DIOS UN ELEFANTE GRANDE. POR QUÉ HAY MUCHAS RELIGIONES.

Xavier Pikaza
Religión Digital Hemos comenzado hablando de diálogo de las religiones. Se han planteado algunas cuestiones y quiero seguir reflexiondo sobre ellas. Por eso me atrevo a introducir aquí dos páginas de mi libro Violencia y diálogo de religiones. Un proyecto de paz (Sal Terrae, Santander 2004, 138-141), que ofrezco ahora con ligeros retoques. La parábola del elefante de Dios es hermosa y casi todos la conocen. Pero merece la pena pensar de nuevo en ella, desde lo que que hemos visto sobre Panikkar y Hick, que siguen siendo maestros del diálogo religioso. En los días próximos iremos viendo otros motivos y elementos de la pluralidad y del diálogo de las religiones. Tengo como he dicho ayer, una aportación luminosa de G. Haya, que saldrá uno de los proximos días. Algunos preguntan ¿Por qué hay tantas religiones? ¿No sería mejor que hubiera sólo una, para unirnos así todos los hombres y mujeres de la tierra? Pues bien, en contra de eso, pienso que la diversidad de las religiones resulta positiva para que los hombres puedan dialogar y conocerse, conociendo mejor a Dios. No es bueno que exista una sola religión, entendida en sentido institucional, porque podría convertirse en dictadura y, sobre todo, porque nos impediría descubrir y valorar la trascendencia de Dios, la riqueza dialogal de la vida humana. La unidad que buscamos (propia de las religiones) no es un sistema unificado desde arriba, ni brota del dominio de una jerarquía única de sabios o sacerdotes sobre el conjunto de los hombres, sino que es comunión y armonía en la variedad. Como las partes de un organismo vivo, como los colores del espectro de la luz, como las notas de una melodía, como los dones y carismas de una comunidad viva… así son las religiones. Nuestra respuesta no logrará convencer a todos, especialmente a los que vienen de una tradición sistemática de las religiones monoteístas, pero pienso que ella no es sólo la más coherente, sino la que mejor responde a la verdad interna del cristianismo (y del conjunto de las religiones). No quiero buscar el común denominador de las religiones (en un plano superficial), sino

buscar aquello que tienen tienen de más hondo y verdadero, siendo cada una distinta de las otras. Sin embargo, pero todas ellas forman parte del “gran elefante”, uno de los símbolos sagrados más significativos de oriente, tanto en el budismo como en el hinduísmo.
 Estoy convencido de que lo más distintivo y propio de cada religión resulta en el fondo lo más universal. No quiero que las otras religiones me digan sólo aquello que yo sé, que me cofirmen en aquello que yo tengo… Quiero que me digan cosas que no sé, que me abran horizontes que nunca he contemplado… porque el elefante de Dios es inmenso. Estoy convencido de que Dios es Logos, logos de un Diá-Logo que se expresa y culmina allí donde los hombres se hace palabras uno para otros (lo que yo, cristiano, descubro plenamente en Cristo, pero sabiendo que otros lo ven de otra manera… y sabiendo que, por ser cristiano, debo escucharles, dialogar con ellos y pedirles que me enseñen lo que saben…). Si en un momento no dejo hablar a los otros, si dejo de escucharles, ya no creo en mi fe cristiana; en el momento en que les impongo mi palabra no creo en la Palabra; en el momento en que pienso que soy superior a los demás dejo de ser discípulo del Cristo.
 Muchas religiones, pero sólo un sistema (que se expresa en forma de dominio del Todo sobre todos. El sistema de la modernidad es único por ideología e imposición económico-social. Las religiones, en cambio, son varias, como son las razas y lenguas (culturas), que no se unifican por coacción, sino que se unen y enriquecen por diálogo. Por eso decimos que es bueno que haya diversas religiones, pues su pluralidad no va en contra de la verdad de una religión particular, como el cristianismo, sino al contrario. Hay muchas religiones porque las experiencias profundas de la Realidad son múltiples, como la vida y los colores. Más aún, los creyentes podrían decir que hay varias religiones porque el mismo Dios, Realidad suprema, tiene maneras diversas de expresarse. Desde esa base esbozaremos algunas notas teóricas sobre la diversidad de las religiones, que podrán servir de punto de partida y camino para la reflexión y el diálogo. Hay muchas religiones porque somos vidente ciegos (vivmos en la ardiente oscuridad de una Vida que nos desborda siempre) y el Elefante es grande. Esta es una respuesta popular que viene de la India. Reunieron una vez a siete invidentes y les encerraron con un enorme Elefante, diciendo: ¡Que toque y sienta cada uno

y diga qué ha tocado y qué ha sentido!
 Uno tocó una pata y dijo: Es una columna rugosa, como un árbol sin fin que sostiene el edificio del mundo. Otro palpó cuidadosamente la trompa y evocó sus funciones diciendo: Es una especie de conducto hueco que absorbe y expulsa el agua de la vida. El tercero metió la mano en la boca, llena de comida, y dijo: Es un abismo que todo lo devora. El cuarto introdujo su cabeza en la garganta del animal, se sintió absorbido por su respiración y digo: Es una inmensa sima, que aspira y expira el viento infinito. El quinto fue tocando la parte inferior de su vientre y dijo: Es un cielo que todo lo cubre y que así puede cobijarnos o impedirnos ascender a más altura. El sexto, en cambio, logró saltar y colocarse encima, cabalgando sobre sus lomos a gran velocidad, recorriendo en círculo la gran sala del cosmos, y dijo: es un perpetuo movimiento ¡qué hermosura!. El séptimo escuchó sus grandes alaridos y se dijo: ¡Es una voz, quiere transmitirnos un mensaje que no comprendemos!. Reunidos lo siete no lograban ponerse de acuerdo sobre este Elefante, un Dios para ciegos con tacto y oído. Sus respuestas no iban descaminadas: ellas se han ido repitiendo a lo largo de la historia: Dios es la columna cósmica, el despliegue de la Realidad, la meta oscura, la respiración vital, el cielo alto, el movimiento perpetuo, la voz interpelante… Todo eso y mucho más ha sido Dios (lo Divino, el Ser originario) en la experiencia de las religiones. Todo eso es bueno y verdadero, pero resulta parcial, no consigue ofrecernos la imagen del Elefante entero, es decir, del Viviente divino, que así aparece como signo y realidad del Cosmos. Vivimos desbordados y fundados por la Realidad, simbolizada por un Elefante (don de Vida, milagro de Ser), que nos sorprende y sobrepasa, ofreciéndonos, al mismo tiempo, su cobijo y su impulso: bajo su cielo vivimos, sobre su espalda avanzamos, en su aliento respiramos, de su carne nos alimentamos… No tenemos distancia para mirarlo desde fuera, para abrir los ojos y ver el conjunto de sus partes. La Realidad nos excede y, por ello, de un modo normal, tras haber visto y sentido alguno de sus aspectos concretos, nos aferramos y decimos: ¡Dios es esto!. Así nos compartamos como

ingenuos orgullosos, que se piensan capaces de dominar al Elefante. Para conocerle mejor sería necesario que alguien (¿el Elefante?) nos abriera de otra forma ojos y tacto, para que lo viéramos del todo y comprendiéramos. Pero no ha existido (aunque algunos digan lo contrario) ese milagro externo y seguimos dialogando (a veces discutiendo) sobre nuestras religiones, sobre el Elefante, sin advertir que somos parte suya y sin pensar que el Elefante es más que la suma de sus partes. 1. Somos muy pequeños: no podemos medir la realidad de Dios, el Elefante, sino sólo tocarle, palparle, como han dicho los místicos, especialistas en “toques” divinos, y como ratificó San Pablo, dialogando con los partidarios de otras religiones en Atenas, lugar de encuentro universal, en Hechos 17: somos como ciegos que palpamos a Dios, sabiendo, sin embargo, que “en él nos movemos, existimos y somos”. 2. Somos muy grandes: no podemos conocer nunca del todo al Elefante, pero tenemos una forma de vencer el desconcierto y concertarnos: confiar en los otros, escuchando lo que dicen e intentando después colocarnos cada uno en el lugar de los otros. El mismo Elefante (Realidad escondida, exceso de vida) nos invita por su enigma a compartir nuestras pequeñas verdades, para caminar de esa manera a la Verdad más honda. La verdad que buscamos se aplica al Elefante, al que nadie ha visto, pues ver a Dios es morir. Pero, en un sentido convergente, ella puede aplicarse también a nuestro diálogo sobre el Elefante, pues en él se desvela la verdad. Así vamos descubriendo que esa verdad es relacional sin ser relativa, es comunicación sin ser habladuría. Según eso, para conocer a Dios (al Elefante) tenemos que escuchar a los demás, no por dependencia negativa, sino por enriquecimiento, pues ellos han podido palparle desde otras perspectivas. No sabemos sólo aquello que experimentamos por nosotros, sino aquello que nos han dicho otras personas, pues aceptamos su testimonio y así nos enriquecemos. El conocimiento de los otros se vuelve así conocimiento nuestro, pues escuchamos sus palabras y podemos repetir sus experiencias, poniéndonos en su lugar, haciendo la ronda completa o más amplia posible de patas y trompa, boca y garganta… Nadie puede hacer todas las experiencias y es bueno que no pueda hacerlas, porque eso nos enseña a confiar en otros, pues nuestro diálogo acaba siendo la verdad del Elefante.

Las religiones se han vuelto lugar de intolerancia allí donde algunos han pretendido que su visión y perspectiva sea única, queriendo imponerla a los demás, quizá por envidia (¡no quieren visiones distintas!), quizá por imperialismo (¡los otros deben aceptar lo que decimos y ponerse a nuestro servicio). Pero pueden y deben volverse espacios o laboratorios de diálogo admirado. Es hermoso que existan otras perspectivas, para completar la nuestra, es hermoso que podamos decir en gratuidad lo que sabemos, para comunicarnos y compartir el Misterio. Nuestra misma vida, rica y múltiple, arriesgada y sorprendente, es de algún modo ese Elefante divino, que tiene además, otras funciones: es Carne sagrada que los hombres comparten, es el Destino que les lleva en su carro, es vida y muerte… La vida de los hombres e incluso de los pueblos resulta corta para hacer la ronda del gran Elefante, pero ellos, hombres y pueblos, forma ciegos religiosos, pueden dialogar y contarse unos a los otros lo que han tocado y entre-visto, iniciando un diálogo inter-religioso. En ese sentido, las religiones son (deben ser) universales en perspectiva dialogal. Sobre todo esto, cf. X. Melloni Ribas, El Uno en lo Múltiple. Aproximación a la diversidad y unidad de las religiones, Sal Terrae, Santander 2003, J.-C. Basset, El Diálogo interreligioso, Desclée, Bilbao 1999; J. Dupuis, Hacia una Teología cristiana del pluralismo religioso, Sal Terrae, Santander 2000; J. Martín Velasco, Introducción a la fenomenología de la religión, Cristiandad, Madrid 1984.

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