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Y entonces un hombre con la barba recortada les preguntó: ¿Irán a Alemania (Hamburgo) y tocarán rock potente para esos tipos por dinero? Y respondimos que tocaríamos cualquier cosa por dinero. Pero antes de irnos nos tenía que salir un batería, y nos salió uno en West Derby, en un club llamado Menudo Casbah, y se llamaba Pete Best. Gritamos “¡Hola, Pete, ven con nosotros a Alemania!” “¡Sí!” Fuuuuuuuum. Después de unos meses, Peter y Paul (de apellido McArtrey, hijo de Jim McArtrey, su padre) incendiaron un cine y la policía alemana dijo: “Beatles malos, deben volver a casa para incendiar cines ingleses.” Fuuuuuuum, medio grupo. Incluso antes, la Gestapo se había llevado a mi amiguito George Harrison porque solo tenía doce años y era demasiado joven para votar en Alemania. Sin embargo, después de pasar dos meses en Inglaterra cumplió los dieciocho y los Gestapo dijeron: “Puedes venir.” Y de repente todos de vuelta a la aldea de Liverpool… breve disertación de los dudosos orígenes de los beatles (traducida por john lennon)

No debería estar en Tokio, pero tampoco debería estar en la Habana. ¿Qué hacer en medio de la ciudad, rodeado por rascacielos altos como sueños inconclusos? Sex shops en esquinas con las idorus de Jenna Jameson y Silvia Saint a pecho expuesto entre la multitud. Sushi para llevar y tres mil cuatrocientas recetas distintas para hacer té en cafeterías oscuras al otro lado del camino. Rollos de seda fosforescente ante las falsas entradas de hoteles de quinta categoría. Anuncios de neón plagados de ideogramas orientales. Enfrente toca la versión reunificada de los Rolling Stones y a la derecha una asiática anoréxica intenta batir el record mundial de inmersión subacuática. No debería estar aquí, viendo los pechos de porn queen de Jenna, mientras japonesitas y japonesitos se apuran vestidos de gala para ir a alguna o ninguna parte. ¿Qué hacer en medio de la ciudad, rodeado de anuncios de neón y el nervioso bullicio de la gran multitud? ¿Qué hacer en Tokio? ¿Qué hacer en la Habana? últimas noches en tokio winston zimmermann

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equipo de redacción / 33 y 1 tercio composición y diseño de portada / kmilo valdés fortes fotografías interiores / elena v. molina, raúl flores iriarte, lia, marcos antonio díaz, duanee suárez garcía, daniel díaz mantilla

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dijo Lia / parecemos okupas / allá en aquel teatro colonial en medio de Gibara, durmiendo sobre colchonetas sin sábanas, ratas gigantes pasando junto a nosotros

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diagramas
(de okupasión)

menú insular – ronaldo menéndez de corrientes coloniales – leymen pérez el infinito despliegue de cocuyo – paulina barrenechea la vida ambulante / máximo, un personaje real – agnieska hernández el quijote, una lectura fronteriza – juan villoro tres aguayos de inmemorial actualidad – andrés ajens la vida dans la literatura – carlos alberto aguilera de pálido fuego – vladimir nabokov arte andrógino: estilo versus moda – roberto echevarren oquedal – naylé piñeiro un tercio de ballard: la jaula de los reptiles / catástrofe aérea / el gigante ahogado de el nuevo arte de hacer ruinas – antonio josé ponte la escritura del desastre – maurice blanchot es peligroso leer periódicos – margaret atwood piazza morgana – calvert casey tokio ya no nos quiere – ray loriga

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(la habana, 1970. okupa en españa)

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menú insular
La candente mañana de marzo en que anunciaron oficialmente que iban a racionar el pan y los huevos, después de un imperioso rumor que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de las bodegas habían renovado sus anuncios sustituyéndolos por un rotundo: “Pan y huevos, cuando el Estado los asigne”. El hecho me dolió, pues comprendí que el cesante campo socialista se apartaba de nosotros, y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el campo socialista pero yo no, pensé con melancólica vanidad. Alguna vez, lo confieso, mi entusiasta devoción había exasperado a mis colegas escépticos. Muerto el socialismo, podría dedicarme a medirlo, sin esperanzas, pero también sin exasperación. Decidí seguir de cerca lo que a partir de entonces sería nuestro Menú Insular. Consideré que el domingo 10 de marzo era el cumpleaños de mi hija, visitar aquel día el zoológico de la calle 26 era un acto paternal irreprochable, tal vez ineludible. Esa fue la última vez que, con su injustificada felicidad de rejas, vimos a Pancho El avestruz del zoo. Solía ser tan dócil que durante la misma hora de todas las mañanas, estiraba su cuello periscópico fuera de la jaula hasta alcanzar la ventana siempre abierta del director. El director le regalaba trozos de pan viejo y cáscaras de plátano. ¡Ah, Pancho! Nunca un ave tan fea había sido el bonito orgullo de un Director. Pero el avestruz un día desapareció sin dejar rastro. Luego de pesquisas inquisitoriales, el azar dio indefectiblemente con la respuesta. Una de las niñas del barrio comentó en el colegio, sin que viniera del todo al caso, que en su casa no había qué comer y su papá había preparado para la cena un muslo de pollo ASÍ, y al decir esto último abrió sus brazos tanto como pudo. La maestra continuó indagando y la niña orgullosa confesó que el pescuezo del pollo también era ASÍ, y el corazón y las alas eran ASÍ. Así fue como se supo que el Director del zoo había engordado a Pancho y lo había servido en su mesa doméstica, pues casualmente la niña era la hija del director. El mal ejemplo cundió, y poco a poco fue diezmada la comunidad de cocodrilos, ciertas especies de monos, todas las aves, algún que otro camélido y otros herbívoros. Al final el zoo se redujo a las hienas y los osos que trataban de comerse los unos a los otros, pues para ellos tampoco había comida.

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Nunca pude comprobar qué había de cierto en aquella historia, y dónde el entusiasmo vernáculo había decidido abrir compuertas a las turbias aguas de la fabulación. Opté medicinalmente por aquel precepto según el cual ‘ser es ser percibido’, y como yo nunca había visto la susodicha ave exótica servida, y mucho menos al director caníbal (téngase en cuenta que las fuentes populares enfatizaban en lo mucho de humano que tiene todo avestruz), decidí descreer de lo que no había visto. Lo que sí vi, escuché y olí profundamente, fueron Los cerdos Que desde tiempo inmemorial habían constituido la carne angular del soporte gastronómico dentro de la isla. A nadie nunca se le había ocurrido que aquellos animales, que eran máquinas de devorar todo lo que no fuera su propio cuerpo, podían domesticarse en las zonas más residenciales de la urbe. Como los departamentos no contaban con la adecuada infraestructura para la cría de cerdos, la gente comenzó a criarlos dentro de las bañeras. Era el lugar idóneo, pues permitía, al abrir la ducha, canalizar los abundantes y muy olorosos detritos que la máquina de devorar todo lo que no fuera su propio cuerpo producía. Por lo demás, una vez que la bestia pasaba de peso pluma a peso welter, y decidía dar la batalla por su libertad (no hay nada más inquieto que un cerdo citadino), los bordes redondeados y resbaladizos de la bañera anulaban tobogánicamente toda posibilidad de éxito. El animal podía patalear cuanto le viniera en gana, hasta que de tanto revolcarse hacia el fondo terminaba agotado y hambriento. Pero quedaba un grave problema por solucionar: el escándalo. Como cada mañana, yo y todo el vecindario despertábamos escuchando que un horizonte de cerdos chillaba muy lejos del río y muy cerca de nuestras vidas. Pero he aquí que un extraño día se hizo el silencio, y aunque ya mi madre me había explicado la extraordinaria causa de esto, quise verificarlo con mis propios ojos, por aquello de ‘ver para creer’. Entré a casa del último vecino que poseía un cerdo escandaloso, y allí estaba El veterinario Comencemos, dice. Entonces he aquí lo que observo. El veterinario abre su típica maletita de médico rural, trastea adentro por unos segundos, y de pronto alza el brazo enarbolando una jeringa con aguja metálica como de dentista, pero mucho más gruesa. Así que el experto se posiciona con virtuosismo, exactamente como lo haría un torero a punto del pase de banderillas, y no se me escapa que el puerco ha captado con esa sensibilidad de asado en potencia todo aquel tejemaneje amenazador. El cerdo desconfía y se arrincona en la bañera. El torero de la jeringa se aproxima, y es el momento en que la máquina de devorar todo lo que no sea su propio cuerpo decide proteger su pellejo, para ello se abalanza minotauricamente contra el mataor, pero éste sabe su oficio, de modo que se aparta en abanico y mientras la bestia se va en blanco el hombre del estilete baja su brazo con velocidad de

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avispa y le clava la jeringa en el lomo. Con este disparo todo hubiera seguido un curso clínicamente previsible. Pero he aquí que el cerdo se revuelve dando alaridos ensordecedores, se restriega contra la pared tratando de sacarse la aguja, que se ha zafado de la jeringa y permanece clavada en su lomo negro. Pero la aguja no tarda en caer al suelo, y mientras el rostro del veterinario se va ensombreciendo, el cerdo parece haber olvidado el asunto (incluidos los pseudoverdugos allí presentes), estira su hocico áspero, se mete la aguja enorme a la boca y comienza a masticarla. El veterinario se ha puesto muy serio, pues a pesar de que la aguja se le clava una y otra vez en las encías, el cerdo insiste en masticar. Pero ya la anestesia comienza a hacer su efecto, de modo que el animal empieza a bambolearse y no tarda en caer al suelo, con la lengua colgando y la aguja colgando de la lengua. El rostro del veterinario vuelve a ser una fruta en primavera. Entonces le dice al vecino: su puerco se ha hecho un piercing en la lengua, dicen que es bueno para el sexo oral. Se agacha, extrae de la maletita un par de pinzas enormes y un escalpelo. Ayúdame a sujetarle la mandíbula, dice. Y mientras mi vecino acomete la temblorosa tarea de agarrar la superficie áspera y pegajosa de babasangre, el veterinario introduce la pinza y el venablo, trastea durante un par de minutos, y va extrayendo esos pedacitos de carne rosada que son las cuerdas vocales. Ya está listo, nunca volverá a hacer escándalos. Cuando la oscura máquina de devorar todo lo que no sea su propio cuerpo regresa de la anestesia local, se revuelca como una lombriz inflada y escupe espumarajos verdirrojos. Pero nunca pierde el apetito. Ahora sus reclamos no pasan de resoplidos mudos. Pero a pesar de la ingeniosa solución y lo felices que se ponen todos en el barrio al ver instalado otra vez en el menú la carne de cerdo asada, aparecen los Inspectores prohibiendo y multando a todos aquellos que insisten en criar cerdos en sus bañeras. Ya se sabe, a toda represión (por muy socialista que sea) suele oponerse una reacción. Es así que el recurso antagónico, aunque parece una metáfora de la forma de la isla, es literal y ontológicamente El cocodrilo De mi vecina Nieves. Y aunque no se trata de una metáfora, sino de algo concreto y singular, en honor a las verdades que aquí expongo es necesario consignar que tampoco fue un caso generalizado. No obstante, este hallazgo me permitió reforzar el mito popular de la desaparición de ciertas especies endémicas del zoológico. Es sabido por todos dentro de este universo que llaman barrio (cuyo centro está en todas partes y cuyo perímetro se traslada al infinito) que Nieves se dedica a la confección casera de balsas, esos artefactos donde los isleños se fugan a un más allá que sobrepasa el perímetro del barrio. Con ese olfato que le ha granjeado a Nieves fama de experta negociante, ha conseguido también criar su propio sustento. Cuando llego, primero me enseña el taller clandestino de balsas y luego el cocodrilo. El primero está en su patio al descampado, el segundo

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también yace en el patio, pero amarrado. Nieves me explica que un cocodrilo es de lo más rentable: come cualquier cosa, por tanto, cuando no hay comida lo alimenta con un mejunje de trapos sancochados y cartones remojados con azúcar. Jamás monta un escándalo. Persuade a los bándalos del barrio de no robarle las piezas para las balsas, posee una apetitosa carne tierna, y una vez sacrificado su piel es harto codiciada por los turistas. Y lo que es aun mejor: no existe una ley que le prohíba a la gente tener su cocodrilo amarrado en el patio. De modo que ni siquiera es ilegal. Es así como cada domingo se instala en la mesa de Nieves el estofado de cocodrilo. Regresé a mi casa, la casa de mis padres, la vieja casa inveterada del barrio de Buenavista, donde mi madre fungía como abuela de mi hija, sin tener casi nada que poner en la mesa nuestra de cada día. Pero he aquí que esa noche, en la precisa hora en que un ser ventrílocuo había encarnado en mí, reclamando todo aquello que ya mi gestión no podía procurarle, mi señora madre nos coloca en la mesa la inesperada fuente de un Conejo asado Devoramos como solo pueden hacerlo camélidos humanos con sed de carne en el desierto insular. Harto satisfechos, y emitidos los eructos de rigor, pasé a preguntarle a mi madre la procedencia de aquel fastuoso menú. Me explicó en dos palabras de qué se trataba: conejo de altura. Y al ver el estupor como un acné repentino sobre mi rostro, me dijo: Anda, sube y compruébalo por ti mismo, claro está que si nada vez, tu incapacidad no invalida mi testimonio. Al escalar el techo constaté, como en un laberinto de espejos, que la totalidad del vecindario enviaba a sus vástagos avituallados para la pesca. El barrio se ensombrecía a causa de los apagones y de la escasez de bombillos. Alguien, probablemente uno de los hijos de Nieves, me impuso el más cauto silencio por medio de ostensibles gestos, y se ofreció incluso a compartir la sección de alero que le correspondía, para enseñarme los procedimientos técnicos de la pesca de alturas. Se lanza en enérgica parábola la plomada con su gold fish enganchado al anzuelo, de tal modo que permanezca hundida en algún vericueto oscuro de un techo vecino. Esto era lo principal. Lo demás es el tacto de relojero, la experiencia y el rigor de la batalla. Cuando el gato muerde el gold fish se verifica un leve corrimiento del sedal, progresivo, hipócrita. Luego el gato se traga la carnada y empieza la lucha, porque el histérico genuflexo no comprende lo que le está sucediendo. Se voltea bocarriba, profiere alaridos desnaturalizados que parecen los de un recién nacido, aferra sus manos felinas a cuanta superficie encuentra a su paso, da saltos electrizados. La única manera de vencerlo es dando sedal, otorgándole un respiro que deprima sus fuerzas, otra vez recogiendo, otra vez dándole sedal y otra vez recogiendo drásticamente hasta que su cuerpo con ojos de loco quede colgando en la punta de la caña. Una vez despellejado y descabezado, se hace prácticamente

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imposible distinguir a un gato de un conejo. El nuevo espécimen había sido bautizado rigurosamente como ‘conejo de altura’. Antes de bajar del techo, miré la luna. Sentí un confuso malestar que traté de atribuir a mi rigidez y no a la impresión de la violenta pesca de alturas. Abrí, cerré los ojos, miré dentro de mí, entonces pude volver a ver el Menú Insular. Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten: ¿Cómo transmitir a los otros el infinito Menú Insular, que mi temerosa memoria apenas abarca? Lo que vieron mis ojos dentro de mí fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Vi el populoso mar que rodea la isla, y del mar vi redes y de las redes vi muchedumbres de camarones y langostinos, los vi poblando largas mesas familiares bajo rostros risueños, vi fuentes de aguacates en lascas y lascas y lascas, haciendo de la cerámica una cebra verde, vi rabo de toro encendido bajo crema de ají, vi pulpos y calamares ahogados en su tinta, vi plátanos, mameyes, caimitos, zapotes, anones, chirimoyas y mangos, vi langostas de talla extralarga dejando que su olor tocara por igual todas las narices, vi un laberinto restaurado (era La Habana), vi en un traspatio de una calle de Buenavista una larga mesa dominical poblada de un oloroso cerdo asado criado en una finca y no de una bañera, vi tasajo en salsa roja con guarnición de boniatos, vi malanga hervida entrando por los ojos de un solo niño de muchos rostros, vi pepinos, rabanitos, tomates, berro, nabos, zanahorias, lechugas tiernas y coles macizas como mujeres rusas, vi un círculo de tierra fértil en la vereda donde aun permanecía un almendro, vi en una librería de la calle 70 un ejemplar de la primera versión de ‘Recetas criollas’, las de Nitza Villapol, vi su censurado programa televisivo otra vez divulgando aquello de ‘recetas fáciles de hacer para todo el barrio’, vi pescado fresco en las pescaderías, panes al horno, perdices a la cacerola, ostiones en vasos cortos, quesos de superficie lunar, Rochefort, Parmesano, Crema, vi barras de chocolate entrando en la boca de negros sudorosos, vi a mi madre riendo ante una barroca despensa, vi el supermercado Ciar otra vez poblado de pueblo y no de turistas, vi pimientos asados, vi un niño de doce años bebiendo leche (desde los 11 la habían excluido del menú infantil), vi frijoles multicolores y arroz en blanco y negro como moros y cristianos, vi brazos gitanos, pastelería francesa, arroz chino, papas a la gallega y manjar oriental, vi picadillo a la habanera que era el preferido de Piñera, vi el boniatillo que tanto gustaba a Lezama, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido un cerdo de nochevieja, vi el engranaje de la gula y la modificación del hambre, vi el Menú Insular desde todas las casas, vi en el Menú mi casa, y en mi casa otra vez el Menú y en el Menú mi casa, vi mi boca y mis tripas, vi tu boca llena, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese referente secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los isleños, pero que ningún isleño desde hace largo tiempo ha visto: el increíble Menú Insular.

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Sentí infinita veneración, infinita lástima. Temí que no me abandonara jamás la impresión de lo que había perdido, de lo que me habían quitado. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido. ¿Existe ese Menú en lo íntimo de mi alma? ¿Lo he visto cuando aquella noche miré dentro de mí y ya lo he olvidado? Nuestra memoria insular –huelga decirlo– es porosa para el olvido. Yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, el justo sabor del huevo y del pan de cada día.

replay

33 y 1/tercio leymen pérez
(matanzas, 1976)

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en la lista de esclavos
…aisladas contracciones del paisaje colonial también estoy yo en la lista de esclavos. con prisión, cadena, bozal, tricornio y bastón. o con azotes (que no pueden pasar de 25). sea o no con instrumento cortante /filo de libertad/ o principios de la Religión Católica que ha muerto. los nombres de la lista son marcas hechas por el invierno, entre el Código de Grimaldi y el de Valdés. marcas de campo, fatigas entre una sombra mutilada y otra. entre una sombra recién nacida y el útero …aisladas contracciones del paisaje colonial ●●●

áreas dañadas
tendido contra el suelo contra una colonia de hormigas que almacenan restos de nuestras vísceras imaginemos a Martí con un brazo cortado (des)construyendo un país con primitivas piezas de metal -esquema rítmico-dicen en el laboratorio

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en la metrópoli que se apodera de la belleza de los pobres imaginemos a Martí y rocemos el suelo para que no se rompa demasiado adentro el ser ●●●

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el cuidador de muertos
El culto a los muertos honra a los vivos Martí

De bagazo roto o madera vieja son las cajas. Clavadas sólo por los ángulos para que los cuerpos no terminen hiriéndose. El cuidador de muertos/ escogido como material poético/ o como material político/ ha podido permanecer de pie infinitas noches/ frente a infinitos rostros que van acercándose al líquido horizonte. Los muertos son livianos. Llegan a la casa y cambia la densidad de la casa. (El cuidador de muertos -como los indígenasal difunto comida le lleva durante un año.) Trataba de escribir una historia, nuestra historia, dice. ●●●

leo en el periódico La Aurora
voces negras: poca es la intemperie que llega con la intemperie,

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eso es La Colonia. voces negras y al fondo como una enorme tumba el horizonte sobre los cuerpos que sufren. ●●●

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algunos modos de arrastrarse/me
los hombres de la colonia se arrastran pero respiran fragmentos de intemperie, imágenes que en la superficie parecen conos de luz dibujados con poca armonía. los hombres de la colonia se arrastran pero respiran al occidente del país donde los muros laceran sombra a sombra lo poco que nos han dejado los animales de hierro, los héroes travestidos que fundaron en el interior de un cuerpo mutilado una plantación, una patria. los hombres de la colonia se arrastran pero respiran lo que proyecta el mundo que cae por el breve abismo del cono donde hemos vivido como un golpe atravezado por un andamio ¿dónde hemos vivido? con los huesos tatuados dentro y fuera del poema, dentro y fuera de la historia que hace –como el poema- una onda en el vacío sobre el que te arrastras. te asfixias. te arrastras. te asfixias y pareces feliz. ●●●

la muerte del autor

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para Norge Céspedes

mata a Villaverde. mata a Cecilia. bajo qué rotación la realidad es otra imagen interior? mata a Villaverde. aún imitamos un gesto del pasado , un silencio que no es como esos patéticos animales que viven en nosotros y nada interpretan. será cierto que la flor de acacia abre los pétalos al salir el sol y los cierra a la puesta? será cierto que en un plano de la transición los esclavos también contemplan su cuerpo astral? mata a Villaverde. bajo la presión de la materia el autor entra en su propia muerte: un sitio oblicuo, fuera de los cafetales, de la geografía y el cuerpo que escribe. qué novela costumbrista? qué manera de fingir un gesto del pasado? mata a Villaverde. ●●●

efecto doppler
El colonizador no ha cambiado ha cambiado el testimonio la memoria de los que salen y entran con otro silencio con la boca amarga eliminando pasajes de la HISTORIA que sólo encontramos en alguna tenue representación o debajo de la mancha que hace el sol sobre nuestras guillotinadas cabezas expuestas en una y otra feria con el maquillaje necesario para que el coro no sienta el efecto doppler que según dedujo el colonizador es un horizonte de sucesos un límite imaginado y un desplazamiento que dinamita a la primera persona el colonizador no ha cambiado

replay

33 y 1/tercio paulina barrenechea v.
(concepción, chile. 1973)

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el infinito despliegue de cocuyo:
la herida de muerte latinoamericana

–Es lo mismo. La psiquiatría, la aritmética, la literatura conducen a lo peor. La bebida conduce a lo peor. La máquina conduce a lo peor. El sexo conduce a lo peor. Cualquier cosa conduce a lo peor. El radio conduce a lo peor (...) y el agua conduce a lo peor y hasta el café con leche conduce a lo peor. Todo conduce a lo peor. Tres tristes tigres Guillermo Cabrera Infante

Hay quienes consideran que nuestro clásico es el barroco-neobarroco. Carpentier, Lezama Lima, por ejemplo. Sin embargo, el Barroco hace lo que la literatura latinoamericana con el mito: lo desvía, lo burla. Resulta ser la perfecta anomalía y desviación de lo que consideramos como clásico, es decir, aquello que se excede, el residuo de una forma precedente equilibrada y pura. Y si el barroco como estilo abarca una variedad de formas de vida como rasgo profundo y diferenciador latinoamericano; el neobarroco, esta vez en una expresión consciente, se convierte en la causa absoluta productora del goce estético literario1 dentro de un espacio latino cinematográfico filmado en fragmentos perpetuos. Dinámica que pone en jaque los metarrelatos, los referentes, la homogeneidad del logos, que desvía el significante y se complace en el simulacro. Hablamos de/sobre una literatura contemporánea heterogénea e inacabada donde siempre se traiciona la lengua, de una u otra manera, a veces más y a veces menos. Aquella escritura paródica2 que parece llegar siempre de regreso al punto de partida como un pliegue, “el rasgo del barroco es el pliegue que va hasta el infinito” (Deleuze). El artificio que responde a la gran mayoría de las obras literarias hispanoamericanas, desde el discurso migratorio del Caribe hasta la dilapidación barroca borgiana. Podríamos decir que se trató y se trata de un juego consustancial al arte donde la gran burla es hacia la lengua mayor por parte de la menor y así dejar abierta su diferencia. Si se trató de expresar aquel mensaje cimarroneado de
El aporte y superación de Sarduy, entre otros, radica en la noción de independencia del barroco de causas telúricas y miméticas considerándola sólo ficción pura. 2 Cercano a las tesis de Bajtín y la carnavalización, para Sarduy las claves del lenguaje paródico neobarroco son la intertextualidad (collage) y la intratextualidad (cifraje-tatuaje) de un discurso literario.
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huida y transformación que buscó decir aquello que la población indígena y/o afroamericana simplemente no podía dentro del orden cultural hegemónico; hoy se trata de un juego donde no hay emisión de un mensaje sino su desperdicio en función del placer. Entonces la novela Cocuyo, tanto cuerpo como escritura, deviene tatuaje en un lenguaje de superabundancia y desperdicio que se pliega y re-pliega sobre sí mismo en su heterogeneidad como un espacio liminal que al mismo tiempo luego se des-pliega en aquello de lo que él mismo intentaba descentrarse. Texto anómalo, éste como muchos otros latinoamericanos, donde la contradicción parece ser el disfraz y nuestro paradigma. ...Cocuyo es un lazo La amenaza del ciclón programa la experiencia de Cocuyo, ya germen de asesino, potencial animal trasvestido dispuesto a arrojar su condición de bastardo que poco tiene que ver con una condición de familia sino más bien con la idea de una raza inferior. La operación de plegado de la materia y la forma se origina en los torbellinos de fuerza (Perlongher). Cocuyo es el espacio barroco, la elipse3 que no es más que un itinerario imprevisible e infinito, “el ciclón-aseveraba con voz metálica, asidua a la vez de los grandes micrófonos y del eco del púlpito- traza en su rumbo una espiral que se abre a partir del origen” (Sarduy). Las cosas toman velocidad, todo ocurre justo en el entre, en “el camino (que) sólo puede existir como tal en el medio” dice Parnet, en el espacio liminal, que es conexión entre el mundo material y espiritual, donde no hay punto de partida ni final. Se trata de un trayecto (el de Cocuyo) en constante alejamiento de un centro. Pareciera que hace rizoma con el viento. El viento se repliega sobre sí mismo y cartografía su entorno derivando al infinito y estableciendo conexiones transversales (Guattari). El torbellino hace una herida de muerte que corta el flujo narrativo. Esto permite la permeabilidad del afuera y se logra pasar la línea mortal como forma de finitud vital donde Cocuyo es expulsado del espacio familiar. Pero no se instala nunca en el afuera, se queda en el límite, su línea de fuga. Precisamente, es esta fisura-tatuaje-tajo4 la que permite el pliegue y aquellos cortes del viento los que lo acercan a ser una manifiesta perfomance movible, abierta y conectable. Cocuyo, como ser arrojado a una monotonía, pareciera ser que no se mueve, aunque sigue su itinerario elíptico sobre sí y su espacio. Cocuyo se aleja de la imagen del mundo. El instante en el que se convierte en asesino de su propia familia, vía veneno para ratas, permite su huída –más que un viaje– sobre sí mismo. Se eliminan sus referentes y se congela el temor hacia el famoso “sucio secretito”. El texto es un espacio donde la escritura se va autogenerando, creando los vacíos que deberá después llenar. Entonces la escritura es un tatuaje en el lenguaje, le da textura. La literatura, más bien,
Teoría de la bicentralidad de la elipse de Kepler. Para Osvaldo Lamborghini, más que de un tatuaje, se trata de un tajo, explica Néstor Perlongher en su artículo “Caribe transplatino. Introducción a la poesía neobarroca cubana y rioplatense”.
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“inscribe, cifra en la masa amorfa del lenguaje informativo los verdaderos signos de la significación. Pero esta inscripción no es posible sin herida, sin pérdida” (Sarduy). Cocuyo deviene afásico, “quiso hablar pero no pudo”. Emite cacareos, tartamudea. Muchas veces ni entiende su propio idioma, “no entendió ni el nombre ni el idioma en que la santera hablaba”, no puede ni descifrar lo que escucha porque se trata de un devenir otro de la lengua, “Kafka hace decir al campeón de nado: yo hablo la misma lengua que ustedes, y por lo tanto no entiendo ni una palabra de lo que dicen” (Deleuze). En el espacio Cocuyo todo se vuelve residual, hasta uno deviene animal de escritura-lectura. El lenguaje barroco se complace en el suplemento, como una repetición obstinada de una cosa inútil, y por ello, repito, en la pérdida. La literatura es un juego olímpico, y este atletismo se ejerce en la huida y la defección orgánica. Comienza el vómito eterno de residuos, secreciones, ruinas, aguas turbias, heridas, hilillos de sangre, salivaciones, expulsiones, siempre hay expulsiones, producción de expulsiones. En ese sentido ocurre una especie de pliegue de la lengua que, siguiendo a Deleuze, se convierte en la mónada leibniziana que no necesita ni puertas ni ventanas y se vuelve sobre sí infinitamente en una autonomía generadora de excesos y faltas, barbaridades, lirismo y escatología. Precisamente Barroco es el primer significado alterado de un concepto por el efecto de su propia elaboración. Es que devino otro significado, ya que el signo en esta operación se vuelve sobre sí mismo deviniendo ya otra cosa. La misma palabra COCUYO es un lazo, pues las dos “O” bien engarzadas van formando esa figura circular que también BARROCO expone. “Se abre y se cierra con un boucle...serpiente que se muerde la cola. Comienzo y fin son intercambiables”, expone Sarduy citando a Farasse en Ensayos generales sobre el Barroco. Cocuyo es todo él una simulación. Es en la idea del travesti, rasgo barroco, donde se va articulando la obra, “hay un travesti constante en mi literatura”, dice Sarduy. En esa metamorfosis sin límite es donde comienza el juego, pues éste no copia, sólo simula, olvidándose de su modelo. Se precipita a una persecución de una irrealidad infinita donde el devenir no es mimesis sino el deseo de encontrar la zona de indiferenciación. Se elimina la oposición binaria entre hombre y mujer, se hace como que. Es él y esa. “El cuerpo se le convirtió en algo indiferenciado, confundido con el fango y de su misma textura. Sólo le faltaba dejar de respirar y de pensar para identificarse para siempre con el cieno” (Sarduy). Cocuyo es hipertélico, ese camuflaje propio de la teatralidad animal que es desaparición y pérdida ficticia de la individualidad. Los monumentos hormonales de la cultura de masas, como la Chicholina, o Madonna o Marta Sánchez, o Marilyn, o Susana Giménez, o Zsa Zsa Gabor, o Loni Anderson, son, en el sentido de una sexualidad hipertélica, travestis. Toda mujer, presumiblemente, que sea bild de la cultura de masas, es travesti. (Gómez)

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Cocuyo asexuado, deviene niño-mujer-animal-asesino. No es villano ni héroe, “no tiene nada, ni estatus, ni propiedades, ni siquiera lengua propia con la cual identificarse, (los liminales) son invisibles, ambiguos y neutros” (Turner). Es como si por él pasaran todas las velocidades en un agenciamiento múltiple infinito. Deviene transversal a la identidad y al mismo tiempo comienza la lucha por eliminar su cuerpo, uno enfermo y corroído. Lo que quiere es desexistir, ya no se siente, es algo ajeno, “o era su propio cuerpo el que había cambiado por otro, como si estuviera habitado por otro” (Sarduy). Nos divertimos con su pérdida, él mismo se ríe de su cuerpo de imágenes sin orden porque cuando comienza a desaparecer inicia nuevamente su trayecto sobre las ruinas que la herida de muerte del torbellino dejó. No hay final de la fuga, porque lo que hace Cocuyo es simular la vida, ensayar una liberación de sí mismo, pero por sobre todo, convertirse en un real problema para aquellos (galenos) que lo persiguen: el poder. Cocuyo es lo que molesta al poder. Su fuga es siempre un delirio y una traición. Viaja justo en el medio de los binarismos (civilización-barbarie, masculino-femenino, círculoelipse) y nunca alcanza a ser parte ni de uno ni de otro. En aquello su gran burla. Tanto huye de los médicos europeos como de los afrocubanos que cargan con sus residuos por las calles como “trapos sucios”. Brota de él un profundo asco por el propio país, manifiesto en franca desterritorialización de la lengua, por ejemplo. Sin embargo, deviene mediador entre los polos, ambos se explicitan en el lenguaje. Con todo, él permanece y se legitima en su liminalidad. Transita en los intersticios del viejo y el nuevo mundo sin intentar hablar en lugar de ellos, sino más bien por ese pueblo que falta como una posibilidad. El presente ejercicio de lecto-escritura es en sí un traje hecho a la medida –no sólo porque el estallido neobarroco de Sarduy tiene su paradigma, por ejemplo y básicamente, en la disolución de la interdependencia lenguaje-mundo (Foucault)– sino porque Latinoamérica misma funda su discurso en el tema del residuo y la traición. Definitivamente hay algo de molar en Cocuyo que hace resistencia. Alejándome deliberadamente del encapsulamiento del Tercer Mundo con lo post, como vislumbró Cornejo Polar, he intentado no abusar de la escritura que intenta por sobre todo la estetización de la miseria latinoamericana y su marginalidad en el paradigma de las políticas de representación. Aunque signifique un esfuerzo inútil, hoy por hoy, en que la transdisciplina nos obliga a hablar más de la posmodernidad que sobre ella. Sin embargo, Sarduy como escritor del pliegue parece no poder abstraerse de una especie de sutil marca regional y de los binarismos, ya que siempre se quiere volver a un centro aún cuando se intuya vacío. Y es que al des-plegar Cocuyo aparece el arte de la contra-conquista que representó al criollo en su afán de crear una cultura latinoamericana propia, híbrida. Se trata de la intención de reinterpretar el ser latinoamericano desde las imágenes de la cultura

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pop y el pastiche (Ponce de la Fuente). No sólo aparece el barroco como entidad molar, el sueño y la inestable identidad mestiza, sino que también aquella tensión entre centro y periferia que marca el trance de la literatura latinoamericana. Aún así, se trata de una diferente manera de buscar eso que se llama un modo de ser latino, ya que trabaja con diferentes centros culturales echando a andar un dispositivo maquínico de guerra que le permite cartografiar sus contextos en una idea más funcional que impresionista. En ese sentido es la manifestación de una especie de contramodernidad. El neobarroco asemeja el retorno de lo reprimido al conectar con matrices fundacionales de nuestra conciencia histórica en las que jugaron un rol dominante la repetición y la hibridación, la copia y el simulacro (Sergio Franco). La literatura en tanto inventora de un pueblo que falta no se escribe en recuerdos individuales y el delirio enfermizo de Cocuyo no tiene intenciones de erigir ninguna raza dominante. Sin embargo, por sus ojos sí deambulan las oprimidas. El espacio Cocuyo, elipse barroca, tiende siempre a cerrarse en un algún círculo. Quizás por ello para algunos nuestro clásico es el barroco-neobarroco, esa colisión de culturas y lenguas que erige la impureza y el residuo como marca de la identidad americana.

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33 y 1/tercio agnieska hernández
(pinar del río, 1977. okupa en la habana)

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la vida ambulante
… yo no viajo, por eso resucito… José Lezama Lima

Y venían de aquí y de allá, después de plantar las gomas del trailer en el Mar Negro y en el Cantábrico, en el Pacífico, en el Atlántico, en el Índico. La China conducía el Yutong Bus Music mientras su marido, conocido mundialmente como El Marido, dormitaba en el contenedor. Casi cinco décadas de casados, sonido mix, compartiendo el reuma, las pecas en las manos, mix mix, la pelea de por qué estamos aquí, quién es el dueño de este trailer. Para vengarse, La China soñaba orgías y mancebos periodistas que siempre querían saber qué pasó para que ella abandonara su tierra natal, por qué este errar sin ruta precisa sobre un Yutong Bus Music de gomas descordadas. Para vengarse –porque ella fue la de la idea, la del antojo de buscar un mundo mejor–, Marido alargaba la prórroga del divorcio. Y ahora andaban por aquí y por allá, provocando un olor a tierra húmeda con las lágrimas. Sonido mix exiliarse mix también es vivir. A La China le parece que podrían arriesgarse por la izquierda. Marido no va a ser inmoral-ilegal. Las gomas levantando el polvo geográfico de no saben qué meridiano por donde pasa, ahora, una mujer vestida de rojo. Basta el rojo para que La China asegure se parece a mí, mírala bien, aunque de rojo sólo tenga las flores de la blusa, rojo en otra gama de mi amplio espectro. Marido a punto de la bigamia. Casándose con ese culo extranjero francés de revista podría acuñar el sí de residencia, trámite laboral y empastes de muelas con extracción de cordales y apéndice intestinal, no se necesitan las reminiscencias de un pasado tan pasado. Pero tú, dice la China, eres un arcaico marido y no dejaste que yo me casara con un ruso ni con aquel etíope y vives contándoles a todos cómo compraste este trailer cuando tenías cuatro años. Cuatro no: tres años: meses de nacido. Lo compraste antes de salir de la cuna y ahora no puedes desprenderte de él. He sido –dice Marido antes de iniciar la transmigración de su alma–, educado en un colegio de monjas abanderadas, he sido el juez que juzgará las causas de otros y nunca los defectos de sí mismo, he sido competente con mi signo zodiacal, he sido la llama que Juana de Arco no podrá apagar ni meándola, la luz y fuerza de este trailer, la palabra que has odiado un millón de veces y la palabra por la que llorarás un par de veces más. Ya la cabeza de La China está golpeándose contra las paredes de zinc galvanizado del trailer. Progresa la relajé. Progresa a cagasé. Por tu culpa emprendí este viaje, fuiste tú la que empezó con esa letanía de marido, compra un trailer, sonido mix, y vamos. Saltan los pestillos del contenedor que deja ver las cuchillas de no rasurar, la minilibreta de apuntar los gramos de combustible que no ha de usar el tragafuegos. Sí eres arcaico y bien, dirá La China aunque una bota de Marido esté

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apretándole la cara. La cagasé muy capaz de progresar, pero ya los franceses se aglomeran alrededor del trailer. El matrimonio no necesita contraseña. Suben carpas. Centran astas. Un hule de vinil opaca el cielo. Va a comenzar el show de la nostalgia, el show de la tierra que no se pisa, la noche aplatanada y todos esos nombres que ha recibido el espectáculo en los mejores lugares del mundo. La China empuja a los primeros actantes. En el teatro arena ya están Mambí y Samurái, dispuestos a batirse. Relucen, bajo el vinil que techa, un sable Hatori y un machete marca Gallo elaborado con dos machetes empatados. Armas que miden tres metros de historia. Samurái inclina su cerebro de dagas. Mambí, descalzo, lleva un ropaje de vergüenza que contrasta con el lujoso kimono antecesor de antepasados. Va a comenzar, señores, el duelo. Sable y machete al aire. El saludo entre guerreros: y tú, con tus párpados llenos de pliegues y tu Japón arrocero y tus letras enredadas queriéndome hacer creer que un garabato es arte. Y tú, con tu conciencia latinoamericana, y tu hambre tercermundista y tus putas en la retaguardia, tus putas que no son como mis geishas y no saben nada del ars amatorio. Eres un borracho que apesta a sake. Y tú, comedor de pollos salvajes. Y tú. Y tú. Y tú y tú y tú. Dan paso a la orquesta que canta el genial estribillo pa´l piso. Tambores. Maracas. Pa´l piso. Marido sonríe. A los franchutes les está gustando. Nunca imaginaron que la vida en un trailer funcionara así. Sonido mix. La China presenta el siguiente número: Matías Milfuegos. No son diez ni cien. Matías Milfuegos ya va a iniciar el ascenso al cosmos, señores. El público castañea los dientes cuando Matías Milfuegos sube a su avioncito inflable con la promesa de sobrevolar los mares y llegar al cosmos. A Marido le corresponde sostener el hilo de la chilinga inflable, pero en ese momento viene Teté Comité, muy exaltada, a comunicar que los poetas del trailer están acumulando muletillas. Se mueven los rulos de Teté como parte de la explicación. Desde el festín de las palabreas, Teté informando cómo sorprendió al Poeta Mayor, al tal Virgilio y a Lady S.S descomponiendo la palabra Tarot en Orat, que significa hombre que reza, como dijo Lady S.S. El Poeta Mayor rajó la palabra en Ator, Athor o Hat hor, que es la Madre, y el tal Virgilio subvirtió el término en Rota, la rueda de la Vida y la Muerte. Marido olvida santo hilo de la chilinga inflable y da una orden: Teté, mantén abiertos tus ojos de te veo, esas muletillas no pertenecen al trailer, son extranjerizantes. Y para rellenar ese vacío cósmico del que Matías Milfuegos no lograba regresar, sacaron la orquesta, y todo el mundo con las manos pa´rriba y con los pies pa´rriba. Y pa´lpiso. Volando más alto que Matías, los integrantes de la orquesta. Que a todos se les haga la prueba de la dopa. Espectadores inquietos que no se conforman con la desaparición física de Matías Milfuegos. Teté sale a escena para calmarlos con un número de magia: Matías regresará del cosmos, claro que regresará convertido en flor que busca el agua. Los tramoyistas lanzan al agua una flor encarnada, muy parecida a los pómulos del aviador cuando vio que Marido no sujetaba el hilo de la chilinga. Todo sigue Ok pa´l piso. Si quieren buscar droga en el meaíto tienen que chupármela. ¡A callar a la negrada! ¡A callar a la negrada, que el Poeta está creando!, dice el Poeta Mayor antes de pisar el escenario. Levanta a su alrededor un muro Trocadero, de manera que ningún curioso asista a la experiencia obliga de invocar el conjuro: el agua de coco hervida empolla la lechuza, y este capítulo ocho, pásenlo, está escrito en los tiempos de La coupole. El Poeta Mayor llama a su confesor, el fraile Gaztelu. El espectáculo sucederá al oído del sacerdote que juega dominó con los estibadores

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del puerto. El público quiere barrenar los muros Trocadero. Estuve, Gaztelu. Estuve en el festín de las palabreas, y te puedo dar mis secretos, pero no mis misterios. Tras bambalinas, Marido se aplasta la cabeza, este Poeta es como el otro, China, no lo soporto, qué hago, como el otro al que le encargué la gran novela del trailer. No la pudo escribir. O no la quiso escribir. Él tenía que hablar de las gomas del carro, del zinc galvanizado de las paredes, y sólo escribía de la Pietá, de los caminos de Flandes, del Milanesado, de Europa entera y de mil boberías más. Tranquilo, susurra La China, que ahora mismo suelto a las leonas. La orquesta de fondo chupa que chupa, mientras las leonas ejercitan con los miembros del público La Tortuga que se monta, La escama de pez superpuesta, Las Grullas con los cuellos entrelazados, El Fénix que revolotea, La cigarra que se prende. Decorado con el pictograma de una leona en cuclillas, el trailer retumba gemidos en francés. También en otras lenguas se busca la puerta misteriosa para llegar al valle más profundo. Es increíble, dice La China, que la única leona que metía la pata haya aprendido. ¿Y aprendió? ¡Claro que aprendió! Ahora no pide a gritos la penetración anal, sino que la luna llena se acerque al penacho de la palma. El inventor de pancartas no puede concentrarse en medio de ese mareo de trailer. Se pone un pullovito pinguero y sale en busca de la leona novata que ayer le hizo el favor de copiarle, con la lengua, exiliarse mix también es vivir. Con cara de pizza nova, el inventor de retórica se hace pasar por italiano: sietemile para ti y sietemile para la tuya amiga, si viene. Sietemile para las dos si vienen conmigo a la Floresta Picosa aunque haya mosquitos. Tresmile para la tuya amiga que no quiere la posicione del Conejo que lame su pelo. ¿Ahora sí? ¿Para ganar los sietemile sí va el Conejo? Tresmile y sin Conejo. Teté Comité ya no sabe qué inventar para vigilar a los poetas. Que si vine a preguntarles la hora, que si vine en nombre del Cielo de Vinil, de la orquesta Aplacadora de Disturbios, en nombre del trailer, pero aquí estoy, me mandaron a observarlos, ¿qué comen?, ¿una cena qué…? Parada ante ellos, Teté sólo se atreve a preguntar la receta de cocción del espaguetis. Le responde el tal Virgilio: lo que dura la lectura de un poema de Valéry. Desde aquí, Teté informando: conviven en un ambiente frikindiki, Octavio paz le regaló la India a Lady S.S. Lady S.S salió un momentico del trailer y se fue, dijo que iba al baño y se fue, se fue quedando y dejó escrito algo sobre un travesti brasilero que se convierte en Buda y que es como el canario hembra, que cuando pone el huevo se convierte en macho, no, a mí no me pregunten, yo no sé si después de eso el canario puede fecundar a otro canario hembra. No. Tampoco sé si se puede autofecundar. El poeta Mayor habla de los confabulatores nocturni y eso me suena a conspiración. Y para que después no le hagan cuentos, el tal Virgilio escoge como tema de meditación la negación de la no existencia del trailer o el trailer al que le entra agua por todas partes. Firman la presente, Teté y una pata de leona. Y para ustedes, grita La China, el espectáculo de la Maternidad Especial, que es el número más grande que hemos metido en todas las regiones del mundo. Aquí tenemos a la leona novata que pare un hijo del falso italiano que la preñó y la engañó. ¡Por supuesto que no es italiano! ¿Cómo va a tener sietemile inventado pancartas? Pues bien, la leona novata vende la leche que se sacó y así le compra a su baby un abriguito. Ataviado, el baby grita porque desde ayer, desde el sacrificio para comprar el abriguito, no le cae una gota de leche en el estómago. La leona madre cambia el abriguito por una bolsa de yogurt, el yogurt por alpargatas, las alpargatas por un suero de glucosa. La glucosa por una toalla. Luego cambia la

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toalla por sangre en bolsas de transfusión. Marido reprende a todas las leonas que no saben que es inmoral vender el cuerpo. ¡Aquí no se vende nadie!, inventa el inventor de pancartas para colgar en la parrilla de la Yutong Bus Music. El inventor estuvo tan cerca de inventar ¡Paren el trailer, que quiero bajarme!, o ¡Abajo el Marido!, pero se desconcentró con el vaivén de las gomas. Afuera seguía el espectáculo. Bien podía ser el coronel Jiménez de Sandoval dándole el tiro de gracia al mismo hombre al que después le dedicaría una honrosa oración fúnebre. Al mismo hombre. O Bien el difícil proceso de convertir la flor Matías, que busca el agua, en héroe. El trailer a las mil maravillas. Los sirios se caían a bombazos y el trailer funcionando. Los africanos sin ponerse de acuerdo con ningún dialecto, y el trailer hablando un lenguaje único y común. Apenas faltan dos números, dice La China para captar la atención de todos los franchutes. En algún rincón del trailer se agita una pelota y todos quedan paralizados. Cómo es posible, grita La China, que una miserable pelotica rellena de aserrín paralice un trailer entero. Arrodilladas las leonas miran el ir y venir de la Batos. El cuello del inventor de pancartas va de un lado a otro. Durante tres días sólo se escucha el golpear de la Batos contra las paredes de zinc. Marido tiene la presión arterial por las nubes. No quiere que gane el mejor. Quiere que gane, como sea, quien tiene que ganar. Con mucha pena, el inventor de pancartas jura que quiere separarse, buscar otro camino, otras rutas, quizás nuevas palabras. Vete, dice Marido, abandonas la Casa. Vete, inmoral, y verás que cuando salgas del trailer no tendrás más palabras que las que eres capaz de escribir sobre el trailer. Antes de… y después de… ¡Pero vete! ¡Y recuerda que tú no eres ni el tacón de Lady S.S! Lady S.S puede darse ese lujo porque va a ser lady S.S en cualquier parte. Lady S.S tiene buenos contactos, Octavio Paz, el Roland Barthes. Es Lady S.S que escribe del trailer aunque esté lejos y tú eres un miserable inventor de pancartas. Al cabo de los días, la Yutong Bus Music nuevamente al camino geográfico sin echar el ancla en ninguna parte. Lloran los poetas y las leonas, en mi menor, las mismas lágrimas. La China no sabe qué decirle a Marido que no sabe cómo alimentar a las leonas ni cómo reivindicar la imagen de Matías sin hablar del dichoso hilo de la chilinga ni cómo sacar una patente que les permita ganar un poco de dinero vendiendo el espectáculo. ¿Podremos presentarnos en Mesopotamia? ¿Y en Egipto? ¿Y en Grecia? ¿O en Francia? Mejor en Ámsterdam. No, mejor Toronto. Sonido mix. Mix mix del transportado que no se puede bajar del trailer.

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Máximo, un personaje real
Título: Proceso (serio) en el que investigo un personaje real y me siento como un policía o, dicho de otra forma, como ha de sentirse Sophie Cale cuando realiza obras que acercan el arte a la vida o funden la vida con el arte (aunque a veces la dulce Sophie parezca la

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fundida).

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1. ¿Quién soy yo y quién es el personaje? Pues bien, salí con un tipo. Éramos una especie de cuadre y hacíamos el amor en la autopista, pero no escondidos entre la hierba sino en un Chevrolet y con Alice Cooper de fondo. Un día, por fin, pasé varias horas en el cuarto de mi cuadre. Los veinte años me habían dado por creer en el sexo tántrico. Y cuando el tipo (que ya empezaba a convertirse en mi novio) fue a hacer lo que tantos hombres y mujeres hacemos antes y después del sexo, revisé sus gavetas. Todavía no sé bien qué es lo que yo buscaba, pero me topé con una foto muy graciosa la cual, como pueden suponer, había captado un instante de la vida del sujeto que ahora se ha convertido en mi personaje real. 2. Aspecto físico Un flaco con espendrún. Ausencia de dientes delanteros (El sujeto se los había extraído intencionalmente para proyectar una imagen relevante. Sin los dientes, podría escupir con estilo.). La sonrisa amplia. Pantalón rojo campana, zapatos a dos tonos. Me sorprenden con la gaveta abierta y digo lo que probablemente diría Sophie cuando, en la calle, uno de esos hombres a los que ella sigue se percata y voltea la cabeza: los demás seres me producen mucha curiosidad y nada me complace más que revisar las carteras, los bolsillos, los secretos de los otros. Lo siento, le digo al desgavetado, lo haré cada vez que me dejes sola en el cuarto, así que estás a tiempo de salvar tu intimidad. El jovencito que está en la foto se llama Máximo. Es su hermano Máximo, Max, el Simo, el Max, cuando era joven. 3. Entrevistas a la familia. Casi nunca lo mencionan, pero cuando alguien lo hace se atropellan, de pronto, las hazañas de Max. Para la familia: muy delgado, de buen corazón, loco como una cabra, ocurrente, el hijo más querido del padre que casi se muere del corazón cuando pensó que había perdido a Max. Sus historias, o al menos las que yo conozco, pueden resumirse así: ___ Se congela se congela se congela –decía Max–, y esa era la contraseña para que el padre supiera que el perro estaba nuevamente, de castigo, en el congelador. ___ A los diez años se le antojó tener un caballo. Pasaba el día sentado, a horcajadas en un banco, gritando arre caballo. Y era arre caballo sentado a la mesa, arre caballo en un palo de escoba, arre caballo bañándose, caballo arre arre… A cambio de la promesa de no volver a escaparse de la escuela, el padre se lo compró. Max paseaba en su yegua por toda la ciudad. La amarraba a las señales de "no

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parqueo". Entraban a Coppelia Max y el animal, dispuestos a compartir un barquillo de helado. Una yegua con una dieta muy peculiar: hierbas en mal estado, duro fríos, cremita de leche, habichuelas y sorbetos, de manera que, para ubicar geográficamente al niño, sólo había que seguir las huellas urbanas de esta digestión tan poco común. ___ ¿La historia del único bofetón que mi padre le dio? Max le pidió veinte pesos y se fue para la calle a contarles a todos sus amigotes que había ganado un buen dinero por entollarse a una vieja. ___ El padre termina una gestión en el lobby del Habana Libre. Grita para que alguien le responda si ha visto a un niño, si han visto a un niño de doce años, si lo han visto, por Dios, estaba aquí, prometió esperarme dentro del carro, estaba aquí mismo. Los parqueadores sólo hablan de dos putas que llegaron. Risas cuando las putas dijeron "pareces un bobito sentado ahí, en ese Chevrolet que no es tuyo". El Máximo de doce años jura que el carro le pertenece y ellas vuelven a atacarlo, "si fuera tuyo, nene, ahora mismo nos darías un paseo". Él las invita a subir y ellas acceden, sin tiempo para arrepentirse de que un baby-chofer, que apenas alcanza al timón, las exhiba por toda La Habana en un descapotable. Las putas gritonas y chillonas se tiran del carro cuando Max frena, de vuelta, en el parqueo. Un baby-chofer que sigue con vida y cuenta, nada, papá, andaba por ahí con dos jevitas, tú siempre me dices que lo tuyo es mío. ___ A los quince años, mi hermano se peinaba el espendrún con un tenedor. Se ligó con una cuarentona. En la misma cama, dormían y compartían las tetas de la cuarentona, Max y los tres hijos de la mujer. También allí fue mi padre a buscarlo, sin poder diferenciar bien entre el cuerpo de Max y el de los otros niños. Ven, papi, súbete a la cama, que esta vieja está riquísima. Fuera de la familia: un delincuente, un sinvergüenza, guapo de verdad, un engreído que no creía ni en el padre que lo cuidó, ni en el padre que hizo el papel de padre y madre mientras se jodió y lo cuidó. ___ Lo peor era cuando Max llegaba a una fiesta y se declaraba aburrido. En menos de diez segundos estoy aburrido significaba romperle la cara a alguien. ___ Un día llegan a la casa tres negros. El problema verdadero es sólo entre Máximo y uno de ellos. Pero como existen humanos que todavía se mantienen fieles a la manada, Máximo tendrá que batirse con los tres. Si el viejo pregunta qué pasa mijo, qué quieren esos contigo, Max jura que esos tres son sus amigos del alma y abraza a los representantes de la manada. Los negros le devuelven el abrazo delante del padre y se van con Max, dispuestos a batirse a machetazos a diez cuadras de allí. ___ Lo malo era el silencio, ese hueco en el que caíamos todos en la casa cada vez que Max se demoraba. En un mes lo recogimos quince veces en la estación de policía. Tenía líos en la calle, vendía carne, pedía dinero prestado que nunca tenía forma de devolver. Sus amigos

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eran delincuentes y sus enemigos también. Mi padre les preguntaba a todos si Max les debía dinero. Y luego, el pobre viejo a pagar. ___ Se robó la pistola que yo conservaba de cuando la lucha en la clandestinidad y le cayó a tiros a un sujeto que tuvo la osadía de gritarle "javao". Le corrió detrás. Gracias a Dios y a la Virgen que la bala sólo rompió cristales de tiendas, parabrisas y lumínicos. Pasé tres noches frente a la estación de policía. No me atrevía a levantar los ojos del suelo. Cada vez que pasaba un oficial yo le pedía que ayudara a mi hijo, que no me lo dejaran en la cárcel, Max no era un muchacho malo, sólo tenía un poco de inmadurez en la cabeza, lo hacía para no aburrirse, le tenía miedo al aburrimiento… Logré sacarlo bajo fianza. Caminamos juntos hasta la casa. Y no le hablé. No le hablé por todo el camino, hasta que él me quiso explicar el por qué del balazo: ___ Que me llamen javao no me molesta. Aunque fíjate, viejo, mi madre, aunque yo no la conozca, es blanca, ¿verdad? Y tú eres blanco. Para yo ser javao mi madre tendría que haberse acostado con un negro. Y si mi madre estuvo con un negro entonces es una puta. Y al decirme javao me están diciendo entonces hijo de puta. ___ Lo llevé para la casa. Las hermanas estaban contentas y hasta le lavaron la cabeza que olía a nido de pájaro y le organizaron el espendrún. 4. Ya sé que existe Max pero... ¿dónde está que no lo veo? Me levanté a las tres de la madrugada. Fui al refrigerador y tomé agua. Ya hacía más de dos días que mi padre no hablaba con Max. Nadie le hablaba porque seguía metiéndose en líos y no podíamos controlarlo. Y nada, fui a su cama para decirle que lo único que queríamos era ayudarlo y hacerlo olvidarse de santo presidio, que todo estaba empezando a ir bien en la familia. Toqué sábanas y más sábanas. Encendí la luz de su cuarto. Busqué a Max en el baño, en el portal… Desperté a mi padre. El viejo tenía algo, como un bulto que le apretaba el bolsillo del pijama. Encontramos una nota escrita en papel cartucho: "Papi me boy de aquí para no matar a uno si me quedo boy a matar a medio pueblo y yo estoy cumplido cuídate papi y no llore que ya yo soy un hombre y sé lo que es bueno y qué es lo malo y aquí te busco miles de provlemas tú sabes que yo soy un lumpen. Papi no me dejaron recoger la ropa no me dejaron hacer bulla fui al cuarto y te vi dormido no quise despertarte estoy escribiendo con el corazón. Alla afuera me está esperando un carro buenisimo moderno con discreción en la calle. Cuida a mis hermanos un abraso para ti que es de mi tamaño. Me voy por el Mariel. Los quiere mucho Max." El Mercedes ya había encendido las luces. Max asomado por el parabrisas trasero. Una noche muy oscura, pero la silueta del carro

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que seguía al auto moderno era inconfundible: el viejo Chevrolet, el Chevrolet que él mismo se robaba para pasear con las putas, el carro americano que era la gloria para escaparse con los amigos, el auto descapotable que podía llegar a ciento cuarenta, los seguía con demasiado esfuerzo. Max no pudo abrir la boca pero alguien advirtió la persecución inconveniente, los pitazos constantes del Chevrolet que competía con un Mercedes. El Chevrolet corrió tras ellos; cancaneó en medio un rugido enfermo que soltaba humo. Era exquisito aspirar ese olor a combustión que lograba colarse por las ventanillas. Max volvió a mirar. El viejo pateaba al Chevrolet que se atrevía a romperse en la persecución más importante de su vida. Un viejo cansado se arrodilló en la calle. 5. Max en el Norte revuelto y brutal Escribe muy pocas cartas (una cada dos años). Cada cierto tiempo viene un comunitario, algún conocido de la familia, y cuenta otra historia de Max: ___ Colecciona botas de cuero. Tiene más de cincuenta pares. ___ Se batió a tiros con un tipo de la mafia. Ahora el mafioso lo quiere cantidad, dice que nunca había conocido a un hombre tan guapo. Actualmente el mafioso está en la cárcel y Max es quien se ocupa de los negocios del tipo y, como si fuera poco, hasta le cuida la mujer. Ese sí es un guapo. La está poniendo buenísima en el yuma. ___ Mi padre llora y no sabe a qué número telefónico puede llamar para hablar con su hijo favorito. Los otros hijos parecemos insignificantes ante el dolor que Max le provoca. ___ Se ligó con una millonaria que vive en Las Vegas y que le da todo el dinero que él quiere para que juegue al duro. Es una mujer lindísima, rubia, con tremendo cuerpazo. ___ Mi padre sonríe cada vez que habla de Max. A mi padre no le importa que una vecina chismosa se vaya de lengua: ___ El vecino de al lado recibe llamadas del extranjero. Sigue la comunicación entre los de allá y los de acá y alguien trae otra nueva: ___ Dejó a la millonaria y se casó con una vieja que hace más de veinte años fue su novia. Dejó a la millonaria. Ahora está con una muerta de hambre y los dos viven en un trailer. ___ El viejo siempre está pendiente del teléfono. Ya no trabaja, no sale de la casa. Lo único que hace es estar sentado, todo el día, al lado del teléfono. Cada vez que suena el teléfono y nadie responde, mi viejo grita ¿eres tú, Max? ¡Mi hijito! ¿Max? ___ Está a punto de montar un negocio: zapatos, sombreros, gorras y ropas con dispositivos de neón, artefactos que serán la gloria en las mejores discotecas del yanqui. Ya está la idea. A Max sólo le falta comprar la patente y para ello necesita un préstamo de doce mil dólares. ___ Quebró el negocio del neón. Sí, él está bien. Sigue viviendo en un

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trailer. Más noticias: ___ ¿Ya saben lo de Máximo? Ahora es pastor de una iglesia pentecostal. Predica en el Bronx. Con una ametralladora colgada del hombro y con la Biblia bajo el brazo, predica la fe en el Bronx. 6. Max en vivo. Diciembre. Noche de Pascuas, tan triste como las otras Noches de Pascuas que hemos tenido. Estamos sentados a la mesa y alguien toca a la puerta. Sin maletas, sin avisar, a punto de matarnos del susto, se presenta un hombre que tendrá aproximadamente cuarenta y pico de años: es gordo, mantiene el espendrún y la ausencia de delanteros. La familia lo abraza. Sólo el padre cubano permanece en su silla y come sin atreverse a levantar los ojos. No quiere mirar. Sabe que, cuando alce la vista, el hombre que ha llegado desaparecerá. El hombre mete los dedos en la comida del viejo. Sonríe. Sonríe y come en el mismo plato del viejo. 7. Situación para el personaje y lo que diría el personaje ante ella. Situación: Supongamos que el padre no puede soportar la emoción y sufre un ataque cardíaco al ver a Max. Supongamos también que una señora, una amiga de la familia, quiere conocer a todos los parientes del muerto. La señora ve a Max y le pregunta ¿y tú quién eres, hijo? Respuesta del personaje: Señora, yo me dedico a matar viejas. 8. Como se supone que use al personaje para algo, extraigo lo que me interesa de él con la idea de escribir un texto dramático. No se puede. Max resulta inconsistente como personaje.

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33 y 1/tercio juan villoro
(méxico d.f., 1956)

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el quijote, una lectura fronteriza
La suerte de una literatura depende de la forma en que es leída. Sujetos a las consideraciones de la época, los libros modifican su contenido sin cambiar de forma. El exagerado Pierre Menard escribe otro Quijote con idénticas palabras. Italo Calvino encontró una sencilla definición de clásico: un libro que no cesa y "nunca termina de decir lo que tiene que decir". Sin embargo, habría que precisar, con Borges, que la sostenida irradiación de esas páginas depende de manera fundamental de sus testigos. El tema, por supuesto, proviene del Quijote y constituye su núcleo inventivo, la estrella polar de su universo. Cervantes concibe la aventura de un lector radical, incapaz de distinguir la realidad de la fabulación. La lectura patenta el carácter con el que comparecerá en un escenario que es, precisamente, la construcción de un libro. En el primer tramo de la novela, el forajido Ginés de Pasamonte alardea de que se escriba un libro sobre sus peripecias. "Y ¿está acabado?", le pregunta el Caballero de la Triste Figura. "¿Cómo puede estar acabado, si aún no está acabada mi vida?", responde Ginés. Cervantes muestra a un personaje cuya vida se escribe a medida que sucede, y amplía el juego de espejos: don Quijote discute lo que ya se escribió de él y actúa para seguir siendo escrito. Nada sabemos de la infancia o la juventud del protagonista. Llega a nosotros como las figuras míticas, con sus atributos finales. Poco importa lo que le pasó antes porque no era así. Emerge transfigurado por su inmersión en la lectura: no distingue dónde terminan los libros y dónde comienzan las áridas tierras de la Mancha. Una noción de traslado esencial a la imaginación de Cervantes es la que se refiere a la recepción del texto. Los mensajes dependen menos de su configuración que de la forma en que son recibidos. El arte moderno se funda en este desplazamiento en la valoración de la obra. La belleza y sus efectos no son atributos inmanentes de las cosas (como quería el ideal pitagórico); dependen de una apropiación creativa de lo real. En sí mismo, el tema puede ser un objeto desastrado, equívoco y aun repelente. El fulgor negro del arte español (del Lazarillo a Goya y al esperpentismo) no se explica sin este esencial viraje en la percepción estética. Don Quijote ve el mundo como lo ha leído y así subraya que la literatura se determina por su acto final, la interpretación. Por supuesto, está loco de atar y su locura es el motor de la historia; sin embargo, al centro de ese ciclón de disparates anida un remanso de cordura. La novela despliega toda clase de peripecias provocadas por alucinaciones y por un falso sentido de la consecuencia, pero también las "discretas razones" a las que sólo se llega por vía extrema o largo rodeo. La

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sensatez a contrapelo del Quijote le permite argumentar con buen juicio sobre lo que ha malinterpretado. ¿Hay mejor ejemplo del valor múltiple del texto, la sobreinterpretación, los misreadings, la lectura paranoica y la teoría de la recepción que las maneras en que el perturbado caballero combina el rigor y el delirio para leer el mundo? Desde el "Prólogo", Cervantes se define como intermediario de materiales ajenos. Sólo en parte se hace responsable de la obra: se define como su padrastro, notable concepción de la autoría. En la cultura popular, el padrastro suele encarnar los defectos de la autoridad sin sus virtudes compensatorias. Una figura limítrofe, a medio camino entre el deber y el afecto. Así es el autor del Quijote; se ha esforzado para conseguir las páginas que pueden leerse en el libro, pero no le corresponden los méritos de la invención. Estamos, pues, ante una obra que guarda autonomía respecto al escritor bajo cuyo nombre se ampara. No se trata del recurso del "manuscrito hallado" ni del anónimo sino de algo más raro, un resultado en parte ajeno y en parte propio, un hijastro. Cervantes se propone como lector inaugural de la obra: ensambla lo que encuentra. Pero no es indiferente a los hallazgos: también es el primer comentarista del relato. En el párrafo inicial informa que el personaje ya ha sido narrado, incluso con discrepancia ("hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben"); un sustrato legendario llega a nosotros de nueva cuenta. En el capítulo IX sobreviene un giro: la versión presente del texto ha sido traducida del árabe; su autor es Cide Hamete Benengeli. Así se establece otra mediación. El "autor" (Cervantes) recopila, arma y, puesto que no sabe árabe, consigue traductores para la obra. Esto aumenta la deliberada impureza del texto. La historia proviene de un traslado de idiomas. Cervantes, que luchó en Lepanto y cayó preso en Argel, hace que el original provenga de una cultura enemiga. Traducirlo implica cruzar a medias una frontera; es mucho lo que se pierde en el camino. A propósito de las traducciones, comenta don Quijote: "Me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen". Cervantes escoge una lengua extranjera y plebeya para contar desde el reverso del tapiz. Corresponde a la lectura transformar el "largo y espacioso campo" de la novela en un dibujo nítido. El Quijote trata, ante todo, de cómo se escribe un libro. La trama se estructura a medida que se lee; si unas páginas se pierden (como en el célebre episodio que deja al vizcaíno con la espada suspendida en el aire), habrá que encontrarlas para que la lectura continúe. En la segunda parte, cuando la primera ya goza de reputación editorial y circula la versión pirata de Avellaneda, los personajes comentan su pasado como un libro y enfrentan el porvenir como un capítulo inédito. Vida y texto son para ellos idénticos. Francisco Rico, que ha fijado los criterios modernos decisivos de aproximación a la obra, comenta que en la segunda parte don Quijote y Sancho encuentran un mundo que ya es quijotesco: otros personajes conocen su reputación y la ponen a prueba. En diez años

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(de la aparición del primer volumen al segundo) la aventura ha ganado celebridad. Don Quijote es él más su leyenda. "En 1605 se le presenta como 'famoso' sin serlo; en 1615 lo era como pocos", escribe Rico en el Prólogo a la edición del Quijote que preparó para la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Los episodios de Clavileño y la Ínsula Barataria demuestran la disposición de personajes nada quijotescos a urdir una celada típicamente quijotesca. Que el mundo se parezca tanto a sus fantasías desconcierta al protagonista: "frente a las firmezas de otros tiempos, ha comenzado a no saber" (Rico). Don Quijote se confunde por el triunfo de su estilo y la excesiva aceptación de sus intérpretes. Puesto que, de acuerdo con el juego de suplantaciones, se desconoce el original de la obra, toda lectura es tentativa. Esta vía indirecta al relato depende de una lengua que mezcla lo culto y lo popular, retórica y oralidad, el romance y los libros de pordiosería, y que admite la posibilidad de ser errónea. Cervantes opera desde la inseguridad de quien no es un autor único y definitivo; se sirve de un idioma que sabe débil. Esto le permite absorber con mayor libertad voces ajenas, pues no depende de un código asentado. A propósito de Kafka, Deleuze y Guattari hablaron de lengua menor para su elección del alemán en la comunidad judía de Praga, en vez del checo o del yiddish, idiomas que llegaban a él con una carga cultural más rígida y definida. Cervantes escribe en la lengua del imperio y en su siglo de esplendor, pero simula perseguir una historia perdida, escrita en una lengua ajena; los árabes, recuerda en su calidad de intermediario, son muy mentirosos: ninguna reticencia es poca con quienes son "tan nuestros enemigos". La noción de frontera y contrabando resulta decisiva en la concepción de Cide Hamete Benengeli, enfrentado contra el castellano. Si Vargas Llosa escribió una "carta de batalla" para la gesta de Tirant lo Blanc, el Quijote reclama en su migrante andadura un "permiso de residencia" para la novedad de su estilo, disfrazado de extranjería. Jean Canavaggio, biógrafo de Cervantes, pone especial cuidado en describir el rico repertorio cultural que le deparó su vida movediza. De joven, respiró el renacimiento en Italia, se enroló durante cuatro años en la milicia, cayó preso en Argel por cinco años, regresó a la península ibérica para llevar una errabunda existencia de recaudador de impuestos, volvió a ser preso, esta vez en Sevilla, donde se concentraba la picaresca más variopinta del Siglo de Oro. Los comentarios de Cervantes sobre otras culturas son de una tolerancia inusual en su época. Conviene recordar que el primer Índice de la Inquisición fue promulgado en 1547, año del nacimiento de Cervantes. La historia del idioma vive en ese tiempo su mayor expansión creativa y su etapa más restrictiva. Si algo se puede decir de la personalidad del novelista, que contagia a buena parte de sus personajes, es que encaró la fatalidad con idénticas dosis de resignación, interés y humor crítico. Este talante se aplica también a las culturas desconocidas y lo singulariza en un tiempo poco amigo de la otredad. Cervantes leyó en italiano, luchó cuerpo a cuerpo con los

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turcos, trabó íntimas amistades en Argel, conoció a toda clase de soldados, prisioneros, pobres diablos endeudados. Después de una pausa de veinte años, regresó a las letras con una obra que recogía imprevistas influencias: un presunto libro árabe, parodia del género de la caballería, donde comparecían el poema, la procacidad carcelaria e historias que nada tenían que ver con eso. Como suele ocurrir en el celoso ámbito de las letras, quien mejor entendió la fuerza renovadora de este relato mestizo fue un competidor. En una carta escrita antes de la publicación del Quijote, Lope de Vega previene acerca de su perniciosa aparición. La época lo recibió como un espectáculo de ingenios y Cervantes murió con la certeza de haber entretenido a sus lectores. Como ha explicado Rico, durante siglos el Quijote fue un divertimento en español y un clásico en inglés, francés y alemán. Sólo hasta el siglo XVIII también ganó el rango de pieza definitiva en español. Es posible que la tardanza en aceptar la profundidad del libro se debiera en parte a que en forma deliberada pactaba con otras culturas y tradiciones; desde su origen tenía algo "extranjero", bastardo: renovaba lo propio con recursos ajenos y aun "enemigos". Al encomiar la "escritura desatada", Cervantes fundaba la novela moderna como tierra de indocumentados. La invención del contexto Llama la atención el pasaje seleccionado por Borges para demostrar que el Quijote calcado letra a letra por Pierre Menard es el mismo y es otro del escrito por Cervantes. En el capítulo VIII del Ingenioso hidalgo..., la acción se interrumpe porque se pierde el manuscrito y el vizcaíno queda con la espada en alto frente a don Quijote. En el siguiente episodio, Cervantes explica en primera persona los esfuerzos que se tomó para hallar las páginas faltantes y aclara que siempre le ha gustado leer, "aunque sean los papeles rotos de las calles". Cuando encuentra el pasaje que falta, reflexiona acerca de su veracidad y la impresión que de él tendrá el lector. ¿Cómo calibrar lo que proviene de un mentiroso que trabaja en árabe? Es justo en ese punto donde Borges inserta a un tercer "autor", el francés Pierre Menard. El copista transcribe: "la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir". Borges ahonda la ironía cervantina de hablar en nombre de una verdad que no se puede cumplir. Cervantes y Borges responden al mismo impulso: lo que define la lógica del texto es la manera en que lo leemos. Los extranjeros Cide Hamete Benengeli y Pierre Menard reciben carta de naturalización por el contexto en que son leídos. En otra referencia al ilocalizable autor del Quijote, Cervantes lo define como "sabio arábigo y manchego", el origen se torna mixto: un forastero aclimatado en Iberia. Su identidad híbrida ampara el relato que tanto se beneficia con las mezclas. Pero Cide no es el único autor del texto; actualiza relatos precedentes. José Balza ha llamado la atención sobre un hecho recurrente en el Quijote: la referencia a cuando la obra no estaba escrita. "Aunque hasta ese momento la

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humanidad desconozca obras de ficción como el propio Quijote, el hecho de que haya habido otros narradores, otros autores capaces de crear un libro como él, establece antecedentes imaginarios para que éste sea posible. Los anónimos autores del Quijote forjan entonces, para Cervantes, los estratos antiguos de la novela: en ellos se concreta la certeza de una geología novelesca" (Balza, Este mar narrativo). El libro que leemos presupone una estirpe previa, precursores sin rastro que sobreviven en la voz de un continuador. Harold Bloom se refirió a la angustia de las influencias para describir el modo en que un escritor lidia con una tradición opresiva y elige los antecedentes que lo determinan. La novela de Cervantes está atravesada por una ilusión de la precedencia, el "licor de los mitos", como escribe Balza. No podía ser de otro modo en un personaje que nace como tal con la lectura. El protagonista de Cervantes quiere ejercer la caballería cuando ha desaparecido del mundo e incluso de las novelas. Por eso su indumentaria es un disfraz. Don Quijote utiliza la habilidad manual que antes empleaba en la confección de jaulas y palillos de dientes para fabricarse armas de cartón. Así, se lanza al camino como tosco remedo de sus modelos, un personaje de carnaval que representa su rol con grotesca exageración. Su identidad se construye con honesta falsía: es deliberadamente artificial. De acuerdo con Marthe Robert, el acto más radical del Quijote es la imitación: se disfraza para asumir un código preestablecido. Sin embargo, este deseo de mímesis no encaja con el medio en que se mueve: quiere ser lo que no puede ser. Como Pierre Menard, el Caballero de la Triste Figura es original, no por la conducta que se asigna –calcada de otra–, sino por el contexto. La copia es reinventada por la forma en que la miran. Leer lo que podría ser El Quijote propone un decisivo criterio de verosimilitud. Su autor se sitúa fuera de la obra, como mero intercesor, y no confunde la realidad con la invención. En otras palabras: no lee su libro como lo haría don Quijote. La revelación de la identidad de Cide Hamete Benengeli va acompañada de esta descripción: estamos ante una "gravísima, altisonante, dulce e imaginada historia". De los cuatro atributos que definen lo que leemos, el de clausura denota su condición imaginaria. En la segunda parte, el protagonista desciende a la Cueva de Montesinos y atestigua portentos "cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa". Máquina desaforada, el Quijote descalifica lo que cuenta, y aun así lo cuenta. El placer del texto deriva, en buena medida, de este ejercicio de disolvencias. Aire en el aire, la fabulación reclama una legalidad alterna a la del mundo de los hechos. Como ha mostrado Juan José Saer, la ficción no es lo contrario de la verdad; construye una segunda realidad, la de la invención convincente: "Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando de

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antemano la actitud ingenua que consiste en saber cómo esa realidad está hecha. No es una claudicación ante tal o cual ética de la verdad, sino la búsqueda de una un poco menos rudimentaria" (El concepto de ficción). Tal es el presupuesto que Cervantes sostiene a lo largo del libro: una historia imaginada que sólo don Quijote, en su locura, toma en sentido literal. Cervantes aparta la novela moderna de la verificación realista y hace de la ironía su principio de juicio. Si nos reímos de los dislates es porque podemos distinguir lo real de las figuraciones del caballero andante, pero sobre todo porque podemos atribuirles una lógica. La bacía de un barbero difiere de un yelmo de guerra, pero una disparatada similitud puede unirlos. Don Quijote carece de la distancia irónica que permite vincular distorsionando. Estamos, pues, ante dos niveles de lectura, la literal, practicada por el protagonista, y la que pone en tela de juicio lo que mira, que Cervantes pide a su lector. Los repetidos descalabros no alteran la opinión del caballero: "Yo sé quién soy", exclama, cuando un campesino trata de devolverlo a la realidad. A propósito de esta escena Sergio Fernández comenta en su Miscelánea de mártires: "Es en este momento cuando del rechazo, o sea de la adversidad, curiosísimamente le nace a don Quijote la convicción del ser, antes afirmado en el amor: 'Yo sé quién soy' le dice, frase contundente porque está plagada de ironía ya que quien la expresa es un hombre inmerso en la ensoñación. ¿Será entonces que sólo en el hechizo un hombre puede decir que sabe lo que es?". La sinrazón del Quijote se funda en creer, sin fisuras, que sabe quién es en un mundo donde todo es mudable y la sensatez aconseja no estar seguro de nada. Lección de escepticismo, el Quijote hace que el juicio pase por el tamiz de la incertidumbre: todo podría ser de otro modo. En este sentido, contraviene refranes tan españoles como "las cosas como son" o "que te lo digo yo". Nada es nunca de manera definitiva y la verdad no deriva de la autoridad que el testigo se confiere a sí mismo. Don Quijote lee en clave medieval, en busca de gigantes, de lo sobrenatural que no requiere de otra causa que su mera aparición. Una y otra vez, paga un elevado precio por no distinguir persona y personaje, el hecho de la pose; es uno con su lectura y esto lo vuelve gracioso para el lector moderno inventado por Cervantes: el que acepta una historia imaginada, donde lo único creíble es el principio mismo de la invención, el procedimiento, la máquina narrativa. De acuerdo con Borges, las situaciones en las que Hamlet ve una obra teatral y don Quijote lee el Quijote revelan que "si los personajes de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios". La fuerza de esta postulación fantástica deriva de una inquietud que suele acompañar el acto de leer: de pronto, el universo convocado por las letras adquiere mayor dosis de realidad que la circunstancia en que ejercemos la lectura. Esta repentina suplantación en la conciencia es similar a la del sueño o los falsos recuerdos que damos por reales. El lector del Quijote sabe que no puede creer en las páginas como lo haría Alonso Quijano; al mismo tiempo, la continua puesta en duda de lo que atestigua lo lleva a dudar de sí mismo. La construcción del sujeto escindido que

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determina la novela del siglo XX proviene de Cervantes no tanto por los personajes que pueblan su obra sino por el personaje que pide que la lea. Al iniciar sus cursos de literatura, Nabokov comentaba que el máximo personaje que puede concebir un autor es otro tipo de lector. Don Quijote sale a La Mancha para inventar a sus lectores. En su novela El árbol de Saussure, Héctor Libertella llama la atención sobre un accidente semiótico: la palabra "yo", decisiva para todo relato, reúne en español dos conjunciones opuestas (y/o), la unión y la disyuntiva, lo que articula y lo que disgrega. El fragmentado "yo" contemporáneo es fiel a ese oráculo gramatical, el tejido de adhesiones y disonancias con que leemos el Quijote. Tiempo cero, los polos opuestos Desde el punto de vista de la historia de la lectura, la novela de Cervantes se funda en un gesto extemporáneo. La tradición de la caballería andante ya ha desaparecido y don Quijote se ve obligado a buscar las armas de sus bisabuelos. Sus claves de referencia, el Amadís de Gaula o Tirant lo Blanc, son obras del pasado. A cada nuevo encuentro debe explicar lo que su extravagante indumentaria representa (tantas veces lo hace que, de pronto, al repetir que su descanso es pelear, dice: "etcétera"). La caballería no es un valor entendido en los campos que recorre. En un giro típico de su carácter, Sancho piensa que los extraños no los comprenden por ignorancia, madre de todas las perplejidades. Cuando una moza no sabe lo que significa ser "caballero aventurero" la considera demasiado nueva en el mundo (en realidad, debería ser viejísima para discernir a un caballero andante a golpe de vista). Para Ricardo Piglia, la novela de Cervantes es la puesta en escena de un lector extremo: "Hay un anacronismo esencial en don Quijote que define su modo de leer. Y a la vez surge de la distorsión de esa lectura. Es el que llega tarde, el último caballero andante. En la carrera de la filosofía gana el que puede correr más despacio. O aquel que llega último a la meta, escribió Wittgenstein. El último lector responde implícitamente a ese programa". El tema de perpetuar o destruir una forma de leer aparece en el capítulo VI a propósito de la conveniencia de salvar libros o quemarlos, y es retomado en pasajes paródicos donde Cervantes demuestra cómo se leería esa página escrita con la retórica, ya gastada por el tiempo, que apostaba por imágenes codificadas, donde el sol extendía su rubia cabellera. En forma propositiva, Cervantes escribe fuera de la costumbre; su protagonista perpetúa un género a cuyas reglas él no se sujeta como autor. Al referirse a Tirant lo Blanc, hace que el cura encomie la cuota de realidad de la que carecen otras novelas de caballería: "aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte". Don Quijote es devorado por la ficción pero actúa en un entorno donde aspira las emanaciones corporales de su escudero. Muy pronto descubre que las dosis de realidad de Tirant lo Blanc no bastan para narrar esa imaginada historia. El primer signo de discrepancia entre lo que ha leído en las novelas de caballerías y la sociedad que lo

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circunda tiene que ver, de manera significativa, con el dinero. En el capítulo III, un ventero le pide que pague y él informa que va "sin blanca", como todos los de su linaje. El ventero advierte que su interlocutor sólo entiende razones literarias y le informa que en los relatos de caballería no mencionaban el dinero por simple pudor, pero que se trataba de un trato implícito. A partir de ese momento, la economía de la novela pasa de la Edad Media al Renacimiento: el dinero hará circular más acciones que los gigantes. Don Quijote paga, franqueando con su peaje el cruce de lo fantástico a lo real. Cervantes establece una peculiar tensión entre los portentos ópticos que su protagonista atestigua y las muy reales pedradas que recibe. El viaje de ida y vuelta entre fabulación y realidad depende de los diálogos entre el caballero andante y su escudero. En el capítulo ix se informa que Sancho no sabe leer; la oposición de criterios no puede ser más radical. Don Quijote asume el mundo como novela ante un testigo iletrado. Dos tradiciones se enfrentan en los diálogos que van del caballo al burro: la literaria y la oral, el sentido figurado y la comunicación pragmática. "El Quijote es único y Sancho es todos los demás", observa Rodrigo Fresán. Esta diferencia marca dos estilos: el irrepetible del caballero andante y el saber común del escudero. La novela es la zona donde ambos discursos se cruzan y contaminan: don Quijote alcanza la sensatez argumental en situaciones creadas por su delirio y Sancho se finge loco por instinto de supervivencia. La inversión kafkiana, proseguida por Borges, de que es Sancho quien crea a don Quijote, tiene su origen en la propia novela de Cervantes. El escudero bautiza a su amo como Caballero de la Triste Figura y así define su condición melancólica. Don Quijote acepta la iniciativa de su subordinado, pero la atempera considerando que no se le ha ocurrido a él: el sabio árabe que compone la obra le puso esa idea "en la lengua y en el pensamiento". Si Sancho "escribe" al Quijote es porque ya está escrito de antemano. Kafka suprime la última vuelta de tuerca y preserva la autoría de Sancho. Lo decisivo en este teatro de atribuciones son las líneas de fuerza entre dos campos opuestos, la necesidad de choque. La dinámica requiere de otra demarcación invisible, el "justo medio" entre el Quijote y Sancho, entre la ensoñación y la rusticidad, una línea intangible y necesaria, una frontera intermedia, donde la fantasía y el sentido común se benefician recíprocamente. ¿Qué sería de la novela sin sus polos opuestos? Cuando don Quijote se harta de ser juzgado y prohíbe a Sancho que hable mientras avanzan por la Sierra Morena, la trama se hace imposible. El escudero guarda un silencio rabioso, convencido de que las cosas que no se dicen se pudren en el estómago. El caballero levanta el castigo, resignado a que su acompañante lo valore como un espejo oponente, es decir, resignado a que lo narre. Las historias contadas por Sancho tienen la impericia de quien ignora la síntesis y procura que la trama sea igual a la vida. Su amo le llama la atención de que todo lo dice dos veces y él da una prueba patafísica del verismo como asiento de la narración. Refiere que un pastor cruzó trescientas cabras por el río Guadiana y le pide a su escucha que esté atento al número de cabras que van cruzando; cuando don Quijote

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pierde la cuenta, Sancho pierde el hilo del relato. Novela-biblioteca, el Quijote incluye narraciones ajenas y traspasa con libertad sus límites territoriales. Las novelas intercaladas suelen irritar o entusiasmar a los lectores extremos del libro. En todo caso, la idea de interrupción es esencial al acto de leer y no podía estar ausente de la desmesurada vida del lector don Quijote. ¿Es posible hablar de un lector perfecto de la novela? A propósito del Finnegans Wake, escribe Piglia: "Joyce llega más lejos que nadie en la ilusión de escribir con una lengua propia [...] El escritor pone al lector en el lugar del narrador. Un lector inspirado que sabe más que el narrador y que es capaz de descifrar todos los sentidos, un lector perfecto". Cervantes no concibe una lengua privada, pero crea una forma nueva: es el primer lector de una historia que cancela una tradición y funda otra, un lector temperamental e improvisado, algo ya imposible en un mundo cervantino. La posteridad ha perfeccionado la manera de leer de la que Cervantes fue el primer aprendiz. Seguramente, el autor se asombraría de las lecturas que permiten la vigencia de su obra. Don Quijote tiene cincuenta años, edad que se puede padecer sin excesivo daño en la actualidad. Sin embargo, la fuerza de representación del libro y de la iconografía que lo ha acompañado durante cuatro siglos, remiten a lo que significaba cumplir cincuenta años en el Siglo de Oro. Al leer el libro imaginamos las desmesuras de un anciano. El Caballero de la Triste Figura sabe por Sancho que un diente vale más que un diamante y él ha perdido demasiados para ser ajeno a su deterioro. En lo que toca a su indeleble aspecto físico, don Quijote es leído como lo fue en su día; en cambio, ciertas escenas se han expandido con una fuerza virtual que las hace ocupar mucho mayor espacio en el repertorio de la cultura del que tienen en el texto. Es el caso del embate a los molinos de viento. Una página y media de la obra se ha convertido en su símbolo absoluto y más extendido, como si las aspas de los molinos centrifugaran una energía de representación. Escritura y movimiento De acuerdo con Hemingway, la literatura norteamericana comienza cuando Mark Twain escribe: "Es hora de irnos a aquellas tierras". Una invitación al viaje. Se trata, sin duda, de un gesto cervantino: salir al mundo en busca de experiencia, estructurar la trama a partir de los desplazamientos. Hemingway podría haber encontrado en Twain otros sesgos cervantinos (Huckleberry Finn alude al antecedente de Tom Sawyer –un libro como reflejo de otro– y narra a partir de dos protagonistas contrastados), pero eligió un gesto vinculado a la errancia. "Es hora de irnos a aquellas tierras", la frase atañe al espacio pero también al tiempo, el imperioso instante de partir. Para situar a su personaje en su primera salida, Cervantes escribe: "Una mañana, antes del día", la hora fronteriza en que ya comenzó una fecha pero la luz aún no la acompaña. Cruzar es la consigna. De manera sintomática, don Quijote se sirve de una metáfora espacial para que Sancho entienda el carácter de sus aventuras: no son de

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ínsulas sino de encrucijadas. Aunque se refiere a la pretensión del escudero de hacerse con una ínsula en recompensa a sus fatigas, el protagonista contrasta dos morales respecto al territorio: la posesión aislada, la isla, o la zona de encuentro y cruce, la frontera. La tensión entre los anhelos sedentarios de Sancho y el impulso errante de su amo, se pone de manifiesto cada vez que escogen lugar para dormir. El escudero desea los muros protectores de una venta; don Quijote, en cambio, privilegia la intemperie; dormir a cielo descubierto le parece un "acto posesivo" que facilita "la prueba de su caballería", una apropiación pionera de la tierra de nadie. La imagen canónica de la narrativa del far west, el vaquero que duerme junto a la fogata usando como almohada su silla de montar, se desprende de este gesto de caballería. Las fronteras son formas provisionales de definir la identidad; se es de un sitio en oposición a otro. En un sentido político, la frontera es una advertencia, una línea del peligro. Sólo hay algo más arriesgado que cruzarla en forma ilícita: mantenerse en esa zona de indefinición, ser la indocumentada presa de la patrulla fronteriza. En el plano psicológico, ésa es la condición de los borderliners. El síntoma difícilmente se aplica a don Quijote. Su mente no deja de transgredir límites; pasa del delirio a la sensatez en forma contundente: es un migrante sin tregua, no alguien que vive en borroso estado fronterizo. Pocos recursos resultan tan efectivos para desestabilizar una norma como el sentido del humor. No es casual que en los aeropuertos estadounidenses un letrero anuncie que están prohibidos los chistes, ni que el Quijote se sirva de la comicidad para saltar de la realidad a la invención. En una aduana, el escritor viajero B. Traven repitió la aseveración del caballero andante: "¿Para qué necesito pasaporte? Yo sé quién soy". Pero la frontera es la línea donde la identidad vale menos que su representación. Otros célebres usuarios del humor como recurso de contrabando, los hermanos Marx, situaron uno de sus gags en una frontera. Al desembarcar en Nueva York, Groucho presenta el pasaporte de Maurice Chavalier. "Usted no se parece a Maurice Chavalier", le dice el guardia. Groucho canta para mostrar su parecido. De Rocinante al Impala: caballeros y detectives En un ensayo sobre lo quijotesco como virus, escribe Rodrigo Fresán: El Quijote es una línea flaca pero fuerte, un límite definitorio y definitivo, una frontera que una vez cruzada no ofrece pasaje ni paisaje de vuelta: de un lado queda la gloriosa tradición de la literatura de caballería y hazaña pura, del otro surgen los efectos de esa literatura –de esas ficciones– sobre los territorios de la realidad. Y el Quijote y lo quijotesco –implacables– se las arreglan para funcionar como funcionan las vacunas: atacan al virus con el virus (recordar que finalmente don Quijote es vencido por una escenificación terapéutica de su propia locura: el bachiller Sansón Carrasco disfrazado como el Caballero de la Blanca Luna, quien antes fue el Caballero de los Espejos) pero, en lugar de neutralizarlo, lo potencian

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convirtiéndolo en otra cosa, en algo novedoso por entonces, en algo que sigue siendo original. Fresán encuentra el nacimiento de un género en el argumento que atrapa al protagonista con su propio delirio. La novela nace con el sello de la metaficción; desde su origen, se lee a sí misma. Cuando a Barry Gifford le preguntaron acerca de la evidente influencia de En el camino, de Jack Kerouac, en su obra Corazón salvaje, respondió que todas las road novels provenían del Quijote. Cervantes funda por partida doble la novela moderna y el subgénero de la novela nómada que llega hasta Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, donde Ulises Lima y Arturo Belano, aprendices de poetas, viajan en sentido inverso a don Quijote: no buscan que la vida compruebe lo que leyeron en los libros; viven para investigar la materia que puede ser literatura. A bordo de un Impala, recorren el norte de México rumbo a la zona de indefinición, lo híbrido, la frontera tex-mex. Como ocurre con las cabalgaduras del Quijote, el desvencijado coche de los poetas potencia las incertidumbres de la trama. Thelma & Louise, la película de Ridley Scott, representa una versión exacerbada del tema, con una pareja de mujeres por protagonistas: la errancia se transforma en fuga y el último cruce es un salto al abismo, única opción de no volver a la restrictiva realidad. Don Quijote es un lector metido a hombre de acción. Su doble papel se expresa con nitidez en el discurso sobre las armas y las letras, donde Cervantes se despoja con holgura de su juego de suplantaciones y habla por sí mismo en boca de don Quijote. El escritor soldado lamenta la triste recompensa que reciben quienes ponen su vida en prenda y lo difícil que resulta probar la valentía personal en una era que cuenta con "endemoniados instrumentos de artillería". El lance solitario del caballero que obra por convicción propia es ya imposible. Varios siglos después, el detective establece en la cultura popular una sugerente mediación entre las conjeturas sobre la realidad y la acción. A propósito de Poe escribe Piglia: "En Dupin, en la figura nueva del detective privado, aparece condensada y ficcionalizada la historia del paso del hombre de letras al intelectual comprometido. En muchos sentidos, el detective permite plantear un debate sobre el letrado y está ligado a la clásica discusión entre autonomía y compromiso. Para decirlo mejor, el detective plantea la tensión y el pasaje entre el hombre de letras y el hombre de acción". Cervantes sabe que el guerrero individual puede poco ante la "maldita máquina" de la pólvora; al postularse como "profesor de las armas" en esa época infausta, don Quijote realza los peligros que corre y asume el deber de razonarlos. El discurso tiene por fin último mostrar los mayores riesgos y las exiguas recompensas que aquejan al "mílite guerrero"; sin embargo, es lanzado por un lector absoluto, que vive la vida como un libro. El detective aparece como una figura donde cristalizan el afán de leer el mundo (las huellas dactilares en la escena del crimen) y el deseo de enfrentar los desafíos de la acción; por eso para Piglia este investigador armado es una variante popular del intelectual comprometido. Los detectives salvajes de Roberto

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Bolaño prosiguen esta serie: poetas interesados en indagar la vida para transformarla, representan una variante intuitiva y lúdica del intelectual comprometido. La insistencia de Bolaño en la valentía como principio ético y estético encuentra en el discurso sobre las armas y las letras su causa remota. La frontera melancólica Para don Quijote la valentía es una escala de percepción: Sancho no ve lo mismo que él porque tiene miedo y eso turba sus sentidos. En cambio, en su intrepidez, él ve de más aunque no siempre lo advierta. Ante un rebaño de ovejas concibe un batallón integrado por gente de muy diversas procedencias: "aquí están los que beben las felices aguas del famoso Xanto [...]; los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan de las aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados...". La descripción de la otredad incluye paisajes: ríos, campos, zonas de cruce. Animado por la valentía y el deseo de unir imaginación y acontecimientos, don Quijote sobreinterpreta un rebaño como una mezcla de culturas. Los desaguisados –las palizas que lo regresan a sí mismo– revelan otro rasgo de su carácter, la melancolía, diagnosticada por Sancho desde el comienzo del libro. No se trata de una mera tristeza, sino de una condición sensible que debilita el cuerpo al tiempo que despierta otras facultades. Roger Bartra ha estudiado en detalle el peso cultural de la melancolía, de la edad media a La náusea, de Jean-Paul Sartre, cuyo primer título fue Melancholia. En la tradición española, un antecedente esencial en el estudio del tema es el Libro de la melancolía, publicado en 1585 por Andrés Velásquez, médico de Arcos de la Frontera. De acuerdo con Bartra, el lugar de nacimiento de Velásquez prefigura su interés por el humor melancólico: "Me parece que una de las claves que nos permite vislumbrar la gran importancia del problema abordado por Andrés Velásquez en su libro la podemos hallar en el nombre mismo de la ciudad donde fue escrito. La melancolía era un mal de frontera, una enfermedad de la transición y del trastocamiento. Una enfermedad de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil de la gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban" (Cultura y melancolía). El Quijote pone en escena la gran enfermedad del desplazamiento. Nada más lógico que un personaje que confunde la realidad y el deseo, escrito por un árabe transterrado a la Mancha y que entra en los libros por el ensamblaje de un padre postizo, tenga como estrella el negro sol de la melancolía. Para Bartra, la melancolía quijotesca es ambivalente: provoca la locura del protagonista, pero también le confiere su extraña lucidez contra la norma: "El Quijote está inmerso en una nueva textura intelectual que reivindica el carácter positivo aunque riesgoso del humor negro". También en su psicología, el protagonista asume una estrategia del

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disfraz. Émulo de Amadís, copia su melancolía y alcanza así una tristeza artificial: "La dificultad de explicar la melancolía de don Quijote proviene de que está inscrita en un simulacro". No hay duda de que el protagonista de Cervantes ha enloquecido por las lecturas; sin embargo, dentro de su delirio es capaz de representar teatralmente la locura para aproximarse a sus modelos ficticios; es en esta melancolía fingida donde el personaje se divierte más y reflexiona con repentina sensatez. En el capítulo XLIV de la segunda parte, ya adiestrado en el repertorio de sus reacciones, el Caballero de la Triste Figura manipula su melancolía ante una duquesa para adoptar una conducta a un tiempo seductora y casta: se hace el interesante al sugerir que su tristeza tiene un origen difícil de expresar; al mismo tiempo, esta pesadumbre le da un pretexto para no ser atendido por las doncellas dispuestas a desnudarlo. La melancolía es aquí impostura, estratagema. Para Bartra, el engaño que practica don Quijote se inscribe en los juegos cortesanos de la época y revela el alcance más profundo de su malestar, la forma en que "la melancolía artificial puede curar la melancolía real". Remedio para melancólicos, el Quijote participa de la simulación como ejemplo y terapia. El protagonista experimenta el mal en las dos zonas que determinan la novela, la realidad y la fantasía; en ocasiones su melancolía es genuina, en otras fingida. Nunca don Quijote es tan libre como cuando sabe que es falso ni tan cuerdo como cuando en forma deliberada se representa a sí mismo. La realidad –el contexto–, que no entiende de representaciones, espanta sus humos escénicos para devolverlo al entorno donde sólo es un loco. Fresán se ha preguntado por qué los manicomios de las comedias están llenos de Napoleones pero no de Quijotes. ¿No sería emblemático tener en esa galería al loco por antonomasia? El autor de Jardines de Kensington da con una sugerente respuesta: "Para creerse Quijote hay que ser Quijote. Y hay que estar siempre afuera y nunca entre los desquiciados. En este sentido –y a la hora de la patología manicomial– un Quijote encerrado no tiene sentido alguno. No tiene razón de ser". Criatura virtual, el Quijote carece de sentido si vuelve en sí, del mismo modo en que carece de sentido si todos comparten sus locuras o si comparece en un manicomio como loco "legítimo". Su energía depende de no realizarse del todo; es lo que existe como posibilidad, ambigüedad, frontera, realidad intangible. A pesar de sus continuas derrotas y de su muerte, que ratifica el poderoso veneno de las novelas de caballerías, don Quijote eleva el humor melancólico a una variante de la sensatez a contrapelo, la feraz "tristeza del mundo" que encontraría otros mensajeros en Goethe, Nietzsche, Benjamin y Sartre. Simulacro de simulacros, don Quijote muere para que no vuelva a ser imitado y deja por testamento la segunda y definitiva parte del libro. Cide Hamete Benengeli, que sólo ha existido para esta obra, se expresa al final a través de la pluma que está a punto de colgar para siempre: "Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir". Miguel de Cervantes es quien pone las comillas. El padrastro hace lo suyo. Cervantes narra desde los linderos del texto; sugiere que se lea

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con atención determinado pasaje, anuncia que otro se explicará más tarde, matiza la fuerza de los portentos. El narrador que se discute a sí mismo depende de la noción de umbral, de límite transgredido para estructurar su narración. Sancho pierde el hilo de su historia porque las cabras no terminan de cruzar el río Guadiana. Cruzar lo es todo. Hora de irnos a esas tierras. Ningún final más cervantino que éste: "... y alzando los ojos vio lo que se dirá en el siguiente capítulo". El protagonista observa lo que será narrado; el libro se construye al ser leído. Cervantes abre una pausa entre dos capítulos, el XXI y el XXII. Don Quijote alza la vista: al otro lado, su historia continúa. Al cruce de esa frontera, a su traslado cumplido, debemos una curiosa actividad: la literatura moderna.

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33 y 1/tercio andrés ajens et. al.
(santiago de chile, 1961)

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de tanto regar estatuas, monumentos nacionales, huamachuco por santiago, nace locura extraña en casa lo cura de lo incurable, eso que no sabiendo a nada llamamos sabiendo que nombrar es incendiar y que no hay otro modo de acordar (lo im-previsible, lo que adviene) porque la poesía decía el poeta mirando al wáskar mira al futuro y no al pasado en talcahuano (en su infancia lo rayaba) porque la poesía decía el poeta memorial mirando al público uniformado mira al futuro (en pHusis) cinerario por suerte tal poeta rara vez es poeta de la velocidad de andar a ciegas del vecino de santiago inmemorial en que trasnazco en chanclos des gracias a quien hiere a la muerte agua que corre a su límite antes que arda ●●●

mundo al rreués

ew Roman, neste colapso nuestro, muerto o éste en que ni la muerte es segura, la propia, neste tiempo a riesgo menos que un fraseo tipo, más que un término justo, tocayo, suyo: Layu qucha sani unu (lo que sólo odi o, quién sabe, warak’a, honda tan trágica, traduce/n); neste tiempo

neste Times N

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en que ni la muerte es segura, ni ella sacrifica con todo [el] sacrificio — acarreada al papel (no habiendo víctima sin tipo), a la pantalla, a la pared, a la consciencia, a lo legible, tiempo abierto, inseguro, flor de poema en flor, comarca, hoy, guarda ilegible. ●●●

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abajo hay homes, balazos,
[ilegible] leyendo [ilegible] después, el espectáculo [¿dantesco?] de los tórax luchando dulcemente, hermosamente, por la hermosura hermosa y por el nido de lo [ilegible] homnes que, a los veinte años, nacen piedra a piedra de su edad, con corona, en sus pies avergonzados ¡! hombres por la república, animales de dios por la república — hombres haciendo metros de dolor entre danzantes muros, locos de polvo, haciendo, moribundos, con los brazos, cero efímero, al ras moral, felino, de sus sombras ¡! altivos de , cocinero, [ilegible], vecino de mi brazo, campesino y obrero, fechados, sencillos, rehusados, de chalaco, de horror mortal, tendido sobre

10 Oct. 1937

carlos a. aguilera

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(la habana, 1970. okupa en alemania)

Lectoescritura de un manuscrito tarjado a ratos, a ratos ilegible palimsesto, del ciclo de España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo, el cual fuera aparentemente rehusado (no dactilografiado por Vallejo y, de cierto, no incluido por su viuda en la primera y sucesivas ediciones póstumas del poemario); texto de autoría indecidida y acaso indecidible, hasta ahora abiertamente inédito, difiriendo no poco del propuesto [‘el poema tal como se puede descifrar’, subrayo] por Stephen M. Hart en César Vallejo, Autógrafos olvidados (Tamesis/PUCP, Lima, 2003), donde se reproduce por primera vez en facsímil una fotocopia (encontrada en un sobre del legado de Ángel Rama) del manuscrito de marras presumiblemente destruido por la dicha viuda, Georgette Marie Travers Phillipart, poco antes de fallecer en Lima, en 1984. ¿De autoría indecidida/indecidible? Nomás reitera hasta la médula tal vallejiana operación (y no sólo suya) de citar sin citar, de remisión sin misión, dejando de paso en vilo lo propio como lo ajeno, el reparto inconmovible entre familiar e infamiliar, la oposición (por demás jerarquizante) entre nativo/a y extraño/a.

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la vida dans la literatura
Si a través de las Confesiones de un burgués, libro que Sándor Márai publicara a los 34 años, vamos a asistir a la construcción de un mundo: ése de los encuentros demorados, los movimientos por Europa, la fe en la literatura; en ¡Tierra, tierra!, volumen de memorias que aparecerá años después en Estados Unidos, nos adentraremos en «la aniquilación total de una forma de vida», el horror, tal y como más de una vez el autor de Divorcio en Buda dejó en claro. Su vida, víctima de la debacle europea en el siglo XX, ilustra de manera trágica como el desmoronamiento de la razón, o su puesta en práctica en nombre de la razón misma (dixit Lyotard), no sólo dio al traste con un imaginario que entendía lo literario como una pedagogía-de-lo-civil (aunque quizá esto fue lo mejor que le sucediera), sino, con una mentalidad donde el saber iba a ser algo más que el propio hecho de escribir libros, repensarlos..., y la vida, más que el caos o el desastre acostumbrado, una suerte de novelón burgués, folletín. ¡Tierra, tierra!, que se inicia con la llegada de la “bestialidad rusa” a Budapest un año antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, termina precisamente en 1948 con la salida hacia el exilio de la familia Grosschmid, verdadero nombre de Sandor Márai, la imposición de lo que a posteriori llegaría a conocerse como socialismo gulasch (y fuera bastante mimado en Occidente por cierto), y esta sentencia que resume casi todo el libro: “El tren partió sin hacer ruido. (...) dejamos atrás el puente y continuamos viajando bajo el cielo estrellado hacia un mundo donde nadie nos esperaba. En aquel momento –por primera vez en mi vida– sentí miedo de verdad. Comprendí que era libre. Empecé a sentir miedo.” Pero, qué viene a significar la palabra miedo para alguien que ha vivido aplastado por él durante años? “Los comunistas sabían que un régimen así sólo puede funcionar en una atmósfera de miedo constante y generalizado –escribe SM–, así que criticaban en voz alta los libros que testimoniaban públicamente la realidad del terror y su fuerza irresistible (...). Ni pretendían ni esperaban que una persona sensata, tras conocer la realidad del comunismo, siguiera sintiendo entusiasmo por él; les bastaba (...) con esa amenaza que provocaba miedo en sus víctimas. (...) A ellos nos les preocupaba que no los quisieran. Sólo les preocupaba que no los temiesen.” Márai, que como buen representante de una familia burguesa afincada en Hungría, ha sido denominado por la crítica occidental una suerte de Proust à la magyar, supo leer de manera compleja la caricatura de su propio tiempo, esa costra que poco a poco iba cubriéndolo todo. En ¡Tierra, tierra!, aunque de alguna manera también en sus diarios, ajusta cuentas con las bellas letras y el nacionalismo centroeuropeo, primero en manos del fascismo y

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después de la revolución proletaria; con el régimen de Miklós Horthy (que ya lo había conducido a un primer exilio por Alemania y Francia), y con la soledad de una lengua como la húngara, sin apenas parentesco en todo el viejo mundo; con el alma eslava, sobre todo ésa que avanza con el retrato de Stalin en una mano/la kalashnikov en la otra, y con los intelectuales de pacotilla, siempre dispuestos a afiliarse al poder de turno... Los intelectuales, escribe, “fingían ignorar que un régimen que sólo puede sobrevivir si les arrebata a los seres humanos su libertad –la del derecho a la propiedad privada, de empresa, del derecho al trabajo, de expresión, la de escribir y de afirmar sus convicciones políticas– no puede renunciar a la tiranía porque esa es la única posibilidad de salvaguardar el poder. Los “ingenieros de almas”, cuando se mencionaban tales asuntos, carraspeaban, sonreían confusos y se ponían a hablar de otra cosa.” Una de las anotaciones más curiosas de estas memorias son precisamente las que tienen que ver con el silencio. Según el novelista, periodista y traductor que fue Márai (recordemos que fue el primero que tradujo los relatos de Kafka al húngaro) 5, se disiente de un sistema total no porque nos prohíban pensar libremente, en un sistema policíaco esto será lo primero que se pondrá bajo control, sino porque no nos permiten “callar libremente”, y esto más que para los intelectuales es nefasto para el animalito humano. No poder hacer silencio en el momento que decidamos y sobre lo que decidamos es casi peor que no tener un espacio “real” donde expresar lo que se piensa. De ahí, como decía Bataille, que el mundo totalitario vaya contra la enfermedad que es en sí mismo el ser humano, esa fecalidad que lo hace escribir, hablar, moverse... Puede considerarse esta fecalidad entonces, como parte de ese exilio definitivo que algunos escritores bajo sociedades cerradas han tenido que asumir, y llevó a Sándor Márai –ironías apartes– unos meses antes de que cayera el muro de Berlín, a volarse la cabeza después de haber pasado con la policía de California un curso de “tiro a distancia”? Pienso que sí, y de alguna manera escritores como Jerzy Kozinski, Stefan Zweig o Paul Celan, para sólo citar a tres centroeuropeos, pudieran corroborar lo dicho anteriormente. En el caso de Márai, no sólo porque sus reflexiones sobre el comunismo ruso-húngaro desde
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A propósito de esto Imre Kertész escribe: “Sándor Márai fue (...) uno de los primeros en reconocer la importancia de Franz Kafka fuera de su ámbito lingüístico y ya en 1922 tradujo al húngaro sus mejores relatos. Cuando Kafka se enteró de ello, enseguida protestó por carta a su editor Kurt Wolff y le señaló que tenía reservada la traducción de sus obras al húngaro a su conocido y amigo Robert Klopstock. Este tal Robert Klopstock era un aficionado a la literatura de origen húngaro que, de hecho, ejercía la profesión de médico (...). La historia es como si el Kafka de carne y hueso se hubiera pasado al mundo ficticio de algunos de sus relatos. Para que se entienda: es como si yo, al enterarme de que Thomas Mann acaba de traducir uno de mis libros al alemán, comunicara a mi editor que confío más en mi médico de cabecera, el cual chapurrea un poco en alemán. (Un instante de silencio en el paredón. Editorial Herder, Barcelona, pgs: 14 y 15.)

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la radio fue uno de los más incisivos de la segunda mitad del siglo XX (su crítica a la doble moral y al despotismo de las instituciones de Budapest en este libro resulta demoledora), sino porque su obra, la misma que durante años estuviera prohibida en la misma lengua que había sido escrita, ha logrado devenir un clásico de la narrativa moderna. Y como sabemos, los clásicos no hablan expresamente en ningún idioma, sobre todo en ningún idioma censurado anteriormente por la ideología, sino en una suerte de cháchara cósmica, algo que aunque nunca entendamos del todo, siempre va a fascinar.

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(san petersburgo, 1899 – montreaux, 1977. fue okupa en u.s.a.)

pálido fuego (fragmentos)
Línea 70: La nueva TV Después de esto, en el borrador (con fecha del 3 de julio), vienen unas pocas líneas sin numerar que pueden haber sido destinadas para partes posteriores del poema. No están realmente borradas, sino que las acompaña un signo de interrogación en el margen y las engloba una raya ondulada que avanza sobre algunas de las letras: Hay hechos, sucesos extraños, que dan contra La mente como emblemáticos. Son como Símiles perdidos a la deriva sin una cuerda, Atados a la nada. Así ese rey del norte, Cuyo escape desesperado de prisión fue Llevado a cabo exitosamente solo porque Unos cuarenta de sus seguidores esa noche Lo impersonaron e imitaron su fuga– Nunca habría podido llegar a la costa oeste si una nueva moda no se hubiera diseminado entre sus seguidores secretos, románticos, heroicos diablillos, de impersonar al rey que huía. Se arreglaron para parecerse a él en abrigos rojos y rojos gorros, y aparecían aquí y allá, completamente desconcertando a la policía revolucionaria. Algunos de los bromistas eran mucho más jóvenes que el rey, pero esto no importaba ya que sus fotografías en las chozas de las montañas y las tiendas miopes de las aldeas, donde podías comprar gusanos, pan de jengibre y cuchillas zhiletka, no habían envejecido desde su coronación. Un encantador toque de caricatura había sido añadido en la famosa ocasión en que, desde la terraza del Hotel Kronblik, cuya silla elevada lleva a los turistas hasta el glaciar Kron, se vio flotando a un mimo, como una polilla roja, con un desventurado policía sin gorra montado dos asientos detrás en una persecución lenta como un sueño. Le da a uno placer añadir que antes de llegar al punto de aterrizaje, el rey falso se las arregló para escapar bajando por uno de los pilotes que soportaban el cable de tracción (ver también notas de líneas 149 y 171). ●●● Línea 130: Nunca hice rebotar una pelota o di batazos

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Francamente, nunca fui bueno en fútbol o cricket; soy un jinete pasable, un vigoroso y unortodoxo esquiador, un buen patinador, un luchador tramposo, y un alpinista entusiasta. La línea 130 es seguida en el borrador por cuatro versos que Shade descartó a favor de la continuación de la Copia Buena (línea 131 etc.). Esta falsa entrada dice: Mientras juegan los niños en un Castillo encuentran En algún Viejo estante lleno de juguetes, tras De los animales y las máscaras, una puerta corrediza [cuatro palabras fuertemente tachadas] un corredor secreto– La comparación ha quedado en suspenso. Presumiblemente nuestro poeta se disponía a incorporarla al recuento de su tropezón con alguna misteriosa verdad en los débiles ataques de su juventud. No puedo decir cuanto lamento que haya rechazado esas líneas. Lo lamento no solo por su belleza intrínseca, la cual es grande, pero también porque la imagen que contienen fue sugerida por algo que Shade obtuvo de mi. Ya he aludido en el curso de estas notas a las aventuras de Charles Xavier, ultimo rey de Zembla, y al entusiasta interés que tuvo mi amigo durante el curso de las historias que le conté sobre ese rey. L tarjeta de índice en la que se ha preservado la variante está fechada Julio 4 y es un eco directo de nuestros paseos al atardecer en las sendas fragantes de New Wye y Dulwich. "Cuéntame más," decía él mientras golpeaba su pipa vacía contra el tronco de un haya, y mientras permanecía la nube en colores, y mientras allá lejos en la casa alumbrada de la colina la señora Shade disfrutaba tranquila de un video drama, yo accedía alegre a la petición de mi amigo. En simples palabras describe la curiosa situación en la que se hallo el rey durante los primeros meses de la rebelión. Tenía la divertida sensación de ser la única pieza negra en la que un compositor de problemas ajedrecísticos podría llamar una espera de rey-en-laesquina de tipo solus rex. Los Realistas, o al menos los Modemistas (Moderados Demócratas), aún podrían haber prevenido al Estado de tornarse una moderna tiranía, si hubieran sido capaces de enfrentarse con el oro ponzoñoso y las tropas robot que un poderoso Estado policial desde su lugar ventajoso unas cuantas millas a lo lejos había estado lanzando en la revolución zemblana. A pesar de lo desesperado de la situación, el rey se negó a abdicar. Un cautivo altivo y taciturno, estaba encerrado en su palacio de piedra rosa en una torre de esquina desde la cual podía ver con la ayuda de binoculares de campo a los jóvenes sumergiéndose en la piscina de un club de deportivo de cuentos de hadas, y el embajador inglés en franela anticuada jugando tennis con el entrenador vasco en un terreno de barro tan lejano como el paraíso. ¡Cuán serenas las montañas, cuán tiernamente pintadas en la pared occidental del cielo!

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En alguna parte en la niebla de la ciudad ocurrían todos los días asqueantes estallidos de violencia, arrestos y ejecuciones, pero la gran ciudad se deslizaba tan dulcemente como nunca, los cafés se llenaban, se disponían obras espléndidas en el Teatro Real, y era realmente el palacio el que contenía el mayor concentrado de tristeza. Comisarios de hombros cuadrados y semblantes de piedra enforzaban estricta disciplina entre las tropas dentro y afuera. La prudencia puritana había sellado las bodegas de vino y quitado las sirvientas del ala del sur. Las damas de espera se habían ido tiempo atrás, por supuesto, durante el tiempo en que el rey había exiliado a su reina a su villa en la Riviera francesa. ¡Gracias al Cielo, se le habían evitado esos horribles días en el palacio contaminado! La puerta de cada habitación estaba resguardada. El vestíbulo de banquetes tenía tres custodios y habían hasta cuatro alojados en la biblioteca, cuyos oscuros recesos parecían guardar todas las sombras de la traición. Las habitaciones de los pocos que quedaban en palacio tenían cada una su parásito armado, bebiendo ron prohibido con algún viejo criado o tomándose libertades con jóvenes pajes. Y en el gran Vestíbulo de Heraldos uno podía estar seguro de encontrar bromistas obscenos tratando de encajar en la panoplia de acero de caballeros vacíos. ¡Y que olor a cuero y carnero en las espaciosas recámaras que una vez olieron a claveles y lilas! Esta tremenda compañía consistía de dos grupos principales: ignorantes, parecían feroces pero en realidad inofensivos quintos de Thule, y taciturnos, muy amables Extremistas de la famosa Fábrica de Vidrio donde la revolución había inflamado primero. Uno puede revelar ahora (ya que está a salvo en Paris) que este contingente incluía al menos un realista heroico tan virtuosamente disfrazado que hacía parecer mediocres imitadores a sus compañeros de guardia que nada sospechaban. Realmente Odon era uno de los más prominentes actores en Zembla y ganaba aplausos en el Teatro Real en sus noches libres. A través de él el rey se mantuvo en contacto con numerosos partidarios, jóvenes nobles, artistas, atletas universitarios, jugadores, Paladines de la Rosa Negra, miembros de clubes de esgrima, y otros hombres de moda y aventura. Circularon rumores. Se decía que el cautivo sería prontamente juzgado por una corte especial; pero también se decía que sería fusilado mientras lo trasladaban ostentosamente hacia otro lugar de confinamiento. Aunque la fuga se discutía a diario, los planes de los conspiradores poseían más valores estéticos que prácticos. Una poderosa lancha a motor había sido preparada en una cueva costera cerca de Blawick (Blue Cove) en Zembla occidental, más allá de la cadena de altas montañas que separaba a la ciudad del mar; los reflejos imaginados del agua transparente y temblorosa en las paredes de roca y la lancha eran tentadores, pero ninguno de los planeadores podía sugerir como el rey escaparía del castillo y pasaría sin riesgo a través de las fortificaciones.

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Un día de agosto, al principio de su tercer mes de lujoso cautiverio en la Torre Suroccidental, lo acusaron de usar el espejo de mano de un mentecato y los rayos cooperativos del sol para lanzar señales desde su alto ventanal. La vastedad de la vista que comandaba fue denunciada no solo como conductora a traición, sino también como que infundía en el inspeccionador un airoso sentido de superioridad sobre sus carceleros inferiormente alojados. De acuerdo con esto, una tarde transfirieron el catre y la bandeja del rey para una desconsoladora habitación de leña en la misma ala de palacio, pero en el primer piso. Muchos años antes, esta habitación había sido el vestidor de su abuelo, Thurgus el Tercero. Después de la muerte de Thurgus (en 1900) su adornada habitación fue transformada en una especie de capilla y la recámara adyacente, despojada de su múltiple espejo a cuerpo completo y sofá de seda verde, pronto degeneró en lo que hasta ahora había sido durante medio siglo, un viejo agujero de habitación con un baúl cerrado en una esquina y una máquina de coser obsoleta en la otra. Se llegaba a ella desde una galería cubierta de mármol, que corría por su lado norte y que después desembocaba al oeste para formar un vestíbulo en la esquina suroeste del palacio. La única ventana daba a un patio interior en el lado sur. Esta ventana había sido una vez un glorioso sueño de vidrios coloreados, con un pájaro de fuego y un cazador deslumbrado, pero una pelota de football recientemente había hecho añicos la fabulosa escena forestal y ahora su nuevo panel ordinario estaba tapiado por afuera. En el muro del lado oeste, sobre un estante blanqueado, colgaba una gran fotografía en un marco de negro terciopelo. La acción breve y débil pero repetida miles de veces del mismo sol al cual se acusaba de enviar mensajes desde la torre había gradualmente creado una patina sobre esta fotografía que mostraba el perfil romántico y los amplios hombros desnudos de la olvidada actriz Iris Acht, que se dice fue durante algunos años, hasta su muerte en 1888, la señora de Thurgus. Del otro lado, el muro del lado este hay una puerta frívola, similar en coloración turquesa a la otra de la habitación (que abre a la galería) pero firmemente cerrada, una vez había conducido a la recámara del viejo cascarrabias; ya había perdido su pomo de cristal, y estaba flanqueada en el muro del lado este por dos grabados desterrados que pertenecían al período de decaimiento de la habitación. Eran del tipo al cual realmente no se supone que se miren, imágenes que existen meramente como nociones generales de imágenes para llenar las humildes necesidades ornamentales de algún pasillo o sala de espera: una era una harapienta y lúgubre Fête Flamande persiguiendo a Teniers; la otra había colgado antes en el cuarto de niños, y los somnolientos naturales siempre la habían tomado con imaginar olas espumosas en el fondo en vez de las formas borrosas de ovejas melancólicas que ahora revelaba. El rey suspiró y comenzó a desvestirse. Su cama y mesa de noche habían sido emplazadas frente a la ventana en la esquina noreste. Al este estaba la puerta turquesa; al norte, la puerta de la galería; al oeste, la puerta del estante; al sur, la ventana. Su camisa negra y

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pantalones blancos se los había llevado el antiguo mayordomo de su mayordomo. El rey se sentó en pijamas en el borde de la cama. El hombre retornó con un par de zapatillas marruecas, las puso en los pies indiferentes de su amo, y se fue con los zapatos desechados. La mirada perdida del rey se detuvo en el ventanal que estaba medio abierto. Uno podía ver parte del patio débilmente alumbrado donde bajo un álamo enrejado dos soldados jugaban lansquenete en un banco de piedra. No había estrellas en la noche de verano y nada se movía, solo distantes espasmos de silenciosos relámpagos. Alrededor de la linterna que había sobre el banco una polilla aleteaba ciegamente como murciélago– hasta que el soldado la azoró con su gorra. El rey bostezó, y los iluminados jugadores de cartas temblaron y se disolvieron en el prisma de sus lágrimas. Su mirada aburrida viajó de pared a pared. La puerta de la galería estaba ligeramente entornada, y se podían oír los pasos de un guardia que iban ý venían. Sobre el estante, Iris Acht cuadraba sus hombros y miraba a lo lejos. Un grillo sonaba. La luz de la lámpara era lo bastante fuerte como para hacer resaltar un brillante destello sobre la llave dorada en la cerradura de la puerta del estante. Y en el instante ese destello sobre la llave causó que se diseminara una hermosa conflagración en la mente del prisionero. Iremos ahora hacia mediados desde agosto de 1958 hasta cierta tarde de mayo tres décadas antes cuando él era un joven fuerte y trigueño con trece años y un anillo de plata en el índice de su mano bronceada por el sol. La reina Blenda, su madre, se había ido recientemente a Viena y Roma. Él había tenido varios compañeros de juegos pero ninguno podía competir con Oleg, duque de Rahl. En aquellos días los chicos de altas familias usaban en ocasiones festivas –de las cuales tuvimos tantas durante nuestro largo verano norteño– jerseys desmangados, blancas medias hasta los tobillos con zapatos negros de hebilla, y shorts muy, muy apretados llamados hotinguens. Desearía poder proveer al lector con siluetas para recortar y partes del atuendo como se dan en revistas de muñecas para niñas armadas con tijeras. Esto alumbraría algo estas tardes oscuras que destruyen mi cerebro. Ambos jóvenes eran atractivos, especimenes de adolescencia varangiana de largas piernas. A los doce, Oleg era el mejor delantero en la Escuela Ducal. Cuando se desnudaba, brillante en la niebla de la casa de baños, su atrevida virilidad contrastaba fuertemente con su gracia aniñada. Era un pequeño fauno. En esa tarde en particular una lluvia copiosa barnizó el follaje de primavera del jardín del palacio, y oh, ¡como se tambalearon y balancearon las lilas persas en tumultuoso florecimiento tras las ventanas chorreadas de verde, impregnadas de amatista! Uno tendría que jugar en casa. Oleg estaba atrasado. ¿Vendría del todo? Se le ocurrió al joven príncipe desarmar una serie de preciados juguetes (el obsequio de un potentado foráneo que recién había sido asesinado) que habían entretenido a él y a Oleg durante las anteriores Pascuas, y después habían sido puestos a un lado como sucede con estos cosas para jugar especiales y artísticas que

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permiten a su burbuja de placer ceder todo su sabor de una sola vez antes de retirarse al olvido de una sala de museo. Lo que deseaba particularmente redescubrir ahora era un delicado circo de juguete contenido en una caja tan grande como un envase de croquet. Anhelaba eso; sus ojos, su cerebro, y eso en su cerebro que correspondía con la bola de su pulgar, vividamente recordaba los morenos acróbatas con redes desplegadas, un elegante payaso melancólico con una gorguera, y especialmente tres elefantes del tamaño de cachorros hechos de madera pulida con articulaciones tan versátiles que podías hacer parar al lustroso animal sobre una pata o asentarlo sólidamente sobre un pequeño barril blanco bordeado de rojo. Menos de una noche había transcurrido desde la última visita de Oleg, cuando por primera vez se le permitió a los dos jóvenes compartir la misma cama, y el hormigueo de su mala conducta, y la anticipación de otra noche igual, estaban ahora mezcladas en nuestro joven príncipe con una vergüenza que sugería refugio en otros juegos más inocentes. Su tutor inglés que, tras un picnic en el bosque de Mandevil, estaba en cama con un tobillo dislocado, no sabía donde podía estar ese circo; sugirió buscarlo en una vieja habitación para leña al final de la Galería Este. Hasta allá fue el príncipe. ¿Ese baúl negro y polvoriento? Parecía severamente negativo. Aquí era más audible la lluvia dada la proximidad de una cañería prolija. ¿Y el estante? Su llave dorada giró reluctante. Las tres divisiones y el espacio entre ellas estaban llenas de disparatados objetos: una paleta con los restos de muchos atardeceres; una taza llena de contadores; un rascador de mármol; una edición de Timon de Atenas traducido al zemblano por su tío Conmal, el hermano de la reina; una situla marina (cubo de juguete); un diamante azul de sesentaicinco carates accidentalmente añadido en su niñez, de las bisuterías de su padre a los guijarros y conchas en ese cubo; un dedo de tiza; y un tablero con un diseño de figuras entrelazadas para lgún juego ya olvidado. Estaba a punto de buscar en alguna otra parte del closet cuando, tratando de desplazar un pedazo de terciopelo negro, una esquina del cual había sido inexplicablemente atrapada detrás del estante, algo cedió, el estante se movió, pareció desplazable, y reveló justo debajo de su borde más lejano, en la parte trasera del estante, una cerradura en la cual encajaba la misma llave dorada. Impacientemente limpió las otras divisiones de lo que habían guardado (principalmente ropa vieja y zapatos), las removió como había hecho con la del medio, y abrió la puerta que había al fondo del estante. Los elefantes estaban olvidados, estaba frente al umbral de un corredor secreto. Su profunda oscuridad era total pero algo sobre su acústica espectacular prometía, aclarando huecamente la garganta, grandes cosas, y fue corriendo a sus habitaciones para coger un par de linternas. Cuando regresaba, Oleg llegó. Llevaba un tulipán. Sus rizos rubios habían sido recortados desde su última visita al palacio, y el joven príncipe pensó: Sí, sabía que estaría distinto. Pero cuando Oleg enarcó sus doradas cejas y se inclinó para oír sobre

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el descubrimiento, el joven príncipe supo por la tibieza de esa oreja púrpura y por el vivaz asentimiento al aceptar la investigación propuesta, que ningún cambio había ocurrido en su querido compañero de cama. Tan pronto como monsieur Beauchamp se hubo sentado para un juego de ajedrez junto al lecho de Mr. Campbell y le hubo ofrecido los puños levantados para que escogiese, el joven príncipe llevó a Oleg hasta el estante mágico. Los escalones prudentes, silenciosos, alfombrados de verde de una escalier dérobé condujo a un pasaje subterráneo pavimentado en piedra. Estrictamente hablando, solo era "subterráneo" en tramos breves cuando, después de penetrar bajo el vestíbulo suroeste cercano a la habitación de la leña, iba bajo una serie de terrazas, bajo la avenida de abedules en el parque real, y después bajo las tres calles transversales, Academia Boulevard, Senda Coriolanus y Calleja Timon, que todavía la separaba de su destino final. De otra manera, en su curso críptico y angular se adaptaba a sí misma a las varias estructuras que seguía, aquí aprovechando un baluarte para encajar a su costado como un lápiz en la lapicera de un diario de bolsillo, allá atravesando los sótanos de una gran mansión muy abundante en oscuros corredores para notar la sigilosa intrusión. Posiblemente, en los años pasados, ciertas raras conexiones habían sido establecidas entre el pasaje abandonado y el mundo exterior debido a las azarosas repercusiones del trabajo en capas cercanas de albañilería o por los pinchazos ciegos del propio tiempo; porque aquí y allá aperturas mágicas y penetraciones, tan estrechas y profundas como para enloquecer a cualquiera, podían ser deducidas de un dulce charco de agua corrupta de zanja, anunciando un foso, o de un olor oscuro a tierra y césped, marcando la proximidad de una ladera fortificada más adelante; y en cierto punto, donde el pasaje se arrastraba a través del sótano de una gran villa ducal, con invernaderos famosos por sus colecciones de flora desértica, una ligera capa de arena desparramada momentáneamente cambiaba el sonido de los pasos de uno. Oleg iba al frente: su trasero bien formado encerrado en apretado algodón de índigo se movía alerta, y su propia radiancia erecta, más que su candelabro, parecía iluminar con saltos de luz el techo bajo y las cercanas paredes. Tras él la antorcha eléctrica del joven príncipe jugaba en el suelo y le brindaba un recubrimiento de arena a los muslos desnudos de Oleg. El aire era frío y rancio. Más y más profundo seguía la madriguera mágica. Ahora aparecía un ligero grado en ascenso. El marcador decía 1,888 yardas cuando al fin llegaron a la conclusión. La llave mágica del estante de la habitación de la leña se deslizó con gratificante facilidad en la cerradura de una puerta verde frente a ellos, y habría cumplido el acto prometido por su feliz entrada, de no haber venido una explosión de extraños sonidos desde atrás de la puerta para pausar a nuestros exploradores. Dos voces terribles, la de un hombre y la de una mujer, ora elevándose a una apasionada tonalidad, ora hundiéndose a tonos bajos y estridentes, se intercambiaban insultos en gutnish, como se

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hablaba entre los pescadores de Zembla Occidental. Una abominable amenaza hizo que la mujer chillara de miedo. Siguió un repentino silencio, roto al fin por el hombre que susurró alguna corta frase de acuerdo casual ("Perfecto, querida," o "No podría ser mejor") aún más misteriosa que todo lo antes sucedido. Sin consultarse entre ellos, el joven príncipe y su amigo se retiraron en absurdo pánico y volvieron corriendo por donde habían venido. "¡Uuf!" dijo Oleg cuando pusieron la última división de regreso en su sitio. "Estás todo polvoriento atrás," dijo el joven príncipe mientras subían por las escaleras. Hallaron a Beauchamp y Campbell terminando en tablas su juego. Se acercaba la hora de la cena. Se les dijo a los dos chicos que se lavaran las manos. El reciente encanto de la aventura había sido ya sustituido por otro tipo de excitación. Se encerraron juntos. El agua corría libremente. Ambos estaban en un estado masculino y gemían como palomas. Esta detallada recolección, cuya estructura y hechura ha tomado algo de tiempo para describir en esta nota, pasó a través del recuerdo del rey en un instante. Ciertas criaturas del pasado, y esta era una de ellas, pueden yacer durmiendo durante treinta años como lo había hecho esta, mientras su habitat natural era sometido a desastrosas alteraciones. Un poco después del descubrimiento del pasaje secreto él casi muere de neumonía. En su delirio él se esforzaría un instante en seguir un disco luminoso que sondea un túnel infinito e intentaría en el siguiente de abrocharse las corvas derretidas de su intachable ingle. Para recuperarse lo enviaron por un par de temporadas hasta Europa del sur. La muerte de Oleg a los quince años en un accidente de tobogán, lo ayudó a eliminar la realidad de su aventura. Hizo falta una revolución nacional para traer a la realidad ese pasaje secreto otra vez. Habiéndose dado por satisfecho con los pasos crujientes del guardia que se habían movido a cierta distancia, el rey abrió el estante. Estaba ahora vacío, salvo por el pequeño volumen de Timon Afinsken yaciendo todavía en una esquina, y algunas viejas ropas deportivas y zapatos de gimnasio apretujados en el compartimiento del fondo. Los pasos regresaban ahora. No se atrevió a proseguir su examen y volvió a cerrar la puerta del estante. Era evidente que necesitaría unos instantes de perfecta seguridad para realizar con un mínimo de ruido una sucesión de pequeñas acciones: entrar al estante, cerrarlo desde adentro, remover las divisiones, abrir la puerta secreta, reemplazar las divisiones, deslizarse en la oscuridad, cerrar la puerta secreta y pasarle llave. Digamos que noventa segundos. Salió a la galería, y el guardia, un apuesto pero increíblemente estúpido Extremista, inmediatamente avanzó hacia él. "Tengo cierto deseo urgente," dijo el rey. "Quiero, Hal, tocar el piano antes de acostarme." Hal (si era ese su nombre) lo condujo al cuarto de música donde, como sabía el rey, Odon se mantenía en vigilia sobre el arpa amortajada. Era un irlandés fornido de ceño zorruno, con una cabeza rosada cubierta ahora por la gorra libertina de un obrero ruso. El rey

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se sentó frente al Bechstein y, tan pronto como los dejaron a solas, explicó brevemente la situación mientras entonaba notas cantarinas con una mano: "Nunca oí nada de un pasaje," murmuró Odon con la molestia de un jugador de ajedrez a quien le enseñan como hubiera podido salvar el juego que ha perdido. ¿Estaba Su Majestad absolutamente segura? Su Majestad lo estaba. ¿Suponía que lo conduciría a uno fuera del palacio? Definitivamente fuera del palacio. De todas formas, Odon tenía que irse en unos momentos, porque lo esperaban para actuar esa noche en The Merman, un viejo melodrama que no había sido interpretado, dijo él, durante al menos tres décadas. "Estoy muy satisfecho con mi propio melodrama," observó el rey. "Ay," dijo Odon. Frunciendo el ceño, lentamente se metió en su capa de cuero. No se podría hacer nada esta noche. Si le pidiera al comandante que lo dejara de guardia, solo provocaría sospechas, y la más pequeña sospecha podría ser fatal. Mañana hallaría alguna oportunidad de inspeccionar esa nueva avenida de escape, si era eso y no un callejón sin salida. ¿Prometería Charlie (Su Majestad) no intentar nada hasta ese momento? "Pero se mueven más y más cerca," dijo el rey aludiendo al ruido de golpes y desgarros que venía desde la Galería de Cuadros. "Realmente no," dijo Odon, "una pulgada por hora, tal vez dos. Debo irme ahora," añadió indicando con un guiño de ojo al guardia solemne y corpulento que venía a relevarlo. Bajo la inamovible pero muy errónea creencia de que las joyas de la corona estaban ocultas por alguna parte del palacio, la nueva administración había encargado a un par de expertos foráneos (ver nota a línea 681) que las localizara. El trabajo bueno había estado andando durante un mes. Los dos rusos, después de prácticamente desmantelarla Cámara de Concilio y algunas otras habitaciones de Estado, habían transferido sus actividades hacia esa parte de la galería donde los grandes óleos de Eystein habían fascinado a varias generaciones de princesas y príncipes zemblanos. Siendo incapaz de lograr un parecido, y de esa forma limitándose sabiamente a un estilo convencional de retratos cumplimentarios, Eystein se reveló como un prodigioso maestro de la trompe l’oeil en la representación de varios objetos rodeando a sus dignificados modelos muertos y haciéndolos lucir aún más muertos en contraste con el pétalo caído o el panel barnizado que pintaba con tanto amor y pericia. Pero en algunos de esos retratos Eystein también había caído en una manera rara de trampa: entre sus decorados de madera y lana, oro o terciopelo, él insertaría uno que estaba realmente hecho del material imitado por la pintura en el resto del cuadro. Este artilugio, que se usaba aparentemente para realzar el efecto de sus tonos táctiles y tonales, poseía de todas formas algo innoble y revelaba no solo una falla esencial en el talento de Eystein, sino también el hecho básico de que la "realidad" no es ni el sujeto ni el objeto del arte verdadero que crea su propia realidad especial la cual no tiene nada que ver con la "realidad" común percibida por el ojo comunal. Pero para retornar a nuestros técnicos cuyos golpes se

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acercan a la galería hacia la curva donde el rey y Odon están listos para despedirse. En este punto colgaba un gran retrato representando un antiguo Guardián del Tesoro, el decrépito conde Kernel, el cual fue pintado con dedos descansando levemente sobre una caja repujada y blasonada cuyo lado frente al espectador consistía en un óvalo insertado hecho de bronce real, mientras sobre las sombras de la cima de la caja, dibujado en perspectiva, el artista había dibujado un plato con la bellamente ejecutada mitad de una nuez, dividida en dos lóbulos como un cerebro. "Les espera una sorpresa," murmuró Odon en su lengua madre, mientras en una esquina el guardia gordo realizaba formalidades más bien solitarias, colgándose y descolgándose el rifle. Los dos profesionales soviéticos pudieron ser perdonados por creer que hallarían un receptáculo verdadero tras el metal verdadero. En esos días estaban decidiendo si sacar la placa o remover el cuadro; pero nos podemos anticipar un poco y asegurarle al lector que el receptáculo, un agujero oblongo en la pared, estaba bien; de todas formas, nada contenía, excepto los deshechos fragmentos de una cáscara de nuez. Desde alguna parte se había abierto una cortina de hierro, dejando a la vista una pintada, con ninfas y nenúfares. "Le traeré su flauta mañana," gritó Odon significativamente en lengua vernacular, y sonrió, y agitó la mano, ya envuelto en niebla, ya retrocediendo en la lejanía de su mundo de actores. El guardia gordo condujo al rey de regreso a su habitación y se lo delegó al apuesto Hal. Eran las nueve y media. El rey se fue a dormir. El mayordomo, un villano de malhumor, le trajo su dosis usual de leche y cognac y se llevó sus zapatillas y bata. El hombre estaba prácticamente fuera de la habitación cuando el rey le ordenó que apagara la luz, a partir de lo cual un brazo volvió a entrar y una mano enguantada encontró y apagó el interruptor. Relámpagos distantes aún latían de vez en cuando en la ventana. El rey terminó de beber en la oscuridad y volvió a poner la jarra vacía en la mesa de noche donde resonó con un amortiguado sonido metálico contra la linterna de acero preparada por las consideradas autoridades en caso de que fallara la electricidad como había estado sucediendo de vez en cuando. No podia dormir. Volviendo su cabeza observó la línea de luz bajo la puerta. Enseguida fue abiertamente suavemente y el apuesto carcelero echó un vistazo. Un pequeño y raro pensamiento bailó a través de la mente del rey; pero todo lo que quería el joven era advertir a su prisionero sobre su intención de unirse a sus compañeros en el patio adyacente, y que la puerta estaría cerrada hasta su regreso. Si, de todas formas, el ex-rey necesitara algo, podría llamar desde la ventana. "¿Cuanto tiempo estarás ausente?" preguntó el rey. "Yeg ved ik [No lo sé]," respondió el guardia. "Buenas noches, chico malo," dijo el rey. Esperó a que la silueta del guardia entrara en la luz del patio donde los otros thuleanos le dieron la bienvenida en el juego. Entonces, en la

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segura oscuridad, el rey removió algunas ropas en el suelo del estante y se puso, sobre sus pajamas, lo que le pareció unos pantalones de esquíar y algo que olía a un viejo sweater. Después de andar un poco más a tientas encontró un par de zapatillas y un gorro de lana con orejeras. Entonces revisó las acciones mentalmente antes ensayadas. Mientras removía la segunda división, cayó un objeto con un golpe sordo en miniatura; supuso lo que era y lo tomó como talismán. No se atrevía a encender el interruptor de su linterna hasta que estuviera apropiadamente sumergido, ni tampoco podía correr riesgos con un tropezón ruidoso, y por lo tanto negoció los dieciocho pasos invisibles en más o menos una posición de sentado como un novicio tímido rayando con el trasero las piedras cubiertas de líquen del monte Kron. La tenue luz que dejo ir al fin era su más querida compañera, El fantasma de Oleg, el fantasma de la libertad. Experimentó una mezcla de angustia y júbilo, una especie de regocijo amoroso, tal como había sentido el día de su coronación, cuando, mientras caminaba hasta el trono, unas pocas notas de una música increíblemente opulenta, profunda, abundante (cuya autoría y fuente física nunca pudo ser capaz de comprobar) golpeó su oído, e inhaló el aceite del cabello del bello paje que se había inclinado para remover el pétalo de una rosa fuera del escaño para los pies, y mediante la luz de la linterna el rey vio ahora que estaba horriblemente trajeado de rojo chillón. El pasaje secreto parecía estar más escuálido. La intrusión de sus alrededores era aún más evidente que en el día en que dos chicos temblorosos con delgados jerseys y shorts lo habían explorado. El charco de agua de zanja opalescente había crecido en longitud; junto a la orilla caminaba un murciélago enfermo como un inválido con una sombrilla rota. Una recordada capa de arena coloreada aún llevaba la marca silueteada del zapato de Oleg de hace treintaiocho años, tan inmortal como las marcas de la gacela domesticada de un niño egipcio hechas treinta siglos atrás sobre ladrillos azules del Nilo secándose al sol. Y, en el sitio en el que el pasaje atravesaba los cimientos de un museo, de alguna manera había llegado, hasta el exilio y la disposición, una estatua sin cabeza de Mercurio, conductor de almas para el Mundo Inferior, y una crátera rajada con dos figuras negras mostradas jugando a los dados bajo una palma negra. El último recodo del pasaje, terminando en la puerta verde, contenía una acumulación de tablas sueltas a través de las cuales el fugitivo cruzó no sin tropezar. Abrió la puerta y fue detenido por una densa cortina negra. Mientras se movía con torpeza entre los pliegues verticales para lograr alguna suerte de ingreso, la débil luz de su linterna cerró su ojo desesperanzado y se apagó. La soltó: cayó amortiguada en el vacío. El rey puso ambos brazos en los profundos pliegues de la tela olorosa a chocolate y, a pesar de la incertidumbre y el peligro del momento, recordó, de tal manera, físicamente por sus propios movimientos a los cómicas, controladas al principio, y después frenéticas undulaciones de la cortina del teatro a través de la

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cual un actor nervioso trata vanamente de pasar. Esta sensación grotesca, en ese diabólico instante, resolvió el misterio del pasaje aún antes de que se aventurara por fin a través de las cortinas en el tenuemente alumbrado, tenuemente desordenado lumbarkamer que había sido una vez el vestidor de Iris Acht en el Teatro Real. Aún continuaba siendo lo que se había convertido tras su muerte: un agujero polvoriento de habitación comunicando con una especie de vestíbulo adonde los actores a veces vagarían durante los ensayos. Pedazos de escenarios mitológicos apoyados contra la pared medio ocultaban una gran fotografía enmarcada en terciopelo polvoriento del rey Thurgus –bigote copioso, quevedos, medallas– tal como era en el tiempo en que el corredor de una milla servía como un medio extravagante para sus citas con Iris. El fugitivo vestido de escarlata parpadeó y fue al vestíbulo. Conducía a un número de vestidores. Desde alguna parte más allá una tempestad de aplausos crecía en volumen antes de desaparecer. Otros sonidos distantes marcaban el comienzo del intermedio. Algunos actors disfrazados pasaron junto al rey, y en uno de ellos reconoció a Odon. Usaba una chaqueta de terciopelo con botones de bronce, zapatones y medias a rayas, el atuendo dominical de los pescadores gutnish, y su puño aún sujetaba el cuchillo de cartón con el que recién había despachado a su adorada. "Dios mío," dijo al ver al rey. Tomando un par de capas de un montón de fantásticas prendas de vestir, Odon condujo al rey hasta una escalera que llevaba hasta la calle. Simultáneamente hubo una conmoción entre un grupo de gente fumando en el descansillo. Un viejo intrigador que a fuerza de adular a varios oficiales extremistas había obtenido el cargo de Director de Escena, de repente apuntó un dedo vibrante hacia el rey, pero estando afligido por un tartamudeo malo no pudo pronunciar las palabras de indignante reconocimiento que hacían a sus dientes vibrar. El rey trató de poner la visera de su gorra sobre su cara –y casi se cae al final de las estrechas escaleras. Afuera llovía. Un charco reflejó su silueta escarlata. Varios vehículos se detuvieron en una línea transversal. Era ahí donde Odon usualmente dejaba su auto de carreras. Por un terrible Segundo creyó que no estaba, pero entonces recordó con exquisito alivio como lo había parqueado esa noche en una calleja adyacente. (Ver la interesante nota a la línea 149.) ●●● Línea 894: un rey Fotografías del rey habían aparecido no infrecuentemente en América durante los primeros meses de la revolución zemblana. De vez en cuando algún chismoso en la universidad con una memoria retentiva, o una de las mujeres del club que siempre estaban tras Shade y su excéntrico amigo, solían preguntarme con la sosa expresión llena de significados adoptada en tales casos si alguien me había dicho cuanto

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me parecía a ese infortunado monarca. Yo contestaba con algo en la línea de "todos los chinos se parecen " y cambiaba el tema. Un día, de todas formas, en el salón del Club de la Facultad donde me apoyaba rodeado por un número de mis colegas, tuve que soportar un ataque particularmente embarazoso. Un conferencista alemán de visita de Oxford comenzó a exclamar, en voz alta y en susurros, que el parecido era "absolutamente total," y cuando yo negligentemente observé que todos los zemblanos barbudos se parecen unos a otros – y que, de hecho, el nombre Zembla es una corrupción no del ruso zemlya, sino de Semblerland, una tierra de reflejos, de "recordadores"– mi atormentador dijo: "Ah, sí, pero el rey Charles no usaba barba, y ¡Aún así es su mismo rostro! Yo tenía [añadió él] el honor de estar sentado a unas pocas yardas de la caja real en el Festival Deportivo de Onhava adonde fui con mi esposa, que es sueca, en 1956. poseemos una fotografía de él en casa y su hermana conocía muy bien a la madre de uno de sus pajes, una mujer interesante. ¿No ven [casi halando la solapa de Shade] la sorprendente similaritud de rasgos –de la mitad superior de la cara, y los ojos, sí, los ojos, y el puente de la nariz?" "No, señor" [dijo Shade, volviendo a doblar una pierna y acomodándose mejor en su butaca como es dado a hacer cuando está a punto de pronunciar un discurso] "no hay ningún tipo de parecido. He visto al rey en noticieros, y no hay parecido. Los parecidos son la sombra de las diferencias. La gente diferente ve similaritudes distintas y diferencias similares." La buena Netochka, que había parecido singularmente incómoda durante este intercambio, observó en su suave voz cuan triste era pensar que tal "simpático gobernante" había perecido probablemente en prisión. Un profesor de física se unió. Le llamaban Pink, y creía en lo que creen los llamados por el nombre de Pink (Educación Progresista, la integridad de cualquiera espíando para Rusia, escapes nucleares ocasionados solamente por bombas norteamericanas, la existencia en el pasado cercano de una era McCarthy, logros soviéticos incluyendo Dr. Zhivago, y etcétera): "Tus penas no tiene base " [dijo él]. "Se conoce que ese lamentable gobernador escapó disfrazado de monja; pero a pesar de lo que pase, o de lo que le suceda a él, no puede interesarle al pueblo zemblano. La historia lo ha denunciado, y ese es su epitafio." Shade: "Verdad, señor. A su debido tiempo la historia habrá denunciado a todo el mundo. El rey puede estar muerto, o puede estar tan vivo como usted y Kinbote, pero respetemos los hechos. Él me ha contado [señalándome a mí] que las noticias ampliamente circuladas sobre la monja es una vulgar confección pro-extremista. Los extremistas y sus amigos inventaron un montón de cosas sin sentido para ocultar su desconcierto; pero la verdad es que el rey se fue del palacio, y cruzó las montañas, y abandonó el país, no en el oscuro ropaje de una pálida solterona, sino vestido como un atleta en lana escarlata."

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"Raro, raro," dijo el visitante alemán, quien por algún rasgo de abolengo había sido el único en distinguir la misteriosa nota que antes había latido antes de desaparecer. Shade [sonriendo y masajeando mi rodilla]: "Los reyes no mueren – solo desaparecen, ¿eh, Charles?" "¿Quién dijo eso?" preguntó vivamente, como saliendo de un trance el ignorante y siempre suspicaz Jefe del Departamento Inglés. "Toma mi propio caso," continuo mi querido amigo ignorando al señor H. "Me han dicho que me parezco al menos a cuatro personas: Samuel Johnson; el adorado y reconstruido ancestro del hombre en el museo Exton; y a dos personajes locales, uno es la gallina despeinada y chapucera que sirve el puré en la cafetería de Levin Hall." "La tercera en la fila de brujas," precisé singularmente, y todos rieron. "Preferiría decir," observó mister Pardon –Historia Americana– "que ella se parece al juez Goldsworth" ("Uno de nosotros," interfirió Shade inclinando su cabeza), "especialmente cuando se molesta de verdad con todo el mundo después de una buena cena." "He oído," comenzó Netochka apresuradamente, "que los Goldsworths se están divirtiendo mucho…" "Que lástima no poder probar mi punto," murmuró el tenaz visitante alemán. "Si tan solo hubiera una fotografía aquí. ¿No habría por alguna parte…?" "Claro," dijo el joven Emerald y abandonó su asiento. El profesor Pardon me habló entonces: "Tenía la impresión de que había nacido en Rusia, y que su nombre era una especie de anagrama de Botkin o Botkine" Kinbote: "Me confunde con algún refugiado de Nova Zembla" [sarcásticamente haciendo énfasis en "Nova"]. "¿No me estuvo contando, Charles, que kinbote significa regicidio en su lengua?" preguntó mi querido Shade. "Sí, un destructor de reyes," dije (ansiando explicar que un rey hundiendo su identidad en el espejo del exilio es en cierto sentido justamente eso). Shade [hablando con el visitante alemán]: "El profesor Kinbote es el autor de un notable libro sobre apellidos. Creo [a mi] que existe una traducción al inglés." "Oxford, 1956," respondí. "¿Pero sabe ruso, de todas formas?" dijo Pardon. "Creo haberlo escuchado, el otro día, hablando con –como se llama– oh, Dios mío " [laboriosamente moviendo los labios]. Shade: "Señor, todos hallamos difícil atacar ese nombre " [riendo]. Profesor Hurley: "Piensen en la palabra francesa para ‘neumático’: punoo." Shade: "Pero, señor, me temo que solo ha desinflado la dificultad" [riendo tumultuosamente]. "Hombre desinflado," bromeé yo. "Sí," continué, volviéndome a Pardon, "ciertamente hablo ruso. Verá usted, era el idioma de moda

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por excelencia, mucho más que el francés, entre los nobles de Zembla al menos, y en la corte. Hoy, por supuesto, todo esto ha cambiado. Son ahora las clases bajas a quienes se les enseña a la fuerza a hablar ruso." "¿No estamos nosotros, también, tratando de enseñar ruso en nuestras escuelas?", dijo Pink. Mientras tanto, en el otro extreme de la habitación, el joven Emerald había estado departiendo con los libreros. En este punto retornó con el tomo de T-Z de una enciclopedia ilustrada. "Bueno," dijo él, "aquí está, ese rey. Pero miren, es joven y apuesto" ("Oh, eso no servirá," gimió el visitante alemán.) "Joven, apuesto, y usa un elegante uniforme," continuó Emerald. "Como un mariconcito elegante, de hecho." "Y tú," dije tranquilamente, "eres un cachorro de mente sucia en una chaqueta verde barata." "Pero ¿que he dicho?" el joven instructor le preguntó a la compañía, desplegando sus palmas como un discípulo en La última Cena de Leonardo. "Ya, ya," dijo Shade. "Estoy seguro, Charles, de que a nuestro joven amigo nunca le pasó por la mente insultar a su tocayo y soberano." "No podría hacerlo, aún si hubiera querido," observé plácidamente, convirtiéndolo todo en una broma. Gerald Emerald extendió su mano –la cual hasta el momento de escritura aún permanece en esa posición.

replay

revolution
(lennon / mccartney)
You say you want a revolution / well you know we all want to change the world. You tell me that it's evolution / well you know we all want to change the world. But when you talk about destruction / don't you know that you can count me out? Don't you know it's going to be all right? You say you got a real solution, / well you know we'd all love to see the plan. You ask me for a contribution, / well you know we are doing what we can. But if you want money for people with minds that hate, / all I can tell you is, brother, you have to wait.

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You say you'll change a constitution, / well you know we all want to change your head. You tell me it's an institution, / well you know you better free your mind instead. But if you go carrying pictures of chairman Mao / you ain't going to make it with anyone anyhow.

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(montevideo, 1944)

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de Arte andrógino: estilo versus moda
Cierta teoría corrió en los medios revolucionarios en Rusia alrededor de 1917. Se refería al sexo, y era la teoría del "vaso de agua". Propiciaba la libertad sexual en tanto afirmaba que tener sexo es como tomar un vaso de agua. Deberíamos saciar el apetito sexual del mismo modo simple y directo, acostándonos con quien queramos y con la mayor facilidad. El que tiene sed bebe agua, el que tiene un deseo se calma con una relación sexual. No sé quién formuló esta teoría, o más bien, cocinó esta metáfora, y cómo se puso en circulación. Los artículos y escritos que conozco se deben a autores que más bien tratan de contrarrestarla. Uno de ellos es Alejandra Kollontai, quien fue una colaboradora de Lenin del primer momento, y uno de los pocos antiguos bolcheviques que sobrevivieron a Stalin. Un artículo de la Kollontai, Eros con alas6, objeta, en contra de la teoría del vaso de agua, que cuando uno se acuesta con alguien tiene que haber algo más que la mera operación fisiológica, que ese Eros debe tener "alas", es decir un aura, un interés más amplio, algo relacionado con los sentimientos, con cierto trabajo compartido y un cambio de conciencia política. Pero ella sí estaba de acuerdo con el sexo libre, porque pensaba que con la Revolución Bolchevique iba a desaparecer la familia, ya que las mujeres se integrarían a las tareas de producción junto con los hombres, y los niños iban a ser cuidados en las creches, unas guarderías infantiles que el Estado iba a instalar por todas partes. De manera que la familia ya no sería una institución necesaria o justificable. Para Kollontai las relaciones eróticas son inestables, si no fugaces: tiende a configurarse un triángulo, una pareja abierta o con alguna línea de fuga, la posibilidad de situaciones triangulares dentro de un dinamismo de pasajes. Siguiendo planteos del autor decimonónico Alejandro Herzen en su novela ¿Quién tiene la culpa?, Kollontai admite que es legítimo mantener relaciones al menos con dos personas al mismo tiempo si, por motivos distintos, vienen a colmar aspectos de la personalidad. Kollontai expone la libertad erótica, se mueve dentro de ese marco, aunque subordina el impulso a los requisitos de un contexto, piensa
Alejandra Kollontai, "Make Way for the Winged Eros", en Bolshevik Visions, Part 1, editado por G. Rosenberg, Ann Arbor Paperbacks, University of Michigan Press, 1993, pp. 84-94. Es una de las "Cartas a la juventud luchadora", aparecidas en el diario Molodaia Gvardia, n. 3, 1923, pp. 111-24.
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que las "alas" de Eros lo visten con el talante de una cultura y de una ética revolucionarias. Pero su adversario en este campo era Lenin, quien no sólo se oponía a la Kollontai, sino sobre todo a la teoría del vaso de agua. Según él, no era adecuado –en ese momento en que se abolían grupos y clases sociales y se reorganizaban las relaciones económicas y la producción– dar importancia a las cuestiones eróticas, o debatirlas. Si los jóvenes se obsesionaban con el sexo, argumentaba, iban a perder fuerza para las tareas productivas y el desarrollo del nuevo estado de los Soviets. Era un tema que sobraba, del cual no había que hablar. Lenin creía en ciertos valores tradicionales acerca de la unión conyugal. Estuvo unido durante décadas y hasta el fin de su vida con la Krupskaia. Mantuvo, al costado de este arreglo, otras relaciones amorosas, algunas de cierta duración, como su vínculo con Inessa Armand. Pero tal comportamiento se afiliaría a una tolerancia decimonónica hacia el adulterio, como válvula para mantener una unión estable. No compartía la actitud más osada y abierta de Alejandra Kollontai, y mucho menos la metáfora del vaso de agua. En su entrevista con la comunista alemana Clara Zetkin expresó enfático rechazo a la estrategia por parte del Partido Comunista alemán de aceptar que las prostitutas se asociaran, dentro del Partido, en una organización autónoma, como un gremio del trabajo, de acuerdo a su actividad, y tuvieran un periódico propio. Exigió de parte de Zetkin un compromiso para disolver ese grupo7. Con esto quiero indicar que lo que se va consolidando dentro de la ideología bolchevique de los primeros años revolucionarios es la noción de que el sexo es una distracción banal en vista del imperativo de crear la andadura económica y política (en un sentido estricto) de una sociedad nueva. La planificación debe ocuparse de organizar las actividades productivas que lleven a satisfacer necesidades. Hay que desarrollar la capacidad de la gran industria, asegurar la alimentación y la manufactura de bienes que sirvan a la producción, como tractores, además de bienes de consumo, relegados, éstos, al último escalón de prioridades, y siempre escasos, si no ausentes. Se ha desmantelado el proceso y se ha perdido el conocimiento de cómo hacerlos al ser desplazados o quedar sin trabajo los operarios entrenados en esas tareas. No sólo hay un rechazo del lujo. Se retacea aún aquello que es la propia necesidad, la necesidad de cada hombre en particular y en concreto, más allá de las necesidades macroeconómicas de la infraestructura (la industria pesada, la electrificación, los armamentos) o de las necesidades macropolíticas de la superestructura (educación y propaganda). Se trata, al menos en principio, de alimentar a la gente, vestirla, darle casas. Pero si un deseo triunfa en la Revolución Bolchevique, es negado en aras de la necesidad. De todos modos, en los primeros años de la Revolución la política
“Dialogue with Clara Zetkin", en The Lenin Anthology, editado por Robert C. Tucker, New York, Norton, 1975, pp. 685-699
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erótica fue relativamente abierta, el divorcio fácil. Pero Stalin se encargó de fortalecer las leyes matrimoniales y penalizar las relaciones entre hombres. "En marzo de 1934 hizo su aparición la ley que calificaba las relaciones sexuales entre hombres como 'crímenes sociales' que debían ser castigados, en los casos más benignos, con tres a cinco años de prisión... La homosexualidad estaba colocada en el mismo plano que otros delitos como el sabotaje o el espionaje."8 Cuando Stalin proclama la metáfora de que el escritor es un ingeniero de almas, esas almas soviéticas son admisiblemente poco eróticas. Según el realismo socialista, al que Stalin mismo da nombre en 1932 durante un banquete en casa de Gorki que celebra la creación de la Sociedad de Escritores Soviéticos como única organización permitida, derogando las formaciones anteriores, la literatura debe ocuparse de la denuncia de la explotación capitalista y de la loa de las nuevas realidades económicas soviéticas. El erotismo es un ingrediente peligroso que debe ser dosificado y encuadrado en fórmulas canónicas y puesto al servicio, como apoyatura, de las supuestas realidades de la producción, la lucha de clases, o los espías contra el Estado Soviético, acerca de lo cual hay que testimoniar. En 1936 Stalin ataca en un artículo de Pravda la música de Shostakovich. Este piensa que lo van a arrestar y eliminar, pero no es detenido. Se suprime en cambio su segunda ópera, que estaba teniendo gran éxito de público en ese momento, tanto en Leningrado como en Moscú, Lady Macbeth del Distrito de Mtsenk, basada en un cuento del siglo XIX, de Nikolai Leskov, que lleva el mismo título, y que trata de un hecho real. A Stalin no le pareció edificante poner en primer plano de la acción y de la música una pasión erótica desbocada que recurre a los medios más cruentos, como un triple asesinato, y exhibe falta de escrúpulos y de arrepentimiento por parte de la heroína. Le pareció que tenía una influencia corruptora. La ópera, en vida de Stalin, jamás volvió a ponerse en escena. Una adaptación tardía, con cambio de nombre, fue revivida en los sesentas. El moralismo oficial de Stalin no tiene nada que ver con su vida privada disoluta. O la de otros dirigentes comunistas, como Lavrenti Beria. Pero esas costumbres eran secretas. Lo que predicaban los periódicos y se exigía al arte y se exigía hasta cierto punto en la vida privada a los ciudadanos era un deseo sometido a las necesidades de planificación, organización y producción. El marxismo, o las sociedades autodenominadas marxistas, han vivido negando el deseo como un desorden al cual se restringe la expresión, y sólo admitiendo en las relaciones humanas el imperio de la necesidad, o las responsabilidades y los deberes de un amor solidario, predicado por la propaganda en un contexto de control policial y de denuncia. Las cuestiones eróticas per se exigen censura y vigilancia,
Wilhelm Reich, La révolution sexuelle, Paris, Plon, 1968, citado en Guy Hocquenghem, Homosexualidad y sociedad represiva, Buenos Aires, Granica, 1974, p. 95.
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una proscripción equivalente a la de los artículos suntuarios, como si esos puntos de brillo y atracción no fueran otra cosa sino excedentes, un exceso innecesario. El hombre nuevo no participa en lo que se considera perversiones decadentes, si no ya del aristócrata, de la clase dominante de una sociedad de capital privado. La literatura es entendida al servicio de ese punto de vista, un testimonio planificado de las necesidades y su satisfacción posible en el nuevo orden socialista. Pero aún la necesidad individual, si bien no es negada, resulta circunscrita tanto en la esfera aceptada de su validez como en las posibilidades efectivas de su satisfacción. Esta negación o proscripción del deseo en el pensamiento marxista, tanto de Marx que se ocupaba de las cuestiones de producción y del rol del capital en el sistema, como de las sociedades marxistas leninistas, corresponde con la falta de aprecio en esas mismas sociedades de lo que podríamos llamar estilo, tanto en la apariencia, diseño y textura de los objetos, como en el aspecto de las personas, como en las inflexiones de su actuar. Si el descanso y el recreo pueden ser considerados utilitarios, ya que resultan aspectos insoslayables del proceso de producir, el estilo escapa al importe utilitario. Pero estilo no significa mero adorno, y menos aún adorno convencional. Dentro de los austeros lineamientos arquitectónicos del movimiento ruso que se llamó constructivismo, y que se desarrolló por lo menos en el papel, en proyectos, durante el período pre-staliniano, El Lissitzky considera que la tarea de los arquitectos consiste en vincular racionalmente los nuevos materiales y técnicas de construcción con una superestructura ideológica que tome en cuenta las necesidades de vivienda y trabajo en una sociedad guiada por principios comunitarios. Esta es una tarea "objetiva", "emprendida con la muda esperanza de que el producto final sea contemplado eventualmente como una obra de arte."9 En los veintes en la Unión Soviética se admite una arquitectura de vanguardias, más como pensamiento que como ejecución (por ejemplo, los proyectos y maquetas de Tatlin), vinculada al Bauhaus, una arquitectura funcionalista pero inventiva, que busca interactuar entre interior y exterior, entre materiales de construcción y uso del edificio. Hay luz para que la gente vea, falta de adornos, falta de complicación. Una gracia simple en las líneas está dictada por la estructura y los materiales empleados, así como por la función del local. Fueron pensados en esos momentos la relación entre la ciudad y el campo, los problemas de diseño de ciudades enteras, con su distribución de zonas verdes, así como de reas reservadas a la industria o a la residencia, ejes viales y ferroviarios. Tal el caso de Magnitogorsk, que N.A. Miliutin discute en un artículo de 1930, considerando los pros y contras de los diferentes proyectos
"Basic Premises, Interrelationship Between the Arts, The New City, and Ideological Superstructure", en Bolshevik Visions, Part II, ed. cit., p. 196.
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presentados para la construcción de la ciudad, incluido el propio10. Otra preocupación fue cómo figurar las viviendas comunales, a diferencia de las unidades para una familia individual, teniendo en cuenta la emancipación de las mujeres y su integración al trabajo, el relieve y el rol de la pareja y de los hijos en el nuevo estado. Stalin se cansó de esta arquitectura poco enfática en relación a los mensajes y propaganda del poder, y volvió, al menos en los edificios públicos y en las viviendas para la nomenklatura, lo mismo que Hitler enemigo del Bauhaus, a las fachadas adornadas y a un diseño decimonónico y por lo tanto kitsch, prestigiado por motivos impersonales e intemporales, por modelos recibidos. Los adornos aquí no son inventos, sino copiados y por lo tanto neutros, aunque no inocentes mensajeros de una grandiosidad convencional y segura. El efecto es pesado, ya sea por la abundancia de ornato o por el recurso a un neoclasicismo de catálogo. Se paralizó el experimento y la apertura de los procedimientos y las formas, en el sentido de una aventura, de crear áreas diferentes, singulares, una nueva experiencia del espacio. La causa primaria fue el culto de la personalidad, la megalomanía de Stalin: en adelante, la arquitectura debería cantar victorias y logros... Lo que siguió fue una "monumentalización" errática pero constante, especialmente en Moscú... un 'haussmanismo'... Estatuas, entabladuras, columnas (funcionales o no) restauraban el viejo respeto hacia lo gigantesco, el orden, la simetría –todo lo cual asociado con una autoridad solemne e incuestionable... Como Nicolas Timasheff señaló hace muchos años, el estalinismo fue un museo de los estilos históricos rusos provenientes de diversos períodos: arquitectura de 1820 dotada del monumentalismo político de 1930, música de concierto de la mitad del siglo XIX, y disciplinas educativas del fin del siglo XIX.11 Bajo Stalin se consagra lo convencional gregario, desde lo pobre desnudo, cabañas de madera para las nuevas locaciones industriales, con mejoras paulatinas hacia el bloque soviético de apartamentos, y arquitectura del poder, solemne y recargada. Esto coincide con su gusto por una literatura pasatista y pacata, doctrinaria, sin riesgos temáticos o de procedimiento, que debía estar modelada según el término que él mismo inventó: el realismo socialista. El estilo como un borde en que juega el deseo resultaba inadmisible, y sin interés, o de relevancia injustificada. El estilo era para Stalin en particular y para el estalinismo socialista en general, un instrumento de propaganda, o de lo contrario un epifenómeno, una manifestación superficial que relegaba los procesos decisivos y profundos de la economía y las relaciones presumidas auténticas entre los hombres. En este sentido, carecía de legitimación.
“The Problem of Building Socialist Cities: The Principles of Planning", en Bolshevik Visions, Part II, ed. cit., pp. 197-211. 11 Richard Stites, Revolutionary Dreams, Oxford University Press, 1989, pp. 238, 246.
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Así se entendió el estilo por parte de los partidos comunistas latinoamericanos. Durante los cincuentas y sesentas, pero aún durante los ochentas, la música de rock o las modalidades alternativas de indumentaria o cortes de pelo, el nuevo aspecto de los hombres y de las mujeres resultaba para los comunistas algo irrelevante, si no condenable, un modo de estar sujeto a la economía de mercado y a sus tentaciones. En los sesentas los rockeros y los hippies ya no tienen el aspecto típico de hombres, y ese nuevo aspecto se relaciona con una vida sexual más abierta y tolerante, menos machista, con la experiencia de drogas antes inaccesibles, con el resurgimiento de imágenes suprimidas: tal, por ejemplo, la figura de los indios estadounidenses, que sólo aparecía en los westerns denigrada, amenazante. Esa impronta resurge, como compulsión a repetir demoníaca (y demonizada) en el rock: pelo largo, cuero, tejidos autóctonos, maquillaje y joyas. Para los partidos que seguían la línea de Moscú, esto eran taras del mundo capitalista. En la Unión Soviética y sus satélites se prohibió con mayor o menor éxito el rock, de igual modo que en época de Stalin y de Hitler se tendía a suprimir el jazz. En la Cuba socialista alguien podía ser enviado a un campo de concentración o "campo de trabajo" no sólo por ser homosexual o seminarista12 sino por tener un corte de pelo diferente u osado, por vestirse de un modo desafiante al canon correcto, al aspecto considerado normal de un hombre o de una mujer13. En la China de Mao todos debían usar la chaqueta azul, emblema de una necesidad, la de vestirse, satisfecha. Los artículos cubrían el cuerpo para protegerlo del frío, y cuanto más uniformes mejor, ya que cualquier indicio de autoexpresión, de singularidad, era castigado como una tendencia individualista y por lo tanto índice de antisocialismo o contrarrevolución.

Cf. Ernesto Cardenal, En Cuba, Carlos Lohl‚ Buenos Aires-México, 1972. En una entrevista con Cardenal, el Arzobispo de La Habana se horroriza de que los seminaristas tengan que convivir con homosexuales en los campos de trabajo.
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De entre un clamor de noticias, baste citar la redada policial descrita en Arturo, la estrella más brillante, novela-testimonio de Reinaldo Arenas (el "testimonio" es un género premiado por Casa de las Américas), Barcelona, Montesinos, 1984, p. 33: "Se trataba de una de las acostumbradas 'recogidas' de jóvenes amparadas en el pretexto insólito de un pelo demasiado largo, de una forma de vestir determinada y, sobre todo, de ciertos rasgos, de ciertas 'maneras'." Los jóvenes seleccionados terminan en un campo de trabajo.

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replay

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(cuba, 1974. reside en la habana)

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nailé piñeiro

oquedal

noni no no ninino ni
No hay poema ni verso resoplido. Ni sentido contrasentido en el recordatorio de la estría. No hay poema, lengua trunca, entre el don y la memoria. No hay poema de hechura ni suficiente olvido de retoque. Ni consabidas armaduras de rehecho Ni lecturas de otro que nos lean: la incipiente calvicie de los monosílabos No hay poema, ni leedores de lo que ya olvidé. ●●●

orificio
Dentro a orificio conciso pulsa a través del flujo rasga tras la boca el impulso. Los labios se ahuecan para pronunciarla estáticos en bloque no saben qué palabra dar para que encaje en esa una boca entreabierta sostenida. ●●●

33 y 1/tercio grito
No sólo aspa a ras tildar o sobrecoger No sólo a tanto grito ●●●

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refosilamida
Dedos ajenos. Revelar el ritmo. Preguntar quién era sin demora. Recelo agazapado en mis dedos ajenos. Palpar. Mientras los pliegues de la carne: Rugoso. Liso. Cóncavo. No saber. Sentir. No querer saber. Sentir. Oírme con reiteración. Saltona y súbita la sensación me adormece. Traigo el espejo a la cama. Voy recortando imágenes. Oscuro. Abro los labios púrpura-violáceos babeando como un puente colgadizo hacia las sábanas. Vibra, mía y externa, pulsa ligera mientras se enerva el lugar preciso. Cuerpo supurante arrastrado que no ceja. Bulbando en lo viscoso para volver peregrino. Calambre adentro retornando a la cláusula, para rastrear eso breve, fugándose hacia el reverso. El destajo es forzoso, incluye brevedad y fin. Ya está. No más vibrar, leve revoloteo. El sanguíneo modo de correrse buscando un sucedáneo inencontrado. ●●●

el banquete
El tufo huye a bocadas de las hendiduras. Tienen dientes y lenguas y trillan los miasmas cocidos, salivan el aliento hasta aclimatar las narices ahí sentados cuadraturas alrededor de la mesa donde los fondos húmedos se superponen elipsoides.

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Cada vez la palanca acciona el mecanismo brazo hacia la mesa hacia sí. Ojos butacardas entre lazos carnicol. Vegetales diplomáticos, dame una mano la oreja no. Butacardas manipulan la Hoz, aguadañar los platos. Ristra tendida me como te como, ah sí, exquisito vocablo. ●●●

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sístole
Trae el sentimiento y ofuscación de la prisa. Bébete la pócima, el ombligo, la flojera, el fárrago, la sístole. No me vengas con lloriqueos ni danzulas portátiles. Desfila ahora la bilis, el estiércol, col hervida. En días retahílas y refugios, de no puedo no puedo no puedo. Corre la pose, la estirada oída, la pausa requetebién. En la cama sábanas cambiadas para no oler espera. El sueño repetido. Sueño.

replay

33 y 1/tercio james g. ballard
(shangai, 1930. okupa en inglaterra)

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la jaula de los reptiles
—Me recuerdan a los puercos gadarenos —dijo Mildred Pelham. Dejando de mirar la playa atestada, bajo la terraza de la cafetería, Roger Pelham se volvió hacia Mildred. —¿Por qué dices eso? Mildred siguió leyendo un rato y luego dejó el libro. —Bueno, ¿es cierto? —preguntó retóricamente—. Parecen cerdos. Pelham sonrió débilmente ante este moderado pero característico despliegue de misantropía. Se examinó las rodillas blancas que le asomaban de los shorts, y luego miró los brazos y los hombros rollizos de Mildred. —Creo que todos parecemos cerdos —declaró. Sin embargo, había pocas probabilidades de que alguien hubiese escuchado la observación de Mildred y se sintiese ofendido. Estaban sentados en un rincón, de espalda a los cientos de consumidores de helados y coca-cola que se apiñaban en la terraza. Los comentarios continuos propalados por las radios de transistores apoyadas entre las botellas, y los sonidos lejanos de la feria de diversiones detrás de las dunas, cubrían el sordo alboroto. Unos pocos metros por debajo de la terraza se extendía la playa, oculta por una masa de figuras recostadas que iba desde la orilla del agua hasta la carretera de atrás de la cafetería y se alejaba luego sobre las dunas. No se veía un solo grano de arena. Aún en la línea de la marea, donde el agua perezosa lavaba débilmente los restos de viejos paquetes de cigarrillos y otros desperdicios, había un tropel de niños pequeños que se pegaban al borde de la playa, ocultando la arena gris. Mirando otra vez la playa, Pelham entendió que el juicio poco generoso de Mildred no era más que la verdad. Por todos lados sobresalían caderas y hombros desnudos y los miembros yacían en serpentinas espirales. A pesar de la luz del sol y del tiempo considerable que habían pasado en la playa, muchos tenían aún la piel blanca, o de un color rosa cocido, moviéndose intranquilos en los reducidos espacios, tratando inútilmente de sentirse cómodos. En otro tiempo, este espectáculo de carnes expuestas y apretadas, y el desagradable aroma rancio del bronceador y el sudor —mirando la playa que se extendía hasta el cabo distante, Pelham podía casi ver el halo emponzoñado, sostenido en el aire por el murmullo de diez mil radios de transistores, reverberando como un enjambre de moscas— hubiesen lanzado a Pelham tierra adentro por la primera carretera a

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cien kilómetros por hora. Pero, de algún modo, la acostumbrada aversión personal de Pelham por el común de las gentes se había desvanecido. Se sentía curiosamente estimulado viendo a tanta gente junta (le pareció que había por lo menos cincuenta mil personas todo a lo largo de los ocho kilómetros de playa) y no tenía ganas de abandonar la terraza, aunque ya eran las tres y media y ni él ni Mildred habían comido desde el desayuno. Si dejaban un momento las sillas del rincón no las recuperarían nunca más. Los consumidores de helados de la playa Eco..., musitó jugando con el vaso vacío que tenía delante. Había trozos de pulpa sintética de naranja pegados a los lados del vaso, y una mosca zumbaba desanimadamente en los bordes. El mar estaba liso y tranquilo (un opaco disco gris) pero a un kilómetro y medio había una niebla baja suspendida sobre el agua, como un vapor sobre una tina. —Parece que tienes calor, Roger. ¿Por qué no nadas un rato? —Quizá vaya. Sabes, es curioso, pero de toda la gente que hay ahí, nadie está nadando. Mildred asintió con un gesto de aburrimiento. Era una mujer corpulenta y pasiva, que parecía contentarse con estar sentada al sol y leer. Sin embargo, había sido Mildred quien había sugerido el viaje hasta la costa, y cuando tropezaron con el tránsito atascado y se vieron obligados a abandonar el coche completando a pie los tres kilómetros que faltaban, había omitido los rezongos de costumbre. Pelham no la había visto caminar así desde hacía diez años. —Es un día raro —dijo Mildred—. No hace mucho calor. —No estoy de acuerdo. Pelham iba a seguir hablando cuando se puso de pie y miró la playa por encima de la baranda. En la mitad de la cuesta paralela al paseo, se movía lentamente una corriente continua de gente, siguiendo una fila informal, empujándose y adelantándose unos a otros, llevando en la mano botellas frescas de coca-cola, lociones y helados. —Roger, ¿qué pasa? —Nada... creí ver a Sherrington. Pelham escudriñó inútilmente la playa. —Siempre estás viendo a Sherrington. Es la cuarta vez esta tarde. No te preocupes más. —No me preocupo. No estoy seguro, pero tengo la impresión de que lo vi. Pelham se sentó de mala gana, acercando la silla a la baranda otra fracción de centímetro. A pesar de un estado de ánimo apagado y de un vacuo aburrimiento, había sentido todo el día un desasosiego indefinible pero claro. Asociado de algún modo con la presencia de Sherrington en la playa, este malestar había crecido continuamente. La probabilidad de que Sherrington —con quien compartía una oficina en el departamento de fisiología de la universidad— hubiese elegido realmente esta sección de playa era remota, y Pelham no sabía siquiera por qué estaba tan convencido de que Sherrington andaba

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allí cerca. Quizás esos reconocimientos ilusorios —mucho más improbables en vista de que Sherrington tenía barba negra, una cara severa y arrogante, piernas largas y caminaba encorvado— eran simples proyecciones de esta tensión subyacente y de su propia peculiar dependencia de Sherrington. Sin embargo, aunque Mildred parecía inmune, la mayoría de la gente de la playa compartía también de alguna manera el estado de ánimo de Pelham. A medida que avanzaba el día, el alboroto iba cediendo y las charlas eran más esporádicas. A veces el bullicio se apagaba del todo y el gentío, como una inmensa multitud que espera el postergado comienzo de un espectáculo público, se ponía de pie y se movía impaciente. Pelham, que observaba con atención toda la playa, veía claramente esas ondas de inquieta actividad en el brillo metálico de los miles de aparatos de radio que se movían en una ola fluctuante junto con las largas ondulaciones de la gente. Los sucesivos espasmos, repetidos a intervalos de aproximadamente media hora, parecían llevar a la multitud un poco más hacia el mar. Debajo del borde de hormigón de la terraza, entre la masa de figuras recostadas, un vasto grupo familiar había instalado un coto privado. En un extremo, literalmente al alcance de Pelham, los miembros adolescentes de la familia habían escarbado su propio nido; los cuerpos angulares, de reducidos y húmedos trajes de baño, los brazos y las piernas extendidos, se entrelazaban entre sí, como un curioso animal anular. A pesar del ruido continuo de la playa y de la feria, Pelham alcanzaba a oír la charla vana de los jóvenes, que seguía el hilo de los comentarios radiales cada vez que cambiaban de estación. —Van a lanzar otro satélite —le dijo a Mildred—. El Eco XXII. —¿Para qué se molestan? —los ojos azules e inexpresivos de Mildred inspeccionaron la bruma lejana, suspendida sobre el agua—. Se me ocurre que ya hay más que suficientes... —Bueno... Pelham pensó un momento si valdría la pena aprovechar las escasas posibilidades de conversación de la respuesta de Mildred. Aunque casada con un catedrático de fisiología, el interés de Mildred por las cuestiones científicas se limitaba a poco más que a una condenación total de ese dominio. Toleraba penosamente el puesto de Pelham en la universidad, despreciando la oficina desordenada, los desaseados estudiantes y los insensatos aparatos del laboratorio. Pelham nunca había sabido exactamente qué profesión podía haber respetado Mildred. Antes del matrimonio Mildred mantuvo —como se comprendió más tarde— un silencio cortés a propósito del trabajo de Pelham; después de once años, esta actitud había cambiado apenas, aunque la necesidad de subsistir con un escaso sueldo la había obligado a interesarse en el juego sutil, complejo e infinitamente fatigoso de los ascensos. Como era de esperar, la lengua acerba de Mildred no los había ayudado a ganar amigos, y por una curiosa paradoja Pelham sentía que el respeto rencoroso que le tenían a Mildred lo beneficiaba de alguna manera. A veces los ásperos comentarios de Mildred, en las

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reuniones sociales demasiado largas, emitidos siempre en voz alta durante algún intervalo de silencio (por ejemplo, había descrito a un anciano ocupante de la cátedra de Fisiología como "esa rareza gerontológica", a dos metros de la mujer del profesor), le encantaban a Pelham por su mordaz precisión, pero en general había algo de aterrorizador en aquella despiadada falta de simpatía por el resto de la raza humana. La cara grande y blanda de Mildred, con la boca de pimpollo fruncido, le recordaba ahora a Pelham la descripción de Mona Lisa como una mujer que acababa de devorarse al marido. Mildred, sin embargo, ni siquiera sonreía. —La teoría de Sherrington sobre los satélites es interesante —dijo Pelham—. Tenía ganas de verlo para que la explicara otra vez. Creo que te divertiría, Mildred. Sherrington trabaja ahora en la investigación de los Mil —¿En qué? —habían subido el volumen de la radio detrás de ellos, y el comentario de la cuenta regresiva final de Cabo Kennedy bramó en el aire. —MIL: mecanismos innatos de liberación. Ya te expliqué, son reflejos heredados... Pelham calló, observando a Mildred impacientemente. Mildred lo miraba ahora con los mismos ojos muertos con que había examinado al resto de la gente en la playa. Malhumorado, Pelharn exclamó: —Mildred, ¡estaba hablando de la teoría de Sherrington! Imperturbable, Mildred sacudió la cabeza. —Roger, hay demasiado ruido; no te puedo escuchar. Y menos que nada las teorías de Sherrington. Casi imperceptiblemente, otra ola de impaciente actividad recorría ahora la playa. La gente se sentaba y se sacudían unos a otros la arena de las espaldas quizá en respuesta al climax final de la cuenta al revés, transmitida por los comentaristas de Cabo Kennedy. Pelham observó cómo la luz del sol flameaba en el cromo de los aparatos de radio y en los diamantinos lentes de sol cuando toda la playa se agitaba y se ondulaba. El ruido había disminuido perceptiblemente, dejando oír la Wurlitzer de la feria de diversiones. Por todos lados se veía la misma excitación expectante. Pelham miró entornando los ojos y le pareció que la playa era un inmenso nido de bulliciosas culebras. En algún lugar gritó la voz de una mujer. Pelham se inclinó hacia adelante, explorando las filas de caras enmascaradas por lentes oscuros. Había un borde filoso vuelto hacia el aire, una implicación desagradable y casi siniestra de violencia escondida bajo la tranquila superficie. Gradualmente, sin embargo, la actividad se apaciguó. La vasta multitud se aflojó y se recostó de nuevo. El agua grasienta lamía los pies de las gentes tendidas a orillas del mar. Empujado por la oleada de la costa, un aire débil se movió sobre la playa, arrastrando la fragancia dulce de la transpiración y las lociones. Apartando la cara, Pelham sintió que un espasmo de nausea le contraía el esófago. Sin

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duda, reflexionó, el homo sapiens en masa era un espectáculo más desagradable que el de cualquier otra especie animal. Un corral de caballos o de bueyes daba una impresión de elegancia potente y vigorosa, pero esta masa articulada de carne albina desparramada sobre la arena recordaban la morbosa fantasía anatómica de un pintor surrealista. ¿Por qué se había reunido allí toda esa gente? Los boletines meteorológicos de la mañana no habían sido especialmente favorables. La mayoría de las noticias hablaban del lanzamiento inminente del satélite, la última etapa de la red mundial de comunicaciones que ahora proporcionaría a cada metro cuadrado del globo un contacto visual directo con la línea de satélites en órbita. Quizás el sellado definitivo de este ineludible dosel aéreo los había impulsado a todos a buscar la playa más cercana en un acto simbólico de autoexposición como un último gesto de entrega. Intranquilo, Pelham cambió de postura en la silla, notando de pronto que el borde de metal de la mesa le estaba lastimando los codos. La silla de lata era dolorosamente incómoda, y sentía como si tuviese el cuerpo claveteado y amarrado por brazos de hierro. Tuvo otra vez el curioso presentimiento de un espantoso acto de violencia, y miró al cielo, casi esperando que saliese un avión de la bruma distante y se desintegrase en la playa atestada. Le observó a Mildred: —Es notable qué populares pueden llegar a ser los baños de sol. Eran un verdadero problema social en Australia, antes de la segunda guerra mundial. Mildred levantó la vista del libro, pestañeando. —Probablemente no tenían otra cosa que hacer. —Ahí está el problema. Mientras la gente esté dispuesta a pasar el tiempo tendida en la playa hay poca esperanza de que invente otros pasatiempos. Tomar baños de sol es antisocial, pues es una práctica totalmente pasiva —bajó la voz al notar que la gente sentada a su alrededor lo estaba mirando por encima del hombro, atentos a su dicción precisa y elevada—. Por otro lado, une a la gente. Desnudas, o casi desnudas, la vendedora de tienda y la duquesa son virtualmente iguales. Pelham se encogió de hombros. —Tú me entiendes. Pero creo que el sentido psicológico de la playa es mucho más interesante. La línea de la marea es un área particularmente significativa, una zona de penumbra que pertenece al mar y al mismo tiempo está fuera, sumida a medias en el inmenso útero del tiempo. Si aceptas el mar como una imagen del inconsciente, entonces este impulso de ir a la playa es quizá un esfuerzo por eludir la existencia común y regresar al mar-tiempo universal... —jRoger, por favor! —aburrida, Mildred apartó la vista—. Hablas como Charles Sherrington. Pelham se volvió de nuevo hacia el mar. Allá abajo, un comentarista de radio anunció la posición y la velocidad del satélite, y su

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trayectoria alrededor del globo. Ociosamente, Pelham calculó que tardaría unos quince minutos en pasar por encima de ellos, casi exactamente a las tres y media. Por supuesto que sería visible desde la playa, aunque los últimos trabajos de Sherrington sobre la radiación infrarroja sugerían que hay una percepción subliminal de parte de la luz infrarroja solar. Reflexionando en las oportunidades que esto podría ofrecerle a un demagogo comercial o político, Pelham escuchaba la radio de la arena allá abajo, cuando un brazo largo y blanco se estiró y la apagó. La dueña del brazo, una muchacha regordeta de piel blanca, con cara de apacible madonna, enmarcadas las mejillas en rizos de pelo negro, giró hasta quedar con la espalda sobre la arena, desembarazándose de sus compañeros, y durante un momento ella y Pelham se miraron a los ojos. Pelham supuso que ella había apagado la radio deliberadamente para evitar que él, Pelham, oyese las noticias, y de pronto entendió que en efecto la muchacha había estado escuchando y esperaba que reanudase su monólogo. Halagado, Pelham estudió la cara seria y redonda de la muchacha, y aquella figura madura pero infantil, tendida casi tan cerca, y casi tan desnuda, como si estuvieran compartiendo una cama. La expresión franca, adolescente pero curiosamente tolerante cambió apenas y Pelham apartó la vista negándose a aceptar las implicaciones de esa mirada, comprendiendo con una punzada de dolor el profundo alcance de su sometimiento a Mildred, que lo separaba del todo y para siempre de cualquier experiencia nueva o real en la vida. Las precauciones y los compromisos aceptados diariamente durante diez años para hacer más llevadera la existencia habían ido entorpeciéndole progresivamente los sentidos, y lo que quedaba de la personalidad original, con todas sus posibilidades, se conservaba ahora como un espécimen en un frasco. En otro tiempo se hubiese despreciado a sí mismo por aceptar esta situación tan pasivamente, pero ahora estaba más allá de cualquier autoapreciación verdadera, pues no tenía un criterio justo para determinar su propio valor en este estado, mucho más abyecto que el del rebaño vulgar y estúpido de la playa. —Hay algo en el agua —Mildred señaló hacia la orilla-. Allá. Pelham siguió la dirección del brazo. A doscientos metros, junto a la orilla, se había reunido una pequeña multitud. Las olas perezosas rompían a los pies de la gente, mientras observaban algo que ocurría en el agua poco profunda. Muchos de ellos habían alzado los diarios para protegerse las cabezas del sol, y las mujeres más viejas del grupo apretaban las rodillas sosteniendo las faldas. —No veo nada —Pelham se frotó la barbilla, distraído por un hombre barbudo que estaba en el paseo, sobre la terraza. No era Sherrington, pero se le parecía extraordinariamente—. Parece que no hay peligro, de todos modos. El mar debe de haber arrojado algún pez raro a la orilla. En la terraza, y más abajo en la playa, todos esperaban que sucediese algo, estirando los cuellos. A medida que bajaban el volumen de las

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radios, para que se oyesen todos los sonidos distantes, una ola de silencio pasó sobre la playa como una inmensa nube sombría que ocultara la luz del sol. La ausencia casi total de ruidos y movimiento, después de las largas horas de bullicio, parecía extraña y misteriosa, y sobre los miles de figuras vigilantes había ahora una intensa y concentrada atmósfera de autoconciencia. El grupo de la orilla del agua se quedó donde estaba; hasta los niños más pequeños miraban apaciblemente aquello que atraía la atención de los padres. Por primera vez se veía una porción estrecha de la playa, y había una confusión de radios y equipo de playa enterrados a medias en la arena como desechos metálicos. Poco a poco, la gente que bajaba empujando desde el paseo ocupó los lugares vacíos, maniobra llevada a cabo sin ninguna reacción por parte del grupo de la orilla. Pelham se los imaginó como una familia de compungidos peregrinos que había viajado mucho tiempo y esperaba ahora pacientemente a orillas de las aguas sagradas el momento de recibir la gracia vivificante. —¿Qué ocurre? —preguntó Pelham. Desde hacía un rato no había indicios de movimiento en el grupo del borde del agua. Advirtió que la gente se había ordenado en una línea recta a lo largo de la orilla—. No miran nada. La bruma estaba ahora a sólo quinientos metros de la costa, y oscurecía los contornos de las olas enormes. Completamente opaca, el agua parecía aceite caliente, y de vez en cuando algunas olitas se disolvían en burbujas grasientas expirando blandamente en la arena, entre desperdicios y paquetes vacíos de cigarrillos. El mar palpaba la costa como una enorme bestia pelágica que luego de despertar de las profundidades tanteaba ahora la arena. —Mildred, voy a bajar al agua un momento —Pelham se puso de pie —. Hay algo curioso... —se interrumpió, señalando la playa al otro lado de la terraza—. ¡Mira! Allá hay otro grupo. ¿Qué diablos...? De nuevo, mientras todos miraban, este segundo cuerpo de espectadores se ordenó en la orilla del mar, unas doscientas personas a lo largo de la playa, mirando todas silenciosamente hacia el agua. Pelham se retorció las manos, y se tomó de la baranda sintiendo el impulso de bajar a la arena. Sólo lo contenía el apiñamiento. Esta vez el interés del gentío pasó en unos pocos instantes, y se reanudó el murmullo de ruidos de fondo. —Sabe Dios qué están haciendo —Mildred volvió la espalda—. Allá hay más. Deben de estar esperando algo. Efectivamente, media docena de grupos similares se estaban formando ahora a la orilla del agua, a intervalos casi precisos de cien metros. Pelham escudriñó los extremos lejanos de la bahía en busca de señales de una lancha automóvil. Le echó un vistazo al reloj. Eran casi las tres y media. —No pueden estar esperando nada —dijo, tratando de dominarse. Los pies se le crisparon debajo de la mesa impacientemente, como si quisieran aferrarse al cemento arenoso—. Lo único que se espera es el satélite, y de todos modos nadie lo verá. Tiene que haber algo en el

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agua —la mención del satélite le recordó de nuevo a Sherrington—. Mildred, ¿no sientes... ? Antes que terminara la frase, el hombre que estaba detrás se puso de pie con una curiosa sacudida, como esperando llegar hasta la baranda, y volteó el borde afilado de la silla contra la espalda de Pelham. Durante un instante, mientras forcejeaba para sostener al hombre, Pelham se vio envuelto en un olor rancio a sudor y cerveza. Vio el lustre vidriado en los ojos del otro, el mentón áspero y sin afeitar, la boca abierta como un hocico, apuntando con una especie de apetito impulsivo hacia el océano. —¡El satélite! Desembarazándose del hombre, Pelham estiró el cuello hacia el cielo. En el azul pálido no había ni aviones ni pájaros... aunque esa mañana habían visto gaviotas a treinta kilómetros tierra adentro, como si estuviesen anticipando una tormenta. Cuando el resplandor le hirió los ojos, unos puntos de luz retinal empezaron a girar en el cielo en órbitas epilépticas. Uno de esos puntos, no obstante, asomando aparentemente en el horizonte occidental, se movía por el borde del campo de visión de Pelham trepando oscuramente hacia él. Alrededor, la gente empezó a incorporarse y las sillas cayeron y se arrastraron por el suelo. En una mesa se volcaron las botellas, algunas haciéndose trizas contra el hormigón. —¡Mildredl Debajo, en una vasta y desordenada confusión que se extendía hasta donde alcanzaban los ojos, la gente se levantaba lentamente. El murmullo difuso de la playa había cedido ante un sonido más urgente y áspero que resonaba desde ambos lados de la bahía. Parecía que toda la playa se agitaba retorciéndose; las únicas figuras inmóviles eran las que estaban al borde del agua, y formaban ahora una estacada ininterrumpida, ocultando el mar. Otros se les acercaban también, y en algunos sitios la hilera tenía casi diez hombres de espesor. Todos los de la terraza estaban ahora de pie. Los que llegaban del paseo empujaban a la multitud de la playa, y la tertulia instalada a los pies de la mesa de los Pelham había sido arrastrada otros veinte metros hacia el mar. —Mildred, ¿ves a Sherrington en alguna parte? —Pelham miró el reloj pulsera de Mildred y vio que eran exactamente las tres y media; tomó a su mujer del hombro, tratando de llamarle la atención. Mildred le devolvió lo que era casi una mirada vacía, una expresión opaca—. ¡Mildred! Tenemos que escapar de aquí! —gritó Pelham roncamente —. Sherrington cree que podemos ver una parte de la luz infrarroja reflejada por los satélites. Todos juntos pueden despertar los mecanismos de liberación que nacieron hace millones de años, cuando otros vehículos del espacio circundaban la tierra. ¡Mildred...! Mildred y Pelham tuvieron que dejar las sillas y fueron apretados contra la baranda. Un inmenso gentío bajaba por la playa, y la costanera de ocho kilómetros de largo estuvo pronto atestada de

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figuras en pie. Nadie hablaba, y todos tenían la misma expresión concentrada y absorta, como la que se ve en las caras de una multitud a la salida de un estadio. Detrás, la enorme rueda de la feria giraba lentamente, pero las góndolas estaban vacías, y Pelham se volvió para mirar la feria de diversiones abandonada a sólo cien metros del gentío de la playa; los tiovivos giraban entre las barracas desiertas. Rápidamente, ayudó a Mildred a subir al borde de la baranda y luego saltaron a la arena, esperando poder abrirse paso otra vez hasta el paseo. Llegaron a la esquina de la cafetería, y al volver, la multitud que bajaba por la playa los hizo retroceder a los empellones sobre las radios abandonadas en la arena. La presión cesó y recuperaron el equilibrio, juntos todavía. Pelham afirmó los pies en la arena. —... Sherrington cree que el hombre Cromagnon enloqueció de miedo, como los puercos gadarenos: la mayoría de los huesos han sido encontrados debajo de los lechos de los lagos. El reflejo debe de ser demasiado fuerte... Se interrumpió. El ruido se había apaciguado de pronto, y la inmensa congregación que ahora llenaba cada metro cuadrado de playa miraba silenciosamente al agua. Pelham se volvió hacia el mar, donde la niebla, a sólo cincuenta metros de distancia, avanzaba en grandes nubes hacia la playa. La fila delantera de la multitud, inclinadas apenas las cabezas, miraba pasivamente las olas cada vez más grandes. La superficie del agua fosforecía con un intenso resplandor luminoso, vibrante y espectral, y en el aire gris las hileras de figuras inmóviles se destacaban como lápidas. Oblicuamente delante de Pelham, a veinte metros de distancia, en la primera fila, había un hombre calvo, barbudo, de expresión meditativa y serena. —¡Sherrington! Pelham se puso a gritar. Involuntariamente alzó la vista al cielo y sintió que un deslumbrante punto de luz le quemaba las retinas. A lo lejos la música de la feria de diversiones giraba en el aire vacío. Luego, en una ola galvánica, todos los que estaban en la playa echaron a caminar hacia el agua.

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catástrofe aérea
La noticia indicando que el avión más grande del mundo se había hundido en el mar cerca de Mesina, con mil pasajeros a bordo, me llegó a Nápoles, donde estaba cubriendo el festival de cine. Apenas

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unos pocos minutos más tarde que las primeras informaciones de la catástrofe fueran transmitidas por la radio (el mayor desastre de la historia de la aviación mundial, una tragedia similar a la aniquilación de toda una ciudad), mi redactor jefe me telefoneó al hotel. —Si aún no lo has hecho, alquila un coche. Baja hasta allí y ve lo que puedes conseguir. Y, esta vez, no olvides tu cámara. —No habrá nada fotografiable —hice notar—. Un montón de maletas flotando en el agua. —No importa. Es el primer avión de este tipo que se estrella. ¡Pobres diablos! Eso tenía que ocurrir algún día. No me atreví a contradecirle, puesto que mi redactor jefe tenía razón. Abandoné‚ Nápoles media hora más tarde y me dirigí al sur, hacia Reggio Calabria, recordando la puesta en servicio de aquellos aviones gigantes. No representaban ningún progreso en la tecnología de la aviación: de hecho, no eran más que versiones de dos pisos de un modelo ya existente; pero había algo en la cifra mil que excitaba la imaginación, provocaba todo tipo de malos presagios, que ninguna publicidad tranquilizadora conseguía alejar. Mil pasajeros; los contaba ya mentalmente, mientras me dirigía a la escena trágica. Veía las fantasmales falanges: hombres de negocios, monjas de edad avanzada, niños regresando a ver a sus padres, amantes en fuga, diplomáticos, incluso un traficante de yerba. Eran una porción de humanidad casi perfecta, un poco como las muestras representativas de un sondeo de opinión, que hacía que la catástrofe estuviera próxima a todo el mundo. Faltaban aún unos ciento sesenta kilómetros hasta Reggio, y me puse a observar involuntariamente el mar, como si esperara ver los primeros maletines y chalecos salvavidas varados en las vacías playas. Cuanto más aprisa pudiera fotografiar unos cuantos restos flotando en el mar para satisfacer a mi redactor jefe y volver a Nápoles, incluso a las mundanidades del festival de cine, más feliz me sentiría. Por desgracia, había grandes embotellamientos en la carretera que conducía al sur. Evidentemente, todos los demás periodistas del festival, tanto italianos como extranjeros, habían sido enviados al lugar del desastre. Camiones de la televisión, coches de la policía y vehículos de turistas curiosos..., pronto nos encontramos parachoques contra parachoques. Irritado por aquella macabra atracción hacia la tragedia, empecé a desear que no hubiera ni el menor rastro del avión cuando llegásemos a Reggio, aun a riesgo de decepcionar de nuevo a mi redactor jefe. De hecho, escuchando los boletines de la radio, apenas había nuevas noticias sobre el accidente. Los comentaristas que habían llegado ya al lugar recorrían las calmadas aguas del estrecho de Mesina en pequeñas lanchas de alquiler, sin hallar aún el menor rastro de la catástrofe. Y, sin embargo, no quedaba la menor duda que el avión se había estrellado en alguna parte. La tripulación de otro avión había visto al enorme aparato estallar entre cielo y tierra, probablemente víctima de un sabotaje. De hecho, la única información precisa que se

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transmitía una y otra vez por la radio era la grabación de los últimos instantes del piloto del gigantesco avión, declarando que había un incendio en la bodega de equipajes. El avión se había estrellado, por supuesto, pero, ¿dónde exactamente? Pese a la falta de noticias, la circulación proseguía hacia Reggio y el sur. Detrás de mí, un equipo italiano de reportajes televisados decidió adelantar a la hilera de vehículos que se arrastraba penosamente y se pasó a la orilla; los primeros altercados se iniciaron inmediatamente. La policía regulaba un cruce importante y, con su flema habitual, conseguía frenar aún más la circulación. Una hora más tarde mi radiador empezó a hervir, y me vi obligado a entrar con mi coche dando tirones en una estación de servicio al borde de la carretera. Sentado de mal humor en el patio de la estación, me daba cuenta que no iba a alcanzar Reggio hasta media tarde. Observaba la inmóvil serpiente de la circulación, que desaparecía en las montañas unos pocos kilómetros más adelante. Las ondulaciones de la cadena de montañas de Calabria surgían bruscamente de la llanura marítima, con sus agudos picos iluminados por el sol. Pensando en ello, nadie había sido testigo de la caída del gigantesco avión al mar. La explosión se había producido en alguna parte sobre las montañas de Calabria, y la probable trayectoria del desgraciado aparato conducía hasta el estrecho de Mesina. Pero, de hecho, un error de observación de apenas unos pocos kilómetros, un error de cálculo de algunos segundos por parte de la tripulación que había visto la explosión, podían situar el punto del impacto muy al interior. Por coincidencia, un par de periodistas en un coche cercano discutían esta posibilidad mientras el encargado de la estación les llenaba el depósito. El más joven de los dos señalaba con un dedo la montaña, e imitaba una explosión. El otro parecía escéptico, ya que el joven encargado de la estación parecía querer confirmar la teoría y no ofrecía grandes muestras de inteligencia. Una vez le hubieron pagado, se dirigieron de nuevo a la carretera para incorporarse a la lenta caravana que conducía a Reggio. El hombre les observó marcharse, indiferente. Cuando hubo llenado mi radiador, le pregunté: —¿Ha visto alguna explosión en las montañas? —Quizá sí. Es difícil de decir. Puede que se tratara de un relámpago, o de una avalancha. —¿No vio usted el avión? —No, de veras. Se alzó de hombros, más interesado en su trabajo que en la conversación. Poco después, otro le reemplazó, y él se montó en la moto de un compañero y, como todo el mundo, se dirigió hacia Reggio. Eché una ojeada a la carretera que conducía hasta el valle. Por suerte, un pequeño camino detrás de la estación de servicio conducía

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hasta ella unos quinientos metros más adelante, al otro lado de un campo. Diez minutos más tarde conducía hacia el valle, alejándome de la llanura del litoral. ¿Por qué suponía que el avión se había estrellado en las montañas? Quizá la esperanza de confundir a mis colegas y de impresionar por primera vez a mi redactor jefe. Ante mí surgió un pequeño pueblo, un decrépito grupo de edificios alineados a ambos lados de una plaza formando pendiente. Media docena de campesinos estaban sentados al exterior de una taberna..., no mucho más que una ventana en una pared de piedra. La carretera del litoral quedaba ya muy lejos detrás, como si formara parte de otro mundo. A aquella altura, seguro que alguien tenía que haber visto la explosión del aparato si el avión se había estrellado por allí. Había que interrogar a algunas personas; si nadie había visto nada, daría media vuelta y seguiría a los demás hasta Reggio. Al entrar en el pueblo recordé hasta qué punto era pobre aquella región de Calabria..., la más pobre de Italia, irónicamente situada debajo de la bota desde un punto de vista geográfico y casi sin ningún cambio desde el siglo XIX. La mayor parte de las miserables casas de piedra aún no tenían electricidad. No había más que una única y solitaria antena de televisión y algunos automóviles viejos, verdaderas piezas de museo ambulantes, estacionados a ambos lados de la carretera junto con oxidadas piezas de utensilios agrícolas. Las deterioradas curvas de la carretera que conducían hacia el valle parecían ahogarse en un suelo secularmente árido. Sin embargo había una débil esperanza que los lugareños hubieran visto algo, un resplandor quizá o incluso la visión fugitiva del aparato en llamas hundiéndose hacia el mar. Detuve mi coche en la empedrada plaza y me dirigí hacia los campesinos en el exterior de la taberna. —Estoy buscando el avión que se ha estrellado —les dije—. Puede que haya caído por aquí. ¿Alguno de vosotros ha visto algo? Miraban fijamente mi coche, evidentemente un vehículo mucho más llamativo que todo lo que podía caer desde el cielo. Agitaron la cabeza, moviendo las manos de una forma extrañamente secreta. Ahora sabía que había perdido mi tiempo acudiendo allí. Las montañas se elevaban por todos lados a mi alrededor, dividiendo los valles como si fueran las entradas de un inmenso laberinto. Mientras me volvía para regresar al coche, uno de los viejos campesinos me tocó del brazo. Señaló negligentemente con el dedo hacia un estrecho valle encajonado entre dos picos adyacentes, muy arriba por encima de nosotros. —¿El avión? —pregunté. —Está ahí arriba. —¿Qué? ¿Está seguro? —Intenté controlar mi excitación, con miedo a ponerme demasiado en evidencia. El viejo hizo un gesto afirmativo con la cabeza. No parecía estar ya interesado.

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—Sí. Al final del valle. Es muy lejos. Seguí mi camino unos instantes más tarde, intentando con dificultad no apurar demasiado el motor del coche. Las vagas indicaciones del viejo me habían convencido que estaba sobre la buena pista y a punto de conseguir el golpe maestro de mi carrera periodística. Pese a su indiferencia, el viejo había dicho la verdad. Seguí la estrecha carretera, evitando los socavones y otros agujeros en el suelo. A cada curva esperaba ver las alas destrozadas del avión en equilibrio sobre un distante pico, y centenares de cuerpos esparcidos por la ladera de la montaña como un ejército diezmado por un adversario sin piedad. Mentalmente redactaba ya los primeros párrafos de mi información, y me veía remitiéndosela a mi asombrado redactor jefe, mientras mis rivales contemplaban el mar vacío cerca de Mesina. Era importante hallar el equilibrio justo entre el sensacionalismo y la piedad, una irresistible combinación de realismo furioso e invocación melancólica. Pensaba describir el descubrimiento inicial de un asiento arrancado del avión sobre la ladera de la colina, una estremecedora pista de equipajes reventados, el juguete de peluche de un niño, y luego... el alfombrado valle cubierto de cuerpos desgarrados. Seguí por aquella carretera durante casi una hora, deteniéndome de tanto en tanto para apartar las piedras que bloqueaban el camino. Aquella región árida y remota estaba casi desierta. De tanto en tanto aparecía alguna casa aislada, pegada a la ladera de la montaña, una sección de cable telefónico siguiendo mi mismo camino durante unos seiscientos metros antes de interrumpirse bruscamente, como si la compañía telefónica se hubiera dado cuenta hacía años que no había nadie allí para llamar o recibir llamadas. Empecé a dudar una vez más. El viejo lugareño..., ¿me habría engañado? Si hubiese visto realmente estrellarse el avión, ¿no se hubiera mostrado preocupado? La llanura litoral y el mar estaban ahora a kilómetros a mis espaldas, visibles de tanto en tanto mientras proseguía la irregular carretera a través del valle. Observando la soleada costa por mi retrovisor, no me di cuenta del enorme montón de pedruscos sembrados por la carretera. Tras el primer choque, me di cuenta por el distinto sonido del tubo de escape que se había estropeado el silenciador. Maldiciendo sordamente por haberme embarcado en aquella loca aventura, me di cuenta que estaba a punto de perderme en aquellas montañas. La claridad de la tarde estaba empezando a disminuir. Afortunadamente, llevaba bastante gasolina, pero en aquella estrecha carretera me resultaba imposible dar media vuelta. Obligado a continuar, me aproximé a un segundo pueblo, un amasijo de miserables viviendas edificadas hacía más de un siglo alrededor de una iglesia hoy en ruinas. El único lugar donde podía dar la vuelta estaba temporalmente bloqueado por dos lugareños cargando madera en una carreta. Mientras aguardaba a que se fueran, me di cuenta que la gente de aquel lugar era aún más pobre que la del primer pueblo. Sus ropas estaban hechas o de cuero o de pieles de

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animales, y todos llevaban fusiles de caza al hombro; y sabía, viéndoles observarme, que no vacilarían en utilizar aquellas armas contra mí si me quedaba hasta la noche. Me observaron con atención mientras daba la media vuelta, con sus miradas fijas en mi lujoso coche deportivo, las cámaras en el asiento trasero, e incluso mis ropas, que debían parecerles increíblemente exóticas. A fin de explicar mi presencia y proporcionarme una especie de status oficial que les refrenara de vaciar sus escopetas contra mi espalda unos instantes más tarde, dije: —Me han pedido que busque el avión; cayó en algún lugar por aquí. Iba a cambiar de marcha, dispuesto a salir a toda prisa, cuando uno de los hombres hizo un gesto afirmativo con la cabeza como respuesta. Apoyó una mano sobre mi parabrisas, y con la otra me indicó un estrecho valle que se abría entre dos picos cercanos, en una montaña a unos trescientos cincuenta metros por encima nuestro. Mientras seguía con el coche el camino de la montaña, todas mis dudas habían desaparecido. Ahora, de una vez por todas, iba a dar pruebas de mi valía al escéptico redactor jefe. Dos testigos independientes habían confirmado la presencia del avión. Cuidando de no reventar mi coche en aquel camino primitivo, continué dirigiéndome hacia el valle que lo dominaba. Durante otras dos horas seguí subiendo incansablemente, siempre hacia arriba en medio de las desoladas montañas. Ahora ya no eran visibles ni la llanura del litoral ni el mar. Durante un breve instante tuve un atisbo del primer pueblo por el que había pasado, lejos a mis pies, como una pequeña mancha en una alfombra. Afortunadamente, el camino seguía siendo practicable. Apenas un sendero de tierra y guijarros, pero lo suficientemente ancho como para que mis ruedas se aferraran a los bordes en las cerradas curvas. En dos ocasiones me detuve para hacer algunas preguntas a los escasos montañeses que me contemplaban desde las puertas de sus cabañas. Pese a su reticencia, me confirmaron que los restos del avión se hallaban allá arriba. A las cuatro de la tarde, alcancé finalmente el remoto valle que se hallaba entre los dos picos montañosos, y me acerqué al último de los pueblos construidos al final del largo camino. Éste terminaba allí, en una plaza cuadrada pavimentada con piedras y rodeada por un grupo de viejas construcciones, que parecían haber sido erigidas hacía más de dos siglos y haber pasado todo aquel tiempo hundiéndose lentamente en el flanco de la montaña. Una gran parte del pueblo estaba deshabitado, pero, ante mi sorpresa, algunas personas salieron de sus casas para observarme y contemplar con estupor mi polvoriento coche. Me sentí inmediatamente impresionado por lo profundo de su pobreza. Aquella gente no poseía nada. Estaba desprovista de todo, de bienes terrenales, de religión, de esperanza; eran ignorados por el resto de la

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humanidad. Mientras salía de mi coche y encendía un cigarrillo, esperando a que se agruparan en torno mío a una respetuosa distancia, me pareció de una extrema ironía que el gigantesco avión, el fruto de un siglo de tecnología aeronáutica, se hubiera estrellado entre aquellos primitivos montañeses. Observando sus rostros pasivos y carentes de inteligencia, me sentí como rodeado por un extraño grupo de anormales, un poblado de enfermos mentales que hubiera sido abandonado a su suerte en las alturas de aquel perdido valle. Quizá existiera algún mineral en el suelo que afectara a los sistemas nerviosos y los redujera a un estado casi animal. —El avión..., ¿habéis visto el avión? —pregunté. Me rodeaban una docena de hombres y mujeres, hipnotizados por el coche, por mi encendedor, por mis gafas, o incluso quizá por el tono de mi piel, demasiado rosado. —¿Avión? ¿Aquí? —Simplificando mi lenguaje, apunté con el dedo a las rocosas laderas y los barrancos que dominaban el poblado, pero ninguno de ellos parecía comprenderme. Quizá fueran mudos, o sordos. Parecían más bien inofensivos, pero se me ocurrió la idea que ellos no querían revelar lo que sabían del accidente. Con toda la riqueza que podrían recoger de los mil cuerpos destrozados, se harían dueños de un tesoro lo suficientemente grande como para transformar sus vidas durante todo un siglo. Aquel pequeño cuadrado de la plaza podría llenarse con asientos de avión, maletas, cuerpos apilados como madera para ser quemada en las chimeneas. —Avión... Su jefe, un hombre pequeño cuyo amarillento rostro no sería más grande que mi puño, repitió vacilante la palabra. Entonces me di cuenta que ninguno de ellos me comprendía. Su dialecto debía ser más bien un subdialecto, en las fronteras mismas del lenguaje inteligente. Buscando un modo de comunicarme con ellos, reparé en mi bolsa de viaje llena con todo el equipo fotográfico. La etiqueta de identificación de la compañía aérea llevaba un dibujo a todo color de un gran avión. La arranqué e hice circular la imagen entre aquella gente. Inmediatamente, todos se pusieron a asentir con la cabeza. Murmuraban sin cesar, señalando hacia un estrecho barranco que formaba una corta prolongación del valle, al otro lado del pueblo. Un lodoso camino, apenas adecuado para las carretas, conducía hacia allá. –¿El avión? ¿Allá arriba? ¡Bien! Satisfecho, saqué mi billetera y les mostré un fajo de billetes, mi cuenta de gastos para el festival cinematográfico. Agitando los billetes para animarle, me volví hacia el jefe: —Vosotros llevarme allí. Ahora. Muchos cuerpos, ¿eh? ¿Cadáveres por todas partes? Asintieron todos con la cabeza, contemplando con ojos ávidos el abanico de billetes de banco.

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Tomamos el coche para atravesar el pueblo y seguir por el camino que flanqueaba la colina. A ochocientos metros del pueblo, nos vimos obligados a detenernos, pues la pendiente era demasiado pronunciada. El jefe señaló la embocadura del barranco, y bajamos del coche para seguir a pie. Con mis ropas festivaleras, la tarea era difícil. El suelo de la garganta estaba cubierto de aceradas piedras que se me clavaban a través de las suelas de mis zapatos. Me fui rezagando de mi guía, que iba saltando por encima de las piedras con la agilidad de una cabra. Estaba sorprendido de no ver todavía huellas del gigantesco avión, o de los restos de los centenares de cuerpos. Había esperado encontrar la montaña inundada de cadáveres. Habíamos alcanzado el extremo de la garganta. Los últimos trescientos metros de la montaña se erguían ante nosotros, hasta el pico, separado de su gemelo por el valle y el pueblo más abajo. El jefe se había detenido y me señalaba la pared rocosa. Una mirada de orgullo cruzaba su pequeño rostro. —¿Dónde? —Controlando mi respiración, seguí con los ojos la dirección que señalaba—. ¡Aquí no hay nada! Y entonces vi lo que me estaba indicando, lo que todos los lugareños desde la costa del litoral me habían estado describiendo. En el suelo del barranco yacían los restos de una avioneta militar de tres plazas, el morro hundido, la cabina medio sepultada entre las rocas. El cuerpo del aparato había sido barrido hacía ya mucho tiempo por los vientos, y el avión era apenas un amasijo de trozos de metal oxidado y restos de fuselaje. Evidentemente hacía más de treinta años que se encontraba allá, presidiendo como un dios andrajoso aquella abandonada montaña. Y su presencia en aquel lugar se había extendido hasta abajo, de poblado en poblado. El jefe señaló el esqueleto del avión. Me sonreía, pero su mirada estaba clavada en mi pecho, allá donde había metido la billetera en el bolsillo interior de mi chaqueta. Su mano estaba tendida. Pese a su corta estatura, tenía un aspecto tan peligroso como un pequeño perro. Saqué mi billetera y le alargué un solitario billete, más de lo que debía ganar en un mes. Quizá porque no se daba cuenta de su valor, señaló agresivamente hacia los otros billetes. Aparté su mano. —Escucha... Este avión no me interesa. ¡No es el bueno, idiota! Me miró sin comprender cuando tomé la etiqueta de mi bolsillo y le señalé con el dedo la imagen del enorme avión. —¡Ese quiero! ¡Muy grande! ¡Centenares de cadáveres! Mi decepción estaba dando paso a la cólera, y me puse a gritar: —¡No es el bueno! ¿Acaso no comprendes? ¡Tendría que haber cadáveres por todas partes, muchos cadáveres, centenares de cadáveres...!

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Me dejó allí, gritando, frente a las paredes de piedra del desierto barranco, en las alturas de la montañas y junto al incompleto esqueleto del avión de reconocimiento. Diez minutos más tarde, de regreso al coche, descubrí que el pinchazo que antes había supuesto había deshinchado uno de los neumáticos delanteros. Ya completamente agotado, con los zapatos destrozados por las rocas, mis ropas sucias, me derrumbé tras el volante, dándome cuenta de la futilidad de aquella absurda expedición. ¡Podría sentirme feliz si conseguía volver a la carretera del litoral antes de la noche! Muy pronto, todos los periodistas estarían en Reggio y enviarían sus reportajes sobre los restos del avión esparcidos por el estrecho de Mesina. Mi redactor jefe aguardaría impaciente a que yo me pusiera en contacto con él para la edición de la tarde. Y yo estaba allí en aquellas montañas abandonadas, con un automóvil inmovilizado y mi vida probablemente amenazada por aquellos campesinos idiotas. Tras descansar un poco, me decidí a actuar. Necesité media hora para cambiar el neumático. Cuando me puse en marcha para iniciar el largo viaje de vuelta hacia la llanura del litoral, el día empezaba a desaparecer ya por el pico. El pueblo estaba aún a trescientos metros más abajo cuando divisé la primera casa cerca de una curva del camino. Uno de los lugareños estaba de pie cerca de un muro pequeño, con lo que parecía ser un arma en los brazos. Disminuí inmediatamente la velocidad, puesto que sabía que, si me atacaban, tenía pocas posibilidades de escapar. Recordando la billetera en mi bolsillo, la saqué y coloqué los billetes sobre el asiento. Quizá aquello financiara mi paso a través de ellos. Mientras me acercaba, el hombre dio un paso adelante hacia la carretera. El arma que llevaba en la mano era una vieja pala. Era un hombrecillo exactamente igual a todos los demás. Su postura no tenía nada de amenazador. Parecía más bien querer pedirme algo, casi mendigar. Había un montón de ropas viejas al borde de la carretera, cerca del muro. ¿Quería que las comprara? Casi frené para darle un billete, y entonces vi que en realidad se trataba de una mujer vieja, parecida a un mono envuelto en un chal, que me miraba fijamente. Luego vi que aquel rostro esquelético era realmente un cráneo, y que las ropas hechas andrajos eran su sudario. —Cadáver... —el hombre hablaba nerviosamente, aferrando su pala en la semioscuridad. Le di el dinero y proseguí mi marcha, siguiendo el camino que conducía al pueblo. Otro hombre, mucho más joven, estaba de pie una cincuentena de metros más adelante, sosteniendo también una pala. El cuerpo de un niño, recién desenterrado, permanecía sentado contra la tapa del abierto ataúd. —Cadáver...

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Por todo el pueblo, la gente permanecía en las puertas, algunos solos, aquellos que no tenían a nadie que exhumar para mí, otros con sus palas. Recién sacados de sus tumbas, los cadáveres permanecían sentados en la penumbra, ante las casas, apoyados contra las paredes de piedra como padres olvidados por fin en condiciones de alimentar a los suyos. Los pasé a toda velocidad, arrojándoles lo que me quedaba del dinero, pero a todo lo largo de mi descenso de la montaña las voces y los murmullos de los lugareños no dejaron de perseguirme ni un solo momento.

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el gigante ahogado
En la mañana después de la tormenta las aguas arrojaron a la playa, a ocho kilómetros al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un gigante ahogado. La primera noticia la trajo un campesino de las cercanías y fue confirmada luego por los hombres del periódico local y de la policía. Sin embargo, la mayoría de la gente, incluyéndome a mí, no lo creímos, pero la llegada de otros muchos testigos oculares que confirmaban el enorme tamaño del gigante excitó al fin nuestra curiosidad. Cuando salimos para la costa poco después de las dos, no quedaba casi nadie en la biblioteca donde yo y mis colegas estábamos investigando, y la gente siguió dejando las oficinas y las tiendas durante todo el día, a medida que la noticia corría por la ciudad. En el momento en que alcanzamos las dunas sobre la playa, ya se había reunido una multitud considerable, y vimos el cuerpo tendido en el agua baja, a doscientos metros. Lo que habíamos oído del tamaño del gigante nos pareció entonces muy exagerado. Había marea baja, y casi todo el cuerpo del gigante estaba al descubierto, pero no parecía ser mayor que un tiburón echado al sol. Yacía de espaldas con los brazos extendidos a los lados, en una actitud de reposo, como si estuviese dormido sobre el espejo de arena húmeda. La piel descolorida se le reflejaba en el agua y el cuerpo resplandecía a la clara luz del sol como el plumaje blanco de un ave marina, Perplejos, y descontentos con las explicaciones de la multitud, mis amigos y yo bajamos de las dunas hacia la arena de la orilla. Todos parecían tener miedo de acercarse al gigante, pero media hora después dos pescadores con botas altas salieron del grupo, adelantándose por la arena. Cuando las figuras minúsculas se acercaron al cuerpo recostado, un alboroto de conversaciones estalló entre los espectadores. Los dos hombres parecían criaturas diminutas al lado del gigante. Aunque los talones estaban parcialmente hundidos en la arena, los pies se alzaban a por lo menos el doble de la estatura de los pescadores, y comprendimos inmediatamente que este leviatán ahogado tenía la masa y las dimensiones de una ballena. Tres barcos pesqueros habían llegado a la escena y estaban a medio kilómetro de la playa; las tripulaciones observaban desde las proas. La

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prudencia de los hombres había disuadido a los espectadores de la costa que habían pensado en vadear las aguas bajas. Impacientemente, todos dejamos las dunas y esperamos en la orilla. El agua había lamido la arena alrededor de la figura, formando una concavidad, como si el gigante hubiese caído del cielo. Los dos pescadores estaban ahora entre los inmensos plintos de los pies, y nos saludaban como turistas entre las columnas de un templo lamido por las aguas, a orillas del Nilo. Durante un momento temí que el gigante estuviera sólo dormido y pudiera moverse y juntar de pronto los talones, pero los ojos vidriados miraban fijamente al cielo, sin advertir esas réplicas minúsculas de sí mismo que tenía entre los pies. Los pescadores echaron a andar entonces alrededor del cuerpo, pasando junto a los costados blancos de las piernas. Luego de detenerse a examinar los dedos de la mano supina, desaparecieron entre el brazo y el pecho, y asomaron de nuevo para mirar la cabeza, protegiéndose los ojos del sol mientras contemplaban el perfil griego. La frente baja, la nariz recta y los labios curvos me recordaron una copia romana de Praxiteles; las cartelas elegantemente formadas de las ventanas de la nariz acentuaban el parecido con una escultura monumental. Repentinamente brotó un grito de la multitud, y un centenar de brazos apuntaron hacia el mar. Sobresaltado, vi que uno de los pescadores había trepado al pecho del gigante y se paseaba por encima haciendo señas hacia la orilla. Hubo un rugido de sorpresa y victoria en la multitud, perdido en una precipitación de conchillas y arenisca cuando todos corrieron playa abajo. Al acercarnos a la figura recostada, que descansaba en un charco de agua del tamaño de un campo de fútbol, la charla excitada disminuyó otra vez, dominada por las enormes dimensiones de este coloso moribundo. Estaba tirado en un ligero ángulo con la orilla, las piernas más hacia la costa, y este detalle había ocultado la longitud real del cuerpo. A pesar de los dos pescadores subidos al abdomen, el gentío se había ordenado en un amplio círculo, y de cuando en cuando unos pocos grupos de tres o cuatro personas avanzaban hacia las manos y los pies. Mis compañeros y yo caminamos alrededor de la parte que daba al mar; las caderas y el tórax del gigante se elevaban por encima de nosotros como el casco de un navío varado. La piel perlada, distendida por la inmersión en el agua del mar, disimulaba los contornos de los enormes músculos y tendones. Pasamos por debajo de la rodilla izquierda, que estaba ligeramente doblada, y de donde colgaban los tallos de unas húmedas algas marinas. Cubriéndole flojamente el diafragma y manteniendo una tenue decencia, había un pañolón de tela, de trama abierta, y de un color amarillo blanqueado por el agua. El fuerte olor a salitre de la prenda que se secaba al sol se mezclaba con el aroma dulzón y poderoso de la piel del gigante. Nos detuvimos junto al hombre y observamos el perfil inmóvil. Los labios estaban ligeramente separados, el ojo abierto nubloso y ocluido, como si le hubieran inyectado algún líquido azul lechoso, pero las delicadas bóvedas de las ventanas de la nariz y las cejas daban a la cara un encanto ornamental que contradecía la pesada fuerza del pecho y de los hombros. La oreja estaba suspendida sobre nuestras cabezas como un portal esculpido. Cuando alcé la mano para tocar el lóbulo colgante alguien apareció gritando sobre el borde de la frente. Asustado por esta aparición

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retrocedí unos pasos, y vi entonces que unos jóvenes habían trepado a la cara y se estrujaban unos a otros, saltando en las órbitas. La gente andaba ahora por todo el gigante, cuyos brazos recostados proporcionaban una doble escalinata. Desde las palmas caminaban por los antebrazos hasta el codo y luego se arrastraban por el hinchado vientre de los bíceps hasta el llano paseo de los músculos pectorales que cubrían la mitad superior del pecho liso y lampiño. Desde allí subían a la cara, pasando las manos por los labios y la nariz, o bajaban corriendo por el abdomen para reunirse con otros que habían trepado a los tobillos y patrullaban las columnas gemelas de los muslos. Seguimos caminando entre la gente, y nos detuvimos para examinar la mano derecha extendida. En la palma había un pequeño charco de agua, como el residuo de otro mundo, pisoteado ahora por los que trepaban al brazo. Traté de leer las líneas que acanalaban la piel de la palma buscando algún indicio del carácter del gigante, pero la dilatación de los tejidos casi las había borrado, llevándose todos los posibles rastros de identidad y los signos de las últimas circunstancias trágicas. Los huesos y los músculos de la mano daban la impresión de que el coloso no era demasiado sensible, pero la precisa flexión de los dedos y las uñas cuidadas, cortadas todas simétricamente a una distancia de quince centímetros de la carne mostraban un temperamento de algún modo delicado, confirmado por las facciones griegas de la cara, en la que se posaban ahora como moscas todos los vecinos del pueblo. Hasta había un joven de pie en la punta de la nariz, moviendo los brazos a los lados y gritándoles a otros muchachos, pero la cara del gigante conservaba una sólida compostura. Regresando a la orilla nos sentamos en la arena y miramos la corriente continua de gente que llegaba del pueblo. Unos seis o siete botes de pesca se habían reunido a corta distancia de la costa, y las tripulaciones vadeaban el agua poco profunda para ver desde más cerca esta presa traída por la tormenta. Más tarde apareció una partida de policías y con poco entusiasmo intentó acordonar la playa, pero después de subir a la figura recostada abandonaron la idea, y se alejaron todos juntos echando miradas divertidas por encima del hombro. Una hora después había un millar de personas en la playa, y doscientas de ellas estaban de pie o sentadas en el gigante, apiñadas en los brazos y las piernas o circulando en un alboroto incesante por el pecho y el estómago. Un grupo de jóvenes se había instalado en la cabeza, empujándose unos a otros sobre las mejillas y deslizándose por la superficie lisa de la mandíbula. Dos o tres habían montado a horcajadas en la nariz, y otro se arrastró dentro de uno de los orificios, desde donde ladraba como un perro. Esa tarde volvió la policía y abrió paso por entre la multitud a una partida de hombres de ciencia —autoridades en anatomía y en biología marina— de la universidad. El grupo de jóvenes y la mayoría de la gente bajaron del gigante, dejando atrás unas pocas almas intrépidas encaramadas en las puntas de los dedos de los pies y en la frente. Los expertos anduvieron a pasos largos alrededor del gigante, deliberando con señas vigorosas, precedidos por los policías que iban apartando a la multitud. Cuando llegaron a la mano extendida, el oficial mayor se ofreció para ayudarlos a subir a la

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palma, pero los expertos se negaron apresuradamente. Luego que estos hombres regresaron a la orilla, la muchedumbre trepó una vez más al gigante, y cuando nos marchamos a las cinco ya se habían apoderado totalmente del cuerpo, cubriendo los brazos y las piernas como una compacta banda de gaviotas posada en el cadáver de un cetáceo. Visité de nuevo la playa tres días después. Mis amigos de la biblioteca habían vuelto al trabajo, y habían delegado en mí la tarea de vigilar al gigante y preparar un informe. Quizá entendían mi interés particular por el caso, y era realmente cierto que yo estaba ansioso por volver a la playa. No había nada necrofílico en esto, porque el gigante estaba realmente vivo para mí, más vivo por cierto que la mayoría de la gente que iba allí a mirarlo. Lo que yo encontraba tan fascinante era en parte esa escala inmensa, los enormes volúmenes de espacio ocupados por los brazos y las piernas que parecían confirmar la identidad de mis propios miembros en miniatura, pero sobre todo el hecho categórico de la existencia del gigante. No hay cosa en la vida, quizá, que no pueda ser motivo de dudas, pero el gigante, muerto o vivo, existía en un sentido absoluto, dejando entrever un mundo de absolutos análogos, de los cuales nosotros, los espectadores de la playa, éramos sólo imitaciones, diminutas e imperfectas. Cuando llegué a la costa el gentío era considerablemente menor, y había unas doscientas o trescientas personas sentadas en la arena, merendando y observando a los grupos de visitantes que bajaban por la playa. Las mareas sucesivas habían acercado el gigante a la costa, moviendo la cabeza y los hombros hacia la playa, de modo que el tamaño del cuerpo parecía duplicado, empequeñeciendo a los botes de pesca varados ahora junto a los pies. El contorno irregular de la playa había arqueado ligeramente el espinazo del gigante, extendiéndole el pecho e inclinándole la cabeza hacia atrás, en una posición más explícitamente heroica. Los efectos combinados del agua salada y la tumefacción de los tejidos le daban ahora a la cara un aspecto más blando y menos joven. Aunque a causa de las vastas proporciones del rostro era imposible determinar la edad y el carácter del gigante, en mi visita previa el modelado clásico de la boca y de la nariz me habían llevado a pensar en un hombre joven de temperamento modesto y humilde. Ahora, sin embargo, el gigante parecía estar, por lo menos, en los primeros años de la madurez. Las mejillas hinchadas, la nariz y las sienes más anchas y los ojos apretados insinuaban una edad adulta bien alimentada, que ya mostraba ahora la proximidad de una creciente corrupción. Este acelerado desarrollo postmortem, como si los elementos latentes del carácter del gigante hubieran alcanzado en vida el impulso suficiente como para descargarse en un breve resumen final, me fascinaba de veras. Señalaba el principio de la entrega del gigante a ese sistema que lo exige todo: el tiempo en el que como un millón de ondas retorcidas en un remolino fragmentado se encuentra el resto de la humanidad y del que nuestras vidas finitas son los productos últimos. Me senté en la arena directamente delante de la cabeza del gigante, desde donde podía ver a los recién llegados y a los niños trepados a los brazos y las piernas. Entre las visitas matutinas había una cantidad de hombres con chaquetas de cuero y gorras de paño, que escudriñaban críticamente al gigante con ojo

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profesional, midiendo a pasos sus dimensiones y haciendo cálculos aproximativos en la arena con maderas traídas por el mar. Supuse que eran del departamento de obras públicas y otros cuerpos municipales, y estaban pensando sin duda cómo deshacerse de este colosal resto de naufragio. Varios sujetos bastante mejor vestidos, propietarios de circos o algo así, aparecieron también en escena y pasearon lentamente alrededor del cuerpo, con las manos en los bolsillos de los largos gabanes, sin cambiar una palabra. Evidentemente, el tamaño era demasiado grande aun para los mayores empresarios. Al fin se fueron, y los niños siguieron subiendo y bajando por los brazos y las piernas, y los jóvenes forcejearon entre ellos sobre la cara supina, dejando las huellas arenosas y húmedas de los pies descalzos en la piel blanca de la cara. Al día siguiente postergué deliberadamente la visita hasta las últimas horas de la tarde, y cuando llegué había menos de cincuenta o sesenta personas sentadas en la arena. El gigante había sido llevado aún más hacia la playa, y estaba ahora a unos setenta y cinco metros, aplastando con los pies la empalizada podrida de un rompeolas. El declive de la arena más firme inclinaba el cuerpo hacia el mar, y en la cara magullada había un gesto casi consciente. Me senté en un amplio montacargas que habían sujetado a un arco de hormigón sobre la arena, y miré hacia abajo la figura recostada. La piel blanqueada había perdido ahora la perlada translucidez, y estaba salpicada de arena sucia que reemplazaba la que había sido llevada por la marea nocturna. Racimos de algas llenaban los espacios entre los dedos de las manos, y debajo de las caderas y las rodillas se amontonaban conchillas y huesos de moluscos. No obstante, y a pesar del engrosamiento continuo de los rasgos, el gigante conservaba una espléndida estatura homérica. La enorme anchura de los hombros y las inmensas columnas de los brazos y las piernas transportaban la figura a otra dimensión, y el gigante parecía más la imagen auténtica de un argonauta ahogado o de un héroe de la Odisea que el retrato convencional de estatura humana en el que yo había pensado hasta ese momento. Bajé a la orilla y caminé entre los charcos de agua hacia el gigante. Había dos muchachos sentados en la cavidad de la oreja, y en el otro extremo un joven solitario estaba encaramado en el dedo de un pie, examinándome mientras me acercaba. Como yo había esperado al postergar la visita, nadie más me prestó atención, y las personas de la orilla se quedaron allí envueltas en las ropas de abrigo. La mano derecha del gigante estaba cubierta de conchillas y arena, que mostraba una línea de pisadas. La mole redondeada de la cadera se elevaba ocultándome toda la visión del mar. El olor dulcemente acre que yo había notado antes era ahora más punzante, y a través de la piel opaca vi las espirales serpentinas de unos vasos sanguíneos coagulados. Aunque pudiera parecer desagradable, el descubrimiento de esta incesante metamorfosis, una visible vida en la muerte, me permitió al fin poner los pies en el cadáver. Usando el pulgar como pasamano, trepé a la palma y comencé el ascenso. La piel era más dura de lo que yo había esperado, cediendo apenas bajo mi peso. Subí rápidamente por la pendiente del antebrazo y por el globo combado del bíceps. La cara del gigante ahogado asomaba a mi derecha; las

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cavernosas ventanas de la nariz y las inmensas y empinadas laderas de las mejillas se elevaban como el cono de un extravagante Di la vuelta por el hombro y bajé a la amplia explanada del pecho, sobre la que se destacaban los costurones huesudos de las costillas, como vigas inmensas. La piel blanca estaba moteada por las magulladuras negras de innumerables huellas, donde se distinguían claramente los tacos de los zapatos. Alguien había levantado un pequeño castillo de arena en el centro del esternón y trepé a esa estructura derruida a medias para tener una mejor visión de la cara. Los dos niños habían escalado la oreja y se arrastraban hacia la órbita derecha, cuyo globo azul, completamente cerrado por un fluido lechoso, miraba ciegamente más al]á de aquellas formas diminutas. Vista oblicuamente desde abajo, la cara estaba desprovista de toda gracia y serenidad; la boca contraída y la barbilla alzada, sustentada por los músculos gigantescos, se parecían a la proa rota de un colosal naufragio. Tuve conciencia por vez primera de los extremos de esta última agonía física, no menos dolorosa porque el gigante no pudiera asistir a la ruina de los músculos y los tejidos. El aislamiento absoluto de la figura postrada, tirada como un barco abandonado en la costa vacía, casi fuera del alcance del rumor de las olas, transformaba la cara en una máscara de agotamiento e impotencia. Di un paso y hundí el pie en una zona de tejido blando, y una bocanada de gas fétido salió por una abertura entre las costillas. Apartándome del aire pestilente, que colgaba como una nube sobre mi cabeza volví la cara hacia el mar para airear los pulmones Descubrí sorprendido que le habían amputado la mano izquierda al gigante. Miré con asombro el muñón oscurecido, mientras el Joven solo, recostado en aquella percha alta a treinta metros de distancia, me examinaba con ojos sanguinarios. Esta fue sólo la primera de una serie de depredaciones. Pasé los dos días siguientes en la biblioteca resistiéndome por algún motivo a visitar la costa, sintiendo que había presenciado quizá el fin próximo de una magnífica ilusión. La próxima vez que crucé las dunas y empecé a andar por la arena de la costa, el gigante estaba a poco más de veinte metros de distancia, y ahora, cerca de los guijarros ásperos de la orilla, parecía haber perdido aquella magia de remota forma marina. A pesar del tamaño inmenso, las magulladuras y la tierra que cubrían el cuerpo le daban un aspecto meramente humano; las vastas dimensiones aumentaban aún más la vulnerabilidad del gigante. Le habían quitado la mano y el pie derechos, los habían arrastrado por la cuesta y se los habían llevado en un carro. Luego de interrogar al pequeño grupo de personas acurrucadas junto al rompeolas, deduje que una compañía de fertilizantes orgánicos y una fábrica de productos ganaderos eran los principales responsables. El otro pie del gigante se alzaba en el aire, y un cable de acero sujetaba el dedo grande, preparado evidentemente para el día siguiente. Había unos surcos profundos en la arena, por donde habían arrastrado las manos y el pie. Un fluido oscuro y salobre goteaba de los muñones y manchaba la arena y los conos blancos de las sepias. Cuando bajaba por la playa advertí unas

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leyendas jocosas, svásticas y otros signos, inscritos en la piel gris, como si la mutilación de este coloso inmóvil hubiese soltado de pronto un torrente de rencor reprimido. Una lanza de madera atravesaba el lóbulo de una oreja, y en el centro del pecho había ardido una hoguera, ennegreciendo la piel alrededor. La ceniza fina de la leña se dispersaba aún en el viento. Un olor fétido envolvía el cadáver, la señal inocultable de la putrefacción, que había ahuyentado al fin al grupo de jóvenes. Regresé a la zona de guijarros y trepé al montacargas. Las mejillas hinchadas del gigante casi le habían cerrado los ojos, separando los labios en un bostezo monumental. Habían retorcido y achatado la nariz griega, en un tiempo recta, y una sucesión de innumerables zapatos la habían aplastado contra la cara abotagada. Cuando visité otra vez la playa, a la tarde del día siguiente, descubrí, casi con alivio, que se habían llevado la cabeza. Transcurrieron varias semanas antes de mi próximo viaje a la costa, y para ese entonces el parecido humano que habla notado antes había desaparecido de nuevo. Observados atentamente, el tórax y el abdomen recostados eran evidentemente humanos, pero al troncharle los miembros, primero en la rodilla y en el codo y luego en el hombro y en el muslo, el cadáver se parecía al de algún animal marino acéfalo: una ballena o un tiburón. Luego de esta perdida de identidad, y las pocas características permanentes que habían persistido tenuemente en la figura, el interés de los espectadores había muerto al fin, y la costa estaba ahora desierta con excepción de un anciano vagabundo y el guardián sentado a la entrada de la cabaña del contratista. Habían levantado un andamiaje flojo de madera alrededor del cadáver y una docena de escaleras de mano se mecían en el viento; alrededor había rollos de cuerda esparcidos en la arena, cuchillos largos de mango de metal y arpeos; los guijarros estaban cubiertos de sangre y trozos de hueso y piel. El guardián me observaba hoscamente por encima del brasero de carbón, y lo saludé con un movimiento de cabeza. El punzante olor de los enormes cuadrados de grasa que hervían en un tanque detrás de la cabaña impregnaba el aire marino. Habían quitado los dos fémures con la ayuda de una grúa pequeña, cubierta ahora por la tela abierta que en otro tiempo llevaba el gigante en la cintura, y las concavidades bostezaban como puertas de un granero. La parte superior de los brazos, los huesos del cuello y los órganos genitales habían desaparecido. La piel que quedaba en el tórax y el abdomen había sido marcada en franjas paralelas con una brocha de alquitrán, y las cinco o seis secciones primeras habían sido recortadas del diafragma, descubriendo el amplio arco de la caja torácica. Cuando ya me iba, una bandada de gaviotas bajó girando del cielo y se posó en la playa, picoteando la arena manchada con gritos feroces. Varios meses después, cuando la noticia de la llegada del gigante estaba ya casi olvidada, unos pocos trozos del cuerpo desmembrado empezaron a aparecer por toda la ciudad. La mayoría eran huesos que las empresas de fertilizantes no habían conseguido triturar, y a causa del abultado tamaño, y de los enormes tendones y discos de cartílago pegados a las junturas, se los

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identificaba con mucha facilidad. De algún modo, esos fragmentos dispersos parecían transmitir mejor la grandeza original del gigante que los apéndices amputados al principio. En una de las carnicerías más importantes del pueblo, al otro lado de la carretera, reconocí los dos enormes fémures a cada lado de la entrada. Se elevaban sobre las cabezas de los porteros como megalitos amenazadores de una religión druídica primitiva, y tuve una visión repentina del gigante trepando de rodillas sobre esos huesos desnudos y alejándose a pasos largos por las calles de la ciudad, recogiendo los fragmentos dispersos en el viaje de regreso al océano. Unos pocos días después vi el húmero izquierdo apoyado en la entrada de un astillero (el otro estuvo durante varios años hundido en el lodo, entre los pilotes del muelle principal). En la misma semana, en los desfiles del carnaval, exhibieron en una carroza la mano derecha momificada. El maxilar inferior, típicamente, acabó en el museo de historia natural. El resto del cráneo ha desaparecido, pero probablemente esté todavía escondido en un depósito de basura, o en algún jardín privado. Hace poco tiempo, mientras navegaba río abajo, vi en un jardín al borde del agua, un arco decorativo: eran dos costillas del gigante, confundidas quizá con la quijada de una ballena. Un cuadrado de piel curtida y tatuada, del tamaño de una manta india, sirve de mantel de fondo a las muñecas y las máscaras de una tienda de novedades cerca del parque de diversiones, y podría asegurar que en otras partes de la ciudad, en los hoteles o clubes de golf, la nariz o las orejas momificadas cuelgan de la pared, sobre la chimenea. En cuanto al pene inmenso, fue a parar al museo de curiosidades de un circo que recorre el noroeste. Este aparato monumental, de proporciones sorprendentes, ocupa toda una casilla. La ironía es que se lo identifica equivocadamente como el miembro de un cachalote, y por cierto que la mayoría de la gente, aun aquellos que lo vieron en la costa después de la tormenta, recuerda ahora al gigante (si lo recuerda) como una enorme bestia marina. El resto del esqueleto, desprovisto de toda carne, descansa aún a orillas del mar: las costillas torcidas y blanqueadas como el maderaje de un buque abandonado. Han sacado la cabaña del contratista, la grúa y el andamiaje, y la arena impulsada hacia la bahía a lo largo de la costa ha enterrado la pelvis y la columna vertebral. En el invierno los altos huesos curvos están abandonados, golpeados por las olas, pero en el verano son una percha excelente para las gaviotas fatigadas.

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(matanzas, 1964. okupa en españa)

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de el nuevo arte de hacer ruinas (transcripciones)
Yo me considero un ruinólogo que es, de algún modo, la condición de quien siempre está pensando en las ruinas, y le está buscando razones a las ruinas. Razones para explicarse también esa perversidad, de sacar sentido de placer en algo que está decayendo. Es posible imaginar una Muerte en la Habana hecha por Thomas Mann, porque es una ciudad decadente también y era lo que buscaba Mann como escenario de su novela, de su historia. El hundimiento de la ciudad y la plaga que recorre la ciudad podría verse también de algún modo en la Habana: la sensación de que la naturaleza se está vengando de algo que le han hecho. ●●● Mann mandaría acá a un esteta, un músico, y estaría muriendo, y se enamoraría de alguien aquí, y de la ciudad, y sería el ideal de la ciudad, y podría presentársele el diablo (el diablo en figura de bicitaxista), y tendría un diálogo con ese bicitaxista; un diálogo teológico, y al final moriría mirando unas ruinas, le caería encima una cornisa, o de una rara fiebre como la Daisy Miller de Henry James. Una rara fiebre, o un paludismo extraño que cogió mirando ruinas. Ese sería el Thomas Mann de la Habana. ●●● Cuando empiezas a explicarte porque me llaman tanto la atención las ruinas, es perverso o no es perverso, empiezas a buscar textos que te acompañen, y entonces uno de los textos (y tal vez para mi el mayor de ellos que yo haya encontrado al menos) es uno de George Zimmel. Él dice que el hombre toma de la naturaleza piedras, elementos, madera, y construye. Luego la naturaleza destruye lo que el hombre ha construido. Y hay un momento de equilibrio, y ese momento de equilibrio es lo que él aprecia en las ruinas. Él habla de cómo en las afueras de Roma, a la orilla de unas vías, encuentra ruinas que son habitadas y se detiene ante esas ruinas, pero se detiene con cierta repugnancia. Hay una inconformidad con ese hecho, con el hecho de que en las ruinas estén los hombres. ¿Por qué? Porque él considera que en ese punto, los hombres se han pasado a las fuerzas contrarias. Trabajan para destruir, trabajan para socavar, trabajan para ayudar a ponerse de parte de la naturaleza. Esa sensación de Zimmel de

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desasosiego frente a esas ruinas habitadas marca el final de las ruinas clásicas, de la contemplación clásica de las ruinas. No es el Partenón a lo que te estás enfrentando. No es Pompeya que vas, lo visitas de día, y de noche ya no hay nadie allí; solamente los guardias que cuidan el sitio. No, es un sitio donde la vida continúa, es un sitio donde los cambios continúan, y eso es algo que a Zimmel no le debe haber gustado, ni le gusta a ningún contemplador de ruinas clásico. ●●● En una ciudad como la Habana una ruina no es solo un lugar bonito; la Habana está arruinada. Tiene más ruinas que Roma. Bueno, Roma es Mamá Ruina, por la Roma Imperial y la Roma a la que aspiran todas las ruinas. La diferencia es muy grande: las ruinas cubanas están habitadas, las ruinas romanas no estaban habitadas. Las ruinas deshabitadas te pueden llevar a una reflexión sobre la historia, sobre como grandes imperios han caído, una reflexión nostálgica, te puede dar melancolía de la civilización. Pero las ruinas habitadas no te permiten la melancolía porque es un sentimiento demasiado venenoso, demasiado ponzoñoso. Es muy agudo, muy hiriente. Solamente te da un sentido de escándalo. La convivencia con las ruinas siempre es trágica. Siempre está la posibilidad de que te estás arruinando tú también dentro de ella. Piensa que Jean Cocteau decía que las ruinas son un accidente en cámara lenta. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ha sucedido? ¿Por qué se está arruinando todo? ¿Por qué tanta ruina alrededor? ¿Por qué existe una ciudad con la capital devastada como la Habana sin que haya atravesado ninguna guerra ni ningún desastre natural que la haya dejado así? Lo que me interesa es como ha sido todo un ejercicio de destrucción: un edificio se arruina en un sitio, un barrio se puede arruinar, pero cuando una capital entera se arruina ya es una construcción de las ruinas. Entonces, ya estamos en un arte de hacer ruinas. Se están haciendo ruinas. Se están fabricando ruinas. En el siglo XVIII, sobre todo en Inglaterra, se produjo un arte de hacer ruinas. Los grandes propietarios en los parques de sus mansiones construían ruinas artificiales por el revival gótico que había en ese momento. Yo tengo una teoría que es: todo el discurso de Fidel Castro en este momento y desde hace muchos años, desde el inicio, se basa en la invasión norteamericana. La ciudad de la Habana, manteniéndose en ruinas corresponde exactamente con ese discurso. De algún modo, para legitimar el poder político Fidel Castro ha dicho que estamos a punto siempre de estar invadidos por Estados Unidos. Para legitimar arquitectónicamente ese discurso político, la ciudad tiene el aspecto ya de haber sido bombardeada y de haber sido invadida. Entonces, en ese sentido, me parece que puede hablarse de un arte nuevo de hacer ruinas.

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Al final, es un poco lo mismo que esos grandes hacendados y esos grandes propietarios ingleses: como el gótico no tuvo lugar en sus haciendas, lo fabrican. Y se fabrican sus ruinas falsas. Como la invasión no tuvo lugar, nosotros somos las ruinas falsas de esa invasión. De esa guerra que no fue. ●●● Vivo en la Habana desde 1980. Pensar la ciudad me sirve para pensar la situación del país en general. La ciudad que vemos hoy no va a durar mucho más. Es metáfora de la decadencia del país, de la decadencia política del país. Es metáfora con la existencia de la gente. De algún modo, los habitantes de las ruinas también son ruinas. La ruina se lleva por dentro, como el luto, como la tristeza. Tú puedes restaurar un edificio; una persona no se restaura. Una persona tiene daños que son irrestaurables. Yo creo que vivir en ruinas menoscaba tu autoconfianza. Si tú no puedes en lo íntimo rehacer lo que va cayendo, entonces no podrás hacerlo en ningún sitio. En ese es en lo que yo creo que hay un pensamiento del poder sobre las ruinas: demostrarle a cada súbdito que no puede cambiar nada. Si tú no puedes cambiar tu casa, tú no puedes cambiar el reino. Ese fracaso privado garantiza el fracaso público. Eso es lo que creo que anima el desánimo político cubano, el desánimo civil cubano. La conciencia metida en la cabeza de cada uno, metida en las circunstancias de cada uno, de que nada se puede hacer. De que hay que dejar que los edificios se caigan, pero no puedes cambiar nada. Entonces, eso ha sido la mayor contraevolución de la Revolución cubana al pensamiento urbanístico. La idea de que nada se puede restaurar. De que nada se puede arreglar. Entonces no se puede arreglar el país tampoco. Déjalo estar. ●●● Como decía Rimbaud: la verdadera vida siempre está en otra parte.

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33 y 1/tercio maurice blanchot
(borgoña, 1907 – paris, 2003)

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la escritura del desastre (fragmentos)
El desastre está del lado del olvido; el olvido sin memoria, el retraimiento inmóvil de lo que no ha sido trazado –lo inmemorial quizás; recordar por olvido, el afuera de nuevo.

Leer, escribir, tal como se vive bajo la vigilancia del desastre: expuesto a la pasividad fuera de pasión, la exaltación del olvido. No eres tú quien hablará; deja que el desastre hable en ti, aunque sea por olvido o por silencio.

El espacio sin límite de un sol que atestiguara no a favor del día, sino a favor de la noche libre de estrellas, noche múltiple.

El olvido inmóvil (memoria de lo inmemorable): así se des-escribe el desastre sin desolación, en la pasividad de una dejadez que no renuncia, que no anuncia sino el impropio regreso. Al desastre quizás lo conocemos bajo otros nombres tal vez alegres, declinando todas las palabras, como si pudiese haber un todo para las palabras.

La quietud, la quemadura del holocausto, el aniquilamiento de mediodía –la quietud del desastre.

El desastre inexperimentado, lo sustraído a cualquier posibilidad de experiencia –límite de la escritura. Es menester repetirlo: el desastre des-escribe. Ello no significa que el desastre, como fuerza de escritura, esté fuera de escritura, fuera de texto.

El horror –el honor– del nombre que siempre corre el riesgo de convertirse en sobrenombre, vanamente recuperado por el movimiento de lo anónimo: el hecho de ser identificado, unificado, fijado, detenido en un presente. El comentarista –criticando o alabando– dice: eso eres, eso piensas; he aquí que el pensamiento de

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escritura, siempre disuadido, siempre acechado por el desastre, se hace visible en el nombre, siendo sobrenombrado y como salvado, aunque sometido a la alabanza o a la crítica (es lo mismo), vale decir destinado a sobrevivir. El osario de los nombres, las cabezas nunca huecas.

La prosa charlatana: el balbuceo del niño y, sin embargo, el hombre que babea, el idiota, el hombre de las lágrimas, que ya no se domina, que se relaja, también sin palabras, desprovisto de poder, no obstante más próximo del habla que fluye y se derrama que de la escritura que se retiene, aún más allá del dominio. En este sentido, no hay otro silencio que el escrito, reserva desgarrada, corte que hace imposible el detalle.

Poder = jefe de grupo, procede del dominador. Macht, es el medio, la máquina, el funcionamiento de lo posible. La máquina delirante y anhelante en vano trata de hacer funcionar el no funcionamiento; no delira el no poder, siempre está salido del surco, de la estela, pertenece al afuera. No basta decir (para decir el no poder): se tiene el poder, a condición de no hacer uso de él, por ser esta la definición de la divinidad; la abstención, el alejamiento del tener, no es suficiente, si no intuye que es, de antemano, señal del desastre. Solo el desastre mantiene a raya el dominio. Quisiera (por ejemplo) un psicoanalista a quien el desastre hiciese señas. Poder sobre lo imaginario, siempre y cuando se entienda lo imaginario como aquello que escapa del poder. La repetición como no-poder.

Entre algunos “salvajes” (sociedad sin Estado), el jefe ha de probar su dominio sobre las palabras: nada de silencio. Al mismo tiempo, el jefe no habla para que lo escuchen –nadie presta atención a lo que dice el jefe, o más bien se finje la inatención; y, por cierto, el jefe no dice nada, repitiendo como la celebración de las normas de vida tradicionales. ¿A qué pedido de la sociedad primitiva responde aquel hablar hueco que emana del lugar aparente del poder? Hueco, el discurso del jefe lo es justamente porque está separado del poder. El jefe tiene que moverse en el elemento del habla, es decir en el polo opuesto de la violencia. El deber de habla del jefe, ese flujo constante de habla hueca (no hueca, sino tradicional, de transmisión) que él le debe a la tribu, es la deuda infinita, la garantía de que el hombre de habla no se convierta en hombre de poder.

Escribir puede tener al menos este sentido: gastar los errores. Hablar los propaga, los disemina haciendo creer en una verdad. Leer: no escribir; escribir en la interdicción de leer.

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Escribir: negarse a escribir –escribir por rechazo, de modo que basta que se le pidan algunas palabras para que se pronuncie una especie de exclusión, como si le obligaran a sobrevivir, a prestarse a la vida para seguir muriendo. Escribir por ausencia.

No escribir; cuán largo es el camino antes de lograrlo, y nunca es cosa segura, no es una recompensa ni un castigo, hay que escribir solamente en la incertidumbre y la necesidad. No escribir, efecto de escritura; como si fuera un signo de la pasividad, un recurso de la desdicha. Cuantos esfuerzos para no escribir, para que, escribiendo, no escriba pese a todo –y finalmente dejo de escribir, en el momento último de la concesión; no en medio de la desesperación, sino como lo inesperado: el favor del desastre. El deseo no satisfecho y sin satisfacción aunque sin negativo. Nada negativo en “no escribir”, intensidad sin dominio, sin soberanía, obsesión de lo enteramente pasivo.

Querer escribir, cuán absurdo es: escribir es la decadencia del querer, así como la pérdida del poder, la caída de la cadencia, otra vez el desastre.

Que las palabras dejen de ser armas, medios de acción, posibilidades de salvación. Encomendarse al desconcierto. Cuando escribir, no escribir, carecen de importancia, cambia entonces la escritura –tenga o no tenga lugar; es la escritura del desastre.

Escribir, obviamente, no tiene importancia, escribir no importa. A partir de eso se decide la relación con la escritura.

Hay relación entre escritura y pasividad porque la una y la otra suponen la borradura, la extenuación del sujeto: suponen un cambio de tiempo: suponen que entre ser y no ser algo que no se cumple sin embargo sucede como si hubiese ocurrido desde siempre –la ociosidad de lo neutro, la ruptura silenciosa de lo fragmentario.

El rechazo –dicen– es el primer grado de la pasividad –pero si es deliberado y voluntario, si expresa una decisión, aún negativa, no permite aún decidir sobre el poder de conciencia, quedando a lo sumo como un yo que se niega. Cierto que el rechazo tiende a lo absoluto, a una especie de incondicionalidad: el nudo de la negativa es lo que hace notable el inexorable “preferiría (no hacerlo)” de Bartleby el

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escribiente, una abstención que no tuvo que ser decidida, que precede a cualquier decisión, que es, antes que una denegación, más bien una abdicación, la renuncia (nunca pronunciada, nunca aclarada) a decir algo –la autoridad de un decir– o también la abnegación recibida como el abandono del yo, el desistimiento de la identidad, el rechazo de sí que no se crispa en el rechazo mismo, sino que abre al desfallecimiento, a la pérdida de ser, al pensamiento. “No lo haré”, aún hubiese significado una determinación enérgica, requiriendo una contradicción enérgica. “Preferiría no…” pertenece al infinito de la paciencia, no da pie a la intervención dialéctica: hemos caído fuera del ser, en el campo de lo exterior por donde, inmóviles, andando parejo y despacio, van y vienen los hombres destruidos.

La interrupción de lo incesante: esto es lo propio de la escritura fragmentaria: la interrupción teniendo, por decirlo así, el mismo sentido que aquello que no cesa, ambos siendo efecto de la pasividad; allí donde no impera el poder, ni la iniciativa, ni lo inicial de una decisión, el morir y el vivir, la pasividad de la vida, escapada de sí misma, confundida con el desastre de un tiempo sin presente y que soportamos mientras tanto, espera de una desgracia no por venir, sino siempre ya sobrevenida y que no puede presentarse: en este sentido, futuro, pasado, están condenados a la indiferencia, por carecer ambos de presente. Por eso, los hombres destruidos (destruidos sin destrucción) son como sin apariencia, invisibles incluso cuando se les ve, y no hablan sino por la voz de los otros, una voz siempre otra que en cierto modo los acusa, los compromete, obligándolos a responder por una desgracia silenciosa que llevan en sí sin conciencia.

No responder o no recibir respuesta es la regla: aquello no basta para detener las preguntas. Pero cuando la respuesta es la ausencia de respuesta, la pregunta a su vez se torna la ausencia de pregunta (la pregunta mortificada), el habla pasa, vuelve a un pasado que nunca ha hablado, pasado de cualquier habla. Con lo cual el desastre, aun nombrado, no figura en el lenguaje.

Lo nuevo, lo novedoso, por no poder ubicarse dentro de la historia, es igualmente lo más antiguo, algo no histórico al que se nos tocará responder como si fuese lo imposible, lo invisible, lo que desde siempre ha desaparecido bajo los escombros.

Confianza en el lenguaje: se sitúa dentro del lenguaje –desconfianza por el lenguaje: también es el lenguaje que desconfía de sí mismo, hallando dentro de su espacio los principios inquebrantables de una

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crítica. Por eso, el recurso a la etimología (o su recusación); por eso el recurso a los divertimentos anagramáticos, a las inversiones acrobáticas destinadas a multiplicar las palabras hasta el infinito so pretexto de corromperlas, pero en vano –todo eso justificado a condición de usarse (recurso y recusación) conjuntamente, en el mismo tiempo, sin creer en ello y sin tregua. Lo desconocido del lenguaje permanece desconocido. La confianza –desconfianza por el lenguaje ya es fetichismo, eligiéndose tal palabra para jugar con ella en el goce y el malestar de la perversión que supone siempre, disimulado, un buen uso. Escribir, desvío que aparta el derecho a un lenguaje, aunque fuese pervertido, anagramado –desvío de la escritura que siempre des-escribe, amistad por lo desconocido inoportuno, “real” que no puede mostrarse, ni decirse. Escritor a pesar suyo: no se trata de escribir a pesar o en contra de sí en una relación de contradicción, cuando no de incompatibilidad consigo mismo, o con la vida, o con la escritura (eso es la biografía de la anécdota), sino en una relación distinta de la que se despide y siempre nos despidió lo distinto hasta en el movimiento de atracción – por eso los nombres vanos de real, de gloria o de desastre mediante los cuales lo que se separa del lenguaje en él se consagra o cae, quizás por pérdida de paciencia. Porque pudiera ser que todo nombre –y precisamente el último, el impronunciable– aun fuese un efecto de impaciencia.

Solo hay desastre porque el desastre incesantemente se pierde. Fin de la naturaleza, fin de la cultura.

Escribir, “formar” en lo informal un sentido ausente. Sentido ausente (no ausencia de sentido, ni sentido que faltase o potencial o latente). Escribir, tal vez es traer a la superficie como algo del sentido ausente, acoger el empuje pasivo que todavía no es el pensamiento, siendo ya el desastre del pensamiento. Su paciencia. Entre él y la otredad, habría el contacto, la desvinculación de sentido ausente –la amistad. Un sentido ausente mantendría “la afirmación” del empuje más allá de la perdición; el empuje de morir llevando consigo la perdición, la perdición perdida. Sentido que no pasa por el ser, por debajo del sentido –suspiro del sentido, sentido expirado. En esto radica la dificultad de un comentario de escritura; porque el comentario significa y produce significación, no pudiendo soportar un sentido ausente.

Se confirma –dentro y por medio de la incertidumbre– que todo fragmento no está en relación con lo fragmentario. Lo fragmentario, “potencia” del desastre del que no se tiene experiencia, y pone su

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cuño, vale decir, desacuña, la intensidad desastrosa, fuera de placer, fuera de goce: el fragmento sería este cuño, siempre amenazado por algún éxito. No puede haber fragmento logrado, satisfecho o indicando la salida, la cesación del error, y esto por el solo hecho de que todo fragmento, incluso único, se repite, se deshace mediante la repetición. Recordémonos. Repetición: repetición no religiosa, sin pesar ni nostalgia, regreso no deseado. Repetición: repetición de lo extremo, derrumbe total, destrucción del presente.

Cuando Kafka le da a entender a un amigo que él escribe porque, de otra manera, se volvería loco, sabe que escribir ya es una locura, su locura, una especie de vigilia fuera de conciencia, insomnio. Locura contra locura: cree que domina la primera entregándosele; la otra le da miedo, es su miedo, le traspasa, le desgarra, le exalta, como si tuviera que sufrir la omnipotencia de una continuidad sin tregua, tensión al límite de lo soportable. Habla de ello con espanto pero también con un sentimiento de gloria, pues la gloria es el desastre.

Aceptar esta distinción: “hace falta” en vez porque esta segunda fórmula se dirige a un tú una afirmación fuera de ley, sin legalidad, necesaria; sin embargo ¿una afirmación? ¿una “hace falta” pasivo, gastado por la paciencia.

de “debes” –quizás y que la primera es una necesidad no violencia? Busco un

El designio de la ley: que los presos construyan ellos mismos su cárcel. Es el momento del concepto, el cuño del sistema.

La escritura ya (todavía) es violencia: cuanto hay de ruptura, quiebra, fragmentación, el desgarramiento de lo desgarrado en cada fragmento, aguda singularidad, punta acerada. No obstante ello, aquel combate es debate por la paciencia. Se gasta el nombre, se fragmenta, se disgrega el fragmento. La pasividad pasa a paciencia, lo que se juega zozobra.

¿Qué está fallando dentro del sistema, que es lo que claudica? La pregunta en seguida es claudicante y no se plantea. Lo que rebasa el sistema es la imposibilidad de su fracaso, tanto como la imposibilidad del éxito: finalmente no cabe decir nada de él, y hay una manera de callar (el silencio lagunoso de la escritura) que detiene el sistema, dejándolo ocioso, entregado a la seriedad de la ironía.

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En El Proceso cabe creer que la muerte es el perdón, el término de lo interminable; solo que no hay fin, ya que Kafka aclara que sobrevive la vergüenza, vale decir, el infinito mismo, la irrisión de la vida como más allá de la vida.

Admito (a título de idea) que la edad de oro fuese la edad despótica en que la felicidad natural, el tiempo natural, por tanto la naturaleza, se perciben en el olvido de la Soberanía del Rey supremo, único poseedor de Verdad-Justicia, que siempre ordenó cabalmente a todos los entes, cosas, seres vivientes, humanos, de modo que este orden al que todos, vivan o mueran, están sometidos y felices, es de lo más natural, ya que la obediencia rigurosa al gobierno que lo asegura hace que este mismo se vuelva único, invisible y cierto. Resulta de ello que cualquier retorno a la naturaleza corre el peligro de ser regreso nostálgico a la administración del único tirano o también, según la cabal lectura de una tradición griega, que no hay naturaleza, todo siendo “político” (Pilles Susong). El mismo Aristóteles sostenía que la tiranía de Pisístrato, en la tradición de los campesinos atenienses, era la edad de Cronos o edad de oro; como si la jerarquía más férrea, cuanto todos los valores están de un solo lado, afirmándose invisible e incondicionalmente, fuese el equivalente de una ilusión feliz.

Campos de concentración, campos de aniquilamiento, figuras en que lo invisible se hizo visible para siempre. Todos los rasgos de una civilización revelados o puestos al desnudo (“El trabajo libera”, “rehabilitación por el trabajo”). En las sociedades donde se exalta precisamente como el movimiento materialista por el cual el trabajador toma el poder, el trabajo se convierte en el sumo castigo ya no con explotación y plusvalía, sino que es el límite en que se deshizo todo valor y el “productor”, lejos de reproducir al menos su fuerza de trabajo, ni siquiera es aún el reproductor de su vida. El trabajo deja de ser su manera de vivir para ser su modo de morir. Trabajo, muerte: equivalentes. Y el trabajo está por todos lados, en todo momento. Cuando la opresión es absoluta, no hay más ociosidad, “tiempo libre”. El sueño está bajo vigilancia. Entonces el sentido del trabajo es la destrucción del trabajo en y por el trabajo. Pero ¿si, como ocurrió en algunos kommandos, trabajar consiste en llevar a la carrera unas piedras a tal sitio y apilarlas, para luego traerlas de vuelta al punto de partida (Langbein en Auschwitz, el mismo episodio en el gulag, Solzhenitzin)? Entonces el trabajo ya no puede destruirse con algún sabotaje, ya está destinado a anularse él mismo. Sin embargo, guarda un sentido: no sólo destruir al trabajador sino, por de pronto, ocuparlo, fijarlo, controlarlo y quizás, a la vez, darle conciencia de que producir y no producir es lo mismo, igual es trabajo. Pero también, de este modo, esa nada, el trabajador, ha de

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tomar conciencia de que la sociedad que se expresa a través del campo de trabajo es eso contra lo cual hay que luchar, aun muriendo, aun sobreviviendo (viviendo pese a todo, por encima de todo, más allá de todo), supervivencia que es (asimismo) muerte inmediata, aceptación inmediata de la muerte en su rechazo (no me mato porque esto les gustaría demasiado, me mato pues como ellos, me quedo en vida pesar de ellos).

¿Cabrá decir: el horror domina en Auschwitz, la sinrazón en el gulag? El horror, porque el exterminio bajo todas sus formas es el horizonte inmediato, muertes en vida, parias, musulmanes: tal es la verdad de la vida. Sin embargo, algunos resisten: la palabra política guarda un sentido; hay que sobrevivir para atestiguar, tal vez para vencer. En el gulag, hasta la muerte de Stalin y exceptuando a los opositores políticos de quienes los memorialistas hablan poco –muy poco– (salvo Joseph Berger) no hay políticos: nadie sabe por que está allí; resistir no tiene sentido, salvo para sí mismo o por amistad, lo cual es excepcional; los religiosos son los únicos que tienen convicciones firmes como para darle sentido a la vida, a la muerte; por tanto la resistencia será espiritual. Habrá que esperar las revueltas nacidas en lo hondo, luego a los disidentes, los escritos clandestinos, para que se abran las perspectivas, para que, desde los escombros, broten, franqueen el silencio, las voces arruinadas. Sin duda, la sinrazón está en Auschwitz, el horror en el gulag. El hijo del Lagerfuhrer Schwarzhuber es el que mejor representa la insensatez en su dimensión irrisoria: a los diez años iba a veces al campamento a buscar a su padre; un día no lo encontraron; en seguida su padre pensó: lo agarraron por inadvertencia y lo echaron con los demás a la cámara de gas; pero el niño tan sólo se había escondido y desde entonces le pusieron en el cuello un letrero para identificarle. Otro signo es el desmayo de Himmler al presenciar unas ejecuciones en masa. Y la consecuencia: como él temía haberse mostrado débil, dio la orden de multiplicarlas, e inventaron las cámaras de gas, la muerte humanizada por fuera, el colmo del horror por dentro. A veces también se organizan conciertos; el poder de la música, por momentos, parece traer el olvido y, peligrosamente, hace desaparecer la distancia entre víctimas y verdugos. Pero –añade Langbein– para los parias, ni deporte, ni cine, ni música. Existe un límite donde el ejercicio de un arte, sea cual fuere, se vuelve un insulto para la desgracia.

“Escribir es incesante, no obstante el libro no adelanta más que dejando tras de sí lagunas, baches, desgarraduras y demás soluciones de continuidad, pero las rupturas mismas se reinscriben rápidamente, por lo menos el tiempo que…” (Roger Laporte) – “Escribir… pudiera constituir mucho más que un género nuevo”. Pero “si Escribir exige y sin embargo recusa toda escritura, toda tipografía,

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todo libro, ¿cómo escribir?” … “Ya no entiendo como he podido identificarme tanto tiempo con el proyecto estético de crear un género nuevo”. “Escribir sólo ha sido tachado con una raya oblicua: tengo que rematar el trabajo de destrucción”. (R. L.)

Lo que nos da Kafka, don que no recibimos, es una especie de lucha mediante la literatura a favor de la literatura, lucha cuya finalidad, al mismo tiempo, no se entiende, tan diferente de lo que conocemos bajo este nombre u otros nombres que ni siquiera basta lo desconocido para que se nos haga patente, ya que nos es tan familiar como ajeno. Bartleby, el escribiente pertenece al mismo combate por cuanto este no consiste en la simplicidad de una negativa. Es extraño que K, la final del Castillo, esté prometido, según algunos comentaristas, a la locura. Desde el principio está fuera del debate razón-sinrazón, en la medida en que cuanto hace no tiene relación con lo razonable, a pesar de ser absolutamente necesario, vale decir, justo o justificado. Así mismo, parece imposible que se muera (condenado o salvado, casi no tiene importancia), no sólo porque su lucha no se inscribe en los términos de vivir y de morir, sino porque él está demasiado cansado (su cansancio, único rasgo que se acentúa con el relato) como para poder morir: para que el advenimiento de su muerte no se convierta en inadvenimiento interminable.

El juicio final según la expresión alemana: el día más joven, el día más allá de los días; no porque el juicio esté reservado para el fin de los tiempos; al contrario, no espera la justicia, ella tiene que cumplirse, rendirse, meditarse también (aprenderse) a cada instante; cada acto justo (¿acaso lo hay?) hace del día el último día o –como dice Kafka– el postrimero, que ya no se ubica en la sucesión ordinaria de los días sino de lo ordinario más ordinario que hace lo extraordinario. Quien fue contemporáneo de los campos es para siempre un superviviente: la muerte no lo hará morir.

En Bartleby, el enigma procede de la “pura” escritura que no puede ser más que copia (re-escritura) de la pasividad en la que desaparece dicha actividad y que pasa insensible y súbitamente de la pasividad ordinaria (la reproducción) al más allá de todo pasivo: vida tan pasiva, con la decencia oculta del morir, que no tiene la muerte como salida, que no hace de la muerte una salida. Bartleby está copiando; escribe incesantemente y no puede detenerse para someterse a algo que se parezca a una inspección. Preferiría no (hacerlo). Esta frase habla en la intimidad de nuestras noches: la preferencia negativa, la negación que borra la preferencia y se borra en ella, lo neutro de aquello que no cabe hacer, la retención, la mansedumbre que puede llamarse

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obstinada y que desbarata la obstinación con aquellas pocas palabras; el lenguaje calla perpetuándose.

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(Ottawa, 1939)

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esta es una fotografía mía
Fue tomada hace algún tiempo. Al principio parecía ser una impresión manchada: líneas borrosas y puntos grises mezclados con el papel; entonces, mientras la miras, ves en la esquina izquierda algo que es como una rama: parte de un árbol (bálsamo o abeto) emergiendo y, a la derecha, un poco más arriba lo que debe ser una pequeña elevación, una pequeña casa en el marco. En el fondo hay un lago, y más allá, algunas colinas bajas. (La fotografía fue tomada el día después de yo ahogarme. Estoy en el lago, en el centro de la foto, justo bajo la superficie. Es difícil decir donde exactamente, o decir cuan grande o pequeña soy: el efecto de la luz sobre el agua es una distorsión pero si miras bastante tiempo, eventualmente serás capaz de divisarme.)

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es peligroso leer periódicos
Mientras construía bonitos castillos en la caja de arena

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los hoyos apresurados se llenaban con cadáveres traídos en bulldozers y mientras caminaba a la escuela lavada y peinada, mis pies pisando las grietas del cemento detonaban bombas rojas. Ahora soy adulta y letrada, y me siento en mi silla tan quieta como un fusible y las selvas se incendian, la maleza está llena de soldados, los nombres de mapas difíciles se convierten en humo. Yo soy la causa, soy la reserva de juguetes químicos, mi cuerpo es un dispositivo mortal, me lleno de amor, mis manos son armas, mis buenas intenciones son completamente letales. Incluso mis ojos pasivos transmutan todo lo que veo al virulento blanco y negro de una fotografía de guerra, como puedo detenerme Es peligroso leer periódicos. Cada vez que golpeo una tecla en mi máquina de escribir eléctrica, hablando de árboles pacíficos otra aldea explota.

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canción de los gusanos
Hemos estado demasiado tiempo bajo tierra, hemos hecho nuestro trabajo, somos muchos y uno, recordamos cuando éramos humanos

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Hemos vivido entre raíces y piedras, hemos cantado pero nadie ha escuchado, salimos al aire libre de noche solo para amar lo cual disgusta a las suelas de las botas, su estricta religión de cuero. Sabemos como luce una bota cuando se ve desde abajo, conocemos la filosofía de las botas, su metafísica de patadas y escaleras. Tememos a las botas pero desdeñamos el pie que las necesita. Pronto invadiremos como maleza, por todas partes pero poco a poco; las plantas cautivas se rebelarán con nosotros, las cercas se tambalearán, los muros de ladrillos temblarán y caerán, no habrán más botas. Mientras tanto, comemos barro y dormimos; aguardamos bajo sus pies. Cuando digamos Ataquen no oirán nada al principio.

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canción de la sirena
Esta es la canción que todos gustarían de aprender: la canción que es irresistible: la canción que obliga a los hombres a saltar por la borda en escuadrones a pesar de ver los cráneos en la orilla la canción que nadie conoce porque todos los que la han oído están muertos, y los otros no logran recordar. ¿Te diré el secreto y si lo hago, me sacarás fuera de este traje de pájaro?

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No me gusta aquí sentada en esta isla luciendo pintoresca y mítica con estos dos maníacos emplumados, no me gusta cantar este trío, fatal y valioso. Te contaré el secreto a ti, a ti, solo a ti. Acércate más. Esta canción es un grito de ayuda: ¡Ayúdame! Solo tú, solo tú puedes, eres único por fin. En fin es una canción aburrida pero siempre funciona.

okupas

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La gente viene de todas partes para consultarme, trayendo sus miembros caídos inexplicablemente, no saben por qué, mi portal está lleno hasta la cintura manos, trayendo su sangre recogida en jarras de encurtir, trayendo sus miedos en sus corazones, que pueden oír o no en la noche. Me ofrecen su dolor, esperando a cambio una palabra, una palabra, cualquier palabra de aquellas que han asaltado diariamente, con palas, hachas, sierras eléctricas, los silenciosos, aquellos a quienes acusaron de estar en silencio porque no hablarían en el lenguaje recibido. Paso mis días con mi cabeza contra la tierra, contra piedras, arbustos, recolectando las pocas sílabas murmuradas que permanecen; por la tarde las reparto, una letra a la vez, tratando de ser justa, a los clamorosos suplicantes, que han construido intrincadas escaleras a nivel del suelo para poder llegar a mi de rodillas. Alrededor mío todo está gastado, las hierbas, las raíces, el suelo, nada queda salvo la roca desnuda. Ven conmigo, dijo él, viviremos en una isla desierta. Dije, Yo soy una isla desierta. Eso no era lo que él tenía en mente.

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Ahora es invierno. Diciendo invierno quiero decir: blanco, silente, duro, no te esperabas eso, no se supone que ocurra en este tipo de isla, y nunca ha pasado antes pero soy el sitio donde todos los deseos se cumplen, quiero decir: todos los deseos. ¿Hace mucho frío para ti? Esto es lo que pediste, este hielo, este muro de cristal, este rompecabezas. Tú resuélvelo.

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33 y 1/tercio calvert casey

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(florida, 1924 – roma, 1969. durante mucho tiempo fue okupa en la habana)

piazza morgana
Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme. Nunca me marcharé. Desde este puesto de observación, donde finalmente he logrado la dicha suprema, veo el mundo a través de tus ojos, oigo por tus oídos los sonidos más aterradores y los más deliciosos, saboreo todos los sabores con tu lengua, tanteo todas las formas con tus manos. ¿Qué otra cosa podría desear un hombre? De una vez para siempre "emparadizado en ti". "Envejecemos juntos, dijiste", y así sucederá. Mi suerte será envidiada por generaciones de amantes de todo el tiempo venidero, hasta el final de los Tiempos. Se me ocurrió mientras te estabas afeitando un día, en una tregua de nuestros momentos de odio mutuo. La hoja te hizo un pequeño pero profundo corte en la barbilla. Mientras presionaba la herida para limpiarla, y tu sangre manaba de las venas cortadas, sentí un tremendo impulso de probarla. A partir de ese instante, mi mente se deslizó por una pendiente irresistible, fuera ya de control. Esa noche y muchas noches más, mientras tú respirabas plácidamente en tu sueño, a mi lado, pensé en los rojizos y descarnados tejidos del estómago, cruzados y entrecruzados por venas, segregando sin cesar sus jugos a la menor provocación. Me vi a mí mismo tocando con temor los duros y rojizos tendones, el blanco interior de la espina dorsal, tu cerebro, tierno y palpitante, los musculados y carnosos tejidos de tu corazón, el revestimiento externo de tus huesos, tan rosado y sedoso, donde los vasos sanguíneos se entrelazan, haciendo surgir incesantemente nuevas células que reemplazan a las ya muertas. Vi los accesos de tu boca, la oscura incrustación de la lengua, y más allá, los frágiles cartílagos y cuerdas vocales de donde tu voz brota. Me preguntaba cómo sabría y olería todo ello, qué se sentiría al morder los tendones: lamer los huesos, mascar la tierna y delicada carne, desollar el escroto, vaciar la vejiga, hacer una incisión en el pene; tras haber desalojado previamente los pulmones, dejar que mi mejilla repose eternamente junto al tejido sanguinolento y descarnado de la caja torácica; desplegar los largos y macizos músculos de las nalgas y muslos, alimentarme de ellos, llegar a probar todas tus glándulas, estar durante semanas a dieta del fluido genital; cada vez más ansioso, más anhelante, alimentarme, alimentarme, alimentarme

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lentamente de los tímpanos, los ojos, la lengua, roer la abertura rectal, utilizar tu pelo y todo el vello de tu cuerpo como seda dental, morder hasta el fondo de tus axilas, recobrar en los ganglios las energías perdidas, empezar a comer lentamente desde la punta de los dedos hacia arriba, hasta que los brazos desaparezcan, destapar la rótula y beber con paciencia y cuidado (no sea que se pierda una gota) los ricos lubricantes contenidos en sus junturas, desencajar el muslo, rajar el hueso y alimentarme de su médula toda una temporada deliciosa, engullir los ojos como se engulle un huevo, mirar las cuencas vacías noches y más noches, desquiciar los tobillos, alimentarme de los pies semanas y semanas, sacar fuerza de los ligamentos, lamer los tendones hasta que pierdan su color, arrancar las uñas de los pies y de las manos, mordisquearlas y sacarles el calcio una vez agotadas las reservas de los dientes. Pero, sobre todo, comer lentamente, deliberadamente y en un rapto fervoroso, desde el interior, allí donde el corazón late impasible, el sabroso tejido, rojo vivo, bajo los pezones ya hace tiempo digeridos. Pero entonces cambié de opinión. Como ya dije antes, generaciones de amantes de todos los siglos venideros se morirán de envidia. Nos pudriremos juntos. Mientras escribo, viajando a placer, con indescriptible regocijo, por tu corriente sanguínea, después de un prolongado verano en los mastoides, siempre dispuesto a renunciar a los vasos linfáticos por las parótidas, sé que voy a estar contigo, viajar contigo, dormir contigo, soñar contigo, orinar y defecar contigo, pensar, llorar, alcanzar la senilidad, calentarme, enfriarme y calentarme otra vez, sentir, mirar, hacerme una paja, besar, matar, mimar, tirarme pedos, perder el color, sonrojarme, convertirme en cenizas, mentir, humillar a otros y a mí mismo, quedar desnudo, acuchillar, agostar, aguardar, aquejar, reír, robar, palpitar, trepidar, eyacular, entretenerme, escabullirme, rogar, caer, engañarte con otro, engañarte con dos, comerte con los ojos, comisquear, atizarte, chupar, alardear, sangrar, soplar contigo y a través de ti. Mi proeza es tan completamente nueva y sin paralelos que aún no ha sido igualada. No tiene precedentes en la historia y quedará en los anales de la humanidad, para que no se olvide, hasta que toda huella de la existencia humana haya sido borrada de la tierra. Mi libertad de elección y residencia no tiene límites. He conseguido lo que todo sistema político o social siempre ha soñado, en vano, conseguir: soy libre, completamente libre dentro de ti, por siempre libre de todas las cargas y temores. ¡Ningún permiso de salida, ningún permiso de entrada, ningún pasaporte, ninguna frontera, visado carta d'identità, nada de nada! Puedo establecerme a gusto mío en el pezón derecho, donde el remate de las venas y los nervios florece en una punta rosada, tierna y delicada. Allí puedo esperar indefinidamente. No tengo ninguna prisa especial. El tiempo ha sido obliterado. Tú eres el Tiempo. Fue tan sólo el siglo pasado cuando me agarré como un loco a las viscosas paredes de tu vejiga para evitar el ser arrastrado fuera. Así que puedo esperar, con máquina de escribir y todo, arrullarme hasta conciliar el sueño, bajo ese velloso y maravillosamente suave

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montículo de tu pecho, y esperar a que algún idiota me despierte y me haga cosquillas. Puedo escalar tu lengua y lamer y apretujarme en otra boca, alcanzando todas delicias que el cielo reserva. Y es entonces cuando me lanzo de cabeza por la espina dorsal, despidiendo un escalofrío tras otro de placer divino, hasta que tus pulsaciones laten de forma tan salvaje que me dejo arrastrar por el torrente y viajo a la velocidad de la luz dentro del espeso y vivificante fluido de tu sangre. Pero sin prisa, sin prisa. A lo largo de días, semanas, meses, puedo alojarme en tu retina, emprender viajes de placer por la pupila con objeto de echar una ojeada al mundo exterior, mientras organizo metódicamente la más compleja e infinitamente más exigente excursión a tu cerebro. Qué placeres entonces, y qué gozo a medida que penetro en el laberinto gris, en el palpitante dédalo, aprovechando la ocasión para lamer los blancos tabiques membranosos, cuyo sabor difícilmente puede igualarse. La mayor Bolsa del mundo en el día del Crack, la estación ferroviaria más grande del mundo jamás podrían aproximarse a lo que está pasando dentro de tu cabeza. ¡Los deleites de la medulla oblongata! ¡Las ramificaciones infinitas de los arborum vitae! ¡Las ásperas caricias de la duramadre! ¿Cómo voy a empezar? ¡Cómo voy a empezar! ¿Cómo puedo entrar en ese aparente caos, en esa anarquía soberanamente ordenada, sin ser mortalmente aplastado (todo a su tiempo) por los millones de destructivos temblores, más veloces que el rayo y mucho más mortíferos? ¡Cómo voy a empezar! ¡Con amor! ¿Cómo, si no? ¡Con amor! Que el amor guíe mi exploración, mi viaje fabuloso, el viaje que ningún hombre ha emprendido hasta ahora; que él sea el hachón y la brújula que me ayuden a orientarme a través del espantoso laberinto rebosante de vibraciones, brincando y rebotando sin parar a una frecuencia fantástica. Con muda reverencia inicio un viaje que a veces me va a llevar muy cerca de la superficie, a veces al corazón de una inmensidad perfectamente organizada. Consumiendo días, semanas, meses incluso, me meto en las profundidades; el periostio, la tabla externa, el diploe, la tabla interna, las suturas, la calvaria (próxima a la duramadre, en busca de calor y compasión). Pero una vez más: sin prisa, sin prisa. A su debido tiempo (¿qué importa el tiempo?) llegaré a la hoz del cerebro, a la encantadora blandura de la meninge, me doblaré por el nervio óptico, me estrujaré en el infundíbulo (¡el infundíbulo, oh Paradiso!), iré tanteando como un ciego la substancia negra, utilizando los dos brazos como antenas, como un murciélago, cruzaré a galope el puente de Verolio, como un niño feliz y juguetón, y, después de una larga zambullida en el acueducto de Silvio, iré a caer exhausto en la silla turca, faltándome ya el aire. Dormir, dormir es lo único que quiero después de esta primera etapa fatigosa de mi viaje. ¡El tálamo, el tálamo! ¿Dónde está el tálamo después de los horrores del claustro, y la luz lunar del globus pallidus? Tremendas reverberaciones me suben por todo el cuerpo, cargadas de

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electricidad. Dormir, dormir... ¿Quién es capaz de dormir cuando el patético está tan cercano, y he de tomar un largo desvío tal de no eliminar para siempre tus fuentes de compasión? Si la emoción me vence, siempre puedo encontrar refugio en el silencio de la substancia gris. Pero no por mucho tiempo, no por mucho tiempo. ¿Quién desea silencio ahora que he llegado a lo más hondo de tu cerebro? Que las rugientes ondas que vienen de los tímpanos me ensordezcan para toda la vida. ¡Qué más da! ¿Acaso no he dicho que he venido a quedarme? Siempre estará el nervio olfatorio para guarecerse cuando falle todo lo demás. ¡Qué riqueza de olores para triscar eternamente! Y siempre están los senos para una completa protección. Alguien está martilleando en la porción petrosa. Que martillee. Hay sitio para todos. Y si se pone desagradable, una buena patada en el culo y que se pierda en la insondable profundidad de las fosas. ¡Sería una tumba bulliciosa! Nadie ha llegado aquí; nadie ha ido tan lejos y sobrevivido a las ondas destructivas de las neuronas, que llegan de todos lados, a la presión tremenda, la terrible carga y descarga, el soberanamente armonioso, soberanamente enloquecedor tutti. Nada más salir sano y salvo volveré a entrar una y otra vez en el infierno gris, el cielo sofocado, para escuchar el mortífero, rugido que nadie ha oído sin ser por ello asesinado. Pero, como dije antes, es en tu corriente sanguínea donde logro el estado de dicha suprema reservado a los elegidos y a los justos. Me revuelco en su interior, retozo, trisco, me elevo a míticas alturas, alcanzo lo definitivo, me transformo, dejo de ser. Ya no soy yo mismo. Soy tu sangre: alimento tus pulsaciones, cruzo y vuelvo a cruzar el umbral de tu corazón, me deslizo arriba y abajo, me abalanzo del ventrículo al aurículo, hago tiempo en el atrio, paso de la vena a la arteria y regreso a la vena, hago el recorrido de los pulmones y emprendo de nuevo el camino de tu corazón. ¡Tu corazón! ¡Por fin soy yo tu corazón! No sólo el vello suave de tu pubis sino también tu corazón. ¡Soy tu sangre! ¡Lo que sientes vibrar en tu interior, estos estremecimientos, esta extraña alegría, este temor, este anhelo, soy yo, soy yo, flotando en tus arterias, y la carne que recuerda, en lo adelante recordaremos juntos por toda la eternidad, amor, amor, temeroso amor mío! No has de tener miedo, nunca volveremos a sentir la soledad, la terrible, vergonzosa soledad de la carne. La soledad se ha ido para siempre, desechada, expulsada, suprimida, quemada, enterrada. ¿Me estás oyendo? ¿Me oyes surcar tu sangre a toda velocidad cantando y gritando a pleno pulmón, entonando extrañas canciones de gozo, sollozando, gimoteando, gimiendo en un frenesí de felicidad que ningún ser humano ha conocido antes? ¡Soy yo, soy yo! Moriré contigo me convertiré en sustancia inanimada, recorreré toda la gama de la existencia pre-orgánica y post-orgánica, y renaceré una y otra vez, un millón de veces, ad infinitum, contigo. Cuando estoy de un talante menos intelectual, más emprendedor, me adentro en largos safaris por tu flora intestinal. La vena porta abre sus puertas de par en par y yo me cuelo en la copiosa oscuridad. Podría tomar un atajo por el mesentérico, pero

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prefiero el camino menos recto, que me hace estremecer de expectación. Después de un largo descenso me encuentro en el más profundo misterio. Ni las cuencas amazónicas ni las vertientes nigerianas podrían nunca igualar su caudal. Para hallar semejante uno tendría que retroceder a los días en que las fuentes del Nilo eran desconocidas, o incluso antes, mucho antes, cuando el gran río empezó a fluir, al principio sólo una estrecha corriente, que serpenteaba por el fondo de una espantosa hendidura, y que después crecía, algunos millones de años después, hasta convertirse en un tranquilo arroyo de mediano tamaño, eternidades antes de que el hombre llegara con los ojos vidriosos. A medida que voy penetrando en las profundidades de la jungla, me siento incesantemente atraído, ceñido y rechazado por las miríadas de formas, los seres tentaculares del bosque inexplorado, las minúsculas y monstruosas flores, el interminable proceso de creación y destrucción, los mil círculos mil círculos kármicos que nadie habría sospechado encontrar aquí abajo, repitiéndose millones de veces a lo largo del largo descenso. Podría seguir escribiendo sin parar sobre mi travesía de los pliegues semilunares, la luz opalescente donde las criaturas más extrañas, medio-animales, medio-vegetales, se abren y se cierran, se degeneran y regeneran, se abren las entrañas en suicidios masivos, sólo para intercambiar fragmentos y reunirse segundos más tarde. Esa parte de mi viaje dura años, de tan fuerte como es la fascinación del destello malsano, que adopta sutilmente matices diferentes bajo cada pliegue. Me dejo abrazar por los billones de criaturas que pululan en mi interior, apiñándose en el espeso jugo en el que yo nado silenciosamente. Elegí una al azar, tal vez la más atractiva, tal vez la más horrenda, y dejo que me sumerja y me trague como un corpúsculo devorado por una célula blanca. Qué quietud infinita, qué paz ahora... ¿Cómo es posible que nunca hubiese pensado en esto? ¡Esto sí que es felicidad! No hay otra palabra. En la profundidad del pliegue más recóndito la he encontrado. Esto cancela y borra años de búsqueda inútil. Soy feliz. ¡Al fin! Ni un sonido, ni una simple regurgitación se escapa del lugar remoto adonde he llegado. Es el silencio de los abismos oceánicos, siempre conjeturados, siempre inescrutables. Únicamente aquí puedo ser yo mismo. Apacible e interminablemente, giro entre los silenciosos tropeles que entran y salen por cada orificio de mi cuerpo. Millones de muertes y nacimientos se suceden sin un lamento, sin un estertor, sin nada. En un cruce, después de resbalar a lo largo de meses en una agonía mortal por el casi impracticable sigmoide, el paisaje cambia abruptamente. Qué quietud de la Umbría entre estos árboles del tamaño de un mamut, repentinamente desproporcionados respecto a cualquier especie imaginable de cualquier reino. El interminable proceso de tragar y devolver se detiene y otro, mil veces más mortífero y más majestuoso, comienza. Me siento perdido en este

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bosque de gigantes que avanzan lentamente abrazando a traición, ignorándome completamente en su grandeza. Camino pegado a lo que tomo por un muro del bosque hundido, hasta que descubro que he despertado a otro gigante y tengo que salir disparado para salvar la piel. (Ahora podría tomarme un respiro antes de que fuese demasiado tarde, y hacer el largo viaje de descenso a la punta de tu polla con una breve escala dentro de los testículos, que podría llegar a convertirse en una prolongada estancia, primero en el derecho, después en el izquierdo, ya que siempre es grato un cambio de altitud. ¿Quién podría detenerme, excepto la muerte, y sería, en ese caso, nuestra muerte? Y si decidiera hibernar en el glande, dormir para siempre dentro del prepucio, reservar un espacio debajo de la túnica, podría hacerlo, pero tomo otra decisión). La muerte está aquí mismo, al igual que la vida, y es aquí donde me siento más próximo a ti. Podrían poner en pie de guerra ejércitos enteros, legiones de carros blindados, aviones muy bien abastecidos y muy modernizados vomitando fuego para desalojarme de aquí. De nada serviría. Esto es el Paraíso. Lo he hallado. Al contrario que a Colón, no se me reexpedirá atado de pies en una sentina. Tampoco habrá un Canossa para mí. He entrado en el Reino de los Cielos y he tomado posesión de él con todo orgullo. Ésta es mi concesión privada, mi heredad, mi feudo. No me marcharé.

replay

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(madrid, 1967. a veces okupa en manhattan)

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tokio ya no nos quiere (fragmentos)
Ya sabes, Ray, la Habana tampoco nos quiere

No nevaba. Sí nevaba, en realidad, pero era nieve de mentira. Astrud Gilberto cantaba delante de un árbol de navidad, por eso la nieve de mentira. Luego la canción se terminaba. Desde que los periódicos dicen que el mundo se acaba siento que las canciones son más cortas y los días más largos. He pasado por tu casa, pero me han dicho que no estabas, me han dicho que estabas en otra parte, en Tokio. He visto ese extraño video de La garota de Ipanema en el canal clásico. Astrud Gilberto cantando sin apenas moverse, la nieve artificial, los daiquiris, la banda, las señoritas alineadas junto al pequeño escenario. La semana pasada en la feria vendieron dos coches antiguos, rojos como manos. Estábamos en Phoenix, Arizona, y tu madre escribió algo en la ventana, en el cristal de la ventana, y luego lo borró antes de que pudiéramos leerlo. ¿Que crees que hacen todos ahora que no estás? Se reparten tus cosas, imitan tus gestos, deshacen tu cama. Vi a tu madre en Phoenix de casualidad y me dijo que deberíamos llevarte flores y yo dije que no, que no deberíamos. Tu madre solo juega a la ruleta y jura que gana, jura que gana más de lo que juega y tiene buen aspecto para ser una mujer que ha probado suerte en cinco continentes distintos y que ahora juega sola en Phoenix, Arizona, y escribe cosas en las ventanas con el dedo para después borrarlas con el puño. Buena mujer tu madre, y guapa, además. Buenas tetas también. Graciosa, alegre. Apuesta y gana, ahí es nada. A dormir otra vez, mi amor, y a mirar los aviones. Nada de flores. Buenas noches.

A las diez de la mañana he bajado a por el periódico, pero luego me he quedado en el bar bebiendo una cerveza, un hombre me ha preguntado por ti y le he dicho que estabas muerta, que habías

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muerto. No es verdad, claro, pero algo hay que decir. Muerta en un accidente ¿Un accidente de coche? No, de coche no. ...me tomé un daiquirí, o un mojito, o las dos cosas, y todo empezó a mejorar tan deprisa que estuve por subir a por el bañador y celebrarlo pero luego, no sé por qué, no lo hice y seguí bebiendo hasta las tres o las cuatro. La pobreza en América es en colores, como la casa internacional del panqueque.

La gente nos mira. En realidad unos nos miran y otros no, pero he dicho eso para abreviar, y para dejar claro que algunos sí nos miran. ¿Qué habrá sido de aquella chica de Hong Kong que vivía en una tienda rodeada de cubos y bandejas y cestas y palanganas de plástico de todos los colores? La chica se sentaba junto a la ventana y en lugar de mirar los colores de dentro miraba los colores de fuera. Esta mañana todo son coincidencias. Ayer dijeron en la televisión que este ha sido el más caluroso y al mismo tiempo el más frío mes de enero del último siglo.

Al pasar por la piscina me ha parecido ver algo en el fondo y de pronto me he acordado de un tipo que se ahogó en el lago de un campo de golf tratando de recuperar pelotas perdidas para venderlas luego por un tercio de su precio. Por supuesto, en la piscina no había nada. Tucson está lleno de palmeras y las palmeras me ponen siempre de buen humor. No he tenido más remedio que bajar a la piscina para asegurarme de que no había nadie en el fondo.

Algunas personas creen que uno debe guardar sus nombres y sus caras como si fueran tesoros. Algunas personas se follan a otras para poder llamar gratis. Resulta extraño que la gente que para uno apenas importa signifique tanto para otros. La gente tiene la manía de enseñarte sus cosas con la misma estúpida alegría con que los magos sacan del sombrero conejos que nadie quiere ver. Mi amigo me ha dicho también que perdió la pierna en un accidente de coche, no en uno de sus coches, por supuesto, en esos coches no puedes perder ni un número de teléfono. Son máquinas perfectas. Me he sentido en la obligación de decirle que no sé conducir, para que el hombre dejara de esforzarse. Un vendedor es siempre un vendedor, y un vendedor sin una pierna es aún un vendedor entero. Luego me ha contado que enterró la pierna después

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de sufrir un rechazo por un intento de injerto. No consigue entender como uno puede rechazar una pierna que es suya. No sabe usted lo estúpido que se siente uno enterrando una pierna. No lo sé, desde luego, pero puedo imaginármelo.

Siempre he estado enfermo, dice el hombre sentado junto a la ventana, No puedo recordar el nombre de las enfermedades, pero recuerdo el dolor. Como alguien que ha perdido la casa, y aún guarda la llave. Un dolor es una ocupación, puedes abandonarte a el sin ningún remordimiento. Es todo lo que tienes que hacer. Perseguir el dolor que viaja entre los nervios hasta el cerebro. Aislarlo ahí y vigilar después cualquier movimiento. Perseguir el efecto de los calmantes también, como la lluvia. Ver que se lleva a su paso y ver que queda. El viejo me cuenta algo sobre una mujer muerta hace muchos años. Habla de ella como si aún estuviera en alguna parte, al final de una cuerda muy larga, como si él pudiese sentir cada pequeño movimiento al otro extremo de la cuerda. Como si uno se hubiera adentrado en una cueva y el otro esperase fuera. Paso la tarde bebiendo mezcal. Todo oscuro fuera, aunque no todo el tiempo. De cuando en cuando, la luz de los cazadores de ovnis ilumina el desierto. Estamos todos cansados. Algunos saben por que y otros somos incapaces de recordarlo.

En la cárcel del Estado, a las seis, atan a un tipo a una camilla y le aplican seis inyecciones letales. Veneno suficiente para matar a un hombre seis veces. Por supuesto, los helados, las flores, los paquetes de cereales, los niños, las madres, los coches en la autopista, las antenas parabólicas, los buenos días, las buenas noches, las averías, las neveras, los abrazos y las multas, todo, absolutamente todo lo demás, sigue igual que siempre. Todo tiene la misma forma y alguien se sienta a esperar a la puerta de un multicine y luego mucho más tarde se levanta enfadado porque la persona que esperaba no ha venido. Por extraño que parezca, hay gente que es absolutamente incapaz de entrar sola al cine. Un avión pasa por encima del autobús y aterriza sobre la arena. Los viernes el aeropuerto se satura y los aviones aterrizan donde pueden. Por supuesto, despiertan a los indios y a los coyotes.

Fotos de inmensos panqueques bañados en nata y chocolate decorando las paredes y cientos de hombres y mujeres terriblemente obesos delante de cientos de panqueques. Las sillas y las mesas

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pintadas de rosa, las paredes y el techo pintados de azul celeste, flores de plástico en los maceteros, una anciana camino de Sun City esconde un perro en el bolso, hay un retrasado mental amenazando a una camarera con una cuchara de plástico, hay al menos dos ancianos con un solo brazo y la fuente de la entrada se ha quedado sin agua. Dios no sabe que esto existe. Los que no están ciegos están locos. Ahora necesito más cocaína. Una sola raya no sirve de nada. Te deja como un cristo sujeto por un solo clavo. Cuando el cielo se oscureció y aunque no eran más que nubes, tuve la sensación de que todo se terminaba y la sensación de haber sentido lo mismo un millón de veces antes.

Al ver la fotografía de un tren pienso en un viaje de ida y no en un viaje de vuelta. Al mirar la imagen congelada y sonriente de un soldado, pienso en alguien que ha muerto. Cazadores en el bosque persiguiendo el rastro de animales desconocidos. Buena suerte a todos.

Detrás de la máquina de refrescos hay una mujer escondida. Solo Dios sabe por qué. Al final del pasillo hay una enfermera sentada en una silla como una de esos jueces de línea en los campos de tenis mirando fijamente una raya en el suelo, dando fe constantemente de que pelotas caen a uno y otro lado. Una mujer, mientras tanto, sigue magníficamente escondida detrás de la máquina de refrescos.

Ella dice No tengo todo el tiempo del mundo. Ella dice No todo depende de ti. Hay al menos un millón de cosas que tú no puedes cambiar y son todas importantes. Ella cree que entiendo lo que dice, pero lo cierto es que no sé muy bien de que me habla. Enciendo un cigarrillo y ella se enfada porque piensa que besar a un hombre que fuma es como limpiar un cenicero con la lengua. Entonces me acuerdo de una fotografía, junto al río Saigón. Ella lleva una vara de junco en una mano y tiene el otro puño apretado. En la cara, en cambio, una sonrisa. Estoy otra vez asustado por la claridad de su recuerdos y la claridad de sus premoniciones. Ella es un ejército y yo soy un hombre desarmado.

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Pasamos cerca de esa ridícula torre de Tokio que es igual a la torre Eiffel. Treinta metros más alta y treinta veces más estúpida. ¿Y donde está ella mientras los corazones, de un lado a otro del país, se detienen, siguiendo el ritmo del corazón detenido de Riosuke? Vaya usted a saber. A veces pasamos días enteros separados, solo para ver que es lo que eso hace con nosotros. Como dos científicos imbéciles probando pequeñas dosis de veneno.

Los días rojos son tranquilos. Estar puesto de rojo supone la suspensión temporal de la desconfianza natural que producen todos los objetos, los extraños y los propios. Estar puesto de rojo supone detener la marea constante de las catástrofes. Como los días soleados sin la ridícula arbitrariedad de los días soleados. Estamos en el acuario mirando los peces, que para eso va uno al acuario. La sonrisa de los tiburones nos resulta tan encantadora como el asombro de los niños. Los días rojos son días que no cuentan en el orden absurdo del resto de los días. Cuando cierran el acuario caminamos junto a las verjas de los parques cerrados. Por alguna razón que desconozco ella viste mejor que el resto de las mujeres a pesar de que, seguramente, compra su ropa en las mismas tiendas. Los turistas saludan con la mano desde los barcos del río. Los turistas tienen la manía de saludar a los turistas con el mismo rigor con el que los soldados saludan a los soldados. El ruido de los helicópteros apaga el ruido del agua y el ruido de los barcos. El monorraíl está lleno de oficinistas dormidos. La música de las videopantallas despierta a los perros, y los estudiantes solo confían en sus teléfonos celulares. Los días rojos esconden el infierno de las cosas. Un tren atraviesa el parque. El vagón lleva docenas de niños que vuelven del colegio derrotados. El cielo debe de ser en realidad algo muy parecido a esto.

Desde las ventanas del monorraíl se ven las luces de Sinjuku y el corazón apagado del palacio imperial y los elefantes dormidos del nuevo zoo y los teléfonos encendidos de los niños drogados de Shibuya y la luz intermitente de los aviones y el rencor constante de los veteranos de guerra y la belleza renacida de las viudas y el vapor en las ventanas de los hoteles y la luz absurda de los televisores y la sangre debajo de los colchones estrellados y el cielo negro y el precio rojo de las etiquetas en las rebajas y la luz amarilla de las casas de pornografía infantil y la nieve artificial y la punta metálica de los palos de golf y la luz azul de los taxis y el algodón blanco de los guantes de los agentes de tráfico y los pequeños puestos callejeros de los

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vendedores de noodles y los anuncios de tabaco y las caras de las nuevas estrellas de Hollywood colgadas sobre las calles y las tumbas y los peces del lago y las maletas de acero en la estación y los huesos de las modelos enfermas en las puertas de los clubs y las velas encendidas por la muerte de Riosuke y el terror de los marineros en los barcos rusos y el frío en los puentes de cemento y la fe de los casinos y el cansancio de los trenes y la suerte de los perros y un cuchillo, dos ríos, un sombrero, y nada más.

Las horas de niño son eternas. Las horas de hombre, en cambio, caen del cielo como la lluvia y no hay nada que uno pueda hacer para detenerlas. Las horas de viejo son aún más rápidas, te atraviesan a la velocidad de la luz. La niña me ha dicho que hace mucho tiempo, cuando aún era más joven, antes incluso de la gran guerra, la orden que más le gustaba oír en los viejos buques era: "Visitantes, abandonen el barco." Solo después de esa orden comienza el viaje.

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