbaban y hacían «click». Se fijó en el mapa del campamento, en las ubicaciones donde sus nuevos hermanos iban a poner trampas para cazar al dragón. Estaba mal, realmente desatinado. Extraño, pensó. Y siempre peligroso. Se fijó en su mano y estudió sus dedos. Eran largos y delgados, y no tenían callos al contrario que los de los otros campistas de Hefesto. Leo nunca había sido de los chicos más grandes o de los más fuertes. Había sobrevivido en barrios, escuelas y en casas de acogida muy duros usando sólo su ingenio. Era el payaso de la clase, el bufón, porque había aprendido muy pronto que si cuentas bromas y haces como que no estás asustado o apartado, nadie quiere pegarte. Incluso los peores niños que parecen gánster te toleraban, te mantenían cerca para echarse unas risas. Además, el humor era una buena manera de ocultar el dolor. Y si no funcionaba, siempre estaba el Plan B: Escaparse. Una y otra vez.

Había un Plan C, pero se había prometido a sí mismo que nunca lo llevaría acabo de nuevo. Se sintió con ganas de intentarlo en aquel momento, algo que no había hecho nunca desde el accidente, desde que murió su madre.

Extendió los dedos y sintió un pinchazo, como si se estuvieran despertando, hormigueos y pinchazos. Entonces las llamas cobraron vida, y unos rizos de color rojo intenso bailaron en la palma de su mano. Fuego.

CAPÍTULO VII JASON
TAN PRONTO COMO JASON VIO LA CASA, supo que era hombre muerto. —¡Aquí estamos!— dijo Drew, animado —La Casa Grande, sede del campamento. No se veía amenazante, sólo era una casa de cuatro pisos, pintada de azul claro con toques blancos. El porche que envolvía la casa tenía sillas, una mesa de juego y una silla de ruedas vacía. Las campanas de viento con forma de ninfas se convertían en árboles tan pronto como se giraban. Jason podría imaginarse gente mayor venir aquí para las vacaciones de verano, sentadas en porcho y beber zumo de ciruela mientras contemplaban la puesta de sol. Sin embargo, las ventanas parecían reflejarse hacia él como si fueran ojos que le miraban llenos de ira. En gran portal de la casa parecía dispuesto a tragárselo. En lo más alto del tejado, una veleta con forma de águila de bronce giraba con el viento y señalaba directamente hacia su posición, como si le estuviera diciendo que se marchara. Cada molécula del cuerpo de Jason le decía que estaba en terreno enemigo. —No se supone que deba estar aquí—, dijo. Drew puso su brazo alrededor. —Oh, por favor, cariño. Eres idóneo aquí. Créeme, he visto un montón de héroes. Drew olía a Navidad, una extraña combinación de pino y nuez moscada. Jason se preguntó si ella olería así siempre, o era algún tipo de perfume especial para fiestas. Su delineador de ojos rosa era realmente distractivo. Cada vez que parpadeaba, se sentía obligado a mirarla. Tal vez ése era el momento, de mostrar sus cálidos ojos castaños. Era bonita. No había ninguna duda. Pero Jason se sentía incómodo con ella. Él se apartó tan suavemente como pudo. —Mira… te lo agradezco, pero… —¿Es esa chica? — se lastimó Drew —Oh, por favor dime que no estás saliendo con Doña Basura. —¿Te refieres a Piper? Em… Jason no estuvo seguro de cómo responder. No recordaba haber visto a Piper jamás antes de hoy, pero se sentía raramente culpable por ello. Sabía que no debería estar en ese lugar. No se podría hacer amigo de esa gente y, mucho menos salir con ellas. Aunque… Piper agarraba su mano cuando despertó en el autobús. Ella creía que era su novia. Había sido valiente en la pasarela, luchando contra los venti, y cuando Jason la había cogido en medio de la caída y se habían visto abrazados cara a cara, no podía negar que se había visto tentado a besarla. Pero no estaba bien. Ni siquiera sabía su propia historia. No podría jugar con sus emociones de esa manera.

Drew tornó los ojos —Déjame ayudarte a decidirte, cariño. Puedes hacerlo mejor. ¿Un chico de tu apariencia y con tu obvio talento? No le miraba a él, sin embargo. Miraba algún punto por encima de él. —Estás esperando una señal— supuso—, la misma que apareció encima de la cabeza de Leo. —¿Qué? ¡No! Bueno… sí. Me refiero que, por lo que he oído, eres realmente poderoso, ¿no? Vas a ser alguien importante en el campamento, así que tu padre o madre te reclamará pronto. Y me encantará ver eso. ¡Quiero estar contigo en cada paso que des! Entonces, ¿el dios es tu padre o tu madre? Por favor, dime que no es tu madre. Odiaría tanto que fuera un chico de Afrodita. —¿Por qué? —Entonces serías mi hermanastro, tonto. No puedes salir con alguien de tu misma cabaña. ¡Jo! —¿Pero no están todos los dioses emparentados?— preguntó Jason —¿Entonces aquí todo el mundo no es tu primo o algo? —¡Mira que eres mono! Cariño, el lado divino de tu familia no importa excepto por tu padre o madre. Entonces cualquiera de otra cabaña tiene posibilidades. Pero, ¿quién es el dios? ¿Tu padre o tu madre? Como de costumbre, Jason no sabía la respuesta. Miró hacía arriba, pero no había ningún símbolo brillante encima de su cabeza. En lo alto de la Casa Grande, la veleta aún apuntaba en su dirección, el águila de bronce le observaba como si le dijera “Vete, chico, ahora que puedes” Entonces Jason escuchó pisadas en el porcho de delante. No, pisadas, no: el sonido de unos cascos. —¡Quirón!— llamó Drew —Este es Jason. ¡Es completamente increíble! Jason reculó tan rápido que casi tropezó. Rodeando la esquina del porcho había un hombre a caballo. Excepto por el hecho de que no iba a caballo, él era parte del caballo. Vestía una camiseta que rezaba “El Mejor Centauro Del Mundo” y llevaba el carcaj y el arco en la espalda. Su cabeza estaba tan alta que tuvo que agacharse para evitar las luces del porche, porque a partir de cintura para abajo, era un caballo blanco. Quirón esbozó una sonrisa para Jason. Entonces palideció. —Tú… — Los ojos del centauro se encendieron como los de un animal acorralado. —Tú deberías estar muerto. Quirón ordenó, bueno invitó, pero sonaba como una orden a Jason a entrar dentro de la casa. Le dijo a Drew que se fuera a su cabina, cosa que a Drew no le gustó demasiado.

El centauro trotó hacia la silla de ruedas vacía en el porche. Se quitó el carcaj, el arco y reculó hacia la silla, que se abrió como una caja mágica. Quirón entro con cautela en ella con las patas traseras y comenzó a introducirse a sí mismo en un espacio que debería haber sido demasiado pequeño para él. Jason se imaginó los ruidos de un camión marcha atrás, bip, bip, bip, mientras la mitad inferior del centauro desaparecía y por la silla plegada aparecían un par de piernas humanas cubiertas con una manta, de tal manera que Quirón parecía ser un mortal normal en silla de ruedas. —Sígueme—, le ordenó —Tenemos limonada. La sala de estar parecía como si estuviera engullida por una jungla tropical. Vides se retorcían en las paredes y a través del techo, lo que le pareció un poco extraño a Jason. No creía que las plantas pudieran crecer de tal manera en un interior, y mucho menos en invierno, pero esas plantas eran verdosas y llenas de vida, de hojas y racimos de uvas rojas. Dos sillones de cuero miraban hacia el fuego de una chimenea. Arrinconado en una esquina, un anticuado juego de Pac-Man emitía ruidos y parpadeaba. Apostadas contra las paredes había miles de máscaras: algunas máscaras de teatro griegas con sonrisas y otras con el cejo fruncido, máscaras llenas de plumas del carnaval de Mardi Gras, máscaras del carnaval veneciano con narices afiladas, máscaras africanas talladas en madera. La vid había creído a través de las bocas por lo que parecía que algunas tuvieran lenguas verdes con hojas. Otras tenían en la cavidad de los ojos uvas rojas como si de dos ojos saltones se trataran. Pero lo más extraño era la cabeza de leopardo disecado encima del fuego. Parecía tan real que sus ojos parecían seguir a Jason. La cabeza gruño y Jason creyó que el corazón se le saldría por la boca. —Basta, Seymour—, dijo Quirón —Jason es amigo. Compórtate. —¡Esa cosa está viva!— exclamó Jason. Quirón hurgó por uno de los bolsillos de su silla de ruedas y sacó un paquete de salchichas. Le lanzó una al leopardo que la pilló al vuelo y se la comió en un abrir y cerrar de ojos. —Debes perdonarnos por decoración— dijo Quirón —Todo esto fue un regalo de despedida de nuestro viejo director antes de que fuera llamado al Monte Olimpo. Pensó que nos ayudaría a recordarle. El señor D tiene un extraño sentido del humor. —Señor D. — dijo Jason —¿Dioniso? — —Mmmmm.— Quirón se sirvió limonada, aunque sus manos temblaron. —Y Seymour… bien, el señor D le liberó de un mercadillo de Long Island. El leopardo es un animal sagrado para el señor D, y éste estaba aterrorizado de lo que le pudieran hacer a un animal tan noble. Decidió concederle vida, entendiendo que la vida que le podía dar era como una cabeza de caballo, pero era mejor que no tenerla. Debo reconocer que es un destino más amable del que habría tenido con su anterior propietario.

Seymour enseñó los dientes y olisqueó el aire como si buscara más salchichas. —Si sólo es una cabeza, ¿a dónde va la comida? — preguntó Jason. —Mejor no preguntar. Siéntate, por favor— dijo Quirón. Jason cogió limonada, aunque su estómago estaba revuelto. Quirón se acomodó en su silla de ruedas e intentó sonreír, pero Jason juraría que la forzó. Los ojos del hombre mayor eran tan profundos como oscuros. —Entonces… Jason, podrías contarme… ¿de dónde eres? — dijo Quirón. —Ojala lo supiera— Jason le contó todo, desde el despertar en el autobús hasta el aterrizaje forzoso en el Campamento Mestizo. No creyó que debiera dejarse ningún detalle, y Quirón sabía escuchar. No reaccionó de ninguna manera, ni le animó a seguir. Cuando terminó, el hombre sorbió más limonada. —Ya veo. Y tendrás muchas preguntas que hacerme— dijo Quirón. —Sólo una.— admitió Jason —¿Qué querías decir cuando dijiste que debería estar muerto?” Quirón le estudió lentamente, cómo si esperara que Jason ardiera en llamas. —Chico, ¿sabes lo que significan esas marcas en tu brazo? ¿El color de tu camiseta? ¿Recuerdas algo? Jason miró el tatuaje de su antebrazo: SPQR, el águila, doce líneas rectas. —No— dijo —nada. —¿Sabes dónde estás?— preguntó Quirón —¿Entiendes qué es este lugar? ¿Entiendes quién soy? —Eres Quirón, el centauro.— dijo Jason —Supongo que serás el mismo que el de las historias, el que entrenaba héroes griegos como Heracles. Este es un campamento para semidioses, hijos de los dioses olímpicos. —¿Entonces crees que esos dioses existen de verdad? —Claro— dijo Jason inmediatamente —Me refiero, no creo que debamos adorarlos o sacrificar gallinas en su honor o algo, pero siguen ahí porque son una parte poderosa de la civilización. Se mueven de país en país al mismo tiempo que el centro de poder varia, igual que se movieron de la Antigua Grecia a Roma. —No lo podría haber dicho mejor— Algo en la voz de Quirón cambió —Entonces sabes que los dioses existen de verdad. Ya has sido reclamado, ¿cierto? —Quizás— respondió Jason —no estoy seguro.

Seymour el leopardo gruñó. Quirón esperó, y entonces Jason se dio cuenta de lo que había pasado. El centauro había cambiado a otro idioma y Jason le había entendido y, automáticamente le había respondido en la misma lengua. —Quis erat…?— Jason dudó, e hizo un gran esfuerzo por hablar inglés —¿Qué era eso? —Sabes latín— observó Quirón —La mayoría de los semidioses hablan unas pocas frases, por supuesto. Está en su sangre, pero no tanto como el griego clásico. Ninguno puede hablar Latín de forma tan fluida sin haber practicado. Jason intentó llegar a una conclusión, pero había demasiados vacíos en su memoria. Aún seguía teniendo la sensación que no debería estar ahí. Estaba mal y era peligroso. Pero almenos Quirón no era amenazador. De hecho, el centauro parecía preocupado por él, asustado por su seguridad. El fuego se reflejaba en los ojos de Quirón, haciéndolos danzar libremente. —Yo entrené a tu tocayo, ya sabes, al original Jasón. Tuvo un camino difícil. He visto héroes ir y venir. A veces, tienen finales felices. La mayor parte de ellos, no lo tienen. Me rompe el corazón, es como perder a un hijo cada vez que uno de mis pupilos muere. Pero tú, tú no eres como los otros pupilos a los que he entrenado. Tu presencia aquí podría ser un desastre. —Gracias— dijo Jason —Debes de ser un maestro alentador. —Lo siento, chico. Es cierto. Esperaba que después del éxito de Percy… —Percy Jackson, quieres decir. El novio de Annabeth, el chico que está desaparecido Quirón asintió. —Esperaba después de que él tuviera éxito en la Guerra del Titán y que salvara el Monte Olimpo, podríamos tener un poco de paz. Podría disfrutar un último triunfo, un final feliz, y quizás un retiro tranquilo. Debería haberlo sabido. El último capítulo se acerca, tal y cómo lo hizo antes. Lo peor está por venir. En la esquina, el juego hizo un pitido entristecido como si un Pac-Man acabara de morir. —Va… vale— dijo Jason —Entonces, el último capítulo, ha sucedido antes, lo peor está por venir. Suena divertido, pero, ¿podemos ir a la parte en la que se supone que estoy muerto? No me gusta esa parte. —Me temo que no puedo explicártelo, chico. Juré sobre el río Estigio y todas las cosas sagradas que nunca… —Quirón añadió —Pero estás aquí, rompiendo el mismo juramento. Eso tampoco, no debería ser posible. No entiendo. ¿Quién puede haber hecho tal cosa? ¿Quién…?

Seymour el leopardo aulló. Su boca se congeló, a medio abrir. El juego de arcade dejó de sonar. El fuego dejó de crepitar, las llamas se endurecieron como el vidrio rojo. Las máscaras se quedaron mirando en silencio a Jason con sus grotescos ojos de uva y sus lenguas de hojas verdes. —Quirón— preguntó Jason —¿Qué está pasando…? El anciano centauro también se había congelado. Jason saltó del sofá, pero Quirón se quedó mirando hacia el mismo lugar, con la boca abierta a mitad de frase. Sus ojos no parpadeaban. Su pecho no se movía. —Jason — dijo una voz. Por un momento, pensó que el leopardo había hablado. Entonces una neblina oscura salió de la boca de Seymour, y un pensamiento apareció en la cabeza de Jason: venti. Agarró la moneda de oro de su bolsillo. Con un tirón rápido, se transformó en una espada. La neblina tomó la forma de una mujer vestida de negro. Su cara estaba encapuchada, pero sus ojos brillaban en la oscuridad. Sobre sus hombros había una piel de cabra, pero él reconoció que era alguien importante. —¿Atacarías a tu madrina?— le reprendió la mujer. Su voz resonó en la cabeza de Jason —Baja la espada. —¿Quién eres?— exigió —¿Cómo te…? —Nuestro tiempo es limitado, Jason. Mi misión crece hora a hora. Me tomó un mes reunir la energía suficiente para trabajar con incluso la más pequeña magia a través de sus bonos. Me las he arreglado para traerte aquí, pero ahora tengo poco tiempo, y mucha menos energía. Esta puede ser la última vez que pueda hablar contigo. —¿Estás en la cárcel?— Jason decidió que tal vez sería mejor no bajar la espada —Mira, no sé quién eres, pero no eres mi madrina. —Me conoces— insistió —Te conozco desde tu nacimiento. —No me acuerdo. No recuerdo nada. —No, es verdad— aceptó —Pero esto también era necesario. Tiempo atrás, tu padre me ofreció tu vida como regalo para aplacar mi ira. Te llamó Jason, por mi mortal favorito. Me perteneces. —Vaya, no le pertenezco a nadie— dijo Jason. —Ahora es el momento de pagar tu deuda— dijo —Busca mi prisión. Libérame, o su rey ascenderá de la Tierra y seré destruida. Nunca deberás recuperar tu memoria. —¿Es una amenaza? ¿Me robaste mis recuerdos?

—Tienes hasta el ocaso del solsticio, Jason. Cuatro cortos días. No me falles. La mujer de negro se desvaneció, y la neblina volvió a la boca del leopardo. El tiempo se descongeló. El aullido de Seymour se volvió en una tos como si se hubiera tragado una bola de pelo. El fuego cobró vida, la máquina de arcade sonó y Quirón dijo: —¿…se atrevería a traerte aquí? —Probablemente la mujer de la neblina—, dijo Jason. Quirón le miró sorprendido —¿No estabas sentado? ¿Porqué tienes la espada en la mano? —Odio tener que decir esto: pero creo que el leopardo se ha comido una diosa— dijo Jason. Le explicó a Quirón la visita durante el parón del tiempo, la oscura figura de la niebla que había desaparecido dentro de la boca de Seymour. —Oh, chico— murmuró Quirón —Eso explica muchas cosas. —Entonces, ¿porqué no me explicas unas cuantas?— dijo Jason —Por favor. Antes de que Quirón pudiera decir nada, unos pasos resonaron en el porche de fuera. La puerta de entrada reventó y Annabeth y otra chica, una pelirroja traían arrastrando a Piper. La cabeza de Piper colgaba como si estuviera inconsciente. —¿Qué ha pasado?— se precipitó Jason —¿Qué le ha pasado? —La cabaña de Hera—, entredijo Annabeth, como si hubieran estado corriendo —Visión. Mala. La pelirroja alzó la visa, y Jason vio que había estado llorando. —Creo…— la pelirroja se atragantó —Creo que la he matado.

CAPÍTULO VIII JASON JASON Y LA PELIRROJA, QUE DIJO LLAMARSE Rachel, pusieron a Piper en el sofá mientras Annabeth corría al vestíbulo buscando un kit de medicina. Piper respiraba todavía, pero no se despertaba. Parecía estar en una especie de coma. —Tenemos que curarla— insistió Jason —Hay una manera, ¿no? Al verla tan pálida, casi sin respirar, Jason sintió una oleada de protección. Tal vez no la conocía en realidad. Tal vez no era su novia. Pero habían sobrevivido al Gran Cañón juntos. Habían hecho todo ese camino. La había abandonado durante un rato y había sucedido esto. Quirón le puso la mano en la frente e hizo una mueca. —Su mente está en un estado muy frágil. Rachel, ¿qué ha pasado? —Ojalá lo supiera— dijo —Tan pronto como llegué al campamento, tuve la necesidad de ir a la cabaña de Hera. Entré y Annabeth y Piper entraron mientras yo estaba dentro. Hablamos y entonces todo se quedó en blanco. Annabeth dice que he hablado con una voz distinta. —¿Profecía?— preguntó Quirón.

—No. El espíritu de Delphi viene de dentro. Sé cómo se siente. Esto ha sido como de larga distancia, un poder tratando de usarme para manifestarse. Annabeth entró con una bolsa de cuero. Se arrodilló junto a Piper. —Quirón, lo que ha pasado allí, nunca había visto nada parecido. He escuchado la voz de Rachel durante una profecía, esta vez era diferente. Sonaba como una mujer mayor. Agarró los hombros de Piper y le dijo… —Que la liberara de una prisión— adivinó Jason. Annabeth se le quedó mirando. —¿Cómo lo sabes? Quirón hizo un gesto con tres dedos encima de su corazón, como si tratara de expulsar el mal. —Jason, cuéntaselo. Annabeth, la bolsa de la medicina, por favor. Quirón dejó caer gotas de un frasco de medicina en la boca de Piper, mientras Jason explicaba lo sucedido cuando la habitación se congeló, la mujer de la niebla oscura que decía ser madrina de Jason. Cuando terminó, no habló nadie, lo que le hizo sentir más ansioso. —¿Esto pasa normalmente?— preguntó —¿Una llamada sobrenatural de convictos que piden que les liberes de la cárcel? —¿Tu madrina?— dijo Annabeth —¿No es su padre divino? —No, ella dijo madrina. También dijo que mi padre le había concedido mi vida. Annabeth frunció el ceño. —Yo nunca he oído algo así antes… Dijiste que el venti en la pasarela confesó trabajar para una señora que le daba órdenes, ¿no es cierto? ¿Podría ser la mujer que viste, jugando con tu mente? —No lo creo— dijo Jason —Si ella hubiera sido mi enemiga, ¿por qué me pediría ayuda? Está encarcelada. Está preocupada por algún otro enemigo que se hace más poderoso. Algo de un rey alzándose de la tierra en el solsticio… Annabeth se giró hacia Quirón. —Cronos, no. Por favor, dime que no es él. El centauro parecía miserable. Sujetaba la muñeca de Piper, buscando el pulso. Finalmente dijo:

—No es Cronos. Esa amenaza terminó. Pero… —¿Pero qué?— preguntó Annabeth. Quirón cerró la bolsa de medicina. —Piper necesita descanso. Deberíamos discutir esto luego. —O ahora— dijo Jason —Señor, Quirón, me dijo que la mayor amenaza se avecinaba. El último capítulo. No puede significar algo peor que un ejército de titanes, ¿no? —Oh— dijo Rachel en un susurro —Oh, cielos. Esa mujer era Hera. Claro. Su cabaña, su voz. Ella se mostró a Jason al mismo tiempo. —¿Hera?— el gruñido de Annabeth era aún más fiero que el de Seymour —¿Ella se manifestó a través de ti? ¿Ella hizo esto a Piper? —Creo que Rachel tiene razón— dijo Jason —La mujer parecía una diosa. Y ella vestía esa… esa piel de cabra. Eso es un símbolo de Juno, ¿cierto? —¿Lo es?— Annabeth frunció el seño —Nunca lo había oído. Quirón asintió. —De Juno, el aspecto romano de Hera, en su estado más bélico. La piel de cabra era un símbolo de los soldados romanos. —¿Entonces Hera está encarcelada?— preguntó Rachel —¿Quién podría hacerle eso a la reina de los dioses? Annabeth cruzó los brazos. —Bien, quienes quiera que sean, quizás deberíamos agradecérselo. Si han podido hacer callar a Hera… —Annabeth,— alertó Quirón —ella sigue siendo una de los Olímpicos. En muchas formas, es el pegamento que une la familia de los dioses unida. Si de verdad ha sido encarcelada y está en peligro de destrucción, esto podría romper los fundamentos del mundo. Podría desestabilizar el equilibro del Olimpo, algo que no es bueno ni siquiera en los mejores momentos. Y si Hera ha pedido ayuda a Jason… —Bien—, gruñó Annabeth —Bien, sabemos que los titanes pueden capturar a los dioses, ¿no? Atlas capturó a Artemisa tiempo atrás. Y en las viejas historias, los dioses se capturaban los unos a los otros en trampas todo el tiempo. ¿Pero algo peor que un titán…? Jason miró la cabeza de leopardo. Seymour se relamía como si la diosa hubiera sabido mucho mejor que las salchichas.

—Hera dijo que había estado intentado escapar durante un mes. —Que es el tiempo que lleva el Olimpo cerrado— dijo Annabeth —Entonces los dioses deben saber que algo malo está pasando. —¿Pero para qué usar su energía en mandarme aquí?— preguntó Jason —Ella borró mi memoria, me metió en la Escuela de la Salvajería y te envió una visión en un sueño para que me fueras a buscar. ¿Por qué soy tan importante? ¿Por qué no simplemente enviar una señal de emergencia a otros dioses, hacerles saber dónde está para que la puedan ayudar a escaparse? —Los dioses necesitan de los héroes para hacer sus misiones en la tierra— dijo Rachel. —¿No es así? Sus destinos están siempre entrelazados con los semidioses —Eso es cierto— dijo Annabeth —Pero Jason tiene razón. ¿Porqué él? ¿Por qué robarle la memoria? —Y Piper está envuelta de alguna manera —dijo Rachel —Hera le envió el mismo mensaje: Libérame. Y Annabeth también tiene algo que ver con la desaparición de Percy. Annabeth fijó sus ojos en los de Quirón. —¿Por qué estás tan callado, Quirón? ¿A qué nos enfrentamos? La cara del viejo centauro parecía que hubiera envejecido diez años en pocos minutos. Las líneas alrededor de sus ojos estaban más hundidas. —Querida, en esto, no puedo ayudarte. Lo lamento. Annabeth parpadeó. —Nunca… nunca me has ocultado nada. Hasta la última gran profecía… —Estaré en mi despacho.— Su voz sonaba dura. —Necesito un tiempo para pensar antes de cenar. Rachel, ¿vigilarás la chica? Llama a Argos para que la lleve a la enfermería, si fueras tan amable… Y Annabeth, habla con Jason. Háblale… sobre los dioses griegos y romanos. —Pero… El centauro se giró en su silla de ruedas y rodó por el vestíbulo. Los ojos de Annabeth chispearon. Murmuró algo en griego, y Jason juró que comentaba algo sobre los centauros. —Lo siento— dijo Jason —Noto que mi presencia aquí… no lo sé. He liado las cosas desde que he llegado, de alguna manera. Quirón dijo que rompía un juramento y que no podía hablar sobre ello. —¿Qué juramento?— preguntó Annabeth —Nunca le he visto actuar de tal manera. ¿Por qué me habrá dicho que te hable de los dioses?

Su voz se cortó. Acababa de darse cuenta de la espada de Jason en la mesa de café. Tocó la hoja con cuidado, como si estuviera caliente. —¿Esto es oro?— dijo —¿Recuerdas dónde la conseguiste? —No— dijo Jason —Como he dicho, no recuerdo nada. Annabeth asintió, como si hubiera ideado algún plan brillante. —Si Quirón no nos ayuda, necesitamos valernos por nosotros mismos. Lo que significa… cabaña número quince. Rachel, échale un ojo a Piper. —Claro— prometió Rachel —Buena suerte a los dos. —Espera— dijo Jason —¿Qué hay en la cabaña número quince? Annabeth se detuvo. —Quizás una forma de recuperar tu memoria. Se encaminaron hacia un ala más nueva de cabañas en la esquina suroeste del prado. Algunas eran bonitas, con paredes brillantes o antorchas crepitantes, pero la Cabaña Quince no era tan dramática. Parecía una casa anticuada de la pradera con paredes de barro y techo en punta. En la puerta colgaba una corona de flores carmesí, amapolas rojas, Jason pensó que no estaba seguro de cómo lo sabía. —¿Crees que esta es la cabaña de mi padre divino?— preguntó. —No—, dijo Annabeth —Esta es la cabaña de Hipnos, el dios del sueño. —Entonces porqué… —Lo has olvidado todo— dijo ella —Si hay algún dios capaz de ayudar a recuperar la memoria perdida, es Hipnos. Dentro, aunque era casi la hora de la cena, tres niños estaban durmiendo en un montón de mantas. Un fuego templado crepitaba en el hogar. Encima de la repisa de la chimenea colgaba una rama de árbol, cada rama goteaba un líquido blanco hasta una colección de platos de estaño. Jason se tentó de coger una gota con el dedo para ver qué era, pero se contuvo. Un violín sonaba desde alguna parte. El aire olía a ropa recién lavada. La cabaña era tan acogedora y tranquila que los párpados de Jason comenzaron a pesar. Una siesta era muy buena idea. Estaba agotado. Había un montón de camas vacías, todas ellas con almohadones de plumón, sábanas y edredones suaves… Annabeth le dio un codazo —Quítate eso de la cabeza.

Jason parpadeó. Se dio cuenta de que sus rodillas habían comenzado a dormirse. —La cabaña quince le hace lo mismo a todo el mundo— advirtió Annabeth —Este lugar es más peligroso aún que la cabaña de Ares. Almenos con los de Ares, puedes saber dónde están las minas ocultas. —¿Minas ocultas? Ella caminó el chico que roncaba más cercano y sacudió su hombro —¡Clovis! ¡Despierta! El chico parecía un bebé de vaca. Tenía un mechón rubio de pelo en la cabeza con forma de cuña, de carácter grueso y cuello grueso. Su cuerpo era robusto, pero sus brazos eran delgados como si nunca hubiera levantado más pesado que una almohada. —Clovis— Annabeth le sacudió más fuerte, y finalmente le golpeó en la frente unas seis veces. —¿Q-qué?— se quejó Clovis, sentado y entrecerrando los ojos. Bostezó y Annabeth y Jason bostezaron también. —¡Para ya!— dijo Annabeth —Necesitamos tu ayuda. —Estaba durmiendo. —Siempre duermes. —Buenas noches. Antes de que pudiera acostarse, Annabeth le arrebató la almohada de la cama. —No es justo— se quejó Clovis —Devuélvemela. —Primero ayuda, luego duerme— dijo Annabeth. Clovis suspiró. Su aliento olía a cálida leche. —Bien, ¿qué? Annabeth le explicó el problema de Jason. De vez en cuando había que chasquear los dedos debajo de su nariz para mantenerlo despierto. Clovis se debió emocionar, porque cuando Annabeth acabó, no se durmió. En realidad se levantó y se estiró, luego parpadeó mirando a Jason. —Así que no recuerdas nada, ¿eh? —Sólo impresiones— dijo Jason —Sentimientos, o…

— ¿Sí?— dijo Clovis. —Como si no debiera estar aquí. En este campamento. Estoy en peligro. —Hmm. Cierra los ojos. Jason miró a Annabeth, pero asintió con la cabeza para tranquilizarle. Jason tenía miedo de terminar roncando en una de las literas para siempre, pero cerró los ojos. Sus pensamientos se enturbiaron, como si se hundiera en un lago oscuro. Lo siguiente que supo, sus ojos se abrieron de golpe. Estaba sentado en una silla junto al fuego. Clovis y Annabeth estaban arrodillados junto a él. —…grave, de acuerdo. — estaba diciendo Clovis. — ¿Qué ha pasado?— dijo Jason —¿Cuánto tiempo…? —Sólo unos minutos—, dijo Annabeth —Pero ha sido tenso. Casi te disuelves. Jason esperaba que no lo hubiera querido decir literalmente, pero su expresión era solemne. —Por lo general— dijo Clovis —los recuerdos se pierden por una buena razón. Se hunden en la superficie como los sueños, y con un buen sueño, se puede traer de vuelta. Pero esto… — ¿Lete?— preguntó Annabeth. —No. — dijo Clovis —Ni siquiera Lete. — ¿Lete?— preguntó Jason. Clovis señaló a la rama del árbol que goteaba leche por encima de la chimenea. —El río Lete del Inframundo. Disuelve tus recuerdos, limpia de manera permanente tu mente. Esa es la rama de un álamo del Inframundo, sumergida en el Lete. Es el símbolo de mi padre, Hipnos. Lete no es un lugar al que quieras ir a nadar. Annabeth asintió con la cabeza. —Percy estuvo ahí una vez. Me dijo que era lo suficientemente fuerte como para limpiar la mente de un titán. Jason se alegró de no haber tocado la rama. —Pero… ¿ese no es mi problema? —No— dijo Clovis —Tu mente no está borrada, tus recuerdos no están enterrados. Han sido robados. El fuego crepitaba. Las gotas del Lete caían en las tazas de estaño en la repisa. Otro campista de Hipnos murmuró entre sueños algo sobre un pato.

—Robados— dijo Jason —¿Cómo? —Un dios— dijo Clovis —Sólo un dios puede tener ese poder. —Lo sabemos— dijo Jason —Fue Juno. ¿Pero cómo lo hizo? Clovis se rascó el cuello —¿Juno? —Quiere decir Hera— dijo Annabeth —Por alguna extraña razón, Jason prefiere los nombres romanos. —Hmm— dijo Clovis. —¿Qué?— preguntó Jason —¿Eso significa algo? —Hmmm—, dijo Clovis de nuevo, esta vez Jason se dio cuenta de que estaba roncando. —¡Clovis!— gritó. —¿Qué? ¿Qué?— sus ojos se abrieron —Estábamos hablando de almohadas, ¿verdad? No. Dioses. Lo recuerdo. Griegos y romanos. Claro que podría ser importante. —Pero son los mismos dioses —dijo Annabeth —Sólo nombres distintos. —No exactamente— dijo Clovis. Jason se inclinó hacia adelante, ahora muy despierto —¿Qué quieres decir con no exactamente? —Bueno…— Clovis bostezó —Algunos dioses son sólo romanos. Como Jano o Pomona. Pero incluso los dioses griegos principales, no sólo sus nombres cambiaron cuando se movieron a Roma. Su apariencia cambió. Sus atributos cambiaron. Incluso tenían personalidades ligeramente distintas. —Pero…— Annabeth vaciló —Está bien, quizás la gente los veía de manera diferente a través de los siglos. Pero eso no cambia lo que son. —Claro que sí— Clovis comenzó a cabecear y Jason chasqueó los dedos. —¡Voy, mamá!— gritó Clovis —Quiero decir… sí, estoy despierto. Pues eso, que las personalidades. Los dioses cambian para reflejar la cultura que les acoge. Lo sabes, Annabeth. Me refiero a que, hoy en día, a Zeus le gustan los trajes a medida, los realities de la televisión y ese restaurante de comida china al este de la calle Veintiocho, ¿no? Fue el mismo en la época romana, y los dioses fueron romanos casi tanto como fueron griegos. Fue un gran imperio, que duró siglos. Por supuesto que sus aspectos romanos forman parte de su carácter. —Tiene sentido— dijo Jason.

Annabeth negó con la cabeza, desconcertada. —Pero, ¿cómo sabes todo eso, Clovis? —Oh, paso mucho tiempo soñando. Veo los dioses allí todo el tiempo, siempre cambiando de forma. Los sueños son líquidos, ya sabes. Puedes estar en diferentes lugares al mismo tiempo, las identidades cambian constantemente. Es muy parecido a ser un dios, en realidad. Como hace poco, que soñé que estaba en un concierto de Michael Jackson, y que estaba en el escenario con Michael Jackson, y que cantábamos un dueto, y no podía recordar las letras de ‘The Girl Is Mine’. Oh, cielos, fue vergonzoso… —Clovis— le interrumpió Annabeth. —¿Volvemos a Roma? —Sí, Roma.— dijo Clovis —Por lo tanto llamamos a los dioses por sus nombres griegos porque es su forma original. Pero decir que sus aspectos romanos son exactamente lo mismo no es cierto. En Roma eran un poco más belicosos. No se mezclaban con mortales. Eran más duros, más potentes, los dioses de un gran imperio —Cómo el lado oscuro de los dioses— preguntó Annabeth. —No exactamente— dijo Clovis —Defendían la disciplina, el honor, la fuerza… —Cosas buenas, entonces— dijo Jason. Por alguna razón sintió la necesidad de defender a los dioses romanos, aunque no estaba seguro de porqué le importaba. —Yo… quiero decir, la disciplina es importante, ¿no? Eso es lo que ayudó a Roma a durar tanto tiempo. Clovis le dirigió una mirada curiosa. —Es cierto. Pero los dioses romanos no eran muy amables. Por ejemplo, mi padre Hipnos… no hizo mucho, salvo dormir en tiempos de los griegos. En tiempos romanos, le llamaban Somnus. Le gusta matar a la gente que no estaba alerta en sus puestos de trabajo. Si cabeceaban durante un mal momento, bum, nunca se despertaban. Mató al timonel de Eneas cuando navegaban de Troya. —Simpático.— dijo Annabeth —Pero sigo sin entender qué tiene que ver Jason con todo esto. —Ni yo.— dijo Clovis —pero si Hera te ha robado la memoria, sólo ella puede devolvértela. Y si tuviera que conocer a la reina de los dioses, me gustaría que estuviera en un modo más Hera que en Juno. ¿Puedo volver ya a dormir? Annabeth miró fijamente la rama encima de la chimenea, goteando agua del Lete dentro de las tazas. Parecía preocupada, Jason se preguntó si estaría considerando beber para olvidar sus problemas. Entonces se levantó y le devolvió a Clovis su almohada. —Gracias, Clovis. Te veremos en la cena.

—¿No puedo llamar al servicio de habitaciones?— bostezó Clovis y se tumbó en su cama —Me siento como si…..zzz….— Se derrumbó y hundió la cara en la almohada. —¿No se asfixiará?— preguntó Jason. —Estará bien— dijo Annabeth. —Pero comienzo a pensar que te encuentras en un terrible problema.

CAPÍTULO IX PIPER
PIPER SOÑÓ CON EL ÚLTIMO DÍA que pasó junto a su padre. Estaban en una playa cerca de Big Sur, descansando de hacer surf. Esa mañana había sido perfecta, Piper sabía que algo malo iba a suceder pronto: una horda de paparazzi, o quizás un ataque de un tiburón blanco. Algo que hiciera honor a su suerte. Pero ni de lejos: tuvieron unas olas excelentes, un cielo impecable, y una milla de costa oceánica sólo para ellos. Papá había encontrado este lugar fuera de la carretera, alquiló una villa frente el mar y las propiedades a cada lado, de alguna manera para mantener el secreto. Si se quedaba allí por mucho tiempo, Piper sabía que los fotógrafos le encontrarían. Siempre lo hacían. —Buen trabajo por ahí, Pipes— le dio su mejor sonrisa, la sonrisa por la que se había hecho famoso: dientes perfectos, barbilla con hoyuelo, un brillo en sus ojos oscuros que siempre hacen que las mujeres chillen y le pidan firmar en sus cuerpos con rotuladores permanentes (De verdad, pensaba Piper, buscaos una vida). Su pelo corto negro brillaba con el agua salada. —Estás mejorando tras remontar diez olas. Piper se enjuagó con orgullo, aunque sospechaba que Papá estaba siendo amable. Ella se pasaba la mayor parte del tiempo remontando olas. Se necesitaba un talento especial para correr con una tabla de surf. Su padre era un surfero natural, algo que no tenía sentido ya que había crecido como un pobre niño de Oklahoma, cientos de millas lejos del océano, pero era impresionante rizando las olas. Piper habría dejado de surfear tiempo atrás si esto no le hubiera permitido pasar tiempo con él. No había muchas maneras de hacerlo. —¿Sándwich? Papá escarbó en la cesta de picnic que Arno, su chef, había hecho. —Veamos: pesto de pavo, wasabi de pastel de cangrejo, ah, un especial Piper. Mantequilla de cacahuete y gelatina. Ella cogió el sándwich, aunque su estómago estaba demasiado preocupado como para comer. Siempre había querido un MCyG. Piper era vegetariana, por una razón. Había sido así desde que pasaron por delante de ese matadero en Chino y el olor hizo que sus tripas quisieran salir. Pero era más que eso. MCyG era su comida simple, como algo que un chico normal tuviera para comer. A veces se imaginaba que su padre lo había hecho especialmente para ella, no un chef francés personal que le gustaba envolver los sándwiches en papel de plata hecho con oro con una bengala de luz en lugar de un palillo de dientes.

¿Había algo más simple? Es por eso por lo que siempre rechazaba las ropas de moda que Papá le ofrecía, los zapatos de diseño, las visitas al salón. Se cortaba su propio pelo con unas tijeras de plástico de Garfield, deliberadamente, para que quedara desigual. Prefería vestir unas destartaladas zapatillas, tejanos, una camiseta y su vieja chaqueta de Polarted desde que hicieron snowboard. Y odiaba todos los colegios privados de pijos que Papá creía que eran buenos para ella. Ella seguía siendo expulsa. Él seguía encontrando más colegios. Ayer, ella había dado su mejor golpe: conducir ese BMW ‘prestado’ del concesionario. Tenía que usar cada vez un truco más grande para que cada vez más y más poder conseguir la atención de Papá. Ahora se arrepentía. Papá no lo sabía aún. Le habría gustado decírselo aquella mañana. Pero él la había sorprendido con este viaje, y ella no podría arruinarlo. Era la primera vez que habían hecho algo juntos desde hacía… ¿tres meses? — ¿Qué pasa?— le pasó un refresco. —Papá, hay algo… —Espera, Pipes. Esa cara está muy seria. ¿Preparada para las Tres Preguntas? Llevaban jugando a ese juego durante años, era la forma de papá de mantenerse conectados en el mínimo tiempo posible. Podrían preguntarse el uno al otro cualquier pregunta. Sin tabúes, y tenías que responder con sinceridad. El resto del tiempo, Papá se comprometió a mantenerse al margen de sus cosas, algo que era fácil, desde que no estaba nunca cerca. Piper sabía que la mayoría de los niños no les gustaría ese interrogatorio de este tipo con sus padres. Pero ella lo buscaba. Era como surfear: no muy fácil, pero una forma de sentir que tenía un padre de verdad. —La primera pregunta— dijo Piper —Mamá. No era ninguna sorpresa. Ese siempre era uno de sus temas preferidos. Su padre se encogió de hombros con resignación. — ¿Qué quieres saber, Piper? Ya te lo he contado: desapareció. No sé por qué, ni a dónde. Después de que nacieras, ella simplemente se fue. Nunca más he sabido de ella. — ¿Crees que todavía está viva?

No era una pregunta real. Papá tenía permitido responder que no lo sabía. Pero ella quería oír cómo iba a responderle. Se quedó mirando las olas. —Tu abuelo Tom—, dijo al fin —solía decirme que si caminaba lo suficientemente lejos hacia la puesta de sol, habría llegado al País Fantasma, dónde se podría hablar con los muertos. Dijo que hace mucho tiempo, podías resucitar a los muertos, pero entonces la humanidad estaría en un mal estado. Bueno, es una historia muy larga. —Cómo la Tierra de los Muertos para los griegos— recordó Piper —También estaba al oeste. Y Orfeo, intentó traer a su mujer de allí. Papá asintió. Un año antes, había tenido un papel protagonista como un rey de la Antigua Grecia. Piper le había ayudado en su búsqueda de mitos, todas esas historias de gente que se convierte en piedra y es hervida en lagos de lava. Se lo pasaron muy bien leyendo juntos, y esto hizo que la vida de Piper no pareciera tan mala. Durante un rato se sintió más cerca de su padre, pero cómo todo, tuvo que terminar. —Hay muchos parecidos entre los griegos y los cherokees— aceptó Papá —Imagínate qué nos diría tu abuelo si nos viera ahora, sentados al final de la tierra occidental. Se creería que somos fantasmas. —¿Entonces te crees esas historias? ¿Crees que Mamá está muerta? Sus ojos se humedecieron, y Piper vio tristeza en ellos. Se imaginó que sería por eso por lo que las mujeres se sentían atraídas por él. Por fuera, parecía seguro y resistente, pero sus ojos estaban tan llenos de tristeza. Las mujeres querían saber porqué. Querían consolarle, pero nunca pudieron. Papá le contó a Piper que era algo cherokee, todos tenían esa oscuridad dentro por generaciones de dolor y sufrimiento. Pero Piper creía que era más que eso. —No me creo las historias— dijo —Son divertidas de contar, pero si de vedad crees en un País Fantasma, o espíritus de animales, o dioses griegos… No creo que pudiera dormir por las noches. Siempre estaría buscando a alguien a quien culpar. Alguien a quien culpar de la muerte del abuelo Tom por cáncer de pulmón, pensó Piper, antes de que papá se hiciera famoso y tuviera el dinero para curarle. Alguien a quien culpar por la desaparición de mamá, la única mujer a la que ha amado, abandonándole sin ni siquiera una nota de despedida, dejándole con una recién nacida a la que no estaba preparado para cuidar. Alguien a quien culpar por tener tanto éxito, pero sin ser feliz. —No sé si sigue viva— dijo —Pero creo que estará bien en el País Fantasma. No hay forma de volver. Si yo creyera lo contrario… no creo que pudiera, la verdad. Detrás de ellos se oyó la puerta de un coche abrirse. Piper se giró y su corazón dejó de latir. Jane se dirigía hacia ellos con su traje de negocios, tambaleándose en la arena con sus tacones de aguja

y con su PDA en la mano. La expresión de su rostro era preocupante, en parte triunfante, y Piper sabía que había hablado con la policía. Por favor, que se caiga, rezó Piper. Si hay algún espíritu animal o dios griego que pueda ayudarme, hacer que Piper pierda el conocimiento. No estoy pidiendo que se quede así para siempre, sólo dejarla sin conocimiento durante el resto del día, ¿por favor? Pero Jane siguió avanzando. —Papá— dijo Piper rápidamente —Algo pasó ayer… Pero él había visto a Jane, también. Estaba poniendo su cara de negocios. Jane no estaría ahí si no fuera algo serio. Una llamada del jefe de estudios, un proyecto que no que había ido bien o que Piper la había liado de nuevo. —Ahora volveremos a eso, Pipes— prometió —Será mejor que vea lo que quiere jane. Sabes cómo es. Sí, Piper lo sabía. Papa caminó por la arena hacia ella. Piper no podía oírlos hablar, pero no hacía falta. Leía las caras muy bien. Jane le dio los detalles del coche robado, a veces apuntaba a Piper como si fuera una mascota repugnante que había hecho sus necesidades en la alfombra. La energía y el entusiasmo de papá se desvanecieron. Hizo un gesto a Jane para que esperar. Se acercó a Piper. Ella no podía mirarle a los ojos, se sentía como si le hubiera traicionado. —Me dijiste que lo intentarías, Piper— dijo. —Papá, odio ese colegio. No puedo hacerlo. Te quería explicar lo del BMW, pero… —Te han expulsado— dijo — ¿Un coche, Piper? Tendrás dieciséis el año que viene. Podría comprarte el coche que quisieras. ¿Cómo has…? —¿Querrás decir que Jane me compraría el coche?— le recriminó Piper: no lo podía evitar. La ira brotó y se derramó fuera suyo. —Papá solo escúchame una vez. No me hagas esperar a las estúpidas Tres Preguntas. Quiero ir a una escuela normal. Quiero que me lleves a la noche de padres e hijas, no Jane. ¡O enséñame en casa! Aprendí mucho cuando leímos juntos sobre Grecia. Podríamos hacer eso todo el tiempo. Podríamos… —No hagas esto por mí— dijo su padre —Yo lo hago lo mejor que puedo, Piper. Hemos tenido varias veces esta conversación No, pensó. Había cortado en seco esta conversación. Desde hacía años. Su padre suspiró.

—Jane ha hablado con la policía, ha negociado un acuerdo. El concesionario no presentará cargos, pero tienes que ir a un internado en Nevada. Se especializan en problemas, niños problemáticos. —Eso es lo que soy— su voz tembló —Un problema. —Piper… dijiste que ibas a intentarlo. Me has defraudado. No sé qué más hacer —No hagas nada— dijo —Hazlo tú mismo. No dejes que Jane lo haga por ti. No puedes echarme. Papá miró la cesta de picnic. Su sándwich descansaba sin acabar con un cacho de papel de plata dorado. Habían planeado toda la tarde surfeando. Ahora todo estaba arruinado. Piper no podía creer que accediera a los deseos de Jane. No esta vez. No en algo tan grave como un internado. —Ves a hablar con ella— dijo Papá —Te dará los detalles. —Papá… Miró a la lejanía, miraba el mar como si pudiera ver el camino al País Fantasma. Piper se juró que no lloraría. Se dirigió por la playa hacia Jane, que le sonrió con frialdad y sacó un billete de avión. Como de costumbre, lo había arreglado todo. Piper era otro problema del día que Jane tacharía de la lista. El sueño de Piper cambió. Estaba de pie en la cima de una montaña, de noche. Las luces de la ciudad brillaban por debajo. Delante de ella una hoguera crepitaba. Unas llamas moradas parecían arrojar más sombras que luz, pero el calor era tan intenso que su ropa expulsaba vapor. —Esta es tu segunda advertencia— retumbó una voz tan potente que hizo temblar la tierra. Piper había oído esa voz antes, en sus sueños. Había tratado de convencerse de que no era tan terrible como la recordaba, pero fue peor. Detrás de la hoguera, una cara enorme se alzaba en la oscuridad. Parecía flotar por encima de las llamas, pero Piper sabía que estaba conectado a un cuerpo enorme. Parecía estar esculpida en la roca. Su cara no parecía viva a excepción de sus penetrantes ojos blancos, como diamantes, y sus horribles rastas, trenzadas con huesos humanos. Sonrío y Piper se estremeció. —Harás lo que se te diga— dijo el gigante —Irás en la búsqueda. Harás nuestra voluntad y entonces podrás mantener tu vida. De lo contrario… Hizo un gesto al lado del fuego. El padre de Piper colgaba inconsciente, atado en una estaca. Ella trató de gritar, llamar a su padre, suplicar al gigante que lo dejara ir, pero su voz no le hacía caso.

—Te vigilaré— dijo el gigante —Sírveme y ambos viviréis. Tienes la palabra de Encélado. Fállame… bueno, he dormido durante miles de años, joven semidiosa. Estoy hambriento. Fállame y comeré a gusto. El gigante soltó una carcajada. La tierra tembló. Una grieta se abrió a sus pies y Piper cayó en la oscuridad. Se despertó y sintió como si le hubiera pisoteado una compañía de bailarines irlandeses. Le dolía el pecho, y ella apenas podía respirar. Se agachó y cerró su mano alrededor de la empuñadura de la daga que Annabeth le había dado, Katoptris, el arma de Helena de Troya. Así que el Campamento Mestizo no había sido un sueño. — ¿Cómo te sientes?— preguntó alguien. Piper intentó concentrarse. Estaba acostada en una cama con una cortina blanca a un lado, igual que en una enfermería. La chica pelirroja, Elizabeth Dare, estaba sentada a su lado. En la pared había un cartel de un sátiro de dibujos animados que se parecía inquietantemente al entrenador Hedge con un termómetro en su boca. El cartel rezaba: No dejes que la enfermedad capture tu cabra. — ¿Dónde…?— la voz de Piper se apagó cuando vio el hombre en la puerta. Parecía el típico surfista de California, alto y bronceado, rubio, vestido con pantalones cortos y una camiseta. Pero tenía cientos de ojos azules por todo su cuerpo, incluso por sus brazos, por sus piernas y por su cara. Incluso en sus pies tenía ojos, mirándola entre las correas de las sandalias. —Ese es Argos— dijo Rachel —nuestro jefe de seguridad. Sólo está echando un ojo… por así decirlo. Argos asintió con la cabeza. El ojo de la barbilla le guiñó un ojo. — ¿Dónde?— Piper lo intentó de nuevo, pero sentía como si estuviera hablando con la boca llena de algodón. —Estás en la Casa Grande—dijo Rachel—Las oficinas del campamento. Te hemos traído aquí después de que te quedaras inconsciente. —Tú me cogiste—recordó Piper —La voz de Hera… —Lo siento mucho—dijo Rachel— Créeme, no quise ser poseída. Quirón te ha curado con un poco de néctar… — ¿Néctar?

—La bebida de los dioses. En pequeñas cantidades, cura a los semidioses, si no lo hace… te reduce a cenizas… —Ah, guay. Rachel se acomodó. — ¿Te acuerdas de tu visión? Piper dudó un momento, creía que se refería al sueño con el gigante. Entonces se dio cuenta de que Rachel hablaba de lo que sucedió en la cabaña de Hera. —Algo pasa con la diosa— dijo Piper —Me dijo que la liberara, como si estuviera atrapada. Mencionó que la tierra nos tragaría y algo sobre el solsticio… En la esquina, Argos hizo un ruido sordo. Sus ojos revolotearon todos a la vez. —Hera hizo a Argos— explicó Rachel —Es muy sensible cuando se trata de su seguridad. Estamos intentando hacer que no llore, porque la última vez que pasó… bueno, causó una pequeña inundación. Argos sollozó. Cogió un puñado de Kleenex de una mesita de noche y comenzó a frotarse los ojos por todo el cuerpo. —Así que…— Piper intentó no mirar fijamente a Argos mientras se secaba las lágrimas de los hombros —¿Qué le pasa a Hera? —No lo sabemos— dijo Rachel —Annabeth y Jason han estado aquí, por cierto. Jason no quería dejarte, pero Annabeth tuvo una idea, algo de devolverle la memoria. —Eso… eso es genial. ¿Jason había querido quedarse? Deseaba que hubiera sido consciente de ello. Pero su volviera a tener su memoria… ¿sería algo bueno? Ella todavía esperaba que su relación no fuera todo un truco de la Niebla. Céntrate, pensó. Si iba a salvar a su padre, no importaba si Jason sentía algo por ella o no. La odiaría tarde o temprano. Todo el mundo lo haría. Miró la daga atada a su lado. Annabeth había dicho que era un signo de poder y de nivel, pero no se usaba normalmente en una batalla. Todo espectáculo pero nada de sustancia. Falso, igual que Piper. Y su nombre era Katoptris, espejo. No se atrevía desenvainarlo de nuevo, no soportaría ver su reflejo. —No te preocupes— Rachel le apretó el brazo —Jason parece un buen tipo. Ha tenido una visión muy, muy similar a la tuya. Lo que está pasando con Hera… Creo que estáis destinados a trabajar juntos.

Rachel sonrió como si esto fuera una buena noticia, pero los ánimos de Piper se desplomaron aún más. Creía que esa búsqueda, o lo que fuera, implicaría personas que no conocía bien. Rachel básicamente le había dicho: ¡Buenas noticias! No sólo tu padre está atrapado por un gigante caníbal sino que también vas a traicionar al chico que te gusta. ¿No es increíble? —Eh. — dijo Rachel —No hace falta llorar. Saldremos de esta. Piper se secó los ojos, tratando de controlarse. Ella no era así. Se suponía que debía ser dura, una endurecida ladrona de coches, el terror de las escuelas privadas de Los Ángeles. Allí estaba ella, llorando como un bebé. — ¿Cómo sabes a lo que me enfrento? Rachel se encogió de hombros. —Sé que es una elección difícil y que no hay muchas opciones. Como he dicho, a veces tengo corazonadas. Pero, creo que vas a ser reclamada en la cena. Cuando sepas quién es tu madre divina, las cosas estarán más claras. Claras, pensó Piper, no mejores. Se acostó en la cama. Su frente le dolía como si alguien hubiera estado martilleándole los ojos. No hay forma de volver a ver a tu madre, le dijo su padre una vez. Pero aparentemente, esa noche, su madre la reclamaría. Por primera vez, Piper no estaba segura de si era eso lo que quería. —Espero que sea Atenea. Alzó la cabeza, temiendo que Rachel se burlara de ella, pero la oráculo sólo sonreía. —Piper no te culpo. ¿No? Creo que Annabeth también espera eso. Sois muy parecidas, ¿no? La comparación le hizo sentir aún más culpable a Piper. — ¿Otra corazonada? No sabes nada de mí. —Te sorprenderías. —Estás diciendo eso porque eres un oráculo, ¿no? Se supone que sois misteriosos. Rachel se echó a reír. —No estoy revelando mis secretos, Piper. No te preocupes. Las cosas irán bien, pero quizá no de la forma que esperas. —Eso no me hace sentir mejor. En algún lugar lejos de allí, sonó un cuerno. Argos se quejó y abrió la puerta.

— ¿La cena? —adivinó Piper. —Te has levantado mientras duraba la cena. — dijo Rachel — Ahora toca fogata. Vamos a descubrir quién eres.

CAPÍTULO X PIPER
LA IDEA DE UNA FOGATA ASUSTÓ A PIPER. Le hizo pensar en la gran hoguera morada de sus sueños, y su padre atado a una estaca. Lo que pasó, en cambio, fue casi tan aterrador: un solo de música. Las gradas del anfiteatro estaban esculpidas en la ladera de una colina, frente a una gran fogata de piedra a ambos lados. Cincuenta o sesenta niños llenaron las gradas, agrupados en grupos debajo de distintas banderas. Piper vio a Jason delante suyo junto a Annabeth. Leo estaba cerca, sentado con un grupo de campistas fornidos bajo una bandera gris acero adornada con un martillo. De pie delante del fuego, una media docena de campistas con guitarras y unas extrañas, y pasadas de moda harpas (¿liras?) saltaban, cantando una canción sobre las piezas de una armadura, algo sobre cómo su abuela se vestía para la guerra. Todo el mundo cantaba con ellos y hacía gestos para las piezas de la armadura y haciendo bromas. Era posiblemente la cosa más extraña que Piper había visto, una de esas canciones de fogata que serían vergonzosas a la luz del día, pero con la oscuridad, todo el mundo participaba, era todo muy cursi y a la vez divertido. A medida que el nivel de energía subía, las llamas crecían, cambiando del rojo al naranja al dorado. Finalmente la canción terminó con un estruendoso aplauso. Un hombre a caballo trotó hacía donde estaban ellos. Por lo menos a la luz de la hoguera, Piper pensó que era un hombre a caballo. Se dio cuenta de que era un centauro, su mitad inferior de un caballo blanco, su parte superior de un hombre de mediana edad con el pelo rizado y barba recortada. Blandía una lanza con malvaviscos tostados empalados. — ¡Muy bonito! Y una especial bienvenida a nuestros recién llegados. Soy Quirón, director de actividades del campamento, me alegro de que hayáis llegado aquí con vida y con la mayoría de vuestros miembros pegados a vuestro cuerpo. En un rato, prometo que tendréis vuestros malvaviscos con chocolate y galletas pero antes… — ¿Qué hay de capturar la bandera? — gritó alguien. Las quejas estallaron entre algunos campistas con armadura, sentados bajo una bandera roja con el emblema de una cabeza de jabalí. —Sí— dijo el centauro —Sé que la cabaña de Ares está ansiosa por volver al bosque para nuestros juegos normales. — ¡Y matar gente!— gritó uno de ellos. —De todas formas —dijo Quirón —hasta que el dragón no esté bajo control, no será posible. Cabaña Nueve, ¿algo que añadir? Se volvió hacia el grupo de Leo. Leo hizo un guiño a Piper y le hizo un gesto amistoso con la mano. La chica de su lado se incomodó. Llevaba una chaqueta militar como Leo, con el cabello cubierto con un pañuelo rojo. —Estamos trabajando en ello.

Más quejas. — ¿Cómo, Nyssa?- exigió un chico de Ares. —Muy duro— dijo la chica. Nyssa se sentó mientras habían gritos y quejas, lo que causó que el fuego ardiera de una forma caótica. Quirón estampó sus cascos contra las piedras de la hoguera. Bang, bang, bang. Los campistas callaron. —Tendremos que esperar— dijo Quirón — Mientras tanto, tenemos asuntos más importantes que discutir. — ¿Percy?— preguntó alguien. El fuego se atenuó aún más, pero Piper no necesitaba ver el estado de las llamas para saber que la multitud estaba ansiosa. Quirón hizo un gesto a Annabeth. Respiró hondo y se levantó. —No he encontrado a Percy— anunció. Su voz tembló un poco cuando dijo su nombre. —No estaba en el Gran Cañón como pensé. Pero no vamos a desistir. Tenemos equipos en todas partes. Grover, Tyson, Nico, las cazadoras de Artemisa, todos le están buscando. Le encontraremos. Quirón habla de algo distinto. Una nueva búsqueda. — ¿Es la Gran Profecía?—dijo una chica. Todo el mundo se giró. La voz venía de un grupo al final, sentado bajo una bandera rosa con el emblema de una paloma. Habían estado hablando entre ellos sin prestar mucha atención hasta que su líder se levantó: Drew. Todo el mundo parecía sorprendido. Al parecer Drew no se dirigía a la multitud a menudo. — ¿Drew?— dijo Annabeth. — ¿Qué quieres decir? —Oh, vamos—Drew movió sus manos como si hablara de un tema obvio —El Olimpo está cerrado. Percy ha desaparecido. Hera envía visiones y vuelves con tres nuevos semidioses en un día. Me refiero, algo extraño está pasando. La Gran Profecía ha comenzado, ¿no? Piper susurró a Rachel: — ¿De qué está hablando? ¿La Gran Profecía? Entonces se dio cuenta de que todo el mundo miraba a Rachel, también. — ¿Y bien?— llamó Drew —Tú eres la oráculo. ¿Ha comenzado la Gran Profecía?

Los ojos de Rachel daban miedo a la luz del fuego. Piper temía que volviera a estar poseída y volviera a convertirse en una loca diosa de los pavos reales de nuevo, pero caminó hacia el centro y se dirigió al campamento. —Sí— dijo —La Gran Profecía ha comenzado. Estalló un pandemónium. Piper llamó la atención de Jason. Él le dijo con la boca “¿Estás bien?” Ella asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa, pero luego desvió la mirada. Era muy doloroso verle y no poder estar con él. Cuando la conversación cedió, Rachel dio otros pasos hacia la audiencia y cincuenta semidioses se apartaron como si una flacucha mortal pelirroja diera más miedo que todos ellos juntos. —Para aquellos que no la han oído— dijo Rachel —la Gran Profecía fue mi primera predicción. Llegó en agosto. Dice así: “Siete mestizos responderán a la llamada. Bajo la tormenta o el fuego, el mundo debe caer” Jason se puso en pie. Sus ojos parecían salvajes, como si acabara de recibir una descarga eléctrica. Incluso le pilló a Rachel con la guardia bajada: — ¿J-Jason?—dijo— ¿Qué…? —Ut cum spiritu postrema sacramentum dejuremus— recitó —Et hostes ornamenta addent ad ianuam necem. Un silencio incómodo inundó el grupo. Piper podía ver que muchos de ellos intentaban traducir las líneas. Juraría que era latín, pero no estaba segura porqué su posible futuro novio estaba de repente recitando como un sacerdote católico. —Acabas de… finalizar la profecía— balbuceó Rachel — Un juramento que mantener con un último aliento, y los enemigos en armas ante las Puertas de la Muerte. ¿Cómo has…? —Sé esas palabras— Jason hizo una mueca y se llevó las manos a las sienes —No sé cómo, pero conozco la profecía. —En latín, no menos — llamó Drew —Guapo e inteligente. Hubo algunas risas de la cabaña de Afrodita. Dios, menudo grupo de perdedores, pensó Piper. Pero no hizo mucho para romper la tensión. La fogata ardía de forma caótica, con un nervioso color verde. Jason se sentó, mirando desconcertado, pero Annabeth puso una mano sobre su hombro y murmuró algo tranquilizador. Piper sintió una puntada de celos. Debía de estar ella ahí, a su lado, consolándole.

A Rachel Dare se la veía todavía un poco trastornada. Ella miraba hacia Quirón para orientarla, pero el centauro restaba sombrío y silencioso, como si estuviera viendo una obra de teatro que no podía interrumpir, una tragedia que acabara con un grupo de gente muerta en el escenario. —Bueno— dijo Rachel, intentado retomar la compostura —Sí, eso, esa es la Gran Profecía. Esperábamos que no sucediera de aquí a unos años, pero me temo que ha comenzado ya. No puedo dar una prueba, sólo es una sensación. Y como Drew ha dicho, algo extraño está pasando. Los siete semidioses, quienes quiera que sean, no se han reunido aún. Tengo la sensación de que algunos están aquí esta noche y que otros no. Los campistas comenzaron a agitarse y a murmurar, mirándose unos a otros con nerviosismo, hasta que una voz somnolienta gritó en la multitud: — ¡Oh dioses! ¡Estoy aquí! ¿Eh, qué…? —Vuelve a la cama, Clovis— gritó alguien y un montón de gente rió. —De todos modos— continuó Rachel —no sabemos lo que significa la Gran Profecía. No sabemos a qué se enfrentaran los semidioses, pero desde que la primera Gran Profecía predijo la Guerra del Titán, podemos adivinar que la segunda Gran Profecía predice algo igual de malo. —O peor aún— murmuró Quirón. No pretendía que los demás le escucharan, pero lo hicieron. La hoguera de inmediato se volvió púrpura oscuro, del mismo color que el sueño de Piper. —Lo que sí sabemos — dijo Rachel — es que la primera fase ha comenzado. Un problema más importante ha surgido, necesitamos una búsqueda para resolverlo. Hera, la reina de los dioses, ha sido capturada. Silencio. Entonces cincuenta semidioses comenzaron a hablar a la vez. Quirón golpeó sus cascos de nuevo, pero Rachel tuvo que esperar a después para retomar la atención del público. Les habló del incidente en la pasarela del Gran Cañón, cómo Gleeson Hedge se había sacrificado cuando atacaron los espíritus de la tormenta, y cómo los espíritus habían advertido que sólo era el comienzo. Al parecer, una señora quiere destruir todos los semidioses. Entonces Rachel les habló del suceso con Piper en la cabaña de Hera. Piper trató de mantener una expresión tranquila, incluso cuando se dio cuenta de que Drew imitaba un desmayo en la última fila mientras se reían en la última fila sus amigos. Finalmente Rachel les habló de la visión de Jason en el salón de la Casa Grande. El mensaje que Hera le había entregado era tan similar al de Piper que tuvo un escalofrío. La única diferencia era que Hera no había advertido que no la traicionara: arco a su voluntad, y su rey nos dominará, acabando con todos nosotros. Hera sabía de la amenaza del gigante. Pero si esto era cierto, ¿por qué no había avisado a Jason de que ella era enemiga? —Jason — dijo Rachel — ¿Recuerdas tu apellido?

Pareció tímido, pero negó con la cabeza. —Te llamaremos Jason entonces — dijo Rachel —Está claro que Hera te ha metido en una búsqueda. Rachel hizo una pausa, como si diera la oportunidad a Jason de protestar por su destino. Todos los ojos estaban fijos en él, había mucha presión. Piper no se habría puesto en su lugar. Sin embargo, él parecía valiente y decidido. Apretó los dientes y asintió con la cabeza: —Estoy de acuerdo. —Debes salvar a Hera de un gran mal —continuó Rachel —Algún tipo de rey quiere ascender. Por razones que aún no comprendo, sucederá durante el solsticio de invierno, en cuatro días. —Ese es el día del consejo de los dioses — dijo Annabeth — Si los dioses no saben que Hera se ha ido ya, se darán cuenta sin duda de su ausencia. Probablemente estalle la lucha, acusándose los unos a los otros de haberla secuestrado. Es lo que suelen hacer. —El solsticio de invierno— dijo Quirón en voz alta — es también el momento de mayor oscuridad. Los dioses se reúnen ese día, como los mortales, porque son fuertes en grupo. El solsticio es el día en el que la magia negra es más fuerte. Magia antigua, más antigua que los dioses. Es el día cuando las cosas… se ponen negras. La forma en que lo dijo, sonaba absolutamente siniestro, como si fuera un delito de primer grado, no algo que le hiciste a una masa para galletas. —De acuerdo — dijo Annabeth, mirando al centauro — Gracias, capitán Rayo de Sol. Sea lo que sea lo que esté pasando, estoy de acuerdo con Rachel. Jason ha sido elegido para liderar esta búsqueda, entonces… — ¿Por qué no ha sido reclamado? — Gritó alguien de la cabaña de Ares — Si es tan importante… — Ha sido reclamado— anunció Quirón—. Tiempo atrás. Jason, demuéstraselo. En un primer momento, Jason no entendió. Dio un paso adelante, nervioso, pero Piper no podía dejar de pensar lo increíble que parecía con su pelo rubio brillando a la luz del fuego, su rostro parecía de una escultura romana. Miró a Piper y ella asintió alentadoramente. Hizo el gesto de lanzar una moneda. Jason metió la mano en el bolsillo. Su moneda brilló en el aire, cuando la cogió con la mano, estaba armado con una lanza, una vara de oro de unos dos metros con una punta de lanza en un extremo. Los demás semidioses se quedaron sin aliento. Rachel y Annabeth dieron un paso atrás para evitar la punta. —No era una…— dudó Annabeth —Creía que tenías una espada.

—Em… Creo que sí, pero…. — dijo Jason — misma moneda, distintas armas. —Tío, quiero una de esas— dijo alguien de la cabaña de Ares. — ¡Mejor que la lanza eléctrica de Clarisse, Lamer!— coincidió uno de sus hermanos. —Eléctrica…— murmuró Jason, pensando que era buena idea— Apartad. Annabeth y Rachel captaron el mensaje. Jason alzó su jabalina, y un trueno retumbó en el cielo. Cada pelo en los brazos de Piper se erizó. El rayo arqueó el cielo hacia la punta de la lanza de oro y golpeó la hoguera con la fuerza de un misil. Cuando se disipó el humo, y hubieron disminuido los zumbidos en los oídos de Piper, todo el campamento estaba paralizado, medio ciegos, cubierto de cenizas, mirando el lugar donde había estado el fuego. Cenizas caían por todas partes. Una chispa de fuego había caído cerda del durmiente Clovis, que ni siquiera se había revuelto. Jason bajó su lanza. —Lo… lo siento. Quirón se expulsó algunos carbones de su barba. Hizo una mueca, como si sus peores temores se hubieran confirmado. —Un poco exagerado, pero creo que ha quedado claro. Y creo que sé quién es tu padre. —Júpiter — dijo Jason—. Me refiero a Zeus, señor del cielo. Piper no pudo evitar sonreír. Tenía mucho sentido. El dios más poderoso, padre de los mayores héroes de la antigüedad, nadie más podía ser padre de Jason. Al parecer, el resto del campamento no estaba tan seguro. Todo se rompió con el caos, docenas de personas preguntando cosas hasta que Annabeth levantó los brazos. — ¡Un momento!— dijo — ¿Cómo puede ser hijo de Zeus? Los tres grandes… su pacto de no tener hijos mortales… ¿cómo no hemos sabido de él antes? Quirón no respondió, pero Piper dio la sensación de que sabía la respuesta. Y la verdad es que no era nada bueno. —Lo importantes— dijo Rachel—, es que Jason está aquí ahora. Tiene una misión que cumplir, lo que significa que tendrá su propia profecía. Cerró los ojos y se desmayó. Dos campistas se adelantaron y la cogieron. Un tercero corrió hacia un lado del anfiteatro y le trajo un taburete de bronce con tres patas como si estuvieran entrenados para esto. Sentaron a Rachel en el taburete frente a la chimenea en ruinas.

Sin el fuego, la noche era oscura, pero la niebla verde comenzó a girar alrededor de los pies de Rachel. Cuando abrió los ojos, brillantes, el humo esmeralda salía de su boca. La voz que salió fue áspera y antigua, el sonido que haría una serpiente si pudiera hablar: —Niño del rayo, ten cuidado de la tierra. La venganza de los gigantes sietes deberá dar a luz. La forja y la paloma romperán la jaula. Y la muerte desatar a través de la ira de Hera. Con la última palabra, Rachel se derrumbó, pero sus ayudantes la sujetaron. Se la llevaron y la dejaron en un rincón para descansar. — ¿Eso es normal? —dijo Piper. Entonces se dio cuenta de que había hablando en voz alta, todo el mundo la estaba mirando. — Quiero decir… ¿es normal que vomite humo verde? —Dioses, ¡eres corta! — Dijo Drew — Acaba de anunciar la profecía de Jason para salvar a Hera. ¿Por qué no te…? —Drew— espetó Annabeth—, Piper ha hecho una pregunta normal. Algo sobre la profecía no es normal. Si romper la jaula de Hera provoca su ira y causa muchas muertes… ¿por qué deberíamos liberarla? Puede ser una trampa o… quizá Hera se vuelva contra sus rescatadores. Nunca ha sido amable con los héroes. Jason se levantó. —No tengo mucha elección. Hera me ha quitado mi memoria. La necesito de vuelta. Además, no podemos no ayudar a la reina de los cielos si está en peligro. Una chica de la cabaña de Hefesto se levantó, Nyssa, la chica con el pañuelo rojo. —Quizás, pero deberíamos escuchar a Annabeth. Hera puede ser vengativa. Ella expulsó a su hijo, nuestro padre, del Olimpo sólo por ser feo. —Realmente feo. —dijo alguien de la cabaña de Afrodita. — ¡Silencio!— gruñó Nyssa —De todas formas, también tenemos algo más en lo que pensar: ¿por qué temer de la tierra? Y, ¿qué es la venganza de los gigantes? ¿A qué nos enfrentamos que es tan fuerte como para secuestrar a la reina de los cielos? Nadie respondió, pero Piper notó que Annabeth y Quirón intercambiaban opiniones silenciosas. Piper entendió algo así como: Annabeth: la venganza de los gigantes. No puede ser. Quirón: no hables de eso aquí. No les asustes. Annabeth: ¡Bromeas! No podemos tener tan mala suerte. Quirón: Luego, niña. Si les explicas todo, estarán tan aterrorizados que no podrán entender.

Piper sabía que era de locos creer que podía leer las expresiones así de bien, de dos personas que escasamente conocía. Pero estaba segura de que les entendía y comprendía sus miedos. Annabeth respiró hondo. —Es la búsqueda de Jason— anunció—, por lo que es la elección de Jason. Obviamente, es el hijo del rayo. De acuerdo con la tradición, debe elegir dos acompañantes. Alguien de la cabaña de Hermes gritó: —Bueno, obviamente, tú, Annabeth. Tienes más experiencia que ningún otro. —No, Travis— dijo Annabeth —Primero de todo, no voy a ayudar a Hera. Cada vez que lo he intentado, me ha engañado o me ha intentado morder. Olvídalo. De ninguna manera. En segundo lugar, me voy mañana a primera hora en busca de Percy. —Está conectado. —Exclamó Piper, sin saber cómo —Sabes que es verdad. Todo este asunto, con la desaparición de tu novio. — ¿Cómo? — Exigió Drew — Si eres tan lista, ¿cómo? Piper intentó responderle, pero no pudo. Annabeth fue en su ayuda: —Quizá tengas razón, Piper. Si está conectado, lo sabremos, yo, buscando a Percy. Como he dicho no voy a correr en busca de ayudar a Hera, aunque si desaparición conlleve que los olímpicos peleen entre ellos. Pero hay otra razón por la que no debo ir. La profecía dice lo contrario. —Dice quién me debe acompañar — añadió Jason —. La forja y la paloma romperán la jaula. La forja es el símbolo de Vul… Hefesto. Bajo la bandera de la cabaña nueve, los hombros de Nyssa se desplomaron, como si llevara un yunque a las espaldas. —Si tienes que vigilar de la tierra— dijo— debes evitar viajar por tierra. Necesitarás un transporte aéreo. Piper estaba a punto de gritar que Jason podía volar. Pero luego lo pensó mejor. Eso se lo dejaba a él para contarlo, pero no mostraba interés de explicarlo. Quizás pensaba que ya había bastantes cosas raras por una noche. —El carro volador está roto— continuó Nyssa —y los pegasos los estamos utilizando para buscar a Percy. Pero quizás la cabaña de Hefesto puede ayudar a construir algo más. Con Jake fuera de servicio, soy la jefa de cabaña. Puedo ayudar en la búsqueda. No sonaba muy entusiasta.

Entonces Leo se levantó. Había estado callado, Piper, casi se olvidaba de que estaba ahí, que aquél no era Leo. —Soy yo— dijo. Sus compañeros de cabaña se revolvieron. Algunos intentaron hacerle sentar, pero Leo se resistió. —No, soy yo. Yo sé qué es. Tengo una idea para el problema del transporte. Dejadme intentarlo. ¡Puedo arreglarlo! Jason le estudió por un momento. Piper juraría que estaba a punto de decirle a Leo que no, pero luego sonrió. —Comenzamos esto juntos, Leo. Me parece justo que vengas. Encuéntranos un transporte, estás dentro. — ¡Sí!— Leo bombeó su puño. —Va a ser peligroso— le advirtió Nyssa —Falta de comida, monstruoso, terrible sufrimiento. Posiblemente ninguno de vosotros volverá con vida. —Oh— de repente, a Leo no se le veía muy emocionado. Entonces se acordó de que todos le miraban — Quiero decir. ¡Oh, qué bien! ¿Sufrimiento? ¡Me encanta el sufrimiento! ¡Hagámoslo! Annabeth asintió con la cabeza. —Entonces, Jason, sólo tienes que elegir el tercer miembro de la búsqueda. La paloma… — ¡Oh, por supuesto! — Drew se levantó y sonrió a Jason —La paloma es Afrodita. Todo el mundo lo sabe. Soy toda tuya. Piper apretó las manos. Dio un paso adelante. —No. Drew puso los ojos en blanco. —Oh, por favor, niña basura. Lárgate. —Yo tuve la visión de Hera, no tú. Tengo que hacer esto. —Cualquiera puede tener una visión — dijo Drew —Estabas en el lugar correcto en el momento adecuado. Se volvió a Jason.

—Mira, luchar es divertido. Y también la gente que construye cosas—miró con desdén a Leo— , supongo que alguien se tiene que ensuciar las manos. Pero también se necesita encanto. Y puedo ser muy persuasiva. Puedo ayudar bastante. Los campistas comenzaron a murmurar de cómo Drew era muy persuasiva. Piper podía ver a Drew ganándoselos. Incluso Quirón se rascaba la barba, como entendiendo que si Drew participaba todo tendría más sentido. —Bueno…— dijo Annabeth— Teniendo en cuenta el texto de la profecía… — ¡No!— su propia voz sonó extraña en sus oídos, más insistente, más rica en tono. —Se supone que debo ir yo. Entonces la cosa más extraña pasó. Todo el mundo asentía, murmuraba, el punto de vista de Piper también tenía sentido. Drew miró a su alrededor, incrédula. Incluso algunos de los campistas de Afrodita asentían también. —Acabemos con esto— Drew gritó a la multitud — ¿Qué puede hacer Piper? Piper intentó responder, pero su confianza se desvaneció. ¿Qué podría ofrecer ella? No era una guerrera, ni una estratega, ni un manitas. No tenía habilidades especiales, excepto meterse en problemas y en ocasiones convencer a la gente a hacer cosas estúpidas. Además, era una mentirosa. Tenía que ir en esta búsqueda por razones más allá de Jason, y si iba acabaría traicionando a todo el mundo. Oyó la voz de su sueño: Haz nuestra voluntad, y podrás caminar con vida. ¿Cómo podría escoger entre ayudar a su padre o ayudar a Jason? —Bien — dijo Drew con suficiencia —Creo que esto lo dice todo. De repente hubo un suspiro colectivo. Todo el mundo miró a Piper como si acabara de estallar. Se preguntó qué habría hecho mal. Entonces se dio cuenta de que había un resplandor rojizo a su alrededor. — ¿Qué?— gritó. Miró por encima suyo, pero no había ningún símbolo ardiente como el que había aparecido encima de Leo. Entonces miró hacia abajo y gritó. Su ropa… ¿qué demonios llevaba? Despreciaba los vestidos. No tenía ningún vestido. Pero ahora lucía un bonito vestido blanco sin mangas que bajaba hasta los tobillos, con un escote en V tan bajo que era totalmente vergonzoso. Unos delicados brazaletes de oro rodeaban sus bíceps. Un intrincado collar de ámbar, coral y flores doradas brillaba en su pecho, y su pelo… —Oh, dios — dijo — ¿Qué ha pasado?

Una aturdida Annabeth señaló la daga de Piper, que ahora estaba engrasada y brillaba, colgando de una cuerda dorada a su costado. No quería imaginarse qué había pasado. Tenía miedo de lo que iba a ver. Pero su curiosidad se impuso. Desenvainó Katoptris y se quedó mirando su reflejo en la hoja de metal pulido. Su cabello era perfecto: exuberante, largo y marrón chocolate, trenzado en cintas de oro por un lado que bajaba por sus hombros. Incluso llevaba maquillaje, mejor de lo que Piper habría sabido nunca, sutiles toques que hacían sus labios de un color rojo cereza y lucían todos los colores de sus ojos. Era… era… —Preciosa— exclamó Jason —Piper, eres… eres… un golpe de gracia. Bajo otras circunstancias, habría sido el momento más feliz de su vida. Pero todo el mundo la miraba como si fuera un bicho raro. La cara de Drew estaba llena de horror y repugnancia. — ¡No!— exclamó — ¡No es posible! —Esto no soy yo. — Protestó Piper —No entiendo nada… Quirón el centauro dobló sus patas delanteras y se inclinó ante ella, todos los campistas siguieron su ejemplo. —Que los dioses te guíen, Piper McLean— anunció Quirón gravemente, como si hablara en un funeral —Hija de Afrodita, señora de las palomas, diosa del amor.

CAPÍTULO XI LEO
LEO NO SE QUEDÓ ALLÍ DESPUÉS DE QUE PIPER se volviera guapa. Claro, era increíble y todo eso, ¡tenía maquillaje! ¡Milagro!, pero Leo tenía problemas que resolver. Se agachó por el anfiteatro y corrió en la oscuridad, preguntándose en qué se había metido. Se levantó frente a grupo de semidioses más fuertes y más valientes y se había ofrecido voluntario, para una misión de la que era probable que no volviera vivo. No había mencionado ver a Tía Callida, su vieja niñera, pero tan pronto como había oído hablar de la visión de Jason, la mujer con el vestido y el manto negros, Leo sabía que era la misma mujer. Tía Callida era Hera. Su malvada niñera era la reina de los dioses. Cosas como esas te podrían freír el cerebro. Caminó hacia el bosque e intentó no pensar en su infancia, todas las cosas liosas que habían dado paso a la muerte de su madre. Pero no pudo evitarlo. *** La primera vez que Tía Callida trató de matarlo, tenía tener unos dos años. Tía Callida cuidaba de él mientras su madre estaba en la sala de máquinas. En realidad no era su tía, por supuesto, sólo una de las mujeres mayores de la comunidad que se encargaba de cuidar niños, una tía genérica. Olía a miel, jamón al horno, y siempre vestía un vestido de viuda con un chal negro. —Vamos a establecer la siesta— dijo—. Vamos a ver si tú eres mi héroe valiente, ¿eh? Leo tenía sueño. Lo arrolló entre sus mantas en un montículo caliente de color rojo y amarillo, ¿almohadas? La cama era como un casillero en la pared, hecha de ladrillos ennegrecidos, con una ranura de metal sobre su cabeza y un agujero cuadrado muy por encima, desde dónde podía ver las estrellas. Se imaginó descansando cómodamente, agarrando las estrellas como luciérnagas. Se quedó dormido y soñó con un barco de fuego, navegando a través de las cenizas. Se imaginó a bordo, navegando el cielo. En algún lugar cercano, Tía Callida estaba sentada en su mecedora, cric, cric, cric, y cantaba una canción de cuna. Incluso a los dos años, Leo supo la diferencia entre el inglés y el español, y recordó sentirse extrañado porque Tía Callida cantaba en un idioma que no era ninguno. Todo estaba bien hasta que su madre llegó a casa. Gritó y corrió hacia él, gritando a Tía Callida. — ¿Cómo has podido? — pero la mujer había desaparecido. Leo recordó mirando por encima del hombro de su madre a las llamas retorcerse alrededor de sus sábanas. Sólo años después se dio cuenta de haber estado durmiendo en una chimenea ardiendo. ¿Lo más extraño de todo? Tía Callida no se arrestó o ni siquiera fue prohibida su entrada a la casa. Apareció varias veces más durante los próximos años.

Una vez, cuando Leo tenía tres años, le dejó jugar con cuchillos. —Tienes que aprender las cuchillas temprano — insistió —si vas a ser mi héroe algún día. Leo se las arregló para no matarse, pero tuvo la sensación de que a Tía Callida no le habría importado de una forma u otra. Cuando Leo tenía cuatro años, Tía encontró una serpiente de cascabel para él en un prado cercano. — ¿Dónde está tu valor, pequeño héroe? Muéstrame que el Destino ha hecho bien en elegirte. Leo miró hacia abajo a los ojos de color ámbar, al oír el seco siseo de la serpiente. No se atrevía a empujar a la serpiente. No parecía justo. Aparentemente la serpiente sentía lo mismo sobre morder a un niño pequeño. Leo podría haber jurado que habría mirado a la Tía Callida como diciendo “¿Estás loca, señora?” Luego desapareció en la hierba alta. La última vez que lo cuidó, Leo tenía cinco años. Ella le trajo un paquete de lápices y un bloc de papel. Se sentaron juntos en la mesa de picnic de la parte de atrás de un complejo de apartamentos debajo de un árbol. Mientras Tía Callida cantaba sus canciones extrañas, Leo dibujó un garabato del barco que había visto en las llamas, con velas de colores y filas de remos, una popa curva y un mástil impresionante. Cuando casi había terminado, a punto de firmar con su nombre de la forma que había aprendido en el jardín de infantes, un viento le arrebató la imagen. Voló hacia el cielo y desapareció. Leo tuvo ganas de llorar. Había pasado tanto tiempo en ese dibujo, pero Tía Callida sólo cacareó con desilusión. —No es momento todavía, pequeño héroe. Algún día, tendrás tu búsqueda. Encontrarás tu destino, y tu duro viaje por fin tendrá sentido. Pero primero tienes que hacer frente a muchos dolores. Lamento eso, pero los héroes no se hacen de otra manera. Ahora, hazme un incendio. Calienta estos huesos viejos. Unos minutos más tarde, la mamá de Leo salió y gritó con horror. Tía Callida había desaparecido, pero Leo estaba sentado en medio de un fuego humeante. La almohadilla de papel quedó reducida a cenizas. Los lápices de colores se habían fundido en un charco de burbujeante sustancia pegajosa, y las manos de Leo estaban en llamas, quemando lentamente la mesa de picnic. Años después, la gente en el complejo de apartamentos se preguntaba cómo alguien había hecho en sólida madera en una pulgada de profundidad las marcas de las manos de un niño de cinco años. Ahora Leo estaba seguro de que Tía Callida, su niñera psicótica, había sido Hera todo el tiempo. Eso la convertía en… ¿qué? ¿Su abuela piadosa? Su familia estaba aún en más mal estado de lo que pensaba. Se preguntaba si su madre sabía la verdad. Leo recordó que después de su última visita, su madre le llevó dentro y tuvo una larga conversación con él, pero sólo entendió algo de ello. —No puede volver de nuevo.

Su madre tenía un bello rostro con ojos amables, y el pelo oscuro y rizado, pero parecía mayor que ella por el trabajo duro. Las líneas alrededor de sus ojos estaban grabadas profundamente. Sus manos estaban llenas de callos. Ella fue la primera de su familia en graduarse en la universidad. Se graduó en ingeniería mecánica y podría diseñar cualquier cosa, reparar cualquier cosa y construir cualquier cosa. Nadie la contrataría. Ninguna compañía la tomaría en serio, por lo que terminó en el taller, intentado hacer dinero suficiente para mantener a ambos. Siempre olía a aceite de máquina, y cuando habló con Leo, cambiaba del español al inglés constantemente, utilizándolas como herramientas complementarias. Llevó años a Leo darse cuenta de que no todo el mundo habla de esa manera. Le enseñó incluso código Morse como una especie de juego, entonces se enviaban mensajes el uno al otro cuando estaban en habitaciones distintas: “Te quiero. ¿Estás bien?” Cosas simples como esas. —No me importa lo que Callida diga — le dijo su madre —No me preocupa el destino o lo que las Parcas puedan decir. Eres demasiado joven para eso. Sigues siendo mi pequeño. Tomó su mano, en busca de marcas de quemaduras, pero no había ninguna. —Leo, escúchame. El fuego es una herramienta, al igual que cualquier otra cosa, pero es más peligroso que la mayoría. No conoces límite. Por favor, prométeme, no más fuego hasta que conozcas a tu padre. Algún día, mijo, te reunirás con él. Te lo explicará todo. Leo había oído decir eso desde que tenía memoria. Algún día iba a encontrarse con su padre. Su madre no respondería ninguna respuesta sobre él. Leo nunca le había conocido, nunca había visto fotografías, pero hablaba de él como si hubiera ido a comprar tabaco y volviera en unos minutos. Leo trató de creerle. Algún día, todo tendría sentido. Los próximos años, fueron felices. Leo casi se olvidó de Tía Callida. Todavía soñaba con el barco volador, pero los otros sucesos extraños parecían como un sueño lejano. Todo se vino abajo cuando tenía ocho años. Para entonces pasaba todas las horas libres con su madre en el taller. Sabía usar las máquinas. Sabía medir y hacer mates mejor que la mayoría de los adultos. Había aprendido a pensar en tres dimensiones, resolviendo problemas mecánicos en su cabeza de la forma en la que su madre lo hacía. Una noche, que se quedó hasta tarde porque su madre estaba terminando un diseño de una broca que esperaba patentar. Si podría vender el prototipo, podría cambiar sus vidas. Podría tener un respiro. Mientras trabajaba. Leo le pasaba los suministros y le contaba chistes malos intentando animarla. Eso le encantaba porque le hacía reír. Sonreía y decía: —Tu padre estaría orgulloso de ti, mijo. Le conocerás pronto, estoy segura. Mamá trabajaba en la parte más posterior de la tienda. Era espeluznante de noche, porque eran los únicos allí. Cada sonido resonaba a través de la oscuridad del taller, pero a Leo no le importaba porque podía estar con su madre. Si se perdían en la tienda, podían mantener conversaciones en

código Morse por las tuberías. Siempre que estaban listos para irse, caminaban a través de toda la tienda, a través de la sala de descanso, y fuera del parking, cerraban las puertas detrás de él. Esa noche, después de terminar, acababan de llegar a la sala de descanse cuando su madre se dio cuenta de que se había dejado las llaves. —Es gracioso— frunció el ceño—. Sé que las tenía. Espera aquí, mijo. Será un minuto. Le dio una sonrisa más, la última que le vio, y se volvió al taller. Sólo había estado ausente durante unos latidos cuando el interior de la puerta se cerró de golpe. Entonces la puerta exterior se bloqueó. — ¿Mamá?— el corazón de Leo latía con fuerza. Algo pesado se estrelló en el interior del taller. Corrió a la puerta, pero no importó mucho si empujara o pataleara, no se abría. — ¡Mamá!— gritaba desesperadamente, golpeó el mensaje en las tuberías. ¿Estás bien? —No te puede oír— dijo una voz. Leo se volvió y se encontró frente a una mujer extraña. Al principio pensó que era Tía Callida. Estaba envuelta en vestidos negros, con un velo que cubría su cara. — ¿Tía?— dijo. La mujer se rió entre dientes, un lento sonido suave, como si se hubiera quedado medio dormida. —No soy tu niñera. Sólo un parecido familiar. — ¿Qué? ¿Qué quieres? ¿Dónde está mi madre? —Ah… fiel a su madre. Qué bien. Pero ya ves, tengo hijos también…. y entiendo que van a luchar entre ellos algún día. Cuando traten de despertarme, tú se lo impedirás. No puedo permitirlo. —No te conozco. No quiero pelear con nadie. Ella murmuró como una sonámbula en trance. —Sabia elección. Con un escalofrío, Leo se dio cuenta de que la mujer estaba en realidad, dormida. Detrás del velo, los ojos de la mujer estaban cerrados. Pero era aún más extraño: sus ropas no estaban hechas de ropa. Estaban hechas de tierra, polvo negro, produciendo y cambiando a su alrededor. Su pálido, durmiente rostros se veía difícilmente a través de una cortina de polvo, Leo tenía la horrible sensación de que acababa de levantarse de la tumba. Si la mujer estaba dormida, Leo quería que se quedara de esa manera. Sabía que despierta, sería aún más terrible.

—No te puedo destruir, sin embargo— murmuró la mujer —. Las Parcas no me lo permitirían. Pero no protegen a su madre, no pueden detenerme de romper tu espíritu. Recuerda esta noche, pequeño héroe, cuando te pregunten de enfrentarte a mí. — ¡Deja a mi madre! El miedo subió por su garganta mientras la mujer se adelantaba. Se movió más como una avalancha que como una persona, una pared oscura de tierra movediza hacia él. — ¿Cómo me vas a detener?— susurró. Se dirigió a través de una mesa, las partículas de su cuerpo se unieron al otro lado. Se cernió sobre Leo, sabía que le iba a atravesar, también. Él era la única cosa entre ella y su madre. Sus manos se encendieron. Una sonrisa apareció en la cara somnolienta de la mujer, como si hubiera ganado. Leo gritó de desesperación. Su vista enrojeció. Las llamas lavaron se extendieron por la mujer de barro, las paredes, las puertas cerradas. Y Leo perdió el conocimiento. Cuando se despertó, estaba en una ambulancia. Los paramédicos trataban de ser amables. Una de ellos le dijo que el almacén se había incendiado. Su madre no lo había conseguido. La paramédico le dijo que lo sentía, pero de Leo se sentía vacío. Había perdido el control, tal y como su madre le había advertido. Su muerte fue culpa suya. Pronto llegó la policía a buscarle, y no fueron tan simpáticos. El fuego se había iniciado en la sala de descanso, dijeron, justo dónde estaba Leo. Había sobrevivido de milagro, pero… ¿qué clase de niño cierra la puerta del taller de la madre, sabiendo que ella está dentro, y comienza un incendio? Más tarde, los vecinos del complejo de apartamentos le contarían a la policía lo extraño que era. Le hablaron de las marcas de mano quemadas en la mesa de picnic. Siempre creyeron que había algo raro en el hijo de Esperanza Valdez. Sus familiares no le querían. Su tía Rosa le llamaba diablo y llamó para que los empleados sociales se lo llevaran. Entonces Leo fue a su primera casa de acogida. Días después, huyó. En algunas casas de acogida duró más que en otras. Hacía bromas, conocía amigos, hacía como si nada le preocupara, pero siempre terminaba huyendo tarde o temprano. Era lo único que hacia el dolor soportable, sintiéndose activo, alejándose cada vez más de las cenizas del taller. Se prometió a sí mismo que nunca más jugaría con fuego. No pensó en Tía Callida o en la mujer dormida envuelta en ropas terrosas por mucho tiempo. Había llegado casi al bosque cuando se imaginó la voz de Tía Callida: No fue tu culpa, pequeño héroe. Nuestro enemigo ha despertado. Es hora de parar de correr. —Hera— murmuró Leo —ni siquiera estás aquí, ¿no? Estás en una jaula en algún lugar. No hubo respuesta.

Pero ahora, almenos, Leo entendió algo. Hera le había estado observando durante toda su vida. De alguna manera, sabía que algún día le necesitaría. Quizás ese Destino que había mencionado le podría contar el futuro. Leo no estaba seguro. Pero sabía que tenía que ir a esa búsqueda. La profecía de Jason alertaba de protegerse de la tierra y Leo sabía que algo tenía que ver con la mujer dormida del taller, envuelta en ropas polvorientas. Encontrarás tu destino, le había prometido Tía Callida, y tu difícil camino por fin cobrará sentido. Lego quizá encontraría el significado del barco volador de sus sueños. Quizá conocería a su padre, o quizá vengaría la muerte de su madre. Pero primero lo primero. Había prometido a Jason un transporte aéreo. No el barco de sus sueños, aún no. Pero no había tiempo para construir algo complicado. Necesitaba una solución más rápida. Necesitaban el dragón. Dudó en el borde del bosque, oteando la absoluta oscuridad. Un búho ululó y lejos de allí, siseó algo, como si de un grupo de serpientes se tratase. Leo recordó lo que Will Solace le había dicho: nadie puede ir al bosque solo, y mucho menos desarmado. Leo no tenía nada, ni una espada ni una linterna, ninguna ayuda. Miró hacia las luces de las cabañas. Podría volver atrás y contarle a todo el mundo que bromeaba. ¡Loco! Nyssa iría en su lugar a la búsqueda. Podría permanecer en el campamento y aprender a ser parte de la cabaña de Hefesto, pero pensó en el tiempo en que tardaría en parecerse a sus compañeros de cabina, tristes, deprimidos, convencidos de su mala suerte. “No me pueden parar de romper tu espíritu”, la mujer somnolienta le dijo. “Recuerda esta noche, pequeño héroe, cuando te pidan que te enfrentes a mí.” —Créame, señora— murmuró Leo—. Me acuerdo. Y quienquiera que seas, te voy a plantar cara, al estilo de Leo. Respiró hondo y se adentró en el bosque.

CAPÍTULO XII LEO
LOS ÁRBOLES NO ERAN COMO EN NINGÚN LUGAR EN EL QUE haya estado antes. Leo se había criado en un complejo de apartamentos en el norte de Houston. Las cosas más salvajes que había visto eran la serpiente de cascabel del prado y su tía Rosa en su bata de noche, hasta que fue enviado a la Escuela de la Salvajería. Aún así, el colegio estaba en el desierto. Ningún árbol con retorcidas raíces a los que escalar. Ningún arroyo en el que caer. Ninguna rama creciendo en la oscuridad, haciendo oscuras sombras y búhos mirándole con sus grandes ojos brillantes. Aquello era una zona salvaje. Deambulo hasta que estuvo seguro que desde las cabañas no le pudiera ver nadie. Entonces, hizo fuego. Las llamas danzaron por las puntas de sus dedos, creciendo lo suficiente como para alumbrar. No había tratado de mantener un a llama desde que tenía cinco años, en una mesa de picnic. Desde la muerte de su madre había estado demasiado asustado como para probar nada. Incluso este pequeño fuego le hacía sentirse culpable. Siguió caminando, en busca de pistas sobre el dragón: huellas gigantes, árboles pisoteados, zonas quemadas del bosque. Algo tan grande no se podría ocultar demasiado bien. Sin embargo no vio nada. Una vez vio un largo y peludo lobo, o quizás un oso, pero se mantuvo alejado de su fuego, algo que estaba bien para Leo. Entonces, al final de un claro, vio una trampa, un cráter de cien metros de profundidad rodeado con cantos rodados. Leo tuvo que admitir que era ingenioso. En el centro del agujero, una tina de metal del tamaño de una bañera de hidromasaje había sido llenada de un burbujeante líquido oscuro (salsa de tabasco y aceite de motor. En un pedestal suspendido encima de la tina, un ventilador girando extendía el olor a través del bosque. ¿Podría el dragón de metal olerlo? La cuba parecía estar sin vigilancia. Pero leo la miró de cerca, y a la tenue luz de las estrellas y el fuego de su mano, pudo ver el destello del metal a través de la suciedad y las hojas, una red de bronce revestía el cráter entero. O quizás ver no era la palabra adecuada, podía presentir que estaba allí, como si el mecanismo desprendiera calor, revelándose a sí mismo. Seis grandes tiras de bronce estiradas en la cuba como los radios de una rueda. Serían sensibles a la presión, supuso. Tan pronto como el dragón pisara una, la red se cerraría de golpe, y voilà, monstruo envuelto para regalo. Leo se acercó. Puso su pie en la tira más cercana. Como esperaba no sucedió nada. La habrían hecho para notar algo más pesado. De lo contrario podrían haber capturado un animal, un humano, un monstruo más pequeño, lo que sea. Pensó si habría algo tan pesado como un dragón de metal por ese bosque. Al menos, esperó que no lo hubiera. Se abrió camino hasta el cráter y se acercó a la cuba. Los olores eran abrumadores, y sus ojos comenzaron a llorar. Se acordó de un momento en el que Tía Callida (Hera, lo que sea) le había hecho cortar jalapeños en la cocina y después le puso el zumo en los ojos. Un grave dolor. Pero por supuesto ella había dicho:

—Aguántalo, pequeño héroe. Los aztecas, antepasados de tu madre lo usaban para castigar a los niños malos, colgándolos encima de un fuego lleno de chiles. Hicieron muchos héroes de esa manera. Una psicópata total, esa mujer. Leo estaba muy orgulloso de participar en una búsqueda para salvarla A Tía Callida le habría encantado esa cuba, porque era mucho peor que el zumo de jalapeño. Leo buscó algo afilado, algo para romper la red. No vio nada. De repente le entró el pánico. Nyssa había dicho que había muchas trampas como esa en el bosque, y estaban planificando más. ¿Qué pasaría si el dragón había caído en alguna? ¿Cómo podría Leo encontrarlas todas? Continuó buscando, pero no vio ninguna manera de desactivar el mecanismo. Ningún gran botón. Se le ocurrió que quizá no había ninguno. Comenzó a desesperarse, y entonces escuchó un sonido. Se trataba más de un temblor, el tipo de sonido profundo que escuchas en un intestino antes que en tus oídos. Le metió prisa, pero no miró a su alrededor para buscar el origen. Siguió examinando la trampa, pensando: debe de estar lejos, se está haciendo camino a través de los árboles, tengo que darme prisa. Entonces escuchó un bufido metálico, como si alguien hubiera expulsado vapor de un barril de metal. Su cuello se estremeció. Se giró lentamente. Al borde del pozo, a veinte metros, dos brillantes ojos rojos le observaban. La criatura brilló a la luz de la luna, y Leo no se podía creer que algo tan enorme se hubiera acercado tan rápido. Demasiado tarde, se dio cuenta de que la mirada del dragón estaba fija en el fuego de su mano, extinguió las llamas. Podía seguir viendo al dragón muy bien. Mediría unos veinte metros, del hocico a la cola, con su cuerpo hecho de placas de bronce enclavadas. Sus garras eran del tamaño de cuchillos de carnicero, y su boca estaba llena de cientos de dientes de metal afilados como dagas. De su hocico salía vapor. Gruñía como una motosierra a través de un árbol. Podría haber mordido a Leo por la mitad, fácil, o pisotearlo. Era la cosa más bonita que había visto nunca, excepto por un pequeño problema que arruinaba los planes de Leo completamente. —No tienes alas— dijo Leo. El gruñido del dragón se apagó. Inclinó la cabeza como diciendo : ¿No huyes? —Eh, no te ofendas— dijo Leo—. ¡Eres impresionante! Dios mío, ¿quién te ha hecho? ¿Eres hidráulico o de propulsión nuclear o qué? Si te hubiera hecho yo te habría puesto alas. ¿Qué tipo de dragón no tiene alas? Supongo que tal vez pesas demasiado como para volar. Debería haber pensado en ello. El dragón resopló, confuso. Se suponía que debía pisotear a Leo. La conversación no era parte del plan. Dio un paso adelante y Leo gritó: —¡No!

El dragón rugió de nuevo. —Es una trampa, cerebro de bronce— dijo Leo—. Están intentando capturarte. El dragón abrió su boca y expulsó fuego. Una columna de blancas llamas ardientes rodeó Leo, más de lo que nunca había tratado de soportar antes. Se sentía como si le estuvieran regando con una manguera de largo alcance, muy caliente. Cuando las llamas se extinguieron, estaba perfectamente bien. Incluso sus ropas estaban bien, algo que Leo no entendía, pero estaba agradecido. Le gustaba su chaqueta militar, y teniendo sus pantalones chamuscados sería algo vergonzoso. El dragón miró a Leo. Su cara no había cambiado, aún hecho de metal y tal, Leo creyó que su cara decía: ¿No hay pinchito crujiente? Una chispa salió volando de su cuello, como si se tratara de un cortocircuito. —No me puedes quemar— dijo Leo, tratando de parecer severo y tranquilo. Nunca había tenido un pero antes, pero hablaba con el dragón de una forma muy parecida como si hablara con un perro. —Quieto, chico. No te acerques. No quiero que te atrapen. Mira, creo que estás roto y quieren deshacerse de ti. Pero no creo eso. Te podría arreglar si me dejaras… El dragón crujió, rugió y cargó. La trampa surgió efecto. El suelo del cráter estalló con un ruido como si miles de tapas de cubos de basura dieran golpes al mismo tiempo. Polvo y hojas volaron y la red metálica brilló. Leo fue derribado, y quedó colgado boca abajo, bañado en salsa de tabasco y aceite. Se encontró a sí mismo entre la cuba y el dragón mientas era golpeado, intentado de liberarse de la red que los había envuelto a ambos. El dragón lanzó llamas en esa dirección, brillando en el cielo y encendiendo los árboles. El aceite y la salsa ardieron por todos lados. No hacía daño a Leo, pero le dejó un mal sabor de boca. — ¿Quieres parar de hacer eso? —gritó. El dragón siguió retorciéndose. Leo se dio cuenta de que le aplastaría si no se movía. No fue fácil, pero se las arregló para escabullirse de entre el dragón y la cuba. Se retorció por entre la red. Afortunadamente los agujeros eran lo suficientemente grandes para un chico delgado. Corrió hacia la cabeza del dragón. Trató de morderle, pero sus dientes estaban enredados en la malla. Expulsó fuego de nuevo, pero parecía estar quedándose sin energía. Esta vez las llamas eran de color naranja. Se extinguieron antes de llegar a Leo. — Escucha, tío— dijo Leo—. Así sólo vas a conseguir delatar nuestra posición. Entonces vendrán y te desharán con ácido y motosierras. ¿Es eso lo que quieres? La mandíbula del dragón crujió, como si intentara hablar.

—Bien, entonces— dijo Leo—, tendrás que confiar en mí. Y Leo comenzó a trabajar. Le llevó casi una hora para encontrar el panel de control. Estaba justo detrás de la cabeza del dragón, algo que tenía sentido. Optó por mantener al dragón en la red, porque así era más fácil trabajar con él, más limitado, pero no le gustó nada al dragón. — ¡No te muevas! — le regañó Leo. El dragón hizo un crujido que podría haber sido un gemido. Leo examinó los cables de dentro de la cabeza del dragón. Éste estaba distraído por un sonido del bosque, pero cuando miró sólo era un espíritu del bosque, una dríade, creía que les llamaban, quitándose las llamas de las ramas. Afortunadamente el dragón no había iniciado un incendio forestal, pero aún así a la dríade no se la veía muy contenta. Su vestido estaba humeando. Se expulsó las llamas con una manta de seda y cuando vio a Leo mirándola, hizo un gesto que no era muy típico de una dríade. Entonces desapareció en un puf de niebla verde. Leo se centró en el cableado. Era ingenioso, sin duda, y tenía sentido para él. Este era el relé del control del motor. Este el procesador de información sensorial de los ojos. Este disco… —¡Ja! — dijo —Bueno, no me extraña. ¿Crac? Preguntó el león con su mandíbula. —Tienes el disco de control corroído. Es proable que sea el mayor regulador de circuitos de razonamiento, ¿no es cierto? El cerebro oxidado, tío. No me extraña que estés un poco… confuso. — estuvo a punto de decir loco, pero se contuvo —. Me gustaría tener un disco para reemplazarlo, pero… esta es una pieza compleja de circuitos. Voy a tener que sacarlo y limpiarlo. Sólo será un minuto. Sacó el disco y el dragón se quedó completamente inmóvil. El brillo se apagó en sus ojos. Leo se deslizó de su espalda y comenzó a limpiar el disco. Le echó un poco de aceite y salsa de tabasco con su manga, lo que ayudó a reducir la mugre, pero cuando más limpiaba más se preocupaba. Algunos de los circuitos necesitaban más que reparación. Podría hacerlo mejor, pero no sería perfecto. Para eso, necesitaría un nuevo disco y no tenía ni idea de cómo construir uno nuevo. Intentó trabajar rápido. No sabía cuánto tiempo podría estar el dragón sin el disco sin dañarle, quizás permanentemente, pero no quiso comprobarlo. Una vez terminó, escaló por la espalda del dragón y comenzó a limpiar el cableado y las cajas de cambio, ensuciándose en cada proceso. —Manos limpias, equipo sucio— murmuró, algo que su madre solía decir. Cuando terminó, sus manos estaban negras de grasa y su ropa parecía que había participado en un concurso de lucha libre en el barro, pero los mecanismos tenía mucho mejor aspecto. Deslizó el disco, conectando el último cable y saltaron chispas. El dragón se estremeció. Sus ojos brillaron.

—¿Mejor? —preguntó Leo. El dragón emitió un sonido parecido a un taladro de alta velocidad. Abrió la boca e hizo girar todos sus dientes. —Supongo que eso es un sí. Espera, te liberaré. Otros treinta minutos para encontrar las pinzas para cortar la red y liberar al dragón, pero al final, el dragón se levantó por las patas traseras y se liberó de los últimos trozos de la red. Rugió triunfante y disparó fuego hacia el cielo. —De verdad— dijo Leo—, ¿no puedes intentar no delatar nuestra posición? ¿Crac? Preguntó el dragón. —Necesitas un nombre—decidió Leo—. Te llamaré Festo. El dragón zumbó los dientes y sonrió. Almenos parecía una sonrisa. —Guay— dijo Leo—. Pero todavía hay un problema, o tienes alas. Festo inclinó la cabeza e hizo un soplido de vapor. Bajó la espalda en un gesto inequívoco, quería que Leo se subiera a la espalda. —¿Dónde vamos? — preguntó Leo. Pero estaba demasiado emocionado como para esperar respuesta. Se subió a la espalda del dragón y Festo se hizo paso a través de los árboles. *** Leo perdió la noción y el sentido de la dirección. Parecía imposible que los árboles pudieran ser tan salvajes y profundos, pero el dragón corrió hasta que los árboles fueron altos como rascacielos y que las copas de los árboles taparon las estrellas. Incluso el fuego de la mano de Leo no podría haber iluminado el camino, pero los brillantes ojos rojos del dragón eran como faros. Finalmente cruzaron un arroyo y llegaron a un callejón sin salida, un acantilado de piedra caliza de unos cient metros de altura, masa sólida que el dragón no podría escalar. Festus se detuvo en la base y levantó una pata como si fuera un perro. —¿Qué es? — Leo se deslizó de la espalda hasta el suelo. Se acercó a la roca, no era nada más qe roca sólida. El dragón seguía apuntando. —No se va a mover— dijo Leo.

El cable suelto del cuello del dragón soltó una chispa, pero por lo demás se quedó inmóvil. Leo puso su mano encima del acantilado. De repente, sus dedos ardieron. Líneas de fuego se esparcieron como si se hubiera encendido pólvora se extendieron por el acantilado. Las líneas ardientes se desliazon a través de la pared del acantilado hasta que describieron una puerta cinco veces más grande que Leo. Retrocedió y la puerta se abrió, en un silencio inquietante para una gran losa de piedra. —Perfectamente equilibrado— murmuró —Esto es ingeniería de primera clase. El dragón se descongeló y se metió dentro, como si regresara a casa. Leo entró y la puerta comenzó a cerrarse. De repente le entró el pánico, recordando la noche en el taller, cuando se quedó encerrado. ¿Qué pasaría si se quedaba encerrado? Pero las luces parpadeaban, una combinación de fluorescentes eléctricos y antorchas de pared. Cuando Leo vio la caverna, se olvidó de querer salir. —Festus— murmuró—, ¿qué es este lugar? El dragón pisoteó el centro de la sala, dejando huellas en la capa de polvo, y se acurrucó en una plataforma circular de gran tamaño. La cueva era del tamaño de un hangar para aviones, con mesas de trabajo interminables y cajas de almacenamiento, filas del tamaño de puertas de garajes a cada pared, y escaleras que conducían a una red de pasarelas por encima. Había equipos por todas partes, sopletes, ascensores hidráulicos, trajes de riesgo, espátulas, toros, y algo que se parecía demasiado a una sala de un reactor nuclear. Tablones de anuncios estaban cubiertos de jirones. Y armas, armaduras, escudos, suministros bélicos por todas partes muchos de ellos sin terminar. Colgando de cadenas por encima de la plataforma del dragón había una bandera tan desgastada que apenas se podía leer. Las letras eran griegas, pero Leo supo de alguna manera lo que significaban: búnker 9. ¿El nueve era por la cabaña de Hefesto o era porque habían otros ocho más? Leo miró a Festo, aún enroscado en la plataforma, y se le ocurrió que el dragón estaba tan contento porque estaba en casa. Probablemente fuera construido en ese lgar. —¿Saben los otros chicos de…?— la pregunta se respondió sola. Claramente, ese lugar llevaba abandonado varias décadas. Todo estaba cubierto de telarañas y polvo. El suelo no revelaba más huellas que las suyas y las huellas enormes del dragón. Era el primero que pisaba el búnker desde… hacía mucho tiempo. El búnker 0 había sido abandonado con muchos proyectos a medio terminar. Encerrados y olvidados, ¿por qué? Leo miró el mapa en la pared, un mapa de batalla del campamento, pero el papel estaba desgastado y amarillento como la piel de una cebolla. Había una fecha en una esquina: 1864. —De ninguna manera— murmuró.

Entonces se fijó en un proyecto en un tablón cerca suyo, su corazón dio un vuelco. Corrió a la mesa de trabajo y se quedó mirando un dibujo hecho con líneas blancas. Un barco griego desde distintos ángulos. Se leían ligeramente palabras debajo: ¿profecía? Indefinido. ¿Vuelo? Era el barco que había visto en sus sueños, el barco volador. Alguien había intentado construirlo, o almenos lo había esbozado. Entonces había sido abandonado, olvidado… una profecía que habría de venir. Y lo más increíble de todo, el mástil del barco era exactamente al que Leo había dibujado cuando tenía cinco años, una cabeza de dragón. —Se parece a ti, Festo— murmuró—. Qué extraño. El mástil le inquietó, pero la mente de Leo barajaba otras preguntas que pensar durante un rato. Tocó el dibujo, pero el papel se quebró con el tacto, así que lo dejó tranquilo. Buscó más pruebas. Ningún barco. Ninguna pieza que parecieran las partes de un barco, pero había más puertas y almacenes que investigar. Festo gruñó para llamar la atención de Leo, recordándole que se haría de día en unas pocas horas, y que se había desviado del tema. Había salvado el dragón, pero no iba a ayudar en la búsqueda. Necesitaba algo para volar. Festus movió con el codo algo detrás suyo, un cinturón de cuero con herramientas que había sido abandonado junto a su plataforma. Entonces el dragón encendió sus brillantes ojos rojos y los apuntó hacia el techo. Leo miró hacia arriba dónde los ojos apuntaban y ahogó un grito cuando reconoció la forma de lo que colgaba encima suyo en la oscuridad. —Festo — dijo, emocionado —, tenemos trabajo que hacer.

CAPÍTULO XIII JASON
JASON SOÑÓ CON LOBOS. Estaba de pie en el medio de un claro de un bosque de secuoyas. Delante suyo se alzaban las ruinas de una mansión de piedra. Las bajas nubes grises se mezclaban con la lluvia fría flotando en el aire. Un grupo de grandes bestias grises le rodearon, gruñendo y enseñando los dientes. Le empujaron amablemente hacia las ruinas. Jason no deseaba convertirse en la mayor galleta de perro del mundo, así que decidió hacer lo que querían. El suelo se aplastaba bajo sus botas mientras caminaba. Agujas rocosas de chimeneas, sin estar pegadas a nada, se alzaban como tótems. La casa debió de haber sido enorme en su tiempo, de varios pisos con paredes de troncos enormes, pero lo único que quedaba era su esqueleto de piedra. Jason pasó por debajo de una puerta medio desmoronada y se encontró a sí mismo en una especie de patio. Antes fue un estanque reflectante, largo y rectangular. Jason no podría decir cuál era su profundidad, porque el fondo estaba cubierto de niebla. Un sucio camino se dirigía en todos los sentidos y las irregulares paredes de la casa se levantaban a ambos lados. Los lobos se postraron bajo los arcos de dura piedra roja volcánica. En el otro extremo del estanque estaba sentada una gigantesca loba, varios metros más alta que Jason. Sus ojos brillaban plateados en la nivela, y su piel era del mismo color que las rocas, entre chocolate y rojo. —Conozco este lugar— dijo Jason. La loba le miró. No hablaba exactamente, pero Jason le entendía. Los movimientos de sus orejas, de sus bigotes, el brillo de sus ojos, la forma en que movía los labios, todo eso era parte de su lenguaje. Por supuesto, dijo la loba, comenzaste aquí como un cachorro. Ahora debes encontrar tu camino de vuelta. Una nueva búsqueda, un nuevo comienzo. —No es justo— dijo Jason. Pero tan pronto como lo dijo se dio cuenta de que no había ninguna razón por la que quejarse a la loba. Los lobos no sienten simpatía. Nunca esperan justicia. La loba dijo: Conquistar o morir. Esa es nuestra consigna. Jason quiso protestar que no podría conquistar si no sabía quién era, o dónde se suponía que debía ir. Pero conocía esa loba. Su nombre era simplemente Lupa, la Madre Loba, la más grande de su especie. Tiempo atrás le había encontrado allí, le había protegido, nutrido y escogido, pero si Jason demostraba debilidad, le haría pedazos. Más que su cachorro, sería su cena. En la manada, la debilidad no era una opción. —¿Me puedes guiar? — preguntó Jason.

Lupa hizo un ruido profundo con su garganta, y la niebla del estanque se disolvió. Primero Jason no sabía qué miraba. A los lados opuestos de la piscina, dos agujas oscuras surgieron del suelo de cemento como las cabezas giratorias de dos tuneladoras haciéndose paso a través de la superficie. Jason no supo decir si las agujas estaban hechas de piedra o de vides petrificadas, pero estaban formadas de gruesos zarcillos que se unían en la parte superior. Cada aguja medía metro y medio, pero no eran idénticas. La más cercana a Jason era más oscura y parecía hecha de una masa sólida, sus zarcillos estaban fusionados. Mientras lo observaba, se hacía paso a través de la tierra, creciendo y ampliándose un poco más. En el lado del estanque de Lupa, la segunda aguja tenía los zarcillos más abiertos, como si fueran barrotes. En el interior Jason vislumbró una figura brumosa intentando escapar, cambiando dentro de sus confines. —Hera— dijo Jason. La loba gruño conforme. Los otros lobos rodearon el estanque, su piel se erizaba mientras gruñían a las agujas. El enemigo ha elegido este lugar para despertar a su hijo más poderoso, el rey gigante, dijo Lupa. Nuestro lugar sagrado, donde los semidioses son reclamados, el lugar de la vida o la muerte. La casa quemada. La casa del lobo. Es una abominación. Debes detenerla. — ¿A ella? — Jason estaba confuso — ¿Te refieres a Hera? La loba rechinó los dientes, impaciente. Usa tu sentido común, cachorro. No me importa Juno, pero si ella cae, nuestro enemigo se despertará. Y eso sería el fin para todos nosotros. Conoces este lugar, puedes volverlo a encontrar. Limpia nuestra casa. Páralo antes de que sea demasiado tarde. La aguja oscura creció lentamente, como el capullo de una flor horrible. Jason notó que lo que hubiera dentro no le sería agradable de encontrar. — ¿Quién soy yo? — preguntó Jason a la loba —Al menos dime eso. Los lobos no tienen mucho sentido del humor, pero Jason juraría que la pregunta sorprendió a Lupa, como si Jason fuera una presa intentando huir a través de sus garras, practicando para ser el macho alfa. Eres nuestra gracia salvadora, como siempre. La loba apretó los labios, como si hubiera hecho una broma graciosa. No nos falles, hijo de Júpiter.

CAPÍTULO XIV JASON
JASON SE LEVANTÓ CON EL SONIDO DE UN TRUENO. Entonces recordó que siempre tronaba donde estaba. Siempre tronaba en la Cabaña Uno. Encima de su cama, la cúpula estaba decorada con un mosaico azul y blanco como un cielo nublado. Las teselas de la nube cambiaban del blanco al negro atravesando la cúpula. Un trueno retumbó por la sala, y las teselas doradas brillaron como las venas de un rayo. A excepción de la cama que le habían traído los otros campistas, no había más muebles en la cabaña, no había sillas, mesas o armarios. Ni siquiera un baño. Las paredes estaban talladas en nichos, de dónde cada uno colgaba un brasero de bronce o una estatua de una águila dorada en un pedestal de mármol. En el centro de la sala, de seis metros de alto, una estatua a todo color de Zeus con la ropa clásica de los griegos de pie con un escudo a su lado y levantando un rayo como si apuntara a alguien. Jason estudió la estatua, buscando parecidos con el Señor del cielo. ¿Pelo negro? Nop. ¿Expresión refunfuñante? Bueno, quizás. ¿Barba? No gracias. Con esa ropa y esas sandalias, Zeus parecía un grandioso hippie enfadado. Sí, la cabaña uno. Un gran honor, le habían dicho los otros campistas. Seguro, si quisieras dormir en un frío templo tú solo con un Zeus hippie observándote mientras duermes. Jason se incorporó y se rascó el cuello. Tenía el cuerpo tieso de dormir mal y de convocar relámpagos. El truco de la última noche no había sido tan fácil como parecía. Cerca de la cama, habían dejado nuevas ropas para él: tejanos, zapatillas y una camiseta naranja del Campamento Mestizo. Definitivamente necesitaba un cambio de look, pero si miraba hacia abajo, hacia su camiseta púrpura, se sentía reacio a cambiar. Se sentía mal, de alguna manera, poniéndose la camiseta del campamento. No se podía creer que perteneciera a ese lugar, a pesar que todo el mundo se lo había dicho. Pensó en sus sueños, esperando a que vinieran más recuerdos sobre Lupa, o la casa en ruinas del bosque de secuoyas. Sabía que había estado antes. La loba era real. Pero su cabeza se aquejaba cuando intentaba recordar. Las marcas de su antebrazo ardieron. Si pudiera encontrar esas ruinas, podría encontrar su pasado. Lo que fuera que estuviera creciendo dentro de la aguja oscura, Jason tenía que detenerlo. Miró al hippie Zeus. — Tu ayuda es bienvenida. La estatua no dijo nada.

—Gracias, papá. — murmuró Jason. Se cambió de ropa y comprobó su aspecto en el reflejo del escudo de Zeus. Su cara parecía acuosa y extraña en el metal, como si se disolviera en una piscina de oro. Definitivamente no se veía tan bien como Piper después de su repentina transformación. Jason seguía sin saber cómo sentirse sobre eso. Había actuado como un idiota, anunciando delante de todos que había sido una gran mejora. Como si ella hubiera sido fea antes de la transformación. Claro, ella se veía muy bien después de que Afrodita la tuneara, pero no se parecía a sí misma, no se sentía cómoda con la atención. Jason se había sentido mal por ella. Quizá fuera una locura, consideranto que sólo había sido reclamada por una diosa y convertida en la chica más preciosa del campamento. Todo el mundo comenzó a adularla, diciéndole lo maravillosa que era y que obviamente ella debería de ser la que le acompañara en la búsqueda, pero toda esa atención no tenía nada que ver con quién era. Vestido nuevo, maquillaje nuevo, un aura rosa brillante y un cambio: le gustaba a todo el mundo. Jason lo entendía. La última noche cuando convocó al relámpago, la reacción de los otros campistas se pareció a la suya. Estaba seguro de que había tratado con eso durante mucho tiempo, la gente mirándole con asombro porque era el hijo de Zeus, tratándole de forma especial, pero no tenía nada que ver con él. Nadie se preocupaba por él, sólo por su gran padre detrás suyo con el rayo de la muerte, como diciendo: ¡respeta este chico o traga voltios! Después de la fogata, cuando la gente comenzó a irse a sus cabañas, Jason había buscado a Piper y le había preguntado formalmente para acompañarle en la búsuqeda. Estaba en estado de shock, pero había asentido con la cabeza, frotándose los brazos, que debían de estar fríos con ese vestido sin mangas. —Afrodita me quitó mi chaqueta de snowboard— murmuró—. Robada por mi propia madre. En la primera fila del anfiteatro, Jason encontró una sábana y la envolvió en los hombros de Piper. —Te encontraremos una chaqueta nueva— le prometió. Piper intentó sonreír. Él quería rodearla con sus brazos, pero se contuvo. No quería que creyera que era tan superficial como los demás, intentando acercarse a ella después de que se volviera guapa. Estaba orgulloso de que Piper fuera con él en la búsqueda. Jason había intentado aparentar ser valiente durante la fogata, pero era sólo eso, apariencia. La idea de perseguir una poderosa fuerza maligna capaz de secuestrar a Hera, le asustaba, especialmente desde que no sabía ni su propio pasado. Necesitaba ayuda y así se sentía respaldado: Piper debía acompañarle. Pero las cosas ya estaban bastante complicadas como para calcular cuánto le gustaba, y por qué. Ya tenía la cabeza bastante liada.

Se puso sus zapatos nuevos, listo para salir de esa fría y vacía cabaña. Entonces vio algo que no había visto la noche anterior. Un brasero había sido retirado de uno de los nichos para crear un pequeño espacio de dormir, con un saco de dormir, una mochila, incluso algunas fotos pegadas en la pared. Jason se acercó. Quien hubiera dormido allí, habría sido hace mucho tiempo. El saco de dormir olía a humedad. La mochila estaba cubierta con una fina capa de polvo. Una fotografía mostraba a una Annabeth, mucho más joven, con quizás ocho, pero Jason podría decir que era ella, el mismo pelo rubio y ojos grises, la misma mirada distraída como si estuviera pensando en miles de cosas al mismo tiempo. Estaba de pie junto a un chico de pelo marrón claro de entre unos catorce o quince, con una intrigante sonrisa y vestía una armadura de cuero encima de una camiseta. Señalaba a un callejón detrás suyo, como si le estuviera diciendo al fotógrafo: ¡Vamos a buscar cosas al callejón y a matarlas! Una segundo fotografía mostraba a Annabeth y al mismo chico sentados en una fogata riendo como locos. Por último Jason recogió una fotografía que había caído. Era una tira de fotografías como las que te haces en un fotomatón: Annabeth y el chico del pelo marrón claro, pero con otra chica entre ellos. Ella quizás tuviera quince, con el pelo negro corto como el de Piper, una chaqueta negra de cuero y joyas plateadas, parecía una especie de gótica, pero había sido fotografía en medio de una risa y estaba claro que estaba con sus dos mejores amigos. —Esa es Thalia— dijo alguien. Jason se giró. Annabeth se asomaba por encima del hombro. Su expresión era triste, como si la imagen le trajera malos recuerdos. —Es la otra hija de Zeus que vivió aquí, pero no por mucho. Lo siento, debería haber llamado. —Está bien— dijo Jason—. No veo esto como mi hogar. Annabeth estaba vestida para irse de viaje, con un abrigo de invierno encima de su ropa de campamento, su cuchillo en su cinturón, y una mochila colgando de sus hombros. Jason dijo: —¿No se suponía que habías cambiado de idea y nos acompañabas? Negó con la cabeza. —Tienes un buen equipo. Voy a buscar a Percy. Jason estaba un poco decepcionado. Habría apreciado que viniera alguien que supiera lo que hacer, así no tendría la sensación de estar llevando a Leo y a Piper hacia un acantilado. —Lo harás bien— le prometió Annabeth—. Algo me dice que no es tu primera búsqueda. Jason tuvo una ligera sensación de que estaba en lo cierto, pero no le hizo sentir mejor. ¿Cómo podrían fiarse de él si ni siquiera recordaba quién era?

Miró las fotos en las que Annabeth sonreía. Se preguntó cuánto tiempo hacía desde que sonrió por última vez. Ella realmente debía de estar enamorada de ese chico, Percy, para buscarle tanto, y hacerle incluso sentir a Jason un poco celoso. ¿Habría alguien buscándole a él en ese mismo instante? ¿Qué pasaría si hubiera alguien que le buscaría con tantas ganas que se estaría volviendo loco y él ni siquiera podía recordar su vida pasada? —Sabes quién soy. — supuso —. ¿Cierto? Annabeth agarró la empuñadura de su cuchillo. Buscó una silla para sentarse pero, por supuesto, no había ninguna. —Honestamente, Jason, no estoy segura. Mi mejor conjetura es que eres un solitario. A veces, pasa. Por una razón u otra, el campamento nunca te encuentra, pero tu sobrevives por un constante movimiento. Te entrenas a ti mismo a luchar. Te deshaces de todos los monstruos por tu cuenta. Rompes todos los pronósticos. —Lo primero que me dijo Quirón— dijo Jason—, fue que debería estar muerto. —Podría ser por eso— dijo Annabeth—. La mayoría de los semidioses nunca lo consiguen. Y un hijo de Zeus, me refiero a que no hay nada más peligroso que eso. Las posibilidades de llegar a los quince años sin encontrar el Campamento Mestizo sin morir son… microscópicas. Pero como he dicho antes, pasa. Thalia huyó de su casa cuando era joven. Sobrevivió por sí misma durante años. Incluso me cuidó durante unos años. Así que quizás tu también fuiste un solitario. Jason extendió su brazo. —¿Y estas marcas? Annabeth observó los tatuajes. Claramente, le molestaban. —Bueno, el águila es el símbolo de Zeus, tiene sentido. Las doce líneas… quizás signifiquen años, si te las has estado haciendo desde los tres años- SPQR… es el lema del Imperio Romano: Senatus Populusque Romanus, el senado y el pueblo de Roma. Aunque porqué quemarlo en tu brazo, ni idea. A no ser que tuvieras un profesor de latín muy estricto… Jason estaba seguro de que esa no era la razón. Tampoco creía que fuera posible que hubiera estado solo toda su vida. ¿Pero qué tenía sentido? Annabeth había sido clara: el Campamento Mestizo era el único lugar seguro en el mundo para semidioses. —Yo… tuve un sueño extraño anoche— dijo. Pareció algo extraño que contar, pero Annabeth no se sorprendió. —Le pasa a todos los semidioses— dijo —. ¿Qué viste? Le contó lo de los lobos y la casa en ruinas y las dos agujas de piedra. Mientras hablaba, Annabeth comenzó a pasearse, pareciendo cada vez más nerviosa.

—¿No recuerdas dónde estaba la casa? — preguntó. Jason negó con la cabeza. —Pero estoy seguro de que he estado antes ahí. —Secuoyas. — musitó— Puede ser el norte de California. Y la loba… he estudiado a las diosas, los espíritus y los monstruos toda mi vida. Nunca he oído hablar de Lupa. —Dijo que mi enemigo era “la”. Creí que podría ser Hera, pero… —No me fiaría de Hera, pero no creo que ella sea el enemigo. Y esa cosa que se eleva de la Tierra…— Annabeth ensombreció el rostro—Tienes que detenerla. —Sabes lo que es— preguntó—. O almenos lo supones, vi tu cara anoche en la fogata, vi como mirabas a Quirón y cómo él te tranquilizaba, para que no nos asustaras. Annabeth vaciló. —Jason, cuanto más sabes de una profecía, más pretendes cambiar y puede ser desastroso. Quirón cree que es mejor que encuentres tu propio camino, en su momento. Si me hubiera dicho todo lo que sabe en mi primera búsqueda con Percy… tengo que admitir que jamás habríamos tenido éxito. Pero tu búsqueda es aún más importante. —¿Tan mal están las cosas? —No si tienes éxito. Almenos… no lo creo. —Pero ni siquiera sé por dónde empezar. ¿Dónde se supone que debo ir? —Sigue a los monstruos— le sugirió Annabeth. Jason pensó sobre ello. Los espíritus de la tormenta que le habían atacado en el Gran Cañón le habían dicho que estaban siendo llamados por su jefa. Si Jason pudiera seguir a los espíritus, podría ser capaz de encontrar la persona que les controla. Y quizás le podría llevar a la prisión de Hera. —Vale. —dijo—. Y, ¿cómo encuentro a los vientos de las tormentas? —Si fuera yo, preguntaría a un dios del viento —dijo Annabeth—. Eolo es el maestro de todos los vientos, pero es un poco… impredecible. Nadie le encuentra a no ser que quiera ser encontrado. Yo intentaría uno de los cuatro dioses estacionales del viento que trabajan para Eolo. El más cercano, el que más trata con héroes es, Boreas, el Viento del Norte. —Así que si lo buscara en Google Maps…

—Oh, no es difícil de encontrar — prometió Annabeth—. Está asentado en Norte América como todos los demás dioses. Así que ha escogido el asentamiento del norte más antiguo, tan lejos al norte como se pueda ir. —¿Maine? — supuso Jason. —Más allá. Jason intentó visualizar un mapa. ¿Qué estaba más allá de Maine? El asentamiento más antiguo del norte… —Canadá—decidió—. Quebec. Annabeth sonrió. —Espero que hables francés. Jason sintió una chispa de esperanza. Quebec, almenos tenía una meta. Encontrar el Viento del Norte, encontrar los espíritus de la tormenta, encontrar para quién trabajan y encontrar la casa en ruinas. Liberar a Hera. Todo en cuatro días. Genial. —Gracias, Annabeth— miró a las imágenes que sostenía en la mano—. Así que… has dicho que es peligroso ser hijo de Zeus. ¿Qué le ha pasado a Thalia? —Está bien —dijo Annabeth—. Se ha convertido en una cazadora de Artemisa, una de las doncellas de la diosa. No las vemos mucho por el campamento. Deambulan por el país matando monstruos. Jason miró a la estatua enorme de Zeus. Entendía por qué Thalia había dormido en ese nicho. Era el único lugar de la cabaña desde el que la estatua hippie de Zeus no te observaba. E incluso no había sido suficiente. Había escogido seguir a Artemisa y formar parte de un grupo antes que seguir en ese frío templo sola con su padre de metro y medio, el padre de Jason, mirándola continuamente. ¡Traga voltios! Jason no tuvo ningún problema para entenderla. Se preguntó si habría un grupo de cazadores para chicos. —¿Quién es el otro chico? — preguntó— El chico con el pelo marrón claro. La expresión de Annabeth se oscureció. Mal tema. —Es Luke— dijo—. Está muerto. Jason decidió no hablar más del tema, porque en la forma en que había pronunciado su nombre… se preguntó si Percy Jackson había sido el único chico del que Annabeth había estado enamorada. Se centró en la cara de Thalia. Seguía pensando que esa fotografía era importante. Se perdía algo. Jason sentía una extraña conexión con la otra hija de Zeus, alguien quien pudiera entender su

confusión, incluso responder a sus preguntas. Pero otra voz dentro de él, un susurro continuo, le decía: peligroso. Mantente lejos. —¿Cuántos años tiene ahora? —pregunto. —Dificil de decir. Fue un árbol durante un tiempo. Ahora es inmortal. —¿Qué? Su expresión debió de ser un poema, porque Annabeth se echó a reír. —No te preocupes, no es algo por lo que tengan que pasar todos los hijos de Zeus. Es una larga historia, pero… bueno… estuvo fuera de servicio durante un tiempo. Si hubiera crecido con normalidad tendría unos veinte, pero sigue igual que en esta fotografía, como si tuviera… bueno… tu edad. ¿Quince o dieciséis? Algo que la loba le había dicho en el sueño le fastidiaba. Se encontró a sí mismo preguntando: —¿Cuál es su apellido? Annabeth parecía inquieta. —Nunca usó demasiado su apellido, la verdad. Si ella hubiera tenido que hacerlo, habría usado el de su madre, pero no se llevaban bien. Thalia huyó de casa cuando era muy joven. Jason esperó. —Grace— dijo Annabeth—. Thalia Grace. Los dedos de Jason se adormecieron. La imagen se cayó al suelo. —¿Te encuentras bien? — preguntó Annabeth. Un fragmento de memoria se encendió, tal vez un pequeño fragmento que Hera se había olvidado de robar. O quizás lo había dejado allí a propósito, lo suficiente como para recordar su nombre y saber que desenterrar su pasado era peligroso, terriblemente peligroso. Deberías estar muerto, dijo Quirón. No era un comentario sobre Jason rompiendo todo pronóstico siendo un solitario. Las palabras de la loba en su sueño por fin cobraron sentido, su broma inteligente. Se imaginó a Lupa gruñendo una sonrisa lobuna. —¿Qué pasa? — presionó Annabeth. Jason no se podía sostener. Le mataría, y necesitaba la ayuda de Annabeth. Si conocí a Thalia, tal vez podría aconsejarle. —Tienes que jurar que no se lo contarás a nadie. — dijo.

—Jason… —Júralo. — urgió—. Hasta que no averigüe lo que está pasando, qué significa todo esto —se frotó los tatuajes en los antebrazos. — Tienes que guardarme el secreto. Annabeth vaciló, pero su curiosidad le pudo. —Está bien. Hasta que me digas que todo está bien, no se lo contaré a nadie. Lo juro sobre el río Estigio. Un trueno retumbó, más fuerte de lo normal. Eres nuestra gracia salvadora, dijo la loba. Gracia en inglés significaba Grace. Jason cogió la foto del suelo. —Mi apellido es Grace. — dijo—. Ella es mi hermana. Annabeth empalideció. Jason pudo verla luchar entre consternación, incredulidad e ira. Ella creía que mentía. Su afirmación era imposible. Y una parte de él creía eso, pero tan pronto como dijo las palabras, supo que era cierto. Entonces las puertas de la cabaña se abrieron. Media docena de campistas entraron, liderados por el chico calvo hijo de Iris, Butch. —¡De prisa! — dijo. Jason no pudo decir si su expresión era de emoción o de miedo. — El dragón ha vuelto.

CAPÍTULO XV PIPER
PIPER SE LEVANTÓ Y COGIÓ UN ESPEJO DE INMEDIATO. Había muchos en la cabaña de Afrodita. Se sentó en su litera, miró a su reflejó y gruñó. Aún era preciosa. Anoche después de la fogata, lo había intentado todo. Había liado su pelo, se había lavado el maquillaje, llorado para hacer que sus ojos se volvieran rojos. No funcionaba nada. Su pelo se peinaba solo. El maquillaje se reaplicaba solo. Sus ojos rehuían a hincharse o a volverse rojos. Se podría haber cambiado de ropa, pero no tenía nada con lo que cambiarse. Los otros campistas de Afrodita le habían dejado cosas (riéndose a sus espaldas, estaba segura), pero cada ropa que le dejaban era más pija y ridícula que lo que llevaba. Ahora, después de una noche horrible, seguía igual. Piper normalmente parecía un zombie por las mañanas, pero su pelo seguía peinado como una supermodelo y su piel estaba tersa. Incluso el grano que tenía en la punta de la nariz, el que había tenido durante tantos días que había comenzado a llamarle Bob, había desaparecido. Refunfuñó de frustración y se pasó los dedos por el pelo. No había manera. Se volvía a peinar solo. Parecía una Barbie cherokee. Desde el otro lado de la cabaña, Drew la llamó: —Oh, cariño. No se irá— su voz estaba llena de falsa simpatía—. La bendición de mamá dura almenos otro día. Una semana con suerte. Piper apretó los dientes. —¿Una semana? Los otros hijos de Afrodita, una docena de chicas y cinco chicos, sonrieron y se rieron de su malestar. Piper sabía que debía de aparentar ser guay, no dejar que se pusieran en su piel. Había tratado con muchos niños populares tantas veces. Pero esta vez era distinto. Eran sus hermanos y hermanas, aunque no tuvieran nada en común, y la forma en la que Afrodita había conseguido tener tantos hijos en tan poco tiempo… No quiso saberlo. —No te preocupes, cariño—Drew se pasó el brillo de labios por la boca—. ¿Crees que no perteneces a este lugar? No podríamos estar más de acuerdo. No es cierto, ¿Mitchell? Uno de los chicos se estremeció. —Oh, sí. Seguro. —Mmm…

Drew se quitó la máscara y se comprobó las pestañas. Todo el mundo la miraba, pero no osaba hablar. —De todos modos, chicos, quince minutos para el desayuno. ¡La cabaña no se va a limpiar sola! Y Mitchell, creo ya has aprendido la lección. No, ¿cariño? Por lo que estás en la patrulla de limpieza, hoy. ¿Vale? Enséñale a Piper cómo se hace, porque tengo el presentimiento de que tendrá que hacer ese trabajo pronto, si sobrevive a la misión. Ahora, a trabajar, todo el mundo! ¡Es mi hora del baño! Todo el mundo comenzó a correr, haciendo las camas y doblando ropa, mientras Drew agarraba su kit de maquillaje, su secador, cepillo y se metía en el lavabo. Alguien gritó desde dentro y una chica de unos once años fue sacada del interior, envuelta a toda prisa en toallas con el champú aún en su pelo. La puerta se cerró, y la chica comenzó a llorar. Un par de campistas mayores la consolaron y le limpiaron el jabón del pelo. —¿De verdad? — dijo Piper a nadie en particular — ¿De verdad dejáis a Drew haceros esto? Unos chicos le lanzaron miradas nerviosas a Piper, como si estuvieran de acuerdo, pero no dijeron nada. Los campistas siguieron trabajando, a pesar de que Piper no supo ver el por qué de la cabaña necesitara limpieza. Era una casa de muñecas a tamaño real, con paredes rosas y ventanas blancas. Las cortinas de seda eran de un azul y verde pastel, que por supuesto pegaba con las sábanas y los edredones de las camas. Los chicos tenían una fila de literas separada por una cortina, pero su sección de la cabaña estaba tan limpia y ordenada como la de las chicas. Cada campista tenía un cofre de madera que estaba ordenado impolutamente y coordinado por colores. El único espacio para la individualidad era en cómo los campistas decoraban los espacios de su litera personal. Cada una tenía fotografías de las celebridades que creyeran que eran más guapas. Algunos tenían fotos personales, también, pero la mayoría eran actores o cantantes o lo que fueran. Piper esperó no encontrarse con El Póster. Había pasado un año de la película, pero creía que a estas alturas todo el mundo había derribado los anuncios y habrían puesto encima algo más nuevo. No hubo suerte. Vio uno en la pared del armario, en medio de un collage de rompecorazones famosos. El título era de un rojo espeluznante: Rey de Esparta. Debajo de eso, el poster mostraba un líder, un hombre con las tres cuartas partes de su cuerpo bronceado desnudo, con unos endurecidos pectorales y abdominales. Vestía una falda de guerra griega y una capa púrpura, espada en mano. Parecía que se acabara de bañar en aceite, su corto pelo negro brillaba y largas gotas de sudor caían por su cara, esos tristes ojos negros miraban a cámara como si estuviera diciendo: Mataré a los hombres y robaré a las mujeres ¡Ja, ja!

Era el póster más ridículo de todos los tiempos. Piper y su padre se habían echado unas risas la primera vez que lo vieron. Entonces la película recaudó un billón de dólares. El póster aparecía por todas partes. Piper no se podía deshacer de él en el colegio, por la calle, incluso online. Se convirtió en El Póster, el más vergonzoso de toda su vida. Y sí, era una imagen de su padre. Se giró para que nadie viera que se había quedado mirándolo. Quizá cuando todo el mundo estuviera desayunando lo podría quitar sin que nadie se diera cuenta. Intentó parecer ocupada, pero no tenía ninguna ropa de más que doblar. Alisó su cama y se dio cuenta de que una de las sábanas era la que Jason había puesto por encima de sus hombros la noche anterior. La cogió y la acercó a su cara. Olía a madera quemada, pero desafortunadamente no a Jason. Era la única persona que había sido genuinamente simpático con ella después del reclamo, como si le importara lo que sentía, no sólo sus estúpidas ropas nuevas. Dios, había querido besarle, pero parecía tan incomodo, incluso asustado de ella. No podía culparle. Había estado brillando rosa. —Perdóname— dijo una voz a sus pies. El chico de la patrulla de limpieza, Mitchel, estaba arrastrándose a cuatro patas, recogiendo envoltorios de chocolatinas y notas arrugadas de debajo de las literas. Aparentemente, los hijos de Afrodita no eran unos maníacos de la limpieza al cien por cien después de todo. Se apartó de su camino. —¿Qué hiciste para que Drew se enfadara tanto? Miró a la puerta del baño para asegurarse de que seguía cerrada. —Después de tu reclamación, anoche, dije que quizá no estarías tan mal. No era un cumplido, pero Piper se quedó atónita. ¿Un chico de Afrodita había apostado por ella? —Gracias. — dijo. Mitchell se encogió de hombros. —Sí bueno. Mira para lo que ha servido. Pero ha valido la pena, bienvenida a la Cabaña Diez. Una rubia con coletas y aparatos corría con una pila de ropa en sus brazos. Miró alrededor suyo furtivamente como si estuviera entregando material nuclear. —Te he traído esto— susurró. —Piper, esta es Lacy— dijo Mitchell, todavía arrastrándose por el suelo. —Hola— dijo Lacy sin aliento —. Te puedes cambiar de ropa. La bendición no te detendrá. Esto es todo, ya sabes, una mochila, algunas raciones, ambrosía y néctar para emergencias, tejanos alguna

camiseta de más y una chaqueta calentita. Las botas quizás te vayan pequeñas. Pero… bueno, todos aportamos lo que pudimos. ¡Buena suerte en tu misión! Lacy dejó las cosas en la cama y se alejo corriendo, pero Piper le agarró del brazo. —Espera. Almenos deja que te lo agradezca. ¿Porqué tienes tanta prisa? Lacy parecía que fuera a partirse de nerviosismo. —Bueno… —Drew nos podría encontrar— explicó Mitchell. —¡Me hará llevar los zapatos de la vergüenza! —escupió Lacy. —¿Los qué? — preguntó Piper. Lacy y Mitchell apuntaron a una estantería negra en una esquina de la cabaña, como un altar. Puestos encima estaban un par de horribles zapatos ortopédicos, de un blanco brillante con suelas gruesas. —Tuve que llevarlos durante una semana— gimió Lacy—. ¡No combinan con nada! —Y hay castigos peores— alertó Mitchell— Drew te puede encandilar, ¿sabes? No muchos hijos de Afrodita tienen ese poder, pero si se esfuerza, te puede meter en líos embarazosos. Piper, tú eres la primera persona que he visto en mucho tiempo que ha sido capaz de resisirte. —Encandilar…— Piper recordó la noche anterior, la forma en la que la multitud de la fogata se habían debatido entre la opinión de Drew y la suya. —Quieres decir… cómo si pudieras decirle a alguien que hiciera algo. O… darte cosas. ¿Cómo un coche? —No le des ideas a Drew. —jadeó Lacy. —Pero sí—dijo Mitchell—. Ella podría hacerlo. —Así es como consiguió ser la jefa de la cabaña— dijo Piper—. ¿Os convenció a todos? Mitchell sacó un chicle pegado debajo de la litera de Piper. —No, ella heredó el puesto cuando Silena Beauregard murió en la guerra. Drew era la segunda más mayor. El campista más veterano automáticamente obtiene el puesto, a no ser que alguien con más años o con más misiones le quiera retar, en tal caso habría un duelo, pero pasa raras veces. De todas formas, Drew lleva en el cargo desde agosto. Decidió de hacer… algunos… cambios en la forma de hacer funcionar la cabaña.

—Sí, lo hice. —de repente Drew apareció detrás suyo, apoyada en la litera. Lacy chilló como un cochinillo y intentó huir, pero Drew la paró agarrándola con el brazo. Miró a Mitchell. —Creo que te has dejado algunas manchas por ahí, cariño. Quizá deberías repasarlo de nuevo todo. Piper miró hacia el cuarto de baño y vio que Drew lo había vertido todo por el suelo del lavabo. Mitchell se incorporó en sus cuartos traseros. Miró a Drew como si fuera a atacarla (algo por lo que Piper pagaría por ver), pero finalmente le espetó. —Vale. Drew sonrió. —¿Ves, Piper, cielo? Somos una buena cabaña. ¡Una gran familia! Silena Beauregard en cambio… deberías intentar no parecerte a ella. Le pasaba información a escondidas a Cronos en la Guerra del Titán, ayudando al enemigo. Drew sonrió de forma dulce e inocente, con su brillante maquillaje rosa y su ondulante pelo seco con olor a nuez moscada. Parecía la chica popular de cualquier instituto. Pero sus ojos eran fríos como el acero. Piper tuvo la sensación de que Drew le miraba a través del alma, intentando descubrir sus secretos. Ayudando al enemigo. —Ninguna de las otras cabañas habla de ello— le confió Drew—. Actúan como si Silena Beauregard fuera una heroína. —Sacrificó su vida para que las cosas acabaran bien—se quejó Mitchell—Ella fue una heroína. —Mmmm…—dijo Drew—. Otro día en la patrulla de limpieza, Mitchell. De todas formas, Silena perdió la noción de lo que trataba llevar una cabaña. ¡Hacemos lindas parejas con la gente del campamento! Entonces rompemos y volvemos a comenzar. Es lo mejor de todo. No nos involucramos en ningún otro rollo como las guerras o las misiones. Nunca he estado en una misión. ¡Menudo gasto de tiempo innecesario! Lacy levantó su mano nerviosa. —Pero anoche dijiste que querrías ir en una… Drew la miró y la voz de Lacy se apagó. —Por encima de todo— continuó Drew—, no necesitamos que nuestra imagen se vea ensuciada por espías, ¿verdad, Piper? Piper intentó responder, pero no pudo. No había forma de que Drew supiera de sus sueños o del secuestro de su padre.

—Es una pena que no estés por aquí—suspiró Drew—. Pero si sobrevives a esa misión, no te preocupes. Te encontraré alguien para ligar contigo. Quizá uno de esos gruesos chicos de Hefesto. ¿O Clovis? Es bastante repulsivo. —Drew puso una cara entre pena y asco—. Sinceramente, no creo que Afrodita pudiera tener una una hija fea, pero… ¿quién es tu padre? ¿Algún tipo de mutante o…? —Tristan McLean— soltó Piper. El silencio sobrecogedor fue gratificante durante unos segundos, pero Piper se arrepintió de lo que había hecho. Todo el mundo se giró hacia El Póster, su padre flexionando sus músculos para todo el mundo. —Oh dios mío— la mitad de las chicas gritaron al mismo tiempo. —¡¿Qué dices?! — dijo un chico— ¿¡El tío que mató a otro con una espada en aquella película!? —Está muy bueno para ser un viejo— dijo una chica, pero entonces se corrigió—. Me refiero, perdón. Sé que es tu padre. ¡Es muy raro! —Sí, muy raro. Tienes razón. — accedió Piper. —¿Crees que podrás conseguirme un autógrafo? — preguntó otra chica. —Claro, ningún problema—respondió. La chica gritó de emoción y más chicos se adelantaron, preguntando docenas de preguntas al mismo tiempo. —¿Alguna vez has estado en plató? —¿Vives en una mansión? —¿Has comido con estrellas del cine? —¿Has hecho tu ritual de entrada? Eso pilló a Piper desprevenida. —¿Ritual de qué? — preguntó. Las chicas y los chicos se rieron y empujaron a otra como si hablaran de un tema embarazoso. —El ritual de entrada para un hijo de Afrodita— explicó uno—. Haces que alguien se enamore de ti y entonces le rompes el corazón. Una vez hecho esto demuestras que eres una hija digna de Afrodita. Piper observó la multitud para ver si estaban bromeando.

—¿Romperle el corazón a alguien a propósito? Es horrible. Los otros parecían confundidos. —¿Por qué? — preguntó un chico. —¡Oh dioses! — gritó una chica—. Te aseguro que Afrodita le rompió el corazón a tu padre. Que nunca amó a ninguna otra mujer. Es muy romántico. ¡Cuando pases el ritual de entrada, serás como mamá! —¡Olvídalo! —gritó Piper, un poco más alto de lo que pretendió. Los chicos se retiraron— No voy a romperle el corazón a nadie por un estúpido ritual de entrada. Lo que por supuesto le sirvió a Drew para retomar el control de la situación. —De acuerdo, ya está bien— cortó— Silena hizo lo mismo. Rompió la tradición, enamorándose de ese Beckendorf, y siguiendo enamorados. Si me preguntasen, diría que fue por eso por lo que las cosas les fueron trágicamente mal. —No es verdad— gritó Lacy, pero Drew la miró fijamente, e inmediatamente se retiró y se mezcló con la multitud. —Poco importa—continuó Drew—, porque Piper, cielo, no podrías romperle el corazón a nadie. Y no tiene sentido que tu padre sea Tristan McLean, solo por llamar la atención. Muchos chicos parpadearon sorprendidos. —¿Quieres decir que no es su padre? — preguntó uno. Drew puso los ojos en blanco. —Por favor. Ahora es hora del desayuno, chicos, y Piper tiene que comenzar su pequeña misión. Dejarla hacer las maletas y que se vaya de aquí. Drew deshizo la multitud y hizo que todo el mundo se pusiera en movimiento. Les llamaba a todos cielo o cariño, pero su tono dejaba claro que esperaba ser obedecida. Mitchell y Lacy le ayudaron a Piper a empaquetar las cosas. Incluso vigilaron el lavabo mientras Piper se cambiaba dentro por ropa más de viaje. La ropa de segunda mano no eran pijas, gracias a dios, simplemente unos vaqueros gastados, una camiseta, un cómodo abrigo y unas botas de montaña que le entraron perfectamente. Ató su daga, Katoptris, a su cinturón. Cuando Piper salió, se sentía casi normal. Los campistas estaban en sus camas, mientras Drew daba la vuelta inspeccionándolo todo. Piper se giró a Mitchell y Lacy y les dio las gracias en silencio. Mitchell asintió sombríamente. Lacy esbozó una sonrisa que dejó ver todos su aparatos. Piper dudó si Drew les había agradecido algo nunca. También notó que el póster del Rey de Esparta había sido retirado y tirado a la basura. Órdenes de Drew, sin duda. A pesar de que Piper había querido quedárselo, estaba ya totalmente roto.

Cuando Drew le vio, le dio un aplauso de burla. —¡Perfecto! Nuestra chica de la misión ha vuelto a su ropa de la basura de nuevo. ¡Ahora, vete! No necesitas desayunar con nosotros. ¡Buena suerte con lo que sea! ¡Adiós! Piper se puso la mochila al hombro. Sintió como le miraban todos cuando salía por la puerta. Podría haber salido y olvidarse de todo. Habría sido demasiado fácil. ¿Qué le importaban esos chicos de la cabaña? ¿Esos niños pijos? Excepto por algunos que habían querido ayudarla. Se giró al umbral de la puerta. —Sabéis, no necesitáis seguir las órdenes de Drew. Algunos niños se incorporaron. Otros miraron a Drew, que estaba demasiado aturdida para responder. —Ummm— dijo uno—. Es nuestra jefa de cabaña. —Es una tirana—le corrigió Piper—. Podéis pensar por vosotros mismos. Afrodita tiene que ser más que todo esto. —Más que todo esto— repitió un chico. —Pensar por nosotros mismos— murmuró un segundo. —¡Chicos! —gritó Drew— No seáis estúpidos. Al menos, Piper pensó que así funcionaba. No sabía cómo iba eso de encandilar, pero no creyó que le había puesto ningún esfuerzo especial en sus palabras. No quiso ganar con un argumento que engañara a la gente. Eso la habría puesto a la misma altura que Drew. Piper solo dijo lo que quería decir. Además, si intentara encandilar, tuvo la sensación de que no funcionaría en otro encandilador como Drew. Drew se burló de ella. —Quizás tengas un pequeño poder, pequeña estrella del cine. Pero no sabes lo esencial sobre Afrodita. ¿Tienes tan grandes ideas? ¿De qué crees que va esta cabaña, entonces? Cuéntales. Entonces quizás yo les cuente algo interesante sobre ti. Piper quiso replicar, pero su enfado se volvió miedo. Era un espía del enemigo, como Silena Beauregard. Una traidora de Afrodita. ¿Lo sabría Drew? ¿O sólo era un farol? Debajo la mirada de Drew, su confianza comenzó a derrumbarse. —No así— logró decir Piper—. Afrodita no es todo esto. Entonces se giró y salió antes de que los demás la vieran ruborizarse. Detrás suyo, Drew comenzó a reírse.

—¿No todo esto? ¿Lo habéis oído, chicos? ¡No tiene ni idea! Piper se prometió que no volvería a pisar esa cabaña. Se limpió las lágrimas y caminó por el césped, sin saber muy bien a dónde, hasta que vio el dragón sobrevolar el campamento.

CAPÍTULO XVI PIPER
—¿¡LEO?! — GRITÓ PIPER. Efectivamente, ahí estaba, sentado encima de una letal máquina de bronce gigante y sonriendo como un lunático. Incluso antes de aterrizar, se levantó la alarma en el campamento. Un cuerno de caracola sonó. Todos los sátiros comenzaron a gritar: —¡No me mates! Medio campo corrió hacia el exterior con una mezcla de pijamas y armaduras. El dragón se posó justo en el medio del prado, y Leo gritó: —¡Está bien! ¡No disparéis! Dudando, los arqueros bajaron los arcos. Los guerreros retrocedieron, manteniendo sus lanzas y sus espadas alzadas. Hicieron un amplio anillo alrededor del monstruo metálico. Otros semidioses se escondían detrás de las puertas de sus cabañas o se asomaban desde sus ventanas. Nadie parecía dispuesto a acercarse. Piper no les podía culpar. El dragón era enorme. Brillaba con el sol de madrugada como una escultura metálica, diferentes tonos de cobre y bronce, como una serpiente de sesenta metros con garras de acero, dientes afilados y brillantes ojos de rubí. Tenía alas como las de un murciélago que medían el doble que él como dos velas metálicas, haciendo el ruido como las monedas del primer premio de una máquina tragaperras. —Es hermoso. — murmuró Piper. Los demás semidioses la miraron como si estuviera loca. El dragón alzó su cabeza y disparó una columna de fuego hacia el cielo. Los campistas retrocedieron rápidamente y alzaron aún más sus armas, pero Leo se deslizó con calma de la espalda del dragón. Levantó las manos como si se estuviera entregando, con la excepción de que aún tenía esa sonrisa de loco en su cara. —¡Terrícolas, vengo en son de paz! — gritó. Parecía que hubiera estado revolcándose por la hoguera apagada. Su abrigo militar y su cara estaban manchadas de hollín. Sus manos manchadas de grasa y llevaba un cinturón de herramientas nuevas en torno a su cintura. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Su pelo rizado estaba tan aceitoso y parecía púas de puerco espín, y olía extrañamente a salsa de Tabasco. Pero parecía absolutamente encantado. —¡Festus sólo intenta saludar!

—¡Esa cosa es peligrosa! —gritó una chica de la cabaña de Ares, blandiendo su lanza —¡Mátala ya! —¡Bajad las armas! — ordenó alguien. Para sorpresa de Piper, era Jason. Se abrió paso entre la multitud, flanqueado por Annabeth y esa chica de la cabaña de Hefesto, Nyssa. Jason levantó la cabeza hacia el dragón y sacudió la cabeza con asombro. —Leo, ¿qué has hecho? —¡He encontrado un transporte! —sonrió Leo —Me dijiste que podía ir a la misión si encontraba un transporte. ¡Bueno, he encontrado un chico malo metálico de primera clase! Festus nos puede llevar a cualquier lugar. —Ti… tiene alas—balbuceó Nyssa. Su mandíbula parecía podría despegársele de la cara. —¡Sí! —dijo Leo — Las encontré y se las puse. —Pero nunca ha tenido alas, ¿dónde las has encontrado? Leo vaciló, y Piper juraría que estaba escondiendo algo. —En… el bosque. — dijo— He reparado casi todos los circuitos, también, así que ya no habrá más problemas estando fuera de control. —¿Casi todos? — preguntó Nyssa. La cabeza del dragón se movió. Se inclinóh hacia un lado y un chorro de líquido negro, quizá aceite, con suerte sólo aceite, se derramó de su oreja, por encima de Leo. —Sólo unos pocos problemas por terminar— dijo Leo. —Pero… ¿cómo has podido sobrevivir? —Nyssa seguía mirando fijamente a la criatura. — Me refiero… escupe fuego… —Soy rápido— dijo Leo. — Y tengo suerte. Ahora, estoy dentro de la misión, ¿o qué? Jason se rascó la cabeza. —¿Le has llamado Festus? ¿Sabes que en latín, festus significa feliz? ¿Quieres que vayamos a salvar el mundo montados en Feliz, el dragón? El dragón tembló y se estremeció agitando las alas. —¡Eso es un sí, tío! — dijo Leo —Ahora, em…, podríamos ponernos en marcha, chicos. Tengo provisiones que he cogido en… em… en el bosque. Y toda esa gente armada está poniendo nervioso a Festus.

Jason frunció el ceño. —Pero no hemos planeado nada aún. No podemos… —Iros— dijo Annabeth. Era la única que no parecía nerviosa del todo. Su expresión era triste y melancólica, como si esto le recordara a tiempos mejores. —Jason, sólo tienes tres días hasta el solsticio y nunca debes tener esperando a un dragón nervioso. Esto es, sin duda, un buen augurio. ¡Iros! Jason asintió. Entonces sonrió a Piper. —¿Preparada, compañera? Piper miró las alas bronceadas del dragón brillando contra el cielo, y esas garras que podían haberla destrozado en pedazos. —Por supuesto— dijo. Volar en dragón era la experiencia más alucinante que había vivido, pensó Piper. En lo alto, el aire estaba helado, pero el metal del dragón generaba tanto calor, que parecía que estuvieran volando en una burbuja protectora. ¡Ríete tú de los calentadores de asientos! Y los surcos en la espalda del dragón estaban diseñados como sillas de montar de alta tecnología, así que no estaban demasiado incómodos. Leo les enseñó como enganchar los pies en las grietas de la armadura, como en unos estribos, y a usar los cinturones de seguridad de cuero colocados inteligentemente debajo del revestimiento exterior. Se sentaron en una sola fila: Leo delante, detrás Piper y después Jason detrás de ella, y Piper tuvo mucho cuidado de que Jason estuviera bien detrás. Deseaba que se aferrara a ella, tal vez poniendo sus brazos alrededor de su cintura por encima del abrigo, pero, lamentablemente, no lo hizo. Leo utilizó las riendas para dirigir el dragón hacia el cielo como si lo llevara haciendo durante toda su vida. Las alas de metal funcionaron perfectamente y, rápidamente, la costa de Long Island era simplemente una línea borrosa detrás de ellos. Volaron por encima de Connecticut y ascendieron por encima de unas grises nubes de tormenta. Leo les devolvió la sonrisa. —Genial, ¿no? —¿Y si nos descubren? —preguntó Piper. —La niebla— dijo Jason—. Hace que los mortales no vean cosas mágicas. Si nos ven, es probable que nos confundan con un avión pequeño o algo así. Piper miró por encima del hombro.

—¿Estás seguro de eso? —No— admitió. Entonces Piper vio que estaba sujetando una foto en su mano, una foto de una chica con el pelo negro. Piper miró a Jason inquisitivamente, pero se sonrojó y guardó la fotografía en su bolsillo. —Estamos yendo bien. Probablemente, llegaremos esta noche. Piper se preguntó quién era la chica de la foto, pero no quiso preguntar y si Jason no daba la información voluntariamente, no sería buena señal. ¿Había recordado algo de su vida anterior? ¿Sería la fotografía de su novia real? Basta, se dijo. No te tortures. Hizo una pregunta más segura: —¿Hacia dónde vamos? —A encontrar el dios del Viento del Norte —dijo Jason —Y a perseguir algunos espíritus de la tormenta.

CAPÍTULO XVII LEO
LEO ESTABA COMPLETAMENTE EMOCIONADO. ¿La expresión de las caras de todo el mundo cuando el dragón voló sobre el campamento? ¡No tenían precio! Creyó que sus compañeros de cabaña iban a explotar como una tuerca ardiente. Festus también había estado impresionante. No había hecho arder ninguna cabaña o comido algún sátiro, sólo había expulsado un poco de aceite de su oreja. Bueno, un montón de petróleo. Leo lo arreglaría en adelante. Así que tal vez Leo no había aprovechado la oportunidad para contarles a todos acerca del búnker número 9 o el diseño del barco volador. Necesitaba algún tiempo para pensar sobre todo eso. Podría contárselo cuando volviera. Si volvía, pensó una parte de él. Nah, volvería. Se había llevado un mágico cinturón de herramientas, además de un montón de provisiones frescas seguras en su mochila. Además tenía un dragón escupefuego, apenas goteante debajo de él. ¿Qué podría salir mal? Bueno, el disco de control podría quemarse, sugirió la parte oscura de Leo. Festus te podría comer. De acuerdo, así que el dragón no estaba tan bien como Leo podría desear. Había trabajo toda la noche poniéndole las alas, pero no había encontrado un cerebro de dragón extra en el búnker. ¡Pero, bueno, tenían un límite de tiempo! Tres días hasta el solsticio. Tenían que ponerse en marcha. Además, Leo había limpiado el disco muy bien. La mayoría de los circuitos estaban bien. Sólo tenían que mantenerse unidos. Su lado oscuro comenzó a pensar. Sí, ¿pero y si…? —Cállate, yo. — dijo Leo en voz alta. —¿Qué? — preguntó Piper. —Nada. — dijo —Una noche larga. Creo que estoy alucinando. Es genial. Sentado delante, Leo no podía ver sus caras, pero por su silencio, entendió que sus amigos no estaban contentos de tener un conductor insomne, alucinante, conductor de dragones. —Sólo es una broma— Leó decidió cambiar de tema—. ¿Cuál es el plan, tío? Has dicho no sé qué sobre capturar el viento, o romper el viento o algo así? Mientras volaban por encima de Nueva Inglaterra, Jason presentó el plan de juego: en primer lugar, encontrar un tipo llamado Boreas y sonsacarle información… —¿Se llama Boreas? —preguntó Leo—. ¿Quién es él? ¿El dios de las borlas?

En segundo lugar, Jason continuó, tenían que encontrar a los venti que les habían atacado en el Gran Cañón… —¿Podemos llamarles espíritus de las tormentas? —preguntó Leo— Venti hace que suenen como unos crueles cafés espresso. Y tercero, finalizó Jason, tenían que averiguar para quién trabajaban los espíritus de las tormentas, así podrían encontrar a Hera y liberarla. —¿Así que quieres encontrar a Dylan, el travieso tío de la tormenta, a propósito? — dijo Leo —. El chaval que me lanzó de la pasarela y se llevó al Entrenador Hedge hacia las nubes. —Más o menos — dijo Jason —Bueno… puede que también hayan lobos involucrados. Pero es amiga. No nos comerá, a no ser que demostremos debilidad. Jason les habló del sueño, la gran loba mala y la casa quemada con las espirales de piedra creciendo de la piscina. —Ahá. — dijo Leo— Pero no sabemos dónde está el lugar. —Nop. — admitió Jason. —También hay gigante— añadió Piper. —. La profecía habla de la venganza de los gigantes. —Un momento— dijo Leo—. Gigantes, ¿hay más de uno? ¿Porqué no puede ser sólo un gigante que busca venganza? —No lo creo— dijo Piper—. Recuerdo que en algunas historias de la Antigua Grecia, hablaban sobre un ejército de gigantes. —Genial— murmuró Leo—. Por supuesto, con nuestra suerte, es un ejército. ¿Sabes algo más sobre esos gigantes? ¿No hiciste un montón de investigación sobre mitos para la película de tu padre? —¿Tu padre es un actor? — preguntó Jason. Leo rió. —Sigo sin acordarme de tu amnesia. ¡Je! Acordarme de tu amnesia. Irónico. Pero sí, su padre es Tristan McLean. —Uh… lo siento. ¿En qué estuvo metido? —No importa— dijo Piper rápidamente—. Los gigantes, bueno, habían un montón de gigantes en la mitología griega. Pero si estoy pensando en los correctos, hay malas noticias. Enormes, casi imposibles de matar. Podrían arrojar montañas enteras y esas cosas. Creo que estaban relacionados con los titanes. Se levantaron de la tierra después de que Cronos perdiera la guerra,

me refiero a la primera Titanomaquia, cientos de años atrás, e intentaron destruir el Olimpo. Y si estamos hablando de los mismos gigantes… —Quirón dijo que estaba sucediendo de nuevo — recordó Jason —. El último capítulo. Eso es lo que quería decir. No es de extrañar que no quisiera que supiéramos todos los detalles… Leo silbó. —Entonces… gigantes que pueden lanzar montañas. Lobos amistosos que nos comen si mostramos debilidad. Cafés espresso crueles. Lo tengo. Quizás es hora de sacar a relucir mi niñera psicópata. —¿Es otra broma? — preguntó Piper. Leo les habló sobre Tía Callida, que en realidad era Hera, y cómo se le había aparecido en el campamento. No les contó sobre sus habilidades ígneas. Eso era aún un tema peliagudo, especialmente después de que Nyssa le contara que los semidioses ígneos solían destruir ciudades y esas cosas. Además, entonces Leo tendría que hablarles de la causa de la muerte de su madre, y… no. No estaba preparado para llegar a eso. Se las arregló para hablar de la noche en la que murió, sin mencionar el fuego, diciendo que el taller se derrumbó. Era más fácil sin tener que mirar a sus amigos, simplemente manteniendo la vista al frente mientras volaban. Les habló acerca de la extraña mujer con ropas de arena que parecía estar dormida, y que sabía el futuro. Leo creyó que todo el estado de Massachussetts había pasado por debajo de ellos mientras hablaba con sus amigos. —Eso es… inquietante… —dijo Piper. —Todo queda resumido a eso. —coincidió Leo— La cosa es, todo el mundo dice que no debemos confiar en Hera. Ella odia a los semidioses. Y la profecía dice que nos puede causar la muerte si la liberamos su ira. Así que me pregunto… ¿porqué estamos haciendo esto? —Ella nos eligió— dijo Jason —A los tres. Somos los primeros de los siete en reunirnos para la Gran Profecía. La misión es el comienzo de algo mucho más grande. Eso no hizo sentir mejor a Leo, pero no podía discutir con Jason. Parecía como si fuera a comenzar algo más gordo. Sólo deseaba que si habían otros cuatro semidioses destinados a ayudarles, podrían darse prisa. Leo no quería enfrentarse él solo a un terrorífico peligro. —Además— continuó Jason —, ayudar a Hera es la única manera de devolverme la memoria. Y esa torre oscura de mi sueño parecía ser la alimentación de la energía de Hera. Si esa cosa libera al rey de los gigantes al destruir a Hera… —No es buen trueque— coincidió Piper—. Almenos con Hera de nuestro lado, en parte. Su pérdida significaría llevar a los dioses al caos. Es la que mantiene en paz a la familia. Y la guerra de los gigantes sería aún más destructiva que la Titanomaquia.

Jason asintió. —Quirón también hablo de fuerzas más fuertes alzándose en el solsticio, que era un buen momento para las fuerzas oscuras y todas esas cosas, algo que podría despertar si Hera fuera sacrificada ese día. Y la jefa que está controlando a los espíritus de las tormentas, la que quiere matar a todos los semidioses… —Podría ser la extraña mujer durmiente— finalizó Leo —¿La mujer polvorienta completamente despierta? No es algo que quiera ver. —¿Pero quién es ella? —preguntó Jason— ¿Y qué tiene que ver con los gigantes? Buenas preguntas, pero ninguno tenía respuestas. Volaron en silencio mientras Leo se preguntaba si estaba haciendo lo correcto, compartiéndolo todo. Nunca le había contado a nadie la noche en el almacén. Aunque no les hubiera explicado toda la historia, se sintió raro, como si se hubiera abierto el pecho y habría sacado los engranajes que le hacían funcionar. Su cuerpo temblaba, y no de frío. Esperaba que Piper, sentada detrás de él, pudiera decirlo. La forja y la paloma abrirían romperían la jaula. ¿No era eso lo que decía la profecía? Eso significaba que Piper y él tendrían que descubrir como entrar en la prisión de roca mágica, sobreentendiendo que pudieran encontrarla. Entonces, desatarían la ira de Hera, causando muchas muertes. ¡Sonaba divertido! Leo había visto a Tía Callida en acción: le gustaban los cuchillos, las serpientes y poner bebés en chimeneas. Sí, definitivamente iban a desatar su ira. Una gran idea. Festus siguió volando. El viento se enfrió, y debajo de ellos los bosques helados parecían no terminar nunca. Leo no sabía exactamente dónde estaba Quebec. Le había dicho a Festus que les llevara al palacio de Boreas, y Festus iba hacia el norte. Por suerte, el dragón conocía el camino, y no terminarían en el Polo Norte. —¿Por qué no duermes un poco? — Piper le susurró al oído —Has estado despierto toda la noche. Leo quiso protestar, pero la palabra sueño sonaba demasiado bien. —¿No dejarás que me caiga? Piper le palmeó el hombro. —Confía en mí, Valdez. Las guapas no mentimos. —Cierto— murmuró. Se inclinó hacia delante contra el caliente cuello del dragón y cerró los ojos.

CAPÍTULO VXIII LEO

LEO ESTABA COMPLETAMENTE EMOCIONADO. ¿La expresión de las caras de todo el mundo cuando el dragón voló sobre el campamento? ¡No tenían precio! Creyó que sus compañeros de cabaña iban a explotar como una tuerca ardiente. Festus también había estado impresionante. No había hecho arder ninguna cabaña o comido algún sátiro, sólo había expulsado un poco de aceite de su oreja. Bueno, un montón de petróleo. Leo lo arreglaría en adelante. Así que tal vez Leo no había aprovechado la oportunidad para contarles a todos acerca del búnker número 9 o el diseño del barco volador. Necesitaba algún tiempo para pensar sobre todo eso. Podría contárselo cuando volviera. Si volvía, pensó una parte de él. Nah, volvería. Se había llevado un mágico cinturón de herramientas, además de un montón de provisiones frescas seguras en su mochila. Además tenía un dragón escupefuego, apenas goteante debajo de él. ¿Qué podría salir mal? Bueno, el disco de control podría quemarse, sugirió la parte oscura de Leo. Festus te podría comer. De acuerdo, así que el dragón no estaba tan bien como Leo podría desear. Había trabajo toda la noche poniéndole las alas, pero no había encontrado un cerebro de dragón extra en el búnker. ¡Pero, bueno, tenían un límite de tiempo! Tres días hasta el solsticio. Tenían que ponerse en marcha. Además, Leo había limpiado el disco muy bien. La mayoría de los circuitos estaban bien. Sólo tenían que mantenerse unidos. Su lado oscuro comenzó a pensar. Sí, ¿pero y si…? —Cállate, yo. — dijo Leo en voz alta. —¿Qué? — preguntó Piper. —Nada. — dijo —Una noche larga. Creo que estoy alucinando. Es genial. Sentado delante, Leo no podía ver sus caras, pero por su silencio, entendió que sus amigos no estaban contentos de tener un conductor insomne, alucinante, conductor de dragones. —Sólo es una broma— Leó decidió cambiar de tema—. ¿Cuál es el plan, tío? Has dicho no sé qué sobre capturar el viento, o romper el viento o algo así? Mientras volaban por encima de Nueva Inglaterra, Jason presentó el plan de juego: en primer lugar, encontrar un tipo llamado Boreas y sonsacarle información… —¿Se llama Boreas? —preguntó Leo—. ¿Quién es él? ¿El dios de las borlas? En segundo lugar, Jason continuó, tenían que encontrar a los venti que les habían atacado en el Gran Cañón…

—¿Podemos llamarles espíritus de las tormentas? —preguntó Leo— Venti hace que suenen como unos crueles cafés espresso. Y tercero, finalizó Jason, tenían que averiguar para quién trabajaban los espíritus de las tormentas, así podrían encontrar a Hera y liberarla. —¿Así que quieres encontrar a Dylan, el travieso tío de la tormenta, a propósito? — dijo Leo —. El chaval que me lanzó de la pasarela y se llevó al Entrenador Hedge hacia las nubes. —Más o menos — dijo Jason —Bueno… puede que también hayan lobos involucrados. Pero es amiga. No nos comerá, a no ser que demostremos debilidad. Jason les habló del sueño, la gran loba mala y la casa quemada con las espirales de piedra creciendo de la piscina. —Ahá. — dijo Leo— Pero no sabemos dónde está el lugar. —Nop. — admitió Jason. —También hay gigante— añadió Piper. —. La profecía habla de la venganza de los gigantes. —Un momento— dijo Leo—. Gigantes, ¿hay más de uno? ¿Porqué no puede ser sólo un gigante que busca venganza? —No lo creo— dijo Piper—. Recuerdo que en algunas historias de la Antigua Grecia, hablaban sobre un ejército de gigantes. —Genial— murmuró Leo—. Por supuesto, con nuestra suerte, es un ejército. ¿Sabes algo más sobre esos gigantes? ¿No hiciste un montón de investigación sobre mitos para la película de tu padre? —¿Tu padre es un actor? — preguntó Jason. Leo rió. —Sigo sin acordarme de tu amnesia. ¡Je! Acordarme de tu amnesia. Irónico. Pero sí, su padre es Tristan McLean. —Uh… lo siento. ¿En qué estuvo metido? —No importa— dijo Piper rápidamente—. Los gigantes, bueno, habían un montón de gigantes en la mitología griega. Pero si estoy pensando en los correctos, hay malas noticias. Enormes, casi imposibles de matar. Podrían arrojar montañas enteras y esas cosas. Creo que estaban relacionados con los titanes. Se levantaron de la tierra después de que Cronos perdiera la guerra, me refiero a la primera Titanomaquia, cientos de años atrás, e intentaron destruir el Olimpo. Y si estamos hablando de los mismos gigantes…

—Quirón dijo que estaba sucediendo de nuevo — recordó Jason —. El último capítulo. Eso es lo que quería decir. No es de extrañar que no quisiera que supiéramos todos los detalles… Leo silbó. —Entonces… gigantes que pueden lanzar montañas. Lobos amistosos que nos comen si mostramos debilidad. Cafés espresso crueles. Lo tengo. Quizás es hora de sacar a relucir mi niñera psicópata. —¿Es otra broma? — preguntó Piper. Leo les habló sobre Tía Callida, que en realidad era Hera, y cómo se le había aparecido en el campamento. No les contó sobre sus habilidades ígneas. Eso era aún un tema peliagudo, especialmente después de que Nyssa le contara que los semidioses ígneos solían destruir ciudades y esas cosas. Además, entonces Leo tendría que hablarles de la causa de la muerte de su madre, y… no. No estaba preparado para llegar a eso. Se las arregló para hablar de la noche en la que murió, sin mencionar el fuego, diciendo que el taller se derrumbó. Era más fácil sin tener que mirar a sus amigos, simplemente manteniendo la vista al frente mientras volaban. Les habló acerca de la extraña mujer con ropas de arena que parecía estar dormida, y que sabía el futuro. Leo creyó que todo el estado de Massachussetts había pasado por debajo de ellos mientras hablaba con sus amigos. —Eso es… inquietante… —dijo Piper. —Todo queda resumido a eso. —coincidió Leo— La cosa es, todo el mundo dice que no debemos confiar en Hera. Ella odia a los semidioses. Y la profecía dice que nos puede causar la muerte si la liberamos su ira. Así que me pregunto… ¿porqué estamos haciendo esto? —Ella nos eligió— dijo Jason —A los tres. Somos los primeros de los siete en reunirnos para la Gran Profecía. La misión es el comienzo de algo mucho más grande. Eso no hizo sentir mejor a Leo, pero no podía discutir con Jason. Parecía como si fuera a comenzar algo más gordo. Sólo deseaba que si habían otros cuatro semidioses destinados a ayudarles, podrían darse prisa. Leo no quería enfrentarse él solo a un terrorífico peligro. —Además— continuó Jason —, ayudar a Hera es la única manera de devolverme la memoria. Y esa torre oscura de mi sueño parecía ser la alimentación de la energía de Hera. Si esa cosa libera al rey de los gigantes al destruir a Hera… —No es buen trueque— coincidió Piper—. Almenos con Hera de nuestro lado, en parte. Su pérdida significaría llevar a los dioses al caos. Es la que mantiene en paz a la familia. Y la guerra de los gigantes sería aún más destructiva que la Titanomaquia. Jason asintió.

—Quirón también hablo de fuerzas más fuertes alzándose en el solsticio, que era un buen momento para las fuerzas oscuras y todas esas cosas, algo que podría despertar si Hera fuera sacrificada ese día. Y la jefa que está controlando a los espíritus de las tormentas, la que quiere matar a todos los semidioses… —Podría ser la extraña mujer durmiente— finalizó Leo —¿La mujer polvorienta completamente despierta? No es algo que quiera ver. —¿Pero quién es ella? —preguntó Jason— ¿Y qué tiene que ver con los gigantes? Buenas preguntas, pero ninguno tenía respuestas. Volaron en silencio mientras Leo se preguntaba si estaba haciendo lo correcto, compartiéndolo todo. Nunca le había contado a nadie la noche en el almacén. Aunque no les hubiera explicado toda la historia, se sintió raro, como si se hubiera abierto el pecho y habría sacado los engranajes que le hacían funcionar. Su cuerpo temblaba, y no de frío. Esperaba que Piper, sentada detrás de él, pudiera decirlo. La forja y la paloma abrirían romperían la jaula. ¿No era eso lo que decía la profecía? Eso significaba que Piper y él tendrían que descubrir como entrar en la prisión de roca mágica, sobreentendiendo que pudieran encontrarla. Entonces, desatarían la ira de Hera, causando muchas muertes. ¡Sonaba divertido! Leo había visto a Tía Callida en acción: le gustaban los cuchillos, las serpientes y poner bebés en chimeneas. Sí, definitivamente iban a desatar su ira. Una gran idea. Festus siguió volando. El viento se enfrió, y debajo de ellos los bosques helados parecían no terminar nunca. Leo no sabía exactamente dónde estaba Quebec. Le había dicho a Festus que les llevara al palacio de Boreas, y Festus iba hacia el norte. Por suerte, el dragón conocía el camino, y no terminarían en el Polo Norte. —¿Por qué no duermes un poco? — Piper le susurró al oído —Has estado despierto toda la noche. Leo quiso protestar, pero la palabra sueño sonaba demasiado bien. —¿No dejarás que me caiga? Piper le palmeó el hombro. —Confía en mí, Valdez. Las guapas no mentimos. —Cierto— murmuró. Se inclinó hacia delante contra el caliente cuello del dragón y cerró los ojos.

CAPÍTULO VXIII LEO
PARECÍA QUE HABÍA DORMIDO DURANTE UNOS SEGUNDOS, pero cuando Piper le sacudió para despertarlo, la luz del día estaba desapareciendo. —Hemos llegado — dijo. Leo se frotó los ojos, soñoliento. Debajo de ellos, una ciudad apostada en un acantilado con vistas a un río. Las llanuras a su alrededor estaban cubiertas de nieve, pero la ciudad brillaba cálidamente con la puesta de sol invernal. Había edificios apiñados dentro de altos muros, como una ciudad medieval, más grandes que cualquier otro lugar que hubiera visto Leo antes. En el cnetro había un castillo real, por lo menos Leo asumió que era un castillo, con sólidos muros de ladrillo rojo y una torre cuadrada y un techo moteado de verde. —Dime que es Quebec y no el taller de Santa— dijo Leo. —Sí, la ciudad de Quebec— confirmó Piper— Una de las más antiguas ciudades de Norte América. Fundada alrededor del siglo XVII, ¿no? Leo alzó una ceja. —¿Tu padre hizo una película sobre ello? Ella hizo una mueca, algo a lo que Leo estaba acostumbrado, pero no funcionó con su nuevo maquillaje glamuroso. —Leo a veces, ¿vale? Sólo porque Afrodita me haya reclamado, no significa que tenga que ser una cabeza hueca. —¡Genial! — dijo Leo — Tú que sabes tanto, ¿qué es ese castillo? —Un hotel, creo. Leo rió. —De ninguna manera. Pero a medida que se acercaban, Leo vio que tenía razón. La entrada principal estaba llena de porteros, mozos y botones con maletas. Gente en trajes elegantes y abrigos de invierno se apresuran para huir del frío. —¿El Viento del Norte se hospeda en un hotel? —dijo Leo. —Eso no puede ser…

—¡Mirad, chicos! — les interrumpió Jason —. ¡Tenemos compañía! Leo miró debajo y vio a lo que se refería Jason. Alzando el vuelo desde lo más alto de la torre habían dos figuras aladas, unos ángeles enfadados, con dos espadas repugnantes. A Festus no le gustaban esos ángeles. Se precipitó por el aire, batiendo las alas y con las garras al descubierto, e hizo un ruido sordo en la garganta que Leo reconoció. Estaba a punto de lanzar una llamarada. —Contrólate, chico—murmuró Leo. Algo le dijo que a los ángeles no les gustaría ser chamuscados. —No me gusta— dijo Jason —. Parecen espíritus de las tormentas. Primero Leo creyó que estaba en lo cierto, pero mientras se acercaban, pudieron ver que eran más sólidos que los venti. Parecían adolescentes normales a excepción de su pelo blanco hielo con sus alas de plumas púrpuras. Sus espadas de bronce eran irregulares como carámbanos. Sus rostros parecían tan similares que podrían ser hermanos, pero definitivamente no eran gemelos. Uno de ellos era del tamaño de un buey, con una brillante camiseta roja de hockey, pantalones holgados y deportivas de tacos de cuero negro. El tipo claramente había estado en muchas peleas, ya que sus ojos eran negros, y cuando enseñó los dientes, muchos de ellos faltaban. El otro chico parecía como si hubiera salido de una de las carátulas de los álbumes de rock de los 80 de la madre de Leo, Journey, quizás, o Hall & Oates, o algo aún más antiguo. Su helado pelo blanco era largo y sus plumas eran de un tono salmonete. Llevaba zapatos de punta de cuero, pantalones de diseñador que eran demasiado ajustados, y una espantosa camisa de seda con los tres primeros botones abiertos. Tal vez, pensó, parecía un maravilloso dios del amor, pero no podría haber pedido más de ochenta kilos, y tenía un caso grave de acné. Los ángeles se detuvieron delante del dragón y permanecieron allí, con las espadas alzadas. El buey del hockey gruñó: —No pasar. —¿Perdón? —preguntó Leo. —No hay ningún plan de vuelo en este expediente. — explicó el maravilloso dios del amor. En cabeza de todos sus problemas, tenía un acento francés tan malo que Leo pudo asegurar que era fingido. —Es una zona de vuelo restringida. —¿Pegar ellos? — el buey sonrió con sus dientes separados.

El dragón comenzó a silbar vapor, listo para defenderse. Jason llamó a su espada dorada, pero Leo gritó: —¡Espera! Tengamos buenos modales, chicos. ¿Puedo al menos saber quién va a tener el honor de matarme? —¡Soy Cal! —gruñó el buey. Parecía muy orgulloso de sí mismo, como si se hubiera tomado mucho tiempo para memorizar la frase. —Eso es un apelativo de Calais— dijo el dios del amor—. Desgraciadamente, mi hermano no puede pronunciar palabras de más de dos sílabas… —¡Pizza! ¡Hockey! ¡Pegar! — ofreció Calais. —… algo que incluye su propio nombre. — acabó el dios del amor. —¡Soy Cal! —repitió Calais — ¡Y él es Zetes! ¡Mi tete! —Guau — dijo Leo—. Eso son casi tres frases, tío. ¡Vamos, tú puedes! Calais gruñó, obviamente orgulloso de sí mismo. —Estúpido bufón— se quejó su hermano—. Se están riendo de ti. Pero no importa. Soy Zetes, apelativo de Zetes. Y la dama de aquí…—le guiñó a Piper, pero el guiño fue casi una mueca—… puede llamarme como quiera. Quizás quisiera tener una cena con un famoso semidiós antes de debamos destruiros. Piper hizo un ruido de arcadas que confundió con una tos. —Eso es… un ofrecimiento horrible. —No hay problema — Zetes arqueó las cejas —. Somos gente romántica, nosotros los Boréadas. —¿Boréadas? — le cortó Jason — ¿Quieres decir, como, los hijos de Boreas? —¡Ah, has oído hablar de nosotros! — Zetes parecía orgulloso— . Somos los guardianes de nuestro padres. Por lo que entiendes que no podemos dejar pasar gente no autorizada volando en su zona de vuelo en un dragón metálico, asustando a la estúpida gente mortal. Apuntó hacia abajo, y Leo vio como los mortales comenzaban a darse cuenta. Varios señalaban hacia arriba, no alarmados, aún, más confusos que preocupados, como si el dragón fuera un helicóptero de tráfico volando demasiado bajo. —Algo que es triste, porque, a menos que sea un aterrizaje de emergencia— dijo Zetes, retirándose el pelo de su cara poblada de acné— tendremos que mataros dolorosamente. —¡Matar! — accedió Calais, con más entusiasmo del que Leo creyó necesario.

—¡Esperad! — dijo Piper —Es un aterrizaje de emergencia. —¡Jooo! — Cal parecía decepcionado, Leo casi lo lamentó por él. Zetes estudió a Piper, algo que por supuesto ya había estado haciendo. —¿Cómo es que una chica tan bonita decide que es una emergencia? —Tenemos que ver a Boreas. ¡Es completamente urgente! ¿Por favor? — forzó una sonrisa, algo que Leo creyó que le estaba costando mucho, pero ella seguía con la bendición de Afrodita encima, y estaba maravillosa. Había algo en su voz, también, Leo se encontró a sí mismo creyendo cada palabra. Jason asentía, pareciendo completamente convencido. Zetes palpó su camisa de seda, probablemente asegurándose de que siguiera abierta lo suficiente. —Bueno… me temo que tengo que decepcionar a esta chica encantadora, pero verás, mi hermana provocaría una avalancha si te permitiéramos… —¡Y nuestro dragón no funciona bien! — añadió Piper —. ¡Podría explotar en cualquier momento! Festus gruñó para ayudar, entonces giró su cabeza y dejó caer un poco de aceite por el oído, aplastando un Mercedes aparcado mucho más abajo. —¿No matar? — gimió Calais. Zetes se planteó el problema. Entonces le hizo a Piper un guiño espasmódico. —Bueno, eres guapa. Me refiero, estás bien. Un dragón funcionando mal,podría ser una emergencia. —¿Matar más tarde? — ofreció Calais, algo que probablemente era lo más amigable que podía emitir. —Me llevará mucha explicación— decidió Zetes. —Pare no es últimamente simpático con los visitantes. Pero, sí. Venid, gente del dragón metálico. Seguidnos. Los Boréadas enfundaron sus espadas y sacaron unas armas más pequeñas de sus cinturones, al menos a Leo le parecieron armas. Entonces los Boréadas las encendieron, y Leo se dio cuenta de que eran unas luces parpadeantes en forma de conos naranjas, como las que usan los controladores de tráfico en un atasco. Calais y Zetes se giraron y descendieron hacia la torre del hotel. Leo se giró a sus amigos. —Me encantan estos chicos. ¿Les seguimos?

Jason y Piper no parecían emocionados. —Supongo — decidió Jason —Ya que estamos aquí. Pero me imagino por qué Boreas no es simpático con los visitantes. —Pff… Aún no nos ha conocido — silbó Leo —. ¡Festus, sigue esas luces naranjas! Mientras se acercaban, Leo se asustó de chocar contra la torre. Los Boréadas se hicieron camino hacia el tejado verde sin reducir la velocidad. Entonces una sección del techo inclinado se abrió, revelando una entrada lo suficientemente amplia como para Festus. La parte superior e inferior estaban llenas de afilados dientes como carámbanos. —Esto no puede ser bueno — murmuró Jason, pero Leo estimuló al dragón por lo bajo, y entonces se precipitaron detrás de los Boréadas. Aterrizaron en los que debía ser la suite del ático, pero el lugar había sido golpeado por un flash helador. En la entrada del vestíbulo había un techo abovedado con ventanas altas de dos metros y exuberantes alfombras orientales. Una escalera en la parte posterior de la sala llevaba a otra sala igualmente amueblada, y más pasillos que se bifurcaban hacia la izquierda y hacia la derecha. Pero el hielo hacía la sala terroríficamente bella. Cuando Leo se deslizó del dragón, la alfombra crujió bajo sus pies. Una fina capa de escarcha cubría los muebles. Las cortinas no se movían porque estaban congeladas, y las ventanas cubiertas de hielo dejaban pasar la luz de una forma raramente acuosa de la puesta de sol. Incluso el techo estaba poblado de carámbanos. En cuanto a las escaleras, Leo estaba seguro de que se resbalaría y se rompería el cuello si trataba de subirlas. —Chicos— dijo Leo — arreglad el termóstato aquí y me movería por aquí perfectamente… —Yo no… — Jason miró inquieto hacia la escalera —. Algo va mal. Algo ahí arriba… Festus se estremeció y soltó llamas en un bufido. La escalera comenzó a gotear. —No, no, no. — Zetes retrocedió, de forma extraña con los zapatos puntiagudos y Leo no supo cómo. —. El dragón debe ser desactivado. No puede haber fuego aquí. El calor arruina mi cabello. Festus gruñó y abrió la boca con los dientes afilados. —Está bien, chico. — Leo se volvió a Zetes — El dragón es un poco reticente a ser desactivado por completo. Pero tengo una solución mejor. —¿Matar? — sugirió Cal. —No, hombre. Tienes que dejar de hablar de matar y pegar. Sólo tienes que esperar. —Leo, — dijo Piper, nerviosa —, ¿qué estás…?

—Mira y aprende, reina de la belleza. Mientras le reparaba anoche, me encontré con todo tipo de botones. Algunos no quiero saber lo que hacen, pero… los demás… Mirad lo que hacen. Leo metió los dedos detrás de la pata izquierda delantera del dragón. Sacó un interruptor y el dragón se estremeció de pies a cabeza. Todo el mundo se apartó mientras Festus se doblaba como el origami. Sus placas de bronce se apilaron. Su cuello y su cola se contrajeron contra su cuerpo. Sus alas se derrumbaron y se compactaron hasta que fueron un baúl rectangular de metal del tamaño de una maleta. Leo trató de levantarlo, pero el baúl pesaba cerca de seis toneladas. —Um… sí. Espera. Creo… ah, sí. Pulsó otro botón. Apareció un mango en la parte superior y una ruedecitas en la parte inferior. —¡Ta-chán! — anunció— ¡La bolsa de mano más pesada del mundo! —Eso es imposible— dijo Jason—, algo tan grande no puede… —¡Alto! — ordenó Zetes. Él y Calais sacaron sus espadas y miraron a Leo. Leo levantó las manos. —Bueno… ¿qué he hecho? Mantened la calma, chicos. Si os molesta mucho, no tengo que llevarme al dragón como equipaje de mano… —¿Quién eres? — Zetes puso la punta de su espada contra el pecho de Leo —. ¿Un hijo del Viento del Sud, espiándonos? —¿Qué? ¡No! — dijo Leo—. Hijo de Hefesto. Un simpático herrero, ¡sin ánimo de dañar a nadie! Calais gruñó. Acercó su rostro al de Leo, y definitivamente no era un verdadero lumbreras, con sus ojos amoratados y su boca golpeada. —Olor fuego— dijo —. Fuego malo. —Oh— el corazón de Leo se volcó—. Sí, bien… mis ropas están un poco chamuscadas, y he estado trabajando con aceite, y… —¡No! — Zetes empujó a Leo a punta de espada —. Podemos oler el fuego, semidiós. Asumimos que era el dragón chirriante, pero ahora el dragón es una maleta. Y sigue oliendo a fuego… en ti. Si no hubiera habido tres grados en el ático, Leo habría comenzado a sudar —Eh… mirad… no sé… —miró a sus amigos desesperadamente —. ¿Chicos? ¿Una ayudita? Jason ya tenía su moneda dorada en la mano. Caminó hacia delante, con los ojos fijos en Zetes.

—Mira, ha habido un error. Leo no es un chaval ígneo. Díselo, Leo. Diles que no eres un chico ígneo. —Eh… —¿Zetes? — Piper intentó sonreír de forma convincente, aunque parecía demasiado nerviosa y fría como para parecer verdadera —. Aquí todos somos amigos. Bajad las armas y hablemos. —La chica es guapa — admitió Zetes —, y por supuesto no puede evitar sentirse atraída por mi magnificencia, pero por desgracia, no puedo salir con ella ahora mismo. Presionó la punta de su espada en el pecho de Leo, y éste pudo sentir el frío atravesándole la camiseta, entumeciéndole la piel. Deseó poder reactivar a Festus. Necesitaba un poco de apoyo. Pero esto le llevaría varios minutos, aunque pudiera alcanzar el botón, con dos chavales locos con alas púrpuras en su camino. —¿Matar ya? — Calais preguntó a su hermano. Zetes asintió. —Desgraciadamente, creo… —No. — insistió Jason. Sonó lo suficientemente tranquilo, pero Leo entendió que faltaban dos segundos para sacar la moneda y convertirla en modo gladiador. —Leo es sólo un hijo de Hefesto. No es ninguna amenaza. Piper es hija de Afrodita. Soy un hijo de Zeus. Venimos en son de paz… La voz de Jason vaciló, porque ambos Boréadas se giraron rápidamente. —¿Qué has dicho? — Zetes exigió —¿Eres hijo de Zeus? —Eh… sí. — dijo Jason — Eso es algo bueno, ¿no? Me llamo Jason. Calais parecía tan sorprendido, que casi había dejado caer su espada. —No pué ser Jasón — dijo —. No es él. Zetes se adelantó y miró a la cara a Jason. —No es nuestro Jasón. Nuestro Jasón era más elegante. No tanto como yo, pero con estilo. Además, nuestro Jasón murió hace miles de años. —Espera— dijo Jason —. Vuestro Jasón, yo soy Jason, no Jasón. Jasón… ¿el del vellocino de oro?

—Por supuesto— dijo Zetes —. Éramos sus compañeros de tripulación a bordo de su barco, el Argo, en los viejos tiempos, cuando eramos semidioses mortales. Después, aceptamos la inmortalidad para servir a nuestro padre, para que yo pudiera verme así de bien para siempre, y que mi tonto hermano pueda disfrutar de la pizza y el hockey. —Hockey— coincidió Calais. —Pero Jason, nuestro Jasón, murió de forma mortal. — dijo Zetes — No puede ser él. —No lo soy. — coincidió Jason. —¿Por tanto destruir? — preguntó Calais. Era evidente que la conversación estaba dándole un serio trabajo a sus dos células cerebrales. —No— dijo Zetes, lamentándose—. Si él es hijo de Zeus, puede ser al que estábamos esperando. —¿Esperando? — preguntó Leo — ¿Te refieres a esperar para bañarle con premios fabulosos? ¿O esperarle porque está en problemas? —Eso depende de la voluntad de mi padre. — dijo la voz de una chica. Leo miró hacia la escalera. Su corazón casi se detuvo. En lo alto había una chica con un vestido de seda. Su piel era sobrenaturalmente pálida, del color de la nieve, pero su abundante melena era negra y sus ojos de un color café intenso. Se centró en Leo, sin expresión, sin sonrisa, sin amistad. Pero no importaba. Leo se había enamorado. Era la chica más deslumbrante que había visto jamás. Después miró a Jason y a Piper y pareció comprender la situación de inmediato. —Padre tendrá que ver al que se llama Jason— dijo la muchacha. —¿Entonces es él? — preguntó Zetes con entusiasmo. —Ya veremos— dijo la muchacha—. Zetes, acompaña a nuestros huéspedes. Leo agarró el mango de la maleta del dragón de bronce. No estaba seguro de cómo podría cargarla por las escaleras, pero tenía que ponerse al lado de esa chica y preguntarle cosas importantes, como su correo electrónico, su dirección y su número de teléfono. Antes de que pudiera dar un paso, le congeló con una mirada. No literalmente congelado, pero también podría haberlo hecho. —Tú no, Leo Valdez— dijo ella. En el fondo de su mente, Leo se preguntó cómo sabía su nombre, pero estaba más concentrad en cómo no sentirse deprimido. —¿Por qué no? — probablemente sonaría como un niño llorón de parvulario, pero no podía evitarlo.

—No puedes estar en presencia de mi padre— dijo la chica—. Fuego y hielo, no sería prudente. —Vamos juntos — insistió Jason, poniendo su mano sobre el hombro de Leo. —, o no del todo. La chica inclinó la cabeza, como si no estuviera acostumbrada a que sus órdenes se rechazaran. —No se verá perjudicado, Jason Grace, a menos que cause problemas. Calais, mantén a Leo Valdez aquí. Vigílale, pero no le mates. Calais se quejó. —¿Solo poco? —No— insistitó la chica—. Y cuida de su interesante maleta, hasta que Padre lo apruebe. Jason y Piper miraron a Leo, sus expresiones le preguntaban en silencio: ¿Cómo quieres jugar a esto? Leo sintió una oleada de gratitud. Estaban dispuestos a luchar por él. No le dejarían a solas con el buey del hockey. Parte de él quería por a ello, estrenar la nueva herramienta de su cinturón y ver qué podía hacer, quizá convocar una bola de fuego (o dos) y calentar un poco ese lugar. Pero los chicos Boréadas le daban miedo. Y la hermosa chica le asustaba aún más, y todavía quería su número. —Está bien, chicos— dijo—. No tiene sentido causar problemas si no hay razón para ello. Seguid adelante. —Escuchad a vuestro amigo— dijo la chica pálida—. Leo Valdez estará perfectamente a salvo. Espero poder decir lo mismo de ti, hijo de Zeus. Ahora venid, el rey Boreas espera

CAPÍTULO XIX JASON
JASON NO QUERÍA ABANDONAR A LEO, pero comenzó a pensar que estar vigilado por Calais, el buey del hockey, podría ser la opción menos peligrosa en ese lugar. Mientras subían la escalera helada, Zetes iba detrás de ellos, con la hoja alzada. El chico quizá pareciera como salido de la era disco, pero no había nada de gracioso en su espada. Jason se imaginó que esa cosa podría convertirle en un polo de hielo. Y además estaba la princesa de hielo. Cada dos por tres se giraba y sonreía a Jason, pero no había calor en su expresión. Escoltó a Jason como si éste fuera un espécimen científico especialmente interesante, uno que no pudiera esperar a diseccionar. Si esos eran los hijos de Boreas, Jason no estaba seguro de querer conocer al padre. Annabeth le había dicho que Boreas era el más amigable de los dioses del viento. Aparentemente eso significaba que no mataba los héroes tan rápido como los demás. Jason estaba preocupado que hubiera llevado a sus amigos a una trampa. Si las cosas se ponían mal, no estaba seguro de poder sacarlos de allí con vida. Sin pensar cogió la mano de Piper para sentirse seguro. Ella alzó las cejas, pero no se soltó. —Está todo bien— prometió—. Sólo una charla, ¿no? En lo alto de las escaleras, la princesa de hielo miró hacia atrás y se dio cuenta de que se agarraban de la mano. Su sonrisa se ensombreció. De repente la mano de Jason con la de Piper se volvió de un frío helado, tan frío que ardía. La soltó, y tanto sus dedos como los de piper humeaban del frío. —Calentarse no es buena idea aquí dentro— advirtió la princesa—, especialmente cuando yo soy tu mejor oportunidad de mantenerse con vida. Por favor, por aquí. Piper le dirigió a Jason una mirada nerviosa: ¿Qué ha sido eso? Jason no respondió. Zetes le empujó por la espalda con su espada de carámbano, y siguieron a la princesa por un vestíbulo decorado con tapices helados. Soplaban vientos fríos y Jason pensaba igual de rápido que se movía el viento. Había tenido mucho tiempo para pensar mientras montaban al dragón hacia el norte, pero se sintió igual de confundido que siempre. La fotografía de Thalia seguía en su bolsillo, aunque no necesitaba verla más. Su imagen había quedado grabada a fuego en su mente. Ya era suficientemente penoso no recordar su pasado,

pero saber que tenía una hermana en algún lugar que podría tener respuestas y que no había forma de encontrarla, todo eso le hacía subirse por las paredes. En la fotografía, Thalia no se parecía para nada a él. Ambos tenían los ojos azules, pero eso era todo. Su pelo era negro. Su complexión era más mediterránea. Su cara era más afilada, como la de un halcón. Aún así, Thalia le era demasiado familiar. Hera le había dejado la suficiente memoria como para saber a ciencia cierta que Thalia era su hermana. Pero Annabeth se había sorprendido cuando se lo contó, como si nunca hubiera oído hablar de un hermano de Thalia. ¿Sabía Thalia sobre él? ¿Cómo habían sido separados? Hera le había robado sus recuerdos. Le había robado todo sobre el pasado, le había metido en una nueva vida, y ahora esperaba que la salvara de una prisión para que pudiera recuperar lo que era suyo. Eso hacía enfadar a Jason, quería huir, dejar a Hera encerrada en su jaula, pero no podía. Estaba atrapado. Tenía que averiguar más, y eso le hacía estar más resentido. —Eh— Piper le tocó el brazo—. ¿Sigues conmigo? —Sí, sí, lo siento… Estaba agradecido con Piper. Necesitaba una amiga, y estaba orgulloso de que comenzara a perder la bendición de Afrodita. Su maquillaje comenzaba a desaparecer. Su pelo volvía lentamente a su antiguo estilo recortado con trenzas cada dos mechones. Eso le hacía parecer más real, y según Jason, más guapa. Estaba seguro de que no la había visto nunca antes del Gran Cañón. Su relación era sólo un truco de la niebla en la mente de Piper. Pero cuanto más tiempo pasaba con ella, más deseaba que fuera real. Deténte, se dijo a sí mismo. No era justo pensar de esa manera con Piper. Jaso no tenía ni idea de qué le esperaba en su vida anterior, o quién le esperaba. Pero estaba seguro de que su pasado no se relacionaría con el Campamento Mestizo. Después de la misión, ¿quién sabe lo que pasaría? Entendiendo que sobrevivieran. Al final del vestíbulo se encontraron a sí mismos delante de un conjunto de puertas de roble con un mapa del mundo tallado. En cada esquina había el rostro barbudo de un hombre, que soplaba viento. Jason estaba completamente seguro de que había visto antes un mapa como ese. Pero en su versión, todos los hombres del viento eran Invierno, soplando hielo y nieve de cada esquina del mundo. La princesa se giró. Sus ojos marrones brillaron, y Jason creyó que él mismo era un regalo de navidad que estaba a punto de abrir.

—Esta es la sala del trono— dijo—. Compórtate, Jason Grace. Mi padre puede ser… glacial. Haré de traductora, e intentaré hacer que os escuche. Espero que te perdone. Podríamos pasar un buen rato. Jason adivinó que la definición de buen rato de la chica no era la misma que la suya. —Em… de acuerdo— logró decir—. Pero en realidad, sólo estamos aquí para hablar un poco, después nos iremos. La chica sonrió. —Me encantan los héroes. Tan felizmente ignorantes. Piper puso su mano en su daga. —Bueno, ¿puedes iluminarnos? Dices que vas a hacer de traductora, y ni siquiera sabemos quién eres. ¿Cómo te llamas? La chica resopló con disgusto. —Supongo que no debería estar sorprendida que no sepáis mi nombre. Incluso en tiempos remotos los griegos no me conocían del todo bien. Sus islas eran demasiado templadas, demasiado lejanas de mis dominios. Soy Quione, hija de Boreas, diosa de la nieve. Agitó el dedo en el aire, y una tormenta de nieve en miniatura se arremolinó a su alrededor, grandes y mullidos copos suaves como el algodón. —Ahora, entrad— dijo Quione. Las puertas de roble se abrieron, y una fría luz azul se derramó fuera de la habitación—. Con suerte, podréis sobrevivir a vuestra pequeña charla.

CAPÍTULO XX JASON
SI LA ENTRADA DEL VESTÍBULO HABÍA ESTADO FRÍA, la sala del trono era como el congelador de una carnicería. Había niebla en el aire. Jason tiritó, y su respiración se entrecortó. Por las paredes habían tapices morados que mostraban escenas de bosques nevados, montañas áridas y glaciares. En lo alto, cintas con los colores de las luces de la aurora boreal se extendían a lo largo del techo. Una capa de nieve cubría el suelo, por lo que Jason tuvo que caminar con cuidado. Por toda la sala había unos guerreros de tamaño natural, unas esculturas de hielo con armadura griega, otros con armaduras medievales y otros vestidos con trajes de camuflaje, todos congelados en distintas poses de ataque, con las espadas levantadas y las armas cargadas y apuntando. Al menos Jason creyó que eran escultura. Entonces intentó caminar por entre dos lanceros griegos, y se movieron a una velocidad sorprendende, sus juntas crujiendo y expulsando polvo de hielo cuando cruzaron sus jabalinas para impedir a Jason que pasara. Desde el otro extremo de la sala, la voz de un hombre sonó como si hablara francés. La habitación era tan larga y brumosa, que Jason no podía ver el final, pero fuera lo que fuera lo que hubiera dicho el hombre, los guardias de hielo volvieron a sus poses naturales. —Está bien— dijo Quione—. Mi padre les ha ordenado que no os maten, almenos no de momento. —Genial— dijo Jason. Zetes le empujó por la espalda con la espada. —Sigue caminando, Jason Junior. —No me llames así, por favor. —Mi padre no es un hombre paciente— advirtió Zetes—, y la bella Piper, por desgracia, está perdiendo su peinado mágico muy deprisa. Quizá, luego, podría prestarle algo de mi amplio surtido de productos para el pelo. —Gracias— gruñó Piper. Siguieron caminando, y la niebla se retiró para mostrar a un hombre en un trono de hielo. Estaba construido de forma sólida, vestido con un elegante traje blanco que parecía tejido con nieve, con unas alas de un color púrpura oscuro que se extendían a ambos lados. Su pelo largo y su barba hirsuta estaban hechas con carámbanos, de tal manera que Jason no pudo decir si su pelo era gris o simplemente de un blanco hielo. Sus cejas arqueadas le hacían parecer enfadado, pero sus ojos brillaban con más calidez que los de sus hija, como si tuviera sentido del humor enterrado en algún lugar debajo de todo ese permafrost. Jason deseó con todas sus fuerzas que así fuera.

—Bienvenu— dijo el rey—. Je suis Boreas le Roi. Et vous? Quione, la diosa de la nieve, estuvo a punto de hablar, pero Piper se adelantó e hizo una reverencia. —Votre Majesté— dijo—, je suis Piper McLean. Et c’est Jason, fils de Zeus. El rey sonrió con agradable sorpresa. —Vous parlez français? Très bien! —Piper, ¿hablas francés? — preguntó Jason. Piper frunció el cenño. —No. ¿Por qué? —Acabas de hacerlo. Piper parpadeó. —¿Lo he hecho? El rey dijo algo más y Piper asintió. —Oui, Votre Majesté. El rey rió y aplaudió, obviamente complacido. Dijo unas frases más y entonces movió la mano hacia su hija, como apartándola. Quione parecía molesta. —El rey dice… —Él dice que soy hija de Afrodita— le interrumpió Piper—, por lo que hablo de forma innata el francés, la lengua del amor. No tenía ni idea. Su majestad dice que Quione no tendrá que traducir más. Detrás de ellos, Zetes resopló y Quione le lanzó una mirada asesina. Se inclinó rígidamente hacia su padre y dio un paso atrás. El rey se giró hacia Jason y éste decidió que sería buena idea hacer una reverencia. —Su majestad, soy Jason Grace. Gracias por… eh… no matarnos. Podría preguntar… ¿porqué un dios griego habla francés? Piper tuvo un intercambio de palabras con el rey. —Habla la lengua del país en el que se hospeda. — tradujo Piper—. Dice que todos los dioses hacen lo mismo. La mayoría de los dioses griegos hablan inglés, ya que residen en los Estados

Unidos, pero Boreas nunca ha sido bienvenido en ese país. Su dominio siempre ha sido lo más lejos posible en el norte. Hoy en día le gusta Quebec, por lo que habla francés. El rey dijo algo más y Piper empalideció. —El rey dice… —vaciló—. Él dice… —Oh, permíteme— dijo Quione—. Mi padre dice que tiene órdenes de mataros. ¿No os lo he mencionado antes? Jason se puso tenso. El rey seguía sonriendo, como si acabara de dar buenas noticias. —¿Matarnos? — dijo Jason—. ¿Por qué? —Porque… —dijo el rey, en un inglés con un acento francés muy marcado—, mi señor Eolo lo ha ordenado. Boreas se alzó. Bajó de su trono y plegó sus alas en su espalda. Mientras se acercaba, Quione y Zetes se inclinaron. Jason y Piper siguieron su ejemplo. —Me dignaré en hablar vuestro idioma— dijo Boreas—, ya que Piper McLean me ha honrado en hablar en el mío. Toujours he tenido un cariño especial por los hijos de Afrodita. Y en cuanto a ti, Jason Grace, mi maestro Eolo no esperará que mate a uno de los hijos del Señor Zeus sin al menos oír lo que me tenga que decir. La moneda de oro de Jason parecía pesar una tonelada en su bolsillo. Si tenían que luchar, no le gustaban las posibilidades. Dos segundos al menos para convocar a su espada. Entonces se enfrentaría a un dios, dos de sus hijos y a un ejército de guerreros helados. —Eolo es el maestro de los vientos, ¿no? — preguntó Jason—. ¿Por qué nos quiere muertos? —Sois semidioses— dijo Boreas, como si así lo explicara todo—. El trabajo de Eolo es que contener los vientos, y los semidioses siempre le causáis muchos dolores de cabeza. Siempre le están pidiendo favores. Desatan los vientos y causan el caos. Pero el insulto final fue la batalla con Tifón el verano pasado… Boreas agitó la mano, y una capa de hielo, como si fuera un televisor de pantalla plana apareció en el aire. Imágenes de una batalla aparecieron por la superficie, un gigante rodeado en nubes de tormenta, vadeando un río hacia el horizonte de Manhattan. Pequeñas y brillantes figuras, los dioses supuso Jason, pululaban a su alrededor como avispas enfadadas, atacando al monstruo con rayos y fuego. Por último, el río estalló con un torbellino masivo, y la forma de humo se hundió bajos las olas y desapareció. —El gigante de la tormenta, Tifón— explicó Boreas—. La primera vez que los dioses se enfrentaron a él, hace eones, no murió en silencio. Su muerte liberó un montón de espíritus de las tormentas, vientos salvajes que no respondían a nadie. Era el trabajo de Eolo de reunirnos a todos

y encerrarlos en su fortaleza. Los demás dioses… no ayudaron. Ni siquiera le pidieron perdón por las molestias. Le llevó siglos a Eolo localizar todos los espíritus y, naturalmente, esto le irritó. Después, el verano pasado, Tifón fue derrotado de nuevo. —Y su muerte provocó otra ola de venti— adivinó Jason—. Lo que hizo que Eolo se enfureciera aún más. —C’est vrai— coincidió Boreas. —Pero, su majestad— dijo Piper— los dioses no tuvieron elección para combatir contra Tifón. Iba a destruir el Olimpo. Además, ¿porqué castigar a los semidioses por ello? El rey se encogió de hombros. —Eolo no puede desatar su ira contra los dioses. Son sus jefes, son muy poderosos. Así que lo hace con los semidioses que les ayudaron en la guerra. Nos ha dado órdenes: los semidioses que vengan a nosotros a por ayuda no pueden ser tolerados. Tenemos que destruir vuestras pequeñas caras mortales. Hubo un silencio incómodo. —Eso suena… exagerado— se atrevió Jason—. Pero no vas a destruir nuestras caras mortales aún, ¿no?Primero vas a escucharnos, porque has oído hablar de nuestra misión… —Sí, sí— coincidió el rey—. Verás, Eolo también dijo que un hijo de Zeus podría necesitar mi ayuda, y si esto pasara, le tendría que escuchar antes de destruirte, puede hacer… ¿cómo lo dijo?…nuestras vidas más interesantes. Solo estoy obligado a escucharte, de todas maneras. Después de eso, soy libre de juzgar como quiera. Pero primero te escucharé. Quione también desea eso. Puede ser que no te mate. Jason sintió que no podía respirar. —Gra… gracias… —No me des las gracias— sonrió Boreas—. Hay muchas maneras de que podrías hacerme la vida más interesante. A veces mantenemos semidioses para nuestra diversión, como puedes ver. Hizo un gesto señalando a todas las estatuas de hielo de la habitación. Piper hizo un ruido ahogado. —¿Quieres decir… son todos semidioses? ¿Semidioses helados? ¿Están vivos? —Una pregunta interesante… — reconoció Boreas, como si nunca lo hubiera pensado antes—. No se mueven si no se lo ordeno. El resto del tiempo, permanecen congelados. A menos que se derritieran, algo que sería muy complicado.

Quione se puso detrás de Jason y puso sus fríos dedos en el cuello. —Mi padre me da unos regalos tan encantadores…— murmuró en su oído—… únete a nuestra corte. Quizás pueda dejar a tus amigos marcharse. —¿Qué? — interrumpió Zetes—. Si Quione le consigue a él, yo quiero a la chica. ¡Quione siempre tiene más regalos! —Ya, niños— dijo Boreas con severidad—. Nuestros huéspedes van a creer que estáis mimados. Además, vais demasiado rápidos. Ni siquiera les hemos escuchado decir lo que tienen que decirnos. Entonces decidiremos qué hacer. Por favor, Jason Grace, diviértenos . Jason sintió que su cerebro se apagaba. No miró a Piper por miedo de perderla por completo. Les había llevado a esto, y ahora iban a morir, o peor, iban a ser la diversión de los hijos de Boreas y acabarían congelados para siempre en la sala del trono, corroídos lentamente por el hielo ardiente. Quione ronroneó y le acarició el cuello. Jason no lo planeó, pero una chispa recorrió su piel. Hubo un ruido y Quione voló hacia atrás, resbalando por el suelo. Zetes rió. —¡Eso ha estado bien! Me gusta que hicieras eso, aunque ahora tenga que matarte. Por un momento, Quione estaba demasiado aturdida para reaccionar. Entonces el aire alrededor de ella comenzó a volverse en una pequeña tormena de nieve. —Osas… —Basta. — ordenó Jason, con más fuerza de lo que deseaba—. No vais a matarnos. Y no nos vamos a quedar con vosotros. Estamos en una misión para ayudar a la reina de los dioses, así que si no queréis a Hera golpeando vuestras puertas, nos vais a dejar ir. Sonaba más confiado de lo que se sentía, pero tenía su atención. Quione detuvo su tormenta de nieve. Zetes bajó su espada. Ambos miraron incrédulos a su padre. —Hm… — dijo Boreas. Sus ojos brillaron, pero Jason no pudo decir si de furia o sorpresa—. Un hijo de Zeus, ¿favorecido por Hera? Debe de ser la primera vez. Cuéntanos tu historia. Jason habría huido allí mismo. No esperaba tener la oportunidad de hablar, y ahora que podía, la voz le fallaba. Piper le salvó. —Su majestad—hizo otra reverencia con un aplomo increíble, teniendo en cuenta que su vida se iba en ello. Le contó a Boreas toda la historia, desde el Gran Cañón hasta la profecía, mejor y más rápido de lo que Jason lo habría hecho.

—Y os pedimos guía— concluyó Piper—. Esos espíritus de las tormentas que nos atacaron, y que trabajan para una señora cruel. Si les encontramos, podríamos encontrar a Hera. El rey se acarició los carámbanos de la barba. Por las ventanas, la noche había caído, y la única luz provenía de las cintas con los colores de la aurora boreal por encima de ellos, dejándolo todo rojo y azul. —Conozco a esos espíritus de las tormentas— dijo Boreas—. Sé dónde se esconden, y sé del prisionero que se llevaron. —¿Te refieres al Entrenador Hedge? — preguntó Jason —¿Sigue vivo? Boreas asintió. —Por ahora. Pero la que controla a esos espíritus de las tormentas… Sería de locos enfrentarse a ella. Estaríais más seguros quedándoos aquí como estatuas de hielo. —Hera está en problemas— dijo Jason—. En tres días ella va a ser… no lo sé… consumida, destruida, o algo. Y un gigante se va alzar. —Sí— coincidió Boreas. ¿Había sido producto de la imaginación de Jason o le había lanzado una mirada furtiva a Quione? —. Terribles fuerzas se están despertando. Incluso ni mis hijos me cuentan todo lo que deberían. La Gran Agitación de monstruos que comenzó con Cronos, tu padre Zeus creyó tontamente que finalizaría cuando los titanes fueron vencidos. Pero igual que en su tiempo, ahora es lo mismo. La batalla final está a punto de comenzar, y quien se despertará es más terrible que ningún titán. Espíritus de las tormentas… eso es solo el principio. La tierra tiene más horrores escondidos. Cuando los monstruos no estén en el Tártaro, y las almas no estén confinadas en el Hades… el Olimpo tiene buenas razones para temer. Jason no estaba seguro de que entender todo lo que le había dicho, pero no le gustó la manera en la que Quione sonreía, como si la guerra fuera su definición de un buen rato. —¿Entonces nos ayudarás? — preguntó al rey. Boreas frunció el ceño. —No he dicho tal cosa. —Por favor, majestad— rogó Piper. Los ojos de todos se volvieron hacia ella. Tenía que estar loca, pero parecía bella y segura, y no tenía nada que ver con la bendición de Afrodita. Era ella de nuevo, en sus viejas ropas de viaje con su pelo recortado y sin maquillaje. Pero casi brillaba con calor en esa fría sala del trono. —Si nos dice dónde están esos espíritus, podremos capturarles y entregárselos a Eolo. Quedarías bien delante de tu jefe. Eolo podría perdonarnos a nosotros y a los demás semidioses. Podríamos incluso rescatar al Entrenador Hedge. Todo el mundo sale ganando.

—Es guapa— murmuró Zetes—. Me refiero, tiene razón. —Padre, no la escuches— dijo Quione—. Es hija de Afrodita. ¿Osa encandilar a un dios? ¡Congélala ahora mismo! Boreas lo consideró. Jason deslizó su mano por el bolsillo y se preparó para sacar su moneda de oro. Si las cosas se ponían feas, tendría que moverse con rapidez. El movimiento fue percibido por Boreas. —¿Qué es eso en tu antebrazo, semidiós? Jason no se dio cuenta de que la manga de su abrigo había sido arremangado, revelando una esquina de su tatuaje. A regañadientes, mostró a Boreas sus marcas. Los ojos del dios se abrieron. Quione silbó y se alejó. Boreas hizo algo inesperado. Se rió tan fuerte que un témpano agrietado del techo cayó y se estrelló junto a su trono. La forma del dios comenzó a cambiar. Su barba desapareció. Se hizo más alto y más delgado y su ropa cambió a una toga romana, de color púrpura. Su cabeza fue coronada con una corona de laurel helada, y un gladius, una espada romana apareció a su mano. —Aquilón— dijo Jason, aunque no supo de dónde supo el nombre del dios romano. El dios inclinó la cabeza. —Me reconoces mejor en esta forma, ¿no? Sin embargo, me has dicho que vienes del Campamento Mestizo. Jason se movió. —Sí… majestad… —Y Hera te envió allí… — los ojos del dios del invierno se llenaron de alegría—. Ahora lo entiendo todo. Está jugando a un juego peligroso. ¡Atrevido, pero peligroso! No me pregunto por qué el Olimpo está cerrado. Deben de estar temblando ante la apuesta que Hera ha hecho. —Jason— dijo Piper, nerviosa—. ¿Porqué Boreas ha cambiado? La toga, la corona. ¿Qué sucede? —Es su forma romana— dijo Jason—. Pero lo que está pasando, no lo sé. El dios se echó a reír. —No estoy seguro de lo que están haciendo, pero tiene que ser interesante de ver. —¿Significa eso que nos vamos a poder ir? —pidió Piper. —Querida— dijo Boreas—, no hay ninguna razón por la que os haya de matar. Si el plan de Hera falla, que es lo que creo que va a pasar, os desgarraran. Eolo nunca tendrá que preocuparse por los semidioses nunca más.

Jason sintió los dedos fríos de Quione en su cuello de nuevo, pero no era ella, era el presentimiento de creer que lo que decía Boreas era cierto. Ese sentimiento de que no pertenecer allí que había molestado a Jason desde que llegó al Campamento Mestizo, y el comentario de Quirón de que su llegada sería desastroso, Boreas sabía qué significaba todo aquello. —¿Supongo que no podrías explicarlo? — preguntó Jason. —¡Oh, por los dioses, no! No es de mi incumbencia interferir en los planes de Hera. No me sorprende que te haya quitado los recuerdos. —Boreas se rió entre dientes, al parecer se imaginaba varios semidioses matándose entre ellos y se lo pasaba bien—.Ya sabes, tengo la reputación de un caritativo dios del viento. A diferencia de mis hermanos, soy conocido por enamorarme de mortales. Por eso es por lo que mis hijos Zetes y Calais son semidioses… —Eso explica porqué son idiotas— gruñó Quione. —¡Basta! — le cortó Zetes—. Sólo porque nacieras como una diosa completa… —Vosotros dos, congelaos— ordenó Boreas. Aparentemente, esa palabra tenía mucho peso en esa casa, porque ambos hermanos se quedaron inmóviles. —Ahora, cómo decía, tengo buena reputación, pero es raro que Boreas juegue un papel importante en los asuntos de los dioses. Me siento aquí en mi palacio, al borde de la civilización, y rara vez me divierto. ¿Por qué? Incluso ese imbécil de Notus, el viento del sur, tiene las fiestas de primavera en Cancún. ¿Yo qué tengo? ¡Un festival de invierno en el que los habitantes de Quebec retozan desnudos en la nieve! —Me gusta el festival de invierno— murmuró Zetes. —Lo que quiero decir— espetó Boreas—, es que ahora tengo la oportunidad de ser el centro de atención. Oh, sí, voy a dejar irte en esta misión. Encontrarás los espíritus de las tormentas en la ciudad ventosa, por supuesto. Chicago… —¡Padre! —protestó Quione. Boreas ignoró a su hija. —Si podéis capturar a los vientos, seréis capaces de ganaros una entrada segura en la corte de Eolo. Si por algún milagros lo conseguís, aseguraos de decirle que los habéis capturado bajo mis órdenes. —Por supuesto— dijo Jason—. ¿Así que en Chicago es donde podremos encontrar a la mujer que controla los vientos? ¿Es la que tiene atrapada a Hera? —Ah— sonrió Boreas—. Eso son dos preguntas distintas, hijo de Júpiter. Júpiter, se dio cuenta Jason. Antes, me llamaba hijo de Zeus.

—La que controla los vientos— continuó Boreas—, sí, la encontraréis en Chicago. Pero ella es sólo una sirvienta, una sirvienta que está muy dispuesta a destruiros. Si tenéis éxito contra ella y capturáis los vientos, entonces iréis a ver a Eolo. Sólo él tiene el conocimiento de todos los vientos del mundo. Todos los secretos acostumbran a llegar a su fortaleza. Y en cuánto a quién encontraréis cuando finalmente encontréis la prisión de Hera… en serio, si os lo dijera, me rogaríais que os congelara. —Padre— protestó Quione—, no puedes dejarlos marchar así sin más… —Puedo hacer lo que me plazca— dijo, endureciendo la voz—. Sigo siendo el amo aquí, ¿no? La forma en que Boreas miró a su hija… era evidente que detrás había una discusión. Los ojos de Quione brillaron con furia, pero apretó los dientes. —Como quieras, padre. —Ahora marchad, semidioses—dijo Boreas—, antes de que cambie de parecer. Zetes, escoltalos. Todos se inclinario, y el dios del Viento del Norte se disolvió entre la nivela. De nuevo en el vestíbulo de entrada, Calais y Leo les esperaban. Leo parecía frío pero sano y salvo. Incluso había conseguido acicalarse, con la ropa recién lavada, como si hubiera usado el servicio del hotel. Festus el dragón estaba de nuevo en su forma original, resoplando fuego sobre sus escamas para mantenerse descongelado. Mientras Quione les acompañaba por las escaleras, Jason se dio cuenta de que los ojos de Leo la seguían. Leo comenzó a peinarse el pelo con las manos. Oh-oh, pensó Jason. Se anotó mentalmente advertir a Leo sobre la diosa de la nieve más tarde. No era conveniente enamorarse con ella. En el escalón inferior, Quione se volvió hacia Piper. —Has engañado a mi padre, chica. Pero no me has engañado a mí. No hemos terminado. Y tú, Jason Grace, te veo como una estatua en la sala del trono muy pronto. —Boreas tenía razón — dijo Jason—. Eres una niña mimada. Nos veremos, princesa de hielo. Los ojos de Quione brillaron con un blanco puro. Por una vez parecía no tener palabras. Subió las escaleras creando una tormenta a su alrededor. A medio camino se convirtió en una nevada y desapareció. —Ten cuidado—advirtió Zetes—. Nunca olvida un insulto. Calais lanzó un gruñido conforme. —Tata mala.

—Es la diosa de la nieve— dijo Jason—. ¿Qué puede hacernos? ¿Tirarnos bolas de nieve? Pero mientras lo decía, Jason presintió que Quione podría hacer cosas mucho peores. Leo le miró desolado. —¿Qué ha pasado arriba? ¿La habéis hecho enfadar? ¿Está enfadada conmigo también? ¡Chicos, es mi futura esposa! —Te lo explicaremos luego— prometió Piper, pero cuando miró a Jason se dio cuenta de que esperaba que se lo explicara. ¿Qué había ocurrido allí arriba? Jason no estaba seguro. Boreas se había convertido en Aquilón, su forma romana, como si la presencia de Jason le hiciera volverse esquizofrénico. La idea de que Jason había sido enviado al Campamento Mestizo parecía entretener al dios, pero Boreas/Aquilón no les había permitido irse con bondad. Sus ojos habían brillado de cruel emoción, como si acabara de apostar en una pelea de perros callejeros. Os destrozaréis entre vosotros, dijo emocionado. Eolo no tendrá que volver a preocuparse por los semidioses nunca más. Jason miró a Piper, intentando no mostrar lo nervioso que estaba. —Sí— coincidió—. Te lo explicaremos luego. —Ten cuidado, chica guapa— dijo Zetes—. Los vientos que hay entre Chicago y aquí tienen mal humor. Muchas otras cosas tenebrosas se están agitando. Lamento que no te quedes conmigo. Podrías ser una hermosa estatua de hielo, con la que podría ver mi reflejo. —Gracias— dijo Piper—. Pero antes preferiría jugar al hockey con Calais. —¿Hockey? — se le iluminaron los ojos a Calais. —Bromeaba— dijo Piper—. Y los vientos tormentosos no son nuestro mayor problema, ¿verdad? —Oh, no— coincidió Zetes—. Algo más. Algo peor. —Peor— repitió Calais. —¿Podríais decirme? — Piper les sonrió. Esta vez el encantamiento no funcionó. Ambos Boréadas negaron con la cabeza al unísono. Las puertas del hangar se abrieron a una helada noche estrellada, y Festus el dragón pisoteó el suelo, ansioso por volar. —Preguntad a Eolo qué es peor— dijo Zetes ensombrecido—. Él lo sabe. Buena suerte. Casi parecía que le importara lo que les sucediera, a pesar de que hacía unos minutos había querido convertir a Piper en una bonita escultura de hielo.

Calais le dio unas palmaditas en la espalda. —No dejar que te maten— dijo, posiblemente era la frase más larga que jamás había hecho—. Otro día, hockey. Pizza. —Vamos, chicos— Jason se quedó mirando la oscuridad. Estaba ansioso por salir de ese frío ático, pero tenía la sensación de que era el lugar más hospitalario en el que estarían por un tiempo—. Vamos a Chicago a intentar no ser destruidos.

CAPÍTULO XXI PIPER
PIPER NO SE TRANQUILIZÓ HASTA QUE EL BRILLO de la ciudad de Quebec desapareció detrás de ellos. —Eres increíble— le dijo Jason. El cumplido debería haberle alegrado el día. Pero todo en lo que podía pensar era en el problema al que se enfrentaban. Cosas tenebrosas se están agitando, les había advertido Zetes. Lo conocía de primera mano. Cuanto más se acercaba el solsticio, había menos tiempo para que Piper tomara su decisión. Le dijo a Jason en francés: —Si supieras la verdad sobre mí, no creerías que soy tan increíble. —¿Qué has dicho? — preguntó. —He dicho que sólo hablé con Boreas, no soy tan increíble. No le volvió a mirar, pero ella se le imaginó sonriendo. —Eh— dijo—, me has salvado de unirme a la colección bajo cero de héroes de Quione. Te debo una. Eso era definitivamente la parte fácil, pensó. No había ninguna razón por la que Piper quisiera dejar a Jason con esa bruja de hielo. Lo que más le molestaba a Piper era la forma en la que Boreas había cambiado de forma, y el por qué les había dejado ir. Tenía algo que ver con el pasado de Jason, esos tatuajes en el brazo. Boreas asumió que Jason era algún tipo de romano, y los romanos no se mezclan con los griegos. Seguía esperando que Jason ofreciera alguna explicación, pero claramente él no quería saber nada. Hasta ahora, Piper había sido capaz de ignorar la sensación de que Jason no pertenecía al Campamento Mestizo. Obviamente, él era un semidiós. Por supuesto que sí pertenecía. Pero ahora… ¿y si había algo más? ¿Y si realmente era un enemigo? Soportaba la idea tanto como soportaba a Quione. Leo les pasó unos sándwiches de su mochila. Había estado en silencio mientras que le habían contado lo sucedido en la sala del trono. —Todavía no puedo creer lo de Quione— dijo—. Parecía tan guapa. —Confía en mí, hombre— dijo Jason—. La nueve puede ser hermosa, pero de cerca puede ser molesta y fría. Te encontraremos una futura esposa mucho mejor. Piper sonrió, pero Leo no pareció contento. No tenía mucho que decir sobre lo que le había ocurrido en el palacio, o porqué los Boréadas le habían apartado del resto por oler a fuego. Piper

tenía el sentimiento de que escondía algo. Fuera lo que fuera, su carácter parecía afectar a Festus, que gruñía y soltaba vapor para tratar de mantenerse caliente en el frío aire de Canadá. Feliz, el dragón no estaba tan feliz. Comieron sándwiches mientras volaban. Piper no tenía ni idea de que cómo Leo se había abastecido de provisiones, pero él incluso recordó traer raciones vegetarianas para ella. El sándwich de queso y aguacate estaba buenísimo. Ninguno hablaba. Fuera lo que fuera que encontraran en Chicago, todos sabían que Boreas les había dejado ir a una misión suicida. La luna salió y las estrellas aparecieron por encima de ellos. Los párpados de Piper comenzaron a pesar. El encuentro con Boreas y sus hijos le asustó más de lo que quisiera admitir. Ahora que tenía el estómago lleno, la adrenalina comenzaba a desvanecerse. ¡Aguanta, engullepasteles! Le habría gritado el Entrenador Hedge. ¡No seas cobarde! Piper había estado pensando en el entrenador desde que Boreas mencionó que todavía estaba vivo. Nunca le había gustado Hedge, pero había saltado de un acantilado para salvar a Leo y se había sacrificado para protegerlos en la pasarela. Ahora se daba cuenta de todas las veces en la escuela que el entrenador le había empujado, le gritaba para correr más rápido o para hacer más flexiones de brazos, ni siquiera cuando él le dio la espalda y dejar que luchara ella sola contra las otras chicas mimadas, el viejo hombre cabra había estado intentando ayudarla de una forma irritante, intentando prepararla para su vida de semidiosa. En la pasarela, el espíritu de la tormenta llamado Dylan le dijo algo sobre el entrenador, también: cómo había sido enviado a la Escuela de la Salvajería porque se estaba haciendo demasiado viejo, como si fuera algún tipo de castigo. Piper se preguntó de qué se trataba, y eso explicaba porqué el entrenador era tan gruñón. Fuera cual fuera la verdad, ahora Piper sabía que Hedge estaba vivo, tenía un fuerte apego para salvarle. No te adelantes, se reprendió. Tienes problemas más grandes. Este viaje no tendrá un final feliz. Era una traidora, igual que Silena Beauregard. Sólo era cuestión de tiempo de que sus amigos lo supieran. Alzó la vista hacia las estrellas y recordó una noche tiempo atrás en la que su padre y ella acamparon delante de la casa del abuelo Tom. El abuelo Tom había muerto años antes, pero papá había mantenido su casa en Oklahoma porque era allí dónde se crió. Volvieron por unos pocos días, con la idea de vender el lugar, aunque Piper no estaba segura de querer comprar una cabaña en decadencia con persianas en lugar de ventanas y dos pequeñas habitaciones que olían a tabaco. La primera noche había sido de un calor sofocante, sin aire acondicionado a mediados de agosto y papá le sugirió dormir a la intemperie. Habían extendido sus sacos de dormir y se oía el zumbido de los grillos entre los árboles. Piper apuntó a las constelaciones sobre las que habían estado leyendo, Hércules, la lira de Apolo y el centauro Sagitario. Su padre cruzó los brazos detrás de la cabeza. Con su vieja camiseta y sus tejanos parecía como cualquier otro chico de Tahlequah, Oklahoma, un Cherokee que nunca podría haber dejado su tierra tribal.

—Tu abuelo diría que todos esas cosas griegas son un montón de chorradas. Me dijo una vez que las estrellas eran criaturas de pelo brillante, como erizos mágicos. Una vez, hace mucho tiempo, incluso capturaron algunos en el bosque. No supieron qué hacer hasta el anochecer, cuando las criaturas estrella comenzaron a brillar. Chispas doradas volaron de su piel, por lo que los Cherokee les dejaron marchar hacia el cielo. —¿Crees en esos erizos mágicos? — preguntó Piper. Su padre se echó a reír. —Creo que el abuelo Tom estaba lleno de chorradas, también, igual que los griegos. Pero es un gran cielo. Supongo que hay sitio para Hércules y para los erizos. Permanecieron un rato, hasta que Piper tuvo el valor de preguntarle algo que había estado molestándole. —Papá, ¿porqué nunca actúas como un americano nativo? La semana anterior, había rechazado varios millones de dólares para hacer de Tonto en una nueva versión de El Llanero Solitario. Piper seguía intentando descubrir el por qué. Había hecho todo tipo de papeles: un profesor latino en una dura escuela de Los Ángeles, un veloz espía israelí en un taquillazo de acción y aventuras, incluso un terrorista sirio en una película de James Bond. Y, por supuesto, siempre sería conocido como el rey de Esparta. Pero si el papel era un americano nativo, no importara el tipo de papel que fuera, papá lo rechazaba. Le guiñó un ojo. —Demasiado cerca de casa, Pipes. Es más fácil intentar ser algo que no eres. —¿Eso no es muy viejo? ¿No te tienta, como si encontraras el papel perfecto para cambiar la opinión de la gente? —Si hubiera un papel así, Pipes— dijo, con tristeza—, no lo he encontrado. Miró a las estrellas, intentando imaginárselas como si fueran erizos brillantes. Todo lo que vio fueron figuras que conocía: Hércules atravesando el cielo, de camino a matar monstruos. Papá tenía razón. Los griegos y los Cherokee estaban igual de locos. Las estrellas eran solamente esferas de fuego. —Papá— dijo—, si no te gusta estar cerca de casa, ¿por qué dormimos en el jardín del abuelo Tom? Su risa resonó en la silenciosa noche de Oklahoma. —Creo que me conoces demasiado bien, Pipes. —No vas a vender este sitio, ¿verdad? —No— suspiró—. Probablemente no.

Piper parpadeó, saliendo de su propia memoria. Se dio cuenta de que se había dormido en la espalda del dragón. ¿Cómo podría su padre pretender ser muchas cosas que no era? Intentaba hacer eso ahora, y eso le desgarraba. Quizás podría pretender ser eso por un tiempo más. Podría soñar con encontrar una forma de salvar a su padre sin traicionar a sus amigos, incluso el final feliz parecía tan improbable como los erizos mágicos. Se recostó sobre el pecho caliente de Jason. No se quejó. Tan pronto cerró los ojos, se quedó dormida. En su sueño, estaba de vuelta en la cima de la montaña. La hoguera púrpura fundía su fantasmal sombra a través de los árboles. Los ojos de Piper le dolieron del humo, y el suelo estaba tan caliente que las plantas de sus botas de fieltro se volvieron pegajosas. Una voz retumbó en la oscuridad. —Olvidas tu deuda. Piper no pudo verlo, pero definitivamente era su gigante menos favorito, el que se hacía llamar Encélado. Miró alrededor en busca de una señal de su padre, pero el poste donde había estado encadenado ya no estaba allí. —¿Dónde está? — exigió— ¿Qué has hecho con él? La risa del gigante era como la lava cayendo de un volcán. —Su cuerpo está suficientemente seguro, aunque me temo que la mente del pobre hombre no puede soportar mi compañía. Por alguna razón él me encuentra… molesto. Debes darte prisa, niña, o me temo que habrá poco de él para salvar. —¡Déjale ir! — gritó—. Tómame a mí. Él es sólo un mortal. —Pero, cielo— rugió el gigante—, tenemos que demostrar nuestro amor por nuestros padres. Eso es lo que estoy haciendo. yo demuéstrame que valoras la vida de tu padre haciendo lo que te pido. ¿Quién es más importante? ¿Tu padre? ¿O una falsa diosa que te utiliza, ha jugado con tus emociones, ha manipulado tus recuerdos? ¿Qué es Hera para ti? Piper comenzó a temblar. Tanta ira y el miedo hirvieron en su interior, apenas podía hablar. —Me estás pidiendo que traicione a mis amigos. —Lamentablemente, querida, tus amigos están destinados a morir. Esta misión es imposible. Aún si tuvierais éxito, ya oíste la profecía: desatar la ira de Hera significaría vuestra destrucción. La única pregunta es… ¿morirás por tus amigos, o vivirás por tu padre? La hoguera rugió. Piper intentó dar un paso atrás, pero le pesaban sus pies. Se dio cuenta de que el suelo estaba tirando de ella hacia abajo, aferrándose a sus botas como arena mojada. Cuando miró hacia arriba, una ducha de chispas púrpura se extendían por el cielo, y el sol estaba saliendo

por el este. Un mosaico de ciudades brillaban valle abajo, y hacia el oeste, sobre una línea de colinas, vio una señal familiar creciendo de un mar de niebla. —¿Porqué me muestras esto? — pidió Piper—. Me estás revelando el lugar dónde estás. —Sí, conoces el lugar— dijo el gigante—. Trae aquí a tus amigos en cambio de vuestro verdadero destino, y trataré con ellos. O incluso mejor, organizar su muerte antes de llegar. No me importa cuál de las dos opciones. Sólo tenéis que estar en la cumbre al mediodía el día del solsticio, y podrás recoger a tu padre e ir en paz. —No puedo— dijo Piper—. No puedes pedirme que… —¿Traiciones a ese muchacho tonto de Valdez, que siempre te irrita y ahora te oculta secretos? ¿A renunciar un novio que nunca tuviste? ¿Eso es más importante que tu propio padre? —Voy a encontrar una forma de derrotarte— dijo Piper—. Voy a salvar a mi padre y a mis amigos. El gigante gruñó desde la oscuridad. —Una vez fui demasiado orgulloso. Pensé que los dioses nunca podrían derrotarme. Luego lanzaron una montaña encima de mí, aplastándome contra el suelo, donde permanecí luchando durante eones, semi-inconsciente por el dolor. Eso me enseñó a ser paciente, niña. Eso me enseñó a no actuar de forma precipitada. Ahora que he agarrado mi forma de volver con la ayuda del despertar de la tierra. Soy sólo el primero. Mis hermanos me seguirán. No vamos a negar nuestra venganza, no esta vez. Y tú, Piper McLean necesitas una lección de humildad. Te voy a mostrar lo fácil que tu espíritu rebelde puede ser devuelto a la tierra. El sueño se disolvió. Y Piper se despertó gritando, cayendo a través del aire.

CAPÍTULO XXII PIPER
PIPER CAÍA POR EL CIELO. Muy por debajo de ella vio las luces de la ciudad brillando en la madrugada, a varios cientos de metros de distancia del cuerpo de bronce del dragón fuera de control, sus débiles alas, el fuego vacilante en su boca como una bombilla mal enchufada. Un cuerpo voló a su lado: Leo, gritando frenéticamente e intentando agarrar las nubes. —Esto no es guaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay. Intentó llamarle, pero estaba demasiado lejos por debajo. En algún lugar por encima de ella, Jason le gritó. —¡Piper, nivélate! ¡Extiende tus brazos y tus piernas! Era difícil controlar el miedo, pero hizo lo que él le dijo y se equilibró un poco. Cayó despatarrada como un paracaidista, el viento soplaba debajo de ella como un sólido bloque de hielo. Entonces Jason estaba allí, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura. Gracias a los dioses, pensó Piper. Pero parte de ella pensó: genial. Es la segunda vez que me abraza esta semana, y en ambas veces me estoy enfrentando a mi muerte. —¡Tenemos que coger a Leo! — gritó ella. Su caída se ralentizó porque Jason controlaba el viento, pero aún así les sacudieron arriba y abajo como si los vientos no quisieran cooperar. —Esto se va a poner difícil— advirtió Jason—. ¡Espera! Piper cerró sus brazos alrededor de él, y Jason se lanzó hacia el suelo. Piper probablemente gritó, pero el sonido se enmudeció. Su visión se volvió borrosa. Y luego ¡pum! Algo se estrelló contra ella, un cuerpo caliente. Leo, que todavía se retorcía y soltaba maldiciones. —Dejad de pelear— dijo Jason—. ¡Soy yo! —¡Mi dragón! — gritó Leo—. ¡Hay que salvar a Festus! Jason ya luchaba por mantenerles a los tres en el aire y Piper sabía que no había manera de que pudiera ayudar a un dragón de metal de cincuenta toneladas. Pero antes de pudiera razonar con Leo, se oyó una explosión debajo de ellos. Una bola de fuego voló a través del cielo detrás de un conjunto de fábricas, y Leo lloriqueaba: —¡Festus!

La cara de Jason enrojeció con fuerza mientras intentaba mantener un cojín de aire debajo de ellos, pero unos frenazos eran lo mejor que podía hacer. En lugar de hacer caída libre, parecía como si estuvieran cayendo por una escalera gigante, un centenar de metros cada vez, algo que no hacía ningún favor para el estómago de Piper. A medida que se tambaleaban y zigzagueaban, Piper pudo ver los detalles del complejo de fábricas debajo de ellos, almacenes, chimeneas, cercas de alambres de púas, parkings con coches alineados cubiertos de nieve. Estaban lo suficientemente altos como para que cayeran al suelo y fueran aplastados contra la carretera cuando Jason se quejó: —No puedo… Y entonces cayeron como piedras. Atravesaron el techo de un gran almacén y cayeron en la oscuridad. Por desgracia, Piper intentó aterrizar sobre sus pies. A sus pies no les gustó eso. El dolor estalló en su tobillo izquierdo mientras se desplomaba sobre una superficie de metal frío. Durante unos segundos no era consciente de nada más que no fuera dolor, un dolor tan fuerte que sus oídos pitaron y su visión se enrojeció. Entonces se oyó la voz de Jason en algún lugar más abajo, haciendo eco a través del edificio. —¡Piper! ¿Dónde está Piper? —Ay, tío— gruñó Leo—. ¡Eso es mi espalda! ¡No soy un sofá! Piper, ¿dónde has ido? —Aquí— consiguió decir, en un gemido. Oyó pies arrastrando y gruñendo, y luego pies golpeando metal. Su visión comenzó a despejarse. Estaba en una pasarela metálica que rodeaba el interior del almacén. Leo y Jason habían aterrizado en la plantaba aja y ahora estaban subiendo escaleras arriba hacia ella. Miró su tobillo y le inundó una ola de náuseas. Los dedos de sus pies no se supone que deban apuntar hacia esa dirección, ¿o sí? Oh, dioses. Se obligó a sí misma a girar la cabeza antes de que vomitara. Concéntrate en otra cosa. Cualquier otra cosa. El agujero que habían hecho en el techo era un destello irregular seis metros por encima. La forma en la que habían sobrevivido a la caída, ni idea. Colgando del techo, unas pocas bombillas parpadeaban débilmente, pero no hacían demasiada luz en ese enorme espacio. Al lado de Piper, una pared de metal corrugado estaba siendo adornada con el logotipo de una empresa, pero estaba casi completamente pintado en graffiti. En el oscuro almacén pudo distinguir máquinas enormes, brazos robóticos, camiones a medio terminar en una cadena de montaje. El lugar parecía haber sido abandonado durante años. Jason y Leo llegaron a su lado. Leo comenzó a preguntar: —¿Estás bien? —Entonces vio su tobillo. —. Oh, no. No lo estás. —Gracias por el apoyo— se quejó Piper. —Vas a ponerte bien— dijo Jason, aunque Piper podía escuchar la preocupación en su voz—. Leo, ¿tienes suministros de primeros auxilios?

—Sí, sí, seguro. — escarbó en su cinturón de herramientas y sacó un fajo de gasa y un rollo de cinta adhesiva, tanto que parecía demasiado grande para los bolsillos del cinturón. Piper se dio cuenta del cinturón de herramientas el día anterior, pero no se le había ocurrido preguntar a Leo sobre él. No parecía nada especial, sólo uno de esos cinturones de cuero con un montón de bolsillos, como los de un herrero o un carpintero. Parecía estar vacío. —¿Cómo has…?— Piper intentó incorporarse, y se estremeció. —. ¿Cómo has sacado esas cosas de ese cinturón vacío? —Magia— dijo Leo—. No sé muy bien cómo, pero puedo convocar cualquier herramienta de estos bolsillos, además de algunas cosas útiles. Metió la mano en otro bolsillo y sacó una cajita de hojalata. —¿Chicles de menta? Jason agarró los chicles. —Es genial, Leo. Ahora, ¿puedes arreglarle el pie? —Soy mecánico, tío. Si fuera un coche…— chasqueó los dedos—. Espera, ¿qué era ese tipo de alimento divino que lo curaba todo? ¿La comida de Ambrosio? —Ambrosía, tonto— dijo Piper entre dientes—. Debe de haber un poco en mi mochila, si no está aplastada. Jason sacó con cuidado la mochila de sus hombros. Buscó a través de los suministros que los hijos de Afrodita habían preparado para ella, y encontró una bolsa de plástico llena de trozos de pastel aplastado como tiras de limón. Rompió un pedazo y se lo dio a ella. El sabor no era como esperaba. Le recordaba a la sopa de frijol negro de papá cuando era pequeña. La usaba para dárselo a ella cada vez que enfermaba. El recuerdo la relajó, aunque la hizo sentirse mal. El dolor en el tobillo comenzó a desaparecer. —Más— dijo. Jason frunció el ceño: —Piper, no podemos arriesgarnos. Nos dijeron que demasiado puede quemarte las entrañas. Creo que debería intentar recolocarte el pie. El estómago de Piper se revolvió. —¿Alguna vez lo has hecho antes? —Sí… eso creo.

Leo encontró una vieja pieza de madera y la partió por la mitad. Luego preparó la gasa y la cinta adhesiva. —Haz que su pierna se ponga rígida— le dijo Jason—. Piper, esto va a doler. Cuando Jason le recolocó el pie, Piper se estremeció con tanta fuerza que golpeó a Leo con el brazo, y éste gritó tanto como ella. Cuando su visión se aclaró y pudo respirar con normalidad de nuevo, se encontró a su pie señalando la dirección correcta, el tobillo entablillado con una madera contrachapada, gasas y cinta adhesiva. —Ay— dijo. —Por los dioses, reina de la belleza— Leo se frotó el brazo—. Me alegro de que mi cara no estuviera ahí. —Lo siento— dijo—. No me llames reina de la belleza o te azotaré de nuevo. —Los dos lo hicieron genial. — Jason encontró una cantimplora en la mochila de Piper y le dio un poco de agua. Después de unos minutos, su estómago empezó a calmarse. Una vez que ella dejó de gritar de dolor, pudo oír el viento soplar afuera. Copos de nieve caían a través del agujero del techo, y después de su encuentro con Quione, la nieve era la última cosa que Piper quisiera ver. —¿Qué le ha pasado al dragón? — preguntó—. ¿Dónde estamos? La expresión de Leo se ensombreció. —No sé qué ha pasado con Festus. Sólo se sacudió hacia el lado como si le acabara de golpear un muro invisible y comenzó a caer. Piper recordó la advertencia de Encélado: te voy a mostrar lo fácil que es que un espíritu rebelde pueda ser devuelto a la tierra. ¿Cómo se las había arreglado para hacerles caer desde tan lejos? Parecía imposible. Si era tan poderoso, ¿por qué necesitaba que ella traicionara a sus amigos cuando simplemente podría matarlos él mismo? ¿Y cómo pudo el gigante haberla encontrado en medio de una nevada a kilómetros de distancia? Leo señaló el logo en la pared. —En cuanto al lugar en el que estamos… Era difícil ver a través del graffiti, pero Piper podía ver un gran ojo rojo con dos palabras grabadas: Monocle Motors, planta de montaje 1. —Una fábrica de coches cerrada— dijo Leo—. Supongo que nos hemos estrellado en Detroit.

Piper había oído hablar de las fábricas de coches abandonadas en Detroit, así que tuvo sentido. Pero parecía un lugar bastante deprimente en el que aterrizar. —¿Está muy lejos de Chicago? Jason le entregó la cantimplora. —¿Tal vez tres cuartas partes del camino desde Quebec? El problema es, sin el dragón, tenemos que viajar por tierra. —De ninguna manera— dijo Leo—. No es seguro. Piper pensó en la forma en la que la tierra se había intentado tragársela en su sueño, y en la forma en la que el Rey Boreas dijo que la tierra escondía más horrores de los que aparentaba. —Tiene razón. Además, no sé si puedo caminar. Y tres personas, Jason no puedes volar todo ese pedazo del país por ti mismo. —De ninguna manera— dijo Jason—. Leo, ¿estás seguro de que el dragón no se ha averiado? Me refiero, Festus es viejo y… —¿Y quizás no lo reparé del todo bien? —No he dicho eso— protestó Jason—. Es sólo que… quizás deberías arreglarlo. —No lo sé— Leo sonó alicaído. Sacó unos cuantos tornillos de su bolsillo y comenzó a juguetear con ellos. —. Tendría que encontrar el lugar en el que aterrizó, si está aún de una sola pieza. —Fue culpa mía— dijo Piper, sin pensar. Simplemente no podía soportarlo más. El secreto sobre su padre se estaba calentando demasiado en su interior como si hubiera comido demasiada ambrosía. Si seguía mintiendo a sus amigos, se sentiría como si se redujera a cenizas. —Piper— dijo Jason suavemente—. Estabas dormida cuando Festus comenzó a caer. No puede haber sido tu culpa. —Sí, solo estás conmocionada— coincidió Leo. Ni siquiera trató de hacer una broma a su costa—. Estás dolorida. Descansa. Quería contárselo todo, pero las palabras se atascaron en su garganta. Ambos estaban siendo amables con ella. Y además si Encélado les estaba observando de alguna manera, diciendo lo incorrecto podría matar a su hermano. Leo se levantó. —Mira… eh… Jason… ¿por qué no te quedas con ella, tío? Voy a explorar en busca de Festus. Creo que ha caído alrededor del almacén, en algún lugar cerca de aquí. Si puedo encontrarle, quizás pueda saber qué ha pasado y pueda arreglarlo. —Es demasiado peligroso— dijo Jason—. No deberías ir tú solo.

—Eh, tengo cinta adhesiva y chicles de menta. Voy a estar bien. — dijo Leo, un poco demasiado rápido, y Piper se dio cuenta de que estaba más agitado de lo que dejaba ver. —Vosotros dos no os las podríais arreglar sin mí. — Leo metió la mano en su cinturón de herramientas mágico, sacó una linterna y se dirigió escaleras abajo, dejando a Piper y a Jason solos. Jason le dedicó una sonrisa, aunque parecía un poco nervioso. Fue la misma expresión que había habido en su cara después de que le había besado por primera vez, en el dormitorio de la Escuela de la Salvajería, esa pequeña cicatriz en su labio en forma de media luna. Entonces recordó que el beso nunca ocurrió en la realidad. —Pareces estar mejor— se ofreció Jason. Piper no estaba segura de si se refería a su pie, o al hecho de que ella no estaba embellecida por la bendición de su madre. Sus vaqueros estaban hechos jirones por la caída a través del techo. Sus botas estaban salpicadas de nieve sucia derretida. No sabía cómo estaba su cara, pero probablemente estaba horrible. ¿Por qué importaba? Nunca se había preocupado por cosas como esa. Se preguntó si era su estúpida madre, la diosa del amor, liando sus pensamientos. Si Piper comenzara a leer revistas de moda, tendría que encontrar a Afrodita y tener una charla muy seria con ella. Decidió centrarse en su tobillo. Mientras no lo moviera, el dolor no era tan malo. —Has hecho un buen trabajo— le dijo a Jason—. ¿Dónde has aprendido primeros auxilios? Se encogió de hombros. —Lo mismo de siempre. Ni idea. —Pero estás comenzando a recordar cosas, ¿no? Como la profecía en latín en el campamento, o el sueño sobre la loba. —Es confuso— dijo— como un déjà vu. Alguna vez he olvidado una palabra o un nombre, y ¿sabes que debería tenerlo en la punta de la lengua, pero no está? Así es como… toda mi vida. Piper supo a qué se refería. Los últimos tres meses, una vida que ella había creído vivir una relación con Jason, había resultado ser producto de la niebla. Un novio que nunca has tenido, dijo Encélado. ¿Era eso más importante que su propio padre? Debería mantener su boca cerrada, pero repitió la pregunta que había estado en su mente desde el día anterior. —Esa foto en tu bolsillo— dijo—. ¿Es alguien de tu pasado? Jason retrocedió.

—Lo siento—dijo—. No es asunto mío. Olvídalo. —No, está bien. — sus gestos se relajaron—. Es solo que… estoy intentando de entenderlo todo. Se llama Thalia. Es mi hermana. No recuerdo los detalles. No estoy seguro de cómo lo sé, pero… ¿por qué te ríes? —Nada— Piper intentó ahogar la sonrisa. No es una antigua novia. Se sintió ridículamente feliz. —. Es justo que acabo de recordar que Annabeth me dijo que se convirtió en un cazador de Artemisa, ¿no es cierto? Jason asintió con la cabeza. —Tengo la sensación de que debo encontrarla. Hera me dejó eso en la memoria por alguna razón. Tiene algo que ver con esta misión. Pero… yo también tengo la sensación de que podría ser peligroso. No estoy seguro de querer saber la verdad. ¿es una locura? —No— dijo Piper—. No, en absoluto. Se quedó mirando el logotipo en la pared: Monocle Motors, el ojo rojo. Algo acerca del logotipo le molestaba. Quizás fuera la idea de que Encélado la observara, sosteniendo a su padre por la estaca. Tenía que salvarlo, pero ¿cómo podría traicionar a sus amigos? —Jason— dijo—. Ahora que estamos contando la verdad… tengo algo que contarte… algo sobre mi padre… No tuvo oportunidad. En alguna parte más adelante, metal chocó contra metal, como una puerta cerrándose de golpe. El sonido retumbó en el almacén. Jason se levantó. Sacó su moneda y la lanzó al aire, cogiendo su espada dorada en el aire. Miró por encima de la barandilla. —¿Leo? — gritó. No hubo respuesta. Se agachó junto a Piper. —. No me gusta esto. —Podría estar en problemas— dijo Piper—. Ves a comprobarlo. —No puedo dejarte sola. —Voy a estar bien— sentía miedo, pero no estaba dispuesta a admitirlo. Sacó su cada Katoptris y trató de parecer confiada. —. Cualquier persona que se acerque le voy a trinchar. Jason vaciló. —Te voy a dejar mi mochila. Si no vuelvo en cinco minutos… —¿Me debo alertar? Esbozó una sonrisa. —Me alegro de que vuelvas a ser normal. El maquillaje y el vestido eran mucho más intimidantes que la daga.

—Ponte en macha, Relámpagos, antes de que te pinche. —¿Relámpagos? Incluso ofendido, Jason era muy guapo. No era justo. Se dirigió a las escaleras y desapareció en la oscuridad. Piper contó su respiración, tratando de determinar cuánto tiempo había pasado. Perdió la noción del tiempo a partir de cuarenta y tres. Entonces algo en el almacén explotó. El eco desapareció. El corazón de Piper latía con fuerza, pero no llamó a nadie. Su instinto le dijo que no sería buena idea. Miró a su tobillo entablillado. No es que pudiera correr. Luego miró de nuevo al logo de Monocle Motors. Una pequeña voz en su cabeza le molestó, advirtiéndole de peligro. Algo en la mitología griega… se llevó la mano a su mochila. Sacó trozos de ambrosía. Demasiado podría hacerla arder, pero… ¿un poco más para acabar de repararle el tobillo? ¡Bum! El sonido sonaba más cerca, directamente debajo de ella. Cortó un pedazo de ambrosía y se lo metió en la boca. Su corazón se aceleró. Su piel se sintió febril. Vacilante, flexionó el tobillo contra la férula. No había dolor, no había rigidez del todo. Cortó la cinta con su daga y oyó unos pasos pesados en la escalera como botas de metal. ¿Habían sido cinco minutos? ¿Más? Los pasos no sonaban como Jason, pero quizás estuviera cargando a Leo. No lo podía soportar. Agarrando su daga, gritó: —¿Jason? —Sí— dijo desde la oscuridad—. Estoy llegando. Definitivamente era la voz de Jason. ¿Entonces porqué todos sus instintos le decían que corriera? Con esfuerzo, se puso de pie. Los pasos se acercaban. —Está todo bien— prometió la voz de Jason. En la parte superior de las escaleras, un rostro apareció en la oscuridad, una horrible sonrisa negra, una nariz destrozada y un ojo inyectado en sangre solo en la mitad de su frente. —Está bien— dijo el cíclope, en una perfecta imitación de la voz de Jason—. Llegas justo a tiempo para la cena.

CAPÍTULO XXIII LEO
LEO DESEÓ QUE EL DRAGÓN NO HUBIERA ATERRIZADO en los lavabos. De todas los lugares en los que podía aterrizar, una hilera de retretes portátiles no debería haber si su primera y única opción. Una docena de artefactos rectangulares azules y de plástico estaban instalados en el patio de la fábrica, y Festus los había aplastado a todos. Afortunadamente, no los habían usado desde hacía mucho, y la bola de fuego que el dragón había lanzado desde el golpe había quemado la mayoría de los retretes, pero aún así, había varios líquidos saliendo de ellos. Leo tuvo que abrirse camino a través y tratando de no respirar por la nariz. Una fuerte nevada estaba cayendo, pero el dragón seguía expulsando vapor. Eso, por supuesto, no le molestó a Leo. Después de varios minutos escalando por el cuerpo inanimado de Festus, Leo comenzó a irritarse. El dragón estaba perfectamente bien. Sí, había caído del cielo y había aterrizado con una gran explosión, pero su cuerpo estaba perfectamente bien, ni siquiera su cuerpo había sido dañado. La bola de fuego parecía haber salido más bien de los retretes y no del dragón. Las alas de Festus estaban intactas. Nada parecía roto. No había ninguna razón para que frenara. —No es por mi culpa— murmuró—. Festus, me estás haciendo quedar mal. Abrió el panel de control en la cabeza del dragón y el corazón de Leo dio un vuelco. —Oh, Festus. ¿Qué diablos…? El cableado estaba congelado. Leo supo que había pasado el día anterior. Había trabajado muy duro para reparar las líneas de corrosión, pero algo había causado un congelamiento dentro de la cabeza del dragón, que debería haber estado demasiado caliente como para poderse congelar. El hielo había provocado una sobrecarga en el cableado y había carbonizado el disco de control. Leo no vio ninguna otra razón. Sí, el dragón era viejo, pero aún así, no tenía sentido. Podría reemplazar los cables. Pero ése no era el problema, sino el disco de control carbonizado. Las letras grietas y los dibujos grabados en los bordes, algo que contenía algún tipo de poder mágico, estaban borrosos y ennegrecidos. La única pieza que no Leo no podría reemplazar estaba dañada de nuevo. Se imaginó la voz de su madre: muchos problemas parecen peor de lo que en realidad son, mijo. Nada es irreparable. Su madre podía reparar casi cualquier cosa, pero Leo estaba seguro que nunca había trabajado con un mágico dragón metálico de cincuenta años de antigüedad. Apretó los dientes y decidió intentarlo. No iban a ir desde Detroit a Chicago en una nevada, y no iba a ser responsable de dejar tirados a sus amigos. —Bien— murmuró, quitándose la nieve de los hombros. —. Quiero un cepillo de nailon, un par de guantes de nitrilo y también una lata de aerosol de disolvente para limpiar.

El cinturón de herramientas respondió. Leo no puedo evitar sonreír mientras sacaba las herramientas. Los bolsillos tenían límites, nunca sacaría nada mágico, como la espada de Jason, o algo más grande como una motosierra. Lo había intentado. Y si pedía varias cosas al mismo tiempo, el cinturón necesitaba descansar un tiempo antes de responder de nuevo. Cuanto más complicada fuera la petición, más tiempo necesitaba para reponerse. Pero para cosas pequeñas y simples que puedes encontrar en cualquier taller, todo lo que tenía que hacer Leo era pedirlo. Comenzó a limpiar el disco de control. Mientras trabajaba, la nieve se reunió alrededor del dragón y comenzó a enfriarlo. Leo tenía que detenerse para invocar fuego y fundirla, pero llegó un momento que sus manos trabajaban automáticamente mientras sus pensamientos divagaban. Leo no se podía creer lo estúpido que había sido en el palacio de Boreas. Debería haber sabido que una familia de dioses del invierno le habrían odiado nada más verle. Un hijo del dios del fuego volando en un dragón escupefuegos dentro de un ático helado, sí, quizás no habría sido el mejor movimiento. Sin embargo, odiaba sentirse como un rechazado. Jason y Piper pudieron visitar la sala del trono mientras que Leo tuvo que esperar en el vestíbulo con Calais, el semidiós del hockey y de los problemas mentales. Llama mala, le dijo Calais. Eso lo resumía perfectamente. Lo sabía que no podía impedir que sus amigos supieran la verdad durante mucho más tiempo. Desde el Campamento Mestizo, un trozo de la Gran Profecía le venía todo el rato a la mente: De tormenta o fuego el mundo deberá caer. Y Leo era el chico ígneo, el primero desde 1666 cuando Londres ardió. ¿Si le dijera a sus amigos lo podía hacer (¿Eh, chicos sabéis qué? ¡Puede que destruya al mundo!) por qué alguien le daría la bienvenida al campamento? Leo debería huir de nuevo. Aunque sabía esa parte del mecanismo, la idea le deprimía. Luego estaba Quione. ¡Dang! La chica estaba bien. Leo sabía que había actuado como un idiota integral, pero no pudo evitarlo. Había lavado su ropa con el servicio de habitaciones del hotel, algo que había estado genial, por cierto. Se había peinado el pelo, algo que no era trabajo fácil incluso descubrió en el cinturón de herramientas una caja de chicles de menta para el aliento, todo esperando poder acercarse a ella. Naturalmente, no hubo suerte. Siendo excluido, la historia de su vida, por sus familiares, sus casas de acogida, lo que fuera. Incluso en la Escuela de la Salvajería, Leo había pasado un tiempo sintiéndose como la parte sobrante cuando Jason y Piper, sus únicos amigos, comenzaron a salir juntos. Él estaba contento por ellos y todo eso, pero aún así le hicieron sentirse como si no le necesitaran más. Cuando se enteró de que todo ese tiempo con Jason en el colegio había sido una ilusión, algo como un pegote de memoria, Leo se emocionó en silencio. Ahora Jason y Piper estaban volviendo a comenzar a ser una pareja de nuevo, era obvio por la forma en la que habían actuado en el almacén, como si quisieran hablar en privado sin Leo alrededor. ¿Qué podría haber esperado? Acabaría siendo el bicho raro otra vez. Quione le había dado la espalda un poco más rápido que los demás. —Basta, Valdez— se regañó—. Nadie va a tocar violines para ti por no eres importante. Arregla el estúpido dragón.

Se involucró tanto en el trabajo que no estaba seguro del tiempo antes de escuchar la voz. —Te equivocas, Leo— dijo. Buscó a tientas el pincel y lo dejó caer en la cabeza del dragón. Se incorporó, pero no pudo ver quién había hablado. Luego miró hacia el suelo. La nieve y los líquidos de los retretes, incluso el asfalto en sí estaban cambiando hasta convertirse en líquido. Un área de tres metros formó un par de ojos, una nariz y una boca, la cara gigante de una mujer durmiente. En realidad no habló. Sus labios no se movieron. Pero Leo pudo oír su voz en su mente, como si las vibraciones llegaran del suelo, desde sus pies resonando por su esqueleto. —Te necesitan desesperadamente— dijo—. De alguna manera, eres el más importante de los siete, como el disco de control en el cerebro del dragón. Sin ti, el poder de los otros no significa nada. Nunca me alcanzaréis, nunca me detendréis. Y podré despertarme del todo. —Tú— la voz de Leo tembló tanto que no estuvo seguro de haber hablado en voz alta. No había oído esa voz desde los ocho años, pero era ella: la mujer vestida de tierra en el almacén—. Tú has matado a mi madre. La cara le cambió. La boca formó una sonrisa soñolienta como si estuviera soñando algo agradable. —Ah, pero Leo. También soy tu madre, la Primera. No te opongas a mí. Vete ya. Deja que mi hijo Porfirión se alce y sea rey, y te facilitaré la carga. Podrás pisar a fondo la tierra. Leo agarró lo más cercano que pudo encontrar, un retrete de uno de los retretes portátiles, y se lo lanzó a la cara. —¡Déjame en paz! El asiento del inodoro se hundió en la tierra líquida. La nieve y el lodo se ondularon y la cara se disolvió. Leo se quedó mirando el suelo, esperando a que la cara volviera a aparecer, pero no lo hizo. Leo quiso creer que se lo había imaginado. Entonces, viniendo de la fábrica, escuchó un golpe, como si dos camiones se hubieran golpeado entre ellos. El metal se abolló y crujió, y el sonido resonó por el patio. Instantáneamente Leo supo que Jason y Piper estaban en problemas. Vete ya, le urgió la voz. —No creo— gruñó Leo—. Dame el martillo más grande que tengas. Metió la mano en el cinturón de herramientas y sacó un martillo de kilo y medio con doble cara del tamaño de una patata. Entonces saltó de la espalda del dragón y corrió hacia la fábrica.

CAPÍTULO XXIV LEO
LEO SE DETUVO ANTE LAS PUERTAS E INTENTÓ controlar su respiración. La voz de la mujer de la tierra seguía sonando en sus orejas, recordándole la muerte de su madre. La última cosa que quería hacer era entrar en otro almacén oscuro. De repente se sintió de nuevo con ocho años, solo y sin ayuda como alguien atrapado y en problemas. Basta, se dijo a sí mismo. Así es como ella quería que se sintiera. Pero eso no le hizo sentirse menos asustado. Respiró hondo y entró en el almacén. Nada parecía distinto, una luz grisácea de por la mañana se filtraba por el agujero en el techo. Unas cuantas bombillas parpadeaban, pero la mayoría del suelo de la fábrica estaba a oscuras. Pudo ver por encima de la pasarela y las formas de la maquinaria pesada a lo largo de la cadena de montaje, pero no había movimiento. No había rastro de sus amigos. Casi les gritó, pero algo le detuvo, una sensación que no pudo definir. Entonces lo olió, como un motor de aceite hirviendo y un aliento agrio. Había algo que no era humano dentro de la fábrica. Leo no estaba seguro. Su cuerpo se movió a gran velocidad, todos sus nervios hormiguearon. En algún lugar del suelo de la fábrica, la voz de Piper gritó: —¡Leo, ayuda! Pero Leo se mordió la lengua. ¿Cómo podría haber conseguido Piper cruzar la pasarela con el tobillo roto? Se deslizó dentro y se escondió detrás de un contenedor de carga. Poco a poco, agarrando su martillo, se hizo paso a través del centro de la sala, escondiéndose detrás de cajas y chasis de camiones rotos. Finalmente llegó a la cadena de montaje. Se agazapó detrás de la maquinaria más cercana, una grúa con un brazo robótico. La voz de Piper le llamó de nuevo. Más flojo pero más cercano. Leo se asomó por la maquinaria. Colgando directamente sobre la cadena de montaje, suspendida por una cadena de grúa en el lado opuesto, había un enorme motor de camión, colgando a treinta metros de altura, como si hubiera sido dejado ahí cuando la fábrica fue abandonada. Debajo de él en la cinta transportadora había el chasis de un camión y, agrupados alrededor había tres formas del tamaño de montacargas. Cerca de allí, colgando de cadenas en dos brazos robóticos, había dos pequeñas formas, quizá motores, pero uno de ellos se retorcía como si estuviera vivo. Entonces uno de los montacargas se levantó, y Leo se dio cuenta de que tenía forma humanoide de gran tamaño. —Te dije que no era nada— retumbó. Su voz era demasiado profunda y fiera como para ser humana. Uno de los otros montacargas se levantó y gritó con la voz de Piper: —¡Leo, ayúdame! ¡Ayúdame! … —entonces la voz cambió, en un gruñido más masculino—. Bah, no hay nadie ahí fuera. Ningún semidiós podría mantenerse callado. El primer monstruo se echó a reír.

—Probablemente ha escapado, si sabe lo que le conviene. O la chica está mintiendo hablando de un tercer semidiós. Cocinemos. Chas. Una brillante luz naranja chisporroteó, una bengala de emergencia, y Leo se quedó temporalmente ciego. Se agachó detrás de la grúa hasta que las manchas desaparecieron de sus ojos. Luego echó otro vistazo y vio una pesadilla, incluso una peor de la que Tía Callida podría haber soñado. Las dos formas más pequeñas colgaban de los brazos de las grúas, no eran motores. Eran Jason y Piper. Ambos colgaban boca abajo, atados por los tobillos y arropados con cadenas al cuello. Piper se agitaba, tratando de soltarse con la boca amordazada, pero al menos seguía viva. Jason no tenía tan buen aspecto. Colgaba sin fuerzas, con los ojos en blanco. Una mancha roja del tamaño de una manzana creía por encima de su ceja izquierda. En la cinta transportadora, el colchón de una camioneta estaba siendo utilizado como material para hacer una hoguera. La bengala de emergencia había encendido una mezcla de tiras de madera, las cuales por el olor habían sido impregnadas en queroseno. Una gran polea de metal estaba suspendida encima de las llamas, un asador, se dio cuenta Leo, lo que significaba que era un fuego para cocinar. Pero lo peor eran los cocineros. Monocle Motors, el logotipo de un único ojo rojo. ¿Porqué no se dio cuenta antes? Tres gigantescos humanoides se reunían alrededor del fuego. Dos estaban de pies, avivando las llamas. El más grande se agachó de espaldas a Leo. Los dos de frente a él eran de diez metros de altura, con peludos cuerpos musculosos y su piel roja brillaba a la luz del fuego. Uno de los monstruos vestía un taparrabos de cota de malla que parecía muy incómodo. El otro llevaba una toga irregular de fibra de vidrio de aislamiento, que tampoco habrían formado parte del armario de Leo. Aparte de eso, los dos monstruos podrían haber sido gemelos. Cada uno tenía una cara brutal con un solo ojo en el centro de la frente. Los cocineros eran cíclopes. Las piernas de Leo comenzaron a temblar. Ya había visto algunas cosas raras hasta el momento: espíritus de la tormenta, dioses alados y un dragón de metal al que le gustaba la salsa de Tabasco. Pero esto era distinto. Estos eran reales, de carne y hueso, de diez metros de altura: monstruos vivos que querían comer a sus amigos para cenar. Estaba tan aterrorizado que apenas podía pensar. Si tuviera a Festus. Podría utilizar un tanque de sesenta metros de largo que escupía fuego. Pero todo lo que tenía era un cinturón de herramientas y una mochila. Su martillo de kilo y medio parecía minúsculo en comparación con los cíclopes. Esto era sobre lo que la señora de la tierra le había hablado. Quería que Leo huyera y dejara que sus amigos murieran. Eso le hizo decidirse. No habría manera por la que Leo permitiría que la mujer de la tierra le hiciera sentir impotente, no de nuevo. Leo dejó la mochila y comenzó a desabrocharla en silencio. Los cíclopes con el taparrabos de cota de malla se acercó a Piper, que se retorcía y trató de darle un cabezazo en el ojo. —¿Puedo quitarle la mordaza ya? Me gusta oírles gritar. La pregunta iba dirigida al tercer cíclope, al parecer el líder. La figura agazapada gruñó, y Taparrabos le quitó la mordaza de la boca de Piper.

Ella no gritó. Respiraba inestablemente como si tratara de mantener la calma. Mientras tanto, Leo encontró lo que buscaba: un montón de pequeños mandos que había recogido en el búnker número 9. Almenos esperó que fueran eso. El panel de mantenimiento del cráneo robótico fue fácil de encontrar. Puso un destornillador en su cinturón y se puso a trabajar lentamente para no hacer ruido. El cíclope líder estaba a seis metros delante de él. Los monstruos obviamente tenían unos sentidos excelentes. Seguir con su plan sin hacer ruido parecía imposible, pero no había muchas opciones más. El cíclope con la toga atizó el fuego, que ya ardía con un negro humo ondulante que ascendía hasta el techo. Su amigo Taparrabos fulminó con la mirada a Piper, esperando a que hiciera algo entretenido. — ¡Grita, muchacha! ¡Me gusta que chilléis! Cuando finalmente Piper habló, su tono era tranquilo y razonable, como si estuviera corrigiendo a un cachorro travieso. —Oh, señor cíclope, no quiere matarnos. Sería mejor dejarnos ir. Taparrabos se rascó su fea cabeza. Se volvió a su amigo de la toga de fibra de vidrio. —Es muy guapa, Torsión. Quizá debería dejarla ir. Torsión, el tío con la toga, gruñó. —La he visto antes, Tornillo. Yo la dejaré ir. Tornillo y Tuerca comenzaron a discutir, pero el tercer cíclope se levantó y gritó: —¡Estúpidos! A Leo casi se le cayó el destornillador. La tercera era una cíclope. Era varios metros más alta que Tuerca o Tornillo e incluso más robusta. Vestía una malla de cadenas cortada como uno de los vestidos anchos que tía Rosa vestía. ¿Cómo se llamaban? ¿Mu’umu’u? Sí, la cíclope vestía un mu’umu’u de cadenas. Su grasiento pelo negro estaba trenzado atadas con hilos de cobre y arandelas de metal. Su nariz y su boca eran gruesas y estaban juntos, como si dedicara el tiempo libre a chocar su cara contra paredes, pero su único ojo rojo brillaba con una astucia vil. La cíclope se acercó a Tornillo y le empujó, dejándole sobre la cinta transportadora. Tuerca se giró rápidamente. —La chica es prole de Afrodita—gruñó la cíclope—. Te está encandilando. Piper comenzó a decir: —Por favor, señora… —¡Roar! — la cíclope agarró a Piper por la cintura—. ¡No trates de hablarme con encantos, niña! ¡Soy Mamá Junta! ¡Me he comido héroes más duros que tú para comer!

Leo temió que Piper fuera aplastada, pero Mamá Junta la dejó colgando de su cadena. Entonces comenzó a gritar lo estúpido que Tornillo era. Las manos de Leo comenzaron a trabajar furiosamente. Dobló cables y giró interruptores, sin pensar en lo que hacía. Terminó de conectar el mando. Después se arrastró hacia el brazo robótico más próximo mientras los cíclopes continuaban hablando. —¿… comérnosla al menos, Mamá? — estaba diciendo Tornillo. —¡Idiota! — gritó Mamá Junta, y Leo se dio cuenta de que quizá Tornillo y Tuerca eran sus hijos. Si así era, la fealdad corría por la sangre de la familia. —Debería haberos dejado en las calles cuando erais bebés, igual que los demás cíclopes. Es posible que hubierais aprendido algunas habilidades útiles. ¡Maldito mi dulce corazón que os mantuvo! —¿Dulce corazón? — murmuró Tuerca. —¿Qué has dicho, ingrato? —Nada, Mamá. He dicho que tienes un corazón muy dulce. Trabajamos para ti, te alimentamos, te cortamos las uñas de los pies… —¡Y me deberíais estar agradecidos! — gritó Mamá Junta—. ¡Ahora aviva el fuego, Tuerca! Y tú, Tornillo, idiota, mi pote de salsa está en el otro almacén. ¡No me digas que esperas que me coma a estos dos semidioses sin salsa! —Sí, Mamá. —dijo Tornillo—. Me refiero que no, Mamá. Digo… —¡Ves a por la salsa! — Mamá Junta cogió un chasis de camión cercano y lo estrelló contra la cabeza de Tornillo. Éste cayó de rodillas. Leo estaba seguro de que un golpe como ese le mataría a él, pero Tornillo parecía recibir golpes como ese a menudo. Consiguió apartar el chasis de su cabeza, se levantó y corrió hacia fuera a por la salsa. Ahora es el momento, pensó Leo, mientras están separados. Terminó el cableado de la segunda máquina y se acercó a un tercero. Mientras se lanzaba entre brazos robóticos, los cíclopes no le veían, pero Piper lo hizo. Su expresión pasó de terror a incredulidad, luego jadeó. Mamá Junta se giró hacia ella. —¿Qué te pasa niña? ¿Eres tan frágil que te has rotod? Afortunadamente, Piper pensó rápidamente. Apartó la mirada de Leo y dijo: —Creo que es mi costilla, señora. Si me estoy deshaciendo por dentro, tendré un gusto horrible. Mamá Junta rugió entre risas.

—Esa ha sido buena. El último héroe que me comí… ¿te acuerdas, Tuerca? ¿No era un hijo de Mercurio? —Sí, Mamá— dijo Tuerca—. Sabroso. Un poco fibroso. —Intentó un truco como ese. Dijo que se medicaba. Pero sabía muy bien. —Sabía a cordero— recordó Tuerca—. Camiseta morada. Hablaba latín. Sí, un poco fibroso pero delicioso. Los dedos de Leo se congelaron en el panel de mantenimiento. Al parpecer, Piper pensó lo mismo que él, porque preguntó: —¿Camiseta morada? ¿Latín? —Buena cena— dijo Mamá Junta con cariño—. La cosa es, chica, que no somos tan tontos como cree la gente. No vamos a caer en trucos estúpidos y en enigmas, como los cíclopes del norte. Leo se forzó a sí mismo a trabajar de nuevo, pero su mente corría. Un chico que hablaba latín había sido capturado aquí, ¿con una camiseta morada como la de Jason? No supo lo que significaba, pero tuvo que dejar el interrogatorio a Piper. Si iba a tener alguna oportunidad de combatir los monstruos, tendría que moverse antes de que Tornillo volviera con la salsa. Miró hacia arriba al motor suspendido justo encima de la acampada de los cíclopes. Deseó poder usarlo, podría servir como un arma perfecta. Pero la grúa colgaba desde el lado opuesto de la cinta transportadora. No había manera de que Leo pudiera llegar allí sin ser visto, y además, no disponía de mucho tiempo. La última parte de su plan era la más delicada. De su cinturón convocó algunos cables, un adaptador de radio y un destornillador más pequeño y comenzó a construir un mando a distancia universal. Por primera vez, le agradeció en silencio a su padre, Hefesto, por su cinturón mágico. Sácame de aquí, rezó, y quizás no seas tan idiota. Piper seguía hablando, diciendo alabanzas. —¡Oh, he oído hablar de los cíclopes del norte! — algo que Leo estaba convencido de que era mentira, pero sonó convincente—. Nunca creí que fuerais tan grandes y listos. —Adularnos tampoco funciona— dijo Mamá Junta, aunque sonó agradecida—. Es cierto, serás el desayuno de los mejores cíclopes de alrededor. —¿Pero los cíclopes no son buenos? — preguntó Piper—. Creía que hacíais armas para los dioses. —¡Bah! Soy muy buena. Buena comiendo gente. Buena destrozando. Y buena construyendo cosas, sí, pero no para los dioses. Nuestros primos, los cíclopes mayores sí lo hacen, sí. Creen que son grandes y poderosos porque nacieron cientos de años antes que nosotros. Luego están nuestros primos del sur, viviendo en islas y cuidando rebaños. ¡Imbéciles! Pero nosotros somos los cíclopes

hiperbóreos, el clan del norte, ¡somos los mejores! Fundamos Monocle Motors en esta vieja fábrica, las mejores armas, armaduras, carros de combate todoterreno y sin embargo… ¡Bah! Nos obligaron a cerrar. Despedimos a la mayor parte de nuestro clan. La guerra fue demasiado rápida. Los titanes perdieron. ¡No fue bueno! No se necesitaban más armas de los cíclopes. —Oh, no— simpatizó Piper—. Estoy segura de que hicisteis armas alucinantes. Tuerca sonrió. —¡Un martillo de guerra chirriante! — tomó un palo largo, con una caja de metal de acordeón al final. Lo estrelló contra el suelo y el cemento se agrietó, pero también había sonado como el patito más grande del mundo pisoteado. —Terrorífico— dijo Piper. Tuerca parecía complacido. —No tan bueno como el hacha explosiva, pero este lo he usado más de una vez. —¿Puedo verlo? — preguntó Piper—. ¿Si pudieras soltarme las manos…? Tuerca dio un paso adelante con entusiasmo, pero Mamá Junta gritó: —¡Estúpido! Te está engañando de nuevo. ¡Basta de hablar! Matad al niño antes de que se muera por sí mismo. Me gusta la carne fresca. ¡No! Los dedos de Leo volaron, conectando cables al mando. Sólo un par de minutos más. —Eh, esperad— dijo Piper, intentando centrar la atención de los cíclopes—. Si pudiera preguntaros… Los cables chispearon en la mano de Leo. Los cíclopes se congelaron y se giraron en su dirección. Entonces Tuerca recogió un motor y se lo lanzó. Leo rodó mientras el motor pasaba volando por la maquinaria. Si hubiera sido medio segundo más lento, habría sido destruido. Se puso de pie, y Mamá Junta se fijó en él. Gritó: —¡Tuerca, patético intento de cíclope, atrápalo! Tuerca se lanzó hacia él. Leo pulsó frenéticamente el botón de su mando a distancia. Tuerca estaba a seis metros. A unos seis metros. Entonces el primer brazo robótico cobró vida. Una garra de metal amarillo de tres toneladas golpeó los cíclopes por la espalda tan fuerte cayeron de bruces contra el suelo. Antes de que Tuerca se pudiera recuperar, el brazo robótico le agarró por el pie y le levantó hacia arriba.

—¡AAAAAAAAAAAH! — gritó Tuerca en la oscuridad. El techo estaba demasiado oscuro y demasiado alto para ver exactamente qué había sucedido, pero juzgando el ruido sordo que hizo el metal, Leo supuso que el cíclope había sido golpeado por una de las vigas de apoyo. Tuerca nunca bajó. En cambio, un polvo amarillo bajó del cielo. Tuerca se había desintegrado. Mamá Junta miraba a Leo en estado de shock. —Mi hijo… tú… tú… Justo en el momento exacto, Tornillo apareció con un bote de salsa. —Mamá, tengo la extra picante… Nunca terminó la frase. Leo giró el control del mando a distancia, y el segundo brazo robótico golpeó a Tornillo en el pecho. La caja de la salsa explotó como una piñata y Tornillo voló hacia atrás, a la derecha justo dentro de la base de la tercera máquina de Leo. Tornillo podría haber sido inmune a ser golpeado con chasis de camiones, pero no era inmune a los brazos robóticos que podría haber movido diez mil kilos. El tercer brazo de la grúa le golpeó contra el suelo con tanta fuerza que se convirtió en polvo como un saco de harina roto. Dos cíclopes menos. Leo comenzaba a sentirse el Comandante del Cinturón de Herramientas cuando Mamá Junta cerró su ojo en él. Agarró el brazo de la grúa más cercana y lo arrancó de su pedestal con un rugido salvaje. —¡Tú has destruido a mis hijos! ¡Sólo yo puedo destruir a mis hijos! Leo pulsó un botón, y los dos brazos mecánicos restantes entraron en acción. Mamá Junta cogió uno y lo partió en dos. El segundo brazo le golpeó en la cabeza, pero eso solo pareció volverla loca. Lo agarró por las pinzas, lo soltó y lo hizo girar como un bate de beisbol. Casi les da a Piper y a Jason por una pulgada. Entonces Mamá Junta lo dejo ir, apuntando a Leo. Gritó y rodó hacia un lado mientras el brazo mecánico destruía la máquina al lado de él. Leo comenzó a comprender que una madre cíclope furiosa no era algo contra lo que quisiera combatir con un mando universal y un destornillador. El futuro para el Comandante Cinturón de Herramientas no era tan claro. Se puso a unos veinte metros de él, cerca de la hoguera. Sus puños estaban cerrados y sus dientes al descubierto. Parecía ridícula en su cota de malla mu’umu’u y sus grasientas coletas, pero teniendo en cuenta su mirada asesina en sus grandes ojos rojos y el hecho de que medía seis metros, Leo no se reía. —¿Algún otro truco, semidiós? — exigió Mamá Junta. Leo levantó la vista. El motor suspendido en una cadena… si hubiera tenido tiempo para arreglarlo… Si tan sólo pudiera hacer que Mamá Junta diera un paso atrás. La misma cadena… ese enlace… Leo no debería haber sido capaz de verlo, sobre todo desde tan abajo, pero sus sentidos le decían que el metal estaba debilitado.

—¡Diablos, sí, tengo trucos! — Leo levantó el mando a distancia—. Da un paso atrás y te destruiré con fuego. Mamá Junta se rió: —¿Lo harás? Los cíclopes somos inmunes al fuego, idiota. Pero si quieres jugar con fuego, deja que te ayude. Recogió brasas con sus propias manos y las arrojó a leo. Cayeron todas a sus pies. —Has fallado. — dijo incrédulamente. Entonces Mamá Junta sonrió y tomó un barril de al lado de la camioneta. Leo tuvo el tiempo justo para leer la palabra estampada en el barril, queroseno, antes de Mamá Junta lo lanzara. El barril cayó en el suelo delante de él, derramando un líquido más ligero por todas partes. Los carbones estallaron. Leo cerró los ojos, y Piper gritó: —¡No! Una tormenta de fuego estalló a su alrededor, pero Leo no ofreció al fuego ningún combustible. El queroseno ardió, muriendo en pequeñas manchas de fuego en el suelo. Piper se quedó sin aliento: —¿Leo? Mamá Junta miró asombrada: —¿Sigues viviendo? — dio un paso adelante y se puso justo dónde Leo quería—. ¿Qué eres? —Soy el hijo de Hefesto— dijo Leo—. Y te aviso de que te voy a destruir con fuego. Señaló en el aire y lo dejó todo a su voluntad. Nunca había intentado hacerlo antes así de concentrado e intenso, pero disparó un rayo de llamas candentes a la cadena suspendida del motor encima de la cabeza de la cíclope, apuntando justo al punto que parecía más débil que los demás. Las llamas murieron. Nada sucedió. Mamá Junta se rió. —Un intento impresionante, hijo de Hefesto. Han pasado siglos desde que vi un manipulador ígneo. Serás un aperitivo muy picante. La cadena se rompió, ese único punto se calentó tanto que el motor se soltó y cayó en silencio. —No lo creo—dijo Leo. Mamá Junta ni siquiera tuvo tiempo de mirar arriba. ¡Blam! No hubieron más cíclopes. Sólo un montón de polvo bajo un motor de cinco toneladas. —¿No eres inmune a los motores, eh? — dijo Leo—. ¡Chúpate esa!

Entonces cayó de rodillas, le zumbaba la cabeza. Después de unos minutos se dio cuenta de que Piper le llamaba. —¡Leo! ¿Estás bien? ¿Te puedes mover? Se tambaleó, nunca antes intentó convocar un fuego tan intenso, y le había dejado completamente agotado. Le llevo un tiempo bajar a Piper de las cadenas. Entonces juntos bajaron a Jason que seguía inconsciente. Piper se las arregló para introducir un poco de néctar en su boca, y él gimió. La herida en su cabeza comenzó a desaparecer. Le volvió el color poco a poco. —Sí, tiene un cráneo muy duro— dijo Leo—. Creo que va a estar bien. —Gracias a dios— suspiró Piper. Entonces miró a Leo con miedo— ¿Cómo has podido… el fuego? ¿Siempre has podido…? Leo miró hacia abajo. —Siempre— dijo. Cuando la miró, sonreía. —Eso ha sido increíble, Valdez. Nos has salvado. ¿De qué te lamentas? Leo parpadeó. Comenzó a sonreír, pero su sensación de alivio se arruinó cuando se dio cuenta de algo cerca del pie de Piper. Polvo amarillo, los polvorientos restos de uno de los cíclopes, quizá Tuerca, se arremolinaba por el suelo como empujado por un viento invisible, juntándose. —Se están formando de nuevo— dijo Leo—. Mira. Piper se apartó del polvo. —No es posible. Annabeth me dijo que los monstruos se desvanecían cuando les mataban. Entonces volvían al Tártaro y no podían volver en mucho tiempo. —Bueno, nadie le ha dicho eso al polvo. —Leo vio como se reunía en un montoncito, y lentamente formaba una figura con brazos y piernas. —Oh, dioses. — Piper empalideció—. Bóreas dijo algo de esto, la tierra desencadenando tales horrores. ‘Cuando los monstruos no estén más en el Tártaro y las almas no sean confinadas al Hades. ¿Cuánto tiempo crees que tenemos? Leo se acordó de la cara que se formó en el suelo en el exterior, la mujer durmiente que era definitivamente un horror de la tierra. —No lo sé— dijo—. Pero tenemos que salir aquí.

CAPÍTULO XXV JASON
JASON SOÑÓ QUE ESTABA ATADO con cadenas, colgando boca abajo como un trozo de carne. Todo le dolía, los brazos, las piernas, el pecho y la cabeza. Especialmente su cabeza. Sentía su cabeza como si fuera un globo de agua hinchado. —Si estoy muerto— murmuró—, ¿por qué duele tanto? —No estás muerto, mi héroe. — dijo la voz de una mujer—. No ha llegado tu hora. Ven, habla conmigo. Los pensamientos de Jason flotaron de su cuerpo. Escuchó monstruos gritando y a sus amigos chillando y explosiones pero todo parecía suceder en otro plano existencial, alejándose poco a poco. Se encontró a sí mismo de pie en una jaula de barro. Raíces de árboles y piedras unidas, encerrándole. Fuera de las barras, pudo ver el suelo de un estanque seco, otra torre de barro creciendo en el otro extremo, y por encima de ellos, las ruinas de una casa quemada de piedras rojas. A su lado en la jaula, la mujer estaba sentada con las piernas cruzadas vestida de negro, con la cabeza cubierta por un sudario. Se apartó el velo de la cara, revelando una cara orgullosa y bella, pero endurecida por el sufrimiento. —Hera. — dijo Jason. —Bienvenido a mi prisión— dijo la diosa—. No morirás hoy, Jason. Tus amigos te han salvado, de momento. —¿De momento? — preguntó. Hera hizo un gesto hacia las raíces de su jaula. —Hay peores batallas que luchar. La misma tierra se mueve contra nosotros. —Eres una diosa— dijo Jason—. ¿Por qué no te escapas simplemente? Hera sonrió con tristeza. Su figura comenzó a brillar hasta que el brillo llenó la caja con una luz dolorosa. El aire vibró de energía, las moléculas se movían como si fuera a haber una explosión nuclear. Jason sospechó que si hubiera estado ahí de verdad, habría sido vaporizado. La jaula debería haber sido reducida a escombros. El suelo se debería haber partido y la casa en ruinas debería haber sido estabilizada. Cuando el brillo murió, la caja ni se inmutó. Nada en el exterior había cambiado. Sólo Hera parecía distinta, un poco más encorvada y cansada.

—Algunos poderes son incluso más fuertes que los mismos dioses— dijo—. No soy fácil de atrapar. Puedo estar en muchos sitios a la vez. Pero cuando la mayor parte de mi esencia es capturada, es como si hubiera metido el pie en una trampa para osos, o algo parecido. No puedo escapar, y estoy oculta a ojos de los demás dioses. Sólo tú me puedes encontrar, y me hago más débil día tras días. —¿Entonces por qué has venido aquí? — preguntó Jason—. ¿Cómo fuiste capturada? La diosa suspiró. —No podía permanecer indiferente. Tu padre Júpiter cree que él puede retirarse del mundo y por lo tanto nuestros enemigos duermen. Cree que nosotros los olímpicos nos hemos involucrado demasiado en los asuntos de los mortales, en el destino de nuestros hijos semidioses, especialmente desde que acordamos reclamarlos a todos después de la guerra. Cree que eso es lo que ha hecho que nuestros enemigos se muevan. Es por eso por lo que cerró el Olimpo. —Pero no estás de acuerdo. —No— dijo—. Muchas veces no entiendo el estado de ánimo de mi marido o sus decisiones, pero incluso para Zeus, esto parece paranoico. No puedo entender porqué insistía tanto y estaba tan convencido. Era tan… distinto a cómo es él. Como Hera, puedo ser contentada con seguir los deseos de mi señor. Pero también soy Juno. Su figura cambió y Jason vio una armadura debajo de sus ropas negras, una piel de cabra, el símbolo del soldado romano, a través de su manto de bronce. —Juno Moneta, me llamaron en su día, Juno, la que advierte. Era la guardiana del estado, patrona de la Eterna Roma. No puedo descansar mientras los descendientes de mi gente es atacada. Noté peligro en este lugar sagrado. Una voz…— dudó—… una voz me dijo que debía venir aquí. Los dioses no tenemos lo que llamáis conciencia, ni tampoco sueños, pero la voz era… dulce y persistente, avisándome para que viniera. Y el mismo día que Zeus cerró el Olimpo, me escapé sin revelar mis planes, para que no me detuviera. Y vine aquí a investigar. —Era una trampa. — adivinó Jason. La diosa asintió. —Demasiado tarde me di cuenta de que la tierra se movía. Era incluso más estúpida que Júpiter, esclava de mis propios impulsos. Es exactamente igual que la otra vez. Me capturaron los gigantes y mi captura provocó una guerra. Ahora nuestros enemigos se alzan de nuevo. Os dioses solo pueden combatirlos con la ayuda de los mayores héroes vivos. Y aquella a la que sirven los gigantes… no puede ser vencida del todo, solo se la puede dormir. —No entiendo. —Lo harás— dijo Hera.

La jaula comenzó a contraerse, las raíces comenzaron a apretarse. La forma de Hera se estremeció como una llama con una brisa. Fuera de la jaula, Jason pudo ver figuras reuniéndose en el borde del estanque: gigantescas formas humanoides con las espaldas corvas y cabezas calvas. A no ser que le engañaran los ojos, Jason veía que algunos tenían más de dos brazos. También escuchó lobos, pero no los lobos que había visto con Lupa. Pudo decir que por sus aullidos era una manada distinta, hambrientos, más agresivos, sedientos de sangre. —Date prisa, Jason—dijo Hera—. Mis captores se acercan, y tu comienzas a despertarte. No podré volver a aparecerme ante ti, ni en sueños. —Espera— dijo —. Bóreas nos dijo que habías hecho una apuesta peligrosa. ¿Qué quiso decir? Los ojos de Hera brillaron salvajemente, y Jason se preguntó si de verdad había hecho algo alocado. —Un intercambio — dijo—. La única manera de traer la paz. El enemigo cuenta con nuestras divisiones, y si somos divididos, seremos destruidos. Eres mi ofrenda de paz, Jason, un puente para superar milenios de odio. —¿Qué? Yo no… —No puedo decirte más—dijo Hera—. Has vivido hasta ahora porque te he quitado los recuerdos. Encuentra este lugar. Vuelve a tu punto de partida. Tu hermana te ayudará. —¿Thalia? La escena comenzó a disiparse. —Adiós, Jason. Ten cuidado en Chicago. Tu peor enemigo te espera allí. Si estás destinado a morir, será por su mano. —¿Quién? — pidió Jason. Pero la imagen de Hera se desvaneció, y Jason se levantó. Sus ojos se abrieron de golpe. —¡Cíclopes! —¡Claro que sí, dormilón! —Piper estaba sentada detrás de él en el dragón de bronce, sujetando su cintura para mantenerle en equilibrio. Leo se sentaba al frente, conduciendo. Volaban tranquilamente a través del cielo invernal como si nada hubiera sucedido. —De… Detroit— balbuceó Jason—. ¿No nos estrellamos? Creía que… —Está todo bien— dijo Jason—. Nos estamos alejando, pero tienes una conmoción cerebral considerable. ¿Cómo te sientes?

La cabeza de Jason latió. Recordó que la fábrica, entonces caminando a gatas, entonces una criatura apareció detrás de él, una cara con un ojo y un puño enorme, y entonces todo se volvió oscuro. —¿Cómo habéis…? ¿Los cíclopes? —Leo les destrozó— dijo Piper—. Ha estado alucinante. Puede controlar el fuego. —No ha sido nada. — dijo Leo rápidamente. Piper rió. —Cállate, Valdez. Se lo voy a contar, asúmelo. Y lo hizo, le contó cómo Leo en solitario había derrotado a la familia de los cíclopes, cómo habían liberado a Jason, entonces se dieron cuenta de que los cíclopes volvían a su forma original, cómo Leo había reemplazado el cableado del dragón y les había devuelto al cielo tan pronto como los cíclopes rugían venganza dentro de la fábrica. Jason estaba impresionado. ¿Deshacerse de tres cíclopes sólo con un cinturón de herramientas? No estaba mal. No le asustaba exactamente oír lo cerca que había estado de la muerte, pero le hizo sentir muy mal. Había ido directo a una emboscada y había pasado toda la pelea noqueado mientras sus amigos peleaban por sus vidas. ¿Qué tipo de líder de misión estaba hecho? Cuando Piper le contó que el otro chico que los cíclopes decían haberse comido, el chico con la camiseta morada que hablaba latín, Jason sintió que su cabeza iba a explotar. Un hijo de Mercurio… Jason creyó que quizá conocería ese chico… pero el nombre no estaba en su cabeza. —Entonces, no estoy solo— dijo—. Hay otros como yo. —Jason— dijo Piper—, nunca estarás solo. Nos tienes a nosotros. —Lo sé… pero es algo sobre lo que dijo Hera. Yo tuve un sueño. Les contó lo que había visto, y lo que la diosa les dijo dentro de la jaula. —¿Un intercambio? — preguntó Piper—. ¿Qué querría decir? Jason negó con la cabeza. —Pero Hera juega conmigo. Sólo por enviarme al Campamento Mestizo, tengo la sensación de que ha roto algún tipo de regla, algo que podría acabar muy mal… —O podría salvarnos… —dijo Piper con esperanza—. Eso sobre el enemigo durmiente… eso suena como la mujer de la que Leo nos ha hablado. Leo se aclaró la garganta.

—Sobre eso… ella se apareció de nuevo en Detroit, en una piscina de un brebaje de retretes portátiles. Jason no estaba seguro de haberle oído bien. —¿Has dicho retretes portátiles? Leo les habló sobre la cara gigantesca en el patio de la fábrica. —No sé si es completamente destruible. — dijo—, pero no puede ser vencida por retretes. Puedo dar fe de ello. Quería que os traicionara y me quedé un poco “Pfff… claro, voy a hacerle caso a una cara en un brebaje de retretes. —Está tratando de dividirnos— Piper deslizó sus brazos alrededor de la cintura de Jason. Pudo notar que estaba tensa sin siquiera mirarla. —¿Qué sucede? — preguntó. —Es sólo que… ¿por qué están jugando con nosotros? ¿Quién es esa mujer, y qué tiene que ver con Encélado? —¿Encélado? — Jason no recordaba haber oído ese nombre antes. —Me refiero…— la voz de Piper tembló —. Es uno de los gigantes. Uno de los nombres de los que me acuerdo. Jason tuvo el presentimiento de que algo le molestaba, pero decidió no presionarla. Había tenido una mañana muy dura. Leo se rascó la cabeza. —Bueno… no conozco a Enchilado… —Encélado— le corrigió Piper. —Lo que sea. Pero la Cara del Retrete mencionó otro nombre. ¿Profirió o algo? —¿Porfirión? —le preguntó Piper—. Era el rey de los gigantes, creo. Jason vio la espiral oscura en el estanque, creciendo a medida que Hera se debilitaba. —Voy a decir una locura— dijo—. En la Antigüedad, Porfirión secuestró a Hera. El primer movimiento de la guerra entre los gigantes y los dioses. —Creo que sí. — dijo Piper—. Pero todos esos mitos son confusos y conflictivos. Es como si casi nadie quisiera que esa historia trascendiera. Sólo recuerdo que hubo una guerra, y que los gigantes eran casi imposibles de matar. —Los héroes y los dioses hubieron de trabajar juntos— dijo Jason—. Hera me lo contó.

—Algo difícil de hacer— gruñó Leo—, si los dioses ni quisiera pueden hablar con nosotros. Volaron hacia el oeste, y Jason se perdió en sus pensamientos, todos ellos malos. No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado antes de que el dragón se sumergiera a través de las nubes, y por debajo de ellos, brillando con el sol de invierno, había una ciudad al borde de un gigantesco lago. Rascacielos plagaban la costa. Detrás de ellos, alzándose por el horizonte al oeste había una gran cantidad de vecindarios y carreteras nevadas. —Chicago— dijo Jason. Recordó lo que Hera le dijo en su sueño. Su mayor enemigo le estaría esperando allí. Si moría, moriría por su mano. —Un problema menos— dijo Leo—. Hemos llegado vivos. Ahora, ¿dónde encontraremos a los espíritus de las tormentas? Jason vio el destello de un movimiento debajo de ellos. Primero pensó que era un avión pequeño, pero era demasiado pequeño, demasiado oscuro y rápido. La cosa se arremolinó hacia los rascacielos, ondeándose y cambiando de forma y, sólo por un momento se convirtió en la humeante figura de un caballo. —¿Qué tal si seguimos a uno de ellos y vemos qué tal? — sugirió Jason.

CAPÍTULO XXVI JASON
JASON TENÍA MIEDO DE QUE PERDIERAN A SU OBJETIVO. El ventus se movía como… bueno, como el viento. —¡Deprisa! — urgió. —Tío— dijo Leo—, si nos acercamos más, nos verá. El dragón de bronce no es exactamente un avión de espionaje. —¡Calma! — gritó Piper. El espíritu de la tormenta se sumergió en las calles del centro. Festus intentó seguirle, pero su envergadura era demasiado grande. Su ala izquierda chocó contra el borde de un edificio, cortando una gárgola de piedra antes de que Leo se detuviera. —Ponte por encima de los edificios— sugirió Jason—. Le seguiremos la pista desde ahí. —¿Quieres conducir tú esta cosa? — gruñó Leo, pero hizo lo que Jason le pidió. Tras unos varios minutos, Jason atisbó el espíritu de la tormenta otra vez, comprimiéndose a través de las calles sin propósito aparente, soplando por encima de los peatones, agitando banderas y haciendo a los coches virar. —Oh, bien— dijo Piper—. Ahora son dos. Tenía razón. Un segundo ventus giró por la esquina de un hotel renacentista y se unió con el primero. Ondearon juntos una caótica danza, volando por encima de un rascacielos, doblándose por encima de una torre de radio, y saltando arriba y abajo por la calle. —Esos chicos no necesitan cafeína. — dijo Leo. —Creo que Chicago es un buen lugar para pasar el rato— dijo Piper—. Nadie va a preguntar a un par de vientos diabólicos. —Más de un par— dijo Jason—. Mirad. El dragón giró en círculo por encima de una amplia avenida cerca de un parque con un estanque. Los espíritus se arremolinaban, almenos una docena de ellos, dando vueltas alrededor de una gran exposición de arte al aire libre. —¿Cuál de ellos creéis que es nuestro Dylan? — preguntó Leo—. Le quiero lanzar algo. Pero Jason se concentró en la exposición de arte. Mientras se acercaban, su corazón latía con más fuerza. Era sólo una fuente pública, pero era incómodamente familiar. Dos monolitos de cinco

pisos a cada lado de un estanque reflectante de granito. Los monolitos parecían construidos en pantallas, mostrando la imagen combinada de una cara gigantesca que arrojaba agua al estanque. Quizá fuera solo coincidencia, pero parecía una versión gigantesca de alta tecnología del estanque en ruinas que había visto en sus sueños, con esas dos masas oscuras sobresaliendo de cada lado. Mientras Jason miraba, la imagen en las pantallas cambió a la cara una mujer con los ojos cerrados. —Leo…— dijo nervioso. —La he visto— dijo Leo—. No me gusta, pero la he visto. Entonces las pantallas se oscurecieron. Los venti se arremolinaron juntos en una única nube y se deslizaron a través de la fuente, levantando un chorro de agua casi tan granes como los monolitos. Llegaron al centro, desprendiendo la tapa de drenaje y desaparecieron bajo tierra. —¿Se han ido por el desagüe? — preguntó Piper. —¿Cómo se supone que les debemos seguir? —Tal vez no deberíamos— dijo Leo—. Esa cosa de la fuente me está dando unas increíbles malas vibraciones. ¿Y no se supone que debemos rehuir de la tierra? Jason se sintió igual, pero tenían que seguirles. Era su única forma. Tenían que encontrar a Hera, y sólo tenían dos días hasta el solsticio. —Ponnos por el parque— sugirió—. Vamos a echar un vistazo a pie. Festus aterrizó en un área abierta entre el lago y el horizonte. En la señal ponía Grant Park, y Jason se imaginó que no habría habido otro lugar más bonito en verano, pero ahora era un campo de hielo, nieve y paseos con sal. El metal ardiendo del dragón siseó al aterrizar. Festus agitó sus alas con tristeza y escupió fuego al aire, pero nadie se dio cuenta. El viento que venía del lago era demasiado frío. Nadie con sentido común se metería ahí dentro. Los ojos de Jason se le hincharon tanto que casi no podía ver. Desmontaron, y Festus el dragón pisoteó la nieve. Uno de sus ojos de rubí parpadeó, y pareció haber guiñado un ojo. —¿Es eso normal? — preguntó Jason. Leo sacó un mazo de goma de su cinturón. Golpeó el ojo del dragón y la luz volvió a su normalidad. —Sí— dijo Leo—. Festus no puede quedarse aquí, en el centro del parque. Le detendrán por vagancia. Tal vez si tuviera un silbato para perros. Buscó en su cinturón, pero no salió nada. —¿Demasiado especializado? — supuso—. Está bien, dame un silbato de seguridad. Tienen muchos de esos en las tiendas de máquinas.

Esta vez, Leo sacó un gran silbato naranja de plástico. —¡El entrenador Hedge se pondría celoso! Vale, Festus, escucha. Leo sopló el silbato. El sonido estridente quizás atravesó todo el lago de Michigan. —Si oyes eso, ven y encuéntrame, ¿de acuerdo? Hasta entonces, vuela por dónde quieras. Intenta no hacer a la brasa a ningún peatón. El dragón resopló, con suerte, en agradecimiento. Entonces abrió sus alas y despegó. Piper caminó y dio un respingo. —¡Ah! —¿Tu tobillo? — Jason se sintió mal por haberse olvidado de su herida hecha en la fábrica de los cíclopes. —Ese néctar que te hemos dado podría estar perdiendo efecto. —Está bien— ella se estremeció, y Jason recordó haberla prometido conseguir un nuevo abrigo de snowboard. Esperó vivir lo suficiente para encontrarle uno nuevo. Dio unos pocos pasos más cojeando levemente, pero Jason no pudo decir si intentaba no hacer muecas. —Vamos a seguir a los vientos— sugirió. —¿Por el desagüe? — se estremeció Piper. —Suena acogedor. Se envolvieron lo mejor que pudieron y se dirigieron a la fuente. … De acuerdo con la placa, se llamaba Fuente de la Corona. Todo el agua se había vaciado excepto por unos pocos charcos que se habían comenzado a congelar. A Jason no le parecía que la fuente pudiera tener agua en invierno. Entonces otra vez, esas grandes pantallas mostraron la cara de su misteriosa enemiga la mujer de barro. Nada de aquel lugar estaba bien. Caminaron hacia el centro del estanque. Ningún espíritu les detuvo. Los monitores gigantes permanecieron apagados. El desagüe era lo suficientemente grande como para una persona, y la escalera de mantenimiento bajaba hacia la oscuridad. Jason fue primero. Mientras bajaba, se preparó para los horribles olores de las alcantarillas, pero no eran tan malos. La escalera bajaba por un túnel de ladrillo recorriendo de norte a sur. El aire era caliente y seco, con solo unhilo de agua por el suelo. Piper y Leo bajaron detrás de él. —¿Todos los desagües son así de bonitos? — se preguntó Piper. —No— dijo Leo—. Confía en mí. Jason frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes…? —Eh, tío, he huido de casa seis veces. He dormido en sitios muy raros, ¿de acuerdo? Ahora, ¿qué camino cogemos? Jason inclinó la cabeza, escuchando, y luego apuntó hacia el sur. —Por ahí. —¿Cómo puedes estar tan seguro? — preguntó Piper. —Hay una corriente de aire soplando al sur— dijo Jason—. Quizás los venti van con las corrientes de aire. No era demasiado fiable, pero nadie dijo nada mejor. Por desgracia, tan pronto como comenzaron a caminar, Piper tropezó. Jason tuvo que cogerla. —Estúpido tobillo— maldijo. —Descansemos— decidió Jason—. Nos irá bien a todos. No hemos descansado en un día. Leo, ¿podrías sacar comida de ese cinturón además de chicles de menta? —Creí que nunca lo preguntarías. ¡El chef Leo está en ello! Piper y Jason se sentaron en una cornisa de ladrillo mientras Leo rebuscaba en su cinturón. Jason se alegró al descansar. Seguía cansado y mareado, y también hambriento. Pero sobre todo, no estaba dispuesto a enfrentarse lo que estaba por venir. Jugueteó con la moneda dora en sus dedos. Si debes morir, Hera le advirtió, será por su mano. Quienquiera que fuera ella. Después de Quione, la madre cíclope y la extraña mujer durmiente, la última cosa que Jason necesitaba era otra villana psicótica en su vida. —No fue tu culpa— dijo Piper. Él la miro sin comprender. —¿Qué? —Ser noqueado por los cíclopes— dijo ella—. No fue tu culpa. Miró abajo hacia la moneda en su mano. —Fui un estúpido. Te dejé solo y en una trampa. Debería haber sabido… No terminó. Había demasiadas cosas que deberían haber sabido, quién era, cómo combatir a los monstruos, cómo los cíclopes atraían sus víctimas imitando voces y escondiéndose en las sombras

y otros cientos de trucos. Toda la información se suponía estar en su cabeza. Podía notar los huecos en los que deberían haber estado, como bolsillos vacíos. Si Hera quería que tuviera éxito, ¿por qué le habría robado los recuerdos que le podrían ayudar? Le había dicho que su amnesia le había mantenido con vida, pero no tenía sentido. Comenzaba a entender porqué Annabeth quería dejar a la diosa en su jaula. —Eh— Piper le dio un codazo en el brazo—. Córtate un poco. Sólo porque seas hijo de Zeus no significa que seas un ejército de un solo hombre. A unos metros de distancia, Leo encendió un fuego pequeño. Canturreaba mientras ponía las provisiones de nuevo en su cinturón y en su mochila. A la luz del fuego, los ojos de Piper parecían bailar. Jason había estado estudiándolos durante días y seguía sin poder decidir de qué color eran. —Sé que esto debe de ser un asco para ti— dijo—. No sólo la misión, me refiero. La forma en la que aparecí en el autobús, la niebla nublando tu mente, y haciéndote creer que yo era tu… ya sabes… Bajó la mirada. —Sí, ya. Ninguno lo quiso. No es tu culpa. Se tiró de las trenzas a cada lado de su cabeza. De nuevo, Jason estuvo contento de que la maldición de Afrodita hubiera desaparecido. Con el maquillaje y el vestido y el pelo perfecto, parecía tener unos veinticinco, glamurosa y completamente inusual en ella. Nunca había pensado en la belleza como una forma de poder, pero era la forma en la que Piper parecía… poderosa. Le gustaba más la Piper normal, alguien con quien podías pasar el tiempo. Pero lo raro era, no podía quitarse la imagen de la cabeza. Había sido una ilusión. Ese lado de Piper también estaba allí. Sólo había intentando ocultarlo de todas las formas posibles —Cuando estábamos en la fábrica— dijo Jason—, ibas a decir algo sobre tu padre. Toqueteó los ladrillos, casi como si estuviera escribiendo a gritos algo que no quería decir. —¿Ah, sí? —Piper— dijo—, tienes algún problema, ¿verdad? Por encima del fuego, Leo agitó algunos pimientos y carne en una sartén. —Oh sí, nena. Casi, casi. Piper parecía al borde de las lágrimas. —Jason… no puedo hablar sobre ello. —Somos tus amigos. Déjanos ayudarte.

Eso parecía hacerla sentir peor. Respiró hondo. —Ojalá pudiera, pero… —¡Y voilà! — anunció Leo. Apareció con tres platos puestos en sus brazos como si fuera un camarero. Jason no tenía ni idea de dónde había sacado toda la comida, ni cómo lo había cocinado todo tan rápido, pero era fascinante: pimientos y tacos de ternera con patatas fritas y salsa. —Leo— dijo Piper asombrada—, ¿cómo has? —El Garaje de Tacos del Chef Leo siempre dispuesto a arreglarte lo que quieras— dijo, orgulloso— . Y de todas formas, es tofu, no ternera, reina de la belleza, así que no te asustes. Simplemente, ¡híncale el diente! A Jason no le gustaba demasiado el tofu, pero los tacos sabían igual de bien que olían. Mientras comían, Leo intentó animarles y bromear. Jason se lo agradeció. Hizo relajar la situación entre Piper y él y hacerla un poco menos incómoda. Al mismo tiempo, sentía como si estuviera sólo con ella. Se reprendió a sí mismo por sentirse de esa manera. Después de que acabaron de comer, Jason animó a Piper que durmiera un poco. Sin decir nada más, se estiró y puso la cabeza sobre su regazo. En varios segundos estaba roncando. Jason miró a Leo, que intentaba no reírse. Estuvieron sentados en silencio unos minutos, bebiendo limonada que Leo tenía en su cantimplora. —¿Bueno, eh? — le susurró Leo. —Deberías abrir una tienda— dijo Leo—, harías fortuna, seguro. Pero mientras miraban las llamas en la hoguera, algo comenzó a molestarle. —Leo, todo eso del fuego… ¿es verdad? La sonrisa de Leo desapareció. —Sí, bueno… Abrió su mano, una pequeña bola de fuego se encendió en su mano, danzando por la palma. —Guay— dijo Jason—, ¿por qué no dijiste nada antes? Leo cerró su mano y el fuego se extinguió. —No quería parecer un bicho raro.

—Controlo el viento y los relámpagos. — le recordó—. Y Piper puede volverse guapa y hacer que la gente haga lo que ella quiera como darle su BMW. No eres un bicho raro. Y, eh, puede que también puedas volar. Saltando de un edificio y exclamando: ¡Llamas a mí! Leo sonrió. —Si hiciera eso, verías a un chico en llamas yendo directo a su muerte, y estaría gritando algo más fuerte que Llamas a mí. Confía en mí, la cabaña de Hefesto no cree que los poderes estos sean iguales de guay que tú lo ves. Nyssa me contó que son muy extraños. Cuando un semidiós como yo aparece, suceden cosas horribles. Realmente horribles. —Quizá sea al revés— sugirió Jason—. Quizá la gente con poderes aparecen cuando suceden cosas malas porque se les necesita de verdad. Leo lavó los platos. —Quizás. Pero ya te digo yo… no siempre es algo guay. Jason se calló. —Hablas de tu madre, ¿no? La noche en que murió. Leo no respondió. No tenía por qué. El hecho de que se callara, sin hacer ninguna broma, le dijo a Jason lo suficiente. —Leo, su muerte no fue tu culpa. Lo que pasara aquella noche, no fue porque pudieras invocar el fuego. La mujer de barro, quien quiera que fuera, ha intentado destruirte durante muchos años, derrumbar tu confianza, quitándote todo por lo que te preocupas. Intenta hacerte sentir como un error. Pero no lo eres. Eres importante. —Es lo que dijo ella— Leo miró hacia arriba, sus ojos estaban llenos de dolor—. Dijo que estaba destinado a hacer grandes cosas, cosas importantes, algo que podría decidir el destino de la gran profecía sobre los siete semidioses. Eso es lo que me asusta. No sé si estoy listo para ello. Jason quiso decirle que todo iría bien, pero sonaría falso. Jason no sabía lo que iba a suceder. Eran semidioses, lo que significaba que a veces las cosas no terminaban bien. Algunas veces eran comidos por cíclopes. Si preguntarás a la mayoría de chavales si quisieran convocar el fuego o tener un maquillaje mágico, ellos estarían encantados de poder tener esos poderes. Pero los grandes poderes, conllevaban grandes responsabilidades, como estar sentado en un desagüe en pleno invierno, huyendo de monstruos, perdiendo tu memoria, viendo tus amigos ser cocinados, y tener sueños que te alertan de tu propia muerte. Leo toqueteó lo que quedaba de la hoguera, cogiendo los carbones ardientes con sus manos desnudas.

—¿Has pensado en los otros cuatro semidioses? Me refiero a que… si hay otros cuatro semidioses que forman parte de la gran profecía, ¿dónde están? ¿Quiénes son? Jason había pensado en ello, sí, pero había intentado no hacerlo demasiado. Tenía una horrible sospecha que hubiera tenido que liderar a los otros semidioses, y tenía miedo de fallar. Los macharás a cada uno por separado, le prometió Bóreas. Jason había sido entrenado para no mostrar nunca miedo. Estaba seguro de ello de su sueño con los lobos. Se suponía que debía parecer confiado, pero ni siquiera lo sentía. Pero Leo y Piper dependían de él, y estaba aterrorizado de fallarles. Si tuviera que liderar a un grupo de seis, seis que quizá no se llevaran bien, podría ser incluso peor. —No lo sé— dijo al fin—. Supongo que los otros cuatro aparecerán a su debido tiempo. ¿Quién sabe? Quizá están en otra misión ahora mismo. —Me apuesto a que su desagüe es más bonito que el nuestro. — gruñó Leo. La corriente de aire subió, soplando hacia el final sur del túnel. —Descansa un poco, Leo— dijo Jason—. Haré la primera guardia. Fue difícil contar el tiempo, pero Jason supuso que sus amigos durmieron durante cuatro horas. A Jason no le importó. Ahora que estaba descansando, no sintió la necesidad de dormir. Había estado ya bastante indispuesto volando con el dragón. Además, necesitaba tiempo para pensar sobre la misión, su hermana Thalia, y las alertas de Hera. Tampoco le importaba que Piper le usara de almohada. Respiraba de una forma muy bonita cuando dormía, inhalando por la nariz y exhalando con un suave resoplido por la boca. Se sintió un poco decepcionado cuando despertó. Finalmente se levantaron y comenzaron a andar por el túnel. Giraba y se retorcía y parecía ser infinito. Jason no estaba seguro de qué se podrían esperar al final: una mazmorra, el laboratorio de un científico chiflado o incluso quizá una reserva del desagüe dónde habría acabado yendo la mezcla de retretes portátiles, creando una gigantesca cara malvada que se podría tragar el mundo. En su lugar, encontraron las puertas de acero de un ascensor, cada una tenía grabada una M cursiva. Al lado del ascensor había una guía, como la de unos grandes almacenes. —¿M de Macy’s? — adivinó Piper—. Creo que hay uno en el centro de Chicago. —¿O Monocle Motors? — dijo Leo—. Chicos, leed la guía. Está todo mezclado. —¿Perrera para qué? — dijo Piper. —¿Y qué tipo de grandes almacenes tiene su entrada en un desagüe? —O vende pociones — dijo Leo—. Tío, ¿qué es ‘Artículos diversos’? ¿Venden ropa interior?

Jason respiró hondo. —Ante la duda, debemos ir a mirar. *** Las puertas se abrieron en la cuarta planta, y una esencia de perfume invadió el ascensor. Jason salió primero, espada en mano. —Chicos— dijo—, tenéis que ver esto. Piper salió y contuvo el aliento. —Esto no es Macy’s. Los grandes almacenes parecían estar metidos en un calidoscopio. El techo estaba hecho de mosaicos con cristales con símbolos astrológicos alrededor de un sol gigante. La luz del sol entraba a través y lo bañaba todo con miles colores distintos. Los pisos superiores formaban un anillo de balcones alrededor de un enorme atrio central, de tal forma que se podían ver todos los grandes almacenes hasta la planta baja. Unas verjas doradas brillaban con tanta fuerza que dolían a la vista. A excepción del techo de cristales de colores y el ascensor, Jason no vio ninguna otra ventana o salida, pero dos pares de escaleras mecánicas de cristal atravesaban los pisos. La moqueta era una mezcla de estampados orientales y de colores, y los estantes de productos eran aún más extraños. Había miles de cosas variadas, pero Jason vio cosas normales como estantes de camisetas y zapatos entremezclados con maniquíes de armaduras, camas de tachuelas, y abrigos de piel que parecían moverse. Leo caminó hasta el borde y miró hacia abajo. —Mirad esto. En el medio del atrio se alzaba una fuente que expulsaba agua seis metros en el aire, cambiando de color del rojo al amarillo al azul. El estanque brillaba con monedas doradas, y a cada lado de la fuente habían jaulas, como si fueran jaulas de canario a tamaño humano. Dentro de una, un huracán en miniatura se removía y brilló un relámpago. Alguien habría capturado los espíritus de la tormenta, y la jaula se removía como si intentaran salir. En la otra, congelado como una estatua, había un bajito y regordete sátiro, sujetando una vara hecha con la rama de un árbol. —¡Entrenador Hedge! — dijo Piper—. Tenemos que sacarle de ahí. Una voz dijo: —¿Puedo ayudarles en algo?

Una mujer apareció delante de ellos. Vestía un vestido negro elegante con joyas de diamante, como si fuera una modelo retirada, quizá de cincuenta años, aunque era difícil de decir. Su largo pelo oscuro reposaba sobre un hombro, y su cara era preciosa como si fuera una súper-modelo, delgada y aguileña y fría, casi inhumana. Con sus largas uñas pintadas de rojo sus dedos parecían garras. Sonrió. —Me complace ver nuevos clientes. ¿Cómo os podría ayudar? Leo miró a Jason como diciendo: toda tuya. —Eh…— comenzó Jason—. ¿Esta es tu tienda? La mujer negó con la cabeza. —La encontré abandonada, ya sabes. Entiendo que hayan muchas hoy en día. Decidí que sería el lugar perfecto. Me encanta coleccionar objetos maravillosos, ayudar a la gente, y ofrecer artículos de calidad a un precio razonable. Así que esto me pareció una buena… cómo decirlo… primera adquisición en este país. Hablaba con un acento agradable, pero Jason no supo decir de dónde. Era evidente que no era hostil. Jason comenzó a relajarse. La voz de la mujer era rica y exótica, Jason quiso escucharla más. —¿Eres nueva en América? — preguntó. —Soy… nueva— coincidió la mujer—. Soy la princesa de la Cólquida. Mis amigos me llaman Su Alteza. ¿Qué buscáis? Jason había oído hablar de ricos extranjeros comprando grandes almacenes americanos. Pero estaba seguro de que la mayoría no venderían pociones, abrigos de piel vivientes, espíritus de las tormentas, o sátiros, pero aún así, con una voz tan dulce como esa, la princesa de la Cólquida no podía ser mala. Piper le agarró por las costillas. —Jason… —Em… De acuerdo. En realidad, su alteza…— señaló la jaula de la primera planta—. Ese es nuestro amigo, Gleeson Hedge. El sátiro. ¿Podríamos tenerle de vuelta, por favor? —Por supuesto. — la princesa accedió de inmediato—. Me encantaría mostraros mis productos. Primero, ¿podría saber vuestros nombres? Jason vaciló. Parecía mala idea decirles sus nombres. Un recuerdo salió a la luz, algo de lo que Hera le había advertido, pero era difuso. Por otra parte, su alteza, estaba dispuesta a ayudar. Si pudieran obtener lo que buscaban sin luchar, mucho mejor. Además, la mujer no parecía una enemiga.

Piper comenzó a decir: —Jason, yo no… —Esta es Piper— dijo—. Este es Leo. Yo soy Jason. La princesa fijó sus ojos en él, y por un momento, su cara brilló literalmente, resplandeciendo con furia, Jason pudo ver su calavera debajo de su piel. La mente de Jason estaba borrosa, pero supo que algo iba mal. Una vez acabó, su alteza pareció de nuevo una mujer normal, con una sonrisa cordial y una suave voz. —Jason. Un nombre muy interesante. — dijo, con sus ojos tan fríos como el viento de Chicago—. Creo que tendremos un trato muy especial para vosotros. Venid, chicos. Vamos de compras.

CAPÍTULO XXVII PIPER
PIPER QUISO CORRER AL ASCENSOR. Su segunda opción: atacar la princesa rara ya, porque estaba segura de que se acercaba una lucha. La forma en la que la mujer había brillado cuando había oído el nombre de Jason había sido lo suficientemente sospechoso. Ahora Su Alteza sonreía como si nada hubiera sucedido, y Jason y Leo no parecían que hubiera sido algo malo. La princesa señaló hacia el mostrador de cosméticos. —¿Comenzamos por las pociones? —Genial— dijo Jason. —Chicos— les interrumpió Piper—, estamos aquí para llevarnos los espíritus y el entrenador Hedge. Si esta princesa, es amiga nuestra de verdad… —Oh, soy mucho más que una amiga, querida— dijo Su Alteza—. Soy una vendedora— sus diamantes brillaron, y sus ojos refulgieron como los de una serpiente, fríos y oscuros—. No os preocupéis. Nos dirigiremos hacia el primer piso. Leo asintió fervientemente. —¡Seguro! Eso suena genial, ¿no, Piper? Piper intentó por todas las formas posibles de decirle con la mirada: ¡No, por supuesto que no es genial! —Por supuesto que es genial. — Su Alteza puso las manos sobre los hombros de Leo y Jason y les empujó hacia los cosméticos. —Venid, muchachos. Piper no tuvo mucha elección más que seguirles. Odiaba los grandes almacenes, en parte porque la habían cogido robando en muchos de ellos. Bueno, no exactamente la habían cogido y tampoco exactamente robando. Le dijo a los vendedores de darle ordenadores, botas nuevas, un anillo de oro e incluso, una vez, un cortacésped, aunque no tenía ni idea de para qué iba a usarlo. Nunca se quedaba con nada. Sólo lo hacía para tener la atención de su padre. Normalmente se lo daba al cartero de su barrio para que lo devolviera todo. Pero por supuesto, todos los vendedores acababan volviendo en sí y llamaban a la policía, los cuales normalmente la detenían. De todas formas, no estaba emocionada de volver a unos grandes almacenes, especialmente uno llevado por una princesa loca que brillaba en la oscuridad. —Y aquí — dijo la princesa—, está el mejor surtido de mezclas mágicas de todas partes. El mostrador estaba repleto de vasos de precipitados burbujeantes y frascos humeantes en trípodes. Abarrotando los estantes habían petacas de cristal, algunos con forma de cisne o de

ositos. Los líquidos que contenían eran de todos los colres, de un blanco brillante a un rojo polca moteado de blanco. Y los olores, ¡bej! Algunos eran agradables, como unas galletas recién horneadas o unas rosas, pero estaban mezclados con esencias de cenizas, espray de mofetas y vestuarios de gimnasio. La princesa señaló un frasco de color rojo sangre, un simple frasquito con un tapón de corcho. —Este puede curar cualquier enfermedad. —¿Incluso el cáncer? — preguntó Leo—. ¿La leprea? ¿Los padrastros? —Cualquier enfermedad, cielo. Y este frasco— señaló a un recipiente con forma de cisne con un líquido azul en su interior—, puede matar de la forma más dolorosa que puedas imaginar. —Increíble— dijo Jason. Su voz sonaba aturdida y adormecida. —Jason— dijo Piper—. Tenemos trabajo que hacer. ¿Te acuerdas? — intentó ponerle poder en sus palabras, para sacarle del trance con su encandilamiento, pero su voz sonó débil incluso para ella. La princesa le asustaba demasiado, hacía derrumbarse su confianza, cómo si estuviera de nuevo en la cabaña de Afrodita delante de Drew. —Trabajo que hacer— murmuró Jason—. Sí. Pero primero de compras, ¿vale? La princesa sonrío. —Y tenemos pociones resistentes al fuego… —De esas estoy cubierto— dijo Leo. —¿Sí? — la princesa examinó detenidamente la cara de Leo más cerca—. No parece que lleves mi marca de bronceador… pero no importa. Tenemos pociones que provocan ceguera, locura, sueño o… —Espera— Piper seguía mirando el frasco rojo—. ¿Puede esta poción curar la pérdida de memoria? La princesa cerró los ojos. —Es posible. Sí. Muy posible. ¿Por qué, cariño? ¿Has olvidado algo importante? Piper intentó mantener su expresión neutral, pero si ese frasco podría curarle la memoria a Jason… ¿De verdad quería eso? se preguntó a sí misma. Si Jason descubría quién era, quizá no fuera más su amigo. Hera le había robado sus recuerdos por una buena razón. Le había dicho que había sido la única forma gracias a la que había sobrevivido en el Campamento Mestizo. ¿Qué pasaba si Jason era su enemigo, o algo? Podría recuperarse de su amnesia y decidir que odiaba a Piper. Podría tener una novia de dónde fuera que viniera. No importa, decidió, lo que le sorprendió. Jason siempre parecía tan angustiado cuando intentaba

recordar. Piper odiaba verle de esa manera. Quería ayudarle por todo lo que había hecho por ella, incluso aunque eso significara perderle. Y quizá eso haría que el viaje a través de los almacenes de la princesa chiflada valiera la pena. —¿Cuánto? — preguntó Piper. La princesa la atravesó con la mirada. —Bueno… El precio es delicado. Me encanta ayudar a la gente. Honestamente, lo hago. Y siempre mantengo mis acuerdos, pero algunas veces la gente intenta engañarme— su mirada se centró en Jason—. Una vez conocí a un joven apuesto que quería un tesoro del reino de mi padre. Hicimos un trato, y prometí ayudarle a robarlo.

—¿De tu propio padre? — Jason continuaba mirándola en trance, pero la idea pareció molestarle. —Oh, no te preocupes— dijo la princesa—. Le pedí a cambio un alto precio. El joven tuvo que llevarme con él. Era apuesto, fuerte, valeroso…— miró a Piper—. Estoy segura, querida, que me entiendes de cómo una puede sentirse atraída por un héroe así, y cómo quieres desesperadamente ayudarle. Piper intentó controlar sus emociones, pero posiblemente estaba sonrojada. Tenía la horrible sensación de que la princesa pudiera leer sus pensamientos. También sintió la historia de la mujer molestamente familiar. Fragmentos de mitos antiguos que había leído con su padre comenzaban a juntarse, pero la mujer no podría ser quién creía que era. —En todo caso— Su Alteza continuó—, mi héroe tenía que hacer varias tareas imposibles y no miento cuando digo que no podría haberlas hecho sin mi ayuda. Traicioné mi propia familia para hacerle ganar su premio. Y aún así me engañó con el pago. —¿Engañar? — Jason frunció el ceño, como si intentara recordar algo importante. —Es lioso— dijo Leo. Su Alteza le acarició la mejilla con cariño. —Estoy segura de que no tienes nada de qué preocuparte, Leo. Pareces noble. Siempre puedes pagar un precio justo, ¿verdad? Leo asintió con un movimiento de cabeza. —¿Qué estábamos comprando de nuevo? Me llevaré dos. Piper le interrumpió. —Así que, el frasco, Su Alteza… ¿cuánto?

La princesa echó un vistazo a las ropas de Piper, su cara, su postura, como si le estuviera poniendo un precio a una desgastada semidiosa. —¿Darías lo que fuera, querida? — preguntó la princesa—. Presiento que sí. Las palabras barrieron a Piper como una ola gigantesca. La fuerza de sus palabras casi la hizo tambalearse. Quería pagarlo a cualquier precio. Quería decir que sí. Entonces su estómago se revolvió. Piper se dio cuenta de que estaba siendo encandilada. Había notado algo parecido, tiempo atrás, en la hoguera del campamento cuando Drew habló, pero era cientos de veces más potente. No era de extrañar que sus amigos estuvieran en trance. ¿Era así como se sentía la gente cuando Piper les encandilaba? Un sentimiento de culpa le invadió. Se concentró en ponerle el mismo ímpetu a sus palabras. —No, no pagaré cualquier precio. Pero un precio justo, sí, quizás. Después de esto, nos iremos. ¿Verdad, chicos? Por un momento, sus palabras parecieron surgir efecto. Los chicos parecían confusos. —¿Irnos? — dijo Jason. —¿Te refieres… después de comprar? —preguntó Jason. Piper quería gritar, pero la princesa inclinó la cabeza, examinando a Piper como si la viera por primera vez. —Impresionante— dijo la princesa—. No muchas personas se pueden resistir a mis sugerencias. ¿Eres hija de Afrodita, querida? Ah, sí, debería haberlo supuesto. No importa. Quizás podemos comprar un poco más hasta que decidas qué hacer. —Pero el frasco… —Ahora, chicos, — se volvió a Jason y Leo. Su voz sonaba mucho más poderosa que la de Piper, llena de confianza. Piper no tuvo oportunidad—. ¿Queréis ver más? —Claro— dijo Jason. —De acuerdo. — dijo Leo. —Excelente— dijo la princesa—. Necesitaréis toda la ayuda posible si vais a la Zona de la Bahía. La mano de Piper se movió hacia la daga. Recordó sus sueños en lo alto de la montaña, la escena que Encélado le había mostrado, un lugar que conocía, dónde se suponía que traicionaría a sus amigos en dos días. —¿La Zona de la Bahía? — dijo Piper—. ¿Por qué la Zona de la Bahía? La princesa sonrió.

—Bueno, es ahí dónde van a morir, ¿no? Les guió hacia las escaleras mecánicas, Jason y Leo seguían emocionados por comprar.

CAPÍTULO XXVIII PIPER
PIPER ARRINCONÓ A LA PRINCESA mientras Jason y Leo comprobaban unos abrigos de piel vivientes. —¿Quieres hacerles comprar para sus muertes? — preguntó Piper. —Mmm…—la princesa le quitó el polvo a unos estantes en los que habían espadas—. Soy vidente, querida. Conozco tu pequeño secreto. Pero no queremos discutir sobre ello, ¿verdad? Los chicos se lo están pasando en grande. Leo rio mientras se probaba lo que parecía ser una piel de mapache encantado. Su cola anillada se retorcía, y sus pequeñas patas caminaban mientras Leo andaba. Jason se comía con los ojos la ropa de deportes para hombres. ¿Chicos interesados en comprar ropa? Un signo absoluto de que estaban debajo de un hechizo malévolo. Piper miró a la princesa. —¿Quién eres? —Te lo he dicho, querida. Soy la princesa de la Cólquida. —¿Dónde está la Cólquida? La expresión de la mujer se entristeció. —Dónde estaba la Cólquida, querrás decir. Mi padre mandaba sobre las lejanas costas del Mar Negro, tan hacia el este como un barco griego pudiera navegar en aquellos días. Pero la Cólquida dejó de existir… hace eones. —¿Eones? —preguntó Piper. La princesa parecía no tener más de cincuenta, pero un mal presentimiento comenzó a invadir a Piper, algo que el Rey Bóreas había mencionado en Quebec. —. ¿Cuántos años tienes? La princesa rió. —Una dama evita responder esas preguntas. Simplemente digamos que… el proceso de inmigración para entrar en vuestro país me llevó un poco más de la cuenta. Mi patrona finalmente me trajo aquí. Hizo todo lo posible. — la princesa señaló hacia todos los grandes almacenes. La boca de Piper le sabía a metal. —Tu patrona… —Oh, sí. No trae a cualquiera, claro. Sólo a aquellos que tenemos talentos especiales, como yo. Y me convenció con tan poco: la entrada de la tienda tendría que estar bajo tierra para que pudiera

controlar mi clientela, un favor aquí y otro allí. ¿A cambio de una nueva vida? Ha sido el mejor trato que he hecho en siglos. Huye, pensó Piper, tenemos que salir de aquí. Pero antes de que pudiera convertir sus pensamientos en palabras, Jason les llamó. —Eh, ¡mirad esto! De un montón de ropa desordenada, sacó una camiseta morada como la que vestía en la excursión al Gran Cañón, excepto que aquella camiseta parecía haber estado arañada por tigres. Jason frunció el ceño: —¿Por qué me resulta tan familiar? —Jason, es como la tuya— dijo Piper—. Ahora tenemos que irnos. Pero no estaba segura de que le oyera a través del encantamiento de la princesa. —Imposible— dijo la princesa—. Los chicos no están listos. Y sí, querida. Esas camisetas son muy populares, ropa de segunda mano de clientes anteriores. Te favorece. Leo encontró una camiseta naranja del Campamento Mestizo con un agujero en el medio, como si hubiera sido atacada con una jabalina. A su lado había un escudo dentado de bronce arañado y oxidado con… ¿ácido?, y una toga romana hecha jirones y manchada con algo que parecía sangre seca. —Su Alteza— dijo Piper, intentando controlar sus nervios—. ¿Por qué no les hablas a los chicos de cómo traicionaste a tu familia? Estoy segura de que les encantaría escuchar la historia. Sus palabras no tuvieron ningún efecto en la princesa, pero los chicos se giraron, interesados. —¿Más historia? — preguntó Leo. —¡Me encantaría más historia! — coincidió Jason. La princesa miró a Piper irritada. —Oh, una puede hacer cosas increíbles por amor, Piper. Lo sabes. Lo hice por ese héroe, de hecho, porque tu madre Afrodita me hechizó. Si no hubiera sido por ella… pero no puedo enfrentarme a una diosa, ¿verdad? El tono de la princesa significó claramente: Pero me puedo enfrentar a ti. —Pero ese héroe te llevó consigo cuando abandonó la Cólquida— recordó Piper—. ¿No es así, Su Alteza? Se casó contigo como prometió. La mirada de la princesa hizo que Piper se quisiera disculpar, pero no se rindió.

—Al principio— admitió Su Alteza—, parecía que quisiera mantener su palabra. Pero incluso después de haberle ayudado a robar el tesoro de mi padre, seguía necesitando mi ayuda. Mientras navegábamos, la flota de mi hermano venía detrás de nosotros. Sus barcos nos abordaron. Nos habría destruido, pero convencí a mi hermano de venir primero a nuestro barco y hablar en una tregua. Confió en mí. —Y mataste a tu hermano— dijo Piper, la terrible historia le estaba viniendo entera, con un nombre, un nombre infame que comenzaba por la letra M. —¿Qué? — Jason exclamó. Por un momento volvió a parecer él mismo. — Matastea tu propio… —No— chasqueó la princesa—. Todo eso es mentira. Fue mi marido y sus hombres quienes mataron a mi hermano, aunque no lo hubieran hecho si yo no se lo hubiera permitido. Lanzaron su cuerpo al mar, y su flota tuvo que detenerse y buscar el cadáver para poderle darle el entierro que se merecía. Esto nos dio tiempo para huir. Todo eso, hice por mi marido. Y se olvidó de nuestro trato. Me traicionó al final. Jason seguía pareciendo incómodo. —¿Qué hizo? La princesa sostuvo la toga hecha jirones contra el pecho de Jason, como si se la quisiera probar. —¿No conoces la historia, querido? Tú entre todos deberías. Te llamaron así por él. —Jasón—dijo Piper—. En inglés es Jason, Jasón el antiguo héroe griego. Pero entonces… ¡deberías estar muerta! La princesa sonrió. —Cómo he dicho, una nueva vida en un nuevo país. En realidad he cometido errores. Volví a mi patria. Me llamaron traidora, ladrona, mentirosa, criminal. Pero lo hice por amor. Se giró hacia los chicos y les echó un vistazo, parpadeando. Piper pudo sentir la brujería barriéndoles, tomando un control incluso más fuerte sobre ellos. —¿No haríais lo mismo por amor, queridos? —Oh, seguro— dijo Jason. —Claro— dijo Leo. —¡Chicos! — Piper hizo sus dientes con frustración— ¿No veis quién es? ¿No…? —Continuemos— dijo la princesa rápidamente—. Estoy segura de que queréis ponerle un buen precio a los espíritus de las tormentas… y al sátiro. Leo se distrajo en el segundo piso con los cachivaches.

—Imposible— dijo —. ¿Eso es una forja de armería? Antes de que Piper pudiera pararle, salió de la escalera mecánica y corrió hacia un horno ovalado que parecía una barbacoa con esteroides. Cuando llegaron a su altura, la princesa dijo: —Tienes un buen gusto. Este es el H-2000, diseñado por el propio Hefesto. Lo suficientemente caliente como para derretir el bronce celestial y el oro imperial. Jason se giró como si hubiera reconocido esas palabras: —¿Oro imperial? La princesa asintió. —Sí, querido. Como esa arma inteligentemente oculta en tu bolsillo. Para ser forjado correctamente, el oro imperial debe ser consagrado en el Templo de Júpiter en la Colina Capitolina en Roma. Un metal poderoso y raro, pero como los emperadores romanos, bastante volátil. Asegúrate de nunca romper la hoja— sonrió con orgullo—. Roma vino después de mí, por supuesto, pero he oído historias. Y ahora por aquí, este trono de oro es uno mis productos de lujo favoritos. Hefesto lo hizo a su madre Hera como castigo. Sentaos en él y seréis capturados de inmediato. Aparentemente Leo tomó esto como una orden porque comenzó a andar hacia el trono en trance. —Leo, ¡no! — le advirtió Piper. Parpadeó. —¿Cuánto por ambos? —Oh, el trono te lo dejo por cinco grandes hazañas. La forja, por siete años de servicio. Y por un poco de tu fuerza… Atravesó la sección de cachivaches con Leo, dándole precios por distintos productos. Piper no quería dejarle solo, pero tenía que intentar hacer a Jason razonar. Le apartó y le dio una bofetada. —Oh— murmuró adormecido—. ¿Por qué has hecho eso? —¡Despierta! — susurró Piper. —¿Qué dices? —Te está encandilando. ¿No lo notas? Frunció el ceño. —Parece simpática.

—No es simpática. Ni siquiera debería estar viva. Se casó con Jasón, el héroe griego, hace tres mil años. Recuerda lo que dijo Bóreas, algo sobre que las almas no estarían confinadas más en el Hades. No es sólo los monstruos los que no pueden morir. ¡Ella ha vuelto del Inframundo! Jason negó con la cabeza. —No es un fantasma. —Claro que no, es algo mucho peor. Es… —Niños— la princesa había vuelto con Leo—. Si fuerais tan amables, vamos a ver lo que habéis venido a hacer aquí. ¿Es lo que queréis, no es así? Piper tuvo que contener un grito. Estuvo a punto de sacar su daga y enfrentarse a la bruja por ella misma, pero no tenía demasiadas oportunidades, no en medio de los grandes almacenes de Su Alteza mientras sus amigos estaban bajo un hechizo. Piper ni siquiera estaba segura de si podría ganarla en una batalla. Por primera vez, Piper se vio por primera vez dos relojes de sol, cada uno del tamaño de un trampolín, colocados en el suelo de la primera planta al norte y al sur de la fuente. Las jaulas estaban situadas al este y al oeste, y la más lejana contenía los espíritus. Estaban tan contenidos ahí dentro, que daban vueltas como un tornado súper-concentrado. Piper no podría decir cuántos había allí, una docena, al menos. —Eh— dijo Leo—. El Entrenador Hedge parece estar bien. Corrieron hacia la jaula más cercana. El viejo sátiro parecía haber sido petrificado en el momento en que fue abducido por encima del Gran Cañón. Estaba congelado a medio gritar, con su vara alzada por encima de su cabeza como si estuviera gritando a la clase de Educación Física que dieran cincuenta vueltas al patio. Su pelo rizado apuntaba a distintos ángulos. Si Piper se hubiera concentrado en ciertos detalles, el polo naranja brillante, la pequeña barbita de chivo, el silbado alrededor de su cuello, podría imaginarse al Entrenador Hedge de nuevo en su forma molesta de siempre. Pero era difícil ignorar los cuernos retorcidos en su cabeza y el hecho de que tenía unas peludas patas de cabra y pezuñas en lugar de pantalones y sus Nikes. —Sí— dijo la princesa—. Siempre mantengo mis productos en óptimas condiciones. Podemos hacer un trueque a cambio de los espíritus y el sátiro. Un pack ideal. Y si nos ponemos a tirar la casa por la ventana, podemos añadir el frasco de poción curativa, y podéis ir en paz. Le hizo una mirada perspicaz a Piper. —Eso es mejor que cualquier disgusto, ¿verdad, cariño? No te fíes, le alertó una voz en su cabeza. Si Piper tenía razón sobre la identidad de la dama, nadie podría irse en paz. Un trato justo era imposible. Todo era un truco. Pero sus amigos la miraban, asintiendo con urgencia y balbuceando: ¡Di que sí! Piper necesitaba más tiempo para pensar. —Podemos negociar— dijo.

—¡Claro! — coincidió Leo—. Di el precio. —¡Leo! — le paró Piper. La princesa parpadeó. —¿Que diga el precio? Quizá no es la mejor estrategia, querido, pero al menos conoces el valor de las cosas. La libertad es muy valiosa, de hecho. Podrías pedirme que libere al sátiro, que atacó a mis espíritus… —Que a su vez nos atacaron a nosotros. —intervino Piper. Su Alteza se encogió de hombros. —Como he dicho, mi patrona me pide pequeños favores de vez en cuando. Enviar estos espíritus para abduciros, es uno de ellos. Te puedo asegurar que no era nada personal. Y no ha pasado nada, porque, habéis acabado viniendo aquí, por vuestro propio pie. De todas formas, quieres al sátiro libre, y quieres mis espíritus, que son unos sirvientes muy valiosos, para devolvérselos a ese tirano de Eolo. No parece demasiado justo, ¿verdad? El precio será alto. Piper pudo ver a sus amigos preparados para ofrecer cualquier cosa, prometerle cualquier cosa. Antes de que pudieran hablar, jugó su última carta. —Eres Medea—dijo—. Ayudaste al héroe griego Jasón a robar el Vellocino de Oro. Eres una de las mayores villanas crueles de la mitología griega. Jason, Leo, no os fieis de ella. Piper puso toda la intensidad que pudo reunir en esas palabras. Era completamente sincera, y parecía haber tenido efecto. Jason se apartó de la hechicera. Leo se rascó la cabeza y miró a su alrededor como si se hubiera despertado de un sueño. —¿Qué estamos haciendo? —¡Chicos! — la princesa abrió los brazos como si quisiera un abrazo. Su joyería de diamante brilló, y sus uñas pintadas parecían garras manchadas de sangre. —Es verdad. Soy Medea. Pero fui malentendida. Oh, Piper, cielo, no sabes lo que era ser mujer en aquellos días. No teníamos poder, ni derechos. A menudo ni siquiera podíamos escoger a nuestros maridos. Pero yo era distinta. Escogí mi propio destino siendo una hechicera. ¿Estuvo mal? Hice un pacto con Jasón: mi ayuda para conseguir el vellocino, a cambio de su amor. Un trato justo. ¡Se convirtió en un héroe famoso! Sin mí, habría muerto en el anonimato en las costas de la Cólquida. Jason la miró con el ceño fruncido. —Entonces… ¿moriste hace tres mil años? ¿Has vuelto del Inframundo? —La muerte no me sujeta más, joven héroe— dijo Medea—. Gracias a mi patrona, soy de carne y hueso de nuevo.

—¿Te has re… rehecho? — parpadeó Leo—. ¿Cómo un monstruo? Medea estiró los dedos, y una vapor silbó de sus uñas, como agua fría puesta encima de acero ardiendo. —No tenéis ni idea de lo que sucede, ¿verdad? Es algo mucho más grande que un puñado de monstruos del Tártaro. Mi patrona sabe que los gigantes y los monstruos no son sus mayores sirvientes. Soy mortal. Aprendo de mis errores. Y ahora que he vuelto a la vida, no volveré a ser engañada de nuevo. Ahora, aquí tenéis el precio por lo que pedís. —Chicos— dijo Piper—. Jasón abandonó a Medea porque estaba loca y sedienta de sangre. —¡Mentira! — dijo Medea. —Volviendo de la Cólquida, el barco de Jasón atracó en otro reino, y Jasón accedió abandonar a Medea y casarse con la hija del rey. —¡Después de dar a luz a dos hijos! — dijo Medea—. ¡Rompió su promesa! Os lo pregunto a vosotros, ¿eso estuvo bien? Jason y Leo negaron con sus cabezas dubitativos, pero Piper no dudó. —Quizá no estuvo bien— dijo—, pero tampoco lo estuvo la venganza de Medea. Asesinó a sus dos hijos para hacer volver a Jasón. Envenenó su nueva mujer y huyó del reino. Medea gruñó. —¡Una invención para arruinar mi reputación! La gente de Corinto, asquerosa muchedumbre, mató a mis hijos y me expulsaron del reino. Jasón no hizo nada para protegerme. Me arrebató todo. Así que sí, volví a palacio y envenené a su querida nueva esposa. Era lo justo. —Estás loca— dijo Piper. —¡Soy una víctima! —gimió Medea—. Morí con mis sueños destrozados, pero por mucho tiempo más. Sé que no puedo confiar en los héroes. Cuando vienen en busca de tesoros, deben pagar un duro precio. Especialmente cuando el que me lo pide tiene el mismo nombre que Jasón. La fuente se volvió de un rojo brillante. Piper agarró su daga, pero su mano temblaba demasiado para sujetarla. —Jason, Leo. Nos vamos, YA. —¿Antes de cerrar el trato? — preguntó Medea—. ¿Qué hay de vuestra misión, chicos? Mi precio es sencillo. ¿Sabíais que esta fuente es mágica? Si un hombre muerto es introducido en ella, aunque esté cortado a pedazos, saldría rejuvenecido, más fuerte y más poderoso que nunca. —¿De verdad? — preguntó Leo.

—Leo, está mintiendo— dijo Piper—. Hizo lo mismo con alguien tiempo atrás, con un rey, creo. Convenció a sus hijas de cortarle a trozos para que saliera del agua rejuvenecido y sano de nuevo, ¡pero sólo le mataron! —Mentira— dijo Medea, y Piper pudo oír el poder en cada sílaba—. Leo, Jason, mi precio es simple. ¿Por qué no lucháis? Si sois heridos, o incluso acabáis muertos, no hay ningún problema. Simplemente os lanzamos al interior de la fuente y saldréis mejor que nunca. Queréis luchar, ¿verdad? Sacar vuestros resentimientos. —¡Chicos, no! — dijo Piper. Pero ellos ya estaban mirándose el uno al otro, como si acabaran de decir lo que en realidad sentían el uno por el otro. Piper no se había sentido nunca más inútil. Ahora entendía lo que era la brujería. Siempre habría creído que la magia significaba varitas y bolas de fuego, pero esto era peor. Medea no solo usaba pociones y venenos. Su mayor arma era la voz. Leo retrocedió. —Jason siempre es la estrella. Siempre obtiene la atención y siempre lo da todo por hecho. —Eres molesto, Leo— dijo Jason—. No te tomas nada en serio. Ni siquiera puedes arreglar un dragón. —¡Basta! — rogó Piper, pero ambos empuñaron sus armas: Jason su espada dorada y Leo un martillo de su cinturón. —Déjales, Piper— urgió Medea—. Te estoy haciendo un favor. Deja que suceda ahora, y hará tu elección mucho más fácil. Encélado estará agradecido. Podrías tener a tu padre de vuelta hoy mismo. El encandilamiento de Medea no funcionaba en ella, pero la hechicera parecía tener una voz muy convincente. ¿Su padre de vuelta hoy mismo? A pesar de sus mejores intenciones, Piper quería eso. Quería tanto que su padre volviera, que le dolía. —Trabajas para Encélado— dijo. Medea rió. —¿Servir a un gigante? No. Pero todos servimos a una causa mayor, una patrona que no puede ser desafiada. Vete, hija de Afrodita. Esta no tiene que ser tu muerte. Sálvate y tu padre puede ir en paz. Leo y Jason seguían uno delante del otro, preparados para luchar, pero no parecían convencidos y estaban confusos, esperando a otra orden. Una parte de ellos se resistía, supuso Piper. Esto era completamente antinatural. —Escúchame, niña. — Medea arrancó un diamante de su brazalete y lo lanzo a la fuente de agua. Al atravesar la luz multicolor, Medea dijo:

—Oh Iris, diosa del arcoíris, muéstrame la oficina de Tristan McLean. La niebla se volvió borrosa, y Piper vio el estudio de su padre. Sentada detrás de su escritorio, hablando por teléfono, estaba la asistente de su padre, Jane, con su traje oscuro y su pelo recogido en una coleta. —Hola, Jane—dijo Medea. Jane colgó el teléfono con calma. —¿En qué puedo ayudarla, señora? Hola, Piper. —Tú…— Piper estaba tan enfadada que apenas podía hablar. —Sí, niña— dijo Medea—. La asistente de tu padre. Fácil de manipular. Una mente organizada para una mortal, pero increíblemente débil. —Gracias, señora. — dijo Jane. —No importa— dijo Medea—. Solo quería felicitarte, Jane. Haciendo que el señor McLean dejara su estudio de repente, cogiera su jet privado a Oakland sin alertar la prensa o a la policía, ¡bien hecho! Nadie parece saber dónde ha ido. Y decirle que su hija había desaparecido… fue encantador tener su cooperación. —Sí— coincidió Jane en un tono neutro, como si estuviera sonámbula—. Fue cooperativo cuando creyó que Piper estaba en peligro. Piper miró hacia la daga. La hoja temblaba en su mano. No podía usarla como arma como tampoco pudo Helena de Troya, pero era un cristal reflectante, y lo que veía en él era una chiquilla asustada sin oportunidad de salir vencedora. —Puedo tener nuevas órdenes para ti, Jane— dijo Medea—. Si la chica coopera, puede que toque al señor McLean volver. ¿Podrás preparar una coartada por su ausencia, por si acaso? E imagino que el pobre hombre necesitará pasar un tiempo en un psiquiátrico. —Sí, señora. Lo preparé todo. La imagen desapareció y Medea se giró hacia Piper. —¿Ves? —Has hecho que mi padre cayera en una trampa— dijo Piper—. Ayudaste al gigante… —Oh, por favor, cielo. ¡Deberías hacer un esfuerzo! Llevo preparándome para esta guerra durante años, incluso antes de ser devuelta a la vida. Soy vidente, como ya he dicho. Puedo ver el futuro igual que tu pequeño oráculo. Años atrás, mientras sufría en los Campos de Castigo, tuve una visión de los siete en vuestra renombrada Gran Profecía. Vi a tu amigo Leo aquí, y vi que sería un

enemigo importante algún día. Convencí a mi patrona, le di la información, y ella se las arregló para despertarse un poco, lo suficiente para visitarle. —La madre de Leo— dijo Piper—. Leo, ¡escucha esto! ¡Ella ayudó a matar a tu madre! —Ahá— murmuró Leo, embobado. Frunció el ceño hacia el martillo. — ¿Entonces ataco a Jason? —Por supuesto, es completamente seguro— prometió Medea—. Y Jason, devuélveselas todas juntas. Demuéstrame que eres merecedor del nombre que llevas. —¡NO! — ordenó Piper. Sabía que sería su última oportunidad. —Jason, Leo, os está engañando. Bajad vuestras armas. La hechicera puso los ojos en blanco. —Por favor, niña. No eres adversaria para mí. He sido entrenada por mi tía, la inmortal Circe. Puedo hacer enloquecer a los hombres o curarles con mi propia voz. ¿Qué esperanza tienen estos héroes enclenques contra mí? Ahora, chicos, ¡mataos entre vosotros! —Jason, Leo, escuchadme. — Piper le puso toda la emoción en su voz. Durante años había intentado controlarse y no mostrar debilidad, pero ahora sacó todo lo que tenía y lo puso en sus palabras, su miedo, su desesperación, su rabia. Sabía que podría estar firmando la muerte de su padre, pero le importaban demasiado sus amigos como para dejarles matarse el uno al otro. —Medea os está hechizando. Es parte de su magia. Sois grandes amigos. No luchéis entre vosotros. ¡Luchar contra ella! Vacilaron, y Piper sintió que el hechizo desaparecía. Jason parpadeó. —Leo, ¿he estado a punto de acometer contra ti? —¿Algo sobre mi madre…?— Leo frunció el ceño y se giró hacia Medea. —. Tú, tú trabajas para la mujer de barro. La enviaste al taller de mi madre. — alzó el brazo—. Señora, tengo un martillo de tres kilos con su nombre escrito en él. —¡Bah! — dijo Medea—. Ya conseguiré mi pago de otra manera. Presionó uno de las teselas del mosaico del suelo y el edificio tembló. Jason alzó su espada contra Medea, pero se disolvió como el humo y reapareció en la base de la escalera mecánica. —¡Eres lento, héroe! — rió—. ¡Centrad vuestra frustración contra mis mascotas! Antes de que Jason pudiera seguirla, los relojes de arena de bronce gigantes a cada lado de la fuente se abrieron de repente. Dos bestias doradas, dos dragones de carne y hueso, salieron del interior de los relojes. Tenían el tamaño de una furgoneta, quizá no tan grandes comparados con Festus, pero lo suficientemente grandes.

—Así que para eso es la perrera— dijo Leo dócilmente. Los dragones abrieron sus alas y sisearon. Piper pudo sentir el calor saliendo de su brillante piel. Uno centró sus ojos naranjas en ella. —¡No les miréis a los ojos! — alertó Jason—. ¡Te paralizan! —¡Así es! — Medea estaba subiendo por la escalera mecánica, agarrada a la pasarela mientras se lo pasaba en grande—. Estas dos preciosidades llevan conmigo mucho tiempo, dragones de sol, ya sabéis, regalos de mi abuelo Helios. Arrastraban mi carro cuando dejé Corinto, y ahora serán vuestra destrucción. ¡Tachán! Los dragones atacaron. Leo y Jason les interceptaron. Piper se sorprendió de cómo los chicos atacan sin cesar, trabajando como un equipo que había entrenado juntos durante años. Medea ya estaba en el segundo piso, dónde podía elegir un amplio surtido de productos letales. —Oh, no, no lo harás. — gruñó Piper, y salió corriendo detrás de ella. Cuando Medea descubrió a Piper, comenzó a subir a conciencia. Era rápida para ser una dama de tres mil años. Piper llegó a la planta, subiendo los escalones de tres en tres, y ni así pudo alcanzarla. Medea no se detuvo en el segundo piso. Fue hacia la siguiente escalera mecánica y siguió subiendo. Las pociones, pensó Piper. Por supuesto eso era lo que iba a buscar, era famosa por las pociones. Abajo, Piper oía el fulgor de la batalla. Leo estaba soplando su silbato de seguridad mientras Leo gritaba para llamar la atención de los dragones. Piper no se atrevió a mirar, no almenos mientras corría con una daga en la mano. Podía verse a sí misma tropezando y clavándosela en la nariz. Eso sería súper-heroico. Agarró un escudo de un maniquí con armadura en el tercer piso y continuó subiendo. Se imaginó al Entrenador Hedge gritando en su cabeza, como si estuviera de vuelta a las clases de Educación Física en la Escuela de la Salvajería: ¡Muévete, McLean! ¿A eso le llamas subir escaleras mecánicas? Llegó a la planta de arriba del todo, respirando muy fuerte, pero era demasiado tarde. Medea había llegado al mostrador de pociones. La hechicera sujetaba un frasco con forma de cisne, el azul que provocaba muertes dolorosas, y Piper hizo la primera cosa que le vino a la mente. Lanzó el escudo a Medea. Ésta se giró triunfante a tiempo para que le diera en el pecho un Frisbee metálico de medio metro. Tropezó hacia atrás, chocando contra el mostrador, rompiendo frascos y destrozando estanterías. Cuando la hechicera se levantó del estropicio, su vestido estaba manchado de docenas de colores distintos. Muchas de las manchas ardían y brillaban. —¡Estúpida! — gimó Medea. — ¿Tienes idea de lo que hacen varias pociones mezcladas? —¿Matarte? — dijo Piper, esperanzada. La moqueta comenzó a arder alrededor de los pies de Medea. Tosió, y su cara se contorsionó con dolor, ¿o lo estaba fingiendo? Abajo, Leo gritó:

—¡Leo, ayuda! Piper se atrevió a echar un vistazo rápido y tuvo que contener el aliento. Uno de los dragones había arrinconado a Leo en el suelo. Alzaba sus garras, listo para atacar. Jason estaba en la otra punta de la sala combatiendo con el otro dragón, demasiado lejos para ayudarle. —¡Nos has condenado a todos! — gritó Medea. El humo se extendía por toda la moqueta al ritmo en el que se extendía la mancha, lanzando chispas y haciendo arder los estantes. —. Tienes pocos segundos antes de que este mejunje lo consuma todo y destruya el edificio. No hay tiempo para… ¡CRASH! El cristal de colores del techo estalló en una lluvia de esquirlas multicolores, y el dragón de bronce Festus hizo su aparición en los grandes almacenes. Fue directo hacia la lucha, agarrando un dragón solar en cada zarpa. Fue cuando Piper pudo darse cuenta de lo fuerte y grande que era su amigo metálico. —¡Ese es mi chico! — exclamó Leo. Festus voló hacia la mitad del atrio, entonces lanzó a los dragones solares hacia los relojes de arena de los que habían salido. Leo corrió hacia la fuente y presionó la tesela del mosaico, cerrando los relojes. Temblaron cuando recibieron el impacto de los dragones, y éstos intentaron salir de ellos, pero un momento después estaban encerrados. Medea maldijo algo en alguna lengua antigua. La cuarta planta entera estaba en llamas. El aire estaba impregnado de un gas nocivo. Incluso con el tejado abierto, Piper podía sentir el calor intensificándose. Se acercó al borde del piso, apuntando su daga hacia Medea. —¡No seré abandonada de nuevo! — la hechicera se arrastró y agarró la poción roja curativa, que había sobrevivido al golpe—. ¿Quieres la memoria de tu novio recuperada? ¡Llevadme con vosotros! Piper observó a su espalda. Leo y Jason se estaban subiendo a Festus. El dragón de bronce aleteó, agarró las jaulas con las garras y comenzó a ascender. El edificio retumbó. El fuego y el humo subían por las paredes, derritiendo las verjas, convirtiendo el aire en ácido. —¡Nunca sobreviviréis a esta misión sin mí! — exclamó Medea—. Tu querido héroe permanecerá sin memoria para siempre y tu padre morirá. ¡Llevadme con vosotros! Durante una milésima de segundo, Piper se lo pensó. Entonces vio un atisbo de sonrisa en los labios de Medea. La hechicera estaba segura de sus poderes persuasivos, segura de que siempre podría llegar a un trato, siempre escapar y ganar al final. —Hoy no, bruja— Piper saltó hacia atrás. Cayó en picado durante unos instantes hasta que Leo y Jason la cogieron, subiéndola al dragón. Oyó a Medea gritar de furia mientras salían por el techo roto y sobrevolaban el centro de Chicago. Entonces los grandes almacenes explotaron detrás de ellos.

CAPÍTULO XXIX LEO
LEO SIGUIÓ MIRANDO HACIA ATRÁS. ESPERABA A MEDIAS ver esos molestos dragones solares empujando un carro con una chillona vendedora mágica lanzándoles pociones, pero nada les seguía. Condujo al dragón hacia el sur-oeste. A veces, el humo de los grandes almacenes sobresalía en la distancia, pero Leo no se tranquilizó hasta que los suburbios de Chicago dieron paso a campos nevados, y el sol comenzó a ponerse. —Buen trabajo, Festus— dio unas palmaditas en la espalda del dragón—. Estuviste increíble. El dragón rugió. Los engranajes de su cuello dieron vueltas y chirriaron. Leo frunció el ceño. No le gustaban esos ruiditos. Si el disco de control estaba fallando de nuevo… No, con suerte sería algo de menor importancia. Algo que pudiera arreglar. —Te daré un repaso en cuanto aterricemos— prometió Leo—. Te has ganado algo de gasolina y salsa de Tabasco. Festus hizo chirriar sus dientes, pero incluso sonó débil. Volaba con tranquilidad, sus alas vibraban para coger el viento, pero llevaba una carga muy pesada. Dos jaulas en sus garras además de tres personas a su espalda, cuanto más lo pensaba Leo más le preocupaba. Incluso los dragones de metal tenían sus limitaciones. —Leo— Piper le cogió del hombro—. ¿Te encuentras bien? —Sí, no tan mal para un zombie al que le han lavado el cerebro. — No quiso parecer tan avergonzado como estaba—. Gracias por salvarnos ahí detrás, reina de la belleza. Si no me hubieras quitado el hechizo… —No te preocupes por eso— dijo Piper. Pero Leo se preocupó mucho. Se sentía muy mal por la facilidad que había tenido Medea para ponerle en contra de su mejor amigo. Y esos sentimientos no habían aparecido de la nada, su resentimiento por la forma en la que Jason siempre conseguía el protagonismo y que no le necesitara. Leo se sentía así a veces, pero no estaba orgulloso de ello. Lo que le molestaba eran las noticias sobre su madre. Medea había visto el futuro abajo en el Inframundo. Así era como su patrona, la mujer con las ropas terrosas, había ido al taller hacía siete años para asustarle, arruinarle la vida. Eso era por lo que había muerto su madre, por algo por lo que Leo haría algún día. Así de que alguna extraña forma, ni siquiera sus poderes de fuego no tenían la culpa, la culpa era únicamente suya. Cuando dejaron a Medea en la tienda a punto de explotar, Leo se sintió demasiado bien. Esperó que no pudiera escapar, y que volviera directa a los

Campos de Castigo, dónde pertenecía. Tampoco se sentía orgulloso de sentirse así, de todas formas. Y si las almas estaban volviendo del Inframundo… era posible que la madre de Leo volviera… Intentó enterrar esa idea. Era algo muy a lo Frankenstein. No era natural. No estaba bien. Medea había vuelto a la vida, pero no parecía humana, esas uñas que expulsaban vapor y esa cabeza brillante y yo qué sé qué más. No, la madre de Leo había ido más allá. Pensando eso le volvería loco. Aún así, el pensamiento resonó en su cabeza, como el eco de la voz de Medea. —Vamos a aterrizar de un momento a otro— les advirtió a sus amigos. — Un par más de horas, quizás, para asegurarnos que Medea no nos sigue. No creo que Festus no pueda volar mucho más que eso. —Sí— aceptó Piper—. Quizá el Entrenador Hedge quiera salir de jaula. La pregunta es: ¿adónde nos dirigimos? — La Bahía de San Francisco— supuso Leo. Sus recuerdos en los grandes almacenes eran difusos, pero parecía recordar haber oído eso. —. ¿No dijo Medea algo sobre Oakland? Piper no respondió en mucho tiempo, Leo creyó haber dicho algo malo. —El padre de Piper— añadió Jason—. Algo le ha pasado a tu padre, ¿verdad? Ha caído en alguna trampa. Piper respiró hondo. —Mirad, Medea dijo que ibais a morir en la Bahía de San Francisco. Y además… aunque fuéramos ahí, la Bahía de San Francisco es enorme. Primero tenemos que encontrar a Eolo y darle los espíritus. Bóreas dijo que Eolo era el único que nos podría decir a dónde debemos dirigirnos. Leo gruñó. —¿Cómo encontramos a Eolo? Jason miró hacia atrás. —¿Entonces no lo veis? Señaló hacia delante, pero Leo no vio nada excepto nubes y luces de unas pocas ciudades brillando en la oscuridad. —¿El qué? — preguntó Leo. —Eso… lo que sea. — dijo Jason—. En el aire. Leo miró a Piper, estaba igual de confusa que él. —Claro— dijo Leo—. ¿Podrías ser más específico en lo de ‘lo que sea’?

—Como una columna de vapor— dijo Jason—. Aunque está brillando. Se ve poco, pero está ahí seguro. Lo hemos estado siguiendo desde Chicago, así que supuse que lo habíais visto. Leo negó con la cabeza. —Quizá Festus lo sienta. ¿Crees que lo ha hecho Eolo? —Bueno es una estela de magia en el viento— dijo Jason—. Eolo es el dios del viento. Creo que sabe que tenemos prisioneros para él. Nos está diciendo dónde volar. —O es otra trampa— dijo Piper. Su tono preocupó a Leo. No sólo sonaba nerviosa, sino que además sonaba deshecha, dolorida, como si su destino dependiera de ella, fuera su culpa. —Pipes, ¿te encuentras bien? — preguntó. —No me llames así. —Vale, de acuerdo. No te gusta ningún nombre de los que te pongo. Pero si tu padre está en apuros y podemos ayudar… —No podéis—dijo, su voz temblaba—. Mirad, estoy cansada. Si no os importa… Se tumbó contra Jason y cerró los ojos. De acuerdo, pensó Leo, una clara señal de que no quiere hablar. Volaron en silencio durante un rato. Festus parecía saber dónde ir. Mantuvo su velocidad, volando hacia el sur oeste yendo, con suerte, a la fortaleza de Eolo. Otro dios del viento que visitar, una nueva loca aventura que vivir. Oh, tío, Leo no podía esperar. Tenía mucho en lo que pensar para irse a dormir, pero ahora que estaba fuera de peligro, su cuerpo tenía otras ideas. Su nivel de energía estaba disminuyendo. El monótono sonido de las alas del dragón hizo que le pesaran los ojos. Comenzó a cabecear. —Duerme un poco— dijo Jason—. Está bien, dame las riendas. —No, estoy bien… —Leo— dijo Jason—, no eres una máquina. Además, soy el único que puede ver la estela de vapor. Me aseguraré de dirigirnos hacia ella. Los ojos de Leo comenzaron a cerrarse solos. —De acuerdo, quizá solo un… No terminó la frase antes de caer rendido sobre el cuello del dragón. En su sueño, una voz llena de ruido sonó fuerte, como una radio barata: —¿Hola? ¿Esto funciona?

La visión de Leo comenzó a enfocarse, o algo así. Todo estaba neblinoso y gris, con interferencias en sus ojos. Nunca había soñado con una mala conexión. Parecía un taller. A los lados de sus ojos veía sierras, tornos metálicos y cajas de herramientas. Una forja brillaba en una pared. No era la forja del campamento, demasiado grande para serlo. Tampoco el Búnker 9, más acogedor, obviamente no estaba abandonado. Entonces Leo vio algo justo en el centro de su vista, algo grande y difuso, y demasiado cerca, Leo tuvo que entrecerrar los ojos para ver bien. Era una larga cara horrenda. —¡Santa madre! — gritó. La cara retrocedió y se enfocó. Mirándole desde abajo había un hombre barbudo en un mono mugriento azul. Su cara estaba llena de bultos y hendiduras, como si hubiera sido picado por un millón de abejas, o arrastrado por la tierra. Quizá ambos. —Hmff… — dijo el hombre—. Santo padre, chico. Creía que sabías la diferencia. Leo parpadeó. —¿Hefesto? Estando en presencia de su padre por primera vez, Leo probablemente debería haber estado sin habla o en estado de shock o algo así. Pero después de los días que había vivido, con los cíclopes, la hechicera y la cara en el mejunje de retretes, Leo estaba curado de espantos. —¿Ahora vienes? — dijo—. ¿Quince años después? Enhorabuena, Cara de Pelo. ¿Podrías sacar tu nariz deforme de mis sueños? El dios levantó una ceja. Una pequeña chispa ardió en su barba. Entonces inclinó la cabeza hacia atrás y rio tan fuerte que las herramientas temblaron a su espalda. —Hablas como tu madre— dijo Hefesto—. Echo de menos a Esperanza. —Lleva muerta siete años— tembló la voz de Leo—. No te importa. —Sí lo hago, chico. Me preocupo por ambos. —Ahá. Lo único es que nunca te he visto antes por aquí. El dios hizo un sonido grave con su garganta, pero sonó más incómodo que enfadado. Sacó un motor en miniatura de su bolsillo y comenzó a juguetear con los engranajes, como hacía Leo cuando estaba nervioso. —No soy bueno con mis hijos— confesó el dios—. Ni con la gente. Bueno, con ninguna forma de vida orgánica, en realidad. Pensé en decirte algo en el funeral de tu madre. Y otra vez en tu quinto curso… el proyecto de ciencias que hiciste… ese despedazador de pollos a vapor. Impresionante. —¿Viste eso?

Hefesto señaló a su mesa de trabajo más cercana, donde un espejo brillante de bronce mostraba una imagen difusa de un Leo dormido en la espalda del dragón. —¿Ese soy yo? — preguntó Leo—. ¿Como si… yo ahora mismo, teniendo este sueño, estuviera mirándome a mí teniendo un sueño? Hefesto se rascó la barba. —Ahora me has confundido. Pero sí, eres tú. Siempre te estoy vigilando, Leo. Pero hablar contigo es… diferente. —Tienes miedo— dijo Leo. —¡Tuercas y tornillos! — gritó el dios—. ¡Por supuesto que no! —Sí, tienes miedo. — pero la furia de Leo desapareció un poco. Había pasando años pensando sobre qué le diría el día en el que le conocería si es que algún día se conocían, como si le reprendiera por ser un aprovechado. Ahora, mirando al espejo de bronce, Leo pensó sobre su padre viéndole progresar año tras año, incluso sus estúpidos experimentos científicos. Quizá Hefesto fuera un estúpido, pero Leo creyó entender de dónde venía. Leo sabía muy bien eso de huir de casa, sin encajar. Sabía más de esconderse en un taller más que en tratar con formas orgánicas de vida. —Entonces— gruñó Leo—, ¿vigilas constantemente a todos tus hijos? Tienes como unos doce en el campamento. ¿Cómo has hecho para…? Nada, no importa. No quiero saberlo. Hefesto podría parecer aturdido, pero su cara estaba tan hinchada y roja que era difícil decirlo. —Los dioses somos distintos a los mortales, chico. Podemos existir en distintos sitios al mismo tiempo, dónde sea que la gente nos llame, dónde sea que nuestra influencia sea fuerte. De hecho, es extraño que nuestra entera esencia esté toda junta en un único sitio, nuestra verdadera forma. Es peligroso, lo suficientemente poderoso como para destruir todo mortal que esté cerca. Así que… sí, muchos hijos. Añade eso a nuestras diferentes personalidades, la griega y la romana…— los dedos del dios se congelaron en el motor de sus manos. — Eh… lo que decía, ser un dios es complicado. Y sí, intento vigilar a todos mis hijos, pero a ti, en especial. Leo estaba seguro de que Hefesto había dicho algo que no debía, pero no lo podía asegurar. —¿Por qué hablar conmigo ahora? — preguntó Leo—. Creía que los dioses os habíais cerrado al mundo. —Lo hemos hecho— aseguró Hefesto—. Las órdenes de Zeus, raro por su parte. Ha bloqueado todas las visiones, sueños y mensajes de Iris del Olimpo. Hermes vagabundea por ahí, aburrido, porque no puede llevar el correo. Por fortuna, mantengo mi vieja emisora de señal pirata.

Hefesto señaló a una máquina en una mesa. Parecía una antena de señal, motor V6, fusionada con una máquina de cafés. Cada vez que Hefesto tocaba esa máquina, el sueño de Leo parpadeaba y cambiaba de color. —Lo usé durante la Guerra Fría— dijo el dios, con anhelo—. La radio gratuita de Hefesto. Buenos tiempos… Lo he mantenido de pago, en su gran parte, o para hacer transmisiones directas a sueños… —¿Transmisiones directas a sueño? —Bueno, todo se complica de nuevo. Si Zeus supiera que estoy hablando contigo, estaría en un buen apuro. —¿Por qué Zeus se está comportando como un cretino? —Hmmm… Él sobresale por encima de todo, chico. — Hefesto le llamó chico como si Leo fuera la molesta parte de una máquina, una lavadora extra, quizás, que no necesitaba con ningún propósito, pero que Hefesto no quería tirar por si la necesitaría algún día. No era algo exactamente alentador. De nuevo, Leo no estaba seguro de si quería ser llamado ‘hijo’. Leo no estaba seguro de querer comenzar a llamar a ese tipo feo ‘papá’. Hefesto se cansó de su motor y lo lanzo por encima de su hombro.antes de que pudiera tocar el suelo, desarrolló hélices y se llevó a sí mismo a una papelera de reciclaje. —Fue la segunda Guerra del Titán, supongo— dijo Hefesto—. Eso hizo a Zeus preocuparse. Los dioses estamos… bueno, avergonzados. No creo que haya otra forma de decirlo. —Pero ganasteis — dijo Leo. El dios gruñó. —Ganamos gracias a los semidioses del…— otra vez vaciló, como si lo que hubiera dicho estuviera mal—… del Campamento Mestizo que tomaron la delantera. Ganamos gracias a que nuestros propios hijos lucharon las batallas por nosotros, de forma más inteligente que la nuestra. Si hubiéramos seguido el plan de Zeus, ahora estaríamos en el Tártaro combatiendo el monstruo tormentoso de Tifón, y Cronos habría ganado. Demasiados mortales ganaron nuestra batalla por nosotros, pero ese chaval con futuro, Percy Jackson… —El chaval que ha desaparecido… —Hmf. Sí. Él. Tuvo el valor de rechazar nuestra oferta de inmortalidad y decirnos que deberíamos atender más a nuestros hijos, no te ofendas. —¿Cómo podría ofenderme? Por favor, sigue ignorándome. —Es difícil entenderte, chico— Hefesto frunció el ceño, entonces suspiró. — ¿Era sarcasmo? Las máquinas no funcionan con sarcasmo. Pero cómo decía, los dioses nos sentimos avergonzados de

haber sido salvados por los mortales. Al principio, por supuesto, estuvimos agradecidos. Pero, al pasar los meses, esos sentimientos pasaron a molestarnos… Después de todo, somos dioses. Necesitamos ser admirados, alabados, idolatrados y ovacionados. —¿Aún estando equivocados? —¡Sobretodo estándolo! Y que Jackson rechazara nuestra oferta, como si ser mortal fuera de alguna manera mejor que ser un dios… bueno, eso mantuvo en vilo a Zeus. Decidió que era hora de volver a nuestros valores tradicionales. Los dioses deben de ser respetados. Nuestros hijos se podían ver pero no visitar. El Olimpo se cerró. Al menos eso era parte de su razonamiento. Y, por supuesto, comenzamos a oír que terribles seres se levantaban de las entrañas de la tierra… —Hablas de los gigantes, de los monstruos rehaciéndose inmediatamente, los muertos levantándose de las tumbas. ¿Cosas como esas? —Sí, chico— Hefesto dio un golpe a su emisora pirata. El sueño de Leo se definió y adquirió todos los colores, pero la cara del dios era como una mezcla de jirones rojos y amarillos y matas de pelo negras. Leo deseó que volviera a ser todo en blanco y negro. —Zeus cree que puede cambiar la historia— dijo el dios—. Permanecer callados hasta que la tierra vuelva a dormirse. Ninguno de nosotros cree eso al cien por cien. Y no me importa decirlo, no estamos en condiciones de luchar otra guerra. Casi no sobrevivimos a los titanes. Si se repite todo de nuevo, lo que está por venir es aún mucho peor. —Los giantes— dijo Leo—. Hera dijo que los semidioses y los dioses debían unir fuerzas para vencerles. ¿Es verdad? —Odio estar de acuerdo con mi madre en algo, pero sí. Esos gigantes son duros de pelar, chico. Son de otra raza. — ¿Raza? Hablas de ellos como si fueran caballos de carreras. —¡Ja! — dijo el dios—. Más como perros de guerra. Si vamos al principio, veamos, todo durante la creación provino de los mismos padres: Gea y Urano, la Tierra y el Cielo. Tuvieron sus distintos grupos de hijos: los titanes, los cíclopes antiguos, y todos esos. Entonces Cronos, el titán por excelencia, bueno, supongo que habrás oído cómo cortó en trocitos a su padre Urano con una guadaña y lo esparció por el mundo. Entonces vinimos los dioses, hijos de los titanes y les combatimos. Pero no ése no era el final. La tierra dio a luz otro montón de hijos, excepto que estaban engendrados por el Tártaro, el espíritu del abismo eterno, el más oscuro y cruel lugar en el Inframundo. Esos hijos, los gigantes fueron criados para un único fin: vengarse de nosotros por la caída de los titanes. Entonces se alzaron para destruir el Olimpo, y vuelven a la carga. La barba de Hefesto ardió. Se apagó las llamas con la mano sin ganas. —Lo que mi maldita madre Hera está haciendo es jugar a ciegas a un juego muy peligroso, pero tiene razón en algo: los semidioses os debéis reunir. Es la única forma de abrirle los ojos a Zeus,

convencer a los Olímpicos de que debemos aceptar vuestra ayuda. Y es la única forma de vencer lo que se avecina. Vas a ser protagonista de eso, Leo. Los pensamientos del dios parecían estar muy lejos de allí. Leo se preguntó si podría dividirle en varias partes, donde fuera que estuviera ahora mismo. Quizá su parte griega estaba arreglando un coche o yendo a una cita, mientras su lado romano estaba viendo un partido de fútbol o pidiendo unas pizzas. Leo intentó imaginarse cómo sería tener varias personalidades. Deseó que no fuera hereditario. —¿Por qué yo? — preguntó, tan pronto como lo dijo, muchas más preguntas le vinieron—. ¿Por qué reclamarme ahora? ¿Por qué no cuando cumplí los trece, como se suponía de tenía que ser? Podrías haberme reclamado cuando tenía siete, tras la muerte de mi madre. ¿Por qué no me encontraste más pronto? ¿Por qué no me alertaste de esto? La mano de Leo ardió en llamas. Hefesto le miró con tristeza. —La parte más difícil, chico. Dejar que mis hijos hagan su propio camino. Interferir no funciona. El Destino se asegura de ello. Y en cuanto a la reclamación, eres un caso especial, chico. El momento fue el correcto. No puedo hablar mucho más, pero… El sueño de Leo se volvió difuso. Sólo por un momento, el sueño cambió de canal a una emisión del programa La Ruleta de la Suerte. —Maldición— dijo—. No puedo hablar durante mucho más. Zeus ha detectado un sueño ilegal. Es el señor del aire, después de todo, incluyendo las ondas que corren por el aire. Escucha, chico: tienes un papel que jugar. Tu amigo Jason tiene razón: el fuego es un regalo, no una maldición. No le doy esa bendición a nadie por casualidad. Nunca podrán vencer a los gigantes sin ti, y mucho menos a la señora a la que sirven. Ella es peor que cualquier dios o titán. —¿Quién? — preguntó Leo. Hefesto frunció el ceño, su imagen se volvió borrosa. —Te lo he dicho. Sí, estoy completamente seguro de que te lo he dicho. Sólo mantente alerta: por el camino, vas a perder amigos y herramientas valiosas. Pero no es tu culpa, Leo. Nada dura para siempre, ni siquiera las máquinas. Y todo se puede reutilizar. —¿Qué significa todo esto? No me gusta cómo suena. —Sólo vigila a… El sueño de Leo volvió a cambiar a La Ruleta de la Suerte mientras la ruleta caía en Quiebra y el público exclamaba en lamentos. Entonces, Leo despertó de golpe a Jason y a Piper gritando.

CAPÍTULO XXX LEO
HICIERON ESPIRALES A TRAVÉS DE LA OSCURIDAD en caída libre, aún en la espalda del dragón, pero la carcasa de metal de Festus estaba ardiendo. Sus ojos de rubí apagados. —¡Otra vez, no! — gritó Leo—. ¡No puedes caer otra vez! Apenas se podía sujetar. El viento arremetía contra sus ojos, pero se las apañó para abrir el panel de control en el cuello del dragón. Manoseó los enchufes. Comprobó los cables. Una ala se movió, pero Leo tocó de repente una placa de bronce ardiendo. El sistema de conducción estaba sobrecargado. Festus no podía seguir volando, y Leo no podía alcanzar al control principal en la cabeza del dragón, no en medio del aire. Vio las luces de una ciudad debajo de ellos, lucecitas en la oscuridad mientras caían en círculos. Tenían unos segundos antes de estrellarse contra el suelo. —¡Jason! — gritó—. ¡Llévate a Piper de aquí! —¿Qué? —¡Tenemos que remontar! ¡Puedo reiniciar a Festus, pero está soportando demasiado peso! —¿Y qué pasa contigo! — gritó Piper—. Si no puedes reiniciarlo… —Estaré bien— chilló Leo—. Sólo seguidme hasta el suelo. ¡Largo! Jason agarró a Piper por la cintura. Se desabrocharon los arneses, y en un suspiro se habían ido, desapareciendo en el aire. —Ahora— dijo Leo—, estamos tú y yo solos, Festus. Bueno, y dos cajas pesadas. ¡Tú puedes, chico! Leo le habló al dragón mientras trabajaba, cayendo a una velocidad de vértigo. Podía ver las luces de una ciudad debajo de él, acercándose cada vez más. Convocó fuego en su mano para poder ver lo que estaba haciendo, pero el viento lo extinguía. Conectó un cable que creía estar conectado con el centro nervioso del dragón en su cabeza, deseando que se levantara de golpe. Festus gruñó, un ruido metálico en su cabeza. Sus ojos parpadearon débilmente con vida, y extendió las alas. Su caída comenzó a convertirse en un fuerte descenso. —¡Bien! — dijo Leo—. Vamos, chico grande. ¡Vamos! Se mantenían volando en el aire a demasiada temperatura y el suelo estaba demasiado cerca. Leo necesitaba un lugar dónde aterrizar, cuanto antes. Había un río. No, no era buena idea para un dragón escupefuegos. Nunca podría sacarlo del fondo si se hundía, especialmente a temperaturas tan bajas. Entonces, en a la orilla del río, Leo divisó una mansión blanca con un gran patio nevado dentro del perímetro de un muro de piedra, como si fuera el coto de caza de algún ricachón, todo

muy iluminado. Era la pista de aterrizaje perfecta. Hizo todo lo que pudo para llevar al dragón hacia allí, y Festus parecía volver a al vida. ¡Podrían salir de esta! Entonces todo comenzó a ir mal. Mientras se acercaban, unos focos les apuntaron, cegando a Leo. Escuchó disparos, y el sonido del metal siendo atravesado por una bala y entonces… ¡BUM! Leo perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, Jason y Piper estaban agachados a su alrededor. Estaba tumbado en la nieve, cubierto de suciedad y grasa. Se apartó una mata de hierba helada de la boca. —¿Dónde…? —Túmbate— Piper tenía lágrimas en los ojos—. Lo has pasado muy mal cuando… cuando Festus… —¿Dónde está? — Leo se incorporó, pero parecía estar en una nube. Habían aterrizado dentro del recinto. Algo había pasado en el camino… ¿un tiroteo? —En serio, Leo. — dijo Jason. — Podrías hacerte daño. No deberías… Leo se levantó. Entonces vio los escombros. Festus había dejado caer las jaulas mientras entraba por la verja, porque habían caído en distintas direcciones y aterrizado por la base, sin haber sido dañadas. Pero Festus no había tenido tanta suerte. El dragón se había calcinado. Sus miembros estaban por todo el terreno. Su cola colgaba por la verja. La sección principal de su cuerpo se había estrellado en una zanja de cinco metros de ancho y quince metros de largo en el patio de la mansión antes de romperse. Lo que quedaba era piel quemada, y un montón de columnas humeantes. Solo su cabeza y el cuello estaban algo intactos, descansando a través de una hilera de rosales congelados como si estuviera apoyado en una almohada. —No— gimió Leo. Corrió hacia la cabeza del dragón y la abrazó con fuerza. Los ojos del dragón brillaban débilmente. Le goteaba aceite de la oreja. —No puedes irte— suplicó Leo—. Eres la mejor máquina que he arreglado jamás. Le zumbaron los engranajes, como si tratara de ronronear. Jason y Piper se colocaron detrás de él, pero Leo mantuvo los ojos fijos en el dragón. Recordó lo que Hefesto le había dicho: No será culpa tuya, Leo. Nada dura para siempre, ni siquiera las mejores máquinas. Su padre se lo había tratado de advertir. —No es justo— dijo. El dragón hizo un clic. Un clic largo. Dos cortos clics. Clic, clic. Como si fuera un patrón de activación… a la mente de Leo le vino un viejo recuerdo. Leo se dio cuenta de que Festus le intentaba decir algo. Estaba usando el código Morse, igual que Leo y su madre años atrás. Leo escuchó atentamente, la traducción de los repiqueteos: un mensaje sencillo que se repetía una y otra vez.

—Sí—dijo Leo—. Lo entiendo. Lo haré. Te lo prometo. Los ojos del dragón se apagaron. Festus se había ido. Leo lloraba. No se avergonzó. Sus amigos estaban a ambos lados, cogiéndole por los hombres, diciéndole cosas reconfortantes, pero el zumbido en los oídos de Leo ahogaba sus palabras. Finalmente Jason dijo: —Lo siento mucho, tío. ¿Qué le has prometido a Festus? Leo resopló. Abrió el panel en la cabeza del dragón, sólo para estar seguro. Pero el disco de control estaba agrietado y quemado sin posibilidad de reparación. —Algo que mi padre me dijo— dijo Leo—. Todo puede ser reutilizado. —¿Has hablado con tu padre? — preguntó Jason—. ¿Cuándo? Leo no respondió. Trabajó en las bisagras del cuello del dragón hasta separar la cabeza. Pesaba unos cien kilos, pero Leo se las arregló para sujetarlo con los brazos. Levantó la mirada hacia el cielo estrellado y dijo: —Llévalo de vuelta al búnker, papá. Por favor, hasta que pueda volver a usarlo. Nunca te he pedido nada… El viento se levantó, y la cabeza del dragón flotó de los brazos de Leo como si no pesara nada. Voló hacia el cielo y desapareció. Piper miró con asombro: —¡Te ha respondido! —Tuve una visión—dijo al fin, Leo—. Os lo explicaré más adelante. Sabía que les debía a sus amigos una explicación, pero Leo apenas podía hablar. Se sentía como si fuera una máquina rota, como alguien al que le han quitado una parte de él, y ahora nunca estaría completo. Podría haberse movido, podría haber hablado, podría haber seguido y hacer su trabajo, pero siempre había estado fuera de lo normal, nunca lo suficientemente equilibrado. Aún así, no podía venirse abajo. De esa forma, Festus habría muerto en vano. Tenían que finalizar la misión, por sus amigos, por su madre, por su dragón. Miró alrededor. La gran mansión blanca brillaba en el centro del patio. Grandes paredes de ladrillo con luces y cámaras de seguridad rodeaban el perímetro, pero Leo podía ver, o mejor dicho, sentir, lo bien que estaban defendidas estas paredes. —¿Dónde estamos? — preguntó—. Me refiero, ¿en qué ciudad? —Omaha en Nebraska— dijo Piper—. Vi un cartel mientras volábamos hacia aquí. Pero no sé qué es esta mansión. Fuimos detrás de ti, mientras aterrizabas. Leo, te juro que parecía como si… no lo sé…

—Láseres— dijo Leo. Cogió una parte del dragón destrozado y lo lanzo a lo alto de la valla. De inmediato un haz de luz apareció desde un ladrillo e hizo estallar en mil pedazos incinerando el bronce convirtiéndolo en cenizas. Jason silbó. —Algún tipo de defensa. ¿Cómo es posible que estemos vivos? —Festus—dijo Leo, miserablemente—. El absorbió el fuego. Los láseres le destrozaron en cachos al entrar y no se centraron en ti. Le he llevado a una trampa mortal. —No lo podrías haber sabido— dijo Piper—. Nos ha salvado de nuevo. —¿Y ahora qué? — dijo Jason—. Las puertas principales están cerradas, y supongo que no podemos salir volando de aquí sin ser destruidos. Leo miró hacia el camino que llevaba a la gran mansión blanca. —Ya que no podemos salir, tenemos que entrar.

CAPÍTULO XXXI JASON
JASON HABRÍA MUERTO CINCO VECES de camino a la puerta de la mansión si no hubiera sido por Leo. Primero fue la trampilla en el camino que se activaba por el movimiento, luego los láseres en las escaleras, entonces el gas adormecedor en el porche, las púas de veneno en la alfombra de entrada que se activaban con la presión y por supuesto el timbre de la puerta explosivo. Leo lo desactivó todo. Era como si pudiera oler las trampas, y simplemente sacaba la herramienta perfecta de su cinturón para desactivarlas todas. —Eres increíble, tío— dijo Jason. Leo frunció el ceño mientras examinaba el cerrojo de la puerta principal. —Sí, impresionante— dijo—No puedo arreglar un dragón, pero soy increíble. —Eh, no fue tu… —La puerta principal ya está abierta. — anunció Leo. Piper miró a la puerta con desconfianza. —¿Qué dices? Todas esas trampas, ¿y la puerta está abierta? Leo giró el pomo. La puerta se abrió con facilidad. Se adentró en la casa sin valicar. Antes de que Jason pudiera seguirle, Piper le cogió del hombro. —Va a necesitar un poco de tiempo para superar lo de Festus. No te lo tomes como algo personal. —Sí— dijo Jason—. Sí, vale. Pero continuaba sintiéndose horrible. Cuando estaban en la tienda de Medea le dijo cosas terribles a Leo, cosas que nunca se deben decir a un amigo, sin mencionar el hecho de que casi le parte en dos con su espada. Si no hubiera sido por Piper, ambos estarían muertos. Y para Piper salir de aquél apuro tampoco no había sido fácil. —Piper—dijo—. Sé que estaba en trance cuando estaba en Chicago, pero todo eso sobre tu padre, si tiene problemas, quiero ayudar. No me importa si es una trampa o no. Sus ojos siempre eran de distintos colores, pero ahora parecían vacíos, como si hubiera visto algo que no podía tolerar. —Jason no sabes de lo que hablas. Por favor, no me pongas las cosas peor. Vamos, debemos seguir juntos. Entró detrás de Leo.

—Juntos— se dijo Jason a sí mismo—. Sí, lo hacemos genial en ello. La primera impresión de Jason de la casa fue: oscuridad. Por el eco de sus pisadas pudo saber que el vestíbulo de entrada era enorme, incluso aún más grande que el ático de Bóreas, pero la única iluminación venía de las luces del jardín del exterior. Una breve luz entraba por entre las gruesas cortinas de terciopelo. Las ventanas se alzaban unos siete metros por encima de ellos. Entre ellas colgadas de las paredes había unas estatuas metálicas a tamaño real. Cuando los ojos de Jason se adaptaron a la oscuridad, vio unos sofás colocados en forma de U en el centro de la sala, con una mesa de café central y una alta silla en el otro extremo. Una gran lámpara de araña tintineaba por encima de ellos. Por las paredes de detrás se extendían un montón de puertas cerradas. —¿Dónde está el interruptor de la luz? — su voz resonó alarmantemente a través de la sala. —No veo ninguno— dijo Leo. —¿Fuego? — sugirió Piper. Leo sacudió la mano, pero no sucedió nada. —No funciona. —¿Tu fuego está apagado? ¿Por qué? — preguntó Piper. —Si lo supiera… —Vale, vale— dijo —¿Qué hacemos? ¿Explorar? Leo negó la cabeza. —¿Después de todas esas trampas? Mala idea. A Jason le recorrió un escalofrío. Odiaba ser un semidiós. Mirando a su alrededor no veía una sala cómoda, se imaginaba unos crueles espíritus de las tormentas acechando tras las cortinas, dragones bajo las alfombras y una lámpara hecha de carámbanos letales, preparados para empalarlos. —Leo tiene razón—dijo—. No nos vamos a separar otra vez, no como en Detroit. —Oh, gracias por recordarme lo de los cíclopes. — la voz de Piper resonó—. Lo necesitaba. —Faltan unas horas hasta el amanecer— supuso Jason—. Demasiado frío para esperar fuera. Traigamos las jaulas y acampemos aquí. Esperemos a la luz del día, entonces decidiremos qué hacer. Nadie ofreció nada mejor, así que hicieron rodar las jaulas con el Entrenador Hedge y los espíritus, entonces se acomodaron. Gracias a los dioses, Leo no encontró ninguna almohada lanza-venenos

o sofás con respaldos eléctricos. Leo no parecía de estar de humor para hacer tacos. Además, no tenían fuego, así que se comieron raciones frías. Mientras Jason comía, estudió las estatuas metálicas de las paredes. Parecían héroes y dioses griegos. Quizás era una buena señal. O quizás eran usadas por algún motivo. En la mesa de café descansaba un juego de té y unas cuantas servilletas brillantes, pero Jason no podría describirlos. La gran silla en el otro extremo de la mesa parecía un trono. Los venti siguieron retorciéndose en su prisión, silbando y soplando, y Jason tenía el incómodo presentimiento de que le observaban. Podía sentir su odio por el hijo de Zeus, el señor de los cielos que había ordenado a Eolo encerrar a los de su especie. A los venti no les gustaría nada más que encargarse de Jason. Y el Entrenador Hedge, seguía congelado a mediogritar, con su vara alzada. Leo trabajaba en la jaula, intentado abrirla con distintas herramientas, pero el cerrojo parecía darle muchos problemas. Jason decidió no sentarse cerca de la caja no fuera que el entrenador saliera de golpe dando bandazos en su modo cabra ninja. A pesar de lo espabilado que se sentía, una vez tuvo lleno el estómago, Jason comenzó a cabecear. Las almohadas del sofá eran demasiado cómodas, mucho mejor que la espalda de un dragón, y había hecho las dos últimas guardias mientras sus amigos dormían. Estaba exhausto. Piper ya estaba acurrucada en el otro sofá. Jason se preguntó si estaría durmiendo de verdad o pensando sobre lo de su padre. Lo que Medea hubiera querido decir en Chicago, sobre Piper teniendo a su padre de vuelta si cooperaba, no sonaba nada bien. Si Piper había arriesgado a su propio padre para salvarles, eso hacía a Jason sentirse aún más culpable. El tiempo se agotaba. Si Jason no contaba mal, estaban en la mañana del 20 de diciembre. Al día siguiente sería el día del solsticio de invierno. —Duerme un poco— dijo Leo, que seguía trabajando en el cerrojo de la jaula—. Es tu turno. Jason respiró hondo. —Leo, siento mucho lo que te dije en Chicago. No era yo. No molestas y te lo tomas todo en serio, especialmente tu tarea. Me gustaría hacer bien la mitad de cosas que tú haces. Leo bajó el destornillador. Miró al tejado y negó su cabeza como diciendo: ¿Qué voy a a hacer con este chico? —He intentado ser molesto— dijo Leo—. No insultes mi habilidad de ser molesto. ¿Y de qué se supone que te tengo que tener envidia si vas por ahí disculpándote? Soy un mecánico de clase baja. Tú eres como el príncipe del cielo, hijo del Señor del Universo. Se supone que debo envidiarte. —¿Señor del Universo? —Claro, tú eres todo ¡Bam! El hombre relámpago. Miradme, puedo volar, soy el águila planeadora… —Cállate, Valdez.

Leo intentó sonreír. —Ah, sí. Ya veo. Te molesto. —Me disculpo por disculparme. —Gracias— volvió a su trabajo, pero al tensión se había aflojado entre ellos. Leo seguía pareciendo triste y exhausto, pero no tan enfadado. —Duerme, Jason— le ordenó—. Van a pasar unas pocas horas hasta que pueda liberar a este hombre cabra. Entonces tendré que saber cómo puedo encerrar a los vientos en un recipiente más pequeño, porque no pienso cargar con la jaula gigante hasta California. —Arreglaste a Festus, lo sabes— dijo Jason—. Le diste un objetivo de nuevo. Creo que esta misión ha sido el mejor momento de su vida. Jason tenía miedo de haber metido el dedo en la llaga, pero Leo suspiró. —Eso espero— dijo—. Ahora, duerme, tío. Ahora quiero un poco de tiempo sin vosotros, formas orgánicas de vida. Jason no estaba seguro de lo que significaba todo aquello, pero no quiso discutir. Cerró los ojos y tuvo un largo y placentero sueño sin visiones. —¡AAAAAAAAAAAAAAAAG! Jason se puso de pie de golpe. No estaba seguro de qué le molestaba más, toda la luz del sol que entraba por las ventanas o el sátiro chillón. —El entrenador está de vuelta—dijo Leo, algo que era innecesario. Gleeson Hedge estaba dando vueltas correteando en sus peludos cuartos traseros, agitando y zarandeando la vara mientras gritaba ‘¡MORID!’ y destruía el juego de té, azotaba los sofás y cargaba contra el trono. —¡Entrenador! — chilló Jason. Hedge se giró, respirando fuerte. Sus ojos eran salvajes, Jason tuvo miedo de que pudiera atacarle. El sátiro seguía vistiendo su polo naranja y su silbato de entrenador, pero sus cuernos eran claramente visibles por encima de su pelo rizado y sus cuartos peludos de ternera eran completamente de cabra. ¿Podrías decirle a una cabra que sus cuartos traseros eran de ternera? Jason apartó esa visión de su mente. —Eres el chico nuevo— dijo Hedge, bajando la vara—. Jason. — Miró a Leo, y entonces a Piper, que aparentemente se acababa de levantar. Su pelo parecía como si hubiera sido revuelto por un hámster.

—Valdez, McLean— dijo el entrenador—. ¿Qué sucede? Estábamos en el Gran Cañón. Los anemoi thuellai nos atacaban y—vislumbró los vientos en la otra jaula y sus ojos volvieron al modo ninja y gritó: —¡MORID! —¡Quieto, entrenador! —Leo le cerró el paso, algo que era muy valiente, incluso aunque Hedge fuera veinte centímetros más bajo. —Está todo bien. Están encerrados. Le acabamos de liberar de la otra jaula. —¿Jaula? ¿Qué jaula? ¿Qué está pasando? ¡Sólo porque sea un sátiro no significa que no te pueda poner a hacer flexiones, Valdez! Jason se aclaró la garganta. —Entrenador… Gleeson…, como quiera que te llamemos. Nos salvó en el Gran Cañón. Fue muy valiente. —¡Por supuesto que lo fui! —El equipo de extracción vino y nos llevó al Campamento Mestizo. Creíamos que le habíamos perdido. Entonces nos enteramos de los vientos le habían llevado con su… digamos, jefa, Medea. —¡Esa bruja! Esperad, es imposible. Es una mortal. Lleva muerta siglos. —Correcto— dijo Leo—. Pero de alguna manera ha dejado de estarlo. Hedge asintió, cerrando los ojos. —Así que… fuisteis enviados en una peligrosa misión para rescatarme. ¡Excelente! —Um— Piper se levantó, poniendo las manos por delante para que el entrenador Hedge no la atacara—. En realidad, Glee… ¿puedo seguir llamándole Entrenador Hedge? Gleeson me parece inadecuado. Estamos en una misión para algo más. Le encontramos por accidente, más bien. —Oh—la alegría del entrenador pareció desaparecer, pero sólo por un segundo. Entonces se le encendieron los ojos de nuevo—. Pero no hay accidentes, y menos en las misiones. Eso tenía que pasar. Entonces esta es la morada de la bruja, ¿ciert? ¿Por qué todo está hecho de oro? —¿Oro? — Jason miró a su alrededor. Por la forma en la que Leo y Piper contuvieron el aliento, supuso que tampoco se habían dado cuenta. La sala estaba hecha de oro: las estatuas, el juego de té que Hedge había destrozado, la silla que definitivamente era un trono… Incluso las cortinas, que parecían haberse abierto solas al amanecer, parecían estar hechas de fibra dorada. —Guay— dijo Leo—. Ahora entiendo por qué tanta seguridad. —Esto no es…—comenzó Piper—. Esta no es la morada de Medea, entrenador. Es la mansión de algún rico en Omaha. Huimos de Medea y aterrizamos por error aquí.

—¡Es el destino, engullepasteles! —insistió Hedge—. Estoy destinado a protegeros. ¿De qué se trata la misión? Antes de que Jason pudiera decidir si quería explicarle o devolver al Entrenador Hedge a la jaula, se abrió una puerta en el otro extremo de la sala. Un hombre regordete en un albornoz blanco entró con un cepillo de dientes dorado en la boca. Tenía una barba blanca y uno de esos largos y pasados de moda gorros de dormir puesto encima de su cabello blanco. Se quedó parado al verles, y el cepillo de dientes le cayó al suelo. Se tambaleó hacia la habitación detrás de él y llamó: —¿Hijo? Litierses, ven un momento, por favor. Hay gente extraña en la sala del trono. El entrenador Hedge hizo lo más normal del mundo. Alzó su vara y gritó: —¡MORID!

CAPÍTULO XXXII JASON
TUVIERON LOS TRES juntos que sujetar al sátiro. —¡Yepa! ¡Entrenador! — dijo Jason—. ¡Tranquilícese un poco! Un hombre más joven entró en la habitación. Jason supuso que debería de ser Litierses, el hijo del hombre mayor. Vestía unos pantalones de pijama y una camiseta sin mangas que ponía ‘Cosechadores’, y sujetaba una espada que parecía ser utilizada para algo más que para cosechar. Sus brazos desnudos estaban cubiertos de cicatrices, tenía el pelo oscuro largo y rizado. Podría haber sido guapo, si no tuviera cortes por todo el cuerpo. Litierses dirigió su atención hacia Jason como si fuera su mayor enemigo, y cargó contra él, alzando su espada por encima de su cabeza. —¡Basta! — Piper se adelantó, intentando poner su voz más relajante—. ¡Es todo un malentendido! Todo está bien. Litierses aflojó el ritmo, pero seguía pareciendo amenazador. No ayudó nada que el entrenador gritara. —¡Son míos! ¡No os preocupéis! —Entrenador—le dijo Jason—, pueden ser amigos. Además, estamos invadiendo su casa. —¡Gracias! —dijo el hombre mayor del albornoz— Ahora, decidme: ¿quiénes sois y porqué estáis en mi casa? —Bajemos todas nuestras armas— dijo Piper—. Entrenador, usted primero. Hedge apretó los dientes. —Sólo un par de tundas. —No— dijo Piper. —¿Qué tal si hacemos un trato? Les mato primero y si luego resulta que eran amigos, me disculpo. —No— insistió Piper. —Bah— el entrenador Hedge bajó la vara. Piper le dio a Litierses una sonrisa disculpándose por todo aquello. Incluso con su pelo alborotado y llevando la misma ropa que hacía dos días, parecía increíblemente hermosa, y Jason se sintió un poco celoso de la sonrisa que le dedicaba a Litierses. Éste resopló y bajo el arma.

—Hablas bien, chica, por fortuna para tus amigos, porque si no me habría encargado de ellos… —Te lo agradezco— dijo Leo—.No me gusta que se encarguen de mí antes del almuerzo. El hombre del albornoz suspiró, apartando la tetera que el entrenador Hedge había roto. —Ya que estáis aquí, por favor sentaros. Litierses frunció el ceño. —Su Majestad… —No, no. Está bien. — dijo el anciano—. Nueva tierra, nuevas costumbres. Pueden sentarse en mi presencia. Después de todo, ya me han visto con mis ropas de dormir. No tiene sentido conservar las formalidades. Les dedicó su mejor sonrisa, aunque parecía un poco forzada. —Bienvenidos a mi humilde hogar. Soy el Rey Midas. —¿Midas? Imposible. — dijo el Entrenador Hedge—. Murió. Estaban sentados de nuevo en los sofás, mientras el rey se sentaba en el trono. Difícil de hacer eso en albornoz, y Jason tuvo miedo de que el anciano olvidara cruzar las piernas. Gracias a los dioses, vestía unos calzoncillos dorados bajo el albornoz. Litierses se mantuvo de pie tras el trono, mirando a Piper y flexionando los músculos sólo para molestar. Jason se preguntó si también parecería igual de amenazador con una espada. Con tristeza, lo dudó. Piper se sentaba a su lado. —Lo que nuestro amigo sátiro quiere decir, Su Majestad, es que usted es el segundo mortal que conocemos que debería estar… lo siento… muerto. El Rey Midas vivió hace cientos de años. —Interesante— el rey observó por la ventana al cielo azul brillante y a la luz de un día invernal. En la distancia, el centro de Ohama parecía un montón de bloques para niños, demasiado limpio y pequeño para ser una ciudad normal. —Ya sabéis— dijo el rey—. Creo que estaba un poco muerto durante un tiempo. Es raro. Parece todo un sueño, ¿no te parece, Litierses? —Un sueño muy largo, Su Majestad. —De todas formas, estamos aquí. Me lo estoy pasando muy bien. Me gusta estar vivo de nuevo. —¿Pero cómo? — preguntó Piper—. ¿No tendrás una… patrona? Midas vaciló, pero uno un leve brillo en sus ojos. —¿Eso importa, cielo?

—Deberíamos matarles de nuevo— sugirió Hedge. —Entrenador, no ayuda— dijo Jason—. ¿Por qué no va a vigilar a fuera? Leo tosió. —¿Es eso seguro? Con todas esas trampas ahí. —Oh, sí— dijo el rey—. Perdón por ello. Pero es todo tan encantador. Impresionante lo que se puede comprar con el oro en este país. ¡Qué impresionantes juguetitos tenéis! Sacó un mando del bolsillo de su albornoz y presionó un par de botones, una contraseña, supuso Jason. —Ya— dijo Midas—. Salir a fuera es seguro. El entrenador Hedge gruñó. —De acuerdo. Si me necesitáis…— le guiñó un ojo a Jason, reclamando su atención. Se señaló a sí mismo, señaló a Midas y su hijo y luego se pasó el dedo por la garganta. Genial, Entrenador. Disimulo ante todo. —Sí, vale— dijo Jason. Después de que el sátiro saliera, Piper intentó hacer otra sonrisa diplomática. —Así que… ¿no sabéis cómo habéis llegado aquí? —Oh, bueno, sí. De alguna manera— dijo el rey. Frunció el ceño y miró a Litierses—. ¿Por qué escogimos Ohama? Por el tiempo, no. —El oráculo— dijo Litierses. —¡Sí! Me dijeron que había un oráculo en Ohama. — el rey tosió—. Aparentemente es falso. Pero es una casa muy bonita, ¿no es cierto? Litierses, (hijo, sigo diciendo que tu madre no tuvo mucha lucidez con tu nombre) tiene mucho espacio libre para practicar con la espada. Tiene una gran reputación por ello. Antaño le llamaban el Segador. —Oh— Piper intentó sonar entusiasmada—. Precioso. La sonrisa de Litierses fue más bien una mueca. Jason estaba al cien por cien seguro de que no le gustaba ese tío, y comenzaba a arrepentirse de haber mandado a Hedge fuera. —Así que…— dijo Jason—. Todo este oro… Los ojos del rey se encendieron. —¿Estás aquí por mi oro, chico? Por favor, coge un folleto de la mesa.

Jason miró la mesa, habían unos folletos. El título rezaba ORO: invierte para la eternidad. —¿Vendes oro? —No, no—dijo el rey—. Lo hago. En tiempos inciertos como éste, el oro es la inversión más sabia, ¿no crees? Los gobiernos caen. Los muertos se alzan. Los gigantes atacan el Olimpo. Pero el oro retiene su valor. Leo frunció el ceño. —He visto ese anuncio. —Oh, ¡que no os engañen los imitadores! — dijo el rey—. Te puedo asegurar, que puedo mejorar el precio que cualquier otro inversor te haga. Puedo crear un amplio surtido de oro al instante. —Pero…— Piper giró la cabeza, confusa. —, Su Majestad, ¿no dejó el toque dorado? El rey parecía asombrado. —¿Dejarlo? —Sí— dijo Piper—. Lo obtuvo gracias a algún dios… —Dioniso—dijo el rey—. Rescaté uno de sus sátiros, y a cambio, el dios me concedió un deseo. Escogí el toque dorado. —Pero, por error, convirtió a su hija en oro— recordó Piper—. Y se dio cuenta de lo avaro que había sido. Por lo que se arrepentió. —¡Arrepentido! — el rey Midas miró a su hijo incrédulo—. ¿Lo ves, hijo? Te ausentas unos cientos de años y la historia cambia del todo. Mi querida niña, ¿dicen esas historias que perdí mi toque mágico? —Bueno, supongo que no. Solo decían que aprendió a revertirlo con agua en movimiento, y devolvió a tu hija a la vida. —Eso es cierto. A veces tengo que revertir mi toque. No hay agua corriente en la casa porque no me gustan los accidentes. —señaló a las estatuas—. Pero, quisimos vivir cerca del río por si acaso. A veces, me olvido y le doy unas palmaditas en la espalda a Litierses. Litierses retrocedió. —Lo odio. —Te dije que lo sentía, hijo. De todas formas, el oro es maravilloso. ¿Por qué debía de haberlo dejado?

—Bueno…— Piper parecía perdida—. ¿No es esa la moraleja de la historia? ¿Qué aprendió la lección? Midas rió. —Querida, ¿puedo ver tu mochila un instante? Ponla aquí. Piper vaciló, pero no estaba muy dispuesta. Sacó todo de la mochila y la acercó a Midas. Tan pronto como la cogió, la mochila se volvió dorada, como el hielo expandiéndose por la tela. Parecía flexible y suave, pero hecha de oro. El rey se la devolvió. —Como ves, puedo volver cualquier cosa en oro. — dijo Midas—. La mochila ahora es mágica, también. Ve y pon a tus pequeños espíritus tormentosos dentro. —¿De verdad? — dijo Leo, repentinamente interesado. Cogió la mochila de Piper y la acercó a la jaula. Tan pronto como bajó la cremallera, los vientos se removieron y aullaron en protesta. Las barras de la jaula temblaron. La puerta se abrió y los vientos fueron aspirados dentro de la mochila. Leo cerró la cremallera y sorprendido dijo: —Tengo que admitir que ha estado genial. —¿Veis? — dijo Midas—. ¿Mi toque dorado una maldición? Por favor. No aprendí la lección, y la vida no es una historia, chica. Honestamente, mi hija Zoë era mucho más agradable como estatua dorada. —Hablaba por los codos— dijo Litierses. —¡Exacto! Así que la convertí en oro— Midas señaló hacia la esquina, dónde había la estatua de una chica con una expresión sorprendida, como si estuviera gritando: ¡Papá! —Horrible— dijo Piper. —Qué va. No le importa. Además, si hubiera aprendido la lección, ¿tendría esto? Midas se sacó el gorro de dormir y Jason no supo si reír o vomitar. Midas tenía unas largas orejas grises que le crecían de entre el pelo blanco, como las de Bugs Bunny, pero no eran las orejas de un conejo. Eran las orejas de un burro. —Oh, guau— dijo Leo—. No necesitaba saber eso. —Terrible, ¿verdad? — Midas suspiró—. Unos años después del incidente del toque dorado, hice de juez en un certamen de música entre Apolo y Pan, y declaré a Pan vencedor. Apolo, mal perdedor, dijo que debía tener las orejas de un asno, y voilà. Ese fue mi premio por ser sincero. Intenté mantenerlas en secreto. Sólo mi barbero sabía de ellas, pero no ayudó contándoselo a todo el mundo. — Midas señaló la estatua de un hombre calvo con una toga, sujetando un par de tijeras—. Ese es. No volverá a contarle a nadie más ningún otro secreto.

El rey sonrió. De repente no le parecía a Jason un anciano agradable en un albornoz. Sus ojos tenían un brillo inquietante, la mirada de un loco que sabe que es loco, aceptando su locura y disfrutándola. —Sí. El oro tiene varios usos. Creo que es por eso por lo que hemos vuelto, ¿verdad Litierses? Para ayudar monetariamente a nuestra patrona. Litierses asintió. —Y por mi maestría con la espada. Jason miró a sus amigos. De repente el aire de la sala parecía mucho más frío. —Así que tiene una patrona— dijo Jason—. Trabaja para los gigantes. Midas movió su mano con despreocupación. —Bueno, no me importan los gigantes, por supuesto. Pero incluso los ejércitos sobrenaturales necesitan dinero. Le debo a mi patrona una gran deuda. Intenté explicárselo al último grupo que vino, pero eran muy antipáticas. No quisieron cooperar. Jason deslizó su mano hasta el bolsillo y sujetó su moneda dorada. —¿El último grupo? —Cazadoras— soltó Litierses—. Esas chicas locas de Artemisa. Jason sintió una corriente eléctrica recorrerle por la columna, literalmente. Sintió como si le traspasara un rayo y se estuviera derritiendo en el sofá. Su hermana había estado ahí. —¿Cuándo? — pidió—. ¿Qué pasó? Litierses frunció el ceño. —¿Hace unos días? No pude matarlas, por desgracia. Estaban buscando unos lobos, o algo así. Dijo que estaban siguiendo una estela, hacia el este. Un semidiós perdido, no entendí bien. Percy Jackson, pensó Jason. Annabeth había mencionado que las Cazadoras también le buscaban. Y en el sueño de Jason sobre la casa quemada entre las secuoyas, había oído a lobos enemigos acercándose. Hera les había llamado sus captores. Tenía que estar todo conectado de alguna manera. Midas se rascó sus orejas de burro. —Unas damas muy desagradables, esas cazadoras. — dijo—. Se negaron a formar parte de mi colección privada de estatuas. Varias cosas del sistema de seguridad de ahí fuera están instaladas para que no vuelva a suceder lo mismo otra vez. No tengo tiempo para aquellos inversores que no se lo toman en serio. Jason se levantó con calma y miró a sus amigos. Captaron el mensaje.

—Bueno— dijo Piper, intentando sonreír—. Ha sido una visita encantadora. Bienvenido a la vida de nuevo. Gracias por la mochila dorada. —¡Oh, pero no podéis iros! — dijo Midas—. Sé que no sois unos inversores, pero está bien. Tengo que rehacer mi colección. Litierses sonreía con crueldad. El rey se levantó y Piper y Leo retrocedieron. —No os preocupéis— les aseguró el rey—. No teneis que ser convertidos en oro. Les doy a mis visitantes dos opciones. Unirse a mi colección, o morir a manos de Litierses. Es algo bueno. Piper intentó usar su encandilamiento. —Su Majestad, no puede… Más rápido que cualquier otro anciano podría haberse movido, Midas se acercó a ella y la agarró por la muñeca. —¡NO! — gritó Jason. Pero un hielo dorado se extendió por Piper, y en un segundo era una estatua brillante. Leo intentó convocar fuego, pero se olvidó de que su poder no funcionaba allí dentro. Midas le tocó la mano y Leo se transformó en una estatua sólida. Jason estaba tan asustado que no podía moverse. Sus amigos, se habían ido. Y no había podido evitarlo. Midas sonrió disculpándose. —El oro vence al fuego, me temo. — señaló a su alrededor por toda la sala—. En esta habitación, mi poder bloquea a los otros: fuego, encandilamiento… Lo que reduce a un solo trofeo más que coleccionar. —¡Hedge! — gritó Jason—. ¡Necesito ayuda aquí dentro! Por primera vez, el sátiro no entró. Jason supuso que los láseres estarían haciendo de las suyas o simplemente se había ido a dar una vuelta. Midas chasqueó la lengua. —¿No hay cabra para ayudar? Lástima. Pero no te preocupes, chico. No duele. Litierses, díselo. Jason ideó algo. —Elijo combatir. Dijiste que podría elegir a Litierses. Midas parecía decepcionado, pero aceptó. —Te dije que podías morir combatiendo a mi hijo. Pero por supuesto, si lo deseas. El rey retrocedió y su hijo alzó la espada.

—Voy a pasármelo genial— dijo Litierses—. ¡Soy el Segador! —Acércate, recoge-trigo— Jason convocó su propia arma. Esta vez era una lanza dorada, y Jason agradeció el tamaño. —¡Oh, una arma dorada! Precioso. — dijo Midas. Litierses atacó. Era rápido. Rajaba y despedazaba, y Jason podía apenas parar las estocadas, pero su mente cambió. Analizaba patrones, aprendía del estilo de Litierses, que era ofensivo, pero no defensivo. Jason contrarrestaba, esquivaba y bloqueaba. Litierses parecía estar sorprendido de que siguiera vivo. —¿Qué es este estilo? — gruñó —. No luchas como un griego. —El entrenamiento legionario— dijo Jason, aunque no sabía cómo lo sabía—. Es romano. —¿Romano? — Litierses atacó de nuevo y Jason detuvo su hoja—. ¿Qué es romano? —Ding, ding, últimas noticias— dijo Jason—. Mientras estabas muerto, Roma venció a Grecia. Creó el mayor imperio de todos los tiempos. —Imposible— dijo Litierses—. Nunca he oído nada de eso. Jason giró con el talón, golpeó el pecho de Litierses con el reverso de su lanza, y le mandó tambaleándose hacia el trono de Midas. —¡Hijo! ¿Litierses? — dijo Midas. —Estoy bien— gruñó éste. —Será mejor que le ayudes a levantarse. — dijo Jason. —¡Padre, no! — gritó Litierses. Demasiado tarde. Midas puso su mano en el hombro de su hijo, y de repente, una estatua dorada con el semblante enfadado estaba sentada ante el trono de Midas. —¡Maldición! —gritó Midas—. Ha sido un truco muy cruel, semidiós. Pagarás por ello. — golpeó el hombro de su hijo—. No te preocupes, hijo. Te llevaré al río después de que haya conseguido este trofeo. Midas corrió hacia él, Jason se agachó, pateó la mesita de café, que chocó contra las rodillas de Midas, y le hizo caer, pero Midas no se mantendría en el suelo por mucho tiempo. Entonces Jason vio la estatua de Piper. Una oleada de furia le barrió. Era el hijo de Zeus. No podía fallar a sus amigos. Notó una incómoda sensación en la nuca, y la presión del aire bajó tan deprisa que le temblaron las orejas. Midas también lo notaba, porque se había incorporado y agarraba sus orejas de burro.

—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Mi poder es supremo aquí dentro! — gritó Midas. Retumbó un trueno. Fuera el cielo se había oscurecido. —¿Conoces otro buen uso del oro? —dijo Jason. Midas alzó las cejas, emocionado. —¿Cuál? —Es un excelente conductor de la electricidad. Jason alzó la lanza, y el techo explotó. Un rayo entró por el techo como si fuera una flecha y, conectado a la lanza de Jason, envió arcos de energía a través de toda la sala. Pedazos dorados del tejado caían por todas partes. La araña del techo se tambaleó y cayó al suelo creando un gran estruendo mientras Midas gritaba y se agazapaba tocando el suelo. El mármol del suelo se convirtió en oro. Cuando el estruendo finalizó, una lluvia fría cayó dentro del edificio. Midas maldijo algo en griego antiguo, a través de la lámpara. La lluvia caía por todas partes, convirtiéndolo todo en mármol, vidrio, madera, etc. Piper y Leo volvían a su estado normal poco a poco, con todas las demás estatuas de la sala. Entonces la puerta principal se vino abajo y el entrenador Hedge entró por ella, con la vara preparada. Su boca estaba cubierta de barro, nieve y hierba. —¿Qué me he perdido? — preguntó. —¿Dónde estaba? — preguntó Jason. Su cabeza le dolía de invocar el relámpago, y todo lo que podía hacer era mantenerse en pie con la lanza. —. Pedí ayuda a gritos. Hedge eructó. —Estaba tomando un aperitivo. Lo lamento. ¿Quién tiene que morir? —¡Ahora nadie! — dijo Jason—. Agarre a Leo. Yo cogeré a Piper. —¡No me dejéis así! — gritó Midas. A su alrededor las estatuas de sus víctimas estaban volviendo a la vida, su hija, su barbero y un grupo de hombres enfadados con espadas. Jason cogió la mochila dorada de Piper y sus cosas. Entonces cubrió la estatua de Litierses con una alfombra. Con suerte eso mantendría al Segador dorado un poco más de tiempo, almenos más tiempo hasta que las víctimas de Midas lo hubieran hecho antes que él. —Salgamos de aquí—le dijo Jason a Hedge—. Creo que estos chicos quieren tener un poco de tiempo de calidad con Midas.

CAPÍTULO XXXIII PIPER
PIPER SE DESPERTÓ FRÍA Y TIRITANDO. Había tenido una pesadilla con un anciano con orejas de burro persiguiéndola y gritando: ¡Eres mía! —Oh, dioses— sus dientes castañearon—. ¡Me convirtió en oro! —Ahora estás bien— Jason se acercó y la envolvió en una sábana calentita, pero ella seguía estando igual de fría que un Boréada. Parpadeó, intentando saber dónde se encontraban. A su lado, una fogata crepitaba, y una columna de humo impregnaba el aire. La luz del fuego brillaba contra las paredes. Estaban en una cueva poco profunda, pero no parecía ser de mucha protección. A fuera, el viento aullaba. La nieve caía por todas partes. Podía ser de noche, o quizás de día. La tormenta de nieve lo oscurecía todo tanto que era difícil de decir. —¿Leo? — consiguió decir Piper. —Presente y desdorado. — Leo también estaba envuelto en sábanas. No parecía estar muy bien, pero mucho mejor de lo que se sentía Piper. — También me hicieron el tratamiento del oro. — dijo—. Pero volví a la vida antes. No sé por qué. Tuvimos que hundirte en el río para devolverte completamente. Intenté secarte, pero… hace mucho, mucho frío. —Tienes una hipotermia— dijo Jason—. Te dimos todo el néctar que pudimos. El entrenador Hedge te practicó magia natural… —Medicina deportiva—la horrible cara del entrenador apareció ante ella—. Algo como un hobby para mí. Tu aliento huele igual de bien que hongos silvestres y Gatorade. Se te irá en un par de días, pero se irá. No morirás. Creo. —Gracias— dijo Piper, con debilidad—. ¿Cómo vencisteis a Midas? Jason le contó la historia, confesando que la mayor parte fue por suerte. El entrenador soltó una carcajada. —El chico quiere ser modesto. Deberías de haberle visto. ¡Hi-ya! ¡Corte! ¡Bum con el rayo! —Entrenador, ni siquiera me vio— dijo Jason—. Usted estaba fuera pastando. Pero el sátiro, continuó calentándose. —Entonces entré con mi vara, y controlamos la situación. Después le dije: Chico, estoy orgulloso de ti, si pudieras trabajar un poco más la fuerza de tu tronco superior… —Entrenador…— dijo Jason.

—¿Sí? —Cállese, por favor. —Claro— el entrenador se sentó cerca de la hoguera y comenzó a morder su vara. Jason colocó su mano encima de la frente de Piper para comprobar su temperatura. —Leo, ¿puedes avivar el fuego? —Por supuseto— Leo convocó una bola de fuego del tamaño de una pelota de béisbol y la lanzó contra la hoguera. —¿Tan mal estoy? —susurró Piper. —No— dijo Jason. —Mientes fatal— dijo ella—. ¿Dónde estamos? —Pikes Peak— dijo Jason—. En Colorado. —Pero eso… es, ¿cuánto? ¿a ocho cientos kilómetros de Omaha? —Algo así— aceptó Jason—. Obligué a los espíritus del viento a traernos. No les gustó y nos llevaron más rápido de lo que quise e incluso casi nos hacen chocar contra la ladera de la montaña antes de que pudiera devolverles a la mochila. No voy a volver a intentarlo. —¿Por qué estamos aquí? Leo olisqueó. —Eso es lo que le he preguntado. Jason miró a la tormenta como si esperara ver algo. —¿Sabéis esa estela del viento brillante que vimos el otro día? Sigue en el cielo, aunque ha desaparecido mucho. La seguí hasta que no podía ver nada más. Entonces… no estoy seguro. Sentí como si este fuera el lugar correcto en el que parar. —Por supuesto que lo es— el entrenador Hedge apartó unas astillas de la vara mordida—. El palacio flotante de Eolo debe de estar anclado por encima nuestro, justo en la cima. Este es uno de sus lugares favoritos dónde lo hace. —Quizá fuera eso— Jason frunció el ceño—. No lo sé. También por algo más… —Las Cazadoras iban hacia el oeste— recordó Piper—. ¿Crees que están por aquí cerca? Jason se rascó el antebrazo como si sus tatuajes le picaran.

—No veo cómo alguien podría sobrevivir en esta montaña ahora mismo. La tormenta es realmente horrible. Ya es la tarde antes del solsticio, pero no tenemos mucha elección excepto esperar a que acabe la tormenta aquí dentro. Teníamos que darte algo de tiempo para descansar antes de que intentaras moverte. No necesitó convencerla. El viento aullando en el exterior la aterrorizaba, y no podía dejar de tiritar. —Tenemos que calentarte— Jason se sentó a su lado y la rodeó con los brazos—. ¿Te importa si…? —En absoluto. — Piper intentó sonar indiferente. Puso sus brazos a su alrededor y la abrazó. Se acercaron al fuego. El entrenador Hedge seguía mordiendo su vara y lanzando astillas al fuego. Leo abrió alguno de sus raciones de comida y comenzó a freír hamburguesas en una barbacoa de metal. —Así que… chicos, ya que estáis en posición de escuchar historias… tengo que deciros algo. Yendo a Ohama, tuve un sueño. Algo difícil de entender con las intercepciones y la Ruleta de la Suerte entrando todo el rato… —¿La Ruleta de la Suerte? — Piper supuso que Leo bromeaba, pero cuando levantó la vista de sus hamburguesas, su mirada era seria. —La cosa es— dijo—, mi padre, Hefesto, me habló. Leo les contó sobre su sueño. A la luz del fuego, con el viento aullando, la historia era aún más aterradora. Piper pudo imaginarse la voz estática del dios alertando sobre gigantes que eran los hijos del Tártaro, y sobre Leo perdiendo amigos por el camino. Intentó concentrarse en algo positivo: los brazos de Jason a su alrededor, el calor que poco a poco se extendía por su cuerpo, pero seguía aterrada. —No lo entiendo. Si los semidioses y los dioses tienen que unirse para exterminar a los gigantes, ¿por qué los dioses se han callado? Si nos necesitan… —¡Ja! — dijo el entrenador—. Los dioses odian necesitar a los humanos. Les gusta ser necesitados por los humanos, pero no de la otra forma. Las cosas se tienen que poner mucho peor para que Zeus admita que ha cometido un error cerrando el Olimpo. —Entrenador— dijo Piper—, eso ha sido un comentario de lo más inteligente. El entrenador resopló. —¿Qué? ¡Soy listo! No me sorprende que vosotros, engulletartas, no hayáis oído hablar sobre la Titanomaquia. Los dioses no les gusta hablar sobre ellos. Su reputación bajaría si admitieran que necesitaron a los mortales para ayudar a ganar al enemigo. Es vergonzoso.

—Hay algo más— dijo Jason—. Cuando soñé con Hera en su jaula, dijo que Zeus actuaba de manera paranoica. Y Hera, dijo que había ido a la casa en ruinas porque una voz le había hablado en la cabeza. ¿Y si algo está influyendo a los dioses, tal y como Medea nos controlaba? Piper se estremeció. Tenía un pensamiento muy parecido, sobre una fuerza que no podían ver manipulando las cosas detrás de las cámaras, ayudando a los gigantes. Quizá esa fuerza que mantenía a Encélado informado sobre sus movimientos, y que incluso había hecho caer al dragón del cielo por encima de Detroit. Quizá la Mujer Terrosa de Leo, o otra sirviente suya… Leo puso las hamburguesas para hornearse. —Sí, Hefesto dijo algo parecido, como si Zeus estuviera actuando de una manera un tanto más rara de lo normal. Pero lo que me molestó fue lo que mi padre no me dijo. Un par de veces que habló de semidioses y que hablaba sobre cómo había tenido tantos hijos al mismo tiempo y esas cosas… No lo sé. Actuó como si reunir a los mayores semidioses juntos fuera imposible, como Hera lo estaba intentando hacer, pero era algo muy estúpido, algo que Hefesto no se suponía que debía decirme. Jason se flexionó. Piper pudo sentir la tensión en sus brazos. —Quirón dijo algo parecido en el campamento— dijo—. Mencionó un juramento sagrado que no debía romperse o algo así. Entrenador, ¿sabe usted algo de todo esto? —No. Solo soy un sátiro. No nos cuentan nada importante. Sobre todo a un viejo… —se detuvo a sí mismo. —¿Un viejo como usted? — preguntó Piper. —¿Pero no es tan viejo, verdad? —Ciento seis— murmuró Hedge. Leo tosió. —¿Que qué? —No le prendas fuego a tus calzoncillos, Valdez. Es como si tuviera cincuenta y tres años humanos. Aún así, tengo varios enemigos dentro del Consejo de los Sabios Ungulados. He sido protector durante muuucho tiempo. Pero comenzaron a decir que me estaba volviendo impredecible. Demasiado violento. ¿Os lo podéis creer? —Guau— Piper intentó no mirar a sus amigos—. Qué raro. El entrenador frunció el ceño. —Sí, y cuando finalmente tuvimos una gran guerra contra los titanes, ¿me enviaron al frente a luchar? ¡No! Me enviaron lo más lejos posible, a la frontera con Canadá, ¿os lo podéis creer? Entonces, después de la guerra. Me jubilaron. La Escuela de la Salvajería. ¡Bah! Como si fuera

demasiado viejo para ayudar porque me gusta jugar a la ofensiva. Todos esos recoge-flores del Consejo… hablando de naturaleza… —Creía que a los sátiros os gusta la naturaleza— se aventuró Piper. —Espera, me encanta la naturaleza— dijo Hedge—. La naturaleza significa grandes cosas como matar y comer pequeñas cosas. Y cuando eres un… ya sabes, un gran sátiro talentoso como yo, que estás en forma y tienes una buena vara con la que pegar azotes, no necesitas nada de nadie. ¡Eso es la naturaleza! — Hedge resopló con indignación—. Recoge-flores. De todas formas, espero que tengas algo de cocina vegetariana, Valdez. No soy carnívoro. —Claro, Entrenador. No te comas tu vara. Tengo unas hamburguesas de tofu aquí. Piper también es vegetariana. Las haré en un segundo. El olor de las hamburguesas recién hechas llenó el aire. Piper solía odiar el olor de la carne cocinada, pero su estómago rugió como si quisiera munición. No, me estoy yendo, pensó. Piensa en brócolis, zanahorias, lentejas. Su estómago no era el único que se rebelaba. Descansando junto al fuego, con Jason agarrándola, la consciencia de Piper se sintió como si una bala estuviera atravesándole el corazón poco a poco. Toda la culpa que había estado soportando la última semana, desde que el gigante Encélado le había enviado su primer mensaje, la estaba matando. Sus amigos la querían ayudar. Jason incluso le había dicho de ir hacia una trampa con tal de ayudar a su padre. Y Piper les había hecho callar. Por lo que sabía, ya había matado a su padre cuando atacó a Medea. Contuvo un sollozo. Quizás había hecho lo correcto en Chicago al salvar a sus amigos, pero solo había hecho extender más su problema. Nunca podría traicionarles, pero la parte más remota de su mente no paraba de preguntarse: ¿Y qué si lo hiciera? Intentó imaginarse qué diría su padre. Eh, papá, si alguna vez te encadena un gigante caníbal y tengo que traicionar a un par de amigos para salvarte, ¿qué debería hacer? Qué gracia, eso nunca se lo había preguntado durante sus Tres Preguntas. Su padre nunca podría habérselo tomado en serio, por supuesto. Probablemente le había contado una de las viejas historias del abuelo Tom, algo sobre erizos brillante y pájaros parlantes, y entonces se habrían reído como si el consejo fuera estúpido. Piper deseó poder recordar mejor al abuelo. A veces soñaba con esa pequeña casa de dos habitaciones de Oklahoma. Se preguntó cómo habría sido crecer allí. Su padre podría pensar que estaba loca. Se había pasado toda su vida huyendo de ese lugar, alejándose de su tierra, haciendo cualquier papel menos algún americano nativo. Siempre le había dicho a Piper la suerte que había tenido de crecer siendo rica y cuidada en una bonita casa de California. Habría aprendido a ser vagamente incómoda por sus ancestros, como las fotografías viejas de papá de los ochenta, cuando tenía el pelo alocado y ropas estridentes. ¿Te puedes creer que yo era así? Le dijo una vez. Ser un cherokee era lo mismo para él, algo divertido y vergonzoso a medias. ¿Pero qué mas eran ellos? Papá parecía no saberlo. Quizá es por eso por lo que estaba siempre infeliz, cambiando de papeles. Quizá era por eso por lo que Piper comenzó a robar cosas, buscando algo que su padre jamás le podría ofrecer.

Leo puso las hamburguesas de tofu en la sartén. El viento seguía soplando. Piper recordó una vieja historia que su padre le contó una vez, una que quizá respondiera algunas de sus preguntas. Un día de segundo de primaria ella había llegado llorando preguntando por qué su padre la llamaba Piper. Los niños se reían de ella porque Piper Cherokee era un tipo de avión. Su padre rió, como si nunca se lo hubiera planteado. —No, Pipes. No te he llamado así por un avión. El abuelo Tom te puso ese nombre. La primera vez que te oyó llorar, dijo que tenías una voz poderosa, mejor que ninguna gaita de junco. Y gaita es flute piper en inglés. Dijo que aprenderías a cantar las canciones cherokees más difíciles, incluso la canción de la serpiente. —¿La canción de la serpiente? Papá le contó la leyenda de cómo un día una mujer cherokee había visto una serpiente jugando demasiado cerca de sus hijos que la mató con una piedra, sin darse cuenta de que era el rey de las serpientes de cascabel. Las serpientes se prepararon para luchar contra los humanos en una guerra, pero el marido de la mujer intento poner paz. Prometió que haría cualquier cosa para compensar a las serpientes de cascabel. Las serpientes le tomaron la palabra. Le dijeron que debía enviar a su mujer al pozo para que las serpientes la pudieran morder y tomar su vida a cambio. Al hombre se le rompió el corazón, pero hizo lo que le pidieron. Después de eso, las serpientes quedaron impresionadas de que el hombre hubiera dado todo lo que tenía para cumplir su promesa. Le enseñaron la canción de la serpiente para que todos los cherokees la pudieran usar. A partir de entonces, si algún cherokee se encuentra una serpiente y le canta la canción, la serpiente reconocería al cherokee como amigo, y no le mordería. —¡Eso es horrible! — dijo Piper en su día— ¿Dejó morir a su mujer? Su padre extendió las manos. —Fue un sacrificio duro, pero una vida trajo generaciones de paz entre serpientes y cherokee. El abuelo Tom cree que la música cherokee puede resolver casi cualquier problema. Creyó que sabrías un montón de canciones, y serías la mejor músico de toda la familia, por eso te llamó Piper. Un duro sacrificio. ¿Su abuelo habría previsto algo sobre ella, incluso siendo un bebé? ¿Había presentido que era hija de Afrodita? Su padre probablemente la habría llamado loca. El abuelo Tom no era un oráculo. Pero aún así… se hizo la promesa de ayudar en esta misión. Sus amigos contaban con ella. La habían salvado cuando Midas la había convertido en oro. La habían devuelto a la vida. No podía seguir mintiéndoles. Poco a poco, Piper comenzó a sentirse mejor. Dejó de tiritar y se acomodó contra el pecho de Jason. Leo repartió la comida. Piper no quería moverse, hablar o hacer algo que rompiera el momento. Pero tuvo que hacerlo.

—Tenemos que hablar— se levantó para poder mirar a Jason a la cara—. No quiero seguir escondiéndoos nada nunca más. La miraron con las bocas llenas de comida. Demasiado tarde para cambiar de parecer. —Tres noches antes de la excursión al Gran Cañón— dijo—, tuve una visión en sueños: un gigante, diciéndome que mi padre había sido preso. Me dijo que tenía que cooperar, o mataría a mi padre. Las llamas chisporrotearon. Finalmente, Jason dijo: —¿Encélado? Le has mencionado antes. El entrenador Hedge silbó de asombro. —Gigantesco y respira fuego. No es alguien que me gustaría que me hiciera a la barbacoa mis partes cabrías. Jason le echó una mira de ‘cállate’. —Vamos, Piper. ¿Qué pasó luego? —Intenté contactar con mi padre, pero todo lo que obtuve fue a su asistenta personal, diciéndome que no me preocupara. —¿Jane? — recordó Leo—. ¿No dijo algo Medea sobre controlarla? Piper asintió. —Para que pudiera tener de vuelta a mi padre tenía que sabotear esta misión. No me di cuenta de que íbamos a ser nosotros tres. Entonces, después de que la misión comenzara, Encélado me envió otra alerta: me dijo que os quería a los dos muertos. Tenía que llevaros a una montaña. No sé cuál, pero está en la Zona de la Bahía de San Francisco, pude ver el Golden Gate a lo lejos. Tenía que estar al anochecer del solsticio, mañana. Un intercambio. No pudo mirar a los ojos de sus amigos. Esperó que la gritaran, o que se giraran, o que la tiraran a la tormenta de nieve. En cambio, Jason se acercó a ella y la abrazó con un brazo. —Dioses, Piper. Lo siento mucho. Leo asintió. —No bromeo. ¿Llevas soportando esto una semana? Piper, podríamos haberte ayudado. Les miró. —¿No me vais a gritar ni nada? ¡Me ordenaron que os matara!

—Oh, vamos— dijo Jason—. Nos has salvado la vida a ambos en esta misión. Habría puesto mi vida en tus manos cualquier día. —Lo mismo— dijo Leo—. ¿Puedo tener yo también un abrazo? —¡No lo entendéis! —dijo Piper—. Probablemente contándoos esto acabe de sentenciar a mi padre. —Lo dudo— espetó el entrenador Hedge—. El gigante todavía no tiene lo que quiere, así que necesita a tu padre para chantajearte. Esperará hasta que pase el límite de tiempo para ver si acudes. Quiere que boicotees la misión hacia esa montaña, ¿verdad? Piper asintió con incerteza. —Así que eso significa que Hera está encerrada en algún lugar— razonó Hedge—. Y tiene que ser salvada el mismo día. Así que tenéis que escoger: salvar a tu padre o rescatar a Hera. Si vas a por Hera, Encélado se encargará de tu padre. Además, Encélado nunca te dejará marchar incluso aunque cooperaras. Obviamente eres una de los siete de la Gran Profeciía. Una de los siete. Lo había hablado antes con Jason y Leo, y suponía que debía ser cierto, pero aún no se lo acababa de creer. No se sentía tan importante. Era sólo una estúpida hija de Afrodita. ¿Cómo podía ser buena engañando o matando? —Así que no tenemos elección— dijo miserablemente—. Tenemos que salvar a Hera, o el rey de los gigantes se despertará. Es nuestra misión. El mundo depende de ello. Y Encélado parece que tiene forma de verme. No es tonto. Lo sabrá si cambiamos de rumbo y vamos por el camino equivocado. Matará a mi padre. —No va a matar a tu padre— dijo Leo—. Le salvaremos. —¡No tenemos tiempo! — gritó Piper—. Además, es una trampa. —Somos tus amigos, reina de la belleza— dijo Leo—. No vamos a dejar que tu padre muera. Sólo tenemos que idear un plan. El entrenador Hedge gruñó. —Ayudaría si supiéramos qué montaña era. Quizás Eolo te lo pueda decir. La Zona de la Bahía tiene muy mala reputación entre los semidioses. El antiguo hogar de los titanes, el Monte Othrys, se situa sobre el monte Tam, desde dónde Atlas sujeta el cielo. Espero que esa no sea la montaña que viste. Piper intentó recordar el paisaje de sus sueños. —No lo creo. Estaba dentro de tierra. Jason frunció el ceño mirando al fuego, como si intentara recordar algo.

—Mala reputación… eso no es correcto. La Zona de la Bahía… —¿Crees que puedes haber estado ahí? — preguntó Jason. —Yo…— parecía tenerlo en la punta de la lengua. Entonces sus ojos se llenaron de desesperación—. No lo sé. Hedge, ¿qué le pasó al Monte Othrys? Hedge mordió el papel y la hamburguesa entre sus manos. —Bueno, Cronos construyó su nuevo palacio el último verano. Un gran lugar, iba a ser el cuartel general de su nuevo reino y todo eso. Aunque no hubieron luchas, ahí. Cronos fue a Manhattan, intentó tomar el Olimpo. Si no recuerdo mal, dejó algunos titanes a cargo de su palacio, pero antes de que Cronos fuera vencido en Manhattan, el palacio entero se vino abajo por sí solo. —No— dijo Jason. Todo el mundo le miró. —¿Qué quieres decir con ‘no’? — preguntó Leo. —Eso no es lo que pasó. Yo…—se tensó, mirando hacia la entrada de la cueva. —¿Habéis oído eso? Por un segundo, nada se escuchó. Entonces Piper lo oyó: aullidos en la noche.

CAPÍTULO XXXIV PIPER
—LOBOS— DIJO PIPER — SUENAN CERCA. Jason se levantó y convocó a su espada. Leo y el entrenador Hedge se pusieron de pie también. Piper lo intentó, pero sus ojos se nublaron. —Quédate quieta— le dijo Jason—. Te protegeremos. Apretó los dientes. Se sentía una inútil. No quería que nadie la protegiera. Primero el estúpido tobillo, ahora, la estúpida hipotermia. Quería levantarse y poner su daga en la mano. Entonces, gracias a la luz del fuego, pudo ver unos grandes ojos rojos brillando en la oscuridad en la entrada de la cueva. De acuerdo, pensó. Quizás un poco de protección, esté bien. Más lobos aparecieron a la luz del fuego, bestias negras más grandes que un gran danés, con hielo y nieve por encima de la piel. Sus colmillos brillaron, y sus brillantes ojos rojos parecían molestamente inteligentes. El lobo del frente era casi tan alto como un caballo y tenía la boca manchada como si acaba de comer una presa. Piper sacó la daga de su funda. Entonces Jason se adelantó y dijo algo en latín. Piper no creyó que una lengua muerta podría hacer demasiado efecto en los animales, pero el lobo alfa torció el morro. Se le pusieron los pelos del lomo de punta. Uno de sus tenientes intentó avanzar, pero el lobo alfa le espetó algo al oído. Entonces todos los lobos retrocedieron a la oscuridad. —Tío, tengo que estudiar latín— el martillo de Leo resonó en su mano—. ¿Qué has dicho, Jason? Hedge maldijo. —Fuera lo que fuera no fue suficiente. Mirad. Esperaron. Almenos eran una docena, en un estrecho semicírculo fuera del alcance de la luz del fuego, bloqueando la salida de la cueva. El entrenador levantó la vara. —Este es el plan. Les mato a todo y vosotros, chicos, escapáis. —Entrenador, te rajarán en cuanto puedan. — dijo Piper. —Nah, soy bueno. Entonces Piper vio la silueta de un hombre viniendo a través de la tormenta de nieve, caminando entre la manada. —Manteneos juntos— dijo Jason—. Respetan a las manadas. Y Hedge, no hagas locuras. No te vamos a dejar ni a ti ni a nadie atrás. Piper se atragantó. De momento era el lobo débil de la manada. No había ninguna duda de que los lobos podían oler su miedo. También podía tener en la cara la señal de Comida Gratis. Los lobos se

apartaron, y el hombre entró a la vista de la luz del fuego. Su pelo era grasiento y era harapiento, manchado con hollín de la hoguera, luciendo una corona que parecía estar hecha de huesos. Sus ropas estaban hechas con pelaje animal: lobo, conejo, tejón, ciervo y otros tantos que Piper no pudo identificar. Las pieles no estaban bien tejidas, y por el olor, no eran muy frescas. Su cuerpo era ágil y musculado, como un atleta. Pero lo más horrible de todo era su cara. Su fina y pálida piel estaba pegada a su calavera. Sus dientes tenían la forma de colmillos. Sus ojos brillaban de un color rojo como el de los lobos, y miraban a Jason con absoluto odio. —Ecce—dijo—, filli Romani. —Habla inglés, hombre lobo— le gritó Hedge. El hombre lobo gruñó. —Dile a tu fauno que cuide su lengua, hijo de Roman. O será mi primer aperitivo. Piper recordó que fauno era el equivalente romano para sátiro. No era información de mucha ayuda. Ahora, si pudiera recordar quién era ese hombre lobo en la mitología griega, y cómo vencerle, para que le sirviera. El hombre lobo estudió el pequeño grupo. Se le movieron las aletas de la nariz. —Así que es verdad— murmuró—. Una hija de Afrodita. Un hijo de Hefesto. Un fauno. Y un hijo de Roma, del señor Júpiter, no menos. Todos juntos, sin matarse el uno al otro. Interesante. —¿Te han hablado de nosotros? —preguntó Jason—. ¿Quién? El hombre gruñó (una risa quizás o algo parecido). —Oh, os hemos estado buscando por todo el oeste, semidiós, esperando que seríamos los primeros en encontraros. El rey de los gigantes me recompensará bien cuando se alce. Soy Licaón, rey de los lobos. Y mi manada está hambrienta. Los lobos gruñeron en la oscuridad. Más allá del rabillo del ojo, Piper vio a Leo alzar su martillo y sacar algo de su cinturón, una botella de cristal con un líquido transparente. Piper rebuscó entre su cerebro para intentar situar el nombre del chico lobo. Sabía que lo había oído en algún otro lugar pero no podía recordar los detalles. Licaón miró a la espada de Jason. Se movió de un lado a otro como esperando un ataque, pero la hoja de Jason se movía con él. —Vete— ordenó Jason—. No hay comida para ti aquí. Licaón mostró los colmillos. Aparentemente no era un gran fan del tofu. —Si pudiera hacer lo que quisiera— Licaón dijo arrepintiéndose—. Te mataría a ti el primero, hijo de Júpiter. Tu padre me hizo cómo soy. Fui el poderoso rey mortal de Arcadia, con cincuenta y nueve hijos, y Zeus los mató a todos con sus rayos.

—¡Ja! — dijo el entrenador Hedge—. ¡Por una buena razón! Jason miró por encima de su hombro. —Entrenador, ¿conoces a este payaso? —Yo sí—respondió Piper. Los detalles del mito le vinieron a la mente, una corta y horrible historia con la que ella y su padre se habían reído durante el desayuno. Ahora mismo no hacia la mínima gracia. —Licaón invitó a Zeus a cenar— dijo—. Pero el rey no estaba seguro de si era Zeus. Así que para comprobar sus poderes, Licaón intentó darle de comer carne humana. Zeus se enfureció… —¡Y mató a mis hijos! — aulló Licaón. Los lobos detrás de él aullaron al unísono. —Y así, Zeus le volvió un lobo— dijo Piper—. Por eso llaman a los hombres lobo, licántropos, por él, el primer hombre lobo. —El rey de los lobos— finalizó el entrenador Hedge—. Un chucho apestoso, vicioso e inmortal. Licaón gruñó. —¡Me encargaré de ti, fauno! —Oh, ¿quieres un poco de cabra, colega? Porque ya te daré yo a ti, cabra. —Detente— dijo Jason—. Licaón, tu dijiste que querrías matarme a mí, ¿pero…? —Por desgracia, hijo de Roma, estás destinado a ello. Desde que…— apuntó las garras a Piper—, está de aquí no te ha matado, tienes que ser enviado vivo a la Casa del Lobo. Uno de mis compatriotas me pidió el honor de matarte ella misma. —¿Quién? — dijo Jason. El rey de los lobos hizo una muesca. —Oh, una gran admiradora tuya. Aparentemente, le causaste una gran impresión. Se encargará de ti pronto, y realmente no me puedo quejar. Derramar tu sangre en la Casa del Lobo marcará mi nuevo territorio bastante bien. Lupa se lo pensará dos veces antes de desafiar a mi manada. El corazón de de Piper le dio un vuelco. No entendía todo lo que Licaón decía, ¿pero una mujer que quería matar a Jason? Medea, pensó. De alguna manera, tenía que haber sobrevivido a la explosión. Piper movió con dificultad sus pies. Se le volvió a nublar la vista de nuevo. La cueva le dio vueltas. —Ahora te vas a ir, ahora— dijo Piper—, antes de que te destruyamos.

Intentó poner todo el pode que pudo en sus palabras, pero fue demasiado débil. Tiritando en sus sábanas, pálida y sudorosa y difícilmente capaz de sujetar un cuchillo, no pudo parecer demasiado amenazadora. Los ojos rojos de Licaón parpadearon con humor. —Un intento muy valiente, chica. Te admiro. Quizás pueda darte un final rápido. Sólo el hijo de Júpiter es necesitado vivo. El resto de vosotros, me temo, sois la cena. En ese momento, Piper supo que iba a morir. Pero almenos moriría de pie, luchando junto a Jason. Jason dio un paso adelante. —No vais a matar a nadie, hombre lobo. Por encima de mi cadáver. Licaón aulló y extendió las garras. Jason pegó un taje hacia él, pero su espada dorada le atravesó como si el rey lobo no estuviera ahí. Licaón rió. —Oro, bronce, acero, nada de eso puede dañarme, ni a mí, ni a mis lobos, hijo de Júpiter. —¡Plata! —gritó Piper—. Los hombres lobo se matan con plata, ¿no? —¡No tenemos nada de plata! — dijo Jason. Los lobos saltaron hacia la cueva. Hedge cargó hacia ellos con un grito: —¡Allá voy! Pero Leo atacó primero. Lanzó su botella de vidrio y ésta estalló contra el suelo, derramando el líquido por los lobos, y también se expandió por el aire el inconfundible olor de la gasolina. Lanzó una llama de fuego al líquido, y una pared de llamas estalló. Los lobos gritaron y retrocedieron. Varios ardieron en llamas y tuvieron que salir corriendo hacia la nieve. Incluso Licaón parecía inofensivo en la barrera de llamas separando sus lobos de los semidioses. —Oh, vamos— se quejó Hedge—. No puedo azotarles si están al otro lado. Cada vez que un lobo se acercaba, Leo disparaba una nueva onda de fuego de sus manos, pero cada esfuerzo parecía hacerle más cansado, y la gasolina se estaba gastando. —¡No puedo hacer más gas! —les alertó Leo. Entonces su cara se enrojeció—. ¡Guau! Eso ha sonado muy mal. Me refiero al gas inflamable. El cinturón va a necesitar un tiempo para recargarse. ¿Qué tienes, tío? —Nada— dijo Jason—. Nada que funcione contra ellos. —¿Trueno? — preguntó Piper. Jason se concentró, pero no sucedió nada. —Creo que la tormenta de nieve interfiere o algo.

—¡Desata a los venti! —dijo Piper. —Entonces no tendremos nada que entregar a Eolo— dijo Jason—. Habremos hecho todo este camino para nada. Licaón rió. —Puedo oler vuestro miedo. Unos pocos minutos más de vida, héroes. Rezad a los dioses que queráis. Zeus no me concedió misericordia y no lo obtendréis de mí esta noche. Las llamas comenzaron a apagarse. Jason maldijo y soltó su espada. Piper alzó su daga, no demasiado, pero era todo lo que tenía. El entrenador alzó la vara, y parecía el único que parecía emocionado de morir. Entonces un sonido desgarrador cortó el viento, como una tela desgarrada. Una larga vara apareció en el cuello del lobo más cercano, la forma de una flecha plateada. El lobo se retorció de dolor y cayó, fundiéndose en una mezcla de sombras. Más flechas, más lobos cayeron. La manada entró en confusión. Una flecha brilló cerca de Licaón, pero el rey lobo la atrapó al vuelo. Entonces gritó de dolor. Cuando soltó la flecha, se carbonizó la flecha, y tenía un pronfundo corte humeante en la palma de la mano. Otra flecha le dio en el hombro, y el rey lobo se tambaleó. —¡Maldita sea! — gritó Licaón. Aulló a su manada, y los lobos se dieron en retirada. Licaón miró a Jason con esos ojos brillantes. —Esto no ha terminado, chico. El rey lobo desapareció en la noche. Segundos después, Piper oyó más lobos aullar, pero el sonido era distinto, menos amenazador, como perros de caza siguiendo el rastro. Un lobo blanco más pequeño saltó en la cueva, seguido de dos más. Hedge dijo: —¿Los mato? —¡No! —dijo Piper—. ¡Espera! Los lobos alzaron las cabezas y estudiaron los acampados con unos gigantescos ojos dorados. Un segundo después, sus maestras aparecieron: un grupo de cazadoras vestidas con ropas de camuflaje grises y verdes, eran almenos una docena. Todas ellas llevaban unos arcos, con carcajes repletos de flechas plateadas brillantes a sus espaldas. Sus caras estaban cubiertas con capuchas acolchadas, pero obviamente todas eran chicas. Una, más alta que el resto, se agachó ante la hoguera y recogió la flecha que había herido la mano de Licaón. —Muy cerca— se giró a sus acompañantes—. Phoebe, ven conmigo. Vigila la entrada. Las demás, seguid a Licaón. No podemos perderle ahora. No le pienso dejar escapar.

Las otras cazadoras murmuraron con afirmación y desaparecieron, persiguiendo la manada de Licaón. La chica de blanco se giró hacia ellos, con su cara aún oculta por la capucha. —Hemos estado siguiendo esa estela demoníaca durante una semana. ¿Estáis todos bien? ¿Alguien ha sido mordido? Jason se quedó congelado, mirando a la chica. Piper se dio cuenta de que algo en su voz le sonó familiar. Era difícil de decir, pero por la forma en la que habló, la forma en la que juntaba las palabras, le recordaba bastante a Jason. —Eres ella— adivinó Jason—. Eres Thalia. La chica se giró. Piper tuvo miedo de que le atacar con el arco, pero en vez de eso se quitó la capucha. Tenía el pelo negro de punta, con una diadema plateada en su frente. Su cara tenía un brillo súper-saludable, como si fuera algo más que humano y sus ojos eran de un azul brillante. Era la chica de la fotografía de Jason. —¿Te conozco? — preguntó Thalia. Piper respiró hondo. —Esto puede ser chocante, pero… —Thalia— Jason dio un paso adelante, su voz temblaba—. Soy Jason, tu hermano.

CAPÍTULO XXXV LEO
LEO SUPUSO QUE ERA EL QUE MENOS SUERTE TENÍA del grupo, y eso era mucho decir. ¿Por qué él no tenía una hermana perdida durante mucho tiempo o un padre estrella del cine que necesitaba ser rescatado? Todo lo que tenía él era un cinturón de herramientas y un dragón que se había roto a medio camino de la misión. Quizás fuera por esa estúpida maldición de la cabaña de Hefesto, pero Leo no creyó tal cosa. En su vida siempre había habido mala suerte antes de que llegara al campamento. En cien años, esa misión se contaría en una hoguera, supuso que la gente hablaría del valiente Jason, la hermosa Piper y de su compinche el Llameante Valdez, que les acompañó con una bolsa de herramientas mágicas y que, a veces, cocinaba hamburguesas de tofu. Si eso no era ya de por sí terrible, Leo se enamoraba de cada chica que veía, tan pronto como las veía estaban muy lejos de su alcance. La primera vez que vio a Thalia, Leo pensó de inmediato que era demasiado guapa para ser la hermana de Jason. Entonces pensó que sería mejor no decir nada o se metería en problemas. Le gustaba su oscuro pelo largo, y sus ojos azules, y su actitud confiada. Parecía el tipo de chica que podría pisotear a cualquiera una cancha de frontón o en el campo de batalla y no podría tener tiempo para Leo, ¡exactamente su tipo! Durante un minuto, Jason y Thalia se miraron el uno al otro, aturdidos. Entonces Thalia corrió hacia él y le abrazó. — ¡Dioses! ¡Me dijo que habías muerto! — le agarró la cara a Jason y parecía investigarle cada centímetro de ella. — ¡Gracias a Artemisa, eres tú! Esa pequeña cicatriz en tu labio, intentaste comerte una grapadora cuando tenías dos años. Leo se rió. —¿En serio? Hedge asintió como si aprobara el gusto de Jason. —Grapadoras, una buena fuente de hierro. —E-espera— balbuceó Jason. — ¿Quién te dijo que yo había muerto? ¿Qué pasó? A la entrada de la cueva, uno de los lobos blancos ladró. Thalia miró hacia el lobo y asintió, pero mantuvo las manos en la cara de Jason, como si tuviera miedo de que pudiera desvanecerse. —Mi loba me ha dicho que no tenemos mucho tiempo y tiene razón. Pero tenemos que hablar. Sentémonos. Piper hizo algo mucho mejor que eso, se desmayó. Se habría partido la cabeza contra el suelo si Hedge no la hubiera sujetado. Thalia corrió hacia ella.

—¿Qué le pasa? Ah, no importa. Ya veo. Hipotermia. Tobillo. —frunció el ceño mirando al sátiro— . ¿No conoces la cura natural? Hedge tosió. —¿Es que no ves que está bien? ¿No hueles el Gatorade? Thalia miró a Leo por primera vez, y por supuesto, era una mirada acusadora, como diciendo ‘¿Por qué dejáis a una cabra que sea un doctor? Como si fuera la culpa de Leo. —Tú y el sátiro— ordenó Thalia—, llevad a la chica con mi amiga de la entrada. Phoebe es una curandera excelente. —¡Hace frío ahí fuera! — dijo Hedge—. Se me congelarán los cuernos. Pero Leo supo cuándo no hacían falta. —Vamos, Hedge. Estos dos necesitan hablar. —Hmf. Vale. — murmuró el sátiro—. No peléis contra nada en mi ausencia. Hedge cargó con Piper a la entrada. Leo estaba a punto de seguir cuando Jason le llamó: —En realidad, tío. ¿Puedes, eh, quedarte por aquí? Leo vio algo en los ojos de Jason que no esperó: Jason pedía ayuda. Quería a alguien más allí. Tenía miedo. Leo sonrió de oreja a oreja. —Quedarme cerca es mi especialidad. Thalia no le miró tan alegremente, pero los tres se sentaron alrededor de la hoguera. Durante unos minutos, nadie habló. Jason estudiaba a su hermana como si fuera un aparato terrorífico, uno que explotaría si no se manejaba correctamente. Thalia parecía más versátil, como si estuviera más acostumbrada a tropezarse con cosas extrañas que reencontrarse con parientes perdidos. Pero aún así, miraba a Jason con una especie de respeto impresionado, quizá recordando aquél niño de dos años que intentó comerse una grapadora. Leo sacó unos cables de cobre de sus bolsillos y los trenzó entre sí. Finalmente no pudo soportar el silencio. —Así que… Cazadoras de Artemisa. ¿Eso de no salir con nadie, es siempre o sólo algo por temporadas o qué? Thalia le miró como si acabara de emerger de un estanque de basura. Sí, esa chica definitivamente sí le gustaba. Jason le dio un golpe en la espinilla. —No le hagas caso a Leo. Intenta romper el hielo. Pero, Thalia… ¿qué le pasó a nuestra familia? ¿Quién te dijo que estaba muerto?

Thalia tocó el brazalete plateado en su muñeca. A la luz del fuego, en su camuflaje de invierno, casi parecía como Quione, la princesa de la nieve, igual de fría y hermosa. —¿Recuerdas algo? — preguntó. Jason negó con la cabeza. —Me desperté hace tres días en un autobús con Leo y Piper. —Algo que no era tu culpa— Leo añadió hastío—, Hera te robó tus recuerdos. Thalia se tensó. —¿Hera? ¿Cómo sabes eso? Jason le explicó su misión, la profecía en el campamento, Hera siendo captiva, el gigante secuestrando al padre de Piper, y la fecha límite del día del solsticio de invierno. Leo añadió otras cosas importantes: cómo arregló el dragón de bronce, que podía lanzar bolas de fuego y que hacía tacos excelentes. Thalia era una buena oyente. Nada parecía sorprenderla, los monstruos, las profecías, los muertos alzándose. Pero cuando Jason mencionó al Rey Midas, maldijo en griego antiguo. —Si lo hubiera sabido, habría quemado esa mansión— dijo—. Ese hombre era una amenaza. Pero pusimos tanto empeño en perseguir a Licaón. Bueno, me alegro de que os las hayáis podido arreglar. Así que Hera ha estado… ¿escondiéndote todos estos años o qué? —No lo sé— Jason sacó una fotografía de su bolsillo—. Sólo me dejó lo suficiente como para reconocer tu cara. Thalia miró la fotografía y su expresión se relajó. —Me había olvidado de esto. ¿Me lo dejé en la cabaña número uno, no? Jason asintió. —Creo que Hera quería que nos encontráramos. Cuando aterrizamos aquí, en esta cueva… Tenía la sensación de que era importante. Como si estuvieras cerca. ¿No es extraño? —Nah— le aseguró Leo—. Probablemente estuvierais destinados a encontrarte con tu hermana, la tía buena. Thalia le ignoró. Probablemente no quería demostrar lo mucho que le impresionaba Leo. —Jason— dijo—, cuando tratas con dioses, nada es extraño. Pero no puedes confiar en Hera, especialmente porque somos hijos de Zeus. Odia a todos los hijos de Zeus. —Pero dijo algo sobre Zeus dándole mi vida como ofrenda de paz. ¿Tiene sentido?

Thalia empalideció. —Oh, dioses. Madre no puede haber… No te acuerdas. Por supuesto que no. —¿Qué? — preguntó Jason. Las facciones de Thalia parecieron envejecer a la luz del fuego, como si su inmortalidad no funcionara del todo bien. —Jason… no estoy segura de cómo decirte esto. Nuestra madre no es del todo estable. Zeus se fijó en ella porque era actriz de televisión y porque era guapa, pero no puede sobrellevar la fama demasiado bien. Bebe y juega. Siempre está en los casinos. Nunca puede conseguir toda la atención. Incluso antes de que nacieras, ella y yo discutíamos todo el rato. Ella… ella… sabía que papá era Zeus, y creo que era demasiado para ella. Era su último éxito, el conquistar al señor de los cielos, y no pudo asumirlo cuando se fue. Lo de los dioses… bueno, no lo asumen demasiado bien. Leo recordó a su propia madre, la forma en la que le aseguraba una y otra vez que su padre volvería algún día. Pero nunca había actuado de forma alocada. No parecía querer quedarse a Hefesto para ella misma, si es que sabía quién era. Ya tenía bastante con el trabajo que no tenía fin, el vivir en un apartamento minúsculo, no teniendo suficiente dinero, y parecía estar bien con ello. Cuando tuvo a Leo, siempre decía, la vida estuvo bien. Miró a la cara de Jason, parecía más y más devastada mientras Thalia describía a su madre, y por primera vez, Leo no tuvo celos de su amigo. Leo podría haber perdido a su madre, podría tener un padre difícil. Pero almenos la recordaba. Se encontró a sí mismo dándose golpecitos contra su rodilla en braille: Te quiero. Se sintió mal por Jason, no tener recuerdos como ese, no tener nada en lo que respaldarse. —Así que…— Jason no parecía capaz de acabar la pregunta. —Jason, tienes amigos— le dijo Leo—. Ahora tienes una hermana. No estás solo. Thalia le ofreció la mano y Jason se la cogió. —Cuando tenía siete— dijo—, Zeus comenzó a visitar a Madre de nuevo. Creo que se sentía mal por destrozarle la vida, y parecía… distinto de alguna manera. Más mayor y más severo, más lejano a mí. Durante unos días, Madre mejoró. Le encantaba tener a Zeus a su alrededor, trayéndole regalos, haciendo que el cielo retumbara por ella. Siempre quería más atención. Y ese año naciste tú. Madre… bueno, nunca me llevé bien con ella, pero me diste una razón para pasarme por allí de vez en cuando. Eras tan mono. No creía que Madre pudiera cuidarte adecuadamente. Por supuesto, Zeus dejó de venir de nuevo. Probablemente no podía seguir soportando las peticiones de Madre, siempre pidiendo que la dejara visitar el Olimpo, o que la hiciera inmortal o eternamente bella. Cuando la dejó para siempre, Madre se volvió más y más inestable. Entonces los monstruos comenzaron a atacarme. Madre le echó la culpa a Hera. Decía que la diosa te perseguía, y que ya que Hera apenas había tolerado mi nacimiento, dos hijos semidioses de la misma familia le parecía un insulto. Madre incluso decía que no te habría llamado

Jason, pero Zeus insistió, para forma de apaciguar a Hera porque a ella le gustaba ese nombre. No supe qué pensar. Leo trenzó los cables de cobre. Se sentía un intruso. No debería de estar escuchando eso, pero por primera vez se sintió como si estuviera conociendo a Jason, como si eso sustituyera a los cuatro meses de la Escuela de la Salvajería, cuando Leo sólo se había imaginado tener una amistad con Jason. —¿Cómo os separasteis? — preguntó. Thalia apretó la mano de su hermano. —Si hubiera sabido que estabas vivo… dioses, las cosas habrían sido tan distintas. Pero cuando fuimos dos, Mama nos llevó en un coche a unas vacaciones familiares. Nos llevó al norte, al Wine Country, en California. Nos quería enseñar un parque natural. Recuerdo pensar que era extraño, porque Madre nunca nos había llevado a ningún lugar, y se comportaba de forma muy nerviosa. Yo sujetaba tu mano, caminando hacia ese edificio gigantesco en medio del parque y…—respiró hondo—. Madre me dijo que volviera al coche a por la cesta de picnic. No quería dejarte solo con ella, pero eran unos pocos minutos. ¿Qué podría ir mal? Cuando volví…. Madre estaba arrodillada ante unos escalones de piedra, abrazándose a sí misma y llorando. Dijo… dijo que te habías ido. Dijo que Hera te había reclamado y que estarías bien muerto. No sé qué hizo. Tenía miedo de que hubiera perdido la razón por completo. Corrí por todas partes buscándote, pero te habías desvanecido. Madre tuvo que arrastrarme, pataleando y gritando. Durante las semanas siguientes estaba histérica. No recuerdo todo, pero llamé a la policía e interrogaron a Madre durante mucho tiempo. Después de eso, discutimos. Me dijo que la había traicionado, que debería haberla apoyado, como si ella fuera la única que importara. No pude soportarlo. Tu desaparición fue la gota que colmó el vaso. Me fui de casa, y nunca volví, ni siquiera cuando Madre murió hace unos años. Creía que te habías ido para siempre. Nunca le hablé a nadie de ti, ni siquiera a Annabeth o a Luke, mis dos mejores amigos. Era demasiado doloroso. —Quirón lo supo— la voz de Jason sonó lejana—. Cuando llegué al campamento, fue mirarme y decirme que debía estar muerto. —No tiene sentido— insistió Thalia—. Nunca se lo dije. —Eh— dijo Leo—, lo importante que es os tenéis el uno al otro. Tenéis suerte. Thalia asintió. —Leo tiene razón. Mírate. Tienes mi edad. Has crecido. —¿Pero dónde he estado? — dijo Jason—. ¿Por qué he estado desaparecido todos estos años? Y todo eso sobre los romanos… Thalia frunció el ceño.

—¿Romanos? —Tu hermano habla latín— dijo Leo—. Llama a los dioses por sus nombres romanos, y tiene tatuajes. Leo señaló las marcas en su antebrazo. Entonces le hizo un resumen a Thalia sobre todas las cosas raras que habían sucedido: Bóreas convirtiéndose en Aquilón, Licaón llamándole hijo de Roma y los lobos retrocediendo cuando Jason les habló en latín. Thalia se aferró a su carcaj. —Latín. Zeus hablaba a veces latín, la segunda vez que estuvo con Madre. Como he dicho, parecía distinto, más formal. —¿Crees que estaba en su forma romana? — preguntó Jason—. ¿Y eso es por lo que soy hijo de Júpiter? —Posiblemente— dijo Thalia—. Nunca he oído nada parecido, pero eso explicaría por qué hablas en términos romanos y por qué puedes hablar más latín que griego antiguo. Eso te haría único. Aún así, eso no explica cómo has sobrevivido sin el Campamento Mestizo. Un hijo de Zeus, o de Júpiter cómo quieras llamarte debería de haber sido devorado por monstruos hace tiempo sin estar protegido. Reconozco que yo, si no fuera por mis amigos, no habría sido capaz de sobrevivir todo este tiempo. Necesitarías haber entrenado, una lugar seguro en el que… —No está solo— soltó Leo—. Hemos oído hablar de otros como él. Thalia le miró extrañada. —¿Qué quieres decir? Leo le habló de la camiseta morada hecha jirones en la tienda de Medea y la historia de los cíclopes sobre el hijo de Mercurio que hablaba latín. —¿Hay algún otro lugar para semidioses? — preguntó Leo—. ¿Además del Campamento Mestizo? Quizá algún loco profesor de latín ha estado abduciendo hijos de los dioses o algo, convirtiéndolos en romanos. Tan pronto como lo dijo, Leo se dio cuenta de que era una idea estúpida. Los ojos brillantes de Thalia le estudiaron con lentitud, haciéndole parecer el sospechoso en una rueda de reconocimiento. —He estado por todo el país— murmuró Thalia—. Nunca he visto nada sobre un profesor de latín loco, o semidioses en camisetas púrpuras. Aún así…— su voz quebró, como si hubiera tenido un pensamiento molesto. —¿Qué? — preguntó Jason. Thalia negó con la cabeza.

—Tengo que hablar con la diosa. Quizá Artemisa nos guíe. —¿Sigue hablando contigo? — preguntó Jason—. La mayoría de los dioses se han callado. —Artemisa sigue sus propias reglas — dijo Thalia—. Tiene que ser cautelosa de que Zeus o lo sepa, pero piensa que ha sido ridículo cerrando el Olimpo. Es la que nos trajo a la pista de Licaón. Dijo que encontraríamos algo que nos llevaría hacia un amigo nuestro. —Percy Jackson— adivinó Leo—. El chico que está buscando Annabeth. Thalia asintió, su expresión era consternada. Leo se preguntó si alguien se habría puesto así cada vez que desaparecía. Lo dudaba. —¿Así que Licaón tiene algo que ver? — preguntó Leo—. ¿Y cómo se conecta eso con nosotros? —Tenemos que saberlo pronto— admitió Thalia—. Si la fecha límite es mañana, estamos gastando nuestro tiempo. Eolo puede contarte… La loba blanca apareció de nuevo en la entrada de la cueva y ladró insistentemente. —Tenemos que movernos— dijo Thalia—. De otra forma perderé la pista de las Cazadoras. Aunque, primero, os llevaré al palacio de Eolo. —Si no puede, no pasa nada— dijo Jason, aunque sonaba un tanto distraído. —Oh, por favor— Thalia sonrió y le ayudó a levantarse—. No he tenido hermano durante años. Creo que puedo pasar unos minutos con vosotros antes de que te vuelvas molesto. Ahora, ¡vámonos!

CAPÍTULO XXXVI LEO
CUANDO LEO VIO LO BIEN QUE PIPER Y HEDGE eran tratados, se sintió profundamente ofendido. Se los imaginaba helándose sus partes traseras en la nieve, pero la Cazadora Phoebe había extendido su tienda de campaña plateada justo a la salida de la cueva. Cómo lo había hecho tan rápido, ni idea, pero dentro había un calentador de queroseno que les mantenía calentitos y un grupo de cómodos cojines. Piper volvía a parecer normal, enfundada en una chaqueta acolchada, guantes y pantalones de camuflaje como una cazadora. Ella y Hedge y Phoebe estaban relajados, bebiendo chocolate caliente. —Oh, de ninguna manera— dijo Leo—. ¿Nosotros en una cueva y vosotros en una tienda lujosa? Que alguien me dé una hipotermia y un abrigo acolchado. Piper suspiró. —Chicos— dijo, como si fuera el peor insulto en el que pudiera pensar. —Está bien, Phoebe— dijo Thalia—. Necesitan abrigos. Y creo que podríamos darles un poco de chocolate. Phoebe gruñó, pero rápidamente Leo y Jason estaban vestidos con ropas de invierno plateadas que eran increíblemente ligeros y calentitos. El chocolate caliente era de primera calidad. —¡Salud! — dijo el entrenador Hedge. Se bebió entera su copa de plástico. —Eso no puede ser bueno para tus intestinos— dijo Leo. Piper asintió. —Gracias a Piper, sí. Chicas, sois muy buenas en eso de la supervivencia. Me siento como si pudiera correr siete kilómetros. Thalia le guiñó un ojo a Jason. —Es dura para ser una hija de Afrodita. Me gusta. —Eh, yo también puedo correr siete kilómetros— se ofreció Leo—. Aquí hay un duro hijo de Hefesto. Vamos allá. Naturalmente, Thalia le ignoró.

Le llevó exactamente seis segundos a Phoebe deshacer el campamento, algo que Leo no podía creer. La tienda se convirtió en un cuadradito del tamaño de un chicle. Leo quiso preguntar por las huellas azules, pero no tuvieron tiempo. Thalia corrió hacia arriba por la montaña, siguiendo un estrecho camino por ella, y Leo intentó hacerse el gallito, porque las cazadoras le dejaron en el polvo. El entrenador Hedge subía cómo una cabra montañesa feliz, azuzándoles como si hubieran vuelto a sus antiguos días de colegio. —¡Vamos, Valdez! ¡Aligera el paso! Vamos a cantar: Ahora que vamos despaaaciioo… —Mejor no— le espetó Thalia. Corrieron en silencio. Leo se colocó al lado de Jason al final del grupo. —¿Cómo lo llevas, tío? La expresión de Jason era suficiente respuesta: No muy bien. —Thalia se lo toma con calma— dijo Jason—. Como si no fuera demasiada cosa mi aparición. No sé que estaba esperando, pero… ella no es cómo yo. Parece mucho más pegada a mí. —Eh, ella no tiene amnesia— dijo Leo—. Además, ella ya se ha acostumbrado a eso de ser semidiós. Tu combates monstruos y hablas con dioses, probablemente te acostumbrarás a las sorpresas muy pronto. —Quizá—dijo Jason—. Me gustaría entender qué me pasó cuando tuve dos años, por qué mi madre se deshizo de mí. Thalia huyó de casa por mí. —Eh, fuera lo que fuera lo que pasó, no fue tu culpa. Y tu hermana mola mucho. Es muy como tú. Jason se mantuvo en silencio. Leo esperó haber dicho lo correcto. Quería hacer sentir mejor a Jason, pero eso no era algo muy cómodo. Leo quiso poder sacar algo de su cinturón de herramientas y sacar la herramienta perfecta para arreglar la memoria de Jason, quizás un pequeño martillo, abrirle el cráneo, dar un par de golpes y arreglarlo todo. Eso sería mucho más fácil que hablarlo. No soy bueno con las formas de vida orgánica. Gracias por la herencia, papá. Se perdió en sus pensamientos tanto que no se dio cuenta de que las cazadoras se habían detenido. Se estrelló contra Thalia y casi les envía a los dos colina a bajo rodando. Afortunadamente, la cazadora era ágil de pies. Los estabilizó a ambos, y entonces señaló hacia arriba. —Eso— ahogó Leo—, es realmente una grandiosa roca. Se quedaron cerca de la cima del Pikes Peak. Por debajo de ellos el mundo estaba cubierto de nubes. El aire era tan fino, que Leo apenas podía respirar. Se había hecho de noche, pero brillaba

una luna llena y las estrellas eran increíbles. Extendiéndose de norte a sur, picos de otras montañas se alzaban de las nubes como islas, o dientes. Pero el espectáculo verdadero sucedía encima de ellos. Flotando en el cielo, un medio kilómetro por encima, había una libre isla flotante hecha con una piedra de un color púrpura brillante. Era difícil de juzgar, pero Leo supuso que era almenos del tamaño de un campo de fútbol e igual de alto. Los lados eran abruptos acantilados, con numerosas cuevas y de vez en cuando una ráfaga de viento estallaba con el ruido de un órgano. En la cima de la roca, unas paredes de latón amurallaban un tipo de fortaleza. La única cosa que conectaba Pikes Peak a la isla flotante era un estrecho puente de hielo que brillaba con la luz de la luna. Entonces Leo se dio cuenta de que el puente no era exactamente de hielo, porque no era sólido. Cuando el viento cambiaba de dirección, el puente serpenteaba, confundiéndose y adelgazando en algunos lugares, incluso se separaba como la estela de vapor de un avión. —No vamos a cruzar eso de verdad— dijo Leo. Thalia se encogió de hombros. —No soy una gran fan de las alturas, lo admito. Pero si queréis llegar a la fortaleza de Eolo, éste es el único camino. —¿La fortaleza siempre está colgando ahí arriba? — preguntó Piper—. ¿Cómo no puede darse cuenta la gente de que está asentada en la cima de Pikes Peak? —La Niebla— dijo Thalia—. Aún así, los mortales lo notan directamente. Algunos días, Pikes Peak parece púrpura. La gente dice que es un juego de la luz, pero en realidad es el color del palacio de Eolo, reflectándose contra la montaña. —Es enorme— dijo Jason. Thalia rió. —Deberías ver el Olimpo, hermano pequeño. —¿Lo dices en serio? ¿Has estado ahí? Thalia hizo una mueca como si no fuera un buen recuerdo. —Tenemos que hacer dos grupos. El puente es frágil. —Eso es alentador— dijo Leo—. Jason, ¿no puedes volar con nosotros hacia ahí? Thalia se rió. Entonces pareció darse cuenta de que Leo hablaba en serio. —Espera un momento… Jason, ¿puedes volar? Jason miró hacia la fortaleza flotante.

—Bueno, algo así. Más bien controlo los vientos. Pero los vientos ahí arriba son muy fuerte, no estoy seguro de querer intentarlo. Thalia, eso significa que… ¿no puedes volar? Por un segundo, Thalia parecía aterrorizada. Entonces su expresión volvió a la normalidad. Leo se dio cuenta de que le asustaban más alturas de lo que dejaba ver —En realidad— dijo—, nunca lo he intentado. Quizá será mejor si cruzamos el puente. El entrenador Hedge puso la pezuña encima del puente. Increíblemente, soportó su peso. —¡Fácil! Iré primero. Piper, vamos, chica. Te echo una mano. —No, está bien. — Piper comenzó a decir, pero el entrenador agarró su mano y la llevó hacia el puente. Cuando estaban a mitad de camino, el puente seguía pareciendo igual de seguro. Thalia se giró hacia su amiga cazadora. —Phoebe, volveré pronto. Ve a buscar a las otras, diles que estoy de camino. —¿Estás segura? — Phoebe miró a Jason y a Leo, como si fueran a secuestrar a Thalia o algo. —Está bien— prometió Thalia. Phoebe asintió de mala gana, entonces corrió colina abajo, con los lobos blancos en sus talones. —Jason, Leo, tened cuidado por dónde pisáis— dijo Thalia—. Se rompe difícilmente. —Aún no me ha conocido a mí. — murmuró Leo, pero él y Jason hicieron camino hacia el puente. A mitad del camino, las cosas fueron mal, y por supuesto fue culpa de Leo. Piper y Hedge ya estaban en la cima, seguros, llamándoles con las manos, animándoles a seguir subiendo, pero Leo se distrajo. Estaba pensando en puentes, cómo podría diseñar algo más estable que esa cosa flotante de vapor helado. Estaba pensando en barandillas y columnas de apoyo. Entonces una repentina revelación le detuvo en seco. —¿Por qué tienen un puente? —preguntó. Thalia frunció el ceño. —Leo, este no es un buen lugar para detenerse. ¿A qué te refieres? —Son espíritus del viento— dijo Leo—. ¿No pueden volar? —Sí, pero a veces necesitan una forma de conectar el mundo de abajo. —¿Así que el puente no siempre está aquí? — preguntó Leo. Thalia negó con la cabeza.

—Los espíritus de viento no les gusta anclarse a la tierra, pero a veces es necesario. Como ahora. Saben que veníais. La mente de Leo iba deprisa. Estaba tan emocionado que pudo darse cuenta de que la temperatura de su cuerpo aumentaba. No podía a duras penas ponerle palabras a sus pensamientos, pero supo que era algo importante. —¿Leo? — dijo Jason—. ¿En qué estás pensando? —Oh, dioses— dijo Thalia—. Seguid moviéndoos. Mirad a vuestros pies. Leo se balanceó hacia atrás. Con horror, se dio cuenta de que su temperatura corporal aumentaba tal y como lo había hecho antaño, bajo la mesa de picnic de nogal, cuando su ira había desaparecido. Sus pantalones soltaron vapor con el aire frío. Sus pantalones estaban literalmente humeando, y el puente no le gustaba. El hielo estaba disminuyéndose. —Leo, detenlo— le alertó Jason—. Vas a derretirlo. —Lo intento—dijo Leo. Pero su cuerpo se estaba sobrecalentando, yendo tan rápido como sus pensamientos. —Escucha, Jason, ¿qué te llamo Hera en aquél sueño? Te llamo puente. —Leo, en serio, relájate— dijo Thalia—. No sé de qué estás hablando, pero el puente se está.. —Sólo escuchad— insistió Leo—. Si Jason es un puente, ¿qué está conectando? Quizá dos sitios distintos que normalmente no se juntan, como el palacio de aire y el suelo. Tuviste que estar en algún otro lugar antes de esto, ¿no es cierto? Y Hera te dijo que estabas en un intercambio. —Un intercambio— los ojos de Thalia se abrieron—. Oh, dioses. Jason frunció el ceño. —¿De qué habláis vosotros dos? Thalia murmuró algo parecido a un rezo. —Ahora entiendo porqué Artemisa me mandó aquí. Jason, me dijo que cazara a Licaón y entonces encontraría una pista sobre Jason. Tú eres la pista. Artemisa quiso que nos encontráramos para que pudiera oír tu historia. —No entiendo— protestó—. No tengo historia. No recuerdo nada. —Pero Leo tiene razón— dijo Thalia—. Todo está conectado. Si supiéramos dónde… Leo estiró los dedos. —Jason, ¿cómo llamaste al sitio de tu sueño? Esa casa en ruinas. ¿La casa del Lobo?

Thalia casi se cae. —¿La casa del Lobo? Jason, por qué no has dicho eso antes. ¿Ahí es dónde retienen a Hera? —¿Sabes dónde es? — preguntó Jason. Entonces se disolvió el puente. Leo habría caído hacia su muerte, pero Jason agarró su abrigo y le llevó a un lugar seguro. Ambos treparon pr el puente y cuando se volvieron, Thalia iba por el otro lado del abismo, a diez metros. El puente continuaba derritiéndose. —¡Marchad! — gritó Thalia, retrocediendo mientras el puente se derrumbaba. — ¡Averiguad dónde retiene el gigante al padre de Piper! ¡Salvadlo! Yo iré a la casa del Lobo con las cazadoras y os esperaré allí. Nos las apañaremos juntos. —¿Pero dónde está la casa del Lobo? — gritó Jason. —¡Ya sabes dónde está, hermano pequeño! — estaba tan lejos que apenas pudieron oírla a través del viento. Leo estuvo seguro de que dijo: —Os veo allí, lo prometo. Entonces se volvió y bajó por el puente que se disolvía poco a poco. Leo y Jason no tuvieron tiempo para poco más. Ascendieron para salvar su vida con el vapor helado deshaciéndose bajo sus pies. Varias veces, Jason agarraba a Leo y usaba los vientos para mantenerse estabilizados, pero más ir saltando que volar. Cuando llegaron a la isla flotante, Piper y el entrenador Hedge les ayudaron a subir a bordo mientras el último rastro del puente de vapor se desvaneció. Se quedaron recobrando el aliento en la base de la escalera de piedra que subía por el acantilado, hacia la fortaleza. Leo miró hacia abajo. La cima del Pikes Peak flotaba debajo de ellos en un mar de nubes, pero no había rastro de Thalia. Y Leo acababa de quemar la única salida. —¿Qué ha pasado? —preguntó Piper—. Leo, ¿por qué te humea la ropa? —Me calenté un poco demasiado— tosió—. Lo siento, Jason. De verdad, no quise… —Tranquilo— dijo Jason, pero su expresión era sombría—. Tenemos menos de veinticuatro horas para rescatar una diosa y al padre de Piper. Vayamos a ver al rey de los vientos.

CAPÍTULO XXXVII JASON
JASON HABÍA ENCONTRADO A SU HERMANA Y la había perdido en menos de una hora. Mientras escalaban por los acantilados de la isla flotante, seguía mirando hacia abajo, pero Thalia se había ido. A pesar de lo que le había dicho sobre encontrarse con ella, Jason supuso. Había encontrado una nueva familia en las cazadoras, y una nueva madre en Artemisa. Parecía tan segura de sí misma y cómoda con su vida, que Jason no estaba seguro de formar parte de ella. Y parecía tan centrada en salvar a su amigo Percy. ¿Habría buscado a Jason de esa forma alguna vez? No era justo, se dijo a sí mismo, ella creía que estabas muerto. Apenas podía asimilar lo que le había dicho de su madre. Era como si Thalia le hubiera pasado un bebé, un gran feo y gordo bebé, y le hubiera dicho: Ten, este es tuyo, tómalo. No quería tomarlo. Ni siquiera quería mirarlo o tenerlo. No quería saber que tenía una madre inestable que se había deshecho de él para apaciguar a una diosa. No es de extrañar que Thalia hubiera huido. Entonces recordó a Zeus en la cabaña del Campamento Mestizo, esa pequeña alcoba que Thalia había usado como cama, fuera de la vista de la brillante estatua del dios del cielo. Su padre no era un chollo, tampoco. Jason entendía por qué Thalia había renunciado esa parte de su vida, pero estaba un poco resentido. Él no tendría tanta suerte. Le habían dejado con el marrón, literalmente. La mochila, de un color marrón dorado, colgaba a su espalda. Cuanto más se acercan al palacio de Eolo, la mochila se volvía más pesada. Los vientos forcejeaban, retorciéndose y chocándose en la mochila. El único que parecía estar de buen humor era el Entrenador Hedge. Seguía escalando la escalera resbaladiza y trotando hacia abajo. —¡Vamos, engullepasteles! ¡Sólo unos cuantos cientos de pasos más! Mientras subían, Leo y Piper dejaron a Jason con su silencio. Quizá podían notar su mal humor. Piper seguía mirando hacia atrás, preocupada, como si hubiera sido él el que casi muere de una hipotermia y no ella. O quizás estaba pensando estaba pensando en el plan de Thalia. Le habían dicho lo que Thalia les había dicho en el puente: cómo podrían salvar a su padre y a Hera, pero Jason no entendía muy bien qué podrían hacer con eso, y no estaba seguro de si haría que Piper se sintiera mejor o peor. Leo seguía palpándose las piernas, buscando señales de quemaduras en sus pantalones. No soltaba más vapor, pero el accidente del puente le había dejado a Jason bastante trastocado. Leo parecía no darse cuenta de que había estado echando humos por las orejas y había tenido el pelo ardiendo. Si Leo comenzaba a encenderse de forma espontánea cada vez que se emocionaba, sería muy duro llevarle de un lado a otro. Jason se imaginó intentando comprar comida en un restaurante: Yo comeré una hamburguesa con queso. ¡AAAAAAAAH! ¡Mi amigo está en llamas! ¡Páseme un extintor!

Pero en parte, Jason estaba preocupado por lo que Leo había dicho. Jason no quería ser un puente o un intercambio, ni nada que se le pareciese. Sólo quería saber de dónde venía. Y Thalia había estado tan sombría cuando Leo mencionó la casa en llamas de sus sueños… el lugar donde la loba Lupa le había dicho que era el punto de partida. ¿Cómo conocía Thalia ese lugar? ¿Y por qué había asumido que Jason lo podría encontrar? La respuesta le parecía cercana. Pero cuanto más se acercaba, menos cooperaba para salir a la luz, como los vientos de su espalda. Finalmente llegaron a la cima de la isla. Murallas de bronce rodeaban la fortaleza, aunque a Jason le costó imaginarse quién querría atacar ese lugar. Unas puertas de diez metros se les abrieron a su paso, y una carretera de piedra pulida de color púrpura les llevaba hasta la ciudadela principal, una rotonda de columnas griegas, al estilo griego, como los monumentos de Washington DC, excepto por el amasijo de antenas telefónicas y torres de radio en el tajado. —Eso es muy raro. — dijo Piper. —Supongo que no cogerán la televisión por cable desde una isla flotante— dijo Leo—. Eh, mirad esto. La rotonda estaba situada en el medio de un círculo hecho cuatro partes. Todas las partes eran alucinantes de una forma que aterraba. Estaba dividido en cuatro secciones como las partes de una pizza, cada una representando a una estación del año. La sección a su derecha era un páramo helado, con árboles congelados y un lago helado. Había hombres de nieve decorando el paisje azotados por el viento, por lo que Jason no estaba seguro de si estaban vivos o no. A su izquierda había un parque otoñal con árboles rojos y dorados. Montones de hojas volaban con formas de dioses, de gente y animales que corrían entre ellos antes de chocarse y convertirse en hojas de nuevo. A lo lejos, Jason pudo divisar dos áreas detrás de la rotonda. Una parecía un prado verde con ovejas que parecían sacadas de las nubes. La última sección era un desierto dónde plantas rodadoras formaban símbolos en la arena, como letras griegas, caras sonrientes y un mensaje gigantesco que leía: ¡Pasen y vean a Eolo todas las noches! —Una sección por cada uno de los cuatro dioses del viento— supuso Jason—. Cuatro direcciones cardinales. —Ese prado tiene muy Buena pinta— el entrenador Hedge se relamió—. Chicos, ¿os importa si…? —Ve— dijo Jason. Se sintió aliviado de deshacerse del sátiro. Habría sido difícil salir de allí si, al cercarse a Eolo, Hedge hubiera comenzado a gritar “¡Morid!” alzando su vara. Cuando el sátiro hubo corrido hacia la primavera, Jason, Leo y Piper bajaron por la carretera a las puertas del palacio. Pasaron por las puertas principales a un vestíbulo hecho de mármol blanco con pancartas en las que se veía el canal de meteorología olímpica y otras sólo se leía ¡AU!.

—¡Hola! — una mujer flotó hacia ellos, literalmente. Era hermosa qe una forma élfica que Jason asoció a los espíritus de la naturaleza del Campamento Mestizo: pequeños, con las orejas puntiagudas y una cara que no describía ninguna edad porque podría haber tenido treinta o sesenta. Sus ojos marrones brillaban alegremente. Aunque no había viento, su oscuro pelo flotaba a cámara lenta, como si fuera un anuncio de champú. Su vestido blanco se abría por debajo como si fuera un paracaídas. Jason no podía decir si tenía piernas, pero si las tuviera, no tocaba el suelo. Tenía una agenda electrónica en su mano. —¿Eres del Señor Zeus? — preguntó—. Te esperábamos. Jason intentó responder, pero le costó mediar palabra, sobre todo tras darse cuenta de que se podía ver a través de la mujer. Su figura desaparecía como si estuviera hecha de niebla. —¿Eres un fantasma? — preguntó. Se giró como si la acabara de insultar. La sonrisa se convirtió en una mueca. —Soy un aura, señor. Una ninfa del viento, y cómo supondrás, trabajo para el señor de los vientos. Me llamo Mellie. No trabajamos con fantasmas. Piper vino al rescate. —No, por supuesto que no eres un fantasma. Mi amigo simplemente te ha confundido con Helena de Troya, la mortal más bella de todos los tiempos. Es un error fácil de cometer. Guau, era buena. El cumplido pareció gratificarle, porque el aura Mellie se enrojeció. —Oh, bueno, entonces… ¿Eres de Zeus? —Eh…—dijo Jason—. Sí, soy hijo de Zeus. —¡Excelente! Por favor, seguidme. — les llevó a través de unas puertas de seguridad a otra sala, consultando su agenda mientras flotaba. No parecía ir adónde iba, pero aparentemente no le importaba porue traspasó una columna de mármol sin ningún problema. —Ahora mismo estamos con tiempo de sobras, así que eso es bueno— murmuró—. Os puedo meter justo detrás del descando sde las 11.12. —Em… de acuerdo— dijo Jason. La sala contigua era un lugar bastante animado. Los vientos soplaban a su alrededor, y Jason sintió como si fuera empujado por una muchedumbre invisible. Las puertas se abrieron de golpe y les golpeó. Las cosas que Jason pudo ver eran igual de extrañas. Aviones de papel de todos los tamaños y todas las formas volando por encima, y otras aurai, ninfas del viento, aparecían ocasionalmente y cogían los aviones, los leían y los soltaban.

Una criatura horrenda pasó por encima de ellos. Parecía una mezcla entre una anciana y un pollo con esteroides. Tenía una cara arrugada con el pelo negro atado en una coleta y los brazos humanos además de unas alas de gallina, y un gordo y emplumado cuerpo con garras por piernas. Era increíble verla volar. Siguió planeando y chocándose contra las cosas como si fuera un globo aerostático. —¿Eso es un aura? — preguntó Jason a Mellie cuando la criatura planeó por encima. Mellie se rió. —Está claro que eso es una harpía. Nuestras… eh… hermanastras feas, por llamarlas de alguna manera. ¿No tenéis harpías en el Olimpo? Son los espíritus de las ráfagas violentas, a diferencia de nosotras, las aurai. Somos brisas suaves. Le pestañeó a Jason. —Claro que lo sois— dijo. —Así que— interrumpió Piper—, ¿nos llevas a ver a Eolo? Mellie les llevó por unas puertas como si fuera una esclusa de aire. Al final, una puerta inferior brillaba con una siniestra luz verde. —Faltan unos pocos minutes antes de comenzar— dijo Mellie con alegría—. Probablemente no os matará si entramos ahora. ¡Seguidme, por favor!

CAPÍTULO XXXVIII JASON
JASON SE QUEDÓ BOQUIABIERTO. LA SECCIÓN CENTRAL de la fortaleza de Eolo era igual de grande que una catedral, con una cúpula plateada en lo alto. Equipos de televisión flotaban sin rumbo por el aire (cámaras, focos, claquetas, trípodes…). Y no había suelo. Leo casi cae en el abismo, pero Jason le tiró para atrás. —¡Cielo santo! — Leo tragó saliva—. Eh, Mellie. Antes de esto, se avisa. Un enorme pozo circular se hundía en el corazón de una montaña. Tenía medio kilómetro de profundidad probablemente, como un laberinto con cuevas. Algunos de los túneles probablemente les condujeran hacia fuera. Jason recordó haber visto a los vientos salir de ellos cuando estaban en la cima de Pikes Peak. Otras cuevas estaban selladas con un material brillante como el cristal o la cera. La caverna entera estaba repleta de harpías, aurai y aviones de papel, pero para alguien que no pudiera volar, sería una caída larga y fatal. —Oh, dioses— gritó Mellie—. Lo siento mucho. Se sacó de alguna parte de su blusa un walkie-talkie y dijo: —¿Hola, seguridad? ¿Hablo con Nuggets? Hola, Nuggets. ¿Podemos tener suelo en el estudio principal, por favor? Sí, uno sólido. Gracias. Unos segundos después, un ejército de harpías alzaron de la cueva, tres docenas o así de mujeresgallina demoníacas, todas cargando cubos de distintos materiales de construcción. Entonces comenzaron a trabajar con martillos y pegamento, usando gran cantidad de cinta adhesiva, algo que no tranquilizó a Jason. En un momento había un suelo improvisado que serpenteaba a lo largo de la grieta. Estaba hecho de madera, bloques de mármol, alfombras cuadradas, trozos de hierba de césped y casi de cualquier cosa. —Eso no puede ser seguro— dijo Jason. —Oh, ¡sí lo es! — le aseguró Mellie—. Las arpías son muy buenas. Era muy fácil de decir para ella. Flotó a través del suelo sin tocarlo, pero Jason decidió que sería el que más oportunidades tenía de sobrevivir, ya que podría volar, por lo que fue en primer lugar. Sorprendentemente, el suelo resistió. Piper le cogió de la mano: —Si me caigo, me cogerás. —Claro— Jason esperó que no se sonrojara. Leo les siguió.

—Superman, me coges a mí también. Pero no te voy a coger de la mano, tranquilo. Mellie les guió hacia el centro de la sala, dónde había una esfera flotante hecha con pantallas planas flotando alrededor de una especie de centro de control. Un hombre flotaba en el interior, comprobando monitores y leyendo los mensajes en los aviones de papel. El hombre no les prestó atención cuando Mellie les llevó hacia él. Apartó un Sony de 42 pulgadas para pasar y entrar la zona de control. Leo silbó. —Quiero una habitación como esta. Las pantallas flotantes mostraban todo tipo de programas de televisión. Algunos que Jason reconoció: en su mayoría, programas actuales… Pero los otros canales eran extraños: gladiadores luchando, semidioses luchando contra monstruos… Quizás eran películas, pero parecía más bien en directo. Al otro lado de la esfera había un telón de seda azul, como una pantalla de cine, con cámaras y focos flotando a su alrededor. El hombre en el centro estaba hablando en un teléfono auricular. Tenía un mando a distancia en cada mano y señalaba a distintas pantallas, haciendo zapping. Llevaba un traje que parecía del color del cielo azul, pero estaba moteado con nubes que cambiaban y se oscurecían y movían por el tejido. Parecía que tuviera unos sesenta, con una mata de pelo blanco, pero parecía que se hubiera echado un montón de maquillaje, y si le añades que tenía una cirugía plástica un tanto mal hecha, no parecía ni muy joven ni muy viejo, como un muñeco Ken que alguien ha derretido a medias en un microondas. Sus ojos se movían de una pantalla a otra, como si intentara mirarlas todas al mismo tiempo. Murmuraba cosas al teléfono y su boca no dejaba de moverse cambiando de expresión. O estaba asombrado o loco, o ambos. Mellie flotó hacia él: —Eh, señor, señor Eolo, estos semidioses… —¡Espera! — levantó la mano pidiendo silencio, y entonces señaló a una de las pantallas—. ¡Mira! Era uno de esos programas que buscaban tormentas, donde unos emocionados conductores iban directos hacia un tornado. Cuando miró Jason, un jeep quedó atrapado en un embudo de nubes y fue lanzado al cielo. Eolo gritó de alegría. —El canal de las catástrofes. La gente hace eso a propósito. — se giró hacia Jason con una sonrisa de loco—. ¿No es impresionante? ¡Veamoslo de nuevo! —Eh, señor— dijo Mellie—. Este es Jason, hijo de… —Sí, sí, me acuerdo— dijo Eolo—. Has vuelto. ¿Cómo fue? Jason vaciló.

—¿Perdón? Creo que se ha equivocado… —No, no, Jason Grace, ¿no eres tú? Fue… ¿cuándo? ¿el año pasado? Ibas a combatir a un monstruo marino, si no recuerdo mal. —No… no me acuerdo. Eolo rió. —Entonces no fue un monstruo marino muy difícil de combatir. Recuerdo cada héroe que ha venido a pedirme ayuda. Odiseo, dioses, ¡estuvo en mi isla durante un mes! Al menos tú solo estuviste durante unos pocos días. Ahora, mira este vídeo. Esos pringados son succionados directamente a… —Señor— le interrumpió Mellie—. Dos minutos y en el aire. —¡Aire! — exclamó Eolo—. Me encanta el aire. ¿Cómo estoy? ¡Maquillaje! De inmediato dos pequeños remolinos de cepillos, papel y bolas de algodón descendieron sobre Eolo. Hicieron su rostro borroso en una nube de humo de un tono claro hasta que su coloración era incluso peor que antes. Un secador sopló su pelo y lo dejó tieso como si fuera un árbol de navidad congelado. —Señor Eolo— Jason se quitó la mochila dorada—. Le hemos traído estos espíritus de las tormentas traviesos. —¿Qué me dices? —Eolo miró la bolsa como si fuera el regalo de un fan, algo que no quería por nada del mundo—. Bueno, qué gran detalle. Leo le dio un codazo a Jason y él le ofreció la bolsa al dios. —Bóreas nos envió en su búsqueda para usted. Esperábamos que los aceptara y que detuviera la orden de matar a todos los semidioses . Eolo rió, y miró con incredulidad a Mellie. —Matar semidioses, ¿he ordenado eso yo antes? Mellie lo comprobó en su agenda electrónica. —Sí, señor. El quince de setiembre. ‘Los espíritus de las tormentas desatados por la muerte de Tifón, semidioses asumirán la responsabilidad, etc. Sí, mandó una orden general de matarles a todos. —Oh, cielos— dijo Eolo—. Estaba de muy mal humor. Rescinde esa orden, Mellie, y eh… ¿quién está de guardia? ¿Teriyaki? Teri, lleva esos espíritus de las tormentas al bloque de celdas 14E, ¿de acuerdo?

Apareció una harpía de la nada, agarró la bolsa de oro, y desapareció. Eolo le sonrió a Jason. —Ahora, perdóname por todo eso de matar a los semidioses. Pero dioses, estaba muy loco, ¿no? — su cara se ensombreció de repente, y su traje hizo lo mismo, las solapas brillaron intermitentemente con la luz de un rayo—. Ah, ya lo recuerdo. Era como si una voz me dijera qué hacer. Un escalofrío en mi nuca. Jason se tensó. Un escalofrío en la nuca… ¿Por qué le era tan familiar? —Eh… ¿Una voz en su cabeza, señor? —Sí. Qué extraño. Mellie, ¿debería mtarles? —No, señor— dijo con paciencia—. Sólo nos han traído los espíritus de las tormentas, lo que convierte esto en una visita cordial. —Por supuesto— sonrió Eolo—. Perdón. Mellie, enviemos algún detalle a los semidioses. Una caja de bombones, quizás. —¿Una caja de bombones a cada semidiós en todo el mundo, señor? —No, demasiado caro. No importa. ¡Espera, es la hora! ¡Estoy dentro! Eolo voló hacia la pantalla azul mientras sonaba una musiquilla de inicio. Jason miró a Piper y a Leo, que estaban igual de confusos que él. —Mellie—dijo—, ¿es siempre así? Sonrió tímidamente. —Bueno, ya sabéis lo que dicen. Si no te gusta su forma de ser, cuenta hasta diez. La expresión: hacia dónde sople el viento, estaba basada en él. —¿Y eso del monsturo marino? — dijo Jason—. ¿He estado aquí antes? Melie se ruborizó. —Lo siento, no lo recuerdo. Soy la nueva asistente del señor Eolo. He estado bastante con él, pero no tanto. —¿Cada cuánto tiene nuevos asistentes? —preguntó Piper. —Veamos…— Mellie lo pensó durante unos instantes—. ¿Cuándo llevo haciendo esto? ¿Doce horas? Una voz resonó por los altavoces flotantes.

—Y ahora, ¡el tiempo cada doce minutos! Aquí está su presentador para el Tiempo Olímpico, para el canal TO, ¡Eolo! Unos focos brillaron sobre Eolo, que ahora estaba de pie sobre la pantalla azul. Su sonrisa era extrañamente blanca y parecía como si se hubiera tomado tanta cafeína que su cara estuviera a punto de explotar. —¡Hola, Olimpo! ¡Eolo, el maestro de los dioses les saluda, con el parte meteorológico cada doce minutos! ¡Hoy tenemos un sistema de bajas presiones moviéndose por encima de Florida, así que se esperan temperaturas más suaves porque Deméter quiso perdonar a los granjeros cítricos! — hizo un gesto hacia la pantalla azul, pero cuando Jason miró a las pantallas, vio una imagen digital siendo proyectada detrás de Eolo, que parecía estar de pie delante de un mapa de los Estados Unidos animado con soles sonrientes y nubes tormentosas con el ceño fruncido—. ¡A lo largo de la costa oriental, oh, esperad! —se tocó el auricular—. ¡Lo siento, amigos! ¡Hoy Poseidón está enfadado con Miami, así que parece que Florida se congelara de nuevo! Lo siento, Deméter. Por el Medio Oeste, ¡no sé qué hizo St Louis para ofender a Zeus, pero se esperan tormentas de nieve! Bóreas en persona ha sido llamado para castigar la zona con hielo. ¡Malas noticias, Missouri! No, esperad. Hefesto lo siente por la central de Missouri, así que parece que tendremos temperaturas moderadas y cielos soleados. Eolo siguió con lo mismo, hablando sobre cada área y cambiando de predicción dos o tres veces mientras recibía mensajes en su auricular: aparentemente los dioses le pedían vientos y un tiempo distinto. —Esto no puede ser bueno—susurró Jason—. El tiempo no puede ser tan azaroso. Mellie sonrió. —Y, ¿con qué frecuencia se equivocan los hombres del tiempo mortales? Hablan de frentes y presión del aire y la humedad, pero el tiempo les sorprende constantemente. Al menos Eolo nos dice por qué es tan impredecible. Una tarea difícil, la de intentar contentar a todos los dioses al mismo tiempo. Es suficiente como para hacer que alguien perdiera la… Se interrumpió, pero Jasón supo lo que quería decir. Loco. Eolo estaba completamente loco. —Y este es el tiempo— concluyó Eolo—. Nos vemos en doce minutos, ¡estoy seguro de que el tiempo cambiará! Se apagaron las luces, los monitores de vídeo volvieron al zapping y sólo por un momento, la cara de Eolo se hundió por el cansancio. Entonces pareció acordarse de sus invitados y sonrió de nuevo. —Así que me habéis traído algunos espíritus juguetones— dijo Eolo—, Supongo que… ¡gracias! ¿Queréis algo más? Los semidioses siempre queréis algo más. Mellie dijo:

—Eh, señor, este de aquí es hijo de Zeus. —Sí, sí. Ya lo sé. Le he dicho que le recuerdo. —Pero, señor, vienen de parte del Olimpo. Eolo parecía aturdido. Entonces se echó a reír de manera tan abrupta, que Jason casi saltó al abismo. —¿Quieres decir que estáis de parte de tu padre? ¡Por fin! ¡Sabía que iban a enviar a alguien a renegociar mi contrato! —¿Qué? —preguntó Jason. —¡Gracias a los dioses! —suspiró aliviado Eolo—. ¿Cuánto ha pasado? ¿Tres mil años desde que Zeus me nombró maestro de los dioses? ¡Por supuesto, estoy agradecido! Pero, en realidad, mi contrato está muy vacío. Obviamente soy inmortal, pero ‘maestro de los dioses’. ¿Qué significa? ¿Soy un espíritu de la naturaleza? ¿Un semidiós? ¿Un dios? Quiero ser dios de los vientos, porque eso da muchos más beneficios. ¿Podemos comenzar por ahí? Jason miró a sus amigos, desconcertado. —Tío— dijo Leo—, ¿crees que estamos aquí para hacerte publicidad? —¿Entonces porqué estáis aquí? — sonrió Eolo. Su traje de negocios se volvió completamente azul, sin nubes en la tela—. ¡Maravilloso! Me refiero, creo que he demostrado bastante iniciativa con mi canal meteorológico, ¿no es cierto? Y por supuesto, estoy en la prensa constantemente. Se han escrito muchos libros sobre mí: La Sombra del Viento, Reloj de Viento, Lo Que El Viento Se Llevó… —Eh, no creo que sean sobre usted— dijo Jason, antes de poder ver a Mellie negar con la cabeza. — Claro que sí— dijo Eolo—. Mellie, ¿son biografías sobre mí o no lo son? —Por supuesto, señor. — chilló. —¿Ves? No suelo leer. ¿Quién tiene tiempo? Pero es obvio que los mortales me aman. Así que cambiaremos mi título oficial al de dios de los vientos. Entonces, sobre el sueldo y todo eso… —Señor— dijo Jason—, no venimos de parte del Olimpo. Eolo parpadeó. —Pero… —Soy hijo de Zeus, sí— dijo Jason—. Pero no estamos aquí para renegociar su contrato. Estamos en una misión y necesitamos su ayuda.

La expresión de Eolo se endureció. —¿Cómo la última vez? ¿Cómo cada semidiós que viene aquí? ¡Semidioses! ¡Siempre vosotros y sólo vosotros! —Señor, por favor, no recuerdo la última vez, pero si me ayudó una vez… —Siempre estoy ayudándoos. Bueno, a veces destruyo, pero la mayor parte del tiempo os ayudo, y a veces me dicen de hacer ambas cosas al mismo tiempo. Porque, Eneas, el primero de los de tu tipo… —¿Mi tipo? — preguntó Jason—. ¿Se refiere a los semidioses? —¡Oh, por favor! — dijo Eolo—. Me refiero a tu estirpe de semidioses. Ya sabes, Eneas, hijo de Venus, el único superviviente de la Troya. Cuando los griegos quemaron su ciudad, escapó a Italia, dónde fundó un reino que se convertiría en Roma, bla, bla, bla. Eso es a lo que me refiero. —No entiendo— admitió Jason. Eolo puso los ojos en blanco. —El caso es que me metieron en medio del conflicto. Juno me dice: ‘Oh, Eolo, destruye los barcos de Eneas por mí. No me gusta’. Entonces Neptuno me dice: ‘No lo harás. Es mi territorio. Calma a los vientos.’ Entonces Juno me dice: ‘No, destruye esos barcos, o le diré a Júpiter que no cooperas.’ ¿Crees que es fácil convivir con todo ese tipo de peticiones constantemente? —No— dijo Jason—, no lo parece. —¡Y no me hables de Amelia Earthart! Sigo recibiendo llamadas del Olimpo quejándose por haberla echado del aire. —Sólo queremos información— dijo Piper con una voz relajante—. Hemos oído que usted lo sabe todo. Eolo se arregló la solapa y les miró, apaciguado. —Bueno, eso es cierto, por supuesto. Por ejemplo, sé que todo esto de aquí—les señaló con la mano—, este plan descabellado de Juno para reuniros a todos probablemente termine en un derramamiento de sangre. En cuanto a ti, Piper McLean, sé que tu padre está en apuros. —le tendió la mano y un trozo de papel revoloteó a su alcance. Era una foto de Piper con un tipo que debía de ser su padre. Su rostro le era familiar. Jason estaba seguro de haberlo visto en algunas películas. Piper cogió la foto. Sus manos temblaron: —Esto es de su cartera. —Sí— dijo Eolo—. Todas las cosas perdidas en el viento vienen a mí. La foto voló cuando los nacidos de la tierra le capturaron.

—¿Los qué? — preguntó Piper. Eolo cambió de tema y se centró en Leo. —Ahora, tú, hijo de Hefesto, sí… puedo ver tu futuro. —otro papel voló de las manos del dios, un viejo dibujo de ceras. Leo lo cogió como si estuviera cubierto de veneno. Se tambaleó hacia atrás. —¿Leo? — dijo Jason—. ¿Qué es? —Algo que hice cuando era pequeño. — lo dobló rápidamente y lo metió en su abrigo—. No es nada. Eolo rió. —¿Nada? ¡Sólo es la llave para tu éxito! Ahora, ¿dónde lo habíamos dejado? Ah, sí, queríais información. ¿Estáis seguros? A veces la información puede ser peligrosa. Sonrió a Jason como si le estuviera retando a un desafío. Detrás de él, Mellie negaba con la cabeza alertándoles. —Sí— dijo Jason—. Necesitamos saber dónde se esconde Encélado. La sonrisa de Eolo desapareció. —¿El gigante? ¿Por qué queréis ir ahí? ¡Es horrible! ¡Ni siquiera ve mi programa! Piper levantó la foto. —Eolo, él tiene a mi padre. Necesitamos rescatarle y encontrar dónde se encuentra captiva Hera. —Bueno, eso es imposible—dijo Eolo—. Incluso yo no puedo saberlo, y creedme, lo he intentado. Hay un velo mágico cubriendo la localización de Hera, muy fuerte, imposible de localizar. —Está en un lugar llamado la Casa del Lobo— dijo Jason. —¡Esperad! — Eolo se sujetó la mano y cerró los ojos—. ¡Me está viniendo algo! Sí, ¡está en un lugar llamado la Casa del Lobo! Por desgracia, no sé dónde está. —Encélado sí— persistió Piper—. Si nos ayudas a encontrarle, podremos saber dónde está la diosa… —Sí— dijo Leo, siguiendo el mensaje—. Y si la salvamos, estará muy agradecida contigo… —Y Zeus quizá te ascienda— acabó Jason. Eolo alzó las cejas.

—Un ascenso… ¿y todo lo que queréis es la localización del gigante? —Bueno, si nos puedes llevar, también— pidió Jason—, estaría genial… Mellie aplaudió emocionada. —¡Oh, él puede hacer eso! Suele enviar vientos caritativos… —¡Cállate, Mellie! — le espetó Eolo—. He estado a punto de despedirte por dejar entrar esta gente bajo pretensiones falsas. Su cara empalideció. —Sí, señor. Lo siento, señor. —No fue culpa suya— dijo Jason—. Pero en cuanto a la ayuda… Eolo giró la cabeza como si estuviera pensando. Entonces Jason se dio cuenta de que el señor de los vientos estaba escuchando voces en su auricular. —Sí… Zeus lo aprueba— murmuró Eolo—. Dice… dice que será mucho mejor si os esperáis a salvarla hasta el lunes, porque tiene una gran fiesta planeada… ¡Au! Esa es Afrodita gritándole, recordándole que el solsticio comienza al alba. Dice que debo ayudaros. Y Hefesto… sí. Mmm. Es extraño que estén de acuerdo en algo. Esperad un momento… Jason sonrió a sus amigos. finalmente, tenían buena suerte. Sus padres divinos les estaban echando un cable. En la entrada, Jason escuchó un sonoro eructo. El entrenador Hedge se contoneaba en el vestíbulo, con hierba por toda la cara. Mellie le vio venir por el suelo improvisado y contuvo el aliento. —¿Quién es? Jason ahogó una tos. —¿Él? Es simplemente el entrenador Hedge. Eh, Gleeson Hedge. Es nuestro…— Jason no estaba seguro de qué llamarle: ¿profesor, amigo, problema? —… nuestro guía. —Es tan cabrío…— murmuró Mellie. Detrás de ella, Piper hinchó los carrillos, como si estuviera a punto de vomitar. —¿Qué pasa, muchachos? — trotó Hedge—. Guau, bonito lugar. ¡Oh! Césped! —Entrenador, acabas de comer— dijo Jason—. Y estamos usando el césped como suelo. Esta es… eh… Mellie. —Una aura— sonrió Hedge tímidamente—. Hermosa como una brisa veraniega.

Mellie se sonrojó. —Y Eolo está a punto de ayudarnos. — dijo Jason. —Sí— murmuró el señor de los vientos—. Eso parece. Encontrareis a Encélado en el Monte Diablo. —¿Montaña diabólica? — preguntó Leo—. Eso no suena bien. —¡Recuerdo ese lugar! — dijo Piper—. Estuve ahí una vez con mi padre. Está al este de la bahía de San Francisco. —¿La Zona de la Bahía de nuevo? — el entrenador negó con la cabeza—. Malo. Muy malo. —Ahora…— Eolo sonrió—… en cuanto a llevaros allí. De repente se le paralizó la cara. Se inclinó y tocó el auricular como si funcionara mal. Cuando se levantó, sus ojos enloquecieron. A pesar del maquillaje, parecía un anciano, un viejo y asustado ancianio. —No me ha hablado durante centurias. No puedo… sí, sí. Entiendo. Tragó saliva, mirando con respeto a Jason como si se hubiera convertido en un escarabajo gigantesco. — Lo siento, hijo de Júpiter. Nuevas órdenes. Tenéis que morir. Mellie chirrió. —Pero, pero, ¡señor! Zeus dijo que les ayudara y Afrodita y Hefesto… —¡Mellie! —le espetó Eolo—. Tu trabajo ha terminado. Además, hay órdenes que trascienden por encima de los mismos dioses, especialmente cuando viene de las fuerzas de la naturaleza. —¿Las órdenes de quién? — dijo Jason—. Zeus te despedirá si no nos ayudas. —Lo dudo— Eolo movió la muñeca, y por debajo, se abrió la puerta de una celda. Jason podía oír gritos de espíritus de las tormentas, buscando sangre. —Incluso Zeus entiende el orden de las cosas—dijo Eolo—. Y si está despertando… por todos los dioses… no puede negársele nada. Adiós, héroes. Lo siento mucho, pero tengo que hacer esto rápidamente. Estoy en el aire en cuatro minutos. Jason convocó su espada. El entrenador Hedge sacó su vara. El aura Mellie gritó: —¡No! Se lanzó a sus pies, mientras los espíritus les golpeaban con la fuerza de un huracán, volaban la planta en pedazos, triturando las alfombras, el mármol y el linóleo en lo que podrían haber sido proyectiles letales, pero las ropas de Mellie habían servido como escudo y habían absorbido el impacto. Los cincos cayeron por el abismo, y Eolo gritó por encima de ellos:

—¡Mellie! ¡Estás definitivamente despedida! —Rápido— gritó Mellie—. Hijo de Zeus, ¿tienes algún poder sobre el viento? —¡Algo! —Entonces ayúdame, o moriréis todos. — Mellie le agarró la mano, y una carga eléctrica le pasó por el brazo. Entendió qué necesitaba. Tenían que controlar su caída e ir por uno de los túneles. Los espíritus de las tormentas les seguían, acercándose con rapidez, trayendo una nube de proyecitles letales. Jason agarró la mano de Piper. —¡Abrazo de grupo! Hedge, Leo y Piper intentaron acercarse, agarrando a Mellie y a Jason mientras caían. —¡ESTO NO PUEDE SER BUENO! — gritó Leo. —¡Venid aquí, bolsas de aire! — les gritó Hedge a los espíritus—. ¡Os pulverizaré! —Es magnífico— suspiró Mellie. —¿Nos concentramos? — le interrumpió Jason. —¡Claro! — dijo. Controlaron el viento y su caída se convirtió más bien en el zarando de un paracaídas abierto. Aún así, se estrellaron contra un túnel a una velocidad dolorosa y rodaron uno sobre el otro por una salida que no estaba diseñada para personas. No había manera de detenerse. La ropa de Mellie se elevaba a su alrededor. Jason y los demás se aferraban a ella desesperadamente, y comenzaron a disminuir los gritos de los espíritus detrás de ellos. —¡No puedo… aguantar… mucho tiempo! — advirtió Mellie—. ¡Permaneced juntos, cuando los vientos golpeen! —Lo estás haciendo muy bien, Mellie— dijo Hedge—. Mi propia madre era una aura. No pudo haberlo hecho mejor en su vida. —¿Me enviarás mensajes Iris? —se le declaró Mellie. Hedge le guiñó un ojo. —¿Podríais ligar en otro momento? —gritó Piper—. ¡Mirad! Detrás de ellos, el túnel se oscurecía. Jason podía notar en sus oídos taponados la presión acumulada.

—No los podré controlar— les advirtió Mellie—. Pero intentaré protegeros, haceros un último favor. —Gracias, Mellie— dijo Jason—. Espero que encuentres otro trabajo. Sonrió, y se disolvió, llevándoles en una brisa amable. Entonces los vientos reales golpearon, llevándoles tan rápido por el cielo que Jason se desmayó.

CAPÍTULO XXXIX PIPER
PIPER SOÑÓ QUE ESTABA DE NUEVO EN LOS DORMITORIOS de la Escuela de la Salvajería. La noche desértica era fría, pero había traído sábanas, y con Jason a su lado, no necesitaba más calor. El aire olía a salvia y a incienso quemado. En el horizonte, las Spring Mountains se alzaban como blancos dientes puntiagudos y el difuso brillo de Las Vegas detrás de ellas. Las estrellas brillaban con mucha fuerza, Piper tenía miedo de que no pudiera ver la lluvia de meteoritos. No quería que Jason pensara que le había llevado allí para falsas pretensiones. (Aunque sus pretensiones fueran completamente falsas). Pero no los meteoritos no les decepcionaron. Uno cruzaba el cielo casi cada minuto, una línea blanca, amarilla o azul. Piper estaba segura de que su abuelo Tom le habría explicado algún mito cherokee sobre ellos, pero, de momento tenía bastantes problemas para inventarse su propia historia. Jason le cogió de la mano, al fin, y señaló dos meteoritos cruzando el cielo que formaron una cruz. —Guau —dijo—. No me puedo creer que Leo no quisiera ver esto. —En realidad, no le he invitado— dijo Piper, casualmente. Jason sonrió. —¿En serio? —Mm… ¿Alguna vez has pensado que tres son multitud? —Sí— admitió Jason—. Cómo ahora. ¿Sabes en los líos que nos podríamos meter si nos encuentran aquí? —Oh, ya me las arreglaré— dijo Piper—. Puedo ser muy persuasiva. ¿Quieres bailar o algo? Rió. Sus ojos eran alucinantes, y su sonrisa brillaba más que las estrellas. —Sin música, de noche y en un tejado. Suena peligroso. —Soy una chica peligrosa. —Eso, me lo creo. Se levantó y le ofreció la mano. Bailaron lentamente algunos pasos, que se convirtieron en un beso dulce. Piper casi no le pudo besar de nuevo, porque estaba demasiado atareada sonriendo. Entonces el sueño cambió, o quizás estaba muerta en el Inframundo, porque se encontró a sí misma de vuelta en los grandes almacenes de Medea.

—Por favor que esto sea un sueño— murmuró—, y no mi castigo eterno. —No, cielo— dijo la voz dulce de una mujer—. No hay castigo. Piper se giró, temerosa de ver a Medea, pero una mujer diferente estaba a su lado, observando una estantería cercana. La mujer era preciosa, tenía el cabello largo hasta los hombros, un cuello elegante, unas características perfectas y una figura increíble escondida en unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca como la nieve. Piper había visto un sinfín de actrices, la mayor parte de las citas de su padre eran actrices despampanantes, pero esta mujer era distinta. Era elegante sin pretenderlo, espectacular sin intentarlo, alucinante sin maquillaje alguno. Después de ver a Eolo con su sus facciones de maníaco y sus cosméticos, Piper pensó que esa mujer era mucho más alucinante. No había nada artificial en ella. Piper no pudo saber el color de sus ojos, o el color exacto de su pelo. La mujer se hacía más y más hermosa, como si la imagen se alineara a los pensamientos de Piper, acercándose tan cerca al ideal de belleza de Piper. —Afrodita— dijo Piper— ¿Mamá? La diosa sonrió. —Estás soñando, cielo. Si alguien pregunta, no estuve aquí. ¿Vale? —Yo…— Piper quería hacerle cientos de preguntas, pero todas se juntaron en su cabeza. Afrodita sujetó un vestido turquesa. Piper creyó que era precioso, pero la diosa hizo una mueca. —No es mi color, ¿verdad? Lástima, es mono. Medea tiene cosas preciosas. —Este… este edificio explotó— balbuceó Piper—. Yo lo vi. —Sí— coincidió Afrodita—. Supongo que es por eso por lo que todo está de rebajas. Es sólo un recuerdo. Y siento haberte sacado del otro sueño. Mucho más placentero, te comprendo. La cara de Piper ardió. No sabía si estaba enfadada o avergonzada, pero en mayor parte se sintió decepcionada. —No era real. Nunca ha sucedido. ¿Entonces por qué lo recuerdo tan vívidamente? Afrodita sonrió. —Porque eres mi hija, Piper. Ves las posibilidades más vívidamente que los demás. Ves lo que podría haber sido. Y puede ser, no te rindas. Desafortunadamente…— la diosa miró por los grandes almacenes—. Tienes otros desafíos a los que enfrentarte, primero. Medea volverá, con muchos otros enemigos. Las Puertas de la Muerte se han abierto.

—¿A qué te refieres? Afrodita le guiñó el ojo. —Eres lista, Piper. Lo sabes. Le recorrió una especie de corriente fría. —La mujer dormida la que Medea y Midas llamaron su patrona. Ha abierto una nueva entrada del Inframundo. Está dejando escapar a los muertos de nuevo al mundo. —Mmm… Y no sólo cualquier muerto. Los peores, los más poderosos, los que más odian a los dioses. —Los monstruos vuelven del Tártaro de la misma manera—adivinó Piper—. Es por eso por lo que no se desintegran. —Correcto. Su patrona, como la llamas, tiene una especial relación con Tártaro, el espíritu del vacío. —Afrodita sujetó un top dorado—. No… esto me desfavorecería por completo. Piper rió, nerviosa. —¿Tú? Tu no puedes ser nada más que perfecta. —Eres muy dulce— dijo Afrodita—. Pero la belleza consiste en encontrar lo que de verdad te sienta bien, lo más natural. Para ser perfecta, tienes que sentirte perfecta contigo misma, evita intentar ser algo que no eres. Para una diosa, es algo difícil. Podemos cambiar con facilidad. —Mi padre me dijo que eras perfecta— la voz de Piper se ensombreció—. Nunca pudo superar lo vuestro. La mirada de Afrodita se volvió distante. —Sí… Tristan. Oh, era increíble. Muy amable y noble, divertido y apuesto. Aunque tenía tanta tristeza en su interior… —¿Podemos evitar hablar sobre él en pasado? —Lo siento, cielo. No quise dejar a tu padre, por supuesto. Siempre es duro, pero era lo mejor. Si él hubiera sabido quién era yo… —Espera… ¿no sabe que eres una diosa? —Por supuesto que no— Afrodita sonó ofendida—. No le haría eso a él. Para muchos mortales, simplemente es difícil de aceptar. ¡Podría arruinarles las vidas! Pregúntale a tu amigo Jason, por ejemplo. Su pobre madre estaba destruida cuando se dio cuenta de que se había enamorado de Zeus. No, era mejor para Tristan que pensara que yo era una mujer mortal que le dejó sin

explicaciones. Mejor que un recuerdo destructor sobre una inmortal e inalcanzable diosa. Lo que me lleva a algo más importante… Abrió su mano y le enseñó a Piper un frasco de un líquido rosa brillante. —Esta es una de las pócimas de Medea. Borra recuerdos recientes. Cuando salves a tu padre, si puedes salvarle, le deberías dar esto. Piper no podía creer lo que estaba oyendo. —¿Quieres que drogue a mi padre? ¿Quieres que le haga olvidar por todo lo que ha pasado? Afrodita alzó el frasco. El líquido hizo que su cara brillara con un color rosa. —Tu padre es seguro de sí mismo, Piper, pero camina por una estrecha línea entre dos mundos. Ha trabajado toda su vida para negarse a sí mismo que las viejas historias sobre dioses y espíritus no existen, aunque tema que todas sean reales. Tiene miedo de haber callado una parte de él y algún día eso le destruirá. Ahora ha sido capturado por un gigante. Está viviendo una pesadilla. Si sobrevive… si tiene que pasar el resto de su vida con ese recuerdo, sabiendo que los dioses y los espíritus moran la tierra, le destrozará. Eso es lo que espera nuestra enemiga. Le destrozará, y así te destrozará el espíritu. Piper quería gritarle a Afrodita que estaba equivocada. Su padre era la persona más fuerte que conocía. Piper nunca le quitaría la memoria de la forma en la que Hera se la había quitado a Jason. Pero de alguna manera no podía enfadarse con Afrodita. Recordó a su padre hace meses, en la playa de Big Sur: Si creyera en el País de los Fantasmas, o espíritus animales o en los dioses griegos… no creo que pudiera dormir por las noches. Estaría siempre buscando a alguien por lo que echarle la culpa. Ahora Piper quería alguien a quién echarle la culpa. —¿Quién es ella? — pidió Piper—. La que controla a los gigantes. Afrodita apretó los labios. Caminó hacia el pasillo continuo, que estaba lleno de armaduras y togas hechas jirones, pero Afrodita las observaba como si fueran vestidos de diseño. —Tienes una voluntad muy grande— murmuró—. Nunca me han dado demasiado crédito entre los dioses. Mis hijos son objeto de burla. Son subestimados por vanidosos y superficiales. —Algunos lo son. Afrodita rió. —Claro. Quizás a veces soy vanidosa y superficial. Una chica tiene que ser mimada. Oh, esta es bonita—cogió una oxidada y quemada coraza y se la enseñó a Piper—. ¿No? —No. — dijo Piper—. ¿Vas a responder a mi pregunta?

—Paciencia, cielo— dijo la diosa—. Yo creo que el amor es la motivación más poderosa del mundo. Estimula a los mortales a la grandeza. Los actos más nobles y valientes son hechos por amor. Piper desenfundó su daga y observó la hoja reflectante. —¿Como Helena al comenzar la Guerra Troyana? —Ah, Katoptris— Afrodita sonrió—. Me alegro de que la hayas encontrado. Hubo mucho jaleo por esa guerra, pero honestamente, Paris y Helena eran una pareja de lo más mona. Y los héroes de la guerra son inmortales, ahora. Al menos en la memoria de los hombres. El amor es poderoso, Piper. Puede hacer a los dioses arrodillarse. Le dije eso a mi hijo Eneas cuando escapó de Troya. Creyó que había fallado. Creyó que era un perdedor. Pero viajó hasta Italia… —Y fue el patriarca de Roma. —Exacto. ¿Ves, Piper? Mis hijos pueden ser poderosos. Tú puedes ser poderosa, porque mi linaje es único. Estoy más cerca del comienzo de la creación que ningún otro olímpico. Piper se esforzó en recordar el nacimiento de Afrodita. —¿No te alzaste del mar? ¿Sobre una concha marina? La diosa rió. —El pintor Botticelli tuvo mucha imaginación. Nunca me alcé sobre una concha, gracias. Pero sí, me alcé del mar. Los primeros en alzarse del Caos fueron la Tierra y el Cielo, Gea y Urano. Cuando hijo el titán Cronos mató a Urano… —Cortándole con una guadaña— recordó Piper. Afrodita se rascó la nariz. —Sí. Las partes de Urano cayeron al mar. Su esencia inmortal creo la espuma del mar. Y de esa espuma… —Naciste tú. Ahora me acuerdo. Así que eres… —La última hija de Urano, que es más grande que los dioses o los titanes. Así que, de alguna extraña manera, soy la mayor diosa olímpica. Como he dicho, el amor es una fuerza poderosa. Y tú, hija mía, eres mucho más que una cara bonita. Algo por lo que ya sabes quién está despertando a los gigantes, y que tiene el poder de abrir las puertas a las partes más profundas de la tierra. Afrodita esperó, como si pudiera notar cómo Piper juntaba las piezas del rompecabezas, creando una imagen.

—Gea— dijo Piper—. La tierra misma. Es nuestra enemiga. Esperaba que Afrodita dijera que no, pero la diosa mantuvo sus ojos en el pasillo de las armaduras. —Ha dormitado durante eones, pero ahora se está despertando lentamente. Incluso dormida, es poderosa, pero una vez se levante… seremos todos destruidos. Deberás combatir a los gigantes antes de que eso suceda y adormecer a Gea a su sueño de nuevo. De no ser así, la rebelión sólo ha comenzado. Los muertos seguirán volviendo, los monstruos se regenerarán a gran velocidad. Los gigantes reducirán a cenizas el hogar de los dioses. Y si hacen eso, la civilización será reducida a cenizas con el Olimpo. —¿Pero Gea? ¿La Madre Tierra? —No la subestimes— le advirtió Afrodita—. Es una deidad cruel. Organizó la muerte de Urano. Le dio a Cronos la guadaña y le convenció para matar a su propio padre. Mientras los titanes reinaran el mundo, ella dormiría en paz. Pero cuando los dioses les encerraron, Gea se levantó de nuevo con toda su rabia y dio a luz a una nueva raza, los gigantes, para destruir el Olimpo para siempre. —Y es lo que está sucediendo de nuevo— dijo Piper—. Los gigantes se alzan. Afrodita asintió. —Ahora que lo sabes, ¿qué harás? —¿Yo? — Piper apretó los puños—. ¿Qué se supone que tengo que hacer yo? ¿Ponerme un vestido bonito y hablar dulcemente a Gea hasta que se duerma de nuevo? —Ojalá eso funcionara— dijo Afrodita—. Pero no, tendrás que encontrar tus propias fuerzas y luchar por aquello a lo que amas. Como mis favoritos, Helena y Paris. Como hijo Eneas. —Helena y Paris murieron—dijo Piper. —Y Eneas fue un héroe— dijo la diosa—. El primer gran héroe de Roma. El resto depende de ti, Piper, pero te diré esto: Los siete semidioses más grandes deben reunirse para vencer a los gigantes y ese es fuerzo no tendrá éxito sin ti. Cuando los dos lados se encuentren… serás la mediadora. Determinarás si habrá amistad o enemistad. —¿Qué dos lados? La visión de Piper comenzó a disolverse. —Debes levantarte, hija mía—dijo la diosa—. No siempre estoy de acuerdo con Hera, pero ha tomado un riesgo muy grande, que acepto que ha de ser tomado. Zeus ha mantenido ambos lados separados durante mucho tiempo. Sólo juntos tendréis el poder de salvar al Olimpo. Ahora, despierta, espero que te gusten las ropas que te he escogido. —¿Qué ropas? — preguntó Piper, pero el sueño se oscureció.

CAPÍTULO XL PIPER PIPER SE DESPERTÓ EN UNA MESA EN LA TERRAZA DE UN CAFÉ. Por un segundo, creyó que seguía soñando. Era una mañana soleada. El aire era fresco pero no molesto para estar en el exterior. En otras mesas, una mezcla de ciclistas, hombres de negocios y colegiales estaban sentados charlando y bebiendo café. Podía oler los eucaliptos. La muchedumbre pasaba delante de los escaparates de varias tiendas. La calle estaba poblada de calistemos y azaleas en flor como si el invierno no existiera. En otras palabras: estaba en California. Sus amigos estaban sentados en otras sillas a su alrededor, todos tenían la cabeza apoyada en sus brazos, como si estuvieran embobados y cansados. Todos vestían sendas ropas nuevas. Piper se miró y se atragantó: —¡Madre! Gritó más alto de lo que habría querido. Jason pegó un salto, golpeando la mesa con sus rodillas, y todos se despertaron. —¿Qué? —dijo Hedge—. ¿Luchar contra quién? ¿Dónde? —¡Caemos! — Leo agarró la mesa—. No, pues no caemos. ¿Dónde estamos? Jason parpadeó, intentando buscarle sentido. Miró a Piper y contuvo el aliento: —¿Qué llevas puesto? Seguramente Piper se ruborizó. Vestía el vestido turquesa que había visto en sus sueños, unos pantalones y unas botas de cuero negras. Llevaba su pulsera plateada preferida aunque se la hubiera dejado en su casa en Los Angeles, y su vieja chaqueta de snowboard que pegaba extraordinariamente bien con sus nuevas ropas. Desenfundó a Katoptris, y mirando por el reflejo de la hoja, también estaba peinada. —No es nada— dijo— Es mi…—entonces recordó que Afrodita le había advertido no decir nada sobre su charla—. No es nada. Leo sonrió. —¿Afrodita golpea de nuevo? Vas a ser la guerrera mejor vestida de la ciudad, reina de la belleza. —Eh, Leo— Jason le agarró del brazo—. ¿Te has mirado últimamente? —¿Qué…? ¡Oh!

Todos habían pegado un cambiazo. Leo vestía unos pantalones de rayas, zapatos de cuero negro, una camiseta blanca sin mangas, tirantes y su cinturón de herramientas. También vestía unas gafas de sol Ray-Ban y una gorra de color gris. —Dios, Leo— Piper contuvo la risa—. Creo que mi padre vestía así en su última premiére, bueno, sin el cinturón de herramientas. —Eh, ¡cállate! —Creo que te ves bien—dijo el entrenador—. Claro que yo, estoy mucho mejor. El sátiro era una pesadilla de colores pastel. Afrodita le había dado un traje de color amarillo canario con zapatos que se ajustaban a sus pezuñas. Tenía un sombrero a juego amarillo de ala ancha, una camisa de color rosa, una corbata azul celeste y un clavel azul en la solapa, que Hedge olfateó y luego se comió. —Bueno— dijo Jason—, al menos tu madre no se ha centrado demasiado en mí. Piper sabía que eso no era del todo cierto. Cuando le miraba, su corazón comenzaba a latir más fuerte. Jason vestía simplemente unos tejanos y una camiseta púrpura lisa, como aquella que vestía en el Gran Cañón. Tenía unas deportivas nuevas y su pelo estaba peinado por completo. Sus ojos eran del color del azul del cielo. El mensaje de Afrodita era claro: este no necesita mejora. Y Piper coincidía. —De todas formas— dijo de forma incómoda—, ¿cómo hemos llegado aquí? —Oh, esa habrá sido Mellie— dijo Hedge, comiéndose su clavel con alegría—. Esos vientos nos transportaron por medio país, supongo. Podríamos habernos estrellado contra algún edificio, pero el último regalo de Mellie, una suave y dulce brisa, nos hizo de cojín en nuestra caída. —Y fue despedida por nuestra culpa— dijo Leo—, tío, damos asco. —Ah, estará bien—dijo Hedge—. Además, no se puede ayudar a sí misma. Tengo ese efecto en las ninfas. Le enviaré un mensaje cuando hayamos terminado con la misión y le ayudaré a encontrar algo nuevo. Esta aura es con la que yo podría pasar el resto de mi vida y tener unos bebés cabra monísimo. —Me voy a marear— dijo Piper—. ¿Alguien quiere café? —¡Café! —la sonrisa de Hedge era de color azul por la flor—. ¡Me encanta el café! —Eh…—dijo Jason—. Pero… ¿dinero? ¿Y nuestras mochilas? Piper miró hacia abajo. Sus mochilas estaban a sus pies, y todo parecía seguir ahí. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y notó dos cosas que no esperaba. Una era un taco de billetes y la otra un frasco, la poción de amnesia. Dejó el frasco en el bolsillo y sacó el dinero. Leo silbó.

—¿La paga? Piper, tu madre mola mucho. —¡Camarera! —le llamó Hedge—. Seis cafés expreso dobles, y lo que quieran estos muchachos. Lo paga la chica. No les llevó mucho tiempo saber dónde estaban. Los menús decían: ‘Café Verve, Walnut Creek, California’. Y según la camarera eran las nueve de la mañana del 21 de diciembre, el solsticio de invierno, lo que les daba tres horas hasta la fecha límite de Encélado. Tampoco tuvieron que preguntarse dónde estaba el Mount Diablo. Podían verlo en el horizonte, justo al final de la calle. Después de las Rocosas, el Mount Diablo no parecía muy grande, ni tampoco estaba cubierto con nieve. Parecía estar en harmonía, su cima dorada moteada con árboles de un color gris verdoso. Pero el tamaño engaña con las montañas, Piper lo sabía. De cerca sería mucho más grande, y las apariencias también engañan. Allí estaban de nuevo en California, se suponía que su casa, con cielos soleados, temperaturas frescas, rodeados de gente y tomando unos cafés y comiendo magdalenas de chocolate. Y a unas pocas millas, en algún lugar de la tranquila montaña, un súperdiabólico y súper-poderoso gigante estaba listo para comerse a su padre. Leo sacó algo de su bolsillo, el viejo dibujo a ceras que Eolo le había dado. Afrodita habría creído que sería importante si lo había transferido mágicamente a su nueva vestimenta. —¿Qué es eso? — preguntó Piper. Leo lo dobló y se lo guardó. —Nada. No querrás ver el arte que tenía en mi época de la guardería. —Es más que eso— supuso Jason—. Eolo dijo que era la clave de tu éxito. Leo negó con la cabeza. —Hoy no. Hablaba de… más adelante. —¿Cómo puedes estar tan seguro? — preguntó Piper. —Confiad en mí— dijo Leo—. Pero, ¿cuál es nuestro plan? El entrenador Hedge eructó. Ya se había tragado tres expresos y un plato de donuts, junto con dos servilletas y otra flor de un jarrón en la mesa de al lado. Se habría comido la pulsera de Piper, pero ésta apartó la mano. —Subir la montaña— dijo Hedge—. Matar a todo lo que se mueva excepto al padre de Piper. Irse. —Gracias, General Eisenhower— gruñó Jason. —Eh, sólo he propuesto un plan. —Chicos—dijo Piper—. Creo que hay algo más que tenéis que saber.

Fue difícil, por no poder mencionar a su madre, pero les dijo que había podido saber cosas en sus sueños. Les habló de su real enemiga: Gea. —¿Gea? —Leo negó con la cabeza—. ¿No es esa la Madre Naturaleza? Se supone que es, ya sabéis, que tiene flores en el pelo y pájaros cantando a su alrededor y ciervos y conejos haciéndole la colada. —Leo, esa es Blancanieves— dijo Piper. —Vale, sí, pero… —Escucha, cometartas—el entrenador Hedge dejó el vaso de café en la mesa. —Piper no está contando cosas serias. Gea no es algo con lo que jugar. Ni siquiera yo estoy seguro de poderla vencer. Leo silbó. —¿En serio? Hedge asintió. —Esta mujer de la tierra… ella y su antiguo marido del cielo eran dos tipos muy duros. —Urano— dijo Piper. No ayudaba mirar al cielo azul, preguntándose si tendría ojos. —Cierto— dijo Hedge—. Pues Urano no era un buen padre del todo. Lanzó a sus primeros hijos, los cíclopes, al Tártaro. Eso enloqueció a Gea, que se acabó vengando. Entonces tuvieron otro montón de hijos, los doce titanes, y Gea tenía miedo de que también los lanzara a la prisión. Entonces habló con su hijo Cronos… —El tío malo que vencieron el verano pasado—dijo Leo. —Correcto. Y Gea le dio a él la guadaña, y le dijo: Eh, ¿porqué no traes a tu padre aquí? Y mientras está distraído hablando conmigo, le cortas en cachitos. Entonces puedes ser el amo del mundo. ¿No sería genial? Nadie dijo nada. La magdalena de chocolate de Piper comenzó a no parecer tan apetitosa. Incluso aunque ya había oído esa historia antes, no pudo dejar de darle vueltas. Intentó imaginarse a un hijo, que liado, había matado a su padre sólo por el poder. Entonces se imaginó a su madre liándole, que convencía a su hijo de hacerlo todo. —Definitivamente no es Blancanieves—decidió Piper. —No, Cronos era malo— dijo Hedge—. Pero Gea es literalmente la madre de todos los chicos malos. Es anciana y poderosa, enorme, tanto que es duro para ella estar del todo consciente. La mayor parte del tiempo, duerme y por eso nos gusta verla… roncar.

—Pero ha hablado conmigo— dijo Leo—. ¿Cómo puede seguir dormida? Glesson se limpió las migajas de su traje amarillo canario. Se estaba bebiendo el sexto café, y tenía los ojos muy abiertos. —Incluso en su sueño, parte de su consciencia está activa, soñando, manteniéndose alerta, dedicándonos detalles como hacer entrar en erupción volcanes para que se alcen sus monstruos. Incluso ahora mismo, no está del todo despierta. Creedme cuando digo que no queréis verla despierta por completo. —Pero se está haciendo más poderosa— dijo Piper—. Está haciendo que los gigantes se alcen. Y si su rey vuelve, ese tal Porfirión… —Traerá consigo un ejército de gigantes para destruir a los dioses— acabó Jason—. Comenzando por Hera. Habrá otra guerra. Y Gea se levantará para siempre. Gleeson asintió. —Por eso es por lo que tenemos que alejarnos de la tierra lo antes posible. Leo miró hacia el Mount Diablo. —Así que… subir una montaña. Eso sería muy malo. El corazón de Piper dio un vuelco. Primero, le habían pedido que traicionara a sus amigos. Ahora intentaban rescatar a su padre aunque supieran que estaban yendo hacia una trampa. La idea de luchar contra un gigante ya era suficientemente aterradora, pero el pensar que Gea estaba detrás, una fuerza más poderosa que un dios o un titán… —Chicos, no os puedo pedir que hagáis esto— dijo Piper—. Es demasiado peligroso. —¿Bromeas? — Gleeson eructó y le enseñó otra vez su sonrisa azul clavel—. ¿Quién está listo para pegar unas cuantas palizas?

CAPÍTULO XLI LEO
LEO ESPERÓ QUE EL TAXI LES PUDIERA LLEVAR hasta la cima. No hubo suerte. El taxi hizo unos ruidos muy extraños mientras iba por la carretera de la montaña, y a mitad de camino encontraron la cabaña de un guardabosques cerrada y una cadena bloqueando el camino. —No puedo ir más lejos— dijo el taxista—. ¿Estáis seguros de esto? Va a ser un camino muy largo de vuelta, y mi coche está raro, no os voy a esperar. —Estamos seguros— Leo fue el primero en hablar. Tenía un mal presentimiento sobre lo que iba mal con el taxista, y cuando miró hacia abajo vio que tenía razón. Las ruedas se estaban hundiendo en la carretera como si estuvieran en arenas movedizas. No demasiado rápido, lo suficiente para hacer creer al conductor que tenía un problema de transmisión o un eje roto, pero Leo sabía que era algo muy distinto. La carretera estaba hecha de asfalto. No habría ninguna razón para que se hundiera, pero aún así los zapatos de Leo comenzaban a hundirse lentamente. Gea estaba haciendo de las suyas. Mientras sus amigos salían del taxi, Leo pagó al taxista. Fue generoso pero, ¿y por qué no? Pagaba Afrodita. Además, tenía el presentimiento de que nunca saldrían de esa montaña. —Guárdese el cambio— dijo —. Y salga de aquí. Ya. El conductor no discutió. Pronto dejó una estela de polvo a su paso. La vista desde la montaña era impresionante. Todo el valle alrededor del Mount Diablo era un mosaico de ciudades, líneas de calles arboladas y suburbios de clase media, tiendas y colegios. Toda esa gente normal viviendo su vida normal, algo que Leo jamás conocería. —Eso es Concord—dijo Jason, señalando al norte—. Walnut Creek está por debajo. Al sur Danville, pasadas las colinas de allí. Y por allí… Señaló al oeste, dónde una sierra de colinas doradas se alzaban de entre una muralla de niebla, como el borde de un plato. —Eso es Berkeley Hills, la bahía este. Pasado eso, está San Francisco. —¿Jason? — Piper le agarró del brazo—. ¿Recuerdas algo? ¿Has estado aquí? —Sí… no. — parecía angustiado—. Sólo me parece importante. —Es la tierra de los titanes— señaló Hedge con la cabeza—. Mal lugar, Jason. Confía en mí, esto es lo más cerca que queremos estar de San Francisco.

Pero Jason miró hacia la muralla de niebla con tanto anhelo que Leo se sintió inquieto. ¿Por qué Jason parecía estar conectado a aquél lugar, un lugar que Hedge decía ser malvado, repleto de magia oscura y viejos enemigos? ¿Qué pasaría si Jason viniera de ahí? Todo el mundo insinuaba que Jason era un enemigo, que su llegada al campamento Mestizo era un error peligroso. No, pensó Leo. Ridículo. Jason era su amigo. Leo intentó mover sus pies, pero sus talones estaban completamente inmersos en la carretera. —Eh, chicos— dijo —. Movámonos. Los otros notaron el problema. —Gea se hace fuerte aquí— se quejó Hedge. Sacó sus pezuñas de los zapatos, y se los dio a Leo—. Guárdalos por mí, Valdez. Me gustan. Leo bufó. —Sí, señor, entrenador. ¿Limpios? —Deja de comportarte como un crío, Valdez—le reprendió Hedge—. Antes, hemos de subir por la montaña mientras podamos. —¿Cómo sabemos dónde está el gigante? — preguntó Piper. Jason apuntó a la cima. Saliendo desde la cumbre había una columna de humo. Desde la distancia, Leo había pensado que era una nube o algo así. Algo estaba ardiendo. —Humo igual a fuego—dijo Jason—. Tendríamos que darnos prisa. La Escuela de la Salvajería había llevado a Leo a varias marchas forzadas. Creía estar en buena forma. Pero subir una montaña mientras la tierra intenta tragarse tus pies era como correr en una cinta hecha con papel atrapamoscas. En poco tiempo, Leo estaba sudando, aunque el viento fuera frío y cortante. Deseó que Afrodita le hubiera dado unos pantalones de montaña y algunos otros zapatos más cómodos para andar, pero se sentía agradecido por las Ray-Bans que le protegían del sol. Deslizó sus manos hacia el interior de su cinturón de herramientas y convocó suministros: engranajes, una llave pequeña y algunas tiras de bronce. Mientras caminaban, él construía, casi sin pensar, sólo jugaba con las piezas. En el momento en el que se acercaban a la cima de la montaña, Leo era el héroe mejor vestido, sudoroso y sucio de todos los tiempos. Sus manos estaban cubiertas con una capa de grasa. El pequeño objeto que había hecho era como un juguete de cuerda, de esos que suenan y caminan por una mesa de café. No estaba seguro de lo que podría hacer, pero se lo metió dentro del cinturón de herramientas. Echaba de menos su abrigo militar con todos sus bolsillos. Incluso más que eso, echaba de menos a Festus. Podrían usar a su dragón de bronce escupefuego ahora mismo. Pero Leo sabía que Festus no volvería, almenos no en su vieja forma.

Buscó a tientas el dibujo de su bolsillo, el dibujo hecho con ceras que había hecho en la mesa de picnic bajo el nogal cuando tenía cinco años. Recordó a Tía Callida cantar mientras dibujaba, y lo preocupado que había estado cuando los vientos se llevaron el dibujo. Aún no es la hora, mi pequeño héroe, le había dicho Tía Callida. Algún día, sí. Tendrás tu misión. Encontrarás tu destino y tu duro viaje tendrá por fin sentido. Ahora Eolo le había devuelto el dibujo. Leo sabía que eso significaba que su destino se acercaba, pero el viaje era igual de frustrante que esa estúpida montaña. Cada vez que Leo creía que habían llegado a la cina, resultaba ser otro canto con una subida más alta detrás de él. Lo primero es lo primero, se dijo Leo. Hoy hay que sobrevivir. Luego ya averiguaré el destino del dibujo. Finalmente Jason se agachó detrás de una pared de roca. Hizo un gesto a los demás para que hicieran lo mismo. Leo se arrastró a su lado. Piper tuvo que agachar a Hedge. —¡No quiero ensuciarme la ropa! — se quejó Hedge. —¡Sh! — dijo Piper. A regañadientes, el sátiro se arrodilló. Poco más allá desde donde estaban escondidos, a la sobra de la cima final de la montaña, había una depresión boscosa del tamaño de un campo de fútbol, dónde el gigante Encélado había establecido su campamento. Los árboles habían sido cortados para hacer una elevada hoguera de color púrpura. El borde externo del claro había sido ocupado por troncos adicionales y un equipo de construcción (una excavadora, una gran grúa con cuchillas rotatorias con el final como si fuera una cuchilla de afeitar eléctrica, que debía ser una taladora de árboles pensó Leo, y una columna de metal con una hoja de hacha, como una guillotina y una hacha hidráulica). ¿Por qué un gigante necesitaba un equipo de construcción? Leo no estaba seguro de la respuesta. No podía creerse que la criatura que estaba delante de él pudiera entrar en el asiento del conductor. El gigante Encélado era tan enorme, tan horrible que Leo no quería ni mirarlo. Pero se esforzó en centrarse en el gigante. Para comenzar, medía unos diez metros, tan alto como las copas de los árboles. Leo estaba seguro de que el gigante les podría haber visto en su escondite, pero parecía estar concentrado en esa extraña hoguera púrpura, rodeándola y avivándola con su aliento. De cintura para arriba, el gigante parecía humano, su musculoso pecho estaba cubierto con una armadura de bronce, decorada con llamas. Sus brazos estaban completamente musculados, cada uno de sus bíceps eran más grandes que el propio Leo. Su piel era de un color bronce pero manchada con ceniza. Su cara estaba cruelmente definida, como una estatua de arcilla a medio terminar, pero sus ojos brillaban con un color blanco helado, y su pelo estaba enmarañado con rastas peludas hasta los hombros, trenzados con huesos. De cintura para abajo, era aún más aterrador. Sus piernas estaban cubiertas de escamas verdes, con garras en vez de piernas, como las patas de un dragón. En su mano,

Encélado sujetaba una especie de lanza, del tamaño de un asta de bandera. De vez en cuando mojaba la punta en el fuego, haciendo que el metal se fundiera y se convirtiera de un color rojo. —Está bien— susurró el entrenador—. Este es el plan… Leo le dio un codazo. —No vas a ir a por él tú solo. —Oh, vamos. Piper ahogó un sollozo. —Mirad. Apenas visible al otro lado de la hoguera había un hombre atado a un poste. Su cabeza estaba desplomada como si estuviera inconsciente, por lo que Leo no pudo distinguir su rostros, pero Piper parecía no tener ninguna duda sobre quién era. —Papá— dijo. Leo tragó saliva. Deseó que fuera otra película de Tristan McLean. Entonces el padre de Piper estaría haciéndose el desmayado. Se desataría de sus cuerdas y dejaría KO al gigante con alguna arma escondida en su ropa para matar gigantes. Música épica comenzaría a sonar, y Tristan McLean haría su huida espectacular, corriendo montaña abajo a cámara lenta mientras la cima de la montaña explotaba detrás de él. Pero no era una película. Tristan McLean estaba medio muerto y a punto de ser comido. Las únicas personas que lo podrían salvar, eran tres semidioses adolescentes vestidos a la moda y una cabra megalómana. —Nosotros somos cuatro—susurró Hedge—. Él es uno. —Te olvidas de el hecho de que mida diez metros. — dijo Leo. —Vale— dijo Hedge—. Entonces tú, yo y Jason le distraemos. Piper corre y libera a su padre. Todos miraron a Jason. —¿Qué? — preguntó Jason—. No soy el líder. —Sí— dijo Piper—, sí que lo eres. Nunca lo habían hablado, pero nadie lo negó, ni Hedge. Llegando hasta allí había sido un esfuerzo en equipo, pero cuando tocaba una decisión a vida o muerte, Leo sabía que era a Jason a quien había de preguntar. Incluso sin tener recuerdos, Jason podía equilibrar las cosas. Podías adivinar que ha estado en otras batallas y que sabía como seguir siendo guay a pesar de todo. Leo no era el tipo de persona que confiaba en la gente, pero le habría confiado a Jason su propia vida.

—Odio tener que decirlo pero— suspiró Jason—, el entrenador Hedge tiene razón. Una distracción es la mejor opción para Piper. No una buena opción, pensó Leo. Ni siquiera una oportunidad de sobrevivir. Sólo su mejor oportunidad. No podían pasarse todo el día allí sentados hablando sobre ello. Se acercaba el mediodía (la fecha límite del gigante), y el suelo les seguía atrayendo hacia sí. Las rodillas de Leo ya se habían hundido dos centímetros en el suelo. Leo miró el equipo de construcción y tuvo una idea alocada. Sacó el pequeño juguete que había construido mientras subían, y se dio cuenta de lo que podría hacer si tenía suerte, algo que nunca pasaba. —Salgamos a bailar— dijo—. Antes de que recupere el sentido común.

CAPÍTULO XLII LEO
EL PLAN FUE MAL CASI DE INMEDIATO. Piper rodeó el claro, intentando mantenerse oculta, mientras Leo, Jason y el entrenador Hedge se adentraban en el claro. Jason convocó su lanza de oro. La blandió sobre su cabeza y gritó: —¡Gigante! Lo que no sonaba bastante bien, y mucho más seguro de sí mismo de lo que Leo podría haber sonado. Él hubiera dicho algo parecido a: ‘¡Somos hormigas diminutas! ¡No nos mates!’ Encélado dejó de avivar la sllamas. Se giró hacia ellos y sonrió, mostrando unos colmillos como los dientes de un tigre de dientes de sable. —Bien—rugió el gigante—. ¡Qué grata sorpresa! A Leo no le gustó cómo sonaba eso. Su mano se cerró en el aparato de cuerda. Dio un paso hacia un lado, acercándose a la excavadora. El entrenador Hedge gritó: —¡Deja ir a la estrella de cine, tú grandioso y horrendo engulletartas! O voy a meterte la pezuña justo por el… —Entrenador—dijo Jason—. Cállate. Encélado rugió entre risas. —Me había olvidado de los graciosos que son los sátiros. Cuando dominemos el mundo, creo que dejaré vivir a los de tu raza. Podréis entretenerme mientras me como a los demás mortales. Encélado abrió su boca del todo, y sus dientes comenzaron a brillar. —¡Dispersaos! — gritó Leo. Jason y Hedge saltaron hacia la izquierda mientras el gigante expulsaba fuego, una llama ardiente y enorme de la que hasta Festus habría estado celoso. Leo se metió dentro de la excavadora, buscó su aparato de cuerda y lo dejó en el asiento del conductor. Corrió hacia la derecha, yendo a la taladora de árboles. Por el rabillo de su ojo, vio a Jason levantarse y cargar contra el gigante. El entrenador Hedge se quitó la chaqueta color amarillo canario, que estaba en llamas y baló con enfado: —¡Me gustaba!

Alzó su vara y también cargó contra él. Antes de que pudieran llegar demasiado lejos, Encélado lanzó su lanza contra el suelo. La montaña entera se estremeció. La onda expansiva tumbó a Leo. Parpadeó, aturdido por un momento. A través de una bruma de humo amargo, vio a Jason intentando ponerse en pie al otro lado del claro. El entrenador Hedge estaba fuera de combate. Se había caído hacia delante y se había golpeado la cabeza contra un tronco. Sus cuartos traseros apuntaban hacia el cielo, con sus pantalones amarillo canario alrededor de sus rodillas, una vista que Leo no necesitaba. Entonces el gigante gritó: —¡Te veo, Piper McLean! Se giró y lanzó una llamarada contra unos arbustos a la derecha de Leo. Piper apareció como una codorniz acorralada, detrás de la maleza quemada. Encélado se echó a reír: —Me alegro de que hayas llegado. ¡Y además me has traído a mis premios! A Leo le dio un vuelco el corazón. Este era el momento sobre el que Piper les había advertido. Habían ido directos hacia las manos de Encélado. El gigante debió leer la expresión de Leo, porque se rió incluso más fuerte. —Tienes razón, hijo de Hefesto. No esperaba que llegaráis con vida aquí, pero no me importa. Trayéndoos aquí, Piper McLean ha sellado su trato. Si te traiciona, mantendré mi palabra. Podrá ir con su padre en paz. ¿Qué me importa una estrella de cine? Leo pudo ver al padre de Piper con más claridad. Vestía una camisa y unos pantalones hechos jirones. Sus pies desnudos estaban cubiertos de barro. No estaba totalmente inconsciente, porque levantó la cabeza y gimió. Sí. Tristran McLean estaba bien. Leo había visto esa cara en muchas películas. Pero tenía ese feo corte en su cara, y estaba delgado y enfermizo, no muy heroico, la verdad. —¡Papá! —gritó Piper. El señor McLean parpadeó, intentando concentrarse: —¿Pipes? ¿Dónde…? Piper sacó su daga y se enfrentó a Encélado. —¡Déjale ir! —Por supuesto, cielo— rugió el gigante—. ¡Jurame lealtad y no habrá ningún problema! Sólo estos otros deben morir. Piper miró a su padre y luego a Leo. —Te matará—le advirtió Leo—. ¡No confíes en él!

—Oh, vamos— gritó Encélado—. ¿Sabéis que nací para combatir a la misma Atenea? La Madre Gea hizo a cada uno de sus gigantes con un específico propósito, diseñados para combatir y destruir un dios en particular. Yo era la némesis de Atenea, el anti-Atenea, cómo queráis llamarme. Comparado con mis hermanos, soy minúsculo. Pero soy listo. Y mantendré mi trato contigo, Piper McLean. Es parte de mi plan. Jason estaba de pie de nuevo, con la lanza lista, pero antes de que pudiera actuar, Encélado rugió, una llamada tan fuerte que resonó por todo el valle y seguro que se oyó por toda la bahía de San Francisco. Al borde de los bosques, media docena de criaturas parecidas a unos ogros aparecieron. Leo se dio cuenta con náuseas que no habían permanecido escondidos, sino que se alzaron de la tierra. Los ogros avanzaron. Eran pequeños comparados con Encélado, medían unos cinco metros de alto. Cada uno tenía unos seis brazos: un par en el lugar normal, otro par saliendo de sus hombros y otro par de sus costillas. Vestían un taparrabos de piel irregular e incluso a través del claro pudo olerlos. Seis tíos que jamás se habían duchado, con seis sobacos cada uno. Leo decidió que si sobrevivía aquél día, tendría que pegarse una ducha de tres horas para poder olvidar ese hedor. Leo caminó hacia Piper. —¿Qué… qué son? Su hoja reflejaba la luz púrpura de la hoguera. —Gegenees. —¿En cristiano? — preguntó Leo. —Nacidos de la tierra— dijo—. Gigantes de seis brazos que combatieron contra Jasón. —¡Muy bien, cielo! —Encélado sonaba complacido—. Vivían en un mísero lugar en Grecia llamado Montaña del Oso. ¡El Mount Diablo es mucho más bonito! Son los hijos de Gea más jóvenes, pero sirven a su propósito. Son buenos construyendo cosas… —¡Rum, rum! —gritó uno de los nacidos de la tierra, y los demás le corearon, cada uno moviendo sus seis brazos como si estuvieran conduciendo un coche, como si fuera algún tipo de extrña oritual—. ¡Rum, rum! —Sí, gracias, chicos— dijo Encélado—. También tienen una cuenta pendiente con héroes. Sobretodo con Jasón, o debería decir… Jason. —¡Yei-son! —gritaron los nacidos de la tierra. Cogieron montones de tierra, que se solidificaron en sus manos, convirtiéndose en unas desagradables piedras puntiagudas. —¿Dónde Yei-son! ¡Matar Yei-son! Encélado sonrió.

—Ves, Piper, tienes una oportunidad. Salva a tu padre, o intentar salvar a tus amigos y enfréntate a una muerte certera. Piper dio un paso adelante. Sus ojos brillaban con tal rabia, que incluso los nacidos de la tierra retrocedieron. Radiaba poder y belleza, pero no tenía nada que ver con su maquillaje o su ropa. —No haréis daño a la gente a la que amo— dijo—. A ninguno de ellos. Sus palabras recorrieron el claro con tanta fuerza que incluso los nacidos de la tierra murmuraron: —Vale. Vale, perdón— y comenzaron a retroceder. —¡Quietos, idiotas! —gritó Encélado. Gruñó a Piper—. Por eso te queremos con vida, cielo. Podrías haber sido tan útil. Pero cómo quieras. ¡Nacidos de la tierra! ¡Os voy a mostrar a Jason! A Leo le dio un vuelco el corazón. Pero el gigante no señaló a Jason. Señaló al otro lado de la hoguera, dónde Tristan McLean colgaba sin nadie cerca y medio consciente. —¡Ahí está Jason! — dijo Encélado con placer—. ¡Hacedle pedazos! Leo se llevó una grata sorpresa: una mirada con Jason, y los tres conocieron el plan. ¿Cuándo había pasado eso, que con una mirada sabían lo que pensaban? Jason cargó contra Encélado, mientras Piper corría hacia su padre y Leo fue hacia la taladora, que estaba entre el señor McLean y los nacidos de la tierra. Éstos eran rápidos, pero Leo corrió como un espíritu de la tormenta. Alcanzó la taladora y se introdujo en el asiento del conductor. Sus manos volaron sobre los controles, y la máquina respondió con una velocidad que no era normal, recobrando vida como si supiera lo importante que era. —¡Ja! — gritó Leo, y llevó el brazo de la grúa a través de la hoguera, tumbando los troncos contra los nacidos de la tierra y repartiendo chispas por todas partes. Dos gigantes cayeron bajo una avalancha de troncos y se derritieron de nuevo en la tierra, con suerte se pasarían así un rato. Los otros cuatro ogros cruzaron por encima de los troncos y los carbones mientras Leo llevaba a dar un paseo a la taladora. Pulsó un botón y al final de la taladora las siniestras hojas rotatorias comenzaron a girar. Por el rabillo del ojo, vio a Piper con su padre, cortando las cuerdas que le ataban. Al otro lado del claro, Jason combatía contra el gigante, de alguna manera conseguía esquivar la lanza y las ráfagas del grandioso aliento de fuego. El entrenador Hedge seguía heroicamente noqueado con su cola de cabra apuntando hacia el cielo. Pronto, todo el lado de la montaña ardería. A Leo no le molestaba el fuego, pero si sus amigos se quedaban atrapados ahí… No. Tenía que actuar con velocidad. Uno de los nacidos de la tierra, aparentemente el más inteligente, cargó contra la taladora, y Leo apuntó el brazo de la grúa en su dirección. Tan pronto como las hojas tocaron el ogro, se disolvió

como la arcilla húmeda y salpico todo el claro. Una gran parte de él fue directo a la cara de Leo. Escupió arcilla y giró la taladora contra los tres nacidos de la tierra restantes, que habían retrocedido rápidamente. —¡Rum-rum malo! —gritó uno. —Sí, correcto—les gritó Leo—. ¿Alguien quiere un poco de rum-rum malo? ¡Vamos! Por desgracia, sí quisieron. Los tres ogros con seis brazos, cada uno lanzando gigantescas y finas rocas a alta velocidad. Leo sabía que estaría fuera de combate. De alguna manera, se lanzó hacia atrás de la taladora medio segundo antes de que una roca demoliera el asiento del conductor. Las rocas se estrellaron contra el metal. Cuando Leo estuvo de pie, la taladora parecía una lata de refresco hecha trizas, hundiéndose en el barro. —¡Excavadora! —gritó Leo. Los ogros lanzaban más rocas, pero esta vez apuntando hacia Piper. Mientras Piper liberaba a su padre y lo cogía en brazos, los gigantes comenzaban a lanzar su segunda tanda de rocas. La excavadora giró fuera del lodo, lista para interceptar las rocas, y la mayoría de ellas se estrellaron contra su pala. La fuera fue tan grande, que empujó la excavadora hacia atrás. Dos rocas rebotaron y fueron hacia los lanzadores. Dos menos. Por desgracia una roca golpeó el motor de la excavadora, produciendo una nube de humo aceitoso, y la excavadora se detuvo. Otro gran juguete roto. Piper arrastró a su padre debajo de la cima. El último nacido de la Tierra cargó contra ella. Leo no tenía más trucos, pero no podía dejar que ese monstruo atrapara a Piper. Corrió hacia ella, atravesando las llamas y agarró lo primero que encontró en su cinturón de herramientas. —¡Eh, estúpido! —gritó, y le lanzó un destornillador al nacido de la tierra. No mató al ogro, pero le llamó la atención. El destornillador se hundió lentamente en la frente del nacido de la tierra como si estuviera hecho de plastilina. El monstruo gritó de dolor y se giró hacia Jason. Se sacó el destornillador de la frente. Por desgracia, este último ogro parecía el más grande y el más feo de todos. Gea se había lucido haciéndole, con los músculos más grandes, una cara exclusivamente fea, el pack completo. Oh, genial, pensó Leo. He hecho un amigo. —¡Muere! — rugió el nacido de la tierra—. ¡Amigo de Yei-son muere! El ogro se llenó las manos de tierra, que inmediatamente se endurecieron en rocas puntiagudas. La mente de Leo se quedó en blanco. Alcanzó su cinturón, pero no pudo pensar en nada que ayudara. Se suponía que era listo, pero no podría hacer nada ni arreglar nada para detener a

aquél. Bueno, pensó. Al menos me iré de la forma más heroica. Ardió en llamas, gritó ‘¡HEFESTO!’ y cargó contra el ogro. Nunca llegó allí. Un destello turquesa y negro brilló detrás del otro. Una brillante hoja de bronce le traspasó por cada lado al nacido de la tierra. Seis grandes brazos cayeron al suelo, y las rocas se esparcieron por el suelo al no tener ninguna mano sujetándolas. El nacido de la tierra miró al suelo, sorprendido. Murmuró: —¡Los brazos dicen adiós! Entonces se fundió con el suelo. Piper estaba de pie detrás de él, con su daga cubierta de barro. Su padre estaba tumbado en la pared dónde habían estado escondidos, pero seguía con vida. La expresión de Piper era feroz, casi loca, como un animal arrinconado. Leo se alegró de estar de su lado. —Nadie hace daño a mis amigos— dijo, y con un repentino sentimiento de calma, Leo se dio cuenta de que hablaba de él. Entonces ella gritó: —¡VAMOS! Leo vio que la batalla no había terminado. Jason seguía luchando contra el gigante Encélado, y no iba nada bien.

CAPÍTULO XLIII JASON
CUANDO LA LANZA DE JASON SE ROMPIÓ, supo que estaba muerto. La batalla había comenzado bastante bien. Los instintos de Jason aparecieron de golpe y su instinto le decía que había retado en duelo a oponentes casi más grandes en otros momentos. Tamaño y fuerza igual a lentitud, así que Jason había tenido que ser más rápido, llevar a su oponente y evitar ser aplastado o hecho a la parrilla. Se apartó de la primera estocada de la lanza del gigante y atacó al tobillo de Encélado. La lanza de Jason se las arregló para hundirse en las escamas de dragón, e icor dorado, la sangre de los inmortales, goteó de la garra del gigante. Encélado gritó de dolor y le atacó con fuego. Jason retrocedió, rodando detrás del gigante, y golpeó de nuevo detrás de su rodilla. Fue así durante unos segundos o minutos, era difícil de decir. Jason oía el combate por el claro, el equipo de construcción demoliéndose, fuego rugiendo, monstruos gritando y rocas chocando contra metal. También escuchó a Leo y a Piper gritando desafiantes, lo que significaba que seguían vivos. Jason intentó no pensar en ello. No podía permitirse distraerse. La lanza de Encélado casi le dio por un milímetro. Jason siguió esquivándole, pero la tierra se tragaba sus pies. Gea se hacía más fuerte, y el gigante se hacía más rápido. Encélado podría ser lento, pero no era un tonto. Comenzó a anticiparse a los movimientos de Jason, y los ataques de Jason sólo conseguían molestarle, enfureciéndole más y más. —¡No soy un monstruo de clase baja— gritó Encélado—. ¡Soy un gigante, nacido para destruir dioses! Tu pequeño palillo no puede matarme, chico. Jason no gastó energía respondiendo. Ya estaba lo suficientemente cansado. El suelo se aferró a sus pies, haciéndole sentir que pesaba como unos veinte kilos más. El aire estaba tan contaminado con humo que se le quemaron los pulmones. Un incendio rugía a su alrededor, atizado por el viento y la temperatura subió hasta parecer aquello un horno. Jason levantó la lanza para bloquear la del gigante, un gran error. No combatas la fuerza con fuerza, le reprochó una voz, la loba Lupa se lo había dicho tiempo atrás. Se las arregló para desviar la lanza, pero le rozó el hombro y se le adormeció el brazo. Retrocedió, tropenzando con troncos quemados. Tenía que mantener la antención del gigante en él mientras sus amigos se las apañaban con los nacidos de la tierra y rescataban al padre de Piper. No podía fallarles. Retrocedió, tratando de atraer al gigante a los bordes del claro. Encélado sintió que su oponente se cansaba. El gigante sonrió, mostrando sus colmillos. —El grandioso Jason Grace— se burló—. Sí, te conozco, hijo de Júpiter. El que lideró el asalto al Monte Othrys. El que sin ayuda de nadie mató al titán Críos y derribó el trono negro. La mente de Jason se tambaléo. No conocía esos nombres, pero le hicieron poner los pelos de punta, como si su cuerpo recordara el dolor que su mente no recordaba.

—¿De qué estás hablando? — preguntó. Se dio cuenta de su error cuando Encélado escupió fuego. Distraído, Jason se movió con lentitud. La explosión casi le dio, pero el calor le arrasó la espalda. Se golpeó contra el suelo, con sus ropas ardiendo. Estaba ciego con la ceniza y el humo, asfixiado, tratando de respirar. Se levantó con la ayuda de la lanza. Si pudiera convocar una explosión de rayos, pero ya estaba bastante gastado y en esa condición, el esfuerzo le podría matar. Ni siquiera sabía si la electricidad podría dañar al gigante. La muerte durante la batalla es honorable, dijo la voz de Lupa. Realmente confortante, pensó Jason. Un último intento: Jason respiró hondo y cargó. Encélado le dejó acercarse, sonriendo con anticipación. En el último segundo, Jason simuló un ataque y rodó por debajo de las piernas del gigante. Se levantó rápidamente, poniéndole todas sus fuerzas, preparado para atacar al gigante por la espalda, pero Encélado se anticipó al movimiento. Dio un paso hacia atrás con demasiada velocidad y agilidad para ser un gigante, como si la tierra le ayudara a moverse. Barrió con su lanza hacia los lados, topó con la lanza de Jason y con un chasquido, como el disparo de una escopeta, el arma dorada se rompió. La explosión fue más caliente que el aliento del gigante, una luz dorada cegó a Jason. La fuerza le tumbó y le hizo contener el aliento. Cuando recuperó el sentido, estaba sentado en el centro de un cráter. Encélado estaba de pie al otro lado, tambaleándose, confuso. La destrucción de la lanza había desencadenado tanta energía que había creado un pozo con la forma de un cono perfecto de veinte metros de profundidad, fundiendo la roca en una sustancia cristalina. Jason no estaba seguro de cómo había podido sobrevivir, pero sus ropas expulsaban vapor. Estaba agotado, sin armas y Encélado seguía muy vivo. Jason intentó levantarse, pero sus piernas no le respondieron. Encélado miró al lugar destruido, entonces se rió. —¡Impresionante! Por desgracia, ese ha sido tu último truco, semidiós. Encélado saltó por encima del cráter con un movimiento, plantando un pie a cada lado de Jason. El gigante levantó su lanza, con la punta flotando cinco metros por encima del pecho de Jason. —Y ahora— dijo Encélado—, ¡mi primer sacrificio a Gea!

CAPÍTULO XLIV JASON
EL TIEMPO PARECIÓ RALENTIZARSE, ALGO QUE ERA realmente frustrante, ya que Jason no podía moverse. Sintió que se hundía en la tierra como si estuviera en una cama de agua, cómodo, instándolo a relajarse y rendirse. Se preguntó si las historias del Inframundo eran ciertas. ¿Acabaría en los Campos de Castigo o en los Elíseos? ¿Contaría algo que no pudiera recordar nada de su vida? Se preguntó si los jueces podrían considerarlo, o si su padre, Zeus, podría escribirle una nota: ‘Por favor, excusad a Jason de la condena eterna. Tiene amnesia’. Jason no sentía sus brazos. Podía ver la punta de la lanza venirse sobre él a cámara lenta. Sabía que debía moverse, pero no era capaz de hacerlo. Curioso, pensó. Todo ese esfuerzo para mantenerse con vida, y entonces, bum. Estás ahí tirado sin ayuda de nadie mientras un gigante escupefuego te ensarta en su lanza. La voz de Leo gritó: —¡Allá voy! Una cuña metálica chocó contra Encélado con un sonido enorme. El gigante se vino abajo y cayó en el agujero. —¡Jason, levántate! — le llamó Piper. Su voz le animó, le sacudió de su letargo. Se incorporó pero su cabeza le daba vueltas cuando Piper le cogió por debajo de los brazos y lo arrastró por los pies. —No te mueras— le ordenó—. No te vas a morir ahora. —Sí, señora—se sentía mareado, pero ella era lo más hermoso que había visto jamás. Su pelo estaba ardiendo, su rostro manchado de hollín, tenía un corte en el brazo, su vestido se había roto y había perdido una bota. Hermosa. Un centenar de metros tras ella, Leo estaba de pie sobre un equipo de construcción, una cosa larga como un cañón con un pistón gigantesco, el borde del cual estaba roto. Cuando Jason miró hacia el cráter y vio el otro extremo del hacha hidráulica estaba allí. Encélado estaba luchando para subir con la hoja de una cuchilla del tamaño de una lavadora incrustada en su coraza. Increíblemente, el gigante se las arregló para sacar la hoja. Gritó de dolor y la montaña retumbó. Icor dorado empapó la parte frontal de la armadura, pero Encélado se puso en pie. Tembloroso, se agachó y recogió su lanza. —Buen intento— se estremeció el gigante—. Pero no puedo ser vencido.

Mientras le observaba, la armadura del gigante se reparó a sí misma y el icor dejó de fluir. Incluso sus cortes en las piernas escamosas, los que Jason había trabajado tanto para hacer, eran nada más que cicatrices. Leo corrió hacia sus amigos, vio al gigante y lo maldijo. —¿Qué le pasa a este tío? ¡Muérete ya! —Mi destino está predeterminado— dijo Encélado—. Los gigantes no podemos ser asesinados por los dioses ni por los héroes. —Sólo por ambos— dijo Jason. La sonrisa del gigante desapareció, y Jason vio en sus ojos algo parecido a miedo—. ¿Es verdad, no? Los dioses y los semidioses han de trabajar juntos para matarte. —¡No vivirás lo suficiente como para intentarlo! — el gigante comenzó a tropezar por la ladera del cráter, resbalando en los lados cristalinos. —¿Alguno tiene un dios a mano? — preguntó Leo. El corazón de Jason se llenó de miedo. Miró al gigante debajo de ellos, luchando por salir de la fosa, y sabía que lo tenía que suceder. —Leo— dijo— si tienes una cuerda en ese cinturón, prepárala. Saltó hacia el gigante sin ninguna arma, sólo con las manos desnudas. —¡Encélado! — gritó Piper—. ¡Detrás de ti! Era un truco demasiado obvio, pero su voz era tan convincente, que incluso Jason miró. El gigante dijo: —¿Qué? Y se giró como si tuviera una araña gigante en su espalda. Jason atacó sus piernas en el momento exacto. El gigante perdió el equilibrio. Encélado se estrelló contra el cráter y resbaló hasta el final. Mientras intentaba escalar, Jason puso sus brazos alrededor del cuello del gigante. Cuando Encélado se incorporó, Jason estaba montando en su hombro. —¡Fuera! — gritó Encélado. Trató de agarrar las piernas de Jason, pero Jason escarbó alrededor, retorciéndose y escalando el cabello del gigante. Padre, pensó Jason. Si alguna vez he hecho algo bueno, algo que hayas aprobado, ayúdame ahora. Ofrezco mi vida, sólo salva a mis amigos.

De repente pudo oler el olor metálico de una tormenta. La oscuridad tragó al sol. El gigante se quedó inmóvil, detectándola también. Jason gritó a sus amigos: —¡Poneos a cubierto! Y se le pusieron todos los pelos de la cabeza de punta. ¡CRAC! Un rayo surgió a través del cuerpo de Jason, atravesando a Encélado y cayendo en el suelo. La espalda del gigante se puso rígida y Jason fue arrojado hacia atrás. Cuando recuperó el sentido, se deslizaba por el lado del cráter, y éste se agrietaba. El rayo había partido la montaña en dos. La tierra retumbó y quebró y las piernas de Encélado se deslizaron por el abismo. Se intentó agarrar sin ayuda a los lados cristalinos del agujeron, pero solo por un momento se las arregló para agarrarse al bordo, sus manos le fallaron. Miró a Jason con una mirada de odio. —No has ganado nada, chico. Mis hermanos se están alzando, y son diez veces más poderosos que yo. ¡Destruiremos a los dioses en sus raíces! Morirás y el Olimpo morirá con… El gigante perdió el equilibrio y cayó en la grieta. La tierra tembló. Jason cayó hacia el abismo. —¡Te cojo! — gritó Leo. Los pies de Jason estaban en el borde del precipio cuando le agarró una cuerda, y Leo y Piper tiraron de él. Se mantuvieron juntos, exhaustos y aterrados, mientras el abismo se cerraba como una boca enfadada. La tierra dejó de intentar hundirles. Por ahora, Gea se había ido. Ese lado de la montaña estaba en llamas. El humo se elevaba cientos de metros en el aire. Jason vislumbró un helicóptero, quizás bomberos o periodistas, acercándose a ellos. Alrededor de ellos todo era una carnicería. Los nacidos de la tierra se habían derretido en montones de arcilla, dejando detrás de ellos los misiles de roca y algunos de los taparrabos desagradables, pero Jason supuso que se reformarían pronto. El equipo de construcción estaba en ruinas. El suelo estaba agrietado y ennegrecido. El entrenador Hedge comenzó a moverse. Se incorporó con un gemido y se frotó la cabeza. Sus pantalones de color amarillo canario eran ahora del color de la mostaza mezclado con barro. Parpadeó y miró a su alrededor por el campo de batalla. —¿He hecho yo esto?

Antes de que Jason pudiera responderle, Hedge cogió su vara y le golpeó la pierna. —Sí, ¿quieres unas pezuñas? ¡Yo te daré unas pezuñas! ¿Quién es la cabra ahora, eh? Hizo una pequeña danza, chutando rocas y haciendo lo que eran probablemente posturas inadecuadas para un sátiro en los montones de arcilla. Leo esbozó una sonrisa, y Jason no pudo evitar echarse a reír. Probablemente sonaba histérico, pero era un alivio estar vivo, no le importaba. Entonces un hombre entró en el claro. Tristan McLean se tambaleaba. Sus ojos estaban hundidos, traumatizados por la batalla, como si fuera alguien que acababa de entrar en unos escombros tras un ataque nuclear. —¿Piper? — llamó. Su voz tembló. —Pipes, ¿qué ha… qué ha…? No pudo terminar. Piper corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, pero él no pareció reconocerla. Jason se había sentido de alguna forma parecida a él, aquella mañana en el Gran Cañón, cuando se levantó sin recuerdos. Pero el señor McLean tenía el problema opuesto. Tenía demasiados recuerdos, demasiados traumas en su mente con los que no podía vivir. Se estaba desmoronando. —Tenemos que sacarle de aquí—dijo Jason. —Sí, ¿pero cómo? — dijo Leo—. No está como para ponerse a caminar. Jason miró hacia el helicóptero, que estaba dando círculos a su alrededor. —¿Puedes hacer un megáfono o algo? — preguntó a Leo—. Piper tiene que hablar con alguien.

CAPÍTULO XLV PIPER
APROPIARSE DEL HELICÓPTERO FUE FÁCIL… Meter a su padre no tanto. Piper necesitó un par de palabras a través del megáfono improvisado de Leo para convencer al piloto para aterrizar en la montaña. El helicóptero del Servicio de Parques era lo suficientemente grande como para salvar y rescatar, y cuando Piper le dijo a la simpática piloto que sería una buena idea llevarles al Aeropuerto de Oakland, ella accedió fácilmente. —No— murmuró su padre, cuando le recogieron del suelo—. Piper, ¿qué? Había monstruos, eran monstruos… Necesitó la ayuda de Leo y de Jason para contárselo, mientras Hedge reunía sus suministros. Afortunadamente Hedge se había puesto los pantalones y los zapatos de nuevo, por lo que Piper no tuvo que explicar las patas de cabra. Se le rompió el corazón a Piper ver a su padre de esa manera, yendo más allá de dónde su mente llegaba, al borde de las lágrimas. No sabía lo que el gigante le había hecho y cómo los monstruos le habían destrozado el espíritu, pero no quiso saberlo. —Vas a estar bien, papá— dijo, haciendo que su voz fuera lo más dulce posible. No quería usar su voz para hechizar a su propio padre, pero parecía ser la única manera. —Esta gente son mis amigos. Vamos a ayudarte. Estás a salvo. Parpadeó, miró a las hélices del helicóptero. —Cuchillas. Tenían una máquina con tantas cuchillas. Tenían seis brazos… Cuando llegaron a las puertas del helicóptero, la piloto fue a socorrerles. —¿Qué le pasa? — preguntó. —Ha inhalado humo— sugirió Jason—. O agotamiento por el calor. —Deberíamos llevarle a un hospital— dijo la piloto. —Está bien— dijo Piper—. El aeropuerto estará bien. —Sí, el aeropuerto. — coincidió la piloto de inmediato. Luego frunció el ceño como si no supiera porqué había cambiado de idea. —¿No es Tristan McLean, la estrella de cine? —No — dijo Piper—, es alguien que se le parece. Olvídate de él.

—Sí— dijo la piloto—. Alguien que se le parece. Yo…— parpadeó, confusa—. He olvidado lo que estaba diciendo, vámonos. Jason alzó las cejas hacia Piper, obviamente impresionado, pero Piper se sintió mal. No le gustaba manipular la mente de la gente, convencerles de creer en cosas que no creían. Se sentía una tirana, como si fuera Drew en el campamento o Medea en sus malvados grandes almacenes. ¿Y cómo podría ayudar a su padre? No podría convencerle de que todo estaba bien o que no había sucedido nada. Su trauma era demasiado profundo. Finalmente le metieron a bordo, y el helicóptero despegó. La piloto siguió haciendo preguntas por la radio, preguntándoles dónde iban, pero les ignoró. Se apartaron de la montaña en llamas y fueron hacia las Berkeley Hills. —Piper— su padre le agarró de la mano y la sostuvo como si tuviera miedo de caer—. ¿Eres tú? Me dijeron que… me dijeron que habías muerto. Dijeron… que cosas terribles sucederían. —Soy yo, papá. — tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no llorar. Tenía que ser fuerte por él—. Todo va a ir bien, papá. —Habían monstruos— dijo—. Monstruos reales. Espíritus de la tierra, como los de las historias del abuelo Tom, y la madre Tierra estaba enfadada conmigo. Y el gigante, Tsul’kälû, escupiendo fuego… Se centró en Piper de nuevo, sus ojos eran como el cristal roto, reflejando un poco la luz—. Dijeron que eras una semidiosa. Que tu madre era… —Afrodita— dijo Piper—, diosa del amor. —Yo… yo…— respiró hondo, entonces parecío olvidarse de exhalar. Los amigos de Piper tenían cuidado de no mirar. Leo jugaba con una tuerca de su cinturón de herramientas. Jason miró el valle de debajo, con las carreteras ataviadas de coches que se detenían para mirar la montaña en llamas. Gleeson masticaba el tallo de su clavel, y por una vez el sátiro no parecía estar de humor para gritar o alardear. Tristan McLean no se suponía que debía ser visto así. Era una estrella. Era confiado, elegante, suaveo, siempre controlado. Esa era la imagen pública que ofrecía. Piper había visto la otra imagen antes. Pero esto era distinto. Ahora se había roto, ido. —No sabía nada sobre mi madre—le dijo Piper—. No hasta que te llevaron. Cuando supimos quiénes éramos, vinimos de inmediato. Mis amigos me ayudaron. Nadie va a hacerte daño. Su padre no podía dejar de temblar.

—Vosotros sois héroes… tú y tus amigos. No me lo puedo creer. Eres una heroína real, no cómo yo. No estás interpretando un papel. Estoy muy orgulloso de ti, Pipes. — pero murmuró las palabras con indiferencia, como si estuviera en un trance. Miró hacia el valle, y su mano se aflojó. —Tu madre nunca me dijo nada. —Creyó que era lo mejor para ella— sonó débil, incluso para Piper, y ninguna palabra hechizada podría cambiarlo. Pero no le dijo a su padre lo que Afrodita temía de verdad: si tenía que pasarse toda la vida pasarse el resto de su vida con esos recuerdos, sabiendo que los dioses y los espíritus moraban la tierra, le destrozarían. Piper sintió algo dentro de su chaqueta. El frasco seguía allí, caliente al tacto. ¿Pero cómo borrar sus recuerdos? Finalmente su padre supo quién era ella. Estaba orgulloso de ella, y por una vez ella era una heroína, y no al revés. Ahora no podría despedirse de ella. Compartían un secreto. ¿Cómo podía hacer que las cosas volvieran a ser como antes? Agarró su mano, contándole cosas sobre cosas sin importancia: su estancia en la Escuela de la Salvajería, su cabaña en el Campamento Mestizo. Le contó sobre cómo el entrenador Hedge se comía los claveles y se quedó KO en el Mount Diablo, cómo Leo había domado a un dragón, y de cómo Jason había hecho retroceder a los lobos hablando latín. Sus amigos sonrieron de mala gana mientras contaba sus aventuras. Su padre pareció relajarse a medida que hablaba, pero no sonrió. Piper no estaba seguro de que siguiera escuchándole. Al pasar sobre las montañas de la Bahía Este, Jason se tensó. Se inclinó tanto hacia la puerta que Piper temió que fuera a caerse. Señaló. —¿Qué es eso? Piper miró hacia abajo, pero no vio nada interesante, sólo colinas, bosques, casas, pequeñas carreteras atravesando los valles. Una autopista atravesaba un túnel por las colinas, conectando la Bahía Este con las ciudades del interior. —¿Dónde? — preguntó. —La carretera— dijo—. La que va a través de las colinas. Piper cogió el walkie-talkie que le había dado la piloto y le preguntó. La respuesta no fue muy emocionante. —Ella dice que es la Autopista 24— repitió Piper—. El túnel Caldecott. ¿Por qué? Jason miró constantemente la entrada del túnel, pero no dijo nada. Desapareció de la vista mientras volaban hacia Oakland, pero Jason seguía mirando en la distancia, con la cara igual de desgastada que la del padre de Piper. —Monstruos—dijo su padre con una lágrima recorriéndole la mejilla—. Vivo en un mundo de monstruos.

CAPÍTULO XLVI PIPER
CONTROL AÉREO NO QUISO dejar aterrizar a un helicóptero no programada en el Aeropuerto de Oakland, hasta que Piper cogió la radio. Entonces resultó que no había ningún problema. Aterrizaron en la pista y todos miraron a Piper. —¿Ahora qué? — le preguntó Jason. Se sentía incómoda. Ella no quería estar al cargo, pero por el amor de su padre, tenía que aparentar tener confianza en sí misma. No tenía ningún plan. Acababa de recordar que habían volado a Oakland, lo que significaba que su avión privado seguiría ahí. Pero hoy era el día del solsticio, tenían que salvar a Hera. No tenían ni idea de dónde ir o si llegaban tarde. ¿Y cómo podría dejar a su padre en esas condiciones? —Lo primero— dijo—. Yo… yo tengo que llevar a mi padre a casa. Lo siento, chicos. Sus expresiones se entristecieron. —Oh—dijo Leo—. Me refiero, claro. Te necesita ahora. Podemos partir de aquí. —Pipes, no— su padre había estado sentado en la puerta del helicóptero, con una sábana rodeando sus hombros. Pero ahora se mantenía en pie—. Tienes una misión que cumplir. No puedo… —Yo cuidaré de él. — dijo el entrenador Hedge. Piper le miró. El sátiro era la última persona que habría esperado ofrecerse. —¿Tú? —preguntó. —Soy un protector— dijo Gleeson—. Es mi trabajo, no luchar. Sonaba un poco cabizbajo, y Piper se dio cuenta de que quizás no debería haber contado cómo había quedado fuera de combate en la última batalla. A su manera, quizás el sátiro tenía que ser igual de sensible que su padre. Entonces Hedge se enderezó, y mostró su dentadura. —Por supuesto, también soy bueno luchando. Les miró a todos, esperando a que discutieran. —Sí— dijo Jason. —Terrorífico—coincidió Leo.

El entrenador lanzó un gruñido. —Pero soy un protector, yo puedo hacer esto. Tu padre tiene razón, Piper. Es necesario continuar con vuestra misión. —Pero…— los ojos de Piper se hundieron, como si estuvieran de nuevo en la montaña—. Papá… Él abrió los ojos y ella lo abrazó. Se sentía débil. Temblaba tanto, que le daba miedo. —Vamos a darles un minuto— dijo Jason, y se llevaron a la piloto unos metros por el asfalto. —No puedo creerlo— dijo su padre—. Te he fallado. —¡Papá, no! —Las cosas que hicieron, Piper, lo que me enseñaron… —Papá, escucha. — se sacó el frasco del bolsillo—. Afrodita me dio esto, para ti. Te quitará los recuerdos recientes. Te hará creer que nada de esto ha pasado nunca. Él la miró, como si estuviera traduciendo sus palabras de un lenguaje extranjero. —Pero tú eres una heroína. ¿Olvidaré eso? —Sí— suspiró Piper. Forzó un tono de confianza en su voz—. Sí, lo harás. Será todo… cómo antes. Cerró sus ojos y dio un suspiro tembloros. —Te quiero, Piper. Siempre lo he hecho. Yo… yo te mandé lejos porque no quería que mi vida quedara expuesta. No quería que crecieras como yo, en la pobreza, sin esperanza. Ni tampoco con la locura de Hollywood. Creí… creí que te estaba protegiendo— se las arregló para dedicarle una sonrisa brillante—. Como si tu vida sin mí, fuera mejor o más segura. Piper cogió su mano. Le había oído hablar de protegerla antes, pero nunca se lo había creído. Siempre había creído que estaba racionalizando las cosas. Su padre parecía tan confiado y relajado, como si su vida fuera un viaje de placer. ¿Cómo podía decir que su hija necesitaba protección de eso? Finamente Piper entendió que había actuado en beneficio suyo, intentando no demostrar lo asustada e insegura que estaba. Él había estado intentando protegerla de verdad. Y ahora su habilidad de hacer frente a las cosas había sido destruida. Le ofreció el frasco. —Tómalo. Quizá algún día estaremos listos para hablar sobre esto otra vez. Cuando estés listo.

—Cuando esté listo— murmuró—. Lo dices como si fuera… como si fuera yo el que está haciéndose mayor— cogió el frasco. Sus ojos brillaron con una pequeña esperanza—. Te quiero, Pipes. —Yo también te quiero, papá. Bebió el líquido rosa. Sus ojos se pusieron en blanco, y se dejó caer hacia delante. Piper le atrapó y sus amigos corrieron a ayudarla. —Lo tengo— dijo Hedge. El sátiro se tambaleó, pero era lo suficientemente fuerte como para sujetar a Tristan McLean en posición vertical—. He pedido a nuestra amiga ranger que llame a su avión. Está viniendo. ¿La dirección de tu casa? Piper estaba a punto de decírselo cuando un pensamiento le vino a la cabeza. Comprobó el bolsillo de su padre, y su BlackBerry seguía allí. Parecía extraño que siguiera teniendo algo tan normal después de todo lo que había pasado, pero supuso que Encélado no había visto razón para quitárselo. —Todo está aquí dentro— dijo Piper—. La dirección, el número de su chófer. Vigila a Jane. Los ojos de Hedge se encendieron, como si presintiera una posible lucha. —¿Quién es Jane? Cuando Piper se lo hubo explicado, el elegante yet privado blanco de su padre apareció al lado del helicóptero. Hedge y la azafata de vuelo metieron al padre de Piper a bordo. Entonces Hedge bajó una última vez para despedirse. Le dio un abrazo a Piper y miró a Jason y a Leo. —Vosotros dos, engullepasteles, os encargaréis de la chica, ¿me oís? Si no lo hacéis os haré hacer flexiones. —Lo he cogido, entrenador— dijo Leo, con una sonrisa en su boca. —No más flexiones, por favor—le dijo Jason. Piper le dio al viejo sátiro un abrazo más. —Gracias, Gleeson. Cuida de él, por favor. —Claro, McLean— le aseguró—. En este vuelo hay cerveza de raíces y enchiladas de vegetarianas, y un buen montón de servilletas de lino. ¡Ñam! Creo que puedo acostumbrarme a esto. Trotando por la escalera, perdió un zapato y su pezuña fue visible durante un segundo. La azafata de vuelo abrió los ojos, pero miró hacia otro lado como si lo que acabara de ver fuera normal. Piper supuso que trabajando con Tristan McLean habría visto cosas peores.

Cuando el avión comenzó a despegar, Piper comenzó a llorar. Se había aguantado durante mucho tiempo y no podía más. Antes de que lo supiera, Jason estaba abrazándola, y Leo estaba a su lado, incómodo, sacando un pañuelo de su cinturón. —Tu padre está en buenas manos—dijo Jason—. Lo has hecho genial. Sollozó en su camiseta. Se permitió llorar durante seis respiraciones profundas. Siete. Entonces no pudo permitirse a sí misma más. La necesitaban. La piloto del helicóptero parecía incómoda, como si estuviera comenzando a preguntarse por qué les había llevado allí. —Gracias, chicos— dijo Piper—. Yo… Quería contarles lo mucho que significaban para ella. Lo habían sacrificado todo, incluso su misión, para ayudarla. No podía devolvérselo, ni siquiera podría darles las gracias. Pero las expresiones de sus amigos decían que la habían entendido. Entonces, justo al lado de Jason, el aire comenzó a brillar. Primero Piper creyó que eral calor de la pista, o quizás el humo del helicóptero, pero había visto algo parecido en la fuente de Medea. Era un mensaje Iris. Una imagen apareció en el aire, una chica con el pelo oscuro vistiendo un abrigo gris de camuflaje, sujetando un arco. Jason se tambaleó hacia atrás, sorprendido. —¿Thalia? —Gracias a los dioses— dijo la cazadora. La escena detrás de ella era difícil de describir, pero Piper oía gritos, metal chocando contra metal y explosiones. —La hemos encontrado— dijo Thalia—. ¿Dónde estáis? —En Oakland— dijo—. ¿Dónde estás tú? —¡En la Casa del Lobo! Oakland está cerca, pero aún así estáis lejos. Estamos combatiendo los esbirros de los gigantes, pero no podemos seguir combatiéndoles demasiado tiempo más. Tenéis que llegar aquí antes del atardecer, o todo habrá acabado. —¿Entonces no es demasiado tarde? — gritó Piper. La esperanza le inundó, pero la mirada de Thalia la desanimó. —Aún no— dijo Thalia—. Pero Jason, es peor de lo que me esperaba. Porfirión está al caer. Daos prisa. —¿Pero dónde está la Casa del Lobo? — declaró. —Nuestro último viaje— dijo Thalia, su imagen comenzó a parpadear—. El parque. Jack London. ¿Recuerdas?

Eso no tuvo sentido para Piper, pero Jason parecía como si le hubieran disparado. Se tambaleó, con la cara pálida y el mensaje Iris desapareció. —Tío, ¿estás bien? —preguntó Leo—. ¿Sabes dónde está ella? —Sí— dijo Jason—. Sonoma Valley. No está muy lejos, no yendo por el aire. Piper se giró hacia la plito, que había estado viéndolo todo con una cara indescriptible. —Señora— dijo Piper con su mejor sonrisa—. No le importara ayudándonos una vez más, ¿no? —No me importa— accedió la piloto. —No podemos llevar a una mortal a una batalla— dijo Jason—. Es demasiado peligroso— se giró a Leo—. ¿Crees que puedes hacer volar este cacharro? —Eh…—la expresión de Leo no tranquilizó demasiado a Piper, pero entonces puso su mano sobre el helicóptero, concentrándose mucho, como si estuviera escuchando a la máquina. —Helicóptero utilitario Bell 412HP—dijo Leo—. Composición del rotor principal de cuatro palas, velocidad de crucero de veintidós nudos, techo de servicio de veinte mil metros de altura. El depósito está casi lleno. Seguro, puedo hacerlo volar. Piper sonrió a la piloto de nuevo. —¿No te molesta que un menor de edad sin licencia te coja prestado tu helicóptero, verdad? Te lo devolveremos. —Yo…—la piloto casi se atragantó con las palabras, pero al final se atrevió—. No me molesta para nada. Leo sonrió. —Subid, niños. El tío Leo os va a llevar a dar un paseo.

CAPÍTULO XLVII LEO
¿PILOTAR UN HELICÓPTERO? CLARO, POR QUÉ NO. Leo había hecho un montón de locuras esa semana. El sol se estaba poniendo a medida que volaban hacia el puente Richmond, y Leo no podía creerse que el día hubiera pasado tan rápidamente. Otra vez más, nada como el TDAH y una buena pelea mortal para hacer pasar el tiempo. Pilotar el helicóptero… dudaba entre pánico y confianza en sí mismo. Aunque nunca se lo hubo planteado, se encontró a sí mismo pulsando los interruptores de la derecha, comprobando el altímetro, recobrando la tranquilidad del palo y volando en línea recta. Si se hubiera permitido considerar lo que estaba haciendo, comenzaría a asustarse. Se imaginó a su Tía Rosa gritándole en español, diciéndole que era un delincuente lunático que se iba a estallar y arder. Parte de él sospechaba que tenía razón. —¿Vas bien? — le preguntó Piper desde el asiento del copiloto. Sonaba más nerviosa de lo que estaba él, por lo que Leo puso cara de serio. —La duda ofende— dijo—. Entonces… ¿qué es la Casa del Lobo? Jason se arrodilló entre los dos asientos. —Una mansión abandonada en Sonoma Valley. Un semidiós lo construyó, Jack London. Leo no pudo situar el nombre. —¿Era un actor? —Escritor— dijo Piper—. Escribía cosas sobre aventuras, ¿no? La Llamada De Lo Salvaje? ¿Colmillo Blanco? —Sí—dijo Jason—. Era un hijo de Mercurio, me refiero, Hermes. Era un aventurero, viajó por todo el mundo. Fue incluso un vagabundo durante un tiempo. Entonces se hizo rico escribiendo. Compró un gran rancho en el campo y decidió construir esa gran mansión, la Casa del Lobo. —¿Nombrada así porque escribía sobre lobos? — supuso Leo. —A medias—dijo Jason—. Pero el lugar, y la razón por la que escribía sobre lobos… era porque dejaba pistas sueltas sobre su vida, cómo se crió, quién era su padre, porqué vagabundeó durante tanto tiempo, cosas que solo puedes explicar si sabes que era un semidiós. La bahía desapareció detrás de ellos, y el helicóptero siguió hacia el norte. Delante de ellos, se extendían unas colinas amarillas tan lejos como Leo podía ver.

—Así que Jack London fue al Campamento Mestizo— supuso Leo. —No—dijo Jason—. Ahí no. —Tío, me estás comenzando a asustar con esta charla misteriosa. ¿Comienzas a recordar tu pasado o no? —Partes— dijo Jason—. Sólo partes. Ninguna buena. La Casa del Lobo está en tierra sagrada. Es dónde London comenzó su viaje de niño, dónde fue encontrado como semidiós. Es por eso por lo que volvió ahí. Creyó que podría vivir ahí, reclamar esa tierra como suya, pero no estaba destinado a ser suya. La Casa del Lobo estaba maldita. Se quemó en un incendio una semana después de que él y su esposa se suponía que debían mudarse. Años después, London murió y sus cenizas fueron enterradas en ese lugar. —Así que…— dijo Piper—, ¿cómo sabes todo eso? Una sombra cruzó la cara de Jason. Probablemente sólo una nube, pero Leo juraría que parecía tener la forma de un águila. —Comencé mi viaje ahí también— dijo Jason—. Es un lugar muy poderoso para los semidioses, un lugar peligroso. Si Gea lo reclama, si usa su poder para encerrar a Hera en el solsticio y hacer alzar a Porfirión, es podría ser lo suficiente como para hacer que la diosa de la tierra se despierte del todo. Leo mantuvo su mano en el control, guiando el helicóptero a toda velocidad, yendo hacia el norte. Podía ver unas nubes delante, oscuras, como si fuera a haber una tormenta, justo allí dónde se dirigían. El padre de Piper les había llamado héroes hacia unos minutos. Leo no podía creerse algunas de las cosas que había hecho, pegarles una paliza a los cíclopes, desarmar las trampas explosivos de Midas, combatir ogros de seis brazos con un equipo de construcción. Parecía que hubiera sido otra persona. Se había pasado toda la vida huyendo, y parte de él quería seguir corriendo. ¿En qué estaba pensando al volar hacia una mansión maldita para combatir más monstruos malvados? La voz de su madre resonó en su cabeza: nada es irreparable. A excepción del hecho que te has ido para siempre, pensó Leo. Viendo a Piper y a su padre juntos de nuevo le había recordado a su casa. Incluso si Leo sobreviviera a la misión y salvaran a Hera, Leo no podría tener reuniones familiares felices. No podría ver a su madre. El helicóptero se estremeció. El metal crujió, y Leo pudo imaginarse que estaba enviando un mensaje en código morse: No es el fin. No es el fin.

Estabilizó el helicóptero y se detuvo el crujido. Estaba oyendo cosas. No podía pensar en su madre, o la idea que le seguía molestando, que Gea traía almas de vuelta del Inframundo, podría hacer que su madre volviera de nuevo. Cosas como esas le hacían volverse loco. Tenía trabajo que hacer. Dejó que sus instintos le invadieran, seguir volando el helicóptero. Si pensaba demasiado en su misión, o lo que pasaría después, le entraría el pánico. El truco era no pensar, sólo actuar. —Quedan treinta minutos— dijo a sus amigos, aunque no estaba seguro de cómo lo sabía—. Si queréis descansar un poco, ahora es el momento. Jason se puso en la parte posterior del helicóptero y se durmió casi de inmediato. Piper y Leo se mantuvieron despiertos. Después de unos minutos de incómodo silencio, Leo dijo: —Tu padre va a estar bien, lo sabes. Nadie va a meterse con él estando con esa cabra loca. Piper le miró, y a Leo le llamó la atención lo mucho que había cambiado. No sólo físicamente, sino que su presencia era más fuerte. Parecía más… aquí. En la Escuela de la Salvajería se había pasado todo el trimestre intentando parecer desapercibida, escondiéndose al final de la clase, al final del autobús, en la esquina del comedor tan lejos como le era posible de los demás niños ruidosos. Ahora eso sería imposible. No importara lo que estuviera vistiendo, tenías que mirarla. —Mi padre— dijo pensativa—. Sí, lo sé. Estaba pensando en Jason. Estoy preocupada por él. Leo asintió. Cuanto más se acercaban al banco de las nubes negras, más se preocupaba Leo. —Comienza a recordar. Eso le hace ser una persona un tanto… distinta. —Pero qué pasaría si… ¿fuera una persona distinta? Leo había tenido el mismo pensamiento. Si la Niebla podía afectar a sus memorias, podría hacer que toda la personalidad de Jason fuera una ilusión. Si su amigo no era su amigo, y estaban yendo a una mansión maldita, un lugar peligroso para semidioses, ¿qué pasaría si toda la memoria de Jason volvía en medio de la batalla? —No— decidió Leo—. ¿Después de todo lo que hemos pasado? No me lo imagino. Somos un equipo. Jason sabe manejarlo. Piper se alisó su vestido azul, que estaba hecho jirones y quemado de su batalla en el Mount Diablo. —Espero que tengas razón. Le necesito…—se aclaró la garganta—. Me refiero a que necesito confiar en él… —Lo sé— dijo Leo. Después de ver a su padre estar derrumbado, Leo entendió que Piper no podría permitirse el perder también a Jason. Acababa de ver a Tristan McLean, su padre, la estrella de cine súper-mega guay y genial, destrozado por la locura. Leo apenas pudo soportar verlo en ese estado, pero para Piper… Guau, Leo ni siquiera pudo imaginárselo. Se imaginó que eso la habría

hecho sentirse más insegura. Si la debilidad era hereditaria, se habría estado preguntando, ¿podría venirse abajo de la misma manera que su padre? —Eh, no te preocupes— dijo Leo—. Piper, eres la reina de la belleza más poderosa y hermosa que he visto jamás. Puedes confiar en ti misma. Y para aquellas cosas que valgan la pena, también puedes confiar en mí. El helicóptero se hundió en una ráfaga de viento cortante, y el corazón de Leo casi se vuelca. Maldijo y estabilizó el helicóptero. Piper rió, nerviosa. —¿Confiar en ti, eh? —Ah, cállate ya. Pero le sonrió, y por un segundo, se sintió que estaba relajándose con una amiga en un lugar lejano. Entonces se adentraron en las nubes de tormenta.

CAPÍTULO XLVIII LEO
AL PRINCIPIO, LEO CREYÓ QUE ROCAS ESTABAN cayendo sobre el parabrisas. Entonces se dio cuenta de que era granizo. La escarcha se acumulaba a los bordes del vidrio, y olas de aguanieve le nublaban el ángulo de visión. —¿Una tormenta de nieve? — gritó Piper por encima del motor y del viento—. ¿Se supone que hace tanto frío en Sonoma? Leo no estaba seguro, pero algo sobre esta tormenta parecía consciente, malévolo, como si les golpeara intencionadamente. Jason se levantó rápidamente. Se arrastró hacia adelante, agarrando sus asientos para equilibrarse. —Tenemos que estar acercándonos. Leo estaba demasiado ocupado peleando con el control para responderle. De repente, no fue demasiado fácil manejar el helicóptero. Sus movimientos se volvían lentos y desiguales. La máquina entera se estremecía contra el viento helado. Probablemente el helicóptero no estaría preparado para combatir el viento helado. Los controles se negaron a responder, y comenzaron a perder altitud. Debajo de ellos, el suelo era una colcha oscura de árboles y niebla. La cima de una colina se alzaba delante de ellos y Leo tiró del mando y solo rozaron las copas de los árboles. —¡Allí! —gritó Jason. Un pequeño valle se abría ante ellos, con la oscura silueta de un edificio en el centro. Leo obligó al helicóptero hacia allí. A su alrededor había flashes de luz que le recordó a los terrenos de Midas. Los árboles se agrietaban y explotaban a los bordes del claro. Habían siluetas moviéndose entre la niebla. Parecían haber combates por todas partes. Aterrizó el helicóptero en un campo de hielo a unos cincuenta metros de la casa y apagó el motor. Estaba a punto de relajarse, cuando escuchó un silbido y vio una forma oscura acercarse a toda velocidad saliendo de la niebla. —¡Fuera! —gritó Leo. Saltaron del helicóptero y apenas vislumbró los rotores antes de que una explosión gigantesca resonara por todas partes, tumbando a Leo y cubriéndole de hielo. Se levantó tembloroso y vio que la bola de nieve más grande del mundo (una mezcla de nieve, hielo y barro del tamaño de un garaje) se había estrellado contra el Bell412.

—¿Estáis todos bien? — le dijo Jason, con Piper a su lado. Ambos parecían estar bien, excepto por el hecho de que estaban manchados de nieve y el barro. —Sí—se estremeció Leo—. Supongo que le debemos a la piloto un helicóptero nuevo. Piper señaló hacia el sur. —La lucha es por allí— entonces frunció el ceño—. No… espera… está a nuestro alrededor. Tenía razón. Los sonidos de combate sonaban por el valle. La nieve y la niebla lo hacían fácil de asegurar, pero parecía haber un círculo de luchas alrededor de la Casa del Lobo. Detrás de ellos se alzaba la casa de los sueños de Jack London, una ruina gigantesca de piedras rojas y grises con toscas vigas de madera. Leo podía imaginarse cómo habría sido antes de que se hubiera incendido, una combinación de una cabaña de troncos y un castillo, como si hubiera sido construida por un leñador multimillonario. Pero en la niebla y rodeada de barro, el lugar parecía solitario, atormentador. Leo se creyó completamente que las ruinas estuvieran malditas. —¡Jason! — le llamó la voz de una chica. Thalia apareció entre la niebla, con el abrigo cubierto de nieve. Tenía el arco en la mano y el carcaj medio vacío. Corrió hacia ellos, pero apenas dio dos pasos un ogro con seis brazos (un nacido de la tierra) apareció por detrás, con una vara alzada en cada mano. —¡Cuidado! —gritó Leo. Corrieron para ayudarla, pero Thalia lo tenía bajo control. Se apartó a un lado, cogiendo una flecha mientras giraba como una gimnasta y cayó de rodillas. El ogro tuvo al instante una flecha con la punta plateada entre ojo y ojo. Se fundió en un montón de arcilla. Thalia se levantó y recuperó su flecha, pero la punta estaba partida. —Esta era la última—le dio una patada al montón de barro, resentida—. Estúpido ogro. —Aún así, bonito lanzamiento—dijo Leo. Thalia le ignoró como de costumbre (algo que no significara que no siguiera creyendo que él era igual de guay que siempre). Abrazó a Jason y saludó a Piper. —Justo a tiempo. Mis cazadoras están manteniendo un perímetro alrededor de la mansión, pero esto va a estar invadido en pocos minutos. —¿Por nacidos de la tierra? — preguntó Jason. —Y los lobos de la manada de Licaón—Thalia se quitó un montón de nieve de la nariz—. Además de los espíritus de las tormentas. —¡Pero los entregamos a Eolo! — protestó Piper. —El cual, trató de matarnos—le recordó Leo—. Quizá esté ayudando a Gea de nuev.

—No lo sé—dijo Thalia—. Pero los monstruos se reconvierten tan pronto como los matamos. Hemos tomado la Casa del Lobo sin problemas: sorprendimos a los guardias y les enviamos directos al Tártaro. Pero entonces comenzó esta extraña tormenta de nieve. Horda tras horda los monstruos continúan acatando. Estamos rodeados. No sé quién o qué lidera el asalto, pero creo que está todo planeado. Era una trampa para matar a quién intentara rescatar a Hera. —¿Dónde está? —preguntó Jason. —Dentro—dijo Thalia—. Hemos intentado liberarla, pero no podemos averiguar cómo romper la jaula. Faltan unos pocos minutos para que el sol se ponga. Hera piensa que es justo ese momento en el que Porfirión renacerá. Además, la mayoría de monstruos son más fuertes de noche. Si no liberamos a Hera pronto… No pudo terminar la frase. Leo, Jason y Piper la siguieron por la mansión en ruinas. Jason cruzó el umbral, y casi se desmayó: —Eh— Leo le cogió—. Nada de eso, tío. ¿Qué pasa? —Este lugar…—Jason negó con la cabeza—. Lo siento… me ha venido de golpe. —Entonces has estado aquí— dijo Piper. —Ambos hemos estado— dijo Thalia. Su expresión era profunda, como si estuviera relatando la muerte de alguien—. Aquí es dónde mi madre nos llevó cuando Jason era un niño. Te dejó aquí, me dijo que estaba muerto. Desapareció. —Me dio a los lobos— murmuró Jason—. A insistencia de Hera. Me dio a Lupa. —La parte que no sé— Thalia frunció el ceño—. ¿Quién es Lupa? Una explosión chocó contra el edificio. En el exterior, una seta de nubes azules apareció, haciendo llover copos de nieve y hielo como si fuera una explosión nuclear hecha de nieve y no de calor. —No es hora para preguntas— sugirió Leo—. Llévanos hasta la diosa. Una vez dentro, Jason parecía orientarse. La casa estaba construida con forma de U, y Jason les llevó entre las dos alas de la casa a un patio exterior con un estanque vacío. En el fondo del estanque, cómo Jason había descrito de sus sueños, había dos torres hechas de rocas y raíces que se juntaban para fundirse. Una de las torres era más grande, una sólida masa oscura de unos quince metros, y para Leo parecía una gran bolsa de basura de piedra. A través de las raíces fundidas pudo ver la forma de una cabeza, hombros anchos, un pecho gigantesco y brazos, como si la criatura estuviera creciendo de la tierra. No, creciendo no. Alzándose. En el lado contrario del estanque, la otra torre era más pequeña y los tejidos parecían más flexibles. Cada raíz era tan gruesa como un poste de teléfono, con tan poco espacio que Leo dudaba que pudiera caber su brazo. Sin embargo, pudo ver el interior. Dentro estaba Tía Callida.

Estaba exactamente igual que Leo la recordaba: pelo negro cubierto con un chal, el vestido negro de una viuda, una cara arrugada con destellos y ojos aterradores. No brillaba ni irradiaba ningún tipo de poder. Parecía una mujer mortal, su querida antigua niñera psicótica. Leo se metió en el estanque y se acercó a la jaula. —Hola, Tia. Unos cuantos problemas, ¿no? Se cruzó de brazos e hizo una mueca de desagrado. —No me inspecciones como una de tus máquinas, Leo Valdez. Sácame de aquí. Thalia se adelantó y miró a la jaula con disgusto, o tal vez mirando a la diosa. —Hemos intentado todo lo que hemos podido, Leo, pero quizá no lo hiciera con ganas. Si fuera por mí, la dejaba aquí dentro. —¡OH! ¡Thalia Grace! — dijo la diosa—. ¡Cuando salga de aquí lamentarás haber nacido! —¡Cállate! —le espetó Thalia—. No has hecho más que maldecir cada hijo de Zeus durante toda la eternidad. Incluso le enviaste unas vacas con problemas intestinales a mi amiga Annabeth… —¡Era irrespetuosa! —¡Me tiraste una estatua encima! —¡Fue un accidente! —¡Y te llevaste a mi hermano! — la voz de Thalia se quebró de emoción—. Aquí, en este lugar. Arruinaste nuestras vidas. ¡Te deberíamos entregar a Gea! —Eh— intervino Jason—. Thalia, herma… ya, ya lo sé. Pero este no es el momento. Deberías ir a ayudar a tus cazadoras. Thalia apretó los dientes. —De acuerdo. Pero lo hago por ti, Jason. Pero si queréis saber mi opinión, ella no merece la pena. Thalia se giró, salió del estanque y se internó en el edificio. Leo se giró hacia Hera con respeto. —¿Vacas con problemas intestinales? —Céntrate en la jaula, Leo— le gruñó—. Y tú, Jason, eres mucho más inteligente que tu hermana. Escogí a mi campeón bien.

—No soy su campeón, señora— dijo Jason—. Sólo le estoy ayudando porque robó mis recuerdos y eres la mejor alternativa. Hablando de todo un poco, ¿qué está pasando ahí dentro? Señaló con la cabeza a la otra torre que parecía la bolsa de un cuerpo de granito extra-grande. ¿Era la imaginación de Leo o era más grande desde que habían llegado? —Eso, Jason— dijo Hera—, es el rey de los gigantes renaciendo. —Puede ser brutal— dijo Piper. —En efecto—dijo Hera —. Porfirión, el más fuerte de los de su raza. Gea necesitaba una gran cantidad de energía para alzarle, y ese fue mi poder. Durante semanas me he debilitado mientras mi esencia era usada para darle forma. —Así que eres como una lámpara de calor— supuso Leo—. O un fertilizante. La diosa le miró, pero a Leo no le importó. Esa mujer mayor le había hecho sentirse miserable desde pequeño. Tenía todo el derecho de tirarle trapos. —Bromea todo lo que quieras— dijo Hera en un tono neutro—. Pero cuando a la puesta de sol, será demasiado tarde. El gigante se despertará. Me ofrecerá dos opciones: casarme con él, o ser consumida por la tierra. Y no puedo casarme con él. Todos seremos destruidos. Y cuando muramos, Gea se despertará. Leo frunció el ceño mirando la torre del gigante. —¿No la podemos derrumbar o algo? —Sin mí, no tenéis el poder suficiente— dijo Hera—. Sería igual que si intentarais destruir una montaña. —Hoy hemos hecho eso— dijo Jason. —¡Daos prisa y sacadme de aquí— les pidió Hera. Jason se rascó la cabeza. —¿Leo, ¿puedes hacerlo? —No lo sé— Leo intentó que no le invadiera el pánico—. Además, si es una diosa, ¿por qué no la ha roto ella misma? Hera dio un golpe furioso a la jaula, maldiciendo en griego antiguo. —Usa tu cerebro, Leo Valdez. Te escogí porque eras listo. Una vez atrapada, el poder de un dios es inútil. Tu propio padre me atrapó una vez en un trono de oro. ¡Fue humillante! Tuve que rogar… rogarle por mi libertad y disculparme por lanzarle fuera del Olimpo.

—Muy justo— dijo Leo. Hera le dedicó una mirada de odio divina. —Te he estado observando desde que eras un crío, hijo de Hefesto, porque supe que podrías ayudarme en este momento. Si alguno puede encontrar una manera de destruir esta abominación, eres tú. —Pero no es una máquina. Es como si Gea hubiera sacado su mano de la tierra y…— Leo se sintió mareado. Entonces el verso de la profecía le vino de golpe: La forja y la paloma deberán destruir la jaula. —Esperad. Tengo una idea. Piper, voy a necesitar tu ayuda. Y vamos a necesitar tiempo. El aire se volvió frío. La temperatura bajó tan rápido, que se le agrietaron los labios a Leo y su respiración se volvió visible. Escarcha apareció de golpe bajo las ruinas de la Casa del Lobo. Los venti aparecieron, pero en vez de hombres alados, tenían la forma de caballos, con sus cuerpos de nubes oscuras de tormenta y melenas al viento crepitando con relámpagos. Algunos tenían flechas plateadas en sus lomos. Detrás de ellos vinieron los lobos con los ojos rojos y los seis nacidos de la tierra armados. Piper agarró su daga. Jason cogió una tabla cubierta de hielo del suelo del estanque. Leo metió la mano en su cinturón de herramientas, pero estaba tan bloqueado que lo único que sacó fue una caja de chicles de menta. Los devolvió, esperando que nadie se hubiera dado cuenta y sacó un martillo en su lugar. Uno de los lobos se adelantó. Arrastraba una estatua de tamaño humano por la pierna. En el borde de la piscina, el lobo abrió sus fauces y dejó caer una estatua para que la vieran: una escultura de hielo de una chica, una arquera con el pelo corto y de punta y una mirada de sorpresa en su cara. —¡Thalia! —Jason corrió hacia ella, pero Leo y Piper le sujetaron. El suelo alrededor de la estatua de Thalia estaba cubierto de hielo. Leo tuvo miedo de que si Jason la hubiera tocado, se hubiera podido congelar. —¿Quién ha hecho esto? — gritó Jason. Su cuerpo comenzó a desprender electricidad—. ¡Te mataré yo mismo! De algún lugar de detrás de los monstruos, Leo escuchó la risa de una chica, clara y fría. Salió de la niebla con su vestido del color de la nieve, con una corona plateada encima de su largo pelo negro. Les miró con esos profundos ojos marrones que Leo había creído ser bonitos en Quebec. —Bon soir, mes amis— dijo Quione, la diosa de la nieve. Le dedicó a Leo una mirada heladora—. Alas, hijo de Hefesto, ¿has dicho que necesitas tiempo? Me temo que tiempo es la única herramienta que no puedes usar.

CAPÍTULO XLIX JASON
DESPUÉS DE LA LUCHA EN MOUNT DIABLO, Jason creyó que nunca podría tener más miedo o estar más destrozado. Ahora su hermana estaba congelada a sus pies. Estaba rodeado de monstros. Se le había roto su espada dorada y la había reemplazado por un cacho de madera. Tenía aproximadamente cinco minutos hasta que el rey de los gigantes renaciera y les destruyera. Jason ya había usado su as en la manga, llamando al rayo de Zeus cuando combatió contra Encélado, y dudaba que tuviera la fuerza o la cooperación de arriba para hacerlo de nuevo. Lo que significaba que lo que le quedaba era una quejumbrosa diosa encarcelada, algo parecido a una novia con una daga, y Leo, que aparentemente quería enfrentarse al ejército del mal combatiendo con una caja de chicles de menta. Y además de todo esto, los peores recuerdos de Jason estaban volviendo. Sabía a ciencia cierta que había hecho demasiadas cosas peligrosas en su vida, pero que nunca había estado tan cerca de morir cómo lo estaba ahora. El enemigo era hermoso. Quione sonrió, sus oscuros ojos brillaron, y una daga de hielo creció en su mano. —¿Qué has hecho? —preguntó Jason. —Oh, muchas cosas—se burló la diosa de la nieve—. Tu hermana no está muerta, si es a lo que te refieres. Ella y sus cazadoras serán juguetes entretenidos para nuestros lobos. Creo que las descongelaremos de una en una y las iremos cazando sólo por placer. Dejarles ser por una vez a ellas las presas. Los lobos aullaron apoyándola. —Sí, mis cielos—Quione mantuvo sus ojos en Jason—. Tu hermana casi mata a su rey, ya sabes. Licaón está fuera de combate en alguna cueva, curando sus heridas, pero sus sirvientes se han unido a nosotros para vengarse por su jefe. Y pronto Porfirión se alzará y juntos dominaremos el mundo. —¡Traidora! — gritó Hera—. ¡Eres una diosa de categoría baja y mediocre! ¡No vale ni para servirme el vino, mucho menos para dominar el mundo! Quione suspiró. —Igual de irritante que siempre, reina Hera. He querido cerrarte el pico durante casi un milenio. — Quione cerró la mano, y el hielo tapó la prisión, sellando los espacios entre las raíces de tierra. —Mucho mejor—dijo la diosa de la nieve—. Ahora, semidioses, sobre vuestra muerte… —Eres la que convenció a Hera para que viniese aquí— dijo Jason—. Tú le diste a Zeus la idea de cerrar el Olimpo.

Los lobos aullaron, y los espíritus del viento se encogieron, preparados para atacar, pero Quione levantó la mano. —Paciencia, mis amores. Si quiere hablar, ¿qué importa? El sol se está poniendo, y el tiempo está de nuestro lado. Por supuesto, Jason Grace. Como la nieve, mi voz es silenciosa y gentil, y muy fría. Es fácil para mí susurrarles a los otros dioses, especialmente cuando estoy confirmando sus miedos más profundos. También susurré a Eolo que debería establecer una orden para matar a los semidioses. Es un pequeño servicio a Gea, pero estoy segura de que seré bien recompensada cuando sus hijos, los gigantes, vuelvan al poder. —Podrías habernos matado en Quebec—dijo Jason—. ¿Por qué dejarnos vivir? Quione torció la nariz. —Hubiera sido muy atareado, mataros en la casa de mi padre, especialmente cuando él insiste en conocer a todos los visitantes. Lo intenté, si lo recuerdas. Habría sido encantador si hubieras aceptado que te convirtiera en hielo. Pero una vez te dio la garantía de seguridad, no pude desobedecerle abiertamente. Mi padre es un anciano idiota. Vive bajo el miedo de Zeus y Eolo, pero es poderoso. Pronto, cuando mis maestros se despierten, yo destronaré a Bóreas y retomaré el trono del Viento del Norte, pero aún no. Además, mi padre tenía razón en algo. Vuestra misión era suicida. Esperaba completamente que no sobrevivierais. —Y para ayudarnos— dijo Leo—, dejaste fuera de combate al dragón por encima de Detroit. Esos cables congelados en su cabeza, fueron culpa tuya. Vas a pagar por eso. —También eras la que mantenía a Encélado informado sobre nosotros— añadió Piper—. Hemos estado acompañados de una continua tormenta de nieve todo el viaje. —Sí, ¡y por eso me siento tan cercana a vosotros! —dijo Quione—. Una vez pasasteis Omaha, decidí pedirle a Licaón que os persiguiera para que Jason pudiera morir aquí, en la Casa del Lobo— Quione le sonrió—. Ya ves, Jason, tu sangre derramada en esta tierra sagrada será recordada por generaciones. Tu raza de semidioses se pondrá furiosa, sobre todo cuando encuentren los cuerpos de esos dos del Campamento Mestizo. Creen que los griegos conspiran con los gigantes. Será… delicioso. Piper y Leo no parecían entender a qué se refería. Pero Jason sí. Sus recuerdos volvían lo suficiente como para darse cuenta de lo peligroso y efectivo que podría llegar a ser el plan de Quione. —Enfrentarás a semidioses contra semidioses— dijo. —¡Es tan fácil! — dijo Quione—. Como te he dicho, solo he agilizado lo que acabarías haciendo de todas formas. —¿Pero por qué? —Piper le abrió los brazos—. Quione, destrozarás el mundo. Los gigantes lo destruirán todo. No quieres eso. Haz que tus monstruos se vayan.

Quione vaciló, entonces rió. —Tus poderes persuasivos mejoran, chica. Pero soy una diosa. No me puedes hechizar con tus palabras (NOTA DEL TRADUCTOR: el término en inglés es charmspeak, en capítulos anteriores he usado el término ‘encandilar’ aunque es mejor ‘hechizar con palabras’). Nosotros los dioses de los vientos somos criaturas del caos. Reinaré por encima de Eolo y dejaré que los vientos campen a su aire. Si destruimos el mundo mortal, será todo mucho mejor. Nunca me rindieron culto, ni siquiera en tiempos griegos. Los humanos y sus charlas del calentamiento global. ¡Bah! Lo enfriaré todo rápidamente. Entonces podremos volver a los lugares ancestrales. Cubriré la Acrópolis con nieve. —Lugares ancestrales— los ojos de Leo se abrieron de par en par—. Es lo que quería decir Encélado con destruir las raíces de los dioses. Quería decir Grecia. —Puedes unirte a mí, hijo de Hefesto—dijo Quione—. Sé que me encuentras hermosa. Sería suficiente para mi plan que esos dos murieran. Renuncia a ese ridículo destino que te han marcado. Vive y sé mi campeón. Tus cualidades podrán ser útiles. Leo parecía aturdido. Miró detrás de él como si se lo dijera a alguien que no fuera él. Durante un instante Jason se preocupó. Supuso que Leo no tenía a diosas hermosas haciéndole ofertas de ese tipo cada día. Entonces Leo se rió tan fuerte, que se tuvo que agachar de la risa. —Sí, claro unirme a ti. Claro. Hasta que te aburras de mí y me conviertas en un carámba-Leo. Señora, nadie se mete con mi dragón y se va de rositas. No puedo creerme que me derritiera por tus huesos. —¿Derretirte? ¿Osas insultarme? Soy fría, Leo Valdez. Por mí se te hielan los huesos. Lanzó una ráfaga de aire helado y nieve sólida a los semidioses, pero Leo alzó la mano. Un muro de fuego rugió de vida delante de ellos, y la nieve se disolvió en una nube de vapor. Leo sonrió. —¿Ve, señora? Y eso es lo que pasa con la nieve en Texas. Se derrite. Quione siseó. —¡Basta ya! Hera está muriendo. Porfirión renaciendo. Matad a los semidioses. ¡Dejad que sean la primera comida de nuestro rey! Jason alzó su tabla de madera helada, una arma estúpida con la que morir combatiendo, y los monstruos atacaron.

CAPÍTULO L JASON
UN LOBO SE LANZÓ CONTRA JASON. Retrocedió y alzó su pedazo de madera y la lanzó contra el morro de la bestia produciendo un satisfactorio chasquido. Quizá sólo le podría matar la plata, pero una buena madera pasada de moda podría provocarle un buen dolor de cabeza. Se giró al oír cascos y vio un espíritu de la tormenta en forma de caballo abalanzarse contra él. Jason se concentró y convocó a los vientos. Antes de que el espíritu pudiera darse cuenta, Jason despegó y le agarró el cuello de humo al caballo, e hizo piruetas sobre su espalda. El espíritu se resistió. Intentó sacudir a Jason, luego intentó disolverse entre la niebla para perderle, pero de alguna manera Jason seguía encima de él. Quería que el caballo mantuviera su forma sólida y de algún amanera el caballo parecía incapaz de resistirse. Podía sentir al caballo luchando contra él, podía sentir sus pensamientos furiosos, del completo caos esforzando por liberarse. Jason tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para imponerle sus propios deseos y hacer que el caballo estuviera bajo control. Pensó en Eolo, supervisando miles y miles de espíritus como aquel, algunos mucho peores. No era de extrañar que el maestro de los vientos hubiera perdido la cabeza después de siglos de presión. Pero Jason sólo tenía un espíritu que amaestrar y tenía que conseguirlo. —Ahora eres mío — dijo Jason. El caballo se resistió, pero Jason se agarró rápidamente. Su melena parpadeaba mientras daban vueltas alrededor del estanque vacío, con sus cascos creando pequeñas tormentas, tempestades, dondequiera que tocaran. —¿Tempestad? —dijo Jason — ¿Ese es tu nombre? El espíritu de la tormenta sacudió su melena, alegrándose de ser reconocido. —De acuerdo —dijo Jason —. Ahora vamos a luchar. Se metió dentro de la batalla, blandiendo su pedazo de madera helada, golpeando por todos lados a lobos y atravesando otros ventis. Tempestad era un espíritu fuerte, y cada vez que se estrellaba contra uno de sus hermanos, descargaba tanta electricidad que el otro espíritu se vaporizaba en una inofensiva nube de niebla. A pesar del caos, Jason atisbaba a sus amigos. Piper estaba rodeada por nacidos de la Tierra, pero parecía apañárselas. Verla luchar era impresionante, como si brillara de belleza, y los ogros la miraban patidifusos como si olvidaran que tenían que matarla. Bajaban sus varas y la miraban con la boca abierta mientras sonreía y los destruía. Le devolvían la sonrisa hasta que eran cortados en pedazos con su daga, y derretidos en montones de barro. Leo se encargaba de Quíone personalmente. Luchar contra una diosa sería suicida, pero Leo era el hombre perfecto para la tarea. Ella seguía usando dagas de hielo y se las lanzaba, paredes de aire invernal, tornados de nueve. Leo lo derretía todo antes de que llegar a él. Todo su cuerpo

parpadeaba con lenguas de fuego como si se hubiera tragado una botella de gasolina. Él avanzaba hacia la diosa, usando dos martillos de bola plateada destrozando a todo monstruo que se pusiera a su paso. Jason se dio cuenta de que esa era la única razón por la que ellos seguían vivos. Su fiera esencia seguía calentando todo el campo de batalla, haciendo retroceder al invierno mágico de Quíone. Sin él, habrían sido congelados como las demás cazadoras hacía ya rato. Donde quiera que fuera Leo, el hielo se derretía. Incluso Thalia comenzó a descongelarse cuando Leo se acercó a ella. Quíone retrocedía lentamente. Su expresión fue desde la rabia a la sorpresa al ligero miedo mientras Leo se acercaba. Jason se estaba quedando sin enemigos. Los lobos yacían amontonados aturdidos. Algunos se escabullían por las ruinas, aullando sus heridas. Piper apuñaló al último de los nacidos de la Tierra, que cayó al suelo convertido en un montón de barro. Jason montó a Tempestad a través de los últimos espíritus, dividiéndolos en vapor. Se dio la vuelta y vio a Leo acorralando a la diosa de la nieve. —Demasiado tarde — gruñó Quíone —. ¡Ha despertado! Y no creáis que habéis ganado nada aquí, semidioses. El plan de Hera nunca funcionará. Estaréis los unos contra los otros antes de que podáis detenernos. Leo le lanzó los martillos, pero se convirtió en nieve, una imagen de polvo blanco de sí misma. Los martillos de Leo chocaron contra un muñeco de nieve, deshaciéndolo en un montón de papilla. A Piper le costaba respirar, pero sonrió cuando vio a Jason: —Bonito caballo. Tempestad se alzó en sus patas traseras, creando electricidad por sus cascos. Todo un espectáculo. Entonces Jason escuchó un crujido detrás de él. El hielo de la jaula de Hera se había derretido en una cortina de aguanieve y la diosa les llamó: —¡No os preocupéis por mí! ¡Sólo soy la diosa de los cielos, muriéndose aquí! Jason desmontó y le dijo a Tempestad de quedarse. Los tres semidioses se metieron en el estanque y corrieron hacia la torre. Leo frunció el ceño: —Eh, Tía Callida, ¿te estás encogiendo? —¡No, imbécil! La tierra me está reclamando. ¡Daos prisa! Por mucho que a Jason no le gustara Hera, lo que vio dentro de la jaula le alarmó. No era sólo Hera hundiéndose, el suelo se alzaba a su alrededor como si fuera agua en un tanque. La roca líquida casi había cubierto sus espinillas. —¡El gigante se despierta! —les advirtió Hera. — ¡Tenéis unos segundos! —De acuerdo —dijo Leo —. Piper, necesito tu ayuda. Háblale a la jaula. —¿Qué? — dijo.

—Háblale. Usa todo lo que tengas. Convence a Gea de dormirse. Cántale una nana. Ralentízala, intenta que las raíces se debiliten mientras yo… —¡De acuerdo! — Piper se aclaró la garganta y dijo —. Eh, Gea. Bonita noche, ¿verdad? Chica, estoy cansada. ¿Y tú? ¿Preparada para dormir? Cuanto más hablaba, más segura parecía. Jason sentía sus propios párpados pesándole, y tenía que esforzarse por intentar no concentrarse en sus palabras. Parecía tener el mismo efecto en la jaula. El barro subía a menos velocidad. Las raíces parecían ablandarse sólo un poco, la raíz y la tierra se separaban. Leo sacó una sierra circular de su cinturón de herramientas. ¿Cómo iba a enchufar eso allí? Jason no tenía ni idea. Leo miró al cable y soltó un gruñido de frustración. —No tengo lugar dónde enchufarlo. El caballo Tempestad saltó al foso y relinchó. —¿En serio? —preguntó Jason. Tempestad bajó la cabeza y trotó hacia Leo. Éste parecía dudoso, pero levantó el enchufe y una brisa se levantó del morro del caballo. Hubo un relámpago, conectándose con las puntas del enchufe y la sierra circular giró con vida. —¡Genial! — sonrió Leo —. ¡Tu caballo viene con electricidad incorporada! Su buen humor no duró demasiado. Al otro lado del estanque, la torre del gigante retumbó con el sonido de un árbol partiéndose por la mitad. La cubierta exterior explotó por arriba, haciendo llover piedra y madera mientras el gigante era liberado y salía de la tierra. Jason jamás habría pensado que hubiera nada más horripilante que Encélado. Se equivocaba. Porfirión era aún más alto y más musculado. No radiaba calor, ni mostraba ninguna señal de escupir fuego, pero había algo más terrible en él, un tipo de fuerza, incluso magnetismo, como si el gigante fuera tan enorme y tan denso que tenía su propio campo gravitacional. Cómo Encélado, el rey de los gigantes era humanoide de cintura para arriba, vistiendo una armadura de bronce, y de cintura para abajo tenía las mismas piernas escamosas de dragón, pero su piel era del color de la lima. Su pelo era verde como las hojas de verano, trenzado en largas rastas y decorado con armas (dagas, hachas y espadas, algunas de ellas sangrientas), quizá trofeos de otros semidioses eones antes. Cuando el gigante abrió los ojos, eran completamente blancos, como el mármol pulido. Respiró hondo. —¡Vivo! — gritó —. ¡Gracias a Gea! Jason deseó con todas sus fuerzas que sus amigos no pudieran oír. Estaba seguro de que ningún semidiós podría enfrentarse a este gigante. Porfirión podía mover montañas. Podría aplastar a Jason con un solo dedo.

—Leo. — dijo Jason. —¿Eh? —Leo estaba boquiabierto. Incluso Piper parecía estar en trance. —Vosotros seguid trabajando— dijo Jason— ¡Liberad a Hera! —¿Qué vamos a hacer? — preguntó Piper—. No estarás pensando en serio… —¿Entretener al gigante? — dijo Jason—. No tenemos elección. —¡Excelente! — rugió el gigante mientras Jason se aproximaba—. ¡Un aperitivo! ¿Quién eres tú? ¿Hermes? ¿Ares? Jason pensó en seguirle el rollo, pero algo le dijo que no. —Soy Jason Grace— dijo—. Hijo de Júpiter. Aquellos ojos blancos le fulminaron. La sierra circular sonaba, y Piper le hablaba a la jaula en tonos adormecedores, intentando no mostrar el miedo en su voz. Porfirión echó para atrás la cabeza y rió. —¡Increíble! —miró hacia el nublado cielo nocturno—. Así que, Zeus, ¿sacrificas a un hijo para mí? El gesto es apreciable, pero no te salvará. El cielo ni siquiera retumbó. Ninguna ayuda de arriba. Jason estaba solo. Soltó su madera. Sus manos estaban cubiertas de heridas, pero no eso no importaba. Tenía que conseguir a Leo y a Piper un poco de tiempo, y no podría hacerlo sin un arma adecuada. Era hora de actuar mucho más de lo seguro de lo que estaba. —Si supieras quién soy— le gritó al gigante—, estarías preocupado por mí, no por mi padre. Espero que hayas disfrutado tus dos minutos y medio de renacimiento, gigante, porque voy a devolverte directo al Tártaro. El gigante cerró los párpados. Sacó su primer pie del estanque y miró mejor a su oponente. —Así que… ¿vamos a comenzar a lucirnos? ¡Cómo en los viejos tiempos! De acuerdo, semidiós. Soy Porfirión, el rey de los gigantes, hijo de Gea. En otros tiempos, me alcé del Tártaro, el abismo de mi padre, para desafíar a los dioses. Para comenzar la guerra, secuestré a la esposa de Zeus— sonrió a la jaula de la diosa—. Hola, Hera. —¡Monstruo, mi marido se encargó de ti una vez! —dijo Hera— ¡Lo hará de nuevo! —¡Pero él no lo hará, cielo! Zeus no es lo suficientemente poderoso para matarme. Tiene que confiar en un puñado de semidioses para ayudarle, y a pesar de ellos, ya hemos casi ganado. Esta vez, completaremos lo que acabamos. Gea se está despertando. Nos ha aprovisionado con muchos sirvientes. Nuestros ejércitos retumbarán en la Tierra, y os destruiremos en vuestras raíces.

—No os atreveréis— dijo Hera, pero estaba debilitándose. Jason podía notarlo en su voz. Piper seguía susurrándole a la jaula, y Leo seguía serrando, pero la tierra continuaba subiendo dentro de la prisión de Hera, cubriéndola por la cintura. —Oh, sí— dijo el gigante—. Los Titanes osaron atacaros en vuestra nueva casa en Nueva York. Atrevidos, pero inefectivos. Gea es más sabia y más paciente. Y nosotros, sus mejores hijos, somos mucho más fuertes y poderosos que Cronos. Sabemos cómo matar a los Olímpicos de una vez por todas. Vosotros desenterrareis vuestras raíces, vuestras raíces más antiguas deberán ser destruidas a pedazos y quemadas. El gigante frunció el ceño mirando a Piper y a Leo, como si acabara de darse cuenta de que estaban trabajando en la jaula. Jason avanzó y le gritó al gigante para llamar su atención. —Tú has dicho que un semidiós te mató— gritó—. ¿Por qué si somos tan insignificantes? —¡Ja! Crees que te lo voy a explicar, ¿no es cierto? Fui creado para ser el sustituto de Zeus, nacido para destruir al señor del cielo. Deberé tomar su trono. Deberé tomar su mujer, o si ella no lo acepta, dejaré que la Tierra la consuma. Lo que ves ante ti, chico, es sólo mi forma debilitada. Creceré más fuerte hora a hora, hasta que me haga invencible. Pero soy capaz de reducirte a cenizas ahora mismo. Se puso de pie, alzándose del todo y alzó la mano. Una lanza de unos quince metros salió de la tierra. La agarró, entonces pateó el suelo con sus patas de dragón. Las ruinas temblaron. A su alrededor, los monstruos comenzaron a reunirse, espíritus de las tormentas, lobos y los Nacidos de la Tierra, todos acudiendo a la llamada del rey de los gigantes. —Genial— murmuró Leo—. Lo que necesitábamos: más enemigos. —Daos prisa— dijo Hera. —¡Lo sé! — le espetó Leo. —Vete a dormir, jaula— dijo Piper—. Bonita jaula, tienes sueño. Sí, le estoy hablando a un montón de raíces de barro. Esto no es raro para nada. Porfirión pasó su lanza por encima de las ruinas, destruyendo una chimenea y esparciendo madera y piedra por todo el campo. —Y así, hijo de Zeus, he acabado de lucirme. Ahora es tu turno. ¿Qué estabas diciendo de destruirme? Jason miró a los monstruos, esperando impacientemente a las órdenes de su maestro para hacerles pedazos. La sierra de Leo seguía cortando y Piper seguía hablando, pero parecían desesperados. La jaula de Hera casi se había inundado de tierra.

—¡Soy hijo de Júpiter! —gritó, y sólo para hacer el efecto, convocó a los vientos, alzándose unos metros del suelo—. Soy un hijo de Roma, cónsul de los semidioses, pretor de la Primera Legión— Jason no sabía bien lo que estaba diciendo, pero dijo las palabras como si lo hubiera ensayado varias veces antes. Extendió el brazo, mostrando el tatuaje del águila y SPQR y, sorprendentemente, el gigante pareció reconocerlo. Por un momento, Porfirión parecía inquieto. —Di muerte al monstruo marino troyano— continuó Jason—. Derribé el trono oscuro de Cronos, y destruí al titán Críos con mis propias manos. Y ahora voy a destruirte a ti, Porfirión y darte de comer a tus propios lobos. —Guau, tío—murmuró Leo—. ¿Has estado comiendo carne roja? Jason se lanzó al gigante, centrado en destrozarle. La idea de luchar contra un inmortal armado de unos cincuenta metros era ridícula, incluso el gigante parecía sorprendido. Medio volando, medio planeando, Jason aterrizó en la rodilla escamosa del dragón y escaló por el brazo del gigante antes de que Porfirión se diera cuenta siquiera de lo que había pasado. —¿Cómo osas? —gritó el gigante. Jason alcanzó sus hombros y sacó una espada de las trenzas del gigante. Gritó: —¡POR ROMA! — y clavó la espada en el blanco más cercano, la gigantesca oreja del gigante. Un relámpago retumbó en el cielo y chocó contra la espada, haciendo salir volando a Jason. Rodó por el suelo unos metros. Cuando miró hacia arriba, el gigante estaba asombrado. Su cabello estaba en llamas, y una parte de su cara estaba oscurecida por el relámpago. La espada había perforado su oreja. Icor dorado caía por su mandíbula. Las otras armas estaban brillando y vibrando en sus trenzas. Porfirión casi cae. El círculo de monstruos aulló y se adelantó, lobos y ogros fijando sus ojos en Jason. —¡No! —exclamó Porfirión. Recuperó el equilibro y miró fijamente al semidiós—. Le mataré yo mismo. El gigante alzó su lanza y ésta comenzó a brillar. —¿Quieres jugar con rayos eh, chico? Has olvidado que soy la némesis de Zeus. Fui creado para destruir a tu padre, lo que significa que sé exactamente cómo matarte. Algo en la voz de Porfirión le dijo a Jason que no estaba bromeando. Jason y sus amigos lo habían hecho genial. Los tres habían hecho cosas increíbles, heroicas más bien. Pero mientras el gigante alzaba su lanza, Jason sabía que no habría forma de detener el ataque. Este era el fin. —¡LO TENGO! — exclamó Leo.

—¡DUÉRMETE! —dijo Piper, tan alto, que incluso los lobos más cercanos cayeron al suelo y comenzaron a roncar. La jaula de piedra y roca comenzó a retumbar. Leo había serrado la parte de las raíces más finas y aparentemente había cortado la conexión de la jaula con Gea. Las raíces comenzaron a reducirse a polvo. El lodo alrededor de Hera desapareció. La diosa creció, brillando de poder. —¡Sí! — dijo la diosa. Se deshizo de todas sus ropas negras y reveló una blusa blanca y sus brazos decorados con joyería dorada. Su cara era igual de terrible y bella, y una corona dorada brillaba en su largo pelo negro— ¡Ahora voy a tomar mi venganza! El gigante Porfirión retrocedió. No dijo nada, pero miró a Jason por última vez. Su mensaje era claro: Otra vez será. Entonces chocó su lanza contra el suelo, y el gigante desapareció por el suelo como si hubiera abierto un agujero. Por todo el campo de batalla, los monstruos comenzaron a huir y aterrarse, porque no había escapatoria para ellos. Hera brilló con más fuerza. Gritó: —¡CUBRIR VUESTROS OJOS, MIS HÉROES! Pero para Jason todo fue muy deprisa. Lo entendió demasiado tarde. Vio a Hera convertirse en una supernova, explotando en un anillo de fuerza que vaporizaba cada monstruo al instante. Jason cayó al suelo y la luz cubrió su mente. Su último pensamiento fue que su cuerpo entero estaba ardiendo.

CAPÍTULO LI PIPER
—¡JASON! Pipersiguió llamando su nombre mientras le sujetaba, aunque había perdido toda esperanza. Había estado inconsciente durante dos minutos. Su cuerpo humeaba, sus ojos estaban en blanco. Ni siquiera podía decir seguro si respiraba. —No hay solución, niña—Hera estaba de pie detrás de ellos con sus ropas negras y su chal. Piper no había visto a la diosa convertirse en explosión nuclear. Gracias a los cielos, había cerrado los ojos, pero podía ver los efectos de después. Cada vestigio de invierno se había ido del valle. Tampoco no había señales de batalla. Los monstros se habían vaporizado. Las ruinas se habían restituido a lo que eran antes, seguían siendo ruinas pero no había evidencias que había estado rodeada por una horda de lobos, espíritus de las tormentas y ogros de seis brazos. Incluso las cazadoras habían resucitado. La mayoría esperaban a una distancia respetuosa en el prado, pero Thalia se arrodillaba al lado de Piper, con la mano en la frente de Jason. Thalia miraba a la diosa. —¡Es tu culpa! ¡Haz algo! —No te dirijas a mí de esa manera, chica. Soy la reina… —¡Ayúdale! Los ojos de Hera brillaron con poder. —Le advertí. Nunca habría herido intencionadamente al chico. Él era mi campeón. Les dije que cerraran los ojos antes de que revelara mi verdadera forma. —Umm…—Leo frunció el ceño—. ¿La verdadera forma es mala, no? ¿Entonces por qué lo hizo? —¡Desaté mi poder para ayudaros, tonto! —gritó Hera—. Me convertí en pura energía sólo para destruir a todos los monstruos, restaurar este lugar e incluso salvar a las pobres de las cazadoras del hielo. —¡Pero los mortales no pueden mirar tu forma! — gritó Thalia—¡Le has matado! Leo giró la cabeza con cansancio. —Eso es lo que quería decir la profecía. ‘Muerte desatada a través de la furia de Hera’ Vamos, señora. Es una diosa. ¡Hágale algo de vudú! ¡Devuélvale!

Piper escuchó la conversación a medias, pero estaba completamente concentrada en la cara de Jason. —¡Respira! —anunció. —Imposible—dijo Hera—. Ojalá fuera cierto, niña, pero ningún mortal ha… —Jason— le llamó Piper, poniendo toda la fuerza de voluntad en su nombre. No podía perderle—. Escúchame. Puedes hacerlo. Vuelve. Vas a ponerte bien. Nada sucedió. ¿Se habría imaginado la respiración? —La curación no es un poder de Afrodita—dijo Hera, resentida—. Ni siquiera yo puedo arreglar esto, chica. Su espíritu moral… —Jason— dijo Piper de nuevo, y se imaginó su voz resonando a través de la tierra, a través del Inframundo—. Levántate. Tosió, y sus ojos se abrieron. Por un momento sus ojos estaban llenos de luz, brillaban del color del puro oro. Entonces la luz desapareció y sus ojos volvieron a la normalidad. —¿Qué? ¿Qué ha pasado? —¡Imposible! — dijo Hera. Piper le abrazó hasta que gruñó: —Me asfixias. —Perdón— dijo, aliviada, y rió secándose las lágrimas de las mejillas. Thalia sonrió y le tendió la mano su hermano. —¿Cómo te sientes? —Ardiendo— murmuró—. Tengo la boca seca. Y vi algo… realmente horrible. —Eso era Hera—gruñó Thalia. Su majestad, la loca. —Y hasta aquí hemos llegado, Thalia Grace— dijo la diosa—. Te convertiré en un armadillo, para que me ayudes a… —¡Parad, vosotras dos! — dijo Piper. Increíblemente, ambas callaron. Piper ayudó a Jason a ponerse de pie y le dio el último trozo de néctar de sus suministros. —Ahora…—Piper miró hacia Hera y Thalia—. Hera, majestad, no podríamos haberla rescatado sin las cazadoras. Y Thalia nunca habrías visto a Jason de nuevo, y nunca le habría conocido, si no fuera por Hera. Ambas haced las paces, porque tenemos problemas mayores.

Ambas la miraron durante tres largos segundos, Piper no estaba segura de cuál de las dos iba a matarla primero. Finalmente Thalia gruñó. —Tienes espíritu, Piper— sacó una tarjeta plateada de su abrigo y se la metió a Piper en el abrigo de snowboard. —Si alguna vez quieres ser una cazadora, llámame. Podrías sernos útil. Hera se cruzó de brazos. —Afortunadamente para esta cazadora, tienes razón, hija de Afrodita— miró a Piper como si no la hubiera visto claramente hasta ahora—. Te habrás preguntado, Piper, por qué te escogí para esta misión, por qué no revelé tu secreto al comienzo, aún sabiendo que Encélado te utilizaba. Tengo que admitirlo, que hasta este momento no estaba segura. Alguien me dijo que serías vital para esta misión. Ahora veo que tenía razón. Eres más fuerte de lo que me imaginaba. Y tienes razón sobre los peligros que se avecinan. Debemos trabajar juntos. La cara de Piper se aflojó. No estaba segura de cómo responder al cumplido de Hera, pero Leo dio un paso adelante. —Sí— dijo—, no se supone que el tío ese, Porfirión, se ha derretido y muerto, ¿verdad? —No— dijo Hera—. Salvándome y al salvar a este lugar, habéis prevenido a Gea de despertarse. Nos habéis dado tiempo. Pero Porfirión se ha alzado. Simplemente se marchó a otro lugar para estar más seguro y poder acumular todo su poder. Los gigantes sólo pueden ser derrotados por la combinación de un dios y semidiós. Una vez me liberasteis… —Huyó— dijo Jason—. ¿Pero a dónde? Hera no respondió, pero un sentimiento de terror inundó a Piper. Recordó que Porfirión había dicho que matar a los olímpicos cortando en seco sus raíces. Grecia. Miró la expresión de grima de Thalia y supuso que la cazadora había llegado a la misma conclusión. —Tengo que encontrar a Annabeth— dijo Thalia—. Tiene que saber lo que ha pasado aquí. —Thalia…—Jason le agarró la mano—. Nunca podremos hablar de este lugar o… —Lo sé—su expresión se suavizó—. Te perdí aquí una vez. No quiero volver a perderte de nuevo. Pero nos veremos pronto. Nos encontraremos en el Campamento Mestizo. —miró a Hera—. ¿Les podrás enviar allí de forma segura? Es lo menos que puedes hacer. —No está en tu incumbencia decirme lo que… —Reina Hera—intercedió Piper. La diosa suspiró.

—De acuerdo. Sí. ¡Ya me encargaré de ti, cazadora! Thalia le dio a Jason un abrazo y les dijo adiós. Cuando las cazadoras se hubieron ido, el campo parecía inquietamente callado. El estanque seco no mostraba ninguna señal de raíces de tierra que habían traído de vuelta a la vida al rey de los gigantes o que encerraran a Hera. El cielo nocturno estaba claro y estrellado. El viento soplaba entre las secuoyas. Piper recordó aquella noche en Oklahoma cuando ella y su padre durmieron el patio delantero del abuelo Tom. Recordó aquella noche en la Escuela de la Salvajería, cuando Jason la besó en el tejado del colegio, a pesar de que fueran recuerdos alterados por la Niebla. —Jason, ¿qué te pasó aquí? —le preguntó—. Me refiero… sé que tu madre te abandonó aquí. Pero dijiste que era un lugar sagrado para los semidioses. ¿Por qué? ¿Qué te pasó cuando estuviste solo? Jason apartó la cara. —Es aún todo muy difuso. Los lobos… —Te dieron un destino— dijo Hera—. Te pusieron a mi servicio. Jason frunció el ceño. —Pero obligaste a mi madre a hacerlo. No pudiste soportar que Zeus hubiera tenido dos hijos con la misma mujer. Sabiendo que había caído dos veces, yo era el precio que pediste para dejar en paz al resto de mi familia. —También era lo mejor para ti, Jason— insistió Hera—. La segunda vez que tu padre se las arregló para atraer a Zeus, era porque se lo imaginó en un aspecto distinto, el aspecto de Júpiter. Nunca antes había pasado esto, dos hijos, griega y romano, nacidos en la misma familia. Tenías que ser separado de Thalia. Aquí es dónde todos los semidioses de tu tipo comienzan su viaje. —¿De su tipo? — preguntó Piper. —Habla de los romanos— dijo Jason—. Los semidioses son dejados aquí. Entonces conocemos a la diosa loba, Lupa, la misma loba inmortal que crió a Rómulo y Remo. Hera asintió. —Y si eres fuerte, sobrevives. —Pero…—Leo parecía incrédulo—. ¿Qué pasó después? Me refiero que, Jason nunca fue al campamento. —Al Campamento Mestizo, no. — coincidió Hera. Piper sintió como si el cielo diera vueltas, mareándola.

—Fuiste a otro lugar. Ahí es dónde has estado todos estos años. Algún otro lugar para los semidioses, ¿pero dónde? Jason se giró a la diosa. —Los recuerdos me vuelven, pero no la localización. No vas a decírmelo, ¿verdad? —No— dijo Hera—. Es parte de tu destino, Jason. Deberás encontrar tu camino de vuelta. Pero cuando lo hagas, unirás dos grandes poderes. Nos darás esperanza contra los gigantes, y algo que es más importante aún, contra la misma Gea. —Quieres ayudarnos— dijo Jason—, pero te guardas información. —Dándoos respuestas hacían esas respuestas inválidas— dijo Hera—. Así es el destino. Debes forjar tu propio camino para que éste tenga sentido. Además, vosotros tres me habéis sorprendido. No pensé que fuerais a…—la diosa negó con la cabeza—. Ni hablarlo. Lo habéis hecho muy bien, semidioses. Pero éste solo es el comienzo. Debéis volver al Campamento Mestizo, dónde comenzaréis a planear la siguiente fase. —Algo que no nos explicarás— gruñó Jason—. Y supongo que has destruido a mi bonito caballo espíritu de las tormentas, así que… ¿cómo vamos a volver a casa? Hera asió la mano como si no le diera importancia. —Los espíritus son criaturas del caos, no destruí a ese en cuestión, aunque no tengo ni idea de dónde pudo haber ido, o si lo verás de nuevo. Pero sí que hay un camino fácil de vuelta a casa para vosotros. Cómo me habéis hecho un gran favor, os ayudaré, al menos por una vez. Adiós por ahora, semidioses. El mundo se dio la vuelta, y Piper casi se desmaya. Cuando pudo ver de nuevo, estaba de vuelta en el campamento, en el pabellón del comedor, a mitad de la cena. Estaban de pie en la mesa de Afrodita, y Piper tenía un pie en la pizza de Drew. Sesenta campistas se levantaron de golpe, atragantándose del asombro. Fuera lo que fuera lo que Hera había hecho para transportarles a través de medio país, no fue bueno para el estómago de Piper. A penas podía controlar sus náuseas. Leo no tuvo tanta suerte. Saltó de la mesa, corrió al brasero de bronce más cercano y lo echó todo, algo que probablemente no era ofrecido a los dioses. —¿Jason? —Quirón se adelantó trotando. No había duda de que el centauro había visto durante cientos de años cosas tan raras como aquella, pero incluso parecía un poco anonadado—. ¿Qué…? ¿Cómo…? Los campistas de Afrodita miraban a Piper boquiabiertos. Piper supuso que tendría una pinta horrible. —Hola— dijo, de la forma más natural que pudo—, hemos vuelto.

CAPÍTULO LII PIPER
PIPER NO RECORDÓ MUCHO MÁS SOBRE el resto de la noche. Le contaron todo y respondieron millones de preguntas a los otros campistas, pero finalmente Quirón vio que estaban cansados y les ordenó que se fueran a dormir. Fue genial poder volver a dormir en un colchón de verdad, y Piper estaba exhausta que casi no llega ni a la cama, y aún con su despedida, no se preguntaba qué pasaría a su regreso. A la mañana siguiente se despertó en su litera, sintiéndose extraordinariamente bien. El sol entraba por las ventanas con una brisa placentera. Podría, perfectamente, haber sido primavera y no invierno. Los pájaros cantaban y los monstruos aullaban en el bosque. El desayuno se olía desde el pabellón del comedor: bacón, tortitas y todo tipo de cosas maravillosas. Drew y su banda estaban frunciendo el ceño mirándola, con los brazos cruzados. —Buenos días— Piper se incorporó y sonrió—. Hace un día precioso. —Vas a hacer que lleguemos tarde para el desayuno— dijo Drew—, lo que significa que tienes que limpiar la cabaña para la inspección. Una semana antes, Piper le habría pegado un puñetazo a Drew, o se habría escondido en sus sábanas. Ahora que recordaba a los cíclopes de Detroit, Medea en Chicago, Miras convirtiéndola en oro en Ohama. Se levantó, y entonces recordó que se suponía que debía estar enfadada. —¿Qué estás…? —Desafiándote— dijo Piper—. ¿Qué tal al anochecer en la arena? Puedes elegir armas. Salió de la cama, se estiró con pereza, y buscó a sus compañeros de cabaña. Vislumbró a Mitchell y a Lacy, que la habían ayudado con su mochila de la misión. Le sonreían tímidamente, con sus ojos pasando de Drew a Piper como si estuvieran en un partido de tenis. —¡Os he echado de menos, chicos! —les dijo Piper—. Vamos a pasarlo en grande cuando sea la jefa de la cabaña. Drew se enrojeció. Incluso sus hermanastros más cercanos parecían nerviosos. Eso no estaba en el guión. —Tú…— le espetó Drew—. ¡Tú, maldita bruja horrenda! Yo llevo aquí más que nadie. ¡No puedes…! —¿Desafiarte? —dijo Piper—. Claro que puedo. Las reglas del campamento son claras: he sido reclamada por Afrodita, he completado una misión, lo que es más de lo que tú has hecho. Si creo que puedo hacer tu trabajo mucho mejor, estoy en mi derecho de desafiarte. A no ser que quieras abandonar. ¿Lo he dicho bien, Mitchell?

—Perfecto, Piper— Mitchell sonreía. Lacy estaba tan animada que incluso vibraba de la emoción. Casi todos los demás comenzaron a sonreír, como si estuvieran disfrutando los distintos colores de la cara de Drew. —¿Abandonar? —se burló Drew—. ¡Estás loca! Piper retrocedió. Entonces más rápida que una serpiente, sacó a Katoptris de debajo de su almohada, desenfundó la daga, y la apunto al pecho de Drew. Todo el mundo retrocedió rápidamente. Un chico se chocó contra un tocador y vertió pintauñas rosa por todo el suelo. —Entonces, duelo—dijo Piper, animada—. Si no puedes esperar hasta el anochecer, ahora me viene genial. Has convertido esta cabaña en una dictadura, Drew. Silena Beauregard sabía mucho más que tú. Afrodita es más que amor y belleza. Ser amada. Desprender belleza. Buenos amigos, buenos ratos, buenos recuerdos. No es sólo estar guapa. Silena cometió errores, pero al final se puso de parte de sus amigos. es por eso por lo que es una heroína. Voy a arreglar las cosas aquí y creo que mamá está de mi parte. ¿Quieres saberlo? Drew se volvió bizca mirando la hoja de la daga de Piper. Pasó un segundo. Dos. A Piper no le importaba. Estaba completamente contenta y segura de sí misma. Su sonrisa debería mostrarlo. —A… abandono—gruñó Drew—. Pero si crees que me voy a olvidar de esto, McLean… —Oh, espero que no— dijo Piper—. Ahora, corre al pabellón del comedor, y explícale a Quirón por qué llegamos tarde. Ha habido un cambio de líder. Drew retrocedió hasta la puerta. Incluso sus hermanastros más cercanos no la siguieron. Estaba a punto de salir cuando Piper le dijo: —Oh, y Drew, cielo. La exjefa se giró, sorprendida. —En caso de que creas que no soy una verdadera hija de Afrodita— dijo Piper—, ni siquiera mires a Jason Grace. Quizá no lo sepa aún, pero es mío. Si intentas cualquier cosa, te meteré en una catapulta y enviaré tu precioso trasero perfumado a la otra punta de la costa de Long Island. Drew se giró tan rápido que voló por el umbral de la puerta. Entonces se hubo ido. La cabaña estaba en silencio. Los otros campistas miraban a Piper. Esta era la parte de la que no estaba segura. No quería llevar la cabaña con miedo. No era como Drew, pero no sabía si la aceptarían. Entonces, espontáneamente, los campistas de Afrodita estallaron de júbilo, que se les debió oír por todo el campamento. Llevaron a Piper fuera de la cabaña, la alzaron en volandas y la llevaron por todo el camino hasta el pabellón del comedor, estando ella en pijama, con el pelo despeinado, pero no le importó. Jamás se había sentido mejor.

Por la tarde, Piper se había cambiado en sus cómodas ropas del campamento y había dejado que los campistas de Afrodita siguieran sus actividades matutinas normales. Estaba preparada para un poco de tiempo libre. Parte de su sentimiento de victoria había desaparecido porque tenía una cita en la Casa Grande. Quirón quedó con ella en el porche delantero en su forma humana, encerrado en su silla de ruedas. —Entra, querida. La vídeo-conferencia está lista. El único ordenador del campamento estaba en el despacho de Quirón, y la sala completa estaba bañada en bronce. —Los semidioses y las nuevas tecnologías no se llevan demasiado bien—le explicó Quirón—. Llamadas de teléfono, SMS, incluso entrando en Internet, todo eso puede atraer a los monstruos. Este mismo otoño tuvimos que rescatar a un chico en Cincinnati que había buscado en Google a las gorgonas y se había llevado una grata sorpresa, pero no importa. Aquí, en el campamento estáis protegidos. Aún así… se tiene que intentar ser cauto. Sólo podrás hablar durante unos pocos minutos. —Entendido—dijo Piper—. Gracias, Quirón. Sonrió y salió de la oficina. Piper vaciló antes de hacer click en el botón de llamada. La oficina de Quirón daba un sentimiento de estar abarrotada pero era acogedora. Una pared estaba cubierta con camisetas de distintas convenciones: Ponis Marchosos 2009 Las Vegas, Ponis Marchosos 2010 Honolulú, etcétera. Piper no sabía quiénes eran los Ponis Marchosos, pero tenían que tener unos encuentros geniales a juzgar por las manchas, los quemazos y los agujeros en las camisetas. En una estantería detrás del escritorio de Quirón descansaban unos altavoces pasados de moda con radiocasetes ordenados alfabéticamente, “Dean Martin”, “Frank Sinatra” y “Los mayores Hits de los 40”. Quirón era tan viejo que Piper no supo decir si aquello significaba 1940, 1840 o 40 a.C. Pero casi toda la pared de la oficina estaba ocupada por fotografías de semidioses, como un hall de la fama. Una de las fotografías más recientes mostraba un adolescente con el pelo negro y ojos verdes. Le agarraba la mano a Annabeth. Piper supuso que aquél chico sería Percy Jackson. En algunas fotos más antiguas, Piper reconoció a gente famosa: hombres de negocios, atletas, incluso algunos actores que su padre conocía. —Increíble— murmuró. Piper se preguntó si algún día su fotografía estaría allí. Por primera vez, se dio cuenta de que era parte de algo mucho mayor que ella misma. Había habido semidioses durante siglos. Fuera lo que fuera lo que había hecho, lo había hecho por todos ellos. Respiró hondo y llamó. La ventana del vídeo apareció. Gleeson Hedge le sonreía desde el despacho de su padre. —¿Has visto las noticias?

—Algo difícil de evitar—dijo Piper— . Espero que sepáis lo que estáis haciendo. Quirón le había enseñado el periódico durante el desayuno. La misteriosa vuelta de su padre de ninguna parte estaba en primera plana. Su asistenta personal Jason había sido despedida por encubrir su desaparición y no anunciarlo a las autoridades. Nuevo personal había sido contratado y seleccionado personalmente por Tristan McLean, como su nuevo entrenador personal, Gleeson Hedge. Según el periódico, el señor McLean no recordaba nada de la última semana, y los medios se estaban dejando los sesos en conocer la historia. Algunos pensaban que era un plan de marketing inteligente para alguna película, quizás McLean iba a hacer de un amnésico. Algunos pensaban que había sido secuestrado por terroristas o fans enrabiadas o había escapado heroicamente de cazafortunas usando sus impresionantes cualidades para la lucha que había demostrado tener en la película Rey de Esparta. Fuera cómo fuere, Tristan McLean era más famoso que nunca. —Está yendo genial— le prometió Hedge—. Pero no te preocupes. Vamos a alejarle del público durante el próximo mes hasta que las cosas se enfríen. Tu padre tiene cosas más importantes que hacer, como descansar y hablar con su hija. —No te acomodes demasiado en Hollywood, Gleeson—dijo Piper. Hedge resopló. —¿Bromeas? Esta gente hace que Eolo parezca cuerdo. Volveré tan pronto como pueda, pero tu padre va a tener que poder tenerse en pie, primero. Es un buen hombre. Ah, por cierto. Me encargué de otro problemilla. El Servicio de Guardabosques de la Zona de la Bahía ha recibido un grandioso regalo anónimo de un nuevo helicóptero. Y la guardabosques piloto que nos ayudo ha recibido una lucrativa oferta de volar para el señor McLean. —Gracias, Gleeson— dijo Piper—. Por todo. —Sí, bueno. No intento ser increíble. Me sale natural. Hablando de Eolo, tienes que conocer a la nueva asistente de tu padre. Hedge se apartó y una joven hermosa sonrió a la cámara. —¿Mellie? —se quedó mirándola Piper, pero definitivamente era ella. La aura que les había ayudado a huir de la fortaleza de Eolo—. ¿Ahora trabajas para mi padre? —¿No es genial? —¿Sabe él que eres una… ya sabes, un espíritu del viento? —Oh, no. Pero me encanta este trabajo. Es como… eh… una brisa fresca. Piper no pudo evitar reírse.

—Me alegro. Es impresionante. Pero, ¿dónde…? —Espera un segundo— Mellie besó a Gleeson en la mejilla—. Vamos, cabra vieja. Deja de chupar cámara. —¿Qué? — preguntó Hedge. Pero Mellie le apartó y llamó: —¿Señor McLean? Ella está en pantalla. Un segundo después, el padre de Piper apareció. Sonrió. —¡Pipes! Estaba genial, otra vez normal con sus brillantes ojos marrones, su barba de mediodía, su sonrisa segura de sí mismo, y su pelo recién cortado como si estuviera preparado para grabar una película. Piper se sintió aliviada, pero un poco triste. Vuelta a la normalidad no era lo que exactamente quería ella. En su mente, comenzó la cuenta atrás. Una llamada normal como aquella, en un día laborable, podía tener a duras penas a su padre durante treinta segundos. —Eh— dijo débilmente—. ¿Te encuentras bien? —Cariño, lo siento mucho por preocuparte por todo esto de la desaparición. No sé…—su sonrisa desapareció, pero Piper supuso que intentaría recordar, rebuscando entre su memoria por algo que le dijera qué había pasado, pero no encontró nada—. No sé qué ha pasado, cariño. Pero estoy bien. El entrenador Hedge ha sido un regalo de los dioses. —Regalo de los dioses— repitió. Curiosa elección de palabras. —Me ha hablado de tu nuevo colegio— dijo papá—. Siento que la Escuela de la Salvajería no funcionara, pero estarás bien. Jane no tenía razón, fui un estúpido escuchándola. Quizá quedaran unos diez segundos. Pero al menos su padre sonaba sincero, como si de verdad se arrepintiera. —¿No recuerdas nada? — dijo, con un poco de esperanza. —Por supuesto que sí— dijo. Le recorrió un escalofrío. —¿Sí? —Recuerdo que te quiero— dijo—. Y estoy orgulloso de ti. ¿Estás contenta en tu nuevo colegio? Piper parpadeó. No iba a llorar allí. Después de todo lo que había pasado, sería ridículo.

—Sí, papá. Es cómo un campamento, no un colegio, pero… sí. Creo que seré feliz aquí. —Llámame siempre que puedas— dijo—. Y ven a casa por Navidad. Y Pipes… —¿Sí? Tocó la pantalla como si intentara alcanzarla con su mano. —Eres una chica maravillosa. Sé que no te lo digo muy seguido, pero me recuerdas mucho a tu madre. Estaría orgullosa. Y el abuelo Tom…—soltó una risita—, siempre dijo que serás la voz más poderosa de toda la familia. Vas a deslumbrarme algún día, lo sabes. Me van a recordar como el padre de Piper McLean, y ese es el mejor legado que puedo imaginarme. Piper intentó responder, pero tenía miedo de venirse abajo. Acarició la pantalla y asintió. Mellie dijo algo de fondo, y su padre suspiró. —El estudio me llama, lo siento, cariño— y sonaba sinceramente preocupado por irse. —Está bien, papá—se las arregló para decir—. Te quiero. Parpadeó. Entonces la ventana se volvió oscura. ¿Cuarenta y cinco segundos? Quizá un minuto entero. Piper sonrió. Una pequeña mejora, pero era un progreso. En las zonas comunes, encontró a Jason relajándose en un banco, con una pelota de baloncesto entre sus piernas. Estaba sudado de haber estado jugando, pero estaba genial con su camiseta naranja y sus pantalones cortos. Sus distintas cicatrices y heridas de la misión se estaban curando, gracias a la atención médica de la cabaña de Apolo. Sus brazos y sus piernas eran musculosos y curtidos, igual de distractoras que siempre. Su rapado pelo rubio atraía la luz del atardecer por lo que parecía estar hecho de oro, al estilo de Midas. —Eh— dijo—, ¿cómo ha ido? Le llevo un segundo concentrarse en la pregunta. —¿Eh? Oh, sí. Bien. Se sentó a su lado y observaron el movimiento de los campistas. Un par de chicas de Deméter estaban jugándoselas a un par de chicos de Apolo: haciéndoles crecer hierba alrededor de los tobillos cuando lanzaban canastas. En la tienda del campamento, los chicos de Hermes estaban poniendo un cartel que ponía: ¡zapatos voladores, ligeramente usados, 50% de descuento, hoy! Unos chicos de Ares revistiendo su cabaña con alambre de púas nuevo. Y la cabaña de Hipnos roncaba. Un día normal en el campamento.

Mientras tanto, los hijos de Afrodita estaban observando a Piper y a Jason, intentando hacer ver que no estaban allí. Piper estaba completamente segura de que había visto dinero intercambiarse de mano, como si estuvieran apostando si iba a haber un beso o no. —¿Has dormido algo? — le preguntó. La miró como si acabara de leer sus pensamientos. —No demasiado. He tenido sueños. —¿Sobre tu pasado? Asintió. No le forzó más. Si quería hablar, estaba bien, pero sabía que no sería bueno para él forzar el tema. No quería preocuparle en el hecho de que todo lo que sabía de él se basaba en tres meses de recuerdos falsos. Puedes sentir las posibilidades, le había dicho su madre. Y Piper estaba decidida en hacer realidad esas posibilidades. Jason hizo girar su pelota de baloncesto. —No son buenas noticias— le advirtió—. Mis recuerdos no son buenos para… para ninguno de nosotros. Piper estaba segura de que había querido decir ‘nosotros’, como si entre ellos dos hubiera alguien más, como una chica de su pasado. Pero no le molestó. No en un día de invierno soleado como aquél, con Jason a su lado. —Ya lo averiguaremos— le prometió. La miró, vacilante, como si quisiera creerla de todo corazón. —Annabeth y Rachel van a venir a la reunión esta noche. Debería esperar hasta entonces para explicarlo todo… —De acuerdo— se sacó una brizna de hierba del zapato. Sabía que había cosas peligrosas ahí a fuera para ellos dos. Tendría que competir contra el pasado de Jason, y quizá ni siquiera sobrevivan a la guerra contra los gigantes. Pero ahora mismo, estaban los dos vivos, y estaba decidida a disfrutar de aquél momento. Jason la estudió cautelosamente. El tatuaje de su antebrazo tenía un tono azul con la luz del día. —Estás de buen humor. ¿Cómo puedes estar tan segura de que todo irá bien? —Porque tú nos guías— dijo—. Te seguiría a cualquier lugar. Jason parpadeó. Entonces, lentamente, sonrió. —Eso es peligroso.

—Soy una chica peligrosa. —Eso, me lo creo. Se levantó y se sacudió los pantalones cortos. Le alargó la mano. —Leo dice que tiene algo que enseñarnos en el bosque. ¿Te vienes? —No me lo perdería—le agarró la mano y se levantó. Por un momento, estaban cogidos de la mano. Jason ladeó la cabeza. —Deberíamos ir yendo. —Sí— dijo—. Espera un segundo. Le soltó la mano y cogió la tarjeta de su bolsillo, la tarjeta de contacto plateada que le había dado Thalia de las Cazadoras de Artemisa. La dejó caer en la hoguera más cercana y la vio convertirse en cenizas. No habría más corazones rotos en la cabaña de Afrodita a partir de entonces. Eres ritual de entrada no sería necesitado. Al otro lado del campo, sus compañeros de cabaña parecían decepcionados porque no habían presenciado un beso. Comenzaron a canjear sus apuestas. Pero todo estaba bien. Piper era paciente y podía ver miles de buenas posibilidades. —Vamos— le dijo a Jason—. Tenemos aventuras que planear.

CAPÍTULO LIII LEO
LEO NO HABÍA ESTADO TAN NERVIOSO DESDE QUE les ofreció hamburguesas de tofú a los lobos. Cuando llegó al acantilado de piedra lisa en el bosque, se giró al grupo que le seguía y les sonrió, nervioso. —Allá vamos. Hizo que sus manos hicieran fuego y las apoyó contra la puerta. Sus compañeros de cabaña ahogaron un grito. —¡Leo! — le llamó Nyssa—. ¡Controlas el fuego! —Sí, gracias—le dijo—. Lo sé. Jake Manson, que llevaba muletas, dijo: —¡Santo Hefesto! Eso significa que… es tan raro que… La gigantesca puerta de piedra se abrió y todo el mundo se quedó boquiabierto. La mano ardiente de Leo parecía insignificante comparado con aquello. Incluso Piper y Jason parecían asombrados, y habían visto bastantes cosas increíbles últimamente. Sólo Quirón no parecía sorprendido. El centauro alzó sus cejas pobladas y se rascó la barba, como si el grupo estuviera a punto de adentrarse en un campo de minas. Eso hizo que Leo se sintiera aún más nervioso, pero no podía cambiar de opinión en aquel momento. Sus instintos le decían que tenía que mostrar ese lugar, al menos con la cabaña de Hefesto, y no podría ocultárselo a Quirón o a sus dos mejores amigos. —Bienvenidos al Búnker Nueve—dijo, todo lo seguro de sí mismo que pudo—. Entremos. El grupo entró en silencio. Todo estaba tal y cómo Leo lo había dejado, máquinas gigantes, mesas de trabajo, mapas viejos y gráficos. Sólo una cosa había cambiado. La cabeza de Festus estaba descansando en la mesa central, abollada y quemada de su choque en Omaha. Leo fue hacia ella, con un sabor amargo en su boca, y le dio unas palmaditas en la cabeza del dragón. —Lo siento, Festus. Pero no me olvidaré de ti. Jason puso su mano en el hombro de Leo. —¿Hefestos lo trajo aquí por ti?

Leo asintió. —Pero no puedes arreglarle—supuso Jason. —Claro que no—dijo Leo—. Pero su cabeza será reusada. Festus irá con nosotros. Piper se acercó y frunció el ceño. —¿A qué te refieres? Antes de que Leo pudiera responder, Nyssa exclamó: —¡Chicos, mirad esto! Estaba de pie ante una de las mesas de trabajo, hojeando una libreta de dibujos, diagramas para cientos de distintas máquinas y armas. —Nunca he visto nada parecido— dijo Nyssa—. Hay ideas más impresionantes que en el taller de Dédalo. Nos llevaría un siglo entero de llevarlas a cabo todas. —¿Quién construyó este lugar? —preguntó Jake Manson—. ¿Y por qué? Quirón se mantuvo en silencio, pero Leo se centró en el mapa de la pared que había visto en su primera visita. Mostraba al Campamento Mestizo con una línea de trirremos en el Estrecho, catapultas montadas en las colinas alrededor del valle, y unas cruces que marcaban trampas, trincheras y zonas de emboscadas. —Era un centro de comando en tiempos de guerra— dijo—. El campamento fue atacado en una ocasión, ¿verdad? —¿En la Titanomaquia? —preguntó Piper. Nyssa negó con la cabeza. —No. Además, este mapa parece muy viejo. La fecha… ¿es 1864? Todos se giraron hacia Quirón. La cola del centauro se movía con ansiedad. —Este campamento ha sido atacado varias veces— admitió—. Este mapa es de la última Guerra Civil. Aparentemente, Leo no era el único confuso. Los otros campistas de Hefesto se miraron los unos a los otros con el cejo fruncido. —Guerra Civil…— dijo Piper—. ¿Te refieres a la Guerra Civil Americana, que pasó hace como unos ciento cincuenta años?

—Sí y no—dijo Quirón—. Ambos conflictos, mortal y semidiós, pasaron al mismo tiempo, como suelen hacer en la historia occidental. Si observas cualquier guerra civil o revolución desde la caída de Roma en adelante, y verás la ocasión en la que los semidioses han luchado entre ellos. Pero esa Guerra Civil en particular fue horrible. Para los mortales americanos, es el conflicto más sangriento de todos los tiempos, más incluso que sus intervenciones en las dos Guerras Mundiales. Para los semidioses, fue igual de devastadora. Incluso entonces, este valle era el Campamento Mestizo. Hubo una horrible batalla en este bosque por aquellos días, con terribles pérdidas para ambos bandos. —Ambos bandos—dijo Leo—. ¿Te refieres que el campamento se dividió? —No—alzó la voz Jason—. Habla de dos grupos distintos. El campamento Mestizo fue un bando. Leo no estaba seguro de si quería una respuesta, pero preguntó: —¿Cuál era el otro? —La respuesta es peligrosa—le advirtió—. Es algo sobre lo que juré sobre el río Estigio no volver a hablar nunca más. Después de la guerra civil americana, los dioses estaban tan horrorizados con la pérdida masiva de sus hijos, que juraron que no sucedería de nuevo. Los dioses hicieron su voluntad, usaron la niebla tan densa como les fue posible, para asegurarse de que los enemigos nunca se acordaran los unos de los otros, nunca se encontraran en sus misiones, para que el derramamiento de sangre fuera evitado. Este mapa es del final de los oscuros días de 1864, la última vez que ambos grupos lucharon. Hemos tenido encuentros muy cercanos desde entonces. Los años 1960 fueron particularmente arriesgados, pero nos las arreglamos para evitar otra guerra civil. Como Leo ha supuesto, este búnquer era el centro de comandos de la cabaña de Hefesto. En el último siglo, ha sido reabierto unas pocas veces, normalmente como sitio de escondite en tiempos de incertidumbre. Pero volver aquí es peligroso. Trae viejos recuerdos, despierta antiguas enemistades. Incluso cuando los titanes volvieron el año pasado, pensé que volver aquí no merecería la pena. De repente la sensación de triunfo de Leo se convirtió en culpabilidad. —Eh, mirad. Este lugar me ha encontrado. Se suponía que tenía que suceder. Es un buen lugar. —Espero que tengas razón— dijo Quirón. —La tengo—Leo se sacó del bolsillo el dibujo antiguo y lo puso sobre la mesa para que todo el mundo lo pudiera ver. —Esto— dijo, orgulloso—. Eolo me lo devolvió. Lo dibujé cuando tenía cinco años. Ese es mi destino. Nyssa frunció el cejo. —Leo, es el dibujo de cera de un barco.

—Mirad— señaló al gráfico más grande del panel, el plano del trirreme griego. Poco a poco, sus compañeros de cabaña fueron abriendo los ojos mientras comparaban ambos diseños. El número de mástiles y remos, incluso las decoraciones de los escudos y las velas eran exactamente iguales a los del dibujo de Leo. —Es imposible—dijo Nyssa—. Ese plano debe tener un siglo por lo menos. —Profecía…confuso…vuelo—Jake Mason leyó las anotaciones del plano—. Es el diagrama de un barco volador. Mirad, ese es el engranaje de aterrizaje. Y las armas… ¡Santo Hefesto! Misiles rotatorios, ballestas, enchapado de bronce celestial. Esta cosa podría ser una flamante máquina de guerra. ¿Ha sido construida alguna vez? —Aún no—dijo Leo—. Mirad el mástil de proa No había duda, la figura de proa era la cabeza de un dragón. Un dragón en particular. —Festus—dijo Piper. Todo el mundo se giró y miró la cabeza del dragón descansando en la mesa. —Fue construido para ser nuestro mástil de proa— dijo Leo—. Nuestra bendición de buena suerte, nuestros ojos en el mar. Se supone que tengo que construir este barco. Le llamaré el Argo II. Y chicos, voy a necesitar vuestra ayuda. —El Argo II—sonrió Piper—, igual del barco de Jasón. Jason parecía un poco incómodo, pero asintió. —Leo tiene razón. Este barco es lo que necesitamos para nuestro viaje. —¿Qué viaje? —dijo Nyssa—. ¡Si acabáis de volver! Piper pasó sus dedos por el dibujo de cera. —Tenemos que enfrentarnos a Porfirión, el rey gigante. Dijo que destruiría a los dioses en sus raíces. —Así es— dijo Quirón—. Gran parte de la Gran Profecía de Rachel sigue siendo un misterio para mí, pero una cosa es clara. Vosotros tres, Jason, Piper y Leo, sois de los siete semidioses que tenéis que estar en esta misión. Vosotros os enfrentaréis a los gigantes en su tierra natal, dónde son más poderosos. Deberéis detenerlos antes de que puedan despertar por completo a Gea, antes de que destruyan el Monte Olimpo. —Eh…—dijo Nyssa—. No te refieres a Manhattan, ¿verdad? —No—dijo Leo—. El Monte Olimpo original. Tenemos que navegar hasta Grecia.

CAPÍTULO LIV LEO
LES LLEVO UNOS CUANTOS MINUTOS PARA asimilarlo. Entonces todos los demás campistas de Hefesto comenzaron a preguntar al mismo tiempo. ¿Quiénes eran los otros cuatro semidioses? ¿Cuánto tardarían en construir el barco? ¿Por qué no iban todos a Grecia? —¡Héroes! —Quirón golpeó sus cascos contra el suelo—. Todos los detalles aún no están claros, pero Leo tiene razón. Necesitará vuestra ayuda para construir el Argo II. Este es quizá, el mayor proyecto en el que se ha embarcado la Cabaña Número Nueve desde el dragón de bronce. —Nos llevará al menos un año—calculó Nyssa—. ¿Tenemos tanto tiempo? —Tenéis cómo mucho seis meses— dijo Quirón—. Deberéis partir en el solsticio de verano, cuando el poder de los dioses es más poderoso. Además, ni siquiera podemos confiar en los dioses de los vientos, y los vientos estivales son los menos poderosos y los más fáciles de navegar. Será mejor que no partáis después, o quizá llegaréis tarde para detener a los gigantes. Deberéis evitar el viaje por tierra, usando sólo el aire o el mar, así que es el vehículo perfecto. Jason siendo el hijo del dios del cielo… Su voz se quebró, pero Leo supuso que Quirón estaba pensando en el campista que faltaba, Percy Jackson, el hijo de Poseidón. Habría estado bien ir con él en este viaje. Jake Manson se giró hacia Leo. —Bueno, ahora hay algo seguro. Eres el jefe de la cabaña. Esto es el mayor honor que la cabaña podría haber recibido. ¿Alguien tiene algo que objetar? Nadie dijo nada. Todos sus compañeros de cabaña le sonreían, y Leo pudo sentir que la maldición de la cabaña se rompía y que su poca esperanza desaparecía. —Entonces es oficial— dijo Jake—. Eres el hombre. Por primera vez, Leo no tenía palabras. Desde que su madre murió, se había pasado toda la vida huyendo. Ahora había encontrado un hogar y una familia. También un trabajo. Y aún estando lo asustado que estaba, Leo no pensó ni siquiera un poquito en salir huyendo. —Bueno—dijo, por fin—, si me habéis escogido como líder, tenéis que estar más locos que yo. ¡Así que pongámonos a construir una flamante máquina de guerra!

CAPÍTULO LV JASON
JASON ESPERÓ A SOLAS EN LA CABAÑA NÚMERO UNO. Annabeth y Rachel eran esperadas a cualquier minuto en el encuentro de jefes de cabaña, y Jason necesitaba tiempo para pensar. Sus sueños de la noche anterior habían sido peores de lo que quería admitir, incluso con Piper. Sus recuerdos seguían borrosos, pero partes y trozos volvían. La noche en la que Lupa le probó en la Casa del Lobo, para decidir si iba a ser cachorro o comida. El largo viaje hacia el sur a… no podía recordarlo, pero tenía flashes de su antigua vida. El día en el que le hicieron el tatuaje. El día sido levantado en un escudo y había sido proclamado pretor. Las caras de sus amigos: Dakota, Gwendloyn, Hazel, Bobby. Y Reyna. Definitivamente había una chica llamada Reyna. No estaba seguro de lo que significaba para él, pero sus recuerdos le habían hecho cuestionarse lo que sentía por Piper, y preguntarse si algo estaba haciendo mal. El problema era que Piper le gustaba muchísimo. Jason puso sus cosas en el hueco en el que una vez su hermana durmió. Puso la fotografía de Thalia de vuelta a la pared para que no se sintiera solo. Miró a la estatua de Zeus, poderoso y orgulloso, pero la estatua no le asustaría nunca más. Le hacía sentirse triste. —Sé que puedes oírme—le dijo Jason a la estatua. La estatua no dijo nada. Sus ojos pintados parecían mirarle. —Ojalá pudiera decírtelo en persona—continuó Jason—, pero entiendo que no puedo hacerlo. A los dioses romanos no les gusta interactuar demasiado con los mortales, y, bueno… tú eres el rey. Tienes que dar ejemplo. Más silencio. Jason esperó algo, un trueno más fuerte de lo normal, una luz brillante, una sonrisa… Nada. No le importó. Una sonrisa habría sido aterrador. —Recuerdo varias cosas—dijo. Cuanto más hablaba, menos tímido se sentía—. Recuerdo que es duro ser hijo de Júpiter. Todo el mundo me ve como un líder, pero siempre me siento solo. Supongo que tienes que sentirte igual ahí arriba en el Olimpo. Los otros dioses desafían tus decisiones. Algunas veces tienes que tomar elecciones difíciles, y los demás te critican. Y no puedes venir en mi ayuda como los demás dioses hacen. Tienes que mantenerte a distancia para que no parezca que tienes favoritos. Supongo que sólo quería decirte…—Jason respiró hondo—. Lo entiendo todo. Está bien. Voy a intentar hacerlo lo mejor posible. Haré que te sientas orgulloso de mí. Pero podría ayudar un poco de guía, papá. Si hay algo que puedas hacer, ayúdame para que pueda ayudar a mis amigos. Tengo miedo de que les puedan matar. No sé cómo protegerles. Un escalofrío le recorrió la nuca. Se dio cuenta de que había alguien detrás de él. Se giró y encontró a una mujer encapuchada vistiendo unas ropas oscuras, con una capa de piel de cabra por encima de sus hombros y una espada romana (una gladius) envainada en sus manos.

—Hera—dijo. Se quitó la capucha. —Para ti, siempre he sido Juno. Y tu padre ya te ha enviado la guía, Jason. Te envió a Piper y a Leo. No son sólo tu responsabilidad. También son tus amigos. Escúchales, y lo harás bien. —¿Te ha enviado Júpiter aquí para decirme eso? —Nadie me manda aquí, héroe—dijo—. No soy una mensajera. —Pero me has metido aquí. ¿Por qué me has enviado a este campamento? —Creo que lo sabes—dijo Juno—. Un intercambio de los líderes era necesario. Era la única forma de salvar las distancias. —No estoy de acuerdo. —No. Pero Júpiter me dio tu vida, y estoy ayudando a completar tu destino. Jason intentó controlar su furia. Miró hacia su camiseta del campamento naranja y sus tatuajes en el brazo, y sabía que esas cosas no deberían ir juntas. Se había convertido en una contradicción, una mezcla tan peligrosa que ni siquiera Medea podría mezclar. —No me vas a devolver todos los recuerdos—dijo—. Aunque lo prometiste —Volverán a su debido tiempo— dijo Juno—. Pero debes encontrar tu camino de vuelta. Necesitas estos próximos meses con tus nuevos amigos, tu nuevo hogar. Estás ganándote su confianza. Cuando vuestro barco pueda navegar, serás el líder de este campamento. Y estarás para ser el que ponga paz entre los dos grandes poderes. —¿Qué pasa si no estás diciendo la verdad? —le preguntó—. ¿Qué pasaría si estás causando otra guerra civil? La expresión de Juno era imposible de leer, ¿sorpresa? ¿afecto? ¿desdén? Probablemente las tres. Por mucho que pareciera humana, Jason sabía que no lo era. Podía seguir viendo esa cegadora luz, la verdadera forma de la diosa que le había fundido el cerebro. Era Juno y Hera. Existía en distintos lugares al mismo tiempo. Sus razones por las que hacer algo no eran simples. —Soy la diosa de la familia—dijo—. Mi familia ha estado dividida durante mucho tiempo. —Nos dividieron para que no nos matáramos entre nosotros—dijo Jason—. Esa parece una buena razón. —La profecía exige que cambiemos. Los gigantes se alzarán. Cada uno sólo puede ser asesinado por un dios y un semidiós uniendo fuerzas. Esos semidioses deben de ser los siete mayores semidioses de la época. Si es así, están divididos en dos lugares. Si nos mantenemos divididos, no

podemos ganar. Gea cuenta con ello. Debes unir a los héroes del Olimpo y navegar juntos para luchar contra los gigantes en los campos de batalla de antaño en Grecia. Sólo entonces los dioses se os unirán. Será la misión más peligrosa, el viaje más importante realizado jamás por hijos de los dioses. Jason miró hacia la brillante estatua de su padre de nuevo. —No es justo—dijo Jason—. Puede arruinarlo todo. —Puede—coincidió Juno—. Pero los dioses necesitamos a los héroes. Siempre lo hemos hecho. —¿Incluso tú? Creía que odiabas a los héroes. La diosa le dedicó una sonrisa seca. —Tengo una reputación, pero si quieres la verdad, Jason, suelo envidiar a los otros dioses sus hijos mortales. Vosotros, los semidioses podéis viajar entre ambos mundos. Creo que esto ayuda a vuestros padres divinos, incluso Júpiter, maldito sea, a entender el mundo mortal mejor que yo. Juno suspiró tan tristemente que a pesar de su furia, Jason lo lamentó por ella. —Soy la diosa del matrimonio—dijo—. No está en mi naturaleza ser infiel. Sólo tengo dos hijos divinos, Ares y Hefesto, ambos son decepciones. No tengo héroes mortales para hacerme de puente, por eso es por lo que soy tan ácida con los semidioses… Heracles, Eneas, todos ellos. Pero es por eso por lo que favorecí a Jasón, un mortal puro, que no tenía ningún padre o madre divinos que le guiara. Y eso es por lo que me alegro de que Júpiter te me diera. Tú serás mi campeón, Jason. Serás el mayor de los héroes, y traerás unidad a los semidioses, y tal que así, al Olimpo. Sus palabras le sobrepasaron, como dos pesadas bolsas de arena. Dos días antes, había estado aterrado de liderar a los semidioses en una Gran Profecía, navegando hacia la batalla contra los gigantes y salvar el mundo. Seguía aterrado, pero algo había cambiado. No se sentía solo. Tenía amigos, y una casa por la que luchar. Tenía una diosa madrina que cuidaba de él, que tenía que contar para algo, incluso aunque parecía un poco de poca confianza. Jason tenía que aceptar su destino, igual que había hecho cuando se enfrentó a Porfirión con sus manos desnudas. Seguro, parecía imposible. Podría morir. Pero sus amigos contaban con él. —¿Y si fallo? —le preguntó. —Grandes victorias conllevan grandes riesgos—admitió—. Falla y habrá un derramamiento de sangre como nunca hubo ninguno. Los semidioses os destruiréis entre vosotros. Los gigantes controlarán el Olimpo. Gea despertará y la tierra se deshará de todo aquello que se ha construido durante cinco milenios. Será el fin de todos nosotros. —Maravilloso. Simplemente maravilloso.

Juno se puso de nuevo la capucha. Entonces le pasó a Jason la gladius envainada. —Toma esta arma por la que perdiste. Hablaremos de nuevo. Te guste o no, Jason, soy tu respaldo y tu conexión con el Olimpo. Nos necesitamos el uno al otro. La diosa se desvaneció mientras las puertas de entrada se abrieron y Piper entraba. —Annabeth y Rachel han llegado— dijo—. Quirón ha convocado el consejo.

CAPÍTULO LVI JASON
EL CONSEJO NO ERA NADA DE LO QUE JASON PODRÍA IMAGINARSE. Por un lado, era en la sala de juegos de la Casa Grande, alrededor de la mesa de ping-pong, y uno de los sátiros servía nachos y refrescos. Alguien había traído a la cabeza de leopardo Seymour de la sala de estar y le había puesto en la pared. De tanto en tanto, un jefe de cabaña le daba una salchichita. Jason miró a su alrededor e intentó recordar el nombre de todos. Gracias a los cielos, Leo y Piper estaban sentados a su lado, era su primer consejo como nuevos jefes. Clarisse, líder de la cabaña de Ares, tenía sus botas sobre la mesa, pero a nadie le pareció importarle. Clovis de la cabaña de Hipnos estaba roncando en una esquina mientras ButCh de la cabaña de Iris estaba comprobando cuantos lápices cabían en la nariz de Clovis. Travis Stoll de la cabaña de Hermes estaba sujetando un mechero por debajo de una pelota de ping-pong para ver si ardía, y Will Solace de la cabaña de Apolo estaba distraído dándole vueltas a una venda de su muñeca. La jefa de la cabaña de Hécate, Lou Ellen o algo así, estaba jugando a ‘tengo tu nariz’ con Miranda Gardiner, de la cabaña de Deméter, a excepción de que Lou Ellen había literalmente quitado la nariz de Miranda Gardiner por arte de magia y ésta intentaba traerla de vuelta. Jason tenía la esperanza de que Thalia viniera. Ella se lo había prometido, después de todo, pero no estaba por ningún lado. Quirón le había dicho que no se preocupara por ello, Thalia se distraía luchando contra monstruos o yendo a misiones por Artemisa, y probablemente, no tardaría en llegar. Pero aún así, Jason estaba preocupado. Rachel Dare, la oráculo, estaba sentada junto a Quirón en la cabecera de la mesa. Estaba vestida con su uniforme de la Academia Clarion, que parecía un poco extraño, pero le sonreía a Jason. Annabeth no estaba tan relajada. Vestía una armadura por encima de sus ropas del campamento, con su cuchillo a un lado y su pelo rubio atado en una coleta. Tan pronto como Jason entró, le miró expectante, como si intentara extraer información de él por su fuerza de voluntad. —Vayamos al tema—dijo Quirón—. Lou Ellen, por favor, devuélvele a Miranda su nariz. Travis, te agradecería que extinguieras esa pelota de ping-pong ardiendo, y Butch, creo que veinte lápices son suficientes para un orificio nasal humano. Gracias. Ahora, como podéis ver, Jason, Piper y Leo han vuelto con éxito… más o menos. Algunos de vosotros habéis oído partes de su historia, pero dejaré que ellos os la cuenten. Todo el mundo miró a Jason. Se aclaró la garganta y comenzó la historia. Leo y Piper le ayudaron, añadiendo cosas o contando pedazos que no recordaba. Solo les llevó unos minutos, pero pareció más largo con todos mirándolos. El silencio era duro y sobre todo para todos aquellos semidioses con el TDAH escuchándoles en silencio durante tanto tiempo. Jason sabía que la historia debió parecer una locura. La terminó con la visita de Hera hacía tan solo unos minutos. —Así que Hera ha estado aquí—dijo Annabeth—. Hablando contigo.

Jason asintió. —Mirad, no digo que confíe en ella… —Chico listo—dijo Annabeth. —…pero no se está inventando eso de otro grupo de semidioses. Ahí es de dónde yo vengo. —Romanos—Clarisse le arrojó a Seymour una salchichita—. Esperas que creamos que hay otro campamento para semidioses, pero que siguen los equivalentes romanos de los dioses. Y que nunca hemos oído hablar sobre ellos. Piper se inclinó hacia adelante. —Los dioses han mantenido los dos grupos separados, ya que cada vez que se ven, tratan de matarse los unos a los otros. —Puedo respetarlo—dijo Clarisse—. Aún así, ¿por qué nunca nos hemos cruzado en nuestras misiones? —Oh, sí— dijo Quirón con tristeza—. Lo habéis hecho, muchas veces. Siempre es una tragedia, y siempre los dioses hacen todo lo que pueden para borrar las memorias de aquellos involucrados. La rivalidad viene desde la guerra de Troya. Los griegos invadieron Troya y la redujeron a cenizas. El héroe troyano Eneas escapó, y hizo su camino hacia Italia dónde fundó una estirpe que algún día se convertiría en Roma. Los romanos crecieron y se hicieron más poderosos, adorando los mismos dioses pero bajo otros nombres, y con personalidades ligeramente distintas. —Más bélicas—dijo Jason—. Más unidas. Más expansionistas, conquistadoras, disciplinadas. —Uf—dijo Travis. Muchos de los demás parecían incómodos, aunque Clarisse sonreía como si eso le sonara genial. Annabeth hizo girar su cuchillo sobre la mesa. —Y los romanos odiaban a los griegos. Se tomaron la revancha cuando conquistaron las islas griegas y las hicieron parte del Imperio Romano. —No les odiaban exactamente—dijo Jason—. Los romanos admiraban la cultura griega, y estaban un poco celosos. A cambio, los griegos creían que los romanos eran bárbaros, pero respetaban su poder militar. Así que durante la época romana, los semidioses comenzaron a dividirse entre griegos y romanos. —Y ha sido así desde entonces—adivinó Annabeth—. Pero es una locura. Quiron, ¿qué hicieron los romanos la Titanomaquia? ¿No quisieron ayudarnos? Quirón se tiró de la barba.

—Ellos ayudaron, Annabeth. Mientras tú y Percy estabais liderando la batalla para salvar Manhattan, ¿quién crees que conquistó el Monte Othrys, la base del titán en California? —Espera—dijo Travis—. Dijiste que el Monte Othrys se había derrumbado cuando vencimos a Cronos. —No—dijo Jason. Recordó instantes de la batalla, una gigantesca armadura y un yelmo con cuernos de carnero. Se acordó de su ejército escalando el monte Tam, luchando contra hordas de monstruos serpientes. —No se cayó simplemente. Nosotros destruimos el palacio. Yo vencí al titán Críos por mí mismo. Los ojos de Annabeth eran tan tormentosos como los de un ventus. Jason casi pudo ver sus pensamientos moverse, juntando las piezas. —La Zona de la Bahía. Nosotros los semidioses siempre nos han dicho que nos mantengamos alejados de ahí porque el Monte Othrys está allí. Pero hay algo más, ¿verdad? El campamento romano tiene que estar en algún lugar cerca de San Francisco. Apuesto que fue puesto allí para vigilar el territorio de los titanes. ¿Dónde está? Quirón se movió en sus sillas de ruedas. —No podría decirlo. Honestamente, nunca me han confiado esa información. Mi contraparte, Lupa, no le gusta demasiado el compartir. La memoria de Jason, ha sido quemada. —El campamento ha sido protegido fuertemente con magia—dijo Jason. —Y guardado duramente. Podríamos buscarlo durante años y no lo encontraríamos nunca. Rachel Dare entrelazó sus dedos. De todas las personas en la habitación, ella era la única que no parecía estar nerviosa por la conversación. —Pero lo vais a intentar, ¿verdad? Construiréis el barco de Leo, el Argo II. Y antes de partir a Grecia, partiréis hacia el campamento romano. Necesitareis ayuda contra los gigantes. —Mal plan—advirtió Clarisse—. Si los romanos ven un buque de guerra acercase, van a suponer que les estamos atacando. —Probablemente tengas razón—coincidió Jason—. Pero tenemos que intentarlo. Fui enviado aquí, para aprender acercad el Campamento Mestizo, para tratar de convencer a los dos campos de no ser enemigos. Una oferta de paz. —Mmm…—dijo Rachel—. Debido a que Hera está convencida que necesitamos ambos campos para ganar la guerra con los gigantes. Siete héroes del Olimpo, algunos griegos y otros romanos. Annabeth asintió.

—La Gran Profecía, ¿cuál es la última línea? —Y los enemigos deberán portar las armas ante las Puertas de la Muerte. —Gea ha abierto las Puertas de la Muerte— dijo Annabeth—. Está dejando salir a los peores villandos del Inframundo para enfrentarse a nosotros. Medea, Midas, habrá más, estoy segura. Quizá la línea se refiera a que los romanos y los griegos se unirán, y encontrarán las puertas y las cerrarán. —O puede significar que lucharan unos contra otros a las Puertas de la Muerte—apuntó Clarisse— . No dice que tengamos que cooperar. Hubo silencio mientras los campistas dejaron que ese pensamiento feliz se hundiera. —Yo voy—dijo Annabeth—. Jason, cuando tengas tu barco construido, dejame ir contigo. —Esperaba que te ofrecieras—dijo Jason—. Tú entre todos, te necesitamos. —Espera—Leo frunció el ceño—. No digo que no sea guay y eso pero, ¿por qué Annabeth entre todos? Annabeth y Jason se estudiaron el uno al otro, y Jason vio que ella había acabado el rompecabezas. Acababa de ver la terrible verdad. —Hera dijo que mi llegara aquí era un intercambio de líderes—dijo Jason—. Una forma de que los dos campamentos aprenden el uno del otro. —¿Sí? —dijo Leo—. ¿Y? —Un intercambio tiene dos partes—dijo Jason— Cuando yo vine aquí, mi memoria fue robada. No sabía quién era ni dónde pertenecía. Afortunadamente, vosotros me acogisteis y me disteis un nuevo hogar. Sé que no sois mis enemigos. El campamento romano… ellos no son tan simpáticos. O pruebas tu valía rápidamente, o no sobrevives. Quizás no sean simpáticos con él y, si se enteran de dónde procede, quizás se mete en algún tipo de problema. —¿Él? — dijo Leo—. ¿De quién estás hablando? —De mi novio—dijo Annabeth sombríamente—. Desapareció sobre la misma fecha que Jason apareció. Si Jason vino al Campamento Mestizo… —Exacto—coincidió Jason—. Percy Jackson está en el otro campamento, y probablemente ni siquiera recuerde quién es.

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